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Full text of "Orígenes de la novela .."

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ARTES      SCIENTIA     VEtlTAf 


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2^oino  II 


IRucva  'íiíbUotcca  íie  '^utovce  Españolee 

balo  la  oireccfón  oel 
£jrcino.  Sr.  D»  JDarcelino  JDcnénDCf  f  Pelafo, 


^rtaenes  óe  la  IBooela 


£omo  II 


IRovelíiB  í>e  loe  etgloe  XV  v  XVI,  con  un  cetníiio  preliminar 


de 


©.  3^.  3g)cnéiidc3  ^  l^cla^o 

de  la  IReal  ficademia  Española. 


ai^adHd 
IBafllie^Bailliéze  é  tiDíjoB,  Editores 

"pla^a  oe  Sanea  ana,  núm*  lo. 

1007 


1 


INTRODUCCIÓN 


IX 

COKXTOS  Y  NOVELAS  GOBTAS. — TrADUOGIONBS  DX  BoCOACOIO,  BaNDXLLO,  OlBALDI   ClKTHIO, 
StBAPAROLA,  DoRI,  LcIS  GuICOIARDIKI,  BKLLXrOREST,  ETG. — cSiLVA  DX  VARIA  LECCIÓN»,  ' 

dx  pxro  mxzía,  considerada  bajo  xl  aspecto  novelístico. — cmlsceláneaj»,  de  don 
Luis  Zapata. —  «Philosophia  Vulgar»,  de  Juan  de  Mal  Lara:  relaciones  entre  la 
rabemiolooía  y  la  novelística.— «sobremesa  t  alivio  de  gaminanteb»,  de  juan  de  < 
TiMONSDA.— cEl  Patrañuelo»:  estudio  de  sus  FUENTES.— Otras  colecciones  de 
CUENTOS:  Alonso  de  Villegas,  Sebastián  de  Horozco,  Luis  de  Pinedo,  Garibat.— • 

cGlOBAS  del  SEBIIÓN  DE  AlJUBARROTAB,  ATRIBUIDAS  Á  D.  DiBQO  HuRTADO  DX  MkNDO- 

ZA. — cFloresta  Española»,  de  Melchor  de  Santa  Cruz. — Libros  de  apotegmas:  í^ 
Juan  Rufo. — El  cuento  español  en  Francia. — «Silva  Curiosa»,  dx  Julián  de  Mx- 
DR ANO.*  «Clavellinas  dx  recreación»,  de  Ambrosio  de  Salazar. — «Bodomuntadas 

españolas». — CUXNTOS  PORTUOUXSES,  DX  GoNZALO  FERNÁNDEZ  TrANCOSO.— El  «FaBU- 

LABIO»,  DX  Sebastián  Mxy. — «Diálogos  dx  apacible  bntbetknimiento»,  dx  Gaspar 
Lucas  Hidalgo. — «Noches  dx  invixbno»,  de  Antonio  de  Eslava. 

Los  orígenes  más  remotos  del  cuento  ó  novela  corta  en  la  literatura  española  hay 
que  buscarlos  en  la  Disciplina  Clericalis^  de  Pedro  Alfonso,  j  en  los  libros  de  apólo- 
gos 7  narraciones  orientales  traducidos  6  imitados  en  los  siglos  xui  j  xiv.  Más  inde- 
pendiente el  género,  con  grande  j  verdadera  originalidad  en  el  estilo  j  en  la  intención 
moral,  se  muestra  en  El  Conde  Lucanor^  j  episódicamente  en  algunos  libros  de  Ramón 
Lull  7  en  la  Disputa  del  asno^  de  Fr.  Anselmo  de  Turmeda.  Pero  cortada  esta  tradi- 
ción después  del  Arcipreste  de  Talavera,  la  novelística  oriental  7  la  espafiola  rudimen- 
taria que  se  había  criado  á  sus  pechos  cede  el  puesto  por  más  de  una  centuria  á  la  ita- 
liana. Este  período  do  reposo  7  nueva  preparación  es  el  que  rompió  tríunfalmente 
Miguel  do  Cervantes  en  1813  con  la  publicación  de  sus  Novelas  Ejemplares^  que  sir- 
vieron de  pauta  á  todas  las  innumerables  que  se  escribieron  en  el  siglo  xvn.  Entendida 
como  Jebe  entenderse,  es  de  rigurosa  exactitud  esta  afirmación  del  príncipe  de  nuestros 
ingenios:  <Yo  S07  el  primero  que  he  novelado  en  lengua  castellana;  que  las  muchas 

>  novelas  que  en  ella  andan  impresas  todas  son  traducidas  de  lenguas  estrangeras,  7 

>  estas  son  mias  propias,  no  imitadas  ni  hurtadas;  mi  iugenio  las  engendró  7  las  parió 
i  mi  pluma,  7  van  creciendo  en  los  brazos  de  la  estampa» . 

Estas  lenguas  extranjeras  se  reduceu^  puede  decirse,  al  italiano.  Pero  no  se  crea 
que  todos,  ni  siquiera  la  ma7or  parte  de  los  novellieri^  fuesen  traducidos  íntegros  ó  en 
parte  á  nuestra  lengua.  Sólo  alcanzaron  esta  honra  Boccaccio,  Bandello,  Giraldi  Cinthio, 
Straparola  7  algdn  otro  de  menos  cuenta.  Por  el  número  de  estas  versiones,  que  ade- 
más fueron  poco  reimpresas,  no  puede  juzgarse  del  grado  de  la  influencia  italiana.  Era 
tan  &miliar  á  los  españoles,  que  la  ma7or  parte  de  los  aficionados  á  la  lectura  amena 
gozaba  de  estos  libros  en  su  lengua  original,  desdeñando  con  razón  las  traducciones,  que 
solían  ser  tan  incorrectas  7  adocenadas  como  las  que  ahora  se  hacen  de  novelas  fran- 
cesas. Pero  al  lado  de  estos  intérpretes,  que  á  veces  ocultaban  modestamente  su  nom- 
bre, había  imitadores  7  refundidores,  como  los  valencianos  Timoneda  7  Me7  7  el  por- 
tugués Trancóse,  que,  tomando  por  base  las  colecciones  toscanas,  manejaban  más  libré^ 


II  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

mente  los  argumentos  y  aun  solían  interpolarlos  con  anécdotas  españolas  y  rasgos  de 
'  nuestro  folkrlore.  Abundan  éstos,  sobre  todo,  en  las  colecciones  de  cuentos  brevísimos 
,  y  de  forma  casi  esquemática,  tales  como  el  Sobremesa^  del  mismo  Timoneda;  la  Fio- 
'  resta  Española^  de  Melchor  de  Santa  Cruz,  y  los  apotegmas  y  dichos  agudos  ó  chistosos 
'  que  recopilaron  Luis  de  Pinedo,  D.  Juan  de  Arguijo  y  otros  ingenios,  con  quienes  ya 
>  iremos  trabando  conocimiento.  Son  varias  también  las  obras  misceláneas  que  ofrecen 
ocasionalmente  materiales  para  el  estudio  de  este  género  embrionario,  que  por  su  en- 
lace con  la  novelística  popular  despierta  en  gran  manera  la  curiosidad  de  los  doctos. 
Este  aspecto  muy  interesante  tenemos  que  relegarle  á  segundo  término,  porque  no  es- 
cribimos de  la  novela  como  folkloristas^  sino  como  literatos,  ni  poseemos  el  caudal  de 
erudición  suficiente  para  comparar  entre  sí  las  narraciones  orales  de  los  diversos  pue- 
blos. Ateniéndonos,  pues,  á  los  textos  escritos,  daremos  razón  ante  todo  de  las  traduc- 
ciones de  novelas  italianas  hechas  en  Espafia  durante  los  siglos  xv  y  xvi. 

Ningunas  más  antiguas  é  interesantes  que  las  de  Boccaccio,  aunque  por  ventura  el 
Decameran  fue  menos  leído  y  citado  que  ninguna  otra  de  sus  obras  latinas  y  vulgares; 
menos  seguramente  que  la  Caída  de  Príncipes^  traducida  en  parte  por  el  canciller 
Ayala  antes  de  1407  y  completada  en  1422  por  D.  Alonso  de  Cartagena;  menos  que  la 
Fiammetta  y  el  Corbaccio^  cuya  profunda  influencia  en  nuestra  novela,  ya  sentimen- 
tal, ya  satírica,  hemos  procurado  determinar  en  capítulos  anteriores;  menos  que  el  libro 
De  claris  mulieribtts^  imitado  por  D.  Alvaro  de  Luna  y  por  tantos  otros;  menos  que 
sus  repertorios  de  mitología  y  geografía  antigua  (De  Oenealogiis  Deorum^  De  inanii^ 
bus^  silvis^  lacubus,  fluminibus^  stagnis  et  paludibus  et  de  nominibus  maris).  De  todas 
estas  y  otras  obras  de  Boccaccio  existen  traducciones  castellanas  ó  catalanas  en  varios 
códices  y  ediciones,  y  su  difusión  está  atestiguada  además  por  el  uso  constante  que  de 
ellas  hacen  nuestros  autores  del  siglo  xv,  citándolas  con  el  mismo  encarecimiento  que 
las  de  los  clásicos  antiguos,  ó  aprovechándolas  muy  gentilmente  sin  citarlas,  como  hizo 
Bemat  Metge  en  su  Sompni  (*). 

El  Decameron^  libro  reprobado  por  su  propio  autor  (^)  y  que  contiene  tantas  histo- 
rias deshonestas,  tuvo  que  ser  leído  más  en  secreto  y  alegado  con  menos  frecuencia.  No 
se  encuentra  imitación  de  ninguno  de  los  cuentos  hasta  la  mitad  del  siglo  xvi,  pero 
todos  ellos  habían  sido  trasladados  al  catalán  y  al  castellano  en  la  centuria  anterior. 


(*)  Con  erudición  verdaderamente  admirable,  no  sólo  por  lo  extensa,  sino  por  lo  minuciosa  y 
begura,  y  con  agudeza  y  sagacidad  critica  todavía  más  nras  que  su  erudición,  discurre  sobre  todos 
estos  puntos  Arturo  Farinelli  en  su  reciente  opúsculo  NoU  stU  Boccaccio  in  Ispagna  nelV  Eta  Media^ 
Braunscbweig,  1906  (tirada  aparte  del  Archivfür  das  studium  der  neuren  Sprachen  und  Literaturen^ 
de  L.  Herrign),  al  cual  debe  añadirse  su  estudio  sobre  el  Corhaccio  en  la  España  medioeval,  publi- 
cado en  la  Miscelánea  Mussafia,  Oreo  que  entre  los  hispanistas  que  boy  viven  nadie  ha  avanzado 
tanto  como  Farinelli  en  el  estudio  comparativo  de  las  letras  españolas  con  las  extranjeras,  especial- 
mente con  la  italiana  y  la  alemana.  Sus  monografias  son  un  tesoro,  todavia  no  bastante  apreciado  en 
Espafia,  y  la  rica  materia  que  contienen  hubiera  bastado  á  un  escrit  r  menos  docto  y  conciso  para 
escribir  voluminosos  libros. 

(')  Asi  resulta  de  su  célebre  carta  á  Mainardo  Gavalcanti ,  mariscal  del  reino  de  Sicilia,  descu- 
bierta en  la  biblioteca  de  Siena  y  publicada  por  Tiraboschi  {Storia  della  UUeratura  italiana,  t.  V, 
pág.  844,  ed.  de  Milán,  1823):  c^ane  quod  ínclitas  mulieres  tuas  domesticas  meas  legere  permiseris, 
>non  laudo;  quin  imo  qnseso  per  fídem  tuam,  ne  fecerís...  Cave  igitor  iteram  meo  mónita  precibus- 
>qoe|  ne  feceris...  Et  si  decori  dominarum  tuamm  parcere  non  yis,  ptrce  taltem  honori  meo,  si  adeo 


INTRODUCCIÓN  iii 

La  primera  novela  de  Boccaccio  que  penetró  en  España,  pero  no  en  su  forma  ori- 
ginal, sino  en  la  refundición  latina  que  había  hecho  el  Petrarca  con  el  título  De  obe^ 
dientia  ac  fide  uxoria  (*),  fue  la  última  del  Decafneron^  es  decir,  la  historia  de  la 
humilde  y  paciente  Griselda,  tan  recomendable  por  su  intención  moral.  Bernat  Meige, 
secretario  del  rey  D.  Martín  de  Aragón  y  uno  de  los  más  elegantes  y  pulidos  prosistas 
catalanes,  puso  en  lengua  vulgar  aquel  sabroso  aunque  algo  inverosímil  cuento,  para 
obsequiar  con  él  &  Madona  Isabel  de  Quimera  (*).  No  se  conoce  exactamente  la  fecha 
de  esta  versión,  que  en  uno  de  los  dos  manuscritos  que  la  contienen  lleva  el  título  de 
Historia  de  las  bellas  virtuts^  pero  de  seguro  es  anterior  á  1403,  en  que  el  mismo 
autor  compuso  su  célebre  Sueño^  donde  atestigua  la  gran  popularidad  que  la  novela  de 
la  marquesa  de  Saluzzo  había  adquirido  ya,  hasta  el  punto  de  entretener  las  veladas 
del  invierno,  mientras  hilaban  las  mujeres  en  tomo  del  fuego  («). 

ün  arreglo  ó  traducción  abreviada  de  la  misma  historia,  tomada  también  del  Pe- 
trarca, y  no  de  Boccaccio,  se  encuentra  en  un  libro  castellano  anónimo.  Castigos  y 
dotrinas  que  un  sabio  dava  a  sus  hijas  (*).  Es  breve  esta  versión  y  tan  apacible  y  gra- 

»me  diligis,  ot  lacrimas  in  pasaionibaB  meis  eff ondas.  Existímabunt  enim  legentes  me  spurgidam, 
ilenonein,  ioceatuosum  senem,  impuruin  hoininem,  turpiloquum,  inaledicum,  et  aliorum  sceleram 
>aridam  relatorem.  Non  enim  ubique  est  qui  in  ezcueationem  menm  consurgens  dicat:  juvenis  acrip- 
>8Ít,  et  roajoris  coactus  imperios. 

Hago  FÓBColo,  en  su  precioso  Discorso  sul  testo  del  Decamerone  (Prose  Letterarie^  t.  III,  ed.  de 
Florencia,  1850),  supone  con  probabilidad  que  el  mismo  Boccaccio  llegó  á  destruir  el  original  autó- 
grafo de  su  libro,  lo  cual  explica  la  incorrección  de  las  copias. 

{})  Es  cosa  digna  de  repararse  que  el  Petrarca,  con  ser  tan  amigo  de  Boccaccio,  no  recibió  de 
su  parte  el  Decameron  ni  le  vio  más  que  por  casualidad ,  ni  elogió  en  él  otra  cosa  que  esta  novela  y 
la  descripción  de  la  peste:  cLibrum  tuum,  quem  nostro  materno  eloquio,  ut  op¡nor,olim  juvenis  edi- 
>didist¡,  nescio  quidem  unde  vel  qualiter  ad  me  delatum  vidis. 

Sin  duda  por  haberse  omitido  la  epístola  proemial  en  algunas  copias  fue  tenida  la  Qríselda 
entre  muchos  humanistas  por  composicióu  original  del  Petrarca,  pero  no  creo  que  incurriesen  en  tal 
error  Bemai  Metge,  tan  versado  en  las  obras  de  Boccaccio,  ni  Cliaucer,  que  la  imita  en  uno  de  los 
CanUrbury  TaUs,  Pero  la  verdad  es  que  procedieron  como  si  ignoraran  el  verdadero  autor  de  la 

fábula. 

(*)  Hizo  una  elegantísima  edición  de  este  tratado  D.  Mariano  Aguiló  en  su  Bibliotlieca  d'  óbre- 
les singulars  del  bon  temps  de  nostra  lengua  materna  estampades  en  letra  lemosina  (Barcelona,  librería 
de  Verdaguer).  La  portada  dice  asi: 

Historia  de  Valter  e  de  la  pacient  Qriselda  escrita  en  llati  per  Francesch  Petrarcha:  e  arroman^ 
^adaper  Bernat  Metge.  Estampada  en  Barcelona  per  w*  Evarist  Villaatres  en  V  any  M.DCCCA.xxxiij, 

Dos  códices  tuvo  presentes  el  Sr.  Aguiló:  uno  de  la  Biblioteca  Universitaria  de  Barcelona,  y 
otro,  al  parecer  más  antiguo,  que  él  poseía,  comprado  en  Cádiz  al  bibliófilo  D.  Joaquín  Rubio.  En 
este  segundo  códice,  el  título  era  /«torta  de  Valter  é  de  Griselda^  composta  poi"  Bernat  Metge,  la  qual 
raeita  Petrarcha  poheta  laureat  en  les  obres  del  qual  io  he  singular  afeccio. 

Hay  tres  romances  modernos  escritos  sobre  el  texto  do  la  novela  de  Metge:  Historia  de  Gri- 
ulda  la  qual  lo  marques  Valter  prengué  per  muller  essent  una  humil  pastorela  e  isqué  lo  mes  singular 
exempU  de  la  obediencia  que  tota  dona  casada  deu  teñir  a  son  marit  (Barcelona,  1895).  Lleva  las  ini- 
ciales A.  B.  T.  (Antonio  Bulbena  y  Tusell). 

(*)  cLa  pascioncia,  fortitut  e  amor  conjugal  de  Griselda,  la  istoria  de  la  qual  fon  per  mi  de  lati 
»en  nostra  lengua  vulgar  transportada,  callare,  car  tant  es  notoria  que  ya  la  reciten  per  engañar  les 
loits  en  les  vetles  e  com  filen  en  ivern  entorn  del  foch.:D 

(*)  Manuscrito  de  la  Biblioteca  Escurialense  (a-IV-5),  dado  á  luz  por  Hermán  Knust  en  un  tomo 
de  la  Sociedad  de  Bibliófilos  Españoles ,  Dos  obras  didácticas  y  dos  leyendas,,,  Madrid ,  1878. 
Vid.  pp.  260.265. 


IV  orígenes  de  la  novela 

cíosa  de  lengua,  que  me  parece  bien  ponerla  aquí,  para  amenizar  la  aridez  do  estos 
prolegómenos  bibliográficos: 

«Léese  en  im  libro  de  las  cosas  viejas  que  en  una  parte  de  Italia  en  una  tierra  que 
se  llama  de  los  Saludos  ovo  un  marqués  sennor  de  aquella  tierra,  el  qual  era  muy  vir- 
tuoso y  muy  discreto,  pero  no  curava  de  se  casar,  y  commo  ya  fuese  en  tal  hedat  que 
devia  tomar  muger,  sus  vasallos  y  cavalleros  le  suplicaron  que  se  quisiese  casar,  porque 
d61  quedase  fruto  que  heredase  aquella  tierra.  Y  tanto  gelo  amonestaron  que  dixo  que 
lo  plazía,  pero  que  él  quería  escoger  la  muger  que  avia  de  tomar,  y  que  ellos  le  prome- 
tiesen de  ser  contentos  con  ella,  los  quales  dixeron  que  les  plazía.  Y  dende  á  poco 
tiempo  él  tomó  por  su  muger  á  una  donzella  hija  de  un  vasallo  suyo  bien  pobre,  pero 
de  buen  gesto  y  onestas  y  virtuosas  costumbres.  Y  al  tiempo  que  la  ovo  de  tomar  él  se 
fué  á  casa  de  su  padre,  al  qual  preguntó  si  le  quería  dar  á  su  hija  por  muger.  Y  el 
cavallero  pobre,  commo  se  maravillase  de  aquello,  le  rrespondió:  «Sennor  eres  de  mí  y 
»de  mi  hija.  Faz  á  tu  voluntad».  Y  luego  el  marqués  preguntó  á  la  donzella  si  quería 
ser  su  muger,  la  qual  con  grant  vergüenza  le  rrespondió:  «Sennor,  veo  que  soy  yndigna 
>para  me  casar  contigo,  pero  si  la  voluntat  de  Dios  es  aquesta  y  mi  ventura  es  tal,  faz 
» lo  que  te  pluguiere,  que  yo  contenta  soy  de  lo  que  mandares» .  El  marqués  le  dixo 
que,  si  con  él  avia  de  casar,  que  parase  mientes  que  jamas  avia  de  contradizir  lo  que 
él  quisiese,  ni  mostrar  pesar  por  cosa  que  á  él  pluguiese  ni  mandase,  mas  que  de  todo 
ello  avia  de  ser  plazentora^  la  qual  le  dixo  que  así  lo  faría.  Y  luego  el  marqués  en  pre- 
sencia de  todos  los  cavalleros  y  vasallos  suyos  dixo  que  él  quería  á  aquella  por  muger, 
y  que  todos  fuesen  contentos  con  ella  y  la  orneasen  y  sirviesen  commo  á  su  muger.  Y 
ellos  rrespondieron  que  les  plazía.  Y  luego  la  mandó  vestir  y  aderes^ar  commo  á  novia. 
Y  en  aquel  dia  hizo  sus  bodas  y  sus  fiestas  grandes.  Y  bivieron  después  en  uno  muy 
alegremente.  La  qual  sallió  y  se  mostró  tanto  buena  y  discreta  y  de  tanta  virtud  que 
todos  se  maravillavan.  Y  haziendo  assy  su  vida  el  marqués  y  su  muger,  y  teniendo  una 
hija  pequenna  muy  hermosa,  el  marqués  quiso  provar  á  su  muger  hasta  do  podría 
llegar  su  obediencia  y  bondat.  Y  dixo  á  su  muger  que  sus  vasallos  estavan  muy  dos- 
pagados  del,  diziendo  que  en  ninguna  manera  no  quedarían  por  sus  sennores  fijos  de 
muger  de  tan  baxo  linaje,  que  por  esto  le  conplia  quo  no  toviese  más  aquella  hija,  por- 
que sus  vasallos  no  so  le  rrevelasen,  y  que  gelo  hazia  saber  porque  á  ella  pluguiese 
dolió;  la  qual  le  respondió  que  pues  era  su  sennor,  que  hiziese  á  su  voluntad.  Y  el 
marqués  dende  á  poco  enbió  \m  escudero  suyo  á  su  muger  á  demandarle  la  hija,  la 
qual,  aunque  pensó  que  la  avian  de  matar,  pero  por  ser  obediente  no  mostró  tristeza 
ninguna,  y  miróla  un  poco  y  santiguóla  y  besóla  y  dióla  al  mensajero  del  marqués,  al 
qual  rrogó  quo  tal  manera  toviessc  commo  no  la  comiesen  bestias  fieras,  Siilvo  si  el 
semior  otra  cosa  le  mandase.  Y  el  marqués  embió  luego  secretamente  á  su  hija  á  Bo- 
lonna  d  una  su  hermana  que  era  casada  con  un  conde  dende,  á  la  qual  enbió  rogar  que 
la  críase  y  acostunbrase  commo  á  su  hija,  sin  que  persona  lo  supiese  que  lo  era.  Y  la 
hermana  hízolo  assi.  Y  la  muger  commo  quier  que  pensava  que  su  hija  era  muerta, 
jamas  le  dio  á  entender  cosa  ni  le  mostró  su  cara  menos  alegre  que  prímero  por  no 
enojar  á  su  marido.  Y  después  parió  un  hijo  muy  hermoso.  Y  á  cabo  de  dos  anuos  el 
marqués  dixo  á  su  muger  lo  que  primero  por  la  hija,  y  en  aquella  misma  manera  lo 
enbió  á  su  hermana  que  lo  criase.  Ni  nunca  por  esto  esta  noble  muger  mostró  tristeza 
alguna  ni  de  ál  curava  sino  de  plazer  hazer  á  su  marido.  Y  commo  quier  que  harto 


INTRODUCCIÓN  v 

bastava  esta  espiriencia  para  provar  el  marqués  la  boudat  de  su  muger,  pero  á  cubo  de 
algunos  annos,  pensó  de  la  provar  más  y  enbió  por  sus  hijos.  Y  dio  á  entender  á  la 
muger  que  él  se  queiia  casar  con  otra  porque  sus  vasallos  no  querían  que  heredasen 
sus  hijos  aquel  sennorio,  lo  qual  por  cierto  era  por  el  contrario,  antes  eran  muy  con- 
tentos y  alegres  con  su  sennora,  y  se  maravillavan  qué  se  avian  hecho  los  hijos.  Y  el 
marqués  dixo  á  su  muger  que  le  era  tratado  casamiento  con  una  hija  de  un  conde,  y 
que  le  era  forjado  de  se  fazer,  por  ende  que  toviesse  fuerte  coragon  para  lo  sofrir,  y 
que  se  tornase  á  su  casa  con  su  dote,  y  diese  logar  á  la  otra  que  venia  cerca  por  el 
camino  ya,  á  lo  qual  ella  rrespondió:  «Mi  sennor,  yo  siempre  tove  que  entre  tu  gran- 
>dezay  mi  humildat  no  avia  ninguna  proporción,  ni  jamás  me  sentí  digna  para  tu  ser- 

>  vicio,  y  tú  me  feziste  digna  desta  tu  casa,  aunque  á  Dios  hago  testigo  que  en  mi  vo- 
>luntad  siempre  quedé  sierva.  Y  deste  tiempo  que  en  tanta  honrra  contigo  estove  sin 
»  mis  merescimientos  do  gracias  á  Dios  y  á  ti.  El  tienpo  por  venir  aparejada  estoy  con 

>  buena  voluntad  de  pasar  por  lo  que  me  viniese  y  tú  mandares.  Y  tornarmo  he  á  la 
>casa  de  mi  padre  á  hazer  mi  vejez  y  muerte  donde  me  crié  y  hize  mi  ninnez,  pero 

>  siempre  seré  honrrada  biuda,  pues  fuy  muger  de  tal  varón.  A  lo  que  dizes  que  lleve 

>  comigo  mi  dote,  ya  sabes,  sennor,  que  no  traxe  ál  sino  la  fe,  y  desnuda  salli  de  casa 
>de  mi  padre  y  vestida  de  tus  pannos  los  quales  me  plaze  desnudar  ante  ti;  pero  pídete 
>por  mercet  siquiera,  porque  el  vientre  en  que  ando  vieron  tus  hijos  no  paresca  desnudo 

>  al  pueblo,  la  camisa  sola  me  dexes  llevar» .  Y  commo  quior  que  al  marqués  le  vinieron 
las  lágrimas  á  los  ojos  mirando  tanta  bondat,  pero  bolvió  la  cara.  Y  yda  su  muger  á 
casa  de  su  padre  vistióse  las  rropas  que  avia  dexado  en  su  casa,  las  quales  el  padre 
todavía  guardó  rrecelando  lo  mismo  que  veya.  Las  duennas  todas  de  aquella  cibdat  do 
grant  compasión  acompannavanla  en  su  casa.  Y  commo  y  allegasen  cerca  do  la  cibdat 
los  fijos  del  marqués,  embió  por  su  muger  y  díxole:  «Ya  sabes  commo  viene  esta  don- 
» celia  con  quien  tengo  de  casar,  y  viene  con  ella  un  su  hermano  donzel  pequenuo  y  usi- 
> mismo  el  conde  mi  cunnado  que  los  trae  y  otra  mucha  gente,  y  yo  querría  les  fazer 
» mucha  onrra,  y  porque  tú  sabes  de  mis  costumbres  y  de  mi  voluntad,  querría  que  tú 
>hizieses  aparejar  las  cosas  que  son  menester,  y  aunque  no  estés  así  bien  vestida,  las 
> otras  duennas  estarán  al  rrecibimiento  dellos  y  tú  aderes^arás  las  cosas  uescessarias» . 
La  qual  le  rrespondió:  «Sennor,  de  buena  voluntad  y  con  grant  desseo  de  te  conplazer 
tfaré  lo  que  mandares».  Y  luego  puso  en  obra  lo  que  era  nescesario.  Y  commo  llegó  el 
conde  con  el  donzel  y  con  la  donzella,  luego  la  virtuosa  duonna  la  saludó  y  dixo:  «En 
>ora  buena  venga  mi  sennora» .  Y  el  marqués  después  que  vido  á  su  muger  andar  tan 
solícita  y  tan  alegre  en  lo  que  avia  mandado,  lo  dixo  ante  todas:  «Duenna,  ¿qué  vos 
•  paresce  do  aquesta  donzella?»  Y  ella  rrespondió:  «Por  cierto,  sennor,  yo  creo  que  más 

>  hermosa  que  ésta  no  la  podrías  hallar,  y  si  con  ésta  no  te  contentas,  yo  creo  que  jamás 

>  podrás  ser  contento  con  otra.  Y  espero  en  Dios  que  íarás  vida  pacífica  con  ella,  mas 
>rruégote  que  no  des  á  ésta  las  tentaciones  que  á  la  otra,  ca  según  su  hedat  pienso  que 

>  DO  las  podrá  comportar» .  Y  commo  esto  oyó  el  marqués,  movido  con  gi'ant  piedad  y 
considerando  á  la  grande  ofensa  que  avia  hecho  á  su  muger  y  commo  ella  lo  avia  con- 
portado dixo:  «O  muy  noble  muger,  conocida  es  á  mí  tu  fé  y  obediencia,  y  no  creo  que 
» so  el  cielo  ovo  otra  que  tanta  esperiencia  de  sí  mostrase.  Yo  no  tengo  ni  terne  otm 
» muger  sino  á  ti,  y  aquesta  que  pensavas  que  era  mi  esposa,  tu  hija  es,  y  lo  que  pen- 
»savas  que  avias  perdido,  juntamente  lo  has  fallado».  Y  commo  ella  esto  oyó  con  el 


VI  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

grand  gozo  pareció  sallir  de  seso  y  con  lágrimas  de  grant  plazer  fué  abracar  á  sus  hijos. 
A  la  qual  luógo  fueron  traydas  sus  rropas,  y  en  gran  plazer  y  alegría  pasaron  algunos 
dias.  Y  después  siempre  bivieron  contentos  y  bienaventurados.  T  la  grant  fama  y  obe- 
diencia desta  sennora  oy  en  dia  tura  en  aquellas  tierras» . 

La  indicación  del  «libro  de  las  cosas  viejas»  nos  hace  pensar  que  el  Sabio  anónimo 
autor  de  los  Castigos  pudo  valerse  de  alguna  compilación  en  que  el  cuento  de  Griselda 
estaba  extractado.  Pero,  como  prueba  con  toda  evidencia  miss  Bourland  en  su  magistral 
monografía  (*),  este  texto,  cualquiera  que  fuese,  estaba  tomado  de  la  versión  de  Pe- 
trarca y  no  de  la  de  Boccaccio,  puesto  que  conviene  con  la  primera  en  todos  los  puntos 
de  detalle  en  que  el  imitador  latino  altera  el  original.  Por  su  parte,  el  imitador  caste- 
llano no  hace  más  que  suprimir  los  nombres  de  los  personaos,  omitir  ó  abreviar  con- 
siderablemente algunos  razonamientos  y  convertir  al  padre  de  Griselda,  que  en  el  origi- 
nal es  un  pobre  labrador,  en  un  caballero  pobre. 

Es  cosa  digna  de  notarse  que  en  las  primitivas  traducciones  catalana  y  castellana 
del  Decameron^  que  citaremos  inmediatamente,  la  Oriselda*  de  Boccaccio  está  sustituida 
con  la  del  Petrarca,  que  sin  duda  se  estimaba  más  por  estar  en  latín.  Y  del  Petrarca 
proceden  también  por  vía  directa  ó  indirecta  la  Patraña  2.^,  de  Timoneda;  la  Comedia 
muy  ejemplar  de  la  Marquesa  de  Saluxia,  del  representante  Navarro  (*),  que  sigue  al 
mismo  Timoneda  y  al  Suplemento  de  todas  las  crónicas  del  mundo  («),  y  hasta  los 
romances  vulgares  de  Oriselda  y  Oiuilteiv,  que  andan  en  pliegos  de  cordel  todavía  (*). 
Sólo  puede  dudarse  en  cuanto  á  la  comedia  de  Lope  de  Vega  El  exemplo  de  casadas  y 
prueba  de  la  paciencia^  porque  trató  con  mayor  libertad  este  argumento,  que  según  dice 
61  mismo  andaba  figurado  liasta  en  los  naipes  de  Francia  y  Castilla.  De  este  raro  género 
de  popularidad  disfrutaron  también  otros  cuentos  ds  Boccaccio.  Fernando  de  la  Torre, 
poeta  del  siglo  xv,  dice  en  una  cierta  invención  suya  sobre  el  juego  de  los  naipes:  «Ha 
»  de  ser  la  figura  del  cavallero  la  ystoria  de  Guysmonda  como  le  envia  su  padre  un  gen- 
» til  onbre  en  un  cavallo  e  le  trae  el  cora9on  de  su  enemigo  Rriscardo  (Guiscardo),  el 
»qual  con  ciertas  yerbas  toma  en  una  copa  de  oro  e  muere»  (*). 

Todas  las  novelas  de  Boccaccio  (excepto  la  última,  que  fue  sustituida  con  la  Histo^ 

(*)  Boccaccio  and  the  Decameron  in  cagtilian  and  catalán  literaiurc.  Theiii pretenied  to  ike/acuUy 
of  Bryn  Matar  ColUge  /or  the  degree  of  doctor  of  philo$ophy  hy  Caroline  Broum  Bourland,  190Ó 
(Tirada  aparte  de  la  lievue  Hispanique^  t.  XII). 

Tesis  semejantes  á  ésta  convendría  que  apareciesen  de  vez  en  cuando  en  las  universidades  espa* 
Aolas.  La  joven  doctora  norteamericana  examina  y  describe  con  tmio  rigor  bibliográfico  loe  códices 
y  ediciones  espafiolas  del  Decameron  y  busca  luego  el  rastro  de  Boccaccio  en  nuestra  novelística  y 
dramaturgia  de  los  siglos  xv,  xvi  y  xvii,  analizando  una  por  una,  y  en  todos  sus  detalles,  las  imita- 
ciones de  cada  cuento.  £s  un  trabajo  de  investigación  y  de  crítica  digno  de  las  mayores  alabanzas. 
Para  no  repetir  lo  que  allí  está  inmejorsblemente  dicho,  abreviaré  mucho  la  parte  concerniente  á 
Boccaccio  en  estas  páginas. 

(')  Ha  sido  reimpresa  por  miss  Bourland  en  oí  tomo  IX  de  la  Revue  Hiepaniqué,  conforme  al 
único  ejemplar  conocido  de  1603. 

^*)  También  ha  reimpreso  (ib,)  la  sefiorita  Bourland  este  texto,  tomado  de  la  Suma  de  todae  ¡ai 
crónicai  del  mundo  (Valenciai  1510),  traducción  hecha  por  Narcis  Vineles  del  Suplemenium  Chroni» 
eorti/n,  de  Foresti. 

(*)  Ns.  1273,  1274  y  1275  del  Romancero  de  Duran. 

(')  Nota  comunicads  á  miss  Bourland  por  D.  Ramón  Menéndez  Pidal.  La  composición  de  Fer- 
nando de  la  Torre  está  en  un  códice  de  la  Biblioteca  de  Palacio. 


INTRODUCCIÓN  vii 

ria  de  las  bellas  virtuts^  de  Bemat  Metge)  fueron  traducidas  al  catalán  en  1429  por 
autor  anónimo,  que  residía  en  San  Cagat  del  Valles,  monje  quizá  de  aquella  célebre 
casa  benedictina.  El  precioso  y  solitario  códice  que  nos  ha  conservado  esta  obra  per- 
teneció á  D.  Miguel  Victoriano  Amer  y  pertenece  hoy  á  D.  Isidro  Bonsoms  y  Sicart, 
que  le  guarda  con  tantas  otras  joyas  literarias  en  su  rica  biblioteca  de  Barcelona  (^). 
Pronto  será  del  dominio  público  esta  interesante  versión,  que  está  imprimiendo  para  la 
Biblioteca  Hispánica  el  joven  y  docto  catalanista  D.  J.  Massó  y  Torrents.  A  su  gene- 
rosidad literaria  debo  algunas  páginas  de  esta  obra,  que  es  no  sólo  un  monumento  de' 
lengua,  sino  una  traducción  verdaderamente  literaria,  cosa  rarísima  en  la  Edad  Media, 
en  que  las  versiones  solían  ser  calcos  groseros.  Contiene  no  sólo  las  novelas,  sino  todas 
las  introducciones  á  las  giomate  y  á  cada  una  de  las  novelas  en  particular,  y  todos 
los  epílogos.  Omite  la  baílala  de  la  jornada  décima,  y  en  general  todos  los  versos;  pero 
en  las  jomadas  primera,  quinta,  sexta  y  octava  las  sustituye  con  poesías  catalanas  ori- 
ginales, que  no  carecen  de  mérito.  Muy  linda  es,  por  ejemplo,  ésta,  con  que  termina 
la  jomada  octava: 

Pus  que  vnyt  joma  stich,  Senyora, 
Que  no  us  mir, 
Ara  es  hora  que  me'n  tolga 
Lo  desir. 

E  quant  eu  pas  per  la  posada 
Eu  dich,  Amor,  qui  us  ha  lunyada 
Que  no  us  mir? 
Ara  es  hora  que  me'n  tolga 
Lo  desir. 

(')  Una  detallada  é  interesante  descripción  de  este  códice  puede  verse  en  el  estadio  de  miss 
Boorland.  Para  mi  objeto  basta  con  la  sij^uiente  nota,  que  me  comunicaron  los  señores  Bonsoms  y 
Massó  y  Torrents  antes  que  la  erudita  señora  diese  á  luz  su  trabajo: 

cEs  un  manuscrito  en  papel  que  conserva  su  encuademación  antigua,  con  señales  de  los  clavos 
ly  cierres;  en  un  tejuelo  de  papel  pegado  so  lee:  Las  Cien,.,  manuscriptai  catalán.  La  medida  gene- 
>ral  de  la  página  es  de  295  X  216  milímetros.  La  foliación,  que  va  de  1  á  CX^Cxxiij,  empieza  en  la 
>1.*  novela  de  la  1.*  jornada,  con  las  palabras  Covinent  cosa  es  mols  cares  dones.  Contiene  entero  el 
»Decameron,  que  termina  en  el  folio  CXXIxxxiij  de  esta  manera: 

:bE  vosaltres  gracioses  dones  ab  la  sua  gracia  romaniu  enpau  recordant  vos  de  mi  si  d'alguna  cosa 
9de  aqüestes  que  haureu  legides  per  ventura  vos  ajudau, 

:bFo  acabada  la  present  translacio  dimarts  que  comptaven  V  dies  del  mes  d' Abril  en  l'any  de  la 
'hfructifieant  Incamacio  deljill  de  deu  M.CCCCocxviiijf  en  la  vila  de  8ani  Cugai  de  Valles, 

:i^Aeifeneix  la  deena  e  derrera  Jomada  del  libre  appellat  De  (sic)  Cameron,  nominat  lo  Princep 
^OaUot,  en  altra  manera  Lo  cento  novella, 

iLos  folios  preliminares  contienen  el  proemio  y  la  introducción,  de  muneri^  que  está  completa 
lia  obra  de  Boccaccio.  De  los  folios  preliminares^,  útiles,  aparecen  recortados  la  mayor  parte  y  alte- 
irado  so  orden  8  ff .  blancos  (el  último  de  los  cualus  lleva  alguna  anotación  ajena  al  texto)  -{-  5  f f.  de 
-hTaula  á  2  columnas  -{-  2  ff.  de  introdúcelo  +  2  ff.  blancos  -f  9  ff.  de  proemi  y  introducció, 

»Hay  letra  de  dos  manos  distintas,  como  si  los  redactores  se  hubiosen  partido  el  trabajo.  La 
iprímera  es  más  hermosa,  aunque  no  cuidada.  Escribe  á  renglón  seguido  y  caligrafía  alguna  inicial, 
alternando  las  tintas  roja  y  azul :  comprftnde  la  introducción ,  el  proemio  y  el  texto  hasta  el 
>fol¡o  OLxxxii  (noTela  8.*  de  la  5.*  jornada).  La  segunda  mano  escribe  á  dos  columnas,  y  comprende 
>todo  el  resto  del  manuscrito  incluso  la  suscripción  onal;  es  más  corrida  y  no  tiene  inicial  ninguns. 
>Todo  el  manuscrito  carece  de  epígrafes  en  tinta  roja,  habiéndose  dejado  en  blanco  el  espacio  corres- 
ipondiente]». 


Tin  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

Yo  dioh,  Amor,  qui  ns  ha  Innyada 
Lo  falp  marit  qui  m'  ha  reptada 
Que  no  us  mir? 
Ara  es  hora  que  me'n  tolga 
Lo  desir. 

E  quant  eu  pas  per  la  pertida 
Eu  dich,  Amor,  qui  us  ha  traliida 
Que  no  us  mir? 
Ara  es  hora  que  me'n  tolga 
Lo  desir. 

Yo  dich.  Amor,  qui  us  ha  traliida 
Lo  falp  gelos  qui  m'  ha  ferida 
Que  no  us  mir? 
Ara  es  hora  que  me'n  tolga 
Lo  desir. 

Todavía  os  más  primorosa,  aunque  algo  liviana,  la  canción  final  de  la  jornada  sexta: 

No  puch  dormir  soleta  no, 
;.Que  m*  fare  lassa 
Si  no  mi  spassa? 
Tant  mi  turmenta  V  amor. 

Ay  amich,  mon  dol^  amich, 
Somiat  vos  he  esta  nit, 
¿Que  m'  fare  lassa? 
Somiat  vos  he  esta  nit 
Que  us  tenia  en  mon  lit, 
¿Que  m'  fare  lassa? 

Ay  amat,  mon  dolQ  ámat, 
Anit  vos  he  somiat 
¿Que  m'  fare  lassa? 
Anit  vos  he  somiat 
Que  US  tenia  en  mon  bra^, 
¿Que  m'  fare  lassa? 

Así,  por  coincidencia  de  sentimiento  ó  de  sensación,  so  repiten,  á  través  de  los  siglos, 
las  quejas  de  la  enamorada  Safo:  «I^ui  l\  (ji¿vs  xi6eú$u)i. 

Es  verosímil  que  estas  composiciones  sean  anteriores  á  la  traducción,  y  de  autor  ó 
autores  diversos,  porque  una  de  ellas,  la  de  la  jornada  primera,  no  es  más  que  la  pri- 
mera estancia  de  una  canción  más  proveuzal  que  catalana,  que  Milá  ha  publicado  como 
de  la  Beina  de  Mallorca  Dofia  Constanza,  hija  de  Alfonso  lY  de  Aragón,  casada 
en  1325  (*). 

Todavía  es  más  curiosa  la  sustitución  de  los  títulos  ó  primeras  palabras  de  los  can- 
tos populares  que  cita  el  desvergonzadísimo  Dioneo  por  otros  catalanes,  que  á  juzgar 
por  tan  pequeña  muestra  no  debían  de  ser  menos  picantes  ni  deshonestos.  Por  lo  demás, 
el  anónimo  intérprete  no  parece  liaber  sentido  escrúpulo  alguno  durante  su  tarea,  y  es 

(')  Obras  completa»  de  D.  Manuel  Milá  y  Fontanal»^  t.  III,  p.  457. 


INTRODUCCIÓN  xx 

muy  raro  el  caso  en  que  cambia  ó  suprime  algo,  por  ejemplo,  las  impías  palabms  con 
que  termina  el  cuento  de  Masetto  de  Lamporechio  (primero  de  la  tercera  jornada).  Al- 
guna vez  intercala  proverbios,  entre  ellos  uno  aragonés  (giam.  7,  nov.  2):  ^E  por  (;o 
diu  en  Aittgo  sobre  cuernos  cinco  soeldos» . 

Contemporánea  y  quizá  anterior  á  esta  traducción  catalana,  aunque  muy  inferior  á 
ella  por  todos  respectos,  fue  la  primitiva  castellana,  de  la  cual  hoy  sólo  existe  un  códice 
fragmentario  en  la  Biblioteca  del  Escorial.  Pero  hay  memoria  de  otros  dos  por  lo  menos. 
En  el  inventario  de  los  libros  de  la  Reina  Católica,  que  estaban  en  el  alcázar  de  Segovia 
á  cargo  de  Rodrigo  de  Tordesillas  en  1503,  figura  con  el  número  150  «otro  libro  en 
y  romance  de  mano,  que  son  las  novelas  de  Juan  Bocacio,  con  unas  tablas  de  papel 

>  forradas  en  cuero  colorado»  (*).  Y  en  el  inventario,  mucho  más  antiguo  (1440),  do  la 
biblioteca  del  conde  de  Benavente  D.  Rodrigo  Alfonso  Pimentel,  publicado  por  Fr.  Li- 
einiano  Sáez  (*),  se  mencionan  «unos  cuadernos  do  las  cien  novelas  en  papel  cobtí 
> menor».  No  se  dice  expresamente  que  estuviesen  en  castellano,  pero  la  forma  de  cua- 
dernos, que  parecería  impropia  de  un  códice  traído  de  Italia,  y  la  calidad  del  papel  tan 
frecuente  en  España  durante  el  siglo  xiv  y  principios  del  xv,  y  enteramente  desusado 
después,  hacen  muy  verosímil  que  las  novelas  estuviesen  en  castellano  (3).  Quizá  la  cir- 
cunstancia de  andar  en  cuadernos  sueltos  fue  causa  de  que  se  hiciesen  copias  parciales 
como  la  del  Escorial,  y  que  tanto  en  estas  copias  como  en  la  edición  completa  del  De-- 
canierofi  castellano  de  1496  y  en  todas  las  restantes  se  colocasen  las  novelas  por  un 
orden  enteramente  caprichoso,  que  nada  tiene  que  ver  con  el  del  texto  italiano. 

El  manuscrito  del  Escorial,  cuya  letra  es  de  mediados  del  siglo  xv,  tiene  el  siguiente 
encabezamiento: 

«Este  libro  es  de  las  ciento  novelas  que  conpuso  Juan  Boca(?io  de  Cercaldo,  un  grant 

>  poeta  de  Florencia,  el  qual  libro,  según  en  el  prologo  siguiente  paresce,  él  fizo  y  enbió 
>en  especial  a  las  nobles  dueñas  de  Florencia  y  en  general  a  todas  las  señoras  y  dueñas 

>  de  qualquier  nascion  y  Reyno  que  sea;  pero  en  este  presente  libro  non  están  más  de 
>la  cinquenta  e  nueve  novelas» . 

En  realidad  sólo  contiene  cincuenta,  la  mitad  exacta;  pero  el  prólogo  general  está 
partido  en  diez  capítulos.  Desaparece  la  división  en  jornadas  y  casi  todo  lo  que  no  es 
puramente  narrativo.  No  es  fácil  adivinar  el  criterio  con  que  la  selección  fue  hecha, 
pero  seguramente  no  se  detuvo  el  traductor  por  escrúpulos  religiosos,  puesto  que 
incluye  la  novela  de  Ser  Ciappelleto,  la  del  judío  Abraham,  la  de  Frate  Cipolla  y  otras 
tales,  ni  por  razones  de  moralidad,  puesto  que  admite  la  de  Feronella,  la  de  Tofano,  la 
del  ruiseñor  y  alguna  otra  que  no  es  preciso  mencionar  más  expresamente.  Sólo  el 
gusto  personal  del  refundidor,  ó  acaso  la  circunstancia  de  no  disponer  de  un  códice 
completo,  sino  de  algunos  cuadernos  como  los  que  tenía  el  conde  de  Benavente,  pueden 
explicar  esto,  lo  mismo  que  la  rara  disposición  en  que  colocó  las  historias.  La  traduc- 

{})  Memoria»  de  la  Real  Academia  de  la  Historia^  t.  IV,  p.  460. 

O  Demostración  histórica  del  verdadero  valor  de  todas  las  monedas  que  corrían  en  Castilla 
durante  el  reynado  del  señor  don  Enrique  ///(Madrid,  1796,  pp.  374-379). 

{*)  Cf.  MÍ88  Boiirland:  alf  the  manuscript  of  the  library  o£  Benavente  was  in  Spanish,  the 
iptpcl  cebti  menor  on  which  it  was  written,  would  show  tliat  the  Decameron  was  translated  ínto 
Mpaoish,  at  least  in  part,  duriog  the  fourteenth  or  at  the  very  dtawn  of  the  fif  teenth  century». 
(Pág,  24.) 


X  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

ción  es  servilmente  literal,  y  &  veces  confusa  é  ininteligible  por  torpeza  del  intérprete  6 
por  haberse  valido  do  un  códice  incorrecto  j  estropeado.  Miss  Bourland  publicó  la  tabla 
de  los  capítulos,  pero  no  s6  que  ninguna  de  las  novelas  se  haya  impreso  todavía.  Por 
mi  parte,  atendiendo  &  la  antigüedad,  no  al  mérito  de  la  versión,  pongo  en  nota  la  9.* 
de  la  quinta  gioimata^  de  donde  tomó  Lope  de  Vega  el  argumento  de  su  comedia  El 
halcón  de  Federico  (*). 

(*)  Capitulo  Xlv  de  como  Fadrique  ama  e  non  es  amado  e  en  cortesía  despendiendo  se  consume  el 
qual  non  auiendo  mas  de  un  falcan  a  la  dona  suya  lo  dio, 

Devedes  pues  saber  que  Oopo  de  Durgesi  Dominíqne  el  qual  fue  en  la  nuestra  9¡bdat,  por  ven* 
tura  aun  es,  ombre  de  grand  reveren9¡a  e  abtoridad,  e  de  los  nuestros  por  costumbres  e  por  virtud 
mucho  mas  que  por  nobleza  de  sangre  caro  e  diño  de  eterna  fama,  e  Fcyendo  ya  de  aOos  lleno  espe- 
jas vegadas  de  las  cosas  pasadas  con  sus  vezinos  e  con  otros  de  deleytavade  rrazonnr,  la  qual  cosa  el 
con  mejor  e  mas  orden  e  con  ma^'or  memoria  apostado  de  fablar  que  otro  ombre  sopo  fazer.  Era  usado 
de  dezir  entre  las  otras  sus  bellas  cosas  que  en  Floren9Ía  fue  ya  un  mancebo  llamado  Fadrique  e 
fijo  de  MÍ9er  Felipo  Albergin  en  obra  de  armas  e  en  cortesía  pre9Íado  sobre  otro  ombre  donzel  de 
Toscana  e  quel,  asi  como  á  los  mas  de  los  gentiles  ombres  conte89e,  de  una  gentil  dona  llamada 
Madona  Jovena  se  enamoró,  en  sus  tiempos  tenida  de  las  mas  bellas  donas  e  de  las  mas  gra9Í08a8 
que  en  Floren9Ía  fuesen  e  p9r  quel  amor  della  conquistar  pediese  justava  e  facía  de  armas  e  fazia 
fiestas  e  dava  lo  suyo  syn  algund  detenimiento,  mas  ella,  non  menos  onesta  de  bella,  de  aquestas 
cosas  por  ella  fechas  nin  de  aquel  se  corava  que  lo  fazia.  Despendiendo  pues  Fadrique  allende  de 
todo  su  poder  mucho,  en  ninguna  cosa  conquíetando,  asi  como  de  ligero  cnntes9e  las  riquezas  men- 
guaron e  el  quedó  pobre  syn  otra  cosa  serle  quedado  salvo  un  solo  pequefio  heredamiento  de  las 
rrentas  del  qual  muy  estrechamente  bevia,  e  allende  de  aquesto  un  solo  falcon  de  los  mejores  del 
mundo  le  avia  quedado.  Por  que  amando  mas  que  nunca,  no  pares9Íendole  mas  9Íbdadano  ser  como 
deseava,  a  los  campos  allá  donde  el  su  pobre  heredamiento  era  se  fue  a  estar  e  aquí  quando  podía 
ca9ando  e  syn  alguna  cosa  rrequerir  padescientemente  la  pobreza  comportava.  Ora  acaeB9Ío  que 
seyendo  así  Fadrique  e  veniendo  al  estremo  el  marido  de  madona  Jovena  enfermó  e  veyendose  á  la 
muerte  venir  fizo  testamento  e  seyendo  muy  rico  en  ella  dexó  su  heredero  a  un  su  fijo  ya  grandezi* 
lio  e  después  de  aquesto  aviendo  mucho  amada  a  Madona  Jovena  a  ella,  sy  contes9¡ese  aquel  fijo  syn 
legítimo  heredero  muriese,  su  heredera  sola  e8table9'0,  o  muriese  (sic).  Queda  la  pues  biuda  Madona 
Jovena,  como  usan9a  es  de  las  nuestras  donas,  el  año  adelante  con  aqueste  su  fijo  se  fue  a  un  con- 
dado en  una  su  posesión  asaz  vezína  aquel'ade  Fadrique,  por  lo  qual  contes9Íoque  aqueste  mo9uelo 
a  amistar  con  Fadrique  e  deleytarse  con  aves  e  con  canes  e  aviendo  muchas  vegadas  visto  el  falcon 
de  Fadrique  bolar.  est[r]aña  mente  plaziendole,  fuerte  deseava  de  averio,  mai  después  non  osava 
demandarlo  veycndo  a  el  ser  tanto  caro,  e  así  estando  la  cosa  contes9Ío  quel  man9ebo  enfermó,  de 
que  la  dolorosa  madre  mucho  temerosa  como  aquella  que  mas  no  tenia  e  lo  amava  qnanto  mas  se 
podía  fijo  amar,  (e)  todo  el  día  catándole  en  derredor  non  queda  va  de  conortarlo  espesas  vegadas  e 
le  prcguntava  si  alguna  cosa  era  la  qual  desease,  rogándole  mucho  qne  gelo  dixíese  que  por  9Íerto 
sy  posible  fuese  trabajaría  de  averio.  £1  mo9uelo  oydas  muchas  vegadas  aquestas  profíertas  díxo: 
madre  mía,  sy  vos  fazedes  que  yo  aya  el  falcon  de  Fadrique,  yo  me  creo  prestamente  guarir;  la  dona 
oyendo  aquesto  algund  tanto  estovo  e  comencé  a  pensar  aquello  que  fazer  devia:  ella  sabia  que 
Fadrique  luenga  mente  la  avia  amado  e  que  jamas  uu  solo  mirar  della  non  avia  ávido,  porque  dezia 
como  enbiaré  3*0  o  y  re  a  demandarle  aqueste  falcon  que  por  lo  que  yo  oygo  es  el  mejor  falcon  que 
ombres  viesen  e  allende  desto  le  mantiene  en  el  mundo?  E  como  yre  yo  nin  seré  en  desconortar  un 
ombre  gentil  como  este  al  qual  ningund  otro  deleyte  le  es  quedado  e  que  aqueste  le  quiera  tomar? 
E  asi  fecho  peuRamiento  ocupada,  aunque  ella  fuese  9¡erta  de  averio  sy  lo  demandase,  syn  saber  que 
nvía  de  dezir  non  respondió  al  fijo,  mas  ultima  mente  tanto  la  ven9Ío  el  amor  del  fijo  que  ella  con- 
sigo dispuso  de  con9ertarlo  como  quiera  que  acae89Íese  de  non  enbiar,  mas  ir  ella  mesma  por  el  e 
traerlo,  e  respondióle:  fijo  mió  conortate  e  piensa  de  guarescer  e  aver  fner9a,  que  yo  te  prometo  que 
la  primera  cosa  que  yo  fare  de  mañana  sera  yr  por  el  asy  que  te  lo  traeré.  El  mo9uelo  de  aquesto 
alegre  el  dia  mesmo  mostró  alguna  mejoría;  la  dona  de  mañana  seguiente  tomada  una  muger  en 
conpañia  por  manera  de  deporte  se  fue  a  la  pequefia  casa  de  Fadrique  e  fizólo  llamar,  e  el  por  que 


INTRODUCCIÓN  xi  ' 

Sabido  es  que  la  imprenta  madrugó  mucho  en  Italia  para  difundir  la  peligrosa  lec- 
tura del  Decameron,  A  una  edición  sin  año,  que  se  estima  como  la  primera,  sucedieron 
la  de  Venecia,  1471;  la  de  Mantua,  1472,  y  luego  otras  trece  por  lo  menos  dentro 
del  siglo  XV,  rarísimas  todas,  no  sólo  á  título  de  incunables,  sino  por  haber  ardido  mu- 
chos ejemplares  de  ellas  en  la  grande  hoguera  que  el  pueblo  florentino,  excitado  por  las 
predicaciones  de  Fr.  Jerónimo  Savonarola  7  de  su  compañero  Fr.  Domingo  da  Pescia, 

non  era  tiempo  non  ora  y  do  aque]  dia  a  ca^ar  e  era  en  un  su  huerto  e  fazía  sur  9iertu8  lavores  apa- 
rejar, el  qual  oyendo  que  Madona  Jovena  lo  Hamava  a  la  puerta,  maravíHandoee  fuerte  alegre  corrió 
allá,  la  qnal  veyendolo  venir,  con  una  femínil  plazenteria  f uele  delante  aviendola  ya  Fadrique  revé* 
rente  mente  saludado,  dixo:  bien  este  Fadrique  (faltan  algunas  palabras  entre  el  fin  de  un  folio  y 
comienzo  de  otro)  e  mas  que  non  te  fuere  menester,  e  el  satisfazimiento  es  tal  que  yo  entiendo  con 
esta  raí  conpaQia  en  uno  amigable  mente  contigo  comer  esta  mañana.  A  la  qual  Fadrique  oniil  mente 
respondió:  señora,  ningund  don  jamas  me  rrecuordo  aver  re89Íbido  de  vos  salvo  tanto  de  bien  que 
sy  yo  alguna  cosa  vali,  por  el  vuestro  amor  e  valor  que  valido  tos  he  ha  seydo  e  por  (ierto  esta 
vuestra  liberal  venida  me  es  mucho  mas  cara  que  non  seria  sy  comien90  fuese  a  mi  dado  a  espen- 
der quanto  en  lo  pasado  he  ya  espendido,  avnque  a  pobre  huésped  seades  venida.  £  asi  dicho  alegre 
meóte  dentro  en  casa  la  rre^^ibio  e  en  un  su  huerto  la  llevó,  e  allí,  non  aviendo  quien  le  fazer  tener 
oonpafiia,  dixo:  sefiora,  pues  que  aqui  non  es  otrie,  aquesta  mujer  deste  labrador  vos  terrna  conpa- 
fiía  en  tanto  que  yo  vaya  a  facer  poner  la  mesa.  B  el  aunque  la  su  pobreza  fuese  estrema  non  se  era 
tanto  vista  quanto  nes9esario  le  fazia,  ca  el  avia  fuera  de  orden  despendido  sus  rríquezas,  mas  aquesta 
mafiana  fallando  ninguna  cosa  de  que  pediese  a  la  dueña  onrrar  por  amor  de  la  qual  el  a  infinitos 
orobret  onrrados  avia  fecho  fuera  de  razón,  congoxos  entre  sy  mesmo  maldiziendo  la  fortuna,  como 
ombre  f aera  de  sy  fuese  agora  acá  agora  allá  corriendo,  nin  dineros  nin  prenda  fallándose  e  seyendo 
la  ora  tarde  e  el  deseo  grande  de  mucho  onrrar  la  gentil  dona  e  non  queriendo  a  otro  mas  al  su  labra- 
dor rrequerir,  vido  al  su  buen  falcon  en  la  su  sala  sobre  el  alcándara  porque  non  aviendo  otra  cosa 
a  qne  acorrerse  tomólo  e  fallándolo  grueso  pensó  aquel  ser  digna  vianda  de  tal  dueña  e  por  tanto  syn 
mas  pensar  tiróle  la  cabera  e  a  una  su  mo^a  presta  mente  lo  ñzo  pelar  e  poner  en  un  asador  asaz  dili- 
gente mente.  £  puesta  la  mesa  con  unos  manteles  muy  blancos  de  los  quales  algunos  avia,  con  alegre 
cara  tormo  a  la  dueña  en  su  huerto  e  el  comer  que  fazer  se  podía  dexolo  aparejado.  Entanto  la  dueña 
€00  so  compañera  levantándose  fue  á  la  mesa  e  syn  saber  que  se  comia  en  uno  con  Fadrique,  el  qual 
eoo  muy  grand  fee  la  conbidara,  comieron  el  buen  falcon  e  levantados  de  la  mesa  ella  algund  tanto 
eco  plaziblea  nazones  conel  estava  e  pares9Íendole  a  la  dueña  tiempo  de  dezir  aquello  por  que  era 
lili  venida,  asy  benina  mente  con  Fadrique  comen9o  a  fablar:  Fadrique,  recordándote  tu  de  la  pre- 
térita vida  [e]  de  la  mi  onostidad  la  qual  por  ventura  tu  as  rreputado  a  dureza  e  crueldad  yo  non 
dttbdo  ninguna  cosa  que  tu  te  devas  maravillar  de  la  mi  pre8up(ri)9Íon  scntiendo  aquello  por  que 
príD9tpal  mente  aqui  venida  so;  mas  si  fijos  ovieses  ávido  por  los  quales  pedieses  conos9er  de  quanta 
fuerfa  sea  el  amor  que  a  ellos  se  ha,  pares9eme  ser  9ierta  que  en  parte  me  averias  por  escusada;  mas 
eorao  to  non  los  tengas,  yo  que  uno  he,  non  puedo  por  ende  las  leyes  comunes  de  las  madres  fuyr, 
las  quales  fuer9as  seguir  conveniendome,  convieneme  allende  del  plazo  tuyo  e  allende  de  toda 
razón,  quererte  demandar  un  don  el  qual  yo  se  que  grave  mente  as  caro  e  es  razón  ca  ninguno  otro 
deleyte  oin  ninguna  consola9ion  dexada  ha  a  ti  la  tu  estráña  fortuna,  e  aqueste  don  es  el  falcon 
tuyo  del  qual  el  niño  mió  es  tanto  pagado  que  ly  yo  non  golo  lievo  temo  que  lo  agravie  tanto  en  la 
eofermedat  que  tiene  que  después  le  sigua  cosa  por  la  qual  lo  pierda.  E  por  esto  yo  te  rruego  non 
por  el  amor  que  tu  me  as  al  qual  tu  de  ninguna  cosa  eras  tenido  mas  por  la  alta  nobleza  la  cual 
en  usar  corteaya  eres  mayor  que  ninguno  otro  mostrando  que  te  de  va  plazer  de  dármelo  por  que  yo 
por  este  don  pueda  dezir  de  aver  re89ebido  en  vida  mi  fijo  e  por  ende  avertelo  he  sienprc  obligado* 
Fadrique  oyendo  aquello  que  la  dona  le  demandava  e  sentiendo  que  servir  non  le  podía  por  que  a 
comer  gelo  avia  dado,  comen90  en  pre8en9ia  a  llorar  ante  que  alguna  palabra  respondiese.  La  dueña 
veyendo  el  graod  llanto  quel  fazia,  pensó  que  del  dolor  de  ver  de  sy  partirle  el  buen  falcon  veniese 
mu  que  de  otras  cosas  quasy  fue  por  dezir  que  non  lo  quería;  mas  después  del  llanto  rrespondiendo 
Fadrique  dixo  asy:  señora,  después  que  a  Dios  plogo  que  en  vos  posiese  raí  amor  en  asaz  me  ha 
reputado  la  fortuna  contraría  e  some  della  dolido,  mas  todas  son  seydas  ligeras  en  respeto  de  aque- 


XII  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

encendió  eii  la  plaza  el  último  día  de  Carnaval  de  1497,  arrojando  á  ella  todo  género 
de  pinturas  y  libros  deshonestos. 

Por  extraño  que  parezca,  ninguna  de  estas  primitivas  ediciones  de  las  Oien  Novelas 
sirvió  de  texto  á  la  española,  publicada  en  Sevilla  en  1496  y  reimpresa  cuatro  veces 
hasta  mediar  el  siglo  xvi  (Toledo,  1524;  Valladolid,  1539;  Medina  del  Campo,  1543; 
Valladolid,  1550)  (*).  Miss  Bourland  prueba,  mediante  una  escrupulosa  confi-ontación, 
que  el  texto  de  la  edición  sevillana  está  muy  estrechamente  emparentado  en  el  del 
códice  del  Escorial  para  las  cincuenta  novelas  que  éste  contiene.  En  muchos  casos  son 
literalmente  idénticos;  convienen  en  la  sustitución  de  algunos  nombres  propios  á  otros 
del  original  italiano;  tienen  en  algunos  pacajes  los  mismos  errores  do  traducción,  los 
mismos  cambios  y  adiciones.  Coinciden  también  en  dividir  la  introducción  en  capítulos, 
aunque  no  exactamente  los  mismos.  Finalmente,  se  asemejan  en  la  inaudita  confusión 

lio  que  ella  me  foze  al  presente  por  que  con  ella  jamas  paz  nx'er  non  dcvo  pensando  que  vos  aquí  a 
la  mi  pobre  cusa  venida  seades  donde  en  tanto  que  rico  fue  venir  desdeñastes,  o  de  mi  un  pequeño 
don  quercdes  e  ella  me  aya  asi  fecho  quedar  que  vos  lo  non  puedo  dar,  e  porque  esto  ser  non  puede 
vos  diré  breve  mente:  como  yo  oy  vy  que  vuestra  merced  comigo  comer  quería,  avieado  rreguardado 
a  vuestra  ex^elengia  e  a  vuestro  valor  reputé  digna  e  conuenible  cosa  que  con  mas  cara  vianda 
segund  la  mi  posibilidad  yo  vos  devicse  onrrar  que  con  aquello  quo  general  mente  por  las  otras  pre- 
sonas  non  se  usa,  por  que  rrecordandome  del  falcon  que  mo  demandados  e  de  la  su  bondad ,  ser 
digno  manjar  de  vos  lo  reputé  e  desta  manera  a  el  asado  a  vedes  comido  el  qual  yo  por  bien  em- 
pleado rreputé,  mas  veyendo  agora  que  en  otra  manera  lo  dcReavades  me  es  asy  grande  duelo  pues 
servir  non  vos  puedo  que  jamas  paz  non  puedo  dar.  E  esto  dicho  las  plumas  e  los  pies  e  el  pico  le 
fizo  en  testimonio  lanzar  delante,  la  qual  cosa  veyendo  la  dona  e  oyendo  primero  lo  retraxo  por  dar 
a  comer  a  dona  tan  excelente  falcun  e  después  la  grande  noblezoi  de  su  coraron  la  qual  la  pobreza 
non  avia  podido  nin  podía  contrastar  (e)  mucho  entre  sy  mesma  lo  loo.  Después  de  quedada  fuera 
do  la  esperanza  de  aver  el  falcon  por  la  salud  del  fijo  (e)  entrada  en  pensamiento  e  rregra^iando 
mucho  a  Fadrique  el  honor  fecho  e  la  su  buena  voluntad,  toda  malenconia  en  py  fo  partió  e  torrnó 
al  fijo,  el  qual  por  la  malenconia  quel  falcon  aver  non  podia  e  por  la  enfenncdud  que  mucho  aquesto 
le  deviese  aver  traydo  non  pasaron  muchos  días  que  con  grand  dolor  de  la  madre  de  aquesta  vida 
pasó,  la  qual  después  que  llena  de  lagrimas  e  de  amargura  rref  rigerada  algnnd  tanto,  e  seyendo  muy 
ríca  quedada  e  aun  (a)  mo^a,  muchas  vegada  [s]  fue  de  los  hermanos  costreñida  a  torrnar  a  casar.  La 
qual  aun  que  querido  non  lo  oviese  mas  veycndose  aquexada  e  rrecordandose  del  valor  de  Fadriqne 
e  de  la  su  manifí^en^ta  ultima,  esto  es  do  aver  muerto  un  asi  maravilloso  falcon  por  onrrar  a  ella,  dixo 
a  los  hermanos:  pues  que  asy  vos  plaze  que  yo  case  aunque  toda  vía  de  muy  buena  voluntad  si  vos 
ploguiese  syn  maridar  me  estaría,  mas  sy  a  vosotros  mas  plnze  que  yo  marido  tome  por  ^ierto  yo  jamas 
non  tomaré  ninguno  sy  non  he  a  Fadrique  de  Harbegin.  De  lo  qual  los  hermanos  faziendo  burla  dixie- 
ron:  hermana,  qué  es  esto  que  tu  dizes,  como  quieres  tu  aquel  quo  non  ha  cosa  del  mando?  A  los  quales 
ella  rrcspondio:  hermanos  mios,  yo  se  bien  que  asi  es  como  vos  otros  dezides,  mas  yo  quiero  antes  om* 
bre  que  aya  menester  riquezas  que  rriquezas  que  ayan  menester  ombre.  Los  hermanos  oyendo  el  cora- 
9on  e  voluntad  della  e  conos^icndo  que  Fadrique  era  ouibre  de  mucho  bien  aunque  pobre,  an  como 
ella  quería  a  el  con  todas  sus  rriquezas  la  dieron.  El  qual  asy  fecho  la  dona  a  quien  tanto  el  amava 
por  muger  ávida  e  allende  de  aquesto  verse  muy  rico  en  alegría  con  ella  mejor  e  mas  sabio  termino 
tovo  e  los  años  suyos  acabó. 

(Debo  a  mt  querido  amigo  D.  Ramón  Mcnéndez  Pidal  la  copia  de  esta  novela  ) 

(')  Las  Cno\\vel(u  de  Jua  Bocado  (portada  en  grandes  letras  monacales). 

(Al  fin):  Aqui  se  acaban  las  Ciento  novellas  de  Mirerjuan  bocacio^  poeta  eloquéte.  Impreessas  en 
la  muy  noble  y  muy  leal  eibdad  de  Seuilla:por  Meynardo  ungut  alemana  y  Stanislao  polono  copañeros. 
En  el  año  de  nro,  señor  Mili  quatrQcietos  noventa  y  seys:  a  ocho  dias  del  mes  de  noviembre,  (N.°  54  de 
la  Bibliografia  ibérica  del  siglo  XV  do  Haebler.) 

2.^  ed. 

Las  C  novelas  de  micer  Juan  Vocacio  Florentino  poeta  eloquente.  En  las  quales  se  hallara  nota- 


INTRODXTCCIüN  xiii 

y  barullo  en  que  presentan  los  cuentos,  perdida  del  tedo  la  división  en  jomadas,  y  en 
suprimir  la  mayor  parte  de  los  prólogos  y  epílogos  que  las  sepamn,  y  por  de  contado, 
todos  los  versos,  á  excepción  de  la  hallata  de  la  décima  jomada,  que  está  en  el  impreso, 
pero  no  en  el  manuscrito  (*). 

Las  otras  cincuenta  novelas  están  traducidas  en  el  mismo  estilo,  no  de  fines,  sino 
de  principios  del  siglo  xv,  y  casi  de  seguro  por  el  mismo  traductor.  De  todo  esto  se 
infiere  con  mucha  verosimilitud  que  el  Decameron  de  Se\illa,  cuyo  texto  es  un  poco 
menos  incorrecto  que  el  del  manuscrito  escurialonse,  ya  porque  el  editor  lo  cotejase  y 
enmendase  con  el  italiano,  lo  cual  no  puedo  creer,  ya  porque  se  valiese  do  un  códice 
mejor,  representa  aquella  vieja  traducción  en  cuadernos^  los  cuales,  trastrocados  y 
revueltos  de  uno  en  otro  poseedor  ó  copista,  llegaron  á  la  extravagante  mezcolanza 
actual,  en  que  hasta  los  nombres  de  los  narradores  aparecen  cambiados  en  muchos 
casos,  y  se  altera  el  texto  para  justificar  el  nuevo  enlace  de  las  historias.  Pero  es  impo- 

We»  exemplos  y  muy  elegante  estilo.  Agora  nuevamente  ympressaa  con'egidas  y  emendadas  de  muchos 
Tocahlos  y  palabras  viciosas. 

(Al  fin):  Aqui  se  acaban  las  cient  novellas,,.  Fueron  impressas  en  la  Imperial  cibdad  de  Tolledo, 
por  Juan  de  Villaquiran  impresor  de  libros.  A  costa  de  Cosme  damian.  Acabóse  a  viij  del  mes  de 
Noviembre:  Año  del  nascimienio  de  nuestro  Salvador  y  Redemptor  Jesu  Christo  de  mili  y  quinientos  y 

3/ed. 

Itas  cient  noveUas,,, 

(Ck)IofoD)...  Fueron  impressas  en  la  muy  noble  y  leal  villa  de  valladolid.  Acabóse  a  veynie  y  qua^ 
tro  dios  del  mes  de  Marro.  Año  de  nuestro  Salvador  y  redemptor  Jesu  Christo  de  Mili  y  Quinientos 
y  treynta  y  nueve  años. 

Las  cient  novellas,,, 

(Colofón),..  Fueron  impressas  en  la  muy  noble  villa  de  Median  (sic)  del  Campo:  por  Pedro  de 
Castro  imprescr:  a  costa  de  Jua  de  espinosa  mercader  de  libros»  A  orne  dias  del  mes  de  agosto  de 
M,  y  D.  XL.  iif  años. 

Además  de  los  ejemplares  citados  en  el  texto,  existo  uno  en  la  Biblioteca  Imperial  de  Vicna.. 

6.*  ed. 

Las  cient  novellas,,. 

(Colofón)...  Aqui  se  acaban  las  cient  nouellas  de  Micer  Juan  bocado  poeta  eloqxiente.  Fueron 
impressas  en  la  muy  noble  villa  de  Valladolid:  en  casa  de  Juan  de  Villaquiran  impresor  de  libros:  a 
vottu  de  Juan  espinosa,  Acabosse  a  qvinze  dias  del  mes  de  Deziembre,  Año  de  mil  y  quinientos  y  cin- 
quenta  años. 

Como  moestra  del  estilo  de  esta  traducción  puede  verse  la  novela  del  Fermoso  escarnio  de 
Tofano  (4.*  de  lu  jornada  7.%  numerada  72  por  el  traductor)  que  ha  reimpreso  el  Sr.  Farinelli  (Notji 
pp.  105«107)  conforme  al  texto  do  la  edición  de  Burgos.  El  códice  escuriulense  termina  precisamente 
con  esta  novela:  «De  como  madona  Quita,  rauger  de  Cofano,  pensando  que  ovicse  embriagado  a  sa 
»marido  fue  a  cosa  do  su  amante  e  alia  fusta  la  media  noche  estovo,  e  de  como  Cofano  cen'O  la  puerta 
>por  de  dentro,  e  como  torno  su  mugcr  que  non  la  quiso  abrir*  £t  de  V  arte  que  ella  fizo». 

O  Ed.  de  Medina  del  Campo,  f oi.  GLXXIV  vuelto: 

Parte  te,  amor,  y  vete  al  mi  señor 

Y  cuenta  le  liis  penas  que  sostengo 

Y  como  por  su  causa  ¿  muerte  vengo 
Gallando  mi  querer  por  gran  temor... 

(Está  en  la  Novela  XCV  cde  como  una  donzella  so  enamoro  en  Palermo  del  rey  don  Pedro  de 
Ara^fon,  y  como  cayo  en  grande  enfermedad  por  aquella  causa  y  como  después  el  rey  la  galardono 
uiny  bien>.) 


XIV  orígenes  de  la  novela 

siblo  que  la  primitiva  versión  estuviese  dispuesta  así;  lo  que  tenemos  es  un  rífacimento^ 
una  oorruptela,  que  tampoco  puedo  atribuir  al  editor  de  1496,  porque  más  fácil  le 
hubiera  sido  restablecer  el  orden  italiano  de  las  historias  que  armar  tan  extrafio  embo- 
lismo. So  limitó,  sin  duda,  á  reproducir  el  manuscrito  que  tenía,  7  este  manuscrito  era 
un  centón  de  algún  lector  antiguo  que,  perdido  en  el  laberinto  de  sus  cuadernos,  los 
zurció  7  remendó  como  pudo,  sin  tener  presente  el  original,  que  le  hubiese  salvado  de 
tal  extravío. 

Dos  cosas  m&s  hay  que  notar  en  esta  versión,  aparte  de  otras  muchas  de  que  da 
minuciosa  cuenta  miss  Bourland.  Contiene  todas  las  novelas  del  Decameron^  incluso 
las  más  licenciosas;  únicamente  suprime^  sin  que  pueda  atinarse  la  causa,  la  novela  5.^ 
de  la  jornada  9.*  (Calandrino)^  j  la  sustituye  con  otra  novela  de  origen  desconocido, 
aunque  probablemente  italiano.  La  Griselda,  como  ya  indicamos,  no  está  traducida  de 
Boccaccio,  sino  de  la  paráfrasis  latina  del  Petrarca. 

A  pesar  de  sus  cinco  ediciones,  el  Decamei^on  castellano  es  uno  de  los  libros  más 
peregrinos  do  cualquier  literatura.  Nuestra  Biblioteca  Nacional  no  posee,  y  eso  por 
reciente  entrada  de  la  librería  de  D.  Pascual  Gayangos,  más  que  la  penúltima  edición, 
la  do  Medina  del  Campo,  y  es  también  la  única  que  se  conserva  en  el  Museo  Británico. 
En  París  sólo  tienen  la  última  de  1550.  Mucho  más  afortunada  la  Biblioteca  Nacional  de 
Bruselas,  posee,  no  sólo  el  único  ejemplar  conocido  de  la  edición  incunable,  sino  también 
la  primera  de  Valladolid.  El  precioso  volumen  de  Toledo  no  existe  más  que  en  la  Biblio- 
teca Magliabecchiana  de  Florencia. 

Yino  á  cortar  el  vuelo  á  estas  ediciones  la  prohibición  fulminada  por  el  Concilio  de 
Trente  contra  las  Cien  Novelas^  consignada  en  el  índice  de  Paulo  IV  (Enero  de  1559), 
y  trasladada  por  nuestro  inquisidor  general  Valdés  al  suyo  del  mismo  año.  Más  de  cin- 
cuenta ediciones  iban  publicadas  hasta  entonces  en  Italia.  Sabido  es  que  la  prohibición 
fue  transitoria,  puesto  que  San  Pío  V,  á  ruegos  del  Gran  Duque  Cosme  de  Médicis,  per- 
mitió á  los  académicos  florentinos  (llamados  después  de  la  Crusca)  que  corrigiesen  el 
Decameron  de  modo  que  pudiese  correr  sin  escándalo  en  manos  de  los  amantes  de  la 
lengua  toscana.  Esta  edición  corregida  no  apareció  hasta  el  año  1573,  bajo  el  pontifi- 
cado de  Gregorio  XIII;  refundición  bien  extraña,  por  cierto,  en  que  quedaron  intactas 
novelas  indecentísimas  sólo  con  cambiar  las  abadesas  y  monjas  en  matronas  y  doncellas, 
los  frailes  en  nigromantes  y  los  clérigos  en  soldados.  Bespetamos  los  altos  motivos  que 
para  ello  hubo  y  nos  hacemos  cargo  de  la  diferencia  de  los  tiempos.  Esta  edición,  llama- 
da de  los  Deputati^  fue  considerada  desde  luego  como  texto  de  lengua,  y  á  ella  se  ajus- 
tan todas  las  de  aquel  siglo  y  los  dos  siguientes,  salvo  alguna  impresa  en  Holanda  y 
las  que  con  falso  pie  de  imprenta  se  estamparon  en  varias  ciudades  de  Italia  en  el 

siglo  XVIII. 

La  Inquisición  Española,  por  su  parte,  autorizó  el  uso  de  esta  edición  en  el  índice 
de  Quiroga  (1583),  donde  sólo  se  prohiben  las  Cien  Novelas  siendo  de  las  impresas 
antes  del  Concilio:  ^Boccacii  Decades  sive  Decameron  aut  novelice  cenium^  nisi  fue" 
>  rint  ex  purgaiis  et  impressis  ab  anno  1572^ ,  fórmula  que  se  repite  en  todos  los  índi- 
ces posteriores  (*).  A  la  traducción  castellana,  como  completa  que  era,  le  alcanzaba  de 

O  Vid.  la  colección  de  Reusch  Die  índices  Librorum  Prohibiiorum  dea  \$echszehnten  Jahrhun* 
derti  (tom.  176  de  la  Sociedad  Literaria  de  Stuttgart),  p.  394.  £1  Decameron  está  pueBto  entre  los 
libros  latinos.  Entre  los  que  se  prohiben  en  romance  están  las  novelas  de  Juan  Boccaccio  (p.  437). 


/ 


INTRODUCCIÓN  xv 

lleno  la  prohibición,  y  nadio  pensó  en  expurgarla,  ni  hacía  mucha  falta,  porque  el  De" 
camerofi  italiano  corría  con  tal  profusión  (*)  j  era  tan  fácilmente  entendido,  que  no  se 
echaba  muy  de  menos  aquella  vieja  traslación  tan  ruda  j  destartalada  (^). 

Precisamente  la  influencia  de  Boccaccio  como  cuentista  y  como  mina  de  asuntos 
dramáticos  corresponde  al  siglo  xvii  más  que  al  xví.  Antes  de  la  mitad  de  esta  centu- 
ria apenas  se  encuentra  imitación  formal  de  ninguna  de  las  novelas.  No  es  seguro  que 
el  cuento  de  la  piedra  en  el  pozo,  tal  como  se  lee  en  el  Corvacho  del  Arcipreste  de 
Talavera,  proceda  de  la  novela  de  Tofano  (4.''  de  la  jornada  YII);  una  y  otra  pueden 
tener  por  fuente  común  á  Pedro  Alfonso  (^).  Todavía  es  más  incierto,  á  pesar  de  la  opi-* 
nión  de  Landau  (^),  que  el  romance  del  Conde  Dirlos^  que  debe  de  ser  de  origen  fran- 
cés como  todos  los  carolingios,  tenga  con  la  novela  de  Messer  Torello  (giom.  X,  n.  9) 
más  relación  que  el  tema  general  de  la  vuelta  del  esposo,  á  quien  se  suponía  perdido  ó 
muerto,  y  que  llega  á  tiempo  para  impedir  las  segundas  bodas  de  su  mujer.  El  romance 
carece  enteramente  de  la  parte  mágica  que  hay  en  la  novela  de  Boccaccio  y  no  hay 
Dada  que  recuerde  la  intervención  de  Saladino.  En  una  versión  juglaresca  y  muy  tardía 
del  romance  de  El  Cande  Claros  añadió  el  refundidor  Antonio  de  Pansac  una  catás- 
trofe trágica  (el  corazón  del  amante  presentado  en  un  plato),  tomada,  según  creo,  del 
Decamerofi,  ya  en  la  novela  de  Ghismonda  y  Guiscardo  (giom.  lY,  1),  ya  en  la  de 
GuigUelmo  Rossiglione  (Guillem  de  Cabestanh),  que  es  la  QJ"  de  la  misma  jornada  (^). 
Escasas  son  también  las  reminiscencias  en  los  libros  de  caballerías,  salvo  en  Tiran t 
lo  Blanch^  que  tanto  diñere  de  los  demás,  no  sólo  por  la  lengua,  sino  por  el  espíritu. 
Además  de  varias  frases  y  sentencias  literalmente  traducidas,  Martorell  reproduce  una 
novela  entera  (giom,  11,  n.  4),  la  del  mercader  Landolfo  Buffolo,  que  después  de  haber 
perdido  todos  sus  haberes  en  un  naufragio,  encuentra  como  tabla  de  salvamento  una 
cajita  llena  de  piedras  preciosas.  Hay  otras  evidentes  imitaciones  de  pormenor,  que 
recoge  con  admirable  diligencia  Arturo  Farinelli,  el  primero  que  se  ha  fijado  en  ellas  (^). 

(')  Eq  nuestras  biblioteca?,  aun  en  latí  menos  conocidas,  suelen  encontrarse  raros  ejemplares  del 
Decameron.  En  la  de  las  Escuelas  Pías  He  San  Fernando  (Madrid)  recuerdo  haber  visto,  hace  años, 
la  auténtica  de  Florencia  de  1527,  que  es  una  de  las  más  apreciadas  y  de  las  que  han  alcanzado  pre- 
cios más  exorbitantes  en  las  ventas. 

(')  El  Decaineron  fue  mirado  siempre  con  indulgencia  aun  por  los  varones  más  graves  de  nues- 
tro siglo  xvj.  En  un  curioso  dictamen  que  redactó  como  secretario  del  Santo  Oficio  sobre  prohibi- 
ción de  libros,  decía  el  gran  historiador  Jerónimo  de  Zurita:  aEu  las  novelas  de  Juan  Bocatio  hay 
«algunas  muy  deshonestas,  y  por  esto  será  bien  que  se  vede  la  translación  deltas  en  romance  sino 
tfoese  espurgándolas,  porque  las  más  deltas  son  ingeniosissimas  y  muy  eloquentes,  (Revista  de  Archi' 
vos,  BxblioUcas  y  Museos,  1903,  t.  VII,  pp.  220  y  ss.) 

(')  Sobre  las  imitaciones  que  Boccaccio  hizo  de  Pedro  Alfonso  debe  consultarse  un  erudito  y 
reciente  trabajo  de  Letterio  di  Francia,  Alcune  novelle  del  Decameron  illustrate  nelle/onti.  (Qiomale 
Skrieo  deüa  leUeratura  italiana,  t.  XLIV,  p.  23  y  ss.) 

(^)  Die  Queüen  des  Dekameron,  von  Dr.  Marcus  Landau  (2/  ed.);  Stnttgart,  1884,  p.  203. 

ce  mi  Tratftdo  de  los  romances  viejos,  t.  II,  pp.  425-426. 

(*)  Vid.  Tratado  de  los  romances  viaos,  t.  II,  p.  404.  Corríjase  la  errata  giomata  tema  en  vez  de 
fuarta, 

(*)  El  mismo  Farinelli  (p.  99)  ha  sorprendido  en  la  otra  novela  catalana  del  siglo  xv  Curial  y 
Guelfa  una  cita  muy  detallada  de  la  novela  de  Ghismonda  y  Guiscardo:  cRecordats  vos,  senyora,  de 
lies  páranles  que  dix  Guismunda  de  Tancredi  a  son  pare  sobre  lo  fet  de  Guiscart,  e  de  la  dcscrípcio 
>de  noblesa?...! 

En  la  Comedia  de  la  Gloria  de  amor  del  comendador  Rocaberu,  en  el  Inferno  dos  namorados  del 


tefc'-. r.'- i^.■í"TÍ^  -M -Ti^aAafc*^»!^  i.x^ ■  "  t-T'  'artjsrr  .  .c-l-íi^  -..  j ^ :  * . <    .  »>  »k  mT^^^^^T^^^^^^^^^^^^^^^^^^^P 


XVI  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

Otro  libro  de  caballerías,  excepcional  también  en  algunas  cosas,  el  Pálmerín  de  Ingla^ 
teira,  de  Francisco  Moraes,  contiene  una  imitación  de  la  novela  de  Ghismonda:  «Tomó 
»la  copa  en  las  manos,  y  diziendo  al  corazón  de  Artibel  palabras  do  mucho  dolor,  j 
idiziendo  muchas  lástimas,  la  hinchió  de  lágrimas»  (^). 

El  ejemplo  más  singular  de  la  influencia  de  Boccaccio  en  España  es  la  adaptación 
completa  de  una  novela,  localizándose  en  ciudad  determinada,  enlazándose  con  apelli-« 
dos  históricos,  complicándose  con  el  hallazgo  de  unos  restos  humanos  6  imponiéndose 
como  creencia  popular,  viva  todavía  en  la  mente  do  los  españoles.  Tal  es  el  caso  de  la 
leyenda  aragonesa  de  los  Amantes  de  Teruel,  cuya  derivación  de  la  novela  de  Girolamo 
y  Salvestra  (giorn.  IV,  8)  es  incuestionable  y  está  hoy  plenamente  demostrada  ('),  sin 
que  valga  en  contra  la  tradición  local,  de  la  que  no  se  encuentra  vestigio  antes  de  la 
segunda  mitad  del  siglo  xvi,  tradición  que  ya  en  1619  impugnaba  el  cronista  Blasco  de 
Lanuza  {^)  y  que  intentó  reforzar  con  documentos  apócrifos  el  escribano  poeta  Juan 
Yagüo  de  Salas.  El  «papel  de  letra  muy  antigua»  que  él  certifica  haber  copiado  y  lleva 
por  título  Historia  de  los  amores  de  Diego  Juan  Martinex  de  Marcilla  é  Isabel  de 
Segura^  año  1217,  es  ficción  suya,  poniendo  en  prosa,  que  ni  siquiera  tiene  barniz  de 
antigua  excepto  al  principio,  lo  mismo  que  antes  había  contado  en  su  fastidiosísimo 
poema  publicado  en  1616  (*),  No  por  eso  negamos  la  existencia  de  los  Amantes,  ni 
siquiera  es  metafísicamente  imposible  que  la  realidad  haya  coincidido  con  la  poesía, 
pero  sería  preciso  algún  fundamento  más  serio  que  los  que  AntiUón  deshizo  con  crítica 
inexorable,  aun  sin  conocer  la  fuente  literaria  de  la  leyenda. 

portugués  Duarte  de  Brito,  y  en  otras  composiciones  análogas,  figuran  Ghismonda  y  Guiscardo  entre 
laa  parejas  enamoradas  de  trágica  nombradla. 

A  la  celebridad  de  esta  novela  contribuyó  mucho  la  traducción  latina  de  Leonardo  Bruni  de 
Arezzo  (Leonardo  Aretino),  cuyos  escritos  eran  tan  familiares  á  nuestros  humanistas. 

(')  Para  esta  imitación  vid.  el  libro  de  mins  Bourland,  pp.  95-97. 

(')  Véase  nrincipalmento  el  artículo  de  D.  Emilio  Cotarelo  Sobre  el  origen  y  desarrollo  de  ¡a 
leyendci  de  Los  Amantes  de  Teruel  (Revista  de  Archivos,  Bibliotecas  y  Mvseos^  n,  5,  mayo  de  1903, 
pp.  343-377).  Mis8  Bourland,  cuya  tesis  se  publicó  en  1905,  llega  por  su  parte  á  las  mismas  conclu- 
siones. 

A  la  numcr.^sa  serie  de  obras  poéticas  relativas  á  la  historia  de  Los  Amantes  debe  aüadirsc,  y 
es  una  de  las  más  antiguas,  la  Silva  sexta  del  poeta  latino  de  Calatayud  Antonio  Serón  ( nacido 
en  1512).  Falta,  en  el  tomo  de  sus  versos  que  publicó  D.  Ignacio  de  Asso  en  Amsterdam  {Antonii 
Scronis  Bilbilitani  Carmina,  1781),  pero  está  en  otras  muclias  composiciones  suyas  inéditas  en  el 
mismo  códice  de  la  Biblioteca  Nacional  que  sirvió  á  Asso  para  hacer  su  selección.  Las  noticias  de  la 
vida  de  Serón  alcanzan  hasta  1567.  ^ 

O  cNo  quiero  tratar  aquí  de  lo  que  se  dice  del  suceso  tan  sonado  y  tan  f!ontado  de  Marcilla  y 
X)Segura,  que  aunque  no  lo  tengo  por  impossible  creo  ccrtissimamenté  ser  fabuloso,  pues  no  huy 
Dcscritor  de  autoridad  y  classico,  ni  aquellos  Anales  tantas  veces  citados  con  ser  particulares  de  las 
PC08US  de  Teruel,  ni  otro  Auctor  alguno  que  dello  haga  mención;  sL  bien  algunos  Pr.etas  le  han 
^tomado  por  sujeto  de  sus  versos,  los  quules  creo  que  si  hallaran  en  Archivos  alguna  cosa  desto  ó  si 
j>en  las  ruynas  de  la  parroquial  de  San  Pedro  de  Teruel  (queriéndole  reedificar)  se  hu viera  hallado 
^sepultura  de  marmol  con  inscripción  de  estos  Amantes,  i>o  lo  callaran. 9 

{Historias  eclesiásticas  y  seculares  de  Aragón,.,  Tomo  IL  Zaragoza,  1619,  lib.  III,  cap,  14.) 

(*)  Vid.  Noticias  históricas  sobre  Les  Amantes  de  Teruel  por  D,  Isidoro  de  AntiUón,  Madrid, 
imp.  de  Fucntenebro,  1800.  E^.te  folleto,  tan  convincente  y  bien  razonado  como  todos  los  escritos 
históricos  de  su  autor,  nada  perdió  de  su  fuerza  con  el  hallazgo  de  otra  ftescritura  pública»,  fabrica- 
ción del  mismo  Yagiie,  que  publicó  en  184*2  D.  Esteban  Gabarda  en  su  Historia  de  los  Amantes  de 
Teruel 


INTRODUCCIÓN  xvii 

Antonio  de  Torquemada,  en  sus  Coloquios  Satíneos  (1553),  j  Juan  de  Timoneda, 
en  su  PatraiUielo  (1566),  son  los  primeros  cuentistas  del  siglo  xvi  que  empiezan  á 
explotar  la  mina  de  Boccaccio.  Después  de  ellos,  y  sobre  todo  después  del  triunfo  de ; 
Cervantes,  que  nunca  imita  á  Boccaccio  directamente,  pero  que  recibió  de  él  una' 
influencia  formal  y  estilística  muy  honda  y  fue  apellidado  por  Tirso  «el  Boccaccio 
cspañoh ,  los  imitadores  son  legión.  El  cuadro  general  de  las  novelas,  tan  apacible  ó 
ingenioso,  y  al  mismo  tiempo  tan  cómodo,  se  repite  hasta  la  saciedad  en  Los  Cigarra^ 
les  de  Toledo^  del  mismo  Tirso;  en  el  Para  iodos^  de  Montalbán;  en  la  Casa  del  placer 
honesto^  de  Salas  Barbadillo;  en  las  Tardes  entretenidas^  Jomadas  alegres^  Noches  de 
placer^  Huerta  de  Valencia^  Alivios  de  Calandra  y  Quinta  de  Laura,  de  Castillo 
Solórzano;  en  las  Novelas  amorosas^  jde.Dpüa  María  de  Zayas;  en  las  Navidades  de 
Madrid,  de  Doña  Mariana  de  Carvajal;  en  las  Navidades  de  Zara^oxa,  de  D.  Matías  de 
Aguirre;  en  las  Auroras  de  Diana,  de  D.  Pedro  de  Castro  y  Anaya;  en  las  Meriendas 
del  ingenio,  de  Andrés  de  Prado;  en  los  Gustos  y  digustos  del  Lentiscar  de  CaHagena, 
de  Ginés  Campillo,  y  en  otras  muchas  colecciones  de  novelas,  y  hasta  de  graves  diser- 
taciones, como  los  Día^  de  jardín,  del  Dr.  Alonso  Cano. 

Hubo  también,  aunque  en  menor  número  de  lo  que  pudiera  creerse,  imitaciones  de 
novelas  sueltas,  escogiendo  por  de  contado  las  más  honestas  y  ejemplares.  Matías  de  los 
Reyes,  autor  de  pobre  inventiva  y  buen  estilo,  llevó  la  imitación  hasta  el  plagio  en  El 
Curial  del  Parnaso  y  en  El  Menandro.  Alguna  imitación  ocasional  se  encuentra  tam-  . 
bien  en  él  Teatro  Popular,  de  Lugo  Dávila;  en  El  Pasajero,  de  Cristóbal  Suárez  dePigue-  i 
roa,  y  en  El  Criticón,  de  Gradan.  Puntualizar  todo  esto  y  seguir  el  rastro  de  Boccaccio  Ül 
hasta  en  nuestros  cuentistas  más  oscuros  es  tarea  ya  brillantemente  emprendida  por 
miss  Bourland  y  que  procuraremos  completar  cuando  tratemos  de  cada  uno  de  los  auto- 
res en  la  presente  historia  de  la  novela.  Pero  desde  luego  afirmaremos  que  las  historias 
de  Boccaccio,  aisladamente  consideradas,  dieron  mayor  contingente  al  teatro  que  á  la 
novela.  De  un  pasaje  de  Ricardo  del  Turia  se  infiere  que  solían  aprovecharse  para 
loas  (•).  Pero  también  servían  para  argumentos  de  comedias.  Ocho,  por  lo  menos,  de 
Lope  de  Vega  tienen  este  origen,  entre  ellas  dos  verdaderamente  deliciosas:  El  anzuelo 
de  Fenisa  y  El  ruiseñor  de  Sevilla  (*).  Pero  en  esta  parte  no  puede  decirse  que  su 
influencia  fuese  mayor  que  la  de  Bandello.  De  todos  modos,  lo  que  Boccaccio  debía  á 

(1)  Mi88  Bourland  recuerda  oporlunamoote  esto  pasaje  de  Ricardo  de  Turia  en  la  loa  que  precede 
á  8Q  comedía  La  burladora  hurlada: 

La  diversidad  de  asuntos 
Cjue  en  las  loas  han  tomado 
Para  pediros  silencio 
Nuestros  Terencios  y  Plautos, 
Ya  contando  alguna  hazafia 
De  César  ó  de  Alejandro, 
Ya  rofíriendo  novelas 
Del  Ferrares  ó  el  Bocacio... 

El  Ferrares  debe  de  ser  Giraldi  Cinthio,  Un  precioso  ejemplo  de  este  género  de  loas  tenemos 
en  la  que  precede  á  La  Rueda  de  la  Fortuna,  del  doctor  Mira  de  Amescua,  donde  está  referido  aquel 
mismo  cuento  de  Bandello  que  fue  germen  de  la  admirable  comedia  de  Lope  El  villano  en  su  rincón, 

(')  Las  restantes  son:  El  llegar  en  ocasión,  La  discreta  enamorada.  El  servir  con  mala  estrella^ 
La  boda  entre  dos  maridos^  El  exemplo  de  casadas, 

ORtOBNBS  DE  LA  NOVELA. — II.— ¿ 


XVIII  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

España  por  modio  de  Pedro  Alfonso,  quedó  ampliamente  compensado  con  lo  que  le 
debieron  nuestros  mayores  ingenios. 

Hasta  la  mitad  del  siglo  xvi  no  volvemos  á  encontrar  traducciones  de  novelas  ita- 
lianas. Apenas  me  atrevo  á  incluir  entre  ellas  La  Zuca  del  Doni  en  español^  publicada 
en  Venecia,  1551,  el  mismo  afio  y  por  el  mismo  impresor  que  el  texto  original  (*).  Por- 

(')  La  I  Zueca  \  del  \  Doni  \  En  SpañoL 

(Al  fin):  In  Venetia  \  Per  Francesco  \  Marcolini  |  II  Mese  d'  Otiobre  \  MDLL 

8.®  166  pp.  y  5  hR.  sin  foliar  de  índice.  Con  diez  y  seis  grabados  en  madera. 

(Dedicatoria):  La  Zuca  del  Doni  de  lengua  Tkoacana  en  Castellano, 

«AI  IlluBtre  SeRor  Juan  Bautista  de  Divicii,  Abbad  de  Bibicna  y  de  Stn  Juan  in  Venere. 

]»Entre  las  virtudes  (Illustrc  Señor)  que  a  un  hombre  liazen  perfeto  y  acabado,  una  y  muy  prin- 
cipal, es  el  agradecimiento;  porque  por  él  venimos  á  caber  con  todo?,  ganamos  nuevas  amistades, 
conservamos  las  viejas,  y  de  los  enemigos  hazeinos  amigos.  Tiene  tanta  fuerza  esta  virtud,  que  á  los 
hombres  cobardes  haze  muy  osados  en  el  dar,  á  los  que  reciven  (regocijados  en  el  pagar  y  á  los  ava- 
ros liberales.  Buena  cosa  es  ser  agradecido,  y  malísima  ser  ingrato... 

:»Siendo  yo,  pues,  deudor  por  tantas  partes  á  V.  m.  no  he  querido  ser  de  los  que  p<igan  luego 
(ó  por  mejor  dezir),  no  he  podido  serlo,  ni  tao  poco  de  los  que  tardan  en  pagar,  por  no  ser  tachado 
do  hombre  desconocido,  nnsi  queriendo  yo  tener  el  medio,  por  no  errar:  suscedió  que  estando  con  el 
Doni  (hombre  como  V.  m.  sabe,  agudo)  venimos  a  hablar  de  la  Zueca,  que  él  no  ha  muchos  dias  hizo 
estampar:  roguelo  que  me  embiase  una,  porque  no  havia  provado  calaba^-as  este  año?  él  lo  hizo  como 
amigo,  agradóme  la  materia  o  argumento  del  libro  (que  sin  dubda  para  entretener  una  conversación 
un  rato,  os  de  los  buenos  que  he  leído).  Encarecisele  tanto  al  Señor  Conde  Fortunato  de  Martinen- 
go,  que  él  como  deseoso  de  saber  nuestro  lenguaje,  allende  de  ser  tan  afícionado  a  la  nación  espa- 
ñola, me  rogó  con  gran  instancia  le  traduxete,  poniendo  me  delante  la  utilidad  y  probecho  que  de 
allí  redundaría  á  muchos  que  carescen  de  la  lengua  Italiana.  Conoscída  su  voluntad  (aunque  querría 
mas  escreuír  do  luio  hí  supiese  que  traduzirlo  de  otros)  le  otorgué  lo  que  me  pidió;  acordémc  des- 
pués, que  para  hombre  que  podía  poco,  esto  era  el  tiempo,  ;lugar  y  coyuntura  donde  podria  mostrar 
la  voluntad  que  tengo  de  servir  a  V.  m.  pagando  en  parte  lo  que  en  todo  no  puedo,  y  asi  determiné 
dedicarle  este  pequeño  trabajo  del  traslado  de  la  Zueca,  dado  que  el  original  el  Doni  no  lo  ha^^a  con- 
sagrado a  ninguno.  Porque  de  mas  de  mostrar  que  reconozco  la  deuda,  la  obra  vaya  más  segura  y 
amparada  debaxo  la  sombra  y  favor  de  V.  m.  y  asi  le  suplico  la  reciva  en  servicio:  que  yo  soy  cierto 
que  le  agradará,  confiado  de  su  ingenio  y  buen  natural,  y  si  no  le  contentare,  será  más  por  el  nom- 
bre que  por  lo  que  la  calabaza  contiene.  Está  llena  do  muchas  y  provechosas  sentencias,  de  muy 
buenos  excmplos,  de  sabrosos  donaires,  de  apacibles  chistes,  de  ingeniosas  agudezas,  de  gustosas 
boverias,  de  graciosos  descuidos,  de  bien  entendidos  mot«s,  de  dichos  y  prestezas  bien  dignas  de  ser 
sabidas,  de  manera  que  por  ella  se  puede  decir:  (Cso  el  sayal  hay  al».  Lo  que  se  ve  paresce  cosa  de 
hurla,  y  de  lo  que  no  se  paresce  todo  ó  la  maior  parte  es  de  veras.  Es  un  repertorio  de  tiempos,  una 
red  varredera  que  todos  los  estados,  oficios,  edades  recoge  en  sí.  Finalmente  es  un  Sileno  de  Alci- 
biades,  a  todos  avisa,  con  todos  habla,  de  suerte  que  asi  grandes  como  pequeños,  ricos  y  pobres,  doc- 
tos y  ignorantes,  señores  y  los  que  no  lo  son,  viejos  y  mo^os,  y  en  conclusión  desde  el  Papa  hasta 
el  que  no  tiene  capa,  sin  sacar  ninguno,  pueden  tacar  desta  Zuca  tanto  yumo  que  salgan  llenos,  y  la 
calaba^'Ki  no  quede  menguada.  Una  cosa  quiero  advertir  a  quien  esto  librillo  leerá,  que  la  Zueca  en  el 
vulgar  italiano  tiene  tanta  fuerza,  que  a  penas  se  puede  traduzír  en  otra  lengua  con  tanta.  La  razón 
es  porque  cada  lengua  tiene  sus  particulares  maneras  de  hablar,  de  manera  que  lo  que  suena  bien  en 
una,  volviendo  lo  en  otra,  palabra  por  palabra,  suena  mal.  Como  paresce  por  muchos  libros  traduzí- 
dos  en  esta  lengua  de  italiano,  y  en  los  qne  de  latín  y  griego  se  traduzco  en  castellano;  pero,  como 
el  romance  nuestro  sea  tan  conforme  al  Toscano,  por  ser  tan  allegado  al  latín,  aunque  en  algo  difie- 
ran, no  en  todo.  No  dexo  de  confesar  que  la  lengua  Toscana  no  sea  muy  abundante,  rica  y  llena  de 
probervíos,  chistes  y  otras  sentenciosas  invenciones  de  hablar:  las  quales  en  nuestro  castellano  nin- 
guna fuerza  tendrían.  Como  si  dixescmos  de  uno  que  quieren  ahorcar  chan  mandado  los  alcaldes 
que  le  lleven  a  FulignoD.  Esta  palabra  tiene  dos  sentidos,  o  que  le  mandan  yr  a  nna  ciudad,  que  se 
llama  Fuligno^  ó  que  le  mandan  ahorcar /une,  quiero  dezir  soga  ó  cordel,  %fio,  lefio  ó  madero;  quien 


INTRODUCIÓN 


XIX 


que  propiamente  la  Zueca  6  calabaza  no  es  una  colección  de  novelas,  sino  de  anécdotas, 
chistes,  burlas,  donaires  y  dichos  agudos,  repartidos  en  las  varias  secciones  de  cicala' 
menti^  baie^  chiacchiere^  foglie^  fiori^  frutti  (*).  El  anónimo  traductor,  que  dedicó  su 
versión  al  abad  de  Bibbiena  y  de  San  Juan  in  Venere  en  un  ingenioso  y  bien  parlado 

quisiere  darle  esta  fuerza  en  castellano,  temía  bien  qaé  hazer;  de  manera  que  es  meneater  que  en 
algunas  partes  tomemos  el  sentido,  y  lo  volvamos  en  otras  palabras,  y  no  queramos  ir  atados  a  la 
letra  como  los  judios.  Por  lo  qual  han  hecho  muchos  errores  algunos  interpretes.  Es  averiguado 
(como  paresce)  que  ni  ellos  entendian  los  originales,  ni  sus  traslados  los  que  los  leen,  antes  sé  dezir 
qne  quedan  embelesados,  paresciendoles  que  leen  cosas  encantadas  y  sin  pies  ni  cabe9a,  a  cuya  causa 
vienen  a  ser  tenidos  en  poco  los  authores  por  aquellos  que  los  leen  mal  traduzidos,  en  otra  lengua 
peregrina,  allende  que  confunden  con  palabras  grosera»  el  sentido  que  el  author  pretende  y  hazen 
una  disonancia  t^n  grande,  que  despertarían  la  risa  al  más  grave  y  saturno,  y  sacarían  de  sus  casi- 
llas al  más  sufrido  que  se  hallase.  Por  éstos  se  podría  dezir:  Habló  el  Buey  y  dixo  mu.  Quien  qui- 
líere  experimentar  lo  dicho  lea  la  traducion  del  Boccacio  y  del  Plutarco,  Quinto  Curcio  y  otros  mu* 
dios  authores,  de  los  quales  por  no  ser  prolixo  no  hago  memoria.  Algunas  veces  solía  yo  leer  (estando 
en  Hespafia)  el  Boccacio,  pero  sin  duda  las  más  no  acertava  la  entrada,  y  si  acaso  atlnava,  me  perdía 
por  el  libro,  sin  saber  salir,  digo  que  en  una  hora  dava  veinte  tropezones,  que  bastavan  confundir  el 
ingenio  do  Platón.  He  usado  (Illustre  señor)  destos  preámbulos  y  corolarios  para  venir  a  este  punto. 
Conviene  a  saber  que  mi  intención  no  ha  sido  en  la  traducion  deste  libro  llegarme  mucho  a  la  letra, 
porque  la  letra  mata,  mas  antes  al  spiritu,  que  da  vida,  sino  es  quando  fuere  menester.  Desta  manera, 
yo  fiador,  que  la  calabaza  no  salga  vana,  ni  los  que  la  gustaren  vuelvan  desagradados,  ni  mal  con- 
tentos ó  confusos.  Pero  dirá  alguno:  cen  fin  es  calabaza»;  yo  lo  conGeso,  pero  no  por  eso  se  ha  de 
dexar  de  comer  de  ella,  que  ni  ella  comida  iiará  mal  estomago  ni  el  nombre  ha  deponer  miedo  a 
Dioguno.  Escrito  está  que  infinito  es  el  número  de  las  calabazas,  y  según  mí  opinión  no  hay  hombre 
qoe  no  lo  sea,  pero  esta  es  la  diferencia,  que  unos  disimulan  más  que  otros,  y  aun  vecinos  muchas 
vezes  que  en  la  sobrehaz  algunos  parescen  y  son  tenidos  por  calabazas  y  no  lo  son  del  todo,  aunque 
(como  he  dicho)  lo  sean  en  algo.  Todas  las  cosas  perfectas  no  son  estimadas  por  de  fuera.  Natura- 
leza es  tan  sabia  y  discreta  que  puso  la  virtud  dellas  debaxo  de  machas  llaves.  Como  pareace  en  los 
cielos  y  en  la  tierra:  en  la  qual  veemos  que  los  arboles  tienen  su  virtud  ascendida,  y  asimesmo  el 
oro,  y  loa  otros  metales.  ¿Qué  diremos  do  las  piedras  preciosas,  que  se  hazen  en  la  mar?  Pues  lo 
Desmo  podremos  dezir  que  acaesco  entre  los  hombres:  que  los  más  sabios  tienen  su  prudencia  más 
ttcondida,  aunque  en  lo  exterior  sean  tenidos  por  livianos.  A  éstos  soy  cierto  que  no  les  dará  hastio 
la  corteza  de  la  calaba9a,  antes  se  holgarán  de  tocarla,  porque  saben  que  leyéndola  gozarán  de  los 
wcretoa  interiores  que  debaxo  de  la  corte9a,  o  por  mexor  dezir  del  nombre  de  calabaza  están  ence* 
nidos.  Reciva  pues  V.  ra.  este  pequefio  presente  de  la  Zueca,  o  calabaza,  que  por  haberla  el  Doni 
sortado  fresca  con  el  roció  de  la  mañana,  temo  que  de  mis  manos  no  salga  seca  y  sin  9umo.  Verdad 
es  qoe  be  trabajado  de  conservarla  en  aquella  frescura  (ya  que  no  he  podido  mejorarla)  que  el  Doni 
k  cortó  de  bu  propio  jardín.  £lla  va  a  buena  coyuntura:  e  que  según  me  paresce  agora  es  tiempo  de 
Im  calabazas  en  esta  tierra,  aunque  en  otras  sea  en  Setiembre.  Pienso  que  tomará  V.  m.  tanto  gus- 
to qae  perdonará  parte  de  la  deuda  en  que  estoy,  y  acceptará  el  presente  en  servicio...  De  Venecia 
a  XXV  de  Setiembre  MD.LI.» 

(*)  Gran  parte  de  los  chistes  ó  cicalarMnios,  batas  y  charheras  del  Doni  (nombres  que  el  traduc- 
tor conserva)  están  fundados  en  piovcrbios  ó  tienden  á  dar  sn  explicación,  por  io  cuai  figura  este 
libro  en  la  erudita  Monografía  sobre  los  refranes^  adagios,  etc.,  del  Sr.  D.  José  María  Sbarbi  (1891), 
donde  paeden  verse  reproducidos  algunos  de  estos  cuentecillos  (pp.  392-393).  Entre  ellos  está  el 
uSQÍente,  que  ¿  los  bibliófilos  nos  puede  servir  de  defensa  cuando  parece  que  nos  detenemos  en 
libros  de  poco  momento. 

cNo  me  paresce  cosa  justa  (me  dixo  el  Bíce)  que  en  vuestra  Librería  hagáis  memoria  de  algu- 
nos authores  de  poca  manera  y  poco  crédito;  poro  yo  le  dixe:  las  plantas  pareacen  bien  en  un  jardín, 
pirqne  aunque  ellas  no  valgan  nada,  a  lo  menos  hazen  sombra  en  el  verano.  Siempre  debríamos  dis- 
evrir  por  las  cosas  deete  mnndo,  por  que  tales  cuales  son  siempre  aprovechan  para  algo,  por  lo  qual 
melea  dezir  las  viejas:  cNo  hay  coea  mala  que  no  aproveche  para  algoi. 


XX  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

prólogo,  que  pongo  íntegro  por  nota,  era  amigo  del  Doni  y  debía  de  tener  algún  paren- 
tesco de  humor  con  él,  porque  le  tradujo  con  verdadera  gracia,  sin  ceñirse  demasiado  á 
la  letra.  Razón  tenía  para  desatarse  en  su  prólogo  contra  los  malos  traductores^  haciendo 
especial  mención  del  de  Boccaccio.  Curiosísimo  tipo  liteiurio  era  el  Doni,  escritor  de  los 
que  hoy  llamaríamos  excéntricos  ó  humoristas  y  que  entonces  se  llamaban  heteroclitos 
6  extravagantes,  lleno  de  raras  fantasías,  tan  desordenado  en  sus  escritos  como  en  su 
vida,  improvisador  perpetuo,  cuyas  obras,  como  él  mismo  dice,  «se  leían  antes  de  ser 
escritas  y  se  estampaban  antes  de  ser  compuestas» ;  libelista  cínico,  digno  rival  del  Are- 
tino;  desalmado  sicofanta,  capaz  de  delatar  como  reos  de  Estado  á  sus  enemigos  litera- 
rios; traficante  perpetuo  en  dedicatorias;  aventurero  con  vena  de  loco;  mediano  poeta 
cómico,  cuentista  agudo  en  el  dialecto  de  Florencia  y  uno  de  los  pocos  que  se  salvaron 
de  la  afectada  imitación  de  Boccaccio  (*).  En  medio  de  sus  caprichos  y  bufonadas  tiene 
rasgos  de  verdadero  talento.  Sus  dos  Librerías  6  catálogos  de  impresos  y  manuscritos 
con  observaciones  críticas  se  cuentan  entre  los  más  antiguos  ensayos  de  bibliografía  é 
historia  literaria.  Y  para  los  españoles,  sus  Mundos  celestes^  ietrestres  é  infernales  ('), 
en  que  parodió  la  Divina  Coynedia^  son  curiosos,  porque  presentan  alguna  remota  ana- 
logía con  los  Sueños  inmortales  de  Quevedo,  aunque  no  puede  llevarse  muy  lejos  la 
comparación. 

Menos  importancia  literaria  que  la  Zxvcca  tienen  las  Horas  de  recreación^  de  Luis 
Guicciardini,  sobrino  del  grande  historiador  Francisco.  A  Luis  se  le  conoce  y  estima 
principalmente  por  su  descripción  de  los  Países  Bajos,  que  tuvo  por  intérprete  nada 
menos  que  á  nuestro  rey  Felipe  IV.  A  las  Horas  de  recreacián^  que  es  una  de  tantas 
colecciones  de  anécdotas  y  facecias,  cupo  traductor  más  humilde,  el  impresor  Vicente 
de  Millis  Godínez,  que  las  publicó  en  Bilbao  en  1580  {^). 

De  todos  los  novelistas  italianos  Mateo  Bandello  fue  el  más  leído  y  estimado  por  los 
españoles  después  de  Boccaccio  y  el  que  mayor  número  de  argumentos  proporcionó  á 
nuestros  dramáticos.  Lope  de  Vega  hacía  profesión  de  admirarle,  y  en  el  prólogo  de  su 

O  Con  las  novelas  esparcidas  en  las  varias  obras  del  Doni  (que  además  hizo  una  imitación  del 
Calila  y  Dimna  intitulándola  Filosofia  Morale  (Venecía,  1552),  formó  una  pequeña  colección  el  eru- 
dito Bartolomé  Gamba,  á  quien  tanto  debe  la  bibliografía  de  la  novelística  italiana  (Venecia,  1815). 
Otra  edición  algo  más  amplia  de  estas  novelas  selectas  hizo  en  Luca,  1852,  Salvador  Bongi,  reim- 
presa con  otros  opúsculos  del  Doni  en  la  Biblioteca  Rara  de  Daelli:  Le  Novelle  di  Antonfranceseo  D<miy 
giá  pubblicate  da  Salvatore  Bongi ,  nuova  edixianef  diligentemente  rivista  e  corretía.  Con  V  aggiun» 
ta  della  Muía  e  della  Chiave,  dicerie^  e  dello  v.Stufajolo'h^  commedia^  del  niedesimo  Doni.  Milán, 
Daelli,  1863. 

O  Mondi  celestíf  terrestri^  e  in/emaliy  de  gli  Accademici  Pellegrini,  Gompotü  dal  Dom;  Mondo 
piccolo,  grande,  misto,  risibile^  imaginato,  de'  Pazzi^  e  Maestmo,  Inferno  de  gli  scolari,  de  molmart- 
tcUif  delle  puttane  e  ruffiani,  soldati  e  capitani  poltroni,  Dottor  (sic)  cattivi^  legiéii^  artisti,  dé  gli  ueu» 
raif  de'poeti  e  compositori  ignoranti,  In  Venetia,  Appreeso  Dominico  Farri,  MD,LXXV  {Iblb), 

O  Horas  de  recreación^  recogidas  por  Ludovico  Guicciardino,  noble  ciudadano  de  Florencia.  TVa- 
ducidíis  de  lengua  Toscana.  En  que  se  hallaran  dichos,  hechos  y  exemplos  de  personas  señaladas^  con 
aplicación  de  diversas  fábulas  de  que  se  puede  sacar  mucha  doctrina,  (Escudo  del  impresor.)  Con 
Licencia  y  Privilegio  Real.  En  Bilbao,  por  Mathias  Mares,  Impressor  d'  el  señorío  de  Vizcaya,  Año 
de  use.  8.%  208  pp. 

Censura  de  Lucas  Gracián  Dantisco:  cPor  mandado  de  los  señores  d*  el  Real  Consejo  he  visto 
este  libro  intitulado  Horas  de  Recreación  de  Ludovico  Guicciardino,  traduzidas  de  Italiano  «n  Espa* 
fiol,  y  le  he  conferido  con  su  original  impresso  en  Venecia,  y  hallo  que  no  tiene  cosa  contra  la  fe| 


INTRODUCCIÓN  xxi 

novela  Las  fortunas  de  Diaiía  parece  que  quiere  contraponerle  maliciosamente  á  Cer- 
rantes: «También  hay  libros  de  novelas,  dellas  traducidas  de  italianos  y  dellas  propias, 
^en  que  no  faltó  gracia  y  estilo  á  Miguel  Cervantes.  Confieso  que  son  libros  de  grande 
3  entretenimiento,  y  que  podrían  ser  ejemplares,  como  algunas  de  las  historias  trágicas 
y  del  Bandelo;  pero  habían  de  escribirlos  hombres  científicos,  ó  por  lo  menos  grandes 
>  cortesanos,  gente  que  halla  en  los  desengaños  notables  sentencias  y  aforismos> .  Aparte 
do  estas  palabras,  cuya  injusticia  y  mala  fe  es  notoria,  puesto  que  Cervantes,  aunque  no 
fuese  hombre  científico  ni  gran  co7'tesano,  está  á  cien  codos  sobre  Bandello  y  á  muy 
razonable  altum  sobre  todos  los  novelistas  del  mundo,  el  estudio  de  las  historias  trági- 
cas y  cómicas  del  ingenioso  dominico  lombardo,  superior  á  todos  sus  coetáneos  en  la 

• 

invención  y  en  la  variedad  de  situaciones,  ya  que  no  en  el  estilo,  fue  tan  provechoso  para 
Lope  como  lo  era  simultáneamente  para  Shakespeare.  Uno  y  otro  encontraron  allí  á  Ju- 
lieta y  Bomeo  (Castelvines  y  Monteses)^  y  Lope  de  Vega,  además,  el  prodigioso  Castigo 
sin  venganza^  sin  contar  otras  obras  maestras,  como  El  villano  en  su  rinc&n^  La  viuda 
valenciana  y  Si  no  vieran  las  mujeres.,,  (*).  Ya  mucho  antes  de  Lope  el  teatro  español 

ni  contra  buenan  costiimhrea,  ni  deshonesta,  antes  ptira  que  vaya  mas  casta  la  letura  le  he  testado 
algunas  cosas  que  van  señalados,  y  emendado  otras,  sin  las  qiiales  lo  demás  puede  passar,  por  ner 
lectura  apacible,  y  al  fin  son  todos  apotegmas  y  dichos  gustosos,  y  de  buen  excmplo  para  la  vida 
humana,  y  puestas  en  un  breve  y  compendioso  tratado...  (Madrid,  4  de  Julio  de  1584.) 

Licencia  á  Juan  de  Millis  Godinez  impresor  (hijo  de  Vicente)  paru  imprimir  lus  Horas  de 
Recreación,  las  quides  el  avia  hecho  traduzir,  (Madrid,  17  de  Julio  de  1584.) 

Dedicatoria:  «A  la  muy  illustre  señora  dona  Qincsa  do  Torrecilla,  muger  d'  el  muy  Ilustre  señor 
Licenciado  Duarte  de  Acuña,  Corregidor  d'  el  señorio  de  Vizcaya,  Vicente  de  Millis  Godinez,  tra- 
ductor de  esta  obru;». 

No  hay  duda  que  esta  edición  es  la  primera,  por  lo  que  dice  en  1n  dedicatoria:  <cy  pareciéndome 
que  para  sacarle  esta  primera  vez  á  luz  en  nuestra  lengua  vulgar  tenia  necessidad  assi  él  como  yo  de 
itlir  debaxo  d'  el  amparo  de  quien  las  lenguas  de  los  maldicientes  estuviesen  arrendadas,  lo  quise 
litzer  ossii  por  lo  cual  le  dedico  y  le  ofrezco  á  V.  m  ». 

Es  libro  raro  como  todos  los  impresos  en  Bilbao  nn  el  siglo  xvi. 

Sobre  la  familia  de  los  Millis,  que  tanta  importancia  tiene  en  nuestros  anales  tipográficos,  ha 
recogido  curiosas  noticias  D.  Cristóbal  Pérez  Pastor  en  su  excelente  monografía  sobre  La  Imprenta 
en  Medina  del  Campo  (Madrid,  1895).  Eran  oriundos  de  Tridino,  en  Italia,  y  estuvieron  dedicados  al 
trato  y  comercio  de  libros  en  Lyón  y  Medina  del  Campo  simultáneamente.  Guillermo  de  Millis,  el 
que  podemos  llamar  patriarca  de  la  dinastía  española,  empieza  á  figurar  en  Medina  como  librero 
en  1630,  como  editor  en  1540  y  como  impresor  en  1555.  Hijo  suyo  fue  Vicente  de  Millis,  librero  é 
ioipresor  como  su  padre,  aunque  con  imprenta  pobre  y  decadente,  que  fue  embargada  por  deudas 
en  1572.  Tal  contratiempo  le  obliga  á  trasladarse  á  Salamanca,  donde  trabajó  en  la  imprenta  de  los 
liermooos  Juntas,  á  quienes  debió  de  seguir  á  Madrid  en  1576.  Allí  parece  que  mejoró  algo  de  for- 
tuna, imprimiendo  por  cuenta  propia  algunos  libros.  Presumía  de  cierta  literatura,  puesto  que  ade- 
más de  las  obras  de  Guicciardino  y  Bandello  llevan  su  nombre  Los  ocho  libros  de  los  inventores  de 
¡as  cosas  de  Polidoro  Virgilio,  pero  lo  que  hizo  fue  apropiarse  casi  literalmente  la  traducción  que 
Francisco  Thamara  había  hecho  del  mismo  tratado  (Amberes,  1550)  expurgándola  algo.  De  la  que 
tiene  el  nombre  de  Millis  no  he  manejado  edición  anterior  á  la  de  Medina  del  Campo  de  1599,  pero  de 
•na  mismos  preliminares  resulta  que  estaba  traducida  desde  1584.  El  privilegio  de  esta  obra,  lo  mis- 
mo que  el  de  las  Horas  de  Recreación,  está  Hado  á  favor  de  Juan  Millis  Qodines  impressor^  que  por 
lo  visto  disfrutaba  de  situación  más  bonancible  que  su  padre.  Aparece  como  impresor  en  Salamanca, 
en  Vallodolid  y  en  Medina  del  Campo  hasta  1614.  A  la  misma  familia  perteneció  el  acaudalado  librero 
de  Medina  Jerónimo  de  Millis,  editor  del  Inventario  de  Antonio  de  Villegas  en  1577. 

O  Añádanse  La  mayor  victoria^  El  mayordomo  de  la  Duquesa  de  Amalfi^  Los  bandos  de  Sena, 
La  quinta  de  Jfhrencia^  El  desdén  vengado^  El  perseguido  y  alguna  oira« 


XXII  orígenes  de  la  novela 

explotaba  esta  rica  mina.  La  Duquesa  de  la  Rosa^  de  Alonso  de  la  Vega,  basta  pam 
probarlo  (*). 

Aunque  la  voluminosa  colección  del  obispo  de  Agen,  que  comprende  nada  menos 
que  doscientas  catorce  novelas,  fiíese  continuamente  manejada  por  nuestros  dramatur- 
gos y  novelistas,  sólo  una  pequeña  parte  de  ella  pasó  á  nuestra  lengua,  por  diligencia 
del  impresor  Vicente  de  Millis  Godínez,  antes  citado,  que  ni  siquiera  se  valió  del  origi- 
nal italiano,  sino  de  la  paráfrasis  francesa  de  Pedro  Boaystau  (por  sobrenombre  Laii- 
nay)  y  Francisco  de  Belleforest,  que  habían  estropeado  el  texto  con  fastidiosas  é  imper- 
tinentes adiciones.  Do  estas  novelas  escogió  Millis  catorce,  las  que  le  parecieron  do 
mejor  ejemplo,  y  con  ellas  formó  un  tomo,  impreso  en  Salamanca  en  1589  ('), 

Los  Hecatommithi^  de  Giraldi  Cinthio,  otra  mina  de  asuntos  trágicos  en  que  Sha- 

(')  Una  de  las  más  apreciables  ediciones  do  las  novelas  de  Bandello  fue  hecha  por  un  español 
italianizado,  Alfonso  de  Ulloa,  editor  y  traductor  ambidextro.  II  primo  volume  del  Bandello  nova- 
mente  corretto  el  illustrato  dal  Sig,  Alfonso  Ülloa.  In  Venetia^  appresso  Camillo  Franceschini  MDLVIy 
4.°  Del  mismo  año  son  los  volúmenes  segundo  y  tercero. 

(■)  Historias  trágicas  exemplares  sacados  de  las  obras  del  Bandello  Verones.  Xueuamente  tradu' 
zidas  de  las  que  en  lengua  Francesa  adornaron  Pieires  Bouistau^  y  Francisco  de  Belleforet,  Contienense 
en  este  libro  catorze  historias  notables,  repartidas  por  capitulos.  Año  1689.  Con  Privilegio  Real,  En 
Salanidcay  por  Pedro  Lasso  impressoi\  A  costa  de  luán  de  Millis  Oodinez.  8.*,  10  hs.  prls.  sin  foliar, 
y  373  pp. 

Tasa-Summa  del  Privilegio:  aa  Juan  de  Millis  Godínez,  vezino  de  Medina  del  Campo,  para  que 
Dpor  tiempo  de  diez  años...  él  y  no  otra  ninguna  persona  pueda  hazer  imprimir  la  primera  parte  de  laa 
iHistorias  Trágicas:D...  (18  de  Setiembre  do  1584).  Aprobación  de  Juan  de  Olave:  <cno  hallo  en  él 
3>co8a  que  offenda  a  la  religión  catholica,  ni  mal  sonante,  antes  muchos  y  muy  buenos  exemplos  y 
Draoralidad,  fuera  de  algunas  maneras  de  hablar  algo  desenvueltas  que  en  la  lengua  Francesa  (donde 
»está  mas  estendido)  deven  permitirse,  y  en  la  nuestra  no  suenan  bien,  y  assi  las  he  testado,  y  emen- 
»dado  otrasD. 

A  D.  Martin  Idiaquez,  Secretario  del  Conaejo  de  Estado  del  Rey  nuestro  seíior  (dedicatoria) : 

^Considerando  pues  el  Bandello,  natural  de  Verona  (•),  author  grave,  el  fruto,  y  riquezas  que 
9se  pueden  grangear  de  lu  historia...  recogió  muchas  y  muy  notables,  unas  acontecidas  en  nuestra 
«edad  y  otras  poco  antes,  queriendo  en  esto  imitar  a  algunos  que  tuvieron  por  mejor  escrevir  lo 
ssuccedido  en  su  tiempo,  y  debaxo  de  Principes  que  vieron,  que  volver  a  referir  los  hechos  antiguos. 
])Lo  qual  hazo  con  toda  llaneza  y  tidelidad,  sin  procurar  afeytes  ni  colores  rethorícos,  que  nos  encu- 
mbran la  verdad  de  los  succcsos;  y  destas  escogi  catorce,  que  me  parecieron  a  proposito  para  indus- 
»triar  y  disciplinar  la  juventud  de  nuestro  tiempo  en  actos  de  virtud,  y  apartar  sus  pensamientos  de 
Dvícios  y  peccados,  y  pareció  me  traduzirlas  en  la  forma  y  estilo  que  están  en  la  lengua  Francesa, 
aporque  en  ella  Pierres  Bovistau  y  Francisco  de  Belleforest  las  pusieron  con  más  adorno,  y  en  estilo 
«muy  dulce  y  sabroso,  añadiendo  a  cada  una  un  sumario  con  que  las  hazen  más  agradables  y  bien 
«recebidas  do  todosD...  (De  Salamanca,  en  ocho  de  Julio  1589). 

Al  lector,,,  «Me  pareció  no  seria  razón  que  la  nuestra  (lengua)  careciesse  de  cosa  de  que  se  lo 
«podia  seguir  tanto  fruto,  mayormente  que  no  hay  ninguna  vulgar  en  que  no  anden,  y  assi  las  reco- 
igí,  añidiendo  o  quitando  cosas  supertíuas,  y  que  en  el  Español  no  son  tan  honestas  como  devieran, 
«attento  que  la  Francesa  tiene  algunas  solturas  que  acá  no  suenan  bien.  Hallarse  han  mudadas  sen- 
]»tencias  por  este  respeto,  y  las  historias  puestas  en  capitulos  porque  la  letura  larga  no  canses... 

Erratas, — Tabla  de  las  Historias  que  se  contienen  en  esta  obra. 

Historia  primera.  «De  como  Eduardo  tercero  Rey  de  Ingalaterra  se  enamoró  de  la  Condesa  de 
Salberic,  y  como  después  de  averia  seguido  por  muchas  vias  se  vino  á  casar  con  el  las. 

H.  2.*  a  De  Mahometo  Emperador  Turco,  tan  enamorado  de  ana  griega,  que  se  olvidaba  de  los 
negocios  del  imperio,  tanto  que  se  conjuraron  sus  vaasallos  para  quitarle  el  estado.  Y  cómo  adver- 

(*)  Es  error:  Bandello  nació  en  Castelnuovo  en  el  Piamonte,  j  por  sa  educación  M  lombardo. 


INTRODUCCIÓN  xxiii 

kespeare  descubrió  su  Ótelo  y  Lope  de  Vega  El  püuhso  veneciano  (*),  tenían  para  nues- 
tra censura,  más  rígida  que  la  do  Itali^,  y  aun  para  el  gusto  general  de  nuestra  gente, 
la  ventaja  de  no  ser  licenciosos,  sino  patéticos  j  dramáticos,  con  un  género  de  interés 
que  compensaba  en  parte  su  inverosimilitud  j  falta  de  gracia  en  la  narrativa.  En  1590 
imprimió  en  Toledo  Juan  Gaitán  de  Vozmediano  la  primera  parte  de  las  dos  en  que  se 
dividen  estas  historias,  y  en  el  prólogo  dijo:  <:Ya  que  hasta  ahora  se  ha  usado  poco  en 
i  España  este  género  de  libros,  por  no  haber  comenzado  á  traducir  los  de  Italia  y  Fran- 
>cia,  no  sólo  habrá  de  aquí  adelante  quien  por  su  gusto  los  traduzca,  pero  será  por 

>  ventura  parte  el  ver  que  se  estima  esto  tanto  .en  los  estrangeros,  para  que  los  natura- 
>les  hagan  lo  que  nunca  han  hecho,  que  es  componer  novela.  Lo  cual  entendido,  harán 

>  mejor  que  todos  ellos,  y  más  en  tan  venturosa  edad  cual  la  presento»  (*),  Palabras  que 

tido  mandó  jantar  los  Baxas  y  principales  de  su  corte,  y  en  su  presencia  él  mismo  le  cortó  la  cabe- 
va,  por  evitar  la  conjaracioniD. 

H.  3.*  «De  dos  enamorados ,  que  el  uno  so  mató  con  veneno  y  el  otro  murió  de  pesar  de  ver 
muerto  al  otro».  (Es  la  historia  de  Julieta  y  Romeo.) 

11.  4,^  cDe  una  dama  piamontesa,  que  avíendola  tomado  su  marido  en  adulterio  la  castigó 
cruelmente». 

H.  5.*  «De  como  un  ca vallero  valenciano,  enamorado  de  una  donzella,  hija  de  un  offícial  par- 
ticular, como  DO  pudiesse  gozarla  sino  por  via  de  matrimonio,  se  casó  con  ella,  y  después  con  otra 
su  igual,  de  que  indinada  la  primera  se  vengó  cruelmente  del  dicho  cavalleroD. 

H.  6.*  <cDe  como  una  Duquesa  de  Saboya  fue  acensada  falsamente  de  adulterio  por  el  Conde  de 
Pancaller  su  vassallo.  Y  como  siendo  condenada  a  muerte  fue  librada  por  el  combate  de  don  Juan 
de  Mendo9a  caballero  español.  Y  como  después  de  muchos  successos  se  vinieron  los  dos  á  casarj!>. 

H.  7.*  cDe  Aleran  de  Saxonia  y  de  Adelasia  hija  del  Emperador  Otton  tercero.  Su  huyda  a  Ita- 
lia, y  como  fueron  conocidos  y  las  casas  que  en  Italia  decionden  dellos». 

H.  8.*  cDe  una  dama,  la  qual  fue  acensada  de  adulterio,  y  puesta  y  echada  para  pasto  y  manjar 
de  loa  leones,  y  como  fue  librada,  y  su  innocencia  conocida,  y  el  accusador  llevó  la  pena  que  estava 
aparejada  para  ella». 

H.  9.^  cDe  la  crueldad  de  Pandora,  dama  milanesa,  contra  el  propio  fruto  de  su  vientre,  por 
verse  desamparada  de  quien  le  avia  engendrado». 

H.  10.*  €En  que  se  cuenta  la  barbara  crueldad  de  un  ca  vallero  Albanes,  que  estando  en  lo  iil  ti- 
mo de  su  vida  mató  a  su  muger,  temiendo  que  él  muerto  gozaría  otro  de  su  hermosura,  que  era 
estremada.  Y  como  queriendo  tener  compañia  a  su  muger,  se  mató  en  acabándola  de  matar  a  ella». 

H.  11.*^  cDe  un  Marques  de  Ferrara,  que  sin  respeto  del  amor  paternal  hizo  degollar  a  su  propio 
hijo,  porque  le  halló  en  adulterio  con  su  madrastra,  a  la  qual  hizo  también  coitar  la  cabe9a  en  la 
cárcel».  (Es  el  argumento  de  Parisina  y  de  El  Castigo  sin  vengansta,) 

H.  12.*  «cEn  qu*i  se  cuenta  un  hecho  generoso  y  notable  de  Alexandro  de  Mediéis ,  primero 
Duque  de  Florencia,  contra  un  cavallero  privado  suyo,  que  aviendo  corrompido  la  hija  de  un  pobre 
molinero,  se  la  hizo  tomar  por  esposa,  y  que  la  dotasse  ricamente». 

H.  13.*  <cDe  Menguólo  Lercaro  genovés,  el  qual  vengó  justamente  en  el  Emperador  de  Trapi« 
tonda  el  agravio  que  avia  recebido  en  su  corte.  Y  la  modestia  de  que  usó  con  el  que  le  avia  offen- 
dido,  teniéndole  en  su  poder». 

H.  14.*  «En  que  se  cuenta  como  el  señor  de  Virle,  estuvo  mudo  tres  años,  por  mandado  de  una 
dtina  a  quien  servia,  y  como  al  cabo  se  vengó  de  su  termino». 

Las  dedicatorias  de  cada  una  de  las  novelas,  parte  esencialísima  de  la  obra  de  Bandello,  que 
manifiestan  el  carácter  histórico  de  la  mayor  parte  de  sus  relatos,  faltan  en  esta  versión,  como  en  la  do 
Belleforest. 

(*)  De  Giraldi  procede  también  otra  comedia  de  Lope,  /Serrir  á  señor  discreto, 

O  Primera  parte  de  las  Cien  Novelas  de  M,  Ivan  Baptista  Giralda  Cinthio:  donde  se  hallaran 
varios  discursos  de  entretenimiento,  doctrina  moral  y  política,  y  sentencian,  y  avisos  notables.  Traduci- 
das de  su  lengua  Toscana,  por  Luys  Qaytan  de  Vozmediano*  Dirigidas  á  don  Pedro  Lasso  de  la  Vega, 


XXIV  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

coiiciierdan  admirablemente  con  las  del  prólogo  de  Cervantes  y  prueban  cuánto  tardaba 
en  abrirse  camino  el  nuevo  género,  tan  asiduamente  cultivado  después. 

Las  Piacevoli  Notti^  de  Juan  Francisco  de  Caravaggio,  conocido  por  Straparola, 
mucho  más  variadas,  amenas  y  divertidas  que  los  cien  cuentos  de  Giraldi,  aunque  no 

Mñor  de  las  villas  de  Cuerva  y  Batres  y  los  Arcos.  (Escudo  del  Mecenas).  Impresso  en  Toledo  por 
Pedro  Eodriguez.  1590,  A  costa  de  Julián  Martínez ,  mercader  de  libros. 

Las  señus  de  la  impresíóa  se  repiten  al  fin. 

4.»,  288  hs. 

Privilegio  al  traductor,  vecino  de  Toledo,  por  ocho  años. — Dedicatoria. — Prólogo  al  lector.— 
Aprobación  de  Tomás  Gracián  Dantisco. — Canción  del  Maestro  Cristóbal  de  Toledo. — Estancias  del 
Maestro  Valdivielso. — Soneto  del  Licenciado  Luis  de  la  Cruz. — Texto. — Tabla  sin  foliar. — Noia  final. 

Esta  traducción  comprende  sólo  la  introducción  y  las  dos  primeras  décadas:  en  total  treinta 
cuentos  ó  exemplos,  como  el  traductor  los  llama.  No  abarca,  por  consiguiente,  toda  la  primera  purte 
italiana,  que  llega  hasta  la  quinta  década  inclusive.  Algunos  pasajes  están  expurgados  y  una  de  las 
novelas  sustituida  con  otra  de  Sansovino.  Los  versos  entretejidos  en  la  prosa  se  traducen  en  verso. 

Copiaré  lo  más  sustancial  del  prólogo  al  lector^  porque  contiene  varias  especies  útiles,  y  el  libro 
es  muy  raro: 

«Lo  mesmo  entiendo  que  debió  de  considerar  Juan  Baptista  Giraldo  Cinthio,  quando  quiso  com- 
poner esta  obra,  el  qual  viendo  que  si  escrevia  historia  sola  como  la  que  hizo  de  Ferrara,  no  grangea- 
ria  sino  las  voluntades  de  aquellos  pocos  que  le  son  affícionados,  y  si  cosas  de  Poesia,  como  el  Her- 
cules en  estancias,  algunas  tragedias,  y  muchos  sonetos  y  canciones  que  compuso,  no  gustarían 
dello  sino  los  que  naturalmente  se  inclinan  a  leerlo,  quiso  escrevir  estas  cien  Novelas,  con  que  enten- 
dió agradar  generalmente  a  todos.  A  los  amigos  de  historia  verdadera  con  la  que  pone  esparcida  por 
toda  la  obra,  a  los  afficionados  a  Philoáophia  con  el  Dialogo  de  Amor  que  sirve  de  introducion  en 
esta  prii^era  parte,  y  los  tres  diálogos  de  la  vida  civil  que  están  al  principio  de  la  segunda,  a  los  que 
tratan  de  Poesia  con  las  canciones  que  dan  fin  a  las  Decadas,  y  a  los  que  gustan  de  cuentos  fabulo- 
sos con  ciento  y  diez  que  cuentan  las  personas  que  para  esto  introduce,  pues  en  todos  ellos  debe  de 
haver  muy  pocos  verdaderos,  puesto  que  muy  conformes  a  verdad  y  a  razón,  exemplares  y  honestos. 
Honestos  digo,  respecto  de  los  que  andan  en  su  lengua,  que  para  lo  que  en  la  nuestra  se  usa  no  lo 
son  tanto  que  se  permitieran  imprimir  sin  hacer  lo  que  se  ha  hecho,  que  fue  quitarles  lo  que  nota- 
blemente era  lascivo  y  deshonesto.  Para  lo  qual  uvo  necessidad  do  quitar  clausulas  enteras,  y  aun 
toda  una  novela,  que  es  la  segunda  de  la  primera  Decada,  en  cuyo  lugar  puse  la  del  Maestro  que 
enseña  a  amar,  tomada  de  las  ciento  que  recopiló  el  Sansovino.  Esto  y  otras  cosas  semejantes  hallará 
quitadas  y  mudadas  el  que  confiriere  la  traduzion  con  el  original,  especialmente  el  Saco  de  Roma  que 
'  se  quitó  por  evitar  algunos  inconvenientes  que  pudieran  seguirse  de  imprimirle.  No  quise  poner  en 
esta  primera  parte  mas  de  veynte  novelas,  y  la  introducion  con  sus  diez  exemplos,  viendo  que  hazen 
bastante  volumen  para  un  libro  como  este  que  por  ser  para  todos  ha  de  ser  acomodado  en  el  precio 
y  en  el  tamaño.  Movióme  a  sacarle  a  luz  el  ser  de  gusto  y  entretenimiento,  y  ver  que  no  ay  en  nues- 
tra lengua  cosa  deste  subjeto  que  sea  de  importancia,  pues  son  de  harto  poca  los  que  llaman  éntrete* 
nimientos  de  damas  y  galanes,  y  pesavame  que  a  falta  de  otros  mejores  los  tomasse  en  las  manos 
quien  alcan9Óa  ver  las  Novelas  de  Juan  Bocacio  que  un  tiempo  anduvieron  traduzidas,  pues  va  de 
uno  a  otro  lo  que  de  oro  terso  y  pulido  a  hierro  tosco  y  mal  labrado.  Aora  también  han  salido  algu- 
nas de  las  historias  trágicas  traduzidas  de  francés,  que  son  parte  de  las  Novelas  del  Vandelo  autor 
italiano,  y  no  han  parecido  mal.  A  cuya  causa  entiendo  que  ya  que  hasta  aora  se  ha  usado  poco  en 
España  este  género  de  libros,  por  no  aver  comen9ado  a  traduzir  los  de  Italia  y  Francia,  no  solo  avrá 
de  aqui  adelante  quien  por  su  gusto  los  traduzga,  pero  será  por  ventura  parte  el  ver  que  se  estima 
esto  tanto  en  los  estrangeros,  para  que  los  naturales  hagan  lo  que  nunca  han  hecho,  que  es  compo- 
ner Novelas.  Lo  qual  entiendo  harán  mejor  que  todos  ellos,  y  mas  en  tan  venturosa  edad  qual  la 
presento,  en  que  como  vemos  tiene  nuestra  España,  no  un  sabio  solo  como  los  Hebreos  a  Salomón, 
ni  dos  como  los  Romanos,  conviene  a  saber  Catón  y  Lelio,  ni  siete  como  los  Griegos,  cuyos  nombres 
son  tan  notorios,  sino  millares  dellos  cada  ciudad  que  la  ¡Ilustran  y  enriquezen.  Entretanto  yo  que  he 
dado  principio  a  la  traduzion  de  esta  obra  del  Giraldo  la  yre  prosiguiendo  hasta  el  fin,  si  viere  que 
se  recibe  con  el  gusto  y  aplauso  que  el  ingenio  de  su  auctor  pide,  y  mi  trabajo  y  voluntad  mereceni* 


INTRODUCCIÓN 


XXV 


siempre  honestas  ui  siempre  originales  (puesto  que  el  autor  saqueó  á  manos  llenas  á 
los  novelistas  anteriores,  especialmente  á  Morlini),  hablaban  poderosamente  á  la  imagi- 
nación de  toda  casta  de  lectores  con  el  empleo  continuo  de  lo  sobrenatural  y  de  los 
prestigios  de  la  magia,  asemejándose  no  poco  á  los  cuentos  orientales  de  encantamien- 
tos y  metamorfosis.  Francisco  Truchado,  vecino  de  Baeza,  tradujo  en  buen  estilo  estas 
doce  Nodies^  purgándolas  de  algunas  de  las  muchas  obscenidades  que  contienen,  y  esta 
traducción,  impresa  en  Granada  por  Reno  Rabut,  1583,  fue  repetida  en  Madrid,  1598, 
y  en  Madrid^  1612,  prueba  inequívoca  de  la  aceptación  que  lograron  estos  cuentos  (*). 
Juntamente  con  los  libros  italianos  había  penetrado  alguno  que  otro  francés,  y  y^L 
hemos  hecho  memoria  del  rifaxdmento  de  las  Histcn-ias  Trágicas^  de  Bandello,  por 
Boaystuau  y  Belleforest.  No  han  de  confundirse  con  ellas,  á  pesar  de  la  semejanza  del 
título,  las  Historian  prodigiosas  y  maravillosas  de  diversos  sttccessos  acaecidos  en  el 
mundo  que  compilaron  los  mismos  Boaystuau  y  Belleforest  y  Claudio  Tesserant,  y  puso 
en  lengua  castellana  el  célebre  impresor  de  Sevilla  Andrea  Pescioni  (^).  Obsérvese  que 

(')  Primera  y  segunda  parte  del  honesto  y  agradable  entretenimiento  de  damas  y  galarus^  com- 
puesto por  Juan  Francisco  Carva4:ho^  CavalUro  Napolitano.  Traduzido  de  lengua  Toscana,  en  la  nues' 
tra  vulgar,  por  Francisco  Truchado,  vezino  de  la  ciudad  de  Baeqa,  Con  Privilegio^  En  Madrid^  por 
Luys  Sánchez:  Año  M.D.XCVIII.  A  costa  de  Miguel  Martínez^  mercader  de  libros, 

8.^  8  hs.  prls.  287  pp. 

Tassa. — Erratas. — Privilegio. — Dedicatoria. — AI  discreto  y  prudente  lector:  «No  os  maravilléis, 
amigo  Lector,  si  á  caso  huvieredes  leydo  otra  voz  en  lengua  Toscana  este  agradable  entretenimiento, 
y  agora  le  hallasedes  en  algunas  partes  (no  del  sentido)  diferente:  lo  que  hize  por  la  necessidad  que 
en  tales  ocasiones  se  deve  usar,  pues  bien  sabéis  la  diferencia  que  liay  entre  la  libertad  Italiana  y 
la  nuestra,  lo  qual  entiendo  será  instrumento  para  que  de  mí  se  diga  que  por  emendar  faltas  y 
defetos  ágenos  saco  en  público  los  mios;  por  tanto  (prudentissimo  Letor)  suplico  os  los  corrí jays,  y 
amigablemente  emendeys,  porque  mi  voluntad  y  deseo  fue  de  acertar  con  la  verdadera  sentencia, 
y  ponerlo  en  estilo  más  puro  y  casto  que  me  fue  possible,  y  que  vos  escardando  estas  peregrinas 
plantas,  cogiessedes  dellas  sus  morales  y  virtuosas  flores,  sin  hazer  caso  de  cosas  que  sólo  sirven  al 
gasto.  Atrevime  también  a  hermosear  este  honesto  entretenimiento  de  damas  y  galanes,  con  estos 
últimos  y  ágenos  versos  de  divino  juyzio  compuestos.  Y  usar  de  diferente  sentido,  no  menos  gus- 
toso y  apacible  que  el  suyo  propio,  porque  assi  convino,  como  en  la  segunda  parte  deste  honesto 
entretenimiento  vereysD. 

(E<st08  versos,  que  por  lo  visto  no  pertenecen  á  Truchado,  y  son  por  cierto  detestables,  sirven 
para  sustituir  á  los  enigmas  del  original,  que  ofrecen  casi  siempre  un  sentido  licencioso.) 

Soneto  de  Juan  Doncel. 

No  tengo  ni  he  visto  más  que  el  primer  tomo  de  esta  edición. 

— Primera  parte  del  honesto  y  agradable  entretenimiento.,,  (ut  supra).  Con  licencia.  En  Pamplo' 
M,  en  casa  de  Nicolás  de  Assiayn^  Impressor  del  Reyno  de  Navarra.  Año  1612,  A  costa  de  Juan  de 
Bonilla,  Mercader  de  libros, 

8.«,  203  pp. 

Aprobación  de  Fr.  Baltasar  de  Azevedo,  de  la  Orden  de  San  Agustin  (4  de  Septiembre  de  1612). 
—Erratas. — Licencia  y  Tassa. — Al  discreto  y  prudente  lector  (prólogo). — Soneto  de  Gil  de  Cabrera, 

— Segunda  parte,,.  Pamplona,  Nicolás  de  Assiayn,  1612. 

8.%  4  hs.  prls.,  203  foliadas  y  una  en  que  se  repiten  las  señas  de  la  edición.  Los  preliminares  son 
idénticos,  salvo  el  soneto,  que  es  aquí  el  de  Juan  Doncel  y  no  el  de  Gil  de  Cabrera. 

O  fis  muy  verosímil  que  las  Historias  prodigiosas  se  imprimiesen  por  primera  vez  en  Sevilla, 
donde  tenía  su  establecimiento  tipográñco  Andrea  Pescioni.  Pero  no  encuentro  noticia  alguna  de 
esta  edición,  y  sólo  he  manejado  las  dos  siguientes: 

— Historias  prodigiosas  y  maravillosas  de  diversos  svcessos  acaescidos  en  el  mundo,  Escriptas  en 
lengua  Francesa^  por  Pedro  Bouistau,  Claudio  Tesserant^  y  Francisco  Belleforest,  Traducidos  en 


XXVI  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

casi  siempre  eran  tipógrafos  ó  editores  versados  en  el  comercio  de  libros  y  en  relacio- 
nes frecuentes  con  sus  colegas  (á  las  veces  parientes)  de  Italia  y  Francia  los  que  intro- 
ducían entre  nosotros  estas  novedades  de  amena  literatura,  desempeñando  á  veces,  y 
no  mal,  el  papel  de  intérpretes,  aspecto  muy  curioso  en  la  actividad  intelectual  del 
siglo  XVI.  Andrea  Pescioni,  si  es  suya  realmente  la  traducción  que  lleva  su  nombre, 
demostró  en  ella  condiciones  muy  superiores  á  las  de  Vicente  de  Millis  en  lenguaje  y 

romance  CantellanOj  por  Andrea  Pettcioni^  vezino  de  Seuilla.  Dirigidas  al  muy  lllustre  señor  Licenciado 
Pero  Diaz  de  Tudanca,  dtl  Consto  de  su  Magestad,  y  Alcalde  en  la  su  casa  y  Corte,  Con  Privilegio, 
En  Medina  del  Campo,  Por  Francisco  del  Canto,  A  costa  de  Benito  Boyer,  mercader  de  libros, 
MD,LXXXVI.     r^}, 

S.%  391  folios. 

Aprobación  de  Tomás  Qracián  Dantisco  (Madrid,  10  de  Noviembre  de  1585). — Privilegio  á 
Andrea  Pescioni  por  seis  años  (Monzón,  29  de  Noviembre  1585). — Dedicatoria. — Al  cristiano  lector 
(prólogo). — Texto-Tabla  de  capitules. — Tabla  alfabética  de  todas  las  cosas  más  señaladas. — Catálogo 
de  los  autores  citados. — Fe  de  erratas. 

— Historias  prodigiosas,..  Con  licencia.  En  Madrid,  por  Luis  Sánchez,  Año  1603.  A  costa  de 
Bautista  López,  mercader  de  libros. 

8.^  8  hs.  prls.,  402  pp.  dobles  y  5  hs  más  sin  foliar  para  la  tabla. 

Tasa  (Valladolid,  19  de  Jallo  1613). 

Aprobación  de  Gracián  Dantisco. — Erratas. — Licencia  (Valladolid,  15  de  Mayo  de  1603). — 
Dedicatoria  y  prólogo,  lo  mismo  que  en  la  primera,  de  la  cual  ésta  es  copia  exacta. 

En  el  prólogo  dice  Pescioni: 

«Algunos  años  ha  que  vi  la  primera  parte  de  aquestas  Historias  Prodigiosas^  que  en  lengua 
Francesa  escrivio  el  docto  y  ilustre  varón  Pedro  Bouaistau,  señor  de  Launai,  y  me  pareció  obra  que 
merecía  estar  escrita  en  los  cora9ones  do  los  ñeles:  porque  con  singular  erudición,  y  con  vivos  y 
maravillosos  exemplos  nos  enseña  y  dotrína;  y  luego  me  dio  voluntad  de  traduzirla  y  por  entonces 
no  pude  poner  en  exeoucion  mi  desseo,  porque  hallé  que  aquel  libro  estava  imperfeto  y  defetuoso 
de  algunas  hojas,  de  que  avia  tenido  culpa  la  ignorancia  de  alguno,  que  por  no  aver  conocido  aquella 
joya  se  las  avia  quitado,  para  desflorarla  de  algunas  pinturas  y  retratos  que  en  el  principio  de  cada 
capitulo  tenia,  que  la  curiosidad  del  autor  avia  fecho  retratar,  para  con  mayor  facilidad  representar 
a  los  ojos  do  los  letores  las  Historias  y  casos  que  en  ellas  se  contenían:  de  que  recibí  no  pequeño 
desgusto,  y  procuré  que  de  Francia  me  fuesse  traydo  otro  de  aquellos  libros,  y  so  passaron  muchos 
meses  antes  que  huvíesse  podido  conseguir  mi  intento;  pero  con  la  mucha  diligencia  y  cuydado  que 
en  ello  puse,  le  conseguí,  y  aun  aventajadamente,  porque  me  fue  traydo  el  original  de  que  he  sacado 
aquesta  mi  traducíoo,  que  no  sólo  lo  fue  de  aquella  obra  que  tanto  avia  deseado,  mas  uuu  tuvo  aña- 
didas otras  tres  partes  que  tratan  del  mismo  sugeto,  que  han  escrito  dos  eruditos  varones,  quales  son 
Claudio  Tesserant  y  Francisco  Belleforest... 

}i>En  el  traduzir  no  he  guardado  el  rigor  de  la  letra,  porque  como  cada  lengua  tenga  su  frasis, 
no  tiene  el  de  la  una  buena  consonancia  en  la  otra;  sólo  he  procurado  no  apartarme  del  sentido  que 
tuvieron  los  que  lo  escrivieron,  y  aun  en  aquesto  he  excedido  en  algunos  particulares  casos,  porque 
dizen  algunas  cosas  que  en  aquesta  lengua  no  fueran  bien  reccbídas,  y  por  la  misma  causa  he  cer- 
cenado algunas  dellas.  También  he  dilatado  otras  algunas,  por  hazerlas  más  inteligibles,  que  estavan 
cortas,  porque  el  original  las  suple  con  los  retratos  de  las  figuras  que  en  él  están  debuxadas,  y  en 
esta  traducion  no  se  han  podido  estampar  por  la  carestía  assi  del  artifice  como  de  la  obra.  Assimismo 
he  encubierto  y  dissimulado  algunos  nombres  de  personas  que  en  el  discurso  de  aquesta  obra  se  citan, 
por  no  ser  católicos,  que  mí  intento  ha  sido  que  no  haya  cosa  con  que  las  orejas  de  los  píos  puedan 
ser  ofendidas:  aunque  bien  se  conoce  que  el  mismo  intento  tuvieron  los  autores  originarios  do 
aquestas  historias,  mea  en  su  natural  patria  les  es  concedido  más  libertad,  debaxo  de  ser  católicos^*.*, 
Al  fin  añadió  el  traductor  tres  historias  de  su  cosecha: 

Cap.  I:  <eDo  un  monstruo  que  el  año  do  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  cuatro  nació  en  la  villa 
de  Medina  del  Campoi». 

Cap.  II:  (iDe  un  monstruo  que  el  año  1563  nació  en  Jaenj).  (Esta  historia,  verdaderamente  mons- 


INTRODUCCIÓN  xxvii 

estilo.  Muy  difícil  será  encontrar  galicismos  en  la  pura  y  tersa  locución  de  las  Hisio- 
rias  prodigiosas^  que  salieron  enteramente  castellanizadas  de  manos  del  traductor, 
imprimiéndoles  el  sello  de  su  nativa  ó  adoptiva  lengua,  como  cuadraba  al  señorío  y 
pujanza  de  nuestro  romance  en  aquella  edad  venturosa,  hasta  cuando  le  manejaban 
extranjeros  de  origen,  que  no  hacían  profesión  de  letras  humanas  como  no  fuese  para 
trancar  con  ellas,  y  aplicaban  su  industria  á  libros  forasteros,  que  tampoco  por  la  dic- 
ción eran  notables,  ni  se  encaminaban  al  público  más  selecto.  Libro  de  mera  curiosidad 
y  entretenimiento  es  el  de  las  HistoHas^  recopilación  de  casos  prodigiosos  y  extraordí- 

tniosa,  de  un  sacerdote  sacrilego  recuerda  la  manera  de  los  cuentos  anticlericales  qu§  Fr.  Anselmo 
de  Tarmeda  intercaló  en  su  Disputa  del  A»no,) 

Gap.  III:  itDe  un  prodigio  que  el  aQo  1579  se  vio  en  Vizcaya,  cerca  de  la  villa  de  BermeoD. 

Además  intercala  en  el  texto  alguno  que  otro  párrafo  suyo,  por  ejemplo  éste  (fol.  54  de  la  edi- 
ción de  Madrid),  al  tratar  de  ciertos  peces  voladores: 

cUno  de  aquestos  mismos  pescados  monstruosos,  ó  particular  especie  de  voladores,  he  visto  yo 
el  traductor  de  aqueste  libro  en  el  museo  de  Gonzalo  Argote  de  Molina,  ¡lustre  cavallero  de  aquesta 
ciudad  de  Sevilla  y  veynteiquatro  de  ella,  provincial  de  la  Santa  Hermandad  de  la  provincia  del 
Andaluzia,  que  tiene  de  muchos  libros  raros  y  otras  varias  curiosidades;  cl  qual  después  presentó  a 
Mateo  Vázquez  de  Leca,  secretario  de  la  Magestad  del  Católico  Rey  don  Felipe  nuestro  señor,  único 
protector  de  los  virtuosos^». 

Ocasionalmente  traduce  algunos  versos  de  Virgilio,  Horacio  y  Lucano,  y  también  algunos  de 
RoDsard  (pp.  254,  255,  384,  395),  de  Boysaiero  (p.  388)  y  de  otro  poeta  francés  (en  lengua  latina) 
cayo  nombre  no  expresa  (p.  292).  Estas  versiones  no  son  inelegantes,  como  puede  juzgarse  por  estas 
dos  cortísimas  muestras  del  «famoso  poeta  Pedro  Ronsardo,  en  algunos  de  sus  graves  versos  que 
lescribió,  abundosos  de  admirables  senlenciasD: 

El  valeroso  padre  siempre  engendra 
Al  hijo  imitador  de  su  grandeza, 

Y  assi  por  solo  el  nombre  de  la  raza 
Es  el  joven  caballo  apetecido, 

Y  el  podenco  sagaz  sigue  al  venado 
Sólo  imitando  a  sus  progenitores. 
Que  es  cona  natural  el  heredarse 
De  los  padres  los  vicios  y  virtudes. 

Los  malos  acarrean  en  la  tierra 
Pestes,  hambres,  trabajos  y  tormentos, 

Y  causan  en  el  aire  mil  rumores. 
Para  con  el  estruendo  amedrentarnos, 

Y  vezes  hay  nos  fingen  a  la  vista 
Dos  Soles,  o  la  Luna  escura  y  negra, 

Y  bazen  que  las  nubes  lluevan  sangre, 

Y  que  horrendos  prodigios  se  nos  muestren. 

Andrea  Pescioni,  sin  duda  oriundo  de  Italia,  empieza  á  figurar  en  Sevilla  como  editor  por  los 
años  de  1572,  dando  trabajo  á  las  prensas  de  Juan  Gutiérrez  y  Alvaro  Escribano,  que  estamparon  á 
su  costa  algunos  libros,  entre  ellos  el  Solino,  De  las  cosas  maravillosas  del  mundo,  traducido  por  Cris- 
tóbal de  las  Casas  (1573).  Eq  1581  tenia  ya  imprenta  propia,  de  la  cual  salieron  una  porción  de  libros 
que  hoy  son  joyas  bibliográficas,  como  el  Libro  de  la  Montería  de  Alfonso  XI  y  el  Viaje  ó  Hiñera^ 
rio  de  Buy  González  de  Cía  vi  jo  en  su  embajada  al  Gran  Tamerlán,  publicados  uno  y  otro  por  Argote 
de  Molina;  la  Crónica  del  Gran  Capitán^  los  Diálogos  de  Bernardino  de  Escalante,  varias  colecciones 
poéticas  de  Juan  do  la  Cueva,  Joaquín  Romero  de  Cepeda,  Pedro  de  Padilla,  y  el  rarínimo  tomo  que 
contiene  Algunas  obras  de  Fernando  de  Herrera,  Desde  1585  Pescioni  aparece  en  sociedad  con  Junn 
de  León.  Hasta  1687  se  encuentra  su  nombre  en  portadas  de  libros. 

(Vid.  Escudero  y  Peroso,  Tipografía  Hispalense  (Madrid,  1894),  p.  33,  y  Hazañas  y  la  Rúa,  La 
Imprenta  en  Sevilla  (Sevilla,  1892),  pp.  82-84.) 


xxvili  orígenes  de  la  NOVELA 

« 

nanos,  de  fenómenos  insólitos  de  la  naturaleza,  de  supersticiones,  fábulas  y  patrañas, 
escoltadas  siempre  con  algún  testimonio  clásico:  «No  escriviré  caso  fabuloso,  ni  histo- 
»  ría  que  no  compruebe  con  el  autoridad  de  algún  escritor  de  crédito,  ora  sea  sacro  ó 
» profano,  griego  ó  latino»  (p.  90  vuelta).  Con  esta  salvedad  pasa  todo,  ya  bajo  el  pabe- 
llón de  Eliano,  Julio  Obsequente,  Plinio  y  Solino,  ya  bajo  la  de  médicos  y  naturalistas 
del  siglo  XVI,  como  Conrado  Gesnero  y  Jerónimo  Cardano,  á  quien  con  especial  predi- 
lección se  cita.  Hasta  la  demonología  neoplatónica  de  Miguel  Psello,  Porfirio,  lámblico 
y  Proclo  logra  cabida  en  esta  compilación,  llena,  por  lo  demás,  de  disertaciones  orto- 
doxas. Hay  capítulos  especiales  sobre  los  terremotos,  diluvios  y  grandes  avenidas;  sobre 
los  cometas  y  otros  «prodigios  y  señales  del  ciclo»;  sobre  las  erupciones  volcánicas; 
sobre  las  virtudes  y  propiedades  de  las  piedras  preciosas,  de  las  plantas  y  de  las  aguas, 
Pero  el  fuerte  de  los  tres  autores  son  los  monstruos:  su  libro,  de  más  de  ochocientas 
páginas,  ofrece  amplio  material  para  la  historia  de  las  tradiciones  teratológicas,  desde 
las  clásicas  de  Sirenas,  Tritones,  Nereidas,  Faunos,  Sátiros  y  Centauros,  hasta  los  par- 
tos monstruosos,  las  criaturas  dobles  ligadas  y  conjuntas,  los  animales  de  figura  huma- 
na, los  hombres  que  llevan  al  descubierto  las  entrañas,  los  cinocéfalos,  los  hermafrodi- 
tas,  los  terneros  y  lechónos  monstruosos  y  otra  infinidad  de  seres  anómalos  que  Belle- 
forest  y  sus  colaboradores  dan  por  existentes  ó  nacidos  en  su  tiempo,  notando  escru- 
pulosamente la  fecha  y  demás  circunstancias. 

Aparte  de  estas  aberraciones,  contiene  el  libro  oti-as  cosas  de  interés  y  de  más 
apacible  lectura:  curiosas  anécdotas,  narradas  con  garbo  y  bizarría.  Así,  en  el  capítulo 
de  los  amores  prodigiosos  (XXH  de  la  1."  parte)  ingiere,  entre  otras  que  llamaríamos 
novelas  coi-tas,  la  de  la  cortesana  Plangon  de  Mileto,  tomada  de  Ateneo,  historia  de 
refinado  y  sentimental  decadentismo,  que  presenta  una  rarísima  competencia  de  gene- 
rosidad amorosa  entre  dos  meretrices.  Así,  al  tratar  de  los  convites  monstruosos,  añade 
Boaistuau  á  los  referidos  por  los  antiguos  y  á  los  que  consigna  Platina  en  su  libro  De 
honesta  voliiptate^  uno  de  que  él  fue  testigo  en  Aviñón  cuando  «oía  allí  leyes  del  eru- 
» ditísimo  y  docto  varón  Emilio  Ferrete»  (p.  96),  página  curiosa  para  la  historia  de  la 
gastronomía  en  la  época  del  Renacimiento.  En  el  largo  capítulo  del  entendimiento  y 
fidelidad  de  los  perros  no  olvida  ni  al  de  Montargis,  cuya  historia  toma  de  Julio  César 
Scaligero,  ni  al  famoso  Becerril^  de  que  habla  tanto  Gonzalo  Fernández  de  Oviedo  en 
su  Historia  de  Indias. 

No  sólo  las  rarezas  naturales  y  los  casos  extraños  de  vicios  y  virtudes,  sino  lo 
sobrenatural  propiamente  dicho,  abunda  sobremanera  en  estas  Historias,  cuyo  único 
fin  es  sorprender  y  pasmar  la  imaginación  por  todos  los  medios  posibles.  Ninguno  tan 
eficaz  como  los  cuentos  de  aparecidos,  fantasmas,  visiones  nocturnas,  sueños  fatídicos, 
travesuras  de  malignos  espíritus,  duendes  y  trasgos;  combates  de  huestes  aéreas,  proce- 
siones de  almas  en  pena.  De  todo  esto  hay  gran  profusión,  tomada  de  las  fuentes  más 
diversas.  A  la  antigüedad  pertenecen  muchas  (los  mancebos  de  Arcadia,  en  Valerio 
Máximo;  la  tragedia  de  Cleonice,  en  Pausanias;  el  fantasma  que  se  apareció  al  filósofo 
Atenodoro,  en  Plinio  el  Joven).  Otras  son  más  modernas,  enti'esacadas  á  veces  de  los 
Días  Geniales^  de  Alexandro  de  Alexandro,  como  la  visión  de  Cataldo,  obispo  de  Tarento, 
que  anunció  las  desventuras  de  la  casa  aragonesa  de  Ñápeles  (p.  103),  ó  de  Jerónimo 
Cardano,  como  la  historia  de  Margarita  la  milanesa  y  de  su  espíritu  familiar  (p.  109). 
Pero  nada  hay  tan  singular  en  este  género  como  un  caso  de  telepatía  que  Belleforest 


INTRODUCCIÓN  /  xxix 

relata,  no  por  información  ajena,  sino  por  haberle  acontecido  á  él  mismo  (p.  361),  y 
que  no  será  inútil  conocer  hoy  que  este  género  de  creencias,  supersticiones  ó  lo  que 
fueren  vuelven  á  estar  en  boga  y  se  presentan  con  vestidura  científica: 

cAlgunos  espíritus  se  han  aparecido  á  hombres  con  quien  en  vida  han  tenido  amis- 
tad, y  esto  á  manera  de  despedirse  dellos,  quando  de  aqueste  mundo  partian.  Y  de 
aquesto  yo  doy  fe  que  á  mí  mismo  me  ha  acaecido,  y  no  fue  estando  dormido  ni  soño- 
liento, mas  tan  despierto  como  lo  estoy  ahora  que  escrivo  aquesto,  y  el  caso  que  digo 
aver  me  acaecido,  es  que  un  dia  de  la  Natividad  de  Nuestra  Señora,  que  es  á  ocho  de 
Setiembre,  unos  amigos  mios  e  yo  fuymos  a  holgamos  a  un  jardin,  y  siendo  ya  como 
las  once  de  la  noche,  solo  me  llegué  a  un  peral  para  coger  unas  peras,  y  vi  que  se  me 
puso  delante  una  figura  blanca  de  un  hombre,  que  excedía  la  común  proporción,  el 
qual  en  el  aspecto  me  pareció  que  era  mi  padre,  y  se  me  llegó  para  abra9arme:  de  que 
yo  me  atemorizé,  y  di  un  grito,  y  a  él  acudieron  aquellos  mis  amigos  para  ver  lo  que 
me  avia  sucedido,  y  aviendo  me  preguntado  qué  avia  ávido,  les  dixe  lo  que  avia  visto, 
aunque  ya  se  avia  desaparecido,  y  que  sin  duda  era  mi  padre.  Mi  ayo  me  dixo  que  sin 
duda  se  devia  de  aver  muerto,  y  fue  assi,  que  murió  en  aquella  hora  misma  que  se  me 
representó,  aunque  estavamos  lexos  en  harta  distancia.  Aquella  fue  una  cosa  que  me 
haze  creer  que  la  oculta  ligadura  de  amistad  que  hay  en  los  cora9ones  de  los  que  ver- 
daderamente se  aman  puede  ser  causa  do  que  se  representen  algunas  especies,  ó  seme- 
janzas de  aparecimientos;  y  aun  también  puede  ser  que  sean  las  almas  mismas  de 
nuestros  parientes  ó  amigos,  ó  sus  Angeles  custodes,  que  yo  no  me  puedo  persuadir 
que  sean  espíritus  malignos» . 

Son  de  origen  español  algunos  de  los  materiales  que  entraron  en  esta  enorme  com- 
pilación francesa.  A  Fr.  Antonio  de  Guevara  siguen  y  traducen  literalmente  en  la  his- 
toria del  león  de  Androcles  (epístola  XXIY  de  las  Familiares);  en  la  de  Lamia,  Laida 
y  Plora,  «tres  enamoi-adas  antiquísimas»  (ep.  LIX),  y  en  el  razonamiento  celebérrimo 
del  Villano  del  Danubio^  esta  vez  sin  indicar  la  fuente,  que  es  q\' Marco  Aurelio. 

El  obispo  de  Mondoñedo,  con  toda  su  retórica,  no  siempre  de  buena  calidad,  tenía 
excelentes  condiciones  de  narrador  y  hubiera  brillado  en  la  novela  corta,  á  juzgar  por 
las  anécdotas  que  suele  intercalar  en  sus  libros,  y  especialmente  en  las  Epístolas  Fa^ 
miliares.  Recuérdese,  por  ejemplo,  el  precioso  relato  que  pone  en  boca  de  un  moro 
viejo  de  Granada,  testigo  de  la  llorosa  partida  de  Boabdil  y  de  las  imprecaciones  de  su 
madre  (ep.  VI  de  la  Segunda  Parte). 

Amplia  materia  suministró  también  á  las  Historias  prodigiosas  oti'o  prosista  espa- 
ñol de  la  era  de  Carlos  V,  él  magnífico  caballero  y  cronista  cesáreo  Pero  Mexía,  com- 
pilador histórico  y  moralista  ameno  como  Guevara,  pero  nada  semejante  á  él  en  los 
procedimientos  de  su  estilo  (que  es  inafectado  y  aun  desaliñado  con  cierto  dejo  de  can- 
didez sabrosa),  ni  menos  en  la  puntualidad  histórica,  que  nuestro  Fr.  Antonio  afectaba 
despreciar,  y  que,  por  el  contrario,  respetó  siempre  aquel  docto  y  diligente  sevillano, 
digno  de  buena  memoria  entre  los  vulgarizadores  del  saber.  Su  Silva  de  varia  lección^ 
publicada  en  1540  y  de  cuyo  éxito  asombroso,  que  se  sostuvo  hasta  mediados  del 
siglo  xvii,  dan  testimonio  tantas  ediciones  castellanas,  tantas  traducciones  en  todas  las 
lenguas  cultas  de  Europa,  es  una  do  aquellas  obras  de  carácter  enciclopédico,  do  que  el 
Renacimiento  gustaba  tanto  como  la  Edad  Media,  y  que  tenía  precedentes  clásicos  tan 
famoso^  como  las  Noches  Áticas^  de  Aulo  Gelio;  las  Saturimles^  de  Macrobio;  el  Ban- 


XIX  orígenes  de  LxV  novela 

qtiete  de  los  sofistas^  de  Ateneo.  Los  humanistas  de  Italia  habían  comenzado  á  imitar 
este  género  de  libros,  aunque  rara  vez  los  componían  en  lengua  vulgar.  Pero  Mexía, 
amantísimo  de  la  suya  nativa,  que  procuró  engrandecer  por  todos  caminos,  siguió  este 
nuevo  y  holgado  sistema  de  componer  con  especies  sueltas  un  libro  útil  y  deleitable. 
Los  capítulos  se  suceden  en  el  más  apacible  desorden,  única  cosa  en  que  el  libro  se 
asemeja  á  los  Erisayos  de  Montaigne.  Después  de  una  disertación  sobre  la  Biblia  Üc 
los  Setenta,  viene  un  discurso  sobre  los  instintos  y  propiedades  maravillosas  de  las  hor- 
migas: cHamc  parecido  escribir  este  libro  (dice  Mexía)  por  discursos  y  capítulos  de 
» diversos  propósitos  sin  perseverar  ni  guardar  orden  en  ellos,  y  por  esto  le  puse  por 
:>  nombre  Silva^  porque  en  las  silvas  y  bosques  están  las  plantas  y  árboles  sin  orden  ni 
» regla.  Y  auní^ue  esta  manera  de  escrivir  sea  nueva  en  nuestra  lengua  Castellana,  y 
>creo  que  soy  yo  el  primero  que  en  ella  haya  tomado  esta  invención,  en  la  Griega  y 
»  Latina  muy  grandes  autores  escrivieron,  assi  como  fueron  Ateneo...  Aulo  Gelio,  Ma- 
:>crobio,  y  aun  en  nuestros  tiempos  Petro  Crinito,  Ludovico  Celio,  Nicolao  Leonico  y 
» otros  algunos.  Y  pues  la  lengua  castellana  no  tiene  (si  bien  se  considera)  por  qué 
i^  reconozca  ventaja  a  otra  ninguna,  no  sé  por  qué  no  osaremos  en  ella  tomar  las  inven- 
:>  ciónos  que  en  las  otras,  y  tratar  materias  gmndes,  como  los  italianos  y  otras  naciones 
:>lo  hazen  en  las  suyas,  pues  no  faltan  en  España  agudos  y  altos  ingenios.  Por  lo  qual 
»yo,  preciándome  tanto  de  la  lengua  que  aprendi  de  mis  padres  como  de  la  que  me 
¿►mostraron  preceptores,. quise  dar  estas  vigilias  a  los  que  no  entienden  los  libros  lati- 
->  nos,  y  ellos  principalmente  quiero  que  me  agradezcan  este  trabajo:  pues  son  los  más 
->  y  los  que  más  necesidad  y  dcsseo  suelen  tener  de  saber  estas  cosas.  Porque  yo  cierto 
»he  procurado  hablar  de  materias  (jue  no  fuessen  muy  comunes,  ni  anduviessen  por  el 
^  vulgo,  que  ellas  de  sí  fuessen  grandes  y  provechosas,  a  lo  monos  a  mi  juyzio. 

Para  convencerse  de  lo  mucho  que  Boaystuau,  Tesserant  y  Bellcforest  tomaron  de 
la  obra  de  Mexía,  traducida  ya  al  francés  en  1552,  no  hay  más  que  cotejar  los  respec- 
tivos capítulos  de  las  Historias  con  lo  que  en  la  Silva  se  escribe  cde  los  Tritones  y 
Nereydas» ,  «de  algunos  hombres  muy  crueles» ,  «de  algunos  exemplos  de  casados  que 
mucho  y  fielmente  se  amaron* ,  «de  los  extraños  y  admirables  vicios  del  emperador 
Heliogábalo,  y  de  sus  excesos  y  prodigalidades  increíbles* ,  «de  las  propiedades  mara- 
villosas y  singulares  de  algunos  ríos,  lagos  y  fuentes» ,  «de  algunas  cosas  maravillosas 
que  aparecieron  en  cielo  y  tierra»  y  otros  puntos  que  sería  fácil  señalar.  Los  testimo- 
nios alegados  son  los  mismos,  suele  serlo  hasta  el  orden  y  las  palabras  con  que  so 
declaran  y  los  argumentos  que  se  traen  para  hacer  creíbles  íau  desaforados  portentos. 

Pero  la  Silva  de  varia  lecciáñ  es  obra  de  plan  mucho  más  vasto  y  también  más 
razonable  que  las  Histoi'ias  prodigiosas.  No  predomina  aquí  lo  extraño,  lo  anormal, 
lo  increíble,  ni  se  rmde  tanto  culto  á  la  superstición,  ya  popular,  ya  científica.  En  rela- 
ción con  su  época,  Pero  Mexía  parece  un  espíritu  culto  y  avisado,  que  procui-a  guar- 
darse de  la  nimia  credulidad  y  muestra  hasta  vislumbres  de  espíritu  crítico  (*).  Siem- 
pre que  tiene  que  contar  hechos  muy  extraordinarios  se  resguarda  con  la  autoridad 
a.jena,  y  aim  así  osa  contradecir  algunas  cosas  de  las  que  escriben  los  antiguos.  No 
quiere  admitir,  por  ejemplo,  aunque  lo  afirmen  contestes  nada  menos  que  Plinio,  Eliano, 
Plutarco,  Apuleyo  y  San  Isidoro,  que  la  víbora  muei*a  en  el  momento  en  que  da  á  luz 

(I)  Capítulos  XXXIV  de  la  primera  parte  de  la  Silva,  XV,  XXIX,  XXXÍ  y  XXXIII  de  la  Silva, 


INTRODUCCIÓN 


XXXI 


sus  viboreznos  (').  No  parece  muy  persuadido  de  la  existencia  de  hombres  marinos  y 
tiene  por  cuento  de  viejas  la  historia  del  pece  Nicolao,  mostrando  en  esto  mejor  crítica 
que  el  P.  Feijoo,  que  todavía  en  el  siglo  xvin  admitía  la  fábula  del  hombre-pez  de 
Liérganes  (^).  Claro  es  que  no  se  emancipa,  ni  mucho  menos,  de  la  mala  física  de  su 
tiempo.  Cree  todavía  en  las  propiedades  ocultas  y  secretas  de  los  cuerpos  naturales  y 
adolece,  sobre  todo,  de  la  superstición  astrológica,  que  le  dio  cierta  extravagante  fama 
entre  sus  conciudadanos,  tan  zumbones  y  despiertos  de  ingenio  entonces  como  ahora. 
«El  astrífero  Mexía»  le  llama,  pienso  que  en  burlas,  Juan  de  la  Cueva.  Y  es  sabida 
aquella  anécdota  que  recogió  Rodrigo  Caro  en  sus  Claros  varanes  en  letras^  natura^ 
les  de  Sevilla:  «Había  adivinado  Pero  Mexía,  por  la  posición  de  los  astros  de  su  naci- 
>  miento,  que  había  de  morir  de  un  sereno,  y  andaba  siempre  abrigíuio  con  uno  ó  dos 
-  bonetes  en  la  cabeza  debajo  de  la  gorra  que  entonces  se  usaba,  por  lo  cual  le  llamaban 
-» Siete  bonetes;  sed  non  atiguriis  potuit  depellere  pestem;  porque  estando  una  noche 
>en  su  aposento,  sucedió  á  deshora  un  ruido  grande  en  una  casa  vecina,  y  saliendo 
>sin  prevención  al  sereno,  se  le  ocasionó  su  muerte,  siendo  de  no  muy  madura  edad». 
Tan  revuelta  andaba  en  el  siglo  xvi  la  ciencia  positiva  con  la  quimérica,  la  astro- 
logia  judiciaria  con  la  astronomía  y  las  matemáticas,  que  no  es  de  admirar  que  Mexía, 
como  Agripa  y  Cardano  y  tantos  insignes  varones  del  Renacimiento,  cayese  en  esta 
confusión  deplorable,  escribiendo  algunos  capítulos  sobre  la  influencia  de  los  siete  pla- 
netas en  las  siete  edades  y  partes  de  la  vida  del  hombre,  sobre  los  días  aciagos  y  años 
climatéricos,  sobre  el  punto  y  signo  del  Zodíaco  en  que  estaban  el  sol  y  la  luna  cuando 
fueron  creados  (^)  y  otras  vanidades  semejantes.  Mexía,  que  era  cosmógrafo  de  profe- 
sión en  un  tiempo  y  en  una  ciudad  en  que  no  faltaban  buenos  cosmógrafos  prácticos, 
trata  con  mucho  más  tino  las  cuestiones  hidrográficas  y  meteorológicas,  y  en  vez  do  aque- 
llas ridiculas  historias  de  monstruos  que  ocupan  la  mitad  del  libro  de  Belleforest,  aquí 
se  leen  disertaciones  elementales,  pero  sensatas,  sobre  los.  vientos;  sobre  los  artificios 
útiles  para  comparar  la  densidad  de  las  aguas  y  discernir  su  pureza;  sobre  la  redondez  y 
ámbito  do  la  tierra;  sobre  la  medida  de  los  grados  terrestres  y  el  modo  de  trazar  la  línea 
meridiana,  y  sobre  la  indispensable  reforma  del  calendario,  que  tardó  bastantes  años  en 
realizarse  (*).  No  era  Mexía  un  sabio,  no  era  un  investigador  original;  pero  tenía  linda 

(•)  cGosa  muy  contraria  a  la  común  orden  de  naturaleza,  y  por  esto  yo  no  la  creo».  (Oap.  XI  de 
h  tercera  parte  de  la  Silva,) 

(*)  Oap.  XXIII  de  la  primera  parte  de  la  Silva:  Del  admirable  nadar  de  un  Jiomhre,  de  do  parece 
que  tuvo  origen  la  fábula  que  el  pueblo  cuenta  del  pece  Nicolao"»,,, 

«Desde  que  me  sé  acordar,  siempre  oí  contar  a  viejas  no  sé  qué  cuentos  y  consejas  de  un  pece 
Nicolao,  que  era  hombre  y  andaba  en  la  mar...  Lo  qual  siempre  lo  jnzgué  por  mentira  y  fabnla  como 
otras  muchas  que  asi  se  cuentan...  Y  en  el  caso  presente  he  creydo  qne  esta  fábula  que  dicen  del 
pece  Nicolao  trae  su  origen,  y  se  levantó  de  lo  que  escriven  dos  hombres  de  mucha  doctrina  y  ver- 
dad: el  uno  08  Joviano  Pontano,  varón  dotissimo  en  letras  de  humanidad,  y  singular  poeta  y  orador, 
según  sus  ¡ibros  lo  testifican.  Y  el  otro  Alexandro  de  Alexandro,  excelente  jurisconsulto  y  muy 
docto  también  en  humanas  letras,  el  qnal  hizo  un  libro  llamado  Dias  geniales,  qne  contiene  muy 
grandes  autoridades:»... 

O  Oaps.  XLIV  y  XLV  de  la  primera  parte  de  la  Silva  y  XXVII  de  la  tercera:  «en  el  qual  se 
trata  y  determina  en  qné  parte  y  signo  del  Zodiaco  se  hallaba  el  Sol  en  el  instante  do  su  creación,  y 
assi  la  Luna  y  otros  planetas,  y  qué  principio  fue  el  del  año  y  de  los  tiempos,  y  en  qué  parte  de 
nnestro  año  de  agora  fue  aquel  comien^oiD. 

(*)  Cape.  XXII  de  la  cuarta  parte,  XIX,  XX  y  XXI  de  la  tercera. 


xxxíi  orígenes  de  la  NOVELA 

manera  para  exponer  las  curiosidades  de  historia  científica,  por  ejemplo,  el  problema  de 
la  corona  del  rey  Hierón  j  otros  descubrimientos  de  Arquímedes(*),  y  bastante  libertad 
de  espíritu  para  considerar  como  juegos  y  pasatiempos  de  la  naturaleza  los  que  otros 
estimaban  misteriosas  señales  grabadas  en  las  piedras  (^). 

Pero  lo  que  predomina  en  la  Silva  de  vaii^a  lección^  como  podía  esperarse  de  las 
aficiones  y  estudios  de  su  autor,  es  la  erudición  histórica,  que  se  manifiesta  de  muy 
varios  modos,  bien  calculados  para  picar  y  entretener  el  apetito  de  quien  lee:  ya  en 
monografías  de  famosas  ciudades,  como  Roma,  Constan tinopla,  Jerusalem;  ya  en  sucin- 
tas historias  de  los  godos,  de  los  turcos,  de  los  templarios,  de  los  güelfos  y  gibelinos;  ya 
en  biografías  de  personajes  sobresalientes  en  maldad  ó  en  heroísmo,  pero  que  ofrecen 
siempre  algo  de  pintoresco  y  original,  como  Timón  el  Misántropo,  Diógenes  el  Cínico, 
los  siete  Sabios  de  Grecia,  Heráclito  y  Demócrito,  el  emperador  Heliogábalo,  el  falso 
profeta  Mahoma  y  el  gran  Tamorlán  (^);  ya  en  anécdotas  de  toda  procedencia,  como  la 
tragedia  de  Alboino  y  Rosimunda,  que  toma  de  Paulo  Diácono  (*),  y  la  absurda  pero 
entonces  muy  creída  fábula  de  la  Papisa  Juana,  que  procura  corroborar  muy  candida- 
mente con  el  testimonio  de  Martín  Polono,  Sabellico,  Platina  y  San  Antonino  de  Flo- 
rencia P). 

(*)  Cap.  XLIII  de  la  segunda  parte:  «De  una  muy  subtil  manera  que  tuvo  Archímedes  para  ver 
]»cómo  un  platero  avia  mezclado  plata  en  una  corona  de  oro  y  quanta  cantidad,  sin  deshazer  la  coro- 
:»na.  Y  otras  algunas  cosas  deste  notable  varón». 

La  principal  fuente  de  este  capitulo  es  Vitruvio  en  el  libro  sexto  de  su  Tratado  de  arquitectura' 

(})  Gap.  XII  de  la  segunda  parte:  «Do  se  cuentan  algunas  cosas  muy  extrañas,  que  se  hallaron 
nen  montes  y  piedras,  que  parece  aver  quedado  desde  el  diluvio  general,  o  a  lo  menos  su  causa  es 
i>muy  obscura  y  incognitai). 

(•)  Parte  primera.  Cap.  XX:  «De  la  extraña  y  fiera  condición  de  Timón  ateniense  inimicissirao 
]»de  todo  el  género  humano,  de  su  vida  quál  era,  y  dónde  y  cómo  se  mandó  enterrar:».  £h  muy  vero- 
simil  que  este  capítulo,  traducido  al  inglés  en  el  Palace  qf  Pleaueere  de  Painter  {Of  the  straunge  and 
beagtlie  nature  of  Timón  of  Athens^  ennemie  to  mankindef  with  hU  death^  buriall  and  epitaphe),  sea  la 
verdadera  fuente  del  Timón  de  Atenas  de  Shakespeare,  más  bien  que  la  Vida  de  Marco  Antonio  por 
Plutarco. 

Gap.  XXVII:  «De  la  extraña  condición  y  vida  de  Diógenes  Cínico  philosopho,  y  de  muchas  sen* 
}!>tencias  notables  suyas,  y  dichos,  y  respuestas  muy  agudas  y  graciosas». 

Gap.  XXXIX:  «De  la  estrafia  opinión  y  condición  de  dos  philosophos,  uno  en  llorar  y  otro  en 
»reyr,  y  por  qué  lo  hazian,  y  otras  cosas  dellos». 

Parte  segunda.  Cap.  XXVIII:  «Del  excelentissimo  capitán  y  muy  poderoso  rey  el  gran  Tamor- 
}!>lan,  de  los  reynos  y  provincias  que  conquistó,  de  su  disciplina  y  arte  militan). 

Gap.  XXIX:  «De  los  extraños  y  admirables  vicios  de  Heliogábalo,  Emperador  que  fue  de  Koma, 
9y  de  sus  excesos  y  prodigalidades  increyblesx). 

Parte  priínera.  Gap.  XII L:  «De  qué  linaje  y  de  qué  tierra  fue  Mahoma,  y  en  qué  tiempo  comen9Ó 
9SU  malvada  seta,  que  por  pecado  de  los  hombres  tan  extendida  está  por  el  mundo». 

Parte  cuarta.  Caps.  X  y  XI:  «Historia  de  les  siete  sabios  de  Grecia», 

(^)  Parte  tercera.  Cap.  XXIV:  «En  que  se  contiene  la  hystoria  de  una  gran  crueldad  que  usó 
]!> Alboyno  Rey  de  los  Longobardos  con  Rosimunda  su  muger,  y  la  extraña  manera  y  maldad  con  que 
j>éQ  vengó  ella  del  mal  sucesso  que  ella  y  los  que  fueron  con  ella  o  vieron  d. 

(*)  Parte  primera.  Cap.  IX:  «De  ana  muger  que  andando  en  abitoA  de  hombre  alcan9Ó  a  ser 
)!)3umo  Pontifico  y  papa  en  Roma,  y  del  fin  que  uvo,  y  de  otra  muger  que  se  hizo  Emperador,  y  lo 
}!>fue  algún  tiempo:».  Esta  patraña,  que  se  encuentra  en  todas  las  ediciones  de  la  Silva  hasta  la  de 
Lyon,  1556,  que  es  la  que  manejo,  desapareció  en  las  del  siglo  xvii.  Fue  expurgada  también  en  mu- 
chos ejemplares  del  Libro  de  Juan  Bocado  que  tracta  de  las  iluetree  mujeres,  del  cual  existen,  por  lo 
menos,  dos  ediciones  góticas  en  lengua  castellana. 


INTRODUCCIÓN  xxxiii 

El  libro  de  Pedro  Mexía  interesa  á  la  novelística,  no  sólo  por  estas  cortas  narracio-  [ 
nes,  que  son  las  más  veces  verdaderas  leyendas,  sino  por  ser  un  copioso  repertorio  de 
ejemplos  de  vicios  y  virtudes,  que  el  autor  compila  á  diestro  y  siniestro,  de  todos  los 
autores  clásicos,  especialmente  de  Plutarco,  Valerio  Máximo  y  Aulo  Gelio  ('),  sin  olvi- 
dar á  Plinio,  de  quien  entresaca  las  anécdotas  de  pintores  (*),  Alguno  que  otro  episodio 
de  la  historia  patria  refiere  también,  como  la  muerte  súbita  de  los  dos  infantes  D.  Pedro 
y  D.  Juan  en  la  entrada  que  hicieron  por  la  vega  de  Granada,  ó  el  de  Euy  Páez  de 
Yiedma  y  Payo  Rodríguez  de  Avila  en  tiempo  de  Alfonso  XI  (^),  6  las  extrañas  cir- 
cunstancias que,  según  Muntaner,  intervinieron  en  la  concepción  y  nacimiento  de 
D.  Jaime  el  Conquistador,  asunto  de  una  novela  de  Bandello  y  de  una  comedia  de 
Lope  de  Vega  (*). 

Otros  capítulos  de  la  Silva  tienen  carácter  de  arqueología  recreativa,  á  imitación 
de  Polidoro  Virgilio  en  su  libro  De  invenioribiis  rentm^  tan  explotado  por  todos  los 
compiladores  del  siglo  xvi  (^).  Pero  aunque  tomase  mucho  de  Polidoro  y  de  todos  los  que 
le  precedieron  en  la  tarea  de  escribir  misceláneas,  Mexía  se  remontaba  á  las  fuentes  casi 
siempre  y  las  indica  con  puntualidad  en  todos  los  puntos  que  he  comprobado.  La  Tabla 
que  pone  al  fin  no  es,  como  en  tantos  otros  libros,  una  pedantesca  añagaza.  Había  leído 
mucho  y  bien,  y  tiene  el  mérito  de  traducir  en  buen  castellano  todas  las  autoridades 
que  alega.  El  círculo  de  sus  lecturas  se  extendía  desde  el  Quadripartito,  de  Tolomeo, 
Y  los  cánones  astronómicos  de  Aben  Ragel,  hasta  las  Historias  fíore7itinas  y  los  trata- 
dos políticos  de  Maquiavelo,  á  quien  cita  y  extracta  en  la  vida  de  Castruccio  Castra- 

(')  Entre  los  caentos  tomados  de  las  Noches  Áticas^  algunos,  corao  el  del  león  de  Androcles, 
habfaa  sido  utilizados  ya  por  Fr.  Antonio  do  Guevara.  De  Aulo  Gelio  procede  también  la  anécdota 
del  litigio  de  Evathlo,  tan  popular  en  las  antiguas  escuelas  de  dialéctica  y  jurisprudencia.  c^De  un 
ipleyto  que  huvo  entre  un  discipulo  y  su  maestro  tan  subtil  y  dudoso,  que  los  jueces  no  supieron 
idetermínarlo,  y  queda  la  determinación  al  juy/.io  del  discreto  lector.))  (Parto  primera.  Cap.  XVIII.) 

(•)  Cape.  XVII,  XVIII  y  XIX  de  la  parte  segunda  de  la  Silva. 

(*)  Parte  segunda.  Cap.  XI.  cDe  un  notable  trance  y  batalla  que  uvo  entre  dos  cavalleros  cas- 
ftellanos,  en  el  qual  acaescio  una  cosa  muy  notable  pocas  vezes  vista.» 

[*)  Parte  tercera.  Gap.  XXV.  «De  un  muy  hermoso  engaño  que  una  rey  na  de  Aragón  hizo  al 
»Key  su  marido,  y  como  fue  engendrado  el  Key  D.  Jayme  de  Aragón  su  hijo.» 

En  el  cap.  VIII,  parte  primera,  cSobre  los  inventores  de  la  artillerías),  cita  un  libro  probablemente 
tpócrífo  pero  muy  anterior,  como  se  vé,  á  Fr.  Prudencio  de  Sandoval  que  c  m  frecuencia  le  alega.  clEtí 
>la  corónica  del  rey  don  Alonso  que  ganó  a  Toledo  escrive  don  Pedro  Obispo  de  León,  que  eo  una 
•batalla  de  mar,  que  huvo  entre  el  armada  del  rey  de  Túnez  y  la  del  rey  de  Sevilla,  moros,  a  quien 
.•favorecía  el  rey  don  Alonso,  los  navios  del  rey  de  Túnez  trayan  ciertos  tiros  de  hierro  o  lombardas 
Kon  que  tira  van  muchos  truenos  de  fuego;  lo  qual  si  assi  es,  devia  de  ser  artilleria,  aunque  no  en  la 
•perfección  de  agora,  y  ha  esto  más  de  quatrocientos  años.:» 

{')  Lo»  ocho  libros  de  Polidoro  Vergilio,  civdadano  de  Urbino,  de  los  inventores  de  las  cosas.  Nue* 
tamente  traducido  por  Vicente  de  MilUs  Godinez,  de  Latin  en  Romance,  conforme  al  que  Su  Sanctidad 
mandó  emendar^  como  por  el  Mota  proprio  que  va  al  principio  parece.  Con  privilegio  real,  en  Medina 
id  Campo^  por  Christoval  Lasso  Vaca.  Ano  M.D.LXXXXIX.  4." 

De  la  popularidad  persistente  de  este  que  pudiéramos  llamar  manual  del  erudito  á  la  violeta  en 
el  siglo  XV]  dan  testimonio,  en  España,  el  ridiculo  poema  de  Juan  do  la  Cueva,  De  les  inventores  de 
'  las  cosas,  en  cuatro  libros  y  en  verso  suelto;  e\  Suplemento  á  Virgilio  Polidoro,  que  tenia  hecho  aquel 
estudiante  que  acompañó  á  D.  Quijote  á  la  cueva  de  Montesinos,  declarando  por  muy  gentil  estilo 
cosas  de  gran  sustancia,  que  el  autor  Dererum  inventaribus  se  había  dejado  en  el  tintero,  y  la  Repü' 
blica  Literaria  de  Saavedra  Fajardo,  en  que  Polidoro  es  uno  de  los  guias  del  autor  por  las  calles  de 
aquella  república,  juntamente  con  Marco  Terencio  Varrón. 

OBÍQBMIS  DB  LA  MOVKLA,— ll.-^C 


kxxiv  ORÍQElTES  Dfi  LA  líOVEtA 

caüi  (')  y  á  quien  parece  haber  seguido  también  en  el  relato  de  la  conjuración  de  los 
Pazzi  (%  Aunque  el  secretaiio  de  Florencia  pasaba  ya  por  autor  de  sospechosa  doctrina 
y  sus  obras  iban  á  ser  muy  pronto  rigurosamente  vedadas  por  el  Concilio  de  Trento,  se 
ve  que  Mexía  las  manejaba  sin  grande  escrúpulo,  lo  cual  no  es  indicio  del  ánimo  apo- 
cado y  supersticioso  que  le  atribuyeron  algunos  luteranos  españoles,  enojados  con  ól 
por  haber  sido  uno  de  los  primeros  que  descubrieron  en  Sevilla  la  herética  pravedad 
envuelta  en  las 'dulces  pláticas  de  los  doctores  Egidio  y  Constantino  (^). 

Con  todas  sus  faltas  y  sobras,  la  Silva  de  varia  lección^  que  hoy  nos  parece  tan 
llena  de  vulgaridades  y  errores  científicos  (*),  representaba  de  tal  modo  el  nivel  medio  de 
la  cultura  de  la  época  y  ofrecía  lectura  tan  sabrosa  á  toda  casta  de  gentes,  que  apenas 
hubo  libro  más  afortunado  que  él  en  sus  días  y  hasta  medio  siglo  después.  Veintiséis 
I  ediciones  castellanas  (y  acaso  hubo  más),  estampadas,  no  sólo  en  la  Península,  sino  en 
Venecia,  Amberes  y  Lyón,  apenas  bastaron  á  satisfacer  la  demanda  de  este  libro  can- 
doroso y  patriarcal,  que  fue  adicionado  desde  1555  con  una  quinta  y  sexta  parte  do 
autor  anónimo  (•»).  No  menos  éxito  tuvo  la  Silva  en  Francia,  donde  fue  traducida  por 

(1)  Parte  cuarta.  Cap.  XXI.  <iDc  quan  excelente  capitán  fue  Castruclio  Ástracano,  su  estraño 
]»naciiniento  y  sus  grandes  hazañne,  y  como  acabó.D 

Al  fin  dice:  ((Leonardo  de  Arccio,  y  Blondo,  y  sant  Antonino,  y  Machabello  (a  quien  yo  inús  he 
98egutdo)  lo  escriven,  a  eUos  me  remito.» 

(')  Parte  cuarta.  Cap.  XX.  «Cn  el  qual  se  cuenta  una  conjuración  muy  grande,  y  súbito  albo- 
»roto  acaecido  en  la  ciudad  de  Florencia,  y  las  muertes  que  en  olla  por  él  se  siguieron. i> 

(')  Pctri  Mexhv  homlni}<  ph'dotophi  nomen  absque  ulUs  bonis  literia  ridicule  sibi  arrogantiSf  dice 
de  él  con  su  habitual  pasión  Reinaldo  González  de  Montes  tratando  de  los  enemigos  del  doctor 
Egidio  [InquUitionis  Híspanicre  Artes^  Ileidelberg,  1567,  pág.  272  de  la  reimpresión  do  Usoz  en  el 
tomo  XIII  de  los  Reformistoé  antiguos  españoles).  Sí  este  testimonio  puede  recusarse  por  parcial  y 
sospechoso,  parece,  en  cambio,  algo  exagerado  el  encomio  de  Juan  de  Mal-Lara,  el  cual  dice  que 
Mexia  «meresce  ganar  eterna  fama,  y  ser  tenido  por  el  primero  que  en  IlespaOa  comento  a  abrir  las 
buenas  letrasT)  (Philosophia  Vulgar^  foi.  109),  pues  aun  entendiéndose  abrir  en  el  sentido  de  vulga- 
rizar no  fue  el  primero  ni  con  mucho. 

{*)  Y  ya  se  lo  parecería  sin  duda  á  los  hombres  que  podemos  considerar  como  excepcionales  en 
su  tiempo.  D.  Diego  de  Mendoza  decía  de  ella,  entre  burlas  y  veras,  en  la  segunda  carta  de  El  Bachi' 
ller  de  Arcadia^  poniendo  la  picante  censura  en  boca  del  asendereado  capitán  Pedro  de  Salazar:  «Yo 
veo  que  Pero  Mexía  agrada  á  todo  el  mundo  con  aquella  su  Silva  de  varia  lección;  pues  ¡Cuerpo 
ahora  de  San  Julián!  ¿por  qué  mi  coronica  no  ha  de  agradar  á  todos  muy  mejor?  Pues  que  aquella 
Silva  no  es  otra  cosa  sino  un  paramento  viejo  do  remiendos  y  una  ensalada  de  diversas  [yerbas  dulces 
y  amargas,  y  en  mi  libro  no  se  hallará  una  vejez  ni  una  antigüedad,  aunque  el  dotor  Castillo  le  des 
tilase  por  todas  sus  alquitaras.  Y  Pero  Mexia  no  puso  en  toda  su  Silva  de  su  cosecha  un  árbol  siquie- 
ra...}>  (Respuesta  del  capitán  Salazar  al  Bachiller  de  Arcadia. — Sales  españolas  á^Vfiz  y  Melia,  I,  88), 

{^)  Libro  llamado  Silva  d*  varia  lecio  dirigido  a  la  S.  C,  C.  M.  d*  I  Emperador  y  rey  ñro  señor 
do  Carlos  quinto  desle  nombre,  Cópuesto  por  un  cavallero  de  Sevilla  llamado  Pero  Mexia,,,  con  privi- 
legio imperial.  M.D.XL, 

(Aljin):  alJeo  graiias.  Fue  imprimido  el  presente  libro  en  la  muy  noble  y  muy  leal  ciudad  de 
^Sevilla  por  Dominico  de  Robertis  impressor,  con  licencia  y  facultad  de  los  muy  rcveredos  señores 
j>e\  señor  liceciado  del  Corro  inquisidor  apostólico  y  canónigo  y  el  señor  liceciado  Fes-miño  (sic)  pro- 
]>visor  general  y  canónigo  d'  st«  dicha  ciudad,  aviendo  sido  examinado  por  su  comission  y  mudado: 
]Dpor  los  muy  reverendos  padres  Rector  y  colegiales  del  colegio  de  Sto.  Thomas  de  la  ordé  de  Santo 
^Domingo  de  la  dicha  ciudad.  Acabosse  en  el  mes  d*  Julio  de  mil  y  quinientos  y  qrenta  años^. 
Fol.  let.  gót.  VIH  hs.  prls.  y  136  foliadas. 

El  norteamericano  Uarrisc  es  el  único  bibliógrafo  que  describe  esta  edición  rarísima,  en  sus  adi* 
clones  á  la  Biblioteca  Americana  Vetustissima^  y  Branet  copia  la  noticia  en  el  Suplemento, 


INTIIODÜOOIÓJÍ  ixítv 

Claudio  Gruget  en  1552  y  adicionada  sucesivamente  por  Antonio  í)u  Verdier  y  Luis 
Ouyon,  señor  de  la  Nauche.  Hasta  diez  y  seis  ediciones  de  Les  divers  leQons  de  Messie 
enomerau  los  bibliógrafos  y  en  las  más  de  ellas  figuran  también  sus  Diálogos  (').  Toda- 

— Silva  de  varia  lecion  copuesta  por  un  cavallero  dt  Sevilla  llamado  Pero  Mexia  segUda  vez  im- 
presia  y  añadida  por  el  mismo  autor,  M,D,XL, 

(Aljin)i  cFue  impresso  el  presente  libro  en  ]a  muy  noble  y  muy  leal  ciudad  de  Sevilla  en  las 
icasas  de  Juan  Cruberger,  con  licencia  y  facultad  de  los  muy  reveredos  señores  el  ücéciado  del  Corro 
^inquisidor  apostólico  y  el  señor  licéciado  Temiño,  provisor  r^cneral  y  canónigo  desta  dicha  ciudad, 
laviendo  sido  examinado  por  su  comission  y  mandado.  Año  de  mili  y  quinientos  y  cuarenta.  A  XII 
tdias  de  Deciébrej». 

Cata  edición,  aunque  del  mismo  año  que  la  primera,  es  enteramente  distinta  de  ella,  puesto  que  no 
lólo  tiene  corregidas  las  erratas,  sino  añadidos  diez  capítulos,  según  expresad  autor  de  la  advertencia* 

Lleva  después  del  proemio  una  Tabla  de  los  autores  consultados,  y  un  epigrama  de  Francisco 
Leandro,  que  no  sabemos  si  estará  en  la  primera. 

— Silva  de  varia  lecion,., 

(Al  fin):  «Sevilla,  Juan  Gromberger,  1543^  a  XXii  dias  del  mes  de  Marqoy>, 

En  el  encabezamiento  del  libro  se  dice  que  está  <rnuevamonto  agora  corregido  y  emendado,  y 
añadidos  algunos  capitules  por  el  mismo  autori.  La  obra  está  dividida  en  tres  partes,  las  dos  primo- 
rea tienen  el  mismo  número  de  capítulos  que  los  ediciones  posteriores;  la  tercera  sólo  26,  á  Ins  cuales 
M  añadieron  después  10.  Acaso  estén  ya  en  las  dos  ediciones  siguientes,  quo  no  conozco: 

-Sevilla,  1543. 

— Anvers,  1544. 

— 1547.  La  citan  los  traductores  de  Ticknor,  sin  especificar  el  lugar. 

— #St7ra  de  varia  lection  copuesta  por  el  magnifico  cavallero  Pero  Mexia  nuevamete  agora  en  el  año 
de  mil  y  quinientos  y  cincuenta  y  uno.  Añadida  en  ella  la  quarta  parte  por  el  mismo  autor:  en  la  qual 
te  Uncían  muchas  cosas  y  mny  agradables  y  curiosas.  Valladolid,  1551,  por  Juan  de  Villaquirán. 

Dudo  que  esta  sea  la  primera  edición  en  que  apareció  la  cuarta  parte,  compuesta  de  22  capítu- 
los. Lo  natural  es  que  se  imprimiese  antes  en  Sevilla.  £1  privilegio  está  dado  á  cD.  Francisco  Mexia, 
liijo  de  Pero  Mexia,  nuestro  coronista  def  uncto». 

Todas  las  ediciones  hasta  aqui  citadas  son  en  folio  y  en  letra  gótica. 

Entre  las  posteriores,  casi  todas  en  octavo  y  de  letra  redonda,  debe  hacerse  especial  mención  do 
lado  Zaragoza,  1555,  que  contiene  una  quinta  y  sexta  parte  de  autor  anónimo,  que  al  parecer  tovie- 
ion  poco  éxito,  pues  no. se  las  encuentra  en  las  demás  ediciones  del  siglo  xvi.  Estas  son  innúmera* 
bles:  Valencia,  1551;  Vonecia,  1553,  1564,  1573;  Anvers,  1555,  1564,  1593;  Sevilla,  1563  y  1570; 
Lérida,  1572...  Como  la  mayor  parte  de  estas  ediciones  están  hechas  en  país  extranjero,  conservan 
todavia  el  cuento  de  fa  Papisa  Juana,  que  se  mandó  expurgar  en  España,  y  que  no  sé  cómo  habían 
dejado  correr  los  inquisidores  Corro  y  Temiño. 

El  curioso  elogio  de  D.  Fernando  Colón,  que  hay  en  el  capítulo  de  las  librerías  (III  de  la  ter- 
cera parte)  y  algún  otro  pasaje  más  ó  menos  relacionado  con  las  Indias,  ha  hecho  subir  el  precio  y 
estimación  de  las  primeras  ediciones  do  la  Silva ,  buscadas  con  afán  por  los  americanistas. 

Entre  las  pocas  ediciones  del  siglo  xvu  son  curiosas  las  de  Madrid,  1669  y  1673,  por  Mateo  de 
Kspinosa  y  Arteaga.  Una  y  otra  contienen  la  quinta  y  sexta  parte  de  la  edición  de  Zaragoza,  que  no 
creemos  auténticas,  aunque  el  encabezamiento  de  la  quinta  dice  que  hay  en  ella  «muchas  y  agrade* 
•bles  cosas,  que  dexó  escriptas  el  mesmo  autor,  aora  nuevamente  añadidas  con  el  mcsmo  lenguaje 
Mntigao  en  que  se  hallaron».  El  estilo  no  parece  de  Pero  Mexia,  pero  los  materiales  históricos  y 
geográficos  son  del  mismo  género  que  los  que  él  solía  utilizar.  Hay  en  estas  adiciones  una  breve  his- 
toria del  Ducado  de  Milán,  dividida  en  cuatro  capítulos;  biografías  de  Agesilao,  Alejandro  Magno,  Ho. 
mero.  Niño  y  Semíramis;  disertaciones  sobre  antigüedades  romanas  y  griegas,  sobre  las  artes  mágicas, 
cobre  los  ritos  funerales  entre  los  indios  de  Nueva  España;  descripciones  de  la  Scitia,  de  la  Etiopía, 
de  la  isla  de  Ceylán  y  otros  países  remotos;  algunos  fragmentos  de  historia  natural  sobre  los  elefan- 
tes y  dragones,  y  un  tratado  bastante  extenso  sobre  los  trabajos  de  Ilércules.  El  caudal  novelístico 
qoe  puede  entresacarse  de  todo  este  fárrago  es  muy  escaso. 

(>]  Sobre  estas  ediciones  consúltese  el  Manual  de  Brunet,  sin  olvidar  el  Suplemento, 


XXXVI  orígenes  de  LA  NOVELA 

vía  eu  1675  un  módico  llamado  Girardet  se  apropió  descaradamente  el  libro  de  Pero 
Mexía,  sin  citarle  una  sola  vez  ni  tomarse  más  trabajo  que  cambiar  las  palabras  anti- 
cuadas de  la  traducción  de  Gruget  (').  En  Italia  las  cuatro  partes  de  la  Silva  fueron 
traducidas  en  1556  por  Mambrino  Roseo  da  Fabbriano  y  adicionadas  después  por 
Francisco  Sansovino  y  Bartolomé  Dionigi. 

Por  medio  de  las  traducciones  latinas  y  francesas  empezaron  á  ser  conocidos  en 
Inglaterra  los  libros  de  Mexía  antes  de  que  penetrasen  en  su  texto  original,  y  algunos 
célebres  compiladores  de  novelas  empezaron  á  explotarlos.  Fue  uno  do  ellos  William 
Painter,  que  en  su  Palace  ofpleasure  (15(56)  intercaló  el  extraño  cuento  del  viudo  de 
veinte  mujeres  que  casó  con  una  viuda  de  veintidós  maridos  (').  Pero  es  mucho  más 
importante  la  Forest  or  collection  of  hisUn^yes^  de  Thomas  Fortescue  (1571),  porque  en 
esta  versión  inglesa  de  la  Silva^  tomada  de  la  francesa  de  Gruget,  encontró  el  terrible 
dramaturgo  Cristóbal  Marlowe,  precursor  de  Shakespeare,  los  elementos  históricos  que 
le  sirneron  para  su  primera  tragedia  Tamburlaine  (^).  No  fue  ésta  la  única  vez  que  el 
libro  del  cronista  sevillano  hizo  brotar  en  grandes  ingenios  la  chispa  dramática.  Lope  de 
/  Vega  le  tenía  muy  estudiado,  y  de  él  procede  (para  no  citar  otros  casos)  toda  la  erudición 
j  clásica  de  que  hace  alarde  en  su  comedia  Las  mujeres  sin  fiambres  (Las  Amaxonas)  (*). 

En  Liglaterra  prestó  también  buenos  subsidios  á  los  novelistas.  De  una  traducción 
italiana  de  la  Silva  está  enteramente  sacada  la  colección  de  once  novelas  de  Lodge, 
publicada  con  este  título:  The  Ufe  and  death  of  William  Longbeard  \^),  No  sólo  los 
cuatro  libros  de  Mexía,  sino  todo  el  enorme  fái-rago  de  las  adiciones  italianas  de  Sanso- 
vino y  de  las  francesas  de  Du  Verdier  y  Guyon,  encontraron  cachazudo  intérprete  en 
Thomas  Milles,  que  las  sacó  á  luz  desde  1613  hasta  1619  (The  treasttrie  of  aneient 
and  modelóle  times).  La  traducción  alemana  de  Lucas  Boleckhofer  y  Juan  Andrés 
Math  es  la  más  moderna  do  todas  (1668-1669)  y  procede  del  italiano  (®). 

Con  el  éxito  europeo  del  libro  de  Mexía  contrasta  la  oscuridad  en  que  ha  yacido 

(*)  Encuentro  esta  noticia  en  la  Biographie  UniverselU  de  Míchatid,  1816,  tomo  XVII,  pág.  452. 
La  obra  de  Ginirdet  se  titula  CEuvres  diverses  ou  V  on  remarque  plusieurs  tratts  des  Hisioires  sainteSt 
profanes  el  tuiturelles,  Lyon,  1675,  12.^  Descubrió  el  plagio  el  abate  d*Artigny. 

(')  Es  el  capitulo  XXXVII  de  la  primera  parte  de  la  Silva:  cDe  una  muger  que  casó  muchas 
aveces  y  de  otro  hombre  do  la  misma  manera,  que  casó  con  ella  al  cabo,  y  en  qué  pararon;  cuenta  se 
]»otro  cuento  de  la  incontinencia  de  otra  muger)».  Mexía,  que  siempre  se  apoya  en  alguna  autoridad, 
trae  aquí  la  de  San  Jerónimo  en  su  carta  á  Gerencia,  viuda.  Hay  ana  extraña  novela  anónima  del 
siglo  XVII :  «Discursos  de  la  viuda  de  veinticuatro  maridosi>,  cuyo  título  parece  sugerido  por  este 
cuento  de  Pero  Mexía. 

(•)  Vid.  Garrett  Underhill,  Spanish  literature  in  the  England  of  the  Tudors  (New- York,  1899), 
pp.  258«259.  Parece  que  además  de  la  Silva^  traducida  por  Fortescue,  consultó  Marlowe  otra  fuente. 
Magni  Tamerlanis  vita  de  Pedro  Perondino  (Florencia,  1558). 

{*)  Las  autoridades  á  que  Lope  se  refiere  en  su  dedicatoria  son  puntualmente  las  mismas  en  que 
van  fundados  los  capítulos  X  y  XI  de  la  primera  parte  de  la  Silva:  cqnién  fueron  las  bellicosisimas 
^amazonas,  y  qué  principio  fué  el  suyo,  y  cómo  conquistaron  grandes  provincias  y  ciudades,  y  algu« 
]»na8  cosas  particulares  y  notables  suyas]». 

(«)  Vid.  Farinelli  (Arturo),  Sulle  ricerche  ispano-italiane  di  DenedettoCroce  (en  la  Rassegna  Biblio- 
gráfica della  LeUeratura  Italiana),  1899,  pág  269. 

No  conozco  el  libro  de  E.  Koeppel.  Studien  zur  geschichte  der  italienischen  Nooelle  in  der  englischen 
Literatur,  Strasburgo,  1892,  que  allí  se  cita,  y  que,  al  parecer,  da  más  detalles  Fobro  esta  imitación. 

(«)  Vid.  Adam  Schneider,  Spaniens  Ánteil  an  der  DeuUchen  Litteratur  des  16  und  1 7  Jahrhunderts, 
Strasburgo,  1898,  pp.  149-152. 


INTRODUCCIÓN  xxxvii 

hasta  tiempos  muy  modernos  otra  Miscelánea  mucho  más  interesante  para  nosotros,  por 
haber  sido  compilada  con  materiales  enteramente  espafioles  j  anécdotas  de  la  vida  de 
su  propio  autor,  que  á  cada  momento  entra  en  escena  con  un  desenfado  familiar  y  sol-' 
dadesco  que  hace  sobremanera  interesante  su  persona. 

El  caballero  extremeño  D.  Luis  Zapata,  á  quien  me  refiero,  autor  de  un  perverso 
poema  ó  más  bien  crónica  rimada  del  emperador  Carlos  V  (Cario  famoso)^  curiosa,  sin 
embargo,  6  instructiva,  por  los  pormenores  anecdóticos  que  contiene  y  que  ojalá  estu- 
viesen en  prosa  (*),  retrajese  en  su  vejez,  después  de  haber  corrido  mucho  mundo,  á  su 
casa  de  Llerena,  «la  mejor  casa  de  caballero  de  toda  Espafia  (al  decir  suyo),  y  aun 
:> mejor  que  las  de  muchos  grandes»,  y  entretuvo  sus  ocios  poniendo  por  escrito,  sin 
orden  alguno,  en  prosa  inculta  y  desaliñada,  pero  muy  expresiva  y  sabrosa,  por  lo 
mismo  que  está  limpia  de  todo  amaneramiento  retórico^  cuanto  había  visto,  oído  ó  leído 
en  su  larga  vida  pasada  en  los  campamentos  y  en  las  cortes,  filosofando  sobre  todo  ello 
con  buena  y  limpia  moral,  como  cuadraba  á  un  caballero  tan  cuerdo  y  tan  cristiano  y 
tan  versado  en  trances  de  honra,  por  lo  cual  era  consultor  y  oráculo  de  valientes.  Re- 
sultó de  aquí  uno  de  los  libros  más  varios  y  entretenidos  que  darse  pueden,  repertorio 
inagotable  de  dichos  y  anécdotas  de  españoles  famosos  del  siglo  xvi,  mina  de  curiosi- 
dades que  la  historia  oficial  no  ha  recogido,  y  que  es  tanto  más  apreciable  cuanto  que 
no  tenemos  sobre  los  dos  grandes  reinados  de  aquella  centuria  la  copiosa  fuente  de 
Relaciones  y  Avisos  que  suplen  el  silencio  ó  la  escasez  de  crónicas  para  los  tiempos  de 
decadencia  del  poderío  español  y  de  la  casa  de  Austria.  Para  todo  género  de  estudios 
literarios  y  de  costumbres;  para  la  biografía  de  célebres  ingenios,  más  conocidos  en  sus 
obras  que  en  su  vida  íntima  (*);  para  empresas  y  hazañas  de  justadores,  torneadores  y 
alanceadores  de  toros;  para  estupendos  casos  de  fuerza,  destreza  y  maña;  para  alardes 
y  bizarrías  de  altivez  y  fortaleza  en  prósperos  y  adversos  casos,  fieros  encuentros  de 
lanza,  heroicos  martirios  militares,  conflictos  de  honra  y  gloria  mundana,  bandos  y 
desafios,  sutilezas  corteses,  donosas  burlas,  chistes,  apodos,  motes  y  gracejos,  proezas  de 
grandes  soldados  y  atildamiento  nimio  de  galanes  palacianos;  para  todo  lo  que  consti- 
tuía la  vida  rica  y  expansiva  de  nuestra  gente  en  los  días  del  Emperador  y  de  su  hijo, 
sin  excluir  el  sobrenatural  cortejo  de  visiones,  apariciones  y  milagros,  alimento  de  la 
piedad  sencilla,  ni  el  légamo  de  supersticiones  diversas,  mal  avenidas  con  el  Cristia- 
nismo ('),  ofrece  la  Miscelánea  de  Zapata  mies  abundantísima  y  que  todavía  no  ha 
8Ído  enteramente  recogida  en  las  trojes,  á  pesar  de  la  frecuencia  con  que  la  han  citado 
los  eruditos,  desde  que  Pellicer  comenzó  á  utilizarla  en  sus  notas  a;l  Quijote^  y  sobre 
todo  después  que  la  sacó  íntegramente  del  olvido  D.  Pascual  6ayangos  {*),  Detallar 

(')  Recuérdense,  por  ejemplo,  el  viaje  aéreo  del  mágico  Torra! va  (canto  XXX  y  es.),  la  con- 
tienda  sobre  las  armas  del  marqués  de  Pescara  entre  Diego  García  de  Paredes  y  el  capitán  Juan  de 
Urbina  (canto  XXVII:  germen  de  una  comedia  de  Lope  do  Vega),  la  caballeresca  aventura  que  atri- 
buye á  Garcilaso  (canto  XLI)  y  otros  varios  trozos  del  Cario  Famoso  (Valencia,  por  Juan  Mey,  1566). 

(']  Miscelánea  f  p.  57. 

O  Véanse,  por  ejemplo,  las  extrafias  noticias  del  mágico  Escoto,  personaje  distinto  del  Miguel 
Eicoto  tenido  por  nigromante  en  el  siglo  xiii  {\ÍÍ8celánea^  478-480),  y  el  raro  caso  de  espiritismo 
qae  da  por  sucedido  en  Llerona  el  año  1502  (pág.  99). 

(^)  En  el  tomo  XI  del  Memorial  Histárico  Español  que  publica  la  Real  Academia  de  la  Historia, 
Madrid,  1859.  Ejv  lástima  que  este  tomo  carezca  de  un  índice  razonado  de  materias  y  de  personajes. 

Kl  ródice-íle  la  Biblioteca  Nacional  que  sirvió  para  la  edición  (único  que  se  conoce)  no  sólo  está 


xxxviii  orígenes  de  LA  NOVELA 

todo  lo  que  en  los  apuntes  do  Zapata  importa  á  la  novelística  exigii-ía  un  volumen  no 
.menor  que  la  misma  Miscelánea,  puesto  que  apenas  hay  capítulo  que  no  contenga 
varias  historietas,  no  inventadas  á  capricho,  sino  fundadas  en  hechos  reales  que  el 
autor  presenció  ó  de  que  tuvo  noticia  por  personas  dignas  do  crédito;  lo  cual  no  quita 
que  muchas  veces  sean  inverosímiles  y  aun  imposibles,  pues  no  hay  duda  que  el  bueno 
de  D.  Luis  era  nimiamente  crédulo  en  sus  referencias.  Son,  pues,  verdaderos  cuentos 
muchos  de  los  casos  maravillosos  que  nan-a,  y  su  libro  cae  en  esta  parte  bajo  la  juris- 
dicción do  la  novela  elemental  é  inconsciente.  No  sucede  otro  tanto  con  sus  relatos  per- 
sonales, escritos  con  tanta  sinceridad  y  llaneza,  y  que  sembrados  de  trecho  en  trecho 
en  su  libro,  lo  dan  aspecto  y  carácter  de  verdaderas  memorias^  á  las  cuales  sólo  falta 
el  hilo  cronológico,  y  por  cuyas  páginas  atraviesan  los  más  preclaros  varones  de  su 
tiempo.  Era  Zapata  lector  apasionado  de  libros  de  caballerías  (')  y  algo  se  contagió 
su  espíritu  de  tal  lección,  puesto  que  en  todas  las  cosas  tiende  á  la  hipérbole;  pero 
juntaba  con  esto  un  buen  sentido  muy  castellano,  que  le  hacía  mirar  con  especial  abo- 
rrecimiento los  embelecos  de  la  santidad  fingida  (*)  y  juzgar  con  raro  tino  algunos 
fenómenos  sociales  do  su  tiempo.  Dice,  por  ejemplo,  hablando  de  la  decadencia  de  la 
clase  nobiliaria,  á  la  cual  pertenecía:  «El  crescimiento  do  los  reyes  ha  sido  descreci- 
»  miento  de  los  gi*andes,  digo  en  poder  soberbio  y  desordenado,  que  cuanto  á  lo  demás 
» antes  han  crecido  en  rentas  y  en  estados,  como  pelándoles  las  alas  á  los  gallos  dicen 
» que  engordan  más,  y  así  teniéndolos  los  reyes  en  suma  tranquilidad  y  paz,  quitadas 
>las  alas  de  la  soberbia,  crecen  en  más  renta  y  tranquilidad...  Pues  demos  gracias  á 
»Dios  que  en  estos  reinos  nadie  puede  hacer  agravio  ni  demasía  á  nadie,  y  si  la  hiciese, 
» en  manos  está  el  cetro  que  hará  á  todos  justicia  igual»  (% 

Era,  como  hoy  diríamos,  ardiente  partidario  de  la  ley  del  progreso,  lo  mismo  que 
Cristóbal  de  Villalón,  y  de  ningún  modo  quería  admitir  la  superioridad  de  los  antiguos 
sobre  los  modernos.  Es  curiosísimo  sobre  esto  su  capítulo  De  invenciones  nuevas:  «Cuan 
»  enfadosa  es  la  gala  que  tienen  algunos  de  quejarse  del  tiempo  y  decir  que  los  hombres 
»de  agora  no  son  tan  inventivos  ni  tan  señalados,  y  que  cada  hora  en  esto  va  empeoran- 
»  do!  Yo  quiero,  pues,  volver  por  la  honra  de  esta  nuestra  edad,  y  mostrar  cuanto  en  in- 
»  venciones  y  sotilezas  al  mundo  de  agora  somos  en  cargo...  En  las  ciencias  y  ^rtes  hace 
»el  tiempo  de  agora  al  antiguo  gi-andísima  ventaja...  Cuanto  á  la  pintura,  dejen  los  anti- 
» guos  de  blasonar  de  sus  milagros,  que  yo  pienso  que  como  cosas  nuevas  las  admira- 

falto  de  varias  hojas,  sino  que  debió  de  ser  retocado  ó  interpolado  muchos  años  después  de  la  muerte 
del  autor,  puesto  que  eu  la  pagina  16  están  citados  libros  de  Fr.  Prudencio  de  Sandoval  y  de  don 
Alonso  Núñez  de  Castro,  los  cuales  do  ninguna  muñera  pudo  conocer  D.  Luis  Zapata,  que  escribía 
antes  de  1592. 

(*)  «Aunque  los  libros  de  caballerías  mienten,  pero  los  buenos  autores  vánse  á  la  sombra  de  la 
verdad,  aunque  de  la  verdad  ala  sombra  vaya  mucho.  Dicen  que  hendieron  el  yelmo,  ya  se  ha  visto, 
Y  que  cortaron  las  mallas  de  las  lorigas:  ya  también  en  nuestros  tiempos  se  ha  visto...  Una  higa  part 
todos  los  golpes  que  fingen  de  Amadis  y  los  fieros  hechos  de  loii  gigantes,  si  hubiese  en  Bspafia  quien 
los  de  los  españoles  celebrasen!»  (pp.  20  y  21).  cDel  autor  del  famoso  libro  poético  do  Ámadig  no  se 
sabe  hasta  hoy  el  nombre,  honra  de  la  nación  y  lengua  española,  qae  en  ninguna  lengua  hay  tal 
poesía  ni  tan  loablei>  (p.  304). 

(')  De  los  alumbradoi  do  Llerena;  de  las  dos  monjas  milagreras  de  Córdoba  y  Lisboa,  Magda- 
lena de  la  Cruz  y  Sor  María  de  la  Visitación,  y  de  ciertos  afalsos  apóstoles:»  que  se  presentaron  en 
las  cercanías  de  Madrid,  trata  largamente  en  el  capítulo  «de  invenciones  engañosasp  (pp.  69-76). 

(*)  Miiceláneaf  pp.  831-834. 


INTRODUCCIÓN  xxxix 

•>ron,  y  creo  que  aquellos  tan  celebrados  Apeles  y  Protógenes  y  oti-os,  á  las  estampas 
>de  agora  de  Miguel  Augel,  de  Alberto  Duroro,  do  Rafael  de  ürbino  y  do  otros  famo- 
>sos  modernos  no  pueden  igualarse...  Ni  en  la  música  so  aventajaron  los  antiguos,  que 
>en  ella  en  nuesti-a  edad  ha  habido  monstruos  y  milagros,  que  si  Anfión  y  Orfeo  traían 
>tras  sí  las  ñeras  y  árboles,  háse  de  entender  con  esta  alegoría  que  eran  fieras  y  plantas 
>los  que  de  la  música  de  entonces,  porque  era  cosa  nueva,  se  espantaban;  que  agora  de 
■>las  mara\illas  de  este  ai-te,  más  consumada  que  nunca,  los  hombres  no  se  admiran  ni 
->  espantan.  Pues  ¿cuándo  igualaron  á  las  comedias  y  farsas  de  agora  las  frialdades  de 
>Terencio  y  de  Plauto?;>  Y  aquí  comienza  im  largo  capítulo  de  invenciones  del  Rena- 
cimiento, unas  grandiosas  y  otras  mínimas,  entusiasmándose  por  igual  con  el  descubri- 
miento de  las  Indias,  con  la  circunnavegación  del  globo  terráqueo,  con  la  Imprenta  y 
la  Artillería,  que  con  el  aceite  de  Aparicio,  el  guayaco  y  la  zarzaparrilla,  las  recetas 
para  hacer  tinta,  el  arte  de  hacer  bailar  los  osos  y  el  de  criar  gatos  de  Algalia.  Termina 
este  curiosísimo  trozo  con  la  enumeración  de  las  obras  públicas  llevadas  á  cabo  en 
tíempo  de  Felipe  11,  á  quien  da  el  dictado  de  «príncipe  republicano» ,  (lue  tan  extraño 
sonará  en  los  oídos  de  muchos:  <^Los  príncipes  piadosos  y  republicanos  como  el  nues- 
ttro,  avivan  los  ingenios  de  los  suyos,  y  les  hacen  hacer  cosas  admirables,  y  se  les  debe 
>la  gloria  como  al  capitán  general  de  cuanto  sus  soldados  hacen,  aderezan  y  liman»  (*). 
Alguna  vez  se  contradice  Zapata,  como  todos  los  escritores  llamados  erisayistas  (y 
él  lo  era  sin  duda,  aunque  no  fuese  ningún  Montaigne).  No  se  compadece,  por  ejemplo, 
tanto  entusiasmo  por  las  novedades  de  su  siglo,  entre  las  cuales  pone  la  introducción 
del  verso  toscano  por  Boscán  y  Garcilaso,  con  otro  pasaje,  curiosísimo  también,  en  que, 
tratando  de  poesía  y  de  poemas,  dice  sin  ambages:  «Los  mejores  de  todos  son  los  roman- 
>ces  viejos;  de  novedades  Dios  nos  libre,  y  de  leyes  y  sectas  nuevas  y  de  jueces  nue- 
iros»  (*).  Como  casi  todos  los  españoles  de  su  tiempo,  vivía  alta  y  gloriosamente  satis- 
fecho de  la  edad  en  que  le  había  tocado  nacer,  y  era  acérrimo  enemigo  de  las  sectas 
nuevas,  á  lo  menos  en  religión  y  en  política.  Ponderando  el  heroísmo  de  los  Ugueros 
en  el  sitio  de  Pails  de  1590,  que  hizo  levantar  el  príncipe  de  Parma,  llega  hasta  la 
elocuencia  (^).  Profesa  abiertamente  la  doctrina  del  tiranicidio,  y  hace,  como  pudiera 
el  fanático  más  feroz,  la  apología  de  Jacobo  Clemente:  «Salió  un  fraile  dominico  de 

>  París  á  matar  por  el  servicio  de  Dios  al  tirano  favorecedor  de  herejes;  y  llegando  á 
•  hablarle,  le  dio  tres  puñaladas,  de  que  murió  el  rey,  no  de  la  guerra  que  suele  «matar 
»á  hierro,  á  fuego,  violenta  y  furiosamente,  mas  de  la  mansedumbre  y  santidad  de  un 

>  religioso  de  Dios  y  su  siervo,  al  cual  bienaventurado  ataron  á  las  colas  de  cuatro  ca- 
>ballos»  (*J. 

Para  conocer  ideas,  costumbres,  sentimientos  y  preocupaciones  de  una  época  ya 
remota,  y  que,  sin  embargo,  nos  interesa  más  que  otras  muy  cercanas,  libros  como  el 
de  Zapata,  escritos  sin  plan  ni  método,  como  gárrula  conversación  de  un  ^iejo,  son  do- 
cumentos inapreciables,  mayormente  en  nuestra  literatura,  donde  este  género  de  misce- 
láneas fiamiliares  son  de  hallazgo  poco  frecuente.  La  de  Zapata  ofrece  materia  de  entre- 
tenimiento por  donde  quiera  que  se  la  abra  y  es  recurso  infalible  para  las  horas  de 

(«)  PP.  850-360. 

(»)  P.  365 

(')  Pág.  209|  «De  fe,  firmeza  y  constancia]),  y  224,  dDel  cerco  de  París ]>. 

(*)  Pág.  40. 


XL  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

tedio,  que  no  toleran  otilas  lecturas  más  graves.  De  aquel  abigariudo  conjunto  brota  una 
visión  histórica  bastante  clara  de  un  período  sorprendente.  Baste  lo  dicho  en  recomen- 
dación de  este  libro,  que  merecía  una  nueva  edición,  convenientemente  anotada,  así  en 
la  parte  histórica  como  en  el  material  novelístico  ó  novelable  que  contiene,  y  que 
generalmente  no  se  encuentra  en  otras  compilaciones,  por  haber  quedado  inédita  la  de 
Zapata. 

Antes  de  llegar  á  las  colecciones  de  cuentos  propiamente  dichas,  todavía  debemos 
consagrar  un  recuerdo  á  la  Philosophia  vulgar  (1568),  obra  por  tantos  títulos  memora- 
ble del  humanista  sevillano  Juan  de  Mal  Lara,  que,  á  imitación  de  los  Adagios  de 
Erasmo,  en  cuvas  ideas  críticas  estaba  imbuido,  emprendió  comentar  con  rica  erudi- 
ción, agudo  ingenio  y  buen  caudal  de  sabiduría  práctica  los  refranes  castellanos,  lle- 
gando á  glosar  hasta  mil  en  la  primera  parte,  única  publicada,  de  su  vasta  obra  (}),  En 
ella  derramó  los  tesoros  de  su  cultura  grecolatina,  trayendo  á  su  propósito  innumera- 
bles autoridades  de  poetas  antiguos  puestos  por  61  en  vei-so  castellano,  de  filósofos, 
moralistas  6  Jiistoriadores;  pero  gustó  más  todavía  de  exornar  la  declaración  de  cadu 
proverbio  con  apólogos,  cuentecillos,  facecias,  dichos  agudos  y  todo  género  de  narracio- 
nes brevísimas,  pero  tan  abundantes,  que  con  entresacarlas  del  tomo  en  folio  de  la 
Philosophia  Vulgar  podría  formarse  una  floresta  (jue  alternase  con  el  Sobremesa  y  el 
Porta-Cuentos  de  Timoneda.  Algunas  de  estas  consejas  son  fábulas  esópicas;  pero  la 
mayor  parte  parecen  tomadas  de  la  tradición  oral  ó  inventadas  adrede  por  el  glosadoi- 
para  explicar  el  origen  del  refrán,  poniéndole,  digámoslo  así,  en  acción.  Tres  cuentos? 
un  poco  más  libres  y  también  más  extensos  que  los  otros,  están  en  verso  y  no  carecen 
de  intención  y  gracejo.  No  son  de  Mal  Lara,  sino  de  un  amigo  suyo,  que  no  quiso 
revelar  su  nombre:  acaso  el  licenciado  Tamariz,  de  quien  se  conservan  inéditos  otros 
del  mismo  estilo  y  picante  sabor  (*).  Pero  de  los  cuentos  en  verso  prescindimos  ahora, 
por  no  hacer  interminable  nuestra  tarea,  ya  tan  prolija  de  suyo. 

Mal  Lara  había  pasado  su  vida  enseñando  las  letras  clásicas.  ¿Quién  se  atreverá  á 
decir  que  le  apartasen  de  la  comprensión  y  estimación  de  la  ciencia  popular,  en  que 
tanto  se  adelantó  á  su  tiempo?  Al  contrario,  de  los  antiguos  aprendió  el  valor  moral  é 
histórico  de  los  proverbios  ó  paremias.  El  mismo  fenómeno  observamos  en  otros  grandes 
humanistas,  en  Erasmo  ante  todo,  que  abrió  por  primera  vez  esta  riquísima  vena  y  con 
ella  renovó  el  estudio  de  la  antigüedad;  en  el  Comendador  Hernán  Núñez,  infatigable 

(')  La  Philosophia  Vulgar  de  loan  de  Mal  Lara^  vezino  de  Sevilla,  Á  la  C,  RM,  del  Rey  Don 
Philippe  nuestro  señor  dirigida.  Primera  parte  que  contiene  mil  refranes  glosados.  En  la  calle  de  la 
Sierpe.  En  casa  de  Hernando  Diaz,  Año  1568. 

(Al  fin);  Acabo  se  de  imprimir  esta  primera  parte  de  la  Philosophia  Vulgar,  que  contiene  mil  refra- 
nes de  los  que  se  usan  en  Hespaña.  En  casa  de  Hemado  Diaz,  Impressor  de  libros.  En  la  muy  noble 
y  muy  leal  ciudad  de  Sevilla,  en  la  calle  de  la  Sierpe,  A  veynie  y  cinco  dias  del  mes  de  Abril  1668, 
Tol.  80  ha.  prls.  y  294  folios. 

Es  la  única  edición  en  que  el  texto  de  Mal  Lara  está  completo.  Las  de  Madrid,  por  Juan  de  la 
Cuesta,  1618,  y  Lérida,  por  Luis  Menescal,  1621,  afiaden  los  Refranes  del  Comendador  Hernán 
NúfieZy  pero  carecen  de  los  importantísimos  preámbulos  de  Mal  Lara. 

O  Novelas  cde  la  tinta»,  <tde  las  ñores]^,  «del  portazgo]),  «de  los  bandos]»,  «del  ahorcado»,  etcé- 
tera. Creo  que  también  pertenece  á  Tamariz  la  «del  Corderiioi»  (el  «onxemplo  do  Pitas  Payas»  que 
ya  había  contado  el  Arcipreste  de  Hita).  Son  varías  las  copias  antiguas  de  estas  TuweUis  ó  fábulas, 
como  también  se  intitulan. 


INTRODUCCIÓN  xli 

colector  de  nuestros  refranes,  y  en  Eodrigo  Caro,  ilustrador  de  los  juegos  de  los  mucha- 
chos. Creía  Mal  Lara,  y  todo  su  inestimable  libro  se  encamina  á  probarlo,  que 

No  hay  arte  ó  ciencia  en  letras  apartada, 
Que  el  vulgo  no  la  tenga  decorada. 

No  se  ha  escrito  programa  más  elocuente  de  folk'lore  que  aquel  Preámbulo  de  la 
Philosophia  Vulgar^  en  que  con  tanta  claridad  se  discierno  el  carácter  espontáneo  y 
precientífico  del  saber  del  vulgo,  y  se  da  por  infalible  su  certeza,  y  se  marcan  las  prin- 
cipales condiciones  de  esta  primera  y  rápida  intuición  del  espíritu  humano. 

«En  los  primeros  hombres...  (dice)  al  fresco  se  pintaban  las  imágenes  de  aquella 
adivina  sabiduda  heredada  de  aquel  retrato  de  Dios  en  el  hombre,  no  sin  gran  merced 
>dibuxado...  Se  puede  llamar  esta  sciencia,  no  libro  esculpido,  ni  trasladado,  sino  natu- 

2  ral  y  estampado  en  memorias  y  en  ingenios  humanos;  y,  según  dize  Aristóteles,  pares- 
?  cen  los  Proverbios  o  Refranes  ciei-tas  reliquias  de  la  antigua  Philosophia,  que  se  per- 
idió  por  las  diversas  suertes  de  los  hombres,  y  quedaron  aquellas  como  antiguallas... 

No  hay  refrán  que  no  sea  verdadero,  porque  lo  que  dize  todo  el  pueblo  no  és  de 

>  burla,  como  dize  Hesiodo» .  Libro  naitiral  llama  en  otra  parte  á  los  refranes,  que  61 
pretende  emparentar  nada  menos  que  con  la  antigua  sabiduría  de  los  turdetanos.  «An- 
:>tes  que  hubiese  filósofos  en  Gregia  tenía  España  fundada  la  antigüedad  de  sus  refra- 
>nes...  ¿Qué  más  probable  razón  habrá  que  lo  que  todos  dizen  y  aprueban?  ¿Qué  más 

>  verisímil  argumento  que  el  que  por  tan  largos  años  han  aprobado  tantas  naciones. 
1  tantos  pueblos,  tantas  ciudades  y  villas,  y  lo  que  todos  en  común,  hasta  los  que  en  los 

>  campos  apacientan  ovejas,  saben  y  dan  por  bueno?...  Es  grande  maravilla  que  se 
» acaben  los  superbos  edificios,  las  populosas  ciudades,  las  bárbaras  Pyrámides,  los  más 

>  poderosos  rey  nos,  y  que  la  Philosophia  Vulgar  siempre  tenga  su  reino  dividido  en 
> todas  las  provincias  del  mundo...  En  fin,  el  refrán  corre  por  todo  el  mundo  de  boca  en 
•>  boca,  según  moneda  que  va  de  mano  en  mano  gran  distancia  de  leguas,  y  de  allá 

3  vuelve  con  la  misma  ligereza  por  la  circunferencia  del  mundo,  dejando  impresa  la 
^  señal  de  su  doctrina...  Son  como  piedras  preciosas  salteadas  por  ropas  de  gran  precio, 
>que  arrebatan  los  ojos  con  sus  lumbres». 

Coincidió  con  Mal  Lara,  no  ciertamente  en  lo  elevado  de  los  propósitos,  ni  en  lo 
gallardo  del  estilo,  pero  sí  en  el  procedimiento  de  explicar  frases  y  dichos  proverbiales 
por  anécdotas  y  chascarrillos  a  posteriori^  el  célebre  librero  de  Valencia  Juan  de  limo- 
neda,  que  en  1563,  y  quizá  antes,  había  publicado  el  Sobremesa  y  alivio  de  caminan'- 
tes  (*),  colección  minúscula,  que,  ampliada  en  unas  ediciones  y  expurgada  en  otras, 
tiene  en  la  más  completa  (Valencia,  1569)  dos  partes:  la  primera  con  noventa  y  tres  J* 
cuentos,  la  segunda  con  setenta  y  dos,  de  los  cuales  cincuenta  pertenecen  al  dominio  de  ^ 

(')  El  Sobremesa  y  alivio  de  caminante»  de  Joan  Timoneda:  en  el  qual  $e  contienen  affable$  y 
gradaos  dichos,  cuentos  heroycos  y  de  mucha  sentencia  y  doctrina, 

(Al  fin):  {¡aragoca^  en  casa  de  Miguel  de  Guesa^  1563,  8.**,  let.  gót.  Las  dos  partes  del  Sobre-' 
mesa  tieDen  respectivamente  XXII  y  XXI  hojas  foliada».  En  otras  21  hojas  sin  foh'ar  van,  á  modo 
de  apéndice,  dos  tratadillos  de  noticias  históricas:  Memoria  hispana  copilada  por  Joan  Timoneda,  en 
la  qual  se  hallaran  cosas  memorables  y  dignas  de  saber  y  en  que  año  acontecieron, — Memoria  Valentina. 

Esta  edición,  descrita  por  Brunet,  ha  de  ser,  por  lo  menos,  la  segunda,  reimpresa  de  una  do 
Valencia,  donde  Timoneda  publicaba  todos  sus  libros. 

—  AUrto  d^  caminantes  compuesto  por  luán  de  Timoneda,  En  esta  última  impression  van  quitadas 


xLii  orígenes  Í)E  LA  NOVELA 

la  paremiologta.  Tanto  éstos  como  los  demás  están  narrados  con  brevedad  esquemática, 
sin  duda  para  que  «el  discreto  relatador»  pudiese  amplificarlos  y  exornarlos  á  su  guisa. 
Pero  esta  misma  concisión  y  simplicidad  no  carece  de  gracia.  Véase  algún  ejemplo: 

Cuento  XL  (2.*  parte).  «Por  qué  se  dijo:  perdices  me  manda  mi  padre  qtie  cornac . 

<ün  padre  envió  su  hijo  á  Salamanca  á  estudiar;  mandóle  que  comiese  de  las  cosas 
>  más  baratas.  Y  el  mozo  en  llegando,  preguntó  cuánto  valía  una  vaca:  dijéronle  que 
»  diez  ducados,  y  que  una  perdiz  valía  un  real.  Dijo  él  entonces:  según  eso,  perdices  me 
->  manda  mi  padre  que  coma» . 

Cap.  XLII.  «Por  qué  se  dijo:  no  hura  sitio  cenar  y  partirse» . 

«Concertó  con  un  pintor  un  gentil-hombre  que  le  pintase  en  un  comedor  la  cena 
»  de  Cristo,  y  por  descuido  que  tuvo  en  la  pintura  pintó  trece  apóstoles,  y  para  disimu- 
» lar  su  yerro,  añadió  al  treceno  insignias  de  correo.  Pidiendo,  pues,  la  paga  de  su  tra- 
»bajo,  y  el  señor  rehusando  de  dársela  por  la  falta  que  había  hecho  en  hacer  trece 
»  apóstoles,  respondió  el  pintor:  no  reciba  pena  vuestra  merced,  que  ese  que  está  como 
»  correo  no  hará  sino  cenar  y  partirse:^ . 

muchas  cosas  superJluaSy  deshonestas  y  mal  sonantes  que  en  las  otras  impressiones  estavan.  Con  Ucen* 
cia.  En  Medina  dtl  Campo  imprésso  por  Francisco  del  Canto,  Año  de  1563, 

12.**  Eq  la  hoja  3.*  signat.  t.  3  empiezan  los  cuentos  de  Joan  Aragonés.  (Salva.) 

— El  Sobremesa  y  alivio  de  caminantes  de  loan  Timoneda...  Agora  de  nuevo  añadido  por  el  mismo 
autor,  assi  en  los  cuentos  como  en  las  memorias  de  España  y  Valencia  (Retrato  de  Timoneda).  Impreso 
con  licencia.  Véndese  en  casa  de  Joan  Timoneda, 

(Al fin):  «Acabo  se  de  imprimir  este  libro  del  Sobremesa  y  Alivio  de  Caminantes  en  casa  de 
>Joun  Navarro,  a  6  de  Mayo.  Año  do  1569». 

8.°  let.  gót.  sign.  a  g,  todas  de  ocho  hojas,  menos  la  última,  que  tiene  doce.  (Salva.) 

Además  de  las  dos  Memorias  Hispana  y  Valentina^  contiene  este  raro  librito  una  Memoria 
Poética:  que  es  mui  breve  compendio  de  algunos  de  los  más  señalados  Poetan  que  hasta  hoy  ha  hu- 
vido  (sic).  (Ejemplar  que  fue  de  Salva  y  lioy  pertenece  á  la  Biblioteca  Nacional). 

— Valencia,  por  Pedro  de  Huete,  1570  fOitada  por  Ximeno,  Escritores  del  reino  de  Valencia), 

— Alivio  de  Caminantes,  compuesto  por  Juan  Timoneda,  En  esta  ultima  impresión  van  quitadas 
muchas  cosas  superfluas,  deshonestas  y  mal  sonantes  que  en  las  otras  estíwan.  Con  licencia,  Imprésso  en 
Alcalá  de  Henares  por  Sebastid  Martínez.  Fuera  de  la  puerta  de  los  sanctos  Martyres,  M.D.LXXVI. 

12.°,  72  pp.  dobles. 

Hasta  setenta  y  cinco  cuentos  de  los  que  hay  en  la  edición  de  Valencia  faltan  en  ésta. 

^Epistola  al  lector.  Curioso  lector:  Oomo  oir,  ver  y  leer  sean  tres  causas  principales,  ejercitan- 
adelas,  por  do  el  hombre  viene  a  alcázar  toda  sciencia,  esas  mesmas  han  tenido  fuerza  para  comigo 
sen  que  me  dispusiese  a  componer  el  libro  presente,  dicho  AUvio  de  CaminanteSy  en  el  qual  se  con- 
>tienen  diversos  y  graciosos  cuentos,  afables  dichos  y  muy  sentenciosos.  Asi  que  fácilmente  lo  que 
•yo  en  diversos  años  he  oido,  visto  y  leido,  podras  brevemente  saber  de  coro,  para  decir  algún 
^cuento  de  los  presentes.  Pero  lo  que  más  importa  para  ti  y  para  mí,  porque  no  nos  tengan  por  friá- 
i»t¡cos,  es  que  estando  en  conversación,  y  quieras  decir  algún  contecillo,  lo  digas  al  propósito  de  lo 
i»que  trataren;  y  si  en  algunos  he  encubierto  los  nombres  á  quien  aoontescieron,  ha  sido  por  celo  de 
^(honestidad  y  evitar  contiendas.  Por  tanto,  ansí  por  el  uno  como  por  el  otro,  te  pido  perdón,  el  cual 
]»pien80  no  se  me  podrá  negar.  Vale.i>  (Biblioteca  Nacional). 

— Amberes,  1577.  Sigue  el  texto  de  las  expurgadas. 

— Sevilla,  en  casa  de  Fernando  de  Lara,  1596.  (Biblioteca  Nacional,  procedente  de  la  de  Qayan- 
gos.  Pertenece  al  número  de  las  expurgadas). 

— Pamplona,  1608  (Catálogo  de  Sora). 

Aríbau  reimprimió  el  Sobremesa,  pero  no  integro,  en  el  tomo  de  Novelistas  anteriores  á  Cervan» 
tes  (3.°  de  Autoret  Españoles),  Sigo  la  numeración  de  los  cuentos  en  esta  edición,  por  ser  la  más 
oorrieote* 


INTRODUCCIÓN  xliii 

Cap.  LXVIII.  cPor  qu6  se  dijo:  sin  esto  7io  sabrás  guisallas» . 
«Un  caballero  dio  á  iiu  mozo  suyo  vizcaíno  unas  turmas  de  carnero  para  que  se 
>las  guisase;  j  á  causa  de  ser  muy  ignorante,  dióle  un  papel  por  escripto  cómo  las 

>  había  de  guisar.  El  vizcaino  púsolas  sobre  un  poyo,  vino  un  gato  y  llevóse  las  tui-mas; 
>al  fin,  no  pudiendo  habellas,  teniendo  el  papel  en  las  manos,  dijo:  ¡ah  gato!  poco  te 

>  aprovecha  llevallas,  que  sin  esto  no  sabrás  guisallas». 

Con  ser  tan  microscópicos  estos  que  Timoueda  llama  «apacibles  y  graciosos  cuen- 
•>  tos,  dichos  muy  facetos  y  exemplos  acutísimos  para  saberlos  contar  en  esta  buena 
:>vida* ,  encontró  manera  de  resumii*  en  algunos  de  ellos  el  argumento  de  novelas  ente- 
ras de  otros  autores.  Tres  del  Decamerone  (VI,  4;  Vil,  7;  X,  1)  han  sido  reconocidas 
por  miss  Bourland  en  El  Sobremesa  (').  Todas  están  en  esqueleto:  la  facecia  del  coci- 
nero que  pretendía  que  las  grullas  no  tienen  más  que  una  pata  pierde  su  gracia  y  hasta 
su  sentido  en  Timoneda.  Melchor  de  Santa  Cruz,  en  su  Floresta  Española^  conserva 
mejor  los  rasgos  esenciales  del  cuento,  aun  abreviándole  mucho  (^).  El  de  cornudo  y 
apaleado  es  por  todo  extremo  ijiferior  á  una  novela  en  redondillas  que  hay  sobre  el 
mismo  asunto  en  el  Romancero  General  de  1600  [^).  El  que  salió  menos  mal  parado 
de  los  tres  cuentos  decameronianos  es  el  de  la  mala  estrella  del  caballero  Kugero;  pero, 
así  y  todo,  es  imposible  acordarse  de  él  después  de  la  lindísima  adaptación  que  hizo 
Antonio  de  Torquemada  en  sus  Coloquios  Satíricos  (% 

(^)  Bocccmcio  atul  the  tiDecameronh  in  castilian  and  catalán  literaiure,  pp.  129,  133,  145. 

(*)  «Juan  de  Ayala,  señor  de  la  villa  de  Cebolla,  voló  una  grulla:  su  cocinero  la  guisó,  y  dio 
Doa  pierna  de  ella  á  su  mujer.  Sirviéndosela  á  la  mesa,  dixo  Juan  de  Ayala:  <r¿Y  la  otra  pierna?D 
Respondió  el  cocinero:  «No  tenia  más  de  una,  porque  todas  las  güilas  no  tienen  sino  una}D.  Otro  día, 
Juan  de  Ájala  mandó  ir  á  caza  al  cocinero;  y  hallando  una  bandada  de  grullas  que  estaban  todas  en 
UD  pie,  dixo  el  cocinero:  o: Vea  v.  md.  si  es  verdad  lo  que  dixe».  Juan  de  Ayala  arremetió  con  su  ca- 
ballo, diciendo:  <lox,  oxp.  Las  grullas  volaron  y  estendieron  sus  piernas,  y  dixo:  «Bellaco,  mira  si 
itieneo  dos  piernas  ó  una».  Dixo  el  cocinero:  aCuerpo  de  Dios,  señor,  dixérades  «ox,  ox]»  á  la  que 
iteniades  en  el  plato,  y  entonces  ella  extendiera  la  pierna  que  tenia  encogida:».  (Floresta  Españolat 
cd.de  Madrid,  1790,  p.  73). 

Casi  en  los  mismos  términos,  pero  sin  atribuir  la  anécdota  á  persona  determinada,  se  refiere  en 
los  Cuento»  de  Curibay ^  y  de  allí  la  tomó  probablemente  Santa  Cruz.  (Sales  Españolas^  de  A.  Paz  y 
Melia,  tomo  II,  pág.  61). 


(')  Es  la  que  comienza: 


Huvo  un  cierto  mercader 
Que  en  Valladolid  vivia, 
El  qual  mercader  tenia 
Una  hermosa  mugcr... 


(Romancero  General,  Madrid,  por  Luis  Sánchez,  1600,  fol.  344-345  vto.) 

(^)  cQuiero  deziros  en  breves  palabras  una  novela, que  quando  niño  me  acuerdo  que  me  conta- 
ron, ün  Rey  que  huvo  en  los  tiempos  antiguos,  de  cuyo  nombre  no  tengo  memoria,  tuvo  un  criado 
qne  le  sirvió  muchos  años  con  aquel  .cuidado  y  fidelidad  que  tenia  obligación,  y  viéndose  ya  en  la 
vejez  y  que  otros  muchos  que  no  avian  servido  tanto  tiempo,  ni  tan  bien  como  él,  avian  recevido 
grandes  premios  y  mercedes  por  sus  servicios,  y  que  el  solo  nunca  avia  sido  galardonado,  ni  el  Rey 
le  avia  hecho  merced  ninguna,  acordó  de  yrse  a  su  tierra  y  passar  la  vida  que  le  quedava  en  gran- 
gear  un  poco  de  hazienda  que  tenia.  Para  esto  pidió  licencia,  y  se  partió,  y  el  Rey  le  mandó  dar  una 
muía  en  que  fuesse:  y  quedó  considerando  que  nunca  avia  dado  nada  aquel  criado  suyo,  y  que 
teniendo  i-azon  de  agraviarse,  se  y  va  sin  averie  dicho  ninguna  palabra.  Y  para  experimentar  más  su 
paciencia  ¡nvió  otro  criado  suyo  que  haziendoso  encontradizo  con  él  fuese  en  su  compañía  dos  o 
tres  jornadas  y  procurase  de  entender  si  se  tenia  por  agraviado;  el  criado  lo  hizo  assi  y  por  mucho 


xLiv  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

El  mismo  procodimiento  aplica  Timoneda  á  otros  novellieri  italiauos,  dejándolos 
materialmente  eu  los  huesos.  Como  en  su  tiempo  no  estaban  impresas  las  novelas  de 
Sacchetti,  ni  lo  fueron  hasta  el  siglo  xviii,  os  claro  que  no  procede  de  la  novela  67  de 
aquel  célebre  narrador  florentino  el  gracioso  dicho  siguiente,  que  indudablemente  está 
tomado  de  las  Facecias  de  Poggio  (*): 

''Fue  convidado  un  nescio  capitán,  que  venia  de  Italia,  por  un  sefíor  de  Castilla  á 
comer,  y  después  de  comido,  alabóle  el  señor  al  capitán  un  pajecillo  que  traia,  muy 
agudo  y  gran  decidor  de  presto.  Visto  por  el  capitán,  y  maravillado  de  la  agudeza  del 
pajecillo,  dijo:  «¿Vé  vuestra  merced  estos  rapaces  cuan  agudos  son  en  la  mocedad?  Pues 

que  hizo  nunca  pudo  saber  lo  que  sentía,  mas  de  que  pausando  por  un  arroyo  la  muía  se  paró  a  ori- 
nar en  él,  y  dándole  con  las  espuelu»,  dixo:  «Ilarre  allá  muía  de  la  condición  de  «u  duefio,  que  da 
donde  no  ha  de  dar».  Y  passado  de  la  otra  parte,  aquel  criado  del  Rey  que  le  seg^uia  sacó  una  cédula 
suya,  por  la  qual  le  mandava  que  se  bolviesüc,  y  él  lo  hizo  luego,  Y  puesto  en  la  presencia  del  Rey 
(el  qual  estava  ynforroado  de  lo  que  avia  dicho)  le  preguntó  la  causa  que  le  avia  movido  decir  aque- 
llo. El  criado  le  respondió  diciendo:  cYo,  señor,  os  he  servido  mucho  tiempo  lo  mejor  y  más  leal- 
mente  que  he  podido,  nunca  me  aveis  hecho  merced  ninguna,  y  a  otros  que  no  os  han  servido  les 
aveis  hecho  muchas  y  muy  grandes  mercedes,  siendo  más  ricos  y  que  tenian  menos  necessidad  que 
yo.  Y  assi  dixe  que  la  muía  era  de  vuestra  condición,  que  dava  donde  no  avia  de  dar,  pues  dava 
agua  al  agua,  que  no  la  avia  menester,  y  dexava'de  darla  donde  avia  nccestiidad  della.  que  era  en  la 
tierra]».  El  Rey  le  respondió:  €¿ Piensas  que  tengo  yo  toda  la  culpa?  La  mayor  parte  tiene  tu  ventura, 
no  quiero  dczir  dicha  o  depdicha,  porque  de  verdad  estos  son  nombres  vanos,  mas  digo  ventura,  tu 
negligencia  y  mal  acertamiento  fuera  de  sazón  y  oportunidad.  Y  porque  lo  creas  quiero  que  hagas 
la  esperiencia  dello:».  Y  assi  lo  metió  en  una  cámara,  y  le  mostró  dos  arcas  yguales,  ygualmentc  ade- 
rezadas, diziéudole:  «La  una  está  llena  de  moneda  y  joyas  de  oro  y  plata,  y  la  otra  de  arena:  escoge 
una  dellas,  que  aquella  llevarás».  El  criado  después  de  averias  mirado  muy  bien,  escogió  la  de  la 
arena.  Y  entonces  el  Rey  le  dixo:  cUien  as  visto  que  la  fortuna  te  haze  el  agravio  tan  bien  como 
yo,  pero  yo  quiero  poder  esta  vez  más  que  la  fortuna)»,  y  assi  le  dio  la  otra  arca  rica  con  que  fue 
bienaventurado». 

(Los  colloquios  gatiricos,.,  hechos  por  Antonio  de  Torquemada,,.  1553  (Mondoiledo),  fols.  IV  y  V). 

(')  Fac.  COXI:  ^Cuju$dam  puerí  miranda  responsio  in  AngeloUum  cardinaUmi^. 

Algunas  otras  FacecioM  del  humanista  florentino  se  encuentran  también  en  el  Sobremesa,  por 
ejemplo  la  60.%  que  es  el  cuento  primero  en  la  colección  de  Timoneda:  ^de  eo  qui  uxorem  influmine 
peremptam  quaerebai^, 

cAlter,  uxorem  qnae  in  flumine  perierat  qnaerens,  adversns  aquam  profíciscebatur.  Tum  qui- 
»dam  admiratus,  cum  deorsum  secundum  aquae  cursum  illam  quaeri  admoneret:  «Nequáquam  hoc 
»modo  reperietur»,  inquit.  cita  enim,  dum  vixit,  diffícilis  ac  morosa  fuit,  reliquorumque  moríbus 
ycontraria.  ut  nunquam  nisi  contrario  et  adverso  flumine  etiam  post  mortem  ambulasset». 

The  Facetiae  orjocose  Tales  qf  Poggio,,,  París,  Liseux,  1879,  t.  I,  p.  100). 

Algunas  do  estas  Facecias  estaban  traducidas  desdo  el  siglo  xv  en  la  colección  del  infunte 
D.  Enrique  de  Aragón.  Aun  en  las  últimas  ediciones  de  las  Fábulas  de  Esopo,  v.  g.,  en  la  de  Sego- 
via,  1813,  se  enouentrun  en  la  última  sección  (<cFábuhs  Goletas»)  las  siguientes  Facecias: 

X.  a  De  muliere  quas  virum  defraudavits.^Fáhultí  XV.  «De  la  mujer  y  del  marido  encerrado  en 
el  palomar». 

I.  €Fabula  prima  cujusdam  Cajetani  pauperís  nauclerii>, — Fábula  XVI.  «De  la  mujer  qne  parió 
un  hijo,  siendo  su  marido  ausente». 

II.  aDe  medico  qui  dementes  et  insanos  curabatn, — Fábula  XIX.  «Del  loco  y  del  cavallero  y  ca- 
zador». 

XXXVI  nDe  Sacerdote  qui  caniculum  sepelivit.-^TkhnXBL  XX.  «Del  Sacerdote  y  de  su  perro,  y 
del  Obispo». 

En  las  ediciones  antiguas  hay  más,  entre  ellas  la  indecentísima  43:  siDe  cuioleseeniula  quüs  rirwn 
de  parvo  Priapo  accit»(irit». 


INTRODUCCIÓN  xlv 

>  sepa  que  cuando  grandes  no  hay  mayores  asnos  en  el  mundos .  Kespondió  el  pajecillo 
al  capitán:  «Mas  que  agudo  debia  de  ser  vuestra  merced  cuando  mochacho»  ('). 

Tampoco  se  deriva  de  la  novela  198  de  Sacchetti,  pero  sí  de  la  43  de  Girolamo 
Morlini  €De  caeco  qui  amissos  áureos  suo  astu  recupei'aviU ,  el  cuento  59  de  la  segun- 
da parte  del  Alivio  de  Caminantes: 

«Escondió  un  ciego  cierta  cantidad  de  dineros  al  pie  de  un  árbol  en  un  campo,  el 
cual  era  de  un  labrador  riquísimo.  Un  dia  yendo  á  visitallos,  bailólos  menos.  Imagi- 
nando que  el  labrador  los  hubiese  tomado,  fuóse  á  61  mesmo,  y  díjole:  «Señor,  como 
^me  paresceis  hombre  de  bien  querría  que  me  diósedes  un  consejo,  y  es:  que  yo  tengo 
?  cierta  cantidad  de  dinero  escondida  en  un  lugar  bien  seguro;  agora  tengo  otra  tanta, 
^  no  sé  si  la  esconda  donde  tengo  los  otros  ó  en  otra  parte» .  Bespondió  el  labrador: 
«En  verdad  que  yo  no  mudaría  lugar,  si  tan  seguro  es  ese  como  vos  decís» .  «Así  lo 
» pienso  de  hacer»,  dijo  el  ciego;  y  despedidos,  el  labrador  tornó  la  cantidad  que  le  habia 
tomado  en  el  mesmo  lugar,  por  coger  los  otros.  Vueltos,  el  ciego  cogió  sus  dineros 
que  ya  perdidos  tenía,  muy  alegre,  diciendo:  «Nunca  más  perro  al  molino» .  De  aquesta 
manera  quedó  escarmentado»  (^). 

En  suma  (y  para  no  hacerme  pesado  en  el  examen  de  tan  ligeras  y  fugaces  produc- 
ciones), el  Sobremesa  y  alivio  de  caminantes^  según  uso  inroemoríal  de  los  autores  de 
florestas  y  misceláneas^  está  compilado  de  todas  partes.  En  Baudello  (parte  3.^  nov.  41) 
salteó  el  cuento  del  caballero  de  los  muchos  apellidos,  que  no  encuentra  posada  ]ibi*e 
para  tanta  gente:  en  las  Epístolas  familiares^  de  Fr.  Antonio  de  Guevara,  varios  ejem- 
plos de  filósofos  antiguos  y  las  consabidas  historietas  de  Lamia,  Laida  y  Flora^  que 
eran  la  quintaesencia  del  gusto  mundano  para  los  lindos  y  galancetes  de  entonces. 

Preceden  á  los  cuentos  de  Timoneda  (')  en  las  ediciones  de  Medina  del  Campo,  1563, 

(')  «Messer  Valore  qaaei  tutto  scornato,  udendo  le  parole  di  questo  faociullo,  dice  verso  la  brí* 
»gata:  c*  non  fu  mai  nessiin  fanciullo  savio  da  piccolino,  che  non  f  usse  pazzo  da  grande.  II  fanciullo, 
«adendo  questo,  diese:  in  fe  di  Dio,  gentiluomo,  voi  dovest*  essere  un  savio  fantolino». 

(Delle  Noveüe  di  Franco  Sacchetti  Citladino  Florentino.  Parte  Prima.  In  Firense^  1724. 
pp.  109-1 10.  cMesser  Valore  de'  Buondelmonti  e  conquiso  e  ritnaso  scornato  da  una  parola,  che  un 
»fancinlIo  gli  dice,  essendo  in  Roroagna»). 

(')  Novella  O.XCVIIL  cUn  cieco  da  Urvieto  con  gli  occhi  mentali,  essendoli  furato  cento  fío- 
iríni,  fa  tanto  col  suo  senno,  che  chi  gli  ha  tolti,  gli  rimettc  donde  gli  ha  levati». 

(Delle  Novelle  di  Franco  Sacchetti ..  Parte  Seconda,  pp.  142-147). 

Ct.  Hieronymi  Morlini^  Parthenopei  Novellae^  fabulae,  eomoedia.  Editlo  tertia  emendata  et  aucta. 
París,  Jannety  1855,  p.  86. 

(')  Muy  rápidamente  he  hablado  de  ellos.  Su  estudio  más  minucioso  queda  reservado  para  quien 
publique  el  Fabulario  ó  Novelero  español,  empresa  digna  de  tentar  la  ambición  de  cualquier  afícío- 
nado  lo  mismo  á  loa  estudios  populares  que  á  los  de  tradición  erudita.  Apenas  hay  anécdota  del 
Sobremeea  que  no  pueda  dar  motivo  á  una  curioea  nota.  No  quiero  omitir  que  entre  ellos  figura  (1.* 
parte,  caento  72)  el  apólogo  clásico  del  poeta  y  el  menestral  que  le  estropeaba  sus  versos,  aplicado 
por  D.  Juan  Manuel,  en  el  prólogo  general  de  sus  obras,  á  un  trovador  de  Perpifián,  y  por  Sacchetti 
á  Dante: 

«FilogenOy  famosisímo  poeta,  viendo  que  unos  cantareros  cantaban  sus  versos  trastrocando  y 
quebrando  de  ellos,  con  un  báculo  que  llevaba  dio  en  los  jarros  y  quebrólos,  diciendo:  «Pues  vos* 
potros  dañáis  mis  obras,  yo  también  dañaré  las  vuestras]^. 

Todavía  es  más  curioso  el  siguiente  ejemplo,  en  que  un  cuentecillo  de  Timoneda  viene  á  ilustrar 
un  episodio  de  una  comedia  de  Lope  de  Vega,  cuyo  argumento  está  tomado  de  la  antigüedad  romana. 

En  el  tercer  fascículo  de  la  ZeiUchrift  für  romanieche  Philologie  (1905,  t.  XXIX)  se  ha  publi- 


XLVI  OílíOfilíIlS  t)t  tA  NOVBLA 

y  Alcalá,  1576,  doce  «de  otro  autor  llamado  Juan  Aragonés,  que  sancta  gloria  haya», 
persona  de  quien  no  tenemos  m'ás  noticia.  Es  lástima  que  estos  cuentecillos  sean  tan 
pocos,  porque  tienen  carácter  más  nacional  que  los  de  Timoneda.  Dos  de  ellos  son 
dichos  agudos  del  célebre  poeta  Garcl  Sánchez  de  Badajoz,  natural  de  Ecija;  tres  se 
refieren  á  cierto  juglar  ó  truhán  del  Rey  Católico,  llamado  Velasquillo,  digno  predece- 
sor de  D,  Francesillo  de  Zúñiga.  Pero  otros  están  tomados  del  fondo  común  de  la  nove- 
lística, como  el  cuento  del  codicioso  burlado,  que  tiene  mucha  analogía  cwi  la  novela 
195  de  Sacchetti  (*),  con  la  fábula  3/  de  la  Séptima  Noche  de  Straparola,  con  la  ba- 

cado  una  Dota  de  Stiefcl  8obre  las  fuentes  del  Episodio  de  la  Gapa  en  el  acto  2°  de  El  Honrado 
Hermano, 

Está  en  Timoneda,  Alivio  de  caminantes  (núm.  29,  parte  1.*)  y  en  el  Libro  de  chistes  de  Luis  do 
Pinedo  (Sales  Españolas  de  Paz  y  Melia,  pp.  310  y  312). 

Timoneda:  «Venido  un  embajador  de  Venecia  á  la  corle  del  gran  turco,  dándole  audiencia  á  élt 
juntamente  con  otros  muchos  que  habia  en  su  corte,  mandó  el  gran  turco  que  no  le  diosen  silla  al 
embajador  de  Venecia,  por  cierto  respecto.  Entrados  los  embajadores,  cada  caal  so  sentó  en  su 
debido  lugar.  Viendo  el  veneciano  que  para  él  faltaba  silla,  quitóse  una  ropa  de  majestad  que  traía 
de  brocado  hasta  el  suelo,  y  asentóse  encima  del  ¡a.  Acabando  todos  de  relatar  sus  embajadas,  y  hecho 
su  debido  acatamiento  al  gran  turco,  salióse  el  embajador  veneciano,  dejando  su  ropa  en  el  suelo.  A 
esto  dijo  el  gran  turco:  «Mira,  cristiano,  que  te  dejas  tu  ropa».  Hcspondió:  aSepa  su  Majestad  que 
>Io8  embajadores  de  Venecia  acostumbran  dejarse  las  sillas  en  que  se  asientan)). 

Pinedo:  dcDicen  que  un  Embajador  de  Venecia,  en  presencia  de  la  Reina  Doña  Isabel,  y  visto 
que  no  le  daban  silla,  se  desnudó  la  ropa  rozagante  que  llevaba,  y  la  puso  en  el  suelo  doblada,  y 
sentóse;  y  después  que  hubo  negociado,  se  fué  en  cuerpo.  La  Reina  envió  un  mozo  de  cámara  que  le 
diese  la  ropa.  El  Embajador  respondió:  «Ya  la  Señoría  no  necesita  de  aquel  escabeU.  Y  no  quiso 
tomar  la  ropas. 

Pinedo  (p.  312):  «D.  Juan  de  Velasco,  hijo  del  Condestable  D.  Bernardino,  entró  á  visitar  al 
Duque  de  Alba  y  á  otros  grandes.  No  le  dieron  luego  silla:  dobló  su  capa,  y  sentóse  en  el  suelo». 

Confieso  que  ambos  textos  se  me  pasaron  por  alto  al  escribir  el  prólogo  de  la  comedia  de  El 
Honrado  Hermano  en  la  colección  académica,  aunque  tanto  el  libro  de  Timoneda^  como  el  de  Pinedo, 
me  fuesen  familiares;  el  primero  desde  mi  infancia  y  el  segundo  desde  que  el  Sr.  Paz  y  Melia  le  sacó 
del  olvido.  Pero  también  el  Sr.  Stiefel,  que  tan  agriamente  censura  los  descuidos  ajenos,  olvidó  en 
el  presente  caso  otro  librcjo  todavía  má^  vulgar  en  España,  la  Floresta  de  Melchor  de  Santa  Cruz, 
en  cuya  séptima  parte  {De  dichos  graciosos)  se  lee  el  mismísimo  cuento,  siendo  verosímil  que  de  all^ 
le  tomase  Lope,  que  cita  más  de  una  vez  aquella  colección  popular  de  apotegmas  y  chascarrillos. 

ecUn  escudero  fué  á  negociar  con  el  Duque  de  Alba,  y  como  no  le  diesen  silla,  quitóse  la  capa, 
y  asentóse  en  ella.  El  Duque  le  mandó  dar  silla«  Dixo  el  Escudero:  cV.  Sefioria  perdone  mi  mala 
crianza,  que  como  estoy  acostumbrado  en  mi  casa  de  asentarme,  desvanecióseme  la  cabeza».  Como 
hubo  negociado,  salióse  en  cuerpo,  sin  cobijarse  la  capa.  Trayéndosela  un  page,  le  dixo:  «Servios  de 
»ella,  que  á  mí  rae  ha  servido  de  silla,  y  no  quiero  llevarla  más  á  cuestas». 

Los  versos  de  Lope  de  Vega  que  corresponden  á  esto  son  los  siguientes: 

CuBiACio  1.**  Vuelve,  Horacio,  fuerte. 
IIoBACio.  ¿A  qué? 

CuRiACio  I.*»  Toma  el  manto. 
Horacio.  ¿Para  qué? 

CüiUArio  1."  Pues  ¿por  qué  le  has  de  dejar? 

Horacio.  No  me  acostumbro  llevar 

La  silla  en  que  me  asenté. 

(í)  Novella  OXOV.  «Uno  villano  di  Francia  avendo  preso  uno  sparviero  del  Re  Filippo  di  Va- 
»lois,  e  uno  maestro  uscicr  del  Re,  volendo  parte  del  dono  a  lai  fatto,  ha  vcnticinque  battiture». 
(Sachetti,  Novelle^  Parte  2.%  pp.  134.137). 


IIÍTROCÜCOIÓK  xtvii 

lada  inglesa  Sir  Cleges  y  otros  textos  que  enumera  el  doctísimo  Félix  Liebrecht  (^), 
uno  de  los  ñmdadores  de  la  novelística  comparada. 

«Solía  un  villano  muy  gracioso  llevar  á  un  rey  muchos  presentes  de  poco  valor,  y 
el  rey  holgábase  mucho,  por  cuanto  le  decía  muchos  donaires.  Acaesció  que  una  vez 
que  el  villano  tomó  unas  truchas,  y  llevólas  (como  solía)  á  presentar  al  rey,  el  portero 
de  la  sala  real,  pensando  que  el  rey  haría  mercedes  al  villano,  por  haber  parte  le  dijo: 
«No  te  tengo  de  dejar  entrar  si  no  me  das  la  mitad  de  lo  que  el  rey  te  mandare  dar» . 
El  villano  le  dijo  que  le  placia  de  muy  buena  voluntad,  y  así  entró  y  presentó  las  tru- 
chas al  rey.  Holgóse  con  el  presente,  y  más  con  las  gracias  que  el  villano  le  dijo;  y 
muy  contento,  le  dijo  que  le  demandase  mercedes.  Entonces  el  villano  dijo  que  no 
quería  otras  mercedes  sino  que  su  alteza  le  mandase  dar  quinientos  azotes.  Espantado 
el  rey  de  lo  que  le  pedía,  le  dijo  que  cuál  era  la  causa  por  que  aquello  le  demandaba. 
Respondió  el  villano:  «Señor,  el  portero  de  vuestra  alteza  me  ha  demandado  la  mitad 
>de  las  mercedes,  y  no  hallo  otra  mejor  para  que  á  él  le  quepan  doscientos  azotes». 
Cayóle  tanto  en  gi-acia  al  rey  que  luego  le  hizo  mercedes,  y  al  portero  mandó  cas- 
tigara (2). 

Dos  ó  tres  de  los  cuentos  del  Sobremesa  están  en  catalán,  ó  si  se  quiere  en  dialecto 
vulgar  de  Valencia.  Acaso  hubiera  algunos  más  en  otra  colección  rarísima  de  Timo- 
neda.  El  Buen  aviso  y  portacuentos  (1564),  que  Salva  poseyó  (^),  pero  de  la  cual  no 
hemos  logrado  hasta  ahora  más  noticias  que  las  contenidas  en  el  Catálogo  de  su  biblio- 
teca: «El  libro  primero,  intitulado  Buen  Aviso^  contiene  setenta  y  un  cuentos  del  mismo 
género  que  los  del  Sobremesa^  con  la  diferencia  de  que  la  sentencia  ó  dicho  agudo  y 
gracioso,  y  á  veces  una  especie  de  moraleja  de  la  historieta,  van  puestas  en  cinco  ó  seis 
versos.  El  libro  segundo,  ó  sea  el  Porta  cuentos^  comprende  ciento  cuatro  de  éstos,  do 
igual  clase,  pero  no  tienen  nada  metrificado» .  Algunos  han  confundido  esta  colección 
con  el  Sobremesa^  pero  el  mismo  Timoneda  las  distinguió  perfectamente  en  la  Epístola 
al  benigno  lector  que  va  al  principio  de  la  edición  de  1564  de  El  Bue^i  Aviso:  «En 
>dias  pasados  imprimí  primera  y  segunda  parte  del  Sobremesa  y  alivio  de  caminantes^ 

(•)  Geichichie  der  Prosadichtungen.  Berlín,  1851,  p.  257. 

(')  En  el  Libro  de  los  enxemploi  (n.  146  de  la  ed.  de  Gayangos)  hay  un  apólogo  que  tiene  el 
mismo  sentido  y  que  se  haUa  también  en  el  Poema  de  Alexandre  (coplas  2197-2201). 

cEs  enxemplo  de  un  rey  que  conocía  dos  ornes,  uno  muy  codicioso,  otro  muy  invidíoso,  é  pro- 
imetióles  que  les  darie  cualquier  don  que  le  demandasen,  en  tal  manera  que  el  postrimero  liobiese 
m1  don  doblado.  E  esperando  el  uno  al  otro  que  demandase,  el  rey  mandó  al  invidioso  que  deman- 
^dasc  primero,  é  demandó  que  le  sacasen  un  ojo  porque  sacasen  al  otro  amos  los  suyos,  e  non  quiso 
«pedir  cosa  buena  porque  el  su  prójimo  non  la  hobiese  dob]adaj!>. 

{^)  El  Bue  aviso  y  portacuentos  de  loan  Timoneda:  en  el  qual  se  contienen  innum^ables  y  gra~ 
ciosQS  dichos^  y  apazihles  acontescimientos  para  recreación  de  la  vida  humana,  dirigidos  al  sabio  y 
discreto  lector  (Retrato  de  Timoneda,  el  mismo  que  va  en  el  Sobremesa).  Con  priuilegio  Real,  Impresso 
en  Valencia  en  casa  [de  Ida  Mey,  M.D.LXitij  (1564).  Véndense  en  casa  de  loan  Timoneda,  8.**,  56 
folios. 

La  licencia  del  santo  o6cio  es  de  12  de  Setiembre  do  1563. 

En  el  fol.  29  comienza  con  nueva  portada  la  «Segunda  parte  del  Porta  eventos  de  I  van  Tímo- 
ineda,  en  el  qual  se  contienen  diversas  sentencias,  memorables  dichos,  y  graciosos  cuentos,  agora 
lonevamente  compuestos.  AQo  1564». 

Ximeno  cita  una  edición  de  Valencia,  por  Pedro  de  Huete,  1570,  y  Fuster  otra  de  la  misma 
ciudad,  por  Juan  Navarro,  á  5  de  Mayo  de  1569. 


xLviii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

>  y  como  este  tratado  haya  sido  muy  acepto  á  muchos  amigos  y  señores  mios,  me  cou- 
*  vencieron  que  imprimiese  el  libro  presente  llamado  Buen  aviso  y  Porta  cuentos^  á 
»  donde  van  encerrados  y  puestos  extraños  y  muy  facetos  dichos» .  Parece,  sin  embargo, 
que  ambas  colecciones  fueron  refundidas  en  una  sola  (Recreación  y  pasatiempo  de 
caminantes)^  de  la  cual  tuvo  el  mismo  Salva  un  ejemplar  sin  principio  ni  fin,  y  por  tanto 
sin  señas  de  impresión.  La  segunda  y  tercera  parte  de  este  librillo  comprendían  las 
anécdotas  del  Btiefi  Aviso ^  con  numerosas  variantes  y  muchas  supresiones  ('). 

Timoneda,  cuyo  nombre  va  unido  á  todos  los  géneros  de  nuestra  literatura  popular 
6  popularizada,  á  los  romances,  al  teatro  sagrado  y  profano,  á  la  poesía  lírica  en  hojas 
volantes,  no  se  contentó  con  ensayar  el  cuento  en  la  forma  infantil  y  ruda  del  Sobre^ 
mesa  y  del  Buen  Aviso,  A  mayores  alturas  quiso  elevarse  en  su  femoso  Patrafiuelo 
(¿1566?),  formando  la  primera  colección  española  de  novelas  escritas  á  incitación  de  las 
d^Italia,  tomando  de  ellas  el  argumento  y  los  principales  pormenores,  pero  volviendo 
á  contarlas  en  una  prosa  familiar,  sencilla,  animada  y  no  desagradable.  En  lo  que  no 
hizo  bien  fue  en  darse  por  autor  original  de  historias  que  ciertamente  no  había  inventado, 
diciendo  en  la  Epístola  al  am^antísimo  lector:  «No  te  des  á  entender  que  lo  que  en  el 
»  presente  libro  se  contiene  sea  todo  verdad,  que  lo  inás  es  fingido  y  compuesto  de  núes- 
» tro  poco  saber  y  bajo  entendimiento;  y  por  más  aviso,  el  nombre  del  te  manifiesta  clara 
»  y  distintamente  lo  que  puede  ser;  porque  Patrafiuelo  se  deriva  de  patraña,  y  patraña 
» no  es  otra  cosa  sino  una  fingida  traza  tan  lindamente  amplificada  y  compuesta  que 
>paresce  que  trae  alguna  apariencia  de  verdad» . 

Infiérese  del  mismo  prólogo  que  todavía  el  nombre  de  novelas  no  había  prevalecido 
en  España,  á  pesar  del  ejemplo  del  traductor  de  Boccaccio  y  algún  otro  rarísimo:  «Y 
»  así,  semejantes  marañas  las  intitula  mi  lengua  natural  valenciana  Rondalles^  y  la  tos- 
»cana  Novelas^  que  quiere  decir:  Tú,  trabajador,  pues  no  velas,  yo  te  desvelaré  con 
» algunos  graciosos  y  asesados  cuentos,  con  tal  que  los  sepas  contar  como  aquí  van 
» relatados,  para  que  no  pierdan  aquel  asiento  y  lustre  y  gracia  con  que  fueron  com- 
»  puestos»  (*). 

(')  ÁUvto  de  caminantes  (jBLñi  en  hi  parto  superior  de  las  páginas).  La  cuarta  parte  contiene  cetros 
i»cuentos  sacados  de  la  Floresta  Española  de  Melchor  de  Sta.  Cruz»  y  la  Memoria  Hispanea. 

C)  Sólo  el  canónigo  Mayans,  en  su  prólogo  de  El  Pastor  de  Filida^  cita  un  Patraüuelo  de  Va- 
lenciai  1566,  pero  la  existencia  de  tan  rara  edición  está  indirectamente  comprobada  por  la  aprobación 
que  se  copia  en  las  siguientes  (Valencia,  22  de  Setiembre  de  1566). 

— Primera  parte  de  las  Palranyas  en  las  quales  se  tratan  admirables  cuentos^  graciosas  marañas 
y  delicadas  invenciones  para  saber  las  contar  el  discreto  relatador.  Con  licecia  en  Alcalá  de  Hena* 
reSf  en  casa  de  Sebastian  Martínez,  1576,  (Biblioteca  Nacional). 

8.»  127  fols. 

Tasa.— Aprobación  de  Joaquin  Molina. — Licencia  del  canónigoTomásDasi.— Privilegio. — Soneto 
centre  el  auctor  y  su  plumaiD. — Soneto  de  Amador  de  Loaysa,  en  loor  de  la  obra. — Epístola  al  nman* 
tissimo  Lector. — Texto.  — Tabla. ^Una  hoja  sin  foliar  con  dos  quintillas  tituladas  «Disculpa  de 
2>Joan  Timoneda  a  ios  pan  y  aguados  de  la  prudencia  colegiales  del  provechoso  Silencio». 

— Barcelona.  Afio  1578. 

Al  fin:  cFue  impresso  el  presente  Patraüuelo  en  la  insigne  ciudad  de  Barcelona  en  casa  de 
DJayme  Sendrat.  Año  1578».  8.^  103  folios.  (Biblioteca  Nacional,  ejemplar  de  Salva). 

— Bilbao,  1580.  Por  Matías  Mares.  (Biblioteca  Nacional). 

— El  discreto  tertuliante;  primera  parte  de  las  Patrañas  de  Joan  de  Timoneda,  en  las  cuales  se 
trata  de  admirables  Cuentos  graciosos^  Novelas  templares,  marañas  y  delicada»  invenciones  para  saber 


INTRODUCCIÓN 


XLIX 


No  pasan  de  veintidós  las  patrañas  de  Timoneda,  y  á  excepción  de  una  sola,  que 
puede  ser  original  (')  y  vale  muy  poco,  todas  tienen  fuente  conocida,  que  descubrió 
antes  quo  nadie  Liebrecht  en  sus  adiciones  á  la  traducción  alemana  de  la  Hisityi'y  of 
fictian  de  Dunlop  (*).  Estas  fuentes  son  tan  varias,  que  recorriendo  una  por  una  las 
pairafUis  puede  hacerse  en  tan  corto  espacio  un  curso  completo  de  novelística. 

El  padre  de  la  historia  entre  los  griegos,  padre  también  de  la  narración  novelesca 
en  pix)sa,  por  tantas  y  tan  encantadoras  leyendas  como  recogió  en  sus  libros,  pudo 
suministrar  á  la  patraña  diez  y  seis  el  relato  de  la  fabulosa  infancia  de  Ciro  (Clio^ 
107-123).  Pero  es  seguro  que  Timoneda  no  le  tomó  de  Herodoto,  sino  de  Justino,  que 
trae  la  misma  narración,  aunque  abreviada  y  con  variantes,  en  el  libro  I  de  su  epí- 
tome de  Trogo  Pompeyo,  traducido  al  castellano  en  1540  por  Jorge  de  Bustamante. 
Algún  detalle,  que  no  está  en  Herodoto  y  sí  en  aquel  compendiador  (^),  y  la  falta  de 
machos  otros  que  se  leen  en  el  historiador  griego,  pero  no  en  Justino^  prueban  con 
toda  evidencia  esta  derivación.  Por  el  contrario,  Lope  de  Vega,  en  su  notable  comedia 
Contra  valor  7io  hay  desdicha^  tomó  la  historia  de  Herodoto  por  base  principal  de  su 
poema,  sin  excluir  alguna  circunstancia  sacada  de  Justino  (^). 

Del  gran  repertorio  del  siglo  xiv,  Oesta  Bomanorum,  cuyo  rastro  se  encuentra  en 
todas  las  literaturas  de  Europa,  proceden  mediata  ó  inmediatamente  las  pati-añas  5.* 
y  11.%  que  corresponden  á  los  capítulos  81  y  153  del  Oesta.  Trátase  en  el  primero 
cierta  repugnante  y  fabulosa  iiistoria  del  nacimiento  é  infancia  del  Papa  San  Gregorio 
Uagno,  á  quien  se  suponía  hijo  incestuoso  de  dos  hermanos  ('*),  arrojado  al  mar,  donde 
le  encontró  un  pescador,  y  criado  y  adoctrinado  por  un  abad.  Esta  bárbara  leyenda, 

eoniar  el  $ahio  y  discreto  relatador.  Sacadas  segunda  vez  a  luz  por  José  de  Afranca  y  Mendoza,  Con 
Ucencia  en  Madrid  en  la  oficina  de  Manuel  Martin,  Se  hallará  en  la  librería  de  P,  Tejero^  calle  de 
Atocha^  junto  a  San  Sebastian  (1759). 

La  licencia  se  dio  dccon  calidad  de  que  no  se  imprima  la  patraña  octaváis.  Es  edición  incorrecta, 
además  de  mutilada.  El  ridículo  cambio  del  Patrañuelo  en  el  Discreto  Tertuliante  no  pasa  de  la  por- 
tada: en  lo  alto  de  las  páginas  so  da  al  libro  su  título  verdadero. 

En  el  ejemplar  que  tuvo  Salva  un  curioso  moderno  Imbía  anotado  las  fuentes  de  varías  patra- 
ñas, pero  no  siempre  son  exactas  sus  indicaciones. 

— El  Patrañuelo  está  íntegramente  reimpreso  en  la  colección  de  Aribau  (Novelistas  anteriores  á 
Cervantes), 

( ' )  Me  refiero  á  la  patraña  novena. 

(*)  Gesckichte  der  prosadichtungen,,.  pp.  500-501. 

(*)  «Indignado  el  rey  de  semejante  traicionj  juntó  muy  gran  hueste  y  vino  sobre  Giro  y  llar« 
pago,  y  llevándolos  de  vencida  á  los  soldados  que  iban  huyendo,  salian  las  madres  y  sus  mujeres  al 
eocuentro,  qne  volviesen  á  la  batalla.  Y  viendo  que  no  querían,  alzándose  las  madres  sus  faldas  y 
mostrando  sus  vergüenzas,  á  voces  altas  decían:  ({¿Qué  es  esto?  ¿Otra  vez  queréis  entrar  en  los  vien- 
itres  de  vuestras  madres?»  Los  sOidados  de  vergüenza  desto  volvieron  á  la  batalla  con  grande  ánt- 
mop  (Timoneda). 

€Pulsa  itaque  quum  Persarum  ocies  paullatim  cederet,  matres  et  uxores  eorum  obviam  occurrunt: 
orant  inpraelium  revertantur,  CunctantibuSy  súblata  veste,  obscoena  corporis  ostendunt,  rogantes  anum 
»in  úteros  matrum  vel  uxorum  velint  refagereit,  Hac  repressi  castigatione,  in  proelium  redeunt:  et  Jacta 
ifnpressione,  quos  fugiebant,  fugere  compelluni»  (Just.,  Jlist,^  I,  6). 

{*)  Vid.  mis  observaciones  preliminares  sobre  esta  comedia  en  el  tomo  VI  de  la  edición  acadé* 
mica  de  Lope  de  Vega. 

\^)  Oesta  Romanorum,  ed,  de  Hermann  Oesterley  ^Berlín,  1872),  pp.  399*409  (De  mirabili  divi- 
na dispensatúme  et  ortti  beati  Gregorii  Papae),  y  las  versiones  que  cita  el  mismo  Oesterley,  p.  725. 

oeíoihks  db  la  novela. — lU—d 


L  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

que,  como  otras  muchas  de  su  clase,  tenía  el  sano  propósito  de  mostrar  patente  la  mise- 
ricordia divina,  aun  con  los  más  desaforados  pecadores  (puesto  que  Gregorio  viene  á 
ser  providencial  instrumento  de  la  salvación  de  su  madre),  parece  ser  de  origen  ale- 
mán: á  lo  menos  un  poeta  de  aquella  nación,  Hartmanji  von  der  Aue^  que  vivía  en  el 
siglo  XIII,  fue  el  primero  que  la  consignó  por  escrito  en  un  poema  de  3.752  versos, 
que  sirvió  de  base  á  un  libro  de  cordel  muy  difundido  en  los  países  teutónicos,  San 
Gregorio  sobre  la  piedra.  Los  antiguos  poemas  ingleses  Sir  Degore  j  Sir  Eglarnour  of 
Artois  tienen  análogo  argumento  y  en  ellos  fundó  Horacio  Walpole  su  tragedia  Th^ 
7nystenoiís  mother.  En  francés  existe  una  antigua  vida  de  San  Gregorio  en  verso, 
publicada  por  Lazarche  (Tours,  1857),  que  repite  la  misma  fábula  (*);  y  no  debía  de 
ser  ignorada  en  España,  puesto  que  encontramos  una  reminiscencia  de  ella  al  principio 
de  la  leyenda  del  abad  Juan  de  Montemayor,  que  ha  llegado  hasta  nuestros  días  en  la 
forma  de  libro  de  cordel  (•).  Para  suavizar  el  cuento  de  San  Gregorio,  que  ya  comen- 
zaba á  ser  intolerable  en  el  siglo  xvi,  borró  Timoneda  en  el  protagonista  la  aureola  de 
santidad  y  la  dignidad  de  Fapa,  dejándole  reducido  á  un  Gregorio  cualquiera. 

La  Patraña  oncena^  que  es  la  más  larga  de  todas  y  quizá  la  mejor  escrita,  contiene 
la  novela  de  Apolonio  de  Tiro  en  redacción  análoga  á  la  del  Oesia^  pero  acaso  indepen- 
diente de  este  libro  (^).  Son  tantos  y  tan  varios  los  que  contienen  aquella  famosa  his- 
toria bizantina  de  aventuras  y  naufragios,  cuyo  original  griego  se  ha  perdido,  pero  del 
cual  resta  una  traducción  latina  muy  difundida  en  los  tiempos  medios,  que  no  es  fácil 
atinar  con  la  fuente  directa  de  Timoneda.  La  suponemos  italiana,  puesto  que  de  Italia 
proceden  casi  todos  sus  cuentos.  De  fijo  no  tenía  la  menor  noticia  del  Libi-e  d'Apo* 
llonío^  una  de  las  más  antiguas  muestras  de  nuestra  poesía  narrativa  en  el  género  eru- 
dito del  mester  de  clerecía.  Las  semejanzas  que  pueden  encontrarse  nacen  de  la  co- 
munidad del  argumento,  y  no  de  la  lectura  del  vetusto  poema,  que  yacía  tan  olvidado 
como  todos  los  de  su  clase  en  un  solitario  códice,  no  desenteri-ado  hasta  el  siglo  xix  (*). 
No  puede  negarse  que  el  primitivo  y  rudo  poeta  castellano  entendió  mejor  que  Timo- 
neda el  verdadero  carácter  de  aquel  libro  de  caballerías  del  mundo  clásico  decadente, 
en  que  no  es  el  esfuerzo  bélico,  sino  el  ingenio,  la  prudencia  y  la  retórica  las  cualida- 
des que  principalmente  dominan  en  sus  héroes,  menos  emprendedores  y  hazañosos  que 
pacientes,  discretos  y  sufridos.  En  la  escena  capital  del  reconocimiento  de  Apolonio  y 

(*)  L«  VioUer  des  histotres  romaines.  Ancienne  traduction  frangoise  dea  aOesta  Romanorumj>. 
Nouvelle  éditiorit  revue  et  annotée  par  Ai.  (/.  Bninet  (Paria,  1858),  pp.  197-198. 

(')  «En  tiempo  desto  dicho  rey  Don  Ramiro  liera  abad  de  Montemayor  un  noble  omne  e  grand 
fídalgo  e  de  buena  vida,  que  avia  nombre  don  Johan.  Yendo  un  dia  á  maitines  la  noche  de  Navidad, 
falló  un  niño  que  yacía  á  la  puerta  do  la  iglesia  echado;  este  niño  era  fijo  de  dos  hermanos,  fecho  en 
grand  peccado.  Como  el  abad  lo  vio,  ovo  del  grand  piedad;  tomólo  en  sus  bra9os  e  metiólo  en  la 
iglesia  é  fizólo  bautizar  o  púsole  nonbre  Garfia.  Oriolo  muy  viciosamente,  atanto  e  más  que  si  fuera 
BU  fijo». 

Asi  Diego  Rodriguez  de  Almela,  en  su  Compendio  Historial,  que  es  el  primer  texto  que  cor- 
signa  esta  novela. 

Vid.  La  leyenda  del  abad  Don  Juan  de  Montemayor^  publicada  por  R,  Menéndez  Pidal,  Dres- 
den,  1903  (t.  II  de  la  Gesellschaft  für  romanische  literatur)^  p.  5. 

(•)  Cf.  en  el  Gesta  Romanorum^  ed.  de  Oesterley,  pp.  510-532,  y  la  lista  de  paradigmas,  p.  737. 
El  Apolonio  no  formaba  parte  del  primitivo  texto  del  Gesta,  Era  una  novela  aislada:  De  tribulatione 
iemporalif  quae  in  gaudium  sempiternum  postremo  conmutabitur. 

(«)  Por  D.  Pedro  José  Pidal  en  la  Revista  de  Madrid,  1844. 


INTRODUCCIÓN  ti 

BU  hija  llega  á  una  poesfa  de  sentimiento  que  no  alcanza  jamás  el  compilador  del 
Patrañuelo;  y  el  tipo  de  la  hija  de  Apolonio,  transformada  en  la  juglaresa  Tarsiana, 
tiene  más  vida  y  más  colorido  español  que  la  Politania  de  Timoneda.  Prescindiendo  de 
esta  comparación  (que  no  toda  resultaría  en  ventaja  del  poeta  más  antiguo),  la  novela 
del  librero  valenciano  es  muy  agradable,  con  mejor  plan  y  traza  que  las  otras  suyas, 
con  un  grado  de  elaboración  artística  superior.  Para  amenizarla  intercala  varias  poe- 
sías, un  soneto  y  una  octava  al  modo  italiano,  una  canción  octosilábica  y  un  romance, 
en  que  la  truhaiiüla^  para  darse  á  conocer  á  su  padre  Apolonio,  Iiace  el  resumen  de  su 
triste  historia: 

En  tierra  fui  engendrada,-  de  dentro  la  mar  nascida, 
y  en  mi  triste  nacimiento— mi  madre  fué  fallescida. 
Echáronla  en  la  mar  -  en  un  ataúd  metida, 
Con  ricas  ropas,  corona,— como  reina  esclarecida... 

Versos  que  recuerdan  otros  de  Jorge  de  Montemayor  (Diana^  libro  V),  imitados  á 
su  vez  de  Bemaldim  Eibeiro:    . 

Cuando  yo  triste  nací,— luego  nací  desdichada, 
Luego  los  hados  mostraron— mi  suerte  desventurada. 
El  sol  escondió  sus  rayos, — la  luna  quedó  eclipsada, 
Murió  mi  madre  en  pariendo,— moza,  hermosa  y  mal  lograda... 

Nada  hay  que  añadir  á  lo  que  con  minuciosa  y  sagaz  crítica  expone  miss  Bour- 
land  O  sobre  las  tres  patrañas  imitadas  de  tres  novelas  de  Boccaccio.  En  la  historia  de 
Griselda,  que  es  la  patraña  2.*,  prefiere  Timoneda,  como  casi  todos  los  imitadores,  la 
refundición  latina  del  Petrarca,  traduciéndola  á  veces  á  la  letra,  pero  introduciendo 
algunas  modificaciones  para  hacer  menos  brutal  la  conducta  del  protagonista.  La  patiuña 
15.'  corresponde,  aunque  con  variantes  caprichosas,  á  la  novela  9.*  de  la  segunda  jor- 
nada del  Decameron^  célebre  por  haber  servido  de  base  al  Cymbelino  de  Shakespeare, 
Timoneda  dice  al  acabar  su  relato:  «Ueste  cuento  pasado  hay  hecha  comedia,  que  se 
>  llama  Eufemias .  Si  se  refiere  á  la  comedia  de  Lope  de  Rueda  (y  no  conocemos  ninguna 
otra  con  el  mismo  título),  la  indicación  no  es  enteramente  exacta,  porque  la  comedia  y 
la  novela  sólo  tienen  de  común  la  estratagema  usada  por  el  calumniador  para  ganar  la 
apuesta,  fingiendo  haber  lo¿,rado  los  favores  de  la  inocente  mujer  de  su  amigo. 

Timoneda  había  recorrido  en  toda  su  extensión  la  varia  y  rica,  galería  de  los  fiorc' 
lUeri  italianos,  comenzando  por  los  más  antiguos.  Ya  dijimos  que  no  conocía  á  Franco 
Sacchetti,  pero  puso  á  contribución  á  otro  cuentista  de  la  segunda  mitad  del  siglo  xiv. 
Ser  üiovanni  Florentino.  Las  dos  últimas  pairarías  de  la  colección  valenciana  corres- 
ponden á  la  novela  2."  de  la  jornada  23  y  á  la  1.''  de  la  jornada  10  del  Pecorone  (*).  Ni 
una  ni  otra  eran  tampoco  originales  del  autor  italiano,  si  es  que  existe  verdadera  origi- 
nalidad en  esta  clase  de  libros.  El  primero  de  esos  cuentos  reproduce  el  antiquísimo 
tema  folklórico  de  la  madiastra  que  requiere  de  amores  á  su  entenado  y  viendo  recha- 


(')  £a  8U  tesis  tantas  veces  citada  acerca  de  Boccaccio,  pp.  84,  152, 163. 
[*)  Pudo  manejarle  en   la  edición  de  Milán,  1558.  La  de  Venecia,  I5tí5,  es  posterior  al  Pa^ 
traüuelo. 


Lii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

zada  su  incestuosa  pasión  le  calumnia  y  procura  envenenarle  (*).  La  patraña  21  tiene 
por  fuente  remotísima  la  narración  poética  francesa  Florence  de  Borne,  que  ya  á  fines 
del  siglo  XIV  ó  principios  del  xv  Labia  recibido  vestidura  castellana  en  el  Cttento  muy 
fermoso  del  emperador  Oltas  et  de  la  infanta  Florencia  su  hija  et  del  buen  caballero 
Esmeix  (*).  Pero  la  fuente  inmediata  para  Timoneda  no  fue  otra  que  el  Pecorone^  alte- 
rando los  nombres,  según  su  costumbre  (^). 

Dos  7i<yvellieri  del  siglo  xv,  ambos  extraordinariamente  licenciosos,  Masuccio  Saler- 
nitano  y  Sabadino  degli  Arienti,  suministran  á  la  compilación  que  vamos  examinando 
dos  anécdotas  insignificantes,  pero  que  á  lo  menos  están  limpias  de  aquel  defecto  (*). 

No  puede  decirse  lo  mismo  de  la  patraña  octava,  que  es  el  escandalosísimo  episo- 
dio de  Jocondo  y  el  rey  Astolío  (tan  semejante  al  cuento  proemial  de  Ims  Mil  y  Una 
Noches)  que  Timoneda  tomó  del  canto  28  del  Oriundo  Furioso^  sin  mitigar  en  nada  la 
crudeza  con  que  lo  había  presentado  el  Ariosto. 

Mateo  Bandello,  el  mayor  de  los  novelistas  de  la  península  itálica  después  de  Boc- 
caccio, no  podía  quedar  olvidado  en  el  ameno  mosaico  que  iba  labrando  con  piedre- 
cillas  italianas  nuestro  ingenioso  mercader  de  libros.  D6s  patrañas  tienen  su  origen  en 

(')  dcNovella  11.  Una  matrigna  fa  preparare  da  un  suo  scliíavo  il  veleno  al  figliastro  perché  non 
Bvuol  condescenderé  alie  sue  voglie.  Per  iscambio  lo  heve  un  bqo  proprio  figliuolo  minore  d*  eti\. 
3>IL  figliastro  n'  é  accusato  e  lo  sciiiavo  depone  centro  di  esao.  Un  vecchio  medico  comparisce,  e  con- 
>fe88a  aver  egli  dato  alio  schiavo  quel  beveraggio,  che  e  un  augo  da  far  dormiré.  Si  corre  allora  alia 
ssepoUura,  ed  il  fanciullo  é  trovato  vivo.  Gondanna  dello  schiavo,  e  della  donna.]» 

11  Pecorone  di  Ser  Oiovanni  Florentino  nel  quale  $i  eontengono  cinquanta  novelle  anttche  helle 
eC  invenzione  e  di  stile,  Milán,  1804  (De  la  colección  de  Clásicos  Italianos),  tomo  II,  pág.  138. 

(')  Véase  lo  que  de  ella  decimos  en  el  tomo  primero  de  los  Origenes  de  la  novela^  pág.  CLIX. 

(')  cNovclla  I.  II  Re  d'  Inghilterra  sposa  Dionigiu  fígliuola  d*  un  Be  di  Francia,  che  trova  in 
x>un  convento  dell'  isola.  Partorisce  due  moschi  in  lontananza  del  ninríto,  ed  obbligata,  per  calunnie 
Dappostcle  duUa  suocera,  a  partirsi,  con  essi  va  a  Roma.  In  quale  occasione  ricomobbero  i  due  Ko 
3>con  estrema  gioja,  I'  uno  la  moglie  e  Tal  tro  la  BorelIu.i» 

//  Pecorone,.,  Tom.  I,  p.  203. 

(^)  Compárese  la  patraña  tercera  de  Timoneda  con  la  novela  primera  de  Masuccio,  cuyo  argu- 
mento dice  asi: 

«Mastro  Diego  é  portato  morto  da  mcsser  Rodcrico  al  suo  convento.  Un  altro  fratre  credendolo 
yvivo  gli  dá  con  un  sasso,  c  crtde  averio  morto.  Lui  fuggesi  con  una  cavalla,  e  per  uno  strano  caso 
9se  incontra  col  morto  a  ca valla  in  uno  stallone,  lo  quale  con  la  lanza  alia  resta,  seguelo  per  tutta 
]»la  cittá.  Lo  vivo  é  pieso,  confessa  lui  essere  stato  T  omicida;  vo!e8Í  giustiziare.  11  cavaliere  mani- 
fiesta il  vero,  e  al  írutre  é  perdonata  la  non  meritata  morte.]» 

II  Novellino  di  Masuccio  Salemitano  restituito  alia  sua  antica  lezione  da  Luigi  Settembrini,  Ku- 
poli,  1874.  Pág.  7. 

En  Masuccio  la  acción  de  la  novela  pasa  en  Salamanca,  y  el  protagonista  es  un  fraile,  el  Maes- 
tro Diego  de  Arévalo.  Timoneda,  que  por  otra  parte  abrevia  mucho  el  cuento,  le  traslada  á  París  y 
el  héroe  es  «un  quistor  llamado  Sbarroya:». 

La  patraña  18  es  la  novela  20  de  las  Porretane  de  Sabadino  degli  Arienti: 

«Misser  Lorenzo  Spaza  ca  valiere  Araldo  se  la  fa  conveniro  denanti  al  pretore  da  uno  notaro:  il 
}»qual  e  dimostrato  non  esser  in  bono  sen  timen  to:  et  Misser  Lorenzo  libero  se  parte  lassando  el  notaro 
Dscernito  et  denperato». 

Fol.  XVII  de  las  Settanta  Novelle. 

(Al  fin):  Quifiniscono  le  dolce  et  amorose  Settanta  nouelle  dú preclaro  homo  misser  lohanne  Sala» 
diño  degli  Arienti  Bolognese.  Intitúlate  a  lo  inuictissimo  signare  Bercule  Estése  Duca  de  Ferrara. 
Nouam'ete  historiad e  et  corréete  per  el  doctissimo  homo  Sebastiano  Manilio,  Et  con  grande  attentione  in 
la  inclyta  Cita  de  Venetia  stampate.  Xel  M.CCCCCX  (1610)  a  di  XVI  de  Marzo, 


INTRODUCCIÓN  un 

la  vasta  colección  del  obispo  de  Agen.  En  la  19  encontramos  una  imitación  libre  y  muy 
abreviada  de  la  novela  22  de  la  Primera  Parte  (')  (Amores  de  Felicia,  Lionata  y  Tim- 
breo  de  Cardona),  sugerida  en  parte  por  el  episodio  de  Ariodante  y  Ginebra,  en  el 
canto  V  del  Criando  Fui^ioso^  como  éste  lo  fue  por  un  episodio  análogo  de  Tirante  el 
Blanco  (*).  A  su  vez  la  novela  de  Bandello  es  fuente  común  de  otra  de  Giraldi  Cin- 
thio,  del  cuento  de  Timoneda  y  de  la  comedia  de  Shakespeare  Mttch  ado  about 
noihing  (*). 

No  tiene  menos  curiosidad  para  la  historia  de  la  poesía  romántica  la  Pat?aña  séti* 
ma,  «De  este  cuento  pasado  hay  hecha  comedia,  llamada  de  la  Duquesa  de  la  Bosa» . 
Esta  comedia  existe  y  es  la  más  notable  de  las  tres  que  nos  quedan  del  famoso  repre- 
sentante Alonso  de  la  Vega.  Pero  ni  la  novela  está  tomada  de  la  comedia  ni  la  comedia 
de  la  novela.  Alonso  de  la  Vega  y  Juan  de  Timoneda  tuvieron  un  mismo  modelo,  que 
es  la  novela  44,  parte  2.*  de  las  de  Bandello,  titulada  Amare  di  Don  Oiovanni  di  Men^ 
doxa  e  delta  Duchessa  di  Savoja^  con  varíi  e  mirabili  accidenti  che  v'  inter lengona. 
Bandello  pone  esta  narración  en  boca  de  su  amigo  el  noble  milanos  Filipo  Baldo,  que 
decía  habérsela  oído  á  un  caballero  español  cuando  anduvo  por  estos  reinos  (*),  y  en 
efecto,  tiene  semejanza  con  otras  leyendas  caballerescas  españolas  de  origen  ó  aclima- 
tadas muy  de  antiguo  en  nuestra  literatura  (^).  El  relato  de  Bandello  es  muy  largo  y 
recargado  de  peripecias,  las  cuales  en  parte  suprimen  y  en  parte  abrevian  sus  imitadores. 
Uno  y  otro  cambian  el  nombre  de  Don  Juan  de  Mendoza,  acaso  porque  no  les  pareció 
conveniente  hacer  intervenir  un  apellido  español  de  los  más  históricos  en  un  asunto  de 
pura  invención.  Timoneda  le  llamó  el  Conde  de  Astre  y  Alonso  de  la  Vega  el  infante 
Dulcelirio  de  Castilla.  Para  borrar  todas  las  huellas  históricas,  llamaron  entrambos 
duquesa  de  la  Rosa  á  la  de  Saboya.  Uno  y  otro  convienen  en  suponerla  hija  del  rey  de 
Dinamarca,  y  no  hermana  del  rey  de  Inglaterra,  como  en  Bandello.  De  los  nombres  de 
la  novela  de  éste  Timoneda  conservó  únicamente  el  de  Apiano  y  Alonso  de  la  Vega 
ninguno. 

Timoneda  hizo  un  pobrísimo  extracto  de  la  rica  novela  de  Bandello:  omitiendo  el 
viaje  de  la  hermana  de  Don  Juan  de  Mendoza  á  Italia,  la  fíngida  enfermedad  de  la 
duquesa  y  la  intervención  del  módico,  dejó  casi  sin  explicación  el  viaje  á  Santiago; 

(I)  cNoveUa  XXII.  Narra  íl  sígn.  Scípione  Attellano  come  íl  sig.  Timbreo  di  Curlona,  csseado 
>col  Re  Fiero  d*  Ara/^ona  in  Messina,  s'  innamora  di  Fenicia  Lionata,  e  i  varii  e  fortunevoli  accidenti 
>che  avennero  prima  che  per  moglie  la  prendesse.]» 

Novelledi  Matíeo  Bandello,  Milano,  Silvestri,  1818.  T.  II,  pp.  99-15G. 

(*)  Vid.  Oiigenei  de  la  novela^  t.  I,  p.  OOLVII. 

(»)  Dualop-Liebrecht,  p.  288. 

(*)  «Vi  narrerú  una  mirabile  istoria  che  giá  da  un  cavaliere  Spagnuolo,  essendo  io  altre  volte  in 
ik-Spagna,  mi  fu  narrata.]» 

Vid.  Novelle  di  Matteo  Bandello,,,  Volume  sesio^  Milán,  1814,  pp.  187-145. 

O  La  más  antigua  é  importante  de  estas  leyendas  es  la  de  la  libertad  de  la  emperatriz  de  Ale- 
mania por  el  Conde  dA  Barcelona,  sobre  la  cual  he  escrito  largamente  en  el  tomo  II  do  mi  Tratado 
de  lo9  romanee»  viejos  (pp.  271-276).  En  la  Rosa  Gentil  áe\  mismo  Timoneda  (n.°  1C2  de  la  Primavera 
de  Wolf)  hay  un  largo  y  prosaico  romance  juglaresco  sobre  este  tema. 

Es  leyenda  de  origen  provenzal,  y  debió  de  popularizarse  muy  pronto  en  Cataluña;  pero  antes 
que  Desclot  la  consignase  en  su  Crónica  existia  ya  una  variante  castellana  (la  falsa  acusación  de  la 
Keina  de  Navarra  defendida  por  su  entenado  D.  Ramiro),  que  recogieron  el  arzobispo  D.  Rodrigo  y 
la  Crónica  general. 


Liv  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

suprimió  on  el  desenlace  el  reconocimiento  por  medio  del  anillo  y  en  cuatro  líneas  secas 
despachó  el  incidente  tan  dramático  de  la  confesión.  En  cambio,  añade  de  su  cosecha 
una  impertinente  carta  de  los  embajadores  de  la  duquesa  de  la  Kosa  al  rey  de  Di- 
namarca. 

Alonso  de  la  Vega,  que  dio  en  esta  obra  pruebas  de  verdadero  talento,  dispuso  la 
acción  mucho  mejor  que  Timoneda  y  que  el  mismo  Bandello  (*).  No  cae  en  el  absurdo, 
apenas  tolerable  en  los  cuentos  orientales,  de  hacer  que  la  duquesa  se  enamore  loca- 
mente de  un  caballero  á  quien  no  había  risto  en  la  vida  y  sólo  conocía  por  fama,  y 
emprenda  la  más  desatinada  peregrinación  para  buscarle.  Su  pasión  no  es  ni  una  insen- 
sata veleidad  romántica,  como  en  Timoneda,  ni  un  brutal  capricho  fisiológico,  como  en 
Bandello,  que  la  hace  adúltera  de  intención,  estropeando  el  tipo  con  su  habitual  cinis- 
mo. Es  el  casto  recuerdo  de  un  inocente  amor  juvenil  que  no  empana  la  intachable 
pureza  de  la  esposa  fiel  á  sus  deberes.  Si  emprende  el  viaje  á  Santiago  es  para  implorar 
del  Apóstol  la  curación  de  sus  dolencias.  Su  romería  es  un  acto  de  piedad,  el  cumpli- 
miento de  un  voto;  no  es  una  farsa  torpe  y  liviana  como  en  Bandello,  preparada  de 
concierto  con  el  médico,  valiéndose  de  sacrilegas  supercherías.  Cuando  la  heroína  de 
Alonso  de  la  Vega  encuentra  en  Burgos  al  infante  Dulcelirio,  ni  él  ni  ella  se  dan  á 
conocer:  sus  almas  se  comunican  en  silencio  cuando  el  infante  deja  caer  en  la  copa  que 
ofrece  á  la  duquesa  el  anillo  que  había  recibido  de  ella  al  despedirse  de  la  corte  de  su 
padre  en  días  ya  lejanos.  La  nobleza,  la  elevación  moral  de  esta  escena,  honra  mucho  á 
quien  fue  capaz  de  concebirla  en  la  infancia  del  arte. 

Como  Timoneda  y  Alonso  de  la  Vega,  aunque  con  méritos  desiguales,  coinciden  en 
varias  alteraciones  del  relato  de  Bandello,  hay  lugar  para  la  suposición,  apuntada 
recientemente  por  D.  Ramón  Menéndez  Pidal  (*),  de  un  texto  intermedio  entre  Ban- 
dello y  los  dos  autores  españoles. 

Otras  dos  patrañas,  la  1.*  y  la  13.*,  reproducen  también  argumentos  de  comedias, 
según  expresa  declaración  del  autor;  pero  estas  comedias,  una  de  las  cuales  existe  toda- 
vía, eran  seguramente  de  origen  novelesco  ó  italiano.  De  la  Feliciana  no  queda  más 
noticia  que  la  que  da  Timoneda.  La  Tolomea  es  la  primera  de  las  tres  que  se  conocen 
de  Alonso  do  la  Vega,  y  sin  duda  una  de  las  farsas  más  groseras  y  desatinadas  que  en 
tiempo  alguno  so  han  visto  sobre  las  tablas.  Su  autor  se  dio  toda  la  maña  posible  para 
estropear  un  cuento  que  ya  en  su  origen  era  vulgar  y  repugnante.  No  pudo  sacarle 
del  Patrañuelo^  obra  impresa  después  de  su  muerte  y  donde  está  citada  su  comedia,  de 
la  cual  se  toman  literalmente  varias  frases.  Hay  que  suponer,  por  tanto,  un  modelo 
italiano,  que  no  ha  sido  descubierto  hasta  ahora.  Los  dos  resortes  principales  de  la 
comedia,  el  trueque  de  niños  en  la  cuna  y  el  incesto  de  hermanos  (no  lo  eran  realmente 
Argentina  y  Tolomeo,  pero  por  tales  se  tenían),  pertenece  al  fondo  común  de  los  cuen- 
tos populares  (^). 

La  patraña  cuarta^  aunque  de  antiquísimo  origen  oriental,  fue  localizada  en  Roma 
por  la  fantasía  de  la  Edad  Media  y  forma  parte  de  la  arqueología  fabulosa  de  aquella 
ciudad.  «Para  entondimiento  de  la  presente  patraña  es  de  saber  que  hay  en  Roma, 

(*)  Vid,  Tres  comedias  de  Alonso  de  la  Vega,  con  un  prólogo  de  D,  Marcelino  Menéndez  y  Pela- 
yo.  Dresden,  1905  {Gesellschaft  fár  romanische  Uteraiur,  Band.  6). 
Q)  Cultura  Española,  Mayo  de  1906,  pág.  467. 
(^)  Vid.  los  paradigmas  que  apunta  Oesterley  en  sus  notas  al  Gesta  Romanoimm^  p.  730. 


INTRODUCCIÓN  lv 

í  dentro  de  los  muros  della,  al  pie  del  monte  Aveutiiio,  una  piedra  á  modo  de  molino 
•grande  que  en  medio  della  tiene  una  cara  casi  la  media  de  león  y  la  media  de  hom- 
»bre,  con  una  boca  abierta,  la  cual  hoy  en  día  se  llama  la  piedra  de  la  verdad...  la  cual 
3  tenía  tal  propiedad,  que  los  que  iban  á  jurar  para  hacer  alguna  salva  ó  satisfacción  de 
>lo  que  les  inculpaban,  metían  la  mano  en  la  boca,  y  si  no  decian  verdad  de  lo  que  les 
>era  interrogado,  el  ídolo  ó  piedra  cerraba  la  boca  y  les  apretaba  la  mano  de  tal  ma- 
guera, que  era  imposible  poderla  sacar  hasta  que  confesaban  el  delito  en  que  hablan 
>caido;  y  si  no  tenian  culpa,  ninguna  tuerza  los  hacía  la  piedra,  y  ansí  eran  salvos  y 
-sueltos  del  crimen  que  les  era  impuesto,  y  con  gran  triunfo  les  volvían  su  fama  y 
>  libei-tad» . 

Esta  piedra,  que  parece  haber  sido  un  mascarón  de  fuente,  se  ve  todavía  en  el  pór- 
tico de  la  iglesia  de  Santa  Marta  in  Cosmedino  y  conserva  el  nombre  de  Bocea  della 
Verit(\  que  se  da  tambión  á  la  plaza  contigua.  Ya  en  los  Mirabüia  urbis  Roniae^  pri- 
mer texto  que  la  menciona,  está  considerada  como  la  boca  de  un  oráculo.  íero  la  fan- 
tasía avanzó  más,  haciendo  entrar  esta  antigualla  en  el  ciclo  de  las  leyendas  virgilia- 
nas.  El  poeta  Virgilio,  tenido  entonces  por  encantador  y  mago,  había  labrado  aquella 
efigie  con  el  principal  objeto  de  probar  la  lealtad  conyugal  y  apretar  los  dedos  á  las 
adúlteras  que  osasen  prestar  falso  juramento.  Una  de  ellas  logró  esquivar  la  prueba, 
haciendo  que  su  oculto  amante  se  fingiese  loco  y  la  abrazase  en  el  camino,  con  lo  cual 
pudo  jurar  sobre  seguro  que  sólo  su  marido  y  aquel  loco  la  habían  tenido  en  los  bra- 
zos; Virgilio,  que  Heno  de  malicia  contra  el  sexo  femenino  había  imaginado  aquel  arti- 
ficio mágico  para  descubrir  sus  astucias,  tuvo  que  confesar  que  las  mujeres  sabían  más 
que  él  y  podían  dar  lecciones  á  todos  los  nigromantes  juntos. 

Este  cuento,  como  casi  todos  los  que  tratan  de  «engaños  de  mujeres» ,  fue  primiti- 
Tamente  indio;  se  encuentra  en  el  (^uhasaptati  ó  libro  del  Papagayo  y  en  una  colección 
tibetana  ó  mongólica  citada  por  Benfey.  El  mundo  clásico  conoció  también  una  anéc- 
dota muy  semejante,  pero  sin  intervención  del  elemento  amoroso,  que  es  común  al 
relato  oriental  y  á  la  leyenda  virgiliana.  Comparettí,  que  ilustra  doctamente  esta  leyen- 
da en  su  obra  acerca  de  Virgilio  en  la  Edad  Media,  cita  á  este  propósito  un  texto  de 
Macrobio  (Sai,  I,  6,  30).  La  atribución  á  Virgilio  se  encuentra  por  primera  vez,  según 
el  mismo  filólogo,  en  una  poesía  alemana  anónima  del  siglo  xiv;  pero  hay  muchos  tex- 
tos posteriores,  en  que  para  nada  suena  el  nombre  del  poeta  latino  (*).  uno  de  ellos  es 
el  cuento  de  Timoneda,  cuyo  original  verdadero  no  ha  sido  determinado  hasta  ahora, 
ya  que  no  puede  serlo  ninguna  de  las  dos  novelas  italianas  que  Liebrecht  apuntó.  La 
íábula  2.*  de  la  cuarta  Noche  de  Straparola  (*)  no  pasa  en  Roma,  sino  en  Atenas,  y  carece 
de  todos  los  detalles  arqueológicos  relativos  á  la  Bocea  della  Veritá,  los  cuales  Timo- 
neda conservó  escrupulosamente.  Además,  y  esto  prueba  la  independencia  de  las  dos 
versiones,  no  hay  en  la  de  Straparola  rastro  de  dos  circunstancias  capitales  en  la  de 
límoneda:  la  intervención  del  nigromante  Paludio  y  la  herida  en  un  pie  que  finge  la 

(t)  Virgilio  mi  Medio  Evo  (Liorna,  1872),  t.  II,  pp.  120-128. 

O  ((Argumento.  Glauco  cavallero  de  Alhenas  recibió  por  adoptiva  espoail  a  PliileniaCéturiona, 
97  por  el  grande  celo  que  delia  tenia  la  acusó  por  adultera  ante  el  juez,  y  por  intercession  y  astucia 
>de  Hipólito  8u  amigo  fué  libre,  y  Glauco  sn  marido  condenado  n  muerte.i» 

Parte  primera  del  honesto  y  agradcihle  entretenimiento  de  Damas  y  Galanes,.,  Pamplona,  1612, 
p.  146  vta.  Es  la  traducción  de  Francisco  Truchado* 


Lvi  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

mujer  adúltem  para  que  venga  su  amanto  á  sostenerla,  no  en  traza  y  ademán  de  loco, 
sino  en  hábito  de  \'iIIano.  De  la  novela  98  de  Celio  Malespini  no  hay  que  hacer  cuenta, 
puesto  que  la  primera  edición  que  se  cita  de  las  Ducento  Novelle  de  este  autor  es  de 
1609,  y  por  tanto  muy  posterior  al  Patrañuelo  (*). 

Tampoco  creo  que  la  patraña  17  venga  en  línea  recta  de  la  68  de  las  Genio  Aoie- 
lU  Antiche^  porque  esta  novela  es  una  de  las  diez  y  ocho  que  aparecieron  por  primera 
vez  en  la  edición  de  1572,  dirigida  por  Vincenzio  Borghini  (*),  seis  años  después  de 
haber  sido  aprobado  para  la  impresión  el  librillo  de  Timoneda.  Más  verosímil  es  que 
éste  la  tomase  del  capítulo  final  (283)  del  Gesta  Roinanoriim  (^).  Pero  son  tan  nume- 
rosos los  libros  profanos  y  devotos  que  contienen  la  ejemplar  historia  del  calumniador 
que  ardió  en  el  horno  encendido  para  el  inocente,  que  es  casi  superfina  esta  averigua- 
ción, y  todavía  lo  sería  más  insistir  en  una  leyenda  tan  famosa  y  universalmente  divul- 
gada, que  se  remonta  al  Somadeva  y  á  los  cuentos  de  Los  Siete  Visires  (sin  contar 
otras  versiones  en  árabe,  en  bengalí  y  en  turco),  que  tiene  en  la  Edad  Media  tantos 
paradigmas,  desde  el  fablinu  francés  del  rey  que  quiso  hacer  quemar  al  hijo  de  su 
senescal,  hasta  nuestra  leyenda  del  paje  de  Santa  Isabel  de  Portugal,  cantada  ya  por 
Alfonso  el  Sabio  (*),  y  que,  después  de  pasar  por  infinitas  transformaciones,  toda\'ía 
prestó  argumento  á  Schiller  para  su  bella  balada  Frí/iolin^  imitada  do  una  novela  de 
Kestif  de  la  Bretonne. 

Lo  que  sí  advertiremos  es  que  el  cuento  de  Timoneda,  lo  mismo  que  la  versión 
catalana  del  siglo  xv,  servilmente  traducida  del  fabliau  francés  (*),  pertenecen  á  la  pri- 
mitiva forma  de  la  leyenda  oriental,  que  es  también  la  más  grosera  y  menos  poética, 
en  que  el  acusado  no  lo  es  de  adulterio,  como  en  las  posteriores,  sino  de  haber  dicho 
que  el  rey  tenía  lepra  ó  mal  aliento  (*'). 

La  patraña  catorcena  es  el  cuento  generalmente  conocido  en  la  literatura  folkló^ 
rica  con  el  título  de  El  Rey  Juaii  y  el  Abad  de  Gantorbery.  No  creo,  por  la  razón  cro- 
nológica ya  expuesta,  que  Timoneda  le  tomase  de  la  novela  4.*  de  Sacchetti  {^\  que  es 
mucho  más  complicada  por  cierto,  ni  tampoco  del  canto  8.^  del  Orlandino  de  Teófilo 
Folengo,  donde  hay  un  episodio  semejante.  Este  cuento  vive  en  la  tradición  oral,  y  de 
ella  hubo  de  sacarle  inmediatamente  Timoneda,  por  lo  cual  tiene  más  gracia  y  frescura 

(*)  Vid.  Gamba  (Bartolommeo),  Delle  Novelle  italiane  in  prosa.  BihUografia.  Florencia,  1835. 
PP.  182-133. 

O  Sobre  las  diferencias  de  estas  primitivas  ediciones,  véase  el  precioso  estudio  de  Alejandro 
de  Ancona,  Del  Novellino  e  delle  sue  fonti  (Studi  di  Critica  e  Storia  Letteraria,  Bolonia,  1880),  pági- 
nas 219-359. 

(•)  Gesta  Romanorum,  ed.  Oesterley,  p.  300,  y  una  rica  serie  de  referencias  en  la  p,  749. 

(*)  Cantiga  78.  Parece  haber  venido  de  Provenza.  El  conde  de  Tolosa  es  quien  manda  quemar 
á  su  privado. 

(')  Publicada  por  Morel-Fatio  en  la  Romanía,  t.  V,  con  una  noticia  muy  interesante  de  Gastón 
Paris. 

(')  Opina  Gastón  París  que  los  cuentos  occidentales  de  )a  primera  serie  (lepra,  mal  aliento)  pro- 
ceden de  una  de  las  dos  versiones  árabes,  y  les  de  la  segunda  serie  (adulterio)  do  la  otra,  por  inter- 
medio de  un  texto  bizantino. 

(^)  QcMesser  Bernabó  signore  di  Melano  comanda  a  uno  Abate,  che  lo  chiarisca  di  quattro  cosa 
»impo8sibili,  di  che  uno  mugnajo,  vestitosi  de*  panni  dello  Abate,  per  lui  le  chiarisce  in  forma  che 
]»rimane  Abate,  e  TAbate  rimane  mugnajo.» 

(Novelle  di  Franco  Sacchetti,,.  T.  I,  pp.  7-10. 


N. 


INTRODUCCIÓN  lvii 

y  al  mismo  tiempo  más  precisión  esquemática  que  otros  suyos,  zurcidos  laboriosamente 
con  imitaciones  literarias.  Todos  hemos  oído  este  cuento  en  la  infancia  y  en  nuestros 
días  le  ha  vuelto  á  escribir  Trueba  con  el  título  de  La  Gramática  parda  (*).  En  Cata- 
luña la  solución  de  las  tres  preguntas  se  atribuye  al  Kector  de  Vallfogona,  que  carga 
allí  con  la  paternidad  de  todos  los  chistes,  como  Quevedo  en  Castilla.  Quiero  transcri- 
bir la  versión  de  Timoneda,  no  sólo  por  ser  la  más  antigua  de  las  publicadas  en  España 
y  qmzá  la  más  fíel  al  dato  tradicional,  sino  para  dar  una  muestra  do  su  estilo  como 
cuentista,  más  sabroso  que  limado. 

«Queriendo  cierto  rey  quitar  el  abadía  á  un  muy  honrado  abad  y  darla  á  otro  por 

>  ciertos  revolvedores,  llamóle  y  díxole:  «Reverendo  padre,  porque  soy  informado  que 
no  sois  tan  docto  cual  conviene  y  el  estado  vuestro  requiere,  por  pacificación  de  mi 
reino  y  descargo  de  mi  consciencia,  os  quiero  preguntar  tres  preguntas,  las  cuales,  si 

>por  vos  me  son  declaradas,  haréis  dos  cosas:  la  una  que  queden  mentirosas  las  perso- 
3 ñas  que  tal  os  han  levantado;  la  otra  que  os  confirmaré  para  toda  vuestra  vida  el  aba- 
'^día,  y  si  no,  habréis  de  perdonar^ .  A  lo  cual  respondió  el  abad:  «Diga  vuestra  alteza, 
5 que  yo  haré  toda  mi  posibilidad  de  habellas  de  declarar».  «Pues  sus,  dijo  el  rey.  La 
» primera  que  quiero  que  me  declaréis  es  que  me  digáis  yo  cuánto  valgo;  y  la  segunda, 

>  que  adonde  está  el  medio  del  mundo,  y  la  tercera,  qué  es  lo  que  yo  pienso.  Y  porque 
5  no  penséis  que  os  quiero  apremiar  que  me  las  declaréis  de  improviso,  andad,  que  un 
>mes  08  doy  de  tiempo  para  pensar  en  ello» . 

>  Vuelto  el  abad  á  su  monesterio,  por  más  que  miró  sus  libros  y  diversos  autores, 

>  por  jamás  halló  para  las  tres  preguntas  respuesta  ninguna  que  suficiente  fuese.  Con 
?esta  imaginación,  como  fuese  por  el  monesterio  argumentando  entre  sí  mismo  muy 
5  elevado,  díjole  un  dia  su  cocinero:  «¿Qué  es  lo  que  tiene  su  paternidad?»  Celándoselo 
>el  abad,  tornó  á  replicar  el  cocinero  diciendo:  «No  dexe  de  decírmelo,  señor,  porque  á 

>  veces  debajo  de  ruin  capa  yace  buen  bebedor,  y  las  piedi*as  chicas  suelen  mover  las 
agrandes  carretas».  Tanto  se  lo  importunó,  que  se  lo  hubo  de  decir.  Dicho,  dixo  el  coci- 
>nero:  «Vuestra  paternidad  haga  una  cosa,  y  es  que  me  preste  sus  ropas,  y  raparéme 
>esta  barba,  y  como  le  parezco  algún  tanto  y  vaya  de  par  de  noche  en  la  presencia  del 
>rey,  no  se  dará  á  cato  del  engaño;  así  que  teniéndome  por  su  paternidad,  yo  le  pro- 
3 meto  de  sacarle  deste  trabajo,  á  fe  de  quien  soy». 

» Concediéndoselo  el  abad,  vistió  el  cocinero  de  sus  ropas,  y  con  su  criado  detrás, 
>con  toda  aquella  cerimonia  que  convenía,  \ino  en  presencia  del  rey.  El  rey,  como  le 
jvido,  hízole  sentar  cabe  de  sí  diciendo:  «Pues  ¿qué  hay  de  nuevo,  abad?»  Respondió 
=  61  cocinero:  «Vengo  delante  de  vuestra  alteza  para  satisfacer  por  mi  honra».  «¿Así? 
iídijo  el  rey:  veamos  qué  respuesta  traéis  á  mis  tres  preguntas».  Respondió  el  cocinero: 
¿Primeramente  á  lo  que  me  preguntó  vuestra  alteza  que  cuánto  valía,  digo  que  vale 

>  veinte  y  nueve  dineros,  porque  Cristo  valió  treinta.  Lo  segundo,  que  donde  está  el  me- 
3  dio  mundo,  es  a  do  tiene  su  alteza  los  pies;  la  causa  que  como  sea  redondo  como  bola, 

>  adonde  pusieren  el  pié  es  el  medio  del;  y  esto  no  se  me  puede  negar.  Lo  tercero  que 
3  dice  vuestra  alteza,  que  diga  qué  es  lo  que  piensa,  es  que  cree  hablar  con  el  abad,  y 
>está  hablando  con  su  cocinero» .  Admirado  el  rey  desto,  dixo:  «Qué,  ¿éso  pasa  en  ver- 
>dad?»  Respondió:  «Sí,  señor,  que  soy  su  cocinero,  que  para  semejantes  preguntas  era 

(')  En  sus  Cuentón  Popularen. 


Lviii  orígenes  de  la  novela 

»yo  suficiente,  y  no  mi  señor  el  abad».  Viendo  el  rey  la  osadía  y  viveza  del  cocinero, 
»no  sólo  le  confirmó  la  abadía  para  todos  los  dias  de  su  vida,  pero  hízole  infinitas  mer- 
» cedes  al  cocinero». 

Sobre  el  argumento  de  la,  paira Ff a  12.''  versa  una  de  las  piezas  (jue  Timoneda  pu- 
blicó en  su  rarísima  Turíana:  Pa^o  de  dos  ciegos  y  un  moxo  muy  gracioso  para  la 
noche  de  Navidad  (V.  Timoneda  fue  editor  de  estas  obras,  pero  no  consta  con  cci-teza 
que  todas  salieran  do  su  pluma.  De  cualquier  modo,  el  Paso  estaba  escrito  en  1563, 
antes  que  el  cuenteciilo  de^i?/  Patrañuelo^  al  cual  aventaja  mucho  en  desenfado  y 
chiste.  Con  ser  tan  breves  el  paw  y  la  patraña,  todavía  es  verosímil  que  procedan  do 
algiuia  floresta  cómica  anterior  (*). 

Aunque  Timoneda  no  sea  precursor  inmediato  de  Cervantes,  puesto  que  entre 
el  PatraTiuelo  y  las  Novelas  Ejemplares  se  encuentran,  por  lo  menos,  cuatro  colec- 
ciones de  alguna  impoi-tancia,  todas,  excepto  la  portuguesa  de  Troncóse,  pertenecen 
á  los  primeros  años  del  siglo  xvii,  por  lo  cual,  antes  de  tratar  de  ellas,  debo  decir 
dos  palabras  de  los  libros  de  anécdotas  y  chistes,  análogos  al  Sobremesa^  que  esca- 
sean menos,  si  bien  no  todos  llegaron  á  imprimirse  y  algunos  han  perecido  sin  dejar 
rastro. 

Tal  acontece  con  dos  libros  de  cuentos  varios  que  D.  Tomás  Tamayo  de  Vargas  cita 
en  su  Junta  dé\libros  la  mayor  que  España  ha  visto  en  su  lengua,  de  donde  pasó  la 
noticia  á  Nicolás  Antonio.  Fueron  sus  autores  dos  clarísimos  ingenios  toledanos:  Alonso 
de  Villegas  y  Sebastián  de  Horozco,  aventajado  el  primero  en  géneros  tan  distintos 
como  la  prosa  picaresca  de  la  Comedia  Selvagia  y  la  narración  hagiográfica  del  Flos 
Sanctorum;  poeta  el  segundo  de  festivo  y  picante  humor  en  sus  versos  do  burlas,  inci- 
piente dramaturgo  en  representaciones,  entremeses  y  coloquios  que  tienen  más  de  pro- 
fano que  de  sagrado;  narrador  fácil  y^  ameno  de  sucesos  de  su  tiempo;  colector  incan- 
sable de  memorias  históricas  y  de  proverbios;  ingenioso  moralista  con  puntas  de  satírico 
en  sus  glosas.  Las  particulares  condiciones  de  estos  autores,  dotados  uno  y  otro  de  la 
facultad  narrativa  en  grado  no  vulgar,  hace  muy  sensible  la  pérdida  de  sus  cuentos, 
irreparable  quizá  para  Alonso  de  Villegas,  (|ue  entregado  á  graves  y  religiosos  pensa- 
mientos en  su  edad  madura,  probablemente  liaría  desaparecer  estos  livianos  ensayos  de 
su  mocedad,  así  como  pretendió  con  ahinco,  aunque  sin  fruto,  destruir  todos  los  ejem- 

(*)  Saldrá  reimpreso  muy  pronto  por  la  Sociedad  de  Bíblióñlos  de  Valencia  con  las  demás  piezas 
dramáticas  de  Timoneda. 

(*)  La  patraña  sexta  tiene  seguramente  origen  italiano,  como  casi  todas;  pero  no  puede  ser  la 
novela  cuarta  de  Sercarabi  de  Luca,  citado  á  este  propósito  por  Liebrecht,  porque  los  cuentos  de  este 
autor  del  siglo  xv  estuvieron  inéditos  hasta  1816,  en  que  imprimió  Gamba  algunos  de  ellos.  Más 
bien  puede  pensarse  en  la  novela  nona  de  la  primera  década  de  los  Hecatommithi  de  Giraldi  Ohin- 
thio:  aFilargiro  perde  una  borsa  con  molti  scudi,  promette,  per  publico  bando,  a  chi  gliela  dá  buen 
iftguiderdone;  poi  che  V  ha  ritrovata,  cerca  di  non  servar  la  promessa,  et  cgli  perde  i  ritrovati  denari 
Din  castigo  della  sna  frode.D 

(Hecatommithi  ovvero  Novele  di  M,  Qiovanhattitta  Giraldi  Cinthio  nohile  ferrarese.,.  Di  nuovo 
rivedutey  corrette,  et  riformate  in  questa  terza  impreaione  In  Vinegia^  appresso  Enea  de  A  taris  1574» 
PP.  84-85. 

Es  curiosa  esta  patraña  de  Timoneda,  porque  de  ella  pudo  tomar  Cervantes  el  chiste  del  asno 
desrabado  del  aguador,  para  trasplantarle  á  La  ilustre  fregona^  como  ya  indicó  Gallardo  {Ensayo,  III, 
738).  Por  cierto  que  de  este  asno  no  hay  rastro  en  la  novela  de  Giraldi,  que  sólo  tiene  una  seme- 
janza genérica  con  la  de  Timoneda,  y  tampoco  me  parece  su  fuente  directa. 


INTRODUCCIÓN  lix 

piares  de  su  Selvaf/ia^  comedia  del  género  de  las  Celestinas  (*).  Pero  no  pueden  presu- 
mirse tilles  escrúpulos  en  Sebastián  de  Horozco,  que  en  su  Cancionero  tantas  veces 
traspasa  la  raya  del  decoro,  y  que  toda  su  vida  cultivó  asiduamente  la  literatura  pro- 
ÍEma.  Conservemos  la  esperanza  de  que  algún  día  desentierre  cualquier  afortunado 
investigador  su  Libido  de  cuentos;  del  modo  que  han  ido  apareciendo  sus  copiosas  rela- 
ciones históricas,  su  Recopilacián  de  refranes  y  adagios  comunes  y  vulgares  de  Espaí/a, 
que  no  en  vano  llamó  «la  mayor  y  más  copiosa  que  liasta  ahora  se  ha  hecho» ,  puesto 
que,  aun  incompleta  como  está,  comprende  más  de  ocho  mil;  y  su  Teatro  universal  de 
proi^erbios^  glosados  en  verso,  donde  se  encuentran  incidentalmente  algunos  «cuentos 
graciosos  y  fábulas  moralizadas» ,  siguiendo  el  camino  abierto  por  Juan  de  Mal  Lara, 
pero  con  la  novedad  de  la  forma  métrica  (2). 

Jíin  su  entretenido  libro  Sales  Españolas  ha  recopilado  el  docto  bibliotecario  D.  An- 
tonio Paz  y  Melia,  á  (luien  tantos  obsequios  del  mismo  género  deben  nuestras  letras, 
varias  pequeñas  colecciones  de  cuentos,  inéditas  hasta  el  presente.  Una  de  las  más  anti- 
guas es  la  que  lleva  el  título  latino  de  Líber  fa^etiarum  el  similitudi7ium  Ludovici  di 
Pinedo  et  ami<ioruin,  aunque  esté  en  castellano  todo  el  contexto  (^).  Las  facecias  do 
Pinedo,  como  las  de  Poggio,  parecen,  en  efecto,  compuestas,  no  por  una  sola  persona, 
riño  por  una  tertulia  ó  reunión  de  amigos  de  buen  humor,  comensales  acaso  do  D.  Diego 
de  Mendoza  ó  formados  en  su  escuela,  según  conjetura  el  editor,  citando  palabras  tex- 
tuales de  una  carta  de  aquel  grande  hombre,  que  han  pasado  á  uno  de  los  cuentos  (*). 

(')  MSelvagia  Comedia  ad  Celestinee  i'jnitationem  olim  confecerat,  quam  tamen  supprimere  luaxi- 
>me  voluit  curavitque  jam  major  annis,  totusque  aludió  pietatis  dedttus.]>  (Bibl.  Hisp.  Nov.,  I,  p.  55.) 

(')  Trati  extensamente  de  ambas  colecciones,  inéditas  aún,  D.  Antonio  Martín  Gamero  en  las 
eruditas  Cartas  literarias  que  preceden  al  Cancionero  de  Sebastián  de  Horozco  publicado  por  la  Socie- 
dad de  Bibliófilos  Andaluces  (Sevilla,  1874). 

Compuso  Horozco  otros  opúsculos  de  curiosidad  y  donaire,  entre  ellos  unos  coloquios  (en  prosa) 
de  ranos  personajes  con  el  Eco.  Dos  de  los  interlocutores  son  un  fraile  contento  y  una  monja  des- 
contenta (Vid.  apéndice  al  Cancionero^  p.  263  y  ss.). 

Hijo  de  este  ingenioso  es'jritory  heredero  suyo  en  la  tendencia  humoristica  y  en  la  afición  á  los 
prorerbios  fue  el  famoso  lexicó.e^rafo  D.  Sebastián  de  Oobarrnbias  y  Horozco,  de  cuyo  Tesoro  de  la 
kñgua  castellana  (Madrid,  1600),  que  para  tantas  cosas  es  brava  mina,  pueden  extraerse  picantes 
anécdotas  y  chistosos  ras<;08  de  costumbres. 

También  en  el  Vocabulario  de  refranes  del  Maestro  Gonzalo  Correas,  recientemente  dado  á  luz 
por  el  P.  Mir,  se  encaentran  datos  útiles  para  la  novelística.  Sirva  de  ejemplo  el  cuento  siguiente, 
que  corresponde  al  exemplo  43  de  El  Conde  Lucanor  («del  cuerdo  y  del  Iocod),  pero  que  no  está 
tomado  de  aquel  libro,  sino  de  la  tradición  vulgar: 

cEn  Chinchilla,  lugar  cerca  de  Cuenca,  había  un  loco  que,  persuadido  de  holgazanes,  llevaba 
un  palo  debajo  de  la  falda,  y  en  viniendo  algún  forastero,  se  llegaba  á  él  con  disimulación,  pregun- 
tándole de  dónde  era  y  á  qué  venía,  le  daba  tres  ó  cuatro  palos,  con  lo  que  los  otros  se  reían,  y  luego 
loi  apaciguaban  con  la  excusa  de  ser  loco.  Llegó  un  manchego,  y  tuvo  noticia  en  la  posada  de  lo 
que  bacía  el  loco,  y  prevínose  de  un  palo,  acomodado  debajo  de  su  capa,  y  fuese  á  la  plaza  á  lo  que 
lubia  menester.  Llegósele  el  loco,  y  adelantóse  el  manchego  y  dióle  muy  buenos  palos,  con  que  le 
hizo  ir  huyendo,  dando  voces  y  diciendo:  ¡Gente,  cuidado,  que  otro  loco  hay  en  Cliinchillu!». 

Otros  cuentos  están  tomados  de  la  Floresta  de  Santa  Cruz. 

O  Sales  españolas  ó  a^idezas  del  ingenio  nacional  recogidas  por  A,  Paz  y  Melia.  Madrid,  1890. 
(En  la  Colección  de  Escritores  Castellanos,  pp.  253-317.) 

(^)  cEo  las  Cortes  de  Toledo  fuibteis  de  parecer  que  pechasen  los  hijodalgo;  allí  os  acuchillas- 
teis con  un  alguacil,  y  habéis  casado  vuestra  hija  con  Sancho  de  Paz:  no  tratéis  de  honra,  qu»  el  rey 
tiene  barta».  (Curta  ul  Duque  del  Infantado.)  (Cf»  Pinedo,  p.  27*2  ) 


Lx  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

De  todos  modos,  la  colección  debió  de  ser  formada  en  los  primeros  años  del  reinado  de 
Felipe  lí,  pues  no  alude  á  ningún  suceso  posterior  á  aquella  fecha.  El  recopilador  era, 
al  parecer,  castellano  viejo  ó  había  hecho,  á  lo  menos,  larga  residencia  en  tierra  de 
Campos,  porque  se  muestra  particularmente  enterado  de  aquella  comarca.  El  Libro  de 
chistes  es  anterior  sin  disputa  al  Sobremesa  de  Timoneda  y  tiene  la  ventaja  de  no  con- 
tener más  que  anécdotas  españolas,  salvo  un  pequeño  apólogo  de  la  Verdad  y  unos 
problemas  de  aritmética  recreativa.  Y  estas  anécdotas  se  refieren  casi  siempre  á  los 
personajes  más  famosos  del  tiempo  de  los  Reyes  Católicos  y  del  Emperador,  lo  cual  da 
verdadero  interés  histórico  á  esta  floresta.  No  creo  ([uo  Melchor  de  Santa  Cruz  la  apro- 
vechase, porque  tienen  muy  pocos  cuentos  comunes,  y  aun  éstos  referidos  con  muy 
diversas  palabras,  Pero  los  personajes  de  uno  y  otro  cuentista  suelen  sor  los  mismos, 
sin  duda  porque  dejaron  en  Castilla  tradicional  reputación  de  sentenciosos  y  agudos,  de 
burlones  ó  do  exti-avagantes:  el  médico  Villalobos,  el  duque  de  Nájera,  el  Almirante  de 
Castilla,  el  poeta  Garci  Sánchez  de  Badajoz,  que  por  una  amorosa  pasión  adoleció  del 
seso.  Por  ser  breves,  citaré,  sin  particular  elección,  algunos  de  estos  cuentecillos,  para 
dar  idea  de  los  restantes. 

Sobre  el  saladísimo  médico  Villalobos  hav  varios,  v  en  casi  todos  se  alude  á  su 
condición  de  judío  converso,  que  él  mismo  convertía  en  materia  de  cliistes,  como  es  de 
ver  á  cada  momento  en  sus  cartas  á  los  más  encopetados  personajes,  á  quienes  trataba 
con  tan  cruda  familiaridad.  Los  dichos  que  se  le  atribuyen  están  confonnes  con  el 
humor  libre  y  desgarrado  de  sus  escritos. 

«El  Dr.  Villalobos  tenía  un  acemilero  mozo  y  vano,  porque  decía  ser  de  la  Montaña 
y  hidalgo.  El  dicho  Doctor,  por  probarle,  le  dijo  un  día:  «Ven  acá,  hulano;  yo  te  querría 
»  casar  con  una  hija  mía,  si  tú  lo  tovieses  por  biem .  El  acemilero  respondió:  «En  verdad, 
»  señor,  que  yo  lo  hiciese  por  haceros  placer;  mas  ¿con  qué  cara  tengo  de  volver  á  mi 
atierra  sabiendo  mis  parientes  que  soy  casado  con  vuestra  hija?»  Villalobos  le  respon- 
dió: «Por  cierto  tú  haces  bien,  como  hombre  que  tiene  sangre  en  el  ojo;  mas  yo  te  cer- 
» tifíco  que  no  entiendo  ésta  tu  honra,  ni  aun  la  mía:» . 

«Dijo  el  Duque  de  Alba  D.  Fadrique  al  doctor  Villalobos:  «Parésceme,  señor  doc- 
»tor,  que  sois  muy  gran  albeitar».  Kespondió  el  doctor:  «Tiene  V.  S.*"  razón,  pues  cuix) 
^  á  un  tan  gran  asno» . 

«El  doctor  Villalobos,  estando  la  corte  en  Toledo,  entró  en  una  iglesia  á  oir  misa  y 
púsose  á  rezar  en  un  altar  de  la  Quinta  Angustia,  y  á  la  sazón  que  él  estaba  rezando, 
pasó  por  junto  á  él  una  señora  de  Toledo  que  se  llama  Doña  Ana  de  Castilla,  y  como  le 
vio,  comienza  á  decir:  «Quitadme  de  cabo  este  judío  que  mató  á  mi  marido»,  porque  le 
había  curado  en  una  enfermedad  de  la  que  murió.  Un  mozo  llegóse  al  Doctor  Villalobos 
muy  de  prisa,  y  díjole:  «Señor,  por  amor  de  Dios,  que  vays  que  está  mi  padre  muy 
» malo,  á  verle» .  Respondió  el  doctor  Villalobos:  «Hermano,  ¿vos  no  veis  aquella  que 
»va  allí  vituperándome  y  llamándome  judío  porque  maté  á  su  marido?»  Y  señalando 
al  altar:  «Y  ésta  que  está  aquí  llorando  y  cabizbaja  porque  dice  que  le  maté  su  hijo, 
»  ¿y  queréis  vos  que  vaya  ahora  á  matar  á  vuestro  padre?» . 

El  Duque  de  Nájera,  á  quien  se  refiere  la  curiosa  anécdota  que  voy  á  transcribir,  no 
es  el  primero  y  más  famoso  de  su  título,  D.  Pedro  Manrique  de  Lara,  á  quien  por  exce- 
lencia llamaron  el  Fuerte^  sino  un  nieto  suyo  que  heredó  el  ingenio  más  bien  que  la 
foi'taleza  caballeresca  de  su  terrible  abuelo.  La  anécdota  es  curiosa  para  la  historia  lite- 


INTRODUCCIÓN  lxi 

luria,  porque  prueba  el  temor  que  infundía  en  su  tiempo  la  pluma  maldiciente  y  venal 
de  Pedro  Aretino. 

«El  Duque  de  Nájera  y  el  Conde  de  Benavente  tienen  estrecha  amistad  entre  sí,  y  el 
Conde  do  Benavente,  aunque  no  es  hombre  sabio  ni  leído,  ha  dado,  sólo  por  curiosidad, 
en  hacer  librería,  y  no  ha  oído  decir  de  libro  nuevo  cuando  le  merca  y  le  pone  en  su  li- 
brería. El  Duque  de  Nájera,  por  hacerle  una  burla,  estando  con  él  en  Benavente,  acordó 
de  hacerla  desta  manera:  que  hace  una  carta  fingida  con  una  memoria  de  libros  nunca 
oídos  ni  vistos  ni  que  se  verán,  los  cuales  enviaba  Pedro  Aretino,  italiano  residente  en 
Venecia,  el  cual,  por  ser  tan  mordaz  y  satírico,  tiene  salario  del  Pontífice,  Emperador, 
Rey  de  Francia  y  otros  Príncipes  y  grandes,  y  en  llegando  al  tiempo  de  la  paga,  si  no 
nene  luego,  hace  una  sátira  ó  comedia  ó  otra  obra  (¡ue  sepa  á  esto  contra  el  tal. 

•  Esta  carta  y  memoria  de  libros  venía  por  mano  de  un  mercader  de  Burgos,  en  la 
cual  carta  decía  que  en  recompensa  de  tan  buena  obm  como  á  Su  Señoría  había  hecho 
Pedro  Aretino,  que  sería  bien  enviarle  algún  presente,  pues  ya  sabía  quién  era  y  cu^n 
maldiciente.  La  carta  se  dio  al  Conde  y  la  memoria,  y  como  la  leyese  y  no  entendiese 
la  facultad  de  los  libros,  ni  aun  el  autor,  mostróla  al  Duque  como  á  hombre  más  leído 
y  visto,  el  cual  comienza  á  ensalzar  la  excelencia  de  las  obras,  y  que  luego  ponga  por 
obra  de  gratificar  tan  buen  beneficio  á  Pedro  Aretino,  que  es  muy  justo.  El  Conde  le 
preguntó  que  qué  le  páresela  se  le  debia  enviar.  El  Duque  respondió  que  cosa  de  cami- 
sas ricas,  lenzuelos,  toallas,  guantes  aderezados  y  cosas  de  conserva  y  otras  cosas  do 
este  jaez.  En  fin,  el  Duque  señalaba  lo  que  más  á  su  propósito  hacía,  como  quien  se 
había  de  aprovechar  de  ello  más  que  Pedro  Aretino.  El  Conde  puso  luego  por  la  obra 
el  hacer  del  presente,  que  tardai-on  más  de  un  mes  la  Condesa  y  sus  damas  y  monaste- 
rios y  otras  partes,  y  hecho  todo,  enviólo  á  hacer  saber  al  Duque,  y  dase  orden  que  so 
lleve  á  Burgos,  para  que  desde  allí  se  encamine  á  Barcelona  y  á  Venecia,  y  trayan  los 
libros  de  la  memoria;  la  cual  orden  dio  después  mejor  el  Duque,  que  lo  hizo  encaminar 
á  su  casa  y  recámara.  Y  andando  el  tiempo,  vínolo  á  saber  el  Conde,  y  estuvo  el  más 
congoxado  y  desabrido  del  mundo  con  la  burla  del  Duque,  esperando  sazón  para  hacerle 
otro  para  satisfacción  de  la  recibidas . 

Aun  en  libros  de  tan  frivola  apariencia  como  éste  pueden  encontrarse  á  veces  curio- 
sidades históricas  Lo  es,  por  ejemplo,  el  siguiente  cuentecillo,  quo  prueba  la  persisten- 
cia de  los  bandos  de  la  Edad  Media  en  las  provincias  septentrionales  de  España  hasta 
bien  entrado  el  siglo  xvi. 

«En  un  lugar  de  la  Montaña  que  llaman  Lluena  hay  un  clérigo  que  es  cura  del 
lugar,  que  llaman  Andrés  Diaz,  el  cual  es  Gil,  y  tiene  tan  gran  enemistad  con  los  Ne- 
gretes  como  el  diablo  con  la  cruz  ..  Estando  un  dia  diciendo  misa  á  unos  novios  que  se 
velaban,  de  los  principales,  y  como  fuese  domingo  y  se  volviese  á  echar  las  fiestas,  y 
viese  entre  los  que  habían  venido  á  las  bodas  algunos  Negretes,  dijo:  «Señores,  yo  que- 
>rría  echar  las  fiestas;  mas  vi  los  diablos  y  hánseme  olvidado.  Y  sin  más,  volvióse  y 
acabó  la  misa;  y  al  echar  del  agua  bendita,  no  la  quiso  echar  á  los  Negretes  solos, 
diciendo  en  lugar  de  aqua  benedicta:  «Diablos  fuera  > . 

Con  los  nombres  famosos  de  Suero  de  Quiñones  y  D.  Enrique  de  Villena  y  las  tra- 
diciones relativas  á  la  magia  de  éste  se  enlaza  la  siguiente  conseja: 

«Contaba  Velasco  de  Quiñones  que  Suero  de  Quiñones,  el  que  guardó  el  paso  de 
Orbigo  por  defender  que  él  era  el  más  esforzado,  y  Pedro  de  Quiñones  y  Diego,  sus 


Lxn  ORÍGEKES  DE  LA  NOVELA 

hermanos,  sabio  y  gentil  hombre,  rogó  á  D.  Enrique  de  Villena  le  mostrase  al  demonio. 
Negábase  el  de  Villena;  pero  al  cabo,  vencido  por  sus  ruegos,  invitó  un  día  á  comer  á 
Suero,  sirviéndoles  de  maestresala  el  demonio.  Era  tan  gentil  hombre,  y  tan  bien  ti-ac- 
tado  y  puesto  lo  que  traia,  que  Suero  le  envidiaba  y  decia  á  su  hennano  que  era  más 
gentil  hombre  que  cuantos  hasta  allí  viera.  Acabada  la  comida,  preguntó  enojado  á 
D.  Enrique  quión  era  aquel  maestresala.  D.  Enrique  se  reía.  Entró  el  maestresala  en 
la  cámara  donde  se  habia  reti-aído,  y  arrimóse  á  una  pared  con  gran  continencia,  y 
preguntó  otra  vez  quién  era.  Sonrióse  D.  Enrique  y  dijo:  «El  demonio».  Volvió  Suero 
á  mirarle,  y  como  le  vio,  puestas  las  manos  sobre  los  ojos,  á  grandes  voces  dijo:  «jAy 
» Jesús,  ay  Jesús!»  T  dio  consigo  en  tierra  por  baxo  de  una  mesa,  de  donde  le  levanta- 
ron acontecido.  ¡Qué  hiciera  á  verlo  en  su  terrible  y  abominable  figura!» , 

En  un  libro  de  pasatiempo  y  chistes  no  podía  faltar  alguno  á  costa  de  los  portugue- 
ses. Hay  varios  en  la  floresta  de  Pinedo,  entre  los  cuales  elijo  por  menos  insulso  el 
siguiente: 

«Hacían  en  un  lugar  la  remembranza  del  prendimiento  de  Jesucristo,  y  como  acaso 
fuesen  por  una  calle  y  llevase  la  cruz  á  cuestas,  y  le  fuesen  dando  de  empujones  y  de 
palos  y  puñadas,  pasaba  un  portugués  á  caballo,  y  como  lo  vio  apeóse,  y  poniendo  mano 
á  la  espada,  comenzó  á  dar  en  los  sayones  de  veras,  los  cuales,  viendo  la  burla  mala, 
huyeron  todos.  El  portugués  dijo:  «¡Corpo  de  Deus  con  esta  ruyn  gente  castellana!*  Y 
vuelto  al  Cristo  con  enojo,  le  dijo:  «E  vos,  home  de  bien,  ¿por  qué  vos  dejais  cada  año 
>  prender?;^ . 

Pero  la  obra  maestra  de  este  género  de  pullas,  cultivado  recíprocamente  por  caste- 
llanos y  portugueses,  y  que  ha  contribuido  más  de  lo  que  parece  á  fomentar  la  inquina 
y  mala  voluntad  entre  los  pueblos  peninsulares  (*),  son  las  célebres  Olosas  al  Sermón 
de  Aljubarrota^  atribuidas  en  manuscritos  del  siglo  xvi  á  D.  Diego  Hurtado  de  Men- 
doza, como  otros  varios  papeles  de  donaire,  algunos  endentemente  apócrifos.  No  res- 
ponderó  yo  tampoco  de  la  atribución  de  estas  glosas^  puesto  que  en  ellas  mismas  se  dice 
que  el  autor  era  italiano  (*),  si  bien  esto  pudo  ponei'se  para  disimular,  siendo  por 
otra  parte  tan  castizo  el  picante  y  espeso  sabor  de  este  opúsculo.  Además,  el  autor, 
quien  quiera  que  fuese,  supone  haber  oído  el  sermón  en  Lisboa  el  año  de  1545  (^)  y 

(*)  En  el  mismo  tomo  de  las  Sales  (p.  331)  puede  verse  una  carta  burlesca  del  portugués  Thomé 
Ka  velo  á  su  mujer,  fecha  en  el  cerco  de  Badajoz  de  1(^58 ,  y  una  colección  de  epitafios  y  dichos  por- 
tugueses (p.  391).  En  cambio,  un  códice  del  siglo  xvii  que  poseo  está  lleno  de  epitafios  y  versos 
soeces  contra  los  castellanos. 

('j  <iSeguiré  como  texto  el  proce)«o  y  propias  palabras  que  el  predicador  llevó,  y  los  puntos  que 
encareció,  y  esto  en  lengua  portuguesa;  y  en  lo  castellano  entretejeré  como  glosa  interlineal  ó  comen« 
to  la  declaración  que  me  pareciere;  aunque  en  estas  lenguas  temo  cometer  malos  acentos,  porque 
Hiendo  italiano  de  nación^  mal  podré  guardar  rigor  de  elocuencia  ajena,  dado  que  en  lo  castellano  seré 
menos  dificultoso,  por  ser  gente  muy  tratada  en  Roma,  que  es  nuestra  común  patria,  y  en  Lisboa  no 
estuve  ano  entero. d 

Sales  Españolas^  I,  p.  108.) 

(•"')  (cEste  es  un  sermón  que  un  reverendo  Padre,  portugués  do  nación,  y  profesión  augustino, 
predicó  en  Lisboa  en  Nuestra  Señora  de  Qracia,  vigilia  de  su  Assumpcion...  y  vuelto  á  mi  posada, 
formé  escrúpulo  si  dejaba  de  escribir  lo  que  en  el  pulpito  oi  predicar...  Viniéndome  luego  la  via  de 
Castilla,  poHÓ  en  Evora,  do  a  la  sazón  estaba  el  Rey  en  la  posada  y  casa  del  embajador  de  Castilla, 
Lope  Hurtado  de  Mendoza]».  {Sales  Españolas^  I,  104-107.)  De  aquí  vendría  probablemente  la  confu- 
sión del  Lope  con  D.  Diego, 


INTRODÜCOIÓN  lxiii 

precisamente  durante  todo  aquel  afio  estuvo  D.  Diego  de  embajador  en  el  Concilio  de 
Trento.  Todas  estas  circunstancias  hacen  muy  sospechosa  la  autenticidad  de  esta  sátira, 
aunque  no  menoscaben  su  indisputable  gracejo. 

El  tal  sermón  de  circunstiincias,  lleno  de  hipérboles  y  fanfarronadas,  en  conmemo- 
ración del  triunfo  del  Maestre  de  Avís  contra  D.  Juan  I  de  Castilla,  sirve  de  texto  ó  de 
pretexto  á  una  copiosa  antología  de  chascarrillos,  anécdotas,  dicharachos  extravagantes, 
apodos,  motes  y  pesadas  zumbas,  no  todas  contra  portugueses,  aunciue  éstos  lleven  la 
peor  parte.  El  principal  objeto  del  autor  es  hacer  reir,  y  ciertamente  lo  consigue,  pero 
ui  él  ni  sus  lectores  debían  de  ser  muy  escrupulosos  en  cuanto  á  las  fuentes  de  la  risa. 
Algún  cuento  hay  en  estas  glosas,  el  del  portugués  Kjiy  de  Meló,  verbigracia,  que  por 
lo  cínico  y  brutal  esüu-ía  mejor  entre  las  del  Cancionero  de  Burlas;  otros,  sin  llegar 
á  tanto,  son  nauseabundos  y  mal  olientes;  pero  hay  algunos  indisputablemente  gracio- 
sos, sin  mezcla  de  grosería;  los  hay  hasta  delicados,  como  el  del  huésped  aragonés  y  el 
castellano,  rivales  en  cortesía  y  gentileza  (*);  y  hay,  finalmente  (y  es  lo  que  da  más 
precio  á  este  género  de  silvas  y  florestas),  hechos  y  dichos  curiosos  de  la  tradición  nacio- 
nal. Basto  citar  el  ejemplo  siguiente,  (jue  tiene  cierta  fiereza  épica: 

cSólo  quiero  decir  aquí  de  un  gallego  que  se  decía  Alvaro  González  de  Kibade- 
neyra.  (pe  estando  en  la  cama  para  morir,  los  hijos,  con  deseo  de  poner  en  cobro  el 
alma  de  su  padre,  fueron  á  la  cama  y  preguntáronle  si  en  las  diferencias  pasadas  del 
obispo  de  Lugo  y  las  que  tuvo  con  otros  señores,  si  tenía  algo  mal  ganado  que  lo  decla- 
rase, que  ellos  lo  restituirían:  por  tanto,  que  dijese  el  título  que  á  la  hacienda  dejaba  y 
tenía.  Lo  cual,  como  oyese  el  viejo,  mandó  ensillar  un  caballo,  y  levantóse  como  mejor 
pudo,  y  subióse  en  él,  y  tomando  una  lanza,  puso  las  piernas  al  caballo  y  envistió  á  la 
pared  y  quebró  la  lanza  en  piezas,  y  volviendo  á  sus  hijos,  dijo:  «El  título  con  que  os 
>dejü  ganada  la  hacienda  y  honra  ha  sido  éste;  si  lo  supiéredes  sustentar,  para  vosotros 
i  será  el  provecho,  y  si  no,  quedad  para  ruines» .  Y  volvióse  á  la  cama,  y  murió  >. 

{})  «Lo  cual  bien  experimentó  un  francés  españolado  viniendo  á  Portugal,  y  fué  que  partiendo 
de  Narbona  para  Lisboa,  le  dijo  un  amigo  suyo:  Pues  entráis  en  España,  sed  curioso  en  conocer  los 
gantes  della,  porque  en  Aragón,  por  donde  primero  habéis  de  pasar,  veréis  que  la  gente  es  muy 
prima,  y  en  Castilla  nobles  y  bien  criadosD...  (suprimo  lo  relativo  á  Portugal,  que  es  de  una  grose- 
ría intolerable). 

cPues  comenzando  su  camino,  que  venia  de  priesa,  rogó  á  su  huésped  aragonés  que  le  llatnasc 
catndo  quisiese  amanecer.  £1  cual  lo  hizo  así,  poniendo  al  par  de  sí  una  caja  con  ciertas  joyas  do  su 
mujer;  y  como  estuviese  el  cielo  escuro,  dijo  el  francés:  ¿En  qué  conocéis  que  quiere  amanecer, 
leñor  huésped?  Y  él  dixo;  Presto  será  de  din,  y  véolo  en  el  aljófar  y  perlas  de  mi  mujer,  que  están 
frías  con  la  frescara  del  alba.  El  francés  confesó  hasta  allí  no  haber  sabido  aquel  primor. 

fEntrando  en  Castilla,  y  llegando  ú  Toledo  en  casa  de  un  ciudadano,  que  de  su  voluntad  le  llevó  á 
sa  posada,  rogóle  también  le  despertase  antes  que  amaneciese.  Acostados,  pues,  el  uno  cerca  del  otro 
en  ana  pieza  grande,  cuando  quería  amanecer,  un  papagayo  que  alli  estaba  hizo  ruido  con  las  alas, 
Y  como  el  huésped  toledano  sintiese  que  el  francés  estaba  despierto,  dixo,  casi  hablando  entre  hí: 
Macho  ruido  hace  este  papagayo.  El  francés,  que  lo  oyó,  preguntó  qué  hora  era.  El  toledano  res- 
pondió que  presto  amanecería.  Pues  ¿por  qué  no  me  lo  habéis  dicho?  dijo  el  francés.  El  castellano 
dixo:  Pues  me  compeléis,  yo  os  lo  diré.  Parecióme  caso  de  menos  valer,  recibiendo  yo  en  mí  casa  un 
baéiped  de  mi  voluntad,  tal  cual  vuestra  merced  es,  decirle  se  partiese  della;  y  porque  anoche  me  to- 
ntea 08  despertase,  sintiendo  que  estábades  despierto,  dije  que  el  papagayo  hacia  ruido  para  que  si 
qaiiiésedea  partiros  entendíésedes  que  el  pájaro  se  alteraba  con  la  venida  de  la  mañana,  y  si  quísiése- 
(Í6i  reposar,  lo  hiciésedes,  viendo  que  no  aceleraba  yo  vuestra  partida.  Dixo  el  francés  entonces:  Agora 
▼eo y  conozco  la  buena  cortesía  y  nobleza  que  de  Castilla  siempre  me  han  dicho.)»  (5a/e«,  1, 171-172.) 


Lxiv  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

No  nos  detendremos  en  el  cuaderno  dé  los  Cuentos  de  tíaribay  que  poseo  la  Aca- 
demia de  la  Historia  (*),  porque  la  mayor  parte  de  estos  cuentos  pasaron  casi  literal- 
mente á  la  Floresta  Española  de  Melchor  de  Santa  Cruz.  Si  el  recopilador  de  ellos 
fue,  como  creemos,  el  historiador  guipuzcoano  del  mismo  apellido,  que  pasó  en  Toledo 
la  última  parte  de  su  vida,  allí  mismo  pudo  disfrutar  Santa  Cruz  su  pequeña  colección 
manuscrita  é  incorporarla  en  la  suya,  más  rica  y  metódica  que  ninguna  de  las  preceden- 
tes y  de  las  posteriores. 

Poco  sabemos  de  las  circunstancias  personales  de  este  benemérito  escritor,  salvo 
que  era  natural  de  la  villa  de  Dueñas  en  Castilla  la  Vieja  y  vecino  de  la  ciudad  de 
Toledo.  Su  condición  debía  de  ser  humilde  y  cortos  sus  estudios,  puesto  que  dice  en  el 
prólogo  de  sus  den  Tratados:  «Mi  principal  intento  fué  solamente  escribir  para  los 
:*  que  no  saben  leer  más  de  romance^  como  yo^  y  no  para  los  doctos» .  T  dedicando  al 
Rey  D.  Felipe  el  Prudente  la  segunda  parte  de  dicha  obra,  da  á  entender  otra  vez  que 
toda  su  lectura  era  de  libros  en  lengua  vulgar:  «El  sosiego  tan  grande  y  dichosa  paz 
que  en  los  bienaventurados  tiempos  de  Vuestra  Magostad  hay,  son  causa  que  florezcan 
en  ellos  todas  las  buenas  artes  y  honestos  ejercicios;  y  que  no  solamente  los  hombres 
doctos,  mas  los  ignorantes  como  yo^  se  ocupen  en  cosas  ingeniosas  y  eruditas,  cada 
uno  conforme  á  su  posibilidad.  Yo,  poderosísimo  señor,  he  sido  siempre  aficionado  a 
gastar  el  tiempo  en  leer  buenos  libros,  principal  los  morales  que  en  nuestra  lengua  yo 
he  podido  haber  (que  no  han  sido  pocos),  de  donde  he  sacado  estas  sentencias» . 

Todos  sus  trabajos  pertenecen,  en  efecto,  á  la  literatura  vulgar  y  paremiológica. 
Los  Cien  Tratados  (*)  son  una  colección  de  máximas  y  sentencias  morales  en  tercetos 
ó  ternarios  de  versos  octosílabos,  imitando  hasta  en  el  metro  los  Trexientos  Prover^- 
bios^  Consejos  y  avisos  muy  provechosos  para  el  discurso  de  nuestra  humana  vida  del 
abogado  valenciano  D.  Pedro  Luis  Sanz  (').  Del  mismo  modo,  la  Floresta^  cuya  primera 
edición  es  de  1574  (*),  fue  indudablemente  sugerida  por  el  Sobf*emesa  de  Timoneda. 
Pero  el  plan  de  Santa  Cruz  es  más  vasto  y  envuelve  un  conato  de  clasificación  seguido 
con  bastante  regularidad,  que  hace  íácil  el  manejo  de  su  librillo. 

(>)  Publicado  por  el  Sr.  Paz  y  Molía  en  el  tomo  JI  do  las  Sales  Españolas  (pp.  36-OU) 
(*)  Libro  primero  de  los  cien  tratados.  Recopilado  por  Melchior  de  Sancta  Ci*U2  de  Dueiias,  De 
notables  senteucias^  assi  morales  como  naturales^  y  singulares  avisos  para  todos  estados.  En  tercetos  cas- 
tellanos,— Libro  segunda  de  los  cien  tratados^  etc.  Ambas  partes,  impresas  en  Toledo»  por  Diego  de 
A  y  ala,  1576,  son  do  gran  rareza. 

(^)  Opúsculo  góticOi  sin  lugar  ni  año,  dedicado  al  Duque  de  Calabria.  Salva,  que  poseía  un  ejem- 
plar, le  supone  impreso  en  Valencia,  hacia  1535.  Los  que  Sanz  y  Santa  Cruz  llaman  tercetos  y 
mejor  se  dirían  ternarios  para  distinguirlos  de  los  tercetos  endecasílabos,  están  dispuestos  en  esta 
forma,  bastante  frecuente  en  nuestra  poesía  gnómica: 

No  hallo  mejor  alquimia, 
Más  segura  ni  probada 
Que  la  lengua  refrenada. 

(^)  íloresta  Española  de  apotegmas  y  senienciaSf  sabia  y  graciosamente  dichast  de  algunos  espauo^ 
les;  colegidas  por  Melchior  de  Santa  Cruz  de  Dueñas,  vecino  de  la  citidad  de  Toledo.  Dirigido  al  Exce- 
lentísimo Sr,  D.  Juan  de  Austria,  Impreso  con  licencia  de  la  C,  R,  M,  en  Toledo  en  Casa  de  Francisco 
de  Guzmán,  1574,  8.«  —272pp. 

£1  catálogo  más  copioso  de  ediciones  de  la  Floresta,  que  es  el  formado  por  Schneider,  registra 
las  siguientes:  Salamanca,  1576;  Valencia,  1580;  Salamanca,  1592;  Toledo,  1596;  Bruselas,  1596; 
y  1598;  Lyón,  1600  (en  castellano  y  francés);  Valencia,  1603;  Toledo,  1605;  Bruselas,  1605;  Barce* 


\ 


INTRODUCCIÓN 


LXV 


Aunque  Melchor  de  Santa  Cruz  da  á  entender  que  no  sabía  más  lengua  que  la  pro- 
pia, no  le  creo  enteramente  forastero  en  la  italiana,  de  tan  fácil  inteligencia  para  todo 
español,  y  me  parece  muy  verosímil,  aunque  no  he  tenido  ocasión  de  comprobarlo,  que 
conociese  y  aprovechara  las  colecciones  de  Faxecie^  motti^  buffonerie  et  burle  del  Pio- 
vano  Arlotto,  del  Gonella  y  del  Barlacchia;  las  Facexie  et  inotti  arguti  di  alctmi  ecce-- 
llerUissimi  ingegni  de  LudoWcico  Domenichi  (1547);  las  Hore  di  recreaxione  de  Ludo- 
rico  Guicciardini,  no  traducidas  en  aquella  fecha  al  castellano,  y  algunas  otras  ligeras 
producciones  de  la  misma  índole  que  la  Floresta,  Y  aun  suponiendo  que  no  las  hubiese 
visto  en  su  original,  las  conocía  indirectamente  á  través  de  Timoneda,  sin  contar  con 
los  chistes  que  se  hubiesen  incorporado  en  la  tradición  oral.  Pero  estos  cuentos  son  fáci- 
les de  distinguir  del  fondo  indígena  de  la  Floresta^  cuyo  verdadero  carácter  señala  per- 
fectamente el  autor  en  su  dedicatoria  á  D.  Juan  de  Austiúa. 

«En  tanta  multitud  de  libros  como  cada  dia  se  imprimen  y  en  tan  diversas  6  inge- 
niosas invenciones,  que  con  la  fertilidad  de  los  buenos  ingenios  de  nuestra  nación  se 
inventan,  me  pareció  se  habían  olvidado  de  una  no  menos  agradable  que  importante 
para  quien  es  curioso  y  aficionado  á  las  cosas  propias  de  la  patria,  y  es  la  recopilación 
de  sentencias  y  dichos  notables  de  españoles.  Los  cuales,  como  no  tengan  menos  agu- 
deza, ni  monos  peso  o  gravedad  que  los  que  en  libros  antiguos  están  escriptos,  antes  en 
parte,  como  luego  diré,  creo  que  son  mejores,  estoy  maravillado  qué  ha  sido  la  causa 
que  no  haya  habido  quien  en  esto  hasta  ahora  se  haya  ocupado.  Yo,  aunque  hombre  de 
ningu?tas  letras  y  de  poco  ingenio,  así  por  intercesión  de  algunos  amigos,  que  conocie- 
ron que  tenia  inclinación  á  esto,  como  por  la  naturaleza,  que  de  esta  antigua  y  noble 
ciudad  de  Toledo  tengo  (*),  donde  todo  el  primor  y  elegancia  del  buen  decir  florece,  me 
he  atre^ido  á  tomar  esta  empresa.  Y  la  dificultad  que  en  escribir  estos  dichos  hay  es  la 
que  se  tiene  en  hallar  moneda  de  buen  metal  y  subida  de  quilates.  Porque  así  como 
aquella  es  más  estimada  que  debaxo  de  menos  materia  contiene  más  valor^  así  aquellos 
son  más  excelentes  dichos  los  que  en  pocas  palabras  tienen  encerradas  muchas  y  nota- 
bles sentencias.  Porque  unos  han  de  ser  graves  y  entendidos;  otros  agudos  y  maliciosos; 

looa,  1606;  una  de  1617,  bíd  lugar  de  impresión;  Bruselas,  1614  (bilingüe);  Cuenca,  1617;  Huesca, 
1618;  Barcelona,  1621;  Bruselas,  1629;  Zaragoza,  1646;  Bruselas,  1655. 

Con  ser  tantas  las  ediciones  antiguas  de  la  FloresUiy  rara  vez  se  encuentran,  sobre  todo  íntegras 
y  en  buen  estado.  Suplen  su  falta  las  tres  de  Madrid,  1730,  1771  y  1790,  copiadas,  al  parecer,  de  la 
de  Huesca,  1618,  cuyos  preliminares  conservan.  El  editor  Francisco  Asensío  añadió  las  partes 
segunda  y  tercera,  y  prometió  una  cuarta:  todo  con  el  título  general  de  Floresta  Española  y  hermoso 
rümilleU  de  agudezas,  motes ,  sentencias  y  graciosos  dichos  de  la  discreción  cortesana. 

La  traducción  francesa  de  Pissevin  apareció  en  Lyón,  1600,  y  fue  reimpresa  varias  veces  en  Bru- 
selas con  el  texto  castellano:  La  Floresta  spagnola,  ou  leplaisani  hocage,  contenant  plusieurs  comptes^ 
$09series,  brocards,  cassades  et  graves  sentenees  de  personnes  de  tous  e^tats,  (Bruxelles,  Rutger  Vel- 
pins  et  Hubert  Anthoine,  1614.) 

En  una  vasta  colección  alemana  de  apotegmas  y  dichos  faceciosos,  publicada  en  Tübingen^ 
tu  1630,  tomada  casi  toda  de  fuentes  italianas  y  españolas  (entre  ellas  la  Silva  de  Julián  de  Medrano, 
está  incorporada  la  mayor  parte  de  la  Floresta,  Vid.  Adam  Sclineider  Spaniens  Anteil  an  der  deuts' 
chen  litteratur  (1898),  pp.  133  139. 

(')  Parece  que  en  estas  palabras  se  declara  Melchor  de  Santi  Cruz  natural  de  Toledo,  aunque  en 
It  portada  de  sus  libros  no  se  llama  más  que  vecino,  y  Nicolás  .Vntonio  le  da  por  patria  la  villa  de 
Daefias.  De  todos  modos,  si  no  era  toledano  do  nacimiento,  lo  fue  por  adopción,  que  es  una  segunda 
oataraleza. 

OB/GXNM   de  la  NOVBLA.— 11.^0 


txvi  orígenes  de  la  novela 

otros  agradables  y  apacibles;  otros  donosos  para  mover  á  risa;  otros  que  lo  tengan  todo,  y 
oti*os  hay  metaforizados,  y  que  toda  su  gracia  consiste  en  la  semejanza  de  las  cosas  que 
se  apropia,  de  las  quales  el  que  no  tiene  noticia  lo  parece  que  es  el  dicho  frió,  y  que 
no  tiene  donayre,  siendo  muy  al  contrario  para  el  que  entiende.  Otros  tienen  su  sal  eu 
las  diversas  significaciones  de  un  mismo  vocablo;  y  para  esto  os  menester  que  así  el  que 
lo  escribe,  como  el  que  lo  lee,  tenga  ingenio  para  sentirlo  y  juicio  para  considerarlo... 

»Eu  lo  que  toca  al  estilo  y  propiedad  con  que  se  debe  escribir,  una  cosa  no  me 
puede  dejai*  de  favorecer;  y  es  el  lugar  donde  lo  escribo,  cuya  autoridad  en  las  cosas 
que  toca  al  común  hablar  es  tanta,  que  las  leyes  del  Reino  disponen  que  cuando  en 
alguna  pai*te  se  dudare  de  algún  vocablo  castellano,  lo  determine  el  hombre  toledano 
que  alli  se  hallare  (*).  Lo  cual  por  justas  causas  se  mandó  juntamente:  la  primera  por- 
que esta  ciudad  está  en  el  centro  de  toda  España,  donde  es  necesario  que,  como  en  el 
corazón  se  producen  más  subtiles  espíritus,  por  la  sangre  más  delicada  que  allí  se 
envía;  así  también  en  el  pueblo  que  es  el  corazón  de  alguna  región  está  la  habla  y  la 
conversación  más  aprobada  que  en  otra  parte  de  aquel  reino. 

» La  segunda,  por  estar  lejos  del  mar,  no  hay  ocasión,  por  causa  del  puerto,  á  que 
gentes  extrangeras  hayan  de  hacer  mucha  morada  en  él;  de  donde  se  sigue  corrupción 
de  la  lengua,  y  aun  también  de  las  costumbres. 

»La  tercera,  por  la  habilidad  y  buen  ingenio  de  los  momdores  que  en  ella  hay;  los 
cuales,  o  porque  el  aire  con  que  respiran  es  delgado,  o  porque  el  clima  y  constelación 
les  ayuda,  o  porque  ha  sido  lugar  donde  los  Eeyes  han  residido,  están  tan  despiertos 
para  notar  cualquiera  impropiedad  que  se  hable,  que  no  es  menester  se  descuide  el  que 
con  ellos  quisiere  tratar  desto...» 

Es  libro  curiosísimo,  en  efecto,  como  texto  de  lengua;  pero  debe  consultarse  en  las 
ediciones  del  siglo  xvi,  pues  en  las  posteriores,  especialmente  en  las  dos  del  siglo  xviii, 
se  modernizó  algo  el  lenguaje,  además  de  haberse  suprimido  ó  cercenado  varios  cuen- 
tos que  parecieron  libres  ó  irreverentes,  á  pesar  de  la  cuerda  prevención  que  hacía  el 
mismo  Santa  Cruz  en  estos  versos: 

l)e  aquesta  Floresta,  discreto  lector, 
Donde  hay  tanta  copia  de  rosas  y  flores, 
De  mucha  virtud,  olor  y  colores, 
Escoja  el  que  es  sabio  de  aquí  lo  mejor. 
Las  de  liada  vista  y  de  buen  sabor 
Sirvan  de  salsa  á  las  virtuosas, 
Y  no  de  manjar,  si  fueren  viciosas, 
Pues  para  esto  las  sembró  el  autor. 

(')  Nada  puede  decirse  á  ciencia  cierta  sobre  estu  fantástica  ley  tan  traída  y  Uevada  por  nues- 
tros antiguos  escritores.  Acaso  nació  de  una  errada  interpretación  de  e?ta  cláusula  de  San  Fernando 
en  el  Fuero  General  de  Toledo:  cTodos  sus  juicios  dellos  sean  juzgados  según  el  Fuero-Juzgo  ante 
sdicz  de  sus  mejores  o  mas  nobles,  e  mas  sabios  dellos  que  sean  siempre  con  el  alcalde  de  la  cibdad; 
]»e  que  a  todos  aiUeanden  en  testimonianzas  en  todo  9u  regnoi>,  (Et  rd  precedant  omnea  in  tesÜmoniU  in 
universo  regno  illius,  dice  el  original  latino  )  Claro  es  que  en  esto  singularísimo  privilegio  concedido 
ú  los  toledanos  no  se  trata  de  disputas  sobre  vcoablos,  sino  de  testimonios  jurídicos;  pero  lo  uno 
pudo  conducir  á  la  invención  de  lo  otro.  Esta  idea  se  me  ocurrió  leyendo  el  eruditísimo  Informe  de 
la  imperial  ciudad  de  Toledo  sobre  pesos  y  medidas  (1758),  redactado,  como  es  notorio,  por  el  P.  An* 
drés  Marcos  Borriel.  Vid.  pág.  298. 


INTRODUCCIÓN  txvn 

Las  partes  de  la  Floresta^  que  fueron  diez  en  la  primera  edición  toledana  y  once 
en  la  de  Alcalá,  1576,  llegaron  definitivamente  á  doce,  distribuidas  por  el  orden  si- 
guiente: 

«Primera  Parte:  Capítulo  I.  De  Sumos  Pontífices. — Cap.  U.  De  Cardinales. — Capí- 
tulo III.  De  Arzobispos. — Cap.  IV.  De  Obispos. — Cap.  V.  De  Clérigos. — Cap.  VI.  De 
Fravles. 

í  Segunda  Parte:  Capítulo  I.  De  Reyes. — Cap.  II.  De  caballeros. — Cap.  III.  De  capi- 
tanes y  soldados. — Cap.  IV.  De  aposentadores. — Cap.  V.  De  truhanes. — Cap.  VI.  Do 
pajes. 

>  Tercera  Parte:  Capítulo  I.  De  responder  con  la  misma  palabra. — Cap,  11.  De  res- 
ponder con  la  copulativa  antigua. — Cap.  III.  De  gracia  doblada. — Cap.  IV.  De  dos  sig- 
nificaciones.— Cap.  V.  De  responder  al  nombre  propio. — Cap.  VI.  De  enmiendas  y 
declaraciones  de  letras. 

>  Cuarta  parte:  Capítulo  I.  De  jueces. — Cap.  11.  De  letrados. — Cap.  III.  De  escriba- 
nos.— Cap.  IV.  De  alguaciles. — Cap.  V.  De  huii^s. — Cap.  VI.  De  justiciados. — Capí- 
tulo VII.  De  médicos  y  cirujanos. — Cap.  VIII.  De  estudiantes. 

»  Quinta  parte:  Capítulo  I.  De  vizcaynos. — Cap.  II.  De  mercaderes. — Cap.  III.  De 
oficiales. — Cap.  IV.  De  labradores. — Cap.  V.  De  pobres.— Cap.  VI.  De  moros. 

*  Sexta  pai-te:  Capítulo  I.  De  amores. — Cap.  II.  De  músicos. — Cap.  lU.  De  locos. — 
Cap.  IV.  De  casamientos. — Cap.  V.  De  sobrescriptos.— Cap.  VI.  De  cortesía. — Cap.  VII. 
De  juegos. — Cap.  VIII.  De  mesa. 

í  Séptima  parte:  Capítulo  I.  De  dichos  graciosos.— Cap.  U.  De  apodos. — Cap.  III.  Do 
motejar  de  linaje. — Cap.  IV.  De  motejar  do  loco. — Cap.  V.  De  motejar  do  necio. — Capí- 
tulo VI.  De  motejar  de  bestia. — Cap.  VII.  De  motejar  de  escaso. — Cap.  VIII.  De  mote- 
jar de  narices. 

» Octava  parte:  Capítulo  I.  De  ciegos. — Cap.  II.  De  cliicos. — Cap.  III.  De  largos. — 
Cap.  rv.  De  gordos. — Cap.  V.  De  flacos. — Cap.  VI.  De  corcobados. — Cap.  Vil.  De 
cojos. 

iNona  parte:  Capítulo  I.  De  burlas  y  dislates. — Cap.  II.  De  fieros. — Cap.  III.  De 
camino. — Cap.  IV.  De  mar  y  agua. — Cap.  V.  De  retos  y  desafíos. — Cap.  VI.  De  apodos 
de  algunos  pueblos  de  España  y  de  otras  naciones. 

» Décima  parte:  De  dichos  extravagantes. 

» undécima  parte:  Capítulo  I.  De  dichos  avisados  de  mujeres. — Cap.  U.  De  dichos 
graciosos  de  mujeres. — Cap.  III.  De  dichos  á  mujeres. — Cap.  IV.  De  mujeres  íeas. — 
Cap.  V.  De  viudas. 

*  Duodécima  parte:  Capítulo  I.  De  niños. —  Cap.  U.  De  viejos.  —  Cap,  III.  De 
enfennos:^ . 

En  una  colección  tan  vasta  do  apotegmas  no  puede  menos  de  haber  muchos  entera- 
mente insulsos,  como  aquel  que  tanto  hacía  reirá  Lope  de  Vega:  «BLallé  una  vez  en  un 
übríto  gracioso  que  llaman  Floresta  Española  una  sentencia  que  había  dicho  un  cierto 
conde:  «Que  Vizcaya  era  pobre  de  pan  y  rica  de  manzanas» ,  y  tenía  puesto  á  la  mai'- 
gen  algún  hombre  de  buen  gusto,  cuyo  había  sido  el  libro:  «Sí  dirían ,  que  me  pareció 
tíotable  donayre»  (*).  Pero  no  por  eso  ha  de  menospreciarse  el  trabajo  del  buen  Saiita- 

(')  En  8U  novela  Kl  desdichado  por  la  honra  (tomo  VIH  de  la  edición  de  Sancha,  p.  93). 


Lxviii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

cruz;  del  cual  pueden  sacarse  varios  géneros  de  diversión  y  provecho.  Sirve,  no  sólo 
para  el  estudio  compai-atívo  y  genealógico  de  los  cuentos  populares,  que  allí  están  pre- 
sentados con  lapidaria  concisión,  sino  para  ver  en  juego,  como  en  un  libro  de  ejercicios 
gramaticales,  muchas  agudezas  y  primores  de  la  lengua  castellana  en  su  mejor  tiempo, 
registrados  por  un  hombre  no  muy  culto,  pero  limpio  de  toda  influencia  erudita,  y  que 
no  á  los  doctos,  sino  al  vulgo,  encaminaba  sus  tareas.  Además  de  este  interés  lingüís- 
tico y  folklórico^  que  es  sin  duda  el  principal,  tiene  la  Floresta  el  mérito  de  haber  reco- 
gido una  porción  de  dichos,  más  ó  menos  auténticos,  de  españoles  célebres,  que  nos  dan 
á  conocer  muy  al  vivo  su  carácter,  ó  por  lo  menos  la  idea  que  de  ellos  se  formaban  sus 
contemporáneos.  Por  donde  quiera  está  sembrado  el  libro  de  curiosos  rasgos  de  costum- 
bres, tanto  más  dignos  de  atención  cuanto  que  fueron  recogidos  sin  ningún  propósito 
grave,  y  no  aderezados  ni  aliñados  en  forma  novelística.  Las  anécdotas  relativas  al  doc- 
tor Villalobos  y  al  famoso  truhán  de  Carlos  V  D.  Fraucesillo  de  Ziiüiga,  que  tantas  y 
tan  sabrosas  intimidades  de  la  corte  del  Emperador  consignó  en  su  Crónica  burlesca  ('), 
completan  la  impresión  que  aquel  extraño  documento  deja.  Del  arzobispo  D.  Alonso 
Carrillo,  del  canónigo  de  Toledo  Diego  López  de  Ayala,  del  cronista  Hernando  del  Pul- 
gar, y  aun  del  Gran  Capitán  y  de  los  cardenales  Mendoza  y  Cisueros,  hay  en  este  librillo 
anécdotas  interesantes.  Aun  para  tiempos  más  antiguos  puede  ser  útil  consultar  á  veces 
la  Floresta,  Por  no  haberlo  hecho  los  que  hemos  tratado  de  las  leyendas  relativas  al 
rey  Don  Pedro,  hemos  retrasado  hasta  el  siglo  xvii  la  primera  noticia  del  caso  del 
zapatero  y  el  prebendado,  que  ya  Melchor  de  Santa  Cruz  refirió  en  estos  términos: 

cUn  arcediano  de  la  Iglesia  de  Sevilla  mató  á  un  zapatero  de  la  misma  ciudad,  y 
un  hijo  suyo  fué  á  pedir  justicia;  y  condenóle  el  juez  de  la  Iglesia  en  que  no  dixese 
Misa  un  año.  Dendo  á  pocos  dias  el  Key  D.  Pedro  vino  á  Sevilla,  y  el  hijo  del  muerto 
se  fue  al  Rey,  y  le  dixo  cómo  el  arcediano  de  Sevilla  había  muerto  á  su  padre.  El  rey 
lo  preguntó  si  habia  pedido  justicia.  El  le  contó  el  caso  como  pasaba.  El  Rey  le  dixo: 
«¿Serás  tú  hombre  para  matarle,  pues  no  te  hacen  justicia?»  Respondió:  «Sí,  señor». 
«Pues  hazlo  así» ,  dixo  el  Rey.  Esto  era  víspera  de  la  fiesta  del  Corpus  Christi.  Y  el  dia 
siguiente,  como  el  Arcediano  iba  en  la  procesión  cerca  del  Rey,  dióle  dos  puñaladas,  y 
cayó  muerto.  Prendióle  la  justicia,  y  mandó  el  Rey  que  lo  truxesen  ante  él.  Y  pregun- 
tóle, ¿por  qué  habia  muerto  á  aquel  hombre?  El  mozo  dixo:  «Señor,  porque  mató  á  mi 
padre,  y  aunque  pedí  justicia,  no  me  la  hicieron» .  El  juez  de  la  Iglesia,  que  cerca  estaba, 
respondió  por  sí  que  se  la  había  hecho,  y  muy  cumplida.  El  Rey  quiso  saber  la  justicia 
que  se  le  habia  hecho.  El  juez  respondió  que  le  habia  condenado  qup  en  un  año  no 
dixese  Misa.  El  Rey  dixo  á  su  alcalde:  «Soltad  este  hombre,  y  yo  le  condeno  que  en  un 
»  año  no  cosa  zapatos»  (^). 

(1)  No  es  verositni],  ni  aun  creible,  que  el  autor  de  esta  Crónica  sea  el  mismo  D.  Franccsillo, 
eccriado  privado,  bienquisto  y  predicador  del  emperador  Carlos  Vd.  Pero  fuese  quien  quiera  el  que 
tomó  su  nombre,  aprovechando  quizá  sus  apodos,  comparaciones  y  extravagantes  ocurrencias,  era  sin 
duda  persona  de  agudo  ingenio  y  muy  conocedor  de  los  hombres,  aunque  no  todas  las  alusiones  sean 
claras  para  nosotros  por  la  distancia.  Merecía  un  comentario  histórico  y  una  edición  algo  más  esmo- 
rada que  la  que  logró  en  el  tomo  de  Curiosidades  Bibliográficas  de  la  colección  Kivadeneyra.  Véase, 
entretanto,  la  memoria  de  Fernando  Wolf,  tan  interesante  como  todas  las  suyas:  Ueber  den  Hof na- 
rren Kaiser  CarVs  F,  genannt  El  Conde  don  Francés  de  Zuñiga  und  seine  Chronik  {1650  en  los  Sitsungs- 
berichte  der  philos.  liistor,  Clanse  der  kaiser L  Ahademie  der  Wissenschaften), 

(*)  Cf.  mi  Tratado  de  los  romances  viejos^  tomo  II,  pág.  151  y  ss. 


« 


INTRODUCCIÓN  lxix 

Es  tambiéu  la  Floresta  el  más  antiguo  libro  impreso  en  que  recuerdo  haber  leído 
la  leyenda  heroica  de  Pedro  González  de  Mendoza,  el  que  dicen  que  prestó  su  caballo  á 
D.  Juan  I  para  salvarse  en  la  batalla  de  Aljubarrota  (M.  Por  cierto  que  las  últimas 
palabras  de  este  relato  sencillo  tienen  más  energía  poética  que  el  afectado  y  contrahecho 
romance  de  Hurtado  de  Velarde  Si  el  caballo  vos  han  muerto.  «Le  tomó  en  su  caballo 
y  le  sacó  de  la  batalla  (dice  Melchor  de  Santa  Cruz);  y  de  que  le  hubo  puesto  en  salvo, 
queriendo  volver,  el  Rey  en  ninguna  manera  lo  consentía.  Mas  se  volvió  diciendo:  «No 
>  quiera  Dios  que  las  mujeres  de  Onadalaxara  digan  que  saqué  á  sus  maridos  de  sus 
■r  casas  vivos  y  los  dexo  muertos  y  me  vuelvo» . 

Entre  las  muchas  anécdotas  relativas  á  Gonzalo  Fernández  de  Córdoba  es  notable 
por  su  delicadeza  moral  la  siguiente: 

«El  Gi-an  Capitán  pasaba  muchas  veces  por  la  puerta  de  dos  doncellas,  hijas  de  un 
pobre  escudero,  do  las  quales  mostraba  estaba  aficionado,  porque  en  extremo  eran  her- 
mosas. Entendiéndolo  el  padre  de  ellas,  pareciéndole  que  seria  buena  ocasión  para 
remediar  su  necesidad,  fuese  al  Gran  Capitán,  y  suplicó  le  proveyese  de  algún  cargo 
fuera  de  la  ciudad,  en  que  se  ocupase.  Entendiendo  el  Gran  Capitán  que  lo  hacia  por 
dexar  la  casa  desocupada,  para  que  si  él  quisiese  pudiese  entrar  libremente,  le  preguntó: 
*¿Qué  gente  dexais  en  vuestra  casa?»  Respondió:  «Señor,  dos  hijas  doncellas».  Díxole: 
f Esperad  aquí,  que  os  sacaré  la  provisión»;  y  entró  en  una  camaina,  y  sacó  dos  pañi- 
zuelos,  y  en  cada  uno  de  ellos  mil  ducados,  y  dióselos,  diciendo:  «Veis  aquí  la  provi- 
>sion,  casad  luego  con  esto  que  va  ahi  vuestras  hijas;  y  en  lo  que  toca  á  vos,  yo  tendré 
> cuidado  de  proveeros*. 

La  Floresta  ha  prestado  abundante  material  á  todo  género  de  obras  literarias.  Sus 
chistes  y  cuentecillos  pasaron  al  teatro  y  á  la  conversación,  y  hoy  mismo  se  repiten 
muchos  de  ellos  ó  se  estampan  en  periódicos  y  almanaques,  sin  que  nadie  se  cuide  de 
su  procedencia.  Su  brevedad  sentenciosa  contribuyó  mucho  á  que  se  grabasen  en  la 
memoria,  y  grandes  ingenios  no  los  desdeñaron.  Aquel  sabido  romance  de  Que  vedo, 
que  termina  con  los  famosos  versos: 

Arrojar  la  cara  importa, 
(Jue  el  espejo  no  hay  por  qué, 

tiene  su  origen  en  este  chascarrillo  de  la  Floresta  (Parte  12.*j: 

cUna  vieja  hallóse  un  espejo  en  un  muladar,  y  como  se  miró  en  él  y  se  vio  tal, 
echando  la  culpa  al  espejo,  le  arrojó  diciendo:  «Y  aun  por  ser  tal,  estás  en  tal  parte» . 

Y  aquel  picaño  soneto,  excelente  en  su  línea,  que  algunos  han  atribuido  sin  funda- 
mento á  Góngora  y  otros  al  licenciado  Porras  de  la  Cámara: 

Casó  de  un  Arzobispo  el  despensero... 

no  es  más  que  la  traducción  en  forma  métrica  y  lengua  libre  de  este  cuentecillo  de 
borlas,  que  tal  como  está  en  la  Floresta  (Parte  undécima,  capítulo  III),  no  puede  escan- 
dalizar á  nadie,  aunque  bien  se  trasluce  la  malicia: 

«ün  criado  de  un  obispo  habia  mucho  tiempo  que  no  habia  visto  á  su  mujer,  y  dióle 
el  obispo  licencia  que  íuesse  á  su  casa.  El  Maestresala,  el  Mayordomo  y  el  Veedor,  bur- 

(•)  Vid.  en  el  mismo  TraUído,  II,  1G5  166. 


/ 


Lxx  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

lándose  con  él,  que  eran  muy  amigos,  rogáronle  que  en  su  nombre  diese  á  su  mujer  la 
primera  noche  que  llegíiso  un  abrazo  por  cada  uno.  El  se  lo  prometió,  y  como  fué  á  su 
casa,  cumplió  la  palabra.  Contándole  el  caso  cómo  lo  habia  prometido,  preguntó  la 
mujer  si  tenia  más  criados  el  obispo;  respondió  el  marido:  Si,  señora;  mas  los  otros  no 
me  dieron  encomiendas» . 

Abundan  en  la  Floresta  los  insulsos  juegos  de  palabras,  pero  hay  también  cuentos 
de  profunda  intención  satírica.  Mucho  antes  que  el  licenciado  Luque  Fajardo,  en  su 
curiosísimo  libro  Fiel  desengaño  canira  la  ociosidad  y  los  juegos^  nos  refiíiese  la  ejem- 
plar liistoria  de  los  Beatos  de  la  Cabinlla  (*),  había  contado  otra  enteramente  análoga 
Melchor  de  Santa  Cruz  (cuarta  parte,  cap.  V): 

«Un  capitán  do  una  quadrilla  de  ladrones,  que  andaban  á  asaltear,  disculpábase 
que  no  habia  guerra  y  no  sabia  otro  oficio.  Tenia  costumbre  que  todo  lo  que  robaba 
partia  por  medio  con  aquel  á  quien  le  tomaba.  Robando  á  un  pobre  hombre,  que  no 
trahia  mas  de  siete'  reales,  le  dixo:  «Hermano,  de  éstos  me  pertenecen  á  mí  no  más  de 
tres  y  medio;  llevaos  vos  los  otros  ti-es  y  medio.  Mas  ¿cómo  haremos,  que  no  hay  medio 
real  que  os  volverV>  El  pobre  hombre,  que  no  voia  la  hora  de  verse  escapado  do  sus 
manos,  dixo:  «Señor,  llevaos  en  buen  hora  los  quatro,  pues  no  hay  trueque» .  Respon- 
dió el  capitán:  «Hermano,  con  lo  mió  me  haga  Dios  merced» . 

Con  detención  hemos  tratado  de  un  libro  tan  vulgar  y  corriente  como  la  Floresta^ 
no  sólo  por  ser  el  más  rico  en  contenido  de  los  de  su  clase,  sino  también  por  el  éxito  per- 
sistente que  obtuvo,  del  cual  testifican  veintidós  ediciones  por  lo  menos  durante  los 
siglos  XVI  y  XVII.  Toda\ia  en  el  siglo  xviii  la  remozó,  añadiéndola  dos  volúmenes,  Fran- 
cisco Asensio,  uno  de  aquellos  ingenios  plebeyos  y  algo  ramplones,  pero  castizos  y  sim- 
páticos, que  en  la  poesía  festiva,  en  el  entremés  y  en  la  fai-sa,  en  la  pintura  satírica  de 
costumbres,  conservaban^  aunque  muy  degeneradas,  las  ti'adiciones  de  la  centuria  ante- 
rior, á  despecho  de  la  tiesa  rigidez  de  los  reformadores  del  buen  giisto.  En  Francia,  la 
Floresta  fue  traducida  íntegramente  por  un  Mr.  de  Pissevin  en  1600;  reimpresa  varias 
veces  en  ediciones  bilingües,  desde  1614;  abreviada  y  saqueada  por  Ambrosio  de  Sala- 
zar  y  otros  maestros  de  lengua  castellana.  Hubo,  finalmente,  una  traducción  alemana, 
no  completa,  pubUcíwda  en  Tubinga  en  1630. 

Por  más  que  Melchor  de  Santa  Cruz  fuese  hombre  del  pueblo  y  extraño  al  cultivo 
de  las  humanidades,  el  título  mismo  de  apotegmas  que  dio  á  las  sentencias  por  él  reco- 
gidas prueba  que  le  eran  familiares  los  libros  clásicos  del  mismo  género  que  ya  de  tiem- 
po atrás  hablaban  en  lengua  castellana,  especialmente  los  Apotegmas  de  Plutarco,  tra- 

(*)  (tLos  años  pasaados  salieron  una  suerte  de  salteadores,  que  con  habito  reformado  despoja- 
van  toda  quanta  gente  podían  avcra  las  manos,  en  esta  forma:  que  haziendo  cuenta  con  la  bolsa, 
tassadamente,  les  quitavan  la  mitad  de  la  moneda,  y  los  enviaban  sin  otro  daño  alguno.  Aconteció 
en  aquellos  días  passar  de  camino  un  pobre  labrador,  y  como  no  llevase  mas  de  quinze  reales,  que 
eran  expensas  de  su  viaje:  hecha  la  cuenta,  cabian  a  siete  y  medio,  no  hallava  a  la  sazón  trueque  de 
un  real;  y  el  buen  labrador  (que  diera  aquella  cantidad,  y  otra  de  mas  momento,  por  verse  fuera  de 
sus  manos)  rogavales  encarecidamente  tomassen  ocho  reales,  porque  él  se  contentava  con  siete.  De 
ninguna  manera  (respondieron  ellos),  con  lo  que  es  nuestro  nos  haga  Dios  merced...  Beatos  llaman  a 
estos  salteadores  por  el  trage  y  modo  de  robar.  El  nombre  de  Oabrilla  tomáronle  de  la  mesma  sierra 
donde  se  recogían^. 

(Fiel  desengaño  contra  la  ociosidad  y  loajuegoa,,.  Por  el  licenciado  Francisco  de  Luque  Faxardo^ 
clérigo  de  Sevilla  y  ben^iado  de  Pilas,  Año  1603.  Madrid,  en  casa  de  Miguel  Serrano  de  Vargas.) 


INTRODUCCIÓN  lxxi 

(lucidos  del  griego  eu  1533  por  el  secretario  Diego  Graciáii  (');  la  Vüla  y  excelentes 
dichos  de  los  más  sainos  phihsophos  que  hubo  en  este  niundo^  de  Hernando  Díaz  {^),  y 
la  copiosa  colección  de  Apofegmus  de  reyes,  príncipes,  capitanes,  filósofos  y  oradores 
de  la  antigüedad  que  recogió  Erasmo  de  Roterdam  y  pusieron  en  nuestro  romance 
Juan  de  Jara  va  y  el  bachiller  Francisco  Thamara  en  1549  (^), 

Tampoco  fue  Melchor  de  Santa  Cruz,  á  pesar  de  lo  que  insinúa  en  su  prólogo,  el 
primero  que,  á  imitación  de  estas  colecciones  clásicas,  recopilase  sentencias  y  dichos  do 
españoles  ilustres.  Ya  en  1527  el  bachiller  Juan  de  Molina,  que  tanto  hizo  gemir  las 
prensas  de  Valencia  con  traducciones  de  todo  gónero  de  libros  religiosos  y  profanos, 
había  dado  á  luz  el  Libro  de  los  dichos  y  hechos  del  Rey  Dan  Alonso,  quinto  de  este 
nombro  en  la  casa  de  Aragón,  conquistador  del  reino  de  Ñápeles  y  gran  mecenas  de 
los  humanistas  de  la  península  itálica  que  le  apellidaron  el  Magnánimo  {*).  No  fue  esta 
la  única,  aunque  sí  la  más  divulgada  versión  de  los  cuatro  libros  de  Antonio  Panor- 

(*)  Apothegmas  del  excelentesimo  Philosopho  y  Orador  Plutarcho  Cheroneo  Maestro  del  Empera- 
dor Trajano:  q  son  los  dichos  notables,  biuos,  y  breu^  de  Ion  Emperadores^  Reyes^  Capitanes,  Oradores, 
Legisladores^  y  Varones  Illustres:  assi  Ghriegos,  como  Romanos,  Persas,  y  Lacedemonios:  traduzidos 
de  ügua  Griega  en  Castellana;  dirigidos  a  la  S.C.  C,  M,  por  Diego  Gradan,  secretario  del  muy  lUus- 
tre  y  Reverendissimo  Señor  don  Francisco  de  Mendoga  Obispo  de  (^amora. 

Colofón:  a  Fue  impressa  la  presente  obra  en  la  insigne  universidad  de  Alcalá  de  Henares  en  Casa 
de  Miguel  de  Egaia.  Acabóse  a  treinta  de  Junio  de  Mil  y  Quinientos  y  Treinta  y  tres  AQosd.  4.*'  gót. 

Reimpreso  en  los  Morales  de  Plutarco  traduzidos  de  lengua  Griega  en  Castellana  por  el  mismo 
Diego  Gracián  (Alcalá  do  Henares,  por  Juan  de  Brocar,  1548,  folios  II  á  XLIII). 

(')  El  autor  ó  más  bien  recopilador  de  este  librejo,  en  que  alternan  las  anécdotas  y  las  senten- 
CÍU|  es  el  mismo  que  tradujo  la  novela  sentimental  de  Peregrino  y  Ginebra, 'H.ay,  por  lo  menos,  tres 
ediciones  góticas  de  las  Vidas  de  los  filósofos  (Sevilla,  1520;  Toledo,  1527;  Sevillaj  1541).  Parece  un 
extracto  de  la  compilación  mucho  más  vasta  de  Gualtero  Burley  Liber  de  vita  et  moribus  philosopho' 
rum  poeiarumque  veterum,  traducida  al  castellano  y  tan  leida  en  el  siglo  xv  con  el  título  de  La  vida 
3f  las  costumbres  de  los  viejos  filósofos  («Crónica  de  las  fazañas  de  los  fílósofosi»  la  llamó  Amador  de 
los  Ríos).  Hermann  Knust  publicó  juntos  el  texto  latino  y  la  traducción  castellana  en  el 
tomo  OLXXVII  de  la  Bibliotek  des  litterarischen  vereins  de  Stuttgart  (Tübingen,  1886). 

O  El  traductor  primitivo  fue  Thamara.  No  he  visto  la  primera  edición,  de  Sevilla,  1548;  pero 
en  la  de  Zaragoza,  1552,  por  Esteban  de  Nájera,  se  copian  la  aprobación  de  los  Inquisidores,  dada  en 
el  castillo  de  Triana  €0.  18  dias  del  mes  de  enero  de  1548]>,  y  un  Proemio  y  carta  nuncupatoria,  fir- 
mada por  cel  bachiller  Francisco  Tliamara,  catedrático  de  Cádiz,  intérprete  y  copilador  desta  obrai». 

En  un  mismo  aQo,  1549,  aparecen  en  Aml)crcs  dos  distintas  ediciones  de  este  libro  de  Erasmo 
en  castellano.  Laque  lleva  el  título  de  Apothegmas  que  son  dichos  graciosos  y  notables  de  muchos 
Ttyt*  y  principes  illustres,  y  de  algunos  philosophos  insignes  y  memorables  y  de  otros  varones  antiguos 
qué  lien  hablaron  para  nuestra  doctrina  y  exemplo;  agora  nuevamente  traduzidos  y  recopilados  en  nues- 
tra lengua  castellana  (Envers,  por  Martin  Nució),  reproduce  el  texto  de  Tiíamara  y  su  Carta  nuncu^ 
patma.  La  otra,  cuya  portada  dice:  Libro  de  vidas,  y  dichos  graciosos,  agudos  y  sentenciosos,  de  mu- 
ékos  notables  varones  Griegos  y  Romanos,  ansí  reyes  y  capitanes  como  phtlosophos,  y  oradores  antiguos: 
talos  quáUs  se  contienen  granes  sentencias  e  auisos  no  menos  provechosos  que  deleytables,,,  (Anvers, 
Jato  SteelsiOy  1549),  parece  nueva  traducción ,  ó  por  lo  menos  refundición  de  la  anterior,  hecha  por 
Joto  Jarava,  que  añadió  al  fin  la  Tabla  de  Cebes. 

{*)  Libro  de  los  dichos  y  hechos  del  Rey  don  alomo:  aora  nueuamente  traduzido,  1527, 

Al  reverso  de  la  portada  principia  una  Epístola  del  bachiller  Juan  de  Molina,  ccsobre  el  presente 
tratado,  que  de  latín  en  lengua  Española  ha  mudadoD. 

Colofón:  cFne  impreso  en  Valécía.  En  casa  de  Juan  Joffre  ipressor.  A  XXI  de  Mayo  de  nuestra 
reparación.  M.D.XXVII».  4.«  gót. 

Hay  reimpresiones  de  Burgos,  por  Juan  de  Junta,  1530;  Zaragoza,  1552,  y  alguna  más. 


Lxxii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

mita,  De  dictis  et  f aclis  Alphonsi^  regis  Aragoniim  el  Neapolü  ('),  que  no  es  propia- 
mente una  historia  de  Alfonso  V,  sino  una  colección  de  anécdotas  que  pintan  muy  al 
vivo  su  carácter  j  su  corte.  Unido  al  De  dictis  factisque  del  Panormita  va  casi  siem- 
pre el  Cormnentariiis  de  Eneas  Silvio,  obispo  de  Siena  cuando  le  escribió  y  luego  Papa 
con  el  nombre  de  Pío  II  (*). 

Un  solo  pei'sonaje  español  del  tiempo  do  los  Reyes  Católicos  logró  honores  seme- 
jantes, aunque  otros  los  mereciesen  más  que  él.  Fue  el  primer  duque  de  Nájera,  don 
Pedro  Mani'ique  de  Lara,  tipo  arrogante  de  gran  señor,  en  su  doble  condición  de  bmvo 
guerrero  y  de  moralista  sentencioso  y  algo  excéntrico.  Un  anónimo  recopiló  sus  haza- 
ñas valerosas  y  dichos  discretos  (^)\  y  apenas  hubo  floresta  del  siglo  xvi  en  que  no  se 
consignase  algdn  i*asgo,  ya  de  su  mal  humor,  ya  do  su  picante  ingenio. 

Al  siglo  XVII  muy  entrado  pertenece  el  libro,  en  todos  conceptos  vulgarísimo,  Dtchosi 
y  hechos  del  señor  rey  don  Felipe  segundo  el  prudente  {♦),  que  reox)piló  con  mejoi- 
voluntad  que  discernimiento  el  cum  de  Sacedón  Baltasai»  Porreño,  autor  también  do 
otros  Dichos  y  hechos  de  Felipe  III^  mucho  menos  conocidos  porque  sólo  una  vez,  y 
muy  tardíamente,  fueron  impresos. 

Son  casi  desconocidos  en  nuestra  literatura  aquellos  libros  comúnmente  llamados 
anas  (Menagiana^  Scaligerana^  Bolaeana^  etc.),  de  que  hubo  plaga  en  Francia  y  Holan- 
da durante  el  siglo  xvii  y  que,  á  vueltas  de  muchas  anécdotas  apócrifas  ó  caprichosa- 
mente atribuidas  al  personaje  que  da  nombre  al  libro,  suelen  contener  mil  curiosos  deta- 
lles de  historia  política  y  literaria.  El  carácter  español  se  presta  poco  á  este  género  de 
crónica  menuda.  Pero  no  faltaron  autores,  y  entre  ellos  alguno  bien  ilustre,  que  hiciesen 
colección  de  sus  propios  apotegmas.  A  este  género  puede  reducirse  El  Licenciado  Vi- 
driera de  Cervantes  (•»),  donde  la  sencillísima  fábula  novelesca  sirve  de  pretexto  para 

(M  Abundan  las  ediciones  de  este  curioso  libro:  la  elzevirianu  de  1G4G  lleva  el  título  de  Specu- 
lum  boni  principis.  Fue  traducido  repetidas  veces  al  catalán  y  al  castellano,  una  de  ellan  por  el 
jurisconsulto  Fortún  García  de  Ercilla,  padre  del  poeta  de  la  Araucana.  Sobre  el  Panoiinita (célebre 
con  infame  celebridad  por  su  Hermaphroditus),  véase  especialmente  Ramorino,  Contributt  alia  storia 
hiografica  e  criitca  di  A.  Beccadelli  (Palermo,  1883). 

(*)  Puede  verse  también  en  la  colección  general  de  sus  obras  (Basilea,  1571),  en  que  hay  muchas 
que  el  historiador  de  Alfonso  V  debe  tener  presente». 

(•)  Hazañas  valerosas  y  dichos  discretos  de  D,  Pedro  Manrique  de  Lara^  primer  Duque  de  Níi- 
jera,  Conde  de  Treviilo,  Señor  de  las  villas  y  tierras  de  Amusco,  Navarreie,  Redecilla,  San  Pedro  de 
YanguaSf  Ocon,  Villa  de  la  Sierra,  Senebrilla  y  Cabreros,  (Impreso  conforme  á  una  copia  de  la  colee- 
ción  Salazar  en  el  tomo  VI  (pp.  121-146  del  Memorial  Histórico  Español  que  publica  la  Reul  Acade^ 
mia  de  la  Historia^  Madrid,  1853).  Salazar,  que  ya  transcribió  alguna  parte  de  las  noticias  de  este 
cuaderno  en  las  Prueban  de  su  Historia  Genealógica  de  la  Casa  de  Lara,  habia  encoutnido  el  origi- 
nal en  el  archivo  de  los  Condes  de  Frigiliana. 

(*)  No  conozco  la  fecha  de  la  primera  edición,  pero  algunas  de  las  posteriores  conservan  la 
aprobación  de  Gil  González  Dávila  de  febrero  de  1627.  Fue  reimpresa  en  Sevilla,  1639;  Madrid,  1663, 
y  otras  varias  veces,  siempre  con  mal  papel  y  tipos,  exceptuando  la  elegante  edición  elzeviriana  de 
Bruselas,  por  Francisco  Foppens,  1666.  Muchas  de  las  anécdoías  que  recopila  bou  pueriles  y  prueban 
en  su  autor  poca  sindéresis. 

Los  Dichos  y  Hechos  de  Felipe  III  están  on  las  Memorias  para  ki  historia  de  aquel  monarca, 
que  recopiló  D.  Juan  Yáílez  (Madrid,  1723);  copiados  de  un  manuscrito  original  que  tenía  todas  las 
licencias  para  estamparse  en  1628. 

(')  Notó  bien  este  carácter  aforístico  de  El  Licenciado  Vidriera  el  Sr.  D.  Francisco  A.  de  Icaza 
en  su  elegante  estudio  sobre  las  Novelas  Ejemplares  de  Cervantes  (Madrid,  1901,  pág,  161). 


INTRODUCCIÓN  lxxxxi 

intercalar  las  sentencias  de  aquel  cuerdo  loco,  así  como  Luciano  había  puesto  las  suyas 
en  boca  del  cínico  Demonacte. 

De  Cervantes  al  jurado  cordobés  Juan  Rufo,  infeliz  cantor  de  D.  Juan  de  Austria, 
es  grande  la  distancia  á  pesar  de  la  simpática  benevolencia  con  que  el  primero  habló 
del  segundo  en  el  famoso  escrutinio  de  los  libros  del  hidalgo  manchego.  Pero  no  le  juz- 
guemos por  la  Austriada^  sino  por  Las  seyscientas  apotegmas  que  publicó  en  1596  (*) 
y  por  los  versos  que  las  acompañan,  entre  los  cuales  están  la  interesante  leyenda  de 
Los  Comendadores^  el  poemita  humorístico  de  la  muerte  del  ratón^  la  loa  ó  alabanza 
de  la  comedia^  precursora  de  las  de  Agustín  de  Kojas,  y  sobre  todo  la  Carta  á  su  hijoy 
que  tiene  pasajes  bellísimos  de  ingenuidad  y  gracia  sentenciosa.  Juan  Rufo,  que  tan 
desacordadamente  se  empeñó  en  embocar  la  trompa  épica,  era  un  ingenio  fino  y  dis- 
creto, nacido  para  dar  foi-ma  elegante  y  concisa  á  las  máximas  morales  que  le  había 
sugerido  la  experiencia  de  la  vida  más  bien  que  el  trato  de  los  libros.  Sus  apotegmas  en 
prosa  testifican  esto  mismo,  y  cuando  se  forme  la  colección,  que  todavía  no  existe,  de 
nuestros  moralistas  prácticos  y  lacónicos,  merecerán  honroso  lugar  en  ella.  Sólo  inciden- 
talmente  tocan  á  nuestro  propósito,  puesto  que  suelen  ser  breves  anécdotas  selladas  con 
un  dicho  agudo.  Entre  los  contemporáneos  de  Rufo  tuvieron  mucho  aplauso,  aun  antes 
de  ser  impresos,  y  el  agustino  Fr.  Basilio  de  León  (sobrino  de  Fr.  Luis  y  heredero  de 
su  doctrina)  los  recomendó  en  estos  encarecidos  términos:  <KLlegó  á  mis  manos,  antes 
que  se  imprimiesse,  el  libro  de  las  Apotegmas  del  lurado  luán  Rufo;  con  el  qual  verda- 
deramente me  juzgué  rico,  pues  lo  que  enriqueze  al  entendimiento,  es  del  hombre 
riqueza  verdadera.  Y  hay  tanta,  no  sólo  en  todo  el  libro  (que  no  es  poco,  según  salen 
muchos  á  luz,  grandes  en  las  hojas  y  en  las  cosas  pequeños),  sino  lo  que  es  más,  en 
qualquiera  pai-te  dól,  por  pequeña  que  sea,  que  con  razón  puede  juzgarse  por  muy 
grande,  porque  la  pureza  de  las  palabras,  la  elegancia  dellas,  junto  con  la  armonía  que 
hazen  las  unas  con  las  otras,  es  de  tanta  estimación  en  mis  ojos  quanto  deseada  en  los 
que  escriven.  Allegóse  a  esto  la  agudeza  de  los  dichos,  el  sentido  y  la  gravedad  que  tie- 
nen, la  philosophia  y  el  particular  discurso  que  descubren.  De  manera  que  al  que  dice 
bien  y  tan  bien  como  el  autor  deste  libro,  se  le  puede  dar  justissimamente  un  nuevo  y 
admirable  nombre  de  maravillosa  eloquencia:  pues  los  que  hablan  mal  son  innumera- 
bles, y  él  se  aventaja  á  muchos  do  los  que  bien  se  han  esplicado.  El  aver  enxerido  en 
el  donayre  y  dulzura  de  las  palabras,  lo  que  es  amargo  para  las  dañadas  costumbres, 
nació  de  particular  juyzio  y  de  prudencia.  Como  el  otro  que  á  una  dama  á  quien,  ó  por 
miedo,  ó  por  melindre,  espantava  el  hierro  del  barbero,  la  sangró  disfra9andole  astuta- 
mente con  la  esponja.  En  fin,  no  entiendo  que  avrá  ninguno  de  buen  gusto  que  no  le 
tenga,  y  muy  grande,  con  este  libro,  y  Córdova  no  menor  gozo,  ^iendo  cifrado  en  su 
dueño  todo  lo  que  en  sus  claros  hijos  luze  repartido». 

Hemos  visto  que  el  título  de  Apotegmas  había  sido  introducido  por  los  tmductores 
de  Plutarco  y  Erasmo.  Creemos  que  Juan  Rufo  fue  el  primero  que  le  aplicó  á  una  colec- 
ción original,  dando  la  razón  de  ello:  «El  nombre  de  Apotegmas  es  griego,  como  lo  son 
muchos  vocablos  recebidos  ya  en  nuestra  lengua;  trúxole  á  ella,  con  la  autoridad  de 


(')  Las  Seyscientas  Apotegmas  de  luán  Rufo,  Y  otras  obras  en  verso   Dirigidas  al  Principe  núes» 
tro  Señor.  Cm  Privilegio,  En  Toledo  por  Pedro  Rodríguez,  impressor  del  Rey  nuestro  Señor,  1696, 
8.**  9  hs.  prU.  y  270  fob'os,  de  los  cuales  195  corresponden  á  los  Apotegmas. 


Lsxiv  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

grandes  escritores,  la  necessidad  que  a\'ia  deste  término,  porque  significa  breve  y  aguda 
sentencia,  dicho  j  respuesta;  sentido  que  con  menos  palabras  no  se  puede  explicar» . 

Para  dar  idea  del  carácter  de  este  curioso  librito,  citaré  sin  particular  elección  unos 
cuantos  apotegmas,  procurando  que  no  sean  de  los  que  ya  copió  Gallardo,  aunque  no 
siempre  podrá  evitarse  la  repetición,  porque  aquel  incomparable  bibliógrafo  tenía  parti- 
cular talento  para  extraer  la  flor  de  cuanto  libro  viejo  caía  en  sus  manos. 

«Oyendo  cantar  algunos  romances  de  poetas  enamorados,  con  relación  especial  de 
sus  desseos  y  pensamientos,  y  aun  de  sus  obras,  dixo  (Ruto):  Locos  están  estos  hom- 
bres, pues  so  confiesan  a  giitos.>  (Fol.  4.) 

«Un  año  después  que  estuvo  oleado,  le  dixo  un  amigo,  viéndole  bueno:  Harto  mejor 
estays  de  lo  que  os  vi  aora  un  afio.  R.  Mucha  más  salud  tenía  entonces,  pues  tenia  más 
un  afio  de  vida.  (Fol.  6  vuelto.) 

«Mirando  á  una  fea,  martjT  de  enrubios,  afeytes,  mudas,  y  de  vestirse  y  ataviarse 
costosamente,  y  con  estraña  curiosidad,  dixo  que  las  feas  son  como  los  hongos,  que  no  se 
pueden  comer  si  no  en  virtud  de  estar  bien  guisados,  y  con  todo  son  ruyn  vianda.»  (F.  7.^ 

«Preguntólo  un  viejo  de  sesenta  años  si  se  teñirla  la  canas,  y  R.  No  borréis  en  una 
hora  lo  que  Dios  ha  escrito  en  sesenta  años.»  (Fol.  7  vuelto.) 

«El  agua  encañada,  quanto  baxa  sube,  y  la  palabra  de  Dios  entia  por  los  oydos,  y 
penetra  hasta  el  corazón,  si  sale  del.»  (Fol.  9.) 

«Centava  un  cavallero  una  merienda  que  ciertos  frayles  tuvieron  en  un  jardin  del 
susodicho;  y  que  tras  la  abundancia  de  la  vianda,  y  diferencias  de  vinos  que  huvo,  fue 
notable  el  gusto  y  alegría  de  todos  aquellos  reverendos.  Y  dezia  también  que  uno 
dellos  (devoto  y  compuesto  religioso)  se  puso  de  industria  á  pescar  en  un  estanque,  por 
escusar  la  behetiia  do  los  demás.  Oydo  lo  qual,  dixo:  no  se  podra  dezir  por  esse:  no 
sabe  lo  que  se  pesca.»  (Fol.  13.) 

«El  duque  de  Osuna,  D.  Pedro  Girón,  tenia  á  la  hora  de  su  muerte  junto  á  sí  una 
gran  fuente  de  plata,  llena  de  nieve  y  engastados  en  ella  algunos  vasos  de  agua,  y  dixo 
el  Condestable  de  Castilla,  su  yerno:  Ningún  consuelo  hay  para  el  Duque  igual  á  tener 
aquella  nieve  cerca  de  sí.  R.  Quiere  morir  en  Sierra  Nevada,  porque  no  le  pregunten 
por  D.  Alonso  de  Aguilar»  (*).  (Fol.  15.) 

«Huvo  disciplinas  en  Madrid  por  la  falta  de  agua ;  y  como  ora  en  el  mes  de  Mayo 
y  hazia  calor,  no  sallan  hasta  que  anochezia.  De  manera  que  toda  la  tarde  no  cabian  las 
calles  por  donde  avian  de  pasar  los  disciplinantes,  de  damas  y  gente  de  á  eavallu;  y 
andavan  los  passeos  tan  en  forma,  como  si  algún  grande  regocijo  fuera  la  causa  de 
aquel  concurso.  Visto  lo  qual,  al  salir  los  penitentes,  dixo  que  parecía  entremés  á  lo 
divino  en  comedia  deshonesta.»  (Fol.  18.) 

«Tratándose  del  Cid,  y  de  sus  grandes  proezas,  dixo,  que  fue  catredatico  (sic)  de 
valentía,  pues  enseñó  á  ser  esfor9ado  á  Martin  Pelaez»  (^).  (Fol.  19.) 

O  Alude,  con  discreta  malicia,  que  no  debió  de  sentar  bien  á  los  do  la  casa  de  Osuna,  á  aquel 

sabido  cantarcillo: 

Decit,  buen  comle  de  Ureña, 
¿Don  Alonso  dónde  queda? 

(')  La  frase  profesor  de  energía  que  Sthendhal  inventó  (según  creo)  para  aplicármela  á  Napoleón, 
y  se  ha  repetido  tanto  después,  recuerda  bastante  ésta  de  catedrático  de  vaUntia  que  Juan  Rufo  dijo 
del  Oid. 


INTRODUCCIÓN  lxxv 

«El  hombre  que  más  largas  narices  tuvo  en  su  tiempo,  dezia  otro  amigo  suyo,  que 
venia  de  Bui-gos  á  Madrid  seis  días  avia,  j  que  le  espera  va  dentro  de  uua  hora.  No 
puede  ser,  le  respondió  luán  Rufo,  pues  no  han  llegado  sus  narices.»  (Fol.  22.) 

cEstando  un  carpintero  labrando,  aunque  toscamente,  los  palos  pai*a  hazer  una 
horca,  y  otro  vezino  suyo  murmurando  de  la  obra  del  artífice,  los  puso  en  paz  diziendo, 
que  los  palos  de  la  horca  son  puntales  de  la  república.» 

«Sentia  ásperamente  un  ^gentil  hombro  el  hacerse  viejo,  y  corríase  de  verse  algo 
cano,  como  si  fuera  delito  vergon(;oso.  Y  como  fuesse  su  amigo,  y  le  viesse  que  en 
cierta  conversación  dava  señales  desto,  le  dixo  para  consuelo  y  reprehensión,  los  versos 
que  se  siguen: 

Si  quando  el  seso  florece 
Yemos  que  el  hombre  encanece: 
Las  canas  deven  de  ser 
Flores  que  brota  el  saber 
En  quien  no  las  aborrece.» 

(Fol.  24  vuelto.) 

«Sin  duda  este  tiempo  florece  de  poetas  que  hacen  romances,  y  músicos  que  les  dan 
sonadas:  lo  uno  y  lo  otro  con  notable  gracia  y  aviso.  Pues  como  es  casi  ordinario  amol- 
dar los  músicos  los  tonos  con  la  primera  copla  de  cada  romance,  dixo  á  uno  de  los  poetas 
que  mejor  los  componen  que  escusasc  en  el  principio  afecto  ni  estrañeza  particular,  si 
en  .todo  el  romance  no  pudiesse  continualla;  porque  de  no  hazello  resulta  que  el  primer 
cuarteto  so  lleva  el  mayorazgo  de  la  propiedad  de  la  sonada,  y  dexa  pobres  á  todos  los 
demas.>  (Fol.  26  vuelto.) 

«Considerados  los  desasossiegos,  escándalos  y  peligros,  gastos  de  hazienda  y  menos- 
cabos de  salud,  que  proceden  de  amorosos  devaneos,  dixo  que  los  passatiempos  del 
Amor  son  como  el  tesoro  de  los  alquimistas,  que  costándoles  mucho  tiempo  y  trabajo, 
gastan  el  oro  que  tienen  por  el  que  después  no  sacan.»  (Fol.  67.) 

«Alabando  algunos  justissimamente  la  rara  habilidad  del  doctor  Salinas  ('),  canó- 
nigo de  Segovia,  dixo  que  era  Salinas  de  gracia  y  donaire,  con  ingenio  de  a9ucar.» 
(Fol.  74.) 

«El  (autor)  y  un  amigo  suyo,  que  le  solia  reprehender  porque  no  componía  la 
s^unda  parte  de  la  Austriada^  passaron  por  donde  estava  un  paxarillo  destos  que 
suben  la  comida  y  la  bevida  con  el  pico,  entre  otros  que  estavan  enjaulados.  T  como 
todos  cantassen,  y  aquel  no,  dixo:  Veys  aqui  un  retrato  del  silencio  de  mi  pluma, 
porque  no  soy  paxaro  enjaulado, .  sino  aquel  que  está  con  la  cadena  al  cuello.  Pre- 
guntado por  qué,  dixo  estos  versos: 

Para  el  hombre  que  no  es  rico 
Cadena  es  el  matrímonio, 
Y  tormento  del  demonio 
Sustentarse  por  su  pico.» 

(Fol.  94.) 

(<)  Alude  al  Dr.  Juan  de  Salinas,  festivo  poeta  sevillano,  cuyas  Obras  han  sido  publicadas  por 
la  Sociedad  de  Bibliófilos  Andaluces. 


LXivi  orígenes  de  la  novela 

cDe  quinientos  ducados  que  el  Rey  le  hizo  de  merced  por  su  libro  de  la  Austviada, 
fue  gastando  en  el  sustento  de  su  casa  hasta  que  no  le  quedaban  sino  cincuenta,  los 
quales  se  puso  á  jugar  (*).  Y  preguntado  por  qué  hazia  aquel  excesso,  R.  Para  que  las 
reliquias  de  mis  soldados  vengan,  6  mueran  peleando,  antes  que  el  largo  cerco  los  acabe 
de  consumir.»  (Fol.  99  vuelto.) 

«Como  hay  mujeres  feas,  que  siendo  ricas  se  dan  á  entender  que  á  poder  de  atavios 
han  de  suplir  con  curiosidad  los  defectos  de  naturaleza:  de  la  misma  manera  piensan 
algunos  que  por  ser  estudiosos  y  leydos,  han  de  salir  buenos  poetas,  siendo  cosa,  si  no 
del  todo  agena  de  sus  ingenios,  á  lo  menos  cuesta  arriba  y  llena  de  aspereza.  Y  para 
más  confirmación  deste  engaño,  nunca  les  faltan  aficionados  que  los  desvanezcan.  Pues 
como  un  hombre  que  era  apassionadissimo  de  un  poeta  por  accidente,  defendiesse  sus 
Mussas  con  dezir  que  era  hombre  que  sabia,  le  dixo:  No  es  todo  uno  ser  maestro  do 
capilla  y  tener  buena  voz.»  (Fol.  135.) 

«Vivia  en  la  corte  un  pintor  (^)  que  ganava  de  comer  largamente  á  hazer  retratos, 
y  era  el  mejor  pie  de  altar  para  su  ganancia  una  caxa  que  traya  con  quarenta  ó  cin- 
cuenta retratos  pequeños  de  las  más  hermosas  señoras  de  Castilla,  cuyos  traslados  lo 
pagavan  muy  bien,  unos  por  afición  y  otios  por  sola  curiosidad.  Este  le  mostró  un  dia 
todo  aquel  tabaque  do  rosas,  y  le  confessó  los  muchos  que  le  pedian  copias  dellas. 
R.  Soys  el  rufián  más  famoso  del  mundo,  pues  ganays  de  comer  con  cincuenta  mujeres.» 
(Fol.  136.) 

«Armándose  en  Flandes  D.  Lope  de  Acuña,  para  un  hecho  de  armas,  algo  de  pries- 
sa,  dixo  á  dos  criados  que  le  ayudavan  á  armar  que  le  pussiessen  mejor  la  celada: 
la  qual  como  fuesse  Borgoñona,  y  al  cerralla  le  huviessen  cogido  una  oreja,  le  dáva 
mucho  fastidio.  Los  criados  le  respondieron  una,  y  dos,  y  más  vezes,  que  no  yva 
sino  muy  en  su  lugar.  Y  como  las  ocasiones  no  lo  davan  para  detenerse  mucho,  en- 
tró assi  en  la  refriega,  que  fué  sangrienta.  Y  desarmándose  después  D.  Lope,  como 
se  le  saliesse  la  una  oreja  assida  á  la  celada,  en  vez  de  enojarse,  dixo  con  mucha 
mansedumbre  á  los  que  le  armaron:  ¿No  os  dezia  yo  que  yva  mal  puesta  la  celada?» 
(Fol.  148.) 

«Acabando  de  leer  unos  papeles  suyos,  le  dixo  uno  de  los  oyentes:  No  sé  por  qué 
no  os  proveen  en  un  corregimiento  de  los  buenos  de  España;  mas  «  fe  que  si  en  algo 
errárades,  y  yo  fuera  presidente,  que  os  avia  de  echar  á  galeras^  pues  7io  podiades 
haxello  de  ignorancia.  R.  Rigurosissimo  andays  conmigo,  pues  antes  que  acepte  el  cargo 
me  tomays  la  residencia»  (^).  (Fol.  155.) 

«Desde  que  el  señor  don  luán  murió,  que  le  hazia  mucha  merced,  nunca  tuvo 
sucesso  que  fuesse  de  hombre  bien  afortunado,  y  tanto  que  era  ya  como  proverbio  su 


(')  Rufo  debia  de  s^^r  un  jugador  empedernido,  y  á  esto  aluden  muchos  pasajes  do  sus  Ápo* 
iegmas, 

(*)  ¿Sería  Felipe  de  Liaffo,  cuya  especialidad  eran  los  retrates  pequeños,  especialmente  de 
mujeres? 

O  Este  apotegma  tiene  poco  mérito,  pero  no  he  querido  dejar  de  citarle,  porque  acaso  nos  pone 
en  camino  de  interpretar  uno  de  los  más  oscuros  pasajes  del  Quijote:  el  relativo  á  Tirante  el  Blanco, 
Si  suponemos  que  hay  errata  donde  dice  industria^  y  leemos  ignorancia^  como  en  el  texto  de  Juan 
liufo,  queda  claro  el  sentido.  Sin  duda  Rufo  y  Cervantes  usaron  una  misma  frase  hecha,  y  no  es 
creíble  que  el  segundo  lu  alterase  con  menoscabo  de  la  claridad. 


i 


K, 


INTRODUCCIÓN  Lxxvii 

mala  dicha.  Estando,  pues,  uu  dia  cou  dolor  en  un  pie,  dizióndole  su  doctor  que  era 
gota,  respondió: 

Aunque  pobre  y  en  pelota, 

Mal  de  ricos  me  importuna, 

Porque  al  mar  de  mi  fortuna 

No  le  faltasse  una  gota.» 

(Fol.  156.) 

cTan  fácil  y  proprio  dixo  que  seria  á  los  prelados  gastar  todas  sus  rentas  en  hazer 
bien,  como  al  sol  el  dar  luz  y  calentar.»  (Fol.  163.) 

«Siendo  su  hijo  de  once  años,  le  sucedió  una  noche  quedársele  dormido  en  dos  ó 
tres  sitios  muy  desacomodados;  por  lo  qual  dixo  uno  que  lo  avia  notado:  Este  niño  halla 
cama  donde  quiera,  y  deve  de  ser  de  bronco  ó  trae  lana  en  las  costillas.  R. 

Qué  más  bronce 
Que  afios  once, 
Y  qué  más  lana 
Que  no  pensar  en  mañana.» 

(Fol.  189  vuelto)  (*). 

• 

Los  apotegmas  no  son  seiscientos^  sino  que  llegan  á  setecientos,  como  expresa  el 
mismo  Rufo  en  una  advertencia  final.  A  ésta  como  á  casi  todas  las  colecciones  de  sen- 
tencias, aforismos  y  dichos  agudos  cuadra  de  lleno  la  sentencia  de  Marcial  sobre  sus 
propios  epigramas  sunt  bona^  stmt  qiuedam  viediocria^  sunt  mala  pitera.  Pero  aun- 
que muchos  puedan  desecharse  por  ser  insulsos  juegos  de  vocablos,  queda  en  los  res- 
tantes bastante  materia  curiosa,  ya  para  ilustrar  las  costumbres  de  la  época,  ya  para 
conocer  el  carácter  de  su  autor,  poeta  repentista,  decidor  discreto  y  que,  como  todos  los 
ingenios  de  su  clase,  tenía  que  brillar  más  en  la  conversación  que  en  los  escritos.  El 
mismo  lo  reconoce  ingenuamente:  «Importunándole  que  repitiesse  los  dichos  de  qne  se 
acordasse,  dixo  que  no  se  podia  hazer  sin  perderse  por  lo  menos  la  hechura,  como  quien 
vende  oro  viejo:  pues  quando  el  oro  del  buen  dicho  se  estuviesse  entero,  era  la  hechura 
la  ocasión  en  que  se  dixo,  el  no  esperarse  entonces  la  admiración  que  causó.  Y  que  en 
fin,  fuera  de  su  primer  lugar  eran  piedras  desengastadas,  que  luzen  mucho  menos.  O 
como  pelota  de  dos  botes,  que  por  bien  que  se  toque  no  se  ganan  quinze» . 

Tuvo  Juan  Rufo  un  imitador  dentro  de  su  propia  casa  en  su  hijo  el  pintor  y  poeta 
cordobés  D.  Luis  Rufo,  cuyos  quinientos  apotegmas  (en  rigor  455)  ha  exhumado  en 
nnestros  tiempos  el  erudito  Sr.  Sbarbi  (*).  Pero  la  fecha  de  este  libro,  dedicado  al  Prín- 
cipe D.  Baltasar  Carlos  (n.  1629,  m.  1646),  le  saca  fuera  de  los  límites  cronológicos  del 
presente  estudio,  donde  por  la  misma  razón  tampoco  pueden  figurar  los  donosos  Ouen' 

(')  Esta  fácil  y  pronta  respuesta  se  atribuye  en  Cataluña  al  Rector  de  Vallfog^ona,  y  dicen  qne 
elU  bastó  para  que  le  reconociese  Lope  de  Vega.  El  festivo  poeta  tortosíno  habia  nacido  en  1582,  é 
hizo  un  solo  viaje  á  Madrid,  en  1623.  Los  Apotegmas  estaban  impresos  desde  1596,  y  no  contienen 
mis  qne  dichos  originales  de  Juan  Rufo. 

(*)  Las  quinierUds  apotegmas  de  D,  Luis  Rufo^  hijo  de  D,  Juan  Rufo,  jurado  de  Córdoba ,  diri^ 
gidas  al  Principe  Nuestro  Señor  (Siglo  xvii).  Ahora  por  primera  vez  publicadas,  Madrid,  imprenta  de 
Foeotenebro,  1882, 12.» 


Lxxvni  ORÍGENES  DE  LA  UOVELA 

tos  que  notó  D.  Juan  de  Arguyo^  entre  los  cuales  se  leen  algunas  agudezas  del  Maestro 
Farfán,  agustiniano  (*). 

Volviendo  ahora  la  vista  fuera  de  las  fronteras  patrias,  debemos  hacer  mérito  de 
algunas  misceláneas  de  varia  recreación  impresas  en  Francia  para  uso  de  los  estudio- 
sos de  la  lengua  castellana,  cuando  nadie,  «ni  varón  ni  mujer  dejaba  de  aprenderla  , 
según  testifica  Cervantes  en  el  Persiles  (Libro  III,  cap.  XIU).  Una  porción  de  aventu- 
reros españoles,  á  veces  notables  escritores,  como  el  autor  de  La  desordetiadn  codicia 
de  los  bienes  ajenos  j  el  segundo  continuador  del  Laxanllo  de  Tormes^  vivían  de  ense- 
riarla ó  publicaban  allí  sus  obras  de  imaginación.  Otros,  que  no  llegaban  á  tanto,  se 
limitaban  á  los  rudimentos  de  la  disciplina  gramatical,  hacían  pequeños  vocabularios, 
manuales  de  conversación,  centones  y  rapsodias,  en  que  había  muy  poco  de  su  cose- 
cha. A  este  género  pertenecen  las  obras  de  Julián  de  Medrano  y  de  Ambrosio  de 
Salazar. 

Julián  ó  Julio  Iñiguez  de  Medrano,  puesto  que  de  ambos  modos  se  titula  en  su 
libro,  era  im  caballero  navarro  que,  después  de  haber  rodado  por  muchas  tierras  de 
España  y  de  ambas  Indias,  aprendiendo,  segán  dice,  *los  más  raros  y  curiosos  secretos 
»de  natura»,  vivía  cen  la  ermita  del  Bois  de  A'^incennes» ,  al  servicio  de  la  Reina  Marga- 
rita do  Valois.  A  estos  viajes  suyos  aluden  en  términos  muy  pomposos  los  panegiristas 
([ue  en  varias  lenguas  celebraron  su  libro,  comenzando  por  el  poeta  regio  Juan  Daurat 

_  • 

ó  Dorat  (loannes  Auratus): 

Julius  ecce  Medrana  novus  velut  alter  Ulysses, 
A  variis  populis,  a  varioque  mari, 
Gemmarum  omne  genus,  genus  omne  reportat  et  auri: 
Thesaurus  nunquam  quantus  ülyssis  erit. 

La  verdad  es  que  de  tales  tesoros  da  muy  pobre  muestra  su  Silva  Curiosa^  cuya 
primera  y  rarísima  edición  es  de  1587  (*).  Ue  los  siete  libros  que  la  portada  anuncia, 
sólo  figui'a  en  el  volumen  el  primero,  que  lleva  el  título  de  «dichos  sentidos  y  motes 
breves  de  amor» .  Los  otros  seis  hubieron  de  quedarse  inéditos,  ó  quizá  en  la  mente  de 
su  autor,  puesto  que  parecen  meros  títulos  puestos  para  excitar  la  curiosidad.  El 
segundo  debía  tratar  de  «las  yerbas  y  sus  más  raras  virtudes^^ ;  el  tercero,  de  las  piedras 
preciosas;  el  cuarto,  de  los  animales;  el  quinto,  de  los  peces;  el  sexto,  de  las  «aves  celes- 
tes y  terrestres»;  el  séptimo  «descubre  los  más  ocultos  secretos  de  las  muieres,  y  les 
ofrece  las  más  delicadas  recetas:».  Ni  del  tratado  de  los  cosméticos,  ni  de  la  historia 
natural  recreativa  que  aquí  so  prometen,  ha  quedado  ningún  i-astro,  pues  aunque  lleva 
el  nombre  de  Julio  Iñiguez  de  Medrano  cierta  rarísima  Histona  del  Can^  del  Caballo^ 

(')  Algunos  de  estos  Cuentos,  cuyo  borrador  se  conserva  en  la  Biblioteca  Nacional,  fueron  publi- 
cados por  D.  Juan  £ugenio  Hartzenbnsch,  como  apéndice  á  la  primera  edición  de  sus  propios  Cueti» 
tos  y  fábulas  (Madrid,  1861),  y  casi  todos  lo  han  sido  por  D.  Antonio  Paz  y  ^lelia  (Salesldel  ingenio 
español,  2.*  serie,  1902,  pp.  91-211). 

(*)  La  Silva  Curiosa  de  Julián  dt  Medrano,  cavallero  navarro:  en  que  se  tratan  diversas  cosas 
sotilissinuis,  y  curiosas,  muí  conuenientes  para  Damas  y  Cavalleros,  en  toda  conuersation  virtuosa  y 
hojie^ta,  Diriijida  a  la  muy  Alta  y  Serenissima  Reyna  de  Nauarra  su  sennora.  Va  dividida  esta  Silva 
en  siete  libros  diuersos,  el  sx^jetto  de  los  quales  veeras  en  la  tabla  siguiente.  En  Paris,  Impresso  en  Casa 
de  Nicolás  Chezneav  en  la  calle  de  Santiago,  a  la  insignia  de  Chesne  verá,  M,D,LXXXIII,  Con  Pri* 
vilegio  del  Rei,  S,** 


INTRODUCCIÓN  Lxxxx 

OsOj  Lobo^  Ciervo  y  del  Elefante^  que  se  dice  impresa  en  París,  en  1583,  este  libro  no 
es  más  que  un  ejemplar,  con  los  preliminares  reimpresos,  del  libro  Del  can  y  del  caba' 
lio  que  había  publicado  en  Valladolid  el  protonotario  Luis  Pérez  en  15(38,  sin  que 
para  nada  se  bable  del  oso  ni  de  los  demás  animales  citados  en  la  portada  (^).  La  super- 
chería que  Medrano  usó  apropiándose  este  libro  para  obsequiar  con  61,  no  desinteresa- 
damente sin  duda,  al  Duque  de  Epernon,  da  la  piedida  de  su  probidad  literaria^  que 
acaba  de  confirmarse  con  la  lectura  de  la  Silva^  especie  de  cajón  de  sastre,  con  algu- 
nos retales  buenos,  salteados  en  ajenas  vestiduras.  No  sería  difícil  perseguir  el  origen  de 
las  «letras  v  motes» ,  de  las  preguntas,  proverbios  y  sentencias  morales;  pero  limitándo- 
nos á  lo  que  salta  á  la  vista  en  cuanto  se  recorren  algunas  páginas  de  la  Silva^  vemos 
que  Medrano  estampa  su  nombre  al  principio  de  un  trozo  conocidísimo  de  Cristóbal  de 
Castillejo  en  su  Diálogo  de  las  condiciones  de  las  mujeres^  y  da  por  suyo  de  igual  modo 
aquel  soneto  burlesco  atribuido  á  D.  Diego  de  Mendoza  y  que  realmente  es  de  Fray 
llelchor  de  la  Serna: 

Dentro  de  un  santo  templo  im  hombre  honrado... 

Tales  ejemplos  hacen  sospechar  de  la  legítima  paternidad  de  sus  versos.  Y  lo  mismo 
sucede  con  la  prosa.  Casi  todos  los  «dichos  sentidos,  agudas  respuestas,  cuentos  muy 
graciosos  y  recreativos,  y  epitafios  curiosos»  que  recoge  en  la  segunda  parte  de  la  Silva^ 
habían  figui-ado  antes  en  otras  florestas,  especialmente  en  el  Sobremesa  de  Timoneda, 
del  cual  copia  literalmente  nada  menos  que  cuarenta  cuentos,  con  otros  cinco  de  Juan 
Aragonés  (^). 

Hay,  sin  embargo,  en  el  libro  dos  narraciones  tan  mal  forjadas  y  escritas,  que  sin 
gran  escrúpulo  pueden  atribuirse  al  mismo  Julián  de  Medrano.  Una  es  cierta  novela 
pastoril  de  Coridón  y  Silvia;  y  aun  en  ella  intercaló  versos  ajenos,  como  la  canción  de 
Francisco  de  Figueroa: 

Sale  la  aurora,  de  su  fértil  manto 
Rosas  suaves  esparciendo  y  ñores... 

La  otra,  que  tiene  algún  interés  para  la  historia  de  las  supersticiones  populares,  es 
un  lai^  cuento  de  hechicerías  y  artes  mágicas,  que  el  autor  supone  haber  presenciado 
y«ttdo  en  romería  á  Santiago  de  Galicia. 

No  es  inverosímil  que  Lope  de  Vega,  que  lo  leía  todo  y  de  todo  sacaba  provecho 
para  su  teatro,  hubiese  encontrado  entre  los  ejemplos  de  la  Silva  Curiosa  el  argumento 
de  su  comedia  Lo  que  ha  de  ser^  aunque  al  fin  de  ella  alega  «las  crónicas  africanas» . 

(*)  Vid.  La  Caza^  Estudios  bibliográficos ^  por  D.  Francisco  de  ühagón  y  D.  Enrique  de  Leguina 
(Madrid,  1888),  pág.  39. 

(»)  Cuentos  3.*>,  5.«,  8.^  9.»  y  11.*»  de  Juan  Aragonés;  cuentos  24,  25,  26,  29,  30,  32,  33,  34,  39, 
40,  42,  44,  46,  48,  49,  50,  51,  52,  54,  62,  63,  67,  68,  72  de  la  2.*  parte  del  Sobremesa;  31,  34,  39,  42, 
47,  60,  52,  54,  60,  63,  67,  72,  73,  76  de  la  1.»  (ed.  Rivadeneyra).  Cf .  pp.  144-166  de  la  Silva  en  la 
reimpresión  de  Sbarbi.  Como  se  ve,  Medrano  no  se  tomó  siquiera  el  trabajo  de  cambiar  el  orden 
de  los  cuentos,  aunque  puso  los  de  la  l.>  parte  después  de  los  de  la  2.*  Además,  en  la  pág.  91  trae  el 
cuento  53  de  U  2.*  parte  (csi  los  rocines  mueren  de  amores, — ¡triste  de  mi!  ¿qué  harán  los  hom- 
bres?»);  pero  debe  de  estar  tomado  de  otra  parte,  porque  en  Timoneda  es  más  breve  y  no  dice  que 
el'caso  sucediese  en  Tudela. 


# 


Lxxx  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

Uico  así  el  cuentecillo  de  la  Silt'a,  que  no  tengo  por  original,  aunque  hasta  ahora  no 
puedo  determinar  su  fuente: 

«Un  caballero  de  alta  sangre,  fué  curioso  de  saber  lo  que  las  influencias  ó  inclina- 
ciones de  los  cuerpos  celestiales  prometían  á  un  hijo  suyo  que  él  tenia  caro  como  su 
propia  vida,  y  así  hizo  sacar  el  juicio  de  la  vida  del  mancebo  (que  era  ya  hombrecito)  á 
un  astrólogo  el  más  famoso  de  aquella  tierra;  el  cual  halló  por  su  sciencia  que  el  mozo 
era  amenazado  y  corría  un  grandísimo  peligro,  en  el  año  siguiente,  de  recibir  muerte 
por  una  fiera  cruel,  la  cual  él  nombró  y  (pasando  los  límites  de  su  arte)  dijo  sería  un 
león;  y  que  el  peligro  era  tan  mortal,  que  si  este  caballero  no  defendía  la  caza  á  su  hijo 
por  todo  aquel  año,  y  no  le  ponia  en  algún  castillo  donde  estuviese  encerrado  y  muy 
bien  guardado  hasta  que  el  año  pasase,  que  él  tenia  por  cosa  imposible  que  este  man- 
cebo escapase  al  peligro  de  muerte.  El  padre,  deseando  en  todo  y  por  todo  seguir  el 
consejo  del  astrólogo  (en  quien  él  creia  como  en  un  oráculo  verísimo),  privando  á  su 
hijo  del  ejercicio  que  él  más  amaba,  que  era  la  caza,  lo  encerró  en  una  casa  de  placer 
que  tenia  en  el  campo,  y  dejándole  muy  buenas  guardas,  y  otras  personas  que  le  diesen 
todo  el  pasatiempo  posible,  los  defendió  á  todos,  so  pena  de  la  vida,  que  no  dejasen 
salir  á  su  hijo  un  solo  paso  fuera  de  la  puei-ta  del  castillo.  Pasando  esta  vida  el  pobre 
mancebo  en  aquella  cárcel  tristísima,  viéndose  privado  de  su  libertad,  dice  la  historia 
que  un  dia,  paseándose  dentro  de  su  cámara,  la  cual  estaba  ricamente  adornada  y  guar- 
necida de  tapicería  muy  hermosa,  se  puso  á  contemplar  las  diversas  figui-as  de  hombres 
y  animales  que  en  ella  estaban,  y  viendo  entre  ellos  un  león  figurado,  principió  á  eno- 
jarse con  él  como  si  vivo  estuviera,  diciendo:  «¡Oh  fiera  cruel  y  maldita!  Por  ti  me  veo 
^  aqui  privado  de  los  más  dulces  ejercicios  de  mi  vida;  por  ti  me  han  encerrado  en  esta 
» prisión  enojosa».  Y  arremetiendo  con  cólera  contra  esta  figura,  le  dio  con  el  puño 
cerrado  un  golpe  con  toda  la  fuerza  do  su  brazo;  y  su  desventura  fué  tal  que  detrás  de 
la  tapicería  habia  un  clavo  que  salla  de  un  madero  ó  tabla  que  alli  estaba,  con  el  cual 
dando  el  golpe  se  atravesó  un  dedo;  y  aunque  el  mal  no  parecía  muy  grave  al  princi- 
pio, fué  tal  todavía,  que  por  haber  tocado  á  un  nervio,  en  un  extremo  tan  sensible 
como  es  el  dedo,  engendró  al  pobre  mancebo  un  dolor  tan  grande,  acompañado  de  una 
calentura  continua,  que  le  causó  la  muerte»  (^). 

César  Oudín,  el  mejor  maestro  de  lengua  castellana  que  tuvieron  los  franceses  en 
todo  el  siglo  XVII  y  el  más  antiguo  de  los  traductores  del  Quijote  en  cualquier  lengua, 
hizo  en  1608  una  reimpresión  de  la  Silva^  añadiendo  al  fin,  sin  nombre  de  autor,  la 
novela  de  El  Curioso  Impertinente^  que  aquel  mismo  año  publicaba  en  texto  español 
y  fnmcés  Nicolás  Baudouin  (*).  Por  cierto  que  esta  segunda  edición  do  la  Silva  dio 
pretexto  á  un  erudito  del  siglo  xviii  para  acusar  á  Cervantes  de  haber  plagiado  ¡á  Me- 
drano!  Habiendo  caído  en  manos  del  escolapio  D.  Pedro  Estala  un  ejemplar  de  la  Silva 
de  1608,  donde  está  la  novela,  dedujo  con  imperdonable  ligereza  que  también  estaría 

(*)  P.  168  de  la  reproiluccióo  do  Sbarbi. 

(*)  La  Silva  Curiosa  de  Ivlian  de  Medrana,  Cavallero  Navarro:  en  que  se  tratan  diuersas  cosas 
soiilissimas  y  curiosas,  muy  conuenientes  para  Dantas  y  Caualleros,  en  toda  conuersacion  virtuosa  y 
honesta.  Corregida  en  esta  nueua  edición,  y  reduzida  a  mejor  lectura  por  Cesar  Ovdin.  Véndese  en  Pa* 
risy  en  casa  de  Marc  Orry,  en  la  calle  de  Santiago,  a  la  insignia  del  Lion  Rampant.  M.DCVIII, 

8.*'  8  hs.  priesa,  y  328  pp.  La  novela  de  El  Curioso  Impertinente  empieza  en  la  página  274. 

Algunas  cosas  más  que  la  novela  agregó  César  Oudín  al  tckto  primitivo  de  la  Silva,  Bn  la  pá- 


INTRODUCCIÓN  lxxxi 

eu  la  de  1583,  y  echó  á  volar  la  especie  de  que  Cervantes  la  había  tomado  de  allí, 
cno  creyendo  haber  inconveniente  6  persuadido  á  que  no  se  le  descubriría  el  hurto, 
/Si  así  debe  llamarse».  A  esta  calumniosa  necedad,  divulgada  en  1787,  ee  opuso,  con 
la  lógica  del  buen  sentido,  D.  Tomás  Antonio  Sánchez,  aun  sin  haber  visto  la  primera 
edición  de  la  Silva^  de  la  cual  sólo  tuvo  conocimiento  por  un  amigo  suyo  residente  en 
París  («). 

Compilaciones  del  mismo  género  que  la  Silva  son  algunos  de  los  numerosos  libros 
que  publicó  en  Francia  Ambrosio  de  Salazar,  aventurero  murciano  que  después  de 
haber  militado  en  las  guerras  de  la  Liga,  hallándose  sin  amparo  ni  fortuna,  despedcb^ 
xado  y  roto^  como  él  dice,  se  dedicó  en  Buán  á  enseQar  la  lengua  de  Castilla,  llagando 
i  ser  maestro  ó  intérprete  de  Su  Majestad  Cristianísima.  La  vida  y  las  obras  de  Salazar 
han  sido  perfectamente  expuestas  por  A.  Morel-Fatio  en  una  monografía  tan  sólida  como 
agradable,  que  agrupa  en  tomo  de  aquel  curioso  personaje  todas  las  noticias  que  pue- 
den apetecerse  sobre  el  estudio  del  español  en  Francia  durante  el  reinado  de  Luis  XIII 
V  sobre  las  controversias  entre  los  maestros  de  gramática  indígenas  y  forasteros.  Bemi- 
tiendo  á  mis  lectores  á  tan  excelente  trabajo  {%  hablaré  sólo  de  aquellos  opúsculos  de 
Salazar  que  tienen  algún  derecho  para  figurar  entre  las  colecciojies  de  cuentos,  aunque 
sn  fin  inmediato  fuese  ofrecer  textos  de  lengua  familiar  á  los  franceses. 

Tenemos,  en  primer  lugar.  Las  Clavellinas  de  Recreación^  donde  se  contienen  sen^ 
tenciasj  avisos,  exemplos  y  Historias  muy  agradables  para  todo  genero  de  personas 
desseosas  de  leer  cosas  curiosas^  en  dos  lenguas^  Francesa  y  (Castellana;  obrita  impresa 
dos  veces  en  Ruán,  1614  y  1622,  y  reimpresa  en  Bruselas,  1625  (•).  Es  un  ramillete 
bastante  pobre  y  sin  ningún  género  de  originalidad,  utilizando  las  colecciones  anterio- 
res, especialmente  la  de  Santa  Cruz,  con  algunas  anécdotas  de  origen  italiano  y  otras 
tomadas  de  los  autores  clásicos,  especialmente  de  Valerio  Máximo.  Las  Horas  de  i?e- 
creacián  de  Guicciardini,  el  Oalateo  Español  de  Lucas  Gracián  Dantisco  (del  cual 


gtna  271  de  bu  edición  pone  esta  advertencia:  cEstOB  dos  epitafios  siguientes  fueron  afiadidos  á  esta 
Megunda  impresión  por  Oesar  Oadin,  el  qual  los  cobró  de  dos  caballeros  tedesoos  sus  discípulos.  El 
luDO  es  del  Emperador  Cdrlos  V,  y  es  hecho  en  latin;  el  otro  es  de  la  Verdad,  escrito  en  Bspafiol,  el 
>qual  es  también  traducido  en  francés  por  el  dicho  Cesar». 

El  Sr.  D.  José  María  Sbarbi  ha  reimpreso  esta  edición  (suprimiendo  la  novela  de  Cervantes)  en 
d  tomo  X  y  último  de  su  Refranero  General  Español  (Madrid,  imp.  de  A.  Gómez  Fuentene- 
bro,  1778>. 

(')  Caria  publicada  en  €El  Correo  de  Madrid»  injuriosa  á  la  buena  memoria  de  Miguel  de  Cer- 
antet.  Reimprímese  con  notas  apologéticas.  En  Madrid,  por  D,  Antonio  de  Sancha»  Año  de 
M.DCCLXXXVIir. 

O  Ambrosio  de  Salazar  et  l'étude  de  Vespagnol  en  Franee  sous  Louis  XIII^  por  A.  Morel-Fatio. 
París,  1901. 

(')  Las  Clavellinas  de  Recreación,,,  Les  OeuiUets  de  RecreaÜon.  Oa  sont  conienüees  sentenees^  ad» 
m,  tMempleSf  et  Histoires  tres  agreables  pour  toutes  sortee  de  personnes  desireuses  de  lire  choses  curieu^ 
M,  ¿s  deux  langues  Fraw;qi»e  et  Espagnole.  Dedié  d  Monsieur  M.  Qobelin^  sieur  de  la  Marche^  Con* 
Ktller  du  Roy^  et  Conirolleur  general  de  ses  finances  en  la  generalité  de  Rouen,  Por  Ambrosio  de 
Sahzar,  A  Bouen,  che»  Adrián  Morront,  ienant  sa  boutique  dans  V  Estre  nostre  Dame,  1622,  Avec 
Privilege  du  Roy,  8.*  6  hs.  prles.,  366  pp.  y  una  hoja  sin  foliar. 

Las  Clavellinas  de  Recreación,..  Por  Ambrosio  de  Salazar,,,  A  Brvsselles^  chez  lean  Pepermans 
Librairejuré,  et  imprimeur  de  la  Ville^  deméurant  derire  (sic)  icelle  Viüe  a  la  Bible  d^Or,  1025,  Avee 
Qrace  et  Privilege.  8.® 

ORÍaBMES  DB  LA  M0VILA.~1I.— /* 


Lxxxii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

hablaré  más  adelante),  pueden  contai*se  también  entre  las  fuentes  de  este  libro,  poco 
estimable  á  pesar  de  su  rareza  (*). 

Más  interés  ofrece,  v  es  sin  duda  el  más  útil  de  los  libros  de  Salazar,  á  lo  menos 
por  los  datos  que  consigna  sobre  la  pronunciación  de  su  tiempo  y  por  las  frases  que 
recopila  é  interpreta,  su  Espejo  General  de  la  Oramática  en  diálogos^  obra  bilingüe 
publicada  en  Ruán  en  1614  y  de  cuyo  éxito  testifican  varias  reimpresiones  en  aquella 
ciudad  normanda  y  en  París  (*).  Este  Espejo^  que  dio  ocasión  á  una  agria  y  curiosa 
polémica  entre  su  autor  y  César  Oudín,  no  os  propiamente  una  gramática  ni  un  voca- 
bulario, aunque  de  ambas  cosas  participa^  sino  un  método  práctico  y  ameno  para  ense- 
ñar la  lengua  castellana  en  cortísimo  tiempo,  ya  que  no  en  siete  lecciones,  como  pudiera 
inferirse  do  la  poi'tada.  La  forma  del  coloquio  escolar^  aplicado  primeramente  á  las 
lenguas  clásicas,  y  que  no  se  desdeñaron  de  cultivar  Erasmo  y  Luis  Vives,  degeneró  en 
manos  do  los  maestros  de  lenguas  modernas,  hasta  convertirse  en  el  pedestre  manual 
de  conversación  do  nuestros  días.  Y  todavía  en  este  género  la  degradación  fue  lenta:  los 
Diálogos  familiares  que  llevan  el  nombre  de  Juan  de  Luna,  aunque  no  todos  le  perte- 
necen, tienen  mucha  gracia  y  picante  sabor,  son  verdaderos  diálogos  de  costumbres  que 
pueden  leerse  por  sí  miamos,  prescindiendo  del  fin  pedagógico  con  que  fueron  trazados. 
Los  de  Salazar,  escritor  muy  incon-ecto  en  la  lengua  propia,  y  supongo  que  peor  en  la 
francesa,  valen  mucho  menos  por  su  estilo  y  tienen  además  la  desventaja  de  mezclar  la 
exposición  gramatical  directa,  aunque  en  dosis  homeopáticas,  con  el  diálogo  propiamente 
dicho.  De  éste  pueden  entresacarse  (como  previene  el  autor)  algunas  «historias  gracio- 
sas y  sentencias  muy  de  notar»;  por  ejemplo,  una  biogratía  anecdótica  del  negro  Juan 
Latino,  que  Morel-Fatio  ha  reproducido  y  comenta  agradablemente  en  su  estudio  (•). 

No  importa  á  nuestro  propósito,  aunque  el  título  induciría  á  creerlo,  el  lAbro  de 
flores  diversas  y  curiosas  en  tres  tratados  (París,  1619),  en  que  lo  único  curioso  son 
algunos  modelos  de  estilo  epistolar,  sobre  el  cual  poseemos  otros  formularios  más  anti- 
guos, castizos  é  importantes,  como  el  de  Gaspar  de  Texeda.  Salazar  había  pensado  llenar 
con  cuentos  la  tercera  parte  de  su  libro;  pero  viendo  que  ocupaban  muchas  hojas  y  que 
su  librero  no  podía  sufragar  tanto  gasto,  guardó  los  cuentos  para  mejor  ocasión  y  los 
reemplazó  con  un  diálogo  entre  un  caballero  y  una  dama  (*). 

Podemos  suponer  que  estos  cuentos  serían  los  mismos  que  en  número  de  ochenta 

{})  El  autor  mismo  confíeBa  sin  rebozo  su  falta  de  originalidad:  cAmigo  lectori  qoando  leye- 
^res  este  librillo,  ó  parte  del.  no  digas  mal  de  las  historias,  porque  no  soy  yo  el  Auctor;  solo  he  ser* 
Bvido  de  intérprete  en  ellas:  de  manera  que  el  mal  que  dijeres  no  me  morderá...» 

(*)  Knpexo  General  de  la  Gramática  en  Diálogos^  para  saber  la  natural  y  perfecta  pronunciación 
de  la  lengua  Castellana,  Seruira  también  de  Vocabulario  para  aprenderla  con  mas  facilidad,  con  algu- 
nas Historias  graciosas  y  sentencias  muy  de  notar.  Todo  repartido  por  los  siete  dias  de  la  semana^ 
donde  en  la  séptima  son  contenidas  las  phrasis  de  la  dicha  lengua  hasta  agora  no  vistas.  Dirigido  á  la 
Sacra  y  Real  Magestad  del  Christianissimo  Rey  de  Francia  y  de  Nauarra,  Por  Ambrosio  de  Balazar.  . 
A  Rouen,  chez  Adrien  Morront^  dans  V  Estre  nostre  Dame^pres  les  Changes,  1614.  8.* 

En  la  obra  de  Gallardo  (m.  3773  á  8775)  se  describen  otias  tres  ediciones,  todas  de  Ruán  (16i5| 
1622,  1627). 

(«)  Pág.  73. 

(*)  Libro  de  flores  dit^ersas  y  curiosas  en  tres  TSratados,,,  Dirigido  al  prudentissimo  y  generoso 
Señor  de  Hauquincourt:  Mayordomo  Mayor  de  la  Christianissima  Reyna  de  Francia,  Por  A,  de  Sala* 
*ar,  Secretario,  interprete  de  su  Magestad,  en  la  lengua  Española,  cerca  de  su  Real  persona.  En  Parts. 
Se  venden  en  casa  de  David  Gil,  delante  el  Cavallo  de  bronste  y  sobre  él  puente  ntieiro»  1610, 


INTRODUCCIÓN  ljxxiii 

y  tres  publicó  en  1632,  fonnando  la  segunda  parte  de  sus  Secretos  de  la  gramática  es" 
pañola^  que  ciertamente  no  aclaran  ningún  misterio  fílológico.  La  parte  teórica  es  toda- 
vía mis  elemental  que  en  el  Espejo^  j  la  porte  práctica,  los  ejercicios  de  lectura  como 
diríamos  hoy,  est&n  sacados,  casi  en  su  totalidad,  de  la  Floi^esta  Española  de  Melchor 
de  Santa  Cruz,  según  honrada  confesión  del  propio  autor:  «Lo  que  me  ha  movido  á  hacer 
imprimir  estos  quentos  ha  sido  porque  veya  que  un  librito  que  andava  por  aqui  no  se 
podía  hallar,  aunque  es  verdad  que  primero  vino  de  Espafia.  Después  se  imprimió  en 
Brocelas  (sic)  en  las  dos  lenguas,  y  aun  creo  que  se  ha  impreso  aqui  en  París,  y  he  visto 
que  lo  han  siempre  estimado  del  todo.  Este  librito  se  llama  Floresta  española  de  apogs^ 
amas  (sic)  y  dichos  graciosos^  del  qual  y  de  algunos  otros  he  sacado  este  tratadillo»  (*). 
Salazar,  que  multiplicaba  en  apariencia  más  que  en  realidad  las  que  apenas  pode- 
mos llamar  sus  obras,  con  cuyo  producto,  seguramente  mezquino,  iba  sosteniendo  su 
trabqada  vejez,  formó  con  estos  mismos  cuentos  un  lAbro  Curioso^  lleno  de  recreaeiotí 
y  eorUento^  que  es  uno  de  los  tres  Tratados  propios  para  los  que  dessean  saber  la  leU" 
gua  española  (París,  1643),  donde  también  pueden  leerse  dos  diálogos,  no  s6  á  punto 
^  8i  suyos  ó  ajenos,  tentre  dos  comadres  amigas  familiares,  la  una  se  llama  Margarita 
7  la  otra  Luciana» . 

Mencionaremos,  finalmente,  el  Thesoro  de  diversa  lición  (París,  1636),  cuyo  título 
parece  sugerido  por  la  Silva  de  varia  lección  de  Pedro  Mejía,  que  le  proporcionó  la 
mayor  parte  do  sus  materiales,  puesto  que  no  creo  que  Salazar  acudiese  personalmente  á 
Eliano,  Plinio,  Dioscórides  y  otros  antiguos  á  quien  se  remite  (').  El  Thesoro  viene  á  ser 
una  enciclopedia  microscópica  de  geografía  6  historia  natural,  pero  lleva  al  fin  una  serie 
de  Historias  verdaderas  sucedidas  por  algu7ios  aninmleSy  que  entran  de  lleno  en  la  lite- 
retara  novelística.  Algunas  son  tan  vulgares  y  sabidas  como  la  del  león  de  Androcles, 
pero  hay  también  cuentos  españoles  que  tienen  interés  folklórico.  Todos  deben  de 
ttcontrarse  en  otros  libros^  pero  hoy  por  hoy  no  puedo  determinar  cuáles.  La  historia 
dd  prodigioso  perro  que  tenía  un  maestro  de  capilla  de  Palencia  en  tiempo  de  Carlos  Y 
le  lee  en  el  Libro  del  Can  y  del  Caballo  del  protonotario  Luis  Pérez  (^),  pero  con  nota- 
Uee  variantes.  La  leyenda  genealógica  de  los  Porceles  de  Murcia,  que  sirvió  á  Lope  de 
T^  para  su  comedia  del  mismo  título  (^),  se  encuentra  referida  en  Salazar  á  Barce- 

(*)  Secretos  de  la  Gramática  E^Mñola^  con  vn  Tratado  de  algunoe  Quentoe  honesto»  y  graeioaoe, 
Oin  tanto  para  el  eetudio  como  para  echar  de  si  todo  enojo  y  pesadumbre,,,  1632.  Sin  lugar  de  impre- 
nte, probablemente  París. 

O  Thesoro  de  diverea  UcioHf  obra  digna  de  ser  vista,  por  su  gran  curiosidad}  En  el  qual  ay  XXII 
Bittoríae  muy  verdaderas^  y  otras  cosas  tocantes  a  la  salud  del  Cuerpo  humano^  como  se  vera  en  la 
tetía  siguiente.  Con  una  forma  de  Oramatica  muy  prouechosa  para  los  curiosos^ .  A  Faris,  che»  Louys 
BevÜanger^  rüe  Sainct  lacques,  á  VImage  S,  Louys.  1636. 

8.^  6  he.  prU.  eia  follar,  270  pp.  y  4  folios  de  tabla. 

(*)  Del  can,  y  del  eavallo^  y  de  sus  calidades:  dos  animales,  de  gran  instincto  y  sentido^  fldelissi* 
mee  amigos  de  los  hombres.  Por  el  Protonotario  Luys  Pérez ^  Clérigo^  vezino  de  Portillo.  En  Tallado^ 
U,  impressopor  Adrián  Ghemart,  1568, 

De  este  raro  y  carioso  libro  hizo  una  elegante  reproducción  en  Sevilla  (1888)  D.  José  María  de 
Hoyos,  tirando  sólo  cincuenta  ejemplares. 

Vid.  p.  34,  cDe  un  C^n  que  en  Falencia  uvo  de  estraño  y  marauilloso  instincto,  y  cosa  jamas 
Myda:  de  qoe  al  presente  ay  sin  numero  los  testigos». 

(^  Véanse  las  advertencias  preliminares  que  he  puesto  á  esta  comedia  en  el  tomo  XI  de  la  edi« 
ciÓQ  académica  de  Lope  de  Vega. 


Lxxxiv  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

lona,  y  acaso  sea  allí  más  antigua,  puesto  que  en  Provenza  hallamos  la  misma  leyenda 
aplicada  á  los  Pourcelet^  marqueses  de  Maiano  (Maillane),  poderosos  señores  en  la  villa 
de  Arles,  cuyo  apellido  sonó  mucho  en  las  Cruzadas,  en  la  guerra  de  los  Albigenses, 
en  las  Vísperas  Sicilianas  y  en  otros  muchos  sucesos,  y  de  la  cual  es  verosímil  que  pro- 
cediesen el  Guarner  Porcel,  el  Porcelín  Porcel  y  el  Orrigo  Porcel,  que  asistieron  con 
D.  Jaime  á  la  conquista  de  Murcia,  y  están  inscritos  en  el  libro  de  repartimiento  de 
aquella  ciudad,  puesto  que  el  blasón  de  ambos  linajes  ostenta  nueve  lechoncillos  (*). 

Más  curiosa  todavía  es  otra  leyenda  catalana  sobre  la  casa  de  Marcús,  que  Ambrosio 
de  Salazar  nos  refiere  en  estos  términos: 

«En  la  decendencia  de  los  Marcuses,  linage  principal  de  Cataluña,  se  lee  ima  His- 
toria de  una  Cabra  y  un  Cabrito,  que  aunque  fué  sueño  tubo  un  estraño  efíecto,  que 
un  Hidalgo  llamado  Marcus,  por  desgracias  y  vandos  de  sus  antecessores,  vino  á  una 
grande  pobreza  y  necessidad,  tanto  que  lo  hazia  andar  muy  añigido  y  cuydadoso  pen- 
sando cómo  podría  echar  de  sí  tan  pesada  carga.  Y  con  tales  pensamientos  sucedió,  que 
durmiendo  soñó  un  sueño  que  si  dexava  su  tierra  y  se  yva  á  Francia,  en  una  Puente 
que  está  junto  á  la  Ciudad  de  Narbona  hallaría  un  gran  Thesoro.  El  qual  despertando 

(*)  Oomo  la  versión  de  Ambrosio  de  Salazar  no  ha  sido  citada  (que  yo  recuerde)  en  los  qae  han 
escrito  sobre  leyendas  de  partos  monstroosos  (asunto  de  una  reciente  monografía  del  profesor  danés 
Kyrop),  y  el  Thesoro  es  bastante  raro,  me  parece  oportuno  transcribirla. 

Pig.  21 3|  Hiétoria  y  cuento  donoso  sucedido  en  Barcelona: 

cEn  la  ciudad  de  Barcelona  ay  cierto  linaje  de  personas  que  se  llaman  los  Porceils,  que  quiere 
dezir  en  la  lengua  castellana  lechónos,  que  tomaron  el  apellido  y  sobrenombre  destos  animales  gru- 
ñidores por  cierto  caso  que  sucedió  á  dos  casados  en  la  dicha  ciudad.  Y  el  caso  fue  que  cierta 
Señora  de  mediano  estado,  se  avia  persuadido  una  cosa  harto  fuera  de  razón,  y  es,  que  le  avian 
dado  á  entender  que  la  muger  quo  paria  mas  que  un  hijo  de  una  vez  era  sefial  de  adultera,  y  que 
avía  tenido  ¡lícito  ayuntamiento  con  mas  de  un  varón;  y  viéndose  preñada  y  con  muy  grande 
barriga,  temió  de  parir  mas  que  un  hijo,  porque  no  la  tuviesseo  por  lo  que  ella  indiscretamente  avia 
pensado.  Al  fin  llegado  el  parto  do  esta  Señora,  sucedió  que  parió  nuebe  hijos  varones,  pues  no  ay 
cosa  impossible  á  la  voluntad  de  Dios.  Visto  por  la  parida  cosa  tan  estraña  determinó  persuadir  á  la 
partera  que  dissimulasse  y  no  dixesse  que  avia  parido  mas  que  un  solo  hijo,  pensando  hazer  perecer 
á  los  demás.  Oon  esta  mala  voluntad,  llamó  á  una  criada  y  mandóle  que  tomasse  aquellos  ocho  niños 
y  los  lleuase  al  campo  fuera  de  la  Ciudad  y  los  enterrasse  assf  vivos.  La  criada  los  puso  en  ana 
espuerta,  y  se  yva  con  grande  atrevimiento  á  cumplir  el  mandado  de  su  ama,  y  Dios  fue  servido 
que  encontró  en  el  camino  con  su  amo,  y  avíendole  preguntado  dónde  yva  y  qué  llevaba  en  aquella 
espuerta,  la  criada  respondió  en  su  lengua  Catalana  diziendo:  cSenior  porté  uns  porcells»,  de  do 
tomaron  el  apellido  y  sobrenombre  deis  Forcéis.  £1  amo  desseoso  de  verlos  abatió  la  espuerta  y 
halló  los  ocho  niños  aun  bullendo  y  muy  hermosos,  aunque  pequeñitos  y  desmedrados;  y  viendo  la 
traycíon  y  mal  desdignio  luego  sospeclió  lo  que  podría  ser,  y  preguntado  á  la  criada  si  su  ama  avia 
parido,  respondió  que  si,  dándole  larga  cuenta  de  lo  que  passava,  y  la  causa  por  que  los  llevaba  á 
enterrar.  Entonces  el  padre,  como  hombre  discreto»  los  dio  á  criar,  sin  ser  sabido  de  nadie  mas  que' 
de  la  criada,  á  quien  mandó  y  amenazó  que  no  descubríesse  lo  que  avia  passado,  como  de  hecho  lo 
cumplió.  Al  cabo  de  tres  años,  el  dicho  padre  en  cierto  día  mandó  aparejar  un  combite  sin  que  la 
muger  supiesse  para  quien  se  preparava.  Ya  que  todo  estava  á  punto,  hizo  venir  los  ocho  hijos  con 
sus  amas,  sin  otros  que  para  el  proposito  avia  combídado.  Sentados  á  la  mesa,  declaró  ol  padre  la 
causa  del  combite,  y  todo  como  lo  avemos  contado,  de  que  no  poca  afrenta  y  espanto  recibió  la 
muger,  aunque  todo  mezclado  con  un  grandíssímo  contento,  por  ver  y  entender  que  aquellos  eran 
sus  hijos,  á  quien  por  su  falsa  imaginación  á  penas  fueron  nacidos  quando  los  tuvo  condenados  á 
muerte.  El  padre  mandó  que  de  ally  adelante  llamassen  á  aquellos  niños  los  Forcéis,  y  oy  en  día  se 
llaman  assí  los  descendientes  dellos,  por  lo  que  la  criada  díxo  quando  los  llevaba  á  enterrar  que 
llevaba  porcells,  que  quiere  dezir  lechones». 


INTRODUCCIÓN  wxxv 

estnbo  pensando  si  aquello  era  suefio  ó  fantasía.  Por  entonces  no  quiso  dar  crédito  al 
suefio,  pero  bolviendo  otras  dos  vezes  al  mesmo  suefio  determinó  yr  allá,  y  provar  suefio 
y  ventura.  Estando  pues  en  la  dicha  Puente  un  dia  entre  otros  muchos  acaeció  que 
otro  hidalgo  de  aquella  ciudad,  por  la  mafiana  y  a  la  tarde  se  salia  por  aquella  Puente 
passeando;  y  como  notasse  y  viesse  cada  dia  aquel  Estrangero,  y  que  por  mucho  que 
él  madrugase  ya  lo  hallava  ally,  y  por  tarde  que  bolviesse  también,  determinó  pregun- 
tarle la  causa,  como  de  hecho  se  lo  preguntó,  rogándoselo  muy  encarecidamente. 

>£1  hidalgo  catalán  después  de  bien  importunado  respondió  diciendo:  «A veis  de 
1  saber,  sefior,  que  un  Suefio  me  ha  traydo  aqui,  y  es  éste:  que  si  me  venia  a  esta 
Y  Puente  avia  de  hallar  en  ella  un  muy  grande  Thesoro,  y  esto  lo  sofié  muchas  vezes». 
£1  Francés  burlándose  del  Cathalan  y  de  su  suefio  respondió  riendo:  «Bueno  estuviera 
>yo  que  dezara  mi  patria  y  casa  por  un  suefio  que  sofié  los  dias  passados,  y  era,  que 
>si  me  yva  á  la  Ciudad  de  Barcelona  en  casa  de  imo  que  se  llama  Marcus,  hallaría 
» debajo  una  escalera  un  grandíssimo  y  famoso  Thesoro»;  el  hidalgo  catalán,  que  era  el 
mesmo  Marcus,  como  oyó  el  suefio  del  Francés  y  su  reprehensión,  se  despidió  del  sin 
dársele  á  conocer  y  se  bolvió  á  su  casa.  Luego  que  llegó  comentó  en  secreto  á  cavar 
debajo  su  escalera  considerando  que  podria  aver  algún  mysterío  en  aquellos  suefios,  y 
á  pocos  dias  ahondó  cavando  tanto  que  vino  á  descubrir  un  gran  cofre  de  hierro  ente- 
rrado aUy,  dentro  del  qual  halló  una  Cabra  muy  grande  y  un  cabrito  de  oro  maci90, 
que  se  creyó  que  avían  sido  Ídolos  del  tiempo  de  los  Gtontiles.  Con  las  quales  dos  pie9as, 
aviendo  pagado  el  quinto,  salió  de  miseria,  y  fué  rico  toda  su  vida  él  y  los  suyos:  y 
instituyó  cinco  capellanías  con  sus  rentas,  que  están  aun  oy  día  en  la  ciudad  de  Bar- 
celona» {*). 

Xo  todos  los  librillos  bilingües  de  anécdotas  y  chistes  publicados  en  Francia  á 
fines  del  siglo  xvi  y  principios  del  xvii  tenían  el  útil  é  inofensivo  objeto  de  ensefiar 
prácticamente  la  lengua.  Había  también  verdaderas  diatribas,  libelos  y  caricaturas  en 
que  se  desahogaba  el  odio  engendrado  por  una  guerra  ya  secular  y  por  la  preponderan- 
cía  de  nuestras  armas.  A  este  género  pertenecen  las  colecciones  de  ían&rronadas  y  fie^ 
ros  en  que  alternan  los  dichos  estupendos  de  soldados  y  rufianes.  Escribían  ó  compila- 
ban estos  libros  algunos  franceses  medianamente  conocedores  de  nuestra  lengua,  como 
Nicolás  Baudoín,  autor  de  las  Rodomuniadas  ccistellanas^  recopiladas  de  diversos  autO' 
res  y  mayormente  del  capitán  Escarden  Bonbard&n^  que  en  sustancia  son  el  mismo 
libro  que  las  Rodomuntadas  castellanas^  recopiladas  de  los  commentarios  de  los  muy 
aspantosos  (sic),  terribles  e  invincibles  capitanes  Metamoros  (sic),  Crocodillo  y  Raja^ 
broqueles  (').  Y  en  algunos  casos  también  cultivaron  este  ramo  de  industria  literaria 

O  PP.  195-199,  con  el  titulo  de  cHistoría  verdadera  de  la  cabra  y  cabronj». 

(*)  Paria,  Pierre  Obevalier,  1607,  8.^  80  pp.  (Núm.  2144  de  SaWá). 

Bninet  cita  tres  ediciones  más: 

RodomoñUideM  e^pagnoUé^  rectteilUes  de  diten  auteurs^  et  notammerU  du  capUaine  Bonbardon  (por 
Jao.  Gkatier).  Rouen,  Gailloyé,  1612. 

—Id.  1628. 

—Id.  1637, 

Algnnofl  de  estos  libelos  míso-hispanos  tienen  grabados  en  madera,  como  el  titulado  Emblesme* 
tur  le»  actiofu^  perfections  et  moeurs  du  Segnor  espagnol,  traduU  du  castilien  (Middelburg,  por  Simón 
Molard,  1608.  Rouen,  1687).  Esta  sátira  grosera  y  virulenta  está  en  verso.  Vid.  Morel-Fatio,  Amhrom 
iio  de  Sakuar  (pp.  52-57). 


iixxxTi  OBÍGEKBS  DE  LA  NOVELA 

españoles  refugiados  por  causas  políticas  ó  religiosas,  como  el  judío  Francisco  de  C&ce-* 
res,  autor  de  los  Nuevos  fieros  españoles  (*). 

En  estos  librojos  pueden  distinguirse  dos  elementos,  el  rufianesco  j  el  soldadesco^ 
ambos  de  auténtica  aunque  degenerada  tradición  literaria.  Venía  el  primero  de  las  Celes- 
tinas^  comenzando  por  el  Centurio  j  el  Trciso  de  la  primera,  siguiendo  por  el  Pandulfo 
de  la  segunda,  por  el  Brumandiláfi  de  la  tercera,  por  el  Escalión  de  la  Comedia  Sel- 
vagia^  para  no  mencionar  otras.  En  casi  todas  aparece  el  tipo  del  rufián  cobarde  j  jac- 
tancioso, acrecentándose  de  una  en  otra  los  fi^ros^  desgarros,  juramentos,  porvidas  7 
blasfemias  que  salen  de  sus  vinosas  bocas.  Algo  mitigado  ó  adecentado  el  tipo  pasó  á 
las  tablas  del  teatro  popular  con  Lope  de  Rueda,  que  sobresalía  en  representar  esta 
figura  cómica,  la  cual  repite  tres  Teces  por  lo  menos  en  la  parte  que  conocemos  de  su 
repertorio.  El  gusto  del  siglo  xvii  no  la  toleraba  ya,  y  puede  decirse  que  Lope  de  Vega 
la  enterró  definitivamente  en  El  Rufián  Castrucho. 

No  puede  confundirse  con  el  rufián,  reCLidor  de  fingidas  pendencias  y  valiente  de 
embeleco,  el  soldado  fanfarrón,  el  miles  gloríosus^  cuya  primera  aparición  en  nuestra 
escena  data  de  la  Comedia  Soldadesca  de  Torres  Naharro.  Este  nuevo  personaje,  aunque 
tiene  á  veces  pimtas  y  collares  rufianescos  y  pocos  escrúpulos  en  lo  que  no  toca  á  su 
oficio  de  las  armas,  suele  ser  un  soldado  de  verdad,  curtido  en  campanas  sangrientas,  y 
que  sólo  resulta  cómico  por  lo  desgarrado  y  jactancioso  de  su  lenguaje.  Así  le  compren- 
dió mejor  que  nadie  BrantOmo  en  el  libro,  mucho  más  admirativo  que  malicioso,  de  sus 
liodomaniad^s  Espaignolles^  donde  bajo  un  título  común  se  reúnen  dichos  de  arrogan- 
cia heroica,  con  bravatas  pomposas  6  hipérboles  desaforadas.  El  libro  de  BrantOme  más 
que  satírico  es  festivo,  y  en  lo  que  tiene  do  serio  fue  dictado  por  la  más  cordial  simpa- 
tía y  la  admiración  más  sincera.  El  panegírico  que  hace  del  soldado  espafiol  no  ha  sido 
superado  nunca.  Era  un  espafiolizante  fervoroso;  cada  infante  de  nuestros  tercios  le 
parecía  un  príncipe,  y  á  los  ingenios  de  nuestra  gente,  cuando  quieren  darse  á  las  letras 
y  no  á  las  armas,  los  encontraba  eraros,  excelentes,  admirables,  profundos  y  sutiles» . 
Sus  escritos  están  atestados  de  palabras  castellanas,  por  lo  general  bien  transcritas,  y 
61  mismo  nos  da  testimonio  de  que  la  mayor  parte  de  los  franceses  de  su  tiempo  sabían 
hablar  ó  por  lo  menos  entendían  nuestra  lengua.  No  sólo  le  encantaba  en  los  españoles 
la  bravura^  el  garbo,  la  bizarría,  sino  esas  mismas  fierezas  y  baladronadas  que  recopila 
cbelles  paroles  profferées  á  Timproviste» ,  que  satisfacen  su  gusto  gascón  y  no  hacen 
más  que  acrecentar  su  entusiasmo  por  esta  nación  «brave  bravasche  et  vallereuse,  et 
fort  prompte  d'esprit*.  Sigúese  de  aquí  que  aunque  Brantóme  fuese  el  inventor  del 
género  de  las  Rodomotitadas^  y  el  primero  que  las  coleccionó  en  un  libro  que  no  puede 
llamarse  bilingüe,  puesto  que  las  conserva  en  su  lengua  original  sin  traducción  (^),  lo 
hizo  sin  la  intención  aviesa,  siniestra  y  odiosa  con  que  otros  las  extractaron  y  acrecen- 
taron en  tiempo  de  Luis  XIIL 

(«)  Sin  lugar,  12.«,  81  pp. 

(')  Dice  Brantóme  en  la  dedicatoria  á  la  Reina  Dofia  Margarita: 

]»Je  les  ay  toutes  mises  en  leur  langage,  sans  m^amuser  2\  les  traduire,  autant  par  le  comman- 
idement  que  m*en  fístes,  que  par  ce  que  vous  en  parlez  et  entender  la  langue  aussi  bien  que  j'ai 
:DJama¡s  veu  la  feue  reyne  d'Espaigne  vostre  B(cur  (Doña  Isabel  de  la  Paz):  car  vostre  gentil  esprit 
icomprend  tout  et  n*ignore  rien,  comme  despuis  peu  je  Tai  encor  mieux  cogneuj>. 

(OeuvreB  Completes  dt  Fierre  de  BourdeiUe^  ahbé  eéculier  de  Brantóme,,,  París,  1842.  (BdiciÓQ 


INTRODUCCIÓN  lmxvii 

Hora  es  do  que  tomemos  los  ojos  á  nuestra  Península,  y  abandonando  por  el  mo-» 
mentó  los  libros  de  anécdotas  j  chistes,  nos  fijemos  más  particularmente  en  las  colee» 
dones  de  cuentos  y  narraciones  breves  que  en  escaso  número  aparecen  después  de 
Timoneda  y  antes  de  Cervantes.  Una  de  estas  colecciones  está  en  lengua  portuguesa,  y 
d  no  es  la  primera  de  su  género  en  toda  Espaíla,  como  pensó  Manuel  de  Faria  (*),  es 
lluramente  la  primera  en  Portugal,  tierra  fértilísima  en  variantes  de  cuentos  popula- 
res que  la  erudita  diligencia  de  nuestros  vecinos  va  recopilando  (*),  y  no  enteramente 
desprovista  de  manifestaciones  literarias  de  este  género  durante  los  tiempos  medios, 
aanque  ninguna  de  ellas  alcance  la  importancia  del  Calila  y  Scndebar  castellanos,  de 
las  obras  de  D.  Juan  Manuel  ó  de  los  libros  catalanes  de  Ramón  Lull  y  Turmeda  (^), 

El  primer  cuentista  portugués  con  fin  y  propósito  de  tal  es  contemporáneo  de  Timo- 
neda, pero  publicó  su  colección  después  del  Patrañuelo.  Llamábase  Gonzalo  Femandeb 
Trancoso,  era  natural  del  pueblo  de  su  nombre  en  la  provincia  de  Beira,  maestro  de 
letras  humanas  en  Lisboa,  lo  cual  explica  las  tendencias  retóricas  de  su  estilo,  y  per- 
lona  de  condición  bastante  oscura,  apenas  mencionado  por  sus  contemporáneos.  Aparte 
de  los  cuentos,  no  se  cita  más  trabajo  suyo  que  un  opúsculo  de  las  cfiestas  movibles» 
{Testas  mudaveis)^  dedicado  en  1570  al  Arzobispo  de  Lisboa. 

A  semejanza  de  Boccaccio,  á  quien  la  peste  de  Florencia  dio  ocasión  y  cuadro  pam 
enfilar  las  historias  del  Decam^ron^  Trancoso  fue  movido  á  buscar  algún  solaz  en  la 
composición  de  las  suyas  con  el  terrible  motivo  de  la  llamada  peste  grande  de  Lisboa 
en  1669,  á  la  cual  hay  varias  referencias  en  su  libro.  En  el  cuento  9."  de  la  2.'  parte» 
dice:  «Assi  a  exemplo  deste  Márquez,  iodos  os  que  este  anno  de  mil  e  quinhe?itos  e 

# 

del  Panteón  Litetwrio),  Tomo  !!•  Las  RodomontadeM  Espaignolles,  con  el  aditamento  de  loa  Serment 
itJnnns  Eipaignols^  ocupan  las  67  pp*  primeraa  de  eate  tomo. 

laveatígar  las  fuentes  de  las  Rodomontadas  de  Brantdme  es  tarea  que  atafle  á  alguno  de  loa 
éocUn  hispanistas  con  que  hoy  cuenta  Francia. 

(')  cEl  primer  libro  de  novelas  en  España  fue  el  que  llaman  de  Trancosoj»  (Europa  Portuguesa^ 
I*  ed.,  1680,  tom.  III,  pág.  372). 

(*)  No  dudo  que  en  las  provincias  de  lengua  castellana  puedan  recogerse  tantas  ó  más,  pero 
huta  ahora  los  portugueses  y  también  los  catalanes  han  mostrado  en  esto  más  actividad  y  diligen* 
eiaqae  nosotros.  Sólo  de  Portugal  recuerdo  las  siguientes  colecciones,  todas  importantes: 

ContoB  populares  portuguezeif  ccolligidos  por  F.  A.  Coelho:»  (Lisboa,  1879). 

Portuguese  Folk'TaleSj  ccollected  by  Consiglieri  Pedroso,  and  transkted  from  original  Ms.  by 
Henriqueta  Monteiro,  with  an  introduction  by  W.  K.  S.  Ualstoni  (Londres,  1882). 

Conios  tradicionaes  do  povo  portugués^  ccon  urna  IntroducfAo  e  Notas  comparativas,  por  Theo* 
pbilo  Braga»  (Porto,  1883,  2  tomos). 

Conloe  naeionaes  para  criangas^  por  F.  A,  Coelho  (Porto»  1883). 

Coníoe  popularee  do  Braeil,  «coUigidos  pelo  Dr.  Sylvio  Romero»  (Lisboa,  1885). 

Oontos  populares  portugueses,  <irecolhidos  por  Z.  Consiglieri  Pedrnio»  (tomo  XIV  de  la  Revue 
Bispanique,  1906). 

O  Ya  en  el  primer  tomo  de  estos  Orígenes  de  la  novela  (p.  XXXVI)  hemos  hecho  mérito 
de  la  tmdacciún  fxAtDgaesa  del  Barlaam  y  Josafat^  conservada  en  un  códice  de  Alcobazá,  debiendo 
ifiadiraqui  la  noticia  de  su  edición,  que  entonces  no  teníamos  (Texto  critico  da  leuda  dos  santó$ 
Barlaáo  e  Josafate,  por  6.  do  Vasconcellos  Abreu,  Lisboa,  1898).  Hubo  también  en  Alcobazá  y 
otros  monaaterios  libros  de  ejemplos  como  el  Orto  do  Sposo,  del  cistercienso  Fr.  Hermenegildo 
Tascos  (vid.  OríQENRS,  p.  CIV).  T.  Braga,  en  su  colección  ya  citada  (II,  38*59)  reproduce  algunos 
de  estos  onentos,  entre  los  cuales  sobresalen  el  ejemplo  alegórico  de  la  Redención  (n.  132),  qu» 
pirece  insfíirado  por  las  leyendas  del  Santo  Graal;  y  los  temas  históricos  de  la  justicia  de  Tra^* 


LXUTiii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

y$e8senta  e  nave^  nesta  peste  perdemos  mulheres,  filhos  e  fazenda,  nos  esforfaremos  e 
>dSo  nos  entríste^amos  tanto,  que  caíamos  em  caso  de  desesperadlo  sem  comer  e  sem 
»  paciencia,  dando  occasiao  a  nossa  morte».  Trancóse  hizo  la  descripción  de  esta  peste» 
no  en  un  proemio  como  el  novelista  florentino,  sino  en  una  Carta  que  dirigió  á  la 
Reina  Doña  Catalina,  viuda  de  D.  Juan  Ul  y  Regente  del  Reino.  En  esta  carta,  que 
sólo  se  halla  en  la  primera  j  rarísima  edición  de  los  Cantos  de  1575  j  fue  omitida 
malamente  en  las  posteriores,  refiere  Trancóse  haber  perdido  en  aquella  calamidad  á 
su  mujer,  á  su  hija,  de  veinticuatro  afios,  y  á  dos  lujos,  uno  estudiante  y  otro  niño  de 
coro.  Agobiado  por  el  peso  de  tantas  desdichas,  ni  siquiera  llegó  á  completar  el  nú- 
mero de  cuentos  que  se  había  propuesto  escribir.  De  ellos  publicó  dos  partes,  que  en 
junto  contienen  veintiocho  capítulos.  Una  tercera  parte  postuma,  dada  á  luz  por  su  hijo 
Antonio  Femandes,  afiade  otros  diez. 

Con  el  deseo  de  exagerar  la  antigüedad  de  los  Cantos  e  historien  de  proveito  e 
exemplo^  supone  Teófilo  Braga  que  Trancóse  había  comenzado  á  escribirlos  en  1544  (*). 
Pero  el  texto  que  alega  no  confirma  esta  conjetura,  puesto  que  en  él  habla  Trancóse 
de  dicho  año  como  de  tiempo  pasado:  ce  elle  levaba  consigo  duzentos  e  vinte  reales 
de  prata,  que  era  ista  a  anno  de  1544^  que  havm  quasi  tudo  reales^.  Me  parece  evi- 
dente que  Trancóse  no  se  refiere  aquí  al  año  en  que  él  escribía,  sino  al  año  en  que 
pasa  la  acción  de  su  novela.  Tampoco  hay  el  menor  indicio  de  que  la  Primera  Parte  se 
imprimiese  suelta  antes  de  1575,  en  que  apareció  juntamente  con  la  Segunda,  reim- 
primiéndose ambas  en  1585  y  1589.  La  tercera  es  de  1596  (').  No  cabe  duda,  pues,  de 


jano  (n.  133),  y  de  Rosimnnda  y  Alboino  (n.  149);  algunas  l^endas  religiosas,  que  tienen  sus  para- 
digmas en  las  cantigas  del  Rey  Sabio,  como  la  del  diablo  escudero  (o.  145)  y  la  del  caballero  que 
dio  su  mujer  al  diablo  (n.  144).  Otros  pertenecen  al  fondo  común  de  la  novelística»  como  el  de  la 
prueba  de  los  amigos  (Diiciplina  ClericalU^  Gesta  Romanorum^  Conde  Lucanor,,,)  y  alguno,  como 
el  cde  la  buena  andanza  de  este  mundoi»  (n.  139),  subsiste  todavía  en  la  tradición  popular.  £1  texto 
de  la  Edad  Media  es  muy  curioso,  porque  viene  á  acrecentar  el  número  de  leyendas  que  se  desenla- 
zan por  medio  de  convites  fatídicos: 

Un  caballero,  arrastrado  por  la  insaciable  codicia  de  la  dama  i  quien  servía,  mata  alevosamente 
á  un  mercader  y  le  roba  toda  su  hacienda.  Emplazado  por  una  voz  sobrenatural  para  dentro  de 
treinta  afios  si  no  hace  penitencia,  edifica  en  nn  monte  unas  casas  muy  nobles  y  muy  fuertes  y 
busca  en  aquella  soledad  el  olvido  de  su  crimen.  cY  estando  él  un  día  en  aquel  lugar  comiendo  con 
su  mujer  y  con  sus  hijos  y  con  sus  nietos  en  gran  solaz  con  la  buena  andanza  de  este  mundo,  vino 
un  juglar  y  el  caballero  le  hizo  sentar  á  comer.  Y  en  tanto  que  él  comía,  los  sirvientes  destemplaron 
el  instrumento  del  juglar  y  le  untaron  las  cuerdas  con  grasa.  Y  acabado  el  yantar,  tomó  el  juglar  su 
instrumento  para  tañerle,  y  nunca  le  pudo  templar.  Y  el  caballero  y  los  que  con  él  estaban  comen* 
zaron  á  escarnecer  del  juglar,  y  lanzáronle  fuera  de  los  palacios  con  vergüenza.  Y  luego  vino  un 
viento  grande  como  de  tempestad  y  derribó  las  casas  y  al  caballero  con  todos  los  que  alli  estaban.  Y 
fue  hecho  un  grande  lago.  Y  paró  mientes  el  juglar  tras  de  sí,  y  vio  en  cima  del  lago  andar  nadando 
unos  guantes  y  un  sombrero,  que  se  le  quedaron  en  la  casa  del  caballero,  cuando  le  lanzaron 
de  ella». 

Acrecientan  el  caudal  de  la  primitiva  novelística  portuguesa  las  curiosísimas  leyendas  genealó* 
gioas  consignadas  en  el  Nobiliario  del  Infante  D.  Pedro,  sobre  el  cual  nos  referimos  á  lo  que  larga* 
mente  queda  dicho  en  el  primer  tomo. 

(})  Contoi  tradicionaes  do  povo  portuguez^  II,  19. 

(')  Sobre  la  fe  de  Teófilo  Braga  cito  la  edición  de  1575,  que  no  he  visto  ni  encuentro  descrita 
en  ninguna  parte.  Brunet  dio  por  primera  la  de  1585  (Lisboa,  por  Marcos  Borges,  1585,  dos  partes 
en  un  Tolumen  en  4.*,  la  primera  de  2  +  50  pp.  y  la  segunda  de  2  +  52).  Tampoco  he  visto  ésta  ni 


INTRODUCCIÓN  Lxxxix 

la  prioridad  de  Timoneda,  cuyas  Pairarlas  estabau  impresas  desde  1566,  tres  años 
antes  de  la  peste  de  Lisboa.  No  creo,  sin  embargo,  que  Traucoso  las  utilizase  mucho. 
Las  grandes  semejanzas  que  el  libro  valenciano  y  el  portugués  tienen  en  la  narración 
de  Griselda  quizá  puedan  explicarse  por  una  lección  italiana  común,  algo  distinta  de 
las  de  Boccaccio  y  Petrarca. 

Trancoso  adaptó  al  portugués  varios  cuentos  italianos  de  Boccaccio,  Bandello,  Stra- 

la  de  Lisboa^  1589  (por  Juan  Alvares),  á  la  cual  se  agregó  la  tercera  parte  impresa  en  1596  por 
Simóo  Lopes.  Nuestra  Biblioteca  Nacional  sólo  posee  cinco  ediciones,  todas  del  siglo  xvii,  y  al 
parecer  algo  expurgadas. 

— Primeira,  ugunda  e  terebra  parte  dos  contos  e  historias  de  proveito  e  exemplo.  Dirigidos  a  Sen^ 
hora  Dona  loana  D'AlburquerquSf  molher  que  foy  do  Viso  Rey  da  India,  Ayres  de  Saldanha.  E  nesta 
impre$$ño  vSo  emendados,  (A  continuación  estos  versos): 

«Diversas  Historias,  et  contos  preciosos, 
Que  Gonzalo  Fernandez  Trancoso  ajuntou, 
De  cousas  que  ouvio,  aprendeo,  et  notou, 
Ditos  et  feytos,  prudentes,  graciosos: 
Os  quaes  coni  exemplos  bOs  et  virtuosos, 
Ficfto  en  partes  muy  bem  esmaltados: 
Prudente  Lector,  lidos,  et  notados, 
Oreo  acharéis  que  sam  proveitosos« 

Anno  1008,  Com  lieenga  da  Sancta  Inquisiqam.  Em  Lisboa,  Per  Antonio  Alvarez. 

4.%  4  hs.  prls.  y  68  pp,  dobles. 

Aprobación  de  Fr.  Manuel  Ooelho  (9  de  agosto  de  1607). — Licencia  de  la  Inquisición. — Escudo 
del  Impresor. — Dedicatoria  del  mismo  Antonio  Alvarez  á  dofia  Juana  de  Alburquerque  (29  de  mayo 
de  1608). — Soneto  de  Luis  Brochado,  en  alabanza  del  libro. 

Tiene  este  volumen  tres  foliaturas,  52  pp.  dobles  para  |la  1/  parte,  58  para  la  2.',  68  para  la  3.* 
Al  principio  de  la  segunda  hay  estos  versos: 

Se  a  parte  primeira,  muy^abio  Lector, 
Vistes  c  lestes  da  obra  presente, 
Lede  a  segunda,  que  muy  humilmente, 
Aqui  vos  presenta  agora  o  Auctor: 
PedevoB  mnito,  pois  sois  sabedor 
Mostréis,  senhor,  ser  discreto,  prudente, 
Suprindo  o  que  falta,  de  ser  eloquente, 
Oom  vossa  eloquencia,  saber  e  primor. 

Procede  este  raro  ejemplar  de  la  biblioteca  de  D.  Pascual  de  Gayangos. 

— PrfJiMtro,  segunda  e  terceira  Parte  dos  Contos  e  Historias  de  Proveito,  e  exemplo,..  Anno  1624, 
Cofn  toda»  as  Ucengas  et  approuw^oes  necessarias,  Em  Lisboa,  Por  lorge  Rodríguez,  Taixado  em  papel 
em  seis  tiniens» 

4.*,  4  hs.  prls.  y  140  pp.  dobles. 

Aprobación  de  Fr.  Antonio  de  Seqneyra  (16  de  marzo  de  1620).  De  ella  se  infiere  que  además 
de  las  enmiendas  que  llevaba  la  edición  anterior,  so  suprimió  un  pasaje  en  la  Tercera  Parte. — Licen- 
cias, Tasa,  etc. — Soneto  de  Luis  Brochado. — Tabla. 

Procede  de  la  biblioteca  de  D.  Agustín  Duran, 

— Anno  16SS,  Com  todas  cu  licengas  e  aprouaroes  necessarias»  Em  Lisboa,  Por  Jorge  Rodriguez, 
Taisndo  na  mesa  do  Paxjo  a  seis  vintens  em  papel. 

Edición  idéntica  á  la  anterior. 

— Anmú  de  1646.»,  Em  Lisboa^  por  Ant^  Alvares,  Impressor  del  Rey  N,  S, 

8.*,  381  pp.  de  texto  y  tres  de  tabla.  A  la  vuelta  de  la  portada  van  las  licencias  y  el  soneto  de 
Lai8  Brochado. 

— StstoTMM  proveiiozas,  Primeira,  segunda  e  terceira  parte.  Que  coniem  Contos  de  proveito  et  exem- 


xo  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

parola  y  Giraldi  Cinthio,  pero  lo  que  caracteriza  su  colección  y  la  da  más  valor  folkló* 
rico  que  á  la  de  Timoneda  es  el  haber  acudido  con  frecuencia  á  la  fuente  de  la  tradi- 
ción oral.  La  intención  didáctica  y  moralizadora  predomina  en  estos  cuentos,  y  algunos 
pueden  calificarse  de  ejemplos  piadosos,  como  el  cdel  ermitaño  y  el  salteador  de  cami- 
nos», que  inculca  la  necesidad  del  concurso  de  las  buenas  obras  para  la  justificación, 

pío,  para  boa  educagam  da  vida  humana,  Compostoa  per  Gonzalo  Fernandez  Trancoso,  Leva  no  Jiña 
Policía  e  ürhanidade  Chrtítian,  En  Liíboa,  na  oficina  de  Domingos  Carneiro,  JQ81. 
8.°,  343  pp. 

La  última  obra  que  se  cita  en  la  portada  tiene  distinta  pa<;:inac¡ón  y  frontis,  que  dice: 
Policía  e  Ürhanidade  Chrietiam.  Composta  pelos  PP.  do  Collegio  Monipontano  da  Companhia  dé 
Jesu,  e  traduzidaptr  Joam  da  Costa,  Lisboa^  1681. 

Tanto  esta  edición,  como  la  anterior,  llevan  intercalado,  entre  la  portada  y  el  texto  de  los  cuen- 
tos, un  pequeño  Catecismo,  que  atestigua  la  gran  popularidad  del  libro  de  Trancóse,  al  cual  acom- 
pañaba (Breve  Recopilaqam  da  Doctrina  dos  Misterios  mais  importantes  de  nossa  Sancta  Fe,  a  qual 
todo  o  Christáo  he  obrígado  saber  e  crer  com  Fb  explícita,  quer  dizer  conhecimento  distincto  de  cada 
hum:  recopilado  pelo  P.  Antonio  Rebello,  irmáo  profuso  da  3,*  Ordem  de  Nossa  Senhora  do  Carmo). 
Además  de  estas  ediciones  existen,  por  lo  menos,  las  siguientes,  enumeradas  por  Inocencio  da 
Silva,  en  su  Diccionario  bibUographico  portuguez  (III*  155-156;  IX,  427). 
— Coimbra,  por  Thomé  Oarvalho,  1600,  8.* 
— Lisboa,  por  Antonio  Craesbeck  de  Mello,  1671. 
—Por  Felipe  de  Sousa  Villela,  1710. 

— Historias  proveítotas:  Primeira,  segunda  e  terceira  parte;  que  contem  contos  de  proveito  e  txem* 
pío,  para  boa  educagáo  da  vida  humana.  Leva  no  Jim  a  Policía  e  ürhanidade  chrisía,  Lishoa^na  off,  de 
Fiiippe  de  Sousa  Villela,  1722.  8.»,  XVI  +  383  pp. 
—Por  Manuel  Fernandes  da  Costa,  1734,  8.® 

En  su  ya  citada  obra  Contos  tradicionaes  do  povo  portuguez  (ti,  pp.  63-128)  ha  reproducido 
Teófilo  Braga  diez  y  nueve  cuentoi  de  la  colección  de  Trancóse,  ilustrándolos  con  curiosas  notas  y 
paradigmas.  En  todos  ellos  el  erudito  profesor  suprime  las  moralidades  y  divagaciones  retóricas  de 
Trancóse  y  abrevia  mucho  el  texto.  Tanto  de  estos  caentos,  como  de  los  que  omite,  pondré  el  índice 
por  el  orden  que  tienen  en  las  ediciones  del  siglo  xvu,  únicas  que  he  podido  manejar 
Parte  1/ 

cConto  primeiro.  Que  diz  que  todos  aquelles  que  rezáo  aos  Sánelos  que  roguem  por  elles,  tem 
necessidado  de  fazer  de  sua  parte  por  conformarse  com  o  que  querem  que  os  Sanctos  Ihe  alcancom. 
Tratase  hüa  Historia  de  hum  ErmitAo,  et  hum  Salteador  de  caminhos:»  (Está  en  Braga,  n.  151). 

Cont.  II.  aQue  as  fílhas  devem  tomar  o  conselho  da  sua  boa  may,  e  fa/er  seus  mandamentos. 
Trata  de  hüa  que  o  nfio  fez,  e  a  morte  desastrada  que  ouve»  (Braga,  n.  152). 

Oont.  II [.  cQue  as  donzellas,  obedientes,  devotas  e  virtuosas,  que  por  guardar  sua  honra  se 
aventurfio  a  perigo  da  vida,  chamando  por  Déos,  elle  les  acode.  Trata  de  hüa  doazella  tal  que  he 
digno  de  ser  lidoD  (Braga,  n.  153). 

Cont.  IV.  «Que  diz  que  as  zombarias  sAo  perjudiciaes,  e  que  he  bom  nfio  usar  delles,  concluesse 
autorizado  con  hum  dito  grave]». 

Es  meramente  un  dicho  sentencioso  de  un  caballero  de  la  Corte  de  D.  Juan  III:  «Senhor,  nao 
izorabo,  porque  o  zombar  tem  respostaD. 

Cont.  V.  cTrata  do  que  aconteceo  en  hüa  barca  zombando,  e  hüa  resposta  sotib. 
Son  zumbas  y  motejes  entre  un  corcobado  y  un  narigudo,  que  acabaron  mal. 
Cont.  VI.  aQue  en  toda  parceria  se  de  ve  tratar  verdade,  porque  o  engaño  ha  se  de  descobrir,  e 
deixa  envergonhado  seu  mestre.  Trata  de  dous  rendeiros». 

Historia  insulsa  que  tiende  á  recomendar  la  buena  fe  en  los  contratos. 

Cont.  VII.  (iQue  aos  Principes  convem  olhar  por  seus  vassalos,  para  Ihe  fazer  merce.  E  os  des- 
pachadores sempre  devem  folgar  disso,  e  nao  impedir  o  bo  despacho  das  partes.  Trata  hum  dito  gra- 
vissimo  de  hum  Rey  que  Déos  temD. 

Un  Rey  justiciero  da  á  un  mancebo  de  Tras  os  Montee  el  cargo  de  contador  del  almojarifazgo 


iNTRODUCCIÓir  xoi 

tonque  sin  el  profundo  sentido  teológico  que  admiramos  en  la  parábola  dramática  de 
El  Oondenado  por  desconfiado^  ni  la  variedad  j  riqueza  de  sd  acción,  cuyas  raices  se 
esconden  en  antiquísimos  temas  populares.  Otros  enuncian  sencillas  lecciones  de  eco- 
nomía doméstica  y  de  buenas  costumbres,  recomendando  con  especial  encarecimiento 
la  honestidad  y  recato  en  las  doncellas  y  la  fidelidad  conyugal,  lo  cual  no  deja  de  con- 
trastar con  la  ligereza  de  los  novellieri  italianos,  y  aun  de  Timoneda,  su  imitador.  El 

qae  tenia  bu  padre,  y  haciéndele  alguna  observ^ación  su  veedor  de  Ilacienda  sobre  la  inutilidad  del 
otrgo,  le  replica:  cSe  nos  nSo  havemos  mlster  o  contador,  •  mancebo  ha  mlster  o  offício:». 

Ooat.  VIH.  tQue  os  Prelados  socorram  com  suas  esmolas  a  seus  subditos,  e  os  ofñciaes  de  sua 
casi  Ihe  ajudem.  Trata  de  hum  Arcebispo  e  sed  veador». 

El  Arzobispo  de  Toledo  de  quien  se  trata  es  D.  Alonso  Oarrillo,  y  el  cuento  procede  de  la  Fio* 
retía  EMpoñola,  como  decimos  en  el  texto:  cVos  fa^o  saber  que  estes  que  me  servem  ham  de  fícar 
lem  casa,  porque  ea  os  ey  mister,  e  estes  que  me  nflo  servem,  tambem  fícarflo,  porque  elles  me  hum 
imiiter  a  mí». 

Cent.  IX.  cQue  ha  hum  genero  de  odios  tam  endurecido  que  parece  enxerido  pello  demonio. 
Trata  de  dous  vezinhos  envejosos  hum  do  outro:»  (Braga,  II,  154). 

Oont  X.  cQue  nos  mostra  como  os  pobres  com  pouca  cousa  te  alegram.  E  he  hum  dito  que  disse 
hom  homen  pobre  a  seus  filhos»  (Braga,  II}. 

Cont.  XI.  cDo  que  acontece  a  quem  quebranta  os  mandamentos  de  seu  pay,  e  o  proveyto  que 
▼em  de  dar  esmolla,  e  o  daño  que  socede  aos  ingratos.  Trata  de  hum  velho  e  seu  filho:»  (Braga,  II, 
157,  con  el  título  de  O  ségredo  revelado), 

Cont.  XII.  cQue  offerecendosemos  gestos  ou  perda,  o  sentimento  ou  nojo  seja  conforme  a 
ctnsa,  concloindo  con  elle.  Trata  hum  dito  de  hum  Rey  que  mandou  quebrar  hüa  baixella». 

Coht.  XIII.  cQue  os  que  buscam  a  Déos  sempre  o  achilo.  Trata  de  hum  hermitan,  e  hum  pobre 
labrador  que  quis  antes  un  real  bem  ganhado  que  cento  mal  ganhados»  (Braga,  n.  156). 

Cont.  XIV.  cQje  todo  tabelliiSo  e  pessoa  que  da  bua  fe  em  juizo,  deve  attentar  bem  como  a  da. 
Tnta  hüa  experiencia  que  fez  hum  senhor  para  hum  offlcio  de  Tabellifio}»  (Braga,  n.  158). 

Cont.  XV.  cQue  os  pobres  nAo  desesperem  ñas  demandas  que  Ihe  armilo  tyrannos.  Trata  de  dous 
innflos  que  competiam  em  demanda  hum  com  outro,  e  outras  pessoas»  (Braga,  159). 

Cont.  XVI.  cQue  as  molheres  honradas  e  virtuosas  devem  ser  calladas.  Trata  de  hüa  que  fallou 
Mm  tempo  e  da  reposta  que  Ihe  derflo. 

Anécdota  insignificante,  fundado  en  el  dicho  de  una  mujer  de  Llerena. 

Cont.  XVII.  cOomo  castiga  Déos  accusadores,  e  Hura  os  innocentes.  Trata  do  hum  Comendador 
qae  foy  com  falsidide  acensado  diante  del  Rey:»  (Braga,  n.  160,  con  el  titulo  do  Don  Simáo). 

Oont  XVIII.  cDe  quam  bom  he  tomar  conselho  com  sabedores  e  usar  de!le.  Trata  de  hum 
msocebo  que  tomou  fr»  eontélhos,  e  o  socessoíD  (Braga,  n.  ICl). 

Cont.  XIX.  cQoe  he  hüa  carta  do  Autor  a  hüa  senhora,  com  que  acaba  a  prímeira  parte  destas 
bíitorías  e  contos  de  proveito  e  exemplo.  E  logo  cometa  segunda,  em  que  eatflo  muitas  historias 
Bottveis,  graciosas,  e  de  muíto  gosto,  como  so  vera  nellas. 

Parte  2.» 

Cont.  I.  cQne  trata  quanto  val  a  boa  sogra,  e  como  por  industria  de  hüa  sogra  estove  a  ñora  bem 
euada  com  o  fíibo  que  a  aborrecia»  (Braga,  n.  162). 

Cont.  II.  cQue  diz  que  honrar  os  Sanctos  e  suas  Reliquias,  e  fazerlhe  grandes  f estas  he  muito 
bem,  e  Déos  e  os  Sanctos  o  pagáo.  Trata  de  hum  filho  de  hum  mercader,  que  con  ajuda  de  Déos  e 
dos  Sanctos  veo  a  ser  Rey  de  Inglaterra]». 

Cont.  III.  cQue  diz  nos  conformemos  com  a  vontade  do  Senhor.  Trata  de  hum  Medico  que 
dizia:  Tudo  o  que  Déos  fez  he  por  melhon>  (Braga,  n.  163). 

Cont.  IV.  cQue  diz  que  ninguem  arme  la^o  que  nSo  caya  nelle.  Trata  de  hum  que  armou  hüa 
trampa  para  tomar  a  outro,  e  cahio  elle  mesmo  nellai». 

Ooüt.  V.  cQoe  diz  que  a  boa  muiher  he  joya  que  nao  tem  pre9o,  e  he  melhor  para  o  homen  que 
toda  a  fazenda  e  saber  do  mundo  como  se  prova  claro  ser  assi  no  discorso  do  conto:^. 
Bt  on  largo  ejemplo  moral. 


xoii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

tono  de  la  coleccioncita  portuguesa  es  constantemente  grave  y  decoroso,  y  aun  en  esto 
revela  sus  afinidades  con  ia  genuina  poesía  popular,  que  nunca  es  inmoral  de  caso  pen- 
sado, aunque  sea  muchas  veces  libre  y  desnuda  en  la  dicción. 

El  origen  popular  de  algunos  de  estos  relatos  se  comprueba  también  por  los  refra- 
nes y  estribillos,  que  les  sirven  de  motivo  6  conclusión,  v.  gr.:  f  A  mo9a  virtuosa — Deas 

Cont.  VI.  cQue  nfto  confíe  nínguem  em  si  que  sera  bom,  porque  ja  o  tem  promettido:  mas  ande- 
mos sobre  aviso  fuglndo  das  tentaíOes.  Trata  hum  dito  de  hura  arráez  muito  confiado:». 

Cont.  Vil.  aQue  nAo  desesperemos  nos  trabalhos,  e  confiemos  em  Déos  que  nos  preverá,  como 
fez  a  huma  Rainha  virtuosa  con  duas  irmftas  que  o  nfto  erfto,  do  que  se  trata  no  contó  seguinte» 
(Braga,  n.  164). 

Cont.  VIII.  <Que  o  poderoso  nfto  seja  tyraono,  porque  querendo  tudo,  ufio  alcanza  o  honesto  e 
perde  o  que  tem.  Comci  se  ve  em  hüa  sentenfa  sotil  em  caso  semelhante]»  (Braga,  n.  165). 

Cont.  IX.  «Que  diz  que  conformes  com  a  vontade  de  Déos  nosso  Senhor  Ihe  demos  louvores  e 
gra9as  por  tudo  o  que  faz.  Trata  de  hum  dito  do  Márquez  de  Pliego,  em  tempo  del  Rey  Don  Fer- 
nando Quinto  de  Castellai». 

Terceira  parte. 

Cont.  I.  «Que  todos  sejamos  sojeitos  a  razam,  e  por  alteza  de  estado  nfto  ensoberbe^mos,  nem 
por  baixeza  desesperamos.  Trata  de  hü  Principe,  que  por  soberbo  hum  seu  vassallo  pos  as  mftos  nelle, 
e  o  sucesso  do  caso  he  notavel»  (Braga,  n.  166). 

Cont.  II.  «Que  quem  faz  algum  bem  a  outro,  nfto  Iho  deve  lanfar  em  rosto,  e  que  sempre  se 
deve  agradecer  a  quem  nos  da  materia  de  bem  obrar». 

Trátase  de  una  carestía  de  Córdoba,  Este  cuento,  ó  más  bien  dicho  sentencioso  y  gnve  contra 
los  que  echan  en  cara  los  beneficios  recibidos,  parece  de  origen  castellano. 

Cont.  III.  «Que  diz  quanto  val  o  juizo  de  hum  homen  sabio,  e  como  por  hum  Rey  tomar  con 
elle,  o  tiiou  de  huma  duvida  en  que  esUva  com  hum  seu  barbeiroi  (Braga,  n.  168). 

El  Rey  invita  á  su  barbero  á  que  le  pida  cualquier  ^lerced,  prometiendo  concedérsela.  El  bar« 
bero  le  pide  la  mano  de  la  princesa  su  hija.  Sorprendido  el  rey  de  tal  petición,  consulta  con  un  sabio, 
el  cual  lo  aconseja  que  mande  abrir  la  tierra  en  el  sitio  donde  había  estado  el  barbero,  porque  sin 
duda  habría  puesto  los  pies  sobre  un  gran  tesoro,  que  le  daba  humos  para  aspirar  tan  alto.  El  tesoro 
aparece  en  efecto,  y  el  rey  lo  reparte  entre  el  barbero  y  el  letrado  que  dio  tan  buen  consejo.  Ignoro 
el  origen  de  este  absurdo  cuento. 

Cont.  IV.  cTrata  como  dous  mancebos  se  quiseran  em  estremo  grao,  e  como  hum  dellea  por 
guardar  amizade  se  vio  em  grandes  necessidades,  e  como  foy  guardado  do  outro  amigo». 

Cont.  V.  aQue  inda  que  nos  vejamos  eni  grandes  estados  nfto  nos  ensoberbe^amos,  antes  tenha- 
mos  08  olhos  onde  nacemos  para  merecer  despois  a  vir  a  ser  grandes  senhores,  como  aconteceo  a 
esta  Marqueza  de  que  he  o  contó  seguinte».  (Braga,  n.  107,  con  el  título  de  Constancia  de 
QriseUa). 

Cont.  VI.  «Em  que  mostra  de  quanto  prefo  he  a  virtude  ñas  molhercs,  especialmente  ñas  don- 
zelas,  e  como  iiüa  pobre  lavradora  por  estimar  sua  honra  em  muyto,  veo  a  ser  grande  senhora». 

Cont.  VII.  «NeHte  contó  atraz  tratei  húa  grandeza  de  animo  que  por  comprir  justi9a  usou 
Álexandro  de  Medices  Duque  de  Floreóla  com  hüa  pobre  Donzela,  e  porque  este  he  de  outra 
nobreza  sua  que  usou  com  hüa  pobre  viuva,  a  qual  he  o  seguinte»  (Braga,  n.  169,  O  achado  da 
hoUa), 

Cont.  VIII.  cEm  que  se  conta  que  estando  hüa  Raynha  muyto  perseguida  e  sercada  em  seu 
Reyno,  foy  liurada  por  hum  cavaleyro  de  quem  ella  era  en  estremo  enemiga,  e  ao  fím  velo  a  casar 
com  elle». 

Cont.  IX.  aQue  mostra  de  quanta  perfei^fto  he  o  amor  nos  bOs  casados,  e  como  hum  homen 
nobre  se  pos  em  perigo  da  morte  por  conservar  a  hura  de  sua  molher,  e  por  a  liurar  das  miserias  em 
que  vivia,  e  como  Ihe  pagou  com  o  mesmo  amor». 

Cont.  X.  «Em  o  qual  se  trata  de  hum  Portuguez  chegar  a  cidade  de  FIoren9a,  e  o  que  passon 
com  o  Duque  senhor  della,  com  hüa  pe9a  que  Ihe  deu  a  fazer,  o  qual  he  exemplo  muy  importante 
para  of  ficiaes». 


INTItODÜCOIÓN  xoiii 

a  esposa»  (cont.  ni);  cminha  m&e,  calQotes»  (cont.  X),  y  otros  dichos  que  son  tradicio- 
nales todavía  en  Oporto  j  en  la  región  del  Miño. 

Algunas  de  las  anécdotas  recogidas  por  Trancóse  son  meramente  dichos  agudos  7 
sentenciosos  que  corrían  de  boca  en  boca,  7  no  todos  pueden  ser  calificados  de  portu- 
gueses. Así  el  conocido  rasgo  clásico  de  la  vajilla  mandada  romper  por  Got7s,  re7  de 
Tracia,  que  aquí  se  encuentra  aplicado  á  un  re7  de  España.  La  fuente  remota  pero 
indisputable  de  esta  anécdota,  que  pasó  á  tantos  centones,  es  Plutarco  en  sus  Apo^ 
tegfféos^  que  andaban  traducidos  al  castellano  desde  1533.  Es  verosímil,  además,  que 
Trancóse  manejase  la  Floresta  Española  de  Melchor  de  Santa  Cruz,  impresa  un  año 
antes  que  los  Contos^  pues  sólo  así  se  explica  la  identidad  casi  literal  de  ambos  textos 
en  alguna3  anécdotas  7  dichos  de  personajes  castellanos.  Puede  compararse,  por  ejem- 
plo, el  cuento  8.*  de  la  Parte  Primeira  del  portugués  con  éste,  que  figura  en  el  capí- 
tulo in  de  la  colección  del  toledano: 

ۆn  contador  de  este  Arzobispo  (D.  Alonso  Carrillo)  le  dixo  que  era  tan  grande  el 
gasto  de  su  casa,  que  ningún  término  hallaba  cómo  se  pudiese  sustentar  con  la  renta 
que  tenia.  Dixo  el  Arzobispo:  «¿Pues  qué  medio  te  parece  que  se  tenga?»  Respondió  el 
Contadon  «Que  despida  Vuestra  Señoria  aquellos  de  quien  no  tiene  necesidad» .  Man- 
dóle el  Arzobispo  que  diese  im  memorial  de  los  que  le  sobraban,  7  de  los  que  se  hablan 
de  quedar.  El  Contador  puso  primero  aquellos  que  le  parecian  á  él  más  necesarios  7  en 
otra  memoria  los  que  no  eran  menester.  El  Arzobispo  tuvo  manera  como  le  diese  el 
memorial  delante  de  los  más  de  sus  criados,  7  le7éndole,  dixo:  «Estos  queden,  que  70 
>los  he  menester,  esotros  ellos  me  han  menester  á  mí»  (^). 

También  pertenece  á  la  historia  castellana  este  dicho  del  Marqués  de  Priego,  viendo 
asolada  una  de  sus  fortalezas  por  mandado  del  He7  Católico:  «Bendito  7  alabado  sea 
Dios  que  me  dio  paredes  en  que  descargase  la  ira  del  Ee7».  (Cont.  IX,  parte  1.'  de 
Trancóse.) 

Llegando  á  los  cuentos  propiamente  dichos,  á  las  narraciones  algo  más  extensas, 
que  pueden  calificarse  de  novelas  cortas,  es  patente  que  el  autor  portugués  las  recibió 
casi  siempre  de  la  tradición  oral,  7  no  de  los  textos  literarios.  Por  eso  7  por  su  relativa 
antigüedad  merecen  singular  aprecio  sus  versiones,  aun  tratándose  de  temas  mu7  cono- 
cidos, como  el  «del  Re7  Juan  7  el  abad  de  Cantorber7»  (que  aquí  es  un  comendador 
llamado  D.  Simón) ^  ó  el  de  «la  prueba  de  las  naranjas»,  ó  el  de  «los  tres  consejos», 
parábola  de  indiscutible  origen  oriental,  que  difiere  profundamente  de  todas  las  demás 
variantes  conocidas  7  ofrece  una  peripecia  análoga  á  la  leyenda  del  paje  de  la  Eeina 
Santa  Isabel  (>). 

Todavía  tienen  más  hondas  raíces  en  el  subsuelo  misterioso  de  la  ti*adición  piími- 
tiva,  común  á  los  pueblos  y  razas  más  diversas,  otros  cuentos  de  Trancóse,  por  ejem- 
plo, el  de  la  reina  virtuosa  7  la  envidia  de  sus  hermanas,  que  la  acusan  de  parir  di- 
versos monstruos,  con  los  cuales  ellas  suplantan  las  criaturas  que  la  inocente  heroina 
va  dando  á  luz.  Innumerables  son  los  paradigmas  de  esta  conseja  en  la  literatura  oral 
de  todos  los  países,  como  puede  verse  en  los  eruditísimos  trabajos  de  Beinhold  Kühler 

(*)  Página  11  de  la  edición  de  FrancÍBCo  Asenaio. 

(')  Vid.  £.  Gosquini  La  Légende  du  Pag$  de  Sainte  Elisabeíh  de  Portugal  et  le  conté  indien  des 
cBont  ConeeiU^f  en  la  Revue  de  Questions  HistoriqueSf  enero  de  1903. 


xoiv  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

y  de  Estanislao  Prato  (*),  que  recopilan  á  este  propósito  cuentos  italianos,  franceses, 
alemanes,  irlandeses,  escandinavos,  húngaros,  eslavos,  giiegos  modernos,  en  número 
enorme.  Sin  salir  de  nuestra  Península,  la  encontramos  en  Andalucía,  en  Portugal,  en 
Cataluña,  j  ni  siquiera  falta  una  versión  vasca  recogida  por  Webster  (^).  La  novelística 
literaria  ofrece  este  tema  con  igual  profusión  en  Las  Mil  y  una  noches^  en  Straparola 
(n.  4,  fáb.  II[);  en  la  Posilecheata  del  obispo  Pompeyo  Samelli,  publicada  por  Imbria- 
ni  (cuento  tercero);  en  Mad.  D'Aulnoy,  La  Príncesse  Belle-Etaile  et  le  prince  Chévi. 
Garlos  Gozzi  le  transportó  al  teatro  en  su  célebre  fiaba  filosófica  tL'Augellino  belver" 
de^^jB.  Juan  Valera  le  rejuveneció  para  el  gusto  español  con  la  suave  y  candida 
malicia  de  su  deleitable  prosa,  ün  nexo  misterioso  pero  indudable,  ya  reconocido  por 
Grímm,  enlaza  este  cuento  con  el  del  caballero  del  Cisne  y  con  las  poéticas  tradicio- 
nes relativas  á  Lohengrin,  Tan  extraordinaria  y  persistente  difusión  indica  un  simbo- 
lismo primitivo,  no  fácil  de  rastrear,  sin  embargo,  aun  por  la  comparación  de  las  ver- 
siones más  antiguas.  La  de  Trancóse  conserva  cierta  sencillez  relativa,  y  no  está  muy 
alejada  de  las  que  Leite  do  Vaaconc^llos  y  Teófilo  Braga  han  recogido  de  boca  del  pue- 
blo portugués  en  nuestros  días. 

Persisten  del  mismo  modo  en  la  viva  voz  del  vulgo  el  cuento  del  real  bien  ganado  que 
conduce  á  un  piadoso  labriego  al  hallazgo  de  ima  piedra  preciosa,  y  el  de  «quien  todo  lo 
quiere,  todo  lo  pierde» ,  fundado  en  una  estratagema  jurídica  que  altera  el  valor  de  las 
palabras.  Y  aunque  todavía  no  se  hayan  registrado  versiones  populares  de  otras  consegas, 
puede  traslucirse  el  mismo  origen  en  la  de  «la  buenit  suegra» ,  que  tanto  contrasta  con 
el  odioso  papel  que  generalmente  se  atribuye  á  las  suegras  en  cuentos  y  romances,  y 
que  en  su  desarrollo  ofrece  una  situación  análoga  á  la  astucia  empleada  en  la  comedia 
de  Shakespeare  AWs  ivell  ihat  ends  well^  cuyo  argumento  está  tomado,  como  se  sabe, 
del  cuento  decameroniano  de  Giletta  de  Narbona  (n.  9,  giom.  lU).  Obsérvese  que  Tran-» 
coso  conocía  también  á  Boccaccio,  pero  en  este  caso  no  le  imita,  sino  que  coincide  con  él. 

De  El  Cande  Lueanor  no  creemos  que  tuviese  conocimiento,  puesto  que  la  edición 
de  Argote  es  del  mismo  año  que  la  primera  de  los  tontos;  pero  en  ambas  colecciones 
es  casi  idéntico  el  ejemplo  moral  que  sirve  para  probar  la  piadosa  máxima:  «Bendito 
sea  Dios,  ca  pues  61  lo  tizo,  esto  es  lo  mejor» ;  salvo  que  en  Trancóse  queda  reducido 
á  la  condición  de  módico  el  resignado  protagonista  de  la  pierna  quebrada,  que  en  la 
anécdota  recogida  por  D.  Juan  Manuel  tiene  un  nombre  ilustre:  D.  Bodrigo  Meléndez 
de  Yaldés,  «caballero  mucho  honrado  del  reino  de  León» .  Los  nombres  y  circunstan- 
cias históricas  es  lo  primero  que  se  borra  en  la  tradición  y  en  el  canto  popular. 

El  cuento  «del  hallazgo  de  la  bolsa»  se  halla  con  circunstancias  diversas  en  Ser- 
cambi,  en  Giraldi  Cinthio  y  en  Timoneda  (8);  pero  la  versión  de  Trancoso  parece  inde- 
pendiente y  popular,  como  lo  es  también  el  cuento  de  «los  dos  hermanos» ,  que  en  al- 

('}  A  las  comparación C8  h'schas  por  el  primero  en  sus  notas  á  loe  Awarische  Texte  de  A.Schief- 
ner  (n.  12)  hay  que  añadir  la  monografía  del  segundo  sobre  Quafro  Novelline  popolari  livome$i 
(Spoleto,  18S0).  Una  nota  de  Teóñlo  Braga,  que  excuso  repetir  (II,  192-195),  resume  estas  indaga* 
ciones.  Pero  para  estudiarlas  á  fondo,  habrá  que  recurrir  siempre  á  ios  fundamentales  trabajos  de 
Kolilcr  {Kleinere  Schri/ten  zur  Marchenforschung  von  Reinhold  Kbhler,  Herausgegebeti  von  lohannei 
Bolte,  Weimar,  1898,  pp.  118,  143,  565  y  ss.). 

O  Basque  Legends:  collected^  chiejiy  in  the  Lahourd,  hy  JRev.  Weutworth  Web$ier„.  Lon* 
dres,  1879,  pág.  176. 

(*)  Recuérdese  lo  que  hemos  dicho  en  la  pégioa  LVlli  nots  2/ 


INTBODUCCIÓH  .  xcv 

guna  de  sus  peripecias  (el  pleito  sobre  la  cola  de  la  bestia,  transportado  por  Timoneda 
á  la  patrafia  sexta  y  no  olvidado  por  Cervantes  en  La  Ilustre  Fregona)^  pertenece  al 
yastísimo  ciclo  de  ficciones  del  «justo  juez»,  que  Benfey  j Kühler  han  estudiado  minu- 
ciosamente comparando  versiones  rusas,  tibetanas,  indias  y  germánicas. 

La  parte  de  invención  personal  en  los  cuentos  de  Trancóse  debe  de  ser  muy  exigua, 
aun  en  los  casos  en  que  no  puede  señalarse  derivación  directa.  Nadie  le  creerá  capaz  de 
haber  inventado  im  cuento  tan  genuinamente  popular  como  el  «del  falso  príucipe  y  el 
verdadero ,  puesto  que  son  folklóricos  todos  sus  elementos:  la  fuerza  de  la  sangre,  que 
se  revela  por  la  valentía  y  arrojo  en  el  verdadero  príncipe,  y  por  la  cobardía  en  el  falso 
6  intruso,  y  el  casamiento  del  héroe  con  una  princesa,  que  permanece  encantada  dui-aute 
cierto  tiempo,  en  forma  de  vieja  decrépita.  Guando  Trancóse  intenta  novelar  de  propia 
minerva,  lo  cual  raras  veces  le  acontece,  cae  en  lugares  comunes  y  se  arrastra  lángui- 
damente. Tal  le  sucede  en  el  cuento  del  hijo  de  un  mercader,  que  en  recompensa  de  su 
piedad  llegó  á  ser  rey  de  Inglaterra  (cuento  II  de  la  2.*  parte).  Trancóse  parece  haberle 
compaginado  con  reminiscencias  de  libros  caballerescos,  especialmente  del  Olivero^  de 
Ccísiilla.  Es  una  nueva  versión  del  tema  del  muerto  agradecido.  Los  agradecidos  son 
aquí  dos  santos^  cuyas  reliquias  había  rescatado  en  Berbería  el  héroe  de  la  novela,  y  que 
con  cuerpos  fantásticos  le  acompañan  en  su  viaje  y  le  hacen  salir  vencedor  de  las  jus- 
tas en  que  conquista  la  mano  de  la  princesa  de  Inglaten*a. 

Los  cuentos  de  Trancóse  en  que  debe  admitirse  imitación  literaria  son  los  monos. 
De  Boccaccio  trasladó,  no  sólo  la  Oriselda^  sino  también  la  historia  de  los  fieles  amigos 
Tito  y  Gisipo  (Decanieron^  gíom.  X,  n.  8),  transportando  la  acción  á  Lisboa  y  Coimbra. 
De  BandellO;  la  novela  XY  de  la  Parte  2.",  en  que  se  relata  aquel  acto  de  justicia  del 
Duque  Alejandro  de  Médicis,  que  sirve  de  argumento  á  la  comedía  de  Lope  de  Vega 
La  Quinta  de  Florencia  (*).  De  las  Noches  de  Straparola  tomó,  recortándola  mucho, 
la  primera  novela,  que  persuade  la  conveniencia  de  guardar  secreto,  especialmente  con 
las  miyeres,  y  de  ser  obediente  á  los  consejos  de  los  padres.  El  cuento  está  muy  abre- 
viado, pero  no  empeorado,  por  Trancoso,  y  el  artificio  de  simular  muerto  un  neblí  ó 
halcón  predilecto  del  Marqués  de  Monfermto,  para  dar  ocasión  á  que  la  miger  impru- 
dente y  ofendida  delate  á  su  marido  y  ponga  en  grave  riesgo  su  vida,  es  nota  caracte- 
rística de  ambas  versiones,  y  las  separa  do  otras  muchas  ('),  comenzando  por  la  del 
Gesta  Bomanorum  (*). 

^ 

O  Part.  1.%  nov.  XIV.  cAlcBsaxidro  duca  di  Firenze  fa  che  Pietro  sposa  una  mugnaja  che 
aveva  rápita,  e  le  fa  far  molto  rícca  dotep. 

En  el  cuento  siguiente  de  Trancoso  (VII  de  la  3.'  Parte)  hay  alguna  reminiscencia  (pero  sólo  al 
prÍDcipioj  de  la  novela  XV,  parte  2.*,  de  Bandello  («Bell*  atto  di  giustizia  fatto  da  Alcssandro  Medici, 
daca  di  Firenze  contra  un  suo  favorito  cortegianoD), 

(')  En  las  notas  de  Valentin  Schmidt  á  su  traducción  alemana  de  algunas  novelas  de  Straparola 
puede  verse  ana  indicación  de  ellas. 

Mikrchen'Saal,  Sammlung  alter  Mdrchen  mit  Anmerkungen;  herausgegeben  von  Dr,  Friedr,  MVilh" 
Val.  Schmidt.  Erster  Band,  Die  Marchen  des  tHraparola,  Berlin,  1817. 

Pero  es  mucho  más  completo  el  trabajo  de  G.  Búa,  Intomo  alie  üPiactvoli  XoUi»  dello  Strapa- 
rola  {Giomale  Starico  della  Utteratura  italiana^  vol.  XV  y  XVI,  1890). 

(')  Cap.  124.  «Quod  mulicribus  non  est  credenduní,  ñeque  archana  committcndum,  quoniam 
tempore  iracundiae  celare  non  possunt:».  Ed.  Oesterley,  p«  473.  Trae  copiosa  lista  de  paradigmas  en 
la  página  732. 


zuTi  .    ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

Gíraldi  Cinthio  suministró  á  la  colección  portuguesa  dos  novelas,  es  á  saber,  la 
quinta  de  la  primera  década,  en  que  el  homicida,  cuya  cabeza  ha  sido  pregonada,  viene 
á  ponerse  en  manos  de  la  justicia  para  salvar  de  la  miseria  á  su  mujer  é  hijos  con  el 
precio  ofrecido  á  quien  le  entregue  muerto  ó  vivo  (*);  y  la  primera  de  la  década 
segimda,  cuyo  argumento  en  Trancóse,  que  sólo  ha  cambiado  los  nombres,  es  el 
siguiente:  Aurelia,  princesa  de  Castilla,  promete  su  mano  al  que  le  traiga  la  cabeza  del 
que  asesinó  á  su  novio  Pompeyo.  El  incógnito  matador  Felicio,  que  había  cometido  su 
crimen  por  amor  á  Aurelia,  vuelve  del  destierro  con  nombre  supuesto,  y  después  de 
pi-estar  á  la  Princesa  grandes  servicios  en  la  guerra  contra  el  Rey  de  Aragón  su  des- 
pechado pi*etendiente,  pone  su  vida  en  manos  de  la  dama,  la  cual,  no  sólo  le  perdona, 
sino  que  se  casa  con  él,  cumpliendo  lo  prometido  (').  En  la  primera  de  estas  leyendas 
fundó  Lope  de  Vega  su  comedia  El  Piadoso  Veneciano. 

Si  á  esta  media  docena  de  novelas  añadimos  el  conocido  apólogo  del  codicioso  y  el 
envidioso,  que  puede  leerse  en  muchos  libros  de  ejemplos,  pero  que  Trancóse,  como 
maestro  de  latinidad  que  era,  tomó  probablemente  de  la  fábula  22  de  Aviano,  que  es 
el  texto  más  antiguo  en  que  se  encuentra  (^),  tendremos  apurado  casi  todo  lo  que  en 
su  libro  tiene  visos  de  erudición  y  es  fruto  de  sus  lecturas,  no  muchas  ni  variadas,  á 
juzgar  por  la  muestra.  Ni  estas  imitaciones  ocasionales,  ni  el  fárrago  de  moralidades 
impertinentes  y  frías  que  abruman  los  cuentos,  bastan  para  borrar  el  sello  hondamente 
popular  de  este  libro,  que  no  sólo  por  la  calidad  de  sus  materiales,  sino  por  su  estilo 
fi&cil,  expresivo  y  gracioso,  es  singular  en  la  literatura  portuguesa  del  siglo  xvi,  donde 
aparece  sin  precedentes  ni  imitadores.  Los  eruditos  pudieron  desdeñarle;  pero  el  pueblo 
siguió  leyéndole  con  devoción  hasta  fines  del  siglo  xviii,  en  que  todavía  le  cita  un 
poeta  tan  culto  y  clásico  como  Filinto  Elysio:  «os  Contos  de  Trancoso^  do  tempo  de 


(*)  ticPiBti  é  daonato  per  micidiale,  e  gli  c  levato  tutto  1'  hauere,  e  son  proineasi  premii  a  chi 
r  uccide,  o  vivo  il  dá  nolle  mani  della  giuBtitia;  Egli  si  fá  offerire  a*  Sigoori,  e  libera  la  familia  da 
dísagío,  e  se  da  pericolo.  (Novella  5,  prima  deca  de  Gli  Hecatommithi). 

(')  «Garitea  ama  Pompeo,  Diego  innamorato  della  giouane,  V  uccide;  Blla  promette  di  dani 
per  moglie  a  ciii  le  da  il  capo  di  Diego.  Le  mooe  guerra  il  Re  di  Portogallo.  Diego  la  difende,  o 
fa  prígione  il  Re,  poscia  si  pone  in  podestá  della  Donna,  e  ella  lo  pliglia  per  marito»  [Novélla  I  * 
éeconda  deca), 

(*)  Júpiter  ambiguas  hominum  praediscere  mentes, 

Ad  térras  Phoebum  misit  ab  arce  poli. 
Tune  dao  diversis  poscebant  numina  votis; 

Namque  alter  cupidus,  invidus  alter  erat. 
Uis  sese  médium  Titán:  scrutatus  utrumque, 

Obtulit,  et  precibus  ut  peteretur,  ait: 
Praestabit  facilis;  nam  quae  speraverit  unusí 

Protinus  haec  alter  congeminata  feret. 
8ed  cui  longa  iecur  nequeat  satiare  cupido, 

Distulit  admotas  in  nova  lucra  preces: 
Spem  sibi  confídcns  alieno  crescere  voto, 

Seque  ratus  solum  muñera  ferré  dúo. 
Ule  ubi  captantem  socium  sua  praemia  vidit, 

Supplicium  proprii  corporis  optat  ovans. 
Nam  petit  extincto  ut  lumine  degeret  uno, 

Alter  ut,  boc  duplicans,  vivat  utroque  carens. 
Tune  sortem  sapiens  humanam  risit  Apollo, 

Invidiaeque  malnm  rettulit  inde  Jovi. 
Quae  dnm  proventis  aliorum  gaudet  iniquis, 

Laetior  infelix  et  sua  damna  cupit. 


INTRODUCCIÓN  xovii 

nossos  avoeugos» .  Filinto  se  complacía  en  recordarlos  y  no  desdeñaba  tampoco  (caso 
raro  en  su  tiempo)  los  de  tradición  oi*al,  «contos  que  ouvi  contar  ba  maís  de  setenta  e 
dois  anuos» ,  como  las  Tres  Cidras  do  Amor^  Joáo  Ratáo  j  la  Princesa  Dotiinha.  «Com 
o  titulo  da  Oata  Borralkeira^  centava  minha  m&e  a  bistoria  de  Cendnllon.  E  nunca 
minha  mñe  soube  francez»  (% 

El  cuento  literario  medró  muy  poco  en  Portugal  después  de  Trancóse.  Si  alguno  se 
halla  es  meramente  á  título  de  ejemplo  moral  en  libros  ascéticos  ó  de  materia  predica- 
ble, como  el  Baguio  pastoral  de  Flores  de  Exemplos  de  Francisco  Saraiva  de  Sousa 
(1657),  el  Estimulo  pratico^  la  Xora  floresta  de  varios  Apophtegmas  j  otras  obras 
del  P.  Manuel  Bernardos,  ó  en  ciertas  misceláneas  eruditas  del  siglo  xviii,  como  la 
Academia  Universal  de  varia  erudicáo  del  P.  Manuel  Consciencia,  j  las  Horas  de 
Secreio  nos  ferias  de  maiores  estados  del  P.  Juan  Bautista  de  Castro  (1770).  Sólo  los 
estudios  folklóricos  de  nuestros  días  han  hecho  reverdecer  esta  frondosa  rama  de  la 
tradición  galaico-lusitana,  cuya  importancia,  literaria  por  lo  menos,  ya  sospechaba  un 
preclaro  ingenio  de  principios  del  siglo  xvii^  que  intentó  antes  que  otro  alguno  reducir 
¿  reglas  y  preceptos  el  arte  infantil  de  los  contadores,  dándonos  de  paso  una  teoría  del 
género  y  una  indicación  de  sus  principales  temas.  Me  refiero  al  curioso  libro  de  Fran<« 
cisco  Rodríguez  Lobo  Q^rie  na  aldea  e  noites  de  invernó^  de  que  más  detenidamente 
he  de  tratar  en  otra  pai*te  de  los  presentes  estudios,  puesto  que  por  la  fecha  de  su  pri- 
mera edición  (1619)  es  ya  posterior  á  las  Novelas  de  Cervantes.  Pero  no  quiero  omitir 
aquí  la  mención  de  los  dos  curiosísimos  diálogos  décimo  y  undécimo,  en  que  presenta 
dos  tipos  contrapuestos  de  narración,  una  al  modo  italiano  (Histo)ia  de  los  amores  de 
Aleramo  y  Adelasia — Historia  de  los  amores  de  Manfredo  y  Enrice)^  otro  al  modo  po- 
pular «con  más  bordones  y  muletas  que  tiene  una  casa  de  romería,  sin  que  falten  térmi- 
nos de  viejas  y  remedios  de  los  que  usan  los  descuidados» .  Con  este  motivo  establece  una 
distinción  Rodríguez  Lobo  enti-e  los  cuentos  y  las  historias  (sinónimo  aquí  de  las  novelle 
toscanas),  donde  puede  campear  mejor  «la  buena  descripción  de  las  personas,  relación 
de  los  acontecimientos,  razón  de  los  tiempos  y  lugares,  y  una  plática  por  parte  de  algunas 
de  las  figuras  que  mueva  más  á  compasión  y  piedad,  que  esto  hace  doblar  después  la  ale- 
gría del  buen  suceso» ,  en  suma  todos  los  recursos  patéticos  y  toda  la  elegancia  retórica 
de  Boccaccio  y  sus  discípulos.  «Esta  diferencia  me  parece  que  se  debe  hacer  de  los  cuen- 
tos y  de  las  historias,  que  aquéllas  piden  más  palabras  que  éstos,  y  dan  mayor  lugar  al 
ornato  y  concierto  de  las  razones,  llevándolas  de  manera  que  vayan  aficionando  el  deseo 
de  los  oyentes,  y  los  cuentos  no  quieren  tanta  retórica,  porque  lo  principal  en  que  con- 
sisten está  en  la  gracia  del  que  habla  y  en  la  que  tiene  de  suyo  la  cosa  que  se  cuenta» . 

«Son  estos  cuentos  de  tres  maneras:  unos  fundados  en  descuidos  y  desatientos, 
otros  en  mera  ignorancia,  otros  en  engaño  y  sutileza.  Los  primeros  y  segundos  tienen 
más  gracia  y  provocan  más  á  risa  y  constan  de  menos  razones,  porque  solamente  se  ^  ^  I 
cuenta  el  caso,  diciendo  el  cortesano  con  gracia  propia  los  yerros  ajenos.  Los  tei*ceros 
sufren  más  palabras,  porque  debe  el  que  cuenta  referir  cómo  se  hubo  el  discreto  con 
otro  que  lo  era  menos  ó  que  en  la  ocasión  quedó  más  engañado...» 

De  todos  ellos  pone  Rodríguez  Lobo  multiplicados  ejemplos  y  continúa  enumerando 
otras  variedades:  «Demás  destos  tres  órdenes  de  cuentos  de.  que  tengo  hablado  hay 

(«)  Vid.  T.  Braga,  II,  27. 

ORÍOIMIS  DB  la  MOVBLA. — II.— p 


xcyiii  orígenes  DE  LA  NOVELA 

otros  muy  graciosos  y  galanos,  que  por  ser  de  descuidos  de  personas  en  quien  había  en 
todas  las  cosas  de  haber  mayor  cuidado,  no  son  dignos  de  entrar  en  regla  ni  de  ser 
traídos  por  ejemplo.  Lo  general  es  que  el  desatiento  ó  la  ignorancia,  donde  menos  se 
espera,  tiene  mayor  gracia.  Después  de  los  cuentos  graciosos  se  siguen  otros  de  suti- 
leza, como  son  hurtos,  engaños  de  guerra,  otros  de  miedos,  fantasmas,  esfuerzo,  libertad, 
desprecio,  largueza  y  otros  semejantes,  que  obligan  más  á  espanto  que  á  alaría,  y 
puesto  que  se  deben  todos  contar  con  el  mismo  término  y  lenguaje,  se  deben  en  ellos 
Hsar  palabras  más  graves  que  risueñas» . 

Trata  finalmente  de  los  dichos  sentenciosos,  agudos  y  picantes,  dando  discretas 
reglas  sobre  la  oportunidad  y  sazón  en  que  han'  de  ser  empleados:'  cLos  cuentos  y 
dichos  galanes  deben  ser  en  la  conversación  como  los  pasamanos  y  guarniciones  en  los 
vestidos,  que  no  parezca  que  cortaron  la  seda  para  ellos,  sino  que  cayeron  bien,  y 
salieron  con  el  color  de  la  seda  ó  del  paño  sobre  que  los  pusieron;  porque  hay  algunos 
que  quieren  traer  su  cuento  á  fuerza  de  remos,  cuando  no  les  dan  viento  los  oyentes,  y 
aunque  con  otras  cosas  les  corten  el  hilo,  vuelven  á  la  tela,  y  lo  hacen  comer  recalen- 
tado, quitándole  el  gusto  y  gracia  que  pudiera  tener  si  cayera  á  caso  y  á  propósito,  que 
es  cuando  se  habla  en  la  materia  de  que  se  trata  ó  cuando  se  contó  otro  semejante.  Y 
si  conviene  mucha  advertencia  y  decoro  para  decirlos,  otra  mayor  se  requiere  para 
cirios,  porque  hay  muchos  tan  presurosos  del  cuento  ó  dicho  que  saben,  que  en  oyén- 
dolo comenzar  á  otro,  se  le  adelantan  ó  le  van  ayudando  á  versos  como  si  fuera  salmo; 
lo  cual  me  parece  notable  yerro,  porque  puesto  que  le  parezca  á  uno  que  contará 
aquello  mismo  que  oye  con  más  gracia  y  mejor  término,  no  se  ha  de  fiar  de  sí,  ni 
sobre  esa  certeza  querer  mejorarse  del  que  lo  cuenta,  antes  oirle  y  festejarle  con  el 
mismo  aplauso  como  si  fuera  la  primera  vez  que  lo  oyese,  porque  muchas  veces  es 
prudencia  fingir  en  algunas  cosas  ignorancia...  Tampoco  soy  de  opinión  que  si  un  hom- 
bre supiese  muchos  cuentos  ó  dichos  de  la  materia  en  que  se  habla,  que  los  saque  todos 
á  plaza,  como  jugador  que  sacó  la  runfla  de  algún  metal,  sino  que  deje  lugar  á  los 
demás,  y  no  quiera  ganar  el  de  todos  ni  hacer  la  conversación  consigo  solo»  (% 

De  estos  «cuentos  galantes,  dichos  graciosos  y  apodos  risueños»  proponía  Rodríguez 
Lobo  que  se  formase  «un  nuevo  Alivio  de  caminantes^  con  mejor  traza  que  el  primero» . 
Es  la  única  colección  que  cita  de  las  anteriores  á  su  tiempo,  aunque  no  debía  de  serle 
ignorada  la  Floresta  Española^  que  es  más  copiosa  y  de  «mejor  traza» .  Aunque  Rodrí- 
guez Lobo  imita  en  cierto  modo  el  plan  de  El  Cortesa^w  de  Castiglione,  donde  también 
hay  preceptos  y  modelos  de  cuentos  y  chistes,  sus  advertencias  recaen,  como  se  ve, 
sobre  el  cuento  popular  é  indígena  de  su  país,  y  prueban  el  mucho  lugar  que  en 
nuestras  costumbres  peninsulares  tenía  este  ingenioso  deporte,  aunque  rara  vez  pasase 
á  los  libros. 

Algunos  seguían  componiéndose,  sin  embargo,  en  lengua  castellana. 

El  más  curioso  salió  de  las  prensas  de  Valencia,  lo  mismo  que  el  Patrañiielo^  y  su 
autor  pertenecía  á  una  familia  de  ilustres  tipógrafos  y  editores,  de  origen  flamenco,  que 

(')  Sigo,  con  algún  ligero  cambio,  lu  antigua  traducción  castellana  de  Juan  Bautista  de  Mora- 
les, impresa  por  primera  vez  en  1622. 

(Corte  en  aldea  y  noches  de  invierno  de  Francisco  Rodríguez  Lobo,..  En  Valencia:  en  la  oficina  de 
Salvador  Fauli,  afio  1793.  Diálogo  X.  a  De  la  materia  de  contar  historias  en  conversación».  Díalo* 
go  XI.  €De  los  cuentos  y  dichos  graciosos  y  agudos  en  la  conversación».  PP.  276*866. 


INTRODUCCIÓN  xoix 

oonstítuyen  al  mismo  tíempo  una  dinastía  de  humanistas  (*).  Aunque  Sebastián  Mey 
no  alcanzó  tanta  fama  como  otros  de  su  sangre,  especialmente  su  doctísimo  padre  FeUpe 
Mey,  poeta  y  traductor  de  Ovidio,  filólogo  y  profesor  de  Griego  en  la  Universidad  de 
Valencia,  y  hombre,  en  fin,  que  mereció  tener  por  mecenas  al  grande  arzobispo  de 
Tarragona  Antonio  Agustín,  es  indudable,  por  el  único  libro  suyo  que  conocemos,  que 
tenía  condiciones  de  prosista  muy  superiores  á  las  de  Timoneda,  y  que  nadie,  entre 
los  escasos  cuentistas  de  aquella  Edad,  le  supera  en  garbo  y  soltura  narrativa.  La 
extraordinaria  rareza  de  su  Fabulario  ('),  del  cual  sólo  conocemos  dos  ejemplares,  uno 
en  la  Biblioteca  Nacional  de  Madrid  y  otro  en  la  de  París,  ha  podido  hacer  creer  que 
era  meramente  un  libro  de  fábulas  esópicas.  Es  cierto  que  las  contiene  en  bastante 
número,  pero  hay,  entre  los  cincuenta  y  siete  capítulos  de  que  se  compone,  otros  cuen- 
tos y  anécdotas  de  procedencia  muy  diversa  y  algunos  ensayos  de  novela  corta  á  la 
manera  italiana,  por  lo  cual  ofrece  interés  la  indagación  de  sus  fuentes,,  sobre  las  cuales 
acaba  de  publicar  un  interesante  trabajo  el  joven  erudito  norteamericano  Milton  A.  Bu- 
chanan,  de  las  Universidades  de  Toronto  y  Chicago  ('). 

Exacto  es  al  pie  de  la  letra  lo  que  dice  Sebastián  Mey  en  el  prólogo  de  su  Fabulario: 
«Tiene  muchas  fábulas  y  cuentos  nuevos  que  no  están  en  los  otros  (libros),  y  los  que 
hay  viejos  están  aquí  por  diferente  estilo» .  Aun  los  mismos  apólogos  clásicos,  que  toma 
casi  siempre  de  la  antigua  colección  esópica  (^),  están  remozados  por  él  con  estilo  ori- 

(*)  Vid.  Serrano  y  Morales,  La  Imprenta  en  Valencia  ..  pp.  285-327.  En  !a  pág.  323  de  este 
precioao  libro  entá  publicado  el  testamento  de  Felipe  Mey,  que  nombra  entre  sus  hijos  á  Sebastián, 
con  lo  caal  qneda  plenamente  confirmado  lo  que  sobre  este  punto  conjeturó  D.  Nicolás  Antonio. 

(')  FaímUtríú  en  que  té  contienen  fábula»  y  cuento»  tU/erenta,  alguno»  nueuo»  y  parte  »acado»  de 
otro»  autoTñ»;  por  Sebaetian  Mey,  En  Valencia.  En  la  impre»»ion  de  Felipe  Mey.  A  coeta  de  Filipo 
Pineinali  a  la  pla^  de  Vilarata. 

8.*,  4  hs.  prls.  y  184  pp. 

Aprobación  del  Pavorde  Rocafull,  20  de  enero  de  1613.— Escudo  de  Mey. — Prólogo. 

cHarto  trillado  y  notorio  es,  a  lo  menos  a  quien  tiene  mediana  lición,  lo  que  ordena  Platón  en 
au  República,  encargando  que  las  madres  y  amas  no  cuenten  a  los  nifios  patrafias  ni  cuentos  que  no 
sean  honestos.  Y  de  aquí  es  que  no  da  lugar  a  toda  manera  de  Poetas.  Oierto  con  razón,  porque  no 
se  habitué  a  vicios  aquella  tierna  edad,  en  que  fácilmente,  como  en  blanda  cera,  se  imprime  toda 
cona  en  loa  ánimos,  haviendo  de  costar  después  tanto  y  aun  muchas  vezes  no  haviendo  remedio  de 
sacAfioa  del  min  camino,  a  seguir  ei  cual  nos  inclina  nuestra  perversa  naturaleza.  A  todas  las  perso- 
nas de  buen  juicio^  y  que  tienen  zelo  de  bien  coman,  les  quadra  mucho  esta  dotrina  de  aquel  Filo- 
sofo: como  quepa  en  razón,  que  pues  tanta  cuenta  se  tiene  en  que  se  busque  para  sustento  del 
cuerpo  del  nifio  la  mejor  leche,  no  se  procure  menos  oí  pasto  y  mantenimiento  que  ha  de  ser  de 
mayor  provecho  para  sustentar  el  alma,  que  sin  proporción  es  de  muy  mayor  perfícion  y  quilate. 
Pero  el  pnnto  es  la  execucion,  y  este  es  el  fin  de  los  que  tanto  se  han  desvelado  en  aquellas  bien- 
aventuradas repúblicas,  que  al  dia  de  hoy  se  hallan  solamente  en  loa  buenos  libros.  Por  lo  qual  es 
may  acertada  y  santa  coaa  no  consentir  que  lean  los  niños  toda  manera  de  libros,  ni  aprendan  por 
elloe.  Uno  de  loa  buenos  para  este  efeto  son  las  fábulas  introduzidas  ya  de  tiempo  muy  antigo,  y 
que  siempre  se  han  mantenido:  porque  a  mas  de  entreteoimiento  tienen  dotrina  saludable.  Y  entre 
otros  libros  que  hay  deata  materia,  podra  caber  este:  pue»  tiene  mucha»  fábula»  y  cuento»  nuevo»  que 
no  caían  en  lo»  oiro»^  y  los  que  hay  viejos  están  aquí  por  diferente  estilo.  Nuestro  intento  ha  sido 
aprovechar  con  él  a  la  república.  Dios  favorezca  nuestro  deseo.:» 

Oada  ana  de  las  fábulas  lleva  un  grabadito  en  madera,  pero  algunos  están  repetidos. 

(']  Modem  Languag»  Note»^  Baltimore,  junio  y  noviembre  de  1906. 

(^)  Para  que  nada  falte  á  la  descripción  de  tan  raro  libro,  pondremos  los  títulos  de  estas  fábu* 
laii,  con  sos  moralidadea  respectivas: 


c  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

giual  7  con  la  libertad  propia  de  los  verdaderos  fabulistas.  Hubiera  podido  escribir  sus 
apólogos  en  verso,  y  no  sin  elegancia,  como  lo  prueban  los  dísticos  endecasílabos  con 
que  expresa  la  moralidad  de  la  fábula,  á  ejemplo,  sin  duda,  de  D.  Juan  Manuel,  puesto 
que  la  compilación  de  Exemplos  de  Clemente  Sánchez  de  Yercial  debía  de  serle  des« 
conocida.  Con  buen  acuerdo  prefirió  la  prosa.  Interrumpida  como  estaba  después  del 
Arcipreste  de  Hita  la  ti*adición  de  la  fábula  en  verso,  hubiera  tenido  que  forjarse  un 
molde  nuevo  de  estilo  j  dic<;ión,  como  felizmente  lo  intentó  Bartolomé  Leonardo  de 
Ai'gensola  en  las  pocas  fábulas  que  á  imitación  de  Horacio  intercala  en  sus  epístolas,  y 
como  lo  lograron,  cultivando  el  género  más  de  propósito^  Samaniego  é  Iriarte  en  el 
siglo  XVIII,  j  creeqios  que  la  pericia  técnica  de  Sebastián  Mey  no  alcanzaba  á  tanto. 
Pero  en  la  sabrosísima  prosa  de  su  tiempo,  y  con  puntas  de  intención  ,'satírica  á  veces, 
desarrolla,  de  un  modo  vivo  y  pintoresco,  aun  los  temas  más  gastados.  Sirva  de  ejem- 
plo la  fábula  de  El  lobo,  la  raposa  y  el  asno: 

«Teniendo  hambre  la  raposa  y  el  lobo^  se  llagaron  hazia  los  airábales  de  una  aldea, 


Fábula  I.  El  Uihrador  indiscreto.  Es  la  fábula 
del  molinero,  su  hijo  y  el  asno,  tomada  probable- 
mente de  El  Conde  Lucanor,  cap.  24  de  la  edi* 
ción  de  Argote. 

Quien  se  sujeta  á  dichos  de  las  gentes, 
Ha  de  caer  en  mil  inconvenientes. 

Fáb.  II.  El  gato  y  el  gaüo.  Hipócritas  pretez* 
tos  del  gato  para  matar  al  gallo  y  comérsele. 

Con  el  ruin  son  por  demás  razones, 
Que  al  cabo  prevalecen  sus  pasiones. 

Es  la  fábula  4.*  del  «Isopo  de  la  traslación 
nueva  de  Remigio»  en  la  colección  del  infante 
Don  Enrique. 

Fáb.  III.  El  vi^o  y  la  muerU. 

Los  hombres  llaman  á  la  muerte  ausente, 
Mas  no  la  quieren  ver  quando  presente. 

Fáb.  IV.  La  hormiga  y  la  cigala. 

Quando  estés  de  tu  edad  en  el  verano, 
Trabaja,  porque  huelgues  cuando  anciano. 

Fáb«  VI.  El  álamo  y  la  caña. 

Mas  alcanza  el  humilde  con  paciencia, 
Que  no  el  soberbio  haziendo  resistencia. 

Fáb.  VIL  La  raposa  y  la  rana. 

De  la  voz  entonada  no  te  admires, 
Sin  que  primero  de  quien  sale  mires. 

Fáb.  IX.  La  raposa  y  las  uv<u. 

Quando  algo  no  podemos  alcanzar, 
Gordura  disen  que  es  dissimular. 


Fáb.  XI.  El  león,  el  asno  y  Iti  raposa. 

Quando  vemos  el  dafio  del  vecino, 
No  escarmentar  en  él  es  desatino. 

Fáb.  XII.  La  mt^er  y  el  lobo. 

La  muger  es  mudable  como  el  viento: 
De  sus  palabras  no  hagas  fundamento. 

Fáb.  XIV.  El  gallo  y  el  diamante. 

No  se  precia  una  cosa,  ni  codicia, 
Si  no  es  donde  hay  de  su  valor  noticia. 

Fáb.  XV.  El  cuervo  y  la  raposa. 

Cuando  alguno  te  loa  en  tu  presencia, 
Piensa  que  es  todo  engaño  y  apariencia. 

Fáb.  XVII.  El  león  y  el  ratón. 

No  quieras  al  menor  menospreciar, 
Pues  te  podrá  valer  en  su  lugar. 

Fáb.  XIX.  La  liebre  y  el  galápago. 

Hazíenda  y  honra  ganarás  obrando, 

Y  no  con  presunción  emperezando. 

Fáb.  XXI.  La  rana  y  el  buey. 

Con  los  mayores  no  entres  en  debate, 
Que  se  paga  muy  caro  tal  dislate. 

Fáb.  XXII.  El  asno  y  el  lobo. 

Entienda  cada  qual  en  su  exerciciO| 

Y  no  se  meta  en  el  ageno  oficio. 

Fáb.  XXIV.  El  consejo  de  los  ratones. 

Ten  por  consejo  vano  y  de  indiscreto, 
Aquel  del  qual  no  puede  verse  efeto. 

Fáb.  XXV.  El  grillo  y  la  abefa. 

De  su  trabajo  el  hombre  se  alimente, 

Y  á  gente  vagamunda  no  sustente. 


INTRODUCCIÓN 


01 


por  ver  si  hallarían  alguna  cosa  a  mal  recado,  y  toparon  con  un  asno  bien  gordo  7 
Incido,  que  eslava  paciendo  en  un  prado;  pero  temiéndose  que  por  estar  tan  cerca  de 
poblado  corrían  peligro  si  alli  esecutavan  en  él  su  designio,  acordaron  de  ver  si  con 
buenas  razones  podrían  apartarle  de  alli,  por  donde  acercando  a  él  la  raposa,  le  habló 
de  esta  suerte:  cBorriquillo,  borríquillo,  que  norabuena  esteys,  y  os  haga  buen  prove- 
>cho  la  yervecica;  bien  pensays  vos  que  no  os  conozco,  sabed  pues  que  no  he  tenido  yo 
>en  esta  vida  mayor  amiga  que  vuestra  madre.  Oh,  qué  honradaza  era:  no  havia  entre 
>las  dos  pan  partido.  Agora  venimos  de  parte  de  un  tio  vuestro,  que  detras  de  aquel 
>  monte  tiene  su  morada,  en  unas  praderías  que  no  las  hay  en  el  mundo  tales:  alli 
>podreys  dezir  que  hay  buena  yerba,  que  aqui  todo  es  misería.  El  nos  ha  embiado  para 
» que  os  notifiquemos  cómo  casa  una  hija,  y  quiere  que  os  halleys  vos  en  las  bodas.  Por 
»e8ta  cuesta  airíba  podemos  ir  juntos;  que  yo  sé  un  atajo  por  donde  acortaremos  gran 
>rato  de  camino» .  £1  asno,  aunque  tosco  y  boval,  era  por  estremo  malicioso;  y  en  vién- 
dolos imaginó  hazerles  alguna  burla;  por  esto  no  huyó,  sino  que  se  estuvo  quedo  y  sose- 
gado, sin  mostrar  tenerles  miedo.  Pero  quando  huvo  oido  a  la  raposa,  aunque  tuvo  todo 
lo  que  dezia  por  mentira,  mostró  mucho  contento,  y  comentó  a  quexarse  de  su  amo, 
diziendo  cómo  dias  havia  le  huviera  dexado,  si  no  que  le  devia  su  soldada;  y  para  no 


_r-  Fáb.  XXVII.  El  lobo,  la  rapaa  y  el  asno. 


7 


Si  fueres  docto,  y  no  seras  discreto, 
Serán  tus  letras  de  muy  poco  efeto. 

Fáb.  XXIX.  Lof  Kebret  y  la$  ranas. 

Aunque  tenf^  miseria  muy  notable, 
Siempre  hallarás  quien  es  más  miserable. 

Fáb.  XXX.  El  asnOf  el  gallo  y  el  lean. 

Quien  presume  de  sí  demasiado, 
Del  que  aeeprecia  viene  á  ser  hollado. 

Fáb.  XXXI.  La  raposa  y  el  león. 

En  aprender  no  tomes  pesadumbre, 
poes  lo  hace  fácil  todo  la  costumbre. 

Fáb.  XXXIII.  El  asno,  el  cuervo  y  el  lobo. 

Para  bien  negociar,  favor  procura: 
Con  él  tu  causa  casi  está  segura. 

Fáb.  XXXIV.  El  amo  y  el  lobo. 

Uno  que  haziendo  os  mal  ha  envejecido, 
Sí  haaseros  bien  ofrece,  no  es  creído. 

Fáb.  XXXV.  El  ratón  de  ciudad  y  el  del  campo. 

Ten  por  mejor  con  quietud  pobreza, 
Que  no  desasosiegos  con  riqueza. 

Fáb.  XXXVI.  La  raposa  y  el  vendimiador. 

Si  con  las  obras  el  traydor  te  vende, 
Sn  vano  con  palabras  te  defiende. 

'  Fáb.  XXXVII.  La  vieja,  las  mogas  y  el  gallo. 

Huir  de  trabajar,  es  claro  engaño, 
Y  de  poco  venir  á  grande  daño. 


Fáb.  XXXIX.  El  asno  y  las  ranas. 

Quando  un  poco  de  mal  te  quita  el  tino. 
Mira  el  que  tienen  otros  de  oontíno. 

Fáb.  XL.  El  pastor  y  el  lobo. 

Al  que  en  mentir  por  su  plazer  se  emplea. 
Quando  dize  verdad,  no  hay  quien  le  crea. 

Fáb.  XLII.  El  labrador  y  la  encina. 

Si  favoreces  al  ruin,  haz  cuenta 
Que  en  pago  has  de  tener  dolor  y  afrenta. 

Fáb.  XLIII.  El  león  enamorado. 

Los  casamientos  hechos  por  amores 
Muchas  vezes  son  causa  de  dolores. 

Fáb.  XLIV.  La  raposa  y  el  espino. 

Acudir  por  socorro  es  grande  engaño 
A  quien  vive  de  hazer  á  todos  daño. 

Fáb.  XLVIII.  El  Astrólogo. 

¿Qué  certidumbre  puede  dar  del  cielo 
£1  que  á  sus  pies  aun  ver  no  puede  el  suelo? 

Fáb.  L.  El  león  enfermo,  el  lobo  y  la  raposa. 

Algunas  vezes  urde  cosa  el  malo 
Que  viene  á  ser  de  su  castigo  el  pulo. 

Fáb.  LII.  La  raposa  y  la  gata. 

Un  arte  vale  más  aventajada 
Que  muchas  si  aprovechan  poco  ó  nada. 

Fáb.  LIV.   Los  ratones  y  el  cuervo. 

Algunos,  por  inútiles  contiendas. 
Pierden  la  posesión  de  sus  haziendos. 


Olí  ORÍGENES  DE  LA  KOVELA 

pagarle,  de  día  en  dia  le  traía  en  palabras,  y  que  finalmente  solo  hayia  podido  alean- 
(^T  del  que  le  hiziese  una  obligación  de  pagarle  dentro  de  cierto  tiempo,  que  pues  no 
podía  por  entonces  cobrar,  a  lo  menos  quería  informarse  de  un  letrado,  si  era  bastante 
aquella  escritura,  la  qual  tenia  en  la  ufia  del  pie,  para  tener  s^ura  su  deuda.  Bolriose 
la  raposa  entonces  al  lobo  (que  ya  ella  se  temió  de  algún  temporal)  j  le  preguntó  si  sus 
letras  podían  suplir  en  semejante  menester.  Pero  él  no  entendiéndola  de  grosero,  muerto 
porque  le  tuviesen  por  letrado,  respondió  muy  hinchado  que  havia  estudiado  Leyes  en 
Salamanca,  y  rebuelto  muchas  vezes  a  Bartulo  y  Bartulóte  y  aun  á  Qaleno^  y  se  pre« 
ciava  de  ser  muy  buen  jurista  y  sofistico,  y  estava  tan  platico  en  los  negocios,  y  tan  al 
cabo  de  todo,  que  no  daria  ventaja  en  la  pla^a  a  otro  ninguno  que  mejores  sangrias 
hiziese;  por  el  tanto  amostrase  la  escritura,  y  se  pusiese  en  sus  manos,  que  le  ofrecía 
ser  su  avogado  para  quando  huviese  de  cobrar  el  dinero^  y  hazer  que  le  pagasen  tam- 
bién las  costas,  y  que  le  empefiava  sobre  ello  su  palabra;  que  tuviese  buena  esperanza. 
Levantó  el  asno  entonces  el  pie,  diziendole  que  leyese.  Y  quando  el  lobo  estava  mas 
divertido  en  buscar  la  escritura,  le  asentó  con  entrambos  pies  un  par  de  coces  en  el 
caxco,  que  por  poco  le  hiziera  saltar  los  sesos.  En  fin,  el  golpe  fue  tal,  que  perdido  del 
todo  el  sentido^  cayó  el  triste  lobo  en  el  suelo  como  muerto.  La  raposa  entonces  dán- 
dose una  palmada  en  la  frente,  díxo  assi:  cOh!  cómo  es  verdadero  aquel  refrán  antiguo, 
» que  tan  grandes  asnos  hay  con  letras  como  sin  letras»  •  Y  en  diziendo  esto,  echó  a 
huir  cada  qual  por  su  cabo,  ella  para  la  montaña  y  el  asno  para  el  aldea» . 

Compárese  esta  linda  adaptación  cou  el  texto  castellano  del  siglo  xv,  mandado  tra- 
ducir por  el  Infante  de  Aragón  D.  Enrique  (Fábula  1.'  entre  las  extravagantes  del  hiso- 
pa* j,  y  se  comprenderá  lo  que  habían  adelantado  la  lengua  y  el  arte  de  la  narración 
durante  un  siglo.  Con  no  menos  originalidad  de  detalle,  picante  y  donosa,  están  tratadas 
otras  fábulas  de  la  misma  colección,  donde  ya  estaban  interpoladas,  además  de  las  esó- 
picas, algunas  de  las  que  Mey  sacó  de  Aviano.  v.  gr.:  la  de  fure  et  parvo:  cdel  mozo 
llorante  y  del  ladrón» .  Un  muchacho  engafia  á  un  ladrón,  haciéndole  creer  que  se  le 
ha  caído  una  jarra  de  plata  en  un  pozo.  El  ladrón,  vencido  de  la  codicia,  se  arroja  al 
pozo,  despojándose  antes  de  sus  vestidos,  que  el  muchacho  le  roba,  dejándole  burlado. 
En  la  colección  de  Mey  tiene  el  número  5.*"  y  esta  moraleja: 

Al  que  engafiado  á  todo  el  mundo  ofende, 
Quien  menos  piensa,  alguna  vez  le  vende. 

De  las  fábulas  de  animales  es  fácil  el  tránsito  á  otros  apólogos  no  menos  sencillos, 
y  por  lo  general  de  la  misma  procedencia  clásica,  en  que  intervienen,  principal  ó  exclu- 
sivamente, personajes  racionales,  por  ejemplo:  «La  Enferma  de  los  ojos  y  el  Médico»  (*), 
El  avariento  ('),  «El  padre  y  los  hgos» ,  todas  ellas  de  origen  esópico.  Baste  como 
muestra  el  último: 

(*)  Es  la  fábula  XLI  de  Mey  y  termina  con  estos  versos: 


(•)  Fábula  XXIII: 


Harta  ceguera  tiene  la  cuytada 
Que  tuvo  hassienda  y  no  ve  suyo  nada. 


Si  no  he  de  aprovecliarme  del  dinero, 
Una  {ticdra  enterrada  tanto  quiero. 


INTRODUCCIÓN  oni 

cUn  labrador,  estando  ya  para  morir,  hizo  llamar  delante  bí  a  sus  hijos;  a  los  qua- 
les  habló  desta  suerte:  cPnes  se  sirve  Dios  de  que  en  esta  dolencia  tenga  mi  vida  ñn, 

>  quiero,  h\¡os  mios,  revelaros  lo  que  hasta  aora  os  he  tenido  encubierto,  y  es  que  tengo 

>  enterrado  en  la  villa  un  tesoro  de  grandissimo  valor.  Es  menester  que  pongays  dili- 
»gencia  en  cavarla,  si  quereys  hallarle»,  y  sin  declararles  más  partió  desta  vida.  Los 
hijos,  después  de  haver  concluido  con  el  entierro  del  padre^  fueron  a  la  viña,  y  por 
espacio  de  muchos  dias  nunca  entendieron  sino  en  cavarla,  quando  en  una,  quando  en 
otra  parte,  pero  jamás  hallaron  lo  que  no  havia  en  ella:  bien  es  verdad  que  por  haberla 
cavado  tanto,  dio  sin  comparación  más  fruto  aquel  año  que  solia  dar  antes  en  muchos. 
Tiendo  entonces  el  hermano  mayor  quánto  se  habian  aprovechado,  dixo  a  los  otros: 
cVerdaderamente  aora  entiendo  por  la  esperiencia,  hermanos,  que  el  tesoro  de  la  vifia 
>de  nuestro  padre  es  nuestro  trabajo. 

En  esta  vida  la  mejor  herencia 
Es  aplicar  trabajo  y  diligencia»  ('). 

Las  relaciones  novelísticas  de  Sebastián  Mey  con  las  colecciones  de  la  Edad  Media 
no  son  tan  fáciles  de  establecer  como  las  que  tiene  con  Esopo  y  Aviano.  De  D.  Juan 
Manuel  no  parece  haber  imitado  más  que  un  cuento,  el  del  molinero,  su  h\jo  y  el  asno. 
Con  Qilila  y  Dimna  tiene  comunes  dos:  El  Amigo  Desleal^  que  es  el  apólogo  cde  los 
mures  que  comieron  fierro»  (^),  y  El  Mentiroso  burlado;  pero  ni  uno  ni  otro  proceden 
de  la  primitiva  versión  castellana  derivada  del  árabe,  ni  del  EocemplaiHo  contra  los 
engaños  y  peligros  del  mundo^  traducido  del  Dit^ctorium  viiae  humunae  de  Juan  de 
Capua,  sino  de  alguna  de  las  imitaciones  italianas,  probablemente  de  la  de  Firenzuola: 
Discorsi  degli  animali^  de  quien  toma  literalmente  alguna  frase  (^).  Por  ser  tan  raro 
el  texto  de  Mey  le  reproduzco  aquí,  para  que  se  compare  con  el  italiano,  que  puede 
consultarse  fácilmente  en  ediciones  modernas: 

Fábula  XXYIU.  Ll  hombre  verdadero  y  el  mentiroso: 

clvan  caminando  dos  compafieros,  entrambos  de  una  tierra  y  conocidos:  el  uno  de 
ellos  hombre  amigo  de  verdad  y  sin  doblez  alguna,  y  el  otro  mentiroso  y  fingido.  Acae- 
ció, pues,  que  a  un  mismo  tiempo  viendo  en  el  suelo  un  talegoncico,  fueron  entrambos 
a  echarle  mano,  y  hallaron  que  estava  lleno  de  doblones  y  de  reales  de  a  ocho.  Quando 
estuvieron  cerca  de  la  ciudad  donde  bivian,  dixo  el  hombre  de  bien:  cPartamos  este 
dinero,  para  que  pueda  cada  uno  hazer  de  su  parte  lo  que  le  diere  gusto» .  El  otro,  que 
ara  bellaco,  le  respondió:  «Por  ventura  si  nos  viesen  con  tanto  dinero,  seria  dar  alguna 
»80spedia,  y  aun  qui9a  nos  porniamos  en  peligro  de  que  nos  le  robasen,  porque  no 
»fiEdta  en  la  ciudad  quien  tiene  cuenta  con  las  bolsas  agenas.  Pareceme  que  seria  lo 
»  mejor  tomar  alguna  pequeña  quantía  por  agora,  y  enterrar  lo  demás  en  lugar  secreto^ 
»  y  quando  se  nos  ofreciere  después  haver  menester  dineros,  vernemos  entramos  juntos 

(*)  Fábula  XXVI  de  Mey.  Corresponde  á  la  XVII  del  «Isopo  de  la  traslación  nueva  de  Remi- 
gio», en  la  del  infahte  D.  Enrique. 

(')  Calila  é  Dymna^  p.  33  en  la  edición  de  Qayangos  (Escritore»  en  prosa  anteriorei  al  siglo  XV). 

(*)  Asi  en  Firenzuola:  cil  buen  uomo,  o  pur  come  dicemmo,  lo  sciocco».  En  Mey:  chI  hombre 
bueno,  o  si  te  sufre  llamarle  bovo». 

También  pudo  consultar  La  moral  Jllosophia  del  Doni  (Venecia,  1552),  que  es  una  refundición 
émí  libro  de  Firenauola. 


civ  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

»a  sacarlos,  y  con  esto  nos  quitaremos  por  aora  de  inconvenientes».  El  hombre  bueno, 
o  si  se  sufre  llamarle  bovo,  pues  no  cayó  en  la  malicia  ni  engafio  del  otro,  pretendiendo 
que  su  intención  era  buena,  fácilmente  vino  en  ello,  j  tomando  entonces  alguna  quanti- 
dad  cada  uno  dellos,  enterraron  lo  demás  a  la  raiz  de  un  árbol  que  alli  j  un  tico  estava, 
habiendo  tenido  mucha  cuenta  con  que  ninguno  los  mirase;  j  muy  contentos  y  alegres 
se  bol  vieron  de  alli  a  sus  casas.  Pero  el  engañoso  compafiero  venido  el  siguiente  dia,  puso 
en  ejecución  su  pensamiento,  y  bolviendo  secretamente  al  sobredicho  lugar,  sin  que  per- 
sona del  mundo  tuviese  aliento  dello,  quando  el  otro  estava  más  descuydado,  se  llevó  el 
talegoncico  con  todo  el  dinero  a  su  casa.  Pocos  dias  después  el  buen  hombre  y  simple 
con  el  vellaco  y  malicioso,  le  dixo:  «Paréceme  que  ya  será  hora  que  saquemos  de  alli  y 
» repartamos  aquellos  dineros,  porque  yo  he  comprado  una  viña,  y  tengo  de  pagarla,  y 
» también  he  de  acudir  a  otros  menesteres  que  se  me  ofrecen» .  El  otro  le  respondió:  «Yo 
»ando  también  en  compra  de  una  heredad,  y  havia  salido  con  intento  de  buscaros  por 
»esta  ocasión».  «No  ha  sido  poca  venturja  toparnos  (replicó  el  compañero),  para  poder 
» luego  ir  juntos»,  como  tenian  concertado.  «Que  vamos  en  buen  hora»  (dixo  el  otro),  y 
sin  gastar  más  razones  se  pusieron  en  camino.  Llegados  al  árbol  donde  le  avian  ente- 
rrado, por  bien  que  cavaron  alrededor,  como  no  tuvo  remedio  de  hallarle,  no  haviendo 
señal  de  dinero;  el  mal  hombre  que  le  havia  robado,  comentó  a  hazer  ademanes  y  ges- 
tos de  loco,  y  grandes  estremos  y  quexas  diciendo:  «No  hay  el  dia  de  hoy  fe  ni  verdad 
»en  los  hombres:  el  que  pensays  que  os  es  mas  amigo,  esse  os  venderá  mejor.  De  quién 
»  podremos  fiar  hoy  en  el  mundo?  ah  traydor,  vellaco,  esto  me  teniades  guardado?  quién 
»ha  podido  robar  este  dinero  sino  tu?  ninguno  havia  que  supiese  del».  Aquel  simple- 
zillo  que  tenia  más  razón  de  poderse  quexar  y  de  dolerse,  por  verse  despedido  en  un 
punto  de  toda  su  esperanza,  por  el  contrarío  se  vio  necesitado  a  dar  satisfacion  y  des- 
culparse, y  con  grandes  juramentos  protestava  que  no  sabia  en  el  robo  arte  ni  parte, 
aunque  le  aprovechaba  poco^  porque  mostrándose  más  indignado  el  otro  y  dando  mayo- 
res bozes  dezia:  «No  pienses  que  te  saldrás  sin  pagarlo:  la  justicia,  la  justicia  lo  ha  de 
> saber,  y  darte  el  castigo  que  merece  tu  maldad».  Replicando  el  otro  que  estava  ino- 
cente de  semejante  delito,  se  fueron  gritando  y  riñendo  delante  el  juez,  el  qual  tras 
haver  los  dos  altercado  en  su  presencia  grande  rato,  preguntó  si  estava  presente  alguno 
quando  escondían  el  dinero?  Aquel  tacaño,  mostrando  más  confianza  que  si  fuera  un 
santo,  al  momento  respondió:  «Señor,  sí,  un  testigo  havia  que  no  sabe  mentir,  el  qual 
»es  el  mismo  árbol  entre  cuyas  raizes  el  dinero  estava  enterrado.  Este  por  voluntad  de 
»Dios  dirá  toda  la  verdad  como  ha  pasado,  para  que  se  vea  la  falsedad  deste  hombre,  y 
»sea  la  justicia  ensalmada».  El  juez  entonces  (que  quiera  que  lo  moviese)  ordenó  de 
hallarse  las  partes  en  el  dicho  lugar  el  siguiente  día,  para  determinar  alli  la  causa,  y 
asi  por  un  ministro  les  hizo  mandato  so  graves  penas,  que  huviesen  de  comparecer  y 
presentarse,  dando  primero,  como  lo  hicieron,  buena  seguridad.  Parecióle  muy  a  su 
proposito  esta  deliberación  del  juez  al  malhechor,  pretendiendo  que  cierto  embuste  que 
iva  tramando,  ternia  por  semejante  via  efeto.  Por  donde  bolviendose  a  su  casa,  y 
llamando  a  su  padre,  le  dixo  assi:  «Padre  muy  amado,  un  secreto  quiero  descubriros, 
»que  os  he  tenido  hasta  agora  encubierto,  por  parecerme  que  assi  convenia  hazerse... 
»Haveys  de  saber  que  yo  propio  he  robado  el  tesoro  que  demando  a  mi  compañero  por 
»justicia,  para  poder  sustentaros  a  vos  y  a  mi  familia  con  más  comodidad.  Dense  a 
iDios  las  gracias  y  a  mi  buena  industria,  que  ya  está  el  negocio,  en  punto  que  solo- 


INTRODUCCIÓN  ot 

>coii  ajndar  vos  un  poquito,  será  sin  réplica  ninguna  nuestro».  Y  contóles  todo  lo  que 
havia  passado,  j  lo  que  havia  provehido  el  juez,  a  lo  qual  añadió:-  «Lo  que  al  presente 

>  os  ruego,  es  que  yays  esta  noche  a  esconderos  en  el  hueco  de  aquel  árbol:  porque 
>fiEuñlmente  podreys  entrar  por  la  parte  de  arriba,  y  estar  dentro  muy  a  placer,  sin  que 

>  puedan  veros,  porque  el  árbol  es  gi*ueso  y  lo  tengo  yo  muy  bien  notado.  Y  quando  el 
d  jaez  interrogare,  disimulando  entonces  vos  la  boz  que  parezca  de  algún  espíritu,  res- 
9  pondereys  de  la  manera  que  conviene» .  El  mal  viejo  que  havia  criado  a  su  hijo  tal 
qual  era  él,  se  convenció  de  presto  de  sus  razones^  y  sin  temerse  de  peligro  alguno, 
aquella  noche  se  escondió  dentro  el  árbol.  Vino  alli  el  juez  el  dia  siguiente  con  los  dos 
litigantes,  y  otros  muchos  que  le  acompafiavan,  y  habiendo  debatido  buen  rato  sobre  el 
negocio,  al  cabo  preguntó  en  alta  voz  quién  habia  robado  el  tesoro.  £1  ruin  viejo,  en 
tono  extraordinario  y  con  boz  horrible,  dixo  que  aquel  buen  hombre^  Fue  cosa  esta 
que  causó  al  juez  y  a  los  presentes  increíble  admiración,  y  estuvieron  suspensos  un 
rato  sin  hablar,  al  cabo  del  qual  dixo  el  juez:  cBendito  sea  el  Seftor,  que  con  milagro 
»tan  manifiesto  ha  querido  mostrar  quanta  fuerc^  tiene  la  verdad.  Para  que  desto  quede 
» perpetua  memoria,  como  es  razón,  quiero  de  todo  punto  apurarlo.  Porque  me  acuerdo 
>que  antiguamente  havia  Nimias  en  los  arboles,  verdad  sea  que  nunca  yo  habia  dado 

>  crédito  a  cosas  semejantes^  sino  que  lo  tenia  todo  por  patrafias  y  fábulas  de  poetas. 
>3Ias  agora  no  sé  qué  dezirme,  haviendo  aqui  en  presencia  de  tantos  testigos  oido 

>  hablar  a  este  árbol.  En  estremo  me  holgaría  saber  si  es  Nimia  o  espíritu,  y  ver  qué 
» talle  tiene,  y  si  es  do  aquella  hermosura  encarecida  por  los  poetas.  Pues  caso  que 

>  fuese  una  cosa  destas,  poco  mal  podríamos  nosotros  hazerle  por  ninguna  via».  Dicho 
esto  mandó  amontonar  al  pie  del  árbol  lefios  secos  que  havia  por  alli  hartos,  y  ponerles 
fuego.  Quién  podrá  declarar  quál  se  paró  el  pobre  viejo,  quando  comen9Ó  el  tronco  a 
calentarse,  y  el  humo  a  ahogarle?  Sólo  sé  dezir  que  se  puso  entonces  con  bozes  muy 
altas  a  gritar:  cMiserícordia,  misericordia;  que  me  abraso,  que  me  ahogo,  que  me  quemo» . 
Lo  qual  visto  por  el  juez,  y  que  no  havia  sido  el  milagro  por  virtud  Divina,  ni  por  haber 
Xim&  en  el  árbol,  haziendole  sacar  de  alli  medio  ahogado,  y  castigándole  a  él  y  a  su 
hijo,  s^un  merecían,  mandó  que  le  truxesssen  alli  todo  el  dinero,  y  entregósele  al  buen 
hombre,  que  tan  injustamente  havian  ellos  infamado.  As'si  quedó  premiada  la  verdad  y 
la  mentira  castigada. 

La  verdad  finalmente  prevalece, 
Y  la  mentira  con  su  autor  perece». 

Aunque  el  cuento  en  Calila  y  Dimna  (*)  no  sea  tan  seco  y  esquemático  como 
otros  muchos,  lo  es  bastante  para  que  no  lamentemos  el  aliño  con  que  Firenzuola  y 
Mej  remediaron  su  aridez,  haciendo  correr  por  él  la  savia  de  un  fácil  y  gracioso  diá- 
logo. Y  no  me  parece  que  la  versión  del  segundo,  aunque  inspirada  por  la  del  primero, 
sea  inferior  á  ella,  á  pesar  de  la  amena  y  exquisita  elegancia  del  monje  de  Yi^ 
Umnbrosa. 

Sebastián  Mey,  aun  en  los  raros  casos  en  que  traduce  fielmente  algún  original  cono- 

(')  Dd/also  e  del  torpe. 

Dixo  Calila:  cDos  homeii  eran  en  una  compaña,  et  el  uno  dellos  era  torpe,  e  el  otro  falso,  e  fície- 
roQ  aparcería  en  una  mercadería;  et  yendo  por  un  camino  fallaron  ana  bolsa  en  que  habia  mil  mará* 
Tedis,  e  tomáronla,  e  o  vieron  por  bien  de  le  tornar  a  la  cibdat.  Et  qaindo  fueron  cerca  de  la  cibdat, 


ovx  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

cido,  procura  darle  color  local,  introduciendo  nombres  espafioles  de  personas  y  lugares. 
'  I  Tal  acontece  en  el  cuento  53,  cLa  Prueba  de  bien  querer» ,  que  es  una  paráfrasis  ampli- 
l  i  ficada  de  la  facecia  116  de  Poggio  cDe  viro  quae  suae  uxori  mortuum  se  ostendit>  (*). 
£n  el  cuento  latino  la  escena  pasa  en  Montevarchio,  y  el  protagonista  es  un  cierto 
hortelano,  chortulanus  quidam».  Mey  castellaniza  la  anécdota  en  estos  graciosos 
términos: 

«Antón  Gk)n9alez  Gallego  era  hombre  que  se  bivia  muy  a  plazer  en  la  villa  de  Torre- 
jon;  tenia  una  mujera^a  de  mediano  talle,  y  de  una  condiciona9a  muy  buena,  de  manera 
que  aunque  él  era  un  poquito  refiidor^  ella  siempre  le  abonan9ava,  porque  no  le  entrava 
a  ella  el  enojo  de  los  dientes  adentro;  y  assi  eran  presto  apaziguados.  Acaeció  que  bol- 
viendo  él  un  dia  de  labrar,  halló  que  la  mujer  havia  ido  al  río  a  lavar  los  pafios,  por 
donde  se  recostó  sobre  un  poyo,  esperando  a  que  viniese,  y  como  ella  tardase,  comentó 
a  divertir  en  pensamientos,  y  entre  otros  le  acudió  en  quanta  paz  bivia  con  su  muger,  y 
dezia  en  su  imaginativa:  «La  causa  está  en  ella,  y  en  el  amor  que  me  tiene,  porque 
» hartas  ocasiones  le  doy  yo  con  mi  reñir,  pero  quiéreme  tanto  que  todo  lo  disimula  con 
»muy  gran  cordura  a  tnieco  de  tenerme  contento.  Pues  si  yo  me  muriese,  qué  haría 

díxo  el  torpe  al  falso:  «Toma  la  metad  destoB  dineroB,  et  tomaré  yo  la  otrameatad».  Et  dixo  el  falso, 
pensándose  levar  todos  los  maravedís:  «Non  fagamos  asi,  que  metiendo  los  amibos  sus  faziendas  en 
9mino8  de  btrí  fazen  más  durar  el  amor  entre  ellos;  mas  tome  cada  uno  de  nos  pora  gastar,  e  sote- 
erremos  los  otros  que  fincaren  en  algnn  logar  apartado,  et  quando  hobiéremos  menester  dellos, 
^tomarlos  hemos»,  fi  acordóse  el  torpe  en  aquello,  et  soterraron  los  maravedís  so  un  árbol  muy 
grande,  e  fuéronse  ende,  e  después  tornó  el  falso  por  los  maravedís,  e  levólos;  e  cuando  fue  días, 
dixo  el  falso  al  torpe:  «Vayamos  por  nuestros  maravedís,  que  yo  he  menester  que  despienda».  E 
fuéronse  para  el  logar  que  los  posieron,  e  cavaron  e  non  fallaron  cosa;  e  comenzóse  a  me^ar  el  falso 
6t  a  ferir  en  sus  pechos,  et  comenzó  a  dezir:  «Non  se  fíe  home  en  ninguno  desde  aqui,  nin  se  crea 
»por  éb.  £  díxo  al  torpe:  cTú  tornaste  aqui  et  tomaste  los  maravedís».  Et  comenzó  el  torpe  a  jurar  e 
confonderse  que  lo  non  feciera,  e  el  falso  diciendo*:  cNon  sopo  ninguno  de  los  maravedís  salvo  yo 
»et  tú,  e  tú  los  tomaste».  E  sobre  esto  fuéronse  pora  la  cibdat,  e  pora  el  álcali,  e  el  falso  querellóse 
al  álcali  cómo  el  torpe  le  habla  tomado  los  maravedís,  e  dixo  el  álcali:  €¿Tú  has  testigos?»  Dixo  el 
torpe:  cSí,  que  fio  por  Dios  que  el  árbol  me  será  testigo,  e  me  afirmará  en  lo  que  yo  digo».  E  sobre 
esto  mandó  el  álcali  que  se  diesen  fiadores,  et  dixoles:  «Venid  vos  para  mi  e  iremos  al  árbol  que 
»decídes».  B  fuese  el  íñho  a  su  padre  et  f ízogeio  saber  e  contóle  toda  su  fazienda,  et  dízole:  cYo  no 
»dixe  al  álcali  esto  que  te  he  contado,  salvo  por  una  cosa  que  pensé;  si  tú  acordares  comigo,  habré* 
»mo8  ganado  el  haber».  Dixo  el  padre:  «¿Qué  eb?»  Dixo  el  falso:  «Yo  busqué  el  mas  hueco  árbol  que 
»pude  fallar,  e  quiero  que  te  vayas  esta  noche  allá  e  que  te  nietas  dentro  aquel  logar  y  donde  pue- 
»das  caber,  et  cuando  el  álcali  fuere  ende,  e  preguntare  quién  tomó  los  maravedís,  responde  tú 
»dentro  que  el  torpe  los  tomó... 

»Et  non  quedó  de  le  rogar  que  lo  fiziese  fasta  que  g^lo  otorgó.  Et  fuese  a  meter  en  el  árbol,  e 
otro  dia  de  mañana  llegó  el  aloall  con  ellos  al  árbol,  e  preguntóle  por  los  maravedís,  e  respondió  el 
padre  del  falso  que  estaba  metido  en  el  árbol,  et  dixo:  «El  torpe  tomó  los  maiavedís».  E  maravillóse 
de  aquello  el  álcali  e  cuantos  ende  estaban,  e  andudo  alrededor  del  árbol,  e  non  víó  cosa  en  que 
dudase,  e  mandó  meter  y  mucha  lefia  e  ponerla  en  derredor  del  árbol,  e  fizo  poner  fuego.  E  cuando 
llegó  el  fumo  al  viejo,  e  le  dio  la  calor,  escomenzó  de  dar  muy  grandes  voces  e  demandar  acorro ;et 
entonces  sacáronle  de  dentro  del  árbol  medio  muerto,  e  el  álcali  fizo  su  pesquisa  e  sopo  toda  la  ver- 
dat,  e  mandó  justiciar  al  padre  e  al  fijo  e  tornar  los  maravedís  al  torpe;  e  asi  el  falso  perdió  todos 
los  maravedís,  e  su  padre  fué  justiciado  por  cabsa  de  la  mala  cobdícia  que  ovo  et  por  la  artería  que 
fizo»,  ((jalila  e  Dymna^  ed.  Gayangos,  pp.  32-38). 

0£.  JohanntB  de  Capua  Directarium  viioé  humanae,..  ed.  de  Derenbourg,  París,  18S7,  pp.  90-92. 

Agnolo  Firenzuola,  La  prima  vute  de'  diseorti  dtgli  animaU,  ed.  Camerini,  pp.  241«242. 

(1)  The  Facetioé  orjítcoee  tales  qfPóggio...  París,  1879, 1,  187. 


INTRODUCCIÓN  ovix 

»ella?  Creo  que  se  moriria  de  tristeza.  ¡O  quién  se  hallase  alli  para  ver  los  estremos  qne 
» haria^  y  las  palabras  lastimeras  qne  echaría  de  aquella  su  boca!  pues  en  verdad  que 
»lo  he  de  provar,  j  asegurarme  dello  por  la  vista».  Sintiendo  en  esto  que  la  muger 
venia,  se  tendia  en  el  suelo  como  un  muerto.  Ella  entró,  y  mirándole  de  cerca,  y  pro- 
vando  a  levantarle,  como  61  no  hazia  movimiento,  y  le  vio  sin  resuello,  creyó  verdade- 
ramente que  era  muerto,  pero  venia  con  hambre  y  no  sabia  resolverse  en  si  comería 
primero  o  lloraría  la  muerte  del  marído.  En  fin,  constrefiida  de  la  mucha  gana  que 
traia,  determinó  comer  prímero.  Y  poniendo  sobre  las  brasas  parte  de  im  recuesto  de 
tocino  que  tenia  alli  colgado,  se  le  comió  en  dos  palabras  sin  bever  por  no  se  detener 
tanto.  Después  tomó  un  jarro,  y  comenzó  a  baxar  por  la  escalera,  con  intención  de  ir  a 
la  bodega  por  vino;  mas  he  aqui  donde  llega  de  improviso  una  vezina  a  buscar  lumbre. 
Ella  que  la  sintió,  dexa  de  presto  el  j  arro,  y  como  que  huviese  espirado  entonces  el 
marido,  oomien9a  a  mover  gran  llanto  y  a  lamentar  su  muerte.  Todo  el  barrio  acudió 
a  loa  gritos,  hombres  y  mugeres;  y  espantados  de  muerte  tan  repentina  (porque  estava 
él  tendido  con  los  ojos  cerrados,  y  sin  resollar  de  manera  que  parecía  verdaderamente 
muerto),  consolavanla  lo  mejor  que  podian.  Finalmente  quando  a  él  le  pareció  que  se 
havia  ya  satisfecho  de  lo  que  tanto  deseava  ver,  y  que  huvo  tomado  un  poco  de  gusto 
con  aquel  alboroto;  quando  más  la  muger  lamentava  diciendo:  «Ay  marído  mió  de  mi 
» coraron,  desdicliado  ha  sido  el  dia  y  la  hora  en  que  pierdo  yo  todo  mi  bien^  pero  yo 
»soy  la  desdichada,  faltándome  quien  solia  ser  mi  amparo;  ya  no  temé  quien  se  duela 
> de  mí,  y  me  consuele  en  mis  trabajos  y  fatigas;  qué  haré  yo  sin  vos  agora,  desventu- 
»rada  de  mí?»  El  entonces,  abriendo  súpitamente  los  ojos,  respondió:  «Ay  muger  mía 
»de  mis  entrañas,  qué  haveys  de  hazer?  sino  que  pues  haveys  comido,  baxeys  a  bever 
>a  la  bodega».  Entonces  todos  los  que  esta  van  presentes,  trocando  la  trísteza  en  rego- 
cijo, dispararon  en  rein  y  más  después  quando  el  marido  les  contó  el  intento  de  la 
burla,  y  como  le  havia  salido. 

Tal  se  pensó  de  veras  ser  amado, 
Y  burlando  quedó  desengañado» . 

En  las  Facecias  de  Poggio  se  halla  también  (con  el  número  60  iDe  eo  qui  uxorem 
íd  flumine  peremptam  quaerebat» )  la  sabida  anécdota  que  Mey  volvió  á  contar  con  el 
título  de  Ijü  mujer  ahogada  y  su  marído  (fábula  XVIII).  Pero  no  es  seguro  que  la 
tomase  de  allí,  siendo  tantos  los  libros  que  la  contienen.  Aun  sin  salir  de  nuestra  lite- 
ntura,  podía  encontrarla  en  el  Arcipreste  de  Talavera,  en  el  Sobremesa  de  Timoneda 
j  en  otros  varíes  autores.  Tanto  la  versión  de  Timoneda,  como  la  de  Poggio^  son  secas 
j  esquemáticas;  no  así  la  de  Mey,  que  amplificando  galanamente,  según  su  costumbre, 
traslada  el  cuento  cá  la  orílla  de  Henares»  y  con  cuatro  rasgos  de  vida  española  saca 
de  la  abstracción  del  apólogo  las  figurillas  vivas  de  Marína  Gil,  «lavandera  de  los  estu- 
diantes y  muy  hábil  en  su  oficio» ;  del  buen  Pero  Alonso,  su  marido,  y  de  su  compadre 
Antón  Boyz. 

El  mismo  procedimiento  usa  en  otros  cuentos,  que  parecerían  indígenas,  por  el  sabor 
del  terruño  que  tienen,  si  no  supiésemos  que  son  adaptaciones  de  otros  italianos.  Así 
el  de  «El  Dotor  y  el  Capitán»  (fáb.  X),  que  según  ha  descubierto  el  Sr.  Milton  A.  Bu- 
duman,  es  la  misma  historía  de  «II  capitano  Piero  da  Nepi»  y  «M.  Paolo  dell'Ottanaio» , 


cviii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

\\  inserta  en  el  Diporto  de'  kimidanti  de  Cristoforo  Zabata  (>),  obrilla  an&loga,  aun  en  el 
i  título,  al  Alivio  de  Caminantes  de  Timoneda;  pero  que  no  le  sirvió  de  modelo,  sino  al 
revés,  puesto  que  es  posterior  en  bastantes  años.  Es,  en  cambio^  anterior  á  Mey,  y  no 
puede  dudarse  de  la  imitación,  aunque  muy  disimulada. 

«Llegaron  juntos  a  comer  a  una  venta  el  Dotor  Calderón,  famoso  en  Medicina,  y  el 
Capitán  Olmedo.  Tuvieron  a  la  mesa  perdizes,  y  comian  en  im  plato.  Pero  el  Capitán 
en  columbrando  las  pechugas  y  los  mejores  bocados,  torciendo  a  su  proposito  la  platica, 
y  tomando  lo  mejor,  dezia:  «Con  este  bocado  me  ahogue,  señor,  Dotor,  si  no  le  digo 
»  verdad» .  Disimuló  el  Dotor  dos  o  tres  vezes,  pero  a  la  quarta^  pareciendole  algo  pesada 
la  burla,  al  tiempo  que  alargava  el  Capitán  la  mano,  diziendo  «con  este  bocado  me 
»  ahogue» ,  sin  dexarle  acabar  de  dezir,  cogió  con  la  una  mano  el  plato  y  con  la  otra  el 
bocado  a  que  tira  va  el  Capitán,  diziendole:  «No  jure,  sefior  Capitán,  no  jure,  que  sin 
»jui'ar  le  creo.  Y  si  de  aqui  adelante  quisiere  jiurar,  sea  que  le  derribe  el  primer  arca- 
»buzazo  que  los  enemigos  tiraren,  porque  es  juramento  más  conveniente  a  un  capitán 
»y  soldado  viejo  como  vuesamerced» .  Desta  manera  le  enseñó  al  Capitán  a  tener  el 
término  debido. 

Alguna  vez  suele  quedar  burlado 
El  que  con  otros  es  desvergonzado» . 

Un  ejemplo  de  adaptación  italiana  mucho  más  directa,  en  algunos  puntos  casi  lite- 
ral y  donde  no  se  cambian  ni  el  lugar  de  la  escena  ni  el  nombre  de  los  personajes, 
tenemos  en  la  fábula  LV  El  médico  y  su  mujer^  cuya  fuente  inmediata,  descubierta 
igualmente  por  el  Sr.  Buchanan,  es  la  novela  2.*  de  la  cuarta  jomada  de  Sansovino  (*), 
!la  cual  á  su  vez  procede  de  las  Cento  novelle  a7iticke  (núm.  46),  y  debe  de  ser  de  ori- 
gen provenzal,  puesto  que  parece  encontrarse  una  alusión  á  ella  en  estos  versos  del 
trovador  Pedro  Cardenal: 

Tais  cuja  aver  fllh  de  s'  esposa 
Que  no  i  a  re  plus  que  cel  de  Tolosa  (*). 

El  cuento  es  algo  libre  y  de  picante  sabor,  pero  precisamente  por  ser  el  unicorde  su 
género  en  el  Fabulario^  creo  que  no  debo  omitirle,  persuadido  de  que  el  donaire  con 
que  está  contado  le  hará  pasar  sin  ceño  de  los  eruditos,  únicos  para  quienes  se  impri- 
men libros  como  éste. 

«Huvo  en  Tolosa  un  medico  de  mucha  fama  llamado  Antonio  de  Gervas,  hombre 
rico  y  poderoso  en  aquellos  tiempos.  Este  deseando  mucho  tener  hijos,  casó  con  una 
sobrina  del  Govei*nador  de  aquella  ciudad  (^),  y  celebradas  las  bodas  con  grande  fiesta 
y  aparato,  según  convenia  a  personas  de  tanta  honrra^  se  llevó  la  novia  a  su  casa  con 

(*)  Diporto  de'  Vindanti,  nel  quale  si  leggono  Facetie^  MoU't  e  Burle^  raccolie  da  diversi  e  gravi 
auiori,  Pavia,  Bartoli,  15S9,  8." 

£<8ta  68  la  más  antigua  de  las  ediciones  mencionadas  por  Gamba  en  su  bibliografía  novelística. 

(^)  Cento  Novelle  de'  piu  nobili  scrittori  delta  lingua  volgare  scelte  da  Francesco  Sansovino,,. 
Venezia^  appresso  Francesco  Sansovino^  1561, 

Hállase  también  en  las  ediciones  de  1562,  1563,  1566,  1571,  1598,  1603  y  1610. 

(')  Ancona,  Lefontí  del  NoveUino,  p.  319. 

(^)  £n  Sansovino  no  es  el  Gk>bernador  sino  el  Arzobispo. 


INTRODUCCIÓN  cix 

mucho  r^ocijo,  y  no  pasaron  dos  meses  que  la  sefiora  su  muger  pai-ió  uua  hija.  Visto 
esto  por  el  Medico,  no  hizo  sentimiento,  ni  mostró  darse  por  ello  pena;  antes  viendo  a 
la  muger  afligida,  la  consolava,  ti*ab^jando  por  persuadirle  con  muchos  argumentos 
fondados  en  hi  ciencia  de  su  arte,  que  aquella  mochacha  según  razón  podia  ser  suya,  y 
con  amoroso  semblante  y  buenas  palabras  hizo  de  manera  que  la  muger  se  sosegó, 
honrrandola  él  mucho  en  todo  el  tiempo  del  parto  y  proveyéndola  en  abundancia  de 
todo  quanto  era  necesario  para  su  salud.  Pero  después  que  la  muger  convaleció,  y  se 
levantó  de  la  cama,  le  dixo  el  Medico  un  dia:  «Señora,  yo  os  he  honrrado  y  servido 
» desde  que  estays  conmigo  quanto  me  ha  sido  posible.  Por  amor  de  mi  os  suplico  que 
>08  bolvays  a  casa  de  vuestro  padre,  y  os  esteys  alli  de  aqui  adelante,  que  yo  miraré 
>por  vuestra  hija  y  la  haré  criar  con  mucha  honn*a>.  Oido  esto  por  la  muger,  quedó 
como  fuera  de  sí;  pero  tomando  esfuen^o,  comentó  a  dolerse  de  su  desventura,  y  a  dezir 
que  no  era  honesto,  ni  parecía  bien  que  la  echase  de  aquella  manera  fuera  de  casa.  Mas 
no  qaeriendo  el  Medico,  por  bien  que  ella  hizo  y  dixo,  mudar  de  parecer,  vinieron  a 
términos  las  cosas  que  huvo  de  mezclarse  el  Governador  entendiendo  que  el  Medico  en 
todo  caso  quería  divorcio  con  la  sobrina,  y  assi  embió  por  él.  Venido  el  Medico,  y  hecho 
el  devido  acatamiento,  el  governador  (que  era  hombre  de  mucha  autoridad)  le  habló 
largamente  sobre  el  negocio,  diciendole  que  en  los  casos  que  tocan  a  la  honn-a,  con- 
viene mirar  mucho  a  los  inconvenientes  que  se  pueden  seguir,  y  es  menester  que  se 
tenga  mucha  cuenta  con  que  no  tenga  que  dezir  la  gente,  porque  la  honrra  es  cosa 
muy  delicada  y  la  mancha  que  cae  uua  vez  sobre  ella  por  maravilla  después  hay  reme- 
dio de  poder  quitarla.  Tentó  juntamente  de  amedrentarle  con  algunas  amenazas.  Pero 
quando  huvo  hablado  a  su  plazer,  le  respondió  el  Medico:  «Señor,  yo  me  casé  con 
>  vuestra  sobrina  creyendo  que  mi  hacienda  bastaría  para  sustentar  a  mi  familia,  y  mi 
^presupuesto  era  que  cada  año  havia  de  tener  un  hijo  no  más,  pero  haviendo  parido 
>mi  muger  a  cabo  de  dos  meses,  no  estoy  yo  tan  abastado,  si  cada  dos  meses  ha  de 
atener  el  suyo,  que  pueda  criarlos,  ni  darles  de  comer;  y  para  vos  no  seria  honrra  nin- 
>gaDa  que  viniese  a  pobreza  vuestro  linage.  Y  assi  os  pido  por  merced,  que  la  deys  a 
'hombre  que  sea  más  rico  que  yo,  para  que  pariendo  tan  amenudo,  pueda  criar  y  dexar 
> rióos  todos  sus  hijos,  y  a  vos  no  os  venga  desonrra  por  ello».  £1  Gtovernador,  que  era 
discreto  y  sagaz,  oyendo  esto,  quedó  confuso,  y  replicóle  que  tenia  ra^on  en  lo  que 
dezía,  y  con  esto  le  despidió. 

La  hazienda  que  entre  pocos  es  riqueza, 
Repartida  entre  muchos  es  pobreza» . 

No  en  todos  los  casos  parece  tan  obvio  el  origen  literario  del  cuento,  por  ser  muy 
vulgar  la  anécdota  y  no  presentar  en  el  texto  de  Mey  ningún  rasgo  que  arguya  paren- 
tesco directo  con  otras  versiones.  Tal  sucede  con  la  fábula  LVI  El  co?n'idado  acudido^ 
que  figura,  aunque  con  distintos  accesorios,  en  el  cuadernillo  manuscrito  de  los 
Cuentos  de  Oaribay  y  en  la  Floresta  Española  (').  Cotejando  la  versión  de  Mey  que 

O  «Bd  un  gran  banquete,  que  hizo  un  sefior  á  inuchoB  caballerosi  después  de  haber  servido 
moy  diversos  manjares,  sacaron  barbos  enteros,  y  pusieron  á  un  capitán  de  una  Nao,  que  estaba  al 
ctbo  de  la  mesa,  un  pese  muy  pequeño,  y  mientras  que  los  otros  comían  de  los  grandes,  tomó  él  el 
pejeotllo  y  púdole  á  la  oreja.  El  señor  que  hacía  el  banquete,  paróse  mientes,  y  pre«^untóle  la  causa. 
Aespondió:  tSefior,  mi  padre  tenia  el  mismo  oficio  que  yo  tengo,  y  por  su  desdicha  y  mía  anegase 


ex  orígenes  DE  LA  NOVELA 

pongo  á  coutinuación  con  la  de  Santa  Cruz,  que  va  por  nota,  se  palpará  la  diferencia- 
entre  el  estilo  conciso  y  agudo  del  toledano  y  la  manera  más  pintoresca,  verbosa  j  fes* 
tiva  del  impresor  de  Valencia. 

cFrancisco  Quintañón  vezino  de  Bilbao,  combidó,  según  acostumbrava  cada  año, 
el  dia  del  Santo  de  su  nombre,  en  el  qual  havia  nacido,  a  algunos  amigos.  IiOS  quales 
truxeron  al  combite  a  Luis  Lo9ano,  estudiante,  hombre  gracioso,  bien  entrañado,  y  que 
si  le  Uamavan  a  un  combite,  no  dezia  de  no,  y  por  caer  aquel  año  en  Viernes  el  com- 
bite, hubo  de  ser  de  pescado.  A  lo  qual  proveyó  el  Quintañón  en  abundancia  y  muy 
bueno.  Sentados  a  la  mesa,  dieron  a  cada  uno  su  porción  de  vesugos,  congrios  y  otros 
pescados  tales.  Sólo  a  LoQano  le  dieron  sardinas,  y  no  sé  qué  pescadillos  menudos,  por 
ventura  por  no  haver  sido  de  los  llamados,  sino  que  le  havian  traido.  Gomo  él  vio 
aquella  menudencia  en  su  plato,  en  lugar  de  comer  como  bazian  los  otros,  tomava  cada 
pescadillo,  y  Uegavasele  al  oido,  y  bolviale  después  al  plato.  Reparando  en  aquello  los 
combidados,  y  preguntándole  por  qué  hazia  aquéllo?  respondió:  «Havrá  seys  años,  que 
>  pasando  un  hermano  mió  a  Flandes,  y  muriendo  en  el  viaje,  echaron  su  cuerpo  en  el 
»mar,  y  nunca  he  podido  saber  dónde  vino  a  parar,  y  si  tuvo  su  cuerpo  sepultura  o  no, 
»y  por  eso  se  lo  preguntava  a  estos  pececillos,  si  por  dicha  lo  sabian.  Todos  me  respon- 
»den  en  conformidad  que  no  saben  tal,  porque  en  ese  tiempo  no  havian  ellos  aun 
» nacido:  que  se  lo  pregunte  a  esos  otros  pescados  mayores  que  hay  en  la  mesa,  porque 

» sin  duda  me  darán  relación» .  Los  combidados  lo  echaron  en  risa,  entendiendo  la 
causa  porque  lo  dezia;  y  Quintañón,  echando  a  los  mo90S  la  culpa  que  lo  havrian  hecho 

por  descuydo,  mandó  traerle  un  plato  de  lo  mejor  que  havia. 

Si  en  un  combite  fueres  encogido, 
Serás  también  sin  duda  mal  servido» . 

Otra  anécdota  mucho  m^s  conocida  que  la  anterior  es  la  de  El  truhán  y  el  asno. 
En  el  estudio  del  Sr.  Buchanan  pueden  verse  útiles  indicaciones  bibliográficas  sobre 
las  transmigraciones  de  esta  facecia^  que  se  repite  en  el  Esopo  de  Waldis,  en  el 
libro  alemán  Til  Enlenspiegel^  en  los  Cuentos  de  Buenaventura  Des  Periers  y  en  otras 
muchas  partes.  Entre  nosotros  anda  en  la  tradición  oral,  pero  no  conozco  texto  literario 
anterior  al  de  Mey,  que  es  muy  donoso  por  cierto. 

«Delante  del  Duque  de  Bayona  tomava  el  ayo  un  dia  lición  a  los  pages,  entre  los 
quales  havia  uno  de  tan  duro  ingenio,  que  no  podian  entrarle  las  letras  en  la  cabe9a. 
De  lo  qual  se  quexava  el  ayo,  diziendo  que  havia  seys  meses  que  le  ensefiava  y  no 

»eQ  el  mar  y  no  sabemos  adonde,  y  desde  entonces  á  todos  los  peces  que  veo,  pregunto  si  saban  de 
>él.  Díoeme  éste,  que  era  chiquito,  que  no  se  acuerda». 

{Floreaía  Española.,.  Sexta  parte,  Capítulo  VIII,  n.  XII  de  cdiclios  de  mesa»,  pág.  254  de  la 
ed.de  1790.) 

Pequefias  variantes  tiene  el  cuento  de  Garibay: 

cSírvieron  a  la  mesa  del  Sefior  unos  peces  peqaefios  y  al  Sefior  grandes.  Estaba  a  la  meia  un 
fraile,  y  no  hacia  más  que  tomar  de  los  peces  chicos  y  ponellos  al  oido  y  echallos  debajo  de  la  me«a. 
El  Señor  miró  eft  ello,  y  díjole:  tPadre  ¿huelen  mal  esos  peces?»  Respondió:  cNo,  señor,  sino  que 
^pasando  mi  padre  un  rio,  se  ahogó,  y  preguntábales  si  se  habian  hallado  a  la  muerte  de  mi  padre. 
}iEllo8  me  respondieron  que  eran  pequeños,  que  no,  que  esos  de  V.  S.^  que  eran  mayores,  podria  ser 
]»qae  se  hubiesen  hallado».  Entendido  por  el  Señor,  dióle  de  los  peces  grandes,  diciéndole:  «Tome,  y 
Ypregúntesle  la  muerte  de  su  padre»  (Sak$  Española»^  de  Paai  Mella,  II,  p.  52). 


INTRODUCCIÓN  oxí 

sabia  aun  deletrear.  Hallándose  un  truhán  presente  dixo:  «Pues  a  un  asno  ensefiaré  yo 
>en  sevs  meses  a  leer».  Oyéndolo  el  Duque,  le  dixo:  «Pues  yo  te  apostaré  que  no  lo 
lensefias  ni  en  doze».  Porfiando  él  que  sí,  dixo  el  Duque:  «Pues  sabes  cómo  te  va? 
>  que  me  has  de  dar  en  un  año  un  asno  que  sepa  leer,  so  pena  que  si  no  lo  hazes,  has 
>de  recebir  quatrocientos  a9otes  publicamente  del  verdugo,  y  si  lo  hazes  y  ganas,  te 
>haya  yo  de  dar  quatro  mil  ducados;  por  eso  mira  en  lo  que  te  has  puesto  por  parlar» . 
Pesóle  al  truhán  de  haber  hablado;  pero  en  fin  vista  la  deliberación  del  Duque,  procuró 
despavilar  el  ingenio,  y  ver  si  tenia  remedio  de  librarse  del  castigo.  Mercó  primeramente 
un  asnillo  pequeño  muy  luzio  y  bien  tratado,  y  púsole  delante  un  librazo;  mas  por 
bien  que  le  bramava  a  las  orejas  A.  b.  c.  no  havia  remedio  más  que  si  lo  dixera  a  una 
piedra,  por  donde  viendo  que  esto  era  por  demás,  imaginó  de  hazer  otra  cosa.  Puesto 
sobre  una  mesa  el  dicho  libro  ^delante  del  asno,  ochávale  unos  quantos  granos  de  cevada 
sobre  una  de  las  hojas  y  otros  tantos  sobre  la  otra  hoja  siguiente,  y  sobre  la  tercera 
también.  Después  de  haverse  comido  el  asno  los  granos  de  la  hoja  primera,  tenia  el 
truhán  con  la  mano  la  hoja  buen  rato,  y  después  dexavale  que  con  el  hozico  se  bol- 
TÍ6S9;  y  a  la  otra  hoja  hazia  lo  mismo.  Poco  a  poco  habituó  al  asno  a  que  sin  echarle 
cevada  hiziese  también  aquello.  Y  quando  le  tuvo  bien  impuesto  (que  fue  antes  del 
año)  avisó  al  Duque  cómo  ya  su  asno  sabia  leer:  que  le  señalase  dia  en  que  por  sus 
ojos  viese  la  prueva.  Aunque  lo  tuvo  el  Duque  por  imposible,  y  que  saldria  con  algún 
donayre,  con  todo  eso  le  señaló  dia,  venido  el  qual,  fue  traido  el  asno  a  palacio,  y  en 
medio  de  una  quadra  muy  entoldada,  haviendo  acudido  muchísima  gente,  pusieron 
sobre  ima  mesa  un  grandísimo  libro:  el  qual  comeu9Ó  el  asno  a  cartear  de  la  manera 
que  havia  acostumbrado,  estando  un  rato  de  la  una  hoja  a  la  otra  mirando  el  libro.  Y 
desta  manera  se  entretuvo  un  grande  rato.  El  Duque  dixo  entonces  al  truhán:  «Cómo 
>lee  tu  asno?  td  has  perdido».  «Antes  he  ganado  (respondió  el  truhán)  porque  todo  el 
» mondo  vee  como  lee.  Y  yo  emprendí  de  enseñarle  a  leer  solamente  y  no  de  hablar. 
»Yo  he  cumplido  ya  con  mi  obligación,  y  lo  protesto  assi,  requiriendo  y  llamando  por 
«testigos  a  todos  los  que  están  presentes,  para  que  me  liagan  fe  de  aquesto.  Si  hallare 
•vaestra  Excelencia  quien  le  enseñe  a  hablar,  entonces  podrá  oirle  claramente  leer,  y 
»8i  acaso  huviere  quien  tal  emprenda,  seguramente  puede  ofrecerle  vuestra  Excelencia 
»doze  mil  ducados,  porque  si  sale  con  ello,  los  merecerá  muy  bien  por  su  trabajo  y 
>habilidad».  A  todos  les  pareció  que  dezia  bien  el  truhán,  y  el  mismo  Duque  tenién- 
dose por  convencido,  mandó  darle  los  quatro  mil  ducados  que  le  havian  ofrecido. 

Como  tengas  paciencia  y  perseveres, 
Saldrás  con  cualquier  cosa  que  emprendieres». 

Algunos  cuentecillos  de  Mey,  como  otros  de  Timoneda,  son  explicación  ó  comenta- 
rio de  algún  dicho  proverbial.  Esta  frase,  por  ejemplo.  Parece  á  lo  del  ratón  que  7io 
iobe  sino  un  agujero^  so  comprueba  con  los  dos  ejemplos  del  pintor  de  retablos  que  no 
sabía  hacer  más  efigie  que  la  de  San  Antonio,  y  con  ella,  ó  con  dos  del  mismo  Santo, 
peosaba  satisfacer  á  quien  le  pedía  la  de  San  Cristóbal;  y  el  del  músico  que  no  sabía 
cantar  más  letrilla  que  la  de  «La  mañana  de  San  Juan-  al  punto  que  aIboi*eaba»  ('). 


(«)  Fáb.  XVI. 


De  ser  cantor  no  tenga  presunoion 
£1  que  no  sabe  más  de  una  canción. 


cxii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

El  color  local  da  frescura  é  interés  á  las  más  triyiales  anécdotas  del  Fabulatio.  Juey 
huye  siempre  de  lo  abstracto  y  de  lo  impersonal.  Así,  el  pintor  de  retablos  no  es  un 
pintor  cualquiera,  sino  «Mase  Rodrigo  pintor  que  vivia  en  Toledo  cabe  la  puerta  de 
Visagra» ,  y  el  cantor  es  «Juan  Pie  de  Palo,  privado  de  la  vista  corporal» .  Una  curiosa 
alusión  al  héroe  del  libro  de  Cervantes  realza  la  fábula  XX,  cuadríto  muy  agradable, 
en  que  la  vanidad  del  hidalgo  y  la  torpeza  de  su  criado  producen  el  mismo  efecto 
cómico  que  las  astucias  de  Caleb,  el  %iejo  servidor  del  hidalgo  arruinado,  en  la  novela 
de  Walter-Scott  The  Bride  of  Lamm^rTnoor. 

«Luis  Campuzo,  de  tierra  de  la  Mancha,  y  pajietite  de  D.  (jiiijote,  au7ique  blaso' 
nava  de  hidalgo  de  secutaría^  no  acompafiavau  el  poder  y  hazienda  a  la  magnánima 
grandeva  que  en  su  conu^n  i'eynava;  mas  si  con  las  obras  no  podia,  con  las  palabras 
procurava  de  abultar  las  cosas,  de  manera  que  fuesen  al  mundo  manifiestas  y  tuviesen 
que  hablar  del.  Era  amigo  de  comer  de  bueno,  aunque  no  de  combidar  a  nadie;  y  para 
que  dello  también  se  tuviesse  noticia,  hijos  y  mujer  ayudavan  a  pregonarlo,  diziendole 
quando  estava  en  conversación  con  otros  hidalgos  que  las  gallinas  o  perdices  estaban 
ya  asadas,  que  entrase  a  cenar.  Quando  hijos  y  mcger  se  olvidavan,  él  tenia  cuidado  de 
preguntarlo  en  presencia  de  ellos  a  un  criado:  que  como  de  ordinario  los  mudava,  no 
podia  tenerlos  habituados  a  su  condición  y  humor.  Ha\iendo  pues  asentado  Arguixo 
con  él,  según  acostumbraba  con  otros,  le  preguntó  á  vozes  en  presencia  de  sus  amigos: 
«Qué  tenemos  para  cenar,  hermano  Arguixo?»  £1  otro  sin  malicia  ninguna  respondió: 
«Señor,  una  perdiz» ,  y  bolviendo  el  otro  dia  con  semejante  demanda,  quando  le  dixo: 
«Qué  hay  esta  noche  de  cenar?»  el  otro  respondió:  «Señor,  un  palomino» .  Por  donde 
haviendole  reñido  el  amo  y  dado  una  manezica  sobre  que  no  se  sabia  honrar  ni  hazer 
tener,  concluyó  con  enseñarle  de  qué  manera  havia  de  responderle  de  alli  adelante, 
diziendole:  «Mirad,  quando  de  aqui  adelante  os  interrogare  yo  sobre  el  cenar,  haveys 
»  de  responder  por  el  numero  plural,  aunque  no  haya  sino  una  cosa;  como  si  hay  una 
» perdiz,  direys:  perdízes^  perdizes;  si  un  pollo:  pollos,  pollos;  si  un  palomino:  palomi- 
»  nos,  palominos,  y  assi  de  todo  lo  demás» .  Ni  al  criado  se  le  olvidó  la  lición,  ni  dexó 
él  passar  la  ocasión  de  executarla,  porque  venida  la  tarde,  antes  que  la  junta  de  los 
hidalgos  se  deshiziese,  queriéndose  honrrar  como  solia.  en  pi-esencia  dellos,  a  bozes 
preguntó:  «Qué  hay  que  cenar  esta  noche,  Arguixo?»  «Yacas,  señor,  vacas» ,  respondió 
él:  de  que  rieron  los  hidalgos;  pero  el  amo  indignado,  bohiendose  al  moi^o,  dixo:  «Este 
» vellaco  es  tan  grosero,  que  no  entiende  aun  que  no  hay  regla  sin  excepción» .  «¿Qué 
>  culpa  tengo  yo,  replicó  él,  si  vos  no  me  enseñastes  más  Gramática?»  Y  haviendole 
despedido  el  amo  sobre  el  caso,  fue  causa  que  se  vino  a  divulgai*  el  chiste  de  sus 
grandezas. 

Quien  más  se  entera  de  lo  que  conviene, 
Sin  pensarlo  a  quedar  burlado  viene» . 

Con  la  misma  candorosa  malicia  están  sazonados  otros  cuentos,  en  que  ya  no 
puedo  detenerme,  como  el  de  El  mentiroso  burlado  (*),  el  de  Los  labradores  codicio^ 


(')  Fáb.  XIII.  Ks  cuento  de  mentiras  de  cazadores. 

No  disiiiiiiles  coa  quien  mucho  miente, 
Porque  delante  de  otroi  no  te  afrente. 


INTRODUCCIÓN  oxiii 

908  (^),  el  de  El  cura  de  Torrejon  (^)  7  sobre  todo  el  de  La  porfía  de  los  recien  casa^ 
dos  (*),  que  con  gusto  reimprimiría  á  no  habérseme  adelantado  Mr.  Buchanan.  Es  el 
Túñyx  spedmen  que  puede  darse  del  gracejo  picaresco  7  de  la  viveza  expresiva  7  fami- 
liar de  su  prosa,  dotes  que  hubieran  hecho  de  Mey  un  excelente  novelista  satírico  de 
la  escuela  del  autor  de  El  Lazarillo,  si  no  hubiese  encerrado  constantemente  su  acti- 
vidad en  un  cauce  tan  estrecho  como  el  de  la  fábula  7  el  proverbio  moral.  Su  inten- 
ción pedagógica  no  podía  ser  más  honrada  7  cristiana,  7  bien  lo  prueba  el  piadoso 
ejemplo  (*)  con  que  su  libró  termina;  pero  es  lástima  que  no  hubiese  tenido  más  am- 
bición en  cuanto  á  la  extensión  7  forma  de  sus  narraciones  7  al  desarrollo  de  la 
paioología  de  sus  personajes. 

Dos  veces  ensa7Ó,  sin  embargo,  la  novela  italiana;  pero  en  el  género  de  amores  7 
aventuras,  que  era  el  menos  adecuado  á  las  condiciones  de  su  ingenio  observador  7 
festivo.  La  primera  de  estas  dos  narraciones  relativamente  largas,  El  Emperculor  y  su 
hyo  ('),  tiene  alguna  remota  analogía  con  la  anécdota  clásica  de  Antíoco  7  Selenco,  7 
en  ciertos  detalles  recuerda  también  la  novela  de  Bandello  que  dio  argumento  para  el 
asombroso  drama  de  Lope  El  castigo  sin  venganza,  pero  va  por  distinto  rumbo  7  es 
mucho  más  complicada.  El  anciano  Emperador  de  Trapisonda  concierta  casarse  Qon 
Florísena,  hija  del  re7  de  Natolia,  enamorado  de  su  beldad  por  un  retrato  que  había 
visto  de  ella.  El  re7  de  Natolia,  á  trueco  de  tener  7erno  tan  poderoso,  no  repara  en  la 
desproporción  de  edad,  puesto  que  él  pasaba  de  los  sesenta  7  ella  no  llegaba  á  los 
veinte.  El  Emperador  envía  á  desposarse  en  nombre  SU70  7  á  traer  la  novia  á  su  hijo 
Arminto,  gentil  mozo  en  la  flor  de  su  edad,  del  cual  se  enamora  locamente  la  princesa, 
llegando  á  declararle  su  pasión  por  señas  inequívocas  7  finalmente  requiriéndole  de 
amores.  El,  aunque  prendado  de  su  hermosura,  rechaza  con  horror  la  idea  de  hacer 
tal  ofensa  á  su  padre,  7  hu7e  desde  entonces  cuanto  puede  del  trato  7  conversación 
con  la  princesa.  Frenética  ella  escribe  al  Emperador,  quejándose  del  desvío  7  rustique- 
za de  su  hijo,  7  el  Emperador  le  ordena  ser  obediente  7  respetuoso  con  su  madras- 
tra; pero  los  deseos  de  la  mala  mujer  siguen  estrellándose  en  la  virtuosa  resistencia  del 
joven.  Emprenden  finalmente  su  viaje  á  la  corte,  7  en  el  camino  la  princesa  logra, 
mediante  una  estratagema,  atraer  al  joven  una  noche  á  su  aposento,  7  rechazada  otra 


(')  Fáb.  XXXII. 


(•)  Fáb.  XLVI. 


(»)  Fáb.  LI. 


Habíale  de  ganancia  al  codicío80| 
Si  estás  de  hazerle  burla  deseoso. 


Si  hizieres  al  ingrato  algún  servicio, 
Publicará  que  le  hazes  maleficio. 


Harás  que  tu  muger  de  ti  se  ría, 
Si  la  dezas  salir  con  su  porfía. 


(^  Fáb.  LVII.  El  Maestro  de  escuela 

Encomiéndate  a  Ohristo  y  a  María, 
A  tu  Ángel  7  a  ta  Santo  cada  dia. 

O  Fáb.  XXXIV. 

No  cases  con  mocliacha  si  eres  viejo; 
Pebarte  ha  bi  no  tomas  mi  consejo. 

ORÍOINIS  DE  LA  NOVELA.— 11.— A 


0X17  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

vez  por  él,  sale  diciendo  á  voces  que  la  había  deshonrado.  Conducidos  á  la  presencia  del 
Emperador,  el  príncipe  nada  quiere  decir  en  defensa  propia,  7  cuando  estaba  á  punto 
de  ser  condenado  á  muerte,  la  Emperatriz  reclama  el  privilegio  de  dar  la  sentencia, 
haciendo  jurar  solemnemente  al  Emperador  que  pasará  por  lo  que  ella  ordene.  «Feli- 
sena  entonces  dixo:  «La  verdad  es  que  mi  padre  no  me  dio  deste  casamiento  más  razón 
»  de  que  me  casa  va  con  el  Emperador  de  Trapisonda,  sin  dezirme  de  qué  edad  era,  ni 
»  otras  circunstancias;  y  en  viendo  yo  al  Principe  crei  que  él  era  mi  marido,  y  le  cobró 
»  voluntad  y  amor  de  muger  y  no  de  madre:  ni  mi  edad  ni  la  suya  lo  requieren,  y  desde 
» aquella  hora  nunca  he  parado  hasta  que  al  cabo  le  forzé  a  cumplir  mi  voluntad,  de 
>  manera  que  yo  le  hice  a  él  f ner9a  y  no  él  a  mí:  yo  me  desposé  con  él,  y  siempi-e  con 
» intención  de  que  era  verdadero  esposo  y  no  prestado.  Siendo  pues  ya  muger  del  hijo, 
>no  puedo  en  manera  ninguna  serlo  del  padre,  pero  quando  no  huviera  nada  desto, 
» supuesto  que  ha  de  ser  el  casamiento  voluntario  y  libre,  y. no  for90SO,  digo  que  a  mi 
» señor  el  Emperador  le  serviré  yo  de  rodillas  como  hija  y  nuera,  pero  no  como  muger. 
,  »  Si  es  otra  su  voluntad,  yo  me  bolveré  a  casa  del  Rey  mi  padre,  y  biuda  esperaré  á  la 
»  que  Dios  querrá  disponer  de  mí» .  Los  sabios  del  Consejo  y  todos  los  que  estaban  pre- 
sentes interceden  con  el  Emperador  para  que  cumpla  su  juramento  y  renuncie  á  la 
mano  de  la  princesa  en  favor  de  su  hijo.  Hay  en  este  cuento,  como  queda  dicho  y  de 
su  simple  exposición  se  infiere,  algunos  detalles  comunes  con  el  de  Parisina,  tal  como 
le  trataron  Bandello  y  Lope;  pero  el  desenlace  no  es  trágico,  sino  alegre  y  placentero, 
aunque  no  lo  fuese  para  el  burlado  Emperador  de  Trapisonda.  Esto  sin  contar  con  la 
inocencia  del  príncipe  y  otros  rasgos  que  hacen  enteramente  diversas  ambas  historias. 
También  la  de  Mey  es  de  corte  italiano,  aunque  no  puedo  determinar  ahora  de  cuál 
de  los  novellUri  está  tomada  ni  Mr.  Buchanan  lo  ha  averiguado  tampoco. 

En  cambio,  se  debe  á  este  erudito  investigador  el  haber  determinado  con  toda  preci- 
sión la  fuente  de  otra  historia  de  Mey,  El  caballero  leal  a  su  señor  (fáb.  XLÍX),  que 
es  un  arreglo  ó  adaptación  de  la  quincuagésima  y  última  de  Masuccio  Salernitano  (*), 
con  ligeras  variantes,  entre  ellas  el  nombre  de  Pero  López  de  Ayala  cambiado  en 
Rodrigo  y  el  de  su  hijo  Aries  ó  Arias  en  Fadrique.  El  cuento  parece  de  origen 
español,  como  otros  de  Masuccio,  el  cual  lo  da  por  caso  auténtico,  aprendido  de  un 
noble  ultramontano  (*);  los  afectos  de  honra  v  lealtad  que  en  él  dominan  son  idénticos 
á  los  que  campean  en  nuestras  comedias  heroicas,  aunque  fuera  del  título  ninguna 
semejanza  se  encuentra  entre  la  comedia  de  Lope  El  Leal  Oriado  y  este  cuento  de  Mey, 
(¡ue  pongo  aquí  por  última  muestra  de  su  estilo  en  un  género  enteramente  diverso  de 
los  anteriores: 

«Muchos  años  ha  que  en  la  ciudad  de  Toledo  huvo  un  cavallero  llamado  Rodrigo 
López,  tenido  por  hombre  de  mucha  honrra  y  de  buena  hazienda.  Tenia  éste  dos  hijas, 
y  un  hijo  sólo  llamado  Fadrique,  mo90  virtuoso  y  muy  gentil  hombre;  pero  preciavase 
de  valiente,  y  pegavasele  de  aqui  algún  resabio  de  altivez.  Platicando  éste  y  haziendo 

(')  //  Novellino  di  Masuccio  SalemiUinOy  ed.  de  Settembrini,  Ñapóles,  1874.  Páj^s.  519  y  88. 

(')  Cercando  últimamente  tra  virtuoai  gesti^  de  prossimo  me  é  giá  stato  da  uno  nobile  oliramontano 
per  autentico  recontato^  che  é  ben  tempo  passato  che  in  Toleto  cita  noteoole  de  Caétiglia  fu  un  cavaliero 
d' antiqtuí  e  generosa /amiglia  chiainato  miaser  Piero  Lopes  d"  Aialaf  il  quale  avendo  un  suo  único 
Jigliolo  molto  leggiadro  e  bello  e  de  gran  core^  Aries  nominato,.. 

£n  el  exordio  dice  también  que  su  novela  ha  sido  €de  virtuosi  oltramontatií  geati  fabMcatu'^. 


INTRODUCCIÓN  oxv. 

camarada  con  otros  cavalleros  de  su  edad;  acaeció  que  una  uoche  se  halló  en  una  quis- 
tion  con  otros  a  causa  de  uno  de  sus  compañeros:  en  la  qual  como  los  contrarios  fuesen 
major  número,  j  esto  fuese  para  él  causa  de  indignación,  j  con  ella  le  creciese  el 
denuedo,  túvose  de  manera  que  mató  a  uno  dellos.  Y  porque  el  muerto  era  de  muy 
principal  linage,  temiendo  de  la  justicia,  determinó  de  ausentarse  y  buscar  por  el 
mundo  su  ventura.  Lo  qual  comunicó  con  su  padre^  y  le  pidió  licencia,  j  su  bendición. 
El  padre  se  la  dio  con  lagrimas,  y  le  aconsejó  cómo  se  havia  de  regir,  j  juntamente  le 
proveyó  de  dineros  y  de  criados,  y  le  dio  dos  cavallos.  En  aquel  tiempo  tenia  el  rey  de 
Francia  guerra  contra  Inglaterra,  por  I9  cual  determinado  de  servirle,  fue  al  campo  del 
Bey,  y  como  su  ventura  quiso,  asentó  por  hombre  de  armas  con  el  Conde  de  Armifiac, 
que  era  general  del  exército  y  pariente  del  Bey.  Viniendo  después  las  ocasiones,  se 
comen<^  a  señalar,  y  a  dar  muestras  de  su  valor,  haziendo  maravillosas  proezas  assi 
en  las  batallas  de  campaña  como  en  las  baterías  de  castillos  y  ciudades,  de  manera 
que  assi  entre  los  Franceses  como  entre  los  enemigos  no  se  hablava  sino  de  sus  haza- 
fias  y  valentía.  Esto  fue  causa  de  ganarse  la  voluntad  y  gracia  del  General,  y  de  que 
le  hiziese  grandísimos  &vores;  y  como  siempre  le  alabava,  y  encarecía  sus  hechos  en 
presencia  del  Bey,  pagado  el  Bey  de  su  valor  le  quiso  para  su  servicio;  y  le  hizo  su 
Gentilhombre,  y  cavallero  mejor  del  Campo,  señalándole  pla9a  de  grandísima  ventaja, 
y  era  el  primero  del  Consejo  de  Guerra;  y  en  fin  hazia  tanto  caso  dél^  que  le  parecía 
que  sin  su  Fadrique  no  se  podía  dar  efeto  a  cosa  de  importancia.  Pero  venido  el  ivierno 
retiró  el  Bey  su  Campo,  y  con  la  flor  de  sus  cavalleros,  llevando  entre  ellos  a  Fadrique, 
se  bolvió  a  París.  Llegado  alli,  por  dar  plazer  al  pueblo  y  por  las  Vitorias  alcan9adas 
quiso  hazer  una  fiesta:  a  la  qual  mandó  que  combidasen  a  los  varones  más  señalados, 
y  a  las  más  principales  damas  del  reyno.  Entre  las  damas  que  acudieron  a  esta  fiesta, 
qae  foeron  en  gran  número,  vino  una  hija  del  Conde  de  Armíñac,  a  maravilla  hermosa. 
Dado  pues  principio  a  la  fiesta  con  general  contento  de  todos,  y  señalándose  mucho  en 
ella  Fadrique  en  los  torneos,  y  en  los  otros  exercícios  de  Cavalleria,  la  hija  del  Conde 
poso  los  ojos  en  él,  y  por  lo  que  había  oido  de  sus  proezas,  como  por  lo  que  con  sus 
ojos  vio,  vino  a  quedar  del  muy  enamorada;  y  con  mirarle  muy  a  menudo,  y  con  otros 
ademanes  le  manifestó  su  amor,  de  manera  que  Fadrique  se  dio  acato  dello;  pero  siendo 
de  sn  inclinación  virtuoso,  y  acordándose  de  los  beneficios  que  havia  recevido  del 
Conde  su  padre,  hizo  como  quien  no  lo  entendía,  y  passavalo  en  disimulación.  Pero  la 
doDzella  que  le  amava  de  cora9on,  estava  por  esto  medio  desesperada,  y  hazia  estremos 
de  loca.  Y  con  esta  turbación  le  pasó  por  el  pensamiento  escrivirle  una  carta;  y  ponién- 
dolo en  efeto,  le  pintó  en  ella  su  afición  y  pena  con  tanto  encarecimiento  y  con  tan 
litstimeras  razones,  que  bastara  a  ablandar  el  cora9on  de  una  fiera;  y  llamando  un 
criado  de  quien  fiava,  y  encargándole  el  secreto,  le  mandó  que  llevase  a  Fadrique 
sqnella  carta.  El  criado  receloso  de  que  no  fuese  alguna  cosa  que  peijudícase  a  la 
bonrra  della,  y  temiendo  del  daño  que  a  él  se  le  podía  seguir,  en  lugar  de  llevar  a 
fftdriqae  la  carta,  se  la  llevó  al  Conde  su  señor.  El  qual  leída  la  carta,  y  visto  el 
iütento  de  su  higa,  pensó  de  poder  dar  con  la  cabe9a  por  las  paredes;  imagínava  si  la 
notaría,  o  si  la  cerraria  en  una  prisión  para  toda  su  vida;  pero  reportado  un  poco,  hizo 
deliberación  de  provar  a  Fadrique,  y  ver  cómo  lo  tomava.  Y  con  este  presupuesto  bol- 
^ió  a  cerrar  la  carta,  y  mandó  al  criado  que  muy  cautelosamente  se  la  diese  a  Fadri- 
que de  parte  de  su  hija,  y  cobrase  respuesta  del.  El  criado  se  la  llevó,  y  Fadrique 


cxvi  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

entendido  cuya  era,  la  recibió  algo  mustiamente;  j  su  respuesta  era  en  suma,  que  le 
suplicava  se  quitase  aquella  locura  de  la  cabe9a;  que  la  desigualdad  era  entre  los  dos 
tanta,  que  no  podian  juntarse  por  via  legitima,  siendo  él  un  pobre  cavallero  y  ella  hija 
de  señor  tan  principal^  y  que  a  qualquier  desgracia  y  trabajo,  aunque  fuese  perder  la 
vida,  se  sugetaria  él  primero  que  ni  en  obi-a  ni  en  pensamiento  imaginase  de  ofender 
al  Conde  su  señor^  de  quien  tantas  mercedes  ha  via  recebido;  que  si  no  podia  vencer  del 
todo  su  deseo,  le  moderase  alómenos,  y  no  diese  de  sí  qué  dezir,  que  la  fortuna  con  el 
tiempo  lo  podia  remediai*,  entibiándosele  a  ella  o  mudándosele  como  convenía  la  volun- 
tad; o  dándole  a  él  tanta  ventura,  que  por  sus  servicios  haziendole  nuevas  mercedes  el 
Rey  le  subiese  a  mayor  grado:  que  entonces  podria  ser  que  viniese  bien  su  padre,  y  en 
tal  caso  seria  para  él  merced  grandísima;  pero  que  sin  su  consentimiento  ni  por  el  pre- 
sente ni  jamas  tuviese  esperan9a  de  lo  que  pretendía  del.  Esto  contenia  su  respuesta.  Y 
después  de  haver  cerrado  muy  bien  la  carta,  se  la  dio  al  criado  para  que  la  llevase  a 
su  señora.  El  se  la  llevó  al  Conde,  como  él  propio  se  lo  havia  ordenado.  £1  Conde  la 
leyó;  y  fue  parte  aquella  carta  no  solo  para  que  se  le  mitigasse  el  enojo  contra  la  hija, 
pero  para  que  con  nueva  deliberación  se  fuese  luego  al  Rey,  y  le  contase  todo  quanto 
havia  pasado,  hasta  mostrarle  las  cartas,  y  le  manifestase  lo  que  havia  determinado  de 
hazer.  Oído  el  Rey  todo  esto,  no  se  maravilló  de  la  donzella,  antes  la  desculpó,  sabiendo 
quanta  fuerza  tiene  naturaleza  en  semejantes  casos:  pero  quedó  atónito  de  la  modestia 
y  constancia  del  cavallero,  y  de  aquí  se  le  dobló  la  voluntad  y  afición  que  le  tenia.  Y 
discurriendo  con  el  Conde  sobre  la  orden  que  se  havia  de  tener,  le  mandó  que  pusiese 
por  obra,  y  diese  cumplimiento  a  lo  que  havia  deliberado:  que  en  lo  que  a  su  parte 
tocava,  él  le  ofrecía  de  hazerlo  como  pertenecia  a  su  Real  persona,  y  assi  lo  cumplió. 
Con  esto  mandaron  llamar  a  Fadrique,  y  el  Conde  muy  alegre  en  presencia  del  Rey  le 
dio  a  su  hija  por  mujer.  Y  el  día  siguiente  havíendo  el  Rey  llamado  a  su  palacio  a  los 
Orandes  que  havia  en  Corte,  los  hizo  desposar.  Quién  podria  contar  el  contento  que  la 
dama  recibió,  viendo  que  le  davan  por  marido  aquel  por  quien  havia  estado  tan  apasio- 
nada, y  sin  esperan9a  de  alcan9arle?  Fadrique  quedó  también  muy  contento.  Las  fies- 
tas que  se  hizieron  a  sus  bodas  fuei*on  muy  grandes,  y  ellos  bivieron  con  mucha  paz 
y  quietud  acompañados  sus  largos  años. 

Si  a  tu  señor  guardares  lealtad, 
Confía  que  temas  prosperidad» . 

La  extraordinaria  rareza  del  libro  y  la  variedad  é  importancia  de  su  contenido  nos 
han  hecho  dilatar  tanto  en  las  noticias  y  extractos  del  labulario^  del  cual  dio  una  idea 
harto  inexacta  Puibusque,  uno  de  los  pocos  escritores  que  le  mencionan;  puesto 
que  ni  las  fábulas  están  «literalmente  traducidas  de  Fedro»  (cuyos  apólogos,  no  impre- 
sos hasta  1596  y  de  uso  poco  frecuente  en  las  escuelas  de  España  antes  del  siglo  xvni, 
no  es  seguro  que  Sebastián  Mey  conociese),  sino  que  están  libremente  imitadas  de  Eso- 
po  y  Aviano;  ni  mucho  menos  constan  «de  versos  fáciles  y  puros» ,  pues  no  hay  más 
versos  en  toda  la  obra  que  los  dísticos  con  que  termina  cada  uno  de  los  capítulos.  De 
los  cuentos,  sí,  juzgó  rectamente  Puibusque:  «son  ingeniosos  y  entretenidos  (dice), 
exhalan  un  fuerte  olor  del  terruño  y  no  carecen  de  intención  filosóficas  (*). 

O  Lt  ComU  Lucanor..,  París,  1854,  pág.  149. 


INTRODUCCIÓN  cxvii 

Notable  contraste  ofrece  con  la  tendencia  moral  y  didáctica  del  Fábulaiix)  otro  libro 
muy  popular  á  principios  del  siglo  xvii,  y  tejido  de  cuentos  en  su  mayor  parte.  Su 
autor,  Gaspar  Lucas  Hidalgo,  vecino  de  la  villa  de  Madrid,  de  quien  no  tenemos  más 
noticia  que  su  nombre,  le  tituló  Diálogos  de  apacible  entretenimiento^  y  no  llevaba 
otro  propósito  que  hacer  una  obra  de  puro  pasatiempo,  tan  amena  y  regocijada  y  de 
tan  descompuesta  y  franca  alegría  como  un  sarao  de  Carnestolendas,  que  por  contraste 
picante  colocó  en  la  más  grave  y  austera  de  las  ciudades  castellanas,  en  fiurgos.  Dos 
honrados  matrimonios  v  un  truhán  de  oficio  llamado  Castañeda  son  los  únicos  inter- 
locutores  de  estos  tres  diálogos,  que  se  desarrollan  en  las  tres  noches  de  Antruejo,  y 
que  serían  sabrosísimos  por  la  gracia  y  ligereza  de  su  estilo  si  la  sal  fuese  menos  espesa 
y  el  chiste  un  poco  más  culto.  Pero  las  opiniones  sobre  el  decoro  del  lenguaje  y  la  cali- 
dad de  las  sales  cómicas  cambian  tanto  según  los  tiempos,  que  el  censor  Tomás  Gra- 
dan Dantisco,  al  aprobar  este  libro  en  1603,  no  temió  decir  que  «emendado  como  va 
el  original,  no  tiene  cosa  que  ofenda;  antes  por  su  buen  estilo,  curiosidades  y  donayres 
permitidos  para  pasatiempo  y  recreación,  se  podrá  dar  al  autor  el  privilegio  y  licencia 
que  suplica> .  No  sabemos  lo  que  se  enmendaría,  pero  en  el  texto  impreso  quedaron 
verdaderas  enormidades,  que  indican  la  manga  ancha  del  censor.  No  porque  haya  nin- 
gún cuento  positivamente  torpe  y  obsceno,  como  sucede  á  menudo  en  las  colecciones 
italianas,  sino  por  lo  desvergonzadísimo  de  la  expresión  en  muchos  de  ellos,  y  sobre 
todo  por  las  inmundicias  escatológicas  en  que  el  autor  se  complace  con  especial  frui- 
ción. Su  libro  es  de  los  más  sucios  y  groseros  que  existen  en  castellano;  pero  lo  es  con 
gracia,  con  verdadera  gracia,  que  recuerda  el  Buscón^  de  Quevedo^  siquiera  sea  en  los 
peores  capítulos,  más  bien  que  la  sistemática  y  desaliñada  procacidad  del  Quijote  de 
Avellaneda.  A  un  paladar  delicado  no  puede  menos  de  repugnar  semejante  literatura, 
que  en  grandes  ingenios,  como  el  de  nuestro  D.  Francisco  ó  el  de  Babelais,  sólo  se 
tolera  episódicamente,  y  al  cual  no  dejó  de  pagar  tributo  Moliere  en  sus  farsas  satíri- 
cas contra  los  médicos.  Si  por  el  tono  de  los  coloquios  de  Gaspar  Lucas  Hidalgo  hubié- 
ramos de  juzgar  de  lo  que  era  la  conversación  de  la  clase  media  de  su  tiempo^  á  la 
cual  pertenecen  los  personajes  que  pone  en  escena,  formaríamos  singular  idea  de  la 
cultora  de  aquellas  damas^  calificadas  de  honestísimas,  que  en  su  casa  autorizaban  tales 
saraos  y  recitaban  en  ellos  tales  cuentos  y  chascarrillos.  T  sin  embargo,  la  conclusión 
sería  precipitada,  porque  aquella  sociedad  de  tan  libres  formas  era  en  el  fondo  más  mo- 
rigerada que  la  nuestra,  y  reservando  la  gravedad  para  las  cosas  graves,  no  temía  lle- 
gar hasta  los  últimos  límites  de  la  expansión  en  materia  de  burlas  y  donaires. 

Por  de  pronto,  los  Diálogos  de  apacible  entretenimiento  no  escandalizaron  á  nadie. 
Desde  1605  á  1618  se  hicieron  á  lo  menos  ocho  ediciones  (^),  y  si  más  tarde  los  llevó 


(*)  Dialogoi  de  apacible  entretenimiento^  que  contiene  vnae  Carnestolendae  de  Castilla,  Diuidido  en 
^  tre$  noches  del  Domingo,  LuneSy  y  Martes  de  Antruexo.  Compvesto  por  Gaspar  Lucas  Hidalgo, 
Pi^ocvra  el  avtor  en  este  libro  entretener  al  Letor  con  varias  curiosidades  de  gusto,  materia  permitida 
Alfa  recrear  penosos  cuydados  a  todo  genero  de  gentes^  Barcelona,  en  casa  de  Sebastian  Gormcllas. 
Afio  1605. 

8.*,  B  he.  prls.  y  108  folios. 

Según  el  Catálogo  de  Falvá(n.  1.847),  hay  ejemplares  del  mibino  año  y  del  mismo  impresor,  con 
diverso  número  de  hojas,  pero  con  igual  contenido. 

Una  y  otra  deben  de  ser  copias  de  una  de  Valladolíd  (¿1603?),  según  pnede  conjeturarse  por  la 


oxviii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

la  Liquisición  á  su  Índice,  fue  de  seguro  por  la  irreverencia,  verdaderamente  intolera- 
ble aun  suponiéndola  exenta  de  malicia,  con  que  en  ellos  se  trata  de  cosas  y  personas 
eclesiásticas,  por  los  cuentos  de  predicadores,  por  la  parodia  del  rezo  de  las  viejas,  por 
las  aplicaciones  bajas  j  profanas  de  algunos  textos  de  la  Sagrada  Escritura,  por  las  in- 
decentes burlas  del  sacristán  y  el  cura  de  Ribilla  r  otros  pasajes  análogos.  Aunque 
Qaspar  Lucas  Hidalgo  escribía  en  los  primeros  afios  del  siglo  xvii,  se  ve  que  su  gusto 
se  había  formado  con  los  escritores  más  libres  j  deseu&dados  del  tiempo  del  Empera- 
dor, tales  como  el  médico  Villalobos  y  el  humanista  autor  del  «Crótalon» . 

En  cambio  no  creo  que  hubiese  frecuentado  mucho  la  lectura  de  las  novelas  italia- 

í  ñas,  como  da  á  entender  Ticknor.  El  cuadro  de  sus  Diálogos,  es  decir,  la  reunión  de 
algunas  personas  en  día  de  fiesta  para  divertirse  juntas  j  contar  historias,  es  cierta- 
mente italiano,  pero  las  costumbres  que  describe  son  de  todo  punto  castizas  y  el  libro 
no  contiene  verdaderas  novelas,  sino  cuentecillos  muy  breves,  ocurrencias  chistosas  y 
varios  papeles  de  donaire  y  curiosidad,  intercalados  más  6  menos  oportunamente. 

Son,  pues,  los  Diálogos  de  apacible  entretenimiento  una  especie  de  miscelánea  6 
floresta  cómica;  pero  como  predominan  extraordinariamente  los  cuentos,  aquí  y  no  en 
otra  parte  debe  hacerse  mención  de  ella.  Escribiendo  con  el  único  fin  de  hacer  reir,  ni 
siquiera  aspiró  Gaspar  Lucas  Hidalgo  al  lauro  de  la  originalidad.  Algunos  de  los  capí- 
tulos más  extensos  de  su  obrita  estaban  escritos  ya,  aunque  no  exactamente  en  la  mis- 
ma forma.  cLa  invención  y  letras»  con  que  los  roperos  de  Salamanca  recibieron  á  los 
Reyes  D.  Felipe  IH  y  Doña  Margarita  cuando  visitaron  aquella  ciudad  en  junio  de  1600 

'  pertenece  al  género  de  las  relaciones  que  solían  imprimirse  sueltas.  El  papel  de  los 
gallos^  6  sea  vejamen  universitario  en  el  grado  de  un  Padre  Maestro  Cornejo,  de  la 

j  Orden  Carmelitana,  celebrado  en  aquellas  insignes  escuelas  con  asistencia  de  dichos 
Reyes,  es  seguramente  auténtico  y  puede  darse  como  tipo  de  estos  desenfados  claus- 
trales que  solían  ser  pesadísimas  bromas  para  el  graduando,  obligado  á  soportar  á 
pie  firme  los  vituperios  y  burlas  de  sus  compañeros,  como  aguantaba  el  triunfador 


aprobación  He  Graoián  Dantisco  y  el  privilegio,  que  están  fechados  en  aqnella  ciudad  y  en 
aquel  aQo. 

— Diálogoi,.,  Con  licencia.  En  Logroño,  en  casa  de  Matías  Mares,  afio  de  1600. 

8.^  3  hs.  prls.  y  108  folios.  (N.*  2  520  de  Gallardo.) 

— Barcelona,  1606.  Citada  por  Nicolás  Antonio. 

— Barcelona,  en  casa  de  Hieroníino  Margarít,  en  la  calle  de  Pedrixol,  en  frente  Nuestra  SeQora 
del  Pino.  Afio  1609. 

8.*,  5  hs.  prls.,  120  pp.  dobles  y  ana  al  fin,  en  que  se  repiten  las  señas  de  la  impresión. 

— Brusselas,  por  Roger  Velpius,  iinpressor  jurado,  afio  1610. 

8.*,  2  hs.  prls.,  135  folios  y  una  lioja  más  sin  foliar. 

—Afio  1618.  En  Madrid,  por  la  viuda  de  Alonsso  Martin.  A  costa  de  Domingo  Qon9alez,  merca- 
der de  libros. 

8.*,  4  hs.  prls.  sin  foliar  y  112  pp.  dobles. 

—Con  menos  seguridad  encuentro  citadas  las  ediciones  de  Amberes,  1616,  y  Bruselas,  1618 1 
que  nunca  he  visto. 

D.  Adolfo  de  Castro  reimprimró  estos  Diálogos  en  el  tomo  de  Curio$idúde$  Bihliográflca$  de  la 
Biblioteca  de  Rivadeneyra,  y  también  se  han  reproducido  (suprimiendo  el  capitulo  de  las  bubas)  en 
un  tomo  de  la  Biblioteca  Clásica  Española  de  la  Casa  Cortezo,  Barcelona,  1884,  que  lleva  el  titulo 
de  Extravagantes,  Opúsculos  amenos  y  curiosos  de  ilustres  autores. 


INTRODUCCIÓN  oxix 

romano  los  cánticos  insolentes  de  los  soldados  que  rodeaban  su  carro  (*).  De  otro  veja- 
men ó  acius  gallicus  que  todavía  se  conserva  (')  está  arrancado  este  chistoso  cuento 
•(Diálogo  1.",  cap.  I):  cYo  me  acuerdo  que  estando  en  un  grado  de  maestro  en  Teolo- 
gía de  la  Universidad  de  Salamanca,  uno  de  aquellos  maestros,  como  es  costumbre,  iba 
.gaU^iido  á  cierto  personaje,  algo  tosco  en  su  talle  y  aun  en  sus  razones,  y  hablando 
•con  los  circunstantes  dgo  desta  suerte:  «Sepan  vuesas  mercedes  que  el  señor  Fulano 
tenía,  siendo  mo2o,  una  imagen  de  cuando  Cristo  entraba  en  Jerusalem  sobre  el  ju- 
mento, 7  cada  día,  de  rodillas  delante  desta  imagen,  decía  esta  oración: 

¡Oh,  asno  que  á  Dios  lleváis, 
Ojalá  yo  fuera  vos! 
Suplicóos,  Señor,  me  hagáis 
Como  ese  asno  en  que  vais. 
Y  dicen  que  le  oyó  Dios». 

La  «Historia  fantástica»  (Diálogo  S.'',  cap.  lY)  es  imitación  de  la  Carta  del  Mons" 
truc  Satírico^  publicada  por  Mussaiia  conforme  á  un  manuscrito  de  la  Biblioteca  Impe- 
rial de  Yiena  ('),  y  se  reduce  á  una  insulsa  combinación  de  palabras  de  doble  sentido. 
El  monstruo  tenía  alma  de  cántaro,  cabeza  de  proceso,  un  ojo  de  puente  y  otro  de 
aguja;  la  una  mano  de  papel  y  la  otra  de  almirez,  etc.  Este  juguete  de  mal  gusto  tuvo  va- 
rias imitaciones,  entre  ellas  la  novela  de  El  caballero  invisible^  compuesta  en  equívocos 
burlescos,  que  suele  andar  con  las  cinco  novelas  de  la^  vocales  y  es  digna  de  alternar 
con  ellas. 

El  capítulo  tan  libre  como  donoso  que  trata  «de  las  excelencias  de  las  bubas»  (dis- 
curso 3."^),  es  en  el  fondo  la  misma  cosa  que  cierta  «Paradoja  en  loor  de  las  bubas,  y 
>que  es  razón  que  todos  las  procuren  y  estimen»,  escrita  en  1569  por  autor  anónimoi 
que  algunos  creen  ser  Cristóbal  Mosquera  de  Figueroa  (%  Es  cierto  que  Gaspar  Lucas 
Hidalgo  la  mejoró  mucho,  suprimiendo  digresiones  que  sólo  interesan  á  la  historia  de 


(')  Tiene  este  vejamen  ana  curiosa  alusión  al  Brócense:  cel  maestro  Sánobez,  el  retórico,  el 
griego,  el  hebreo,  el  músico,  el  médico  y  el  filósofo,  el  jurista  y  el  humanista  tiene  una  cabeza,  que 
en  todas  estas  ciencias  es  como  Ginebra,  en  la  diversidad  de  profesiones^.  cEste  maestro  (aüade,  á 
modo  de  glosa,  Qaspar  Lucas  Hidalgo),  aunque  sabía  mucho,  tenía  peregrinas  opiniones  en  todas 
estas  facultades». 

La  alusión  á  Ginebra  no  haría  mucha  gracia  al  Brócense,  que  ya  en  1584  había  tenido  contesta- 
ciones con  el  Santo  Oficio  y  que  volvió  á  tenerlas  en  aquel  mismo  año  de  1600,  postrero  de  su  vida, 

(*)  .Aeius  gallicw  ad  magistrum  Franeiscum  Sanctiunif  «en  el  grado  de  Aguayo»,  per  frafrtm 
Ildephontum  de  Mendoza  ÁugusUnum, 

Está  en  el  famoso  códice  AA-141-4  de  la  Biblioteca  Colombina,  que  dio  ocasión  á  D.  Anreh'ano 
Fernández  Guerra  para  escribir  tanto  y  tan  ingeniosamente  en  el  apéndice  al  primer  tomo  de  la  bi- 
bliografía de  Gallardo. 

Si  Maeetro  Francisco  Sánchez,  de  quien  se  trata,  es  persona  distinta  del  Brócense,  que  asistió  á 
su  grado  juntamente  con  Fr.  Luis  de  León  y  otros  maestros  famosos. 

0)  Über  eine  $pani9ch$  Handechrift  der  Wiener  HofUhUoikeh  (1867),  pág.  89.  Mussafía  formó 
un  peqnefio  glosario  para  inteligencia  de  esta  composición. 

También  la  reproduce  el  Sr.  Paz  y  Melia  en  sus  tialee  Eepañolae  (I,  p.  249):  «Carta  increpando 
•de. corto  en  lenguaje  castellano,  ó  la  carta  del  monstruo  satírico  de  la  lengua  espaflolay. 

(^)  Hállase  en  el  códice  antes  citado  de  la  Biblioteca  Colombina. 


oxx  orígenes  de  la  ííOVELA 

la  medicina,  y  dando  más  viveza  y  animación  al  conjunto,  pero  el  plan  y  los  argumen^ 
tos  de  ambas  obríllas  son  casi  los  mismos. 

A  esta  literatura  méduxhhumorisiica  y  al  gran  maestro  de  ella,  Francisco  de  Villa* 
lobos,  debía  de  ser  muy  aficionado  el  maleante  autor  de  los  Diálogos  de  apacible  éntrete^ 
nimiento^  puesto  que  le  imita  á  menudo;  y  el  cuento  desvergonzadísimo  de  las  ayudas 
administradas  al  comendador  Rute,  de  Ecija,  por  la  duefia  Benavides  (Diálogo  2.'',  ca- 
pítulo ni),  viene  á  ser  una  repetición,  por  todo  extremo  inferior,  de  la  grotesca  escena 
que  pasó  entre  el  doctor  Villalobos  y  el  Conde  de  Benavente,  y  que  aquel  físico  entre- 
verado de  juglar  perpetuó,  para  solaz  del  Duque  de  Alba,  en  el  libro  de  sus  Problemas. 
Aquel  diálogo  bufonesco,  que  puede  considerarse  como  una  especie  de  entremés  ó  farsa, 
agradó  tanto  á  los  contemporáneos,  á  pesar  de  lo  poco  limpio  del  asunto,  en  que  en- 
tonces se  reparaba  menos,  que  los  varones  más  graves  se  hideron  lenguas  en  su  alar 
banza.  El  arzobispo  de  Santiago,  D.  Alonso  de  Fonseca,  escribía  al  auton  «Pocos  dias 
»lia  que  el  señor  don  Gómez  me  mostró  un  diálogo  vuestro,  en  que  muy  claramente 
»  vi  que  nuestra  lengua  castellana  excede  á  todas  las  otras  en  la  gracia  y  dulzura  de  la 
>  buena  conversación  de  los  hombres,  porque  en  pocas  palabras  comprehendistes  tantas 
»  diferencias  de  donaires,  tan  sabrosos  motes,  tantas  delicias,  tantas  flores,  tan  agrada- 
»bles  demandas  y  respuestas^  tan  sabias  locuras,  tantas  locas  veras,  que  son  para  dar 
» alegría  al  más  triste  hombre  del  mundo».  La  popularidad  del  diálogo  de  Villalobos 
continuaba  en  el  siglo  xvii,  y  si  hemos  de  creer  lo  que  se  dice  en  un  antiguo  inventa- 
rio, el  mismo  Velázquez  empleó  sus  pinceles  en  representar  tan  sucia  historia  (*). 

Entre  los  innumerables  cuentecillos,  no  todos  de  ayudas  y  purgas  afortunadamente, 
que  Gaspar  Lucas  Hidalgo  recogió  en  su  librejo,  hay  algunos  que  se  encuentran  tam- 
bién en  otros  autores,  como  el  que  sirve  de  tema  al  conocido  soneto: 

Dentro  de  un  santo  templo  un  hombre  honrado... 

que  Sedaño  atribuyó  á  D.  Diego  de  Mendoza,  y  que  en  alguna  copia  antigua  he  visto 
á  nombre  de  Fr.  Melchor  de  la  Sema,  monje  benedictino  de  San  Vicente  de  Salamanca, 
autor  de  las  obras  de  burlas  más  desvergonzadas  que  se  conocen  eu  nuestro  Parnaso* 
uno  se  encuentra  también  en  El  Bvlsc&h,  de  Quevedo  (capítulo  segundo),  no  impreso 
hasta  1626,  pero  que,  á  juzgar  por  sus  alusiones^  debía  de  estar  escrito  muchos  años 
antes,  en  1607  lo  más  tarde.  No  creo,  sin  embargo,  que  Hidalgo  le  tomase  de  Quevedo 
ni  Quevedo  de  Hidalgo.  El  cuento  de  éste  es  como  sigue:  «Otro  efeto  de  palabras  mal 
» entendidas  me  acuerdo  que  sucedió  á  unos  muchachos  de  este  barrio  que  dieron  en 
» perseguir  á  un  hombre  llamado  Ponce  Manrique,  llamándole  Poncio  Pilato  por  las 
»  calles;  el  cual,  como  se  fuera  á  quejar  al  maestro  en  cuya  escuela  andaban  los  mucha- 
»  chos,  el  maestro  los  azotó  muy  bien,  mandándoles  que  no  dijesen  más  desde  ahí  ade- 

(')  El  Sr.  Paz  y  Melia  (Sales  Españolas^  I,  pág.  VIII)  cita  un  inventario  manuscrito  de  loa 
cuadros  propios  de  D.  Luis  Méndez  de  Haro  y  Guzmán  que  pasaron  á  la  Casa  de  Alba,  en  el  cual  se 
lee  lo  siguiente: 

«Un  cuadro  de  un  Duque  de  Alba  enfermo,  echando  mano  á  la  espada,  y  un  médico  con  la 
jeringa  en  la  roano  y  en  la  otra  el  bonete  encarnado  de  doctor.  Es  de  mano  de  Diego  Velázquez.  De 
dos  varas  y  cuarta  de  alto  y  vara  y  cuarta  de  ancho». 

Todavía  se  menciona  este  cuadro  en  otro  inventario  de  1755,  pero  luego  se  pierde  toda  noti- 
cia de  él. 


INTRODUCCIÓN  oxxi 

fiante  Poncio  Pilato,  sino  Ponce  Manrique.  A  tiempo  que  ya  los  querían  soltar  de  la 
» escuela,  comenzaron  á  decir  en  voz  alta  la  dotrina  christiana,  y  cuando  llegaban  á 
>  decir  Y  padeció  so  el  poder  de  Poncio  Pilato,  dijeron:  «Y  padeció  so  el  poder  de 
» Ponce  Manrique»  (Diálogo  3.*",  cap.  IV). 

F&cil  sería,  si  la  materia  lo  mereciese,  registrar  las  florestas  españolas  y  las  colec- 
ciones de  facecias  italianas,  para  iuTestigar  los  paradigmas  que  seguramente  tendrán 
algunos  de  los  cuentecillos  de  Hidalgo.  Pero  me  parece  que  casi  todos  proceden,  no 
de  los  libros^  sino  de  la  tradición  oral;  recogida  por  él  principalmente  en  Burgos, 
donde  acaso  habría  nacido,  y  donde  es  verosímil  que  escribiese  su  libro,  puesto  ({ue  : 
todas  las  alusiones  son  á  la  capital  de  Castilla  la  Vieja  y  ninguna  á  Madrid,  de  la  cual  i 
se  dice  Tocino.  Suelen  todos  los  autores  de  cuentos  citar  con  especial  predilección  á  un 
personige  real  ó  ficticio,  pero  de  seguro  tradicional,  á  quien  atribuyen  los  dichos  más 
picantes  y  felices.  El  famoso  decidor  á  quien  continuamente  alega  Gaspar  Lucas  Hi- 
dalgo es  «Colmenares,  un  tabernero  muy  rico  que  hubo  en  esta  ciudad,  de  lindo  humor 
y  dichos  agudos» . 

De  una  y  otra  cosa  era  rico  el  autor  de  los  diálogos,  y  aun  tenía  ciertas  puntas  de 
poeta.  El  romance  en  que  el  truhán  Castañeda  describe  la  algazara  y  bullicio  dé  las 
Carnestolendas  recuerda  aquella  viveza  como  de  azogue  que  tiene  el  baile  de  la  cha- 
cona  cantado  por  Cervantes  en  un  romance  análogo. 

Los  que  con  tanta  ligereza  suelen  notar  de  pesados  nuestros  antiguos  libros  de  en- 
tretenimiento, no  pondrán  semejante  tacha  á  estos  Diálogos^  que  si  de  algo  pecan  es 
de  ligeros  en  demasía.  El  autor,  creyendo  sin  duda  que  el  frío  de  tres  noches  de  febrero 
en  Burgos  no  podía  combatirse  sino  con  estimulantes  enérgicos,  abusó  del  vino  añejo 
de  la  taberna  de  Colmenares,  y  espolvoreó  sus  platos  de  Antruejo  con  acre  mostaza. 
Pero  el  recio  paladar  de  los  lectores  de  entonces  no  hizo  melindre  alguno  á  tal  ban- 
quete, y  la  idea  del  libro  gustó  tanto,  que  á  imitación  suya  se  escribieron  otros  con 
más  decoro  y  mejor  traza,  pero  con  menos  llaneza  y  con  gracia  más  rebuscada,  como 
THempo  de  Regocijo  y  Carnestolendas  de  Madiid^  de  D.  Alonso  del  Castillo  Solór- 
zano  (1627);  Carnestolendas  de  Zaragoza  en  sus  tres  díus^  por  el  Maestro  Antolínez 
de  Piedrabuena  (1661),  y  Carnestolendas  de  Cádix^  por  D.  Alonso  Chirino  Bermú- 
dez  (1639). 

Así  como  en  Gaspar  Lucas  Hidalgo  comienza  el  género  de  los  Saraos  de  Carnes^ 
iolendas^  así  en  el  libro  del  navarro  Antonio  de  Eslava,  natural  de  Sangüesa,  aparece 
por  primera  vez  el  cuadro  novelesco  de  las  Noches  de  Invierno^  que  iba  á  ser  no  menos 
abundante  en  la  literatura  del  siglo  xvii  (*).  Por  lo  demás,  á  esto  se  reduce  la  seme- 


(')  Parte  primera  del  libro  intitulado  Nochee  de  Inuiemo.  Compuesto  por  Antonio  de  Eslaua^ 
natural  de  la  villa  di  Sangüeisa,  Dedicado  a  don  Miguel  de  Nauarra  y  Mauleon,  Marque»  de  Corte» , 
y  »eñor  de  Rada  y  Treyhuenos,  En  Pamplona,  Impresso:  por  Carlos  de  Labayen,  1609. 

8.®,  12  hs.  prls.,  239  pp.  dobles  y  una  en  blanco. 

Aprobaciones  de  Fr.  Gil  Cordón  y  el  Licdó.  Juan  de  Mendi  (Pamplona,  27  de  noviembre 
de  1608  y  26  de  junio  de  1609). — Dedicatoria  al  Marqnés  de  Cortes:  ...  <He  procurado  siempre  de 
hablar  con  los  muertos,  leyendo  diversos  libros  llenos  de  historias  Antiguas,  pues  ellos  son  testigos 
de  los  tiempos,  y  imágenes  de  la  vida;  y  de  los  mas  dellos  y  de  la  oficina  de  mi  corto  entendimiento, 
he  tacado  con  mi  poco  caudal,  estos  toscos  y  mal  limados  Diálogos:  y  viendo  también  qiian  estra- 
gado está  el  gusto  de  nuestra  naturaleza,  los  he  guisado  con  un  saynete  de  deleytacion,  para  que 


l! 


oxxn  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

janza  entre  ambos  autores,  no  menos  lejanos  entre  sí  por  el  estilo  que  por  la  materia 
de  sus  relatos.  Hidalgo  es  un  modelo  en  la  narración  festiva,  aunque  sea  trivial,  baladi 
y  no  pocas  veces  inmundo  lo  que  cuenta.  Eslava,  cuyos  argumentos  suelen  ser  inte- 
resantes, es  uno  de  los  autores  más  toscos  y  desaliñados  que  pueden  encontrarse  en 
una  época  en  que  casi  todo  el  mundo  escribía  bien,  unos  por  estudio,  otros  por  instinto. 
Tienen,  sin  embargo,  las  Noches  de  invierno  gran  curiosidad  bibliográfica,  ya  por  el 
remoto  origen  de  algunas  de  sus  fábulas,  ya  por  la  extraordinaria  fortuna  que  alguna 
de  ellas,  original  al  parecer,  ha  tenido  en  el  orbe  literario,  prestando  elementos  á  ima 
de  las  creaciones  de  Shakespeare. 

Todo  en  el  libro  de  Eslava  anuncia  su  filiación  italiana;  nadie  diría  que  fue  com- 
puesto en  Navarra.  La  escena  se  abre  en  el  muelle  de  Yenecia:  hablase  ante  todo  de  la 
pérdida  de  un  navio  procedente  de  la  isla  de  Gandía  y  del  incendio  de  un  galeón  de 
Pompeyo  Colonna  en  Messina.  Los  cuatro  ancianos  que  entretienen  las  noches  de 
invierno  asando  castañas,  bebiendo  vino  de  malvasía  y  contando  aventuras  portento- 
sas, se  llaman  Silvio,  Albanio,  Torcato  y  Fabricio.  Ninguna  de  las  historias  es  de  asunto 
español,  y  las  dos  que  trae  pertenecientes  al  ciclo  carolingio  tampoco  están  tomadas  de 

despierte  el  apet¡tO|  con  título  de  Noches  de  Invierno:  llevando  por  blanco  de  aliviar  la  pesadumbre 
dellas;  alagando  los  oydos  al  Lector,  con  algunas  preguntas  de  la  Philosophia  natural  y  moral,  inser- 
tas en  apacibles  historias:». 

Prólogo  al  discreto  lector:  «Advierte...  una  cosa  que  estás  obligado  a  disimular  conmigo,  mas 
que  con  ningún  Autor,  las  faltas,  los  yerros,  el  poco  ornato  y  retorica  de  estos  mis  Diálogos,  atento 
que  mi  voluntad  con  el  ezercioio  della,  se  ha  opuesto  a  entretenerte  y  aliviarte  de  la  gran  pesadum- 
bre de  las  noches  del  Invierno». 

Soneto  del  uutor  á  su  libro.  Véanse  los  tercetos: 

Acógete  a  la  casa  del  discreto, 
Del  curioso,  del  sabio,  del  prudente 
Que  tienen  su  morada  en  la  alta  cumbre. 

Que  ellos  te  ternan  con  gran  respeto, 
Vestirán  tu  pobreza  ricamente, 
Y  asiento  te  darán  junto  a  la  lumbre. 

Soneto  de  D.  Francisco  de  Paz  Balboa,  en  alabanza  del  autor. — De  un  amigo  al  autor  (redondi- 
llas).— Sonetos  laudatorios  del  Licenciado  Morel  y  Vidaurreta,  relator  del  Consejo  Real  de  Navarra; 
de  Hernando  Manojo;  de  Miguel  de  Hureta,  criado  del  Oondestable  de  Navarra  y  Duque  de  Alba; 
de  Fr.  Tomás  de  Avila  y  Paz,  de  la  Orden  de  Santo  Domingo;  de  un  fraile  francisco  (que  pone  el 
nombre  de  Eslava  en  todos  los  versos);  de  D.  Juan  de  Ealava,  racionero  de  la  catedral  de  Vallado- 
lid  y  hermano  del  autor  (dos  sonetos). — Textu. — Tabla  de  capítulos.— Tabla  de  cosas  notables. — 
Nota  final. 

— Parte  primera  del  libro  intitvlado  Noches  de  Inuiemo,  Compuesto,»,  (ut  supra).  Dirigido  a  don 
loan  Jorge  Femando  de  fferedia  Conde  de  Fuentes,  señor  de  la  Casa  y  varonia  de  Mora,  Comenda- 
dor de  Villa/ranea,  Gouemador  de  la  orden  de  Cakttraua  ,.  Año  1609,  En  casa  Hieronymo  Margarit, 
A  costa  de  Miguel  Meneseal,  Mercader  de  Libros, 

S."",  236  pp.  dobles. 

Aprobación  de  Fr.  Juan  Vicente  (Santa  (yatalina,  16  de  setiembre  de  1609). — Licencia  del  Ordi- 
nario (18  de  setiembre).  Siguen  los  preliminares  de  la  primera  edición,  aunque  no  completos. 

— Parte  primera,,,  (ut  supra).  Dedicado  a  D.  Miguel  de  Nauarra  y  Mauleon,  Marque»  (sio)  de 
Cortes,..  En  Brvsellas.  Por  Roger  Velpius  y  Huberto  Antonio,  Imprsssores  de  sus  Altesas,  á  V Águila 
dé  oro,  cerca  de  Palacio.  1610.  Con  licencia» 

12.*,  258  hs.  Reproduce  todos  los  preliminares  de  la  de  Pamplona  y  aflade  un  Privilegio  por  seis 
afios  á  favor  de  Boger  Velpius  y  Huberto  Antonio  (Bruselas,  7  de  mayo  de  1610). 


INTRODÜCCIÜN  oxxiii 

textos  franceses,  sino  de  una  compilación  italiana  bien  conocida  j  popular,  I  Reali  di 
Francia, 

£1  capitulo  X,  «do  se  cuenta  el  nacimiento  de  Cario  Magno,  Rey  de  Francia» ,  es 
una  curiosa  versión  del  tema  novelesco  de  Berta  ds  los  graiides  pies^  es  decir,  de  la  sus-V 
titución  fraudulenta  de  una  esposa  á  otra,  cuento  de  folk-lore  universal,  puesto  que  sejl 
ha  recogido  una  variante  de  él  hasta  entre  los  zulús  del  África  Meridional  (^).  Como 
todas  las  leyendas  de  su  clase,  ésta  ha  sido  objeto  de  interpretaciones  míticas.  Gktston 
París  quiere  ver  en  ella  un  símbolo  de  la  esposa  del  sol,  cautiva  ó  desconocida  durante 
el  invierno,  pero  que  recobra  sus  derechos  y  majestad  en  la  primavera  (').  Sea  de  esto 
lo  que  fuere,  la  Edad  Medía  convirtió  el  mito  en  leyenda  épica  y  le  enlazó,  aunque  tar- 
díamente, con  el  gran  ciclo  de  Cario  Magno,  suponiendo  que  Berta,  madre  del  Empe- 
rador, suplantada  durante  cierto  tiempo  por  una  sierva  que  fue  madre  de  dos  bastardos, 
había  sido  reconocida  al  fin  por  su  esposo  Pipino,  á  consecuencia  de  un  defecto  de 
conformación  que  tenía  en  los  dedos  de  los  pies.  Esta  leyenda  no  tiene  de  histórico 
más  que  el  nombre  de  la  heroína,  y  sin  recurrir  al  ya  desacreditado  mito  solar,  nos 
inclinamos  á  creer  con  León  Gautier  (')  que  es  una  de  las  muchas  variedades  del .' 
tipo  de  la  esposa  inocente,  calumniada  y  por  fin  rehabilitada,  que  tanto  abunda  en 
los  cuentos  populares,  y  al  cual  pertenecen  las  aventuras  de  la  reina  Sibila  y  de  santa 
Genoveva  de  Brabante. 

En  una  memoria  admirable,  á  pesar  del  tiempo  que  ha  transcurrido  desde  1833, 
estudió  comparativamente  Fernando  Wolf  (*)  las  leyendas  relativas  á  la  madre  de 

Existe  una  tradaocíón  alemana  de  las  Noches  de  Invierno  (Winiemachte,,,  Aus  dem  Spanischen 
in  die  Teutsche  Sprache...)  por  Mateo  Drummer  (Viena,  1649;  Nüremberg,  1666).  Vid.  Schneiden 
Spaniens  Anlsil  an  der  DeuUchen  Litteraíury  p.  256. 

Tabla  de  los  capítulos  en  el  libro  de  Eslava: 

tCapitulo  Primero.  Do  se  cuenta  la  perdida  del  Navio  de  Albanio. 

iCap.  2.  Do  se  cuenta  cómo  fue  descubierta  la  fuente  del  Desengafto. 

»Gap.  3.  Do  se  cuenta  el  incendio  del  Galeón  de  Pompeo  Colona. 

»Oap.  4.  Do  se  cuenta  la  sobervia  del  Rey  Niciforo,  y  incendio  de  sus  Naves,  y  la  Arte  Mágica 
del  Rey  Dardano. 

»Oap  5.  Do  se  cuenta  la  iusticia  de  Oelin  Sultán  gran  Turco,  y  la  \ engaza  de  Zayda. 

»Oap.  6.  Do  se  cuenta  quien  fue  el  esclavo  Bernart. 

»Cap.  7.  Do  se  cuenta  los  trabajos  y  cautiverio  del  Rey  Clodomiro  y  la  Pastoral  de  Arcadia. 

>Cap.  8.  Do  se  cuenta  el  nacimiento  de  Roldan  y  sus  nifierias. 

>Cap.  9.  Do  defiende  Camila  el  genero  Femenino. 

»Cap.  10.  Do  se  cuenta  el  nacimiento  de  Cario  Magno  Rey  de  Francia. 

>Oap.  11.  Do  se  cuenta  el  nacimiento  de  la  Reyna  Telus  de  Tartaria]». 

(')  Fue  publicada  por  el  misionero  inglés  Henry  Callaway,  con  otros  cuentos  de  la  misma  pro- 
cedencia, en  la  ^colonia  de  Natal,  en  1868.  Véase  U.  Husson,  La  Chatne  tr<iditionnelle.  Cantes  et 
Uffendes  au  point  de  vue  myikique  (París,  1874),  p.  115.  E^te  libro,  aunque  excesivamente  siste- 
mático, sobre  todo  en  la  aplicación  del  mito  solar,  contiene,  á  diferencia  de  tantos  otros,  muchas 
ideas  y  noticias  en  pocas  palabras.  No  es  indiferente  para  el  estudio  de  los  romances  castellanos» 
verbigracia:  el  de  Delgadina  (mito  védico  de  Prajapati  —  leyenda  bagiográfica  de  8anta  Dina  ó 
Dympna,  hija  del  rey  de  Irlanda, ^novela  de  Doralice  y  Teobaldo,  principe  de  Salerno,  en  Strapi- 
rola),  ó  el  de  2a  Infantina^  emparentado  con  el  cuento  indio  de  Suria-Bai  (pp.  57  y  111). 

O  Hietoire  poétique  de  Charlemagne^  p.  432. 

O  Lee  Epopéee  Frangaieee^  t.  III,  p.  11. 

{*)  Ueber.die  alt/rangóeischen  HeldengedichU  ana  d^m  KaroUngiechm  Sagenkrem^  Viena,  1883. 


cxxiv  orígenes  de  LA  NOVELA 

Oarlomagno,  sin  olvidar  el  texto  de  Eslava.  Los  eruditos  posteriores  han  acrecentado 
el  catálogo  de  las  versiones,  haciéndolas  llegar  al  número  de  frece,  pero  sustancial- 
mente  no  modifican  las  conclusiones  de  aquel  excelente  trabajo.  No  hay  texto  en  prosa 
anterior  al  de  la  Crónica  de  Saintonge,  que  es  de  principios  del  siglo  xiii.  Los  poemas 
más  antiguos  que  la  consignan  son  uno  francoitálico  de  principios  del  mismo  siglo 
(Berta  de  li  gran  pié) ^  que  forma  parte  de  una  compilación  manuscrita  de  la  biblioteca 
de  San  Marcos  de  Yenecia,  adaptación  ó  refundición  de  otro  poema  francés  perdidoi 
7  el  mucho  más  célebre  de  Adenet  li  Boí,  Román  de  Berte  aus  granspiés^  compuesto 
por  los  años  de  1275  y  que  tuvo  la  suerte  no  muy  merecida  de  ser  la  primera  canción 
de  gesta  francesa  que  lograse  los  honores  de  la  imprenta  {*). 

Con  este  relato  del  trovero  Adenet  ó  Adenés  se  conforma  en  sustancia  el  de  nuestra 
Oran  Conquista  de  Ultramar,  mandada  traducir  por  D.  Sancho  IV  el  Bravo  sobre  un 
texto  francés  que  seguramente  estaba  en  prosa,  pero  que  reproducía  el  argumento  de 
varios  poemas  y  narraciones  caballerescas  de  diversos  ciclos.  Las  variantes  de  detalle 
indican  que  esta  narración  era  distinta  de  la  de  Adenet,  y  acaso  más  antigua  y  distinta 
asimismo  de  la  versión  italiana.  No  es  del  caso  transcribir  tan  prolija  historia,  pero  con- 
viene dar  alguna  idea  para  que  se  compare  esta  versión  todavía  tan  poética  con  la  infe- 
licísima rapsodia  de  Eslava. 

La  leyenda  de  Berta,  como  todas  las  restantes,  ha  penetrado  en  la  (}ran  Conquista 
de  Ultramar  por  vía  genealógica.  En  el  capítulo  XLIII  del  libro  11  se  dice,  hablando 
de  uno  de  los  cruzados:  «Aquel  hombre  era  muy  hidalgo  é  venía  del  linaje  de  Mayugot, 
de  París^  el  que  asó  el  pavón  con  Garlos  Maynete,  e  dio  en  el  rostro  a  uno  de  sus  her- 
manos de  aquellos  que  eran  hijos  de  la  sierva  que  fuera  hija  del  ama  de  Berta,  que 
tomara  por  miy er  Pipino,  el  rey  de  Francia» . 

Suponen  los  textos  franceses  que  los  padres  de  Berta,  Flores  y  Blancaflor,  eran  reyes 
de  Hungría.  La  Conquista  de  Ultramar  los  trae  á  España  y  los  hace  reyes  de  Alme- 
ría. La  narración  está  muy  abreviada  en  lo  que  toca  al  casamiento  del  rey  Pipino  y  á 
las  astucias  de  la  sierva,  que  era  hija  del  ama  de  Berta.  «Por  ende  el  ama,  su  madre, 
hizo  prender  á  Berta  en  lugar  de  su  hija,  diciendo  que  quisiera  matar  a  su  señora,  e 
hizola  condenar  a  muerte;  asi  que  el  ama  mesma  la  dio  a  dos  escuderos  que  la  fuesen 
a  matar  a  una  floresta  do  el  rey  cazaba;  e  mandóles  que  trajiesen  el  corazón  della;  e 
ellos,  con  gran  lástima  que  della  hobieron,  non  la  quisieron  matar;  mas  atáronla  a  un 
árbol  en  camisa,  e  en  cabello,  e  dejáronla  estar  asi,  e  sacaron  el  corazón  á  un  can  que 
traian  e  leváronlo  al  ama  traidora  en  lugar  de  su  fija;  e  desta  manera  creyó  el  ama  que 
era  muerta  su  señora,  e  que  quedaba  su  hija  por  reina  de  la  tierra» . 

Después  de  este  seco  resumen,  la  narración  se  anima,  y  la  influencia,  aunque  remota, 
del  texto  poético  se  siente  al  referir  las  aventuras  de  Berta  en  el  bosque. 

«Mas  nuestro  Señor  Dios  non  quiso  que  tan  gran  traición  como  está  fuese  mucho 

(*)  Li  Román»  de  Berte  au$  grane  piée,  precede  d'une  Diesertation  eur  lee  Romane  dee  douze  paire  ^ 
par  M,  Faulin  Parte,  de  la  Bihliothéque  du  Roi,  París,  Techener,  1832. 

Hay  otra  edición  más  correcta,  publicada  por  Augusto  Scbeler,  conforme  al  inanuacrito  de  la 
Biblioteca  del  Arsenal  de  Paríii:  Li  Roumane  de  Berte  aue  grane  piée,  par  Adénee  le  Roi  (Bruse- 
las, 1874). 

Mussafía  publicó  en  la  Romanía  (julio  de  1874  y  enero  de  1875)  el  texto  del  poema  franco- 
italiano,  anterior  qnizá  en  ochenta  afios  al  de  Adenet. 


INTRODUCCIÓN 


•zxv 


adelante,  é  como  son  sus  juicios  fuertes  é  maravillosos  de  conoscer  á  los  hombres^ 
bascó  manera  extraña  porque  este  mal  se  desficiese;  é  quiso  así,  que  aquella  noche 
mesma  que  los  escuderos  levaron  á  Berta  al  monte  é  la  ataron  al  árbol,  asi  como  de 
suso  vistes,  que  el  montanero  del  rey  Pepino,  que  guardaba  aquel  monte,  posaba  cerca 
de  aquel  lugar  do  la  infanta  Berta  estaba  atada,  é  cuando  oyó  las  grandes  voces  que 
daba,  como  aquella  que  estaba  en  punto  de  muerte,  que  era  en  el  mes  de  enero,  é  que 
no  tenia  otra  cosa  vestida  sino  la  camisa,  é  sin  esto,  que  estaba  atada  muy  fuertemente 
al  árbol,  fué  corriendo  hacia  aquella  parte;  é  cuando  la  vio  espantóse,  creyendo  que 
era  fantasma  ó  otra  cosa  mala;  pero  cuando  la  oyó  nombrar  á  nuestro  Sefior  é  á  Santa 
María,  entendió  que  era  mujer  cuitada,  é  llegóse  á  ella  ó  preguntóle  qué  cosa  era  ó  qué 
había.  E  ella  respúsole  que  era  mujer  mezquina,  é  que  estaba  en  aquel  martirio  por 
sus  pecados;  é  él  díxole  que  no  la  desataría  fasta  que  le  contase  todo  su  fecho  por  que 
estaba  así;  é  ella  contógelo  todo;  é  él  entonce  hobo  muy  gran  piedad  della,  ó  desatóla 
luego,  é  levóla  á  aquellas  casas  del  Rey  en  que  él  moraba,  que  eran  en  aquella  mon- 
tafia,  é  mandó  á  su  mujer  é  á  dos  hijas  muy  hermosas,  que  eran  de  la  edad  della,  que 
le  hiciesen  mucha  honra  ó  mucho  placer,  é  mandóles  que  dixesen  que  era  su  hija,  é 
vestióla  como  á  ellas,  é  castigó  á  las  mozas  que  nunca  la  llamasen  sino  hermana.  E' 
aconteció  así,  que  después  bien  de  tres  años  fué  el  rey  Pepino  á  cazar  aquella  mon- 
taña. E'  después  que  hobo  corrido  monte,  fué  á  aquellas  sus  casas,  é  dióle  aquel  su 
hombre  muy  bien  de  comer  de  muchos  manjares.  E  ante  que  quitasen  los  manteles, 
hizo  á  su.  mujer  é  aquellas  tres  doncellas,  que  él  llamaba  hijas,  que  le  levasen  fruta;  é 
ellas  supiéronlo  hacer  tan  apuestamente,  que  el  Rey  fué  muy  contento.  E  paróles  mien- 
tes, é  violas  muy  hermosas  á  todas  tres,  mas  parescióle  mejor  Berta  que  las  otras;  ca 
en  aquella  sazón  la  más  hermosa  mujer  era  que  hobiese  en  ninguna  pai*te  del  mundo. 
E'  cuando  la  hobo  así  parado  mientes  un  gran  rato,  hizo  llamar  al  montanero,  é  pregun- 
tóle si  eran  todas  tres  sus  hijas,  é  él  dixo  que  sí.  E  cuando  fué  la  noche,  él  fué  á  dor- 
mir á  vna  cámara  apartada  de  sus  caballeros,  é  mandó  á  aquel  montanero  que  le  tra- 
jese aquella  su  hija,  é  él  hízolo  asi.  E  Pepino  hóbola  esa  noche  é  empreñóla  de  un  hijo, 
é  aquel  filé  Garlos  Maynete  el  Bueno.  E  al  rey  Pepino,  cuando  se  hobo  de  ir,  dióle  de 
sus  dones,  é  hizo  mucha  mesura  á  aquella  dueña,  que  creía  que  era  hija  del  monta- 
nero, é  mandó  á  su  padre  que  gela  guardase  muy  bien,  pero  en  manera  que  fuese  muy 
secreto.» 

Prosigue  narrando  la  Crónica  de  Ultramar  cómo  Blancaflor,  madre  de  la  verda- 
dera Berta,  descubrió  la  superchería  del  ama  y  de  su  hija,  sirviendo  de  último  signo 
de  reconocimiento  el  pequeño  defecto  de  los  pies,  que  en  La  Oran  Conquista  está  más 
especificado  que  en  el  poema  de  Adeiiet.  «E  Berta  no  habia  otra  fealdad  sino  los  dos 
dedos  que  había  en  los  pies  de  medio,  que  eran  cerrados  (^).  E  por  ende,  cuando  Blan- 
caflor trabó  dellos,  vio  ciertamente  que  no  era  aquella  su  hija,  é  con  gran  pesar  que 
hobo,  tornóse  así  como  mujer  fuera  de  seso,  é  tomóla  por  los  cabellos,  é  sacóla  de  la 
cama  fuera,  é  comenzóla  de  herir  muy  de  recio  á  azotes  é  á  puñadas,  diciendo  á  gran- 


(*)  Tanto  en  el  poema  de  Adenés,  como  en  el  texto  franco-itálico,  lo  que  distingue  á  Berta  es 
únicamente  el  tener  loa  pies  demasiado  grandes.  En  los  Reali  el  tener  un  pie  más  grande  que  otro: 
cAveva  nome  Berta  del  gran  pié,  perché  ella  avea  maggiore  un  poco  un  pié  che  Taltro,  e  quello  era 
3i\  pié  destrón  (cap.  I). 


oxxvi  orígenes  de  LA  NOVELA 

des  voces:  «¡  Aj  Flores,  mi  señor,  qué  buena  hija  habernos  perdido,  é  qué  gran  traición 
nos  ha  hecho  el  rey  Pepino  é  la  su  corte,  que  teníamos  por  las  más  leales  cosas  del 
mundo;  así  que  á  la  su  verdad  enviamos  nuestra  h^a,  é  agora  hánnosla  muerta,  é  la 
sierva,  hija  de  su  ama,  metieron  en  su  lugar!» 

Confesada  por  el  ama  la  traición,  j  querellándose  acerbamente  Blaucafior  de  la 
muerte  de  su  hija,  el  Bey  hace  buscar  á  los  escuderos  que  habían  sido  encargados  del 
crimen,  y  por  ellos  y  por  el  montanero  viene  á  descubrirse  la  verdad  del  caso  y  la 
existencia  de  la  verdadera  Berta,  que  de  su  ayuntamiento  con  el  Bey  tenía  ya  un  hijo 
de  seis  afios,  el  futuro  Garlo  Magno.  En  el  poema  de  Adenés,  la  aventara  amorosa  de 
Pipino  es  posterior  al  descubrimiento  del  fraude,  y  efecto  de  este  mismo  descubri- 
miento, siendo  esta  la  principal  diferencia  entre  ambos  textos.  El  traductor  castellano 
sólo  puso  de  su  cosecha  la  donación  que  Blancaflor  hizo  á  su  nieto  Carlos  «del  reino 
>de  Córdoba  é  de  Almería  é  toda  la  otra  tierra  que  había  nombre  Espaüa».  Pero  esta 
donación  no  llegó  á  tener  cumplimiento  porque  «luego  hobo  desacuerdo  entre  los  de  la 
» tierra,  de  manera  que  non  la  pudieron  defender,  é  con  este  desacuerdo  que  hobo  entre 
» ellos,  ganáronla  los  reyes  moros,  que  eran  del  linaje  de  Abenhumaya»  (^). 

La  historia  de  Berta  se  presenta  muy  ampliada  y  enriquecida  con  accesorios  nove- 
lescos en  la  gran  compilación  italiana  /  Reali  di  Francia^  cuyo  autor  Andrea  da  Bar- 
*beríno,  nacido  en  1370;  vivía  aún  en  1431  (').  El  sexto  libro  de  esta  obra  tan  popular 
todavía  en  Italia  como  lo  es  entre  nosotros  la  traducción  del  Fierabi'ás  (vulgarmente 
Uamada  Historia  de  Carloniagno\  trata  en  diez  y  siete  capítulos  de  las  aventuras  de 
Berta  y  del  nacimiento  de  Carlos.  Pío  Bajna  supone  que  el  autor  conocía  el  poema  de 
Adenet,  pero  las  diferencias  son  de  bastante  bulto  y  Gastón  París  se  inclinaba  á  negarlo. 
Los  nombres  no  son  ni  los  de  Adenet  ni  los  del  compilador  franco-itálico  del  manuscrito 
de  Yenecia.  Los  motivos  de  las  aventuras  son  diferentes  también,  y  algunos  rasgos 
parecen  de  grande  antigüedad,  como  el  de  la  concepción  de  Carlos  Magno  en  un  carro, 
lo  cual  antes  de  él  se  había  dicho  de  Carlos  Martel  (Iste  fuit  in  caito  natus)  y  es  acaso 
expresión  simbólica  de  un  nacimiento  ilegítimo  (').  En  lo  que  convienen  I  Reali  y  el 
manuscrito  de  Yenecia  es  en  la  idea  genealógica  de  emparentar  á  la  pértida  sierva  cou 
los  traidores  de  la  casa  de  Maganza.  Estas  invenciones  cíclicas  sirvieron  á  los  compi- 
ladores de  decadencia  para  establecer  cierto  lazo  ficticio  entre  sus  interminables  fábu- 
las. La  de  Berta,  en  tiempo  de  Adenet,  corría  todavía  aislada,  pues  no  hay  rastro  en 
él  de  semejante  parentesco. 

La  versión  de  /  Reali  fue  la  que  adoptó,  echándola  á  perder  en  su  maldita  prosa, 
Antonio  de  Eslava,  é  introduciendo  en  ella  algunas  variantes  arbitrarias  é  infelices, 
que  desfiguian  y  envilecen'  el  carácter  de  la  heroína,  y  complican  inútilmente  el  relato 
de  sus  aventuras  con  circunstancias  ociosas  y  ridiculas.  Pipino  se  casa  en  terceras  nup- 
cias con  Berta,  siendo  ya  muy  viejo  y  «casi  impotente  para  el  acto  de  la  genera- 

(')  Ira  Qran  Conquista  de  Ultramar^  ed.  de  Oayangos,  pp.  175-17S. 

(')  Sobre  las  fuentes  de  este  fumoso  libro,  cuya  primera  edición  se  remonta  á  1491,  es  magis- 
tral y  definitivo  el  trabajo  de  Rajna,  Ricerche  intomo  ai  Reali  di  Francia  (Bolonia,  1872,  en  la 
Collezione  di  Opere  inedite  o  rare  dei  primi  tre  eecoli  della  lingua). 

En  la  misma  colección  puede  leerse  el  texto  publicado  por  un  discípulo  de  Kajna:  /  Reali  di 
Francia,  di  Andrea  da  Barberino,  testo  critico  per  cura  di  Giueeppe  Vandelli  (Bolonia,  190*2). 

(*j  Romania,  julio  de  1873,  p.  363. 


INTRODUCCIÓN  oxxvii 

cidn»  (*).  Para  buscar  novia  entré  las  doncellas  de  cualquier  linaje  ó  estado^  abre  en 
París  una  especie  de  certamen  de  hermosura,  sefialando  á  cada  dama  mil  escudos  de 
oro  cpara  el  excesivo  gasto  que  hiciesen  en  venir  á  las  fiestas  7  juntas  reales»  que  con 
este  motivo  se  celobran.  cAUi  tuviera  harto  que  hazer  el  juyzio  de  París  si  avia  de 
> juzgar  quál  era  más  hermosa...  Y  entre  éstas  vino  la  hija  del  Conde  de  Melgaría, 
> llamada  Yerta,  la  del  gran  pie,  hermana  de  Dudon  Kev  de  Aquitania:  Uamávase  assi, 
>por  respecto  que  tenía  el  un  pie  mayor  que  el  otro,  en  mucho  estremo;  mas  dexada 
«esta  desproporción  aparte,  era  la  más  hermosa  j  dispuesta  criatura  de  todas  las 
» Damas.» 

Eslava  describe  prolijamente  su  traje  y  atavío,  cometiendo  los  más  chistosos  ana- 
cronismos é  incongruencias.  Baste  decir  que,  entre  otras  cosas,  llevaba  «por  ayron  y 
>garzota  un  cupidülo  misturado  de  olorosas  pastillas,  de  tal  suerte  que  despedía  de  sí 
»un  olor  suavísimo».  El  viejo  Emperador,  como  era  natural,  se  enamora  de  ella  en 
cuanto  la  vé,  mas  «ella  estava  algo  picada  de  Dudon  de  Lis,  Almirante  de  Francia, 
imozo  galán  y  dispuesto,  que  en  las  fiestas  se  avia  mostrado  como  valiente  ca vallero» . 
Este  mismo  Dudon  de  Lis  es  el  que  va  en  nombre  del  Emperador  á  pedir  la  novia,  á 
desposarse  con  ella  por  poderes  y  acompafiarla  á  Francia.  «En  este  camino  se  urdió  y 
> tramó  una  de  las' más  fraudulentas  marañas  que  jamás  habrán  oydo,  y  fué  que  la 
» nueva  Emperatriz  traya  consigo  una  donzella  secretaria  suya,  hija  de  la  casa  de  Ma- 
»ganza,  la  qual  en  la  edad  y  en  el  talle  y  hermosura  le  parecía  tanto  que  los  Corte- 
» sanos  de  su  Corte  se  engañaran  muchas  veces,  si  no  fuera  el  desengaño  la  diferencia 
»de  los  costosísimos  vestidos  que  llevaba  la  Emperatriz;  y  esta  se  llamaba  Fiameta,  y 
» era  tan  querida  y  amada  de  la  hermosa  Yerta,  que  con  ella  y  con  otra  no  comuni- 
»cava  sus  íntimos  secretos». 

Y  aquí  comienza  la  más  absurda  perversión  que  Eslava  hizo  en  la  leyenda,  pues 
es  la  misma  Berta  la  que,  enamorada  de  Dudon  de  Lis  y  poco  satisfecha  con  «el  decré- 
pito viejo»  que  la  espera,  sugiere  á  su  doncella  la  estratagema  de  que  la  suplante  en 
el  lecho  nupcial,  haciéndose  ella  pasar  por  secretaria,  para  poder  de  este  modo  casarse 
con  el  almirante  (').  Préstase  á  todo  la  falsa  Fiameta  (nombre  de  Boccaccio  muy  inopor- 
tonamente  sustituido  al  de  Elisetta  que  tiene  en  /  Reali  y  Alüie  en  el  poema  de  Ade- 
qH,  pero  temerosa  de  que  el  engaño  llegue  á  descubrirse  y  ella  deje  de  ser  Empera- 
triz, se  decide  á  trabajar  por  cuenta  propia  y  á  deshacerse  de  Berta,  después  de  consu- 
nuda  la  superchería.  La  orden  de  matarla,  el  abandono  en  el  bosque,  la  acogida  que 
encuentra  en  la  cabana  del  montero  del  rey,  el  descubrimiento  de  la  falsa  Berta  por  la 

(')  No  viejo  ni  cadaco,  pero  si  pequeño  y  deforme  era  ya  Pipino  en  el  poema  franco-itálico:  cPor 
^Qe  eo  sai  petit  e  desformé:».  «Petit  homo  est,  mais  grosao  e  quarré.» 

(')  Aunque  el  desatino  de  hacer  enamorada  á  Berta  pertenece,  con  todas  t-us  consecuencias,  á 

AotoDÍo  de  Eslava,  debe  advertirse  que  ya  en  el  poema  bilingüe  de  la  Biblioteca  Marciana,  seguido 

^Q  esta  parte  por  el  compilador  de  /  Realif  era  Berta  la  que  proponía  la  sustitución  y  por  un  motivo 

verdaderamente  absurdo.  Llegando  á  París  fatigada  del  viaje,  ruega  á  la  hija  del  conde  de  Maganza 

^lencer  que  la  reemplace  en  el  lecho  de  Pipino  durante  la  primera  noche  de  bodas,  pero  fíngién- 

<Ioie  enferma  para  que  el  rey  no  llegue  á  tocarla.  Oon  fingirlo  ella  misma  se  hubiera  ahorrado  el 

hogaño  de  la  falsa  amiga.  En  la  Crónica  rimada  de  Felipe  Mouskes,  que  escribía  hacia  1243,  la  reina 

tkgg  un  motivo  obsceno  para  hacerse  sustituir  por  su  sierva  Alista.  En  el  poema  de  AdenéH,  Berta 

consiente  en  la  saperchería,  porque  su  sierva  Margista  (el  ama  de  la  Crónica  Qeneral)  la  ha  hecho 

creer  que  el  Rey  quiere  matarla  en  la  primera  noche  de  bodas. 


cixviii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

madre  de  la  verdadera,  la  cacería  del  Bey  j  su  aventara  amorosa,  no  difieren  mucho 
de  los  datos  de  la  leyenda  antigua,  pero  están  torpemente  viciados  con  la  grosera  invero- 
similitud de  prestarse  tan  de  buen  grado  la  liviana  Berta  á  los  deseos  de  aquel  mismo 
viejo  decrépito  que  tanto  la  repugnaba  antes  (^).  El  final  de  la  historia  concuerda  ente- 
ramente con  el  texto  de  I  Reali^  incluso  la  disparatadísima  etimología  que  da  al  nom- 
bre de  Garlo  Magno:  <Y  assi  mandó  á  Lipulo  el  Emperador  que  antes  que  los  monte- 
» ros  cazadores  llegasen  á  aquel  asignado  lugar,  le  hiziessen  una  cama  en  el  campo 
» orillas  del  rio  Magno,  en  un  carro  que  allí  esta  va,  por  el  excessivo  calor  que  hazia,  y 
»por  estai*  algo  lexos  del  estruendo  y  vozes  de  tanto  tumulto  de  gente,  ...y  assi  fué 
» cubierto  el  carro  de  muchas  y  frescas  ramas,  aviendo  servido  de  acarrear  piedra  y 
» lefia.  En  él  se  acostó  el  cansado  Emperador,  con  su  legítima  mujer  aunque  no  cono- 
»cida...  Desta  hermosa  Berta  nació  Garlo  Magno,  sucesor  del  Emperador  Pipino  su 
» padre:  llamóse  assi  porque  fué  engendrado  (como  dicho  tengo)  en  un  carro,  orillas  del 
»rio  Magno,  y  assi  se  llamó  Garro  Magno,  aunque  agora  se  llama  Garlo  Magno. 

Esta  rapsodia,  que  aun  prescindiendo  de  lo  adocenado  de  su  estilo  es  claro  testi- 
monio de  la  degeneiución  del  sentido  épico  en  los  que  ya  sin  cx)mprenderlas  repetían 
las  leyendas  de  la  Edad  Media,  tuvo  tan  escandalosa  fortuna,  que  volviendo  en  el 
siglo  xviíi  á  Francia,  donde  estas  narraciones  estaban  completamente  olvidadas  con 
haber  tenido  allí  su  cuna,  ocupó  en  1777  las  páginas  de  la  Bibliothéque  Univer selle 
des  Romans,  y  á  favor  de  esta  célebi-e  compilación,  se  difundió  por  toda  Europa,  que 
entonces  volvió  á  enterarse  (¡y  de«qué  manera!)  de  los  infortunios  de  la  pobre  Berta, 
tan  calumniada  por  el  refundidor  español.  Pero  como  no  hay  mal  que  por  bien  no 
venga,  acaso  esta  caricatura  sirvió  para  despertar  la  curiosidad  de  los  investigadores, 
y  hacer  que  se  remontasen  á  las  fuentes  primitivas  de  esta  narración  poética. 

Otro  tanto  aconteció  con  la  historia  €del  nacimiento  de  Roldan  y  stis  niñerías^ ,  que 
llena  el  capítulo  octavo  de  la  cSegunda  noche»  de  Eslava,  y  cuya  fuente  indudable  es 
también  el  libro  de  /  Reali. 

Los  personajes  de  esta  leyenda  son  carolingios ,  pero  los  primeros  textos  en  que 
aparece  consignada  no  son  franceses,  sino  franco-itálicos  y  de  época  bastante  tardía. 
Los  italianos  la  reclaman  por  suya,  y  quizá  nosotros  podamos  alegar  algún  dere- 
cho preferente.  Ante  todo,  se  ha  de  advertir  que  la  más  antigua  poesía  épica  nada  supo 
de  estas  mocedades  de  Roldan.  Siempra  se  le  tuvo  por  hijo  de  una  hermana  de  Garlo- 
magno,  á  quien  unos  Uaman  Gisela  ó  Gisla  y  otros  Berta,  pero  no  había  conformidad 
en  cuanto  al  nombre  del  padre,  que  en  unos  textos  es  el  duque  Milón  de  Angers  y  en 
otros  el  mismo  Garlomagno,  á  quien  la  bárbara  y  grosera  fantasía  de  algunos  juglares 
atribuyó  trato  incestuoso  con  su  propia  hermana.  Pero  en  ninguno  de  los  poemas  fran- 
ceses conocidos  hasta  ahora  hay  nada  que  se  parezca  á  la  narración  italiana  de  los 
amores  de  Milón  y  Berta  y  de  la  infancia  de  Orlandino.  Además  la  acción  pasa  en  Ita- 
lia y  se  enlaza  con  recuerdos  de  localidades  italianas. 

O  ¡Cuan  lejano  está  esto  de  la  delicadeza  y  elevación  moral  del  texto  de  Adenés!  en  que 
Berta,  que  había  hecho  voto  de  no  revelar  su  nombre  más  que  cuando  viese  en  peligro  8u  castidad, 
exclama,  perseguida  por  el  rey  en  el  bosque  de  Mans:  «Soy  reina  de  Francia,  mujer  del  rey  Pipino, 
bija  del  rey  Flores  y  de  la  reina  Blancaflor,  y  os  prohibo,  en  nombre  de  Dios  que  gobierna  el  mun- 
do, hacer  ninguna  cosa  que  pueda  deshonrarme:  antes  preferiría  ser  muerta,  y  Dios  venga  en  mi 
ayuda:». 


IXTRODUCOTON  cxxix 

Pero  es  el  caso  qae  esta  historia  de  ilegitimidad  de  Roldan,  nacido  de  los  amores 
del  coDde  Milón  de  Angers  ó  de  Auglante  con  Berta,  hermana  de  Carlomagno,  es  idén- 
tica en  el  fondo  á  nuestra  leyenda  épica  de  Bernardo  del  Carpió,  nacido  del  furtivo 
enlace  del  conde  de  Saldaña  y  de  la  infanta  doña  Jimena.  La  analogía  se  extiende  tam- 
bién á  las  empresas  juveniles  atribuidas  á  Roldan  y  á  Bernardo.  La  relación  entre  am- 
bas ficciones  poéticas  es  tan  grande  que  no  se  le  ocultó  á  Lope  de  Vega,  el  cual  trató 
dramáticamente  ambos  asuntos,  repitiéndose  en  algunas  situaciones  y  estableciendo  en 
su  comedia  La  Mocedad  de  Roldan  un  paralelo  en  forma  entre  ambos  héroes. 

Reconocido  el  parentesco  entre  las  dos  historias,  lo  primero  que  se  ocurre  (y  así 
opinó  Gastón  París)  es  que  la  de  Roldan  habrá  servido  de  modelo  á  la  de  Bernardo. 
Pero  es  el  caso  que  los  datos  cronológicos  no  favorecen  esta  conjetura.  El  más  antiguo 
texto  de  las  Enfances  Roland  no  se  remonta  más  allá  del  siglo  xtu,  y  para  entonces 
nuestra  fábula  de  Bernardo,  no  sólo  estaba  enteramente  formada,  sino  que  se  había 
incorporado  en  la  historia,  admitiéndola  los  más  severos  cronistas  latinos,  como  don 
Lucas  de  Tuy  y  el  arzobispo  don  Rodrigo;  andaba  revuelta  con  hechos  y  nombres  real- 
mente históricos,  y  había  adquirido  un  carácter  épico  y  nacional  que  nunca  pai*ece 
haber  logrado  el  tardío  cuento  italiano.  Tres  caminos  pueden  tomarse  para  explicar  la 
coincidencia.  O  se  admite  la  hipótesis  de  un  poema  francés  perdido  que  contase  los 
amores  de  Milón  y  Berta,  hipótesis  muy  poco  plausible^  no  sólo  por  falta  de  pruebas, 
sino  por  la  contradicción  que  este  relato  envuelve  con  todos  los  poemas  conocidos.  O 
se  supone  la  transmisión  de  nuestra  leyenda  de  Bernardo  á  Francia,  y  de  Francia  á  Ita- 
lia; caso  improbable,  pero  no  imposible,  puesto  que  también  puede  suponerse  en  el  May- 
mte  y  hay  que  admitirla  en  el  Anseis  de  Cariago  y  acaso  en  el  Heii^aut  de  Belaunde. 
O  preferimos  creer  que  estas  mocedades  no  fueron  al  principio  las  de  Bernardo  ni  las  de 
Roldan,  sino  un  lugar  común  de  novelística  popular,  un  cuento  que  se  aplicó  á  varios 
héroes  en  diversos  tiempos  y  países.  La  misma  infancia  de  Giro,  tal  como  la  cuenta 
HerodotO;  pertenece  al  mismo  ciclo  de  ficciones,  que  no  faltará  quien  explique  por  el 
socorrido  mito  solar  ú  otro  procedimiento  análogo. 

Todos  los  textos  de  las  mocedades  de  Roldan  fueron  escritos  en  Italia,  como  ([ueda 
dicho.  El  más  antiguo  es  el  poema  en  decasílabos  épicos,  compuesto  en  un  francés  ita- 
lianizado, es  decir,  en  la  jerga  mixta  que  usaban  los  juglares  bilingües  del  Norte  de 
Italia.  Form^  parte  del  mismo  manuscrito  de  la  biblioteca  de  San  Marcos  de  Veneciá 
en  que  figuran  Berta  y  el  Karleto.  En  este  relato  Milón  es  un  senescal  de  Carlomagno, 
T  los  perseguidos  amantes  se  refugian  en  Lombardía,  pasando  por  los  caminos  todo 
género  de  penalidades:  hambre,  sed,  asalto  de  bandidos;  hasta  que  Berta,  desfallecida  y 
con  los  pies  ensangrentados,  se  deja  caer  á  la  margen  de  una  fuente,  cerca  de  Imola, 
donde  da  á  luz  á  Roldan  que,  por  su  nacimiento,  queda  convertido  en  héroe  italiano. 
Milón,  para  sustentar  á  Berta  y  á  su  hijo,  se  hace  leñador.  Roldan  se  cría  en  los  bos- 
ques de  Sutrí  y  adquiere  fuerzas  hercúleas.  Su  madre  tiene  en  sueños  la  visión  de  su 
gloria  futura.  Pasa  por  Sutrí  Carlomagno,  volviendo  triunfante  de  Roma,  y  entre  los 
que  acuden  en  tropel  á  recibir  al  Emperador  y  su  hueste  llama  la  atención  de  Garlos 
un  niño  muy  robusto  y  hermoso,  que  venía  por  capitán  de  otros  treinta.  El  Emperador 
le  acaricia,  le  da  de  comer^  y  el  niño  reserva  una  parte  de  ración  pai^a  sus  padres.  Esta 
ternura  filial,  unida  al  noble  y  fiero  aspecto  del  muchacho,  que  «tenía  ojos  de  león,  de 
dragón  marino  ó  de  halcón» ,  conmueve  al  viejo  Xamo,  prudente  consejero  del  Empera- 

OBiOlfiNES   DB   LA   MOVBLA. — 11. —  i 


oxxx  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

dor,  7  al  Emperador  mismo,  quien  manda  seguir  los  pasos  de  Roldan  hasta  la  cueva  en 
que  vivían  sus  padres.  El  primer  movimiento,  al  reconocer  á  su  hija  j  al  seductor,  es 
de  terrible  indignación,  hasta  el  punto  de  sacar  el  cuchillo  contra  ellos;  pero  Roldan, 
cachorro  de  león,  se  precipita  sobre  su  abuelo  y  le  desarma,  apretándole  tan  fuerte- 
mente la  mano  que  le  hace  saltar  sangre  de  las  uñas.  Esta  brutalidad  encantadora 

« 

reconcilia  á  Garlos  con  su  nieto,  y  le  hace  prorrumpir  en  estas  palabras:  cserá  el  halcón 
de  la  cristiandad» .  Todo  se  arregla  del  mejor  modo  posible,  y  el  juglar  termina  su  na- 
rración con  este  gracioso  rasgo:  cMientras  estas  cosas  pasaban,  volvía  los  ojos  el  niño 
Rold&n  á  una  j  otra  parte  de  la  sala  á  ver  si  la  mesa  estaba  ya  puesta»  (^). 

En  /  Reali  di  Francia  encontramos  más  complicación  de  elementos  novelescos. 
Para  seducir  á  Berta,  Milón  entra  en  palacio  disfrazado  de  mujer.  El  embarazo  de  Berta 
se  descubre  pronto,  y  Carlos  la  encierra  en  una  prisión,  de  donde  su  marido  la  saca, 
protegiendo  la  fuga  el  consejero  Ñamo.  La  aventura  de  los  ladrones  está  suprimida  en 
/  Reali.  El  itinerario  no  es  enteramente  el  mismo.  Falta  el  sueño  profótico  de  la  madre. 
En  cambio,  pertenecen  á  la  novela  en  prosa,  y  pueden  creerse  inventadas  por  su  autor 
(si  es  que  no  las  tomó  de  otro  poema  desconocido),  las  peleas  de  los  mozuelos  de  Sutri, 
en  que  Roldan  ensaya  sus  primeras  armas,  y  la  infeliz  idea  de  hacer  desaparecer  á 
Milón  en  busca  de  aventuras,  desamparando  á  la  seducida  princesa  con  el  fruto  de  sus 
amores.  Esta  variante,  imaginada,  según  parece,  para  enlazar  este  asunto  con  el  de  la 
Canción  de  A^prammite  y  atribuir  á  Milón  grandes  empresas  en  Oriente,  persistió  por 
desgracia  en  todos  los  textos  sucesivos,  viciando  por  completo  el  relato  y  estropeando 
el  desenlace. 

I  La  prosa  de  los  Beáli  di  Financia  fue  puesta  en  octavas  reales  por  un  anónimo 
jpoeta  florentino  del  siglo  xv  y  por  otro  del  xvi,  que  apenas  hizo  más  que  refundir  al 
anterior.  Las  juveniles  hazañas  de  Roldan  dieron  asunto  á  Ludovico  Dolce  para  uno 
de  los  varios  poemas  caballerescos  que  compuso  á  imitación  del  Ariosto:  Le  pinme  im- 
prese  del  conté  Orlando  (1572);  pero  de  los  25  cantos  de  que  este  poema  consta,  sólo 
los  cuatro  primeros  tienen  que  ver  con  la  leyenda  antigua,  siguiendo  con  bastante  fíde- 
lidad  el  texto  de  /  Reali  (*).  El  poema  de  Dolce  fue  traducido  en  prosa  castellana  (^) 
por  el  regidor  de  Valladolid  Pero  López  Henriquez  de  Calatayud  (1594).  Y  de  este 
mismo  poema  ó  del  texto  en  prosa  tomó  argumento  Lope  de  Vega  para  La  Mocedad  de 
Roldan  (%  interesante  y  ameno  poema  dramático,  que  sería  ia  mejor  de  las  obras  com- 
puestas sobre  este  argumento  si  no  le  arrebatase  la  palma  la  noble  y  gentil  balada  de 
Luis  ühland  Der  Klein  Roland. 

Posteriores  á  la  comedia  de  Lope,  que  ya  estaba  escrita  en  1604,  son  las  Noches  de 

{})  Vid.  G.  Parii*,  Histoire  poiiique  de  Charlemagne,  pp.  170-409;  Giioasard,  en  la  Bihliolheque 
de  VEcole  des  Chartee^  l85t*,  pág.  393  y  siguientes,  y  muy  especialmente  Hajna,  Ricerche  iniomo  ai 
Reali  di  Franciaj  pág.  253  y  ss. 

(*)  Le  prime  imprese  del  conté  Orlando  di  Messer  Lodovico  Dolce^  da  lui  composte  in  ottava  rima, 
con  argomenti  ed  allegorie.  All'Illustriss»  et  Eccelleniiss.  Signor  Francesco  Marta  della  Rovere  Fren- 
cipe  d'ürhino,  Vinegia^  appresso  Gabriel  Oiolito  de  Ferrari^  1572.  4.** 

^')  El  nascirniento  y  primeras  Empressas  del  conde  Orlando.  Tradvzidas  por  Pero  López  Knri* 
quezde  Calatayud^  Regidor  de  Valladolid.  Valladolid,  por  Diego  Fernández  de  Córdoba  y  Oviedo.  Sin 
año,  pero  la  fecha  1594  se  infiere  del  privilegio. 

(^)  Impresa  en  la  Parte  19.^  do  sus  Oomedias  y  en  el  tomo  XIII  de  la  edición  académica. 


INTRODUCCIÓN  otxxi 

Eslava^  cuyo  reíalo,  comparado  con  el  de  los  Reali^  ofrece  bastantes  amplificaciones  y 
detalles,  debidos  sin  duda  al  capricho  del  imitador  y  á  su  retórica  perversa. 

Enamorado  Milón  de  Berta  «con  mucho  secreto  se  vistió  de  hábito  de  viuda,  y  lo 
pudo  bien  hazer,  por  ser  muy  mozo  y  sin  barba,  y  con  cierta  ocasión  de  unas  guarni- 
ciones de  oro,  fué  á  palacio,  al  cuarto  donde  ella  estaba,  y  las  guardias  entendiendo  ser 
muger,  le  dieron  entrada...  y  no  solamente  fué  esto  una  vez,  mas  muchas,  con  el  dis- 
frazado hábito  de  viuda,  entraba  á  gozar  de  la  belleza  de  Berta,  engañando  á  los  vigi- 
lantes guardias,  de  tal  suerte  que  la  hermosa  Berta  de  la  desenvuelta  viuda  quedó  pre- 
ñada» .  Indignación  de  Garlomagno;  largo  y  empalagoso  discurso  de  Berta^  solicitando 
perdón  y  misericordia  «pues  se  modera  la  culpa  con  no  haber  hecho  cosa  con  Milon  de 
Anglante  que  no  fuese  consumación  de  matrimonio,  y  debaxo  juramento  y  palabra  de 
esposo» .  La  acongojada  dama  so  acuerda  muy  oportunamente  de  la  clemencia  de  Nerva 
y  Teodosio  y  de  la  crueldad  de  Galígula;  pero  su  hermano,  que  parece  más  dispuesto  á 
imitar  al  último  que  á  los  primeros,  la  contesta  con  otro  razonamiento  no  menos  eru- 
ditO;  en  que  salen  á  relucir  Agripina  y  el  Emperador  Claudio,  la  cortesana  Tais  y  el 
incendio  de  Persépolis,  Lais  de  Corinto,  Pasiphae,  Semíramis  y  el  tirano  Hermias,  á 
quien  cambia  el  sexo,  convirtiéndole  en  amiga  de  Aristóteles.  En  vista  de  todo  lo  cual 
ia  condena  á  muerte,  encerrándola  por  de  pronto  en  «el  más  alto  alcázar  de  Palacio» . 
Pero  al  tiempo  que  «el  dios  Morfeo  esparcía  su  vaporoso  licor  entre  las  gentes» ,  fue 
Milón  de  Anglante  con  ocultos  amigos,  y  con  largas  y  gruesas  cuerdas  apearon  del  alto 
alcázar  á  Berta,  y  fueron  huyendo  solos  los  dos  verdaderos  amantes...  y  en  este  ínte- 
rin, ya  el  claro  lucero  daba  señales  del  alba,  y  en  la  espaciosa  plaza  de  París  andaban 
soUcitos  los  obreros  «haziendo  el  funesto  cadahalso,  adonde  se  habia  de  poner  en  exe- 
cucion  la  rigurosa  sentencia» . 

Carlomagnp  envía  pregones  á  todas  las  ciudades,  villas  y  lugares  de  su  reino,  ofre- 
ciendo 100.000  escudos  de  oro  á  quien  entregue  á  los  fugitivos.  «Y  como  llegase  á 
oidos  del  desdichado  Milóu  de  Anglante,  andaba  con  su  amada  Berta  silvestre,  incóg- 
nito y  temeroso-,  caminando  por  ásperos  montes  y  profundos  valles,  pedregosos  cami- 
nos y  abrojosos  senderos;  vadeando  rápidos  y  presurosos  ríos;  durmiendo  sobre  duras 
rayces  de  los  toscos  y  silvestres  árboles,  teniendo  por  lecho  sus  frondosas  ramas;  los 
que  estaban  acostumbrados  á  pasear  y  á  dormir  en  entoldados  palacios,  arropados  de 
cebellinas  ropas,  comiendo  costosísimos  y  delicados  manjares,  ignorantes  de  la  incle- 
mencia de  los  elementos...  y  assi  padeciendo  infinitos  trabajos,  salieron  de  todo  el 
Reyno  de  Francia  y  entraron  en  el  de  Italia...  Mas  sintiéndose  ella  agravada  de  su 
preñez  y  con  dolores  del  parto,  se  quedaron  en  el  campo,  en  una  oscura  cueva,  lexos 
una  milla  de  la  ciudad  de  Sena  en  la  Toscana...  Y  á  la  mañana,  al  tiempo  que  el  hijo 
de  Latona  restauraba  la  robada  color  al  mustio  campo,  salió  de  la  cueva  Milon  de  An- 
filante  á  buscar  por  las  campestres  granjas  algún  mantenimiento,  ropas  y  pañales  para 
poder  cubrir  la  criatura.»  Durante  esta  ausencia  de  su  marido,  Berta  «parió  con  mucha 
»  facilidad  un  niño  muy  proporcionado  y  hermoso,  el  cual,  así  como  nació  del  vientre 
>  de  su  madre,  fué  rodando  con  el  cuerpo  por  la  cueva,  por  estar  algo  cuesta  abaxo» . 
Por  eso  su  padre,  que  llegó  dos  horas  después,  le  llamó  Rodando  (sic),  y  «de  allí  fiíé 
corrompido  el  nombre  y  lo  llaman  Orlando» . 

Hasta  aquí  las  variantes  son  pocas,  pero  luego  se  lanza  la  fantasía  del  autor  con 
desenfrenado  vuelo.  Milón  perece  ahogado  al  cruzar  un  río,  y  Eslava  no  nos  perdona 


oxxxii  orígenes  de  LA  NOVELA 

la  lamentación  de  Berta,  qae  se  compara  sucesivamente  con  Dido  abandonada  por 
Eneas,  con  Cleopatra  después  de  la  muerte  de  Marco  Antonio,  con  Olimpia  engañada 
por  el  infiel  Yireno.  Hay  que  leer  este  trozo  para  comprender  hasta  qué  punto  la  mala 
retórica  puede  estropear  las  más  bellas  invenciones  del  genio  popular.  Lo  que  sigue  es 
todavía  peor:  el  sueño  profetice  de  Berta  pareció,  sin  duda,  al  novelista,  muy  tímida 
cosa,  y  le  sustituye  con  la  aparición  de  una  espantable  sierpe,  que  resulta  ser  una  prin- 
cesa encantada  hacía  dos  mil  ¿ños  por  las  malas  artes  del  mágico  Malagis,  el  cual  la 
había  enseñado  cel  curso  de  los  cielos  móviles,  y  la  influencia  y  constelacúni  de  todas 
las  estrellas,  y  por  ellas  los  futuros  sucesos  y  la  intrínseca  virtud  de  las  hierbas,  y  otra 
infinidad  de  secretos  naturales» . 

Contrastan  estas  ridiculas  invenciones  con  el  fondo  de  la  narración,  que  en  sustan- 
cia es  la  de  los  Reali,  sin  omitir  los  pormenores  más  característicos,  por  ejemplo,  la 
confección  del  vestido  de  Orlando  con  paño  de  cuatro  colores:  «Y  así  un  dia  los  mocha- 
chos  de  Sena,  yiéndolo  casi  desnudo,  incitados  del  mucho  amor  que  le  tenían,  se  con- 
certaron de  vestirle  entre  todos,  y  para  eso  los  de  una  parroquia  ó  quartel  le  compra- 
ron un  pedazo  de  paño  negro,  y  los  de  las  otras  tres  parroquias  ó  quarteles  otros  tres 
pedazos  de  diferentes  colores,  y  así  le  hizieron  un  vestido  largo  de  los  cuatro  colores, 
y  en  memoria  desto  se  llamaba  Orlando  del  Quartel;  y  no  se  contentaba  con  sólo  esto, 
antes  más  se  hacía  dar  cierta  cantidad  de  moneda  cada  dia,  que  bastase  á  sustentar  á 
su  madre,  pues  era  tanto  el  amor  y  temor  que  le  tenían,  que  hurtaban  los  dineros  los 
mochachos  á  sus  padres  para  dárselos  á  trueque  de  tenerlo  de  su  bando» . 

La  narración  prosigue  limpia  é  interesante  en  el  lance  capital  de  la  mesa  de  Garlo- 
magno.  «Estando,  pues,  en  Sena,  en  su  real  palacio,  acudían  á  él  á  su  tiempo  muchos 
pobres  por  la  limosna  ordinaria  de  los  Reyes,  y  entre  ellos  el  niño  Orlando...  el  qual 
como  un  dia  llegase  tarde...  se  subió  á  palacio,  y  con  mucha  disimulación  y  atrevi- 
miento entró  en  el  aposento  donde  el  Emperador  estaba  comiendo,  y  con  lento  paso  se 
allegó  á  la  mesa  y  asió  de  un  plato  de  cierta  vianda,  y  se  salió  muy  disimulado,  como 
si  nadie  lo  hubiera  visto,  y  así  el  Emperador  gustó  tanto  de  la  osadía  del  mochacho,  que 
mandó  á  sus  caballeros  le  dexasen  ir  y  no  se  lo  quitasen;  y  así  fué  con  él  á  su  madre 
muy  contento  y  pensando  hacerla  rica...  El  segundo  dia,  engolosinado  del  primero,  ape- 
nas se  soltó  de  los  brazos  de  su  madre,  cuando  fué  luego  á  Sena  y  al  palacio  del  Empe- 
rador y  llegó  á  tiempo  que  el  Emperador  estaba  comiendo,  y  entrando  en  su  aposento, 
nadie  le  estorbó  la  entrada  habiendo  visto  que  el  Emperador  gustó  dól  la  primera  vez, 
y  fuese  allegando  poco  á  poco  á  su  mesa,  y  el  Emperador,  disimulando,  quiso  ver  el 
ánimo  del  mochacho,  y  al  tiempo  que  el  mochacho  quiso  asir  de  una  rica  fuente  de  oro, 
el  Emperador  echó  una  grande  voz,  entendiéndole  atemorizar  con  ella;  mas  el  travieso 
de  Orlando,  con  ánimo  increíble  le  asió  con  una  mano  de  la  cana  barba  y  con  la  otra 
tomó  la  fuente,  y  dixo  al  Emperador  con  semblante  airado:  «No  bastan  voces  de  Reyes  á 
espantarme» ,  y  fuese,  con  la  fuente,  de  palacio;  mandando  el  Emperador  le  siguiesen 
cuatro  caballeros,  sin  hacerle  daño,  hasta  do  parase,  y  supiesen  quién  era.> 

La  escena  del  reconocimiento  está  dilatada  con  largas  y  pedantescas  oraciones, 
donde  se  cita  á  Tucídides  y  otros  clásicos;  todo  lo  cual  hace  singular  contraste  con  la 
brutalidad  de  Carlomagno,  que  da  á  su  hermana  un  purUillaxo  y  la  derriba  por  el 
suelo,  provocando  así  la  justa  cólera  de  Orlando.  Al  fin  de  la  novela  vuelve  el  autor  á 
extraviarse,  regalándonos  la  estrafalaria  descripción  de  un  encantado  palacio  del  Pia- 


INTRODUCCIÓN  cxxxiii 

monte,  doude  residía  cada  seis  meses^  recobrando  su  forma  natural,  la  hermosísima  don- 
cella condenada  por  maligno  nigromante  á  pasar  en  forma  de  sierpe  la  otra  mitad  del 
afio.  ¿Quién  no  ve  aquí  una  reminiscencia  de  la  Melusina  de  Juan  de  Arras,  traducida 
ya  al  castellano  en  el  siglo  xv?  (^). 

Si  las  dos  novelas  de  Antonio  de  Eslava  que  hasta  ahora  llevamos  examinadas  des- 
piertan la  curiosidad  del  crítico  como  degenerada  expresión  del  ideal  caballeresco  ya 
fenecido,  un  género  de  interés  muy  distinto  se  liga  al  capítulo  4.*  de  la  Primera  noche^ 
en  que  el  doctor  Qarnett  y  otros  eruditos  ingleses  modernos  han  creído  ver  el  germen 
del  drama  &ntástico  de  Shakespeare  La  Tempestad^  que  es  como  el  testamento  poético 
del  gran  dramaturgo  (').  Ya  antiguos  comentadores,  como  Malone^  habían  insinuado 
la  especie  de  una  novela  española  utilizada  por  Shakespeare  en  esta  ocasión,  pero  segu- 
ramente habían  errado  la  pista  fijándose  en  Aurelio  é  Isabela^  6  sea  en  la  Historia  de 
Grisel  y  Mirabella  de  Juan  de  Flores,  que  ninguna  relación  tiene  con  tal  argumento. 
Más  razonable  ha  sido  buscarle  en  la  historia  que  Antonio  de  Eslava  escribió  de  cía  I 
soberbia  del  Rey  Niciphoro  y  incendio  de  sus  naves,  y  la  Arte  Mágica  del  Rey  Darda-; 
no> .  Como  esta  f&bula  no  ha  entrado  todavía  en  la  común  noticia,  por  ser  tan  raro  el 
libro  que  la  contiene,  procede  dar  aquí  alguna  idea  de  ella. 

El  Emperador  de  Grecia  Nicéforo,  hombre  altivo,  soberbio  y  arrogante,  exigió  del 
Rey  Dárdano  de  Bulgaria  su  vecino  que  le  hiciese  donación  de  sus  estados  para  uno 
de  sus  hijos.  Dárdano,  que  sólo  tenía  una  hija  llamada  Serafina,  se  resistió  á  tal  preten- 
sión, á  menos  que  Nicéforo  consintiese  en  la  boda  de  su  primogénito  con  esta  princesa. 
El  arrogante  Nicéforo  no  quiso  avenirse  á  ello,  é  hizo  cruda  guerra  al  de  Bulgaria, 
despojándole  de  su  reino  por  fuerza  de  armas.  cBien  pudiera  el  sabio  Rey  Dardano  ven- 
>cer  á  Niciphoro  si  quisiera  usar  del  Arte  Mágica,  porque  en  aquella  era  no  avia  mayor 

(')  Historia  de  la  lin<ia  Melosina  de  Juan  de  Arras, 

Colofón:  fenesce  la  ystoria  de  Melosina  empremida  en  Tkolosa  por  los  honorables  e  discretos 
mttestros  Juan  paris  e  Estevan  Clehat  alemanes  que  con  grand  diligencia  la  hizieron  pasar  de  francés 
en  Castellano,  E  después  de  muy  emendada  la  mandaron  imprimir.  En  el  año  del  Señor  de  mili  e  qua» 
trocientos  e  ochenta  e  nueue  años  a  XIII  días  del  mes  de  julio. 

Hay  otras  ediciones  de  Valencia,  1512,  y  Sevilla,  1526. 

O  No  conozco  más  que  por  referencias  estos  trabajos  de  Garnett,  ni  aun  puedo  recordar  á  punto 
fijo  dónde  los  he  visto  citados.  Pero  como  no  gusto  de  engalanarme  con  plumas  ajenas,  y  se  trata  de 
OD  descubrimiento  de  alguna  importancia,  he  creido  justo  indicar  que  un  inglés  había  notado  antes 
que  yo  la  analogía  entre  la  novela  de  Eslava  y  La  Tempestad.  Los  comentadores  de  Shakespeare 
qne  tengo  á  mano  no  señalan  más  fuentes  que  una  relación  de  viajes  y  naufragios,  impresa  en  16X0 
oon  el  título  de  The  Discovery  ofthe  Bermudas  or  DeviVé  Islandy  y  una  comedia  alemana  del  notario 
de  Nuremberg  Jacobo  Ayrer,  La  hermosa  Sidea  (Die  Scháne  Sidea)j  fundada  al  parecer  en  otra 
inglesa,  que  pudo  conocer  Shakespeare,  y  de  la  cual  supone  Tieck  que  el  gran  poeta  tomó  la  idea  de 
la  conexión  que  establece  entre  Próspero  y  Alonso,  Miranda  y  Fernando.  Pero,  según  Gervinus,  á 
esto  ó  poco  más  pe  reduce  la  semejanza  entre  ambas  obras.  Vid.  Shakespeare  Commeniaries  by 
Dr.  G,  Oervinus,,.  Translated,.,  by  F,  E,  Bunnet,  Londres,  1883,  pág.  788. 

Tampoco  Ulrici  acepta  la  conjetura  de  Tieck,  y  aun  sin  tener  noticia  de  las  Noches  de  Invierno^ 
se  inclina  á  admitir  la  hipótesis  de  una  novela  española  antigua  que  pudo  servir  de  fuente  ccmún  á 
Shakespeare  y  al  autor  de  una  antigua  balada,  descubierta  por  Collier,  que  la  publicó  en  la  Quarterly 
Review^  1840.  Siento  no  conocer  est^  balada. 

Vid,  Shakespeare*8  Dramatic  Art^  History  and  character  of  Shakespeare  Plays.  By  Dr.  Hermann 
Uhrieu  Translated /rom  the  third  edition  ofthe  Germán...  by  L  Dora  Sehmit».  Londres,  1876  Tom.  II, 
pp.  38-39,  nota. 


oxxxiv  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

» nigromántico  que  él,  sino  que  tenía  ofrecido  al  Altissimo  de  no  aprovecharse  delia 
»para  ofensa  de  Dios  ni  dafio  de  tercero...  Y  assi  viéndose  fuera  de  su  patria  y  reynoS) 
»  desamparado  de  sus  exercitos,  y  de  los  cavalleros  y  nobles  del,  y  ageno  de  sus  inesti- 
»mables  riquezas,  desterrado  de  los  lisonjeros  amigos,  sin  auxilio  ni  favor  de  nadie,  so 
1  ausentó  con  su  amada  hija...» 

Retírase,  pues,  con  ella  á  un  espeso  bosque,  y  después  de  hacer  un  largo  y  filosó- 
fico razonamiento  sobre  la  inconstancia  y  vanidad  de  las  cosas  del  mundo,  la  declara 
su  propósito  de  apartarse  del  trato  y  compañía  de  los  hombres,  fabricando  con  su  arte 
mágica  cun  sumptuoso  y  rico  palacio,  debaxo  del  hondo  abismo  del  mar,  adonde  aca- 
»bemos  y  demos  fin  á  esta  caduca  y  corta  vida,  y  adonde  estemos  con  mayor  quietud 
»y  regalo  que  en  la  fértil  tierra» .  Préstase  de  mejor  ó  peor  grado  Serafina,  con  ser  tan 
bella  y  moza,  á  lo  que  de  ella  exige  su  padre,  el  cual  confirma  con  tremendos  juramen-^ 
tos  cal  eterno  Gaos»  su  resolución  de  huir  «de  la  humana  contratación  de  este  mundo» . 

«Y  andando  en  estas  razones,  llegaron  á  la  orilla  del  mar,  adonde  halló  una  bien 
compuesta  barca,  en  la  qual  entraron,  asiendo  el  viejo  rey  los  anchos  remos,  y  rompien- 
do con  ellos  la  violencia  de  sus  olas,  se  metió  dentro  del  Adriático  golfo,  y  estando  en 
él,  pasó  la  ligera  barca,  sacudiendo  á  las  aguas  con  una  pequeña  vara,  por  la  qual 
virtud  abrió  el  mar  sus  senos  á  una  parte  y  otra,  haziendo  con  sus  aguas  dos  fuertes 
muros,  por  donde  baxó  la  barca  á  los  hondos  suelos  del  mar,  tomando  puerto  en  un 
admirable  palacio,  fabricado  en  aquellos  hondos  abismos,  tan  excelente  y  sumptuoso 
quanto  Rey  ni  Principe  ha  tenido  en  este  mundo» .  Hago  gracia  á  mis  lectores  de  la 
absurda  descripción  de  este  palacio,  pero  lo  que  no  puede  ni  debe  omitirse  es  que  la 
hermosa  Serafina  era  «con  arte  mágica  servida  de  muchas  Sirenas,  Nereydes,  Dríadas  y 
NinfiEts  marinas,  que  con  suaves  y  divinas  mttsicas  suspendían  á  los  oyentes» . 

Así  pasaron  dos  años,  pero,  á  pesar  de  tantos  cánticos,  músicas  y  regalos,  algo 
echaba  de  menos  la  bella  Serafina,  y  un  día  se  atrevió  á  confesárselo  al  rey  Dárdano: 
«Si  en  todas  las  cosas  hay,  amado  padre,  un  efecto  del  amor  natural,  no  es  mucho,  ni 
»  de  admirar,  que  en  esta  vuestra  solitaria  hija  obre  los  mismos  efectos  el  mismo  amor. 
»  Por  algo  deshonesta  me  tendreys  con  estas  agudas  razones,  mas  fuer9ame  a  dezirlas 
>el  verme  sin  esperan9a  alguna  de  humana  conversación,  metida  y  encarcelada  en 
»  estos  hondos  abismos;  y  assi  os  pido  y  suplico,  ya  que  permitís  que  muera  y  fenezca 
»  mi  joventud  en  estos  vuestros  Mágicos  Palacios,  que  me  deys  conforme  a  mi  estado  y 
» edad  un  varón  illustre  por  marido» .  El  viejo  [rey  Dárdano,  vencido  de  las  eficaces 
razones  de  su  hija,  promete  casarla  conforme  á  su  dignidad  y  estado. 

Entretanto  había  partido  de  esta  vida  el  altivo  emperador  Nicéforo,  conquistador 
del  reino  de  Bulgaria,  dejando  por  sucesor  á  su  hijo  menor  Juliano,  muy  semejante  á 
él  en  la  aspereza  y  soberbia  de  su  condición,  y  desheredando  al  mayor,  llamado  Valen- 
tiniano,  mozo  de  benigno  carácter  y  mansas  costumbres.  El  cual,  viéndose  desposeído 
de  los  estados  paternos,  fue  á  pedir  auxilio  al  emperador  de  Constantinopla.  «Y  para 
» más  disimular  su  intento,  se  partió  solo,  y  arribó  á  un  canal  del  mar  Adriático^  á 
» buscar  embarcación  para  proseguir  su  intento,  y  solamente  halló  una  ligera  barca? 
»  que  de  un  pesado  viejo  era  regida  y  govemada,  que  le  ofreció  le  pondria  con  mucha 
>  brevedad  do  pretendía» . 

«Y  sabreys,  señores,  que  el  dicho  barquero  era  el  viejo  Rey  Dárdano^  que  quando 
»tuvo  al  Principe  Valentiniano  dentro  en  el  ancho  golfo,  hirió  con  su  pequeña  vara 


INTRODUCCIÓN  oxxxv 

las  saladas  aguas,  y  luego  se  dividieron,  haziendo  dos  fuertes  murallas,  y  descendió 
el  espantado  Principe  al  Mágico  Palacio,  el  qual  admirado  de  ver  tan  excelente  fábrica 
quedó  muy  contento  de  verse  allí;  y  el  Bey  Dardano  le  informó  t}uién  era,  y  el  res- 
pecto porque  alli  habitava,  y  luego  que  vido  á  la  Infanta  Serafina,  quedó  tan  preso 
de  su  amor,  que  tuvo  á  mucha  dicha  el  aver  baxado  aquellos  hondos  abismos  del 
mar,  y  pidióla  con  muchos  ruegos  al  Rey  su  padre  por  su  legítima  esposa  y  mujer, 
que  del  viejo  padre  luego  le  fue  concedida  su  justa  demanda,  y  con  grande  regocijo  y 
alboro90,  se  hicieron  las  Reales  bodas  por  arte  Mágica:  pues  vinieron  á  ellas  mágica- 
mente muchos  Principes  y  Reyes,  con  hermosissimas  Damas,  que  residían  en  todas 
las  islas  del  mar  Occeano» . 

Celebrándose  estaban  las  mágicas  bodas  cuando  estalló  de  pronto  una  furiosa  tem- 
pestad. «Comen9aron  las  olas  del  mar  á  ensoberbecerse,  incitadas  de  un  furioso  Nord- 
ueste:  túrbase  el  cielo  en  un  punto  de  muy  obscuras  y  gruesas  nubes;  pelean  contra- 
rios vientos,  de  tal  suerte  que  arranca  y  rompe  los  gruessos  masteles,  las  carruchas  y 
gruessas  gúmenas  rechinan,  los  governalles  se  pierden,  al  cielo  suben  las  proas,  las 
popas  baxan  al  centro,  las  jarcias  todas  se  rompen,  las  nubes  disparan  piedras,  fuego, 
rayos  y  relámpagos.  Tragava  las  hambrientas  olas  la  mayor  parte  de  los  navios;  la 
infinidad  de  rayos  que  cayeron  abrasaron  los  que  restaron,  excepto  cuatro  en  los 
quales  yva  el  nuevo  Emperador  Juliano  y  su  nueva  esposa,  y  algunos  Príncipes 
Griegos  y  Romanos,  que  con  éstos  quiso  el  cielo  mostrarse  piadoso.  Davan  los  navios 
sumergidos  del  agua,  y  abrasados  del  fuego,  en  los  hondos  abismos  del  mar,  inquie- 
tando con  su  estruendo  á  los  que  estavan  en  el  mágico  palacio» . 

Entonces  el  rey  Dárdano  subió  sobre  las  aguas  cdescubriéndose  hasta  la  cinta, 
mostrando  una  antigua  y  venerable  persona,  con  sus  canas  y  largos  cabellos,  assi  en 
la  cabe9a  como  en  la  barba,  y  vuelto  á  las  naves  que  avian  quedado,  adonde  yvan  el 
>  Emperador  y  Príncipes,  encendidos  los  ojos  en  rabiosa  cólera» ,  les  increpó  por  su 
ambición  y  soberbia  que  les  llevaba  á  inquietar  los  senos  del  mar  después  de  haber 
fatigado  y  estragado  la  tierra,  y  anunció  á  Juliano  que  no  sería  muy  duradero  su  tirá- 
nico y  usurpado  imperio.  cY  acabado  que  huvo  el  rey  Dardano  de  hazer  su  parlamento, 
>8e  zambulló,  sin  aguardar  respuesta,  en  las  amargas  aguas  del  mar,  quedando  el  Em- 
>perador  Juliano  de  pechos  en  la  dorada  popa  de  su  nave,  acompañado  de  la  nueva 
> Emperatriz  su  mujer,  y  de  algunos  Príncipes  que  con  él  se  avian  embarcado». 

Cumplióse  á  poco  tiempo  el  vaticinio,  muriendo  el  emperador  apenas  había  llegado 
á  la  ciudad  de  Delcia  donde  tenía  su  corte.  El  rey  Dárdano,  sabedor  de  la  catástrofe 
por  sus  artes  mágicas,  deshace  su  encantado  palacio^  se  embarca  con  su  yerno  y  su 
hqa  y  los  pone  en  quieta  y  pacífica  posesión  del  imperio  de  Constautinopla.  Pero  para 
no  quebrantar  su  juramento  de  no  habitar  nunca  en  tierra,  manda  labrar  en  el  puerto 
un  palacio  de  madera  flotante  sobre  cinco  navios,  y  en  él  pasa  sus  últimos  años. 

Las  semejanzas  de  este  argumento  con  el  de  The  Tenipest  son  tan  obvias  que  parece 
difícil  dejar  de  admitir  una  imitación  directa.  El  rey  Dárdano  es  Próspero,  su  hija 
Serafina  es  Miranda,  Yalentiniano  es  Femando.  Lo  mismo  el  rey  do  Bulgaria  que  el 
duque  de  Milán  han  sido  desposeídos  de  sus  estados  por  la  deslealtad  y  la  ambición. 
uno  y  otro  son  doctos  en  las  artes  mágicas,  y  disponen  de  los  elementos  á  su  albedrío. 
El  encantado  y  submarino  palacio  del  uno  difiere  poco  de  la  isla  también  encantada 
del  otro,  poblada  de  espíritus  aéreos  y  resonante  de  música  divina.  La  vara  es  el  sím- 


oxxxvi  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

bolo  del  mágico  poder  con  que  Dárdano  lo  mismo  que  Próspero  obra  sus  maravillas.  Va- 
lentiniaüo  es  el  esposo  que  Dárdauo  destina  para  su  hija  j  que  atrae  á  su  palacio  á  bordo 
del  mágico  esquife,  como  Próspero  atrae  á  su  isla  á  Feruaudo  por  medio  de  la  tempes- 
tad para  someterle  á  las  duras  pruebas  que  le  hacen  digno  de  la  mano  de  Miranda. 

Este  es  sin  duda  el  esquema  de  la  obra  shakespiríana,  pero  ¡cuan  lejos  está  de  la 
obra  misma!  Todo  lo  que  tiene  de  profundo  7  simbólico,  todo  lo  que  tiene  de  musical 
y  etéreo,  es  creación  propia  del  genio  de  Shakespeare,  que  nunca  se  mostró  tan  admi- 
rablemente lírico  como  en  esta  prodigiosa  fantasía,  la  cual,  por  su  misma  vaguedad, 
sumerge  el  espíritu  en  inefable  arrobamiento.  Ninguna  de  las  sutiles  interpretaciones 
que  de  ella  se  han  dado  puede  agotar  su  riquísimo  contenido  poético.  Ariel,  el  genio 
de  la  poesía,  sonoro  7  luminoso,  emancipado  por  fín  de  la  servidumbre  utilitaria;  Cali-' 
ban,  el  monstruo  terrible  7  grotesco,  7a  se  le  considere  como  símbolo  de  la  plebe^  7a 
de  la  bestia  humana  en  estado  salvaje,  que  no  es  humanidad  primitiva  sino  humani- 
dad degenerada;  Qonzalo,  el  dulce  utopista;  Miranda,  graciosa  encarnación  del  más 
ingenuo  7  virginal  amor,  Próspero,  el  gran  educador  de  sí  propio  7  de  los  demás,  el 
nigromante  sereno  7  benévolo,  irónico  7  dulce,  artífice  de  su  destino  7  de  los  ajenos, 
harto  conocedor  de  la  vida  para  no  estimarla  en  más  de  lo  que  vale,  harto  generoso 
para  derramar  el  bien  sobre  amigos  7  enemigos,  antes  de  romper  la  vara  de  sus  pres- 
tigios 7  consagrarse  á  la  meditación  de  la  muerte:  toda  esta  galería  de  criaturas  inmor- 
tales, que  no  dejan  de  parecer  mu7  vivas  aunque  estén  como  veladas  entre  los  vapores 
de  un  sueño,  claro  es  que  no  las  encontró  Shakespeare  ni  en  la  pobre  rapsodia  de 
Eslava,  ni  en  la  relación  del  descubrimiento  de  las  islas  Bermudas,  ni  en  el  pasaje  de 
Montaigne  sobre  la  vida  salvaje,  ni  en  las  demás  fuentes  que  se  han  indicado,  entre 
las  cuales  no  debemos  omitir  el  Espejo  de  PHncipes  y  Caballeros^  más  comúnmente 
llamado  El  Caballero  del  Febo^  en  que  recientemente  se  ha  fijado  un  erudito  norte- 
americano (*). 

Pero  de^ todos  estos  orígenes,  el  más  probable  hasta  ahora,  7  también  el  más  impor- 
tante, son  las  Noches  de  Invieimo^  puesto  que  contienen,  aunque  sólo  en  germen,  datos 
que  son  fundamentales  en  la  acción  de  la  pieza.  A  los  eruditos  ingleses  toca  explicar 
cómo  un  libro  no  de  mucha  fama  publicado  en  España  en  1609  pudo  llegar  tan  pronto 
á  conocimiento  de  Shakespeare,  puesto  que  La  Tempestad  fue  representada  lo  más 
tarde  en  1613.  Traducción  inglesa  no  se  conoce  que  70  sepa,  pero  cada  día  va  pare- 
ciendo más  verosímil  que  Shakespeare  tenía  conocimiento  de  nuestra  lengua.  Ni  la 
Diana  de  Jorge  de  Montema7or  estaba  publicada  en  inglés  cuando  se  representaron 
Los  dos  hidalgos  de  Verona^  ni  lo  estaban  los  libros  de  Feliciano  de  Silva  cuando 
apareció  el  disfrazado  pastor  D.  Florisel  en  el  Cuento  de  hwierno  (*). 

No  creo  necesario  detenerme  en  las  restantes  novelas  de  Eslava,  que  son  por  todo 
extremo  inferiores  á  las  citadas.  Mu7  ingeniosa  sería,  si  estuviese  mejor  contada,  la  de 
la  Fuente  del  desengaño^  cujñs  aguas  tenían  la  virtud  de  retratar  la  persona  ó  cosa  más 
amada  de  quien  en  ellas  se  miraba.  Y  no  son  únicamente  los  interesantes  enamorados 

• 

(*}  Vid.  Perott  (Joseph  de),  The  probable  source  of  the  plot  of  Sfuikespeare's  €Tempeit9  (En  las 
Publicatiofu  ofthe  Clark  Univusity  lAbrary  WorceMter,  Masa,  Octubre  de  1905). 

O  No  ha  faltado  quien  sospechase,  pero  esto  parece  ya  demasiada  sutileza,  que  este  mismo 
titulo  de  una  de  las  últimas  comedias  de  Shakespeare  {Winter's  tale)  era  reminiHcencia  de  laH  Noches 
á%  Eslava. 


INTRODUCCIÓN  oxxxvii 

da  la  fábula  los  que  se  ven  sujetos  á  tal  percance,  sino-  el  mismo  Bey,  á  cuyo  lado  se 
ve  una  hechicera  feísima,  que  con  sus  artes  diabólicas  le  tenia  sorbido  el  seso,  y  los 
mismos  jueces  que  allí  ven  descubiertas  sus  secretas  imperfecciones.  cAl  lado  de  uno 
'  que  viudo  era,  una  rolliza  moza  de  cántaro,  que  parecía  que  con  él  quería  agotar  la 
*  fuente,  en  venganza  de  su  afrenta;  y  al  lado  de  otro  muchíssimos  libros  abiertos  en 

>  quienes  tenia  puesta  toda  su  afición;  y  al  lado  de  otro  tres  talegos  abiertos,  llenos  de 

>  doblones,  como  aquel  que  tenia  puesto  su  amor  y  pensamiento  en  ellos,  y  que  muchas 
» vezes  juzgava  por  el  dinero  injustamente:  de  suerte  que  halltodose  cada  uno  culpado, 
»se  rieron  unos  de  otros,  dándose  entre  ellos  muchos  y  discretos  motes  y  vexámenes». 

Esta  fuente  nada  tiene  que  ver  con  el  ingenioso  pero  no  sobrenatural  modo  de  que 
se  vale  el  pastor  Charino  de  la  Arcadia  de  Sannazaro  para  hacer  la  declaración  amo- 
rosa á  su  zagala;  tema  de  novelística  popular  que  también  encontramos  en  el  Heptor- 
meron  de  la  reina  de  Navarra,  donde  la  declaración  se  hace  por  medio  de  un  espejo. 
En  cambio  el  cuento  de  Eslava  está  enlazado  con  otra  serie  de  ficciones,  en  que  ya 
por  una  copa,  ya  por  un  espejo  mágico,  ya  por  un  manto  encantado,  se  prueba  la  vir- 
tud femenina  ó  se  descubren  ocultos  deslices. 

Los  demás  capítulos  de  las  Noches  de  invierno  apenas  merecen  citarse.  Un  esclavo 
cristiano,  que  ccon  doce  trompas  de  fuego  sulphureo  y  de  alquitrán»  hace  volar  toda§ 
las  galeras  turcas;  una  nuera  que  para  vengarse  de  su  suegro  le  da  á  comer  en  una  em- 
panada los  restos  de  su  nieto;  dos  hermanos  que  sin  conocerse  lidian  en  público  palen- 
que; una  princesa  falsamente  acusada,  víctima  de  los  mismos  ardides  que  la  reina  Se- 
villa, son  los  héroes  de  estas  mal  concertadas  rapsodias  que  apenas  pueden  calificarse 
de  originales,  puesto  que  están  compaginadas  con  reminiscencias  de  todas  partes.  La 
historia  del  rey  Clodomiro,  por  ejemplo,  no  es  más  que  una  variante,  echada  á  perder, 
de  la  hermosa  leyenda  del  Emperador  Joviniano  (cap.  TJX  del  Oesta  Bomanorum)^ 
sustituido  por  su  ángel  custodio,  que  toma  su  figura  y  sus  vestiduras  regias  mientras 
61  anda  por  el  mundo  haciendo  penitencia  de  su  soberbia  y  tiranía.  En  Eslava,  toda 
la  poesía  mística  de  la  leyenda  desaparece,  pues  no  es  un  ángel  quien  hace  la  transfor- 
mación, sino  un  viejo  y  ridículo  nigromante. 

Además  de  las  novelas  contiene  el  libro,  de  todas  suertes  curiosísimo,  del  poeta  de 
Sangüesa  varias  digresiones  históricas  y  morales,  una  apología  del  sexo  femenino  y 
una  fábula  alegórica  del  nacimiento  de  la  reina  Telus  de  Tartaria,  que  dice  traducida 
de  lengua  flamenca,  citando  como  autor  de  ella  á  Juan  de  Yespure,  de  quien  no  tengo 
la  menor  noticia. 

Tal  es,  salvo  omisión  involuntaria  (^  *,  el  pobre  caudal  de  la  novela  corta  durante 
más  de  una  centuria;  y  ciertamente  que  maravilla  tal  esterilidad  si  se  compara  con  la 
pcyanza  y  lozanía  que  iba  á  mostrar  este  género  durante  todo  el  siglo  xvii,  llegando  á 
^r  uno  de  los  más  ricos  del  arte  nacional.  No  faltan  elementos  indígenas  en  las  coleccio- 
nes que  quedan  reseñadas,  pero  lo  que  en  ellas  predomina  es  el  gusto  italiano.  Y  aun 
pudieran  multiplicarse  las  pruebas  de  esta  imitación,  mostrando  cómo  se  infiltra  y  pene- 

0)  No  he  podido  encontrar  un  rarísimo  pliego  suelto  gótico  que  describe  Salva  (n.  1.179  de  su 
Catálogo)  y  contenia  un  cuento  en  prosa,  Como  vn  rusHeo  lahrador  egaiío  a  vno$  mercadere$^  cuatro 
hojas,  sin  lugar  ni  afio,  hacia  1510,  según  el  parecer  de  aquel  bibliógrafo.  Sir  Thomas  Grenvílle 
tuvo  otra  edición  del  mismo  pliego  con  el  título  algo  diverso,  Como  tm  rustico  labrador  oMtucioso  con 
co9^o  de  «ti  m^fer  engaño  a  vnos  mercadere».  Supongo  que  hoy  parará  en  el  Museo  Británico. 

0BÍQBNB8  DB  LA  MOYBLA.— 11.--/ 


cxxxviii  ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

tra  hasta  en  las  obras  de  temple  más  castizo  y  que  son  sin  duda  emanación  genuina 
del  ingenio  peninsular.  Así,  el  capítulo  del  buldero,  uno  de  los  más  atrevidos  del  La;ta- 
rilh)  de  Tormes^  tiene  su  germen  en  un  cuento  de  Masuccio  Salemitano  (^).  Así,  las 
novelas  románticas  intercaladas  en  el  Ouxmán  de  Alfarache^  la  de  Dorido  y  Clori" 
nia^  la  de  Bonifacio  y  Dorotea^  la  de  Don  Luis  de  Castro  y  Don  Rodrigo  de  Morí" 
talvo^  están  enteramente  en  la  manera  de  los  7wvellieri  italianos^  y  la  última  de  ellas 
procede  también  de  Masuócio  (*).  Así,  la  Diana  de  Jorge  de  Montemayor,  que  en  su 
ioudo  debe  más  al  bucolismo  galaico-portugués  que  á  la  Arcadia  de  Sanuazaro,  se  enga- 
lana con  la  historia  de  los  amores  de  D.  Félix  y  Felismena,  imitada  de  Bandello  ('). 

Novelas  del  mismo  corte  y  origen  se  encuentran  por  incidencia  en  otros  libros,  cuya 
materia  principal  no  es  novelesca,  especialmente  en  los  manuales  de  cortesía  y  buena 
crianza,  imitados  ó  traducidos  del  italiano.  Prescindiendo  por  ahora  del  Cortesano  de 
Boscán,  que  es  pura  traducción,  aunque  admirable,  y  que  tendrá  más  adecuado  lugar 
en  otro  capítulo  de  la  presente  historia,  donde  estudiaremos  los  diálogos  que  pintan 
aspectos  varios  de  la  vida  social,  no  podemos  omitir  la  ingeniosa  refundición  que  del 
Oalateo  de  Messer  Giovanni  Della  Casa  hizo  Lucas  Gracián  Dantisco  en  su  Galateo 
Español  (1599),  libro  de  los  más  populares,  como  lo  acreditan  sus  numerosas  edicio- 
nes (*).  El  autor  nos  ofrece  á  un  tiempo  la  teoría  y  la  práctica  de  las  novelas  y  ctienios^ 
dándonos  curioso  specimen  de  la  conversación  de  su  época. 

(')  Es  el  4.*^  del  Novellino.  Notó  antes  que  nadie  esta  semejanza  Morel-Fatio. 

«Fra  Girolaino  da  Spoleto  con  un  osso  di  corpo  tnorto  fa  credere  al  popólo  Sorrentino  sia  ii  bra- 
]»ccio  di  Santo  Luca:  il  compagno  gli  dá  contra:  lui  prega  Iddio  che  ne  dimostrí  aiiracolo:  il  coni- 
tpagno  finge  cascar  inorto,  ed  esso  oramai  lo  ritorna  in  vita;  e  per  li  doppi  tniracoli  raduna  nssai 
vmoneta,  diventane  prelato,  e  col  compagno  poltroneggia}». 

(II  Novellino  di  Mcuuccio  Salemitano^  ed.  de  Settembrini,  p.  53  y  ss.) 

('}  Esta  imitación  fue  ya  indicada  en  la  History  of  fiction  de  Dunlop  (trad.  alemana  de  Lie- 
brecht,  p.  268).  Es  la  novela  41  de  Masuccio  (p.  425).  Due  cavalieri  Jioreniini  se  innamorano  de  due 
sorellejiorentihet  son  necessitati  ritomarsi  in  Francia.  Una  delle  quelle  con  una  sentenziosa  intramessa 
de  un  falso  diamante  f a  tuUi  doi  r ¿tornare  in  Fiorenza,  e  con  una  strana  maniera  godono  a  la  fine  di 
loro  amores. 

Do  estas  y  otras  imitaciones  trataré  en  sus  lugares  respectivos.  Aquí  basta  indicarlas. 

(')  Véase  el  primer  tomo  de  la  presente  obra,  pág.  OCCOLVIII. 

(^)  Las  ediciones  más  antiguas  del  Qalateo  que  citan  los  bibliógrafos  son:  la  de  Zaragoza,  1593; 
la  de  Barcelona.  1595,  y  la  de  Madrid,  1599;  pero  debo  de  haberlas  algo  anteriores,  puesto  que  la 
dedicatoria  está  firmada  á  10  de  enero  de  1582.  La  más  antigua  de  las  que  he  manejado  es  la 
siguiente: 

— QakUeo  Español,  Agora  de  nuevo  corregido  y  emendado.  Autor  Lucas  Gradan  Dantisco  criado 
de  su  Magestad,  Impressó  en  Valencia^  en  casa  de  Pedro  Patricio  Mey,  1601,  A  costa  de  BaUhasar 
Simón  mercader  de  libros. 

8.^  239  pp.  (por  errata  293). 

Aprobación  del  Dr.  Pedro  Juan  Asensio,  por  comisión  del  patriarca  D.  Juan  de  Ribera  (20  de 
marzo  de  1601). 

cA viendo  visto  en  el  discurso  de  mi  vida,  por  esperiencia  todas  las  reglas  de  este  libro,  me 
pareció  aprovecharme  de  las  más,  que  para  el  tiempo  de  la  juventud  pueden  ser  de  consideración, 
trad nziend olas  del  Galateo  Italiano,  y  añadiendo  al  proposito  otros  Cuentos  y  cosas  que  yo  he  visto 
y  oydo;  los  quales  servirán  de  sainóte  y  halago,  para  pasar  sin  mal  sabor  las  pildoras  de  una  amable 
reprehensión  que  este  libro  haze.  Que  aunque  va  embuelto  en  cuentos  y  donayres,  no  dexara  de 
aprovechar  a  quien  tuviere  necessidad  de  alguno  destos  avisos,  si  ya  no  tuviere  tan  amarga  la  boca, 
y  estragado  el  gusto,  que  nada  le  parezca  bien...]» 


INTRODUCCIÓN  cxxxix 

cAllende  de  las  cosas  dichas,  procure  el  gentil  hombre  que  se  pone  á  contar  algún  I 
cuento  ó  fábula,  que  sea  tal  que  no  tenga  palabras  desonestas,  ni  cosas  suzias,  ni  tan  \ 
puercas  que  puedan  causar  asco  á  quien  le  oye,  pues  se  pueden  dezir  por  rodeos  y  tér-  ' 
minos  limpios  y  honestos,  sin  nombrar  claramente  cosas  semejantes;  especialmente  si 
en  el  auditorio  hubiesse  mugeres,  porque  alli  se  deve  tener  más  tiento,  y  ser  la  marafia 
del  tal  cuento  clara,  y  con  tal  artificio  que  vaya  cevando  el  gusto  hasta  que  con  el 
remate  y  paradero  de  la  novela  queden  satisfechos  sin  duda.  T  tales  pueden  ser  las 
novelas  y  cuentos  que  aUende  del  entretenimiento  y  gusto,  saquen  dellas  buenos  exem- 
plos  y  moralidades;  como  hazian  los  antiguos  fabuladores,  que  tan  artificiosamente 
hablaron  (como  leemos  en  sus  obras),  y  á  su  imitación  deve  procurar  el  que  cuenta  las 
fábulas  7  consejas,  o  otro  cualquier  razonamiento,  de  yr  hablando  sin  repetir  muchas 
vezes  una  misma  palabra  sin  necesidad  (que  es  lo  que  llaman  bordón)  y  mientras  pu- 
diere no  confundir  los  oyentes,  ni  trabajalles  la  memoria,  excusando  toda  oscuridad, 
especialmente  de  muchos  nombres»  (*). 

Gomo  muestra  del  modo  de  contar  que  tenía  por  más  apacible,  trae  la  ingeniosa 
Novela  del  gran  Soldán  con  los  amores  de  la  linda  Axa  y  el  Príncipe  de  Ñapóles. 
Esta  novela  es  seguramente  de  origen  italiano,  y  en  Castilla  había  pasado  ya  al  teatro, 
según  nos  informa  Gracián  Dantisco.  cY  pues  en  todas  los  cosas  deste  tratado  procu- 
>  ramos  traer  comparaciones  y  exemplos  al  proposito,  en  este  que  se  nos  ofrece  pon- 
«dremos  un  cuento  del  cual,  por  aver  parecido  bien  á  unos  discretos  cómicos,  se  hizo 
»  una  hermosa  tragicomedia»  (^). 

Lucas  Gracián  Dantisco,  que  no  es  un  mero  traductor,  sino  que  procura  acomodar 
el  Oalateo  toscano  á  las  costumbres  españolas,  nos  da  suficiente  testimonio  de  que  el 
ejercicio  de  novelar  alternativamente  varias  personas  en  saraos  y  tertulias  era  ya  cosa 

Sonetos  laudatorios  del  Licenciado  Gaspar  de  Morales,  de  Lope  de  Vega  y  de  un  anónimo. 

Todo  el  libro  está  lleno  de  ouentecillos,  unos  traducidos  del  italiano  y  otros  originales  de  Gra- 
cián Dantisco.  • 

— Oalateo  Español.  Agora  nueuamente  impressOy  y  emendado.  Avior  Lucas  Gradan  DanUsco, 
criado  de  su  Magestad.  Y  de  nueuo  va  afíadido  el  destierro  de  la  ignorancia^  que  es  Quatemario  de 
auisos  eonuenienies  a  este  nuestro  Galateo,  Y  la  vida  de  Lazarillo  de  Tormes.  castigado.  Con  licencia. 
En  Valladolid,  Por  Luii  Scmcksz.  Año  de  1603.  A  costa  de  Miguel  Martínez. 

8.**,  6  hs.  prls.  y  295  pp.  dobles. 

Pág.  171.  ^Destierro  de  ignorancia»  Nueuamente  compuesto  y  sacado  a  luz  en  lengua  Italiana  por 
Horacio  Riminaldo  Bolones,  Y  agora  traduzido  de  lengua  Italiana  en  Castellana.  Con  licencia.  En 
VaUadolid.  Por  Luye  Sánchez.  Año  M.DCIII. 

bEb  obra  muy  prouechosa  y  de  gran  curiosidad  y  artificio;  porque  cifrándose  todo  lo  que  en  ella 
se  contiene  debaxo  del  numero  de  quatro,  discurre  con  él  por  todo  el  Abecedario,  conien9ando  pri- 
meramente por  cosas  que  tienen  por  principio  la  letra  A  desta  suerte.  .]> 

Fol.  217.  Lazarillo  de  TormeSj  castigado.  Agora  nueuamente  impresso,  y  emendado. 

Hay  reimpresiones  de  1632,  1637,  1664,  1722,  1728,  1746,  1769  y  otras  varían. 

(«)  Pág.  151  de  ia  ed.  de  Valencia,  1601. 

(«)  PP.  154-179. 

Ksta  novelita  llegó  á  ser  tan  popular,  que  todavía  se  hizo  de  ella  una  edición  de  cordel  á  media- 
dos del  figlo  XVIII. 

Efistoria  del  Gran  Soldán  con  los  amores  de  la  linda  Axa  y  Principe  de  Ñapóles,  Córdoba ,  Juan 
Rodríguez  de  la  Torre,  Sin  afio. 

Modernamente  la  refundió  Trueba  en  uno  de  sus  Cuentos  Populares  que  lleva  por  titulo  El 
Príncipe  Desmemoriado, 


oxL  orígenes  de  la  novela 

corriente  en  su  tiempo.  cDeve  también  el  que  acaba  de  contar  qualqaiera  cuento  o 
» novela  como  ésta,  aunque  sepa  muchas,  y  le  oygan  de  buena  gana,  dar  lugar  á  que 
» cada  qual  diga  la  suya,  j  no  enviciarse  tanto  en  esto  que  le  tengan  por  pesado  o 
^  importuno;  no  combidando  siempre  a  dezillas,  pues  principalmente  sirven  para  hen- 
*chir  con  ellas  el  tiempo  ocioso»  (*). 

Hemos  seguido  paso  á  paso  esta  incipiente  literatura,  sin  desdeñar  lo  más  menudo 
de  ella,  aun  exponiéndonos  al  dictado  de  micrófilOj  para  que  se  comprenda  qué  prodi- 
gio fueron  las  Navelas  Ejemplares  de  Cervantes,  surgiendo  de  improviso  como  sol  de 
!  verdad  y  de  poesía  entre  tanta  confusión  y  tanta  niebla.  La  novela  caballeresca,  la 
-  novela  pastoril,  la  novela  dramática,  la  novela  picaresca,  habían  nacido  perfectas  y 
j  adultas  en  el  Amadís^  en  la  Diafia^  en  la  Celestina^  en  el  Lazarillo  de  Tormes^  sus 
I  primeros  y  nunca  superados  tipos.  Pero  la  novela  corta,  el  género  de  que  simultánea- 
'  mente  fueron  precursores  D.  Juan  Manuel  y  Boccaccio,  no  había  producido  en  nuestra 
literatura  del  siglo  xvi  narración  alguna  que  pueda  entrar  en  competencia  con  la  más 
endeble  de  las  novelas  de  Cervantes:  con  el  embrollo  romántico  de  Las  dos  doncellas. 
6  con  el  empalagoso  ÁTnante  Liberal^  que  no  deja  de  llevar,  sin  embargo,  la  garra  del 
lean,  no  tanto  en  el  apostrofe  retórico  á  las  ruinas  de  la  desdichada  Nicosia  como  en 
la  primorosa  miniatura  de  aquel  imancebo  galán,  atildado,  de  blancas  manos  y  rizos 
^cabellos,  de  voz  meliflua  y  amorosas  palabras,  y  finalmente  todo  hecho  de  ámbar  y  de 
> alfeñique,  guarnecido  de  telas  y  adornado  de  brocados».  ¡Y  qué  abismos  hay  que 
salvar  desde  estas  imperfectas  obras  hasta  el  encanto  de  La  Oitanilla^  poética  idealiza- 
ción de  la  vida  nómada,  ó  la  sentenciosa  agudeza  de  El  Licenciado  Vidriara,  6  el  brío 
picaresco  de  La  Ilustre  Fregona^  6  el  interés  dramático  de  La  Señora  Cornelia  y  de 
La  Fuerza  de  ía  Sangre^  6  la  picante  malicia  de  El  Casamiento  Engafioso^  6  la  pro- 
funda ironía  y  la  sal  lucianesca  del  Coloquio  de  los  Perros^  6  la  plenitud  ardiente 
de  vida  que  redime  y  ennoblece  para  el  arte  las  truhanescas  escenas  de  Rinconete  y 
Cortadillo!  Obras  de  regia  estirpe  son  las  novelas  de  Cervantes,  y  con  razón  dijo  Fede- 
rico Schlegel  que  quien  no  gustase  de  ellas  y  no  las  encontrase  divinas  jamás  podría 
<)ntender  ni  apreciar  debidamente  el  Quijote,  una  autoridad  literaria  más  grande  que 
ía  suya  y  que  ninguna  otra  de  los  tiempos  modernos,  Goethe,  escribiendo  á  Schiller 
en  17  de  diciembre  de  1795,  precisamente  cuando  más  ocupado  andaba  en  la  compo- 
sición de  Wilhelm  Meister^  las  había  ensalzado  como  un  verdadero  tesoro  de  deleite  y 
de  enseñanza,  regocijándose  de  encontrar  practicados  en  el  autor  español  los  mismos 
principios  de  arte  que  á  él  le  guiaban  en  sus  propias  creaciones,  con  ser  éstas  tan  la- 
boriosas y  aquéllas  tan  espontáneas.  ¡Divina  espontaneidad  la  del  genio  que  al  forjarse 
su  propia  estética  adivina  y  columbra  la  estética  del  porvenir!  (^). 

M.  Menéndkz  y  Pela  yo. 

.Santander^  Enero  de  1907, 

(•)  PP.  179-180. 

(' )  La  extensión  que  ha  tomado  el  presente  capitulo  me  obliga  á  diferir  para  el  volamen  si- 
guiente, que  será  el  tercero  de  estos  Orígknes  de  la  novela,  el  estudio  de  las  novelas  de  costum- 
bres y  do  las  novelas  dramáticas  anteriores  á  Cervantes.  En  él  se  encontrarán  también  las  noticias 
críticas  y  bibliográficas  de  algunos  diálogos  satíricos  afines  á  la  novela,  cuyo  texto  va  incluido  en 
el  presente  volumen. 


ORÍGENES  BE  LA  NOVELA 

NOVBLAS    Y    LIBROS     DE    PASATIEMPO     ANTERIORES    Á    CERVANTES 


CÁRCEL  DE  AMOR 


DIEGO    DE    SAN    PEDRO 


EL   SEGUIENTE   TRACTADO   FUÉ   HECHO   A  PEDIMIENTO 

DEL   SEÑOR   DON   DIEGO    HERNANDES: 

AT.CAYDE     DE    LOS    DONZELES     Y    DE     OTROS     CAUALLEROS     CORTESANOS: 

LLÁMASE     «CÁRCEL     DE     AMORD.     CONPÚSOLO     SAN    PEDRO. 


COMIENrA  EL  PROLOGO  A8SI 

Muy  virtuoso  señor: 

Aunqne  me  falta  sofrímicnto  para  callar,  no 
me  f  al  lesee  conoscímiento  para  yer  quanto  me 
estaría  meior  preciarme  de  lo  que  callase  que 
arepcntirmc  de  lo  que  dixiesc;  j  puesto  que  assi 
lo  conozca,  arnque  yeo  la  verdad  sigo  la  opi- 
nión, y  como  hago  lo  peor  nunca  quedo  sin  cas- 
t!,tco,  jHírque  si  con  rudeza  yerro  con  yerguen^a 
pa^o.  Verdad  es  que  en  la  obra  presente  no 
tJUíío  tanto  cargo  pues  me  puse  en  ella  más  por 
necesi'lad  de  obedescer  que  con  voluntad  de  es- 
crt'uir.  Porque  de  vuestra  merced  me  fue  dicho 
que  deuia  hazer  alguna  obra  del  estilo  de  vna 
oración  que  enbié  a  la  señora  doña  Marina  Ma- 
nuel porque  le  parecia  menos  malo  que  el  que 
puse  en  otro  tratado  que  vio  mió.  Assi  que  por 
couplir  su  mandamiento  pense  hacerla,  auien- 
do  por  meior  errar  en  el  dezir,  que  en  el  desobe- 
decer. Y  también  acorde  enderevarla  á  vues- 
tra merced,  porque  la  fauorezca  como  señor  y  la 
emiende  como  discreto.  Como  quiera  que  pri- 
mero que  me  determinase,  estuuc  en  grandes 
dnbJas.  Vista  vuestra  discreción  temia,  mirada 
vuestra  virtud  osana.  En  lo  uno  hallaua  el  mie- 
do, y  en  lo  otro  buscaim  la  seguridad,  y  en  fin 
oscoi,a  lo  más  dañoso  para  mi  verguenvíi,  y  lo 
más  jTovechoso  para  lo  que  deuia. 

ÜRÍOEXES  Di:  LA  MOyBLA.  — 1 


Podré  ser  reprehendido,  si  en  lo  que  agora 
escriño,  tornare  á  dezir  algunas  razones,  de  las 
que  en  otras  cosas  he  dicho.  De  lo  qual  suplico 
á  vuestra  merced  me  salue;  porque  como  he 
hecho  otra  escritura  de  la  calicUid  de  cstA,  no  es 
de  marauillar  que  la  memoria  desfallesca.  Y  si 
tal  se  hallare,  por  cierto  más  culpa  tiene  en  ello 
mi  oluido  que  mi  querer. 

Sin  dubda.  Señor,  considerado  esto  y  otras 
cosas  que  en  lo  que  escriño  se  pueden  hallar,  yo 
estaña  determinado  de  cesar  ya  en  ej  metro  y  en 
la  prosa,  por  librar  mi  rudeza  de  juyzios,  y  mi 
espíritu  de  trabaios.  Y  paresce  quanto  más 
pienso  hazerlo,  que  se  me  ofrecen  mas  cosas 
para  no  poder  conplirlo.  Suplico  á  vuestra  mer- 
ced antes  que  condene  mi  falta,  juzgue  mi  vo- 
luntad, porque  reciba  el  pago  no  scgund  mi  ra- 
zón, mas  segund  mi  deseo. 


C0MIEy(;A  LA  OBRA 


Después  de  hcclia  la  guerra  del  año  pasado, 
viniendo  á  tener  el  inuierno  á  mi  pobre  reposo, 
pasando  vna  mañana,  quando  ya  d  sol  queria 
esclarecer  la  tierra,  por  vnos  valles  hondos  y 
osL'urfJS,  que  se  hazon  en  la  Sierra  M<jrena,  vi 
salir  á  mi  encuentro  por  entre  unos  robredales 
do  mi  camino  se  hazia,  vn  cauallero  assi  feroz 
do  presencia  como  espantoso  de  vista,  cubierto 
todo  de  cabello  á  manera  de  saluaie.  L^uaua  en 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


la  mano  ysqnicrda  vn  escudo  de  azero  mny 
fuerte  j  en  la  derecha  una  ymagen  femenil,  en- 
tallada cu  yna  piedra  muy  clara,  la  qual  era 
de  tan  estrema  hermosura,  que  me  turbaua  la 
TÍ8ta;  sallan  della  diuersos  rayos  de  fuego  que 
leuaua  encendido  el  cuerpo  de  vn  onbre  quel 
cauallero  forciblemcnte  leuaua  tra  si.  El  qual 
con  un  lastimado  gemido  de  rato  en  rato  dezia: 
en  mi  fe  se  sufre  todo. 

Y  como  empareió  comigo,  dixome  con  mor- 
tal angustia:  caminante,  por  Dios  te  pido  que 
me  sigas  y  me  ayudes  en  tan  grand  cuyta.  Yo 
que  en  aquella  sazón  tenia  más  causa  para  te- 
mor que  razón  para  responder;  puestos  los  oios 
en  la  estraña  rision  estoue  quedo,  trastornando 
en  el  corai/on  diuersas  consideraciones.  Dexar 
el  camino  que  leuaua  pareciame  desuario,  no 
hazer  el  mogo  de  aquel  que  assi  padecia  figu- 
rauastme  inumanidaid.  En  siguille  auia  peli- 
gro, y  en  dexalle  flaqueza.  Con  la  turbación 
no  sabia  oscojer  lo  meior.  Pero  ya  que  el  es- 
panto doxü  mi  alteración  en  algund  sosiego,  vi 
quanto  era  más  obligado  á  la  virtud  que  á  la 
vida:  y  empachado  de  mi  mesmo  por  la  dubda 
en  que  cstuue,  seguí  la  via  de  aquel  que  quiso 
ayudarse  de  mi.  Y  oomo  apresuré  mi  andar, 
sin  mucha  tardanza  alcancé  a  él  y  al  que  la 
fuerya  le  hazia,  y  assi  seguimos  todos  tres  por 
vnas  partes  no  menos  trabaiosas  de  andar,  que 
solas  de  plazer  y  de  gente,  y  como  el  ruego  del 
forjado  fué  causa  que  lo  siguiese,  para  acome- 
ter al  que  lo  leuaua  faltábame  aparejo  y  para 
rogalle  mercBcimiento,  de  manera  que  me  falle- 
cía consoio.  Y  después  que  reboluí  el  pensa- 
miento en  muchos  acuerdos,  tomé  por  el  me- 
ior ponerle  en  alguna  plática,  porque  como  él 
me  resi)ondiese,  así  yo  determinase.  Y  con  este 
acuerdo  supliqutUe  con  la  mayor  cortesia  que 
pude,  me  quisiese  dezir  quien  era,  á  lo  qual 
assi  me  respondió:  Caminante,  segund  mi  na- 
tural condición,  ninguna  respuesta  quisiera 
darte  pí»rque  mi  oficio  mas  es  para  secutar 
mal  que  para  responder  bien;  pero  como  siempre 
me  crié  entre  onbres  de  buena  crianza,  vsaré 
contigo  de  la  gentileza  que  aprendí  y  no  de  la 
braueza  de  mi  natural.  Tú  sabrás  pues  lo  quie- 
res saber.  Yo  soy  principal  oficial  en  la  casa 
de  am(»r,  llamanme  por  nonjbre  Deseo.  Con  la 
fortaleza  doste  escudo  defiendo  las  esperancas,  y 
con  la  licrmosura  desta  ymagen  causo  las  aficio- 
nes y  con  ellas  quemo  las  vidas,  como  puedes 
ver  en  este  preso  que  lieuo  á  la  cárcel  de  Amor 
donde  con  solo  morir  se  espera  librar. 

Quando  estas  cosas  el  atormentator  cauallero 
me  yba  dizicndo,  sobiamos  vna  sierra  de  tanta 
altura,  que  á  mas  andar  mi  f uerya  desfallecía :  y 
ya  que  con  mucho  trabaio  llegamos  á  lo  alto 
della,  acabó  su  respuesta.  Y  como  vido  que  en 
más  pláticas  quería  ponelle  yo  que  comenyaua  á  I 


dalle  gracias  por  la  merced  rccebida,  súpitamen- 
te desapareció  de  mi  presencia.  Y  como  esto  pa- 
só a  tienpo  que  la  noche  venia,  ningnnd  tino 
pude  tomar  para  saber  donde  guió:  y  como  la 
escuridad  y  la  poca  sabiduría  de  la  tierra  me 
fuesen  contrarias,  tomé  por  propio  conseio  no 
mudarme  de  aquel  lugar.  Allí  comencé  á  mal- 
dezir  mi  ventura,  allí.desesperaua  de  toda  espe- 
ranya,  allí  csperaua  mi  perdimiento,  allí  en  me- 
dio de  mi  tribulación  nunca  me  pesó  de  lo  hecho; 
porque  es  meior  perder  haziendo  virtud,  que 
ganar  dexandola  de  hazer.  Y  assi  estuue  toda 
la  noche  en  tristes  y  trabaiosas  contemplaciones: 
y  quando  ya  la  lumbre  del  día  descubrió  los 
canpos,  vi  cerca  de  mí,  en  lo  mas  alto  de  la  sier- 
ra, vna  torre  de  altura  tan  grande,  que  me  pa- 
recía llegar  al  cielo;  era  hecha  por  tal  artificio, 
que  de  la  estrañeza  della  comencé  á  maraui- 
llarme.  Y  puesto  al  pie,  avnque  el  tienpo  se  me 
ofrecia  más  para  temer  que  para  notar,  miré  la 
nouedad  de  su  lauor  y  de  su  edificio. 

El  cimiento  sobre  que  estaua  fundada,  ers 
vna  piedra  tan  fuerte  de  su  condición  y  tan  cla- 
ra de  su  natural,  qual  nunca  otra  tal  iamás 
auia  visto:  sobre  la  qual  estañan  firmados  quatro 
pilares  de  vn  marmol  morado  muy  hermoso  de 
mirar.  Eran  en  tanta  manera  altos,  que  me  es- 
pantauacomo  se  podían  sostener.  Estaua  encima 
dellos  la! irada  vna  torre  de  tres  esquinas,  la  más 
fuerte  que  se  puede  contemplar.  Tenia  en  cada 
esquina,  en  lo  alto  della,  vna  ymagen  de  nues- 
tra umana  hechura,  de  metal,  pintada  cada 
vna  de  su  color;  la  vna  de  leonado,  y  la  otra 
de  negro,  y  la  otra  de  pardillo.  Tenia  cada  vna 
dellas  vna  cadena  en  la  mano  asida  con  mucha 
fuerya.  Vi  más  encima  de  la  torre  vn  chapitel 
sobrél  qual  estaua  vn  águila  que  tenia  el  pico 
y  las  alas  llenas  de  claridad  de  vnos  rayos  de 
lumbre  que  por  dentro  de  la  torre  salían  á  ella. 
Oya  dos  velas  que  nunca  vn  solo  punto  dexauan 
de  velar.  Yo  que  de  tales  cosas  iustamente  me 
marauillaua,  ni  sabia  dellas  qué  pensase,  ni  de 
mí  qué  hiziese;  y  estando  conmigo  en  grandes 
dubdas  y  confusión,  vi  trauada  con  los  mármo- 
les dichos  vn  escalera  que  llegaua  á  la  puerta  de 
la  torre,  la  qual  tenia  la  entrada  tan  escura, 
que  parescia  la  sobida  della  á  ningund  onbre 
posible.  Pero  ya  deliberado  quise  antes  perder- 
me por  sobir,  que  sainarme  por  estar,  y  forya- 
da  mi  fortuna,  comencé  la  sobida.  Y  á  tres  pa- 
sos del  escalera  hallé  vna  puerta  de  hierro,  de 
lo  que  me  certificó  más  el  tiento  de  las  manos 
que  la  lumbre  de  la  vista,  segund  las  tinieblas 
do  estaua.  Allegado  pues  á  la  puerta,  hallé  en- 
ella  vn  portero,  al  qual  pedí  licencia  para  la  en- 
trada, y  respondióme  que  lo  hacia,  pero  que  me 
conuenía  dexar  las  armas  primero  qui^  entrase; 
y  como  le  dami  las  que  leuaua,  segund  cos- 
tumbre de  caminantes,  dixome: 


CÁRCEL  DE  AMOR 


Amigo,  bien  paresce  qae  de  la  usanza  desta 
casa  sabes  poco.  Las. armas  que  te  pido,  j  te 
oonuiene  dexar,  son  aqaellas  con  que  el  corat¡on 
se  saele  defender  de  tristeza,  assi  como  Descan- 
so, j  E8peFan9a,  j  Contentamiento,  porque  con 
tales  condiciones  ninguno  pudo  gozar  de  la  de- 
manda que  pides. 

Pues  sabida  su  intención,  sin  detenerme  en 
echar  iujzios  sobre  demanda  tan  nueua,  res- 
pondile  que  yo  venia  sin  aquellas  armas,  y  que 
dello  Ic  daña  seguridad.  Pues  como  dello  fue 
cierto,  abrió  la  puerta:  y  con  mucho  trabajo  y 
desatino  llegué  ya  á  lo  alto  de  la  torre  donde 
hallé  otro  guardador  que  me  hizo  las  pregun- 
tas del  primero,  y  después  que  supo  de  mí  lo 
que  el  otro,  diome  lugar  á  que  entrase.  Y  lle- 
gado al  aposentamiento  de  la  casa,  tí  en  medio 
della  Tua  silla  de  fuego  en  la  qual  estaua  asen- 
tado aquel  cuyo  ruego  de  mi  perdición  fue  cau- 
sa. Pero  como  allí  con  la  turbación  descargaua 
con  los  oíos,  la  lengua  más  entendía  en  mirar 
marauillas  que  en  hazer  preguntas,  y  como  la 
rista  no  estaua  despacio,  tí  que  las  tres  ca- 
denas de  las  ymágines  que  estañan  en  lo  alto 
de  la  torre  tenían  atado  aquel  triste  que  sien- 
pre  se  quema ua  y  nunca  se  acabaña  de  quemar. 
xíoté  naás,  que  dos  duefias  lastimeras  con  ros- 
tros llorosos  y  tristes  le  sernian  y  adomauan, 
Souiendole  con  crueza  en  la  cabeza  rna  corona 
e  mas  puntas  de  hierro  sin  ninguna  piedad, 
que  le  traspasauan  todo  el  celebro.  Y  después 
desto  miré  que  yn  negro  vestido  de  color  amari- 
lla Ycnia  diuersas  vezes  á  echalle  una  visarma,  y 
tí  que  le  reccbía  los  golpes  en  m  escudo  que  su- 

{>itamente  le  salía  de  la  cabera  y  le  cobria  hasta 
06  píes.  Vi  más,  que  quando  le  trnxeron  de  co- 
mer le  pusieron  yna  mesa  neg^^,  c  tres  serni- 
dorcs  mucho  diligentes,  los  qnales  le  daunn  con 
grane  sentimiento  de  comer.  Y  bucltos  los  oíos 
al  TU  lado  de  la  mesa,  vi  vn  rieio  anciano  sen- 
tado en  ma  silla,  echada  la  cabera  sobre  yna 
mano  en  manera  de  onbre  cuidoso,  y  ningu- 
na destas  cosas  pudiera  ver  segund  la  escuri- 
dad  de  la  torre,  sino  fuera  por  vn  claro  resplan- 
dor que  le  salía  al  preso  del  cora^n,  que  la  es- 
clarecía toda.  El  qual  como  me  yió  atónito  de 
rer  cosas  de  tales  misterios,  yiendo  como  esta- 
ua en  tienpo  de  poder  pagarme  con  su  habla  lo 
poco  que  me  deuia,  por  danne  algund  descanso, 
mezclando  las  razones  discretas  con  las  lágri- 
mas piadosas,  comen^  en  esta  manera  á  de- 
zinne: 

EL  PRESO  AL  AUGTOR 

Alguna  parte  del  coraron  quisiera  tener  libre 
de  sentimiento  pordolerme  de  tí,  segimd  yo  de- 
uiera  y  tú  merecías.  Pero  ya  tu  vees  en  mi  tri- 
bulación, que  no  tengo  poder  para  sentir  otro 


mal  sino  el  mió.  Pidote  que  tomes  por  satisfa- 
cion  no  lo  que  hago,  mas  lo  que  deseo.  Tu  ve- 
nida aquí  yo  la  causé.  El  que  viste  traer  preso 
yo  soy,  y  con  la  turbación  que  tienes,  no  as 
podido  conoscerme.  Toma  en  tí  tu  repuso,  so- 
siega tu  iuyzio  porque  estés  atento  á  lo  que  te 
quiero  dezir.  Tu  venida  fué  por  remediarme, 
mi  habla  será  por  darte  consuelo  puesto  que  yo 
del  sepa  poco.  Quien  yo  soy  quiero  dezirte;  de 
los  misterios  que  vees  quiero  informartt.>.  La 
causa  de  mi  prisión  quiero  que  sepas,  que  me 
delibres  quiero  pedirte  si  por  bien  lo  touieres. 
Tú  sabrás  que  yo  soy  Leriano,  hijo  del  duque 
Guersio,  que  Dios  perdone,  y  de  la  duquesa  Co- 
leria.  Mi  naturaleza,  es  este  reyno  do  estás,  lla- 
mado Macedonia.  Ordenó  mi  ventura  que  me 
enamorase  de  Laureola  hija  del  rey  Gaulo  que 
agora  rcyna,  pensamiento  que  yo  deviera  antes 
huyr  que  buscar;  pero  como  los  primeros  moui- 
mientos  no  se  puedan  en  los  onbres  escusar,  en 
lugar  de  desuíallos  con  la  razón,  confírmelos  con 
la  voluntad,  y  assi  de  amor  me  vencí,  que  me  tni- 
xo  á  esta  tu  casa  la  qual  se  llama  Cárcel  de 
Amor.  Y  como  nunca  perdona,  viendo  desple- 
gadas las  velas  de  mi  deseo,  púsome  en  el  estado 
que  vees,  y  porque  puedas  notar  nieior  su  fun- 
damiento  y  todo  lo  que  has  visto,  deues  saber 
que  aquella  piedra  sobre  quien  la  prisión  está 
fundada,  es  mi  Fé  que  detemnuó  de  sofrir  el 
dolor  de  su  pena  por  bien  de  su  mal.  Los  quatro 
pilares  que  asientan  sobre  ella  son  mi  Entendi- 
miento y  mi  Razón,  y  mi  Memoria,  y  mi  Volun- 
tad. Los  quales  mandó  Amor  parescer  en  su 
presencia  antes  que  me  sentenciase;  y  por  hazer 
de  mi  insta  iusticia,  preguntó  por  si  á  cada  vno 
si  consentía  que  me  prendiesen,  porque  si  al- 
guno no  conseutiese  me  absoluería  de  la  pena. 
A  lo  qual  respondieron  todos  en  esta  manera. 
Dixo  el  Entendimiento:  yo  consiento  al  mal  de 
la  pena  por  el  bien  de  la  causa,  de  cuya  razón 
es  mi  voto  que  se  prenda.  Dixo  la  Rayón :  yo 
no  solamente  do  consentimiento  en  la  prisión, 
más  ordeno  que  muera;  que  meior  le  estará  la 
dichosa  muerte  que  la  desesperada  vida,  segund 
por  quien  se  ha  de  sofrir.  Dixo  la  Memoria: 
pues  el  Entendimiento  y  la  Razón  consienten, 
porque  sin  morir  no  pueda  ser  libre,  yo  prumeto 
de  nunca  oluidar.  Dixo  la  Voluntad:  pues  que 
assi  es,  yo  quiero  ser  llaue  de  su  prisión  y  dc- 
teroiino  de  sienprc  querer.  Pues  oyendo  Amor 
que  quien  me  auia  de  sainar  me  condenaua,  dio 
como  insto  esta  sentencia  cruel  contra  mí.  Las 
tres  ymágines  que  viste  encima  de  la  torre  cu- 
biertas cada  vna  de  su  color,  de  leonado  y  negro  y 
pardillo,  la  vna  es  Tristeza,  y  la  otni  Congoxa.  y 
la  otra  Trabaio.  Las  cadenas  que  tenían  en  las 
manos  son  sus  fuereas,  con  las  quales  tiene  atado 
el  coraron  porque  ningund  descanso  pueda  rece- 
bir.  La  claridad  grande  que  tenia  en  el  pico  y 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


alas  el  águila  que  Tiste  sobre  el  chapitel,  es  mi 
Pensamiento,  del  qnal  sale  tan  clara  luz  por 
quien  está  en  él,  que  basta  para  esclarecer  las  ti- 
nieblas (leste  triste  cárcel,  j  es  tanta  su  fuerya 
que  para  llegar  al  águila  ningnnd  impedimento 
le  haze  lo  grueso  del  muro,  assi  que  andan 
él  j  ella  en  y  na  coupañia,  porque  son  las  dos 
cosas  que  más  alto  suben,  de  cuja  causa  está 
mi  prisión  en  la  mayor  alteza  de  la  tierra. 
Las  dos  velas  que  ojes  velar  con  tal  recaudo, 
son  Desdicha  j  Desamor.  Traen  tal  aniso  por- 
que ninguna  esperany-a  me  pueda  entrar  con 
remedio.  El  escalera  obscura  por  do  sobiste  es 
el  Angustia  con  que  sobi  donde  me  vees.  El  pri- 
mero portero  que  hallaste,  es  el  Deseo,  el  qual 
4  todas  tristezas  abre  la  puerta,  y  por  esso  te 
dixo  que  dexascs  las  armas  do  plazer  si  por  caso 
las  trayas.  El  otro  que  acá  en  la  torre  hallaste, 
es  el  Tormento  que  aqui  me  traxo,  el  qual 
sigue  en  el  cargo  que  tiene  la  condición  del  pri- 
mero, porque  esta  de  su  mano.  La  silla  de  fuego 
en  que  asentado  me  vees,  es  mi  insta  Afición 
cuyas  llamas  siempre  arden  en  mis  entrañas. 
Las  dos  dueñas  que  me  dan  como  notas  corona 
de  martyrio,  se  llaman  la  vna  Ansia  y  la  otra 
Passion,  y  satisFayen  á  mi  Fé  con  el  galar- 
dón presente.  El  vicio  que  vees  asentado,  que 
tan  cargado  pensamiento  representa,  es  el  gra- 
ue  Cuy  dado  que  iunto  con  los  otros  males  pone 
amenazas  á  la  vida.  El  negro  de  vestiduras 
amarillas  que  se  trabaia  por  quitarme  la  vida, 
se  llama  Desesperar;  el  escudo  que  me  sale  de 
la  cabey^k  con  que  de  sus  golpes  me  defiendo,  es 
mi  luyzio,  el  qual  viendo  que  vo  con  desespe- 
ración á  matarme,  dizeme  que  no  lo  haga,  por- 
que visto  lo  que  merece  Laureola  antes  deuo 
desear  larga  vida  por  padecer,  que  la  nmerte 
para  acabar.  La  mesa  negra  que  para  comer  me 
ponen,  es  la  Firmeza  con  que  como,  y  pienso  y 
duermo,  en  la  qual  sienpre  están  los  nianiares 
tristes  de  mis  contenplaciones.  Los  tres  solíci- 
tos seruidoresque  me  seruian,  son  llamados  Mal 
y  Pena  y  Dolor.  El  vuo  trae  la  cuyta  con  que 
coma  y  el  otro  trae  la  desesperanza  en  que  viene 
el  maniar,  y  el  otro  trae  la  tribulación  y  con  ella, 
para  que  beua,  trae  el  agua  del  coraron  á  los 
oíos,  y  de  los  oios  á  la  boca. 

Si  te  parece  que  soy  bien  seniido  tú  lo  iuzga; 
6Í  remedio  he  menester  tú  lo  vees ;  ruégete  mu- 
cho, pues  en  esta  tierra  eres  venido,  que  tú  me  lo 
busques  y  te  duelas  de  mi.  No  te  pido  otro  bien 
siuj  que  sepa  de  tí  Laureola,  quál  me  viste,  y 
si  por  ventura  te  quisieres  del  lo  eseusar  por- 
que me  veos  en  tienpo  que  me  falta  sentido  para 
que  te  lo  aj^radezca,  no  to  escuses,  que  mayor 
virtud  es  reden lir  los  atribulados  (juo  sostener 
los  prósperos.  Assi  sean  tus  obras  que  ni  tú  te 
quexes  de  ti  por  lo  que  no  lieziste,  ni  yo  por  lo 
que  pudieras  hazer. 


RESPUESTA  DEL  AUCTOB  i  LERIAKO 

En  tus  palabras,  señor,  as  mostrado  que 
pudo  Amor  prender  tu  libertad  y  no  tu  Tirtud, 
lo  qual  se  prueua  porque  segund  te  veo  denes 
tener  mas  gana  de  morir  que  de  hablar,  y  por 
proueer  en  mi  fatiga  forjaste  tu  voluntad,  iuz- 
gando  por  los  trabaios  pasados  y  por  la  cuyta 

Í)resente  que  yo  temía  de  bcnir  poca  esperanza, 
o  que  sin  duda  era  assi,  pero  causaste  mi  perdi- 
ción como  deseoso  de  remedio  y  remediastela 
como  perfeto  de  iuyzio.  Por  cierto  no  he  ávido 
menos  plazer  de  oyrtc  que  dolor  de  verte,  por- 
que en  tn  persona  se  muestra  tu  pena  y  en  tus 
rayones  se  conosce  tu  bondad;  siempre  en  la 
peior  fortuna  socorren  los  virtuosos  como  tú 
agora  á  mi  heziste,  que  vistas  las  cosas  desta  tu 
cárcel  yo  dnbdaua  de  mi  saluacion  creyendo  ser 
hechas  mas  por  arte  diabólica  que  por  condi- 
ción enamorada.  La  cuenta,  señor,  que  me  as 
dado  te  tengo  en  merced;  de  saber  quien  eres 
soy  muy  alegre;  el  trábalo  por  tí  recebido  he 
por  bien  enpleado.  La  moralidad  de  todas  es- 
tas figuras  me  ha  plazido  saber  puesto  que  di- 
uersas  vezes  las  vi;  mas  como  no  las  pueida  ver 
sino  corayon  catino,  quando  le  tenía  tal  conos- 
cialas,  y  agora  que  estaña  libre  dubdaualas. 
Mandasme,  señor,  que  haga  saber  á  Laureola 
quál  te  vi,  para  lo  qual  hallo  grandes  inconue- 
nientes  porque  un  onbrc  de  nación  estraña 
¿qué  forma  se  podrá  dar  para  negociación  se- 
meiante?  Y  no  solamente  ay  esta  duda  pero 
otras  muchas.  La  rudeya  de  mi  engenio,  la  di- 
ferencia de  la  lengua,  la  grandeza  de  Laureola, 
la  graueza  del  negocio,  assi  que  en  otra  cosa  no 
hallo  apareio  sino  en  sola  mi  voluntad  la  qual 
vence  todos  los  inconueniontes  dichos,  que  para 
tu  seruicio  la  tengo  tan  ofrecida  como  si  ouiese 
seydo  tuyo  después  que  nascí.  Yo  haré'  de  gra- 
do lo  que  mandas.  Plega  á  Dios  que  lieues 
tal  la  dicha  como  el  deseo,  porque  tu  delibera- 
ción sea  testigo  de  mi  diligencia.  Tanta  afición 
te  tengo  y  tanto  me  ha  obligado  á  amarte  tu 
nobleza,  que  avría  tu  remedio  por  galardón 
de  mis  trabaios.  Entre  tanto  que  vo,  deues 
tenplar  tu  sentimiento  con  mi  csperanya  por- 
que quando  bueluo,  si  algund  bien  te  truxere, 
tengas  alguna  bina  con  que  puedas  sentillo. 

EL  AÜCTOR 

E  como  acabé  de  rosptuider  á  Tioriano  en  la 
manera  que  es  escrita,  infórmeme  del  camino 
de  Suria,  ciUlad  donde  estaña  á  la  sazón  el  ley 
do  Macodonia,  que  era  media  iornada  de  la  pri- 
sión donde  partí,  y  puesto  en  obra  mi  cíimino, 
llegué  á  la  corte  y  desjiuos  quo  ine  aposenté 
fiiy  á  palacio  por  ver  ol  trato  y  rstilo  de  la  gente 
cortesana,  y  tanbien  paní  mirar  la  forma  del 


CÁRCEL  DE  AMOR 


Aposontamiento  por  saber  donde  me  conplift  yr 
6  estar  6  aguardar  para  el  negocio  que  quería 
aprender.  Y  hize  esto  ciertos  días  por  aprender 
meior  lo  que  nías  me  conuíniese,  y  quanto  más 
estudiaua  en  la  forma  que  ternía,  menos  dispu- 
sícíon  se  me  ofrecía  para  lo  que  dcseaua;  y 
bascadas  todas  las  maneras  que  me  auian  de 
aprouechar,  hallé  la  mas  aparejada  comunicar- 
me con  algunos  mancebos  cortesanos  de  los 
principales  que  allí  veya,  y  como  generalmente 
entre  aquellos  se  suele  hallar  la  buena  crian9a, 
asBÍ  me  trataron  y  dieron  cabida  que  en  poco 
tienpo  yo  fui  tan  estimado  entrellos  como  si 
fuera  de  su  natural  nación,  de  forma  que  vine 
á  noticia  de  las  damas;  y  assi,  de  poco  en  poco, 
oae  de  ser  cono9Ído  de  Laureola  y  auiendo  ya 
noticia  de  mí,  por  más  participarme  con  ella, 
contaoale  las  cosas  marauillosas  de  Spaña,  cosa 
de  que  mucho  holgaua,  pues  riéndome  tratado 
della  como  semidor,  parecióme  que  le  podría  ya 
dezir  lo  que  quisiese;  y  yn  día  que  la  vi  en  vna 
sala  apartada  de  las  damas,  puesta  la  rodilla  en 
el  snelo,  dixelc  lo  siguiente: 

EL  AÜCTOR  Á  LAUREOLA 

Xo  les  está  menos  bien  el  perdón  á  los  po- 
derosos quando  son  deseruidos,  que  á  los  pe- 
queños la  venganza  quando  son  iniuríados;  por- 
que los  ynos  se  emiendan  por  onrra  y  los  otros 
perdonan  por  yirtud,  lo  qual  si  á  los  grandes 
ombres  es  deuido,  mas  y  muy  mas  á  las  genero- 
sas mugeres  que  tienen  el  cora9on  real  de  su  na- 
cimiento y  la  piedad  natural  de  su  condición. 
Digo  esto,  sefiora,  porque  para  lo  que  te  quie- 
ro dezir  halle  osadia  en  tu  grandeza,  porque  no 
la  puedes  tener  sin  munifícen:ia.  Verdad  es  que 
primero  que  me  determinase  es  tone  dubdoso, 
pero  en  el  fin  de  mis  dubdas  toue  por  meior,  si  in- 
umanamente  me  quisieses  tratar,  padecer  pena 
por  dezir,  que  sofrilla  por  callar.  Tú,  señora, 
sabrás  que  caminando  yn  día  por  unas  aspere- 
zas desiertas  y  i  que  por  mandado  del  Amor  le- 
nauan  preso  á  Leriano,  hijo  del  duque  Guersio, 
el  qual  me  rogó  que  en  su  cuyta  le  ayud«ase,  de 
cuya  razón  dexé  el  camino  de  mi  reposo  por  to- 
mar el  de  su  trabaio;  y  después  que  largamente 
con  el  caminé  yile  meter  en  rna  prisión  dulce 
para  su  yolnntad  y  amarga  para  su  yida,  donde 
todos  los  males  del  mundo  sostiene,  dolor  le  ator- 
menta, pasión  le  persigue,  desesperanya  le  des- 
truye, muerte  le  amenaza,  pena  le  secuta,  pen- 
samiento lo  desuela,  deseo  le  atribula,  tristeza 
le  condena,  fé  no  le  salua,  supe  del  que  de  todo 
esto  tú  eres  causa,  iuzgué,  segiind  le  vi,  mayor 
dolor  el  que  en  el  sentimiento  callaua  que  el  que 
con  lagrimas  descobría,y,yista  tu  presencia,  ha- 
llo su  tormento  insto.  Con  sospiros  que  le  sacauan 
las  entrañas  me  rogó  te  liiziese  sabidora  de  su 


mal.  Su  ruego  fue  de  lastima  y  mi  obediencia  de 
compasión.  En  el  sentimiento  suyo  te  iuzgué 
cruel,  y  en  tu  acatamiento  te  yco  piadosa,  lo 
qual  ya  por  razón  que  de  tu  hermosura  se  cree 
lo  vno  y  de  tu  condición  se  espera  lo  otro.  Si 
la  pena  que  le  causas  con  el  merecer,  le  reme- 
dias con  la  piedad,  serás  entre  las  mugeres  na- 
cidas la  más  alabada  de  quantas  nacieron.  Con- 
tenpla  y  mira  quanto  es  meior  que  te  alaben 
porque  rcdcniiste,  que  no  que  te  culpen  por- 
que mataste;  mira  en  qué  cargo  eres  á  Leriano, 
que  ayn  supassion  te  haze  seniicio,  pues  si  la  re- 
medias, te  da  causa  que  puedas  hazcr  lo  mismo 
que  Dios,  porque  no  es  de  menos  estima  el  rede- 
mir  quel  criar:  assí  que  harás  tú  tanto  en  quitalle 
la  muerte,  como  Dios  en  darle  la  yida.  No  sé 
que  escusa  pongas  para  no  remediallo.  Si  no 
crees  que  matar  es  yirtud,  no  te  suplica  que  le 
hagas  otro  bien  sino  que  te  pese  de  su  mal,  que 
cosa  grane  para  tí  no  creas  que  te  la  pidirya; 
que  por  meior  ayrá  el  penar  que  serte  á  tí  cau- 
sa de  pena.  Si  por  lo  dicho  mi  atreuimiento  me 
condena,  su  dolor  del  que  me  enbía  me  asuel- 
ue,  el  qual  es  tan  grande  que  ningund  mal  me 
podrá  venir  que  yguale  con  el  que  me  causa.  Su- 
plicóte sea  tu  respuesta  conforme  á  la  yirtud 
que  tienes  y  no  /.  la  saña  que  muestras,  porque 
tú  seas  alabada,  y  yo  buen  mensaiero,  y  el  ca- 
tino Leriano  libre. 

RESPUESTA  DE  LAUREOLA 

Así  como  fueron  tus  razones  temerosas  de  de- 
zir, assi  son  granes  de  perdonar.  Si  como  eres 
de  Spaña  fueras  de  Macedonia,  tu  razonamien- 
to y  tu  yida  acabaran  á  yn  tiempo,  assi  que  por 
ser  estraño  no  recebiras  la  pena  que  merecías, 
y  no  menos  por  la  piedad  que  de  mi  iiizgaste, 
como  quiera  que  en  casos  semeiantes  tan  de- 
yida  es  la  iusticia  como  la  clemencia,  la  qual 
en  tí  secutada  pudiera  causar  dos  bienes:  el 
y  no,  que  otros  escarmentaran,  y  el  o<ro  que  las 
altas  mugeres  fueran  estimadas  y  tenidas  se- 
gund  merecen.  Pero  si  tu  osadía  pide  el  castigo, 
mi  mansedumbre  consiente  que  te  perdone,  lo 
qual  ya  fuera  de  todo  derecho,  porque  no  sola- 
mente por  el  atreuimiento  deuias  morir,  más  por 
la  ofensa  que  á  mi  bondad  hezistc,  en  la.  qual 
posiste  dubda;  porque  si  á  noticia  de  algunos 
lo  que  me  desiste  yeniese,  más  creería  que  fué 
por  el  apareio  que  en  mi  hallaste  que  por  la 
pena  que  en  Leriano  yiste,  lo  que  con  razón 
assí  deue  pensarse,  yiendo  ser  tan  insto  que  mi 
grandeza  te  posiese  miedo,  como  su  mal  osadia. 
Si  mas  entiendes  en  procurar  su  libertad,  bus- 
cando remedio  para  él  hallarás  peligro  para  tí; 
y  auysote,  avnque  seas  estraño  en  la  nación,  que 
serás  natural  en  la  sepoltura.  Y  porque  dete- 
nerme en  plática  tan  fea  ofendo  mi  lengua,  no 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


digo  más,  que  para  que  sepas  lo  que  te  cumple, 
lo  dicho  basta.  Y  si  alguna  esperaiu/a  te  queda 
porque  te  hable,  en  tal  caso  sea  de  poco  beuir 
si  más  de  la  embaxada  pensares  vsar. 

EL  AUCTOB 

Q liando  acabó  Laureola  su  habla,  tí,  aruque 
fue  corta  en  razón,  que  fue  larga  en  enoio,  el 
qual  le  enpedia  la  lengua;  y  despedido  della  co- 
mencé á  pensar  diuersas  cosas  que  grauemente 
me  atormentauan.  Pensaua  quan  alongado  es- 
taña de  Spaña,  acordauaseme  de  la  tardanca  que 
hazia,  traja  á  la  memoria  el  dolor  de  Leriano, 
desconfíaua  de  su  salud,  y  visto  que  no  podía 
cunplir  lo  que  me  dispuse  á  hazer  sin  mi  peli- 
gro ó  su  lil>ertad,  determiné  de  seguir  mi  pro- 
pósito hasta  acabar  la  '\nda  ó  Icuar  á  Leriano 
esperanza.  Y  con  este  acuerdo  uolui  otro  día  á 
palacio  para  ver  qué  rostro  hallaria  en  Lau- 
reola, la  cual  como  me  vido,  tratóme  de  la  pri- 
mera manera  sin  que  ninguna  mudan^'a  hizie- 
se:  de  cuja  seguridad  tomé  grand«s  sospechas. 
Pensaua  si  lo  hazía  por  no  esquinarme,  no 
auiendo  por  mal  que  tornase  á  la  razón  comen- 
yüda.  Creía  que  disimulaua  por  tornar  al  pro- 
pósito para  tomar  emienda  de  mi  atreuimiento, 
de  manera  que  no  sabia  á  qual  de  mis  pensa- 
mientos diese  fé.  En  fin,  pasado  aquel  dia  j 
otros  muchos,  hallaua  en  sus  aparencias  más 
causa  para  osar  que  razón  para  temer,  j  con 
este  crédito,  aguardé  tiempo  conuenible  j  hízele 
otra  habla  mostrando  miedo,  puesto  que  lo  tu- 
uiese,  porque  en  tal  negociación  j  con  semeiau- 
tes  personas  conuiene  fengir  turbación:  porque 
en  tales  partes  el  desenpacho  es  anido  por 
desacatamieTito,  j  parece  que  no  se  estima  ni 
acata  la  grandeva  j  autoridad  de  quien  oje  con 
la  desvergüenza  de  quien  dize;  j  por  sainarme 
deste  jerro  hablé  con  ella  no  segund  desenpa- 
chado,  mas  segund  temeroso. 

Finalmente,  jo  le  dixe  todo  lo  que  me  pare- 
ció que  con  nenia  para  remedio  de  Leriano.  Su 
respuesta  fue  de  la  forma  de  la  primera  saluo 
que  ouo  en  ella  menos  saña,  j  como  avnque 
en  sus  palabras  avía  menos  esquiuidad  para 
que  deuies'e  callar,  en  sus  muestras  hallaua  li- 
cencia para  que  osase  dezir.  Todas  las  vezes  que 
tenía  lugar  le  suplicaoa  se  doliese  de  Leriano,  j 
todas  Ifts  vezes  que  gelo  dezia,  que  fueron  di- 
nersas,  hallaua  áspero  lo  que  respondía  j  sin 
aspereza  lo  que  mostraua;  j  como  traja  aviso 
en  todo  lo  que  se  esperaua  prouecho,  míraua  en 
ella  algunas  cosas  en  que  se  conosce  el  coraron 
enamorado.  Qnando  estaua  sola  véjala  pcnsa- 
tiua,  qnando  estaua  acompañada  no  muj  ale- 
gre; érale  la  compañía  aborrecible  j  la  soledad 
agradable.  Más  vezes  se  quexaua  que  estaña 
mal  por  hajr  los  plazeres.  Quando  era  vista  fen-  I 


gia  algún  dolor,  quando  la  dexauan  daoa  gran- 
des Suspiros.  Si  Leriano  se  nombrana  en  su  pre- 
sencia, desatinana  de  lo  que  dezía,  boluiase  sú- 
pito colorada  j  después  amarilla,  tornauase  ron- 
ca su  boz,  secanasele  la  boca;  por  macho  que 
encobría  sus  mudanzas  foryanala  la  pasión  pia- 
dosa á  la  disimulación  discreta.  Digo  piadosa 
porque  sin  dubda  segund  lo  que  después  mostró 
ella,  rc^cebia  estas  alteraciones  más  de  piedad 
que  de  amor,  pero  como  jo  pensaua  otra  cosa 
viendo  en  ella  tales  señales,  tenia  en  mí  despa- 
cho algnna  esperanza;  j  con  tal  pensamiento 
partinie  para  Leriano  j  después  que  estensa- 
mente  todo  lo  pasado  le  reconté,  dixele  que  se 
esforzase  á  escreuir  á  Laureola,  proferiéudomeá 
dalle  la  carta,  j  puesto  que  él  estaua  más  para 
hazer  memorial  de  su  hacienda  que  carta  de 
su  pasión,  escriuio  las  razones  de  la  qual  eran 
tales. 

CABTA  DE  LERIANO  Á  LAUREOLA 

Si  ton  ¡era  tal  razón  para  escrenirtc  como 
para  quererte,  sin  miedo  lo  osara  hazer.  mas  en 
saber  que  escriño  para  tí,  se  tnrba  el  seso  j  se 
pierde  el  sentido,  j  desta  cansa  antes  que  lo 
comenzase  toue  conmigo  grand  confusión.  Mi 
fé  dezia  que  osase,  tu  grandeza  que  temiese. 
En  lo  7no  hallaua  esperanza  j  por  lo  otro  des- 
esperaua,  j  en  el  cabo  acordé  esto;  mas  gnaj 
de  mí  que  comencé  temprano  á  dolerme  j  tarde 
á  quexarme,  porque  á  tal  tiempo  soj  venido 
que  si  alguna  merced  te  mercsciese  no  aj  en 
mí  cosa  biua  para  sentilla  sino  sola  mi  fé.  £1  co- 
raeon  está  sin  fuerza,  j  el  alma  sin  poder,  j  el 
iujcio  sin  memoria.  Pero  si  tanta  merced  qui- 
siesses  hazerme  que  á  estas  razones  te  plu- 
guiese responder,  la  fé  con  tal  bien  podría  bas- 
tar para  nstituir  las  otras  partes  que  destniiste. 
Yo  me  culpo  porque  te  pido  galardón  sin  averte 
hecho  seniicio,  aviiquc  si  recibes  en  cuenta  de 
servir  el  penar,  por  mucho  que  me  pagues  sien- 
pre  pensaré  que  me  quedas  en  deuda. 

Podras  dezir  que  cómo  pense  escreuirte;  no 
te  marauilles  que  tu  hermosura  causó  el  afición, 
j  el  afición  el  deseo,  j  el  deseo  la  pena,  j  la 
pena  el  atreuimiento;  j  si  porque  lo  hize  te 
pareciere  que  merezco  muerte,  mándamela  dar, 
que  muj  meior  es  morir  por  tu  causa  que  beuir 
sin  tu  esperanza.  Y  hablandote  verdad,  la 
muerte  sin  que  tú  me  la  dieses  jo  mismo  me 
la  daria,  por  hallar  en  ella  la  libertad  que  en  la 
vida  busco,  si  tú  no  ouieses  de  quedar  infama- 
da por  matadora,  pues  mal  auen turado  fuese  el 
remedio  que  á  mí  librase  de  pena  j  á  ti  te  can- 
sase culpa.  Por  quitar  tales  inconucnientes  te 
suplico  que  hagas  tu  carta  galnnlon  de  mis 
males,  que  avnque  no  me  mate  por  lo  que  á  ti 
toca,  no  podré  beuir  por  lo  que  jo  sufro,  j  to- 


CÁRCEL  DE  AMOR 


daría  qaedarás  condenada.  Si  algund  bien  qui- 
sieres hazcrmc  no  lo  tardes,  sino  podra  ser  que 
tengas  tienpo  de  arrepcntirte  y  no  lugar  de 
remediarme. 

EL  AÜCTOR 

Annqne  Leriano  scgnnd  su  grane  senti- 
miento se  quisiera  más  estender,  vsando  de  la 
discreción  j  no  de  la  pena  no  escriuio  más  lar- 
gamente; porqae  para  hazcr  saber  á  Laureola 
sa  uial  bastaua  lo  dicho,  que  quando  las  cartas 
dcuen  alargarse  es  quando  se  cree  que  ay  tal 
Toinntad  para  leellas  quien  las  recibe  como  para 
(>scriuillas  quien  las  enbia;  y  porquél  estnua 
libre  de  tal  presunción,  no  se  estciidio  más  en 
su  carta.  La  qual  después  de  acabada  recebi  con 
tantA  tristeza  de  uer  las  lágrimas  con  que  Le- 
riano me  la  dana,  que  pude  sen  tilla  meior  que 
oontalla;  y  despedido  del  partime  para  Laureo- 
la, y  como  llegué  donde  estaua,  hallé  propio 
tienpo  para  poderle  hablar,  y  antes  que  le  diese 
la  carta  díxele  tales  razones. 

EL  AUGTOR  Á  LAUREOLA 

Primero  que  nada  te  diga,  te  suplico  que 
recibas  la  pena  de  aquel  catino  tuyo  por  des- 
cargo de  la  inportunidad  mia,  que  donde  quiera 
que  me  hallé  siempre  tone  por  costunbre  de 
semir  antes  que  inportunar.  Por  cierto,  seño- 
ra, Leriano  siente  más  el  enoio  que  tú  recibes 
qae  la  pasión  que  el  padece,  y  este  tiene  por  el 
maior  mal  que  ay  en  su  mal.  De  lo  qual  que- 
ría escusarse,  pero  sí  su  voluntad  por  no  cno- 
iarte  desea  sufrir,  su  alma  por  no  padecer  quer- 
ría quezar.  Lo  yno  le  dize  que  calle  y  lo  otro 
le  haze  dar  bozes;  y  confiando  en  tu  virtud, 
apremiado  del  dolor,  quiere  poner  sus  males  en 
tu  presencia,  creyendo,  avnqne  por  vna  parte 
te  sea  pesado,  que  por  otra  te  causará  conpa- 
sion.  Mira  por  quantas  cosas  te  merece  galar- 
dón. Por  olaidar  su  cuyta  pide  la  muerte  porque 
no  se  diga  que  tú  la  consentiste.  Desea  la  vida 
porqae  tú  la  hazes;  llama  bienauenturada  su 
pena  por  no  sentirla;  desea  perder  el  iuyzio  por 
alabar  tu  hermosura;  quería  tener  los  ágenos 
y  el  suyo.  Mira  quanto  le  eres  obligada  que  se 
precia  de  quien  le  destruye,  tiene  su  memoria 
por  todo  su  bien  y  csle  ocasión  de  todo  su 
mal.  Si  por  ventura  siendo  yo  tan  desdichado 
pierde  por  mi  intercesión  lo  qnél  merece  por  fé, 
saplicote  recibas  vna  carta  suya,  y  si  leella  qui- 
sieres, á  él  harás  merced  por  lo  que  ha  sufrido, 
y  á  ti  te  culparás  por  lo  que  le  as  causado,  viendo 
claramente  el  mal  que  le  queda  en  las  palabras 
que  enbia,  las  quales  avnque  la  l)Oca  las  dezia, 
el  dolor  las  onlenaua.  Assf  te  dé  Dios  tanta 
parte  del  cielo  como  mereces  de  la  tierra,  que 


la  recibas  y  le  respondas  y  con  sola  esta  merced 
le  podras  redemir.  Con  ella  esfort^^arás  su  fla- 
queza, con  ella  afloxarás  su  tormento,  con  ella 
fauoreccras  su  firmeza;  pornaslc  en  estado  que 
ni  quiera  mas  bien  ni  tema  mas  mal.  Y  si  esto 
no  quisieres  hazer  por  quien  deues,  que  es  él, 
ni  por  quien  lo  suplica,  que  so  yo,  en  tu  vir- 
tud tengo  esperanza,  que  segund  la  vsas  no 
sabrás  hazer  otra  cosa. 

RESPUESTA  DE  LAUREOLA  AL  AUCTOR 

En  tanto  estrecho  me  ponen  tus  porfías  que 
muchas  vezes  he  dubdado  sobre  qual  haré  antes; 
desterrar  á  ti  de  la  tierra  6  á  mí  de  mi  fama  en 
darte  lugar  que  digas  lo  que  quisieres,  y  tengo 
acordado  de  no  hazer  lo  vno  de  compasión  tuya, 
porque  si  tu  embaxada  es  mala,  tu  intención  es 
buena,  pues  la  traes  por  remedio  del  querelloso. 
Xi  tanpoco  quiero  lo  otro  de  lástima  mía,  por- 
que no  podría  él  ser  libre  de  pena  sin  que  yo 
fuese  condenada  de  culpa.  Si  pudiese  remediar 
su  mal  sin  amanzillar  mi  onrra,  no  con  menos 
afición  que  tú  lo  pides  yo  lo  haría,  mas  ya  tú 
conosces  quanto  las  mugcres  denen  ser  más  obli- 
gadas á  su  fama  que  á  su  vida,  la  qual  denen 
estimar  en  lo  menos  por  razón  de  lo  más  que 
es  la  bondad.  Pues  si  el  beuir  de  Leriano  ha 
de  ser  con  la  muerte  desta,  tú  iuzga  á  quien 
con  mas  razón  deuo  ser  piadosa,  á  mí  ó  á  su 
mal.  Y  que  esto  todas  las  mugeres  deucn  assi 
tener,  en  nmy  más  manera  las  de  real  naci- 
miento, en  las  quales  assi  ponen  los  oios  todas 
las  gentes,  que  antes  se  vec  en  ella  la  pequeña 
manzilla  que  en  las  baias  la  grand  fealdad. 
Pues  en  tus  palabras  con  la  razón  te  conformas, 
¿cómo  cosa  tan  iniusta  demandas?;  mucho  tie- 
nes que  agradecerme  porque  tanto  comunico 
contigo  mis  pensamientos,  lo  qual  hago  porque 
si  me  enoia  tu  demanda  me  aplaze  tu  condición, 
y  he  plazer  de  mostrarte  mi  cscusacion  con 
instas  causas  por  sainarme  de  cargo. 

La  carta  que  dizes  que  reciba  fuera  bien  es- 
cusada,  porque  no  tienen  menos  fuerza  mis 
defensas  que  confianya  sus  porfías.  Porque  tú 
la  traes  plazeme  de  tomarla.  La  respuesta  no  la 
esperes,  ni  trabagcs  en  pedirla,  ni  menos  en  mas 
hablar  en  esto,  porque  no  te  quexes  de  mi  safía 
como  te  alabas  de  mi  sofrimiento.  Por  dos  cosas 
me  culpo  de  auerme  tanto  detenido  contigo. 
La  vna  porque  la  calidad  de  la  plática  me  deza 
muy  enoiada,  y  la  otra  porque  podras  pensar 
que  huelgo  de  hablar  en  ella  y  creerás  que  de 
Leriano  me  acuerdo.  De  lo  qual  no  me  mara- 
uillo,  que,  como  las  palabras  sean  ymagen  del 
coraron,  yrás  contento  por  lo  que  iuzgaslo  y  le- 
ñarás buen  esperanza  de  lo  que  deseas;  pues 
por  no  ser  condenada  de  tu  pensamiento  si  tal 
le  touiercs,  te  tomo  á  requerir  que  sea  esta  la 


8 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


postrimera  tcz  que  en  este  caso  me  hables;  si 
no,  podra  ser  qae  te  arrepientas  y  que  buscando 
salud  agena  te  falte  remedio  para  la  tuja. 

BL  AUCTOR 

Tanta  confusión  me  ponían  las  cosas  de  Lau- 
reola que  quando  pensaua  que  más  la  enten- 
día, menos  sabía  de  su  voluntad.  Quando  tenía 
más  esperanza  me  daua  mayor  desuío,  quando 
estaña  seguro  me  ponia  maiores  miedos,  sus 
desatinos  cegauan  mi  conocimiento.  En  el  rece- 
bir  la  carta  me  satisfizo,  en  el  fin  de  su  habla 
me  desesperó.  No  sabía  qué  camino  siguiese  en 
que  esperanza  hallase,  y  como  onbre  sin  con- 
seio  partime  para  Leriano  con  acuerdo  de  darle 
algund  consuelo  entre  tanto  que  bnscaua  el  me- 
ior  medio  que  para  su  mal  conuenia,  y  llegado 
donde  estaña  comencé  á  dezirle. 

EL  ÁÜOTOB  Á  LERIANO 

Por  el  despacho  que  traygo  se  conoce  que 
donde  falta  la  dicha  no  aprouecha  la  diligencia. 
Encomendaste}  tu  remedio  á  mi  que  tan  contra- 
ria me  ha  sido  la  rentura  que  en  mis  propias 
cosas  la  desprecio  porque  no  me  puede  ser  en 
lo  porvenir  tan  fauorable  que  me  satisfaga  lo 
que  en  lo  pasado  me  ha  sido  enemiga,  puesto 
que  en  este  caso  buena  escnsa  touiera  para  ayu- 
darte, porque  si  yo  era  el  mcnsaíero,  tuyo  era 
el  negocio. 

Las  cosas  que  con  Laureola  he  pasado  ni 
pude  entenderlas  ni  sabré  dezirlas,  porque  son 
de  condición  nueua.  Mili  vezes  pensé  venir  á 
darte  remedio  y  otras  tantas  á  darte  la  sepol- 
tura.  Todas  las  señales  de  voluntad  vencida  vi 
en  sus  Hparencias,  todos  los  desabrimientos  de 
muger  sin  amor  vi  en  sus  palabras;  iuzgandola 
me  alegraua,  oyéndola  me  entristecia;  á  las  ve- 
zes creya  que  lo  hazia  de  sabida  y  á  las  vezes  de 
desamorada.  Pero  con  todo  viéndola  mouible 
creya  su  desamor,  porque  quando  amor  prende 
haze  el  coraron  constante  y  quando  lo  dexa  libre 
mudable.  Por  otra  parte  pensaua  si  lo  hazia  de 
medrosa  segund  el  brauo  cora9on  de  su  padre. 
Qué  dirás,  ¿que  recibió  tu  carta  y  recebida  me 
afrentó  con  amenazas  de  muerte  si  mas  en  tu 
caso  le  hablaua?  Mira  qué  cosa  tan  grane  parece 
en  vn  punto  tales  dos  diferencias.  Si  por  estenso 
todo  lo  pasado  te  oviese  de  contar,  antes  fallece- 
ría tiempo  para  dezir  que  cosas  para  que  te  di- 
xiese.  Suplicóte  que  esfuerce  tu  seso  lo  que  en- 
flaquece tu  pasión,  que  segund  estás  mas  as  me- 
nester sepoltura  que  consuelo.  Si  algund  espacio 
no  te  das,  tus  huesos  querrás  dexar  en  memoria 
de  tu  fé,  lo  qual  no  deucs  hnzer,  que  para  satis- 
facion  de  tí  mismo  más  te  conuiene  beuir  para 
que  sufras  que  morir  para  que  no  penes.  Ésto 


digo  porque  de  tu  pena  te  veo  gloriar:  segund  tu 
dolor  gran  corona  es  para  tí  que  se  diga  que  to- 
uiste  esfuerzo  para  sofrirlo.  Los  fuertes  en  las 
grandes  fortunas  muestran  mayor  corayon ;  nin- 
guna diferencia  entre  buenos  y  malos  arria  si  la 
bondad  no  fuese  tentada.  Cata  que  con  larga 
vida  todo  se  alcanza:  ten  esperanya  en  tu  fé  que 
su  propósito  de  Laureola  se  podra  mudar  y  tu 
firmeza  nunca.  No  quiero  dezirte  todo  lo  que 
para  tu  consolación  pense,  porque  segund  tus 
lágrimas  en  lugar  de  amatar  tus  ansias  las  en- 
ciendo. Quanto  te  pareciere  que  yo  pueda  hazer 
mándalo,  que  no  tengo  menos  voluntad  de  ser- 
nir  tu  persona  que  remediar  tu  salud. 

RESPONDE    LERIANO 

La  dispusicion  en  que  esto  ya  la  vees,  la  pri- 
uacion  de  mi  sentido  ya  la  conoces,  la  turbación 
de  mi  lengua  ya  la  notas;  y,  por  esto,  no  te 
marauilles  si  en  mi  respuesta  ouiere  mas  lágri- 
mas que  concierto,  las  qual  es,  porque  Laureola 
las  saca  del  coraron,  son  dulce  manjar  de  mi 
voluntad.  Las  cosas  que  con  ella  pasaste,  pues 
tú  que  tienes  libre  el  iuyzio  no  las  entiendes, 
¿qué  haré  yo  que  para  otra  cosa  no  le  tengo  sino 
para  alabar  su  hermosura  y  por  llamar  bien- 
auenturada  mi  fin?  Estas  querria  que  fuesen 
las  postrimeras  palabras  de  mi  vida  porque  son 
en  su  alabanza.  ¿Qué  mayor  bien  ])ucde  auer 
en  mi  mal  que  querello  ella?  Si  fuera  tan  dichoso 
en  el  galardón  que  merezco  como  en  la  pena 
que  sufro,  ¿quién  me  podiera  ygualar?  Meior  me 
es  á  mi  morir,  pues  de  ello  es  seruida,  que  beuir 
si  por  ello  ha  de  ser  enoiada.  Lo  que  mas  sen- 
tire  quando  muera,  será  saber  que  perecen  los 
oíos  que  la  vieron  y  el  corayon  que  la  contempló, 
lo  qual  segund  quien  ella  es,  va  fuera  de  toda 
razón.  Digo  esto  porque  veas  que  sus  obras  en 
lugar  de  apocar  amor  acrecientan  fé.  Si  en  el 
corayon  catino  las  consolaciones  hiziesen  fruto, 
la  que  tú  me  as  dado  bastara  para  esforyanne, 
pero  como  los  oydos  de  los  tristes  tienen  cerra- 
duras de  pasión  no  ay  por  donde  entren  al  alma 
las  palabras  de  consuelo.  Para  que  pueda  sofrir 
mi  mal  como  dizes,  dame  tú  la  fuerya  y  yo  pome 
la  voluntad.  Las  cosas  de  onrra  que  pones  de- 
lante conozcolas  con  la  razón  y  niegolas  con 
ella  misma. 

Digo  que  las  conozco  y  aprueuo  si  las  ha  de 
vsar  onbre  libre  de  mi  pensamiento,  y  digo 
que  las  niego  para  comigo  pues  pienso  avnque 
busque  grane  pena  que  escogí  onrrada  muerte. 
El  trabaio  que  por  mi  as  recebido  y  el  deseo 
que  te  he  visto  me  obliganan  á  ofrecer  por  tí  la 
vida  todas  las  vezes  que  fuere  menester,  mas 
pues  lo  menos  della  me  queda  de  beuir  seate 
satis facion  lo  que  quisiera  y  no  lo  que  puedo. 
Mucho  te  ruego  pues  esta  será  la  final  buena 


CÁRCEL  DE  AMOR 


obra  qae  tú  me  podras  hnzer  y  yo  rccebir  que 
quieras  lenar  á  Laureola  en  yna  carta  mia  nuc- 
uas  con  que  se  alegre,  porque  della  sepa  como 
me  despido  de  la  rida  y  de  mas  dalle  enoio,  la 
qual  en  esfuerzo  que  la  leñarás  quiero  comentar 
en  ta  presencia  y  las  razones  della  sean  estas. 

CARTA    DE    LBRIANO  Á   LAUREOLA 

Pues  el  galardón  de  mis  afanes  auie  de  ser 
mi  sepoltura  ya  soy  a  tiempo  de  receñirlo.  Morir 
no  creas  que  me  desplaze,  que  aquel  es  de  poco 
iuyzio  que  aborrece  lo  que  á&  libertad.  ¿Mas  que 
haré  que  acabará  comigo  el  esperanza  de  verte 
grane  cosa  para  sentir?  Dirás  que  cómo  tan 
presto  en  vn  año  ha  o  poco  mas  que  ha  que  soy 
tuyo  desiallescio  mi  sofrímiento;  no  te  deues 
marauíllar  que  tu  poca  esperan9a  y  mi  mucha  pa- 
sión podian  bastar  para  más  de  quitar  la  fuerza 
al  sofrir,  no  pudiera  pensar  que  á  tal  cosa  dieras 
lugar  si  tus  obras  no  me  lo  certificaran. 

Siempre  crey  que  forjara  tu  condición  piadosa 
i  tu  voluntad  porfiada,  como  quiera  que  en  esto 
B¡  mi  vida  recibe  el  daño  mi  dicha  tiene  la  culpa, 
espantado  estoy  cómo  de  ti  misma  no  te  dueles. 
Dite  la  libertad,  of recite  el  coraron,  no  quise 
ser  nada  mió  por  serlo  del  todo  tuyo,  pues, 
¿cómo  te  querrá  seniir  ni  tener  amor  quien  so- 
piere  que  tus  propias  cosas  destruyes?  Por 
cierto  tú  eres  tu  enemiga.  Si  no  me  querías 
remediar  porque  me  sainara  yo,  deuieraslo  hazer 
porque  no  te  condenaras  tú.  Porque  en  mi  per- 
dición ouiese  algund  bien  deseo  que  te  pese 
dclla,  mas  si  el  pesar  te  avie  de  dar  pena  no 
lo  quiero,  que  pues  nunca  hiñiendo  te  hize  ser- 
uicio  no  sería  insto  que  moriendo  te  causase 
enoio.  Los  qne  ponen  los  oios  en  el  sol  quanto 
mas  lo  miran  mas  se  ciegan,  y  assi  ({uanto  yo 
más  contenplo  tu  hermosura  mas  ciego  tengo  el 
Bentido.  Esto  digo  porque  de  los  desconciertos 
escrítos  no  te  marauilles:  verdad  es  que  á  tal 
tienpo  oscnsado  era  tal  descargo,  porque  segund 
quedo  mas  est¿  en  disposición  de  acabar  la 
rida  que  de  descnipar  las  razones. 

Pero  quisiera  que  lo  que  tú  auias  de  ver 
fuera  ordenado,  porc^ue  no  ocuparas  tu  saber  en 
cosa  ton  fuera  de  tu  condición.  Si  consientes 
que  muera  porqne  se  publique  que  pudiste  matar, 
mal  te  aconseiaste,  que  sin  esperiencia  mia  lo 
certifícava  la  hermosura  tuya;  si  lo  tienes  por 
bien  porque  no  era  merecedor  de  tus  mercedes, 
pcnsaua  alcanvar  por  íé  lo  que  por  desmerecer 
perdióse,  y,  con  este  pensamiento,  osé  tomar  tal 
cuy  dado.  Si  por  ventura  te  plaze  por  parecerte 
que  no  so  podría  remediar  sin  tu  ofensa  mi  cnyta, 
nunca  pense  pedirte  merced  que  te  causase  culpa. 
('Cómo  auia  de  aprouecharme  el  bien  que  á  ti 
te  viniese  mal  ?  Solamente  pedí  tu  respuesta  por 
prímero  y  postrímero  galardón.  Dexadas  mas 


largas  te  suplico,  pues  acabas  la  vida  que  onrres 
la  muerte,  porque  si  en  lugar  donde  van  las 
almas  desesperadas  ay  algún  bien,  no  pediré  otro 
sí  no  sentido  para  sentir  que  onrraste  mis  hue- 
sos por  gozar  aquel  poco  espacio  de  gloria  tan 
grande. 

EL   AUCTOB 

Acabada  la  habla  y  carta  de  Leriano,  satisfa- 
ziendo  los  oios  por  las  palabras  con  muchas  la- 
grimas, sin  poderle  hablar  despedime  del,  au ¡en- 
de aquella,  segund  le  vi,  por  la  postrimera  vez 
que  lo  esperaua  ver;  y  puesto  en  el  camino  puso 
su  sobrescrito  á  su  carta  porque  Laureola  (^n 
soguridad  de  aquel  la  quisiese  recebir.  Y  llegado 
donde  estaña,  acordé  de  gela  dar,  la  qual  cre- 
iendo  que  era  de  otra  calidad  recebio,  y  comento 
y  acabó  leer;  y  como  en  todo  aquel  tiempo  que 
la  leya  nunca  partiese  de  su  rostro  mi  vista,  vi 
que  quando  acabó  de  leerla  quedó  tan  enmu- 
decida y  turbada  como  si  gran  mal  touiera,  y 
como  su  turbación  de  mirar  la  mia  no  le  escu- 
sase,  por  asegurarme  hizo  me  preguntas  y  ha- 
blas fuera  de  todo  proposito,  y  para  librarse  de 
la  conpañia  que  en  senieiantes  tienpos  es  pe- 
ligrosa, porque  las  mudanzas  públicas  no  dts- 
cubriessen  los  pensamientos,  retraxosc.  Y  assí 
estuuo  a([uella  noche  sin  hablarme  nada  en  el 
propósito,  y  otro  dia  de  mañana  mandóme  llamar 
y  después  que  me  dixo  quantas  razones  l»asta- 
uan  para  descargarse  del  consentimiento  qne 
daua  en  la  pena  de  Liviano,  dixome  que  le  tenia 
escrito  paree ié  11  dolé  inumanidad  perder  por  tan 
poco  precio  un  onbre  tal;  y  porque  con  el  pla- 
zer  de  lo  que  le  oya  estaña  desatinado  en  lo  que 
hablaua,  no  escriño  la  dulceza  y  onestad  que 
ouo  en  su  razonamiento.  Quien  quiera  que  la 
oyera  pudiera  conocer  que  aquel  estudio  auie 
vsado  poco:  ya  de  enpacliada  estaña  encendida, 
ya  de  turbada  se  tomaua  amarilla.  Tenia  tal  al- 
teración y  tan  sin  aliento  la  habla  como  s¡  es- 
perara sentencia  de  muerte;  en  tal  manera  le 
tenblaua  la  Ivoz  que  no  podía  forjar  con  In  dis- 
creción al  miedo.  Mi  respuesta  fué  breve  por- 
que el  tienpo  para  alargarme  no  me  díiua  lui^ar, 
y  después  de  besalle  las  manos  recebi  su  carta, 
las  razones  de  la  qual  eran  tales. 

CARTA    DE   LAUREOLA   I   LERIANO 

La  muerte  que  esperauas  tú  de  penado  me- 
recía yo  pur  cul{)ada  si  en  esto  que  hago  pecase 
mi  voluntad,  lo  que  cierto  no  es  assí,  (jue  más  te 
escriño  por  redemir  tu  vida  que  por  satisfazer 
tu  deseo.  Mas,  triste  de  mi,  que  este  descargo 
solamente  aproueelia  para  conplir  comigo,  por- 
que si  deste  pecado  fuese  acusada  no  tenijfo  otro 
testigo  para  saliuirme  sino  mi  intención,  y  por 


10 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ser  parte  tan  principal  no  se  tomaría  en  cncuta 
su  dulio, y  con  este  miedo,  la  mano  en  el  papel, 
puse  el  coraron  en  el  cielo,  baziendo  ¡uez  de  mi 
fín  aquel  á  quien  la  verdad  de  las  cosas  es  ma- 
nifíosta. 

Todas  las  vezes  que  dudé  en  responderte  fue 
porque  sin  mi  condenación  no  podías  tú  ser 
asuelto.  Como  agora  parece  que  puesto  que  tú 
solo  y  ol  leuad<»r  de  mi  carta  sepays  que  esoreui, 
qué  sé  yo  los  iuycios  que  dareys  sobre  mi;  y 
di^^o  que  sean  sanos  sola  mi  sospecba  me  aman- 
zilla. 

II negóte  mncbo  quando  con  mi  respuesta  en 
medio  de  tus  plazeres  estés  mas  vfano,  que  te 
acuerdes  de  la  fama  de  quien  los  causv),  y  aniso 
te  desto,  porque  semeiantes  fauores  desean  pu- 
blicarse teniendo  mas  acatamiento  á  la  vitoría 
delbs  que  á  la  fama  de  quien  los  da.  Quauto 
meior  me  estouiera  ser  afeada  por  cruel  que 
amanzillada  por  piadosa,  tú  lo  conosces,  y  por  re- 
mediarte Tsé  lo  contrario.  Ya  tú  tienes  lo  que 
deseauas  y  yo  lo  que  temía.  Por  Dios  te  pido 
que  enbueluas  mi  carta  en  tu  fe,  porque  si  es 
tan  cierta  como  confiesas  no  se  te  pierda  ni  de 
nadie  pueda  ser  vista,  que  quien  viese  lo  que  te 
escriuu  pensaría  que  te  amo,  y  creería  que  mis 
razones  antes  eran  dicbas  por  disimulación  de 
la  verdad  que  por  la  verdad.  Lo  qual  es  al  renes, 
que  por  cierto  mas  las  digo,  como  ya  be  dicho, 
con  intención  piadosa  que  con  voluntad  enamo- 
rada. Por  bazerte  creer  esto  querría  estenderme 
y  por  no  ponerte  otra  sospecha  acabo,  y  para 
que  mis  obras  recibiesen  galardón  insto  auía  de 
bazer  la  vida  otro  tanto. 

EL   AUCTOR 

Recobida  la  carta  de  Laureola  acordé  de  par- 
tirme para  Leriano,  el  qual  camino  quise  hazer 
acompañado,  por  leñar  comigo  quien  4  él  y  á 
mi  ayudase  en  la  gloria  de  mí  enbaxada,  y  por 
animarlos  para  adelante  llamé  los  mayores  ene- 
migos de  nuestro  negocio  que  eran  Contenta- 
miento, y  Esperanza,  y  Descanso,  y  Plazer,  y 
Alegría,  y  IIolganí;a.  Y  ponjue  si  las  guardas 
de  la  prisión  de  Leriano  quisiesen  por  leñar 
conpañía  defenderme  la  entrada,  pense  de  yr  en 
orden  de  guerra,  y  con  tal  pensamiento,  hecha 
vníi  batalla  de  toda  mi  conpañía,  seguí  mí  ca- 
mino, y  allegado  á  vn  alto  donde  se  parecía  la 
prisión,  viendo  los  guardadores  della  mi  seña 
que  era  verde  y  colorada,  en  lugar  de  defen- 
derse pusiéronse  en  buyda  tan  grande  que 
quien  mas  huya  mas  cerca  pensaua  que  yua  del 
peligro.  Y  como  Leriano  vído  sobre  á  ora  tal 
rebato,  no  sabiendo  qué  cosa  fuese,  púsose  á 
vna  ventana  de  la  torre,  hablando  verdad,  mas 
con  ñaqueza  de  espíritu  que  con  esperanza  de 
socorro.  Y  como  me  vio  venir  en  batalla  de  tan 


hermosa  gent^',  conoció  lo  qae  era,  y  lo  Vno  de 
la  poca  fuerya  y  lo  otro  de  súpito,  bien  perdido 
el  sentido,  cayó  en  el  suelo  de  dentro  de  la 
casa.  Pues  yo  que  no  leuaoa  espacio,  como 
Uegaé  al  eiscalera  por  donde  solia  sobír  eché  á 
descanso  delante,  el  qual  dio  estraña  claridad 
á  su  tinibra,  y  subido  á  donde  estaña  el  ya 
bíenaueuturado,  quando  le  vi  en  manera  mor- 
tal pense  que  yua  á  buen  ticnpo  para  llorarlo 
y  tarde  para  darle  remedio,  pero  socorrió  luego 
Esperanza  que  andana  allí  la  mas  diligente  y 
echándole  vn  poco  de  agua  en  el  rostro  tornó 
en  su  acnerdo,  y  por  más  esforzarle  dile  la  carta 
de  Laureola,  y  entre  tanto  que  la  leya  tcxlos  los 
que  leuana  comigo  procurauan  su  salud.  Ale- 
gría le  alegraua  el  coraron.  Descanso  le  con- 
solaua  el  alma,  Esperanza  le  bolvía  el  sentido. 
Contentamiento  le  aclaraoa  la  vista,  IIolgan^*a 
le  restituya  la  fnerpa,  Plazer  le  abíiutuael  enten- 
dimiento, y  en  tal  manera  lo  trataron  que 
quando  lo  que  Laureola  le  cscrebió  acabó  de 
leer  estaua  tan  sano  como  si  ninguna  pasión 
vuiera  tenido.  Y  como  ^ndo  que  mi  diligencia  le 
dio  libertad  echábame  muchas  vezes  loa  brazos 
encima,  ofreciéndome  á  él  y  á  todo  lo  suyo,  y 
parecíale  poco  precio  segund  lo  que  merecía  mi 
seruicio.  De  tal  manera  eran  sus  ofrecimientos 
que  no  sabia  responderle  como  yo  deuia  y  quien 
él  era.  Pues  después  que  entre  él  y  mí  grandes 
cosas  pasaron,  acordó  de  yrse  á  la  corte,  y  antes 
que  fuesse  estuuo  algunos  días  en  vna  villa 
suya  por  rehazerae  de  fuerzas  y  atan  ios  para 
su  partida,  y  como  se  vido  en  disposición  de 
poderse  partir  púsolo  en  obra,  y  sabido  en  la 
corte  como  yua,  todos  los  grandes  señores  y 
mancebos  cortesanos  salieron  á  recebirle.  Mas 
como  aquellas  cerímonias  vicias  touiesse  subi- 
das, mas  vfana  le  daua  la  gloría  secreta  que 
la  onrra  pública,  y  así  fue  acompañado  hasta 
palacio.  Quando  besó  las  manos  á  Laureola  pa- 
saron cosas  mucho  de  notar,  en  especial  para 
mí  que  sabía  lo  que  entre  ellos  estaua:  al  vno  le 
sobraua  turbación,  al  otro  le  faltaua  color;  ni  él 
sabie  qué  dezír,  ni  ella  qué  responder,  que 
tanta  fuerya  tienen  las  pasiones  enamoradas 
que  sienpre  traen  el  seso  y  discreción  del^azo 
de  su  Tandera;  lo  que  allí  vi  por  clara  espe- 
riencia. 

Y  puesto  que  de  las  mudanzas  dellos  ninguno 
touiese  noticia  por  la  poca  socpecha  que  de  su 
pendencia  auía,  Persio,  hijo  del  señor  de  Ga- 
via miró  en  ellas,  trayendo  el  mismo  pensa- 
miento que  Leríano  traya;  y  como  las  sospechas 
celosas  escudriñan  las  cosas  secretas ,  tünto 
miró  de  allí  adelante  las  hablas  y  señales  dél, 
que  dio  crédito  a  lo  que  sospechaua:  y  no  sola- 
mente dio  fé  á  lo  que  Yeya,que  no  era  naila,  mas 
á  lo  que  ymaginaua  él  que  era  todo.  Y  con  este 
maluado  pensamiento,  sin  más  deliberación  ni 


CÁRCEL  DE  AMOR 


11 


conseio,  apartó  al  rey  en  vn  secreto  lugar  y 
dixolc  afíniíadamentG  que  Laureola  y  Leriano 
Be  amauan  y  que  se  Teyan  todas  las  noches  des- 

Í>ae8  que  él  dormia,  y  que  gelo  hazia  saber  por 
o  que  deuie  á  la  onrra  y  á  su  seruicío.  Tur- 
bado el  rey  de  cosa  tal,  estouo  dubdoso  y  pcn- 
satiuo  sin  luego  determinarse  á  responder,  y 
después  que  mucho  dormio  sobre  ello,  toYolo 
por  Terdad,  creyendo  segund  la  virtud  y  aucto- 
ridad  de  Persio  que  no  le  diria  otra  cosa.  Pero 
con  todo  esso  primero  que  deliberase  quiso 
acordar  lo  que  deuie  hazer,  y  puesta  Laureola 
en  vna  cárcel  mandó  llamar  á  Persio  y  dixole 
que  acusase  de  traydor  á  Leriano,  según  sus 
leyes,  de  cuyo  mandamiento  fue  mucho  afron- 
tado. Mas  como  la  calidad  del  negocio  le  for- 
^■ana  á  otorgarlo,  respondió  al  rey  que  aceutaua 
su  mando  y  que  daua  gracias  á  Dios  que  le 
ofrecía  caso  para  que  fuesen  sus  manos  testi- 
monio de  su  bondad;  y  como  semeiantes  autos 
se  acuBtumbran  en  Macedonia  hazer  por  car- 
teles y  no  en  presencia  del  rey,  enbió  en  yno 
Persio  á  Leriano  las  razones  siguientes: 

CARTEL  DB  PKRSIO  PARA  LERIANO 

Pues  procede  de  las  virtuosas  obras  la  loable 
fama,  insto  es  que  la  maldad  se  castigue  por- 
que la  virtud  se  sostenga,  y  con  tanta  diligencia 
deae  ser  la  bondad  anparada  que  los  enemigos 
della  sí  por  voluntad  no  la  obraren,  por  miedo 
la  vsen.  Digo  esto,  Leriano,  porque  la  pena  que 
recebirás  de  la  culpa  que  cometiste  sera  castigo 
para  que  tú  pagues  y  otros  teman ,  que  si  á  ta- 
les cosas  se  diese  lugar  no  seria  menos  fauore- 
cidm  la  desvirtud  en  los  malos,  que  la  nobleza 
en  los  buenos. 

Por  cierto  mal  te  as  aprovechado  de  la  lim- 
pieza que  ercdaste;  tus  mayores  te  mostra- 
ron hazer  bondad  y  tú  aprendiste  obrar  tray- 
zion;  BU8  haessos  se  leuantarian  contra  tí  si  su- 
piesen como  ensuzioste  por  tal  error  sus  nobles 
obras.  Pero  venido  eres  á  tienpo  que  recibieras 
por  lo  hecho,  fin  en  la  vida  y  manzilla  en  la 
fama.  Malauenturados  aqueUos  como  tú  que  no 
saben  escoger  muerte  onesta;  sin  mirar  el  ser- 
uicío de  tu  rey  y  la  obligación  de  tu  sangre  to- 
uiste  osada  desuergnen^a  para  enamorarte  de 
Laureola,  con  la  qnal  en  su  cámara,  después  de 
acostado  el  rey,  diuersas  vezes  as  hablado,  cscu- 
recíendo  por  seguir  tu  condición  tu  claro  linage, 
de  cuya  razón  te  rebto  por  traydor,  y  sobrcllo 
te  entiendo  matar  ó  echar  del  caupo;  ó  lo  que 
digo  hazer  confesar  por  tu  boca,  donde  quanto 
el  mundo  durare  seré  en  exenplo  de  lealtad;  y 
atreaome  á  tanto  confiando  en  tu  falsía  y 
mi  verdad.  Las  armas  escoge  de  la  manera  que 
querrás  y  el  canpo.  Yo  de  parte  del  rey  lo 
hago  seguro. 


RESPUESTA    DE    LERIANO 


Persio,  mayor  seria  mi  fortuna  que  tu  mali- 
cia si  la  culpa  que  me  cargas  con  maldad  no  te 
diese  la  pena  que  mereces  por  iusticia.  Si  fueras 
tan  discreto  como  malo,  por  quitarte  de  tal 
peligro  antes  deuioras  saber  mi  intención  que 
sentent'iar  mis  obras.  A  lo  que  agora  conozco 
de  ti,  mus  curanas  de  parecer  bueno  que  de 
serlo.  Teniéndote  por  cierto  amigo  todas  mis 
cosas  comunicaua  contigo  y  segund  parece  yo 
confíaua  de  tu  virtud  y  tú  vsauas  de  tu  condi- 
ción. Como  la  bondad  que  mostranas  concertó 
el  amistad,  assi  la  falsedad  que  cncobrias  causó 
la  enemiga.  ¡O  enemigo  de  ti  mismo  I  que  con 
razón  lo  puedo  dezir,  pues  por  tu  testimonio 
dexarás  la  memoria  con  cargo  y  acabarás  la 
vida  con  mengua.  ¿Por  que  pusiste  la  lengua  en 
Laureola  que  sola  su  bondad  basta  a  si  toda 
la  del  mundo  se  perdiese  para  tornarla  á  co- 
brar? Pues  tú  afínnas  mentira  clara  y  yo  de- 
fiendo causa  insta,  ella  quedará  libre  de  culpa 
y  tu  onrra  no  de  vergüenza.  No  quiero  respon- 
der á  tus  desmesuras  porque  hallo  por  mas 
onesto  camino  vencerte  con  la  persona  que 
satisfazerte  con  las  palabras.  Solamente  quiero 
venir  a  lo  que  haze  al  caso,  pues  alli  está  la 
fuerya  de  nuestro  debate.  Acusasme  do  traydor 
y  afirmas  que  entré  muchas  vezos  en  su  cámara 
de  Laureola  después  del  rey  retraydo.  A  lo  vno 
y  á  lo  otro  te  digo  que  mientes,  como  quiera 
que  no  niego  que  con  voluntad  enamonula  la 
mire'.  Pero  si  fuerya  de  amor  ordenó  el  pensa- 
miento, lealtad  virtuosa  causó  la  lynpieza  del; 
assi  que  por  ser  della  fauorecido  y  no  por  ál 
lo  pensé.  Y  para  mas  afearte  te  defenderé  no 
solo  que  no  entré  en  su  cámara,  mas  que  pala- 
bras de  amores  iamás  le  hablé,  pues  quando 
la  intención  no  peca  saluo  está  el  que  se  iuzga, 
y  porcjue  la  determinación  desto  ha  de  ser  con 
la  muerte  del  vno  y  no  con  las  lenguas  den- 
tramos,  quede  para  el  dia  del  hecho  la  senten- 
cia, la  qual  fio  en  Dios  se  dará  por  un,  porque 
tú  reutas  con  malicia  y  yo  defiendo  con  razón 
y  la  verdad  determina  con  iusticia.  Las  armas 
que  á  mi  son  de  señalar  sean  a  la  bryda  segund 
nuestra  costumbre,  nosotros  armados  de  todas 
pieyas,  los  cauallos  con  cubiertas  y  cuello  y 
testera,  lanyas  ygnales  y  sendas  espadas  sin 
ninguna  otra  arma  de  las  vsadas,  con  las  qua- 
les  defendiendo  lo  dicho,  ó  (te)  haré  desdezir  ó 
echaré  del  campo  sobrello. 

EL    AUCTOR 

Como  la  mala  fortuna  enbidiosa  de  los  bie- 
nes de  Leriano  vsase  con  él  de  su  natural  con- 
dición, diole  tal  renes  quando  le  vido  mayor  en 
prosperidad.  Sus  desdichas  causauan  pasión  á 


12 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


quiñi  las  vio  y  conbidan  á  pena  á  quien  las 
oye.  Pues  dexando  su  cuyta  para  hablar  en  su 
rcuto,  después  que  respondió  al  cartel  de  Persio 
como  es  escrito,  sabiendo  el  rey  que  estañan 
concertados  en  la  batalla,  aseguró  el  canpo,  y 
señalando  el  lugar  donde  hiziesen,  y  ordenadas 
todas  las  cosas  que  en  tal  auto  se  reqnerian 
segund  Ins  ordenanzas  de  Maccdonia,  puesto 
el  rey  en  vn  cadahalso,  vinieron  los  caualleros 
cada  vno  acompañado  y  fauorecido  como  mere- 
cía y  guardadas  en  ygualdad  las  onrras  den- 
trambos  entraron  en  el  canpo:  y  como  los  fie- 
les los  dexaron  solos,  fuerouse  el  vno  para  el 
otro  donde  en  la  fuerza  de  los  golpes  mostra- 
ron la  virtud  de  los  ánimos,  y  quebradas  las 
lanyas  en  los  primeros  encuentros  pusieron 
mano  ú  las  espadas,  y  assi  se  conbatian  que 
quien  quiera  ouiera  enbidia  de  lo  que  obrauan 
y  compasión  de  lo  que  padecian. 

Finalmente,  por  no  detenerme  en  esto  que 
parece  cuento  de  ystorias  vicias,  Leriano  le 
corto  á  Persio  la  mano  derecha,  y  como  la  me- 
ior  part€  do  su  persona  le  viese  perdida  dixole: 
Persio,  porque  no  pague  tu  vida  por  la  falsedad 
de  tu  lengua  deucs  te  desdezir.  El  qual  respon- 
dió: haz  lo  que  as  de  hazer,  que  aunque  me 
falta  el  brayo  para  defender  no  me  fallece  cora- 
yon  para  morir.  Y  oyendo  Leriano  tal  respuesta 
diole  tanta  priesa  que  lo  puso  en  la  postrimera 
necesidad;  y  como  ciertos  caualleros  sus  pa- 
rientes le  viesen  en  estrecho  de  muerte  supli- 
caron al  rey  mandase  cc^har  el  bastón,  que  ellos 
le  fíauan  para  que  áé\  hizíese  iustícia  si  clara- 
mente se  hallase  culpado;  lo  qual  el  rey  assi  les 
otorgó.  Y  como  fueson-  despartidos,  Leriano  de 
tan  grande  agrauio  con  mucha  razón  se  sentio, 
no  podiendo  pensar  porqué  el  rey  tal  cosa  man- 
dase. Pues  como  fueron  despartidos,  sacáronlos 
del  canpo  yguales  en  ceriinonia  avnque  de^- 
yguales  en  fama,  y  assi  los  leñaron  á  sus  posa- 
das donde  estuvieron  aquella  noche;  y  otro  dia 
de  mañana  ávido  Leriano  su  conseio,  acordó  de 
yr  á  palacio  á  suplicar  y  requerir  al  rey  en  pre- 
sencia de  toda  su  corte,  le  mandase  restituir 
en  su  onrra  haziendo  iustioia  de  Persio.  El  qual 
couio  era  malino  de  condición  y  agudo  de  iuyzio, 
en  tanto  que  Leriano  lo  que  es  contado  acor- 
daua,  hizo  llamar  tres  onbres  muy  conformes 
de  sus  costumbres  que  tenia  por  nuiy  suyos,  y 
iuranientandolos  que  le  guardasen  secreto  dio 
á  cada  uno  infinito  dinero  porque  dixesen  y 
iurasen  al  rey  que  vieron  hablar  á  Leriano  con 
Liiureula  en  lugares  sospcHíhnsos  y  en  tienpos 
desonestos,  los  quales  se  profirieron  á  afirmarlo 
y  i  tirarlo  hasta  perder  la  vida  sobrello.  No 
quiero  dezir  lo  que  Laureola  en  todo  esto  sentía 
porque  la  pasión  no  turbe  el  sentido  para  acabar 
lo  comentado,  porque  no  tengo  agora  menos 
nueuo  su  dolor  que  quaudo  estaua  presente. 


Pues  tornando  á  Leriano  qnc  mas  de  sa  prisión 
della  se  dolia  que  de  la  vitoria  del  se  gloriana, 
como  supo  que  el  rey  era  leñan tado  fuese  á 
palacio  y  presentes  los  caualleros  de  su  corte 
hizole  una  habla  en  esta  manera. 

LEÍ.  I  ANO  AL  RET 

Por  cierto,  señor,  con  mayor  voluntad  su- 
friera el  castigo  de  tu  iusticia  que  la  vergueuya 
de  tu  presencia,  si  ayer  no  leuara  lo  mcior  de  la 
batalla,  donde  si  tú  lo  ouieras  por  bien,  de  la 
falsa  acusación  de  Persio  quedara  del  todo  libre: 
que  puesto  que  á  vista  de  todos  yo  le  diera  el 
galardón  que  merecía,  gran  ventaia  va  de  hi- 
zieralo  á  hizolo.  La  razón  por  que  despartir  nos 
mandaste  no  la  puedo  pensar,  en  especial  to- 
cando á  mí  mismo  el  debate,  que  aunque  de  Lau* 
reola  deseases  venganza,  como  generoso  no  te 
faltaría  piedad  de  padre,  comoquiera  que  en  este 
caso,  bien  creo  quedaste  satisfecho  de  tu  des- 
cargo. Si  lo  heziste  por  conpasion  que  auias  de 
Persio,  tan  iusto  fuera  que  la  vuieras  de  mi  onrra 
como  de  su  vida,  siendo  tu  natural.  Si  por  ven- 
tura lo  consentiste  por  verte  aquexado  de  la  su- 
plicación de  sus  parientes,  quando  les  otorgaste 
la  merced  deuieras  acordarte  de  los  seruicios  que 
los  mios  te  hizieron,  pues  sabes  con  quanta  cos- 
tanya  de  coraron,  quantos  dellos  en  muchas 
batallas  y  combates  perdieron  por  tu  seruicio 
las  vidas.  Nunca  hueste  iuntaste  que  la  tercia 
parte  dellos  no  fuepe.  Suplicóte  que  por  iuyzio 
me  satisfagas  la  onrra  que  por  mis  manos  me 
quitaste:  cata  que  guardando  las  leyes  se  con- 
seruan  los  naturales.  No  consientas  que  biua 
onbrc  que  tan  mal  guarda  las  preeminencias  de 
sus  pasados,  porque  no  corronpan  su  Inquino  los 
que  con  él  participaren.  Por  cierto  no  tengo 
otra  culpa  sino  ser  amigo  del  culpado,  y  si  por 
este  indicio  merezco  pena,  dámela  avn  que  mi 
inocencia  della  me  asuelua,  pues  conseruc'  su 
amistad  creyéndole  bueno  y  no  iuzgandole  malo. 
Si  le  das  la  vida  por  seruirte  del,  digote  que  te 
sera  el  mas  leal  cizañador  que  puedas  hallar  en 
el  mundo.  Requierote  contigo  mismo,  pues  eres 
obligado  á  ser  ygual  en  derecho,  que  en  esto  de- 
termines con  la  prudencia  que  tienes  y  senten- 
cies con  la  iusticia  que  vsas.  Señor,  las  cosas  de 
onrra  deuen  ser  claras,  y  si  á  este  perdonas  por 
ruegos,  ó  por  ser  principal  en  tu  reyno,  6  por 
lo  que  te  plazera,  no  quedará  en  los  iayzios  de 
las  gentes  por  desculpado  del  todo;  que  si  vnos 
creyeren  la  verdad  por  razón,  otros  la  turbarán 
con  malicia:  y  digote  que  en  tu  reyno  lo  cierto 
se  sepa.  Nunca  la  fama  lena  lexos  lo  cierto; 
como  sonará  en  los  otros  lo  que  es  pasado,  si 
queda  sin  castigo  publico;  por  l)ios,  8eñi»r,  dexa 
mi  onrra  sin  disputa,  y  de  mi  vida  y  lo  mío 
ordena  lo  que  quisieres. 


CÁRCEL  DE  AMOR 


13 


EL  ÁÜCTOB 


Atento  estuao  el  rey  á  todo  lo  que  Lcriano 
quiso  dczir,  y  acabada  su  habla  respondióle  que 
el  anria  su  conseio  sobre  lo  que  deuiese  hazer, 
que  en  cosa  tal  con  deliberación  se  auie  de  dar  la 
sentencia.  Verdad  es  que  la  respuesta  del  rey 
no  fue  tan  dulce  como  deniera,  lo  qual  fue  por- 
que sí  á  Laureola  daua  por  libre  segund  lo  que 
vido,  él  no  lo  estaña  de  enoio;  porque  Leriano 
pensó  de  semilla  auiendo  por  culpado  su  pensa- 
miento avuqne  no  lo  fuese  su  entencion:  y  asi 
por  esto  como  por  quitar  el  escándalo  que  anda- 
na entre  su  parentela  y  la  de  Persio  mandóle  yr 
á  ma  Tilla  suya  que  cstuua  dos  leguas  de  la 
corte,  llamada  Susa,  entre  tanto  que  acordaua 
en  el  caso.  Lo  que  luego  hizo  con  alegre  cora- 
ron teniendo  ya  á  Laureola  por  desculpada,  cosa 
que  él  tanto  deseaua. 

Pues  como  del  rey  fue  despedido,  Persio  que 
siempre  se  trabaiaua  en  ofender  su  onrra  por 
condición  y  en  defenderla  por  malicia,  llamó  los 
coniurados  antes  que  Laureola  se  delibrase  y 
dixoles  qnc  cada  yno  p.ir  su  parte  se  fuese  al 
rey  y  le  dixese  como  de  suyo  por  quitar  le  dub- 
das,  que  él  acusó  á  Leriano  con  verdad  de  lo 
qual  ellos  eran  testigos,  que  le  vieron  hablar 
dinersas  veces  con  ella  eu  soledad.  Lo  que  ellos 
hizieron  de  la  manera  que  el  gelo  dizo,  y  tal 
forma  supieron  darse  y  assi  afirmaron  su  testi- 
monio que  turbaron  al  rey,  el  qual  después  de 
auer  sobrello  mucho  pensado  mandólos  llamar 
y  como  vinieron,  hizo  á  cada  uno  por  si  pregun- 
tas muy  agudas  y  sotiles  para  ver  si  los  hallaría 
mudables  ó  desatinados  en  lo  que  respondiesen. 
Y  como  deuieran  gastar  su  vida  en  estudio  de 
falsedad,  quanto  mas  hablauan  nieior  sabian 
concertar  su  mentira,  de  manera  que  el  rey  les 
diü  entera  fé:  por  cuya  información  teniendo  á 
Persio  por  leal  seruidor,  creya  que  mas  por  su 
mala  fortima  que  por  su  poca  verdad  auia  leuado 
lo  peor  de  la  batalla.  ¡  O  Persio,  quanto  meior  te 
estouiera  la  muerte  vna  vez  que  merecella  tan- 
tas! Pues  queríendo  el  rey  que  pagase  la  ino- 
cencia de  Laureola  por  la  traycion  de  los  falsos 
testigos  acordó  que  fuese  sentenciada  por  iusti- 
cia:  lo  qual  como  viniese  á  noticia  de  Lcriano 
estouo  en  poco  de  perder  el  seso,  y  con  vn  arre- 
batamiento y  pasión  desesperada  acordaua  de 
yr  á  la  corte  á  librar  á  Laureola  y  matar  á  Per- 
sio ó  perder  por  ello  la  vida.  Y  viendo  yo  ser 
aquel  conseio  de  mas  peligro  que  esperanza, 
puesto  con  el  en  razón  desviólo  del,  y  como  es- 
laua  con  la  aceleración  desacordado  quiso  ser- 
uirse  de  mi  parecer  en  lo  que  ouiese  de  deli- 
brar, el  qual  me  plogo  dalle  porque  no  dispusiese 
con  altorncion,  para  que  se  arrepintiese  con  po- 
sar, y  después  que  en  mi  flaco  iuycio  se  repre- 
san to  lo  mas  seguro,  dixele  lo  que  se  sigue. 


BL  AUCTOR  Á  LBBIANO 


Asi,  señor,  querria  ser  discreto  para  alabar 
tu  seso  como  poderoso  para  remediar  tu  mal, 
porque  fueses  alegre  como  yo  deseo  y  loado 
como  tú  mereces.  Digo  esto  por  el  sabio  sofri- 
miento  que  en  tal  tiempo  muestras,  que  como 
viste  tu  iuyzio  enbnrgado  de  pasión  conociste 
que  sería  lo  que  obrases  no  segund  lo  que  sabes 
mas  segund  lo  que  sientes,  y  con  esto  discreto 
conocimiento  quesiste  antes  errar  por  mi  conse- 
io sinple  y  libre  que  acertar  por  el  tuyo  natural 
y  enpodido.  Mucho  he  pensado  sobre  lo  que  en 
esta  tu  grande  fortuna  se  deue  hazer  y  hallo  se- 
gund mi  pobre  iuyzio  que  lo  prímero  que  so  cun- 
ple  ordenar  es  tu  reposo,  el  qual  te  desuia  el 
caso  presente. 

De  mi  voto  el  primer  acuerdo  que  tomaste  sera 
el  postrero  que  obres,  porque  como  es  gran  cosa 
la  que  as  de  enprender,  assi  como  gran  pesadun- 
bre  se  deue  determinar;  sienpre  de  lo  dubdoso 
se  ha  de  tomar  lo  mas  seguro,  y  si  te  pones 
en  matar  4  Persio  y  librar  á  Laureola  denos  an- 
tes ver  si  es  cosa  con  que  podras  salir,  que  como 
es  de  mas  estima  la  onrra  della  que  la  vida  tuya, 
sino  pudieses  acabarlo  dexarias  a  ella  condonada 
y  a  ti  desonrrado.  Cata  que  los  onbrt- s  obran  y 
la  ventura  iuzga;  si  a  bien  salen  las  cosas  son 
alabadas  por  buenas,  y  si  a  mal  anidas  por  des- 
uariadas.  Si  libras  a  Laureola  diraso  quo  hozís- 
tc  osadia  y  sino  que  pensaste  locura;  pnos  tie- 
nes espacio  daqui  a  nueue  dias  que  so  dará  la 
sentencia  pruoua  todos  los  otros  roniodios  que 
muestran  osporanoa,  y  si  en  ellos  no  la  hallaros 
díspornas  lo  que  tienes  pensado,  que  en  tal  de- 
manda avnque  pierdas  la  vida  la  darás  a  tu  fama. 
Pero  en  esto  ay  una  cosa  que  deue  ser  proueyda 
primero  que  lo  cometas  y  es  esta:  estenios  ago- 
ra en  que  as  forrado  la  prisión  y  sacado  della 
a  Laureola.  Si  la  traes  a  tu  tierra  es  condonada 
de  culpa;  donde  quiera  que  allá  la  dexos  no  la  li- 
brarás de  pona.  Cata  aqui  mayor  mal  quo  ol  pri- 
mero. Pareceme  a  mi,  para  sanear  esto  <»brando 
tú  esto  otro,  quo  se  deue  tener  tal  forma:  yo  lle- 
garé de  tu  parte  a  Galio,  hermano  do  la  rey  na, 
que  en  parte  desea  tanto  la  libertad  dt'  la  prosa 
como  tú  mismo,  y  le  diré  lo  quo  t  ion  os  acor- 
dado, y  le  suplicaré,  por  que  sea  salva  do!  cargo 
y  de  la  vida,  (|uo  esté  para  el  dia  quo  fueres 
con  alguna  gonto,  para  que  si  fuero  tal  tu  ven- 
tura quo  la  puedas  sacar,  en  sacándola  la  pon- 
gas eu  su  poder  a  vista  de  todo  el  mundo,  en 
testimonio  de  su  lindad  y  tu  linpi<M;a;  y  (¡ue 
rooobi<la,  entro  tanto  que  el  rey  sabe  lo  viio  y 
provee  en  lo  otro,  la  ponga  en  Dala  fortaleza 
suya  di»ndo  poilra  vonir  ol  hocho  a  buen  fin.  Mas 
como  te  tongo  dicho,  esto  se  hado  tomar  por 
postrinioro  partido.  L«i  quo  antes  so  c«>iiu¡one 
negociar  os  o:sto:  yo  y  re  a  la  corlo  y  ¡untaré 


14 


orígenes  de  la  novela 


con  el  cardenal  de  Gausa  todos  los  caualleros  y 
perlados  que  ay  se  hallaron,  el  qnal  con  volun- 
tad alegre  suplicará  al  rey  le  otorgue  a  Lau- 
reola la  y  ida;  y  si  en  esto  no  hallare  remedio 
suplicaré  a  la  rey  na  que  con  todas  las  onestas  y 
principales  nuigercs  de  su  casa  y  cibdad  le  pidÁ 
la  libertad  de  su  hija,  á  cuyas  lagrimas  y  peti- 
ción no  "pi^rá,  a  mi  creer,  negar  piedad.  Y  si 
aqui  no  hallo  esperanza  diré  a  Laureola  que  le 
escriua  certificándole  su  inocencia;  y  quando 
todas  estas  cosas  me  fueren  contrarias  proferir- 
me al  rey  que  darás  ma  persona  tuya  que  haga 
armas  con  los  tres  maluados  testigos;  y  no  apro- 
uechando  nada  dcsto  probarás  la  fuerya  en  la 
que  por  ventura  hallarás  la  piedad  que  en  el 
rey  yo  buscan  a.  Pero  antes  que  me  parta  me 
parece  que  deues  cscreuir  a  Laureola  esfor9ando 
su  miedo  con  seguridad  de  su  vida  la  qual  en- 
teramente le  puedes  dar.  Que  pues  se  dispone  en 
el  cielo  lo  que  se  obra  en  la  tierra,  no  puede  ser 
que  Dios  no  reciba  sus  lagrimas  inocentes  y  tus 
peticiones  instas. 


EL  AUGTOR 

Solo  vn  punto  no  salió  Leriano  de  mi  pare- 
cer porque  le  pareció  aquél  propio  camino  para 
despachar  su  hecho  mas  sanamente,  pero  con 
todo  esso  no  le  aseguraua  el  coraí;on,  p<)r(]ue  te- 
mia,  segund  la  fama  del  rey,  mandarla  dar  antes 
del  plazo  la  sentencia,  de  lo  qual  no  me  mara- 
villaua,  porque  los  firmes  enamorados  lo  mas 
dudoso  y  contrario  creen  mas  ayna,y  lo  que  mas 
desean  tienen  por  menos  cierto.  Concluyendo 
él  escriuió  para  Laureola  con  mucha  duda  que 
no  querría  recebir  su  carta,  las  razones  de  la  cual 
dezian  assi: 


CARTA  DE  LEBIANO  A  LAUREOLA 

Antes  pusiera  las  manos  en  mi  para  acabar 
la  vida  que  en  el  papel  para  comentar  a  esc  re- 
ñirte, si  de  tu  prisión  uvicran  sido  causa  mis 
obras  como  lo  es  mi  mala  fortuna.  La  qnal  no 
pudo  serme  tan  contraria  que  no  me  puso  es- 
tado de  bien  morir  segund  lo  que  para  saluarte 
tengo  acordado;  donde  si  en  tal  demanda  mu- 
riese tú  serás  libre  de  la  prisión  y  yo  de  tantas 
desuuenturas:  assi  que  será  vna  muerte  causa  de 
dos  libertades.  Suplicóte  no  me  tengas  enemiga 
por  lo  que  padeces,  pues  como  tengo  dicho  no 
tiene  la  culpa  dello  lo  que  hize,  mas  lo  que  mi 
dicha  quiere.  Puedes  bien  creer  por  grandes  que 
sean  tus  angustias,  que  siento  yo  mayor  k>r- 
mento  en  el  pensamiento  dolías  que  tú  en 
ellas  mismas.  Pluguiera  a  Dios  que  no  te  uvie- 
ra  conocido,  que  avnque  fuera  perdidoso  del  ma- 


yor bien  desta  vida  qae  es  averte  visto,  fuera 
bienauenturado  en  no  oyr  ni  saber  lo  que  pade- 
ces. Tanto  he  vsado  beuir  triste  que  me  con- 
suelo con  las  mismas  tristezas  por  causallas  tú. 
Mas  lo  que  agora  siento,  ni  recibe  consuelo,  ni 
tiene  reposo  porque  no  deja  el  coraron  en  nin- 
gún sosiego.  No  acreciente  la  pena  que  sufres 
la  muerte  que  temes,  que  mis  manos  te  sainarán 
della.  Yo  he  buscado  remedios  para  templar  la 
ira  del  rey;  si  en  ellos  faltare  esperan9a,  en  mi 
la  puedes  tener,  que  por  tu  libertad  haré  tanto 
que  será  mi  memoria,  en  quanto  el  mundo  du- 
rare, exemplo  de  fortaleza.  Y  no  te  parezca  gran 
cosa  lo  que  digo,  que  sin  lo  que  tú  vales  la 
iniusticia  de  tu  prisión  haze  insta  mi  osadia. 
¿Quien  podra  resistir  mis  fuerzas  pues  tú  las  po- 
nes? qué  no  osará  el  corazón  enprender  están- 
do  tú  en  él?  Solo  vn  mal  ay  en  tu  saluacion, 
que  se  compra  por  poco  precio  segund  lo  que  me- 
reces. Avnque  por  ella  pierda  la  vida,  no  sola- 
mente esto  es  poco;  mas  lo  que  se  puede  desear 
perder  no  es  nada. 

Esfuerza  con  mi  esperanza  tu  flaqueza,  por 
que  si  te  das  a  los  pensamientos  della,  podría 
ser  que  desfallecieses,  de  donde  dos  grandes  co- 
sas se  podrian  recrecer.  La  primera  y  mas  prin- 
cipal, seria  tu  muerte;  la  otra  que  me  quitarías 
a  mi  la  mayor  onrra  de  todos  los  onbres  no  po- 
diendo saluarte.  Confía  en  mis  palabras,  espera 
en  mis  pensamientos,  no  seas  como  las  otras 
mugeres  que  de  pequeñas  causas  reciben  gran- 
des temores.  Si  la  condición  mugeril  te  causa- 
re miedo,  tu  discreción  te  dé  fortaleza  la  qual 
de  mis  seguridades  puedes  recebir,  y  porque  Id 
que  haré  será  prueua  de  lo  que  digo,  suplicóte 
que  lo  creas.  No  te  escribo  tan  largo  como  qui- 
siera por  proueer  lo  que  a  tu  vida  cunple. 


EL  AÜCTOB 

En  tanto  que  Leriano  escrenia  ordené  mi 
camino  y  recebida  su  carta  partime  con  la  ma- 
yor priesa  que.  pude;  y  lle^uio  á  la  corte  tra- 
baié  que  Laureola  la  recibiese,  y  entendi  pri- 
mero en  dargela  que  ninguna  otra  cosa  hiziesse 
por  dalle  algún  esfuerzo;  y  como  para  vella  me 
fuese  negada  licencia,  informado  de  vna  cáma- 
ra donde  dormia  vi  una  ventana  con  vna  reza 
no  menos  fuerte  que  cerrada;  y  venida  U  no- 
che, doblada  la  carta  muy  sotilmente  pnsela  en 
vna  lan^a  y  con  mucho  trabaio  échela  dentro 
en  su  cámara.  Y  otro  día  en  la  mañana  como 
disimuladamente  por  alli  me  andnuiesc,  abier- 
ta la  ventana  vila,  y  vi  como  vido,  como  quie- 
ra que  por  la  espesura  de  la  rexa  no  la  pude 
bien  deuisar.  Finalmente  ella  respondió:  y  ve- 
nida la  noche  quando  sintió  mis  pisadas  echó 
la  carta  en  el  suelo,  la  qual  recebida,  sin  ha- 


CÁRCEL  DE  AMOR 


15 


Uarlc  palabra  por  el  pelig^  que  en  ello  para  ella 
auia,  acordé  de  yrme;  y  sintiendunic  yr  dixo: 
cata  qni  el  gnalardon  qtíe  recibo  de  la  piedad 
qae  toTe.  Y  pozqne  los  que  la  gaardanan  esta- 
llan ianto  coinigo  no  le  pude  responder.  Tanto 
me  lastimo  aquella  razón  que  me  dixo,  que  si 
Fuera  buscado,  por  el  rastro  de  mis  lagrimas  pu- 
dieran hallarme.  Lo  que  respondió  á  Loriano 
fue  esto. 


CARTA  DX  LAUREOLA  i  LERIANO 

Xo  sé,  Leríano,  qué  te  responda  sino  que  en 
las  otras  gentes  se  alaba  la  piedad  por  virtud 
y  en  mi  se  castiga  por  vicio.  Yo  hize  lo  que 
deuia  segund  piadosa  y  tengo  lo  que  merezco 
segund  desdichada. No  fue  por  cierto  tu  fortuna 
ni  tus  obras  causa  de  mi  prisión,  ni  me  quere- 
llo de  ti  ni  de  otra  persona  en  esta  vida,  sino 
de  mi  sola  que  por  librarte  de  muerte  me  car- 
gué de  culpa,  como  quiera  que  en  esta  compa- 
sión que  te  uve  mas  ay  pena  que  cargo,  pues 
remedié  como  inocente  y  pago  como  culpada. 
Pero  todavía  me  plaze  mas  la  prisión  sin  yerro 
que  la  libertad  con  él,  y  por  esto  avnque  pene 
en  sofríUa,  descanso  en  no  merecella.  Yo  soy 
entre  las  que  biucn  la  que  menos  deuiera  ser 
biua.  Si  el  rey  no  me  saina  espero  la  muerte, 
si  tú  me  delibras  la  de  tí  y  de  los  tuyos,  de  ma- 
nera que  por  vna  parte  o  por  otra  se  me  ofrece 
dolor.  Si  no  me  remedias  he  de  ser  muerta;  si 
me  libras  y  lieuas  seré  condenada;  y  por  esto 
te  ruego  mucho  te  trabaies  en  sainar  mi  fama 
y  no  mi  vida,  pues  lo  vno  se  acaba  y  lo  otro 
dora.  Busca  como  dizes  que  hazes  quien  aman  - 
se  la  saña  del  rey,  que  de  la  manera  que  dizes 
no  puedo  ser  saina  sin  destruycion  de  mi  onrra. 
Y  dexando  esto  á  tu  conseio  que  sabrás  lo 
meior,  oye  el  galardón  que  tengo  por  el  bien 
que  te  hize. 

Las  prisiones  que  ponen  á  los  que  han  hecho 
muertes  me  tienen  puestas  porque  la  tuya  es- 
cusé;  con  gruesas  cadenas  estoy  atada,  con  as- 
peros  tormentos  me  lastiman,  con  grandes  guar- 
das me  guardan,  como  si  tuuicse  fuer9as  para 
poderme  salir.  Mi  sofrimiento  es  tan  delicado 
y  mis  penas  tan  crueles,  que  sin  que  mi  padre 
dé  la  sentencia,  tomará  la  venganza  muriendo 
en  esta  dura  cárcel.  Espantada  estoy  cómo  de 
tan  cruel  padre  nació  hija  tan  piadosa;  si  le  pa- 
reciera en  la  condición  no  lo  temiera  en  la  ius- 
ticia,  puesto  que  iniustamente  la  quiera  hazer. 
A  lo  que  toca  á  Persio  no  te  respondo  porque 
no  ensuzie  mi  lengua  como  ha  hecho  mi  fama. 
Verdad  es  que  más  querría  que  de  su  testimo- 
nio se  desdixese  que  no  que  niuriese  por  él ; 
mas  avnque  yo  digo  tú  determina,  que  segund 
tu  iuyzio  no  podras  errar  en  lo  que  acordares. 


EL   ACCTOR 


Muy  dudoso  estuue  quando  recebi  esta  carta 
de  Laureola  sobre  enbialla  á  Leriano  ó  esperar 
á  lenalla  yo,  y  en  fin  hallé  por  meior  seso  no 
enuiargela  por  dos  inconuenientes  que  hallé.  El 
vno  era  porque  nuestro  secreto  se  ponia  á  peli- 
gro en  fiarla  de  nadie,  el  otro  porque  las  lasty- 
mas  della  le  pudieran  causar  tal  aceleración 
que  eiTara  sin  tiempo  lo  que  con  el  acertó,  por 
donde  se  pudiera  todo  perder.  Pues  boluiendo 
al  proposito  primero,  el  dia  que  llegué  á  la  cor- 
te tenté  las  voluntades  de  los  principales  della 
para  poner  cu  el  negocio  a  los  que  hallase  con- 
formes a  mi  opinión;  y  ninguno  hallé  de  con- 
trario deseo  saino  á  los  parientes  de  Persio,  y 
como  esto  vue  sabydo  supliqué  al  cardenal  que 
ya  dixe  le  pluguiese  hazer  suplicación  al  rey  pc»r 
la  vida  de  Laureola,  lo  qual  me  otorgó  con  el 
mismo  amor  y  compasión  que  yo  gelo  pedia. 
Y  sin  mas  tardanya  ¡untó  con  él  tocios  los  per- 
lados y  grandes  señores  que  allí  se  hallaron,  y 
puesto  en  presencia  del  rey,  en  su  noml)re  y  de 
todos  los  que  yuan  con  él  hizole  vna  habla  en 
esta  forma. 


EL  CARDENAL  AL  REY 

No  sin  razón  los  soberanos  principes  pasa- 
dos ordenaron  conseio  en  lo  que  vnieseu  de 
hazer  segund  quantos  prouechos  en  ello  halla- 
ron, y  puesto  que  fuesen  diuersos,  por  soys  ra- 
zones aquella  ley  deue  ser  conseruada.  La  pri- 
mera porque  meior  aciertan  los  onbi*es  en  las 
cosas  agenas  que  en  las  suyas  propias,  porque 
el  corazón  de  cuyo  es  el  caso  no  puede  estar 
sin  yra  ó  cobdicia  ó  afición  ó  deseo  ó  otras  co- 
sas semejantes,  para  determinar  como  deue. 
La  segunda  porque  platicadas  las  cosas  siem- 
pre quedan  eu  lo  cierto.  La  tercera  porque  si 
aciertan  los  que  aconsejan,  avnque  ellos  dan 
el  voto,  del  aconseiado  es  la  fi;loria.  La  (^uarta 
por  lo  que  se  sigue  del  contrario;  que  si  por 
aȒeno  seso  se  yerra  el  negocio,  el  que  pide  el 
parecer  queda  sin  cargo  y  quien  g<ílo  da  no  sin 
culpa.  La  quinta  porque  el  buen  conseio  muchas 
vezes  asegura  las  cosas  dudosas.  La  sosta  por- 
que no  dexa  tan  ayna  caer  la  mala  fortuna  y 
sienpn?  en  las  aduersiJades  pone  esperanza. 
Por  cierto.  Señor,  turbio  y  ciego  conseio  puede 
ninguno  dar  á  ssi  mismo  siendo  ocupado  de 
saña  ó  pasión,  y  por  esto  no  nos  culpes  si  en 
la  fuerya  de  tu  yra  te  venimos  á  enoiar,  que 
más  queremos  que  ayrado  nos  reprehendas  por- 
que te  dimos  enoio  que  no  que  arrepentido 
nos  condenes  porgue  no  t^?  dimos  conseio.  Se- 
ñor, las  cosas  ol «radas  con  deliberación  y  acuer- 
do procuran  prouecho  y  alabanya  para  quien  la.s 


16 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


hazc,  y  las  que  con  saña  se  hazeii  con  arrepenti- 
miento se  piensan.  Los  sabios  como  tú  quando 
obran,  primero  delibran  que  disponen  y  son- 
Íes  presentes  todas  las  cosas  que  pueden  venir 
assi  de  lo  que  esperan  prouecho  como  de  lo  que 
temen  renes.  Y  si  de  qualquiera  pasión  enpedi- 
dos  se  hallan  no  sentencian  en  nada  fasta  verse 
libros ;  y  avnque  los  hechos  se  dilaten  hanlo  por 
bien,  porque  en  semeiantes  casos  la  priesa  es 
dafiosa  y  la  tardanza  segura;  y  como  han 
sabor  de  hazer  lo  insto  piensan  todas  las  cosas, 
y  antes  que  las  hagan  siguiendo  la  razón  es- 
tablecenles  secucion  onesta.  Propriedad  es  de 
los  discretos  prouar  los  conseios  y  por  ligera 
creencia  no  disponer,  y  en  lo  que  parece  dubdo- 
80  tener  la  sentencia  en  peso,  porque  no  es 
todo  verdad  lo  que  tiene  semeian9a  de  verdad. 
El  pensamiento  del  sabio  agora  acuerde,  agora 
mande,  agora  ordene,  nunca  se  parta  de  lo  que 
puede  acaecer,  y  siempre  como  zeloso  de  su  fa- 
m:i  se  guarda  de  error,  y  por  no  caer  en  él 
tiene  memoria  en  lo  pasado  por  tomar  lo  meior 
dcllo  y  ordenar  lo  presente  con  tenplan^a  y  con- 
tenplar  lo  porvenir  con  cordura  por  tener  aniso 
de  todo.  Señor,  todo  esto  te  avemos  dicho 
porque  te  acuerdes  de  tu  prudencia  y  ordenes 
en  lu  que  agora  ebtás,  no  segund  sañudo,  mas 
segnnd  sobidor.  Assl  buelue  en  tu  reposo,  que 
fuerye  lo  natural  de  tu  seso  al  acidente  de  tu 
yra.  Auemos  sabido  que  quieres  condenar  á 
muerte  á  Laureola.  Si  la  bondad  no  merece  ser 
iusticiada,  en  verdad  tu  eres  iniusto  iuez.  No 
quieras  turbar  tu  gloriosa  fama  con  tal  iuyzio, 
que  puesto  que  en  él  vuiese  derecho,  antes  se- 
rias, si  lo  dieses,  infamado  por  padre  cruel  que 
alabado  por  rey  iusticiero.  Disto  crédito  á  tres 
malos  onbres;  por  cierto  tanta  razón  auia  para 
pesquisar  su  vida  como  para  creer  su  testi- 
monio. 

Cata  que  son  en  tu  corte  mal  infamados, 
con  forman  se  con  toda  maldad,  síenpre  se  ala- 
ban en  las  razones  que  dizen  de  los  éntranos 
que  hazen.  Pues  por  qué  das  más  fé  A  la  in- 
formación dellos  que  al  iuyzio  de  Dios,  el  qual 
en  las  armas  de  Persio  y  Lcriano  se  mostró 
claramente?  No  seas  verdugo  do  tu  misma 
sangre,  que  seras  entre  los  onbres  muy  afea- 
do; no  culpes  la  inocencia  por  conseio  de  la 
saña. 

V  si  to  pareciere  que  por  las  razones  dichas 
Laureola  no  deue  ser  salua,  por  lo  que  dcues  á 
tu  virtud,  pr.r  lo  que  te  obliga  tu  realeza,  por 
los  soruioios  que  te  auemos  htícho,  te  suplicamos 
lingas  merced  de  su  vida.  Y  porque  menos  pa- 
labras do  las  dichas  bastaban  s.'iíun  tu  clemen- 
cia  para  hazollo,  no  te  qu-^remos  dozir  sino  que 
pienses  quanto  es  meior  que  parezca  íu  ira  (jue 
tu  fama. 


IIBBPUBSTA  DEL  BBT 

Por  bien  aconseiado  me  tnuiera  de  vosotros 
sino  tuuiese  sabido  ser  tan  devido  vendar  las 
desonrras  como  perdonar  las  culpas.  No  era 
menester  dezirme  las  razones  porque  los  pode- 
rosos deuen  recebir  conseio,  porque  aquellas  y 
otras  que  dexastes  de  dezir  tengo  yo  conocidas; 
mas  bien  saines  quando  el  coraron  está  enbar- 
gado  de  pasión  que  están  cerrados  los  oydos  al 
conseio,  y  en  tal  tiempo  las  frutuosas  palabras 
en  lugar  de  amansar  acrecientan  la  saña  por- 
que reuerdecen  en  la  memoria  la  causa  della; 
pero  digo  que  estuuiese  libre  de  tal  enpcdimen- 
to  yo  creería  que  dispongo  y  ordeno  sabiamente 
la  muerte  de  Laureola,  lo  qual  quiero  mostraros 
por  causas  iustas  determinadas  segund  onrra  j 
iusticia.  Si  el  yerro  desta  muger  quedase  sin 
pena  no  seria  menos  culpante  que  Leriano  en 
mi  desonrra.  Publicado  que  tal  cosa  perdoné 
seria  de  los  comarcanos  despreciado  y  de  los 
naturales  desobedecido  y  de  todos  mal  estima- 
do, y  podría  ser  acusado  que  supe  mal  conser- 
uar  la  generosidad  de  mis  antecesores,  y  á  tanto 
se  estenderia  esta  culpa  si  castigada  no  fuese 
que  podrie  amanzillar  la  fama  de  los  pasados 
y  la  onrra  de  los  presentes  y  la  sangre  de  los 
por  venir,  que  sola  vna  macula  en  el  linage 
cunde  toda  la  generación.  Perdonando  á  Lau- 
reola seria  causa  de  otras  mayores  maldades 
que  en  esfuer90  de  mi  perdón  se  harían,  pues 
más  quiero  poner  miedo  por  cruel  que  dar  atre- 
uimiento  por  piadoso  y  seré  estimado  como  con* 
uiene  que  los  reyes  lo  sean. 

Segund  iusticia  mirad  quantas  razones  ay 
para  que  sea  sentenciada.  Bien  sabeys  que  es- 
tablecen nuestras  leyes  que  la  muger  que  fuere 
acusada  de  tal  pecado  muera  por  ello.  Pues  ya 
voys  quanto  más  me  conuiene  ser  llamado  rey 
insto  que  pordonador  culpado,  que  lo  seria 
muy  conocidí»  si  en  lugar  de  guardar  la  ley  la 
quebrase,  pues  a  sí  mismo  se  condena  quien  al 
que  yerra  perdona.  Ygualmente  se  deue  guardar 
el  derecho,  y  el  cora9on  del  juez  no  se  ha  de 
mouer  ¡x^r  fauor  ni  amor  ni  coMícia  ni  por 
ningún  otro  acídente;  siendi)  derecha  la  iusti- 
cia es  alabada  y  si  es  fauorable  aborrecida. 
Nunca  se  deue  torcer  pues  de  tantos  bienes  es 
causa:  pone  miedo  á  los  malos,  sostiene  los 
buenos,  pacifica  las  diferencias,  ataia  las  ques- 
tiones,  escusa  las  contiendas,  abiene  los  deba- 
tes, asegura  los  caminos,  ourra  los  pueblos,  fa- 
uonco  los  poíiueños,  enfrena  los  mayores.  Es 
para  el  bien  común  en  gran  manera  muy  pro- 
uechosa:  pues  para  conseruar  tal  bien  porque 
las  leyes  sl'  sostonfían  iusto  es  que  en  mis  pro- 
prias  oosíis  la  vse.  Si  tanto  la  salud  de  Laureola 
queroys  y  tanto  su  bondad  alabays,  dad  vn  tes- 
tigo de  su  inocencia  como  ay  tres  de  su  cargo  y 


CÁRCEL  DE  AMOR 


17 


será  perdonada  con  razón  y  alabada  con  verdad. 
Dezis  que  deuiera  dar  tanta  fe  al  iujzio  de  Dios 
como  al  testimonio  de  los  onbrcs;  no  os  maraui- 
llejB  de  aasi  no  hazello,  que  reo  el  testimonio 
cierto  j  el  inyeio  no  acabado;  que  puesto  que 
Leriano  leuase  lo  meior  de  la  batalla  podemos 
inzgar  el  med'o  y  no  saber  el  fin.  No  respondo 
i  todos  los  apuntamientos  de  vuestra  habla  por 
DO  hazer  largo  proceso  y  en  el  fin  enbiaros  sin 
esperanza.  Mucho  quisiera  aceutar  vuestro  rue- 
go por  vuestro  merecimiento;  sino  lo  hago 
aveldo  por  bien,  que  no  menos  deucys  desear 
la  onrra  del  padre  que  la  saluacion  de  la  hija. 

EL    AUCTOB 

La  desesperan 9a  del  responder  del  rey  fué 
para  los  que  la  oyan  causa  de  grane  tristona,  y 
como  yo  triste  viese  que  aquel  remedio  me  era 
contrario,  busqué  el  que  creya  muy  prouechoso 
que  era  suplicar  a  la  rey  na  le  suplicase  al  rey 
por  la  saluacion  de  Laureola.  Y  yendo  a  ella 
con  este  acuerdo  como  aquella  que  tanto  parti- 
cipaua  en  el  dolor  de  la  hija,  tópela  en  vna  sala, 
que  venia  a  hazer  lo  que  yo  queria  dezille, 
aconpañada  de  muchas  generosas  dueñas  y 
damas  cuya  auctoridad  bostaua  para  alcan9ar 
qualquiera  cosa  por  iniusta  y  grane  que  fuera, 
quant-o  mas  aquella  que  no  con  menos  razón  el 
rey  deuiera  hazclla  que  la  rey  na  pe<lilla.  La 
qual  puestas  las  rodillas  en  el  suelo  le  dixo  pa- 
labras assi  sabias  para  culpalle  con]  o  piadosas 
para  amansalle.  Deziale  la  moderación  que  cou- 
uienc  á  los  reyes,  reprehendiaJe  la  perseuoran- 
9a  d«j  su  yra,  acordauale  que  era  padre,  habla- 
uale  razones  tan  discretas  para  notar  como  las- 
tymadas  para  sentir.  Suplicauale  que  si  tan 
cruel  inyzío  dispusiese  se  quisiese  satisfazer  con 
matar  a  ella'  que  tenia  los  mas  dias  pasados  y 
desase  a  Laureola  tan  dina  de  la  vida.  Prona- 
oale  que  la  muerte  de  la  salua  matarle  la  fama 
del  iuez  y  el  beuir  de  la  inzgada  y  los  bienes  de 
la  que  supUcaua.  Mas  tan  endurecido  estaua  el 
rey  en  su  proposito  que  no  pudieron  para  con 
él  las  razones  que  dixo  ni  las  lagrimas  que 
derramó  y  assi  se  boluio  a  su  cámara  con  poca 
fuerza  para  llorar  y  menos  para  beuir.  Pues 
riendo  que  menos  la  reyna  hallaua  gracia  en 
el  rey,  llegué  a  él  como  desesperado  sin  temer 
su  s:ifia  y  dixele  porque  su  sentencia  diese  con 
iusticin  clara,  que  Leriano  daría  vna  persona 
que  hiziese  armas  con  los  tres  falsos  testigos, 
o  que  él  por  si  lo  baria  avnque  abaxase  su 
merecer,  porque  mostrase  Dios  lo  que  insta- 
mente  deniesc  obrar.  Respondióme  que  me  de- 
sase de  enbaxadas  de  Leriano,  que  en  oyr  su 
noubre  le  creeia  la  pasión.  Pues  loluicndo  á  la 
reyna,  como  supo  que  en  la  vida  de  Laureola  no 
ania  remedio  fuese  ú  la  prisión  donde  estaua  y 
besándola  diaersas  veces  deziale  estas  palabras: 

OEÍaBN'ES  DE  LA  NOVELA.— 2 


I 


LA    BEYNA  Á   LAUREOLA 


O  bondad  acusada  con  malicia!  O  virtud  sen- 
tenciada con  saña!  O  hija  nacida  para  dolor  de 
su  madre!  Tú  serás  muerta  sin  iusticia  y  de 
mi  llorada  con  razón.  Más  poder  ha  tenido  tu 
ventura  para  condenarte  que  tu  inocencia  para 
hazerte  salua.  Beuire  en  soledad  de  ti  y  en  con- 
pañia  de  los  dolores  que  en  tu  lugar  me  dcxcs 
los  quales  de  conpasion  viéndome  quedar  sola 
por  acompañadores  me  diste.  Tu  fin  acabará  dos 
vidas;  la  tuya  sin  causa  y  la  mia  por  derecho,  y 
lo  que  biuiere  después  de  tí  me  será  mayor 
muerte  que  la  que  tú  recibirás,  porque  muy  uias 
atormenta  desealla  que  padecella.  Pluguiera  á 
Dios  que  fueras  llamada  hija  de  la  madre  que 
muryo  y  no  de  la  que  te  vido  morir.  De  las  gen- 
tes serás  llorada  en  quanto  el  mundo  durare. 
Todos  los  que  de  tí  tenian  noticia  auian  por  pe- 
queña cosa  este  rey  no  que  auies  de  eredar,  se- 
gund  lo  que  merecías.  Podiste  caber  en  la  yra 
de  tu  padre  y  dizen  los  que  te  conoscen  que  no 
cupiera  en  toda  la  tierra  tu  merecer.  Los  cie- 
gos deseauan  vista  para  verte  y  los  mudos  habla 
por  alabarte  y  los  pobres  riqueza  para  seruir- 
te;  á  todos  eras  agradable  y  á  Persi<»  fuiste» 
odiosa.  Si  algund  tiempo  bino,  él  recebirá  de  sus 
obras  galardón  insto,  y  avnque  no  me  queden 
fueryas  para  otra  cosa  sino  para  desear  morir 
para  vengarme  del,  tomallas  he  prestadas  de  la 
enemistad  que  le  tingo,  puesto  que  esto  no  me 
satisfaga,  porque  no  podra  sanar  el  dolor  de  la 
manzillalasecueiondela  vengan(;a.  ;0  hija  mia! 
¿por  qué  si  la  onestad  es  prueua  de  la  virtud  no 
dio  el  rey  mas  crédito  á  tu  presencia  que  al  tes- 
timonio? En  la  habla,  en  las  obras,  en  los  pen- 
samie;.tos  siempre  mostraste  coraeon  virtuoso, 
¿pues  porqué  consiente  Dios  que  mueri;s?  No 
hallo  por  cierto  otra  causa  sino  que  puede  mas 
la  muchedumbre  de  mis  pecados  que  el  mereci- 
miento de  tu  iustedad  y  quiso  (*)  que  mis  erro- 
res comprehendiesen  tu  innocencia.  Pon ,  hija  mia, 
el  coraron  en  el  cielo;  no  te  duela  dexar  lo  que 
se  acaba  por  lo  que  permanece.  Quiere  el  señor 
que  padezcas  como  martyr  porque  gozes  como 
bienauenturada.  De  mi  no  lenes  deseo,  que  si 
fuere  dina  de  yr  do  fueres,  sin  tardanea  te  sa- 
caré del.  ¡Qué  lastyma  tan  cruel  para  mi  que  su- 
plicaron tantos  al  rey  por  tu  vida  y  no  pudie- 
ron todos  defeudella  y  podrá  vn  cuchillo  aea- 
balla  el  qual  dexará  el  padre  culpado  y  la  ma- 
dre con  dolor  y  la  hija  sin  salud  y  el  reyno  sin 
eredera!  Detengo  me  tíinto  contigo,  luz  mia,  y 
digot-e  palabras  tan  lastimeras  que  te  quiebren 
el  coraron  porque  deseo  que  mueras  (?n  mi  po- 
der de  dolor  por  no  verte  morir  en  el  del  ver- 
dugo por  iusticia,  el  qual  avnque  derrame  tu 

{*)  Quiero^  en  la  primera  cdiciún. 


18 


orígenes  de  la  novela 


sangre  no  terna  tan  crueles  las  manos  como  el 
rey  la  condición.  Pero  pues  no  se  cumple  mi 
deseo,  antes  que  me  vaya  recibe  los  postrimeros 
besos  de  mi,  tu  piadosa  madre;  y  assi  me  des- 
pido de  tu  yista  y  de  mas  querer  la  mía. 

EL  AÜCTOR 

Como  la  rey  na  acalxS  su  habla,  no  quise  es- 
perar la  respuesta  de  la  innocente  por  no  rcce- 
bir  doblada  manzilla,  y  assi  ella  y  las  señoras 
de  quien  fue  aconpañada  se  despidieron  della 
con  el  mayor  llanto  de  todos  los  que  en  el  mun- 
do son  hechos.  Y  después  que  fue  yda  enbié  á 
Laureola  vn  mensaiero  suplicándole  escriuiese 
al  rey,  creyendo  que  auria  más  fuerca  en  sus 
piadosas  palabras  que  en  las  peticiones  de  quien 
auia  trabaiado  su  libertad.  Lo  qual  luego  puso 
en  obra  con  mayor  turbación  que  esperanza.  La 
carta  dezia  en  esta  manera: 

CARTA  DE  LAUREOLA  AL  REV 

Padre,  he  sabido  que  me  sentencias  á  muerte 
y  que  se  cumple  de  aquí  á  tres  dias  el  termino 
de  mi  vida,  por  donde  conozco  que  no  menos 
deuen  temer  los  inocentes  la  ventura  que  los 
culpados  la  ley,  pues  me  tiene  mi  fortuna  en  el 
estrecho  que  me  podiera  tener  la  culpa  que  no 
tengo,  lo  qual  conocerias  si  la  saña  te  dexase 
ver  la  verdad.  Bien  sabes  la  virtud  que  las  co- 
ronicas  pasadas  publican  de  los  reyes  y  reynas 
donde  yo  procedo; pues  ¿porqué  nacida  yode  tal 
sangre  creyste  mas  la  información  falsa  que  la 
bondad  natural?  Si  te  plaze  matarme,  por  vo- 
luntad óbralo,  que  por  iusticia  no  tienes  porqué; 
la  muerta  que  tú  me  dieres,  avnque  por  causa  de 
temor  la  rehuse,  por  razón  de  obedecer  la  con- 
siento, auiendo  por  meior  morir  en  tu  obedien- 
cia (jue  l>euir  en  tu  desamor.  Pero  todavia  te 
suplico  que  primero  acuerdes  que  determines, 
porque,  como  Dios  es  verdad,  nunca  hize  cosa 
porque  mereciese  pena.  Mas  digo,  señor,  que  la 
hiziera,  tan  conuenible  te  es  la  piedad  de  padre 
como  el  rigor  de  iusto.  Sin  dubda  yo  deseo  tanto 
mi  vida  por  lo  que  á  ti  toca  como  por  lo  que  á 
mi  cunple,  que  al  cabo  so  hija.  Cata,  señor, 
que  quien  crueza  haze  su  peligro  busca.  Mas 
seguro  de  caer  estaras  siendo  amado  por  cle- 
mencia que  temido  i)or  crueldad.  Quien  quiere 
ser  temido  for9ado  es  que  tema.  Los  reyes 
crueles  de  todos  los  cubres  son  desamados  y  es- 
tos á  las  vezes  buscando  cómo  se  venguen  ha- 
llan cómo  se  pierdan.  Los  suditos  de  los  tales 
mas  desean  la  rebuelta  del  tienpo  que  la  con- 
semacion  de  su  estado;  los  sainos  temen  su  con- 
dición y  los  malos  su  iusticia.  Sus  mismos  fa- 
miliares les  tratan  y  buscan  la  muerte  vsando 
con  ellos  lo  que  dellos  aprendieren.  Digote,  se- 
ñor, todo  esto  porque  deseo  que  se  sostente  tu 


onrra  y  tu  vida.  Mal  esperanza  ternan  los  tuyos 
en  ti  viéndote  cruel  contra  mi;  temiendo  otro 
tanto  les  darés  en  (*)  exemplo  de  qualquier  osa- 
día, que  quien  no  está  seguro  nunca  asegura.  ¡O 
quanto  están  libres  de  semeiantes  ocasiones  los 
principes  en  cuyo  coraron  está  la  clemencia;  si 
por  ellos  conuiene  que  mueran  sus  naturales, 
con  voluntad  se  ponen  por  su  saluacion  al  pe- 
ligro, veíanlos  de  noche,  guardanlos  de  dia; 
más  esperan  va  tienen  los  beninos  y  piadosos 
reyes  en  el  amor  de  las  gentes  que  en  la  f uerva 
de  los  muros  de  sus  fortalezas;  quando  salen  á 
las  placas  el  que  más  tarde  los  bendice  y  alaba 
más  temprano  piensa  que  yerra.  Pues  mira,  se- 
ñor, el  daño  que  la  crueldad  causa  y  el  prouecho 
que  la  mansedumbre  procura,  y  si  todavia  te  pa- 
reciere meior  seguir  ant^s  la  opinión  de  tu  saña 
que  el  conseio  propio,  malauenturada  sea  hija 
que  nació  para  poner  en  condición  la  vida  de  su 
padre,  que  por  el  escándalo  que  pomas  con  tan 
cruel  obra  nadie  se  fiará  de  ti  ni  tú  de  nadie  te 
deues  fiar  porque  con  tu  muerte  no  procure  al- 
gund  su  seguridad.  Y  lo  que  más  siento  sobre 
todo  es  que  darás  contra  mi  la  sentencia  y  harás 
de  tu  memoria  la  iusticia  la  qual  será  siempre 
acordada  mas  por  la  causa  della  que  por  ella 
misma.  Mi  sangre  ocupará  poco  lugar  y  tu 
crueza  toda  la  tierra.  Tú  serás  llamado  padre 
cruel  y  yo  seré  dicha  hija  innocente,  que  pues 
Dios  es  iusto  él  aclarará  mi  verdad.  Assi  que- 
daré libre  de  culpa  quando  aya  recebido  la  pena. 

EL  AUOTOR 

Después  que  Laureola  acabó  de  escreuir,  en- 
bió  la  carta  al  rey  con  vno  de  aquellos  que  la 
guardavan,  y  tan  amada  era  de  aquel  y  todos 
los  otros  guardadores  que  le  dieran  libertad  si 
fueran  tan  obligados  á  ser  piadosos  como  leales. 
Pues  como  el  rey  recibió  la  carta,  después  de 
avella  leydo  mandó  muy  enoiadaraente  que  al 
leñador  della  le  tirasen  delante,  lo  qual  yo  vien- 
do comenye  de  nueuo  a  maldezir  mi  ventura  y 
puesto  que  mi  tormento  fuese  grande  ocn- 
paua  el  coraron  de  dolor  mas  no  la  memoria  de 
oluido  para  lo  que  hazer  conuenia,  y  a  la  ora 
porque  auia  mas  espacio  para  la  pena  que  p  ira 
el  remedio  hablé  con  Gaulo  tio  de  Laureola,  co- 
mo es  contado,  y  dixele  como  Leriano  quería 
sacalla  por  fuerza  de  la  prísion,  para  lo  quél  le 
suplican  a  mandase  inntar  alguna  gente  para 
que  sacada  de  la  cárcel  la  tomase  en  su  poder 
y  la  pusiese  en  saino,  porque  si  el  consigo  la  le- 
ñase podria  dar  lugar  al  testimonio  de  los  ma- 
los onbres  y  a  la  acusación  de  Persio.  Y  como 
no  le  fuese  menos  cara  que  a  la  reyna  la  muer- 
te de  Laureola,  respondióme  que  aceutaua  lo 

(*)  Quizá  debe  leerse  km  en  vez  de  en. 


CÁRCEL  DE  AMOR 


19 


qae  dozia,  y  como  sa  voluntad  y  mi  deseo  fue- 
ron conformes  dio  priesa  en  mi  partida  porque 
antes  qucl  hecho  se  supiese  se  despachase.  La 
qaal  puse  luego  en  obra,  y  llegado  donde  Leria- 
no  ostaua  dile  cuenta  de  lo  que  hize  y  de  lo 
poco  que  acubé,  y  hecha  mi  habla  dile  la  carta  de 
Laureola,  y  con  la  compasión  de  las  palabras 
della  y  con  pensamiento  de  lo  que  esperaua  ha- 
zer  traya  tantas  rebucltas  en  el  cora9on  que  no 
sabia  qué  responderme.  Lloraua  de  lastyma,  no 
sosegaua  de  sañudo,  desconfiaua  segund  su  for- 
tuna, esperaua  segund  su  iusticia.  Qnando  pen- 
sana  que  sacarie  á  Laureola  alegrauase,  quaudo 
dudaua  si  lo  podría  hazer  enmudecía.  Fiual- 
mente  dezadas  las  dubdas,  sabida  la  respuesta 
que  Galio  me  di6,  comento  a  proueer  lo  que 
para  el  negocio  conplia,  y  como  onbre  pro- 
ueydo,  en  tanto  que  yo  estaua  en  la  corte,  iuiitó 
quinientos  onbres  darmas  suyos,  sin  que  paríen- 
te  ni  persona  del  mundo  lo  supiese.  Lo  qual 
acordó  con  discreta  consideración,  porque  si  con 
sus  deudos  lo  comunicara,  vnos  por  no  deser- 
uir  al  rey  dizieran  que  era  mal  hecho  y  otros 
por«  asegurar  su  hazienda  que  lo  deuia  dexar 
y  otros  por  ser  al  caso  peligroso  que  no  lo  de- 
uia enprender;  assl  que  por  estos  inconuenien- 
tes  y  porque  por  alli  pudiera  sa))erse  el.  hecho 
quiso  con  sus  gentes  solas  acometello;  y  no 
quedando  sino  yn  dia  para  sentenciar  á  Lau- 
reola, la  noche  antes  iuntó  sus  caualleros  y  di- 
zoles  quanto  eran  mas  obligados  los  buenos  ¿ 
temer  la  rerguen^a  que  el  peligro.  Alli  les  acor- 
do  como  por  las  obras  que  hizieron  avn  biuia 
la  fama  de  los  pasados;  rogóles  que  por  cobdi- 
cia  de  la  gloria  de  buenos  no  curasen  de  la  de 
biuos,  trazóles  a  la  memoría  el  premio  de  bien 
morír  y  mostróles  quanto  era  locura  temello  no 
podiendo  cscusallo. 

Prometióles  muchas  mercedes  y  después  que 
les  hizo  yn  largo  razonamiento  dizoles  para  qué 
los  ania  llamado^  los  qoales  a  vna  boz  iuntos 
le  profirieron  a  morír  con  el.  Pues  conociendo 
Leriano  la  lealtad  de  los  suyos  tunóse  por  bien 
•conpañado  y  dispuso  su  partida  en  anoche- 
ciendo, y  llegado  a  tu  valle  cerca  de  la  cibdad 
estuuo  alli  en  celada  toda  la  noche,  donde  dio 
forma  en  lo  que  auia  de  hazer.  Mandó  a  vn  ca- 
pitán suyo  con  cient  onbres  darmas  que  fuese 
a  la  posada  de  Persio  y  que  matase  a  él  y  a 
quantos  en  defensa  se  le  pusiesen.  Ordenó  que 
otros  dos  capitanes  estuviesen  con  cada  cin- 
quenta  cananeros  a  pie  en  dos  calles  príncipa- 
les  que  salian  a  la  prisión,  a  los  quales  mandó 
que  tuviesen  el  rostro  contra  la  cibdad  y  que  á 
qoantoB  vioieseu  defendiesen  la  entrada  de  la 
cárcel  entre  tanto  que  él  con  los  trezientos  que 
le  quedaaan  trabaiaoa  por  sacar  4  Laureola.  Y 
al  que  dio  cargo  de  matar  á  Persio  dizole  que 
en  despachando  se  fuese  á  ayuntar  con  él  y  cre- 


yendo que  a  la  buelta  si  acabase  el  hecho  auia 
de  salir  peleando,  porque  al  sobir  en  los  cana- 
Uos  no  recibiese  daño,  mandó  aquel  mismo  cau- 
dillo quél  y  los  que  con  el  fuesen  se  adelanta- 
son  a  la  celada  a  caualgar  para  que  hiziesen  ros- 
tro a  los  enemigos  en  tanto  quél  y  lus  otros  to- 
mauan  los  cauallos,  con  los  quales  dexó  cin- 
quenta  onbres  de  pie  para  que  los  guardasen.  Y 
como  acordado  todo  esto  comentase  amanecer, 
en  abriendo  las  puertas  mouio  con  su  gente,  y 
entrados  todos  dentro  en  la  cibdad  cada  vno 
tuuo  a  cargo  lo  que  auia  de  hazer.  El  cnpitan 
que  fué  a  Persio  dando  la  muerte  a  quantos  to- 
paua  no  paró  hasta  el  que  se  comenzaua  a  ar- 
mar, donde  muy  crueluientc  sus  maldades  y  su 
vida  acabaron.  Leriano  que  fue  á  la  prisión, 
acrecentando  con  la  su&a  la  virtud  del  esfueryo 
tan  duramente  peleó  con  las  guardas  que  no 
podia  pasar  adelante  sino  por  encima  de  los 
muertos  quél  y  los  suyos  derribauan,  y  como 
en  los  peligros  mas  la  bondad  se  acrecienta, 
por  fuer^'a  de  armas  llegó  hasta  donde  estaua 
Laureola  a  la  qual  sacó  con  tanto  acatamiento 
y  cerinionia  como  en  tienpo  seguro  lo  podiera 
hazer,  y  puesta  la  rodilla  en  el  suelo  besóle  las 
manos  como  a  hija  de  su  rey.  Estaua  ella  con 
la  turbación  presente  tan  sin  fuerza  que  ape- 
nas podia  mouerse,  dcsmayauale  el  coraron,  fa- 
llccialc  la  color,  ninguna  parte  de  bina  tenia. 
Pues  como  Leríano  la  sacaua  déla  diehossa  cár- 
cel que  tanto  bien  mereció  guardar,  halló  á  Ga- 
lio con  vna  batalla  de  gente  que  la  estaua  es- 
perando y  en  presencia  de  todos  gola  entregó, 
y  como  quiera  que  sus  caualleros  pclcauan  con 
los  que  al  rebato  venian,  púsola  en  una  hacanea 
que  Galio  tenia  adcr^9ada,  y  después  de  besalle 
las  manos  otra  vez  fue  á  ayudar  y  fauorccer  su 
gente  boluiendo  siempre  a  ella  los  oios  hasta 
que  de  vista  la  perdió.  La  qual  sin  ningún  con- 
traste leuó  su  tyo  a  Dala,  la  foi-taleza  dicha. 
Pues  tomando  á  Leriano,  como  ya  ell  alboroto 
llegó  a  oydos  del  rey,  pidió  las  armas  y  tocadas 
las  tronpetas  y  atabales  armóse  toda  la  gente 
cortesana  y  de  la  cibdad;  y  como  el  tienpo  le  po- 
nia  necesidad  para  que  Leríano  saliese  al  canpo 
comenyolo  á  hazer  esforzando  los  suyos  con  ani- 
mosas palabras,  quedando  siempre  en  la  reyaga, 
sufríendo  la  multitud  délos  enemigos  con  mu- 
cha firmeza  de  corayon.  Y  por  guardar  la  ma- 
nera onesta  que  requiere  el  rrctracr,  y\'a  orde- 
nado con  menos  priesa  que  el  caso  pcKÜa,  y  assi 
perdiendo  algunos  délos  suyos  y  matando  a 
muchos  de  los  contrmos  llegó  a  donde  dexó  los 
cauallos,  y  guardada  la  orden  que  para  aquello 
auie  dado,  sin  recebir  renes  ni  peligro  caualga- 
ron  él  y  todos  sus  caualleros,  lo  que  por  ventura 
no  hiziera  si  antes  no  proueyera  el  i*emedio. 
Puestos  todos  como  es  dicho  a  cauallo,  tomó  de- 
lante los  peones  y  siguió  la  via  de  Susa  donde 


20 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


auic  partido,  jcomo  se  le  acercauan  tres  batallas 
del  rey,  salido  de  paso  apresuró  algo  ell  andar 
con  tal  concierto  y  orden  que  ganaua  tanta  onrra 
en  el  retraer  como  en  el  pelear.  Yva  siempre  en 
los  postreros  haziendo  algunas  bneltas  quando 
el  tiempo  las  pedia,  por  entretener  los  contra- 
rios, para  leuar  sn  batalla  mas  sin  congoxa.  En 
el  fin,  no  auiendo  sino  dos  leguas  como  es  dicho 
hasta  Susa,  pudo  llegar  sin  que  ningund  suyo 
perdiese,  cosa  de  gran  marauilla,  porque  con 
cinco  mili  onbres  darmas  venia  ya  el  rey  enbuel- 
to  con  di. 

El  qual  muy  encendido  de  coraie  puso  a  la 
ora  cerco  sobre  el  lugar  con  proposito  de  no 
leuantarse  de  allí  hasta  que  del  tomase  vengan- 
za. Y  viendo  Leriano  que  el  rey  asentaua  real 
repartió  su  gente  por  estancias  segund  sabio 
guerrero.  Donde  estaua  el  muro  mas  flaco  po- 
nia  los  mas  rezios  caualleros;  donde  auia  apa- 
reio  para  dar  en  el  real  ponía  los  mas  sueltos; 
donde  veya  mas  dispusicion  para  entralle  por 
traycion  6  engaño  j)onia  los  mas  fíeh?s.  En  todo 
proueya  como  sabido  y  en  todo  osaua  como  va- 
ron.  El  rey  como  aquel  que  pensaua  leuar  el 
hecho  a  fin,  mandó  fortalecer  el  real,  y  proueó 
en  las  prouisiones;  y  ordenadas  todas  las  cosas 
que  a  la  hueste  cumplía,  mandó  llegar  las  es- 
tancias cerca  de  la  cerca  de  la  villa,  las  quales 
guarneció  de  muy  bona  gente,  y  pareciendole 
segund  le  acuciaua  la  saña  gran  tardanva  espe- 
rar á  tomar  á  Leriano  por  hanbre,  puesto  que 
la  villa  fuose  muy  fuerte,  acordó  de  conbatilla 
lo  qual  prouo  con  tan  brano  cora(;on  que  vuo 
el  cercado  bien  menester  el  esfuerzo  y  la  dili- 
gencia. Andaua  sobre  saliente  con  cient  caua- 
lleros que  para  aquello  tenia  diputados;  donde 
veya  flaqueza  se  esfor(;aua,  donde  veya  cora<;on 
alabíiua,  donde  veya  mal  recaudo  proueya.  Con- 
cluyendo, porque  me  alargo,  el  rey  mandó  apar- 
tar el  combate  con  perdida  de  mucha  parte  de 
sus  caualleros,  en  especial  de  los  mancebos  cor- 
tesanos que  sic-npre  buscan  el  peligro  por  glo- 
ria. Leriano  fue  lierído  en  el  rostro  y  no  menos 
perdió  muchos  onbres  principales.  Pasado  assi 
este  conbate  diole  el  rey  otros  cinco  en  espacio 
de  tres  meses,  de  manera  que  le  fallecían  ya  las 
dos  partes  de  su  gente,  de  cuya  razón  hallaua 
dudoso  su  hecho,  como  quiera  que  en  el  rostro, 
ni  palabras,  ni  obras  nadie  gelo  conosciese,  por- 
que en  el  coraron  del  caudillo  se  esfuerzan  los 
acaudilladlos.  Finalmente  como  supo  que  otra 
vez  ordenauan  dele  conbatir,  por  poner  coraron 
a  los  ((ue  le  quedauan  hizoles  una  habla  en  esta 
forma. 

LERIANO   A    sus    CAUALLEROS 

Por  cierto,  caualleros,  si  como  s'oys  pocos  en 
número  no  fuésedes  muchos  en  fortaleza  yo  ter- 
nia   alguna    duda   en    nuestro   hecho    según 


nuestra  mala  fortuna,  pero  como  sea  mas  esti- 
mada la  virtud  que  la  muchedumbre,  vista  la 
vuestra  antes  temo  necesidad  de  ventura  que 
de  caualleros  y  con  esta  consideración  en  solos 
vosotros  tengo  esperanza.  Pues  es  puesta  en 
nuestras  manos  nuestra  salud,  tanto  por  sus- 
tentación de  vida  como  por  gloría  de  fama  nos 
conviene  pelear.  Agora  se  nos  ofrece  causa 
para  dezar  la  bondad  que  eredamos  á  los  que 
nos  han  de  eredar,  que  malauenturados  sería- 
mos sí  por  flaqueza  en  nosotros  se  acabasse  la 
eredad.  Assi  pelead  que  libreys  de  vergüenza 
vuestra  sangre  y  mi  nombre.  Oy  se  acaba  ó  se 
confirma  nuestra  onrra;  sepámosnos  defender 
y  no  avergonzar,  que  muy  mayores  son  los  ga- 
lardones de  las  victorías  que  las  ocasiones  de 
los  peligros.  Esta  vida  penosa  en  que  bevimos 
no  sé  porqué  se  deua  mucho  querer,  que  es 
breue  en  los  días  y  larga  en  los  trábalos,  la 
qual  ni  por  temor  se  acrecienta,  ni  por  osarse 
acorta,  pues  quando  nascemos  se  limita  su 
tiempo,  por  donde  escusado  es  el  miedo  y  devi- 
da la  osadía.  No  nos  pudo  nuestra  fortuna  po- 
ner en  meior  estado  que  en  esperanza  de-  on- 
rrada  muerte  ó  gloriosa  fama.  Cudicia  de  ala- 
banca,  auaricia  de  onrra  acaban  otros  hechos 
mayores  quel  nuestro;  no  temamos  las  gran- 
des conpañas  llegadas  al  real,  que  en  las  afren- 
tas los  menos  pelean;  á  los  sinples  espanta  la 
multitud  de  los  muchos  y  á  los  sabios  esfuerza 
la  virtud  de  los  pocos.  Grandes  apárelos  tene- 
mos para  osar;  la  bondad  nos  obliga,  la  iusti- 
cia  nos  esfuerza,  la  necesidad  nos  apremia.  No 
ay  cosa  porque  deuamos  temer  y  ay  mili  para 
que  deuamos  morir.  Todas  las  razones,  caua- 
lleros leales,  que  os  he  dicho  eran  escusadas 
para  creceros  fortaleza  pues  con  ella  nacistes, 
mas  quísolas  hablar  porque  en  todo  tiempo  el 
corazón  se  deue  ocupar  en  nobleza,  en  el  hecho 
con  las  manos,  en  la  soledad  con  los  pensa- 
mientos, en  conpañia  con  las  palabras  como 
agora  hazcmos,  y  no  menos  porcjue  recibo  ygual 
gloria  con  la  voluntad  amorosa  que  mostrays 
como  con  los  hechos  fuertes  que  hazeys.  Y  por- 
(pie  me  parece  segund  se  adereza  el  comíate  que 
somos  costreñidos  á  dexar  con  las  obras  las 
hablas,  cada  vno  se  vaya  á  su  estancia. 

EL  AUCTOR 

Con  tanta  constancia  de  animo  fue  Leriano 
respondido  de  sus  caualleros  que  se  llamó  di- 
choso por  hallarse  diño  dellos;  y  porque  estaua 
ya  onlenado  el  conbate  fuese  cada  vno  á  de- 
fender la  parte  que  le  cabia;  y  poco  después 
que  fueron  llegados  tocaron  en  el  real  los  ata- 
nales  y  tronpetas  y  en  pequeño  espacio  estañan 
iuntos  al  muro  cincuenta  mili  onbres  los  quales 
con  mucho  vigor  comenzaron  el  hecho,  donde 
Leriano  tuno  lugar  de  mostrar  su  virtud  y  se- 


CÁRCEL  DE  AMOR 


21 


gnnd  los  de  dentro  defendían  oreja  el  rey  que 
ninguno  dellos  faltaua.  Doró  el  coubatc  des- 
de medio  día  hasta  la  noche  que  los  departió. 
Fueron  heridos  y  muertos  tres  mili  de  los  del 
real  j  tantos  de  los  de  Leriano,  que  de  todos 
los  suyos  no  le  auian  quedado  sino  ciento  y 
cincuenta,  y  en  su  rostro  segnnd  et(for(;ado  no 
mostraua  ayer  perdido  ninguno,  y  en  su  sen- 
timiento segund  amoroso  parecia  qnc  todos  le 
auian  salido  del  anima.  Estuuo  toda  aquella  no- 
che enterrando  los  muertos  y  loando  los  biuos, 
no  dando  menos  gloria  á  los  que  enterrana  que 
á  los  que  veya.  Y  otro  día  en  amaneciendo,  al 
tienpo  que  se  remudan  las  guardas  aeonlo  que 
cincuenta  de  los  suyos  diesen  en  vna  estancia 
que  vn  pariente  de  Persio  tenía  coreana  al 
muro,  porque  no  pensase  el  rey  que  le  faltaua 
cora^'on  ni  gente;  lo  qual  se  hizo  con  tan  firme 
osadía  que  quemada  la  estancia  mataron  mu- 
chos de  los  defensores  dclla,  y  como  ya  Dios 
tuviese  por  bien  que  la  rerdad  de  aquella  pen- 
dencia se  mostrase,  fue  preso  en  aquella  vuelta 
vno  de  los  damnados  que  condenaron  á  Lau- 
reola, y  puesto  en  poder  de  Leriano  mandó  que 
todas  las  maneras  de  tormento  fuesen  obradas 
rn  él  basta  que  dixese  porqud  leuautó  el  testi- 
monio, el  qual  sin  premia   ninguna  confesó 
todo  el  hecho  como  pasó.  Y  después  que  Le- 
riano de  la  verdad  se  informó,  enbiole  al  rey 
suplicándole  que  sainase  á  Laureola  de  culpa 
y  que  mandase  iusticiar  aquel  y  á  los  otros 
que  de  tanto  mal  auícn  sido  causa.  Lo  qual  el 
rey  sabido  lo  cierto  acento  con  alegre  voluntad 
por  la  insta  razón  que  para  ello  le  rc(jueria.  Y 
por  no  detenerme  en  las  prolixidades  que  en 
este  caso  pasaron,  de  los  tres  falsos  onbres  se 
hizo  tal  la  iusticia  como  fue  la  maldad.  El  cer- 
co fue  luego  al9ado  y  el  rey  tuno  á  su  hija  por 
libre  y  á   Leriano  por  desculpado,  y  llegado  á 
Snria  enliió  por  Laureola  á  todos  los  grandes 
de  su  corte,  la  qual  vino  con  ygual  onrru  de  su 
merecimiento. 

Fue  recebida  del  rey  y  la  reyna  con  tanto 
amory  lagrimas  de  gozo  como  se  derramaran  de 
dolor;  el  rey  se  desculpaua,  la  reyna  la  besana, 
todos  la  seruian  y  assi  se  entre^ü^auan  con  ale- 
gría presente  de  la  pena  pasada.  A  Loriano 
mandóle  el  rey  que  no  entrase  por  estonces  cu 
la  corte  hasta  que  pacificase  a  e'l  y  a  los  pa- 
rientes de  Persio,  lo  que  recibió  a  gniveva  por- 
que no  podría  ver  á  Laureola,  y  no  podiendo 
hazer  otra  cosa  sintiólo  en  cstrufia  manera.  Y 
viéndose  apartado  della,  dexadas  las  obras  de 
guerra,  boluiose  á  las  congoxas  enamoradas,  y 
descoso  de  saber  en  lo  que  Laureola  estaña  ro- 
góme que  le  fuese  á  suplicar  que  diese  alguna 
forma  onesta  para  que  la  pudiese  ver  y  hablar, 
que  tanto  deseaba  Leriano  guardar  su  onestad 
que  nunca  pensó  hablalla  en  parte  donde  sos- 


pecha en  ella  se  pudiese  tomar,  de  cuya  razón 
él  era  merecedor  de  sus  mercedes.  Yo  que  con 
plazer  aceutaua  sus  mandamientos,  partime 
para  Suria,  y  llegado  allá,  después  de  besar  las 
manos  á  Laureola,  supliquele  lo  que.  me  dixo,  a 
lo  quél  me  respondió:  que  en  ninguna  manera 
lo  haría  por  muchas  causas  que  me  dio  para 
ello.  Pero  no  contento  con  dezir  gelo  aquella  vez 
todas  las  que  veya  gelo  suplicaua;  concluyendo 
respondióme  al  cabo  que  si  mas  en  aquello  le 
hablaua  que  causaría  que  se  desmesurase  con- 
tra mí.  Pues  visto  su  enoio  y  responder  fui  á 
Leriano  con  grane  tristeza  y  qnando  le  dixc 
que  de  nueuo  se  comenzauan  sus  desauen turas, 
sin  duda  estuuo  en  condición  de  desesperar.  Lo 
qual  yo  viendo,  por  entretenelle,  dixele  que  es- 
criuiese  á  Laureola  acordándole  lo  que  hizo  por 
ella  y  estrafiandole  su  mudanza  en  la  merced 
que  en  escrinille  le  comen90  á  hazer.  Respon- 
dióme que  auia  acordado  bien,  mas  que  no  te- 
nia que  acordalle  lo  que  auia  hecho  por  ella 
pues  no  era  nada  segund  lo  que  merecía  y  tan- 
bien  porque  <  ra  de  onbres  baxos  repetir  lo  he- 
cho; y  no  menos  me  dixo  que  ninguna  memo- 
ria le  haría  del  galardón  recebido  porque  se  de- 
fiende en  ley  enamorada  escreuir  que  satisfa- 
cion  se  recibe,  por  el  peligro  que  se  puede  re- 
crecer si  la  carta  es  vista,  asi  que  s'n  tocar  en 
esto  cscriuio  á  Laureola  las  siguientes  razones: 

CARTA  DE  LERIANO  Á  LAUREOLA 

Laureola,  segund  tu  virtuosa  piedad,  pues  sa- 
bes mi  pasión,  no  puinio  creer  que  sin  alguna 
causa  la  ct»nsientas,  pues  no  te  pido  cosa  á  tu 
onrra  fea  ni  ¿  ti  grane.  Si  quieres  mi  mal  ('por 
qué  lo  dudas?  á  sin  razón  muero,  sabiendo  tú 
que  la  pena  ^rand(;  assi  ocupa  el  coraron  que 
se  puede  sentir  y  no  mostrar  Si  lo  has  por 
bien  pensado  (pie  me  satis fazes  con  la  pasión 
que  me  das  por(|ue  dándola  tú  es  el  mayor 
bien  que  puedo  esperar,  iustamente  lo  barias  si 
la  dieses  a  fin  de  galardón.  Pero  ¡desiliehado 
yo!  que  la  causa  tu  hermosura  y  no  haze  la 
merced  tu  voluntad.  Si  lo  consientes  inzgan- 
donie  desagradecido  porque  no  me  contento  con 
el  bien  que  me  heziste  en  darme  causa  de  tan 
ufano  pensamiento,  no  me  culpes,  queavncine  la 
A'oluntad  se  satisfaze,  el  sentimiento  se  querella. 
Si  te  plaze  porque  nunca  te  hize  seruizio,  no 
pude  sobir  los  seruizios  á  la  alteza  de  lo  fpie  me- 
reces; (pie  quando  t«Klas  estas  cosas  y  otras  mu- 
chas pi«Miso  ballonu'  que  dexas  de  hazer  lo  que 
te  suplico  porque  me  puso  en  cosa  que  no  pude 
merecer.  Lo  qual  yo  no  niego;  pero  atreuime  á 
ello  pensan<lo  que  me  harías  merctni  no  segund 
quien  la  pedia  mas  segund  tú  ^que  la  auies  de 
dar.  Y  también  pense  que  para  ello  me  ayuda- 
daran  virtud  y  compasión  y  piedad  porque  son 


22 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


acetas  á  ta  condición,  que  qnando  los  qne  con 
los  poderosos  negocian  para  alcanzar  su  gracia, 
primero  ganan  las  yolnntades  de  sus  familiares; 
y  parcccme  que  en  nada  hallé  remedio.  Busqué 
ayudadores  para  contigo  y  hállelos  por  cierto 
leales  y  firmes  y  todos  te  suplican  que  me  ayas 
merced;  el  alma  por  lo  que  sufre,  la  vida  por  lo 
qne  padece,  el  coraron  por  lo  que  pasa,  el  sen- 
tido por  lo  que  siente.  Pues  no  niegues  galar- 
dón á  tantos  que  con  ansia  te  lo  piden  y  con 
razón  te  lo  merecen.  Yo  soy  el  más  sin  ventura 
de  los  más  desauenturados.  Las  aguas  reucrde- 
cen  la  tierra  y  mis  lagrimas  nunca  tu  esperan9a 
la  qual  cabe  en  los  canpos  y  en  las  yemas  y 
arboles  y  no  puede  caber  en  tu  coraron. 

Desesperado  auna  segund  lo  que  siento  si  al- 
guna vez  me  haUase  solo,  pero  como  siempre 
me  acompañan  el  pensamiento  que  me  das  y  el 
deseo  que  me  ordenas  y  la  contemplación  que 
me  causas,  viendo  qne  lo  vo  á  hazer  consuelan- 
me  acordándome  que  me  tienen  conpafíia  de  tu 
parte,  de  manera  que  quien  causa  las  desespe- 
raciones me  tiene  que  no  desespere.  Si  todavia 
te  plaze  que  muera,  házmelo  saber,  que  gran 
bien  liarás  á  la  vida  pues  no  será  desdichada  del 
todo.  Lo  primero  della  se  pasó  en  inocencia  y 
lo  del  conocimiento  en  dolor;  a  lo  menos  el  fin 
será  en  descanso  porque  tú  lo  das,  el  qual,  si  ver 
no  me  quieres,  será  fon;ado  que  veas. 

EL  AUCTOR 

Con  Diucha  pena  recibió  Laureola  la  carta  de 
Leríano  y  por  despedirse  del  onestAuícnte  res- 
pondióle desta  manera,  con  determinación  de 
iamas  recebir  enbaxada  suya. 

CARTA  DB  LAUREOLA  X  LERIANO 

El  pesar  qne  tengo  de  tus  males  te  seria  sa- 
tisfacion  dellos  mismos  si  creyeses  quanto  es 
grande,  y  él  solo  tomarías  por  galardón  sin  que 
otro  pidieses,  avnque  fuese  poca  paga  segund  lo 
que  tienes  merecido,  la  qual  yo  te  daria  como 
deuo  si  la  quisieses  de  mi  hazienda  y  no  de  mi 
onrra.  No  responderé  á  todas  las  cosas  de  tu 
carta  porque  en  saber  que  te  escriño  me  huye  la 
sangre  del  coraron  y  la  razón  del  iuycio.  Nin- 
guna causa  de  las  que  dizes  me  haze  consentir 
tu  mal  sino  sola  mi  bondad,  porque  cierto  no 
esto  dudosa  del,  porque  el  estrecho  á  que  lle- 
gaste fue  testigo  de  lo  que  sofriste.  Dizes  que 
nunca  me  hizfste  seniicio.  Lo  que  por  mi  has 
hecho  me  obliga  á  nunca  oluidallo  y  sienpre  de- 
sear satisfacerlo,  no  segund  tu  descomas  segund 
mi  onestad.  La  virtud  y  piedad  y  conpasion  que 
pensaste  que  te  ayudarían  para  comigo,  aunque 
son  aceptas  á  mi  condición,  para  en  tu  caso  son 
enemigas  de  mi  fama  y  por  esto  las  hallaste  con- 
trarias. Quando  estaña  presa  sainaste  mi  vida 


y  agora  que  esté  libre  quieres  condenalla.  Pues 
tanto  me  quieres,  antes  devrias  querer  tu  pena 
con  mi  onrra  que  tu  remedio  con  mi  culpa;  no 
creas  qne  tan  sanamente  binen  las  gentes,  que 
sabido  que  te  hablé,  iuzgascn  nuestras  linpias 
intenciones,  porque  tenemos  tienpo  tan  malo 
que  antes  se  afea  la  bondad  que  Se  alaba  la  vir- 
tud; assi  que  es  escusada  tu  demanda  porque 
ninguna  esperan9a  hallarás  en  ella  aunque  la 
muerte  que  dizes  te  viese  recebir,  auiendo  por 
mejor  la  crueldad  onesta  que  la  piedad  culpada. 
Dirás  oyendo  tal  deses]>eran9a  que  s6  mouible 
porque  te  comencé  á  hazer  merced  en  escreuirte 
y  agora  determino  de  no  remediarte;.  Bien  sabes 
tú  quan  sanamente  lo  hize  y  pue>to  que  en  ello 
mñera  otra  cosa,  tan  conuenible  es  la  mudanza 
en  las  cosas  dañosas  como  la  firmeza  en  las 
onestas.  Mucho  te  ruego  que  te  esfuerces  como 
fuerte  y  te  remedies  como  discreto.  No  pongas 
en  peligro  tn  vida  y  en  disputa  mi  onrra,  pues 
tanto  la  deseas,  qne  se  dirá  muriendo  tú  que  ga- 
lardono los  seniicios  quitando  las  vidas,  lo  que 
si  al  rey  venyo  de  (lias  se  dirá  al  renes.  Ternas 
en  el  reyno  toda  la  parte  que  quisieres,  creceré 
tu  onrra,  dol)liiré  tu  renta,  sobiré  tn  estado, 
ninguna  cosa  ordenarás  que  reuocada  te  sea, 
assi  que  hiñiendo  causarás  que  me  iuzguen 
agradecida  y  muriendo  que  me  tengan  por  mal 
acondicionada.  Avnque  por  otra  cosa  no  te  es- 
forzases, sino  por  el  cuydado  que  tu  pena  me  da 
lo  devrias  hazer.  No  quiero  mas  dezirte  porque 
no  digas  que  me  pides  esperanza  y  te  do  conseio. 
Plugiere  á  Dios  que  fuera  tu  demanda  insta,  por 
que  vieras  que  como  te  aconseió  en  lo  vno  te 
satisfíziera  en  lo  otro;  y  assi  acabo  para  sien- 
pre  de  más  responderte  ni  oyrte. 

EL  AÜCTOR 

Cuando  Laureola  vuo  escrito  dixome  con 
proposito  determinado  qu^  aquella  fuese  la 
postrimera  vez  que  pareciese  en  su  presencia 
porque  ya  de  mis  pláticas  andana  mucha  sos- 
pecha y  porque  en  mis  ydas  auia  mas  peligro 
para  ella  que  esperanza  para  mi  despacho.  Pues 
vista  su  determinada  voluntad,  pare^iendome 
que  de  mi  trabaio  sacaua  pena  para  mi  y  no 
remedio  para  Leriano,  despedime  della  con  mas 
lágrimas  que  palabras  y  después  de  besalle  las 
manos  sal  i  me  de  palacio  con  vn  nudo  en  la 
garganta  que  ]>ense  ahogarme,  por  encobrir  la 
pasión  que  sacaua,  y  salido  de  la  cibdad,  como 
me  vi  solo,  tan  fuertemente  comencé  á  llorar 
que  de  dar  bozes  no  me  podía  contener.  Por 
cierto  yo  tuuiera  por  meior  quedar  muerto  en 
Macedonia  que  venir  bino  á  Castilla;  lo  que 
deseaua  con  razón  pues  la  mala  ventura  se 
acaba  con  la  muerte  y  se  acrecienta  con  la  vida. 
Nunca  por  todo  el  camino  sospiros  y  gemidos 


CÁRCEL  DE  AMOR 


2S 


me  fallecieron,  j  qaando  Ihí^aé  á  Leríano  (lile 
la  cart.i,  j  coido  acabé  de  leelln  d¡xi;te  que  ni  se 
esfon.-ase,  ni  en  alegrase,  ni  recibiese  consnelo 

eies  tanta  rozón  anin  pnra  que  deiiicsu  morir. 
]  qiial  me  respondió  que  mus  qnu  basta  a)li 
me  touia  por  suyo  porque  le  atonseiaua  lo  pro- 
pio, j  con  l)oz  y  color  mortal  eomenco  a  condo- 
lerse. Ni  culpaua  su  flaque^'a,  ni  avergoiigana 
BU   desfallecimiento;  todo  lo  que  pCMlie  acallar 
su  Tida  alabaiia,  inostraaase  amigo  de  loa  dolo- 
res, rccreaua  con  los  tormentos,  nuiaua  las  tris- 
tezas ;    aquellos    llamaua   sns   bienes   pnr  ser 
mensaieros  de  Laureola  y  porque  fuesen  trata- 
dos se¡|,'und  do  cnya  parte  venían,  aposentólos 
en  el  coraron,  festeíúlos  con  el  sentimiento, 
coiiridúlos  con  la  memoria,  rognnaics  que  aca- 
basen presto  lo  que  veniau  a  hazer  porque  Lau- 
reola fuese  seniida.  Y  desconfiando  ya  de  nin- 
gnn  bien  ni  esperanza,  aquexado  de  mortales 
males,  no  podiendo  sust«nerse  n¡  sofrirse  vuo 
de  TcQÍr  á  la  cama,  donde  ni  quiíio  comer  ni 
lieuer  ni  ayudarse  de  cosa  du  las  que  snstentun 
la   vida,    llamándose   sienjire   bienaacuturado 
porque  era  venido  á  sazón  de  hazer  scmicio  á 
Laureola  quitándola  de  enoios.  Pues  como  por 
la  corte  y  todo  el  rcyno  se  publicase  que  Le- 
ríano se  dexaua  morir,  jbanle  a  Ui^er  t<idos  sns 
anii^s  j  parientes  y  para  desnialle  su  propo- 
>ita  desianle  todas  las  cosas  en  que  jiensaunn 
prouís^ho,  y  como  aquella  enfermedad  se  ania 
de  cnrar  con  saliias  raeones,  cada  uno  aí^iznuH 
el  seso  lo  meior  que  podia:  y  como  vn  caunllero 
lUmailo  Tefeo  (')  fuese  grande  buiíl'o  de  Le- 
ritnn  riendo  que  bu  mal  era  de  ennmonida  }>n- 
tton  puesto  que  quien  la  cansaua  él  ni  nadie  lo 
■■Inndixolo  infinitos  males  de  lasniui^eresTpara 
bdorecer  su  habla  truxo  tii>das  las  razones  que 
n  diatamia  dellas  pudo  pensar,  creyendo  por 
•lli  restitnylle  la  TÍda.  Lo  qua!  oyendo  Lerinno, 
««dándose  que  era  muger  Laureola,  afeó  mu- 
cho i  Tpfeo  porqne  tal  cosa  bablaua  y  puesto 
qne  m  disposición  no  le  consintiese  mucho  lia- 
Uw,  Mfori,'ando  la  lengua  con  la  jmsion  de  la 
M»  comento  a  contradezille  en  esta  manera. 


Teten,  para  que  recibieras  la  pena  que  merece 
tilenipa,  onbre  que  te  tuuiern  menos  amor  te 
uat  d('  contradezir,  que  las  m^i'ini's  mias  uias 
«  Mr»n  en  exenplo  para  qnc  cnllos  que  oostigo 
J*n  que  penes.  En  lo  qual  sigo  la  condición  de 
**fdídera  amistad,  porque  puiliern  ser,  si  yo  no 
(cnoBtrara  por  binas  causan  tu  i'nrgo,  que  en 
IBslqaier»  pla^a  t«  deslenguaras  como  aqni  has 

l'l  Tr/ro  diea  claramBaU  la  primera  «dÍeÍ<>n,T  no 
A**,  iDnqne  mia  corriente  parccia  el  degundo  líom- 
wqn»»!  primero. 


hecho;  asi  que  te  será  mas  prouechoso  emen- 
darte por  mi  contradicion  que  auergonvarte  por 
tu  persevernin;8.  El  fin  de  tu  habla  fue  segimd 
amigo,  que  bien  note  que  la  dt'xist*^  porque 
aborreciese  la  que  me  tiene  qual  rees,  diztendo 
nial  de  todas  mugeres,  y  como  quiera  que  tu 
intciici'ui  no  fue  por  remedianne,  por  la  ria 
que  me  causaste  remedio  tú  por  cierto  me  lo  as 
dado,  porque  tanto  me  lastimaste  con  tus  feas 
palabras,  por  ser  muger  quien  me  pena,  que  de 
paeiou  de  ancrte  oydo  beuire  menos  de  lo  que 
creya,  en  lo  qual  señalado  bien  rccebi,  qne  peua 
tan  tastiuiadu  meior  es  acalmlla  presto  que  sos- 
tenella  mus;  tissí  que  me  tmxist<'  alírio  para 
el  padecer  y  dulce  descanso  para  ella  acabar. 
Porque  las  postrimeras  palabras  mias  sean  en 
alabanza  de  las  mugeres,  porque  crea  mi  fe 
la  que  tuno  merecer  para  causalta  y  no  voluntad 
para  satisFazelle. 

Y  dando  comiendo  á  la  intención  tomada, 
quiero  mostrar  quinze  cansas  porque  yerran  loa 
que  en  esta  nación  ponen  lengua,  y  Tcynte  ra- 
zones pnrqae  les  somos  los  onbres  obligados, 
y  diuers<'S  cnxenplos  de  su  bondad.  Y  quanto 
a  lo  primero  que  es  proceder  por  las  causas 
que  hazeu  yerre  tos  qne  mol  las  tratan,  fun- 
do la  primera  por  tal  razón .  Todas  las  cosas 
hechas  por  la  mano  do  Dios  son  buenas  nece- 
sariamente, que  según  el  obrador  lian  de  ser  las 
obras;pne3  siendo  Insmugen'S  BUS  criaturas,  no 
solamente  á  ellas  ofende  quien  las  afea,  mas 
blnsfeuia  de  las  obras  del  mismo  Dina.  La  se- 
gunda causa  es  ponjHe  delante  del  y  de  los  on- 
bres no  ay  pecado  uiís  abominable  ni  más  gra- 
ne de  perdonar  qneldesconocimiento;  ¡pues  quál 
lo  puede  ser  mayor  que  desconocer  el  bien  que 
por  Nuestra  Señora  nos  vino  y  nos  viene?  Ella 
nos  libró  de  pena  y  nos  hizo  merecer  la  gloría; 
ella  nos  saina,  ella  nos  sostiene,  ella  nos  defien- 
de, ella  nos  guia,  ella  nos  alumbra,  por  ella  que 
Fui-  muger  merecen  todas  las  otras  corona  de 
alabanca.  La  tercera  es  porque  a  todo  onbre  es 
defendido  segnnd  virtud  mostrarse  fuerte  cuntra 
lo  flai'O,  que  SÍ  por  ventura  los  que  con  ellas  se 
deslenguan  pensasen  reccbir  contra<licion  de 
manos,  podria  ser  que  tuuiesen  menos  libertad 
en  la  lengua.  La  quarta  es  porque  no  puede 
ninguno  dezir  mal  dellas  sin  que  a  si  mismo  se 
dcsonrre,  porque  fne  criado  y  traydo  i-n  entra- 
ñas de  muger  y  es  de  su  misma  sustancia,  y 
después  desto,  por  el  acatamiento  y  reuerencia 
qne  a  las  madres  deuen  los  hijos.  La  quinta  es 
por  la  desobediencia  de  Dios,  que  dixn  por  sn 
boca  qnc  el  padre  y  la  madre  fuesen  onrrailos  y 
acatados,  de  cuya  causa  los  que  en  las  otras 
twaii  miTcven  peua.  La  sesta  es  porque  todo 
noble,  es  obligado  a  ocuparse  en  antos  virtuosos 
assi  í-n  los  hechos  como  en  las  hablas;  pues  si 
las  palabras  torpes  ensusian  la  linpieza,  muy  a 


24 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


peligro  de  infamia  tienen  la  onrra  de  los  que  en 
tales  platicas  gastan  su  yida.  La  sétima  es 
porque  quando  se  estableció  la  caualleria,  entre 
las  otras  cosas  que  era  tenudo  a  guardar  el  que 
se  armana  cauallero  era  vna  que  a  las  mugeres 
guardase  toda  reuorencia  y  oncstad,  por  donde 
se  couosce  que  quiebra  la  ley  de  nobleza  quien 
Tsa  el  contrario  della.  La  otaua  es  por  quitar 
de  peligro  la  onrra;  los  antiguos  nobles  tanto 
adelgazauan  las  cosas  de  bondad  y  en  tanto  la 
tenian  que  no  auian  mayor  miedo  de  cosa  que 
de  memoria  culpada;  lo  que  no  me  parece  que 
guardan  los  que  anteponen  la  fealdad  de  la 
virtud  poniendo  macula  con  su  lengua  en  su 
fama,  que  qualquiera  se  iuzga  lo  que  es  en  lo 
que  habla.  La  nouena  y  muy  principal  es  por  la 
condonación  del  alma.  Todas  las  cosas  tomadas 
se  pueden  satisfazer  y  la  fama  robada  tiene  du> 
dosa  la  satis f ación,  lo  que  más  conplidaniente 
determina  nuestra  fd.  La  dezena  es  por  escusar 
enemistad.  Los  que  en  ofensa  de  las  mugeres 
despienden  el  tiempo  hazense  enemigos  dellas 
y  no  menos  de  los  virtuosos,  que  como  la  vir- 
tud y  la  desmesura  diferencian  la  propiedad  no 
pueden  estar  sin  enemiga.  La  onzena  es  por 
los  daños  quede  tal  auto  malicioso  se  recrecian, 
que  como  las  palabras  tienen  licencia  de  llegar 
á  los  oydos  rudos  taubien  como  a  los  discretos, 
oyendo  los  que  poco  alcanzan  las  fealdades  di- 
chas de  las  mugeros,  arrepentidos  de  auerse  ca- 
sado danles  mala  vida  o  vansc  dellas,  o  por 
ventura  las  matan.  La  dozena  es  por  las  mur- 
muraciones, que  mucho  sodeuen  temer,  siendo  vn 
onbre  infamado  por  disfamador  enlas  playas  y  en 
las  casas  y  en  los  canpos  y  donde  quiera  os  ro- 
tnitado  su  vicio.  La  trozona  os  por  razón  del  pe- 
ligro, cjao  quando  los  maldizientcs  que  son  ani- 
dos  por  talos  tan  odiosos  son  a  todos  (*)  que 
quakinier  les  es  mas  contrario,  y  algunas  por 
satis flazor  a  sus  amigos,  puesto  que  ellas  no  lo 
pidan  ni  lo  <iuicran  (*),  ponen  las  manos  en  los 
que  on  todas  ponen  la  lengua.  La  catorzena  es 
por  la  hermosura  que  tienen,  la  qual  es  de  tanta 
eceloncia  que  avnque  copiesen  en  ellas  todas 
las  cosas  que  los  deslenguados  les  ponen,  más 
ay  en  vna  que  loar  con  verdad  que  no  en  todas 
que  afear  con  malicia.  La  quinzena  es  por  las 
grandes  cosas  de  que  han  sido  causa.  Dolías 
nacieron  onbres  virtuosos  que  hizieron  hazañas 
do  dina  alabunoa,  dellas  procedieron  sabios  ((ue 
alcunrarou  a  conocer  qué  cosa  era  Dios  on  cuya 
fé  somos  sainos;  dolías  vinieron  los  inueiiti- 
uos  <|uo  hizioron  cibdados  y  fuerzas  y  odofij ios 
de  ptrpotual  ooelencia;  por  ellas  vuo  tan  sotyles 
varones  que  buscaron  todas  las  cosas  necesarias 
para  sustentación  del  linage  vmanal. 


(*)  Atadof  dice  la  primera  edición. 
(')  Querían  dice  la  primera  edición. 


DA  LBRIAKO  VETKTE   RAZONES  PORQCB 
LOS    OKBEES   SON   OBLIGADOS   k  LAS  IIUGEBKS 

Tefeo,  pues  as  oydo  las  causas  porque  soya 
culpados  tú  y  todos  lo  que  opinión  tan  errada 
seguis,  dexada  toda  prolixidad,  oye  vcynte  ra- 
zones por  donde  proferí  a  prouar  que  los  onbres 
á  las  mugeres  somos  obligados.  De  las  quales  la 
primera  es  porque  &  los  sinples  y  rudos  dispo- 
nen para  alcan9ar  la  virtud  de  la  prudencia  y 
no  solamente  á  los  torpes  hazen  discretos  mas 
á  los  mismos  discretos  mas  sotyles,  porque  si  de 
la  enamorada  pasión  se  catyuan,  tanto  estudian 
su  libertad  que  abiuando  con  el  dolor  el  saber 
dizen  razones  tan  dulces  y  tan  concertadas  que 
alguna  vez  de  compasión  que  les  an  se  libran 
della:  y  los  sinples  de  su  natural  inocentes 
quando  en  amar  se  ponen  entran  con  rudeza  y 
hallan  el  estudio  del  sentimiento  tan  agudo  que 
diuersas  vezes  salen  sabios,  de  manera  que  su- 
plen las  mugeres  lo  que  naturaleza  en  ellos 
faltó.  La  segunda  razón  es  porque  de  la  virtud 
de  la  iusticia  tanbien  nos  hazen  suficientes,  que 
los  penados  de  amor,  aunque  desy^ual  tormento 
reciben,  hanlo  por  descanso  iustifícandose  por- 
que iustamente  padecen:  y  no  por  sola  esta 
causa  nos  hazen  govar  dest  i  virtud  mas  por  otra 
tan  natural:  los  firmes  enamorados  para  abo- 
narse con  las  que  simen  buscan  todas  las  for- 
mas que  pueden,  de  cuyo  deseo  binen  iustificada- 
ment<í  sin  ccedor  en  cosa  de  toda  ygualdad  por 
no  infamarse  de  malas  costunbres.  La  tercera 
porque  de  la  tenplanga  nos  hazen  dinos,  que 
por  no  selles  aborrecibles  para  venir  á  ser  des- 
amados somos  templados  en  el  comer  y  en  el 
beuor  y  en  todas  las  otras  cosas  que  andan  con 
esta  virtud.  Somos  tenplados  en  la  habla,  somos 
t^BU) piados  on  la  mesura,  somos  templados  en 
las  obras,  sin  que  vn  punto  salgamos  de  la  oncs- 
tad. La  qnarta  es  porque  al  que  fallece  forta- 
leza g«»la  dan,  y  al  que  la  tiene  gela  acrecien- 
tan. Haconnos  fuertes  para  sofrir,  causan  osa- 
día para  conioter,  ponen  cora9on  para  esperar; 
quando  á  los  amantes  se  les  ofrece  peligro  se 
los  aparoia  la  gloria,  tienen  las  afrentas  por 
vicio,  estiman  mas  ell  alabanoa  del  amiga  quel 
precio  del  largo  bouir.  Por  ollas  se  comienyan 
y  acaban  hechos  muy  hazañosos,  ponen  la  for- 
taleza on  oí  estado  que  merece.  Si  les  somos 
obligados  aqn¡  so  puede  iuzgar.  La  quinta  ra- 
zón os  porque  no  menos  nos  dotan  de  las  vir- 
tudes teologales  que  de  las  cardinales  dichas.  Y 
tratando  do  la  primera  ques  la  fé,  avnque  al- 
gunos en  ella  dudasen,  siendo  puestos  en  pensa- 
miento enamorado  creerian  en  Dios  v  alabarían 
su  poder  porque  pudo  hazer  á  aquella  que  de 
tanta  eceloncia  y  hermosura  les  parece.  lunto 
con  esto  los  amadores  tanto  acostumbran  y  sos- 
tienen la  fe  que  de  vsalla  en  el  corayon  conocen 


CÁRCEL  DE  AMOR 


25 


j  creen  con  más  firmeza  la  de  Dios,  y  porque 
no  sea  sabido  de  quien  los  pena  qne  son  malos 
cristianos,  ques  rna  mala  señal  en  el  onbre,  son 
tan  deuotos  católicos  que  ningún  apóstol  les 
hico  réntala.  La  sesta  razón  es  porque  nos  crian 
en  el  alma  la  virtud  del  csperanya,  que  puesto 
que  los  sngetos  á  esta  ley  de  amores  mucho 
penen,  siempre  esperan  en  su  fe,  esperan  en  su 
firmeza,  esperan  en  la  piedad  de  quien  los  pena, 
esperan  en  la  condición  de  quien  los  destruye, 
esperan  en  la  ventura;  ^pues  quien  tiene  espe- 
ranza donde  recibe  pasión,  como  no  la  terna  en 
Dios  qne  le  promete  descanso?  Sin  duda  ha- 
zicndonos  mal  nos  apareian  el  camino  del  bien 
como  por  esperiencia  de  lo  dicho  parece.  La  se- 
tena razón  es  porque  nos  hazcn  merecer  la  ca- 
ridad, la  propiedad  de  la  qual  es  amor.  Esta  te- 
nemos en  la  voluntad,  esta  ponemos  en  el  pen- 
samiento, esta  traemos  en  la  memoria,  esta  fir- 
mamos en  el  corayon,  y  como  quiera  qne  los 
que  amamos  la  vsemos  por  el  prouecho  de  nues- 
tro fin,  del  nos  redunda  que  con  bina  contrición 
la  tengamos  para  con  Dios,  porque  trayendo- 
nos  amor  á  estrecho  de  muerte  hazcmos  lynios- 
ñas,  mandamos  dezir  misas,  ocnpamosnos  en 
carítatiuas  obras  porque  nos  libre  de  nuestros 
crueles  pensamientos:  y  como  ellas  de  su  natu- 
ral son  denotas,  participando  con  ellas  es  for9a- 
do  que  hagamos  las  obras  que  hazen.  La  otaua 
razón,  porque  nos  hazcn  contenplatiuos:  que 
tanto  nos  damos  á  la  contenplacion  de  la  her- 
mosura y  gracias  de  quien  amamos  y  tanto  pen- 
samos en  nuestras  pasicmes,  qne  quando  quere- 
mos contenplar  la  de  Dios,  tan  tiernos  y  que- 
brantados tenemos  los  corayones,  que  sus  lla^^as 
7  tormentos  parece  que  recebimos  en  nosotros 
mismos;  por  donde  se  conosce  que  tanbicn  por 
aquí  nos  ayudan  para  alcanzar  la  perdurable 
holganza.  La  nouena  razón  es  porque  nos  hazen 
contritos,  que  como  siendo  penados  pedimos 
con  lagrimas  y  sospiros  nuestro  remedio  acos- 
tunbrado  en  aquello,  yendo  á  confesar  nuestras 
colpas  assi  gemimos  y  lloramos  quel  perdón 
dolías  merecemos.  La  dezena  es  por  el  buen 
conseio  que  sienpre  nos  dan,  que  á  las  vozos 
acaece  hallar  en  su  presto  acordar,  lo  que  nos- 
otros con  (})  largo  estudio  y  dilii^encias  busca- 
mos. Son  sus  conseíos  pacíficos  sin  ningund  es- 
cándalo, quitan  muchas  muertes,  consoruan  las 
pazes,  refrenan  la  yra  y  aplacan  la  saña;  sien- 
pre os  muy  sano  su  parecer.  La  onzena  es  por- 
que nos  hazen  onrrados:  con  ellas  se  alcanzan 
grandes  casamientos,  muchas  haziondas  y  ren- 
tas. Y  porque  alguno  podría  responderme  que  la 
onrra  está  en  la  virtud  y  no  en  la  riqueza,  digo 
qne  tanbien  causan  lo  vno  como  lo  otro.  Ponen 


(*)  Cumple  dice  la  primera  edición,   pero   parece 
emta. 


nos  presunciones  tan  virtuosas  que  sacamos  de- 
llas  las  grandes  onrras  y  alabanyas  que  desea- 
mos; por  ellas  estimamos  más  la  verguenva  que 
la  vida;  por  ellas  estudiamos  todas  las  obras  de 
nobleza,  por  ellas  las  ponemos  en  la  cunbre  que 
merecen.  La  dozena  razón  es  porque  apartán- 
donos del  auaricia  nos  iuntan  con  la  libertad,  de 
^cuya  obra  ganamos  las  voluntades  de  todos;  que 
como  largamente  nos  hazen  despender  lo  que 
tenemos,  somos  alabados  y  tenidos  en  mucho 
amor,  y  en  qualquier  necesidad  que  nos  sobre- 
venga recebimos  ayuda  y  seruizio;  y  no  solo  nos 
aprouechan  en  hazernos  usar  la  franqueza  como 
deuemos,  mas  ponen  lo  nuestro  en  mucho  re- 
caudo porque  no  ay  lugar  donde  la  hazienda 
esté  mas  segura  que  en  la  voluntad  de  las  gentes. 
La  trezena  es  porque  acrecientan  y  guardan 
nuestros  averes  y  rentas,  las  quales  alcanzan 
los  onbres  por  ventura  y  consemanlas  ellas 
con  diligencia.  La  catorzena  es  por  la  limpieza 
que  nos  procuran  asi  en  la  persona,  como  en  el 
vestir,  como  en  el  comer,  como  en  todas  las  cosas 
que  tratamos.  La  quinzena  es  por  la  buena 
crianea  qne  nos  ponen,  vna  de  las  principales 
cosas  de  que  los  onbres  tienen  necesidad.  Sien- 
do bien  criados  vsamos  la  cortesya  y  esquinamos 
la  pesadumbre,  sabemos  onrrar  los  pequeños, 
sabemos  tratíir  los  mayores;  y  no  solamente  nos 
hazen  bien  criados  mas  bien  quistos,  porque 
como  tratamos  á  cada  vno  como  merece,  cada 
vno  nos  da  loque  merecemos.  La  razón  desiseys 
es  porque  nos  hazen  ser  galanes.  Por  ellas  nos 
desudamos  en  el  vestir,  por  ellas  estudiamos  en 
el  traer,  por  ellas  nos  atauiamos  de  manera  que 
ponemos  por  industria  en  nuestras  personas  la 
buena  disposición  que  naturaleza  algunos  negó. 
Por  artificio  se  enderezan  los  cuerpos  pidien- 
do (*)  las  ropas  con  agudezi  y  por  el  mismo  se 
pone  cabello  donde  fallece  y  se  adelgazan  6  en- 
gordan las  piernas  si  conuiene  hazello;  por  las 
mugeres  se  inuontan  los  galanes  cntretales,  las 
discretas  bordaduras,  las  nueuas  inuenciones ;  de 
graneles  bienes  por  cierto  son  causa.  La  dezisiete 
razón  es  porque  nos  conciertan  la  música  y  nos 
hazen  gozar  de  las  dulcedumbres  della;  ¿por 
quién  se  asuenan  las  dulces  enneiones?  ;por 
quién  se  cantan  los  lindos  romanees?  ,"por  quién 
se  acuerdan  las  bozes? ;  por  quién  se  adelgazan  y 
sotilizan  todas  las  cosas  que  en  el  canto  eonsis- 
ten?  La  dizeochona  es  porque  enM-en  las  fuereas 
á  los  braceros,  y  la  mafia  á  los  luchadores,  y  la 
ligereza  á  los  que  boltean  y  corren  y  saltan  y  ha- 
zen otras  cosas  senieiantes.  La  dezinueue  razón 
es  porque  afinan  las  gracias.  Los  que  como  es  di- 
cho tañen  y  cantan  por  ellas,  se  desuelan  tant^j 
que  subían  á  bnnas  perfeto  que  en  aquella  gracia 
se  alcauea.  Los  trobadores  ponen  por  ellas  tanto 


26 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


estudio  en  lo  que  troban  que  lo  bien  dicho  ha- 
zen  parecer  meior,  y  en  tanta  manera  se  adel- 
gazan que  propiamente  lo  que  sienten  en  el  co- 
rayon  ])í)nen  por  nueuo  y  galán  estilo  en  la  can- 
ción ó  inuencion  ó  copla  que  quieren  hazcr.  La 
veyntena  y  postrimera  razón  es  porque  somos 
hijos  de  mugeres,  de  cuyo  respeto  les  somos 
mas  obligados  que  por  ninguna  razón  de  las 
dichas  ni  de  quantas  se  pueilan  dezir.  Diuersas 
razones  auía  para  mostrar  lo  mucho  que  á  esta 
nación  somos  los  onbres  en  cargo,  pero  la  dis- 
posición mia  no  me  da  lugar  á  que  todas  las 
diga.  Por  ellas  se  ordenaron  las  reales  instas  y 
los  poni)oso8  torneos  y  las  alegres  fiestas,  por 
ellas  aprouechan  las  gracias  y  se  acal  tan  y  co- 
mien<;an  todas  las  cosas  de  gentileza;  no  sé  cau- 
sa i>orque  de  nosotros  deuan  ser  afeadas.  ¡  O  cul- 
pa merecedora  de  graue  casti^^o,  que  porque  al- 
gunas ayan  piedad  de  los  que  por  ellas  penan 
les  dan  tal  galardón!  ¿X  qué  muger  deste  mun- 
do no  harán  conpasion  las  lagrimas  que  verte- 
mos, las  lastimas  que  dezimos,  los  s()spiros  que 
damos?  ¿Quál  no  creerá  las  razones  iuradas, 
quál  no  creerá  la  fé  certificada,  á  quál  no  move- 
rán las  dadiuas  grandes,  en  quál  coravon  no 
harán  fruto  las  alabancas  devidas,  en  quál  vo- 
luntad no  hará  mudanza  la  firmeza  cierta,  (juál 
se  podra  defender  del  continuo  seguir?  Por  cier- 
to segund  las  armas  con  que  son  conbatidas, 
avnque  las  menos  se  defendiesen,  no  era  cosa  de 
marauillar  y  antes  deurian  ser  las  que  no  pueden 
defenders(í  alabadas  por  piadosas  que  retraydas 
por  culpadas. 

PRCEUA  POR  EXXEXPLOS  LA.  BONDAD 
DE  LAS  MUUEUES 

Para  que  las  loadas  virtmb'S  desta  nación 
fueran  tratadas  segund  merecen  avisé  de  poner 
mi  deseo  en  otra  plática  ponjue  no  turbase  mi 
lengua  ruda  su  bondad  clara,  como  quiera  que 
ni  loor  pueda  crecella  ni  malicia  apooalla  segund 
su  propiedad.  Si  vuiese  de  hazer  memoria  de 
las  castas  y  virgines  pasadas  y  presentes,  cou- 
venia  que  fuese  por  diuina  reuelacion,  ponqué 
son  y  an  sido  tantas  que  no  se  piied»*  c«in  el 
seso  humano  conprehender,  pero  diré  de  algu- 
nas (|ue  he  leydo  assi  cristianas  como  gentiles 
y  indias  por  enxenplar  con  las  pocas  la  virtud 
de  las  muchas.  En  las  autorizadas  por  santas 
por  tres  razones  no  (juiero  hablar.  La  primera 
ponpie  loíiue  a  UAns  es  manifít.'Sto  parece  sim- 
pleza repctillo.  La  segunda  pon|ue  la  y-clesia 
les  tía  d»'vida  y  uniuorsul  alabanva.  La  tercera 
p<n*  no  poner  en  tan  malas  palabras  tan  ecelente 
bondad,  en  especial  la  de  Nu(?8tra  Señora  que 
quantos  dotores  y  deuotos  y  contenplatiuos  en 
ella  hablaron  no  pudieron  llegar  al  estado  que 
mcrecia  la  menor  de  sus  eceleneias,  assi  que  me 


baxo  a  lo  llano  donde  mas  libremente  me  puedo 
mouer.  l)e  las  castas  gentiles  comen (;áré  en 
Lncrecia,  corona  de  la  nación  romana,  la  qual 
fue  muger  de  Colatyno  y  siendo  fon/ada  de 
Tanjuino  hizo  llamar  a  sn  marido  y  venido 
d(mde  ella  estaua  dixóle:  sabrás,  Colatyno,  que 
pisadas  de  onbre  ageno  ensuziaron  tu  lecho 
donde  avnque  el  cuerpo  fue  forvado  quedó  el 
coraron  incxíente,  porque  soy  libre  de  la  culpa, 
mas  no  me  asueluo  de  la  pena  porque  ninguna 
dueña  por  enxenplo  mió  pueda  ser  vista  erra- 
da. Y  acabando  estas  palabras  acabó  con  vn 
cuchillo  su  vida.  Porcia  fue  hija  del  noble  Ca- 
tón y  uuiger  de  Bruto  varón  virtuoso,  la  qual 
sabiendo  la  muerte  del,  aquexada  de  gniue 
dolor  acabó  sus  dias  comiendo  brasas  ]>or  hazer 
.sacrificio  de  si  misma.  Penelope  fue  mn^jer  de 
ülixes,  e  ydo  él  a  la  guerra  troyana,  siendi)  los 
mancebos  de  Ytalia  ac^uexados  de  su  hermosura 
pidiéronla  muchos  dellos  en  casamiento,  y  de- 
seosa de  guanlar  castidad  a  su  marido,  pur  de- 
fenderse dellos  dixo  que  le  dexassen  conplir 
vna  tela  como  acostunbrauan  las  señoras  de 
aquel  tienpo  esperando  a  sus  maridos,  y  que 
luego  baria  lo  que  le  pedian,  y  couío  le  fuese 
otorgailo,  con  astucia  sotyl,  lo  que  texia  de  dia 
d(*shazia  de  noche,  en  cuya  lauor  pasaron  veynte 
años,  despu«'S  de  los  quales  venido  IJh'xes  vieio, 
solo,  destruydo,  asi  lo  recibió  la  casta  dueña 
como  si  viniera  en  fortuna  de  prosjK'ridad. 
Julia  hija  del  Cesar  primero  enperador  en  el 
mundo,  siendo  muger  de  Poni>eo  en  tanta 
manera  lo  amana  que  trayendo  vn  dia  sus  ves- 
tiduras sangrientas,  creyendo  ser  muerto,  cayda 
en  tierra  súpitamente  murió.  Artemisa  entre 
los  mortales  ttm  alabada,  como  fuese  casada 
con  Mauzol  rey  de  Ycaria,  con  tanta  firmeva  lo 
amó  (pie  después  de  muerto  le  dio  sepultuní  en 
sus  ¡)eclníS,  (juemando  sus  huesos  en  ellos,  la  ce- 
niza de  los  «piales  ptx^o  a  poco  se  beuio  y  des- 
pués de  acabados  los  oficios  que  en  el  auto  se 
requíTÍan  creyendo  que  se  yua  para  el  matóse 
con  sus  manos.  Ari^ia  fue  hija  del  n^y  Adrastro 
y  caso  c(m  l*olliníces  hijo  de  Edipo  r.y  de 
Tel»as,  y  como  Pollinices  en  vna  batalla  a  ma- 
nos de  su  hermano  muriese,  sabido  del  la  salió 
de  Tebas,  sin  teuKr  la  inpiedad  de  sus  enemi- 
gos, ni  la  braueza  de  las  fieras  bestias,  ni  la  ley 
del  enpt'rador,  la  qual  veilaua  que  ningún 
cuerp<»  muerto  se  bMiantase  del  canpo,  fue  por 
su  marido  en  las  tiniebras  de  la  nwhe  y  hallán- 
dolo ya  entre  otros  nnichos  cuerpos  leuolo  a  la 
ciudad  y  haziembile  quemar  segund  su  costun- 
bre,  con  amari^osas  lagrimas  hizo  poner  sus  ce- 
nizas en  una  área  de  oro,  prometiendo  su  vida 
a  i)erpetua  castidad.  Ipola  greciana,  nauegando 
por  la  mar  (juiso  su  mala  fortuna  que  tomasen 
su  nauío  los  enemigos,  los  ((uales  queriendo 
tomar  della  mas  parte  «pie  les  daua,consernando 


CÁRCEL  DE  AMOR 


27 


su  castidad  hizose  a  la  vna  parte  del  naiiio  y 
dexada  caer  en  los  ondas  pudieron  ahogar  a 
ella  mas  no  la  fama  de  su  hazaña  loable.  No 
menos  dina  de  loor  fue  su  mnger  de  Anied  rvj 
de  Tesalia,  que  sabiendo  que  era  profetizado 
por  el  dios  Apolo  que  su  marido  recebiría 
muerte  sino  ruiese  quien  voluntariamente  la 
tomase  por  él,  con  alegre  voluntad  porque  el 
rey  biuiese  dispuso  de  so  matar.  De  las  indias 
Sarra,  muger  del  padre  JVbraham,  como  fuese 
presa  en  poder  del  rey  Faraón,  defendiendo  su 
castidad  con  las  armas  de  la  oración  rogú  a 
nuestro  Seftor  la  librase  de  sus  manos,  el  qual 
como  quisiese  acometer  con  ella  toda  maldad, 
oyda  cu  el  cielo  su  petición  enfennó  el  rey  y 
conocido  que  por  su  mal  pensamiento  adokH:ia, 
sin  ninguna  manzilla  la  mandó  librar.  Delbora 
dotada  de  tantas  virtudes  mereció  avcr  espíritu 
de  profecía  y  no  solamente  mostró  su  bondad 
en  las  artes  muger iles  mas  en  Ins  feroces  bata- 
lles, pideando  contra  los  enemigos  qon  virtuoso 
aniu)o;  y  tanta  fue  su  excelencia  que  juzgó  qna- 
renta  años  el  pueblo  iudayci).  Ester  siendo 
leaada  a  la  catiuidad  de  Babilonia,  por  su  vir- 
tuosa hermosura,  fue  tomada  para  muger  de 
Asuen\  rey  que  sefioreaua  a  la  sazón  ciento  y 
veynte  y  siete  prouincias,  la  qual  por  sus  me- 
ríto6  y  oración  libró  los  indios  do  la  catiuidad 
que  tenian.  Su  madre  de  Sansón  deseando  aver 
hijo  mereció  por  su  virtud  que  el  ángel  le  reuo- 
lase  su  nacimiento  de  Sansón.  Elisabcl  muger 
de  Zacarías,  como  fuese  verdadera  sienia  de 
Di(»s,  por  su  merecimiento  uvo  hijo  santificado 
antea  que  naciese,  el  qual  fue  san  luán.  De  las 
antiguas  cristianas  mas  podría  traer  que  escre- 
air  pero  por  la  breuedad  alegaré  algunas  mo- 
dernas de  la  castellana  nación. 

Dofia  María  Cornel  en  quien  so  coinon<^o  el 
linage  de  los  Cómeles,  porque  su  castidad  fuese 
loada  y  su  liondad  no  escurecida  quiso  matarse 
con  fuego,  aniendo  menos  miedo  a  la  nmerte 
que  a  la  culpa. 

Doña  Isabel,  madre  que  fue  del  maestre  de 
Calatraua  don  Rodrigo  Tellez  Ginm  y  de  los 
dos  condes  de  Hurueña  don  Alonso  y  dnn  luán, 
siendo  biuda  enfermó  de  una  grano  dolencia,  y 
como  los  médicos  procurasen  su  salud,  conocida 
su  enfermedad  hallaron  que  no  po<lia  biuir  sino 
casase,  lo  qual  como  de  sus  hijus  fuese  sabido, 
deseosos  de  su  yida  dixeronle  (|ue  on  todo  caso 
recibiese  marido,  a  lo  qual  ella  respondió:  nunca 
plega  a  Dios  que  tal  cosa  yo  haga,  que  moior 
me  es  a  mi  muriendo  ser  dicha  madre  de  talos 
hijos  qne  biuiendo  muger  do  otro  marido;  y  con 
esta  casta  consideración  assi  so  dio  al  ayuno  y 
dis'riplina  qne  quando  murío  fueron  vistos  mis- 
terios de  su  saluacion. 

Doña  Mari  Garcia  la  beata,  siendo  nacida 
en  Toledo  del  mayor  linage  de  toda  la  cil»dad, 


no  quiso  en  su  vida  casar,  guardando  en 
ochenta  años  que  biuio  la  virginal  virtud,  en 
cuya  nmerte  fueron  conocidos  y  aueriguados 
grandes  miraglos  de  los  qualcs  en  Toledo  ay 
agora  y  aura  para  sienpre  perpetuo  recordan^a. 
¡O!  pues  de  las  vírgenes  gentiles:  que  po- 
dría dezir?  Atrisilia,  Seuila,  nacida  en  Babilo- 
nya,  por  su  mérito  profetizó  por  reuolaoion  di- 
uina  nuK'has  cosas  aduenideras  consoruando 
linpia  virginidad  hasta  que  murió.  Palas  o  Mi- 
nerua  vista  primeramonte  corea  de  la  laifuna 
de  Tritonio,  nu<?ua  inuontora  de  muchos  ofi- 
cios do  los  uuigoriles  y  avn  de  algunos  dolos 
onbros,  virgen  biuio  y  acabó.  Atalanto  la  que 
primero  hirió  el  puerco  de  Calidon,  on  la  virgi- 
nidad y  nobleza  le  pai^ocio.  Camila,  hija  de  Ma- 
cabeo  rey  de  los  bolosques,  no  monos  que  las 
dichas  sostuuo  entera  virginidad.  Claudia  ves- 
tal, Clodia  romana,  aquella  misma  ley  hastii  la 
muerte  giuirdar(Ui.  Por  cierto  si  el  alargar  no 
fuese  enoioso  no  me  fallecerian  daqui  a  mili  años 
virtuosos  enxenplos  que  pudiese  dtzir.  En  ver- 
dad, Tefeo,  fiogund  lo  (jue  as  oydo,  tú  y  los  que 
blnsfemays  ih  todo  linage  de  mugores  suys  di- 
nos  de  castigo  iusto,  el  qual  no  esperando  que 
nadie  os  lo  dó,  vosotros  mismos  lo  t<:»mays  pues 
usando  la  malicia  condenays  la  vergüenza. 

BUELÜE  EL  AUCTÜU  Á  LA  ESTOUIA 

Mucho  fueron  mar.iuilhidos  los  que  se  halla- 
ron presentes  oyendo  el  eonciorto  que  Lorian  o 
tuvo  en  su  habla  por  estar  tan  eorcano  u  la 
muerte,  en  cuva  sazoií  las  monos  vozos  so  halla 
sentido;  el  qual  quando  acabó  de  hablar  tenia 
ya  turbada  la  lengua  y  la  vista  casi  perdida. 
Ya  los  suyos  no  p<">dieudose  contener  dañan 
bozos,  ya  sus  amigos  eomonzauan  a  llorar,  ya 
sus  vasallos  y  vasallas  gritauan  por  las  calles, 
ya  todas  las  cosas  alegres  eran  huoltas  on  dolor. 
Y  como  su  madre  siendo  absentó,  sionpro  lo 
fuese  el  mal  de  Loríano  negado,  dando  mas 
crédito  a  lo  (|ue  tenia  que  n  lu  que  le  dozian, 
con  ansia  do  amor  maternal  partyda  de  donde 
estaua  llegó  a  Susa  on  esta  trísto  eoinntura,  y 
entrada  por  la  puerta  tnilos  qnantr.s  la  veyan  1«» 
dañan  nueuas  do  su  dolor  mas  eon  bozes  las- 
timeras (|U0  con  razones  onbnadas,  la  <[ual 
oyendo  que  Loriano  «staua  en  ell  aginia  mor- 
tal, fallocion<lolo  la  fuena.  sin  ninirun  sentido 
cayó  en  el  sueln  y  tanto  ««stuvo  sin  acuerdo  que 
todos  pensauan  que  a  la  madre  y  al  liijn  enter- 
rarían a  un  tiempo,  pero  ya  que  eon  grandes 
remedios  lo  restituveron  el  oonooimiento  fuese 
al  hijo  y  después  (|U<.'  eon  traspasanii«*nt<)  do 
nmorta  con  muchedumbre  de  lagrimas  lo  vinio 
el  rostro  ('),  comento  on  esta  manera  a  dezir. 

(*)  Parece  que  del »e  Ucvóq  lavó. 


28 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


LLANTO   DE    SU   MADBE   DB   LERIAVO 

¡  O  alegre  descanso  de  mi  yegez,  o  dulce  har- 
tura de  mi  voluntad ,  oy  dexas  dezir  hijo  (})  j 
yo  de  más  llamarme  madre,  de  lo  qual  tenia 
temerosa  sospecha  por  las  iiueuas  señales  que 
en  mi  vi  de  pocos  dias  a  esta  parte.  Acaescia- 
me  muchas  Tczes  quando  mas  la  fuer9a  del 
sueño  me  vencía,  recordar  con  vn  tenblor  súpito 
que  hasta  la  mañana  me  duraua;  otras  vezes 
quando  en  mi  oratorio  me  hallaua  rezando  por 
tu  salud,  desfallecido  el  cora9on  me  cobria  de 
un  sudor  frío  en  manera  que  donde  a  gran 
pie^a  tornaua  en  acuerdo.  Hasta  los  animales 
me  certifícauan  tu  mal.  Saliendo  vn  dia  de  mi 
cámara  vínose  vn  can  para  mi  y  di6  tan  gran- 
des aullydos  que  assi  me  corté  el  cuerpo  y  la 
habla  que  de  aquel  lugar  no  podía  mouei*me,  y 
con  estas  cosas  daua  mas  crédito  a  mis  sospe- 
cha que  a  tus  mensaieros,  y  por  satisfazerme 
acordé  de  venir  a  veerte  donde  hallo  cierta  la  fe 
que  di  a  los  agüeros.  ¡O  luubre  de  mi  vista,  o 
ceguedad  della  misma,  que  te  veo  morir  y  no 
veo  la  razón  de  tu  muerte;  tú  en  edad  para 
beuir,  tú  temeroso  de  Dios,  tú  amador  de  la 
virtud,  tú  enemigo  del  vicio,  tú  amigo  de  ami- 
gos, tú  amado  de  los  tuyos !  Por  cierto  oy  quita 
la  fuerza  de  tu  fortuna  los  derechos  a  la  razón 
pues  mueres  sin  tienpo  y  sin  dolencia.  Bien- 
auenturados  los  baxos  de  condición  v  rudos  de 
engenio,  que  no  pueden  sentir  las  cosas  sino  en 
el  grado  que  las  entienden,  y  malauen turados 
los  que  con  sotíl  íuyzio  las  trascenden,  los  qaa- 
les  con  el  entendimiento  agudo  tienen  el  senti- 
miento delgado.  Pluguiera  a  Dios  que  fueras 
tú  délos  torpes  en  el  sentir,  que  meior  me  estu- 
viera ser  llamada  con  tu  vida  luadjre  dol  niJo 
que  no  a  ti  por  tu  fin  hijo  que  fue  de  la  sola.  ¡O 
umerte  cniel  enemiga,  que  ni  perdonas  los  cul- 
pados ni  asuelues  los  inocentes!  Tan  traydora 
eres  que  nadie  para  contigo  tiene  defensa;  ame- 
nazas para  la  vejez,  y  licúas  en  la  mocedad;  a 
vnos  matas  por  malicia  y  a  otros  por  onuidia, 
avnqne  tardas  nunca  olbídas,  sin  ley  y  sin  orden 
te  riges.  Más  razón  auia  para  que  conseniases 
los  veynte  años  del  hijo  mo^o  que  para  que 
dexases  los  sesenta  de  la  vieia  madre.  ¿Por  qué 
volviste  el  derecho  al  renes?  Yo  estaña  harta  de 
estíir  bina  y  él  en  edad  de  beuir.  Perdóname 
porque  asi  te  trato,  que  no  eres  mala  del  todo, 
porc^ue  si  con  tus  obras  causas  los  dolores,  con 

(*)  Parece  que  debe  leerse  de  ser  en  vez  de  decir. 


ellas  mismas  los  consuelas  leuando  a  quien 
dexas  con  quien  leuas,  lo  que  si  comigo  hazes 
mucho  te  seré  obligada.  En  la  muerte  de  Le- 
ríano  no  aj  e8peran9a  y  mi  tormento  con  la  mía 
recebira  consuelo,  j  O  hijo  mío,  que  será  de  mi 
veiez  contenplando  en  el  fin  de  tu  iouentud? 
Si  yo  bino  nmcho  será  porque  podran  mas  mis 
pecados  que  la  razón  que  tengo  para  no  bi- 
vir;  ¿con  qué  puedo  recibir  pena  mas  cruel  que 
con  larga  vida?  Tan  poderoso  fue  tu  mal  que 
no  tuviste  para  con  él  ningund  remedio,  m 
te  valió  la  fuer^*a  del  cuerpo,  ni  la  virtud  dd 
cora9on,  ni  el  esfuerzo  del  animo;  todas  las  co- 
sas de  que  te  podías  valer  te  fallecieron.  Si 
por  precio  de  amor  tu  vida  se  pudiera  con- 
prar,  mas  poder  tuviera  mi  deseo  que  fuerza 
la  muerte.  Mas  para  librarte  della  ni  tu  fortuna 
quiso,  ni  yo  triste  pude.  Con  dolor  será  mi 
beuir  y  mi  comer  y  mi  pensar  y  mi  dormir  hasta 
que  tu  fuer^'a  y  mi  deseo  me  lieuen  a  tu  sepol- 
tura. 

EL    AUCTOB 

El  lloro  que  hazia  su  madre  de  Leríauo  cre- 
cía la  pena  a  todos  los  que  en  ella  participauan 
y  como  él  siempre  se  acordase  de  Laureola,  de  lo 
que  allí  pasaua  tenia  poca  memoria,  y  viendo 
que  le  quedaua  poco  espacio  para  gozar  de  ver 
las  dos  cartas  que  della  tenia,  no  sabia  qué  for- 
ma se  diese  con  ellas ;  quando  pensaua  rasgallas 
parecíale  que  ofendería  a  Laureola  en  dexar 
perder  razones  de  tanto  precio,  quando  pensaua 
poner  las  en  poder  de  algún  suyo  temía  que  se- 
rian vistas,  de  donde  para  quien  las  enbi6  se 
esperaua  peligro.  Pues  tomando  de  sus  dudas 
lo  mas  seguro  hizo  traer  una  copa  de  agua  y 
hechas  las  cartas  pedamos  echóles  en  ella  y  aca- 
bado esto  mandó  que  le  sentasen  en  la  cama  y 
sentado  beuioselas  en  el  agua  y  assi  quedó  con- 
tenta su  voluntad.  Y  llegada  ya  la  ora  de  su 
fin,  puestos  en  mi  los  oíos  díxo:  acabados  son 
mis  males,  y  assi  quedó  su  muerte  en  testimo- 
nio de  su  fe.  Lo  que  yo  senty  y  hize,  ligero  está 
de  iuzgar;  los  lloras  que  por  él  se  hizíeron  son 
de  tanta  lastima  que  me  parece  crueldad  escri- 
u  i  líos.  Sus  onrras  fueron  conformes  a  su  mereci- 
miento, las  quales  acabadas  acordé  de  partirme. 
Por  cierto  con  nieior  voluntad  caminara  para 
la  otra  vida  que  para  esta  tierra.  Con  sospiros 
camine,  con  lagrimas  party,  con  gemidos  hablé 
y  con  tales  pasatienpos  llegué  aquí  a  Peñafiel 
donde  quedo  besando  las  manos  de  vuestra 
merced. 


ACABÓSE     ERTÍL     OBRA     INTITULADA     «CÁRCEL     DE     AMOR» 

EN   LA    MUY   NOBLE   I   MUY   LEAL   CIBDAD   DE    SEUILLA 

A     TRES     días     de     MAR^O     ANO     DE     1492 

POR  QUATRO  CONr AÑEROS  ALEMANES 


TRAGTADO 

QVE   HIZO   NICOLÁS  NÜÑEZ   SOBRE   EL   QVE   DIEGO   DE   SAN  PEDRO 
COMPUSO   DE   LERIANO   Y   LAUREOLA   LLAMADO 

dCARCEL   DE   AMORD. 


Mvy  uirtuoBos  señores:  Porque  sí  conos- 
ciendo  mi  poco  saber,  cnlpardes  mi  atreuimien- 
to  en  nerme  poner  en  acrescentar  lo  que  de 
■OJO  está  crescido,  quiero,  si  pudiere,  con  mi 
descargo  satisfazer  lo  que  hize,  aunque  mi  in- 
tención me  descarga.  Leyendo  nn  dia  el  trac- 
tido  del  no  menos  airfcnoso  que  discreto  Diego 
de  sant  Pedro  que  hizo  de  cárcel  de  amor:  en 
la  historia  de  Lcríano  a  Laureola  que  enderezó 
al  mvy  uirtnoso  señor  el  señor  alcaydc  de  los 
Donzeles,  parecime  qne  quando  en  el  cabo  del 
dicho  (})  qae  Leriano  ñor  la  respuesta  sin  espe- 
ranza que  Laureola  le  liauia  embiado  se  dexaua 
morir,  que  se  partió  desque  lo  ui  muerto  para 
Castilla  a  dar  la  cuenta  de  lo  passado,  que 
deuiera  uenirse  por  la  corte  a  dezir  a  Laureola 
de  cierto  como  ya  era  muerto  Leriano.  Y  aun- 
qne  le  paresciera  qne  al  muerto  no  le  aproue- 
chana,  a  lo  menos  satisfíziera  se  a  si  si  luuiiora 
en  ella  alguna  muestra  de  pesar  por  lo  que 
bauia  hecho;  pvcs  sabia  que  si  Leriano  pudiera 
alcanzar  a  saber  el  arrepentimiento  de  Laureo- 
la diera  su  muerte  por  bien  empleada.  E  porque 
me  páreselo  que  lo  dexaua  en  aquella  corte  con 
occnpacion  de  algunos  negocios,  o  por  se  dcsoc- 
cnpar  para  entender  en  otros  que  mas  le  cum- 
plian,  no  lo  hize  yo  por  dezillo  mejor,  mas  por 
saber  si  a  la  firmeza  de  Leriano  en  la  muerte 
daña  algún  galardón,  pues  en  la  uida  se  lo 
hania  negado,  acordé  hazer  este  tractado  que 
para  la  publicación  de  mi  falta  fuera  mvy  mejor 
no  hazello;  en  lo  qoal  quise  dezir:  que  desque 
el  avctor  lo  nido  morir  e  nido  que  se  hízierou 
BUS  hunras,  segim  sus  merocíuiicntos;  c  los 
llantos,  según  el  dolor;  se  fue  por  do  Laureola 
estaua,  e  le  cont<}  la  muerte  del  injustamente 
muerto,  lo  qual  fenesce  en  el  cabo  que  ella  dio, 
e  comienza  desta  manera. 


EL   AVCTOR 


Pvcs  después  que  ui  que  a  la  muerte  del  sin 
piedad  consintiendo  morir  no  podia  rcmedinr, 
ni  a  mi  consolar,  acordé  de  me  paiiir  para  mi 


(1)  Parece  qae  debe  leerse  cccnando  en  el  cabo  del 
dicho  >>. 


tierra,  de  baxo  de  la  qual  antes  quisiera  morar 
que  en  la  memoria  de  mi  pensamiento,  e  por 
uer  e  por  oyr  las  cosas  que  en  la  corte  de  su 
muerte  se  dczian  y  Laureola  por  él  hazia,  pensé 
de  me  yr  por  alli,  assi  por  esto,  como  por  des- 
pedirme  de  algunos  amigos  qne  en  ella  tenia,  y 
por  dezir  a  Laureola  (si  en  disposición  de  arre- 
pentida la  uiesse)  quanto  á  mal  le  era  contado 
entre  los  leales  amadores  la  crueldad  que  usó. 
contra  tan  quien  merecido  el  galardón  le  tenia; 
yo  que  en  mi  partida,  no  poca  pricssa  me  daua 
por  huyr  de  aquel  lugar  donde  le  ui  morir,  por 
ver  si  f  uyendo  pudiera  partirme  de  pensar  en  él, 
llegué  a  la  corte  más  acompañado  de  tristeza 
que  de  gana  de  biuir,  membrandome  como  el 
que  de  su  conoscim lento  me  dio  principio  hauia 
ya  hecho  fin,  e  después  de  reposar,  no  que  el 
pensar  rcposasse,  fuyme  a  palacio,  donde  con 
mucha  tristeza  de  muchos  que  su  muerte  sabian 
fui  reeebido.  E  después  de  contalles  la  secreta 
muerte  del  amigo  suyo  y  enemigo  de  sí,  fuyme 
a  la  sala  donde  solia  Laureola  hablarme,  por 
uer  si  la  ueria.  Pero  yo  que  la  uista  de  las  lagri- 
mas que  por  él  lloraua  tenia  quasí  perdida,  mi- 
rando no  la  ueya,  e  como  ella  tan  embarazado 
me  uiesse,  e  como  discreta  sospechando  que  le 
quería  hablar,  creyendo  que  no  la  hauia  uisto  se 
bol  vio  a  la  cámara  do  hauia  salido;  poro  yo  que 
el  sentir  tan  perdido  como  el  uer  no  tenia,  sentí 
que  se  yua,  e  buelto  en  mi  ui  que  era  la  qne  a 
Leriano  sin  uida,  e  a  mi  sin  anima  hauia  hecho. 
A  la  qual  con  muchas  lagrínias  e  penados  sos- 
piros  en  esta  manera  comenzé  a  dezir. 

TROSIGUE    EL    AVCTOR    A    LAUREOLA 

¡Qvanto  me  cstuuiera  mejor  perder  la  uida 
que  conoscer  tu  mucha  cnieza  e  poca  piedad! 
Digo  esto,  señora,  porque  assi  quisiera  con 
razón  alabarte  de  generosa  en  uerte  satisfazer 
los  seniicios  con  tíinta  fe  hechos,  como  la  tengo 
en  loar  mucho  tu  fermosura  e  gran  merecer,  c 
no  que  dieras  la  muerte  a  quien  tantas  uozes 
con  mucha  noluntad  por  tu  seruicio  quería  to- 
malla.  E  pues  esto  esperauas  hazer,  no  enga- 
ñaras a  él,  ni  cansaras  a  mi,  ni  turbaras  la  lim- 
pieza de  tú  linaje.  Cata  que  las  de  tan  alta 


80 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


sangre  como  tú,  mas  son  obligadas  a  satisfazer 
el  menor  seruicio  del  mundo,  si  del  son  consen- 
tidoras, que  a  guardar  su  mayor  honra;  que 
cierta  te  hago  que  si  su  muerte  uieras,  siempre 
tu  uida  lloraras;  mira  quauto  le  eres  en  cargo, 
que  en  el  tiempo  de  su  morir,  quien  mas  memo- 
ria de  su  alma  e  de  su  cuerpo  hauia  de  tener, 
se  meuibrv>  de  tus  cartas,  las  quales  fechas  pe- 
damos, en  agua  beuió,  porque  nadie  dellas  me- 
moria huuiesse,  e  por  Ueuar  consigo  alguna 
cosa  tuya,  e  porque  mas  compassion  hayas  de'l 
eu  la  uíuerte  que  huuiste  en  la  uida,  te  hago 
saber  que  si  como  yo  lo  uieras  morir,  de  com- 
passion hizieras  en  presencia  lo  que  en  ausen- 
cia tu  poco  amor  c  mucho  oluido  fízieron  que 
no  feziste.  O  quantos  su  muerte  llorauan  c  la 
causa  no  sabían !  pero  a  mi  que  el  secreto  no  se 
me  escondió,  con  mas  razón  mucho  mas  que  a 
nadie  pesaua,  membrandome  como  en  tu  mano 
estaua  su  uida,  uiendo  tu  mucha  crueldad  e  su 
poco  remedio,  a  el  heziste  morir  e  a  su  madre, 
porque  no  muere,  e  a  mi  que  hiñiendo  muera. 
No  creo  que  codicias  la  uida,  conoscicndo  lo 
que  has  hecho,  sino  en  que  sabes  que  pocos  lo 
sabian,  e  agora  temerás  menos  la  fama  de  tu 
mala  fama  que  ues  clara  mi  muerte,  do  aunque 
quiera  no  quedará  quien  tu  crueza  publicara.  No 
pensd  tan  poco  dezirte,  ni  tanto  miedo  mos- 
trarte. E  si  con  la  calidad  te  enojo,  con  la  can- 
tidad te  contento.  Pues  si  gran  razón  hauia  de 
osar,  mas  no  de  acabar  tau  ayna;  e  si  por  atre- 
uido  algo  merezco,  mándame  matar,  que  mas 
merced  me  harás  en  darme  la  muerte  que  en 
dexarme  tal  uida. 

SIOUE    EL    AVCTOR 

Myy  assossegada  estuuo  Laureola  a  todo 
quanto  le  dixe,  no  porque  el  rostro  no  mostraua 
las  alteraciones  del  cora9on,  pero  como  discreta 
suffriendo  las  lagrimas  dissinmlando  el  enojo, 
no  culpando  mi  atreuimicnto  con  muclia  mues- 
tra de  pensar,  comento  a  responder  desta  ma- 
nera. 

RE8PVE8TA    DE   LAUREOLA   AL    AVCTOR 

Tanto  saber  quisiera  tener  para  satisfazcrte 
como  t^ngo  razón  para  desculparme.  E  si  esto 
assi  fuera,  por  tanto  desculpada  me  tuuiera 
como  a  ti  tengo  por  diligente.  Dizes  me  que 
quisieras  iener  causa  para  alabarme  de  piadosa, 
como  la  tienes  para  culparme  de  cruel.  Si  esta 
tuuieras,  ni  yo  mas  biuiera,  ni  tú  te  quexaras. 
Culpas  me  que  pues  le  esperaua  matar,  porque 
enganaua  a  él  e  cansaua  a  ti.  Ya  tú  sabes  que 
yo  nunca  tal  e8peran9a  le  quise  dar,  que  hazien- 
do  lo  que  tú  dizes  que  he  fecho,  nada  quebran* 
tasse.  ¿Pues  yo  qué  deuia  a  ti,  pues  no  era  yo 


por  quien  tú  trabajauas,  ni  tau  poco  con  tu  in- 
tención de  ser  satisfecho  lo  que  hazias?  Assi 
que  a  el  sin  duda  e  a  ti  sin  carga  mi  poco 
cargo  me  haze.  Dizes  que  deuera  mirar  a  la 
limpieza  de  mi  linaje;  mirando  lo  que  dizes 
hize  hazer  lo  que  he  hecho,  porque  ya  tú  sabes 
quanto  mas  son  obligadas  las  mugeres  a  su 
honra  que  a  cumplir  ninguna  voluntad  enamo- 
rada. Pues  quando  todas  son  obligadas  a  esto, 
¿quanto  más  y  con  más  razón  lo  deuen  ser  las 
del  linaje  real?  No  creas  que  de  su  muerte  re- 
cibo plazer,  ni  creo  que  a  ti  tanto  puede  pesar 
como  a  mi  me  duele;  pero  el  temor  de  mi  honra 
y  el  miedo  del  rey  mi  padre  pudieron  mas  que 
la  noluntad  que  le  tenia,  ni  creas  que  el  conos- 
cimiento  que  yo  de  sus  seruicios  tengo  desco- 
nozco, ni  menos  desagradezco,  e  si  con  otro 
gualardon  pudiera  pagallos  que  la  honra  no 
costara,  tú  me  tuuieras  por  tan  agradecida, 
quanto  agora  me  culpas  por  desamorada;  e  pues 
en  la  uida  sin  costarme  la  muerte  no  se  lo  pudo 
pagar,  quiero  agora  que  conozcas  que  la  nmerte 
del  haze  que  mi  uida  biua  muerta.  Agora  veris 
quanto  me  duele.  Agora  conoscerás  si  della  me 
plugo.  Agora  juzgarás  ^i  amor  le  tenia.  Agora 
sabrás  si  hizo  bien  en  dexarse  morir,  que  ya  tú 
sabes  que  con  la  uida  se  puede  alcau9ar  lo  que 
con  la  muerte  se  desespera.  E  pues  a  él  no 
puedo  pagar,  a  ti  satisfago  e  doy  por  testigo; 
que  si  seruicios  le  deuia,  con  durable  esperanza 
se  lo  pagaua. 

EL   AVGTOB 

Con  tanta  tristeza  acabó  su  fabla,  que  ape- 
nas podía  acabar  de  hablar,  e  sin  de  mi  despe- 
dirse, desatinada  de  mucho  llorar,  turbada  la 
lengua  e  mudada  la  color  se  boluio  a  la  cámara 
do  antes  se  yua,  con  tan  rczios  gemidos,  que 
assi  de  miedo  que  no  la  oycssen,  como  del  dolor 
de  lo  que  hazia,  sin  me  despedir  me  fuy  a  mi 
posada  con  tanta  tristeza,  que  muchas  uezes 
de  mi  desesperada  uida  con  la  muerte  tomara 
uengan9a,  si  pudiera  hacellc  sin  que  por  deses- 
perado me  pudieran  culpar.  E  como  tan  solo  de 
plazer  como  de  amigos  con  quien  le  hablasse 
me  hallan  a,  acostéme  en  mi  retray  miento,  y  en 
esta  manera,  como  sí  bino  delante  de  mi  esta- 
uiera,  contra  el  desdichado  de  Leriano  comenzé 
a  dezir. 

EL  AVCTOR  ▲  LIRIAVO 

¡o  enemigo  de  tu  uentura,  amigo  de  tu  des- 
dicha! ¿quién  pudiera  ser  causa  de  tu  uida  con 
su  embazada,  como  yo  fuy  de  tu  muerte  con  tu 
mensaje?  Agora  si  tú  supiesses  el  arrepenti- 
miento de  Laureola,  no  trocarías  la  gloría  celes- 
tial, si  por  dicha  la  tienes,  por  la  temporal,  que 
por  darte  muerte  perdiste;  o  sí  tan  arrebatada 
no  la  tomaras,  con  tu  uida  no  dubdo  pudieras 


TRACTADO  PE  NICOLÁS  NÜNEZ 


31 


alcaii9ar  lo  que  con  perdclla  perdiste.  Xo  sd 
quien  dio  tnrbó  mi  entendimiento  j  robó  mi 
jnjzio,  que  en  el  tiempo  de  tu  morir  no  te  dixes- 
Be  cumo  con  la  muerte  se  pierde  lo  que  con  la 
nida  a  las  rezcs  se  gana.  ¡A  desdichado  de  mi! 
;qnién  te  tuuiessc  en  lugar  donde  pudiesse  de- 
zir  todo  lo  que  Laureola  me  dixo,  lo  que  mues- 
tra de  pesar  por  perderU^  I  Pero  si  con  la  muerte 
ganaste  la  uoluntad  que  agora  muestra,  por  bien 
empleada  la  deues  dar.  Mucho  descanso  recibie- 
ra si  creyesse  que  me  oyes,  o  me  crees,  porque 
Hieras  que  con  solo  arrepentirse  bastaria  pagar- 
te, quanto  mas  que  muy  mas  quexosa  está  de  ti, 
que  tú  della  deues  estar.  Agora  si  biuiesses  no 
temias  de  que  quexarte.  Agora  seria  tu  [>ena 
con  esperanza  suffrida.  Agora  ni  de  la  uida  pu- 
dieras quexar,  ni  la  muerte  tomaras  i)or  abo- 
gada. O  ¡quanto  bien  me  haría  Dios  si  pudiesse 
perdiendo  mi  uida  cobrar  la  tuya!  ¿Para  qud 
me  dex6  sin  mi  ucrdadero  amigo?  ¿Quién  pudo 
perderte  que  mas  pudiesse  biuir?  Pluguiesse  a 
Dios  que  la  noluntad  que  te  tengo  y  la  que  en 
tu  nida  taue  en  rogar  por  mi  muerte  me  la 
pa.sfasses,  lo  qual  assi  espero  que  haga^  si  tanta 
uoluntad  de  uerme  tienes  como  yo  tengo  de 
gemirte.  E  assi  me  despido  de  más  enojarte,  lo 
que  do  la  uida  quería  hazer. 

BL  ATCTOR 

Tanto  cansado  de  enojo  e  menguado  del  con- 
suelo quedé  de  mi  habla,  que  desatinado,  sin 
sentir  qué  hacia,  me  traspaasé  y  entre  muclias 
cosas  que  comenzé  a  softar,  que  mas  pesar  que 
plazer  que  dañan,  sofiaua  que  ueya  a  Leriano 
delante  de  mi  en  esta  manera  uestido.  Trahya 
vn  bonete  de  seda  morada  muy  encendido,  con 
vna  ueta  de  seda  nerde  de  mala  color  que  a 
penas  se  podia  determinar,  e  con  vna  letra  bor- 
dada que  dezia: 

Ya  está  muerta  la  espcran9a, 
e  su  color 
mat¿  nuestro  desamor. 

Llegando  mas  cerca  de  mi,  ni  que  trahya 
vna  camisa  labrada  de  seda  negra,  con  vnas 
cerraduras  y  mas  letras  que  dosta  manera 
dtfzian : 

Fue  cresciendo  mi  firmeza 
de  tal  suerte 

que  en  el  fin  halló  la  muerte. 

Trahya  yn  jubón  de  seda  amarilla  c  colora- 
da, con  vna  letra  que  dezia: 

Mi  passion  a  mi  alegría 
satisfaase 
en  hazella  quien  la  haze. 


Trahya  mas  vn  sayo  Je  terciopelo  negro  con 
vna  cortadura  de  raso  de  la  misma,  con  vna 
letra  que  dezia: 

En  la  firmeza  se  muestra 
mi  mal  e  la  culpa  nuestra. 

Trahya  mas  vn  cinto  de  oro  con  vna  ktra 
que  dezia: 

Muy  mas  ríca  fue  mi  muerte 
que  mi  uida 
si  della  quedays  seruida. 

Trahya  mas  vn  puñal  los  cabos  e  los  cuchi- 
llos de  azoro  dorado  con  vna  letra  que  dezia: 

Mas  fuerte  fue  la  passion 
que  me  distes 
y  nunca  os  arrepentís  tes. 

Vile  mas  vna  espada  con  la  uayna  e  correas 
de  seda  azeytunada,  con  vnas  letras  bordadas 
que  dezian: 

Dio  a  mi  uida  mi  tristura 
tal  tormento, 
que  muerto  biuo  contento. 

Tile  mas  vnas  calcas  francesas,  la  vna  blan- 
ca e  la  otra  con  vna  letra  bordada  que  dezia: 

Castidad  quedó  zclosa 
de  la  uida 
por  no  dexaros  seruida. 

Trahya  mas  vnas  agujetas  de  seda  leonada, 
con  vnos  ñudos  ciegos,  con  vnas  letras  que 
dezian: 

Vedes  aquí  mi  congoxa 
que  en  uida  ni  en  muerte  afioxa. 

Vi  que  trahya  mas  en  cima  de  todo  esto, 
vna  capa  negra  bordada  de  una  seda  pardilla 
escura,  con  vna  letra  que  dezia: 

No  pudo  tanto  trabajo 
ni  trísteza 
que  muden  la  mi  firmeza. 

Mirele  mas  que  trahya  calcados  vnos  zapa- 
tos de  punta  con  vnas  letras  en  ellos  muy  me- 
nudas que  dezian: 

Acabados  son  mis  males 
por  seruicio 
de  quien  niega  el  beneficio. 


32 


ORÍGENES  DE  LA  NOYELA 


Mírele  mas  las  manos,  e  ui  que  trahja  vnos 
guantes  con  Tnas  eles  e  aes,  e  con  la  letra  que 
dezia: 

Assi  comicn9a  c  fenesce 
el  nombre  que  mas  meresce. 

Después  de  bien  mirado  lo  que  trahya  nes- 
tido,  e  lo  que  las  letras  dezian,  e  la  firmeza  e 
pesar  que  aeñalauan,  miré  a  la  cara  e  uile  el 
gesto  tan  hermoso  que  páresela  que  nunca  pe- 
sar hauia  passado,  e  con  amoroso  semblante, 
después  de  muj  cortesmente  saludarme,  con 
el  mismo  tono  que  antes  uie  solia  hablar,  co- 
mentó á  dezir  en  esta  manera. 

LERIANO  AL  AVCTOR 

;0  mi  uerdadero  amigo!  bien  pensarás  tú 
que  mi  presencia  estaua  de  ti  tan  lexos  que  no 
padiesse  saber  lo  que  hazias,  ni  oyr  lo  que  ha- 
blauas;  no  lo  creas,  que  nunca  de  ti  tan  apar- 
tado me  fallasse  que  junto  contigo  no  estuuies- 
se.  Porque  después  que  uentnra  en  la  uida  de 
ti  me  partió,  nunca  en  la  muerte  de  ti  me  parti. 
Junto  contigo  siempre  he  andado,  e  a  todo  lo 
qno.  a  Laureola  de  mi  parte  e  de  la  tuya  dezias 
estaua  presente.  Sabe  Dios  que  si  pudiera  qui- 
siera hablarte.  Pero  ni  yo  podia,  ni  su  miedo 
me  dexaba,  que  antes  te  certifico  que  por  esto 
que  hago,  aunque  es  poca  la  habla,  espero  mu- 
cho el  tormento;  e  porque  desto  según  la  con- 
fianga  tengo  tle  tu  gran  uirtud,  no  recibas  la 
píMia  que  yo.  doxo  de  mas  hablar  en  ello  y  ñen- 
go a  lo  que  bazo  al  caso  de  tu  habla,  e  mi  res- 
j)uesta.  l)iz»»s  me,  señor,  que  quisieras  poderme 
dar  la  uida,  como  me  diste  la  muerte;  no  creas 
que  tu  nuMisujo  me  la  dio,  ni  yo,  según  el  prin- 
cipio llouaua,  me  pudiera  eseusar  de  llegar  a 
este  ñu.  Dizcs  que  quisieras  que  estuuiera  en 
disposición  que  pudiera  gozar  del  arrepenti- 
miento de  Laureola;  no  te  lo  quiero  agradesccr, 
pues  no  te  !<>  puedo  pagar,  íjue  el  mayor  ser- 
uieio  que  puede  ni  puedo  hazer,  no  es  tan 
grande  que  la  menor  merced  que  de  ti  he  rece- 
bido  no  sea  mayor.  Pues  sus  mercedes  ya  no 
las  quiero  ni  puedo  gozar  dellas  aunque  quiera, 
e  si  con  arrepentimiento  me  satis faziesse,  de  su 
crueza  quedé  tan  (juexoso  que  aunque  mas  hi- 
ziesseno  seré  pagado.  Dizes  me,  mi  buen  amigo, 
que  dé  mi  nnierte  por  bien  empleada  pues  con 
ella  gané  lo  que  sin  ella  perdia;  luego  lo  baria 
yo  si  de  la  uida  quedara  algo  con  que  pudiera 
gozallo.  4  Perú  qué  me  aprouocha  a  mi  creer  lo 
que  dize  sin  ver  lo  que  haze?  E  creo  que  si  pu- 
diera otra  uez  norme  bino,  tornara  a  darme  mas 
pena  e  menos  esperaut^^a,  pues  esto  al  mejor 
librar  de  biuir  se  esperaua;  más  quise  suffrir 


buena  nnierte  que  pasear  mala  oída.  No  creas 
que  si  creyera  que  era  mas  semida  hiñiendo, 
qne  dexandome  morir,  me  matara.  Pero  como 
con  la  uida  no  me  podia  aprouechar,  pense  con 
la  muerte  remediarme;  que  no  me  tengas  por 
tan  nencido  de  seso,  que  no  sé  que  fuera  bien 
biuir  para  semilla  aunque  no  para  gozalla.  Pero 
como  nunca  de  su  respuesta  supe  de  lo  que 
mas  que  seruia,  como  tú  sabes,  dexéme  morir, 
pues  ya  la  uida  quería  dexarme.  Dizes  me,  se- 
ñor, que  querrías  poder  cobrarme  aunque  su- 
píesses  penlerte;  yo  te  lo  creo  y  en  esto  lo  pago, 
pues  en  otra  cosa  no  puedo.  Dexiste  que  qui- 
sieras que  rogasse  por  tu  muerte,  porque  en 
ella  de  nuestra  amistad  gozassemos,  pues  en  la 
uida  no  podíamos;  no  tengas  tal  esperan9a, 
que  mas  quiero  oyr  dezir  que  bines  sin  uerme, 
que  saber  que  conmigo  bines  muerto,  aunque 
en  tu  muerte  nmera  tu  uida,  e  bina  tu  fama,  e 
assi  te  dexo,  no  porque  de  ti  me  alexo,  suppli- 
candóte  que  no  hagas  por  mal  que  te  hable, 
pues  aunque  quiero,  no  puedo. 

EL    AVCTOR 

Después  que  Leriano  acalcó  de  hablarme, 
quando  yo  ya  quería  respondello,  sin  hauer  de 
mi  sueño  recordado,  soñaua  que  ueya  a  Lau- 
reola entrar  por  la  cámara  tan  uisiblemente 
como  si  uerdaderamente  estuuiera  despierto,  con 
dissimulada  ropa  e  nueua  compañía,  e  emba- 
ra9ado  de  uer  cosas  tan  granes,  dexé  de  respon- 
delle,  e  comencé  a  notar  la  galana  manera  de 
que  uenia  uestida.  E  también  me  pareció  que 
no  míraua  a  Leriano  ni  hauia  recebido  altera- 
ción de  uerla  uenir.  Venia  toda  en  cabello  con 
vna  tira  labrada  de  seda  encarnada  con  vna  le- 
tra que  en  ella  dezia: 

No  da  muerta  mi  seruicio 
mi  cnideza  y  condición 
ni  menos  da  galardón. 

Trahya  más  vna  camisa  lal»rada  de  seda  blan- 
ca con  vnas  cerraduras,  y  con*  vnas  letras  que 
dezian: 

Cerró  tu  muerte  a  mi  uiia 
de  tal  suerte, 
que  no  saldrá  sin  la  muerte. 

Trahya  mas  vn  brial  de  seda  negra  con  vn 
follaje  de  soda  leonada,  con  vnas  letras  que 
dezian: 

Tu  firmeza  y  mi  congoxa 
pudieron  tanto  penarme 
que  en  el  fin  han  de  acabarme. 


TRACTADO  DE  NICOLÁS  NU5?EZ 


33 


Trahja  mas  vna  cinta  de  caderas  labrada  de 
hilo  de  oro,  cou  vna  letra  que  dezia: 

Mas  rica  seria  mi  gloria, 
si  el  biair 
consintiesse  en  mi  morir. 

Trahya  roas  vna  faldilla  de  dos  sedas,  la  vna 
azejtanada  e  la  otra  colorada,  con  vua  letra 
qne  dezia: 

No  puede  ya  el  alegría 
alegrar 
sin  más  pesar. 

Tralija  vna  tauardcba  francesa  azul  j  ama- 
rilla, 7  dezia  la  letra  conque  uenia  bordada: 

Con  tu  muerte  mi  memoria 
se  concierta 
que  biua  mi  gloría  muerta. 

Más  trahya  vn  manto  de  aletas  verde  y  mo- 
rado, bordado  con  vnas  matas  de  yema  buena, 
con  vna  letra  que  dezia  desta  manera: 

Si  no  tuviera  la  uida 
en  tu  muerte^ 
no  me  mostrara  tan  fuerte. 

Trahya  mas  unos  guantes  cscriptas  on  ellos 
vuas  eles  e  oes,  e  vna  letra  que  dezia  desta  ma- 
nera: 

Con  lo  que  acaba  e  comien9a 
fenesció 
quien  muerte  no  mereció. 

Trahya  mas  vnos  alcorques  con  vnas  nemas, 
e  vnas  letras  que  dezian  desta  manera: 

;Qué  pena  más  en  tu  pena 
que  en  la  mial 
más  meresció  mi  porfía. 

Acabado  de  mirar  como  uenia  vestida,  e  lo 
que  las  letras  siguifícauan,  ui  que  con  mucha 
tristeza  e  poco  plazer,  mas  con  semblante  de 
muerta  que  con  fuerza  de  biua  buelta  la  cara  a 
do  estaua  Leríano,  comen90  a  hablar  enesta 
manera. 

LAVREOLA    A    LERIANO 

Nvnca  pense,  Leríano,  que  la  fuerza  de  tu  es< 
fuerzo  por  tan  poco  inconuiniente  consintieras 
perder,  por  que  si  como  dizes,  seruirme  dessea- 
iias,  mas  honra  me  hazias  en  biuir  que  en  darte 
la  muerte.  E  cierto  te  hago  que  mas  tu  flaque- 

0EÍOINK8  DE  LA  NOVELA.— 3 


za  que  tu  mucha  pena,  ni  menos  amor  me  he- 
ziste  creer;  e  si  claro  quieres  uer  quan  mal  lo 
hiziste,  piensa  si  yo  por  bailar,  o  por  prouar^c 
lo  hiziera,  quan  errado  hauia  sido  tu  proposito. 
Pues  si  los  leales  amadores  los  desconciertos 
del  amor  no  saben  suffrir,  quien  será  para  pa- 
dezellos?  Pues  quien  no  sabe  suffríllos  no  pien- 
se gozallos:  e  pocas  veces  espere  su  gloria,  pues 
no  estala  uirtud  sino  en  saber  forjar  la  pena,  que 
en  gozar  la  bien  aucnturan^a  quien  quieraquan- 
do  le  uiene,  sabe  della  aprouecharse.  Assi  que 
tú  mas  culpado  deues  ser  siendo  discreto  por  lo 
que  feziste,  que  loado  por  enamorado  por  lo  que 
passaste.  E  no  creas  que  si  de  tu  fe  no  estuuiera 
segura  que  diera  crédito  a  tu  fingida  firmeza, 
e  no  dando  principio  no  deuiera  llegar  a  tan 
errado  fin.  E  más  para  dezirte  uerdad,  que  para 
pagar  a  tu  pena  te  hago  cierto  que  si  tu  muerte 
creyera,  antes  la  mia  tomara  que  la  tuya  con- 
sintiera, porque  me  paresce  que  fuera  concien- 
cia suffrirlo.  Pero  si  la  confianza  de  lo  que  por 
mi  scruicio  hazias,  me  hazia  creello,  la  seguri- 
dad de  tu  buen  seso  me  hazia  dudarlo.  E  desta 
manera  daua  mas  crédito  a  tu  discreción  que  a 
tu  arrebatada  muerte.  Bastarte  deuiera  a  ti,  Le  • 
riano,  membrarte  en  la  disputa  que  estuuo  mi 
honra  e  peligró  mi  uida,  e  contentáraste  tú  con 
saber  que  te  queria  e  tu  mal  mas  que  el  mió  me 
penaua,  aunque  no  te  lo  dezia.  E  si  esto  me 
niegas,  micmbrate  quien  yo  era  e  la  poca  nece- 
sidad que  de  tus  seruicios  tenia,  e  como  con 
solo  escreuirte  bastaua  para  desto  asegurarte; 
e  para  que  conozcas  que  no  procedia  de  deuda 
sino  de  noluntad.  E  pues  está  el  testigo  delante 
no  me  negarás  que  cuando  con  mi  mensaje  te 
desesperaste,  e  dexaste  morir  no  te  daua  espe- 
ranza, pues  que  te  dezia  que  esperaras  uencer 
al  Rey  mi  señor  por  dias,  para  que  tú  uieras  si 
ante  no  merescia  ser  loada  por  de  buen  conos- 
cimiento,  que  culpada  por  desagradecida.  E 
porque  de  más  hablarte  pues  no  espero  uerte, 
no  reciba  la  passion  que  de  tu  muerte  rescibo, 
acorto  la  habla,  aunque  es  larga  la  pena,  ha- 
ziendote  cierto  que  pagase  a  tu  alma  lo  que  a 
tu  cuerpo,  tu  muerte  e  mi  po  a  dicha  no  me 
dexaron,  quanto  la  muerte  me  deza. 

EL    AVCTOR 

Qvando  Laureola  hablaua  estas  cosas  a  Le- 
riano,  estaua  yo  en  estraña  manera  espantado, 
uiendo  su  mucha  piedad,  juzgando  su  seso,  co- 
nosciendo  su  noluntad.  E  tanto  sus  amorosas 
razones  sin  fuerza  uencian,  que  aunque  conmi- 
go no  hablaua,  muchas  vezes  sino  para  descor- 
tesía aun  le  respondiera  agradcsciendole  mucho 
lo  que  dezia,  aunque  aprouechaua  poco;  pero 
como  sus  razones  a  mi  pensar  parescian  justas, 


84 


orígenes  de  la  novela 


nunca  crey  que  Lcriano  tuuiera  cosa  que  le  res- 
ponder, ni  con  que  le  satisfaztT.  No  por  la  poca 
confian9a  de  su  seso,  mas  por  la  umcha  turba- 
ción de  su  alma  en  uer  delante  si  la  que  mas 
que  a  si  quería.  A  lo  qual  los  ojos  en  el  suelo 
con  mucha  cortesía  c  acatamiento,  com€n90  a 
responder  en  esta  manera. 

LERIANO    A    LAYBEOLA 

I O  qrien  tuuiesse,  señora,  tanto  saler  para 
quexar  mi  mal  como  tengo  razón  para  padcs- 
cello!  Yo  sabría  tan  bien  responderte  como  si 
pudiera  láuir  supiera  scniírte.  Dizes,  señora,  que 
nunca  creyste  que  la  fuer<?a  de  mi  morir  pudiera 
mas  que  mi  esfuen^o.  No  te  marauilles;  que 
como  yo  sin  mi  me  hallaua,  no  tenia  con  que 
defenderme.  Assi  que  lo  que  me  culpas,  mere- 
ces la  pena,  pues  tú  que  podías  remediallo  con- 
sentiste hazello.  E  si  dizes  que  erré  en  no  de- 
fenderme a f firmándote  todauia  que  pudiera  La- 
sello,  si  tú  por  pronarme  o  por  burlar  lo  hizie- 
ras,  juzga  lo  que  dizes  e  mira  qual  estaña, 
6  uerás  que  el  coraron  lastimado  nunca  toma 
la  buena  nueua  por  cierta,  ni  la  mala  por  du- 
dosa, e  con  esto  todo  lo  que  de  tu  parte  me  de- 
zían,  creya,  couoscicndo  tu  mucha  crueza  e  mi 
poca  dicha.  E  no  pienses  que  tan  poco  trabajo 
puse  en  defender  mi  uida  por  seruir  la  tuya, 
que  mas  pena  no  me  daua  defenderme  de  la 
muerte  ({uo  padescella,  y  en  membrandonie 
como  no  codiciaua  biuir  sino  para  seruirte,  ueya 
que  era  yerro  no  querer  lo  que  quesiste,  pues 
do  acjuello  te  seruias.  E  no  pienses  que  tan 
poco  gané  en  ella  que  la  do  en  mi  por  muí  em- 
pleada, pues  en  ella  descobriste  la  piedad  que 
on  la  nlíhi  siempre  ganaste.  E  si  dizes  que  me 
bastaua  la  esperanza  que  me  daua.>,  no  t«?  lo 
niego  según  quien  tú  eres,  que  con  solo  mirar- 
me, quanto  te  pudiera  seruirme  pagaras,  quanto 
más  con  lo  (jue  dizes:  porque  quanto  menoij  es- 
peranca  parescia  cierta,  tanto  más  de  lo  mucho 
que  merescias  se  membrana;  e  de  merescerte 
estalla  dubdoso,  porque  quanto  mayor  era  la 
merced,  tanto  menos  la  creya,  e  con  esto  hize 
las 'obras  (|ue  ues.  E  a  lo  que  me  dizes  de  la 
iientui*a  en  que  tu  honra  c  uida  se  puso,  bien 
sabes,  si  lo  cierto  no  oluidas,  a  quan  poco  cargo 
te  era,  e  la  esperiencia  de  lo  que  me  pensaua  tú 
la  sabes,  e  las  obras  son  testigos.  E  si  dizes 
que  en  lo  primero  estañas  sin  cargo  y  en  t^nto 
peligro  te  ui.ste,  que  mas  aparejado  estnniera 
dando occasion  para  que  algo  so8pechas8en,pues 
andauan  sobre  el  auiso,  no  te  engañes,  que 
pues  e  a  tu  limpieza  se  hauia  mostrado,  nunca 
nadie  dixera  lo  cierto  que  por  dubdoso  no  se 
tuuiera,  niendo  la  paga  que  a  los  otros  hauia 
dado,  de  quien  menos  el  secreto  se  fíaua  mas  lo 


temieran,  e  por  esto  uerás  que  con  lo  que  ie 
escusas  más  te  temieran,  e  por  esto  uerás  que 
con  lo  que  te  escusas  mas  te  condenauas.  E 
pues  no  te  puedo  seruir,  no  quiero  enojarte  ni 
más  te  hablar,  saino  pedirte  en  galardón  de  mi 
fe,  que  me  des  las  manos  que  te  bese,  porque 
desta  gloria  goze  en  la  muerte,  pues  en  la  uida 
no  pude  ni  tú  me  dexaste.  E  assi  me  despido, 
supplicandote  que  del  ánima  como  dizes  tengas 
memoria,  pues  el  cuerpo  pussiste  en  oluido;  e 
por  mas  enojoso  no  serte,  ni  con  mis  razones 
importunarte,  acal)o  pidiéndote  por  merced,  que 
si  alguno  presumiere  aprouecbarse  de  la  riqueza 
de  seruirte,  de  la  fé  de  mi  noluntad  te  acuerdes, 
la  qual  delante  tus  ojos  pongo,  porque  de  mi 
muerte  hayas  la  compasión  que  de  la  uida  no 
huuiste. 

EL  AVCTOE 

Qyando  estas  cosas  entre  ambos  passauan, 
estaña  mirando  la  cortesía  e  mucha  firmeza  con 
que  Leriano  hablana,  e  quan  poco  pesar  de  su 
muerte  mostraua,  porque  conoscia  que  a  Lau- 
reola no  menos  que  a  él  le  dolia,  e  por  no  le 
enojar  suffria  su  pena  callando  su  muerte,  e 
quanto  me  alegraua  de  vellos  juntos  tanto  me 
entristecía  membrandome  de  la  muerte  de  Le- 
riano e  según  sus  razones  me  parescian,  aunque 
yo  de  las  menos  dellas  gozana,  nunca  quisiera 
uellos  acabar;  e  porque  yo  conoscia  que  si  Le- 
riano recebía  gloria  de  uella  que  Laureola  no 
recebia  pena  sino  de  uer  que  era  muerto,  qui- 
siera que  nunca  su  fabla  tuuiera  cabo  ni  su 
uísta  apartamiento;  pero  como  nunca  las  cosas 
que  dan  plazer  suelen  nuicho  durar,  antes  mas 
ayna  se  pierden,  yo  estando  en  esto  contem- 
plando soñaua  que  ohya  yna  boz  muy  triste 
que  decía:  juen  Leriano  que  tardas!  e  con  vn 
rezio  e  dolorido  sospiro,  el  bonete  en  la  mano, 
se  fue  a  Laureola  por  le  besar  las  manos.  La 
qual  por  alguna  gloria  dalle  en  la  muerte,  pues 
en  la  uida  no  quiso,  se  las  dio.  E  besándoselas 
dixo  estas  palabras  muy  rezio  e  desapareció. 

;  O  sí  la  muerta  matasse 
la  memoria 
pues  que  dí6  muerte  a  la  gloria! 


PEOSIOVE  EL  AVGTOR 

Qvando  yo  ui  que  no  lo  ueya,  miré  a  la  parte 
donde  Laureola  tstaua,  por  uer  si  la  ueia,  e 
uila  con  tanto  pesar  y  los  ojos  bañados  en 
agua,  que  no  como  ella  era  hermosa,  mas  como 
si  uerdaderamente  estuuiera  muerta,  estaua 
amarilla,  perdida  la  habla,  uencida  la  fner9a  y 
en  tal  disposición  la  uí,  que  mas  conpassion 


TRACTADO  I>E  NICOLÁS  NUSEZ 


hania  de  nell»,  qne  de  Leríano,  aunque  estaitn 
macrto;  e  de  ner  tal  el  vno  7  el  otro  en  peor 
peligro  ealana  taa  desesperado,  qne  diziendo 
oerdad  70  qnisiera  mas  acompañar  a  Leríano 
muerto  qne  eejpiir  a  Laureola  bina ;  la  qual  con 
mucha  tristeza  diesimulando  quanto  podia  la 
pena  qne  la  muerte  de  Leríano  le  daiía,  for9an- 
io  las  lagrimas  como  discreta,  comentó  a  ba- 
blanne  en  esta  manera. 


s  mejor 


LAUKEOLA   AI.   i 


Verdaderamente  con  mas  cora( 
noluntad  me  despidiera  de  la  uida 
muerte,  qne  salir  de  tu  posada,  sino  crejcssc 
que  saliendo  me  bania  de  salir  el  alma,  l'urquc 
cierto  es  que  si  creyera  que  viendo  a  Lcriano 
tal  me  bauia  de  uer,  nnnca  en  tal  me  pusiera, 
antes  Buffríem  la  pena  de  sa  ausencia  qne  la 
gloría  de  nelle,  pues  110  podia  remediarle,  que 
nunca  pense  que  asai  me  penara,  porqne  quanto 
mas  sus  acruicios  e  lealtad  delante  mi  ponia 
para  algo  querelle,  tanto  mi  bondad  e  la  gran- 
deza de  mi  estado  me  lo  cstoruaua;  e  no  por- 
que contra  esto  esperana  jr,  antes  la  uida  de 
tul  fe  naya,  saluo  que  con  más  traluijo  e  mencis 
«luido  trabajara  con  el  rey  mi  señor  eu  libertad, 
sunque  a  mi  no  ero  dado,  para  que  ciitrasse  en 
Ir  corte  e  hnuicra  lugar  de  ucrme,  c  con  esto 
según  se  dezia  y  en  muerte  manifestaua,  e  con 
la  eiperan^a  que  te  daua  buntera  lugar  de  no 
desesperar;  pero  si  yo  con  mi  crue^  lo  conacu- 
tia,  con  la  passion  lo  he  pagado  y  esporo  pagar 
también,  que  para  mi  salud  estuuiera  tnmbicik 
hazello  como  para  mi  bondad  por  qualquiera 
parte  negallo.  Mas  de  la  bcrmosura  que  Dios 
me  dio  me  quexo,  y  el  dcue  qucsarse,  que  esta 
pudo  m&s  ayna  que  mi  condición  ni  noluntad 
engañarse;  e  porque  el  tiempo  es  corto  e  la 
paaaion  es  larga,  no  quiero  mas  dezirte,  saino 
que  te  bago  cierto,  que  aunque  Leríano  según 
mi  estado  e  linaje  por  mujer  no  me  uierescia, 
nunca  deniera  él  perder  la  esperanza.  E  pues  a 
41  no  puedo  pagar  sus  obras  e  buenos  seruicios, 
a  ti  te  mego  que  de  la  corta  no  te  partas,  aun- 
que el  desseo  de  tu  naturaleza  te  peue,  parque 
conozcas  en  las  mercedes  que  te  haré  aqui  s¡ 
tnuieres,  las  honras  que  a  Leriano  bizicra  bi- 
niendo. 


ZL 


Qrando  Laureola  acabó  de  hablarme  quedó 
tan  tríst«,  e  tan  llenas  sus  uestiduras  de  lagri- 
mas de  sus  ojos  qne  en  gran  manera  uie  ponía 
mis  manzilla  sn  penada  uida  que  la  muerte 
del  muerto;  e  a  todo  lo  que  me  dixo  quisiera 
mocho  respondelle,  a  grádese  iendole  las  merce- 


35 

les  que  queria  Iiazemie,  como  la  cortesía  con 
que  me  hablaua,  saino  que  qvando  mas  seguro 
B  pensatiuo  en  lo  que  me  Sania  dicho  estaña, 
se  partió  de  mi  con  vn  gran  sospiro,  e  run  Tna 
hoz  con  que  pudo  recordarme  qne  dezio:  Ya 
no  pnede  más  doler  la  muerte,  aunque  está 
cierta,  que  la  uida  qne  esti  muerta. 


Despres  qne  miré  al  derredor  e  ni  qne  hania 
quedado  solo,  hálleme  tan  tríate  e  tan  embele- 
ñado, que  no  sabia  lo  que  de  mi  hiziesse,  ni  de 

lo  que  hauin  soñado  que  peiisasse.  E  como  no 
tenia  con  quien  hablar,  cstaiia  tan  pensatiuo 
que  mili  uezes  con  mis  manos  quisiera  darme 
la  muerte,  si  creyera  hallar  en  ella  lo  qne  con 
ella  pcrdi;  e  como  pense  que  con  mi  ranerte  no 
se  cobrana  la  uida  del  mnerto,  ni  que  era  yerro 
perder  el  anima  sin  gozar  del  cuerpo;  e  como 
ea  cierta  espericncia  qne  la  música  cresce  la 
pena  dunde  llalla,  e  accrescieuta  ol  plazer  en  el 
coraron  contento,  tome  la  uihuela,  e  mas  como 
desatinado  que  con  saber  cierto  lo  que  hazla, 
comente  a  tañer  esta  canción  o  nillancico; 

Canción. 

TTo  te  pene  de  penar, 
corafon,  en  esta  uida, 
que  lo  que  ua  de  uencida 
no  puede  muebo  durar. 

Porque  según  es  mortal 
el  mal  que  se  muestra,  e  fuerte, 
Ipara  qué  es  tomar  la  muerte 
pues  la  uida  es  mayor  mal? 

Comienza  te  a  consolar, 
no  umestres  fuerza  uencida; 
que  lo  que  mata  la  uida 
con  muerte  se  ha  de  ganar. 

Villancico. 

Pues  porque  es  buena  la  uida 
sin  la  muerte, 
se  toma  por  mejor  suerte. 

Quien  mucre  muerte  biuieudo 
no  liaae  mucho  su  suerte, 
mas  el  que  biue  muriendo 
sin  la  muerte, 
jqué  mal  ni  pena  hay  mas  fuerteí 

Quien  puede  suffrir  su  mal 
o  queíallo  a  quien  lo  haze, 
con  en  mal  se  satisfaze 
su  uida  aunque  es  mortal, 
pero  el  dolor  desigual 
de  mal  e  peua  tan  tuerte 
¿quien  lo  auffre  que  no  acierte? 


86 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


EL  AVCTOR 


Acabada  de  dezir  la  canción  e  desecha  lo 
nicno6  mal  que  70  pnde,  dexé  la  nihuela,  sin 
mas  pensar  lo  que  deuía  hazer,  mandé  ensillar, 
porque  me  páresela  que  era  tiempo  e  bien  de 
partir  a  mi  tierra;  e  despedido  de  los  que  hallé 
por  la  calle,  sali  de  la  corte,  más  acompañado 
de  pesar  que  consolado  de  plazer.  E  tanto  mi 
tristeza  crescía  e  mi  salud  menguaua,que  nunca 
piense  llegar  biuo  a  Castilla,  e  después  que  co- 


I 


men^^  a  entrar  por  mi  camino,  uinieronme  tan- 
tas cosas  a  la  fantasía,  que  no  tuuiera  por  mal 
perder  el  seso,  por  perder  el  pensamiento  dellas. 
Pero  mem brandóme  como  no  hauia  ningún 
prouecho  pensar  más  en  ello,  trabaja ua  conmigo 
quanto  podia  por  me  defender  de  traellas  a  la 
memoria.  E  assi  trabajando  el  cuerpo  en  le 
camino,  7  el  ánima  en  el  pensamiento,  llegué 
aqui  a  Peñafíel  como  Diego  de  Sant  Pedro, 
do  quedo  besando  las  manos  de  unestras  mer- 
cedes. 


SERMÓN  ORDENADO 


I»OIi 


DIEGO  DE  SANT  PEDRO 


PORQUE  DIXEBON  VNAS  SEÑORAS  QUE  LE  DESSEAUAN  OYR  PREDICAR 


Para  que  toda  materia  sea  bien  entendida  y 
notada,  conuiene  qae  el  razonamiento  del  que 
dize  sea  conforme  a  la  condición  del  que  lo  oye; 
de  cuya  rerdad  nos  queda  que  'si  ouieremos  de 
hablar  al  cauallero,  sea  en  los  actos  de  la  caua- 
llería.  E  si  al  denoto  en  los  méritos  de  la  pa- 
sión. E  sí  al  letrado,  en  la  dulzura  de  la  scien- 
cia.  E  assi  por  el  consiguiente  en  todos  los 
otros  estados.  Pues  siguiendo  esta  ordenanza 
para  conformar  mis  palabras  con  vuestros  pen- 
samientos; porque  sea  mejor  escuchado,  pares- 
cerne  que  dcuo  tratar  délas  enamoradas  passio- 
nes;  pero  porque  sin  gracia  ninguna  obra  so 
puede  comentar,  ni  mediar,  ni  acabar,  rogue- 
mos  al  amor  (en  cuya  obediencia  biuiraos)  que 
ponga  en  mi  lengua  mi  dolor;  porque  mani- 
fieste en  el  sentir  lo  que  fallescicre  en  el  razo- 
nar. E  porque  esta  gracia  nos  sea  otorgada, 
Í>ongamos  por  medianera  entre  amor  e  nosotros 
a  Fe  que  tenemos  en  los  corazones.  E  para  mas 
la  obligar,  offrecerle  hemos  sendos  sospiros  por- 
que nos  alcance  gracia;  a  mi  para  dezir,  e  a 
Tosotras  señoras,  para  escuchar;  e  a  todos  final- 
mente para  bien  amar. 

Dice  el  Ihema:  In  patiencia  vestra  sustincte 
dolores  vestros. 

Lastimados  señores,  y  desagradecidas  seño- 
ras: Las  palabras  que  tomé  por  fundamento  de 
mi  intención,  son  escriptas  en  el  libro  de  la 
muerte,  a  los  siete  capitulos  de  mi  desseo.  Da 
testimonio  dellas  el  Evangelista  Afición.  E 
traydas  del  latín  a  nuestra  lengua,  quieren 
dezir.  En  vuestra  paciencia  sostened  vuestros 
dolores.  E  para  conclusión  del  tema,  será  el 
sermón  partido  en  tres  partes. 

La  primera  será  vna  ordenan9a  para  mostrar 
como  las  amigas  se  deuen  seguir.  La  segunda 
será  vn  consuelo  en  que  se  esfuercen  los  cora- 
zones tristes.  La  tercera,  vn  consejo  para  que 
las  señoras  que  son  seruidas  remedien  a  los  que 


la  siruen.  E  para  aclaración  de  la  primera  parte, 
digo  que  todo  edificio  para  que  dure,  conuiene 
ser  fundado  sobre  cimiento  firme,  si  quiere  el 
edificador  tener  su  obra  segura.  Pues  luego  con- 
uiene que  lo  que  edificare  el  desseo  en  el  cora- 
zón catino,  sea  sobre  cimiento  del  secreto,  si 
quisiera  su  labor  sostener  e  acabar  sin  peligro 
de  vergüenza.  Donde  por  essa  conparacion  pa- 
resce  que  todo  amador  deue  antes  perder  la 
vida,  que  escurecer  la  fama  de  la  que  siruiere, 
auiendo  por  mejor  recebir  la  muerte  callando  su 
pena,  que  merecerla,  trayendo  su  cuydado  a 
publicación.  Pues  para  remedio  deste  peligro 
en  que  los  amadores  tantas  vezes  tron piolan, 
deue  traer  en  las  palabras  mesura,  y  en  el  me- 
neo honestidad,  y  en  los  actos  cordura,  y  en  los 
ojos  aniso,  y  en  las  muestras  soffrimiento,  y  en 
los  desseos  tenplan^a,  y  en  las  platicas  dissimu- 
lacion,  y  en  los  mouimientos  mansedunbre.  E 
lo  que  más  deue  proueer,  es  que  no  lieue  la  per- 
sona tras  el  desseo,  porque  no  yerre  con  priessa, 
lo  que  puede  acertar  con  espacio;  que  le  hará 
passar  muchas  vezes  por  donde  no  cunple,  e 
buscar  mensajeros  que  no  le  conuienen,  y  em- 
biar  cartas  que  le  dañen,  e  bordar  inuenciones 
que  lo  publiquen.  E  porque  competencia  suele 
sacar  el  seso  de  sus  recogimientos  honestos, 
poniendo  en  coraron  sospechas,  y  en  el  mal 
desesperación,  y  en  las  consideraciones  discor- 
dia, y  en  el  sentimiento  rauia;  deue  el  que  ama 
templarse  e  suffrirle,  porque  en  tales  casos  quirn 
buscare  su  remedio,  hallará  su  perdición.  E 
quando  al  que  compete  le  paresciere  que  su 
competedor  llenó  mas  fauor  de  su  amiga  que 
no  él,  entonces  deue  mas  recogerse.  E  aquel 
mudar  déla  color,  e  aquel  encarnizar  de  los  ojos, 
e  aquel  temblar  déla  boz,  e  aquel  atenazar  délos 
die*nU>s,  e  aquella  sequedad  de  la  boca  que  traen 
disfauores,  deuelo  cerrar  en  el  juyzio,  cerrando 
la  puerta  con  el  aldaba  del  soffrimiento,  hasta 


38 


orígenes  de  la  novela 


((lie  gasto  Ift  razón  los  a'^cidontes  de  la  ira;  que 
las  armas  ron  que  se  podría  vengar,  cortarian 
la  fama  de  la  amiga,  cosa  que  más  que  la  muerte 
se  deue  temer.  Lien  se  yo,  señoras,  que  lo  que 
trato  en  mi  sermón  con  palabras,  aueys  sentido 
vosotras  en  obras.  De  manera  que  son  mis  ra- 
zones molde  de  vuestros  sentimientos.  Empero 
porque  muchas  vezes  la  passion  ciega  los  ojos 
del  entendimiento,  es  i^ien  recordar  os  la  Imz 
j  el  enues  destas  ocasiones.  Sean  los  passos  del 
que  ama  espaciosos,  e  las  passadas  por  do  está 
su  amiga,  tardias;  e  t^'nga  en  publico  tristeza 
tenplada;  porque  esta  es  vn  rastro  por  donde 
van  las  sospechas  a  dar  en  la  celada  de  los  pen- 
samientos; cosa  de  que  todo  enamorado  se  deue 
apercibir,  porque  diuersas  vezes  las  aparcncias 
del  rostro  son  testigos  de  los  secretos  del  co- 
raron; e  no  dudo  que  no  peneys  mucho  en  hazer 
esto,  porque  más  atormentan  los  plazeres  for- 
zosos que  las  tristezas  voluntarias;  mas  todo  se 
deue  Buf frir  en  amor  y  reuerencia  de  la  fama  de 
la  amiga,  e  guardaos,  señores,  de  vna  erro- 
nia  que  en  la  ley  enamorada  tienen  los  galanes, 
comenzando  en  la  prímera  letra  de  los  nom- 
bres de  la  que  simen  sus  inuenciones  o  cime- 
ras o  bordaduras,  porque  semejante  gentileza 
es  vn  pregón  con  que  se  haze  justicia  de  la  in- 
famia dellas.  Ved  qué  cosa  tan  errada  es  mani- 
festar en  la  bordadura  avn  lo  que  en  el  pensa- 
miento se  deue  guardar.  Y  no  menos,  señónos, 
os  escusad  de  vestidos  de  sus  colores,  porque 
aquello  no  es  otra  cosa  sino  vn  espejo  do  se 
muestra  que  la  seruis.  £  porque  los  ojos  suelen 
descobrir  lo  que  guarda  la  voluntad,  sea  vues- 
tro mirar  general,  ¡wr  quitar  de  tino  los  sospe- 
chosos. Conuione  a  todo  enamorado  ser  virtuo- 
so, en  tal  manera,  que  la  bondad  rija  el  esfuei^ 
co,  aconpañe  la  franqueza;  e  la  franqueza  adoi^ 
nc  la  tenplan^a,  e  la  ten  planea  afeytc  la  con- 
uersaciou,  e  la  conucrsacion  ate  la  buena  crian- 
za, por  via  que  las  vnas  virtudes  de  las  otras  se 
alumbren,  que  de  S(»mejante8  passos  se  suele 
hazer  el  escalera  por  do  suben  los  tristes  a  a<jue- 
11a  bienaventurada  esperanza  que  todos  desea- 
mos. Nunca  vuestro  juyzio  responda  á  las  bozes 
de  la  pena ;  e  qnando  ella  se  a((uexa  con  dolor 
rija  el  seso  la  teuplanza,  atando  el  cuerpo  con 
consejo,  porque  no  se  vaya  tras  el  pensamiento 
hazicndo  asomadas  y  meneos.  No  según  la  ley 
del  discreto  lo  establesce,  mas  según  la  priessa 
de  la  pena  lo  pide.  E  porque  suelen  recrescerse 
a  l(js  penados  iu*aesciuiientos  de  tanta  angustia 
que  dí-ssean  liablar  la,  porque  la  passion  comu- 
nicada duele  nieiu>s,  no  so  yo  de  consejo  que  a 
nadie  se  descubra  p(»r(jiie  quien  a  otro  su  se- 
creto descubre,  hágale  señor  de  si. 

Pues  porque  no  rebi<»nte  el  que  se  viere  en 
tal  estrechura,  apartase  a  tal  lugar  solo,  y  sen- 
tado en  medio  de  sus  pensamientos,  trate  y  par- 


ticipe con  ellos  sus  males;  porque  aquellos  solo 
son  compañia  fíe!.  £  si  vn  pensamiento  le  tra- 
xere  desas (aeraciones,  otro  le  traerá  esperanza. 
£  si  vno  hallase  torpe,  otro  hallará  tan  agudo 
que  le  procure  su  remedio.  E  si  vno  le  dixere 
que  desespere  según  su  desdicha,  otro  le  dirá 
que  espere  según  su  fe,'e  si  vno  le  aconsejare 
que  acorta  con  la  muerte  la  vida  e  los  males, 
otro  le  dirá  que  no  lo  haga,  porque  con  largo 
biuir  todo  se  alcanza;  otro  le  dirá  que  tiene  su 
amiga  grane  condición  como  desamorada,  otro 
le  dirá  que  tiene  piedad  natural  según  muger; 
otro  le  consejará  que  calle,  que  nmera  c  siiffra; 
e  otro  que  sima  e  hable  e  siga.  De  manera  que 
él  de  si  mismo  se  podra  consolar  y  desconsolar. 
Direys  vosotros,  señores,  que  todavia  querría 
desconsolación  e  consejo  de  amigo,  porque  los 
honbres  ocupados  de  codicia,  o  amor,  o  desseo 
no  pueden  determinar  bien  en  sus  cosas  propias, 
lo  qual  yo  no  reprueuo.  Pero  assi  como  en  los 
otros  casos  lo  conozco,  assi  para  esto  lo  niego; 
porque  en  las  otras  negociaciones  se  turba  la 
razón,  y  en  los  dolores  de  este  mal  se  aguza  el 
seso.  E  si  sobre  todo  esto  la  ventura  vos  fuese 
contraria,  en  vuestra  paciencia  sostened  ruestros 
dolores. 

LA    SEGUNDA    PARTE 

La  segunda  parte  de  mi  sermón  dixe  que 
sería  vn  consuelo  de  los  corazones  tristes.  Pan 
fundamento  de  lo  qual  conuicne  notar  que  todos 
los  <)ue  catiuaren  sus  libertades,  deuen  primero 
mirar  al  mercscer  de  la  que  cansare  la  captiui- 
dad,  porque  el  affícion  justa  aliuia  la  pena.  De 
donde  se  aprende;  el  ma^  que  se  sufre  con  razón, 
se  sana  con  ella  misma.  De  cuya  causa  las  pas- 
s iones  se  consuelan  e  suffren.  £  avn  que  las  la- 
grimas vos  cerquen,  e  angustias  vos  congoxen, 
e  sospechas  vos  lastimen,  nunca,  señores,  vos 
aparteys  de  seguir  e  seruir  e  querer,  que  no  ay 
conpañia  mas  amigable  que  el  mal  que  vos  viene 
de  quien  tanto  quereys,  pues  ella  lo  quiere.  E 
si  no  hallnrdes  piedad  en  quien  la  buscays,  ni 
esperanza  de  quien  la  quereys,  esp<>rad  en  vues- 
tra Ke,  y  confiad  ei.  vuestra  fírmeza;  que 
uinchas  vezes  la  piedad  responde  quando  fir- 
meza llama  a  sus  puertas.  E  pues  soys  obedien- 
t4\s  a  vuestros  desseos,  sf)ffrid  el  mal  de  la  pena 
por  el  bien  de  la  causa.  ¡Que,  señores,  si  bien 
lo  miramos  quantos  bienes  recebimos  de  quien 
siempre  nos  quexamos!  La  soledad  causa  deses- 
j>era<ion  algunas  vezes,  donde  nuestras  amigas 
sií'mpre  nos  socorren,  dando  nos  quien  nos 
aeonipañe  e  ayudi  en  nuestra  tribulación.  £m- 
bian  no<  a  la  memoria  el  desseo  que  su  hermo- 
sura nov  cau>a.  e  la  passion  «pie  su  gracia  nos 
pune;  y  el  tt)rmento  que  su  discre(*ion  nos  pro- 
cura: y  el  tral>ajo  <]ue  su  d»'<amor  nos  da.  E 
porque  e>tas  cosas  mejor  conpañia  nos  hagan 


SERMÓN  DE  DIEGC)  DE  SANT  PEDRO 


39 


crezcan  nuestros  cora^ncs  con  ellas;  en  ma- 
nera que  por  venir  de  do  Tienen  arn  que  el 
pensamiento  se  adolezca,  la  voluntad  se  satis- 
faze;  porque  no  nos  dexeii  desesperar.  Y  es  esto 
como  las  feridas  que  los  caualleros  receben  con 
honrra,  arn  que  las  sienten  en  las  personas  con 
dolor,  las  tienen  en  la  fama  por  gloria.  O  ama- 
dor! si  tu  amiga  quisiere  que  penes,  pena;  e  si 
quisiera  que  mueras,  muere;  e  si  quisiera  con- 
denarte, vete  al  infierno  en  cuerpo  y  en  ánima. 
¿Qué  más  beneficio  quieres  que  querer  lo  que  ella 
quiere?  Haz  ygual  el  coraron  a  todo  lo  que  te 
pueda  venir.  £  si  fuere  bien,  amalo.  E  si  fuere 
mal,  Buffrclo.  Que  todo  lo  que  de  su  parte  te  vi- 
niere, es  galardón  para  tí.  Direys  a  cstx)  que 
vos  dé  fuerza  para  suffrír,  y  que  vosotros  me 
dareys  voluntad  para  penar.  Mirad  bien,  seño- 
res, quan  engañados  en  esto  biuis;  que  si  po.leys 
íostener  tan  graue  pena,  cobrareys  estimación. 
£  si  el  Buffrimiento  cansare  y  os  traxere  a  es- 
tado de  muerte,  no  puede  veniros  cosa  más  bien- 
anenturada;  que  quien  bien  muere,  nunca  mue- 
re; pues  qué  fin  más  honrrado  espera  ninguno 
que  acabar  debaxo  de  la  seña  de  su  señor:  por 
fe  y  firmeza  e  lealtad  e  razón?  Por  donde  esta- 
ña bien  m  mote  mió,  que  decia,  que  en  la  muer- 
te está  la  vida.  Dize  vn  varón  sabio,  que  no 
TÍdo  honbrc  tan  desuenturado,  como  aquel  que 
nunca  le  vino  desuentura;  porque  est<;  ni  sal>e 
de  si  para  quanto  es,  ni  los  otros  conoscen  lo 
que  podría  si  de  fortuna  fuesse  prouado.  Pues 
qué  mas  quereys  de  vuestras  amigas  sino  que 
con  sus  penas  esperímenteys  vuestra  fortale<;ía? 
Que  no  haUo  yo  por  menos  coraron  recebir  la 
muerte  con  voluntad,  que  sostener  la  vida  con 
tormento:  porque  en  lo  vno  se  muestra  resis- 
tencia fuerte,  y  en  lo  otro  oI)edionl'ia  justa;  de 
forma,  qiic  con  el  mal  que  amor  os  ordena,  os 
procura  alabanza.  Esforzad  vos  en  la  vida,  e  sed 
obedientes  en  lu  muerte.  Pues  luego  bien  dize 
el  tema:  que  sostengays  en  vuestrii  paciencia 
vuestros  dolores. 

LA  TERCERA  PARTE 

Dixe  cjue  la  tercera  parte  de  mi  sermón  seria 
vn  consejo  para  que  las  señoras  que  son  serni- 
das  remedieu  a  quien  las  simo.  Poro  primero 
qm;  venga  a  las  razones  desto,  digo  que  qui- 
siera, señoras,  conosccros  con  seruicio,  antes  que 
ayudaros  con  consejo:  porque  lo  vno  hiciera 
con  sobra  de  voluntad,  y  liaré  lo  otro  con  men- 
gua de  discreción;  mas  como  desseo  librar  vues- 
tras obras  de  culpa,  e  vuestras  aluuis  de  pena, 
dezir  vos  he  mi  parecer  lo  menos  mal  que  pu- 
dien\  Pues  para  comenvar  el  proposito,  solo 
por  salud  de  vuestras  animas,  devtíriades  reni(f- 
diar  los  que  penays:  qu(í  incurrís  por  el  tormen- 
to que  les  days  en  quatro  pecados  mortales;  en 


el  de  s(»beruia  que  es  el  primero,  pecays  por 
esta  razón :  Quando  veys  que  vuestra  hermosu- 
ra y  valer  puede  guarescer  los  muertos  e  matar 
los  biuos,  e  adolescer  los  sanos,  e  sanar  los  do- 
lientes, creeys  que  podeys  Lazer  lo  mismo  que 
Dios,  al  qual  por  esta  manera  offendeys  por 
este  peccado.  E  no  menos  en  el  de  auaricia; 
que  como  recogeys  la  libertad  e  la  voluntad  e 
la  memoria  y  el  coraron  de  quien  os  dessea, 
guardays  todo  esto  con  tanto  recaudo  en  vues- 
tro desconocimiento  que  no  les  volvereys  vna 
sola  cosa  destas,  fasta  que  muera  por  llenarle 
la  vida  con  ellas.  Pecays  assi  mesmo  en  el  pe- 
cado de  la  yra;  que  como  los  que  aman,  siem- 
pre siguen,  es  forjado  que  alguna  vez  enojen,  e 
importunadas  de  sus  palabras  e  porfías,  tomays 
yra  con  desseo  de  venganza.  En  el  pecado  de 
la  píTc^a  no  podeys  negar  que  también  no  caeys, 
que  los  catinos  del  afición,  avn  que  mas  os  es- 
criuan  y  os  hablen,  e  os  embien  a  dezir,  teneys 
tan  perezosa  la  lengua,  que  por  cosa  del  mun- 
do no  abris  la  boca  para  dar  vna  buena  repues- 
ta. E  si  esta  razón  no  Imstare  para  la  redenp- 
cion  de  los  catinos,  sea  por  no  cobrar  mala  es- 
timación. ¿Qué  os  paresce  que  dirá  quien  sopiere 
que  quitando  las  vidas  galardonays  los  serui- 
cios?  Para  el  león  e  la  sierpe  es  bueno  el  ma- 
tar. Pues  doxar,  señoras,  por  Dios,  vsar  a  cada 
vno  su  officio;  que  para  vosotras  es  el  amor, 
e  la  buena  condición  y  el  nnlimir;  el  consolar. 
E  si  por  aqui  no  aprueuo  bien  el  consejo  que 
08  do,  sea  pur  no  ser  desconocidas;  culpa  de 
tan  gran  grauedad.  ¿Cómo,  señoras;  no  es  bien 
que  conozcays  la  obediente  voluntad  con  que 
vuestros  siervos  no  quieren  ser  nada  suyos  por 
serlo  del  t«xio  vuestros,  que  trasportados  en 
vuestro  merescimiento,  ni  tienen  seso  para  fa- 
blar,  ni  razón  para  responder,  ni  sienten  donde 
van,  ni  saben  por  do  vienen,  ni  fablan  a  propo- 
sita), ni  se  mudan  con  concierto:  estando  en  la 
yglesia  y  cabo  el  altar,  preguntan  si  es  horade 
comer?  ¡<>  quantas  vezes  les  aeaesce  tener  el 
UKinjar  en  la  mano,  entre  la  boca  y  el  plato  por 
gran  espacio,  no  sabiendo  de  desacordados  quién 
lo  ha  de  comer,  ellos  o  el  platell  (¿uando  se 
van  a  acostar,  preguntan  si  aniane.s«v,  e  quan- 
do se  levantan  preguntan  si  es  ya  d<'  noche. 
Pues  si  tales  cosas  deseonoceys,  a  la  mi  le,  se- 
ñoras, ni  j)odeys  quitar  las  eond¡rion»*s  de  cul- 
pa, ni  las  ánimas  de  pena,  quando  por  precio 
de  sus  vidas  no  quereys  dar  vuestras  esperan- 
Cas.  K  como  vean  los  que  os  siru«ui  su  poco 
rt'nií.'dio,  traen  h)S  ojos  llorosos,  las  colores 
amarillas,  sus  lioeas  secas,  las  lenguas  enmu- 
decidas, quí'  avn([ue  no  con  ál,  sino  eon  sus  la- 
grimas, deurian  reuerdecer  vuestras  srijueda- 
des.  l*ues  ponjué  en  hura  mala  jiara  nn',  po- 
deys n<*gur  galardón  tan  dr.sseíido,  i- por  tantas 
uiant-ras  nierescido.* 


40 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Dircys  vosotras,  señoras:  ¿no  reys,  predica- 
dor simple,  que  no  se  pueden  remediar  sus  pe- 
nas sin  nuestras  culpas? 

A  lo  qual  yo  respondo,  que  no  me  satisfazc 
vuestro  descargo;  porque  el  que  es  af finado 
amador,  no  quiere  de  su  amiga  otro  bien,  sino 
que  le  pese  de  su  mal ;  y  que  tractando  lo  sin 
ai^pere^a,  le  muestre  buen  rostro;  que  otras 
mercedes  no  se  pueden  pedir.  Assi  que  reme- 
diado su  mal,  antes  screys  alabadas  por  piado- 
sas, que  retraydas  por  culpadas.  Pues  si  de  pie- 
dad e  amor  qucreys,  señoras,  enxemplo,fallarey8 
que  en  Babilonia  biuiau  dos  caualleros,  y  el  vno 
dellos  tenia  fijo  llamado  Piramo,  y  el  otro  vna 
hija  que  Uamauan  Tisbe;  y  como  se  yiessen 
muchas  vezes  encendió  la  conuersacion  sus  des- 
seos. Y  conformes  en  vna  voluntad,  acordaron 
de  salirse  vna  noche  porque  tuuiesen  compañia 
sus  personas,  assi  como  sus  corazones,  e  toma- 
do este  acuerdo,  concertaron  el  que  primero  sa- 
liesse,  esperasse  al  otro  en  vna  puente  que  es- 
taña fuera  de  la  ciudad  junto  con  el  enterra- 
miento del  rey  Niño;  pues  como  Tisbe  fuesse 
más  acuciosa  en  el  andar  y  en  el  amor,  llegó 
antes  que  Piramo  a  la  fuente.  Y  estando  acom- 
pañada de  sola  esperanza  del,  salió  de  vna  sel- 
va que  alli  se  hacia  yusl  leona  toda  sangrienta 
e  sañuda,  de  miedo  de  la  qual  Tisbe  se  fue  a 
meter  en  el  enterramiento  dicho.  E  como  fues- 
se desatinada,  cayosele  el  manto  que  cobria. 
Llegada  la  leona  a  aquel  lugar,  después  que 
vuo  beuido  en  la  fuente,  despedazó  el  manto  e 
cubrió  lo  todo  de  la  sangre  que  traya,  e  boluio- 
se  luego  a  la  montaña.  Pues  como  ya  el  desdi- 
chado Piramo  a  la  fuente  llegasse,  vistas  las 
señales  del  manto  sospechó  que  su  amada  Tis- 
be fuese  de  alguna  vestía  fiera  comida,  e  dando 


crédito  a  su  sospecha  después  que  con  palabras 
lastimeras  lloró  su  mala  ventura,  púsose  Vn 
cuchillo  por  los  pechos.  La  sola  e  desdichada 
Tisbe  quando  ya  el  roydo  de  la  leona  cessó, 
salió  de  donde  estaua  por  saber  si  era  llegado 
su  Piramo;  y  como  llegase  debaxo  de  vn  moral 
do  cayó  con  la  ferida,  hallóle  que  ya  quería 
dar  el  ánima,  c  cayendo  en  la  razón  que  pudo 
causas  su  muerte,  llegó  a  el  boluiendole  el 
rostro  arríba,  que  lo  tenia  en  la  tierra,  y  be- 
sándole diuersas  vezes  su  fría  boca,  mezclando 
sus  lagrimas  e  su  sangre,  comen90  a  dezir. 
Buelue  el  rostro,  señor  mió,  ti  tu  desamparada 
Tisbe.  No  tengas  mas  fimor  con  la  tierra  que 
comigo.  Por  cierto  también  temé  fuerza  para 
acompañarte  en  la  muerte  como  para  amarte 
en  la  vida;  assi  seguiré  yo  muerta  á  ti  muerto. 
E  dichas  estas  palabras,  sacó  le  el  cuchillo  de 
los  pechos,  y  puesto  en  los  suyos,  abracóse 
con  su  amado  e  assi  acabaron  entrambos.  Mu- 
chas razones  y  enxemplos  y  autoridades  podría 
traer  para  enchir  de  verdad  mi  intención;  e 
no  las  digo  por  esquinar  prolixidad.  Solamen- 
te, señoras,  os  suplico,  que  parezcays  a  la  leal 
Tisbe,  no  en  el  morir,  mas  en  la  piedad  que 
por  cierto  mas  grave  que  la  de  Piramo  es  la 
muerte  del  desseo;  porque  la  vna  acaba,  y  la 
otra  dura.  E  do  vos  segundad  que  no  os  arre- 
pintays  de  mi  consejo.  Catad  que  este  amor  que 
negays,  suele  emendarse  con  pena  de  quien  lo 
trata  con  desprecio.  E  si  todavia  quisierdes  se- 
guir vuestra  condición,  sostengan  los  que  aman 
en  su  paciencia  los  dolores.  E  porque  da  ya  las 
doze,  e  cada  vno  ha  mas  gana  de  comer  que 
de  escuchar. 

Ad  quam  gloriam  nos  perducat. — Amen. 


QUESTION  DE  AMOR 

DE  DOS  ENAMORADOS 

AL  VNO  ERA  MUERTA  SU  AMIGA;  EL  OTRO  SIRUE  SINT  ESPERANZA 

DE    GALARDÓN.    DISPUTAN   QUAL   DE   LOS   DOS   SUFFRE    MAYOR   PENA. 

ENTÍÍETEXENSB   tN   ESTA   CONTROUERSIA   MUCHAS   CARTAS   Y   ENAMORADOS 

RAZONAMIENTOS,  Y  OTRAS  COSAS  MUY  SABROSAS  Y  DELEITABLES  (O- 


EL  PROLOGO 

Mnchos  son  los  que  del  loable  j  fructuoso 
trabajo  de  escreuír  reliuyr  suelen ;  unos  por  no 
saber,  a  los  qnalcs  su  ygnorancia  en  alguna  ma- 
nera escusa;  otros  por  negligencia,  que  tenien- 
do habilidad  y  disposición  para  ello,  no  lo  ha- 
zen :  y  a  estos  es  menester  que  Dios  los  perdo- 
ne en  lo  passado  y  emmiende  en  lo  ponienir. 
Otros  dexan  de  hazerlo  por  temor  do  los  de- 
tractores y  que  mal  acostumbran  dezir,  los  qua- 
les,  a  mi  parescer,  de  toda  reprehensión  son  dig- 
nos, pues  siendo  el  acto  en  si  virtuoso,  dexan 
de  usarlo  por  temor.  Mayormente  que  todos  o 
los  que  más  este  exercicio  usan,  o  con  buen 
ingenio  escrinen  o  con  buen  desseo  querrían 
escreuir.  Si  con  buen  ingenio  hazen  buena 
obra,  cierto  es  que  debe  ser  alal)ada.  Y  si  el 
deffecto  de  más  no  alcanzar  algo  la  haze  di- 
minuta de  lo  que  mejor  pudiera  ser,  deuese 
loar  lo  qne  el  tal  quisiera  hazer  si  más  su- 
piera, o  la  inuencion  y  fantasía  de  la  obra, 
porque  fue  o  porque  desseó  ser  buena.  De  ma- 
nera qne  es  mucho  mejor  escreuir  como  quiera 
que  se  pueda  hazer,  que  no  por  algún  temor 
dexar  de  hazerlo.  Mayormente  que  o  estas  co- 
^as  han  de  uenir  a  vista  o  juyzio  de  discretos 
y  buenos,  o  de  nescios  y  malus;  y  el  discreto  no 


habla  mal  y  el  bueno  siempre  dize  bien.  Pues 
el  grossero  y  nescio  mal  puede  juzgar  las  cosas 
agenas,  que  ni  a  si  ni  a  las  suyas  conosce;  el 
malo  ¿qué  mal  puede  dezir  de  nadie,  pues  él  en 
si  es  mtflo?  Assi  que  por  ninguna  uia  el  bien 
obrar  deuria  cessar.  De  donde  el  que  la  pre- 
sente obra  compuso,  oluidado  todo  lo  que  se 
podía  temer,  deliberó  lo  mejor  que  pudo  escre- 
uir este  tractado,  dexando  su  nombre  encubier- 
to, porque  los  que  con  mas  agudo  ingenio  que- 
rrán en  ella  algo  emmendar  lo  puedan  mejor  ha- 
zer y  de  la  gloria  gozar  su  parte. 

AIIGVMENTO 

Y    DECLABACIÓN    DB    TODA    LA    OBRA 

El  auctor  en  la  obra  presente  calla  y  encubre 
su  nombre  por  la  causa  arriba  dicha,  y  porque 
los  detractores  mejor  puedan  saciar  las  malas 
lenguas  no  sabiendo  de  quién  detractan.  Tam- 
bién muda  y  finge  todos  los  nombres  de  los  caua- 
lleros  y  damas  que  en  la  obra  se  introduzen,  y 
los  títulos,  ciudades  y  tierras,  perlados  y  señores 
que  en  ella  se  nombran,  por  cierto  respecto  al 
tiempo  que  se  escriuio  necessario,  lo  qual  haze 
la  obra  algo  escura.  Mas  para  quien  querrá  ser 
curioso,  y  saber  la  verdad,  las  primeras  letras 


(')  Hemos  copiado  el  título  de  la  obra,  como  también  el  Prólogo  y  el  Argumento,  de  la  edición  de  Venecia 

S>r  Gabriel  Giolito  de  rerrariis,  año  1553,  porque  al  ejemplar  que  de  la  de  1513  se  conserva  en  la  Biblioteca 
arional  faltan  dos  hojas  al  principio. 
El  titulo  de  la  edición  de  Aml^reí*  i^or  Filipo  Nució,  nño  157C,  es'  muy  distinto  y  dice  asi: 

QUESTION  DE  AMOB. 

Lo  que  en  e*te  presente  libro  so  contiene  es  lo  sigvietttc: 

Vna  qyettion  ae  amor  de  dos  enamorados,  al  rno  vra  murria  su  amiga;  el  otro  sirve  sin  e*pera»ra  de 
galardón.  Disputan  ffVal  de  los  dos  sufre  mayor  pena. 

Entretexense  en  esta  controuersia  muchas  cartas  y  ttt^moradoa  razonamientos. 

Introdvxense  mas,  vna  ea^a,  rn  juego  de  cañnsf  mu  égloga,  ciertas  juxtas  y  muchos  caualleros  y  damas 
ron  dinersos  y  ricos  atavio»^  con  letra»  y  inuencionts. 

Concluye  con  la  salida  del  svtíor  Visorey  de  Xapoles^  donde  los  dos  enamorados  al  presenta  se  hallauon 
para  socorrer  al  Santo  padrs.  Donde  se  cuenta  el  numero  de  a/¿ml  lucido  exercito  y  la  contraria  fortuna 
de  Bauena. 

La  mayor  parte  de  la  obra,  historia  verdadera. 


42 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


do  los  nombres  feíigidos  son  las  primeras  de  los 
nerdaderos  de  todos  aquellos  caualleros  y  da- 
mas que  representan,  j  por  las  colores  de  los 
atauios  qne  alli  se  nombran,  o  por  las  primeras 
letras  de  las  ¡nueneiones,  se  puede  también  co- 
noscer  quien  son  los  seruidores  y  las  damas  a 
quien  simen.  Y  puesto  que  la  dicha  fícion 
haga  la  obra  algo  sospechosa  de  nerdad,  es  cier- 
to que  todos  los  caualleros  y  damas  que  en  ella 
se  iutroduzen,  a  la  sazón  se  hallauan  presentes 
en  la  ciudad  de  Ñapóles,  donde  este  tractado  se 
conpuso;  y  cada  uno  dellos  seruia  a  la  dama  que 
aqui  se  nombra.  Bien  es  uerdad  qne  el  aactor 
por  mejor  sernar  el  estilo  de  su  inuencion  y 
accompañar  y  dar  mas  gracia  a  la  obra,  mezcla 
a  lo  que  fue  algo  de  lo  que  no  fue.  Finalmente 
el  principal  proposito  suyo  ha  sido  querer  ser- 
uir  y  loar  una  dama,  que  en  la  obra  Belisena 
se  nombra;  por  servir  y  complazer  un  cauallero 
a  quien  llama  Flamiano,  que  aquella  dama  ser- 
nia.  Entre  el  qual  Flamiano  y  otro  que  en  la 
obra  Vasquiran  se  nombra,  se  mueue  una  con- 
tienda o  question  a  manera  de  dialogo,  en  de- 
manda y  respuesta,  qual  de  los  dos  con  mas  ra- 
zón de  la  fortuna,  como  mas  lastimado  o  mas 
apassionado  se  deue  quexar:  Flamiano  de  ena- 
morada passion,  sin  remedio  ni  espiTaní;a  en  vi- 
nas Uammas  uiondose  arder,  ó  Vasquiran  sién- 
dole muerta  su  amiga,  que  era  la  cosa  que  en 
el  mundo  mas  amauá.  La  qual  estando  en  su 
poder,  la  cruel  muerte  della  de  toda  speranya 
desesperado  le  dexó.  Sol)re  lo  qual  con  diuersas 
letras  y  embaxadas  largos  dias  contienden;  e 
al  fin  hallándose  juntos,  j)rosiguiendo  la  ques- 
tion, sin  darle  fin,  pendiente  la  dexan,  porque 
los  que  leyeren  sin  leer  tengan,  si  querrán,  occa- 
sion  y  manera  en  que  altercar  y  contender 
puedan . 

COMIENgA  LA  OBRA 

Acaescio  pues  que  al  tiempo  que  el  rey  Car- 
los de  Francia  entró  en  Ytalia  e  ganó  el  rey  no 
de  Ñapóles,  vn  cauallero  que  Basquiran  hauia 
nombre,  de  nación  Española,  natural  de  la  ciu- 
dad de  Todomir,  andando  en  la  corte  del  sere- 
nissimo  e  catholico  rey  don  Fernando  de  Espa- 
ña hallándose  en  la  diclia  corte  o  passando  a  la 
sazón  por  vna  ciudad  (jue  Ciracunda  se  nombra, 
de  vna  dama  que  Violina  se  llaniaua  de  la  di- 
cha ciudad  natural  estroniadamente  so  enamoró, 
con  la  qual  onel  principio  de  sus  enamorados 
desseos  tan  prospera  la  fortuna  le  fue,  que  si  al 
fin  i'omo  suele  la  rueda  no  le  houiííra  hecho  des- 
fazer,  el  más  de  los  gloriosos  en  tal  caso  se  pu- 
diera llannir,  pon(ue  oon  tales  ojos  do  Violina 
fue  mirado  qne  no  nn-nos  presa  de  amor  quedó 
con  su  vista  que  prendido  hauia  c«.>n  su  hermo- 
sura. Pues  venido  en  conocimiento  do  Vasqui- 


ran lo  que  la  ventura  a  su  desseo  le  aparejaua, 
no  sin  mucho  trabajo  e  peligro  con  assaz  difi- 
cultad con  Violina  secretamente  habló,  de  que 
sucedió  que  por  la  imposibilidad  de  la  guarda 
que  Violina  délas  compañas  de  su  padre  tenia 
para  que  más  hablar  como  desscanan  se  pndies- 
sen,  Vasquiran  tentó  en  las  voluntades  deles 
parientes  de  Violina  lo  que  la  suya  desseaua; 
esto  era  que  por  muger  se  la  diessen,  lo  qual  no 
pudo  alcauQar  por  algún  respecto  que  aqui  no 
se  escriue. 

Pues  visto  por  esta  parte  el  impedimento 
que  sus  desseos  impedia,  tentaron  en  la  ven- 
tura suya  de  hallar  el  remedio  que  en  las  vo- 
luntades ajenas  les  fallecia.  E  fue  que  con 
acuerdo  délos  dos,  postpuesto  todo  peligro  assi 
de  sus  vidas  como  de  sus  honrras,  Vasquiran 
vna  noche  e  hurtadamente  de  casa  de  su  padre 
á  Violina  sacó.  Con  la  qual  e  con  mucho  peli- 
gro e  trabajo  e  no  menos  contentamiento  llegó 
en  la  ciudad  de  Valdeana,  donde  hanida  vna 
suma  de  moneda  con  que  según  su  condición 
biuir  pudiessc  c  ofreciéndosele  seguro  passaje 
con  Violina  se  eml»arcó,  hazicndo  su  via  a  las 
partes  de  Italia.  E  llegados  con  tiempo  pros- 
pero a  la  gran  insida,  en  la  ciudad  Felernisa  se 
desembarcó,  que  es  en  la  dicha  insola  la  mayor 
entre  muchas  que  en  ella  hay.  En  la  qual  por 
algún  tiempo  deliberó  biuir  y  estar;  e  alli  com- 
prada vna  nmy  honrrada  possession  algún  tiem- 
po los  dos  muy  alegres  y  contentos  biuieron. 
En  el  qual  tiempo  muchas  vezes  se  vio  con  vu 
grande  amigo  suyo,  que  Flamiano  liauia  nom- 
bre, natural  de  la  ciudad  de  Valdeana  de  no 
menos  noble  linage  que  crianya.  El  qual  en  la 
ciudad  de  Noplesano  habitaua  que  es  en  Italia 
vna  délas  nobles  que  en  ella  haya.  En  la  qual 
al  presente  muchos  grandes  señores  e  nobles 
caualleros  habitanan,  assi  de  la  mesma  nación 
e  patria  naturales  como  de  los  rey  nos  de  Espa- 
ña e  otras  muchas  tierras.  E  quando  estos  ca- 
naílones  con  las  presencias  ver  no  se  podian, 
con  sus  letras  jamas  de  visitar  se  doxanan. 
Estando  pues  las  cosas  en  este  termino,  se  si- 
guio  que  la  duíjuesa  de  Meliano  que  era  vna 
muy  noble  señora  binda  con  vna  hija  suya  Be- 
lisena llamada,  en  todo  estremo  de  virtud  y 
hermosura  complida,  a  la  dicha  ciudad  de  No- 
]>losano  vino  para  estar  en  ella  algún  tiempo. 
De  la  qual  Belisena  este  Flamiano  en  tanta 
uninora  se  enamoró,  que  ni  a  su  passion  sabia 
dar  roniíKÜo,  ni  a  su  dv»sseo  podia  dar  cont^n- 
taniionto.  Porque  mirado  e  considerado  el  va- 
lor, moreoor  e  virtud  de  lU'lisena,  todas  las  es- 
peranoas  que  osporanoa  de  algún  bien  darlo 
podian  la  puerta  le  oerrauan.  Donde  viéndose 
de  si  vencido  e  de  ostremada  passion  combati- 
do, no  podiendo  más  consigo  sofrir  su  pena, 
acordó  prouar  en  ageno  remedio  lo  que  en  el 


QUESTION  DE  AMOR 


13 


sayo  para  sa  descanso  no  hallaua.  E  esto  fue 
que  con  la  compañía  de  su  amigo  Vasquiran 
pensó  poder  dar  a  sus  males  algan  aliuio.  Por 
el  qual  determinó  enbiar  para  hazerle  notoria 
parte  de  su  congoxa,  pero  como  nunca  los  nia- 
les a  solas  pueden  yenir,  acacscio  que  en  este 
mismo  tiempo  que  a  este  Flamiano  esta  pnssion 
enamorada  sin  libertad  dcxó,  en  aquel  mesmo 
la  cruel  muerte  dexó  a  Vasquiran  su  amigo 
sin  libertad  e  alegría  dando  fin  en  los  dias  de 
Violina  e  comienzo  en  sus  males. 

Lo  qual  por  Flamiano  sabido  tanto  dolor 
creció  en  su  coraron  que  pensó  perder  el  natu- 
ral jnyzio.  Pues  después  de  muchos  e  ranos 
pensamientos  que  por  la  fantasia  le  passaron 
sobre  lo  que  en  tal  caso  de  si  determinaría, acor- 
dó por  mas  breuedad  con  yn  camarero  suyo  que 
Fclisel  hauia  nombre,  para  el  presente  embiar- 
lo  a  visitar  e  consolar  de  su  desastrada  fatiga 
e  descolpar  de  su  indisposición.  El  qual  Feli- 
sel  después  c^e  informado  de  lo  que  su  señor  le 
mandó  que  hiziesse  e  de  su  part«  dixesse,  dio 
comiendo  a  sa  camino.  E  assi  en  pocos  dias 
llego  a  la  ciudad  de  Felemisa. 

COXO  FSLISEL  DKSrUES  DB  LLEGADO  X  LA 
CIUDAD  DE  FBLBBNISA  B  VISTO  X  VASQUI- 
RAN, LB  NOTIFICO  SU  BICBAXADA 

Pues  llegado  Felísel  á  Felemisa  donde  Vas- 
quiran estaua,  e  vistas  e  notadas  muchas  cosas 
como  adelante  se  contará,  comiénzale  a  hablar 
desta  manexa: 

La  necessidad,  señor,  en  que  me  pone  lo  que 
ue  ha  sido  mandado,  me  fucr^'a  a  que  mi  eni- 
baxada  te  haga  notoria;  la  compassion  de  ver 
tas  sospiros  me  conbida  más  a  dessear  ayudarte 
a  plañir  tus  males  que  no  a  poner  remedio  con 
mis  razones  en  ellos,  porque  creo  que  quanto 
en  mi  saber  con  su  flaqueza  mengua  razón 
para  consolarte,  en  la  sobra  de  tu  trísteza  so- 
bra causa  para  más  entristecerte,  de  suerte  que 
no  sé  determinarme  a  lo  que  contigo  deno  hnzor. 
Mi  obligación  me  constriñe  á  hablarte,  la  con- 
passion  me  cierra  la  boca;  tu  virtud  e  noblezii 
me  dan  atreuimiento,  tu  daño  y  desuentura 
me  lo  quitan,  de  maneni'que  peor  aparejo  hallo 
on  mi  para  dezir,  que  disposición  veo  en  ti 
para  escuchar;  c  assi  no  sé  lo  que  en  tal  caso 
de  mi  determine;  pero  al  fin  será  mejor  que 
louío  pudiere  6  supiere  cumpla  lo  que  soy  obli- 
gado, diziendüte  ú  lo  que  soy  venido,  e  aun  quo, 
señor,  mi  habla  te  muestre  lo  que  en  mi  falta 
de  saber  pura  consolarte?,  en  mi  pesar  conoce- 
rás quanto  el  tuyo  me  pesa,  la  volnnt-nd  c  anmr 
qae  mi  sefior  te  tiene,  y  el  nial  que  tus  males 
tn  los  suyos  de  dolor  acrecientan  e  quanto  tu 
perdida  le  ha  sido  graue,  la  qual  si  como  con 
la  voluntad   siento,   pudiese  con    las   fucn;as 


remediarla,  lo  menos  que  por  ti  ofrecería  seria 
la  vida  desscando  tu  salud  que  como  la  suya 
le  es  cara;  e  assi,  señor,  me  mandó  que  de  su 
parte  te  dixesse  que  si  al  presente  a  visitar  no 
te  viene  es  por  dos  cansas.  La  una  porque 
como  te  he  dicho,  tanto  tu  dolor  le  pena  que 
más  presto  a  crecer  tus  lloros  te  ayudaría  que 
no  a  poner  en  ellos  el  remedio  que  tú  has  me- 
nester y  el  dessea.  La  otra  es  que  sus  males 
tan  sin  plazer  le  tienen,  que  juntados  con  los 
tuyos  que  más  crudos  los  juzga  tan  rezio  los 
vnos  como  los  otros  se  podrían  encender,  que 
])odrian  ser  causa  que  las  entrañas  de  entram- 
bos en  mayores  llamas  se  viessen  arder,  de 
suerte  que  ni  él  a  ti  ni  tú  á  el,  remedio  os  pu- 
dicssedes  poner.  E  por  tanto  te  ruega  que  al 
presente  por  escusado  le  tengas,  hasta  que  Dios 
quiera  que  el  tiempo  e  la  razón  en  tus  lagri- 
mas pongan  algún  sossiego,  porque  mas  des- 
ocupado tu  joyzio  pueda  fablar  quando  a  verte 
viniere;  porque  assi  viniendo  a  te  consolar  de  lo 
que  perdiste,  de  su  mal  te  pueda  como  á  ver- 
dadero amigo  pedir  algún  consejo  que  consue- 
lo le  pueda  dar,  lo  que  ya  para  hazer  estaua 
aparejado  e  detenninado  si  esta  ventura  tuya 
para  mayor  hazer  la  suya  no  houicra  acaecido; 
y  asi,  señor,  te  niega  que  á  él  con  tu  virtud  ten- 
gas por  escusado  e  a  ti  con  tu  discreción  co- 
miences a  dar  algún  reposo  en  tu  congnxa, 
pues  que  la  nniertc,  como  mejor  sabes,  a  todos 
es  natural  y  escusarla  no  podem<»8,  ni  en  esta 
vida  seguridad  ninguna  alcanzar  se  puede  de 
su  salteada  venida,  ni  de  los  secretos  desastres 
y  pesares  que  nuestra  naturaleza  por  tantas 
partes  tan  secretos  e  ajuirejados  nos  tiene.  A 
vnos  en  la  muerte  en  medio  de  su  contenta- 
nn'ento  dexándolos  á  solas  acompañados  de 
pesar  como  agora  a  ti  liaze;  á  otros  con  fati- 
gada e  tralla  josa  vida  haziendoles  aborrecer  el 
biuir,  como  a  él  ha  hecho;  que  le  tiene  tal  su 
pensamiento  que  sin  esperan ea  de  verse  jamas 
libre  le  bazo  desear  lo  que  á  ti  te  ha  lastimado. 
Porque  su  mal  es  de  tal  manera  que  quando  a 
ti  el  tiempo  e  la  razón  te  oomen^arán  natural- 
mente á  enfriar  el  fuego  de  tu  llaga,  entoiiees 
a  él  mas  los  rayos  de  la  passion  le  acabarán  de 
abrasar  las  entrañas,  de  suert^í  que  entonces 
haurá  de  venir  á  buscar  en  ti  el  remedio  que  tú 
a^ora  tanto  has  in«*nester.  Esto  te  dize,  ]M>rque 
como  sabes  c<^nsn(?lo  pone  á  los  atriimlados  ha- 
llar a  sus  males  alguna  com]mñ¡a  como  agora 
tú  rn  la  suya  jmcdcs  hallar,  viendo  quanto  mas 
peligroso  su  mal  es  que  el  tuyo.  E  por  tanto 
deues  desseando  consolar  a  él  por  o\  amor  (jue 
le  tienes  e  comenrar  a  poner  consolac¡«»n  en  ti 
de  lo  que  sientes,  y  en  esto  hams  lo  que  dcues 
contigo  y  lo  que  eres  obligado  con  él.  ^luchas 
otras  cosas,  s«'ñor,  te  j)odria  en  esto  dezir  que  tú 
niesnio  nniebo  mejor  que  no  yo  las  sabes  e  lo- 


44 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


noces,  e  aun  lo  que  te  he  dicho  para  contigo 
con  muchas  menos  palabras  pudiera  ser  razo> 
nado,  sino  que  la  diversidad  e  graueza  de 
vuestros  males  no  me  han  dado  lugar  a  que 
monos  pudiesse  hazer.  Assi  que,  señor,  yo  te  he 
dicho  lo  que  de  parte  de  mi  señor  me  fue  man- 
dado que  te  dixcsse  porque  sepas  que  te  dexé 
plañiendo  tu  perdida  y  doliéndose  della  c  de- 
sesperado de  esperanoa  para  su  remedio  e  de 
salud  para  su  vida.  Plega  á  nuestro  Señor 
que  ponga  en  cada  vno  de  vosotros  tanta  ale- 
gría quanto  agora  veo  que  os  sobra  pesar. 

RESPUESTA  DE  VASQUIEAN  Á  FELI8EL 

Mis  pesares  y  desuentura  tan  sin  plazer  me 
tienen  que  me  pesa  no  poder  hauerte  hecho 
aquella  cortesía  y  acogimiento  que  mi  condición 
requiere  e  tú  mereces,  porque  verdaderamente, 
Felisel,  tanto  tu  buena  crianca  siempre  me  plu- 
go que  me  duele  no  poder  dártelo  con  mis  obras 
a  conocer.  Verdad  es  que  agora  con  tus  palabras 
y  embaxada  me  has  enojado  en  tanta  manera,  e 
si  a  esto  y  a  la  intención  de  quien  te  embia  no 
niirasse,dndo(iue  note  houiesse  respondido  más 
ásperamente,  lo  que  tú  no  mereces  por  ser  manda- 
do. E  aun  creo  que  si  en  mi  houiera  lugar  donde 
nueuo  pesar  pudiera  caber,  que  la  yra  houiera 
vencido  la  voluntad  a  lo  que  no  houiera  querido, 
tratándote  no  como  la  razón  requiere  más  como 
tu  habla  me  ha  puesto  alteración;  poro  como 
dicho  he,  ya  mis  males  tal  me  tienen  que  los 
enojos  que  agora  llegan  lugar  no  hallan  do  ca- 
ber puedan.  También  considero  que  quien  te  ha 
embiado  más  a  ello  le  mouio  amor  que  malicia, 
e  por  esto  ni  a  ti  respondo  como  querría,  ni  a 
él  como  deuiera,  según  el  fin  de  su  mensa- 
jería. E  también  porque  conozco  que  como  á  mi 
la  pasión  me  quita  la  razón  de  la  lengua,  assi  a 
él  el  afición  le  ciega  el  entendimiento  para  tur- 
barle el  verdadero  conocimiento  de  lo  que  dize. 

E  pues  que  ansi  es,  no  quiero  con  larga  res- 
puesta castigar  su  culpa  ni  crecer  mi  enojo, 
porque  la  sana  amistad  de  entre  nosotros  la  pon- 
voña  de  nuestras  enfermedades  no  la  adolezca 
e  sea  causa  de  tomarme  a  lastimar  de  nueuo 
con  perder  mis  amigos  más  de  lo  que  me  ha  las- 
timado con  el  haberme  hecho  perder  aquella  en 
quien  mi  vida  consistía.  Verdad  es  que  no  los 
querría  pnra  que  como  el  con  tales  consolacio- 
nes me  enojassen,  mas  para  que  de  mi  daño  les 
pese  como  es  razón  y  íes  duela,  pues  que  re- 
medio no  tiene;  e  por  tanto  por  agora  de  mi 
j)arte  no  quiero  que  le  llenes  otra  respuesta  sino 
una  breue  carta,  la  qual  no  menos  graveza  me 
pone  escreuirla  que  tristeza  e  alteración  me 
puso  oyrte,  solo  por  tratar  de  cosa  que  han  ría 
más  menester  oluídalla  sí  possible  fucsse  que 


reduzilla  á  la  memoria.  E  como  se  la  des  dile 
de  parte  mia  que  más  valiera  que  me  pusiera 
remedio  si  en  mi  daño  le  houiera,  que  no  que 
me  diera  consejo  de  lo  que  yo  no  pido  ni  me 
aprouecha. 

.  EL  AUCTOR 

Y  luego  recebida  por  Felisel  la  letra  de  Vas- 
quiran  e  atentamente  escuchada  su  respuesta, 
no  solamente  conprehendio  lo  que  Vasquiran 
espresamente  le  dixo,  mas  aun  lo  que  de  dolor 
en  las  entrañas  le  quedaua  secreto,  viendo  lo  que 
publicaua  con  la  boca,  gesto,  meneo  y  reposo  en 
el  comer,  dormir  e  velar,  assi  a  solas  como 
acompañado,  y  en  todos  sus  actos,  atauios  e 
arreos  de  su  casa,  e  asi  de  las  cosas  que  en  el!a 
vio  en  todos  sus  criados  e  scruidores  e  aun  en 
todo  el  exercicio  suyo  tantas  cosas  notó,  que 
pudo  claro  juzgar  según  lo  que  veya  lo  que  sin 
ver  en  su  pensamiento  juzgaua.  E  assi  la  letra 
recebida  e  de  Vasquiran  despidido,  con  algunos 
de  sus  criados  se  salió  razonando  hasta  vn  patio 
donde  ya  vn  criado  suyo  la  caualgadura  apare- 
jada le  tenia  con  las  otras  cosas  que  al  abito  del 
camino  se  requerían. 

E  después  de  hauer  caualgado  se  despidió  de 
aquellos  que  le  acompañauan  hablandoles  assi: 
Señores,  plega  á  Dios  que  ponga  en  el  señor 
Vasquiran  tanto  consuelo  y  en  vosotros  tanta 
alegría  quanto  sus  males  e  vuestra  tristeza  han 
menester;  e  quanto  su  dolor  a  mi  me  da  pe- 
sar e  vuestro  enojo  me  duele,  porque  pueda  go- 
zar de  la  parte  que  dello  me  cabrá  quando  acá 
tornare,  que  será  mucha  según  lo  que  del  daño 
me  cabe,  porque  de  lo  que  agora  peno  entonces 
descanse;  que  en  verdad  os  digo  que  con  lo  que 
me  ha  afligido  ver  vuestra  fatiga  y  con  la  pena 
que  los  muchos  sos  piros  e  tristeza  de  mi  señor 
Flamiano  me  han  dado,  yo  la  haure  bien  me- 
nester. Porque  os  certifico  que  no  menos  atri- 
bulados él  a  nosotros  con  su  tormento  nos  tiene, 
que  el  señor  Vasquiran  a  vosotros  con  su  las- 
tima. Acabadas  las  palabras  di6  comiendo  a  su 
camino,  el  qual  con  varios  pensamientos  de  las 
cosas  que  auía  visto  prosiguió  hasta  llegar 
donde  su  señor  estaña,  el  qual  salió  apareján- 
dose para  justar  en  vnas  justas  que  después  <|ue 
él  de  allí  era  partido  se  eran  concertadas. 

Pues  como  Flamiano  le  vio,  después  de  ha- 
uerle  saludado  con  mucho  amor  le  dixo: 

Felisel,  tu  seas  bien  llegado;  ya  vees  a  que 
tiempo  vienes  e  como  me  hallas,  por  mi  amor 
(jue  por  agora  no  me  cuentes  ninguna  cosa 
hasta  que  esta  jornada  sea  passada,  porque  ni 
te  podría  bien  (»yr  ni  entender;  pero  ven  con- 
migo e  mostrarte  he  lo  que  para  este  día  tengo 
aparejado  e  dezirme  has  lo  ([ue dello  te  parecerá, 
auníjue  tu  ausencia  me  ha  hecho  falta. 


QUESTION  DE  AMOR 


4:> 


Ci8  COSAS  QlTE  FLaMIAKO   MOSTRÓ   A   FELI8EL 
QUE  PARA  LA  FIESTA  TENIA  APAREJADAS 

Tomando  Flatníauo  a  Felisel  su  criado  por 
la  mano,  le  metió  en  vna  quadra  donde  todos 
sas  atauíos  tenia  aparejados,  c  antes  de  nada 
moetralle  le  dixo:  Sabrás,  Felisel,  que  después 
que  de  aqui  partiste  uucca  mis  ojos  más  de 
vna  Tez,  para  lastimarme  muchas,  han  podido 
rer  a  mi  señora  Belisena,  la  qual  salió  a  los 
desposorios  del  conde  de  la  Marca,  de  que  yo 
dos  días  antes  fny  anisado,  e  por  no  dexar  el 
luto  de  Violina  como  no  era  razón,  no  quise 
aquel  día  mas  vestirme  de  vna  loba  frisada 
forrada  do  damasco  negro  acuchillada  toda 
por  encima,  de  manera  que  por  ella  mesma 
se  mostrasse  la  forradura  con  las  cuchilladas 
todas  atadas  cou  vnas  madexas  de  seda  negra 
con  vna  letra  que  dezia: 

Claro  descubre  mi  pena 
mi  tristeza  y  el  agena. 

E  assi  salí  quando  supe  que  caualgaua,  y  lle- 
gado que  fuy  en  su  presencia  conoci  en  su  ros- 
tro que  de  mi  vista  le  pcEÓ,  e  para  mas  lasti- 
marme no  quiso  consentir  que  la  rienda  le  11c- 
vasse,  de  que  seuti  lo  que  puedes  juzgar.  Lle- 
gados a  la  fiesta,  el  danzar  duro  gran  parte  de 
la  noche,  donde  concertamos  vna  partida  do 
justa  quatro  a  quatro  a  ocho  carreras.  Ya  de 
precio  de  la  vna  partida  a  la  otra,  vna  gotera 
de  plata  de  ocho  marcos  la  qual  se  dará  a  quien 
mejor  justare;  al  que  más  galán  saliere  a  la 
tela-  con  dos  cauallos  atauiados  vno  con  para- 
mentos e  cimera,  otro  con  un  paje  e  guarni- 
ción e  a  la  noche  con  ropa  de  estado  de  broca- 
do forrada  de  raso  o  damasco;  se  dan  ocho 
canuas  de  raso  carmesí. 

Somos  de  la  vna  parte  el  marqu<*s  de  Per- 
siana, el  conde  de  la  Marca,  Camilo  de  Lconis 
e  yo.  De  la  otra  son  el  señor  marques  Carliauo 
j  el  prior  d'Albano  y  el  marques  de  Yillatonda 
7  el  prior  de  Mariana. 

Esta  fiesta  concertada  para  la  noche  en  casa 
de  la  señora  duquesa  de  Meliano,  en  la  qual 
estamos  concertados  todos  ocho  de  salir  en  mo- 
mería con  las  ropas  que  te  he  dicho,  e  para 
esto  tengo  hecho  esto  que  agora  verás.  E  assi 
le  mostró  vnos  paramentos  o  vna  guarnición 
de  raso  encamado  chapados  todos  de  vnos 
braseros  de  plata  llenos  de  brasas,  e  la  cimera 
de  lo  mismo  con  vna  letra  que  dezia: 

Es  imposible  saltar 
de  las  brasas  donde  muero 
pues  que  m*abrasa  el  brasero. 

E  mostróle  para  la  noche  vna  ropa  de  bro- 
cado bUnco  forrada  de  raso  encarnado  con  vnas 


faxas  de  raso  por  de  fuera  llenas  de  vnas  villc- 
tas  de  oro  de  martillo  con  vna  letra  que  di-zia: 

Encontráronme  en  los  ojos 
e  hizieron  la  herida 
en  el  alma  y  en  la  vida. 

Y  después  le  mostró  doze  vestidos  para  doz.í 
moyos  e  vn  paje  de  damasco  blanco  y  rasf>  en- 
carnado, con  todo  su  conplímiento. 

Y  después  que  todo  se  lo  houo  mostrado, 
Felisel  le  dixo  que  le  parecia  que  t<xlo  estaña 
muy  bueno.  Pues  llegado  el  día  de  la  fiesta 
después  de  las  damas  ya  salidas,  los  cauallen»s 
salieron  a  la  tela  todos  a  vn  tiempo,  por  dos 
partes  como  es  costumbre  hazerse,  e  hecha  su 
buelta  y  mesuras  y  cerimonias  como  en  tal 
fiesta  se  acostumbra,  el  justar  se  comen vo. 

Salió  Flamiano  con  los  atauios  que  hauenios 
dicho,  al  qual  se  dio  el  precio  de  gentil  hombre. 
Sacó  el  marques  de  Persiana  vnos  paramentos 
de  terciopelo  leonados  con  vnas  puentes  de 
plata  rompidas,  sembrados  todos  los  paramen- 
tos, con  vna  cimera  de  lo  mesmo.  Dezia  la  letra: 

No  pueden  pasar  mis  males 
pues  que  en  medio  (') 
les  ha  faltado  remedio. 

Sacó  a  la  noche  vna  ropa  de  brocado  blanco 
forrada  de  raso  leonado  con  vnas  faxas  del 
mismo  raso  chapadas  de  vnas  plumas  de  escre- 
uir  de  oro,  con  vna  letra  que  dezia: 

No  se  puede  mi  passion 
escreuir 
pues  no  se  puede  suffrir. 

Sacó  los  moyos  e  pajes  vestidos  de  los  uiis- 
moR  colores  de  blanco  y  leonado. 

Sacó  el  conde  de  la  Marca  vnos  paramentos 
e  guarnición  de  terciopelo  negro  con  vnas 
puertas  de  jubileo  cerradas,  sembrados  todos 
los  paramentos  dellas  hechas  de  plata  cou  vna 
letra  que  dezia: 

Aunque  haya  en  todos  los  males 
redompeion, 
no  se  espera  en  mi  passion. 

Sacó  a  la  noche  vna  ropa  de  brocado  morado, 
forrada  de  raso  blanco  con  faxas  del  mismo  raso 
sembradas  de  vnas  faxas  de  oro,  con  vna  letra 
que  dezia: 

Yo  solté  tras  mi  esperanya 
mi  plazer, 
y  jamas  le  vi  boluer. 

(*)  En  la  edición  de  1513  te  lee: 
Vutñ  que  entonces. 


46 


orígenes  de  la  novela 


Sacó  los  mofos  e  pajes  vestidos  de  raso  mo- 
rado y  terciopelo  negro  con  gaarniciones  de 
damasco  blanco. 

Sacó  el  señor  Camilo  de  Leonis  vnos  para- 
mentos de  raso  morado  con  rnos  castillos  de 
cartas  sembradas  por  encima  de  plata  e  la  ci- 
mera de  lo  mismo,  con  vna  letra  que  dezia: 

Tiene  puesta  mi  esperan9a 
el  pensamiento 
donde  la  derriba  el  viento. 

Sacó  a  la  no.he  vna  ropa  de  brocado  mora- 
do forrada  de  raso  leonado  con  las  faxas  del 
mismo,  con  vnos  cíanos  de  oro  sembrados  por 
ellas  con  vna  letra  que  dezia: 

La  poca  firmeza  haze 
á  mi  cuydado 
que  este  en  el  alma  clauado. 

Sacó  los  moyos  e  pajes  vestidos  de  tercio- 
pelo leonado  e  damasco  morado. 

Sacó  el  señor  marques  Carliano  vnos  para- 
mentos quartcados  de  pardillo  y  morado,  cha- 
pados de  vnas  serpientes,  llamadas  ydrias,  de 
plata,  con  vna  por  cimera,  con  vna  letra  que 
dezia : 

Si  vn  inconueniente  quito 
4  mi  pesar 
me  nacen  siete  a  la  par. 

Sacó  a  la  noche  vna  ropa  de  brocado  pardi- 
llo forrada  de  raso  morado  con  las  faxas  del 
mismo  raso  sembradas  de  vnos  improperios 
bordados  do  oro  con  vna  letra  que  dezia : 

Muy  mayor  fuera  no  veros 
que  sofrillos  por  quereros. 

Sacó  los  moyos  vestidos  de  terciopelo  pardi- 
llo e  damasco  leonado. 

Sacó  el  señor  prior  de  Mariana  vnos  para- 
mentos e  guarnición  de  raso  encamado  chapa- 
dos de  vnos  manojos  de  plata  con  vna  letra 
que  dezia: 

De  quantas  muertes  padezco 
mis  querellas 
ponen  las  señales  dellas. 

Sacó  a  la  noche  vna  ropa  de  brocado  mora- 
do forrada  de  raso  encarnado  con  las  faxas  del 
mismo  raso  sembradas  de  medallas  de  oro  con 
vna  letra  que  dezia: 

No  hay  treslado  vuestro 
sino  en  mi  cuydado^ 


Sacó  los  moyos  e  paje  vestidos  de  raso  en- 
carnado e  terciopelo  morado. 

El  marques  de  Víllatonda  sacó  vnos  para- 
mentos y  guarnición  de  raso  carmesí  con  vnos 
mallos  de  plata,  e  la  cimera  con  los  mismos 
mallos  y  las  palas,  con  vna  letra  que  dezia: 

Qoando  mas  vn  pensamiento 
llega  cerca  de  mi  quexa 
tanto  vn  otro  mas  lo  alexa. 

Sacó  a  la  noche  vna  ropa  de  brocado  carme- 
si  forrada  de  raso  amarillo  e  las  guarniciones 
con  vnos  manojos  de  maluas  bordadas  por 
ellas  con  vna  letra  que  dezia: 

Si  quiés  ver  de  tu  porfía 
la  esperanya  que  hay  en  ella 
mira  al  mismo  nombre  della. 

Sacó  los  moyos  e  paje  vestidos  de  brocado 
carmesi. 

Sacó  el  prior  Dalbano  vnos  paramentos  de 
terciopelo  encarnado  e  vnos  ramos  de  laurel 
e  vna  corona  de  lo  mismo  por  cimera  con  vna 
guarnición  desta  manera,  e  una  letra  que  dezia: 

Corónese  mi  desseo 
pues  que  ha  sabido  emplearse 
do  no  sabe  remediarse. 

A  la  noche  sacó  vna  ropa  de  brocado  azul 
forrada  de  raso  encarnado  con  las  faxas  llenas 
de  vnas  lantemas  de  oro,  con  vna  letra  que 
dezia: 

El  fuego  que  el  alma  abrasa 
aunque  se  encubre 
con  la  pena  se  descubre. 

Sacó  vestidos  los  moyos  de  raso  azul  e  da- 
masco encarnado.  E  desta  suerte  salieron  los 
caualleros. 

La  fiesta  duró  quasi  toda  la  noche.  Y  des- 
pués de  todos  tomadod  a  sus  posadas  e  Fla- 
miano  a  la  suya,  hauieudo  reposado  de  la  passa- 
da  fatiga,  tomando  al  trabajo  de  la  congoxa 
presente  mandó  llamar  a  Felise],  el  qual  en  su 
presencia  venido  le  dixo:  Agora  di  lo  qoe  con 
Baf  quiran  pasaste  y  lo  que  á  mi  embaxada  te 
respondió  y  qué  tal  le  has  dexado. 

Al  qual  Felisel  respondió:  Pluguiera  a  Dios, 
señor,  que  de  tal  trabajo  me  houieras  escusado 
porque  lo  que  tus  enojos  de  contino  me  tienen 
atormentado  me  bastaua  para  que  de  otros 
nueuos  me  escusaras.  Lo  que  con  el  señor 
Vasquiran  he  pasado  e  lo  que  en  él  he  visto  e 
juzgado  es  tanto  que  dudo  que  della  te  pueda 
naaer  tan  conplida  relación  como  seria  menes- 


QUESTION  DE  AMOR 


47 


ier.  Empero  lo  mejor  que  podré  te  daré  dello 
en  sama  alguna  cnenta.  E  assi  comenzó  a  dezir: 

BE8FUBBTA  PB  FBLISEL  A  FLAMIANO 

Después,  señor,  que  de  aqni  partí,  en  poco 
tiempo  aunque  con  mucha  fatiga  por  la  dificul- 
tad del  largo  camino  e  fatigoso  tienpo,  yo  llegué 
a  Feleniisa  donde  como  yua  informado,  pense 
hallar  a  Yasquiran,  pero  como  en  su  posada 
fny  apeado,  supe  de  yn  mayordomo  suyo  que  en 
ella  hallé  como  pocos  días  después  de  la  muer- 
te de  Violina  se  era  partido  a  vna  heredad  suya 
que  cuatro  millas  de  la  ciudad  estaua,  lo  qual 
seg^n  aquel  me  informó  hauia  hecho  por  dos 
respectos.  £1  vno  pcnr  desuñarse  déla  importuni- 
dad de  las  muchas  ristas;  el  otro  por  mejor  po- 
der en  medio  de  su  dolor  dar  lugar  a  que  sus 
lagrimas  más  honestamente  compafiia  le  hizies- 
sen.  Pues  esto  sabido,  la  dora  era  ya  tal  que 
me  fue  foryado  apearme  y  reposar  allí  aquella 
noche.  E  assi  aquel  su  mayoitlomo  con  mucho 
amor  e  cortesia  sabiendo  que  era  tuyo,  después 
de  hauer  mandado  que  a  mi  mo^o  e  caualga- 
dura  complido  recaudo  diessen,  por  la  mano  me 
tomó  e  razonando  en  muchas  e  diucrsas  cosas 
assi  de  ti  como  del  desastre  de  su  señor,  todos 
o  los  mas  principales  aposentos  de  aquella  casa 
me  mostró,  en  los  quales  vi  muchas  estrañezas 
que  sobre  la  muerte  de  Violina  Yasquiran  liauia 
hecho  hazer,  y  el  primero  que  vi  fue  en  vna 
puerta  principal  vna  muerte  pintada  en  ella  con 
Tna  letra  que  dezia: 

Esté  en  la  puerta  primei*a 
do  se  vea 
que  mi  vida  ladessea. 

Entrando  en  la  sala  vi  que  toda  estaua  cu- 
bierta de  Tnas  sargas  negras  con  vnos  escudos 
bordados  en  medio  de  cada  vna  en  que  estañan 
las  armas  de  'Yasquiran  quarteadas  con  las  de 
Violina,  con  Tnas  flechas  sembradas  quo  la 
mmerte  las  tiraaia  de  la  puerta  con  vna  letra  que 
díoúñ: 

Con  mis  tiros  he  apartado 
las  vidas,  por  ser  mortales, 
mas  no  ddlas  las  señales. 

Vi  andando  por  todas  las  otras  partes  de  la 
casa  que  todas  las  puertas  estañan  teñidas  de 
negro  de  dentro  y  de  fuera,  y  la  letra  dczia: 

La  muerte  dexó  el  dolor 
e  trísteya  de  manera 
que  se  muestre  dentro  y  fuera. 

Vi  mas  en  cada  ma  de  las  cámaras  e  retray- 
mientos  vna  cama  sin  cortinaje  con  vnas  sar- 


gas pardillas  que  las  cubrían  con  unas  fazas 
amarillas  en  torno,  con  vna  letra  en  cada  vna 
por  las  faxas  que  dezia: 

La  vida  desesperada 
trabajosa 
con  el  trabajo  reposa. 

Vi  mas,  que  todos  los  suelos  estañan  cubier- 
tos de  reposteros  de  grana,  con  vnas  aimaras 
l)ordadas  en  ellos,  con  vna  letra  en  cada  ropos- 
tero  que  dezia: 

Todas  van  mis  alegrías 
por  el  suelo, 
pues  no  hay  en  mi  mal  consuelo. 

E  assi  discurríendo  por  las  otras  partos  del 
aposento  llegamos  a  vn  hermoso  jardín,  dol  qual 
estaua  la  principal  puerta  cerrada  de  cal  y  cauto 
con  vna  letra  encima  que  dezia: 

La  puerta  de  mi  espera nya 
no  se  puede  más  abrir 
hasta  que  tome  el  morir. 

Entramos  por  vna  puerta  pequeña  que  de  vn 
estudio  baxaua  en  la  huerta,  en  la  qual  entre 
muchas  o  grandes  gentilezas  que  vi  liauia  vna 
muy  rica  fuente  la  qual  estaua  seca  que  no  cor- 
ría, con  vna  letra  en  torno  que  dezia: 

Secáronla  mis  enojos 
para  passarla  en  mis  ojos. 

De  esta  manera,  señor,  andouimos  mirando 
toda  la  casa,  donde  vi  tantas  cosas  lastimeras  de 
notar  que  casi  atónito  me  tenían.  Pues  hauiendo 
ya  la  mayor  parte  visto  nos  tomamos  a  cenar 
e  gran  parte  de  la  noche  passamos  ratonando 
de  diucrsas  cosas,  hasta  que  el  camarero  me 
traxo  a  vna  cámara  donde  Vasquiran  e  Violina 
solían  dormir,  en  la  qual  hauia  vna  rica  cama 
de  campo  parada  e  allí  me  aposentó,  e  después 
de  quedar  a  solas  miré  muchas  cosas  que  en  la 
cámara  hauia,  en  que  vi  vn  mote  escripto  de  la 
mano  de  Vasquiran  que  dezia: 

Sin  ventura  ni  remedio. 

Vi  mas  en  vn  aparador  donde  hauia  muchas 
cosas  assi  de  ropas  de  vestir  menudas  de  Vas- 
quiran como  de  Violina,  entre  las  quales  vi  un 
rico  espejo  e  según  yo  noté  creo,  según  deuia 
ser,  con  que  Violina  se  tocaua,  según  juzgué 
de  vna  letra  que  en  él  hauia  que  dezia  dcsta 
manera: 

Yo  te  miro  por  mirar 
si  veré  en  ti  el  bien  que  viste 
y  tú  muestrastemc  triste. 


48 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Pues  al  fin,  señor,  ya  del  sueño  vencido  y  del 
trabajo  fatigado  yo  me  dormi.  La  mañana  re- 
ñida, después  de  lenantado,  sin  oyr  missa,  con 
vna  guia  que  el  mayordomo  me  dio  yo  me  parti 
para  donde  Vasquiran  estaua,  y  en  poco  espacio 
llegué  a  vna  muy  herniosa  heredad  con  vna 
gentil  morada,  donde  hallé  todos  los  criados  de 
Vasquiran  passeandose  por  vna  playa  que  de- 
lante la  puerta  de  la  casa  estaua,  al  costado  de 
la  qual  hauia  vn  gentil  passeador  cubierto  de  ci- 
prés, e  al  cabo  vna  gentil  yglesia  aunque  pe- 
queña. Pues  como  me  conocieron,  ante  que  me 
apeasse  todos  me  rodearon  con  mucho  amor, 
aunque  con  poco  plazer.  e  como  en  medio  del  los 
me  vi,  vilos  vestidos  todos  de  amarillo  con  unos 
rétulos  en  las  mangas  izquierdas  que  dezian: 

Vistenos  el  csperanya 
del  que  espera 
el  remedio  quando  muera. 

Acordándome  lo  que  el  dia  e  la  noche  antes 
hauia  visto  e  lo  que  en  ellos  comenyaua  a  ver, 
marauilleme  e  supe  después  de  apeado,  cómo  no 
estaua  alli  su  señor,  pero  tomóme  su  camarero 
por  la  mano  y  lleuóm3  por  debaxo  de  vnos  ar- 
boles hasta  la  marina  cerca  de  alli  á  vnas  gru- 
tas que  la  mar  la  batia,  donde  hallamos  a  Vas- 
quiran a  solas  sobre  vna  pequeña  roca  assen- 
tado,  con  vn  laúd  en  la  mano,  cantando  este  vi- 
llancico: 

No  dexeys,  lagrimas  mias, 
de  dar  descanso  a  mis  ojos 
pues  lo  days  a  mis  enojes. 

Pues  salis  del  coraron 
donde  está  mi  pensamiento, 
con  vosotras  solas  siento 
gran  descanso  en  mi  passion, 
sientolo  porque  es  razón 
que  repose  en  mis  enojos 
con  vosotras  en  mis  ojos. 

Estaua  vestido  todo  de  pardillo  y  con  vnos 
torzales  de  seda  leonada  torcida  por  toda  la 
ropa,  con  vna  letra  que  dezia  ansi: 

Mi  trabajosa  congoxa 
nunca  en  mis  males  afloxa. 

Algo  estuve  escuchándole  sin  que  me  viesse, 
p3ro  como  me  vido,  dexado  el  laúd,  con  los  bra- 
zos abiertos  a  mi  se  vino.  E  después  de  muchas 
vezes  con  mucho  amor  hauerme  abra^'ado,  co- 
mento a  dar  los  mayores  y  mas  doloridos  ge- 
midos e  sollozos  que  nunca  vi,  e  después  de 
algo  hauer  dado  espacio  con  su  llanto  a  su  do- 
lor me  comenyo  a  dezir.  ¡  O  mi  buen  amigo  Fe- 
lisel!  ¿quién  te  ha  traydoa  verme  pues  que  a  nin- 
guna cosa  mi  triste  suerte  da  lugar  que  me  vea 


sino  a  posares  y  desuenturas  que  me  lastimen? 
¿Como  consintió  mi  ventura  que  me  vie8se6?No 
creo  que  lo  haya  por  otra  cosa  hecho  sino  por 
lastimar  con  el  plazer  de  tu  vista  la  memoria  de 
mis  males.  ¿Qué  te  parece  de  tu  amigo  Vasqui- 
ran quán  sin  alegría  la  muerte  le  ha  dexado? 
¿Cómo  en  medio  de  sus  plazeres  son  nacidas  tan 
crudas  tristezas?  ¿Cómo  te  dexo  mi  soledad  lle- 
gar aqui  para  que  me  riesses,  pues  que  las  puer- 
tas tiene  cerradas  a  todas  las  cosas  que  conso- 
larme puedan?  Qué  te  parece  quan  solo  de  plazer 
tu  buena  amiga  Violina  me  ha  dexado  e  quan 
aconpañado  de  tristezas?  Las  quales  palabras 
me  dezia  con  tan  graue  dolor  que  pense  que  con 
cada  palabra  se  le  arrancauan  las  entrañas .  Assi 
estouimos  vna  pieya  hasta  que  algo  reposado 
me  tomó  por  la  mano  e  demandándome  de  ti  e 
dándome  razón  de  sus  males  me  truxo  hasta  la 
posada  suya  que  te  dixe,  e  ante  de  entrar  en  ella 
me  llevó  a  la  yglesia  que  delante  della  estaua, 
en  medio  de  la  qual  estaua  la  sepultura  de  Vio- 
lina  con  vna  tumba  grande  cubierta  de  vn  paño 
de  brocado  rico,  con  vna  cortapisa  de  raso  ne- 
gro ancha  en  torno,  con  vnas  letras  bordadas 
en  ella  que  dezian: 

Dentro  en  esta  sepultura 
está  el  bien  de  mi  ventura. 

Llegados  cerca  de  la  sepultura  me  dexó  de  la 
mano  e  echóse  de  pechos  encima,  donde  más  do- 
loridos gemidos  y  más  tristes  palabras  que  a  mi 
me  hauia  dicho,  tornó  de  nueuo  a  dar.  En  tanta 
manera,  señor,  le  vi  atribulado,  que  nunca  me 
acuerdo  en  part«  verme  que  tanta  trísteza  sin  - 
tiera  como  mi  alma  alli  scntio  de  verle  tal.  E 
después  que  algún  espacio  assi  estuvo  me  tomó 
a  tomar  por  la  mano  e  dixome: 

Perdóname,  Felisel,  que  no  tengo  en  mi  mas 
alegre  recibimiento  con  que  alegrarte  pueda, 
que  este  que  vees.  E  assi  nos  venimos  hasta  la 
casa,  la  qual  toda  vi  con  los  mismos  misterios 
que  la  otra  hauia  visto,  e  después  de  hauer  co- 
mido e  gran  parte  del  dia  pasada  en  diuersas 
cosas  que  de  su  mal  me  contó  y  de  tu  congoxa 
le  dixe,  lo  qual  oyó  con  tanto  amor  como  si 
tristeza  en  el  no  houiera.  E  tanto  de  tus  pesa- 
res sintió  pesar  que  con  los  suyos  los  juzgué 
yguales.  Al  fin  tu  embaxada  le  hize  notoria  de 
la  manera  que  me  mandaste.  A  la  qual  con  assaz 
enojo  me  respondió,  aunque  con  muy  corteses 
razones,  pero  parecióle  que  en  las  cosas  que  le 
embiauas  a  dezir  haziendole  entender  que  tu 
mal  juzgauas  mayor  que  el  suyo,  e  le  hazias 
no  solo  gran  enojo  mas  aun  casi  por  injuria  lo 
recibia.  E  después  de  hauerme  a  muchas  cosas 
satisfecho  con  razonables  palabras  y  muchas  ra- 
zones, passado  aquel  dia  e  otros  quatro  que  alli 
me  tuvo,  siempre  de  tus  cosas  demandándome 


QUESTION  DE  AMOR 


49 


e  de  las  suyas  contándome,  le  pedí  licencia,  la 
qoalcon  macha  dificultad  del  alcancé,  porque 
qnisicra  detenenne  alli  algún  dia  más  si  pu- 
diera. 

Al  fin  viendo  que  mi  porfia  for^aua  su  vo- 
luntad, al  tiempo  que  del  me  despedi,  con  mu- 
chos sospiros  me  dio  esta  carta  que  te  traygo. 

GARTA  DE  VASQUIRAN  Jí  FLAHIANO 

Si  como  has  pensado,  Flamiano,  consolarme, 
pudiesscs  darme  remedio,  bien  conozco  de  ti  que 
lo  desseas  lo  harías,  mas  como  mis  males  reme- 
dio no  tienen,  ni  tú  me  le  puedes  dar,  ni  yo  de 
nadie  le  espero  sino  de  la  muerte  que  dellos  fue 
la  causa.  Y  por  tanto  no  te  deues  fatigar  en 
dar  consejo   a  quien  no  puedes  dar  socorro. 
E   no  quieras  ver  más  de  mi  daño,  sino  que 
en  sola  la  muerte  está  su  remedio.  Verdad  es 
que  tu  intención  fue  sana,  mas  tu  parecer  es 
falso,  pensando  qne  con  hazer  mayor  tu  uml  ([ue 
el  mió,  me  ponias  en  él  algún  consuelo,  y  es  al 
contrarío;  antes  me  le  quitas  viendo  que  siendo 
el  tuyo  tan  pequeño  te  tenga  tan  cegado  que 
no  conozcas  la  clara  differeucia  que  hay  del  vno 
al  otro.  Quieres  tú  hazer  yguales  tus  dosseos  e 
sospiros  que  de  sola  passion  de  bien  quenT  con 
tus  quexas  nacen,  con  mis  lagrimas  que  la 
muerte  de  aquella  por  quien  yo  alegre  biuia  lo 
causa.;  Qué  engaño  recibes  tan  grande  queriendo 
ygualar  con  las  angustias  mortales  los  pensa- 
mientos ú  congoxas  veniales!  Por  mi  auior,  que 
pues  bien  me  quieres,  mal  no  me  tratos  tor- 
nando á  enojarme  con  otra  semejante  enibaxada 
que  tales  razones  la  acompañen.  En  especial 
queriéndome  dar  a  entender  quo  mis  lastimas 
con  el  tienpo  y  la  razón  se  harán  menores,  pues 
que  es  por  el  contrarío,  que  ante  la  razón,  como 
es  razón,  las  hará  siempre  mayores  y  el  tiempo 
quanto  mas  se  alargará  mas  las  hará  alargar. 
rorque  quantos  mas  mis  dias  fuesen  pues  que 
en  todos  y  en  cada  vno  he  de  contino  de  sentir 
nuevos  e  muchos  dolores  del  bien  que  he  per- 
dido, más  serán  las  penas  que  en  ellos  sentiré. 
De  manera  que  quanto  mas  presto  mi  vida  se 
acabe  tanto  mas  presto  mi  mal  se  acabará,  e 
qnanto  más  durare  por  el  contrario.  E  si  quie- 
res saber  más  claras  razones  por  do  conozcas 
qnanto  mi  desuentura  es  mayor  que  la  tuya,  es- 
críucme  las  causas  della  e  yo  te  mostraré  las  de 
mi  daño  e  assi  vemás  en  el  verdadero  ccmiocí- 
miento  de  t^o;  y  porque  conozcas  della  parte, 
glosa  este  villancico  y  verlo  has. 

Si  el  remedio  do  mis  males 
es  morir, 
¿que  vida  me  es  el  biuir? 

Si  en  el  mal  de  mi  querella 
no  hay  remedio  sin  la  muerte, 

ORÍGENES  DE  LA  MOVELA.- 


claro  está  que  desta  suerte 

la  vida  es  ocasión  della. 

pues  si  está  el  bien  en  perdella 

con  morir, 

todo  el  daño  está  en  biuir. 

LO  QUE  FLAMIANO  HIZO  DESPUÉS  DE  HAUER 
OYDO  Á  FEL18EL  E  LBIDA  LA  GARTA 

Muy  atentamente  Flamiano  escucho  todas 
las  cosas  que  Felisel  le  contó  y  no  podia  menos 
hazer  de  no  derramar  infinitas  lagrimas  acom- 
pañadas de  muchos  sospiros,  e  después  de  ha- 
uerle  oydo  comento  a  leer  la  carta,  e  leyda  como 
dicho  es,  estuvo  ima  pie^a  callando  sin  ninguna 
cosa  dezir;  e  passado  un  poco  espacio  tomó  a 
preguntar  a  Felisel  muchas  cosas  por  menudo 
particularmente,  de  las  quales  cosas  siendo  muy 
bien  de  todas  informado,  publicando  lo  mucho 
que  los  males  de  Basquiran  le  dolian,  comenyo 
assi  á  dezir: 

;Por  quantas  vias  e  maneras  en  esta  misera 
vida  los  pesares  e  desuen turas  á  los  humano!» 
saltean  de  impensadas  congoxas,  e  aquellos  más 
de  perder  están  seguros  que  menos  tienen  que 
perder  puedan  y  en  aquellos  menos  los  muy 
lastimados  golpes  de  la  manzilla  lastiman  que 
más  gruesso  o  rudo  el  entendimiento  para  sen- 
tirlo tienen !  De  manera  que  en  esta  vi  Ja  traba- 
josa no  se  puede  reposar  ninguno  del  miedo  del 
perder  sino  con  el  misero  defeto  de  la  pobreza, 
nin  se  puede  alcanyar  de  carecer  de  no  doler  sino 
con  la  mengua  del  saber,  e  assi  los  que  no  1  ienen 
fatigas  con  la  pena  del  dessear,  los  que  algo  pos- 
seen  atormentados  del  temor  de  perder,  los  de 
agudo  ingenio  lastimados  con  las  vexaciones  de 
los  acontecimientos  desastrados,  los  rústicos- o 
grosseros  aborrecidos  por  su  defecto,  a  los  vnus 
e  a  los  otros  nimca  jamas  les  falta  lugar  por  do 
el  mal  entre.  De  manera  que  biuir  no  se  puede 
por  ninguna  via  sin  penar.  Al  fin  todos  dessea- 
mos alcanzar  las  prosperas  vanidadíís  desta  que 
llamamos  fortuna  e  con  este  desseo  cegamos, 
nuestro  entendimiento;  ella  con  lo  que  nos  da 
turba  nuestro  juyzio;  en  conclusión,  quien  menos 
della  alcaní'a  más  sin  remedio  bive.  Pues  (juien 
no  teme  no  pena,  quien  pena  no  siente  contento 
se  halla,  quien  contento  vine  siempre  está  ale- 
gre, pues  do  está  alej2:ria  no  hay  tristeza,  e  quien 
no  está  triste  siempre  con  el  plazer  ríe  e  no 
llora.  Gomo  por  el  contrario  agora  este  sin  ven- 
tura Vast|uiran  e  yo  hazemos.  El  con  lo  que  ha 
perdido  sin  remedio  de  cobrarlo,  yo  con  lo  que 
desseo  sin  esperanya  de  alcancarlo,  nuestms 
dias  siempre  en   lagrimas   veremos   consumir 
assi  como  hazemos. 

Acabado  su  razonamiento  se  voluio  a  Felisel 
e  dixole:  l*or  mi  amor,  que  no  ayas  en  fatiga 
tornar  a  ver  a  tu  amigo  e  mi  hermano  Vasqui- 


50 


orígenes  de  la  novela 


rail,  y  licuarle  has  vna  carta  mia,  porque  aun- 
que cou  las  razones  della  enojo  reciba,  más  yale 
que  mi  enojo  le  ocupe  el  tiempo  que  no  que  el 
pensamiento  del  suyo  le  trastorne  el  juyzio  con 
su  dolor,  como  podria  acontecer,  e  aun  a  mi  el 
mió. 

E  ante  que  mi  carta  le  dos  le  dirás  de  parte 
mia  que  aunque  mis  embaxadas  e  cartas  alguna 
importunidad  le  den,  más  pesar  e  fatiga  siento 
yo  de  la  de  la  que  el  dolor  a  él  le  da,  e  que  me  pa- 
rece Yua  cosa  que  le  deue  a  él  coatecer  assi  como 
a  mi,  que  el  platicar  en  las  cosas  de  mi  passion 
tantas  passiones  me  trae  a  la  memoria  que  de 
alli  dan  en  el  pensamiento;  del  pensamiento  dan 
en  el  coraron,  llegados  alli  la  calor  de  su  fuego 
haze  destilar  en  lagrimas  por  los  ojos  el  pesar 
y  en  sospires  por  la  boca  las  congoxas.  E  assi 
andando  de  la  vna  a  la  otra  parte  no  dexan  a 
sus  ponzoñas  que  en  las  entrañas  se  reparen 
porque  de  tristeza  las  abogan,  porque  como 
sabe,  dulce  conipafíia  es  á  los  atribulados  estas 
dos  cosas,  y  quo  juzgue  de  mi  voluntad  lo  que 
deue  y  no  lo  que  le  parece,  e  que  ya  sabe  que  el 
buen  marinero  en  la  mayor  fortuna  en  medio 
del  golfo  busca  saluacion  y  en  la  tierra  el  mayor 
peligro.  E  que  assi  yo  en  el  golfo  de  sus  fortu- 
nas y  en  el  de  las  mias  mejor  podremos  saluar- 
nos  nauegando  que  no  sorgendo  sobre  las  an- 
coras de  la  desesperación  en  el  puerto  de  los 
ágenos  plazerescon  nuestras  tristezas. 

Pues  recebida  la  carta  Felisel  y  todo  su  razo- 
namiento bien  entendido,  otro  día  se  partió. 
E  llegado  á  Feleniisa  halló  que  ya  Vasquiran 
a  la  ciudad  era  tomado,  el  qual  con  mucho  amor 
aunque  con  poca  alegria  lo  recibió.  Apeado  qne 
fue  comen9aron  passcandosc  por  vnos  corredo- 
res que  sobre  la  huerta  salian,  a  hablar  de  mu- 
chas cosas  entre  las  quales  Felisel  le  contó  todo 
lo  que  en  las  justas  passadas  hauia  passado. 
E  después  de  mucho  hauer  los  dos  razonado  a 
cenar  se  retraxeron.  E  otro  día  de  mañana  ha- 
uiendo  oydo  missa  Vasquiran  caualgó  e  Felisel 
con  él  e  salidos  fuera  de  la  ciudad  tomaron  de 
nueuo  al  mesmo  razonamiento,  en  el  qual  le 
contó  todo  lo  que  de  palabra  su  amo  le  hauia 
encomendado,  y  en  el  fin  le  dio  su  carta,  la  qual 
assi  dezia. 

CARTA    DB    FLAUIAKO   ÁVA8QUIBAK 
EN  BESPÜE8TA  DE  LA  8ÜTA 

Basquiran,  recebida  que  houe  tu  carta  e  ley- 
da,  considerando  el  amor  que  te  tengo  y  la  pe- 
na que  en  ti  conozco,  aunque  mi  passion  me 
tiene  atribulado  vine  en  conocimiento  del  en- 
gaño que  con  el  pesar  recibes,  de  manera  que  me 
ha  sido  foryado  vsar  contigo  tres  cosas  en  mi 
carta.  La  primera  será  consolarte  de  tu  mal.  La 
segunda  sanamente  como  amigo,  de  tu  dema- 


siado sentimiento  reprehenderte  e  de  los  estre- 
mos  que  con  él  hazes.  La  otra  será  descnga- 
ñai*te  del  engaño  que  recibes  de  ti  mesmo  en  lo 
que  sientes,  no  conociendo  la  ventaja  qae  le 
haze  lo  que  siento.  E  pues  eres  discreto  juzga 
mi  intención  que  es  sin  malicia,  y  conocerás  tn 
yra  ser  demasiada.  E  has  de  saber  que  a  darte 
consuelo,  piedad  me  mueue;  a  reprehender  tu 
flaqueza,  amistad  me  obliga;  a  contradezirte 
me  combida  e  aun  me  costriñe  la  razón.  Una 
cosa  te  ruego,  que  no  te  desuies  con  la  passion 
de  la  verdad,  porque  más  presto  vengas  en  co- 
nocimiento deUa.  E  assi  digo  que  para  tu  con- 
suelo deues  mirar  lo  primero,  como  todos  so- 
mos más  obligados  a  loar  lo  que  Dios  haze  que 
no  a  querer  lo  que  nuestra  voluntad  dessea,  e 
que  quien  esto  no  haze  como  sabes,  grauemente 
yerra  cumo  hazes,  en  especial  en  estas  cosas  de 
la  muerte  y  de  la  vida  cuyos  términos  están  en 
sola  su  mano  y  secreto  determinados,  ni  como 
vees  ninguno  de  los  mortales  puede  escusarse 
de  no  pasar  por  este  trance.  Y  querrías  ago- 
ra tú  repunar  lo  qne  no  es  possible,  e  assi  yer- 
ras todo  lo  possible.  A  lo  que  he  dicho  que 
quiero  Reprehender  tu  demasiado  quexarte,  di- 
go que  semejantes  autos  a  los  feminilcs  cora- 
zones son  atribuydos  e  aun  assi  lo  demasiado 
parece  feo,  y  en  los  varones,  en  especial  como 
tú,  son  feamente  reprouados.  Mucho  llorar 
es  de  niños,  poco  suffrír  es  de  hembra.  Bien  sé 
que  si  a  otro  lo  viesses  hazer,  lo  mismo  e  mas  le 
dirías,  e  libre  que  te  haya  dexado  la  passion 
en  ti  lo  conocerás;  pues  corrige  por  Dios  con 
discreción  lo  que  los  que  como  yo  no  te  aman 
te  afearán  con  razón  e  algunos  con  malicia  te 
juzgarán  con  menoscabo  de  tu  honrra,  que  ya 
sainas  quanto  mas  que  la  vida  e  todas  las  otras 
cosas  te  deue  ser  cara.  Lo  terct»ro  que  dixe  que 
desongañaiie  quería  y  contradezir,  por  tantas 
partes  lo  puedo  hazer  que  no  sé  por  qual  co- 
meix/ar.  Te  quexas  porque  gozanas  la  cosa  que 
en  el  mundo  mas  amauas  y  que  la  has  per- 
dido posscycndola;  ninguna  cosa  se  possee  se- 
gura«  mas  parcceme  a  mi  que  pues  que  go- 
zaste no  perdiste,  sino  que  se  acabó  tu  gozo. 
Todas  las  cosas  han  de  hauer  cabo,  e  aun  a  ti 
del  gozo  te  queda  la  vanagloría  de  lo  que  al- 
canzaste y  la  gloría  de  lo  que  has  gozado.  Por 
la  menor  cosa  de  las  que  tú  has  hauido  que  el 
encendido  fuego  de  mi  deseo  alcanyasse,  sola 
vna  hora,  no  pediría  más  bien  ni  temcria  mis 
mal  e  daría  mili  vidas  en  cambio,  e  con  tal  mo- 
rir me  contaría  más  gloríoso  que  con  biuir  como 
biuo. 

Bien  sabes  tú  quanto  más  cara  es  la  cosa  des- 
seada  mayor  gloría  es  alcangalla,  e  no  hay  más 
bien  en  el  desseo  de  complirlo  e  complido  nin- 
gún recelo  queda  del;  pues  ¿qué  te  quedaua  que 
pedir,  ni  qué  tienes  de  que  quexarte  si  todo  lo 


QUESTION  DE  AMOR 


51 


que  dessear  se  pudo  alcanyastc  y  gozaste?  Quis- 
sieras  que  no  hoiiiera  cabo?  Aqiii  está  tu  yerro; 
qaerer  lo  qae  no  puede  ser,  hauiendo  goziÉulo  lo 
que  puede  ser.  Yo  te  ruego  que  te  acuerdes 
quál  cosa  te  daua  mas  pena  en  el  tiempo  que 
penando  amanas;  el  desseo  de  ver  el  ñn  de  tu 
desseo  no  teniendo  esperanza  o  agora  el  dolor 
de  la  memoria  del  plazcr  pasado.  Sola  vna  cosa 
te  condena  a  que  nunca  deuieras  ser  triste; 
esta  fue  el  dia  que  alcancaste  lo  que  agora  pla- 
ñes, porque  claro  manifiestas  en  el  dolor  que 
muestras  de  lo  que  has  perdido  el  gran  bien  de 
lo  que  ganaste  en  ganarlo,  porque  no  pudo  me- 
nos ser  el  plazer  que  es  el  pesar  sino  ante 
mas.  Sin  ventura  yo  que  todos  los  males  sé  y 
padezco  e  para  ninguno  de  ningún  bien  tt*ngo 
esperan(;a.  A  ti  tu  ventura  te  enderezó  a  lugar 
donde  el  sobrado  pla;;or  plañes;  a  mi  mi  desuen- 
tora  me  guió  a  parte  donde  todas  las  e8¡)eran(;as 
e  razones  no  solo  de  gloria  me  despiden,  mas 
aun  donde  con  mi  pena  no  me  dcxan  viuir  con- 
tento. Assi  que  tú  plañes  hauer  visto  de  tu 
bien  el  cabo,  yo  desespero  de  nunca  verlo  en 
mi  mal.  Tú  plañes  ngeiía  muerte,  yo  desseo  lu 
mia  como  esta  canción  lo  muestra. 

Quien  vine  sin  esperanza 
de  ver  cabo  en  su  querella, 
¿que  puede  esperar  enella 
pues  remedio  no  se  alcanza? 

¿Que  vida  puede  viuir 
quien  vlue  desesperado? 
pues  no  espera  en  su  cuydado 
mas  remedio  de  morir, 
con  el  qual  esta  en  balanr;a 
de  la  vida  por  perdella 
viendo  que  de  su  querella 
ningún  remedio  se  alcanza. 

RESPUESTA  DB  VASQUIRAN  Á  FELISEL 

Acabada  de  leer  Yasquiran  la  carta,  hauiendo 
yo  oydo  el  razonamiento  de  Felisel  se  boluio  a 
el  e  dixole:  Verdaderamente,  Felisel,  más  des- 
canso siento  contigo  qne  consuelo  con  las  car- 
tas que  me  traes,  porque  tu  buena  crianza  y  el 
amor  que  me  tienes,  c  la  voluntad  que  te  ten- 
go, dan  causa  para  lo  vno;  lo  poco  que  las  car- 
tas me  aprouechan  quit«n  el  aparejo  á  lo  otro; 
e  assi  Inidgo  más  de  verte  a  ti  qne  de  respon- 
der a  quien  te  embia,  porque  tu  buen  seso,  mi 
macho  mal,  tu  reposo  y  buena  razón  con  mi 
fatigado  e  lastimado  hablar,  tu  mucha  cr¡an9a 
con  mi  poca  paciencia,  mejor  cierto  las  vnas 
cosas  con  las  otras  se  templan  que  no  hazen  las 
ansias  de  Flamíano  con  las  mias.  Las  suyas 
baylan  c  cantan,  las  mias  gimen  e  lloran;  al 
templezillo  sonarán  juntas.  ¡Qué  ensalada  se 


hará  de  su  morado  y  encamado  e  blanco  con 
mi  pardillo  e  negro  e  amarillo!  El  entre  can- 
ciones, yo  tras  lamentaciones,  él  haciendo  ci- 
meras para  justar,  yo  inuenciones  para  sepultu- 
ras; casi  juntos  andamos,  el  vno  cantando,  el 
otro  llorando  e  los  dos  sospirando;  do  tí  me 
pesa  que  padeces  sin  merecello,  porque  él  con 
sn  porfía  de  embiarte  te  da  trabajo,  yo  con  mi 
poca  alegria  te  do  tristeza,  de  manera  que  los 
dos  te  damos  fatiga.  \  la  verdad  poique  tú 
me  vengas  a  ver  so  contento  de  responder  a  él, 
y  assi  te  ruego  que  aunque  algo  lo  sientas  gra- 
ue,  que  por  mi  amor  lo  sufras  e  no  dexes  de 
venir  muchas  vezes  con  la  importunidad  de  sus 
vanidades  a  ver  la  de  mis  lástimas.  E  por  esta 
voz  de  palabra  de  mi  parte  no  le  dirás  ninguna 
cosa,  porque  vna  carta  que  le  llenarás  le  dirá  lo 
qne  no  querrá  hauer  oydo  quundo  la  aya  leydo. 
Pues  otro  dia  de  mañana  ante  que  Felisel  se 
leuantuse  vino  a  él  el  camarero  de  Vasquiran  el 
qual  le  dixo  como  dos  horas  antes  del  dia  su  se- 
ñor se  era  partido  para  aquella  heredad  donde 
la  primera  vez  lo  hauia  hallado,  e  diole  la  letra 
que  para  Flamiano  hauia  de  llenar,  e  con  ella 
vna  ropa  suya  forrada  en  armiños  de  raso  car- 
mesí, vn  sayo  de  terciopelo  morado  am  vnas 
fnxa$  de  raso  blanco  bordados  encima  dellas  de 
oro  e  de  grana  vnas  madexas,  con  vna  letra 
que  dezia: 

No  m*a  dexado  alegria 
(|ue  dexe  su  compañia. 

Diole  vn  jubón  de  brocado  que  con  ^quel 
atauio  Vasquiran  se  hauia  vestido  vn  dia  poco 
ante  de  la  muerte  de  su  señora  acompañándola 
a  vnas  fiestas  de  las  bodas  del  conde  de  Camar- 
lina  que  cerca  de  la  ciudad  de  Felernisa  se  he- 
ran  hechas,  a  las  quales  ella  fué  combidada  e 
nunca  quiso  yr  sin  él;  e  diole  vna  hacanea  en 
que  él  hauia  caualgado  aquel  dia  con  vna  guar- 
nición de  terciopelo  morado,  con  vnas  f mujas 
de  hilo  de  plata  e  bordada  con  la  mcsma  bor- 
dadura  e  dixole: 

Esto  te  ha  mandado  dar  mi  señor  para  en 
satisff ación  de  alguna  parte  del  traiiajo  que 
passas  en  venirle  á  ver  e  para  en  señal  del  amor 
que  te  tiene  e  aun  por  respecto  de  quitar  el  in- 
conueniente  de  ver  estas  ropas  porque  no  le 
traya  a  la  memoria  el  dia  que  se  las  vcstio  que 
fue  el  ultimo  de  sus  plazeres  y  contentamiento. 
E  hauiendolo  todo  Felisel  recebido  con  la  carta 
de  Vasquiran  se  partió  para  donde  su  señor  es- 
taña. Llegado  a  Koplesano  donde  le  hallo,  des- 
pués de  muchos  razonamientos  passados  Ic 
mostró  todo  lo  que  el  camarero  de  Basquiran 
de  su  parte  hauia  dado,  e  diole  su  carta  la  qual 
Flamiano  comento  luego  a  leer,  e  dezia  en  esta 
manera: 


52 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


CARTA  DE  VASQUIRAK  A  FLAMIANO 


Si  ansí  como  te  puedo  responder  e  condenar 
tn  razón  padiesse,  Flamiano,  conortarme  e  dar 
remedio  á  mi  mal,  quan  presto  los  dos  seriamos 
satisf fechos!  A  tus  consolaciones  no  quiero 
responder  pues  que  no  me  dan  consuelo;  a  tus 
reproches  e  castigo,  aunque  á  mi  proposito  ha- 
zen  poco,  digo  que  no  desseo  ni  repnieuo  lo  que 
Dios  haze  e  ordena,  ante  por  ello  le  doy  ala- 
banvas,  pero  esto  no  me  escusa  a  mi  que  no 
pueda  plañir  lo  que  su  juyzio  me  lastima  con 
el  dolor  que  siento  de  lo  que  pierdo,  lo  que  si 
no  hiziesse  mostraría  menospreciar  lo  que  él 
haze,  o  seria  juzgado  por  irracional.  Dizes  que 
es  fragilidad  o  poquedad  casi  de  niño  o  de 
hembra  semejante  estremo.  Mayor  estremo  se- 
ria semejante  crueldad  que  la  que  dizes,  purque 
si  miras  el  estremo  de  mi  pérdida  poco  estremo 
es  el  de  mi  lloro.  Temes  que  no  sea  juzgado 
por  lo  que  hago,  mas  temeria  serlo  si  esso  hi- 
ziesse, en  especial  que  ya  tú  me  embias  á  dezir 
que  lagrimas  y  sospiros  son  descanso  de  los 
males.  Pues  ¿cómo  me  consejas  yna  cosa  en  tu 
razón  y  escriuesme  otra  contraria  en  tu  carta? 
Bien  muestras  en  lo  que  hazes  lo  que  dizes, 
que  tu  passion  te  tiene  tan  desatinado  que  no 
sabes  de  ti  parte  e  quieres! a  saber  de  mi.  A  lo 
tercero  te  respondo  que  dizes  que  no  perdi  sino 
que  se  te  figura  que  se  me  acabó  mi  bien ;  pues 
tú  lo  dizes  Iqué  quieres  que  responda?  si  te  pa- 
rece que  es  pequeño  mal  acabarse  el  bien,  tú  lo 
juzga  pues  que  sabes  que  a  esta  razón  el  Dante 
respondió:  Quien  ha  perdido  el  bien... 

Dizes  que  me  deue  bastar  la  vanagloria  de 
lo  que  alcancé  e  la  gloria  de  que  gozé;  dizes 
verdad  que  estas  me  bastan  para  sentir  lo  que 
yo  siento  e  mucho  más,  porque  si  quanto  la 
gloria  de  lo  ganado  fue  grande  y  el  dolor  de 
hauerlo  perdido  fuesse  ygual,  no  bastaría  mi 
juyzio  a  sofrirlo  como  el  tuyo  no  basta  a  enten- 
derlo. Dizes  que  por  la  menor  cosa  de  las  que 
yo  gozé  que  tu  alcanoasses,  contenta)  darias 
mili  vidas,  tú  darias  mili  por  hauerlo  ¿e  no  quie- 
res que  pierda  yo  vna  por  perderlo?  Dizes  que 
no  hay  más  bien  en  el  desseo  de  complirlo; 
dizes  verdad;  mas  tampoco  no  hay  mayor  mal 
en  el  bien  que  perderlo;  dizes  que  alcancé  todo 
lo  que  se  pudo  dessear,  también  perdi  todo  lo 
que  se  pudo  recelar;  e  dizes  que  gozé  de  lo 
possible,  también  peno  lo  possible.  Dizes  que 
me  acuerde  del  tiempo  que  penando  desseaua 
sin  osperanya;  ¿no  te  parece  que  peno  agora 
con  menos  esperan9a?  pues  si  entonce  me  pe- 
naua  la  poca  esperanca  del  desseo,  ¿no  me 
dará  más  pena  agora  la  desesperación  de  no  co- 
brar lo  que  he  perdido?  Quexaste  que  penas  sin 
esperanza  e  que  desesperas  della;  si  no  esperas 
lo  que  ganar  se  puede  no  recelarás  perderlo 


como  yo  hize;  no  deuio  ser  tuya  la  letra  que 
dixo:  todo  es  poco  la  possible.  Pones  por  diffi- 
ciütad  los  merecimientos  e  virtudes  e  noblezas 
de  Belisena,  que  son  las  cosas  que  contenta- 
miento te  deuen  dar.  Esto  es  querer  con  el  de- 
fecto de  tus  flaquezas  dar  culpa  á  tus  virtudes. 
E  señalaslo  en  vna  cosa  que  dizes:  que  por  sola 
vna  hora  que  gozasses  darias  mili  vidas;  más 
razón  seria  ofrecerlas  porque  ella  viuiesse  mili 
años  como  es  razón.  No  te  oya  nadie  tal  razón; 
que  parece  que  desseas  poco,  o  mereces  poco,  o 
tienes  tu  desseo  en  menos,  porque  la  cosa  cara 
ante  de  hauerse  dessea  alcanyarse,  después  de 
hauida  dessease  posseer,  de  manera  que  nunca 
el  deseo  pierde  su  oficio.  Pluguiera  a  Dios  que 
sin  alcanzar  lo  que  he  perdido,  perdiera  yo  la 
vida,  porque  ella  viniera  e  yo  no  gozara,  porque 
agora  no  plañera,  o  que  de  nueuo  pudiesse  con 
la  que  me  queda  conprar  la  que  ella  perdió, 
que  con  esto  sería  mas  contento  que  con  viuir 
como  vino,  como  esta  canción  mia  te  mostrará. 

Yo  no  hallo  a  mi  passion 
comiendo,  cabo  ni  medio, 
ni  descanso,  ni  razón, 
ni  esperanza,  ni  remedio. 

Es  tanta  mi  desuentura, 
tan  cruel,  tan  sin  medida, 
qu'en  la  muerte  n¡*n  la  vida 
no  s'acaba  mi  tristura, 
ni  el  seso  ni  la  razón 
no  le  pueden  hallar  medio, 
ni  tiene  consolación 
ni  esperanya  ni  remedio. 

FLAMIANO  A  FELISBL 

Leyda  que  houo  Flamiano  la  letra  mandó 
llamar  a  Felisel  e  dixole. 

Pareceme  que  según  Vasquiran  e  yo  con 
nuestras  passiones  te  tratamos  que  con  mas 
razón  te  podras  tu  quexar  de  nosotros  que 
nosotros  de  nuestras  quexas,  o  mt»jor  será  que 
te  consolemos  de  la  fatiga  que  te  damos  que  no 
tú  a  nosotros  de  lo  que  sentimos.  Esto  te  digo 
porque  agora  que  hauias  menester  descansar 
con  algún  reposo  del  trabajo  que  has  passado 
en  estos  caminos  que  has  hecho,  te  tengo  apa- 
rejado de  nueuo  otro  trabajo  en  que  descanses. 
Esto  es  que  yo  he  sabido  que  la  señora  du- 
quesa va  a  caja  la  semana  que  viene  con  otras 
muchas  señoras  e  damas  que  para  ello  tiene 
combidadas:  ya  vees  qué  jornada  es  para  mi, 
pues  que  mi  señora  Belisena  va  allá.  Es  menes- 
ter que  tomes  por  descanso  esta  fatiga;  da  re- 
caudo a  mi  necessidad  con  tu  diligencia,  e  ma- 
ñana darás  orden  como  se  haga  para  mi  vn 
sa3'o  e  una  capa,  e  librea  para  estos  moyos  e 
pajes  de  las  colores  que  te  daré  en  vn  memo- 
rial, e  que  hagas  adereyar  vn  par  de  camas  do 


QUESTION  DE  AMOR 


53 


campo  e  mis  tiendas  e  algunas  confitaras  e 
todas  las  cosas  que  te  parecerán  que  son  nece- 
sarias para  tal  menester,  porque  su  señoría  es- 
tara allá  toda  la  semana  j  es  necessario  que 
para  estos  galanes  que  alia  jran  vayas  bien 
prouejdo,  en  especial  de  cosas  de  colación;  por 
causa  de  las  damas  te  prouee  sobre  todo.  Assi 
que  reposa  esta  noche  j  de  mañana  scy  comigo 
e  acabarte  he  de  dar  la  información  de  lo  que 
has  de  hazer. 

AQin  EL  AÜOTOR  CÜBNTA  LO  QUE  FELI8EL 
OTRO  día  PUSO  EN  ORDEN,  B  TODOS  LOS 
ATAUIOS  DE  LAS  DAMAS  E  CAÜALLER08  QUE 

A  LA  ca<;a  Fueron,  e  algunas  cosas  que 

EN*  ellas  se  siguieron 

Otro  día  de  mañana  venido  a  la  cámara  de 
Fhimiano  Felisel,  Flamiano  le  mandó  que  para 
el  le  hiziesse  hazer  vn  sajo  de  terciopelo  en- 
camado con  vnas  faxas  de  raso  blanco  e  vnos 
vasariscos  (*)  de  oro  bordados  en  ellas,  con  vna 
letra  que  dixesse. 

Lo  que  este  haze  hazeys 
a  quantos  veys. 

£  dixole  mas.  Harásme  hazer  vna  capa  de 
paño  amarillo  con  vnas  tiras  de  raso  blanco  y 
encamado  antorchadas  vnas  con  otras  de  tres 
en  tres  tiras,  guarnecida  toda  la  capa  con  vna 
letra  que  diga. 

Son  de  vuestra  condición 
porque  s'espere  de  vos 
la  color  do  van  las  dos. 

Harás  más  para  los  pajes  ropetas  de  paño 
encamado  guarnecidas  de  raso  blanco,  y  a  los 
moyos  de  espuelas  vnos  capotines  encamados  e 
la  manga  yzquierda  blanca;  las  calyas  la  dere- 
cha blanca  y  encarnada,  la  yzquierda  amarilla, 
e.  harás  para  todos  jubones  de  raso  amarillo  e 
en  las  mangas  derechas  vna  letra  bordada  que 
diga. 

¿Qué  se  puede  esperar  dcllas 
sino  lo  que  va  con  ellas? 

Acabado  de  darle  la  información  de  lo  que 
hauia  de  hazer,  con  mucha  diligencia  Felisel 
dio  en  todo  complido  recaudo.  Assimesmo 
todas  las  damas  e  muchos  caualleros  que  a  la 
caya  hauian  de  yr  se  atauiaron  de  la  manera  que 
adelante  vereys;  e  fue  assi  concierto  'entre  to- 
das las  damas  que  no  pudiessen  atauiarse  para 
esta  jomada  sin  que  cada  vna  llevase  en  las 
ropas  o  guarniciones  sus  dos  colores  principa- 
les, las  quales  en  las  inucnciones  se  señalarán. 
Sabido  esto  los  caualleros  todos  se  vistieron  de 

(*)  En  la  edición  de  Nució  hasiligcos. 


los  colores  de  las  damas  que  scruian  con  alguna 
otra  color  que  les  hazia  al  proposito  de  la  letra, 
como  arriba  haueys  oydo  que  Flamiano  añadió 
lo  amarillo  a  las  dos  colores  de  la  señora  Bolise- 
na.  Venido  el  dia  de  la  partida,  todas  las  da- 
mas se  juntaron  en  casa  de  la  señora  duquesa 
donde  los  caualleros  vinieron.  E  de  alli  partie- 
ron todos  juntos.  Fueron  en  la  caya  aquel  dia 
las  señoras  y  damas  e  caualleros  que  aqui  se 
nombran.  Primeramente  la  princesa  de  Salu- 
sano  con  sus  damas  y  el  principe  su  marido,  e 
la  señora  Candina  e  su  esposo  el  conde  de  Mu- 
ralta,  hijo  del  duque  de  Traysano.  La  marque- 
sa de  Persiana  y  el  marques  su  marido.  La 
marquesa  de  Guariano,  e  la  condesa  Dauertino 
y  el  conde  su  marido.  Marciana  de  Scuerin 
hija  de  la  condesa  Daliser.  La  señora  doña 
Persiana,  e  la  señora  Laurencia  de  Montal, 
Ricarda  de  Marian,  Violesa  Daguster,  e  Polin- 
dora  de  Marin,  e  la  señora  Ysiana  e  Graciana 
Desclauer,  e  la  señora  Belisena. 

De  los  caualleros  el  conde  de  la  Marca,  el 
marques  Carliner,  el  prior  Dalbano,  el  marques 
de  Villatonda,  el  prior  de  Marian,  el  duque  de 
Fcnisa,  Francaluer,  el  conde  de  Sarriseno  e 
Yusandre  el  faborido,  Galarino  Desian,  Escla- 
uian  de  la  Torre,  Fermines  de  Mesana,  Fran- 
castino  de  E redes,  Camilo  de  Lconis,  Lisaudro 
de  Xarqui.  E  más  los  caualleros  que  arriba  ha 
nombrado. 

La  señora  duquesa  salió  como  suele  vestida 
de  negro.  La  señora -Belisena  su  hija  sacó  vna 
saya  de  raso  blanco  con  muchas  faxas  de  bro- 
cado encarnado  sentadas  sobre  pestañas  de  car- 
mcsi,  con  vn  papahigo  de  raso  carmesi  e  la  gor- 
ra de  lo  mesmo  con  muchos  cabos  e  pieyas  de 
oro  de  martillo,  con  cintas  e  pestañas  blancas 
y  encamadas,  e  la  hacanea  con  vna  guarnición 
de  terciopelo  carmesi  con  franjas  e  muchos  no- 
ques negros  e  blancos  encamados,  con  vna  le- 
tra que  dezia. 

Las  tres  hazen  compañía 
all  alegría. 

Sac6  la  señora  princesa  de  Salusana  vna  sa- 
ya de  terciopelo  negro  con  vnas  cortaduras  de 
brocado  morado  a  manera  de  vnas  escalas,  for- 
rada la  saya  de  raso  blanco,  e  vna  hacanea 
con  vna  guarnición  de  terciopelo  negro  con  las 
mismas  escalas  de  brocado  morado  con  franjas 
e  floques  de  hilo  de  plata,  con  vna  gorra  rica  e 
papaliigo  de  raso  morado,  forrada  de  damasco 
blanco  con  muchas  piezas  e  cabos  de  oro  es- 
maltados de  negro  con  vna  letra  que  dezia: 

Nunca  jamas  subió  amor 
en  lugar 
que  estas  dos  Tan  de  guardar. 


54 


orígenes  de  la  novela 


Sacó  la  señora  Ysiana  vna  saya  de  raso  par- 
dillo con  muchas  faxas  de  brocado  morado  for- 
rado de  raso  leonado;  la  gorra  e  papahigo  de 
terciopelo  leonado  forrado  de  raso  amarillo  e 
machas  cintas  por  todo  amarillas.  Una  haca- 
nca  con  vna  guarnición  de  terciopelo  leonado 
y  raso  pardillo,  con  las  franjas  y  noques  mora- 
dos e  amarillos  con  vna  letni  que  dezia: 

A  la  ñu  han  de  tomar 
lo  leonado  en  pardillo 
el  morado  en  amarillo. 

Salió  la  señora  Candina,  hija  de  la  princesa 
de  Salusano,  con  vna  saya  qnarteada  de  tercio- 
pelo morado  e  brocado  leonado,  enrrexados  los 
quartos  de  vnas  tiras  de  lo  vno  enlo  otro,  sen- 
tadas sobre  pestañas  de  raso  blanco,  forrada  la 
ropa  de  damasco  leonado.  Una  guarnición  de 
Yua  muía  del  mismo  damasco  leonado,  cubierta 
toda  de  vnas  cifras  enlazadas  de  raso  blanco; 
yna  gorra  de  raso  leonado  con  cintas  blancas  e 
unas  piezas  de  oro  de  martillo  esmaltadas  de 
blanco  c  morado  con  vna  letra  que  dezia: 

Do  passion  de  amor  no  afloxa 
lo  blanco  da  mas  congoxa. 

La  señora  Porfísandría  sacó  ma  saya  de 
chamelote  de  seda  leonado,  con  unos  fresos  de 
plata  anchos  y  angostos  de  tres  en  tres  tiras 
muy  espesos,  con  vnas  pestañas  de  raso  negro 
en  todos  ellos  e  vna  gorra  de  terciopelo  leona- 
do con  muchas  cintas  blancas  e  negras;  vna 
guarnición  de  terciopelo  negro  con  franjas  de 
hilo  de  plata  con  vnos  tormentos  de  plata  sem- 
brados por  encima  con  vna  letra  que  dezia. 

La  guarnición  os  condena 
y  la  ropa  da  la  pena. 

Sacó  la  señora  Laurencia  vna  saya  de  paño 
amarillo  con  mas  lisonjas  toda  cubierta  de  ter- 
ciopelo encamado  sobre  pestañas  de  raso  azul 
y  en  cada  lisonja  vna  de  plata  estampada,  pe- 
queña, puesta  en  medio  déla  seda  también  sobre 
raso  azul.  Una  gorra  de  raso  amarillo  de  la 
mesnm  manera;  guarnecida  vna  guamicion  de 
rna  muía  de  la  misma  manera,  con  vna  letra 
que  dezia. 

Lo  m&s  porque  desespere 
quien  vencer  lo  blanco  espera, 
las  dos  porque  vaya  fuera. 

La  señora  marquesa  de  Persiana  vna  saya 
de  brocado  carmesi  con  vnas  barras  de  tercio- 
pelo carmesi  anchas,  sentadas  sobre  raso  blanco 
cortadas  por  encima;  vna  gorra  de  raso  carme- 
si  acuchillada  forrada  de  raso  blanco;  la  saya 


forrada  de  raso  blanco:  vna  guarnición  de  vna 
hacanea  de  oro  tirado  con  floqnes  e  franjas  de 
grana  y  blanco,  con  vna  letra  que  dezia. 

Los  dos  de  la  guarnición 
goza  bien  quien  Las  merece, 
y  el  enforro  quien  padece. 

Salió  la  señora  Mariana  de  Senerín,  hija 
de  la  condesa  de  Aliser,  con  vna  saya  de  ter- 
ciopelo morado  cortada  toda  con  muchas  cu- 
chilladas, forrada  de  raso  encamado,  que  se  des- 
cabría por  ellas,  con  vnas  madexas  de  seda  en- 
camada que  ataña  las  cortaduras  muy  espesas. 
La  gorra  de  lo  mesmo.  La  guarnición  de  la 
hacanea  ni  más  ni  menos,  con  vna  letra  que 
dezia. 

'  No  hay  esperan9a  en  amor 
donde  está  estotra  color. 

La  señora  Melisena  de  Ricarte  sacó  vna  sa- 
ya de  raso  blanco  con  vnos  girones  de  tercio- 
pelo morado,  trepados  tan  juntos  que  á  la  parte 
de  la  cortapisa  juntauan  el  vno  con  el  otro,  for- 
rada de  raso  morado.  Una  gorra  e  papahigo 
de  raso  blanco  con  pestañas  e  cintas  moradas. 
Una  guamicion  de  una  mola,  de  terciopelo 
morado,  con  cubierta  de  vnas  matas  de  plata, 
con  vna  letra  que  dezia. 

Si  el  blanco  es  tal  qual  deue, 
aunque  el  morado  con  bata 
a  la  fin  muere  ó  se  mata. 

La  señora  condesa  de  Auertina  vna  saya  de 
raso  verde  muy  claro  e  de  terciopelo  verdescuro 
á  nesgas,  con  vnas  alcarehofas  de  oro  bordadas 
por  ella.  Una  gorra  del  mesmo  terciopelo  con 
las  mismas  alcarehofas  de  oro  de  martiUo.  Una 
guamicion  de  terciopelo  verde  con  las  franjas 
de  seda  verde  clara  con  la  mesma  bordadora, 
con  vna  letra  que  dezia. 

De  las  dos  la  qne  es  perdida 
mostrará  a  vuestras  querellas 
lo  que  haueys  de  coger  dellas. 

Sacó  la  señora  xVngelera  de  Agostano,  vna 
saya  a  nesgas  de  terciopelo  negro  e  raao  blanco 
con  vnos  estremos  cortados  de  la  vna  e  de  la 
otra  seda  e  gaaraecidas  todas  las  nesgas  dellos 
por  el  contrarío.  Una  gorra  de  terciopelo  ne- 
gro e  papahigo  con  muchos  estremos  de  plata 
guamecidos.  Una  guamicion  de  vna  mola  de 
la  misma  manera,  con  vna  letra  que  dezia. 

Para  que  se  gane  gloria 
des  tas  dos  que  defendemos 
menester  son  sus  estremos. 


QCESTION 
8k6  1a  seBore  marqneBa  de  Ouarmno  vna 
Mjk  de  brocado  negro,  forrada  de  raso  leonado 
con  Tnas  ÍAxae  muy  espeeaa  de  terciopelo  leo- 
nado, con  ana  gom  leonadA  con  piezas  de  oro 
martillo  eemaltodas  de  negro.  Una  gnamíeion 
de  Tnn  bacanes  de  terciopelo  leonado  con  mb- 
cbo9  floquea  de  seda  negra  e  nna  letra  qae 
dezia. 

Del  bonesto  pensamiento 
se  gnamece 
la  gaamicioo  qne  parece. 

La  seCora  Ypoliuudra  sac<$  ma  saya  de  ter- 
ciopelo verde  cnbíert»  toda  de  Tiias  ondas  de 
raso  negro  Bobre  ttifetan  blanco,  con  vna  gorra 
del  mesino  terciopelo  con  cintas  blancas.  Una 
guarnición  de  vna  bacanea  de  lo  mismo  con 
TU  letra  qne  desia. 

TSo  me  dexa  andar  sin  ellas 
la  misma  esperanza  dellas. 

Sacó  la  BCHora  Lantoria  Dortonisa  viia  snya 
entretallada  toda  á  centelloB  de  brocado  e  raeo 
blanco,  con  pestañas  de  tafetán  morado.  Una 
gorra  de  raso  blanco  coa  Diuchas  centellas  de 
oro  de  martillo;  rna  gnamicidn  de  rna  baca- 
nea  con  franjas  e  floqaes  morados  de  las  mis- 
nuu  centellas  con  vna  letra  que  dezia: 

£■  lo  blanco  quien  abrasa 
de  paBnoB  &  loe  centellas 
eon  U  misma  color  dellas. 

Sacó  la  señora  Graciana  vna  saja  de  raso 
asnl  con  vna  geloeia  encima,  de  terciopelo  azul 
Bobre  pestaflas  de  raso  blanco,  atadas  las  juntas 
de  la  gelosia  con  rnas  lazadas  de  madcxas  de 
bilo  de  oro,  con  vna  gorra  de  raso  azul  e  unas 

fiemas  de  oro  de  martillo  bechas  como  geloeias. 
Tna  giiamicion  de  rna  faacanea  de  la  misma 
manen  de  la  saja-,  la  saja  forrada  de  raso 
btanco  con  ma  letra  qne  dezia: 

Do  el  recelo  está  doUado 

lo  blanco  está  bien  guardado. 

Sacó  la  aefion  Violeea  de  Agustcr  vna  saja 
de  raso  blanco  e  terciopelo  morado  entretallada 
a  quadros,  e  de  rn  qnadro  de  la  rna  seda  sa- 
cado Tn  pequefio  e  cambiado  en  el  otro  con 
mas  cortadnraa  de  brocado  encima  de  las  jnn- 
tas,  cortadas  de  manera  qne  las  sedas  e  el  bro- 
cado todo  luuda  ma  obra.  Una  gorra  de  raso 
morado  con  mnchos  caboB  de  oro.  Una  gnamí- 
eion de  Tna  mola  de  la  misma  manera,  con 
ma  letra  que  dezia. 

El  contentamiento  base 


DE   AMOR  55 

Las  damas  todaa  salieron  vestidas  deita  ma- 
nera qne  haueys  ofdo,  con  todas  estas  letras 
las  qualcs,  &  petición  i^  cada  vna  dellas  fneron 

Salió  Flamiano  con  los  atanios  qne  ya  arriba 
desimos.  El  señor  principe  de  Salnsanam  sayo 
de  brocado  tiegro  con  faxas  de  terciopelo  mora- 
do con  pestañas  blancas.  Un  capuz  morado 
con  vnas  tiras  blancas  de  raso.  Los  mo(OB  ves- 
tidos de  morado  e  negro  con  la  vna  cal^a  blan- 
ca j  morada,  la  otra  n^ra;  con  vna  letra  que 

Bazos  me  baze  que  sea 
qnal  me  manda  la  librea. 

Sacó  el  marques  de  Persiana  vn  sayo  de  raso 
blanco  eon  vnas  tiras  de  tafetán  leonado,  enla- 
zadas por  todos  los  giroties  con  vnas  madexas 
de  seda  blanca  que  las  aündaaan;  vna  capa  de 
paflo  leonado  con  vnas  tiras  de  tafetán  blanco 
trabeasadas  por  todo  el  capaz;  e  loa  m09O8  e 
pajes  vestidos  de  raso  blanco  e  pallo  leonado, 
con  vna  ktn  qae  deua. 

Porque  la  vna  es  en  vos 

tan  complida 

mi  congoxa  es  tan  crecida. 

Saetí  el  conde  de  la  llarca  vn  sayo  de  ter-' 
ciopelo  morado  con  vna  capa  de  pafio  morado 
ribeteado  todo  con  vnos  ribetes  de  terciopelo 
negro  puestos  sobre  tiras  de  raso  blanco.  Sacó 
los  mofoe  e  pajee  besttdos  dcsta  manera,  con 
vna  letra  que  dezia. 


Quanto  a 
mis  pasioT 


r  mis  en  mi  crece. 


e  la  guarnición. 

Salió  el  señor  Lisandro  de  Dixarqni  con  nn 
Bayo  de  terciopelo  negro  con  vn  capuz  de  ter- 
ciopelo negro  forrado  todo  de  raso  blanco  con 
vnas  pestañas  de  tafetau  morado  que  descu- 
brían muy  poco  entre  las  dos  sedas;  loa  mo{os 
e  pajes  de  negro  vestidos  con  guarniciones  de 
raso  blanco  sobre  pestafias  moradas  eon  vna  le- 
tra qne  dezia. 


Taln 


:  tiene  lo  qne  veys 
ubre  mi  deseo. 


Sacó  el  señor  Camilo  de  Leonis  vn  sayo  de 
raso  leonado;  vn  capuz  de  paflo  leonado  con 
viias  fasas  de  terciopelo  morado  con  vnas  pes- 
tañas de  raso  amarillo,  y  loe  mogoa  y  pajei 
vestidos    destas   colores,    con   vna   letra  que 


Harto  es  grande  la  congoxa 
qunndo  amor  está  en  lugar 
c'aucis  de  deseipanr. 


56 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


El  señor  marques  Carliner  salió  todo  vestido 
de  terciopelo  pardillo  forrado  de  damasco  mo- 
rado guarnecido  todo  con  ynas  lisonjas  de  raso 
leonado.  Los  moyos  e  pajes  vestidos  de  leona- 
do e  pardillo  con  guarniciones  moradas  y  vna 
letra  (jue  dezia. 

No  puede  causar  en  mi 
menos  mal  la  forradura 
que  muestra  la  vestidura. 

El  señor  prior  de  Albano  vn  sayo  e  capa  de 
paño  amarillo  con  vnas  cifras  enlazadas  de 
terciopelo  azul  e  raso  encarnado  sembrado  todo. 
Los  moyos  vestidos  de  amarillo  con  la  vna 
manga  azul  y-  encarnada,  con  vna  letra  que 
dezia. 

Pues  con  vuestra  condición 
mi  rezelo  va  enlazado 
ya  mi  mal  va  señalado. 

Sacó  el  marques  de  Villatonda  vn  sayo  de 
raso  carmesi  con  faxas  de  brocado.  Una  capa 
de  paño  amarillo  con  vnas  tiras  de  terciopelo 
carmesi.  Los  moyos  vestidos  con  jubones  de 
Virocado  e  carmesi  quarteado,  con  calyas  e  ca- 
potines  de  pafio  amarillo  e  de  grana,  con  vna 
letra  que  dezia. 

Va  ell. alegría  fengida 
do  desespera  la  vida. 

Sacó  el  prior  de  Mariana  vn  sayo  e  capuz  c 
jubón  de  terciopelo  morado,  passado  todo  a  es- 
caques de  raso  encamado,  a  manera  de  vn  ta- 
blero daxedrez;  los  moyos  e  pajes  vestidos  de 
paño  morado  e  raso  encamado  con  vna  letra  que 
dezia. 

Todos  los  males  de  amor 
nacen  destotra  color. 

Premines  de  Castilpana  salió  todo  vestido 
de  verde  claro,  que  es  esperanya  perdida,  e  los 
moyos  de  la  misma  color,  porque  la  dama  que 
seruia  sus  colores  eran  dos,  verde  escaro  y  cla- 
ro que  son  esperanya  cobrada  y  perdida.  El  no 
saco  mas  de  la  vna  con  vna  letra  que  dezia. 

Pues  que  en  mi  toda  es  perdida 
¡qnán  sin  ella  está  mi  vida! 

El  duque  de  Femisa  sacó  vn  sayo  quartea- 
do de  damasco  blanco  e  bellutado  morado,  con 
vn  capuz  de  paño  morado  forrado  de  damasco 
blancíí,  con  vnas  cortaduras  de  raso  blanco 
perfiladas  por  encima  del  paño.  Los  moyos  e 

Í)ajes  vestidos  de  las  mismas  colores  con  vna 
etra  que  dezia: 

¿Que  sperará  mi  ventura 
del  dolor  que  es  mas  escuro, 
siendo  el  otro  tan  seguro? 


Francaluer  sacó  medio  sayo  de  terciopelo 
blanco  e  medio  de  raso  negro  con  faxas  troca- 
das de  lo  vno  en  lo  otro;  vn  capuz  medio  de 
terciopelo  negro,  medio  de  raso  blanco  forrado 
de  lo  mismo,  cambiado  lo  vno  en  lo  otro,  con 
una  letra  que  dezia. 

Dos  contrarios  so  vn  subjeto 
veo  en  vuestra  castidad: 
hermosura,  honestidad. 

El  conde  Sarriano  salió  vestido  todo  de  ne- 
gro con  los  moyos  e  pajes  vestidos  todos  de 
leonado  con  vna  letra  que  dezia. 

La  tristeza  de  mis  daños 
da  congoxa  en  los  estraños. 

El  señor  Yusandriano  salió  vestido  todo  de 
leonado  forrado  de  raso  blanco;  los  moyos  ves- 
tidos de  lo  mismo  con  vna  letra  que  dezia. 

Lo  cubierto  causa  en  mi 
aunque  s'encubre 
lo  que  fuera  se  descubre. 

Sacó  el  señor  Guillermo  de  Canes  vn  sayón 
de  raso  blanco  y  raso  naranjado  e  terciopelo 
carmesi,  gironado  a  puntas  con  tafetán  blanco 
e  naranjado;  debaxo  las  puntas  naranjadas  vn 
capuz  de  paño  naranjado  guarnecido  con  qua- 
tro  tiras  de  carmesí  e  raso  blanco.  Los  moyos 
e  pajes  vestidos  de  blanco  e  naranjado  con  vna 
letra  que  dezia. 

Salió  en  blanco  mi  alegria 
pues  que  va  desesperada 
mi  porfía. 

Salió  el  conde  de  Auertino  vestido  todo  de 
verde  escuro  con  vnos  ribetes  por  baxo  del  sa- 
yón e  de  la  capa  de  raso  verde  claro,  porque 
son  las  colores  de  la  señora  condesa,  forrado 
todo  de  raso  carmesi.  Los  moyos  vestidos  de 
terciopelo  verde  e  de  grana  con  vna  letra  que 
dezia. 

Ya's  perdida  la  perdida 
para  quien 
por  vos  cobra  todo  el  bien. 

Galarino  Difían  salió  a  la  gineta  con  vn& 
marlota  de  brocado  blanco  e  terciopelo  leonado 
con  unos  lazos  de  plata  por  toda;  vn  capuz  de 
terciopelo  leonado  forrado  de  raso  blanco  con 
los  mismos  lazos  guarnecidos,  con  vna  letra 
que  dezia. 

La  vna  es  sobrada  en  vos 
y  la  otra  en  mi  por  ella 
y  assi  sobra  mi  querella. 


QUESTION  DE  AMOR 


57 


Salió  Esclaiiiano  de  la  Torre  a  la  ginetu  con 
Tna  marlota  nesgada  de  raso  leonado  e  azeytu- 
u¡  negro,  yna  capa  leonada  toda  guarnecida  de 
machos  lazos  moriscos  de  oro  e  de  grana,  con 
vn  rico  jaez  de  las  colores ,  con  vna  letra  bor- 
dada en  tomo  de  la  marlota  e  del  capuz,  que 
dezia. 

Pues  que  son  vuestras  colores 
siendo  vuestra  mi  porfía 
para  mi  son  alegría. 

Fermines  de  Mesano,  hecho  a  escaques  de 
azeytuni  leonado  y  raso  blanco  con  vna  P  cor- 
tada del  terciopelo  leonado  en  cada  escaque 
blanco  e  vna  F  de  raso  blanco  en  el  leonado; 
^-na  capa  de  paño  leonado  con  vna  cortapisa 
de  las  dos  sedas  por  bazo  de  los  mismos  esca- 
ques del  sayo  y  en  ellos  bordada  esta  letra  que 
dezia. 

Es  mi  fe  la  que  no  afloxa 
la  pena  de  mi  congoxa. 

De  la  manera  que  aqui  es  dicho,  salieron  ves- 
tidas las  damas  e  galanes,  los  quales  todos  con 
mucho  plazer  llegaron  a  la  ca9a.  Estando  allí 
a  cabo  de  quatro  dias  llegó  el  señor  cardenal  de 
Brujas  con  muchos  caualleros  que  lo  acompa- 
ñaron. Los  quales  fueron  el  marques  de  la 
Chesta,  Francastino  de  Redes,  el  señor  Alar- 
eos  de  Reyner,  Pomerin  Russeller  el  pacifico, 
Alualader  de  Caronis,  con  otros  muchos  caua- 
lleros que  por  que  no  salieron  vestidos  de  co- 
lores de  inuencion  aqui  no  se  nombran. 

El  señor  cardenal  vino  vestido  de  negro  por 
cierto  respecto  que  le  conucnia;  lleuó  veynte 
palafrancros  e  doze  pajes  vestidos  de  terciopelo 
negro  e  paño  morado  con  vna  letra  que  dezia: 

Es  la  que  menos  me  plaze 
la  que  más  me  satisfaze. 

Vino  el  marques  de  la  Gehesta  vestido  todo 
de  amarillo,  con  los  mo90s  vestidos  de  la  misma 
colur,  con  ana  letra  escripta  en  los  pechos  des- 
ta  manera  que  hablara  el  color,  e  traya  dos 
U.  R.  e  una  A  en  medio  puestas  en  los  pe- 
chos, que  quería  dezir. 

Amar  y  llorar. 

Vino  Francastíl  de  Redes  vestido  todo  de 
azul  e  sus  moyos  vestidos  de  la  misma  color 
con  vna  letra  que  dezia: 

Mi  recuelo 
68  que  en  mi  mal  no  hay  consuelo. 

Vino  el  señor  Alarcos  de  Reyner  con  vn  sa- 
yo de  raso  amarillo  e  azeytuni  morado  con 


unas  tiras  de  tres  en  tres  de  la  vna  seda  en  la 
otra  puestas  a  escaques  por  los  girones;  vn  ca- 
puz morado  forrado  de  raso  amarillo  con  vna 
letra  que  dezia. 

Mi  pensamiento  ha  subido 
lo  morado 
do  desespera  foryado. 

Pomerin  traya  luto  e  assi  vino  vestido  de 
negro  sin  letra. 

Rosseller  el  pacifico  salió  vestido  de  azul  e 
carmesí  con  vna  letra  que  dezia: 

Aunque  yo  me  visto  dellas 
no  tengo  porque  traellas. 

Alualader  de  Caronis  vino  todo  vestido  de 
pardillo  forrado  el  sayo  e  capuz  de  damasco 
leonado,  acuchillado  todo  por  encima  lo  pardi- 
llo, de  manera  que  lo  leonado  se  descubriese, 
con  vna  letra  que  dezia. 

El  trabajo  es  quien  descubre 
]a  congoxa  que  se  encubre. 

Otro  dia  después  de  llegado  el  señor  carde- 
nal con  todos  estos  caualleros,  la  señora  du- 
quesa con  todas  las  damas  y  ellos  fueron  a  caya 
de  monte,  e  puestos  todos  en  sus  paradas  como 
suelen,  la  señora  Belisena  con  Isiana  quedaron 
en  vna  parada  c#n  Jusander  e  con  otros  dos 
caualleros  de  casa  de  la  señora  duquesa  su  ma- 
dre, en  la  qual  parada  acudió  vn  cierno  muy 
grande  e  dadas  laxas  las  señoras  a  sus  canes, 
los  caualleros  que  con  ellas  estañan  comenta- 
ron a  seguirlo.  La  señora  Belisena  quedó  a  so- 
las con  Isiana  a  la  sombra  de  vnas  espesas  ma- 
tas, donde  a  suerte  aquella  hora  Flamiano  acu- 
dió impensadamente.  El  qual  viéndose  en  pre- 
sencia de  su  señora  fue  tan  atónito  e  turbado 
que  no  sabia  parte  de  si  viendo  lo  que  le  era 
seguido;  reconocido  algo  en  su  juyzio,  aunque 
no  sin  mucha  turbación,  después  de  hecho  a  la 
señora  Belisena  aquel  acatamiento  que  ella  me- 
recía e  su  crianza  del  le  oblip^ava  e  más  su 
apassionada  voluntad,  informado  de  la  señora 
Isiana  de  la  causa  de  su  quedada  allí  a  solas, 
comento  con  muy  temeroso  acatamiento  a  de- 
zir en  esta  manera  a  su  señora. 

DE   LAS    COSAS    QUE    FLAMIANO    E    BELISENA 
PASSARON  EN  AQUEL  RAZONAMIENTO 

El  temor,  señora,  de  los  males  que  cada  dia  a 
causa  vuestra  por  mi  pasan  e  padezco,  me  tie- 
nen tan  sin  razón  la  lengua,  y  el  sentido  tan 
turbado  junto  con  el  gozo  de  verme  en  vuestra 
presencia,  que  me  falta  razón  para  hazeros  no- 


58 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


torias  las  sobras  de  mis  passioncs,  e  aun  atre- 
viniieuto  para  osaros  las  dezir  aunque  no  me 
falta  voluntad  para  suffrírlas.  El  temor  de  eno- 
jaros me  cierra,  señora,  la  boca,  y  el  fuego  que 
mis  entrañas  abrasa,  pronuncia  por  ella  lo  que 
dentro  se  siente.  E  assi  señora  quiero  tener 
atreuimiento  para  poner  mis  quexas  en  vuestra 
presencia;  no  que  yo,  señora,  de  vos  me  quexe 
ni  Dios  lo  quiera,  que  no  deuo  más  para  que  las 
pasiones  que  con  mis  deseos  me  aqucxau  sepays, 
por  mérito  de  las  quales  os  suplico  que  no  me- 
dido lo  que  yo  en  respecto  vuestro  me  merezco, 
mas  considerado  lo  que  por  haueros  visto  e  de- 
sear sor  vuestro  padezco,  por  tal  señora  me 
acepteys;  no  para  dar  más  bien  a  mi  mal  de 
consentir  que  yo  señora  por  vuestro  seruicio  lo 
padezca,  por  que  ni  más  osaria,  señora,  pedir,  ni 
tanto  me  atreueria  creer  merecer. 

BBLISBNA 

Muchos  dias  ha,  Flamiano,  que  conozco  en  tus 
meneos  lo  que  el  desaario  de  tu  pensamiento  te 
ha  puesto  en  la  voluntad;  e  no  creas  que  mu- 
clias  vezes  dello  no  haya  recebido  enojo,  e  al- 
gunas han  sido  que  me  han  puesto  en  voluntad 
de  dártelo  a  entender,  sino  que  mi  reputación 
e  honestidad  me  han  apartado  dello,  e  aun  en 
parte  el  respecto  de  la  buena  figura  en  que  tu 
discreción  hasta  agora  he  tenido.  Mas  pues  que 
ta  atreuimiento  en  tal  estremo  te  ha  traydo,  que 
en  mi  presencia  tu  fantasia  hayas  osado  publi- 
car, forjado  me  será  responderte,  no  lo  que  de- 
zirte  quería  según  mi  alteración,  mas  según  la 
vanidad  de  tu  juyzio  merece.  Lo  qual  aunque 
consejo  te  parezca  deues  tomar  por  reprehen- 
sión ;  e  digo  que  no  te  acontezca  semejante  pensa- 
miento poner  en  parte  differente  de  ti,  donde  no 
puodas  menos  hazer  de  verte  cada  hora  en  in- 
finitas necessidades  e  ai  fin  sin  ver  cabo  á  lo  que 
desseas,  que  lo  hayas  de  ver  de  tu  vida  y  de  tu 
honrra.  Mas  razón  seria  que  primero  ygoalasses 
la  medida  donde  bastas  llegar  con  el  merecer, 
que  no  que  publicasses  do  querrías  subir  con  el 
dessear  e  aun  allí,  segan  se  suele,  hallarás  tarde 
el  contentamiento  que  el  deseo  querría. 

FLAMIAMO 

Mis  ojos,  señora,  que  de  mis  males  lian  sido 
la  cansa,  no  tuvieron  juyzio  más  de  para  mira- 
ros e  ver  las  perficiones  que  Dios  en  vos  puso, 
para  que  viéndoos  pusiesen  mi  corazón  en  el 
fuego  que  arde;  llegada  alli  vuestra  figura,  no 
pudo  menos  hazer  de  lo  que  ha  hecho.  Mi  saber 
no  pudo  ser  tanto  para  temer  los  inconuenientes 
de  mi  daño  que  vuestra  hermosura  no  fuesse 
más  para  causallo  sin  poder  ser  resistido.  Pues 
llegado  aquí  mi  pensamiento  determinóse  en 


que  lo  mucho  que  el  merecer  desyguala  mi  pena 
del  desseo,  las  sobras  dclla  misma  son  tantas 
que  lo  y  guala  todo,  pues  que,  señora,  mi  inten- 
ción no  08  pide  mas  de  licencia  para  padescer, 
que  desta  suerte  cierto  no  puede  ser  reprouada 
pues  que  no  es  mala.  Ansi  que,  señora,  pues  que 
tanto  la  virtud  y  nobleza  en  vos  sobra,  no  useys 
comigo  por  el  rasero  de  la  crueza,  pues  que 
mudarse  ya  mi  cuydado  es  imposible.  E  assi  de 
vos  no  quiero  consejo;  remedio  es  el  que  pido 
pues  que  no  le  puedo  esperar  sino  de  vuestra 
mano. 

BELISENA 

No  creas  tú,  Flamiano,  que  la  pasión  o  males 
que  publicas  que  sientes,  a  mi  dellos  me  plega, 
ante  en  muchas  maneras  dello  me  pesa.  Lo  vno 
es  que  á  mi  causa  siendo  en  mi  perjuyzio  tú  los 
padezcas.  Lo  segundo  que  te  atreues  á  ponerte 
en  ello  y  aun  publicarlo.  De  suerte  que  en  mu- 
chas maneras  me  enojas  y  en  más  me  barias 
plazer  y  ser>'icio  que  dello  te  dexases.  Y  esto 
sería  seruirme  como  dizes  qucdesseas;  para  esto 
que  te  digo,  como  ya  te  hie  dicho,  los  inconue- 
nientes de  mi  estado  y  de  mi  condición  y  ho- 
nestidad me  dan  ínconuenicnt€  no  solo  para  que 
como  hago  dello  reciba  mucho  enojo,  mas  para 
que  tú  aunque  mili  vidas  como  dizes  perdiesses 
yo  dellas  haya  de  hazer  ni  cuenta  ni  memoría. 
Assi  que  lo  mejor  será  que  desto  te  apartes  e 
en  esto  me  harás  seruicio  como  dizes  que  des- 
seas y  aun  me  temas  haziendolo  contenta;  e 
pues  que  tanto  mío  eres,  según  dizes,  yo  te 
mando  que  lo  hagas,  porque  quites  tu  vida  de 
peligro  e  aun  a  mi  de  ser  enojada. 

FLAMIANO 

Quando,  señora,  la  pena  verdadera  de  amor 
como  es  la  mia  está  sellada  en  el  alma,  pues  que 
justa  razón  alli  la  haya  puesto,  en  el  cora^ou 
está  imprimida  de  suerte  que  sin  él  e  sin  ella 
no  pueda  salir  de  alli.  Pues  ¿como  quereys,  se- 
ñora, que  mi  cuydado  se  mude,  que  el  dia  pri  • 
mero  que  os  vi,  dentro  en  mis  entrañas  e  cora- 
9on  quedó  el  propio  traslado  vuestro  perfecta- 
mente esculpido,  e  después  acá  quantas  estra- 
llas  me  haucys  tirado  que  son  infinitas,  llegadas 
alli,  el  fuego  que  en  tal  lugar  hallan  las  funde, 
porque  son  de  oro  siendo  vuestras  e  fundidas 
hallan  allí  vuestra  effigia  e  de  cada  vna  dellas 
se  haze  vn  otra  semejante.  Assi  que  aunque  el 
coraron  y  el  alma  con  las  príncipales  sacassen,  el 
cuerpo  quedaría  lleno  con  tantas  que  de  aqui  a 
mili  años  en  mi  sepultura  se  hallarían  dellas 
sin  cuento,  e  aun  en  todos  mis  huessos  se  ha- 
llaría vuestro  nombre  escripto  en  cada  vno. 
Ansi,  que  señora,  si  quereys  que  de  quereros  me 
aparte,  mandad  sacar  mis  huessos  e  raer  de  alli 


QUESTION  DE  AMOR 


59 


mestro  nombre,  e  de  mis  entrañas  quitar  vues- 
tra figara,  porque  ya  en  mi  está  conuertido  en 
qae  ai  alguno  me  pide  quien  so  digo  que  Tues- 
te. E  8i  esto  a  desuario  se  me  juzgasse,  mayor 
lo  haría  quien  tal  quissiese  juzgar,  porque  no 
hay  nayde  que  con  mis  ojos,  señora,  os  mire  que 
no  conozca  ser  justo  lo  que  hago;  e  como  ya  he 
dicho,  aunque  en  la  razón  mia  encobrir  lo  qui- 
siesse  no  puedo,  porque  el  fuego  de  dentro  haze 
denunciar  a  la  lengua  la  causa.  Pero  pues  que 
en  vuestra  mano  está  matarme  o  danne  la  vida, 
e  pues  que  della  teueys  la  llane,  ved  vos  si  lo 
p<xleys  liazer  e  ganaroys  la  AÍctoria  del  tal  ven- 
cimiento. E  si  con  quitarme  la  vida  pcnsays 
acabarlo,  dudólo,  porque  aunque  del  cora9on  e 
las  otras  partes  vos  apartassedes  con  matarme, 
ni  mas  ni  menos  en  el  alma  os  qnedaríadcs,  de 
do  jamas  os  podreys  quitar  parque  es  inuiortal 
a  causa  de  estar  vos  en  ella.  E  si  de  mi  so  par- 
tiesse  donde  agora  mis  pasaiones  la  tienen  presa 
y  atonueutada,  jamas  de  yuestra  presencia  se 
partiría,  donde  con  mucho  contentamiento  esta- 
ría contino.  Assi  que  si  ag^ra  estando  couiigo 
os  enoja  ausente,  mira  que  hará  entonces  estan- 
do presente,  e  bien  sé  que  pues  agora  os  enojnys 
prir  seros  yo  de  mi  grado  captiao,  que  después 
de  yo  muerto  más  enojo  recibireys  do  vos  ma- 
tadora, e  sola  esta  gloria  que  de  mi  muerte  se 
espera  me  basta  a  mí  para  que  contento  pierda 
la  vida,  pues  que  con  ello  yo  seré  fuera  de  pena 
e  TOS  con  pesar  arrepentida.  Podreys  señora  de- 
zir  entonces  que  no  es  vuestro  el  cargo  sino  mia 
la  culpa  pues  que  yo  mesmo  me  lo  he  buscado 
y  querido  mi  dafio  contra  Tuestra  Toluntad.  En- 
tonces mi  alma  os  negará  la  partida  diziendo: 
no,  no,  no  es  ansi,  que  el  cargo,  señora,  tuyo  es 
pues  que  tan  cruelmente  tan  mal  le  trataste  no 
pidiéndote  más  bien  de  licencia  para  sofrir  su 
mal  sin  ninguna  offeusa  tuya  ni  más  gloria 
soya. 

BELISENA 

Si  sofrirte  lo  que  faces  me  offende,  oyrte  lo 
qae  dises  me  perjudica  y  enoja;  ¿qué  hará  res- 
ponder a  la  vanidad  de  tus  razones?  Yo  te  he 
ya  dicho  lo  que  te  cumple,  bastarte  deue  para 
no  esperar  masr  disputa  en  este  caso  de  lo  que 
te  conniene.  No  delibero  mas  sobre  ello  hablarte, 
poraae  creo  que  tu  discreción  te  hará  dcteruii- 
nar  lo  que  te  cumple.  Los  mios  Tienen,  quédate 
con  DioB  y  créeme  hazíendo  lo  que  te  tengo  di- 
cho. 

FLAXIANO 

Digo,  sefiora,  finalmente  que  no  puedo  porque 
ni  mi  voluntad  a  ello  no  puede  doblarse,  ni  mi 
qaerer  puede  dello  quitarse,  e  aunque  aquí  tan 
lolo  de  bien  e  tan  aci»mpafiado  de  posar  me  de- 
xeis,  digo  que  allá  donde  tos  Tays,  allá  Toy,  y 


aunque  vos  vays,  aqui  quedays  donde  yo  ípodo, 
porque  ni  allá,  ni  acá,  ni  en  ninguna  parte  don- 
de yo  me  halle,  nunca  vuestra  vista  de  mis  ojos 
se  quita,  sino  que  en  mi  fantasía  do  quiera  que 
estoy 8,  do  quier  que  estén,  los  dos  juntos  esta- 
mos. E  si  esto,  señora,  no  creoys,  mis  obras  os 
liaran  dello  testigo. 

Al  fin  la  señora  Belísona  se  partió  con  Isiana 
e  muy  enojada,  a  lo  que  mostraua,  e  llegó  a  la 
compañía  de  los  suyos.  Flamiano  quedó  a  solas, 
fuesse  por  otra  via  con  el  consuelo  que  pensar 
podeys ;  en  aquella  noche  todos  los  caualleros  ce- 
naron con  el  señor  cardenal,  donde  se  concertó 
do  yr  venidos  de  la  ca^a  a  vnos  baños  que  ocho 
millas  de  la  ciudad  están  de  la  mar,  en  vn  muy 
hermoso  lugar  que  Virgiliano  se  llama,  porque 
supieron  que  la  señora  duquesa  e  la  príncesa  de 
Salusano  con  otras  muchas  damas  se  yuan  por 
estar  allí  todo  el  mes  de  Abril,  como  cada  año 
las  damas  y  señoras  de  Noplesano  acostumbran 
hazer.  Visto  Flamiano  que  esta  jornada  se  le 
aparejaua  conforme  a  su  desseo,  suplicó  al  señor 
cardenal  que  ordenase  vn  juego  de  cañas  para 
el  segundo  día  de  pasqua  que  todas  las  damas 
ya  a  Virgiliano  serian  venidas.  De  lo  qual  el  se- 
ñor cardenal,  fue  tan  contento  que  se  ofreció 
tener  el  tu  puesto  con  la  meytad  de  aquellos 
caualleros,  dosta  manera:  que  los  de  su  puesto 
saldrían  a  la  estradíota  vestidos  como  turcos  con 
mascaras  y  rodelas  turquescas,  vestidos  t^dos  de 
las  colores  que  su  señoría  les  daria,  y  que  juga- 
rían con  alcanzias.  £  que  Flamiano  tuviesse  el 
otro  puesto  a  la  gineta  con  los  otros  caualleros 
que  allí  príniero  se  hallaron  en  la  caya.  E  que 
ante  que  al  puesto  saliessen,  que  saliessen  ellos 
todos  juntos  e  comen^Assen  su  juego  de  cañas 
partidos  por  medio.  En  el  qual  juego  él  con  sus 
turcos  llegaría  como  hombre  que  viene  de  fuera, 
e  assi  juntados  ellos  todos,  comen9arían  el  otro 
juego  contra  los  que  en  él  TÍniessen.  E  ansi  el 
señor  cardenal  tomó  a  cargo  de  suplicar  a  la 
sefiora  princesa  que  para  aquella  noche  conbi- 
dase  a  la  señora  duquesa  e  á  Belísona,  con  to- 
das las  otras  damas  que  allí  se  hallassen,  para 
que  en  su  posada  aquella  noche  passado  el  jue- 
go todas  cenassen  y  allí  hiziosscn  la  fiesta.  Pues 
acabada  la  cat/a,  donde  a  dos  días  con  mucho 
plazer  los  Tnos  e  los  otros  todos  juntos  a  la 
ciudad  se  tornaron. 

Donde  después  de  llegados,  Flamiano  acordó 
de  enbiar  a  Folisol  a  visitar  a  Vasquiran  con  el 
qual  acordó  rospondelle  a  su  carta.  E  despa- 
chado que  le  houo,  Folisol  se  partió,  e  Uegado 
a  Folernissa  donde  halló  a  Vasquiran,  después 
de  hauer  hablado  mucho  con  él  en  especial  de 
las  cosas  déla  ca^a  e  lo  que  en  ella  se  era  segui- 
do, la  carta  de  Flamiano  le  dio,  la  qual  en  esta 
manera  razonaua. 


60 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


CARTA  DE  FLAMIANO  A  VASQUIRAN 
EN    RESPUESTA    DE   LA    SUYA    POSTRERA 

No  quiero,  Vasquiran,  dexarme  de  responder 
a  tus  cartas  e  quexas,  si  quiera  porque  no  pien- 
ses que  razón  me  falta  para  ello,  como  a  ti 
crees  que  te  sobra  para  lo  que  hazes.  Yo,  si 
bien  me  entiendes,  no  digo  que  de  la  muerte  de 
Violina  no  te  duelas  como  es  razón  que  lo  ha- 
gas, mas  que  los  estremos  dexcs  c  apartes  de  ti, 
pues  que  in  genere  son  reprobados;  porque 
como  ya  te  he  dicho  y  tú  dizes,  tus  lastimas 
todas  la  muerte  las  ha  causado,  y  en  verdad  al 
parecer  estas  son  las  mas  crudas  de  sofrir,  y  al 
ser  las  mas  lenes  de  conortar,  pues  como  dicho 
tengo,  el  tiempo  e  la  razón  naturalmente  las 
madura  e  aplaca  de  tal  suerte  que  assi  como  la 
carne  muerta  en  la  sepultura  se  consume,  assi 
el  dolor  que  dexa  en  la  viua.  se  resfria.  Porque 
si  assi  no  fuesse,  muchas  madi'es  que  ardiente- 
mente los  hijos  aman  e  los  pierden,  por  ser 
frágiles  para  soffrir  el  dolor  con  la  braueza  del, 
con  la  ñaqueza  de  la  complision,  si  este  remedio 
el  t  iempo  naturalmente  no  les  pusiesse,  las  mas 
dellas  del  seso  o  de  la  vida  vernian  a  menos,  e 
aun  algunos  padres  lo  mismo  harian,  e  otras 
muchas  personas  que  de  conjunto  amor  conten- 
tos acompañados  viuian  como  tú  hazias.  Em- 
pero como  he  dicho  el  natural  remedio  lo  reme- 
dia continuamente,  e  donde  este  faltasse  o  si 
assi  no  fuese,  digo  que  por  razón  más  obligado 
serias  según  quien  eres  a  hazer  lo  que  digo  que 
lo  que  hazes,  por  muchas  causas  que  ya  te  tengo 
dichas,  porque  como  sabes,  la  estremidad  del 
plañir  nace  de  la  voluntad,  la  virtud  del  soffrir 
es  parte  de  la  razón. 

Pues  mira  quan  grande  es,  nuestra  dif ferencia 
entre  la  voluntad  e  la  razón.  Lo  vno  parte  de  dis- 
creción e  cordura;  lo  otro  o  es  o  está  a  dos  dedos 
de  locura,  en  especial  que  los  virtuosos  varones 
más  son  conocidos  en  las  aduersidades  por  su 
buen  seso  e  sofrimiento  que  no  en  las  prosperida- 
des por  grandezas  ni  gouierno;  porque  lo  vno 
muchos  respectos  lo  pudieron  causar  parahazer- 
se,  lo  otro  sola  virtud  lo  templa  para  sofrirse. 
Assi  que  por  todas  las  partes  verás  que  por  fuer- 
za tu  dolor  hade  menguar.  Mas  ¿qué  haré  yo  que 
si  sola  vna  vez  que  vi  a  la  que  mi  mal  ordena, 
de  tantos  malos  me  fue  causa?  en  las  otras  que 
la  veo  ¿qué  puedo  sentir?  Su  ausencia  me  ator- 
menta de  passion;  su  presencia  me  condena  de 
temor;  su  condición  e  valer  me  quitan  cspe- 
ranya;  mi  suerte  y  ventura  me  hazen  descon- 
fiar. Mi  pena  me  da  congoxa  incomportable. 
Lo  que  siento  me  haze  dessear  la  muerte;  re- 
medio en  mi  no  le  hay;  della  no  se  espera. 
E  assi  tengo  más  aparejado  el  camino  de  des- 
esperar que  abierta  la  puerta  de  esperanya  para 
ningim  bien. 


Assi  que  por  Dios  te  ruego  que  comiences  á 
poner  consuelo  en  ti,  porque  puedas  presto  con 
tu  compañía  venir  a  poner  remedio  en  mí,  y 
con  tal  confían9a  me  quedo  cantando  este  vi- 
llancico que  a  mi  proposito  haze  y  a  mi  pesar 
he  hecho. 

Yo  consiento  por  seruiros 
mi  muerte  sin  que  se  sienta 
vos  señora  no  contenta. 

El  primer  dia  que  os  vi 
tan  mortal  fue  mi  herida 
que  en  veros  me  vi  sin  vida 
y  el  viuir  se  vio  sin  mi , 
pues  que  en  viéndoos  consentí 
mis  males  que  son  sin  cuenta, 
vos  señora  mal  contenta. 

Consentí  verme  sin  ella 
solamente  por  miraros 
y  por  solo  dessearos 
tune  por  bueno  perdella; 
y  más  que  los  males  della 
quise  qn'el  alma  los  sienta 
y  vos  dello  descontenta. 

Consentí  que  mi  tormento 
tan  secreto  fuese  y  tal, 
que  el  menor  mal  de  mi  mal 
dicsse  muerte  al  sentimiento; 
quise  más  qu'el  soffrimiento 
que  lo  suffra  y  lo  consienta 
por  hazeros  más  contenta. 

De  suerte  que  mis  sospiros 
aunque  sean  sin  compás 
los  quiero  sin  querer  mas 
de  quereros  y  seruiros, 
sin  más  remedio  pediros 
de  la  muerte  que  m'afrenta 
que  veros  deDa  contenta. 

LAS  COSAS  QUE  VASQUIRAN  CONTÓ  A  FELI8BL 
DESPUÉS  DE  LEYDA  LA  CARTA,  QUE  LE  HA- 
UIAN  SEGUIDO  YENDO  A  CA<;?A 

Después  de  leyda  Vasquiran  la  carta  que 
Felisel  le  dio,  hablando  de  muchas  cosas  Feli- 
scl  le  contó  todas  las  cosas  de  la  ca9a,  assi  de 
los  caualleros  y  damas  que  en  ella  fueron  como 
de  los  atauios  que  todos  sacaron,  e  aun  parte 
de  lo  que  su  señor  con  Belisena  passó  hablán- 
dose con  ella  a  solas.  Pues  hauicndolo  todo 
muy  bien  relatado,  otro  dia  paseandosse  los 
dos  como  otras  vezes  solian  por  vna  sala,  Vas- 
quiran le  comento  á  dezir: 

Pues  que  ayer,  Felisel,  me  contaste  todos  los 
mysterios  de  la  caya  que  allá  haueys  tenido,  e 
aun  lo  que  a  tu  señor  en  ella  le  siguió,  quiero 
contarte  lo  que  a  mi  en  otra  me  ha  acontecido. 
Flamiano,  como  dizes,  fue  por  acompañar  a 
quien  de  enamorados  pensamientos  acompaña- 


QUESTION  DE  AMOR 
do  le  tiene  e  aun  por  dar  con  su  TÍsta  descanso 
a  ana  ojos.  Yo  por  acompañar  a  mi  soledad  de 
mu  Boledsd  e  por  dar  a  los  mios  con  ella  de  la- 
grimas más  compañía  con  meaos  atsuios  e  mas 
angustias  la  semana  paseada  tambicn  me  fuy  á 
caya,  en  la  qital  me  aconteció  lo  qnc  agora  oyras. 


Gl 


BECDSMTA  TASQUIBAÍT  A  F2LISBL  LO  QCR  LE 
ACOHTECIO  EK  LA  CAi;A,  8  LA  OBRA  QUE 
80BBK  ELLO  HIZO 

Estando  con  sus  canes  estos  mis  seraidores 
en  sns  paradas  puestos  como  jo  los  hania  denta- 
do, contecio  que  vn  cierro  e  ras  cieña  juntos 
en  la  vna  dellaa  dieron,  de  que  dadas  laxas  a  los 
perros  comeDyaron  a  seguirlos  por  vua  llanura 
qne  cntrellos  e  un  bosque  se  hazia.  E  siendo 
los  canes  maj  buenos  dicronles  vn  alcance  eji 
el  cual  la  cierna  se  houo  de  apartar  de  su  com- 
pañía e  Tino  a  dar  donde  yo  estaiia,  por  su  des- 
ventura e  la  mia,  e  assi  como  yo  la  vi  venir  so- 
lile  por  gI  traues  adelante  e  ante  que  al  bos- 
que Uegasse  la  maté.  Llegados  alli  parte  destos 
mia  seruidorcB,  porque  ya  era  algo  tarde  mán- 
dela cargar  sobre  vna  azemila  con  la  otra  ua<;n 
que  muerto  haniamos,  y  yo  comencé  a  venirme 
U  via  de  aquella  eredad  mía  a  donde  la  otra  ve/, 
me  hallaste,  e  scjeudo  ys  a!  aquanto  del  losque 
alongados,  sentimos  los  mayores  bramidos, del 
mundo,  los  quales  por  nos  oydos,  paramos  por 
saber  qné  podria  ser,  e  vimos  venir  vn  cierno  que 
en  el  bosque  se  nos  era  entrado  bramando,  y  era 
el  que  en  compafiia  de  la  cierna  venia,  el  qual  ní 
por  el  temor  de  los  canes  que  al  encuentro  le 
salieron,  ní  por  lo  que  los  mios  le  ocuparon  ja- 
mas dex<i  de  hazer  su  via  basta  llegar  al  sze- 
mila  do  la  cierna  venia  cargada.  E  como  yo  lo 
TÍ  pense  lo  que  podia  ser  como  fue,  aunque  mi- 
lagro parezca,  e  assi  mandé  que  ninguno  le  lii- 
zícEse  daño.  Pues  llegado  que  fue  do  su  dolor 
lo  gnisua,  comengo  á  dar  de  nuevo  inuy  mayo- 
res bramidos  derramando  de  los  ojos  infinitas 
lagrimas.  Como  tal  le  v¡  bazer  tanto  dolor,  co- 
mento a  re[reBcar  en  mi  llaga,  que  temiendo  en 
mi  algún  desmayo  que  afrenta  me  hiziesse, 
mandé  lo  dexaesen  estar  e  segni  uii  camino  para 
doude  él  jvn,  mas  como  nos  vido  partir,  con 
mayores  genñdos  comenco  s  si'guinios  íiasta 
llegar  do  yo  yva,  de  donde  jomas  se  ea  par- 
tido. Como  cato  ví  mondé  que  a  la  cierna  dcso- 
Uassen  el  cuero  c  lo  hinchiesscn  de  feno  c  den- 
tro en  el  jardín  lo  colgassen  en  \'ua  lonja  que 
en  el  bay  tan  alto  que  el  ciervo  solamente  pu- 
diesse  alcanzar  a  su  cabera.  E  desde  aquel  dia 
que  alli  lo  pusieron  mandé  meter  dentro  al  cier- 
no e  jamas  de  donde  la  cierua  está  se  es  partido, 
■alno  cuando  costrefiido  de  la  bambrc  algiin 
poco  por  la  hnerta  a  pacer  se  aparta.  Piisomc 
tanta  tristeza  ser,  Feíisel,  lo  que  te  he  contado, 


que  después  de  hancr  cenado  a  solas  rctraydo 
en  mi  cauíara,  veniendomc  a  la  memoria  todas 
mis  glorias  pasadas  y  la  congoxa  presente,  juz- 
gando por  lo  que  este  irracional  bazia  lo  que 
de  razón  yo  deuia  bazer,  con  infinitas  lagri- 
mas comencé  contra  mi  maldiziciido  mi  dcs- 
nentura  a  dezir  infinitas  e  niuy  lastimeras  pa- 
labras, tantas  que  largo  aeria  Contarlas.  8alu>> 
que  estando  assi  yo  me  aenti  assi  venir  a  menos 
el  sentido  e  no  sé  si  traaportado  del  juyKio  o  si 
de  do'or  y  del  aueño  vencido,  yo  vi  en  visión  to- 
das laa  cosas  que  o  tu  amo  embio  dentro  en  una 
carta  que  le  tengo  ya  cscripto,  lo  qua]  verás  en 
versos  rimados  conpnestos  más  como  supe  que 
como  dcniero  o  quisiera,  E  después  hize  sobre 
este  caso  deste  cierno  esto  canción,  la  quol  no 
be  querido  que  tu  amo  la  vea,  por  que  no  lioUo 
en  ella  con  que  responder  o  mi  carta  como  suele. 

iQue  dolor  puedo  quexar 

de  mis  angustias  c  males 
viendo  que  los  animales 
mayor  sienten  mi  pesar? 

Quexaré  de  mi  dolor 
que  es  tan  crudo  su  tormento 

Íue  vn  bruto  sin  sentimiento 
:  siente  muebo  mayor, 
de  pesar  que  yo  le  siento, 
nios  lio  se  puede  ygiialar 
con  mis  angustias  mortales 
porque  eU  alma  de  mis  males 
mayor  siente  mi  pesar. 

Acabado  que  houo  de  decirle  la  canción  le 
diio:  Feüsel,  yo  querría  que  maílana  tc  par- 
tiessoB,  porque  lleTasses  a  Flamiano  vn  cauallo 
mió  de  la  gineta  con  vu  gentil  jaez,  que  agora 
poco  ha  me  lian  traydo  de  EspaQo,  porque  apro- 
ueche  para  el,  pues  que  a  mf  ya  scniír  no  me 
puede.  Querría  que  Ilegasaes  a  tiempo  que  para 
el  juego  de  las  caSas  que  me  has  dicho  le  sir- 
uiesse.  Otro  dia  recebído  Felisel  el  cauallo  e  k 
carta  se  partió.  B  llegado  a  Noplesano,  halló 
que  Flamiano  con  todos  los  couallcros  eran  ya 
partidos  para  Virgiliano,  porque  la  señora  du- 
quesa e  la  princesa  con  todas  las  damas  ya  es- 
tañan alli.  üoiide  otro  dia  Feüsel  llegó,  con  el 
qual  Flamiano  holgó  mucho  e  bono  mucho  pla- 
zer  de  ojrle  contar  lo  que  a  Vasquiran  hauia 
acontecido  e  también  con  el  cauallo  que  era  muj 
bueno  y  el  jaea  muy  rico,  en  especial  llegando  a 
tal  tiempo.  Y  recebida  la  carta  comentóla  a  leer 
la  quol  assi  dezia. 


Qiianto  mejor  seria,  Flamiono,  que  a  c«ta 
question  pusicssemos  silencio  que  no  proseguir- 
lo, puesque  tan  poco  prouecho  a  los  dos  nos  acar- 


G2 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


roa.  Tú  me  dizcs  que  no  uie  rcpnieuas  porque 
de  mi  mal  me  duelo  pues  que  es  razou  que  lo 
baga,  sino  que  no  deuo  tanto  en  estremo  doler- 
me.  Mi  mal  quisiera  yo  que  limitaras  que  no 
fuera  tan  grande,  que  mi  tristeza  pequeña  es 
para  con  el.  Dizes  que  como  la  carne  muerta  en 
la  sepultura  se  consume,  assi  el  dolor  que  dexa 
en  la  viua  se  resfria;  falso  es  esse  argumento 
pues  en  mi  que  lo  prucuo  por  el  contrario  lo 
veo.  Tornasme  a  alegar  las  mugeres  que  perde- 
rían el  sentido  si  por  esto  no  fuesse.  A  la  fe  por 
ser  ellas  flacas  de  sentido  e  frágiles  pierden 
dello  la  memoria,  que  no  por  lo  que  dizes.  Si 
honesto  me  fuesse  alegarte  cosas  de  nuestra  fe, 
vna  cosa  te  diria  de  la  que  no  tuvo  par,  que  en 
tal  caso  hizo,  con  que  callasses.  También  me 
alegas  como  philosopho  lo  que  de  la  voluntad  o 
de  la  razón  parte,  quál  es  auto  mas  virtuoso,  e 
das  lexos  del  torrero,  que  los  que  desso  han 
glossado,  en  especial  Juan  de  Mena  e  umchos 
no  ponen  contraste  en  tal  caso,  entre  la  volun- 
tad e  la  razón,  sabio  de  aquellos  apetitos  que 
vioiosaínente  nmestra  naturaleza,  desseo  volun- 
tario, que  el  dolerse  nadie  de  la  cosa  amada  de 
j>uro  amor  e  gratitud  y  contentamiento  que  le 
tenia,  le  parte  viéndola  perdida.  Pues  estos 
autos  virtuosos  y  razonables  son,  que  no  volun- 
tad voluntaria.  Ansi  que  no  te  cale  philosophia 
comigo  que  poco  te  aprouecharia  ni  a  Aristó- 
teles si  mi  mal  sintiera.  Mas  sabia  el  Petrarca 
que  no  tú  ni  yo,  mas  ya  sabes  lo  que  respondió 
siendo  juzgado  porque  a  cabo  de  veynto  años 
que  madama  Laurea  era  muerta  la  plañia  e  la 
seniia,  quando  dixó:  ¿Que  salud  dio  a  mi  herida 
quebrarse  la  cnerda  del  arco?  Nunca  de  tu  mal 
vi  ningún  mártir  e  del  mió  veras  todas  las  poe- 
sias  y  escripturas  dende  que  el  mundo  se  co- 
mento hasta  albora  llenas,  de  lo  que  aun  la  san- 
gre del  mártir  Garcisanchez  viua  tenemos  e  no 
oluidada  la  del  mesmo  Petrarca  que  te  he  dicho, 
sin  otros  infinitos  que  dellos  no  se  escriue.  Tú 
no  hallas  remedio  para  ti  que  cada  día  hablas 
o  puedes  hablar  a  quien  te  pena;  quieresle  ha- 
llar para  mi  que  no  le  tengo.  También  me  dizes 
que  la  primera  vista  tanto  tanto  mal  te  cansó, 
¿que  sentirás  en  las  otras?  Digo  que  la  prime- 
ra Tez  te  enamoró,  las  otras  te  reenamoran, 
todo  el  mal  que  te  cansa  su  ausencia  es  desseo 
de  verla.  El  que  te  haze  su  presencia  es  desseo 
de  codiciarla.  En  fin,  son  vanidades  que  la  vna 
con  la  otra  se  texen ;  mas  si  lo  quieres  ver,  mira 
qual  pena  es  mayor:  la  que  sientes  viendo,  o  la 
que  ausente  padozes  por  ver;  aqui  juzgarás  mi 
mal  qué  tal  es.  En  fin,  que  tú  careces  de  con- 
sejo e  confíam;a,  yo  de  consuelo  y  esperanza; 
tú  buscas  compañía,  yo  huyo  della;  tú  des- 
seas gozar,  yo  morir;  lo  que  tú  no  dessearas  si 
quiera  por  ver  a  Belisena.  Mira  qué  mal  te  cau- 
sa verla.  Assi  que  en  esto  no  habría  cabo,  crée- 


me, y  dexalo  estar;  y  pues  que  lo  que  en  la  ca^s 
te  aconteció  me  has  hecho  saber,  Felisel  te  con- 
tará lo  que  a  mi  en  otra  me  ha  seguido,  sobre 
lo  qual  hize  esta  obra  que  aqui  te  embio. 

VISION  DE  AMOR  EN  QUE  VASQUIRAN  CUENTA 
LAS  COSAS  QUE  VIO  ESTANDO  TIIA3PÜEST0 
Y  LO  QUE  HABLO  Y  LE  RESPONDIERON. 

Combatido  de  dolores 
o  penosos  pensamientos, 
desesperado  d'amores, 
congoxado  de  tormentos, 
vi  que  mis  males  mayores 
turbauan  mis  sentimientos, 
e  turbado, 

yo  me  puse  de  cansado 
a  pensar 

las  tristeyas  e  pesar 
que  causauan  mi  ouydado. 

E  vi  que  la  soledad 
teniéndome  conpañia 
no  me  tiene  piedad 
de  las  ponas  que  sentia, 
mas  con  mucha  crueldad 
lastimaua  mi  porfia 
de  dolor 

diziendome:  pues  que  amor 
te  tiene  tal, 

no  te  quexes  de  mi  mal 
qu'es  de  todos  el  mayor. 

(Responde  Viuqutran  á  la  soledad,) 

Si  el  menor  mal  de  mi  mal 
eres  tú  e  de  mis  enojos 
teniéndome  siempre  tal 
que  me  sacas  a  manojos 
con  rabia  tríste  mortal 
las  lagrimas  a  los  ojos 
de  passion 
sacadas  del  coraron 
donde  están, 
dime  qué  t«les  serán 
los  que  mas  crueles  son. 

(Prosigue,) 

Con  mi  soledad  hablando 
sin  tornar  a  responderme, 
ni  dormiendo,  ni  velando, 
ni  sabiendo  qué  hazenue 
en  mis  males  contemplando, 
comencé  a  trasponerme 
no  dormido 

mas  traspuesto  sin  sentido 
no  de  sueño 

mas  como  quien  de  veleño 
sus  ponzoñas  h»  beuido. 


QUE8TI0N  DE  AMOR 


03 


Pues  sintiendo  desta  suerte 
mis  sentidos  ya  dexarme 
aun  qn'el  dolor  era  fuerte 
comencé  de  consolarme; 
dixe:  cierto  esto  es  la  muerte, 
que  ya  viene  a  remediarme 
según  creo; 

mas  dudo  pues  no  la  too 
qu*esta  es  ella 
por  hazer  que  mi  querella 
cre7iCa  mas  con  su  desseo. 

Y  con  tal  medio  turbado 
mas  qu'en  ver  mi  vida  muerta, 
aunque  del  pesar  cansado 
comencé  la  vista  abierta 

a  mirar  e  vi  en  vn  prado 

vna  muy  hermosa  huerta 

de  verdura, 

yo  dudando  en  mi  ventura 

dixe:  duermo 

y  en  sueño  qu'esto  es  vn  yermo 

como  aqui  se  me  figura. 

Y  assi  estando  yo  entre  mi 
tarl)ado  desta  manera 
comencé  quexarme  assi; 

no  quiere  el  morir  que  uniera; 

luego  mas  abaxo  vi 

vna  hermosa  ribera 

que  baxaua 

de  vna  montaña  qn^estaua 

de  boscaje 

muy  cubierta,  e  vi  vn  saluaje 

que  por  ella  passeaua. 

Vilc  que  volvió  a  mirarme 
cou  vn  gesto  triste  y  fiero, 
yo  comencé  de  alegrarme 
e  a  decir:  si  aqui  le  espero 
este  viene  a  remediarme 
con  la  muerte  que  yo  quiero, 
mas  llegado 
vile  muy  acompañado 
que  traya 

gente  que  mi  compañía 
por  mi  mal  haoian  dexado. 

(Admiración.) 

Gomenceme  de  admirar 
dudando  si  serían  ellos, 
por  mejor  determinar 
acorde  de  muy  bien  vellos 
tomándolos  a  mirar 
y  acabé  de  conocellos 
claramente, 

dixe  entre  mi:  ciertamente 
agora  creo 

qu^es  complido  mi  desseo 
pues  que  a  mi  toma  esta  gente. 


(Declara  quien  riene  con  el  saluaje 
e  (le  la  manera  (¡fie  tiene.) 

Mis  plazeres  derramados 
venian  sin  ordenanza 
guarnecidos  de  cnydados, 
ya  perdida  su  esperanza, 
dizieudo:  fuynios  trocados 
con  la  muerte  y  la  mudanza 
que  ha  nmdado 
nuestras  glorias  en  cuydado 
de  dolor 

pues  do  el  gozo  era  mayor 
mis  triste<;as  ha  dcxado. 

Vi  mi  descanso  al  costado 
con  vna  ropa  pardilla 
de  trabajo  muy  causado 
asscntado  en  vna  silla 
de  dolor  bien  lastimado 
publicando  su  mancilla 
e  su  piísar, 

comentando  de  cantar 
esta  canción: 
no  me  dexe  la  passion 
un  momento  reposar. 

Venia  el  contentamiento 
más  cansado  vn  poco  atrás 
con  esquino  pensamiento 
sospirando  sin  compás, 
diziendo:  de  descontento 
no  espero  plazer  jamas 
que  me  contente, 
pues  murió  publicamente 
quien  causaua 
el  bien  que  me  contentaua, 
ya  plazer  no  me  consiente. 

Mi  esperanza  vi  primera 
de  amarillo  ya  vestida 
quexando  desta  manera: 
donde  s'acabó  la  vida, 
¿qué  remedio  es  el  que  espera 
la  esperan^A  qu'es  perdida 
e  acabada? 

verse  mas  desesperada 
de  remedio 

pues  que  en  el  mal  do  no  hay  medio 
s 'espera  pena  doblada. 

También  vi  a  mi  memoria 
cubierta  de  mi  dolor 
recordándome  la  gloria 
que  senti  siendo  amador, 
e  con  ella  la  vitoria 
de  los  peligros  d*amor 
ya  passados 

porque  no  siendo  oluidados 
fuessen  vinos 
para  hazer  mas  esquiuos 
mis  males  e  lastimados. 


6-4 


Mi  desseo  vi  venir 
postrero  con  gran  pesar 
e  sentile  assi  dezir: 
lo  mejor  es  acabar 
pues  que  s'acabo  el  viuir: 
¿qué  puedo  ya  dessear 
sino  la  muerte 
para  que  acabe  y  concierte 
que  fenezca 
mi  dessear  e  padezca 
lo  que  ha  querido  mi  suerte. 

(Pregunta  quien  es  el  saluaje 
y  responde  el  Desseo,) 

Como  a  mí  los  vi  llegar 
aunque  muy  turbado  estaua 
comencé  de  demandar 
quien  era  el  que  los  guiaua 
que  con  tan  triste  pesar 
de  contino  me  miraua 
desnudado: 

este  es  el  tiempo  passado 
de  tu  gloria 

el  que  agora  tu  memoria 
atormenta  con  cuydado. 

(El  Desseo,) 

Este  que  miras  tan  triste 
con  quien  vees  que  venimos, 
este  es  el  que  tú  perdiste 
por  quien  todos  te  perdimos, 
que  después  que  no  le  vimos 
nunca  vn  hora  mas  te  vimos 
ningún  dia 

e  dexo  en  tu  compañía 
que  te  guarde 
soledad,  la  que  muy  tarde 
se  va  do  hay  alegria. 

Pues  aquella  a  quien  fablauas 
diziendo  que  mal  te  trata 
e  aunque  dclla  te  quexauas 
no  es  ella  la  que  te  mata 
mas  es  la  que  desseauas, 
triste  muerte  cruda  ingrata 
robadora 

que  te  quitó  la  señora 
cuyo  eras 

e  no  quiere  que  tú  mueras 
por  matarte  cada  hora. 

(Responde  y  pregunta,) 

Quien  comigo  razonaua 
claramente  lo  entendía, 
mas  tan  lexos  de  mi  estaua 
que  aunque  muy  claro  le  oya 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

la  distancia  me  quitaua 

que  ya  no  le  conocía, 

6  atordído 

dixe:  bien  os  he  entendido 

mas  no  veo 

quídn  soy 8  vos.  Soy  tu  desseo 

que  jamas  verás  compiído. 


(Pregunta  á  su  desseo  y  respóndele.) 

Demándale,  como  estas 
tan  apartado  de  aquí 
que  yo  siento  que  me  das 
mil  congoxas  dentro  en  mi? 
Dixo:  nunca  me  veras 
qu*estoy  muy  lexos  de  ti, 
sé  que  desseas 
verme,  pero  no  lo  creas, 
porque  amor 
no  consiente  en  tu  dolor 
por  saluarte  que  me  veas. 

Qu'este  jardín  que  aquí  esta 
con  tantas  rosas  y  flores 
es  el  lugar  que  se  da 
a  los  buenos  sofridores 
que  con  mucha  lealtad 
en  su  mal  sufren  dolores, 
y  es  ley  esta 

y  an  los  amadores  puesta 
por  razón 

que  gana  tal  galardón 
el  que  mas  caro  le  cuesta. 

(Replica,) 

Quando  bien  lo  houe  entendido 
tanto  mal  creció  en  mí  mal, 
que  ya  como  aborrecido 
dixe  con  rabia  mortal: 
¿quién  ha  tanto  mal  sofrido 
que  del  mío  sea  ygual 
en  nada  del? 

pues  porqué  sí  es  tan  cruel 
bien  no  merezco 
la  muerte  pues  la  padezco 
con  la  misma  vida  del? 

Quanto  más  que  yo  no  quiero 
mi  suerte  más  mejorada, 
ni  más  beneficio  espero 
que  la  muerte  ver  llegada, 
pues  qu'en  desealla  muero 
máteme  de  vna  vegada 
con  matar, 

e  sí  esto  amor  quiere  dar 
que  a  ti  te  plaze, 
poco  es  el  bien  que  te  haze 
pues  da  fin  a  tu  pesar. 


QUESTION  DE  AMOR 


65 


(El  Desseo  replica,) 

Que  la  pena  aborrecida 
con  qne  tú  te  desesperas 
es  que  mueres  con  la  yida 
ante  qn'en  la  muerte  mueras, 
que  es  la  gloría  conocida 
de  todo  el  bien  que  ya  esperas, 
j  essa  fue 

con  quien  Petrarca  y  su  fee 
ganó  la  toz 
de  mártir,  e  Badajoz 
sin  otros  mili  que  yo  sé. 

(Cuenta  como  vio  su  amiga.) 

Escuchándole  turbado 
sin  saber  qué  responder 
tí  venir  por  medio  un  prado 
quien  causaua  mi  plazer 
y  agora  con  su  coydado 
tan  triste  me  haze  ser; 
pues  en  relia 

yo  me  fuy  muy  rezio  a  ella, 
e  allegado 
nie  yidc  resuscitado 
quando  pude  c(»nocclla. 

(Habla  Vasquiran  a  su  amiga,) 

Viéndome  con  tal  yitoria 
comencele  de  dezir: 
mi  bien,  mi  dios,  y  mi  gloria, 
¿cómo  puedo  yo  yiuir 
Tiendo  yiua  tu  memoria 
después  que  te  vi  morir? 
¿No  bastaua 
el  dolor  que  yo  pasaua 
a  no  matarme? 
pero  no  quería  acabarme 
porque  yo  lo  desseaua. 

(Responde  Violina,) 

Gomen90  de  responderme: 
ya  sé  quanto  yiues  triste 
en  perderte  y  en  perderme 
el  dia  que  me  perdiste: 
e  sé  que  en  solo  no  verme 
nunca  más  descanso  viste, 
e  también  sé 
qne  t'at-ormenta  mi  fe, 
e  assi  siento 

más  mal  en  tu  sentimiento 
qu'en  la  muerte  que  passé. 

Pero  deues  consolarte 
e  dexarme  reposar 
pues  que  por  apassionarte 
no  me  puedes  ya  cobrar 
ni  menos  por  tú  matarte 
podré  yo  resuscitar, 

ORÍQENBB  DE  LA  NOVEL  \.— -5 


e  tu  pena 

a  los  dos  ygual  condena, 

e  tu  dolor 

lo  sintieras  muy  mayor 

si  me  vieras  ser  agena. 

(Responde  Vasquiran,) 

Todo  el  mal  que  yo  sentia 
y  el  tormento  que  passaua, 
si  penaua,  si  moría, 
tu  desseo  lo  causaua, 
que  jamas  noche  ni  dia 
nunca  vn  hora  me  dexaua, 
mas  agora 

que  te  veo  yo,  señora, 
yo  no  espero 

más  dolor  ni  más  bien  quiero 
de  mirarte  cada  hora. 

(  Violina,) 

Tú  piensas  que  soy  aquella 
que  en  tu  desseo  desseas 
e  que  acabas  tu  querella; 
no  lo  pienses  ni  lo  creas 
bien  que  soy  memoria  della, 
mas  no  esperes  que  me  veas 
ya  jamas, 

que  aunque  comigo  estás 
soy  visión 

metida  en  tu  coraron 
con  la  pena  (}uc  le  das. 

Tus  males  y  tus  enojos 
con  tu  mucho  dessear 
te  pintan  a  mi  en  tus  ojos 
que  me  puedas  contemplar, 
pero  no  son  sino  antojos 
para  darte  más  pesar 
e  más  despecho, 
que  mi  cuerpo  ya  es  dessecho 
e  consumido 

y  en  lo  mesmo  convertido 
de  do  primero  fue  hecho. 

(  Vasquiran.) 

Casi  atónito  en  oylla 
como  sin  seso  turbado, 
quisse  llegarme  y  asilla, 
e  hálleme  tan  pesado 
como  quien  la  pesadilla 
sueña  {{we  le  tiene  atado 
de  manera 

que  no  pude  aun([ue  quisiera 
más  hablallc, 
e  assi  la  vi  por  el  valle 
tornarse  por  do  viniera. 

Quando  tal  desdicha  vi 
causada  sin  mas  concierto 
luego  yo  dixe  entre  mi: 
ciertamente  no  soy  muerto; 


CG 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


estando  en  esto  sentí 

mi  paje  y  vime  despierto 

acostado 

sobre  vn  lecho,  tan  cansado 

que  quisiera 

matarme  sino  temiera 

el  morir  desesperado. 

Vime  tan  aborrecido 
que  comencé  de  dezir: 
tanto  mal  mi  nial  ha  aido 
que  me  desecha  el  morir 
conociendo  que  le  pido; 
dame  muerte  en  el  vinir 
por  alargar 

mi  pesar  de  más  pesar 
para  que  muera 
viniendo  desta  manera, 
mugiendo  en  el  dessear. 

Vine  mi  vida  captiua 
desseandose  el  morir 
porque  le  haze  el  vinir 
(¿u'cl  mismo  ijue  muere  vina. 

Quien  la  muerte  se  dessea 
y  la  vida  no  le  dexa 
con  mayor  dolor  Taquexa 
el  viuir  con  quien  pelea 
qu'ol  morir  que  se  le  alexa, 
pues  la  pena  mas  esípiiua 
de  coniportar  y  sofrir 
es  la  muerte  no  viuir 
do  la  rida  muere  viua. 

E  assi,  Flamiano,  estando  qnal  has  oydo,  cre- 
yendo que  ya  mis  fatigas  eran  acabadas  con  la 
muerte  como  se  comentaron,  recordóme  un 
f  aje  mió  que  entro  en  la  cámara  y  assi  con  el 
plaz(T  (|ue  puedes  pensar  que  de  qual  estoy, 
honie  parecido  escrebirt^^lo  porque  mis  passa- 
tiempos  sopas,  assi  como  tus  desesperaciones 
me  escriños,  que  en  ninguna  cosa  hallarás  que 
la  razón  te  pueda  dar  esperanya.  Nunca  vi  me- 
jor neg<K'io  para  poner  en  razón  que  passion  de 
amores;  si  tanto  en  tu  caso  entendieses  como 
en  el  mió  piensas  saber,  verias  como  estas  cosas 
enamoradas  ningima  dellas  por  razón  se  go- 
vierna,  porque  son  cosa»  que  la  ventura  las 
guia;  pues  lo  que  ventnra  ha  de  hazcr  qué  has 
menester  pesarlo  con  el  peso  de  la  razón?  Por 
tu  fe  que  cesses  de  más  escreairme  sobre  esto, 
ni  más  ygualar  tu  questiou  con  mi  perdida, 
bástete  que  tú  has  de  esperar  la  ventara,  yo  ya 
he  desesperado  con  mi  desuentura. 

LO  QUB  EN  ESTE  TIEMPO  QUE  FELIBEL  FUE  Y 
TORNÓ,  SE  CONCERTÓ  EN  EL  JCBOO  DE  CAÑAS 

En  este  tiempo  la  señora  duqaesa  con  mu- 
chas otras  damas  e  señoras  fue  partida  para 
Virgiliano,  y  el  señor  cardenal  con  todos  los 


caualleros.  En  el  qnal  tiempo  Flamiano  dio 
orden  en  lo  que  para  el  juego  de  cañas  hauia 
menester,  y  el  señor  cardenal  assimesmo.  Fue- 
ron del  puesto  de  Flamiano  el  conde  de  la  Mar- 
ca, el  marques  Galerín,  el  prior  de  Albano,  el 
marques  de  Villatonda,  el  prior  de  Mariana,  el 
duque  de  Fcnisa,  el  duque  de  Braverino,  su 
cuñado  Francalver,  el  conde  de  Sarriseno,  Qu- 
sander  el  fauorido,  Galarino  de  Isian,  Eselevan 
de  la  Torre,  Guillermo  Lauro,  el  marques  de 
Persiana.  Fueron  con  el  señor  cardenal  el  conde 
de  Auertino,  Atineo  de  Leuerin,  el  conde  de 
Ponteforto,  Fermines  de  Mesano,  Francastino 
de  E redes,  Camilo  de  Leonis,  Lisandro  de 
Xarqui,  Preminer  de  Castilplano,  el  marques 
de  la  Chesta,  Alarcos  de  Reyner,  Pomerin, 
Russeler  el  pacifico,  Alnalader  de  Caronis,  el 
conde  Torrior,  Perrequiu  de  la  Gruta. 

Salió  primero  Flamiano  con  todos  los  de  su 
partida  e  por  ser  el  cabo  de  aquel  juego  todos 
salieron  de  las  colores  de  la  señora  Belisena 
con  aljubas  de  brocado  blanco  e  raso  encantado, 
cada  uno  de  la  manera  que  le  pareció,  con  capas 
del  mismo  raso  forradas  del  damasco  blanco; 
algunos  sacaron  sobre  las  mesmas  colores  al- 
gunas invenciones  de  chapería  de  plata  entre 
las  quttles  fue  vno  el  marques  de  Persiana  que 
sacó  vnas  palmas  de  plata  sembradas  por  la 
ropa  y  vna  palma  grande  en  medio  de  la  adar- 
ga, con  vnas  letras  en  tomo  que  dezian: 

La  primera  letra  dcsta 
tengo  yo  en  las  otras  puesta. 

No  quiso  Flamiano  sacar  más  de  las  colores 
por  no  perjudicar  a  los  que  con  él  salían,  mas 
sacó  en  torno  de  la  adarga  y  en  vna  manga 
rica  que  sacó,  unas  letras  de  oro  esmaltadas 
que  dezian: 

De  la  obra  qu'en  mi  hacen 
vuestras  colores  y  obras, 
bastan  a  todos  las  sobras. 

Sacó  el  señor  prior  de  Albano  toda  la  mar- 
Iota  e  adarga  cubierta  de  lazadas  de  oro  con 
vna  letra  en  torno  de  la  capa  e  de  la  adarga 
bordada  de  oro  que  dezia: 

No  pueden  desañadarse 
las  lazadas 
estando  en  el  alma  atadas. 

Sacó  el  señor  prior  de  Mariana  vnas  mues- 
tras de  dechado  labradas  en  el  adar^i^  con  vna 
letra  que  dezia: 

No  se  maestra 
lo  que  peno  a  causa  vuestra. 


QüESTION  DE  AMOR 


67 


alidos  todos,  como  en  tal  muestra  se  suele 
.  a  yn  llano  entre  la  villa  y  el  mar  donde  en 
:rau  tablado  con  macha  tapecería  todas  las 
AS  (^tauan,  comenc^iron  entrellos  mismos 
lego  de  cañas;  habiendo  jugado  rna  pie^a, 
'ñor  cardenal  apareció  con  su  batalla  por 
ina  un  montecico  quanto  un  tiro  de  ballesta 
Ili;  venían  en  su  ordenanza  a  usanza  de  tur- 
con  sus  añafílcfl  e  randeras  en  las  langas 
idiotas.  Salieron  todos  con  al  jubas  de  bro- 
I  negro  forradas  de  raso  pardillo,  con  .sus 
caras  turquesas. 

*nes  al  tiempo  que  se  descubrieron  los  dos 
puesto  de  Flaraiano,  juntaron  tcxlos,  e  con 
nzias  en  las  manos  los  salieron  a  recebir  al 
)  del  llano,  j  echadas  las  alcanzias  quaudo 
líos  llegaron  dieron  la  vuelta  e  los  turcos 

sus  estradiotas  enristradas  en  el  alcance 
ta  ponerlos  en  el  lugar  del  juego:  j  ansi  se 
\6  muy  reziamente,  tanto  que  pareció  a  todos 
Y  gentil  fiesta,  c  duró  un  quarto  de  ora  hasta 

•te  despartieron  e  passaron  otra  hora  en 
?.ir  carreras  los  mos  a  la  gineta,  los  otros 
i  estradiota.  Siendo  ya  tarde,  la  duquesa  con 
I  lija  Beliscna  e  todas  las  otras  damas  fue- 
so  a  apear  a  la  posada  de  la  señora  princesa, 
uk*  se  dio  yntL  rica  colación,  e  duró  el  dan- 
liasta  la  cena.  Pues  en  muy  largo  y  ancho 
redor  se  paró  vna  tabla  muy  larga,  tanto 
'  las  damas  cabían  a  la  una  parte  della,  y 
os  los  caualleros  a  la  otra.  Excepto  el  car- 
lal  que  no  cenó  allí,  los  otros  todos  cenaron 

I  mucha  alegria.  Acauado  el  cenar  todos  los 
lalleros  se  fueron  a  sus  aposentos  e  mudaron 

Vestidos  e  tomaron  a  danzar  e  cada  uno  lo 
s  galán  que  venir  pudo.  Llegado  Flamíano 

II  posada  enbió  su  atauío  a  vn  tanborino  déla 
iora  duquesa  que  se  llamaua  Perequin ;  todas 
i  otras  ropas  o  las  mas  se  dieron  aquella  noche 
Ic'S  ministriles  y  albardanes.  Flamíano  se 
toao  en  su  posada  con  otros  quatro  caualle- 
^  |>ara  r.?citar  aquella  noche  vna  égloga  en  la 
al  se  contiene  pastorilmente  todo  lo  que  en 
ca^a  con  Belisena  passó.  Quando  supo  que 
los  los  caualleros  ya  eran  en  casa  de  la  se- 
ra princesa  y  el  dan9»r  comentado,  él  partió 
SQ  posada  e  con  to.lo  su  concierto  llegó  a  la 
sta  e  recitó  su  égloga,  como  aquf  se  recita. 

INTRODUCION    DB   LA    ÉGLOGA 

Entran  tres  pastores  e  dos  pastc)ras,  el  prin- 
pal  qu'es  Flamiano  se  llama  Torino.  El  otro 
uillardo.  El  otro  Quiral  que  es  marques  de 
arliner.  La  principal  pastora  se  llama  Benita, 
le  es  Belisena.  La  otra  se  llama  Illana  qu'es 
liana.  Entra  primero  Torino  e  sobre  lo  que 
elisena  le  mandó  en  la  ca^a  qu'es  la  fantasía 
^  ^  %loga,  con  vn  laúd  tafie  e  canta  esta  can- 


ción que  ul  principio  de  la  égloga  está,  y  acos- 
tado debaxo  de  vn  pino  que  allí  hazen  traer; 
a^'abado  de  cantar,  comienza  a  (juexarse  del  mal 
que  siente  e  del  amor.  En  el  tiempo  que  e'l 
canta  entra  Guillardo  quél  no  lo  siente;  óyele 
todo  lo  que  habla,  marauíllase  no  sabiendo  la 
causa  qué  mal  puede  tener  que  en  tanta  ma- 
nera le  fatiga;  comienza  consigo  a  hablar  razo- 
nando qué  mal  puede  ser;  ve  venir  a  Quiral, 
llámale  e  cuéntale  lo  que  ha  oydo,  e  juntos  los 
dos  lleganse  a  Torino  demandándole  de  qué 
dolor  se  quexa,  él  se  lo  cuenta.  Guillardo  no  le 
entiende,  Quiral  sí  aunque  no  al  principio.  Al- 
tt»rcan  entre  ellos  gran  rato,  estand»)  en  la  con- 
tienda entra  Benita,  pídeles  sobre  qué  contien- 
den. Torino  le  torna  a  decir  en  metro  lo  que  en 
la  ea^a  passó  en  prosa,  y  assi  los  dos  contien- 
den. Al  fin  Benita  se  va;  quedan  todos  tres 
pastores  en  su  question.  Acaban  todos  tres  con 
vn  villancico  cantado. 

COMIE^rA    LA    CANCIÓN 

No  es  mi  mal  para  sofrir 
11  í  se  puede  remediar 
pues  deciende  de  lugar 
do  no  se  puede  subir. 

El  remedio  de  mí  vida 
mi  ventura  no  le  halla 
viendo  que  mí  mal  deualla 
de  do  falta  en  la  subida, 
si  se  quiere  arrepcntir 
mi  querer  para  mudar 
no  puede,  qu'está  en  lugar 
do  no  se  puede  subir. 

COMÍ  EN VA   LA    ÉGLOGA 

)'  tfi'ze  Torino. 

O  grave  dolor,  o  mal  sin  medida, 
o  ansia  rabiosa  mortal  de  sofrirse, 
ni  puede  callarse,  ni  osa  dezirse 
el  daño  que  acaba  del  todo  mi  vida ; 
mi  pena  no  puede  tenerse  escondida, 
la  causa  no  sufre  poder  publicarse, 
ni  para  decirse  ni  para  callarse 
ni  entrada  se  halla,  ni  tiene  salida. 

Mudar  ni  oluidar  ya  no  es  en  mi  mano, 
ni  puede  quererse  ni  puedo  querello, 
porque  el  menor  daño  está  en  padezello 
y  en  mí  lo  doliente  es  mejor  que  lo  sano; 
es  grande  el  dolor,  mas  es  tan  ufano 
que  veo  perderse  mi  vida  de  claro, 
si  más  no  perdiessc  no  es  mucho  ni  caro 
que  cierto  en  perdella  perdiendo  la  gano. 

El  fuego  que  dentro  del  alma  m'abrasa 
su  pena  es  tan  graue  que  no  sé  dezilla, 


68 

querría  viuir  por  solo  sofrílla 
mas  este  querer  la  muerte  me  acusa; 
conoze  en  mis  males  que  no  se  m'escusa, 
pues  toda  la  causa  está  en  mí  desseo, 
más  mal  no  pudiera  hacerme  Perseo 
aunque  me  mostrara  la  faz  de  Medusa. 

(Habla  contra  el  amor,) 

Conténtate  agora,  amor  engañoso, 
pues  todos  tus  fuegos  con  tanto  furor 
encienden  y  abrasan  de  yn  pobre  pastor 
sus  tristes  entrañas,  sin  dalle  reposo: 
bien  te  podrás  llamar  vitorioso 
venciendo  rn  rencido  que  quiso  vencerse 
de  quien  imposible  le  fue  defenderse 
ni  tú  si  le  viesses  serias  poderoso. 

Esfuerza  tus  fuerzas  en  mi  pobrecillo, 
enciende  con  ellas  mi  fuego  mortal, 
que  quanto  más  creces  la  pena  en  mi  mal 
la  causa  me  hace  contento  sofríllo; 
empleas  tus  ñechas  en  rn  pastorcillo 
rustico,  solo  de  bien  y  de  abrigo, 
que  no  podrán  tanto  tus  mañas  comigo 
que  desto  m'apartes,  ni  menos  dezillo. 

(Habla  con  su  soledad,) 

Venid  soledad,  leal  compañía, 
que  solo  con  tos  me  hallo  contento, 
con  vos  gozo  más  de  mi  pensamiento 
que  nunca  se  parte  de  mi  fantasía, 
TOS  no  me  dexais,  dexóme  alegría, 
plazer  ni  esperanza  en  quien  ya  no  espero, 
reposo,  descanso,  tampoco  los  quiero 
ni  nada  de  quanto  príniero  tenia. 

(Habla  al  ganado,) 

O  triste  ganado  qu^estás  sin  señor 
a  solas  paciendo,  pues  solo  te  dexo, 
qu exarte  has  de  mí,  también  yo  me  qnexo 
del  mal  que  sin  culpa  me  haz'  el  amor. 
No  plangas  perder  tan  tríste  pastor 
de  quien  no  esperabas  ya  buena  pastura, 
pues  él  ya  no  espera  sino  desuentura, 
dexalo  a  solas  passar  su  dolor. 

E  vos  mi  turrón,  e  vos  mi  rabel 
que  soys  el  descanso  que  traygo  comigo, 
pues  veys  que  me  veo  quedar  sin  abrigo, 
razón  es  que  quede  sin  vos  e  sin  él; 
n'os  duela  partir  agora  d'aquel 
que  hasta  el  morir  aun  del  se  desdeña, 
e  vos  mi  cuchar  e  vos  mi  barreña 
andayos  con  dios,  partios  también  del. 

A  solas  quedad  comigo,  cayado, 
pues  todo  lo  dexo  y  pasar  no  me  dexa, 
al  menos  con  vos  del  mal  que  m'aquexa 
podré  sostenerme  estando  cansado; 
dezé  mi  ^urron,  rabel  e  ganado. 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


la  yesca,  eslabón,  barreña,  cuchar, 
dexé  mis  plazeres,  mas  no  mi  pesar 
e  menos  a  vos  tampoco  he  dexado. 

Agora  reposo  que  solo  me  veo. 
agora  descauso  en  medio  mis  males, 
o  lagrimas  mías,  o  ansias  mortales, 
o  tristes  sospiros  con  quien  yo  peleo; 
la  vida  aborrezco,  la  muerte  no  veo, 
que  aun  essa  me  niega  sQ  tríste  venir 
e  trueca  el  matarme  con  darme  el  viu 
por  no  complazer  mi  triste  desseo. 

O  más  aborrido  pastor  sin  ventura 
de  quantos  oy  viuen  en  toda  la  tierra, 
nin  todo  lo  llano,  nin  toda  la  sierra 
nin  todos  los  bosques,  ni  otra  espesun 
quien  t*a  de  sanar,  tu  muerte  procura, 
no  tienes  reparo,  ni  tienes  abrigo, 
ni  tienes  pariente,  ni  tienes  amigo, 
si  mueres  te  falta  también  sepultura. 

Agora  estaras,  Torino,  contento 
que  tú  de  tu  mano  te  diste  herida 
que  basta  quitarte  mili  vezes  la  vida 
sola  la  causa  de  tu  pensamiento, 
medido  do  llega  su  merecimiento 
vista  tu  suerte  quedar  tan  atrás 
que  quieres  tu  pena  y  no  quieres  más 
y  no  te  consienten  sofrir  tu  tormento. 

¿Dónde  toviste,  Torino,  el  sentido, 
cómo  podiste  tan  presto  perdello? 
¿que  vees  tu  mal,  no  pues  no  querello 
si  quexas,  tus  quexas  no  eres  oydo, 
consientes  tu  mal  e  no  eres  creydo. 
Mejor  te  seria  del  todo  morir 
que  verte  penando  muriendo  seruir 
do  solo  es  tu  pago  tenerte  aborrido. 
G.         Oído  yo  a  hucgo  quexuras  tamañas 
como  este  pastor  descubre  que  siente, 
yo  nunca  vi  en  otro  qu'estando  dolien 
dixese  que  s'arden  en  él  sus  entrañas 
yo  creo  que  tiene  heridas  extrañas 
que  quieren  del  todo  con  yema  matalL 
quiero  buscar  quien  venga  a  curallo 
sí  puedo  hallarlo  por  estas  cabanas. 

Qui^a  Ta  monlido  perro  dañado 
o  qualq'animal  o  IoIk)  rabioso 
pues  da  tales  buelcos,  no  tiene  reposo 
y  está  délos  ojos  ciego  turbado; 
no  vee  do  dexa  (urron  ni  cayado, 
vertida  la  yesca,  quebrado  el  rabel, 
o  es  el  demoño  que  anda  con  él 
o  qualque  desastre  que  tiene  el  granad< 

O  si  con  su  amo  quiya  si  ha  reñido 
si  quiere  lleualle  qualque  mecada, 
mas  él  no  haria  por  poca  soldada 
estándose  a  solas  tamaño  roydo; 
miafe  que  pienso  que  no  es  so  mordid< 
c'aquellos  sollozos  no  son  de  buen  ran 
quiero  traballe  del  pie  con  el  gancho, 
quÍ9a  si  lo  sueña  estando  adormido. 


QUESTION  DE  AMOR 


69 


(Habla  el  mismo  Guillardo  admiranrlose 
porque  no  le  sintió  trauando  del.) 

O  dolo  a  dios  j  cómo  no  siente? 
mayor  es  qae  sueño  este  su  mal, 
alli  me  pareze  que  viene  Quiral 
que  le  es  gran  amigo  y  aun  cabo  pariente, 
quiero  llamallo,  zagal  es  valiente, 
oyes,  Quiral,  allégate  acá. 
Q.        Míafe,  Ouillardo,  yo  ya  me  yua  allá 
que  bien  ha  buen  rato  que  lo  tengo  en 

[miente. 
Q.        Pues  yo  te  he  llamado  por  fazer  tu  ruego 
que  rengas  a  rer  tu  amigo  Torino, 
que  aquí  le  he  hallado  tan  fuera  de  tino 
que  dize  que  s'arde  en  brasas  de  fuego. 
Q.        Qui^a  habrá  perdido  o  choto  o  borrego 

y  está  maldiziendo  la  res  que  lo  cría. 
G.        No  es  esse  el  mal,  Quiral,  que  dezia, 
mayor  es  el  dafio  de  qu'él  está  ciego. 

Yo  me  he  quillotrado  tan  junto  con  él 
que  de  las  mauos  le  quité  el  cayado, 
ni  él  me  sintió  ni  mira  al  ganado, 
ni  cora  si  andan  los  lobos  en  él; 
acá  está  el  ^urron,  allá  está  el  rabel, 
y  el  no  son  sospiros  y  ahuncos  de  muerte 
diziendoyquexando  su  mal  qu'es  tan  fuerte 
que  passa  los  otros  de  pena  cruel. 

Y  aun  tengo  sospecha  qui^a  qu'está  en- 

[formo 
según  l'he  sentido  tan  gran  comezón , 
que  deue  tomalle  qualque  torozón 
d*andar  passeando  de  noche  este  yermo. 

Q.       Miafe,  pues  ramos  a  vello,  Guillermo, 
pues  sabes  la  ria,  da  tú  camino. 

G.       Helo  aquí  está  debaxo  este  pino. 

Q.       Duermes,  Torino? 

T.  ¿Que  qués,  que  no  duermo? 

Q*       Pues  saínete  Dios. 

T.  Vengáis  norabuena.  [te? 

Q.       Qué  sientes,  Toríno,  que  gimes  tan  f uer- 

T.       Siento,  pastores,  el  mal  de  la  muerte 
y  essa  no  llega  por  darme  mas  pena; 
passion  me  combate,  razón  me  condena, 
dolor  me  fatiga,  tristeza  rae  aquexa, 
querría  sanar,  querer  no  me  dexa, 
los  malea  son  mios,  la  causa  es  agen  a. 

Q.       Yo  creo  que  tienes  esprito  malino, 
p3r  signum  crucis  a  dios  recomiendo, 
ni  sé  lo  que  dizes  ni  menos  t*entiendo, 
harasme  dezir  que  hablas  con  riño. 
Retoma,  retoma,  retoma,  Torino, 
razona  con  tiento,  con  seso  y  de  rcro, 
peor  seras  tú  que  Juan  Citolero 
con  sus  patrafiuelas  que  s'anda  contiiio. 

^>       No  te  marauilles  m'abraso  en  inuiemo 
y  enmedio  el  rerano  perezco  de  frió, 
no  he  risto  otro  mal  assi  como  el  mió 
y  assi  le  juzgo  de  todos  moderno. 


Q.         Date,  Torino,  date  gobierno, 

si  aqui  no  estás  sano  muda  majada. 

T.         Primero,  Quiral,  por  medio  el  yjada 
mi  mal  reuiente  y  se  raya  al  inñerno. 

Q.         ¿Qué  mal  puede  ser  tan  erado  que  sientas 
lo  mucho  que  duele  y  callas  tu  fatiga? 
(CS  mal  dellonbrigo  o  dolor  de  b(;rriga 
que  dices  el  daño  y  la  causa  no  cuentas? 
Veo  en  ti  dolor  que  rerientas, 
¿es  mal  de  costado  que  a  todos  aran^a?  (}) 

T.         No  es  esse,  Quiral,  es  poca  csperan9a, 
qu'es  muy  mas  cruel  quecuanto  me  mientas. 

Q .         ¿De  qué  desesperas ?  ¿has algo  sembrado 
que  piensas  perdello  o  quÍ9a  que  no  na9a, 
o  has  miedo  que  falte  lugar  donde  pa9a 
en  estos  exidos  tu  poco  ganado? 

T.         No  es  este,  pastor,  mi  graue  cuydado, 
mas  rerme  penado  e  de  muerte  herido 
de  mano  de  quien  me  tiene  aborrido 
y  assi  desespero  de  ser  remediado. 

Q.         Ahotas  qucr  pienso  que  tu  mal  oteo 
e  dudo  que  creo  qu'es  mal  d'amorío, 
dalo  al  demoño  tan  gran  desuario 
que  mata  la  vida  su  solo  desseo. 

T.  Mayor  es  el  daño,  Quiral,  que  possco 

qu Vn  todos  los  males  que  sufro  e  consiento 
fallece  esperanza  e  crece  tormento 
y  en  todos  los  medios  remedio  no  veo. 

Q.     •    Do  yo  al  demoño  la  hembra  maldita 
que  mata  un  zagal  assi  de  passiou. 

T.         Calla,  Quiral,  por  Dios  tal  razón 
que  solo  en  oyllo  la  vida  me  quita, 
que  no  es  quél  tú  dizes  mas  antes  l>endita 
según  las  virtudes  que  caben  en  ella. 

Q.         ¿Pues  cómo  la  alabas  y  quexaste  della  ? 
Dime  quien  es,  qui^a  si  es  Benita. 
La  nieta  d'aquel  que  hu  mayoral 
de  todos  los  hatos  d' aquesta  dehesa 
y  hija  d'aquel  que  con  justa  empresa 
teniendo  justicia  perdió  tribunal, 
y  aun  hija  d' aquella  que  dizen  qu'es  tal 
qu'en  todas  las  otras  que  viuen  agora 
ninguna  se  halla  tan  noble  señora 
que  sea  con  ella  en  nobleza  ygual. 

Pues  si  esta  que  digo  tanto  es  hermosa 
que  basta  alegrarte  con  su  fermosura 
e  basta  a  dar  vida  a  qualquer  criatura 
e  mas  como  dizes  qu'es  tan  virtuosa, 
pues  date  reposo,  reposa,  reposa, 
si  assi  como  dizes  tan  fuerte  la  quieres, 
siendo  ella  tal,  dime  porqué  mueres, 
siendo  tu  llaga  en  si  gloriosa? 

T.         Vo  no  sé  dezir  el  mal  de  que  muero 
ni  tú  lo  sabrias  podiendo  sen  tillo, 
yo  sélo  sentir  mas  no  sé  dczillo, 
ni  sé  lo  que  pido  ni  sé  lo  que  quiero, 
socuños  termeños,  te  digo  de  vero 

{*)  Ahunca  dice  por  error  en  las  edicioncfl,  pero  el 
coDsonautc  exige  qae  se  lea  avanza. 


70 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


que  tiene  quien  yella  d'amor  me  condena, 
tomando  a  miralla  me  crece  más  pena 
qoe  dexame  siempre  más  mal  qne  primero. 

Q.         Plazer  me  daría  sí  yo  de  ti  fuesse. 

T.         Dolo  al  demoño,  Qiiiral,  tu  consejo, 
dirán  que  yí  en  ella  algún  aparejo 
por  do  mí  esperanza  esperanza  tuuiesse, 
j  aun  más  me  diría  quien  tal  en  mi  yiesse 
que  ando  perdido  sin  seso  j  sin  tiento 
pues  saben  qu'es  tanto  su  merecimiento, 
qu'es  poco  mí  mal  si  del  yo  muriesse. 

Q.         Miafe,  pues  quédate  con  tu  dolor 
pues  tú  te  lo  quieres  y  quexas  tu  mal. 

T.         Querría  una  cosa  tan  solo,  Quiral, 
que  fuese  tan  grande  qual  es  e  mayor 
con  que  Benita  mostrasse  color, 
qu'es  ella  contenta  que  yo  lo  sufriesse; 
si  esto,  Quiral,  Benita  liíziesse 
jamas  pediría  más  bien  ni  favor. 

G.         Di  que  t'a  dicho  por  tu  fe,  Quiral, 
¿x;[ué  dolor  siente  que  assí  lo  apollina? 
¿Tienes  tú  huzia  que  haura  mclecina 
o  asmo  que  pienso  qu'es  gota  coral? 

Q.         Miafe,  Guillardo,  su  mal  es  un  mal 
c'allá  do  se  sienta  por  mal  de  pecados 
harto  mal  año  y  pro  malos  hados 
tí  en  el  pastor  que  se  pone  en  lo  tal. 

G.         ¿Qué  mal  puede  ser  c'asi  percudía 
y  assí  lo  ahuncava  con  tanto  cariño 
que  daua  chillidos  assí  como  un  niño 
que  no  parecía  so  que  se  moría? 

Q.         Un  mal  es,  Guillardo,  de  tanta  porña 
qu'es  bien  de  plañir  aquel  q'el  acude. 

G.         Dolo  al  demofio  y  tan  fuerte  percude 
que  no  da  reposo  ni  noche  ni  día. 

Q.         Un  mal  es  que  s'entra  por  medio  los  ojos 
e  yase  derecho  hasta  el  corazón, 
alli  en  ser  llegado  se  torna  afficiou 
e  da  mil  pesares,  plazeres  y  enojos, 
causa  alegrías,  tristezas,  antojos, 
haBe  llorar  y  haze  reyr, 
faase  cantar  y  hace  plañir, 
da  pensamientos  dos  mili  a  manojos. 

G.         ¿jBs  biuora  o  qué  o  es  alacrán 
o  es  escorpión,  o  es  basilisco, 
que  yo  oy  dezír  aquí  en  nuestro  aprisco 
que  A  todos  los  mata  los  qu'á  relie  ran? 

Q.        Amor  es,  Guillardo,  que  da  mas  afán 
de  peaa  crecida  y  ansiosas  fatigas. 

G.         Daldo  al  demoño,  hartaldo  de  migas, 
dalde  cuajada  e  queso  y  aun  pan. 
Sí  fruta  quisiere  dalde  castañas, 
dalde  man9anas,  vellotas,  piñones. 

Q.        No  come  Guillardo  sino  corazones 
y  hí.:ados  yíuos  y  riuas  entrañas. 

G .         Eehaldo  de  fuera  de  vuestras  cabanas 
a  ese  demoño  gusano  cruel. 

Q.         Miafe,  no  valen  sañas  con  él 

ni  valen  razones  ni  fuerzas  ni  mañas. 


G.         ¿Pues  como  se  sana  quillotro  tan  fuert 
dalde  triaca,  yo  la  traygo  en  mi  esquero 

Q.         No  es  buena,  modorro,  que  si  es  verd 

[d€ 
no  tiene  salud  jamas  sin  la  muerte. 

G.         Pues  si  ese  diabro  es  mal  dessa  suerto 
según  que  yo  veo  morir  so  Toríno. 

Q.         Morir  si  me  dizes,  ya  muere  el  me 

[quii 
¿no  vees  que  su  vida  en  morir  se  conviert 

G.         O  dome  a  dios  y  a  san  Berríon, 
si  vello  pudít'sse.  Dios  me  confonda 
si  no  le  matasse  con  esta  mí  honda 
porque  él  no  matasse  assi  esse  garlón. 

Q.         Calla,  liestiazo,  que  no  anda  en  visi^*: 
para  que  puedas  assí  dalle  empacho. 

G .         O  dolo  al  fuego,  ¿es  hembra  o  es  macl 
o  es  duen  de  casa  o  qualque  abejón? 

Q.         Es  cosa  que  nace  de  la  fantasía, 
y  poneee  enmedio  déla  volimtad, 
su  causa  primera  produze  beldad, 
la  vista  la  engendra  el  corazón  la  cria, 
sostienela  vina  penosa  por£a, 
dale  salud  dudosa  esperanza, 
si  tal  es  qual  deuc  no  haze  mudan9a, 
ni  allí  donde  está  nunca  entra  alegría. 

G.         O  yo  no  t'entiendo  o  no  sé  que  s'es, 
ni  es  esso  ni  essotre,  ni  es  cosa  ni  al, 
tú  dizes  qu'es  bien,  tú  dizes  qu  es  mal, 
no  es  bestia,  ni  es  ave,  ni  pece,  ni  es  r 
no  está  del  derecho  ni  está  del  enues, 
no  dexa  viuir,  ni  mata  tampoco, 
no  es  gusarapa,  no  es  cuerdo  ni  loco; 
pues  yo  te  prometo  que  a  la  fin  algo  es. 
Mas  helo  aquí  toma  Toríno  turbado, 
con  su  mortalera  de  rabÍA  o  cordojo, 
quiero  pedille  si  es  fiebre  o  enojo 
y  hazer  que  lo  diga  por  fuerza  o  de  grac 
Dime,  Toríno,  qué  mal  t'a  tomado 
que  assí  na  te  trae  desaborrecido, 
ca  este  demoño  jamas  Tentendido 
mili  desbaríoncs  chaqui  m*a  contado. 

T .         Guillardo,  Guillanlo,  mi  mal  es  c'ad( 
d*amor  a  Benita  porqu'es  mi  señora, 
mi  vida  la  quiere,  mí  alma  Tadora 
y  ella  me  trata  peor  que  a  un  moro. 

G.         O  dom*a  dios  e  agora  lo  yñoro, 
esso  que  dizes  querencia  se  llama, 
quando  un  zagal  dize  que  ama, 
yo  ya  lo  sabia,  miafe,  de  coro. 

Tú  andas,  Quiral,  chuchurreando 
con  chichorrerías  en  chicharramanchas, 
en  príetas,  en  blancas,  en  cortas  y  en  a 

[chi 
y  no  me  quillotras  lo  aue  te  demando, 
¿qué  te  calle  andar  quillotrando 
del  mal  que  a  Toríno  le  daua  porfia? 
que  aunque  no  lo  sé  yo  ya  lo  sabia 
qu'es  una  locura  que  s'anda  burlando. 


QUESTION  DE  AMOR 


71 


Y  d¡,  tá,  Tormo,  qu'eres  sabioudo 
¿assi  te  percoBsas  por  una  z&giúhl 
Iiaae  vergaenpa  de  ti  noramala, 
no  di^n  que  eres  algan  berríondo.      [do 

T .        Guillardo,  Guillardo,  mi  mal  es  tan  hou- 
qne  no  paedo  ja  ni  quiero  valerme, 
si  hallo  remedio  con  qne  defenderme 
aquel  es  el  mismo  con  que  me  confondo. 

G.        Pues  hela  aqoi viene,  laque  assi  te  mata, 
con  otra  zagala  que  se  anda  tras  ella, 
levanta,  Torino,  e  vamos  a  ella 
por  baxo  estas  matas  pues  no  se  dacata, 
c  pues  que  te  qnezas  qne  assina  te  trata 
abúrrele  un  tiro  con  este  mi  dardo. 

T.        No  plega  a  dios,  amigo  Guillardo, 
qne  yo  merezca  tocar  su  ^apata. 

G.        Do  JO  al  diablo  pastor  tan  sandio 
que  d*una  zagala  ian  fuerte  sa  ahunca. 

T .        Calla,  cariDo,  que  nunca  tú  nunca 
has  visto  otro  mal  jgual  con  el  mió. 

G.        Dalo  al  demofio  qu'es  mi  desuarío 
que  s'anda  tras  bobos  e  los  modorrece. 

T .        "No  digas  esso,  que  aquesta  merece 
tener  sobre  el  mundo  major  señorio. 


(Acercándose  Benita  habla  Quiral,) 


Q. 


¿Qué  estajs  hablando  con  tanto  zum- 

[bido> 
cala  qu'está  cerca  Benita  j  escucha. 
T.        Escucha,  Quiral,  mi  pena  qu'es  umcha, 

j  no  puedo  della  cobrir  el  gemido. 
Q.        A  buenafe  pn^  qui^  que  os  ha  oydo 

qu'entranbas  a  dos  están  razonando. 
T.        Y  JO  entre  vosotros  plañiendo  y  que- 

[xando 
el  mal  que  a  su  causa  me  tiene  perdido. 

(Llegada  Benita  con  su  compañera  habla,) 

B.        ¿Qu*eataj8  iiablando  a  solas,  pastores, 
c'asi  embeuecidos  estajs  razonando? 

T.        Mis  males,  señora,  estamos  contando 
que  vos  los  hazeis  ser  los  majores. 

B.        Torino,  Torino,  tú  no  te  enamores 
en  parte  do  nunca  se  sientan  tus  males, 
que  busques  j  siruas  tus  pares  jguales 
j  allí  verás  tarde  alcanzarse  f añores. 

T.        Mis  ojos  c'an  sido  la  puerta  j  escala 
por  do  liennosara  hirió  con  sus  tiros, 
estos  m^an  hecho,  señora,  seruiros ; 
lo  que  no  merezco  mi  pena  lo  jguaia, 
si  causa  no  tengo  razón  no  me  vala, 
pues  que  jo  no  quiero  que  mi  mal  mereja, 
si  no  que  querajs  que  jo  lo  pade^a, 
que  tal  intención  por  cierto  no  es  mala. 
E  pues  que  virtud  en  todo  os  es  guia 
valer,  merecer  j  mucha  nobleza, 
no  usejB  comigo  de  tanta  crueza 


porque  es  imposible  mudar  mi  porfía ; 
consejo  no  quiero,  remedio  querría 
de  vos  mi  señora  de  quien  jo  lo  espero, 
en  veros  doler  de  verme  que  muero 
j  es  vuestra  la  culpa,  la  pena  es  la  min. 
6.         A  mi  no  me  plaze  tu  mal  por  mi  vida 
assi  como  dizes  según  se  t^antoja, 
tu  pena  j  seruicio  en  todo  me  enoja, 
pues  dexate  dello  j  tener  m'as  seruida: 
a  esto  que  digo  razón  me  combida 
a  mi  honestidad  que  da  inconuenientes. 
que  nunca  jo  mire  el  mal  que  tú  sientes 
porque  aun  que  más  sea  mi  estado  lo  ol- 

[vida. 

Pues  dexa,  Torino,  esta  querella, 
seré  JO  contenta,  serás  tú  sin  quexas, 
hazer  me  has  enojo  si  esto  no  dexas, 
darás  a  tu  vida  ocasión  de  perdella. 
T .         Cuando  la  pena  en  el  alma  se  sella 
siendo  cansada  con  mucha  razón, 
después  d'empremida  en  el  corazón, 
es  imposible  que  salga  sin  ella. 

¿Pues  cómo  podré  mudar  mi  cujdado? 
quel  dia  que  vi  tu  gran  hermosura 
quedó  en  mis  entrañas,  tu  gesto  j  figura 
assi  como  es  perfecto  estampado, 
j  quantas  saetas  después  m'as  tirado 
de  oro  que  hieren  mi  corazón, 
el  fuego  las  hunde  <ie  tanta  pasión 
j  está  en  cada  una  tu  propio  treslado. 

Assi  que  jo  muero  en  mi  sepultura, 
de  aqui  a  mUl  años  que  vengan  a  ver 
de  tus  cfígias  se  podran  coger 
tantas  sin  cuento  que  no  haurá  mesura, 
j  en  todos  mis  huessos  aura  una  escritura 
que  ja  dend'agora  la  tengo  jo  escrita 
e  dizen  las  letras:  esta  es  Benita 
la  que  desde  entonces  su  nombre  nos  dura. 

Assi  que  si  quieres,  Benita,  que  olvide 
tu  nombre  e  qu^aparte  de  mi  tu  querer, 
saca  mis  huessos  j  hazte  raer 
e  de  mis  entrañas  d*alli  te  despide, 
si  a  mi  por  ventura  alguno  me  pide 
por  no  conocerme  mi  nombre  quál  es, 
diré  que  Benito  so  en  el  enues, 
c'asina  me  llaman  después  que  te  vide. 

Si  tal  fantasia  me  juzgan  ser  loca 
más  loco  seria  quien  tal  me  juzgasse, 
que  si  con  mis  ojos  te  viesse  e  mirasse 
vería  qu'es  justo  mi  vida  ser  poca, 
que  no  puede  menos,  señora,  mi  boca 
hazer  que  no  diga  del  mal  la  ocasión 
j  aunq^ella  quissiese  trocar  la  razón 
el  fuego  de  dentro  la  causa  prouoca. 

Mas  miras  si  puedes  quitar  esta  salma 
que  tanto  in*agraiui  con  pena  tan  graue, 
pues  que  de  mi  vida  tú  tienes  la  llauc 
podras  de  vitoría  ganar  una  palma, 
e  aun  dudo  con  esto  que  pongas  en  calma 


72 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


B. 


T. 


O. 


i 


T. 


mis  ondas  crecidas  de  tanta  passion; 
por  qnc  te  quites  de  mi  corazón 
pintada  te  quedas  en  medio  del  alma. 

La  qual  yo  mirando  es  fner9a  que  viua 
porqu'es  inmortal  estando  tú  en  ella 

agora  comigo  mi  misma  querella 
a  mata  e  la  hiere  e  la  tiene  captiua. 
Mi  mucho  tormento  la  gloria  le  priua 
lo  que  siendo  libre  de  mi  no  podra 
mas  en  tu  presencia  contino  estara 
dándote  quexas  de  mi  muerte  esquina. 

Assi  que  pues  ella  agora  te  adora 
con  mucha  razón  por  ver  tu  excelencia, 
entonces  contino  estara  en  tu  presencia 
muy  más  contenta  que  no  haze  agora, 
7  pues  que  te  enojas  de  serme  señora 
siendo  contento  yo  serte  captiuo, 
después  de  ser  muerto  que  no  seré  viuo 
haurás  mas  pasar  de  ser  matadora. 

Y  solo  esta  gloria  me  basta  que  baste 
hazerme  contento  perdiendo  la  vida 
pues  yo  seré  muerto  y  tú  arrepentida 
de  ver  que  sin  culpa,  assi  me  mataste; 
negarte  has  a  ti  que  no  lo  causaste, 
que  yo  lo  busqué  e  mi  mal  consentí, 
entonces  mi  alma  dirá:  no  es  assi, 
que  tuyo  es  el  cargo  pues  mal  le  trataste. 

Esto  me  haze  quedar  satisffecho 
hazerte  contenta  después  ver  dolerte, 
¿y  quien  no  será  quien  quiera  la  muerte 
si  della  se  espera  tamaño  provecho? 
¡  O  quan  contento  mi  cuerpo  dessecho 
en  la  sepultura  estara  sin  abrigo 
con  ver  esta  gloria  mi  alma  contigo 
haziendotc mientes  del  mal  que  m'as  hecho! 

Oyes,  Torino,  ¿quiés  que  te  diga? 
ten  una  cosa  por  muy  verdadera, 
que  en  esto  me  enojas  en  tanta  manera 
qu'e  miedo  que  dello  mas  mal  no  te  siga, 
pues  tu  vanidad  m'aprieta  e  obliga 
a  tenerte  omizillo  y  estar  enojada 
por  ver  tu  porfía  tan  importunada 
que  no  puedo  menos  de  serte  enemiga. 

Pues  créeme,  pastor,  e  haz  lo  que  digo 
e  quédate  a  dios  con  tu  compañia. 

Miafe,  Benita,  imposible  seria, 
que  aunque  me  dcxas  allá  voy  contigo, 
e  tú  aunque  te  vas  aqui  estas  comigo, 
que  siempre  en  mis  ojos  tu  ñgura  está, 
Benita  está  aqui,  Torino  está  allá, 
si  esto  no  crees  la  obra  es  testigo. 

Escucha,  Quiral,  que  yo  nunca  tal  vi, 
Benita  s*es  yda,  Illana  tras  ella, 
el  se  está  aquí,  diz  que  va  con  ella, 
la  otra  está  alli  y  diz  que  esta  aqui, 
Dios  me  defienda  e  me  libre  de  ti, 
¿no  eres,  Torino?  ¿Aqui  t'an  dexado? 

Mi  cuerpo  dexo,  mi  alma  he  llevado 
q*estando  con  ella  no  parte  de  mi. 


O.         Entiendes,  Quiral,  qué  algarauia 
que  diz  que  sin  alma  puede  estar  viuo, 
estase  consigo,  diz  que  esta  captiuo, 
a  pocas  de  noche  dirá  qu'es  de  dia, 
yo  creo  que  sabe  nigromancia 
o  es  qñelque  hechizo  qu'está  enhechizado. 

Q.         Calla,  modorro,  que  no  es  son  penado 
de  aquello  que  agora  Benita  dezia. 

Y  eres  un  bouo  tú  que  no  sientes 
estotro  perdido  que  s'anda  sin  tiento, 
¿no  sabes  que  dize:  do  está  el  pensamiento 
allá  está  el  que  piensa  do  tiene  las  mientes.' 

G.         Y  essa  y  essotro  qui^a  son  parientes 
c*asina  se  andan  juntos  los  dos, 
si  esto  no  es,  prometote  á  Dios, 
c'asina  como  él  te  burlas  o  mientes. 

Q.         O  dot*a  mal  año  a  tí  e  a  tu  hablar, 
vete  al  demoño  tú  e  tus  consejas, 
¿piensas  qu'es  esto  andar  tras  ouejas? 
pues  tú  no  lo'ntiendes  dexalo  estar; 
también  tú,  Torino,  te  quieres  matar 
con  este  qu*es  bouo  e  con  tu  querella, 
habla  comigo  pues  yo  ya  sé  della, 
que  ambos  podremos  mejor  razonar. 

T .         i  Qué  quiés  que  te  diga,  Quiral  compa- 

[fiero/ 
pues  pierdo  la  vida  de  huzia  y  de  veras. 

Q.         Miafe,  Torino,  que  penes  y  mueras. 

T.         ¿Cómo  y  no  vees  en  mi  que  ya  muero/ 

Q.         Morirte  a  la  fe,  morirte  de  vero, 

que  más  es  que  vida  la  muerte  qu'es  tal. 

T.         iPlugiesse  a  Dios  hauria  fin  el  mal 
pues  muero  viniendo  e  remedio  no  espero! 

Q.         ¿Qué  no  morirás?  ¿qu'estás  diziendo? 
clamor  aunque  mate  no  acaua  la  vida, 
que  aunque  su  pena  no  tiene  medida 
aquel  que  más  mata  le  dexa  viniendo. 

T .         Yo  esso  que  dizes  claro  lo  entiendo, 
porque  essa  razón  es  muy  verdadera, 
más  es  que  morir  contino  que  muera 
penando  en  la  vida,  mili  muertes  sufriendo. 

Q.         Calla,  Torino,  sufre  contento 

que  a  fe  qu'es  tu  pena  y  gloria  bendita, 
busca  zagala  ygual  de  Benita 
c'asina  te  haga  ufano  el  tormento. 

T.         Yo  bien  suffríria,  carillo,  contento 
conque  le  plugiesse  dexarme  sofrillo. 

Q.         Ojo  al  demoño  deuria  de  dezillo, 
porque  te  fuesscs  burlándote  al  biento. 
Es  essa,  pastor,  muy  necia  querella 
e  más  necio  tu  e  más  atreuido 
osar  publicar  de  qu'estás  herido, 
poniendo  tus  quexas  en  presencia  della, 
no  es  nada  tu  pena  que  más  fue  sabella 
e  pues  que  lo  sabe  conténtate  dello, 
que  harto  es  tu  bien  Benita  sabello 
y  grande  tu  gloria  sin  tú  merecella. 

E  pues  has  tenido  tal  atreuimiento 
de  osarte  vencer  de  quien  t«  venciste 


QUESTION  DE  AMOR 


73 


e  dezirselo  a  ella  a  más  te  atrcuíste, 
no  hay  más  que  pedir,  vine  contento, 
mas  pues  c'as  subido  tu  pensamiento 
en  parte  tan  alta  j  tan  alto  lugar 
DO  lo  consientas  jamas  abaxar, 
son  tenlo  allá'  riva  con  esse  tormento. 

C'ansi  hago  70  la  pena  e  dolor 
que  passo  e  padezco  por  causa  de  Illana, 
la  llaga  es  mu j  grande  mas  es  tan  ufana 
que  quant<»  mas  peno  mi  gloria  es  mayor, 
el  mal  que  me  crece  faltarme  fauor, 
pues  nadie  lo  alcanza  por  ser  ella  tal 
tan  grande  es  el  bienquan  grande  es  el  mal, 
porque  esta  es  la  ley  perfecta  de  amor. 

T.         Bien  sé  que  en  seruir  a  quien  más  me- 
perdiendo  la  vida  la  gloria  se  gana,    [rece 
lo  uno  te  hiere,  lo  otro  te  saua, 
mas  dame  razón  de  quien  te  aborrece, 
penar  ni  senur  no  lo  agradece 
ni  verte  ni  oyrte  jamas  no  le  plaze. 

Q.         ¿Ya  mi  su  plazer  qué  fruto  me  haze 
si  huelgo  yo  en  vella  pues  bien  me  parece? 
Mándame  Illana  puesqu'es  tan  hermosa 
que  nunca  la  vea  ni  nunca  la  hvya, 
8Í  quiere  matarme  la  vida  no  es  suya 
e  si  ella  la  mata  será  venturosa, 
¿pues  no  te  parece  que  es  poderosa 
Benita  que  puede  mandarte  que  mueras? 
pues  sime,  Torino,  que  nunca  dcuieras 
en  toda  tu  vida  hazer  otra  cosa. 

T .        Al  fin  tu  consejo  haure  de  seguir 
pues  pena  me  sobra  y  en  ella  razón, 
que  poco  es  mi  daño  según  la  ocassion, 
pues  quiero  penando  muriendo  viuir, 
quiero  cantar,  llorar  e  reyr, 
quiero  plañir,  baylar  e  quexar, 
quiero  snffrír,  gritar  e  callar, 
quiero  por  fuerza  de  grado  scniir. 

G.         Verás  qué  cántica  liará  tan  donosa 

que  quando  en  el  frío,  que  quando  en  el 
ya  está  de  veras,  ya  está  de  juego     [fuego, 
él  se  lo  dize  y  él  se  lo  glosa; 
agora  rebulle,  agora  rebosa, 
agora  se  alaba,  agora  se  quexa, 
agora  comienza,  agora  se  dexa, 
a  pocas  dirá  qué  qu'es  cosa  y  cosa. 

San  Blas  me  bendiga  y  señor  Santanton 
con  este  perdido  e  con  su  cachondez, 
lo  que  agora  dize  no  dize  otra  vez 
ni  mas  de  una  buelta  os  dirá  una  razón, 
dot'a  nuil  fuego  a  ti,  a  tu  question, 
ven  acá,  Quind ,  tañe  y  bailemos. 

Q .      ^  Mejor  es,  Ouillardo,  que  todos  cantemos, 
si  quiere  Toríno,  alguna  canción. 

Toríno,  cantemos,  dexa  el  pcnsío, 
date  descanso  en  algún  gasa  jado. 

T.         ¿Qué  quieres  que  cante  el  más  desdi- 

[chado 
pastor  que  s'es  visto  de  mal  como  el  mió? 


G.         O  do  al  diablo  tan  gran  modorrio 
como  el  de  vosotros  para  ser  zagales; 
cantemos  si  quiera  e  canta  vuestros  uiales. 

T .         Si  esso  cantamos  yo  no  do  dcsuio. 

(  Villancico,  que  cantan  los  tres  pastores,) 

Nunca  yo  pense  que  amor 
con  sus  amores 
d'amor  matasse  pastores. 

Tras  galanes  palaciegos 
yo  pense  que  siempre  andana 
e  no  pense  que  mataua 
los  pastores  ni  matiegos, 
mas  do  van  tras  sus  borregos 
veo  que  con  su  dolor 
les  da  dolores 
con  que  los  mata  de  amores. 

Con  su  nombre  falso  engaña 
que  parece  que  no  es  nada 
e  de  majada  en  majada 
e  de  cabana  en  cabana 
va  con  su  engañosa  maña 
prometiendo  su  fauor, 
e  sus  fauores 
matan  después  los  pastores. 

(Otro  villancico  de  Quiral  y  Torino.) 

G.         Zagal,  mal  te  va  en  amores, 

ya  lo  sé. 
T.         Guillardo,  mal  a  la  fe. 
G.         Mal  te  deue  d'ir,  zagal, 

según  veo  en  ti  señales. 
T .         Tanto*  mal  me  va  de  males 

que  no  hay  remedio  en  mis  males. 
G.         Luego  en  ver  que  estañas  tal 

me  lo  pense. 
T .         Mucho  mal  me  va  a  la  fe. 

LO  QUE  PASSÓ  ACABADA  LA  ÉGLOGA 

La  égloga  acabada,  Flamiano  se  tornó  á  su 
posada;  e  tornaron  á  la  ñesta  vestidos  de  más- 
cara él  y  el  cardenal  de  Brujas,  con  aljubas  e 
capas  de  paño  negro  frisado  enrrejadas  encima 
de  fresos  de  oro  angostos  puestos  sobre  pesta- 
ñas blancas:  en  medio  de  los  quadros  Imuia 
sobre  el  paño  vnas  mariposas  de  plata  con  las 
alas  abiertas  bolando,  c^n  vna  letra  que  Fla- 
miano sacó  que  dezia: 

May  reposa 
la  vida  qu'está  dudosa. 

Assi  estuuioron  tanto  que  la  fiesta  del  dan- 
zar duró  que  fue  la  mayor  parte  de  la  noche. 
Después  de  tomados  a  sus  posadas,  hauiendo 
reposado  dos  dias  Flamiano  apartó  á  Felisel 
e  mandóle  que  tornase  a  ver  a  Vasquiran  con 


74 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


vna  carta  suya,  e  que  le  licuase  vna  uiula  quel 
señor  cardenal  de  Feleniisa  le  hauia  dado  con 
dos  muy  buenos  lebreles  que  le  hauia  dado  el 
señor  cardenal  de  B  ni  jas  c  después  de  hauerle 
despachado,  le  mandó  que  de  parte  suya  afin- 
cadamente le  rogasse  e  importunasse  que  se  u¡- 
niesse  a  ver  e  descansar  con  él  algún  tiempo. 
Despachado  Folisel  se  partió,  e  llegado  á  Feler- 
nisa  halló  á  Vasquiran  que  se  era  leuantado 
pocos  dias  hauia  de  Tnas  calenturas  que  liauia 
tenido.  Hauieudole  dado  su  letra  e  las  cosas 
que  le  Ueuaua  le  preguntó  la  causa  de  su  en- 
fermedad. Vasquiran  le  dixo:  Felisel,  verdade- 
ramente yo  pense  que  me  hallaras  alegre  con  el 
mal  de  la  muerte,  e  hallasmc  triste  con  la  des- 
esperación de  la  vida.  Yo  he  estado  doliente  de 
vnas  calenturas  que  he  tenido  á  las  quales 
quando  venirlas  vi,  creyendo  que  serian  más 
como  desseaua,  del  gozo  que  con  ellas  houe 
hize  esta  canción. 

CANCIÓN 

Pues  que  remediays  mis  males 
bien  seays  venido,  mal, 
pero  haueys  de  ser  mortal, 
que  los  mios  son  mortales. 
Si  TOS  guareceys  mi  pena 
y  passiones  con  matarme, 
pues  que  venis  á  sananue 
vos  vengays  en  ora  buena, 
mas  mira  bien  que  son  tales 
y  la  causa  dellos  tal 
que  si  vos  no  soys  mortal 
nunca  sanareys  mis  males. 

Assi  et$tuue,  Felisel,  con  esta  <;ancion  e  con 
mi  enfermedad  algún  dia  reposado  esperando 
con  ella  dar  fin  á  mis  enfermedades,  e  no  quiso 
mi  desuentura  que  houiessen  fin  hasta  que  yo 
en  ellas  fenezca,  sino  que  la  salud  del  cuerpo 
me  tornó  por  llenarme  la  del  desseo,  y  assi  con 
tal  desesperación  yo  tomé  á  hazer  este  vi- 
llancico. 

Paes  que  ya  tomays,  salud, 
a  matarme  con  la  vida 
vos  «eays  la  mal  venida. 
Yo  pensaua  ya  gozar 
de  mi  riéndome  sin  vr»s 
e  que  os  ybades  con  Dios 
por  dexarme  reposar, 
mas  pues  que  quereys  tornar 
donde  os  tienen  aborrida 
vos  seays  la  mal  venida. 

Pues  assi  e&tnuierou  todos  aquel  dia  en  di- 
uersas  cosas  hablando,  assi  de  lo  que  en  el  juego 
de  cañas  hauia  pasado  como  de  las  damas  y  se- 


ñoras que  en  Virgíliano  hauian  estado  aquellos 
dias  y  de  los  caualleros  assimesmo  y  de  muchas 
cosas  que  hauian  passado.  En  especial  le  recitó 
la  égloga  que  Flamiano  habia  representado,  de 
que  Vasquiran  holgó  en  mucha  manera.  E  assi 
a  la  noche  hauiendo  cenado,  Felisel  lo  dio  la 
carta  que  le  traya,  porque  hasta  alli  no  se  la 
hauia  dado,  la  qual  dezia  en  esta  manera. 

CARTA  DE   FLAMIANO  i  VASQUIRAN 

Verdaderamente,  Vasquiran,  tus  cartas  nic 
desatinan  porque  quando  miro  en  ellas  el  encare- 
cimiento de  tu  daño  me  parece  grande,  quando 
considero  la  causa  del  lo  juzgo  pequeño.  Pero 
en  esta  carta  tuya  pí>8trera  he  conocido  en  las 
cosas  que  me  escribes  lo  que  te  engañas,  en  es- 
pecial en  quererte  hazer  ygual  en  el  martirio 
con  Petrarca  y  Garcisanchez.  Si  supiesses  de 
quan  lexoe  vas  errado,  maravillarte  yas  por 
cierto.  Los  tiros  de  su  combate  muy  lexos 
hizieron  los  golpes  de  donde  los  tuyos  dan.  Do 
virgines  y  mártires  ganaron  ellos  la  palma  si 
bien  lo  miras,  que  no  de  confessores  de  sus  Vi- 
torias como  tú  hazes.  Sí  gozo  ellos  han  hauido, 
en  la  muerte  lo  habrían;  que  en  la  vida  nunca 
lo  houieron.  Mi  dolor  sintieron  e  tu  gozo  igno- 
raron. Claro  está  aeg^n  muestran  las  liciones 
del  uno  e  los  sonetos  del  otro,  e  quanto  ambos 
escríuierou,  porque  de  ninguno  dellos  leemos 
sino  pesares  en  la  vida,  congoxas  y  dolores  en 
la  muerte;  desseos,  sospiros,  ansias  apassiona- 
das,  cuydadoB  e  disfauores  e  desesperados  pen- 
samientos; quando  quexando,  quando  plañen- 
do, quando  pidiendo  la  muerte,  quando  aborre- 
ciendo la  vida.  Destos  misterios  dexaron  llenos 
de  tinta  sus  papeles  e  de  lastimas  su  memoria, 
estos  hizieron  sus  vidas  llenos  de  pena  e  sus 
fines  tan  doloridos;  con  estos  que  son  los  males 
do  mis  males  se  engendran,  con  estos  que  fue- 
ron martirizados  como  yo  lo  soy;  verdad  es  que 
do  dias  vencieron  como  tú  a  quien  de  amor  y 
fe  vencidos  los  tuvo  e  los  hizo  viuir  desseando 
la  muerte  con  mas  razón  que  tú  la  desseas. 
Assi  que  mira  lo  que  por  la  boca  cscríuiendo 
publicaron  e  conocerás  lo  que  en  el  alma  ca- 
llando encubierto  suffrieron,  e  mira  si  hallarás 
en  ellos  vn  dia  de  victoria  como  tú  plañes  doze 
años  de  gloria  que  dizes  que  perdiste.  Yo  digo 
que  los  ganaste,  mas  hate  parecido  a  ti  que  la 
fortuna  te  era  obligada  a  tenerte  queda  la  rueda 
en  la  cumbre  del  plazer;  yo  te  prometo  que  si 
de  sus  bienes  no  te  houicra  hecho  tan  contento, 
que  de  sus  males  no  fueras  tan  quoxoso  sin 
razón,  como  estos  e  yo  lo  somos.  También  me 
escriues  como  soñaste  que  viste  en  visión  tn 
alegría,  tus  placeres,  tu  descanso,  tu  consenti- 
miento, tu  csperan<;a,  tu  memoria,  tu  desseo; 
beato  tú  que  primero  las  gozaste  en  la  vida  y 


QUESTION  DE   AMOR 


en  la  muci-te  las  eusacfias,  yo  te  prometo  que 
ATiique  uii  placer,  ni  mi  alegría,  ni  mi  descanso, 
ni  mi  contentamiento,  ni  mi  esperan<;.a  yo  los 
encontrasse  a  medio  día,  que  no  los  conociesse 
pues  que  nunca  los  vi;  mi  desseo  y  mi  memo- 
ria no  me  los  cale  soñar,  que  velando  me  hazen 
soñar  la  muerte  sin  dormir  cada  hora.  También 
me  escribes  que  viste  á  Violina  e  te  habló,  e 
quexaste  dello,  ¿qué  te  pudo  liazer  viniendo  que 
muerta  no  te  quiere  oluidar?  "No  me  alegraré 
yo  de  lo  que  tú,  que  ni  agora  en  vida  ni  des- 
pués de  mis  dias  acabados  de  mi  tuuo  memo- 
ria ni  tema,  no  digo  de  verme  que  es  impossi- 
ble,  mas  avn  de  pensar  si  soy  en  el  mundo.  Con- 
téntate puee,  recobra  tu  juyzio,  no  des  mas 
cansa  para  que  las  gentes  te  juzguen,  no  cor- 
rompas la  reputación  de  tu  fama,  ni  el  agudeza 
de  tu  ingenio  con  tan  flaca  causa,  dando  lugar 
a  tu  dolor  que  de  pesar  te  haya  de  tener  tal 
que  á  ti  pierdas  e  a  mi  no  ayudes,  pues  que 
vees  que  mi  vida  penando  se  consume;  sino  te 
voy  a  ver  es  por  la  necesidad  que  tengo  que  a 
verme  vengas.  Lo  qual  te  pido  que  hagas  tanto 
caramente  quanto  rogártelo  puedo,  porque  avn- 
qne  soledad  busques  para  tu  descanso,  la  com- 
paflia  de  mis  sospiros  te  la  dará,  e  con  la  mucha 
confianza  que  de  ti  tengo  quedo  con  tu  vista 
esperando  la  respuesta  glosando  esta  canción: 

Sin  remedio  es  mi  herida 
pues  se  cansa  quondo  os  veo 
y  en  ausencia  mi  desseo 
más  dolor  me  da  en  la  vida. 

¿Qué  remedio  haurá  en  mi  pena 
si  veros  fue  causa  della 
y  el  dolor  de  mi  querella 
vuestra  ausencia  lo  condena? 
de  suerte  que  no  hay  salida 
para  mi,  ni  yo  la  veo, 
pues  veros  é  mi  desseo 
son  el  cabo  de  mi  vida. 

LO  QUE  VABQUIRAK  ORDENÓ  DESPUÉS  DE  LEY- 
DA  LA  CARTA,  E  GOXO  SE  PARTIÓ  PARA  NO- 
PLEBANO. 

Otro  dia  Vasquiran  después  de  leyda  la  carta 
de  Flamiano,  de  gran  mañana  se  fue  a  ca^a  de 
ribera  y  llenó  a  Felisel  consigo,  al  qual  des- 
pués de  hauei  volado  una  píe^a  del  dia  le  dixo 
tomándole  aparte:Ya  sabes,  Felisel,  comotengo 
deliberado  de  yr  a  ver  a  tu  señor,  porque  pues 
mis  ccmgoxas  no  bastan  para  acabarme  quilas 
las  suyas  lo  harán;  quissiera  tenerte  comigo 
para  llenarte  por  el  camino  para  mi  descanso  e 
no  es  cosa  que  hazerse  pueda  por  la  necesidad 
que  Flamiano  tiene  de  ti,  en  especial  con  mi 
yda  c  también  porque  no  seria  razón  tomalle 
impensado,  aasi  que  más  eres  nllá  menester 


para  seruir  a  Flamiano  que  no  acá  para  mi  pla- 
zer  pues  no  le  tengo,  assi  que  mañana  te  parte 
y  darle  has  aviso,  e  pues  que  yo  allá  seré  tan 
en  breue,  no  le  delibero  áíscriuir  sino  que  sola- 
mente de  mi  parte  le  digas  que  sí  su  señora  le 
ha  mostrado  sospirar  que  consigo  aprenderá 
bien  á  llorar;  e  assi  hablando  se  tornaron  a 
Felemisa.  Otro  dia  Felisel  se  partió  e  llegado 
que  fue  á  Xoplesano  flzo  saber  a  Flamiano  la 
venida  de  Vasquiran.  Sabido  que  Flamiano  la 
hono  mandó  aparejar  dentro  en  su  posada  vn 
aposento  para  Vasquiran,  el  qual  se  contenía 
con  vu  jardín  que  en  la  casa  hauia  el  qual  mandó 
aderezar  conforme  a  la  voluntad  c  vida  del  que 
en  el  hauia  de  posar. 

LO  QUE  VASQUIRAN  HIZO  DESPUÉS  DE  PARTIDO 
FELISEL  HASTA  LLEGAR  A  XOPLEBANO 

Partido  Felisel,  Vasquiran  deliberó  de  yr 
aquel  camino  por  mar  e  mandó  fletar  vna  umy 
buena  ñaue  de  las  que  en  el  puerto  hauia,  e 
mandó  meter  en  ella  las  cosos  que  hauia  neces- 
sarias  para  el  camino,  y  embarcar  la  ropa  e 
caualgaduras  que  deliberaua  llenar:  e  assi  par- 
tía á  su  heredad  ante  de  embarcar  por  visitar 
la  sepultura  de  Violina.  Llegado  allí  vna  tarde 
mandó  sobre  la  tumba  pussiesen  un  título  con 
esta  letra: 

Aquí  yaze 
todo  el  bien  que  mal  me  haze. 

E  assi  mandó  dar  orden  en  todo  lo  que  en 
ausencia  suya  deuia  hazer  assi  en  el  concierto 
de  la  casa  como  en  los  offícios  de  la  capilla,  e 
assi  despidiéndose  a  la  partida  hizo  esta  can- 
ción a  la  sepultura: 

Pues  mi  desastrada  suerte 
contigo  no  me  consiente, 
quiero  ver  sí  estando  ausente 
pudiesse  hallar  la  muerte. 

Lo  que  mí  viuir  querría 
es  no  verse  ya  comigo 
porque  yo  estando  contigo 
más  contento  viniria, 
e  pues  que  veo  qu'en  verte 
mi  pena  descanso  siente, 
cierta  so  que  estando  ausente 
no  venia  buscar  la  muerte. 

Otro  día  se  tornó  a  Felernisa  e  queriendo 
partirse  para  Noplesano  mandó  poner  sobre  el 
portal  de  su  casa  un  título  que  dezia: 

Queda  cerrada  lu  puerta 
que  la  muerte  halló  abierta. 


7r, 


ORÍGENES  DE  LA   NOVELA 


Aquesta  noche  mandaron  embarcar  sus  ser- 
vidores, él  Be  embarcó  ante  que  fuesse  de  dia 
por  escasarse  de  la  importunidad  de  las  visi- 
taciones c  de  los  que  al  embarcar  le  houieran 
querido  acompañar,  hauiendo  empero  visitado 
algunas  personas  principales  a  quien  la  rayón 
e  alguna  obligación  le  constrifíia.  Pues  siendo 
ya  embarcado  queriendo  la  ñaue  bazer  vela 
ante  que  amaneciese,  hizo  esta  canción: 

El  morir  vino  a  buscarme 
para  matar  mi  alegría, 
e  agora  que  yo  querria 
no  me  quiere  por  matarme. 

El  me  vino  a  mi  a  buscar 
teniéndole  aborrecido 
e  agora  que  yo  le  pido 
no  le  halla  mi  pesar, 
assi  que  ha,urá  de  foryarme 
a  bui^calle  mi  porfía 
pues  veo  que  se  desuia 
de  mi  para  más  matarme. 

Hecho  que  houo  vela  la  ñaue,  en  pocos  dias 
fueron  a  vista  de  la  tierra  de  Noplesano,  e  por 
hauer  tenido  algo  el  viento  contrarío  haUaronse 
algo  baxos  del  puerto,  e  no  podiendole  tomar 
acordaron  por  aquella  noche  de  surgir  en  vna 
costa  que  está  baxo  de  dicho  puerto  a  quarenta 
millas  de  Noplesano,  la  qual  es  tan  áspera  de 
rocas  e  peñas  e  alta  montaña  que  por  muy 
pocas  partes  se  puede  andar  por  ella  a  cauallo, 
empero  í*8  muy  poblada  de  jardines  e  arboles 
de  diuersas  maneras,  en  especial  de  torongeros 
e  sidras  e  limones  e  toda  diuersidad  de  rosas, 
o  muchas  caserías  assentadas  por  lo  alto  de  las 
rocas ;  e  a  la  marina  hay  algunos  lugares  e  vna 
gentil  cilniad  que  ha  nombre  Malhaze  de  donde 
toma  el  nombre  la  costa.  Pues  assi  llegados,  la 
ñaue  surgió  en  vn  reparo  del  viento  que  venian 
muy  cerca  de  tierra,  en  el  qual  lugar,  ya  otra 
vez  hauia  estado  Vasquiran  trayendo  consigo 
a  Violina  hauia  mucho  tiempo.  Pensar  se  puede 
lo  que  Vasquiran  sentiría  viniéndole  a  la  me- 
moria, la  qual  le  renouo  infinitos  c  trístes  pen- 
samientos los  quales  le  sacauan  del  corayon  en- 
trañables sospiros  e  infinitas  lagrímas,  las 
quales  porque  mejor  e  mas  encobierto  derra- 
mallas  podicssc.  con  una  viuela  en  la  mano,  de 
la  nao  se  salió  e  sentado  sobre  una  roca  muy 
alta  que  la  mar  la  batia,  debaxo  de  vn  árbol 
comenro  a  cantar  esta  canción : 

No  tardará  la  vitoria 
de  mi  morir  en  llegar, 
pues  que  yo  vi  este  lugar 
qu'era  tan  lleno  de  gloria 
quanto  agora  de  pesar. 


Yo  vi  en  toda  esta  ríuera 
mili  arboles  de  alegría, 
veola  agora  vazia 
de  plazer  de  tal  manera 
que  me  da  la  fantasia 
qu'el  dolor  de  su  memoría 
ya  no  dexará  tardar 
mi  morír  de  no  llegar 
para  darme  tanta  gloria 
quanto  m'a  dado  pesar. 

Estando  alli  assi  cantando  e  pensando  acor- 
dóse que  en  aquel  mismo  lugar  hauia  estado, 
quando  por  alli  passaron  él  e  Violina  e  otras 
señoras  que  en  la  ñaue  venian,  toda  vna  tarde 
a  la  sombra  de  aquel  árbol  jugando  a  cartas  e 
razonando,  e  hauian  cenado  con  mucho  plazer 
mirando  la  mar,  e  assi  acordándose  dello  co- 
menyo  a  cantar  este  villancico. 

Di,  lugar  sin  alegria, 
¿quién  te  ha  hecho  sin  plazer 
que  tú  alegre  solias  ser? 

¿Quién  ha  hecho  tus  verdores 
e  tus  rosas  e  tus  flores 
l)oluer  todas  en  dolores 
de  pesares  e  tristuras, 
quién  assi  t'a  hecho  ascuras* 
tus  lumbres  escurecer 
(¿ue  tú  alegre  solias  ser? 

Passada  parte  de  la  noche,  ya  Vasquiran 
recogido  en  la  ñaue,  con  el  viento  de  la  tierra 
hizieron  vela  e  llegaron  a  hora  de  missa  al 
puerto  de  Noplesano.  Mandó  Vasquiran  que 
ninguna  señal  de  alegría  la  ñaue  en  la  entrada 
hiziesse  de  las  que  acostumbran  hazer.  Sabido 
Flamiano  por  un  paje  suyo  que  de  unos  corre- 
dores de  su  casa  vio  la  ñaue  entrar,  lo  que  en 
la  entrada  hauia  hecho,  pensó  lo  que  podía  ser, 
e  con  algunos  caualleros  mancebos  que  con  él 
se  hallaron,  sin  más  esperar  junto  con  ellos  al 
puerto  se  vino,  e  llegaron  al  tiempo  que  la  ñaue 
acabaña  de  surgir,  e  assi  todos  apeados  en  vna 
barca  en  ella  entraron  e  hallaron  a  Vasquiran 
que  se  queria  desembarcar.  E  assi  se  recibieron 
con  mucho  amor  e  poca  alegria.  Estando  assi 
todos  juntos  teniendo  Flamiano  a  Vasquiran 
abrayado,  en  nombre  de  todos  ellos  le  dixo:  Vas- 
quiran, a  todos  estos  caualleros  amigos  tuyos  e 
señores  c  hermanos  mios  que  aqui  vienen  o  son 
venidos  a  verte,  no  les  duele  menos  tu  pesar 
que  a  mi;  con  tu  vista  se  alegran  tanto  como 
yo.  Al  qual  él  respondió:  Plega  a  Dios  que  a 
ti  e  a  ellos  haga  tan  contentos  con  la  vida, 
como  a  nn'  con  la  muerte  me  fazia.  Al  qual  res- 
pondió el  marques  Carlerin:  Señor  Vasquiran, 
para  las  aducrsidades  estremó  Dios  los  ánimos 
de  los  caualleros  como  vos,  pues  que  no  es 
menos  esfuerzo  saber  suffrir  cuerdamente  que 


QUESTION  DE  AMOR 


77 


osar  venzer  aniniosamciite.  Yasquirau  le  res- 
pondió: Verdad  es,  señor  marqnes,  lo  qne  de- 
zÍR,  pero  también  hizo  Dios  a  los  discretos  para 
saber  sentir  las  perdidas,  como  a  los  esfor9ádos 
para  gozarse  de  las  ganancias  de  las  yitorías, 
e  no  es  menos  TÍrtuoso  el  buen  conocimiento 
qne  el  buen  animo,  ni  vale  menos  la  virtud  por 
saber  bien  doler,  que  saber  bien  sofrir  e  osar 
bien  resistir. 

E  assi  razonando  en  muchas  otras  cosas 
semejantes,  salieron  de  la  ñaue,  e  todos  juntos 
vinieron  a  la  posada  de  Flamiano  donde  halla- 
ron muchos  caualleros  que  los  espcrauan,  e 
todos  juntos  alli  comieron  hablando  de  muchas 
cosas.  E  assi  aquel  dia  passaron  en  visitas  de 
los  que  a  ver  vinieron  a  Vesquirán  y  de  mu- 
chos señores  que  a  visitar  le  embiaron. 

LO  QUE  YASQÜIRAN  HIZO  DESPUÉS  DE  LLEGADO 

Á  N0PLBSA170 

Otro  dia  después  de  haner  comido,  Vaeqni- 
ran  acordó  de  yr  a  besar  las  manos  a  la  señora 
duquesa  de  Meliano  e  a  Belisena,  e  después  al 
visorej  e  al  cardenal  de  Brujas  e  a  la  señora 
princesa  de  Salusana  e  a  algunas  otras  perso- 
nas que  S{is  estados  e  la  ra9on  lo  requería. 
E  assi  acompañado  de  algunos  mancebos  que 
con  él  e  con  Flamiano  se  hallaron,  hauiendolo 
hecho  saber  a  la  señora  duquesa  se  fueron  a  su 
posada,  j  yendo  por  el  camino,  Flamiano  se 
uegó  a  Vasqniran  e  le  dixo:  agora  ymos  en  lu- 
gar donde  tú  de  tus  males  serás  consolado  e 
yo  de  los  mios  lastimado.  Al  qual  respondió 
Vasquiran:  mas  voy  a  oyr  de  nueuo  mis  lasti- 
mas; tu  vas  a  ver  lo  que  desseas;  yo  recibiré 
pena  en  lo  que  oyre;  tú  recibirás  gloría  en  lo 
que  verás.  Assi  razonando  llegaron  a  la  posada 
de  la  señora  duquesa,  a  la  qual  hallaron  en  vna 
quadra  con  aquel  atauio  que  a  tan  gran  señora 
siendo  uiuda  se  requería,  acompañada  de  la  se- 
ñora Belisena  su  hija,  con  todas  las  otras  da- 
mas e  dueñas  de  su  casa.  E  como  las  congoxas 
de  los  lastimados  con  ver  otros  llagados  de  su 
herida  no  pueden  menos  de  no  alterar  el  dolor 
de  las  llagas,  alli  hauiendo  sido  esta  noble  se- 
ñora vna  de  las  que  con  más  ra9on  de  la  ad- 
aersa  fortuna  quexarse  deuia,  uiendole  perder 
en  poco  tiempo  el  católico  abuelo,  la  magestad 
del  serenissimo  padre,  el  clarissimo  hermano 
en  medio  del  triunfo  mas  prospero  de  su  go- 
bierno reynando,  e  sobre  todo  el  ylustrissimo 
marido  tan  tiranamente  de  su  estado  e  libertad 
con  el  heredero  hijo  dcsposseidos ,  de  manera 
que  no  pudo  menos  la  vista  de  Vasquiran  ha- 
zer  que  de  mucho  dolor  su  memoria  no  lasti- 
masse,  e  verdaderamente  ninguna  de  las  que 
Tiuen  para  ello  mas  ra^on  tiene. 

Pues  assi  llegados,  hauiendo  Vasquiran  be- 


sado las  manos  a  la  señora  duquesa,  e  a  Belise- 
na hecho  aquel  acatamiento  que  se  deue  hazer 
e  a  todas  las  otras  señoras  e  damas,  después 
de  todos  sentados,  la  duquesa  comen9<S  de  ha- 
blar en  esta  manera. 

LO  QUE  LA  SEÑORA  DUQUESA  HABLÓ  A  VASQUI- 
RAN EN  PRESENCIA  DE  TODOS  ;  E  LO  QUE 
VASQUIRAN  LE  RESPONDIÓ  E  ALLI  PASSÓ. 

Vasquiran,  por  vida  de  mi  hija  Belisena 
qu'es  la  mas  cara  cosa  que  la  fortuna  para  mi 
consuelo  me  ha  dexado,  que  considerado  el  va- 
lor e  virtud  e  crian9a  tuya,  y  el  amor  e  volun- 
tad que  al  duque  mi  señor,  que  haya  santa 
gloria,  e  a  mi  casa  siempre  te  conoci  tener,  sa- 
bido tu  perdida  tanto  tu  daño  me  ha  pessado, 
que  con  los  mios  ygualmente  me  ha  dado  fati- 
ga. Esto  te  digo  porque  conozcas  la  voluntad 
que  te  tengo,  lo  que  consolarte  podria  rcmitolo 
a  ti  pues  te  sobra  tanta  discreción  para  ello 
quanto  a  mí  me  falta  consuelo  para  mis  males. 

Vasquiran  le  respondió:  Harto,  señora,  es 
grande  mi  desuentura  quando  en  tan  alte  lu- 
gar ha  hecho  señal  de  compasión,  mas  yo  doy 
gracias  a  Dios  que  me  ha  hecho  tanto  bien  en 
satisffacion  de  tanto  mal  qu'en  tan  noble  señora 
como  vos  e  de  tan  agrauiados  males  combatida 
mi  daño  haya  tenido  cabida  o  lugar  de  doler;  lo 
que  yo  señora  siempre  desseo  A-uestro  seruicio 
Dios  lo  sabe;  lo  que  en  vuestras  perdidas  yo 
he  sentido  ha  sido  tente  que  el  dolor  dellas  te- 
nia ya  en  mí  hecho  el  aposento  para  quando 
las  mias  llegaron. 

En  este  y  en  otras  cosas  hablando  llegó  el 
tiempo  de  despedirse,  en  el  que  nunca  Flamia- 
no los  ojos  apartó  de  Belisena.  Pues  siendo  de 
pies  ya  de  la  duquesa  despedidos,  Vasquiran 
se  despidió  de  Belisena  a  la  qual  dixo:  señora. 
Dios  os  haga  tan  contente  como  vos  mereceys 
e  yo  desseo,  porque  ensanche  el  mundo  para 
que  sea  vuestro  y  en  que  mi  pesar  pueda  ca- 
ber. Al  qual  ella  respondió:  Vasquiran,  Dios 
os  dé  aquel  consuelo  qu3  con  la  vida  se  puede 
alcanzar,  de  manera  que  ten  alegre  como  ago- 
ra triste  podays  viuir  muchos  dias.  E  assi  la 
señora  Yssiana  se  llegó  a  ellos  o  muy  baxo  le 
dixo:  señor  Vasquiran,  osfor9aos,  que  no  juzgo 
menos  discreción  en  vuestro  seso  que  dolor  en 
vuestro  pesar;  la  fortuna  os  quitó  lo  que  pudo, 
pero  no  la  virtud  que  en  vos  queda  que  es  más. 

Señora,  dixo  Vasquiran,  plega  á  Dios  que 
tenta  parte  os  dé  la  tierra  quante  en  vuestra 
hermosura  nos  ha  dado  de  lo  del  cielo,  pues 
que  está  en  vos  mejor  aparejado  el  merecer 
para  ello  que  en  mi  el  consuelo  para  ser  alegre. 
Bien  sé  yo  que  si  posible  fuera  que  en  mí  pu- 
diera hauer  remedio  para  mi  tristeza,  el  espe- 
ranza de  vos  sola  la  esperara. 


78 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Al  qiial  respondió  la  señora  Persiana:  Vas- 
quiran,  por  la  compasión  que  tengo  de  ver 
Tuestra  tristeza,  quiero  consentir  que  me  sir- 
uays  e  sin  perjuizio  mió  yo  haré  que  perdaya 
mucha  parte  de  vuestra  passion  con  mis  fa- 
uores. 

Assi  tornado  a  la  señora  duquesa  se  despidió 
con  todos  aquellos  caualleros  que  con  él  ha- 
uian  venido,  c  quedóse  alli  el  marques  Carle- 
rin.  De  alli  se  fueron  a  visitar  al  señor  visorey 
con  el  que  hallaron  al  cardenal  de  Brujas  y  el 
cardenal  de  Felernisa,  lus  qualcs  todos  con 
mucho  amor  le  recibieron.  El  restante  de  lo  que 
alli  passü,  por  abrcuiar  aqui  se  acorta.  Assi  se 
tornaron  á  su  posada.  Otro  dia  fue  a  besar  las 
manos  a  la  reina  Noplesana  e  a  su  madre,  e 
después  a  otras  muchas  señoras  que  a  la  sazón 
en  Noplesano  se  hallaron. 

LO  QUE  DESPUÉS  DE  LAS  VISITACIONES  E  HACER 
REPOSADO  ALGUNOS  DÍAS,  ENTRE  FLAMIANO 
Y  VASQÜIKAN  PA88Ó  SOBRE  SU  QUESTION 

Estando  vn  dia  atiabado  de  comer  Vasquiran 
e  Flamiano  en  vna  huerta  de  su  posada  acos- 
tados de  costado  sobre  vna  alfombra  debaxo 
vnos  naranjos,  comento  Vasquiran  en  esta  ma- 
nera de  dezir.  No  quiero,  Flamiano,  qu'el  pla- 
zer  de  nuestra  visita  con  su  plazer  ponga  si- 
lencio en  nuestra  question  a  sus  pesares,  por- 
que tanto  por  dalle  fin  a  nuestra  question  soy 
venido,  quanto  por  verte;  a  tu  postrera  carta 
no  respoiidi  por  hazerlo  agora.  Muchas  varie- 
dades he  visto  en  tus  respuestas  assi  de  lo  que 
en  mi  contradizes  como  de  lo  que  en  ti  ma- 
nifiestas, en  especial  agora  que  a  Bclisena  he 
visto,  o  digo  que  todo  ol  fin  de  tu  mal  seria 
perder  la  vida  por  sus  amí  res;  digote  vna  cosa, 
que  si  tal  perdiesses  el  más  de  los  bien  auentu- 
rados  te  podrias  llamar,  ¿pues  si  tu  muerte  se- 
ria venturosa,  tu  pena  no  es  gloriosa?  claro  esta. 
Todas  las  cosas  que  me  has  escripto  en  cuenta 
de  tus  quexas,  agora  que  lo  he  visto  juzgo  en 
cuenta  de  tus  glorias;  quando  nunca  más  bien 
tuuicss(»s  de  verte  su  servidor  es  mucho  para 
hacerte  ufano,  quanto  más  que  tus  ojos  la  pue- 
den ver  muchas  veces,  que  más  bien  no  le  hay. 
Qaantas  cosas  me  podrias  encarecer  de  los  ma- 
les qtie  pregonas  no  son  nada,  por  qne  Quiral 
en  tu  égloga  te  ha  respondido  lo  que  yo  po- 
dría; digote  vna  cosa,  que  te  juzgo  por  mas 
dichoso  penando  en  seruicio  suye  que  no  si 
alegpre  te  viese  sin  semilla.  Si  assi  supicsses 
tú  suffrír  contento  tu  pena  como  supiste  esco- 
ger la  causa  della,  ni  comígo  competerias  como 
hazes,  ni  yo  te  reuocaría  como  hago.  No  plega 
a  Dios  qne  mi  mal  sepas  a  qué  sabe,  ni  de  tu 
pena  sanes  porque  vinas  bien  auenturado.  Mi- 
rado el  lugar  do  tu  desseo  e  voluntad  possistc, 


de  todo  lo  possible  gozas;  visto  lo  que  quexas, 
todo  lo  impossible  desseas.  Visto  lo  que  yo 
perdi  no  hay  mas  bien  que  perder;  visto  lo  que 
yo  desseo  no  hay  mas  mal  que  dessear,  pues  qne 
al  fin  con  la  vida  se  acaba  todo. 

A  todas  las  cosas  que  me  has  escripto  te  he 
respondido;  a  lo  que  agora  me  querrás  dezir 
también  lo  verás,  oyrte  quiero. 

RESPUESTA    DE    FLAMIANO 

Vasquiran,  tixlo  quanto  hasta  agora  en  mis 
cartas  y  de  palabra  te  he  escrípto  y  enbiado  a 
dezir,  en  dos  cosas  me  parece  que  consiste.  La 
vna,  ha  sido  parecerme  que  quexas  mas  de  lo 
que  deues  e  que  no  perdiste  sino  que  se  acabó 
tu  plazer,  e  que  demasiado  estremo  dello  mues- 
tras. La  otra  ha  sido  que  mi  mal  es  mayor  qu'el 
tuyo.  Agora  quiero  que  despacio  juntos  lo  de- 
terminemos, e  quiero  oomení;ar  por  mí.  Dizes- 
nie  que  las  virtudes  e  merecimientos  de  Beli- 
sena  con  quantas  excelencias  en  ella  has  visto, 
me  deuen  hazer  ufano  y  contento,  e  qne  si  por 
ella  perdiesse  la  vida  sería  bien  auenturf^do, 
e  que  no  puedo  mas  perder,  e  que  cada  hora 
la  veo,  que  no  hay  más  bien  que  perder  e  que 
desseo  lo  impossible  y  gozo  lo  possible.  ¿Cómo 
se  podra  hazer  que  las  perficiones  de  Bclisena 
si  estas  mismas  encienden  el  fuego  do  m'abraso 
hagan  mi  pena  gloriosa?  quanto  más  dt>  su  valer 
contento,  más  de  mi  remedio  desconfió,  e  si 
como  dizes  por  ella  la  vida  perdiesse,  bien  dizes 
que  sería  bien  auenturado,  mas  no  la  pienlo  y 
muero  mili  vezes  cada  hora  sin  que  agradecido 
me  sea ;  el  bien  qne  me  cuentas  que  por  su  vida 
gano,  es  todo  el  mal  que  cada  hora  reuueua  mis 
males,  pues  que  para  más  no  la  veo  de  para 
mis  pesares.  Pues  mi  desseo  es  impossible,  ('qué 
bien  puedo  hauer  que  sea  lo  posible  como  ti\ 
dizes?  A  mi  me  pareze  que  el  fin  de  todas  las 
glorias  está  en  alcancarse  e  no  en  dessearse, 
porque  el  desseo  es  un  aciden  te  que  trae  con- 
goxa,  e  quanto  mayor  es  la  cosa  deseada  ma- 
yor es  la  congoxa  que  da  su  desseo;  ¿pues  cómo 
me  cuentas  tu  a  mi  el  desseo  por  gloria  siendo 
él  mismo  la  pena?  Visto  estar  claro  que  de 
todas  las  cosas  e  desseos  se  espera  algún  fin, 
de  todos  los  trabajos  se  espera  algún  descanso. 
Todos  los  desseos  se  fundan  sobre  alufuna  eape- 
ranca,  porque  si  cada  cosa  destas  esta  causa  no 
la  caussase,  no  temia  en  si  ninguna  razón,  pues 
que  no  tuuiesse  príncipio  donde  naciesse  no  ter- 
nia  termino  do  acabase,  pues  no  teniendo  prín- 
cipio ni  cabo  consiguiente  caduca  seria.  Pues 
luego  si  mi  desseo  es  impossible  y  es  grande  y 
grande  la  pasión  que  me  da,  ¿qué  cuenta  haura 
en  mi  mal?  no  otra  sino  que  no  hay  remedio 
para  él?  Pues  si  el  remedio  le  falta,  el  mió  es 
grande,  que  el  tuyo  no. 


QUE3TI0N  DE  AMOR 


Bien  me  plaze  Iiaunrte  ojdo  lo  (]Uc  díxee. 
Veanios  aflora,  FlamiaiKi,  ¿ta  mal  c  tn  pasHÍun 
no  es  e  nuce  del  dernaaiado  amor  r(np  n  Beli- 
stn.i  tienes?  Si.  Tú  no  dizes  r|u'cl  l>ien  que  la 
cfULi^rcB  en  estrenio  te  trae  cu  I"  que  esto8?  Si. 
'iii  desseo  que  es  galardón  de  tus  seruit-ios?  Si. 
Y  este  galardón  que  desseae  que  se  ver  cumplida 
tu  voluntad.'  Si.  De  qué  te  qnexns,  do  tjue  ni 
Tolunlad  va  lexos  de  lo  qne  la  tuya  qacria?  Si. 
Tú  no  quieres,  seprun  di/es  y  es  riiKon,  más  a 
ella  que  a  ti?  Si.  Pues  desta  manera  o  fú  no 
«abes  lo  que  quieres  o  es  falso  lo  qne  iIíki's.  No 
diíes,  como  es,  que  en  ella  está  el  fin  e  medio 
eomien^o  de  toda  la  virtud,  e  noblei;a  e  perfi- 
cion?  Si  Pues  si  tal  es,  como  es,  e  tu  voluiitnd 
e  desseo  fnessen  buenos,  no  deai'onf.  miaria 
dello  sn  Tolnutad,  por  consistiente,  o  ell»  no 
os  qnal  tú  distes,  o  tu  desseo  es  malo;  si  es  malo, 
.como  dizes  qno  bien  la  quieres  e  le  desseaB  mal? 
Haj^Ttmoe  agora  que  tu  voluntad  fuesse  buena  7 
la  suya  buena  como  es,  no  <lÍKes  qno  In  <|nieres 
mas  que  a  ti?  Pues  si  más  qne  u  ti  l¡\  quieres, 
razón  es  que  quieras  más  !o  qu'elia  quiere  i[He 
lo  que  tú  quieres,  pues  si  lo  qn'ella  quiere,  quie- 
res, no  ternas  de  queiarte:  no  teniendo  qiiexa 
no  temas  mal,  no  teniendo  mal,  ganado  ¡mure 
TU  la  questioD. 

FLAHIAKO    A   VABQUIRA» 

!No  me  contenta  lo  que  dizes  porque  no  satis- 
faze  a  lo  que  digo;  yo  te  dijío  que  ninguna  cosa 
se  linze  sin  esperanza  de  algún  fin,  como  rcmim 
olur.-imcnte.  Dexando  agora  lo  de  arriba  que  no 
es  razón  que  en  ello  hablemos,  pero  en  lo  d<.'  acá; 
,'porqué  semimos  al  rey  a  quien  deuida  obliga- 
ción nos  obliga?  ,'110  le  seruimos  pi'r  lo  que  so- 
mos obligados?  Si.  Si  pnes  le  si'uios  oMigiidos, 
¿ponjué  nos  quesamos  si  de  nuestros  seruicjos 
algún  seniicio  no  nos  baze,  e  si  de  nuestros 
faaores  algún  galardón  no  alcanzamos?  V  por 
consiguiente  de  nuestros  mismos  padres  lo  niis- 
nio  queremos  e  si  no  lo  liazen  lo  mismo  qne- 
xamos.  y  aun  como  el  Tolgo  dize,  a  los  santos 
uo  querria  seruir  ai  gafardon  no  esperasee,  pues 
pnra  Síruir  a  estos  no  nos  tallesce  amor,  pero 
si  satisFccha  no  es  nuestra  volunUnl  no  nos  falta 
qaexa,  e  qnauto  mal  nuestros-  ¡-eruicioa  e  to- 
liuitad  han  sido,  tanto  más  nos  da  pena  c  eon- 
goxa  lo  poco  que  uoa  es  agradecido.  Liu'>;o 
,' que  haré  qu'en  satiefacion  de  lo  qne  bien  quiero 
suy  aborrecido  que  es  el  mayor  nial,  en  pago 
de  mis  aeniicios  e  pasaion  no  alcanco  mas  de 
diafauorea,  menosprecios,  desdenes  e  mili  nU 
trajea?  Pnea  ai  mi  querer  no  puede  mudarse,  mi 


pasaion  no  puede  aflosar,  esperanza  de  más  no 
la  espero,  remedio  no  le  Iiny  ni  le  linllo,  qné 
mayor  mal  quieres  qnel  mió? 

VAS<tUIRAy   A   PLAUIANO 

Harto  es  poco  tu  mal  si  má^  m/Ain  no  tienes 
de  la  qne  d¡;^cs  jiara  él;  muy  lexns  van  tus  pa- 
labras e  razones  de  tna  eongnxas,  pero  o  haga- 
mos <[\w  sea  como  dizes,  o  llevemos  las  cusas  por 
razón;  digamos  lo  qne  dizee  que  sen  razón,  qne 
sin  la  rozón  que  nos  uMiga  seniir  al  n'y  dena- 
mos  esperar  mercedes  e  satisfacion  de  nuestros 
seruicios  e  hagamos  ygual  este  sentir  cou  lo  que 
a  lielisena  simes;  yo  quiero  qne  assi  sen  como 
dizes  e  ansi  te  mostrare  como  en  una  manera 
U'j  tienes  rnzon  de  qnexarte  y  en  otra  te  mos- 
traré como  eres  satisfecho.  I>Ígo  que  no  has 
ruzon  desta  mauera.  Loa  seruicioa  que  til  al  rey 
liazes  en  que  le  simes?  O  le  sinu's  en  sus  gue- 
rras y  conquistos  en  guarda  o  defensión  de  su 
persona  y  estado,  o  en  acrecentamiento  de  sus 
reynoa  con  peligni  de  la  tuya,  o  le  simes  en  la 
paz  acompafkandule  e  siguiendo  au  corte  con 
mucha  costa  que  te  cneata,  de  manera  que  tudos 
tus  aeraicios  son  buenos  e  merecen  liauer  bien. 
Pnea  veamos  a  Beliscna  si  la  simes  en  na<la  de 
esto.JDigí)  (juc  lio.  (■  Pues  en  qué  la  einies  ? ,"  Sa- 
bea  en  qué?  En  apocar  su  honrra,  en  alterar  eq 
fama,  en  poner  en  juyzio  de  mal  tíospechautta 
an  bondad,  en  todas  ¡as  cosas  r^ue  peor  juyzio 
le  pueden  hazer,  en  dessear  por  tn  bien  su  mal, 
o  por  tu  voluntad  su  mengua.  Y  quiereslo  ver? 
El  mayor  bien  e  mas  honesto  <¡ne  en  tn  despeo 
pudiesse  liauer  seria  cjue  sin  eapp'ii  nlcanzasses 
lo  qne  de  otra  dama  (jue  ygnal  b-  tueese  alcan- 
var  podrías;  pues  eso  no  se  podria  hazer  sin 
(jne  ella  de  su  estado  al  tuyo  basase,  luego  nial 
le  desseas.  Podrías  dessear  que  Di'*  te  subiesse 
a  tanto  que  ygnal  le  fuesaes?  La  penu  <ine  desto 
recibirías  mi  te  la  da  ella  sino  li>  que  en  ti  Falta. 
Luego  sin  razón  te  qiiexariaa.  Toruamln  al  pro- 
posito dig'i  <)ue  si  al  rey  siruiesaes  en  cosa  i|ue 
le  perjudicasse,  ni  él  te  lo  deiiería  agradecer,  ni 
tú  qnexarte  de  SU  ingratittul.  Pen)  aun  de  otra 
uianera  digo  que  eres  satiafccho  de  lo  que  te 
quexas;  bien  saK's  tú  que  hay  muHias  maneras 
de  seniicios  en  las  quales  Imy  nlguuiis  que  i'n  la 
misma  obra  dellns  está  el  galardón,  est.is  son 
aquellas  de  que  obrándolas  ^fauanioa  liourra, 
pnea  que  esta  es  la  cosa  mas  deeseada  como 
sea  señalarse  el  hombre  en  una  batalla  de  cam- 
po o  de  tierra,  en  otra  semejante  afrenta  he- 
cha en  aeruicio  de  señor  o  persona  tal  o  de 
qne  el  que  In  haze,  assi  por  señalarse,  como  por 
la  calidad  de  aquel  a  ijuien  sime,  queda  honrra- 
do.  Pues  parécete  a  ti  rpie  solo  este  uiimLro  sea 
poca  gloria  e  fama  e  lionrra?  tü  sabes  que  es 
mucha  ser  seruidor  de  quien  eres  siendo  más 


fio 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


publico  que  oculto,  no  pueden  tanto  merecer  tue 
teniicioa  qne  esto  no  sea  más;  no  serán  jamas 
tai)  grandes  tus  passionea  e  tornientos  <iiie  esta 
gloria  mayor  no  sea;  n¡ng:un  (lia  puedes  tanto 
penar  que  su  vista  no  te  dé  mas  descanso,  nin- 
guna c-ongosa  te  puede  dar  tu  deaseo  que  tn 
pensamiento  no  te  dé  mayor  gloria.  Mi  nial  es 
de  doler  por  que  en  él  no  hay  remedio;  en  los 
plazereí  ágenos  yo  peno;  en  las  passiones  e 
males  de  los  otros,  los  mios  se  dobJnn,  y  cato 
te  basta  paro  que  esta  question  baste,  e  acabo. 

BEBPOKBTA  DX  PLAUIANO 

Foco  a  poco  me  ecliarias  de  la  tierra  con 
tus  argumentos  de  lógico,  ante  que  lo  fagas 
quiero  bjrnar  a]  comiendo  de  nnostra  question 
e  digo  que  nunca  mis  males  menos  de  grandes 
tos  senti,  ni  nunca  los  tuyos  más  de  pequeQos 
los  juzjfué;  desta  manera  que  a  mi  se  me  figura 
como  nnnca  otra  cosa  conocí,  que  mal  es  que 
ningún  mal  con  el  mÍo  se  yguala. 

La  lengua  es  yn  instniumnto  en  qu'ol  dolor 
del  coraron  suena,  e  deata  manera  la  mia  liaze 
el  son  que  ores.  A  ti  como  el  plazer  has  per- 
dido figúrasete  qiie  tienes  mucha  ra^ou  c  que 
pues  que  la  raQon  es  mucha  que  la  cansa  es 
grande;  assi  qne  te  qnexas  como  quien  mucho 
bien  ha  perdido,  jo  me  quexo  como  quien  mu- 
abo  Dial  ha  passado  e  paaaa  y  el  bien  nunca 
YÍ6.  Pues  si  tú  faas  habido  bien  e  grande,  yo 
mal  e  grande,  tú  haa  sabido  qnd  es  bien,  yo  sé 
queee  mal;  agora  tú  sabes  qué  es  bien  o  mol; 
yo  mal  e  mal ;  claro  está  qué  más  mal  es  el 
mió  que  el  tayo.  A  mí  me  parece  qu'es  tanta 
Dii  pena  que  con  el  máa  penado  trooaria,  crc~ 
yendo  que  no  es  tanta  la  suya.  Tú  gofando 
til  bien  tan  contento  estañas,  que  con  el  máa 
gozoso  no  trocaras,  creyendo  que  nohauiamis 
bien  que  gofAr.  Yo  querria  saber  ft  qué  sabe 
por  juzgar  tu  perdida  qnanto  ea  grande,  por- 
que a  mi  se  me  figura  que  el  mayor  dafio  mió 
ea  el  mal  con  que  tú  lo  luizes  menor,  diziendo 


que  pues  n 


a  tiiTe  bien. 


cu. 


tir  qué  ea  mal;  yo  digo  que  harto  mal  es  saber 
qué  ea  bien,  después  passar  mal,  pero  mayor 
es  nunca  saber  qué  es  sino  mal.  y  aun  te  digo 
Tna  cosa,  pues  los  consuelos  que  tú  me  das  bas- 
tarían para  Tn  rustico  qne  nunca  de  ningún 
bien  gozó  e  poco  del  le  parecería  mucho,  o  para 
un  grosero  que  en  su  entendimiento  no  entra 
ni  lo  que  desscor  se  deue,  ni  lo  que  penar  se 
puede,  que  este  con  cualquier  cosa  que  le  acae- 
ciesse  sería  satisfecho  como  tú  quieres  que  yo 
haga,  pero  para  mi  que  desaco  lo  que  dcssearsc 
puede  do  bien  e  padezco  lo  qne  padecer  se  pue- 
de de  mal,  no  roe  parece  que  yerro  como  dizes, 
ante  que  tengo  ragon  de  llorar  de  mis  males  su 
dolor  e  de  los  bienes  ágenos  su  cnnidia.  E  assi 


esto  puesto  en  el  estremo  que  Tces  para  no  po- 
der reñir  en  conocimiento  de  tu  ra^on,  porqnc 
todo  lo  que  hablamos  tiene  dos  aentidos^  tú  lea 
das  el  que  te  parece  Ó  sientes,  yo  les  doy  el  que 
parece  o  siento,  e  assi  sería  insolnble  nuestra 
porfia.  Ponerla  en  manos  de  quien  la  determi- 
ne no  la  consiente  su  causa,  mejor  seria  dexar- 
la  suspensa. 


BBSrDEBTA    I 


:   TASUDinAN 


No  quiero,  Flamiano,  que  suspensa  quede> 
sino  que  se  determine  e  que  tú  aeas  el  juez,  e 
no  quiero  aino  en  breve  darte  la  determinación 
que  has  de  hazer,  y  es  que  juzgues  qual  de  nos- 
otros m&s  mal  padece,  que  esto  es  todo  el  fin 
desta  question.  Ta  mal  no  puede  ser  mucho 
sino  siendo  grande  el  amor  que  a  Belisena  tie- 
nes, f  si  tal  no  es,  no  es  tal  tu  mal  como  dizes. 
Si  tal  no  es,  como  dixes,  fingido  sería,  e  assi 
seria  mayor  el  mío.  Pues  si  tú  quieres  mncbo 
como  JO  creo  e  creo  que  tu  paaaion  es  grande, 
mas  digo  que  la  mia  es  mayor.  Tú  dízes  que 
querrías  saber  a  qué  sabe  mi  mal  por  mejcr 
juzgarlo;  bien  sé  que  no  lo  dizea  por  lo  que 
agora  jo  padezco  sino  por  lo  que  ho  gozado. 
Mal  lias  hablado,  porque  no  podrías  saber  lo 
vno  e  lo  otro  aino  passando  por  todo,  pero  pues 
que  dicho  lo  has,  aobr'esto  quiero  huzerte  juez 
de  la  causa.  Hagamos  agora  que  la  ucntura  te 
ajudasse  para  que  de  Beliaena  gozaases  ni  moa 
ni  menos  que  jo  de  Violina;  que  tu  gozo  y  el 
tiempo  e  vuestras  Toluntades  conformes  fues- 
aen  tanto  e  con  tanto  contentamiento  como  el 
nuestro  fue,  con  tal  condición  quo  Dios  dcnde 
agora  te  conteulasse,  e  que  a  cabo  de  otro  tanto 
tiempo  tu  seflora  en  tu  poder  mnriesse  en  tu 
praaencia  j  tú  sin  ella  quedaaies  como  yo  sin 
la  mia  he  quedado  qual  me  rees,  aceptarlo  yss? 
Di  la  Tcrdad  e  conocen s  que  si  mi  gozo  fue 
grande,  que  mi  mal  es  grande,  e  que  si  tú  ago- 
ra tan  gran  gozo  alcan^baa  que  sería  mayor 
tu  bien  que  agora  es  tn  mal;  pues  desta  mane- 
ra quBiido  tan  gran  bien  perdiesses,  quál  aerín 
mayor  mal,  el  que  entonces  aentirias  en  perder- 
lo, o  el  que  agora  sientes  en  deaaeario?  No  te 
quiero  mas  dezir;  juzga  lo  que  quema,  qne  si 
esto  niegas,  qnanto  has  dicho  negarás  e  seria 
fengido  de  lo  que  padeces. 

RBSPDBaTA   SK   FLANIAHO 

Mejor  sería,  Yasquiran,  qu'esta  question  no 
houiessemoa  comentado,  que  no  que  a  este  paso 
houiessemos  llegado,  porque  temo  que  la  pon- 
9ofia  de  nuestras  passiones  nuestras  amistades 
alteren. 

No  puedo  responderte  a  esta  partida  porque 
eu  mi  boca  no  puede  caber  tal  ra^on,  ni  quisie- 
ra que  en  la  tuya  houiera  cabido;  no  lia  hecho 


QUESTION  DE  AMOR 


81 


Dios  los  dias  de  Belisena  para  que  en  nuestras 
lenguas  termino  les  pongamos,  no  por  compa- 
ración como  agora  has  hecho.  Baste  esto,  qne 
todaaia  me  parece  segand  lo  que  siento  que  es 
rerdad  lo  que  digo;  creo  que  lo  mismo  hazcs. 
El  mal  de  los  infernados  tenemos,  qu'el  menos 
penado  trocaría  con  el  que  más  pena,  juzgando 
mayor  la  suya  que  la  del  otro;  yo  me  refiero  a 
lo  que  he  dicho  e  tú  no  menos.  Dexcmos  nues- 
tro processo  abierto,  determinenlo  los  que  lo 
leyeren,  pues  que  ya  está  determinado  que  cada 
vno  de  nosotros  tiene  tan  poca  alegría,  que  no 
nos  cabe  llorar  duelos  ajenos. 

Mudemos  la  platica  en  otras  cosas,  que  pues 
que  tan  poco  plazer  tenemos,  pesar  no  nos  fal- 
tará sin  que  le  busquemos.  Bien  sé  que  sabes 
que  tu  mal  más  que  a  nadie  me  duele,  bien  sé 
que  mi  descanso  mas  que  otro  lo  desseas.  El 
dia  qne  fuymos  a  casa  de  la  sefiora  duquesa  me 
parece  que  te  vi  hablar  con  la  señora  Yssiana; 
no  me  soy  acordado  agora  de  pedirte  qué  pas- 
easte con  ella;  agora  que  me  acuerdo,  te  aviso 
qne  te  g^oardes,  que  tiene  mala  mano.  Podría 
ser  que  si  mucho  la  mirasses,  que  como  agora 
de  tu  mal  plañes  que  del  mió  llorasscs,  e  qui- 
^  entonces  juzgarías  de  nuestra  question  lo 
qne  agora  no  conosces. 

RESPUESTA    DE    VASQUIRAN 

Bien  sabia  que  a  tal  estrecho  te  hauia  de 
traer  como  has  llegado.  En  tu  alteración  conoz- 
co lo  que  en  mi  passion  conoces,  hacerte  quiero 
contento,  mudasme  de  nuevas,  quiero  te  res- 
ponder a  lo  qne  pides.  Lo  que  con  cssa  señora 
paasé,  fue  que  hallándome  la  señora  Belisenu, 
ella  se  llegó  con  nosotros  c  dixomc  que  me  es- 
forzase e  me  allegase,  que  no  juzgaba  menos 
discreción  en  mi  seso,  que  dolor  en  mi  pesar, 
e  que  la  fortuna  me  pudo  quitar  lo  que  pudo, 
pero  no  la  virtud  que  en  mí  quedaua  que  era 
más.  Yo  le  respondi  que  Dios  le  diesse  tanta 
parte  del  bien  en  la  tierra,  quanto  de  su  her- 
mosura le  hauia  dado  de  la  del  cielo,  pues  que 
estaña  en  ella  más  aparejado  el  merecer  para 
ello,  que  en  mi  el  consuelo  para  ser  alegre,  e 
qne  bien  sabia  yo  que  si  possible  fuera  que  cu 
mi  pudiera  haber  de  remedio  para  mi  tristeza 
esperanza,  que  della  a  solas  la  esperaua,  pero 
qne  no  solo  me  faltaua  remedio,  mas  esperan- 
za del.  Respondióme  que  no  hauia  cosa  sin  re- 
medio viniendo,  e  que  lo  mucho  que  le  dolia 
verme  tal,  y  el  dessco  que  tenia  do  verme  con 
menos  tríatela  le  offrecia  a  consentirme  que  la 
siruiesse,  e  que  dello  seria  contenta,  e  que  aSsi 
me  aceptaua  por  su  seruidor  con  prometimiento 
de  fanorecenne  de  manera  que  sin  perjuicio 
suyo  que  algo  de  mi  congoxa  afloxaria.  Yo  le 
respondi  que  lo  hauia  por  impossible.  E  por  no 
oeíobnes  de  la  novela.— 6 


poderle  más  responder  al  presente,  la  eubic 
después  estas  coplas  sobre  el  caso  mesmo. 

COPLAS    QUE    VASQUIRAN    EMBIÓ     A     YSSIANA 
SOBRE  QUE  LE  MANDÓ  QUE  LE  SIRUIESSE 

Tan  llagada  está  mi  vida 
de  los  males  de  mi  mal 
que  por  ser  la  causa  tal 
no  ay  do  quepa  otra  herída, 
de  manera 

que  si  mi  mal  tal  no  fuera, 
solo  veros 

me  forzara  de  quereros 
por  cuya  causa  viniera. 

Mas  estoy  como  el  herído 
que  la  ra^on  e  natura 
le  descubren  en  la  cura 
no  poder  ser  guarecido, 
bien  que  cierto 
vuestra  beldad  e  concierto 
darán  vida 

a  quien  la  tenga  perdida, 
pero  ya  passo  de  muerto. 

Porque  si'l  morir  recrece 
do  la  vida  se  dessea, 
con  la  muerte  se  pelea 
pues  llegado  s'aborrece, 
pero  quando 
vive  el  vino  desseando 
s'el  morir, 
aquel  tal  es  de  dezir 
que  es  más  que  muerto  penando. 
Desta  suerte,  dama,  muestro, 
siendo  vuestras  gracias  tales, 
que  la  sobra  de  mis  males 
no  m'an  dexado  ser  vuestro, 

ni  soy  mió, 

porque  mi  franco  albedrío 

es  verdad 

que  no'stá  en  mi  libertad 

mas  está  en  el  daño  mió. 
Pues  si  vos  no  me  sanays 

yo  no  quiero  guarecer, 

no  quiero  querer  poder 

aunque  vos,  dama,  querays; 

¿sabeys  porqué? 

Porque  ya  murió  mi  fe, 

e  pues  no  es  viua 

no  será  jamas  captiua 

sino  de  quien  siempre  fue. 
No,  porque  mi  desuentura 

con  su  mucha  crueldad 

a  mi  fe  e  mi  libertad 

las  metió  en  la  sepultura 

con  aquella 

por  quien  vine  mi  querella 

assi  penando, 

yo  la  mueii/e  desseando 

más  que  no  viuir  sin  ella. 


82 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


LO  gUB  SE  CONCEETO  ACABADO  LA  HABLA 
EKTRB  ELLOS  DOS 

Assi  pussieron  silencio  por  entonces  en  sn 
contienda,  mudando  en  otras  cosas  sa  passa- 
tiempo,  e  dende  a  pocos  días,  estando  yn  dia 
sobre  tabla  razonando  el  vno  con  el  otro,  Fla- 
miano  con  muy  ahincados  ruegos  rogo  a  Vas- 
quiran  que  quissiese  ser  contento  que  los  dos 
tuviessen  vna  tela  de  justa  real,  pues  que  avn- 
que  cosa  de  fiesta  e  plazer  fuesse  para  los  atri- 
bulados del  mal  que  ellos  lo  cstauan,  tanto 
para  publicar  sus  apassionados  dolores  daña 
aparejo  como  a  los  alegres  e  contentos  de  pla- 
zer les  abria  camino.  Porque  no  holgauan  me- 
nos los  vnos  en  manifestar  su  mal,  que  los 
otros  en  publicar  su  bien  con  sus  intenciones, 
e  que  en  esto  no  solo  él  liaría  señalada  gracia 
e  merced,  mas  aun  a  todas  las  damas  haría 
gran  seruicio.  A  lo  qual  Vasquiran  le  respon- 
dió: Verdaderamente,  Flamiano,  más  aparejo 
hay  en  mi  para  llorar  como  vees,  que  no  para 
justar  como  quieres,  pero  pues  que  el  amistad 
nuestra  me  Íür90  en  tal  tiempo  venir  a  verte,  e 
el  amor  que  te  tengo  me  obliga  a  complazerte 
en  todo  lo  que  possible  me  será.  Assi  que  or- 
dena lo  que  te  parecerá,  que  de  aquello  seré 
contento,  no  en  esto  que  es  poca  cosa,  mas 
donde  la  vida  e  honrra  en  todo  peligro  se  pus- 
siese  lo  seria.  En  especial  que  yo  recibo  tanta 
pena  en  ver  la  que  con  la  mia  te  doy,  que  des- 
seo  hallar  algo  con  que  te  pueda  couiplazer. 
Flamiano  agradeciéndoselo  mucho,  respondió: 
Si  tan  complido  te  hiziera  la  fortuna  de  ven- 
tura como  de  virtud,  jamas  vinieras  desconten- 
to. E  assi  los  dos  caualgaron  disfrazados  e  se 
fueron  a  casa  del  cardenal  de  Brujas  que  era 
vn  notable  cauallero  e  mancebo,  e  tan  inclinado 
a  las  cosas  de  la  caualleria,  aunque  perlado, 
quanto  en  el  mundo  lo  houiesse,  e  assi  llegados 
a  su  posada,  retraydos  todos  tres  a  solas,  su 
pensamiento  e  a  lo  que  eran  ydos,  le  hizieron 
saber,  de  lo  qual  él  holgó  demasiadamente. 
Puos  en  la  misma  hora,  todos  tres  vestidos  de 
mascara,  al  palacio  del  visorey  se  fueron.  El 
qual  con  mucho  plazer  los  recibió,  c  assi  todos 
quatro  en  la  cámara  de  su  guarda  ropa  senta- 
dos a  vna  ventana  que  sale  sobre  la  mar,  ha- 
blaron todo  el  caso  porque  allí  eran  venidos,  e 
con  mucho  contentamiento  c  plazer  fue  dello 
contento.  E  hauiendo  assi  estado  vna  gran  pie^a 
de  la  tarde,  los  tres  se  tomaron  a  casa  del  car- 
denal, donde  cenaron  con  muchos  otros  caualle- 
ros  que  alli  acostumbrauan  venir  a  comer,  y  en 
la  cena  se  publicó  la  tela  que  querían  tener,  lo 
qual  puso  en  mucho  plazer  e  regocijo  a  todos. 
E  hauiendo  cenado,  en  presencia  de  todos,  se 
ordenó  el  cartel  con  las  condiciones  siguientes 
e  diosse  a  vn  albardan  que  la  pregonasse. 


LAS  CONDICIONES  DEL  CARTEL 

Dado  fue  el  cartel  a  vn  albardan  para  que 
lo  pregonasse,  el  qual  con  muchos  atabales  e 
trompetas  e  menestriles,  fue  publicado  en  todos 
aquellos  lugares  que  les  pareció  que  publicarse 
deuia.  En  el  qual  cartel  se  contenian  las  con- 
diciones siguientes:  Primeramente  se  daua  al 
que  mas  gentil  cauallero  a  la  tela  saliesse  con 
paramento  e  cimera,  vna  cadena  de  oro  de  do- 
zientos  ducados.  Dauase  mas  seys  canas  de 
brocado  al  cauallero  que  con  lauQas  de  fiesta 
mejores  quatro  carreras  haría,  e  que  no  pudiesse 
justar  a  este  prez  quien  al  otro  no  tirasse,  esto 
es,  sin  paramentos  ni  cimera.  Dauase  mas  a  la 
dama  que  mejor  e  mas  galanamente  vestida 
aquel  dia  a  la  fiesta  saliesse,  vn  diamante  de 
cien  ducados  de  peso  (*).  Mas  al  galán  que  a  la 
noche  a  la  fiesta  en  casa  del  señor  visorey  sal- 
dría mejor  e  mas  galán  vestido,  vn  rico  rubi. 
A  este  precio  de  la  noche  los  tablajeros  tirauan. 
Fueron  juezes  de  los  caualleros  el  señor  Visrey 
y  el  principe  de  Salusana  y  el  almirante  Vilan- 
der  y  el  conde  Camposalado.  Juezes  de  las 
damas  fueron  la  señora  Reyna  e  Nobleuisa  e 
la  señora  duquesa  de  Meliano  e  la  duquesa  de 
Francouiso,  todas  tres  viudas.  Tunóse  el  ren- 
que dia  de  Santiago,  que  hauia  quarenta  días 
desd'el  dia  que  el  cartel  se  publicó  hasta  aquel 
dia.  En  el  qual  tiempo  todos  los  caualleros  e 
damas  se  aderezaron  de  la  manera  que  adelante 
se  dirá.  De  lo  que  en  este  tiempo  se  siguió 
ninguna  cosa  aqui  se  cuenta  hasta  el  dia  de  la 
tela. 

COMO    LAS    DAMAS    SALIEROlf   EL    DIA 
DE   LA    TELA 

En  el  dia  de  la  fiesta  la  señora  Reyna  con 
sus  damas,  e  la  señora  duquesa  de  Francouiso 
se  vinieron  a  comer  con  la  señora  duquesa  de 
Meliano,  porque  assi  juntas  se  fuessen  a  la 
tela,  donde  houo  muchos  galanes  e  muy  rica- 
mente vestidos  que  hasta  alli  las  acompañaron 
e  de  alli  hasta  la  tela.  De  los  quales  atauios  aqui 
no  se  haze  mención,  saluo  que  hauiendo  comido 
todas  tres  caualgaron  con  sus  damas  e  salieron 
desta  manera.  La  señora  Beyna  salió  vestida 
de  negro  como  siempre  va;  Terdad  es  que  en 
vna  gorra  y  en  vnas  mangas  de  vna  saya  de 
terciopelo  que  lleuaua,  hauia  muchas  piezas  de 
oro  e  joyeles  muy  ricos  e  muchas  perlas. 

Lleuaua  vn  cauallo  blanco  con  vna  guami- 
cion  ríca  e  veynte  mo^os  de  espuelas  vestidos 
con  sayos  de  grana  guarnecidos  de  terciopelo 
negro  sobre  raso  amarillo,  con  jabones  de  da- 
masco naranjado,  vna  calza  negra  e  otra  azol 
e  amarílla. 

(<)  En  otras  báiúoiíea  precio. 


QUESTION 

La  señora  duqnesa  de  Moliano  salió  su  per- 
sona vestida  de  uegro  con  vn  cauallo  morcillo 
con  vna  guarnición  de  U-rciopclo  negro;  dozc 
mo^os  d'espnelas  vestidos  con  sayos  morados 
guarnecidos  de  raso  pardillo.  Jul iones  de  raso 
negro  con  vna  cal^a  negra,  otra  negra  e  morada. 

La  señora  duquesa  de  Franoouiso  salió  ves- 
tida de  negro.  Los  mo^os  dV'spuelas  vestidos 
todos  de  leonado. 

Salió  la  señora  Bi>lisena  con  vna  saya  de  bro- 
cado raso  blanco  cubierta  de  raso  negro,  cor- 
tado todo  el  raso  de  vnas  cortaduras  uiuy  es- 
pessas  que  se  bazia  dellas  vna  obra  como  vnos 
manojos,  atadas  todas  las  cuchilladns  con  vnos 
torzales  de  oro,  e  de  seda  encamada  con  los 
cabos  hechos  de  perlas ;  vn  collar  de  oro  hechas 
laa  piezas  a  manera  de  las  cortaduras  de  la  saya, 
esmaltadas  tudas  las  piezas  de  negro.  Hauia  en 
la  saya  en  cada  pie9a  de  terciopelo  vna  pie^a  de 
oro  de  martillo  que  hazia  la  obra  de  las  corta- 
duras, vna  gorra  de  raso  encarnado  guarnecido 
de  las  piezas  del  collar;  vn  cauallo  blanco  con 
Tua  guarnición  de  plata  toda  esmaltada  con 
muchos  noques  de  oro  y  encarnado  que  salian 
por  las  piezas  de  la  guarnición  uuiy  largos. 
Doze  mo^os  d*espuelas  vestidos  de  amarillo  y 
encarnado. 

La  señora  Yssiana  sacó  vna  saya  de  terciopelo 
leonado  e  brocado  pardillo  hecha  a  tableros  como 
vn  marro;  estañan  las  costuras  juntadas  con 
pestañas  de  tafetán  amarillo.  Hauia  en  cada 
pie^a  de  la  seda  e  del  brocado  vna  cifra  trocada 
de  lo  vno  en  lo  otro  bordadas  con  cordones  de 
plata.  Vna  gorra  de  raso  leonado  llena  de  cabos 
de  oro  hincados  a  manera  de  vn  erizo,  muy  lle- 
na con  collar  de  piezas  de  manera  délas  cifras. 

Sacó  la  señora  Graciana  vna  saya  de  raso 
azul  con  vna  reja  encima  de  terciopelo  azul 
•obre  pestañas  de  raso  amarillo,  e  con  vnas  la- 
zadas de  vnas  madexas  de  hilo  de  oro  que  ata- 
na  las  juntas  de  la  reja.  Vna  gorra  de  terciopelo 
azul  llena  délas  mismas  madexas  trauadas  vnas 
de  otras;  vn  collar  hecho  de  madexas  de  hilo 
de  oro  tirado  muy  rico. 

Todas  las  otras  damas  de  la  señora  duquesa 
salieron  vestidas  con  saya  de  raso  morado,  con 
barras  de  brr^cado  negro  sobré  pestañas  de  ta- 
fetán blanco;  con  gorras  de  terciopelo  morado 
con  cintas  blancas  atadas. 

Las  damas  de  la  señora  Rey  na  que  salieron 
con  ella,  son:  la  señora  doña  Costautina  toda 
restida  de  terciopelo  negro  forrado  de  damasco 
negro,  acuchillada  toda  la  seda  de  encima,  atada 
con  madexa  de  seda  negra  con  cabos  de  oro. 
Vna  gorra  de  terciopelo  negro  con  muchos  jo- 
yeles e  piezas  de  oro  muy  ricas. 

Sacó  la  señora  duquesa  de  Grauisa  vna  saya 
de  brocado  rico  a  la  lomlmrda,  forrada  de  da- 
masco blanco  con  vna  mantilla  de  damasco 


DE  AMOR 


83 


blanco  forrada  de  raso  carmesi  guarnecida  de 
tros  tiras  del  mcsmo  brocado  sobre  pestañas  de 
raso  carmesi:  vna  gorra  de  raso  blanco  forrada 
de  raso  cannesi  acuchillado  lo  blanco  con  vnas 
g.  g.  de  oro  esmaltadas.  Vn  rico  collar  hecho  de 
las  mismas  letras  muy  rico. 

La  señora  Porfísana  sacó  vna  saya  de  raso 
blanco  con  vna  gelosia  de  fresos  de  oro  encima 
d^ellos  puestos  sobre  pestañas  de  tafetán  leo- 
nado, con  vn  collar  uniy  rico  hecho  a  manera  de 
vna  gelosia.  Vna  gorra  de  raso  blanco  con  mu- 
chas piezas  de  oro  fechas  como  gelosia. 

La  señora  doña  Merlesa  de  Uicart  sacó  vna 
saya  de  brocado  blanco  a  la  francesa,  con  vnas 
cortaduras  de  terciopelo  morado  a  manera  de 
vnas  espinas  de  pescado,  forrada  la  saya  de  raso 
morado.  Estañan  las  cortaduras  de  alto  a  baxo 
de  manera  que  la  obra  que  hazia  la  seda  hazia 
el  brocado,  con  vn  collar  de  la  manera  de  la  cor- 
tadura. Vna  gorra  de  terciopelo  morado  con 
muchas  piezas  como  las  del  collar. 

La  señora  Angelera  de  Agustano  sacó  vna 
saya  de  terciopelo  negro  con  muchos  fresos  de 
plata  puestos  en  tornos  a  manera  de  ondas,  muy 
espessos  a  manera  de  puntas,  sobre  pestañas  de 
tafetán  amarillo.  Vna  gorra  de  raso  blanco  con 
muchos  cabos  de  oro.  Vn  collar  de  oro  hecho  a 
puntas. 

La  señora  Caronisa  sacó  vna  saya  de  bro- 
cado e  terciopelo  morado  hecha  a  quartos,  al)ier- 
ta  por  la  delantera  c  costados,  forrada  de  da- 
masco naranjado  con  las  mangas  de  la  misma 
manera,  con  vnos  torzales  de  oro  e  morado  que 
atauan  las  aberturas,  con  vnas  lisonjas  cortadas 
de  brocailo  en  el  terciopelo  e  del  terciopelo  en  el 
brocado.  Vn  collar  de  lisonjas  de  oro  e  de  nx;hi- 
cler;  vna  gorra  de  raso  morado  llena  de  lisonjas. 

La  señora  Gantoria  Dortonisa  sacó  yna  saya 
d(í  raso  blanco  con  vna  roja  de  fresos  de  oro 
cubierta  que  hazia  toda  la  saya  centellas;  en 
medio  de  cada  centella  vna  estrella  de  oro  mar- 
tillo estampada.  La  gorra  delí^  mesma  manera. 
La  saya  forrada  de  damasco  morado.  Vn  collar 
de  centellas  de  oro  grandes,  en  medio  de  cada 
vna,  vna  estrella  de  rochicler. 

La  señora  Violcsa  de  Aguster  sacó  vna  saya 
de  brocado  de  oro  tirado  con  vnas  faxas  angos- 
tas de  terciopelo  morado  por  encima  sobre  pes- 
tañas blancas,  vna  mantilla  de  raso  morado  fo- 
rrado de  damasco  blanco  con  faxas  anchas  del 
brocado,  guarnecida  la  mantilla  con  vna  gorra 
de  terciopelo  cannesi;  con  umchas  piezas  de 
oro.  Vn  collar  muy  rico. 

Muchas  otras  damas  salieron  con  la  señora 
reyna,  que  por  abreuiar  aqui  no  se  escriuen  aun- 
que muy  atuuiadas  fuessen. 

Salidas  estas  tres  señoras  vino  la  señora  vi- 
soreyna,  que  es  una  muy  hermosa  dauja,  e  con 
ella  su  hermana  qu^es  desposada  con  el  hijo  del 


84 


orígenes  de  la  novela 


principe  de  Salusana,  e  niuchas  señoras  de  ti- 
tulo con  ellas. 

La  señora  visoreyna  saco  vna  saya  francesa 
cubierta  todas  de  vnas  alcarehofas  de  oro  do 
martillo,  vna  gorra  de  la  misma  manera,  vn 
rico  collar  de  alcarehofas,  vna  guarnición  de  vna 
mnla  de  terciopelo  carmesí  con  vnos  fresos  de 
oro  en  lugar  de  franjas,  chapada  de  vnas  alcar- 
ehofas de  plata  e  muchos  batientes  dorados  en- 
cima. Diez  mo<^os  d'espuelas  vestidos  de  mora- 
do, de  grana  c  azul  turquesado. 

Sacó  su  hermana  vna  saya  de  oro  de  marti- 
llo escacado  forrada  de  raso  carmesí  con  vna 
mantilla  de  damasco  azul  guarnecida  de  vnas 
pití9as  de  oro  de  martillo  muy  ricas  a  manera 
de  vnas  penas.  Vna  gorra  del  mismo  raso  con 
las  mismas  pie9as. 

Salió  con  la  señora  visoreyna,  la  condesa  de 
Camposalado  con  vna  saya  de  altibaxo  carmesí 
abierta  por  los  costados  e  delantera,  forrada  de 
damasco  blanco  con  vnos  fresos  de  plata  e  sem- 
brada con  vnas  visagras  de  oro;  vna  gorra  de 
raso  caniiesi  con  las  piezas;  vn  rico  collar  de  lo 
mismo;  vna  guarnición  de  vna  muía  chapada 
de  las  mismas  piezas  de  plata.  Los  mo^os  d'es- 
puelas  con  jubones  de  raso  carmesí  e  sayos  de 
paño  naranjado  guarnecidos  de  terciopelo  ne- 
gro, calcas  coloradas  o  blancas. 

La  condesa  de  Auertino,  su  hija,  sacó  vna 
saya  hecha  a  puntas  de  brocado  rico  e  raso  mo- 
rado forrada  de  raso  blanco,  hauia  sobre  el  mo- 
rado vnos  cardos  de  oro  sembrados;  una  gorra 
morada  de  las  mesmas  piezas,  vn  collar  rico  de  lo 
mismo,  la  guarnición  de  la  muía  de  la  misma 
manera;  los  mo^os  vestidos  de  morado  e  blanco. 

La  señora  princesa  de  Salusana  llego  ve- 
nida la  visreyna  c  con  ella  su  hija  Candína  e  la 
duquesa  de  Altamura.  Sacó  la  señora  princesa 
vna  saya  de  terciopelo  negro  cubierta  de  vnos 
alacranes  de  oro  forrada  de  brocado  blanco;  vna 
gorra  de  raso  blanco  con  las  mismas  piezas ,  vn 
collar  de  lo  mismo,  vna  hacanea  con  vna  guar- 
nición rica  de  lo  mismo.  Los  mo^os  d*espuelas 
con  sayos  de  terciopelo  negro  e  los  jubones  de 
brocadelo  morado;  vna  cal^a  negra,  otra  morada 
e  blanca. 

La  señora  Candína  su  hija  sacó  una  saya  de 
terciopelo  morado  cubierta  de  chapería  de  oro 
con  vnas  faxas  de  brocado  assí  por  la  cortapisa 
y  a}>crturas  de  la  delantera  e  costados  forrada 
do  raso  leonado;  vna  gorra  leonada  con  las  pie- 
9a8  mesmas  guarnecida;  vn  collar  de  bueltas; 
la  guarnición  do  la  hacanea  muy  rica,  los  mo^os 
vestidos  de  raso  leonado  e  terciopelo  morado. 

La  duquesa  de  Altamura  salió  en  angarillas 
con  vna  saya  do  raso  carmesí,  vna  loba  de  bro- 
cado negro  forrada  de  damasco  blanco.  La  muía 
guarnecida  de  terciopelo  carmesí,  los  mo^os  ves- 
tidos de  terciopelo  negro  e  grana. 


Salió  con  la  marquesa  de  Persiana  la  señora 
Mariana  de  Seuerín,  la  señora  marquesa  de 
Guaríano.  La  marquesa  de  Persiana  sacó  vna 
saya  de  terciopelo  carmesi  con  vnos  fresos  de 
oro  de  tres  dedos  de  ancho  passados  por  la  saya 
a  escaques,  de  manera  que  estaua  hecha  vn  ta- 
blero; hauia  en  cada  escaque  del  carmesi  vna 
coluna  de  oro,  la  gorra  de  la  misma  manera,  vn 
rico  collar  de  colunas,  la  guarnición  de  vn  ca- 
uallo  déla  manera  de  la  suya,  los  mo^os  yestidos 
todos  de  amarillo. 

La  marquesa  de  Guaríano  salió  vestida  de 
negro.  Sacó  vna  saya  de  plata  tirada  escacada 
con  vnas  tiras  de  terciopelo  carmesi  de  tres  en 
tres  angostas,  e  sobre  las  faxas  vnas  palmas  pe- 
queñas de  oro,  la  saya  forrada  de  raso  encar- 
nado, con  vn  collar  de  oro  muy  rico  hecho  de 
dos  palmas,  vna  guarnición  de  vna  hacanea  d*? 
raso  morado  con  muchas  palmas  de  plata  do- 
radas e  blancas  como  batientes. 

La  marquesa  del  Lago  sacó  vna  saya  fran- 
cesa, las  mangas  forradas  de  oro  tirado  e  por 
de  fuera  cubierta  de  fresos  de  oro  tan  cspessos 
que  casi  cobrian  mas  de  la  mitad  de  la  saya;  vn 
rico  collar  hecho  a  manera  de  vnas  carrancas,  vna 
guarnición  de  vna  muía  cubierta  de  plata  a  ma- 
nera de  collar;  los  mo^os  vestidos  todos  de 
leonado. 

Salió  con  ella  la  señora  Laurencia  con  vna 
saya  de  brocado  y  raso  encamado  hecha  a  li- 
sonjas, hauia  en  cada  lisonja  vna  cruz  de  sant 
Juan  trocada  de  lo  vno  en  lo  otro.  Vna  gorra 
de  raso  amarillo  con  muchas  lisonjas  de  oro  <  n 
cada  vna,  vna  cruz  blanca  esmaltada,  ^ni  collar 
de  las  mismas  piezas,  vna  guarnición  de  vna 
muía  con  la  obra  de  la  saya. 

Salió  la  señora  de  la  Isla  Elpania  que  primero 
fue  princesa  de  Saladino  e  con  ella  salió  la  se- 
ñora Casandra  de  Beluiso  e  la  señora  Ipolisan- 
dra.  La  señora  de  la  Isla  sacó  vna  saya  de  ter- 
ciopelo carmesí  e  raso  carmesi  hecho  a  trián- 
gulos no  grandes  e  por  encima  délas  costuras 
vnos  fresos  de  oro  angostos ;  dentro  en  cada 
triangulo  hauia  un  triangulo  de  oro  bien  rele- 
uado,  algo  mas  pequeño;  vna  muy  rica  gorra 
llena  de  pedrería,  vn  collar  de  balaxos  muy  rico ; 
vna  muy  rica  guaniiciou  de  vna  hacanea;  dozc 
mo^os  vestidos  de  morado  e  amarillo. 

La  señora  Casandra  de  Baluiso  sacó  vna 
saya  de  raso  blanco  con  mucha  chapería  sem- 
brada por  ella,  eran  vnas  eles  de  plato  bruñida, 
forrada  la  saya  de  brocado  azul.  Vna  gorra  de 
lo  mismo;  vn  collar  de  perlas  muy  rico,  vna 
guarnición  de  >Tia  muía  como  la  suya. 

Sacó  la  señora  Ipolisandra  vna  saya  de  bro- 
cado leonado  forrada  de  raso  negro,  con  vnas 
cortaduras  de  terciopelo  nogro  sobre  el  brocado 
de  tiras  angostas,  cubierta  la  saya  a  manera  de 
vna  reja,  hazian  en  los  vazíos  del  brocado  vnas 


QUESTION  DE  AMOR 


85 


rosas,  eu  las  juntas  de  la  trepa  hauia  vnas  pic- 
eas peqneñas  de  oro  qne  hazian  la  obra  del  bro- 
cado. Vna  gorra  de  raso  leonado  con  machas 
piezas  de  las  de  la  suya;  vn  collar  de  p¡e9as  de 
las  mismas  de  bueltas. 

Salieron  la  condesa  déla  Marca  e  la  mar- 
quesa de  la  Chesta  juntas.  La  condessa  sacó 
vna  saya  de  raso  azul  e  cubierta  toda  de  Tnas 
escamas  de  brocado  tan  grandes  como  rna  mano 
sobrepossadas  sobre  la  saya  que  la  cubrían,  ata- 
das sobre  ynos  tor9ales  do  plata  vnas  con  otras; 
TU  rico  collar  d^escamas,  yna  guarnición  de  vna 
hacanea  de  lo  mismo. 

La  marquesa  de  la  Chesta  sacó  vna  saya  a 
girones  de  oro  tirado  y  de  plata  tirada  escacado, 
los  girones  estañan  sueltos  sobre  vna  forradura 
de  damasco  carmesí  atados  ynos  con  otros  con 
cintas  azules;  vn  collar  e  gorra  muy  ríca  de 
muchas  piedras  de  precio. 

Salieron  la  condessa  de  Trauiso  e  madama 
de  Andría  e  las  dos  Carlinas  de  Rosseller.  La 
condesa  sacó  ma  saya  de  brocado  negro  e  raso 
carmesí  a  quartos,  e  los  quartos  estañan  forra- 
dos de  lo  vno  en  lo  otro  e  lo  de  encima  acuchi- 
llado a  todas  las  cortaduras  con  cintas  blancas 
con  cabos  de  oro;  vna  gorra  de  lo  mismo,  tu 
cauallo  con  vna  rica  guaniieíon  estradiota,  yn 
rico  collar. 

La  señora  madama  de  Andia  sacó  vna  saya 
de  terciopelo  negro  e  de  raso  negro  de  la  ma- 
nera de  la  condessa,  saino  que  las  cintas  eran 
de  hilos  de  perlas  e  la  seda  estaua  cubierta  de 
cliapería  de  oro. 

Las  dos  hermanas  Carlinas  salieron  vestidas 
con  dos  sayas  lombardas  de  raso  amarillo  fo- 
rradas de  damasco  blanco  c  sobre  lo  amarillo 
muchas  madexas  de  hilo  de  plata  tan  espessa 
que  apenas  lo  amarillo  se  mostraua. 

Muchas  otras  damas  en  aquella  ñesta  muy 
atauiadas  salieron  que  por  abrcuiar  el  autor  no 
las  pone,  saluo  que  quenta  de  los  caualleros  que 
con  el  señor  visorey  salieron  aquel  dia,  en  los 
qualcs  no  quenta  los  que  justaron  ni  a  la  noche 
vinieron  galanos  que  tiraron  al  precio  del  nibi, 
porque  eu  su  lugar  se  hablará  de  cada  vno  dellos. 

El  señor  visrey  sacó  vna  ropa  de  terciopelo 
carmesi  forrada  en  raso  carmesi  con  vnas  alle- 
luyas  de  oro  sembradas  por  ella;  vna  guarni- 
ción de  lo  mismo  con  muchos  batientes,  vn  ju- 
bón de  raso  carmesi,  vn  sayo  de  brocado  blanco 
con  faxas  de  raso  carmesi  con  las  mismas  alle- 
luyas,  vn  muy  rico  collar  de  las  mismas.  Sacó 
troynta  alabarderos  vestidos  de  grana  blanca, 
doze  mo^os  de  espuelas  con  sayos  e  calcas  de 
grana,  jabones  de  raso  blanco.  Sacó  vnas  letras 
por  las  alleluyas  que  dezia: 

Son  pocos  los  que  en  tal  dia 
les  contenta  eiralegria. 


Salió  el  almirante  señor  de  Camposalado  con 
vna  ropa  de  altibaxo  carmesi,  vn  jubón  de  bro- 
cado rico,  un  sayo  do  vellutado  morado,  vn  co- 
llar de  vueltas  muy  rico.  Seys  mo^os  de  es- 
puelas con  sayos  de  Perpifian  y  jubones  de  da- 
masco pardillo. 

Salió  el  principe  de  Salusana  con  vna  ropa 
de  brocado  raso  negro  forrada  en  raso  blan- 
co, vn  sayo  de  vellutado  morado,  vn  jubón 
de  oro  de  martillo,  vn  collar  muy  rico  de  pie- 
dras, los  mo^os  de  espuelas  con  jubones  de  bro- 
cado, calcas  moradas  e  blancas,  vn  cauallo  con 
vna  rica  guarnición.  Estos  fueron  juezes  del 
precio  de  los  caualleros  e  por  esto  se  nombran 
primero. 

Salieron  con  el  señor  visorey  los  dos  carde- 
nales de  Brujas  e  Fclemisa,  en  su  habito. 

Salió  con  el  conde  de  Lconis,  el  duque  de 
Terminado,  el  conde  de  Ponte  Forto  con  mu- 
chos otros  caualleros  e  cincuenta  continos  del 
rey  que  le  aguardan,  todos  mancebos  e  gentiles 
caualleros,  todos  muy  bien  atauiados.  De  lo 
qual  no  se  cuenta  mas. 

Salieron  con  la  reyna  e  con  la  duquesa  el 
gran  Antolino,  el  qual  sacó  vna  ropa  de  raso 
carmesi  forrada  en  brocado  blanco,  vn  jubón  de 
brocado  rico,  vn  muy  rico  collar,  doze  mo^os 
de  espuelas  con  jubones  de  brocado  e  terciopelo 
carmesi  c  calcas  moradas  e  pardillas;  vna  haca- 
nea ricamente  guarnecida. 

Salió  con  ellas  el  señor  Fabricano  con  vna 
ropa  de  altibaxo  morada  forrada  de  raso  blanco, 
vn  jubón  de  brocado  morado  rico  forrado  de  lo 
mismo.  Los  mo^os  de  espuelas  vestidos  de  las 
mismas  sedas  e  colores,  con  vn  rico  collar  de 
bueltas,  vn  cauallo  guarnecido  de  lo  mesmo. 

Salió  con  ellas  el  duque  de  Altamira  con  vna 
ropa  de  terciopelo  leonado  faxada  toda  de  fre- 
sos  anchos  e  angostos  de  oro  escacados,  vn 
sayo  de  raso  leonado  de  lo  mesmo  guarnecido, 
con  vn  jul)on  de  oro  tirado.  Los  mo^os  vesti- 
dos de  terciopelo  leonado  e  raso  pardillo. 

Salió  con  ellas  el  duque  de  Belisa  con  vna 
ropa  de  raso  negro  colchada  a  ondas  bordada  de 
oro,  vn  sayo  de  brocado  rico,  un  jubón  de  raso 
carmesi  con  muchas  p¡e<^as  de  oro  de  martillo. 

Salió  con  ellas  el  duque  de  Feniissa  con  vna 
ropa  de  raso  blanco  forrada  de  damasco  mo- 
rado faxada  de  brocado,  un  sayo  de  lo  mismo, 
un  jubón  de  raso  carmesí  guarnecido  de  piezas 
de  oro  de  martillo.  Estos  señores  salieron  con 
muchos  caualleros  que  los  acompañaron. 

COHO  LOS  MANTENEDORES  E  AVENTUREROS 
SALIERON  Á  LA  TELA 

Salieron  los  mantenedores  juntos.  Sacó  Fla- 
miano  vn  cauallo  con  vn  paje  con  el  que  traya 
unos  paramentos  de  brocado  blanco,  vnas  corta- 


86 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


pisas  encarnadas  sobre  las  cuales  auia  vnas  le- 
tras de  plata  grandes  que  dczia: 

Quien  á  lo  blanco  tirare 
donde  guarda  lo  encarnado 
por  demás  haurá  tirado. 

Salió  el  mismo  con  ynos  paramentos  de  raso 
encarnado  chapados  con  yna  obra  relevada  de 
plata  muy  rica,  la  cual  hazia  vnos  vacios  en  el 
raso  en  los  quales  hauia  dos  riboras  de  oro  en 
cada  vno.  La  cimera  de  las  mismas  yiboras. 
Veynte  mo90S  vestidos  a  la  tudesca  de  tercio- 
pelo encarnado  e  raso  blanco,  con  otro  cauallo 
en  que  hauia  de  justar,  con  yna  guarnición  de 
lo  mismo.  Vn  paje  yesti4o  do  lo  mismo.  Dezia 
la  letra  de  las  yiboraa: 

Cuando  llega  al  coraron 
su  herida, 
no  hay  roas  remedio  en  la  vida. 

Sacó  Vasquiran  ynos  paramentos  de  tercio- 
pelo negro,  y  su  persona  vestida  de  negro.  Vn 
paje  en  otro  cauallo  con  una  guarnición  negra, 
vestido  de  negro;  veynte  mo^-os  vestidos  de  ne- 
gro, yna  cimera  con  vna  muerte  que  dezia: 

Pequeño  mal  os  tenella 
pues  qu'es  mayor  mal  querella. 

Sacó  vn  otro  paje  con  vn  cauallo  que  traya 
vnos  paramentos  de  terciopelo  verde  oscuro  e 
raso  verde  claro  que  son  esperanpa  perdida  e 
cobrada,  con  vnas  letras  por  la  cortapisa  que 
dezia: 

Perdióse  la  de  la  vida 
pero  la  del  morir  queda 
porqu*el  dolor  viuir  pueda. 

Salió  el  conde  Sauriano  con  vnos  paramen- 
tos de  raso  naranjados  cubiertos  de  vnas  jao- 
las  de  plata,  con  otro  cauallo  con  vna  guarni- 
ción de  lo  mismo,  con  vn  paje  vestido  de  blanco 
e  naranjado;  doze  mo908  de  las  mismas  colores, 
vna  cimera  de  vna  jaola  con  una  calandria  de 
plata.  Dezia  la  letra  de  la  calandria:  (Está  en 
el  jaguer  verso  el  nombre  de  la  dama). 

Pues  que  de  mi  vida  poca 
su  silencio  da  señal, 
calle  el  bien  e  cante  el  mal. 

Sacó  el  señor  marques  de  Carlerin  vnos  pa- 
ramentos de  plata  tcxida  cubiertos  de  ymaginc- 
ría  de  oro,  con  vna  cimera  hecha  de  portales  y 
en  cada  vno  vna  imagen;  eran  todas  las  ymagi- 
ues  de  rostro  de  damas.  Dezia  la  letra  de  las 
ymagines: 

No  está  en  estas  vuestra  ymagen 
porque  es  tal 
que  ninguna  Tes  ygual. 


Sacó  Alaroos  de  Reyner  vnos  paramentos  de 
brocado  rico  do  pelo,  con  vn  paje  vestido  de 
negro,  en  otro  cauallo  con  vnos  paramentos  de 
terciopelo  negro,  con  una  reja  de  plata  que  los 
cobria.  Hauian  en  los  vacios  de  las  rejas  vnas 
erres  doradas.  Traya  por  cimera  un  relox.  De- 
cía la  letra: 

No  fuera  fino  mi  mal 
porque  mi  ventura  es  tal. 

Sacó  el  marqties  de  Persiana  vnos  paramen- 
tos de  terciopelo  leonado  con  vnas  palmeras  de 
plata  chapadas  de  todos.  Vn  otro  cauallo  con 
vn  paje  con  vna  guarnición  de  lo  mesmo.  Vna 
palmera  por  cimera.  La  letra: 

Ha  sembrado  mi  ventura 
m¡  querer  e  mi  querella 
e  no  espero  fruto  della. 

Sacó  el  conde  de  la  Marea  vnos  paramentos 
de  terciopelo  carmesi  cubiertos  de  chapería  de 
plata  de  vnos  llobres  o  señuelos,  con  otro  caua- 
llo con  vn  paje,  con  vnos  paramentos  de  bro- 
cado negro  e  brocado  blanco  con  vnas  faxas  de 
terciopelo  morado  que  partia  los  quartos,  con 
una  cimera  de  los  mismos  señuelos,  con  vna 
letra  que  dezia: 

Mi  pensamiento  ha  subido 
do  no  le  calle  llamar 
pues  que  no  cabe  baxar. 

Sacó  Lísandro  de  Xarqui  vnos  paramentos 
de  terciopelo  negro  cubierto  de  lagrimas  de 
plata  con  vna  cortapisa  ancha  de  vnas  peñas 
bordadas  de  oro  llenas  de  lagrimas  que  las  rom- 
pian  todas,  e  la  cimera  de  lo  mismo.  Vn  paje 
con  vna  guarnición  de  brocado  en  otro  cauallo. 
Dezia  la  letra: 

Mis  trístes  lagrimas  viuas 
en  estas  hazen  señal, 
y  en  vos  nunca  por  mi  mal. 

Sacó  el  prior  de  Albano  vnos  paramentos 
de  brocado  encamado;  ^tro  cauallo  con  vna 
guarnición  ^de  lo  mismo,  los  paramentos  e  la 
guarnición  con  vnas  lamparas  de  plata  que 
mostrauan  estar  muertas,  con  una  cimera  de 
las  mismas  lamparas  con  una  letra  que  dezia: 

Muertas  están,  pues  la  vida 
de  males  viue  encendida. 

Sacó  el  marques  de  Villatonda  vnos  para- 
mentos  de  raso  carmesi  cubiertos  de  otros  de 
brocado,  cortados  todos  de  manera  de  unas  cla- 
rauoyas,  estañan  releuados  los  unos  de  los  otros, 
encima  del  el  brocado,  estañan  cubiertos  de  vnos 
pésales  de  plata;  la  cimera  de  lo  mismo  con  vna 
letra  que  dezia: 


QUESTION 

No  hay  con  qué  puedan  pesarse 
mis  querellas 
sino  con  el  pesar  dellas. 

Sacó  d  prior  de  Mariana  unos  paramentos 
de  oro  tirado  escacado  a  girones,  con  otros  de 
raso  encarnado,  chapado  el  raso  de  vnos  mar- 
moles de  plata,  e  la  cimera  de  lo  mismo;  otros 
tres  eanallos  sacó  pero  ni  del  ni  de  los  otros, 
por  acortar  no  se  cuenta,  sino  de  uno.  Los 
marmoles  de  los  paramentos  e  cimera  eran  que- 
brados. La  letra  dezia: 

No  haj  quien  pueda  sostener 
de  mis  males  su  pesar 
que  no  le  haga  quebrar. 

Sacó  el  duque  de  Felemisa  mos  paramentos 
de  raso  blanco  cubiertos  de  vnos  manojos  do 
masiega  hechos  de  plata  con  muchos  batienti  s 
dorados  de  las  espigas  de  la  masiega,  sacó  por 
cimera  un  mundo.  Dezia  la  letra: 

Menester  fuera  crecerse 
para  dalle  complimiento 
a  vuestro  merecimiento. 

Sacó  Francalver  vnos  paramentos  de  tercio- 
pelo negro  cubiertos  de  puntas  de  plata  como 
rn  erizo  espesas  y  en  cada  punta  un  batiente 
de  plata  blanca;  sacó  por  cimera  las  arpias  de 
Fineo.  Dezia  la  letra: 

Mi  codicia  es  más  terrible 
pues  desseo  lo  impossible. 

Sacó  el  conde  de  Torremucstra  vnos  para- 
mentos de  terciopelo  leonado  cubiertos  todos 
de  vna  obra  de  plata  enrrejada;  hauiaen  los  es- 
pacios vna  cosa  de  los  martirios  de  la  passion ; 
sacó  por  cimera  todos  los  martirios.  La  letra 
dezia: 

Si  con  la  fe  e  con  sofríUos 
los  mártires  se  han  sainado, 
yo  soy  bien  auenturado. 

Sacó  el  duque  de  Grauisa  vnos  paramentos 
de  brocado  rico  blanco  con  unas  piezas  de  amins 
como  trofeos  de  vitoria  o  de  triunfo  sembradas 
por  ellos,  con  la  cimera  de  las  mismas  piezas 
con  una  letra  que  dezia: 

Pues  no  quise  defenderme 
de  ser  el  mejor  perdido 
yo  triunfo  de  bien  vencido. 

Sacó  Rosseller  el  pacifico  vnos  paramentos 
de  brocado  negro  con  vnas  ruedas  de  fortuna 
sembradas  de  plata,  con  vna  rueda  de  la  for- 
tuna quebrada  por  cimera,  con  vna  letra  que 
desia. 

Si  anduuiera  como  suele 
después  que  yo  ando  en  ella 
cabo  houiera  mi  querella. 


DE  AMOR 


87 


Sacó  el  marques  de  la  Chesta  vnos  para- 
mentos de  brocado  blanco  e  terciopelo  leonado 
cubiertos  de  vidrios  de  muchas  maneras  hechos 
de  plata,  e  por  cimera  un  aparador  de  los  q\ie 
tienen  los  que  venden  ridrios,  con  muchas  pie- 
zas de  vidrio.  Dezia  la  letra: 

Peligrosa  está  la  vida 
do  ventura 
no  tiene  cosa  segura. 

Sacó  el  marques  del  Lago  vnos  paramentos 
de  raso  azul  con  vnos  niueles  de  plata  muy 
ricos,  e  por  cimera  un  niuel  de  niuelar  con  vna 
letra  que  dezia: 

No  es  possible  que  mi  bien 
venga  al  niuel  de  mis  males 
porque  son  muy  desiguales. 

Sacó  Antineo  de  Leverin  vnos  paramentos 
de  raso  amarillo  cubiertos  de  espinas  de  plata, 
con  una  cimera  de  muchas  coronas  de  espinas 
e  vna  real  encima,  con  vna  letra  que  dezia: 

La  vna  mereceys  vos 
de  ra^on, 
yo  las  otras  de  passion. 

Sacó  Alualadcr  de  Caronis  vnos  paramentos 
de  terciopelo  carmes  i  con  vnas  esponjas  de 
plata  por  encima,  vn  bra^o  por  cimera  que  te- 
nia vna  esponja  en  la  mano  apretada  que  salían 
vnas  llamas  de  fuego,  con  una  letra  que  dezia: 

Del  cora9on  ha  sacado 
lo  que  muestra 
qu'está  dentro  a  causa  vuestra. 

Sacó  Ipolito  de  Castríl  vnos  paramentos  de 
raso  pardillo  cubiertos  de  vnos  tomos  de  tirar 
hilo  de  oro  con  su  hilera,  e  sacó  por  cimera 
vno  dellos  con  vna  letra  que  dezia: 

Mi  pena  puede  alargarse, 
que  mi  vida 
corta  tiene  la  medida. 

Sacó  el  conde  de  Poncia  vnos  paramentos 
de  raso  azul  con  vnos  laberintos  de  oro  borda- 
dos por  ellos,  con  vn  laberinto  con  el  minotau- 
ro  dentro  preso,  con  vna  letra  que  dezia: 

No  hay  prission 
do  remedio  no  se  espere 
sino  en  la  qu'el  preso  quiere. 

Estos  fueron  los  caualleros  que  a  la  tela  sa- 
lieron, e  dexase  aíjui  de  contar,  por  abreuiar, 
muchos  otros  atauios  que  sacaron  e  a  quien  se 
dieron  los  precios,  assi  de  gentil  hombre  como 
de  mejor  justador.  Agora  se  contarán  los  que 
a  la  noche  salieron  galanes  a  la  fiesta  que  tira- 
ron al  precio. 


88 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Primero  nombraremos  a  los  que  fueron  sin 
invenciones,  que  al  precio  no  tiraron.  Losqua- 
les  fueron  el  señor  visorey,  los  dos  cardenales, 
el  duque  de  Altamura,  el  conde  de  Traviso, 
príncipe  de  Melisena,  su  hijo  el  marques  de 
Telandra,  el  duque  de  Belisa,  el  conde  de  Leo- 
nis  Pomerin,  el  duque  de  Terminado,  el  señor 
Fabrícano,  el  gran  Antolino,  los  hermanos  del 
conde  de  Tormestra,  Guillermo  de  Lauro,  Pe- 
trequin  de  la  Gruta,  el  conde  de  Ponteforto,  el 
Franco  Ortonis  e  muchos  otros  caualleros  de 
los  quales  aquí  no  se  haze  memoria. 

Los  que  a  la  fiesta  salieron  inuencionados 
fueron  los  que  agora  contaremos. 

Sacó  Flamiano  yna  ropa  de  azetuni  carmesi 
forrada  de  damasco  encamado  con  vnas  faxas 
de  raso  blanco  sobre  el  azetuni  cubiertas  de 
cuentas  de  oro  esmaltadas  de  las  que  se  ponen 
por  señales  en  los  rosarios,  con  ma  letra  que 
dezia: 

Son  señales 
de  las  cuentas  de  mis  males. 

Sacó  Yasquiran  la  ropa  de  carmesi  que  el 
visorey  hauia  sacado  aquel  dia  con  las  alleluyas, 

Í)orque  era  conocida  que  no  era  suya,  con  vna 
etra  que  dezia: 

Siendo  alegría  agena, 
al  que  no  tiene  plazer 
mas  tríste  le  haze  ser. 

Sacó  el  conde  de  Sarríano  vna  ropa  de  da- 
masco blanco  forrada  de  brocado  con  vnos  ma- 
nojos de  cascaueles  de  oro  bordados  por  ella 
con  yna  letra  que  dezia: 

Ya  la  vida 
de  males  está  dormida. 

Sacó  el  marques  Garlerín  vna  ropa  de  la 
misma  plata  texida  délos  paramentos,  con  vnas 
faxas  c  cortapisa  sembradas  de  vnos  yugos  de 
oro  de  raso  leonado  forrada  délo  mismo,  con 
vna  letra  que  dezia: 

El  que  os  viere 
verse  Hbre  no  lo  espere. 

Sacó  Alarcos  de  Reyner  vna  ropa  de  tercio- 
pelo azul  oscuro  forrada  de  brocado  con  remos 
de  oro  bordados  por  ella  quebrados,  con  vna  le- 
tra que  dezia: 

Todos  estos  se  rompieron 
bogando  con  mi  porfía 
e  jamas  hizieron  via. 

Sacó  Lisandro  de  Xarque  vna  ropa  de  ter- 
ciopelo morado  forrada  de  raso  negro  con  vna 
cortapisa  ancha  de  raso  blanco  e  faxas  cubier- 
tas de  medias  lunas  de  oro,  como  quando  que- 
da de  la  luna  muy  poco.  Dezia  la  letra: 


Muy  poca  es  la  claridad 
donde  tantas  desuenturas 
se  dexan  la  vida  ascuras. 

Sacó  el  prior  de  Albano  vna  ropa  de  brocado 
e  raso  encamado  hecho  a  lisonjas,  con  vnas  li* 
sonjas  de  oro  pequeñas  en  las  otras  lisonjas. 
Dezia  la  letra: 

No  son  sino  de  veras 
mis  quexas  e  verdaderas. 

Sacó  el  marques  de  Villatonda  vna  ropa  de 
altibaxo  carmesi  forrada  de  raso  amarillo,  cu- 
bierta de  muchas  medallas  de  oro  de  diuersas 
caras.  La  letra  dezia: 

No  está  aqui  vuestra  figura 
porque  su  propio  treslado 
en  mi  alma  está  estampado. 

Sacó  el  prior  de  Mariana  vna  ropa  de  bro- 
cado pardillo  con  faxas  e  cortapisa  de  tercio-, 
pelo  morada  cubiertas  de  vnas  cifras  de  cuento 
de  al  guarismo  que  cada  vna  hazia  millar,  eran 
de  oro  de  martillo.  Dezia  la  letra: 

Las  cuentas  de  mis  pesares 
se  han  de  contar  a  millares. 

Sacó  el  duque  de  Grauisa  vna  ropa  de  vellu- 
tado  negro  forrada  de  damasco  blanco  con  vnas 
alas  de  oro  de  martillo  que  cubrían  la  ropa,  con 
vna  letra  que  dezia: 

Han  subido  tan  arríba 
mi  pensamiento  e  querer 
que  no  pueden  decender. 

Sacó  el  conde  de  Torremuestra  vna  ropa  d*al- 
tibaxo  negro  con  vnas  manos  bordadas  en  ella 
que  mostrauan  el  sino  de  la  ventura  con  vna 
letra  que  dezia: 

Luego  se  vio  en'mi  ventura 
que  hauia  de  ser  mi  vida 
venturosa  de  perdida. 

Alualader  de  Caronis  sacó  vna  ropa  de  raso 
leonado  forrada  de  raso  carmesi  con  vnas  se- 
pulturas abiertas  bordada  de  oro  tirado,  muy  re- 
jeuadas,  con  vna  letra  que  decía: 

Hala  de  tener  abierta 
la  vida  que  viue  muerta. 

Sacó  RosseUer  el  pacifico  vna  ropa  de  bro- 
cado de  oro  tirado  negro  forrada  de  raso  azul 
con  vnos  ramos  del  domingo  de  ramos  porque 
dizen  que  valen  contra  los  rayos.  Dezia  la  letra: 

No  han  semido,  pues  mi  vida 
del  mcsmo  nombre  es  herída. 


QÜESTION  DE  AMOR 


89 


Saco  el  conde  de  Poncia  vna  ropa  de  broca- 
do forrada  de  raso  azul  con  muchos  joyeles,  en 
ella,''e  vno  muy  rico  sobre  el  coraron,  con  rna 
otra  que  dezia: 

La  joya  que  más  se  estima 
se  guarda  donde  lastima. 

Sac($  el  marques  del  Lago  yna  ropa  de  bro- 
cado azul  con  unas  limas  sordas  bordadas  so- 
bre ^-na  cortapisa  de  raso  azul.  La  letra  dezia: 

¿Cómo  puedo  yo  librarme 
secreto  del  mal  que  siento, 
siendo  publico  el  tormento? 

Sacó  el  marques  de  la  Clicsta  vna  ropa  de 
raso'leonado  forrada  de  brocado  blanco  con  vna 
chapería  de  oro  de  rnos  sellos  de  sellar  cartas 
secretas,  con  yna  letra  que  dezia: 

El  secreto  de  mis  males 
aunque  es  grave  padccello 
la  causa  merece  sello. 

Sacó  el  marques  de  Persiana  vna  ropa  de 
brocado  rico  leonado  forrada  de  damasco  blanco 
con  yn  collar  rico  hecho  de  peones  d'axedrez, 
con  vna  letra  que  dezia: 

La  primer  trecha  fui  mate, 
por  ser  mortal  mi  debate. 

Sacó  el  duque  de  Femisa  vna  ropa  d'altibaxo 
morado  forrada  de  raso  blanco  con  yna  corta- 
pisare  guarnición  del  mismo  raso  chapada  de 
ynas  matas  de  maluas  con  vna  letra  que  esta- 
ña ^entre  mata  e  mata  que  dezia: 

Si  te  mata  tu  querella 
mal  vas  en  yr  más  tras  ella. 

Sacó  Altineo  de  Leuesin  vna  ropa  de  ter- 
ciopelo naranjado  con  faxas  de  raso  blanco 
con  unos  candeleros  de  oro  por  las  guarnicio- 
nes sin  yelas.  Dezia  la  letra: 

Van  sin  yelas  porque  ves 
siempre  escura 
la  lumbre  de  mi  yontura. 

m 

Sacó  Ipolito  de  Castril  vna  ropa  de  brocado 
pardillo  con  yna  cortapisa  e  faxas  de  raso  par- 
dillo con  ynos  alambines  de  oro  de  martillo 
sembrados  por  ellas;  yna  letra  que  dezia: 

El  fuego  qu*el  cora9on 
tiene  secretos  de  enojos 
sale  en  agua  por  los  ojos. 

Sacó  Francaluer  vna  ropa  de  raso  negro  for- 
rada de  brocado  blanco  e  la  ropa  guarnecida  de 
frcáos  de  oro  e  por  el  raso  sombrados  vnos  an- 
tojos de  oro,  con  yna  letra  que  dezia: 


Nunca  yi  su  nombre  a  mi 
después  que  os  vi  sin  enojos 
ni  vieron  mas  bien  mis  ojos. 

▲QUl  DA  BA^'ON  BL  AUTOR  DE  LO  PA8SAD0 
Y  DECLARA  LA  FICION  DE  AQUELLO 

Los  caualleros  e  damas  que  en  la  presente 
fiesta  salieron  assi  atauiados  como  a  la  tela, 
como  a  la  noche  en  la  fiesta,  son  arriba  men- 
cionados. Digo  en  parte  los  que  principalmente 
alli  se  señalaron,  porque  sin  ellos  houo  muchos 
otros  e  muchas  damas  que  aqui  no  se  ha  hecho 
dellos  relación  por  acortar  la  obra.  E  assimes- 
mo  dexa  de  especificar  las  cosas  que  en  la 
fiesta  se  siguieron,  ni  la  determinación  del 
jnyzio  de  los  precios,  esto  tanto  por  la  breue- 
dad,  qnanto  porque  pues  los  atauios  e  inuen- 
cioncs  e  letras  están  relatados  tengan  los  lec- 
tores en  qud  especular  e  porfiar,  a  quién  cada 
precio  se  deue  dar  scgund  el  juyzio  de  cada  vno. 
Y  esto  conformará  con  la  causa  principal  de  la 
obra,  pues  su  fundamento  es  sobre  la  porfia  e 
question  de  Flamiano  e  Vasquiran ;  la  qual  se 
queda  también  indeterminada.  Verdad  es  que 
el  precio  de  mejor  justar  ganó  Alualader  de 
Carouis.  Agora  aqui  mudaremos  el  estilo  o 
forma  de  obra.  Esto  será  que  agora  todos  los 
caualleros  e  damas  assi  de  titulo,  como  los 
otros,  nombraremos  por  propios  nombres  en  las 
cosas  acaecidas  después  dcsta  fiesta  hasta  la 
dolorosa  batalla  de  Ravena  donde  la  mayor 
parte  destos  señores  c  caualleros  fueron  muer- 
tos o  presos.  E  assi  haurá  otra  manera  de  es- 
pecular en  sacar  por  los  nombres  yerdaderos 
los  que  en  lugar  de  aquellos  se  han  fengido  o 
trasfígurado.  E  ha  de  saber  el  lector  que  aun- 
que en  lo  que  hasta  aqui  se  ha  escripto  algo  se 
haya  compuesto  o  fengido,  como  al  principio 
deximos,  que  en  lo  que  agora  se  escriuira  ni 
houo  mas,  ni  ha  hauido  vn  punto  menos  de  lo 
fue  e  como  passó.  Assi  que  los  agudos  e  dis- 
cretos miren  de  aqui  adelante  los  nombres  ver- 
daderos e  tornen  atrás,  que  alli  los  hallarán. 

LO  QUE  SB  SIGUIÓ  HASTA  LA  PARTIDA 
DEL  yiSOREY 

Para  mejor  esto  contenderse  es  de  saber  que 
las  cosas  en  este  tratado  escriptas  fueron  o 
se  siguieron  o  escriuieron  en  la  nobilissima 
cibdad  e  reyuo  de  Ñapóles  en  el  año  de  qui- 
nientos e  ocho  e  quinientos  e  nueve  et  diez  et 
onze  que  fue  la  mayor  parte  e  quinientos  e  doze 
que  fue  la  fin  de  todo  ello.  En  el  qual  tiempo 
todos  estos  caualleros,  mancebos  e  damas  e 
muchos  otros  principes  e  señores  se  hallauan 
en  tanta  suma  e  manera  de  contentamiento  c 
fraternidad  los  vnos  con  los  otros,  assi  los  Es- 


90 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


pañoles  vnos  con  otros  como  los  misnios  natu- 
ralos  de  la  tierra  con  ellos,  qne  dudo  en  diuer- 
sas  tierras  ni  reynos,  ni  largos  tiempos  passa- 
dos  ni  presentes,  tanta  conformidad  ni  amor 
tan  esfor^Ados  c  bien  criados  caualleros  ni  tan 
galanes  se  hayan  hallado.  En  tanta  manera 
que  mouida  la  fortuna  de  enemigable  einbidia 
comen90  a  poner  en  medio  destc  fuego  vna 
fuente  de  agua  tan  cruel  c  fría,  que  la  mayor 
parte,  como  agora  se  diría,  casi  consumió,  e  lo 
que  por  consumir  dexó  quedó  en  el  plazer  e 
alegría  que  sin  escriuirsc  quien  quiera  contem- 
plar puede.  E  por  mejor  entendello  liabeys  de 
saber  que  en  el  año  de  quinientos  e  onze,  como 
a  todo  el  mundo  ha  sido  y  es  notorio,  se  hizo 
la  liga  e  concordia  del  summo  pontífice  e  san- 
tissimo  padre  nuestro  Julio  segimdo  e  del  ca- 
tólico rey  don  Fernando  de  España  e  los  vene- 
cianos. Para  lo  qaal  fue  diputado  por  general 
capitán  de  toda  la  santa  liga  el  ylustríssimo 
don  Remon  de  Cardona  visroy  del  realme  de 
Ñapóles,  el  qual  en  el  dicho  tiempo  goTemana 
y  es  vno  de  los  arríua  nombrados.  Pues  llegán- 
dole la  determinación  e  mandado  del  rey  en  las 
cosas  que  hazer  deaia,  en  la  cibdad  de  Ñapóles 
se  comentó  a  hazer  vno  de  los  mas  nobles  e 
poderosos  exercitos  de  gente  de  guerra  que  por 
ventura  entre  los  christianos  hasta  oy  se  haya 
visto,  de  tantA  por  tanta  gente,  assi  de  los 
caualleros  de  titulo  que  en  él  fueron,  como  de 
los  capitanes  de  gente  d'armas  e  hombres  d*ar- 
mas  que  Uevauan  e  de  los  capitanes  de  infante- 
ría e  infantes  que  con  ellos  yuan,  cada  vno  en 
su  suerte  e  manera  segund  para  lo  que  era  di- 
putado; dudo  que  los  que  han  escripto,  por 
mucho  que  hayan  sabido  bien  componer,  si  este 
canpo  al  tiempo  que  partió  de  Ñapóles  vieran, 
no  conocieran  ser  el  más  noble  e  mejor  de  los 
hasta  oy  vistos,  assi  en  esffuerzo  e  saber  de 
capitanes,  como  esffor9ado8  e  platicos  soldados 
e  discretos  en  la  guerra.  Qoanto  aun  en  ser  el 
mas  rico  e  luzido  campo  de  aderezos  e  atauios 
assi  de  armas  e  ropas  como  de  tiendas  e  los 
otros  aparejos  a  la  guerra  competiíntes  que 
jamas  se  vio,  de  lo  qual  adelante  más  largo  se 
contará;  solo  agora  se  dirá  como  en  este  tíenipo 
viniendo  la  señora  condessa  de  Avollino  muger 
del  noble  don  Juan  de  Cardona  conde  de  Ave- 
llino,  visrey  de  la  provincia  de  Calabria,  de  las 
dichas  tierras  de  Calabria  para  Ñapóles,  por  la 
mar  adoleció  en  el  camino  e  murió  en  la  cibdad 
de  Salerno,  que  fue  la  primera  aldaliada  que  en 
esta  alegre  corte  de  tristeza  la  fortuna  comento 
a  dar.  Pues  ya  su  fuego  comentado  dende  a  no 
mucho?  dias  con  vna  enfermedad  assaz  breue 
pusso  fin  la  muerte  en  la  vida  del  reverendissi- 
mo  don  Luys  de  Burja,  cardenal  de  Valencia, 
que  desta  corte,  aunque  perlado,  en  las  cosas  de 
caaallero  mancebo  era  vno  de  los  quiciales  sobre 


quien  las  puertas  de  las  fiestas  e  gentilezas  se 
rodeauan.  E  dende  a  ocho  dias  no  más  fizo  lo 
mismo  en  los  dias  e  juuentud  do  doña  Leonor 
de  San  Severino,  princesa  de  Visiñano  que  era 
vna  de  las  que  al  cabo  de  la  dan9a  desta  cscrip- 
tura  ha  llenado.  En  el  mismo  tiempo  acabo  la 
juvenil  c  luzida  juuentud  de  doña  Marina  de 
Aragón,  princesa  que  hauia  sido  de  Salerno  e 
a  la  ora  era  señora  de  Piombino.  Assi  qne  mi- 
rad señores  si  estas  quatro  pie9as  bastan  para 
vn  comiendo  de  combate. 

LO  QUE  ADELANTE  SE  SIGUIÓ  ANTE  DE  LA  PAU- 
TIDA  E  LA  SUMA  E  CUENTA  DEL  NUMERO  DE 
LA  GENTE  QUE  PARTID 

Passando  las  cosas  adelante  e  poniéndose  en 
orden  las  cosas  del  campo,  fueron  señalados 
todos  los  cargos  que  se  deuian  de  dar  sin  los 
que  ya  estaban  dados.  Estos  eran  los  capitanes 
de  gentes  d'armas.  Los  quales  son  los  siguien- 
tes: Primeramente  el  señor  duque  d")  Termens 
con  cient  hombres  d^amias,  el  qual  fue  deputa- 
do  por  capitán  de  la  Iglesia.  El  señor  Pros- 
pero Colona  con  cient  hombres  d'armas.  El 
señor  Fabricio  Colona  que  fue  elegido  lugar 
teniente  general  del  canpo  con  cient  hombres 
d'armas.  El  conde  Populo  con  cinquenta  hom- 
bres d'armas.  El  conde  de  Potencia  don  Juan 
de  Guevara  con  cinquenta  hombres  d*armas ;  don 
Juan  de  Cardona,  conde  de  AvcUinocon  sesenta 
hombres  d'armas;  el  prior  de  Mesina  con  cin- 
quenta hombres  d'armas.  Don  Jerónimo  Llo- 
riz  con  cinquenta  hombres  d'armas.  El  capitán 
Pomar  con  cinquenta  hombres  d^armas.  Diego 
de  Quiñones  con  cient  hombres  d'armas  que 
era  la  compañía  del  gran  Capitán.  Estas  eran 
las  ordenan9a8  que  el  rey  nuestro  señor  alli 
tenia  e  los  capitanes  que  la  tenían.  Después 
llegó  Carauajal  con  quatrocientos  hombres  d'ar- 
mas e  seyscientos  gínetes  de  los  quales  capita- 
nes no  nombramos  ninguno  porque  en  nuestro 
tratado  ninguno  dellos  hay  nombrado.  Solo 
baste  que  fue  la  suma  de  la  gente  d'armas  que 
el  visrey  llenó  mili  e  dozíentos  hombres  d'ar- 
mas e  setecientos  cauallos  ligeros  o  gínetes,  con 
la  compaña  que  don  Pedro  de  Castro  alli  tenia 
e  los  cinquenta  ballesteros  a  cauallo  del  rey. 
Fue  elegido  capitán  general  de  los  cauallos  li- 
geros el  marques  de  Pescan.  Fueron  maestros 
de  canpo  el  señor  Alarcon  e  Diego  do  Cornejo. 
Hizo  el  visrey  cien  alauarderos  para  la  guarda 
de  su  persona,  de  los  quales  fue  capitán  mossen 
Tallada.  Fueron  los  coroneles  de  la  infantería 
onze,  los  capitanes  fueron  ciento  c  ocho,  sin 
onze  que  el  visrey  hizo  para  su  guarda  con  tres 
mil  infantes  escogidos.  Los  coroneles  fueron  el 
prímero,  Zamudio  con  dos  mili  infantes  que 
licuó  de  España,  Arríeta,  Joanes,  Dondiaqui- 


QÜESTION  DE  AMOR 


91 


to  ('),  Luxan,  Bouadilla,  Francisco  Marques, 
Salgado,  Mexia,  Cornejo  sobrino  del  camarero. 
De  los  capitanes  no  se  habla  por  ser  muchos, 
salao  de  los  que  el  visrey  hizo,  que  fueron  don 
Pedro  de  Arellano,  Martin  Gómez,  Juan  de 
OrTÍna,  Juan  de  Vargas,  Crístoual  de  Paredes, 
Chrístoaal  de  Helin,  Bregúela,  el  trinchante 
del  visrey,  Diego  Montañés,  Buytron,  Vente- 
lloys. 

Murió  alli  ante  de  partir  Diego  Montañés, 
diose  su  conpaña  a  Torres;  murió  Torres,  diose 
su  conpaña  a  Borregan.  Assi  que  fue  en  suma 
la  infanteria  española  que  de  Ñapóles  salió, 
diez  mili  infantes,  mili  e  dozientos  hombres 
d^armas,  setecientos  cauallos  ligeros,  cinquonta 
oontínos  ciiados  del  rey,  e  muchos  otros  hom- 
bres de  titulo  e  caualleros  napolitanos  e  espa- 
ñoles o  algunos  sicilianos,  de  los  qnales  ade- 
lante señaladamente  hablaremos. 


DE  LOS  ATAUIOS  B  GASTOS  DBL  VISRBY 

Por  mezor  lleuar  ordenado  el  estilo  e  manera 
debte  campo  e  de  la  partida  del  visrey  será  me- 
nester primero  hablar  de  la  orden  e  atauios  de 
su  persona  e  el  estado  que  llenó,  el  que  fue 
desta  manera.  Primeramente,  como  dizimos, 
llenó  su  señoría  cien  alabarderos  vestidos  con 
ropetas  de  paño  verde  escuro  e  rosado  de  grana, 
jubones  de  raso  o  tafetán  blanco  e  morado,  cal- 
cas blancas  e  moradas,  e  gorras  de  grana. 

£1  capitán  dellos  que  fue  mossen  Tallada 
lleaó  sin  otros  atauios,  dos  cauallos  d^armas  para 
su  persona  atauiados  con  todo  suconplimiento; 
el  vno  con  vnas  sobrenardas  de  raso  morado 
cubiertas  de  chapería  de  plata  de  unos  cordones 
de  san  Francisco  que  hazian  una  reja,  e  en  los 
qoadros  de  la  reja  sobre  el  raso  hauia  dos  esscs 
de  plata  con  vn  sayón  de  terciopelo  canuesi 
hecho  a  punta  con  pestañas  de  raso  blanco;  el 
otro  cauallo  llenó  con  vnas  sobre  cubiertas  do 
terciopelo  verde  e  raso  amarillo  a  metades  cu- 
biertas de  unos  escaques  de  tiras  de  tres  en  tres 
de  la  vna  color  en  la  otra  sobre  pestañas  de  raso 
blanco.  El  sayo  desta  manera,  sin  los  otros  ata- 
uios que  llenó. 

Llenana  mas  el  visrey  cinquenta  continos  del 
r^  todos  mancebos,  hijos  de  caualleros,  los 
qoales  ynan  tan  bien  atauiados  que  ninguno 
llenana  menos  de  dos  cauallos  de  armas  con 
todo  sn  conplimiento  de  las  personas.  Lleuaua 
mas  veynte  mo9oe  de  espuelas  con  ropetas  de 
paño  morado  e  jubones  de  terciopelo  verde  e 
calcas  de  grana.  Lleuaua  veinte  e  quatro  caua- 
llos de  8U  persona;  ocho  de  armas,  ocho  estra- 
diotas,  ocho  a  la  g^neta,  con  veinte  c  quatro 

(*)  £a  la  edición  de  Nació:  don  Diaguito. 


pajes  en  ellos,  vestidos  con  ropetas  do  grana, 
jubones  de  terciopelo  o  de  raso  negro,  gorras 
de  grana,  capas  aguaderas  de  paño  de  Pcr- 
piñan. 

Lleuaua  dozientos  gastadores  con  su  capitán 
para  assentar  sus  tiendas.  Lleuaua  su  capilla 
con  doze  cantores  muy  complida.  Lleuaua  sus 
atauales  e  trompetas  ytalianas,  con  todos  los 
conplimientos  de  su  casa  e  criados  ordinarios 
como  se  requería.  De  los  atauios  de  su  persona 
solamente  hablaremos  de  los  que  lleuaua  de  las 
armas,  que  fueron  ocho  para  ocho  cauallos;  los 
otros  dexaremos  por  abren iar. 

Primeramente  llenó  vnas  sobrenardas  e  sayón 
de  brocado  blanco  c  raso  carmesi  hechos  a  giro- 
nes, e  los  girones  hechos  a  puntas  do  lo  vno  en 
lo  otracon  pestañas  de  raso  azul.  Lleuaua  vnas 
sobrenardas  e  vn  sayón  de  raso  azul  cubierto  de 
unos  lazos  de  brocado  que  lo  cubría  todo,  sen- 
tados sobie  raso  blanco.  Llenana  vnas  sobrenar- 
das e  vn  sayón  de  terciopelo  carmesi  e  raso 
blanco  hechos  a  quartos,  e  sobre  los  quartos  de 
carmesi  hauia  vna  rexa  de  fresos  de  oro  do  vn 
dedo  en  ancho,  hecha  a  centellas,  dentro  en  las 
centellas  hauia  vnos  otros  de  oro  releuados 
que  descubrían  tanto  de  la  seda  como  era  do 
ancho  el  freso.  Sobre  los  quartos  del  raso  blan- 
co hauia  vna  rexa  del  mismo  freso,  dentro  en 
los  quadros  hauia  dos  yes  de  oro,  en  cada  vno 
lleuaua  vnas  sobre  cubiertas  e  vn  sayón  de 
raso  blanco  con  faxas  anchas  de  brocado  ne- 
gro de  pelo  rico,  con  vna  faxa  ancha  e  dos  fa- 
xas angostas,  todo  guarnecido.  Lleuaua  vnas 
sobrenardas  do  brocado  raso  e  vn  sayón  con 
vnas  faxas  de  dos  dedos  en  ancho  de  raso  car- 
mesi con  vn  ribete  negro  por  medio  de  la  faxa, 
con  vnas  franjas  angostas  de  plata  de  vn  cabo 
e  de  otro  del  ríbetc.  Lleuaua  vnas  sobrenardas 
e  sayo  de  raso  amaríllo  cubiertas  de  chapería  de 
plata  como  vnas  medias  rosquillas  que  hazian 
la  obra  como  escama  de  pescado,  saino  que  en 
las  cubiertas  era  la  obra  gruesa  y  en  el  sayo 
menuda.  Lleuaua  vnas  sobrenardas  e  sayo  de 
raso  carmesi  con  vnas  cortapisas  muy  anchas 
de  lazos  de  cordones  de  oro  e  plata  releuados, 
que  sentauan  sobre  dos  bordones  de  brocado 
embutidas  e  releuadas,  bordados  de  los  mismos 
cordones  de  oro  muy  ricos.  Lleuaua  otras  sobre- 
nardas e  un  sayo  de  brocado  ríco  sobre  ríco  que 
costó  a  ciento  e  veynte  ducados  la  cana..  De 
todos  los  otros  atauios  assi  forrados  como  por 
forrar,  e  cadenas  c  vagílla  no  escreuimos  por 
abreuiar,  saino  dos  cortinajes  e  cobertores  que 
llenó  para  dos  lechos,  vno  de  brocado  carmesí 
todo,  o  otro  do  brocado  blanco  e  raso  carmesi. 
Baste  que  se  supo  por  muchas  corten  idades  que 
gastó  sin  lo  que  propio  suyo  tenia,  veynte  o  dos 
mil  ducados  de  oro  antes  que  de  Ñapóles  par- 
ticsse,  en  solo  el  aparejo  de  su  persona  o  casa. 


92 


orígenes  de  la  novela 


LOS  ATAUI08  DE  LOS  CAPITANES  d'aRMAS, 
SOLO  DE  LAS  ARMAS 

Los  aderemos  de  los  capitanes  solamente  con- 
taremos los  de  los  caaallos  de  armas  e  los  de 
sus  personas  para  las  armas,  de  los  qiiales  el 
primero  que  aqai  se  cuenta  es  el  duque  de  Ter- 
nieus,  el  qual  entre  otros  cauallos  muchos  que 
lleuaua  vimos  quatro  atauiados  señaladamente, 
los  dos  con  dos  pares  de  sobreuardas  de  brocado 
c  sus  sayones  de  lo  mismo,  otro  con  vnas  sobre- 
uardas de  terciopelo  carmesi  e  sayón  con  faxas 
de  raso  carmesi,  el  principal  con  vnas  sobre- 
uardas de  terciopelo  morado  j  el  sayón  de  lo 
mismo,  con  vnos  troncos  bordados  de  oro  de 
martillo  muy  releuados  con  vnos  fuegos  que 
salian  por  los  eoncauos  dellos,  de  manera  que 
los  troncos  e  las  flamas  hencbian  el  campo  de 
los  paramentos  e  del  sayón,  con  vnas  cortapisas 
en  lo  uno  y  en  lo  otro  de  letras  grandes  del 
mismo  oro  bordadas  en  que  blasonaua  la  fan- 
tesia  de  la  iuuencion. 

El  señor  Prospero  Colona  hizo  seys  atavios 
aunque  entonces  no  partió.  El  vno  era  de  car- 
mesí vellutado,  los  dos  eran  el  vno  de  brocado 
rico,  el  otro  de  brocado  raso;  los  tres  eran  bor- 
dados, vno  de  terciopelo  negro  con  vnos  toros 
de  oro  en  cada  pie^a  o  en  cada  quarto  del  sayo 
muy  releuados;  estaua  el  toro  puesto  sobre  vu 
fue^^o  de  troncos  del  mismo  oro  de  manera  que 
se  licnchia  todo  el  campo.  Era  el  toro  que  dizen 
de  Ñero.  En  las  cortapisas  hauia  bordada  vna 
letra  de  letras  de  oro  que  dezia: 

Non  es  questo  símil  al  nuestro. 

El  otro  atauio  de  raso  azul  con  vnos  soles  en 
cada  cantón  de  las  pie(?as  en  lo  alto  y  en  lo  baxo, 
vnos  espejos  en  que  dauan  los  rayos  del  sol  de 
do  salían  flamas  que  sembrauan  los  campos  de 
las  piezas.  En  las  cortapisas  estañan  como  en 
lo  otro,  las  letras  de  la  inuencion.  El  otro  ata- 
uio e  mas  rico,  era  de  raso  carmesi  con  vna  viña 
bordada  por  todas  las  piezas,  con  sus  sarmien- 
tos e  hojas  e  razimos  maduros  e  por  madurar, 
hecho  todo  de  oro  tirado  e  plata  e  matizes  de 
seda  de  relieue,  de  manera  que  la  obra  allende 
de  ser  muy  galana  era  muy  rica. 

El  señor  Fabricio  Jleuó  cinco  cauallos  de  su 
persona;  los  dos  con  atauios  de  sedas  de  colo- 
res, el  vno  con  vnas  sobreuardas  de  sayo  car- 
mesi e  brocado  hecho  a  quartos,  otro  de  broca- 
do raso,  otro  de  brocado  rico. 

El  marques  de  la  Padula  no  hizo  alli  nin- 
gún atauio  por  el  luto  que  Ih'uaua  de  su  cu- 
ñada, pero  lleuó  oro  de  martillo  texído  escaca- 
do para  vn  sayo  e  sobre  cubiertas  e  brocados 
para  otros  atauios;  su  hijo  don  Juan  no  lleuó 
otra  cosa  sino  paño  negro  por  el  luto  de  su 
muí^er. 


El  conde  de  Populo  licuó  sus  cauallos  ata- 
uiados de  brocados  e  sedas,  pero  su  persona  no 
llevaua  mas  que  vna  joniea  a  la  usanza  anti- 
gua; mas  lleuó  su  sobrino  don  Antonio  Can- 
telmo  que  yua  por  su  lugar  teniente,  tres  ca- 
uallos con  tres  atauios,  uno  de  brocado,  otro 
de  raso  azul  e  brocado  a  puntas,  otro  de  raso 
azul  chapado  de  vnas  matas  de  siempre  vinas 
muy  releuadas. 

Él  conde  de  Potencia  lleuó  dos  cauallos  con 
sobre  cubiertas  e  sayones  de  sedas  de  colores  e 
vn  otro  atauio  de  brocado,  y  el  principal  de 
raso  azul  con  vnas  estrellas,  en  cada  campo  vna, 
que  los  rayos  della  henchían  toda  la  pie^a,  eran 
de  oro  texido  bordadas  muy  releuadas,  en  las 
cortapisas  yua  bordada  la  letra  de  la  inuencion. 

El  prior  de  Mesina  hizo  quatro  atauios  para 
quatro  cauallos;  el  vno  era  de  brocadelo  e  de 
brocado  rico  a  mitades;  otro  de  raso  pardillo  e 
terciopelo  leonado  a  puntas;  otro  de  terciopelo 
leonado  e  raso  encamado  a  centellas  con  vnas 
tiras  de  tafetán  blanco  sueltas  por  encima  las 
costuras  como  vnas  lazadas  de  lo  mismo  que 
las  atañan  a  las  juntas  de  los  centelles.  El 
principal  atauio  era  de  raso  carmesi  e  brocado 
rico  de  pelo  hecho  a  ondas  a  puntas.  Hauia 
por  medio  de  la  tira  del  raso  vnos  f  resos  de  oro 
que  hazian  la  misma  onda  a  puntas,  e  de  la  vna 
parte  e  de  la  otra  dos  tiras  de  margaritas  de 
perlas.  Estañan  juntado  el  brocado  e  el  raso 
con  pestañas  blancas. 

Antonio  de  Leyua  lleuó  quatro  cauallos  de 
su  persona,  atauiados,  vno  de  raso  naranjado 
e  raso  blanco  á  puntas;  otro  con  vnas  sobrc- 
caidas  e  sazón  de  brocado  e  damasco  blanco 
hecho  a  escaques,  assentadas  vnas  tiras  angos- 
tas en  torno  del  escaque  del  brocado  en  el  de 
la  seda,  e  de  la  seda  en  el  brocado  e  dos  cees 
encanadas  de  lo  vno  en  lo  otro,  bordado  todo 
de  cordón  de  oro.  El  principal  cauallo  con  vnas 
sobre  cubiertas  de  brocado  blanco  e  terciopelo 
carmesí  hecho  assimesmo  a  escaques,  e  dos 
barras  travessadas  en  cada  escaque  de  lo  vno 
en  lo  otro  sentadas  sobre  raso  blanco,  e  en  las 
barras  de  brocado  hauia  en  cada  vna  tres  can- 
deleros  de  plata  estampados  y  en  las  de  car- 
mesi otros  tres  dorados. 

Don  Jerónimo  Lloriz  lleuó  quatro  cauallos 
de  su  persona;  vno  con  vnas  cubiertas  de  azero, 
otro  con  sobre  cubiertas  e  sayo  de  azeituni  ne- 
gro e  de  brocado  hecho  a  puntas.  Otro  con 
sobre  cubiertas  e  sayo  de  raso  blanco  e  tercio- 
pelo carmesi  hecho  a  centelles  con  vnas  tiras 
de  brocado  de  otro  tirado,  assentadas  encima 
las  costuras  como  vna  reja,  e  vnos  lazos  dentro 
en  cada  centelle  del  mismo  brocado,  bordado 
todo  de  cordón  de  oro.  El  otro  cauallo  lleuó 
con  vnas  cubiertas  de  carmesí  raso  de  la  ma- 
nera de  las  ricas  del  visrey. 


QUESTION  DE  AMOR 


93 


Aluarado  lleuó  tres  cauallos  de  su  persona; 
el  vno  con  vnas  sobre  cubiertas  de  terciopelo 
negro  con  ynas  tiras  de  raso  amarillo;  el  otro 
con  vnas  sobre  cubiertas  e  sayo  de  terciopelo 
morado  e  raso  amarillo  a  meatades,  cubierto 
de  escaques  de  tres  en  tres  tiras  de  la  vna  seda 
en  la  otra,  sentadas  sobre  raso  blanco.  El  otro 
con  mas  sobre  cubiertas  o  sajo  la  mitad  de 
brocado  rico  e  raso  carmes  i,  la  mitad  de  brocado 
raso  c  terciopelo  carmesi,  liecho  todo  a  esca- 
ques con  Tnas  cruzes  de  Jerusalen,  de  lo  vno 
en  lo  otro,  bordadas  de  cordón  de  plata. 

El  capitán  Pomar  lleuó  tres  cauallos  de  su 
persona;  vno  con  ynas  sobre  cubiertas  e  sayo- 
de  raso  carmesí  con  vnos  entornos  de  puntas 
de  raso  blanco;  otro  con  vnas  sobre  cubiertas  e 
sayo  de  raso  blanco  c  terciopelo  carmesi  c  bro- 
cado hecho  a  puntas  de  manera  de  vna  venera ; 
el  otro  con  mas  sobre  cubiertas  de  raso  azul 
con  ma  reja  de  tiras  de  brocado  con  ynas  pie- 
Vas  de  plata  estampadas,  en  cada  quadro  eran 
ynas  aes  góticas. 

Diego  de  Quiñones  lleuó  tres  cauallos  de  su 
persona;  el  vno  con  vnas  sobre  cubiertas  e  sayo 
de  terciopelo  negro  c  raso  amarillo  hecho  a 
puntas;  otro  de  terciopelo  morado  con  vnas 
laxas  de  brocado  entorno;  otro  con  vnas  sobre 
cubiertas  e  sayón  de  brocado. 

Carauajal  lleuó  cinco  cauallos  de  su  persona 
aderezados  los  dos  de  brocado  con  sus  sayones, 
dos  de  sedas  de  colores  con  sus  sayos,  vno  con 
vnas  sobreuardas  e  sayos  de  terciopelo  camiesi 
g^niecido  de  fresos  de  oro,  con  vnas  rosas  de 
plata  sembradas  por  encima. 

Los  capitanes  que  nucuamente  con  Caraua- 
jal yuan  fueron  bien  en  orden;  no  los  contamos 
porque  en  nuestro  tratado  no  están  nombrados 
e  no  queremos  turbar  los  nombres  para  los  que 
querrán  sacar  por  los  vnos  nombres  los  otros. 

Rafael  de  Pacis  se  partió  ante  destc  porque 
se  fue  a  viuir  con  el  papa  e  houo  una  conducta 
de  setenta  langas,  pero  lleuó  tres  aderezos  fe- 
chos de  Ñapóles  para  su  persona  e  tres  caua- 
llos. El  vno  era  vnas  ricas  cubiertas  pintadas 
con  vn  braeo  en  cada  pieza  que  t<;nia  vna  pal- 
ma en  la  mano,  con  vn  rétulo  rcuuelto  en  ella 
con  vna  letra  que  dezia: 

La  primera  letra  desta 
tengo  yo  en  las  otras  puesta. 

Para  este  atauio  lleuó  vn  sayo  de  brocado 
negro;  lleuó  otro  atauio  de  brocado  con  vnas 
cruíses  coloradas  de  sant  Jorge  sembradas  por 
encima;  otro  atauio  lleuó  de  terciopelo  negro 
cubierto  de  lazos  de  brooado  sentados  sobre 
raso  blanco  e  todos  los  vazios  llenos  de  vnas  pal- 
mas [>equeflas  de  plata  a  manera  de  batientes. 

El  marques  de  Pescara  lleuó "quatro  cauallos 
con  cuatro  aderemos;  los  tres  con  sobreuardas 


e  sayos  de  brocado;  los  dos  de  rico,  el  vno  de 
raso.  El  principal  era  de  raso  carmesi  con  vnos 
fresos  de  oro  entomeados,  vna  mano  vno  de 
otro  e  de  freso  a  freso  estaua  cubierto  el  car- 
mesi de  hilo  de  oro  que  cubría  la  seda,  saluo 
que  de  tres  a  tres  dedos  se  ataua  el  oro  con  vn 
cordoncico  pequeño  fecha  vna  lazada  e  quedaua 
entre  vno  c  otro  hecho  vn  centelle  de  la  seda 
y  el  oro  hecho  dos  medio  centelles. 

El  conde  Atorran  Farramosca  entre  otros 
atauios  que  lleuó,  el  principal  fue  vnas  sobre- 
uardas e  vn  sayón  de  raso  carmesi  con  vnas 
águilas  de  oro  bordadas  en  las  piezas,  de  las 
quales  salian  vnos  fuegos  que  ocupauan  todos 
los  vazios.  Era  tan  rico  que  se  cree  que  fuesso 
el  atauio  que  más  avia  costado  vno  por  vno. 

Su  hermano  Guidon  Farramosca  lleuó  el 
principal  atauio  de  su  persona  de  brocado  e  ter- 
ciopelo carmesi  hecho  a  triangulof,  con  vnos 
tríanguloB  del  brocado  en  el  carmesí;  del  car- 
mesi en  el  brocado  pequeños,  con  pestañas  de 
raso  blanco. 

Don  Luys  de  Hiscar  hizo  dos  atauios  de  su 
persona;  vno  de  brocado  de  oro  tirado,  sobre- 
uardas e  sayos,  otras  sobreuardas  e  sayo  de 
raso  amarillo  e  raso  blanco  a  meatades;  el  raso 
amarillo  cubierto  de  una  red  de  plata  con  vnos 
batientes  de  plata  en  los  nudos,  y  en  lo  vazio 
sobre  el  raso  vna  cifra  de  plata  estampada; 
sobre  el  raso  blanco  la  misma  red  de  oro  con 
los  batientes  e  piezas  doradas.  Pero  este  murió 
ante  de  la  partida  de  Ñapóles. 

Mossen  Torel  hania  hecho  sin  otro  atauio 
vnas  sobreuardas  e  sayo  de  terciopelo  carmesi 
e  raso  carmesi  a  meatades  cubierto  todo  de  vnas 
tortugas  de  plata,  saluo  que  en  las  iiardas  eran 
grandes  y  en  el  sayo  pequeñas;  pero  este  tam- 
bién murió  antes  del  partir  e  llevólo  su  hijo. 

El  marques  de  Bitonto  sin  otros  atauios  de 
brocado  qne  lleuó  hizo  vnas  sobrecubiertas  e  vn 
sayo  de  terciopelo  negro  con  vnas  epigramas 
de  oro  bordadas  por  él,  muy  ricas. 

El  prior  de  Roma  hizo  vn  atauio  de  brocado 
azul  e  terciopelo  carmesi  hecho  a  triángulos 
con  pestañas  de  raso  blanco,  sobre  los  trián- 
gulos de  carmesi  hauia  vnas  piezas  de  oro  es- 
tampadas tan  espessas  que  a  penas  se  deseu- 
bria  la  seda. 

Don  Jerónimo  Fenollet  lleuó  dos  atauios 
^'no  de  terciopelo  morado  e  raso  encamado  he- 
cho a  centellas  con  tiras  e  lazadas  de  tafetán 
blanco,  como  el  del  prior  de  Mesina;  lleuó  otras 
uardas  de  terciopelo  negro  con  vna  reja  de  fre- 
sos de  oro  sobre  tafetán  encamado  hecho  a  cen- 
telles; en  las  juntas  de  los  fresos  hauia  vnns 
puntas  de  plata  bien  releuadas  e  vn  batiente 
en  cada  punta;  en  los  vazios  del  terciopelo  ha- 
uia vn  centelle  de  plata  estampado  tan  grande 
que  de  terciopelo  se  descubria  tanto  como  era 


94 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


el  freso  de  ancho.  Lleuó  con  ellas  vn  sayo  de 
raso  blanco  c  raso  encarnado  a  nicatades,  con 
vnos  lazos  de  brocado  por  medio  de  los  giro- 
nes e  cortapisa  sentados  sobre  lo  encamado 
con  pestañas  !>lancas,  sobre  lo  blanco  con  pes- 
tañas encarnadas.  Hauia  en  los  vazios  de  los 
lazos  vnas  yilletas  de  plata  estampadas,  en  lo 
blanco  doradas,  en  lo  encamado  blancas,  con 
muchos  batientes  de  la  misma  manera.  El  cuer- 
po del  sayo  estaña  Forrado  de  brocado  muy  rico 
acuchillado  el  raso  de  encima  e  muy  guarnecido. 

Mossen  Gomaran  fue  por  alférez  real;  lleuó 
vn  rico  atauio  bordado. 

El  duque  de  Grauina,  el  duque  de  Trayeto, 
el  marques  de  la  Tela,  el  marques  Gaspar  de 
Toralto,  el  conde  de  Montclion  destos  no  es- 
pecifica la  escriptura  particularmente  lo  que  lle- 
uauan,  porque  según  estos  otros  quien  quiera 
lo  puede  considerar  e  porque  sus  atauios  eran 
de  brocados  c  de  sedas,  sin  manera  de  denisas 
ni  inuenciones. 

De  Cicilia  vinieron  algunos  caualleros;  aqui 
no  se  nombra  sino  el  conde  de  Golisano  y  el 
lugar  teniente  de  Cicilia  que  se  llamaua  Don 
Juan  de  Veyntemilla.  Cualquier  destos  caua- 
lleros napolitanos  e  cecilianos  que  no  tenían 
cargos,  fueron  tan  complidamente  en  orden, 
que  ninguno  lleuó  menos  de  veynte  gentiles 
homl»res  do  cadenas  de  oro  de  su  nación.  De 
manera  que  se  estima  que  sin  las  mili  c  dozien- 
tas  lan^iis  de  ordenan9a  c  capitanes,  lleuó  el 
visrey  con  los  cincuenta  continos  del  rey  y  estos 
señores  e  los  italianos  que  con  ellos  yuan  e 
muchos  otros  caualleros  Españoles  que  viuian 
con  el  rey,  e  otros  que  de  nueuo  allí  se  llega- 
ron délos  otros  campos  de  Francia  e  venecia- 
nos e  del  papa  e  de  Ferrara,  trozientos  caualle- 
ros de  cadenas  de  oro  entre  hombres  de  titulo 
e  varones  e  caualleros. 

Agora  hablaremos  del  dia  qu'el  virrey  partió; 
las  damas  que  en  tres  o  quatro  partes  se  jun- 
taron, porque  por  su  nombre  propio  las  nom- 
braremos, mas  como  hauemos  hecho  los  caualle- 
ros, para  quien  quiera  especular  o  escamar  por 
los  vnos  nombres  los  otros,  pues  que  se  podran 
hallar  vnos  por  el  principio  de  los  nombres  o 
títulos  fengidos,  otros  por  las  deuisas  e  colo- 
res; assi  que  mire  bien  cada  vno  que  no  es  esto 
nada  falso  ni  fengido. 

LA  PARTIDA  DEL  VISREY 

,E1  señor  visrey  partió  de  Ñapóles,  domingo 
a  medio  dia,  ocho  de  noniembre,  acompañado 
de  todos  estos  caualleros  e  otros  nmchos  princi- 
pales e  perlados  e  señores  que  en  la  tierra  queda- 
ron, entre  los  quales,  fue  el  cardenal  de  Sorren- 
to,  el  arzobispo  de  Ñapóles,  el  principe  de  Visi- 
ñano,  el  príncipe  de  Melfa,  el  duque  de  Ferran- 


dino,  el  señor  Prospero,  el  duque  de  Bísella,  el 
duque  de  Atria,  el  conde  de  Soriano,  el  conde  de 
Matera,  el  conde  de  Charíata,  el  conde  de  Tra- 
uento,  el  almirante  Yillamarin,  el  marques  de 
Layno,  el  conde  de  Mareo  e  nmchos  otros  caua- 
lleros. En  estos  que  aqui  se  nombran  que  que- 
daron hay  muchos  de  los  que  en  el  tratado  ha- 
uemos continuado  en  las  fiestas  nombradas;  los 
quales  son  el  marques  de  Nochito,  el  duque  de 
Bisella,  el  duque  de  Ferrandina,  el  conde  de 
Marco,  el  conde  de  Sarao,  el  conde  de  Trauento, 
el  almirante,  el  cardenal  don  Carlos  de  Aragón. 

En  las  casas  del  principe  de  Salemo  estañan 
las  señoras  rey  ñas  de  Ñapóles  con  sus  damas, 
doña  Juana  Castriote,  la  duquesa  de  Grauina, 
doña  María  Enriquez,  doña  María  Cantelmo, 
doña  Porfida,  doña  Angela  Villaragut,  doña 
Juana  Carroz,  doña  Violante  Celles,  la  señora 
Diana  Gambacorta,  la  señora  Mamia,  la  mar- 
quesa de  Layno,  la  marquesa  de  Toralto  e  otras 
muchas  damas. 

En  Castel  Novo  estaua  la  visreyna  e  su  her- 
mana, la  condesa  de  Capacho  muger  del  almi- 
rante, su  hermana  la  nmgcr  de  don  Alonso  de 
Aragón,  e  otras  muchas  señoras. 

En  casa  del  conde  de  Trauento  estaña  la 
condessa  e  su  hemiana  la  condessa  de  Terra- 
noua  e  sus  hijas,  la  marquesa  de  Nochito,  la 
condessa  de  Soriano,  la  condessa  de  Matera  o 
otras  muchas  señoras. 

En  casa  de  la  señora  duquesa  de  Milán  la 
señora  su  hija  doña  Bona,  la  duquesa  de  Tra- 
yeto, la  señora  Isabel,  la  señora  doña  María  de 
Aragón,  la  Griega  e  las  otras  damas  de  la  se- 
ñora duquesa  e  la  condessa  de  Marco. 

En  casa  de  lamarquessa  de  Pescara  estaua  la 
marquesa,  e  la  marquesa  del  Guasto,  la  marque- 
b.-i  de  la  Padula,  la  condessa  de  Benafra,  doña 
Castellana  muger  de  AntoniodeLeyua,  la  mar- 
quesa de  Vitonto,  la  duquesa  de  Franca  Vil  a. 

En  casa  de  madame  Andríana  estaua  ella  e 
su  hija  e  doña  María  Dalise  e  las  hijas  de  Cario 
de  Fango. 

LO  QUE  DESPUÉS  DE  PARTIDO  EL  VISREY  SE 
SIGUIÓ  £  LO  QUE  FLAMIANO  HABLÓ  A  VAS- 
QUIRAN  DESPIDIÉNDOSE  DEL.  —  DONDE  EL 
AUTOR  TORNA  A  USAR  EL  ESTILO  PRIMERO 
DE  LOS  NOMBRES  FENQIDOS. 

Las  otras  damas  que  en  aquel  dia  liouo  no 
se  nombran  aunque  fueron  muchas,  mas  no  ha- 
zen  al  proposito  de  nuestro  tratado  porque  en 
el  no  se  han  hallado.  Partido  el  visrey  quedaron 
alli  algunos  caualleros  por  algunos  negocios  que 
les  cumplian  o  satisfazian,  entre  los  quales  que- 
dó Flamiano  por  poderse  despedir  deVasquirau 
más  a  su  plazer,  él  queriéndose  partir  comenyo 
a  hablar  con  Yasquiran  desta  manera: 


QUESTION  DE  AMOR 


95 


Agora,  Vasqniran,  conozco  que  mi  vida  es 

{)oco  o  durará  poco,  porque  dos  cosas  que  viua 
a  sostenían  agora  la  acaben ;  la  vna  era  tener 
yo  esperan9a  de  ver  a  mi  señora  Belisena  que 
della  era  señora,  la  otra  era  tu  compañía  e  cou- 
nersacion  que  a  los  males  della  ponía  consuelo. 
Pues  agora  el  ausencia  apartándome  dos  bie- 
nes tan  grandes  no  puede  sino  encausarme  dos 
mili  males  mayores,  por  donde  conozco  en  mí 
que  me  acerco  a  la  muerta  apartándome  de  ti. 
Una  cosa  te  suplico,  que  no  te  enojes  de  escri- 
uirmc,  por  que  yo  sé  que  poco  te  durará  tal  fa- 
tiga. E  si  de  mi  fuere  lo  que  pienso  que  será, 
megote  que  este  amor  tan  grande  que  agora 
nos  sostiene  e  con  sema  en  tanto  estremo  de 
bien  querer,  que  de  tus  entrañas  no  lo  dcxes 
amenguar  ni  venir  a  menos,  como  muchas  vezes 
acont<?ce,  según  yo  te  lo  he  escripto  contradi- 
ciendote;  mas  ante  te  suplico  que  en  el  pligo  de 
tus  lastimas  lo  envueluas,  para  que  con  aque- 
llas, de  mi  te  duelas  como  dellas  liazes.  Esto  te 
pido  no  por  darte  a  ti  fatiga  como  dello  recibi- 
rás, mas  por  el  consuelo  que  mi  alma  recebira 
de  ver  la  memoria  que  de  mi  tienes,  e  plcga  a 
nuestro  Señor  que  en  ti  dé  tanto  consuelo  e 
alegría  quanto  yo  desseo  e  tú  has  menester.  No 
me  cuentes  esto  a  pobreza  de  animo,  porque  pa- 
recen palabras  en  algo  mugeriles,  ante  lo  atri- 
buye a  lo  qu'es  razón,  porque  lo  mucho  que  tu 
ausencia  me  lastima,  la  poca  esperanza  que  de 
vida  tengo  me  lo  haze  dezir.  Suplicóte  que  en 
tanto  que  aquí  estaras  no  dexes  de  visitar  a  mi 
señora  Belisena,  porque  sola  esta  esperanya  me 
dará  esfuerzo  para  lo  que  me  quitará  la  vida, 
que  será  poder  caminar  donde  de  su  presencia 
me  alexaf e.  No  quiero  más  enojarte  con  mis  fa- 
tigas, pues  que  siempre  desseé  complazerte  con 
.  mis  seruicios,  sino  que  me  encomiendo  a  ti,  e 
te  encomiendo  a  Dios. 

BE8PÜE8TA  DE  VASQUIRAK  A  FLAMIANO 

Todo  el  bien  que  la  muerte  me  pudo  quitar 
me  quitó;  todo  el  consuelo  e  descanso  que  la 
fortuna  me  podia  apartar  para  mis  trabajos,  me 
apartó  en  tu  partida,  y  esta  lastima  te  deue  bas- 
tar, Flamíano,  viendo  con  tu  ausencia  quál  me 
dcxas,  sin  que  con  tal  pronostico  más  triste  me 
dexes  como  hazes.  No  son  tus  virtudes,  siendo 
tantas,  para  que  tus  dias  sean  tan  breues,  por- 
que muy  fuera  andaría  la  razón  e  la  justicia  de 
sus  quicios  si  tal  consintiesse.  Tu  viniras  e  plega 
a  Dios  que  tan  contento  e  alegre  como  yo 
agora  tríate  e  descontento  viuo.  Lo  que  a  mi 
memoría  encomiendas,  por  dos  cosas  es  escu- 
sado;  la  una  por  lo  que  he  dicho,  la  otra  por- 
que si  otro  fuesse  lo  que  no  será,  quien  a  tus 
dias  daría  fin  a  los  mios  daría  cabo,  por  muchas 
razones  que  escusar  no  lo  podrían;- mas  en  esto 


no  se  hable  más  porque  parece  feo.  Mandas  me 
que  a  la  señora  Belisena  visite;  también  es  es- 
cusado  mandaiiuelo,  porque  quando  tu  amistad 
no  me  obligara  a  hazerlo,  su  merecimiento  me 
for9ara.  Lo  que  me  pides  que  te  oscriua,  te  su- 
plico que  hagas  como  es  razcn.  Yo  me  partiré 
lo  mas  presto  que  pudiere  para  Felemisa,  ne- 
gociado que  alli  haya  algimas  cosas  que  me 
conuienen,  trabajaré  de  ser  muy  presto  contigo 
si  algún  graue  impedimento  no  me  lo  estorua, 
lo  que  Dios  no  quiera.  Entre  tanto  viue  alegre 
como  es  razón,  pues  que  vas  en  tal  caun'no  que 
por  muchas  causas  a  ello  te  obliga.  La  una  yr 
en  semicio  de  la  yglesia  como  todos  ys.  La  otra 
en  el  de  tu  rey  como  todos  deuen.  La  otra 
por  que  vas  a  usar  de  aquello  para  que  Dios  te 
hizo,  quVs  el  habito  militar  donde  los  que  tales 
son  como  tú,  ganan  lo  que  tú  mereces  e  gana- 
rás. La  otra  e  principal  que  llenas  en  tu  pen- 
samiento a  la  señora  Belisena  c  dexas  tu  cora- 
9on  en  su  poder,  qu'esto  solo  basta  para  fazorte 
ganar  quantas  vitorías  alcanzar  se  podrían.  Una 
cosa  temo,  que  la  gloria  de  verte  su  seruidor  e 
las  fuerzas  que  su  seruitio  te  ofrecerán,  no  te 
pongan  en  mas  peligro  de  lo  que  haurias  me- 
nester. Yo  te  ruego  que  pues  la  honrra  es  la 
prenda  deste  juego,  que  dexes  donde  menester 
fuere  la  voluntad  e  te  gouienies  con  la  discre- 
ción. E  assi  te  encomiendo  a  Dios  hasta  que 
nos  veamos  e  siempre. 

LA    PARTIDA    DE    FLAMÍANO 

Acauados  sus  razonamientos  hablaron  en 
otras  muchas  cosas  todo  aquel  dia,  hasta  la 
tarde  que  Flamiano  fue  a  besar  las  manos  a  la 
señora  duquesa  e  despedirse  della  c  de  su  se- 
ñora con  la  vista.  A  la  qual  embió  estas  coplas 
que  hizo  por  la  partida,  después  de  haberse 
despedido. 

Poco  es  el  mal  que  m*aquexa 
estando  en  vuestra  presencia 
en  respecto  del  que  ausencia 
dentro  en  el  alma  me  dexa 
y  en  la  vida, 

porque  siento  en  la  partida 
tanta  pena  e  tal  tormento 
que  no  hallo  a  lo  que  siento 
ya  medida 
ni  me  basta  el  suffrímiento. 

E  siendo  mi  pena  tal, 
no  me  quexo  ni  hay  de  quién 
que  quien  nunca  tuvo  bien 
no  se  ha  de  quexar  de  mal, 
ni  yo  lo  hago 
porque  con  la  pena  pago 
aunque  me  sea  cruel 
mi  pensamiento,  pues  del 


9G 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


me  satisfago 

con  que  no  hay  remedio  en  ól. 
Callo  porque  siempre  crece 
mi  dolor  que  nunca  mengua 
pues  ha  callado  mi  lengua 
lo  que  mi  alma  padece, 
con  tal  pena, 
mas  agora  me  condena 
este  mal  deste  partir 
para  que  os  ose  dezir: 
aun  no  suena 
que  se  acaha  mi  viuir. 

Acabase  porque  veros 
me  mata  con  dessear 
7  el  desseo  con  pesar 
de  verme  no  mereceros, 
pues  presente 

de  tal  bien  tan  mal  se  siente 
el  triste  que  no  os  verá, 
dezidme  qué  sentirá 
siendo  ausente, 
claro  esta  que  morirá. 
Assi  que,  señora  mia, 

lo  que  siempre  desseé 

fue  morir  en  vuestra  fee 
como  agora  se  me  guia, 

si  mi  suerte 

alcan9asse  con  la  muerte 

tanto  bien  en  pago  della 

qu*os  pesasse  a  vos  con  ella, 

menos  fuerte 

me  seria  padecella. 

Mas  nunca  vos  hareys  tal 

porque  vuestro  merecer 

no  lo  consiente  hazer 

viendo  que  es  pequeño  mal 

morir  por  ello, 

assi  que  si  me  querello 

será,  señora,  de  mi, 

porque  nunca  os  merecí 

e  sin  merecello 

tantos  males  padcci. 

E  podeys  ser  cierta  desto 

qu'en  veros  supe  juzgar 

que  no  se  podia  pagar 

UíTíto  bien  con  menos  qu'esto, 

de  manera, 

que  conocerá  quien  quiera 

pues  que  se  muestra  tan  claro 

que  a  muy  poco  mal  me  paro 

aunque  muera 

c  que  no  me  cuesta  caro. 
Assi  que  con  la  partida 

no'stá  mi  mal  en  morir 

siendo  qual  será  la  vida, 

mas  consiste  en  el  viuir, 

que  si  pensaua 

todo  el  mal  que  me  causaua 

lo  que  yo  no  mcrecia. 


quauto  en  ella  adblecia 

me  sanana 

cada  vegada  c'os  vía. 

De  suerte  que  mi  dolencia, 
me  fuer9a  para  que  muera 
pues  la  salud  no  se  espera 
que  daua  vuestra  presencia, 
pues  sin  ella 

todo'l  mal  de  mi  querella 
no'stá  más  d'en  el  viuir 
junto  con  ella, 
no  hauria  mucho  que  sofrir. 

Assi  que  parto  muriendo 
e  voy  vino  desseando 
la  muerte  que  ya  demando 
por  no  morir  mas  viniendo. 
Dios  me  guaixle 
que  6u  venir  no  se  tarde 
mas  que  abreuie  su  venida, 
porque  ya  estoy  de  la  vida 
tan  cobarde 
quanto  estoy  de  la  partida. 

De  manera  que  tardarse 
lo  poco  que  durará 
no  es  viuir  pero  será 
la  muerte  más  alargarse, 
porque  della 
menor  mal  es  padeceFa 
que  penando  desealla 
pues  el  triste  qu*en  buscalla 
va  tras  ella 
descansará  si  la  halla. 

Y  de  ser  con  ella  cierto 
no  puedo  mucho  tardar 
pues  comen9adme  a  contar 
dende  agora  ya  por  muerto: 
que  lo  ya  soy 

e  no  creays  que  dende  hoy, 
porque  dende  el  primer  dia 
c*os  puse  en  mi  fantasía 
muerto  estoy 
e  muerta  el  anima  mia. 

Pues  embiadas  estas  coplas  con  vn  paje  suyo 
para  que  a  la  señora  Yssiana  se  las  diessc,  por- 
que de  su  mano  a  noticia  de  Belisena  vinies- 
sen,  Flamiano  se  partió  con  el  marques  de  Per- 
siana que  avn  no  era  partido,  e  con  el  prior  de 
Albano  y  el  prior  de  Mariana,  los  quales  jun- 
tos partieron.  Yasquiran  salió  con  ellos  vn:i 
gran  pie9a  del  camino,  en  la  cual  siempre  con 
Flamiano  fue  hablando.  Llegados  donde  des- 
pedirse deuian,  Flamiano  dizo  a  Yasquiran: 
Señor  Yasquiran,  esto  que  agora  os  quiero  de- 
zir, va  fuera  de  todas  las  passiones  e  fantasías 
de  las  cosas  de  amores,  ni  sus  vanidades,  saluo 
que  la  verdad  es  esta,  que  después  que  esta 
partida  determine  nunca  mi  coraron,  dello  ha 
podido  tener  contentamiento  e  alegría,  ante 


QÜESTION  DE  AMOR 


9: 


vna  intrínseca  tristeza  que  del  espíritu  e  del 
animo  me  nace  e  nunca  vna  hora  me  dcxa,  sin 
ptKler  conocer  cansa  que  para  ello  tenga,  qui- 
tadas las  que  te  dixc  que  no  son  desta  quali- 
dad,  por  lo  que  apartarme  do  tí  me  fatiga,  des- 
seo  y  esperanza  de  tornarte  a  ver  daria  con- 
suelo c  de  la  señora  Belissona  assi  niesnio; 
mas  créeme  vna  cosa  e  mira  en  qué  lioi-a  te  lo 
"  digo,  que  mi  vida  seré  muy  poca  porque  yo  me 
lo  siento  en  la  mano  c  verlo  has  que  assi  será. 
A  lo  qaal  Vasquiran  con  muchas  razones  sa- 
tisfizo, apartand(»8elo  de  la  memoria  y  en  algo 
reprehendiéndole,  aunque  en  lo  intrínseco  no 
menos  alteración  recihia  qu'el  otro  puhlicaua. 
E  assi  se  despidió  Vasquiran  del  señor  mar- 
ques e  de  los  dos  priores  e  de  otros  caual  loros 
que  con  ellos  yuan,  e  a  la  fin  do  Flamiano  con 
tantas  lagrimas  que  ninguno  podía  pronunciar 
palabra  al  otro;  ante  estando  vn  poco  abraca- 
dos, al  vno  e  al  otro  las  entrañas  verdadera- 
mente se  les  arrancaban,  hasta  que  despartidos 
sin  hablar  se  dieron  paz,  e  assi  Vasquiran  e  los 
suyos  se  torno  a  Noplcsano  tanto  lleno  de  tris- 
teza que  en  todo  el  camino  ni  en  aquella  noche 
a  ninguno  habló  palabra,  ante  la  j)as6  toda 
trastornando  por  el  juyzio  diuersas  cosas;  ve- 
níanle a  la  memoria  sus  viejas  e  frescas  llagas, 
su  nueua  soledad,  las  palabras  que  Flamiano 
le  hauia  dicho  que  de  nueuo  dolor  lo  afligían, 
recelando  lo  que  tenia  como  fue. 

CÜBNTA  BL  AÜGTOB  LO  QUE  VASQUIRAN  HIZO 
D&6PUES  DB  TORNADO  TODO  BL  TIEMl'O  QUE 
DÜBÓ  HASTA  QUE  SUPO  LA  NURUA  DE  LA 
BATALLA 

Tornado  Vasquiran  a  Noplesano  conion^o 
aderezar  las  cosas  de  su  partida,  en  el  qual 
tiempo  cada  día  yua  a  visitar  a  la  señora  du- 
quesa e  muchas  vezos  hablaua  con  la  señora 
Bclisena  de  diversas  cosas,  en  especial  de  los 
caualleros  que  eran  partidos.  E  assi  a  cu)>o  do 
algún  tiempo,  hauida  vna  ñauo  se  partió.  Lio- 
gado  a  Felemisa  comento  a  poner  en  orden 
las  cosas  nccessarias  para  partirse  al  campo,  y 
en  este  tiempo  siempre  estuuo  con  mucha  con- 
gf>xa  e  tristeza  recelando  alguna  mala  nueua 
como  después  le  vino,  la  qual  fue  causa  qu  í  di- 
uersas uezes  determinara  partirse  dissimulada- 
Dicnte,  porque  las  palabras  que  Flamiano  en  la 
partida  le  habló  le  causauan  infinitos  e  temero- 
sofl  pensamientos.  Pues  estando  assi  recelando  e 
BU  partida  poniendo  en  orden,  vna  noche  pas> 
sada  la  semana  de  passion,  que  ora  la  primera 
de  la  pascua  dé  alegría  en  la  qual  fue  la  cruel 
batalla  de  Rauena,  Vasquiran  estando  en  su 
lecho  dormiendo  le  siguió  vn  sueño  en  el  qual 
vio  todo  o  lo  mas  que  en  aquella  triste  jornada 
de  Rauena  se  era  seguido.  Lo  qual  con  mucha 

ORÍGENES  DE  LA  NOVELA—? 


turbación  otro  día  contó  a  sus  criados,  siempre 
diziendoles  lo  que  temía,  assi  como  fue. 

CUENTA  VASQUIRAN  A  SUS  CRIADOS    LAS  COSAS 
QUE    LA    NOCHB    ANTE    HAUIA    SOÑADO 

Habeys  de  saber,  honnanos,  que  no  puedo 
menos  do  hazor  do  no  descobriros  vn  caso  qu'es- 
tA  noche  nio  ha  seguido,  como  a  fieles  seruido- 
ros  o  l)uenoR  amigos,  aunque  las  cosas  de  los 
sueños  en  general  por  cosas  vanas  son  tenidas, 
como  plega  a  Dios  que  esta  soíi.  Mas  como  la 
materia  dolía  tan  grane  me  sea,  el  recelo  que 
dello  tengo  me  haze  que  me  parezca  a  la  vista 
ver  'adora.  Hauoys  de  sai>or  que  esta  noche  es- 
tando de  mis  fatigas  con  el  dolor  mas  atónito 
que  doiTiiido,  como  suelo,  me  pareció  que  me 
hallaua  (caminando  a  la  marina  de  Venecía  por 
vna  llanura  cerca  de  vna  ciudad  la  qual  veya 
cercada  de  gente  que  no  podía  ningimo  conocer. 
E  assi  andando  por  vna  ribera  de  vn  rio  arriba 
sintia  uniy  gran  roydo  de  armas  e  de  artílleria 
en  tanta  manera  que  me  parecía  que  la  tierra 
toda  se  quería  hundir  e  que  el  cielo  se  cay  a.  E 
como  tal  roydo  sentí,  apressuré  mi  andar  por 
vn  pequeño  bosque  y  en  poco  espacio  me  vi  al 
salido  de'l  en  vna  altura  e  assi  mirando  el  gran 
alarido  de  las  vozos,  miré  allende  el  rio  que 
junto  me  cstaua,  vi  la  mas  cruda  batalla  e  la 
mayor  que  parece  hauer  oydo,  no  solo  en  vna 
parte,  mas  en  diuersas,  de  la  qual  me  parecía 
que  vía  salir  muy  mucha  gente  e  meterse  en  el 
río  en  vnas  barcas  e  los  vnos  yuan  el  río  arriba 
o  los  otros  el  rio  abaxo,  de  los  quales  no  podía 
<!onocer  quídn  ninguno  dollos  fuesse,  sainos  que 
los  que  yuan  por  el  rio  arriba  lleuauan   vnas 
cnizes  coloradas  en  los  pechos  e  los  cuerpos  e 
ropas  teñidos  de  sangre,  e  parecía  que  yuan 
(rantando  e  muy  alegres.  E  los  que  yuan  el  rio 
ayuso  lleuauan  vnas  cruzes  blancas  en  los  pe- 
chos e  los  cuerpos  assi  mesmo  de  sangre  teñi- 
dos, e  los  rostros  assi  mesmo  de  sangre  lloro- 
sos, e  parecíame  que  sus  barcas  yendo  el  rio 
abaxo,  que  se  hundían  en  el  agua  e  ninguna 
parecía,  ni  los  que  en  ellos  yuan.  E  las  otras 
que  arriba  caminauan  me  parecía  que  se  metían 
por  vna  floresta  la  mas  hermosa  del  mundo,  e 
que  todos  yuan  cantando  o  muy  alegres,  o  assi 
desaparecían  de  mi  uista.  Estando  assi  vi  ve- 
nú*  vna  gran  barca  con  muchos  caualleros  man- 
cebos, con  la  deuisa  do  los  que  arriba  camina- 
uan, e  vilos  a  todos  Cí>n  vnas  coronas  de  flores 
en  las  caberas  e  vnos  ramos  en  las  manos,  can- 
tando muy  alegres,  e  como  en  par  de  mi  llega- 
ron, vino  la  barca  acostándose  a  la  ribera  del 
rio  donde  yo  estaña,  e  como  mas  cerca  de  mí 
fue,  conocí  ([u'en  la  proa  de  la  barca  venía  Fla- 
miano con  muchas  heridas  en  el  rostro  y  en  la 
persona,  o  vi  que  me  saludó  con  la  cabera  e  no 


98 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


hablaua.  Vi  junt<»  con  é\  a  su  costado  al  conde 
de  Auertino,  de  la  misma  manera  del  herido. 
Vi  en  la  delantera  assentados  al  prior  de  Ma- 
riana e  al  prior  Albano,  e  vi  a  Hossellcr  el  pa- 
cifico e  Alualader  de  Carón  is  o  a  Pomcrin  e  a 
Petrequin  de  la  Gruta,  c  vi  a  Guillermo  de 
Lauro  e  a  su  hermano  el  conde  de  Torremues- 
ira  e  mas  de  cien  caualleros  Españoles  e  do 
Noplesano,  e  vilos  todos  con  umchas  heridas 
en  sus  personas.  Vi  infinitas  barcas  de  a(iuella 
manera,  en  las  quales  parecia  que  nlucha  genU^ 
conocia.  E  como  esta  barca  principal  tanto  cer- 
ca de  mi  llegó,  pusemo  al  orilla  del  agua  por 
entrar  en  ella,  e  siendo  cerca  de  mi  Flamiano, 
alargó  la  mano  contra  mi,  e  yo  por  entrar  en 
la  barca,  parecióme  hauer  caydo  en  el  agua.  Con 
la  qual  turbación  recordé,  e  tan  alterado  que 
mas  no  podia  ser.  Assi  que  todo  lo  que  de  la 
noche  quedaua,  passé  velando  en  diuersos  pi^n- 
samientos.  Plega  a  Dios  que  no  hayamos  al- 
guna mala  nueua. 

OUEMTA  EL  AUGTOR  COMO  DENDE  A  TOCOS  DIA8 
LLEGÓ  FBLI8EL  A  FBLERNI8A  CON  LA  NUBÜA 
DE  LA    BATALLA 

Passados  algunos  dias  después  desto,  llegó 
en  el  puerto  de  Felernisa  vna  nave  que  de  No- 
plesano venia,  por  la  qual  se  supieron  las  n ne- 
nas de  la  batalla  passada.  Venia  en  la  nave 
Felisel ,  el  qual  como  a  Vasquiran  vio,  ¿quién 
podrá  contar  los  dolorosos  gemidos,  los  entra- 
ñables gritos  que  en  su  presencia  dio,  estando 
gran  pie9a  sin  palabra  poderle  pronunciar?  Al 
qual  con  muchos  ruegos  e  consolaciones,  Vas- 
quiran comento  a  rogar  que  se  reposassc,  aun- 
que no  menos  alteración  en  él  haiiia  para  oyr 
lo  que  ya  pensaua  que  le  podría  contar  que  en 
él  para  podérselo  dezir.  Pues  algo  Felisel  so- 
segado, comentó  en  esta  manera  a  dezir: 

Agora  podras,  Vasquiran,  de  verdad  plañir, 
agora  no  tienes  quien  tu  porfía  te  vcn9a,  agora 
el  más  de  los  solos  te  puedes  llamar,  agora  el 
más  verdaderamente  lastimado,  agora  el  más 
sin  consuelo  e  con  menos  remedio;  agora  po- 
dras dezir  que  tus  males  esperan9a  de  bien  no 
tienen,  agora  con  ra^on  pedirás  la  muerte  por- 
que en  ella  halles  reposo,  agora  con  ra^on  della 
te  podras  quexar,  pues  lo  que  recelas  perder  te 
llena  c  a  ti  que  la  pides  dexa,  agora  tienes  ra- 
9on  de  aborrecer  la  vida,  agora  conozco  que 
ninguno  en  desdichas  te  es  igual,  agora  puedes 
dezir  que  la  fortuna  teniéndote  debaxo  su  rue- 
da ha  parado  fuera  de  toda  ra9on  cínitra  ti; 
agora  comien9a  de  nueuo  a  plañir  e  llorar  con 
la  muerte  de  Violina,  la  de  tu  caríssimo  amigo 
Flamiano,  con  todos  quantos  ann'tífosen  el  mun- 


do tenias,  pues  ([ue  la  muerte  ninguno  te  ha 
dexado.  Assi  que  no  me  pidas  más  particula- 
ridades de  tu  mal  e  mis  malas  nueuas,  sino  que 
ninguno  te  queda  de  quien  alegrarte  puedas; 
por  eso  en  general  comienza  de  todos  a  dolerte 
e  de  ti  a  hauer  lastima,  porque  ellos  con  hon- 
rrosas  muertes  ya  repossan  e  tu  amarga  e  tris- 
te vida  viuiras  desscandola.  Vna  carta  te  tray- 
go  de  mi  señor,  la  (|nal  en  mi  presencia  acauó 
de  esc  reñir  dando  fin  a  su  vida. 


CARTA  DE  FLAMIANO  A  VASQUIRAN 
ESTANDO  TARA  MORIR 

Vasquiran,  si  la  breuedad  de  mi  muerte  más 
largo  espacio  me  diera,  más  larga  te  huuiera 
hecho  mi  carta.  Pero  pues  la  vida,  no  ha  tenido 
más  lugar  para  partirse  de  mi,  perdóname.  No 
te  escribo  del  caso,  ni  de  como  nuestra  batalla 
passó,  porque  de  muchos  le  sabrás,  e  ninguno 
sabe  como  fue»  ni  puede  saber  mas  de  lo  que 
vio.  Solo  quiero  que  sepas  que  sin  mi  ninguno 
de  quantos  amigos  tenias  te  queda  vino,  salvo 
algunos  que  en  prission  quedan.  Bien  sé  que 
nos  ternas  envidia  por  no  hauerte  hallado  con 
nosotros  para  dexar  nuestra  compañia,  como 
soy  cierto  que  lo  hizieras.  Yo  te  lloro  porque 
agora  conozco  que  tu  vida  será  qual  publicanas. 
Ningún  remedio  para  tu  consuelo  tienes  mejor 
que  con  la  discreción  esperar  tras  lastimada 
vida  honrrosa  muerte,  donde  según  comienvio 
a  sentir,  creo  que  el  verdadero  reposo  se  halla. 
Assi  que  discreto  eres,  conforma  tu  desseo  con 
la  voluntad  de  I)i('S  y  él  te  dará  remedio  a  tus 
pesares  como  a  mi  me  ha  hecho.  De  mi  te  rue- 
go que  no  plangas  mi  muerte  porque  es  la  cosa 
de  que  en  este  mundo  he  sido  más  contento. 
Si  mi  ausencia  te  fuere  grane,  piensa  en  que  la 
vida  no  es  tan  larga  que  presto  no  nos  veamos 
e  con  esta  esperanza  que  de  tu  desseo  me  con- 
suela, vive  contento.  Solo  vna  cosa  me  parece 
que  a  mi  anima  da  pena  queriendo  de  mí  par- 
tirse e  a  mi  cuiíi^po  queriendo  despedirse  della, 
esto  es  que  mis  ojos  no  ayan  podido  ver  a  mi 
señora  antes  de  mi  fin,  para  que  dcnde  aqui  co- 
men9ara  a  sentir  la  gloria  que  allá  espero,  pues 
que  acá  siempre  me  falleció.  Verdad  es  que 
siempre  esperé  en  la  muerte  el  descanso  que  en 
la  vida  no  hallaua.  E  no  alargo  mas  porque  mi 
viuir  se  acorta,  que  a  esta  e  a  mi  vida  a  vna  dio 
cabo,  encomendándote  a  Dios  a  quien  mi  alma 
encomiendo.  Hecha  en  Ferrara  a  XVII  de 
Abril.  Año  1512. 

El  que  en  la  muerte  mas  que  tú  ha  sido  ven- 
turoso, tu  verdadero  amigo,  Flamiano.  Deo 
gratias. 


FIN 


CRISTÓBAL    DE   VILLALON 


"»/«^^  *"»»^»'""»»»'»-  ••^<"  •«  •«  «««>A/«AM/>  A/>«^  •>  A^^^«  r>  «V»  »/«»»_  •\/^av/>^M/>  ^  »n/W>/>  o*»  <»^  •« 


DIALOGO 


QUE    TRATA    DE    I.AS    TBASFORMACTONES     DE     IMTÁGORAS, 
BN   QUE   SE    ENTBUDUCE    UN   ZAPATERO    LLAMADO   MIOYLLO    E  UN   GALLO 

EN  QUYA   FIGURA   ANDA  PITÁQORAS. 


OBRA  INÉDITA 


^ 


CAPITULO  PRIMERO 

Como  el  gallo  despertó  á  8u  amo  Micillo  e  los 
consejos  f¡ue  le  da, 

Micillo.  —  Gallo. 

\  MioiLLO. — ¡Oh  maldito  gallo!  quo  con  esta 
tu  I>oz  ynbidiosa  tan  aguda  Júpiter  to  destru- 
ja, porque  con  tus  bozes  penetral  Oes  lue  has 
despertado  del  sueño  más  apazible  que  hombre 
nunca  tubo,  porque  jo  gozaba  de  muy  conplida 
bienabentnran9a,  sonnando  que  poseja  muy 
gandes  riquezas  jj  que  ni  en  la  noche  no  me 
sea  posible  huyr  de  la  pobrera,  clamándome  tú 
:  con  tu  canto  enojoso  ¿pues  según  yo  conjeturo 
H^ttn  no  es  la  media  noche,  agora  por  el  gran  si- 
,'  lencio,  ora  por  el  gran  rygor  del  frió  que  avii 
no  me  hace  cosquillas  como  suele  hacerme  quan- 
do  quiere  amanescer,  lo.qual  me  es  muy  cyerto 
pronostico  de  la  mañana ;  mas  este  desventu- 
rado Telador  desde  que  se  puso  el  sol  bozea 
como  si  guardase  el  bellocyno  dorado;  yo  te 
prometo  que  no  te  bayas  sin  castigo  porque 
con  vn  palo  te  quebrantaré  esa  tu  cal)e9«  ^i 
amanesciere  tap  presto^  porque  agora  mayor, 
serbjcio  me  arias  si  callases^  en  esta  tan  csqura 
noche. 

Gallo. — ^Mi  señor  amo  Mi[ci]llo,  en  verdad 
\   que  pensaba  jo  que  te  azia  muy  agladable  ser- 
I  bizyo  si  te  manifestase  la  mañana  con  mi  can- 
to, porque  levantándote  antes  del  dia  pudieses 
azer  gran  parte  de  tu  labor.  Si  antes  quel  sol 
saliese  hubieses  cosidos  vnos  <^patos,  trabajo 
I    más  provechoso  seria  pari^  ti /comer,  y  si  más 
i    te  aplaze  el  'dormir  yo  te  contentaré  callando 


y  me  haré  más  mudo  que  los  peces  de  la  mar;] 
mas  mira  bien  que  aunque  durmiendo  te  pares-j 
cas  rico  no  seas  pobre  quando  despiertes. . 

MioiLLO.  — ¡O  Júpiter!  destruydor  de  malos 
agüeros;  ¡o  Herqules!  apartador  de  todo  mal, 
¿qué  cosa  es  esta,  quel  tiene  vmana  hoz? 

Gallo. — ¿Y  encantaniyento  te  paresce.  Mi 
cyllo,  si  yo  asi  hablo  como  vosotros  ablays? 

MioiLLO. — ¿Pues  quién  más  verdadero  en- 
cantamiento? ¡o  Dios  sol)erano!  apartad  tan 
gran  mal  de  mi! 

Gallo. — Por  cierto  tú  me  paresces  muy  sin 
letras  ¡o  Micillo!  pues  que  no  as  leydo  los  Ver- 
sos de  Omero,  en  los  quales  quenta  que  Xanto 
caballo  de  An*hilles,  después  de  aver  relinchado 
en  medio  de  la  batalla,  comento  a  cantar  en  alta 
boz  rezando  por  orden  los  versos  e  no  como  yo 
que  ablo  en  prosa;  mas  él  profetizaba  y  dezia 
grandes  oraqulos  de  las  cosas  que  estaban  por 
venir,  mas  a  ninguno  pareszio  que  azia  cosa 
misteryosa  ni  prodigiosa,  ni  alguno  de  los  que 
le  oyan  le  juzgaban  por  cosa  mala  ni  dannosa, 
como  tú  agora  azes  llamando  a  Dios,  pues  no 
es  maravylla  que  yo  able  boz  de  honbre  siendo 
tan  allegado  de  Meren9Ío  (*),  el  más  parlero 
y  oloquente  orador  entre  tocios  los  dioses  y  más 
siendo  yo  vuestro  continuo  conpannero,  que  lo 
puedo  bien  aprender;  y  si  me  quieres  olgaré 
mucho  de  te  dezir  la  causa  mas  principal  de 
donde  yo  tenga  lengua  y  boz  como  vosotros  y 
tenga  esta  faqultad  de  ablar. 

Micillo.— Oyrete,  Gallo,  con  tal  condicyon 
que  no  sea  suenno  lo  que  me  contares,  mas  que 
me  digas  la  muy  berdadera  ocasión  que-te  nio- 
bio a  ablar  como  onbre. 

(*)  Sie,  por  Mercurio.         '  t' 


■     ".  ■     ".7  ''■ 


100 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


CAPITULO  II 


Como  el  Gallo  da  a  entender  a  su  amo  Micy- 
lio  quel  es  Pitagoras  y  comojue  tras/ormado 
en  gallo  y  My cilio  dize  vna  fábula  de  guien 
fue  el  gallo. 

Pues  óyeme,  Micyllo,  que  tú  oyras  de  mi  vn 
quento  muy  nuevo  o  incleyble;  que  te  ago  sa- 
ber queste  que  agora  te  parezco  gallo  no  a  mu- 
cho tienpo  que  fue  oubre. 

Mycillo.—  En  verdad  yo  he  oydo  ser  esto 
ansi  quel  gallo  fue  vn  paje  muy  privado  del 
dios  Mares  que  sienpre  le  aconpannó  en  los 
plazeres  y  doleytes  e  que  vna  noche  le  llevó 
consigo  quando  yba  a  dormir  con  Venus,  y  que 
porque  tenia  gran  temor  del  sol  y  que  no  los 
viese  y  lo  parlase  a  Vulcano,  dexóle  en  su  guar- 
da, requeriendole  que  no  se  durmiese  porque  si 
el  sol  salía  y  los  bia  que  lo  parlarya  a  Bulcano, 
y  dizen  que  tú  te  dormiste  y  el  sol  salió  y  que 
como  los  vido  f  uelo  a  dezir  á  su  marido  de  Ve- 
nus, y  asi  Bulcano  con  gran  enojo  vino  y  pren- 
diólos en  vna  rez  que  fabrycó  y  j)re80s  llevólos 
ante  los  dioses,  y  que  Mares  con  el  gran  enojo 
que  hubo  te  bolbio  en  gallo  y  que  agora  por 
satisfazer  a  Mares  quando  no  haces  otro  pro- 
vecho alguno  manifiestas  la  salida  del  sol  con 
grandes  clamores  y  cantos. 

Gallo.  —  Es  la  verdad  todo  eso  que  se 
cuenta,  mas  lo  que  yo  agora  quiero  dezir  otra 
cosa  es;  muy  poco  tienpo  ha  que  yo  fuy  trasfor- 
mado  engallo. 

Myoillo. — ¿Deque  manera  es  eso  ansi;  por- 
que lo  deseo  mucho  saber  1 

Gallo. — Dime,  Micyllo,  ¿oyste  algún  tien- 
po de  vn  Pitagoras  sabio? 
'       Mycillo. — ¿Acaso  dizes  por  vn 'sofista  en- 
j  cantador  el  qual  constituyo  que  no  se  comiesen 
'  carnes  ny  abas,  manjar  muy  suabc,  para  la  des- 
pedida de  la  mesa,  y  aquel  que  presvadio  a  los 
onbres  que  no  ablasen  por  cynco  años? 

Gallo. — Pues  sabes  tanbien  como  Pitago- 
ras abia  sido  Eufurbio? 

Mycillo. — Yo  no  sé  mas  sino  que  dizen 
queste  Pitagoras  abia  sido  vn  honbre  enbaydor 
que  azia  prodigios  y  encantamientos. 

Gallo.— Pues  yo  soy  Pitagoras,  por  lo  qual 
tíí  ruego  que  no  me  maltrates  con  esas  enju- 
ryas,  pues  no  conoscystc  mis  costumbres. 

Mycillo. — Por  cierto  esto  es  mas  milagroso 

ver  vn  gallo  filosofo;  pues  dec^laranos,  buen  y  jo 

de  Menesarca,  qué  causa  fue  la  que  te  mudó  de 

h  onbre  en  ave,  porque  ny  este  acontecimiento 

t  eS  verísimile  ni  razonable  creer,  e  ademas  por 

jpi^ver  visto  en  ti  dos  cosas  muy  ajenas  de  Pita- 


goras. 

Gallo. — Di 


les  son. 


Mycillo. — Lo  vno  es  verte  que  eres  parle- 
ro y  bullicyoso,  mandando  el  que  por  cynco 
años  enteros  no  ablasen  los  onbres;  lo  otro 
contradize  a  su  ley  porque  como  yo  no  tubiese 
ayer  que  te  dar  de  comer  te  eché  vnas  abas  y 
tú  las  comiste  con  muy  buena  boluntad,  por  lo 
qual  es  muy  mas  necesario  que  mientas  tu  en 
dezir  que  seas  Pitagoras;  que  si  eres  Pitagoras 
tú  le  has  contradezido  pues  mandaste  que  se 
abya  de  huyr  de  comer  las  habas  como  la  misma 
cabera  del  ¡)adre. 

Gallo. — ¿No has  conos<'ido  ioh  Micillo!  qué 
sea  la  causa  de  aciueste  acaescimiento  que  qun- 
ple  para  qualquicr  género  de  bida?  entonces 
quando  era  filoso !'o  desechaba  las  habas;  mas 
agora  que  soy  gallo  no  las  desecho,  por  serme 
agradable  manjar;  mas  si  no  te  fuere  molesto, 
óyeme  e  dezirte  he  cómo  de  Pitagoras  comencé 
a  ser  esto  que  agora  soy,  anque  hasta  agora  he 
sido  transformado  en  otras  muchas  diversas 
figuras  de  animales;  dezirtelo  he  lo  que  me 
acaescyo  en  cada  vna  por  si. 

Mycillo. — Yo  te  ruego  me  lo  quentes  por- 
que a  mi  me  será  muy  sabroso  oyrte  e  tanto 
(pie  si  alguno  me  preguntare  quál  queria  mas, 
oyrte  a  ti  o  bolver  aquel  dichoso  sucnno  que 
sonnava  astaqui,  juzgarya  ser  yguales  los  tus 
sabrosos  quentos  con  aquella  sabrosa  posesión 
de  riquezas  en  que  yo  me  sonnava  estar. 

Gallo.—  Tú  tanbien  me  traes  a  la  memoria 
lo  que  en  el  sucnno  biste  como  quien  guarda 
vnas  vanas  y majin aciones,  tu  fant-asia  te  re- 
gozijas  de  vna  vana  felicydad. 

Mycillo.  —Mas  sé  cyerto  que  m'es  tan  dul- 
ce este  suenno  que  nunca  del  me  olvydaré  ni 
de  otra  cosa  más  me  quiero  acordar. 

Gallo. — Por  cierto  que  me  muestras  ser 
tan  dulce  este  suenno  que  deseo  8al>er  qué  fue. 


CAPITULO  III 

Que  quinta  Mycyllo  lo  que  le  sucedió  en 
el  conbite  del  rico  Everates, 

Mycillo.  —Yo  te  [lo  dejseo  contar  porque 
me  es  muy  sabroso  dezirlo  y  acordarme  del; 
mas  dime  tú,  Pitagoras,  ¿quando  me  contarás 
estas  tus  transfonnacyones? 

Gallo. — Quando  tú,  Micyllo,  acabares  de 
contarme  lo  que  te  acontecyo  en  la  cena  y  me 
dixeres  tu  suenno,  porque  te  lo  deseo  saber. 

Mycillo.  —Bien  te  acordarás  que  no  comi 
ayer  ninguna  vez  en  casa,  porque  topándome 
ayer  aquel  rico  Eberates  en  la  pla^ti  me  dixo 
que  labado  y  polido  me  fuese  con  él  a  comer. 

Gallo. — Bien  me  aqnenlo,  porque  yo  en 
todo  el  día  no  comi,  asta  que  viniendo  tu  a  la 
noche  bien  arto,  me  dist«s  vnas  cynco  abas,  por 


VILLALON.  -DIALOGO  DE  LAS  TRANSFORMACIONES 


101 


cjerto  esplendida  cena  para  gallo  el  qual  en 
otro  tiempo  fue  rey  y  poderoso  peleador. 

Mycillo. —  Pues  entonces  yo  lue  eché  a 
dormir  quaudo  te  di  las  abas ;  luego  me  dormi 
c  comencé  a  sonnar  en  la  noche  vn  suenno  mas 
sabroso  quel  vyno,  netar  ny  anbrosia. 

Gallo. — Pues  antes  que  me  quentes  el  suen- 
no ¡oh  Mycyllo!  me  quenta  todo  lo  que  paso 
en  la  cena  de  Eberates,  porque  me  plazerá  ny 
tanpoco  te  pesará  a  ti  si  agora  quisieres,  con- 
tándome todo  lo  que  comiste,  rumiarlo  como 
entre  suennos. 

Mycillo. — Yo  pienso  serte  enojoso  si  lo  que 
alli  pasó  te  contase,  mas  pues  tú  lo  deseas  sa- 
ber, yo  huelgo  de  te  lo  dezir  porque  nunca  asta 
agora  he  sido  conbidado  de  algún  ryco,  ¡o  Pita- 
gora!  e  sabrás  que  ayer  rejido  con  buena  for- 
tuna mo  topé  con  Eutratas  (^)  y  saludándole 
como  yo  lo  tenia  en  costunbre,  encobryame 
quanto  podia  por  verguen9a  que  no  byese  my 
capa  despedazada,  y  dizeme  el:  Mycyllo,  oy  ce- 
lebro el  nascimieuto  de  vna  hija  mía,  he  con- 
bidado a  muchas  personas  para  comer  e  ce- 
nar; e  porque  me  dizen  que  vno  de  los  conbi- 
dados  está  enfermo  e  no  puede  venir,  vente  tú 
en  su  lugar  y  haz  de  manera  que  por  ser  festi- 
bal  el  conbite  vayas  polido  e  ataviado  lo  mejor 
que  pudieres  e  comerás  allá  si  acaso  si  aquel 
faltare,  porque  avn  lo  pone  en  duda.  E  como  yo 
oí  a  Uencrates  adórele  y  fume  (sic)  rogando  a 
Dios  todopoderoso,  porqu(}  tubiese  hefeto  my 
felicedad,  diese  aquel  henfermo  en  quyo  lugar 
yo  había  de  oqupar  la  silla  en  el  conbite  algún 
frenesí  o  modorylla  o  dolor  de  costado  o  gotata 
(«ir)  de  tal  manera  que  le  yzíese  quedar  en  su 
casa  y  no  fuese  allá.  Pues  myentras  llegaba  la 
ora  de  la  cena  yo  me  fui  al  baño  y  me  labe  y 
este  tíenpo  se  me  yzo  vn  siglo  o  vna  gran 
edad,  mas  qnando  fue  el  tienpo  llegado  voyme 
8olycy[to]  lo  mejor  que  yo  pude  atabiado,  pues- 
ta mi  pobre  capa  de  la  parte  más  linpia  y  que 
sus  agujeros  menos  se  parescyesen;  allegando 
a  las  puertas  hallo  otros  umchos  onbres,  entre 
los  quales  veo  que  cuatro  mo90s  traen  sentado 
en  vna  silla  aquel  enfermo  en  quyo  lugar  yo 
era  combídado  e  bcnia  el  mismo  manifestando 
traer  gran  enfermtKlad,  porque  jemia  muy  do- 
loroso y  tosía  y  escopia  muy  as({uerosamente; 
venia  amaryllo  e  ynchado;  era  viejo  de  más  de 
setenta  años  y  dezian  ser  vn  filosofo  que  lee  en 
esquelas  y  aze  cancyones  en  publyco;  traya 
vnas  vístidnras  muy  yploclitas,  y  como  Arche- 
bio  el  medico  le  vio  y  quVra  allí  conbidado  le 
dixo:  señor,  mejor  fuera  que  os  quedarades  en 
vuestra  casa  estando  tan   enfermo  que  salir 

(*)  En  Lacianu  el  nombre  del  rico  es  Kncrates.  Su 
imitador  lo  eftcribe  con  la  di?erMÍdad  qne  ne  ?erá  eu 
el  texto,  KÍ  ya  esta  yariedad  de  forman  no  C9  deftcoido 
del  copÍHta. 


agora  acá;  el  qual  respondió:  no  es  razón  que 
Daron  filosofo  quebrante  a  su  amigo  la  palabra 
avnque  esté  enfermo  de  qualquiera  enfermedad. 
E  dixo  yo:  mas  veo,  sennor  Tromopol,  que  ansí 
se  llama  va  el  filosofo,  que  olgara  Ancrates  que 
os  muryerades  en  vuestra  casa  y  cama  en  el 
servicyo  de  vuestros  qryados  que  no  venirle  a 
ocupar  el  conbyte  con  hami)riento8,  y  que  si 
acierta  aquí  a  salírseos  el  anima,  que  le  pa- 
resce  según  venís  que  no  podeys  mucho  du- 
rar.  El  filosofo,  como  su  yntencyon  era  pades- 
cer  qualquiera  muerte  o  ynjuria  por  comer  de 
fiesta  para  satisfazer  a  su  glotonía,  disimulé  el 
donayre  que  le  dyxe  con  mucha  gravedad,  y 
estando  en  esto  vino  a  nosotros  Encrates  y  mi- 
rando por  el  filosofo  podrydo  dixo:  buen  Te- 
mospol ,  muchas  gracias  te  doy  por  aver  venido 
con  esta  tu  enfermedad  al  conbite,  puesto  caso 
que  aimque  no  bínieras  no  se  te  dexara  de  en- 
biar  todo  el  conbite  por  orden  a  tu  posada; 
siéntate  e  comerás;  e  como  yo  oí  que  los  mo- 
90S  le  metían  adentro  para  le  asentar  a  comer, 
muy  triste  comienzo  a  maldezir  su  fiaca  enfer- 
medad, pues  no  le  bastó  a  destruyr,  y  muy  ama- 
rillo de  afrenta  de  mí  desventura,  pues  pense 
cenar  mejor,  dispuseme  para  salir  de  la  sala 
del  conbite  para  conplir  la  condicyon  con  que 
Encrates  me  abia  conbidado,  e  comenceme  a 
deleznar  con  alguna  pesadunbre,  mostrándome 
al  vespede  cada  vez  que  bolbia  la  cara  a  mí,  y 
casi  con  my  rostro  amaryllo  le  dezia:  voyme  a 
mí  pesar.  También  me  enojaba  más  ver  que  en 
toda  la  mesa  no  avía  sylla  vazia  para  mi,  por- 
que estaban  puestas  en  derredor  en  numero 
ygual  con  los  conbídados;  en  fin  como  Encra- 
tes me  bio  tan  triste  y  me  yva,  alcan9Óme  casi 
a  la  puerta  y  dixome:  tu,  Mycyllo,  buelbe  acá 
e  cenarás  con  nosotros,  y  mandé  a  vn  yjo  suyo 
que  se  entrase  a  cenar  con  las  mujeres  y  me  de- 
xase  aquel  lugar.  Pues  como  poco  antes  me  yva 
triste  y  desventurado,  buelbo  luego  muy  alegre 
con  mí  prospero  suceso;  como  ninguno  se  qui- 
so sentar  junto  al  hanbriento  filosofo  por  no  le 
ver  toser,  viendo  a(|uella  sylla  va  [cía]  que  es- 
tava  enfrente  del  fuime  ally  asentar  de  lo  qual 
mucho  me  pesó;  luego  comen90  la  cena;  ¡oh 
Pitagoras!  qué  opulento  comer,  qué  fertylídad 
de  manjares,  qué  diversidad  de  vinos,  qué  co- 
piosidad de  guisados,  de  salsas  y  espeoya,  e 
quién  te  lo  bastase  a  contar;  quánto  vaso  de 
oro;  plateles,  copas  y  jarros  eran  todos  de  oro; 
los  pajes  muy  dispuestos  y  muy  bien  atabya- 
dos;  abia  cantores  que  nunca  dexaban  de  can- 
tar; abía  dibersos  ynstrumentos  de  música  que 
azian  muy  diversos  instrumentos  de  melodía 
y  muchos  que  dan^avan  y  bailavan  muy  gra- 
cyosamente;  en  suma  toda  la  fiesta  pasó  en 
mucha  curyosídad,  sino  (jue  tenia  yo  vn  con- 
trajKíso  ([ue  me  tercyaba  el  plazer,  y  era  que 


102 


ORÍííENIíS  DE  LA  NOVELA 


aquel  maldito  v¡<^j<)  da  TresniopoleB  el  qual 
con  8U  tos  y  rsqupir  me  ynchia  tiinto  de  asco 
que  yo  no  podia  comer  si  la  aubre  no  me  ayu- 
dara, y  por  otra  parte  no  me  dexaba  tener  aten- 
cyon  a  la  música  porque  me  fatigava  con  dis- 
putar comigo  quistiones  de  filosofía,  preguntán- 
dome qué  scntia  de  Juan  de  voto  a  Dios  con 
que  espantan  los  ninnos  las  amas  que  los  qrian; 
afirmóme  con  grandes  juramentos  que  abia 
sido  su  conbidado  y  que  le  diera  vna  blanca  de 
aquellas  cynco  que  consygo  suele  traer,  la  qual 
dixo  que  tenia  en  gran  veneracyon  y  después 
quísome  matar  sobre  presbadirme  con  mucha 
ynstancya  que  quando  era  de  dia  no  era  de  no- 
che y  cuando  era  noche  no  era  de  dia.  En  estas 
y  en  otras  vanidades  me  molia,  hasta  que  llega- 
do el  fin  de  la  cena,  que  quisiera  yo  yer  antes  su 
fin  de  aquel  traidor  por  que  el  gozo  de  tanto 
bien  me  estorbaba.  Ya  as  oido  ¡oh  Pitágoras! 
lo  que  en  la  cena  pasó. 

Gallo. — Mucho  rae  ha  parescido  bien  tu 
buena  fortuna;  mas  no  puedo  estar  en  mi,  de 
enojado  de  aquel  malaventurado  filosofo  e  con 
quantas  importunaciones  estorbaba  placer  tan 
sabroso. 

CAPITULO  IV 

Que  pone  lo  que  soñaba  Micillo,  y  lo  que  da  a 
entender  del  sueño;  cosa  de  gran  sentencia. 

Micillo. — Pues  oye  agora,  que  no  me  s.^ria 
menos  gracioso  contártelo.  Soñaba  y(;  qu(*l  rico 
Everates  era  muerto  y  sin  hijo  alguno  que  le 
heredase  y  que  me  dejaba  en  su  t<}stamento 
como  hijo  que  le  hubiese  de  heredar;  y  asi  yo 
aceté  la  herencia  y  fui  allá  y  comencé  a  tomar 
de  aquella  plata  y  oro  aquellas  ollas  que  se  aca- 
baban de  sacar  debajo  de  tierra;  tenia  alrede- 
dor de  mi  tanto  de  tesoro  que  no  pensaba  ser  yo 
el  que  antes  solia  coser  zapatos;  ya  cabalgaba 
en  muy  poderosos  caballos  y  muías  de  uniy  ri- 
cos jaeces  y  muy  acompañado  de  gente  me  iba  a 
pasear;  todos  me  hacian  gran  veneración;  hacia 
muy  esplendidos  convites  a  todos  mis  amigos 
y  deleitábame  mucho  en  ver  aquel  servicio  con 
vasos  de  oro  y  plata;  y  estando  en  estas  pros- 
peridades veniste  con  tu  voz  a  mí  despertar, 
que  me  fue  mas  enojoso  i\\ie  si  verdaderamente^ 
todo  lo  perdiera,  y  deseaba  soñar  veinte  noches 
a  reo  sueño  tan  deleitoso  para  mi. 

Gallo. — Deja  ya,  mi  buen  Mida,  de  más  fa- 
bular  del  oro  con  esa  tu  insaciable  avaricia;  cie- 
go estás,  pues  solamente  pones  tu  bienaventu- 
ranza en  la  posesión  de  mucho  oro  y  plata. 

Micillo. — ¡Oh  mi  buen  Pitágoras!  parés- 
cete  que  seré  yo  solo  el  que  lo  suele  afirmar; 
pues  aun  creo  yo  que  si  verdad  es  lo  que  dices 
que  te  has  transformado  en  todos  los  estados 


de  los  hombros,  (jue  podrías  decir  quanto  más 
deleite  rescebias  cuando  del  mendigar  desca- 
pado, ó  cuando  poseías  grandes  riquezas  y 
andabas  vestido  de  oro  y  te  preciabas  de  hacer 
grandes  prodigalidades  distribuyendo  tu  posi- 
ción y  no  es  ahora  nuevo  consentir  en  el  oro 
nuestra  felicidad,  pues  abasta  la  esperanza  de 
lo  haber  para  dar  animo  al  cobarde,  salud  al 
enfermo. 

CAPITULO  V 

Pone  ú  quantos  peligros  se  ponen  las  personas 
por  adquirir  riquezas  y  lo  que  dello  les  su- 
cede y  si  es  lícito  o  no. 

Micillo. — Dime  agora  quantos  son  los  que 
menos  preciada  su  vida  y  pospuesta  la  seguri- 
dad de  vivir  se  disponen  a  salir  de  sus  propias 
tierras  donde  son  nacidos  y  criados,  y  desampa- 
rados sus  padres  y  parientes,  no  estimando  el 
sosiego  de  su  anima,  se  ponen  en  el  mar  de  las 
tempestades  ciertas  a  mal  comer  y  mal  beber, 
a  peligro  de  morir  cada  hora  en  manos  de  sus 
enemigos,  para  pasar  a  las  Indias  por  adquerir 
las  inciertas  riquezas  del  oro,  por  gozar  do  la 
f  eb'cidad  de  lo  poseer,  y  después  de  {)asado8  diez 
años  en  las  Indias  o  en  otros  semejantes  luga- 
res a  quantos  peligros  se  disponen  por  lo  ganar 
de  aquella  gente  imrbara  y  sin  fe  ni  sin  ley, 
quanto  animó  con  arte  uno  solo  a  docientos  de 
aquellos  solo  por  ver  entre  las  piedras  el  oro 
relucir;  y  aun  despucfct  de  haber  pasados  todos 
estos  peligros  plugiese  a  Dios  fuese  licita  su 
posesión  porque  no  sé  yo  con  qué  color  pueden 
olios  tomar  a(|uella  gonto  el  oro  (jue  poseen;  y 
a  fin  si  fuesen  a  lo  cavar  de  las  venas  de  la  tier- 
ra y  con  su  propio  trabajo  y  sudor  lo  procurasen 
adquerir  descubriendo  las  minas  donde  está, 
aun  con  justo  título  lo  podrían  tomar,  no  ha- 
ciendo cuenta  si  era  nescesario  de  lo  tomar  a  su 
rey  por  estar  on  su  territorio  y  juridicion,  j)or- 
que  no  (juiero  agora  dudar  si  posean  los  reinos 
con  razón  ni  los  extraños  se  los  puedan  tomar; 
bien  sé  yoque  por  vedar  ellos  qu<»  se  les  predique 
el  Evangelio  de  J)ios  los  pod(?mos  hacer  guer- 
ras y  todo  lo  demás;  en  suma  todo  lo  puede 
el  dinero;  las  piañas  quebranta,  los  rios  pasan 
en  seco;  no  liay  lugar  tan  alto  que  un  asno  car- 
gado de  oro  no  lo  suba:  ¡olí,  qué  bienaventu- 
ranza es  el  tener  qu(i  dar;  qué  miseria  es  el  con- 
tino rescebir;  las  riquezas  conservan  los  amigos, 
allegan  los  parientü'S,  adquieren  quien  de  vos 
diga  bien;  t<Klos  le  saludan,  linios  le  llaman  al 
rico  señor,  y  si  pobre  es,  de  todos  es  desechado 
y  aborrescido  de  con  tino;  quel  pobre  os  hablo, 
oís  pensando  qué  os  quiero  pedir;  on  conclu- 
sión siempre  oi  decir  quel  oro  mandaba  todas  las 
cosas  criadas;  mas  dime,  Gallo,  por  qué  te  ríes. 


VILLALON.— DIALOGO  DE  LAS  TRANSFORMACIONES 


103 


Gallo. — Rióme  porque  tú  también,  Micillo, 
estás  en  la  misma  necedad  quc^stá  el  inorante 
vulgo  en  la  opinión  que  tienen  los  ricos;  pues 
créeme  a  mi,  que  muy  más  trabajada  y  desven- 
turada vida  pasan  ellos  que  vosotros,  y  hablo 
esto  por  saberlo  como  lo  sé  muy  bien  porque 
yo  soy  inspirimentado  en  todas  las  vidas  de  los 
hombres:  en  un  tiempo  fui  rico  y  en  otro  pobre 
como  ago  agora;  si  esperas  lo  oirás. 

MiGiLLO. — Pues,  por  Dios,  que  es  razón  que 
tú  nos  cuentes  como  fueste  transformado  y  qué 
has  pasado  en  cualquier  estado  de  tu  vida. 

Gallo. — Pues  óyeme  y  ten  por  prosupuesto 
que  en  toda  mí  vida  nunca  yo  vi  estado  de 
hombre  mas  bienaventurado  quel  tuyo. 

MiGiLLO. — Yo  te  ruego  que  me  enseñes  mi 
bienaventuranza  y  cuenta  desde  qué  fueste 
nascido  hasta  ahora  que  eres  gallo  y  como  fues- 
te en  cada  uno  transformado  y  qué  te  acaesció 
en  cada  una  de  tus  transformaciones,  porque 
necesariamente  paresce  que  han  de  ser  cosas 
diversas  y  notabres. 


CAPITULO  VI 

Como  cuenta  que  fue  Euforhio  y  da  a  entender 
a  BU  amo  quél  había  sido  hormiga. 

Gallo. — ^No  es  necesidad  que  te  diga  ago- 
ra cómo  Apolo  trujo  mi  ánima  á  la  tierra  y 
la  invistió  de  cuerpo  humano  porque  seria 
muy  prolijo  al  contar,  ni  debes  tú  saber  mas 
de  que  al  prencipio  vine  á  ser  Euforbio  y 
vine  á  defender  los  muros  de  Troya  contra  los 
griegos. 

MiGiLLO. — Dime  i  oh  preclaro  varón  Pita- 
goras!  qué  fui  yo  antes  que  fuese  Micillo  y  si 
hubo  en  mi  la  misma  conversión? 

Gallo. — Sabrás  que  tú  fueste  una  hormi- 
ga de  las  Indias  de  las  que  cavan  oro  para 
comer. 

Micillo. — ¡Oh,  desdichado  de  mi!  ¿por  qué 
no  traje  yo  acá  un  poco  de  lo  que  me  sobraba 
allá,  para  salir  desta  miseria?  pues  dime.  Ga- 
llo, en  qué  tengo  de  convertirme  después  de 
que  deje  de  ser  Micillo? 

Gallo. — Eso  yo  no  lo  sé  porque  está  por 
venir;  mas  volviendo  á  mi  propósito,  como  al 
prencipio  de  mi  ser  yo  fuese  Enforbio  y  pelease 
ante  los  muros  de  Troya  matóme  Menelao  y 
dende  á  poco  tiempo  vine  á  ser  Pitágoras; 
por  cierto  vine  á  vevir  sin  casa  ni  techo  don- 
de pudiese  posar  hasta  que  Menesarca  me  la 
edificó. 

Micillo. — Ruégote  que  me  digas,  ¿hacias 
vida  sin  comer  ni  beber? 

Gallo. — Por  cierto  no  usaba  de  más  de  lo 
que  al  cuerpo  le  podia  bastar. 


Micillo. — Pues  primero  te  ruego  me  digas 
lo  que  en  Troya  pasó  y  lo  que  viste  siendo  tú 
Euforbio,  por  ver  si  Homero  dijo  verdad. 

Gallo. — ¿Cómo  lo  podia  él  saber,  pues  no 
lo  vio?  que  cuando  aquello  pasaba  era  él  came- 
llo ei)  las  Indias ;  una  cosa  quiero  que  sepas  de 
mí;  que  ni  Ayax  Telamón  fue  tan  esforzado 
como  lo  pinta  Homero  ni  Helena  tan  hermosa 
porque  ya  muy  vieja  era,  casi  tanto  como  Hé- 
cuba,  porque  esta  fue  mucho  antes  robada  de 
Teseo  en  Anfione;  ni  tampoco  fue  tan  elegante 
Archiles  (jsíc)  ni  tan  astuto  Ulise«,  que  en  la 
verdad  fábula  es  y  muy  lejos  de  la  verdad, 
como  suele  acaescer  que  las  cosas  escritas  en 
historias  y  contadas  en  lejos  (sic)  tierras  sean 
muy  mayores  en  la  fama  y  mas  elegantes  de  lo 
que  es  verdad.  Esto  te  baste  de  Euforbio  y  de 
las  cosas  de  Troya. 


CAPITULO  VII 

(¿ue  siendo  Pitagoras  lo  que  le  acaesció. 

Gallo. — Vengo  á  contar  lo  que  siendo  Pi- 
tagoras me  acaesció  y  porque  cumple  que  di- 
gamos la  verdad,  yo  fue  en  suma  un  sofista  y 
no  nescio,  muy  poco  ejei  citado  en  las  buenas 
disciplinas,  e  acordé  de  me  ir  en  Egito  por  dis- 
putar con  los  filósofos  en  sus  altas  ciencias,  con 
los  cuales  deprendí  los  libros  de  la  diosa  Ceres 
la  qual  fue  inventíidora  de  la  astrología  y  pri- 
mera dadora  de  leyes,  y  después  volvime  en 
Italia,  donde  comenze  á  enseñar  á  los  latinos 
aquello  que  deprendí  de  los  griegos  y  de  tal 
suerte  doctriné  que  me  adoraban  por  Dios. 

Micillo. — Ya  yo  he  oido  eso  y  cómo  de  los 
Ítalos  fueste  creido;  mas  dime  agora  la  verdad; 
¿qué  fue  la  causa  que  te  movió  que  constituye- 
ses ley  que  no  comiesen  carne  ni  habas  ningún 
hombre? 

Gallo. — Aunque  tengo  vergüenza  de  lo  de- 
cir, oirlo  has,  con  tal  condición  que  lo  calles; 
yo  te  hago  saber  que  no  fue  causa  alguna  ni 
cosa  notable  ni  de  gran  majestad;  mas  miré 
que  si  yo  enseñaba  cosas  comunes  y  viejas  al 
vulgo  no  serian  de  estimar;  por  tanto  acordé 
de  inventar  cosa  nueva  y  peregrina  á  los  mor- 
tales porque  más  conmoviese  á  todos  con  la 
novedad  de  las  cosas  de  admiración;  ansi  yo 
procuré  de  inventar  cosa  que  denotase  algo, 
mas  que  fuese  á  todos  incónita  su  interpreta- 
ción y  en  conjeturas  hiciese  andar  á  todos  ató- 
nitos sin  saber  qué  quería  decir,  como  suele 
acaescer  de  los  oráculos  y  profecías  muy  os- 
curas. 

Micillo. — Dime  agora,  después  de  que  de- 
jaste de  ser  Pitagoras,  ¿en  quién  fuistes  trans- 
formado y  qué  cuerpo  tomaste? 


104 


orígenes  i)K  la  novela 


CAPITULO  VIH 


Como  siendo  PiUigoras  fue  transformado  en 
Dionisio  rey  de  Sicilia  y  lo  que  por  mal  go- 
bernar se  sucede. 

Gallo. — I)<?spiies  sucedí  en  el  cuerpo  de 
Dionisio  rey  de  Secilia. 

MiciLLO. — (Fueste  tú  aquel  que  tuvo  por 
nombre  Dionisio  el  tirano? 

Gallo. — No  ese,  mas  su  hijo  el  mayor. 

MiciLLO.  -  Pues  di  la  verdad,  que  también 
f ueste  algo  cruel  y  aun  si  digo  mas  no  mintiré; 
tu  ¿no  mat-astí*  á  tus  hermanos  y  parientes  poco 
á  poco  porque  temías  que  te  habian  de  privar 
del  reino?  bien  sé  que  sino  te  llamaron  el  tira- 
no fué  porque  en  el  nombre  difirieses  de  tu  pa- 
dre; basta  que  t«  llamaron  siracusano  por  las 
crueldades  que  heciste  en  los  siracusanos;  dime 
la  verdad,  que  ya  no  tienes  que  perder. 

Gallo. — No  te  negaré  algo  de  lo  que  pasó 
desde  mi  niñez,  porque  veas  el  mal  reinar  á  qué 
estado  me  vino  á  traer.  Yo  fue  el  mayor  entre 
los  hijos  de  mi  padre  y  como  el  reinado  se  ad- 
quirió por  tiranía  no  sucedimos  los  hijos  here- 
deros, sino  trabajábamos  ganar  la  gente  del 
pueblo  que  nos  habia  de  favorcscer,  y  ansi  yo 
procuré  quanto  á  lo  primero  haber  á  pesar  de 
mis  hermanos  los  tesoros  de  mi  padre,  con  los 
cuales  como  liberal  distribuí  por  los  soldados  y 
gente  de  armas,  que  habia  mucho  tiempo  (|ue 
mi  padre  los  tenia  por  pagar,  y  después  por 
atraer  el  pueblo  á  mi  favor  solté  tres  mil  va- 
rones que  mi  padre  tenia  en  la  carcer  muy  mi- 
serablemente atados  porque  no  le  querían  acu- 
dir con  sus  rentas  y  haciendas  para  aumentar 
sus  tesoros  y  sol  teles  el  tributo  por  tres  años 
á  ellos  y  á  todo  el  pueblo.  Mas  después  que  fue 
elegido  de  los  ciudadanos  y  comarcanos,  ¡oh 
Micillo!  vergüenza  tengo  de  te  lo  decir. 

MiGiLLO. — Dimelo,  no  tengas  vergüenza  de 
lo  contar  4  un  tan  amigo  y  compañero  tuyo 
como  yo. 

Gallo. — Comencé  luego  de  siguir  la  tiranía 
y  porque  tenía  sospecha  de  mis  hermanos  yo 
los  degollé  y  después  los  quemé  á  ellos  y  4  mis 
parientes  y  aquellos  mayores  de  la  ciudad,  que 
fueron  mas  de  mili,  y  después  dóbleles  el  tri- 
buto fingiendo  guerras  con  las  cercanas  provin- 
cias y  grandes  prestamos;  mi  intención  era  au- 
mentar tesoros  para  defender  mi  misera  vida; 
deleitábame  nmcho  en  cortar  cal»eza8  de  los 
mayores  y  en  robar  haciendas  de  los  menores; 
hacia  traer  ante  mí  a(|uellas  riquezas;  delei- 
tábame en  verlas;  en  fin,  todo  este  mi  deleite 
se  me  convertio  en  gran  trabajo  y  pesar,  por- 
que como  el  pueblo  se  agraviase  con  estas  sin- 
razones, conspiraron  contra  mi  y  por  defen- 


derme re  trújeme  á  la  fortaleza  con  algunos  que 
me  quisieron  seguir.  Ya  estando  allí  cercado,  yo 
aun  quisiese  usar  de  crueldad  porque  iuviando- 
me  embajadores  de  paz  los  prendí  y  los  maté 
y  plugo  á  Dios  que  por  mi  maldad  fue  echado 
por  fuerza  de  allí  y  fueme  acoger  con  los  lu- 
crenses,  que  era  una  ciudad  sujeta  á  Siracusa, 
y  ellos  me  rescibieron  muy  bien  como  no  sabían 
que  yo  iba  huyendo;  yo  como  hombre  habitua- 
do á  las  pasadas  costumbres  comencé  á  robar 
entrellos  (sic)  lucrenses  las  haciendas  de  los 
ricos,  tomando  las  mujeres  hermosas  4  sus  ma- 
ridos y  sacando  las  encerradas  doncellas  que 
estaban  consagradas  á  los  templos,  y  robaba  los 
templos  de  todos  los  aparejos  de  oro  y  plata 
que  habia  para  los  sacrefícios,  y  con  estas  obras 
viniéronse  los  lucrenses  a  enojar  de  mi;  joh 
omnipotente  Dios!  y  qué  trabajo  tenía  en  con- 
servarme en  la  vida;  ¡cu4n  tenieroso  estaba  de 
morir!  ni  osaba  beber  en  vaso,  ni  aun  comer  ni 
donnir,  por([ue  en  lo  uno  y  en  lo  otro  temía 
que  me  habian  de  matar;  ¿qué  más  quieres, 
sino  que  te  doy  mi  fe  que  con  un  carbón  ar- 
diendo me  cortaba  la  barba  por  no  me  fiar  de 
la  mano  y  navaja  del  barbero,  y  trabajé  por  en- 
señar el  oficio  de  barbero,  á  unas  dos  hijas  que 
yo  tenia,  porque  me  quemaba  con  el  carbón  que 
no  lo  podía  ya  sufrir?  Después  que  por  seis 
años  pasé  estos  trabajos,  no  me  pudiendo  sufrir 
los  lucrenses  (H'haronme  por  fuerza  de  la  tierra, 
y  sintiendo  en  paz  á  Siracusa  volvime  para  ella, 
y  como  de  ahí  algun(>s  días  yo  volviese  4  ser 
|)eor  me  venieron  á  cvhar  de  la  tierra  jion  (sic) 
e  yo  desventurado,  corrido  y  afn'utado,  sin  po- 
derle resistir  me  fue  (*)  en  Corintio  destruido 
I>orme  guarescer;  a(|ui  vine  4  vevir  en  mucha 
miseria  demandando  á  mis  amigos  y  enemigos 
por  limosna  el  mantininiiento  e  no  lo  querían 
dar,  4  que  vine  á  vevir  en  mucha  miseria  y 
tanta  necesidad  que  no  tenia  una  capa  con  que 
me  defender  del  frió;  en  fin,  yo  me  vi  aquí  en 
extrema  misería,  tanto  que  me  vine  4  enseñar 
niochachos  4  leer  y  escrebir  porque  de  aquel 
salario  me  pudiese  mantener. 

Micillo. — Mas  antes  yo  he  oido  decir  que 
lo  hacías  por  ejercitar  tu  crueldad  castigando 
los  mochachos  con  continas  disciplinas,  y  eras 
tan  extremadamente  cruel  que  dicen  de  tí  que 
en  Siracusa  una  bieja  de  muy  grandísima  edad 
rogaiía  4  los  dioses  continuamente  por  tí  que 
te  dejasen  vivir  por  muchos  años,  y  preguntan- 
do pr)rqué  lo  hacía,  pues  toda  la  cíbdad  blas- 
femaba de  ti,  respinidio  que  habia  visto  en  su 
vida  larga  nuichos  señores  tíranos  en  aquella 
ciudad  y  que  de  contino  sucedía  otro  tirano 
peor  y  que  rogaba  4  los  dioses  que  tú  vivieses 
mucho,  porque  si  acaso  había  de  suceder  otro 

(*)  Kn  ente  diálogo  entá  asnilo  /t/r    ini\nnierables 
vpfiCH  en  el  Hentidü  ác/vi. 


VTLLALON.- DIALOGO   DE   LAS  TRANSFORMACIONES 


105 


tan  malo  y  más  peor,  que  á  todos  inandaria 
quemar  juntamente  con  Siracusa. 

Gallo. — ¡Oh  Micillo!  todo  me  lo  has  de  de- 
cir, que  no  callarás  algo;  bien  has  visto  el  tra- 
bajo que  tienen  los  hombres  en  el  mundo  en  el 
reinar  y  regir  mal  las  provincias  tiranizando  los 
subditos;  mira  el  pago  que  los  dioses  me  dieron 
por  mi  mal  vivir;  y  si  piensas  que  más  descan- 
so y  contento  tiene  un  buen  rey  que  con  tran- 
quilidad y  quietud  gobierna  su  reino,  engañaste 
de  verdad,  porque  visto  he  que  viven  sin  algún 
deleite  ni  placer;  piensa  desde  los  primeros  jus- 
tos gobernadores  de  Atenas  é  de  toda  Asia, 
Europa,  África  y  hallarás  que  no  hay  mayor 
dolor  en  la  vida  de  los  hombres  quel  regir  y  go- 
bernar. Si  no,  pregúntalo  á  Asalon  (Solón)  el 
cual  decía  que  tanto  cuanto  más  trabajaba  por 
ser  buen  gobernador  de  su  república  tanto  y  más 
trabajo  y  mal  anadia;  pero  si  consideras  tú  cuan 
gran  carga  echa  acuestas  el  que  de  república 
tiene  cuidado  y  aquel  que  bien  ha  de  regir  las 
cosas,  piensa  que  no  tiene  de  pensar  en  otra 
cofla  en  todos  los  dias  de  su  vida,  sin  nunca 
tener  lugar  para  pensar  un  momento  en  su  pro- 
pio y  privado  bien,  con  cuánta  solicitud  pnx^u- 
ra  que  se  guarden  y  estén  en  su  vigor  y  Fuerza 
las  leyes  quel  fundó  y  no  firmó ;  <íon  cuánto 
cuidado  trabaja  que  los  oficiales  de  su  repú- 
blica sean  justos,  no  robadores,  no  coecheros 
ni  sosacadores  de  las  haciendas  de  los  míseros 
de  ciudadanos  y  quó  continua  congoja  tiene, 
considerando  que*stá  puesto  sobre  el  pueblo  por 
propio  ojo  de  todos  con  el  cual  todos  se  han 
de  gobernar,  como  piloto  de  un  gran  navio 
en  cuyo  descuido  está  la  perdición  de  toda  la 
mercadería  y  junto  en  el  flete  del  navio  va,  y 
tienen  gran  cuidado  en  ver  que  si  en  el  menor 
pecado  ó  vicio  incurre,  á  todo  el  pueblo  lleva 
de  si;  de  otra  parte  le  combate  su  umcha  li- 
bertad y  su  mando  y  señorío  para  usar  del  de- 
leite de  la  lujuria,  del  robar  para  adquirir  teso- 
ros, vendiendo  synos  (si'cj  preturas  y  gobier- 
nos para  personas  tiranas  que  le  d(>struyan  los 
vasallos  6  suditos,  lo  cual  huye  el  buí^n  prin- 
cipe posponiendo  cualquiera  interese;  ¿pues  qnd 
soberano  trabajo  es  sufrir  los  adúlteros  y  li- 
sonjeros que  por  servirles  le  cantan  moviendo 
al  buen  rey  con  loores  que  claramente  ves  que 
en  si  mismo  no  los  hay;  pues,  ¿qué  afrenta  rcs- 
cibe  cuando  le  canta  en  sua  versos:  hice  esca- 
ramuzas notables,  si  nunca  entró  en  batalla  ni 
pelea,  y  cuando  le  procura  importunar  trayendo 
á  la  memoria  la  genología  de  sus  antecesores, 
de  cuya  gloria,  é\  como  buen  rey  no  se  quiere 
preciar,  sino  de  su  propia  virtud?  Alleganse  á 
esto  los  odios,  las  iuvidias,  las  murmuraciones 
de  los  menores,  de  las  guerras,  disenciones  y  de- 
sasosiegos de  sus  reinos,  que  todo  ha  de  caer 
sobre  él  y  sobre  su  buena  solicitud;  pues  allen- 


de desto  qué  trabajos  se  ofrecen  en  las  enco- 
miendas de  las  capitán  ias  y  de  los  oficios  del 
campo,  de  oír  las  quejas  de  los  miseros  labra- 
dores que  los  soldados  les  destruyen  sus  mieses 
y  viñas  y  les  roban  su  ganado,  que  no  basta 
mantenerlos  de  balde,  mas  que  les  toman  por 
fuerza  las  mujeres  y  hijas  y  sin  les  poder  de- 
fender de  todo  esto.  ¿Di,  Micillo,  el  buen  rey 
que  siutirá,  con  que  sosiego  podrá  dormir,  con 
([ué  sabor  comer  é  que  felicidad  ó  deleite  pien- 
sas que  puede  tener?  Pues  ¿qué  te  contaré  de 
bs  caballeros  y  escuderos  y  coutinos  que  co- 
munican en  casa  del  rey  y  llevan  salarios  en  el 
palacio  real,  á  los  cuales  como  en  el  mundo  no 
sea  cosa  más  baja  ni  más  enojosa  ni  desabrida 
ni  más  trabajosa  ni  aun  más  vil  quel  estado  del 
siervo,  ellos  se  precian  de  serlo,  con  decir  que 
tratan  y  conversan  con  el  rey  y  que  le  veen 
comer  y  hablar  y  por  esto  se  tienen  por  los  pri- 
meros; en  todos  los  negocios  y  horas  con  una 
sola  cosa  son  contentos,  sin  tener  invidia  de 
algimo,  y  tratando  ellos  la  seda  y  el  brocado  y 
las  piedras  preciosas  menos  pueden  y  curan  de 
todos  los  buenos  estados  del  vevir  y  de  la  vir- 
tud que  engrandece  los  nobres  y  este  dejan  por 
otros,  diciendo  que  les  sea  cosíi  muy  contraria 
el  saber;  en  esto  solo  se  tienen  por  bienaventu- 
rados en  poder  llamar  amo  al  rey,  en  saber  sa- 
ludar á  todos  conforme  al  palacio  y  que  tienen 
noticia  de  los  títulos  y  señores  que  andan  en 
la  Corte  y  saben  á  cuál  han  de  llamar  ilustre, 
a  cuál  manifico,  á  cuál  serenísimo  señor;  pre- 
cianse  de  saber  bien  lisonjear,  porque  esta  es  la 
ciencia  en  que  más  se  ha  de  mostrar  el  hombre 
del  palacio.  Pues  si  miras  toda  la  manera  de 
su  vivir  en  qué  gast^in  el  tiempo  de  su  vida, 
¡oh  qué  confusión  y  ([ué  trabajo  y  qué  laberin- 
tio  de  eterno  dolor!  óyemelo  y  cree  (jue  lo  dirá 
hombre  expirimentado  y  que  todo  ha  pasado  por 
mi  sudor  hasta  el  medio  día  porque  se  fueron 
acostar  cuando  queria  amanescer;  luego  man- 
dan que  esté  aparejado  un  asalariado  sacerdote 
que  muy  apriesa  sacrefique  a  Dios  junto  á  su 
cama  á  la  hora  de  medio  día  y  después  comen- 
zanse  á  vestir  con  mucho  espacio  con  todas  las 
pesadumbres  y  polidezas  del  mundo  y  a  la  hora 
de  las  vísperas  van  á  ver  si  quiere  comer  el  Rey; 
¡oh  que  hacen  en  palacio!  dispónense  á  servir 
á  la  mesa;  á  la  hora  que  ni  entra  en  sabor  ni 
en  sazón  se  van  ellos  á  comer  frió  y  mal  guisa- 
do y  lu(?go  á  jugar  con  las  rameras  ó  acompa- 
ñar al  Rey  doquiera  que  fuere;  venida  la  hora 
dií  la  cena  tornan  al  mismo  trabajo  y  después 
que  á  ellos  les  dan  de  cenar,  á  la  media  noche 
vuelven  al  juego  y  si  juega  el  Rey  ó  Principe 
ó  otro  cualquiera  que  sea  su  señor,  están  alli 
en  pie  basta  que  harto  su  apetito  de  jugar  se 
quieren  ir  á  dormir  cuando  quiere  amanescer. 
l*u<*s  las  camas  y  posadas  de  la  gente  de  pa- 


106 


orígenes  de  la  novela 


lacio,  ¿quién  te  las  pÍ4itará?  cada  día  la  suya 
y  tres  6  cuatro  echados  en  una,  unos  sobre 
arcas  é  otros  sobre  cofres  tumbados.  En  cuanto 
se  debe  estimar;  ¡oh  vida  de  más  que  desespe- 
rados! ¡oh  Purgatorio  de  perpetuo  dolor!  Pues 
entre  estos  anda  un  género  de  hombres  mal- 
aventurados que  no  los  puedo  callar;  su  nom- 
bre es  truanes  chucarreros,  los  cuales  se  pre- 
cian deste  nombre  y  se  llaman  ansi  y  pienso 
que  en  los  decir  su  trabajo  no  merezco  culpa 
si  a[ca]8o  no  me  erré.  Estos  para  ser  esti- 
mados y  ganar  el  comer  se  han  de  hacer  bo- 
bos 6  infames  para  sofrir  cualquier  afrenta  que 
les  quisieren  hacer;  precianse  de  sucios  borra- 
chos y  glotones;  entre  sus  gracias  y  donaires 
es  descobrir  sus  partes  vergonzosas  y  deshones- 
tas á  quien  las  quiere  ver;  sin  ninguna  ver- 
güenza ni  temor  nombran  muchas  cosas  sucias 
las  cuales  mueven  al  hombre  á  se  recoger  en 
si;  sirven  de  alcahuetes  para  per\'ertir  a  las  muy 
vergonzosas  señoras  y  doncellas  y  casadas  y 
aun  muchas  veces  se  desmandan  á  tentar  las 
monjas  consagradas  á  Dios.  Su  principal  oficio 
es  lisonjear  al  que  tiene  presente  porque  le  dé 
y  decir  mal  de  la  gente  publicando  que  nunca 
le  dio;  y  en  fin  de  todos  dicen  mal  porque  otra 
vez  tienen  aquel  ausente.  Esta  es  su  vida,  este 
es  su  oficio,  su  trato  y  conversación  y  para  esto 
son  hábiles  y  no  para  mas;  de  tal  suerte  que  si 
les  vedase  algún  principe  esta  su  manera  de 
vivir  por  les  rescatar  sus  ánimas,  no  sabrían 
de  qué  vivir  ni  en  qué  entender,  porque  que- 
darían bobos,  necios,  ociosos,  holgazanes,  in- 
útiles para  cualquier  uso  y  razón,  inorantes  de 
algún  oficio  en  que  se  podiesen  aprovechar,  en 
este  género  de  vanidad,  trabajando  hechos  pe- 
dazos por  los  palacios  tras  los  unos  y  los  otros 
confusos  sin  se  conoscer  y  al  fin  todos  mueren 
muertes  viles  é  infames;  que  estos  mismos  que 
les  hicieron  mercedes  los  hacen  matar  porque 
en  su  malaventurado  decir  no  les  trato  bien.  De- 
jémoslos, pues  pienso  nuestra  reprensión  poco 
les  aprovechará;  solo  una  cosa  ¡oh  Micillo!  po- 
demos de  aqui  concluir;  que  en  la  vida  y  ejer- 
cicio destos  necios  bobos  malaventurados  no 
hay  cosa  que  tenga  sabor  de  felicidad,  mas  gran 
trabajo  y  peligro  y  desventura  para  si. 

Micillo.— ¡Oh!  Euforbio,  ¡oh!  Pitágoras, 
¡oh!  Dionisio,  que  no  sé  como  te  nombre,  qué 
admirables  cosas  que  me  has  contado  en  el  tra- 
bajo de  mandar  reinos  y  provincias,  á  tanto  que 
me  has  hecho  conceder  que  no  hay  estado  mas 
quieto  quel  mió,  pues  en  los  reyes  y  los  que 
comunican  en  el  palacio  real  donde  parcsce 
estar  la  bienaventuranza  está  tanto  trabajo  y 
desasosiego  de  cuer|)0  y  de  ánima  que  casi  no 
parezcan  vivir.  Dime  agora  porque  me  place 
macho  saber  mas;  después  que  fuoste  Dionisio 
¿qué  venitte  á  ser? 


CAPITULO  IX 

Que  pone  como  fue  trasformaf/o  He  Dionisio  en 
Epulón  el  rico  y  cuanto  trabajo  tiene  uno 
en  ser  rico  y  lo  que  le  sucedió. 

Gallo. — Mira,  mi  amo  Micillo,  yo  no  hago 
caudal  en  el  nombre,  llámame  como  mas  te 
placerá.  Sabrás  que  después  de  poco  tiempo 
que  fui  Dionisio  vine  á  ser  un  rico  de  Siria  lla- 
mado Epulón  el  rico,  de  cuyo  desasosiego  y 
trabajo  te  quiero  ahora  decir.  Yo  fue  hijo  de« 
padres  muy  ricos;  yo  ansi  por  herencia,  como 
por  la  gran  contratación  sobrepijé  en  el  poseer 
muy  mayores  tesoros  que  ellos,  por  lo  cual  fue 
muy  estimado  del  pueblo  y  todos  me  deseaban 
servir;  hacianmc  gran  veneración  con  gran  re- 
verencia; no  habia  noble  que  en  estima  se  me 
pensase  igualar;  tenia  grandes  vajillas  de  plata, 
vasos  de  oro  para  me  servir  en  el  comer;  hacia 
grandes  convites  y  banquetes  á  mis  amigos  por 
hacer  gran  fama  de  fiíi ;  servíanse  con  gran  apa- 
rato de  pajes  muy  graciosamente  ataviados  los 
manjares;  en  mucha  copiosidad  aquellos  pota- 
ges  y  salsas  en  perfección;  asalariaba  grandes 
cocineros  examinados  en  su  arte  que  supiesen 
gran  diversidad  de  los  guisados  como  para  un 
rey;  mientras  comía  tenia  gran  diversidad  de 
música,  de  cantores  é  instnmientos  que  daban 
mucho  deleite;  bebía  las  aguas  destiladas  y  co- 
cidas y  los  vinos  puestos  á  infriar,  muy  acom- 
pañado de  juglares  y  chocarreros  que  me  da- 
ban á  los  convidados  mucho  placer.  Después 
de  haber  comido  jugaba  todo  el  día  grandes 
cantidades  de  moneda  por  me  solazar;  ataviá- 
bame muy  suntuosamente;  tenia  muy  podero- 
sos cavallos;  iba  á  caza  de  altanería  y  de  gal- 
gos; mas  ¡ay  de  mi!  que  Dios  sal»e  con  qué 
ánimo  hacía  yo  estas  profanidades,  que  del 
alma  ine  salia  cada  pequeña  moneda  que  se 
gastaba,  porque  si  me  esforzaba  á  lo  Lacer 
era  por  los  (|uc  á  mi  se  allegaban  por  dar  de 
mi  buena  fama,  que  escondido  donde  no  me 
podían  ver  en  mi  casa  con  mis  familiares  y  apa- 
niguados esforzábame  á  pasar  con  un  misero 
potaje  de  miseras  lentejas  y  aunque  en  él  no 
había  para  toílos  po<ler  comer,  siempre  andaba 
amarillo  y  pensativo  como  se  me  gastaba  lo  que 
con  tanto  trabajo  habia  adquerido  yendo  á  las 
ferías  de  todo  Egito  e  Palestina  y  aun  á  las  de 
Grecia  por  convenir  con  loa  tratan tí»s  y  merca- 
deres y  con  los  deudores  á  quien  Cí)n  grandes 
intereses  y  usuras  yo  prestaba  mí  moneda;  ve- 
nia por  los  caminos  y  por  el  mar  aventurando 
mi  persona  y  hacienda  á  los  cosarios  que  me 
robasen  y  me  quitasen  la  vida,  sufriendo  las 
cruelea  tempestades  que  cada  hora  me  ponían 


VTLLALON.— DIÁLOGO  DE  LAS  TRANSFORMACIONES 


107 


en  peligro  de  me  perder;  no  osaba  dar  á  ningún 
mendigo  un  solo  cornado  pensando  de  me  ve- 
nir empobrecer;  pesábame  con  grandísimo  dolor 
en  pensar  que  con  la  muerte  lo  habia  de  dejar. 
Si  préstamos  6  tributos  se  habianjde  dar  al 
Emperador  yo  habia  de  ser  el  primero;  si  gue- 
rra habia  en  la  provincia  6  que  Roma  las  qui- 
siese tener  jo  habia  de  ir  allá  y  aun  habia  de 
llevar  lanzas  á  mi  costa  y  mension;  en  todo  esto 
pasaba  en  el  campo  la  misera  vida  que  pasan 
los  soldados  y  suelen  pasar  en  el  campo  de  la 
guerra.  Tcmia  siempre  si  mi  hacienda  que  habia 
dejado  soterrada  pensando  que  si  me  la  halla- 
ban quedaría  pobre  y  si  moría  sin  que  supiesen 
donde  estaba  pesábame. pensar  que  se  habia  de 
pi*rder.  Pues  venido  á  mi  patria  y  no  sin  con- 
goja y  dolor,  venida  la  noche,  cuando  todos  es- 
taban en  silencio  y  quietud,  levantábame  yo  y 
abría  las  huesas  adonde  tenia  el  tesoro  enter- 
rado y  en  una  mesa  comenzábalo  á  contar  y 
mirándolo  me  pesaba  porque  lo  poseia,  pues 
en  conservarlo  me  daba  tanta'Vongoja  y  dolor, 
y  después  de  vuelto  á  la  tierra  no  podía  dormir 
considerando  si  estaba  seguro  allí,  si  los  cofres 
en  que  estaba  la  plata  y  aparador  los  podian 
hurtar;  en  viendo  un  ratón  6  una  mosca  luego 
saltaba  de  la  cama  pensando  que  ladrones  me 
hurtaban  y  rohal>an;  voceaba^  con  gran  priesa 
y  espauto  y  levantada  mi  gente  decianme  de- 
nuestos é  injurias,  que  aun  agora  con  ser  gallo 
no  loB  querria  sufrir,  llamabanme'abariento  rí- 
x«tso  miserable  y  que  ellos  mismos  me  robarían 
con  enojo  de  mi  misera  abaricia,  dezian  que  no 
querían  serbirme  y  tenían  mucha  razón  porque 
muchas  noches  los  azia  lebantar  cinco  y  seys 
vezes  que  no  losdexaba  dormir:  ¿Quién  contaría 
agora,  MiciUo,  por  orden  los  sobresaltos,  las 
malas  comidas  y  bebidas  que  yo  pasé?  Hallarías 
de  verdad  que  son  los  ricos  verdaderos  infelices 
sin  algún  descanso  ni  plazer  porque  se  les  va 
la  gloría  y  el  descanso  por  otros  albañares  de 
asechanzas  que  no  se  paresce,  ladrillados  por 
encima  con  lisonjas.  E  quánto  mejor  duerme  el 
pobre  que  no  el  que  tiene  de  guardar  con  soli- 
citud lo  que  con  trabajo  ganó  y  con  dolor  de  lo 
dejar.  El  amigo  del  ipobre^será  berdadero"y  el 
del  ríco  simulado  y  fingido,  el  pobre  es  amado 
por  su  persona  y  el  rico  por  su  azicnda,  nunca 
el  ríco  oye  verdad,  todos  ledizen  lisonjas  y  tixlos 
les  maldizen  en  ausencia  por  la  enbídia  que 
tienen  á  su  posesión.  Con  gran  dificultad  aliarás 
en  el  mundo  un  rico  que  no  confiese  que  le  será 
mejor  estar  en  su  mediano  estado  e  en  esta  po- 
bleza,  porque  en  la  benlad  las  riquezas  no  hazen 
ríco  sino  oqupado,  no  hazen  Señor,  sino  ma- 
yonlomt),  y  más  son  siervos  de  sus  riquezas  y 
ellas  mesmas  les  acarrean  la  muerte,  quitan  el 
plazer,  borran  las  buenas  costumbres;  ninguna 
cosa  es  tan  contraria  del  sosiego  y  buena  bida 


quel  guardar  y  arquerír  tesí>ros  y  habellos  de 
conservar.  Gran  trabajo  es  sobre  todo  ver  el 
honbre  veynte  hyjos  alredor  de  si  de  contino 
pregón  á  Dios  que  yo  me  aya  de  morir  ponjue 
ellos  se  entreguen  y  hereden  mi  posesión.  Pues 
sobre  todos  mis  males  te  quiero  contar  los  tra- 
bajos que  pasé  después. 


CAPITULO  X 

(¿ue  pone  votno  fue  casado  con  <juatro  mtigeres 
y  lo  que  ¡e  sucedió  con  la  primera;  cosa  de 
notar. 

Yo  fui  casado  con  quatro  nmgeres  mientras 
bibi,  que  si  me  oyes  me  maravillaré  cómo  no 
lloras  como  yo  en  acordarme  de  la  mala  vida 
que  me  dieron  porque  sepas  que  no  hay  dolor 
hasta  en  el  casar:  con  cuatro  nmgeres  fue  ca- 
sado é  con  todas  deseando  tener  paz  mucha 
nunca  me  faltó  guerra;  la  primera  con  quien  me 
casé  se  llamaba  Alcybia  que  por  ser  fija  de  Teo- 
dosio  Rey,  menos  preciaba  mis  palabras  y  tenia 
en  poco  mis  obras  y  aun  los  dioses  saben  las  pa- 
labras que  me  dezia  en  S(H'reto,  mis  críados  sa- 
inan cómo  me  trataba  en  publico  y  por  que  bia, 
que  procedía  su  desacato  de  ser  mejor  que  yo 
por  ser  hyja  de  Rey. 


CAPITULO  XI 

Como  fue  casado  la  segunda  vez  y  lo  que 
pasó  con  la  segunda  mujer. 

Ya  sabrás  que  yo  me  casé  la  segunda  vez 
con  mujer  que  era  mi  ygual,  que  se  llamaba 
Tribuna  hyja  de  un  Tribuno  de  Jerusalen  y 
traxo  á  mi  poder  el  mayor  dote  que  hasta 
hoy  se  halla  haver  dado  en  estas  partidas  y  pen- 
sando que  por  ser  yguales  en  personas  nos 
acompañaría  la  paz  jamás  con  ella  me  faltó 
guerra  díziéndome  que  guardaba  lo  mío  sin  lo 
querer  comunicar  y  que  gastaba  lo  suyo  en  con- 
bytes  con  nmjeres  públicas  y  desonestas  hazien- 
do  d(*sordenados  gastos,  dándome  afrentas  en 
lo  publico  y  amenazas  en  lo  secreto,  de  donde 
nos  l>enia  tan  cierta  la  discordia  quando  más 
me  era  deseada  la  conformidad.  Querieudomc 
dar  los  dioses  entera  vengan9a  en  ella,  dieron- 
me  en  ella  un  hyjo  que  después  de  sus  dias  que 
fueron  brebes  hereiló  los  bienes  de  la  madre  por 
quya  muert<'  sucedieron  en  mi;  en  hiendo  la 
desgracia  que  había  tenido  en  las  dos  vezes  que 
m<»  abia  casado,  la  vna  por  ser  la  mujer  me- 
jor que  yo  é  la  segunda  por  1<>  umcho  que  me 
dieron. 


108 


orígenes  de  la  novela 


rAPlTÜLO  XII 


Como  se  casó  la  tercera  vez  y  lo  que  con  ella 

le  sucedió. 

Gallo. — IVoquré  de  casarme  la  tercera  vez 
con  una  que  se  llamó  Laureola  byja  de  Áureo 
Coiisul  que  ni  on  j^^eneracion  ni  estado  era  mi 
yj^ual,  saibó  que  era  la  más  apuesta  dama  que 
en  toda  la  probincia  se  bailó,  la  qual  tomé  por- 
que siendo  pobre  y  no  de  tan  buena  parte  no  ic- 
nia  causa  de  conqnistanne  como  las  pasadas. 
Quiero  dezir,  amigo  Micyllo,  sy  con  las  pasadas 
Iiabia  tenido  trabajada  bida,  con  aquella  no  me 
faltaron  tragos  de  mu(»rte,  porque  sintiéndose 
tan  soblimadaen  hermosura  ya  mi  con  sennales 
de  vejez  en  la  cara  y  c(m  algunas  canas  y  con 
algún  desquydo  della  en  la  cama  y  sin  dientes 
para  comer,  dezia  cosas  abominables  contra  su 
pa'dre,  porque  siendo  ella  tan  hermosa  la  liabia 
casado  con  honbrc  tan  feo,  ])udiendo  enplearla 
en  persona  de  mayor  merescimiento  y  de  inenor 
edad  con  que  ella  pudiera  mejor  í^ozar  su  edad 
é  hermosura;  digotc  en  verdad,  Mioillo  amigo, 
que  haziendome  vna  maunana  de  dormido  le  oí 
dezir  estando  en  contemplación:  joh!  malan- 
dantes sean  los  dioses  y  todo  esto  que  permi- 
ten y  ordenan,  pues  ordenaron  y  permitieron 
que  mi  gentileza  y  hermosura  se  pusiese  en  po- 
der deste  monstruo,  el  qual  piensa  (¿ue  con  los 
bienes  me  paga  y  que  con  el  buen  tratamiento 
me  contenta  y  con  las  palabras  me  eatisfaze.  Sy 
supiera  en  quauto  t«?ngo  sus  riquezas  y  el  caso 
que  hago  de  su  tratamiento  y  lo  (f  ue  estimo  sus 
buenas  palabras,  no  haria  l)ida  conmigo,  é  mal- 
dita sea  la  donzella  que  se  casa  con  quien  no  co- 
nosce  porque  no  se  vea  engannada  y  lastimada 
según  YO  agora;  plugiiiera  á  los  dioses  que  me 
traxeran  agora  no  á  poder  de  quien  tíinto  duer- 
me y  de  quien  tan  poco  bela,  bueno  para  lo  (jue 
le  cumple,  malo  para  lo  que  le  conbicne,  dies- 
tro á  las  malicias,  torpe  en  las  I  menas  obras. 
Bien  pensó  Areo  Cónsul,  mi  padre,  (¡ue  en  dar- 
me este  marido  me  hazia  gran  bien  y  men.-cd; 
bien  paresce  que  tubo  mayor  quydado  de  su 
probecho  que  dolor  de  mi  dafio.  Si  tubiera  me- 
moria de  mi  bien  no  me  pnK'urara  t^into  mal; 
pensó  que  me  casaba  con  él  para  tener  descanso, 
yo  pienso  que  jamas  me  faltará  trabajo,  porque 
quien  duerme  después  de  haber  dormido  y  no 
trabaja  después  de  hal>er  holgado  como  este 
bestiglo  haze  <*qué  puedo  esperar  del  sino  que 
el  bibira  cOn  su  desquydo  y  yo  moriré  con  mi 
quydado.'  a  él  se  pasa  en  suerios  la  vida  y  a  mi 
se  me  trasporta  en  trabajos  el  tiempo,  maldita 
sea  yo  quando  dixe  de  sy ;  ¿por  qué  no  dixe  de 
no?  porque  m(»  matara  un  honbrc  l>¡bo  y  no  me 
diera  vida  un  hombre  muerto;  aunque  creo  que 


la  vida  que  me  dará  será  tal  como  de  las  otras 
dos  mugeres  que  ha  tenido;  pluguiese  á  los  dio- 
ses que  asi  como  agora  está  se  quedase  y  que 
nunca  mas  mis  ojos  le  viesen  despierto.  Y  quan- 
do vi,  Miedlo,  que  tan  deshonestas  cosas  dezia 
hizc  que  despertaba  por  no  oyr  otras  peores  en 
viéndome  despierto;  lebautóse  de  apar  de  mi 
más  enojada  que  contenta,  diziendo  que  me  le- 
vantase en  hora  mala  que  se  me  pasaba  el  tiem- 
po en  dormir,  sobre  lo  qual  heñimos  en  tanta 
descordia  que  no  descansé  hasta  que  puse  las 
manos  en  ella  y  de  aquel  enojo  murió,  de  cuya 
muerte  y  no  menos  de  la  vida  quedé  con  tal  es- 
carmiento que  acordándome  de  aquella  nmger 
y  no  poniendo  en  olbido  las  otras  propuse  de 
hacer  vida  solo  y  no  mal  acompañado,  y  no  q\u;- 
riendo  olbidarme  la  rigorosa  fortuna  de  conten- 
tarse con  el  mal  pasado  me  dieron  a  Coridona 
por  muger,  con  la  qual  por... 


CAPITULO  XIII 

Como  casó  la  quarta  vez  y  lo  que  con  esta 
muger  le  sucedió. 

Gallo. — Y  ansi  no  quiriendo  olbidarme  la 
rigurosa  fortuna  de  contentarse  con  el  mal  pa- 
sado me  dieron  a  Coridona  por  muger,  con  la 
qual  por  su  buena  fama  casé,  ponjue  ni  era  her- 
mosa ni  fea,  ni  tan  poco  baxa  de  estado  ni  alta 
de  generación  y  antes  pobre  que  rica,  y  si  con 
ella  casé  no  pienso,  amigo  Micillo,  que  lo  causó 
el  api'tito  de  la  voluntad  ni  aun  el  contento  que 
me  ({uedó  de  las  mujeres  pasadas ,  salvo  por  el 
di  seo  qufí  tenia  d<?  haber  hijos  y  también  por 
la  necesidad  que  tenia  de  la  guarda  de  mis  bie- 
nes y  por  otras  causas  que  son  legitimas  para 
ello  y  también  ponjue  i)ensaba  que  no  teniendo 
alguna  cosa  de  las  que  las  otras  pasadas  tenian 
no  me  daña  la  vida  ()ue  las  otras  me  daban,  en 
especial  siendo  en  todas  sus  operaciones  la  me- 
jor y  mas  sana  donzella  que  creo  en  el  mundo 
se  hallase;  mas  quiero  ([ue  sepas,  Micillo,  que 
si  me  guerreó  la  primera  por  ser  de  mejor  par- 
te  que  yo  y  la  segunda  por  ser  el  dote  tan  gran- 
de que  me  dio  y  la  tercera  por  la  gran  hermo- 
sura que  poseyó,  que  también  me  dio  guerra 
Coridona  pon  pie  muy  buena  se  lialló.  La  qual 
quando  guerrear  me  qu.'ria  me  ponía  delante 
el  tratamiento  que  las  otras  mujeres  pasadas 
me  hazian,  dirieudome:  ni  \ns  me  meresceys  ni 
ellas  fueron  mis  yguales,  porque  aunque  en  li- 
naje la  una  me  hizo  ventaja  y  la  otra  en  rique- 
zas y  la  otra  en  hermosura,  yo  se  la  hago  á  ellas 
en  ser  nniy  mejor  de  nú  persona  y  condición 
que  ninguna  dellas,  porque  si  la  primera  c>s  tra- 
tó con  píK'a  estima  yo  os  tnito  von  mucha,  y  si 
la  segunda  os  pedia  quunta  en  qué  dispendiays 


VILLALi  ií.— DIALOGO  DE  LAS  TRANSFORMACIONES 


109 


Hus  bienes  yo  hnelgo  (}iio  d'iKpeiidíayR  ]o8  vues- 
tros; 7  si  la  tercera  os  agraMaba  cou  sobra  do 
palabras  jo  os  sirvo  con  sobra  d(^  buenas  obras; 
de  tal  manera  que  apenas  le  hablaba  con  pa- 
ciencia, quando  luego  me  respondía  con  yra  di- 
ciendoine:  peores  afrentas  qne  las  pasadas  mu- 
jeres habia  menester  yo  que  no  delía;  í[ue  ellas 
Die  trataban  como  yo  merescia;  de  donde  venia 
que  ella  por  mucho  hablar,  yo  por  poco  sufrir  le 
daba  algunos  castigos  y  venia  en  tanta  diferen- 
cia con  ella  y  en  tanta  guerra  y  discordia  ({ue 
páresela  que  era  más  que  no  las  pasadas,  y  aun 
digote,  amigo,  en  verdad  que  fueron  mayores 
las  que  tubimos  después  que  engendró  un  hijo, 
que  quisimos  mucho,  y  aun  mucho,  mas  á  me- 
nudo reñíamos  que  antes  que  lo  hubiese;  lo  uno 
jK)r  el  preñado;  lo  otro  porque  se  tenia  por  uniy 
buena  no  osaba  hablarle  lo  que  me  comben  ia 
por  no  venir  con  ella  en  enojo;  en  fin  ella  se 
murió  y  si  más  me  durara  yo  me  enterrara  vivo, 
porque  no  me  aquerdo  estar  dia  sin  pasión  ni 
noche  sin  renzilla,  y  yo  quedé  della  tan  hosti- 
gado que  me  paresce  que  hace  mas  el  houibre 
que  sufre  á  la  muy  buena  mujer  que  la  mujer 
que  sufre  al  mal  varón;  por  que  no  hay  ningu- 
no por  malo  que  sea  que  una  vez  en  el  dia  no 
perdona  la  falta  de  su  muger,  ni  ninguna  nni- 
ger  por  muy  buena  que  sea  que  disimule  ni  en- 
qnbra  la  quiebra  del  barón;  nunca  vi  cordura 
tan  acertada  como  lo  que  hizo  Udalio  Gario  en 
Jcrosalen  cuando  fue  importunado  por  los  tri- 
bunos que  se  casase  con  Palestina,  que  porque 
no  veníese  el  casamiento  en  efeto  puso  fuego  a 
todos  sus  bienes  y  prógutado  porqu(^  lo  hizo 
responde  que  porque  quería  mas  estar  pobre  y 
solo  que  no  rico  y  mal  acompañado,  porque  sa- 
bia que  Palestina  era  mujer  l(K*a  y  presuntuosa; 
y  otra  cosa  hizo  Anteo  en  Grecia;  que  por  no 
sufrir  las  airadas  palabras  de  Uentria  su  mujer 
se  subió  á  un  gran  monte  y  hizo  sacrefício  de 
si  mismo  quemándose  en  un  gran  fuego;  Ful- 
sio  Católo  en  Asía  que  era  del  linaje  de  los 
partos,  viéndose  descontento  con  Mina  su  mu- 
jer por  la  mala  vida  que  con  ella  tenía,  se  subió 
con  ella  á  la  mas  alta  torre  de  sus  palacios  y 
diciendo,  nunca  plega  á  los  dioses  que  tú,  Mi- 
na, des  á  otro  ningún  varón  mala  vida,  ni  á  mi 
buena  otra  mujer;  y  acabadas  estas  ])alabras  la 
lanzó  de  la  torre  abajo  no  quedando  él  encima. 
Mira  bien,  Micillo,  que  felicidad  tienen  con  sus 
riquezas  los  ricos  y  que  descanso  con  las  muje- 
res que  son  casadas;  nn'ra  sí  tíen  aquí  qué  de- 
sear. 

MioiLLO. — i  Oh!  mí  buen  Pitágoras,  cuan 
notables  cosas  has  traído  á  mí  noticia;  por  cier- 
to á  mi  me  parescen  increíbles  cuando  son  tan 
admirables.  Mas  dime  agora,  porque  rescibo 
graiT  deleite  [en]  te  oír,  ¿que  fueste  de  ti  des- 
pués que  fueste  Epulón  el  rico? 


CAPITULO  XIV 

Como  fíe  /epulón  fue  tran/iformado  en   asno; 
cana  f/e  notar  //  gran  sentencia. 

Gallo.  — Óyeme,  mi  buen  Micillo,  que  yo 
te  satisfaré;  sabrás  que  como  complí  el  es])acio 
de  mi  vida  en  el  qual  habia  de  dejar  de  ser 
Epulón,  fue  llevado  á  los  infiernos  á  ser  sen- 
tenciado de  mis  costumbres  y  despui'S  que  con 
gran  compaña  de  ánimas  me  pas(')  en  su  barca 
Aqueron,  fue  presentado  ante  las  Furias  infer- 
nales Aleto  y  Tesífone  y  los  jueces  Minos  y 
Pluton,  los  quales  estaban  asentados  en  un  tri- 
bunal cercados  de  los  acusadores  y  en  siendo 
empresentado  vi  ante  los  ojos  junto  todo  mí 
mal,  que  me  parescío  que  otra  vez  pasaba  por 
él;  y  como  le  vi  rescebí  nmy  entrañable  dolor, 
tan  grande  que  tuviera  por  bien  dejar  de  ser; 
después  que  Minos  me  hubo  desaminado  man- 
dó que  me  leyesen  la  sentencia  conforme  á  su 
ley  é  levantóse  un  viejo  calvo  de  gran  autori- 
dad é  abriendo  un  libro  dijo  ansí:  ley  tenéis 
¡  oh  dioses !  conforme  á  la  qual  el  mismo  se  pue- 
de condenar;  pues  oíd;  el  viejo  en  alta  voz  h»yo 
ansí :  porque  los  ricos  en  el  mundo  mientras 
viven  cometen  nefandisinios  pecados,  robos, 
usuras,  latrocinios,  fuerzas,  teniendo  á  los  po- 
bres en  menosprecio,  es  determinado  por  toda 
nuestra  infernal  congregación  qiie  sus  cuerpos 
padezcan  penas  entre  los  condenados  y  sus  áni- 
mas vuelvan  al  mundo  á  informar  cuerpos  de 
asnos,  hasta  que  conforme  á  sus  obras  sea  nues- 
tra voluntad.  V  como  fuese  leida  esta  ley,  man- 
dó Minos  que  fuese  asno  diez  años  y  luego  lo 
aprobó  tíxla  la  congregación  y  aulló  Proserpina 
y  ladró  nmy  fieramente  el  can  Cerbero,  porque 
se  requería  esta  solenídad  porque  fuese  alguna 
cosa  firme  y  enviolabre  en  el  infierno,  y  como  no 
pude  suplicar  fue  sacado  de  alli  y  en  esta  opor- 
tunidad ofrecióse  en  Egíto  estar  de  parto  una 
burra  de  un  gecíano,  y  como  vino  á  parir  yo  mo 
vine  á  ser  el  asno  primero  que  nasció,  y  desque 
yo  me  vi  metido  en  cuerpo  tan  vil  pense  reben- 
tar  de  enojo;  mas  como  vi  que  era  escusada  mi 
pasión  pues  traia  poco  provecho  el  mucho  me 
doler,  aunque  por  una  parte  pense  dejarme  mo- 
rir de  hambre  y  no  nuimar  pensándome  esca- 
par de  la  cruel  sentencia,  mas  desque  consideré 
que  era  inviolabre  ley  y  ya  estaba  determinado 
en  el  senado  infernal  y  como  vi  que  ac^uel  egí- 
cío  era  rico  que  me  podía  bien  mantener  deter- 
miné de  sufrir  con  paciencia  mí  malhadada 
suerte,  pensando  que  podía  venir  á  manos  de 
otro  en  el  nnindo  que  no  me  tratase  tan  bien, 
y  más  que  como  mi  amo  me  veía  pequeño  y  bo- 
nito y  el  primero  y  que  con  grandes  aullidos 


lio 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


inc  apartaba  do  la  luadrc  j  no  quoriu  mamar, 
entre  tres  hermanos  mios  se  condolia  de  mi  y 
me  traia  con  gran  piedad  á  las  totas  y  pnestas 
á  la  boca  me  las  apretaba  y  aunque  yo  no  quer- 
ría me  hacia  mamar  por  fuerza. 

MiGiLLO. — ¡Oh!  donosa  transformación  de 
rey  y  filósofo  en  asno;  ¿y  no  rcicibias  en  ello 
enojo?  porque  me  huelgo  en  to  lo  oir. 

GalloT — Ansi  como  acaescc  deleitarse  el 
hombre  recontando  entre  sí  aquello  qu(;  en  tiem- 
pos pasados  con  prospero  estado  le  acaesció  y 
se  regocija  en  lo  contar  de  nuevo  mili  veces  á 
sus  amigos,  n*prcsentándoles  qualr|uiera  parti- 
cularidad notable  qu<í  en  ello  se  ofreciere,  ansi 
sin  ninguna  comparación  apasionan  más  las 
adversidades  traidas  á  la  memoria,  enojan  con- 
siderar de  mucho  qualquiera  miseria  y  fatiga 
que  cada  cual  pasó ;  mas  yo  tengo  por  bien  pa- 
descer  cualquiera  dolor  que  de  contarte  nn's  tra- 
bajos se  me  puede  seguir,  por  te  complacer.  Y 
ahora,  Micillo,  sabrás  que  como  fue  convales- 
ciendo  en  edad  con  gran  regalo  ctimo  el  egicio 
me  criaba,  esforceme  4  sufrir  mi  miseria  aun- 
que conosciesí»  mi  dolor,  y  mientra  fue  peíjueño 
no  tengo  cosa  que  de  contarte  sea,  porque,  con 
la  niñez  todos  ios  animales  pasan  el  nial  sin 
sufrir.  Inviábame  con  [mis]  hermanos  al  prado 
y  después  que  d<í  mamar  y  pascer  las  yerbas 
tiernas  estábamos  hartos,  armábamos  batallas 
por  aquellos  campos  deleitosos ;  corriamos  con 
grandes  relinchos  y  saltos;  ansiveniamos  á  jun- 
tar con  los  pechos  c  lx)ca,  ])eleabamos  sin  nos 
herir  y  después  con  mucbo  placer  volviam»»s  á 
escaramuzar  é  íbamos  á  las  viñas  y  mieses;  con 
gran  sabor  hartábamos  nuestros  estómagos  á 
nuestro  querer,  y  si  los  viñadores  ó  misigeros 
nos  prendaban,  nuestro  amo  sin  pasión  alguna 
nos  rescataba.  Por  nos  ver  borricos,  que  la  edad 
nos  citaba  al  trabajo,  comenzónos  el  egicio  á 
dar  paja  y  cebada  ponjue  nos  pusiese  el  manjar 
fuerzas  y  ya  yo  iba  á  llevar  la  comida  al  cam- 
po á  los  gañanes  y  la  cebada  y  trigo  á  la  sem- 
brada y  aun  llevaba  á  mi  amo  sobre  mi  á  re- 
querir el  ganado  y  labranzas,  y  en  fin  que  fue 
ya  grande  para  llevar  cualquiera  carga,  ofreció... 


CAPÍTULO  XV 

Como  su  amo  siendo  asno  lo  vendió  d  los 
recueros  y  lo  que  le  sucedió. 

Gallo. — Ofreciéronse  unos  recueros  que  lle- 
vaban á  una  feria  aceite  y  miel  y  como  me  vie- 
ron bueno  y  gordo  dieron  á  mi  amo  lo  que  por 
mi  les  fue  pedido,  y  comprado,  porque  entonces 
no  habia  carga  para  mi,  fue  vacio  hasta  la  fe- 
ria, que  era  unas  veinte  millas  .de  ahi;  y  como 
me  pusieron  en  el  caniino  pasé  adelante  de 


todos  y  comencé  á  caminar  apriesa,  y  como  mis 
amos  me  vieron  contentáronse  de  mi  y  yo 
porque  no  me  adelantase  mucho  acosaron  los 
otros  asnos  de  manera  que  tanto  quanto  yo  an- 
daba sin  carga,  con  fuertes  palos  les  hacían  cami- 
nar á  ellos;  iban  nmy  airados  mis  compañeros 
de  mi  porque  les  fatigaban  á  mi  causa,  y  cada  uno 
que  me  alcanzaba  me  mordía  con  grande  enojo, 
y  como  no  tenían  remedio  alguno  para  su  tra- 
liajo  esforzábanse  á  padescer  haciendo  conjura- 
ción que  llegados  al  higar  yo  se  lo  pagaría.  Y 
como  continuando  nuestro  camino  llegamos  á 
donde  habiamosde  [)arar  en  la  feria,  echándonos 
á  la  caballeriza,  y  todos  descargados  unos  se 
volcaron  por  estregar  el  sudor  y  otros  tenían 
ojo  á  la  comida  para  vengarse  de  nú;  y  en  fin, 
después  que  nuestros  amos  hubieron  puesto  á 
recado  su  bacienda,  comenzaron  echar  á  cada 
uno  su  paja  é  cebada,  é  desque  á  todos  dejaron 
contentos  en  su  pesebre  y  á  mi  también  mi  pe- 
sebre, fuenmse  á  cenar,  e  luego  juntos  todos  los 
otros  asnos  se  vientan  á  mi  pesebre  y  mordién- 
dome y  acoceándome  quitaron  del,  y  yo  que- 
riendí  me  ir  á  los  suyos  volvían  ccm  gran  furia 
y  no  me  <!onsentian  llegar,  á  tanto  que  me  fué 
nescesario  sal  irme  fuera  de  la  caballeriza,  vcomo 
había  gana  d«'  comer  acordeme  que  por  la  puer- 
ta de  atjuella  ciudad  por  donde  entramos  había 
visto  unos  hu(»rtos  frescí»s  con  muy  buenas  ber- 
zas verdes,  y  corrí  y  fue  acertar  por  las  calles 
allá,  y  como  llegué  á  los  huertos,  desbordando 
los  valladares  y  defensas  que  tenían  hechas  y 
entibando,  comí  á  medida  de  mi  estómago  y  sa- 
tisfacion,  y  en  lo  mas  sabroso  de  mi  comer  sale 
un  egicio  renegando  con  un  gran  varal  y  dame 
en  estas  espaldas  y  cabeza  tantos  de  palos  que 
no  podia  menearme  y  dernx'ado  en  el  s\ielo  daba 
en  mi  sin  t'Cner  pieiíad  de  nn'  miseria.  Estando 
el  egicio  e  yo  en  esta  contienda,  que  me  pares- 
cia  que  no  pedia  escapar  de  allí  vivo  ni  se  diera 
por  mi  vida  un  maravedí,  llegan  los  recueros 
que  ya  me  andalian  á  buscar,  porque  cuando  yo 
salí  no  me  vieron,  que  estriban  comiendo,  y  pa- 
gan el  daño  hecho  en  el  huerto,  y  sin  liace r  cuen- 
ta de  los  palos  que  hasta  entonces  me  habia 
dado  aquel  malaventurado  egicio,  me  dieron 
otros  tantos  para  me  levantarme  de  alli,  asién- 
dome unos  de  la  cola  y  otros  de  la  cabeza,  pen- 
sando que  estaba  beodo  de  algún  beleño  que 
hubiese  comido.  Me  levantaron  á  poiler  de  palos 
y  aun  por  el  camino  me  daban  tantos  y  dagui- 
jones  que  aguijase;  llegados  al  mesón  metié- 
ronme en  el  establo  donde  hallé  á  mis  compa- 
ñeros muy  ufanos,  y  no  contentos  de  concierto 
se  toman  á  mi  dándome  muchas  coces  vmnesos, 
y  con  el  trabajo  pasado  y  con  este  yo  me 
eché  en  el  suelo;  y  no  contentos  con  lo  pasado 
no  hacían  sino  pasar  por  cima  de  mi,  parescien- 
doles  que  estaban  contentos  por  haberse  ven- 


VILLALON.— DIALOGO  DE  LAS  TRANSFORMACIONES 


111 


gado  de  mi:  y  jo  me  quedé  en  el  suelo  por  des- 
cansar; del  dolor  del  cuerpo  y  de  la  calK>za  no 
pnde  dormir;  pues  venida  la  mañana  yol  vieron 
nuestros  amos  á  nos  echar  de  comer;  estaban 
tan  enojados  los  otros  asnos,  que  no  contentos 
no  me  dejaron  llegar  al  peseble,  y  yo  por  no  en- 
corrir  en  otra  como  la  pasada  tuve  paciencia  y 
callé  y  quedé  sin  comer  hasta  el  medio  día  .que 
ya  desenojados  tuvieron  por  bien  de  me  dejar  é 
comi  é  maté  mi  hambre,  é  como  duro  la  feria  ese 
día  é  otro  convalesci  en  salud  algo,  y  como  los 
recaeros  vendieran  su  mercaderia  compraron 
cargas  iguales  de  trigo  para  todos,  y  cargados 
Tolvimonos  para  su  tierra  y  aun  como  no  fuese 
bien  sano  y  con  la  carga  no  pudiese  andar  tanto 
como  mis  compañeros,  alli  viérades  la  gran 
priesa  que  de  con  ti  no  hacían  de  varearme  con 
umchos  aguijones  para  que  anduviese  como  los 
otros,  é  yendo  el  camino  pasé  hasta  que  fuemos 
llegado.  La  vida  de  aquellos  recueros  desven- 
turados era  á  mi  parescer  la  mas  misera  y  la 
Días  trabajada  de  los  hombres,  porque  nunca 
bacian  sino  caminar  por  sierras  y  valles  y  de- 
siertos, por  llanos  y  por  pedriscos,  ellos  á  pie, 
nosotros  cargados,  con  tempestados,  j)luv¡as  y 
siestas,  sin  alguna  piedad  de  si  ni  de  nosotros, 
con  muy  gran  fatiga  y  ningún  descanso;  nunca 
gozan  de  sus  casas  y  mujeres  c  hacienda,  ni 
sosiego  de  un  momento,  mas  contino  trabajo  y 
afán,  como  verdaderos  esclavos  alquilados  por 
vil  dinero  é  mandados  por  su  señor;  su  contino 
mantinimiento  es  una  pobre  fnita  ajo  é  cebolla 
y  pan  de  perros,  y  si  alguna  vez  se  desmanda- 
ban á  comer  algún  miserable  tasajo  en  alguna 
renta,  danselo  guisado  que  yo  siendo  asno  no  lo 
querría  ver  y  aquello  tienen  por  bueno  y  sano. 
Acaescio  que  venimos  en  un  arroyo  y  en  un 
turbio  cenagal  donde  caidas  las  cargas  reniegan 
como  perros  y  maldicen  su  ventura;  teníamos 
yo  y  mis  compañeros  metidos  los  brazos  y  pies 
en  el  lodo  hasta  las  espaldas  y  el  agua  que  nos 
cobria;  ¡oh  miseria  do  nucístro  vivir!  qué  tra- 
bajo era  vernos  sin  remedio  de  nuestra  salud! 
que  mientra  más  fuerza  poniamos  para  levan- 
tarnos más  so  nos  somian  los  pies  en  el  lodo 
hasta  más  no  poder  entrar  ya  la  agua  que  nos 
cubría  por  cima;  ¡oh  miseria  de  nuestro  vivir! 
¡qué  trabajo  era  vernos  sin  remedio  de  poder  es- 
capar con  las  vidas!  En  fin,  como  pudieron  des- 
liaron el  trígo  y  atollando  en  el  lodo  hasta  la 
cintura  lo  sacaron  á  la  orilla,  no  les  pesando 
tanto  por  nosotros  como  porque  perdían  el  in- 
terés y  trabajo  pasado;  buscaron  unas  muías 
de  carreta  uncidas  en  uno,  echaron  unas  sogas, 
por  medio  del  cuerpo  nos  ataban  y  ansí  las  mu- 
las  nos  sacaban  arrastrando  del  charco.  Ansí, 
escapados  desta  tempestuosa  fragosidad,  fue- 
mos con  todo  trabajo  hasta  sus  casas,  adonde 
llegados  salen  unas  brutas  amazonas  que  t<>nían 


por  mujeres  y  puestas  las  cargas  en  tierra  y  nos 
dan  de  comer.  Estábamos  tan  fatigados  que 
ninguno  curo  de  comer  ni  llegar  al  pcseble, 
sino  arrojarnos  en  aquel  establo  por  descansar; 
y  como  las  mujeres  ^^^ron  la  fortuna  acon- 
tecida, rasgábanse  Sirias  uñas  el  rostro  y 
traían  los  hijos  porque  llorasen  con  ellas.  Des- 
pués que  por  algunos  días  hubieron  llorado  su 
dolor,  como  vieron  perdido  el  trígo  acordaron 
de  remediar  con  vender  algunos  de  nosotros 
para  tornar  á  tratar,  y  para  esto  nos  trujeron 
á  una  ciudad  que  estaba  en  los  confines  de  Gre- 
cia, adonde  se  hacía  una  feria. 


CAPITULO  XVI 

Cuenta  como  los  arrieros  lo  vendieron  á  un 
húngaro  y  lo  que  allí  le  sucedió. 

Gallo. — Y  llegados  que  fuemos  aquella  feria, 
alli  se  ofreció  un  hombre  natural  de  la  isla  de 
Rodas,  que  era  mercader  de  bestias,  y  est^  nos 
compro  á  mí  y  á  otros  dos  compañeros  míos  y 
luego  nos  pasó  en  su  patria,  y  acaso  se  ofreció 
un  húngaro  que  tenía  nescesidad  de  mi  para 
ir  á  su  tierra  y  como  me  hubo  comprado  dis- 
puso de  me  llevar  á  su  tierra.  Este  era  un  mí- 
sero labrador  del  campo  é  venido  en  un  peque- 
ño lugar  de  donde  era  natural,  descansamos  por 
algunos  días  del  trabajo  pasado  é  después  hi- 
zome  ir  á  la  labranza;  junto  con  otro  asno  que 
tenía  me  hacía  arar  todo  el  día  y  si  tenía  al- 
guna peresui  dábame  muy  grandes  palos  en  los 
costados,  metíame  un  aguijón  por  las  ancas  que 
me  hacía  saltar  con  ánimo,  y  yo  cansado  con 
su  furia  y  gran  trabajo  que  me  daba,  ya  pospo- 
nía mi  salud  y  me  determinaba  aborrido  á  con- 
sentir que  me  matase,  y  era  que  como  él  no 
quisiese  perder  el  interés  molíame  á  palos  y  con 
esto  se  satisfacía.  Tenia  otra  bellaquería,  que 
si  le  acontecía  alguno  quererme  ver  andar,  ago- 
ra por  su  placer,  ora  por  rae  querer  comprar, 
sobía  el  vellaco  del  húngaro  sobre  mí  en  pelo 
sin  albarda,  porque  yo  aguijase  lanzábame  un 
clavo  ó  un  aguijón  por  el  lomo  y  por  la  espalda 
y  cniz,  que  me  hacía  salir  el  alma;  era  tan 
grande  mi  pasión  que  por  muchas  vwes  me 
quise  echar  en  un  río  y  ahogarme  allí,  antes  que 
no  servir  á  un  tan  mal  hombre;  un  día  acaescio 
que  quiso  ir  á  sembrar  cuatro  millas  de  ahí  y 
cargóme  muy  bien  de  trigo  y  sacóme  delante 
de  sí,  y  caminando  hacía  muy  gran  agua  y 
lodos  en  tanta  manera  que  él  no  pudiendo  an- 
dar subió  encima  del  costal  de  trigo  y  comen- 
zóme á  herir,  é  yo  como  le  vi  pertinaz  en  su 
mala  costumbre  díspúseme  á  andar  lo  más  que 
pnde,  y  él  se  descuidó  y  comenzóse  á  donnir  y 
quando  yo  le  sentí  dormido  comienzo  á  correr 


112 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


|)or  una  sierra  abajo,  pedregosa  y  llena  de  pi- 
carros,  á  tanto  que  derroqué  al  húngaro  y  dio 
eon  la  cabeza  en  nna  piedra,  que  se  descalabro 
y  no  pudo  tan  bien  escapar  de  mí  que  al  tieui  • 
po  que  le  Bentí  oaido  lo  di  un  par  de  pernadas 
en  aquellas  espaldas,  de  lo  cual  yo  quedé  muy 
contento;  y  después  eclio  de  mi  el  costal  de 
trigo  y  aun  quiebro  la  cincha  de  la  albarda  y 
dejóla  allí  y  roznando  y  saltando  me  vuelvo 
para  casa,  pensando  haberme  bien  vengado  de 
aquel  ladrón;  y  él  corriendo  sangre  fue  tras  de 
mí  por  el  campo  y  como  no  me  alcanzó  volvió- 
se al  trigo  y  acordó  de  lo  levar  acuestas  hasta 
la  sembrada,  porque  estaba  una  milla  de  allí; 
yo  fueme  á  un  prado  é  dime  á  placer;  y  el  hún- 
garo desíjue  hubo  hecho  su  labor  tom<í  la  al- 
l)arda  acuestas  é  fuese  á  su  casa  é  iba  por  los 
lodos  cansado  renegando,  y  llegando  ])regunt() 
á  su  mují^r  por  nu* ;  y  como  ella  no  me  había 
visto  fueron  al  establo  y  halláronme  echado,  y 
toma  el  marido  un  palo  grueso  c  descanso  por 
dos  veces  en  mis  costados,  que  me  dejo  por 
nuierto,  diciendo  que  determinadamente  me  que- 
ría matar,  y  estaba  tan  enojado  de  mi  que  si  no 
fuera  por  su  mujer  que  se  lo  estorbó,  cierta- 
mente me  matara.  Tuvo  Dios  por  bien  que  sa- 
liese desús  manos,  aunque  bien  castigado,  den- 
de  á  pocos  días. 


CAPITULO  XVII 

Como  el  húngaro  lo  vendió  d  los  soldados 
y  lo  que  le  acaescio  con  ellos. 

Gallo. — Dende  á  pocos  días  suscedio  que 
unos  dos  mancebos  se  deterun'naron  de  ir  en 
Alemania  que  al  presente  estaba  en  diferencia 
de  guerra  y  disencion  con  las  señorías  de  Ita- 
lia y  querían  ir  á  tomar  sueldo  para  defender 
la  parcialidad  que  mejor  lo  pagase. 

MiciLLO. — ¡Oh!  válame  Dios,  que  donoso 
ínteres  para  ir  á  pelear;  paresce  verdaderamente 
é  los  letrados  que  en  Corte  del  Rey  toman  suel- 
do é  salarios  de  señores  obligándose  á  los  defen- 
der cualesquiera  pleitos  que  se  le  ofrezcan,  aun- 
que sean  sin  justicia  ni  razón. 

Gallo. — Mas  lo  mismo  es,  porque  se  obli- 
gan de  vejar  con  todas  cautdas  á  las  partes 
contrarias  que  les  pidan  ante  cualquier  juez. 

MiciLLo. — ¡Oh I  poderoso  Dios,  qué  segu- 
ridad de  ánimas;  pues  di,  Pitágoras,  ¿pues  qué 
te  acaescio? 

Gallo.  —  Estos  mancebos  me  compraron 
para  levar  su  fato  y  dispuestos  para  se  ])artir 
cargáronme  todas  sus  ropas  y  fardaje,  y  por 
sobrecarga  echáronme  encima  nna  mujer  que 
sacaron  de  con  su  marido  para  que  en  el  real 
ganase  para  ayuda  de  sus  juegos  y  glotonería, 


y  como  asno  lo  hube  de  sofrir.  ¡Oh¡  Dios  in- 
mortal, qué  vida  tan  trabajada  y  quién  lo  hu- 
biese de  contiir  lo  que  pasaban  y  por  el  camino 
los  robos,  los  hurtos,  los  desafueros  que  hacían 
á  los  venteros  y  caminantes,  las  sinrazones  que 
hacían  á  los  labradores,  las  blasfemias  y  renie- 
gos, los  adulterios,  los  sacrilegios,  ;qu¡én  te  lo 
hubiese  de  dcícir?  en  un  año  no  te  acabaría  de 
contar  todas  sus  maldades  y  todo  lo  que  hacían ; 
ensoñaban  á  la  pobre  nmjer  que  levaban,  cómo 
se  había  de  haber  con  los  hombres  que  so  la 
ofreciesen  en  conversación,  cómo  los  había  de 
atraer  ansí  y  cómo  los  había  de  robar  y  después 
de  despojados  cómo  se  habia  de  descabnllir  de- 
llos;  inventaban  ellos  entre  si  nuevas  maneras 
de  fieros  para  blasfemar  y  espantar  hombros; 
en  conclusión,  ellos  sn  iban  emponieníio  en  todo 
género  de  maldad  y  bellaqueria.  Llegados  al 
ducado  de  Sajonia  fueles  necesario  de  me  vender. 


CAPITULO  XVIII 

Como  los  soldaths  lo  vendieron  á  unos  alema- 
nes  que  iban  n  Roma  y  lo  que  cuenta  por  el 
camino;  cosa  de  notar. 

Gallo. — Puesto  por  obra  de  me  vender  por 
alguna  necesidad  me  compraron  unos  alemanes 
que  á  título  de  peregrinación  iban  á  un  nego- 
cio á  Roma  y  yo  pense  de  nuevo  resucitar  cuan- 
do me  vi  escapaílo  de  las  manos  de  tan  mala 
gente  porque  me  temía  mucho  que  por  su  mal- 
dad habia  Dios  de  permitir  en  nosotros  algún 
mal  acaesci miento.  En  fin,  con  la  ayuda  de 
Dios  comenzamos  nuestro  viaje,  y  más  que  tenía 
yo  mucho  deseo  de  ir  á  Italia  porque  después 
que  yo  fue  Pitágoras  no  habia  vuelto  por  allá  y 
por  verlas  novedades  que  de  allá  contaban  totlos 
los  que  de  allá  venían,  y  iba  muy  cont<ínto  por- 
que ya  habia  cristiandad  y  residía  un  Pontifico 
de  toda  la  monarquía  en  la  ciudad  de  Roma  y 
todas  las  cosas  de  la  gobernación  y  templos  y 
sacreficios  eran  mudados.  Pues  una  mañana, 
ya  que  comenzaba  á  salir  el  sol,  íbamos  por  una 
deleitosa  floresta  de  muy  hermosas  huertas  de 
fresca  arboleda;  iban  por  alli  mis  dos  buenos 
amos  á  veces  contando,  de  la  manera  que  habían 
de  tener  en  su  negociación  en  llegando  á  Roma, 
cómo  habian  de  verse  con  el  Papa  en  la  expe- 
dición de  las  bulas;  hablaban  de  un  Cardenal 
que  tenía  el  cargo  de  los  despachos;  decían  no 
sé  que,  el  uno  que  llamaban  abr(?viador;  en 
cuanto  yo  pude  colegir  de  la  calidad  del  nego- 
cio alcancé  que  era  una  dispensación  para  que 
se  pudiesen  casar  dos  grandes  señores  do  aque- 
lla tierra,  que  no  lo  podían  hacer  por  ser  pa- 
rientes dentro  en  el  cuarto  grado;  concortaban 
entre  sí  que  llegados  á  Roma  y  presentada  sn 


VILLALOK.— DIALOGO  DE  LAS  TRANSFORMACIONES 


113 


aplicación  ante  los  oficiales  del  papa  no  le  ha- 
blan de  decir  la  calidad  de  las  personas,  si  no 
solamente  los  nombres. 

MiciLLO. — Dime,  Gallo,  ¿porque  se  fengían 
j  trataban  ansi? 

Gallo. — No  se  declaraban  del  todo  ellos, 
mas  sigan  yo  conosci  de  sns  pláticas,  creo  qae 
fue  porque  si  dijeren  al  Papa  6  á  los  oficiales 
6  aquellas  personas  con  quien  habian  de  dis- 
pensar que  eran  sefiores  de  mucha  calidad  y 
valor,  les  Ueyarian  mas  cuantía  de  mararedis 
por  la  dispensación,  á  tanto  que  decian  que  si 
salian  con  su  propósito  sin  ser  descubiertos  que 
no  les  baria  de  costa  más  de  cien  ducados  y  que 
si  supiesen  la  verdad  de  la  calidad  de  las  per- 
sonas les  costaría  más  de  seis  mili  ducados. 

MiciLLO. — ¡Oh;  nefandísimo  género  de  si- 
monía, que  en  las  cosas  de  la  Iglesia  que  ya 
tanto  interés  á  nuestra  salud  no  haya  otra  iva- 
yor  dificultad  para  las  alcanzar  si  no  es  añadir 
dinero. 

Gallo. — Después  que  hubieron  bien  con- 
certado su  negocio  vinieron  de  platica  en  pla- 
tica á  tratar  de  la  gran  suma  de  dinero  que  se 
consumía  en  Roma;  hablaban  de  las  riquezas 
que  tenia  el  Papa,  de  las  posesiones  de  los  Car- 
denales y  de  los  tesoros  que  habia  entre  los 
obispos  y  oficiales  que  trataban  este  género  de 
contratación. 

Micillo. — Mira,  Gallo,  avisóte  no  hables 
de  la  Iglesia  ni  de  las  cosas  sagradas  de  la  cris- 
tiandad; ¿de  qué  te  ríes,  que  paresce  que  burlas 
de^mi? 

Gallo. — Rióme  de  que  me  acuerdo  que  lle- 
gando ellos  á  este  paso  yo  iba  tan  atento  á  su 
plática  que  descuidado  cal  en  un  charco  y  me 
hinchi  de  lodo,  y  viniendo  ansi  por  nuestro  ca- 
mino hubieron  nos  de  alcanzar  dos  hombres 
que  en  su  reprosentacion  paresciau  ser  gente  do 
bien,  y  como  llegaron  á  nosotros  saludáronse 
entre  sí  y  dijeron  el  uno  dellos:  razón  es  que 
no  perdamos  vuestra  compañia  y  conversación, 
pues  Dios  nos  ha  juntado;  y  apeados  de  sus 
cuartagos  ataron  los  cabestros  á  mí  y  mandá- 
ronnos andar  delante;  uno  de  mis  amos  les  pre- 
guntó que  dónde  era  su  viaje;  respondiéronle 
que  una  ciudad  de  los  confínes  de  Italia,  de  la 
.señoría  del  Papa  y  que  venían  de  complir  un 
voto  que  habian  hecho  por  devoción,  y  era  ir  á 
ver  el  cuerpo  de  Santa  Ana,  madre  de  Nuestra 
Señora,  é  que  la  mostraban  los  alemanes  en 
Dura,  ciudad  en  Alemania,  que  por  una  peque- 
ña limosna  voluntaría  concedía  el  Papa  muchos 
años  de  ponlon.  Dijo  mi  amo:  ya  somos  nos- 
otros estados  ahí  é  tenemos  con  esa  señora 
gran  devoción  porque  nos  ha  hecho  grandes 
mercedes.  Respondió  el  italiano:  basta  que  sea 
haber  trabajado  en  venirla  á  vesitar;  mas  yo  no 
sé  si  esté  aquí  ó  si  esté  mas  de  verdad  en  León 

ORÍOENES   DE   LA   NOVELA.— 8 


de  Francia,  porque  lo  mesmo  dicen  que  está  allí 
en  Ñapóles,  y  como  dicen  muchas  veces  estas 
cosas  nos  hacen  perder  la  devoción  á  les  cuer- 
pos santos,  porque  por  estas  diferencias  les  de- 
jamos de  hacer  la  veneración  debida,  sospe- 
chando que  hagamos  á  cuerpos  que  debemos 
maldecir  en  lugar  de  santificarlos.  Respondió 
mi  amo:  verdad  dices,  mas  luego  sacamos  cuál 
sea  el  verdadero  de  los  milagros  que  hacen  en 
cuerpos  enfermos  y  en  personas  necesitadas,  y 
también  el  Papa  concede  sus  indulgencias  adon- 
de está  persuadido  por  buena  información  que 
esté  lo  verdadero  y  veda  que  se  publique  lo  que 
no  fuere  ansi.  Dijo  el  italiano:  pues  decirme, 
señor,  ¿y  no  dio  también  perdones  para*  Fran- 
cia como  para  Dura?  y  pues  se  precian  en  Roma 
de  tener  la  cabeza  de  San  Juan  Bautista,  ¿por 
qué  se  consiente  que  también  se  publique  que 
esté  en  Francia  en  la  ciudad  de  Aniañes?  y  si 
fue  un  prepucio  el  que  circundaron  á   Jesu 
Cristo,  ¿por  qué  se  precian   los  cristianos  de 
tener  tres:  uno  en  Roma,  y  otro  en  Brujes  y 
otro  en  la  ciudad  de  Unberes  (sic).  Con  una 
cosa  me  consuelo,  que  conozca  Dios  mi  sana 
intención  y  que  no  sea  dado  á  mi  hacer  bas- 
tante información  de  lo  verdadero  para  evitar 
la  idolatría;  pecan  los  principes  que  lo  consien- 
ten por  sus  particulares  intereses;  mas  dejemos 
agora  esto,  que  es  muy  larga  cuestión;  yo  os 
quiero  hacer  saber  que  entre  otras  cosas  notabres 
que  yo  vi  en  la  iglesia  de  Santa  Ana  en  Dura, 
que  en  un  altar  junto  á  la  madre  vi  á  Nuestra 
Señora  la  madre  de  Dios  tan  al  natural  de  una 
linda  mujer  en  una  imagen  que  con  todas  las 
partes  de  su  rostro  y  cuerpo  mostraba  estar  vi- 
va; en  sola  una  cosa  me  descontentó,  que  es  en 
los  vestidos  que  tenía,  porque  de  creer  es  que 
fuese  ella  la  más  honesta  que  en  el  mundo  nun- 
ca nnijer  nasció  ni  fue;  pues  no  sé  porqué  la 
atavian  los  cristianos  tan  deshonestamente  con 
unos  cannesis  y  brocados  cuchillados  de  colo- 
res y  puestos  que  reprueban  aun  las  mujeres 
por  mofstrarse  honestas  en  si.  Esto  quería  yo 
qu'el  pueblo  cristiano  mirase  sin  pasión  ni  boba 
aiicion  é  se  piensen  mas  la  servir  si  la  pintan 
y  la  visten  en  hábito  que  por  la  reverencia  que 
le  debo  quiero  callar;  con  unas  mangas  acuchi- 
llatlas  y  llenas  de  bocadillos  y  con  colores  de 
afeites  en  el  rostro  y  con  grandes  pechos  des- 
cubiertos y  con  camisas  rayadas  y  polainas  muy 
galanas  y  polidas,  y  dicenme  que  en  España 
son  en  e>to  muy  demasiados,  porque  les  ponen 
unos  verdugados  que  usan  allá  y  unos  reboci- 
ños en  el  cuello  y  otras  cosas  deshonestas  que 
fuerzan  á  los  hombres  á  pecar  teniendo  con  las 
tales  imagines  poca  reverencia  y  devoción,   y 
acaesce  uuichas  veces  que  si  urt  pintor  ha  de 
pintar  una  imagen  de  Nuestra  Señora  ó  de  la 
Madalena,  toma  ejemplo  de  alguna  nnijer  des- 


114 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


honesta  ramera  la  qiial  tiene  puesta  delante.*  por 
muirstra  de  su  labor  y  pintura;  yo  no  digo  esto 
de  uií,  porque  en  la  venladyo  lo  he  visto.  Dijo 
mi  amo:  en  este  caso  solamente  tienen  la  culpa 
los  obispos  porque  en  sus  obispados  no  vcsitun 
ni  proveen  estas  cosas,  pues  nos  va  en  ellas 
tan  gran  parte  de  nuestra  cristianidad,  no  se 
habiíin  de  descuidar  con  sus  regalos  y  deleites 
y  con  sus  rentas  y  t*8t»ros,  los  cuales  habién- 
dose de  gastar  juntamente  con  todas  las  rentas 
de  toda  la  Iglesia,  digo  del  Papa  y  de  los  Car- 
denales y  obispos  y  todas  las  otras  dinidades 
con  los  pobres  y  otras  muchas  obras  de  caridad, 
y  consúmenlas  en  juegos,  en  banquet<'S  y  fies- 
tas y  íTtros  muchos  deleyt««  del  mundo,  que  yo 
no  digo,  que  solo  en  decirlo  me  paresce  seria 
deshonesto  y  sin  tener  memoria  del  morir  ni 
de  la  estrecha  cuenta  que  han  de  dar  á  i  >ios, 
porque  me  paresce  á  mi  que  pues  los  obispos 
son  obligados  é  visitiir  cada  año  su  obispado  y 
no  lo  visitan,  sino  repélanlo,  no  quedando  me- 
jor que  de  antes;  por  el  mismo  caso  ansí  ha- 
bían de  ser  obligados  los  Papas  á  visitar  su 
papazgo  de  dos  en  dos  años,  porque  de  contino 
se  pierden  las  ovejas  por  el  descuido  del  pastor: 
antes  son  ellos  en  ocasión  de  perderlas  y  des- 
truirlas desasosegándolas  con  guerras  y  tumul- 
tos, tiranizando  en  la  cristiandad  con  mayor 
crueldad  (jue  todos  los  Dionisios  juntos  tirani- 
zaron en  su  tiempo;  por  cierto  yo  querría  ser 
dos  años  Papa  y  no  mas  porque  en  estos  yo 
pomia  en  orden  el  Pontificado  y  lo  haría  tan 
ejemplo  y  regla  de  Cristo  y  de  sus  apóstoles 
que  ninguno  le  viese  que  se  quejase.  Respon- 
dió el  italiano:  ¡ay,  señor  I  por  amor  de  l)iüs 
que  no  llevéis  tal  carga  acuestas  porque  yo  <>s 
doy  mi  fe  que  es  la  más  incomportable  que  nun- 
ca hombres  pudieron  sufrir,  ni  tenga  ninguno 
envidia  ¿  sus  deleites  ni  Iwinquetes  y  placeres, 
porque  os  doy  mi  fe  (jue  desde  el  Papa  hasta  el 
muy  mísero  sacristán  viven  en  contina  miseria 
y  dolor;  tómense  para  si  bus  placeres  y  pasa- 
tiempos los  obispos  si  juntamente  con  ellos  han 
de  rezar  por  toda  su  familia,  emitará  los  apos- 
tóles «MI  cuyo  lugar  vinieron  á  suceder  y  á  loqual 
cumplir  con  lo  que  denota  su  habito  obispal: 
que  aquella  túni(*a  blanca  lavada,  limpia,  blan- 
ca, sin  mácula  heciía  á  ejemplo  de  pueblo  ('): 
((|ué  sinifíca  la  mitra  con  dos  cuernos  si  no  el 
cuidado  que  han  de  t^ner  en  declarar  al  pueblo 
ambos  testamentos  Viejo  y  Nuevo?  qué  deno- 
tan los  guantes  limpios  en  sus  manos?  la  ad- 
ministración pura  de  los  sacramentos;  ¿qué  los 
zapatos  (|ue  le  calzan  en  los  {)ies?  la  vigilancia 
de  su  gley ;  ('qué  la  cruz  é  l»áculo  que  le  dan  en 
la  mano?  la  vitoria  y  triunfo  de  los  humanos 
afetos;  y  lo  nn'smo  es  al  Cardenal;  ¿no  os  pares- 

(')  Parece  que  falta  algo  en  el  manuscrito. 


ce  que  el  que  debe  tener  est^)  de  coutino  en  su 
pecho  y  consideración  que  tiene  trabajo?  pues 
allégansc  á  esto  otros  dos  mili  embarazos  de  la 
vidfj^  que  á  un  momento  no  le  dejan  descansar 
el  ánima,  porque  la  trae  solicita  en  mili  cuida- 
dos que  le  menoscaban  la  vida:  la  visitación  de 
su  obispado,  el  examen  de  sus  curas  é  benefi- 
ciados los  qnales  han  de  encargar  la  adminis- 
tración de  su  iglesia  y  ánimas  de  sus  feligreses: 
la  visitación  de  los  pobres  y  destribucion  de  sus 
lúcnes}  a({uel  contino  despachar  negocios  para 
la  Cort«  romana  é  imperial,  su\ne\  asestir  a  plei- 
tos (|ue  les  ponen  en  las  dinidades  é  pensiones; 
¡oh  Dios  inmortal!  pues  también  tienen  ellos 
sus  prestamos  y  censuras  de  las  quales  deman- 
dan prestados  á  nunca  volver;  pues  ¿qué  traba- 
jo tienen  en  las  judicaturas  de  todo  el  dia,  oyen- 
do quejas  é  pleitos  de  agraviados;  con  todos  ha 
de  complir,  á  todos  ha  de  responder,  á  todos  ha 
de  satisfacer,  á  ninguno  ha  de  inviar  quejoso, 
sino  a  todos  contentos  v  satisfechos.  Pues  ven- 

■r 

gamos  al  descanso  y  deleite  del  l*apa;  por  cier- 
to si  bien  considerase  su  dolor  y  trabajo  conti- 
no, no  hay  hombre  de  sano  juicio  que  un  dia  le 
pudiese  sufrir,  ni  aunque  se  le  diesen  con  toda 
la  posesión  y  mando  de  universo  mundo  no  le 
querría  tomar  por  un  momento;  mas  la  desor- 
denada codicia  que  agora  reina  en  nuestras 
ánimas  causa  en  todos  tan  gran  ceguedad  que 
no  hay  quien  mire  con  ojos  libres  su  tan  traba- 
jada carga  é  la  repudie  y  la  eche  de  si;  ¡oh I  qué 
trabajo  considerar  que  ya  no  se  abscondan  los 
hombres  como  hacian  en  otro  tiempo  los  san- 
tos por  no  ser  Pontífices,  mas  antes  hay  ya 
quien  nmcho  antes  que  vaque  lo  negocia  con 
sobornos  inlícitos  y  si  menester  es  con  yerl)as  lo 
al>en  (iftc)  antes,  y  que  no  hay  uno  en  toda  la 
cristiandad  de  quien  se  jm^sunia  que  si  se  lo 
diesen  no  lo  tomaría.  Pues  si  se  ponen  á  con- 
siderar que  tiene  el  Papa  las  veces  de  Cristi> 
y  que  está  puesto  en  su  lugar  en  el  mundo 
y  que  le  delx'  remedar  y  seguir  en  la  pobre- 
za, en  los  trabajos,  en  la  dotrina,  en  la  cruz, 
en  el  menosprecio  del  mundo,  en  las  conti- 
nas lágrimas,  en  los  ayunos,  en  las  <»raciones, 
en  los  sospiros,  en  los  sennones,  en  otras  dos 
mili  fatigas,  decirme  ¡  v|uien  !«  querrá  ?  ('quien 
le  t4)mará?  y  esto  no  es  nada  en  comparación 
de  lo  que  á  esto  se  les  allega:  aquella  guarda 
de  tesoros:  aquella  conservación  de  honras,  au- 
mentar las  Vitorias,  acrecentar  los  oficios  y 
multiplicar  las  dispensa4'ioues,  engrandecer  las 
rentas,  ensanchar  las  indulgencias,  proveer- 
se de  caballos  y  muías,  de  grandes  fanu'lias  y 
criados,  que  conoscer  de  nuevo  tantos  escrito- 
res, tantos  notarios,  tantos  abogados,  tantos 
fiscales,  tantos  s(»cretarios.  tantos  cal  allerizos, 
tantos  despenseros;  á  todos  ha  de  mirar  é  fa- 
vorescer,  con  todos  ha  de  cum])lir,  á  todos  ha 


VILLALON. -DIALOGO  DE  LAS  TRANSFORMACIONES 


115 


(le  pagar  con  proveer  al  uiíu  el  obispado,  al  otro 
el  abadía,  al  otro  ol  beneíieio,  al  otro  la  canon- 
jia,  c  la  dinidad,  por  pagar  sas  servicios;  pues 
,'qu¿  trabajo  es  el  despachar  cada  día  los  in- 
dultos, las  indulgencias,  las  conipiisiciones,  las 
espetativas,  los  entredichos,  las  suspensiones, 
las  citaciones  y  descomuniones?  Por  cierto  que 
me  parescc  a  cni  que  por  penitencia  no  lo  habia 
un  bueno  do  tomar  á  cargo  ó  ya  no  es  tiempo 
üino  que  todos  trabajen  é  nieguen  por  el  Pon- 
tificado, porque  ya  no  es  tiempo  que  los  Papas 
hagan  milagros  como  los  santos  lo  hacian  an- 
tiguamente, ni  ya  enseñan  al  pueblo  porc|ue 
es  trabajoso,  ni  declararán  las  Sagradas  Escri- 
turas porque  es  de  maestroe  de  escuelas,  ni  llo- 
ran porque  es  de  mujeres,  ni  con  sien  t(»n  en  su 
casa  pobreza  porque  es  gran  miseria;  procuran 
siempre  rencer  porque  es  gran  vileza  ser  venci- 
do: seguir  la  cruz  es  gran  infamia;  huir  cuanto 
pueden  de  la  muerte  porque  les  es  el  morir  muy 
amargo.  Pues  si  algunos  soberbios  papas  acaes- 
ce  predominar  en  la  UKmarquia  del  mundo,  ;oh! 
Dios  inmortal,  qué  trabajo  incompleneible  tie- 
nen en  conserrar  su  ruin  vida  con  sus  odios, 
enemistades  é  sediciones;  para  salir  con  su  ti- 
ranía hacen  grandes  ligas  con  soldados,  con  ti- 
ranos y  robadores,  los  cuales  les  hagan  espal- 
das y  los  favorezcan  y  defiendan,  y  para  estas 
cosas  echan  susidios,  bulas,  iiululgcMicias  y  prés- 
tamos; vereislos  tan  solícitos  y  tan  cuidadosos 
en  recatarse  de  todos,  en  no  se  fiar  de  alguno; 
todos  le  son  enemigos  y  le  cavilan  la  vida;  \mo 
le  da  el  veneno;  otro  le  procura  matar  porque 
suceda  su  patrón;  ¡oh I  qué  trabajo,  ¡oh I  qué  fa- 
tiga, ¡oh I  qué  curiosidad  vana,  ¡oh!  qué  costo- 
sa vida,  ¡oh!  qué  desabrida  muerte,  ¡oh!  qué  in- 
fernar de  ánima  é  martirizar  del  cuerpo:  de  ver- 
dad os  digo,  señor,  y  créame  quien  quisiere,  que 
no  tengo  mas  que  os  decir  sino  (jue  me  quiero 
ser  mas  esto  poco  que  me  soy  con  no  t<Mier  más 
cargo  de  mi,  ni  de  más  tengo  de  dar  cuenta  á 
Dios  que  ser  cualquiera  destos  papas  que  ago- 
ra se  ofrecen,  porque  con  sus  trabajos  é  cuida- 
dos yo  no  podía  mucho  vivir;  t<5melo  quien  qui- 
siere que  ni  á  mi  me  lo  dan,  ni  yo  lo  demando, 
ni  yo  lo  querria.  Como  el  italiano  acabó  su  tra- 
gedia dijo  mi  amo:  por  Dios,  señor,  quo  tenéis 
mucha  razón;  que  es  gran  trabajo  su  vitla:  bue- 
na sin  alguna  comparación;  si  la  hacen  mala 
porque  viven  siempre  en  sobresalto  y  desasosie- 
go, muriendo  siempre  sin  nunca  venr.  Estas 
^osas  y  otras  semejantes  iban  [pajsando  tiempo 
por  aquella  floresta  y  ya  iba  calentando  el  sol, 
por  lo  cual  procuraron  darse  alguna  priesa  por 
llegar  á  comer  á  un  lugar  que  cerca  estaba. 

MiciLLO. — Admirado  me  tienes  ¡oh!  fortu- 
nnoso  Pitágoras  con  tan  inumerables  trabajos 
y  tan  bien  representados  que  con  mis  mismos 
ojos  me  los  haces  ver;  basta  que  me  pensaba 


yo  que  esos  grandes  Pontífices  se  tenían  la  su- 
prema Felicidad,  porque  pensaba  yo  que  los 
grandes  Pontífices  junto  con  los  grandes  teso- 
ros y  riquezas  y  el  gran  mando  no  tenían  que 
desear  otra  cosa  alguna.  Agora  que  tengo  visto 
su  dolor  paresceme  que  ellos  viven  en  eí  estado 
mas  mísero  de  los  mortales.  Prosigue»  por  amor 
de  mi  y  acaba  tu  tragedia  como  mientras  f ueste 
asno,  ¿que  te  sucedió? 

Gallo. — Pues  llegado  al  lugar,  lo  primero 
que  se  proveyó  en  entrando  en  la  posada  fue 
dar  á  nosotros  las  bestias  de  comer:  fueron  lue- 
íío  muy  llenos  los  pesebres,  donde  matamos 
nuestra  hambre  del  caminar;  después  se  salie- 
ron ellos  á  un  poi-tal  fresco  donde  con  mucho 
placer  les  aparejan  su  comer;  por  estar  yo  le- 
jos de  su  mesa  y  porque  venia  cansado  no  oí 
nada  de  lo  que  en  la  mesa  pasó;  mas  después 
que  todos  hubimos  reposado  y  que  fue  caída  la 
siesta,  despedíeronse  los  it-alianos  de  nosotros 
diciendo  que  iban  por  otro  camino  á  su  tierra, 
demandada  licencia  de  los  compañeros,  salu- 
dándose se  fueron  con  Dios;  nosotros  también, 
pagada  la  huéspeda,  comenzamos  nuestro  ca- 
mino. Pierres,  ({ue  ansí  se  llamaba  uno  de  los 
dos  mis  amos  dijo  á  Perequin  que  ansí  se  lla- 
maba ol  otro:  hermano  Perequin,  si  mí  juicio 
no  me  engaña  en  pronosticar... 


CAPITULO  XIX 

(¿ue  menta  en  pronosticar  //  lo  de  los  agüeros; 

cosa  (fe  notar. 

Estoy  turbado  de  una  cierta  ave  que  agora 
voló  y  vengo  á  conjeturar  que  nos  ha  de  suce- 
der en  esta  noche  algún  enojoso  acontcscímien- 
to,  por  lo  cual  encomendémonos  á  Dios  y  apa- 
rejémonos á  padescer,  pues  no  se  puede  escusar. 
Perequin,  se  rió  mucho  burlando  de  Pierres;  y 
dijo:  por  Dios  que  me  maravillo  de  tí  que  con 
todo  tu  sal>er  des  crédito  á  liviandades  tan  sin 
razón,  y  sí  en  agüeros  crees  nunca  harás  cosa 
buena,  porque  sí  viendo  esas  vanidades  esperas 
á  ver  si  aciertan  ó  no,  agora  por  temor,  agora 
por  engaño  del  demonio  puedes  peligrar  en  tu 
salud,  por  lo  cual  te  ruego  que  dcponicas  de  tu 
pecho  esta  tu  errada  opinión  y  no  le  dos  alguna 
fe,  porque  permitirá  Dios  que  acaezca  el  mal 
pronosticado  por  castigar  tu  yerro  y  no  porque 
de  allí  hubiese  de  suceder  necesariamente.  Res- 
pondió I*íerres:  más  me  maravillo  yo  de  tí,  por- 
que me  quieres  convencer  que  sea  arte  de  vani- 
dad, pues  en  todos  los  at^aescimientos  pronos- 
ticados he  hallado  qu(í  vengan  á  suceder  según 
é  como  yo  los  he  agüerado;  y  no  pienses  que  lo 
supe  de  mí,  (jue  mucho  trabajo  me  costó  á  la 
deprender  do  grandes  sabios  que  me  la  enseña- 


116 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ron;  y  cree  tú  que  tiene  gran  fundamento,  pues 
todos  los  Babios  antigaos  mentau  qne  tenían 
en  suprema  veneración  y  le  daban  tanta  fe  como 
á  los  umy  dinos  oráculos  de  su  Dios,  pronosti- 
caban do  cosas  acaescidas  de  improviso,  agora 
en  cuerpos  muertos  de  animales  sacrificados  a 
sus  dioses,  agora  de  vuelo  a  graznido  de  las 
aves,  y  convencíales  á  lo  creer  las  grandes  ex- 
periencias que  se  les  ofrecian,  como  fue  lo  que 
cuentan  de  Julio  Cesar,  qu*el  primero  día  que 
se  asentó  en  la  silla  imperial  sacreficó  un  buey 
á  Júpiter  y  abriéndole  fue  hallado  sin  corazón, 
de  lo  qual  los  agüeros  pronosticaron  tristemen- 
te y  le  señalaron  todo  el  mal,  lo  qual  asi  ha  su- 
cedido, que  de  veinte  é  tres  puñaladas  fue  muer- 
to en  el  senado.  Y  también  leemos  que  Cayo 
Claudio  ó  Lucio  Petilio  cónsules  sacrefícaron 
como  lo  hablan  de  costumbre  á  los  dioses,  y  en 
matando  el  buey  ante  las  aras  le  sacaron  el  co- 
razón, el  qual  de  improviso  se  corrompió  de  po- 
dre, por  lo  qual  los  agüeros  venieron  á  pronos- 
ticar triste  suceso  en  sus  muertes,  á  los  cuales 
dijeron  que  morirían  muy  breve;. é  ansí  fue, 
que  no  mucho  tiempo  murió  Claudio  Cayo  de 
nna  grave  enfermedad  y  Petilio  en  la  guerra. 
Como  Antioco  rey  de  Siria  tuviese  guerra  con 
los  partos  aconteció  que  estando  en  el  real  hizo 
una  golondrina  nido  en  su  mismo  pavellon,  de 
lo  qual  los  agüeros  denunciaron  mal  suceso  de 
la  batalla,  y  así  fue,  que  en  el  comitimiento  de 
los  eje'rcitos  fue  muerto  eí  rey  Antioco  y  todo 
desbaratado  y  perdido.  Otros  muchos  en  jemplos 
de  las  historias  notables  te  pudiera  yo  agora 
traer  para  corroboración  de  que  fue  creída  mi 
verdad;  mas  ])Uos  tu  pertinacia  me  lo  ha  todo 
de  destruir,  aguardemos  á  lo  que  hubiere  de 
acaescor.  Luego  le  respondió   Perequin:   por 
hombro  })Ara  po<!0  me  tienes  si  confiando  en 
Dios  no  te  convenciere  á  que  creas  sin  hacerme 
algiin  porjuieio  tus  argumentos  ser  falsos  y  dia- 
bólico y  vano  el  agorar;  yo  te  probaré  que  estos 
sus  acaes'.'in  lien  tos  no  pueden  ser  causa  ni  oca- 
sión para  que  dellos  se  pudiese  pronosticar  lo 
que  esta  por  venir,  y  porque  no  parezca  que  mi 
persuacion  procede  sin  autoridad,  sabrás  que  se 
lee  en  los  Proverlu'os  del  sapientísimo  Salomón 
que  no  queramos  ser  como  los  hombres  minti- 
rosos  que  se  mantienen  de  viento  y  dan  crédito 
á  las  aves  que  vuelan,  jwrque  en  la  verdad  gran 
liviandad  es  seguir  cosa  tan  incierta  y  cosa  que 
nunca  se  pn»Ale  saber;  [de]  sentencia  de  tíinta 
autoridad  sf»  puede  colegir  la  vana  superstición 
que  está  en  esta  ciencia;  después  desto  quiero 
que  vengamos  4  considerar  cuanta  fuerza  c  sus- 
tentación de  las  aves  é  cualesquiera  otros  bru- 
tos en  el  ser  y  oleras  del  hombro;  do  las  unas 
aves  con  su  canto  ó  con  su  vuelo  o  chellidí»;  los 
brutos  con  sus  corporales  dispusicioncís  de  co- 
razón ó  bazo,  para  que  señalen  lo  que  nos  ha 


de  acaesccr,  y  porque  tú  y  cuantos  nascieron 
mejor  se  pueden  convencer,  vengamos  á  la  ra- 
zón natund  que  muestra  mi  entencion.  A  todos 
es  notorio  que  los  brutos  animales  tan  solamen- 
te se  mueven  por  un  sentido  aquello  que  de  pre- 
sente le  es  y  solo  se  aplican  aquello  que  ante  sí 
tienen,  sin  consideración  de  lo  que  en  ausencia 
les  está.  E  ansí  todas  las  aves  nmeven  su  cuer- 
po, alas  é  pies  por  solo  impeto  de  su  naturale- 
za, por  hacer  cualquiera  ejercicio,  como  para 
hablar,  para  comer  (>  cantar,  sin  ser  de  otra  par- 
te costreñidos  á  ello  ó  sin  primero  lo  pensar 
que  lo  salgan  hacer;  pues  esto  es  ansí  ¿quien 
será  tan  falto  de  sal>er  que  pueda  afirmar  que 
las  aves  con  su  vuelo  ora  en  la  mano  diestra  ó 
siniestra  cantan  ó  no,  que  senifíca  en  nuestras 
obras  bien  ó  mal?  si  con  hambre  comen  ¿qué  tie- 
nen que  hacer  si  yo  moriré.*  y  si  con  sed  beban 
¿qué  tiene  que  hacer?  y  si  comiendo  algo  se  les 
caiga  del  pico,  ¿qué  convenencia  tiene  con  si 
me  sucederá  prósperamente  un  viaje?  ¿qué  ra- 
zón lieva  que  los  hom tires  veneren   todas  las 
obras  y  movimientos  de  los  brutos  y  tengan  por 
muy  cierto  que  todo  aquello  les  venefique  que 
ellos  de  su  libre  alluídrio  han  de  hacer?  por  cier- 
to gran  bajeza.  Y  después  pensar  que  Dios  oni- 
potente  hiciese  un  tan  perfeto  animal  como  es 
el  hombre  y  de  tan  alto  intendimiento  que  co- 
nosciese  lo  que  estaba  por  venir  por  las  obras 
de  las  roiserabres  avecicas  y  de  brutos  sin  uso 
de  razón,  las  quales  como  ellas  mesmas  comien- 
zan á  volar  no  sal>en  donde  van  ni  qué  les  pue- 
da suceder,  pues  cuanto  ellas  en  este  caso  pue- 
dan muy  bien  nos  lo  mostró  Mosolamon  indio, 
hombre  de  muy  iminente  saber  é  industria  de 
la  guerra,  de  muy  facunda  prudencia;  de  aques- 
te leeuios  que  siguió  ¿  los  griegos  y  mactnloni  s 
después  de  la  muertt»  de  Alejandro,  y  como  un 
día  fuese  con  él  al  ejército  é  por  el  camino 
acaesciese  (jue  so  puso  un  ave  en  un  árbol  é 
como  los  agoreros  la  viesen  comenzaron  agorar 
sobre  si  debían  de  pasar  adelante:  paró  alli  el 
Mosolamo  como  los  vio  en  esta  disputa,  tomó 
el  arco  y  mató  el  ave,  burlando  do  la  venera- 
ción del  agorar;  y  como  el  agorero  mayor  lo 
vio  entristcHiiose  mucho,  é  alzando  Mosolamo  el 
ave  del  suelo  dijo  ansi:  decir  porque  os  acele- 
réis; nunca  esta  ave  supiera  lo  que  nos  había 
de  acaescer  pues  do  si  misma  no  supo  procu- 
rando por  su  salud,  y  pues  inorante  de  su  muer- 
te se  puso  en  el  árbol  para  que  la  matase  yo, 
mal  podria  saber  nuestro  mal  ó  bien  acaescí- 
miento;  ansi  que  do  todo  est<3  so  puede  muy  bien 
deducir  la  vanidad  del  agorar  do  las  aves  é  bru- 
tos cualesquiera  é  de  cualesquiera  otros  acon- 
tecimientos que  se  puedan  ofrecer,  como  varo- 
nilmente nos  lo  mostró  aquel  glorioso  y  felice 
gran  capitán  espoAol  Gonzalo  Hernández  de 
Córdoba,  varón  que  después  (jue  la  fama  lo  co- 


VILLALON.— DIALOGO  DE  LAS  TRANSFORMACIONES 


117 


noscio  solo  ^1  quiso,  no  César  inmortal,  porque 
aunque  muerto,  la  eternal  memoria  de  sus  bue- 
nos hechos  le  hace  revivir;  fue  en  fin  tal  que  si 
le  alcanzaran  los  gentiles  que  á  Aquiles  yá  Ma- 
res 7  á  Palas  hicieron  sacrefício,  á  este  sin  con- 
troversia le  adoraran  todos  por  Dios.  Leemos 
del  que  estando  aparejado  en  Ñapóles  para  aco- 
meter con  su  ejército  gran  compañía  de  ene- 
migos acaescio  por  mal  recado  se  les  prendió 
la  pólvora  de  la  artilleria,  y  entristeciéndose 
toda  la  gente  teniéndolo  por  mal  agüero,  salió 
ante  todos  con  gran  ánimo  diciendo:  no  des- 
maye nadie,  caballeros;  esforzad  el  corazón,  que 
estas  almenares  (stc  por  luminarias)  son  de 
nuestra  vitoría;  y  diciendo  esto  los  esforzó  tan- 
to para  acometer  que  brevemente  destniyó  los 
enemigos.  Convencido  me  estoy  yo  bastante  á 
creer  que  todo  género  de  agorar  sea  vano  y  de 
ninguna  certedumbre,  ni  sé  mas  de  que  el  demo- 
nio nos  quiere  engañar  con  hacernos  entender 
que  todo  sea  ansi  como  nos  lo  muestra  y  tra- 
baja con  toda  su  industria  que  suceda  aquello 
que  nos  mostró  ó  que  pronosticaron  del  vuelo 
del  ave,  ó  de  cualquiera  otra  cosa,  y  esto  aunque 
nunca  hubiera  de  acontecer,  porque  solamente 
le  creáis;  y  agora  me  temo  yo,  señor  Fierres, 
que  pirmitirá  Dios  que  nos  suceda  el  mal  que 
vos  habéis  agorado,  por  castigaros  el  yerro  que 
cometisteis  en  dar  crédito  á  cosa  tan  vana  y 
tan  errada,  la  qual  es  de  pura  industria  y  enga- 
ño del  demonio  y  no  porque  creo  que  hubiese 
ansi  de  acaescer.  Fierres  quedó  convencido  y 
atemorizado  con  el  miedo  que  lo  puso  Forcquin 
de  parte  de  Dios  porque  daba  crédito  al  agorar; 
y  asi  razonando  fueron  toda  la  tarde  en  esta 
materia  hasta  que  llegamos  á  una  aldea  de  po- 
cos vecinos. 

MiciLLO. — Pues,  tú  Pitágoras,  ("porque  no 
diste  en  aquel  arte  tu  parcscer,  que  bien  se  te 
entendia,  puis  fuesü»  discípulo  de  los  magos? 

Gallo. — Poi-que  mientras  fue  asno  no  pude 
hablar.  Como  fuenios  llegados  á  la  aldea  apa- 
rejóse la  cena,  porque  llegamos  tarde  é  después 
de  haber  cenado  fuéronse  mis  amos  á  reposar  y 
sosegóse  la  cnsa.  Sucedió  que  junto  á  la  me- 
dia noche,  en  lo  mas  sabroso  del  sueño,  entran 
en  casa  unos  ladrones  v  roban  las  arcas  del 
huespede,  que  era  rico,  y  levantados  con  la  pre- 
sa porque  no  lo  podian  levar  acuestas,  vienen 
al  establo  y  tomanme  á  mí  para  que  mis  hom- 
bros lo  lieven,  y  como  vicrcaí  que  tenían  cogido 
quien  lo  levase  sin  trabajo  suyo,  tornaron  á  hur- 
tiar,  doblado  y  cargáronme  de  aquellos  tesoros  y 
buena  ropa  una  carga  que  no  la  levaran  dos 
como  yo,  y  abiertas  íos  puertas  sin  ser  sentidos 
me  sacaron  fuera  del  lugar.  Tenían  su  vivienda 
en  una  cueva  que  habian  hecho  cinco  millas  de 
aquella  aldea  y  habiamos  de  pasar  un  rio  para 
ir  allá  por  un  vado,  y  como  los  ladrones  vinie-  | 


sen  tan  alegres  con  su  priesa  y  fuese  algo  os- 
cura la  noche,  perdieron  el  vado,  y  llegados  al 
rio,  confiando  en  que  yo  pasaría  delante  agui- 
járonme para  que  pasase  y  en  entrando  no  muy 
lejos  de  la  orilla,  lancé  los  pies  y  las  manos  en 
un  tremadal,  y  como  el  agua  era  alta  luego  me 
ahogué  y  la  hacienda  todo  se  perdió  sin  poder 
cobrar  nada. 


CAPITULO  XX 

Como  fue  convertido  en  rana  //  lo  t/ue  le  sucedió 

de  allí. 

Gallo.— Yo  ahogado  á  la  verdad  no  me 
pesó,  por  dejar  tanto  trabajo  y  mala  compañía 
que  me  llevaba.  Plugo  á  Dios  que  me  dieron 
por  complida  la  penitencia  por  las  deudas  de 
Epulón  é  fui  convertido  allí  en  rana. 

MiciLLO. — Cuéntame  ¡oh  Pitágoras!  qué 
vida  hacías  cuando  eras  rana. 

Gallo. — Muy  buena,  porque  luego  hice 
amistad  con  todos  los  géneros  de  peces  que  alli 
andaban  é  todos  me  trataban  bien;  mi  comer 
era  de  las  ovas  del  rio,  é  salida  á  la  orilla  sal- 
tando y  holgando  con  mis  compañeras  pascia- 
mos  unas  yerbecitas  delicadas  é  tiernas  que 
eran  buenas  para  nuestro  comer;  no  teníamos 
fortuna,  ni  fuego  ni  tempestad  ni  otro  género 
de  acaescimiento  que  nos  perjudicase.  Pasado 
ansi  algún  tiempo... 


CAPITULO  XXI 

Como  fue  convertido  en  ramera  mujer  llamada 

Clarichea. 

Pasado  así  algún  tiempo  en  aquel  rio  fue 
convertido  en  Clarichea,  ramera  famosa. 

MiciLLo. — ¡Oh!  qué  admirable  transforma- 
ción; de  asno  en  rana;  de  rana  en  ramera  ga- 
lana. 

Gallo.  — Pues  quién  bastara  á  t«  contar  lo 
que  siendo  rana  me  aconteció  y  siendo  ramera 
la  solicitud  que  tenía,  si  no  lucra  por  sernos  ya 
el  dia  tan  cercano  para  te  lo  contar  nniy  por  ex- 
tenso, lo  qual  no  me  da  lugar;  y  aquel  cuidado 
que  tenía  de  eii  adquerir  los  enamorados  y  el 
trabajo  que  sufría  en  conservar  los  servidores  y 
el  astucia  con  que  los  robaba  su  moneda;  aque- 
lla manera  de  los  despedir  y  aquella  industria  de 
los  volver  y  el  contino  hastio  que  tenia  de  un"s 
afeites  y  composturas  de  atavíos  y  el  martirio 
que  pasaba  mi  rostro  y  manos  con  las  mudas; 
aquel  sufrir  de  pelar  las  cejas,  que  con  cada 
pelo  que  sacaba  se  me  arrancaba  el  alma  de 
dolor,  y  con  los  afeites  y  adobos,  pues  todo  mi 


llA 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


cuerpo  con  los  baños  y  uugüeutos  j  otras  mu- 
chas cosas  que  aplaciesc  á  todos  los  que  me 
querían;  y  aquel  sufrir  de  malas  noches  y  malos 
dias,  no  tengo  ya  fuerza  para  te  lo  contar  por 
extenso.  Después... 


CAPITULO  XXII 

Como  fue  coiwertidn  en  ganan  del  campo  y  como 
servio  á  un  avariento  y  después  fue  tornado 
privón  c  otras  muchas  cosas. 

Después  desto  fue  convertido  en  gañan  del 
campo,  adonde  de  con  tino  con  mucho  trabajo 
sin  reposo  ninguno  ni  nunca  entrar  en  poblado 
pasaba  muy  triste  vida.  Vine  á  servir  y  ser 
críado  de  un  misero  avariento  que  me  mataba 
de  hambre,  de  lo  cual  no  te  doy  entera  cuenta 
lo  que  en  este  caso  me  sucedió,  y  fue  transfor- 
mado en  pavón  y  agora  gallo.  ;0h!  Micilló,  si 
particularníente  te  hobiese  de  decir  la  vida  y 
trabajos  que  he  pasado  en  cada  uno  destos  mí- 
seros estados  no  bastarían  cien  mili  años  que 
no  hiciese  sino  contártelo.  Por  eso  ya  viene  la 
mañana,  por  lo  qual  quiero  concluir  por<jue  va- 
yas al  trabajo,  porque  en  esperanza  de  tu  sue- 


ño no  moramos  de  hambre,  que  creo  que  desde 
las  diez  encomenzamos  la  pratica  sin  nada  nos 
estorbar  y  son  dadas  cinco  horas. 

MiciLLO. — Admirado  me  tienen  los  traba- 
jos desta  vida,  ¡oh  Gallo!  Pues  dime  ahora  lo 
que  me  prometiste,  que  deseo  mucho  saber: 
¿cual  estado  te  paresció  mejor? 

Gallo. — Entre  los  brutos  cuando  era  rana; 
entre  los  Iiombres  siendo  im  pobre  hombre  como 
tú,  porque  tú  no  tienes  que  temer  próspera  ni 
adversa  fortuna,  ni  te  pueden  perjudicar,  no 
estás  á  la  luz  del  mundo  porque  nadie  te  calu- 
nie;  solo  vives  sin  perjuicio  de  otro,  comiendo 
de  tú  sudor  ganado  á  tu  placer,  sin  usuras  ni 
daño  de  tu  ánima;  duermes  sueño  seguro,  sin 
temer  que  por  tu  hacienda  te  hayan  de  matar 
ni  robar;  si  hay  guerra  no  hacen  cuenta  de  ti; 
si  préstamos  ó  censuras  no  temes  que  te  ha 
de  caber  nada.  En  conclusión  que  bienaventu- 
rado el  que  vive  en  pobleza  si  es  prudente  en  la 
saber  sollevar. 

MiciLLO. — ¡Ohl  mi  buen  Gallo,  yo  conozco 
que  tienes  mucha  razón  y  pues  es  venido  el  día 
quiero  ir  al  trabajo  y  por  el  buen  coasuelo  que 
me  has  dado  en  tu  comer  te  lo  agradeceré,  como 
por  la  obra  lo  verás.  Que'date  con  Dios,  que  yo 
me  voy  á  trabajar. 


FIX  DEL  DIALOGO  DE  LAS  TRANSFORMACIONES 


EL  GROTALON 


DE 


GHRISTOPHORO    GNOSOPHO 

Natural  de  la  ínsula  Eutrapelia,  una  de  las  ínsulas  Fortunadas. 


TROLOGO    DEL    AÜCTOR 

AL    LECTOR    CÜBIOSO 

Porque  cualquiera  persona  en  cuyas  manos 
cayere  este  nuestro  trabajo  (si  por  ventura  fuere 
digno  de  ser  de  alguno  leydo)  tenga  entendida 
la  intiucion  del  auctor,  sepa  que  por  ser  ene- 
migo de  la  ociosidad,  por  tener  esperien^ia  ser 
el  o^io  causa  de  toda  malicia;  queriéndose  ocu- 
par en  algo  que  fuesse  digno  del  tieujpo  que  en 
ello  se  pudiesse  consumir;  pensó  escreuir  cosa 
que  en  apazible  estilo  pudiesse  aprouecbar.  Y 
ansi  imaginó  como  debajo  de  yna  corteja  apa- 
zible y  de  algún  sabor  diesse  á  entender  la  ma- 
licia en  que  los  hombres  emplean  el  dia  de  oy 
su  yiuir.  Porque  en  ningún  tiempo  se  pueden 
más  á  la  verdad  que  en  el  presente  verificar 
aquellas  palabras  que  escriuió  Moysen  en  el  Gc- 
nessi  (*):  «Que  toda  carne  mortal  tiene  corrom- 
pida y  errada  la  carrera  y  regla  de  su  viuir». 
Todos  tuercen  la  ley  de  su  obligación.  Y  por- 
que tengo  entendido  el  común  gusto  de  loa  hom- 
bres, que  les  aplaze  más  leer  cosas  del  donayre; 
coplas,  changonetas  y  sonetos  de  placer,  antes 
que  oyr  cosas  granes,  principalmente  si  son  he- 
chas en  reprehensión,  porque  á  ninguno  aplaze 
que  en  sus  ñac^uezas  le  digan  la  verdad;  por 
tanto  procuré  darles  esta  manera  de  doctrinal 
abscondida  y  solapada  debajo  de  face^ias,  fábu- 
las, nouelas  y  donayrcs:  en  los  quales  tomando 
sabor  para  leer  vengan  á  aprouecharse  de  aque- 
llo que  quiere  mi  intiíicion.  Este  estilo  y  orden 
tuuieron  en  sus  obras  muchos  sabios  antiguos 
endere<;ados  en  este  mesmo  fin;  Como  Ysopo  y 
Catón,  Aulo  gelio,  Juan  bocacio,  Juan  pogio 
florentin;  y  otros  muchos  que  seria  largo  con- 
tar. Hasta  Aristóteles,  Plutíirco,  Platón.  Y 

(')  Nota  al  margen:  genes,  cap.  6. 


Cristo  enseñó  con  parábolas  y  exemplos  al  pue- 
blo y  á  sus  discípulos  la  dotrina  celestial.  El 
titulo  de  la  obra  es  Crotalon  (*) :  que  es  voca- 
blo griego;  que  en  castellano  quiere  decir; jw^^o 
de  sonajas,  ó  terrenuelas,  conforme  á  la  intin- 
vion  del  auctor. 

Contrahaze  el  estilo  y  inuenyion  de  Luciano; 
famoso  orador  griego  en  el  su  gallo:  donde  ha- 
blando vn  gallo  con  vn  su  amo  yapatero  lla- 
mado M¡9¡lo  reprehendió  los  vic/ios  de  su  tiempo: 
y  en  otros  muchos  libros  y  diálogos  que  escri- 
uió. También  finge  el  auctor  ser  sueño  imi- 
tando al  mesmo  Luciano  que  al  mcsuio  dialogo 
del  gallo  llama  sueño.  Y  hazelo  el  auctor  por- 
que en  esta  su  obra  pretende  escreuir  de  diuer- 
sidad  de  cosas  y  sin  orden:  lo  qual  es  proprio 
de  sueño:  porque  cada  vez  que  despierta  tor- 
nándose á  dormir  sueña  cosas  diversas  de  las 
que  antes  soñó.  Y  es  de  notar  que  por  no  ser 
tradu^ion  a  la  letra  ni  al  sentido  le  llama  con- 
trahecho: porque  solamente  se  imita  el  estilo. 
L'ama  a  los  libros  o  diversidad  de  diálogos, 
cunto:  porque  es  lenguage  de  gallo  cantar.  O 
porque  son  todos  hechos  al  canto  del  gallo  en 
el  postrero  sueño  a  la  mañana:  donde  el  esto- 
mago hace  la  verdadera  digestión:  y  entonces 
los  vapores  que  suben  al  cerebro  causan  los  sue- 
ños: y  aquellos  son  los  que  quedan  des])ues.  En 
las  transformaciones  do  que  en  diuersus  esta- 
dos de  hombres  y  brutos  se  escriuen  en  el  pro- 
ceso del  libro  imita  el  auctor  al  heroico  poeta 
O  nidio  en  su  libro  del  Methamorphoseos:  donde 
el  poeta  finge  muchas  transformaciones  de  ves- 
tías, piedras  y  arlx)les  en  que  son  conuertidos 
los  malos  en  pago  de  sus  vi<^ios  y  peruerso  viuir. 

En  el  primero  canto  el  auctor  propone  de  lo 


(*)  Nota  al  mnrgen.  Crotalon  ídem  est  quod  instrn- 
nie:itnm  muAicnm  qao  in  deorum  ceremoniis  Ttel»an- 
tur  antiqai. 


120 


orígenes  de  la  novela 


que  ha  de  tratar  en  la  presente  obra:  narrando 
el  primer  nacimiento  del  gallo,  j  el  suceso  de 
su  vida. 

En  el  segundo  canto  el  auctor  imita  á  Plu- 
tarco en  vu  dialogo  que  hizo  entre  Ulixes  y  yn 
griego  llamado  grilo:  el  qual  hauia  cyr^es  con- 
uertido  en  puerco:  j  no  quiso  ser  buelto  a  la 
naturaleza  de  hombre,  teniendo  por  mas  felice 
el  estado  j  naturaleza  de  puerco.  En  esto  el 
auctor  quiere  dar  a  entender  que  quando  los 
hombres  están  encenagados  en  los  ricios,  y  prin- 
cipalmente en  el  de  la  carne  son  muy  peo- 
res que  bnitos.  Y  ayn  hay  muchas  fieras  que 
sin  comparación  los  exceden  en  el  vso  de  la 
virtud. 

En  el  tercero  y  quarto  cantos  el  auctor  trata 
vna  mesma  materia :  porque  en  ellos  imita  a 
Luciano  en  todos  sus  diálogos:  en  los  qnalcs 
siempre  muerde  a  los  philosophos  y  hombres 
religiosos  de  su  tiempo. 

Y  en  el  quarto  canto  espresamente  le  imita 
en  el  libro  que  hizo  llamado  Pseudomantis:  en 
el  qual  descríue  maranillosamente  grandes  taca- 
ñerías, embaymientos  y  engaños  de  vn  falso 
religioso  llamado  Alexandro:  el  qual  en  Mace- 
dón ia  (Tracia),  Bitinia  y  parte  de  la  Asia  fin- 
gió ser  propheta  de  esculapio,  fingiendo  dar  res- 
puestas ambiguas  y  industriosas  para  adquirir 
con  el  vulgo  crédito  y  moneda. 

En  el  quinto,  sexto  y  séptimo  cantos  el  auc- 
tor debajo  de  una  graciosa  historia  imita  la  pa- 
rábola que  Cristo  dixo  por  san  Lucas  en  el 
capitulo  quinze  del  hijo  prodigo.  AUi  se  verá 
en  agraciado  estilo  vn  vicioso  mancebo  en  poder 
de  malas  mugeres,  bueltas  las  espaldas  a  su 
honro,  a  los  hombres  y  a  dios,  disipar  todos  los 
doctes  del  alma  que  son  los  thesoros  que  de  su 
padre  dios  heredó,  y  veráse  también  los  hechi- 
zos, engaños  y  encantamientos  de  que  las  ma- 
las mugeres  usan  por  gozar  de  sus  laciuos  de- 
leitas por  satisfacer  a  sola  su  sensualidad. 

En  el  octano  canto  por  auer  el  auctor  ha- 
blado en  los  cantos  precedentes  de  los  religio- 
sos, prosigue  hablando  de  algunos  intereses  que 
en  daño  de  sus  conciencias  tienen  mugeres  que 
en  titulo  de  religión  están  en  los  monesterios 
dedicadas  al  culto  divino  (*).  Y  en  la  fábula  de 
las  ranas  imita  a  Homero. 

En  el  nono  y  décimo  cantos  el  auctor  imi- 
tando a  Luciano  en  el  dialogo  llamado  Toxaris 
en  el  ijual  trata  de  la  amistad.  El  auctor  trata 
de  dos  amigos  fidelissimos,  que  en  casos  muy 
arduos  aprobaron  bien  su  intincion  y  en  Ro- 
berto y  Beatriz  imita  el  auctor  la  fuerca  que 
hizo  la  muger  de  Putifar  a  Joseph. 

En  el  honceno  cauto  el  auctor  imitando  a 

(')  En  el  códice  qae  inv  de  GayangoA  se  añnde,  á 
modo  de  aclaración,  monjas. 


Luciano  en  el  libro  que  intitulo  de  luctus,  habla 
de  la  superfluidad  y  vanidad  que  entre  los  cris- 
tianos se  acostumbra  hazer  en  la  muerte  entier- 
ro y  sepultura,  y  descriuessecl  entierro  del  mar- 
ques del  Gasto  Capitán  general  del  Emperador 
en  la  ytalia:  cosa  muy  de  notar. 

En  el  duodécimo  canto  el  auctor  imitando  a 
Luciano  en  el  dialogo  que  intituló  Icaromenipo 
finge  subir  al  cielo  y  descríue  lo  que  allá  vio 
acerca  del  asiento  de  dios,  y  orden  y  bienauen- 
turanca  de  los  angeles  y  santos  y  de  otras  mu- 
chas cosas  que  agudamente  se  tratan  del  estado 
celestial. 

En  el  décimo  tercio  canto  prosiguiendo  el 
auctor  la  subida  del  cielo  fing^  auer  visto  en  los 
ayres  la  pena  que  se  da  a  los  ingratos  y  hablando 
maranillosamente  de  la  ingratitud  cuenta  vn 
admirable  acontecimiento  digno  de  ser  oydo  en 
la  materia. 

En  el  décimo  quarto  canto  el  auctor  concluye 
la  subida  del  cíelo:  y  propone  tratar  la  bajada 
del  infierno  declarando  lo  que  acerca  del  tuuie- 
ron  los  gentiles:  y  escriuieron  sus  historiadores 
y  poetas. 

En  el  décimo  quinto  y  décimo  sexto  cantos 
imitando  el  auctor  á  Luciano  en  el  libro  que  in- 
tituló Necromancia  finge  descender  al  infierno, 
donde  descríue  las  estancias,  lugares  y  penas 
de  los  condenados. 

En  el  décimo  sexto  canto  el  auctor  en  Rosi- 
cler hija  del  Rey  de  Syría  descríue  la  ferocidad 
con  que  vna  muger  acomete  qualquiera  cosa 
que  le  venga  al  pensamiento  si  es  lisiada  de  vn 
lascino  interés,  y  concluye  con  el  descendi- 
miento del  infierno  imitando  a  Luciano  en  los 
libros  que  varios  diálogos  intituló. 

En  el  décimo  séptimo  canto  el  autor  sueña 
auerse  hallado  en  vna  missa  nueua:  en  la  qual 
descríue  grandes  acontecimientos  que  cdmun- 
mentc  en  semejantes  lugares  suelen  passar  en- 
tre sacerdotes. 

En  el  d(íci"io  octano  canto  el  auctor  sueña 
vn  acontecimiento  gracioso:  por  el  qual  mues- 
tra los  grandes  daños  que  se  siguen  por  faltar 
la  verdad  del  nmndo  dentre  los  hombres. 

En  el  décimo  nono  canto  el  auctor  trata  del 
trabajo  y  miseria  que  hay  en  el  palacio  y  ser- 
vicio de  los  principes  y  señores,  y  reprehende 
á  todos  aquellos  que  teniendo  algún  officio  en 
que  ocupar  su  vida  se  privan  de  su  bienaventu- 
rada libertad  que  naturaleza  les  dio,  y  por  vivir 
en  vicios  y  profanidad  se  subjetan  al  ser\'icio  do 
algún  señor  ('). 

En  el  vigésimo  y  vltimo  canto  el  auctor  des- 
cribe la  muerte  del  gallo. 

(I)  En  el  códice  de  Gnyangos  esta  rúbrica  está  may 
abreviada:  «y  reprehende  a  aquellos  que  pndieudo  ser 
«¡efiores,  viviendo  de  algnn  ofhcio,  .se  privan  de  sa  li- 
bertada) 


EL  CROTALOX 


121 


SIGÜESSE  EL  «OROTALON  DE  CHRIS- 
lOPHORO  GNOSOPHO:!)  EN  EL  QUAL 
SE  CONTKAHAZE  EL  SUEÑO,  O  GA- 
LLO DE  LUgiANO  FAMOSO  OBADOB 
GRIEGO. 

ARGUMENTO 

DBL  PRIMER  CANTO  DIL  GALLO 

En  el  primer  ranto  que  üe  i4gae  el  aurtor  pro]»onc  lo  que  ha  de 
tratar  en  la  presente  obra:  narrando  el  primer  nacimiento 
del  gallo  y  el  ituecso  de  ra  vida. 

DIALOGO. — INTERLOCUTORES 

MI  (JILO  f¡apatero  pobre  y  vn  GALLO  suyo, 

O  líbreme  Dios  de  gallo  Un  maldito  y  tan 
l)Ozinglero.  Dios  te  sea  aduerso  en  tu  deseado 
mantenimiento,  pues  con  tn  ronco  y  importuno 
I  osear  rae  quitas  y  estorbas  mi  sabroso  y  bien- 
auentnrado  sueño,  holganza  tan  apazible  de 
todas  las  cosas. 

Ayer  en  todo  el  dia  no  leuanté  cabe^*«  traba- 
jando con  el  alesna  y  cerda:  y  ayn  con  dificul- 
tad es  passada  la  media  noche  y  ya  me  desaso- 
siegas en  mi  dormir.  Calla,  sino  en  verdad  que 
te  dé  con  esta  horma  en  la  cabera;  que  mas 
pronecho  me  harás  en  la  olla  quando  amanezca, 
que  hazes  ay  bozeando. 

Gallo. — Maranillome  de  tu  ingratitud,  Mi- 
9Ílo,  pues  a  mi  que  tanto  prouecho  te  hago  en 
despertarte  por  ser  ya  hora  conveniente  al  tra- 
bajo, con  tanta  cólera  me  maldizes  y  blasfemas. 
No  era  eso  lo  que  ayer  dezias  renegando  de  la 
pobreza,  sino  que  querías  trabajar  de  noche  y 
de  dia  por  auer  alguna  riqueza. 

MiriLO.—  O  Dios  inmortal,  ¿qué  es  esto  que 
oyó?  ¿El  gallo  habla?  ¿Qué  mal  agüero  o  mons- 
truoso prodigio  es  este? 

Gallo. — ¿Y  deso  te  escandalizas,  y  con 
tanta  turbasion  te  marauillas,  o  Micilo? 

M14.ILO.  -  ¿Pues,  cómo  y  no  me  tengo  de 
marauillar  de  vn  tan  prodigioso  acón te<^imiento? 
¿Qué  tengo  de  pensar  sino  que  algún  demonio 
habla  en  ti?  Por  lo  qual  me  conuiene  que  te 
corte  la  cabera,  porque  acaso  en  algún  tiempo 
no  me  hagas  otra  mas  peligrosa  ylusion.  ¿Hu- 
yes? ¿Por  qué  no  esperas? 

Gallo. — Ten  pa^ien^ia,  Micilo,  y  oye  lo  que 
te  diré:  que  te  quiero  mostrar  quán  poca  razón 
tienes  de  escandalizarte,  y  avn  confio  que  des- 
pués no  te  pessará  oyrme. 

Micilo. — Agora  siendo  gallo,  dime  ¿tu 
quién  eres? 

Gallo.  -  ¿Nunca  oyste  dezir  de  aquel  gran 
philosopho  Pithagoras,  y  de  su  famosa  opinión 
que  tenia? 

Mi(;-iLO. — Pocos  9apateros  has  visto  te  en- 


tender con  filósofos.  A  mi  alo  menos,  poco  me 
vaga  para  entender  con  ellos. 

Gallo. — Pues  mira  que  este  fué  el  hombre 
mas  sabio  que  huno  en  su  tiempo,  y  este  afir- 
mo y  tuvo  por  9Íerto  que  las  almas  después  de 
criadas  por  Dios  passauan  de  cuerpos  en  cuer- 
pos. Probaua  con  gran  effíca^ia  de  argumentos: 
que  en  qualquiera  tiempo  que  vn  animal  muere, 
está  aparejado  otro  cuerpo  en  el  vientre  de  al- 
guna hembra  en  dispusi^ion  de  recibir  alma,  y 
que  a  este  se  passa  el  alma  del  que  agora  mu- 
rió. De  manera,  que  puede  ser  que  una  mesma 
alma  aniendo  sido  criada  de  largo  tiempo  haya 
venido  en  infinitos  cuerpos,  y  que  agora  qui- 
nientos años  huuiese  sido  rey,  y  después  vn  mi- 
serable azacán  (*),  y  ansi  en  vn  tiempo  vn  hom- 
bre sabio,  y  en  otro  vn  ne9Ío,  y  en  otro  rana,  y 
en  otro  asno,  cauallo  o  puerco.  ¿Nunca  tu  oyste 
dezir  esto? 

MiriLO.—  Por  9Íerto,  yo  nunca  oy  cuentos 
ni  músicas  mas  agraciadas  que  aquellas  que  ha- 
zen  entre  si  quando  en  mucha  priesa  se  encuen- 
tran las  hormas  jr  charanbiles  con  el  tranchete. 

Gallo. — Ansi  parece  ser  eso.  Porque  la 
poca  esperien^ia  que  tienes  de  las  cosas  te  es 
íXíasion  que  agora  te  escandalizes  de  ver  cosa 
tan  común  a  los  que  leen. 

Mi(.ilo. — Por  cierto  que  me  espantas  de 
oyr  lo  que  dizes. 

Gallo. — Pues  dime  agora,  de  dónde  pien- 
sas que  les  viene  á  muchos  bnitos  animales  ha- 
zer  cosas  tan  agudas  y  tan  ingeniosas  que  avn 
muy  enseñados  hombres  no  bastaran  hazerlas? 
¿Qué  has  oydo  dezir  del  elefante,  del  tigre,  le- 
brel y  raposa?  ¿Que  has  visto  hacer  a  vna  mo- 
na, que  se  podria  dezir  de  aqui  a  mañana?  Ni 
habrá  quien  tanto  te  diga  como  yo  si  el  tiempo 
nos  diesse  a  ello  lugar,  y  tú  tuuieses  de  oyrlo 
gana  y  algún  agradecimiento.  Porque  te  hago 
saber  que  ha  mas  de  mil  años  que  soy  criado 
en  el  mundo,  y  después  acá  he  viuido  en  infini- 
tas differencias  de  cuerpos,  en  cada  vno  de  los 
quales  me  han  acontecido  tanta  diuersidad  de 
cuentos,  que  antes  nos  faltaria  tiempo  que  me 
faltasse  a  mi  que  dezir,  y  a  ti  que  holgasses 
de  oyr. 

Mk'ilo. — O  mi  buen  gallo,  qué  bienauentu- 
rado  mt,  -seria  el  señorío  que  tengo  sobro  ti,  si 
me  qnissieses  tanto  agradar  que  con  tu  dulce 
y  sabrosa  lengua  me  eonuinicasses  alguna  par- 
te de  los  tus  fortunosos  acontecimientos.  Yo  te 
prometo  que  en  pago  y  galardón  de  este  inex- 
timable  seruivio  y  plazer  te  dé  en  amaneciendo 
la  ración  doblada,  avnque  sepa  quitarlo  do  nú 
mantenimiento. 

Gallo. — Pues  por  ser  tuyo  te  soy  obligado 
agradar,  y  agora  más  por  ver  el  premio  roluzir. 

(')  En  el  cóiiicc  de  Gnyangos  aguadero. 


122 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Mn.iLO. — Pues,  aguarda,  encenderé  candela 
y  pon«  rmelie  a  tralmjar.  Agora  comienza,  qii*^ 
oycnto  tienes  el  mas  obediente  y  atento  que 
nunca  a  maestro  oy6. 

Gallo.  — O  dioses  y  diosas,  favoreced  mi 
ñaca  y  dezlenable  memoria. 

Mn.'iLo. — <Qué  dizes?  ¿Eres  hereje  ó  gentil, 
cómo  llamas  á  los  dioses  y  diosas? 

Gallo. — Pues,  cómo  y  agora  sabes  que  to- 
dos los  gallos  somos  franceses  como  el  nom- 
bre nos  lo  dize,  y  que  los  franceses  hazemos 
deso  pi)co  caudal/  Principalmente  después  que 
liizo  liga  con  los  turcos  nuestro  Rey,  truxolos 
alli,  y  medio  proffesamos  su  ley  por  la  conuer- 
sacioii  (*).  Pero  de  aquí  adelante  yo  te  prometo 
de  hablar  contigo  en  toda  religión. 

MiriLO. — Agora  pues  comienza,  yo  te  rue- 
go, y  has  de  contar  desde  el  primero  dia  de  tu 
ser. 

Gallo. — Ansi  lo  haré;  tenme  atenvion,  yo 
te  diré  cosas  tantas  y  tan  admirables  que  con 
ningún  tiempo  se  puedan  medir,  y  sino  fuese 
por  tu  mucha  cordura  no  las  podrias  creer.  De- 
zirte  he  muchos  acontevimientos  de  grande  ad- 
mirnvion,  verás  los  honbres  conuertidos  en  ves- 
tías, V  Ins  vestiad  conucrtidas  en  honl)res  vcon 
gran  facilidad.  Oyrás  cautelas,  astu<;ias,  indus- 
trias, agudezas,  engaños,  mentiras  y  tráfagos 
en  <[ue  a  la  contina  en  pican  los  honbres  su  na- 
tural, verás  en  conclusión  como  en  vn  espejo 
lo  que  los  honbres  son  de  su  natural  inclina- 
vion,  por  donde  juzgarás  la  gran  liberalidad  y 
nnSíTÍ»'ord¡a  de  Dios. 

Mi«;iLo. — Mira,  gallo,  bien,  que  pues  yo  me 
cüiiíio  de  ti,  no  picnsses  agora  con  arrogancias 
y  soberuia  de  eloquentes  palabras  l>urlar  de  mi 
contándome  tan  gnmdes  mentiras  ijue  no  se 
puí'daii  criM^r,  porque  puesto  caso  <jue  todo  me 
In  lia.ü:íis  con  tu  elot|uenvia  muy  claro  y  apa- 
rente, auen turas  ganar  poco  interés  mintiendo 
a  vn  honl>re  tjín  bajo  como  yo,  y  hazer  injuria 
a  ese  lilosofo  Pithagoras  que  dizes  que  en  otro 
tiempo  fueste  y  al  respeto  que  todo  honbre  se 
deue  á  si.  Ponpie  el  virtuoso  en  el  cometimiento 
de  la  po<pK»íla<.l  no  ha  de  tener  tíuito  temor  a 
los  que  la  verán,  como  a  la  vergueiica  que  deue 
auer  d»'  si. 

Gallo. — No  me  marauillo,  M  ¡vilo,  (jue  tomas 
oy  de  te  confiar  de  mi  que  te  diré  veixlad  por 
auer  visto  una  tan  gran  cosa  y  tnn  no  vsada  ni 
oyda  de  ti  como  ver  vn  gallo  hablar.  Pero  mira 
bien  que  te  obliga  mucho,  sobre  todo  lo  que  has 
dii.'ho,  a  niti  creer,  considerar  que  pues  yo  hal)lé, 
y  para  ti  que  no  es  pequeña  muestra  de  deydad, 
a  lo  qual  repugna  el  mentir;  y  ya  qunndo  no 


{*)  Ku  el  cótHce  ile  La  Romana  hc  añade,  á  mcxJo 
de  upostilln,  |ieix>  de  la  misma  letra:  oy  agora  que  son 
lutbcniuos  no  diítieren  de  la  gentilidadi». 


me  quisieres  c(»n8Íderar  mas  de  gallo  conña  de 
mi,  que  temé  respecto  al  premio  y  galardón  que 
me  has  prometido  dar  en  mi  comer,  porque  no 
quiero  que  me  acontezca  contigo  oy  lo  que  acon- 
tegio  a  aquel  andiicioso  músico  Euangelista  en 
esta  ciudad.  Lo  qual  por  te  hazer  perder  el  te- 
mor quiero  que  oyas  aqui.  Tu  sabrás  que  acon- 
teció en  Castilla  vna  gran  pestelencia,  (año  de 
1525  fue  esta  pestclencia)  (')  que  en  un  año  en- 
tero y  más  fue  perseguido  todo  el  Reynode  gran 
mortandad.  De  manera  que  en  ningún  pueblo 
que  fuesse  de  algunos  vezinos  se  sufria  viuir, 
porque  no  se  entendia  sino  en  enteiTar  muer- 
tos desde  que  amanecía  hasta  en  gran  pieza  de 
la  noi'he  ([ue  se  recogían  los  hombres  descansar. 
Era  la  enfermedad  un  genero  de  postema  na- 
quÍA  en  las  ingles,  sobacos  ó  garganta,  a  la  qual 
]lamal>an  landre.  De  la  qual  siendo  heridos  su- 
Ccdia  vna  terrible  calentura,  y  dentro  de  veyn- 
te  y  cuatro  horas  heria  la  postenui  en  el  cora- 
ron y  era  cierta  la  nmerte.  Conuenia  huyr  de 
conuersavion  y  compañia,  ponqué  era  mal  con- 
tagioso, <[ue  lui>go  se  pegaua  si  auia  ayunta- 
miento de  gentes,  y  ansi  huyan  los  ricos  <{ue 
podían  de  los  grandes  pueblos  a  las  pecjueftas 
aldeas  que  menos  gente  y  congregación  huuies- 
se.  Y  después  se  defendía  la  entrada  de  los 
que  viniessen  de  fuera  cv)n  temor  que  trayendo 
consigo  el  mal  corrompiesse  y  contaminasse  el 
pueblo.  Y  ansi  acont^'cia  que  el  <^ue  no  salia 
temprano  de  la  ciudad  juntamente  con  sus  al- 
hajas y  hazienda;  si  acaso  saliese  algo  tarde, 
quando  ya  est«ua  encendida  la  pestelencia  an- 
dana vagando  por  los  campos  ponjue  no  le 
querían  acoxer  en  parte  alguna,  por  lo  qual  su- 
ciMÜa  morir  por  allí  por  mala  prouision  de  ham- 
bn?  y  miseria  corridos  y  desconst»lado8.  Y  lo 
que  más  era  de  llorar,  que  puestos  en  la  níH^-e- 
sidad  los  padres,  huyan  dellos  los  hijos  con  la 
mayor  crueldad  del  mundo,  y  por  el  semejante 
huyan  dellos  b»s  padres  por  escapar  cada  qual 
con  la  vida.  Y  succilia  que  por  huyr  los  sacer- 
dotes el  peligro  de  la  pestclenci",  no  a\iia  quien 
confesasse  ni  adminístrasse  los  sacramentos, 
de  manera  que  toilos  morían  sin  ellos, y  en  el  en- 
tierro, o  quedauan  sin  st^poltura,  o  se  e<'hauan 
veynU^  j>ersonas  en  una.  Era,  en  suma,  la  mas 
trabajada  y  miserable  vida  y  infeliz  que  ninguna 
lengua  ni  pluma  pueile  escriuir  ni  encare\*er. 
Teniasse  por  conueniente  medio,  do  quiera  que 
los  honbres  estañan  exercitarsí»  en  cosas  de  ale- 
gría y  plazer,  en  huertas,  ríos,  fuentes,  flores- 
tas, xardines,  prados,  juegos,  l»ayles  y  todo  ge- 
nero de  regocijo:  huyendo  a  la  c»nitína  con  to- 
das $us  fui'rcas  de  ((ualijuiera  ocasión  que  los 


(•)  Ia  iniUcación  del  ano  que  parece  un  parónte^i^ 
está  en  el  códice  de  Gayangor*,  pero  f.dta  en  el  de  La 
Rumana. 


EL  CROTALON 


123 


padiosse  dar  tristeza  y  pesar.  Agora  quiero  te 
desir  vua  cossa  notable  que  en  esta  nuestra 
lindad  passó;  y  es  que  so  tomó  por  ocupación 
y  exer^¡9Ío  salutífero  y  muy  conueniento  para 
euitar  la  tristeza  y  ocasión  del  mal  hazcr  en 
todas  las  calles,  passos,  o  lo  que  los  antiguos 
llamaron  palestras  o  estadios,  y  porque  mejor 
me  entiendas  digo  que  se  hazian  en  todas  las 
calles  vnos  palenques  que  las  cerrauan  con  tu 
seto  de  madera  entretexida  arboleda  de  flores . 
rosas  y  yemas  muy  graciosas,  quedando  sola 
yna  pequefia  puerta  por  la  qual  al  principio  de 
la  calle  pudiesscn  entrar,  y  otra  puerta  al  ñii 
por  donde  pndiessen  salir,  y  allí  dentro  se  ba- 
zia  yn  entoldado  tálamo  (')  o  teatro  para  que  se 
seutassen  los  juezes,  y  en  cada  calle  auia  vn 
juego  particular  dentro  de  aquellos  palenques 
o  palestras.  £n  vna  calle  auia  lucba,  en  otra 
esgrima,  en  otra  dan^a  y  bayle;  en  otra  se  ju- 
gauan  virios,  saltar,  correr,  tirar  barra;  y  a  to- 
dos estos  juegos  y  exer9Í9Íos  bauia  ricas  joyas 
que  se  dnunn  al  que  mejor  se  exercitasse  por 
premio,  y  ansi  todos  aqui  venian  a  llouur  el  pa- 
lio, o  premio  ricamente  vestidos  i^)  o  disfra<;ados 
que  agradaban  (•)  mucboalos  miradores  y  ador- 
nauan  la  íiesta  y  regocijo.  En  vna  calle  estnuu 
hecbo  vn  palenque  de  mucho  más  rico,  hermoso 
y  apazible  aparato  que  en  todas  las  otras.  Es- 
taña hecbo  yn  seto  con  muchos  géneros  y  di- 
ferencias de  arboles,  flores  y  frutas,  naranjos, 
camuessos,  9Íruelas,  guindas,  claveles,  azuí-e- 
nas,  alelies,  rosas,  violetas,  marauillas  y  jazmi- 
nes, y  todas  las  frutas  colgauan  de  los  árboles 
que  juzgaras  ser  allí  naturalmente  nacidas  (*). 
Auia  a  vna  parte  del  palenque  vn  teatro  rica- 
mente entoldado,  y  en  él  auia  vn  estrado:  deba- 
jo de  vn  dosel  de  brocado  estauan  sentados 
Apolo  y  Orfeo  principes  de  la  música  de  bien 
contrahechos  disfrazes.  Tenia  el  vno  dellos  en 
la  mano  yna  bihuela,  que  dezian  auer  sido  aque- 
lla que  hubieron  los  insulanos  de  Losbos :  que 
yua  por  el  mar  haziendo  con  las  olas  muy  tris- 
te música  por  la  muerte  de  su  señor  Orplieo 
qnando  le  despedazaron  las  mujeres  griegas,  y 
cortada  la  cabera  juntamente  con  la  vihuela  la 
echaron  en  el  Negro  Ponto,  y  las  aguas  del  mar 
la  llenaron  hasta  Lesbos,  y  los  insulanos  la  pu- 
sieron en  Delphos  en  el  templo  de  Apolo,  y  de 
allí  la  tnixieron  los  desta  ciudad  para  esta  ties- 
ta y  desafío  (').  Ansi  dezian  estos  juezes  que  la 
darian  por  premio  y  galanlon  al  (jue  mejor  can- 

(*)  Falta  la  palabra  tálamo  en  el  c«>dice  de  La 
BoiDana. 

O  En  el  códice  de  La  Romana  ataviados. 

\^)  En  el  mismo  códice  agradaban, 

[^)  En  el  códice  de  Gayangos  dice  8<)lo  qne  acolga- 
han  de  los  ramos». 

(>)  En  la  Romana  <i<j  de  allí  la  trnxieron  los  de  esta 
ciudad  por  cosa  admirable,  y  la  daban  agora  al  que 
faese  trmnfoeo  en  esta  fiesta  y  desafio». 


tasse  y  tafíiessc  en  vna  vihuela,  por  ser  la  mas 
estimada  joya  que  en  el  mundo  entre  los  músi- 
cos se  podia  auer.  En  aquel  tiempo  estaña  en 
esta  nuestra  ciudad  vn  honbre  umy  ambi^io^o 
que  se  llamalm  Euangelista,  el  qual  avnque  era 
mancebo  de  edad  de  treynta  años  y  de  buena 
dispusivion  y  rostro,  pero  era  muy  mayor  la 
presunción  que  de  si  tenia  de  passar  en  todo  a 
todos.  Este  después  que  obo  andado  todos  los 
palenques  y  palestras,  y  que  en  ninguno  pudo 
auer  vitoria,  ni  en  lucha,  ni  esgrima,  ni  en  otro 
alguno  de  aquellos  exerficios,  acordó  de  se  ves- 
tir lo  mas  rico  que  pudo  ayudándose  de  ropas 
y  joyas  muy  preciadas  suyas  y  de  sus  amigos, 
y  cargando  de  collares  y  cadenas  su  cuello  y 
onbros,  y  de  muchos  y  muy  estimados  anillos 
sus  dedos,  y  procuró  auer  vna  vihuela  con  gran 
suma  de  dinero,  la  qual  lleuaua  las  clauijas  de 
oro,  y  todo  el  mástil  y  tapa  labrada  de  vn  tara- 
ce de  piedras  finas  de  inestimable  valor,  y  eran 
las  maderas  del  cedro  del  monte  Líbano,  y  del 
ébano  fino  de  la  ínsula  Meroe,  juntamente  con 
las  costillas  y  cercos.  Tenía  por  la  tapa  junto  a 
la  puente  y  lazo  pintados  del  mesnio  tarace  a 
Apolo  y  Orpheo  con  sus  vihuelas  en  las  manos 
de  muy  admirable  offícial  que  la  labró.  Era  la 
vihuela  de  tanto  valor  que  no  auia  precio  en  que 
se  pudiesse  estimar.  Este  como  entró  en  el  tea- 
tro, fue  de  todos  muy  mirado,  por  el  rico  aparato 
y  atauío  que  traya.  Estaua  todo  el  teatro  lleno 
de  tapetes  y  estancias  llenas  de  damas  y  caiia- 
lleros  que  auian  venido  a  ver  dit'fiíiir  aí|uella 
preciosa  joya  en  aquella  fiesta  posponiendo  su 
salud  y  su  vida.  Y  como  le  mandaron  los  juezes 
que  comencasc  a  tañer  esperando  del  que  llena- 
ría la  ventaja  al  mesmo  Apolo  que  resucitase. 
En  fin,  el  comenco  a  tiñer  de  tal  manera  c[ue 
a  juizio  razonable  que  no  fuese  piedra  pan?<;ería 
no  sal>er  tocar  las  cuerdas  mas  que  vn  asno! 
Y  cuando  vino  a  cantar  todos  se  mouieron  a 
escarnio  y  risa  visto  que  la  canción  era  muy  fría 
y  cantada  sin  algún  arte,  gracia,  y  donayre  de 
la  nuisica.  Pues  como  los  juezes  le  oyeron  can- 
tar y  tañer  tan  sin  arte  y  orden  es¡>erando  del 
el  extreuio  de  la  música,  hiriéndole  con  vn  palo 
y  con  mucho  baldón  fue  traydo  por  el  teatro 
diciendole  vn  pregonero  en  alta  voz  «írandos  vi- 
tuperios, y  fue  mandado  por  los  juezes  estar 
vilissimamente  sentado  en  el  suelo  con  mucha 
inominia  a  vista  de  toilos  hasta  que  fue  sen- 
tenciado el  juizio,  y  luego  entro  vn  mancebo  de 
razonable dispusieion  y  lídad,  natural  de  vna  pe- 
queña y  baja  aldea  desta  nuestra  ciudad,  pol)re, 
nial  vebtido  y  peor  atauíado  en  cabello  y  apues- 
to. Este  traya  en  la  mano  una  vihuela  grosera 
y  mal  dolada  de  pino  y  de  otro  palo  común,  sin 
polideza  ni  afeyte  alginio.  Tan  grosero  en  su 
representación  que  a  tcxios  los  que  estauan  en 
el  teatro  mouio  a  risa  y  escarnio  juzgando  que 


124 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


este  también  pagaria  con  Euangclista  su  atreui- 
miento  y  temeridad,  y  puesto  ante  los  juezes 
les  demandó  en  alta  yoz  le  oyessen,  y  después 
de  auer  oydo  a  aquellos  dos  tan  señalados  mú- 
sicos en  la  vihuela  Torres  Naniaez  y  Macotera, 
tan  nombrados  en  España  que  admirablemente 
auian  hei*ho  su  deuer  y  obligación,  mandaron 
los  juezes  que  tañese  este  pobre  varón,  que  di- 
xo  auer  por  nombre  Tespin.  El  qual  como  co- 
mento a  tañer  hazia  hablar  las  cuerdas  con  tan- 
ta cx^elen^ia  y  melodia  que  lleuaua  los  honbres 
bobos,  dormidos  tras  si ;  y  a  vna  buclta  de  con- 
sonancia los  dcspertaua  como  con  vna  vara. 
Tenia  de  yoz  vn  tenor  admirable,  el  qual  quan- 
do  comen90  a  cantar  no  auia  honbre  que  no  sa- 
liessc  de  si,  porque  era  la  voz  de  admirable 
fuerya,  magestad  y  dulzor.  Cantaba  en  vna  in- 
geniosa composición  de  metro  castellano  las  ba- 
tallas y  Vitoria  del  Rey  católico  femando  sobre 
el  Rey  no  y  ^iudad  de  Granada,  y  aquellos  razo- 
namientos y  aniso  que  pasó  con  aquel  antiguo 
moro  Auenamar,  descripción  de  Alixares,  alca- 
zar  y  meschita.  Los  juezes  dieron  por  Tespin  la 
sentencia  y  vitoria,  y  le  dieron  la  joya  del  pre- 
mio y  trihunfo,  y  luego  voluiendose  el  prego- 
nero á  Euangelista  que  cstaua  miserablemente 
mentado  en  tierra  le  dixo  en  alta  voz:  ves  a(}ui, 
o  souerbio  y  ambicioso  Euangelista  que  te  han 
aprouechado  tus  anillos,  vihuela  dorada  y  ricos 
atauios,  pues  por  causa  dellos  han  aduertido 
todos  los  miradores  mas  a  tu  temeridad,  locura, 
ambición  y  ne^fxiad,  quando  por  sola  la  apa- 
riencia de  tus  riquezas  pensaste  ganar  el  pre- 
mio, no  sabiendo  en  la  verdad  cantar  ni  tañer. 
Pues  mentiste  a  ti  y  a  todos  pensaste  engañar 
fterás  infame  para  siempre  jamas  por  extMupIo 
del  mentir,  llenando  el  premio  el  pobre  Tespin 
como  músico  de  verdad  sin  aparenyia  ni  fisión. 
Esto  te  he  contado,  Micilo,  porque  me  dixiste 
que  con  aparato  de  palabras  no  pensnsse  dezir- 
te  grandes  mentiras,  yo  digo  que  te  prometo 
de  no  ser  como  este  músico  Euangelista,  que 
quiso  ganar  el  premio  y  joya  con  solo  el  aparato 
y  apariencia  de  su  hermosura  y  riíjueza,  con  te- 
mor que  después  no  solamente  me  quites  el  co- 
mer que  me  prometes  por  galardón,  pero  avn  me 
des  de  palos,  y  avn  por  mas  te  asegurar  te  hago 
juramento  solemne  al  gran  poder  de  dios;  y, 

MiriLO. — Calla,  calla  gallo,  óyeme, — dime, 
y  no  me  prometiste  al  principio  que  hablarlas 
conmigo  en  toda  religión? 

Gallo.— Pues  en  qué  falto  de  la  promesa? 

Mh,iLO. — En  (jue  con  tanta  fuerza  y  behe- 
mcncia  juras  a  dios. 

Gallo. — Pues  no  puedo  jurar? 

MiriLO. — Vnos  clérigos  santos  que  andan 
en  esta  villa  nos  dizen  ({uc  no. 

Gallo. — Dex;it<^  desos  santones.  Opinión 
fue  de  vnoí>  herejes  llamados  Manicheos  conde- 


nada por  concilio,  que  dezian:  que  en  ninguna 
manera  era  liyito  jurar.  Pero  a  mi  parecemo 
qne  es  licito  imitar  a  Dios,  pues  el  juró  por  si 
mesmo  quando  quiso  luizer  yierta  la  promessa  a 
habraan.  Donde  dize  San  Pablo  qne  no  auia 
otro  mayor  por  quien  jnrasse  Dios,  que  lo  jura- 
ra como  juró  por  si,  y  en  la  sagrada  escríptura 
a  cada  passo  se  hallan  juramentos  de  profetas  y 
santos  que  juran  por  vida  de  Dios  (}),J  el  mes- 
mo San  Pablo  le  jura  con  toda  su  santidad,  que 
dixo  escriuiendo  a  los  Galatas:  si  por  la  gracia 
somos  hijos  de  dios,  luego  juro  a  dios  que  so- 
mos herederos.  Y.  hazia  bien,  porque  ninguno 
jura  sino  por  el  que  más  ama,  y  por  el  que  co- 
noce ser  mayor.  Ansi  dize  el  refrán:  quien  bien 
.le  jura,  bien  le  cree.  Pero  dexado  esto,  yo  te 
prometo  contar  cosas  verdaderas  y  de  admira- 
ción con  que  sobrellenando  el  trabajo  te  deley- 
te  y  de  plazer.  Pues  venido  al  principio  de  mi 
ser  tú  sabrás  que  como  te  he  dicho  yo  fue  aquel 
gran  fílosofo  Pythagoras  samio  hijo  de  Menc- 
sarra,  honbre  rico  y  de  gran  negocio  en  la  mer- 
caderia. 

Mi(;iL0. — Espera,  gallo,  que  ya  me  acuerdo, 
que  yo  he  oydo  dezir  dése  sabio  y  santo  filoso- 
fo, que  enseñó  muchas  buenas  cosas  a  los  de  su 
tiempo.  Agora,  pues,  dime,  gallo,  porque  via  de- 
xando  de  ser  aquel  fílosofo  veniste  a  ser  gallo, 
vn  aue  de  tan  poca  estima  y  valor? 

Gallo. — Primero  que  viniesse  a  ser  gallo 
fue  transformado  en  otras  diuersidades  de  ani- 
males y  gentes,  entre  las  quales  he  sido  rana, 
y  hombre  bajo  popular  y  Rey. 

MiriLO. —  V  qué  Rey  f ueste? 

Gallo. — Yo  fue  Sardanapalo  Rey  de  los 
Medos  mucho  antes  que  fuese  Pithag^ras. 

MiriLO. — Agora  me  parece,  gallo,  que  me 
comiencas  a  encantar,  o  por  mejor  dezir  a  en- 
gañar, por<iue  comiencas  por  vna  cosa  tan  re- 
pugnante y  tan  lejos  de  verisimilitud  para  po- 
derla creer.  Porque  según  yo  te  he  oydo  y  me 
acuerdo,  ese  filosofo  Pithagoras  fue  el  mas  vir- 
tuoso hombre  que  huno  en  su  tiempo.  El  qual 
por  aprender  los  secretos  de  la  tierra  y  del  cie- 
lo se  fue  a  Egipto  con  aquellos  sabios  que  alli 
auia  en  el  templo  que  entonces  dezian  Sacer- 
dotes de  Júpiter  Amon  que  vibian  en  las  Syr- 
tes,  y  de  alli  se  vino  a  visitar  los  magos  a  Jia- 
bilonia,  que  era  otro  genero  de  sabios,  y  al  fin 
se  voluio  a  la  ytalia,  donde  llegado  a  la  ciudad 
de  Crotón  hallo  que  reinaua  nuicho  alli  la  luxu- 
ria,  y  el  deleyte,  y  el  suntuoso  comer  y  l»eber, 
de  lo  qual  los  apartó  con  su  buena  doctrina  y 
exemplo.  Este  hizo  admirables  leyes  de  teni- 
jílanca,  modestia  y  castidad,  en  las  quales  man- 
dó que  ninguno  comiesse  carne,  por  apartarlos 
de  la  luxuria,  y  desta  manera  bastó  refrenarlos 

{*)  Así  en  Ja  Romana.  En  Gayangos  «vive  Dios». 


EL  CROTALON 


125 


de  los  v¡9¡08  y  también  mandaua  a  sus  dísoipii- 
los  que  por  yinco  años  no  hablassen,  porque 
cono9Ía  el  buen  sabio  quantos  males  vengan  en 
el  mundo  por  el  hablar  demassiado.  ¡  Quan  con- 
trariáis fueron  estas  dos  cosas  a  las  costumbres 
y  vida  de  Sardanapalo  Rey  de  los  Medos,  del 
qnml  he  oydo  cosas  tan  contrarias  que  me  ba- 
sen creer  que  finges  por  burlar  de  mi!  Porque 
he  oydo  dezir  que  fue  el  mayor  glotón  y  luxu- 
ríoso  que  hnuo  en  sus  tiempos,  tanto  que  seña- 
lana  premios  a  los  innentores  de  guisados  y  co- 
meres, y  a  los  que  de  nueuo  le  enseñasen  ma- 
neras de  luxuriar,  y  ansi  este  infeliz  su^io  man- 
do poner  en  su  sepoltura  estas  palabras:  aqui 
yaze  Sardanapalo,  Rey  de  Medos,  hijo  de  xVna- 
zindaro:  Come  honbre,  l»ebe  y  juega,  y  cono- 
ciendo que  eres  mortal  satisfaz  tu  animo  de 
los  delcytes  presentes,  porque  después  no  hay 
de  que  puedas  con  alegría  gozar.  Que  ansi  hizo 
yo,  y  solo  me  queda  que  comi  y  harté  este  mi 
apetito  de  luxnría  y  deleyte,  y  en  fin  todo  se 
queda  acá,  y  yo  resulto  conuertido  en  poluo! 
Mira  pues,  o  gallo,  qué  manifiesta  contrariedad 
ay  entre  estos  dos  por  donde  veo  yo  (jue  me  es- 
times en  poco  pues  tan  claramente  propones 
cosa  tan  lexos  de  verisimilitud.  O  parece  que 
descuydado  en  tu  fingir  manifiestos  lu  vanidad 
de  tu  ficion. 

Gallo. — O  quan  pertinaz  estás,  Mi^ilo,  en 
tu  mcrcdulidad,  ya  no  se  con  que  juramentos  6 
palabras  te  asegure  para  que  me  quieras  oyr. 
Qnanto  mas  te  admirarías  si  te  dixessc,  que 
fue  yo  también  en  vn  tiempo  aquel  Emperador 
Romano  Heliogabalo,  vn  tan  disoluto  glotón  y 
vicioso  en  su  comer. 

MiriLO. — O  valame  dios  si  verdad  es  loque 
me  contó  este  dia  passado  este  nuestro  vezino 
Demophon,  que  dixo  que  lo  hauia  leido  en  vn 
libro  que  dixo  llamarse  Selua  de  varia  len'on . 
Por  cierto  si  verdad  es,  y  no  lo  finiré  aíjuol  auc- 
tor,  argumento  me  es  muy  claro  de  lo  que  pre- 
sumo de  ti,  porque  en  el  vi^io  de  comer  y  beber 
y  luxuriar  excede  avn  a  Sardanapalo  sin  com- 
paración. 

Gallo. — De  pocas  cosas  te  comienzas  a  ad- 
mirar, ó  MÍ9ÍI0  y  de  cosas  fáciles  de  entender 
te  comienzas  a  alterar,  y  mueues  dubdas  y  ob- 
jeciones que  causan  repunancia  y  perplegidad 
en  tu  entendimiento.  Lo  qual  todo  na^e  de  la 
poca  esperíencia  que  tienes  de  las  cosas,  y  prin- 
cipalmente procede  en  ti  esa  tu  confusión  de 
no  ser  ocupado  hasta  aqui  en  la  especulación 
de  la  filosofia,  donde  se  aprende  y  sabe  la  na- 
turaleza de  las  cosas.  Donde  si  tú  te  hubieras 
exercitado  supieras  la  rayz  porque  aborrecí  el 
deleyte  y  luxuria  siendo  Pythagoras,  y  le  scjüjuí 
avn  con  tanto  estudio  siendo  Heliogabalo,  o 
Sardanapalo.  No  te  fatigues  agora  por  saber 
el  principio  de  naturaleza  por  donde  proceda 


esta  variedad  de  inclinación,  porque  ni  haze  a 
tu  proposito  ni  te  haze  menester,  ni  nos  deue- 
mos  agora  en  esto  ocupar.  Solamente  por  te 
dar  manera  de  sabor  y  gracia  en  el  trabajar  pre- 
tendo que  sepas  como  todo  lo  fue,  y  lo  que  en 
cada  estado  passé,  y  conocerás  como  de  sabios 
y  necios,  ricos,  pobres,  reyes  y  filósofos,  el  me- 
jor estado  y  mas  seguro  de  los  bayuenes  de  for- 
tuna tienes  tú,  y  que  entre  todos  los  hombres 
tú  eres  el  mas  feliz. 

MiriLO. — Que  yo  t«  parezco  el  mas  bien 
anenturado  honbre  de  los  que  has  visto,  o  gallo? 
Por  cierto  yo  pienso  que  burlas  pues  no  veo  en 
mi  porqué.  Pero  quiero  dexar  de  estorbar  el 
discurso  de  tu  admirable  narración  con  mis  per- 
plexos  argumentos,  y  bástame  gozar  del  deley- 
te que  espero  reyebir  de  tu  gracioso  cuento  para 
el  passo  de  mi  miserable  vida  sola  y  trabajada, 
que  si  como  tú  dizes,  otro  más  misero  y  traba- 
jado ay  que  yo  en  el  mundo  respecto  del  qual 
yo  me  puedo  dezir  bienauenturado,  yo  concluyo 
que  en  el  nmndo  no  ay  que  desear.  Agora  pues 
el  tiempo  se  nos  va,  comiencame  a  contar  desde 
que  fueste  Pythagoras  lo  que  passaste  en  cada 
estado  y  naturaleza,  porque  necesariamente  en 
tanta  diuersidad  de  formas  y  variedad  de  tiem- 
pos te  deuyeron  de  acontecer,  y  visto  cosas  y 
cuentos  dignos  de  oyr.  Agora  dexadas  otras 
cosas  muchas  aparte  yo  te  mego  que  me  digas 
como  te  sucíhIío  la  muerte  siendo  Heliogabalo, 
y  en  qué  estiwlo  y  forma  sucediste  después,  y 
de  ay  me  contarás  tu  vida  hasta  la  que  agora 
possees  de  gallo  que  lo  deseo  en  particular  oyr. 

(tallo. — Tú  sabrás,  cómo  ya  dizes  que  oys- 
te  a  Demophon,  que  como  yo  fuesse  tan  vicioso 
y  de  tan  luxuriosa  inclinación,  siguió  la  muerte 
al  mi  muy  más  continuo  vso  de  viuir.  Porque 
de  todos  fue  aborrecido  por  mi  sucio  comer  y 
luxuriar,  y  ansi  vn  dia  acabando  en  todo  deley- 
te de  comer  y  beber  espléndidamente,  me  retray 
a  vna  privada  a  purgar  mi  vientre  que  con  gran- 
de instancia  me  aquexó  la  gran  repleción  de 
y  ríe  a  bayiar.  En  el  qual  lugar  entraron  dos 
mis  mas  pribados  familiares,  y  por  estar  ya  en- 
hastiados de  mis  vicios  y  vida  sucia,  con  mano 
armada  me  comencaron  a  herir  hasta  que  me 
mataron,  y  después  avn  se  me  Inivo  de  dar  mi 
conueniente  sepoltura  por  cumplido  galardón, 
que  me  echaron  el  cuerpo  en  aquella  privada 
donde  estuve  abscondido  mucho  tiempo  que  no 
me  hallaron,  hasta  que  fue  a  salir  al  Tibre  en- 
tre las  inmundicias  y  suciedades  que  uienen  por 
el  común  conducto  de  la  ciudad.  Y  ansi  sabrás, 
que  dexando  mi  cuerpo  caydo  alli,  salida  mí 
ánima  se  fue  a  laucar  en  el  vientre  de  una 
fiera  y  muy  valiente  puerca  que  en  los  monti  s 
de  Annenia  estaña  preñada  de  seys  lecliones, 
y  yo  vine  a  salir  en  el  primero  que  parió. 

MiriLO. — O  valame  Dios;  yo  sueño  lo  que 


i2r> 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


oyó.'  Qiuí  (lo  lioiibrc  venist<í  a  ser  puei-co,  tan 
suvio  y  üiii  bnito  animal?  No  piioclo  disimular 
admiración  quando  veo  quu  tiene  naturaleza 
formadas  criaturas  como  tú  que  en  esperiencia 
y  coiKx^i miento  llena  ventaja  a  mi  inhabilidad 
tan  sin  comparación.  Ya  me  voy  deseugafian- 
do  de  mi  ceguedad,  y  voy  conociendo  de  tu  mu- 
cho saber  lo  poco  que  soy.  Y  ansi  de  oy  más 
me  quiero  someter  a  tu  disciplina,  como  veo  que 
tiene  tanta  muestra  de  deidad. 

ÍÍALLO. — Y  este  tienes,  Mi(;ilo,  por  caso  de 
admiración?  Pues  menos  }>odrias  creer  que  aura 
alguno  que  juntamente  sea  honbrc  y  puerco,  y 
avn  phi^uicsse  a  dios  no  fuessc  peor  y  mas  vil. 
Que  avn  la  naturaleza  del  puerco  no  es  la  peor. 

Mic.iLo. — Pues  cómo  y  puede  auer  algún 
animal  mas  torpe  y  sucio  que  el.^ 

írALLO.— Pregúntaselo  a  Grilo,  noble  varón 
griego,  4»!  qual  boluieudo  de  la  guerra  de  Troya 
passando  por  la  ysla  de  Candia  le  conu<Ttio  la 
maga  Cyrces  en  puerco,  y  después  por  ruego 
de  Ulixcs  le  quisiera  boluer  honbre,  y  tanta  j 
ventaja  hallo  Grilo  en  la  naturaleza  de  puerco, 
y  tanta  mejora  y  bondad  que  escogió  queilarse 
ansi,  y  menospreció  boluerse  a  su  natural  pa- 
tria. 

Mk.ilo. — Por  cierto  cosas  me  cuentas  que 
avn  a  los  hombres  de  mucha  esperieucia  cau- 
sassen  admiración,  quauti>  más  a  vn  pobre  ca- 
patero  como  yo. 

(ÜALLo. — Pues  porque  no  me  tengas  por 
mentiros*»,  y  que  quiero  ganar  opinión  contigo 
contándote  fábulas,  sabrás  que  esta  hi>toria 
auctorizó  Plutarco  el  historiador  griego  de  más 
auctoridad. 

Mn.iLü. — Pues,  valame  dií)S,  que  bondad 
halló  esc  Grilo  en  la  naturaleza  de  puerco,  por 
la  ({ual  a  nuestra  naturaleza  de  hombre  la  pre- 
firiu.' 

(¡ALLo. — La  que  yo  hallé. 

Mi»;  I  LO. — Eso  deseo  mucho  saber  de  ti. 

Gallo. —  A  lo  menos  vna  cosa  trabajaré 
mostrarte  como  aquel  que  de  ambas  naturale- 
zas por  esperieucia  sabrá  dezir.  Que  comparada 
la  vida  y  inclinación  de  muchos  hombres  al  co- 
mún viuir  de  vu  puerco,  es  mas  perfeto  con 
gran  ventaja  en  su  natural.  Princi]»almente 
quando  d<.'  vicios  tiene  el  hombre  ocupada  la 
razón.  V  agora  pues  es  venido  el  dia  abre  la 
tienda  y  yo  me  passcaré  con  mis  gallinas  por 
la  casa  y  corral  en  el  entretanto  que  nos  apa- 
rejas, el  manjar  que  emos  de  comer.  Y  en  el 
cantu  <¿ne  se  sigue  verás  claramente  la  prueba 
de  mi  i:itincion. 

Mn;iL0. — Sea  ansi. 

Fin  dd  primer  canto  del  gallo. 


ARGUMENTO 

DEL  SEGUNDO  CANTO  DEL  GALLO 

Ln  el  sojeundo  ranto  qao  m»  «uguo,  el  aarfor  imita  .1  Plul.irro  ru 
vn  <lialügi>  que  hizo  ontrt'  l'lixi'o  y  vu  griego  Uamadu  Gñlu: 
«•i  c|aal  aula  Cyi-^es  conuerlido  eu  puerro.  Kn  e*<to  el  auctor 
qnií'iv  dar  a  entender, que  qiiaiidu  los  iMiiubresesl.in  ciii'ena- 
f!.iilos  en  lo«  vi^-ios  y  ¡irín^iialmeiitc  delaranicMtn  muv  {leo- 
re>i  que  l>rulii«,  y  avn  ay  murlias  li<>ra«  que  «in  rouipara^ion 
los  exceden  en  el  Tfo  de  la  viituil. 

Gallo. — Ya  parece,  Micilo,  que  es  hora  con- 
ueniente  para  comencar  a  vibir,  dando  gracias 
a  dios  que  ha  tenido  por  bien  de  passar  la  no- 
che sin  nuestro  peligro,  y  traernos  al  dia  para 
que  con  nuestra  buena  industria  nos  podamos 
tfjdos  mantener. 

^IiriLO. — Bendito  sea  dios  que  ansi  lo  ha 
permitido.  Pero  dime,  gallo,  es  esta  tu  primera 
canción*  Porque  holgaria  de  dormir  vn  poco 
más  hasta  que  cantes  segunda  vez. 

Gallo. — Note  engañes, Micilo,  que  ya  canté 
a  la  media  no<;he  como  ax^ostumbramoB,  y  como 
estañas  sepultado  en  la  profundidad  y  dulcura 
del  primer  sueño,  no  te  bastaron  despertar  mis 
bozes,  puesto  caso  que  trabajé  por  cantar  lo 
mas  templado  y  bien  comedido  que  pude  por  no 
te  desordenar  en  tu  suave  dormir.  Por  la  for- 
taleza dest^  primer  sueño  creo  yo  que  llamaron 
los  antiguos  al  dormir  ynnigen  de  la  muerte,  y 
por  su  dulcura  le  dixeron  los  poetas,  apazible 
holganza  de  los  dioses.  Agora  ya  será  casi  el 
dia,  que  no  ay  dos  horas  de  la  juche  por  pas- 
sar, despierta  que  yo  quiero  prosseguir  en  mi 
obligación. 

Mi  r  I  LO. — Pues  dizes  ser  essa  hora  yt)  me 
quiero  leuantar  al  trabajo,  porque  proueycudo 
a  nuestro  reuiedio  v  hambre,  ovrte  me  sera  so- 
laz.  Agora  di  tu. 

Gallo. — En  el  canto  passado  quedé  de  te 
mostrar  la  bondad  y  sosiego  de  la  vida  de  las 
ñeras,  y  avn  la  ventaja  que  en  su  natural  htizen 
a  los  hombres.  Esto  mostmré  ser  verdad  en 
tanta  manera  que  podria  ser,  que  si  alguna  de- 
llas  diessen  libertad  de  quedar  en  su  ser,  o  ve- 
nir a  ser  hombre  como  vos,  escogería  quedar 
ñera,  puerco,  IoIk)  o  león  antes  que  venir  a  ser 
hombre,  por  ser  entre  todos  los  animales  la  es- 
pecie mas  trabajaíla  y  infeliz.  Mostrart<'!  he  el 
orden  y  concierto  de  su  vibir,  tanto  que  te  con- 
uencas  afirmar  ser  en  ellas  verdadero  vso  de 
razón,  por  lo  qual  las  fieras  sean  dignas  de  ser 
en  mas  tenidas,  elegidas  y  estimadas  que  los 
hombres. 

Mk.ilü. — Parece,  gallo,  que  con  tu  el<Mjuen- 
cia  y  manera  de  dezir  me  quieres  encantar,  pues 
te  profieres  a  mo  mostrar  vna  cosa  tan  lexos  de 
verdadera  y  natural  razón.  Temo  me  que  en 
eso  te  atreues  a  mi  presumiendo  que  fácilmente 
como  a  pobre  capatero  qualquiera  cosa  me  po- 
dras persuadir.  Agora  j>ues  desengáñate  de  ojr 


EL  CROTALON 


127 


mas  que  confiado  de  mi  naturaleza  yo  me  pro- 
fiero a  te  lo  defender.  Ui,  que  me  plazeni  mu- 
cho oyr  tus  sophisticos  argumentos. 

Gallo. — Por  ^ierto  yo  espero  que  no  te  pa- 
rezcan sophisticos,  sino  muy  en  demo8tra(;>ion. 
Principalmente  que  no  me  podras  negar  que  yo 
mejor  que  quantos  ay  en  el  mundo  lo  sabré 
mostrar,  pues  de  ambas  naturalezas  de  fiera  y 
hombre  tengo  hecha  espcriencia.  Pues  agora 
pareceme  a  mi  que  el  principio  de  mi  prueba  se 
deue  tomar  de  lus  virtudes,  justicia,  fortaleza, 
prudencia,  continencia  y  castidad,  de  las  quales 
vista  la  perfecion  con  que  las  vsan  y  tratan  las 
fieras  conocerás  claramente  no  ser  manera  de 
dezir  lo  que  he  propuesto,  mas  que  es  muy  aue- 
rignada  verdad.  Y  quanto  a  lo  primero  quiero 
que  mo  digas;  si  huviesse  dos  tierras,  la  vna  de 
las  quales  sin  ser  arada,  cabada  ni  sembrada, 
ui  labrada,  por  sola  su  bondad  y  generosidad  de 
buena  naturaleza  lleuasse  todas  las  frutas,  ño- 
res y  miesses  muy  en  abundancia?  Dime,  no 
loarías  más  a  esta  tal  tierra,  y  la  estimarias  y 
antepornias  a  otra,  la  qual  por  ser  montuosa  y 
para  solo  pasto  de  cabras  avn  siendo  arada, 
muy  rompida,  cabada  y  labrada  con  dificultad 
diesse  fruto  poco  y  miserable? 

Mi  VILO. — Por  cierto  avnque  toda  tierra  que 
da  fruto  avnque  trabajadamente  es  de  estimar, 
de  mucho  mas  valor  es  aquella  que  sin  ser  cul- 
tivada, o  aquella  que  con  menos  trabajo  nos 
comunica  su  fruto. 

Ctallo. — Pues  de  aqui  se  puede  sacar  y  co- 
legir como  de  sentencia  de  prudente  y  cuerdo, 
que  ay  cosas  que  se  han  de  loar  y  aprobar  por 
ser  buenas,  y  otras  por  muy  mejores  se  han  de 
abracar,  amar  y  elegir.  Pues  ansi  de  esta  ma- 
nera verdaderamente  y  con  necesidad  me  con- 
cederás que  avnque  el  ánima  del  homl)re  sea  de 
^ran  valor,  el  ánima  de  la  fiera  es  mucho  más; 
pues  sin  ser  rompida,  labrada,  arada  ni  cabada; 
quiero  dezir,  sin  ser  enseñada  en  otras  escue- 
las ni  maestros  que  de  su  mesma  naturaleza  es 
mas  abil,  presta  y  aparejada  a  producir  en  abun- 
dancia el  fruto  de  la  virtud. 

Mic;iLO. — Pues  dime  agora  tú,  gallo,  de  qual 
virtud  se  pudo  nunca  adornar  el  alma  del  bru- 
to, porque  pareze  que  contradize  a  la  naturale- 
za de  la  misma  virtud? 

Gallo. — Y  eso  me  preguntas?  Pues  yo  te 
probare  que  la  vsan  mejor  que  el  más  sabio  va- 
ron.  Porque  lo  veas  vengamos  priuicro  a  la  vir- 
tud de  fortaleza  de  la  qual  vosotros,  y  princi- 
palmente los  españoles  entin;  todas  las  nacio- 
nes, os  gloriáis  y  honrraís.  Quan  víanos  y  por 
qnan  gloriosos  os  tenéis  quando  os  oys  nom- 
brar atreuidoe  saqueadores  de  ciudades,  viola- 
dores de  tem[)los,  destruidores  de  hermosos  y 
sumptuosos  edificios,  disipadores  y  abrasadores 
de  fértiles  campos  y  miesses?  Con  los  quales 


exorcicios  de  engaños  y  cautelas  aueis  adquiri- 
do falso  titulo  y  renombre  entre  los  de  vuestro 
tiempo  de  aninkosos  y  esforcados,  y  con  seme- 
jantes obras  os  aueis  usurpado  el  nombre  de 
virtud.  Pero  no  son  ansi  las  contiendas  de  las 
fieras,  porque  si  han  de  pelear  entre  si  o  con 
vosotros,  muy  sin  engaños  y  cautelas  lo  hazcn, 
abierta  y  claramente  las  verás  pelear  con  sola 
confíanca  de  su  esfuerco.  Principalmente  por- 
que sus  batallas  no  están  subjetas  a  leyes  que 
obliguen  a  pena  al  que  desamparare  el  campo 
en  la  pelea.  Pero  como  por  sola  su  natura- 
leza temen  ser  vencidos  trabajan  quanto  pueden 
hasta  vencer  a  su  enemigo  avn  que  no  obligan 
el  cuerpo  ni  sus  ánimos  a  subjecion  ni  vasalla- 
je siendo  vencidas.  Y  ansi  la- vencida  siendo 
herida  cay  da  en  el  suelo  es  tan  grande  su  es- 
fuerco que  recoxe  el  animo  en  vna  [>equeña  par- 
te de  su  cuerpo  y  hasta  que  es  del  todo  muerta 
resiste  a  su  matador.  No  hay  entre  ellas  los 
ruegos  que  le  otorgue  la  vida;  no  suplicaciones 
lagrimas  ni  peticiones  de  misericordia;  ni  el 
rendirse  al  vencedor  confesándole  la  vitoria, 
como  vosotros  hazeis  quando  os  tiene  el  enemi- 
go a  sus  pies  amenacandoos  degollar.  Nunca 
tú  viste  que  vn  león  vencido  sirua  a  otro  león 
vencedor,  ni  vn  cauallo  a  otro,  ni  entre  ellos  ay 
temor  de  quedar  con  renombre  de  cobardes. 
Qualesquiera  fieras  que  por  engaños  o  cautelas 
fueron  alguna  vez  presas  en  lazos  por  los  caca- 
dores,  si  de  edad  razonable  son,  antes  se  dcxu- 
rán  de  hambre  y  de  sed  morir  que  ser  otra  vez 
presas  y  captiuas  si  en  algún  tiempo  pudieran 
gozar  de  la  libertad.   ^Vunque  algunas  vezcs 
aconte<;e  que  siendo  algunas  presas  siendo  pe- 
queñas se  vienen  a  amansar  con  regalos  y  apa- 
cibles tratamientos,  y  ansi  aconte^-e  dárseles  por 
largos  ti(*mpo8  en  seruidumbre  a  los  hombres. 
Pero  si  son  presas  en  su  vejez  o  edad  razona- 
ble antes  morirán  (jue  sub jetárseles.  De  lo  qual 
todo  claramente  se  muestra  ser  las  fieras  natu- 
ralmente nacidas  para  ser  fuertes  y  vsar  de  for- 
taleza, y  que  los  hombres  vsan  contra  verdad 
do  titulo  de  fuertes  que  ellos  tienen  usurpado 
diziendo  que  les  venga  de  su  naturaleza,  y  avn 
esto  faí;ilniente  se  verá  si  consideramos  vn  prin- 
cipio de  philosophia  <|ue  es  vniuersalmente  ver- 
dadero; y  es,  que  lo  que  conuicne  por  naturah»- 
za  a  vna  especie  conuiene  a  todos  los  indiuiduos 
y  particulares  igual  y  indifcrenttímeute.  Como 
acontece  que  conuiene  a  los  hombres  por  su  na- 
turaleza la  risa,  por  la  qual  a  qualquiera  honbre 
en  particular  conuiene  reyrse.  Dime  agora,  Mi- 
Cilo,  antes  que  passe  adelante,  si  ay  aqui  alguna 
cosa  que  me  puíKlas  negar? 

Mi<;iLO. — No  porque  veo  por  espcriencia 
que  no  a  y  honbre  en  el  mundo  que  no  se  rya 
y  pueda  reyr;  y  solo  el  honbre  propiamente  se 
rye.  Pero  yo  no  sé  a  que  proposito  lo  dizts. 


128 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Gallo. —  Digolo  porque  pues  esto  es  verdad 
y  remos  que  igualmente  en  las  ñeras  en  forta- 
leza y  esfueryo  no  diffíeren  machos  y  hembras, 
pues  igualmente  son  fuertes  para  se  defender 
de  sus  enemigos,  y  para  sufrir  los  trabajos  ne- 
cesarios por  defender  sus  hijos,  o  por  vuscar 
su  mantenimiento,  que  claramente  parece  con- 
uenirlcs  de  su  naturaleza.  Porque  ansi  hallarás 
de  la  hembra  tigre,  que  si  a  caso  fue  a  vuscar 
de  comer  para  sus  hijos  que  los  tenia  pequeños 
y  en  el  entretanto  que  se  ausentó  de  la  cueua 
vinieron  los  cazadores  y  se  los  llenaron;  diez  y 
doze  leguas  sigue  a  su  robador  y  hnllado  haze 
con  él  tan  cruda  guerra  que  veynte  honbres  no 
se  le  igualaran  en  esfueryo.  Ni  tampoco  para 
esto  aguardan  favorecerse  de  sus  maridos,  ni 
oon  lagrimas  se  les  quexan  contándoles  su  cuy- 
ta  como  hazen  vuestras  hembras.  Ya  creo  que 
habrás  oydo  de  la  puerca  de  Calidonia  quantos 
trabajos  y  fatigas  dio  al  fuerte  Theseo  con  sus 
fuertes  peleas.  Que  diré  de  aquel  sphinge  de 
Pheniyia  y  de  la  raposa  telmcsia?  Que  de  aque- 
lla famosa  serpiente  que  con  tanto  esfueryo  pe- 
leó con  Apolo?  También  creo  que  tú  abrás  vis- 
to umchas  leonas  y  osas  mucho  mas  fuertes  que 
los  machos  en  su  naturaleza.  Y  no  se  han  como 
vuestras  mugercs  las  quales  quando  vosotros 
estáis  en  lo  mas  peligroso  de  la  guerra  están 
ellas  uuiy  descuidadas  de  vuestro  peligro  sen- 
tadas al  fuego,  o  en  el  regalo  de  sus  camas  y 
deley tes.  Como  aquella  Reyna  Clithenestra,  que 
mientra  su  marido  Agamenón  estaua  en  la  gue- 
rra de  troya  gozaua  ella  de  los  bessos  y  abra- 
yos  de  su  adultero  Egisto.  De  manera  que  de 
lo  que  tengo  dicho  pareyeme  no  ser  verdad,  no 
ser  natural  la  fortaleza  a  los  hombres,  ponjue 
si  ansi  fuesse  igualmente  conuernia  el  esfueryo 
a  las  henbras  de  vuestra  espeyie,  y  se  hallaría 
tomo  en  los  machos  como  aconteye  en  las  fie- 
ras. Ansi  que  podemos  dezir,  que  los  honbres 
no  de  su  voluntad,  mas  foryados  de  vuestras 
leyes  y  de  vuestros  principes  y  mayores  veuis 
a  exeroitaros  en  esfueryo,  porque  no  osáis  yr 
Contra  su  mandado  temiendo  grandes  penas. 
Y  estando  los  honbres  en  el  peligro  más  fra- 
goso del  mar,  el  que  primero  en  la  tenpestad 
se  uiueue  no  es  para  tomar  el  mas  pesado  re- 
mo y  trabajar  doblado;  pero  cada  i(ual  prot?iira 
yr  primero  por  escoger  el  mas  ligero  y  dexar 
para  los  de  la  postre  la  mayor  carga,  y  avn  del 
todo  la  rousarian  sino  fuesse por  miedo  del  cas- 
ti^f»),  o  peligro  en  que  se  ven.  Y  ansi  este  tal 
no  so  puede  dezir  esforyado,  ni  este  se  puede 
gloriar  ser  doctado  desta  virtud,  porque  aquel 
que  se  defiende  de  su  enemigo  con  mietlo  de 
reyobir  la  muerte  este  tal  no  se  deue  dezir  mag- 
nánimo ni  esforyado  pero  cobarde  y  temeroso. 
Desta  manera  aeontt»ye  en  vosotros  llamar  for- 
taleza lo  (^ue  bien  mirado  con  prudencia  es  ver- 


dadera cobardia.  Y  si  vosotros  os  halláis  ser 
mas  esforpados  que  las  fieras,  por  qué  vuestros 
poetas  y  historiadores  quando  escriuen  y  de- 
cantan vuestras  hazañas  y  hechos  en  la  guerra 
08  comparan  con  los  leones,  tigres  y  onzas,  y 
por  gran  cosa  dizen  que  igualas  tes  en  esfuer- 
yo con  ellos?  Y  por  el  contrario  nunca  en  las 
batallas  de  las  fieras  fueran  en  su  ánimo  cora- 
paradas  con  algún  hombre.  Pero  ansí  como 
aconteye  que  comparamos  los  ligeros  con  los 
vientos,  y  a  los  hermosos  con  los  angeles,  que- 
riendo hazer  semejantes  los  nuestros  con  las 
cosas  que  exceden  sin  alguna  medida  ni  Usa: 
ansi  pareye  que  desta  manera  comparais  los 
honbres  en  vuestras  historias  en  fortaleza  con 
las  fieras  como  a  cosas  que  exceden  sin  com- 
parayion.  Y  la  causa  desto  es,  porque  como  la. 
fortaleza  sea  vna  virtud  que  consista  en  el 
buen  gouierno  de  las  passiones  y  ímpetus  del 
animo,  el  qual  más  sincero  y  perfecto  se  halla 
en  las  peleas  que  entre  si  tienen  las  fieras. 
Porc|ue  los  hombres  turbada  la  razón  con  la  yra 
y  la  soberuía  los  ciega  y  desbarata  tanto'  la 
colera  que  ninguna  cosa  hazen  con  libertad  que 
merezca  nombre  de  virtud.  Avn  con  todo  esto 
quiero  dezir  que  no  tenéis  porqué  os  quexar  do 
natiiraleza  porque  no  os  diese  vfias,  colmillos, 
conchas  y  otras  armas  naturales  que  dio  a  las 
fieras  para  su  defensa,  pues  que  vn  entendi- 
miento de  que  os  an^ó  para  defenderos  de  vues- 
tros enemigos  le  enbotais  y  entorpecéis  por 
vuestra  culpa  y  neglígenyia. 

MiviLO. — O  gallo,  quan  admirable  maestro 
me  has  sido  oy  de  Éetorica,  pues  con  tanta 
abundanyia  de  palabras  has  persuadido  tu  pro- 
posito avn  en  cosa  tan  seca  y  estéril.  Foryado 
me  has  a  creer  que  hayas  sido  en  algún  tiempo 
vno  de  los  famosos  philosophos  (pie  obo  en  las 
escuelas  de  athenas. 

Gallo. — Pues  mira,  Micilo,  que  por  pensar 
yo  que  (juerias  redarguirme  lo  que  tengo  dicho 
con  algunos  argumentos,  o  con  algún  genero 
de  contradiyion  no  pasaua  adelante  en  un*  de- 
zir. Y  ya  que  veo  que  te  vas  conuenciendo  quie- 
ro que  pasemos  a  otra  virtud,  y  luego  quiero 
que  tratemos  de  la  castidad.  En  la  qual  te  mos- 
traré que  las  fieras  exyeden  a  los  houíbres  sin 
alguna  comparación.  Mucho  se  preyian  vues- 
tras nuigeres  tener  de  su  parte  por  exemplo  de 
castidad  vna  Penelope,  vna  Lucreyia  Poryia, 
Doña  María  de  Toledo,  y  doña  Ysabel  Reyna 
de  Castilla;  porque  dezis  qu»»  estas  menospro- 
yiauan  sus  vidas  por  no  violar  la  virtud  de  su 
castidad.  Pues  yo  te  mostraré  muchas  fieras 
castas  mil  vezes  mas  qu{'  todas  esas  vuestras, 
y  no  (juiero  que  comencemos  por  la  castidad  de 
la  corneja,  ni  Crotón,  admirables  fieras  en  este 
caso,  que  después  de  sus  marid(»s  muertos  guar- 
dan la  viudez  no  qual({u¡era  tiempo,  pero  nue- 


EL  CROTALON 


129 


ue  hedadcs  de  hombres  sin  ofeuder  su  castidad. 
Por  lo  qual  necesariamente  me  deues  con^-eder 
ser  estas  fieras  nueue  vezes  mas  castas  que  las 
Tuestras  mugeres  que  por  exemplo  tenéis.  Pero 
porque  tienes  entendido  de  mi,  MÍ9ÍI0,  que  soy 
retorico,  quiero  que  procedamos  en  el  discurso 
desta  virtud  según  las  leyes  de  Retorica,  por- 
que por  ellas  espero  vencerte  con  mas  facilidad, 
Y  ansi  primero  veamos  la  difínÍ9Íon  desta  vir- 
tud continencia,  y  después  defenderemos  a  sus 
inferiores  especies.  Suelen  dezir  los  philoso- 
phos,  que  la  virtud  de  continencia  es  vna  buena 
y  cierta  dispusiciou  y  regla  de  los  deleytes,  por 
la  qual  se  desechan  y  huyen  los  malos,  vedados 
y  superfinos  y  se  faborecen  y  allegan  los  nece- 
sarios y  naturales  en  sus  conuenientes  tiempos. 
Quanto  a  lo  primero  vosotros  los  hombres  todos 
los  sentidos  corporales  corrompéis  y  deprabais 
con  vuestros  malos  vsos  y  costumbres  y  incli- 
naciones, enderecandolos  sienpre  a  vuestro  vi- 
cioso deleyte  y  luxuria.  Con  los  ojos  todas  las 
cosas  que  veis  enderecais  para  vuestra  lacinia 
y  cobdicift.  lo  qual  nosotras  las  fieras  no  haze- 
raos  ansi.  Porque  quando  yo  era  hombre  me 
holgana  y  regocijaua  con  gran  deleyte  viendo 
el  oro,  joyas  y  piedras  preciosas,  a  tanto  que 
me  andíma  bobo  y  desbanecido  vn  dia  tras  vn 
Rey  o  principe  si  anduuiesse  vestido  y  adorna- 
do de  jaezes  y  atauios  de  seda,  oro,  purpura  y 
hermosos  colores.  Pero  agora,  como  lo  hacen  las 
otras  fieras,  no  estimo  yo  en  más  todo  eso  que  al 
Iodo  y  a  otras  comunes  piedras  que  ay  por  las 
pedregosas  y  ásperas  sy  erras  y  montañas.  Y  ansi 
qnando  yo  era  puerco  estimana  mucho  más  sin 
comparación  hallar  algún  blando  y  húmido  cie- 
no, o  picina  en  que  me  refrescasse  rebolcando- 
me.  Pues  si  venimos  al  sentido  del  oler,  si 
consideramos  aquellos  olores  suaues  de  gomas, 
especias  y  pastillas  de  que  andáis  siempre  olien- 
do, regalando  y  afeminando  vuestras  personas. 
En  tanta  manera  que  ningún  varón  de  vosotros 
viene  a  gozar  de  su  propia  muger  si  primero  no 
se  vnta  con  vnciones  delicadas  y  odoríferas,  con 
las  qnales  procuráis  incitar  y  despertar  en  vos- 
otros a  venus.  Y  esto  todo  avn  seria  sufridero 
en  vuestras  hembras  por  daros  deleyte  usar  de 
aquellos  olores  laboratorios,  afeytes  y  vn  turas; 
pero  lo  que  peor  es  que  lo  vsais  vosotros  los 
varones  para  incitaros  a  luxuria.  Pero  nos- 
otras las  fieras  no  lo  vsamos  ansi,  sino  el  lobo 
con  la  loba,  y  el  león  con  la  leona,  y  ansi  todos 
los  machos  con  sus  hembras  en  su  genero  y  es- 
pecie gozan  de  sus  abracos  y  acessos  solamente 
con  loe  olores  naturales  y  proprios  que  a  sus 
cuerpos  dio  su  naturaleza  sin  admistion  de  otro 
alguno  de  fuera.  Quando  mas  ay,  y  con  que 
ellas  mas  se  deleytan  es  al  olor  que  producen 
de  si  los  olorosos  prados  quando  en  el  tiempo 
de  su  brama,  que  es  quando  vsan  sus  bodas, 
obIqenks  de  la  novela.— 9 


están  verdes  y  floridos  y  hermosos.  Y  ansi  nin- 
guna hembra  de  las  nuestras  tiene  necesidad 
para  sus  ayuntamientos  de  afeytes  ni  vnturas 
para  engañar  y  traer  al  macho  de  su  especie. 
Ni  los  machos  tienen  necesidad  de  las  persua- 
dir con  palabras,  requiebros,  cautelas  ni  ofreci- 
mientos. Pero  todos  ellos  en  su  propio  tiempo 
sin  engaños  ni  intereses  hazen  sus  ayuntamien- 
tos atsaydos  por  naturaleza  con  las  dispusicio- 
nes  y  concurso  del  tiempo,  como  los  quales  son 
incitados  y  llamados  a  aquello.  Y  ansi  este 
tiempo  siendo  passado,  y  hechas  sus  preñezes, 
todos  se  aseguran  y  mortiguan  en  su  incentiuo 
deleyte,  y  hasta  la  buelta  de  aquel  mesmo  tiem- 
po ninguna  hembra  cobdicia  ni  consiente  al  ma- 
cho, ni  el  macho  la  acomete.  Ningún  otro  inte- 
rese se  pretende  en  las  fieras  sino  el  engendrar 
y  todo  lo  guiamos  y  ordenamos  como  nuestra 
naturaleza  lo  dispone.  Y  añade  4  esto  que  en- 
tre las  fieras  en  ningún  tiempo  se  cobdicia  ni 
solicita'  ni  acomete  hembra  a  hembra,  ni  macho 
con  macho  en  acesso  carnal.  Pero  vosotros  los 
hombres  no  ansi,  porque  no  os  perdonáis  vnos 
a  otros;  pero  muger  con  muger,  y  hombre  con 
hombre  contra  las  leyes  de  vuestra  naturaleza, 
os  juntáis,  y  en  vuestros  carnales  acessos  os  to- 
man vuestros  juezes  cada  dia.  Ni  por  esto  te- 
méis la  pena,  quanto  quiera  que  sea  cruel,  por 
satisfazer  y  cumplir  nuestro  deleyte  y  luxuria. 
En  tanta  manera  es  esto  aborrecido  de  las  fíe- 
ras,  que  si  vn  gallo  cometiese  acesso  con  otro 
gallo,  avn  que  le  faltasse  gaUina,  con  los  picos 
y  vñas  le  hariamos  en  breue  pedacos.  Parece, 
micilo,  que  te  bas  conuenciendo  y  haciéndote 
de  mi  sentencia,  pues  tanto  callas  sin  me  con- 
tradezir. 

Mi VI LO. — Es  tan  efficaz,  gallo,  tu  persua- 
sión, que  como  vna  cadena  me  llevas  tras  ti  sin 
poder  resistir. 

Gallo. — Dexemos  de  contar  quantos  varo- 
nes han  tenido  sus  ayuntamientos  con  cabras, 
ouejas  y  perras;  y  las  mugeres  que  han  effec- 
tnado  su  lexuria  con  gimios,  asnos,  cabrones  y 
perros :  de  los  quales  acessos  se  han  engendrado 
centauros,  sphinges,  minotauros  y  otros  admi- 
mirables  monstruos  de  prodigioso  agüero.  Pero 
las  fieras  nunca  vsaron  ansi,  como  lo  muestra 
por  exemplo  la  continencia  de  aquel  famoso 
mendesio,  cabrón  egipcio,  que  siendo  encerrado 
por  muchas  damas  hermosas  para  que  holgase 
con  ellas,  ofreciéndosele  desnudas  delante,  las 
menosprecio,  y  quando  se  pudo  soltar  se  fué 
huyendo  á  la  montaña  4  tener  sus  plazeres  con 
las  cabras  sus  semejantes.  Pues  quanto  ves  que 
son  mas  inferiores  en  la  castidad  los  hombres 
que  las  fieras,  ansi  lo  mesmo  se  podra  dezir  en 
todas  las  otras  especies  y  differencias  desta  vir- 
tud de  continencia. — Pues  en  lo  que  toca  al 
apetito  del  comer  es  ansi,  que  los  honbres  todas 


130 


orígenes  de  la  novela 


las  cosas  que  comen  y  beben  es  por  deleyte  y 
complacencia  de  la  suauidad.  Pero  las  fieras 
todo  (jnanto  gustan  y  comen  es  por  neyesidad 
y  fin  de  se  mantener.  Y  ansi  los  honbres  se  en- 
gendran en  sus  comidas  infinitos  géneros  y  es- 
pecies de  enfermedades:  porque  llenos  vuestros 
cuerpos  de  excesiuos  comeres,  es  necesario  que 
á  la  contina  haya  diuersidad  de  humores  y  yen- 
tosidades:  y  que  por  el  consiguiente  se  sigan 
las  ind¡spusi<;iones.  A  las  fieras  dio  naturaleza 
á  cada  vna  su  comida  y  manjar  conueniente 
para  su  apetito;  a  los  yuos  la  yema,  a  los  otros 
rayzes  y  frutas;  y  algunos  ay  que  comen  carne, 
como  son  IoIkw  y  leones.  Pero  los  vnos  no  es- 
torban ni  ysurpan  el  manjar  ni  comida  á  los 
otros,  porque  el  león  dexa  la  yema  á  la  oueja 
y  el  cierno  dexa  su  manjar  al  león.  Pero  el 
honbre  no  perdona  nada  constreñido  de  su  ape- 
tito, gula,  tragazón  y  deleyte.  Todo  lo  gusta, 
come,  traga  y  engulle;  pare^iéndole  que  solo  á 
el  hizo  naturaleza  para  tragar  y  disipar  todos 
los  otros  animales  y  cosas  criadas.  Quanto  á  lo 
primero,  come  las  carnes  sin  tener  dellas  nece- 
sidad alguna  que  á  ello  le  constriña,  teniendo 
tantas  buenas  plantas,  fmtas,  rayzes  y  yemas 
muy  frescas,  salutíferas  y  olorosas.  Y  ansi  no 
ay  animal  en  el  mundo  que  á  las  manos  puedan 
auer  que  los  honbres  no  coman.  Por  lo  qual  les 
es  necesario  que  para  auer  de  hartar  su  gula 
tengan  pelea  y  contienda  con  todos  los  anima- 
les del  mundo,  y  que  todos  se  publiquen  por 
sus  enemigos.  Y  ansi  para  satisfazer  su  vien- 
tre tragón  á  la  contina  tienen  guerra  con  las 
aues  del  cielo  y  con  las  fieras  de  la  tierra  y  con 
todos  los  pescados  del  mar;  y  á  todos  vuscan 
como  con  industrias  y  artes  los  puedan  ca^ar 
y  prender,  y  han  venido  á  tanto  extremo,  que 
por  se  pre9Íar  no  perdonan  ninguna  criatura  de 
su  gusto  acostumbran  ya  4  comer  las  veneno- 
sas serpientes,  culebras,  anguilas,  lampreas, 
que  son  de  vna  mesma  especie;  sapos,  ranas, 
que  son  de  vn  mesmo  natural,  y  han  hallado 
para  tragarlo  todo  vnas  maneras  de  guisados 
con  ajos,  especias,  claue,  pimienta,  y  a^eyte  en 
ollas  y  cazuelas,  en  las  quales  hechos  9Íertos 
conpuestos  y  mezclas  se  engañan  los  desuen- 
turados  pensando  que  les  han  quitado  con  aque- 
llos cocimientos  sus  naturales  poncoñas  y  ve- 
neno, quedándoles  avn  tan  gran  parte  que  los 
bastan  dar  la  muerte  mucho  antes  que  lo  re- 
quiere su  natural.  ¿Pues  qué  si  dezimos  de  los 
animales  y  cosas  que  de  su  vascosidad  y  podri- 
dunbre  produce  la  tierra;  hongos,  turmas,  setas, 
caracoles,  galápagos,  arañas,  tortucas,  ratones 
y  topos?  Y  para  guisar  y  aparejar  esto  ¿quantos 
maestros,  libros,  industrias  y  artes  de  cozina 
vsan  y  tienen,  tan  lexos  del  pensamiento  de  las 
fieras?  Y  después  con  todo  esto  quéxanse  los 
desaenturados  de  su  naturaleza,  diziendo  que 


les  di6  cortas  las  vidas,  y  que  los  licúa  presto 
la  muerte.  Y  dizen  que  los  médicos  no  entien 
den  la  enferaiedad,  ni  saben  aplicar  la  mediyi- 
na.  ¡Bobos,  necios!  ¿Que  culpa  tiene  sn  natura- 
leza si  ellos  mesmos  se  corronpen  y  matan  con 
tanta  multitud  de  venenosas  comidas  y  man- 
jares? Naturaleza  ttxlas  las  cosas  desea  ypri»- 
cura  consemar  hasta  el  peryodo  y  tiempo  que 
al  común  let  tiene  puesto  la  vida  (}),  y  para 
esto  les  tiene  enseñados  ciertos  remedios  y  me- 
dicinas por  si  acaso  por  alguna  ocasión  heridos 
de  algún  contrario  viniessen  4  enfennar.  Pero 
es  tanta  la  golosina,  gula  y  desorden  en  su  co- 
mer y  mantenimiento  de  los  hombres,  que  ya  ni 
ay  medicina  que  los  cure,  ni  medico  que  curar- 
los sepa  ni  pueda.  Porque  ya  las  artes  naturales 
todas  faltan  para  este  tiempo:  porque  bastan 
más  corronper  y  quebrar  de  dus  vidUis  con  sus 
comidas  que  puede  remediar  y  soldar  la  philo- 
sophia  y  arte  de  naturaleza.  Pero  las  fieras  no 
hazen  ansi:  porque  si  al  perro  di6  naturaleza 
que  viba  doze  años  y  trecientos  á  la  come  ja:  y 
ansi  de  todas  las  otras  fieras:  si  los  honbres  no 
las  matan,  naturaleza  las  conser\'a,  de  manera 
que  todas  mueran  por  pura  vejez;  porque  á  cada 
vna  tiene  enseñada  su  propria  medicina,  y 
cada  vna  se  es  á  si  mesma  médica.  ¿Quién  ense- 
ñó á  los  puercos  quando  enferman  yrse  luego 
4  los  charcos  á  comer  los  cangrexos  con  que 
luego  son  sanos?  ¿Quién  enseñó  al  galápago 
quando  le  ha  mordido  la  vibora  payer  el  oréga- 
no y  sacudir  luego  de  si  la  ponzoña?  ¿Quién  en- 
señó 4  las  cabras  montesas  siendo  heridas  del 
cavador  comer  de  la  yema  llamada  dftamo,  y 
saltarle  luego  del  cuerpo  la  saeta?  ¿y  al  ci<íruo 
en  siendo  herido  yr  huyendo  4  vuscar  las  fuen- 
tes de  las  aguas  porque  en  vanándose  son  sanos 
del  veneno?  y  4  los  perros  fatigados  del  dolor  de 
la  cal)eca,  quién  los  enseñó  4  yr  luego  al  prado 
y  pacer  yema  porque  luego  son  sanos  con  ella? 
Naturaleza  es  la  maestra  de  todo  esto  para 
consemarlos:  en  tanta  manera  que  no  pueden 
morir  sino  por  sola  vejez,  si  la  guerra  que  les 
da  vuestra  gula  insaciable  c^sasse.  ¿Pues  qué 
si  hablassomos  de  las  l)el)idas,  los  vinos  de  es- 
trañas  proninci^s  adobados  con  cocimientos  de 
diuersidades  de  especias,  después  de  aquellas 
curiosas  y  artificiales  bebidas  de  aloxa  y  cerbe- 
Ca?  Y  sola  la  fiera  mantenida  en  todo  regalo  y 
deleyte  sana  y  buena  con  el  agua  clara  que  na- 
turaleza le  da  y  le  cria  en  las  fuentes  perenales 
de  la  concanidad  de  la  tierra.  Pues  ac|uellas 
agudecas,  industrias  y  viliezas  que  saben  y  vsan 
las  fieras  qué  dirás  dellas?  El  perro  al  manda- 
do de  su  señor  salta  y  vayla  y  entra  cien  vezes 

(')  Estas  y  las  demás  palabras  que  yayan  en  letra 
bastardilla  se  encnentran  en  el  manuscrito  qne  f  né  de 
GayangoB  y  faltan  en  el  de  Ja  llomana.  Estos  irán 
designados  en  lo  RQceaivo  con  las  iniciales  G.  y  R. 


EL  CROTALON 


181 


[>-  )r  vil  aro  rodondo  que  para  ganar  dineros  le  lie- 
lu'  fiipnrsto  y  enseñado  el  pobre  peregrino.  Los 
papagayos  hablan  vuestra  mesma  lengua,  tor- 
dos y  oacnios.  Los  canallos  se  ponen  y  vaylan 
en  los  teatros  y  plazas  públicas.  ¿Parécete  qne* 
todo  esto  no  es  más  argamonto  de  vso  de  ra- 
zón qne  de  ñaqaeza  que  aya  en  su  naturaleza? 
Por  9¡erto  que  no  so  puede  dezir  otra  cosa  sino 
que  todos  estos  doctes  les  venga  del  valor  y  per- 
fe9Íon  de  su  natura] ;  en  el  qual  con  tanta  ventaja 
08  exceden  las  fieras  á  los  honbres.  A  lo  qual 
todo  sino  lo  quisieres  llamar  vso  de  razón,  buen 
JQÍsio,  TÍrtad  de  buen  injenio  y  prudencia:  vista 
aquella  facilidad  con  qne  son  enseñadas  en  las 
mesmas  artes  y  agude9as  que  vosotros,  en 
tanta  manera  qne  en  las  fieras  parezca  verda- 
deramente que  nos  acordamos  de  lo  que  por 
nuestra  naturaleza  sabemos  quando  nos  lo  en- 
señan, lo  qne  vosotros  no  aprendéis  sin  grande 
y  muy  contino  trabajo  de  vosotros  mesmos,  y 
de  vuestros  maestros.  Pues  si  á  esta  ventaja  no 
la  quisieres  llamar  vso  de  razón,  con  tal  que  la 
conozcas  auerla  en  las  fieras,  llámala  como  más 
te  pluguiere.  Yo  á  lo  menos  téngola  tan  conoci- 
da, después  que  en  cuerpos  de  fieras  entré,  que 
me  marauillo  de  la  ceguedad  en  que  muchos 
de  vuestros  philósophos  están ;  los  quales  con 
infinita  diuersidad  de  argumentos  persuaden 
entre  vosotros  á  que  creáis  y  tengáis  por  aue- 
ríguado,  que  las  fieras  sean  muy  más  inferiores 
en  su  naturaleza  que  los  hombres;  dizicndo  y 
afirmando  que  ellos  solamente  vsan  de  razón; 
y  que  por  el  consiguiente  á  ellos  solos  conuen- 
ga  el  exer9Í9Ío  de  la  virtud.  Y  ansi  por  esta 
causa  llaman  á  las  fieras  brutos.  Añaden  á  esto 
afirmando  que  solos  los  hombres  vsen  de  la  ver- 
dadera libertad;  siendo  por  esperien^ia  tan  cla- 
ro el  contrario.  Como  vemos  que  las  fieras  á 
ningunas  leyes  tengan  subje^ion  ni  miramiento 
mas  de  a  las  de  su  naturaleza;  porque  por  su 
buena  inclinación  no  tnuieron  de  más  leyes  ne- 
cesidad. Pero  vosotros  los  honbres  por  causa  de 
vuestra  soberuia  y  aubi^ion,  os  snbjetó  vues- 
tra naturaleza  á  tanta  diuersidad  de  leyes,  no 
solamente  de  Dios  y  de  vuestros  principes  y 
mayores:  pero  aueis  os  snbjetado  (})  al  juizio  y 
sentencia  de  vuestros  vezinos  amigos  y  parien- 
tes. En  tanta  manera  que  sin  su  parecer  no 
osáis  comer,  ni  beber,  vestir,  calcar,  hablar  ni 
comunicar.  Finalmente  en  todas  vuestras  obras 
aoys  tan  snbjetos  al  parecer  ajeno,  tan  atentos 
a  aquella  tirana  palabra  y  manera  de  dezir  (que 
dirán)  qne  no  puedo  sino  juzgar  los  hombres 
por  el  más  miserable  animal  y  más  infeliz  y 
descontento  de  todos  los  que  en  el  mundo  son 
criados.  Agora  tú,  Micilo,  si  algo  desto  que  yo 
tengo  alegado  te  parece  contrario  á  la  verdad 

(M  H^mhjado, 


arguye  y  propon,  que  yo  te  responderé  si  acaso 
no  me  faltasse  á  mi  el  vso  de  la  razón  con  que 
solia  yo  en  otros  tiempos  con  euidente  efficacia 
disputar. 

Mk^ilo.^^íO  Gallo!  quan  admirado  me  tiene 
esa  tu  eloquencia,  con  la  qual  tan  efficazmente 
te  has  esf oreado  á  me  persuadir  esa  tu  opinión. 
Que  puedo  dezir,  que  nunca  gallo  cantó  como 
tu  oy.  En  tanta  manera  me  tienes  contento  que 
no  creo  que  ay  oy  en  el  mundo  hombre  más 
rico  que  yo  pues  tan  gran  joya  como  á  ti  poseo. 
Pero  de  lo  que  me  as  dicho  resulta  en  mi  vna 
dificultad  y  dubda  que  deseo  saber  ('):  cómo 
anima  de  fiera  bruta  pueda  ver  y  gozar  de  Dios? 

Gallo. — Y  agora  sabes  que  las  vestías  se 
pueden  sainar?  Ansí  lodizeel  Rey  Dauid  (*): 
Ilomines  et  jumenta  aaluabie  Domine.  Dime  qué 
más  bruta  vestia  puede  ser  que  el  honbre  en- 
cenagado en  vn  vicio  de  la  carne,  o  auaricia,  o 
soberuia,  o  yra,  o  en  otro  qualquiera  pecado? 
Pues  ansi  teniendo  Dauid  á  los  tales  por  viles 
brutos  vestias  ruega  por  ellos  á  Dios  diziendo 
en  su  psalmo  o  canción:  yo.  Señor,  por  quien 
vos  sois  os  suplico  que  sainéis  honbres  y  ves* 
tias.  Y  por  tal  vestia  se  tenia  Dauid  con  ser 
Rey  quando  se  hallaua  pecador  que  dezia  ('): 
Ut  iumentum  Jactus  sum  apud  te.  Yo  señor  soy 
vestia  en  vuestro  acatamiento.  Y  ansi  quiero 
que  entiendas  que  en  todos  mis  cantos  preten- 
do mostrarte  como  por  el  vicio  son  los  honbres 
conuertidos  en  bnitos  y  en  peores  que  fieras. 

Mi^iLO. — Dime  agora  yo  te  mego,  Gallo, 
dónde  aprendiste  esta  tu  admirable  manera  de 
dezir  (*)? 

Gallo. — Yo  te  lo  diré.  Sabrás  que  demás 
de  ser  asessor  de  Mercurio,  el  más  eloquente 
qne  fue  en  la  antigüedad,  y  ser  el  gallo  dedi- 
cado a  Esculapio,  que  no  fue  menos  eloquente 
que  muchos  de  su  tienpo,  y  demás  de  criarme 
yo  a  la  contina  entre  vosotros  los  honbres, 
quiero  que  sepas  con  todo  esto  que  yo  fue  aquel 
philosopho  Pythagoras,  qne  fue  vno  de  los  mas 
facundos  que  la  Grecia  celebró;  y  principal- 
mente as  de  tener  por  aneriguado  que  la  mayor 
eloquencia  se  adquiere  de  la  mucha  esperiencia 
de  las  cosas,  la  qual  he  tenido  yo  entre  todos 
los  que  en  el  mundo  son  de  mi  edad. 

MigiLO. — Por  c'^rto»  yo  ine  acuerdo  que 
quando  yo  era  niño  oy  dezir  vna  cosa  que  no 
me  acordaua:  que  f ueste  vn  paje  muy  querido 
de  Mars:  y  que  te  tenia  para  qne  quando  yua 
á  dormir  algunas  noches  con  Venus  muger  de 

(*)  G.,  pero  TDa  dificultad  y  dnbda  tengo  en  el 
alma,  que  resulta  de  lo  que  has  persuadido  basta  aqai; 
lo  qual  deseo  entender. 

m  R.  Psalm.  XXXV. 

R  Paalm.  LXXII. 

(*)  G.,  porque  nolamente  me  acuerdo  aner  oydo 
quando  jo  era  niño. 


182 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Vulcano  le  vclasses  la  puerta  que  ninguno  le 
viesse  (O-  y  principalmente  se  guardaua  que  ve- 
nida la  mañana  el  sol  no  le  yiesse  siendo  salido: 
porque  no  auisasse  á  Vulcano.  Y  dezian  que 
el  sol  te  echó  vna  mañana  vn  gran  sueño  (*): 
por  lo  qual,  viéndolos  el  sol  juntos  auisó  a 
Vulcano,  y  viniendo  donde  estaua  el  adultero 
de  tu  amo  los  tomó  juntos  en  vna  roa  de  hier- 
ro y  los.  presentó  á  .lupiter  que  los  castigasse 
el  adulterio, — V  Mars  enoja  lo  de  tu  descuido 
te  conuertió  en  gallo,  y  agora  de  puro  miedo 
pensando  que  siempre  (•)  estás  en  guarda  ve- 
lando  al  adultero  de  tu  amo  cautas  a  la  maña- 
na, despertando  a  todos  mucho  antes  que  salga 
el  sol  (*).  Y  esto  te  dio  Mars  en  i)ena  de  tu 
descuido  y  sueño. 

Gallo. — Todo  eso  es  fábula  y  fingimiento 
de  poetas  para  ocupar  sus  versos:  que  también 
me  han  hecho  asesor  de  Mercurio:  y  los  anti- 
guos me  dedicaron  á  Esculapio.  Pero  la  verdad 
es  que  yo  fue  aquel  filosofo  Pythagoras:  que 
fue  vno  de  los  mas  facundos  que  la  Gret^ia  t;e- 
lebró,  y  principalmente  es  de  tener  por  aueri- 
guado,  qiie  la  mayor  eloquencia  se  adquiere  de 
la  mucha  esperiencia  de  las  cosas;  la  quxl  he 
tenido  yo  entre  todos  los  que  en  el  mundo  son 
de  mi  edad. 

MigiLO.  -  Pues  (')  dizes  que  Cueste  philo- 
sopho  Pytagoras  dime  (*)  algo  de  philosophos, 
de  su  vida  y  costumbres:  porque  de  aquí  ade- 
lante teniendo  tan  buen  preceptor  como  4  ti  me 
pueda  preciar  de  philosopho:  y  philosophe  entre 
los  de  mi  ciudad  y  pueblo.  Y  muéstrame  como 
tengo  de  vsar  de  aquella  presunción,  arogan^ia, 
y  obstentacion,  desden  y  sobrecejo  con  que  los 
philosophos  tratan  4  los  otros  que  tienen  en  la 
república  estado  de  comunidad. 

Gallo. — De  todo  te  diré,  de  sus  vidas  y  cos- 
tumbres. Pero  porque  se  me  ofrecen  otras  cosas 
que  dezir,  mas  4  la  memoria,  querría  eso  dexar- 
lo  para  después.  Pero  por  no  te  desgraciar  quie- 
ro te  obedecer.  Y  ansi  te  quiero  dezir  de  vn 
poco  d(i  tiempo  que  fue  clérigo:  la  qual  es  pro- 
fesión de  philosopho  (')  cristiano:  donde  conje- 
turar4s  lo  que  en  la  vna  y  otra  philosophia  son 
los  honbres  el  dia  de  oy.  Y  pues  es  venida  la 
mañana  abre  la  tienda:  y  en  el  canto  que  se 
sigue  te  diré  lo  demás. 

(M  G.,  y  le  despertasHefl  reñida  la  mañana,  porqoe. 

(3)  G..  de  manera  qae  lofl  tomó  juntos  y  trnxo  alli 
a  Vulcauo,  el  qiial  los  temó  como  oAtanan,  en  rna  red, 

(»)  G.,  aun. 

{*)  G.,  canta»  ordinariamente  antes  que  venga  el 
dia  y  salga  el  sol. 

(■)  G.,  pero  pues. 

(*')  G.,  melote  me  dig^. 

C)  G.,  clérigo. 

Fin  del  segundo  canto  del  gallo  de  Luqiano, 


ARGUMENTO 

DKL    TKK(.'ERO   CANTO    DEL    GALLO 

En  el  tercero  canto  que  m  sigue  el  auctor  imita  a  Lu^no  en 
todo»  su  diálogos:  en  los  quales  riempre  reprehende  á  los 
philosophos  y  Religtows  de  su  tiempo  (<). 

Mi  VILO. — Esme  tan  sabrosa  tu  música,  o 
gallo,  que  durmiendo  te  sueño,  y  imagino  que  á 
oyrte  me  llamas.  Y  ansi  soñando  tu  canción 
tan  snaue  umchas  vezes  me  despierto  con  deseo 
que  mi  sueño  fuesse  verdad  o  que  siendo  sueño 
nunca  yo  despertasse.  Por  lo  qual  agora  avn  no 
has  tocado  los  primeros  puntos  de  tu  entona- 
ción quando  ya  me  tienes  sin  pereza  muy  des- 
pierto con  colKÍÍ9Ía  de  oyrte:  por  tanto  prosi- 
gue en  tu  graciosa  canyion. 

Gallo.  -  Ne^^sitado  me  tienes  o  MÍ9ÍI0  á  te 
conplazer  pues  tanto  te  aplaze  mi  dezir.  Y 
ansi  yo  procurare  con  todas  mis  fuercas  á  obede- 
cer tu  mandado.  Y  pues  me  ptídiste  te  dixe^se 
algo  del  estado  de  los  philosophos,  dexemos  los 
antiguos  gentiles  que  saber  agora  dellos  no  hará 
i  tu  proposito,  ni  a  mi  intin^ion.  Pero  pues  en 
los  cristianos  han  professado  y  sucedido  en  su 
lugar  los  eclesiásticos  por  ser  la  mas  incunbrada 
philosophia  la  euangel¡c«:  por  tanto  quiero  ha- 
blar deste  proposito:  y  dezirte  de  vn  poco  de 
tiempo  que  yo  fue  vn  clérigo  muy  rico. 

Mi(;iLo.  —  ¿Y  en  que'  manera  era  esa  ri- 
queza? 

Gallo. —  Serui  a  vn  obispo  desde  mi  niñez: 
y  porque  nunca  me  dio  blanca  en  todo  el  tien- 
po  que  le  serui  h izóme  clérigo  harto  sin  pen- 
sarlo yo:  porque  yo  nunca  estudié,  ni  lo  deseé 
ser. 

Mi(.iLO.— Tal  clérigo  serias  tú  después. 

Gallo.— La  vida  que  después  tnlw  te  lo 
mostrará.  En  fin  procuróme  pagar  el  obispo  mi 
amo  con  media  dozcna  de  beneffívios  curados 
que  me  dio. 

Mi^iLO.  —  Por  cierto  con  g^n  carga  te 
pagó  (*).  ¿Pues  dime  podiaslos  tú  todos  tener 
y  seruir/ 

Gallo. — No  que  descargauame  yo:  porque 
luego  hallaua  quien  me  los  tomaua  frutos  por 
pensión. 

Mi  VILO. — Por  Dios,  que  era  ese  buen  disi- 
mular. Para  mi  yo  creo  que  si  tú  ordeñas  la  le- 
che y  tresquilas  la  lana,  quiero  dezir:  que  si 
tú  gozas  los  es(¿uiImos  del  ganado  tú  te  quedas 
el  mesmo  pastor.  O  me  has  de  confessar  que  los 
hurtas  al  que  los  ha  de  auer. 

Gallo. — Por  Dios,  gran  theologo  ores.  No 


canto  del  saeño  o 
contrahecho  en  el 


í*)  Taeh4ído:  Sigueftie  el  tercero 
gallo  de  Ln^iano,  orador  griego, 
castellano  por  el  mesino  auctor. 

(*)  G.,  por  cierto  esa  no  era  paga,  sino  agranlo  y 
carga 


EL  CROTALON 


querría  70  zapatero  tan  argutivo  como  tú.  A 
la  fe  pueE  ethele  que  paasa  eso  comunmente  el 
día  de  uy.  Y  anai  yo  me  llené  de  sejB  benefñ- 
9Í0S  L-iinujuii  luB  frutoa  por  pensión  cada  año 
i¡ue  montiiuan  mas  de  treyientas  mil  maraue- 
diaes.  Con  esto  eieiipre  después  que  mi  amo 
murió  ribi  eii  ValladoÜd  vna  viUa  (')  tan  auu- 
tiioaa  en  Castilla,  donde  sienpre  (')  reside  la 
corle  real.  Y  Unbien  concurren  allí  de  todají 
difreren^ias  du  gentes,  tierras  7  naciones  por 
residir  alli  la  Can^iileria  autiieni;ia  principal 
•Ul  rt^no.  Traya  á  la  contina  muj  bien  trateda 
uii  persona  con  gran  aparato  de  muía  ;  iuO(;os. 
Y  con  este  fausto  tenia  cabida  j  eonuersa9Íon 
con  todos  los  perladoB  y  señore^i.  y  por  me  en- 
tretener eoii  todoa  con  vnos  fingía  negof  ios,  y 
con  otros  procurana  Unerivx  verdaderos,  pro- 
pios O  ágenos.  Kn  fin  con  todos  procuraua  te- 
ner qne  dar  y  tomar,  y  ansi  en  esta  manera  de 
vida  pasB¿  mas  de  treyata  años  los  mejores  de 
ttii  edad  sobre  otros  treynta  qne  en  semifio  del 
ubispo  pase¿. 
Miv'iLo. — Por  9Íerto  no  me  parece  esa  TÍda: 

Gallo.— En  este  tienpo  yo  goE^  demnchaa 
fiestas,  de  muchas  galas;  y  inuen^ioneH.  Era 
de  tanta  dama  querido,  requerido  j  tenido  qnan- 
to  nunca  galán  cort«Bano  lo  fue.  Porque  demás 
de  ser  yo  muy  aaentajado  y  platico  en  la  cor- 
tesanía tenia  más,  qne  era  muy  liberal. 

Mi<;iLO. — Por  Dios,  bien  se  gastanan  (')  los 
dinen>B  de  la  iglesia:  que  dizen  ios  predicadores 
que  son  hazienda  de  los  pobres. 

Gallo. — Pues  dizen  la  verdad;  que  porque 
la  hazienda  de  la  iglesia  es  de  los  clérigos  se 
diae  ser  de  loa  pobres  porqne  ellos  no  tienen  ni 
luui  de  tener  otra  heredad;  porque  ellos  suce- 
dieron al  tribu  de  Leui;  á  los  quales  no  dio  Dio» 
otra  posesión. 

MigiLC— Por  Dios  (*),  (Jallo,  mejor  argu- 
mentas tú  que  yo,  y  avn  eaa  me  parece  grandís- 
sima  razón  para  qne  los  señorea  seglares  no  de- 
nan  llenar  los  diezmos  de  la  iglesia,  pues  elloa 
tienen  sns  mayorazgos  y  rentas  de  que  se  man- 
tener. 

Gallo. — Y  avn  otra  mayor  razón  ay  para 
tío,  y  es:  qne  los  diezmos  fueron  dados  a  los 
sacerdotes  porque  rueguen  a  Dios  por  el  pue- 
blo, y  por  la  administrsi^.ion  de  los  (')  aacra- 
luentos.  Y  anai  porque  (*)  loe  seglares  no  son 
hábiles  pan  toa  administrar,  por  tanto  tengo 
yo  (')  por  aucriguado  que  no  pueden  comer  (*) 

|<)  R.,  nn  pneblo, 

1*1  G.,  ■  la  contina. 

H  G.,  por  vierto,  bien  t^Mlaiiaa. 

(•I  G.,  por  fierto. 

y  porqne  nilminiítraD  lo*. 


(JG.ypoi 
W  G.,  poo, 
(1)  G-,  qned 
II)  C  llena 


los  diezmos,  Y  que  anr^í  de  ti'idos  los  que  llena- 
ren aeran  obligados  a  restitución. 

Mi^iLO. — o  valame  Dioa,  que  praticos  estáis 
en  lo  que  toca  a  la  defensa  deatos  vuestros 
bienes  y  rentas  tenporales,  cómo  mostráis  estar 
llenos  de  viieiítra  canina  cubdi^ia.  ¡  SÍ  la  mey  tad 
de  la  cuenta  hiziessedes  de  los  almas  que  tenéis 
a  vuestro  cargo! 

Gallo. — Puch  sienpre  es  esa  vuestra  opi- 
nión, qne  los  seglares  no  querriadcK  que  nín- 
){un  clérigo  tuuiesse  nada,  ni  avn  con  que  se 
mantener. 

Mi^iLO. — Pues  qué  malo  sería?  Antes  me  pa- 
rece que  les  seria  muy  mejor,  porque  más  libre- 
mente podrían  entender  en  las  cosas  spirítna- 
les  para  qne  fueron  ordenados,  sino  se  ocnpas- 
sen  en  las  temporales ;  y  avn  yo  os  prometo  que 
li  el  pueblo  os  viesee  que  haziadea  le  que  de- 
uiades  a  vuestro  estado,  que  no  solo  110  os  lle- 
uasaen  la  parte  de  los  diezmos  que  dezis  que  os 
lleuan,  pero  qne  oa  darían  mucho  más,  Y  avn 
si  bien  miramos  el  papa,  cardenales,  obispos, 
curas  y  todos  loa  demás  da  la  iglesia  ('),  ¿como 
hallas  qne  tienen  tierras,  ciudades  y  villas  j  ren- 
tas sino  dcsta  manera?  Porque  los  euperado- 
res  y  reyes  y  principes  pasaados  vista  au  bon- 
dad les  dañan  quauto  querían  para  se  mante- 
ner. Y  pues  anai  lo  tienen  y  poseen,  ya  que  los 
qne  agora  siin  ae  lo  quitasen  ¿porqué  con  p!cy- 
to9  y  mano  armada  lo  han  de  defender?  (*). 
Qne  están  llenoa  los  consejos  reales,  awiieni;ia» 
y  chancilleriaa  de  frayles  y  clérigos;  de  comen- 
dadores y  religiosos.  Que  ya  no  ay  en  estos  pú- 
blicos y  ^«líraie»  juizioa  otros  pleytos  eu  qué 
entender  sino  en  (•)  ecleaiasticoa.  Veamos  ¿si 
a  Jesncriato  en  cnyo  lugar  están  le  quitaran  la 
capa  estando  en  el  mnndo,  defendierala  en  jui- 
zio  o  con  mano  armada? 

Gallo. — No,  pues  avn  la  vida  uo  defendió, 
r/ue  an/ís  la  o/re'^io  de  ««  volnntad  por  los 
hanbret. 

Mii;iL0.— Pues  por  eso  reniego  yo  de  vos- 
otros (*)  que  todos  queréis  (')  qne  o«  (*)  guar- 
den vuestros  (')  prenillegios  y  exenciones;  ser 
tenidos  honrradoB  y  eatimados  de  todos,  dizien- 
do  que  estáis  {')  en  lugar  de  Cristo  (*)  para 
lo  que  os  (")  toca  de  vuestra  (")  propria  esti- 
ma y  opinión,  y  en  el  hazer  vosotros  ('•)  lo 


(')  O.,  ec 


n  pleytos  y 


134 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


que  soy 6  (O  obligados,  que  es  en  el  recogimien- 
to de  vuestras  (•)  personas  y  buena  fama  y 
santa  ocupación;  y  en  el  menospre9Ío  de  las 
tenporales  haziendas  y  posesiones  no  diferis  (') 
de  los  niás  crueles  tiranos  soldados  que  en  los 
exeryitos  ay. 

Qallo. — Valame  dios,  qaan  indignado  estas 
contra  los  eclesiásticos  que  los  conparas  con 
aquellos  malos  y  pemersos  y  desuella  caras  (*). 

Mi(;'iL0. — Por  cierto  avn  no  estoy  en  dos 
dedos  de  deziros  que  avn  soys  peores,  porque 
soys  nmcho  mas  perniciosos  a  toda  la  república 
cristiana  con  vuestro  mal  exenplo. 

Gallo. — ¿Por  que? 

Mi  VILO. — Porque  aquellos  no  han  hecho  pro- 
fesión de  ministros  de  dios  como  vosotros,  ni 
les  damos  a  ellos  de  comer  por  tales  como  a 
vosotros,  ni  ay  nadie  que  los  quiera  ni  deua  imi- 
tar como  a  vosotros,  y  por  tanto  con  sus  vidas 
no  hazen  tanto  daño  como  vosotros  hazeis.  Pues 
dezidme  ¿tenéis  agora  por  cosa  nueua,  que  todo 
qnanto  los  eclesiásticos  poseéis  os  lo  dieron  por 
amor  de  dios? 

Gallo. — Ansi  es  verdad. 

MigiLo. — Pues  claro  está  que  todos  los  ver- 
daderos cristianos  con  tal  condición  poseemos 
estos  bienes  tonporales  que  estamos  aparejados 
para  dexarlos  cada  vez  que  viéremos  cumplir  a 
la  gloría  y  honra  de  Jesucrísto  y  a  su  iglesia 
y  al  bien  de  su  cristiandad. 

Gallo. — Tú  tienes  razón. 

HiQüLO. — ¿Pues  qnanto  mas  de  veras  lo  de- 
bría  de  hazer  el  pontifi^e,  el  cardenal,  el  obispo 
y  ansi  todos  los  frayles  y  en  común  toda  la  ele- 
ri^ia  pues  se  lo  dieron  en  limosna,  y  lo  pro  fes- 
san  de  particular  profesión?  Que  a  ninguno  di- 
xo  Cristo:  si  te  demandaren  en  juizio  la  capa, 
da  capa  y  sayo?  Que  si  preguntamos  al  clerígo 
que  si  dixo  Crísto  a  él  que  no  contendiesse  en 
juizio  sobre  estas  cosas  tcnp>rales  diría  que  no 
lo  dixo  sino  al  frayle,  y  el  frayle  dize,  que  lo 
dixo  a  los  obispos  y  perlados  que  representan 
los  apostóles,  y  estos  dirán  que  no  lo  dixo  sino 
al  papa  que  representa  en  la  iglesia  su  mesma 
diuina  persona,  y  el  pontifica  dize  que  no  sabe 
qué  os  dezis.  Que  a  todos  veo  andar  arrastrados 
y  desasosegados  de  audiencia  en  audiencia,  de 
juizio  en  juizio.  ¿Qué  ley  sufre  que  vn  guardián 
o  vn  prior  de  vn  monesterio  de  San  Francisco, 
6  de  Santo  Domingo,  o  de  San  hieronimo  trayga 
vn  año  y  diez  (')  años  pleyto  en  vna  chan^illeria 
sobre  sacar  vna  casa  o  vna  miserable  viña  qv^ 
dizen  conuenirles  por  vn  su  frayle  conuentual? 


f 


(«)   G.,  HU8 

(')  G.,  diffieren. 
{*)  G.f  con  loldadoK,  muchofl  de  Inti  qualcí*  son  ma- 
lo^ pemerww  y  demiella  carani. 
(*)  G.,  Mys  y  diei  años. 


Gallo. — Ese  tal  pleyto  no  le  trae  el  prior 
ni  el  gnardian,  sino  la  casa. 

Mi(;íilo. — Ño  me  digas,  gallo,  esas  niñerías. 
Pues  quién  paga  el  procurador  y  al  letrado  y  al 
escríbano,  y  al  que  lo  solicita?  y  avn  como  cosa 
a  ellos  natural  el  pleytear  tienen  todos  estos 
offíciales  perpetuamente  asalariados.  O  dezid- 
me, que  llaman  en  el  moncsterío  la  casa?  las 
paredes,  piedras  y  texados?  Dexadme  que  esas 
cosas  no  son  para  entre  niños,  y  lo  que  peor  es 
y  cosa  nmy  de  rísa:  que  de  cada  dia  buscáis 
nueuos  juezes.  Agora  dezis  que  el  Rey  no  es 
vuestro  juez,  agora  le  queréis  que  os  juzgue,  y 
os  sometéis  a  su  tribunal.  No  ay  ley  que  os  li- 
gue ni  Rey  que  os  subjete;  porque  soys  gente 
sin  Rey  y  sin  ley.  Que  todo  genero  de  animal 
hasta  las  ranas  tienen  Rey  y  le  demandaron  a 
Dios:  y  (')  vosotros  los  eclesiásticos  queréis 
vibir  libres  y  exentos.  Y  ansi  es  necesario  que 
qnanto  mas  libres  soys  seays  mas  pemersos,  y 
ya  quando  os  sujetáis  a  alguno  dezis  que  ha 
de  ser  al  pontifí^e  solo;  y  a  este  queréis  por 
juez  porque  esta  nmy  lexos  y  muy  ocupado;  y 
cometiendo  la  causa  vos  cligereis  juez  que  no 
os  aya  de  matar. 

Gallo. — Tú  dizes,  M¡9Ílo,  la  verdad.  Pero 
¿qué  quieres  que  se  haga  en  tales  tienpos  como 
estos  en  que  estamos;  que  si  alguno  el  dia  de  oy 
es  sufrido,  manso  y  bueno  todos  se  le  atrcucn? 
cada  vno  piensa  de  tomarle  la  capa,  y  avii  algu- 
nas vczes  es  ^euar  la  malÍ9Ía  ajena.  Quiero  dczir : 
que  es  dar  ocasión  con  tanta  manscdunbrc  a  que 
cada  vno  se  atreua  a  tomarle  lo  suyo;  y  avn- 
que  sea  eso  virtud  euangelica  pero  no  sé  si 
la  podria  sienpre  executar  el  honbre  con  pni- 
dcnpia  euangelica  avnque  más  fuesse  obligado 
a  ella. 

MigiLO. — Mira,  Gallo,  si  fuesse  vn  hombre 
que  tiene  casa  (^)  hijos  y  muger  de  mantener, 
con  estado,  si  le  tomassen  lo  suyo,  lo  que  con 
justo  titulo  posee,  no  creo  que  seria  pniden^ia 
euangelica  dcxarlo  ¡xírder.  Pero  tengo  que  este 
tal  ligitimamcnte  lo  puede  cobrar;  y  si  puede  por 
medios  lÍ9Ítos  de  justicia  defenderlo.  Pero  vn 
fraile,  o  perlado:  y  qualquiera  sacerdote  que  es 
solo:  y  no  deue  tener,  ni  tiene  cuydado  de  más 
que  de  su  persona,  yo  bien  creo  que  seria  obli- 
gado a  exer^itar  esta  virtiid  euangelica. 

Gallo. — Por  dios,  si  los  clérigos  por  ay  hu- 
uiessen  de  yr  no  abria  honbre  del  mundo  que 
no  mofasse  dellos,  y  todo  el  vulgo  y  pueblo  los 
tuuiessc  por  escarnio  y  risa. 

Mi<.'iLO. — Por  9Íerto  más  obligados  son  to- 
dos los  eclesiásticos,  pont¡fi9o,  perlados,  frayles 
y  clérigos  a  Dios,  que  no  a  los  honbros:  y  más  a 


(«)  G.,  y  qne. 

(')  G  ,  tíene  casa,  hijo8  y  mager  y  estado  que  man- 
tener. 


EL  CROTALON 


185 


los  sabios  que  a  los  necios.  Gentil  cosa  es  que 
el  pontifí9e,  perlados,  frayles  y  eclesiásticos  de- 
xen  de  liazer  lo  qne  dcacii  al  seriiÍ9¡o  de  Dios  y 
bien  de  sus  con9Íen9Ías,  y  buen  cxeuplo  de  sus 
personas,  y  mejora  de  su  República  por  lo  que 
el  Yulgo  vano  podria  juzgar.  Hagan  ellos  lo 
qne  deuen  y  juzguen  los  necios  lo  que  quisie- 
ren. Ansi  juzgauan  de  Dauid  porque  vaylana 
delante  del  arca  del  Testamento.  Ansí  juzga- 
uan de  Jesucristo  porque  moría  en  la  cruz. 
Ansi  juzgauan  a  los  apostóles  porque  predi- 
cauan  a  Crísto.  Ansi  juzgan  agora  a  los  que 
muy  de  veras  quieren  ser  cristianos  menospre- 
9Íando  la  vanidad  del  mundo:  y  siguiendo  el 
Terdadero  camino  de  la  verdad.  Y  quién  ay  que 
pueda  escusar  los  falsos  juizios  del  vulgo?  Antes 
aquello  se  deue  de  tener  por  muy  bueno  lo  que 
el  vulgo  condena  por  malo:  y  por  el  contrario, 
qnereislo  ver?  A  la  malÍ9Ía  llaman  industria.  A 
la  auarí9Ía  y  ambÍ9¡on  grandeza  de  animo.  Y  al 
maldiziente  honbre  de  buena  conuersa9Íon.  Al 
engañador  injenioso.  Al  disimulador  y  menti- 
roso y  trafagador  llaman  gentil  cortesano.  Al 
buen  tranpista  llaman  curial.  Y  por  el  contra- 
rio al  bocno  y  verdadero  llaman  simple.  Y  al 
qne  con  humildad  cristiana  mcnospre9Ía  esta 
vanidad  del  mundo  y  quiere  seguir  a  Jesucris- 
to dizcn  que  se  toma  loco.  Y  al  que  reparte 
sus  bienes  con  el  qne  lo  ha  menester  por  amor 
de  Dios  dizen  que  es  prodigo.  El  que  no  anda 
en  tráfagos  y  engaños  para  adqnirír  honrra  y 
hazienda  dizen  qne  no  es  para  nada.  El  que 
meno8pre9Ía  las  injurias  por  amor  de  Jesucrísto 
dizen  que  es  cobarde  y  honbre  de  poco  animo  (}), 
Y  finalmente  conuertiendo  las  virtudes  en  VÍ9Í0S, 
y  los  VÍ9Í0S  en  virtudes,  a  los  ruyncs  alaban  y 
tienen  por  bienauenturados,  y  alos  buenos  y  vir- 
tuosos vituperan  llamándolos  pobres  y  desas- 
trados. Y  con  todo  esto  no  tienen  mala  vergneu- 
9a  de  vsiirpar  el  nombre  de  cristianos  no  tenien- 
do señal  de  serlo.  Pne8pare9eto,  Gallo,  que  por- 
que el  vulgo  (que  es  la  muchedunbre  destos  des- 
nariadog  qne  hazen  lo  semejante)  juzguen  mal 
de  los  eclesiásticos  que  mcnospre9Íen  los  bienes 
tenporales  y  recoxau  sus  spiritus  en  la  imitación 
de  8u  maestro  Cristo  dexcn  de  hazer  lo  que 
deuen? -Por  9Íerto  miserable  y  desuenturado 
estado  es  ese  que  dizes  que  tnuiste,  ¡o  Gallo! 
Pero  dexado  agora  eso,  que  después  bolueras  a 
tu  proposito:  di  me  yo  te  ruego,  pues  todo  lo  sa- 
inas: quién  fue  yo  antes  que  fuesse  MÍ9ÍI0?  Si 
tube  esas  conuersiones  que  tú? 

Gallo. — Eso  quiero  yo  para  que  me  puedas 
pagar  el  mal  que  has  dicho  de  mi. 

MigiLO. — Que  dizes  entre  dientes?  Por  qué 
no  me  hablas  alto? 


(*)  G.,  68  un  apocado,  y  que  de  cobarde  y  honbro  de 
poco  uiimo  lo  haze. 


Gallo. — Dezia  que  mucho  holgaré  de  te 
conplazor  en  lo  que  me  demandas:  porque  yo 
mejor  que  otro  alguno  te  sabré  dellodar  razón. 
Y  ansí  has  de  creer,  que  todos  passamos  en 
cuerpos  como  has  oydo  de  mi.  Y  ansi  te  digo 
que  tú  eras  antes  vna  hormiga  de  la  India  que 
te  manten  ias  de  oro  que  acarreauas  del  9entro 
de  la  tierra. 

Mn;iLO. —  Pues  desuenturado  de  mí,  quien 
me  hizo  tan  grande  agrauio  que  me  quitassc 
aquella  vida  tan  bienaueuturada  en  la  qual  me 
niantenia  de  oro,  y  me  truxo  a  esta  vida  y  es- 
tado infeliz,  que  en  esta  pobreza  de  hanbre  me 
quiero  finar? 

Gallo. — Tu  auarÍ9Ía grande  y  insaciable  que 
a  la  con  tina  tuuíste  te  hizo  que  de  aquel  esta- 
do viniesses  a'  esta  miseria,  donde  con  han- 
bre pagas  tu  pecado.  Porque  antes  auias  sido 
ti(}uel  auaro  mercader  ricacho,  Menesarco,  deste 
pueblo. 

Mi<,:iL0. — Qué  Menesarco  dizes?  Es  aquel 
mercader  a  quien  licuaron  la  muger? 

Gallo.  —Vergüenza  tenia  de  te  lo  dezir. 
Ese  mesmo  f ueste. 

Mi(.:iLo. — Yo  he  oydo  contar  este  aconte9Í- 
miente  de  diuersas  maneras  a  mis  vezinos:  y 
por  ser  el  caso  mió  deseo  agora  saber  la  verdad: 
por  tanto  ruegote»  mucho  que  me  la  cuentes. 

Gallo. — Pues  me  la  demandas  yo  te  la  quie- 
ro dezir,  que  mejor  que  otro  la  sé.  Y  ante  todas 
cosas  sabrás  que  tu  culpa  fue  porque  con  todas 
tus  fuer9as  temaste  por  interés  saber  si  tu  mu- 
ger te  ponia  el  cuerno.  Lo  qual  no  deuen  hazer 
los  honbres,  querer  saber  ni  escudriñar  en  este 
caso  mas  de  aquello  que  buenamente  se  los  ofre- 
9Íere  a  saber. 

Mkilo. — Pues  en  verdad  que  en  ese  caso 
avn  menos  debrian  los  honbres  saber  de  lo-  que 
a  las  vezes  se  les  trasluze  y  saben. 

Gallo.  — Pues  sabrás  que  en  este  pueblo  fue 
vn  hombre  rico  sacerdote  y  de  gran  renta:  que 
por  no  le  infamar  no  diré  su  nonbre.  El  qual 
como  suele  aconte9er  en  los  semejantes  siendo 
ricos  y  regalados,  avnque  ya  casi  a  la  vejez 
como  no  tuuiesse  muger  propria  compró  vna 
donzella  que  supo  que  vendia  vna  mala  madre: 
en  la  qual  ovo  vna  mut/  gra9Íosa  y  nmy  hermosa 
hija.  A  la  qual  amó  como  a  si  mesmo^  como  es 
propria  passion  de  clérigos:  y  crióla  en  todo  re- 
galo mientra  niña.  Y  quando  la  vio  en  edad 
razonable  procuró  de  la  trasegar  porque  no  su- 
piesse  a  la  madre.  Y  ansi  la  puso  en  compañia 
de  Religiosas  y  castas  matronas  que  la  ordenas- 
sen  (')  en  buenas  costunbres:  porque  pare9Íes- 
se  a  las  virtuosas  y  no  tuuiesse  los  resabios  de 
la  madre  que  vendió  por  pre9Ío  la  virginidad 
que  era  la  mas  valerosa  joya  que  tubo  de  natu- 

(*)  G.,  impasiessen. 


136 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


raleza.  Ensefiola  a  cantar  j  Uñer  dinersas  dif- 
feren^ias  de  instramentos  de  ninsica:  en  lo  qual 
fue  tan  auentajada  que  cada  vez  que  su  ange- 
lical voz  exer9Ítaua  aconpañada  con  m  suaue 
instrumento  conuertia  los  hombres  en  piedra, 
o  encantados  los  saeaua  fuera  de  si,  como  lee- 
mos de  la  vihuela  de  Horpheo  que  a  su  sonido 
hazia  vajlar  las  piedras  de  los  muros  de  Troya. 
En  conclusión  la  donzella  se  hizo  de  tan  gran 
velleza,  gracia  y  hermosura,  en  tanta  manera 
que  no  auia  mancebo  en  nuestra  9¡udad  por  de 
alto  linaxe  que  fuesse  que  no  la  deseasse  y  rc- 
quiriesse  auer  por  muger.  Y  tus  hados  lo  que- 
riendo, vuscando  su  padre  vn  honbre  que  en 
virtud  y  riquezas  se  le  igualasse  te  la  ofreció  a 
ti.  Y  tú  avnque  te  pare9Ío  hermosa  donzella 
áxgntL  de  ser  deseada  de  todo  el  mundo:  como 
no  fuesse  menor  tu  cobdiyia  de  auer  riquezas 
que  de  auer  hermosura:  por  añadirte  el  buen 
clérigo  la  dote  a  tu  voluntad  la  acetaste.  Y 
luego  como  fueron  hechas  las  bodas,  como  sue- 
le aconte9er  en  los  semejantes  casamientos  que 
se  hazen  más  por  interés  mundano  que  por  Dios, 
Satanás  procuró  reboluer/^  por  castigar  tu  aua- 
rienta  inten9Íon.  Y  ansi  te  puso  vn  gran  pen- 
samiento de  dezir  que  tu  muger  no  te  guarda- 
ua  la  fe  prometida  en  el  matrimonio.  Porque 
después  de  ser  por  su  hermosura  tan  deseada 
de  todos,  por  fuer9a  te  pare9Ía  que  deuia  seguir 
la  naturaleza  y  condÍ9Íon  de  su  madre.  Des- 
pués que  passados  algunos  dias  que  se  murió 
tu  suegro,  con  cuya  muerte  se  engrande9Ío  (') 
tu  posession  avnque  no  tu  contento,  porque  de 
cada  dia  cre9Ían  mas  tus  zelos  y  sospecha  de 
la  castidad  de  tu  Ginebra,  la  qual  con  su  canto, 
gra9Íay  donayre  huniillaua  ol  9Íelo.  i  O  quantas 
vezes  por  tu  sosiego  quisieras  más  ser  casado 
C(m  vna  negra  de  Guinea  que  no  con  la  linda 
Ginebra!  Y  prin9Ípalmente  porque  su9edioque 
Satanás  despertó  la  soñolienta  affi9Íon  que  es- 
taña adormida  en  vuo  de  aquellos  man9ebos,  ge- 
neroso y  hijo  de  algo  de  quien  fue  seruida  Gine- 
bra antes  que  casasse.  El  qual  con  gran  conti- 
nua9Íon  tomó  a  la  requerir  y  passear  la  calle 
solÍ9Ítandole  la  casa  y  criados.  Pero  a  ella  poco 
la  mouio  porque  9Íertamente  te  amaua  a  ti:  y 
tanbien  porque  ella  cono9Ía  tu  amor  y  cuyda- 
do  (*)  en  la  guardar.  Pues  como  tú  viniesses 
acaso  a  tener  notÍ9Ía  de  la  intin9Íon  del  man- 
9ebo:  porque  tu  demasiada  sospecha  y  zelos 
te  lo  descubrió:  procuraste  vnscar  alg^n  me- 
dio por  donde  fuesses  9Íerto  de  su  fidelidad. 
Y  ansi  tu  diligen9ia  y  8olÍ9Ítud  te  truxo  a  las 
manos  vna  injcniosa  y  aguda  muger  gran  sabia 
en  las  artes  mágica  y  innoca9Íon  de  demonios. 
La  qual  por  tus  dones  se  comouio  a  tus  ruegos : 

ÍM  G.,  augmentó. 

(>)  G.,  oono9ia  el  amor  que  la  tenias  y  el  caydado. 


y  se  ofre9Ío  a  te  dezir  la  verdad  de  lo  que  en 
Ginebra  huuiesse.  Y  ansi  comen9ando  por  sus 
artes  y  conjuros  halló  solamente  que  a  ti  solo  tu 
Ginebra  tenia  fe.  Pero  tú  9Íego  de  tu  passiou 
porfíauas  que  amaua  mas  a  LÍ9Ínio,  que  ansi  se 
llamaua  el  man9ebo.  Y  la  maga  avn  por  mas 
te  asegurar  vsó  contigo  de  vna  admirable  pniel 
ba.  Y  fue  que  ella  tenia  vna  copa  que  obo  de- 
demonio por  la  fuer9a  de  sus  encantamentos: 
la  qual  auia  sido  hecha  por  mano  de  aquella 
gran  maga  Morganda:  la  qual  copa  tenia  tal 
hado:  que  estando  llena  de  vino  si  beuia  hon- 
bre al  qual  su  muger  le  era  herrada  se  le  vertía 
el  vino  por  los  pechos  y  no  beuia  gota.  Y  si  su 
muger  le  era  casta  beuia  hasta  hartar  sin  per- 
der gota.  De  la  qual  tú  beuiste  hasta  el  cabo 
sin  que  gota  se  perdió  (*).  Pero  avn  no  te  satis- 
faziendo  desta  prueba  le  demandaste  que  te  mu- 
dasse  en  la  figura  y  persona  del  man9ebo  LÍ9Í- 
nio,  que  la  querias  acometer  con  prueba  que  se 
oertificasse  mas  su  bondad  por  tu  seguro;  y  ansi 
fingiendo  en  tu  casa  que  auias  de  caminar  cierta 
xomada,  que  serían  {*)  quinze  dias  de  ausen9Ía, 
la  maga  te  mudó  en  forma  y  persona  de  LÍ9Í- 
nio,  y  ella  tomó  (*)  figura  de  vn  su  paje.  Y  to- 
mando en  tu  seno  muy  gra9Íosas  y  ricas  joyas 
que  huuistede  vn  platero  te  fueste  para  Ginebra 
a  tu  casa  la  qual  avnque  estaña  labrando  ocupa- 
da en  sus  labores  rodeada  de  sus  donzellas,  por 
ser  salteada  de  tu  adultero  deseo  fue  turbada 
toda  su  color  y  agra9Íado  rostro.  Y  ansi  con  el 
posible  desdeño  y  aspere9«  procuró  por  aquella 
vez  apartarte  de  si  dándote  señas  (*)  de  dest^s- 
pera9Íon.  Pero  continuando  algunas  vezes  que 
para  ello  hallaste  oportunidad  te  oyó  con  algu- 
na mas  pa9Íen9Ía.  Y  vista  tu  inportunidad  y  las 
joyas  que  lo  ofre9Ías:  las  quales  bastan  a  que- 
brantar las  diamantinas  peñas:  bastaron  en  ella 
ablandar  hasta  mostrar  algún  plazer  en  te  oyr. 
Y  de  alh'  con  la  continua9Íon  de  tus  dadiuas  y 
ruegos  fue  conuen9Ída  a  te  fabore9er  por  del 
todo  no  te  desesperar.  Y  ansi  vn  dia  que  llora- 
uas  ante  ella  por  mitigar  tu  pasión  comouida 
de  piedad  te  dixo:  Yo  effetuaria  tu  voluntad  y 
demanda^  LÍ9Ínio,  si  fuesse  yo  9Íerta  que  no  lo 
supiesse  nadie.  Fue  en  ti  aquella  palabra  vn 
rayo  del  9Íelo  del  (]ual  sentiste  tu  alma  trespa- 
sada.  Y  súbitamente  corrió  por  tus  huesos,  ve- 
nas y  nieruos  vn  yelo  mortal  que  dexó  en  tu 
garganta  elada  la  boz,  que  por  gran  pieza  no 
podiste  hablar. 

Y  quitando  a  la  hora  la  maga  el  velo  del  en- 
canto de  tu  rostro  y  figura  por  tu  importuni- 
dad, como  vio  tu  Ginebra  que  tú  eras  Menesarco 
su  marido,  fue  toda  turbada  de  verguen9a:  y 


i 


G.,  se  te  (lerramaflAe. 
*\  G.,  xoriiada  de. 
')  G.,  tomó  la. 
*)  G.,  muestran. 


EL  CROTALON 


137 


quisiera  antes  ser  mi]  vczes  muerta  que  auer 
caydo  en  tan  grande  afrenta.  Y  ansi  mirándote 
i]  rostro  muy  vergonzosa,  solamente  sospiraua 
j  solloBcana  cono9Íendo  su  culpa.  Y  tú  cortado 
de  ta  demasiada  diligencia  solamente  le  podis- 
te  responder  diziendo:  De  manera,  mi  Ginebra, 
qne  Tenderías  por  precio  mi  honrra  si  hallasses 
comprador.  Desde  aquel  punto  todo  el  amor 
que  te  tenia  le  conuertio  en  yenenoso  aborre- 
cimiento. Con  el  qual  no  se  pudiendo  sufrír,  ni 
fiándose  de  ti,  en  viniendo  la  noche  tomando 
quantas  joyas  tenia,  lo  mas  secreto  que  pudo  se 
«alio  de  tu  casa  y  se  fue  a  vuscar  al  verdadero 
Li^inio  cuya  figura  le  auias  representado  tú: 
con  el  qual  hizo  verdaderos  amores  y  liga  con- 
tra ti  por  se  satisfazer  y  vengar  de  tu  necedad. 
Y  ansi  se  fueron  juntos  g9zandose  por  las  tier- 
ras que  mas  seguras  les  fueron:  y  a  ti  dexa- 
ron  hasta  oy  pagado  y  cargado  de  tus  sospe- 
chas y  zelos.  El  qual  veniste  a  tan  grande  estre- 
mo de  afrenta  y  congoja  que  en  breue  tiempo 
moríate  ('):  y  f ueste  conuertido  en  hormiga 
y  después  en  MÍ9ÍI0  venido  en  tu  pobreza  y 
misería,  hecho  castigo  para  ti  y  exemplo  para 
otros, 

MiviLO. — Por  cierto  eso  fue  en  mí  bien  em- 
pleado: y  ansi  creo  que  de  puro  temor  que  tie- 
ne desde  entonyes  mi  alma  no  me  ha  sufrido 
casarme.  Agora  prosigue  yo  te  ruego,  Gallo,  en 
tu  transformación. 

Gallo. — Pues  emos  comencado  a  hablar  de 
los  philosophos  deste  tiempo,  luego  tras  este  de 
quien  emos  tratado  hasta  aqui  te  quiero  mos- 
trar de  otro  genero  de  honbres  en  este  estado: 
del  qual  yo  por  transformación  participé.  En 
cuyo  pecho  y  vida  veras  vn  admirable  misterio 
o  modo  de  vibir  sin  orden,  sin  principio,  sin  me- 
dio y  sin  fin.  Sin  cuenta  passan  su  vida,  su  co- 
mer, su  beber,  su  hablar  y  su  dormir.  Sin  due- 
ño, sin  señor,  sin  Rey.  Ansi  nacen,  ansi  viben, 
ansi  mueren,  que  en  ningún  tiempo  piensan  que 
ay  otra  cosa  más  que  nacer  y  morír.  Ni  tienen 
cuenta  con  cielo,  ni  con  tierra,  con  Dios,  ni  con 
Satanás.  En  conclusión,  es  gente  de  quien  se 
pueden  dezir  justamente  aquellas  palabras  del 
poeta  Homero:  Que  son  inútil  carga  de  la  tier- 
ra (').  Estos  son  los  falsos  philosophos  que 
los  antiguos  pintaban  con  el  libro  en  la  mano 
al  reues.  Y  pues  parece  que  es  venido  el  dia,  en 
el  canto  que  sig^e  se  prosiguira. 

{})  G.,  te  vino  la  muerte. 

(')  K.  Primeramente  se  leía:  que  tan  carga  pejtxa' 
da  de  la  tierra,  nn  apntrechar,  Despneii  se  tacharon 
laii  palabras /7^«tff<^/  y  sin  aprovechar, 

^^  < 

Fin  del  ierqero  canto  del  gallo. 


ARGUMENTO 


DEL  gUARTO  CANTO  DBL  GALLO 

Ed  el  i|uarU>  canto  que  fe  sigue  el  aurtor  imila  k  Lafiano  en  el 
libro  aue  hiao  llamado  Fseodomanti!*.  En  el  qual  deacriue 
marauIlloMinente  mil  (>)  tacafferíaf  y  embaymientos  y  en- 
gaños de  vn  falw)  religioso  llamado  Aleíandro,  que  en  mnchaa 
partes  dd  mundo  fingió  ser  propheta,  dando  respuestas  am- 
biguas y  industriosas  para  adquerir  con  el  vulgo  crédito  y 
moneda  (*). 

Gallo.  —  En  este  canto  te  quiero,  Micilo, 
mostrar  los  engaños  y  perdición  de  los  hombres 
holgacanes;  que  bueltas  las  espaldas  á  Dios  y 
a  su  verguenca  y  conciencia,  a  vanderas  desple- 
gadas se  van  tras  los  vicios,  cenados  de  un  mi- 
serable precio  y  premio  con  título  apocado  de 
limosna,  por  solo  gozar  debajo  de  aquellos  sus 
viles  hábitos  y  costunbres  de  vna  sucia  y  apo- 
cada libertad.  Oyras  vn  genero  vil  de  encan- 
tamento ñngido;  porque  no  bastan  los  inje- 
nios  bajos  y  viles  destas  desuentnradas  gentes 
mendigas  a  saber  el  verdadero  encantamento, 
ni  cosa  que  tenga  titulo  verdadero  de  saber: 
no  mas  de  porque  su  vilissima  naturaleza  no  es 
para  conprehender  cosa  que  tenga  titulo  de 
sciencia,  estudio  y  especulación.  Son  amanceba- 
dos con  el  vicio  y  ociosidad;  y  ansi,  puesto  caso 
que  no  es  de  aprobar  el  arte  mágica  y  encan- 
tar, digo  que  por  su  vileza  se  hazen  indignos 
de  la  saber.  Y  vsando  de  la  fingida  es  vista  su 
ruyn  intención:  que  no  dcxan  de  saber  la  ver- 
dadera por  virtud.  Y  ansi  sabrás,  Micilo,  que 
después  de  lo  passado  vine  a  ser  hijo  de  vn  po- 
bre labrador  que  vibia  en  vna  montaña,  vasallo 
de  vn  señor  muy  eobdicioso  que  los  fatigaua 
ordinariamente  con  infinitos  pedidos  de  in- 
posiciones, que  vno  (')  alcancaua  a  la  conti- 
na al  otro.  En  tanta  manera  que  solo  el  hidal- 
go se  podia  en  aquella  tierra  mantener,  que  el 
labrador  pechero  era  necesario  morir  de  hanbre. 

Mk.'Ilo. — ¿Pues  porque  no  se  iba  tu  padre 
á  vibir  a  otra  tierra? 

Gallo.  Son  tan  acobardados  para  en  eso 
los  labradores,  que  nunca  se  atreuen  a  hazer 
mudanca  de  la  tierra  donde  nac^ii:  porque  vna 
legua  de  sus  lugares  les  parece  que  son  las  In- 
dias: y  imaginan  que  ay  alia  gentes  que  comen 
los  honbres  biuos.  Y  por  tanto  muere  cada  vno 
en  el  pajar  donde  nació,  avnque  sea  de  hanbre. 
Y  deste  padre  nacimos  dos  hijos  varones,  de 
los  quales  yo  fue  el  mayor,  llamado  por  nonbre 
Alexandro.  Y  como  vimos  tanta  miseria  como 
passauan  con  el  señor  los  labradores,  pensaua- 
mos  que  si  tomauanios  officios  que  por  enton- 

(*)  G.,  las. 

{^\  K.  {tachado  y.  aSiguesse  el  qaarto  canto  del 
Gallo  de  Lociano,  orador  griego,  contrahecho  en  el 
castellano  por  el  meamo  anctor». 

(s)  G.,  p«dido8  de  pechos,  alcanalaa  y  censoa  y  otras 
machas  imposiciones,  qne  la  Tna. 


138 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


968  nos  libertassen  se  olaidaria  nuestra  vileza, 
y  nuestros  hijos  serían  tenidos  y  estimados  por 
hydalgos  y  viuirian  en  libertad.  Y  ansi  yo  ele- 
gí ser  sacerdote,  que  es  gente  sin  ley;  y  mi 
hermano  fue  herrero,  que  en  aquella  tierra  son 
¡08  herreros  exentos  de  los  pedidos,  pechos  y 
Ytilas  del  higar  donde  simen  la  ferrcria.  Y  ansi 
yo  demandé  licencia  a  mi  padre  para  aprender 
a  leer:  y  avn  se  le  hizo  de  mal  porque  U  sertUa 
(le  guardar  tmos  patos,  y  ojear  los  pájaros  que 
no  comiessen  la  simiente  de  rn  linar.  En  con- 
clusión mi  padre  me  encomendó  (})  por  críado  y 
mona^ino  de  vn  capellán  que  seruia  vn  benef- 
fí9Ío  tres  leguas  do  alli.  ¡O  Dios  omnipotente, 
quien  te  dixera  las  bajezas  y  poquedades  deste 
honbre !  Por  ^ierto  si  yo  no  huuiera  tomado  la 
mano  oy  para  te  contar  (*)  de  mi  y  no  de  otros, 
yo  te  dixera  cosas  de  gran  donayre.  Pero  quie- 
rote  hazer  saber  que  ninguno  dellos  sabe  más 
leer  que  deletrear  y  lo  que  escriben  aslo  de 
sacar  por  discreción.  En  ninguna  cosa  estos 
capellanes  muestran  ser  auenta jados,  sino  en 
comer  y  l)ei)er:  en  lo  qual  no  guardan  tiempo 
ni  medida  ni  razón.  Con  este  estuuo  dos  años 
que  no  me  enseñó  sino  a  mal  hazer,  y  mal  r/«- 
zir,  y  mal  pepsar  y  mal  perseuerar.  A  leer  me 
enseñó  lo  que  el  sabia,  que  era  harto  poco,  y  é 
escreuir  vna  letra  que  no  pare^'ia  sino  que  era 
arado  el  papel  con  pies  de  escarabajos.  Ya  yo 
era  buen  mo^o  de  quinzc  años,  y  entendía  que 
para  yo  no  ser  tan  asno  como  mi  amo  que  deuia 
de  sabor  algún  latin.  Y  ansi  me  fue  é  Zamora 
a  estudiar  alguna  gramática:  donde  llegado  me 
presentó  ant<í  el  bachiller  y  le  dixe  mi  necesi- 
dad, y  el  me  preguntó  si  traya  libro:  y  yo  le 
mostré  vn  arte  de  gramática  que  auia  hurtado 
a  mi  amo,  que  fue  de  los  de  Pastrana,  que  auia 
mas  de  mil  años  que  se  inprimió.  Y  el  me 
mostró  en  el  los  nominatiuos  que  auia  de  es- 
tudiar. 

Mu; I  LO. — ¿De  qué  te  mantenías? 

Gallo.  -  Dauame  el  bachiller  los  domingos 
vna  yedula  suya  para  vn  cura,  o  capellán  de 
vna  aldea  comarcana  el  qual  me  daua  el  petre 
del  agua  bendita  los  domingos  y  andana  por 
todas  las  casas  a  la  hora  del  comer  echando  a 
todos  agua:  y  en  cada  casa  me  dauan  vn  pe- 
da90  de  pan,  con  los  quales  mendrugos  me 
manten  ia  en  el  estudio  toda  la  semana.  Aquí 
estube  dos  años:  en  los  quales  aprendi  declina- 
ciones y  conjugaciones:  genero,  pretéritos  y 
supinos.  Y  porque  semejantes  honbres  que  (') 
yo  luego  nos  enhastiamos  de  saber  cosas  bue- 
nas, y  porque  nuestra  intincion  no  es  saber 
más:  sino  tener  alguna  noticia  de  las  cosas  y 


(*)  R.,  para  aftrender  a  leer;  para  lo  qnal  me  dio. 
(*)  G.,  prometído  de  solo  desirte. 
(>)  G.,  como. 


mostrar  que  emos  entendido  en  ello  quando  al 
tomar  de  las  ordenes  nos  quisieren  examinar. 
Porque  si  nuestra  intincion  fuesse  saber  algo 
perseueraríamos  en  el  estudio.  Pero  en  orde- 
nándonos comencemos  a  oluidar  y  damonos  tan 
buena  priesa  que  si  llegamos  a  las  ordenes  ne- 
cios, dentro  de  vn  mes  somos  confirmados  as- 
nos. Y  ansi  me  sali  de  Qamora,  donde  estudia- 
ua  harto  de  mi  espacio,  y  por  estar  ya  ense- 
ñado á  mendigar  con  el  c^tre  sabiame  cc»nio 
miel  el  pedir:  y  por  tanto  me  bolui  a  ello  (•). 
Y  ansi  acordé  de  yrme  por  el  mundo  en  com- 
pañía de  otros  perdidos  como  yo,  que  luego  nos 
hallamos  vnos  a  otros.  Y  en  esta  compañía  fue 
gran  tiempo  zarlo,  ó  espinel:  y  alcanye  en  esta 
arte  de  la  zarleria  todo  lo  que  se  pudo  al- 
cancar. 

MiviLO. — Nunca  esa  arte  á  mi  noticia  llegó: 
declárate  me  mas. 

Gallo. — Pues  quiero  descubrírtelo  todo  de 
raiz.  Tu  sabrás  que  yo  tenia  la  persona  de  es- 
tatura crecida  y  andana  vestido  en  diucrsas  pro- 
uincias  de  diuersos  atauios,  porque  ninguno 
pudiesse  con  mala  intincion  aferrar  en  mí.  Pero 
mas  á  la  contina  traya  vna  vestidura  de  vurici 
algo  leonado  obscuro,  honesta,  larga  y  con  vna 
bama  espesa  y  muy  prolíxa,  de  grande  autori- 
dad y  un  manteo  encima,  puesto  á  los  pechos 
vn  botón  (^).  Otras  vezes  mudando  las  tierras 
mudaua  el  vestido:  y  con  la  mesma  barua  vsaua 
de  vn  habito  que  en  muchas  prouíncias  llaman 
veguino:  con  vna  saya  y  vn  escapularío  de  Re- 
ligioso que  hazia  vida  en  la  soledad  de  la  mon- 
taña; vna  cayada  y  vn  rosarío  largo,  de  vuus 
cuentas  muy  gruesas  en  la  mano,  que  cada  vez 
que  la  vna  cuenta  caya  sobre  la  otra  lo  oyan 
todos  quantos  en  vn  gran  templo  estuuiessen. 
Publiqué  adiuinar  lo  que  estaua  por  venir,  ha- 
llar los  perdidos,  reconciliar  enamorados,  des  - 
cubrir  los  ladrones,  manifestar  los  thesoros,  dar 
remedio  fácil  á  los  enfermos  y  avn  resucitar  los 
muertos.  Y  como  de  mí  los  honbres  tenían  n<í- 
ticia  venían  luego  prostrados  con  mucha  hu- 
mildad a  me  adorar  y  bessar  los  píes  y  a  ofre- 
cerme todas  sus  hazíendas,  llamándome  todos 
propheta  y  dicipolo  y  sieruo  de  Dios,  y  luego 
les  ponía  en  las  manos  vno  versos  que  en  vna 
tabla  yo  traya  scríptos  con  letras  de  oro  sobre 
vn  barniz  negro;  que  dezían  de  esta  manera: 

Munerihus  decorare  meum  vatem  atgue  ministrum 
precipio:  nee  opum  mihi  cura,  at  máxima  vatvt. 

Estos  versos  dezia  yo  auermelos  enbíado 
Dios  con  vn  ángel  del  cielo,  para  qüé^JOr  (•*) 

(*)  G.,  no  me  pude  del  todo  despegar  dello. 
(>)  G.,  traya  la  barua  larga  y  eH|>esa,  de  grande 
autoridad. 
(*)  G.,  porque  por. 


EL  CROTALON 


189 


su  mandado  faesse  yo  de  todos  honrrado  y 
agradecido  como  ministro  y  siemo  de  su  diuina 
magestad.  Hallé  por  el  reyno  de  Portogal  y 
Castilla  infinitos  honbres  y  mugcres  los  quales 
avnqae  fnessen  muy  ricos  y  de  los  más  prin^i- 
/    pales  de  sa  república,  pero  eran  tan  tímidos 
I     sapersti^iosos  que  no  allanan  los  ojos  del  suelo 
i     HÍn  escmpulizar.  Eran  tan  fáciles  en  el  crédito 
I     qne  con  yna  piedra  (')  arrebujada  en  unos  tra- 
^  pos  6  vn  pergamino  con  ynos  plomos  ó  sellos 
colgando,  en  las  manos  de  vn  hombre  desnudo 
y  descalco  luego  se  arrojauan  y  humillauan  al 
snelo,  y  veniau  adorando  y  ofreciéndose  a  Dios 
KÍn  se  leoantar  de  alli  hasta  que  el  prestigioso 
questor  los  leuantasse  con  su  propria  mano;  y 
ansí  estos  como  me  yian  con  aquella  mi  sánti- 
ilad  vulpina  fácilmente  se  me  rendian  sin  poder 
resistir.  Yenian  é  consultar  en  sus  cosas  con- 
migo todo  lo  que  deuian ,  6  qucrian  hazer  y  yo 
les  dezia,  que  lo  consultaría  con  Dios,  y  que  yo 
les  responderia  sii  diuina  determinación,  y  ansi 
a  sus  preguntas  procuraua  yo  responder  con 
gran  miramiento  porque  no  fuesse  tomado  en 
palabras  por  falso  y  pcrdicssc  el  crédito.  Sien- 
pre  daña  las  respuestas  dubdosas,  ó  coii  diuer- 
soB  entendimientos,  sin  nunca  responder  abso- 
lutamente a  su  intincion.  Como  a  yno  que  me 
preguntó;  qué  preceptor  daria  a  vn  hijo  suyo 
que  le  quería  poner  al  estudio  de  las  letras.  Ros- 
pondi  qne  le  diesse  por  preceptores  al  Antonio 
de  Nebrija  y  a  Sancto  Thomas.  Dando  á  en- 
tender que  le  hiziesse  estudiar  aquellos  dos 
auctores,  el  vno  en  la  gramática  y  el  otro  en  la 
theologfa;  y  sucedió  morírsc  el  mochacho  den- 
tro de  ocho  dias,  y  como  sus  amigos  burlasen 
¡  del  padre  porque  daua  crédito  a  mis  dcsuaríos 
¡  y  de  mis  juizios  llamándolos  falsos,  respondió 
'  qne  muy  bien  me  auia  yo  dicho:  porque  sa- 
biendo yo  qne  se  auia  de  morír,  di  a  entender 
qne  auia  de  tener  por  preceptores  aquellos  allá. 
Y  a  otro  que  auia  de  hacer  vn  camino  y  temiasse 
de  ynos  enemigos  que  tenia,  que  me  preguntó 
si  le  estaña  bien  yr  aquel  camino.  Respondí  que 
más  seguro  se  estaña  en  su  casa  si  le  podia  cs- 
cnsar;  y  caminó  por  burlar  (*)  de  mi  juizio,  y 
sucedió  que  salieron  sus  enemigos  y  hiriéronle 
mal.  Después  como  aquel  juizio  se  publicó  me 
valió  muchos  dineros  a  mi:  porque  desde  alli 
adelante  no  auian  de  hazer  cosa  que  no  la  vi- 
níessen  comigo  á  consultar  pagándomelo  bien. 
En  fin  en  esta  manera  dy  muchos  y  diuersos 
rfuizios  que  te  quisiera  agora  contar,  sino  fuera 
I  porque  me  queda  mucho  por  dezir.  Dcziamos 
j  yo  ser  Juan  de  vota  Dios  (*). 
Mi<;!iLO. — ¿Qué  hombre  es  ese? 
Gallo. — Este  fingen  los  zarlos  snpersticio- 

{*)  G.,  vn  palo  arrebaxado. 
[>)  G.,  bañando. 
*"  G.,  voto  á  Dioe. 


sos  vagabundos  que  era  vn  c^P^tero  que  estaña 
en  la  calle  de  amargura  en  Hierusalen,  y  que 
al  tiempo  que  passauan  a  Cristo  ])resso  por 
aquella  calle,  salió  dando  golpes  con  vna  hor- 
ma sobre  el  tablero  diziendo:  vaya,  vaya  el  hijo 
de  María;  y  que  Crísto  le  auia  respondido:  yo 
yré  y  tú  quedarás  para  sienpre  jamas  para  dar 
testimonio  de  mi;  y  para  en  fe  dosto  mostraua 
yo  vna  horma  señalada  en  el  braco,  que  yo  ha- 
zia  con  cierto  artificio  muy  fácilmente,  que  pa- 
recía estar  naturalmente  empremida  alli:  y  a 
la  contina  traya  vn  compañero  del  nicsmo  offi- 
vio  y  perdición  que  fuesse  mas  viejo  que  yo, 
porque  descubriéndonos  el  vno  al  otro  lo  que 
en  secreto  y  confession  con  las  gentes  trataua- 
mos,  pareciendo  vn  dia  el  vno  y  otro  dia  el  otro 
les  mostrauamos  tener  speyie  de  divina^ion  y 
spiritu  de  profecía,  lo  qual  sienpre  nosotros 
queríamos  dar  á  entender.  Y  haziamos  se  lo 
fácilmente  creer  por  variarnos  cada  dia  en  la 
representación;  y  deziales  yo  que  en  viéndome 
viejo  me  yba  a  bañar  al  río  Xordan  y  luego 
boluia  de  edad  de  treynta  y  tres  años  que  era: 
la  edad  en  que  Cristo  murió.  Otras  vezes  dezia 
que  era  vn  peregríno  de  Hierusalen,  honbre  de 
Dios,  enviado  por  él  para  declarar  y  absoluer 
los  muchos  pecados  que  auia  (*)  secretos  en  el 
mundo,  que  por  vergucuca  los  honbres  no  los 
osan  descubrir  ni  confesar  a  ningún  confessor. 

Mi<;iLO. — ¿Pues  para  qué  era  eso? 

Gallo. — Porque  luego  en  auiendoles  hecho 
creer  que  yo  era  qualquiera  des  tos  dos  fácil- 
mente los  podia  abunir  a  qualquiera  cosa  que 
los  quisiesse  sacar.  Luego  como  los  tenia  en 
este  estado  comencaua  la  zarlería  cantándoles 
el  espinela,  que  es  vn  genero  de  diuinanca,  a 
manera  de  dezir  la  bnenauentura.  Es  vna  agu- 
deca  y  desenboltura  de  hablar,  con  la  qual  los 
que  estamos  platicos  en  ello  sacamos  fácilmente 
qualesquier  genero  de  scollos  (que  son  los  pe- 
cados) que  nunca  por  abominables  se  confessa- 
ron  a  sacerdote.  En  comencando  yo  a  escantar 
con  esta  arte  luego  ellos  se  descubren. 

Mi4;iL0. — Yo  querría  saber  qué  genero  de 
pecados  son  los  que  se  descubren  a  tí  por  esta 
arte,  y  no  al  sacerdote? 

Gallo. — Hallaua  mugeres  (¿ne  tuuieron  a^c- 
80  con  sus  padres,  hijos  y  con  muy  cercanos  pa- 
rientes, y  vnas  mugeres  con  otras  con  instru- 
mentos hechos  para  ofFoctuar  este  vicio;  y  otras 
maneras  que  es  vergüenza  de  las  dezir;  y  ha- 
llaua honbres  que  se  me  confessauan  auer  co- 
metido grandes  incestos ,  y  con  animales  bru- 
tos, que  j>or  no  inficionar  el  ayre  no  te  los 
quiero  contar.  Son  estos  pecados  tan  abomina- 
bles que  de  pura  verguenca  y  miedo  honbres  ni 
mugeres  no  los  osan  fiar  ny  descubrir  a  sus 

(•)  G.,  ay. 


] 


140 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


curas  ni  confessores;  j  ansi  acontece  machos  (') 
deslos  necios  morirse  sin  nunca  los  confessar. 

Mi(;iL0. — Pues  de  presumir  es  que  muchos 
destos  honbres  j  mugeres,  pensando  bastar 
confessarlos  a  ti  se  quedaron  sin  nunca  á  sa- 
^4>rdotc  los  confessar. 

Gallo.  —Pues  ese  es  vn  daño  que  trae  con- 
sigo esta  peniersa  manera  de  vibir,  el  qual  no 
es  daño  qualquiera  sino  de  gran  caudal. 

MiriLO. — Querría  saber  de  ti,  qué  virtud,  o 
faert;a  tiene  esa  arte  que  se  los  hazeis  vosotros 
confessar,  y  qué  palabras  les  dezis? 

(tallo. — Fuer9a  de  virtud  no  es:  pero  antes 
industria  de  Sathanas.  La  manera  de  palabras 
era:  que  luego  les  dezia  yo  que  por  auer  aquella 
persona  nacido  en  vn  dia  de  vna  gran  iiesta  en 
^inco  puntos  de  Mercurio  y  otros  9Íncode  Mars, 
por  esta  causa  su  ventura  estaua  en  dos  puntos 
de  gran  peligro,  y  que  el  vn  punto  era  vibo,  y 
el  otro  era  muerto,  y  que  este  punto  vibo  con- 
uenia  que  se  cortasse,  porque  era  vn  gran  pe- 
cado que  nunca  confessó,  por  el  qual  corría  gran 
I)eligro  en  la  vida.  En  tanta  manera  que  si  no 
fuera  {)orque  Dios  le  quiso  guardar  por  los  rué- 
1J0H  del  hienauenturatlo  San  Ptdro,  que  era  mu- 
cho en  abogado  ante  Díoh,  que  umchas  vezes  le 
ha  cometido  el  demonio  en  grandes  afrentas 
donde  le  quiso  auer  traydo  a  la  muerte ;  y  que 
agora  era  enbiado  por  Dios  este  su  peregrino 
de  ¡íi'crusalen  y  santo  profeta;  que  soy  vno  de 
los  doze  peregrinos  que  residiMi  á  la  contina  en 
el  sancto  sepulcro  de  Híerusalen  en  lugar  de  los 
doze  apostóles  de  Cristo;  ^  que  yo  soy  su  abo- 
gtulo  San  Pedro  que  conuieno  que  el  me  1q  aya 
de  descubrir  y  confessar  para  que  yo  se  le  ab- 
suelua,  y  avn  pagarle  (^)  por  el,  y  asegurarle 
que  no  p4ínará  ni  peligrará  por  el  (')  pecatlo 
más.  Y  ansi  él  luego  me  descubre  su  pecado  por 
grane  y  inorme  que  sea ;  y  prostrado  por  el 
suelo  llorando  me  pide  misericordia  y  remedio  y 
le  mande  quanto  yo  quisiere  que  haga  para  ser 
ttbsuelto,  que  en  todo  me  obecle^erá  y  avn  me 
dará  quanto  yo  le  pidiere  y  el  tuuiere  para  su 
necesidad;  y  ansi  quando  yo  veo  a  la  tal  per- 
sona tan  obediente  y  rendida  digola.  Pues  mira, 
hermana,  que  este  pecado  se  ha  de  absoluer  con 
tres  signos  y  tres  cruzes  y  tres  psalmos  y  tres 
misas  solenes:  las  quales  se  han  de  dezir  en  el 
templo  del  Santo  Sepulcro  de  Hierusalon,  y  que 
(son  misas  de  mucha  costa  y  trabajo,  porque  las 
han  de  dezir  tres  cardenales  y  relwstirse  con 
ellos  al  altar  tres  obispos;  y  Jianlas  de  offi9¡ar 
tres  patriarcas  vestidos  de  pontifical ,  y  han  de 
arder  alli  tres  ^irios  a  cada  misa,  quepesse  cada 
vno  seys  libras  de  cera;  y  luego  dize  el  tal  pe- 

(*)  O.,  mnchafl  de^ta^  genten  nerian. 
(')  ü.,  le  pagaré. 
(«)  G.,  aquel. 


nitente:  Pues  vos  mi  padre  y  santo  sefior  vayí 
allá  hazedlas  dezir,  y  yo  al  presente  daré  los 
dineros  y  limosna  que  pudiere  y  boluiendo  vos 
por  aquí  lo  acabaré  de  pagar;  y  yo  respondo: 
que  a  mi  me  conuiene  forjado  estar  en  Híeru- 
salen la  Semana  Santa,  y  que  en  llegando  se 
las  haré  dezir,  y  ansi  luego  el  penitente  me  da 
diez  y  veinte  (')  ducados  y  más,  o  menot  como 
cada  qual  tiene  la  facultad,  y  yo  la  doy  vna  se- 
ñal por  la  qual  quedo  de  boluer  a  la  visitar  den- 
tro de  vn  año  o  dos,  sin  pensarla  mas  ver;  y 
otras  vezes  para  auctori^ar  esta  mi  mala  arte 
digoles:  que  yo  le  daré  parte  del  gran  trabajo 
que  tengo  de  re^*ebir  en  el  camino  que  emos  de 
hazer  los  escolares  peregrinos  de  Hierusalen 
quando  todos  juntos  vamos  la  Santa  pasqua  de 
Resure9Íon  por  el  olio  y  crisma  a  la  torre  de 
Babilonia,  como  lo  tenemos  por  costunbre  y 
promesa  traerlo  nosotros  doze  para  la  iglesia  de 
Dios;  lo  qual  se  trae  en  doze  cauallos  yendo 
nosotros  a  pie.  Que  van  luego  los  siete  y  que- 
dan los  9Ínco  aguardando;  y  aquellos  siete  que 
van  llenan  siete  ropas  ricas  y  siete  armas,  con 
las  quales  peleamos  con  siete  gigantes  que 
guardan  el  santo  crisma  y  el  olio  de  noche  j  de 
dia,  y  como  son  mas  fuertes  que  nosotros  dan- 
nos  grandes  palos  y  bofetadas,  liasta  que  vienen 
del  9Íe]o  siete  donzellas  en  siete  nubes  y  en  su 
fabor  siete  estrellas;  las  quales  peleando  con  los 
gigantes  los  vencen  y  ansi  las  damos  las  siete 
ropas,  y  nos  cargan  los  cauallos  del  Santo  olio 
y  crisma  y  nos  venimos  con  ello  á  Hierusalen 
para  que  en  la  Santa  pcucua  de  Resurret;ion 
se  distribuya  por  toda  la  cristiandad;  y  ansi  por 
la  misericordia  de  Dios  nuestro  señor,  por  esta 
tu  Innosna  te  haré  par9Íonera  deste  trabajo  que 
en  este  viaje  tongo  de  llenar  por  la  iglesia  de 
Dios;  y  demás  desto  porque  quedes  más  pur- 
gada deste  pe(*ado  me  vanaré  por  ti  en  la  fuente 
y  rio  Xordan  vna  vez.  Y  con  este  fingimiento 
y  enbaymiento,  fisiones  y  engaños  las  hazia  tan 
obedientes  a  mi  mandado,  que  después  de  auer- 
me  dado  su  hazienda  si  qneria  tenia  a^esso  con 
ellas  a  nuniida  de  mi  voluntad,  y  ellas  se  pre- 
ciaban auer  tenido  a(;esso  con  el  profeta  di- 
9Ípulo  de  Dios  y  |K*regrino  (*)  santo  de  Hie- 
rusalen, sieruo  de  Jesyi-Cristo  (').  Y  se  te- 
nian  por  muy  dichosos  los  maridos  por  auer 
querido  yo  ansi  líendezir  a  su  nmger;  y  ellas 
se  piensan  quedar  l)enditas  para  sienpre  ja- 
mas con  semejantes  bendi'^iones.  En  estas  mal- 
dades querria  yo  mucho  que  el  mundo  estuvies- 
sc  anisado,  y  que  no  diesse  lugar  ninguno  a  se 
dexar  engañar  de  semejantes  honbres  malos, 
pues  todo  esto  es  manifiesta  mentira  y  fisión. 


(*)  G.,  diez  dacado<(,  o  neyít,  o  qiiatro,  y  algimot  me 
dan  Teynte. 

8G.,  homhre. 
G.,  peregrínu  de  Hieruialen. 


EL  CROTALON 


141 


Y  8^  yo  qne  al  presente  andan  mnchos  por  el 
mnudo,  los  quales  tienen  engañada  la  mayor 

Í}mrte  de  los  cristianos,  y  se  dcbria  procurar  qac 
os  jaezes  los  voscassen ,  y  hallados  los  casti- 
gassen  en  las  vidas,  porque  es  vna  spe^ie  do 
superstición  y  hurto  el  mas  nefando  que  entre 
infieles  nunca  se  vsó,  ni  se  sufrió.  Y  porque 
vfas  quanta  es  la  desvergüenza  y  poquedad  de 
los  semejantes  hombres  te  quiero  contar  vn 
passo  qne  passé,  porque  entiendas  que  los  tales 
niaguna  vellaquería  ni  poquedad  doxan  de  aco- 
meter y  executar.  Sabrás  que  vn  dia  yuamos 
tres  compañeros  del  offíyio  del  zarlo  y  espinela, 
qne  andauamos  vuscando  nuestra  ventura  por 
el  mundo.  Y  como  llegamos  acaso  en  vna  ciu- 
dad á  la  hora  del  comer,  nos  entramos  en  vn 
bodegón,  donde  comimos  y  bebimos  muy  a  pasto 
todos  tres,  y  acordamos  que  se  saliesse  el  vno 
á  Yusear  ^ierto  menester,  y  como  se  tardasse 
algo  fuele  el  otro  vuscar:  y  ansi  me  dexaron 
solo  a  mi  por  gran  pieza  de  tiempo,  y  dixome 
la  bodegonera:  hermano,  pagad,  ¿que aguardáis? 
Respondí  yo:  aguardo  aquellos  compañeros  que 
fueron  á  vuscar  yierta  cosa  para  nuestra  nece- 
sidad; y  ella  me  dixo:  pagad  que  por  demás  loa 
esperáis:  por  necios  los  ternia  si  ellos  boluicssen 
acá;  y  yo  le  pregunté  quánta  cost«  estaua  he- 
cha, para  pagarla;  y  ella  contando  á  su  volun- 
tad y  sin  contradi^ion  dixo  que  quatro  reales 
auiamoe  comido  y  bebido;  y  luego  me  leuanté 
de  la  mesa  viniéndome  para  la  puerta  de  la  casa 
mostrando  vuscar  la  bolsa  para  la  pagar,  y  di- 
xela:  señora  echadme  en  vna  copa  vna  vez  de 
vino,  que  todo  junto  lo  pagaré:  y  díziendo  esto 
nos  fuemos  llegando  a  vn  cuero  de  vino  que 
sobre  vna  mesa  tenia  junto  a  la  (*)  puerta,  y  la 
buena  dueña,  avnque  no  era  menos  curial  en 
semejantes  maldades  que  yo,  descuydose:  y 
desató  luego  el  cuero  echando  la  cuerda  sobre 
ol  hombro  por  tener  con  la  vna  mano  oí  piezgo 
y  con  la  oim  la  medida,  y  comen<;^iKlo  ella  a 
medir  le  tomé  yo  la  cuerda  del  ombro  y  fueme  lo 
mas  solapadamente  que  yo  pude  por  la  calle  ade- 
lante y  avnque  ella  me  llamaua  no  le  respoudia: 
ni  ella  por  no  dexar  el  cuero  desatado  me  vio 
mas  haista  oy.  Cansado  ya  desta  miserable  y 
trabajada  vida  fueme  a  ordenar  para  clérigo. 

Mi(;iLO.  —  ¿Con  que  letras  te  yuas  al  exa- 
men? 

Oallo. — Conseys  conejos  y  otras  tantas  per- 
dices que  Ueué  al  prouisor,  y  ansi  maxcando  vn 
euangelio  que  me  dio  a  leer,  y  declinando  al  re- 
nes vn  nominatiuo  me  passó,  y  al  escrivano  que 
le  dixo  que  no  me  deuia  de  ordenar  respondió: 
andad  que  es  pobre  y  no  tiene  de  qué  viuir. 

Mi<;iLO. — For  cierto  que  todo  va  ansi.  Que 
yo  conozco  clérigos  tan  necios  y  tan  desuentu- 

(«)  G.,  vna. 


rados  que  no  les  fiaría  la  tauerna  del  lugar.  No 
saben  sino  coger  la  pitanca  y  andar,  y  si  les 
preguntáis,  ¿donde  vays  tan  apriesa?  Responde 
él  con  el  mesnio  desasosiego:  a  dezir  misa.  ¿Que 
no  ay  mas?  Por  vn  miserable  estipendio,  que  si 
no  fuesse  por  él  no  la  dina. 

'Gallo. — La  cosa  que  más  lastimado  me 
tiene  el  coraron  en  las  cosas  de  la  cristiandad 
es  esta:  el  poco  acatamiento  que  tienen  estos 
capellanes  en  el  dezir  misa.  Que  de  todas  las 
naciones  del  mundo  no  ay  ninguna  que  más 
bienes  aya  rebebido  de  su  L)ios  que  los  cristia- 
nos: que  los  de  los  otros  no  son  dioses:  no  los 
pueden  dar  nada;  y  con  tantas  mercedes  como 
los  ha  hecho,  que  avn  asi  mesmo  se  les  dio,  y 
no  ay  u ación  en  el  mundo  que  menos  acata- 
miento tenga  á  su  Dios  que  los  cristianos:  y  por 
eso  les  da  Dios  enfermedades,  pestclen9iafi, 
hambres,  g^ierras,  herejes.  Que  en  vn  rincón  de 
la  cristiandad  ay  todos  estos  males  y  justamen- 
te los  merecen.  Que  como  ellos  tratan  a  Dios 
ansi  los  trata  él  a  ellos  a  osadas.  Que  vno  que 
para  tauernero  no  es  suficiente  se  haze  sacer- 
dote por  ganar  de  comer:  y  tanbien  tien(»n  desto 
gran  culpa  los  seglares,  por  el  trato  que  anda 
de  misas  y  varatos  malos:  que  si  esto  no  hu- 
uiesse  no  se  ordenaria  tanto  perdido  y  ocioso 
como  se  ordenan  con  confianca  desto.  Escriben 
los  historiadores  por  gran  cosa,  que  vn  papa 
ordenó  tres  sacerdotes  y  c¡nco  diáconos,  y  ocho 
subdiaconos.  Y  agora  no  hay  obispo  de  anillo 
que  cada  año  no  aya  oi*denado  quinientos  de- 
sos  ydiotas  y  mal  comedidos  asnos.  Por  eso  de- 
terminó la  iglesia  que  los  sacerdotes  no  se  pu- 
diessen  ordenar  sino  en  qvatro  témporas:  por- 
que entonces  ayuoasse  el  pueblo  aquellos  dias, 
y  rogassen  á  Dios  que  les  diesse  buenos  sacer- 
dotes, y  por  yr  en  ello  tanta  parte  del  bien  de 
la  república.  Pues  y  crees  tú  que  se  haze  esto 
alguna  vez?  Yo  confio  que  nunca  le  passa  por 
pensamiento  mirar  en  esto  a  honbre  de  toda  la 
cristiandad:  ni  avn  creo  que  nunca  tú  oyste  esto 
hasta  agora. 

Mi(;iLO.  -  No  por  cierto. 

Gallo. — Pues  sábete  que  es  la  verdad.  Aveis 
de  rogar  a  Dios  que  os  dé  buenos  sacerdotes: 
porque  algunos  sacerdotes  ay  que  no  os  los  dio 
Dios,  sino  el  demonio,  la  simonía  y  avaricia. 
Como  a  mi  que  en  la  verdad  yo  me  ordené  por 
auaricia  de  tener  de  comer:  y  simoniacamente 
me  dieron  las  ordenes  por  seys  conejos  y  otras 
tantas  (')  perdices,  y  permitelo  Dios,  Quia  qua- 
lis  populus  talis  €8t  sacerdos.  Quiere  Dios  da- 
ros ruynes  sacerdotes  por  los  pwados  del  pue- 
blo: porque  qual  es  el  pueblo  tales  son  sus  {^) 
sacerdotí»s. 


{*)  O.,  »evs. 
(=)  G  ,  loa 


142 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Mn.'iLO. — Por  piertoque  en  qnanto  dizes  has 
dicho  verdad,  y  que  me  he  holgado  mucho  en 
()3Tto.  Bohiamos,  pues,  a  donde  dexaste:  porque 
quiero  saber  tú  que  tal  saperdote  heziste. 

Gallo.  —Por  pierto  dése  mesmo  jaez:  y  avn 
peor  que  todos  los  otros  de  que  emos  hablado. 
Luego  como  fue  sacerdote  el  primer  año  mos- 
tré gran  santidad:  y  pertifícote  que  yo  mudd 
muy  poquito  de  mi  vida  passada:  pero  mostra- 
ua'gran  religión:  y  ansi  vibi  dos  años  aquí  en 
esta  villa:  y  como  me  viessen  la  bondad  que  yo 
representaua,  que  siempre  andana  en  compañía 
de  vna  trulla  de  clérigos  santos  que  ha  anido 
de  pocos  tiempos  en  ella,  andando  a  la  cortina 
visitándolos  hospitales  y  corrales  donde  ania  (') 
pobren,  en  compañía  de  vnas  raugerpillas  anda- 
riegas y  vagarosas,  callegeras  que  no  sufren 
estar  vn  momento  en  sus  casas  quedas,  que  estas 
con  todo  desassosiego  tratanan  en  la  mcsma  san- 
tidad. 

Mi VI LO. — Mayor  santidad  tuuieran  estando 
en  sus  casas  en  orarion  y  recogimiento. 

Gallo. — De  las  quales  (*)  teníamos  nues- 
tras ciertas  granjerias,  como  camisas,  pañizue- 
los  de  narizes:  y  la  ropa  blanca  labada  cada  se- 
mana: y  algunas  ollas  y  otros  guisadillos  rega- 
lados (^)  y  algunoe  vizctxíhos  y  rosquillas:  y 
como  vian  todos  la  bondad  que  re])resentaua 
hablóme  vn  letrado  rico  si  quería  enseñarle  vnos 
niños  pequeños  que  tenia,  sus  hijos. 

Mn,'iL0. — Por  cierto  a  cuerdo  lobo  encomen- 
daua  los  corderos :  hydeputa  y  qué  Sócrates, 
Pythagoras  o  Platón:  ¿y  qué  les  cnseñauas? 

Gallo. — Lleuaualos  y  trayalos  del  estudio, 
de  casa  <lel  bachiller  de  la  gramática. 

Mu;  I  LO. — Eso  no  era  sino  enseñarles  el  ca- 
mino por  donde  auian  de  yr  y  venir.  De  mane- 
ra que  m(>90  de  vi<*g^  ^  pudieran  llamar. 

Gallo. — Ansi  es.  Acompañaua  tanbien  á 
su  niuger  á  qnalquiera  parte  que  quería  salir, 
lleuauala  de  la  mano,  y  avn  algunas  vezes  la 
rasoaua  en  la  palma.  Aquí  estul>e  dos  años  en 
esta  casa  y  de  aquí  me  fue  a  mi  tierra  á  seruir 
vn  curazgo. 

MiriLO. — Pues  ¿porque  te  fucste  de  Valla- 
dolid?  (•). 

Gallo.  -  Porque  obo  pierta  sospecha  en  casa 
(pie  me  fuo  forjado  salir  de  allí. 

Mi(,iL0. — ¿Pues  de  que  fue  esa  sospecha? 

Gallo.  —  Allégate  acá  y  dezirtelo  he  a  la 
oreja. 

MiriLO. — En  ese  caso  poco  se  puede  fiar  de 
todos  vosotros. 

Gallo.  — De  aípii  me  vine  á  viuir  á  una  muy 
buena  aldea  de  buena  comarca  y  de  honbres 

(* )  G.,  y  caaaR  pobres. 

(')  G.,  deflta«. 

("»)  (i.,  y  regalofl. 

\S)  G.,  saliste  de  este  pueblo/ 


muy  ricos.  Ofrepianmc  cada  domingo  mucho 
vino  y  mucho  pan :  y  quando  moría  algnn  feli- 
grés toda  la  hazienda  le  comíamos  con  macho 
placer  en  entierro  y  honrras:  teníamos  aqae- 
llos  días  muy  grandes  papilorríos:  qne  ansi  se 
llaman  (')  aquellas  comidas  entre  nosotros,  que 
se  dan  en  los  mortuorios, 

MiriLO. — ¡O  desdichados  de  hijos  del  de- 
funto  sí  alguno  quedaua:  que  todo  se  lo  auiades 
de  comer;  que  bien  heredado  le  dexauades  co- 
miéndoselo todo! 

Gallo. — Gánenlo. 

Mic;iLO. — Pues  y  vosotros  ¿porqué  no  lo  ga- 
nanades  tanbien? 

Gallo. — Pues  yo  ¿a  qué  lo  ania  de  ganar? 
Aquel  era  mi  ofíi^io. 

MigiLO. — Holgar. 

Gallo. — Pues  y  agora  sabes,  quod  sacerdo- 
tium  dicit  ocium*  Toda  nuestra  vida  era  holgar 
y  holgar  en  twla  ociosidad,  andándonos  cada 
dia  en  papilorrios,  sin  tener  ninguna  buena  ocu- 
pación. Porque  después  que  vn  capellán  de 
aquellos  ha  dicho  misa  con  aquel  descuydo  que 
qualquier  ojjitp'al  entiende  en  su  ojfiqio,  y  cun- 
plido  con  el  papilorrio,  no  auia  mas  que  yr  a 
cazar.  Por  Dios  que  estoy  bien  con  la  costum- 
bre que  tienen  los  sa<^erdotcs  de  Grecia,  que  to- 
dos trabajan  en  particulares  offí^ios:  con  los 
quales  bien  ocujkuIos  ganan  de  comer  para  sí  y 
para  sus  hijos. 

Mi^ilo.  —¿Pues  cómo  y  casados  son? 

Gallo. — Eso  es  lo  mejor  que  ellos  tienen: 
porque  de  allí  van  mejor  dispuestos  al  altar  que 
los  de  acá. 

Mu.'iLO. — Pues  ¿porqué  no  te  ocupanas  tú 
en  leer  algún  libro? 

Gallo. — Porque  quando  el  hombre  no  es 
buen  lector  no  le  es  sabrosa  la  lectura.  Y  des- 
pués desto  no  podía  acal)ar  comigo  a  oi'uparme 
ansi. 

Mii.'iLo. — Pues  ¿cómo  te  auias  en  el  rezar? 

Gallo. — Como  leya  mal  hazíasseme  gi*an 
trabajo  rezar  maytines  cada  día:  prin^ipalmenti* 
a  la  mañana  que  tardaua  tres  horas  en  los  re- 
zar. Y  yo  quería  dezir  misa  en  amane9Íendo, 
porque  a  la  contína  me  leuantaua  con  gran  sed: 
y  ansi  por  comer  temprano  dezia  misa  rezando 
solo  prima. 

MigiLO. — Pues  ¿porqué  no  rezauas  maytines 
anti^s  que  te  acostasses? 

Gallo.  —  Porque  siempre  me  acostaua  las 
noches  con  mala  dispusi^ion,  y  me  cay  a  dormi- 
do sobre  la  mesa:  y  ansi  por  gouemarme  mal 
en  mí  comer  y  l>euer  me  dio  vn  dolor  de  cos- 
tado del  qual  en  tres  días  me  acabé,  y  luego  mi 
alma  fue  lan9ada  en  vn  corpezuelo  de  vn  burro 
que  estaña  por  na^er.  Saly  del  vientre  de  mi 

(')  G.,  se  llaman  entre  Icm  clérigos 


EL  CROTALON 


143 


madre  saltando  y  rcspiugando:  el  Días  contento 
j  yfano  que  nanea  se  vio  animal. 

MigiLO. — ^¿Y  asno  fueste?  Poco  trabajó  na- 
turaleza en  te  mudar.  ¡O  desventurado  de  ti! 
¿y  en  cuyo  poder? 

Gallo.  -Por  cierto  desuen turado  fue:  que 
bien  pagué  lo  que  holgué  en  el  sacerdocio.  Qui- 
sieron loB  mis  tristes  hados  que  cayesse  en  ma- 
nos de  yn  branoso  (})  recuero  andaluz  que 
nunca  hazia  sino  beodo  renegar.  ¡  O  Dios  in- 
mortal, qué  carga  comiendo  agora!  Aqui  se  me 
dio  el  triste  pago  de  mi  mere^^r.  Porque  luego 
que  fue  de  edad  para  carga  serui  con  la  requa 
de  ^euadero  o  fatero  de  seys  buenos  machos  que 
mi  amo  traya.  Y  llenando  a  la  contina  casi 
tanta  carga  como  cada  vno  dellos,  cada  vez  que 
se  sentía  cansado  subia  en  mi  tan  grande  como 
yo:  y  queria  que  siempre  fuesse  delante  de  to- 
dos: y  ansi  sobre  esto  (')  me  daña  tantos  de 
palos  que  no  podía  más  lleyar.  Nunca  le  pare- 
mia al  desnenturado  que  yo  merecía  el  comer:  y 
ansí  siempre  entresacaua  de  todos  los  machos 
vna  pobre  rabión  con  que  me  hazia  perder  el 
deseo.  Y  ayn  de  paja  no  me  queria  hartar.  Pero 
Ysaua  yo  de  una  cautela  por  me  mantener:  que 
luego  en  la  noche  como  llegauamos  a  la  posada 
me  entraba  en  la  caualleri^a  y  echauamc  luego 
en  el  suelo,  fingiendo  querer  descansar:  y  como 
yo  a  la  contina  andana  con  ruyn  albarda  y  peor 
xaquima  fácilmente  rompía  mis  miserables  ata- 
duras: y  como  echauan  de  comer  á  mis  compa- 
ñeros procuraua  remediarme  entre  ellos;  y  avn 
algnnos  dellos  me  dañan  muy  fuertes  cozes  de- 
fendiendo su  pasto;  otros  auia  que  teniendo 
piedad  de  mí  me  dexauan  comer.  Pero ;  ay  de  mí ! 
si  aquel  traydor  de  mi  amo  entraña  en  aquella 
sazón,  haziamelo  a  palos  gormar.  A  la  contina 
caminauamos  en  compañía  de  otros  recueros  ('). 
porque  ellos  lo  (^)  acostumbrauan  ansi  por  se 
ayudar  en  necesidad  y  peligros  que  de  cada  dia 
se  les  ofrecen,  para  cargar  y  descargar.  Y  ansi 
vna  vez  yuamos  por  vn  camino  sobre  auer  11o- 
uído  tres  días  a  rreo;  y  llegamos  a  vn  allozar 
donde  estaña  vn  grande  atolladero  por  causa  de 
vnos  grandes  llamares  de  agua  que  en  todo 
tiempo  auia  allí;  y  el  bellaco  de  mí  amo  por  po- 
der passar  mejor  subió  sobre  mi ;  y  como  yo  no 
sabía  el  passo  y  yua  delante  de  todos  atollé  y 
cay.  ¡O  desnenturado  de  asno!  vierasme  cubier- 
to de  lodo  y  agua  que  no  podía  sacar  brayo  ni 
pie;  y  mi  amo  apeado  en  medio  del  barro  palos 
y  palos  en  mi.  Por  cierto  mil  vezes  me  quisiera 
alÚ  ahogar;  y  avn  te  digo  de  verdad  que  otras 
tantas  vezes  me  quise  matai  si  no  fuera  por  no 
caer  en  el  pecado  de  desesi^eracion. 

(<)  O.,  VMtial. 

S*)  G.,  por  lo  qoal. 
*)  O.,  traginerofl. 
*j  G.,  se. 


Mi VI  LO. — Pues  deso  ¿qué  se  te  daña  á  tí? 

Gallo.  —  Tuuíera  más  que  pagar.  Porque 
has  de  tener  por  yierto  que  los  trabajos  que  yo 
padecía  en  vn  estado  o  naturaleza,  era  en  peni- 
tencia de  pecados  que  cometía  en  otra.  Pues 
sobre  todo  esto  verás  otra  cosa  peor;  que  guian- 
do tras  mi  vn  mulo  de  aquellos  que  lleuaua  vna 
gran  carga  de  aceyte,  y  tanbíen  atollé  junto  a 
mí,  Y  tanto  tuuíeron  que  entender  en  su  reme- 
dio que  me  dexauan  a  mí  ahogar;  y  el  vellacode 
mi  amo  no  hazia  sino  renegar  de  Dios.  En  fin 
entraron  él  y  sus  compañeros  en  medio  del  bar- 
ro y  ronpíendo  los  lazos  y  sobre  carga  y  avn 
vn  cuero  de  seys  arrobas  que  no  se  pudo  reme- 
diar; y  ansí  arrastrando  sacaron  el  mulo  afuera. 
Y  después  boluíeron  por  mí  y  a  palos  tirando 
i)or  las  orejas  y  cola  me  hnuieron  de  sacar. 
Nunca  me  pareció  que  era  yo  inmortal  sino  allí, 
y  pessauame  mucho  porque  en  todas  las  specíes 
de  anímales  en  que  viui  me  duraua  aquella  tanto 
siendo  la  peor;  y  lloraua  porque  quando  yo  fue 
clérigo,  rana,  o  puerco  no  me  perpetué;  y  vine 
á  viuir  tanto  en  vn  tan  ruyn  natural.  Después 
salidos  a  tierra  todos  los  duelos  auian  de  caer 
sobre  mí;  porque  como  el  macho  era  vestía  de 
valor,  como  le  sintieron  algo  fatigado,  fue  de 
voto  de  todos  que  me  cargassen  vn  rato  el  otro 
cuero  que  lleuaua  el  mulo  y  que  le  regalassen 
a  él;  pro|)oniendo  (})  entre  si  que  llegando  a  la 
primera  venta  le  tornarían  a  cargar;  y  yo  como 
vi  j  ser  tal  su  determinación,  y  que  no  podía 
ipelar,  porque  para  ellos  mesmos  no  me  admi- 
tían (^)  suplicación,  por  tanto  callé  y  sufrí  y 
mal  que  me  pessó  le  llené  hasta  que  anocheció.  - 
Aqui  es  de  llorar;  que  si  por  malos  de  mis  pe- 
cados me  detenia  algo  al  pasar  de  vn  lodo,  o  de 
alguna  aspereca,  o  por  piedras,  o  por  qualquie- 
ra  otra  ocasión,  cogia  aquel  vellaco  vna  vara 
que  lleuaua  de  doze  palmos  y  vareauame  tan 
cruelmente  por  barriga  y  ancas  y  por  todo  lo 
que  la  carga  descubría  que  en  todo  mi  cuerpo 
no  dexaua  lugar  con  salud.  Por  cierto  yo  llegué 
tal  aquella  noche  al  mesón  que  rogué  con  gran 
affeto  a  Dios  que  me  acabasse  el  viuir.  En  lle- 
gando que  me  descargaron  me  arrojé  al  suelo 
en  la  caualleríza,  que  ni  tenia  g:ana  de  comer, 
ni  avn  era  yo  tan  bien  pensado  ijue  me  sobrase 
la  cenada.  Pero  basta  que  yo  llegué  tal  que  no 
sabia  parte  de  mi.  Tenia  quebrantadas  las  pier- 
nas del  cansancio,  y  herido  todo  el  cuerpo  ma- 
gullado á  palos;  y  como  me  hallé  tan  miserable 
aborrecime  en  tanta  manera  que  estime  por 
desesperar.  Y  estando  ansi  tan  desbaratado  con 
mí  passion  a(;ordé  (que  no  deniera)  de  probar 
a  me  libertar,  y  huyendo  yrme  a  mis  venturas, 
pensando  que  a  acertar  a  libertarme  ganaua 


(*)  G  ,  poniendo. 
(')  G.,  aproaechara. 


144 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


descanso  para  toda  m\  vida;  y  que  a  salirme 
mal  no  podia  ser  mas  que  o  caer  en  manos  de 
otro  vil,  o  en  manos  de  mi  amo  que  me  tomasse 
a  palear,  o  en  manos  (*)  de  vn  lobo  que  me  co- 
miesse.  Y  ninguna  destas  cosas  tenia  por  peor; 
y  ansí  como  me  determiné  auiendo  ^^.mado  los 
recueros  y  aparejado  sus  camas  en  que  se  acos- 
tar, y  sobre  su  cansancio  y  vino  comen9aron  a 
dormir,  y  como  tube  gran  cuydado  de  ver  todo 
lo  que  passaua,  lo  mas  seguro  que  pude  sali  por 
la  puerta  del  mesón ;  y  como  yo  me  vi  en  liber- 
tad, ¡o  Dios  soberano!  quien  podra  encarecer 
el  gozo  en  que  se  vio  mi  alma.  Luego  me  fue 
al  mas  correr  la  calle  que  mas  a  mano  tomé 
hasta  salir  del  lugar;  y  por  el  camino  que  acerté 
comiendo  con  tanta  furia  a  correr  que  no  auia 
cauallo  que  en  ligereza  se  me  pudiesse  compa- 
rar. Que  con  quanto  cansado  venia  con  el  cuero 
de  a9eyte  quando  al  mesón  llególe,  me  pareció 
quando  de  la  possada  sali  que  en  todo  deleyte 
auia  estado  aquel  mes;  y  quando  yo  pensé  que 
me  auia  alongado  de  mi  amo  cuatro  leguas 
por  la  gran  furia  con  que  en  dos  horas  corri ;  y  * 
como  la  noche  hazia  obscura  por  el  nublo  que 
tenia  el  ^ielo;  écheme  con  gran  seguro  en  vn 
prado  á  descansar,  y  plugo  a  mis  tristes  hados 
que  en  el  mesón  obo  (^)  ocasión  como  me  ha- 
llaron menos  en  la  caualleriza;  y  como  mi  amo 
fue  anisado  me  procuró  luego  seguir;  porque 
avn  no  faltó  quien  me  vio  quando  yo  sali  del 
lugar,  y  el  camino  que  lleué.  Y  como  caminó  a 
toda  furia  quando  amaneció  se  halló  junto  a 
mí.  ;0  valame  Dios!  quando  yo  le  vy,  quisiera 
tener  vn  arma,  ó  qualquier  otro  medio  como  (•) 
me  matar.  Pluguiera  a  Dios  que  luego  me  ma- 
tara allí;  y  como  me  vio  dixo:  ¡a!  don  traydor, 
(Pensastes  os  me  yr?  Agora  me  lo  pagareis;  y 
dizíendo  esto  diome  tantos  de  palos  que  no  pen- 
sé mas  viuir;  y  puedes  creer  que  digo  la  verdad 
que  en  alguna  manera  me  alegré,  pensando  que 
me  acabaña  ya,  esperando  que  con  la  muerte 
me  su9«díera  (*)  mejor.  Pero  no  mere9Ía  yo 
tanto  bien ;  y  ansí  me  salió  al  renes ;  porque 
quando  vio  que  me  auia  bien  castigado  subió 
en  mi  y  corriendo  como  en  vna  posta  me  tomó 
al  lugar  con  la  posible  furia;  donde  llegamos 
antes  que  los  compañeros  pudiessen  aparejar. 
Y  ansí  sin  perder  ellos  punto  de  xomada  perdi 
yo  la  ^ena  y  almuer90  y  descanso;  porque  luego 
en  llegando  cargando  a  todos  y  a  mi  nos  hizie- 
ron  caminar. 

MigiLO. — Por  9Íerto  mal  te  trataua  ese  hon- 
bre.  Mala  gente  deue  de  ser  recueros. 

Gallo. — Por  Dios  mala  quanto  se  puede 
encare9«r.  Es  el  genero  de  honbres  mas  vil  que 

[U  (i.,  en  poder. 
(')  G.,  se  ofreyio. 
(»)  G  ,  con  Que. 
(*)  G.,  lovedería. 


en  el  mundo  Dios  crió;  la  hez,  escoria  y  deshe- 
cho de  todos  quantos  son.  No  tienen  cuenta 
sino  con  beuer,  y  quanto  hurtan,  ganan  y  tra- 
pazan no  es  sino  para  vino,  y  vino  y  mas  vino. 
T^o  parece  su  cuerpo  sino  vna  cuba  manantial. 
Es  gente  que  por  su  boca  nnnca  professó  ley, 
porque  sino  es  lo  que  el  padrino  respondió  por 
ellos  al  baptísmo  nunca  de  la  ley  de  Cristo  hon- 
bre  dellos  se  acordó,  ni  otro  sacramento  reci- 
bió. Porque  toda  su  vida  no  entienda  (*)  sino 
andar  con  la  recua  nunca  paran  quaresma  en  su 
feligresía  para  se  confesar;  y  si  vienen  después 
de  quaresma  a  su  pueblo  y  su  cura  les  dize  que 
se  confíessen  muestran  (*)  vnas  9edulas  de  con- 
fession  fingidas  y  falsas,  hechas  para  cumplir. 
Con  esto  no  les  verás  hazer  cosa  por  donde  en- 
tiendas de  qué  ley  son,  porque  sus  dos  mas 
principales  obras  es  (•)  bel)er  y  renegar.  Que 
quaresma  ni  quatro  témporas,  ni  vísperas  de 
Santos,  ni  viernes  no  hazen  differen^ia  en  el 
comer.  Ant«s  mofan  de  los  que  en  aquellos  días 
hazen  alguna  especificación.  No  quiero  hablar 
desta  ruyn  gente  mas,  porque  avn  mi  lengua, 
avnque  de  gallo,  tiene  asco  y  enpacho  de  hablar 
de  hombre  tan  peruerso  y  tan  vil.  Que  si  en  sus 
bajezas  me  quisiesse  detener,  tiempo  faltaría 
para  dezír.  Pero  pues  tengo  intención  de  te  can- 
tar (^)  de  honbres  mas  altos,  de  los  que  tiene 
el  vulgo  por  nobles  y  los  celebra  con  solenidad, 
no  me  quiero  detener  en  honbres  tan  8uec<»s, 
porque  me  parece  que  del  tiempo  que  en  los 
tales  se  gastasse  se  deuria  restitución.  En  fin 
quiero  concluir  con  la  miserable  vida  que  me 
dio;  que  ella  fue  tal  que  en  ninguna  manera  la 
pude  sufrir;  y  ansi  viniendo  vn  dia  de  Cordoua 
para  Salamanca  con  vn  cargo  de  aceyte,  y  yo 
traya  tanbien  mi  parte,  y  no  la  menor,  yo  venia 
tan  aborrido  y  tan  desesperado  que  propuse  en 
my  determinación  de  tomar  la  muerte,  ofrecida 
la  oportunidad;  y  ansi  vna  mañana  bajando  vn 
portecuelo  que  dizen  de  la  Corchuela,  decen- 
diendo  sobre  el  rio  Taxo  a  passar  la  puente  del 
Cardenal,  viniendo  por  la  ladera  de  la  sierra 
parecese  el  rio  de  Taxo  abajo  que  va  por  entre 
vnas  peñas  con  mucho  ruydo  y  braueza,  que  a 
todos  quantos  por  allí  passan  pone. espanto 
Luego  como  vi  aquella  ocasión  pense  arroxamie 
de  allí  al  rio  y  acabar  aquella  vida  de  tanto  tra- 
bajo, hambre  y  miseria  contina;  y  ansi  a  vna 
vuelta  que  la  sierra  da  en  que  descubre  el  rio 
vn  gran  pedaco,  por  razón  de  auer  comido  con 
la  fuerca  que  por  alli  llena  vna  gran  parte  de 
la  montaña,  está  vn  despeñadero  muy  grande, 
que  el  que  de  allí  cayere  no  puede  parar  hasta 
el  rio. 

(*)  G.,  entiende. 
(')  G.,  muestranle. 
(')  G.,  son. 
(*)  G.,  contar. 


EL  CROTALON 


145 


Sn9«l¡o  que  yendo  yo  pensando  en  esto  dio 
mi  amo  vn  palo  a  vn  molo  que  venia  iras  mi, 
y  herido  el  mulo  con  algún  pauor  quiso  (*)  pas- 
sar  ante  mí;  y  con  la  furia  y  fuerza  que  llcuaua 
encontró  con  mi  ñaqueza  y  fa9ÍImcnte  me  hizo 
rodar  a  mi  y  a  mis  cueros  de  aveyte.  De  tal  ma- 
nera que  dando  de  peña  en  pefia  hecho  pedacos 
lleguen  al  rio  sin  sentir  el  dolor  que  pade9en  con 
la  demasiada  agua  los  que  se  ahogan;  y  ansi 
acab¿  la  más  misserable  vida  y  más  penosa  que 
en  el  mundo  jamas  se  pade9Íó.  Con  protesta- 
ción que  hize  mil  vezes  de  ser  bueno  por  no 
Ten  ir  á  otro  tan  gran  mal. 

Mi  r  I  LO. — Deseo  tenia  de  verte  salir  de  tan 
gran  (*)  penitencia,  y  heme  holgado  mucho  en 
avertc  oydo  hasta  aqui ;  ya  parc(;c  que  es  veni- 
do el  dia,  y  avn  pare<;e  que  ha  más  de  media 
Lora  que  salió  el  sol;  y  porque  no  perdamos  la 
coyuntura  de  nuestro  ganar  de  comer,  calla  y 
abriré  la  tienda,  que  timcho  á  mi  sabor  has  can- 
tado oy;  y  a  la  noche  yo  velare  el  rato  que  se 
me  hn  passado  desta  mañana  sin  trabajar,  y 
oyrtc  he  hasta  que  te  quieras  dormir.  Agora 
despierta  tus  gallinas  y  venios  a  comer.' 

UALLO.— Mira,  MÍ9ÍI0,  no  te  engañes  en  eso 
comigo,  porque  yo  antes  despertare  a  la  media 
noche  y  quedaré  sin  dormir  mas,  que  no  velaré 
a  la  prima  noche.  Pero  yo  haré  vna  cosa  por  te 
conplazer;  que  recogeré  vn  hora  antes  que  ano- 
chezca mis  gallinas,  y  aurc  dormido  un  sueño 
bueno  qoando  tú  acaben  de  ^enar,  y  despertán- 
dome tú  yo  velaré  todo  lo  que  (lucrras.  Y  al 
sabor  de  la  historia  que  yo  cantaré  trabajarás 
tu  hasta  que  quieras  dormir. 

Mi(;iL0.  —  Muy  bien  dizes  ;  hagasse  ansi. 
Quisiera  que  me  dixeras  una  cosa  que  se  me  ol- 
oidó  de  te  preguntar,  y  es:  quaudo  f ueste  ca- 
pellán de  aquel  curazgo  (que  cura  te  podriamos 
llamar)  ¿como  te  sabias  auer  con  tus  oucjas? 
¿cómo  sabias  gouernar  tus  feligreses?  En  fin, 
¿cómo  te  aulas  en  su  gouicmo  y  confef^sion?  ('*) 
cómo  to  huuiste  cuando  eras  cura  con  tus  feli- 
greses. 

Gallo.  -Eso  te  diré  yo  de  muy  buena  vo- 
luntad, y  cantarte  he  otras  muchas  cosas  muy 
graciosas,  que  confío  holgarás  de  oyr.  Porque 
en  el  canto  que  se  sigue  te  cantaré  (•)  de  vn 
mancebo  de  animo  generoso,  ^iego  y  obstinado 
en  los  deseos  y  apetito  de  la  carne.  Encantado 
y  hechizado  con  el  veloño  y  embaymioiiio  de 
una  maga  mala  muger.  Qiego  do  la  razón,  disi- 
pamlo  el  tesoro  del  buen  mitural  que  de  su  pa- 
dre Días  heredó;  hasta  que  por  la  (**)  miseri- 

(*)  G.,  trabajo  por. 
P)  G  ,  cruel. 

(>)  G.,  que  me  dixeras  como  to  huaÍHto,  quaudo 
eras  cura,  con  tus  feligreses.  {Falta  lo  restante,) 
{*)  G  » contare. 
(■)  G.,  su  diuina. 

ORfORNBS   DE   LA   NOVEL \.— 10 


cordia  de  Dios  me  quiso  alumbrar  para  salir  de 
tan  gran  confusión  y  vestialidad. 

Mi(;iLO. — Pues  por  agora  calla  que  llaman 
a  la  puerta,  que  deuen  de  venir  a  conprar. 

Fin  del  quarto  canto  del  gallo  de  Lui;iano. 


ARGUMENTO 

DEL  QUINTO  CANTO  DEL  GALLO 

En  d  quinto,  mxIo  ^  séptimo  cantos  que  se  siguen  el  auctor  de- 
bajo de  vna  graciosa  historia  imita  la  parábola  que  Cristo  «lixo 
por  San  Lucas  en  el  capitulo  quince,  del  hijo  prodigo.  Veme 
ha  en  agraciado  estilo  vn  ví^íoík)  mancebo  en  poder  de  malas 
ningeres,  huellas  las  espaldas  a  su  honrra,a  los  honbres  y  a 
Dios,  disipar  todos  los  doctes  del  alma,  que  son  los  tliesuros 
que  de  su  padre  Dios  heredó;  y  vcrase  también  los  hechiios, 
engaftos  y  cncantamientoa  de  que  las  malas  mugeres  vsan  por 

f^ozar  de  sus  la^ivos  deleytcs  por  satisfiuer  a  sola  su  sensua- 
idad  («). 

Mi(,'iLO, — Por  pierto  pessado  tienen  los  ga- 
llos el  primer  sueño,  pues  con  aueree  entraído 
este  gallo  acostar  dos  horas  antes  que  anoche- 
9Íesse  no  ha  mostrado  despertar. 

Gallo. — No  pienses,  MÍ9ÍI0,  que  avnque  no 
canto  que  duermo,  porque  yo  despierto  estoy 
aguardando  a  que  vengas  de  la  9ena  al  traba- 
jar  («). 

Mi(;iLO. — Pues  ¿porqué  no  cantas,  que  yo 
huniera  ya  venido? 

Gallo. — No  canto  porque  avnque  nosotros 
los  gallos  somos  músicos  de  nación,  tenemos 
esta  ventaja  a  los  cantores  {^)  de  allá:  que  nos- 
otros tenemos  tanto  seso  y  cordura  en  nuestro 
canto  que  con  el  buen  orden  de  nuestra  música 
gouernais  vuestras  obras  como  con  muy  9Íerto 
y  reglado  relox.  Pero  vuestros  músicos  cantan 
sin  tiempo,  orden  y  sazón,  porque  han  de  care- 
cer de  seso  para  bien  cantar.  Cantamos  a  la 
media  noche,  y  esta  no  la  es;  y  cantamos  al 
alúa  por  dar  loores  a  Dios  nuestro  hazedor  y 
criador. 

Mi(;iLO. — Pues  ante  todas  cosas  te  mego 
me  digas:  quando  f ueste  capellán  de  aquel  cu- 
razgo (que  cura  te  podemos  llamar)  ¿como  te 
sabias  auer  con  tus  ouejas?  ¿Como  sabias  repas- 
tar tus  feligreses  ?  ¿  Como  te  auias  en  su  go- 
uierno  y  confession?  Porque  no  sé  quien  tiene 
mayor  culpa,  el  cura  proprio  con  (*)  encomen- 
dar su  ganado  á  vn  honbre  tan  sin  letras  como 
tú,  o  tú  en  lo  aceptar. 

(*)  Tachudo:  Sigucsse  el  quinto  cauto  del  Gallo 
de  Luviano,  orador  griego,  contrahecho  en  el  caste- 
llano por  el  mesmo  autor  prete. 

O  G.,  trabajo. 

\^\  G.,  muflicoH. 

(*)  G  ,  por. 


146 


orígenes  de  la  novela 


Gallo  . — Qu¿  quieres  que  te  diga  a  eso  sino 
lo  que  se  puede  presumir  de  mi?  En  ñn  yo  lo 
hazla  como  todos  los  otros  pastores  merpena- 
rios,  que  no  tenemos  ojo  ni  cuenta  sino  al  pro- 
prio  interés  y  salario,  obladas  y  pitanzas  de 
muertos;  y  quanto  a  las  con9Ícn9Ía8  y  pecados, 
quantos  (*)  quiera  que  fuesscn  granes  no  les 
dozfa  más  sino:  no  lo  hagas  {*)  otra  vez;  y 
esto  avnque  ^ien  vezes  me  viniessen  lo  mcsmo 
a  confessar;  y  avn  esto  era  quanto  a  los  peca- 
dos claros,  y  que  ninguna  dificultad  tenian. 
Pero  en  otros  pecados  que  requerían  algún 
consejo,  estudio  y  miramiento  dísímulaua  con 
ellos,  porque  no  sabia  yo  más  en  el  juizio  de 
aquellas  causas  que  sabia  quando  rod($  por  la 
montaña  sobre  Tcxo  (').  En  fin  en  todo  me 
auia  como  aquel  mcr9enario  que  dizc  Cristo  en 
el  Euangelio,  que  quando  ve  venir  el  lobo  a  su 
ganado  huye  y  lo  desampara.  Ansí  en  quales- 
quiera  ne^-esidadcs  y  afrontas  que  al  feligrés 
86  le  ofreviesse  (•)  me  tocaua  poco  a  mi,  y  me- 
nos me  daña  por  ello. 

MigiLO. — Dimc,-8Í  en  vna  quaresma  sabias 
que  algún  feligrés  estaua  en  algún  pecado  mor- 
tal, de  algtma  enemistad  a  en  amistad  viciosa 
de  (')  alguna  mugcr,  ¿qué  hazias?  No  trabaja- 
uas  por  hazer  a  los  vnos  amigos,  y  a  los  otros 
vuscar  medios  honestos  y  secretos  como  los 
bpartar  del  pecado? 

Gallo. — Esos  cuydados  ninguna  pena  me 
dauan.  Proprios  eran  del  proprio  pastor  cmra: 
viniessc  a  verlos  y  prouecríos.  Gomiassc  él  en 
cada  vn  año  trecientos  ducados  que  valia  el  be- 
ncfíicio  paseándose  por  la  corte,  y  auia  yo  de 
llenar  toda  la  carga  por  dos  mil  marauedis?  No 
parece  cosa  justa. 

Mi<;;iL0. — i  Ay  de  las  almas  que  lo  padecían! 
Ya  me  parejo  que  te  anias  obligado  con  aque- 
lla condición;  que  el  cura  su  culpa  pagara. 

Gallo. — Doxa  (•)  ya  esto;  y  quiero  te  con- 
tar vn  acontecimiento  que  passé  en  un  tiempo, 
en  el  qual  juntamente  siéndote  gracioso  verás 
y  conocerás  la  vanidad  desta  vida,  y  el  pago 
que  dan  sus  vicios  y  deleytes.  Y  también  verás 
el  estado  en  que  está  el  mundo,  y  los  engaños 
y  lacinia  de  las  peruersas  y  malas  mugeres,  y 
el  fin  y  daño  que  sacan  los  ([uc  a  sus  sn^ias 
conuersaciones  se  dan;  y  viniendo  al  caso  sa- 
brás, que  en  vn  tiempo  yo  fue  vn  muy  apuesto 
y  agraciado  mancebo  cortesano  y  de  buena 
conucrsacion,  de  natural  crianca  y  contina  re- 
sidencia cu  la  corte  de  nuestro  Rey.  Hijo  de 
vn  valeroso  señor  de  estado  y  casa  reul ;  y  por 


P. 


')  O.,  qnanto. 
I  G.,  bagalH. 

;»)  G.,  Taxo. 
ofrecea. 
con.  • 
dexemos. 


n  G., 


no  me  dar  más  a  conocer,  basta,  que  porque 
haze  al  proceso  de  mi  historia  te  llego  a  denr, 
que  entre  otros  prcuillejios  y  gajes  que  estañan 
anejos  á  nuestra  casa,  era  vna  compañía  de 
cien  (})  laucas  de  las  que  están  en  las  guardas 
del  Reyno,  que  llaman  hombres  de  armas  de 
guarnición.  Pues  passa  ansí  que  en  el  afio  del 
señor  de  mil  y  quinientos  y  veynte  y   dos, 
quando  los  franc^sses  entraron  en  el  Reyno  de 
Nauarra  con  gran  poder,  por  tener  ausente  a 
nuestro  principe.  Rey  y  Señor,  se  juntaron  to- 
dos los  grandes  y  señores  de  Castilla;  guiando 
por  gouernador  y  capitán  general  el  condesta- 
ble Don  Yñigo  de  Velasco  para  yr  en  la  de- 
fensa y  amparo  y  restitución  de  aquel  Reyno, 
porque  se  auian  ya  laucado  los  francesses  has- 
ta Logroño;  y  ansí  por  ser  ya  mi  padre  viejo  y 
indispuesto  me  cometió  y  dio  el  poder  do  su 
capitanía  con  cédula  y  licencia  del  Rey;  y  ansí 
quando  por  los  señores  gouernadores  fue  man- 
dado mouer,  mandé  a  mi  sota  capitán  y  alférez 
que  caminassen  con  su  estandarte,  siendo  todos 
muy  bien  proueydos  y  bastecidos  por  nuestra 
reseña  y  alarde;  porque  yo  tenia  cierto  negocio 
cu  Logroño  en  que  me  conuenia  detener  le 
mandé  que  guiassen,  y  por  mi  carta  se  pressen- 
tassen  al  Señor  Capitán  General,  y  yo  quedé 
allí;  y  después  quando  tune  acabado  el  negocio 
partí  con  vn  escudero  mío  que  á  la  contina  le 
llenaba  para  mi  coupañía  y  servicio  en  vn  ro- 
<;in ;  y  luego  como  entramos  en  (•)  Nauarra  fue 
anisado  que  las  mugeres  en  aquella  tierra  eran 
grandes  hechizeras  encantadoras,  y  que  tenian 
pacto  y  comunicación  con  el  demonio  para  el 
effecto  de  su  arte  y  encantamiento,  y  ansí  me 
auisanan  que  me  guardasse  y  viuiesse  recatado, 
porque  eran  poderosas  en  pemertir  los  honbres 
y  avn  en  conuertirlos  en  vestías  y  piedras  si 
querían;  y  avnque  en  la  verdad  en  alguna  ma- 
nera me  escandalizasse,  holgué  en  ser  anisado, 
porque  la  mocedad  como  es  regocijada  recibe 
pasatiempo  con  semejantes  cosas;  y  tanbíen 
porque  yo  de  mi  cogeta  fue  affícionado  a  seme- 
jan ti^s  acontecimientos.  Por  tanto  yua  deseoso 
de  encontrarnuí  con  alguna  que  me  encantasse, 
y  avn  yua  de  voluntad  y  pensamiento  de  trocar 
por  alguna  parte  de  aquella  arto  el  fauor  del 
principe  y  su  capitanía;  y  canu'nando  vna  ma- 
ñana (')  yendo  reboluiendo  estas  cosas  en  mí 
pensamiento,  al  bajar  de  vna  montaña  me  apeé 
por  estender  las  piernas,  y  tanbien  porque  des- 
cansasse  algo  mí  cauallo,  que  conicncana  ya 
algo  el  sol  a  calentar;  y  ansí  como  fue  apeado 
tirándole  de  las  orejas  y  estregándole  el  rostro 
di  la  rienda  a  mi  escudero  Falomades  que  ansí 


8 


*^  K.  {Tachado):  qvuiirocientñB. 

G.,  comeucamofl  a  caminar  por. 
(^)  G.,  montana. 


EL  CROTALON 


147 


té  llamaua^  mandándole  (})  que  caminasse  ante 
mi;  y  en  eito  bolui  la  cabera  atrae  y  yeo  venir 
tras  mi  yn  honbre  en  vna  vestía,  el  qoal  en  su 
habito  y  trato  luego  que  llegó  me  pareció  ser 
de  la  tierra;  por  lo  qnal  y  por  holgar  yo  mucho 
de  la  cónuersa^ion  le  aguardé,  y  ansí  llegando 
a  mi  me  saludó;  y  por  el  semejante  se  apeó 
para  bajar,  y  luego  comonfe  a  le  pregimtar  por 
su  tierra  y  lugar ,^  como  en  el  camino  suele 
acontecer  y  él  me  dixo  qno  era  de  una  aldea 
pequefia  que  estaua  vna  legua  de  allí;  y  yo 
trabajaua  meterle  en  conuorsa9Íon  presumien- 
do dál  algún  encogimiento,  porque  como  aque- 
lla tierra  cstuuiesae  al  presente  en  guerras  tra- 
tan con  nosotros  con  algún  recato  no  se  nos 
osando  confiar.  Pero  en  la  verdad  aquel  honbre 
no  mostró  mucha  cobardía,  mas  antes  dema- 
siada liberalidad.  Tanto  que  de  sns  hablas  y  ra- 
Eones  fácilmente  juzgaras  ser  otra  cosa  que 
honbre,  porque  ansi  con  su  habla  me  embelleñó 
que  casi  no  supe  de  mi,  y  ansi  del  Rey  y  de  la 
Rey  na,  y  de  la  guerra  (le  los  franceses  y  caste- 
llanos venimos  a  hablar  de  la  costumbre  y  bon- 
dad de  la  gente  de  la  tierra,  y  el  ciertamente 
vino  a  hablar  en  ello  de  buena  voluntad.  Co- 
moncomcla  a  loar  de  fértil  y  viciosa,  abundan- 
te de  todo  lo  necesario,  y  yo  dixe:  hombre  hon- 
rrado  yo  tengo  entendido  desta  tierra  todo  el 
cnnplimiento  cutre  todas  las  prouincias  del 
mundo,  y  que  la  gente  es  de  buena  habilidad  y 
injenio,  y  las  mugerea  reojanbien  que  son  her- 
mosas y  de  apuesta  y  agrai;inda  representación', 
y  ansi  di  me  replicó:  por  cierto.  Señor,  ansi  es 
como  Bcntis:  y  entre  todas  las  otras  cosas  quie- 
ro que  ÉMjpais  que  las  mugercs,  detnas  de  su 
hermosura,  son  de  admirable  habilidad,  en  tan- 
ta manera  que  en  saber  exceden  a  quantas  en 
el  mundo  son.  Entonces  yo  le  repliqué  desean- 
do saber  de  su  scien^ia;  importunándole  me  di- 
zesae  algo  en  particular  de  su  saber;  y  él  me 
respondió  en  tanta  abundancia  que  toda  mi 
atención  lleuaua  puesta  en  lo  que  el  desia.  I)i- 
BÍendo:  sefior,  mandan  el  sol  y  obedece,  a  las 
estrellas  foercan  en  su  curso,  y  a  la  luna  quitan 
y  ponen  su  lus  conforme  a  su  voluntad.  Añu- 
blan loa  ayrcB,  y  hacen  si  quieren  que  se  huelle 
y  paacj^  como  la  tierra.  Al  fuego  hazen  que 
enfrie,  y  al  agua  que  queme.  Uazense  mocas  y 
en  vil  punto  viejas,  palo,  piedra  y  vestía.  Si  les 
contenta  vn  honbre  en  su  mano  está  gozar  de- 
llos  O  a  su  voluntad;  y  para  tenerlos  niab 
aparejados  a  esto  effecto  los  conulerten  en  di- 
uersos  animales  entoqjecK*ndules  sus  (•)  senti- 
dos y  su  buena  naturaleza.  Han  podido  tanto 
con  BU  arte  que  ellas  mandan  y  los  honbres 


(*)  G.,  V  mándele. 
P)  G.,  del. 
(>)  Om  los. 


obedecen,  o  les  cuesta  la  vida.  Porque  quieren 
vsar  de  mucha  libertad  yendo  de  dia  y  de  noche 
por  caminos,  valles  y  sierras  a  hazcr  sus  en- 
cantos y  a  coxer  sus  yemas  y  piedras,  y  hazer 
sus  tratos  y  conciertos.  Lleuauame  con  esto 
tan  traspuesto  en  si  que  ningún  acuerdo  tenia 
de  mi  quando  llegamos  al  lugar;  y  cabalgando 
en  nuestras  vestías  nos  metimos  (■)  por  el  pue- 
blo, y  queriendo  yo  passar  adelante  me  forcó 
con  grande  importunidad  y  buena  crlanca  que 
quisiessc  apearme  en  su  posada  porque  seruia  a 
vna  dueña  valerosa  que  acostunbra  recebir  se- 
mejantes caualleros  en  su  casa  do  buena  volun- 
tad; y  como  fucsse  llegada  la  hora  del  comer 
holgué  de  me  apear.  Sallónos  a  n'cebir  vna 
dueña  de  alta  y  buena  dlspusiciou,  y  (')  avn- 
que  representaua  alguna  edad  tenia  ayre  y  des- 
enboltura  de  moca,  y  en  viéndome  se  vino  para 
mi  con  vna  boz  y  habla  halagüeña  y  nniy  de 
presto  dispuso  toda  la  casa  y  aparato  con  tanto 
seruicio  como  si  fuera  casa  de  un  principe  o 
poderoso  sefior;  y  quando  miré  por  mi  guia  no 
la  vi ;  porque  entrando  en  casa  se  me  desapare- 
ció; y  según  parece  por  todo  lo  que  passó  antes 
y  después  no  puedo  creer  sino  que  aquella  mu- 
ger  tenia  aquel  demonio  por  familiar  en  hábito 
y  figura  de  honbre.  Porque  según  mostró  en  su 
habla,  tcato  y  conuersavion  no  creo  otra  cosa, 
sino  que  lo  tenia  para  enbiarle  a  caza  de  hom- 
bres quando  para  su  apetito  y  recreación  le 
daua  la  voluntad.  Ponjne  anKÍ  me  cazó  a  mi 
como  agora  oyras.  Luego  como  llegamos,  con 
mil  regalos  y  ofrecimientos  dispuso  la  comida 
con  grande  aparato,  con  toda  la  diligencia  y  so- 
licitud posible;  en  toda  abundancia  de  fnitas, 
flores  y  manjares  de  mucho  gusto  y  sabor,  y  los 
vinos  muy  preciados  en  toda  suauidad,  seruidos 
de  diuersas  dueñas  y  donzellas,  que  casi  pare- 
cían diferentes  con  cada  manjar.  Tubome  la 
fiesta  en  mucho  regocijo  y  passatiempo  en  vna 
sala  baja  que  caya  sobre  un  huerto  de  frutas  y 
de  flores  muy  suabes;  ya  me  parecía  que  por 
poco  me  quedara  alli,  sino  fuera  porque  ansi 
como  en  sueño  me  acordé  de  mi  naje  y  com- 
pafiia,  y  consideré  que  corria  gran  peligro  mi 
honrra  si  me  descuydasse;  y  ansi  sospirando 
me  leñante  en  pie  proponiendo  yr  con  la  posi- 
ble furia  a  cunplir  con  la  guerra  y  luego  bol- 
nerme  a  gozar  de  aquel  parayso  terrenal.  Y  ansi 
la  maga  por  estar  muy  contenta  de  mi  buena 
dispusicion  me  propuso  a  quedarme  aquella 
noche  alli;  diziendo(]ue  ella  no  ([ueria,  ni  tenia 
quanta  prosperidad  y  aparato  poseyu  sino  para 
seruir  y  hospedar  semejantes  caualleros.  Prin- 
cipalmente por  auer  sido  su  marido  vn  caste- 
llano de  gran  valor,  al  (|ual  amó  sobre  todas 


(!)  LancamoB. 
(«)  G.,  la  qoal. 


148 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


las  cosas  desta  vida,  y  aiisi  no  podía  faltar  a 
los  caualleros  castellanos,  por  representársele 
qoalquiera  dellos  aquellos  sus  primeros  amores 
que  ella  a  la  contina  tenia  ante  sus  ojos  pre- 
sente. Pero  como  avn  jo  no  auia  perdido  del 
todo  mi  juizio  j  vso  de  razón  trabajé  de  agra- 
decerle con  palabras  acompañadas  de  mucho 
cumplimiento  y  crianza  la  merced  que  me  ha- 
zia;  con  protestación  que  acabada  la  guerra  yo 
vemia  con  mas  libertad  a  la  seruir.  No  le  pessó 
mucho  a  la  maga  mi  defensa  como  esperaua 
antes  de  la  mañana  satisFazerse  de  mi  mucho  a 
su  voluntad;  y  ansi  me  dixo:  pues  señor,  pre- 
supuesto que  tenéis  conocido  el  deseo  que  ten- 
go de  os  seniír,  y  confiando  que  cumpliréis  la 
palabra  que  me  dais,  podréis  hazer  lo  que  que- 
rréis; y  por  mas  os  seruir  os  daré  un  criado 
mió  que  os  guie  quatro  leguas  de  aqui,  donde 
08  vays  a  dormir  con  mucho  solaz.  Porque  ten- 
go alli  una  muy  valerosa  sobrina  que  tiene  vn 
fuerte  y  muy  hermoso  castillo  en  vna  umy  de- 
leytosa  floresta  que  estará  quatro  leguas  de 
aqui,  llegando  esta  noche  allí,  no  perdiendo 
zomada  para  vuestro  proposito,  por  ser  mia  la 
guia  y  por  la  gracia  de  mi  sobrina  que  tiene  por 
costunbro  (})  hospedar  semejantes  caualleros, 
como  yo,  os  hospedará,  y  alli  pasareis  esta  no- 
che mucho  a  vuestro  contento  y  solaz;  yo  le 
bcssé  las  manos  por  tan  gran  merced,  la  qual 
acepté;  y  luego  salió  el  viejo  que  me  truxo  allí 
cabalgando  en  vn  rozín  y  despidiéndome  de  la 
maga  (^)  comencamos  a  caminar.  Fuemos  ha- 
blando en  muchos  loores  de  su  señora,  que  nun- 
ca acabaña  de  la  engrandecer.  Pues  dixome:  Se- 
ñor agora  vays  a  este  castillo  donde  veréis  vna 
donzella  que  en  hermosura  y  valor  exC'Cde  a 
quantas  en  el  mundo  ay;  y  demandándole  por 
su  nonbre,  padres  y  calidad  de  estado  me  dixo 
él:  eso  haré  yo,  señor,  de  muy  buena  voluntad 
de  08  detiTy  porque  después  desta  mi  señora  a 
quien  yo  agora  siruo  no  creo  que  ay  en  el  mun- 
do sa  igual,  y  a  quien  con  mejor  voluntad  de- 
seasse  ni  deua  yo  scniir  por  9u  gran  ralor*  y 
ansi  Señor,  sabed  (')  que  esta  donzella  fue 
hija  de  vn  señor  natural  desta  tierra,  del  mejor 
linaje  que  en  ella  ay,  el  qual  se  llamaua  el  gran 
varón;  y  por  su  hermosura  y  linaje  fue  deman- 
dada de  muchos  caualleros  de  alta  guisa,  ansi 
desta  tierra  como  de  Francia  y  Castilla,  y  a 
todos  los  menospreció  proponiendo  de  no  casar 
con  otro  sino  con  ol  hijo  de  su  rey;  y  siendo 
tratadas  entre  ellos  palabras  de  matrimonio 
respondió  el  Rey  de  Nanarra  que  tenia  despo- 
sado 8U  hijo  con  la  segunda  hija  del  Rey  de 
Francia,  y  que  no  podia  faltarle  la  palabra.  Por 

(')  O.,  que  tiene  la  mesma  costumbre  que  yo  en. 
(')  O.,  baena  dneña. 
(*)  Q.,  Ofl  digo. 


lo  qual  sintiendo  ella  afrenta  no  auerle  salido 
cierto  su  deseo,  por  ser  dama  de  alta  guisa  pro- 
puso de  nunca  se  casar  hasta  oy;  y  ansi  por 
auer  en  su  linaxe  dueñas  muy  hadadas  que  la 
hadaron,  es  ella  la  mas  hadada  y  sabia  muger 
que  en  el  mundo  ay.  En  tanta  manera  que  por 
ser  tan  sabia  en  las  artes  la  llaman  en  esta 
tierra  la  donzella  Saxe  hija  del  gran  varón;  y 
ansi  hablando  en  esto  fuemos  a  entrar  en  vna 
muy  hermosa  y  agraciada  floresta  de  mucha  y 
deleytable  arboleda.  Por  la  qual  hablando  en 
estas  (O  y  otras  muchas  cosas  caminamos  al 
parecer  dos  leguas  hasta  que  casi  se  acabó  el 
dia.  Y  ansi  casi  media  hora  antes  que  se  pu- 
siesse  el  sol  llegamos  a  vn  pequeño  y  muy  apa- 
zible  valle  donde  parecía  que  se  augmentaua 
mas  la  floresta  con  muchos  jazmines  altos  y 
muy  graciosos  naranjos  que  comunicauan  en 
aquel  tiempo  su  oloroso  azahar,  y  otras  flores 
de  suabe  y  apazible  olor.  En  el  medio  del  qual 
valle  se  mostró  vn  fuerte  y  gracioso  (2)  casti- 
llo que  mostraua  ser  el  parayso  terrenal.  Era 
edificado  de  muy  altas  y  agraciailas  torres  de 
muy  labrada  cantería.  Era  labrado  de  muy  re- 
lumbrante marmol  y  de  jaspes  muy  finos,  y  del 
alabastro  y  del  musayoo  y  mocaraues  muy  per- 
fetos  ?/  otras  piedras  de  mucha  estima  (•).  Pa- 
recióme ser  dentro  de  exceso  sin  conparacion 
más  polido,  pues  de  fuera  auia  en  el  tanta  ex- 
celencia. Y  ansi  fue  que  como  llamamos  a  la 
puerta  del  castillo  y  por  el  portero  fue  conocida 
mí  guia  fueron  abiertas  las  puertas  con  nmcha 
liberalidad,  y  entramos  a  vn  ancho  patio;  del 
qual  cada  cuadro  tenia  seys  colnnas  de  forma 
jónica,  de  fino  marmol,  con  sus  arcos  de  la  mes- 
ma piedra,  con  vnas  medallas  entre  arco  y  arco 
que  no  les  faltan  a  sino  el  alma  para  hablar. 
Eran  las  imagines  de  Piramo  y  Tisbe,  de  Phí- 
lis  y  Demophon;  de  Cleopatra  y  Marco  An- 
tonio. Y  ansi  todas  las  demás  de  los  enamora- 
dos de  la  antigüedad;  y  antes  que  passe  ade- 
lante quiero  que  entiendas  que  esta  donzella 
Saxe  de  que  aqui  te  contaré,  no  era  otra  sino 
la  vieja  maga  que  en  el  aldea  al  comer  me  hos- 
pedó. La  qual  como  le  parecíesse  que  no  se 
aprouechara  de  mi  en  su  casa  tan  a  su  plazer 
como  aqui,  tenia  por  sus  artes  y  industrias  del 
demonio  esta  floresta  y  castillo  y  todo  el  serui- 
cio  y  aparato  que  oyras,  para  holgar  con  quien 
quería  noches  y  días  como  U^.  contaré.  Por  ol 
friso  de  los  arcos  del  \miio  y  na  vna  gruesa  ca- 
dena dorada  que  salía  releuuda  en  la  oantiTia,  y 
vna  letra  que  dezia: 

(íQuantos  van  en  derredor, 
son  prisioneros  de  amor». 

(«)  G.,  esta. 

(*)  O.,  hermoso. 

(')  G.,  aaia  mosayco  y  mncaranes  mnv  perfectos. 


EL  CROTALON 


149 


Ania  por  todo  el  torno  ricas  imagines  y  pie- 
dras del  Oriente,  y  ania  en  los  corredores  altos 
gruesas  colanas  enteras  de  diamante,  no  sé  si 
verdadero  o  falso,  pero  oso  juzgar  que  no  auia 
mas  bella  cosa  en  el  mundo.  Por  lo  alto  de  la 
casa  ania  terrados  de  muy  hermosos  y  agra9Ía- 
doB  edefí^ios,  por  los  quales  andauan  lindas  y 
hermosas  damas  vestidas  de  verde  y  de  otros 
amorosos  colores,  con  guirnaldas  en  las  cabe- 
zas, de  rosas  y  flores,  danzando  a  la  muy  sua- 
ue  música  de  arpas  y  dul9aynas  que  les  tañian 
sin  parefer  quién.  Bien  puedo  qualquiera  que 
aqui  entre  anrmar  que  fuesse  aquí  el  parayso 
o  el  lugar  donde  el  amor  fue  na9Ído:  porque 
aqui  ni  entra,  ni  admiten  en  esta  compañía  cosa 
que  pueda  entristecer,  ni  dar  passiou.  No  se 
vsa  (')  aqui  otra  (*)  cosa  sino  (*)  juegos,  pla- 
zeres,  comeres,  danzar,  vaylar  y  motexar.  Y 
otras  vezes  juntas  damas  y  caualleros  cantar 
música  muy  ordenada,  que  juzgaras  estar  aqui 
los  angeles  en  contina  conueraat^ion  y  featim- 
dad.  Nunca  alli  entró  cana,  arruga,  ni  vejez; 
sino  solamente  jauentud  de  doze  hasta  treynta 
a&os,  que  se  sepa  comunicar  en  todo  deleyte  y 
plazer.  En  esta  casa  siempre  es  abril  y  mayo, 
porque  nunca  en  todo  el  año  el  suaue  y  tem- 
plado calor  y  fresco  les  falta;  porque  aquella 
diosa  lo  dispone  con  su  arte  a  medida  de  su  vo- 
luntad y  necesidad.  Acompañanla  aqui  a  la 
eontina  muy  valerosas  damas  que  ella  tiene  en 
BU  compañía  de  su  linaxe,  y  otras  por  amistad, 
las  quales  atraen  alli  caualleros  que  vienen  en 
seguida  de  su  valor.  Estos  hazen  la  corte  mas 
vfana  y  graciosa  que  nunca  en  casa  de  Rey  ni 
emperador  tan  adornada  de  cortesanía  se  vio. 
Porque  solamente  entienden  (})  en  inucnciones 
de  traxes,  justas,  darnos  y  vayles;  y  otras  a  la 
sonbra  de  muy  apazibles  arboles  nouelan,  mo- 
tejan, rien  con  gran  solaz;  qual  demanda  ques- 
tiones  y  pregmitas  de  amores;  hazer  sonetos, 
coplas,  villancicos,  y  otras  agudezas  en  que  a 
la  contina  reciben  plazer.  Por  lo  alto  y  por  los 
xardines,  por  cima  de  chopos,  fresnos,  laiureles 
y  arrayanes,  huelan  calandrias,  sirgueros,  cana- 
rios y  ruyseñores  que  con  su  música  hazen 
Buaue  melodía.  Estando  yo  mirando  toda  esta 
hermosura  ya  medio  fuera  de  mi,  se  me  pusie- 
ron delante  dos  damas  más  de  diuina  que  de 
humana  representación  porque  tales  parecían 
en  su  habito,  modo  y  gesto;  que  todas  venían 
vestidas  como  de  casa  real.  Trayan  muy  ricos 
roquamados,  joyas  y  piedras  muy  finas;  rubíes, 
esmeraldas,  diamantes,  balajes,  zafires,  jacintos 
y  de  otras  infinito  numero  que  no  cuento.  Es- 
tas puestas  ante  mi  con  humilde  y  agraciado 

(*)  Q.,  entiende, 
rt  G.,  en  otra. 
(")  G.,  sino  en. 
(*)  G.,  Re  ocupan. 


semblante,  auicndoles  yo  hecho  la  cortesía  que 
a  tales  damas  se  les  dcuía,  con  muy  cortés  ra- 
zonamiento me  ofrecieron  el  hospedaje  y  ser- 
uícío  de  aquella  noche  de  parte  de  la  señora  del 
castillo;  y  yo  auiendo  aceptado  la  merced  con 
hazimíento  de  gracias,  me  dixeron  estar  me 
aguardando  arriba;  y  ansí  dexando  el  cauallo  a 
mí  escudero  me  guiaron  por  el  escalera.  Avn 
no  auiamos  acabado  de  subir  quando  vimos  a  la 
bella  Saxe  que  venia  por  el  corredor,  la  qual 
con  aquella  cortesía  y  semblante  me  recibió 
como  si  yo  fuera  el  Señor  de  todo  el  mundo,  y 
ansí  fue  de  toda  aquella  y  trihunfante  y  agra- 
ciada corte  tan  reuerenciado  y  acatado  como  sí 
yo  fuera  todo  el  poder  que  los  auia  de  mandar. 
Era  aquel  palacio  tan  adornado  y  excelente,  y 
tan  apuesta  aquella  bienauenturada  (*)  compa- 
ñía que  me  parece  que  mi  lengua  la  haze  inju- 
ria en  querértelo  todo  pintar.  Porque  era  ello 
todo  de  tanto  aparato  y  perfección,  y  mi  inje- 
nio  de  tan  poca  eloquencia  que  es  necesario  que 
baje  su  hermosura  y  grandeza  muy  sin  compa- 
ración. Muchos  abría  a  quien  yo  contasse  esta 
historia  que  por  su  'poca  esperiencia  les  pare- 
ciese (*)  manera  de  fingir.  Pero  esfuercome  a  te 
la  pintar  a  ti  Mi*¡ilo  lo  más  en  la  verdad  que 
puedo  porque  tengo  entendido  de  tu  cordura 
que  con  tu  buen  crédito  debajo  destas  toscas  y 
cortas  palabras  entenderás  lo  mucho  que  quiero 
sinificar.  Porque  ciertamente  era  aquella  corte 
y  compañía  la  más  rica,  la  más  hermosa,  agra- 
ciada y  generosa  que  en  el  mundo  nunca  fue: 
ni  lengua  humana  con  muy  alta  y  adornada 
eloquencia  nunca  podría  encarecer,  ni  pluma 
escreuir.  Era  toda  de  florida  y  bella  edad,  y 
sola  entre  todas  venia  aquella  mi  bella  diosa 
relumbrando  como  el  sol  entre  todas  las  estre- 
llas, de  belleza  estrafia.  Era  su  persona  de 
miembros  tan  formados  quanto  pudiera  con  la 
agudeza  de  su  ingenio  pintar  aquel  famoso 
Apeles  con  su  pincel.  Los  cabellos  luengos, 
rubios  y  encrespados;  trancados  con  vn  cordón 
de  oro  que  venia  a  hazer  una  injeníosa  lacada 
sobre  el  lado  derecho  de  donde  colgaua  vn  jo- 
yel que  no  auia  juizio  que  le  bastasse  esti- 
mar (^).  Traya  los  carrillos  muy  colorados  de 
rosas  y  jazmines,  y  la  frente  parecía  ser  de  vn 
liso  marfil;  ancha,  espaciosa,  llana  y  conue- 
níente,  que  el  sol  hazia  eclipsar  con  su  resplan- 
dor. Debajo  de  dos  arcos  de  cejas  negras  como 
el  fino  azabache  le  están  baylando  dos  soles 
piadosos  a  alunbrar  a  los  que  los  miran,  que 
parecía  estar  amor  jugando  en  ellos  y  de  alli 
disparar  tiros  gentiles  con  que  visiblemente  va 
matando  a  qualquier  hombre  que  con  ellos  echa 


(•)  G.,  juuenil. 

(»l  G.,  parecería. 

(^)  G.,  de  inestimable  valor. 


150 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


dfí  Yor,  La  nariz  pequeña  y  afilada,  en  quo  na- 
taraloza  mostró  su  pcrfecion.  Muí^strasse  debajo 
do  dos  poquoños  valles  la  chica  boca  de  coral 
nuiy  fino,  y  dfMitro  della  al  abrir  y  cerrar  de  un 
lubrio  angelical  se  niuostran  dos  liylos  de  per- 
las nricütttles  i\\io,  trae  por  dientes.  Aqui  se  for- 
man celestiales  palabras  que  bastan  aiilandar 
corazones  de  diamanta*.  Aqui  se  forma  vn  reyr 
tan  suaue  que  a  todos  fuerza  a  obede9er.  Tenia 
el  cuello  redondo,  luengo  y  sacado,  y  el  pecho 
ancho,  lleno  y  blanco  como  la  nieue,  y  a  cada 
lado  puesta  en  di  vna  mangana  qual  siendo  ella 
diosa  pudiera  poner  en  si  para  mostrar  su  her- 
mosura y  perfe^ion.  Todo  lo  demás  que  secreto 
está,  como  cuerdo  puedes  juzgar  corresponder 
a  lo  que  se  nuiestra  de  fuera  en  la  mesma  pro- 
porción. En  fin  en  edad  de  catorce  años  escogió 
la  hern)osura  que  naturaleza  en  yna  dama  pudo 
dar.  Pues  visto  lo  mucho  que  te  he  dicho  de  su 
veldad  no  te  marauillarás,  Mi^ilo,  si  te  digo  que 
de  enamorado  de  su  belhíza  me  perdi;  y  encan- 
tado sali  de  mi,  porque  depositada  en  su  mano 
mi  libertad  me  rendi  a  lo  nue  de  mi  quisiesse 
hazer. 

MiriLO. — Por  cierto  no  me  marauillo,  Gallo, 
si  p^rdicRses  el  juizio  por  tan  estremada  hcr- 
mosura,  pues  a  mi  mo  tiene  encantado  en  solo 
te  lo  oyr. 

Gallo. — Pues  andando  ansi.  como  al  lado 
me  tomó,  siguiéndonos  toda  aquella  graciosa 
compañia,  me  yua  ofreciendo  con  palabras  de 
toda  cortesania  á  su  sabjecion:  proponiendo 
nunca  (pierer  ni  demandar  libertad,  teniendo 
por  aueriguado  que  todo  el  merecer  del  mimdo 
no  podia  llegar  a  poseer  joya  de  tan  alto  valor; 
y  avn  juzgaua  por  bíenauenturado  al  que  resi- 
diendo en  su  presencia  se  le  diesse  sola  su  gra- 
cia sin  mas  pcMÜr.  Hablando  en  muy  graciosos 
reípiiebros,  faboreciendome  con  vnos  ofrecimien- 
tos muy  comedidos:  vnas  vezes  por  mi  persona, 
otras  diziondo  que  por  quien  me  embiaua  alli. 
Entramos  a  vna  gran  sala  adornada  de  muy 
sumptuosa  y  cstraña  tapicería:  donde  al  cabo 
della  estaua  vn  gran  estrado,  y  en  el  medio  ddl 
yn  poco  más  alto,  que  mostrana  alguna  diffe- 
rencia  que  se  daua  algo  a  sentir,  estaua  debajo 
de  un  ríco  dosel  de  brocado  hecho  el  asiento  de 
la  bella  Saxc  con  muchos  coxines,  debajo  del 
qual  junto  consigo  me  metió;  y  luego  fue  lleno 
todo  el  estrado  de  graciosas  damas  y  caualleros, 
y  comencando  nuicha  música  de  menestriles  se 
eomenco  vn  diuino  serao.  Y  después  que  todos 
aquellos  galanes  huuieron  dancado  con  sus  da- 
mas muy  a  su  contento  y  yo  con  la  mia  dance, 
entraron  en  la  sala  muchos  pajes  con  muy  ga- 
lanes libreas,  (^on  hachas  en  sus  manos,  que  los 
guiaua  vn  maestresala  que  nos  llamó  a  la  cena; 
y  leuantandose  todos  aquellos  caualleros,  to- 
mando cada  qual  por  la  mano  a  su  dama  fue- 


mos  guiados  por  vna  escalera  que  decendia 
sobre  vn  vergel,  donde  estaua  hecho  m  paseo 
debajo  de  vnos  corredores  altos  que  (*ayan  sobre 
la  gran  huerta;  el  qual  paseo  era  de  largo  de 
dí>cientos  pies.  Eran  tocüís  las  colunas  de  ver- 
dadero jaspe  puestas  por  muy  gentil  y  agra- 
ciado orden ;  t<xlas  corradas  de  arriba  abajo  con 
muy  entretexidos  gazmines  (})  y  rosales  que 
dañan  en  aquella  pieza  muy  suave  olor,  con 
lo  (')  que  lancanan  de  si  muchos  clabeles  y  al- 
bahacas  y  naranjos  que  estañan  c^rca  de  alli. 
Estaua  vna  mesa  puesta  en  el  medio  de  aquella 
pieza  que  era  de  largo  i^ien  pies,  puestos  los 
manteles,  sillas  y  aparato,  y  ansi  como  delu- 
dimos a  lo  bajo  comencó  a  sonar  gprandissimo 
numero  y  differencia  de  música:  de  trompetas, 
cheremias,  sacabuches,  dulcaynas,  nautas,  cor- 
netas y  otras  muchas  differencias  de  sonajas 
muy  graciosas  y  apazibles  que  adomauan  ma- 
cho la  fiesta  y  engrandecian  la  magestad  y  en- 
chian  los  coracones  de  nmcha  alegría  y  plazer. 
Ansi  se  sentaron  todos  aquellos  caualleros  y 
damas  en  la  mesa,  vna  dama  con  vn  cauallero 
por  su  orden ;  y  luego  se  eomenco  la  cena  a 
seruir,  la  qual  era  tan  sumptuosa  y  epulenta 
de  viandas  y  aparato  de  oro^  plata,  ríqueaa  y 
seruicio  que  no  hay  injenio  que  la  pueda  des- 
creuir  en  particular. 

MiviLO. — Alguna  parte  della  nos  falta  agora 
aqui. 

Gallo. — Fueron  alli  semidosen  oro  ¡f  plata 
todos  los  manjare»  que  la  tierra  produce  y  los 
que  el  ayre  y  el  mar  crían,  y  los  que  ha  inqni- 
rído  por  el  mundo  la  ambición  y  gula  de  los 
hombres  sin  que  la  hambre  ni  negerídad  lo 
requiriesse.  Seruian  a  las  manos  en  fuentes  de 
cristal  agua  rosada  y  do  azahar;  y  el  vino  en 
perlas  cabadas  muy  grandes,  y  no  se  precia- 
uan  (')  alli  de  beuer  niños  muy  preciados  de 
Castilla;  pero  traídos  de  Candía,  de  Grecia  y 
Egipto.  Eran  las  mesas  de  c^dro  eoxido  del 
Lil)ano,  y  del  ciprés  oloroso  asentadas  sobre 
peanas  de  marfil.  Los  estrados  y  sillas  en  que 
estañamos  sentados  al  comer  eran  labradas  a 
manera  de  taraces  de  gemas  y  jaspes  finos;  ^os 
asientos  y  respaldares  eran  de  brocado  y  de 
muy  fino  carmesí  de  Tiro. 

Mi<;iL0.  — ¡O  gallo!  qué  sabroso  me  es  es- 
te (•)  tu  canto:  no  me  parece  sino  que  poeeo 
al  presente  el  oro  de  aquel  ríco  Midas  y  Creso, 
y  que  estoy  asentado  a  las  opulentas  mesas  del 
emperador  Eliogabalo.  Querría  que  en  <}\en 
años  no  se  me  acabasse  esta  bienaventuranca 
en  que  agora  estoy.  Mucho  me  entrísteze  la 
misería  en  que  pienso  venir  quando  amanezca. 

(<)  G.,  jazmines. 
IM  G.,  el. 

(>)  G.,  conten tauan. 
(í)  R.,  eRe. 


EL  CROTALON 


151 


Gallo.— Todos  aquellos  canalleros  enten- 
dían con  sns  damas  en  macho  regocijo  y  pala- 
cio, en  motejarse  y  en  discantar  donayrcs  y 
motes  y  sonetos  de  amores:  notándose  Ynos  a 
otros  de  algunos  graciosos  dcscuydos  en  las 
leyes  del  amor.  La  mi  diosa  puesto  en  mi  su 
coraron  me  sacaua  con  fabores  y  donaires  á 
toda  cortesanía.  Cada  yee  que  me  miraua,  agora 
fuesse  derecho,  agora  al  traues,  nic  encantoua 
y  me  conuertia  todo  en  si  sacándome  de  mi 
natural.  Sentimc  tan  preso  de  su  gran  valor 
que  no  pudiendo  disimular  lo  dixe:  ¡O. señora! 
no  más.  Piedad,  señora,  que  ya  no  sufro  pa- 
9Íen9Ía  que  no  me  dé  a  merced.  Como  fueron 
acabadas  las  viandas  y  aleadas  las  mesas,  cada 
qual  se  apartó  con  su  dama  sobre  topetes  y  co- 
xines  de  rcquamados  de  diuerso  color.  Donde 
en  el  entre  tonto  que  se  Ucgaua  la  hora  del 
dormir  ordenaron  vn  juego  para  su  solaz.  El 
qual  era:  que  cada  qual  con  su  dama  muy  se- 
creto y  á  la  oreja  le  (})  preguntosse  lo  que  más 
se  le  antoje;  y  la  primera  y  mas  principal  ley 
del  juego  es:  que  infalíbrcmente  se  responda 
la  verdad.  Fue  este  juego  gran  ocasión  y  apa- 
rejo para  que  entre  mí  y  mi  diosa  se  doclaras- 
se  (*)  nuestro  deseo  y  pena:  porque  yo  le  pre- 
gunté conjurándola  con  las  leyes  del  juego,  me 
diga  en  quien  tuuiesse  puesto  su  fe,  y  ella  muy 
de  coraron  me  dixo,  que  en  mí.  Con  la  qual 
confession  se  perro  el  proceso,  estando  ella  se- 
gura de  mi  voluntad  y  amor;  y  ansí  concerta- 
mos que  como  yo  fuesse  recogido  en  mi  cámara 
en  el  sosiego  de  la  obscura  noche,  ella  se  yria 
para  mi.  Con  esto  promessa  y  fe  se  desbarató 
el  juego  de  acuerdo  do  todos,  y  ansí  parecieron 
muchos  pajes  delante  con  hachas  que  con  su 
lunbre  qnitauan  las  tinieblas,  y  hazian  de  la  no- 
che dia  claro,  y  después  que  con  confites,  cane- 
lones, alcorzas  y  mazapanes  y  buen  vino  hezi- 
mos  todos  colapion:  hecha  por  todos  vna  general 
reuerenpia,  toda  aquella  graciosa  y  excelente 
corte  mostrando  quererme  acompañar  se  des- 
pidió de  mi ;  y  hecho  el  deuido  cunplimiento  á 
la  mí  bella  dama,  dándonos  con  los  ojos  á  en- 
tender la  palabra  que  quedana  entro  nos,  me 
guiaron  las  dos  damas  que  me  metieron  en  el 
castillo  basto  vna  cismara  de  entoldo  y  aparato 
celestial,  donde  llegado  aquellas  dos  diosas  con 
vn  agraciado  semblante  se  despidieron  de  mi. 
Dexaronme  vn  escudero  y  vn  paje  de  guarda 
que  me  descalcó,  y  dexando  vna  vela  encendida 
en  medio  de  la  cámara  se  fueron,  y  yo  me  de- 
posité en  vna  cama  díspucRto  á  todo  dcleyte  y 
Slazer,  entre  vnos  Heneas  que  parecía  auerlos 
ilado  arañas  con  todo  primor.  Olia  la  cámara 
á  muy  Ruabes  pastillas:  y  la  cama  y  ropa  á  agua 


i 


«)  R..  ie. 

*)  R.,  declare. 


de  angeles  y  azahar;  y  quedando  yo  solo  puse 
mi  sentidos  y  oreja  atento  todo  á  si  mi  diosa 
venia.  Por  muy  poco  sonido  que  oya  me  alte- 
raua  todo  creyendo  que  olla  fuosso,  y  como  me 
hallase  engañado  no  hazia  sino  enbiar  sospiros 
que  la  despertossen  y  luego  de  nueuo  me  reco- 
giti  con  nueua  atención  midiendo  los  passos 
que  de  su  aposento  al  mío  podía  auer.  Consi- 
deraua  cualquiera  ocupación  que  la  podía  estor- 
bar; lebantauame  de  la  cama  muy  pasito  y 
abría  la  puerto  y  miraua  á  tadas  partes  si  sen- 
tía algún  meneo  o  bullicio,  o  vía  alguna  luz:  y 
como  no  via  cosa  alguna  con  g^n  desconsuelo 
me  boluía  acostor.  Deshaziame  de  zelos  sospe- 
chando por  mi  poco  merecer,  sí  burlándose  de 
mí  estoua  en  los  brazos  de  otro  amor,  y  estondo 
yo  en  esto  congoja  y  fatiga  estoua  mi  diosa 
aparejándose  para  venir  con  la  quietud  de  la 
noche:  no  porque  tiene  necesidad  de  aguardar 
tiempo,  pues  con  echar  en  todos  vn  sueño  pro- 
fundo lo  podia  todo  asegurar.  Poro  por  enca- 
recerme á  mí  más  ol  propio  de  su  valor,  y  la 
estima  que  de  su  persona  se  deuia  tener,  aguar* 
daua  haziendoseme  vn  poco  ausente,  estando 
siempre  por  su  gran  poder  y  saber  ante  mí;  y 
quando  me  vi  más  desospenuio  siento  que  con 
vn  poco  de  rumor  entre  la  puerto  y  las  cortinas 
me  com'ienca  pasito  á  llamar,  y  yo  como  la  oy, 
como  suele  acontecer  si  alguno  ha  peleado  gran 
rato  en  vn  hondo  piélago  con  las  malezas  que 
le  querían  ahogar,  y  ansí  afanando  sale  asién- 
dose á  las  espadañas  y  ramas  de  la  orilla  que 
no  se  atreue  ni  se  confía  dellas  porque  se  le 
rompen  en  las  manos,  y  con  gran  trabajo  meto 
las  uñas  en  el  arena  por  salir,  ansí  como  yo  la 
oy  á  mi  señora  y  mi  diosa  salto  de  la  cama  sin 
sufrimiento  alguno:  y  recogiéndola  en  los  (}) 
bracos  me  la  comience)  á  bessar  y  abracar.  Ella 
venia  desnuda  en  vna  delgada  camisa:  cubier- 
tos sus  delicados  mienbros  con  vna  ropa  sutil 
de  cendal,  que  como  las  rosas  puestos  en  vn 
vidrio  toda  se  trasluzia.  Traya  sus  hermosos 
y  dorados  cabellos  cogidos  con  vn  gracioso  y 
rico  garbín,  y  dexando  la  ropa  de  acuestas,  que 
avn  para  ello  no  le  daua  mi  sufrimiento  lugar, 
nos  fuemos  en  vno  á  la  cama.  No  te  quiero 
dezir  más  sino  que  la  lucha  de  Hercules  y  An- 
teo te  pareciera  alli.  Tan  firmes  estouamos 
afferrados  como  puedes  imaginai*  de  nuestro 
amor:  que  ninguna  yedra  que  á  planto  se 
abraza  podia  compararse  á  ambos  á  dos.  Ve- 
nida la  mañana  la  mi  diosa  se  leuantó:  y  lo 
más  secreto  que  pudo  se  fue  á  su  aposento,  y 
luego  con  vn  su  camarero  me  enbió  vn  vestido 
de  recamado  encamado  con  vnos  golpes  sobre 
vn  tafeton  aznl,  tomados  con  vnas  cintos  y 
cíanos  de  oro  del  mesmo  color;  y  quando  yo 

(•)  G.,  mis. 


152 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


sentí  el  palacio  estar  de  conuersa^ion  m<»  leñan- 
te y  atauié  y  salí  á  la  ^ran  sala  donde  hallé 
vestida  á  la  uii  diosa  de  la  inesma  librea,  que 
con  amoroso  donayrc  y  semblante  me  recibió; 
á  la  qual  sígaieron  (*)  to<lus  aquellos  cortesa- 
nos por  saber  que  la  bazian  mucho  plazer;  y 
ansí  cada  dia  mudauamos  ambos  dos  y  tres  li- 
breas de  vna  mesma  denisa  y  color  á  vna  y  otra 
vsan^a,  de  diuersidad  dí>  na(;i(íne8  y  j)rouin9Ías; 
y  luego  tíxloB  nos  ruenn»s  a  ver  muy  lindos  y 
poderosos  estanques,  riberas,  bosques,  jardines 
que  auía  en  la  casa  para  entretemos  hasta  que 
fue  llegada  la  hora  del  comer.  La  qual  como 
fue  llegada  y  el  maestresala  nos  fue  a  llamar 
beluimos  a  la  gran  sala:  donde  cstaua  todo 
aparejado  con  la  mesma  sumptuosidad  que  la 
noche  passada;  y  ansí  conmenyando  la  música 
comcn9o  el  8eruÍ9Ío  del  comer;  fuemos  seruidos 
con  la  mesma  magestad  y  aparato  que  allí  es- 
taua  en  costunbre,  y  después  como  fue  acabado 
el  yantar  y  se  leuantaron  las  mesas  quedamos 
todos  hablando  con  diuersas  cosas,  de  damas, 
dé  amores,  de  fiestas,  justas  y  torneos.  De  lo 
qual  venimos  a  hablar  en  la  corte  del  Enpera- 
dor  Garios  Quinto  deste  nonbre  nuestro  Rey  y 
señor  de  Castilla.  En  la  qual  platica  me  quise 
yo  mostrar  adelantándome  entre  todos  por  en- 
grandecer su  estado  y  magestad,  pues  de  mas 
de  ser  yo  su  vasallo,  por  llenar  sus  gajes  era 
mi  Señor.  Lo  qual  todos  aquellos  caualleros  y 
damas  oyeron  con  atención  y  voluntad,  y  al- 
gunos que  de  su  corte  tenian  noticia  proseguían 
comigo  en  la  pnieba  de  mi  intento;  y  como  mi 
diosa  me  conoció  tan  puesto  en  aquel  proposi- 
to, sin  darme  lugar  a  muchas  palabras  me  dixo. 
Señor,  porque  de  nuestra  corte  y  hospedaje  va- 
yas contento,  y  porque  ninguno  deste  parayso 
sale  desgraciado,  quiero  que  sepas  agora  como 
en  esta  nuestra  casa  se  honrra  y  se  estima  ese 
bienauenturado  príncipe  por  Rey  y  Señor.  Por- 
que nuestra  progenie  y  decendencia  tenemos 
por  derecha  linea  de  los  Reyes  de  Castilla;  y 
por  tales  nos  trataron  los  reyes  catholicos  don 
Fernando  y  doña  Ysabcl,  dignos  de  eternal 
memoria;  y  como  fuesse  de  tanto  valor  esc 
nieto  suyo  por  los  buenos  hados  que  se  junta- 
ron en  él,  esta  casa  siempre  le  ha  hecho  gran 
veneración,  y  ansi  vna  visabuela  mia  que  fue  en 
esta  tierra  la  más  sabia  muger  que  en  ella  imnca 
nació  en  las  artes  y  buen  hado,  se  empleó  mu- 
cho en  saber  los  sucesos  deste  valeroso  y  Ínclito 
principe,  y  ansi  edificó  vna  sala  muy  ríca  en 
esta  casa  y  todo  lo  que  con  sus  artes  alcancó 
en  vna  noche  lo  hizo  pintar  alli ;  y  porque  en 
ninguna  cosa  aquella  visabuela  mia  mintió  de 
quanto  alli  hizo  a  sus  familiares  pintar  confor- 
me a  lo  que  por  este  fclicissimo  príncipe  pasara, 

(I)  G.,  úgaiendo. 


te  lo  mostraré  hecho  por  nuiy  grau  orden  do- 
Cientos  años  ha.  Alli  verás  su  buena  fortuna  y 
su  buen  hado  do  que  fue  hadado,  por  las  gran- 
des vatallas  ((ue  en  tiempos  aduenideros  ven- 
cerá, y  gentes  belicosas  que  traerá  a  su  subje- 
cion ;  y  diziendo  esto  se  leuantó  de  donde  estaua 
sentada,  y  con  ella  vo  y  toda  aquella  corte  de 
damas  y  caualleros  (jue  por  el  semejante  lo  de- 
seauau  ver,  y  ansi  nos  f nomos  todc)8  donde  nos 
guió,  ((ue  como  con  vna  cadona  nos  lleuaua 
tras  si.  Y  porque  ya  parece,  Micilo,  que  es  tarde 
y  tienes  gana  de  dormir,  porque  siento  que  es 
ya  la  media  noche,  quiero  por  agora  dexar  Q) 
de  cantar;  y  ]>orqne  parece  que  nos  desordena- 
mos cantando  a  prima  noche,  nos  boluamos  a 
nuestra  acostunbrada  hora  de  nuestra  canción, 
que  es  quando  el  alúa  quiere  romper,  porque  es 
mas  conforme  a  nuestro  natural;  y  ansi  para  el 
canto  que  se  sigue  quedará  lo  demás. 

Mic,'iLO. — ¡O  gallo!  quan  fuera  de  mi  me 
has  tenido  con  esta  tu  sabrosa  canción  de  co- 
mida y  aparato  sumptuoso;  y  nosotros  no  te- 
nemos más  de  cada  quatro  habas  que  comer  oy. 
Solamente  quisiera  tener  el  cargo  de  limpiar 
aquella  plata  y  oro  que  alli  se  ensució,  por  go- 
zar alguna  parte  del  deleyte  que  reciben  estos 
ricos  en  lo  tratar.  Ruegote  que  no  me  dexes  de 
contar  lo  que  en  el  ñn  te  sucedió;  y  agora, 
pnes  quieres,  vamonos  a  donnir. 

Pin  del  quinto  canto  del  gallo  de  Lua'ano. 


ARGUMENTO  DEL  SEXTO  CANTO 

En  el  sexto  canto  que  se  f^lgue  el  auctor  descríue  por  Industria 
admirable  de  vna  pintara  las  victorias  que  el  nuestro  inoic- 
Üstimu  Emperador  Carlos  quinto  deste  nombre  obo  en  U 
prisión  del  Rey  Francisco  de  Francia  en  Paula,  y  la  que  obo 
en  Túnez  y  en  la  batalla  que  dio  a  Lansgraue  y  a  Juan  duque 
de  Saxonla  y  liga  de  herejes  alemanes  junto  al  rio  AIUs  en 
Alemania  ["*). 

Gallo. — Si  duermes,  Micilo,  despierta. 

MiriLO. — Di,  gallo;  que  despierto  estoy  y 
con  voluntad  de  oyrte. 

Gallo. — Deseo  mucho  oy  discantar  aquella 
facunda  historia  que  alli  descriuio  aquel  pintor. 
Porque  era  de  tanta  excelencia,  de  tanto  spirí- 
tu,  y  de  tanta  magestad;  de  tanta  extrafieca  el 
puesto  y  repuesto  de  todo  quanto  alli  pintó 
que  no  ay  lengua  que  pueda  llegar  allá.  Dezian 
los  antiguos  que  la  escriptura  era  la  Retorica 
sin  lengua;  y  de  aquella  pintura  dixeran  que 
era  la  eloquencia  hablada.  Porque  tanta  ventaja 
me  parece  que  lleuaua  aquella  pintura  a  lo  que 
Demostenes,  Tiülio,  Esquines^  y  Tito  Linio 

(*)  G.,  quiero  que  por  agora  dexemoa. 

{*)  Tachado:  SigneRse  el  aeiito  canto  del  gallo  de 
Luciano  orador  griego,  contrahecho  en  el  castellano 
por  el  mesmo  autor. 


EL  CUOTALON 


153 


pudieran  en  aqnol  proposito  orar,  como  lo  ver- 
dadero y  renl  llena  d¡ffereii<;ia  y  ventaja  a  la 
sonbra  y  fisión.  Veras  alli  los  lionhres  vibos 
que  no  les  fftltaua  sino  el  spirítn  y  lengua  con 
que  hablar.  Si  con  grande  aífecto  hasta  agora 
Le  hablado  por  te  conplazer,  agora  en  lo  que 
dixerc  pretendo  mi  ínteres;  que  es  descriuiendo 
la  suuptuosidad  de  aquella  casa  y  el  gran  saber 
de  ai|uella  maga  discantar  el  valor  y  magestad 
de  Carlos  medio  Dios;  porque  sepan  oy  los 
honbres  que  el  gallo  sabe  orar. 

MiciLO. — Pues  de  mi  confiado  puedes  estar 
que  te  prestaré  la  deuida  atención. 

Gallo. — Pues  como  al  mouimiento  de  la  mi 
bella  Saxe  toda  aquella  corte  diuina  se  leuantó 
en  pie,  tomando  yo  por  la  mano  a  mi  diosa  nos 
fuemoB  a  salir  a  vn  corredor;  y  en  yn  cuarto  del 
llegamos  a  vnas  grandes  puertas  que  estañan 
perradas,  que  mostrauan  ser  del  parayso  terre- 
nal. Eran  todas,  avnque  grandes,  del  hebano 
mareotico  sin  mezcla  de  otra  madera;  y  tenia 
toda  la  clabazon  de  plata;  y  no  porque  no  fues- 
se  alli  tan  fa^il  el  oro  de  auer,  sino  porque  no 
es  el  oro  metal  de  tanta  trabazón.  Estañan  por 
las  puertas  con  grande  artifípio  entretexidas 
conchas  de  aquel  preciado  galápago  indio,  y  en- 
tresembradas  muchas  esmeraldas  que  variaban 
el  color.  Eran  los  vnbrales  y  portada  del  mar- 
mol fino  y  marfil^  jaspe  y  cornerina;  y  no  sola- 
mente era  destas  pre9Íosas  piedras  lo  que  pare- 
mia por  los  remates  del  edeíipio,  pero  avn  auia 
tan  grandes  piezas  que  por  su  grandeza  tenian 
fuerza  bastante  para  que  cargasse  en  ellas  parte 
del  edefípio.  La  bella  Saxe  sacó  vna  llaue  de 
oro  que  mostró  traerla  siempre  consigo,  por- 
que no  era  aquella  sala  de  confiar,  por  ser  el 
secreto  y  vigor  de  sus  artes,  encanto  y  memo- 
ria; y  como  fueron  las  puertas  abiertas  hizie- 
ron  vn  brauo  niydo  que  a  todos  nos  dio  pa- 
bor«  Pero  al  animo  que  nos  dio  nuestra  diosa 
todos  con  esfuer90  entramos.  Era  tan  sunptuo- 
so  aquel  edefiyio  como  el  templo  mas  rico  que 
en  el  mundo  Fue.  Porque  excedia  sin  compara- 
ción al  que  descriuen  los  muy  eloquentes  histo- 
riadores de  Diana  de  Effeso  y  de  Apolo  en  Del- 
phos  quando  quieren  más  encarecer  su  hermo- 
sura y  sumptnosidad.  No  pienso  que  diria  mu- 
cho quando  dixease  expeder  a  los  siete  edefipios 
que  por  admirables  los  llamaron  los  antiguos 
los  siete  milagpros  del  mundo.  Era  el  techo  de 
artesones  de  oro  mapipo,  y  de  mozaraues  carga- 
dos de  riquezas.  Tenia  las  vigas  metidas  en 
grueso  canto  de  oro:  y  el  marmol  y  marfil,  ja«- 
pe,  oro  y  plata  no  tenia  solamente  la  sobrehaz 
y  cubierta  del  preciado  metal  y  obra  rica,  pero 
la  coluna  era  entera  y  ma^'ipa,  que  con  su  gro- 
sera y  fortaleza  sustentaua  el  edefipio;  y  ansi 
auia  de  pedazos  de  oro  y  plata  grandes  piezas 
de  aquellas  entalladuras  y  molduras.  Alli  estaña 


la  ágata,  no  solo  para  ser  vista,  poro  para  cre- 
pimicnto  de  la  obra;  y  la  colorada  sardo  está  (') 
alli  que  a  todo  daña  hermosura  y  fortaleza;  y 
t<xlo  el  pabiniento  ora  enladrillado  de  corneri- 
nas y  turquesas  y  jacintos;  yua  quatro  palmos 
del  suelo  por  la  pared  por  orla  de  la  pintura  vn 
musayco  de  piedras  finas  del  Oriente,  (|ue  des- 
baraUuan  todo  juizío  con  su  resplandor.  Dia- 
mantes, esmeraldas,  rubi(>s,  zafires,  topazios  y 
carbuncos ;  y  luego  comentaba  la  pintura,  obra 
do  gran  magcstad;  y  ansi  luego  comenpo  la  mi 
bella  Saxe  a  mostrarnos  toda  aquella  diuinada 
historia,  cada  pailc  por  si,  dándonosla  a  enten- 
der. Dixo:  veys  alli  ante  todas  cosas  cómo  vien- 
do el  Rey  Franpisco  de  Francia  las  alterayiones 
que  en  Castilla  lenantaron  las  Comunidades  por 
la  ansenpia  de  su  Rey ,  pareciendole  que  era  tiem- 
po conueniente  en  aquella  disensión  para  tomar 
fácilmente  el  Reino  de  Nauarra,  enbiósuexergi- 
to.  El  cual  apoderado  en  la  piudad  de  Pamplo- 
na y  en  todas  las  villas  y  castillos  della  han  cor- 
rido hasta  Estella  y  puesto  cerco  sobre  la  ciudad 
de  Logroño:  la  cual  ciudad  como  valerosa  se 
ha  defendido  con  gran  daño  de  franceses.  Ago- 
ra veys  aqui  como  los  gouemadores  de  Castilla 
auiendo  pacificado  las  disensiones  del  reyno, 
auiendo  nueua  del  estado  en  que  al  presente 
está  el  reyno  de  Nauarra  determinan  todos  jun- 
tos con  su  poder  venir  a  remediar  el  daño  he- 
cho por  franceses  y  restituir  el  reyno  a  su  rey 
de  Castilla  que  al  presente  estaña  en  Flandes: 
lo  qnal  todo  que  veys  ha  dopientos  años  que  se 
pintó;  y  quierotc  agora,  señor,  mostrar  lo  que 
desta  tu  guerra,  a  que  ybas  agora  sucederá. 
Ves  aqui  como  sintiendo  los  franceses  venir  los 
gouernadores  de  Castilla  leuantan  el  cerco  de 
Logroño,  y  retiranse  a  la  ciudad  de  Pamplona 
por  hazerse  fuertes  alli.  Yes  aqui  como  el  Con- 
destable y  todos  los  otros  Señores  de  Castilla, 
ordenadas  sus  batallas  los  siguen  en  el  alcance 
a  la  mayor  furia  y  ardid  que  pueden;  ansi  ves 
aqui  como  los  atajan  el  camino  junto  a  la  ciu- 
dad de  Pamplona  (*),  donde  el  miércoles  que 
vema,  que  serán  quinze  deste  mes,  todos  con 
animo  y  esf  uerpo  de  valerosos  principes  los  aco- 
meten diziendo:  España,  España,  Sanctiago: 
y  ansi  veslos  aqui  rotos  y  muertos  mas  de  cinco 
üvüL  franqesea  sin  peligrar  veynte  personas  de 
Castilla.  Dexote  de  mostrar  las  brauezas  que 
estos  capitanes  en  particular  hizieron  aqui  con- 
forme a  lo  que  se  pintó:  las  quales  no  ay  lengua 
que  las  pueda  encarecer.  Entonces  le  demandé 
a  mi  diosa  licencia  para  me  hallar  alli:  y  ella  me 
dixo:  no  te  hago,  señor  ('),  poco  seruicio  en  te 
detener:  porque  yo  he  alcancado  por  mi  saber 

(*)  G.,  estaaa. 

('i  G.,  antefl  que  entren  en  la  ciudad,  eistando  ya 
junto. 
(■)  G.,  pequeño. 


154 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


el  i>el¡gro  en  quo  tu  persona  nuia  de  venir:  y 
ansi  prouoyeron  tuB  hados  que  yo  te  aya  de 
sainar  (u\\i\.  No  qnieras  más  Imonanentura  que 
posfenue  a  mi.  Yo  me  le  rí^ndi  [x^r  perpetuo 
basallo  y  juró  de  nunca  me  reuelar  a  su  imperio. 
Y  ansi  luego  prosiguió  diziendo:  Veys  acjui 
cómo  con  esta  vitoria  quedó  desenbara^ado  de 
fi*an9eseB  todo  el  rey  no  do  Nauarra,  y  los  go- 
ucrnadores  se  buelucn  en  Castilla  dejando  por 
virrey  deste  rcyno  al  conde  de  Miranda.  El  qual 
va  luego  sobre  el  castillo  de  Maya  y  le  combate 
con  gran  ardid,  y  lo  entra  y  mata  a  quantos 
dentro  están.  Veis  aquí  cómo  siendo  Garlos 
anisado  por  los  de  su  reyno  la  necesidad  que 
tienen  do  su  venida  y  preBen9Ía,  despedidos 
nmi'hos  y  muy  arduos  negocios  que  tenia  en 
Alemania  se  embarca  para  venir  cu  España  en 
diez  y  ocho  do  julio  del  año  de  mil  y  quinien* 
tos  y  veynte  y  tres  con  gran  pujanza  de  arma- 
da. Veys  aqui  cómo  se  viene  por  Ingalaterra 
por  visitar  al  rey  y  reyna  su  tia,  de  los  quales 
será  re^evido  ccm  nmeha  alegría,  y  lo  hazcn 
muchas  y  muy  solones  fiestas.  Las  quales  aca- 
badas y  despedido  do  aquellos  cristíanissimos 
Reyes  so  viene  a  España  aportando  a  la  villa 
de  Laredo,  dondo  os  recibido  con  plazer  de  los 
grandes  del  reyno  que  le  estaran  allí  aguardan- 
do. Veis  aqui  cómo  viendo  el  Rey  Francisco  de 
Francia  no  aucr  salido  con  la  empresa  de  Na- 
uarra,  y  visto  que  el  Prin9¡pe  (O  de  Castilla 
Carlos  está  ya  en  su  reyno,  determina  en  el  año 
de  mil  y  quinientos  y  veynte  y  quatro  empren- 
der vn  acometimiento  de  mayor  interés,  y  fue 
que  acuerda  con  todo  su  poder  y  muy  pujante 
ezcr^íto  tomar  el  ducado  de  Milán  y  teniendo 
gentis  de  su  valia  dentro  de  (})  la  ^iudad  de  Mi- 
lán tumesma  persona  estawlo  presente  poner  (*) 
9erco  a  la  9iu(lml  de  Pauia,  en  que  al  presente 
está  por  teniente  el  nunca  venyido  capitán  An- 
tonio de  Lcyna  con  alguna  gente  española  y 
ytaliana  que  tiene  para  en  su  defensa.  Veys 
at[ui  cómo  teniendo  el  rey  do  Fran9Ía  9ercada 
esta  9Íudad  acuden  a  su  defensa  todos  los  capi- 
tanes y  compañías  que  el  Rey  de  Castilla  tiene 
en  aquella  sason  por  la  Italia  y  Lombardia,  y 
todos  los  prin9ipes  y  señores  que  están  en  su 
8eniÍ9Ío  y  liga.  Viene  aqui  en  defensa  Cario  de 
Lanaya,  o  Charles  de  Limoy  que  enton9C8  es- 
tara por  visorrey  de  Ñapóles,  y  el  marques  de 
Pescara,  y  el  illustríssimo  duque  de  Borbon,  y 
el  duque  de  Tracto,  y  don  Femando  de  Alar- 
con,  y  Pero  Antonio  conde  de  Policastro;  y 
avnqne  todos  estos  señores  tienen  aqui  sus  ca- 
pitanes y  compañías  en  alguna  cantidad,  no  es 
tanto  como  la  tercera  (})  parto  de  la  que  el  Rey 

(•)G.,Rey. 
(•)  G.,  en. 
(3)  G.,  puflo. 
(^)  G.,  teryia. 


de  Francia  tiene  en  su  campo.  Pues  como  el 
exeryito  del  rey  de  Castilla  está  aqui  seys  me- 
stís  en  que  alcnnca  UAo  el  inuierno,  padc9Íendo 
gran  trabajo,  y  como  el  Rey  de  Fran9Ía  no  aco- 
mete ni  hazo  cosa  de  que  le  puedan  entender 
su  determinayion,  determinan  los  españoles 
darle  la  batalla  por  acabar  de  partir  esta  porfia; 
y  veys  íu\\x\  cómo  auiendo  el  marques  do  Pea* 
cara  a  los  diez  y  nueue  de  hebrero  del  año  de 
mil  y  quinientos  y  veynte  y  finco  dado  vn  asal- 
to en  el  campo  de  los  fran9«8es  por  probar  su 
cuy  dado  y  resÍ8tcn9Ía,  en  el  qual  con  dos  mil 
españoles  acomete  a  diez  mil,  y  sin  perder  diez 
hombres  de  los  suyos  les  mata  mil  y  do9Ícnto8, 
y  les  gana  vn  bestión  con  ocho  piezas  de  arti- 
llería. Pues  viendo  esta  flaqueza  acuerda  el  vir- 
rey con  todos  aquellos  señores  dar  la  batalla  al 
rey  de  Fran9Ía  en  el  lugar  donde  está  fortale- 
zido;  y  ansi  el  viernes  que  son  veynte  y  qnatro 
dias  del  dicho  mes  de  hebrero;  vn  hora  antes 
del  dia  trayendo  todos  eamisas  sobre  las  armas, 
porque  se  (conozcan  en  la  batalla,  dando  alguna 
poca  de  gente  con  muchos  atamborcs  y  trom- 
petas al  arma  por  la  puerta  del  hospital  de  San 
Lázaro,  donde  están  los  fosos  y  bestiones  de 
los  franpeses  para  estorbar  que  los  imperiales 
no  entren  en  Pauia;  y  mientra  estos  hazen  este 
ruydo,  la  otra  gente  rompe  con  9Íertos  injenios 
y  instrumentos  por  algunas  partes  el  muro  del 
parco;  y  dan  aqui  como  veys  en  sus  enemigas. 
De  todo  esto  es  anisado  el  Rey  de  Fran9Ía  por 
secreto  que  se  haze,  y  ansi  manda  la  noche  an- 
tes que  todos  los  mercaderes,  y  los  que  venden 
mantenimientos  y  otra  gente  inútil  para  la  guer- 
ra salgan  del  real  por  dezar  escuta  la  plaza.  Los 
quales  luego  se  ])onen  el  campo  y  el  Tesin  so- 
bre Pauia,  donde  el  Rey  tiene  echo  vn  puente 
para  passar  las  vituallas  que  vienen  de  Piamon- 
tc.  De  manera  que  quando  los  imperíales  po- 
nen en  effecto  su  empresa  ya  el  Rey  de  Fran- 
9Ía  con  todo  su  exer9Íto  está  armado  y  puesto 
en  orden  de  batalla,  y  no  se  rompe  tan  presto 
el  muro  que  no  se  puedan  muy  bien  cono9er 
vnos  a  otros  en  la  batalla  sin  diuisa.  El  mar- 
ques de  Pescara  toma  consigo  sete9Íento8  caba- 
llos ligeros  y  otros  tantos  arcabuzeros  españo- 
les, y  la  gente  de  armas  hecha  dos  partes  llena 
el  virrey  la  auang^ardia,  y  el  duque  de  Borbon 
la  batalla:  y  los  otros  caualleros  ligeros  llena  el 
duque  de  Tracto.  El  marques  del  Gasto  lleva 
la  infantería  española;  la  infantería  ytaliana  y 
lan9enequeneques  se  haze  tres  partes;  la  vna  es 
cabo  el  conde  do  Guiama;  y  de  la  otra  es  cal>o 
Jorge  cauallcro  alemán;  y  del  otro  es  cabo  otro 
capitán  de  alemanes;  y  ves  aqui  cómo  en  el 
punto  que  el  muro  del  parco  es  derribado  y  los 
imperiales  llegan  a  la  plaza  los  snyzaros  se  ha- 
zen en  contra  de  los  alemanes  y  juntos  comba- 
ten muy  hermosamente  de  las  picas,  y  juega 


EL  CROTALON 


155 


con  tanto  espanto  la  (')  artillería,  qne  todo  el 
campo  mete  a  temor  y  braueza,  y  ansí  cada  qnal 
lleno  de  yra  TUsca  a  su  enemigo:  y  rcbolnien- 
dose  todas  las  csquadras  y  batallas  de  genio  de 
armas  y  caaallos  ligeros,  se  en9Ícudo  vna  cruel 
y  sangrienta  contienda  (^)  y  luego  del  castillo 
y  9Íudad  do  Paula,  por  oñta  puerta  que  se  dize 
de  Milán,  salen  en  fabor  de  España  quatro  mil 
y  quinientos  infantes  con  sus  piezas  de  artille- 
ría y  do^ientos  hombres  de  armas,  y  trecientos 
canallos  ligeros.  Los  quales  todos  dan  en  la 
g^nte  ytaliana  de  los  franceses,  qne  está  en  esta 
parte  aposentada,  la  qaal  fácilmente  fue  rota  y 
desbaratada.  Aqui  llega  vn  soberuio  soldado,  y 
sin  catar  reuerencia  al  gran  Musiur  de  la  Pa- 
usa le  echa  yna  pica  por  la  boca,  que  encon- 
trándole con  la  lengua  se  la  echa  juntamente 
con  la  Tida  por  el  colodrillo.  Un  arcabuzero  es- 
pañol asesta  a  Musiur  el  Almirante  que  da  bo- 
zcs  a  sus  soldados  que  passen  adelante:  y  ha- 
llando la  pelota  la  boca  abierta,  sin  hazer  feal- 
dad en  dientes  ni  lengua  le  passa  a  la  otra  par- 
te, y  cae  muerto  luego;  yendo  Musiur  de  Alue- 
ñi  con  el  brapo  aleado  a  (})  herir  con  el  espada 
a  Yn  príncipe  español,  llega  al  mcsmo  tiempo 
yn  otro  eaoallero  de  España  y  córtale  el  braco 
por  el  honbro  y  juntamente  cae  el  braco  y  su 
poseedor  sin  la  vida.  Musiur  Buysi  recogién- 
dole con  ma  herída  casi  de  muerte  le  alcancau 
otra  que  le  acaba.  El  conde  de  Tracto  arrojó  (}) 
una  lanca  a  Musiur  de  la  Tramuglia,  que  dán- 
dole por  cima  la  yedixa  le  cose  con  la  brída  y 
cae  muerto  él  y  su  oauallo.  El  duque  de  Bor* 
bon  hyere  de  vna  hacha  de  armas  sobre  la  ca- 
beca  a  Musiur  el  gran  Escuir,  que  juntamente 
le  echó  los  sesos  y  la  yida  fuera.  Un  cauallero 
ytaliano,  criado  de  la  casa  del  marques  de  Pes- 
cara, da  ana  cachillada  sobre  la  zelada  a  Mu- 
siur de  Cliete  que  le  saltó  de  la  cabeca:  y  acu- 
diendo con  otro  golpe,  antes  que  se  guarde  le 
abre  hasta  la  nariz.  Un  soldado  csj)añol  esgrí- 
miendo  con  yn  montante  se  encontró  en  la  ha^ 
talla  con  Musiur  de  Boys,  y  derrocando  de  yna 
estocada  el  cauallo,  en  cayendo  en  el  suelo  cor- 
ta al  señor  la  cabeca.  Otro  soldado  de  la  mes- 
ma  nación,  jugando  con  yna  pica,  passa  de  yn 
bote  por  yn  lado  al  duque  de  Fusolca  y  (')  le 
salió  el  hierro  al  otro;  y  luego  da  otro  golpe  al 
herniano  del  duque  de  Loren  en  los  pechos  que 
le  derrneca  del  cauallo:  y  la  furía  de  otros  oa- 
uallos  que  passan  le  matan  hollándole.  Tam- 
bién este  mismo  hiere  a  Musiur  de  Sciampaña, 
que  yenia  en  compañia  destos  dos  principes,  y 
le  hase  igual  y  compañero  en  la  muerte.  Veis 


(«)  G.,  el. 
>)  O.,  batalla. 
'•)  Gm  por. 
¡^)  G.,  arroja. 
^)  G.,  qne. 


i 


aqui  cómo  el  Rey  de  Francia,  viendo  roto  su 
cam])o  piensa  saluarse  por  el  puente  del  Tosin ; 
y  otra  mucha  jmrte  do  su  exorcito  quo  ant«  él 
van  huyondo  con  intención  do  so  sainar  por  alli: 
los  quales  todos  son  muertos  a  manos  de  los 
canallos  ligeros  borgoñones,  y  muchos  ahoga- 
dos on  el  rio;  porque  los  mercaderes  y  tenderos 
que  el  dia  antes  hazcn  salir  del  real,  como  ven 
en  rota  el  campo  de  Francia,  se  passan  el  rio 
y  quiebran  el  puente  por  asegurar  que  los  es- 
pañoles no  los  signan  y  roben;  y  ansi  sucede, 
que  yendo  el  Rey  de  Fran<;ía  al  puente  por  se 
sainar,  a  cinco  millas  de  donde  la  batalla  se  dio, 
le  encuentran  en  su  cauallo  quatro  arcabuzeros 
españoles,  los  quales,  sin  conocerle  se  le  ponen 
delante,  y  le  dizen  que  se  rinda;  y  no  respon- 
diendo el  Rey,  mas  queriendo  passar  adelante, 
vno  de  los  arcabuzeros  le  da  con  el  arcabuz  vn 
golpe  en  la  cabeca  del  cauallo  de  que  el  cauallo 
cae  en  vn  foso,  como  aqui  le  veys  caydo;  y 
a  esta  sazón  llega  vn  hombre  de  armas  y  dos 
canallos  ligeros  del  marques  de  Pescara:  y  como 
ven  el  cauallero  rícamente  atauiado  y  ol  collar 
de  San  Miguel  al  cuello  quieren  que  los  arca- 
buzeros partan  con  ellos  la  presa,  amenayando- 
les  que  donde  no  la  partieren  que  les  matarán 
el  prisionero.  En  esto  llegó  vn  criado  de  Mu- 
siur de  Borbon,  y  como  conoce  al  Rey  de  Fran- 
cia ya  al  virrey  qne  viene  alli  cerca  y  auisale  el 
estado  en  que  está  el  Rey;  y  llegado  el  virrey 
haze  sacar  al  Rey  debajo  del  cauallo:  y  deman- 
dándole si  es  el  Rey  de  Francia  y  a  quién  se 
rinde,  responde,  sabiendo  que  aquel  es  el  virrey, 
que  el  es  el  Rey  de  Francia,  y  que  se  rínde  al 
Emperador;  y  veys  aqui  cómo  luego  le  desar- 
man quedando  en  calcas  y  jubón,  herido  de  dos 
pequeñas  herídas,  yna  en  el  rostro  y  otra  on  la 
mano:  y  ansi  es  llenado  a  Pauia  y  puesto  en 
buena  guarda  y  recado.  Y  el  virrey  luego  des- 
pacha al  comendador  Peñalosa  que  lo  haga  sa- 
ber en  España  al  Rey  Q).  El  qnal  es  recebido 
con  aquella  alegría  y  plazer  que  tal  nueua  y  vi- 
toría  merece.  En  compañia  del  Rey  de  Francia 
son  presos  el  que  se  dize  ser  Rey  de  Nauarra, 
y  Musiur  el  Gran  Maestre,  y  Memoransi,  y  el 
vastardo  de  Sauoya,  y  el  señor  Galeazo  Vis- 
conte,  y  el  señor  Federíco  de  Bozoli,  y  Musiur 
San  Pole,  y  Musiur  de  Bríon,  v  el  hermano  del 
marqués  de  Saluzo,  y  Musiur  la  Valle,  y  Mu- 
siur Sciande,  y  Musiur  Ambrecomte,  y  Musiur 
Caualero,  y  Musiur  la  Mota,  y  el  thesorero  del 
Rey,  y  Musiur  del  Escut,  y  otros  muchos  ca- 
ualleros,  príncipes  y  grandes  de  Francia  que 
veys  aqui  juntos  rendidos  a  prisión,  cuyos  nom- 
bres sería  largo  contaros. 

Y  luego  acabado  de  nos  mostrar  en  aquella 
pintura  esta  vitoria  y  buenauentura  del  nuestro 

(*)  G..  Emperador. 


15C 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


foli^issiino  Carlos  prin9Ípo  y  lioy  de  Espafui 
nos  pasaó  a  otro  quarUíl,  donde  no  con  menos 
primor  j  pcrferion  del  arte  estaiia  pintada  la 
imporial  coríma^ion  y  trihunt'o  (,Vsar¡co  (*)  que 
hi/iO  en  Bolonia  en  el  ano  de  mil  y  quinientos  y 
veynte  y  nueue  afío«,  siendo  pontifice  el  papa 
Clemente  séptimo;  y  tanbien  el  viaje  que  liaze 
luego  alli  en  Alemana  por  resistir  al  tvirco  (¿ue 
viene  con  gran  píxler  hasta  Viena  por  destruir 
la  cristiandad;  y  veys  aqui  todo  su  campo  y  ba- 
tallas puestas  apunto,  y  cómo  le  haze  retirar. 

Y  como  nos  obo  mostrado  en  todo  primor  de 
la  pintura  todas  estas  grandezas  nos  paseó  a 
otro  paño  de  la  pared,  y  nos  mostró  la  tercera 
Vitoria  igual  a  las  passadas  que  obo  en  el  rey  no 
de  Túnez  diez  años  después,  que  fue  en  el  año 
de  mil  y  quinientos  y  treynta  y  vinco;  y  ansi 
nos  comentó  a  dezir.  Veis  aqui  cómo  después 
que  este  bienauenturado  príuQipe  huuiere  hecho 
vn  admirable  alarde  de  su  gente  y  cxer^ito  en 
la  9Íudad  de  Barcelona  sin  dezir  a  ninguno 
donde  va:  veis  aqui  cómo  vn  miércoles  nueue 
de  Junio,  estando  todo  el  campo  a  punto  de 
guerra  y  partida  como  conuiene,  auiendo  los 
tres  diaA  antes  anisado,  manda  leuantar  las  ue- 
las:  las  quales  son  trecientas  en  que  va  la  ñor 
y  prez  de  España,  y  con  gran  música  y  bozeria 
mueuen  soltando  mucha  artillería  del  mar  y 
tierra,  que  es  cosa  marauillosa  de  ver.  Veis 
aqui  cómo  el  sábado  siguiente  a  las  seys  de  la 
mañana  llega  toda  la  armada  a  la  ysla  de  (^er- 
deña,  donde  hallan  al  marques  del  Gasto  que 
con  Ru  armada  y  compañía  les  (^)  está  aguar- 
dando. Tiene  consigo  ocho  mil  alemanes  y  dos 
mil  y  quinientos  españoles  de  los  viejos  de  Yta- 
lia;  y  siendo  aqui  rebebidos  con  muy  solene 
salua  se  rehazen  de  todo  lo  necesario,  y  luego 
el  lunes  adelante,  que  son  catorce  del  mes,  salen 
del  puerto  alas  seys  de  la  mañana  con  prospero 
viento,  guardado  el  orden  necesario;  y  el  mar- 
tes alas  nueue  horas  de  la  mañana  llegan  a  la 
vista  de  la  Goleta,  que  es  en  las  (')  riberas  y 
costa  de  Túnez:  puerto  y  castillo  inexpugnable. 
Pues  tomada  tierra  avnque  con  alguna  defensa 
de  los  contrarios  (*) ;  ponqué  luego  acudieron  al 
agua  gran  caiüidad  de  moros,  turcos  y  geniza- 
ros,  a  defenderles  el  puerto.  Pero  jugando  desde 
los  nauioB  muy  poderosa  artillería  apartaron  (') 
los  enemigos  del  puerto,  tanto,  que  todos  aque- 
llos señores  y  principes  sin  peligro  se  pueden 
saltar  a  tierra;  y  ansi  todos  recogidos  por  aque- 
llos campos  con  la  mejor  guarda  y  miramiento 
que  pueden  se  aloxan  hasta  que  todo  el  canpo 
es  desembarcado.  Después  que  en  dos  dias  en- 

(*)  G.,  Qe»reo. 

n  G.,  los. 

(*)  R.  (Tachado),  pnertoR  y. 

(*)  G.,  renifitencia  de  loe  enemigos. 

(■)  G.,  apartan. 


toros  han  desenbarcado  armas  y  cauallos  y  apa- 
ñijos manda  su  Príncipe  bienauenturado  (') 
que  todos  so  pongan  apunto  de  guerra:  porque 
los  moros  los  desasosiegan  mucho,  que  a  la 
contina  están  sobre  ellos  escaramucando.  Veys 
aqui  cómo  viene  a  bessar  las  manos  del  Empe- 
rador Muley  Alhazen  Bey  de  Túnez,  con  tre- 
oientos  de  cauallo,  y  no  so  parto  de  aqui  hasta 
que  el  Rey  (*)  le  meto  y  apodera  en  su  yindad. 
Veis  aqui  cómo  se  hazen  trancheas  y  vestiones 
y  terreplenos  para  conlmtir  la  Goleta:  en  los 
quales  tardan  veynte  y  ocho  dias.  Veis  aqui 
nmchas  y  muy  cotidianas  escaramuzas  y  reba- 
tes que  tienen  los  moros  con  los  chrístianos  a 
vista  de  sn  principe:  donde  cada  qual  se  señala 
con  gloria  eterna  de  buena  fama.  Pues  como 
es  acabado  este  vestion  muy  fuerte  que  aqui 
veis,  en  contra  deste  castillo  de  la  Goleta,  man- 
da el  Enperador  que  se  ponga  en  orden  de  va- 
teria;  y  ansi  ponen  en  él  treynta  y  seys  piezas 
de  artillería  gruesa,  los  mejores  tiros  de  toda 
la  armada,  los  quales  asestan  a  las  dos  torres 
prín^ipales  del  castillo;  y  en  los  otros  vestiones 
y  trancheas  ponen  hasta  quatro^ientos  cañones 
gruesos  y  menudos,  los  quales  asestan  á  la  for- 
taleza y  galeras  que  tenían  (')  los  moros  en  el 
estaño  de  agua  que  viene  de  Túnez  hasta  la 
mar.  Veis  aqui  cómo  estando  todos  apunto 
para  dar  la  vatería  haze  el  Emperador  vn  ad- 
mirable razonamiento  a  todos  sus  capitanes  y 
soldados,  animándolos  al  acontecimiento  y  pro- 
metiéndoles grandes  premios.  Veys  aqui  cómo 
miércoles  que  serán  catorce  del  mes  de  Julio, 
quando  fue  (})  venida  la  mañana  el  Emperador 
manda  que  se  comience  la  vatería  por  la  (')  mar 
y  tierra.  La  qual  es  la  mas  fuerte  y  contina  y 
admirable  que  nunca  se  dio  en  campo  de  gríe- 
gos,  romanos  ni  egipcios.  Porque  dentro  de 
quatro  horas  están  deshechos  y  hundidos  por 
tierra  los  muros,  percas  y  valuartes  mas  fuertes 
que  tubo  la  antigüedad.  Todo  es  aqui  en  breue 
roto  y  horadado,  que  ya  no  tienen  loa  moros 
con  que  se  amparar,  cubrir  ni  defender,  y  les  es 
necesario  salir  al  canpo  a  pelear  como  están  los 
de  fuera.  Veys  aqui  cómo  a  las  dos  horas  des- 
pués de  medio  día  los  soldados  españoles  enbian 
a  suplicar  al  Emperador  les  dé  liyencia  para 
entrar  la  fuerza,  porque  ya  no  es  menester  gas- 
tar mas  munición;  ya  comienzan  los  moros  a 
salir  al  campo  viendo  poca  defensa  en  su  fuerza, 
y  los  españoles  los  reciben  con  gran  animo  y 
matándolos  y  hiriéndolos  lanzan  animosamen- 
te en  sos  muros  que  ya  están  sin  albergue  ni 
defensa,  y  tanta  es  la  matanza  que  en  ellos  ha- 

(1)  G.,  manda  el  Emperador. 

(')  G.,  este  nuestro  dichoso  caudillo. 

(*)  G.,  tienen. 

(*)  G.,  es. 

(■)  G.,  el. 


EL  CBOTALOK 


167 


zen  que  Iob  hazen  liiiyr  (')  por  vi  cst-nflu  ade- 
lante, donde  se  bahogsn  innnitoE  ddlua.  Vcjs 
aqoi  cómo  con  ijran  (*)  aJcgrí»  y  esfuersio  poncii 
los  tfpañoUí  las  randeras  sóbrelos  iiinroBy  fuer- 
za, aaieiido  niuerto  más  de  treinta  mil  moros 
qaeeatanan  en  aqnclla  defensa  sin  morir  (')dicK 
de  loe  cristianos.  Están  tan  esforc«dos  y  ani- 
mosos estos  soldados  españoles  con  esta  vitoria, 
que  si  en  esta  coTiintiira  los  tomasse  de  aqni  el 
Emperador  serian  bastantes  p»rft  fai^ílmente 
yen^rer  los  exei^itos  del  Turco  y  gran  Can  y 
'Sophi  si  todos  estos  poderosos  prin^ipee  y  sus 
fuerzas  se  juntasen  en  vno.  Porque  aquí  ganan 
la  Dtas  fuerte  y  ínexponalile  tiicrí»  que  en  el 
nmndo  está  en  edili^io.  OauMi  aqni  trcfientas 
piezas  de  artillería  groesa  de  broucc  muy  Ikt- 
mosa,  y  mucha  mum'^ion  ile  poluora  y  pelotas, 
flechas,  laii^as  y  otros  infinitos  géneros  de  ar- 
mas y  munii;ion.  Tomarse  Iiit  en  estn  vitoria  la 
mejor  armada  que  nunca  pagano  perdió:  porque 
catan  sctcíientos  nauios  gruesos  y  treyntay  seis 
galeras;  y  la  resta  de  gaJeotos  y  fustas  luas  de 
viento.  De  aquí  parte  luego  el  Emperador  otro 
dia  adelante  a  dar  combate  a  la  ^iudad  por  dar 
fin  a  esta  empresa.  Y  suifcdc  que  le  sale  al  ca- 
mino Boruorroxa  con  fien  mil  convatientes  por 
resistirle  la  entrada:  donde  con  muy  poca  difi- 
cultad fncron  todos  desbaratados,  y  muerta  in- 
finita multitud  delloa;  y  reys  af^ni  «.'ónju riendo 
el  mal  sufcao  el  Capitán  Baruarruxa  huye  por 
se  librar  de  las  manos  del  Emperador  y  se  aco- 
gió alapiudoddeBona.Tn  puerto  vezinoa]l¡(') 
en  lat  riberas  de  África;  y  roya  aqni  cómo  lle- 
gado el  Emperador  a  la  ciudad  de  Tune?,  se  le 
abren  las  puertas  sin  resistencia,  y  le  enbiau  las 
llares  con  los  mas  antignos  y  principales  de  la 
ciudad  ofreciéndoselo  en  su  obediencia.  Veis 
aqoi  cómo  resulta  desta  ritoria  ser  libres  reyn- 
te  mil  cristianos  que  en  dinersos  tiempos  auian 
sido  presos  eaptiacffi  por  el  mismo  Baruarroja: 
los  qnales  todos  estauan  en  el  alcazaus  de 
veyntc  años  antes  presos.  Veys  aqni  como  he- 
chos BUS  capítulos  de  conciertos,  parias  y  rehe- 
nes entre  el  Emperador  y  Rey  de  Túnez  le  pone 
en  su  poder  la  ciudad,  dándole  las  llanes,  man- 
do y  Sefiorio  como  de  su  mano;  y  después  de 
auerlo  todo  pacificado  se  embarca  jiara  Sif  i- 
lia:  y  de  alli  para  Sauoya  por  libertar  lo  qne 
do  aquel  ducado  tiene  vsurpado  en  aquella 
sazón  el  Rey  do  Francia  a  su  hermana  la  dn- 

Pasaudo  mas  adetanti'  di.\or  veys  oijui  cómo 
prosigniendo  esto  bie  ñauen  turado  prini.-ipe  en 
sil  buen  hado  trabaja  por  juntar  concilio  en  la 
ciudad  de  Trento  en  Alemania,  por  dar  buen 

(')  O.,  fuercan  jr. 


medio  (')  en  los  herrores  hitheranos  que  i'u 
aquella  tierra  estaran  arraygndos  muy  en  dafio 
de  la  iglesia  cathoÜea,  V  veys  aqui  cómo  no 
podiendo  atraer  (*)  por  esta  vía  los  principes 
electores  del  imperio  al  buen  proposito,  deter- 
mina de  licuarlos  por  fuerza  de  anuas;  y  ansí 
el  año  de  mil  y  quinientos  y  quarenta  y  siete, 
a  reynt«  y  qnatro  de  Ahril  les  da  rna  batalla 
de  grande  ardU  y  csfuerco:  siendo  (')  capitanes 
de  su  liga  y  confederación  aquellos  dos  cabefas 
de  BU  principado:  Lansgranc  y  Juan  duque  de 
Saxonia,  a  los  qnales  venció  (*)  y  prendió  jimto 
al  rio  Albis  en  aijnflla  batalla  campal  con  gran.- 
de  anliz  (').  En  la  qnal  murieron  (•)  y  son  pre- 
sos muchos  señores  y  jirincipcB  (^)  de  su  coui- 
pafíia,  y  amque  en  los  ticuipus  adelante  viendo 
los  principes  alemanes  que  las  cosas  del  con<;i- 
liú  se  ordenan  en  sn  destmiciou,  trabajan  a  ser 
vengados  por  mano  del  duque  Mauricio  y  con 
labor  del  Rey  de  Francia,  con  el  quol  y  de  su 
liga  liazcn  vn  exerfito  en  el  nfio  de  mil  y  qui- 
nientuB  y  cinquenta  y  dos  y  vienen  con  fuerca 
determinada,  siendo  cajiitnn  el  duque  Mauricio 
por  desbaratar  el  concilio  que  rstó  en  effecio 
junto  en  !a  ciudad  de  Trento;  y  tan  bien  procu- 
ran intentar  prender  al  Emperador  que  está  sin 
aoiso  alguno  de  su  atreuimiento  y  desuerguen- 
ca;  y  aruque  esto  vema  ansi,  pero  veys  oqu¡ 
cómo  plaxe  a  Dios  por  ser  bnena  la  intención  y 
zelo  deete  bien  au  enturad  o  principey  buen  hado, 
como  no  tiene  algún  cf  Fectu  la  dañada  voluntad 
destos  herrados  herisarchas.  Mas  antes  veys 
nqui  cómo  luego  bueluc  todo  a  nuestro  buen 
principe  en  prosperidad,  liolniendo  a  trilinufor 
de  sus  enemigos.  Porque  sus  basallos  y  princi- 
pes de  España  la  pronceron  de  gent«  y  dinero 
en  tanta  anundancia  que  le  sobren  fuercas  para 
todo  y  roma  en  fin  a  proseguir  su  concilio: 
donde  auida  condenación  de  sus  pcruersos  hor- 
rores se  les  dará  el  justo  castigo  que  merecen 
cabecas  de  tanta  peruersidad;  y  después  de  lar- 
gos aBos  effectuando  en  vn  hijo  suyo  Don  fe- 
lipc  sus  grandes  y  cesáreos  deseos  yri  a  goaar 
con  Dios  a  lá  gloria.  Todas  estas  son  xomadas 
en  que  se  mnestra  admirablemente  su  buenanen  - 
tura  y  hado,  profetizado  todo  y  dininado  do^icn- 
toa  aQoB  antes  que  cosa  alguna  des  tas  sucedan; 
porque  veáis  el  saber  desta  mi  abuela,  y  el  va- 
lor y  bnen  hado  destc  bienauentnredo  principe 
y  Señor  nuestro. 

Y  estando  en  esto  riño  el  maestresala  di- 
ciendo que  estaña  tu  c^'na  aparejada,  y  ansi 
todos  engrandeciendo  el  saber  de  la  maga  y  el 

CU 


,  remedio. 


.,-'•.  trayendo  cllcn  por. 
(')  Ct,,  reoce  y  prande. 
(')  ií.,  batalla  que  les  da. 
(')  tí.,  mueren. 
(')  r..,  principules. 


158 


ORÍGENES  I)E  LA  NOVELA 


injcnio  admirable  de  la  pintnra  y  la  baeuaucn- 
tura  y  hado  do  imestro  principo  noa  salimos  de 
la  Rala  admirados  todos  do  la  suntuosidad  del 
edificio:  la  qual  tornó  mi  diosa  a  9errar  y  acom- 
pañándola por  nuestra  guia  nos  venimos  al 
lugar  donde  a  la  9cna  soliamos  conuenir,  donde 
hallamos  las  mesas  puestas  con  el  mesmo  apa- 
rato y  niagestad  que  ania  en  las  passadas;  y 
ansi  conicn9ando  la  música  se  simio  con  aquella 
abundancia  que  se  acostunbraua  hacer:  la  qual 
9ena  duró  hasta  que  anocheció,  y  como  fue  aca- 
bada sentándose  todas  aquellas  damas  y  caua- 
lleros  cu  sus  proprios  asientos  y  aleadas  las  me- 
sas dol  medio  se  representó  vna  comedia  de 
amor  con  muchos  y  muy  agraciados  entremeses, 
agudezas,  inuonciones  y  donayrcs  de  grande  in- 
jcnio. Fue  juzgada  de  todos  aquellos  caualleros 
y  damas  por  la  mas  injoniosa  cosa  que  nunca 
los  humanos  hayan  visto  en  el  arte  do  repre- 
sentación :  porcjue  después  de  tener  en  olla 
passos  y  auisos  admirables,  fue  el  ornato  y  apa- 
rato todo  en  gran  cumplimiento.  Todas  aque- 
llas damas  recibieron  gran  deleyte  y  plazer  con 
ella:  porque  notablemente  fue  hecha  para  su 
fabor,  persuadiendo  licuar  gran  ventaja  a  los 
hombres  el  natural  de  las  mngeres.  Eran  los 
representantes  de  tan  admirable  injenio  que  en 
todo  te  pareciera  ver  el  natural,  y  conuencido  no 
pudieras  contradezir  su  persuasión.  En  fin  en 
aquella  casa  no  se  trataua  otra  cosa  sino  donay- 
rcs y  plazer:  y  todo  ora  dííleyte  nuestro  obrar  y 
razonar,  y  como  el  mundo  de  su  cogeta  no  tenga 
cosa  (^ue  no  cause  hastio  y  enhado,  y  todo  no 
enoje  y  harte,  aunque  mas  los  mundanos  y  vi- 
ciosos a  el  se  den,  en  fin  buelue  su  tiempo,  y 
los  doleytes  hazen  a  su  natural,  y  como  el  ape- 
tite) os  cosa  que  se  enhada  y  fastidia  presto 
buelue  la  razón  a  so  desengañar  por  ol  fabor  y 
gracia  de  Dios.  Esto  quiero  que  veas  cómo  en 
mi  [)a8só;  lo  (¿ual  por  ser  ya  venido  el  dia  doze- 
mos  para  ol  canto  que  se  siguirá. 

Fin  del  sexto  canto  del  gallo  fie  Luf¡iano, 


AROUMEirrO 

DEL     SÉPTIMO     CANTO     DEL     GALLO 

En  r1  séptimo  ctnto  que  m  fllgu*  el  aortor  eoDcluyemlo  la  pará- 
bola del  hijo  prodigo  Gnge  loquo  romanmenle  lualu  aconUs- 
fvr  en  los  man^bos  quo.  aborrídos  de  vn  vl^o  dan  en  me- 
terse rrayien:  y  en  el  fin  del  canto  se  deserine  Tna  ramu!«  cor- 
tesana ramera  (*), 

Gallo. — Despierta  Mic¡lo,  oye  y  ten  at<ín- 
Cioii,  (juc  ya  te  quiero  mostrar  el  fin,  suceso  y 
remat(f  que  suelen  tener  todas  las  cosas  desta 

(*)  Tachado:  Sigueiwo  el  séptimo  cantu  del  GhiUo 
de  Laciano  orador  griego,  contrahecho  en  el  castella- 
no por  el  mesmo  autor. 


vida:  cómo  todos  los  deleytes  y  plazeres  van  a 
la  contina  a  parar  on  el  hondo  piélago  del 
pentimiento ,  verás  la  poca  dura  que  los  pli 
res  desta  vida  tienen,  y  cómo  quando  el  hombre 
buelve  sobre  si  halla  auer  perdido  macho  mas 
sin  comparación  que  pudo  granar. 

Mi(;iLO. — Di,  gallo;  que  muy  atento  me  tie- 
nes a  tu  graciosa  caución. 

Gallo.-— Pues  vibiendo  yo  aqni  en  tanto  de- 
leyte, tanto  plazer,  tan  amado,  tan  aemidoy 
tan  contento  que  parecia  que  en  el  parayso  no 
80  podia  el  gozo  y  alegría  más  comunicar,  de 
noche  toda  la  passaua  abracado  con  mi  diosa; 
y  de  dia  ynamonos  a  estanques,  ríberas  de  ríos 
y  muy  agraciadas  y  suaues  fuentes,  a  bosques, 
xardincs,  huertos  y  vergeles,  y  todo  genero  de 
deleyte,  á  pasear  y  solazar  en  el  entretanto 
que  80  llegauan  las  horas  del  c^nar  y  comer. 
Porque  para  esto  tenia  por  su  arto  en  sus  huer- 
tas y  tierra  grandes  estanques  y  lagunas  on  las 
quales  juntaua  todos  quantoe  gpenoroe  de  |k*s- 
cadoB  ay  en  el  mar.  Dolfinea,  atunes,  rodaba- 
llos, salmones,  lampreas,  bbIhiIos,  tmchas,  mu- 
los marínos,  congrios,  marraxos,  coracinos,  y 
otros  infinitos  géneros  de  pescados  :  los  qoales 
puestos  alli  a  punto  echando  los  ancuelos  o  re- 
des, los  hazia  fácilmente  caer  para  dar  plazer  a 
los  amantes.  Demás  dcsto  tenia  muy  deleytosos 
vosques  do  laureles,  palmas,  ciprés^»  plátanos, 
arrayanes,  c<Hlros,  naranjos  y  frescos  chopos  y 
muy  poderosos  y  sombríos  nogales  y  otras  es- 
I>ecics  do  arboles  de  gran  rama  y  ocupayion. 
Y  todos  estos  cstauau  entretexidos  y  rodea- 
dos de  rosas,  jazmines,  azuci^nas,  yedras,  li- 
lioR  y  de  otras  muy  graciosas  ilores  y  olorosas 
que  junto  a  vnas  perenales  y  vibas  fuentes  ha- 
zian  vnas  suaues  cárceles  y  unos  deleytosos  es- 
condríxos  aparejados  para  oncubrír  qnalquier 
desmán  que  entre  damas  y  caualleros  hizicsse 
el  amor.  Por  aqui  corrían  muy  mansos  conejos, 
liebres,  gamos,  ci^nios:  que  con  manoe,  sin  cor- 
rida, los  cacaba  cada  qual.  En  estos  plazeros  y 
deleytes  me  tubo  c^ego  y  encantado  esta  maga 
un  mes  o  dos:  no  teniendo  acuerdo,  cuenta,  ni 
memoría  de  mi  honrra  y  fe  deuida  a  mi  prínci- 
|)c  y  Señor,  el  tiempo  perdido,  mi  viaje  y  com- 
pañia,  ni  de  la  ocasión  que  me  tmxo  alli ;  y  ansi 
vn  dia  entre  otros  (porque  muchos  dias,  ni  lo 
podia  ni  osaua  hacer)  me  baje  solo  a  vn  jardin 
por  me  solazar  con  alguna  libertad,  y  de  alli 
guiado  no  sé  por  qué  buen  destino  que  me  dio, 
traspuesto  futura  de  mi,  sin  tener  miramiento  ni 
cuenta  con  la  tierra,  ni  con  el  c¡^-lo>  con  el  se- 
reno, nublo,  ni  sol,  el  alma  sola  traspuesta  en 
si  mosma  yna  trac«ndo  en  manera  de  eleua- 
mionlo  y  eontenplacion  la  ventaja  que  los  de- 
leytes del  cielo  tenian  a  los  do  por  acá;  y  ansi 
passé  de  aquel  jardin  a  vn  espeso  y  c^irado 
vosque  si»  mirar  por  mi;  y  por  vna  angosta 


EL  CROTALON 


159 


senda  caminé  hasta  llegar  a  vna  apazíble  y  de- 
leytosa  fuente  que  con  yn  gra9¡oso  corriente 
jaa  haciendo  vn  sonido  por  entre  las  piedras  y 
yemas  que  sacaua  los  honbres  de  si:  y  con  el 
descuydo  que  llegué  alli  me  arrimé  a  vn  alto  y 
fresco  arrayan,  el  qual  como  los  mienbros  des- 
cuydados  y  algo  cansados  derroqué  sobre  el  co- 
mcn9o  a  gemir;  y  como  quien  soñando  que  se 
ahoga,  o  está  en  algún  peligro  despierta,  ansi 
con  gran  turbación  bolui  sobre  mi.  Pero  tór- 
neme a  sosegar  quando  consideré  estar  en  tier- 
ra y  casa  donde  todas  las  cosas  causan  admi- 
ración, y  el  manjar  en  el  plato  acontece  hablar; 
y  como  sobre  el  arrayan  mas  el  cuerpo  cargué, 
tomó  oon  habla  humana  a  se  quexar  diziendo: 
tente  sobre  ti,  no  seas  tan  cruel;  y  yo  como  le 
oy  que  tan  claro  habló  leiiantéme  de  sobro  él  y 
él  me  dixo:  no  temas  ni  te  marauilles,  Señor, 
quo  en  tierra  estas  donde  has  visto  cosas  do 
mas  espanto  que  verme  hablar  á  mi;  y  yo  le 
dixc:  deesa,  o  nínpha  del  voscaxo,  o  quien  quie- 
ra que  tu  seas,  perdona  mi  mol  comedimiento; 
quo  liicn  creo  que  tienes  entendido  do  mi  que  no 
he  hecho  cosa  por  te  ofender.  Que  la  inorancia 
y  poca  eeperien^ia  quo  tengo  de  ver  espíritus 
humanos  cubiertos  de  cuerpos  y  cortejas  de  ár- 
boles me  han  hecho  injuriar  con  mis  descuyda- 
dos  mienbros  tu  diuinidad.  Ansi  los  buenos  ha- 
dos en  plazer  contino  cffectuen  tu  dichoso  que- 
rer, y  las  celestiales  estrellas  se  humillen  a  tu 
voluntad,  que  me  hables  y  conmniquos  tu  hu- 
mana boz,  y  me  digas  si  agora  o  en  algún  tiem- 
po yo  puedo  con  algún  beneffício  purgar  la 
offensa  que  han  hecho  mis  miembros  a  tu  diui- 
no  ser.  Que  yo  juro  por  vida  de  mi  amiga  aque- 
lla que  morir  me  haze,  de  no  reusar  trabajo  en 
que  te  pueda  seruir.  Declárame  quién  eres  y  qué 
hazes  aqni.  Respondióme  él:  No  soy,  señor,  yo 
deesa,  ni  ninpha  del  vosque;  no  sé  cómo  me  has 
tan  presto  desconocido,  que  sov  tu  escudero 
Palomades.  Pero  no  me  marauiUo  que  no  me 
conozcas,  pues  tanto  tienpo  ha  que  no  te  acuer- 
das de  mi  ni  te  conoces  a  ti.  Gomo  yo  oy  que 
era  mi  escudero  quedé  confuso  y  sin  ser,  y  ansi 
ron  aquella  mesma  confusión  me  le  fue  abracar 
deseoso  de  le  tener  con  quien  a  solas  razonar, 
como  con  él  solía  yo  tener  otros  tiempos  en  mi 
mas  contina  conuersacion.  Pero  ansi  abracando 
ramas  y  hojas  y  troncos  de  arrayan  le  dixe; 
¿que  es  esto  mi  Palomades?  ¿quien  te  encarceló 
ay?  Respondióme:  mira,  s('ñor,  que  esta  tierra 
donde  estás  los  ar1>olü8  quo  ves  todos  son  como 
yo.  Tal  costumbre  tiene  la  señora  que  te  tiene 
aquí,  y  todas  las  damas  y  dueñas  que  en  su 
eom|iafi¡a  están.  Sabe  que  esta  es  vna  maga  en- 
cantadora, treslado  y  trasuuipto  de  Venus  y 
otras  rameras  famosas  de  la  antigüedad.  Ni 

Sienses  que  obo  otra  Cyrces,  ni  Morganda,  ni 
[edea;  porque  a  todas  estas  excede  en  lacinia 


y  engaños  que  en  el  arto  mágica  se  pueden  sa- 
ber. Ésta  es  la  huéspeda  que  bajando  la  sierra 
nos  hospedó;  y  con  la  guia  nos  enbió  á  este  cas- 
tillo y  vosque  fingiendo  nos  enbiar  a  su  sobrina 
la  donzella  Saxe.  Pero  engañónos,  que  ella  mes- 
ma es;  que  por  gozar  de  tu  mocedad  y  locana 
juuentud  haze  con  sus  artes  que  te  parezca  su 
vejez  tan  hermosa  y  moca  como  agora  está.  Y 
ansi  como  me  dexaste  en  el  patio  quando  en- 
tramos, aquí  fue  depositado  en  poder  de  otra 
vieja  hcchizera  que  con  regalos  quiso  gozar  de 
mi;  y  ansi  la  primera  noche  encendida  en  su 
luxnria  me  descubrió  todo  este  engaño  y  su  da- 
ñada y  pemersa  intiuyion ;  cicg^  7  desuentura- 
da  pensando  que  yo  nunca  della  me  auia  de 
partir.  No  pretenden  estas  maluadas  sino  har- 
tar su  lacinia  con  los  honbres  que  pueden  aucr; 
y  luego  los  dexan  y  vuscan  otros  de  quien  de 
nueuo  gozar,  y  hartas,  porque  los  honbres  no 
publiquen  su  torpeca  por  allá  conuierteulos  en 
arboles  y  en  cosas  que  ves  por  aqui;  y  para 
effectuar  su  pemersa  suciedad  tienen  demonios 
ministros  que  de  cien  l<*guns  se  los  traen  quan- 
do saben  ser  coiiuenientes  para  su  mal  propo- 
sito; y  ansi  viéndome  mi  encantadora  desgra- 
ciado y  descontento  de  sus  corruptas  costun- 
bres  y  que  andana  deseoso  para  te  anisar,  tra- 
bajaron por  me  a[>artar  de  ti,  y  avn  porque  no 
huyesse  me  conuertierou  desuenturado  en  esta 
mata  de  arrayan  que  aqui  ves,  sin  csperanoa  de 
salud;  y  ansi  han  hecho  a  otros  valerosos  cana- 
lleros  con  los  quales  ya  con  sus  artes  y  enga- 
ños satisfizieron  su  suciedad,  y  después  los  con- 
uertierou en  arboles  aqui.  Ves  alli  el  que  mandó 
la  casa  de  Guevara  conuertido  en  aquel  ciprés; 
y  aquel  nogal  alto  que  está  alli  es  el  quo  man- 
dó la  casa  de  Lomos  después  del  de  Portogal; 
y  aquel  chopo  hermoso  es  el  que  gouemó  la 
casa  de  Cénete  antes  del  de  Nasao.  Y  aquel 
plátano  que  da  alli  tan  gran  sonbra  es  uno  de 
los  principales  Osónos.  Aqui  verás  Mendocas, 
Pimenteles,  Enrriques,  Manrriques,  Vélaseos, 
Stuñigas  y  Guznianes;  que  después  de  largos 
años  han  quedado  penitenciados  por  aqui*  Buel- 
ne,  buelue,  pues,  señor,  y  abre  los  ojos  del  en- 
tendimiento ;  acuérdate  de  tu  nobleza  y  linaxe. 
Trabaja  por  te  libertar;  no  pierdas  tan  gran 
ocasión.  No  bueluas  allá;  huye  de  aqui.  Es  tuno 
por  g^n  pieza  aqui  confuso  y  enbobado,  que  no 
Babia  qué  hablar  a  lo  que  me  dczia  mi  escudero 
Palomades;  y  como  al  ñ\\  en  mí  bolui  y  con  los 
ojos  del  cnttMuliniieiito  aduerti  sobn*  mí,  pcho- 
mo  de  ver;  y  hallé  que  en  lui  habito  y  natural 
era  estrañado  de  mi  ser.  Hálleme  todo  afemi- 
nado sin  parecer  en  mi  ni  semejanca  de  varotí : 
lleno  de  luxuria  y  de  vicio;  mitado  el  rostro  y 
las  manos  con  vnguentos,  colores  y  aceites  con 
que  las  rameras  se  suelen  adornar  para  atraer 
a  si  a  la  diuersidad  de  amantes,  principalmente 


160 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


si  en  la  nicsnia  calle  y  voziiidad  aj  dos  que  la 
viia  esta  con  la  otra  en  porfía.  Traya  vn  deli- 
cado y  polido  vestido  que  a  su  modo  y  plazer 
lue  auia  iexido  la  mí  ma^a  por  más  se  agradar, 
con  muy  gentil  aparato  y  labor.  Lleuaua  vn 
collar  rico  de  nmy  pre9Íada8  piedras  de  Oriente 
y  esmaltes  que  de  ambos  hombros  cuelga  hasta 
el  pecho;  llenos  de  anillos  los  dedos,  y  dos  bra- 
zaletes en  cada  bra^o  que  parecían  axorcas  de 
muger.  Traya  los  cabellos  encrespados  y  ani- 
llados (*)  ru9¡ados  y  vntados  con  aguas  y  a^ey- 
tes  olorosos  y  muy  preciados.  Traya  el  rostro 
muy  amoroso  y  bello,  afeytado  a  semejan^íi  de 
los  mancebos  que  en  Valencia  se  vsan  y  quie- 
ren festejar.  En  conclusión  por  el  rostro,  sem- 
blante y  dispusi^iou  no  huuiera  honbre  que  me 
cono^iesso  sino  fuera  por  el  nombre;  tan  troca- 
do y  mudado  tenia  t<Klo  mi  ser.  Luego  como 
mirándome  vital  y  de  capitán  fíero  estimado  me 
hallé  conucrtido  en  vÍ9Íosa  y  delicada  nmger, 
de  vergüenza  me  quise  morir;  y  se  me  cayeron 
las  hazes  en  el  suelo  sin  osar  leuantar  los  ojos 
avn  a  mirar  el  sol;  marchicho  (^),  confuso  y  sin 
saber  qué  dezir;  y  en  verdad  te  digo  que  fue 
tanta  la  vergüenza  que  de  mi  tenia  y  el  arre- 
pentimiento y  pcssar  que  en  mi  spiritu  entró 
que  mas  quisiera  estar  so  tierra  metido  que 
ofrecerme  a  ojos  de  alguno  que  ansi  me  pudie- 
ra ver.  Pcnsaua  dónde  yría;  quién  me  acogeria; 
quien  no  se  reyria  y  vurlaria  de  mi.  Lastima- 
uame  mi  honrra  perdida;  mis  amigos  que  me 
aborre^^rian ;  mis  parientes  que  me  huyrian. 
Comienzo  en  esto  tan  miserable  y  cuytadamente 
a  llorar,  que  en  lagrimas  me  pensaua  conuertir. 
De-zia:  ¡o  malditos  y  miserables  (')  placeres  del 
mundo,  qué  pago  tan  desuenturado  dais.  ¡O 
pluguiera  a  Dios  que  fuera  yo  a  la  guerra  y  mil 
vezes  muriera  yo  allá  antes  que  auer  yo  queda- 
do en  este  deleytc  acá!  Porque  con  la  nmerte 
hubiera  yo  hecho  la  xomada  mucho  a  mi  hon- 
rra; y  ansi  quedando  acá  muero  zicn  mil  vezes 
de  muerte  vil  sin  osar  pare9<;r.  He  faltado  a  mi, 
a  mi  principe  y  señor.  Por  muchas  vezes  miré 
por  el  rededor  de  aquella  fuente  por  ver  si  anria 
alguna  arma,  o  instrumento  de  fuerza  con  que 
me  poder  matar;  porque  la  mi  maga  de  armas 
y  do  animo  me  pribó;  y  ansi  con  esta  cnyta  me 
bolui  al  arrayan  por  preguntar  a  mi  compañero 
si  auia  dexado  sus  armas  por  alli,  siquiera  por 
poder  con  ellas  caminar  y  por  me  defender 
si  alguna  de  aquellas  malas  mugen^s  salicsse  a 
mi;  y  como  junto  a  si  me  vio  comenzó  a  darme 
grandes  bozes;  huye,  huye,  señor,  ipieya  apare- 
jado el  yantar  anda  la  tu  maga  umy  cuydadosa 
a  te  vuscar;  y  si  te  halla  aqui  sospechosa  de  tu 


(<)  G.,  nilladui. 
j')  G.,  marchito. 
P)  G*i  miseros. 


fe  tomará  luego  venganza  cruel  de  ti.  Porque 
esto  vsan  estas  maiauenturadas  de  mugercs  por 
más  que  amen;  si  alguno  les  falta  y  hierra  no 
fían  del  honbre  más,  y  nunca  se  acaban  de  sa- 
tisfazer;  ponqué  sicnpre  quieren  mny  hartas  de 
todos  trihunfar;  y  ansi  alzando  mis  faldas  al 
rededor  comenze  con  grande  esfuerzo  a  correr 
cara  donde  sale  el  sol;  yua  huyendo,  sudando, 
cansado  y  caluroso,  boluiendo  a  cada  passo  el 
rostro  atrás.  Plugo  a  los  mis  bienauentarados 
hados  que  auiendo  corrido  dos  horas,  avnqne 
con  gran  fatiga  y  dolor  por  aquel  vosque  espe- 
so zurrado  de  aspereza  y  maú>rral,  en  fín,  sali 
de  la  tierra  de  aquella  mala  muger;  j)orqne  a 
qualquiera  honbre  que  con  effícaz  voluntad 
(luiere  huyr  de  los  vizios  le  ayuda  luego  Dios; 
y  como  fuera  me  vi,  hunn'llado  de  rodillas,  pues- 
tos las  manos  al  zielo,  con  animo  verdadero  de- 
mandé perdón  dando  infinitas  grazias  a  Dios 
por  tan  soberana  merzed.  Senteme  a  vua  fuente 
({ue  vi  alli ;  la  qual  avnque  no  tenia  al  rededor 
aquella  deleytosa  sombra  de  aquellas  arl>oledas 
y  rosas  que  estañan  en  el  vosque  de  la  encan- 
tadora, me  dio  a  mi  mayor  deleytc  y  plazcr,  por 
ofrczerseme  a  mayor  nezesidad;  y  tomando  con 
las  manos  agua  me  comenzó  á  labar  el  rostro, 
cabeza  y  boca  por  echar  de  las  venas  y  huesos 
el  calor  inmenso  que  me  abrasaua;  y  ansi  des- 
nudándome de  todas  aquellas  delicadas  ropas  y 
atauios  me  ayreé  y  refresqué,  proponiendo  de 
en  toda  mi  vida  más  me  las  vestir.  Arroje  por 
aquel  suelo  collar,  oro  y  joyas  que  saqué  de 
aquel  Babilon;  pareziendome  que  ningún  dia 
por  mí  pasó  mas  bienauenturado  que  aquel  en 
que  ansi  me  vi  muerto  de  hambre  y  sed.  Temía 
aquellos  arreos  y  delicadezas  no  me  tornasscn 
otra  vez  a  encantar;  pareziendome  tener  en  si 
vn  no  sé  que,  que  aun  no  me  dexaoan  (^)  del 
todo  boluer  en  mi;  y  ansi  lo  mas  pobre  y  senzi- 
11o  que  pude  comenze  á  caminar  poniendo  mil 
protestazioues  y  juras  sobre  mi  de  nunca  yr 
donde  honbre  me  pudiesse  conozcr;  yendo  por 
aquellos  caminos  y  soledad  me  deparó  Dios  vn 
pastor  que  de  pura  piedad  con  pan  de  zenteno 
y  agua  de  vn  barril  me  mato  hambre  y  sed;  y 
por  acabar  de  echar  de  mi  del  todo  aquellos  en- 
beleñados  vestidos  hize  trueque  con  algunos 
andraxos  que  él  me  quiso  dar.  Pues  con  aque- 
lla pobre  refezion  llegué  ya  casi  que  anochezia 
a  vn  monesterio  de  frayles  de  San  Bernardo 
que  estaña  alli  en  rn  grazioso  y  apazíble  valle; 
donde  apiadándome  el  portero,  lo  mejor  que 
pude  me  all»ergué,  y  luego  a  la  mañana  trabajé 
con  toda  afabilidad  y  saibor  a  los  comunicar  y 
conuersar,  pareziendome  a  mí  que  de  buena  vo- 
luntad me  quedaría  aqui  si  me  quisiesen  rez<s 
bir.  Pero  como  las  guerras  acabauan  en  aquella 

(')  G.,  tlexana. 


EL  CROTALON 


161 


sazón  en  aquella  tierra,  pare^iendoles  que  yo 
hmiiese  sido  soldado  y  qac  por  no  ser  bueno 
venia  yo  ansi,  no  se  osauan  por  algunos  dias 
del  todo  fiar;  pero  por  pare^erme  que  aquel  lu- 
gar y  estado  era  conveniente  para  mi  proposito 
y  necesidad,  trabajé  con  mucha  humildad  y  ba- 
jeza a  los  asegurar  continuando  en  ellos  mi  ser- 
UÍ9Í0  quanto  pude;  y  ansi  passados  algunos 
dias,  ya  que  se  comen9aron  a  fiar  me  obligué  a 
los  semir.  Barríales  las  claustras  y  iglesia;  y 
tanbien  scruia  al  comer  en  0)  1*  mesa  de  com- 
paña porque  luego  no  pude  mas;  y  después  an- 
dando el  tiempo  pediles  el  habito  y  como  me 
vieron  algo  bien  inclinado  pingóles  de  me  le  dar 
con  ¡ntin9¡on  que  fuesse  para  los  seruir. 

M191LO. — De  manera  que  te  obligauas  por 
aciano  de  tu  voluntad. 

Oallo. — Por  9Íerto  de  mayor  seruidunbrc 
me  libnS  Dios  quando  de  poder  de  la  maga  me 
escapó  (*).  Que  lo  que  peor  es  que  entrando 
los  hombres  alli  luego  se  comienzan  a  peniertir. 
Que  todos  quantos  en  aquella  orden  ay  todos 
entran  ansi;  y  luego  tienen  pensamiento  y  es- 
peranza de  venir  a  mandar. 

Miv^iLO.^Buena  intin^ion  llenáis  de  seniir  a 
Dios. 

Gallo. — ¿Pues  qué  piensas?  Todo  es  ansi 
quanto  en  el  mundo  ay.  Luego  me  dieron  cargo 
de  la  limpieza  del  refítorío,  compañero  del  refi- 
tolero. 

Mi^iLO. — Entonces  holgarte  yas  mucho  en 
gozar  de  los  relieues  de  todos  los  vasos  de  los 
frayles. 

Gallo. — Pues  como  yo  aprobé  algimos  años 
en  este  offi^io  comentaron  me  a  ordenar.  En 
fin,  me  hizieron  de  misa. 

MigiLO.—  Grandes  letras  lleuauas. 

Gallo.  —  Lleuaua  todas  las  que  aquellos 
vsan  entre  ii;  y  yo  luego  comente  a  desembol- 
uerme  y  enderezar  la  cresta  y  fue  subiendo  por 
sus  grados,  que  quando  ubo  vn  año  que  fue  de 
misa  me  dieron  la  portería;  y  a  otro  año  me 
dieron  el  cargo  de  zillerero. 

Mi^'iLO. — ¿Que  offizio  es  esse? 

Gallo. — Proueer  todo  el  mantenimiento  de 
casa. 

Mi^iLO. — Gran  offi^io  era  ese,  gallo,  para  te 
faltar;  a  osadas  que  no  estuuiesses  atado  a  nues- 
tra pobre  rabión. 

Gallo. — Entonces  cobré  yo  en  la  casa  mu- 
chos amigos:  y  gané  mucho  crédito  con  todos 
de  liberal;  porque  a  ninguno  negué  nada  de 
todo  quanto  pidiesse.  Porque  siempre  trabajé 
que  a  costa  ajena  ninguno  se  quezasse  de  mi ; 
y  ansi  me  hizieron  príor. 

Mi^iLO. — Fuera  de  todas  esas  cosas;  en  lo 


(•)  G.,  a. 

(«)  G.,  escape. 

OBÍOSNBS  DI  LA  KOVBLA.— 11 


que  tocaua  a  la  orden  mucho  trabajo  se  deue  de 
tener. 

Gallo. — Antes  te  digo  que  no  ay  en  el 
mundo  estado  donde  más  sin  cuydado  ni  tra- 
bajo Be  goze  lo  bueno  que  el  mundo  tiene;  si 
algo  tiene  que  bueno  se  pueda  dezir.  Porque 
tres  cosas  que  en  el  mundo  se  estiman  las  tie- 
nen alli  los  frayles  mejores  que  las  gozan  todos 
los  hombres.  La  prímera  es  el  comer  ordinarío; 
la  segunda  son  los  aposentos  en  que  viben,  y 
la  tercera  es  el  crédito  y  buena  opinión.  Porque 
a  casa  de  qualquiera  príncipe,  o  señor  que  vays, 
todos  los  honbres  han  de  quedar  a  la  puerta 
aguardando  para  neg09iar;  y  el  fray  le  ha  de  en- 
trar hasta  la  cama;  y  a  ningún  honbre  dará  vn 
señor  vna  silla,  ni  le  sentará  a  su  mesa  sino 
vn  frayle  quanto  quiera  que  sea  de  todo  el  mo- 
nesterio  el  mas  vil. 

Mi^'iLO. — Tú  tienes  mucha  razón;  y  ansi 
me  marauillo  como  ay  honbre  cuerdo  que  no 
se  meta  frayle. 

Gallo. — ^Al  fin  mis  amigos  me  eligieron  por 
abbad. 

MiviLO. — ;0  cómo  gozariasde  aquel  su  buen 
comer  y  beber  y  de  toda  su  bienauent urania! 
Pero  dime  ¿en  que  te  ocupauas  siendo  abbad? 

Gallo. — Era  muy  amigo  de  edificar  y  ansi 
hize  dos  arcos  de  piedra  muy  fuertes  en  la  bo- 
dega; porque  estaña  cada  dia  para  se  nos  hun- 
dir; y  porque  vn  rcfitorio  que  teniamos  bajo  era 
frío,  hize  otro  alto  de  muy  ríeos  y  hermosos  ar- 
tesones y  molduras;  y  vna  sala  muy  sunptuosa 
en  que  comiessen  los  huespedes. 

Mi<;ilo. — ^¿Pues  no  tenias  alguna  recreación? 

Gallo. — Para  eso  tenia  la  casa  muchas  ca- 
sas en  riberas  de  plazer,  donde  auia  muy  pode- 
rosos cañales  y  hazeñas. 

Mi<;iLO. — Dime  g^o  ¿con  los  ayunos  tienen 
los  frayles  mucho  trabajo? 

Gallo. — Engañáis  os;  porque  en  ninguna 
orden  ay  mas  ayunos  que  vosotros  tenéis  se- 
glares (^),  sino  el  auiento;  y  este  ayuno  es  tal 
que  siempre  le  deseamos  que  venga;  porque 
vn  mes  antes  y  aun  dos  tenemos  de  recreación 
para  auerle  de  ayunar.  Vamonos  por  las  gran- 
jas, ríberas,  deesas  y  huertas  que  para  esto  tie- 
ne la  orden  muy  granjeado  y  aderezado;  y  des- 
pués venido  el  auiento  a  ningún  frayle  nunca 
mataron  avnque  no  le  ayunasse.  Que  a  todo 
esto  dizen:  tal  por  ti  qual  por  mi  (^). 

MigiLO. — El  contino  coro  de  maytines  y 
otras  horas  no  daua  passion? 

Gallo. — El  contino  coro  por  pasatiempo  le 
teniamos  y  a  los  maytines  con  vn  dolor  de  ca- 
beza que  se  fingiesse  no  van  a  ellos  en  vn  mes. 
Que  hombres  son  como  vosotros  acá. 


(*]  G.,  los  MglarM  tenéis. 
(^)  G.,  por  mi  qnal  por  ti. 


162 


orígenes  de  la  novela 


Mn.'iLo. — Por  9Íerto  eso  es  lo  peor  y  lo  que 
mas  es  de  llorar.  Pues  si  eso  es  aiisi,  que  ellos 
son  lioiibres  como  yo  ¿de  qué  tienen  presun- 
ción? ¿De  solo  el  habito  han  de  presumir? 

Gallo. — Calla,  Mi^ilo,  qnc  muchos  dellos 
pueden  presumir  de  mucha  sanctidad  y  religión 
que  en  ellos  ay.  Que  en  el  mundo  de  todo  ha 
de  auer;  que  no  puede  estar  cosa  en  toda  per- 
f  eoion . 

MiriLO. — Espantado  me  tienes,  Gallo,  con 
lo  mucho  que  has  passado,  lo  nmcho  que  has 
visto,  y  la  mucha  esperiencia  que  tienes;  y 
principalmente  con  este  tu  cuento  (*)  me  has 
dado  mucho  plazer  y  admiración;  yo  te  ruego 
no  me  dexes  cosa  por  dezir.  üime  agora  ¿en 
qué  estado  y  naturaleza  viniste  después? 

Gallo. — Quiero  te  dezir  del  que  más  me 
acordare  conforme  á  mi  memoria;  porque  como 
es  la  nuestra  mas  flaca  que  ay  en  el  animal  no 
te  podre  guardar  orden  en  el  dezir.  Fue  monja, 
fue  ximio,  fue  aucstniz,  fue  vn  pobre  Timón, 
fue  vn  perro,  fue  un  triste  y  miserable  serui- 
dor  (2),  y  fue  vn  rico  mercader;  fue  Icaro  Me- 
nipo  el  que  subió  al  cielo  y  vio  allá  a  Dios. 

Mk.'Ilo. — Dése  Icaro  Menipohe  oido  mucho 
dezir,  y  do  ti  deseo  saber  más  del,  porque  me- 
jor que  ninguno  sabrás  la  verdad. 

Gallo. — Pues  mira  agora  de  quién  quieres 
que  te  diga,  que  en  todo  te  quiero  complazer. 

MiriLO. — Aunque  al  presente  vurles  de  mí 
¡o  ingeniossissimo  gallo!  con  tu  admirable  y 
fingido  cuento  (•)  te  ruego  me  digas:  luego 
como  te  desnudaste  del  cuerpo  de  frayle,  de 
cayo  cuerpo  te  vestiste? 

Gallo. — El  de  vua  muy  honrrada  y  rene- 
renda  monja;  avnque  vana  como  es  el  natural 
de  todas  las  otras. 

Mk.'ILO. — ;0  valame  Dios!  que  conuenien- 
Cia  tienen  entre  si  capitán,  frayle  y  monja?  De 
manera  que  fue  tiempo  en  el  qual  tú,  genero- 
sissimo  gallo,  te  atauiauas  y  lauauas  y  ungias 
como  muger;  y  tenias  aquellas  pesadunbres, 
purgaciones  y  miserias  que  tienen  todas  las 
otras.  Marauillome  como  pudiste  subjetar  aque- 
lla braueza  y  orgullo  de  animo  con  que  regias 
la  fiereza  de  tus  soldados,  a  la  cobardia  y  ña- 
queza  de  la  mujer;  y  no  de  qualquiera,  pero  de 
vna  tan  afeminada  y  pnsUanime  como  una 
monja;  que  demás  de  su  natural,  tiene  profesa- 
da cobardia  y  paciencia. 

Gallo. — ¿Y  deso  te  marauillas?  Antes  te 
hago  saber  que  yo  fue  aquella  famosa  ramera 
Gleopatra  egipcia  hermana  de  aquel  bárbaro 
Tholomeo  que  hizo  cortar  la  cabeca  al  g^n 
Pompeo  quando  vencido  de  Julio  Cesar  en  la 


(<)  G.,  esta  tn  hintoria. 

Í')  O.,  sierao  sclaao. 
')  G.,  canto. 


Far salía  se  acogió  á  su  ribera;  y  otro  tienpo 
fue  en  Roma  vna  cortesana  llamada  Julia  As- 
passia  mantuana  en  tienpo  del  papa  Leou  dé- 
cimo. Que  en  locania  y  aparato  excedía  a  las 
cortesanas  de  mi  tienpo;  y  ansi  tuve  debajo  de 
mi  dominio  y  subjecion  a  todos  quantos  cor- 
tesanos auia  en  Roma  desde  el  mas  grane  y 
anciano  cardenal,  hasta  el  camarero  de  monse- 
ñor. Pues  cómo  te  marauillaras  si  vieras  el  brío 
y  desdeño  con  que  solia  yo  a  todos  tratar!  Pues 
qué  si  te  dixesse  los  engaños,  fingimientos  y 
cautelas  de  que  yo  vsaua  para  los  atraer;  y 
después  quanto  i  n  jen  ¡ana  para  los  sacar  la  mo- 
neda que  era  mi  vltimado  [})  fin.  Solamente 
querria  que  el  tienpo  nos  diese  lugar  a  te  con- 
tar quando  fue  vna  ramera  de  Toledo  en  Es- 
paña. Que  te  quisiera  contar  las  costunbrcs  y 
vida  que  tuue  desde  que  naci;  y  principalmente 
como  me  ube  con  vn  gentil  mancebo  mercader 
y  el  pago  que  le  di. 

MiriLO.  — ¡O  mi  eloquentissimo  gallo!  que 
ya  no  mi  sieruo  sino  mi  señor  te  puedo  llamar, 
pues  en  tienpos  (^)  de  tu  buena  fortuna  no  so- 
lamente capateros  miseros  como  yo,  pero  tuuis- 
te  debajo  de  tu  mando  reyes  y  Cesares  de  gran 
valor.  Di  me  agora,  yo  te  ruego,  eso  que  pro- 
pones, que  con  affccto  te  deseo  oyr. 

Gallo. — Pues  tú  sabrás  que  yo  fue  hija  de 
vn  pobre  perayre  en  aquella  ciudad  de  Toledo, 
que  ganaua  de  comer  pobremente  con  el  traba- 
jo con  tino  de  vnas  cardas  y  peynes;  que  ya  sa- 
bes que  se  hazen  en  aquella  ciudad  nuichos  pa- 
ños y  bonetes ;  y  mi  madre  por  el  consiguiente 
viuia  hy lando  lana;  y  otras  vezes  labando  pa- 
ños en  casa  de  hombres  ricos  mercaderes  y  otros 
ciudadanos. 

MiriLO.—  Semejantes  mujeres  salen  de  tales 
padres:  que  pocas  vezes  se  crian  bagasas  de 
padres  nobles. 

Gallo. — Eramos  vn  hermano  y  yo  peque- 
ños, que  él  auia  dozc  años  y  yo  diez;  ni  mi  ma- 
dre nunca  tubo  mas;  y  yo  era  mochacha  lK)nica 
y  de  buen  donayre  y  ciertamente  cobdiciosa  de 
parecer  a  todos  bien;  y  ansi  como  fue  creciendo 
de  cada  dia  más  me  preciaua  de  mi  y  me  yua 
apegando  a  los  honbres;  y  ansi  avn  en  aquella 
poca  edad  qualquiera  que  podia  me  daua  vn 
alcance,  o  empellón,  de  qual  que  pellizco  en  el 
braco,  o  trauarme  de  la  oreja  o  de  la  bania.  De 
manera  que  parecia  que  todos  trabajauan  por 
me  madurar,  como  quien  dize  a  pulgaradas,  y 
yo  me  vine  saboreando  y  tascando  en  aquellos 
saynetes  que  me  sabían  como  miel;  y  ansi  vn 
moco  del  cardenal  Fray  Francisco  Ximene:  de 
QUneros,  que  viuia  junto  a  nosotros  me  dio 
vnos  zarcicos  de  plata  y  vnas  calcas  y  semillas 


C«)  G.,  vltimo. 
(»)  G.,  tienpo. 


EL  CROTALON 


1G3 


con  que  me  comencé  a  pulir  y  a  pisar  de  pun- 
tillas. Al9aua  la  cofia  sobre  las  orejas  j  traya 
la  saya  corta  por  mostrarlo  todo;  y  ansí  comen- 
cé yo  a  gall(*ar,  andar  y  mirar  con  donayre,  el 
cuello  erguido,  y  no  me  dexaua  tanbien  hollar 
de  mi  madre:  que  por  qualquiera  cosa  que  me 
dixesse  la  ha<;ia  rostro  rezongando  a  la  contina 
y  murmurando  entre  dientes,  y  cuando  me  eno- 
jaua  luego  la  ameua^aua  con  aquel  cantar  di- 
ziendo:  Pues  l»icn,  para  esta;  que  agora  reñi- 
rán los  soldados  de  la  guerra,  madre  mía,  y  lle- 
narme han;  y  ansi  sucedió  como  yo  quería.  Que 
en  aquél  tienpo  determinó  el  cardenal  Fray 
Francisco  do  (|)isneros  emprender  la  conquista 
de  Oran  en  África,  y  haziendo  gente  todos  me 
combidauan  si  queria  yo  yr  allá,  y  acosáronme 
tanto  que  me  hizieron  dezirque  si,  y  ansi  aquel 
mo^o  de  casa  del  Cardenal  dio  noticia  de  mi  a 
vu  gentil  honbre  de  casa  que  era  su  amo,  que 
se  Uamaua  Francisco  de  Vaena  que  yua  por 
Capitán;  el  qual  sobre  ciertas  conuenien^ias  y 
capítulos  que  comigo  firmó,  y  en  mi  omblujo 
selló,  se  encargó  de  me  llenar,  y  porque  era  mo- 
chacha  parecióle  que  yría  yo  en  el  habito  de 
paje  con  menos  pesadunbre;  y  ansi  me  vistió 
muy  graciosamente  sayo  y  jul^on  de  raso  de  co- 
lores y  calyas  con  sus  tafetanes,  y  me  puso  (*u 
vna  muy  graciosa  acauea,  y  como  la  partida 
estuuo  a  punto,  dando  cantonada  a  m\9>  padres, 
me  fue  con  él.  Aqui  te  quisiera  dezir  cosas 
marauillosas  que  passauan  entre  si  los  soldados, 
pero  porque  avn  abrá  tiempo  y  proposito  quie- 
ro proseguir  en  lo  que  comen<^é.  Aqui  supe  yo 
mil  auisos  y  donayres  y  gentilezas;  las  cuales 
aprendí  porque  otras  muchas  mugeres  que  yuan 
en  la  compañia  las  tratauan  y  hablauan  con  el 
alférez,  sargento  y  caporal  y  con  otros  of filia- 
les y  gentiles  houbres  delante  de  mi,  pensando 
que  era  yo  yaron.  En  fin  yo  amaestrada  desea- 
ua  boluer  ya  acá  para  vinir  por  mi  y  tratar  a  mi 
plazer  con  mas  libertad;  porque  no  podia  ha- 
blar todo  lo  que  quería  en  aquel  habito  que  me 
TÍstió;  que  por  ser  zeloso  el  capitán  no  me  de- 
xaua momento  de  junto  a  si,  y  mandóme  que 
sopeña  de  muerte  a  ninguno  descubríesse  ser 
mnger.  Pues  sucedió  que  en  vna  escaramuza - 
qne  se  dio  a  los  moros  fue  mal  herído  el  capí- 
tan,  y  mandándome  qnanto  tenia  murío;  y  por 
dudar  el  sn^^so  de  la  guerra  y  pensando  que 
amqae  los  nuestros  huniessen  vitoría  y  dieasen 
la  pindmd  a  saco  más  tenia  yo  ya  saqueado  qae 
podia  saqaear,  me  determine  boluer  a  España 
antes  que  fuesse  de  algún  soldado  entendida;  y 
ansi  me  concerté  con  vn  mercader  que  en  vna 
caranela  llenava  de  España  al  real  prouision, 
que  me  hnniesse  de  passar;  y  ansi  cogido  mi 
fato,  lo  mas  secretamente  que  pude  me  passé, 
y  con  la  mayor  príessa  que  pude  me  bolui  a  mi 
Toledo,  donde  en  llegando  supe  qae  mi  padre 


era  muerto;  y  como  mi  madre  me  vio  me  reci- 
bió con  plazer,  poif^uc  vio  que  yo  venia  razona- 
blemente proueyda:  que  de  más  de  las  ropas  de 
seda  muchas  y  muy  buenas  que  hube  del  Capi- 
tán, traya  yo  do^ientos  ducados  que  me  dixo 
que  tenia  en  vna  bolsa  secreta  al  tienpo  de  su 
muerte.  I  )e  lo  qual  todo  me  vestí  bien  de  todo 
genero  de  ropas  de  dama  al  vso  y  tiempo  muy 
gallardas  y  costosas,  y  por  tener  ojo  a  ganar 
con  aquello  más.  Hize  vas(|uifía8,  saboyanas, 
verdugados,  saltaenbarca,  nazarena,  reljo^iños, 
faldrillas,  hriaUs,  manteos,  y  otras  ropas  fU 
paseo,  de  por  casa,  de  raso,  de  tafetán  y  de 
chauíelote;  y  quandr>  lo  tube  a  punto  nos  fue- 
mos  todos  tres  a  Salamanca,  que  ya  era  niy 
hermano  buen  moco  y  de  buena  dispusiyion,  y 
en  aquella  ciudad  tomamos  una  buena  casa  en 
la  calle  del  Príor.  Donde  llamándome  doña 
Uieronima  de  Sandonal,  en  dos  meses  que  allí 
estuue  gané  horros  (¡xcn  ducados  entre  estu- 
diantes generosos  y  caualleros  naturales  del 
pueblo;  y  como  supe  que  la  corte  era  venida  a 
Valladolid  enbié  a  mi  hermano  que  en  vna  calle 
de  conversación  me  tomasse  vna  buena  posada, 
y  él  me  la  alquiló  de  buen  recebimiento  y 
cunplimiento  en  el  barrio  de  San  Miguel.  Don- 
de como  llegamos  fuenios  recebidos  de  vna 
huéspeda  hourrada  con  buena  voluntad.  Aqui 
mi  madre  me  recató  mucho  de  todos  quantns 
auia  en  casa,  diciendo  que  ella  era  vna  bibda  de 
Salamanca,  muger  de  vn  cauallero  defunto,  y 
que  venia  en  vn  gran  pleyto  por  sacar  diez  mil 
ducados  que  auia  de  auer  para  mi  de  docte,  de 
la  legitima  de  mi  padre  que  tenia  vsurpado  un 
tio  mío  qne  sucedió  en  el  mayorazgo:  y  yo  ansi 
me  recogí  y  me  escondí  con  gran  recatamiento 
qne  ninguno  me  pudiessc  ver  sino  en  acecho  y 
asalto;  y  ansi  la  huéspeda  comenco  a  publicar 
que  estaña  alli  vna  linda  donzella,  hija  de  vna 
viuda  de  Salamanca,  muy  rica  y  hermosa  a  ma- 
rauilla,  procediendo  con  quantos  hablaua  en  el 
cuento  de  mi  venida  y  estado;  y  tanbien  ayudó 
a  lo  publicar  vna  moca  que  para  nuestro  semi- 
Cio  tomamos;  y  yo  en  vna  ventana  baja  de  vna 
sala  que  salía  a  la  calle  hize  vna  muy  graciosa 
y  vistosa  zelosia,  por  donde  a  la  contina  aze- 
chana  mostrándome  y  escondiéndome,  dando  a 
entender  que  a  todos  queria  huyr  y  que  no  me 
viessen.  (')  Con  lo  qual  a  todos  quantos  corte^ 
sanoa  passauan  daua  ocasión  que  de  mi  estado 
y  persona  procurassen  saber;  y  algunas  veces 
parándome  muy  atauíada  a  vna  ventana  gran- 
de, COA  mi  mirar  y  aparato,  a  las  vezes  hazien- 
do que  queria  huyr,  y  a  las  (*)  vezes  queríen- 
dome  mostrtLT  Jingiendo  algunos  detcuffdos^  po- 
nía a  todos  más  (')  deseo  de  me  ver.  Andana 

!' )  qae  nÍDgano  me  viesse* 
»)  G.,  otras. 
(»)  G.,  gran. 


164 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ya  gran  maltitad  de  seraidores,  caualleros  y 
señores  de  salaa  enbiando  presentes  y  semidiós 
7  ofre9Ímieuto8,  y  a  todos  mi  madre  despedía 
diziendo  que  su  hija  era  donzella  y  que  no  era- 
mos mugeres  de  palaqio  y  pafsatiempo,  que  se 
sufría  herrar;  que  se  fuessen  con  dios.  Entre 
todos  quantos  en  mí  picaron  se  adelantó  más 
yn  mancebo  mercader  estrangero  rico,  gentil 
honbre  y  de  gran  aparato:  era  en  fin  como  le 
deseaua  yo.  Este  más  que  ninguno  otro  se 
arriscas,  a  se  me  ofrecer  trabajando  todo  lo  po- 
sible porque  yo  le  diesse  audiencia;  y  como  la 
mo9a  le  inportuuaua  sobre  muchos  mensajes, 
músicas  y  semidiós  y  contíno  pasearme  la  puer- 
ta, alcanzó  de  mi  que  yo  le  huuíesse  de  oyr,  y 
sobre  tienpos  tasados  y  aplazados  le  falt¿  mas 
de  yeynte  yezes  diziendo  que  mi  madre  no  lo 
aula  de  sauer;  y  en  el  entretanto  ningún  men- 
saje le  rebebía  que  no  me  lo  pagana  con  el 
doblo:  que  ^amarro,  saboyana,  pieza  de  tercio- 
pelo, joyel,  sortíxa:  de  manera  que  ya  que  yna 
noche  a  la  hora  de  maytines  le  vine  a  hablar 
por  entre  las  puertas  de  la  calle  sin  le  abrir,  me 
auia  dado  joyas  de  mas  de  do^íentos  ducados. 
En  aquella  vez  que  allí  le  hablé  yo  le  dixc  que 
en  la  yerdad  yo  era  desposada  con  un  cauallero 
en  Salamanca,  y  que  agora  esperaua  auer  la 
sentencia  de  los  diez  mil  ducados  de  mi  docte, 
y  que  aguardaua  a  mí  esposo  que  auia  de  ye- 
n ir  a  me  uer:  por  lo  qual  le  rogaua  yo  mucho 
que  no  me  infamasse,  que  daría  ocasión  de 
gran  mal ;  y  el  pobre  man9ebo  desesperado  de 
salud  lloraua  y  maldcziase  con  gran  cuyta,  su- 
plicándome puesto  de  rodillas  an  el  suelo  ante 
las  puertas  perradas  que  le  diesse  li^en^ia  como 
yu  día  se  viesse  delante  de  mi,  que  le  paremia 
no  desear  otra  beatitud;  y  yo  mostrándome  algo 
piadosa  y  como  por  su  gran  importunidad  le 
dixe:  Señor,  no  penséis  ni  esperéis  de  mi,  que 
por  todos  los  tesoros  del  mundo  haría  cosa  que 
menoscabasse  mi  honrra  y  honestidad;  pero 
eso  que  me  pedís  alcan^adlo  yos  de  mi  señora, 
que  podra  (*)  ser  que  lo  haga  yo.  Con  esti  pa- 
labra se  consoló  en  tanta  manera  que  pareció 
entonces  de  nueuo  (*)  resucitar,  porque  enten- 
dió della  dezirla  yo  con  alguna  parte  de  affí^ion 
sino  que  ser  yo  donzella  y  niña  me  causaua  te- 
ner sienpre  aquel  desden,  y  no  me  atreuer  a 
más  liberalidad;  y  ansí  me  despedí  dexandole 
a  la  puerta  soUozcando  y  sospirando,  y  sin  nin- 
guna (')  pena  ni  cuydado  me  fue  a  dormir,  y 
porque  estuuiesse  mi  madre  anisada  de  lo  que 
se  deuia  hazer  le  contó  lo  que  la  noche  passó. 
Luego  por  el  dia  proueyo  mí  seruidor  para  mi 
casa  todo  lo  que  fue  menester,  enbiando  a  su- 


í<)  O.,  podría. 
[>)  O.,  muerto. 
[*)  G.,  algnna. 


plicar  a  mí  madre  le  diesse  li^en^ia  para  la  ye- 
nir  a  yisitar,  y  ella  le  enbíó  a  dezir  que  yiniessc 
pero  que  fuesse  con  tanto  auíso  y  miramiento 
que  no  pcligrasse  nuestra  honrra,  y  que  antes 
ella  le  deseaua  hablar  por  aduertirle  de  lo  que 
nos  conucnia,  y  que  ansí  le  encomendaoa  y¡- 
niesse  cuando  fuesse  anochecido,  y  que  la  hués- 
peda no  le  Q)  síntiesse;  y  ansí  él  yino  anoche- 
ciendo y  entró  con  tanto  recatamiento  como  si 
escalara  la  casa  del  rey. 

MiviLO. — Dime,  gallo,  ¿porqué  te  detenias 
tanto  y  hazias  tantos  encarecimientos? 

Oallo. — Poco  sabes  deste  menester.  Todo 
esto  que  yo  hazia  era  para  encenderle  más  el 
apetito ;  para  que  le  supiesse  más  el  bocado  de 
la  manzana  que  le  esj)eraua  dar.  Que  ayn  mu- 
cho más  se  le  encarecí  como  yerás.  Pues  como 
mí  madre  le  recibió  se  sentó  en  la  sala  con  él 
díziendolc:  señor,  yo  os  he  deseado  hablar  por 
pediros  de  merced  que  pues  publicáis  que  te- 
néis afñcion  a  mi  hija  doña  María,  no  la  hagáis 
obras  que  sean  su  destruicion.  Porque  ya  creo 
que,  señor,  sabréis,  y  sino  quiero  os  lo  dezir, 
que  yo  fue  muger  de  yn  valeroso  cauallero  de 
Salamanca  de  los  mejores  Maldonados;  del  qual 
me  quedó  vn  hijo  y  esta  hija  que  es  la  lunbre 
de  mys  ojos;  y  sabed  que  mí  marido  poseyó  vn 
cuento  de  renta  mientra  viuío;  porque  su  padre 
dispuso  en  su  testamento  que  le  poseyesse  él 
por  su  vida  por  ser  mayor;  y  que  siendo  él 
muerto  sucediesse  el  hijo  menor,  hermano  de 
my  marido  (^),  con  tal  condición  que  diesse  a 
cada  vno  de  los  hijos  que  quedassen  al  mayor 
cinco  mil  ducados;  y  sino  se  los  quisiesse  dar 
que  sucediesse  en  ello  el  hijo  mayor  adelante 
en  su  linea;  y  ansí  el  hermano  de  mi  marido 
se  ha  metido  en  el  mayorazgo  y  no  quiere  dar 
los  diez  mil  ducados  que  deue  a  mis  dos  hijos; 
y  ansí  ha  dos  años  que  pleyteo  con  él,  donde 
espero  la  segunda  sentencia  que  es  final  en 
esta  causa,  que  se  dará  antes  de  diez  días.  En 
cuya  confianza  yo  desposé  a  mi  hija  con  yn  ca- 
uallero muy  principal  de  aquella  ciudad,  man- 
dándole los  diez  mil  ducados  en  docte  porque 
mi  hijo  le  (')  haze  donación  de  los  suyos  sí  yo 
le  diese  agora  quinientos  (})  ducados,  porque 
ya  a  Rodas  por  la  encomienda  (')  de  San  Juan, 
y  está  todo  el  despacho  hecho  del  Rey  y  de  su 
información.  Agora,  señor  hijo,  yo  os  he  que- 
rido hablar  por  dos  cosas.  Lo  prímero  suplica- 
ros que  os  tenpleis  en  vuestro  ruar;  porque  cada 
dia  esperamos  al  esposo  de  doña  María;  y  si  él 
venido  tomasse  sospecha  de  vos  seria  tomar 


(•)  G.,  lo. 

(*)  G.,  y  qae  ú  al  tiempo  de  bu  muerte  íoease  fino 
vn  otro  hermano  que  era  menor,  que  suoedieM  en  el. 
W  G.,  la. 

{*)  G.,  quatro^ientofl. 
(>)  G ,  a  tomar  el  habito. 


EL  CROTALON 


165 


m  siniestro  que  la  echassedes  a  perder ;  y  lo 
segando  qne  os  quiero  suplicar  es  que  hagáis 
esta  buena  obra  a  doña  María  mi  hija,  pues  tcxlo 
es  para  su  remedio  7  bien,  que  nos  prestéis 
estos  quinientos  (})  ducados  para  con  que  en- 
biemos  mi  hijo  de  aqui:  que  yo  os  haré  yna  cé- 
dula de  os  los  pagar  anida  agora  la  senten9Ía  y 
execu^ion;  y  en  lo  demás  mi  hija  y  yo  estamos 
aqui  para  os  lo  servir;  que  no  será  ella  tan  in- 
grata que  visto  el  bien  que  la  hazeis  no  huelgue 
de  08  hazer  el  plazer  que  querréis;  y  diciendo 
esto  le  tomó  mi  madre  por  la  mano  y  me  le 
metió  a  vna  cámara  donde  yo  estaña  con  una 
vela  rezando  en  vnas  Horas,  y  la  verdad  que  te 
dig^  estaua  rogando  al  demonio  acertase  mi  ma- 
dre en  su  petÍ9¡on;  y  como  le  (*)  vi  entrar  fingi 
alguna  alteración  ('),  y  mirando  bien  le  rebebí 
con  mi  mesura;  y  él  mostró  quererme  (})  bessar 
el  pie,  y  auiendo  algo  hablado  en  cosas  uniuer- 
sales  de  la  corte,  del  Rey,  de  las  damas  y  ca- 
ualleros,  traxes  y  galanes,  saliéndose  mi  madre 
me  dexó  sola  con  él.  El  qual  se  fue  luego  para 
mi  trabajando  por  me  bessar,  pero  yo  me  de- 
fendí por  gran  pieza  hasta  que  mi  madre  entró 
y  le  sacó  afuera  diziendo  que  le  quería  hablar, 
y  él  se  le  quexó  mucho  de  mi  desabrímiento  y 
desamor  jurando  que  me  daría  toda  su  hazienda 
si  le  quisiesse  complazer.  Mira,  MÍ9ÍI0,  si  el  de- 
tenerme como  tú  antes  me  reprehendías  si  me 
aprouechó. 

Mic;iLo. — Por  pierio,  artificial  maestra  es- 
tañas ya. 

Gallo. — Pues  mira  mi  madre  como  acudió, 
que  luego  le  dixo:  Señor  es  niña  y  teme  a  su 
esposo,  y  nunca  en  tal  se  vio.  Ella  me  obedecerá 
si  le  mando  que  se  meta  en  vna  cama  con  vos. 
Pues  echándose  á  los  pies  de  mi  madre  le  dixo: 
hazedlo  vos,  Señora,  por  las  plagas  de  Dios, 
que'  yo  os  daré  quanto  queráis,  y  ansi  fueron 
luego  entre  si  concertados  que  él  le  daría  los 
quinientos  ducados,  y  que  mi  madre  le  hiziessc 
la  cédula  de  se  los  p&gar  dentro  de  vn  mes;  y 
que  ella  hiziesse  que  yo  dormiesse  vna  noche 
con  él,  y  ansi  quedó  que  para  la  noche  siguiente 
se  truxiessen  los  dineros  y  hecha  la  cédula  me 
diessen  en  rehenes  a  mi,  y  ansi  en  ese  otro  dia 
entendimos  en  aparejar  lo  que  se  deuia  de  ha- 
zer. Que  pagamos  la  huéspeda  y  despedimos  la 
casa  diciendo  que  en  anocheciendo  nos  auiamos 
de  yr,  y  comprando  mi  hermano  vn  par  de  mu- 
las  le  anisamos  de  todo  lo  que  auia  de  hazer. 
Pues  luego  venida  la  noche  vino  el  mercader  a 
lo  concertado  qtie  ai^n  no  se  le  co^ia  el  pan^  y 
nos  dio  luego  los  quinientos  (')  ducados  y  mi 

!*)  O.,  quatrocientoR. 
')  G.,  la. 

Í')  G.,  algún  Bobito  espanto. 
^)  6.,  querer  bes^arme. 
O  O.,  qnacrocientofl. 


madre  le  hizo  la  cédula  a  sn  contento  (})  de  se 
los  pagar  dentro  de  vn  mes^  y  luego  se  aparejó 
la  cena  qtutl  el  nonio  la  proueyó;  la  qual  aca- 
bada con  mucho  contento  suyo  nos  metió  mi 
madre  en  mi  cámara  y  cerró  por  defuera,  y  el 
se  desnudó  suplicándome  que  me  acostasse  con 
él,  y  yo  dezia  llorando  con  lágrímas  que  no 
haría  a  mi  esposo  tan  g^n  traición,  y  él  se  le- 
uantó  y  asiendo  de  mi  se  mostnS  enojar  a  por- 
fía (*)  conmigo f  y  yo  por  ninguna  fuerca  le 
quise  obedecer,  pero  Uoraua  muy  vivas  lágrí- 
mas, y  él  tomando  a  requerirme  por  bien;  y  yo 
ni  por  bien  ni  por  mal,  y  ansi  auiendo  pasado 
alguna  parte  de  la  noche  en  esta  porfia  oymos 
llamar  a  la  puerta  de  la  calle  con  furia,  sintiendo 
gran  huella  de  caualgaduras,  y  era  mi  hermano 
que  traya  l«i  molas  en  qtó  amamos  de  partir, 
y  entonces  mostrando  alteración  dixele  que  es- 
tuuiesse  atento.  Estando  ansi  hyrio  mi  madre  a 
la  puerta  de  la  cámara  con  furia  y  entrando 
dixo:  ¡ay  hija!  que  tu  esposo  es  venido  y  pre- 
guntando por  ti  sube  a  te  (')  ver,  y  diziendo 
esto  tomamos  ambas  a  mi  seruidor,  y  ansi  en 
camisa  con  vna  espada  en  la  mano  le  hezimos 
salir  por  vna  recamara  a  un  corredor  que  para 
este  caso  auiamos  quitado  unas  tablas  del  suelo, 
y  como  él  entró  por  alli  con  intinrjon  de  se  re- 
coger  hasta  ver  el  sw;esOj  al  prímcr  passo  cayó 
en  vn  corral,  de  donde  no  podia  salir  por  estar 
cerrado  al  rededor;  y  luego  yo  vestiendome  de 
todos  los  vestidos  de  mi  galán,  que  me  cono- 
Cian  ya  porque  en  ellos  me  crié,  y  despedidos 
de  la  huéspeda  los  vnos  a  los  otros  no  nos  vi- 
mos mas  hasta  oy.  De  aqui  nos  fuemos  a  Se- 
uilla  y  a  Valencia,  donde  hize  lances  de  grande 
admiración. 

MigiLO.^ Espantado  me  tienes  ¡o  gallo! 
con  tu  osadia  y  atreuimiento  con  que  acometías 
semejantes  hazañas.  Que  la  flaqueza  de  ser 
mnger  no  te  encogia  el  animo  a  temer  el  (*) 
gran  peligro  en  que  ponias  tu  persona? 

Gallo. —  ¿  Qué  dices ,  Micilo,  flaqueza  y 
encogimiento  de  animo?  Pues  más  de  veras  te 
espantaras  de  mi  quando  yo  fue  Cleopatra:  si 
me  vieras  con  quanto  estado  y  magestad  me 
presenté  ante  Julio  Cesar  quando  vino  en  Egip- 
to en  seguimiento  de  Pompeo,  y  (')  vieras  vn 
vanquete  que  le  hize  allí  para  le  coger  (^)  la 
voluntad,  y  que  si  me  vieras  en  vna  vatalla  que 
di  a  Octauiano  ^esar  junto  al  proniontorío  de 
Leucadia,  donde  estuuo  la  fortuna  en  punto  de 
poner  en  mi  poder  a  Roma.  En  la  qual  mostré 
bien  con  mi  ardid  y  desemboltura  varonil  la 


(*)  G.,  a  mi  madre,  la  caal  le  hizo  vna  coda!a. 

(')  G.,  enojado  porfiando. 

(»)  G,  por  te. 

(<)  G.,  tener  temor  al. 

(»)  G.,  si. 

(•)  G.,  ganar. 


166 


orígenes  de  la  novela 


voluntad  y  ánimo  que  tune  de  Tender  las  ran- 
deras Ilomanas  y  Henar  delante  de  mi  trihunfo 
a  (^)  (^'esar  vencido.  Todo  esto  quiero  dexar 
para  otro  tiempo  en  que  tengamos  mas  lugar; 
y  agora  quiero  te  dezir  de  quando  fue  monja, 
lo  qual  por  ser  ya  venido  el  dia  en  el  canto  que 
se  sigue  proseguiré. 

Fin  del  séptimo  canto  del  gallo. 


ARGUMENTO 

DEL  OCTAÜO  CANTO  DEL  GALLO 

En  el  ociaao  canto  que  m  signe  el  anclor  se  finge  haurr  sido 
monja,  |H>r  notarle»  algunos  intereses  que  en  daño  de  sus 
run^ienvias  tienen.  Concluye  con  vna  batalU  de  ranas  en 
imitarion  de  Homero  (.'). 

Gallo^ — 6i  despertassc  Mi^ilo  holgariale 
entret<?ner  en  el  trabajo  gustando  é\  de  mi  can- 
tar; porque  la  pobreza  ciertamente  nos  fatiga 
tanto  que  con  dificultad  nos  podemos  mante- 
ner, y  no  sé  si  le  soy  ya  algo  odioso,  porque 
algunas  mañanas  le  he  despertado  algo  más 
ttíuprano  que  él  acostnnbraua,  por  lo  qual  pado- 
Viamos  mucba  más  lianbre,  y  agora  porque  esta 
macilenta  loba  no  nos  acabe  do  tragar  tomóme 
por  ocasión  para  atraerle  al  trabajo  contarle  mi 
vida  miserable;  donde  parece  que  lia  tomado 
liastn  agora  algún  sabor,  y  plega  a  Dios  que  no 
le  enhade  mi  dezir;  porcjue  avnque  sea  a  costa 
de  mi  cabeza  quiera  él  trabajar  y  ambos  tenga- 
mos que  conjer. 

Mii;ilo.  —  ¿Qué  dizes,  gallo;  qué  hablas  entre 
ti  ]  No  me  has  prometido  de  me  despertar  cada 
mañana,  y  con  tu  gracioso  cantar  ayudarme  en 
mi  trabajo  contándome  tu  vida? 

Gallo. — Y  ansi  lo  quiero  yo,  Miyilo,  hazer; 
que  no  quiero  yo  por  ninguna  ocassion  quebran- 
tar la  palabra  que  ta  di. 

MiriLO. — Pues  di,  que  colgado  estoy  de  tu 
habla  y  gracioso  cantar. 

Gallo. — Yo  me  proferí  ayer  de  te  dezir  lo 
que  siendo  monja  passé,  y  solo  quiero  reseruar 
para  mí  de  qué  orden  fue,  porque  no  me  saques 
por  rastro.  Pero  noramala  se  diga,  quiero  que 
sepas  que  este  es  el  genero  de  gente  más  vano 
y  más  perdido  y  de  menos  seso  que  en  el  mundo 
ay.  No  entra  en  cuento  de  los  otros  estados  y 
maneras  de  viuir;  porque  se  precia  de  mostrar 
en  su  habla,  trato,  traje,  y  conuersaciou  ser 
vníca  y  particular.  Lo  que  sueñan  de  noche  tie- 
nen por  reuela^ion  de  l>ios,  y  en  despertando 


« 


G.,  el. 


(*  ¡  ( Tachado],  Sigaeesc  el  octano  canto  del  Gallo  de 
Lnyiano  orador  griego,  contrahecho  en  el  castellano 
por  el  ineflmo  antor. 


lo  ponen  por  obra  como  si  fuesse  el  principal 
precepto  de  su  ley.  Dizcnse  ser  ortlen  de  reli- 
gión: yo  digo  que  es  más  confusión;  y  si  algún 
orden  tienen,  es  en  el  comer  y  dormir;  y  en  lo 
que  toca  a  religión, es  todo  ayre  y  libiandad,  tan 
lexos  de  la  verdadera  religión  de  Cristo  como 
de  Hierusalen.  No  saben  ni  entienden  sino  en 
mantener  parlas  á  las  rt»des  y  loqu torio  (*).  Sn 
principal  fundamento  e*  hazerse  de  los  godos  y 
negar  su  proprio  y  verdadero  linaxe;  y  ansi  lue- 
go que  yo  entré  alli  fue  como  las  otras  la  más 
profana  y  ambiciosa  que  nunca  fue  muger,  y 
ansi  porque  mí  padre  era  algo  pobre  publiqué 
que  mi  madre  auia  tenido  amistad  con  vn  cana- 
llero  de  donde  me  auia  auido  a  mí,  y  por  des- 
mentir la  huella  me  mudé  luego  el  nonbre;  por- 
que yo  me  llamaua  antes  Marina,  como  muía 
falsa,  y  entrando  en  el  monesterio  me  llame 
Vernardina,  que  es  nombre  estraño,  y  tral^jé 
quant<>  pude  por  llamarme  doña  Bernaldina, 
fingiendo  la  dependencia  y  genealogía  de  mi 
prosapia  y  generación,  y  para  esto  me  falwreeio 
mucho  la  abbadesa;  que  de  puro  miedo  de  mi 
mala  condición  //  desasosiego  procurana  de  me 
agradar.  Acuerdóme  que  vn  dia  vn  pariente  mió 
enbio  a  visitarme  con  un  paje;  y  preguntándole 
la  j»ort«'ra  a  quien  vuscaua  respondió  el  mocha- 
cho,  bnscaua  a  Bernardina,  y  yo  acaso  estaña 
a\\i  junto  a  la  puerta;  y  como  le  oy  sali  á  él  con 
aquella  ansia  que  tenia  que  t^dos  me  llamassen 
doña  Bernardina  y  dixele:  ¡O!  los  diablos  te 
llenen,  t rapaz,  que  no  te  cabe  en  esa  l>oca  vn 
don  donde  cabe  vn  pedazo  de  pan  mayor  que  tú. 
De  lo  qual  á  todas  quantas  esta;uan  allí  di  oca- 
sión de  reyr  (*)  de  mi  vanidad. 

Mk.ilo.  —  Pues  tu  padre  ¿tenia  antes  don? 

Gallo. —  Si  tenia:  sino  que  le  tenia  (')  al  fin 
del  nombre. 

MiriLO. — ¿Como  es  eso? 

Gallo. —  Llamanase  Francisco  remendón. 
Ves  alli  el  don  al  cabo.  Mi  mayor  ocupación  era 
enbiar  casi  cada  dia  a  llamar  los  principales  y 
mas  honrrados  del  pueblo  vuscando  negocios 
que  tratar  con  ellos;  y  dilatábalos  por  los  entre- 
tener, y  de  alli  venia  a  fingir  vn  pariente  suyo 
con  el  qual  dezia  que  mi  padre  tubo  gran  paren- 
tesco o  afinidad  (*).  Desta  manera  con  todos  los 
linajes  de  Castilla  mostraua  tener  parte;  con 
Mendosas,  ]\[anriqaes,  Ulloas,  Cerda,  Varanes, 
El  dia  que  yo  no  tenia  con  quien  librar  a  la  red 
y  loqutorio  me  tenia  por  menos  que  muger,  y  si 
la  abbadesa  me  negasse  la  licencia  me  la  yba  a 
las  tocas  queriéndola  mesar,  y  la  llamaua  peor 
de  su  nonbre.  Dos  dias  en  la  semana  enbiana  por 

(')  G  ,  loqatoriof». 
(')  G.,  que  se  riesen. 
(M  pero  teníale. 

{*j  G  ,  fingirme  pariente  suyo,  por  rodeos  de  cono, 
cimiento  o  atinídad  de  algnno  de  sn  linaxe. 


EL  CROTALON 


167 


el  confesor  para  me  conjesaar  y  consolar;  y  desde 
que  sallamos  de  comer  hasta  la  noche  nos  esta- 
ñamos en  el  confessonario  tratando  de  7idas 
ajenas;  porque  no  se  mencaua  monja  que  yo  no 
tuviese  cuenta  con  ella.  Otra  vez  me  quexaua 
de  la  abbadessa  que  no  me  qucria  dar  ninguna 
consolación,  que  estaña  para  me  desesperar,  o 
hazer  de  mi  vn  hecho  malo;  y  amenazauala  con 
la  visita.  Aconte^iame  a  mí  vn  mes  no  entrar 
en  el  coro  a  las  horas  fingiendo  estar  enferma 
de  xaqueca,  que  es  enfermedad  de  señoras,  y 
para  fingir  este  dolor  hazla  vnos  géneros  de 
birretes  portogueses  af forrados  en  martas,  o 
grana  fina  de  poluo  (})  demandada  a  mis  serui- 
dores,  y  deuotos  y  familiares.  Pues  para  susten- 
tar mis  locuras  y  intereses  lebanté  vn  vando  en 
el  monesteriode  los  dos  san  Juanes  Euangclista 
y  Baptista,  y  como  yo  tube  entendido  que  mis 
contrarias  con  quien  yo  tenia  mis  dif  ferencias  y 
pundonores  seguian  al  Euangelista,  tomé  yo 
con  mis  amigas  la  devoción  el  apellido  y  par- 
cialidad del  Baptista;  no  más  de  por  contrade- 
zir.  Que  de  otra  manera  nunca  tube  cuenta  ni 
eché  de  ver  quál  dellos  mere^ia  más,  ni  qnál  era 
mejor. 

MiriLo. — ¡O  gran  vanidad!  Quánto  mejor 
fuera  que  trabajaras  por  imitar  a  qualquiera 
dellos  en  virtud  y  costunbrcs! 

Gallo. — Pues  quando  venia  el  dia  de  San 
tJuan  de  Junio,  quanto  era  mi  desasosiego  y 
uúi  inquietud!  Rebol uia  todo  el  pueblo  vuscan- 
do  la  tapizcria  para  la  iglesia,  claustras  y  refi- 
torío.  El  hinojo,  claueles,  clauellinas,  halelies, 
azuzenas  y  albahacas  puestas  en  mil  maneras 
de  l)asíjas  de  mucha  curiosidad;  y  otras  frescas 
y  odoríferas  yerbas  y  flores,  yuncos  y  espada- 
ñas. Aparejaua  las  pastillas,  moxquete,  estora- 
que y  menxni,  que  truxiessen  toda  la  casa  en 
grande  y  suane  olor.  Traya  aplazado  el  predi- 
cador de  veynte  leguas;  y  vn  año  antes  nego- 
ciado, y  la  música  vnica  y  peregrina  de  muchos 
instnimentos  de  suabe  y  acordada  melodia. 
Nego^iana  las  bozes  de  cantores  de  todos  los 
señores  y  iglesias  cathredales  y  colegiales  quan- 
tas  aula  en  la  comarca.  Después  para  todos 
estos  aparejaua  casas,  camas  y  de  comer.  Yus- 
caoa  aucs,  pescados  y  frutas  de  toda  diferencia, 
precio  y  estima.  Un  mes  antes  hazia  los  maza- 
panes, bizcochos,  rosquillas,  alcorzas  y  confi- 
tnras,  y  avn  mucho  sebillo  de  manos  y  guantes 
adobados,  para  dar  a  vnos  y  a  otros  conforme 
a  la  calidad  y  libiandad  de  cada  qual  que  inter- 
aenia  en  mi  fiesta. 

Mi<;iLO. — Todo  eso  no  se  podía  hazer  sin 
gran  costa.  Dime  ¿de  dónde  auias  todo  eso? 

Gallo. — Por  auerlo  grangeaua  yo  vn  año 
antes  los  amigos  y  seruidores  por  diuersas  vias 

(•)  G.,  Florencia. 


y  maneras.  Procurando  negocios,  dares  y  to- 
mares con  todo  género  de  honbres.  De  los  vnoe 
me  aprouechaua  para  que  me  diessen  algo;  y 
de  los  otros  para  que  demandasscn  a  otros  ('), 
y  a  otros  quería  para  que  me  lleuasson  mis  re- 
cados y  mensajes  con  que  vuscaua  y  adqneria  lo 
demás.  De  manera  que  yo  me  em picana  tan 
toda  en  este  caso  que  nunca  me  faltaua  cosa 
que  hiziesse  a  mi  menester  (*). 

Mi<;ilo. — O  quán  molida  y  quebrantada 
quedarías  passada  la  fiesta;  y  más  orgullosa, 
presuntuosa  y  profana  en  auer  cunplido  con  tu 
vano  interés!  O  quán  miserable  y  desuenturada 
era  esa  tu  ocupación,  lo  que  es  más  do  llorar! 

Gallo. — Las  contrarias  hazian  otro  tanto 
por  Nauidad  día  de  San  Juan  Euangelista, 
que  es  ol  tercero  dia  de  la  pasqua. 

Mi(;ilo. — Parece  que  tenía  el  demonio  vn 
censo  cada  año  sobre  todas  vosotras;  la  mey- 
tad  pagado  por  las  vnas  por  Nauidad;  y  la 
otra  meytad  a  pagar  por  las  otras  a  San  Juan 
de  Junio.  ¿Que  libiandad  tan  grande  era  la^ 
vuestra;  que  siendo  ellos  en  el  cielo  tan  yguales 
y  tan  conformes,  aya  entre  sus  denotas  acá  tan- 
ta desconformidad  y  disensión?  Antes  me  pa- 
rece que  como  verdaderas  y  buenas  religiosas 
deuieredes  preciaros  ser  mas  denotas  del  Santo 
quanto  mas  trabajauades  en  su  imitación.  Las 
baptistas  procurar  exc^er  a  las  otras  en  el 
ayuno  con  tino,  en  el  vestido  poco;  en  la  peni- 
tencia y  sanctidad,  y  las  euangelistas  procurar 
licuar  uentaja  a  las  otras  en  el  recogimiento, 
en  la  oración,  en  el  amor  que  tubo  a  su  maes- 
tro, en  aquella  virginidad  santa  por  la  qnal  le 
encomendó  Dios  (•)  su  madre  virgen.  Pero 
como  toda  vuestra  religión  era  palabras  y  vani- 
dad, ansi  vuestras  obras  eran  profanas  y  de 
mundo,  y  ansi  ellas  tenian  tal  premio  y  fin 
mundano.  Porque  si  vosotras  os  matáis  a  cha- 
pínazos  sobre  quál  de  los  dos  San  Juanes  fue 
mejor,  y  vosotras  no  tenéis  ni  seguís  punto  de 
su  bondad  seriades  como  son  dos  negras  escla- 
uas  de  dos  señoras  que  se  matassen  a  puñadas 
sobre  quál  de  sus  amas  era  más  hermosa;  y 
ellas  dos  quedassen  negras  como  vn  tizón.  O 
como  dos  romeros  que  muy  hanbrientos  y  mi- 
serables con  gran  enojo  se  matassen  sobre  qnál 
es  el  más  rico  desta  ciudad,  y  ellos  quedassen 
muertos  de  hanbre  sin  que  nadie  (*)  les  dé  vn 
pan  que  comer. 

Gallo. — De  lo  que  yo  sentí  entonces  desta 
gente  tengo  por  opinión  que  naturaleza  hizo 
este  genero  de  mngeres  en  el  mundo  por  demás; 
y  por  esta  causa  las  echó  en  los  monesterioB 
como  quien  las  arrima  a  vn  rincón ;  y  como  ellas 

(*)  G.,  me  vuflcasHen  lo  qne  hazia  a  mi  menester. 
(')  al  camplimiento  de  mi  voluntad. 
í»)  G.,  Cristo. 
(^)  G.,  ningono. 


168 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


se  yen  tan  fuera  de  cuenta  trabajan  con  estas 
industrias  de  Sathanas  darse  a  entender;  j  ansi 
el  primer  pensamiento  que  la  monja  concibe  en- 
trando en  el  monesterio  es  que  le  tienen  Tsur- 
pado  el  rejno  j  que  se  le  tienen  por  fuerza;  y 
que  por  eso  la  metieron  como  en  prisión  alli,  j 
seríale  mas  conueniente  j  prouecboso  hazerse 
entender  que  aquella  es  casa  de  orates  6  locos, 
donde  fue  lan9ada  porque  está  sin  seso  desde 
que  na9Ío,  porque  acá  afuera  no  haga  mal.  Pues 
sabrás,  que  jo  fue  enferma  de  m  jaratan  de 
que  en  los  pechos  fue  herida,  de  que  padecí 
mucha  passion  hasta  que  la  muerte  me  llenó;  j 
luego  mi  alma  fue  lanzada  en  vn  cuerpo  de  yna 
Baña  en  el  lago  de  Genesareth  que  esta  en  Pa- 
lestina. Donde  por  yr  tan  acostunbrada  a  par- 
lar no  hazia  sino  cantar  a  la  contina:  prín9Ípal- 
mente  quando  queria  llouer  por  dar  plazer  al 
labrador  que  lo  tiene  por  señal.  En  aquella  vida 
viuia  yo  en  algún  cont^^nto  por  la  gran  liber- 
tad do  que  gozamos  todas  alli.  Tratauanos 
muy  bien  vn  benignissimo  rey  que  teniamos; 
manteníanos  el  lago  en  toda  paz  y  tranquilidad 
avnque  algo  contra  la  condÍ9Íon  que  yo  auia 
tenido  acá:  pero  la  nueua  naturaleza  me  mudó. 
Ko  hazíamos  sino  salir  a  la  orilla  al  sol  y  es- 
tendemos con  mucho  plazer,  y  a  su  hora  tor- 
narnos a  entrar  en  toda  quietud;  y  como  en 
ningún  estado  en  esta  vida  falte  miseria,  ten- 
ta9Íon  y  trabajo,  y  creo  que  el  demonio  entien- 
de en  desasosegar  toda  criatura  que  en  el  mun- 
do ay,  ansi  nos  dio  a  nosotras  rn  desasosiego 
el  mayor  que  se  puede  encarecer,  y  sabrás  que 
como  es  cosa  común,  teniamos  alrededor  do 
nuestro  lago  mucha  copia  de  ratones  que  se 
vienen  por  alli  a  viuir  de  los  pueblos  comarca- 
nos en  sus  cuchas  y  chocas,  por  viuir  en  más 
seguridad;  y  estos  por  ser  gente  de  buena  con- 
uerza^ion  liizieron  con  nosotras  gran  vezindad: 
y  nosotras  los  tratamos  a  la  conthia  muy  bien. 
Sucedió  que  vn  día  (juiso  (que  no  deuiera)  vn 
hijo  de  su  rey  con  algunos  otros  sus  principa- 
les y  vasallos  passar  a  la  otra  parte  del  lago  a 
visitar  9¡erto8  parientes  y  amigos  y  aliados  que 
vibian  allá.  Y  por  ser  muy  largo  el  lago  tenia 
gran  rodeo  y  trabajo  y  avn  peligro  para  passar, 
y  comunicando  su  voluntad  vn  dia  con  9¡ertas 
ranas  del  lago,  ellas,  o  por  enojo  que  tuuiesscn 
dellos,  o  por  mala  incliua9Íon  pensaron  hazer- 
les  vn  gran  daño  y  vurla,  y  fue  que  ellas  se  les 
ofre9Íerou  de  los  passar  sin  lission,  si  fiándose 
dellas  se  subían  sobre  sus  lomos;  que  cada  vna 
dellas  toniaria  el  suyo  sobre  si  y  ansi  nadando 
los  passariau  a  la  otra  parte,  y  que  por  más 
asegurar  (')  atarían  las  colas  dellos  a  las  pier- 
nas traseras  de  las  ranas,  porque  si  se  delezna- 
ssen  del  cuerpo  no  peligrassen  en  el  agua.  Ansi 

(*)  G  ,  las  atarían. 


ellos  confiados  de  su  buena  oferta  vinieron 
hasta  vnos  veynte  de  los  prín9¡pale8  de  su  va- 
sallaje, quedando  sus  criados  y  familiares  a  la 
orilla  mirando  la  lastimosa  tragedia;  y  qoando 
las  ranas  tnnieron  a  los  señores  ratonen  en  el 
medio  del  lago  ante  los  ojos  de  todos  los  que 
quedaban  a  la  orílla  se  van  con  ellos  a  lo  hon- 
do, y  zapuzándose  muchas  vezes  en  el  agua  los 
ahogaron  a  todos:  y  luego  como  fue  anisado  su 
Rey  y  los  padres  y  paríentes  de  los  otros  vinie- 
ron al  agua  a  ver  si  acaso  podrian  remediar 
aquel  cruel  aconte9Ímiento,  y  como  ni  por  rue- 
gos, ni  por  lagrimas,  ni  promesas,  ni  amena94i8 
no  pudieron  alcan9ar  de  nuestras  ranas  que  no 
llenasen  aquel  daño  a  execu9¡on  dieron  muy 
grandes  bozes,  llantos  y  alaridos,  jurando  por 
la  grandeza  del  sol  su  padre,  y  por  el  valor  y 
loa  entrañas  de  su  madre  la  tierra  de  vengar 
tan  gran  traición  y  alebosia.  Protestauan  la  in- 
juria contra  nuestro  Rey  pare9Íendoles  que  no 
podia  ser  tan  grande  atreu ¡miento  sino  con  su 
mandado  y  espreso  fabor;  y  como  nuestro  Rey 
oyó  las  bozes  y  pesquisó  la  causa  y  la  supo, 
salió  de  su  pala9Ío  con  algunas  ranas  prin9Ípa- 
les  que  se  hallaron  con  él,  y  por  aplacar  los  ra- 
tones mandó  con  gran  diligen9Ía  se  buscassen 
los  malhechores  a  do  quiera  que  los  pudiessen 
auer  y  los  truxiessen  ante  su  magestad,  y  avn- 
que todos  no  se  pudieron  auer  luego,  en  fin 
fueron  presas  alguna  cantidad  dellas:  de  las 
cuales  se  tomó  su  confesión  por  saber  si  algún 
señor  particular  les  mandó  hazer  aquel  daño; 
y  como  todas  (})  confessaron  que  ellas  de  su 
propio  motiuo  (*)  y  ma]Í9Ía  lo  auian  hecho  fue- 
ron condenadas  a  muerte,  y  avn  se  quiso  de- 
zir  que  alguna  de  aquellas  ranas  que  fueron 
presas,  por  ser  hijas  de  personas  señaladas  fue- 
ron secretamente  sueltas  y  ausentadas,  porqu(> 
vntaron  las  manos  a  los  juezes,  y  avn  más  los 
escríuanos  en  cuya  mano  dizen  que  está  más 
9Íerto  poderse  hazer;  y  ansi  escaparon  las  vidas 
del  morir. 

MiviLO. — Pues  Dios  las  guardó  viban  y  ha- 
galas  Dios  bien.  Por  cierto  gran  descuydo  es  el 
que  passa  en  el  mundo  el  dia  de  oy:  que  siendo 
vn  offí9Ío  tan  prin9Ípal  y  caudaloso  el  del  es- 
criuano,  y  tan  ne^'csario,  que  sea  (^)  honbre  de 
fidelidad  para  que  todos  viban  en  paz  y  quietud, 
consienten  y  permiten  los  prin9Ípes  criar  nota- 
rios y  escríuanos  hombres  viles  y  de  ruynes 
castas  y  suelo:  los  quales  por  pequeño  interés 
peruierten  el  derecho  y  justicia  del  que  la  ha 
de  auer;  y  sobre  todo  los  proueen  de  los  oFfícios 
mas  principales  y  de  más  peligro  en  su  Reyno: 
como  es  de  escriuanias  de  chan^illerías  (*)  y 


(<)  6.,  ellas. 
(*;  G.,  motu. 

*]  G.,  este  en. 

i)  G.,  chaD9eIlerias. 


8 


EL  CROTALON 


169 


consejos  y  regimientos  j  gouiernos  de  sa  ha- 
zienda  y  república:  lo  qual  no  se  aoia  de  hazer 
por  ninguna  manera,  pues  en  ello  ra  tan  gran 
ínteres  y  peligro. 

Oallo. — Y  ansí  un  dia  de  mañana  como 
salió  el  sol  fueron  las  condenadas  sacadas  a  la 
ribera  y  pregonándolas  yn  pregonero  a  alta  boz 
por  alebosas,  traydoras,  matadoras,  homiqidaa 
de  sus  bezinos  y  aliados,  que  las  mandaua  su 
Rey  morir;  y  ansi  ante  gran  muchedunbre  de 
Ranas  que  salieron  del  lago  y  muchos  ratones 
que  lo  vinieron  a  ver  fueron  publicamente  de- 
golladas. Pero  el  Rey  Ambrocos  (que  ansi  se 
llamaua  el  Rey  de  los  ratones)  y  todos  aquellos 
señores  estañan  retraidos  en  sus  cuebas  muy 
tristes  y  afligidos  por  la  perdida  de  sus  hijos; 
y  ansi  mandó  su  rey  llamar  a  cortas,  y  luego 
fueron  juntos  los  de  su  Consejo  y  grandes  de 
su  Reyno.  Donde  con  g^nde  encarecimiento  de 
palabras  les  propuso  la  cniel  traición  que  hauian 
cometido  las  ranas:  y  no  en  qnalesquiera  de  su 
reyno,  sino  (')  en  su  mesmo  hijo  y  de  los  prin- 
cipales señores  y  caualleros  de  su  tierra.  Por  lo 
qual  avnque  pudieran  disimular  qualquiera  otra 
injuria  por  ser  sus  bezinas  y  aliadas,  pero  que 
este  caso  por  ser  tan  atroz  en  la  persona  real  y 
sucesor  del  Reyno  no  se  sufría  quedar  sin  cas- 
tigo; y  ansi  los  ratones  indignados  por  las  la- 
grimas y  encarecimientos  de  su  Rey  se  ofrecie- 
ron con  sus  personas  y  estado  salir  luego  al 
campo:  y  que  no  boluerían  a  sus  casas  hasta  sa- 
tisfazer  y  rengar  su  príncipe  Rey  y  señor  o  per- 
der en  el  campo  sus  vidas.  Y  ansi  el  Rey  les 
mandó  que  dentro  de  quinze  dias  todos  saliessen 
al  campo  a  acompañar  su  persona  real,  y  mandó 
luego  anisar  con  sus  patentes,  cartas  y  proui- 
siones  a  todos  los  ratones  bezinos  al  lago,  que 
supiessen  la  injuria  hecha  a  su  rey:  y  que  todos 
80  pena  de  muerte  saliessen  a  las  oríllas  y  hi- 
ziessen  el  posible  daño  en  las  ranas  que  pudie- 
ssen  auer.  Luego  todos  aquellos  señores  se  fue- 
ron a  sus  tierras  aparejar  y  venir  con  sus  com- 
pañias  al  mandado  de  su  rey.  Porque  esto  tie- 
nen los  ratones  que  son  muy  obedientes  a  sus 
mayores;  porque  al  que  no  lo  es  le  de&pedacan 
todos  con  los  dientes;  ni  es  menester  para  el 
castigo  del  tal  delito  que  venga  particular  pes- 
quisidor ni  executor  de  la  corte:  que  (^)  luego 
es  tal  delintjuente  castigado  entre  ellos  con 
muerte:  y  ansi  no  se  osa  ninguno  desmandar. 
Ya  nosotras  las  ranas  de  todo  esto  eramos  sa- 
bidoras,  porque  no  faltaron  algunos  de  sus  ra- 
tones que  por  tener  con  algunas  de  na^^otras  es- 
trecha amistad  se  lo  comunicasen.  Principal- 
mente todo  aquel  tiempo  que  passó  antes  que 
se  publicasse  la  guerra,  porque  hasta  entonces 


8 


*^  G.,  pero. 
**  G.,  porque. 


avn  estañan  en  pie  muchas  de  las  antiguas  amis- 
tades que  auia  entre  vnos  y  otros  en  particular, 
y  tanbien  lo  uiamos  por  esperiencia  en  nuestro 
daño:  porque  ningún  dia  auia  que  no  parecie- 
ssen  a  la  costa  del  lago  muchas  ranas  muertas, 
porque  los  ratones  se  llegauan  a  ellas  con  disi- 
mulación y  con  los  dientes  las  hazian  pedacos ; 
y  principalmente  hazian  esto  vna  compañia  de 
malos  soldados  que  de  estrañas  tierras  el  Rey 
auia  traydo  alli  de  rn  su  amigo  y  aliado:  gente 
muy  belicosa  y  de  grande  animo,  que  ninguna 
perdonauan  que  tomassen  delante  de  si.  Ya  eran 
tan  grandes  los  (*)  daños  que  se  nos  hazian 
que  no  se  podian  disimular,  y  dentro  de  quinze 
dias  parecieron  ante  las  (^)  ríberas  de  Genesa- 
reth  más  de  cien  mil  ratones,  en  tanta  manera 
que  el  campo  cubrían.  Vino  alli  su  (♦'*)  Rey 
Ambrocos  con  gran  magestad  con  todo  el  apa- 
rato de  tristeza  y  luto,  protestando  de  no  yr  de 
alli  sin  vengar  muy  a  su  voluntad  la  muerte  de 
su  hijo;  y  ansi  mandó  dar  en  el  campo  vn  muy 
brauo  y  sangríento  pregón.  Traya  vn  fiero  ratón 
por  capitán  general,  al  qual  llamauan  Lani- 
pardo  el  cruel:  viejo  y  de  maduro  juizio,  que 
toda  su  vida  auia  vibido  en  los  molinos  y  las 
hazeñas  que  están  en  el  rio  Xordan  y  Eufrates. 
Traya  debajo  de  su  vandera  en  nombre  de  Am- 
brocos su  rey  quarenta  mil  ratones  de  grande 
esperiencia  y  valor.  Venia  alli  Braqnimis  (*) 
Rey  de  los  ratones  que  habitan  toda  la  tierra 
de  Samaría  y  Cana,  el  qual  traya  treynta  mil. 
Venia  Aplopetes,  Rey  de  los  ratones  que  moran 
Nazareth,  Belén  y  Hierusalen:  el  cual  traya 
otros  treinta  mil  y  más.  Vinieron  otros  señores, 
príncipes,  vasallos  y  aliados  del  Rey  Ambrocos 
que  trayan  a  cinco  mil  y  a  diez  mil.  De  manera 
que  en  breue  tiempo  todo  el  campo  se  cubrió. 
Gomo  nos  vimos  en  tanta  necesidad  y  apríeto 
acudimos  todos  a  nuestro  Rey  llorando  nuestra 
libertad  perdida,  al  qual  hallamos  en  la  mesma 
aflicion  sin  saber  cómo  se  remediar. 

Mi^iLO. — Entonces,  gallo,  hallado  auias 
oportunidad  para  executar  tu  belicosa  condi- 
ción que  tenias  siendo  monja. 

Gallo. — Muchas  mas  fuercas  y  orgullo  te- 
nia yo  en  el  monesterío  para  reboluer.  No  auia 
en  todo  el  lago  ninguna  rana  que  no  cstuuiesse 
acobardada  y  como  abscondida  y  encogida  de 
temor,  y  ansi  la  nuestra  reyna,  mandó  que  todas 
las  ranas  sus  subditas  se  juntassen,  que  se  que- 
ría con  ellas  aconsejar.  Las  quales  quando  fue- 
ron juntas  les  (')  propuso  el  afiito  y  miseria  en 
que  estañan  (*).  A  algunas  dellas  les  pareció 

{*\  G.,  ya  los  daños  eran  tan  grandes. 

(i)  G^  naestras. 

(»)  G.,  el. 

(«)  G.,  Brachimis. 

¡*)  G.,  nos. 

(')  G.,  estañamos. 


170 


orígenes  de  la  novela 


que  seria  bueno  dexar  aquella  ribera  a  los  ra- 
tones y  passarse  a  la  contraria,  donde  les  pa- 
recía que  no  abria  quien  las  dañasse.  Pero  como 
aula  alli  ranas  de  todos  los  rededores  y  partes 
del  lago  dieron  fe  que  no  auia  dónde  huyr  ni 
poder  salir  con  libertad:  porque  por  todas  par- 
tes e&tauan  puestos  {})  gran  multitud  de  rato- 
nes a  punto  de  guerra,  los  quales  procurauan 
dañar  y  matar  en  las  ranas  como  las  podian 
auer,  no  dexando  alguna  a  vida.  De  manera  que 
como  nosotras  vimos  el  ardid  con  que  nuestros 
enemigos  nos  perseguían  determinamos  que  se- 
ria bien  salir  al  campo  y  darlos  una  batalla: 
porque  nos  pareció  mejor  morir,  que  no  infames 
y  encerradas  y  sin  liberta<l  cada  dia  pade^'er. 
Pero  lo  que  más  nos  afligía  era  el  faltarnos  ar- 
mas con  que  pelear.  Porque  esta  ventaja  tienen 
de  su  naturaleza  todos  los  animales:  que  a  to- 
dos dio  armas  naturales  na9Ídas  consií^^o  para 
se  defender  de  sus  enemigos  y  de  aquellos  que 
los  ([uisiessen  dañar.  Al  león  dio  vñas,  esfuen^o 
y  destreza.  A  la  sierpe  dio  concha.  A  las  aues 
dio  vñas  y  buelo,  y  al  cauallo  herraduras  y  dien- 
tes con  que  se  defienda,  y  ansí  al  ratón  dio  vñas 
y  dientífs  con  que  hiera,  y  a  cada  qual  animal 
en  su  naturaleza  armó;  y  a  la  rana,  por  hazer- 
nos  el  animal  más  simple  y  miserable  le  dexó 
sin  armas  algunas  con  que  pudiese  defender  de 
íiuien  le  procurasse  dañar. 

MiriLO. — A  mí  me  parece,  gallo,  que  en  todo 
eso  prouellú  con  gran  prudencia  naturaleza, 
poniue  como  quiso  criar  la  rana  simple  y  sin 
perjnizio  y  daño,  ansi  lo  crió  sin  enemigo  que 
la  dañasse;  y  porque  alguna  vez  se  podía  ofre- 
9er  que  con  furia  la  acometiesse  otro  algún  ani- 
mal la  proueyó  de  l¡gere9A  para  nadar,  y  el  sal- 
to para  huyr.  (Que  culpa  tiene  naturaleza  si  vo- 
sotras enrruynais  y  corrompéis  la  sinpleza  con 
que  ella  os  crió? 

Gallo. — Tú  tienes  mucha  razón,  porque  en 
el  innntlo  no  aif  animal  que  no  aya  corrompido 
,  confia  malicia  las  leyes  que  su  naturaleza  le  dio] 
y  ansi  por  vernos  confusas  en  este  caso  sin 
poder  alcanyar  a  sabernos  dar  remedio,  acordóse 
que  nos  socorriessemos  del  consejo  y  ayuda  de 
9Íerto8  géneros  de  pescados  que  en  aquel  lago 
andauan  en  nuestra  compañía,  y  prin9Ípalmen- 
mente  de  vnos  grandes  barbos  que  alli  se  cria- 
uan  y  a  estos  nos  fuemos  contándoles  nuestra 
miseria,  y  ellos  como  es  gente  muy  honrrada 
y  bien  inclinada  y  trabajan  vibir  sin  perjuizio 
de  nadie, que  hasta  oy  no  se  quexódellos  alguna 
naQÍon.  Por  esta  causa  pare9Íoles  tan  mal  la 
traÍ9Íon  que  nuestras  ranas  hivieron  á  los  rato- 
nes que  casi  con  disimulación  se  determinauan 
ver  de  nosotros  (sic)  (*)  vengados  los  ratones. 

(<)  G.,  estaoii  puesta. 
(')  ü.,  nosotras. 


Pero  ya  por  la  estrecha  y  antigua  amistad  qne 
por  la  contina  vibienda  entre  nosotros  auia  nos 
estimaban  por  parientes  y  naturales,  y  ansi  se 
dolieron  de  nuestra  ne9esidad  y  se  proferieron 
a  la  remediar,  ayudándonos  (')  con  consejo  y 
fuer9as;  y  puestos  luego  en  esta  detcnuinacioD 
se  leuantó  vn  baruo  anyiano  y  de  buen  consejo 
y  nobleza  y  ante  todos  propuso  ansi:  Honrra- 
das  dueñas  (*),  i*ezinas^  amifjas  y  partentas,  a 
mí  me  pessa  auer  de  seguir  y  fabore9€r  en  esta 
empresa  parte  tan  sin  razón  y  justicia:  pues 
vosotras  aueis  injuriado  y  ofendido  a  vuestros 
amiiros  vezinos  y  comarcanos  tan  sin  os  lo 
mereyer;  yo  nunca  pensé  que  vuestra  simpleza 
tuuiera  acometimiento  de  tanto  doblez.  Ni  sé 
quien  os  díó  lengua  ni  alma  para  fingir,  ni  ma- 
nos para  ansi  dañar  con  tan  aleuoso  engaño. 
¿Quién  no  se  fiara  de  vuestra  flaqueza,  pensan- 
do que  vuestra  humildad  seria  tal  como  la  mos- 
tráis? Quán  justo  fuera  f alborecer  antes  a  (•) 
vuestro  castigo  qne  a  vuestra  defensa?  Pero  de 
oy  más  neyesitais  nos  a  vivir  con  vosotras  con 
aniso;  y  por  venir  á  demandarnos  (*)  socorro; 
porque  es  la  ley  de  los  nobles  no  le  negar  á 
quaiitos  afligidos  le  pidan,  es  razón  que  se  08 
dé:  y  ansí  es  mi  parecer  que  ante  tollas  cosas 
tratenios  de  os  dar  armas  con  que  peléis  y  os 
defendáis ;  porque  ciertamente  os  tienen  en  esto 
gran  ventaja  los  ratones  en  dientes  y  vñas.  Por 
lo  qual  auiendolo  mirado  bien,  es  mi  consejo; 
que  hagáis  capacetes  de  las  caxcaras  de  huebos 
que  se  pudieren  auer,  que  nmehas  hay  en  este 
lago,  que  los  pescadores  nos  (')  echan  por  90U0 
para  nos  pescar;  y  estas  caxcaras  puestas  en  la 
cal>eza  os  será  alguna  defensa  para  las  heridas; 
y  por  lan9as  llenareis  unos  yuncos  que  ay  cu 
estji  ribera,  que  tienen  buenas  puntas  con  que 
podáis  herir;  que  nosotros  con  nuestros  dientes 
os  los  cortaremos  quantos  tengáis  necesidad,  y 
vosotras  trabajad  por  os  hazer  diestras  con  estos 
yuncos  como  podáis  con  destreza  herir;  apren- 
ded con  la  boca  y  manos  como  mejor  os  apro- 
uechois  dellos.  Saldréis  al  campo  con  estas  ar- 
mas; y  si  os  vieredes  en  aprieto  recogeros  eis 
al  agua,  donde  estara  gran  copia  de  nosotros  (•) 
a  la  costa  escondidos ;  y  como  ellos  vengan  con 
furia  siguiendo  su  vitoria  caerán  en  nuestras 
manos;  y  con  nuestras  colas  y  dientes  el  que  en 
el  agua  entrare  perderá  la  vida.  De  todos  fue 
aprobado  el  consejo  del  buen  pez,  y  ansi  deshe- 
cha la  consulta  cada  cual  se  fue  a  aprouechar  de 
lo  que  más  pudiesse  auer.  Las  ranas  todas  nos 
dimos  a  vuscar  caxcaras  de  huebos  por  mandado 

(*)  G.,  a  nofl  faborecer. 

Í*)  G.,  Honrrada  gente. 
»)  G.,  en. 
^)  G.,  Tenimofl  a  demandar. 
(8)  G.,  las. 
[^)  G.,  estaremos  machón  de  vueptios  amigos. 


EL  CRÓTALOS 


171 


de  nueatra  Reina;  j  los  barbos  ¿  cortar  ynncoa; 
y  avnqve  Et;  hallaron  alguna  cantidad  de  calca- 
res no  fueron  tantas  que  pndiessen  nrmar  a  to- 
das; por  tanto  se  mandaron  primero  proneer  ka 
Sefloras  (')  y  principales  ranas;  y  despncB  fne- 
ron  repartidas  las  armas  por  randeras  y  compa- 
fiias.  Pero  ninguna  fue  sin  laii;^,  porque  los 
barbos  proueyeron  de  gran  copia  de  yuncos;  y 
ansi  proQoydike  las  Tanderas  j  capitanías  por 
aquellas  Señoras  (*),  a  mi  como  sabia  la  Reyna 
que  yo  en  la  mas  diestra  en  armas  de  todas 
qtiantae  ania  en  el  lago  ('),  porque  del  mones- 
téño  yua  yo  ya  diestra  por  la  mucha  costumbre 
en  que  estañamos  a  jugar  de  chapinaso  y  reme- 
són por  dame  acá  esa  paja,  principalmente  sobre 
quién  soys  ros,  mas  qnién  soys  tos,  qtiando  co- 
menfauauos  a  apurar  los  linajes.  Ansi  que  por 
conocerme  a  mí  más  indastriada  en  la»  armav 
que  a  todas  me  rogó  quisiesse  aceptar  el  offifio 
(le  capitán  general;  y  ansi  ordenadas  las  esqua- 
dras  que  cada  Tna  acometicsse  a  su  tienpo  y  co- 
yuntnra;  piirque  avn  siendo  mucha  gente  si  Ta 
desordenada  Ta  perdida.  Quanto  mas  siendo 
nosotras  pocas  en  con  pa  rae  i  un  de  loa  ratones 
era  más  necesario  el  buen  orden  y  confierto;  y 
nuai  yo  me  tomé  a  Marfisa  marquesa  de  la  costa 
de  Galilea  que  lleuatia  vcynte  mil,  y  a  Manila 
duquesa  de  la  costa  de  Tiinriades  que  llenatia 
otras  veynte  mil,  y  yo  que  de  mi  costa  tomé 
otras  diez  mil.  Con  estas  f;¡nqneüta  mil  ranas 
las  mejor  armadas  que  auia  en  la  compañía  sali- 
mos del  agua  al  campo.  Salimos  rna  mañana  en 
saliendo  el  sol  con  eran  canto  y  grita.  Quedaua 
la  nnestra  Reyna  (*)  con  otras  reyntc  mil  ranas 
dentro  en  el  lago  para  socorrer  en  la  ne9eBÍdad: 

!■  con  otras  muchas  señoras  (*)  y  principales  del 
Bgo;  y  esto  porque  las  ranas  en  sus  batallas  y 
gnerras  no  consienten  que  sos  reyes  salgan  al 
peligro  hasta  qne  no  se  puede  escusar:  que  sus 
capitanes  y  señores  hazen  primeros  acometü- 
mientos  y  rompimientos  de  la  guerra;  y  demas- 
de  la  gente  dicha  estaña  Tna  buena  compañía  de 
(inco  mil  barbos  todos  escogidos  y  muy  platicos 
en  la  guerra,  que  se  hallaron  en  las  batallas  que 
vuierort  los  atuneg  en  tiempo  fie  Lazara  de  Tor~ 
me»  con  loa  otro»  pennuloe,  los  quales  estañan 
encomendados  por  e)  Rey  a  Galafron  (■),  Duqne 
de  la  costa  de  genesaretb,  por  su  capitán,  barbo 
de  grande  esperíencia  y  ardid;  ya  de  nuestra 
salida  tenian  noticia  loa  ratones  que  no  se  les 
pudo  esconder,  y  estañan  a  punto  para  nosrece- 
bir,  y  pensando  nosotras  ser  Tentaja  acometer 

(')  G.,  loa  Mñore*. 

l<)  G.,  aqnelloa  aefiom. 

(*)  G.,  coDmderandffla  Rejnaqna  en  toda  m  comar- 
ca no  aaia  maa  Miña  lua  que  yo  ni  mas  e«p«riinen- 
tada  en  guerra  y  dÍMiuioaei. 

{*)  G.,  En«tro  Bey. 

(■)  G  ,  muehoa  ««florea. 

(*j  G,,  Kitoa  trafan  por  «n  capitán  a. 


arremetimos  con  grande  csfncrco,  grita  y  animo, 
cubiertos  (')  bien  de  nuestros  yclmiji',  puestas 
las  puntas  de  nuestras  lanc-as  en  ellos  (^)  para 
qne  se  lancassen  por  ellas,  y  ansi  conieiicamos 
con  mucho  compás  y  orden  a  camiiiar  jiara 
ellos.  Venia  en  la  delantera  de  toda  la  compaña 
aquel  fuerte  Lampnrdo  su  Capitán  Kt^neral 
dando  grandes  saltos  por  el  campo,  que  no  pa- 
recía sino  que  ere  aqueste  (*}  su  dia,  y  yo  con 
aquella  sobra  de  animo  que  se  podía  comparar 
con  el  de  vn  fuerte  varón  sali  a  c'l,  y  como  él  no 
era  anisado  de  aqnella  nuestra  arma  vinosu  de- 
recho por  me  dañar:  pero  como  le  puse  la  punta 
del  yanco  (')  y  le  piqué  saltd  afuera  hasta  reco- 
nocer bien  el  arma  con  que  le  herí;  ya  se  jun-  ■ 
taron  las  liazes  de  la  una  parte  y  de  la  otra 
donde  las  nuestras  mostraron  tratar  a  los  rato- 
nes mal,  porque  cowo  ellos  no  auían  pensado 
qne  nosotras  tuuieromos  armas  tomaron  algún 
temor:  y  ansi  se  coniencaron  a  detener,  y  en 
alguna  manera  se  Kentia  de  nuestra  parte  ven- 
taja :  porque  si  IfS  diéramos  ocasión  de  nos 
temer  no  quisiéramos  más.  Pero  de  nuevo  Lam- 
pardo  y  Brachiuiis  y  Aplopetes  tornaron  a  nos 
acometer:  y  como  sintieron  que  nuestras  laucas 
y  armas  eran  de  ninguna  fuerca  ni  valor  laucá- 
ronse por  nosotras  con  facilidad.  Matanan  y 
dcspedacaban  qnantaa  querían, en  tanta  manera 
que  no  los  podimns  resistir  su  furia,  y  ansi  fue 
necesario  rccojer  el  exercito  al  lago:  y  los  rato- 
nes con  aquel  animo  que  la  Titoria  les  daña  vi- 
nieron a  se  laucar  por  el  lago  adelante:  donde 
saliendo  los  barbos  dieron  en  ellos  con  tanta 
furia  qne  hiriendo  con  las  colas  y  dientes  en 
breue  tiempo  mataron  y  ahogaron  más  de  diez 
mil;  y  quiso  mí  ventiu%  qne  yo  quedase  en  la 
tierra  ptir  recoger  mi  gente  que  venia  huyendo 
desmandada  (*}  a  lancarae  »i*  orden  al  lago,  y 
sucedió  que  como  Lampardo  me  vído  en  el 
campo  se  tÍuo  para  mi:  y  arnque  yo  le  re(ebí 
con  algún  animo  no  me  pudo  negar  mi  natura- 
leea  de  flaca  rana  y  no  exercitada:  por  lo  qual 
no  le  podiendo  resistir  se  apoderó  en  mi,  y  tro- 
pellandome  con  la  furia  que  traya  me  hizo  sal- 
tar el  yelmo  de  In  caliera,  y  hincó  con  tanta  furia 
los  dientes  y  Tñas  en  nil  que  luego  espiré;  y 
ansi  ro  supe  en  aquella  batalla  lo  que  mas 
passó.  Avnque  sospecho  que  por  bueno  (*)  que 
i'nessc  el  fanor  de  los  barbos  no  quedarían  los 
ratones  siu  satisfazerse  bastantemente. 

Mii:iL0.~Por  vierto  gran  deseo  me  queda  de 
saber  el  suceso  de  la  batalla:  porque  no  puedo 
yo  creer  que  no  tuuiesse  (7)  satisfazion  la  jus- 

<•)  G.,  ciiliiertai. 

D  ^..  nnestros  enemigos  porqOe. 

0)Ü.,e.te. 

t*l  O ,  jnnqne. 

f>|  G..  dennaratada. 

<')  G-,  grande. 

(')  G.,  qaedacse  sin  bastante. 


172 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


tÍ9Ía  de  Dios.  Coea  roaraciillosa  es,  que  yn  ani- 
mal tan  sin  manos,  y  ser  simple  y  pusilánime 
tenga  atreuimiento  para  ansí  con  tanto  daño 
engañar.  Vn  animal  tan  callado,  tan  hnmilde, 
tan  sin  alteración,  de  tanta  religión  y  recogi- 
miento acometa  yn  tan  atroz  7  nefando  insulto, 
spe^ie  tan  calificada  de  traÍ9Íon.  ¿Quién  no  fiara 
dellas?  A  quién  no  engañaran  con  su  fingida  (') 
simpleza?  No  en  yano  dizen:  que  más  daño  haze 
un  rio  manso,  que  yn  hondo  7  furioso.  Porque 
á  la  contina  se  yio  por  eBperien9Ía  estar  la  hon- 
dura y  9Ícnago  en  el  remanso  y  quietud  del 
agua,  Pero  sobre  todo  lo  que  me  has  contado, 
gallo,  estoy  espantado  quando  considero  quán 
estremado  animal  es  la  muger.  Tan  presun- 
tuoso, tan  yanagloríoso,  tan  desasosegado,  tan 
cobdÍ9Íoso  do  estima,  mando  y  yenera9Íon, 
auiendo  sido  criado  por  Dios  para  tanta  bajeza 
y  humildad:  que  poca  di/ferencia  y  ventaja  ay 
entre  la  rana  y  este  animal  que  no  ay  (2)  mu- 
ger por  pobre  y  miserable  que  sea  que  no  pre- 
suma de  si  ser  merecedora  y  poderosa  para 
mandar  y  gouemar  la  monarchia  del  yniuerso, 
y  que  es  pequeño  el  mundo  para  lo  mucho  que 
tiene  entendido  de  si.  (Jiertamente  tú  tienes 
mucha  razón  en  sustentar  auer  toda  criatura 
corrompido  la  carrera  y  regla  de  su  viuir. 

Gallo. — Ciertamente  tú  dizes  la  yerdad; 
que  no  saben  tener  en  sus  cosas  templanza 
ni  medio;  mas  en  todo  son  amigas  del  es- 
tremo. 

MiriLO. — Hasta  (^)  yna  monja  que  está  en 
yn  moiiesterío  encerrada,  auiendo  professado  la 
liumildad  y  menosprecio  de  los  mandos  y  pre- 
heminencias  y  yentajas  con  que  el  mundo  fabo- 
rece  a  sus  mas  incumbrados  naturales,  y  auien- 
do prometido  a  Dios  y  a  la  religión  de  negarse 
a  sí  y  a  su  proprío  interés;  y  que  solamente  hará 
la  voluntad  ajena  y  de  su  perlada  y  mayor,  y 
veys  con  quanto  estremo  se  sacude  de  su  pro- 
fesión y  en  alma  y  o',  ras  y  pensamiento  yibe  al 
renes;  y  porque  me  parece  que  es  especie  de 
estremada  yileza  dezir  mal  de  mugcres  quiero 
acortar  en  este  proposito  (*);  porque  los  hon- 
bres  honrradoB  antes  las  deuen  defender /707*  ser 
flaco  animal  (');  que  de  otro  materia  se  nos 
auia  ofrecido  de  que  pudiéramos  largo  hablar. 
Pues,  ¿qué  si  dezimos  en  el  estremo  que  tienen 
en  el  amar  y  aborrecer?  En  el  qual  ningún  in- 
conueniente  ni  estonio  se  le  pone  delante  para 
dexar  de  effectuar  su  yoluntad;  y  sino  las 
obedc9eis  y  respondéis  quando  os  llaman  con 
igual  amor  vueluen  en  tanto  odio  y  yra  que  se 

(M  G.,  aparente. 
(')  G  ,  y  no  rereis. 
(')  G.,  Qae  hasta. 
{*)  G.,  callar. 

(■)  G.,  Vna  sola  cosa  no  puedo  dexar  de  dezir  y  en* 
carecer:  el  extremo. 


arriscan  al  mayor  peligro  del  mando  por  se  sa- 
tisfazer. 

Gallo.— Ay  Micilo,  que  en  mentarme  ese 
proposito  me  has  laucado  yn  espada  por  las  en- 
trañas, porque  me  has  acordado  de  yn  amigo 
que  por  esa  causa  perdi  (*),  el  mayor  y  máifel 
que  nunca  tuuo  la  antigüedad.  Que  si  mi  cora- 
Con  sufriesse  a  te  lo  contar  maranillarte  yas 
cómo  acordándome  dello  no  reuiento  de  passion. 

Mi  VILO.— Gran  deseo  me  pones,  gallo,  de  te 
lo  oyr,  y  ansi  te  ruego  que  te  esfuerces  por  amor 
de  mí  a  me  lo  contar:  que  según  me  lo  has  en- 
carecido deue  de  ser  cosa  digna  de  saber. 

Gallo. — Pues  aynque  sea  a  costa  de  mis 
ojos  y  coracon  yo  te  lo  quiero  contar  por  te 
obedecer.  Cantarte  he  yn  amigo  qual  nunca 
otro  como  el  se  yio.  En  fin,  qual  deyen  los  bue- 
nos amigos  ser,  y  lo  demás  que  a  este  proposito 
acompañare  en  el  canto  que  se  sigue  lo  oyras. 

Fin  del  octauo  canto  del  gallo  de  Luciano. 


ARGUMENTO 

DEL      NONO      CANTO 

En  «1  nono  canto  que  se  sigue  d  tuctor  imitando  a  Lu^no  en 
el  fUalogo  llamado  Tozarís,  en  el  qual  trata  de  la  amistad,  el 
anctor  trata  de  dos  amigos  fideliüdmos  qua  en  casoa  mny  ar> 
duoa  aprobaron  bien  su  inlin^ion.Enseftassequalesdenen  ser 
los  buenos  amigos  (.*). 

Gallo. —  ¿Estás  ya  despierto,  Micilo,  qne 
yo  a  punto  estoy  para  proseguir  en  lo  que  ayer 
quedé  de  te  contar?  Porque  aynque  sea  a  costa 
de  mis  entrañas  y  me  dé  algún  dolor,  oyras  yna 
conformidad  y  fidelidad  de  dos  amigos  los  ma- 
yores y  mas  yerdaderos  que  nunca  entre  los 
hombres  se  yi6.  Una  confianca  y  afficion  que 
dixeras  yiuir  yna  sola  alma  en  dos.  Yna  casa, 
yna  yol¿a,  ynos  criados,  yn  spiritu  sin  parcia- 
lidad ni  diuision. 

MiviLO. — Gran  pieza  de  tiempo  ha  que  estoy 
deseando  que  despiertes,  cobdicioso  de  te  oyr. 
Agora  di  tú,  que  sin  distraimiento  alguno  te 
oyre  todo  lo  que  querrás. 

Gallo.-^Pucs  ante  todas  cosas  te  quiero 
hazer  saber  que  siendo  yo  yn  tiempo  natural 
francés  y  de  Paris  llamado  Alberto  de  Cleph, 
y  siendo  mancebo  mercader  tubc  yn  amigo  na- 
tural de  la  mesma  ciudad  llamado  Arnao  Gui- 
llen, el  más  yerdadero  y  el  más  fiel  que  nunca 
tubo  la  antigüedad.  Este  fue  casado  en  la  yilla 

(*)  G.,  acordado  qae  por  esa  caura  estañe  en  panto 
de  perder  vn  amigo. 

(^]  (Tachado).  Bíguesse  el  nono  canto  del  Gallo  de 
Lnyiaño,  orador  griego,  contrahecho  en  el  castellano 
por  el  mesmo  autor. 


EL  CROTALON 


173 


de  Embers  en  el  dncado  do  Branante  con  vna 
donzella  llamada  Beatriz  Deque,  hija  de  hon- 
rrados  padres,  hermosa  j  de  baen  linaxe,  la 
qoal  truxo  consigo  a  TÍair  á  Paris.  Pues  por 
aner  sido  grandes  amigos  en  nuestra  niñez  j 
juuentud  no  ^só  nuesti^  amistad  por  ser  Amao 
casado,  mas  antes  se  augmento  y  creció  más;  y 
ansi  porque  sepas  a  quanto  llegó  nuestra  afi- 
ción y  amor  sabrás  que  por  tener  ciertas  cuen- 
tas yiejas  que  conuenia  desmarañarlas  con  cier- 
tos mercaderes  de  Londres  huimos  de  yr  allá, 
y  aparejado  nuestro  flete  y  matalotaxe  dimo* 
nos  a  la  vela  encomendándonos  a  Dios;  y  yo 
era  honbre  delicado  y  de  flaca  conplezion ,  ne- 
cesitado al  buen  regimiento,  y  a  mirar  bien 
por  mi  salud.  Pero  Amao  era  hombre  robusto, 
yaliente,  membrudo  y  de  muy  fuerte  natural;  y 
luego  como  salimos  del  puerto  a  mar  alta  co- 
men90seme  a  leuantar  el  estomago  y  a  bomitar 
con  gran  alteración  y  desasosiego  de  mi  cuerpo, 
con  ^ran  desbanecimiento  de  cabera,  y  ansi  su- 
cedió a  esto  que  nos  sobreuino  luego  vna  tan 
fragosa  (*)  y  espantosa  tempestad  que  paremia 
que  el  ^ielo  con  todas  sus  fuerzas  nos  quería 
destruir.  ¡O  Dios  omnipotente!  que  en  pensarlo 
se  me  espelucan  y  enherícan  agora  las  plumas 
de  mi  cuerpo.  Comen^osse  a  obscurecer  con 
grandes  nublados  el  dia  que  a  noche  muy  cer- 
rada semejaua.  Bramaua  el  viento  y  el  tempes- 
tuoso mar  con  espantosos  truenos  y  temerosos 
relámpagos:  y  mostrándose  el  cielo  turbado  con 
espesas  plubias  nos  tenia  a  todos  desatinados. 
El  viento  soberuio  (*)  nos  cercana  (*)  de  todas 
partes:  agora  heriendo  a  popa,  agora  a  proa, 
y  otras  vezes,  lo  que  más  desespera  al  piloto, 
andaua  (})  rodeando  la  ñaue  hiriendo  el  costado 
con  gran  furia.  Andauan  tan  altas  las  olas  que 
parecían  muy  altas  montañas:  que  con  tan  te- 
merosa furia  nos  mojauan  en  lo  mas  escondido 
del  nauio  como  si  anduuieramos  a  pie  por  medio 
del  mar.  Cada  vez  que  venian  las  olas  a  herír 
en  el  nauio  tragauamos  mil  vezes  la  muerte 
desesperados  de  salud.  Gritan  los  pilotos  y  gru- 
metes, qnal  en  popa,  qual  en  proa,  qual  en  la 
gania,  qual  en  el  gouemalle,  amarillos  con  la 
muerte  esperada;  grítan  mandando  lo  que  se 
deue  hazer:  pero  con  la  brama  del  mar  y  vien- 
tos no  se  pueden  vnos  a  otros  oyr,  ni  se  haze  lo 
que  se  manda;  las  velas  llena  ya  el  mar  hechas 
andraxos  y  del  mastel  y  antena  no  ay  pedaco 
de  vn  palmo;  todo  saltó  en  rachas,  y  muchos  al 
caer  fueron  mal  heridos  en  diuersas  partes  de 
8U  cuerpo.  Sobreuino  ya  la  noche  que  hizo  do- 
blada la  obscuridad,  y  por  el  consiguiente  la 
tempestad  más  atroz  y  soberuia.  Era  tanto  el 


i 


G.,  íagron. 

G.,  ho§  Tientos  aobemios. 
(>)  O.,  cercanan. 
(^  G.,  andanan. 


estruendo  que  sonaua  en  los  concauos  cielos,  y 
tantos  los  truenos  que  de  la  parte  del  septen- 
trional polo  procedían  que  parecía  desconcer- 
tarse los  exes  de  los  nortes,  y  que  el  ciclo  se 
venia  abajo;  la  naturaleza  mesma  por  la  parte 
de  la  tierra  temió  otra  vez  la  confusión  del  dilu- 
uio  que  en  tiempo  de  Noe  pasó:  porque  los  ele- 
mentos parecía  auer  rompido  su  concordia  y 
limites,  y  que  boluia  aquella  tempestuosa  lluuia 
que  en  quarenta  dias  bastó  5ubrir  toda  la  haz  de 
la  tierra.  Muchas  vezes  el  toruellino  de  las  olas 
nos  subió  tan  altos  que  víamos  desde  encima 
tan  gran  despeñadero  de  mar  quanto  se  ve  es- 
tando las  aguas  serenas  desde  las  altas  rocas  de 
Armenia.  Pero  quando  nos  bajaua  el  curso  al 
vaUe  entre  ola  y  ola  apenas  se  descnbria  el  mas- 
tel sobre  las  ondas.  De  manera  que  vnas  vezes 
tocauamos  con  las  velas  en  las  nubes:  y  otras 
vezes  con  el  rostro  del  nauio  en  el  arena,  y  el 
miedo  era  ya  tanto  que  no  sabia  el  maestro  so- 
corro alguno  en  su  arte,  ni  sabia  a  quál  ola  se 
auenturasse,  ni  de  quál  se  asegurasse  y  guar- 
dasse.  Porque  en  tal  estado  estañamos  que  la 
mesma  discordia  del  mar  nos  socorria  para  que 
no  fuessemos  a  lo  hondo:  porque  en  trastor- 
nando vna  ola  la  nao  por  la  vna  parte,  llcgaua 
otra  por  la  contraria  que  expelía  la  parte  ven- 
cida y  la  leuantaua.  De  suerte  que  era  forcado 
que  qualquier  viento  que  llegasse  fuesse  en  su 
fabor  para  enderecarla;  ymaginaquó  confusión 
hubiesse  allí  con  el  gritar,  amayiiar  y  cruxir,  y 
matarse  los  vnos  sin  oyr  (')  los  otros  por  el 
grand  (*)  estruendo  y  ruydo  del  mar  y  vientos, 
y  sin  verse  por  la  gran  obscuridad  que  hazia  en 
la  noche.  Pues  estando  el  cíelo  y  el  mar  en  este 
estado  que  has  oydo  quiso  mi  ventura  que  como 
mi  estomago  fuesse  indispuesto  y  alterado  por 
el  turbado  mar  y  su  calidad,  bomitaua  muy 
amenudo  de  lo  intimo  de  las  entrañas.  Sucedió 
que  queriendo  vna  vez  con  gran  furia  bomitar 
colgado  algo  al  borde  sobre  el  agua  por  arroxar 
lejos,  y  espeliendo  vna  ola  el  nauio  me  sacudió 
de  si  al  mar,  y  avn  quiso  mi  ventura  que  por 
causa  de  mi  mala  díspusícíon  no  estuuiese  yo 
desnudo  como  estañan  ya  todos  los  otros  a 
punto,  para  nadar  si  el  nauio  se  anegasse;  y 
como  yo  cay  en  el  agua  de  cabeca  fue  luego 
sumido  a  lo  hondo,  pero  ya  casi  sin  alma  la 
mesma  alma  me  subió  arriba  y  ansi  llegando  a 
lo  alto  comencé  a  g^tar  y  pedir  socorro;  y  como 
Amao  andaua  vuscandome  por  el  navio  y  no 
me  halló  donde  me  auía  dexado,  miró  al  agua 
y  plugo  a  Dios  que  me  reconociesse  (')  entre  las 
ondas,  y  sin  temer  tenpestad,  obscuridad  ni  (*) 
braueza  de  las  olas  saltó  junto  a  mi  en  el  agua 

(')  G.,  oyrse. 
(*)  G.,  grande. 
{A  G.,  reconoció. 
W  Gm  y. 


174 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


que  ya  estaua  desnudo  con  los  otros,  y  luego 
animándome  dixo:  esfuer9ate  hermano  Alberto, 
no  ayas  miedo  que  aqui  estoy  yo;  que  no  pere- 
cerás mientras  la  vida  me  acompañare;  y  como 
junto  a  mi  llegó  me  Icuantó  con  las  manos  trar 
yendi.me  al  amor  del  agua  y  al  descanso  de  la 
ola;  lleuauaunos  los  Tientos  por  el  mar  acá  y 
allá  sin  pod<.'rlos  resistir,  y  la  ola  furiosa  con 
Ímpetu  aílmirable  nos  arrebataua  y  por  fuerza 
nos  liazia  apartar  lexos  el  vno  del  otro.  Pero 
luego  boluia  Arnao  a  las  bozes  que  yo  le  daua, 
y  con  fuerzas  de  más  que  honbre  me  tomaua  y 
con  amorosas  palabras  me  esfor^aua  no  le  do- 
liendo a  él  su  propria  muerte  tanto  como  verme 
a  mi  cercano  a  la  mia.  Procurauan  del  nauio 
echarnos  tablas  y  maderos  con  intincion  de  nos 
remediar;  pero  no  nos  podíamos  aprouechar 
dellas  por  el  gran  viento  que  las  arrebataua  de 
nuestras  manos,  y  lo  que  más  nos  desesperaua 
y  augmenta ua  nuestra  miseria  era  que  durasse 
tanto  la  tenpestad,  y  avn  paremia  que  sobre  ser 
pasadas  diez  lioras  de  la  noche  comencaua. 
Piensa  agora,yo  te  ruego  MÍQ¡lo,sien  el  mundo 
se  puede  agora  hallar  vn  tal  amigo  que  en  tan 
arduo  caso,  estando  seguro  en  su  nauio  en  lo 
más  fragoso  desta  tan  furiosa  tenpestad,  viendo 
en  semejante  necesidad  su  compañero  tan  cer- 
cano a  la  muerte,  con  tanto  peligro  se  arroje  a 
la  furia  y  fortuna  del  agua,  viento  y  ola  y  a  la 
oscuridad  de  la  t4?npestuosa  noche.  Pon,  yo  te 
ruego,  ante  tus  ojos  todos  aquellos  tan  encare- 
cidos peligros,  que  no  ay  lengua  que  los  pueda 
poner  en  el  estremo  que  tiene  en  la  oportunidad 
la  verdad,  y  mira  cómo  despreciándolo  todo 
Arnao  y  posponiéndolo,  solamente  estima  sai- 
nar al  compañero  por  tenerle  tan  firme  amor. 
En  fin  plugo  a  Dios  que  trayendonos  las  olas 
vadeando  por  el  mar  venimos  a  topar  vn  grueso 
madero  que  el  agua  traya  sobre  si  de  algún 
nauio  que  d<íuio  (')  auer  dado  al  traues:  y  como 
se  abrió  arroxonos  aquel  madero  para  nos  reme- 
diar (^).  Pues  ambos  trabados  a  él  con  la  fuerca 
que  pudimos  (^),  que  ya  afloxaua  algo  la  ten- 
pestad,  trabajando  ^Vrnao  ponerme  encima,  las 
olas  amorosas  nos  huvieron  de  poner  en  el 
puerto  ingles  sin  mas  lision.  Este  aconcimiento 
te  he  contado,  Micilo,  porque  veas  si  tengo 
razón  de  te  encarecer  tanto  nuestra  amistad: 
porque  al  principio  to  propuse  que  eramos  los 
mayores  amigos  que  nunca  el  mundo  tuno  en 
si*  Agora  avras  visto  si  tengo  razón. 

MiriLO. — Por  cierto,  gallo,  tú  dizes  gran 
verdad:  porque  no  se  puede  mayor  prueba 
ofrecer. 

Gallo. — Pues  agora  quiero  proceder  en  mi 


i*)  G.,  deuia. 

{^)  G.,  niie^itro  socorro  y  remedio. 

P)  G.,  podimos. 


intincion,  que  es  contarte  el  peligro  que  eu 
nuestra  amistad  se  ofreció  por  ocasión  de  vna 
muger.  Pues  agora  sabrás  que  baeltos  en  Fran^ 
cía  huuimos  de  yr  a  vna  feria  de  Embers,  de 
Junio,  como  solíamos  a  la  contina  yr,  y  Beatriz 
inportunó  a  Arnao  su  marido  que  la  llenasse 
consigo  por  visitar  a  sus  padres  que  después 
de  las  bodas  no  los  vio;  y  ansi  Arnao  lo  hizo 
por  darle  placer.  Pues  aparejado  lo  necesario 
para  el  camino  salimos  de  nuestra  (')  ciudad 
de  París,  y  por  ser  yo  tan  obligado  a  Arnao 
procnraim  seruir  a  su  muger  todo  lo  que  podia, 
pensando  en  qué  le  pudiessc  yo  a  él  pagar  algu- 
na parte  de  lo  que  le  deuia  por  obligación,  y 
ansi  procuraua  en  esta  xomada  y  en  quaíquiera 
cosa  que  se  ofrecía,  ansi  en  su  dueña  como  en 
él,  auerle  con  todas  mis  fuercas  de  agradar  y 
seniir;  y  ansi  a  él  le  parecía  estar  bien  empleado 
en  mi  el  peligro  en  que  por  mi  se  vio;  y  como 
el  demonio  siempre  solicite  ocasiones  para  sem- 
brar discordia  entre  hermanos,  que  es  la  cosa 
que  más  aborrece  Dios,  parecióle  que  haría  a 
su  proposito  si  encendía  el  coracon  de  Beatríz 
de  laciuo  amor  de  mi;  y  ansi  la  pobre  muger 
alterada  por  Sathanas  concibió  en  su  pecho  que 
todo  quanto  yo  hazia  por  respecto  de  la  obliga- 
ción que  tenia  a  mi  bondad,  concibió  ella  que 
lo  hazia  yo  lisiado  de  su  amor,  por  lo  cual  pare- 
Ciendole  deuer  a  noble  piedad  y  gratitud  res- 
ponder con  el  mesmo  amor,  y  avn  poniendo  de 
su  parte  mucho  más  de  lo  que  por  valauca  st^ 
podía  deuer,  pensando  incurrír  en  gran  falta  a 
su  nobleza  y  generosidad  si  mucho  más  no  daba 
sin  comparación,  ansi  me  amó  tanto  que  en  tixio 
el  camino  y  fería  de  Junio  no  sufría  apartar  sn 
coracon  vn  punto  de  mi;  y  esto  era  con  tanta 
passíon  que  con  ninguna  lengua  ni  juizio  te  lo 
puedo  encarecer.  Porque  como  algnnas  vezes  le 
mostrasse  tenerla  afición;  q^ras  vezes  como  yo 
hizíesse  mis  obras  con  el  descuvdo  natural, 
haziala  desbaratar  y  afligir.  ¡O  quantas  vezes 
conocí  della  tener  la  habla  fuera  de  los  dientes 
para  me  manifestar  su  intención  (^),  y  con  los 
labríos  tomarla  a  compremir  por  no  se  afrontar. 
Yuscaua  lagares  conuenientes  delante  de  su 
mando  y  padres,  ocasiones  que  no  se  podían 
escusar  para  me  abracar,  tocar  y  palpar  por  se 
consolar  y  satisfazer.  Por  los  ojos  y  por  el  ayre 
con  sospiros,  con  el  rostro  y  mejieos  del  cuerpo 
me  enbíaua  mensajeros  de  su  pena.  Pero  yo  di* 
simulaua  pensando  que  cansándola  se  acabaría 
sn  pasión:  y  ello  no  era  ansi,  pero  cada  día  cre- 
cía mas;  yo  recebia  grandissima  pena  en  verme 
puesto  en  tanto  peligro,  y  pensaua  de  cada  día 
cómo  se  podría  remediar,  y  creyendo  que  sola 
el  ausencia  sería  el  remedio  ('),  dolíame  apar- 

(•)  G.,  la. 

{*)  G.,  intincion. 

(')  G.,  podría  ser  medicina. 


EL  CRÓTALOS 


175 


tarme  de  la  compañía  de  raí  amigo  Arnao.  Por 
lo  qual  machas  vezcs  llorando  amargauíeiite 
maldezia  mi  yentura  y  a  Sathauas  pues  a  tanto 
mal  auia  dado  ocasión;  j  estando  pensando 
cómo  me  despediría,  como  fue  acabada  la  feria 
acordó  Arnao  que  nos  boluiessemos  a  Paris»  y 
ansí  mandó  a  toda  furia  aparejar;  y  estando 
todo  lo  necesario  a  punto  dixome  que  partiesse 
yo  con  su  dueña,  que  él  quería  quedar  a  nego- 
ciar 9Íerto  contrato  que  le  faltaua,  y  que  le  fue- 
ssemos  aguardando  por  el  camino,  que  a  la  se- 
gunda zomada  nos  alcanzaría.  Dios  sabequánta 
pena  me  dio  oyr  aquel  mandado,  y  me  pessaua 
no  aner  huydo  antes,  pensando  que  fuesse  vr- 
dimbre  de  Sathanas  para  traerme  por  fuerza  a 
la  ocasión  de  ofender;  y  por  el  contrario  fue 
muy  contenta  Beatriz,  pensando  que  se  le  apa- 
rejaua  la  oportunidad  forzosa  que  yo  no  podría 
huyr ;  y  ansí  disponiéndonos  Arnao  todo  lo 
necesario,  tomando  la   mañana   comenzamos 
nuestro  camino;  yua  Beatriz  muy  alegre  y  re- 
gocijada llenándome  en  su  conuersazion.  Dezia- 
mo  (})  muchos  donayres  y  gentilezas  que  d 
amor  le  enseTiaua,  debajo  de  los  quales  quería 
que  yo  entendíesse  lo  que  tenía  en  su  voluntad, 
no  se  atreniendo  a  descubrirse  del  todo  hasta 
verse  en  lugar  oportuno  que  no  la  corríesse  peli- 
gro de  afrenta,  porque  le  parecía  a  ella  que  yo 
no  respondía  a  su  intinzion  (*)  como  ella  qui- 
siera. Aviique  algunas  vezcs  juzgaua  mi  couar- 
dia  ser  por  que  temía  des<.*ubrír  mi  tray<;ion,  y 
ansí  ella  se  desemboluía  algunas  vezes  demasia- 
damente por  me  hazer  perder  el  temor,  y  sufría- 
sse  pensando  que  aquella  no<^he  no  se  podría 
escusar  sin  que  a  ojos  z^^rrados  se  effectuasse  la 
prueba  de  nuestra  voluntad;  y  ansí  aquella  xor- 
nada  se  cumplió  con  llegar  ya  casi  a  la  noche  a 
vna  villa  buena  que  se  llama  Bruxelas,  que  es 
en  el  mesino  duca(^  de  Brauante.  Donde  llega- 
dos mandé  que  ios  mozos  diessen  buen  recado 
a  las  caualgaduras,  y  al  huésped  preuíne  que 
tuuiesse  bien  de  cenar;  y  parecióme  ziertamente 
estar  acorraladoy  que  en  ninguna  manera  podía 
huyr  aquella  oportunidad  y  ocasión,  porque 
Zierto  sentí  de  la  dama  que  estaña  determinada 
de  me  acometer,  de  lo  qual  yo  demandé  socorro 
a  Dios;  y  como  fue  aparejada  la  z^na  venimos 
a  z^nar*  lo  qual  se  hizo  con  mucho  regozíjo, 
abundancia  y  plazer,  y  como  fue  acabada  la  zena 
quedamos  sobre  la  tabla  hablando  con  el  hués- 
ped y  huéspeda  su  muger  en  díuersas  cosas  que 
se  ofrecieron  de  nuestra  conuersazion ;  y  como 
fue  passada  alguna  pieza  (')  de  la  noche  díxe 
al  huésped  por  manera  de  cumplimiento:  Señor 
gran  merzed  rezebiré,  que  porque  esta  Señora 


(»)  G.,  Dezía. 
(•)  G.,  intenzion. 
(*i  G  »  parte. 


que  comigo  traygo  es  muger  de  vn  grande  ami- 
go mío  que  me  la  fió,  duerma  con  vuestra  mu- 
ger, que  yo  dormiré  con  vos.  Beatriz  mostró 
rezebir  esto  con  gran  pena,  pero  calló  esfor- 
qandose  por  (*)  la  disimidar;  y  el  huésped  res- 
])ondíó :  Señor,  en  esta  tierra  no  osamos  fiar 
nuestras  mugeres  de  ninguna  otra  persona  mas 
que  de  nosotros,  quanto  quiera  que  venga  en 
habito  de  muger;  porque  en  esta  tierra  suzedió 
vn  admirable  caso  en  el  qual  vn  hijo  del  señor 
destc  ducado  de  Brauante  en  habito  de  muger 
gozó  de  la  hija  del  Rey  de  Ingalaterra  y  la  truxo 
por  suya  aquí;  y  como  Beatriz  vio  que  se  le 
aparejaua  bien  su  negozio,  avnque  se  le  dilata- 
sse  algo,  ínportunó  al  huésped  le  contasse  aque- 
lla historia  como  acontezíó.Loqual  no  me  possó 
a  mi  pensando  sí  en  el  entretanto  pudíesse  ama- 
nezer;  y  importunado  el  huésped  ansí  comenzó: 
Sabréis,  señores,  que  en  este  ducado  de  Brauan- 
te fue  en  un  tiempo  vn  bienaventurado  señor, 
el  qual  tubo  vna  virtuosa  y  agrazíada  dueña  por 
muger.  Los  quales  siendo  algún  tiempo  casados 
y  conformes  en  amor  y  voluntad  sin  auer  gene- 
ración, y  después  en  oraciones  y  ruegos  que  hí- 
zieron  a  Dios  suzedió  que  vino  la  buena  dueña 
a  se  empreñar  y  de  vn  parto  parió  dos  hijos,  el 
vno  varón  y  el  otro  hembra,  los  quales  ambos 
en  hermosura  no  tenían  en  el  mundo  par ;  y 
ansí  fueron  los  niños  criados  de  sus  padres  con 
tanto  regalo  como  era  el  amor  que  los  tenían; 
y  como  fueron  de  vn  parto  fueron  los  más  seme- 
jant<ís  que  nunca  criaturas  fueron  (•);  en  tanta 
manera  qu(^  no  auia  hombre  en  el  mundo  que 
pudíesse  poner  differenzia  entre  ellos:  ni  los 
mesmos  padres  lo  sabían  dízemir;  mas  en  todo 
el  tiempo  se  engañaron  mientra  los  criauan, 
que  por  solas  las  amas  los  yeniau  a  conocer;  y 
ansí  acordaron  de  los  llamar  de  vn  nombre  por 
ser  tan  semejantes  en  el  aspecto,  rostro,  cuerpo, 
ayre  y  dispnsízion.  Llamaron  al  varón  Julio  y 
a  la  hija  Julieta.  Fueron  estremadamente  ama- 
dos de  los  padres  por  ser  tan  lindos  y  tan  desea- 
dos y  no  tener  más;  y  ansí  yendo  ya  creziendo 
en  edad  razonable,  conoziendo  ya  ellos  mesmos 
su  similitud  vsauau  para  su  pasatiempo  de  do- 
nayres y  graziosos  exerz¡zioB  por  dar  plazer  a 
sus  padres;  y  ansí  muchas  vezes  se  mudaban  los 
vestidos  tomando  Julio  el  habito  de  Julieta;  y 
Julieta  el  de  Julio;  y  representándose  ante  sus 
padres  con  vn  donayre  gracioso  rezebian  (^) 
plazer  como  con  tanta  gracia  se  sentían  vurla- 
dos  por  sus  amados  hijos;  y  ansí  Julieta  en  el 
habito  que  mas  le  plazía  se  yua  machas  vezes 
a  solazar,  agora  por  la  ziudad, agora  por  el  mar; 
tomando  la  compañía  que  más  le  plazía;  y  vn 

(«)G.,a.    ^ 

(*)  G.,  nazieron. 

(*)  G.|  rcyibian. 


17C 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


día  entre  otros  salió  de  su  aposento  atauiada  de 
]os  vestidos  de  sn  hermano  Jalio  a  toda  gallar- 
día y  con  sa  espada  ceñida:  y  passando  por  la 
sala  tomó  dos  escuderos  que  allí  halló  y  lanzóse 
por  el  mar  en  vn  rergantin  qne  para  sa  solaz 
estaua  a  la  contina  aparejado,  y  sucedió  que 
e8for9ando8e  el  viento  a  su  pesar  fueron  llena- 
dos por  el  mar  adelante  sin  poder  resistir;  y 
como  a  los  que  Dios  quiere  guardar  ningún  peli- 
gro les  daña,  avnque  con  gran  temor  y  tristeza 
fueron  llegados  vna  pieza  de  la  noche  a  la  costa 
de  Ingalaterra  y  lanzados  por  un  seguro  puerto 
sin  saber  donde  estañan;  y  como  sintieron  la 
bonanza  y  el  seguro  del  puerto  aunque  no  cono- 
cían la  tierra,  llegándose  lo  más  que  pudieron 
a  la  ribera  determinaron  esperar  alli  el  dia;  y 
ansi,  como  Julieta  venia  triste  y  desgraciada  y 
desudada  por  causa  de  la  desusada  tempestad 
se  echó  luego  debajo  del  tapete  a  dormir,  y  lo 
mesmo  hizieron  por  la  plaza  del  vergantin  los 
escuderos,  y  fue  tan  grande  y  de  tanta  grauedad 
sn  sueño  que  siendo  venida  gpran  pieza  del  dia 
avn  no  despertaron;  y  suyedió  aquella  mañana 
salir  la  infanta  Melisa  hija  del  rey  de  Ingala- 
terra a  caza  con  sus  monteros  por  la  ribera  del 
mar,  y  como  mirando  acaso  vio  dentro  del  agua 
el  vergantin  ricamente  entoldado  y  que  no  pa- 
remia persona  que  vinicsse  en  él,  mandó  que  sal- 
tassen  de  sn  gente  y  viessen  quién  venia  alli,  y 
luego  fue  anisada  por  los  que  dentro  saltaron 
qne  en  la  plaza  del  vergantin  estañan  dos  escu- 
deros dormiendo,  y  que  dentro  en  el  tapete  es- 
taua el  mas  lindo  y  agraciado  mancebo  de  edad 
de  catorce  años  que  en  el  mundo  se  podia  hallar. 
Y  cobd¡9Íosa  la  infanta  de  lo  ver  mandó  echar 
la  puerta  en  tierra  y  apeándose  de  su  palafrén 
saltó  dentro  del  vergantin,  y  como  vio  a  Julieta 
dormida  (*)  con  su  espada  Reñida  juzgóla  por 
varón  y  ansi  como  la  vio  tan  linda  y  tan  her- 
mosa en  tan  conueniente  edad  fue  luego  enamo- 
rada della  (^),  y  aguardando  a  que  despertasse, 
por  no  la  enojar,  estuuo  por  gran  pieza  contem- 
plando BU  belleza  y  hermosura ;  y  como  despertó 
la  saludó  con  gpran  dulzura  preguntándola  por 
su  estado  y  viaje.  Julieta  le  dixo  ser  un  caua- 
Uero  andante  qne  la  fortuna  del  mar  le  auia 
echado  alli,  y  que  se  tenia  por  bien  acertado  y 
venturoso  si  la  podiesse  (*)  en  algo  servir.  Me- 
lisa ofreciéndosele  mucho  para  su  consuelo  la 
rogó  saliesse  a  tierra  combidandola  a  la  ca^a, 
diciendo  que  por  aquellas  partes  la  auia  mucha 
y  muy  buena  de  diuersos  animales;  y  ansi  como 
reconoció  Julieta  el  valor  de  la  dama,  y  por 
verse  en  su  tierra,  holgó  de  la  complazer,  y  ansi 
le  fue  dado  vn  muy  hermoso  palafrén,  en  el  qual 


(<)  G ,  dormiendo. 

{})  G.,  prena  de  nu  amores. 

(»)  G.,  podi< 


caualgando  Julieta,  y  Melisa  en  el  suyo,  se 
metieron  con  su  compañía  por  la  gran  espesam 
de  la  montaña  a  vuscar  venados  0);  y  como  no 
se  podia  sufrir  la  infanta  Melisa  por  la  herida 
de  su  llaga  que  la  atormentaua  sin  poderla  su- 
frir, procuró  quanto  pudoalong^arse  de  su  gente 
y  monteros  por  probar  su  ventura,  y  quando  con 
Julieta  se  vio  sola  entre  vnos  muy  cerrados  ma- 
torrales la  inportunó  se  apeasen  a  beber  y  a  sola- 
zar junto  a  vna  muy  graciosa  fuente  que  corría 
alli,  y  quando  fueron  apoadas  las  dos  graciosas 
damas  comencó  Melisa  a  hablar  a  Julieta  con 
gran  piedad;  y  avnque  con  mucha  verguencay 
empacho  le  fue  descubriendo  poco  a  poco  sn 
herida,  y  teniendo  los  ojos  lanzados  en  el  suelo, 
sospirando  de  lo  intimo  del  coraron,  yendosele 
vn  color  y  veniendosele  (•)  otro  le  muestra  per- 
dérsele la  vida  si  no  la  socorre;  y  ansi  como  ya 
tiene  por  el  gran  f  uegoque  la  abrasa  descubierta 
la  mayor  parte  de  su  dolor,  queriéndose  apro- 
uechar  de  la  oportunidad  se  arriscó  a  tanto  que 
abracando  a  Julieta  la  besó  (*)  en  la  boca  con 
mucho  dulzor  y  suauidad;  yendo  pues  el  hués- 
ped muy  puesto  en  el  proceso  de  su  historia 
estaua  Beatriz  toda  tresladada  en  él  pare^ien- 
dole  que  todo  aquel  cuento  era  profecía  de  lo 
que  a  ella  le  auia  de  suceder;  y  ansi  como  el 
huésped  aqui  llegó,  Beatriz  con  vn  gran  sospiro 
me  miró  con  ojos  de  piedad  y  el  huésped  pro- 
medio sin  echarlo  de  ver,  diziendo:  Pues  como 
Julieta  por  el  suceso  tiene  entendido  que  Melisa 
la  tiene  por  varón,  y  viendo  que  a  su  passion 
no  la  puede  dar  remedio,  estando  confusa  y 
peusosa  (})  qué  camino  tomaría,  acordó  ser 
muy  mejor  descubrirle  ser  muger  como  ella, 
antes  que  ser  tomada  por  cauallero  ne^io  y  co- 
barde para  semejantes  casos  de  amor,  y  dixo  la 
verdad;  porque  cierto  era  cosa  de  hombre  apo- 
cado O  rcusar  vna  dama  de  tanta  gentileza 
que  se  ofrece  con  tanta  dulcura  y  buena  opor- 
tunidad; y  asi  con  vn  gentil  y  agraciado  modo 
la  anisa  ser  donzella  como  ella,  contándola  toda 
su  ventura  y  riaje,  padres  y  naturaleza,  Pero 
como  ya  la  saeta  de  amor  auia  hecho  en  ella  su 
cruel  effet'to,  estaua  ya  tan  enseñoreado  en  su 
coracon  el  fuego  que  la  abrasaua  que  le  vino 
tarde  el  socorro  y  aniso  que  de  su  naturaleza  le 
dio  Julieta,  y  por  esta  causa  no  le  pareció  me- 
nos hermoso  el  rostro  de  su  amada,  mas  antes 
a  más  amarla  se  enciende,  y  entre  si  pensaua 
su  gran  dolor  por  estar  desesperada  de  reme- 
dio, y  ansi  reuentando  toda  en  lagrimas  Tañada, 
por  consolar  algo  su  pena  dezia  palabras  que 
mouian  a  Julieta  a  gpran  lastima  y  piedad.  Mal- 


(*)  G.,  alguna  caca. 
')  G.,  Teniendoeele. 


0)  G., 

(^)  G.,  penwtiua. 

(>)  G.,  eanallero  afeminado. 


EL  CROTALON 
dezia  su  mml  hado  7  rentara,  paes  qaalquieni 
□tro  auQor  santo  o  deshonesto  podría  tener  algii- 
^na  esperanza  do  bnen  fin,  y  este  no  tiene  sino 
Boapiros  7  llorar  con  inmensa  fatiga.  Dezia  llo- 
rando: si  tepareyia,  amor,  que  por  estar  70  libre 
di  la  gofta  eataua  muy  rfana,  7  querías  con 
algan  martirio  subjetarme  a  ta  randera  7  sefio- 
río,  bastara  que  fuera  por  la  común  manera  de 
penar,  qae  es  la  dama  por  Taron :  porque  enton- 
ces 70  empleara  mi  coraron  por  te  seruir-  Pero 
hasme  berído  de  llaga  mu7  contra  natnral,  paes 
nunca  rna  dama  de  otra  se  ensmorú:  ni  entre 
los  animales  aj  qué  pueda  esperar  roa  Lenbra 
de  otra  en  este  caso  de  amor.  Esto  parece, 
amor,  que  has  hecho  porque  en  mi  penar  sea  a 
todos  manifiesto  tu  imperio.  Porque  arnque 
ÍJemiramia  se  enamoró  de  su  hijo  7  Mirrha  de 
BU  padre  7  Paaiphe  del  toro,  ninguno  destos 
amores  es  tan  loco  como  el  mío:  pues  avn  se 
snfríera  si  tauiera  alguna  esperan;»  de  effe- 
tuaree  mi  deshonestidad  7  deseo.  Pero  para  mi 
locura  ¿no  habría  Dédalo  qae  injeniasse  dar  al- 
gún remedio  contra  lo  que  naturaleza  tan  firme- 
mente apartó?  Con  estas  lamentaciones  se  aflige 
la  gentil  dama  mesando  sus  dorados  cabellos  7 
amortiguando  su  bello  rostro,  vuscando  ven- 
ganza de  si  mesma  por  auer  enprendido  em- 
presa sin  esperanza  de  algún  fin;  7  Julieta  lo 
mejor  que  podía  se  la  consolaua  aníeiido  gran 
piedad  de  su  cn7ta  7  lagrimas  que  afligían  so 
belleza.  Ya  se  Uegaua  la  noche  7  se  pouia  el 
sol,  7  como  las  damas  no  a7an  vsado  donuir 
en  la  montaOa  raega  Melisa  a  Julieta  se  TB7a 
con  ella  á  su  ciudad  que  estaua  ;ercn:  lo  qual 
Julieta  a^tó  por  su  console^ion,  7  ansi  se  fue- 
ron juntas  a  la  ciudad  7  entraron  en  el  gran 
palacio,  donde  muchas  damas  7  canalleros  la 
salieron  a  refebir;  7  considerando  Melisa  que 
ningún  proaecho  refibe  en  (*)  tener  a  su  Julieta 
en  habito  de  raron  la  ristio  de  mu7  ríeos  bria- 
lea  au70s.  Porque  gran  7crro  fuera  no  reci- 
biendo pronecho  auenturarse  al  peligro  de  infa- 
mia que  de  allí  se  pudiera  seguir;  7  tanbieu  lo 
hizo,  porque  como  en  el  restido  de  raron  la 
dañó  quiere  rer  sí  en  el  de  mnger  se  puede 
remediar  7  curar  su  dolencia,  7  ansi  recogién- 
dose anbas  en  su  retrete  lo  mas  presto  que  pudo 
la  riatio  mu7  ricos  requamados  7  io7ele3  con 
qae  ella  ec  solía  adornar,  7  ansí  la  sacó  a  su 
padre  a  la  gran  sala  diziendo  ser  luja  del  duque 
de  Brauante;  que  la  fortuna  del  mar  la  aaia 
tra7do  allí  saliéndose  por  él  a  solazar;  7  ansi  el 
Re7  encomendó  mucho  a  su  hija  Melisa  In  fes- 
tejasse  por  la  consolar  7  luego  se  despacharon 
mensajeros  para  anisar  al  duque  su  padre;  los 
duques  fueron  mD7  consolados  por  auer  (*)  esto- 


(•I  C,  de. 

(■)  G.,  porqna  aaian. 

OBiOBNIS  HE  LÁ  NOVELA. - 


177 
do  en  grancnjta  por  la  perdida  de  su  hija  Ju- 
lieta, 7  enbiarou  a  dezir  a!  Re7  oue  en  todo 
hiziesse  a  su  Tolnntad.  Aquella  noche  fae  Ju- 
lieta mu7  festejada  de  damas  7  csnalleros  con 
vn  Bolene  sereo,  donde  Julieta  dan^o  a  contento 
de  Melisa  (*),  damas  7  caualleros,  que  todos  la 
juzgauan  por  dama  de  gran  gallardía,  hermo- 
sara  7  yalor,y  tobre  todas  contentó  a  la  infanta 
Melisa;  7  siendo  llegada  la  hora  de  la  cena  fue- 
ron scraidos  con  gran  solenidad  de  manjar, 
música  7  aparato ;  la  qual  acabada,  Melisa  combi- 
dó  a  Jalieta  a  dormir;  7  recogidas  en  su  cámara 
se  acostaron  juntas  en  rna  cama,  pero  con  gran 
diferencia  en  el  reposo  de  la  noche.  Porque 
Julieta  duerme  7  Melisa  sospira  con  el  deseo 
que  tiene  de  satisfazer  su  apetito,  7  si  acaso  m 
momento  la  rence  el  sueño  es  breae  7  con  tur- 
badas 7maginBCÍoDeB,  7  luego  sueña  que  el  cielo 
la  ha  concedido  que  Julieta  sea  buelta  varón; 
7  como  acontece  a  algún  enfermo  si  do  rna  gran 
calentura  cobdicioso  de  agua  se  ha  dormido  con 
gran  sed,  en  aquel  poquito  de  saeQo  se  le  pare- 
cen quantas  fuentes  en  su  vída  vido,  ansi  estan- 
do el  spirítu  de  Melisa  deseoso  parecíale  que 
ría  lo  que  suefia;  7  ansí  despertando  no  se  con- 
fia hasta  que  tienta  con  la  uiano  7  re  ser  vani- 
dad sn  sueño,  7  con  esta  passíon  comieucA  la 
desdichada  a  hazer  rotos  de  romeria  a  todas  las 
partes  que  87  (*)  deuocion  porqne  el  fíelo  hu- 
uícsse  della  piedad.  Pero  en  vano  se  aflige,  que 
poco  le  aprouechaa  sus  promesas  7  oraciones 
por  semejantes  fines;  7  ansi  pasó  en  esta  con- 
gojosa contienda  algunos  días  hasta  que  Julieta 
la  importuna  (')  que  quiere  bolner  para  sns 
padres,  prometiéndola  que  tomando  delloí  li- 
cencia (_')  boluera  a  la  visitar  lo  m&s  breue  que 
ella  pueda.  Lo  qual  por  no  la  desgraciar  se  lo 
concedió  la  infanta,  atnque  con  gran  dificultad 
7  pasión,  confiando  que  Jalieta  cunplírá  la  (') 
palabra  que  le  da  de  boluer.  Paes  como  fue  apa- 
rejado todo  lo  necesario  para  la  partida  la  mes- 
ma Melisa  le  entoldó  el  rcrgautin  de  sus  colo- 
res j  deaíaas  lo  mas  ricamente  que  pudo,  7  a 
ella  O  dio  nmchaa  donas  de  jo7as  7  brialcs  (') 
de  gran  eetima  7  valor;  7  como  Julieta  se  des- 
pidió del  Ke7  7  Reina  la  aeonpañó  Melisa  hasta 
el  mar.  La  qual  como  allí  fueron  llegadas,  llo- 
rando inu7  amargamente  la  abraca  7  bessa  su- 
plicándola con  gran  ca7ta  buclua  si  la  desea  que 
vina,  7  ansí  Julieta  hazicudola  nneuas  juras  7 
promesas  se  lancó  en  el  rcrgautin;  7  leuanta- 
das  velas  7  continuando  sus  remos  se  cometió 


(11  0.,  del  Rey. 
(')  G..  parte*  de. 
('')  G.,  imporlansí 
Ikencia 


(')  G., 


('|0.,vle. 

(')  -G.,  brialM  T  jofeles. 


178 


orígenes  de  la  novela 


al  mar,  el  qual  en  prospero  y  brene  tiempo  se 
passó.  Qaedaua  Melisa  a  la  orilla  del  mar  paes- 
tos  los  ojos  y  el  alma  en  las  velas  delnanio  hasta 
que  de  vista  se  le  perdieron,  y  moy  triste  y  sos- 
piraiido  se  bolnio  a  sa  palacio.  Gomo  Julieta 
llegó  a  su»  riberas  los  padres  la  salieron  a  re^^ 
bir  con  grande  alegría  como  si  de  muerta  resu- 
citara, haziendose  muchas  fiestas  y  alegrias  en 
toda  su  tierra.  Muchas  vezes  contaua  a  sus  pa- 
dres la  tenpestad  y  peligro  en  que  en  el  mar  se 
vio  conmouiendolos  a  muchas  lagrimas;  y  otras 
vezes  les  encare^ia  el  buen  tratamiento  que  de 
la  infanta  Melisa  auia  re^^ebido:  su  grande  her- 
mosura, gracia,  donayre  y  gran  valor,  dando  a 
entender  ser  digna  entre  todas  las  donzellas  del 
umndo  a  ser  amada  y  seruida  del  cauallero  de 
más  alteza  y  valor;  y  como  Julio  la  oya  tantos 
loores  de  la  infanta  encendió  su  coraron  a  em- 
prender el  serui^io  de  dama  de  tan  alta  guisa. 
Dezia  en  su  pecho:  ¿en  qué  me  podía  yo  mejor 
emplear  que  estar  en  su  acatamiento  todos  los 
días  de  mi  vida,  avnqne  yo  no  merezca  colocar- 
me en  su  coraron?  Pero  a  lo  menos  gloriarme 
he  auor  emprendido  cosa  que  me  haga  entre 
cauftlleros  de  valor  afamar;  y  ansi  con  esta  ín- 
tin^ion  muchas  vczcs  estando  solo  con  su  her- 
mana «fulicta  la  importunan»  le  contasse  muy 
por  estenso  y  particular  todo  lo  que  auia  pasca- 
do con  Melisa;  y  por  le  complazer  le  contó, 
cómo  dormiendo  ella  en  el  vergantin  aquella 
mañana  que  a  Ltmdres  llegó  la  salteó  la  infanta 
Melisa;  y  cómo  teniéndola  por  varón  por  lleuar 
el  vestido  y  espada  ceñida  se  enamoró  della,  y 
tanto  que  junto  a  vna  (*)  fuente  la  abracó  y 
bessó  dulcemente  demandándola  sus  amores,  y 
cómo  le  fue  forjado  descubrirle  ser  muger,  por 
lo  qual  no  podía  satisfazer  a  su  deseo,  y  cómo 
no  se  satisfizo  hasta  que  la  tuuo  consigo  en  su 
cania  muchas  noches;  y  la  pena  y  lagrimas  con 
qu3  della  se  despidió  prometiéndole  con  muchas 
juras  de  la  boluer  a  visitar;  y  luego  como  su 
hermana  Julieta  contó  a  Julio  su  historia  resu- 
citó en  su  coracon  vna  viua  y  (jiortA  esperanca 
de  la  gozar  (*)  por  esta  via,  teniendo  por  inpo- 
sible auerla  por  otra  manera,  y  ansi  industriado 
por  amor  tomó  auiso,  que  con  el  vestido  y  joyas 
de  su  hermana  seria  por  el  rostro  tomado  por 
ella.  En  fin,  sin  mas  pensar  auenturandose  a 
qualquier  suceso  se  determinó  tentar  donde  al- 
cancaua  su  ventura,  y  ansi  un  dia  demandó  a 
Julieta  le  diesse  el  tapete  que  le  dio  Melisa 
para  el  vergantin  con  la  fleuisa,  porque  se  que- 
ría salir  a  solazar;  y  vestido  de  vn  rico  brial 
que  Melisa  dio  a  Julieta,  y  cogidos  los  cabellos 
con  vn  gracioso  üfarbín,  adornado  su  rostro  y 
cuello  de  muy  estimadas  (**)  joyas  y  perlas  de 

ÍM  G ,  la. 

(»)  G.,  (le  gozar  los  amores  de  Melisa. 

('')  (i.,  ricas  y  hermosas. 


gran  rnlor  se  laucó  a  manera  de  solazar  por  el 
mar,  y  quando  se  vio  dentro  en  él,  mando  a  los 
que  gouernauan  guiassen  para  Londres,  y  en 
breue  y  con  prospero  tiempo  llegó  al  pnerto,  y 
por  las  señas  reconoció  (')  el  lagar  donde  sn 
señora  Melisa  cada  dia  venia  por  esperar  a  sn 
hermana  Julieta;  y  como  la  compañía  de  la  in- 
fanta reconoció  la  deuisa  y  orla  del  tapete  que 
lleuaua  el  vergantin  corrían  a  Melisa  por  de- 
mandar las  albricias,  y  como  Melisa  le  vio, 
engañada  por  el  rostro,  le  juzgó  por  Julieta 
recibiéndole  con  la  posible  alegría  ¡porque  cierto 
se  le  representó  Julio  lo  que  mas  amana  su  co- 
razón, y  ansi  luego  le  apríeta  entre  sus  bracos, 
y  mil  vezes  le  bessa  en  la  boca  con  mucha  dnl- 
Cura,  nunca  pensando  de  se  satisfazer.  Agora 
pues^podeis  vosotros,  señores,  pensar  si  fue  Julio 
passado  con  la  misma  saeta  con  que  amor  hirío 
a  Melisa,  y  pensad  en  quánta  l^eatitud  estaña 
su  anima  quando  en  este  estado  se  vio.  Metióle 
en  vna  cámara  secreta  donde  estando  solos  con 
bessos  y  abraC'Os  muy  dulces  se  tomó  de  nueuo 
á  satisfazer,  y  luego  le  haze  traer  vn  vestido 
suyo  muy  rico  a  manguilla  que  le  auia  labrado 
para  se  le  dar  sí  riniesse  a  visitarla,  o  enbtar- 
stle,  y  vistióle  de  nuevo  cogiéndole  los  cauellos 
con  una  redecilla  de  oro:  y  ansi  todo  lo  demás 
del  vestido,  y  atauio  le  dispuso  en  toda  genti- 
leza y  hermosura  como  mas  agraciado  la  pare- 
Ciesse:  y  la  hoz  que  en  alguna  manera  le  podía 
ditferenciar  trabajó  Julio  por  excusarla  todo  lo 
que  pudo:  y  luego  le  llevó  a  la  gran  sala,  donde 
estañan  sus  padres  con  (^)  muchas  damas  y 
caualleros  ('),  los  quales  todos  las  (*)  recibie- 
ron con  gran  alegría,  y  todos  le  mirauan  a  Julio 
contentos  de  su  belleza,  pensando  que  fuesse 
muger,  y  ansi  con  senblante  amoroso  le  hazian 
señas  mostrándole  desear  seniir  y  agradar. 
Pues  siendo  ya  passada  alguna  parte  de  la  no- 
che en  grandes  fiestas  y  después  de  ser  acabada 
la  sunptuosa  c<?na  y  gracioso  serao,  llevó  la  in- 
fanta Melisa  consigo  a  Julio  a  dormir,  y  ansi 
qutKlando  solos  en  su  cámara  y  despojados  de 
todos  sus  paños  quedaron  en  vna  cama  ambos 
sin  compañía  ni  luz  ('),  y  como  Julio  se  víó 
solo  y  en  aquel  estado  con  su  señora,  y  que  de 
su  habla  no  tenia  testigo  le  comencó  ansí  a 
dezir.  No  os  marauilleis,  señora  mía,  si  tan 
presto  bueluo  a  os  visitar,  avnqne  bien  creo  que 
pensantes  nunca  mas  me  ver.  Si  este  dia  que 
por  mi  buenauentura  os  vi  yo  pensara  p<KÍerde 
vos  gozar  con  plazer  de  ambos  a  dos,  yo  me  tu- 


(M  (i.,  conoció. 

(*)G.,y. 

(^)  G.|  canalleria. 

{*)  (;.,  la. 

("i  G.,  v  anri  fdondo  despojados  de  todos  sus  paños, 
de^ipidienao  su  compañía,  quedaron  solos  en  una  cama 
ambos  dos  y  sin  luz. 


EL  CROTALON 


179 


iiiera  por  el  mas  bienandante  cauallero  del 
mundo  residir  para  siempre  en  vuestra  presen- 
t;ia,  Pero  por  sentir  en  vos  pena  y  no  os  poder 
satis f azor  ni  bastar  a  os  consolar  determiné  de 
me  partir  de  tos,  porqae  gran  pena  da  al  muy 
sediento  la  fuente  que  tiene  delante  sí  de  ella 
por  ninguna  vía  puede  beuer;  y  podéis,  señora, 
ser  muy  ^ierta  que  no  faltaua  dolor  en  mi  cora- 
^n;  porque  menos  podia  yo  estar  sin  vos  vn 
hora  que  vos  sin  mi,  porque  de  la  mcsma  saeta 
nos  hirió  amor  a  ambos  a  dos;  y  ansí  procuré 
de  me  partir  de  vos  con  deseo  de  vuscar  reme- 
dio que  satisfíziessc  a  nuestra  llaga  y  contento, 
Por  lo  qual,  señora,  vos  sabréis  que  yo  tengo 
vn  O  abuela  la  muger  mas  hadada  y  mas  sabia 
que  nunca  en  el  mundo  jamas  se  vio,  que  la 
tienen  los  honbres  en  nuestra  tierra  por  diosa, 
o  ninfa;  tanto  es  su  poder  y  saber.  Haze  que  el 
sol,  estrellas,  fíelos  y  luna  la  obedezcan  como 
yo  06  obedezco  a  vos.  En  conclusión,  en  la  tier- 
ra, ayre  y  mar  haze  lo  que  solo  Dios  puede 
hazcr.  A  esta  me  fue  con  lagrimas  que  mouian 
a  gran  compasión  demandándola  piedad,  por- 
que QÍerto  sino  me  remediara  fácilmente  pen- 
sara morir;  y  ella  comouida  a  lastima  de  su 
Julieta  dixomc  que  demandasse  qualquiera 
don,  y  yo  contándola  (*)  la  causa  de  mi  afli- 
9Íon  la  demandé  que  me  conuertiesse  varón  por 
solo  gozar  de  vos  y  os  complazer,  y  ella  con 
aquella  liberalidad  que  a  vna  nieta  tan  cercana 
a  la  muerte  se  dcuia  tener  me  llenó  a  un  lago 
donde  ella  se  baña  quandosus  artes  quiere  exer- 
gitar,  y  alli  comengando  a  inuocar  se  zapuzó  en 
el  lago  tres  vezes  y  rujiándome  el  rostro  con  el 
agua  encantada  me  vi  vuelta  en  varón,  y  como 
taJ  me  cono^i  quedé  muy  contento  y  muy  ma- 
rauillado  que  criatura  tuuiesse  tan  soberano 
poder.  Agora  pues,  señora  mia,  pues  por  vues- 
tro contento  yo  impetré  este  don  veysme  aqui 
subjeto  a  vuestro  mandar:  hazed  de  mi  lo  que 
os  pluguiere,  pues  yo  no  vine  aqui  a  otra  cosa 
sino  por  os  seruir  y  complacer;  y  ansí  acabando 
flulio  de  la  dezir  esto  hizo  que  con  su  mano 
toque,  y  vea  y  tiente;  y  como  acontece  a  alguno 
que  deseando  mucho  vna  cosa,  quanto  mas  la 
desea  mas  desespera  de  la  alcanzar,  y  si  después 
la  halla  dubda  si  la  posee,  y  mirándola  y  pal- 
pándola avn  no  cree  que  la  tiene,  ansi  acontece 
a  Melisa:  que  avnque  ve,  toca  y  tienta  lo  que 
tanto  desea  no  lo  cree  hasta  que  lo  pnieba;  y 
ansi  dezia:  si  este  es  sueño  haga  Dios  que  nunca 
yo  despierte;  y  ansi  se  abracaron  con  bessos  de 
gran  dulzura  y  amor,  y  gozándose  en  gran  sua- 
uidad  con  apazibles  juegos  pasaron  la  noche 
hasta  que  amaneció.  Esta  su  gloria  es  tubo  se- 
creta mas  de  vn  mes,  y  como  entre  podero- 


(«)  G.,  vna. 

(')  O.,  contándole. 


sos  no  se  sufre  auer  secreto  alguno,  entendie- 
ron que  se  les  comenfaua  a  descubrir,  y  ansi  (') 
acordaron  de  se  hurtar  (*)  y  venirse  en  Bra- 
uante,  por  no  caer  en  las  manos  del  Rey  que 
con  cruel  muerte  castigara  ambos  a  dos.  El 
qual  con  mano  armada  vino  a  esta  tierra  por  los 
auer;  y  porqae  el  duque  los  defendió  hizo  tanto 
daño  y  mal  en  esta  tierra  que Como  el  hués- 
ped llegaua  aqui  dieron  a  las  puertas  del  mesón 
golpes  con  gran  furia,  y  como  yo  estaba  tan 
deseoso  que  viniesse  Arnao  arremetí  a  las  puer- 
tas por  las  abrir,  y  vile  que  se  quería  apear. 
Rego^ijosseme  el  alma  sin  coupara^ion  y  di 
gracias  a  Dios  por  hazerme  tan  gran  merced. 
Sentí  en  Beatriz  vna  tristeza  mortal,  porque  , 
cierto  aquella  noche  esperaua  ella  hazer  anato- 
mía de  mi  coraron,  por  ver  qué  tenia  en  ék 
Luego  dimos  de  cenar  a  Arnao  y  se  acost<5  con 
su  muger.  Otro  día  de  mañana  partimos  de  alli 
con  mucho  i*egocíjo,  avnque  no  mostrana  Bea- 
triz tanto  contento,  parecíendole  a  ella  que-  no 
se  le  auia  hecho  a  su  voluntad.  En  esta  manera 
fuemos  continuando  nuestras  xomadas  hasta 
llegar  a  Paris,  donde  llegados  procuró  Beatriz 
proseguir  su  iutincíon  (')  y  ansi  en  todos  los 
lugares  donde  auia  oportunidad  y  se  podia  ofre- 
cer mostrana  con  todos  los  sentidos  de  su  cuerpo 
lo  que  sentía  su  coracon;  y  vn  día  que  se  ofreció 
entrar  en  casa  y  hallarla  sola,  como  ya  no  po- 
dia disimularla  llaga  que  laatormentaua,  encen- 
dido su  rostro  de  vn  vergoncoso  color  se  deter- 
minó descubrir  su  pecho  diziendo  padecer  por 
mi  amor:  que  la  hizíese  tanta  gracia  que  no*la 
dexasse  más  penar,  porque  no  tenía  ya  fuercae 
para  más  lo  encubrir;  y  yo  le  respondí.  Señora, 
Arnao  ha  sido  conmigo  tan  liberal,  que  después 
de  auer  arriscado  en  el  mar  su  vida  por  mi  me 
ha  puesto  toda  su  hazíenda  y  casa  en  poder,  y 
más  dispongo  yo  della  que  él,  y  sola  tu  persona 
reseruó  para  si.  ¿Cómo  podría  yo  hazer  cosa  tan 
nefanda  y  atroz  faltando  a  mi  lealtad?  y  ansi 
a  muchas  vezes  que  me  dixo  lo  mesmo  le  res- 
pondí estas  palabras;  y  vna  mañana  sucedió  que 
vistiéndose  Arnao  para  yr  a  negociar  la  dexó 
en  la  cama,  y  sin  que  ella  lo  sintiesse  se  entró 
Arnao  en  vn  retrete  junto  a  la  cama  a  vn  ser- 
uidor  que  estaña  a  la  contina  alli,  y  luego  suce- 
dió que  entré  yo  preguntando  por  Arnao:  y 
como  ella  me  oyó  pensando  que  Arnao  era  ya 
salido  de  casa  me  mandó  con  gran  importunidad 
llegar  á  si,  y  como  junto  a  su  cama  me  tubo 
apañóme  de  la  ca^ü  fuertemente  y  dixo:  Alberto, 
échate  aqui,  no  me  hagas  mas  penar;  y  yo  dexan- 
dole  la  capa  en  las  manos  me  retiré  fuera  no  lo 
queriendo  hazer ;  y  luego  me  salí  de  casa  por 


t 


')  G.,  por  lo  qnal. 

3)  G.,  palir  secretamente. 

(»)  ü.,  intención. 


180 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


no  esperar  mayor  mal;  y  ella  como  se  sintió 
menospreciada  comentó  a  llamar  sus  criados  a 
gandes  bozes  diziendo  que  la  defendiessen  de 
Alberto  que  la  auia  querido  forjar;  y  que  por 
muestra  de  la  yerdad  mostraua  (*)  la  capa  que 
le  auia  yo  dexado  en  las  manos  y  que  a  las  bozes 
auia  yo  echado  a  huyr,  y  añadió:  llamadme  aquí 
a  Arnao  porque  vea  de  quien  fia  su  hazienda  y 
muger.  Y  a  estas  sus  bozes  salió  Arnao  del 
retrote  donde  estaua  y  dixole:  Calla  Beatriz, 
que  ya  tengo  visto  que  corre  él  mas  peligro  con- 
tigo que  tú  con  él;  y  fue  tanta  la  afrenta  y  con- 
fusión que  ella  recibió  de  ver  que  todo  lo  auia 
visto  Arnao  que  luego  alli  delante  de  todos  sus 
criados  y  gente  de  su  casa  súbitamente  murió; 
y  como  el  buen  Arnao  vio  su  desdicha,  auer 
perdido  tan  afrontosament«  el  amigo  y  la  muger 
acordó  lo  mas  disimuladamente  que  pudo  ente- 
rrar a  ella  y  yrme  a  mi  a  vuscar,  y  ansi  de  mi 
peregrinaje  y  del  suyo  sabrás  en  el  canto  que 
se  siguirá. 

Fin  del  nono  canto  del  gallo. 


ARGUMENTO  DEL  DEQIMO  CxiNTO 

En  el  (Ip^iino  rnnto  que  se  sigue  el  aurtor  prodigue  lo  murho  que 
Arnao  húo  por  robrar  a  Alberto  después  que  »u  muger 
9c  murió.  En  lo  qual  niostrú  bien  el  valor  de  su  ainislail, 
y  quales  todos  los  amigo.'*  deueii  ser  ('}. 

Gallo. — Despierta,  ¡o  MÍ9ÍI0I  yo  te  ruego 
potque  quiero  oy  entre  los  otros  dias  admirar 
con  mi  facundia  tu  humana  capacidad,  quando 
veas  por  vn  gallo  admirablemente  mostrada  la 
grande  y  incomparable  fuerza  de  la  santa  y  di- 
uina  amistad.  Verás  con  quanta  razón  dixeron 
los  antiguos  que  en  este  solo  don  y  virtud  os 
quiso  Dios  hazer  semejantes  a  si.  Excmplo  ad- 
mirable nos  dio,  pues  por  esta  se  hizo  él  seme- 
jante a  vos,  vistiendo  vuestra  naturaleza  y  mi- 
serable ser. 

Mi  VILO. — Prosigue  ¡o  bien  auenturado  (*) 
gallo,  que  no  tengo  yo  menos  voluntad  de  te 
oyr  que  tú  de  dozir,  y  llamóte  generoso  y  bie- 
nauenturado  pues  en  algún  tiempo  mere9Íste 
tener  vn  amigo  de  tanto  valor. 

Gallo. — Pues  sabrás  que  luego  como  Ar- 
nao enterró  su  Beatriz  se  salió  de  su  patria  y 
casa  con  intin^ion  de  no  boluer  hasta  me  hallar 
y  ansi  le  pareció  que  yo  me  abria  ydo  para  los 
amigos  que  teniamos  en  Londres  y  Ingalaterra 
para  nuestras  mercaderias;  y  ansi  partió  dere- 
cho para  allá,  donde  me  buscó  con  gran  dili- 

(')  G.,  tenia. 

(*)  [Tachado):  SigaesHO  el  décimo  canto  del  Saeño 
o  Gallo  de  Ládano,  famoso  orador  griego,  contrahe- 
cho en  el  caHtef laño  por  el  mesmo  aactor. 

^)  0.|  generoso. 


gen9Ía;  y  dexemosle  a  él  que  con  todo  el  estu- 
dio y  trabajo  posible  me  sale  a  miscar;  y  quie- 
ro te  dezir  de  lo  que  sucedió  en  mi  peregrína- 
9Íon ;  yo  luego  que  de  casa  de  Arnao  salí  me 
fue  sin  parar  momento  en  la  9Íudad  el  más  solo, 
el  más  miserable  y  atíito  que  nunca  en  el  mun- 
do se  vio,  y  acordándome  de  lo  mucho  que  yo 
deuia  a  Arnao  auiendo  puesto  la  vida  por  nn', 
como  fuesse  llamado  de  su  muger  y  le  díxiesse 
lo  que  ella  fingió,  que  yo  la  auia  querido  forvar 
y  como  ella  le  muestre  la  capa  que  en  las  manos 
le  dexé,  tan  bastante  indÍ9Ío  de  mi  culpa,  qué 
dirá?  que  pensará?  que  juzgará?  que  será  razón 
de  dezir?  Dirá  luego:  ¡o  maluado!  ¡o  sin  fe! 
esto  te  mere9¡  yo;  o  este  pago  te  merc9ÍÓ  el  pe- 
ligro en  que  yo  me  puse  por  ti?  /En  qué  entra- 
ñas sino  fueran  de  un  tigre  cupiera  tan  gran 
ingratitud?  Pare9e  que  vuscaste  la  e8pe9Ío  de 
injuria  en  que  más  me  pudiste  lastimar,  por 
mostrar  más  tu  pcruersa  condÍ9Íon.  Pues  si  su 
nobleza  y  su  gran  valor  instigado  del  buen  des- 
tino que  anda  siempre  vnido  con  el  estimulo 
de  la  verdad;  si  esta  lumbre  de  Dios  que  nunca 
al  virtuoso  desamparó  me  quissiese  en  ausen- 
9Ía  fabore9«r,  ¿qué  alegará  por  mi  parte?  ¿que 
dirá  para  me  desculpar?  ;0!  si  yo  estuniesse 
presente;  y  por  tenerme  tan  gran  affí9Íon  de- 
seasse  oyr  de  mi  alguna  razón  avnque  fuesse 
fingida  ¿qué  color  le  podría  dar  yo  quanto 
quiera  que  fuesse  verdadera?  ¿o  qué  fuer9a  ter- 
nia  afinnando  el  contrarío  su  mujer?  ¿Qué  po- 
drá concluyr,  sino,  vete  infiel^  maluado,  ingra- 
to, vilissimo,  no  parezcas  más  ante  mí?  y  ansi 
yo  le  digo  agora  que  no  presuma  de  mi  ser  yo 
de  cora9on  tan  de  piedra  que  en  mi  vida  parez- 
ca ante  él ;  y  ansi  acabadas  estas  razone»  enxu- 
gando  algún  tanto  los  ojos  que  yuan  llenos  de 
lagrimas,  que  en  ninguna  manera  las  podía 
contener  ni  agotar,  me  apresuré  al  camino.  De- 
terminé en  my  intin9Íon  ofre9erme  a  los  pcfes 
del  mar  si  me  quisiessen  comer,  o  rendirme  de 
mi  propría  voluntad  a  cosarios  turcos  infieles 
que  acabassen  mi  vida  en  perpetua  mazmorra, 
o  prisión;  y  ansi  yo  me  fue  con  la  mayor  furia 
que  pude  hasta  Mai*sella,  donde  estañan  a  pun- 
to 9Íertas  galeras  que  ha9Ía  el  Rey  de  Francia 
de  armada  para  yr  por  el  mar,  en  las  quales  me 
asenté  por  mi  sueldo,  y  como  estuvo  todo  a 
punto  y  nos  dimos  a  la  vela,  no  huvimos  salido 
del  puerto  ocho  leguas  quando  vimos  asomar 
vua  grande  armada,  de  la  qual  aynque  luego 
no  alcan9amos  a  ver  más  de  seys  fustas,  yen- 
donos  juntando  más  vimos  hasta  diez,  y  des- 
pués muchas  más,  y  quando  venimos  a  recono- 
9er  la  deuisa  de  la  na9Íon  hallamos  que  eran 
turcos ;  y  como  nos  vimos  tan  yercados  de 
nuestros  enemigos  y  que  ni  podíamos,  ni  era 
seguro,  ni  honrroso  huyr,  avnque  vimos  que  era 
su  fiota  doblada  que  la  nuestra  nos  determina- 


EL  CROTALON 


181 


mos  defender;  y  ansi  estando  la  vna  nota  a 
rostro  de  la  otra  7  en  dÍ8tan9¡a  que  a  m  golpe 
de  los  remos  se  podían  juntar,  leuantamos  por 
el  ayre  de  ambas  las  partes  tan  grande  alarido 
que  el  tropel  de  los  remos  no  sonauan  con  la 
grita,  ni  las  trompetas  podiamos  oyr  ninguno 
de  la  pelea;  7  a  este  tiempo  como  los  remos 
hirieron  a  vna  las  aguas  con  todas  sus  fuerzas, 
ambas  las  ilotas  se  encontraron  con  gran  furia 
rostro  con  rostro,  7  todos  acudimos  a  la  popa 
por  herir  cada  qnal  a  su  enemigo;  7  ansi  co- 
men^^S  tan  cruda  la  vatalla  que  los  tiros  cubrían 
el  ayre,  7  los  que  ca7an  fuera  de  las  galeras 
cubrían  el  agua.  Estañan  ynas  con  otras  tan 
trabadas  que  no  pare^ian  las  aguas,  por  estar 
fuertemente  aferradas  con  fuertes  gauilanes  de 
hierro  7  cadenas,  de  manera  que  todos  podia- 
mos 7a  pelear  a  pie  quedo  como  en  campo 
llano.  Estañamos  tan  apretados  vnos  con  otros 
que  ni  los  remos  podian  aprouechar.  Estaua  el 
mar  cubierto  de  galeras  que  ningún  tiro  hería 
de  lexos;  pero  cada  qual  estaua  en  su  galera 
ahinojado  alcanzando  a  herir  al  enemigo  avn 
con  el  espada.  Era  tanta  la  mortandad  de  los 
ynos  7  do  los  otros  que  ya  la  sangre  en  el  mar 
hazia  espuma  y  las  olas  andauan  cubiertas  de 
sangre  quaxada,  y  cayan  tantos  cuerpos  entre 
las  galeras  por  el  agua  que  nos  hazian  apartar 
arnque  estañan  fuertemente  afferradas,  de  ma- 
nera que  nos  hazian  perder  muchos  tiros,  y 
muchos  cuerpos  que  cayan  al  agua  medio  muer- 
tos tornauan  a  sorber  su  sangre,  y  apañados 
entre  dos  galeras  los  hazian  pedamos,  y  los  tiros 
que  desmentían  en  ya^io  de  las  galeras  quando 
llegauan  al  agua  herian  cuerpos  que  ayn  no 
eran  muertos,  que  con  su  herida  los  acabañan 
de  matar:  porque  todo  el  mar  estaua  lleno  de 
entrañas  de  hombres  que  los  re^ibiessen.  Acon- 
tecieron alli  cosas  dignas  de  oyr  y  de  notar,  en 
las  quales  se  mostraua  la  fortuna  a  partes  don- 
de quería  espantosa  y  arriscada.  Acaeció  a  vna 
fusta  francesa  que  encendidos  en  la  pelea  todos 
los  que  estañan  en  ella  se  pusieron  a  vn  borde 
dexando  del  todo  va^io  el  otro  lado  por  donde 
no  auia  enemigos,  y  cargando  alli  el  peso  se 
trastornó  la  fusta  tomando  debajo  todos  los 
que  yuan  dentro,  que  no  tuuicron  poder  para 
estender  sus  brayos  para  nadar,  pero  (})  todos 
perecian  (')  en  el  mar  acorralados  en  agua  cer- 
rada. Sucedió  también  que  yendo  nadando  vn 
mancebo  franc<is  por  el  mar,  que  auiamos  for- 
mado amistad  poco  auia  él  y  yo,  se  encontraron 
dos  fustas  de  rostro  que  cogiéndole  en  medio  no 
bastaron  sus  micnbros  ni  huesos,  tan  molidos 
fueron,  a  que  no  sonas&cn  las  fustas  ambas 
vna  con  otra,  por  quedar  él  hecho  todo  menu- 


(*)  G.,  y  ansi. 
(')  G«»  perecieron. 


zos  y  molido  como  sal.  En  otra  parte  de  la  va- 
talla  se  hundió  vna  galera  francesa,  y  vinién- 
dose los  della  todos  nadando  a  socorrer  a  otra 
compañera,  con  el  agonia  de  escapar  de  la 
muerte  alcanan  sus  (')  bracos  asiéndose  a  día 
para  subir;  y  los  miserables  de  dentro  temiendo 
no  se  hundiessen  todos  si  aquellos  entrañan  los 
estoruauan  que  no  Uegassen  y  ellos  (*)  con  el 
temor  de  las  aguas  echando  mano  de  lo  más 
alto  que  podian  de  la  nao,  cortauanles  desde 
encima  los  bracos  por  medio,  y  dexandolos  ellas 
colgados  de  la  fusta  que  auian  elegido  para  so- 
corro cayan  de  sus  propias  manos,  y  como  yuan 
sin  bracos  a  manera  de  troncos  no  se  podian 
más  sufrír  sobre  las  aguas,  que  luego  eran  sor- 
bidos. Ya  toda  nuestra  gente  estaua  sin  armas, 
que  todos  nuestros  tiros  auiamos  arrojado;  y 
como  el  furor  que  trayamos  nos  daua  armas, 
vno  toma  el  remo  y  rebuelue  con  él  a  su  con- 
trarío; otro  toma  un  pedaco  de  la  galera  y  no 
le  faltan  fuercas  para  tirarlo;  el  otro  trastorna 
los  remadores  para  sacar  vn  vaneo  que  poder 
arrojar.  En  ñn,  las  fustas  que  nos  sostenían 
deshaziamos  para  tener  con  qué  pelear,  o  con 
qué  nos  defender.  Avn  hasta  aqui  te  he  contado 
el  peligro  sufridero;  pero  avn  el  daño  que  nos 
hazia  el  fuego  con  ninguna  defensa  se  podia 
euadir  ni  huyr.  Porque  nos  tirauan  los  turcos 
hachos  empegados  con  sufre,  pez,  cera  y  resina, 
que  arrojauan  de  si  gran  fuego  vibo,  y  como 
llegauan  a  nuestras  fustas  luego  ellas  lo  (')  re- 
Cebian  y  los  alimentauan  de  su  mesma  pez  de 
que  estañan  nuestros  natdotf  labrados  y  calafe^ 
teados;  y  ansi  las  llamas  eran  tan  fuertes  y  tan 
vibí  s  que  no  bastauan  las  aguas  del  mar  a  las 
venyer  y  apagar,  mas  antes  yua  en  pedacos  ar- 
diendo la  fusta  por  el  mar  adelante  con  todo 
furor.  De  manera  que  los  que  yuan  nadando  ya 
no  se  podian  socorrer  de  las  tablas  que  yuan 
por  el  mar;  porque  visto  que  el  fuego  vibo  que 
en  ellas  estaua  encendido  los  abrasaua,  esco- 
gían antes  ahogarse  en  las  crueles  hondas,  o  a 
lo  menos  gozar  lo  que  pudiessen  de  aquella  mi- 
serable vida  con  esperanca  de  poder  de  alguna 
manera  ser  sainos,  antes  que  faborecerse  del 
fuego  que  luego  en  llegando  a  la  tabla  los  abra- 
saua y  consumía.  Ya  inclinaua  a  la  clara  la  vi- 
toría  y  nos  lleuauan  a  todos  de  corrída  sin  po- 
derlos resistir:  de  manera  que  nos  fue  f oreado 
rendirnos,  porque  ya  avn  no  ania  quien  noé 
quisiesse  dar  la  muerte,  porque  eran  tantos 
nuestros  enemigos  que  todo  su  ardid  era  pren- 
dernos sin  poder  ellos  peligrar.  Y  ansi  como 
nos  entraron  fuemos  todos  puestos  en  prisión; 
y  dexado  lo  que  do  los  otros  fue,  de  mí  quiero 


í«)  G.,  loa. 

(*)  G.,  los  miierablet. 

(»)  G.,  loe. 


182 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


dezir  que  fue  puesto  en  rna  cadena  por  el  pes- 
cuevo  con  otros  diez,  y  puestas  rnas  esposas  a 
las  manos;  y  ansí  nos  metieron  en  ma  (})  su- 
sota  debajo  de  cubierta.  Estauamos  tan  juntos 
▼nos  con  otros,  y  tan  apretados  que  ningún 
genero  de  cxer9Í9¡o  humano  auia  lugar  de  po- 
ner en  effecto  sin  nos  ofender.  En  fin  en  esta 
manera  boluieron  para  su  tierra  con  esta  presa, 
y  llegados  a  vna  gran  fuerza  de  Grecia  en  la 
Morea  fuemos  todos  sacados  de  las  galeras  y 
metidos  en  prisión  allí.  Con  aquella  mesma 
dispusi^ion  de  hierros  y  miseria  fuemos  lan<;«- 
dos  en  ^na  honda  y  horrible  mazmorra  y  carmel 
de  yna  húmida  y  obscura  torre,  donde  quando 
entramos  fuemos  reyebidos  con  gran  alarido  de 
otra  gran  multitud  de  presos  cristianos  que  de 
gran  tiempo  estañan  alh.  Era  aquel  lugar  de 
toda  miseria,  que  en  breue  tiempo  se  acabañan 
los  honbres  por  la  dispusieron  del  lugar,  por- 
que demás  de  otros  daflos  grandes  que  tenia 
era  grande  su  humidad,  porque  estañan  en  dos 
o  tres  lugares  áé\  manaderos  de  agua  para  el 
8eniÍ9Ío  de  la  fuerza.  Teniamos  el  cuerpo  echa- 
do en  la  tierra,  los  pies  metidos  en  yna  viga 
que  cabian  cincuenta  personas,  y  el  cuello  en 
la  cadena,  y  ningún  exer9¡9Ío  humano  se  auia 
de  hazer  sino  en  el  mesmo  lugar.  De  manera 
que  solo  el  inficionado  olor  que  de  aquella  car- 
mel salia  era  de  tanta  corru9Íon  (^)  que  no  auia 
juizio  que  en  breue  tiempo  no  le  bastasse  cor- 
romper, sino  ol  mió,  que  huya  la  muerte  de  mi. 
Ni  yo  nunca  pade9Í  en  ningún  tiempo  muerte 
que  no  fucsso  de  mejor  suerte  que  aquella  vil 
y  miserable  vida  que  allí  passc.  No  teniamos 
otra  recreación  sino  sacarnos  en  algunos  tiem- 

Í)Os  alguna  cantidad  de  nosotros  a  trabajar  en 
os  edificios  y  reparos  de  los  muros  y  fuer9as 
de  la  ciudad,  y  ansi  saliamos  cargados  de  hier- 
ros, y  solo  pan  de  C'<?uada,  o  zenteno,  era 
nuestro  mantenimiento  (•);  y  avn  pluguiera 
a  dios  que  dello  alguna  vez  nos  pudiéramos  de 
mediar.  Esto  quiero  que  noten;  que  a  la  contina 
los  maestros  de  las  obras  escogian  los  mejores 
y  mas  dispuestos  trabajadores.  De  manera  que 
conuenia  esforzamos  en  la  mayor  flaqueza  nues- 
tra a  trabajar  más  que  lo  sufrian  nuestras  fuer- 
zas, por  gozar  de  aquella  miserable  recrea<;ion. 
En  fin  comprauamos  con  nuestros  seruiles  tra- 
bajos aquella  captiua  libertad  de  algún  dia  que 
al  trabajo  nos  qnerian  elegir.  En  esta  vida,  o 
por  mejor  dezir  muerte,  passc  dos  años,  que 
del  infierno  no  auia  otra  differencia  sino  la 
perpetuidad.  Aqui  auia  vna  sola  esperanc»  de 
salud,  y  era  que  quando  se  aparejaua  armada, 
escogía  el  capitán  entre  nosotros  los  de  mejor 

(•)  G.,la. 
(*)  G.,  corrupción. 

(')  G.,  siendo  nuestro  mas  principal  mantenimiento 
solo  pan  de  ceaada  o  yenteno. 


dispus¡9Íon  para  el  remo,  y  aquellos  sallan  que 
él  señalaua ;  desnudos  y  aherrojados  a  vn  ban- 
co los  ponian  vu  remo  en  la  mano  y  los  aaisa- 
nan  que  remassen  con  cuydado;  sino  con  vn 
pulpo  o  anguilla  que  traya  en  la  mano  el  capi- 
tán de  la  galera  los  9efiia  por  todo  el  cuerpo 
que  los  hazia  despertar  al  trabajo.  Esta  era  la 
mas  cierta  ventura  en  que  nos  podiamos  liber- 
tar, porque  yendo  aqui  el  sucesso  de  la  batalla 
era  de  nuestro  mal  6  bien  ocasión;  y  ansí  suce- 
dió que  por  mandado  del  gran  turco  aparejó 
vna  gran  fiota  Baruarroja  para  correr  la  Cala- 
bria y  el  reyno  de  Si9ilia,  y  quisieron  los  mis 
hados  que  f uesse  yo  elegido  con  otros  cristianos 
captivos  para  vn  remo,  donde  fue  puesto  en 
aquella  dispusÍ9Íon  que  los  otros;  y  ansi  pasan- 
do el  mar  Adriático  salió  de  Genoua  Andrea 
Doria  capitán  de  las  galeras  de  la  cristian- 
dad O  con  gran  pu janea  de  armada,  y  dio  en 
la  flota  turca  con  tan  gran  ardid  que  en  breue 
tiempo  la  desuarató  echando  a  lo  hondo  quatro 
galeras,  y  prendió  dos,  en  la  vna  de  las  qnales 
venia  yo;  y  el  cosario  Baruarroja  se  acogió  con 
algunas  que  le  pudieron  seguir.  Pues  8U9edio 
que  luego  nos  metieron  con  la  presa  en  el  puer- 
to de  Genoua,  y  como  se  publicó  la  vitoría  por 
la  9Índad,  todos  quantos  en  ella  (^)  auia  acu- 
dieron al  agua  a  nos  ver.  ^gorn  oye,  MÍ9ÍI0,  y 
verás  como  a  lo  que  Dios  ordena  no  podemos 
huyr. 

Mi<;'iLo. — Dichoso  gallo,  dy,  que  muy  atento 
te  estoy. 

Gallo. — Pues  como  ya  te  dixe,  Amao  auia 
corrido  a  Londres  y  toda  Ingalaterra,  Brauante, 
Flandes,  Floren9Ía,  Sena,  Vene9Ía,  Milán,  y 
todo  el  Reyno  de  Ñapóles  y  Lombardia  vuscan- 
dome  con  la  diligencia  y  trabajo  posible;  y  no 
me  auiendo  hallado  en  dos  años  passados  vino 
a  Genoua  por  ver  si  podria  auer  alguna  nueua 
de  mi,  y  ansí  sucedió  llegar  al  puerto  por  ver 
desembarcar  la  gente  del  armada,  donde  entre 
la  otra  gente  alcancó  a  me  ner  y  conocer,  de  lo 
qual  no  recibió  poca  alegría  su  corapon,  y  auien- 
do con9ebido  que  por  causa  del  temor  y  empa- 
cho que  del  yo  ternia  por  ningunos  regalos  ni 
palabras  se  podria  apoderar  de  mi,  ni  yo  me  con- 
fiaría del,  mas  que  en  viéndole  echaría  yo  a 
huyr,  por  tanto  pensó  lo  que  deuia  de  hazer 
para  cobrar  el  amigo  tan  deseado;  y  ansi  con 
este  aniso  lo  mas  diligentemente  que  pudo  se 
fue  al  gouernador  y  justicia  de  la  ciudad,  ha- 
ziendole  saber  que  en  aquella  gente  que  venia 
en  las  galeras  tomadas  a  Baruarroja  auia  cono- 
cido vn  honbre  que  auia  adulterado  con  su  mn- 
ger;  que  le  demandaua  (')  le  pusiesse  en  prí- 


(*)  G.,  del  Emperador. 

(*)  G.,  la  ciudad. 

0)  G.,  y  demandóle  que. 


EL  CROTALON 


183 


sioiies  hasta  que  del  hecho  7  yerdad  diesse  bas- 
tante infornia9Íon,  y  fuesse  castigado  el  adul- 
terio conforme  a  justÍ9Íay  satisfecha  suhcnrra; 
j  estando  ansí,  que  el  capitán  me  queria  liber- 
tar, llegó  la  justicia  muy  acompañada  de  gente 
armada  por  me  prender,  y  como  llegó  con  aquel 
tropel  de  ruydo  y  armas  que  la  (})  suele  acom- 
pañar y  apañaron  con  gran  furia  de  midizíendo: 
sed  preso;  yo  respondi;  ¿porqué?  Ellos  me  di- 
xeron  (') ;  allá  os  lo  dirá  el  juez.  Enton9es  me 
pareció  que  no  estaua  cansada  mi  triste  ventura 
de  me  tentar,  pero  que  comen^aua  desde  aqui 
de  nueuo  a  me  perseguir.  Comen9ose  de  la  gente 
que  acompañaua  la  justicia  a  murmurar  (')  que 
yo  yoa  preso  por  adultero.  Dezian  todos  quan- 
tos  lo  sabían  monidos  de  piedad;  ¡o  quanto  te 
fuera  mejor  que  hunieras  muerto  a  manos  de 
turcos,  antes  que  ser  traydo  a  poder  de  tus  ene- 
migos! ;0  soberano  Dios!  que  no  queda  pecado 
sin  castigo;  y  quando  yo  esto  oía  Dios  sabe  lo 
que  mi  anima  sentia.  Pero  quierote  dezir  que 
avnquG  siempre  tube  confían9a  que  la  verdad  no 
podia  pere9er  (*),  yo  quisiera  ser  mil  vezes 
muerto  antes  que  reñir  a  los  ojos  de  Arnao. 
Ni  sabia  cómo  me  defender  yo;  antes  me  deter- 
miné dexarme  condenar  porque  él  satisfíziesse 
su  honrra,  teniendo  por  bien  enpleada  la  vida 
pues  por  él  la  tenia  yo;  y  ansi  dezia  yo  hablan- 
do comigo;  ¡o  si  condenado  por  el  juez  fuesse 
yo  depositado  en  manos  del  burrea  que  me  cor- 
tasse  la  cabe9a  sin  yo  ver  a  Arnao!  Con  esto 
rae  pusieron  en  vna  muy  horrible  cancel  que 
tenia  la  9Íudad,  en  vn  lugar  muy  fuerte  y  muy 
escondido  que  auia  para  los  malhechores  que 
por  inormes  delitos  eran  condenados  a  muerte, 
y  alli  me  cargaron  de  hierros  teniéndolo  yo  todo 
por  consola9Íon.  Todos  me  mirauan  con  los  ojos 
y  me  señalauan  con  el  dedo  auiendo  de  mi  pie- 
dad: y  avnque  ellos  tenian  ne9esidad  della,  mi 
miseria  les  hazia  oluidarse  de  si.  En  esto  passé 
aquella  noche  con  lo  que  auia  passado  del  dia 
hasta  que  vino  a  visitar  y  proueer  en  los  delitos 
de  la  car9el,  y  ansi  en  vna  gran  sala  sentado  en 
vn  soberuio  estrado  y  teatro  de  gran  magestad, 
delante  de  gran  multitud  de  gente  que  a  deman- 
dar justÍ9Ía  alli  se  juntó,  el  gouernador  por  la 
importunidad  de  Arnao  mandó  que  me  truxies- 
sen  delante  de  si,  y  luego  fueron  dos  porteros 
en  cuyas  manos  me  depositó  el  alcayde  por 
mandado  del  juez,  y  con  una  gruesa  cadena  me 
presentaron  en  la  gran  sala.  Tenia  yo  de  em- 
pacho incados  los  ojos  en  tierra  que  no  los  osa- 
oa  al9ar  por  no  mirar  a  Arnao:  de  lo  qual  todos 
quantos  presentes  estañan  juzgauan  estar  cul- 

0)  G.,  se. 

(•)  Girecipondieron. 

(*)  G.,  comentóse  a  marmnrar  de  entre  la  gente  que 
acompaiiaaa  la  jufltiyia. 
(i)  G.,  faltar. 


pado  del  delito  que  mi  contrario  y  acusador  me 
imponia.  Y  ansi  mandando  el  gouernador  a 
Arnao  que  propusiessela  acu8a9Íon  ansi  comen- 
9Ó.  ¡  O  bienauenturado  monarca  por  cuya  recti- 
tud y  equidad  es  mantenida  de  justicia  y  paz 
esta  tan  yllustre  y  re8plande9iente  república,  y 
no  sin  gran  cono9Ímiento  y  agradecimiento  de 
todos  los  subditos!  Por  lo  qual  sabiendo  yo  esto 
en  dos  años  passados  que  tusco  en  Ingalaterra, 
Brauante,  Flandes  y  por  toda  la  Italia  a  este 
mi  delinquente  me  tengo  por  dichoso  por  ha- 
llarle debajo  de  tu  señoría  y  jur¡sdÍ9Íon,  con- 
fiando por  solo  tu  prudentissimo  juizio  ser  res- 
tituido en  mi  justÍ9Ía  (})  y  ser  satisfecho  en  mi 
voluntad;  y  por  que  no  es  razón  que  te  dé  pes- 
sadumbre  con  muchas  palabras,  ni  ¡npida  a 
otros  el  juizio,  te  hago  saber  que  este  que  aqui 
ves  que  se  llama  Alberto  de  Clep...  Y  hablando 
comigo  el  juez  me  dixo:  ¿vos,  hermano,  llamáis 
08  ansi?  Y  yo  respondi:  el  mesmo  soy  yo.  Bol- 
uio  Arnao  y  dixo:  El  es  o  jnstissimo  monarca: 
el  es,  y  ninguna  cosa  de  las  que  yo  dixere  puede 
negar.  Pues  este  es  vn  hombre  el  mas  ingrato 
y  oluidado  del  bien  que  nunca  en  el  mundo  na- 
ció. Por  lo  qual  solamente  le  pongo  demanda 
de  ser  ingrato  por  acusa9Íon,  y  pido  le  des  el 
castigo  que  mere9e  su  ingratitud,  y  por  más  le 
conuen9er  pasa  ansi:  que  avnque  las  buenas 
obras  no  se  deuen  referir  del  aninao  liberal,  por- 
que sepas  que  no  encarezco  su  deuda  sin  gran 
razón,  digo  que  yo  le  amé  del  mas  firme  y  cons- 
tante amor  que  jamas  vn  hombre  a  otro  amó:  y 
porque  veas  que  digo  la  verdad  sabrás  que  vn 
dia  por  9Íerto  neg09Ío  que  nos  conuenia  parti- 
mos ambos  de  Fran9Ía  para  yr  en  Ingalaterra, 
y  entrando  en  el  mar  nos  sobrenino  vna  tem- 
pestad la  mas  horrenda  y  atroz  que  a  nanegantes 
su9edió  en  el  mar.  En  fin  con  la  alteración  de 
las  olas  y  soberuia  de  los  pieloa  nos  pareció  a 
todos  que  era  buelto  el  dilubio  de  Koe.  Cayó  él 
en  el  agua  por  de8gra9Ía  y  indispusicion,  y  pro- 
curando cada  qual  por  su  propria  salud  y  reme- 
dio, en  la  mas  obscura  y  espantosa  noche  que 
nunca  se  vio  me  eché  al  agua  y  peleando  con  las 
inuen9Íble8  olas  le  truxe  al  puerto  de  salud.  Su- 
cede después  desto  que  tengo  yo  vna  muger 
mo9a  y  hermosa  (que  nunca  la  huuiera  de  te- 
ner, porque  no  me  fuera  tan  mala  ocasión)  y 
está  enamorada  de  Alberto  como  yo  lo  soy,  que 
della  no  es  de  marauillar,  pues  yo  le  amo  mas 
que  a  mi;  y  ella  persiguiéndole  por  sus  amores 
la  responde  él  que  en  ninguna  manera  puede 
en  la  fe  ofender  a  Arnao,  y  «iendo  por  ella 
muchas  vezes  requerído  vino  a  las  manos  con 
él  queriéndole  for9ar,  y  passa  ansi  que  vna  ma- 
ñana yo  me  leuanté  dexandola  a  ella  en  la  cama 

(*)  G.,  en  mi  honrra  y  satisfecho  en  mi  justiyia  y 
volantad. 


184 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


y  por  limpiar  mi  caerpo  me  lan^é  a  rn  retrete 
sin  me  ver  ella.  De  manera  que  ella  pensó  que 
yo  era  salido  de  casa  a  negociar,  y  sn^edio  en- 
trar por  allí  Alberto  por  saber  de  mi,  y  ella  ase- 
gurada que  no  la  viera  yo  le  hizo  con  importu- 
nidad llegar  a  la  cama  donde  estaua,  y  tomán- 
dole fuertemente  por  la  capa  le  dixo:  duerme 
comigo  que  muero  por  ti;  y  Alberto  respondió: 
todas  las  cosas  de  su  casa  y  hazicnda  ñó  de  mi 
Amao,  y  sola  a  ti  reseruó  para  si:  por  tanto 
señora,  no  puedo  hazer  esa  tu  toI untad;  y  él 
luego  se  fue  que  hasta  oy  no  pareció;  y  como 
ella  se  sintió  menospreciada  y  que  se  yua  Al- 
berto huyendo  dexando  la  capa  en  las  manos  co- 
mento a  dar  grandes  bozes  llamándome  a  mi  por- 
que viesse  o  de  quién  solía  yo  conñar;  y  como  del 
retrete  sali,  y  conoyio  que  de  todo  auia  yo  sido 
testigo,  de  empacho  y  afrenta  enmudeyio,  y  sú- 
bitamente de  ay  a  pequeño  rato  murió;  y  como 
tengo  hecha  bastante  esperien^ia  de  quién  me 
tengo  de  ftar,  pues  mucho  más  le  deuo  yo  a  él 
que  él  a  mi,  sin  comparación,  pues  si  yo  le  guar- 
dé a  él  la  Tida,  él  a  mi  la  honrra  que  es  mucho 
más,  agora,  justissimo  monarca,  yo  te  demando 
que  me  condenes  por  su  deudor  y  obligado  a 
que  perpetuamente  le  aya  yo  a  él  de  seruir:  que 
yo  me  constituyo  por  su  perpetuo  seruidor(*); 
y  si  dixere  que  por  anerle  yo  dado  la  vida  en  la 
tempestad  me  liaze  gracia  de  la  libertad,  a  lo 
menos  ne^esitale  a  que  por  ese  mesmo  respeto 
me  tenga  en  la  vida  compañia,  pues  por  su  cau- 
sa perdi  la  de  mi  muger;  y  dizieudo  esto  Ar- 
nao  calló  esperando  la  sentencia  del  juez.  Pues 
como  yo  cntendi  por  la  proposición  de  A  rnao 
que  auia  estado  presente  a  lo  que  con  su  Bea- 
triz passé,  y  que  yo  no  tenia  necesidad  de  me 
desculpar,  porque  esto  era  lo  que  más  lastimado 
y  encogido  tenia  mi  coraron  hasta  aqui,  luego 
alcé  mi  caldca  y  lancé  mis  ojos  en  Amao,  y  con 
ellos  le  agradcci  el  reconocimiento  que  tenia  de 
mi  fidelidad,  y  aguardé  con  mucha  humildad  y 
mansedumbre  la  sentencia  del  juez,  esperando 
que  sobre  el  seguro  que  yo  tenia  de  Amao,  y 
con  el  que  él  auia  mostrado  de  mi,  ningún  daño 
me  podia  suceder;  y  ansi  todos  quantos  al  rede- 
dor estañan  se  alegraron  mucho  quando  oyeron 
a  Amao  y  entendieron  del  su  buena  intincion, 
y  que  no  pretendia  en  su  acusación  sino  asegu- 
rarme para  nuestra  amistad  y  que  fuesse  con- 
firmada y  corroborada  por  sentencia  de  juez,  y 
ansi  todos  con  gran  rumor  encarecian  vnos  con 
otros  la  amistad  y  fe  de  Arnao  y  se  ofrecian 
por  mi  que  no  apelaría  de  ningún  mandado  del 
juez,  pues  me  era  notorio  el  seguro  de  mi  amigo 
Arnao;  y  haziendo  callar  el  gouemador  la  gente 
se  boluio  para  mi  y  me  dixo.  Di  tú,  Alberto  ¿qué 
dizes  a  esto  que  contra  ti  se  propone?  ¿Es  ver- 

(*)  G.,  deador. 


dad?  Respondí  yo:  señor,  todo  quanto  Amao 
ha  dicho  todo  es  conforme  a  verdad,  y  no  auia 
otra  cosa  que*  yo  pndiesse  alegar  para  en  de- 
fensa de  mi  persona  si  alguna  culpa  se  me  pu- 
diera imponer  sino  lo  que  Amao  ha  propuesto: 
porque  hasta  agora  no  padecia  yo  otra  confu- 
sión sino  no  saber  cómo  le  pudiera  yo  persua- 
dir la  verdad.  Lo  qual  de  oy  mas  no  tengo  por- 
que trabajar  pues  Amao  estnuo  presente  a  lo 
que  passé  con  su  muger.  Por  lo  qual  tú,  señor, 
puedes  agora  mandar,  que  a  mi  no  me  resta  sino 
obedecer.  Luego  dixo  el  juez:  por  cierto  yo  es- 
toy marauillado  de  tan  admirable  amistad;  en 
tanta  manera  que  me  parece  que  podéis  quedar 
por  exemplo  de  buenos  amigos  para  los  siglos 
venideros  y  ansi  pues  estáis  conformes  y  cier- 
tos ser  en  vosotros  vna  sola  y  firme  voluntad, 
justa  cosa  es  según  mi  parecer  que  sea  puesto 
Alberto  en  su  libertad,  y  mando  por  mi  senten- 
cia que  le  sea  dado  por  compañero  perpetuo 
a  (^)  Arnao  en  premio  de  su  sancto  y  vnico 
amor;  y  ansi  me  fueron  luego  quitados  los  hier- 
ros y  me  vino  Arnao  a  abracar  dando  gracias 
a  Dios  pues  me  auia  podido  auer,  con  protes- 
tación de  nunca  me  desamparar,  y  ansi  nos  fue- 
mos  juntos  a  Paris  perseuerando  siempre  en 
nuestra  amistad  mientra  la  vida  nos  duró. 

MiviLO. — Por  cierto,  gallo,  admirable  amigo 
te  fue  Amao  quando  te  libró  del  mar  pospuesto 
el  gran  peligro  a  que  las  soberuias  hondas  ame- 
nacaban.  Pero  mucho  mayor  sin  comparación 
me  parece  auerlo  tú  sido  a  él,  quando  ofrecida 
la  oportunidad  de  gocar  de  su  graciosa  muger, 
por  guardarle  su  honrra  con  tanto  peligro  de  tu 
vida  la  liuyste.  Porque  no  ay  animal  tan  indig- 
nado y  arriscado  como  la  muger  si  es  menos- 
preciada quando  de  su  voluntad  ofreC'C  al  varón 
su  apetito  y  deleyto,  y  ansi  conuierte  todo  su 
amor  en  verdadero  odio  deseando  mil  muertes 
al  que  antes  amó  como  a  si;  como  hizo  la  mu- 
ger de  Putifar  a  Josep h. 

Gallo. — Ciertamente  no  tenéis  agora  entre 
vosotros  semejantes  amigos  en  el  mundo;  por- 
que agora  no  ay  quien  tenga  fe  ni  lealtad  con 
otro  sino  por  grande  interese  proprio  y  avn  con 
este  se  esfuerca  hasta  el  peligro;  el  qual  como 
se  ofrece  buelue  las  espaldas;  ya  no  hay  de 
quién  se  pueda  fiar  la  vida,  muger,  honrra,  ha- 
zienda  ni  cosa  que  inporte  mucho  menos. 

Mií.iLO. — No  hay  sino  amigos  para  los  pla- 
zeres,  combites,  juegos,  burlas,  donayres  y  vi- 
cios. Pero  si  se  os  ofrece  vna  neyesidad  antes 
vurlarán  de  vos,  y  os  injuriarán  que  os  sacaran 
della.  Como  me  contauan  este  dia  passado  de 
vn  Durango  hombre  muy  agudo  y  industrioso, 
que  en  la  uniuersidad  de  Alcalá  auia  hecho  vna 
vurla  a  vn  Uieronimo  su  compañero  de  cámara^ 

0)  G.,  de. 


EL  CROTALON 


185 


que  se  fió  del  ofreciéndose  de  le  sacar  de  vna 
afrenta  y  metióle  en  mayor;  y  fue  que  siendo 
ambos  compañeros  de  cámara  y  letras,  sn^edió 
que  yn  dia  vinieron  a  visitar  a  Hieronimo  vnos 
parientes  sayos  de  su  tierra,  y  fue  a  tiempo  que 
el  pobre  mancebo  no  tenia  dineros,  como  acon- 
tece muchas  vezes  a  los  estudiantes;  principal- 
mente si  son  passados  algunos  dias  que  no  les 
vino  el  recuero  que  les  suele  traer  la  prouision. 
Y  porque  los  quisiera  combidar  en  su  posada 
estaua  el  más  afrontado  y  triste  hombre  del 
mundo.  Y  como  Durango  su  compañero  le  pre- 
guntó la  causa  de  su  añicion  como  doliéndose 
della,  é\  le  comenyó  a  consolar  y  esforzar  pro- 
metiéndole el  remedio,  y  ansile  dixo:  no  te 
aflixas,  Hieronimo,  por  eso,  antes  ve  esta  noche 
al  mesón  y  combidalos  que  vengan  mañana  a 
comer  contigo,  que  yo  proueere  de  los  dineros 
necesarios  entre  mis  amigos;  y  el  buen  Hiero- 
nimo confiándose  de  la  palabra  de  su  compa- 
ñero hizo  lo  que  le  mandó;  y  ansi  los  huespedes 
aceptaron,  y  el  dia  siguiente  se  leuantó  Duran- 
go sin  algún  cuydado  de  lo  prometido  a  Hiero- 
nimo y  se  fue  a  su  lición  y  no  boluio  a  la  pos- 
sada  hasta  mediodía.  Donde  halló  renegando  a 
Hieronimo  de  su  (')  descnydo  que  auta  tenido;  y 
el  no  respondió  otra  cosa  sino  que  no  auia  po- 
dido hallar  dineros  entre  todos  sus  amigos;  que 
el  auia  hecho  todo  su  poder;  y  estando  ellos  en 
esta  porfia  llamaron  a  la  puerta  los  combidados, 
de  lo  qual  recibió  Hieronimo  gran  turbación 
vuscando  dónde  poder  huyr  aquella  afrenta; 
y  luego  acudió  Durango  por  dar  conclusión  a 
la  vurla  por  entero  diziendole  que  se  lancasse 
debajo  de  vna  cama  que  estaua  alli,  y  que  él 
los  despideria  lo  mejor  que  pudiesse  cunpliendo 
con  su  honrra;  y  ansi  con  la  turbación  que 
Hieronimo  tenia  le  obedeció,  y  los  huespedes 
subieron  preguntando  por  Hieronimo,  los  qua- 
les  Durango  respondió:  señores,  él  deseó  mucho 
combidaros  a  comer  avnque  no  tenia  dineros, 
pensando  hallarlos  entre  (')  sus  amigos,  y 
auiendolos  vuscado,  como  no  los  halló,  de  pura 
verguenca  se  ha  lancado  debajo  de  esta  cama 
por  no  os  ver;  y  ansi  diziendo  esto  se  llegó 
para  la  cama  alyaudo  la  ropa  que  colgaua  y  le 
comenco  á  importunar  con  grandes  vozes  a 
Hieronimo  que  saliesse,  y  el  pobre  salió  con  la 
mayor  afrenta  que  nunca  hombre  recibió,  lleno 
de  pajas,  flueco,  heno  y  pluma  y  tierra,  y  por 
ver  reyr  a  todos  ('),  quiso  de  afrenta  matar  a 
su  conpafiero  (*)  si  no  le  huyera.  Por  lo  cual 
los  huespedes  le  llenaron  consigo  a  su  mesón  y 
enbiaron  luego  por  de  comer  para  todos,  y  tra- 
bajaron por  le  sosegar  quanto  pudieron. 

(«)  G.,  por  el. 

(*)  G^  eo. 

(*\  y  como  f  aesse  la  risa  de  todos  tan  grande. 

{*)  0.9  DaraDgo. 


Gallo.  —  Desos  amigos  ay  el  dia  de  hoy ; 
que  antes  mofarán  y  vurlarán  de  vos  en  vues- 
tra necesidad  que  procurarán  remediarla. 

MigiLO. — Por  cierto  tú  dices  verdad,  que  en 
estos  tiempos  no  ay  mejores  amigos  entre  nos- 
otros que  estos;  mas  antes  muy  peores.  Agora 
te  ruego  me  digas,  ¿en  qué  sucediste  después? 

Gallo. — Después  te  hago  saber  que  vine  a 
nacer  en  la  ciudaid  de  México  de  vna  india  na- 
tural de  la  tierra,  en  la  qual  me  engendró  un 
soldado  de  la  compañía  de  Cortés  marques  del 
Valle,  y  luego  en  naciendo  me  suyedio  morir. 

Mi^iLO. — Desdichado  fueste  en  luego  pade- 
cer la  muerte;  y  tanbicn  por  no  poder  gozar  de 
los  tesoros  y  riquezas  que  vienen  de  allá. 

Gallo. -^  ¡O  Micilo!  quan  engañado  estás. 
De  contraria  opinión  fueron  los  griegos,  que 
fueron  tenidos  por  los  mas  sabios  de  aquellos 
tiempos;  que  dezian  que  era  mucho  mejor,  o 
nunca  nayer,  o  en  naciendo  morir;  yo  no  sé  por- 
que te  aplaze  mas  el  viuir;  principalmente  vna 
vida  tan  miserable  como  la  que  tienes  tú. 

Mi<;iL0. — Yo  no  digo  que  es  miseria  el  mo- 
rir sino  por  el  dolor  y  pena  grande  que  la  muer- 
te'da;  y  ansi  tengo  lastima  de  ti  porque  tantas 
vezes  padeciste  este  terrible  dolor,  y  ansi  desea- 
ua  mucho  saber  de  ti  por  ser  tan  esperimen- 
tado  en  el  morir:  ¿en  qué  esta  su  terribilidad? 
Qverria  que  me  dizesscs,  qué  ay  en  la  muerte 
que  temer?  Qué  cosa  es?  En  qué  está?  Quién 
la  siente?  Qué  es  en  ella  lo  que  da  dolor? 

Gallo. — Mira,  Micilo,  que  en  muchas  cosas 
te  encañas;  y  en  esa  mucho  mas. 

Mi(;iLO.  —  Pues  ¿qué  dices?  ¿que  la  muerte 
no  da  dolor? 

Gallo. — Eso  mesmo  digo:  lo  qual  si  atento 
estás  fácilmente  te  lo  probaré;  y  porque  es  ve- 
nido el  dia  dexalo  para  el  canto  que  se  siguirá. 

Fin  del  decjmo  canto  del  Gallo. 


ARGUMENTO 

del  uonzeno   canto  (*). 

En  el  honieno  canto  que  w  sUgue  el  auctor  imitando  a  Luciano 
en  el  libi-o  que  intituló  de  Luctu  habla  de  la  .«u|>erflui(lad  y 
sanidad  que  entre  los  CT¡j*tiano»s  «e  v!«a  en  la  muerte,  entierro 
y  sepoltura.  DeMriueüse  el  entierro  del  marque:»  del  Gasto, 
Capitán  general  del  Emin^rador  en  la  Ytolia;  co«t  de  muy 
de  notar  (^). 

Mk.'ilo.— Ya  estoy.  Gallo,  a  punto  aguar- 
dando para  te  oyr  lo  que  me  prometiste  en  el 
canto  passado:  por  tanto  comienca  tú  a  dezir, 
y  yo  a  trabajar,  y  confía  de  mi  atención. 

(<)  G.,  canto  del  Gallo. 

(')  (Tachado):  Siguease  el  honseno  canto  del  Gallo 
de  Lnciano,  orador  griego,  contrahecho  en  el  caste- 
llano por  el  mesmo  auctor.  {Ante*  te  leia  en  tez  de 
autor):  interprete. 


18G 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Gallo.— Por  9¡erto  no  tengo  yo,  Mi^ilo, 
menos  voluntad  de  te  conplazer  que  tú  de  oyr; 
y  ansi  porque  tengamos  tiempo  para  todo  ven- 
gamos a  lo  que  me  demandaste  ayer.  Que  me 
pediste  te  dixesse  como  honbre  experimentado 
algo  de  la  muerte,  pues  por  esperien^ia  tanto 
puedo  yo  dezir;  y  ansi  ante  todas  cosas  quiero 
que  tengas  por  auerígnado  esta  conclusión ;  que 
en  la  muerte  no  ay  qué  temer. 

Mií;ilo. — Pues  ¿porqué  la  huyen  todos? 

Gallo. — Porque  toda  cosa  criada  se  desea 
conseniar,  y  ansi  procura  resistir  su  corm9Íon. 

MiriLO. — ¿Qué,  no  ay  dolor  en  la  muerte? 

Gallo. — No  en  verdad.  Quiero  que  lo  veas 
claro,  y  para  esto  quiero  que  sepas  que  no  es 
otra  cosa  muerte  sino  apartamiento  del  anima 
y  cuerpo:  el  qnal  se  hazc  en  un  breue  punto, 
que  es  como  solemos  dezir,  en  vn  abrir  y  ferrar 
de  ojo.  Avn  es  mucho  menos  lo  que  llaman  los 
philosophos  instante:  lo  qual  tú  no  puedes  en- 
tender. Esto  presupuesto  quiero  U.'  preguntar; 
¿quáiido  piensas  que  la  muerte  puede  dar  dolor? 
No  dirás  que  le  da  antes  que  el  alma  se  aparte 
del  cuerpo;  porque  ent<jn9e8  la  muerte  no  es;  y 
lo  que  no  es  no  putKle  dar  dolor.  Pues  tanpoco 
creo  que  dirás  que  la  muerte  da  dolor  después 
de  apartada  el  alma  del  cuerpo;  porque  enton- 
ces no  ay  subjeto  que  pueda  el  dolor  sentir; 
porque  entonces  el  cuerpo  nnierto  no  puede 
sentir  dolor;  ni  el  alma  apartada  tiene  ya  por- 
qué se  doler.  Pues  muy  menos  dirás  que  en 
aquel  punto  que  se  aparta  el  alma  del  cuerpo 
se  causa  el  gran  dolor;  porque  en  vn  breue 
punto  no  se  puede  causar  tan  terrilJe  dolor,  ni 
se  puede  mucho  sentir,  ni  mucho  puede  penar. 
Quanto  más  que  esto  que  digo  que  es  muerte, 
no  es  otra  cosa  sino  care^'er  del  alma  que  es  la 
vida ;  y  carecer  (que  los  philosophos  llaman  pri- 
bacion)  no  es  cosa  que  tiene  ser;  es  nada;  pues 
lo  quíí  nada  es  y  no  tiene  ser  ¿cümo  puede  cau- 
sar dülor?  Ansi  que  claro  está  si  bien  quieres 
uíirar,  que  la  umerte  no  tiene  qué  temer,  pues 
solo  se  auia  de  temer  el  dolor;  el  qual  ves  que 
no  ay  quien  le  pueda  entonces  causar;  y  ansi  de 
mí  te  sé  dezir,  como  aquel  que  habla  bien  por 
esperien^ia,  que  nunca  la  muerte  me  dio  dolor; 
ni  nunca  yo  la  sentí.  Pero  con  todo  esto  quiero 
que  notes  que  ay  dos  maneras  de  muerte:  vna 
es  violenta;  que  estando  sano  y  bueno  el  hom- 
bre, por  fuerza  o  caso,  o  por  violencia  se  la  dan. 
Como  si  por  justiyia  degollassen,  o  ahorcassen 
vn  honbre.  Desta  tal  muerte  bien  se  podra  de- 
zir que  el  que  la  padece  sienta  algún  dolor; 
porque  como  el  paciente  está  sano  y  tenga  to- 
dos los  sentidos  sanos  y  enteros  es  ansi  que  al 
passar  del  cuchillo  por  la  garganta,  o  al  apretar 
de  la  soga  en  aquel  punto  que  sale  el  alma  por 
causa  de  la  herida  se  le  dé  pena ;  y  no  qualqaiera 
pena,  pero  la  mayor  que  en  esta  vida  vn  hon- 


bre pueda  padecer  y  sentir,  pnes  es  tan  grande 
que  le  baste  (')  matar.  Pero  ay  otra  manera  de 
muerte  que  llamamos  natnral,  la  qnal  viene  al 
honbre  por  alguna  larga  enfermedad  y  indispa- 
sipion,  o  por  la  vltima  vejez.  Esta  tal  cierta- 
mente no  da  dolor;  porque  como  el  enfermo  se 
va  llegando  a  la  muerte  vansele  sn^esioamente 
entorpeciendo  los  sentidos  y  mortificándosele 
todos,  de  manera  que  quando  viene  a  salirsele 
el  alma  ya  no  ay  sentido  que  pueda  sentir  la 
partida  si  algún  dolor  vsasse  (^)  causar.  Que 
de  otra  manera  ¿quien  dubda  sino  que  el  hon- 
bre haria  al  tienpo  del  morir  gestos,  meneos  y 
visajes  en  que  mostrasse  naturaleza  que  le  dies- 
se  alguna  pena  y  'dolor  la  muerte?  Mas  antes 
lias  de  tener  (')  por  verdad,  que  ansi  como  en 
las  cosas  que  os  pertenecim  y  conuienen  de 
parte  de  vuestra  naturaleza  no  se  re9Íbe  nin- 
guna pena  ni  trabajo  al  tienpo  que  las  ef  fectna- 
mos  (*),  mas  antes  twhs  lo9  anímale»  nos  hol- 
gamos y  nos  plaze  ponerlas  en  obra  y  exercicio 
porque  naturaleza  nos  dio  potencias  y  órganos 
y  instrumentos  conque  sin  pesadnnbre  alguna 
las  pudiessemos  exercitar.  Pues  desta  mesma 
manera  como  la  muerte  nos  sea  a  todos  los 
honbres  cosa  natural,  quiero  dezir,  que  los  (') 
conuiene  de  parte  de  su  (*)  naturaleza;  porque 
todos  los  honbres  y  animales  nacieron  mortales 
y  C'),  no  se  les  puede  excusar,  ansi  deues  pre- 
sumir, y  avn  creer,  que  la  muerte  natural  no 
solamente  no  causa  dolor,  pero  avn  consuela  y 
recibe  el  alma  gran  plazer  en  se  libertar  y  salir 
desta  carceJ  del  cuerpo  y  yr  a  vibir  mejor  vida. 
Porque  la  verdad  este  morir  no  es  acabar  sino 
passar  desta  vida  a  otra  mejor,  y  de  aqni  viene 
&  los  honbres  todo  su  mal  y  dolor  al  tiempo  del 
morir,  por  carecer  de  fe  con  que  deuen  creer 
que  esto  es  verdad.  Porque  aquellos  bienauen- 
turados  (*)  mártires  que  con  tanto  regopijo  se 
ofrevian  a  lia  muerte  ¿de  dónde  piensas  que  les 
venia?  sino  que  tenian  por  mas  cierto  lo  que 
creyan  por  fe  de  los  buenos  que  l)io8  les  pro- 
mete, que  los  tormentos  y  muerte  que  vian 
presentes  aparejados  para  padecer.  Que  no  ay 
cosa  más  fácil  que  el  morir.  Ni  cosa  de  más 
risa  que  veros  liazer  de  la  muerte  caudal.  Prin- 
cipalmente siendo  cristianos  que  aniades  de  de- 
mandarla, y  venida  tomarla  con  gran  plazer. 

Mk^^ilo.  ^Por  cierto  mucho  me  has  consola- 
do, Gallo,  con  las  verdades  que  me  has  persua- 
dido; y  tanto  que  estoy  muy  esf oreado  para 


(«)  G.,  harta. 

(')  G.,  pndieflse. 

(*)  G.,  creer. 

{*)  G.,  effetnais. 

(•)  G.,  nos. 

(*)  G.,  nuestra. 

(')  G.,  nacieron  con  naturaleza  obligada  a  morir. 

{*)  O.,  verdaderos. 


EL  CROTALON 


187 


qnando  a  Dios  pluguiere  de  me  llevar  desta 
aida:  pues  voy  a  viuir  para  sienpre  jamas. 

Gallo.— -Pues  si  esto  es  ansi,  qué  cosa  es 
que  vosotros  siendo  cristianos  hagáis  tanta 
cuenta  al  tienpo  de  vuestra  muerte,  de  acumu- 
lar 7  juntar  todas  vuestras  honrras  para  allí? 
Avn  ya  quando  estáis  sanos  y  con  salud,  que 
os  procuréis  honrrar  no  es  gran  marauilla,  por- 
que estáis  en  el  mundo  y  habéis  lo  que  de  pre- 
sente se  goza  del.  Pero  al  tienpo  de  la  muerte, 
la  rica  sepoltura  y  la  ponpa  funeral,  tanto  luto, 
tanta  9eni,  tanto  clérigo,  tanta  cruz,  tanta  con- 
paña (^);  can  tanta  solenidad;  tanto  acofnpaña- 
intento  de  tanto  noble,  guardado  el  tienpo  y  lu- 
gar que  cada  qual  ha  de  llenar;  con  aquella 
pausa,  orden,  passo  y  grauedad  como  si  os  lle- 
vassen  a  bodas.  Pues  todo  esto  ¿qué  es  sino 
memoria  y  honrra  mundana?  Que  vean  grandes 
aparatos,  y  lean  grandes  rótulos:  Aqui  yaze  se- 
pultado, etc.  Que  si  vos  sois  más  rico  que  otro 
y  tcniadcs  mejor  casa,  bien  consiento  que  ten- 
gáis mejor  sepoltura.  Pero  que  gastéis  en  vues- 
tra muerte  grandes  aparatos  y  íiagais  rica  se- 
poltura diziendo  que  es  obra  muy  sancta  y  muy 
cristiana,  desengañaos,  que  mentis.  Que  antes 
es  cosa  de  gentilidad;  que  con  sus  estatuas 
querían  dexar  memoria  eterna.  Hazeis  gran 
honrra  a  vuestro  cuerpo  en  la  muerte  viendo 
que  peligra  el  alma  de  vuestro  próximo  por 
pobreza' en  la  vida.  Por  Dios,  MÍ9ÍI0,  que  estoy 
espantado  de  ver  las  necedades  y  bobedades  que 
los  honbres  tenéis  y  vsais  en  este  caso,  que  no 
puedo  sino  añeros  lastima;  porque  he  yo  visto 
muchas  vezes  rejTse  destas  cosas  mucho  los 
angeles  y  Dios.  ¡O  si  vieras  en  el  año  de  mil 
y  quinientos  y  quarenta  y  seys  quando  enter- 
raron al  marques  del  Gasto,  Capitán  general 
del  Emperador  en  la  Ytalia!;  porque  vn  lunes, 
honze  dias  del  mea  de  Abril  que  murió,  me  ha- 
llé yo  en  Milán;  'jquau  de  veras  te  rieras  alli! 
Estaban  los  Banctos  del  9Íelo  que  de  rísa  que- 
rían rebentar. 

Mi VI LO.  —  Hazme  agora  tanto  plazer  que 
pues  te  hallaste  alli  me  cuentes  algo  de  lo  que 
passó. 

Gallo. —  Temóme  Mipilo,  que  no  acabare- 
mos oy.  Porque  dexada  la  braueza  de  lo  que 
en  el  testamento  de  su  ex9elen9Ía  se  podia 
dezir  de  rey,  menos  te  podras  contener  en  lo 
que  toca  a  la  ponpa  funeral,  que  no  cabrá  en 
diez  pliegos  de  papel. 

Mir,!iLO.  —  liuegote  mucho  que  me  digas 
algo  de  lo  que  passó  en  el  entierro;  porque  en 
lo  del  testamento  no  te  quiero  fatigar. 

Gallo.  —  Yo  te  quiero  conplazer.  En  el 
nonbre  de  Dios.  Murió  bu  ext^elen^ia  el  domin^ 
go  ya  casi  a  la  noche;  y  luego  con  la  diligenf¡ia 

(*)  G.,  tanto  tañer  de  campanas. 


posible  se  dispuso  lo  net¡esario  que  tocaua  al 
aparato  y  lutos;  que  no  quedó  en  toda  la  (¡iudad 
offiqial,  ni  en  gran  parte  de  la  comarca,  que 
supiesse  de  sastrería,  o  de  labr;tr  qera,  o  car- 
penteria  que  no  tuuiesse  mucho  en  que'  entender 
toda  aquella  noche  del  domingo  y  el  lunes  ade- 
lante  hasta  la  hora  de  las  dos  que  el  cuerpo  de 
su  exqelemiia  salió  del  palaqio  para  la  iglesia 
mayor  (').  Prímeramente  y  han  delante  la  (*) 
clere9Ía,  quinientos  niños  de  dos  en  dos,  vesti- 
dos de  luto  con  capirotes  en  las  cabezas  cada 
vno  con  vna  hacha  en9endida  en  la  mano,  de 
9era  blanca,  con  las  armas  de  su  ex9elen9Ía  co- 
sidas en  los  pechos. 

Mi  VILO. — Quánto  mejor  fuera  que  aquella 
limosna  de  vestido  y  hacha  fuera  secreta  y  co- 
sida entre  Dios  y  el  cora9on  de  su  ex9elen9Ía, 
y  el  mochadlo  se  quedara  en  casa;  tuuicra  en 
aquella  hacha  aquel  día  y  otros  quatro  qué 
comer. 

Gallo. — Después  destos  yban  9¡ento  y  diez 
cruzes  grandes  de  madera,  con  9Ínco  velas  en 
cada  vna  hincadas  en  vnos  cíanos  que  estañan 
en  las  cruzes  como  se  acostunbra  en  Milán  en 
semejantes  ponpas  funerales. 

Mi  VILO.  —  Deuian  de  llenar  tantas  cruzes 
porque  el  diablo  si  viene  por  el  muerto  más 
huye  de  muchas  que  de  vna. 

Gallo. — Seguia  luego  a  las  cruzes  el  reue- 
rendo  cabildo  ("*)  de  la  iglesia  mayor  y  toda  la 
clere9Ía  con  cruzes  de  plata  y  (•)  todas  las  par- 
rochias  (')  con  todos  sus  capellanes,  clérigos, 
frayles  y  monjes  de  todas  las  ordenes  y  reli- 
giones, cada  vno  en  su  grado,  con  hachas  de 
cera  blanca  en  las  manos,  en9endidas,  de  dos  en 
dos  que  eran  mil  y  seysgientos.  A  la  clere9Ía 
seguia  la  g^rda  de  cauallos  ligeros  de  su  exye- 
len9Ía  a  pie  con  lobas  de  luto  y  capirotes  en  las 
cabezas  (•) ;  cada  vno  con  su  lan9a  negra  y  vna 
veleta  de  tafetán  negro  en  cada  vna,  con  el 
hierro  en  la  mano,  arrastrando  las  lau9as  por 
tierra;  con  dos  tronpetas  que  yban  delante  con 
lobas  de  luto  y  capirotes  en  las  cabezas.  Estos 
tronpetas  yban  a  pie  con  las  tronpetas  echadas 

(*)  £sta  re1a9Íon  es  la  mi8ina  qne  apare9e  copiada 
en  la  conocida  Miscelánea  de  Seoastian  de  Horozco 
(Bibl.  Nac.  Ag.  105,  fol.  167  á  169),  con  el  título  de 
Memoria  de  la  orden  y  forma  que  te  tvvo  en  Milán 
en  el  enterramiento  del  Ilvetristimo  tenor  Marques 
del  Oatto,  capitán  general  de  tv  Ma gestad,  y  en  fl 
aeompahar  su  cuerpo  desdel  monesterio  de  Santo 
Éuttttrgio,  de  la  hordcn  de  los  Predicadores^  hasta 
la  iglesia  mayor,  lunes  diez  tf  seis  de  abril  de  mili 
y  quinientos  y  quarenta  y  seis  aüos^  y  el  dia  siguien- 
te  en  las  onrras  que  alli  se  hizieron. 

Indicamos  las  variantes  de  este  manascríto  con  la 
inicial  II. 

(»)  H.,  toda  la. 

(^)  H.,  capitulo.  G.  (Tachado),  capitulo. 

(*)  G.,  de. 

(')  G ,  perrochias. 

(*)  U.,  la  cabeya. 


188 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


a  las  espaldas,  con  randeras  negras  con  las  ar- 
mas de  sa  excelencia. 

•    Mi  vilo. — ^Estos  bastaran  defenderle  el  cuer- 
po si  todos  loe  diablos  del  infierno  yinieran. 

Gallo. — Bastaran  si  todos  fneran  españo- 
les. Después  yba  la  casa  de  su  excelencia  con 
hasta  quatrocientas  personas  con  lobas  y  capi- 
rotes en  las  cabezas,  cada  yno  en  su  grado. 
Después  yba  la  guaixia  de  soldados  alemanes; 
lleuaua  cada  yno  m  manto  hasta  tierra  de  luto, 
con  collares  encrespados,  y  las  alabardas  negras 
echadas  al  honbro,  y  con  gorras  grandes  negras 
a  la  alemana. 

MiviLO. — Agora  digo  más  de  veras  que  le 
bastaran  defender  avnqne  yiniera  Luzifer  por 
capitán. 

Gallo. — Tras  estos  yenian  seys  atambores 
con  los  mesmos  mantos  como  (■)  los  alemanes, 
y  caperucas  a  la  española,  de  luto:  cubiertos  los 
atambores  de  yelos  negros  puestos  a  las  espal- 
das. Después  destos  yban  dos  pajes  a  pie  ves- 
tidos de  terciopelo  negro,  con  las  gorras  caydas 
sobre  las  espaldas.  El  de  la  mano  derecha  lle- 
uaua vna  celada  cubierta  de  brocado  rico  de  tres 
altos  en  la  mano:  y  el  otro  lleuaua  vna  pica 
negra  al  ombro,  cayda  sobre  las  espaldas,  (^cr- 
ea destos  yenian  dos  capitanes  a  pie  con  lobas 
de  luto  con  faldas  muy  largas  rastrando  y  ca- 
pirotes en  las  cabezas.  El  de  la  mano  derecha 
lleuaua  vna  vandera  de  infantería,  de  tafetán 
amarillo  con  las  armas  inperiales,  y  el  otro  lle- 
uaua vn  estandarte  negro  con  las  armas  de  su 
excelencia  doradas:  y  en  el  canpo  vna  cruz  co- 
lorada a  la  borgoñona.  Estos  lleuauan  los  estan- 
dartes cay  dos  sobre  las  espaldas,  arrastran- 
dolos  Q^)  por  tierra,  que  significaua  el  cargo 
que  primero  auia  tenido  de  su  magostad  de  ge- 
neral de  la  infantería.  Qerca  destos  yba  vna 
persona  muy  honrrada  con  vna  gran  loba  de 
luto  y  capirote  en  la  cabeza,  en  vna  muía  guar- 
necida de  luto  hasta  tierra:  lleuaua  vna  vara 
negra  en  la  mano,  como  mayordomo  mayor  (*) 
de  su  excelencia.  Después  deste  (*)  yenian  seys 
tronpetas  a  cauallo  vestidos  de  negro  con  sus 
tronpetas  a  las  espaldas  y  vanderas  de  tafetán 
negro  con  las  armas  de  su  excelencia.  Tras  estos 
yban  un  rey  de  armas  borgoñon  a  cauallo  con 
loba  y  capirote,  y  encima  vna  sobre  vista  do- 
rada con  las  armas  inperiales:  el  qual  auia  sido 
enbiado  de  su  magestad  el  mesmo  dia  que  falle- 
ció su  excelencia,  con  cartas,  a  darle  cuenta  de 
los  nueuos  caualleros  del  Tusón.  A  este  seguian 
cinco  caualleros  honrrados  con  lobas  de  luto 
y  capirotes  en  las  cabezas  a  cauallo,  cubieilos 
los  cauallos  de  paño  negro  hasta  tierra,  que  no 

ÍM  ^M  qnc.  H.,  como. 
^)  G.,  arrastrándolas. 
'')  H.,  de  la  ca 
(*)  H.,  de  este. 


se  veyan  sino  los  ojos:  los  quales  lleuauan  los 
estandartes  siguientes  caydos  sobre  las  espal- 
das rastrándolos  por  tierra.  El  primero  era  yn 
estandarte  colorado  con  las  armas  de  su  exce- 
lencia, puestas  en  vna  asta  negra.  El  segundo 
era  de  la  niesma  color,  pintada  nuestra  Señora 
con  el  niño  en  los  bracos,  y  la  luna  debajo  de 
sus  pies.  Este  era  señal  de  guión  de  gente  de 
armas.  El  tercero  estandarte  era  blanco  pintado 
dentro  el  escudo  de  las  armas  del  duque  de 
Milán,  con  vna  (')  águila  que  abrazaua  el  es- 
cudo, en  señal  del  gouiemo  del  estado  de  Milán. 
El  quarto  lleuava  vna  vandera  quadrada  pe- 
queña, que  es  el  guión  que  su  excelencia  Ilenana 
delante  como  general,  y  en  el  canpo  blanco 
della  pintado  vn  mundo  con  los  elementos  apar- 
tados: y  de  la  una  parte  nuestra  Señora  pinta- 
da con  su  hijo  en  los  bracos:  y  de  la  otra  parte 
el  ángel  san  Raphael  y  Tobias,  con  vn  letrero 
que  dezia:  Sic  sita  vigent.  El  quinto  lleuaua  vn 
estandarte  amaríllo  con  el  águila  y  armas  impe- 
riales, echado  sobre  las  espaldas,  que  es  la  in- 
sinia  de  capitán  general  del  exercito  de  su  ma- 
gestad. Después  destcs  yban  ocho  pajes  vestidos 
de  terciopelo  negro  hasta  tierra  que  no  se  veyan 
sino  los  ojos.  El  primero  lleuaua  vna  espada 
dorada  con  vayna  de  brocado  rico  de  tres  altos 
sobre  el  ombro,  por  señal  que  quando  el  Em- 
perador entró  en  Ñapóles  venia  delante  del  el 
Marques  como  gran  camarlengo  a  quien  toca 
aquella  ciremonia  y  preeminencia.  El  segando 
lleuaua  vn  escudo  en  el  braco  yzquierdo  con 
las  armas  de  su  excelencia  de  relieues  dorados 
en  canpo  negro.  El  tercero  lleuaua  vna  lanca 
negra  en  la  mano  derecha  cayda  sobre  la  es- 
palda con  su  yerro  muy  polido.  El  quarto  lle- 
uaua vn  almete  puesto  en  vn  vaston  negro  cu- 
bierto de  brocado  rico  de  tres  altos  en  la  mano 
derecha.  El  quinto  lleuaua  vn  estoque  dorado 
con  su  vayna  de  brocado  rico  de  tres  altos  caydo 
sodre  la  espalda  derecha,  y  vnas  espuelas  do- 
radas vestidas  en  el  braco  derecho  guarnecidas 
del  mesmo  brocado.  El  sesto  lleuaua  vn  vaston 
dorado  en  la  mano  caydo  sobre  el  ombro,  pin- 
tadas las  armas  inperiales  en  señal  del  cargo 
primero  de  general  de  la  infantería.  El  séptimo 
lleuaua  otro  bastón  dorado  con  las  armas  del 
ducado  de  Milán  abracados  con  el  águila  inpe- 
rial,  en  señal  del  gouierno  del  estado  de  Milán. 
El  octano  y  ultimo  lleuaua  vn  bastoir  cubierto 
de  brocado  rico  de  tres  altos,  en  señal  de  capi- 
tán general  de  Ytalia.  Seguia  luego  vn  mo^'O 
de  espuelas  con  vna  loba  de  luto  hasta  tierra 
con  capirote  en  la  cabeza:  el  qual  lleuaua  de 
diestro  vn  cauallo  guarnido  (*)  de  terciopelo 
negro  con  estribos,  freno  y  clauazon  platca- 


(M  G.,  vn. 

(')  U.,  giiarnescido. 


EL  CROTALON 


189 


do  ('):  y  sobre  la  silla  yna  reata  de  ter9Íopelo 
negro,  y  junto  al  cauallo  doze  mojos  de  espue- 
las con  lobas  de  luto  rastrando  y  capirotes 
en  las  cabezas,  y  el  canalleriza  detras;  venia 
después  el  cuerpo  de  su  ex9elen9Ía  puesto  sobre 
vnas  grandes  andas,  hechas  a  manera  de  vna 
gran  cama  cubierta  (*)  de  brocado  de  plata  de 
dos  altos  que  colgaua  ^erca  de  tu  bra^o  de  cada 
lado  de  las  andas.  Del  brocado  estaua  pen- 
diente yna  gran  vanda  de  ter9Íopelo  carmesí 
de  la  que  colgaua  yn  friso,  o  guarnición  de  ta- 
fetán doble  carmesí  con  las  armas  de  su  exce- 
lencia doradas.  Esta  cama,  o  andas  Ueuanan 
doze  caualleros  yestidos  con  lobas  de  luto  y 
capirote  (')  en  las  cabezas,  y  porque  el  trecho 
es  casi  yna  milla  del  monesterio  a  la  iglesia 
mayor  se  yban  mudando.  El  cuerpo  de  su  ex- 
celencia yba  vestido  con  vna  túnica  o  veste 
de  raso  blanco  hasta  en  pies,  ceñida,  y  encima 
de  la  túnica  vn  manto  de  grana  colorada  con 
ynas  bueltas  afforradas  de  veros  aleado  sobre 
los  bracos.  En  la  cabeza  Ueuaua  vna  barreta 
ducal  af forrada  en  los  mesmos  veros,  con  vn 
friso  y  corona  de  principe.  Lleuaua  al  cuello 
el  collar  rico  del  Tusón,  y  al  lado  vna  espada 
dorada  con  su  vayna  de  brocado  rico  de  tres 
altos.  Este  habito  es  según  la  orden  del  offijio 
del  gran  camarlengo  del  rey  no  de  Ñapóles  que 
su  excelencia  tenia  y  ha  gran  tienpo  que  está 
en  su  yllustrisima  casa.  Lleuaua  por  cabecera 
vna  almohada  de  terciopelo  carmesí  guarnecida 
de  plata,  y  a  la  mano  derecha  sobre  la  cama  o 
anclas  lleuaua  la  rosa  sagrada  de  oro  que  la 
sanctídad  del  papa  Paulo  le  enbio  el  año  de 
mil  y  quinientos  y  treynta  y  nueue  por  gran 
don  y  publico  fauor,  que  es  vn  árbol  de  oro  con 
veynte  y  dos  rosas. 

Mi(;iLO. — t  Supiste  qué  virtud  tenía  esa  rosa 
sagrada  porque  la  lleuaua  al  lado  en  el  entierro? 
¿Si  era  alguna  indulgencia  que  su  Santidad  le 
enbio  para  que  no  pudiesse  yr  al  infierno  avn- 
que  muriesse  en  pecado  mortal? 

Gallo. — Eso  se  me  olnidó  de  preguntar. 
Qerca  de  las  dichas  andas  yuan  veynte  y  qua- 
tro  (*)  gentiles  hombres  muy  honrrados  de  su 
casa  con  lobas  (')  y  capirotes  en  la  cabeca  (•), 
y  vnas  hachas  grandes  do  qorfi  negra  en  las  ma- 
nos con  las  armas  de  su  excelencia.  Después 
yua  el  señor  marques  de  Pescara,  primogénito 
de  su  excelencia,  con  los  señores  don  Yñigo  y 
don  Qesareo  de  Aualos  los  sus  hermanos,  y  el 
señor  principe  de  Sulmona,  y  el  señor  don  Al- 
uaro  de  Luna,  hijo  del  señor  castellano  de  Mi- 


cnbicrtas. 
(*)  H.,  capirotes. 
(*)  G.,  cinco.  H  ,  qaatro. 
m  H.,  lobas  de  lato. 
(')  H.,  en  las  cabecas. 


lan,  a  quien  el  señor  marques  (')  sustituyó 
en  los  cargos  que  en  este  estado  de  Ytalia  te- 
nia, por  ser  la  persona  más  principal  que  aqui 
se  halla.  El  por  estar  enfermo  enbio  al  señor 
don  Aluaro  su  hijo  en  su  lugar;  yban  alli  los 
comisarios  generales  de  su  magestad,  y  los  go- 
nemadores  y  alcaldes  del  estado,  y  los  enbaja- 
dores  de  los  potentados  de  Ytalia  que  aqui  se 
hallaron,  y  otros  principes  y  señores  que  vinie- 
ron a  honrrar  el  enterramiento;  yban  alli  los 
señores  del  senado  y  magistrado,  y  los  feuda- 
tarios del  estado,  marqueses,  condes  y  caualle- 
ros, capitanes  y  gentiles  honbres,  todos  con  sus 
lobas  de  luto  rastrando  y  capirotes  en  las  espal- 
das. Toda  la  iglesia  mayor  estaña  entoldada  al- 
rededor de  paño  negro  con  las  armas  de  su  ex- 
celencia: y  sobre  los  paños  hachas  blancas  de 
cera  muy  juntas.  Después  en  medio  del  cimbor- 
rio de  la  iglesia,  antes  de  entrar  en  el  coro,  es- 
taña hecho  vn  grandissimo  cadahalso  o  monu- 
mento, mayor  y  más  hermoso  y  de  mayor  ar- 
tificio que  jamas  se  hizo  a  ningún  principe  en 
estas  partes,  todo  pintado  de  negro.  El  qual  te- 
nía encima  yna  pirámide  llena  de  velones  y  ha- 
chas de  c^r&  blanca:  y  encima  do  cada  lado  o 
haz  del  cadahalso  auia  ocho  escudos  grandes 
con  las  armas  de  su  excelencia,  donde  fue  pues- 
to su  cuerpo  como  venia  en  las  andas  o  lecho 
en  que  fue  traydo.  Sobre  el  qual  auia  vn  dosel 
muy  grande  de  terciopelo  negro.  Al  rededor  del 
cadahalso  auia  infinitas  hachas,  y  en  medio  de 
la  iglesia  auia  ocho  grandes  candeleros,  que  en 
España  llaman  blandones,  hechos  a  manera  de 
vasos  antiguos.  Eran  de  madera,  negros,  llenos 
de  hachas  pendientes  de  lo  alto  de  la  yglesia 
iguales.  Estos  candeleros  con  las  otras  hachas 
estauan  en  rededor  de  toda  la  iglesia.  Delante 
del  cadahalso  estaua  hecho  vn  tálamo  alto  de 
tierra  dos  bracos,  y  en  ancho  setenta  bracos. 
De  todas  partes  desde  el  cadahalso  hasta  el  al- 
tar mayor  estauan  asentados  en  rededor  (^)  to- 
dos los  señores  principales  que  aconpafiaron  el 
funeral  hasta  ser  acabados  los  offícios;  y  todo 
el  tálamo  era  cubierto  de  paño  negro,  ansi  lo 
alto  como  lo  bajo,  donde  estauan  asentados  to- 
dos aquellos  señores.  El  retablo  del  altar  mayor 
estaua  todo  cubierto  de  terciopelo  negro  con  su 
frontal,  con  doze  hachas  muy  grandes:  y  ansi 
mesmo  los  otros  altares  priuados  que  son  mu- 
chos, con  su  c^ra  conucniente.  ¿Dime,  Micilo, 
qué  juzgas  desta  honrra? 

MiQíLO. — Pareceme  que  el  mundo  le  dio  to- 
da la  honrra  que  le  pudo  dar,  y  que  aunque  en 
la  vida  le  honrró  bien,  en  la  muerte  le  acumuló 
juntas  todas  las  honrras  por  aparencia  y  por 
existencia,  ansi  por  los  blasones  de  sus  ditados 


í 


*)  H.,  marqnea,  qae  aya  gloría. 
*)  G.,  derredor. 


190 


orígenes  de  la  novela 


y  insignias  que  alli  yuan,  como  por  la  conpa- 
fiia  y  honrra  (})  que  en  su  muerte  se  le  hizo. 

Gallo. — El  dia  siguiente  se  celebro  misa  so- 
lene  en  el  altar  mayor  y  los  offi^ios  por  el  ani- 
ma, y  en  el  medio  de  la  misa  se  dixo  vna  muy 
elegante  oración  en  loor  de  su  ex^elen^ia  (^), 
a  la  qual  estuuieron  presentes  todos  los  seño- 
res sobredichos  que  fueron  para  este  auto  con- 
bidados,  hasta  que  se  acabaron  todos  los  of fi- 
nios; y  en  los  altares  y  capillas  que  auia  en  la 
iglesia  se  dixeron  hasta  quatro^icntas  missas 
rezadas. 

Mi<;iLO. — ;No  hubo  ay  alguna  missa  del  al- 
tar de  San  Sebastian  de  la  Caridad  de  Valla- 
dolid  que  le  sacara  del  purgatorio? 

Gallo. — Vn  sacerdote  enbió  alli  el  pontifi^u 
con  todo  su  poder  para  le  sacar. 

Mi^iLO. — ¿Pues  esa  no  bastó? 

Gallo. — Sí  bastó:  pero  todas  las  otias  mis- 
sas se  dixeron  por  magestad:  las  quales  apto- 
nvcharon  a  todas  las  animas  del  purgatorio  por 
limosna  de  su  ex*;eleni¡ia.  Las  hachas  que  se 
gastaron  en  acompañar  el  cuerpo  y  en  las  hon- 
rraR  del  dia  siguiente  llegaron  a  9Ínco  mil. 

Mn;iL0. — Por^ierto  con  tantas  hachas  bien 
a<;^ertara  vn  honbre  a  media  noche  a  yr  al  9Íelo 
si  las  obras  le  ayudaran. 

Gallo.— En  verdad  te  digo  que  sin  perjudi- 
car a  ningún  principe  y  capitán  general  y  go^ 
uernador  de  los  passados,  no  se  acuerda  ningu- 
no de  los  que  viuen,  ni  se  halla  en  ningún  libro, 
auerse  hecho  en  Milán  ni  en  el  mundo  obsc([UÍas 
más  honrradas,  concertadas  y  sumptuosas. 

MiviLO. — Mucho  deseo  tengo  de  saber  si  con 
esto  fue  al  ^ielo  su  excelencia. 

Gallo. — Pues  ¡cuerpo  de  mi  vida!  ¿no  auia 
de  yr  al  cielo?  Buena  honrra  le  auian  hecho  to- 
das las  glorias  del  mundo  si  le  vuieran  solapa^ 
gado  con  las  de  acá.  Ningún  excelente  dexa  de 
yr  alia,  porque  San  Juan  Baptista  es  abogado 
de  los  excelentes ;  que  ansi  le  llaman  los  ciegos 
en  su  oración  excelente  pregonero.  Alia  le  vi  yo 
en  el  c¡elo  quando  alia  fue  (^).  La  gente  que  de 
la  ciudad  y  comarca  vino  pareció  por  las  calles 
a  la  entrada  del  cuerpo,  y  que  esperaua  en  la 
iglesia  passaron  de  dos  cicutas  mil  personas, 
las  quales  mostrauan  infinito  sentimiento  y 
dolor. 

Mi^iLO. — Bien  se  puede  eso  presumir:  prin- 
cipalmente si  estañan  alli  algunos  padres  y  ma- 
dres, hijos  y  parientes  de  muchos  capitanes,  al- 
férez y  gentiles  honbres  que  e'l  dio  garrote  en 
su  cámara  quando  se  le  antojó. 

Gallo. — Pregúntenselo  a  Mosquera,  alcay- 
de  de  Simancas,  que  se  le  escapó  por  vña  de  ca- 

(*)  G.,  gasto. 

(^)  II.,  del  señor  marques,  qne  aya  gloria. 

(»)  G.,  subí. 


uallo,  sobre  la  sentencia  mental;  y  pregúnten- 
selo a  Hieronimo  de  Leiua  quando  en  Cremes 
le  depositó  en  manos  de  Machacao,  su  maestre 
de  campo,  quando  le  degolló  (').  Pero  todo  esto 
y  quanto  en  ese  caso  hizo  fue  con  justicia  y  por 
razón  y  porque  muchas  vezes  por  el  cargo  qw 
tenia  conuenia  qu€  se  hiziesse  ansí  por  excusar 
motin  {})  en  el  canpo  de  su  magestad.  Todo 
esto  ha  venido  a  proposito  de  tratar  al  principio 
de  vuestra  vanidad  de  que  vsais  en  vuestros  en- 
tierros. Que  por  ninguna  cosa  queréis  caer  en 
la  cuenta,  y  c^sar  de  tan  gran  hierro,  quanto 
quiera  que  os  lo  dizen  quantos  cuerdos  han  es- 
crito en  la  antigüedad  y  modernos.  No  vi  ma- 
yor desuario  que  por  Ueuar  vuestro  cuerpo  en 
las  andas  honrrado  hasta  la  sepoltura  dexeis  a 
vuestro  hijo  desheredado  y  necesitado  a  pedir  y 
a  lus  pobres  desnudos  y  hambrientos  en  las  ca- 
mas. Gran  locura  es  est«r  el  cuerpo  hediendo 
en  la  sepoltura  vn  estado  debajo  de  tierra,  1k^ 
cho  manjar  de  gusanos,  y  estar  muy  hufano  por 
tener  acuestas  vna  lancha  que  pessa  ciuquenta 
quintales  dorada  por  encima.  O  estar  encerrados 
en  ricas  capillas  con  rejas  muy  fuertes,  como 
locos  atados  hasta  (*)  en  la  muerte.  Gran  con- 
fusión es  de  los  cristianos  aquella  palabra  de 
verdadera  religión  que  dixo  Sócrates  philoso- 
pho  gentil.  Siendo  preguntado  de  sus  amigos 
quando  beuia  el  veneno  en  la  cárcel,  dónde  que- 
ria  que  le  enterrasen,  respondió:  echad  este 
cuerjío  en  el  campo;  y  diziendole  que  le  come- 
rian  las  anes,  respondió:  ponedle  vu  palo  en  la 
mano  para  oxearlas;  y  diziendole  que  siendo 
muerto  no  podria  oxearlas  respondió:  pues  me- 
nos sentiré  si  me  comieren.  Donde  quiera  qno 
qnisieredes  me  podéis  enterrar,  que  no  ay  cosa 
mas  fácil  ni  en  que  menos  vaya  que  en  el  se- 
pulcro. 

MiriLO. — Por  cierto,  gallo,  tú  tienes  mucha 
razón  en  cuanto  dizes,  poi'C[ue  en  este  caso  de- 
masiadamente? son  dados  lo$  hombres  a  la  vana 
aparenyia  y  ambición  y  ponpa  de  fuera  sin  ha- 
zer  cuenta  de  lo  del  alma,  que  es  de  lo  que  se 
deue  hazer  más  caudal. 

Gallo. — Pues  quán  de  veras  dirias  eso,  Mi- 
cilo,  si  huuiesses  subido  al  cielo  y  decendida  (*) 
al  infierno  como  yo,  y  huuiesses  visto  la  mofa 
y  risa  que  passan  los  santos  allá  viendo  el  en- 
gaño en  que  están  los  mundanos  acá  acerca 
desta  ponpa  de  su  morir  y  enterrar,  y  si  viesses 
el  pessar  que  tienen  los  dañados  (')  en  el  in- 


(*)  G.j  Bien  se  puede  eso  presumir,  aviK^ue  era  co- 
mún opinión  ser  honbre  cruel,  y  que  ansí  mató  mo- 
chos  capitnnes,  alférez  y  gentiles  honbres  haziendoles 
degollar. 

(')  G.,  motines. 

(•)  G.,  ann. 

(*)  G.,  descendido. 

(>)  G.,  condenadofl. 


EL  CROTALON 


191 


fiemo  porque  se  les  añaden  graues  penas  por  la 
Tanidad  de  qne  se  arrean  en  su  morir,  j  O  qué 
te  podría  en  este  caso  contar! 

MiviLO. — i  O  mi  9elestial  gallo!  si  pndiesse 
yo  tanto  acerca  de  ti  que  me  quisiesses  por  na- 
rra9Íon  comunicar  esa  tu  bienauenturan9a  de 
que  gozaste  siendo  IcaroMenipo^y  cantarme  (^) 
lo  mucho  que  viste  alia.  Si  esto  impetrasse  de 
ti  profíerome  de  quedar  yo  oy  sin  comer  por 
darte  doblada  rabión. 

Gallo. — No  puedo,  Micílo,  dexar  de  te 
complazer  en  quanto  me  quisieres  mandar;  y 
ansi  te  quiero  dezir  cosas  que  los  honbres  nunca 
vieron  ni  oyeron  hasta  oy.  Tienes  necesidad  de 
nueua  atención,  porque  hasta  agora  has  oydo 
cosas  de  mi  que  tú  las  puedes  auer  visto  y  espe- 
rimentado  como  yo.  Pero  hablar  del  9Íelo,  y  de 
los  angeles,  y  del  mesmo  Dios  no  es  capaz  hom- 
bre mortal  para  le  comprehender  mientra  está 
aqui,  sin  muy  particular  priuilegio  de  Dios;  y 
porque  la  xomada  es  grande  y  t^ngo  flaca  me- 
moria dcxame  recolegir:  que  si  tu  gusto  está 
dispuesto  como  requiere  la  materia  de  qne  emos 
de  tratar,  yo  me  profiero  de  hazerte  bienauen- 
turado  oy,  de  aquella  bienauenturan^a  de  que 
se  goza  por  el  oyr;  y  pues  el  dia  pareye  ser  ve- 
nido aparéjate  en  tu  tienda  para  (*)  mañana  y 
oyras  lo  demos. 

Fia  delhonzeno  canto  del  gallo  de  Lui^iano. 


ARGUMENTO 

DEL  DUODÉCIMO  CANTO  DEL  GALLO  (') 

Kn  el  ranfo  dote  {*)  qun  so  sigut.»  t-l  nuctor  imitando  a  Lugano 
en  el  dialogo  que  intituló  Tcaro  MeniíK),  tiiigt>  subir  al  rielo 
y  üe«cTÍue  lo  mucho  que  vio  allá  ('). 

Gallo. — Ayer  te  prometí,  Mi^ilo,  de  tratar 
oy  materia  no  qualquiera  ni  vulgar,  pero  la  mas 
alta  y  mas  encumbrada  (^)  que  humano  ingenio 
puede  concebir.  No  de  la  tierra  ni  de  las  cosas 
bajas  y  suezes  de  por  acá:  mas  de  aquellas  que 
por  su  estrañeza  el  juizio  humano  no  las  basta 
conprehender.  Tengo  de  cantar  oy  cómo  siendo 
Icaro  Menipo  subi  al  cielo  morada  y  habitación 
propria  de  Dios;  oy  tienes  necesidad  de  nueuo 
entendimiento  y  nufua  atención,  porque  te 
tengo  oy  de  dezir  cosas  que  ni  nunca  las  vieron 
ojos,  ni  orejas  las  oyeron,  ni  en  entendimiento 
humano  pudo  nunca  caber  lo  que  tiene  allá 

(*)  G.,  contarme. 

(')  G.,  que. 

(5)  Falta  en  el  ms.  R.  este  titulo. 

{*)  G  ,  daodecimo  canto. 

(•)  G.  (  Tachado):  Si^uesse  el  dozeno  canto  del  Gallo 
de  Luciano,  orador  griego,  contrahecho  en  el  caste- 
llano por  el  mesmo  autor.  {Antes  se  leia)  interprete. 

(')  G.,  incambrada. 


Dios  aparejado  para  los  que  le  desean  seruir. 
Despierta  bien:  ronpe  esos  ojos  del  alma  y  mi- 
rame  acá,  que  quiero  dezir  las  cosas  marauillo- 
sas  que  en  el  cielo  vi,  oy,  hablé  y  mire'.  La  es- 
tancia, asiento,  lugar  de  los  Santos  y  de  Dios. 
Dezirte  he  la  dispusicion,  mouimiento,  camino, 
distancia  que  tienen  los  ciclos,  estrellas,  nubes, 
luna  y  sol  entre  si  allá.  Las  quales  si  oydas  no 
creyeres,  esto  solo  me  sera  gloría  a  mi,  y  señal 
de  mi  mayor  felicidad,  pues  por  mis  ojos  vi,  y 
con  todos  mis  sentidos  gusté  cosas  tan  altas 
que  a  todos  los  honbres  causan  admiración,  y 
passan  a  lo  que  pueden  creer. 

MigiLO.  —Yo  te  ruego,  mi  gallo,  que  oy  con 
intimo  affecto  te  esfuerces  a  me  conplazer,  por- 
que me  tienes  suspenso  de  lo  que  has  de  hablar. 
Que  avn  si  te  plaze  dexaré  el  offício  por  mos- 
trarte la  atención  que  te  tengo,  pues  con  los 
ojos  temia  los  sentidos  j  entendimiento  todo 
en  ti.  Especie  me  parecería  ser  de  infidelidad  si 
vn  honbre  tan  bajo  y  tan  suez  como  yo  no  cre- 
yesse  a  vn  honbre  celestial  y  diuino  como  tú. 

Gallo.  —No  quiero,  Micilo,  que  dexes  de 
trabajar:  no  demos  ocasión  a  morir  de  hanbre, 
pues  todo  se  puede  hazer.  Príncipalmente  quan- 
do  de  ti  tengo  entendido  que  cuelgas  con  tus 
orejas  de  mi  lengua,  como  hizieron  los  f ranee  • 
ses  de  la  lengua  de  Hercules  Ogomio  admirable 
orador.  Agora,  pues,  óyeme  y  sabrás  que  como 
yo  considerasse  en  el  mundo  con  gran  cuydado 
todas  las  cosas  que  hay  entre  los  mortales,  y 
hallasse  ser  todas  dignas  de  rísa,  bajas  y  pere- 
cederas, las  riquezas,  los  inperios,  los  officios 
de  República  y  mandos,  menospreciando  todo 
esto,  con  gran  deseo  me  esforcé  a  emplear  mi 
entendimiento  y  affícion  en  aquellas  cosas  que 
de  su  cogeta  son  buenas  a  la  verdad;  y  ansi 
cobdicié  passar  destas  cosas  tenebrosas  y  obs- 
curas y  volar  hasta  la  naturaleza  y  criador  de 
todas,  y  a  este  desseo  me  mouio  y  encendió  más 
la  consideración  deste  que  los  philosophos  lla- 
man mundo.  Porque  nunca  pude  en  esta  vida 
hallar  de  qué  manera  fuesse  hecho,  ni  quién  le 
hizo:  donde  tubo  principio  y  fin.  Después  desto 
quando  en  particular  le  decendia  a  contemplar 
mucho  más  me  causaua  admiración  y  dulda: 
quando  via  las  estrellas  ser  arroxadas  con  gran 
furia  por  el  cielo  yr  huyendo.  Tanbien  desoaua 
saber  qué  cosa  fuesse  el  sol,  y  sobretodo  deseaua 
conocer  los  acidentes  de  la  luna,  porque  me 
parecian  cosas  increybles  y  marauillosas,  y  pen- 
saua  que  algún  gran  secreto  que  no  se  podia 
declarar  causaua  en  ella  tanta  mndanca  de  es- 
pecies, formas  y  figuras.  Aquella  braueza  con 
que  el  rayo  sale  con  aquel  resplandor,  tronido 
espantos»)  y  ronpimiento  de  nube,  y  el  agua,  la 
nieue,  el  granico  enbiada  (})  de  lo  alto.  Pare- 

(*)  G.|  enbiado. 


192 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


9¡anme  ser  todas  estas  cosas  (lifi(,^iles  al  enten- 
dimiento, en  tanta  manera  que  por  ninguna 
fuerga  de  nuestra  naturaleza  se  podian  por  al- 
gún honbre  conprehender  acá.  Pero  con  todo 
esto  quise  saber  qué  era  lo  que  destas  cosas  los 
nuestros  philosophos  sentian:  porque  oya  dezir 
a  todos,  que  ellos  enseñauan  toda  verdad.  Tan- 
bien  re^ebia  gran  confusión  considerando  aque- 
lla sublimidad  y  alteza  de  los  ^ielos:  principal- 
mente del  empireo  y  de  su  perpetuidad.  El  trono 
de  Dios;  el  asiento  de  los  santos,  y  la  manera 
de  su  premiar  y  beatifica9Íon.  El  orden  que  ay 
en  la  nuieheduubre  de  todos  los  coros  angelica- 
les. Pues  primero  quisse  sujetarme  a  la  disci- 
plina destos  nuestros  maestros,  los  quales  no 
poco  están  incliados  y  presumptuosos  con  estos 
títulos,  dizíendo  que  enhastiados  de  las  cosas 
de  la  tierra  rolan  a  alcanzar  la  alteza  de  las 
cosas  velestiales:  lo  qual  no  seria  en  ellos  poco 
de  estimar  si  ello  fuesse  ansí.  Pero  quando  en 
aquellas  comunes  academias  entré  y  miré  todos 
los  que  en  la  manera  de  disputa  y  lición  mos- 
trauan  enseñar,  entre  todos  vi  el  habito  y  ros- 
tro muy  particular  en  algunos,  que  sin  pregun- 
tar lo  conocieras  auerse  leuantado  con  el  titulo 
de  celestiales.  Porque  todos  los  otros  avuque 
platicauan  profesión  de  saber,  debajo  de  un 
Tniuersal  baptismo  y  fe  trayan  tu  vestido  no 
differente  del  común.  Pero  estos  otros  mostra- 
uan  ser  de  vna  particular  religión,  por  estar 
vestidos  de  una  cuculla  y  (*)  habito  y  traxe 
particular,  y  avn  entre  ellos  differian  en  el 
color ;  y  aunque  en  su  presunción,  arogancia, 
obstentacion,  desden  y  sobrecejo  mostrassen 
ser  los  que  yo  vuscaua,  quise  preguntar  por  me 
satisfazor,  y  ansi  me  llegué  a  vno  de  aquellos 
que  a  aprender  concurrían  alli,  y  a  lo  que  le 
pregunté  me  respondió  señalándomelos  con  el 
dedo:  estos  son  maestros  de  la  philosopbia  y 
theologia  natural  y  celestial;  y  ansi  con  el  deseo 
que  llcnaua  de  saber,  con  gran  obediencia  me 
deposité  a  su  disciplina,  proponiendo  de  no 
salir  de  su  escuela  hasta  que  huuiesse  satisfecho 
a  mi  dubda  y  confusión  (*).  ¡O  Dios  inmortal 
qué  martirio  passé  allü:  que  comencando  por 
vno  de  aquellos  maestros  según  el  orden  que 
ellos  tenian  entre  sí,  a  cabo  de  vn  año  que  me 
tenia  quebrada  la  cabeca  con  solo  difínir  térmi- 
nos cathegorematicos  y  sincathegorimaticos, 
análogos,  absolutos  y  conotatiuos,  contradicio- 
nes y  contrariedades,  solo  me  hallé  en  vn  labe- 
rinto de  confusión.  Quise  adelante  ver  si  en  el 
otro  auria  algo  más  que  gustar:  y  en  todo  vn 
año  Tiunca  se  acabó  de  enseñar  vna  demostra- 
ción: ni  nunca  colegi  cosa  que  pudiesse  enten- 

(*)  G.,  do  vn  habito. 

(')  Al  margen  de  este  párrafo  hay  en  el  mi.  G  ,  una 
nota  en  letra  ael  siglo  xvi,  qae  dice:  todo  esto  es  lu- 
theraiiismo. 


der.  Consolauame  pensando  que  el  tiempo, 
avnque  no  el  arte,  me  traería  a  estado  y  prece- 
tor  que  sin  perdida  de  más  edad  (})  me  llega- 
ría (^)  a  mi  fin;  y  ansi  entré  ya  a  oyr  los  prin- 
cipios de  la  philosophía  natural;  y  esto  solo  te 
quiero  hazer  saber:  que  a  cabo  de  muchos  días 
solo  me  f altana  ser  libre  de  aquella  necedad  y 
ignoranca  con  que  vine  alli.  Porque  fueron  tan- 
tas las  opiniones  y  diuersidad  de  no  seque  prin- 
cipios de  naturaleza :  insecables  átomos :  ínn- 
merables  formas;  diuersidad  de  materias;  ideas 
primeras  y  segundas  intenciones;  tantas  ques- 
tiones  de  vacuo  y  infinito  que  quanto  más  allí 
estaña  más  me  enboscaua  en  el  laberinto  de 
confusión ;  y  esto  solo  entre  todas  las  otras  co- 
sas no  podía  sufrir;  que  como  en  ninguna  cosa 
entre  si  ellos  conueniessen,  mas  antes  en  todo 
se  contradezíau,  y  contra  todo  quanto  affínna- 
ban  argüían,  pero  con  todo  esto  me  mandaban 
que  los  creyesse  dezir  la  verdad,  y  cada  vno 
dellos  me  forcaua  persuadir  y  atraer  con  sn 
razón. 

Mi(.^iLO. — Cosa  marauillosa  me  cuentas;  que 
siendo  esos  hombres  tan  santos  y  religiosos  y 
d^  conciencia  no  eacassen  en  breue  la  suma  de 
sus  sciencias,  y  solo  aquello  enseñassen  que  no 
se  pudiesse  contradezir.  O  a  lo  menos  que  se 
cnseñasse  lo  que  en  suma  tuuiesse  más  verdad, 
dexados  aparte  tantos  argumentos  y  questiones 
tan  inpertinentes  al  proposito  de  lo  que  se  pre- 
tende saber. 

Gallo. — Pues  en  verdad  mucho  más  te  rey- 
rías,  M¡cilo,  si  los  viesses  con  la  aroganria  j 
conñanca  que  hablan,  no  tratando  cosa  de  ver- 
dad, ni  que  avn  tenga  en  si  sustancia  ni  ser. 
Porque  como  quiera  que  ellos  huellan  esta  tier- 
ra que  nosotros  hollamos,  que  en  esto  ninguna 
ventaja  nos  llevan,  ni  en  el  sentido  del  viso  son 
mas  perspicaces  que  nosotros,  mas  antes  ay 
muchos  dellos  que  casi  están  ciegos  y  torpes 
por  la  vejez.  Y  con  todo  esto  afirman  ver  y 
conocer  los  términos  del  cielo,  y  se  atreuen  a 
medir  el  sol,  y  determinar  la  naturaleza  de  la  luna 
y  todo  loque  sobre  ella  está;  y  como  si  huuie- 
ran  decendido  de  las  mesmas  estrellas  señalan 
su  figura  y  grandeza  de  cada  qual ;  y  ellos  que 
puede  ser  que  no  sepan  quantas  leguas  ay  de 
Yalladolid  a  Cabezón,  determinan  la  distancia 
que  ay  de  cielo  a  cielo,  y  quantos  cobdos  ay  del 
cielo  de  la  luna  al  del  sol ;  y  ansi  difínen  la  al- 
tura del  ayre,  y  la  redondez  de  la  tierra,  y  la 
profundidad  del  mar;  y  para  estas  sus  vanida- 
des pintan  no  sé  que  circuios,  triángulos  y  qua- 
drangulos,  y  hazen  vnas  figuras  de  espheras 
con  las  quales  sueñan  medir  el  ambitu  y  mag- 
nitud del  cielo;  y  lo  que  es  peor  y  mayor  señal 


(*)  R.  ( Tachado),  de  azeyte. 
(*)  R.  (Tachado)^  traería. 


EL  CROTALON 


193 


de  prc8an(;¡on  y  arogaih;¡a,  que  hablando  de 
cosas  tan  ín(;ierta8  como  estas,  y  que  tan  lexos 
están  de  la  aaerigiiayion,  no  hablan  palabra  ni 
la  proponen  debajo  de  conjecturas,  ni  de  mane- 
ras de  dezir  que  muestren  dubdar.  Pero  con 
tanta  certidumbre  lo  afirman  y  bozean  que  no 
dan  lugar  a  que  otro  alguno  lo  pueda  disputar 
ni  contradezir.  Pues  si  tratamos  de  lo  alto  del 
rielo  tanto  se  atreuen  los  theologos  deste  tien- 
po  a  difinir  las  cosas  reseruadas  al  pecho  de 
Dios  como  si  cada  dia  sobre  el  gonierno  del 
mundo  Yiiiuersal  comunicassen  con  él.  Pues  de 
la  dispusi^ion  y  orden  de  allá  ninguna  cosa 
dizen  que  no  quieran  (})  que  sea  aueriguada 
conclusión,  o  oráculo  que  de  su  mano  escriuio 
Dios  como  las  tablas  que  dio  a  Moysen.  Pues 
como  yo  no  padiesse  de  la  dotrina  destos  i'olc- 
«^ir  algo  que  me  sacasse  de  mi  ignoramtia,  mas 
antes  su 3  opiniones  y  variedades  mas  me  con- 
fundiau,  dime  a  pensar  qué  medio  abria  para 
satis razer  a  mi  deseo,  porque  ^iei-to  de  cada  dia 
más  me  atormentauan.  Como  suele  acontecer 
ul  natural  del  honbre,  que  si  algima  cosa  se  le 
antoja  y  en  el  alma  le  eucaxa,  quanto  mas  le 
priban  della  mas  el  apetito  le  solicita.  Prinyi- 
pálmente  porque  se  me  cnoaxó  en  el  alma  que 
no  podia  alcanzar  satis Fat,* ion  de  mi  deseo  acá  en 
ol  mundo  si  no  subia  ai  QÍelo  y  a  la  coumnica- 
cion  de  los  bienauenturados;  y  avnque  en  este 
pensamiento  me  reya  de  mi,  el  gran  cuydado 
me  mostró  la  yia  como  me  sm-^dio.  Porque 
viéndome  mi  genio  (digo el  ángel  de  mi  guarda) 
vn  tanto  aflito  comouido  por  piedad  y  tanbien 
por  se  gloriar  entre  todos  los  otros  genios  auer 
iui¡)etrado  de  Dios  este  priuiilejio  pava  su  clien- 
tulo,  ansi  se  fue  a  los  pies  de  su  magestad  con 
irran  inportunidad  dizieudo  que  no  se  leuanta- 
ria  de  alli  hasta  que  le  otorgase  vn  don:  le  pidió 
lirenfia  para  me  poder  subir  a  los  (-ielos  y  pu- 
diesse  gozar  de  todo  lo  que  ay  allá;  y  como  el 
mi  genio  era  muy  pribado  suyo  se  lo  concedió, 
con  tal  que  fuesse  en  vn  breue  termino  y  (*)  no 
me  quedasse  allá;  y  ansi  venido  a  mi,  como  me 
hallo  en  aquella  agonia  casi  fuera  de  mi  juizio, 
sin  exeryitar  ningún  sentido  su  officio  me  arre- 
bató y  voló  comigo  por  los  ayres  arriba.  ;0 
soberano  Dios!  ¿por  donde  comenraré,  Micilo, 
lo  mucho  que  se  me  ofrece  dezir?  Quiero  que 
ante  todas  cosas  sepas  que  desde  el  punto  que 
mi  buen  genio  de  la  tierra  me  desapegó  y  eo- 
meneamos  por  los  ayres  a  subir  fue  dotado  de 
\iia  agilidad,  de  vna  ligereza  con  que  fácilmente 
y  sin  sentir  pesadunbre  volaua  por  donde  que- 
na sin  que  alguna  cosa,  ni  elemento,  ni  <;i^lo 
me  lo  cstoruase;  fue  con  esto  doctado  de  vna 
perspicaridad  y  agudeza  de  entendimiento  y 


(*)  G.,  quieren. 
(•)  G.,  que. 

ORÍGENES  DE 


LA   NOVELA.— 13 


habilidad  de  sentidos  que  juzgaua  estar  todos 
en  su  perfe^ion.  Porque  quanto  quiera  que  muy 
alto  subiamos  no  dexaua  de  ver  y  oyr  todas  las 
cosas  tan  en  particular  como  si  estuuiera  en 
aquella  distancia  que  acá  en  el  mundo  estos  sen- 
tidos acostunbran  sentir. 

MigiLO.  —  Pues  yo  te  ruego  agora,  gallo» 
porque  mas  bienauenturada  y  apazible  me  sea 
tu  narración,  me  cuentes  en  particular  lo  que 
espero  de  ti  saber,  y  es  que  no  sientas  molestia 
en  me  notar  aquellos  secretos  que  procediendo 
en  tu  peregrinación  de  la  tierra,  del  mar,  de  los 
ayres,  cielos,  luna  y  sol  y  de  los  otros  elemen- 
tos, pudiste  entender  y  de  lo  alto  especular. 

(jráLLO. — Por  cierto,  Micilo,  bien  me  dizos. 
Por  lo  qual  tú  yendo  comigo  con  atención,  si 
de  algo  me  descuydare  despertarme  has,  por- 
que ninguna  cosa  reseruaré  para  mi  por  te 
conplazer.  Penetramos  todos  los  ayres  y  es- 
phera  del  fuego  sin  alguna  lisien,  y  no  paramos 
hasta  el  ci<^lo  de  la  luna,  que  es  el  cielo  primero 
y  más  inferior,  donde  me  asenté  y  comente  de 
alli  a  mirar  y  contenplar  todas  las  cosas;  y  lo 
primero  que  miró  fue  la  tierra  que  me  pareólo 
muy  pequeña  y  muy  menor  sin  conpara«;ion 
que  la  luna.  Mirela  muy  en  particular  y  hol- 
gué mucho  en  ver  sus  tres  partes  principales: 
Europa,  Assia  y  África.  La  braueza  del  mar, 
los  deleitosos  xardincs,  huertas,  florestas,  y  las 
fuentes  y  caudalosos  rios  que  la  riegan,  con  sus 
apacibles  riberas.  Aquellas  altas  y  brauas  mon- 
tañas y  graciosos  valles  que  la  dan  tanto  do- 
leyte. 

MigiLO.  —  Dime,  gallo,  ¿cómo  llaman  los 
philoBophos  a  la  tierra  redonda,  pues  vemos  por 
la  esperiencia  ser  gibosa  y  por  muchas  partes 
prolongada  por  la  muchedumbre  de  montañas 
que  en  ellaay? 

Gallo. — No  dubdes  Micilo,  ser  redonda  la 
tierra  considerada  según  su  total  y. natural  con- 
dición, puesto  caso  que  en  algunas  partes  esté 
alterada  con  montañas  y  bagios  de  valles;  por- 
que esto  no  la  quita  su  redondez  natural;  y  ansi 
considera  el  proueymiento  del  sumo  Hazed^>r 
que  la  fundó  para  el  prouecho  de  los  honbrrí?. 
Que  viendo  auer  en  diucrsas  partes  diuersos 
naturales  y  disposiciones  de  yernas,  rayzes  y 
arboles  necesarios  para  la  conseniacion  de  los 
honbres  para  cuyo  fin  los  crió,  dispuso  las  mon- 
tañas altas  para  que  alli  con  el  demasiado  calor 
y  sequedad  se  crie  vn  genero  de  arboles  y  fru- 
tas que  no  na(;erian  en  los  valles  hondos  y  son- 
brios;  y  hizo  los  valles  porque  nasciesen  alli 
otros  géneros  de  frutas,  mieses  y  pastos  por 
causa  de  la  humidad  ('),  los  quales  no  nac^'rian 
en  lo  alto  de  la  montaña.  Arriba  en  la  montaña, 
en  vnas  ay  grandes  mineros  de  metales,  made- 

(*)  G.,  hoineda<1. 


194 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ras  pre9Ío8&a  y  especias  odoríferas;  jemas  sala- 
dables;  7  en  otras  maraaillosas  (')  yestias  y 
C'tros  animales  de  admirable  fiereza.  Abajo  en 
el  valle  ñapen  los  panes,  pastos  abundantes  y 
gruesos  {*)  para  los  ganados,  y  los  rinos  mny 
prcriados,  y  otras  muy  ^ra4;io8a8  frutas  y  arb<>- 
ledas.  Ves  aqui  como  todo  lo  dispuso  Dios 
conforme  a  la  vtilidad  del  minerso,  como  quien 
él  os.  Esta  quiso  que  fuesse  inmobil  como  cen- 
tro y  medio  del  vniuersal  mando  que  crió;  y 
hizo  que  elementos  y  ^ielos  reboluyesscn  en 
torno  della  para  la  disponer  mejor.  Y  después 
que  on  estas  sus  partes  contcnplé  la  tierra  de- 
vendí  mas  en  particular  a  mirar  la  vida  de  los 
mortales,  y  no  solo  en  coman,  pero  de  particu- 
Inres  naciones  y  piudades,  scithas,  árabes,  per- 
sas, indos,  medos,  partos,  griegos,  germanos, 
Ttalos  y  hispanos;  y  después  despendí  a  sas 
tcistanbres,  leyes  y  vibiendas.  Mire  las  ocupa- 
ciones de  todos,  de  los  que  nauegan,  de  los  que 
van  a  la  guerra,  de  los  que  labran  los  campos, 
de  los  que  litigan  en  las  audienpias  forales,  de 
la>  mngeres,  y  de  todas  las  fieras  y  animalias  C»), 
T  finalmente'todo  lo  que  está  sobre  la  tierra; 
y  no  solamente  alcanzó  a  ver  lo  que  hazen  en 
jniblico,  pero  avn  via  muy  claro  lo  que  cada  qual 
liaría  en  secreto.  Via  los  muy  vedados  y  peli- 
grosos adulteríos  que  se  hazian  en  cámaras  y 
retrotes  de  príncipes  y  señores  del  mundo;  los 
hurtos,  homicidios,  sacrilegios,  incendios,  tray- 
C iones,  robos  y  engaños  que  entre  hermanos  y 
amigos  passauan.  De  los  quales  si  te  huuiesse 
dezir  en  particultir  no  abria  lugar  para  lo  que 
t^ugo  en  intención  (*).  Las  ligas,  los  monipo- 
dios, passiones  por  proprios  intereses;  las  vsu- 
ras,  los  canbios  y  los  tráfagos  de  merchanes  y 
inerc»aderes  en  las  (')  ferias  y  mercados. 

Mk;ilo. — Gran  plazer  me  liarías,  gallo,  si 
df?  todo  me  dixeses  algo  de  lo  mucho  que 
viéndolo  te  doleytó. 

Gallo.  —  Es  inposible  que  tantas  cosas  te 
cuente,  porque  avn  en  mirar  tanta  variedad  y 
muchedunbre  causaua  confusión.  Parecia  aque- 
llo que  cuenta  Homero  del  escudo  encantado  de 
Achiles,  en  el  qual  parecia  la  diuersidad  de  las 
cosas  del  mundo.  En  vna  parte  parecían  (•)  lia- 
zerse  bodas,  en  otra  pleytos  y  juizios.  en  otra 
los  t«nplos  y  los  que  sacrífican,  en  otras  bata- 
llas, y  en  otra  plazen»8  y  fiestas,  y  en  otra  los 
lloros  de  los  def untos.  Pues  piensa  agora  si  de 
]»resente  viessemos  passar  todo  lo  que  aqui  digo 
que'  cosa  abria  semejante  a  esta  confusión.  No 
]':irecia  otra  cosa,  sino  como  si  juntasses  agora 

(')  G.,  fortisBimas. 
1^  G.,  grayinsofl. 
i')  G.,  animalei. 
(^i  G ,  intenyion. 
(3)  G.,  trapazofide. 
(•)  G.,  parecía. 


aqui  con  poderoso  mando  todos  qaantoe  masí- 
cos  de  quantos  instrumentos  y  bozes  hay  en  el 
mundo,  juntamente  con  quantos  saben  de  vay- 
lar  y  dauyar,  en  vn  punto  mandasses  qoe  jun- 
tos todos  comenoassen  su  exercicio,  y  cada  qual 
trabajasse  por  tañer  y  cantar  aqaella  canción 
I  que  mas  en  su  juizio  estimasse,  procurmudo  con 
su  boz,  y  instrumento  sobrepujar  al  qae  tiene 
más  cerca  de  sí.  Piensa  agora  por  tu  vida  (*), 
Mic¡lo,  qué  donosa  sería  esta  vaylia  y  mosica 
si  tanbien  los  dancantes  comencassen  a  vav- 
lar  («). 

MiviLo.— Por  citíi^  en  todo  estr^mo  seria 
confusa  y  digna  de  risa. 

Gallo.  -  Pues  tal  es  la  vida  de  los  honbres, 
concierto  ny  orden  entre  si.  Cada  vno  piensa, 
trata,  habla  y  se  exerc-ita  según  su  condición 
particular  y  parecer  mientra  en  el  teatro  deste 
mundo  dura  la  representación  desta  farsa;  y 
después  de  acabada  (qne  se  acaba  con  la  muer- 
te) todas  las  cosas  bueluen  en  silencio  y  quie- 
tud; y  todos  desnudos  de  sos  disfraces  que  se 
vestieron  (•)  para  esta  representación  qaedan 
iguales  y  semejantes  entre  si,  porque  se  acabó 
la  comedia.  Que  mientra  estauieron  en  el  teatro 
todo  qaanto  representaron  era  varia  y  risa;  y 
lo  que  más  me  monia  a  escarnio  era  ver  los 
grandes  ánimos  de  principes  y  Reyes  contender 
entre  si  y  poner  en  campo  grandes  exércitos,  y 
auentarar  al  peligro  de  muerte  gran  multitud 
de  gentes  por  vna  pequeña  prouincia,  o  por  vu 
reyno,  o  por  vna  cindad;  que  ay  diez  y  seys  es- 
trellas en  el  ci^lo,  sin  otras  muchas  que  ay  de 
admirable  cantidad,  que  cada  vna  dellas  es  cien- 
to y  siete  vezes  mayor  que  toda  la  tierra;  y 
toda  junta  la  tierra  es  tan  pequeña  que  si  la 
mirassen  de  acá  abajo  fixa  en  el  cielo  no  la  ve- 
rian,  y  escarnecerian  de  si  mosmos  viendo  por 
tan  poca  cosa  como  entre  si  contienden;  y  lo 
que  más  de  llorar  es,  el  poco  cuydado  y  arrisco 
que  ponen  por  ganar  aquel  reyno  celestial;  vn 
reino  tan  grande  que  a  vn  solo  punto  del  cielo 
corresponden  diez  mil  legnas  de  la  tierra.  No 
me  parecia  todo  el  reino  de  Nauarra  vn  paso 
de  vn  honbre  pequeño.  Alemana  no  vn  pie. 
Pues  en  toda  la  Ysla  de  Túgala  térra  y  en  toda 
Francia  no  parecía  qne  auía  que  harar  vn  par 
de  bueyes  vn  dia  entero;  y  ansi  miraua  qué  era 
lo  que  tanto  haze  ensoberuecer  a  estos  ricos  del 
mundo,  y  marauillauame  porr^ue  ninguno  posee 
tanta  tierra  como  un  pequeño  átomo  de  los  qne 
los  philosophos  epicúreos  imaginan,  que  es  la 
cosa  más  pequeña  que  el  honbre  puede  ver. 
Pues  quando  bolui  los  ojos  a  la  Ytalia  y  eché 
de  ver  la  ciudad  de  Milán,  que  no  es  tan  gran- 


Í*)  G.,  mi  amor. 
*)  G.,  a  hazer  su  ynylin. 
(*)  G.,  TÍ8tieron. 


EL  CROTALON 


196 


de  como  yna  lenteja;  considere  con  lágrímas 
por  qoán  poca  cosa  tanto  príncipe  y  tanto  cris- 
tiano como  en  vn  dia  se  paso  a  riesgo.  Pnes 
qué  diré  de  (')  Túnez  y  de  Argel?  ¿Pues  qué 
HTn  de  toda  la  Turquía?  Pues  toda  la  India  de 
la  NucT»  España  j  Perú,  y  lo  que  niieuamente 
hasta  salir  al  mar  del  Sur  se  nauega  no  parece 
t»er  de  dos  dedos.  Pues  ¿qué,  si  trato  de  las 
minas  del  oro  y  plata  y  metales  que  hay  en  el 
vniuerso?  Por  ^íerto  todas  ellas  desde  el  ^ielo 
no  tienen  cuerpo  de  vna  hormiga. 

Mi<;!iLO. — O  bíenauenturado  tú,  gallo,  que 
(le  tan  dichosa  vista  g^aste.  Pero  dime,  ¿qué 
te  paremia  desde  lo  alto  la  muchedumbre  de  los 
lionbrcs  que  andaban  en  las  ciudades? 

Gallo. — Pare^ian  yna  gran  multitud  de 
hormigas  que  tienen  la  cueba  junto  a  ynos 
campos  de  miesses,  que  todas  andan  en  rebuel- 
t<a  y  9Írculo,  salir  y  entrar  en  la  cueba,  y  la  que 
uiás  se  fatiga  {*)  con  toda  su  diligencia  trae  (') 
vn  grano  de  mixo,  6  ccula  vna  medio  grano  de 
trigo;  y  con  esta  pobreza  está  cada  qual  muy 
liafana,  soberuia  y  contenta.  Semejantes  son 
los  trabajos  de  los  honbres  puestos  en  común 
rebuelta  y  circulo  cu  audiencias,  en  ferias,  en 
debates  y  pleytos;  nunca  tener  sosiego:  y  en 
fin  todo  es  por  yh  pobre  y  miserable  manteni- 
miento. Como  todo  esto  obe  bien  considerado 
dixe  a  mi  genio  que  me  llcuasse  adelante,  por- 
que ya  no  me  sufria,  anhelaiia  por  entrar  en  el 
cielo  empireo  y  yer  a  Dios;  y  ansí  mi  guia  me 
tomó  y  subimos  passando  por  el  cielo  de  Mer- 
mrio  al  de  Venus,  y  de  alK  passamos  la  casa 
del  Hol  hasta  la  de  Mars;  y  de  alli  subimos  al 
cielo  de  Júpiter,  y  después  fuemos  al  de  Satur- 
no y  al  firmamento  y  cielo  cristalino,  y  luego 
entramos  en  el  <í\q\o  empireo,  casa  real  de 
I>ios. 

MiriLO. — ^Antes  que  passes  (*)  adelante, 
íjrallo,  querría  que  me  dixesses:  estos  elementos, 
cielos,  estrellas,  luna  y  sol  ¿de  qué  naturaleza, 
de  qué  masa  son  ?  [  De  qué  materia  son  aquellos 
cuerpos  en  sí?  que  lo  deseo  mucho  saber. 

Gallo. — Esa  es  la  mayor  bol»edad  que  vues- 
tros philosophos  tienen  acá:  que  dizen  que  to- 
dos esos  cuerpos  celestiales  son  compuestos  de 
materia  y  forma,  como  es  cada  vno  de  nos;  y 
dizen  muchos  dellos  que  son  animados ;  lo  qual 
es  deuanear  C^) ;  por  que  no  tienen  matería  ni 
composición.  En  suma,  sabrás  que  todos  ellos, 
los  elementos  puros,  cielos,  estrellas,  luna  y 
Sol,  no  son  otra  cosa  sino  vnos  cuerpos  simples 
que  Dios  tiene  formados  con  su  infinito  saber, 
|Kir  instrumentos  de  In  administración  y  go- 

i<)  li.,  que. 

(*)  G.,  lai  que  más  se  Catigan. 

(5)  G.,  traen. 

(*)  G.,  pas8cmo.H. 

(■)  G.,  dMuariar. 


uiemo  deste  mundo  inferior  para  el  cumpli- 
miento de  su  necesidad.  Estos  no  tienen  com- 
posición ni  admistion  en  si,  ni  ay  matería  que  se 
rebnelua  con  ellos  estando  en  su  perfecion;  y 
ansi  te  hago  saber  que  los  elementos  simples  y 
puros  no  los  podéis  los  honbres  vsar,  tratar,  ni 
comunicar  sino  os  los  dan  con  alguna  admis- 
tion. £1  agua  sinple  y  pura  no  la  podríades  be- 
ber sino  US  la  mezdassc  naturaleza  con  otro 
elemento  para  que  la  podáis  palpar  y  gustar;  y 
ansi  se  ha  de  entender  del  fuego,  ayre  y  tierra ; 
que  sí  no  estuuiessen  mezclados  entre  si  no  los 
podríamos  comunicar.  Pues  ansi  como  el  puro 
elemento  no  tiene  materia  ti  i  con  posición  en  sí, 
menos  la  tienen  los  cielos,  estrellas,  planetas, 
luna  y  sol.  Tubo  necesidad  el  mundo  de  luz  en 
el  dia,  y  para  esto  formó  Dios  el  sol.  Tubo  ne- 
cesidad de  luz  en  la  noche,  y  para  esto  formó 
luna  y  estrellas.  Tubo  necesidad  de  ayuda  para 
la  común  nacencia  y  generación  de  las  cosas  y 
conseruacion  y  para  esto  dio  Dios  a  los  plane- 
tas, luna  y  sol  y  otras  estrellas  y  cielos  yirtud 
que  en  lo  inferior  puedan  influir  para  esta  ne- 
cesidad. Y  passando  por  la  región  de  Eolo,  rey 
de  los  yientos,  vimos  vna  gran  multitud  de  al- 
mas colgadas  por  los  cabellcis  en  el  ayre,  y  ata- 
das las  manos  atrás,  y  niuciios  cueruos,  grajos 
y  milanos  que  uibas  las  cominn  los  coracones; 
y  entre  todas  estaña  con  muy  notable  dolor  vna 
que  con  gran  furía  y  crueldad  la  comian  el  co- 
racon  y  entrañas  dos  muy  poderosos  y  han- 
brientos  buytres,  y  pregunté  a  mi  genio  qué 
gente  era  aquella.  El  qual  me  respondió  que 
eran  los  ingratos  que  auian  cunplido  con  sus 
amigos  con  el  viento  de  palabras,  pagándoles 
con  engaño  y  muerte  al  tienpo  de  la  necesidad: 
y  yo  le  inportuné  me  dixesse  quién  f  uessc  aque- 
lla desdichada  de  alma  que  con  tanto  afán  pa- 
decía entre  todas  las  otras,  y  él  me  respondió 
que  era  Andronico,  hijo  del  Rey  de  Vngria,  el 
qual  entre  todos  los  honbres  del  mundo  fue 
más  ingrato  a  la  belleza  de  Dnisila,  hija  del 
Rey  de  Macedonia;  y  yo  rogándole  mucho  que 
me  dixesse  en  que  especie  de  ingratitud  ofen- 
dió, se  sentó  por  me  complazcr  y  ansi  comencó. 
Tu  sabrás  que  el  Rey  de  Albania  y  Morea  hizo 
gran  exercito  contra  el  Rey  de  Lydia  por  cierta 
differencia  que  entre  ellos  auia  sobre  vnas  yslas 
que  auian  juntos  conquistado  en  el  mar  Egeo, 
y  por  tener  el  IXay  de  Vngria  antigua  liga  y 
deuida  amistad  con  el  Rey  de  Albania  le  enbió 
su  hijo  Andronico  con  algún  exercito  que  le 
faboreciesse,  que  tenía  ya  su  real  asentado  en 
la  Lydia,  y  vn  dia,  casi  al  puesto  dd  sol,  sa- 
liendo  Andronico  del  puerto  de  Macedonia  en 
vna  galera  ligera  para  hazer  su  xomada,  por- 
que  ya  adelante  auia  enbiado  al  Rey  su  gente, 
yendo  ya  a  salir  del  puerto  casi  a  mar  alta  vio 
que  andana  por  el  mar  vn  vergantin  ricamente 


196 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


entoldado  con  la  cubierta  de  vn  requemado 
sembrado  (})  de  mucha  pedrería  que  daua  gran 
resplandor  a  los  que  andauan  por  el  mar;  y 
como  Andronico  fue  anisado  del  vergantin 
mandó  a  los  que  juan  al  remo  que  se  acercas- 
sen  a  el,  y  yéndose  más  acercando  reconocieron 
más  su  riqueza  y  yr  damas  de  alta  guisa  alli; 
y  asi  Andronico  como  al  rergantin  llegó,  por 
trozar  de  la  presa  mandó  af ferrar,  y  luego  saltó 
en  él  y  con  muy  gallardo  y  cortés  semblante  se 
representó  ante  las  damas,  y  quando  entre  ellas 
tío  a  la  linda  Drusila  que  en  el  mundo  no  te- 
nia par,  que  por  fama  tenia  ya  noticia  della,  y 
supo  que  se  era  salida  por  alli  a  solazar  con  sus 
damas  sin  caballero  alguno,  se  le  humilló  con 
gran  reuerenyia  ofreciéndosele  por  su  prisio- 
nero; y  como  él  era  mancebo  y  gentil  honbre  y 
supo  ser  hijo  del  Rey  de  Vngria,  que  por  las 
armas  era  cauallero  de  gran  nonbradia,  ella  se 
le  rindió  {^)  quedando  concertados  ambos  que 
acabada  aquella  batalla  donde  yua  boluería  a  su 
seruicio,  y  se  trataría  con  su  padre  el  matrimo- 
nio que  agora  por  palabras  y  muestra  de  volun- 
tad delante  de  aquellas  damas  otorgaron  entre 
si;  confiando  la  donzella  que  su  padre  holgaría 
de  lo  que  ella  huuieso  hecho,  porque  en  el  es- 
iremo  la  deseaua  conplazer;  y  ansí  dándose  paz 
con  algún  sentimiento  de  sus  coracones  se  apar- 
taron, y  siguiendo  Andronico  su  xornada,  ella 
se  boluio  a  su  ciudad.  Luego  el  día  siguiente 
vinieron  á  Macedonia  los  mas  valerosos  y  prin- 
cipales del  reyno  de  Tracia,  enbiados  por  su 
Rey,  que  estañan  en  vn  confín  y  comarcanos, 
los  quales  venían  a  demandar  al  Rey  de  Mace- 
donia su  hija  Dnisila  por  muger  para  el  hijo  de 
su  rey  y  señor;  y  lo  que  sucedió,  porque  ya  creo 
({ue  estás  cansado  de  me  oyr,  y  es  venido  el  día, 
en  el  canto  que  se  sigue  te  lo  diré.  Por  agora 
abre  la  tiendJa  y  comienca  a  vender. 

Fin  (le  dozeno  (')  canto  del  gallo  de  Lv(¡iano, 


ARGUMENTO 

DEL    DB(,'IHOTERriO    CANTO    DEL    GALLO  (*) 

En  el  decimotrr^io  canto  que  <se  tigue  el  aaclor  proMguIendo  la 
sabida  del  ^elo  descríue  la  pena  que  m  da  a  los  ingrato*  'S; 

Gallo. —  ;0  malaventurados  ingratos,  abor- 
recidos de  Dios  que  es  suma  gratitud!:  ved  el 

(*)  'R,{7acKado\  entretexido. 

(>j  R  ( Tachado)^  entretexidc, 

(')  G ,  dnodecimo. 

(«)  Falta  en  el  nui.  R. 

(>)  (Tachado).  Sigaesae  el  treceno  canto  del  Gallo 
de  Luciano,  orador  griego,  contrahecho  en  el  caste- 
llano por  el  mesmo  antor.  {Antet  te  leía),  interprete. 


pago  que  Dios  y  el  mundo  os  da.  Pues  ayer  te 
dezia,  Micilo,  cómo  Drusila  no  aoia  acabado  é^ 
dar  su  fe  y  palabra  de  matrimonio  á  Andro- 
nico, quando  la  demandó  Raymundo,  hijo  del 
rey  de  Tracia,  por  muger.  Pues  agora  sabrás 
que  ni  cobdicia  de  más  señorío  y  reynos,  ni  de 
más  riquezas,  ni  de  más  poder,  la  pemertio  a 
que  negasse  lo  prometido  a  su  amante.  Mas 
antes  de  cada  día  penaua  más  por  él  y  le  pare- 
cía auer  mucho  más  herrado  y  ser  digna  de 
gran  pena  por  auerle  dexado  yr;  y  con  esta 
firmeza  y  intincion  respondió  á  su  padre  des- 
cubriéndole el  matrimonio  hecho,  al  qnal  no 
podía  faltar,  y  como  el  padre  la  amaua  tanto 
despidió  los  cnbajadores  dizíendo  que  al  pre- 
sente no  auia  oportunidad  para  el  effecto  de  su 
petición ;  y  como  el  soberuio  rey  de  Tracia  se 
vio  ansí  menospreciado,  por  ser  el  mas  pode- 
roso rey  que  auia  en  toda  la  Europa  y  por  ser 
su  hijo  Raymundo  muy  agraciado  principe  y 
vnico  heredero,  y  de  todas  las  princesas  de- 
seado por  marido.  Pero  por  la  gran  ventaja  y 
valor  (le  la  hennosura  de  Drusila  la  demandó 
á  su  padre  por  muger,  y  quanto  más  se  la  ne- 
garon más  él  se  aficionó  a  ella,  y  ansí  propuso 
con  gran  yra  de  la  conquistar  por  armas,  de  tal 
suerte  que  quando  ella  no  pudiosse  ser  vencida 
a  lo  menos  perdiesse  el  reyno  y  necesitarla  ha- 
zerlo  por  fuerca,  avnque  no  con  intinc-ion  de 
afrontar  ni  injuriar  su  valerosa  persona;  y  ansí 
luego  se  laucó  en  el  reyno  de  Macedonia  con 
grande  exercito  quemando,  talando  y  destru- 
yendo todo  el  estado;  y  la  desdichada  Drusila 
quando  vio  á  su  padre  y  hermanos  con  tanta 
aflicion,  llorando  maldezia  su  triste  hado  que  ú 
tal  estado  la  auia  traydo,  y  no  sabia  con  quó 
más  cunplir  con  ellos  que  con  rogarles  la  qui- 
tassen  la  vida,  pues  ella  era  la  ocasión  y  cansa 
de  aquella  tenpestad,  y  por  muchas  vezes  se  de- 
terminó a  se  la  quitar  ella  a  si  mesma,  sinoquo 
temía  el  estado  miserable  de  la  desesperación,  y 
hazer  pessar  a  su  querido  y  amado  Andronico, 
porque  creya  vierto  (')  del  que  la  amaua;  y  ansi 
suc-^ió  que  en  vna  batalla  campal  que  les  dio 
Raymundo,  por  la  gran  pujanc-a  de  esfuerzo  y 
exercito  los  venció  y  mató  al  rey  de  Macedonia 
y  dos  hijos  suyos.  De  lo  qual  la  desdichada 
Drusila  se  sintió  muy  afligida  y  le  fue  forciidu 
huyr  del  enemigo  y  su  furia  y  recogerse  en  vn 
castillo  que  era  en  el  fin  de  su  reyno  en  los  con- 
fines de  Albania,  que  no  tenia  ya  más  que  per- 
der; y  alli  muy  cubierta  de  luto  y  miseria  espe- 
raua  lo  que  della  Raymundo  quisíesse  hazer, 
teniendo  por  mejor  y  más  fácil  perder  su  vida, 
pues  ya  la  estiraaua  por  muerte,  antes  que  per- 
der al  su  Andronico  la  fe;  y  estando  ansi  des- 
consolada, huérfana  y  sola  sin  algún  socoiTn, 

(*)  G..  contiaua. 


EL  CROTALON 


197 


vino  nneua  al  reyuo  de  Albania  cómo  (')  el  rey 
de  Ljdia  haaia  rendido  en  batalla  a  du  rey  y 
tenía  preso  a  Andronico,  hijo  del  rey  de  Vn- 
gría;  y  como  Drusila  tenia  toda  su  esperanza 
en  el  fin  de  aquella  batalla,  pensando  que  como 
della  saliesse  vitorioso  el  rey  de  Albania  vernia 
con  Andronico  ^n  su  fabor  y  que  anbos  basta- 
rían para  la  restituir  en  su  reyno,  como  ya  se 
tío  la  misara  sin  alguna  e8peran9a  de  remedio 
no  hazia  sino  llorar  congojándose  (^)  amarga- 
mente, maldiziendo  su  suerte  desdichada,  no 
sabiendo  a  quién  se  acorrer.  No  tuvo  la  cuy- 
tada  otra  cosa  de  qué  asir  para  el  entreteni- 
miento de  su  consola9Íon  sino  considerar  la 
causa  tan  bastante  que  tenia  porque  llorar,  que 
le  sería  ocasión  de  morir,  y  ansi  de  acabar  su 
dolor;  y  como  Ray mundo  la  importunaba  acor- 
tándola de  cada  dia  mas  los  términos  de  su  de- 
terminación, ya  como  muger  aborrída,  teniendo 
por  9Íerto  que  ningún  suceso  podría  venir  que 
peor  fuesse  que  venir  en  manos  de  Raymundo 
siendo  vibo  su  Andronico,  determinó  yr  por  el 
mundo  a  vuscar  alguna  manera  como  le  liber- 
tar o  morir  en  prisión  con  él :  y  ansi  se  vistió 
de  loa  vestidos  de  vno  de  sus  hermanos,  y  cor- 
tándose los  cabellos  redondos  al  uso  de  los  va- 
rones de  la  tierra  se  armó  del  ames  y  sobre 
veste  de  su  hermano  sin  ser  sentida,  ni  comu- 
nicándolo con  alguna  persona,  y  un  dia  antes 
que  amane^iesse  se  salió  del  castillo  sin  ser  sen- 
tida de  las  guardas  de  fuera,  porque  a  las  de 
dentro  ella  las  ocupó  aquella  noche  como  no  la 
pudiessen  sentir;  y  ansi  con  la  mayor  furia  que 
pudo  caminó  para  el  puerto,  donde  halló  vna 
galera  ligera  que  estaña  de  partida  para  la 
Lydia,  en  la  qual  se  flet-ó  pagando  el  conue- 
niente  salario  al  piloto,  y  con  mucha  bonanca  y 
buen  tenporal  hizo  su  viaje  hasta  llegar  al 
puerto  de  su  deseado  fin.  Consolauasse  la  des- 
dichada en  hollar  la  tierra  que  tenia  en  prisión 
todo  su  bien,  y  quando  llegó  a  la  gran  9Íudad 
donde  residía  el  rey  teniasse  por  muy  contenta 
quando  vía  aquellas  torres  altas  en  que  pen- 
saua  estar  secrestado  su  amor,  y  ansi  a  la  más 
alta  y  más  fuerte  le  dezia:  ¡O  la  más  bienauen- 
turada  eptancia  que  en  la  tierra  ay!  ¿Quién  te 
hizo  tan  dichosa  que  mereciesses  ser  caxa  y 
buzeta  en  que  estuuiesse  guardado  el  precioso 
joyel  que  adorna  y  conserua  mi  coraron?  ¿Quién 
te  hizo  bote  en  que  en^crrasse  conserua  tan  cor- 
dial? ¡O  si  los  hados  me  conuertiessen  agora  en 
piedra  de  tan  feb'z  edcfi^io,  porque  a  mi  con- 
tento gozasse  de  mi  desseado  bien!  Y  diziendo 
estas  y  semejantes  lastimas,  llorando  de  sus 
ojos  se  entró  en  la  ciudad  y  fuesse  derecha  al 
palayio  y  casa  del  rey .  y  apeada  de  su  cauallo 


(•)  G.,  que. 

(>)  G.,  fatigándose. 


i 


se  entró  al  retraimiento  (')  real,  y  puesta  de 
rodillas  ante  el  rey  le  habló  ansi.  Muy  alto  y 
muy  poderoso  sefior,  a  la  vuestra  alteza  plega 
saber  cómo  yo  soy  hijo  del  rey  de  Polonia;  y 
deseo  de  exercitarmc  en  las  armas  para  mere- 
cer ser  colocado  en  la  nonbradia  de  cauallero 
me  ha  hecho  salir  de  mi  tierra,  y  teniendo  no- 
ticia que  tan  auentajadamente  se  platican  las 
armas  en  vuestra  corte  soy  venido  a  os  seruir. 
Be  manera  que  si  mis  obras  fueren  de  caua- 
llero, ofrecida  la  oportunidad  témeme  por  di- 
choso tomar  la  orden  de  cauallería  de  tan  vale- 
loso  principe  como  vos;  y  si  en  vuestro  serui- 
cío  me  recebis  me  haréis,  sefior,  muy  gran 
merced.  Estañan  delante  la  reyna  y  su  hija  So- 
phrosína  que  era  dama  de  gran  veldad,  y  el 
hijo  del  rey;  y  como  vieron  a  Drusila  tan  her- 
moso y  apuesto  donzcl  á  todos  contentó  en  es- 
tremo,  y  les  plazió  su  of raimiento,  y  a  Sophro- 
nisa  (éíc)  mucho  más;  y  después  que  el  rey  su 
padre  le  agradeció  su  venida  y  buena  voluntad, 
le  ofreció  todo  aquel  aprouechamiento  que  en 
su  casa  y  reyno  se  le  pudiesse  dar.  Sophrosina  le 
demandó  a  su  padre  por  su  donzel  y  cauallero, 
su  padre  se  le  dio:  y  Dnisila  le  fue  a  bessar 
as  manos  por  tan  gran  merced:  Sophrosina  es- 
taña muy  hufana  de  tener  en  su  semicio  vn 
tan  apuesto  y  hermoso  donzel,  porque  cierta- 
mente ansi  como  en  su  habito  natural  de  mu- 
ger era  la  mas  hermosa  donzella  que  auia  en  el 
mundo,  y  con  su  veldad  no  auia  cauallero  que 
la  viesse  que  no  la  deseasse.  Ansi  por  la  mesma 
manera  en  el  habito  de  varón  tenia  aquella  ven- 
taja que  todfM  lengua  puede  encarecer,  en  tanta 
manera  que  no  auia  dueña  ni  donzella  que  no 
deseasse  gozar  de  su  amor ;  y  ansi  Sophrosina  de- 
zia muchas  veces  entre  sí  que  si  fuesse  a  ella  cier- 
to que  el  su  donzel  era  hijo  del  rey  de  Polonia, 
como  él  lo  auia  dicho,  que  se  ternia  por  muy 
contenta  casar  con  él:  tan  contenta  estaña  de 
su  postura  y  veldad;  y  ansi  en  ninguna  cosa 
podía  Sophrosina  agradar  á  Drusila  que  no  lo 
hiziesse  de  coracon.  Y  un  dia  hablando  delante 
de  algunos  caualleros  y  reyna  sn  madre,  de  la 
batalla  y  de  la  muerte  del  rey  do  Albania,  vi- 
nieron á  hablar  de  la  prísion  de  Andronico  hijo 
del  rey  de  Vngría,  y  la  reyna  dixo  que  cierta- 
mente sería  justiciado  muy  presto,  porque  mató 
en  la  batalla  vn  sobríno  suyo  hijo  de  su  her- 
mana, y  que  su  madre  no  se  podía  consolar  por 
la  muerte  de  su  hijo  sino  con  auer  Andronico 
de  morír,  y  que  para  esto  tenia  ya  la  palabra 
del  rey;  y  como  Drusila  esto  oyó  pensó  perder 
la  vida  de  pessar,  y  con  mucha  disimulación  se 
puso  a  pensar  cómo  podría  libertar  a  su  amante 
avnque  ella  muriesse  por. él;  y  ansi  como  So- 

(*)  G..  en  la  mía  real,  donde  hallando  al  rey,  puerta 
de  rodillas  ante  61. 


198 


ORÍGENES  DE  LA  ITOVELA 


phroeiak  se  recogió  a  su  mposcnto  pasosse  Dru- 
sils  de  rodillas  ante  ella  saplicando  la  liiziese 
vna  merv-cd,  hasiendole  saber  en  cátoo  ella  aaia 
coQ^cbido  gran  piedad  de  Andronieo,  por  ^o^i- 
ficarle  Ib  rcjia  bu  señora  qae  ania  de  inorír. 
Que  te  snplicaoa  le  diesae  lífCD^ia  para  le  visi- 
tar j  consolar  porque  en  ningniia  manera  se 
podría  aafrir  a  estar  presente  eo  la  ^'iadad  a  le 
ver  morir.  Sophrosina  como  entendió  que  en 
esto  haria  a  Dmsila  gran  plazer  le  d¡¿  Incgo  vn 
anillo  mnj  preciado  que  ella  traja  en  sn  dedo 
j  le  dizo  qne  se  Fnesse  con  el  al  alcajde  del 
castillo  j  le  dizesse  que  Be  le  dezasse  ver  j  ha- 
blar. No  t*  puedo  encarecer  el  go^o  míe  Dm- 
sila con  d  anillo  llenó,  j  oomo  llego  al  castillo 
y  le  niORtrú  al  alcayde  y  reconofiíS  el  anillo  muy 
preí-iwlo  de  bo  seQora  Sophrosina:  y  por  lo  que 
conofia  de  los  fabores  que  daiía  al  sn  donzel, 
Inego  l(t  liízn  franco  el  castillo  y  le  áiá  las 
llanca,  y  sin  mas  coiipañia  ni  guarda  le  dizo 
qne  ontrasse  en  la  torre  de  la  prisión.  Gomo 
Androiiico  sintió  abrir  las  puertas  temióse  si 
era  llegada  la  hora  en  qne  lo  anian  de  jnstifiar, 
porqnc  le  ¡lar.'^ió  desasada  aqaella  risita,  y  es- 
taña confnsso  pensando  qa¿  podía  ser;  y  afn~ 
qne  no  tenia  mas  prisiones  qae  la  fuer^  de 
aquella  torre  afligíale  mucho  la  soledad  y  el 
pensar  la  hora  en  que  ania  de  morir;  y  como 
Drusila  entró  en  la  prisión  y  reconoció  al  su 
amado  Andronico,  anique  flaco  y  demudado 
todo,  se  le  fac  a  aliraear  y  bcssar  en  U  boca, 
que  no  se  podia  contener;  y  como  Andronico  se 
sintjo  ansi  acariciar  de  vn  mancebo  en  rn  es- 
tado tan  miserable  como  aquel,  estaba  confnsso 
y  turbado,  sospechoso  qne  le  llorauan  c]  punto 
de  sn  muerte;  y  cuando  ya  su  Dmsila  se  ie  dio 
k  cono9er  y  boluió  en  sí  no  ay  lengua  qne  pueda 
contar  el  plazer  que  tunieron  anbus  b  (')  dos. 
Luego  le  contó  por  cstcnso  cómo  auia  venido 
alli,  y  cómo  perdió  sus  padres,  hermanos  y 
reyno,  y  el  estado  en  que  estaña  en  el  fabor  de 
su  seflora  Sophrosina,  y  la  confian^  y  crédito 
que  se  le  daña  eu  todo  el  reyno  ('),  y  cómo 
sabia  v'i"tamente  que  auia  de  morir  y  muy 
breue,  sin  poderlo  ella  remediar  por  ser  muger; 
y  qne  por  tanto  conaenia  que  luego  tomando 
los  hábitos  que  ella  traya,  que  ae  los  dio  So- 
phrosina, la  dexasBc  con  los  que  él  tenía  Tcsti- 
dos  en  la  prisión,  y  que  él  se  fnesse  a  Tusi;ar 
cómo  la  libertar.  En  £n,  pareciendo  bien  a 
anbos  aquel  consejo  y  siendo  auisado  por  Dru- 
sila de  mucliBB  cosas  qne  conuonia  hazer  antes 
que  saliuBse  de  la  yiiidád:  cómo  Be  ania  de  des- 
pedir de  Sophrosina,  y  cómo  auia  de  aner  su 
arnés,  vestiéndose  las  ropas  qne  ella  lleuans,  y 
tomando  el  anillo,  y  vcrrando  las  puertas  de  la 


torre  se  salió,  j  dadas  las  IlBues  al  alcBvi)i'  i<'<i 
mucha  disiuink^ion  se  fue  al  palacio  si'i  <>iii' 
alguno  le  ecbasse  de  rer  por  ser  ya  cu^i  a  la 
noche,  y  entrando  a  la  gran  sala  balli'  '..  Su. 
phrosina  con  sus  padrea  y  corte  de  caualleroi 
en  gran  conuersafion;  y  puesto  de  rodillas  ante 
ella  le  dio  el  anillo;  y  por  no  dar  Sophrosina 
cuenta  «1  rey  ni  reyna  de  ninguna  coaa  no  le 
habló  en  ello  mas,  pensando  que  estando  Bolos 
sabría  lo  que  con  Andronico  paasó;  y  Andro- 
nico sin  mas  detenimiento  se  fue  al  aposento 
de  Drusila  conforme  al  aniso  que  U  dio,  y  re». 
tido  sn  ames  y  subiendo  en  su  caaallo  Be  salió 
la  puerta  de  la  yindad.  Esperó  Sophrosina  aque- 
lla noche  si  paremia  ante  ella  el  tn  douEel,  y 
como  no  le  vio,  venida  la  mañana  le  enbió  a 
vuscar,  y  como  le  dizeron  que  la  noche  antes  se 
auia  ausentado  de  la  ;iudad  pensó  auerlo  hecho 
por  piedad  que  tubo  de  Andronico  por  no  le  ver 
morir;  y  ansi  trabajaua  Sophroeiua  ponina,  se 
ezecotasse  la  muerte  en  Antlfoniro  esperando(') 
que  luego  bolueria  su  Jontel  sabiendo  (')  auerse 
hecho  justicia  del;  y  ansi  se  sufrió,  y  respondía 
al  rey  y  reyna  quando  preguutauan  por  el,  di- 
siendo que  clU  le  enbió  vna  zomada  de  alli  ron 
DH  recado.  Andronico  con  la  mayor  priesa  que 
pudo  caniíuando  toda  la  noche  se  íne  para  el 
rey  de  (')  Armenia,  porque  snpo  que  tenia  gntn 
encmiatnd  con  el  rty  de  Lydia,  y  le  dizo  ser  rn 
canallero  de  Tra^ia,  que  ania  reccbido  vn  gran 
agranío  del  rey  de  Lydia;  qne  le  suplícana  le 
díease  uu  ezen-ito,  y  qne  éi  le  quería  hacer  sn  ca- 
pitán general;  que  él  le  prometía  darlo  fácil- 
mente el  reyno  de  Ijydía  en  eu  poder,  y  que 
solo  quería  en  pago  le  híziesse  merced  del  (') 
despojo  del  palacio  real  y  prisioneros  del  caeti- 
llo;  y  ansi  cou^ertjtdos  caminó  Andronico  par» 
Lydia  con  el  rey  de  Armenia  y  sn  ezer^ito,  y 
salido  el  rey  de  Lydia  al  campo  con  su  ezer^ito 
le  mató  Andronico  en  la  (']  batalla  y  le  des- 
uarató  y  (*)  entró  la  eindad,  y  tomó  en  sn 
guarda  el  palacio  del  rey,  y  se  fue  al  castillo  y 
abierta  la  prisión  siicó  de  alli  a  bu  Drusila  con 
gran  alegría  y  plazer  de  anbos  j  gran  gozo  de 
bessos  y  abraeus;  y  descubriendo  su  estado  y 
ventura  a  quantoe  loquerian  saber  C),  vislioa 
Dmsila  de  hábitos  de  dama,  que  admírana  a 
todos  su  hermosnrn  y  vellcza;  y  poniendo  en 
poder  del  rey  de  Arux'nia  Á  la  ri'yna  (,*)  y  todo 
el  rryno  de  LydÍA,  y  ilizicndo  que  qneria  á  So- 
plirosiiiB  para  dársela  por  muger  a  rn  hcrmauíj 
snyo  la  cuiíarcó  juntamente  con  todo  el  tcsiTii 

('I  G.,  áiiieiido. 

l'l  <i.,  como  Hipie*8e. 

j'l  G.  en  pago  el. 

n  'i'ljle.' 


EL  CROTALON 


199 


del  rey.  No  huuieron  salido  dos  leguas  del 
puerto  qoando  se  les  leoantft  el  mar  con  tem- 
pestad muy  furiosa;  que  (')  después  de  dos  dias 
aportaron  a  Tiia  ysla  sola  y  desierta  y  sin  habi- 
tación que  cstaua  en  los  confínes  de  Rodas  (^) ; 
yua  Sophrosina  muy  miserable  y  cuytada  llena 
de  luto,  y  Andronico  se  la  yua  consolando,  y 
como  era  donzella  y  linda  que  no  auia  cun- 
plido  catorce  años  bastó  entre  aquellos  regalos 
y  lagrimas  mouer  el  coraron  de  Andronico  con 
su  hermosura  y  belleza;  y  ansi  como  enhastiado 
de  la  su  Drusila  passó  todo  su  amor  en  So- 
phrosina: que  ya  si  a  Drusila  hablaua  y  comu- 
nicaua  era  con  simula9Íou,  pero  no  por  vohm- 
tad;  y  ansi  fingiendo  regalar  á  Sophrosina  de 
piedad,  disimulaua  su  malicia  encubierta,  por- 
que so  color  de  que  la  lleuaua  para  su  hermano 
la  acarí^áaua  para  si,  pare^iendolc  no  ser  aque- 
lla joya  para  desechar,  y  ansi  ardiendo  su  cora- 
pon  con  la  llama  que  Sophrosina  le  causaua, 
sospírana  y  lloraua  disimulando  su  pena.  Pues 
llegados  al  puerto  de  la  ysla,  como  Drusila 
llegó  cansada  de  las  malas  noches  y  dias  paasa- 
dos  (')  saltó  luego  en  tierra  ya  casi  a  la  noche, 
y  auiendo  penado  no  queriendo  Sophrosina 
salir  del  nauio  por  su  desgracia,  sacaron  (*)  al 
prado  verde  vn  rico  paucllon  con  vna  cama: 
el  C^)  qual  recibió  aquella  noche  los  desiguales 
cora9ones  (•)  de  Andronico  y  Dnisila  en  vna; 
y  como  la  engañada  Dnisila  con  el  cansancio 
se  adormió,  y  el  infiel  de  Andronico  la  sintió 
dormida,  poco  a  poco  sin  que  le  sintiesse  se 
Icuantó  de  la  cama  C')  junto  á  la  media  noche 
y  tomándola  todos  sus  vestidos  la  dezó  sola  y 
desnuda  en  el  lucho  y  se  lan^ó  en  el  nauio;  y 
ansi  mandó  a  su  gente  y  marineros  (*)  que  sin 
más  detenimiento  leñan tassen  vela  y  partiessen 
de  alli,  y  con  tienpo  de  bonan9a  y  prospero 
viento  vinieron  en  breue  a  tomar  puerto  en  el 
reyno  de  Ma^edonia,  algunas  villas  que  avn 
estañan  por  Dnisila,  porque  Raymundo  era 
ydo  a  conquistar  a  Sicilia.  La  desdichada  de 
Drusila  como  de  su  sueño  despertó  comentó  a 
vuscar  por  la  cama  su  amante,  estendiendo  por 
la  vna  parte  las  piernas,  y  por  la  otra  echana  (•) 
los  brazos;  y  como  no  le  luilló,  como  fañosa  y 
fuera  de  seso  saltó  del  locho  desnuda  en  car- 
nes jf  sin  sosiego  alguno  se  fue  a  la  ribera 
adonde  cstaua  (*•)  el  nauio,  y  como  no  le  vio, 


(*)  G.,  Inego  como  entraron  en  el  mar  les  vino 
ana  tormenta  mny  f  ariona,  por  la  qnal. 
(')  G.,  en  el  mar  Egeo. 
(')  G  ,  dias  del  mar. 

(M  6.,  aniendo  cenado,  Dmrila  mando  sacar. 
(5  G.,  la 

(<)  R.  {Taehéido),  jnntofl. 
(*)  G.,  deleznándose  por  la  cama  se  Icnantó. 
(')  G.,  a  los  marineros  y  gente. 
{*)  G^  echando. 
(*•)  G.,  vaflcand 


presumiendo  avn  dormir  y  ser  sueño  aquello 
que  via  (')  se  comentó  cruelmente  a  herir  por 
despertar;  y  ansi  arañando  (^)  su  hermoso 
rostro  que  el  sol  obscurecía  con  su  resplandor 
y  mesando  sus  dorados  cabellos  corría  a  vna 
parte  y  a  otra  por  la  ríbera  como  adiuinando  ^u 
mala  fortuna.  Daua  grandes  l)ozes  llamando  su 
Andronico;  pero  no  ay  quien  la  responda  por 
alli,  sino  de  pura  piedad  el  equo  echo  que  por 
aquellas  concauidades  resuena  (^).  En  grandes 
alaridos  y  miseria  passó  la  desdichada  aquel 
rato  hasta  que  la  mañana  aclaró,  y  ansí  como 
el  alúa  comencó  a  ronper,  ronca  de  llorar,  todo 
su  rostro  y  delicados  miembros  despedazados 
con  las  vñas,  tomó  de  nueuo  a  correr  la  ríbera 
y  vio  que  a  vna  parte  subia  vn  peñasco  muy 
alto  sobre  el  mar,  en  que  con  gran  Ímpetu 
batian  las  olas,  y  alli  sin  algún  temor  se  subió, 
y  mirando  lezos,  agora  porque  viesse  yr  las 
velas  inchadas,  o  porque  al  deseo  y  ansia  se  le 
antojó,  comentó  a  dar  bozes  llamando  a  su  An- 
dronico, hiríendo  con  furia  las  palmas;  y  ansi 
cansada,  llena  de  dolor,  cayó  en  el  suelo  amor- 
tecida; y  después  que  de  gran  pieza  boluió  en 
si  comentó  a  dezir.  Di,  infiel  traidor,  ¿por  quó 
huyes  de  mi,  que  ya  me  tenias  vencida?  Pues 
tanto  te  amana  esta  desdichada,  ¿en  qué  podía 
dañar  tus  delcy  tes?  Pues  llenas  contigo  el  alma, 
¿por  qué  no  llenaste  este  cuerpo  que  tanta  fe  te 
ha  tenido?  ¡O  pérfido  Andronico!  ¿Este  pago 
te  mereció  este  mi  coracon  que  tanto  se  cnploó 
en  ti,  que  huyendo  de  mí  con  tus  nueuos  amo- 
res me  dexas  aqui  hecha  pasto  de  fici-as?  ;0 
amor!  ¿Quién  será  aquella  desuenturada  que 
sabiendo  el  premio  que  me  das  de  (*)  mi  fe,  no 
quiera  antes  que  amar  sor  comida  de  sierpes? 
¿De  quien  rae  quexaré?  ¿De  mi,  porque  tan 
presto  a  ti,  Andronico,  me  rendí  desobedeciendo 
a  mi  padre  y  recusando  a  Raymundo?  ¿O  que- 
xarme  he  de  ti,  traidor  fementido,  que  en  pago 
desto  me  das  este  galardón?  Juzgúelo  Dios;  y 
pues  mis  obras  fueron  por  la  fe  del  matrimo- 
nio que  no  se  deue  violar,  pues  la  tuya  es  ver- 
dadera trayC'ion  arrastrado  seas  en  campo  p«:>r 
mano  de  tos  enemigos.  /Quien  contara  el  an- 
gustia, llanto,  duelo,  querella  y  desauentwa  dt 
tanta  belleza  y  mujer  desdichada?  yo  me  mará- 
uillo  cómo  el  ^ielo  no  se  abrió  de  piedad  wiendo 
desnudos  aquellos  tan  delicados  miembros  glo- 
ria de  naturaleza  desamparada  de  su  amante^ 
hecha  manjar  y  presa  de  fieras,  esperando  su 
muerte  futura.  No  puedo  dezir  más;  porque  me 
siento  tal,  que  de  pena  y  dolor  reuitnlo,  Y  (') 


(•)G,lo. 

(*)  G.,  rasgando. 

£)  G.»  que  habita  y  resuena  por  aquellas  c«aca- 
ides. 
{*)  G.,  das  a. 
(•)  G.,  pnes. 


200 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ansí  con  la  gran  ansia  que  la  atormentaaa  8e  tor- 
nó a  desmayar  en  el  medio  de  vn  prado  teniendo 
por  cabezera  una  piedra,  y  porque  Dios  nunca 
desampara  a  los  que  con  buena  intin^ion  son 
fieles,  sucedió  que  aniendo  Raymundo  conquis- 
tado ol  reyno  de  Sicilia  boluia  yitoríoso  por  el 
mar,  y  aportando  a  aquella  ysla,  aunque  de- 
sierta se  apeó  por  gozar  del  agua  fresca,  y  an- 
dnndo  con  su  arco  y  saetas  por  la  ribera  solo, 
por  se  solazar,  vio  de  lexos  a  Drusila  desnuda, 
tendida  en  el  suelo;  y  como  la  vio,  avnque  luego 
le  pareció  ser  fícra,  quando  reconoció  ser  muger 
TÍnose  para  ella,  y  como  ^erca  llegó  y  halló  ser 
Drusila  enmudeció  sin  poder  hablar,  pensando 
sí  por  huyr  del  se  auia  desterrado  aqui  quando 
a  su  padre  le  mató.  De  lastima  della  comentó 
á  llorar,  y  ella  boluiendo  en  si  se  leuantó  del 
suelo  y  muy  llena  de  vergüenza  se  sentó  en  la 
piedra.  Pare<f ia  alli  sentada  como  solían  los  an- 
tiguos pintar  a  Diana  quando  junto  a  la  fuente 
está  echando  agua  a  Antheon  en  el  rostro.  O 
como  pintan  las  tres  deesas  ante  Paris  en  el 
jiiizio  de  la  mangana,  y  (guando  trabaja  enco- 
giéndose cubrir  el  pecho  y  el  yientre  descúbre- 
sele mas  el  costado.  Era  su  blancura  que  a  la 
iiieue  Ten^ia.  Los  ojos,  pechos,  mexillas,  nariz, 
boca,  honbros,  garganta  que  Drusila  mostraua 
se  podia  anteponer  a  quantas  en  el  mundo  ay 
do  damas  bellas  (');  y  después  de89endiendo 
mas  abajo  por  aquellos  miembros  secretos  que 
por  su  honesticbid  trabajaua  en  cubrir,  en  el 
mundo  no  tenían  en  velleza  par;  y  como  acá- 
baua  de  llorar  parecia  su  rostro  como  suele 
ser  de  primavera  alguna  vez  el  ^ielo,  y  como 
queda  el  sol  acabando  de  llouer  auiendo  des- 
conbrado  todo  el  nublado  de  sobre  la  tierra:  y 
ansi  Raymundo  captiuo  de  su  velleza  le  dixo: 
/Vos  no  soys,  mi  señora,  Drusila?  Al  qual  ella 
respondió:  yo  soy  la  desdichada  hija  del  rey  de 
Mavedonia:  y  luego  alli  le  contó  por  estenso 
todo  lo  que  por  Andronico  su  esposo  pasó,  y 
como  viniéndose  para  su  tierra  la  auia  dexado 
sola  alli  como  ve.  El  se  marauilló  a  tanta  fe 
auer  hombre  que  diesse  tan  mal  galardón,  y  le 
dixo:  pues  yo,  señora,  soy  vuestro  fiel  amante 
Raymundo  de  Tra9Ía,  y  porque  me  menospre- 
fiastes  me  atreui  a  os  enojar;  yo  tengo  el  vues- 
tro reyno  de  Ma^edonia  guardado  para  vos, 
juntamente  con  mi  coraron,  y  qnanto  yo  tengo 
está  a  vuestro  mandar;  yo  quiero  tomar  la  em- 
presa de  vuestra  satisfa^ion;  y  diziendo  esto 
saltó  al  nauio  y  tomó  vnaB  preciosas  vestidu- 
ras, y  solo  sin  alguna  compañia  se  las  boluió  a 
uestir,  y  la  truxo  al  nauio,  donde  dándola  a 
comer  algunas  consenias  la  consoló;  y  dados  a 
la  vela  la  lleuó  a  la  ^iudad  de  Constantinopla 
donde  estaña  su  padre,  el  qual  como  supo  que 

(*)  quantas  natoralesa  tiene  formadaí  hasta  agora. 


traya  a  Drusila  y  mucho  a  su  voluntad  re^'ibio 
gran  plazer,  y  luego  Raymundo  se  dispuso  yr 
a  tomar  la  satisfa^ion  de  Andronico  que  se 
auia  lanzado  en  algunas  villas  del  reyno  de 
Ma^edonia,  por  ser  marido  de  Drusila;  y  como 
no  estaña  en  lugar  (*)  avn  conocido  no  se  pudo 
defender^  que  en  breue  Raymundo  le  venció,  y 
como  le  hubo  a  las  manos  le  hizo  atar  ios  pies 
a  la  cola  de  su  cauallo  y  heríendole  fuertemente 
de  las  espuelas  le  truxo  por  el  campo  hasta  que 
le  despeda9Ó  todo  el  cuerpo,  y  ansi  le  pusieron 
por  la  justicia  de  Dios  acjui  al  ayre  como  le  ren, 
en  pena  de  su  ingratitud;  y  Raymundo  en  pla- 
zer y  contento  de  aquellos  rey  nos  se  casó  con 
Drusila,  los  q nales  dos  se  gozaron  por  muchos 
años  en  su  amor,  y  enbiaron  a  Sophrosina  para 
su  madre  a  Lydia  con  mucho  plazer,  y  después 
el  rey  de  Armenia,  por  ruegos  del  rey  de  Tra- 
9Ía,  boluió  el  reyno  de  Lydia  a  Sophrosina  y  a 
su  madre,  casó  su  hijo  con  Sophrosina  y  vinie- 
ron todos  en  prosperidad,  Ansi  que  ves  aqui  la 
pena  que  se  da  a  este  maluado  por  su  ingra- 
titud. 

Mi^iLO. — Por  cierto,  gallo,  el  cuento  me  ha 
sido  de  gran  piedad,  y  la  pena  es  qual  merejo 
ese  traydor.  Agora  procede  en  tu  peregrina- 
ción. 

Gallo. — Luego  como  subimos  al  cielo  em- 
píreo, que  es  el  9¡elo  superior,  nos  alunbró  vna 
admirable  luz  que  alegró  todo  el  spiritu  con  vii 
nueuo  y  particular  plazer,  que  no  ay  lengua  ni 
avn  entendimiento  que  se  sepa  declarar.  Era 
este  9Íelo  firme,  que  en  ningún  tienpo  se  niuene, 
ni  puede  mouer,  porque  fue  criado  para  eternal 
morada  y  palacio  real  de  Dios ;  y  con  él  en  el 
prín9¡pio  de  su  crea9Íon  fueron  alli  criados  vna 
inumerable  muchedunbre  de  inteligencias,  spi- 
ritus  angélicos  como  en  lugar  proprio  y  depu- 
tado  para  su  estan9ia  y  a  ellos  natural.  Como 
es  lugar  natui-al  el  agua  para  los  pescados,  y 
el  ayre  para  las  aues ,  y  la  tierra  para  los  ani- 
males fieros  y  de  vso  de  razón  (*).  Este  9Íelo 
es  de  imensa  y  inestimable  luz,  y  de  vna  diuina 
claridad  resplande<;iente  sobro  humano  enten- 
dimiento y  capacidad.  Por  lo  qual  se  llama  En- 
pireo,  que  quiere  dezir  fuego;  y  no  porque  sea 
de  naturaleza  y  sustancia  de  fuego,  sino  por  el 
admirable  resplandor  y  glorioso  alumbramiento 
que  de  si  emana  y  procede.  Aqui  está  el  lugar 
destinado  ante  la  constitución  del  mundo  para 
silla  y  trono  de  Dios,  y  para  todos  los  que  han 
de  reinar  en  su  diuino  acatamiento.  La  qual  luz 
qnanto  quiera  que  en  si  sea  clarissima  y  acu- 
tissima  no  la  pueden  sufrir  los  ojos  de  nuestra 
mortalidad,  como  los  ojos  de  la  lechuza  que  no 
pueden  sufrir  la  luz  y  claridad  del  sol.  Ni  tau- 

(')  ^'t  y  como  no  era  avn. 

(>)  G.,  ánimalM,  hombres  y  fieras. 


EL  CROTALON 


201 


poco  esta  Inz  bieiiauenturada  alumbra  fuera  de 
aquel  lugar.  En  conclusión  es  tan  admirable 
esta  luz  y  claridad  que  tiene  a  la  luz  del  sol  j 
luna,  9Íelo8  y  planetas  ventaja  sin  conpara^ion. 
Es  tanta  y  tan  inestimable  la  ocupación  en  que 
se  arrebata  el  alma  alli,  que  de  ninguna  cosa 
que  acá  tenga,  ni  dexa  ni  se  acuerda  allá.  Ni 
más  se  acuerda  de  padre,  ni  madre,  ni  parien- 
tes, ni  amigos,  ni  hijos,  ni  muger  más  que  si 
nunca  los  huuiera  visto.  Ni  piensa,  ni  mira,  ni 
considera  mal  ni  infortunio  que  les  puede  (') 
acá  venir.  Sino  solo  tiene  cuenta  y  ocupación 
en  aquel  gozo  inestimable  que  no  puede  enca- 
re^r. 

Mi4?iL0. — ¡O  gallo!  qué  bienaventurada  cosa 
es  oyrte.  No  me  pare<?e  sino  que  lo  veo  todo 
ante  mi.  Pues  primero  que  llegues  a  Dios  y  á 
dezirme  el  estado  de  su  magestad,  te  niego  me 
digas  :a  dispusi^ion  del  lugar. 

Gallo. — Eran  vnos  canpos,  vna  llanura  que 
los  ojos  del  alma  no  los  puede  alcan^.ar  el  fin. 
Eran  campos  y  estauan  cubiertos  porque  era 
casa  real  donde  el  Rey  tiene  todos  sus  cortesa- 
nos de  si;  y  mira  bien  agora,  MÍ9ÍI0,  que  en 
aquel  lugar  auia  todas  aquellas  cosas  que  en  el 
mundo  son  de  estima,  y  que  en  el  mundo  pueden 
causar  magestad,  deleyte,  hermosura,  alegría  y 
plazer;  y  otras  muchas  más  sin  cuento  ni  fin. 
Pero  solo  esto  querría  que  con  sola  el  alma  en- 
tendiesses;  que  todo  aquello  que  allá  ay  es  de 
mucho  más  virtud,  ex^elen^ia,  fuerza,  e]egan9Ía 
y  resplandor  que  en  las  que  en  el  mundo  ay, 
sin  ninguna  conpara^ion  (^).  Porque  en  fin  has 
de  considerar  que  aquellas  están  en  el  9¡elo,  na- 
cieron en  el  QÍelo,  adornan  el  9¡elo,  y  avn  son 
de  la  celestial  condÍ9Íon  para  el  semi^io  y  aca- 
tamiento de  Dios,  y  ansí  has  de  considerar  con 
quanta  ventaja  deuen  á  estas  exceder.  En  tanta 
manera  que  puedes  creer,  o  presumir  que  aque- 
llo es  lo  verdadero  y  lo  que  tiene  vibo  ser,  y  que 
es  sonbra  lo  de  acá,  o  fisión.  O  que  lo  del  ^ielo 
es  natural,  y  lo  del  mundo  es  artificial  y  con- 
trahecho y  sin  algún  valor.  Gomo  la  ventaja 
que  ay  entre  ('),  vn  nibi,  o  (*)  vn  diamante 
hecho  en  los  hornos  del  vidrio  en  (•)  Venecia, 
en  Cadahalso,  que  no  ay  cosa  de  menos  estima; 
y  mira  avn  quánta  ventaja  le  hazc  vn  natural 
diamante  que  fue  nacido  en  las  minas  de  acá ; 
que  puesto  en  las  manos  de  vn  principe  no  se 
puede  apreciar  ni  estimar.  Auia  por  comunes 
piedras  por  el  suelo  de  aquellos  palacios  y  pra- 
derías esmeraldas,  jacintos,  rubíes,  carbuncos, 

SI  G.,  pueda. 
R  (Nota  al  jfie  de  lapáffina):  Gregorius  *»/wír 
Job,  cap.  14.  Kt  vide  Johanem  Echium  fuiper  Eaan- 
gelíum  secunde  dominicc  pont  Fentecosten,  nomilia  4. 
(»)  G..  de. 
(*)  G.,ode. 
(•)  G.,  de. 


topacios,  perlas,  ^afires,  crisotoles  y  diamantes, 
y  por  entre  estas  corrían  muy  graciosas  y  pe- 
renales fuentes,  que  con  su  meneo  hazían  spi- 
ritual  contonto  que  el  alma  solo  puede  sentir. 
Auia  demás  dcstas  piedras  y  gemas  que  cono- 
cemos acá  otras  infinitas  de  admirable  perfc- 
9Íon,  y  avn  deucs  creer  que  por  ser  nacida  allá 
qualquiera  piedra  que  por  allí  estaña  í;¡en  mun- 
dos no  la  podrían  pagar  í  tanta  y  tan  admira- 
ble era  su  virtud!  Ansí  con  este  mesmo  presu- 
puesto puedes  entender  y  considerar  qué  era  el 
oro  de  allí  y  todo  lo  demás.  Porque  no  es  razón 
que  me  detenga  en  te  encarecer  la  infinidad  de 
cosas  preciosas  y  admirables  que  auia  allí;  la 
multitud  de  árWes  que  a  la  contina  están  con 
sus  flores  y  frutas;  y  quauto  mas  sabrosas,  dul- 
ces y  suaues  que  nunca  humana  garganta  gustó. 
Aquella  umchedunbre  de  yernas  y  flores ;  que 
jazmines,  oliuetas,  alelíes,  albahacas,  rosas,  azu- 
zenas,  clabellínas,  ni  otras  flores  de  por  acá 
dañan  allí  olor;  porque  las  pribauan  otras  mu- 
chas más  que  auia  sin  numero  por  allí.  En  vn 
gran  espacio  que  por  entendimiento  humano  no 
se  puede  conprehcnder  estaña  hecho  vn  admi- 
rable teatro  preciosamente  entoldado,  del  medio 
del  qual  salía  un  trono  de  diuiua  magestad. 
Auia  tanto  qué  ver  y  entender  en  Dios  que  al 
juizio  y  entendimiento  no  le  sobró  punto  ni  mo- 
mento de  tienpo  para  poder  contemplar  la  ma- 
nera del  edificio  y  su  valor.  Basta  que  asi  como 
quien  en  sueños  se  le  representa  vn  inumerable 
cuento  de  cosas  que  en  confuso  las  ve  en  par- 
ticular, ansí  mientra  razonauamos  los  mirado- 
res acerca  del  díuino  poder  eché  los  ojos  y  al- 
cancé á  juzgar  ser  aquel  trono  de  vna  obra,  de 
vna  entalladura,  de  vn  musayco,  mocaraue  y 
tarece  que  la  lengua  humana  le  Iiaze  gran  baja, 
ultraje  y  injuria  presumirlo  conparar,  tasar  o 
juzgar.  Que  aun  presumo  que  a  los  bienauen- 
turados  spiritus  les  está  secreto,  reseruado  solo 
a  Dios,  porque  no  hace  a  su  bienaventuranca 
aucrlo  de  saber.  En  este  trono  estaña  sentado 
Dios;  de  cuyo  rostro  salía  vn  díuino  resplan- 
dor, vna  deydad  que  hazia  aquel  lugar  de  tanta 
grandeza,  magestad  y  admirable  poder  que 
a  todos  engendraua  vn  terrible  espanto,  reue- 
rencia  y  pabor. 

Mi  VILO. — ¡Oh  gallo!  aqui  me  espanta  donde 
estoy  en  oyrtelo  representar.  Pero  dime  ¿a  qué 
parte  tenia  el  rostro  Dios? 

Gallo. — Mira,  M¡c¡lo,  que  en  esto  se  mues- 
tra su  gran  poder,  magestad  y  valor;  que  en  el 
C'ielo  no  tiene  espaldas  Dios,  porque  a  todas 
partes  tiene  su  rostro  entero,  y  en  ninguna 
parte  del  cí^lo  el  bienauenturado  está  que  no 
vea  rostro  a  rostro  la  cara  a  su  magestad;  por- 
que en  este  punto  está  toda  su  bienaucnturanca 
que  se  resume  en  solo  ver  a  Dios;  y  es  este 
preuillegio  de  tan  alto  primor  que  donde  quiera 


202 


orígenes  de  la  novela 


que  está  el  bienaucnturado,  avnqne  cstaniesBC 
acaso  en  el  infierno,  6  en  purgatorio  se  le  co- 
municana  en  sa  visión  Dios,  y  en  ninguna  parte 
estaría  que  entero  no  le  tuuicssc  ante  si. 

MigiLO. — Dime  ¿allá  en  el  9¡elo  viades  y 
oyades  todo  lo  que  se  hazia  y  dczia  acá  en  el 
mundo? 

Oallo. — Después  que  los  i)ienaueu turados 
están  en  el  acatamiento  de  Dios  ni  ven  ni  oyen, 
lo  que  se  dize  y  haze  acá,  sino  en  el  mesmo 
Dios,  mirando  a  su  diuina  magestad  reluzen 
las  cosas  a  los  santos  en  é\, 

MiviLO. — Pues  dime,  ¿comanicales  Dios 
todo  quanto  passa  acá?  ¿Ve  mi  padre  y  mi  ma- 
dre lo  que  yo  hago  agora  aqui  si  están  delante 
Dios? 

Galf.o. — Mira,  Mi^ilo,  queavnque  te  he  di- 
cho que  todo  lo  que  los  bicnauenturados  ven  es 
mirando  á  Dios  no  por  eso  has  de  entender 
que  les  comunica  Dios  todas  las  cosas  que  pas- 
san  acá.  Porque  no  les  comunica  sino  aquellas 
cosas  de  más  alegria  y  más  plazer  y  augmento 
de  su  gloría,  y  no  las  cosas  inpertinentes  que 
no  les  caussasse  gozo  su  comunicayion.  Porque 
no  es  razonable  cosa  que  comunique  Dios  á  tu 
padre  que  tú  adulteras  acá,  o  reniegas  y  blas- 
femas de  su  poder  y  majestad.  Pero  alguna 
voz  podrá  ser  que  le  comunique  que  tú  eres  (*) 
bueno,  limosnero,  denoto  y  trabajador.  Quiero 
te  dar  un  exemplo  porque  mejor  me  puedas  en- 
tender. Pongamos  por  caso  que  estamos  agora 
en  vn  gran  t(>npIo,  y  que  en  el  lugar  que  está 
el  retablo  en  el  altar  mayor  cstuuicssc  vn  pode- 
roso y  grande  espejo  do  vn  subtil  y  fino  a/.ero. 
£1  qual  por  su  linpioza  y  polídeza  y  i>erfe9¡on 
mostrasse  a  quien  cstuuiosse  junto  á  él  t<xlo 
quanto  passa  y  entra  en  la  iglesia,  tan  en  par- 
ticular que  aun  los  afíectos  del  alma  mostrasse 
de  quantoR  entrassen  alli.  Enton^-t^s  sin  mirar 
a  los  que  están  en  el  tcnplo,  con  mirar  al  espejo 
verías  todas  quantas  cosas  alli  passan  aunque 
se  hizicBsen  en  los  rincones  muy  ascendido. 
Pero  con  esto  pongamos  que  este  esjHíjo  tuuies- 
se  tal  virtud  que  no  te  comunicasse  otra  cosa 
de  todas  quantas  alli  passan  sino  las  que  te 
oonueniessen  saber.  Como  si  dixessemos  que  te 
mostrasse  los  que  entran  (^)  alli  a  rezar,  a  llo- 
rar sus  pecados,  a  dar  limosna  y  adorar  a  Dios. 
Pero  no  te  mostrasse  ni  viesses  en  6\  el  (^)  que 
entra  a. hurtar  los  frontales:  ni  los  que  entran 
a  murmurar  de  su  próximo:  ni  am  los  que  en- 
tran alli  a  tratar  canbios  y  contratos  yli^itos  y 
profanos,  |K>rquc  los  tales  no  aproucchan  auer- 
los  tú  de  saber.  Pues  desta  manera  deuei  en- 
tender que  es  Dios  vn  diuino  espejo  a  los  bien- 


(M  G., serta 
(*)  O.,  entraasen. 


auenturados,  que  todo  lo  que  passa  en  el 
mundo  reluzc  en  su  magestad:  pero  solo  aque- 
llo ve  el  bienaucnturado  que  haze  á  su  mayor 
bien,  y  no  lo  demás.  Pero  alguna  vez  acontece 
que  es  tanta  la  vanidad  de  las  peticiones  que 
suben  a  Dios  de  acá  que  muestra  Dios  reyrse 
en  las  oyr,  por  ver  a  los  mundanos  tan  necios 
en  su  oración.  Unos  le  piden  que  les  dé  rn 
reyno,  otros  que  se  muera  su  padre  para  here- 
darle. Otros  suplican  a  Dios  que  su  mugcr  le 
dexe  por  heredero,  otros  que  le  dé  venganza  de 
su  hermano;  y  algunas  vezes  permite  Dios  qin> 
redunde  en  su  daño  la  necia  petición.  Como  vn 
dia  que  notablemente  vimos  que  se  reya  Dio^, 
y  mirando  hallamos  qué  era,  porque  auia  un 
mes  que  le  inportunaua  vna  mugerzilla  casada 
que  le  tnixiesse  un  amigo  suyo  de  la  guerra,  y 
la  noche  que  llegó  los  mató  el  marido  juntos  a 
ella  y  a  él.  Do  aqui  se  puede  colegir  a  quién  s<» 
deue  hazer  la  oración,  y  qué  se  deue  en  ellas 
pedir,  ])orque  no  niueüa  en  ella  a  risa  a  Dios. 
Que  pues  las  cosas  van  por  via  de  Dios  a  los 
santos,  y  en  él  ven  los  santos  lo  que  passa  acá, 
será  cordura  que  se  haga  (*)  la  oración  a  Dios. 

MiriLO. — ¿No  es  licito  hazer  oración  a  los 
Santos,  y  pedirles  merced? 

GalIíO. — Si,  licito  es:  porque  me  hallo  muy 
pecador  con  mil  fealdades  que  no  oso  parecer 
ante  Dios.  O  como  ora  la  iglesia,  que  dize  m 
todas  sus  oraciones  ansi  C*):  Dios,  por  los  mé- 
ritos de  tu  santo  N.  nos  haz  dignos  de  tu  gra- 
9ia,  y  después  merezcamos  tu  gloria.  ¿Y  vos- 
otros pensáis  <pie  os  quiere  más  algún  santo 
que  Dios?  No  por  9¡erto;  ¿ni  que  es  mas  mise- 
ricordioso, ni  que  ha  más  conpasion  de  vos  que 
Dios?  No  por  pierio.  Pero  pedislo  a  los  8ant<^ 
porque  nunca  estáis  para  hal>lar  con  Dios,  y 
porque  son  tales  las  cosas  que  pedis  que  aueis 
verguenpa  de  pedirlas  a  Dios,  ni  parecer  con 
tales  demandas  ante  él,  y  por  eso  pedislas  a 
ellos.  Pues  mirad  que  solo  deueis  de  pedir  el  fin 
y  los  medios  para  él.  El  fin  es  la  bienauentu- 
ranpa.  Esta  sin  tasa  se  ha  de  pedir.  Pero  avii 
muchos  se  engañan  en  esto,  que  no  saben  cómo 
la  piden:  Es  vn  honbre  vsurero,  aman9eba(lo, 
homipiano,  enu idioso  y  otros  mil  vicios:  y  pi<le: 
Señor  dadme  la  gloria.  Por  yierto  que  es  nui- 
cha  razón  que  se  ria  Dios  de  vos,  porque  pcilís 
cosa  que  siendo  vos  tal  no  se  os  dará. 

MigiLO. — Pues  ¿cómo  la  tengo  de  pedir? 

Gallo. — Desta  manera:  mejorando  primero 
la  rida^  y  después  dezid  á  Dios:  Señor,  supli- 
cos  yo  que  resplandezca  en  mí  vuestra  gloria. 
Porque  en  el  bueno  resplandepe  la  gloria  do 
Dios;  y  siéndolo  vos  darse  os  ha;  y  pues  en  los 
bienes  eternos  ay  que  saber  cómo  se  han  de  |)e- 


{^\  G.,  hazer. 

(*)  (>.,  base  oravion  la  iglesia,  diziendo. 


EL  CROTALON 


208 


dir,  qoánio  más  en  los  medios,  que  son  los 
bienes  temporales.  Qne  no  ansi  atregaadamente 
los  aneis  de  pedir  para  que  se  rian  (*)  de  vos, 
sino  con  medida,  si  cumplen  como  medios  para 
vuestra  salua9Íon.  ¿Que  sabéis  si  os  sainareis 
mejor  con  riqueza  que  con  pobreza?  ¿O  mejor 
con  salad  que  con  enfermedad? 

Mi^iLO. — Pues  dime,  g^llo,  pues  es  ansi  (^) 
cerno  tú  dices,  que  ninguna  cosa,  ni  petición  va 
a  los  santos  sino  por  via  de  Dios,  y  él  se  la  re- 
presenta a  ellos,  ¿porqué  dizc  la  iglesia  en  la 
letanía:  Sánete  Petre,  ora  pro  nobis?  Sánete 
Paule,  ora  pro  nobis?  Porque  si  jo  deseasse 
mucho  alcau9ar  vna  morded  de  vn  señor,  su- 
perfina cosa  me  pare^«ria  escreuir  a  vn  su  cria- 
do vna  carta  para  que  me  fuesse  buen  tercero, 
si  supiesse  yo  yierto  qne  la  carta  auia  de  yr 
primero  a  las  manos  del  señor  que  de  su  pribñn 
do.  Porque  me  ponía  a  peligro,  qne  no  tenien- 
do gana  el  señor  de  rae  la  otorgar  rasgasse  la 
carta,  y  se  me  dcxasse  de  hazcr  la  merced  por 
ftdo  no  auer  intercesor. 

Gallo. — Pues  mira  que  esta  ventaja  tiene 
oste  principe  celestial  a  todos  los  de  la  tierra, 
que  por  solo  ver  que  hazeis  tanto  caudal  de  su 
criado  y  pribado  y  os  estimáis  por  indignos  de 
hablar  con  su  magostad,  tiene  por  bien  otorgar 
la  petición,  avn  muchas  vezes  reteniendo  la 
carta  en  si.  Porque  a  Dios  bástale  entender  de 
vos  que  soys  denoto  y  amigo  de  su  santo  qne 
ama  él,  y  ansi  por  veros  a  vos  denoto  de  su 
santo  (*)  os  otorga  la  meri?ed;  y  poco  va  que 
comunique  con  el  santo  que  os  la  otorgó  por 
amor  del,  o  por  sola  su  voluntad. 

MigiLO. — Por  ^ierto,  gallo,  mucho  me  has 
satisfecho  a  muchas  cosas  que  deseaua  saber 
hasta  aquí,  y  avn  me  queda  mucho  mas.  Deseo 
agora  saber  el  asiento  y  orden  que  los  ángeles 
y  bienauenturados  tienen  en  el  q'cIo,  y  en  que 
se  conoce  entre  ellos  la  ventaja  de  su  bienauen- 
turan^a.  Ruegote  mucho  que  no  reuses  ni  hu- 
yas de  conplazer  a  mi,  que  tan  ofre9Ído  y  obli- 
gado me  tienes  a  tu  amistad.  Pues  de  oy  más 
no  señor,  sino  amigo  y  compañero,  y  aun  dis- 
9¡pulo  me  puedes  llamar. 

Gallo. — No  deseo,  Mi^ilo,  cosa  más  que 
anerte  de  conplacer;  pero  pues  el  dia  es  venido 
quédese  lo  que  me  pidos  para  el  canto  que  se 
seguirá  (*). 

Fin  del  trezeno  (•)  canto  del  gallo  de  Luciano, 

(*)  6.,  n  ría  Dion. 

j')  G.,  pDM  68  ansí,  ^llo. 

(*)  G.9  en  Mta  deaovion. 

(*)  G.,  Ngoira. 

(*)  G.,  décimo  tercio. 


ARGUMENTO 


DEL  DE<,^IM0  QUABTO  CAKTO  DEL  GALLO  (*) 

Eo  el  dc^mo  quarto  canto  que  m  sifi^ne  el  aurlor  ronclnj-e  con 
la  Hihida  del  fklo  y  propone  tratar  la  bajada  del  infierno  (^ 
declarando  muehat  eotat  que  acerca  del  ttiviei'on  lo$ 
gentitet  hitloñadoret  y  poetat  antiguos. 

Mi^iLO. — Ya  estoy  esperando,  ¡o  gra9Íoso 
gallo  y  celestial  Menipo!  que  con  tu  dul9e  y 
eloqnente  canto  satisfagas  mí  spirito  tan  de- 
seoso de  saber  las  cosas  del  9Íe]o  como  de  estar 
allá.  Por  lo  qual  te  mego  no  te  sea  pesadum- 
bre auer  de  satisfazer  mi  alma  que  tanto  cuelga 
de  lo  que  la  has  oy  de  dezir. 

Gallo. — No  puedo,  Mi^ilo,  negar  oy  tu  po- 
tÍ9Íon,  y  ansi  digo  que  si  bien  me  acuerdo  me 
pediste  ayer  te  dixesse  el  asiento  y  orden  que 
los  angeles  y  bienauenturados  tienen  en  el 
cielo,  y  en  qué  se  conoce  allá  entre  ellos  la  ven- 
taja de  su  bienauenturan9a.  Para  lo  qual  deurs 
entender  que  todo  aquel  lugar  en  que  angeles  y 
santos  están  ante  Dios  está  relumbrando  de 
oro  muy  marauilloso  que  excede  sin  compara- 
9Íon  al  de  acá,  juntamente  con  el  resplandor 
inestimable  de  que  su  cogeta  da  el  9Íelo  en  que 
está,  como  te  dixe  en  el  canto  passado;  y  este 
lugar  está  todo  adornado  de  muy  preciosas 
margaritas  conuenientes  a  semejante  estancia. 
Están  pues  todos  aquellos  moradores  ocupadoR 
en  ver  a  Dios,  del  qual  como  de  vna  fuente  pe- 
renal pro9ede  y  emana  sumo  g09o  y  alegría  la 
qual  nunca  los  da  hastio;  pero  mientra  mns 
della  gozan  mas  la  desean.  En  esto  está  su 
bienauenturan9a  y  la  ventaja  conogela  en  sí 
cada  qual  en  la  más,  o  monos  comunica9Íon  en 
qne  se  les  da  Dios.  Cada  vno  está  contento 
con  ver  a  Dios,  y  ninguno  tiene  cuenta  con  la 
ventaja  que  otro  le  pueda  (•)  tener,  porque  alH 
ni  ay  delantera,  ni  lugar  en  que  la  prehemi- 
nen9Ía  se  pueda  conoyer.  No  ay  asientos  ni 
sillas,  porque  el  spiritu  no  re9Íbe  cansan9Ío  sen- 
tado ni  en  pie,  ni  ocupa  lugar,  y  do  quiera  quí» 
el  bienauenturado  está  tiene  delante  y  a  su 
lado  y  junto  a  si  a  Dios,  y  ninguno  está  tnn 
9erca  de  si  mesmo  como  está  Diosí  del.  De  ma- 
nera que  sillas  y  lugares  y  orden  y  prehemi- 
nen9ia  del  9Íelo  no  está  en  otra  cosa  sino  en  el 
pecho  de  Dios,  quanto  a  su  mayor  o  menor  co- 
munica9Íon ;  y  todo  lo  demás  que  vosotros  en 
este  caso  por  acá  dezis  es  por  via  de  metaphora, 
o  manera  de  dezir,  porque  lo  podáis  mejor  en- 
tender en  vuestra  manera  de  hablar.  En  esta 
pre8en9Ía  vniuersal  de  Dios  que  te  he  dado  a 
entender  están  en  coros  los  santos  ante  su  ma- 

(«)  Falta  en  R. 

(>)  U.  (  Tachado^:  Sigaesseel  deyimo  quarto  caato 
del  saeno  o  gallo  de  Luciano,  íamofio  orador  griego, 
contrahecho  en  el  cantelfano  por  el  mesmo  anctor. 

(=*)  G.,  pacde. 


204 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


gestad,  a  los  qnales  todos  mi  ángel  me  guió 
por  los  ver.  Estaua  en  lo  mas  cercano  (a  lo  que 
me  pareció)  al  trono  j  acatamiento  de  Dios  la 
madre  benditissima  del  Saluador  rodeada  de 
aquella  compañia  de  los  viejos  padres  de  la  re- 
ligión cristiana,  doze  apostóles  j  dis^ipulos  de 
Cristo  y  euangclistas,  roileados  de  aniveles  que 
con  gran  música  j  melodia  de  diuersos  instru- 
mentos y  admirables  bozes  continúan  sin  nunca 
^■esar  gloria  a  Dios.  Siguen  a  estos  grandes 
compañas  de  mártires  con  palmas  en  las  manos 
y  vnas  guirnaldas  de  roble  c'-lestial  en  las  ca- 
bezas, que  dcnotaua  su  fortaleza  con  que  su- 
frieron los  martirios  por  Cristo.  Por  el  seme- 
jante estos  estañan  acompañados  de  la  mesma 
abundancia  de  música,  y  enl»elesados  y  arreba- 
tados en  la  visión  diuina.  Estaña  luego  vna 
inuracrable  multitud  de  confessores,  pontifí^es, 
perlados,  sacerdotes  y  religiosos  que  en  vidas 
honestas  y  recogidas  acabaron  y  se  fueron  a 
gozar  de  Dios.  En  vn  muy  florido  y  ameno 
prado  de  flores  muy  graciosas  y  de  toda  her- 
mosura y  deleytc  estaua  vna  gran  compaña  de 
damas,  de  las  quales  demás  do  su  veldad 
ecliauan  de  si  vn  tan  adnn'rable  resplandor  que 
pribara  todo  juizk)  humano  si  de  beatitud  no 
comunicara.  Estas,  sentadas  en  tomo  en  aque- 
lla celestial  verdura,  hazian  gran  cuenta  de  vna 
principal  guia  que  las  entonaua  y  ponía  en  una 
música  que  con  altissimo  orden  loaua  á  Dios. 
Tenían  todas  muy  graciosas  guirnaldas  en  sus 
cabccas,  entretexidas  r(»sas,  violetas,  jazmines, 
halhelies  y  de  otro  infinito  genero  de  flores  na- 
cidas allá  que  no  se  podiau  marchitar  ni  cor- 
romper. Dellas  tafíian  órganos,  dellas  clauicor- 
dios,  monacordios.  dauicimbanos  y  otras  diuer- 
sas  sonaj'QH  acompañados  (')  con  vozes  de  gran 
suauidad.  Estas,  me  dixo  mi  ángel  que  era  la 
bianauonturada  Santa  Úrsula  con  su  compañia 
de  virgeues;  porque  demás  de  sus  honze  mil 
auia  ttlli  otro  inumerable  cuento  dellas.  Aqui 
conoci  las  almas  de  mis  padres  y  parientes  y  de 
otras  muchas  personas  señaladas  que  yo  acá 
conoci,  que  dexo  yo  agora  de  nombrar  por  no 
te  ser  importuno.  A  las  quales  conoci  por  vna 
cierta  manera  de  alumbramiento  que  por  su 
bondad  Dios  me  comunicó,  la  cual  es  vna  ma- 
nera de  conocerse  los  bienauenturados  entre  si 
para  su  mayor  gozo  y  gloriosa  comunicación. 
En  esta  alta  y  soberana  conuersacion  que  tengo 
contado  estuue  ocho  dias  por  preuillegio  y  don 
soberano  de  Dios. 

Mu;iLo.— Por  cierto,  gallo,  mucho  me  has 
dicho;  y  tanto  que  humano  pensamiento  nun- 
ca tal  concibió;  bien  parece  que  has  estado 
allá;  por  lo  qual  bien  te  podemos  (2)  llamar 

(I)  G.,  acompafiadaf. 
(>)  G.,  podremos. 


celestial.  Dime  agora  que  deseo  mucho  saber; 
allá  en  el  cielo  ay  noches  y  dias  differentes  en- 
tre si? 

Gallo. — No,  pero  después  venido  acá  me 
saludauan  mis  amigos  como  ausente  de  tanto 
tiempo,  y  por  la  cuenta  que  hallé  que  contanan 
en  el  mes.  Que  allá  todo  es  luz,  claridad,  ale- 
g^ia  y  plazer.  No  ay  tinieblas,  obscuridad  ni 
noche  donde  está  Dios  que  es  luz  y  lumbre 
eterna  a  los  que  viben  allá.  En  estos  ocho  dias 
vi,  hablé  y  comuniqué  con  todos  mis  parientes, 
amigos  y  conocidos,  y  a  todos  los  abracé  con 
mucho  plazer  y  alegria,  y  me  preguntaron  por 
los  parientes  y  amigos  que  tenían  acá,  y  yo 
los  (*)  dezia  todo  el  bien  dellos  con  que  más 
los  podia  complazer  y  deleytar,  y  no  era  en  mi 
mano  dezirles  cosas  que  los  pudiesse  entriste- 
cer, avnque  de  ninguna  cosa  recibieran  ellos 
turbación  ya  que  se  la  dixera:  porque  allá  están 
tan  conformes  con  la  voluntad  de  Dios  que 
ninguna  cosa  que  acá  suceda  los  puede  turbar, 
porque  tienen  entendido  que  procede  todo  de 
Dios,  porque  en  Dios  y  ellos  sola  ay  vna  vo- 
luntad y  querer. 

Mi(;iL0. — Dime  agora,  gallo,  ¿qué  manera 
de  habla  y  lenguaje  vsan  allá? 

Gallo. — Mira,  Micilo,  que  los  bienauentu- 
rados que  no  tienen  sus  cuerpos  allá  no  hablan 
lenguaje  ni  por  boz  esterior:  porque  esta  solo 
se  puede  hazer  y  formar  por  miembros  que 
como  instrumentos  dio  naturaleza  al  cuerpo 
para  se  dar  a  entender  como  lengua,  dientes  y 
paladar.  Pero  las  almas  que  no  tienen  cuerpo, 
cada  qual  queriendo  puede  comunicar  y  mani- 
festar sus  concibimientos  sin  lengua  a  quien  le 
plaze,  tan  claros  como  cada  vno  se  puede  asi- 
mesmo  entender,  y  ansi  Cristo  y  la  virgen  Ma- 
ría y  San  Juan  euangelista  que  tienen  sus 
cuerpos  allá  hablan  con  bozes  como  nosotros 
hablamos  aqui,  y  ansi  será  después  del  juizio 
vniuersal  de  todos  los  buenos  que  tiene  consigo 
Dios,  que  hablarán  como  agora  nosotros  quan- 
do  después  del  juizio  tuuieren  sus  cuerpos  allá. 
Pero  en  el  entretanto  con  sola  su  alma  se  pue- 
den entender. 

MiviLO. — Dime  más  que  deseo  saber:  ¿si 
esas  almas  desos  bienauenturados,  si  algún 
tiempo  vienen  acá? 

Gallo. — Quando  yo  subi  allá  muchas  almas 
de  buenos  subieron  a  gozar,  en  cuya  compañia 
entramos  en  el  cielo:  pero  al  boluer  ninguna  vi 
que  boluiese  acá:  porque  creo  que  no  seria  cor- 
dura que  siendo  el  alma  del  defnnto  libertada 
de  tan  cruel  cárcel  y  mazmorra  como  es  la  del 
mundo,  poseyendo  tanto  deleyte  y  libertad  allá 
desee  ni  quiera  boluer  acá.  Bien  es  de  presumir 
que  el  demonio  muchas  vezes  viene  al  mundo 

(•)  G.,  les. 


EL  CROTALON 


205 


haziendo  (^)  ylusíoneB  y  apariciones  dizicndo 
que  es  algún  defuuto  por  infamarle,  o  por  en- 
gañar a  sus  parientes. 

M191LO. — Pues  dime,  gallo:  ¿qué  dezian  allá 
en  el  ^ielo  de  las  bulas  y  indulgencias/  Que 
casi  quieren  dezir  los  theologos  deste  tiempo 
que  el  Papa  puede  robar  el  purgatorio  absolu- 
tamente. 

Gallo. — Dexemos  esas  cosas,  MÍ9ÍI0,  que 
no  conuiene  que  se  diga  todo  a  ti ;  y  sabe  que 
otro  lenguaje  es  el  que  se  trata  acá  differente 
del  que  passa  allá.  Que  muchas  cosas  tiene  en 
el  9Íelo  Dios  y  haze,  cuya  verdad  y  fin  rescrua 
para  si,  porque  quiere  é\,  y  porque  dene  ansi 
de  conuenir  para  el  suceso,  orden  y  dispusÍ9¡on 
del  mundo  y  a  la  grandeza  de  fu  magestad, 
y  nuestra  salua^ion.  Por  lo  qual  no  deuen  los 
hombres  escudriñar  en  las  cosas  la  causa,  fin 
y  voluntad  de  Dios,  pero  deuense  en  todo  re- 
mitir a  su  infinito  y  eterno  saber,  y  principal- 
mente en  las  cosas  que  determina  y  tiene  la 
iglesia  y  ley  que  profesas;  no  inquieras  más 
porque  es  ocasión  de  herrar:  y  boluiendo  al 
proceso  de  mi  peregrinación  sabrás  que  como 
huuimos  andado  todas  las  estancias  y  choros 
de  angeles  y  sanctos  me  tomó  el  ángel  de  mi 
guia  por  la  mano  y  me  dixo:  vn  gran  don  te 
ctorga  Dios  como  a  señalado  amigo  suyo,  el 
qual  ieues  estimar  con  las  gracias  que  te  ha 
hecho  hasta  aqui;  y  es  que  te  quiere  comunicar 
vna  visión  de  grandes  y  admirables  cosas  que 
están  por  venir;  y  dizicndo  esto  llegamos  á  vn 
templo  de  admirable  magestad,  el  qual  sobre  la 
puerta  principal  tenia  vna  letra  que  a  quantos 
la  leyan  mostraua  dezir.  Este  es  el  templo  de 
prophecia  y  diuinacion.  Era  por  defuera  ador- 
nado de  toda  hermosura,  edificado  de  jaspes 
muy  claros,  de  ámbar  y  veril  transparente  más 
que  vidrio  muy  precioso.  Era  tan  admirable  su 
resplandor  que  turbaua  la  vista:  y  como  entra- 
mos dentro  y  vi  t^nta  magestad  no  me  pude 
contener  sin  me  derrocar  a  los  pies  de  mi  án- 
gel queriéndole  adorar,  y  él  me  leuantó  dizien- 
dome:  no  hagas  tal  cosa,  que  soy  criatura  como 
tú.  Leuantate  y  adora  al  criador  y  hazedor  de 
todo  esto,  que  tan  gran  merced  te  concedió. 
Era  fundado  y  adornado  i)or  dentro  este  diuino 
templo  de  muchas  piedras  preyiosas:  de  zafires, 
calcedonias,  esmeraldas,  jacintos,  nibies,  car- 
buncos, topacios,  perlas,  crisotoles,  diamantes, 
sardo  y  veril;  y  luego  se  me  representó  en  diui- 
na  visión  todo  el  poder  de  la  tierra  quanto  del 
oriente  al  poniente,  medio  dia  y  septentrión  se 

Ímedc  imaginar,  y  estando  ansi  atento  por  ver 
o  que  se  me  mostraua  vi  de<;endir  de  lo  alto 
de  los  montes  Kipheos  a  las  llanuras  de  Tra(;ia 
vna  grande  y  disforme  vestia  llena  de  cuernos 

(*)  G.,  y  haze. 


y  cabecas,  con  cuyo  siluo  y  veneno  tenia  cor- 
rompida y  contaminada  la  mayor  parte  del 
mundo:  árabes,  egicios,  syrot*  y  persas:  hasta 
Trasiluania  y  Bohemia:  teutónicos,  anglos  y 
gálicos  pueblos.  Esta  trac  cabalgando  sobre  si 
vn  monstruoso  serpiente  que  la  guia  y  ampara, 
adornado  de  mil  colores  y  nombres  de  gran  so- 
bernia,  y  estos  juntos  son  criados  para  examen, 
prueba  y  toque  de  los  verdaderos  fieles  y  seca- 
Ces  de  Dios,  y  será  el  estado  y  señorio  desta 
fiera  más  estendido  por  causa  de  las  cobdicias 
y  disensiones  y  intereses  de  los  principes  de  la 
tierra,  porque  ocupados  en  ellos  tiene  mas  lu- 
gar sin  auer  quien  le  aya  do  resistir.  Lleuaua 
este  serpiente  en  su  cabeca  vna  gran  corona 
adornada  de  muchas  piedras  preciosas,  y  vesti- 
do de  purpura  y  de  muy  ricos  jaezes,  y  en  la 
mano  un  ceptro  imperial  con  el  qual  amenara 
subjetar  todo  el  uniuerso.  Lleuaua  en  vna  di- 
visa y  estandarte  vna  letra  de  gran  soberuia 
que  dize.  Ego  regno  a  Gange  et  Indo  vsque  in 
omnes  fines  terre.  Que  quiere  dezir.  Yo  reino 
desde  (*)  los  rios  Ganges  y  I  ndus  hasta  los  fines 
de  la  tierra.  Lleuaua  las  manos  y  ropas  t^^ñidas 
de  sangre  de  fieles,  y  dauale  a  beuer  en  vasos 
de  oro  y  de  plata  a  sus  gentes  por  más  las  en- 
crueleC'Cr.  Entonces  sonaron  tnienos,  grandes 
terremotos  y  relámpagos  que  ponian  gran  te- 
mor y  espanto,  que  parecía  desolarse  el  trono 
y  templo  y  venir  toido  al  suelo,  y  tan  grande 
que  nunca  los  hombres  vieron  cosas  de  tan 
grande  admiración,  y  fue  tanta  que  yo  cay  ató- 
nito y  espantado  a  los  pies  de  mi  ángel.  El 
qual  leñan tandome  por  la  mano  me  dixo.  ¿Do 
qué  te  espantas  y  te  marauillas?  Pues  mira  con 
gran  atención,  que  aunque  este  monstruo  y 
vestia  tiene  agora  gran  soberuia  muy  presto 
caerá;  y  no  lo  acabo  de  dezir  quando  mirando 
vi  salir  de  las  montañas  hespéricas  vn  g^ran 
león  coronado  y  de  gnn  magestad  que  con  su 
bramido  juntó  gnu  muchedumbre  de  fieras  ge- 
nerosas y  brauas  que  están  sobre  la  tierra,  las 
cuales  juntas  vinieron  contra  el  fiero  serpiente 
resistiendo  ru  furia;  y  a  otro  bramido  que  el 
fuerte  león  dio  juntó  en  los  valles  teutónicos 
todos  los  viejos  fieles  que  auia  en  la  tierra;  por 
cuya  sentencia  (aunque  con  alguna  dilación) 
fue  condenada  la  vestia  y  sus  secacos  á  muerte 
crael,  y  ansi  vi  que  a  deshora  dio  vn  terrible 
trueno  que  toda  la  tierra  tenbló,  y  de<;endiendo 
de  la  gran  montaña  vn  espantoso  y  admirable 
fuego  los  abrasa  todos  connertiendolos  en  zeni- 
za  y  pauesa.  En  tanta  manera  que  en  breue 
tiempo  ni  pareció  vestía  ni  secaz,  ni  avn  rastro 
de  auer  sido  alli;  y  ansi  todo  cumplido  vi  de- 
Cendir  de  la  alta  mcmtafia  gran  compaña  de  an- 
geles que  cantando  con  gran  melodia  subieron 

(•)  G  ,  de. 


20G 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


a  los  9¡clos  al  león,  donde  le  coronó  Dios  y  le 
asentó  para  sienpro  jamas  junto  á  si;  y  acabada 
la  visión  me  mandó  Dios  llamar  ante  sa  tríba- 
nal  j  que  propussiesc  la  cansa  porque  aaia  su- 
bido allá,  porque  cualquiera  cosa  que  yo  pi- 
diesse  se  me  baria  la  razonable  satisfaüion. 

Mi VI LO. — Querria  que  antes  que  pasasses 
adelante  me  declarasses  esa  tu  visión  o  pro- 
pbcQia.  ¿Quién  se  entiende  por  la  vestia  que 
defendió  de  aquellas  montañas,  monbtmo  y 
león? 

Gallo. — La  interpretación  desie  enigma 
no  es  para  ti:  a  los  que  toca  se  les  dará.  Va- 
mos adelante  que  me  queda  mucho  por  dezir. 
Como  ante  Dios  fue  puesto  me  humillé  de  ro- 
dillas ante  su  tribunal  y  luego  propuse  ansi. 
Sacra  y  diuina  magestad,  omnipotente  Dios. 
Porque  no  ay  quien  no  enmudezca  viendo 
vuestra  incomparable  celsitud,  querria,  señor, 
demandaros  de  merced,  que  de  alguno  de  vues- 
tros cortesanos  más  acostunbrados  a  hablar 
ante  vuestra  grandeza  mandassedes  leer  esta 
petipiou;  la  qual  estendiendo  la  mano  mostré; 
y  luego  salió  alli  delante  el  cuangelista  San 
Juan,  que  creo  que  lo  tenia  por  offi^io,  y  andi 
en  alta  voz  coraencó. 

Sacra  y  diuina  magestad,  omnipotente  Dios. 
Vuestro  icaromenipo,  griego  de  nación,  la  más 
humilde  criatura  que  en  el  mundo  tenéis,  besso 
vuestro  sacro  tril)unal  y  suplico  a  vuestra  divi- 
na magestad  tenga  por  bien  de  saber,  en  como 
el  vuestro  mundo  está  en  necesidad  que  le  re- 
mediéis mientra  no  tuuieredes  por  bien  de  le 
destruir  llegado  el  juizio  vniuersal;  el  tiempo 
del  qual  esta  según  nuestra  fe  reseniado  a 
vuestro  diuino  sabiT.  Soy  venido  de  parte  de 
todos  aquellos  que  en  el  mundo  tenemos  deseos 
de  alcanzar  la  vuestra  alta  sabiduría  y  rspccu- 
lar  con  nuestro  miserable  injenio  los  secretos 
iiicumbrados  de  nuestra  naturaleza.  Para  lo 
qual  sabrá  vuestra  magestad,  que  avnque  de 
noche  y  de  dia  por  grandes  cuentos  de  años  no 
hagamos  sino  trabajar  estudiando,  no  se  puede 
por  ningún  injenio  quanto  quiera  que  sea  per- 
piea(?issimo  alcanzar  alguna  parte  por  pequeña 
que  sea  en  estas  buenas  letras,  artes  y  s^iencias. 
Porque  han  salido  agora  en  el  mundo  vn  gene- 
ro de  hombres  somnoliento,  dormilón  imagina- 
tino,  ríxoso,  vanaglorioso,  lleno  de  ambición  y 
soberuia,  y  estos  con  gran  presunción  do  si 
mesmos  hanse  dotado  de  grandes  títulos  de 
maestros  philosophos  y  theologos,  diziendo  que 
ellos  solos  saben  y  entienden  en  todas  las 
sciencias  y  artes  la  suma  verdad;  ñendose  a  la 
con  ti  na  de  todo  quanto  hablan,  dizen,  comuni- 
can, tratan,  visten  la  otra  gente  del  común.  Di- 
ziendo que  todos  deuanean  y  están  locos,  sino 
ellos  solos  que  tienen  y  alcancau  la  regla  y  ver- 
dad del  vivir;  y  venidos  al  enseñar  de  sus 


sciencias,  muestran  según  parec^c,  queremos 
confundir  (^).  Porque  han  inuentado  tdos  no 
sé  qué  géneros  de  setas  y  opmiones  que  nos 
laucan  en  toda  confusión.  Unos  se  Ujuimui  rea- 
les y  otros  nominales.  Que  dexado  aparte  las 
niñerías  y  argucias  de  sophistas  (*),  actos  sin- 
chatcgorematicoe,  y  reírlas  de  instar  dd  Maes- 
tro Enzinas  y  los  sophismas  de  Gaspar  Lax  y 
las  súmulas  de  Zelaya  y  Coroneles  que  abso- 
lutamente, señor,  deueis  mandar  destruir,  y  que 
ellos  y  sus  auctores  no  salgan  mas  a  luz.  En 
la  philosophia  es  verguenca  de  dezir  la  diuerai- 
dad  de  príncipios  naturales  que  ponen;  inseca- 
bles átomos,  inumerables  formas,  diucrsidad  de 
materias,  ydeas.  Tantas  questiones  de  vacuo 
y  infinito  que  no  están  debajo  de  numero  con- 
que se  puedan  contar.  En  la  theologia  ya  no 
ay  sino  relaciones,  segundas  intinciones,  entia 
rationis;  cosas  que  solamente  tienen  ser  en  el 
entendimiento  y  imaginación  (');  en  fin  cosas 
que  no  tienen  ser.  Es  venido  el  negocio  a  tal 
estado  que  ya  diuididas  estas  gentes  en  qnadrí- 
llas,  glosan  y  declaran  según  sus  dos  opiniones 
real  y  nominal,  vuestra  sagrada  Escriptnra  y 
Ley;  y  según  tengo  visto.  Señor,  en  esta  xor- 
nada  que  he  hecho  acá,  que  en  todo  devanean 
y  sueñan,  sin  nunca  despertar;  y  esto,  sag^rada 
magestad,  sucede  en  gran  confusión  de  los  que 
nos  damos  al  estudio  de  las  s^'iencias  (*).  En 
lo  qual  creo  que  entiende  Sathanas  por  la  per- 
dición y  daño  del  común.  En  esto  pues  supli- 
camos a  vuestra  sagrada  magestad  proueais 
que  Lucifer  mande  a  Sathanas  que  sobresea  y 
no  se  entremeta  en  cansar  tan  gran  mal,  y  los 
auctores  se  prendan  destas  setas,  y  se  les  man- 
de tener  perpetuo  silencio,  y  que  sus  libros  y 
scriptnras  en  que  están  sus  barbaras  opiniones 
las  mandéis  quemar  y  destruir,  que  no  parez- 
can más;  y  pedimos  en  todo  se  nos  sea  heclia 
entera  justicia.  Para  la  qual  imploramos  el  so- 
berano poder  de  vuestra  diuina  magestad. 

Luego  como  la  petición  fue  leyda  proueyo 
Dios  que  yo  y  el  mi  ángel  fuessemos  por  el  in- 
fierno y  notifícassemos  a  Luzifer  lo  hiziesse 
ansi  como  se  pedia  por  mí,  y  mando  que  se  Ile- 
uasse  luego  de  alli  al  mundo  al  consejo  de  la 
Inquisición  y  que  lo  cumpliessen  y  hisiessen 
cunplir  conforme  a  la  petición  (').  El  qual  auc- 
to  luego  escríuio  San  Juan  en  las  espaldas  de 
la  petición,  y  la  refrendó  y  rubrícó  de  su  mano 
como  por  Dios  omnipotonte  fue  proueydo;  y 


nos  timbajsn  oonf  andir  que  enseñar. 


i*)  G.,  antes 

(*j  G.,  Bophiemas. 

(')  G.,  Terdaderas  imaginaciones. 


{*)  G.,  a  tal  eRtado  qae  ya  se  ^Iom  y  dechura  Toeitra 
Scriptnia  y  Ley  eegnn  doe  opiniones,  oomioal  y  real; 
y  seéan  parece  wtA  maltiplicacjon  de  coeas  todo  re- 
dunda en  confusión  de  los  injenios  que  á  estas  buenas 
sciencias  se  dan. 

(*)  G.,  como  yo  lo  demande. 


EL  CROTALON 


207 


luego  abracando  a  todos  nuestros  amigos  y  pa- 
rientes j  conocidos,  despidiéndonos  (})  de  todos 
ellos  nos  salimos  del  9Íelo  para  nos  bajar,  7 
quanclo  nos  fueron  abiertas  las  puertas  de  los 
cielos  para  salir  hallamos  junto  a  ellas  infinita 
multitud  de  almas  que  con  grandes  fuerzas  j 
inportunidad  nos  e8torl)auan,  que  ellas  por  en- 
ti'ar  no  nos  dexauan  salir;  hasta  que  un  ángel 
con  gran  poder,  furia  j  magestad  las  apartó  de 
alli,  Y  JO  pregunté  a  mi  ángel  qué  gente  era 
aquella  que  estaua  aqui,  que  con  tanto  deseo  7 
inportunidad  hazian  por  entrar  7  no  las  abrían ; 
Y  el  me  respondió  que  eran  las  almas  de  los 
que  en  el  mundo  tienen  toda  la  Yida  buenos  de- 
seos de  hazer  bien,  liazer  obras  de  Yirtud,  ha- 
zer  penitencia  7  recogerse  en  lugares  santos  7 
buencs  con  deseo  de  se  sainar  y  en  toda  su  Yi- 
da no  passan  de  allí  ni  hazen  más  que  prome- 
ter 7  mostrar  que  desean  hazer  mucho  bien  sin 
nunca  comencar,  ni  aYU  se  aparejar  a  padecer. 
A  estos  tales  danles  la  gloria  en  la  mesma  for- 
ma, porque  los  ponen  a  la  puerta  del  para7so 
con  el  mesmo  deseo  de  entrar,  7  aqui  tienen  la 
ma7or  pena  que  se  puede  imaginar:  porque 
tanto  quanto  mucho  desearon  hazer  bien  sin 
nunca  lo  comen9ar  tanto  mucho  más  en  hiíinito 
sin  comparación  les  atormenta  el  deseo  de  en- 
trar sin  nunca  los  querer  abrir;  7  en  el  tormen- 
to des  te  deseo  prouee  Dios  de  su  gran  justicia 
y  poder,  porque  en  esta  manera  los  quiere  cas- 
tigar para  siempre  jamás  abrasándoles  con  el 
fuego  de  la  justicia  diuina.  Pues  como  del  ^ielo 
salimos  licuóme  mi  ángel  7  guia  por  un  camino 
sin  huella  ni  sendero  7  aYU  sin  señal  de  auer 
pisado  ni  caminado  por  él  alguno,  de  que  me 
marauillé,  7  pregúntele  qnal  fuessc  la  causa  de 
aquella  esterilidad  7  respondióme  que  no  se 
continuaua  mucho  después  que  Crísto  passó 
por  alli  quando  resucitó,  7  la  compaña  de  loe 
santos  padres  que  entonces  sacó  del  limbo. 
Aunque  tanbien  le  passan  los  angeles  que  se 
bueluen  al  cielo  dexando  después  de  la  muerte 
sus  clientulos  y  encomendados  allá.  Repliquele 
yo:  ¿dime  ángel,  el  purgatorio  no  está  a  esta 
parte?  Respondióme:  si  está:  pero  aYn  los  que 
de  a7  passan  son  tan  pocos  que  no  le  bastan 
tríllar  ni  asenderar.  Por  cierto  mucho  deseo  he 
tenido,  Micilo,  de  llegar  hasta  aqui. 

MiciLO. — En  verdad  70  lo  deseana  mucho 
más,  porque  espero  que  con  tu  injeniosa  elo- 
<iuencia  me  has  de  hazer  presente  a  cosas  es- 
pantosas 7  de  grande  admiración  que  deseamos 
acá  los  honbres  saber.  Espero  de  ti  que  harás 
verdadera  narración  como  de  cierta  esperiencia, 
y  no  de  cosas  fabulosas  7  mentirosas  que  los 
poetas  7  hombres  prestigiosos  acostumbran 
fingir  por  nos  lo  más  encaroc<*r. 

(')  G.,  despidiéndome. 


Gallo. — Mucho  me  obligas  ;o  Micilo!  a  te 
complazer  quando  veo  cu  ti  la  confianza  que 
tienes  dezirte  70  verdad;  7  ansi  protesto  por  la 
de7dad  angélica  que  en  esta  xomada  me  acom- 
pañó de  no  te  contar  cosa  que  salga  de  lo  que 
realmente  vi  7  mi  guia  me  mostró,  porque  no 
me  atrcuere  a  hazer  tan  alto  spirítu  testigo  de 
falsedad  7  ficion.  Contarte  he  el  sitio  7  £spa- 
sicion  del  lugar:  penas,  tormentos,  fuñas,  car- 
Celes,  mazmorras,  fuego  7  atormentadores  que 
a  la  contina  atormentan  alli.  En  conclusión 
descrínirte  he  la  suma  7  puesto  del  estado  in- 
fernal, con  aquellas  mesmas  sombras,  espantos, 
miedos,  tristezas,  grítos,  lloros,  llantos  7  mise- 
ria (})  que  los  condenados  padecen  alli,  7  tra- 
bajaré por  te  lo  pintar  7  proponer  con  tanta 
esaxerncion  7  orden  de  palabras  que  te  haré 
las  cosas  tan  presentes  aqui  como  las  tube  70 
estando  allá.  Pero  primero  quiero  que  sepas 
que   no   a7  allá  aquel    Pluton,    Proserpina, 
ÍEaco  7  Cancerbero,  ni  Minos,  ni  Rhadaman* 
to  (^),  juezes  infernales.  Ni  las  lagunas  ni  rios 
que  los  poetas  antiguos  fingieron- con  su  infi- 
delidad: Flegeton,  Cocitou,  Sthigie  7  Letheo. 
No  los  campos  Eliseos  de  dele7te  differentes 
de  los  de  misería.  Ni  la  varea  de  Acheron  que 
passe  O  las  almas  a  la  otra  riñera.  Ni  a7  para 
qué  vestir  los  muertos  acá  porque  no  parezcan 
allá  las  almas  desnudas  ante  los  juezes,  como 
lo  hazian  aquellos  antiguos:  pues  siempre  que 
fueran  a  los  sepulcros  hallaran  sus  defuntos 
vestidos  como  los  enterraron.  Ni  tampoco  es 
menester  poner  a  los  muertos  en  la  boca  aque- 
lla moneda  que  otros  vsauan  poner  porque 
luego  los  passasse  Acheron  en  su  varea,  pues 
era  mejor  que  no  llenando  moneda  no  los  pas- 
sara  en  ningún  tiempo  7  se  boluieran  para 
siempre  acá.  O  que  si  las  monedas  que  algunos 
defuntos  Ueuauan  no  corrian  ni  las  conofian 
allá  por  ser  de  lexas  prouincias,  como  acontece 
las  monedas  de  vnos  reynos  no  valer  en  otros, 
necesario  seria  entonces  no  los  passar,  lo  qual 
seria  auentajado  partido  a  muchos  (*)  que  al]7 
en  el  infierno  vi.  Todo  esto,  Micilo,  cree  que  es 
mentira  7  ficion  de  fabulosos  poetas  7  historia- 
dores de  la  falsa  gentilidad,  los  quales  con  sus 
dulces  7  apazibles  versos  han  hecho  creer  á  sus 
vanos  secaces  7  lectores.  Avnque  quiero  que 
sepas  que  esto  que  estos  poetas  fingieron  no 
carece  del  todo  de  misterio  a]g6  dello,  porque 
avnque  todo  fue  ficion.  dieron  debajo  de  aque- 
llas fábulas  7  poesias  a  entender  gran  parte  de 
la  verdad,  grandes  7  mu7  admirables  secretos 
7  misterios  que  en  el  meollo  7  en  lo  interior 
querían  sentir.  Con  esto  procurauan  introducir 

(*)  G.,  miserias. 
(')  G.,  Uhodamante. 
(^)  G.,  pama. 
(*)  G.,  muchas. 


208 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


las  virtudes  y  destorrar  los  vicios  encareciendo 
j  pintando  los  tormentos,  penas,  temores,  es- 
pantos que  los  malos  y  peruersos  padecen  en 
el  infierno  por  sn  maldad;  7  ansi  dixeron  ser  el 
infierno  en  aquellas  partes  do  Sj^ilia,  por  causa 
de  aquel  monte  ardiente  que  está  alli  llamado 
Ethna  (*)  que  por  ser  el  fuego  tan  espantoso 
7  la  B7ma  tan  horrenda  los  dio  ocasión  a  fingir 
que  fuesse  aquella  rna  puerta  del  infierno;  7 
tanbien  porque  junto  a  este  monte  Ethna  y 
si/nia  dizen  los  historiadores  que  Pintón,  re7 
de  aquella  tierra,  hurtó  a  Proserpina  hija  de 
(^eres  que  siendo  niña  donzella  andana  por 
aquellos  dele7toso8  prados  a  coxer  flores.  Ansi 
con  estos  sus  nombres  7  vocablos  de  lugares, 
rios  7  lagunas  que  fingían  auer  en  el  infierno 
significauan  7  dañan  a  entender  las   penas, 
dolores  7  tormentos  que  se  dan  a  las  almas  por 
sus  culpas  allá.  Ansi  fíngian  que  Acheron  (que 
significa  priba9Íou  de  gozo)  passa  las  almas 
por  aquella  laguna  llamada  Stigie,  que  signi- 
fica tristeza  perpetua.  En  esto  dan  a  entender 
(jue  desde  el  punto  que  las  almas  de  los  conde- 
nados entran  en  el  infierno  son  pril»ado8  (})  de 
gozo  7  consolación  spiritual  7  puestos  en  tris- 
teza perpetua.  Este  es  el  primero  y  prino^ipal 
atotTnentador  de  aquel  luyar^  en  contrario  del 
estado  feliciesimo  de  la  gloria  que  es  contina 
alegria  y  plazer,  Tanbien  fingen  que  está  ade- 
lante el  rio  ílegeton  que  significa  ardor  7  fue- 
1(0,  dando  a  entender  el  fuego  perpetuo  conque 
entrando  en  el  infierno  son  atormentadas  las 
almas  por  instrumento  7  execucion  do  la  jus- 
ticia diuina;  fingen  más  que  adelante  está  el 
rio  Letheo,  que  significa  oluido,  al  qual  llegan 
a  beber  todas  las  almas  que  entran  allá,  di- 
viendo que  luego  son  pribadas  de  la  memoria  de 
todas  las  cosas  que  le  pueda  dar  consolación. 
V  dizen  que  todos  estos  rios  van  a  panir  en  la 
gran  laguna  Cociton,  que   significa  derriba- 
miento  perpetuo,  dando  a  entender  la  suma  de 
la  misería  de  los  malauentnrados  que  son  per- 
petuamente derribados  7  atormentados;  avn- 
quo  principalmente  significa  el  derribamiento  de 
los  soberuios.  Tanbien  dizen  que  este  var(|uero 
Acheron  hubo  tres  hijas  en  su  muger  la  noche 
obscura  7  cí^g^;  l^s  quales  se  llaman  Aletho, 
que  significa  inquietud,  7  Thesifone,  que  signi- 
fica vengadora  de  muerte,  7  Megera,  que  signi- 
fica odio  cruel.  Las  quales  tres  hijas  dizen  que 
son  tres  furias,  o  demonios  infernales,  ator« 
montadoras  (*)  de  los  condenados.  En  esto 
quisieron  dezir  y  dar  a  entender  7  descreuir  la 


(>)  Q.,  Ethena. 

f'j  G.,  pribadas. 

rM  G.,  atormentadores. 


s 


guerra  que  cada  alma  consigo  tiene  entrando 
allí,  7  en  estas  tres  hermanas  se  descriuen  los 
males  que  trae  consigo  la  guerra  que  son  odio, 
venganca  de  muerte  7  inquietud;  que  son  tres 
cosas  que  más  atormentan  en  el  infierno  (')  7 
avn  acá  en  el  mundo  es  la  cosa  de  mas  daño  7 
mal,  porque  demás  de  aquellos  trabajos  7  mi- 
serias que  consigo  trae  la  guerra,  que  por  ser 
todos  los  hombres  que  la  siguen  7  en  ella  en- 
tienden el  más  peruerso  7  bajo  genero  de  hom- 
bres que  en  el  mundo  a7,  por  tanto  a  la  conti- 
na la  siguen  robos,  incendios,  latrocinios,  adul- 
terios, incastos,  sacrilegios,  juegos  7  continuas 
blasfemias;  7  domas  del  espanto  que  causa  en 
el  soltar  de  las  lombardas  7  artillería,  el  relin- 
char de  los  cauallos,  la  fiereza  con  que  se  aco- 
meten los  hombres  con  enemiga  sed  7  deseo  de 
se  matar;  de  manera  que  si  en  aquel  encuentro 
mueren  van  perdidos  con  Luzifer.  Demás  de 
todos  estos  malos  que  siguen  a  la  guerra  a7 
otro  ma7or  que  es  anexo  a  su  natural,  que  es  el 
desasosiego  común.  Que  toda  aquella  prouíncia 
donde  al  presento  está  la  guerra  tiene  alterado 
los  spirítus;  que  ni  se  vsan  los  oficios,  ni  se 
exercitan  los  sacrificios;  c^^an   las  labrancas 
del  campo,  7  los  tratos  de  la  república;  piérdese 
la  honestidad  7  verguenca.  Acometense  infini- 
tas in junas  v  desafueros  7  no  es  tiempo  de  ha- 
zer  a  ninguno  justicia.  En  conclusión  es  la 
guerra  vna  furia  infernal  que  se  lanca  en  los 
coraconos  humanos  que  los  priba  de  razón; 
porque  con  razón  7  sin  furia  no  se  puede  pe- 
lear. Esto  quisieron  entender  7  significar  algu- 
nos de  aquellos  antiguos  en  aquellas  sus  ficio- 
nes ;  7  todo  lo  domas  es  poético  7  fabuloso  y 
fingido  para  cumplir  sus  metro^^  7  poesias;  7 
otros  ritos  gentílicos  como  vestir  los  muertos  7 
ponerles  dineros  (*)  en  la  boca  7  ofrecerlos 
viandas  que  ellos  coman  (')  allá  en  el  infierno, 
todo  esto  es  mentira  7  vanidad  de  gentiles  A«- 
tTculos  por  el  demonio  que  los  engañaua;  lo 
cjual  (*)  todo  tiene  (')  reprobado  la  cristiana 
religión  conforme  a  la  verdad  que  te  contaré  7 
07ras  como  70  lo  vi,  si  me  tienes  atención;  7 
pon|ue  el  dia  es  venido  doxomoslo  para  el 
canto  que  se  seguirá. 


(*)  G.,  cusas  (jue  a  la  contina  i-esiden  en  el  alma  qae 
está  en  el  infierno. 
P)  G  ,  monedas. 
(')  G.,  dixiendo  qne  las  comen. 


[*)  G.,  V  ansi. 
[»)  G.,  lo  tiene. 


Fin  del  deHm)  cuarto  canto  del  Gallo, 


EL  CROTALON 


209 


ARGUMENTO 


DEL  DSgiMO  QUINTO  CANTO  ('). 

En  el  défliino  quinto  canto  que  se  »igue  d  «actor  imitando  a 
La^no  en  el  libro  que  intituló  >^eroman(l8  flnge  def  endir 
al  infierno.  Donde  descriue  h»  estan^av  y  lugares  y  penas  de 
los  condenados  (*). 

Gallo. — Despierta,  Miyilo,  y  tenme  aten- 
ción» y  contarte  he  oj  cosas  qae  a  toda  oreja 
pongan  espanto.  No  cosas  que  oi  fingidas  por 
hombres  que  con  arte  lo  acostumbran  hazer, 
pero  dezirte  he  aquellas  oue  vi,  comuniqué  y 
con  mis  pies  hollé;  y  tí  a  hombres  padecer  con 
graue  dolor. 

MigiLO. — Di  gallo,  que  atento  me  ternas. 

Gallo. — Faborezcame  oy  mi  (•)  memoria 
Dios  que  no  me  falte  para  dezir  lo  mucho  que  su 
magestad  tiene  alli  para  muestra  de  su  justicia 
y  gran  poder,  porque  siquiera  los  malos  por  te- 
mor cesen  de  ofender.  Pues  yiniendo  al  princi- 
JHO,  por  no  dexar  cosa  por  dezir  sabrás,  que 
desde  lo  alto  del  cielo  ya  decendiendo  a  la  tie- 
rra Timos  unas  brauas  y  espantosas  montañas 
en  muy  grandes  y  ásperos  desiertos,  que  según 
tube  cuenta  con  las  dispusicíones  del  sol,  cielo 
y  tierra,  era  la  seca  Lybya  en  tierra  de  los  ga- 
ramantas,  donde  estaua  aquel  antiguo  oráculo 
de  Júpiter  Amon,  la  mesa  del  sol  y  fuente  de 
Tántalo.  Donde  Tiben  los  satyros,  «pgipanes, 
himatopodes,  y  psillos,  monstruosas  figuras  de 
hombres  y  animales.  Pues  como  aquí  llegamos 
sin  se  nos  abrir  puerta  ni  ver  abertura,  sin  -que 
syerra  ni  montaña  nos  hiziesse  estorbo  nos  f  ue- 
mos  laucando  por  aquellas  alturas  y  asperecas, 
lugares  obscuros  y  sombríos.  Como  acontece  si 
alguna  Tez  Tamos  por  yna  montuosa  deesa  cer- 
rada de  altos  y  espesos  castaños,  robles  y  enci- 
nas. Sy  acontece  caminar  al  puesto  de  yna  nu- 
blosa luna,  quando  la  obscura  noche  quita  los 
colores  a  las  cosas.  En  este  tiempo  que  a  cada 
passo  y  sonido  de  los  mesmos  píes  resuena  y 
retamba  el  solitario  monte  y  se  espeluzan  y  en- 
herican  los  cabellos ,  comencé  a  caminar  en  se- 
guimiento de  mi  guia.  Estañan  por  aquí  a  las 
entradas  gran  multitud  de  estancias  y  aposen- 
tos de  furias  y  miserias,  y  porque  el  mi  ángel 
se  me  yua  muy  adelante  sin  parar,  a  gran  cor- 
rida le  rogue  se  parase  y  me  mostrasse  en  par- 
ticular todas  aquellas  moradas.  Luego  entra- 
mos en  Tnos  palacios  hechos  en  la  concauidad 
de  aquella  áspera  peña,  lúgubres  y  de  gran  obs- 
curidad. En  lo  mas  hondo  y  retraydo  desta  casa 
auiendo  pasado  por  muchas  y  muy  desbarata- 

í<)  G.,  canto  del  gallo. 

(')  R.  (TafhadoY  Siguease  el  décimo  quinto  canto 
del  sueño  o  gallo  cíe  Lncii^uo»  famoeo  orador  griego. 
Ckmtiahecho  en  el  catteilano  por  el  meemo  aactor. 

(»)0.,oyla. 

orIqbnes  db  la  nótela.— U 


das  cámaras  y  aposentos  asomamos  la  cabeca 
a  TU  retrete,  y  a  la  parte  de  yn  rincón,  a  la  muy 
quebrada  y  casi  no  yisíble  luz,  como  a  claridad 
de  yna  candela  que  desde  que  comenco  a  arder 
no  se  despabiló  y  se  quería  ya  apagar,  ansí  (') 
yimos  estar  sentada  a  yn  rincón  yna  muy  rota 
y  desarrapada  muger;  esta  era  el  lloro  y  triste- 
za miserable.  Estaua  sentada  en  el  suelo  puesto 
el  cobdo  sobre  sus  rodillas,  la  mano  debajo  de  la 
barba  y  mexilla.  Yimosla  muy  pensatiua  y  mi- 
serable por  gran  pieza  sin  se  menear;  y  como 
al  meneo  de  nuestros  pies  miró  alcancé  a  la  yer 
TU  rostro  amarillo,  flaco  y  desgraciado.  Los 
ojos  hundidos  y  mexillas  que  hazian  mas  larga 
la  nariz,  y  de  rato  en  rato  daua  tu  sospiro  de 
lo  íntimo  (*)  del  coracon,  con  tanta  fuerca  y  afli- 
cion  que  parecía  ser  hecho  artificial  para  solo 
atormentar  almas  con  las  entristecer.  Es  este 
gemido  de  tanta  efficacia  que  traspasa  y  hiera 
el  alma  entrando  alli;  y  con  tanta  fuerca  que  le 
trae  cada  momento  a  punto  de  desesperación; 
y  esta  es  la  primera  miseria  que  atormenta  y 
hiere  las  almas  de  los  dañados  (')  y  es  tan  gran 
mal  que  sin  otro  alguno  bastaua  Tengar  la  jus- 
ticia de  Dios.  Tiene  tanta  fuerca  esta  miserable 
muger  en  los  que  entran  alli  que  ayn  contra 
nuestro  preuillegio  comencaba  con  nosotros  a 
obrar  y  empecer.  Pero  el  mi  ángel  lo  remedió 
con  su  deydad  y  pasando  adelante  yimos  en 
otro  retrete  donde  estañan  los  miserables  cuy- 
dados  crueles  yerdugos  de  sus  dueños,  quiü 
nunca  hazen  sino  comer  del  alma  donde  están 
hasta  la  consumir,  como  gusano  que  roe  al  ma- 
dero el  coracon.  Aquí  moran  las  tristes  enfer- 
medades y  la  miserable  y  trabajosa  yejez  toda 
arrugada,  flaca,  fea  y  de  todos  aborrecida. 
Aquí  habita  el  miedo  enemigo  de  la  sangre  yi- 
tal,  que  luego  la  acorrala  y  de  su  presencia  la 
haze  huyr.  Aquí  reside  la  hambre  que  fuerca 
los  hombres  al  mal,  y  la  torpe  pobreza,  de  crue- 
les y  espantosos  aspectos  anbas  a  dos.  Aquí  se 
nos  mostró  el  trabajo  quebrantado  molido  sin 
poderse  tener.  Vimos  luego  aquí  al  sueño,  pri- 
mo hermano  de  Antropos,  aquella  cruel  dueña, 
y  la  muerte  mesma  se  nos  mostró  luego  allí  con 
yna  guadaña  en  la  mano,  cobdiciosa  do  segar. 
Estañan  luego  adelante  las  dos  hermanas  del 
desasosiego;  guerra  y  mortal  discordia.  Por 
aquí  nos  salieron  a  rec<^bir  infinitos  monstruos 
que  estañan  arroxados  por  alli;  c<^i^^<^os, 
sphinges,  satyros  y  chimeras;  gorgones,  harpías 
sombras  y  lemas;  y  estando  ansí  mirando  to- 
das estas  miserables  furias  infernales  que  era 
ciertamente  cosa  espantosa  de  yer  sus  puestos 
y  figuras  monstruosas,  sentimos  yenir  yn  gran 


(t)  G  ,  aquí. 

m  R.  (Tachado)  hondo. 

(^  G.,  condenadoe. 


210 


orígejíes  de  la  novela 


tropel  y  raydo  como  qne  se  auia  soltado  Toa 
jET'an  presa  que  cstuiiieasc  hecha  de  muchos 
dias  de  algún  caudaloso  bra90  de  mar.  Sonaua 
vna  gran  huella  de  pies,  murmuración  de  len- 
guas de  diuersas  naciones,  y  como  más  se  nos 
yuan  cercando  sentíamos  grandes  lloros  y  ge- 
midos, y  acercándosenos  más  entendíamos  gran- 
des blasfemias  (*)  de  españoles,  alemanes,  fran- 
ceses, ingleses  y  ytalianos;  y  como  sentimos 
que  se  nos  yuan  más  llegando  y  que  comen  va- 
nan ya  a  entrar  por  donde  nosotros  estañamos 
me  apañó  mi  ángel  por  el  braco  y  me  aparto  a 
vn  rincón  por  darles  lugar  a  passar;  que  venia 
tan  gran  multitud  de  almas  que  no  se  podían 
contar,  y  quanto  topauan  lo  lleuanan  de  tropel; 
y  preguntando  qué  gente  era  aquella  nos  dixe- 
ron  qne  el  Enperador  Carlos  auia  dado  vna  ba- 
talla campal  al  Duque  de  Gueldres,  en  la  qual 
le  auia  desuaratado  el  excrcito  y  preso  al  Du- 
que, y  qne  en  ella  auia  muerto  de  ambas  las 
partee  toda  aquella  gente  que  yua  allí. 

Mi(;iL0. —  Pues  ¿cómo,  gallo,  todos  fueron 
al  iniiemo  quantos  murieron  en  aquella  vatalla? 
Pues  licita  era  aquella  guerra,  a  lo  menos  de 
parte  del  Emperador. 

Gallo. — Mira,  Micilo,  qne  ya  que  esa  gue- 
rra no  t'uesse  licita  según  ley  euangelica.  basta 
serlo  de  auctoridad  eclesiástica  para  que  se  pue- 
da entre  principes  cristianos  proseguir;  porque 
con  este  titulo  ayuda  para  ellas  con  indulgen- 
cias su  sanctidad.  Pero  mira  qne  no  todos  los 
que  mueren  en  la  guerra  van  al  infierno  por 
morir  en  ella,  pues  muchos  buenos  y  justos 
Holdados  andan  en  ella;  ni  van  al  infierno  por 
causa  de  ser  injusta  la  guerra  (*)  porque  saber 
lá  verdad  de  su  justicia  no  está  a  cuenta  de  los 
soldados,  sino  de  los  principes  que  la  mueuen; 
los  vnos  por  la  dar  y  los  otros  por  se  defender 
y  principalmente  si  la  muene  el  supremo  prin- 
cipe siempre  se  presume  ser  justa.  Pero  sabe 
que  los  soldados  que  mueren  en  la  guerra  van 
principalmente  al  infierno  porque  en  vniuersal 
los  toma  la  muerte  en  pecados  que  los  llenan 
allá.  En  juegos,  blasfemias,  hurtos,  ninguna 
guarda  en  los  preceptos  de  la  iglesia,  ni  reli- 
gión. Enemistades,  yrns,  enojos,  pasiones,  lu- 
xurias,  robos,  sacrilegios  y  adulterios;  y  ansí 
dnró  este  tropl  de  gente  más  de  seys  meses 
continos  que  no  hazian  a  toda  furia  sino  entrar 
porque  dezian  que  entonces  el  Emperador  pro- 
siguió la  guerra  entrando  por  Francia  con  gran 
mortandad  y  rigor  hasta  llegar  a  vna  rindad 
que  llaman  Troya  muy  principal  en  aquel  rey- 
no,  y  por  otra  parte  entraña  el  rey  de  Yngala- 
terra  c<»n  grande  exercito  desolando  a  Francia 


(*)  G.,  entendía niofl  grandes  blasfemias  de. 
(')  R.  {Nota  marginal).  AugwiÚnuñ  Contra  FatU' 
tum  herecticMm^  lib.  22,  cap,  74. 


sin  auer  piedad  de  ninguna  criatura  que  en  su 
poder  pudiesse  auer.  Marauillado  estaña  yo 
pensando  dónde  podía  caber  tanta  gente,  y  en- 
trando adelante  vimos  vna  entrada  a  manera  do 
puerta  que  parecía  diffcrenciar  el  Ingar.  Oyn- 
mos  dentro  gran  ruydo  de  cadenas,  bozes,  la- 
grimas, sospiros  y  sollozcos   que  mostranaa 
gran  miseria.  Pregunté  a  mí  ángel  que  lugar 
era  aquel.  Respondióme  ser  el  purgatorio,  doi:- 
de  se  acaban  de  purgar  los  buenos  para  subir 
después  a  gozar  de  Dios;  y  tanbien  yo  alcé  la 
cabeca  y  leí  ser  aquello  verdad  en  vna  letra  que 
estaña  sobre  la  puerta;  y  por  no  nos  detener 
determinamos  de  pasar  adelante,  y  en  esto  su- 
cedió qne  llegaron  donde  estañamos  vn  demo- 
nio y  vn  ángel  que  trayan  vn  alma;  que  segiui 
parece  el  ángel  era  su  guarda  y  el  demonio  era 
su  acusador,  como  cada  vno  de  vosotros  tiene 
en  este  mundo  mientras  vibis;  y  como  llegaron 
donde  entauamos  paróse  un  poco  el  su  ángel 
con  el  mío  como  a  preguntarle  donde  venía;  oí 
qual  nos  respondió  que  a  traer  este  su  clientulo 
al  purgatorio,  que  auia  sesenta  años  que  le 
guardana  en  el  mundo:  y  en  el  entretanto  arre- 
bato el  demonio  de  aquella  anima  y  corriendo 
por  vn  campo  adelante  la  Ueuaua  camino  del 
infierno,  y  como  el  alma  conoció  por  la  letra 
que  la  possaua  del  purgatorio  comencó  a  dar 
vozes  a  su  ángel  que  la  defendiesse;  y  ansí  fue 
presto  su  angol  y  alcancandolos  tubo  recio  de- 
11a  y  conuenieron  ante  nosotros  como  en  jnizio. 
Dezia  el  demonio  que  la  auia  de  llenar  al  in- 
fierno porque  no  mostraua  preuillegío  de  aueti»- 
ridad  {})  para  la  dexar  en  el  purgatorio,  y  oí 
alma  mostró  vna  fraternidad  qne  traya,  sellada 
y  firmada  del  (jreneral  de  San  Francisco;  el  do^ 
monio  respondió  que  no  la  conocía  ni  la  qneria 
obedecer;  luego,  llorando,  alegó  el  alma  tener 
la  Bulla  de  la  Cruzada,  sino  qne  se  le  oluidó  en 
casa  vna  caxa  de  Bullas  que  tenia  en  su  cáma- 
ra, y  rogo  que  le  doxasse  boluer  por  ellas;  y  mí 
ángel  los  procuró  concertar  diziendo  que  se 
quedasse  alli  en  rehenes  el  alma  mientras  el 
ángel  de  su  guarda  boluia  al  mundo  por  la 
Bulla;  y  ansí  boluio,  pero  tardóse  tanto  en  bus- 
carla que  nos  descny damos  y  el  demonio  cogió 
del  alma  y   lleuósela,  que  nunca  mas  la  vi- 
mos (*).  Principalmente  porque  la  probó  que 
la  mayor  parte  de  la  vida  hauia  sido  vicioso,  co. 
medor,  glotón  y  disipador  de  hazienda  y  tiem- 
po, y  distraydo  de  la  Ley  de  Dios;  y  a  esto  la 
conuencio  a  consentir.  Pero  por  el  contrario 
alegaron  el  alma  y  su  ángel  por  su  parte  qne 
aunque  todo  esto  fuesse  verdad,  pero  qne  a  la 
contina  tubo  cuenta  con  Dios  y  con  su  concion- 

(*)  6.,  no  aaia  raxon. 

{(')  Este  párrafo  se  halla  tachado  en  el  manuscrito 
^  de  tal  manen  que  nos  ha  costado  sumo  trabajo  el 
eerlo. 


EL  CKOTALON 


211 


9.ia,  confessando  a  los  tiempos  douidos  sas  pe- 
cados 7  haziendo  peniten9Ía  dellos,  y  (')  ansi  lo 
auia  hecho  en  el  d¡9e80  y  salida  de  la  vida  re- 
cibiendo todos  los  sacramentos  de  la  iglesia,  te- 
niendo gran  confianza  en  la  passion  de  Cristo 
con  gran  arrepentimiento  de  sus  culpas;  y  ansi 
fue  concluydo  por  mi  ángel  serles  perdonadas 
por  Dios,  y  que  solo  qnedaua  obligada  a  algu- 
na pena  temporal  del  purgatorio;  y  ansi  la  dexó 
alli,  y  nosotros  luego  comentamos  a  caminar 
por  vnos  campos  llanos  muy  grandes  quanto 
nuestros  ojos  y  vista  se  podia  estender  (*), 

Mi<;iL0.  —  Pues  dime,  gallo,  ¿no  dizes  que 
estaua  todo  obscuro  y  en  tinieblas?  ¿De  dónde 
teniades  luz  para  ver? 

Gallo. — Obscuro  es  todo  aquel  lugar  a  so- 
los los  condenados  por  la  justi^'ia  de  Dios;  pero 
para  los  otros  todos  prouee  Dios  alli  de  luz, 
porque  do  quiera  que  está  el  justo  tiene  bas- 
tante claridad  para  perspica^issimamente  ver; 
y  desde  Icxos  comen^mos  a  oyr  la  grita  y  mi- 
sería  de  las  almas,  el  ruido  de  los  hycrros  y 
cadenas,  los  golpes  y  furia  de  los  atormenten 
dores,  el  sonido  y  tascar  dol  fuego,  humo  y 
9entellas  que  de  aquellos  lugares  de  miseria 
salian.  Era  tan  g^nde  y  tan  temerosa  la  des- 
uenturade  aquel  lugar  que  mil  yezes  me  arre- 
pentí de  venir  alli,  y  quisiera  dexar  de  presen- 
tar la  petición,  sino  que  el  ángel  me  esforzó  y 
no  me  quiso  bolucr.  Ya  se  despartían  por  aque- 
llos campos  (aun  (')  lexos  del  lugar  de  las 
penas)  tantas  quadrillas  de  demonios  tan  feos 
y  de  íÁuto  espanto  que  avn  del  preuillegio  que 
lleuanamos  no  me  osaua  fiar  temiendo  si  auia 
de  quedar  yo  alli;  y  vna  vez  se  llegó  vn  demo- 
&¡o  a  me  trauar,  ¡o  dios  inmortal  en  quanta 
confusión  me  vi!  que  casi  perdi  el  ser,  y  prin- 
(^ipalmente  qnando  tornaua  aquel  demonio  que 
embió  al  ángel  por  la  Bulla...  (^)  Es  tan  su^ia, 
tan  contagiosa,  tan  hidionda  su  conuer6a9Íon, 
y  alanza  de  si  tanta  confusión  y  mal,  que  me 

Í tárele  que  vna  de  las  principales  penas  y  ma- 
es  de  aquel  lugar  es  su  compafiia  y  conuersa- 
9Íon.  Porque  ansi  como  en  el  cielo  aquellas  al- 
mas benditas  de  su  naturaleza  hasta  el  uiesmo 
suelo  que  hollamos,  y  el  ayre  que  corre  por  alli 
consuela,  alegra;  aplaze  y  os  anima  y  esfuerza 
para  vibir  en  toda  su  anidad,  ansi  por  el  con- 
trario acá  estos  (')  demonios  de  su  natural,  el 
lugar  y  el  todo  lo  que  alli  veys  tiene  toda  tris- 
teza y  desconsolación ;  y  tanta  que  no  la  podéis 
sufrir,  porque  todo  está  alli  criado,  enderecado 
y  puesto  para  tormento  y  castigo,  para  satis- 


(y  G.,  y  f\nt. 

(^  Esto  párrafo  está  escrito  al  margen  del  anterior 
(')  G.,  aanqne  avn  eKtaaamoA. 
{*)  Signen  tres  ó  caatro  palabras  tachadas  6  ile- 
gibles. 
(*)  G.,  en  el  infierno  los. 


fazer  la  justicia  de  Dios  después  que  el  pecador 
la  injurió  traspasando  (^)  su  ley. 

MigiLO. — ^¿No  ay  puerta  que  guarde  estas 
almas  aquí? 

Gallo. — ^No  tiene  necesidad  de  puerta  por- 
que para  cada  alma  ay  veynte  mil  dcmoni(>s 
que  no  se  les  puede  yr,  ni  nunca  momento  . 
están  sin  las  atormentar.  El  vno  las  dexa  y  el 
otro  las  toma:  de  manera  que  nunca  cosan  para 
siempre  jamas:  ni  ellos  se  pueden  cansar,  ni 
ellos  pueden  morir,  sino  siempre  padescer.  Ansi 
llegamos  a  vn  rio  admirable,  espantoso  y  de 
gran  caudal,  que  corria  con  gran  furia  vn  licor 
negro  que  a  parecer  y  juizio  nuestro  era  pez  y 
Cufre,  y  este  ardía  vn  fuego  el  mas  fuerte  y 
efficaz  que  nunca  se  vio,  o  que  Dios  crió.  Ca- 
lentaua  a  gran  distanyia  y  avn  a  infinita  a  los 
condenados  a  él  sin  le  poder  resistir  ni  sufrir 
sin  mortal  passion.  Corria  de  oriente  a  poniente 
sin  cesar.  En  este  anía  imnumerable  cuento  do 
almas  que  nunca  faltan  alli;  y  preguntó  al  mí 
ángel  qué  rio  era  aquel  tan  espantoso  y  él  uto 
respondió  que  era  el  que  los  antiguos  llamaron 
Flegeton,  en  el  qual  entran  todas  las  almas 
que  entran  en  el  infierno,  porque  este  es  el  fue- 
go que  tiene  fuerya  en  la^  almas,  por  ser  ins- 
trumento de  la  justicia  de  Dios.  Este  fuego  las 
abrasa  y  quema  do  quiera  que  están  para  siem- 
pre jamas.  Ninguna  alma  puede  passar  ade- 
lante sin  entrar  por  él,  porque  no  tiene  puente 
ni  varea;  y  si  el  alma  quisiese  lK)lar  la  quema- 
ría aquel  fuego  las  alas  y  caería  en  él.  Por  la^ 
riberas  deste  río  están  infinitos  coxixos,  sier- 
pos  (*),  culebras,  coquodrillos,  áspides,  escor- 
piones, alacranes,  emorrhoys,  chersidros,  che- 
lidros,  cencris,  amodites,  conistas,  scithalas,  y 
la  seca  dipsaa;  anphísibena  sierpe  de  dos  cabe- 
C^is,  y  natrix,  y  jáculos  que  con  las  alas  volan 
gran  distancia.  Están  aquí  las  sierpes  phareas, 
porphíro,  pester,  seps  y  el  A'asilísco.  También 
están  aquí  dragones  y  otros  ponyoñosos  anima- 
les; porque  si  acaso  acontece  salirse  alguna 
alma  del  rio  pensando  respirar  por  la  ribera  con 
algún  alibio  y  consolación  luego  son  heridas 
destas  venenosas  serpientes  y  coxixos  que  las 
hazen  padecer  doblado  tormento  y  nial ;  y  ansi 
de  algunos  que  salieron  te  quiero  contar  su  ar- 
repentimiento. Aconteció  salir  a  la  ribera  de- 
lante de  nosotros  vn  viejo  capitán  español  que 
conocimos  tu  y  yo.  El  qual  acertó  a  pisar  vna 
dipsas,  sierpe  ct-uel,  y  ella  bnelta  la  cabeca  le 
picó,  y  luego  en  un  momento  se  estendió  por 
todo  él  la  ponzoña  de  vn  fuego  que  le  roya  los 
tuétanos  y  vn  calor  que  le  corrompía  las  entra- 
fias,  y  aquella  pestelencia  le  chupaua  el  rededor 
del  corayon  y  partes  vitales,  y  le  quemaua  el 


(1)  (v.,  qae  passo  el  pecador  su  ley. 
(')  G.,  BÍerpee. 


212 


orígenes  de  la  novela 


paladar  y  lengua  con  vna  sed  imensa  j  sin 
compara9Íon,  qae  en  todo  sa  ser  no  aaia  deza> 
do  punto  de  humor  que  sudar,  ni  lagrima  con 
que  llorasse,  que  todo  se  lo  ania  ya  la  pon90ña 
resoluido;  y  ansi  como  furioso  corria  por  los 
campos  a  yuscar  las  lagunas  que  en  las  entra- 
ñas le  pedia  el  ardiente  veneno.  Pero  aynque 
se  fuera  al  rio  Tañáis  y  al  Ródano  y  al  Po,  y 
al  Nilo,  Indus,  Eufrates,  Danubio  y  Xordan 
no  le  mataran  todos  estos  rios  vn  punto  insen- 
sible  de  su  ardiente  sed,  y  ansi  desesperado  de 
hallar  aguas  se  bolnio  a  zapuzar  en  su  rio  de 
donde  salió.  Pregunté  que  pecado  auia  causado 
tal  genero  de  tormento  y  respondióme  mi  án- 
gel que  este  auia  sido  en  el  mundo  el  mas  in- 
sa9Íable  y  yÍ9Íoso  vebedor  de  vino  que  nunca 
en  el  vniuerso  se  vio,  y  que  por  tanto  le  (') 
atormentauan  (^)  ansi.  Dende  a  poco  a9erto  a 
salir  a  la  ribera,  otra  alma,  y  vna  serpiente  (') 
pequeña  llamada  seps  le  picó  en  la  pantorrí- 
11a,  y  avnque  en  picando  saltó  afuera,  luego  se 
le  abrió  en  tomo  de  la  picadura  vna  boca  que 
mostraua  el  hueso  por  donde  auia  sido  la  mor- 
dedura, todo  nadando  en  podre,  y  ansi  se  le 
resoluio  y  derritió  la  pantorrilla,  morcillos  y 
muslos  destilando  del  vientre  vna  podre  negra, 
y  reuentole  la  tela  en  que  el  vientre  y  entesti- 
nos  están  y  cayeron  con  las  entrañas.  En  fin 
las  ataduras  da  los  neruios  y  contextura  de  los 
huesos  y  el  arca  del  pecho,  y  todo  lo  que  está 
ascondido  en  derredor  de  las  vitales  partes,  y 
toda  la  compostura  del  hombre  fue  abierta 
con  (^)  aquella  peste;  y  todo  lo  que  hay  natu- 
ral en  el  honbre  se  dexaua  bien  ver,  que  no  pa- 
remia sino  vna  muerte  pintada;  sino  que  mira- 
mos que  con  estar  todo  deshecho  y  conuertido 
en  podre  nunca  acabó  de  morir,  pero  ansi  fue 
tomado  ante  nosotros  por  vn  demonio  y  fue 
arroxado  por  los  ayres  en  Fleton.  ^sta  me 
dixo  mi  ángel  que  era  el  alma  de  vna  dueña 
muy  delicada  y  regalada  que  con  vnturas  cu- 
riosas y  odoríferas  cnraua  su  cuerpo  y  adelga- 
9aua  sus  cueros,  y  que  con  semejantes  tormen- 
tos son  fatigados  los  que  en  tales  exer9Í9¡os  se 
ocupan  en  el  mundo  para  satisfazer  la  la9Íuia 
de  su  carne.  Desde  ay  a  poco  salió  del  rio  otra 
alma  que  como  escapada  de  vna  prisión  o  tor- 
mento muy  brauo  yua  por  el  campo  huyendo 
pensando  poderse  librar,  y  acaso  le  picó  vna 
sierpe  llamada  pester  y  al  momento  paró  y  se 
le  en9endió  el  rostro  como  fuego  y  se  comen9Ó 
toda  a  inchar  que  en  breue  tiempo  vino  a  estar 
tan  redonda  qne  ningún  miembro  mostraua  su 
forma  ni  fa^ion,  sino  toda  ella  so  hizo  redonda 
como  vna  pelota  y  mucho  mayor  de  estatura 

(•)  G.,so. 

»)  G.,  sierpe. 
*)  G.,  de. 


que  ella  vino  allí,  y  por  cima  desta  incha9on  por 
todas  partes  le  salian  vnas  gotas  de  sudor  de 
vna  espuma  dañada  que  la  ponzoña  le  hacia 
votar,  y  ella  estaña  allá  dentro  zabullida  en  su 
cuerpo  que  le  tenia  dentro  del  pellejo  abscon- 
dida  como  a  caracol,  y  estaña  dentro  en  si  her- 
uiendo  como  vna  olla  de  agua  puesta  a  vn  gran 
fuego;  ansi  la  hernia  aquella  en9endida  pon90- 
fia  dentro  en  las  entrañas,  hasta  que  subiendo 
en  demasia  la  cre9iente  de  la  hincha9on,  dando 
un  gran  sonido  a  manera  de  trueno  reuentó,  sa- 
liendole  aquella  pestelen9Íal  podre  por  muchas 
partes  con  tan  fuerte  hidiondez  que  por  nin- 
guna via  se  podia  sufrir;  y  luego  llegó  vn  de- 
monio atormentador  que  la  cogió  por  una  pier- 
na y  la  boluio  por  el  ayre  arrojar  en  el  medio 
del  rio.  Esta  nos  dixo  aquel  demonio  ser  el 
alma  de  vn  muy  inchado  y  sobcruio  juez  que 
con  tirania  trauajaua  tropellar  a  todos  en  el 
mundo  sin  hazer  a  alguno  justizia,  pero  a  todos 
hazia  Q)  agrauio  y  sin  razón.  A  otra  alma  que 
yua  huyendo  del  fuego  y  prisión  mordió  vna 
serpiente  llamada  hemorrois  en  vn  bra90  y 
luego  súbitamente  saltó  dól  al  suelo  y  quedó 
toda  el  alma  acreuillada  de  agujeros  pequeños 
y  muy  juntos  por  los  quales  la  pon9oña  les 
salia  enbuelta  en  sangre;  de  manera  que  por  to- 
dos los  poros  le  manaua  con  gran  continur9Íon 
y  las  lagrimas  que  por  los  ojos  le  salia  era  de 
aquella  empon90ñada  de  sangre  ;ypor  las  narizes 
y  boca  le  salia  vn  grande  arroyo  sin  nunca  9esar. 
Todas  las  venas  se  abrieron  y  súbitamente  se 
desangró,  y  con  gemidos  muy  doloridos  pan^ia 
morir  sin  poder  acabar;  y  ansi  tomándola  vn  de- 
monio sobre  sus  espaldas  se  lan^ó  al  fuego  con 
él.  Esta  era  vn  alma  de  vn  medico  que  en  el  mun- 
do con  gran  descuydo  sin  estudio  ni  considera- 
ción vsaua  de  la  medÍ9Ína  por  solo  adquirir  honr- 
ra  y  riquezas  con  peligro  de  los  que  a  sus  manos 
venian ;  principalmente  vsaua  de  la  sangría  con 
peligro  de  los  pai^ientes  sin  miramiento  alguno,  . 
Luego  fue  mordida  por  vna  serpiente  llamada 
áspide  vna  alma  de  vn  solicito  cambiador  des- 
pierto y  vibo  para  atesorar,  la  qual  en  siendo 
mordida  se  adormerio  de  vn  sueño  mortal  (*)  y 
luego  cayo  en  el  suelo.  Aun  le  parecía  a  la  des- 
uenturada  alma  auer  acertado  en  alguna  suerte 
que  la  pudiesse  dar  algún  momento  de  des- 
canso, pues  el  punto  que  dormiesse  podría  no 
sentir,  y  ansi  no  pade9er;  y  avn  juzgamos  que 
le  era  buen  trueque,  pues  no  auiendo  dormido 
con  sosiego  en  el  mundo  por  adquerir  ríquezas 
venia  a  dormir  aqui.  Pero  engañóse;  porque 
llegó  a  ella  vn  demonio  atormentador  que  a  su 
pesar  la  despertó,  porque  tanto  quanto  más  el 
veneno  del  áspide  la  adormecía  el  demonio  la 

(*)  G.,  tropellaua  lutziendolep. 
(')  G.,  profando  sueño. 


EL  CROTALON 


213 


despertaaa  cou  vii  agudo  (')  aguijón  de  tres 
pnntas  de  azero.  En  esto  padeció  la  desaenta- 
rada  alma  per  gran  pieza  el  más  cruel  y  des- 
graciado tormento  que  con  ninguna  lengua  hu- 
mana se  puede  encarecer;  porque  con  ningún 
genero  de  muerte  ni  tormento  se  puede  compa- 
rar. Estando  pues  mirando  esta  tragedia  cruel 
llegó  al  rio  yna  gran  multitud  de  almas  que 
querian  pasar,  las  quales  todas  venian  hermo- 
sas, agraciadas  y  bien  dispuestas  al  parecer,  y 
miré  que  cada  vna  dellas  Ueuaua  yh  ramillete 
en  la  mano  quál  de  enzina,  quál  de  castaño, 
roble  y  yipres;  yo  pregunté  a  mi  ángel  qué  com- 
pañia  era  aquella  de  almas  que  estañan  alli, 
porque  me  pareyio  ser  para  el  infícrno  de  dema- 
siado solaz.  El  me  respondió,  que  todas  eran 
almas  de  mancebas  de  clérigos;  yo  le  pregunté, 
¿qucs  qué  significan  aquellos  ramilletes  que 
llenan  en  las  manos,  pues  en  ellas  no  denotan 
la  virginidad?;  y  él  me  respondió  que  desde  la 
primitiua  iglesia  auian  sido  las  mancebas  de  los 
abbades  umlas  del  diablo  para  acarrear  lefia 
para  atizar  el  fuego  del  infierno;  y  que  por  ser 
entonces  pocas  avnque  trayan  grandes  cargas 
no  lo  podían  abastar,  y  agora  les  mandauan 
que  llenasse  cada  vna  vn  solo  ramillete  con  el 
qual  por  ser  tantas  bastauan  proueer  con  gran 
ventaja  lo  que  antes  no  se  podia  con  mucho 
bastecer;  y  ansi  las  arrebataron  sus  demonios 
atormentadores  y  las  metieron  en  el  rio  Flege- 
ton.  En  fin,  mi  ángel  me  tomó  por  vn  bra^o  y 
fácilmente  me  pasó  de  la  otra  parte  de  la  ribe- 
ra, y  plugo  a  Dios  que  avnque  era  gran  distan- 
cia fue  sin  alguna^lisiou;  y  cierto  el  mi  ángel 
acertó  a  me  passar  sin  me  lo  dezir,  porque  pre- 
sumo de  mi  que  no  quisiera  passar  allá.  JPorque 
según  lo  que  vimos  antes  que  passasscmos  pa- 
recióme que  no  me  atreuiera  a  passar;  pero  el 
mi  ángel  lo  hizo  bien.  Púsome  en  vn  g^n 
campo.  ¡O  dios  inmortal!  ¿que  te  diré?  ¿Por 
donde  comencarc?  «Que  vi?  ¿Que  senti?  Mi  án- 
gel ¿que  me  mostró?  ¿Duermes  acaso,  Micilo? 
Agora  te  mego  me  prestes  tú  atención. 

Mi<;iLO. — ¡Oh  gallo!  quán  engañado  estás 
conmigo  pues  me  preguntas  si  duermo.  Cosas 
me  cuentas  que  aun  con  ser  picado  del  áspide 
vn  puro  flemático  no  podria  dormir.  Despierto 
estoy  y  con  gran  atención.  Porque  es  tan 
grande  el  espanto  y  miedo  que  me  han  metido 
en  el  cuerpo  esas  visiones,  sierpes,  demonios, 
penas,  tormentos  que  viste  alli  que  si  me  vies- 
ses  abrias  de  mi  piedad.  Enhericados  los  cabe- 
llos, fría  toda  la  sangre,  sin  pulso  y  sin  pesta- 
ñear. En  fin,  estoy  tal  que  de  temor  he  cesado 
del  trabajo;  por  tanto  dy,  que  ansi  te  quie- 
ro oyr. 

Gallo. — Porque  ya  rasi  viene  la  mañana 

(»)  <i.,  cmel. 


oye,  que  solo  proporne  lo  que  adelante  oyras 
Parecióme  como  en  aquel  gran  campo  me  apeé 
vn  poderoso  y  estendido  real,  qual  me  acuerdo 
auerle  visto  por  Xerses  Rey  de  persas  en  la  se- 
,  gunda  expedición  que  hizo  contra,  athenienses 
después  de  muerto  su  padre  Dario.  En  el  qna. 
exercito  juntó  vn  millón  y  cien  mil  hombres. 
En  aquel  dia  que  Xerxes  se  subió  en  vna  alta 
montaña  por  ver  su  exercito  que  estaña  por  vn 
gran  llano  tendido  por  chozas,  ramadas,  tien- 
das y  pabellones,  que  a  vna  parte  ania  fuegos, 
a  otra  humos,  a  otra  comian  y  bebían  los  hon- 
bres,  y  a  otra  se  matauan.  En  fin,  espantado 
el  mesmo  Xerxes  de  ver  tanta  multitud  lloró 
considerando  que  dentro  de  cien  años  ninguno 
ania  de  quedar  de  aquella  multitud.  Ansi  me 
pareció  Micilo,  ser  aquel  campo  del  infierno, 
donde  auia  vna  inimaginable  distancia,  en  la 
qual  vagaua  inumerable  cantidad  de  demonios 
y  almas.  Auia  vn  rnydo,  vna  grita,  vna  confu- 
sión que  no  sé  a  qué  te  la  pueda  comparar, 
porque  en  el  mundo  nunca  tal  se  vio.  Auia  lla- 
mas, fuegos,  humos,  golpes  de  espada,  de  se- 
gures y  hachas.  Sonido  de  grillos  y  cadenas, 
lagrimas,  lloros  y  bozes.  ¡O  Dios  inmortal! 
quando  aqui  me  vi,  no  sé  con  qué  palabras  te 
lo  pueda  encarecer;  ¡tanta  era  la  confusión  y 
espanto!  En  fin  no  me  osaua  soltar  vn  mo- 
mento de  la  mano  del  my  ángel,  porque  del 
mesmo  suelo  que  ollaua  tenia  temor.  Auia  hor- 
cas de  diuersas  maneras  en  que  estañan  almas, 
vnas  colgadas  por  los  pies,  otras  por  la  cabera, 
otras  por  medio  del  cuerpo,  otras  por  los  cabe- 
llos. Auia  hoyas  muy  hondas  llenas  de  cule- 
bras, sierpes,  lagartos,  sapos,  alacranes,  áspi- 
des y  otros  animales  ponzoñosos,  donde  los  de- 
monios echauan  gandes  cantidades  de  almas. 
Otros  nadanan  por  ríos  y  lagunas  de  pez,  azu- 
fre y  resina,  ardiendo  sin  se  hundir  ni  nunca 
poder  llegar  a  la  orílla;  y  en  ¿tras  lagunas  de 
fuego  eran  echadas  otras  que  en  cayendo  se 
hundian  sin  más  las  poder  ver;  lo  qual  proue- 
nia  de  la  granedad  de  los  pecados  de  parte  de 
sus  circunstancias.  En  otros  lugares  se  dauan 
tormentos  muy  crueles  de  agua  de  toca,  de 
garrote  y  de  cordel,  y  a  otras  atormentauan 
lenantandolas  atadas  por  las  muñecas  atrás  y 
subidas  con  fuertes  cordeles  por  carrillos  y  po- 
leas en  lo  alto,  colgadas  vnas  grandes  pessas 
de  hierro  de  los  pies,  y  soltándolas  con  furia 
venian  a  caer  sin  llegar  al  suelo.  De  manera 
que  aquel  g^n  pesso  las  descoyuntana  todos 
los  miembros  con  grandissimo  dolor.  A  otras 
hazian  cabalgar  en  canal  loa  de  arambre,  que  en 
lo  huero  del  cuerpo  estañan  llenos  de  fuego 
que  los  abrasana  hasta  las  entrañas,  que  los 
hazian  renegar  de  sus  padres,  y  del  (')  dia  en 

(*)  G.,  maldisiendoloB  jantam«ntc  con  el. 


2H 


orígenes  de  la  novela 


que  nayieron  y  fuerou  eugeiidradoa  (').  Esta- 
uan  infíaitaff  almas  de  mugeres  bagabundas  la- 
xuriosas  y  yi^-iosas,  atadas  a  yiios  palos  y  tro- 
nos de  arboles  y  acotadas  por  demonios  con  pul- 
pos,  anguillas  y  culebras^  abiertas  a  a^tes 
luuBta  las  entrañas,   gimiendo  miserablemen- 
te (^);  almas  de  rufianes,  ladrones  y  soldados 
atados  por  los  pies  a  fieros  cauallos,  potros  y 
yeguas  sin  rienda  ninguna  eran  Ueuadas  arras- 
trando con  gran  furia  por  montañas  y  sierras 
de  grandes  pedregales  y  asperezas.  A  las  almas 
de  los  blasfemos  renegadores  sacanan  las  len- 
guas por  el  colodrillo  y  luego  alli  delante  dcllos 
se  las  picauau  en  ynos  taxones  con  ynas  agu- 
das segures  y  ausi  se  las  hazian  comer  y  que 
las  maxcassen  y  comiesseu  moliéndolas  entre 
sus  dientes  con  graue  dolor.  Las  almas  de  los 
yanos  lisonjeros  de  prin9Ípes  y  señores,  y  de 
truhanes  y  cliocarreros  las  trayan  los  demonios 
gran  piez:i  por  el  ayre  jugando  con  ellos  a  la 
pelota  sin  dexarlas  sosegar  yn  momento,  y 
después  las  arrojauan  en  lo  más  hondo  de  aque- 
llas ardientes  lagfunas.  Estaña  tan  admirado  de 
uor  la  (*)  espantosa  tragedia  y  miseria  infernal 
que  casi  andana  fuera  de  mí,  y  ansí  con  m 
descuydo  notable,  que  de  mi  mesmo  no  tenia 
acuerdo  ni  atención,  me  senté  en  yn  troco  de  vn 
árbol  seco  y  chamuscado  que  estaña  alli,  y  ansi 
CDHkO  descargue  mis  miembros  como  hombre 
algo  cansado  gimió  el  madero  mostrando  que 
por  mí  causa  auia  rebebido  afli^iou  y  dixo: 
tente  sobre  tí,  que  harta  miseria  tengo  yo:  y 
como  lo  oy  espelu^aronseme  los  cabellos  que- 
dando robado  del  calor  natural,  tentiendo  que 
algún  demonio  súbitamente  me  quería  sorljer, 
y  ansi  apartándome  afuera  por  me  purgar  de 
alguna  culpa  sí  en  mi  huuiesse  le  dixe:  diosa, 
o  dcydad  infernal,  quien  quiera  que  tú  seas  per* 
dona  mi  ignorancia,  que  por  poco  aniso  he  fal- 
tado a  tu  deuída  veikera^ion.  Dime,  yo  te  su- 
plico, quién  seas,  que  con  digna  penitencia  te 
satisfaré;  y  sí  eres  alma  miserable  habíame  con 
seguridad,  que  yo  no  soy  furia  que  a  tu  mise- 
ria deseo  añadir;  y  ella  dando  yn  geniido  de  lo 
intimo  del  corayon  dixo:  yo  soy  el  alma  de 
Rosicler  de  Syria,  la  más  infeliz  y  malhadada 
donzella  que  nunca  en  el  mundo  fue,  pues  por 
amar  a  quien  me  engendró  me  fue  a  mí  mesma 
tan  cruel  que  peno  aquí  con  acérrimo  dolor  para 
siempre  jamas.  Mi  ángel  la  importunó  nos  dixe- 
sse  la  pena  que  padeyia  alli,  y  ella  con  gran  fati- 
ga prosiguió.  Y  porque  el  día  es  ya  yenido,  en 
el  canto  y  mañana  que  se  sigue  oyras  lo  demás. 

(*)  O  ,  en  qae  fa«ron  engcfudradoii  j  nayidos. 
(*)  G  ,  hasta  abrirles  las  entrañas  gimiendo  miHera- 
mente. 
(^)  G.,  tan. 

Fin  del  deqimo  quinto  canto  del  gallo. 


ARGUMENTO 

DKL  DK.'IMO  SBXTO  CANTO  DEL  QALLO 

£n  d  definió  sexto  canto  auc  se  úgat  el  tuclor  ea  Reeicler  hija 
del  Rey  de  Siria  descriue  la  Tcrocidad  con  que  rna  Biug«r 
acomete  qualquiera  com  que  le  venga  al  peoMuntento  si  es 
lisiada  de  \n  Unfioo  ínteres,  y  eoncluye  con  el  defendimienie 
del  Ínfleme  imitando  a  Luciano  en  lus  libros  qoe  de  vario» 
dlalogoH  intituló. 

Gallo. — ¿Qué  has,  Mi^ilo,  que  tales  Tozes 
das?  Despierta  y  sosiega  tu  coraron,  que  parece 
que  estás  alterado. 

Mi<:iL0.— ¡O  gallo!  en  quanta  congoja  y 
afli^ion  me  y  i,  y  de  quanta  misericordia  has 
vsado  comígo  en  me  despertar;  porque  soñana 
que  ora  llenado  por  todos  esos  lugares  espan- 
tosos de  penas  y  tormentos  que  propusiste  en 
el  canto  de  ayer,  y  soñana  que  por  la  gran  acti- 
uidad  y  fuerza  que  tiene  aquel  averrimo  y  es- 
pantoso calor  con  que  abrasa  el  fuego  infernal 
era  imposible  entrar  alli  alguno  sin  se  conta- 
minar, ahumar,  chamuscar  o  quemar;  y  ansi 
en  sueño  me  y  i  en  yn  gran  campo  tan  rodeado 
de  llama  que  el  resuelgo  me  faltaua,  que  por  yn 
momento  que  tardaras  se  me  acabara  el  yibir. 

Gallo. — Fnes  oye  agora  y  yerás  quanta 
differen^ia  ay  de  yerlo  a  tronarlo;  como  de  lo 
fingido,  sonbra  a  lo  yerdadero  y  real ;  yerás  con 
quanta  fa9Ílidad  se  ofende  Dios  mientras  yiben 
los  malos  aquí,  y  con  quánto  rigor  se  satisfaze 
la  suma  justicia  después.  Verás  la  malicia  hu- 
mana quan  en  el  estremo  se  colocó  en  el  sexo 
femenil,  y  los  homiyianos  y  incestuosos  en  el 
rigor  que  yan  a  pagar;  y  yenidos  pues  donde 
dexamos  el  canto  de  ayer,  si  bien  me  acuerdo 
te  dixe  que  por  inportunidad  de  mi  ángel  pro- 
ponía Rosicler  la  pena  que  padecía  alli,  y  ansi 
la  desdichada  nos  dixo:  Sabréis  que  este  es  el 
lugar  donde  son  atormentadas  las  almas  mise- 
rables de  los  auaríentos  ysurcros,  cambiadores, 
rcnoueros,  uego^adores,  que  a  tuerto  y  a  de- 
recho no  hazen  sino  llegar  gran  suma  de  dine- 
ros para  satisfazer  su  insaciable  cobdivia,  y 
cada  día  son  traydas  aquí  estas  y  otras  muclias 
almas  de  otros  díuersos  géneros  de  pecadores, 
las  quales  con  gran  tormento  son  aquí  picadas 
tan  menudas  como  sal  con  ynas  hachas  y  se- 
gures sobre  mi  cuerpo  como  sobre  yn  taxon. 
Bien  puedes  (')  pensar  el  dolor  que  me  hazen 
cada  yez  que  hieren  sobre  mí.  Di  nos  agora  la 
causa  de  tu  (})  mal,  dixe  yo;  porque  según  he 
oydo  dezír,  descansan  los  afligidos  dando  parte 
a  otros  de  su  passion ;  principalmente  si  pre- 
sumen que  en  alguna  manera  los  que  oyen  (') 
sienten  su  u)al.  Respondióme  la  desuenturada 


(*)  G.,  podéis. 
(')  G.,  tanto. 
(=*)  G  ,  oyeren. 


EL  CROTALON 


2ir> 


alma:  ¡Aj!  que  a  las  infernales  almas  es  al 
reaos,  porque  despnes  qae  entramos  aqui,  cada 
momento  se  nos  ofrece  a  la  memoria,  la  culpa 
y  causa  de  nuestra  infelicidad  con  que  nos 
atormenta  más  Dios.  Pero  por  os  complazer  yo 
os  lo  quiero  dezir  amque  augmenta  las  llagas 
j  renneuase  el  dolor  recontando  la  causa  del 
mal.  Pero  el  tdbI  no  se  puede  augmentar  a 
quien  tiene  el  supremo  que  se  puede  padecer, 
como  yo.  Pues  sabed  que  yo  fue  hija  de  Nar- 
ciso, rey  de  Damasco  y  de  toda  la  Syría,  prin- 
cipalmente de  aquella  prospera  y  deleytosa 
prouin^ia  decapolitana,  que  ansi  so  llama  por 
las  diez  ricas  ciudades  y  antiquissimas  que  en 
ella  ay.  Damasco,  Philadolphca,  Scitoplis,  Ga- 
dara,  Hypodron,  Pella,  Galasa,  Gamala  y  Jope; 
yo  era  por  marauilla  en  el  estremo  hermosa 
don  sella  y  deseada  de  todos  los  poderosos  prin- 
cipes del  mundo  y  a  todos  los  menosprecié 
porque  mis  tristes  hados  lo  permitiendo  y  mi 
infeliz  suerte  lo  ayudando  fue  presa  de  amores 
de  Narciso  mi  padre,  que  en  hermosura  y  dis- 
pustcion  no  auia  en  el  mundo  varón  de  su  par, 
y  por  serle  yo  ynica  hija  y  heredera  me  amana 
más  que  a  si  de  amor  paterno.  Pero  por  mi 
desaenturada  suerte  todos  quantos  plazeres  y 
regalos  me  hazia  era  para  en  daño  y  miseria 
mío,  porque  todos  redundauan  en  augmento  de 
mi  malicia.  Agora  os  quiero  contar  hasta  dónde 
llegó  mi  mal  (}),  Sabréis  que  por  tener  yo  fama 
de  tan  agraciada  (^)  donzella  vino  a  la  corte 
de  mi  padre  7n  gracioso  y  valiente  cauallero 
hijo  del  Rey  do  Scocia  con  voluntad  de  se  casar 
comigo  si  lo  tuuiesse  yo  por  bien,  y  trabajar 
por  su  esfueryo  y  buenos  hechos  merecerme  la 
Yoluntad.  El  qual  como  me  rio  fue  de  nueuas 
y  fuertes  cadenas  preso,  y  encendido  de  nueuo 
amor  de  mí,  por  lo  qual  procuró  con  todas  sus 
fuercas  por  mí  seruir  y  agradar  ezercitandose 
en  señalados  hechos  en  las  armas;  v  ansi  mi 
padre  por  ennoblecer  su  corte  y  exercitar  su 
cauallería  a  la  contina  tenía  justas  y  torneos 
echando  vando  por  todas  las  tierras  del  mundo 
que  viniessen  los  caualleros  andantes  y  de 
nombradia  a  verse  en  las  armas  lo  que  yalia 
cada  qual,  y  como  Dares  (que  ansi  se  llamaua 
el  principe  de  Scocia)  me  seruia  y  pretendia 
ganarme  por  sus  señalados  hechos  a  la  contina 
se  anentajaua  a  todos  quantos  a  la  corte  y  fies- 
tas yenian,  dando  mucha  honrra  a  mi  padre  y 
enobleciendole  y  afamándole  su  casa  por  el 
mucho  yalor  de  su  persona.  De  manera  que 
demás  de  estar  contento  mi  padre  de  Dares, 
demás  de  ser  hijo  del  rey  de  Scocia,  por  sus 
grandes  hechos  y  ardid  en  las  armas  deseaua 
que  yo  le  quisiesse  por  marido  y  que  fuesse 


(*)  G  ,  mi  desuentara. 
(')  G.,  graciosa. 


comigo  su  sucesor.  Pero  como  yo  tenia  puesto 
mi  eoracon  tan  asentado  en  Narciso  mi  padre, 
los  hechos  de  Dares  y  su  gentileza,  ni  ser  hijo 
de  Rey  no  me  mouia  la  voluntad  a  le  estimar, 
más  (*)  me  era  ocasión  de  aborre^rle  con  coraje 
deseando  que  en  las  justas  y  torneos  le  suce- 
diesse  peor;  y  ansi  muchas  yezes  le  eché  qua- 
dríllas  de  caualleros  y  puestos  doblados  que  le 
acometiessen  con  furia  para  le  auer  de  matar, 
y  buenauentura,  ardid  y  esfnerco  hazia  sobre- 
pujar a  todos  en  armas  y  valentía,  de  manera 
que  a  la  contina  salia  de  la  contienda  vitorioso 
y  vencedor;  y  en  todo  esto  rebebía  mi  padre 
infinito  pessar  por  yerme  tan  desgraciada  y  tan 
desabrida  con  Dares,  trabajando  con  palabras 
de  me  le  encomendar  cada  y  qnando  se  ofre^ia 
la  oportunidad  en  sala  ante  cauaUeros  quando 
se  razonaua  del  suceso  del  torneo,  o  justa  de 
aquel  dia;  y  yo  tenía  tan  situado  mi  amor  en 
mi  padre  en  tanta  manera  que  qnando  me  per- 
suadia  con  palabras  que  faborcciesse  a  Dares 
me  atrauesaua  (^)  cnielmente  las  entrañas  con 
mortal  rauia,  pensando  que  procuraua  echarme 
a  otro  por  aborrec-erme  él,  y  teniame  por  des- 
dichada y  indigna  de  su  amor,  pues  a  quien 
tanto  le  amana  mostraua  tan  cruel  estremo  de 
ingratitud;  y  ansi  vn  dia  entre  otros  muchos 
concebí  en  mi  pecho  tanta  desesperación  que 
sospirando  con  gran  ansia  de  lo  profundo  del 
alma  me  fue  (^)  de  la  sala  de  la  presencia  de 
mi  padre  determinada  de  me  matar,  y  cierta- 
mente lo  hiziera  sino  que  mi  padre  sintiéndome 
alterada  se  fue  tras  mí  a  mi  aposento  y  mos- 
trando de  mí  gran  pessar  me  mandó  echar  en 
vna  cama  donde  con  bessos  muy  dulces  por 
entonces  rae  dexó  algo  sosegado  el  eoracon;  y 
Daros  con  licencia  de  mi  padre  y  fabor  suyo 
mostraua  quanto  podia  amarme  y  tenerme  en 
lo  intimo  de  sus  entrañas  solicitándome  a  la 
contina  con  los  ojos,  sospiros,  alma  y  muestras 
que  él  más  podia,  y  con  sus  cartas  y  criados 
manif estaña  lo  que  dentro  el  alma  sentia;  y 
quanto  más  él  lo  publicaua  tanto  yo  más  le 
daua  a  entender  el  aborrecimiento  y  odio  que 
le  tenía,  y  él  por  me  conuencer  trabajaua  a  la 
contina  mucho  más,  haziendo  a  mí  padre  mu- 
chos seruicios  de  gran  afrenta  y  peligro,  porque 
con  el  exercito  de  mi  padre  dentro  de  vn  año 
ganó  a  Sylicift  y  a  Caria  y  a  Pamphilia,  Tarso 
y  Comagena  y  me  lo  dio  todo  a  mi  añadiendo 
lo  al  estado  y  señorío  de  mi  padre.  Pero  todo 
esto  le  aprouechó  poco,  porque  pidiéndome  a 
mi  padre  que  me  diesse  por  su  muger  le  res- 
pondió que  sabría  mi  yoluntad,  y  como  mi 
padre  me  hablasse  le  respondí  con  muchas  la- 


(*^  G.,  antes. 

(*)  G.,  atormentana. 

(s)  G.,  salí. 


216 


orígenes  de  la  novela 


grimas,  que  no  me  quería  casar,  y  que  si  él  me 
for9aua  como  padre  le  asscguraua  que  otro  dia 
yería  el  fin  de  mi  vida;  j  como  mi  padre  le 
declaró  mi  voluntad  a  Dares  se  le  encaxó  en  el 
pensamiento  que  mi  padre  no  tenia  voluntad 
de  dármele  por  su  muger,  porque  tenia  por 
9Íerto  serle  yo  tan  obediente  hija  que  si  él  me 
lo  mandasse  lo  haria,  y  ansi  sin  más  esperar 
se -despidió  jurando  con  gran  solenidad  de  se 
satis  fazer  con  gran  pessar  y  vergüenza  de  mi 
padre,  y  ansi  se  fue  en  Sco^ia  y  dentro  de 
breue  tiempo  tmxo  gran  exer^ito  sobre  la  9¡u- 
dad  de  Damasco  y  región  decapolitana  y  en 
tanta  manera  nos  conquistó  que  dexandole 
todo  el  reyno  nos  fue  forjado  recogemos  en  la 
yiudad  de  Jope  que  sola  nos  auia  de  todo  el 
señorío  dexado.  Aqui  nos  puso  en  tanto  aprieto 
y  necesidad  que  no  teníamos  ya  qué  comer,  ni 
esperanza  de  salud,  y  yo  siempre  pertinaz  en 
el  odio  y  aborre9Ímiento  que  del  auia  concebi- 
do, y  mi  padre  llorando  a  la  contiua  mi  obsti- 
nación y  mal  destino;  como  el  amor  paterno  le 
constrefiia  padecía  por  no  me  contradezir,  y 
por  verle  que  Uoraua  cada  dia  con  gran  afli- 
9Íon  (})  su  miseria  y  abatimiento  me  derroqué 
en  vna  peruersa  y  obstinada  determinación: 
asegurar  a  Dares  en  su  real  y  cortarle  la  ca- 
beca;  y  ansi  trabajé  sosegar  a  mi  padre  con 
palabras  dizíendo  que  yo  le  quería  hazer  plazer 
y  salir  a  Dares  al  real  y  dármele  por  muger, 
y  si  me  menospreciasse  ofrecérmele  por  su 
sierua,  o  manceba  amiga;  y  ansi  venida  la  noche 
adorné  mi  cuerpo  y  rostro  de  los  más  preciosos 
paños  y  joyas  que  tenia,  y  con  vna  sola  criada 
de  quien  me  confié  me  fue  al  real  de  Dares,  y 
como  llegué  a  las  guardas  y  me  conocieron  me 
recibieron  con  gran  reuerencia  y  con  presteca 
lo  hizieron  saber  a  su  señor  teniendo  por  muy 
cierto  que  seria  muy  alegre  con  tales  nueuas. 
Porque  desta  conquista  no  pretendía  alcancar 
otra  empresa  ni  interés  más  que  auerme  por 
muger  a  mi,  porque  estaña  a  esta  causa  el  más 
afligido  que  nunca  en  el  mundo  se  vio;  y  como 
Dares  supo  que  yo  venia  a  él  al  real  (^)  se 
leuantó  muy  presto  de  vna  silla  donde  estaña 
razonando  con  sus  capitanes  y  principales  de 
su  exercito  y  me  salió  a  recebir  a  la  puerta  de 
su  tienda  y  pabellón  acompañado  de  todos 
aquellos  varones  que  estañan  con  él  y  como  a 
mi  llegó  me  dixo:  ¿De  manera  señora  que  por 
fuerca  (^)  has  de  tener  piedad?  ya  yo  no  te  la 
deuo:  y  yo  respondí:  pues  yo  te  la  vengo  a 
demandar  contra  la  dureca  y  obstinación  de  mi 
padre:  perqué  sabiendo  que  ya  no  tenemos  en 
quién  esperar,  ya  que  él  por  ser  viejo  tiene 


(')  6.,  yerl«  tan  amargamente  llorar  an. 
]')  G.,  estaña  en  ra  real. 
•)  G.,  ÍOTcada. 


í 


aborrecida  la  vida  quierola  gozar  yo.  Que  esto 
por  mi  voluntad  ya  fuera  muchos  dias  ha  hecho, 
sino  que  las  donzellas  tenemos  obligación  a 
obedecer.  Entonces  todos  aquellos  caualleros  y 
principes  que  allí  estañan  como  me  vieron  se 
espantaron  de  mi  hermosura,  juzgando  por 
dichoso  a  Dares  si  de  tal  donzella  era  posee- 
dor, y  dezian  entre  si  que  a  qualquiera  peligro 
se  podían  los  honbres  arriscar  por  me  auer,  y 
con  esto  se  boluian  a  mí  dizíendo:  cuerdamente 
has  hecho,  señora,  pues  ansi  has  comprado  la 
vida  con  tu  venida,  porque  agora  no  te  puede 
negar  su  fabor  el  nuestro  príncipe;  y  con  esto 
rendido  Dares  de  mi  beldad  me  lancó  en  sus 
retretes  y  secretas  estancias  donde  se  confirmó 
en  su  fe  con  palabras  que  descubrían  su  afición. 
Pues  con  esperanca  que  tenia  que  esta  noche 
tomara  la  posession  y  gozo  de  su  tan  deseado 
bien  mandó  aparejar  sus  preciados  estrados  y 
mandó  disponer  con  mucha  abundancia  el  comer 
y  beber  con  que  (})  hizo  vn  sumptuoso  conbite 
aquella  noche  a  todos  aquellos  sus  príncipes  y 
capitanes.  De  manera  que  con  aquel  regocijo 
que  todos  teuian  bebieron  demasiado,  y  también 
por  cierta  confecion  que  yo  Ueuaua  que  con 
la  bebida  la  mezclé  se  desbarató  que  se  dormía 
en  tanta  manera  que  de  sueño  no  se  podía  con- 
tener; y  ansi  mandó  que  se  fuessen  todos  a  su 
sosiego  y  nos  dexassen  solos  sin  pensamiento 
de  más  guerra,  pues  ya  se  le  auia  la  fuerza  y 
homenaje  rendido;  y  ansi  como  yo  le  sentí  tan 
vencido  y  fuera  de  su  juizio  por  el  ejfecto  del 
vino,  y  tan  confiado  de  mi,  ayudada  de  mi  don- 
zella (que  solas  auiamos  quedado  con  él)  le 
tomé  su  espada  de  la  i;inta  y  le  corté  con  ella 
la  cabeca;  y  como  era  el  primer  sueño  en  todos 
los  del  real,  todas  las  guardas  estañan  dormidas 
y  sin  cnydado  por  auer  todos  comunicado  aque- 
lla noche  el  vino  en  abundancia.  Ansi  laucando 
la  cabeya  de  Dares  en  vna  caxa  que  allí  halla- 
mos dexando  el  vaso  que  dentro  tenia,  que  era 
el  en  que  agoraua  Dares,  nos  salimos  por  medio 
del  real  sin  que  de  ninguno  fuessemos  sentidas 
y  nos  fuemos  para  la  nuestra  ciudad  de  Jope. 
Donde  siendo  recebida  de  mi  padre  y  hazien- 
dole  saber  mi  atreuimiento  le  pessó,  y  por  ser 
ya  hecho  se  proueyo  a  lo  que  se  deuia  de  hazer. 
Que  luego  se  mandó  poner  a  punto  toda  la 
gente  de  la  cindad  y  fue  puesta  al  muro  la 
cabeca  de  Dares  en  vna  lanca,  y  luego  como 
amaneció  se  dio  con  furia  en  el  real,  que  todo8 
dormían  sin  cnydado  pensando  que  por  mi  es- 
tañan hechas  pazes  perpetuas,  y  ansi  en  breue 
tiempo  fueron  todos  los  capitanes  y  príncipales 
del  exercito  puestos  a  cuchillo,  y  la  otra  gente 
que  despertó  procuró  con  huyda  ponerse  en 
Ñduo.  Pues  como  mi  padre  tubo  destruydos  sus 


EL  CROTALON 


217 


enemigos  y  cobrado  su  reyno  quiso  se  aconse- 
jar comigo  qué  debria  de  hazer,  y  como  yo 
desdichada  tenia  determinada  mi  malÍ9¡a  y  a  la 
contina  creyia  en  mi  pemersa  ob8tina9Íon  saca- 
nale  de  qualquiera  determinación  que  confi- 
biesse  de  me  casar,  teniendo  esperanza  de  ef  fec- 
tuar  con  él  mi  incestuosa  voluntad,  y  ya  no 
dando  lugar  a  más  dilación  me  determiné  yna 
noche  en  el  mayor  silencio,  estando  mi  padre 
en  su  lecho  sosegado  y  dormido,  aseguradas  las 
guardas  de  su  persona  que  le  entraña  a  visitar 
como  hija  a  su  padre,  entré  a  su  lecho  pensando 
laucarme  en  él,  confiada  que  quando  desper- 
tando me  hallasse  con  él  abracada  holgaría  con 
mi  conuersacion,  y  ansi  como  junto  a  su  cama 
me  despojé  de  todos  mis  paños,  como  comencé 
a  andar  con  la  ropa  de  la  cama  para  me  laucar 
despertó  con  furia  y  sospechando  estar  en  poder 
de  sus  enemigos  tomó  su  espada  y  antes  que 
yo  tuuiesse  lugar  de  manifestármele  me  hirió 
tan  fieramente  que  me  sacó  la  vida,  y  ansi  en 
pena  del  effectuado  homicidio  y  del  deseado 
incesto  fue  trayda  aqui  donde  padezco  la  pena 
que  aueis  oydo  para  siempre  jamas.  Quando 
acabé  Rosicler  su  tragedia  yo  quedé  maraui- 
llado  de  ver  tan  hazañosos  acometimientos  en 
pecho  femenil;  y  luego  vimos  llegar  gran  com- 
paña de  demonios  que  trayan  muchas  almas 
atormentar  en  aquel  taxon,  y  preguntando  qué 
almas  eran  respondieron  ser  Luthero,  Zuinglio, 
Osiander,  Regio,  Bulzero,  Rotenaclzer,  Oeco- 
lampadio,  Phelipe  Melampto,  horesiarcas  en 
Alemania,  con  otra  gran  compaña  de  sus  seca- 
yes.  Los  quales  fueron  tomados  por  los  demo- 
nios y  puestos  sobre  Rosicler,  y  con  vnas  haclias 
y  segures  los  picaron  alli  tan  menudos  como 
sal,  y  ellos  siempre  doliéndose  y  gimiendo  entre 
si;  y  después  de  muy  picados  y  molidos  los 
echauan  en  vnas  gran  calderas  de  pez,  azufre 
y  resina  que  con  gran  furia  hernia  (')  en  gran- 
des fuegos,  y  alli  se  tomauan  a  juntar  con 
aquel  cocimiento  y  asomauan  por  cii^ft  Ifts 
cabecas  con  gran  dolor  forcando  a  salir,  y  los 
demonios  tenian  en  las  manos  vnas  vallestas 
de  garrucho  y  asestando  a  los  herir  al  soltar  se 
zapuzauan  en  la  pez  feruiente,  y  algunos  heri- 
dos con  grane  dolor  se  quexauan  y  tornauan  a 
salir  con  las  saetas  lanzadas  por  el  roetro,  y  los 
demonios  los  tornauan  otra  y  otra  vez  a  herir, 
y  algunos  salian  que  de  nucuo  boluian  al  tor- 
mento en  diucrsas  otras  maneras,  y  ansi  se 
procedia  con  ellos  para  siempre  sin  fin. 

MigiLO. — Agora,  gallo,  muy  maranillado 
estoy  de  ver  como  se  despedacauan  estas  almas, 
pues  los  cuerpos  que  podian  ser  despedacados 
estañan  sepultados  en  Alemana  y  las  almas  so- 
las alli. 

(<)  G.,  haaian. 


Gallo. — Pues  ese  es  mayor  género  de  tor- 
mento: que  el  alma  en  el  infierno  padezca  sola 
los  mesmos  tormentos  que  el  cuerpo  pueda  pa- 
decer, lo  qual  ordena  y  haze  la  justicia  de  Dios 
para  su  mayor  punición.  Pasando  adelante  por 
estos  espantosos  y  sombríos  campos  vimos  in- 
finitas estancias  de  diuersos  tormentos  de  pon- 
tífices, cardenales,  patriarcas,  arcobispos,  obis- 
pos, perlados,  curas  y  rectores  eclesiásticos  que 
auian  passado  en  el  mundo  las  vidas  en  herror 
y  deleyte.  En  otros  miserables  y  apartados  lu- 
gares auia  gemidos  y  lloros  de  reyes,  principes 
y  señores  injustos  y  tiranos*^  vnos  asados  en 
parrillas,  otros  en  aisadores  y  otros  cruelmente 
despedacados.  Aqui  vimos  a  aquel  desasosega- 
do alemán  {})  Juan,  Duque  de  Sazonia,  ene- 
migo de  la  paz,  en  contina  guerra  y  contienda, 
y  llegúeme  a  él  y  dixele  (por  que  allá  en  el  in- 
fierno no  se  tiene  respecto  a  ninguno.)  ¡O  crís- 
tianissimo!  ¿acá  estás?  El  me  respondió  con  vn 
gran  sospiro;  como  lo  ves,  ¿Menipo?  yo  me  ma- 
ranillo,  porque  cristiano  quiere  dezir  el  que  si- 
gue a  Cristo;  y  cristianissimo,  el  que  más  le 
sigue  de  todos.  Pues  si  el  que  más  signe  a 
Cristo  está  acá,  ¿quanto  más  el  que  le  siguiere 
(^)  como  quiera?  y  él  sospirando  me  respondió. 
Y  yo  le  dixe:  O  Menipo  que  allá  en  el  mundo 
compranse  los  buenos  nombres  y  títulos  por  di- 
nero, y  después  poseense  con  gran  falsedad. 
Pluguiera  a  Dios  que  yo  fuera  el  más  pobre 
hombre  del  mundo,  y  que  por  algún  infortunio 
yo  perdiera  todo  mi  reyno  y  f oreado  viniera  a 
mendigar,  antes  que  venir  aqui.  Luego  adelan- 
te vi  aquel  mi  grande  amigo  Calidemes  griego, 
'  el  qual  como  llegué  le  dixe.  ¿Acá  estás  tu  tan- 
bien,  Gallidemes?  y  él  me  respondió:  si,  Meni- 
po como  ves;  y  yo  le  dixe:  dime  por  mi  amor 
quál  fue  la  causa  de  tu  muerte;  y  él  luego  me 
comencó  a  dezir:  ya  sabes,  Menipo,  que  yo  te- 
nia gran  amistad  y  conuersacion  con  aquel  gran 
rico  Theodoro  natural  de  Corintho,  al  qual  ser- 
ui  y  obedecí  porque  como  él  era  viejo  y  rico,  y 
sin  heredero  auia  prometido  dexarme  por  suce- 
sor, y  como  en  vna  enfermedad  hizo  testamento 
deseaua  que  se  muriesse:  pero  vino  a  conuale- 
Cer,  de  lo  que  me  pessó,  y  asi  coucerteme  con 
el  paje  que  nos  daña  a  beber  que  le  echasse  en 
el  vaso  de  su  bebida  vn  veneno  que  le  di:  y 
mándele  que  se  lo  (•)  diesse  á  beber  quando  lo 
demandasse  prometiéndole  hazerle  heredero 
juntamente  comigo;  y  vn  dia  que  comimos  de 
vanquete  y  festiuidad  como  demandó  á  beber 
Theodoro  y  dixo  que  me  diessen  luego  a  mi, 
sucedió  que  tomó  el  paje  por  hierro  el  vaso  mió 
con  que  yo  auia  de  beber  y  diosele  al  viejo  y  a 


i? 


(*)  G.,  FrmDCMco  íimnces. 

G.,  qnt  DO. 
•^  O.,  le. 


218 


orígenes  de  la  novela 


mi  cliome  que  bebiessc  el  que  cstaoa  aparejado 
cou  yeneno  para  el  viejo,  y  luego  como  yo  le 
bebí,  porqne  con  la  sed  bebi  las  hezee  del  suelo 
no  pensando  que  el  mo^o  se  podia  engañar,  y 
yo  Inego  cay  en  el  suelo  muerto,  y  el  viejo  bibe 
agora  muy  aleg^;  y  como  yo  le  oya  este  acon- 
tecimiento reymc  del  suceso  como  hazes  agora 
tú.  De  lo  qual  Calidemcs  se  afrontó  y  me  cUxo. 
¿Ansi  ríes  y  vurlas  del  amigo,  Menipo?  yo  le 
respondí  ¡O  Calidemes!  ij  ese  acontecimiento 
es  para  no  reyr?  ¿Púdose  nunca  a  hombre  dar 
pago  tan  justo  como  se  dio  a  tí?  Pero  dime,  el 
viejo  Theodoro  ¿qué  dixo  cuando  te  rio  caer? 
El  me  respondió:  marauillose  quando  ansi  sú- 
bito me  vio  morir,  pero  quando  del  paje  supo 
el  CASO  de  hierro  del  vaso,  también  el  se  rió;  yo 
le  dixe:  por  cierto  bien  hizo,  porque  f  i  aguar- 
daras rn  poco,  ello  se  viniera  a  hazcr  conforme 
a  tu  deseo,  y  ansi  pensando  auentajarte  atajas- 
tes  el  vibir  y  heredar.  V  estando  en  esto  luego 
llegó  a  hablarme  Chyron,  mi  grande  amigo, 
aquel  que  fae  tenido  por  medio  dios  por  su 
gran  saber.  Al  qual  en  llegando  le  abracé  ma- 
rauillandome,  porque  pense  que  le  dexaua  vibo 
acá,  y  él  me  dixo:  ¿de  qué  te  marauillas,  Meni- 
po? yo  le  dixe:  de  verte  tan  presto  acá,  que  no 
pense  que  eras  muerto.  Dime  Chiron  ¿cómo 
fue  tan  súbita  tu  muerte?  y  él  me  respondió: 
yo  me  maté  porque  tenia  aborrecida  la  vida. 
Dixele:  mucho  deseo  tengo  de  saber  qué  mal 
hallaste  en  la  vida  pues  solo  tú  aborreces  lo  que 
todos  aman  y  grangean,  y  él  me  respondió: 
pues  esto  has  de  saber,  Menipo,  que  avnque  to- 
do el  popular  vulgo  tenga  la  vida  del  mundo 
por  muy  buena  yo  no  la  tengo  simplemente  por 
tal,  mas  antes  la  tengo  por  variable  y  de  mucha 
miseria.  Porque  como  yo  tanto  vibiesse  en  el 
muudo  vsando  tanto  tiempo  de  las  mesmas  co- 
sas, del  sol,  de  la  noche,  del  comer,  del  beber, 
del  dormir,  del  desnudar,  del  vestir;  oyr  cada 
dia  las  mesmas  horas  del  relox  por  orden  reci- 
proco, inportunauan  mis  orejas  en  tanta  ma- 
nera que  ya  la  alK)rrecia;  y  enhastiado  de  tanta 
frecuencia  por  hallarme  cansado  me  quise  aca- 
bar pensando  venirme  acá  a  descansar  de  tan 
inconportable  trabajo.  Porque  en  la  verdad  yo 
hallo  que  el  deleyte  ni  descanso  no  consiste  en 
gozar  perpetuamente  de  las  mesmas  cosas,  pero 
conuiene  en  tiempos  vsar  de  la  dinersidad  y 
mudimca  dellas;  yo  le  repliqué  0)  P^es  dime 
¡o  sabio  Chiron,  ¿sientes  te  mejorado  en  esta 
vida  que  tienes  en  el  infierno?  El  me  respondió: 
avnque  no  mejore  (*)  no  me  tengo  por  nmy 
agrauiado,  Menipo,  porque  si  acá  recibe  tor- 
mento y  pena  el  alma  no  me  era  menor  tor- 
mento la  importunidad  que  me  daua  el  cuerpo 

(*)  G..  resDondi. 
(')  G.,  mejorado. 


por  la  necesidad  que  tenía  de  regalarle  y  sobre- 
llenarle allá,  y  esta  ventaja  ay  acá:  la  ig^ldad 
en  que  vibimos  todos.  Porque  no  ay  pena  a  que 
se  iguale  la  obligación  que  se  tiene  en  el  nran- 
do  a  tenerse  respecto  entre  sí  los  hombrea.  A 
los  parientes,  á  los  amigos,  a  los  bezinos,  a  los 
perlados,  a  los  principes,  reyes  y  señores.  En 
conclusión,  vninersalmente  vnos  a  otras.  Acá 
siempre  estamos  en  un  ser,  libertados  de  aque- 
llas pesadumbres  de  allá.  Y  yo  le  dixe:  mira, 
Chiron,  pues  eres  sabio  no  te  contradigas  en  lo 
que  vna  vez  dixeres,  porque  es  gran  descuydo. 
Porque  si  tú  dizes  que  dexastc  el  mundo  por- 
que te  daua  hastio  vsar  a  la  contina  de  las  mes- 
mas  cosas,  mucho  más  te  enhastiarás  aquí  pues 
en  las  mesmas  has  de  estar  para  siempre  jama». 
Respondióme:  ansi  lo  veo  yo  ag^ra  por  expe- 
riencia que  me  engañé,  Menipo.  Pero  ya  ¿qué 
quieres  que  haga?  Y  como  le  vi  vencido  por  no 
le  dar  más  miseria  con  mi  importunidad  le  dixe: 
solo  esto  quiero,  Chiron,  que  vibas  contento  con 
la  suerte  que  posees,  y  en  aquello  prestes  pa- 
ciencia que  sin  mayor  mal  eaitar  no  se  puede; 
y  ansi  desapareció  de  ante  mi  aquella  alma.  Es- 
tañan por  alli  religiosos  apostatas,  falsos  pro- 
phetas  y  dininadores,  zarlos,  questores,  y  otra 
gran  trulla  de  gente  perdida.  Estañan  letrados, 
abogados,  juezes,  escribanos  y  of Aciales  de  au- 
diencias y  chancellerias.  Vimos  tanto  que  no 
ay  juizio  que  te  lo  baste  descreuir  en  particular. 
Basta  que  cuanto  yo  puedo  te  sé  desir  que  va 
tanta  differencia  de  lo  oyr  a  lo  ver,  como  de  la 
apariencia  a  la  existencia;  como  de  lo  vibo  a  lo 
pintado;  como  de  la  sombra  a  lo  real.  En  fin, 
quiero  dezír,  que  con  todas  las  fnercas  huma- 
nas no  se  puede  pintar  con  la  lengua,  ni  enca- 
recer tanto  el  dolor  y  miseria  que  padecen  alli 
los  dañados  (')  que  en  cautidad  de  vna  muy 
pequeña  hormiga,  o  grano  de  mixo  se  pueda 
sentir  por  ningún  entendimiento  quanto  quiera 
que  teng^  la  posible  atención.  Sé  dezir,  que 
quando  me  huuiere  mucho  fatigado  por  dezir 
más  no  abré  dicho  vna  minima  parte  de  lo  in- 
finito que  alli  ay;  y  ansi  vimos  a  deshora  en 
vna  alta  roca  vn  alto  y  muy  fuerte  castillo  de 
doblado  muro  que  con  gran  continacion  no  ha- 
zia  sino  ahumar,  (*),  donde  nos  dixeron  habi- 
tar Luzifer,  y  ansi  guiamos  para  allá;  no  ha- 
zian  (')  demonios  sino  entrar  y  salir,  que  no 
parecia  sino  casa  de  vna  chanciller  audiencia 
(*),  ó  de  vniuersal  contratación.  Porque  era 
tanta  la  multitud  y  concurso  de  demonios  y  al- 
mas que  con  gran  dificultad  podimos  romper. 
Entramos  vnas  puertas  de  fino  diamante  a  vn 
gran  patio,  donde  en  el  fin  de  una  gran  distan- 

(')  G.,  condenado!. 

(')  (t.,  ahamana. 

(')  G.,  freqnentanan  mocho  Ior. 

\*)  G.,  chancellería. 


EL  CROTALON 


219 


9¡a  catana  m  gran  ti'ouo  que  me  pareció  ser 
edificado  del  fuerte  y  iuuiolable  marmol,  donde 
estauA  sentado  Luzifer.  Era  ni  gran  demonio 
que  en  cantidad  era  muy  mayor,  más  terrible, 
más  feo  y  más  espantoso  que  todos  los  otros  sin 
comparación.  Tenia  tu  gran  ceptro  de  oro  en 
la  mano,  y  en  la  cabera  vna  poderosa  corona 
inperial,  y  todos  le  tenían  gran  obediencia. 
Pero  tenia  muy  gruesas  cadenas  que  con  muy 
fuertes  candados  le  atauan  y  amarrauan  en  la 
fuerza  de  aquel  marmol  del  teatro  donde  estaña 
sentado,  que  mostraua  en  ningún  tiempo  se 
poder  mouer  de  alli.  Dizen  que  estos  candados 
le  echó  Cristo  quando  entró  aqui  por  los  sáne- 
los padres  al  tiempo  de  su  resurre^ion,  y  que 
entonces  le  limitó  el  poder,  porque  antes  de  la 
muertis  de  Cristo  todo  el  yniuerso  tenia  vsur- 
pado  Luzifer  y  a  todos  los  hombres  lleuaua  al 
infierno  para  siempre  jamas.  Puestos  alli  ante 
el  juez  infernal  auia  tanta  grita,  tantas  quexas, 
tantas  demandas  que  no  sabia  a  quál  oyr:  por- 
que es  aquel  lugar  natural  vibieuda  de  la  con- 
fusión. Pero  el  Luzifer  los  mandó  callar  y  di- 
jeron unos  demonios  ancianos:  Señor,  ya  sa- 
béis como  está  éste  vuestro  infierno  muy  car- 
gado de  presos  que  ya  en  él  no  pueden  cauer, 
y  la  mayor  fatiga  que  tenemos  es  con  la  gran 
muchedumbre  de  ricos  canbiadores,  vsureros; 
mercaderes,  merchanes  y  renoueros,  trapazeros 
que  acá  están,  que  cada  dia  emos  de  atormen- 
tar: tanto  que  ya  no  lo  podemos  cumplir.  Por- 
que no  ay  genero  de  pecadores  de  que  más  ven- 
gan acá  después  qne  crió  Dios  el  mundo.  Que 
ya  sabéis  que  estos  no  se  pueden  saluar  como 
Cristo  lo  auctorizó  diziendo  ser  tan  posible  su 
galnagión  como  es  posible  entrar  vn  camello  por 
el  ojo  de  vn  aguja,  que  es  harta  inposibilidad. 
i>e  manera  que  por  esta  sentencia  desde  que 
Dios  crió  el  muudo  hasta  agora  no  viene  otra 
ícente  más  común  acá,  y  principalmente  como 
en  este  caso  de  los  ricos  el  mundo  va  de  peor 
en  peor,  de  cada  dia  vernan  más.  Porque  agora 
vemos  por  experiencia  que  la  cobdi^ia  de  los 
liombres  es  en  el  mundo  de  cada  dia  mayor,  y 
mayor  sed  por  enrriquezer.  Porque  agora  se 
casa  vn  manqebo  ciudadano  con  mil  ducados  de 
docte,  y  viste  y  adorna  a  su  muger  con  todos 
ellos,  y  luego  toma  las  mejores  casas  que  ay  en 
su  pueblo  con  la  meytad  de  censo  por  se  acre- 
ditar, y  haziendo  entender  que  es  rico  con  aque- 
llas casas  y  familia,  mocos  y  muías  luego  se 
liazc  canbiador  de  ferias,  y  con  esto  come  y  jue- 
ga mejor,  y  luego  no  se  ha  de  hallar  la  merca- 
dería sino  en  su  casa:  porque  fiado,  ó  moha- 
trado, o  cohechado,  o  relancado  él  lo  ha  de 
tener  por  tener  con  todos  que  entender,  dar  y 
tomar. 

El  man,  la  holanda,  el  augeo,  la  tapizeria  y 
otras  cosas  qnantas  de  mercadería  son,  todas 


las  ha  de  tener  como  quiera  que  a  su  casa  pue- 
dan venir.  En  fin  por  negociar,  por  trapazar, 
por  trampear  todo  lo  ha  de  tener  con  cobdicia 
que  tiene  de  ser  rico  y  ser  estimado  ante  todos 
los  otros.  De  manera  qne  hallareia  vn  hombre 
solo  que  no  ay  mercadería  que  no  trate  con  esta 
sola  intincion ;  y  ansí  ninguno  se  escapa  que  no 
venga  acá,  y  por  yr  el  negocio  en  esta  manera 
puede  venir  tienpo  que  no  podamoa^  caber  en  el 
infierno,  ni  aya  demonios  qne  los  basten  ator- 
mentar. Porque  cada  qual  quanto  quiera  que 
sea  vilissimo  xorualero  cavadcM*  se  presume 
enoblecer  (')  con  negocios.  Porque  de  cala  dia 
se  augmentan  las  vsuras,  los  cambios,  las  mer- 
chanerias,  trampas,  y  engaños,  trapazando  fe- 
rias y  alargándolas.  En  fin,  señor,  es  grande  su 
cobdicia,  en  tanta  manera  que  han  hallado  y 
ínnentado  maneras  para  se  condenar  que  nos* 
otros  no  las  podemos  entender.  Por  lo  qual,  se- 
ñor, deueís  suplicar  a  Dios  os  ensanche  el  in- 
fierno, o  enbiaidlos  al  mundo  a  purgar.  Como 
Luzifer  huno  {})  bien  oydo  este  caso  acerca  del 
negocio  de  los  desuenturados  ricos,  consideran- 
do bien  el  hecho  como  conuenia  publicó  vna 
sentencia  por  la  qual  en  effecto  mandó  que  to- 
das las  almas  de  los  ricos  qne  de  quatro  mil 
años  a  esta  parte  estañan  en  el  infierno  f  uessen 
laucadas  en  cuerpos  de  asnos  y  saliessen  al 
mundo  a  servir  a  honbres  pobres;  y  luego  por 
esta  scnt4;ncia  fueron  tomadas  por  los  demonios 
infinito  número  de  almas  y  llenadas  por  diner- 
sas  prouíncias  del  mundo.  En  la  Asia  a  los  in- 
dos, hybemios,  hyrcanos,  batrianos,  parthos, 
carmanios,  persas,  medos,  babilones,  Armenios, 
sauromatas,  masagetas,  capadoces,  frigios,  ly- 
dos,  syros  y  árabes.  En  África  fueron  llenadas 
a  los  Egipcios,  trogloditas,  garamantes,  etio- 
pes, carthaginenses,  numidianos  (**)  y  masilien- 
scs.  Y  después  en  toda  la  Europa  fueron  lic- 
uadas a  los  scithas,  traces,  gctas,  macedones, 
corinthos,  albanos,  sclauones,  rosios,  daces,  vn- 
garos,  tudescos,  germanos,  anglos,  ytalos,  ga- 
los y  hyspanos.  Y  todas  aquellas  almas  fueron 
laucadas  en  cuerpos  de  asnos  y  dadas  en  posse- 
ssion  de  pauperrissimos  aguaderos,  azacanes, 
recueros,  tragineros  y  xomalcros  miserables,  los 
quales  todos  con  muchos  palos  y  poco  mante- 
nimiento los  atormentan  con  grane  carga,  mi- 
seria y  dolor;  y  luego  como  Luzifer  huno  des- 
pachado este  negocio  tnirando  por  nosotros 
quiso  proueer  en  nuestra  petición.  La  qual 
leyda  la  bessó  y  puso  sobre  su  cabeca,  y  man- 
dó a  Sathanas  ansí  la  obedeciesse  como  le  era 
mandado  por  Dios;  y  como  huuimoa  negociado 
despedimonos  del  Luzifer,  y  él  mandó  a  Asmo- 


(M  G.,  adelantarse  a  otros  enoblef  iendow. 
(>)  G.,  ono. 
(^)  G.,  namidaB. 


220 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


del  que  era  vn  demonio  anciano  y  may  gran  su 
prílNulo  y  familiar  que  nos  sacasse  del  infierno 
sin  rodeo  alguno  y  nos  pnsiesse  en  el  mundo 
donde  residía  entony^s  el  Consejo  real.  Lo  qual 
hizo  con  gran  diligen9Ía,  que  al  presente  residia 
en  Valladolid.  Y  vn  dia  de  mañana  procuramos 
presentar  la  petÍ9¡on  en  el  Consejo  de  la  Inqui- 
sición de  su  magestad  y  vista  por  los  del  Con- 
sejo nos  respondieron  que  se  vería  y  proueería 
lo  necesario  y  que  conueniesse;  y  andando  por 
algunos  de  aquellos  señores  por  hablarlos  en 
sus  casas  nos  dezían  que  era  eseusado  esperar 
prouísion,  porque  hallaaan  que  si  qnitassen  es- 
tas saperfiuidades  de  las  s^ien^ias  no  se  podría 
el  mundo  conseruar,  porque  los  sabios  y  maes- 
tros no  temían  que  enseñar,  y  por  el  consi- 
guiente no  podrían  ganar  de  comer. 

Mi<;iL0. — Espantado  estoy  de  ver  qttanto 
mejor  obede<;en  los  diablos  que  los  hombres. 

Gallo. — Y  ansí  (*)  como  vimos  que  yua  la 
cosa  tan  a  la  larga  lo  dcxamos  de  seguir,  y  el 
mi  ángel  como  me  hubo  guiado  en  toda  esta 
xomada  me  dixo :  mira,  Men  ipo,  yo  he  hecho  este, 
camino  por  tu  contenplacion,  por  quitarte  de 
pena;  que  bien  sabia  yo  en  lo  que  auia  de  pa- 
rar. Agora  te  quiero  dezir  la  suma  de  mi  ín- 
tin^ion.  Sabe  que  el  mejor  y  más  seguro  estado 
de  los  hombres  en  el  mundo  es  de  los  ydiotas, 
simples  populares  que  passan  la  vida  con  pru- 
dencia. Por  lo  qual  dexate  de  oy  más  de  gas- 
tar tienpo  en  la  vana  consideración  de  las  cosas 
altas  y  que  suben  de  tu  entendimiento,  y  dexa 
de  inquirir  con  especulación  los  fines  y  princi- 
pios y  causas  de  las  cosas.  Menosprecia  y  abor- 
rec-e  estos  vanos  y  caut<ilosos  sylogismos  que 
no  son  otra  cosa  sino  vurla  y  vanidad  sin  pro- 
uccho  alguno,  como  lo  has  visto  por  csperien- 
cia  en  esta  xornada  y  peregrinaje;  y  de  aquí 
adelante  solamente  sigue  aquel  genero  de  vida 
que  te  tenga  en  las  cosas  que  de  presente  po- 
sees lo  mejor  ordenado  que  a  las  leyes  de  virtud 
puedas;  y  como  sin  demasiada  curiosidad  ni  so- 
licitud en  alegría  y  plazer  puedas  vibir  más  so- 
segado y  contento;  y  ansí  el  mi  ángel  me  dexó 
y  yo  desperté  como  de  vn  graue  y  profundo 
sueño  (*)  espantado  de  lo  mucho  que  auia  visto 
como  te  lo  he  narrado  por  el  orden  que  has 
oydo  y  yo  mejor  he  podido. 

Mi^iLO. — ¡O  gallo!  Dios  te  lo  agradezca  el 
plazer  y  honrra  que  me  has  hecho  en  (*)  tu  fe- 
licissima  narración.  De  oy  más  no  quiero  otro 
maestro,  otro  phílosopho,  ni  (*)  otro  sabio  con- 
sejero que  a  ti  para  passar  el  discurso  de  la 
vida  que  me  queda,  y  ruegote  que  no  me  dexes, 
que  juntos  passaremos  aqní  nuestra  vida;  que 

(<)  G.  Poef. 

(t)  Ba«ño  may  profundo. 

(»)  G ,  con. 

(«j  G.,  más. 


según  me  dizes  es  la  más  segara,  según  tengo 
entendido  por  tu  esperíencia  ('). 

Gallo. — Ya  te  he  contado,  Micílo,  hasta 
agora  mi  dichosa  y  admirable  peregrinación,  en 
la  qual  por  su  espanto  y  terribilidad  te  he  te- 
nido suspenso  y  algo  desasosegado,  según  he 
hechado  de  ver  (*) ;  por  lo  qual  de  oy  más  te 
quiero  contar  cosas  graciosas  y  suaues,  con  que 
en  donayre  y  plazer  passes  mejor  el  trabajo  del 
dia.  Ofrecesseme;  quiero  te  contar  agora  vn 
suaue  y  gracioso  conbite;  vna  opulenta  y  admi- 
rable copiosidad  de  vna  missa  nueua,  en  que 
siendo  clérigo  en  vn  tiempo  me  hallé*  Dezirtc 
he  tanto  regocijo  de  aquellos  clérigos,  tanto 
canto,  tanto  vayle,  tanta  alegría  que  no  se 
puede  encarecer  más ;  y  después  dezirte  he  vna 
fragosa  y  arriscada  tragedia  que  calentando  el 
vino  las  orejas  de  los  abbades  sucedió.  Confio 
que  con  esto  soldarás  el  espanto  en  que  te  he 
puesto  hasta  aquí.  Agora  abre  la  tienda,  que 
en  el  canto  que  se  sigue  lo  prosiguire. 

Fin  del  de^¡imo  sexto  canto  del  gallo. 


ARGUMENTO 

DBL   DErlMO   SÉPTIMO   OANTO   DBL  GALLO 

Kn  el  décimo  ¡«eptinio  ranto  quo.  ím>  sigue  el  tuctor  imitando  i 
Luciano  en  vi  dialogo  llamado  Coniz/Mmn  philowj^oruwi^ 
suefia  anenc  halbdo  en  vna  misa  naeiia,  en  la  qual  dcs- 
criui'  gran«I<>s  aconte^micntos  que  entre  clrrígoit  en  rUa 
pafsaron  {*). 

Mi VI LO. — Despierta,  gallo,  que  parece  ser 
hora  para  que  con  tu  promesa  me  restituyas  en 
mi  prístina  alegría,  porque  el  peregrino  y  nne- 
uo  proceso  y  manera  de  dezir  de  tu  prodigiosa 
narración  infernal  me  tiene  tan  espantado  que 
por  ninguna  contraria  manera  de  dezir  pienso 
poder  boluer  en  mi  para  oyr  y  hablar  con  mi 
primera  libertad;  y  es  ansí  qve  aunque  por  su 
admiración  el  cuento  mueue  a  atención  contina 
hazesse  más  estimar  quando  se  considera  el  cré- 
dito que  se  deue  a  tu  ser  por  auer  sido  celestial. 
Porque  no  parece  ni  se  puede  dezir  que  solo  me 
le  has  contado  por  darme  deletacíon,  como  ha- 
zcn  los  fabulosos  inuentores  de  mentiras  en  las 
prestigiosas  y  monstniosas  (})  narraciones  qne 
escriuen  solo  por  agradar  y  dar  a  los  lectores 
ociosos  con  que  el  tiempo  se  pueda  entretener 
(•)  auntiite  sea  con  t*ana  ocvparíon.  Porque  me 

(*)  G.,  legDn  tengo  entendido  per  tu  esperimentada 
narración  w  la  mejor  y  más  negara. 

O  me  ha  parecido. 

(')  ^'m  qae  comanmente  en  semejantes  lagares  !>ae- 
len  paraar. 

(*)  G.,  monstraosas  y  prodisioflas. 

(*)  G.,  puedan  entretener  el  tiempo. 


EL  CROTALON 


281 


dizeD  que  han  sido  mucbos  philosophos  aiicto- 
rea  de  temíante»  obra»;  cotuo  Cthesias  j  Jam- 
blico  (') ;  de  Iob  quales  el  tdo  ha  egcripto  cosas 
■dmirables  de  las  Indias;  j  el  otro  del  mar 
Dfeano  ('}  sin  que  niognao  dellos  humease  vis- 
to, ni  en  algún  auctor  lejdo  cosa  de  las  que 
cada  qual  dellos  escríoiú,  Pero  fue  tan  grande 
sn  eloqaengia  f  admirable  nwDem  de  dezír  que 
qnanto  quiera  que  manifiestamente  escríuian 
(*)  fifion,  por  escrenir  en  aquel  estilo  hizieron 
graciosa  j  estimada  su  obra.  Otros  dJzen  que 
ba  hanido  que  con  ingenio  espantoso  han  con- 
tado de  si  grandes  riajes  7  peregrinaciones.  fi&- 
rena  de  Testias  y  diuersidad  de  tierras  j  coa- 
tunbrea  de  hombres,  atn  atter  ninguna  cota  de 
la»  que  detcrítten  en  el  mundo,  que  (*)  por  la 
dulfun  de  bablar  (*)  los  han  tenido  en  Tenc- 
nfion.  Como  aquel  ingenioso  inuentor  (*)  Uo- 
mero  escríni¿  de  sn  Uiizes  auer  risto  animales, 
;  gigantes  monstruosos  Poliphemos  con  solo 
m  ojo  en  la  frente  que  se  tragauan  los  hombres 
enteros  y  vibos;  y  esto  sin  los  auer  engendra- 
do basta  oy  naturaleza.  Desto  estoy  bien  se- 
guro yo  que  tú  no  imitas  a  estos  en  tu  paseada 
historia,  poique  no  es  de  presumir  que  infames 
los  9eIicolas  como  tú  con  (^  mentirosa  narra- 
íion.  Por  tanto  despierta  y  prosigue  que  yo  te 
oyré.  Cuéntame  aquella  sangrienta  batalla, 
aquel  sufeso  canpal  que  ayer  me  propusiste  (') 
deair,  pues  de  tu  promesa  no  te  puedes  excusar. 
Gallo. — Por  ^ierto  Mifilo,  mucho  estoy 
arrepentido  en  anerte  propuesto  esa  sacrilega 
tragedia,  pues  en  ella  hago  ser  públicos  los  de- 
satinos tan  exuesinos  que  el  Tinático  furor  causó 
en  aqaellofl  religiosos  jnizioa  y  habito  sa9erdo- 
tal,  lo  qual  más  conucnia  ser  callado  y  sepultado 
en  el  profundo  del  oluido  por  auer  acontecido 
en  personas  que  auian  de  ser  ejemplo  de  tem- 
plan9a,  prudenpia  y  honestidad;  ant«s  que  ser 
To  agora  relactor  de  las  deshonestas  y  desua- 
riadaa  furias  que  paaaaron  entre  su  beber.  Mal 
parece  dar  yo  ocasión  con  m¡  lengua  a  que 
Buiendo  tú  plazer  te  rías  y  mofes  de  aquella 
conaagrads  caterua  que  e^tá  en  la  tierra  en  lu- 
gar de  la  diuina  megestad  (*).  De  manera  que 


templaofa  coa  qai  rata  ^ente  conugrada  toma  ( 
jautei  ijaDtamicDtoi;  loa  qualea  In  aaian  de  m 
dadw  por  n\a  ptrladof  y  juextü,  j  s  «toa  aaerr 
KT  doltiM  ralaetor,  porqae  lo  podríaa  remediar,  antai 
qne  no  a  ti  i  porqne  en  contártelo  boIo  doy  ocasión  con 
mi  langna  ■  qne  aaieado  tú  plaisr,  ta  rías  y  mofea  de 
aqaella  ccoaagrada  eateraa  qnc  eatá  en  la  tierra  en 
lagar  d«  la  diniíiB  raagestad . 


si  yo  me  hnuiere  flaca  y  fríamente  en  el  persua- 
dir y  demostrar  esl«  acont«9Ímiento  corro  pe- 
ligro en  mi  persona  de  tinio  orador;  y  quando 
por  el  contrario  en  el  encarefer  y  esazerar  me 
mostrare  eloquente  Ber¿  para  más  augmentar 
tu  rísa  y  mofa,  baziendo  en  mayor  infamia  de 
aquella  religioaa  gente.  Por  tanto  mira,  Mi; ilo, 
si  es  m&s  conueniente  a  hombre  bien  acostum- 
brado como  tú  dexar  de  inportnnarme  que  te 
cuente  semejantes  acontecimientos;  porqne  a 
mi  me  pare9e  ser  obligado  a  los  callar. 

TAifirLO. — ¡O  gallo!  quiero  que  sepas  que 
qnanto  más  niegas  mi  petición  tanto  mis  aug- 
mentas en  mi  el  deseo  de  te  lo  oyr.  Por  lo  qual 
procediendo  en  la  costumbre  de  nuestra  buena 
connersafion  y  tu  gracioso  dezir  podras  comcn- 
Cando  luego  ganar  el  tienpoque  se  podría  con 
la  dilación  perder. 

Qallo. — Agora,  pues  ansí  quieres  j  tanto 
me  importunas  yo  t«  quiero  obede9er:  pero  con 
Tsa  condición,  qne  con  juramento  te  t«ngo  de 
ligar  &  ella;  y  es  que  no  ae  ba  de  (*)  publicar 
faera  de  aqni. 

MiciLO. — Agora  comienza,  qne  yo  lo  prome- 
to, qne  no  sea  (*)  más  publico  por  mJ,  ni  seré 
causa  qne  otro  lo  sepa.  Dime  por  orden  todas 
las  cosas:  qué  fue  la  causa  (■)  de  la  cena  ('): 
y  qué  personas  fueron  alli  en  el  combite,  y  que 
passé  en  el  suceso. 

Gallo, — Pues  comentando  por  el  principio 
sabrás  qne  la  causa  fue  vna  misa  nneua:  por- 
que Arísteneto  cambiador,  hombre  ríco.  tiene  (') 
Tubijoque  sollama  (*)  Zenon:  hombre  estudio- 
so y  sabio,  como  sabes,  el  qual  P)  por  tener  ya 
edad  conueniente  para  elegir  estado  Tino  a  can- 
tar misa  y  para  esto  el  padre  de  sn  parte  com- 
bid<i  todos  sus  paríentes,  vezinos  y  amigos, 
juntamente  con  sus  mngeres,  y  Zenon  (*)  misa 
cantano  da  la  suya  (*)  llamó  a  todos  sus  pre- 
ceptores ywe  auian  eido  de  lai  sfienfias,  gra- 
mática, lógica,  philosopbia  y  tbeologia,  y  des- 
pués con  eatoi  combidó  a  todos  los  curas  y  be- 
neffiviados  caii  desta  f iudad  que  eran  en  gran 
copia  (">)  j  con  estosania  dos  religiosos  de  cada 
orden, 

MigiLO. — Yo  nunca  vi  conpaftia  de  tanto 
santidad. 

Gallo.—  Pues  viniendo  al  proceso  del  acon- 
tecimiento (")  aabras  que  el  dia  señalado  que 


(•)  Q,  qne  jure»  de  no  I 
C)  G..  aera. 
(')  G-,  «1  fnndamento. 
O  G.,  fÍMta. 


(')  G-,  de  aa  parte. 
(")  G.,erBn  laochoa, 
(")  G.,  de  la  historia, 


21Lt 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


fue  vn  domingo  primero  de  majo,  que  os  el  mes 
más  apacible  j  gracioso  a  todos,  (*)  connenimos 
luego  por  la  mañana  todos  los  combidados  a 
casa  de  Aristeneto  para  acompañar  a  Zenon 
liasta  el  templo;  fuemos  con  gran  ^-elebridad  (^) 
de  can9Íon  de  clérigos,  7  gran  música  de  ins- 
trumentos, laúd,  de  arco,  rabel,  t ¡huela,  psalte- 
río,  y  otras  agraciadas  sonajas  que  tañian  hom- 
bres que  para  semejantes  autos  se  suelen  alqui- 
lar. Quando  fue  acabada  aquella  diuina  cele- 
bración de  la  miasa,  con  el  orador  que  con 
ingenio  discantó  el  mentó  y  grandeva  de  la 
dignidad,  7  ofrecimos  todos  al  misa  cantano, 
nos  boluimos  (^)  juntos  con  la  mesma  mtuica 
a  casa  de  Aristeneto.  Donde  despedidos  aque- 
llos que  solo  fueron  conbidados  para  el  acom- 
paüam lento,  se  llegó  Aristineto  a  mi  7  a  la 
oreja  me  dixo  que  me  quedasse  a  conter  allá  (^) 
con  el.  Dios  sabe  quanto  me  holgué,  porque 
yierto  que  sobraua  en  mi  casa  ¡a  rabión;  prín<;i- 
palmente  porque  después  que  en  el  templo 
ofre^i  no  fue  nmcho  lo  que  en  la  bolsa  me 
quedó.  Fuemos  lanzados  todos  a  vn  gran  pala- 
cio mu7  adornado  7  dispuesto  para  el  conbitc. 
En  el  qual  auia  dos  messas  a  la  larga  de  la 
sala,]a  ma  que  7ua  a  la  vna  pared,  7  otra  por 
otra.  En  la  frontera  de  la  sala  7ua  rna  (') 
messa  como  cabecera  de  las  otras  dos,  en  la 
qual  se  sentó  en  el  medio  Zenon  (*)  tomando 
a  su  mano  derecha  a  su  padre  Aristeneto;  7  a 
la  izquierda  C)  est«ua  su  padrino  que  era  aquel 
Cleodemo,  antiguo  7  honrado  varón  que  fue 
cura  del  abogado  de  las  estrenas  (*)  San  Julián. 

Mi(;iL0. — ¡O  qué  monarcha  v  principe  de 
sacerdotes  me  has  contado! 

Gallo. — A  los  lados  ocupauan  esta  mesa  de 
la  cabecera,  a  la  yna  mano  el  guardián  7  com- 
pañero de  San  Francisco  7  á  la  otra  el  Prior 
de  Sancto  Domingo  con  vn  (•)  conpañero  de 
grande  (**)  auctoridad.  En  la  mesa  de  la  mano 
derecha  se  sentaron  ('*)  por  onlen  los  maestros 
de  Zenon  7  clerecía  que  fuemos  ('*)  muchos  en 
numero;  7  a  la  otra  mano  se  sentaron  los  casa- 
dos, cada  qual  con  su  muger;  1/  quando  fuemoa 
todos  sentados  eomcnyaronse  las  mesas  a  seruir 
con  grande  abundarn;ia  de  frutas  del  tiempo. 

Mk.ilo. — ¿Pues  entre  los  dos  perlados  de 
San  Francisco  7  Sancto  Domingo  no  uvo  di- 


(M  G.,  del  año. 

(')  G  ,  flolenidad. 

(')  (t  ,  bolaimonos. 

(M  G.,  allí. 

(')  G.,  aaia  otra. 

(*)  G.,  el  misRa  cantano. 

P)  G- ,  otra  mano 

{*)  G.«  de  San  Jnlian. 

(•1  G.,  8U. 

m  G ,  gran. 
(*')  B ,  se  sentó. 
(•>)  G.,  fueron. 


f  fcrencia  sobre  la  mano  a  que  cada  qual  se  ania 
de  sentar. 

Gallo. — Mucho  antes  se  consultó  con  ellos 
7  diffínió.  Entre  los  dos  curas  de  Sancteaidro  7 
San  Miguel  uvo  un  poco  de  contienda;  porque 
preferiendo  Arísteneto  en  el  asiento  el  de  Sauc- 
tesidro  al  de  San  Mig^iel  por  su  ma7or  anti- 
güedad (')  se  lenantó  en  pie  el  de  San  Miguel 
porque  era  prec^eptor  de  Gramática  7  presumía 
de  philosopho  7  dixo:  S7  a  ti,  Arísteneto,  te  pa- 
rece que  el  cura  de  Sanctesidro  se  ha  de  prefe- 
rir a  mi,  engañaste;  7  por  no  lo  consentir  me 
V07  7  08  dexo  libre  el  combite.  Porque  avoque 
él  sea  viejo  por  dos  razones  se  me  deoe  a  tai 
la  uentaja,  pues  dize  Salomón  que  capas  mu7 
antiguas  son  (^)  en  el  hombre  el  saber  qnanto 
quiera  (¡tie  sea  moro,  7  ansi  tomó  por  la  !saDO 
su  mochacho  7  comencó  a  fingir  querer  caminar 
7  luego  el  cin'a  de  Sanctesidro  dixo:  nmica 
plega  a  Dios  que  por  mí  dexes  de  te  holgar; 
7  apartándose  afuera  le  hizo  lugar  en  la  delan- 
tera 7  él  se  sentó  (')  atrás. 

MiriLO. — Conuenieron  presto  esoif  dos  por 
gozar. 

Gallo. — Fue  a  todos  ocasión  de  gran  rísa, 
7  no  se  pudiendo  {})  sufrír  Zenothemo  maes- 
tro de  Philosophia  (•)  dixo  en  alta  voz  ser 
aquello  exemplo  de  la  figura  Antiptosis  isteron 
proteron  (*)  de  lo  qual  todos  aduertiendo  se 
rieron  mas  \}), 

MiviLo. — Pues  entre  los  casados  ¿no  se  ofre- 
ció cosa  que  pudiesses  notar? 

Gallo. — Los  casados  solamente  tenían  ojo 
7  atención  en  aquellos  hombres  sabios  7  reli- 
giosos, su  ambición,  su  puesto,  hablar,  beber  7 
comer  v  conuersacion :  en  fin,  todos  aquellos 
seglares  se  fingían  tener  cuenta  con  el  plato, 
l>ero  más  la  tenían  con  lo  que  entre  los  clérigos 
passaua  (*).  Porque  como  todos  al  principio 
comoncamos  a  comer  de  aquellos  sabrosos  7  bien 
aparejados  manjares,  todos  mírauamos  al  cura 
de  San  Miguel  que  todo  quanto  delante  le  ser- 
nian  lo  daua  al  mochacho  que  tenia  junto  (*) 
a  si,  pensando  que  ninguno  lo  vía,  7  el  mocha- 
cho lo  echaua  en  vna  talega.  El  comía  con  in- 
saciable agonia  7  lancaua  en  los  pechos  7  fa- 
triguera  medias  limas  7  naranjas,  7  algunas 
guindas  que  andauan  rodando  (}^)  por  la  messa. 


(*)  G.,  por  Rer  más  viejo. 
(')  G.,  «{lie  la  ecícncia  son  canaR  en  el  hombre. 
)  G.,  atiento. 
*)  G.,  asento. 
(*Í  Y  luego  dixo. 


{ 


(•)  G.,  de  la  Gramática. 

(^)  R.  (Nota  marginal)  Gramática.  Figura  antijh 
tosis  eH  ca*U4pro  ca^uptrn. 

{*)  G.,  notándolos  de  ambiciosos,  glotonee  7  de  poco 
sosiego:  fingiéndose  todos  tener  cneuta  con  el  pkto, 
pero  más  la  tenían  con  lo  que  entre  los  derígos  na^aa 

(•)  G  ,  tras. 

(**)  G.;  que  rodanan. 


EL  CROTALON 


223 


Dni»  a  moulinRho  piomaKdv  perdizydepato; 
pcdn^OE  de  vsc»  y  de  fwiiüro,  y  ntguiiofl  anelos 
de  pttstelee  {')  y  pedícos  du  pun  y  torta.  Uiole 
paflisoelo,  la  tupH  en  que  iH'liia;  basta  el  CQehí- 
ila  y  el  aiilero  le  dio.  lJi-«to  tujah  todos  los  ca- 
sados y  sus  niinieref,  íjiip  lea  era  mny  ffran  pa- 
satiempo. Estando  ina's  todü:^  ocupados  en  eato 
COD  gran  aolax  y  ddiyte.  porttac  ya  aiiía  llega- 
do de  mano  tti  niann  hu^ta  la  mt-sa  de  Aríste- 
neto  y  laitsa  cantano  qne  mncho  ae  reyan  dello, 
sucedió  qne  eiitrd  por  la  puerta  de  la  sala  A](i- 
dsnMB  cura  de  San  Ntcolss,  sin  ser  llamado,  y 
puesto  en  medio  de  todos  (')  el  rostro  a  Zenon 
y  a  AríBteneto  BU  padre  dixo:  señoreB,  perdo- 
nadme qne  no  vengo  nika  temprano  a  vuestro 
plazer  porque  agors  disieodo  la  misa  mayor  a 
luis  perrochanos,  saliendo  (*)  a  ofrecer  en  mi 
igletia  me  díxo  vu  feligrés  mío  qne  haciadcs 
esta  fiesta;  y  unsi  luego  me  ppretinrc,  qne  no 
tard¿  en  lo  que  restaña  de  la  mis&vn  momento; 
qne  casi  no  me  vagana  (*)  desnudürme  la  ca- 
snlia  por  venir  a  honrrsros  por  dcr  tan  vuestro 
amigo;  que  loa  tales  no  emon  de  aguardar  6  xer 
combidados,  pero  sin  Hcr  llamados  vcngamo»  (') 
de  los  primeros. 

Mi^iLO. — Por  fierto  cosa  digna  de  risa  me 

Gallo. —  Cada  qual  le  comentó  a  dcsir  su 
donayre  dando  a  entender  en  dcsncrgnenfa; 
|>efo  él  lo  disimnló  por  gozar  del  coinbite;  por- 
que luego  acudió  Aristeneto  encareciendo  su 
buena  amistad  y  acusando  su  descuydo  y  el  de 
su  hijo  pues  de  conibidarle  se  auian  oluidado, 
y  ansí  le  mandó  dar  vna  silla  y  qne  se  sentassc 
en  aquellas  mesas  jnnto  (*)  aquellos  liombres 
reiierendos  y  bourrados  (').  Alfidamas  era  rn 
mancebo  grande,  membrudo,  robnsto  y  de  gran- 
des  fuerzas;  y  ansi  como  le  pnssicrou  delante 
la  sillft  arroxandola  (")  lexos  dé  ti  qne  casi  la 
qnebrara  (*)  y  diera  con  ella  al  cnra  de  Santis- 
pirítuB  y  dixo  qne  las  dueñas  y  hombres  rega- 
lados se  auian  dceeutaracomcretifiil1a,qne  ('*) 
vn  hombre  moyo  y  robneto  como  é\,  que  por 
alli  quería  comer  passearidoae;  y  que  si  acaso 
se  cansaase,  que  él  se  solitaria  en  aquella  tierra 
sobre  su  capa.  Resjiondiole  Aristeneto:  anssi 
sea  pues  te  plazo.  Twlo  esta  hazia  Ali;iilamas 
mottrando  querer  regO';ijar  Urjietta  y  dar  pía- 
:cr  a  loi  combidadog  pentando  el  de  ti  tiiesmo 

{')  G.,  paMel. 
(■]  G.,  da  1«  mía. 

!*)  (i.,  agoTt,  cnmo  ati. 
')  G..  iipr«sBT£  por  ncabar  presto  to  tni^  qtw  avn 
no  un  mina. 
O  G.,«r. 
(*)  O  ,  eotr*. 

O  K.  (  Tachado)  faas  da  nber  que. 
(•)  G.,  la  arroxo. 

(«')  G  ,  y  no. 


»er  graqiogo  fingiéndote  loco  g  beodo;  y  ansiAl- 
fidamas  rodeó  {*)  en  pie  (*)  todas  las  mesas  mi . 
randopor  los  mejores  manjares,  como  lo  liasen 
loB  músicos  chocarreros  en  los  conibites  de  fies- 
ta. Ansi  comia  Al^idamas  donde  más  le  plasia 
si  via  cosa  qne  bien  le  parefiesse  a  su  apetito, 
mezclándose  con  aquellos  que  sernian  Us  copas 
y  manjares,  y  como  a  las  vezes  se  aprouechasse 
de  las  copas  que  cstauan  llenas  en  la  messa, 
y  otras  (*)  vezes  de  Ins  que  passanan  en  el  scr- 
nicio,  hallanase  beber  doblado;  y  ansi  eon  el 
vino  demasiado  comenfó  a  m<¡¿  salir  de  si. 
Uezía  malicias  y  atreuimíentos  en  todos  los 
que  en  el  combite  estañan.  A  Hcrmon,  cura  de 
Sancto  Xhome  dixo  que  a  cabo  de  su  veje^ 
echasee  la  inaii;£ba  de  casa  que  tenia  diez  años 
ania  so  color  de  moya;  y  a  Eucrito,  cura  de 
3an  Dionisio,  dixo  que  si  pensaua  licuar  al 
otro  mundo  los  ^ien  ducados  que  tenia  dados 
a  Aristeneto  a  cambio.  MoCaua  de  aquellas  co- 
pas de  plata,  mesas,  sillas,  tapipcs  y  grande 
aparato  llamando  a  Aristeneto  el  gran  (*)  veu- 
rcro;  eugrandefiale  con  mali^^ia  su  grande  ¡n- 
jenio  y  tudustria  pues  por  bu  buena  soli^itnd 
tenia  por  el  cambio  (*)  tan  grande  hazienda  y 
riquezas  aniendo  sido  poco  antes  muy  pobre. 
,  Y  Aristeneto  ya  mohino  j  afrontado  <¡ae  latti' 
mauan  ¡us  donat/reí  mandó  a  dos  criados  snycs 
que  le  tomassen  y  echasBen  fuera  de  casa  y 
ferrassen  las  puertas  porque  no  los  aíivintusse 
míe.  Pero  como  AI('idatnas  lo  sintió  apartóse 
a  vil  lado  y  con  m  vaneo  qne  ustaiia  va^io  juró 
qne  le  quebraría  en  la  cabei,'a  del  que  llegasse; 
y  ansi  de  consejo  de  todos  fue  qne  agora  le 
dexossen,  esperando  tiempo  más  oportuno  para 
hazer  la  pressa  necesaria.  Pero  de  cada  mo- 
mento se  fue  empeorando,  diziendo  injurias  a 
los  frayles,  y  después  passando  o  los  casodox 
tot  afrontaua  vituperándolos  (*)  en  sus  muge- 
res;  dijo  delante  del  rícu  Mencdemo  a  su  mn- 
ger  que  quién  le  auia  dado  más  faidrillas,  Ue- 
mócrító,  cambiador,  su  amigo,  6  Mencdemo  su 
marido.  De  lo  qnnl  la  dama  se  afrontó  mucho, 
y  Mencdemo  recibió  grande  injuria;  y  ansi 
Aristeneto,  pensándolo  remediar  y  qne  le  haria 
su  amigo  mandóle  dar  mny  bien  a  beber,  pur 
que  pensó  que  ansi  uo  le  afrontaria  más  y  por 
esta  causa  mandó  a  tu  criado  suyo  C)  que  to- 
maBBe  vna  gran  copa  de  vino  afiejo  y  mny  puro 
y  se  la  diease,  no  pensando  que  fuera  ocasión 
de  mayor  mal,  como  fue.  Pero  tomando  Alvi- 


(*)  li-, 


Aa». 


(')  G-.  premie. 

['\  G.,  protandn  j  cambiando aaia adquirido. 

(*)  G..  y  TÍtaperaiia. 

(')  U.,  mngi'Tv;  J  anri,  psoMndolo  Teroediar  Aris- 
teneto dándole  mn^  bien  ■  bcbei  y  qae  con  «alo  la 
luria  BU  amigo,  aun  maado. 


ORÍGENES  Í)E  LA  NOVELA 


damas  el  raso  con  ambas  manos  porque  era 
grande  ae  boinio  con  él  a  la  mesa  de  los  ca- 
sados j  en  alta  voz  dijo,  que  todos  coa  silencio 
le  quisieron  ojr:  seBora  Magen9Ía,  muger  de 
nnestro  haesped  Arieteneto,  y  madre  de  víenon 
nuestro  misa  cantano:  jo  bebo  a  tj,  y  mirad, 
señora,  qae  aueis  de  beber  otro  tanto  del  vaso 
que  yo  bebiere  eo  pena  que  no  lo  caaplieado 
no  ajas  más  hijo;  j  si  lo  cumplieres,  por  la 
bendivicn  de  mi  San  Nicholaa,  auras  un  hijo 
fuerte  gentil  hombre  sabio  como  yo;  j  aleando 
la  copa  bebió  della  casi  vn  azumbre  y  luego 
cstendiendo  el  brago  la  daua  a  lUagen^ia  di- 
ziendo  que  si  no  bebia  que  caería  en  la  maldi- 
ción, y  Uagen^ia  enct^endose  con  gran  ver" 
gnen<^  reustS  el  raso  con  algún  miedo  que  Al- 
fidamas  no  la  afroutosse;  j  los  combídados  te- 
miéndole hizieron  por  apartarle  afaera;  pero 
éi  juró  por  bus  ordenes  que  el  no  daua  vn  fia- 
dor que  bebiesse  por  ella,  que  se  lo  ania  de 
derramar  acuestas;  j  el  cura  de  San  Uíguel 
que  era  va  gran  bebedor  dando  a  enteader  que 
lo  hazia  monido  de  piedad,  dijo  que  él  quería 
beber  por  ella,  j  ansi  tomando  el  vaso  en  sus 
manos  bebió  vn  terrible  golpe  que  a  jaizio  de 
todos  igualó  (*).  Pero  Al^idamas  que  cstaua  ja 
seutado  en  el  sudo  recostada  la  cabera  sobre 
el  bra^o  derecho  diío  a  grandes  vozes:  mos- 
tradmc  el  vaso,  que  quiero  ver  si  cunplio  con- 
forme a  su  obl¡ga9Íon.  Y  lenantandose  en  pies 
todos  los  pechos  y  zarabuelles  desabrochados, 
de  manera  que  casi  todo  estaña  desnudo,  que 
se  le  parecían  las  partea  vergonjosas,  g  perdi- 
do el  bontte  de  ¡a  cabe<;a,  tomó  el  vaso  en  sus 
manos  y  afirmando  con  juramento  que  no  auia 
cunplido  el  fiador  amagó  para  mojar  con  el 
vino  que  qaedaua  a  Magenfia,  y  el  (')  cura  de 
San  Miguel  parefiendole  que  estaña  obligado 


, ,  .  tendiendo  el  brifo  u  dio  a  Mageii(,'[a, 
diúendola  qns  ñno  beaia  ÍDCucreria  en  la  pena  puesta 
y  qne  la  abrá  de  ejecutar;  j  Magen^ia  encogiendoM 
con  gran  Tergaen^,  diiieado  que  no  acostumbraaa 
bener,  nunh  el  laso  con  miedo  qaa  AlridaroM  no  la 
afronUsae;  j  teniendo  ¡o  mesmo  [os  combidadoa  traba- 
jaron poi  le  npnrtar  foero,  pero  ól  juró  por  sus  orde- 
-   -     -     ■  10  duoa  »n  fiador  qne  ben1e<«e  por  elU  qne 


ia  de  derramar  ai 


ijyelcí 


afro 


gual,  ^ue  alcanzo»  buena  parU  desls 
leaanto  y  dando  a  entender  qae  lo  baiia  pa 
a  la  aeüora  haespeda  y  emp^ir  qae  no  la 
Alvidamaa,  pu«se«teaeleaantóde  sn  lagar  j  aalíeado 
en  el  medio  de  la  sala  dÍKO  a  Alijidamax:  dame  acá 
la  copa,  qae  jo  qaiero  cumplir  por  la  seSora  Idagen- 
^1a;  T  ansi  tomando  el  raao  en  »a»  msaas  beuio  vn 
terrible  golpe,  qae  a  jaiiio  de  todo*  ignaló. 

(')  G^  amago  determinado  de  arrojar  aobie  Magen- 
via  lo  que  en  el  raso  qnedó,  pero  el  cara. 


a  responder  saltó  jw^r  c,'.ma  k?  mesas,  dexadas 
8UB  lobas  y  pantiiros,  y  ton-s-do  (')  por  lo« 
cabellos  a  Al^idama^  lo  uizu  ;,*)  por  fuer;* 
bolner  para  sy,  y  Alfidamae  hirió  de  vn  tan 
fiero  golpe  cou  el  vaso  al  :ura  de  San  Miguel 
que  dándole  en  la  frente  hizo  vn  amyfo  de 
sangre  y  de  vino  mezclado  que  todos  nos  pen- 
samofl  anegar.  Liirgo  vienideíi  las  haxes  de 
ambas  partes  reliueltas,  pw/ue  tos  motfabor»- 
(¡itndo  a  Alrjdnmaa.  i/  lot  utrng  al  cura  de  San 
Miguel  que  no  auia  •¡uien  Ion  pwlieete  apartar. 
Porque  contra  Al?idaiiia»  s»  liuaataron  Her- 
mon,  cura  de  Sanrto  Ttnxiié,  y  Encrito  cura  de 
San  Dionisio  porqur  e^tauan  injuriados  de  las 
afrentas  qne  let:  auiít  iii^h'i,  y  tanbien  Ensto- 
chio  cura  de  San  Miirtiii  por  que  te  attia  dicho 
Alqidamas  que  fi¡  aiJia  acabado  Je  jugar  el  ose- 
gor  y  afilador  que  .su  padre  le  dcxó  de  la  c^ 
necería;  y  ansí  tstos  se  tuuuiituron  licuando  los 
manteles  tras  sí;  y  en  favor  de  Al^idamas  se 
leuantaron  el  cuia  de  San  Juan  j  el  cura  de 
Sancta  Marina  j  el  cura  de  San  Pedro  j  el 
sacristán  de  San  Miguel. 

Mi<;[LO.  — íQué,  tanbien  estaua  alU  el  sacris- 
tán de  San  Miguel?  jo  seguro  que  no  faltaasen 
uozes. 

Qallo. — Alli  vino  cou  grande  importuni- 
dad; que  en  vna  silla  te  tmsieron  porque  es- 
taña enfermo  {'),  Reboluyeronse  todos  traba- 
dos por  los  cabellos  que  no  paremia  amo  la 
pelea  de  loB  andabatas.  Uigo  de  aquellos  que 
entran  ea  el  palenque  a  se  matar  sin  poderse 
vnos  a  otros  ver.  Andauan  los  xarros,  los  sale- 
ros, las  sjUas  y  vancos  arroxodos  (*)  de  la  vna 
parto  a  la  otra  tan  espesos  quecubriaaelsol('). 
En  fin  se  leuantaron  Aristeneto  y  el  padrino 
Cleodemo,  j  el  prior  y  el  guardián,  y  en  con- 
clusión todos  aquellos  maestros  y  sabios,  y  de 
la  otra  parte  los  casados,  avnqne  estaian  con- 
fusos de  ver  lo  que  passaua.  Los  quales  todos 
metiéndose  en  el  máiio  los  apartaron  y  posíe- 
ron  en  paz,  y  llenaron  Inego  a  curar  al  cur»  de 
San  Miguel,  parque  Ált¡idamat  le  descalabra 
mal  quando  con  la  copa  le  dio.  Luego  Al^ida- 
mas  se  tendió  en  el  suelo  que  paremia  a  Hercu- 
les como  le  pintan  los  antiguos  en  el  monte 

I')  G.,  tomó. 

("i  G.,  j  hiíole. 

n  G.,  j  EntCochio,  cnra  de  San  Uartin,  porque 
a  lodos  ania  injoríado  con  sne  donajrea;  y  por  «1  con- 
trario, en  fabor  de  Atvidaniaa,  por  ser  sus  Tenaos  v 
amigos  Tiejoi  se  lenantaron  el  lacrielaQ  de  Sao  Mí- 
guelj  et  cura  de  San  Jnan  j  el  cora  da  San  Pedro 
y  el  cnra  de  Santa  Uarina. 

Ml^lLO.— Que,  alli  vino  oí  cnra  de  San  Podro?  do 
faltarían  gargaijoa  y  ímportanidad  on  in  Tejez. 

Gallo  — Allí  riño  con  asco  y  deigra^ta  de  todos; 
qne  en  Tna  lilU  le  trazieron  porqae  eatana  may  ea- 

!()  G.,  arroiadaa. 
')  G,,  como  granito. 


EL  CROTALON 


225 


Phc:<>  acabando  Je  p:'lear  con  aquella  brauosa 
hyd.i.t,  «íi^rpc  ÍHuiosa,  y  muy  sosegados,  ygua- 
ladas  )as  mesas  se  tornaron  todos  a  sentar  y 
luego  a  Zimotheiiio  maestro  de  la  gramática 
coro'*nvó  a  cantar  vna  ensalada  de  (')  roman9e 
y  de  latin  que  ne^esitaua  a  9errar  las  damas  los 
ojos  y  avn  las  orejas  tanbieu  (*),  por  no  ver 
peruertida  la  grauedad  de  tanto  maestro,  Pero 
como  es  costumbre  en  los  tales  lugares  en  el 
proceso  de  la  comida  cantar  los  clérigos  seme- 
jantes donayros  a  su  misa  cantano,  no  pare^'e 
que  les  hazia  asco  aquel  lenguaje  a  sus  palada- 
res: porque  si  (•)  vno  ¡o  comen^aua  6U9Í0,  el 
otro  lo  ensn^iaua  mas;  y  ansi  acabando  Zeno- 
themo  su  canción  prosiguió  el  cura  de  Sancte- 
sidro  con  toda  su  vejez  vn  cantar  que  no  ay 
lengut.  tan  desuergon^ada  que  fuera  de  alli  le 
pueda  referir. 

MigiLC— 3/aW/7a  aea  costumbre  tan  mala 
y  tan  corrupta  y  deshonesta^  y  tan  indigna  de 
bocas  y  lenguas  de  hombres  que  han  de  mostrar 
la  regla  del  buen  hablar  y  vivir,  Xo  se  deurian 
en  esto  los  perlados  descuydar. 

Gallo. — En  esto  (•)  auia  en  la  sala  mucha 
paz,  porque  ya  Al^idamas  se  comento  a  dor- 
mir, y  por  las  partes  inferiores  y  superiores 
comento  a  roncar  con  gran  furor.  Entonces 
dixo  el  prior:  salua  res  est:  y  de  consejo  de 
todos  fue  que  le  atassen  pies  y  manos  por  po- 
der passar  su  fiesta  más  en  paz,  y  ansi  se  le- 
nanto  Dionico  maestro  do  capilla  de  la  iglesia 
mayor  con  otros  seys  cantores  que  estañan  alli, 
los  quales  todos  puestos  en  calcas  y  jubón  le 
ataron  (')  fuertemente  las  manos  y  pies  con 
vn  cordel. 

Mi<7iL0. — Nunca  de  cantores  se  pudo  tan 
buen  consejo  esperar. 

Gallo. — "Ni  por  esto  Al^idamas  despertó. 
Dionico  con  sus  seys  compañeros  quedando 
ansi  en  medio  de  las  mesas  desnudos  como  es- 
tañan (•)  comentaron  a  cantar  y  vailar:  can- 
tauan  cantares  del  mesmo  jaez  y  peor,  y  des- 
pees ^alebraron  la  fiesta  que  dizen  de  los  ma- 
tachines, hazian  puestos  y  visajes  tan  desuer- 
gon^ados  y  subios  que  avn  acordándome  agora 
estoy  por  bomitar.  Porque  en  el  proceso  de  su 
dan^a  se  desnudó  el  maestro  Dionico  hasta 
quedar  en  carnes  y  vinieron  los  compañeros  a 
poner  sus  bocas,  rostros  y  manos  en  partes  y 
lugares  que  por  reneren^ia  del  sacerdocio  de 
que  eran  todos  señalados  no  lo  quiero  dezir,  y 
avn  no  me  querria  acordar.  Pues  como  estos 


f 


{*)  G.,  en. 

[^  G.,  a  qae  las  damas  9erra.<t^Q  las  orejas  y  avn 
los  ojos. 
(')  G.,  y  ansi  a  este  tono  si. 
{*)  6.,  este  tiempo. 


(*í  G.,  con  vna  cnerda 

(*)  G.,  de  la  sala,  comenfaron. 

ORÍOINSS  DE  LA  N0VBL\.-r-15 


acabaron  su  sucia  y  deshonesta  (')  fiesta  so 
fueron  a  sentar  cada  qual  en  su  lugar:  y  co- 
niencaron  de  nueuo  (*)  el  comer  y  beber,  que 
avn  no  se  auia  dado  fin  porque  de  nueuo  los  co- 
mencaron  a  seruir. 

MigiLO. — Dime  por  tu  vida  (•)  gallo:  desto 
todo  que  estos  clérigos  hazian,  que  sentían  y 
dezian  {})  los  casados? 

Gallo. — Todos  dexaron  (')  de  comer  y  nii- 
rauan  en  los  clérigos  con  gran  atención.  Las 
dueñas  con  sus  pañizuelos  fingiéndose  limpiar 
del  (•)  sudor  cubrian  su  rostro  no  queriendo 
de  empacho  ver  aquellas  sucias  desuerguencas 
que  en  joglares  fueran  notable  deshonestidad. 
Estando  en  esto  que  todos  comian  y  callauan  C) 
entró  vn  mochacho  en  medio  de  la  sala ,  y  sa- 
ludando con  el  bonete  en  la  mano  a  Aristeneto 
en  alta  boz  le  dixo:  Señor  Aristeneto,  mi  amo 
Etemocles,  cura  de  Sancto  Eugenio  me  mandó 
que  delante  de  todos  quantos  están  en  este 
combite  te  lyesse  este  carta  que  te  embia:  por 
tanto  mira  si  me  das  licencia.  Aunque  Aristi- 
ueto  pensó  si  seria  bueno  tomar  la  carta  al  mo- 
chacho y  después  leerla,  en  fin  de  consejo  de 
todos  aquellos  varones  granes  que  estañan  a 
los  lados  se  le  dio  licencia  para  la  leer,  y  prin- 
(;ip  límente  porque  todos  la  deseauamos  oyr\  y 
ansi  el  mochacho  en  alta  voz,  callando  todos, 
comencó. 

CARTA    DE    ETEUOCLES    A    ARISTENETO    (*) 

Muy  noble  Aristeneto.  Este  tu  Etemocles 
antiguo  capellán  y  padre  de  confession,  como 
a  hijo  muy  querido  te  enbian  a  saludar,  y  no 
quiero  que  tengas  presunción  que  por  esto  que 
te  escriño  y  a  tal  tiempo  sea  yo  muy  cobdicioso 
de  combites,  porque  de  mi  vida  pasada,  y  de 
otras  vezes  que  ya  me  has  combidado  temas  en- 
tendida mi  templada  condición,  y  tanbien  lo 
tienen  mucho  antes  bien  conocido  de  mi  otros 
nmy  más  ricos  que  tú  que  de  cada  dia  me  com- 
bidan  a  sus  cenas  y  comidas,  y  las  reuso  por- 
que sé  bien  los  desmanes  y  desbarates  que  en 
semejantes  congregaciones  y  lugares  se  suelen 
ofrecer.  Pero  agora  mueuome  a  te  escreuir  por- 
que como  me  has  hecho  la  afrenta  publica,  y  en 
ese  lugar  donde  estás,  es  mucha  razón  que 
publicamente  y  en  ese  lugar  donde  estos  me 

Cl  G.,  de  santoricada. 

('j  G.,  y  procedió  el 

(s)  G.,  por  mi  amor. 

(«)  G  ,  hazian. 

(>)  G.,  dexauan. 

(•)  G.,  limpiarse  el. 

(7J  G.,  sncias  maneras  de  festejar,  porque  avn  vi- 
les loglares  se  desdeñarían  tratarlas,  por  no  perder 
creaito  con  el  anditorío.  Estando  en  esto  que  todos 
callauan. 

(*)  Falta  este  epígrafe  en  el  ms. 


226 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


aja  ( * )  de  Ratisfazcr.  A  todos  es  notorio,  se- 
ñor Aristcneto,  ser  yo  tu  confesor  desde  que 
agora  diez  años  te  quisiste  morir.  Que  publico 
fue  en  esta  ^iudad  que  yo  solo  hallándote  vsu- 
rero  publico  cambiador,  porque  no  te  negassen 
la  sepoltura  sagrada  como  a  tal,  te  hize  prestar 
cau9Íon,  y  pregonar  publicamente  que  porque 
estañas  en  el  articulo  de  morir  Tiniessen  a  tu 
casa  todos  quantos  a  tu  hazienda  por  canbios,  o 
intereses  vsurarios  tuuiessen  hazion  y  derecho, 
que  tú  se  lo  querias  restituir;  y  como  éste 
fuesse  tan  famoso  consejo  y  mico  para  tu  sa- 
lud fue  por  todos  devulgado  por  consejo  de 
mí  (*)  que  era  tu  confessor,  y  después  que  tú 
tornaste  a  conuale^er  corrí  peligro  en  (•)  mi 
honrra  por  verte  todos  a  boluer  a  canbiar,  di- 
ziendo  tener  la  culpa  yo  (*) ;  y  esto  todo  sufrí  y 
passó  por  conseruar  tu  buena  amistad,  y  es  pu- 
blico que  yo  solo  contra  todo  el  común  sustenté, 
que  en  nonbre  y  como  criado  de  otro  podias 
Tsunir  no  ysurando  por  tí;  y  agora  sobre  todas 
estas  mis  industrias  (')  y  publica  amistad  has 
procurado  en  tu  combite  nueuos  amigos,  de 
hombres  que  avnque  mil  vezes  les  (•)  des  de 
comer  no  auenturarán  por  tí  sus  con9Íen9Ías 
como  yo.  Sino  pregunta  al  prior  y  al  guardián 
y  a  los  otros  letrados  y  curas  que  tienes  ay, 
cómo  te  sabrán  sustentar,  cómo  se  puede  su/nr, 
sin  ser  publico  vsurero  ser  en  ferias,  ni  avn  en 
la  i^iudad  cambiador?  Pues  bien  sabes  que  esto 
yo  lo  he  defendido  al  perlado  por  ti.  Pues 
acuérdate  que  tienes  tú  ,publicado  en  esta  lin- 
dad, que  tienes  Tcynte  mil  ducados  por  mí; 
porque  ( -'•)  confessandome  tú  que  los  auias  ga- 
nado con  9Ínquenta  mil  marauedis  que  tu  sue- 
gro en  dote  te  dio,  lo  (*)  poseyas  tú  por  solo 
no  te  los  mandar  yo  restituir,  lo  qual  todo  era 
injuriarme  a  mí;  pues,  (•paro9ete  que  con  (•) 
todas  estas  cosas  me  das  buen  pago  de  nuestra 
publica  amistad?  Paróleme  a  mi  que  no;  por- 
que en  fin  no  han  de  pensar  sino  que  en  mí  ay 
méritos  de  tu  ingratitud,  y  por  tanto  te  pido 
que  pues  publicamente  me  afrentas  sin  darte 
yo  a  ello  causa,  publicamente  me  hagas  la  sa- 
tisfa^ion,  todos  quantos  tienes  en  ese  (^®)  com- 
bite me  buelue  (**)  en  mi  honrra;  sino  de  aqui 
protesto  que  ni  ante  Dios  ni  ante  los  hombres 
en  mi  vida  te  lo  perdonaré.  Al  mochacho  man- 


IM  (i.,  ajrae. 
(')  (i.,  mió, 

(^)  G.,  fue  infamado  con  peligro  y  jatara  de  mi 
lionrra. 
(*)  G..  que  tenía. 
(■)  G.,  ¡ninrins. 
(•)  G.,  lo«. 

(^)  diziendo  tú  a  todos  que. 
(»)  G.,  loe. 
(»)  G.,  en. 

(«0)  G.,  ay  cutan  en  to. 
(<<)  G.,  buclaafl. 


I 


dé  que  aunque  le  des  torta,  «»  xarro  de  vino,  o 
capón,  o  perdiz,  o  pernil  de  tozino  no  !♦»  (') 
tome,  so  pena  que  le  daré  de  cozes  y  se  lo  haré 
boluer,  porque  no  pienses  satisfazer  con  tan 
pocas  cosas  tan  grande  injuria  como  me  has 
hecho.  Ni  tanpoco  te  puedes  escusar  diziendo 
que  te  oluidaste  por  auer  mucho  tiempo  que  no 
me  viste,  pues  ayer  te  hablé  dos  vezes;  vna  a 
tu  puerta  pasando  yo,  y  otra  en  el  templo  de 
Sanctiago  donde  yo  fue  a  dezir  (*)  misa  y  tu 
f ueste  a  oyrla  (').  No  alargo  más  por  no  ser 
molesto  con  larga  carta  a  los  que  procuras  ser 
gracioso  con  tu  combite,  del  qual  salgas  tan 
prospero  como  yo  satisfecho  de  mi  injuria. — 
Vale. 

Como  el  mochacho  ouo  leydo  la  carta  se  la 
demandó  Aristeneto  y  le  dixo:  anda  y  dy  á  tii 
señor  Etemocles  que  ansi  lo  haré  como  me  lo 
enbia  a  mandar:  y  ansi  se  fue  el  mochacho  que- 
dando la  carta  en  Aristeneto,  la  qual  le  deman- 
dé para  leer,  que  la  deseaua  ver  porque  á  nii 
parecer  es  la  más  donosa  que  yo  nunca  vi.  Es- 
tando todos  murmurando  (*)  sobre  la  carta  cada 
qual  según  su  ingenio,  los  vnos  (')  la  loauau 
de  aguda  maliciosa;  otros  dezian  ser  ne^ia; 
otros  acusauan  a  Etemocles  de  hombre  glotón, 
por  se  afrontar  por  no  le  auer  combidado  a  co- 
mer. En  fin,  estando  iodos  ocupados  en  esta 
diuersidad  de  juizios,  aunque  la  mayor  parte  y 
de  los  mas  cuerdos  fue  que  fue  escripta  con 
animo  de  afrontar  a  Aristeneto,  estando  todos 
ansi  entró  en  la  sala  vno  de  aquellos  chocarreros 
que  para  semejantes  cenas  y  combites  se  suelen 
alquilar,  disfrazado  de  xoglar,  y  con  vn  laúd  on 
la  mano  entró  con  vn  puesto  tan  gracioso  qm* 
a  todos  hizo  reyr,  y  con  admirable  (*)  indus- 
tria comencó  a  dar  a  todos  plazer.  Representó 
ingeniosamente  en  portogues  el  sermón  de  la 
batalla  de  Aljubarrota  C),  en  el  qual  dixo  co- 
sas muy  graciosas  y  agudas  con  la  procesión 
del  (/aeri>ü  de  Dios.  Después  que  este  ouo  n»- 
presentado  su  habilidad  se  salió  y  entró  otro  que 
por  el  semejante  traya  oti-a  dif  feren<?ia  de  agra- 
ciado disfraz  y  en  la  mano  vn  laúd  y  alliant^.' 
todos  representó  vn  gra9Íoso  coloquio  en  cua- 

(•)  G.,lü. 

n  G.;  dixe. 

(*)  G.,  la  oyste. 

{*\  G.,  comencaron  todoA  a  mnrmarar. 

(*)  G.,  y  nos  dezian  qae  ora  aguda,  a  lo  menos  \on 
amigos  de  Etemocles,  y  dezian  que  era  moy  sabía- 
miente  escripta,  que  bien  paremia  ser  de  letnulo.  Ixis 
contrarios  dezian  que  no  eru  muy  cuerda  y  acnsauan 
a  Ktemocles  de  hombre  glotón  y  dezian  que  la  auia 
escripto  como  afrontado  por  no  le  a  ver  combidado  a 
la  ñesta  y  comida.  Estando... 

(")  Cr.,  graciosa. 

(^)  G.,  representó  ingeniasamente  la  pro^-cí^ion  que 
hacen  los  portugueses  el  día  de  Corpus  Cnsti  y  pre- 
dicó el  sermón  que  ellos  suelen  predicar  el  dia  que  ce- 
lebran  la  batalla  del  Aljubarrota. 


EL  CROTALON 


2i>7 


tro  lenguas:  ytaliana,  española,  francesa  y  por- 
tuguesa; en  el  qual  con  grandes  donayres  j  en- 
tremeses mostró  yn  tema  que  propuso  provar: 
que  los  y  tállanos  parecen  sabios  j  sonlo;  y  los 
españoles  parean  sabios  y  no  lo  son;  y  los 
franceses  parean  locos  y  no  lo  son ;  y  los  por- 
tugueses parean  locos  y  sonlo.  Fue  juzgado 
por  todos  por  ingeniosa  esta  representación  por 
orden,  comen^ndo  del  misa  caniano,  padre  y 
padrino,  no  perdonando  frayles,  clérigos  ni  ca- 
sados; y  aunque  a  vnos  era  gracioso  y  apazi- 
ble  a  otros  fue  en  esto  molesto  y  enojoso  y 
aun  injurioso.  De  lo  qual  reyendo  algunos  Q) 
donayres  se  comcn9aron  entre  si  a  alborotar  en 
tanta  manera  que  dieron  ocasión  a  que  desper- 
tase Al9Ídamas  de  su  sueño  y  elevamiento  pro- 
fundo, y  como  despertó  y  él  se  echó  de  ver  ata- 
do, y  vio  que  el  xoglar  se  reya  con  todos  y  to- 
dos del  ('),  dixo  con  vna  boz  muy  horrenda  lo 
que  dixo  aquel  Syleno;  Soluite  me;  y  ansi  el 
xoijrlar  dexando  en  el  suelo  su  (•)  laúd  enten- 
dió en  le  (*)  desatar,  y  como  Alcidamas  se  vio 
desatado  arrebato  (*)  del  laúd  antes  que  el  xo- 
glar le  pudiese  tomar,  y  dale  tan  gran  golpe 
sobre  la  cabera  con  él  que  bolandole  en  infini- 
tas piezas  dio  con  el  xoglar  en  el  suelo  sin  jui- 
zío  ni  acuerdo  de  si,  y  con  el  mástil  y  trastes 
que  en  la  mano  le  quedó  como  vio  que  sus 
tres  enemigos  se  reyan  arrebató  del,  Ermou, 
Eucrito  y  Eustochio  curas  antiguos  y  muy 
honrrados  dio  a  cada  vno  su  palo  que  a  todos 
descalabró  mal,  y  de  aqui  partió  para  la  mesa 
principal  y  hirío  al  guardián  y  prior,  y  ya  eran 
levantados  los  amigos  de  los  tres  heridos  que 
se  venian  para  Alcidamas  a  se  vengar;  y  de  la 
otra  parte  el  xoglar  que  bolviendo  en  si  tomó  un 
palo  que  halló  a  vn  rincón  y  haziendo  campo 
por  entre  todos  viene  rostro  a  rostro  con  Alci- 
damas tirándose  muy  fuertes  golpes  ambos  a  dos. 
Vieras  un  consagrado  sacerdote  cura  dar  y  reci- 
bir palos  de  un  xoglar;  cosa  por  cierto  digna  de 
lagrimas;  y  porque  todos  esüivan  injuriados, 
qual  del  vno,  qual  del  otro,  no  auia  quien  en- 
tre ellos  se  quisiesse  meter,  ni  avn  osauan  (•) 
por  no  tener  armas  con  que  los  despartir;  tanta 
era  la  furia  con  que  se  herían  y  andauan  tra- 
liados,  Arrojauanles  los  manteles,  sillas,  van- 
óos, vasijas.  Vieras  vna. batalla  tan  sangrienta 
y  trabada  qual  de  la  Pharsalica  C^),  puedes  ima- 
.^inar.  Las  mugeres  y  niños  dando  gritos  echa- 


r. 


(*)  G.,  después  tañendo  con  ru  laúd  comencó  en  co- 
la de  repente  a  motejar  a  todos  qnantos  estañan  en 
a  mesa,  sin  perjudicar  ni  afrontar  a  ninguno,  y  re- 
yendo  donayres. 

C\  G.,  con  el. 

(')  G.,  dexando  el. 

ÍM  G.,  procuró  por  le. 
»i  G.,  tomo. 
(*i  G.,  osasse. 
n  ^'t  y  <^^®1  como  de  la  Farsalia. 


ron  a  la  calle  a  huyr,  |)or  lo  qual  alterado  iodi> 
el  pueblo  acudieron  (*)  a  los  socorrer.  Despar- 
tidos todos  hallamos  que  estando  trabados  Al- 
cidamas con  el  xoglar  le  auia  rompido  la  Uk'o 
y  descalabrado  con  el  laúd  (^):  pero  el  xoglar 
arrancó  a  Alc-idamas  con  la  vna  mano  vn  gran 
pedazo  de  vna  oreja  y  con  la  otra  mano  le 
arranoaua  la  nariz.  De  todos  los  otros  curas, 
no  quedó  hombre  sin  sangpricnta  herida  par- 
ticular, qual  en  la  cabera,  qiuil  en  el  rostro< 
qual  en  otra  parte  de  su  cuerpo,  y  siendo  todos 
presos  por  el  eclesiástico  juez  se  sentenció  nin- 
guno auer  incurrido  en  in'egiüaiidad,  porque 
aueriguó  ninguno  estar  en  su  libre  poder  y  jui- 
zio.  Pues  plazio  a  Dios  que  echados  fuera  ár 
la  sala  todos  los  heridos,  porque  todos  fueron 
embiados  a  sus  casas  a  se  curar  y  luego  quedó 
sosegado  todo  el  campo.  Que  esto  tiene  de 
bueno  esta  gente  sacerdotal:  que  tan  presto 
como  la  colera  o  fuego  los  enciende  y  se  eno- 
jan, tan  presto  son  desenojados:  y  cualquiera 
persona  que  se  meta  en  medio  los  hará  amigos: 
por  que  dizen  que  no  puede  en  ellos  durar  ene- 
mistad poixjue  ganan  de  comer  en  offício  que 
no  sufre  enemigo;  que  es  dezir  misa.  Y  ansi  A 
sacerdote  cuando  ryñe,  no  tiene  más  que  el  pri- 
mer golpe,  del  qual  sino  hiere,  sed  seguro  que 
no  tirará  más.  Pero  como  no  estaña  avn  asen- 
tado lo  bebido  y  cada  momento  bebian  más  tv- 
nian  avn  los  ánimos  prestos  y  aparejados  por 
qualquiera  oportunidad  a  batalla.  Y  ansi  Clett- 
demo  que  estaña  al  lado  de  su  ahijado  Zenoii 
boluieudo  a  la  carta  de  Etemocles,  porque  sin- 
tió afrontado  a  Aristeneto,  y  avn  a  aquellos  re- 
ligiosos que  junto  a  si  tenia  dixo:  ¿Qué  os  pa- 
rece señores  de  la  elegancia  de  Etemocles  en 
su  cscrivir?  piensa  que  no  entendemos  su  in- 
tincion  y  dónde  va  a  parar  su  eloc|uencia.  Por 
cierto  sy  Aristeneto  le  embiasse  agora  vna  ga- 
llina (')  y  vn  xarro  de  vino  con  que  le  mutasse 
la  (^)  hambre  yo  le  asegurasse  su  (')  amistad. 
En  esto  Zenothemides  que  era  cura  de  8an 
Leandro  que  tenia  la  perrocha  junto  a  la  de 
Sancto  Eugenio  respondió  por  su  vezino  Ete- 

(*)  G.,  acudió. 

O  ^t  y  que  el  xoglar  auia  dado  a  Alcidamas  con 
el  palo  yn  gran  golpe  que  le  descalabró  mal.  De  ma- 
nera que  todos  aquellos  curas  fueron  por  el  semejante 
heridos,  qual  en  la  cabeyo,  qual  en  el  rostro;  por  lo 

2ual  fue  necesario  que  todos  los  llenassen  a  sus  po^- 
as  a  los  curtir.  Fuen  echada  toda  aquella  gente  arrÍM- , 
cada  f  ueru  de  la  sala,  se  alearon  las  mesas  y  se  tomn- 
ron  los  que  quedaron  a  sosegar.  Pero  como  el  diablo 
nnnca  sosiega  de  meter  mal  y  dar  ocasión  a  qne^  m- 
ceda  siempre  peor,  su^dio  que  Cleodemo,  padrino, 
boluieudo  a  la  carta  de  Ktemocles,  porgue  sintió  afron- 
tado a  Aristeneto  y  avn  a  aquellos  religiosos  que  jun- 
to a  si  tenía,  dixo:  ;qué  oe  parece,  señores,  de  las  ele* 
gantes  razones  de  Ktemocles? 

(S)  G.,  torta. 

{*)  G.,  el. 

(•)  G.,  la. 


228 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


nioí'los,  y  dixo:  por  cierto,  Cleodemo,  mal  mi- 
ras lo  que  dizes,  pues  sabes  bien  que  a  Eterno- 
cíes  no  le  falta  muy  bien  de  comer  y  beber,  y 
que  no  tiene  necesidad  de  la  rabión  de  Ariste- 
neto  como  tú.  Dixo  Aristeneto:  señorea  no  ri- 
ñáis, 7it  toméis  passion:  por  cierto  la  carta  fue 
muy  buena,  elegante,  que  muestra  bien  ser  de 
letrado  (•),  yo  me  conozco  culpado,  y  (*)  pro- 
testo purgar  mi  pecado  satis faziendo  a  mi  acree- 
dor. Dixo  Cleodemo;  por  cierto  poca  obliga- 
ción tiene  Zcnothemides  de  responder  aqni  por 
Etimoclides,  pues  si  aqui  se  le  huniesse  hecho 
injuria  en  lo  quo  yo  he  dicho  auria  muchos  que 
respondicssen  por  di;  y  no  me  marauillo  que 
responda  Zcnothemides  por  él,  pues  ambos  tie- 
nen hecho  concierto  de  no  enterrar  los  feh'gre- 
ses  muertos  (^)  sin  que  primero  le  enbien  pren- 
da por  el  tañer  y  sacar  la  cruz.  Respondió  Ze- 
nothemides;  por  cierto  peor  es  lo  que  tú  hazes, 
Cleodemo,  que  los  tienes  en  la  carmel  hasta  que 
te  hayan  de  pagar  (juexandote  al  juez;  y  di- 
ziendo  esto  se  leuantó  de  la  mesa  donde  estaña 
sentíido  y  se  vino  para  él;  y  Cleodemo  cenia 
la  copa  en  la  mano  que  queria  beber,  y  dixole: 
Zcnothemides,  en  esa  arte  es  más  cic^rto,  Cleo- 
demo, que  morirás  tú  que  no  piloto  en  el  mar; 
que  2í\iú  tienes  tú  finquen ta  cof radias  en  esta 
9Íudad  que  en  todo  el  año  no  vas  a  tu  casa  a 
comer.  V  como  Cleodemo  tuno  a  Zenothemides 
junto  a  si  le  arrojó  todo  el  vino  acuestas,  que 
todo  el  rostro  y  cuerpo  le  inchó  del;  luego  Ze- 
notliemides  rompiendo  por  la  mesa  tomó  a  Cleo- 
demo por  los  vestidos  y  sobrepelliz  y  le  truxo 
al  suelo  sin  le  poder  ninguno  quitar.  No  pare- 
mia sino  garza  debajo  del  halcón.  Daua  el  des- 
uenturado   grandes   vozes   diziendo:    que   me 
mata,  que  me  ahoga;  váleme  Aristeneto  y  Ze- 
non;  y  aquellos  religiosos  se  le  quitaron,  que  le 
mataua;  y  cuando  debajo  salió  no  tcnjfl.i¿üma^ 
ni  aun  hueso  en  ftu_hlft«j:j.-El  rostro  todo  ara- 
ñadoy  un  ojo  casi  fuera,  del  qual  se  sintió  muy 
lastimado  y  fué  ne9esario  que  luego  le  llevas- 
sen  a  su  casa  á  se  proueer,  y  hizieron  que  Ze- 
nothemides se  fuese  tan  bien,  pensando  que  la 
JustÍ9Ía  acudiera  alli.  Pues  purgada  la  casa  de 
todos  aquellos  arriscados  y  belicosos  curas,  por- 
que todos  fueron  de  tres  recuentros  heridos  y 
sacados  del  canpo,  como  te  he  contado...  (*). 

(')  G.,  que  la  carta  venia  elegante  muy  cuerdamen- 
te escrípto  y  como  de  letrado. 

(*)  G.,  por  lo  qual. 

(')  G.,  principümente  porque  en  lo  que  yo  he  di* 
cbo  ninguna  injuria  le  hize,  pues  de  todoa  es  conocido 
Etimoclides  bien  de  quantos  aqui  están,  y  no  me  ma- 
rauillo que  responda  por  él,  pues  ambos  tienen  hecho 
liga  y  monipodio  en  el  trato  de  sus  feligreses,  y  ansí 
an  jurado  ambos  a  dos  de  no  enterrar  a  ninguno  en 
su  leliopresia. 

(*)  G.,  le  dio  con  la  copa  de  vino  en  el  rostro,  que 
le  ennistio  todo  del,  y  luego  Zenotemides  tomó  a  Cleo- 
demo por  la  sobrepelliz  y  le  truxo  al  suelo  y  hisole  I 


MigiLO.—  /No  supiste  si  el  perlado  los  cas- 
tigó.^ Por(¡ue  (¡ierto  en  vn  tan  desuaratado  acón- 
terimiemto  auia  con  grandes  penas  de  proueer. 

Gallo. — Supe  i/ue  ese  otro  dia  los  ama  el 
vicario  llenado  a  la  cari^el  a  todos  y  que  se 
senten*;ió  que  ninguno  auia  incurrido  en  irre- 
gularidad ^  porque  se  aueriguó  ninguno  estar  en 
su  juizio  y  libre  poder,  Pero  en  fin  a  cada  rno 
del  los  condeno  qual  en  seys  ducados,  y  a  otros 
a  diez  para  la  cámara  del  obispo  que  la  tenia 
necesidad  de  se  trastejar. 

Mi^iLO. — ¡O  que'  cosa  tan  jufta  fue! 

Gallo. — Pues  quedando  la  otra  gente  del 
combite  ansi  muy  confusos  y  marauillados  (') 
de  ver  su  poco  sosiego  y  templanya  y  mal  exem- 
plo  (*),  todos  los  seglares  se  salieron  cada  qual 
con  su  muget*  sin  saludar  al  huésped  ni  ser  sen- 
tidos de  alguno.  Luego  Dionico  maestro  de  ca- 
pilla y  todos  sus  compañeros  pensaron  enten- 
der en  algún  recolijo  (')  por  lK)luer  la  fiesta  a 
su  deuido  lugar,  y  como  la  comida  fne  acabada 
y  el  misa  cantauo  echó  (*)  la  bendición  y  ora- 
(¡ion  de  la  m¿ssa^  llegó  (')  Dionico  (•)  con  la 
mano  llena  de  tizne  de  vna  sartén  y  entiznó  Q) 
todo  el  rostro  del  misacantano  que  no  le  quedo 
cosa  blanca,  y  como  no  tenia  padrino  le  toma- 
ron por  fuerza  y  le  sacaron  (•)  de  casa  a  la 
puerta  donde  estaña  el  medio  pueblo  que  era 
llegado  al  ruydo  y  vozes  de  la  batalla  pasada 
y  vistiéronle  vn  costal  abierto  por  el  suelo  que 
se  acabaña  de  vaciar  de  (*)  harina,  y  salió  Dio- 
nico á  la  calle  en  alta  voz  diziendo:  Kcce  homo. 
Todos  prosiguiendo  gran  grito  y  mofa  le  tira» 
uan  trapos  SU9Í0S  y  puños  del  9Íeno  que  estaña 
en  la  calle,  que  me  hicieron  llorar. 

MiviLO. — Por  cierto  con  mucha  razón  (*•). 

Gallo. — Pues  ansi  le  subieron  en  vn  asno 
y  le  llenaron  con  gran  denuesto  por  toda  la  ciu- 
dad 0«). 

MigiLO. — Pues  en  el  entretanto,  ;qué  hazias 
tú?  («). 

dar  con  el  rrntro  y  cabe<;'a  en  yn  vaneo,  de  que  mal  le 
descalabró.  Kn  tí n  los  íraylcs  y  mv^  cantauo  y  los  de- 
mas  los  apartaron,  y  fue  neyesario  que  Cleodemo  se 
fuesse  luego  a  su  coíia  a  curar,  y  tamoien  Zenothemi- 
des^ se  fue.  Pues  purgada  la  casa  de  todos  nnuellos 
arriscados  y  belicosos  capitanes,  porque  todos  lueron 
de  tres  recuentros  heridos  y  sacados  del  campo,  como 
te  be  contado... 

(*)  G.,  enbolie^'idos. 

y)  G.,  yer  en  gente  de  tanto  exemplo  tanto  dc«^man. 

(')  (¡  ,  pensaron  que  hazcr. 

{*)  G.,  como  fue  echada. 

(*)  G.,  liémosse. 

(*)  G.,  Dionico  al  misa  cantauo. 

C)  G.,  entiznóle. 

(*)  (t  ,  y  llenáronle  fuera  de. 

(•)  G  ,  del. 

(«0)  G.,  homo.  MisgiLO.  Tropriamente  lo  pudo 
dezir. 

(<«)  G.  todo  el  luffar. 

(**)  G.,  Díme,  gallo,  en  el  entretanto  que  estas  cosas 
pasaaan,  ¿quo  penaauas  tú? 


EL  CROTALON 


i'áO 


Gallo. — En  -I  i  niri-iiiiiin  -.^.c  estas  cosas 
passauaii,  qiit-  !■'  fciig"  i  'tiU.K..  'ntaiu  jo  en- 
tre mi  pei)gaii<l()  ni  ras  ni.^lins  ('),  Lo  primero 
qiie  considci'uua  ora  ()i[i.!  ii-iu.'l  nueno  Tugido 
por  BaferdoU'  i-fiTi'seiHií;ia  al  \it. ladero  Cristo 
Sacerdote  eterno  segan  el  orden  de  Mclchise- 
dech,  y  allí  en  aquel  nial  tratamiento  se  me  re- 
prescutú  todo  el  <iue  Ci'isto  padeció  por  mi  en 
sus  vituperios,  injurias  y  tormentos;  en  tanta 
manera  que  no  aic  pude  conti'ner  sin  llornr,  ; 
dolíame  mucho  porque  era  tanta  la  ^egncdad 
de  aquellos  vanos  sa^eitlotee  que  sin  teniplauga 
alguna  proseguiaii  en  aqueüti  vanidad  con  tan- 
ta disolución,  perdida  la  iiiagestad  y  retierencia 
deaida  a  tan  alta  dignidad  y  representación  de 
nuestro  Dios,  y  para  alguna  consolación  uiia 
pense  sor  aquello  como  vexamen  de  doctor;  por- 
que aquel  aneuo  sacerdote  no  se  ensobcrnezca 
por  ser  do  nueuo  admitido  a  tan  (elestinl  (*) 
dignidad  y  después  desto  considerana  en  todo 
lo  que  en  la  comida  aiiia  pror.edido  entre  aque- 
llos qne  tenían  el  titnlo  y  prelieminen^ia  en  la 
anctoridad  y  s^ien^ias  (')  pensando  que  no  ny 
cosa  mas  preciosa  en  las  letras  (')  que  procurar 
el  que  las  estudia  componer  la  vida  i;on  ellas, 
ponjue  no  veo  cosa  in¿s  común  en  el  vulgo  que 
los  que  de  la  virtud  más  parlan  estar  m¿s  lexoa 
del  iieclio;  y  después  veníame  a  la  memoria 
qiian  corruptos  están  en  las  costumbres  los  ijuc 
tienen  obligación  a  dar  buen  cxemplo.  Consi- 
derana quanto  pliilosoplio,  religioso,  cura  y  sa- 
cerdote estaña  allí,  tan  distraydos  en  el  recogi- 
miento, que  si  los  vnos  Iiazian  vajezas  loe  otros 
las  deziaii  muy  ninyorefl,  y  tantii  que  ya  no  po- 
día echar  toda  la  culpa  al  vino  y  comida  quando 
oy  y  ley  lo  que  esiando  ayuno  escriuio  Etímo- 
cles.  Parecióme  en  alguna  manera  aquella  carta 
a  lo  que  íabulosaniene  cuentan  los  poetas  de  la 
diosa  Erido:  que  por  no  ser  combidada  a  las 
bodas  del  rey  Peleo  hcclió  on  medio  de  las  me- 
sas aquella  mañana  que  después  fue  causa  de 
aquella  brauissima  y  meninrable  contienda  tro- 
yana.  Enfin  todas  las  cosas  me  parecían  que 
estañan  alli  al  reucs,  porque  via  alli  una  mesa 
ilü  feligreses,  casados  ydiotas  populares,  callan- 
<to  j  comiendo  con  mucho  orden  y  tenplan^s, 
que  ni  con  el  vino  hablauan,  ni  en  el  puesto  ni 
meneo  mostrauan  algún  desciiydo  deshonesto, 
j  solamente  so  reyaii  de  aquellos  que  hasta  en- 
tonces por  solo  el  hábito,  estado  y  opinión  ve- 
ueranan  lionrrauan  y  obedefian  pensando  que 
en  sí  fuessen  de  algún  valor  y  precio:  y  agora 
se  acusan  por  verdaderos  ydiotas  cngañculoa, 
pues  ven  por  experiencia  desto  sus  desmanes, 
sil  poco  recogimiento  y  poca  vergüenza.  Quan- 


(')  (i.,cosattec«lebraiianpi 
(»)  G-,  alta. 
I>)  Q.,  Ittnut. 
(<)  G.,  ellai. 


iichai. 


do  los  ven  tan  desordenados,  descomedidos  en 

su  comer  y  beber,  tan  infames  y  disoluti>s  en 
sus  injnriaa,  con  tantas  vozes  y  gritn  por  tan 
fáciles  y  ligeras  ocasiones  venir  á  las  manos  y 
caballo;  y  sobre  todo  me  admiran*  ver  aquel 
monstruo  de  naturaleza  Alcidamaa  cura  de  San 
Xicholas  tan  desbaratado  en  su  vibir  y  cristum- 
brcs,  obras,  conuersacion,  que  nos  d«xó  confu- 
sos y  admirados  a  quantos  estañamos  alli.  Sin 
empacho  ninguno  de  las  dueñas  haiiia  cosas  de 
su  cuerpo  y  partes  vergoncosas,  y  dezia  de  su 
IcnfíUB  que  avn  avria  empacho  de  lo  desiir  y  ha- 
zcr  vn  muy  profano  joglar. 

Mii,iL0, — Por  cierto  que  me  has  admirado. 
gallo,  con  tu  tan  horrenda  historia,  o  por  mejor 
dczir,  atroz  tragedia,  ¡(juán  común  cosa  es  fal- 
tar los  hombres  de  su  mayor  obligación!  Supli- 
quemos n  nucsto  Señor  los  haga  tan  buenos 
que  no  herremos  en  los  imitar,  ff  merengan  can 
tu  oficio  inpetrar  gracia  de  nuettro  St&nr  para 
si,  ¡I  para  noí,  y  atiinemo^  de  oy  iíiíÍí  a  todot  lo» 
perlados  que  pues  en  la  iglesia  son  pantorn 
desle  ganado  no  permitan  r¡at  «n  tos  tales  aiK- 
los  i¡  relebridades  d'-  misa»  nueuas  aya  fsloi 
ayuntamienton,  porque  no  censan  a  tanto  des- 

Gallo. — Ya,  Micílo,  quiero  desar  guerras  y 
contiendas  y  heridas  y  muertes  de  honbrcs  con 
las  cuales  te  lie  escandalizado  hasta  aquí,  y 
quiero  que  a;tora  oyas  la  más  alta  y  más  fclíci- 
s:-ima  naucgacíon  qne  nunca  a  honbres  acon- 
teció. En  fin  oyras  vna  admirable  rcntum  que 
te  quiero  contar,  la  qual  juntamente  con  el  pros- 
pero suceso  te  dará  tanto  deleyte  qne  lipli,rará8 
grandemente  de  le  (')  oyr;  y  pues  et  ya  venido 
el  dia  abre  la  tienda,  que  en  el  canto  ^ue  se  si- 
gue lo  oyras. 

Fin  del  de/^imo  séptimo  canto  del  gallo. 


ARGUMENTO 

DRL    DEt.'IUO   OCTACO    CANTO    D 


Mii,'iLO. — Pues  por  tu  buena  uentiira,  gallo, 
o  Pitkagoras,  o  como  más  te  quisierts  Humar, 
de  todas  las  cosas  tienes  esperien^ia  que  en  tí 
rielo  1/  en  la  tierra  pueden  acontecer  agora:  yo 
deseo  mucho  de  ti  saber  me  declares  vna  admi- 
rable dubda  que  grancmcntc  atormenta  mí  spí- 
ríf  11  sin  poder  hallar  quí^n  me  satisfaga  con  bas- 
tante respuesta. , 'De  d¿ndc  prouiene  en  algunos 

m  G..  lo. 

(■)  G  ,  Tcrdsd  del  mundo. 


230 


ORIÜENES  1»E  LA  NOVELA 


riia  inso^blc  coliclicia  de  mentir  en  qnanti>  ha- 
tilaa,  en  tanU  manera  que  a  st  mesmoE  con  su- 
mo dcleyte  se  laborean,  como  sepan  que  todo 
es  vanidad  qnanto  dizen,  y  eotí  sunin  crficayia 
tienen  en  aten9¡on  los  siiinios  de  los  oyenteR? 

QáLLO. — Mochas  cosas  son  jo  Micilpj  las 
>iue  fuerfan  algunas  Tezes  los  hombres  a  men- 
tir. Comu  es  en  los  belieosos  j  houilires  de  gue- 
rra se  tiene  por  ardid  saber  con  mentira  enga~ 
iUr  ni  enemigo,  como  en  esta  arte  fue  muy  sa- 
IftT.  y  ¡uduBlrioso  Ultses;  j  tanbien  lo  Tsan  los 
cobdi'^iosos  de  riquezas  j  lionrras  mundanas  por 
Tender  sus  mercaderías  y  auentajarsc  en  sus 
•'ontratapiones.  Pero  avnque  todo  esto  sea  ansí 
(c  ruego  me  digas  ja  ocasión  que  a  saberlo  te 
Mueuef 

Mi<;ii,o.— Todo  eso  se  aiiFre  que  me  has  ái- 
<-ho  por  ofrecerse  en  sfos  casos  intereses  que  a 
mentir  os  (')  mneue.  Pero  donde  no  pc  les 
ofrece  interés  de  más  que  satisfazer  (^)  su  ape- 
tito. ;de  diínde  les  viene  la  iiiclinai^iou  a  tnn  ne- 
fando y  odioso  VÍ9Í0?  Qne  ay  hombn^íi  qnc  en 
ninguna  cosa  ponen  mis  arte,  cujdado  y  in- 
dustria que  en  mentir  sin  algún  Ínteres  como 
al  presente  te  quiero  contar.  Itien  eono^'Cfl  a 
I>oraoplion  nuestro  veziiio. 

(íali.o. — ¿Es  este  rico  qitc  está  en  nncBtrn 
Tozindadr 

Mi'.iLO. — Ese  mcamo.  Va  Babes  que  abrá 
■•ello  dias  que  se  le  mnrío  su  ningor.  Pues  a 
esta  causa  por  ser  mi  vexino  y  amigo  que 
Kionpre  nio  combidó  a  sus  <;Mtas  y  celebridades, 
quisele  yr  la  noche  passada  a  visitar  y  «■onsolar 

Oai.lo. — Antes  anias  de  ib'zir  (*)  a  le  líar 
la  buena  pro  haga. 

Mli.'iLO. — Puea  iiiiiiinuie  dii;ho  que  con  el 
Kiitu  pe:^sur  que  teniíi  de  la  muerte  d>>  !=ii  uui- 
^er  estnim  i-nfernio,  y  ausi  le  halle  en  la  rama 
muy  afli;{Í(Ii)  y  llorando,  y  como  yo  entré  y  le 
siiludé  nii:  r<.-9Íbio  «ron  alguna  lilieralidad  uiau- 
duudome  sentar  en  vna  silla  que  tenia  uniy  cer- 
ca de  si,  y  (le8puei<  que  lo  vi»  dÍeho  ajueHnB 
palabras  que  se  suelen  dezir  en  el  común;  se- 
ñor, pessanie  do  la  muerte  de  vuestra  miiger  y 
de  vuestro  ma!;  coméntele  a  inporlunar  me  di- 
xease  qué  era  la  causa  que  de  nucut)  le  liazia 
verter  Ingrimas  auiendo  ya  algunos  días  que  se 
le  nuia  muerto  la  muger.  A  lo  qual  nic  ri'sjiun- 
did,  que  no  se  le  ofrecía  eosn  que  más  nueua  le 
fiies-c  que  nuersele  muerto  la  muger,  su  com- 
paúera  la  que  íl  tanto  amó  (•)  en  esto  vida  y 
de  que  tanto  se  deuia  perpetuamente  ueor- 
dtir  ('),  y  dixome  que  estando  alli  cu  su  cama 


(*)  G ,  «aber. 

(^)  G,  Muí  propiamente  ilixeni. 

[*)  G-,  aniAUA 

I')  U.,  que  porpetiiamente  «e  <i«ni«  aeordor  della. 


solo  la  nocht  pastada  tai  considera-:^ ion  de  la  (*) 
soledad  y  misma  qne  lu  qnedana  sin  su  (*) 
«moda  Felicia,  que  ansí  se  llauíau»  su  muger, 
pessandole  mucho  por  aiiola  desgraciado  O 
poco  antea  de  br  niucrtí*  ('),  p<irqne  rogándole 
ella  que  le  renouosse  viertas  joyas  de  oro  y  fal- 
drilloH  que  ella  tenia  de  (')  otro  tiempo,  no  lu 
nuia  licclio,  y  que  estando  muy  apesarado  pen- 
sando en  exto,  por  no  It  avfr  complatido  le  apa- 
rento ]<'dÍ9Ía  increpándoles  porque  autendolc 
sido  en  todo  muy  cunplido  y  liberal,  auia  sido 
muy  corto  en  lo  que  más  lia/ia  (*)  a  su  honrra, 
porque  en  su  entierro  y  obsequias  do  la  auian 
acompañado  oí  cabildo  mayor  y  cantores  con 
música,  y  porque  no  la  auian  tañido  las  cam- 
panos cou  solenidod,  que  llaman  enpino,  j  que 
la  llc-uaron  al  tenplo  en  i'uas  comunes  andas 
auiendola  de  llenar  en  ataúd;  y  otras  cosas  dixo 
del  paño  que  encima  de  si  lleuaun  C),  si  era 
de  brocado,  luto  o  seda.  Lo  qnsl  todo  parc^iEU- 
dome  muí/  grandes  disparates  y  liiiiandades  me 
reí  diiiendo  que  se  consolasse  mucho,  que  Lmcn 
remedio  tenia  tornando  de  iiueuo  a  hazer  lus 
obsequias;  y  por  pare^erle  que  yo  no  lo  crcya 
lo  traiMÍú  apoyar  con  grandes  juramentos,  y 
por  que  ria  que  mientra  él  más  jiiraiia  yo  me- 
nos le  creya,  se  leuautú  en  camisa  de  la  cniíia  y 
so  abajó  inclinado  de  rodillas  en  el  suelo  seña- 
lándome con  el  dedo  las  señales  de  sus  pies  que 
olli  MOÍa  dexado  y  imprimido,  y  estaua  todo  el 
suelo  tan  llano  y  tan  igual  que  no  se  hallara  vn 
cabello  de  differen^ia  aunque  tuuiersdes  ojos  de 
liu(;c;  y  ansí  por  me  persuadir  su  sueño  se  tor- 
nó a  la  cama  donde  sentado  y  mandándose  en- 
corporar  de  (')  almohadas  </r;e  le  tiiuiesgen  pro- 
medio eu  cosas  tan  monstruosas  y  tan  sin  orden 
orírco  i/e  su  sueño  ¡/  vigion,  y  en  loor  de  íh 
mujer  (¡uf  tío  huvicra  (*)  en  el  mundo  tan  viino 
juizio  que  las  creyera  ("),  liasta  que  quebrachi 
la  eabe?a  de  le  oyr  (")  me  despi-di  del  y  me 
vine  ('^)  ac(«tar. 

U.tLLo. — Verdad  es  ¡o,  Mi^ilo!  que  esas  co- 
sas que  Demiiphon  a/f  te  eonto  no  son  á>- 
creer  de  razonable  jiiiziu,  porque  ya  te  he  dicho 
lo  qne  en  la  bnelta  de  los  almas  de  los  delnuto:! 
ay  ("}.  Pero  mira  bien  no  incurras  tú  en  vu 
genero  de    increílnlidad  que    tienen    algunuj 

(')  (i  .  »a. 

yi  G.,  y  de  su  umaila. 

C)  por  roa  ile9¡;ra(ia  ^ua  le  aujn  bccho. 

{*)  Q,  antes  que  muño,  t  M  qiií. 

(>)  Chcehiua. 

i' I  G.p  toraua. 

(')  G.,  que  laa  andas  cubría. 


<")  li  ,  de  RSH  TasidadtK. 
i")  G.,  a  acoaUr. 
("}  G.,  leilixeloqueay  ci 
ajiiujas  de  IcM  dcfnntw. 


,  verdad  a^eica  <le  1u> 


■  • 


EL  (  lioTAI.ON 


281 


hombres,  que  ninguua  cosa  les  dizeu  por  úk.mI 
y  comnn  qne  sea  que  la  quieran  creer;  ]kt«» 
marauillandose  de  todo,  se  espautan  y  santi- 
guan y  todo  dízen  que  es  mentira  y  monstiim- 
sidad.  Lo  qual  todo  es  argumento  de  poca  cs- 
perien9Ía  y  sab'U'.  Porque  como  no  han  visto 
nada,  ni  han  leydo  nada,  qualquiera  cosa  que 
de  nneuo  vean  les  parece  ser  hecho  (})  por  arte 
de  encantamiento  o  embay miento,  y  por  el  se- 
mejante, qualquiera  cosa  quo  de  nueuo  oyan 
y  (*)  les  digan  se  encogen,  espantan  y  admi- 
ran, y  tienen  por  aueriguado  que  la  fingen 
siendo  mentira  por  vurlar  dellos  y  los  engañar. 
Pero  los  sabios,  los  que  todo  lo  han  visto,  los 
que  todo  lo  han  leydo,  todo  lo  menosprecian, 
todo  lo  tienen  en  poco,  y  ansi  passando  ade- 
lante lo  ríen  y  mofan  1/  tachan  y  reprchendei), 
mostrando  auer  ellos  visto  mucho  más  sin  com- 
paración. Ansi  agora  tú  considera  que  no  es 
peor  estremo,  no  creer  nada,  que  creerlo  todo, 
y  piensa  que  nin.<^una  cosa  puede  imaginar  el 
entendimiento  humano  que  no  pueda  ser,  y  que 
raarauilla  es  que  todo  lo  que  puede  ser,  sea  de 
lieeho  ya  y  acontezca.  Pues  ansi  agora  yo,  Mi- 
9¡lo,  me  temo  si  no  quieres  creer  cosa  de  quan- 
tus  hasta  agora  te  he  dicho,  y  pienses  y  sospe- 
ches que  todo  ha  sido  mentira  y  fingido  por  te 
(hir  passamiento,  y  ansi  creo  que  menos  creras 
vn  admirable  acón te^iui lento  que  agora  te  que- 
ría contar,  porque  junto  con  lo  que  hasta  aqui 
te  he  contado  excede  en  admiración  sin  compa- 
ración alguna  a  lo  qu(í  Demophon  tu  vezino  te 
persuadió  auer  visto. 

Mi VI LO. — Mira,  gallo,  que  entendido  tengo 
que  todas  las  cosas  verdaderas  que  se  dizen  si 
bien  se  quieren  mirar  muestran  en  sí  vna  veri- 
similitud que  t'uercan  al  entendimiento  humano 
a  las  creer;  porque  luego  representan  y  reluze 
en  ellas  aquella  deidad  de  la  verdad  que  tienen 
en  sí,  y  después  desto  tiene  gran  fuerca  la  auc- 
toridad  del  que  las  dizc,  en  tanta  manera  que 
avn  la  mesma  mentira  es  tenida  por  verdad. 
Ansi  que  por  todas  estas  razones  soy  í'orcado 
a  que  lo  que  tú  dixercs  te  aya  yo  de  creer;  por 
lo  qual,  di,  yo  te  ruego,  con  seguridad  y  con- 
fianca,  que  ninguna  cosa  que  tú  dixeres  dubda- 
n^,  principalmente  que  no  ay  marauilla  alguna 
i{ue  rae  marauille  después  que  vi  a  tí  siendo 
gallo  hablar  nuestra  lengua;  por  lo  qual  me 
persuades  a  creer  que  tengas  alguna  deydad  de 
beatitud,  y  que  por  esta  no  podras  mentir. 

Gallo. — Por  cierto  yo  quería  cesar  ¡o  Mi- 
C¡Iot  de  mi  narración  por  auerla  interrumpido 
con  alguna  señal  dedubda.  Dexaras  en  verdad 
de  gozar  de  la  más  alta  y  más  íelicissima  his- 
toria que  nunca  hasta  agora  ingenio  de  bisto- 


(«)  G.,  hecha. 
(»)  G.,  que. 


liailor  h.:\  (})  escripto,  y  principalmente  por 
iii.rnirtela  yo  que  soy  el  que  la  pasflé.  Pero  por 
la  stigurídad  que  al  crédito  y  fe  me  tienes  dada 
quiero  proceder,  porque  no  quiero  príbarte  del 
gusto  y  deleyte  admirable  que  en  oyrla  goza- 
rás, y  veráH  después  que  la  ayas  oydo  de  quanto 
sabor  te  pribarás  si  por  ignorar  antes  lo  que 
era  menos  preciaras  de  lo  oyr,  y  conocerás 
quanto  amigo  te  soy  y  buen  apaniguado  y  fa- 
miliar, pues  no  estimando  la  injuria  que  me 
hazlas  con  tu  dubdar  te  comunico  tan  gran 
beatitud.  Por  tanto  préstame  atención,  que  oy 
verás  quan  elegante  rectorico  soy.  Tú  sabrás, 
que  en  vn  tiempo  siendo  mancebo  y  cobdicioso 
de  ver,  vino  nueua  en  Castilla  que  se  auian  ga- 
nado en  las  partes  ocidentales  aquellas  grandes 
tierras  de  la  Nueua  España  (^)  que  nueuamente 
ganó  aquel  animoso  marques  del  Valle,  Cortés, 
y  por  satisfazer  en  alguna  manera  el  insacia- 
ble animo  de  mi  deseo  que  tenia  de  ver  tierras 
y  cosas  nuouas  determíneme  de  enbarcar,  y 
auen turarme  a  esta  nauegacion,  y  ansi  en  este 
mesmo  deseo  me  fue  para  la  ciudad  y  ysla  de 
Cáliz  donde  se  hazia  el  flete  mas  conueniente  y 
natural  para  semejante  xoniada;  y  llegado 
alli  (*)  hallé  diez  conpañeros  que  con  el  mesmo 
affecto  y  voluntad  eran  venidos  alli,  y  como  en 
aquella  ciudad  venían  muchos  de  aquella  nueua 
tierra  y  nos  dezian  cosas  de  admiración,  crecía* 
nos  mas  el  apetito  de  caminar.  Dezian  nos  el 
natural  de  las  gentes,  las  costumbres,  atauio  y 
dispusicion;  la  diuersidad  de  los  animales,  anea, 
frutas  y  mantenimientos  y  tierra.  Era  tan  ad- 
mirable lo  que  nos  dezian  juntamente  con  lo 
que  nos  mostrauan  los  que  de  allá  venían  que 
no  nos  podíamos  contener  (^),  y  ansi  juntán- 
donos veynte  compañeros  todos  mancebos  y  de 
vna  edad,  hecho  pacto  entre  nosotros  inuiolablo 
de  nunca  nos  faltar,  y  celebradas  las  cerimo- 
nias  de  la  (^)  amistad  con  juramento  solenc 
fletamos  vn  nauio  vezcayno  velero  y  ligero, 
todos  de  bolsa  común,  y  con  prospero  tiempo 
partimos  vn  día  del  puerto,  encomendados  a 
Dios,  y  ansi  nos  continuo  siete  dias  siguientes 
hasta  que  se  nos  descubrieron  las  yslas  fortu- 
nadas que  llaman  de  Canaria.  Donde  tomado 
refresco  (•)  después  de  vista  la  tierra,  con  pros- 
pero tiempo  C)  tornamos  a  salir  de  alJi  y  cami- 
nando por  el  mar  al  tercero  día  dé!  nuestro  ca- 
mino dos  horas  salido  el  sol  haziendo  claro  y 
sereno  el  c¡*?lo  dixeron  los  pilotos  ver  vna  ysla 
de  la  qual  no  tenían  noticia  ni  la  podían  cono- 
cer, de  que  estañan  admirados  y  confusos  por 

(*)  íngeníosisMmoB  historiadores  hnn. 

(^)  G.,  Us  Indias,  México,  Nueua  España  y  Pern. 

(^)  G.,  donde  llegando. 

{*)  G.,  sufrir. 

(5)  G.,  nuestra. 

(•)  nuestro  fre-mo. 

(')  G.,  viento. 


ORIGESES  DE  LA  NOVELA 


no  se  ealxT  Jet«riuÍDar,  poniéndonos  en  graa 
t<'[iiOT  aníii  a  deshorn,  admirauanRC  más  turl>a- 
lius  de  rer  que  la  yata  caminaua  más  vonioiido 
vlla  azia  (')  nosotros  «jiie  camiiiananios  nos- 
otros para  ella.  En  fin  un  hrene  tiempo  nos  ve- 
niuios  tanto  jnntando  que  venimos  a  cono^r 
<|ue  aquella  qne  antes  nos  parecía  ysla  era  vn 
fipro  y  terrille  animal.  Coiiofinios  ser  vna  va- 
llcna  de  grandeza  inercylile,  qne  en  í^ola  la 
Frente  con  im  pedazo  del  ^i^rro  que  se  nos  des- 
cubría sobre  laa  aguas  del  mar  juzgatiauíos  auer 
qnnlro  millas.  Venia  contra  nosotros  abierta 
la  boca  soplando  muy  fiera  y  espantosamente 
(|ue  a  diez  millas  havia  retener  el  nauio  con  la 
furia  de  U  ola  que  ella  arroxana  de  si;  de  ma- 
nera que  viniendo  ella  de  la  porte  del  poniente, 
y  oaiuínauílo  nosotros  con  prospero  leñante  nos 
Tor^ana  calmar,  j  avn  boluer  airas  vi  camino. 
Venia  desde  lexos  espumando  y  turbando  el 
mar  con  gran  alteración:  ja  que  estuuimoB  más 
^rca  que  alcan^jiuamos  (^)  a  verla  más  en  par- 
ticulnr  pare^Lausele  los  dienb's  tun  terribles 
cada  vno  como  rna  nionta&a  (')  de  beclnira  de 
ffianiU»  palas;  blancos  como  el  fino  marfil. 
Venimos  adelante  a  juzgar  por  la  grandeza 
que  se  nos  mostró  sobre  las  aguas,  ser  de  Ion- 
gura  <lc  dos  mil  leguas.  Pues  como  nos  vimos 
ya  en  Kns  manos  y  que  no  le  pmliamos  liuyr  (*) 
coinen^unonos  a  abracar  entre  los  eonipafieros, 
y  a  darnos  las  manos  con  grandes  lagrimas  y 
alarido,  porque  víamos  el  fin  de  nuestra  vida  y 
compnfiia  estar  en  aquel  punto  sin  remedio  al- 
guno, y  ansi  dando  ella  un  tcrrilOe  empujón  por 
1^1  agua  adelante  y  abriendo  la  boca  nos  tragi5 
tan  sin  embarazo  ni  esloihu  de  dientes  ni  pala- 
<lar  que  sin  tocar  en  parle  alguna  eon  gauia, 
velos,  xar(iay  numifion^v  obráis  miurl-is  [ue- 
mos  colados  y  sorbidos  por  la  garganta  de 
a'[m-l  [iiunstruoso  pez  sin  lision  alguna  del 
miuio  hasta  llegar  a  lo  muy  espacioso  del  esto- 
mago, donde  auift  Tnos  campos  en  que  cupieran 
otras  veyntc  mil;  y  como  el  nauio  encalló  qne- 
dainos  espantados  de  tan  admirable  suceso  sin 
pensar  qué  podía  ser,  y  aviiqiie  lui'go  estuui- 
nios  algo  obscuros  porque  cerró  el  pabular  para 
nos  tragar,  pero  después  que  nos  tuuo  dentro 
y  se  sosegó  traja  abierta  la  boca  a  la  contina, 
de  nianera  que  por  alli  nos  entraña  bastante 
luK,  y  con  el  ayre  de  su  conlino  resolgar  nos 
entretenía  el  viuir  a  mucliu  descanso  j  plazer. 
Parecióme  qne  ya  que  no  quiso  mi  ventura  que 
yo  ruesac  &  les  Indias  por  ver  allá,  que  era  esta 
eonuenible  comuta^ion,  pues  fortuna  nos  for- 
tana  en  aquella  carmel  a  ver  y  gustar  de  admi- 
rables cosas  que  te  contaré;  y  mirando  alrede- 

(']  n.  (Ibelíado)  cara. 
(*)  G  ,  s1e«n(amo>. 
(')  il«  terrible  gianilata, 
(•)  Cenadir. 


dor  vimos  muy  grandes  y  espaciosos  campos 
de  rr<-ecas  fuente!^  j  arboledas  de  diuersas  y 
muy  Guares  flores  y  (rutas,  y  ausi  todos  salta- 
mos en  tierra  por  gustar  y  ver  aquellas  estan- 
cias tan  admii'ablcs.  Comeiivsmos  a  comer  de 
aquellas  frutas  y  a  beuer  de  aquellas  aguas 
alegres  y  delieadcs  (')  que  nos  fue  muy  suaue 
refe^ion.  Estañan  ]ior  alli  infinitos  pedamos  de 
hombres,  piernas,  culalHiras  j  huesos,  y  nnichas 
espinas  y  costillas  de  ttriiblcs  pe^cs  y  (*)  pes- 
cados, y  utroü  enteros  qne  nos  enipídiau  el  an- 
dar. Auia  tabkii,  niaderi>s  de  nauios,  ancoran, 
gauias,  manteles,  «ar^ia,  artillería  y  munición, 
que  tragaua  i«¡uella  fiera  vestía  por  se  uiant^ 
ner  (').  Pero  salidos  adelante  de  aquella  en- 
trada a  vn  grnnde  espacio  que  ulcancamos  a  ver 
desde  vn  alto  monte  más  de  quinientos  leguas 
de  donde  atídayamos  {*)  grandes  llanos  y  cam- 
pos muy  fértiles,  abundantes  y  hermosos.  Auia 
muclias  aues  muy  hermosas  y  graciosas,  ile  ili- 
ueriot  ettloie»  mlununlat  en  svk  pUimat  f¡ve 
eran  de  gnwjoso  ¡MUíetr,  Avhi  águilas,  garr-as, 
papagayos,  sirgueros,  rujsefiorcs  y  otras  diffe- 
rencios  espi-cies  y  genei-os  de  (_')  anes  de  inn- 
cha  Uennosnro.  Pues  proueyendo  que  algiiuos 
compañeros  que  (*")  iiuedascn  en  (_'')  la  guarda 
del  nauio,  les  sacamos  fuego  del  pt-demal  y  de- 
xauíos  les  mauteniínieuto  de  aquellos  Ttianjares 
y  carnes  qne  irayauíus  de  nuestra  prouisioii  y 
matalotaje:  y  ansi  escogidos  algunos  compañe- 
ros nos  salimos  a  descubrir  la  tierra  {,').  Dis- 
curriendo pues  por  aquella  delejtosos  y  ferti- 
lissimos  campos  [^)  al  fin  de  dos  días,  casi  al 
puesto  del  so!,  descendiendo  de  rna  alta  mon- 
taña a  vn  valle  de  mucha  arboleda,  llegamos  a 
vn  rio  que  con  mucha  obuudancin  y  frequen^ia 
torria  vino  muy  suave:  tan  hondo  y  ton  cauda- 
loso que  por  muchas  pnrtes  podian  nanegar 
muy  gruesos  nauíos.  Del  qual  comencamos  a 
beuer  y  a  gustar,  y  algunos  de  nuestros  com- 
pañeros se  comciii/iirun  de  la  l>euida  a  venc^iTy 
se  nos  qneUauan  dormidos  por  alli  que  uú  los 
podíamos  llenar.  Todas  las  riberas  de  aquel 
Buaue  y  gracioso  río  están  (")  llenas  de  muy 
grandes  j  fcrlilissiuins  c'psH  cargadas  de  muy 
copiosas  vides  nm  suf  pámpanos  y  racimos 
muy  sabrosos  y  de  gran  gust):  de  que  (")  eo- 

(')  G.,  MtbrrKB*  y  <lelici<ln4  nguai. 
(')  <i.,  Liiinlirea,  expinas  v  hiicMM  áe. 
{')  G.,  arUlIvría.  hi^iilirñ  y  otrus  muchos  animale* 
•{■at  triigiiDa  por  re  mantener. 

(')  G  ,  viraos. 

(>)  G  ,  gncioüís  niift. 

(•I    G..  Hfi. 

(■)  G  .  o. 

(')  V  dexandolen  la  ne^Tíaria  promsmn,  la  majnr 
eantidad  de  norotroü  fceincM  de  acuenlo  que  f  iies^- 
tnnii  a  descubrir  Ea  tierra  por  U  raconocer. 

(•)  G  ,  ilclertoío  J  teclUiíaimH  tierra. 

('•l  G-,  Mtaaan. 

(■<)  G-,  los  qnatei>. 


EL  CROTALON 


233 


men9amos  a  c<^iiar  y  comer;  j  tonian  algunas 
de  aquellas  ^cpas  figura  j  imagen  de  mugeres 
que  hablando  en  nuestra  lengua  natural  nos 
conyidauau  con  agraciadas  palabras  a  comer 
dellas,  prometiéndonos  mucho  dulzor.  Pero  a 
todos  aquellos  que  conuen^idos  de  sus  ruegos 
y  halagos  llegauan  a  gustar  de  su  fruto  los  dor- 
mian  y  prendían  allí,  que  no  eran  libros  para 
se  mouer  y  las  dexnr,  ni  los  podíamos  arran- 
car de  allí.  Dcstas,  de  su  frecuente  emanar  Q) 
destilaua  vn  continuo  liquor  que  hazia  yr  al  rio 
muy  caudaloso.  Aqui  en  esta  ribera  hallamos 
yn  padrón  de  piedi'a  de  dos  estados  alto  sobre 
la  tierra,  en  la  qual  estañan  mas  letras  griegas 
escríptas  que  mostrauan  ser  de  gran  antigüe- 
dad, que  nos  signifícauan  (^)  auer  sido  este  el 
peregrinaje  de  Bacho.  Passado  este  gracioso  rio 
por  algunas  partes  que  se  podia  vadear,  y  su- 
bida vna  pequeña  cuesta  que  ponia  differencia 
entre  est«  valle  de  Bacho,  descendimos  á  otro 
no  menos  deleyte  (')  y  de  gran  sabor.  De  cuyo 
gusto  y  dulzor  nos  paremia  beuer  aquella  bcuida 
que  dezian  los  hombres  antiguos  ser  de  los  dio- 
ses por  su  grande  y  admirable  gusto,  que  11a- 
manan  néctar  (*)  y  ambrosía.  Este  tenia  vna 
prodigiosa  virtud  de  su  naturaleza;  que  si  al- 
guno escapado  del  rio  de  Bacho  pudiessc  llegar 
R  beuer  deste  licor  era  marauillosamente  conso- 
lado y  sano  de  su  embriaguez,  y  era  restituido 
en  su  en  toro  y  primero  juizio,  y  avn  mejorado 
sin  comparación.  Aqui  beuimos  hasta  hartar,  y 
bolnimos  por  los  compañeros  y  quál  a  braco, 
quál  acuestas  y  quál  por  su  pie  los  traymos  (') 
allí,  y  sanos  caminamos  con  mucho  plazer.  Ño 
lexos  desta  suaue  y  salutifera  ribera  vimos  sa- 
lir humo,  y  mirando  más  con  atención  vimos 
que  se  descubrían  vnas  caserías  pobres  y  paji- 
zas, de  lo  qual  nos  alegramos  mucho  por  uer  si 
habitaua  por  alli  alguna  gente  como  nosotros 
con  que  en  aquella  prisión  y  mazmorra  nos 
pudiessemos  entender  y  consolar.  Porque  en 
la  verdad  nos  parocia  ser  aquello  vna  cosa  fan- 
taseada, o  de  sueño,  o  que  por  el  rasgo  nos  la 
descriuia  algún  delicado  (•)  pintor.  Pues  con 
esta  agonia  que  por  muchos  dias  nos  hazia  an- 
dar sin  comer  y  i^)  beuer  sin  nos  defatigar, 
llegamos  cerca  de  aquellas  casas,  y  luego  en  la 
entrada  hallamos  vna  vieja  de  edad  increyble, 
porque  en  rostro,  meneo  y  color  lo  monstró  ser 
ftnsi.  Estaua  sentada  entre  dos  nmy  perenales 
fuentes,  de  la  vna  de  las  quales  mañana  vn 
muy  abundante  caño  de  miel,  y  de  la  otra  mano 
corría  otro  caño  nmy  fértil  y  gniesso  de  leche 

(*)  G  ,  manar. 

(')  6.,  que  dezian. 

(M  G.,  deleytoso. 

(*)  G.,  a  la  qual  llamaron  del  netar. 

(*)  tranximoB. 

(*)  G.,  ingenioso. 

O  G.,  ni. 


muy  cristalino.  Las  quales  dos  fuentes  bajadas 
a  un  vallico  que  estaua  junto  alli  se  junta- 
uan  (O  7  hazian  ambas  el  (^)  un  rio  caudal. 
Estaua  la  dueña  anciana  con  vna  vara  en  la 
mano,  con  la  qual  con  gran  descuydo  hcria  en 
la  fuente  que  tenia  a  su  mano  derecha  que  cor- 
ría leche,  y  a  cada  golpe  hazia  vnas  campani- 
llas, las  cuales  corriendo  por  el  arroyo  adelante 
se  hazian  nmy  hermosos  requesones,  nazulas, 
natas  y  quesos  como  ruedas  de  molino.  Los 
quales  todos  <]uando  llegauan  por  el  arroyo 
abajo  donde  se  juntanan  con  Q)  la  fuente  del 
miel  se  hazian  de  tanto  gusto  y  sabor  que  no 
se  puede  encarecer.  Auia  en  este  rio  peces  de 
diuersas  formas  que  sabían  a  la  (•)  miel  y  le- 
che; y  como  nosotros  la  viuíos  espantamonos 
por  parecemos  vna  prodigiosa  visión  y  ella  por 
el  semejante  en  vernos  como  vista  súbita  y  no 
acostumbrada  se  paró.  Pues  quando  bolnimos 
en  nosotros,  y  con  esfuerco  cobramos  el  huelgo 
que  con  el  espanto  auiamos  perdido,  la  saluda- 
mos con  mucha  humildad,  duldosos  si  nos  en- 
tendiesse  la  manera  de  nuestra  lengua,  y  ella 
luego  con  apazible  semblante  dando  a  entender 
que  nos  conocía  por  conaturales  en  patria  y  (') 
naturaleza  nos  correspondió  con  la  mesma  sa- 
lutación, y  luego  nos  preguntó;  dezid  hijos  (•) 
¿quien  soys  vosotros?  ¿Acaso  soys  nacidos  del 
mar  o  soys  naturales  de  la  tierra  como  nos- 
otras? A  la  qual  yo  respondí:  señora,  nosotros 
hombres  somos,  nayidos  en  la  tierra ,  y  agora 
cerrados  por  infortunio  en  el  mar,  encarcelados 
por  nuestra  desuentura  en  esta  monstruosa 
vestía,  dubdosos  donde  nuestra  ventura  nos 
llenará;  y  avnque  nos  parece  que  vinimos,  cree- 
mos que  somos  muertos;  y  agora  salimos  por 
estos  campos  por  ver  quien  habitaua  por  a([ui, 
y  ha  querido  Dios  que  os  encontrassemos  para 
nos  consolar,  y  que  viésemos  no  ser  nosotros 
solos  los  encarcelados  aquí ;  y  ya  que  nuestra 
buena  uentura  acá  nos  aportó,  comunícanos  tu 
buena  naturaleza  y  quál  hado  te  metió  aqui  (J); 

(I)  G.,  mezcla  lian. 
\')  G  ,  vn 

(^)  G.,  Be  mczclana  la. 
(^¡  G.,  tenían  i?abor  del. 

!')  G  ,  por  de  vna  natnraleza. 
•)  G.,  nijog,  -qaál  yentnra  os  ha  traydo  en  eí»ta 
tierra,  o  qnal  hado  o  suerte  os  encerró  eñ  esta  cárcel 
y  mazmorra? 

(^  G.,  seíiora,  no  sabemos  hasta  agora  dezír  si 
nuestra  bnena  o  maln  fortuna  nos  ha  traydo  aqni,  que 
avn  no  emos  bien  reconocido  el  bien  o  mal  que  en 
esta  tierra  ay;  (¡oto  sabemos  ser  tragados  en  el  mar 
por  vn  fíero  y  espantoso  pez,  donde  laucados  creemos 
que  somos  muertos,  y  pnra  esperiencia  o  mas  <;eTÚ- 
dnmbre  desto,  nos  salimos  por  estos  campos  por  ver 
quien  habitaua  por  aqui;  y  ha  querido  Dios  que  os 
encontrassemos  y  esperamos  que  sera  para  nuestra 
consolación,  pues  vemoe  no  ser  nosotros  solos  loe  en- 
carcelaaos  aqui.  Agora  querríamos  de  ti,  señora,  saber 
quien  eres;  que  hazes  atiui;  si  eres  nacida  del  mar  o  si 
eree  natural  de  la  tierra  como  nosotros. 


234 


OlilGENES  DE  LA  NOVELA 


7  sí  de  alguna  parte  de  díuinidad  eres  comuni- 
cada prophetizanofl  nuestra  buena,  o  mala  uen- 
tura:  porque  pi^uenidos  nos  haga  menor  mal. 
Respondió  la  buena  dueña:  ninguna  cosa  os 
diré  hasta  que  en  mi  casa  entréis,  porque  veo 
que  venis  fatigados.  Sentaros  eis  7  comeréis, 
que  vna  hija  raia  donzella  hermosa  que  aquí 
tengo  os  lo  guisará  7  aparejará;  7  como  eramos 
tctdos  mo^os  7  nos  hablo  de  hija  donzella  7  de 
(romer,  todos  nos  regocijamos  en  el  coraron,  7 
ansi  entrando  dixo  la  buena  yieja  (')  con  vna 
boz  algo  alta  quauto  bastaua  su  natural:  hija, 
sal  acá,  apareja  a  esta  buena  gente  de  comer. 
Luego  como  entramos  7  nos  sentamos  en  vnos 
P070S  que  estañan  por  alli  salió  vna  donzella 
do  la  más  bella  hermosura  7  dispusi^ion  que 
nunca  naturaleza  humana  crió.  La  qual  avnque 
debtijo  do  paños  7  restidos  pobres  7  desarrapa- 
áoB  representaua  celestial  díuinidad  (*),  porque 
por  los  ojos,  rostro,  boca  7  frente  ecíiaua  rn 
resplandor  que  a  mirarla  no  nos  podíamos  su- 
frir, porque  nos  hería  con  vnos  ra70S  de  ma7or 
fuon;a  que  los  del  sol  7  (')  como  tocaua  (*)  el 
alma  eramos  ansí  como  pauesa  abrasados:  7 
rendidos  nos  prostramos  a  la  adorar.  Pero  ella 
haziendonos  muestra  con  la  mano,  con  vna  di- 
uina  magostad  nos  apartaua  de  si,  7  mandán- 
donos asentar  con  rna  presta  diligencia  nos 
puso  vbas7  otras  frutas  muchas  7  mu7  suaues, 
7  do  vnos  UU17  sabrosos  peces;  de  que  |)erdi- 
do  (')  el  miedo  que  por  la  reuerfnyia  teniamos 
a  tan  alüi  uiagci^tad  comimos  7  beuinios  de  vn 
pro^ioso  vino  quanto  nos  fue  menester;  7  des- 
puos  quo  so  louantó  la  mesa  7  la  vieja  nos  vio 
sosegados  comonco  u  regocijarnos  7  a  deman- 
darnos lecoiitiissemos  nuestro  camino  7  suceso; 
v  70  como  vi  que  todos  nn's  conpañeros  calla- 
uan  7  me  doxanan  la  mano  en  el  hablar  la  conté 
niu7  por  orden  (®)  nuestro  deseo  7  cobdiciacon 
quo  víiiiamos  muchos  años  en  la  tierra,  7  nues- 
tra junta  7  conjuraQÍon  hasta  el  estado  en  que 
estauamos  allí,  7  después  le  dixe;  agora  tú,  ma- 
dro  bienauon turada,  te  suplicamos  nos  digas  si 
es  sueño  esto  quo  vomos;  quién  soys  vosotras 
7  cómo  entrastes  aquí.  Ella  nos  dixo  con  vna 
alhaguoña  humildad  que  de  contentarnos  tenia 
deseo  (').  ¡O  huespedes  7  hijos  amados,  todos 
parece  que  traemos  (•)  la  mesma  fortuna,  pues 
pc»r  juizio  7  voluntad  de  Dios  somos  lacados 
aqni,  avnque  por  differentes  (')  ocasiones  como 

(')  G.,  yieja  en  «a  casa,  dixo. 
1')  G.,  iliguidnd. 
('•)  G.,  que. 
(*)  tocanan. 
(•'')  G ,  perdiendo. 
^*)  G.,e8ten8o. 

{'')  ir. y  que  de  contentarnos  mostrana  tener  deieo, 
dixo: 
(»)  G.,  tenemos. 
(•)  G.,  diuersas. 


07reÍ8.  Sabed  que  yo  S07  la  bondad  si  la  aueis 
o7do  dozir  por  allá;  que  me  crió  Dios  en  la 
eternidad  de  su  ser,  7  esta  mi  hija  es  la  verdMi 
que  70  engendré,  hermosa,  graciosa,  apazible  ¡f 
afable,  parienta  mu7  cercana  del  mesmo  Dios, 
que  de  su  cogeta  a  ninguno  desgració  (*),  ni 
desabrió  si  primero  me  quisiesseu  (^)  a  mi.  £m- 
bionos  Dios  del  cielo  al  mundo  siendo  nacidas 
allá,  7  todos  los  que  me  receuian  a  mi  no  k 
podían  a  ella  desechar,  pero  amada  7  querida 
la  abracauan  (^),  como  a  si,  7  ansi  moramos 
entre  los  primeros  hombres  en  las  casas  de  los 
principes  ^  re7es  y  señores  que  con  nosotras 
gouernauan  7  regían  sus  repúblicas  en  paz, 
quietud  7  prosperidad.  Ki  auia  malicia,  cobdi- 
cia,  ni  poquedad  que  a  engaño  tuuieese  nmes- 
tra.  Andauamos  mu7  regaladas,  sobrelleuadas 
7  tenidas  de  los  hombres;  el  que  más  nos  podía 
hospedar  7  tener  (*)  en  su  casa  so  tenia  por 
más  rico,  más  poderoso  7  más  valeroso.  Anda- 
uamos vestidas  7  adornadas  de  preciosas  jo7as 
7  mu7  alto  brocado.  No  entrañamos  en  casa 
donde  no  nos  diessen  {^)  de  comer  7  beuer 
hasta  hartar,  7  pessaualos  porque  no  recibía- 
mos más;  tanto  era  su  buen  deseo  de  nos  tener. 
Topauamos  cada  día  a  la  riqueza  j  a  la  men- 
tira por  las  callos  por  los  lodos  arrastradas, 
baldonadas  7  escarnocidas;  que  t^xios  los  hom- 
bres por  la  ma7or  parte  por  nuestra  dcuocion 
7  amistad  las  gritauan  y  corrían  7  las  echauan 
de  su  conuersacion  7  compañía  como  a  enemi- 
gas do  su  contento  7  j)rosporidad.  De  lo  qual 
estas  dos  falsarias  7  malas  conipañeras  rece- 
bian  grande  injuria  7  vituperio,  7  con  raliia 
mu7  canina  vuscauan  los  medios  posibles  para 
se  satisfazor.  Juntauanse  cada  día  en  consulta 
ambas  7  echauanse  a  pensar  7  tratar  quales- 
quiera  caminos  faboreciendoso  de  muchos  ami- 
gos que  avn  trayan  entre  los  hombres  encu- 
biertos 7  solapad(>8  que  no  osauan  parecer  de 
vorguonca  do  nuestros  amigos.  Estas  malditas 
bastaron  on  tiempo  a  juntar  gran  parte  do 
gontos  quo  por  industria  de  la  cobdicia  (•)  los 
porsuadioron  yr  a  descubrir  aquellas  tierras  do 
las  Indias,  Nueva  España,  Florida  7  Perú, 
donde  vosotros  decís  que  yuades  caminando^  de 
daiide  tanto  tesoro  salió,  V  estas  se  las  ense- 
ñaron 7  guiaron,  dándoles  después  industria 
a7uda  7  fabor  como  pudiosscn  en  estas  tierras 
traer  grandes  tesoros  ij)  de  oro  7  de  plata  y 
joyas  pnM^tiosas  quo  estañan  t<Miidas  en  menofc 

{*)  G  ,  de  sagrado. 


')G, 

")  Cx., 


quisiesen. 


*)  G  ,  amanan. 
')  G.,  tenia. 

(>)  G.,  diessen  abundantemente. 
(•)  de  vna  ducíía  pariouta  suya  que  se  llama  lacub- 
di(;ia. 
(')  G.,  piezas  y  cargas. 


EL  CROTALON 


235 


pre9Ío  allá  (').  Estas  pei^ersats  dueñas  los  for- 
toaron  a  aquel  trabajo  teniendo  por  auen'gaado 
qae  estos  tesoros  les  serian   bastante  medio 
para  entretener  su  opinión  y  desarraigamos 
del  coman  con9¡bimiento  de  los  lionbres,  «n 
que  estañamos   nosotras   enseñoreadas   hasta 
*lí»  (*);  y  *^si  fue,  que  como  fuemn  aquellos 
honbres  que  ellas  enbiaron  en  aquellas  partes  y 
comentaran  a  enbiar  tesoros  de  grande  admira- 
9Íon,  luego  comen9aron  todos  a  gustar  y  a  te- 
ner (*)  grandes  reíitas  y  hazienda,  y  ansí  an- 
dando estas  dos  falsas  hermanas  con  aquella 
parienta  casi  de  casa  en  casa  les  hizicron  a 
todos  entender  que  no  aula  otra  nobleza,  ni  otra 
felipidad,  ni  otra  bondad  sino  tener  (*),  y  que 
el  que  no  tenia  riqueza  (')  en  su  casa  (*)  era 
ruyn  y  vil,  y  ansi  se  fueron  todos  corrompiendo 
y  depravando  en  tanta  manera  que  no  se  ha- 
blaua  ni  se  trataua  otra  cosa  en  particular  ni 
en  común;  ya  desdichadas  de  nosotras  no  tc- 
niamos  donde  entrar  (})  ni  de  quién  nos  fabo- 
rezer.  Ninguno  nos  conoc;ia,  ni  amparaua,  ni 
re9ebía,  y  ansi  audauamos  a  sombra  de  texados 
aguardando  a  que  fucsse  de  noche  para  salir  a 
reconocer  amigos,  no  osando  salir  de  dia,  por- 
que nos  auian  anisado  algimos  que  andauan 
estas  dos  traydoras  voseándonos  con  gran  con- 
pañia  para  nos  afrontar  do  quiera  que  nos  to- 
|)a8sen;  principalmente  si  fuesse  en  lugar  solo 
y  sin  testigos;  y  ansi  nosotras  madre  y  hija 
nos  fuemos  a  quexar  a  los  señores  del  Consejo 
Real  del  Emperador,  diziendo  que  estas  falsa- 
rias se  auian  entremetido  en  la  república  muy 
on  daño  y  corruptela  della,  y  porque  a  la  sazón 
i^tauan  consultando  a9crca  de  remediar  la  gran 
carestía  que  auia  en  todas  las  cosas  del  reyno 
les  mostramos  con  argumentos  mnt/  claros  y  in- 
falibles, como  era  la  (*)  causa  anemos  echado 
todos  de  si,  la  bondad  y  verdad  madre  y  hija,  y 
auerse  entremetido  estas  dos  (•)  perucrsas  her- 
manas riqueza  y  mentira,  y  la  cohdidn  las 
({uales  dos  si  se  tomaua  a  expeler  (}^)  nos  ofre- 
cíamos y  obligauamos  de  boluer  todas  las  cosas 
a  su  primero  valor  y  antiguo,  y  que  en  otra 
manera  auia  de  yr  (^')  de  peor  en  peor,  y  nos 
quexamos  que  nos  amena9auanque  nos  auian  de 

(')  G.,  que  de  los  de  aquella  tierra  estañan  menos- 
preciadas y  holladas,  reconociendo  8n  poco  Talor. 

(')  G  ,  concebimieoto  nuestra  amistad  con  la  qual 
estañamos  nosotras  ensef¡oread&<  en  la  miiyor  parte 
de  la  gente  haHta  alli. 

C*)  G.,  poseer. 

(*)  G.,  ser  rico  vn  hombre. 

(■)  G.,  po^ya. 

(*)  G.,  a  la  riqueza. 

(')  G.,  nos  acoger. 

(»)  G.,  ser  la. 

(«)  G.,  y  auer  estos 

{^^)  G-,  las  quales  si  se  remediaiiau  y  se  echanan 
fuera. 

(**)  G  ,  verían  como  necesariamente  }'rian  las  cosas. 


matar;  ])orque  ansi  eramos  anisadas,  que  con 
sus  amigos  y  aliados  que  eran  ya  muchos  nos 
andauan  avuscar  (*)  procurando  de  nos  auer; 
y  los  Señores  del  Consejo  nos  oyeron  muy  bien 
y  se  apiadaron  de  nuestra  miseria  y  fortuna 
y  nos  mandaron  dar  carta  de  amparo  y  dixc- 
ron  que  diessemos  información  como  aquellas 
nos  andauan  a  vuscar  para  nos  afrontar  y  que 
liarian  justizia;  y  con  esto  nos  salimos  del  Con- 
sejo, y  yendo  por  vna  ronda  pensando  yr  más 
seguras  por  no  nos  encontrar  con  nuestras  ene- 
migas (^),  fuemos  espiadas  y  salen  a  nosotras 
en  medio  de  aquella  ronda  y  tomannos  por  los 
cabellos  a  ambas  a  dos  y  traxieronnos  por  el 
polvo  y  lodo  gran  rato  arrastrando  y  dieron  nos 
todos  quantos  en  su  compañia  Ueuauan  muchas 
coces,  puñadas  y  bofetadas,  y  por  ruyn  se  tenia 
el  que  por  lo  menos  no  lleuana  vn  pedaco  de  la 
ropa  en  las  manos.  En  fin  nos  dexaron  con 
pensamiento  que  no  podiamos  viuir  ('),  y  ansi 
como  de  sus  manos  nos  vimos  sueltas,  cogiendo 
nuestros  andrajos,  cubriéndonos  lo  más  hones- 
tamente que  pudimos  nos  salimos  de  la  ciudad, 
no  curando  de  informar  á  justicias,  temiendo- 
nos  que  en  el  entretanto  que  informauamos  nos. 
tomarian  a  encontrar,  y  nos  acabarían  aquellas 
maluadas  las  vidas;  y  ansi  pensando  que  como 
en  aquellas  tierras  de  la  Nueua  España  (*) 
quedanan  sin  aquellos  tesoros,  y  las  gentes 
eran  simples  y  nueuas  en  la  religión,  que  nos 
acogerían  allá;  enuarcamos  en  vna  nao,  y  agora 
parecenos  que  ponjue  (')  no  nos  quiere  rece- 
bir  (^)  nos  ha  tomado  e]i  si  el  mar,  y  ha  echado 
esta  vestía  que  tragándonos  nos  tonga  presas 
aqui  rotas  y  despedac-adas  como  veys.  Maravi- 
llados Q)  deste  aconteciniiento  las  pregunté 
como  era  posible  ser  en  tan  breue  tienpo  de- 
sanpa radas  de  sus  amigos  que  en  toda  la  ciudad 
ni  en  otros  pueblos  comarcanos  no  hallassen  de 
quién  se  amparar  y  socorrer.  A  lo  qual  la  hija 
sospirando,  como  acordándose  de  la  fatiga  y 
miseria  en  que  en  aquel  tienpo  se  vio,  dixo  ¡O 
huésped  dichoso!  si  el  coracon  me  sufríesse  n 
te  contar  en  particular  la  prueba  que  de  nues- 
tros amigos  hize,  admirarte  has  de  ver  las  fuer- 
Cas  que  tnuieron  aqui^llas  maluadas:  temomi' 

(*)  G.,  V aseando. 

(>)  G,,  nuestros  enemigoH. 

h)  G.,  y  salteadas  en  medio  de  aquella  ronda,  y 
saliendo  a  nosotras  nos  tomaron  por  los  cabellos  a 
ambas  y  truxieronnos  por  el  poíno  y  lodo  gran  rato 
arrastrando,  y  dieronnos  todos  quantos  en  bu  com])a- 
ñía  lleuauan  muchas  coces,  puñadas  y  'x>fetadas,  que 
por  ruyn  se  tenia  el  que  por  lo  menos  no  llenaua  en 
las  manos  vn  buen  golpe  de  cabellos  ó  vn  pedaco  de 
la  ropa  que  vestíamos.  £n  fin  nos  dexaron  con  pen-^i- 
miento  que  no  podiamos  mucho  viuir. 

(4)  G.,  de  Indias  nueuas. 

(5)  G.,  pues. 
(•)  G.,  sufrir. 

(')  G.  Y  marauillandono.s  todos. 


2;^C) 


orígenes  de  la  novela 


que  acorJftndome  de  tan  grande  injuria  fenez- 
ca yo  oy.  Tu  sabrás  que  entre  todos  mis  ami- 
gos yo  tenía  vn  sabio  y  anciano  juez,  el  qual 
engañado  por  estas  mahiadas  y  aborreciéndo- 
me a  mi,  por  augmentar  en  gran  cantidad  su 
liacienda  tor^ia  de  cada  dia  las  leyes,  peruertien- 
do  todo  el  derecho  canónico  y  ^euil;  y  porque 
vn  dia  se  lo  dixe,  dándome  un  enpujon  por  me 
ochar  de  si  me  metió  la  vara  ¡x)r  vn  ojo  que 
casi  me  lo  sacó:  y  mi  madre  me  le  restituyo  a 
su  lugar  (*);  y  porque  a  vn  esoriuano  que  esta- 
ña (*)  ante  é\  la  dixe  que  passaua  el  arancel  me 
respondió  que  sino  re<^ibiesse  más  por  las  es- 
crijituras  de  lo  que  disponían  los  Reyes  que  (^) 
no  ganaría  para  zapatos,  ni  avn  para  pan;  y 
porque  le  dixe  que  porqué  interlineaua  los  con- 
tratos, enojándose  me  tiró  con  la  pluma  vn 
tildón  por  el  rostro  que  me  hizo  esta  señal  que 
ves  aqui  qne  tardó  vn  mes  en  se  me  sanar;  y 
de  allí  me  fue  a  casa  de  vn  mercader  y  demán- 
dele me  díesse  vn  poco  de  paño  de  que  me  ves- 
tir, y  el  luego  me  lo  puso  en  el  mostrador,  en 
el  qual,  avnque  de  mi  naturaleza  yo  tenía  ojos 
más  perspicaces  que  de  lin^e,  no  le  poilia  ver,  y 
,  rogándole  que  me  diesse  vn  poco  de  más  Inz  se 
enojó.  Demándenle  el  precio  rogándole  fjue  tu- 
uiesse  respecto  a  nuestra  amistad,  y  luego  me 
mostró  vn  papel  que  con  gran  juramento 
juró  (*)  ser  aquel  el  venladero  valor  y  coste  que 
le  tenía,  y  que  por  nuestra  amistad  lo  pagasse 
por  alli;  y  yo  afirmé  ser  aquellos  lexos  de  nn, 
y  porque  no  me  entendió  esta  palabra  que  le 
dixe  me  preguntó  qué  dezia.  Al  qual  ya  repli- 
<iué  que  aíjuel  creya  yo  ser  el  coste,  cargando 
cada  vara  de  a(|uel  paño  (plantas  gallinas  y 
pasteles,  vino,  puterías  y  juegos  y  desordenes 
en  la  feria  y  por  el  camino  auian  él  y  sus  cria- 
dos pasado  quando  fueron  por  ello  ('). 

Mi<;iLo. — Ylomesmoesentodosquantosof- 
firios  ay  en  la  república;  que  no  hay  quien  supla 
las  costas  comer  y  beber,  juegos  y  puterías  de 
los  officiales,  en  la  ft-ria  y  do  quiera  qne  están; 
y  halo  de  pa(jar  el  que  dellos  va  a  comprar. 

Gallo. — De  lo  qual  recibió  tanta  injnria  y 
yra  que  tomando  de  vna  vara  con  que  medir  en 
la  tienda  me  dio  vn  pah)  en  esta  (•)  calK'^a  que 
me  descalabró  muy  (')  mal,  y  después  tendida 
en  el  suelo  me  dio  más  de  mil;  que  si  no  fuera 
por  gentes  que  passaron  (•)  que  me  libraron 

(•)  G.,  torno  adereyar. 

(')  eRcreuia. 

{^)  O.,  8i  iK)r  la  tassa  del  aranyel  en  la  paga  de  los 
derechos  se  nauieBc  de  negiiir. 

(*)  G.,  afirmo. 

I*)  (t.,  anifln  hecho  6\  y  bus  criados  en  la  feria  y 
por  el  camino  de  yr  j  venir  allá. 

n  G.,  la. 

D  G  ,  hirió. 

(*)  G.,  qae  si  no  me  socorrieran  las  gentes  que  pa- 
rtían. 


de  sus  manos  me  acabara  la  vida  con  su  rabiosa 
furia;  con  que  avn  juraua  que  se  lo  auia  de 
pagar  si  me  pudíesse  auer,  por  lo  qual  no  osé 
aportar  mas  allá  (^).  De  alli  me  lleuó  mi  ma- 
dre a  vn  <;irujano,  al  qual  rogo  con  gran  piedad 
que  me  curasse  y  él  le  dixo  que  niirasse  que 
le  auia  de  pagar,  porque  la  cura  seria  larga  y 
tenía  hijos  y  muger  que  mantener,  y  porque  no 
teníamos  ((ué  le  dar,  mi  madre  me  lo  vntó  con 
un  poco  de  a^eyte  rosado,  y  en  dos  días  se  me 
sanó.  Fueme  por  todos  a((uellos  que  hasta  en- 
tonces yo  auia  tenido  en  mi  familiaridad,  y 
hallé  los  tan  mudados  que  ya  casi  no  los  cono- 
cía sino  por  el  nonbre,  porque  auia  muchos  que 
yo  tenía  en  mi  amistad  que  eran  armeros,  ma- 
lleros,  lanceros,  espe9Íeros,  y  en  otros  géneros 
de  offí^ios  llanos  y  humildes  contentos  con 
poco,  que  no  se  quería  apartar  del  regado  de 
mi  madre  y  mío,  vnidos  comigo;  los  quales 
agora  aquellas  dos  falsas  hermanas  (*)  los  te- 
nían encantados,  locos,  8ol)eruios  y  muy  fuera 
de  si,  nmy  sublimados  en  grandes  riquezas  de 
canbios  y  mercaderías  y  pio:stos  ya  en  grandes 
honrras  do  regimientos  con  hidalguías  pungidas 
y  compaesta»  ocupados  en  exer^i^ios  de  caua- 
lleros,  de  (')  justas  y  juegos  de  cañas,  gastamlo 
con  gran  prodigalidad  la  hazienda  y  éndor  de 
los  pobres  initterahUs,  Estos  en  tanta  manera  se 
estrañaron  de  mí  que  no  los  osé  hablar,  porque 
acaso  ayrados  no  me  hiriessen  y  uituperassen 
como  auian  hecho  los  otros;  y  porque  pare^je 
que  los  eclesiásticos  auian  de  permanecer  en  la 
verdadera  religión  y  que  me  acogerían  me  fue 
a  la  iglesia  mayor  donde  concurren  los  clérigos 
y  sarerdot^ís  (•)  donde  solía  yo  tener  umchos 
amigos:  y  andando  por  ella  a  vuscar  clérigos 
no  hallé  sino  grandes  cuadrillas  y  compañías 
de  monas  o  ximios  «jue  me  espantaron.  Los 
quales  con  sus  rocpietes,  sobrepellízes  y  capas 
de  coro  andauan  por  alli  cantando  en  derre- 
dor (').  Marauillauame  de  uer  (•)  vnf»s  tan 
graciosos  animalejos  criados  en  la  montaña 
imitar  {'^)  todos  los  oJfi<;ios  y  exerci^ios  de 
sa^^^rdotes  t^n  al  proprio  y  natural  a  lo  menos 
en  lo  exterior;  y  viniendo  a  mirarlos  debajo  de 
aíjuellos  vestidos  eclesiásticos  y  ornamentos 
benditos  descubrían  el  vello,  golosina,  latroci- 
nio, cocar  y  mofar,  rusticidad  y  fiereza  que  tie- 
nen puestos  en  su  libertad  en  el  campo  (•). 

(M  G  ,  y  quedó  jurando  (^uc  »i  me  tomaua  on  al^un 
lugar  o  bolaia  roa.4  alli,  r^ne  me  acalmria;  y  aasi  yo 
nunca  más  Ik)1uI  alh'i. 

(3)  G.,  aquellas  íalKarian. 

(-')  (i.,  en. 

(*Í  G.,  los  saverdotes  y  clerivla. 

{^)  G.,  andauan  paseandoi>e  por  alli,  y  otros  can- 
tando en  el  coro. 

(<)  G.  Marauillauame  que. 

(7)  G.,  imitassen. 

O  G.,  tienen  en  la  montana. 


EL  CROTALON 


237 


Acordóme  auer  leydo  de  aquel  rey  de  Egipto, 
de  quien  escriuen  los  historiadores  (*)  que 
quiso  enseñar  a  dan9ar  vna  quadrilla  de  ximios 
y  monas,  vestidos  todos  de  grana,  por  ser  ani- 
mal que  más  contra  liaze  los  exer^i^ios  del 
honbre;  y  andando  vn  dia  metidos  todos  en  su 
dan9a,  que  las  traya  el  u.aestro  ante  el  Rey, 
se  allega  a  lo  ver  vn  philosopho  y  echó  vnas 
nnezes  en  medio  del  corro  y  dan^a ;  y  como  co- 
nocieron los  ximios  ser  la  fruta  y  golosina, 
dcsanparando  el  teatro,  maestro  y  Rey,  so  die- 
ron a  tomar  de  la  fruta  (*)  y  mordiendo  y  ara- 
fiando  a  todos  los  que  en  el  espectáculo  esta- 
van,  rasgando  sus  vestidos  echaron  a  huyr  a  la 
montaña,  y  avn  yo  no  lo  pude  creer  que  aíjue- 
Uos  eran  verdaderos  ximios  y  monas  si  no  me 
llegara  a  vno  que  representó  mas  sanctidad  y 
dignidad  al  qual- tentándole  con  la  tenta  en  lo 
interior,  rogándole  que  pues  era  sacerdote  y  me 
paremia  más  religioso,  me  dixesse  vna  missa 
por  mis  defuntos,  y  pusele  la  pitanza  en  la 
mano,  y  él  muy  hinchado  me  dio  con  el  dinero 
en  los  ojos  diziendo  que  él  no  dezia  misa,  que 
era  vn  arcediano,  que  no  queria  mi  pitanya; 
que  sin  dczir  misa  en  todo  el  año  passaua  y  se 
mantenia  él  y  vna  gran  trulla  de  honbres  y 
mugeres  que  traya  en  su  casa  (^) ;  y  como  yo 
le  oy  aquello  no  pude  disimular  tan  bárbaro 
genero  de  ypocresia  y  soberuia,  viendo  que 
siendo  mona  rcpresentava  vna  persona  tan 
digna  y  tan  reuercnda  en  la  iglesia  de  Dios  (*). 
Acordeme  de  aquel  asno  cumano,  el  qual  vién- 
dose vn  dia  vestido  de  vna  piel  de  león,  queria 
parecer  león  asombrando  con  grandes  roznidos 
a  todos,  hasta  que  vino  vno  de  aquellos  cuma- 
nos  que  con  vn  gran  leño  nudoso  le  hirió  tan 
fuertemente  que  reprehendiéndole  con  palabras 
le  desengañó  y  le  hizo  (')  entender  que  era 
asno  y  no  león,  y  ansi  le  abajó  su  soberuia  y 
locura;  y  ansi  yo  no  me  pude  contener  que  no 
le  dixesse:  Pues  señor  ¿el  arcedianazgo  depone 
el  saceidocio  que  no  podéis  (•)  dezir  missa?  y 
él  se  enojó  tanto  que  me  conuino  huyr  de  la 
iglesia,  porque  ya  miraua  por  sus  criados  que 
me  hiricssen.  En  estos  y  semejantes  cuentos 


(*)  G.,  escriue  LuciaDO. 

(')  G.,  ximioBo  monas,  y  para  esto  los  vistió  todos 
de  grana,  y  andando  vn  dia  metidos  en  el  teatro  on  en 
danca  con  rn  maestro  de  aquel  exeryicio  al  qual  los 
encomendó,  m  allegó  n  lo  ver  vn  philosopho  que  co- 
nocla  bien  el  natural  de  aqnel  auimalexo  y  echóles 
vnas  nnezes  en  el  medio  del  corro  donde  andauan 
danyando,  y  los  ximios  como  conocieron  ser  nuezes, 
fmta  apropríada  a  lu  golosina,  desamparando  el  tea- 
tro, corro  y  maestro  so  dieron  a  tomar  de  la  fruta. 

(>)  G.,  no  dezia  missa  en  todo  el  año,  y  oue  se  man- 
tenía él  y  vna  gran  familia  que  tenía,  de  la  renta  de 
su  dignidad; 

(*)  G.,  añade:  que  dezian  ser  arcediano, 

Í>)  G  ,  haziendole. 
')  G.,  podáis. 


nos  estuuimos  gran  parte  del  dia  hasta  que  su 
madre  le  mandó  que  no  procediesse  adelante 
porque  recebia  dello  mucha  pena;  y  yo  enamo- 
rado della  me  ofrecí  a  su  perpetuo  seruic-io  pa- 
reciendome  que  en  el  mundo  no  auia  cosa  más 
perfeta  que  desear,  y  ansi  pense  si  querría,  por 
viuir  en  aquella  soledad  y  prisión  dárseme  por 
muger;  pero  no  me  atreui  hasta  mirarlo  mejor, 
Salimonos  luego  (')  todos  en  su  compañia  por 
aquellos  campos,  fuentes  y  praderias  por  tomar 
solaz,  porque  eran  aquellas  estancias  llenas  de 
todo  gusto  y  deleyte.  No  auia  por  alli  planta 
alguna  que  no  fuesse  de  dulcura  admirable  por 
ser  regadas  por  aquellas  dos  fuentes  de  leche  y- 
miel.  En  esta  conuersacion  y  compañía  nos 
tuuieron  muchos  días  muy  a  nuestro  contento, 
y  acordándonos  de  nuestros  conpañeros  que 
dexamos  en  el  nauio  pensamos  que  seria  bueno 
y  ríos  a  vuscar  y  traerlos  a  aquella  deleytosa 
estancia,  porque  gozassen  de  tanta  gloria,  y 
ansi  demandando  licencia  a  la  madre  y  hija 
guíandonos  como  por  señas  al  camino  boluí- 
mos  por  los  visitar,  prometiendo  boluernos 
luego  para  ellas  (^)  y  ansi  comencemos  a  ca- 
minar, y  passando  aquellos  dulces  y  sabrosos, 
ríos  venimos  al  de  iJaclio,  el  qual  passado  (') 
por  los  vados,  hallamos  ya  casi  por  moradores 
naturales  a  nuestros  conpañeros,  casados  con 
aquellas  yepas  que  díxe  estar  por  aquellas  ribe- 
ras, que  tenían  ñgura  y  natural  de  mugeres:  de 
las  quales  no  los  podimos  desapegar  sin  gran 
dificultad  y  trabajo,  porque  los  tenían  ya  cogi- 
dos con  gran  affícion.  Pero  con  gran  cuydado 
trabajamos  despegarlos  de  allí,  y  porque  nos 
temimos  no  poderlos  llevar  a  la  casa  de  la  ver- 
dad, por  pensar  que  no  acertaríamos  (*)  acor- 
damos probar  a  salir  de  aquella  cárcel  maz- 
morra ('),  pensando  que  sí  saliésemos  con  ello 
seria  vna  cosa  admirable:  y  que  temíamos  más 
que  dezir  (•)  que  de  las  Indias  si  allá  fuéramos, 
ni  de  los  siete  milagros  del  mundo;  y  ansi  pense 
rna  industria  que  cierto  nos  valió,  y  fue  que  yo 
hize  poner  a  punto  de  naucgar  todo  el  nauio, 
xarcia  y  obras  muertas  y  compañeros,  y  hize 
luego  enbarcar  todo  lo  necesario  para  caminar, 
y  quando  todo  estuuo  a  punto  hezimos  inge- 
nios cOn  que  llegamos  el  nauio  hasta  meterle 
por  la  garganta  de  la  vallena,  y  como  la  junta- 
mos al  pecho  que  le  ocupamos  la  entrada  al 
paladar  nos  lancamos  todos  en  el  nauio,  y  con 
fuertes  arpones,  laucas,  picas  y  alabardas  co- 
mencamos  a  «herirle  C)  en  la  garganta,  y  como 

(M  y  ansi  nos  salimos. 
{})  G.,  a  su  compañia. 
(')  G.,  passando. 

'  {*)  G.,  no  acertar  a  la  casa  de  la  verdad, 
("í  G.,  prisión  y  cárcel. 
(•)  G.,  contar. 
(T;  G.,  herirla. 


238 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


acontece  a  (¿ualquiera  de  nosotros  si  tiene  en  la 
garganta  algnna  espina  que  acaso  tragó  de  al- 
gún pez  que  le  fatiga,  que  comienza  de  toser 
por  la  arrancar,  j  ansi  la  Tallena  quanto  más 
la  heriamoB  (})  m¿B  se  aÜigia  con  toser,  y  a  cada 
tos  nos  echaua  ^inqnenta  leguas  por  la  gar- 
ganta adelante,  porque  ^iei'to  i*e9cbia  gran  con- 
goja y  fatiga  que  no  podía  sosegar,  y  tanto 
continuó  sn  toser  que  nos  lan^^S  por  la  boca 
a  fuera  muy  lexos  de  si  sin  alguu  daño  ni  lision ; 
y  como  escarmentada  y  temerosa  del  passado 
tormento  y  pena  huyó  de  nosotros  pensando 
nuer  escapado  de  vn  gran  mal;  y  ansi  dando 
todos  muchas  gra9Ía8  a  Dios  guiamos  por  bol- 
ner  a  nuestra  España  deseosos  de  desengañar 
a  todos  que  se  ha  ydo  la  verdad  huyendo  de  la 
tierra:  por  lo  qnal  no  te  marauilles,  Mi^ilo,  sino 
te  la  dixo  tu  vezino  Demophon,  y  avn  si  no  la 
vieres  ni  oyeres  en  el  mundo  de  oy  más. 

MiriLO.— iO  soberano  Dios,  que  me  has 
contado  oy!  i  Que  es  posible,  gallo,  que  está 
oy  el  mundo  sin  la  verdad! 

Gallo. — Como  oyes  me  aconteció. 

MigiLO. — Por  cierto  cosa  es  de  admiración: 
y  me  parece  que  si  el  mundo  está  algún  tiempo 
ansi,  en  breue  se  destruirá  y  se  acabará  de  per- 
der. Por  tanto  supliquemos  con  lagrimas  de 
grande  affecto  a  Dios  nos  quiera  restituir  en 
tan  soberano  bien  de  que  somos  pribados  hasta 
aqui;  y  agora,  pues  es  venido  el  dia,  dexa  lo 
demás  para  el  cauto  que  se  siguirá. 

Fin  dv.l  (irrhno  octmio  canto  fiel  gallo. 


ARGUMENTO 

DEL    DBVIMO    NONO    CANTO    (*) 

Kn  <'l  décimo  nono  canto  qurt  st>  si<;ui>  r\  aurlor  trata  dil  tra- 
bajo  y  nu^iioría  que.  ay  rn  ol  i^att^o  y  «rruií-io  de  lo.<'  prin^- 
l>e*»  y  jvfiorc!»,  y  rcpr<'hondí'  a  todo"*  aiiui'llo^  que  toniendo 
alp(una  li.ibilldad  pura  alKiin  offípo  en  que  ocu])ar  %u  vida, 
sk'  prib.in  de  su  bien.'iuentuiada  lüxTlad  qu*>  n.itura1«!ia  !(••( 
(lío,  y  por  viuir  vn  \i^'io>«  y  profaniílud  s«*  ^ubjirtan  al  vniirio 
de  algún  ScHor. 

Gallo.  Mi«;ilo. 

Gallo. — Muchas  son  las  cosas,  o  ¡Mi^ilo! 
que  en  breue  te  he  narrado,  en  diuersos  estados 
de  la  vida  acontecidas.  Cay  das  y  leuantamien- 
tos,  yerros,  engaños  de  todas  las  condiciones 
de  los  hombres,  las  (juales  como  honbre  espe- 
riment^o  te  lo  he  con  palabras  trabajado  pin- 
tar, tanto  que  en  algunos  acontecimientos  te 
ha  parecido  estar  presente,  por  te  conplazer  y 
agradar,  y  por  hazer  el  trabajo  de  tu  vida  qut; 

(*)  G.,  DOBotrod  la  daaamoff. 
(')  O.,  canto  del  gnllo. 


con  tu  ilaqueza  se  pudiese  compade9er:  y  ya 
querría  que  me  di^cesses  qué  te  parece  de  quan- 
to te  he  mostrado,  quanto  sea  verdad  el  tema 
de  mi  dezir  que  tomé  por  fundamento  para  te 
probar  quanto  esté  corrompida  la  regla  y  orden 
de  vibir  en  los  honbres  y  quán  torcido  vaya 
todo  el  común.  Deseo  agora  de  ti  saber  qnál 
es  el  estado  que  en  el  mundo  te  parece  más 
contento  y  más  feliz,  y  de  dónde  se  podría  de- 
zir que  mi  thema,  fundamento  y  proposición 
tenga  menos  cabida  y  de  que  no  se  pueda  de 
todo  en  todo  verífiear.  Habla,  yo  te  mego,  tu 
parecer:  porque  si  por  fafta  de  esperíencia  te 
pareciere  a  ti  que  de  algún  estado  no  se  pueda 
con  justa  razón  dezir,  yo  trabajaré  como  bien 
esperiraentado  de  te  desengañar;  y  quiero  que 
oy  passemos  en  nuestra  conuersacion  mostrán- 
dote que  ya  en  el  nmndo  no  aya  estado  ni  lu- 
gar que  no  esté  deprabado,  y  en  que  el  honbn» 
pueda  parar  sin  peligro  y  corroto  de  su  viuir. 

MiriLO.  —  Por  cierto,  gallo,  yo  puedo  con 
gran  razón  gloríarme  de  mi  felicidad,  pues  en- 
tre todos  los  mortales  alean ctí  tenerte  a  ti  en  mi 
familiar  conuersacion,  lo  qual  tengo  por  pro- 
nostico de  mi  futura  beatitud.  No  puedo  sing 
engrandecer  tu  gran  liberalidad,  de  la  qual  has 
comigo  vsado  hasta  aqui,  y  me  admira  tu  espe- 
ríencia y  gran  saber,  y  príncipalmente  a(|uella 
eloquencia  con  que  tantas  y  tan  diuersas  cosas 
me  has  narrado;  en  tanta  manera  que  a  todas 
me  has  hecho  tan  presente  como  si  passaran 
por  mí.  He  visto  muy  bastantemente  la  verdad 
de  tu  theina  y  proposición,  en  que  propusiste 
probar  todos  los  honbres  tener  engaño  y  en 
ningún  estado  auer  rectitud.  Preguntasme  ago- 
ra te  diga  qué  dubda  o  perplegidad  aya  en  mi 
spiritu  de  que  me  puedas  satisfazer.  Qiei-ta- 
mente  te  quiero  confesar  vn  pensamiento  inv 
table  que  tune  desde  mi  juuentud:  y  avn  agora 
no  estoy  libre  del:  y  es  que  siempre  me  admi- 
ró el  estado  de  los  ríeos  y  poderosos  principes 
y  señores  del  mundo;  no  solamente  estiman- 
dolos  en  mi  coracon  a  ellos  por  bienauen tu- 
rados como  a  poseedores  y  señores  de  aquellas 
ríquezas,  aparatos  y  familias  que  poseyan  ('), 
pero  aun  me  tuuiera  por  bionauenturado  si  co- 
mo ministro  y  criado  de  alguno  de  aquellos 
mereciera  yo  frequentar  su  familiaridad,  serui- 
Cio  y  conuersacion.  Porque  aunque  no  ostu- 
uiera  yo  en  el  punto  de  la  bicuauenturanya  qn  í 
ellos  tienen  como  poseedores  y  señores,  a  lo 
menos  me  contentara  si  por  criado  y  apani- 
guado yo  pudiera  gozar  do  aquella  poca  felici- 
dad y  contento  t^ue  dan  aquellos  aparatos  y  ri- 
quezas a  solo  el  qu(i  los  ve;  y  lo  mesuio  tengo 
agora,  en  tanta  manera,  que  si  me  faltasses  a 
me  entretener  la  vida  miserable  que  padezco 

(')  G.,  poseen. 


EL  CROTALON 


239 


me  y  ría  para  allá,  principalmente  viéndome 
tan  perseguido  de  pobreza  que  me  parece  mu- 
chas yezes,  que  TÍuir  en  ella  no  es  vibir,  pero 
muy  miserable  muerte  (*),  y  me  turnia  por  muy 
contento  si  la  muerte  me  quisiesse  llenar  antes 
que  passar  en  pobreza  acá. 

Gallo, — Admirado  me  has,  ¡oMi^ilo!  quan- 
do  auiendote  mostrado  hasta  agora  tanta  diner- 
sidad  de  cosas  y  los  grandes  infortunios  que 
estén  anejos  y  como  naturales  a  todos  los  esta- 
dos de  los  honbres,  a  solo  el  de  los  ricos  tienes 
inclinada  la  afición,  a  los  quales  el  trabajo  es 
tan  natural ;  y  más  me  marauillo  quando  que- 
xandote  de  tu  estado  feli^issimo  di^es  que  por 
hnyr  de  la  pobreza  tcmias  por  bien  trocar  tu 
libertad  y  nobleza  de  señor  en  que  agora  estás 
por  la  seruidumbre  y  captiuerio  a  que  se  some- 
ten los  que  viuen  de  salario  y  merced  de  algún 
rico  señor;  yo  condeno  este  tu  deseo  y  pensa- 
miento por  el  mas  herrado  y  miserable  que  en 
el  mundo  ay,  y  ansi  confío  que  tu  mesmo  te 
juzgaras  poi  tal  quando  me  acabes  de  oyr. 
Porque  en  la  verdad  yo  en  otro  tiempo  fue 
desa  tu  opinión ,  y  por  oxpcrionciíi  lo  gusté  y 
me  subjcté  a  esa  miseria;  y  te  hago  saber,  por 
el  Criador,  que  acordarme  agora  de  lo  que  en 
aquel  estado  padecí  se  me  vienen  las  lagrimas 
a  los  ojos,  y  de  tristeza  se  me  aflixe  el  coraron, 
como  de  acordarme  (*)  de  aucrino  visto  en  vna 
muy  triste  y  profunda  cárcel,  donde  todos  los 
dias  y  noches  aherrojado  en  grandes  prisiones, 
en  lo  obscuro  y  muy  hondo  de  vna  torre,  aniar- 
rrado  de  garganta,  de  manos  y  pies  passé  en 
lagrimas  y  dolor;  ansi  aborrezco  nconlarmc  de 
aquel  tienpo  que  como  sieruo  subjete  a  señor 
mi  libertad;  ([ue  so  me  esp(>luvan  los  cabellos, 
y  me  tienblan  los  mienbros  como  si  me  acor- 
dasse  agora  de  vna  gran  tenpestad  en  que  en 
ol  golfo  de  Ingalaterra,  y  otra  que  en  el  archi- 
piélago de  Grecia  en  otro  tienpo  passé.  Quando 
me  acuerdo  de  aquella  contrariedad  de  los  vien- 
tos que  de  todas  partes  nos  herian  el  nauio, 
el  mastel  y  antena  roto  y  las  velas  echadas  al 
mar,  ya  sin  remo  ni  gouemalle  ni  jnizio  que  lo 
pudiesse  regir.  Vernos  subir  vna  vez  por  vna 
ola  que  por  una  gran  montaña  de  agua  nos 
Ucuaua  a  las  estrellas,  y  después  desyendir 
a  los  abismos,  y  fácilmente  boluernos  a  cubrir 
de  agua  otra  ola  que  venia  por  sol)re  puente  y 
plaza  del  nauio  como  si  ya  sorbido  el  caxco 
nadáramos  a  pie  por  el  mar.  ¡Hay!  que  no  lo 
puedo  dezir  sin  sospiro;  quando  me  acuerdo  ver- 
nos yr  con  toda  la  furia  que  los  vientos  nos 
podián  llenar  a  enuestir  con  el  uanio  en  vna 
muy  alta  roca  que  paremia  fuera  del  agua,  y  por 
comiseracion  de  Dios  incharse  tanto  el  mar, 


(•J  G.,  morir. 

(*)  G.,  acordarEfieme. 


que  cubierta  la  roca  de  agua  fuemos  llenados 
por  cima  en  gran  cantidad  sin  alcanzar  a  piciir 
el  nauio  en  ella.  Por  lo  qual,  ¡o  Micilo!  porque 
no  te  puedas  quexar  en  algún  tienpo  de  mi, 
que  te  fue  mal  amigo  y  consejero,  y  que  vién- 
dote inclinado  a  ese  yerro  y  opinión  no  acon- 
sejé bien  descubriéndote  el  veneno  que  en  qsU*. 
miserable  ceno  está  ascondido,  y  el  daño  que 
después  de  tragado  el  anyuelo  tiene  en  si  la 
meluca  y  bocado  que  alli  deseáis  comer.  Mas 
antes  quiero  que  teniendo  el  manxar  en  la  boca 
bomites  la  sangre  cou  el  dolor  antes  que  pren- 
diendo la  punta  en  el  paladar  miserablemente 
arroxes  la  vida  (}),  Antes  que  vengas  en  este 
peligro  te  quiero  amonestar  como  amigo,  des- 
cubriéndote la  perdición  (*)  que  en  este  nn'sc- 
rablo  estjido  de  sieruo  está  ascondido  porque 
en  ningún  tienpo  te  puedas  quexar  de  mí:  y  si 
lo  que  yo  te  dixere  no  fuere  verdad,  si  lo  pro- 
bar quisieres,  entonyes  dirás  con  justa  razón 
que  soy  el  más  fabuloso  mentiroso  que  en  el 
mundo  ay,  y  no  te  fies  otra  vez  de  mi;  y  todo 
lo  que  en  este  proposito  dixere  quiero  dezir 
principalmente  por  ti,  Micilo,  por  satisfacer  a 
tu  perplegidad;  y  despves  quiero  que  tanbien 
entiendan  por  si  todos  quantoa  en  el  mundo 
son,  los  quales  son  dotados  de  naturaleza  de 
al  gima  habilidad  para  aprender,  o  que  salvan  ya 
algún  arte  mechan ica,  la  qnul  tomada  por  offí- 
cio  cotidiano,  trabajando  a  la  contina  se  pneduu 
mantener.  O  af^uellos  que  en  alguna  manera 
se  les  comunicó  por  su  buen  natural  aljjfuna 
sciencia,  gramática,  rectorica,  o  philosophia. 
Estos  tales  merecían  ser  escupidos  y  negados 
de  su  naturaleza  si  dexando  el  exercicio  y  ocu- 
pación destas  sus  sciencias  y  artes  que  para  la 
conseruacion  de  su  bienauenturada  libertad  les 
dio,  si  repudiada  y  echada  de  si  se  lanyau  cu 
las  casas  de  los  principes  y  ricos  honbres  a  sor- 
uir  por  salarío,  precio,  xornal  y  merced.  Con 
solos  aquellos  no  quiero  al  presente  hablar  quo 
el  vulgo  llama  tnihanes,  chocarreros,  que  tie- 
nen por  officio  lisonjear  para  sacar  el  precio 
miserable.  Que  estos  tales  son  locos,  necios, 
bobos:  y  porque  sé  que  en  los  tales  ha  de  apro- 
uechar  poco  (*)  mi  amonestación  dexarlos  he, 
pues  naturaleza  los  dexó  privados  del  sumo 
bien,  que  es  de  juicio  y  razón  con  que  pudiessen 
dicemir  la  verdad,  y  ansi  pues  ella  los  dexó  por 
la  hez  y  escoria  de  los  honbres  que  crió,  no  la 
quiero  con  mi  buen  consejo  al  presente  repug- 
nar ni  contradezir,  corrrigiendo  lo  que  ella  a  pu 


(')  G.,  el  daño  qne  despucs  de  tragado  el  yeao  en  el 
anzaclo  está,  y  teniendo  la  meluca  en  la  boca  para  Va 
trabar  no  te  la  hago  echar  fuera  antes  que  prendien- 
do la  punta  en.  ta  paladar  bomites  la  sangre  y  viJa 
con  dolor. 

!*)  G.,  el  veneno. 
3)  O.,  no  ha  de  aprouechar  mi. 


a40 


OltlGEJÍES  UE  LA  NOVELA 


¡.ropositi)  formó;  j  taiibicn  porque  estos  tales 
Ki>i)  tan  inutiltís  j  tan  sin  habilidad  que  si  les 
(jiiitasscinos  por  alguna  minora  este  su  modo 
de  viitir  no  rostaua  sino  abrirles  el  sepulcro  en 
■  qntí  loa  enterrar;  y  aiisi  ellos  por  esta  causa  no 
lus  es  aljínua  culpa  ui  injuria  si  afrontados  y 
vituperados  de  sus  aeflores  sufren  sin  sentir 
ton  tal  que  les  paf^ien  su  sornal  vilissituo  y 
interés.  Viniendo  pues  ol  proposito  de  nuestra 
intitiíion,  harto  pienso  que  haré  oy,  Mi^ilo,  si 
con  mi  eloencuíin  destruyere  aquellas  fuertx's 
razones  que  tienen  a  ti  y  a  los  semejantes  se- 
cares, penierlida  y  conuenrida  vuestra  íntín- 
i'ion;  ponjue  necesariamente  lian  de  ser  de  do- 
blada eíficaíia  las  nii«>,  puet*  a  las  vuestras 
teii^o  de  eehar  (le  la  posessiou  y  fortnle?^  en 
que  estañan  scñureadan  hasta  aqui,  y  deuo 
mostrar  ser  tlaeas  y  de  ningún  valor  y  que  de 
aqui  adelaiite  no  tensáis  loa  tales  cou  qué  os 
esensar,  encubrir  y  defender.  IJiinuto  a  lo  pri- 
mero dizes  tú,  Mi^ilü,  ser  tan  brauo  enemigo  la 
pobreza  en  el  animo  generoso,  que  por  no  le 
poder  sufrir  te  quieres  acoger  a  los  palacios  y 
casos  de  los  poderosos  y  ricos  houhres,  en  cuya 
semidunbre  te  piensas  enrriiiuezer  viniendo  por 
nicn.'ed,  prefio,  y  xornal.  ;Dizes  est",MÍ9Ílo? 

Mii,'iLO.  —  Eso  digo,  gslln.  ser  ansi;  y  no 
solo  yo,  pero  qnantos  honbrcs  en  el  mmi- 
du  ny. 

Gallo. —  Por  cierto,  Mi^ilii,  ja  que  tienes 
BÍiorretida  la  pobreza  en  tanta  manera  que 
más  (juerrias  morir  que  en  ella  vibir:  jo  no 
hallo  quanto  remedio  os  sea  para  huyr  della 
lon^nros  a  la  serniditubre  del  palaeio,  ni  me  fa- 
tigaría mucho  en  persuadir  a  los  que  esa  vida 
segiiia  por  remedio  do  rnestra  nei;es¡dad  el  va- 
lor y  estima  en  que  b  pmpria  lil)ertad  so  dfiW 
teTiiT.  Pero  si  yo  veo  por  cxiH'rienvia  que  el 
palacio  no  es  a  los  tales  menesterosos  sino  como 
vil  xaraue,  o  flaca  medicina  que  «Igu»  medico 
da  al  enfermo  jwr  entretenerle  en  la  vida  que- 
dando sieupre  el  fuego  y  furia  (')  de  la  enfer- 
medad en  su  vigor,  ansí  que  jo  no  jiixlré  apo- 
Lrar  vuestra  opinión  (^).  ¡  Si  sienpre  cou  el  pa- 
lavio  queda  la  pobreza,  sicnpre  la  nei;esidad  del 
rcvolir,  sienpre  la  ocasión  del  pcdiry  tomara  SÍ 
arn  en  aquel  estado  del  palacio  nada  nj  tnton- 
ce»  que  se  guarde,  ninguna  que  Robr<>,  ninguna 
que  se  rescrue,  pero  lodo  lo  que  se  da  j  que  se 
rei.ibe,  (uí/o  es  menester  para  el  ordinario  gasto 
y  avn  sieupre  falta  j  nunca  la  necesidad  sujile 
lo  que  se  resille  ('),  por  mejor  se  deuria  tener, 
Micilo,  aueros  quedado  en  vuestra  pobreza  con 
esperanza  que  algún  dia  o»  alegrara  la  prospera 
fortuna,  que  no  auer  venido  a  estado  y  causas 


(<;  G.,  luerca. 

(')  G  ,  ;cumo  podre  jo  aprolor  vuestra  opinión? 

(')  G..  K  sople. 


en  que  la  pobreza  se  conserua  y  cría,  y  avn 
augmenta  como  t«  eu  la  vida  que  por  remedio 
escogéis.  En  verdad  que  el  que  viniendo  en  ser- 
uidunbre  le  parece  bnjr  la  pobreza  no  puedo 
sino  afirmar  que  grandemente  a  si  mesmo  se 
engafia,  pues  aienpre  veo  al  tal  menesteroso 
y  miserable  y  en   necesidad  do  pedir,  y  qne 

láii.'iLO. — Ya  quiero,  gallo,  responder  por 
mf  y  por  aquellos  que  la  necesidad  los  trae  a 
este  viliir,  con  los  quales  comunicando  muchas 
vezes  con  mucho  gusto  y  plnzer  me  solían  de- 
zÍT  los  fundamentos  y  razones  con  que  apoys- 
uan  y  defendian  su  opinión,  que  a  muchos  oy 
dezir  que  seguían  aquella  vida  del  palacio  por- 
que a  lo  menos  en  ella  no  se  temia  la  pobreza, 
pues  que  conforme  a  la  costumbre  de  otros  mu- 
chos lionbres  trabajauan  auer  su  cotidiano 
niautcnimieoto  de  su  industria  y  natural  solici- 
tud, porque  ya  venidos  a  la  vejez,  quando  las 
fuercas  faltan  por  flaqueza  o  enfermedad,  espe- 
ran tener  alli  en  qné  se  poder  mantener. 

Gallo. — Pues  veamos  agora  si  esos  dizen  la 
verdad.  Mas  ñutes  me  parece  que  con  mucho 
mayor  trabajo  ganan  esos  tales  el  mantenimien- 
to que  quaiitos  en  el  mundo  son.  Porque  loque 
alli  se  gana  bnsc  de  alcancar  con  ruegos;  lo  qnal 
es  mas  caro  que  todo  el  trabajo,  sudor  v  precio 
conque  en  el  mundo  se  pueda  comprar.  Qoanto 
más  que  avn  quieren  los  señores  que  se  trabaje 
y  .'(■  sude  el  salario;  y  de  eada  dia  se  les  aug- 
mentan dos  mil  negocios  y  (>cupaciones  (')  pars 
el  cunplimiento  do  las  (')  quales  no  basta  al 
lionbre  la  natural  salud  y  buena  dispusil^io^ 
paro  los  acabar  (');  por  loqual  es  necesario  ve- 
nir a  enfermedad  y  flaqueza  j  cuando  los  seño- 
res (*)  eienti>n  a  sus  criados  que  par  su  iudis- 
pusivion  no  los  puctlen  seruir  y  abastar  a  sus 
negocios  los  despiden  de  su  seruicio,  casa  7  fa- 
milia (').  Uo  manera  que  cUramenti'  ves  ser 
ongafiados  por  esa  razón,  pues  les  acarreó  el 
palacio  más  miseria,  enfermedad  y  trabajo,  lle- 
uanan  (•)  quando  a  él  fueron. 

Mn;iLO. — Pues  dimc  agora /«,  gallcí;  jim»  no 
te  parece  que  U>s  miseros  como  yo  sin  culpa  po- 
drían elegir  y  seguir  aquella  vi<Ía  por  gozar  (si- 
quiera) de  aquel  dclcyte  y  contentamiento  que 
da  vibir  en  aquellas  anchas  y  espaciosas  casas, 
babítacion  y  morada  de  los  diodos  y  de  sola  per- 
sona real?  enhastiados  7  mohínos  destas  nues- 
tras niiserabli's  y  aliumadas  choi.'as  que  más  son 
pozilgas  de  puercos  que  casas  y  habitación  de 

l'j  G.,filoyto*. 

l'l  G  ,  pud«r  mi  ¡citar. 
l')G.,ío.iÍeMcii. 
O  fJ,,  y  casa, 

i')  G.,  trabajo,  y  por  el  coiiii guíente  mú  mUcria  v 
«nfermedad  qne  licúan. 


EL  CHOTA LON 


241 


hoobree;  j  ansi  nioiiidos  (')  «ometcrDOa  a  bu 
■ernifio,  STnque  no  se  t;ozc  b11¡  de  más  (¡ue  de 
la  Tiata  de  aquellos  maratiillosos  tesoros  que 
estaD  eu  aquellos  Buntuosoe  aparadores  de 
oro  (*)  ydc  plata,  ba^illas  y  tapetes  y  otras  ad- 
min^fes  riquesas  que  entretienen  al  bonbre 
con  sola  la  vista  en  delejte  j  con tenti miento, 
j  avn  comiendo  j  beiiiendo  en  ellos,  casi  en  es- 
peranfa  de  los  comer  y  tragar? 

Gallo.  —  Esto  ee,  Mi^ilo,  lo  verdadero  que 
primero  se  ania  de  dczir,  que  es  causa  principal 
que  muene  a  los  semejantes  honbrcs  a  trocar 
riu  libertad  por  scruiduuibrc,  que  es  la  cobdifia 
y  ambición  de  solo  gustar  y  ver  las  cosas  pro- 
tanaa,  demasiadas  y  superfliias;  y  no  el  ir  a 
Tusoar  (como  primero  deziades)  lo  necesario  y 
L'ünueniente  a  vuestra  miseria  (*),  pues  eso  me- 
jor 80  halla  (')  en  vuestras  chocos  y  pobres  (') 
easaa  auoqnc  vacias  (*)  de  tesoro,  pero  ricas  pi>r 
libertad,  y  esas  esperanzas  que  dezis  que  pro- 
meten loa  seflores  con  la  conuersa^ion  de  su 
generosidad,  digo  que  son  esperanzas  vanas,  y 
de  semejante  condifion  tgue  las  promesas  con 
que  el  amante  mancebo  entretiene  a  su  amiga, 
que  nunca  le  Falta  vns  esperanza  que  la  dar  de 
algnn  suceso,  o  herencia  que  le  ha  de  venir, 
porque  la  vanidad  de  su  amor,  no  piensa  po- 
derla conseruar  sino  con  la  vana  esperanza  de 
que  algún  tienpo  (^)  ha  de  tener  grandes  te- 
soros que  la  dar,  y  ansi  ambos  dos  confiados  de 
aquella  vanidad  llegan  a  la  vejez  mantenidos 
de  solo  el  deleyte  que  aquella  vana  esperanza 
les  dio,  abiertas  las  bocas  hasta  el  morir,  y  se 
tienen  ostoa  por  muy  satiafeclios  porque  goza- 
ron de  vn  contentamiento  que  les  entretubo  el 
viuir,  avnque  con  trabajo  y  miseria.  Desta  ma- 
nera se  on  los  que  viben  en  el  palacio,  y  avn  es 
de  mejor  condición  la  esperanza  destos  miseros 
amantes  que  la  de  que  se  sustentan  los  que  vi- 
nen  d<!  salario  y  mcrc«d,  porque  aquellos  per- 
nwne^n  en  su  señorío  y  libertad,  y  estos 
no.  Son  como  los  compafieros  de  Ulixes,  que 
transformados  por  (ijr^^a  en  puercos  rebol- 
candose  en  el  sufio  ^ieiio  cstimaimi)  en  mus 
gOKar  de  aquel  presente  delcyte  y  miserable 
contentamiento  que  ser  bucltos  a  su  humaui' 
natural. 

MiijiLO,— ¡Y  no  le  parece,  gallo,  que  es 

(')  G ,  dcaen  dwear  >i[uetla  viila,  pot  aoto  el  delej- 
te y  coiitsntami«nt<i  que  Jn  vibtr  en  aquellan  anchas 
y  espn^íom  caBui,  babita^-ian  ds  diosaa  j  de  rola  per- 
Mina  HBal  j  insudo*  de  aqDeItu  g^ndev  esperanva^ 
ina  prometen  aquellos  poderoso»  seiloreí  con  BU  real  J 
{(eneroaa  conaera^iou. 

(*j  G.,  por  goiar  eolamente  de  ai[uell0B  maraaillo- 
soí  tewiroH,  ap>ndorta  de  orn. 

V)  G.,  al  cDopUmieiito  de  vuestra  nei'Csidad. 

t'l  fi ,  hallara. 

I')  G-,  projña^ 

(•)  G.,  pobre». 

CJ  G..  Su. 

ORtURHIS  DI  LA  NOVKLA.-  16 


gran  Felicidad  y  cosa  do  gran  (')  estima  y  valor 
tener  a  la  contiua  comunicafiou  y  familiaridad 
con  ylnstres,  generosos  principes  y  seilOKS, 
aunque  del  palacio  no  se  sacasse  otro  bien  ni 
otro  pronecho,  ni  otro  ínteres? 

Gallo.— Ha,  ba,  ha. 

MiviLO. — ¿Y  de  qué  te  ríes,  gallo? 

Gallo. — Porque  nunca  oí  cosa  más  digna 
de  reyr.  Porque  yo  no  temía  por  cosa  más  vana 
que  comunicar  y  asistir  a]  Rey  más  principal 
que  en  el  mundo  ay,  si  otro  iuteres  no  se  sa- 
coase  de  alli:  ¿pues  no  me  seria  igual  trabajo  en 
la  vida  que  auer  de  guardar  tanto  tienpo  aqui>l 
respeto,  aquel  sosiego  y  aaíento,  miramícaü)  j 
seueridad  que  se  deue  tener  ante  la  presencia  y 
acatamiento  de  la  gran  magestad  del  Rey? 
Agora,  pues  que  emoa  tratado  de  las  causas 
que  les  traygan  a  estos  a  vibír  en  tal  estado  de 
seruidunbrc  (*),  vengamos  agora  a  tratar  los 
trabajos,  afrentas  y  injurias  que  padecen  para 
ser  por  los  seQores  elegidos  en  su  scruí^io,  y 
para  ser  preferidos  a  otros  que  están  oppnestoii 
con  el  niesmo  deseo  al  meamo  salario;  y  tanbien 
TereraoH  lo  que  padecen  en  el  profeso  de  aquella 
miseraiile  vida,  y  al  (*)  fin  on  que  acaban  ('). 
Quanto  a  lo  primero  es  necesario  que  sí  haa  de 
entrar  a  viuír  con  algún  sefior,  que  vn  día  y 
otro  vayas  y  vengas  con  gran  continuación  sn 
casa,  j  que  nunca  te  apartes  de  hus  vmbrales 
y  puerta,  aunque  t4'  tengan  por  enojoso  y  impor- 
tuno, y  aunque  con  el  rostro  y  con  el  dedo  te  lo 
den  a  ententer,  y  aunque  te  den  con  la  puerta 
en  loa  ojos  no  te  has  de  enojar,  mas  antes  has 
de  disimular,  y  comprar  con.  dineros  al  portero 
la  memoria  de  tu  (*)  nonbre,  y  que  al  llegar  a 
la  puerta  no  le  seas  importuno.  Demás  desto 
es  nes^esario  que  te  vistas  de  nueuo  con  más 
sumptuoaidad  y  costa  que  lo  sufren  tus  faerfan 
conforme  a  la  magestod  (*)  del  seflor  que  pre- 
tendes (^)  seniir.  Para  lo  qual  conuiene  qnc,  o 
vendas  tu  hacienda  ('),  o  te  empeñes  para  de- 
lante pagar  del  salario  (')  si  al  presente  no  tie- 
nes qué  vender,  y  con  esto  has  de  vestirte  del 
color  y  corte  que  sepas  que  más  vsas  o  le  aplazo 
al  BGfior  ('*)  porque  en  cosa  uingnim  no  discre- 
pes ni  passes  su  voluntad,  y  tanbien  lias  di< 
mirar  que  le  acompañes  con  gran  cordura  do 
quiera  que  fuere,  y  que  mires  ai  has  de  yr  ade- 
lanto, o  detrasi  en  que  lugar,  u  mano.  Sí  has  de 
yr  entrt;  los  priiu'ipales,  o  con  la  tndla  y  comu- 


(-'1  G..  a  U. 

(<)  Ü.,  ical«D. 

(')  1}.,  porque  ne  acuerde  do  tu. 

'.*)  G ,  dignidad. 

j'í  G..  qnevasa. 

(■)  G-,  palrimonio. 

<■)  ü.,  seroi^io. 

(-)  G.,  a  tu  amo. 


242 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Bidad  df  familia  por  hazor  pompa  y  aparato  de 
irentc;  y  con  todo  esto  has  do  sufrir  con  pa- 
74cn9Ía  uunque  passou  diucIiok  dius  siu  que  tu 
Httw  te  quiera  mirar  a  la  cara,  ni  ecliarte  de  ver, 
y  8i  alguna  vez  fuere»  tan  dichoso  que  te  qui- 
siere mirar,  si  te  llamare  y  te  dixere  qualquic- 
ra  cosa  que  él  quisiere,  o  se  le  viniere  a  la  bocii, 
enton<;'>e6  verás  te  cubrir  de  vn  gran  sudor,  y  to- 
marte vna  gran  congoja,  que  se  te  Riegan  los 
ojos  de  vna  súbita  turbayion,  principalmente 
quando  ves  loa  que  están  al  rededor  que  se  ryen 
viendo  tu  perplegidad  y  que  mudo  no  sal>e8  qué 
dezir.  En  tanta  manera  que  a  vna  cosa  que  aca- 
ho  te  pregunta  respondes  vn  gran  disparate  por 
verte  cortado,  lleno  de  em¡>acho  {}),  V  a  est^ 
enibara^  do  naturaleza  llaman  los  virtuosos 
que  delante  están  verguen9ii,  y  los  desuergon- 
^ados  lo  llaman  temor  (*)  y  los  maliciosos  dizeii 
que  es  necedad  y  poca  esperencia;  y  tú,  mise- 
rable, quando  has  salido  tan  mal  desta  pri- 
mera conuersacion  de  tu  señur  quedas  tan  mo- 
híno y  acobardado  que  de  descontento  te  al»o- 
rre^es,  y  después  de  auerte  fatigado  muchos 
dias  y  aner  passado  muchas  noches  sinjsueño 
con  cuydado  de  asentar  y  salir  con  tu  intinvion 
y  quando  ya  has  padeoid*)  mil  tormentos  y 
aflicciones,  injurias  y  afrentas,  y  no  por  alcan- 
C«r  vn  rey  no  en  posesión,  o  vna  riudad,  sino 
solamente  vn  pobre  salario  de  rinco  mil  mara- 
uetlis,  ya  que  algún  buen  hado  te  faborecio,  al 
cabo  de  nmchos  dias  vienen  a  infomiarhC  de  ti 
y  de  tu  habilidad  (•).  y  esta  rsiHTienvia  que  de 
tu  persona  (*)  se  haze  no  pienses  que  le  es  poca 
vfaneza  y  presunción  al  (')  s?eñor,  porque  le  va 
gran  gloria  quererse  scruir  i^')  do  honbres  cuer- 
dos y  habik'S  (')  para  (lualquiera  i-osa  que  se 
le»  i*ucomiende;  y  avn  to  has  dv  aparejar  que 
han  de  liazer  examen  y  iiilorniavion  de  tu  vida 
yco^tunbres.  ¡O  desuenturado  de  ti!  que  congo- 
jas te  toman  quando  piensas  si  por  malicia  de 
vn  ruyn  vezino  que  quiera  informar  de  ti  vna 
riiyn  cosa,  o  que  quando  moco  passó  por  ti  al- 
guna liuiana  flaqueza,  y  p«»r  no  te  ver  auenta- 
jado,  |K)r  tener  enuidia  de  tus  padres,  o  linaje 
informa  mal  de  ti,  por  lo  qmil  <'Stás  en  ventura 
de  ior  desechado  y  excluido;  y  tanbien  eonio 
acaso  tengas  algún  opOf?itor  que  pretenda  lo 
que  tú  y  te  contradiga,  es  necesario  que  con 
toda  su  diligencia  rodee  toda  a  las  cabás  y  nmros 
por  donde  pueda  contnmiinar  y  abatir  tu  forta- 

(')  (t  ,  que  to  acontece  que  preguntándote  el  señor 
que  hombre  f ne  el  rey  Tholomeo.  rcs|H)ntlas  tu  que  fue 
nerraano  y  marido  do  Clopatra:  o  otra  comí  que  va 
inay  Icxoh  de  la  intincion  de  tu  ««efior. 

{h  G.,  dizen  qno  en  temor. 

('   G.,  de  tu  habilidad,  |>ersoiia  y  linaje. 

i*)  G ,  y  c»ta  pesquÍMi  que  de  ti.* 

(•)  G.,  a  tu. 

!■)  G.,  que  dígAn  que  se  sirue. 
')  G.,  sabios  y  cuerdos. 


lesa.  Este  tal  ha  de  examinarte  la  vida  y  dee- 
cubrirte  lo  que  esté  muy  oculto  y  enterrado  por 
la  antigüedad  del  tienpo  (*)  y  sabida  alguna 
falta,  o  miseria,  lia  de  procurar  con  toda  su 
industria  porque  el  Seilor  lo  sepa.  Que  ten^o 
por  mayor  el  daño  que  resulta  en  tu  persona 
sabor  el  señor  tu  falta  verdadera,  o  impuesta, 
que  lio  el  prouccho  que  podra  resultar  de  ser- 
uirse  de  ti  todos  los  ¿Lias  de  su  vida.  Considera 
¡o  Micilo!  al  pobre  ya  viejo  y  barbado  traerle 
on  examen  $v  cordura ^  su  linaje^  costunbreít  jf 
ser;  de  lo  que  ha  estudiado,  qué  sabe,  qué  lia 
aprendido:  y  si  cstaua  en  opinión  de  sabio  hasta 
agora,  y  con  ello  cunplía,  agora  lia  de  mostrar 
lo  que  tiene  verdadero.  Agora,  pues,  pongamos 
que  todo  te  suceda  bien  y  conforme  a  tu  volun- 
tiid.  Mostraste  tu  discreción  y  habilidad  (')  y 
tus  amigos,  vezinos  y  parientes  todos  te  fabo- 
recieron  y  informaron  de  ti  bien.  El  señor  te 
recibió:  la  muger  te  aceptó;  y  al  mayordomo 
despensero  y  oficiales  y  a  toda  la  casa  plugo 
con  tu  venida.  En  fin  venciste.  ¡O  bienauentu- 
rado  vencedor  (')  de  vna  gran  Vitoria!:  mere- 
C-cs  ser  coronado  como  a  trihnnfador  de  \nñ 
antigua  Olinpia  (*),  o  que  por  ti  se  ganó  el 
royno  de  Ñapóles  o  pusiste  sobre  el  muro  la 
vandera  en  la  Goleta.  Razón  es  que  rec¡l>as 
el  premio  y  corona  igual  á  tus  méritos,  traba- 
jos y  fatigas.  Que  de  aqui  adelante  víbas  des- 
cansado, comas  y  bebas  sin  trabajo  de  la  abun- 
dancia del  señor,  y  como  suelen  dezir,  de  oy 
más  duermas  a  pierna  tendida.  Mas  ante  todo 
esto  es  al  renes.  Porque  de  oy  más  no  has  de 
sosegar  a  comer  ni  a  Iníber.  No  te  ha  de  va>;ar, 
dormir  ni  pensar  vn  momento  con  ocio  en  tu> 
proprias  miserias  (')  y  necesidades;  porque 
sienpre  has  de  asistir  a  tu  señor,  a  tu  señora, 
hijos  y  familia.  Sienpre  despierto,  sienpre  con 
cuydado,  sienpre  solicito  de  agradar  niás  a  tu 
señor,  y  quando  todo  esto  huuieres  heeho  i'oii 
gran  cuydado,  trabajo  y  solicitud  te  ptxlrá  dezir 
tu  señor  que  heziste  lo  que  eras  obligado,  que 
para  esto  te  eogií»  por  su  salario  y  merced,  por- 
que si  mal  siruieras»  te  despidiera  y  no  te  jva- 
gara,  porque  él  no  te  cogió  para  holgar.  En  íin 
mil  cuydados,  trabajos  y  pasiones,  desgraciüN 
y  mohinab  te  suei'deran  de  cada  dia  en  estii 
vida  de  palacio;  las  ((uales  no  solamente  ii>» 
podra  sufrir  vn  libre  y  generoso  corayon  exer- 
Citado  en  vna  (•*)  virtuosa  oeupjvcion,  o  estudio 
de  buenas  letras,  pero  aun  no  es  de  sufrir  d<' 
alguno  que  por  pereza,  cobdicia  y  anib¡v¡oii 
desee  comunicar  «quidlas  grandeca-s  y  sunij;- 

Í*)  G.,  ocnlto  y  Honoliento. 
')  G.,  tu  8al>er,  cordura  y  discreción. 
^)  G.,  trihuníador. 

(*)  G.,  merecefl,  no  de  roble  o  arrayan  como  Ick  otros 
on  la  Olimpia. 

(•)   G.,  COMA. 

(*)  G.,  al^^una. 


EL  CROTALON 


243 


tuosidades  agenas  que  de  si  no  le  dan  algún 
otro  ínteres  más  qae  (})  verlas  con  admiración 
siu  poderlas  poseer.  Agora  qaicro  que  conside- 
res la  manera  que  tienen  estos  señores  para 
señalar  el  salario  que  te  han  de  dar  en  cada  m 
año  por  tu  semi^io.  £1  procura  que  sea  a  tienpo 
7  a  coyuntura  y  con  palabras  y  maneras  qne 
sean  tan  poco  que  si  puede  casi  le  simas  de 
ralde,  y  pasa  ansi  que  ya  después  de  algunos 
días  que  te  tiene  asegurado  y  que  a  todos  tus 
parientes  y  amigos  y  a  todo  el  pueblo  has  dado 
a  entender  que  le  sirues  ya,  quando  ya  siente 
que  te  tiene  metido  en  la  red  y  muestras  estar 
contento  y  Imfano  y  que  precias  de  le  seruir, 
vn  día  señalado,  después  de  comer  hazete  llamar 
delante  de  (')  su  muger  y  de  algunos  amigos 
¡goales  a  él  en  edad,  auarÍ9Ía  y  condición,  y  es- 
tando sentado  en  su  (')  silla  como  en  teatro,  o 
tribunal,  limpiándose  con  yna  paja  los  dientes 
hablando  con  gran  grauedad  y  seueridad  te 
comienza  a  dezir.  Bien  has  entendido,  amigo 
mió,  la  buena  voluntad  que  emos  tenido  a  tu 
persona,  pues  teniéndote  rc8i)eto  te  preferimos 
en  nuestra  compañia  y  seruiQio  a  otros  muchos 
qne  se  nos  ofrecieron  y  pudiéramos  re^^bir. 
Desto,  pues,  has  yisto  por  espcriencia  la  verdad 
no  es  menester  agora  referirlo  aqui,  y  ansi  por 
el  semejante  tienes  visto  el  tratamiento,  orden 
y  ventajas  que  en  estos  dias  has  tenido  en 
nuestra  casa  y  familiaridad.  Agora,  pues,  resta 
que  tengas  cuenta  con  nuestra  llaneza,  poco 
fausto,  que  conforme  a  la  pobreza  de  nuestra 
renta  vinimos  recogidos,  humildes  como  ciuda- 
danos en  ordinario  común.  De  la  niesma  ma- 
nera querría  que  subjctasses  el  entendimiento 
a  vinir  con  la  mesma  humildad,  y  te  conten- 
tftsses  con  aquello  poco  que  por  ti  podemos 
hazer  del  salario  común  (*),  teniendo  antetí  res- 
peto al  contentamiento  que  tu  persona  terna  de 
seruirme  a  mi,  por  (')  nuestra  buena  condición, 
trato  y  familiaridad;  y  también  con  las  merce- 
des, prouechos  y  fabores  que  andando  el  tienpo 
t<e  podemos  hazer.  Pero  razón  es  que  se  te 
señale  alguna  cantidad  de  salario  y  merced,  y 
quiero  que  sea  lo  que  te  pareciere  a  ti.  Di  lo 
que  te  parecerá,  porque  por  poco  no  te  querria 
desgraciar.  Esto  todo  que  tu  señor  te  ha  dicho 
te  parece  tan  gran  llaneza  y  fabor  que  de  valde 
estás  por  le  semir,  y  ansi  enmudeces  vista  su 
liberalidad;  y  porque  no  ve  que  no  quieres  dezir 
tu  parecer  soys  concertados  que  lo  mande  vno 
de  aquellos  que  están  allí  viojos,  auarientos, 
semejantes  y  criados  de  la  mocedad  con  él. 
Luego  el  tercero  te  comienoa  a  encarecer  la 

(M  G.,de. 

(»)  G.,  ante. 

I')  G^  magran. 

(*)  G.,  qaanto  a  grandei  aalaríod . 

í»)  G.,  con. 


buena  fortuna  que  has  anido  en  alcancar  a 
seruir  tan  valeroso  señor.  £1  qnal  por  sus  mé- 
ritos y  generosidad  todos  quantoa  en  la  cindad 
ay  le  desean  seruir  y  tú  te  puedes  tener  por 
glorioso,  pues  todos  quedan  enuidiosos  (')  de- 
seando tu  mesmo  bien;  avnque  (^)  los  fabore» 
y  mercedes  que  te  puede  cada  dia  hazer  son 
bastantes  para  pagar  qualquiera  soruício  sin 
alguna  comparación,  porque  parezca  que  so  co- 
lor y  titulo  del  salario  te  pueda  (3)  mandar,  re- 
cibe agora  cinco  mil  maravedís  en  cada  vn  año 
con  tu  ración ;  y  no  hagas  caudal  desto  que  en 
señal  de  aceptarte  por  criado  te  lo  da  para  vnas 
calcas  y  vn  jul>on,  con  protestación  que  no  parará 
aqui,  porque  más  te  recibe  a  titulo  de  merced, 
debajo  del  qual  te  espera  pagar;  y  tú  confuso 
sin  poder  hablar  lo  dexas  ansi,  arrepentido  mil 
vezes  de  auer  venido  a  le  seruir,  pues  pensaste 
a  tnieque  de  tu  liberdad  remediar  con  vn  razo- 
nable salario  todu  tu  pobreza  y  necesidades  con 
las  quales  te  quedas  como  hasta  aqui,  y  avn  te 
ves  en  peligro  que  te  salgan  más.  Sy  dizes  que 
te  den  más,  no  te  aprouechará  y  dezirte  han  que 
tienes  ojo  a  solo  el  interés  y  que  no  tienes  con« 
fíanca  ni  respeto  al  señor;  y  avnque  ves  claro  tu 
daño  no  te  atreues  (^)  despedir,  porque  todos 
dirán  que  no  tienes  sosiego  ni  eres  para  seruir 
vn  señor  ni  para  le  sufrir;  y  si  dixeres  el  poco 
salario  que  te  daua,  injuriaste,  porque  dirán  que 
no  tenias  méritos  para  más.  Mira  batalla  tan  mi- 
serable y  tan  infeliz.  ¿Qne  harás?  Necesitaste  a 
mayor  necesidad;  pues  por  fuerca  has  de  seruir 
confiado  solo  de  la  vana  esperanca  de  merced,  y 
la  mayor  es  la  que  piensa  la  que  te  hazc  en  se 
seruir  de  ti,  portjue  todos  estos  señores  tienen 
por  el  principal  articulo  de  su  fe,  que  los  hizo 
tan  valerosos  su  naturaleza,  tan  altos,  de  tanta 
manificencia  y  generosidad  que  el  soberano 
poder  afirman  tenérsele  (')  vsurpado.  £s  tanta 
su  presunción  que  les  parece  que  para  solos  ellos 
y  para  sus  hijos  y  descendientes  es  poco  lo  que 
en  el  mundo  ay,  y  que  todos  los  otros  honbres 
que  en  ol  mundo  viben  son  estiércol,  y  que  les 
basta  solü  pan  que  tengan  qué  comer,  y  el  sol 
que  los  quiera  alunbrar,  y  la  tierra  que  los 
quiera  tener  sobre  sí;  y  teniendo  ellos  diez  y 
veynte  (")  cuentos  do  renta  y  más,  no  les  pa- 
rece vn  niarauedi:  y  si  liablan  de  vn  clérigo 
que  tiene  vn  benefficio  que  le  renta  cien  duca- 
dos, o  mil,  santiguansp  con  admiración:  y  pre- 
guntan a  quien  se  lo  dize  si  aquel  benefficio 
tiene  pie  de  altar;  que  puede  valer;  y  muy  de 
veras  tienen  por  opinión  que  para  ellos  solos 

(*)  O.,  ¡DaidiofloR. 

(*)  G.,  puefl. 

('•)  G.,  puede. 

(*j  (j.,  o«a«. 

(•)  G.,  lea  tienen. 

(•)  G.,  (/inquenta. 


244 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


hizo  naturaleza  el  feysan,  el  francolín,  el  abu- 
tarda,  gallina  j  perdiz  y  todas  las  otras  aues 
pre9Íada8,  j  tienen  muy  por  cierto  que  todo 
hombre  es  indigno  de  lo  comer.  Es,  en  concln- 
sion,  tanta  su  (})  soberuia  y  anibÍ9Íon  destos 
que  tienen  por  muy  aueriguado  que  todo  hon- 
bre  les  deue  a  ellos  salario  por  quererse  dellos 
seruir;  ya  que  has  visto  como  eligen  los  hom- 
bres a  su  proposito,  oye  agora  cómo  se  lian 
contigo  en  el  discurso  de  tu  serui^io.  Todas 
sus  promesas  Tcrás  al  renes,  porque  luego  se 
Tan  hartando  y  enhadando  de  ti,  y  te  van 
mostrando  con  su  desgracia  y  desabrimiento  ' 
que  no  te  quieren  ver,  y  procuran  dArtelo  a  en- 
tender en  el  mirar 'y  hablar  y  en  todo  el  trata- 
miento de  tu  persona.  Dizen  que  vcniste  tarde 
al  palacio  y  que  no  sabes  seruir  y  que  no  ay 
otro  hombre  del  palacio  sino  el  qnc  vino  a  él 
de  su  niñez.  Si  tiene  la  mujer  o  hija  mo^a  y 
herniosa,  y  tú  eres  mo<;o  y  gentil  hombre  tiene 
de  ti  zelos,  y  vibe  sobre  aniso  recatándose  de 
ti:  miratc  a  las  manos,  a  los  ojos,  a  los  pies. 
Mandan  al  mayordomo  que  te  diga  vn  dia  que 
no  entres  en  la  sala  y  comunicación  del  señor, 
y  otro  dia  te  diV.e  que  ya  no  comas  en  la  mesa 
de  arriba,  que  te  bajes  abajo  al  tinelo  a  comer, 
y  si  porfías  por  no  te  injuriar  mandan  al  paje 
que  no  te  dé  silla  en  que  te  asientes,  y  tu  tra- 
gas destas  injurias  dos  mil  por  no  dar  al  vulgo 
mala  opinión  de  ti.  ¡Quanta  mohina  y  pesa- 
dumbre recibes  en  verte  ansi  tratar!  y  ves  la 
nobleza  de  tu  libertad  trocada  por  vn  vil  sala- 
rio y  merced.  Verte  llamar  cada  hora  criado  y 
sieruo  de  tu  señor.  I  Qué  sentirá  tu  alma  quando 
te  vieres  tratar  como  a  más  vil  esclauo  que 
dineros  costo?  Que  criado  y  sioruo  te  han  de 
llamar;  y  no  te  puedes  consolar  con  otra  cosa 
sino  con  que  no  naciste  esclauo,  y  que  cada  dia 
te  puedes  libertar  si  quisieres,  sino  que  no  lo 
osas  hazcr  porque  ya  elegiste*  por  vida  el  seruir, 
y  quando  ya  el  mundo  y  tu  mal  hado  te  ven 
ya  desabrido  y  medio  deses{>eradu,  o  por  ma- 
nera de  piedad,  o  por  te  entretener  y  prendarte 
para  mayor  dolor,  date  vn  ^^vo  muy  delicado, 
vna  dieta  cordial  como  a  honbre  que  está  para 
morir,  y  sucede  que  se  van  los  señores  vn  dia 
a  holgar  a  vna  huerta,  o  romeria,  mandan  apa- 
rejar la  litera  en  que  vaya  la  señora  y  anisan 
a  toda  la  gente  que  esté  a  punto,  que  han  todos 
de  caualgar;  t/  quando  está  a  cauallo  el  señor 
y  la  señora  está  en  la  litera,  mándate  la  señora 
a  gran  priesa  llamar.  ¿Que  sentirá  tu  alma 
quando  llega  el  paje  con  aquel  fabor?  Estás  en 
tu  cauallo  enjaezado  a  toda  gallardía  y  cortesa- 
nía, y  luego  partes  con  vna  braua  furia  por  ver 
tu  señora  qué  te  quiere  mandar  (*).   V  ella 


(M  (».,  la. 

{')  G.,  que  te  manda  tu  señora. 


haziendose  toda  pedayos  de  delicadeza  y  ma- 
gestad  te  comieuca  a  dezir:  Mi^ilo,  ven  acá; 
mira  que  me  hagas  vna  gracia,  vn  soberano 
seniicio  y  plazer.  Haslo  de  hazer  con  buena 
voluntad,  porqne  tengo  entendido  de  tu  buena 
diligencia  y  buena  inclinayion  que  a  ti  solo 
puedo  encomendar  vna  cosa  tan  amada  de  mi  ('), 
y  de  ti  solo  se  puede  fiar.  Bien  has  visto  qnanto 
yo  amo  a  la  mi  armenica  pernea  graciosa;  está 
la  miserable  preñada  y  muy  cercana  al  parto, 
por  lo  qual  no  podre  sufrir  que  ella  se  quede 
acá.  No  la  oso  fíar  (^)  destos  mal  comedidos 
criados  que  avn  de  mí  persona"  no  tienen  cuy- 
dado,  quanto  menos  se  presume  que  teman  de 
la. perrilla,  avnque  saben  que  la  amo  como  a 
mí.  Ruegote  mucho  que  la  traigas  en  tus  manos 
delante  de  ti  con  el  mayor  sosiego  que  el  caua- 
llo pudieres  llenar,  porque  la  cuytada  no  reciba 
algún  daño  en  su  preñez;  y  luego  el  buen  Mi- 
cilo  recibe  la  perrilla  encomendada  a  su  cargo 
de  llenar,  porque  casi  Uoraua  su  señora  por  se 
la  encomendar,  que  nunca  a  las  tales  se  les 
ofrece  fabor  que  suba  de  aquí.  ¡Qué  cosa  tan 
de  reyr  será  ver  vn  escudero  gallardo,  gracioso, 
o  a  vn  honbre  honrrado  de  barba  larga  y  gra- 
uodad  llenar  por  medio  de  la  ciudad  vna  perrica 
miserable  delante  de  si,  que  le  ha  de  mear  y 
ensuciar  sin  echarlo  él  de  veri  y  con  todo  esto 
quando  se  apean  y  la  señora  demanda  su  arme- 
nica  no  le  faltará  alguna  liuiana  desgracia  qut' 
te  poner  por  no  te  agradecer  el  trabajo  y  afrenta 
que  por  ella  pasaste.  Dime  agora,  Micilo,  ¿quál 
hombre  ay  en  el  mundo  por  desuenturado  y 
miserable  que  sea,  que  por  ningún  ínteres  de 
riqueza  ni  tesoro  que  se  le  prometa,  ni  por 
gozar  de  grandes  deíeytes  que  a  su  imaginación 
se  le  antojen  auer  en  la  vida  del  palacio,  true- 
que la  libertad,  bien  tan  nunca  bastantemente 
estimado  de  los  sabios,  que  dizen  que  no  ay 
tesoro  con  que  se  pueda  comparar;  y  viban  en 
estos  trabajos,  vanidades,  vurlerias  y  verdade- 
ras niñerias  del  umndo  en  seruídumbre  y  cap- 
tiuerio  miserable?  ¿Quál  será,  si  de  seso  total- 
mente no  está  pribado,  y  mira  sienpre  con  ojos 
de  alinde  las  cosas,  con  que  todas  se  las  hazen 
muy  niavores  sin  comparación?  ¿Quién  es  aquel 
que  teniendo  algún  offício,  o  arte  mecainca, 
avnque  sea  de  vn  pobre  capatero  como  tú,  que 
no  quiera  más  con  su  natural  y  propría  libertad 
con  que  nació  ser  señor  y  quitar  y  poner  en  su 
casa  conforme  a  su  voluntad,  dormir,  comer, 
trabajar  y  holgar  quando  querrá,  antes  que  a 
voluntad  agena  viuir  y  obedecer? 

Mi^iLO.  —  Por  cierto,  gallo,  conuencido  me 
tienes  a  tu  opinión  por  la  efficacia  de  tu  per- 
suadir, y  ansi  digo  de  hoy  más  (fue  quiero  más 


(M  G.,  que  yo  tanto  amo. 
(•)  (f .,  confiar. 


EL  CROTALON 


245 


vibtr  en  mí  pobreza  con  libertad  que  en  los  tra- 
bajos y  miserias  del  agcno  6era¡9Ío  viuir  por 
mer9ed.  Pero  parece  que  aquellos  solos  serán 
de  escusar,  a  los  quales  la  naturaleza  puso  ya 
en  edad  razonable  y  no  les  dio  offípio  en  que  se 
ocupar  para  se  mantener.  Estos  tales  no  parece 
que  serán  dignos  de  reprehensión  si  por  no  pa- 
de<;er  pobreza  y  miseria  quieren  seruir. 

GrALLO.  —  MÍ9ÍI0,  engañaste;  porque  esos 
muchos  más  son  dignos  de  reprehensión,  pues 
naturaleza  dio  a  los  honbres  muchas  artí'S  y 
offí^ios  en  que  se  puedan  (K'upar,  y  a  ninguno 
dexó  naturaleza  sin  habilidad  para  los  poder 
aprender;  y  por  sn  oyio,  negligenvia  y  vi^io 
quedan  torpes  y  necios  y  indignos  de  gozar  del 
t«soro  inestimable  de  la  libertad;  del  qual  creo 
que  naturaleza  en  pena  de  su  negligencia  los 
privó;  y  ansi  merecen  ser  con  vn  garrote  viva- 
mente castigados  como  menospreciadores  del 
soberano  bien.  Pues  mira  agora,  Micilo,  sobre 
todo,  el  fin  que  lo»  tales  han.  Que  quando  han 
consumido  y  empleado  en  esta  suez  y  vil  trato 
la  flor  de  su  edad,  ya  qup  están  casi  en  la 
vejez,  quando  so  les  ha  de  dar  algún  galardón, 
quando  parece  que  han  de  descansar,  que  tie- 
nen ya  los  miembros  por  el  seruicio  contino  in- 
hábiles para  el  trabajo;  quando  tienen  obliga- 
dos a  sus  señores  a  alguna  merced,  no  les  falta 
vna  brizna,  vna  miserable  ocasión  para  le  des- 
pegar de  8^.  Dize  que  por  tenor  grande  edad  le 
perdió  el  respeto  que  le  deuiu  como  a  señor.  O 
que  le  trata  mal  sus  hijos;  o  que  quiere  mandar 
más  que  él ;  y  si  eres  mo^o  leuantate  que  te  le 
quieres  echar  con  la  hija,  o  con  la  muger;  o 
que  te  hallaron  hablando  con  vna  donzella  de 
casa  en  vn  rincón.  De  manera  que  nunca  les 
falta  con  que  inPanie  y  miserablemente  los 
echar,  y  avn  sin  el  salario  que  siruio,  y  donde 
pensó  ^1  desuenturado  del  sieruo  que  auia 
proueydo  a  la  pobreza  y  necesidad  en  que  pu- 
diera venir  se  ofreció  de  su  voluntad  a  la  causa 
y  ocasión  de  muy  mayor,  pues  echado  de  aque- 
llas agenas  casas  viene  foryado  al  hospital.  AUi 
viejos  los  tales  y  enfermos  y  miserables  los  dan 
de  comer  y  beber  y  sepoltura  por  limosna  y 
amor  de  Dios.  Resta  agora,  Micilo,  que  quie- 
ras considerar  como  cuerdo  y  anisado  animo 
todo  lo  que  te  he  representado  aqui,  porque 
todo  lo  esperimenté  y  passó  por  mi.  No  cenes 
ni  engañes  tu  entendimiento  con  la  vanidad  de 
las  cosas  desta  vida,  que  fácilmente  suelen  en- 
gañar, y  mira  bien  que  Dios  y  naturaleza  a 
todos  crian  y  producen  con  habilidad  y  estado 
de  poder  gozar  de  lo  bueno  que  ella  crió,  si  por 
nuestro  apetito,  ocio  y  miseria  no  lo  venimos  a 
perder,  y  de  aqui  adelante  conténtate  con  el 
e«tado  que  tienes,  que  no  es  <:iOTto  digno  de 
menospreciar. 

Mií;ilo.  —  ¡  O  gallo  bienauenturado  I  que 


bienauenturado  me  has  hecho  oy,  pues  me  has 
anisado  de  tan  gran  bien;  yo  te  prometo  nunca 
serte  ingrato  a  beneffício  de  tanto  valor.  Solo  te 
niego  no  me  quieras  desamparar  que  no  podre 
viuir  sin  ti;  y  porque  es  venido  el  día  huelga, 
que  quiero  abrir  la  tienda  por  vender  algún  par 
de  c^p&tos  de  que  nos  pod  tmos  mantener  oy. 

Fin  del  derimo  nono  canto  del  gallo. 


ARGUMENTO 

DEL    VIGBSSIMO    Y    VLTIMO    CANTO 

En  e»l(.>  viffnsüimo  canto  el  auclor  re pre'^nla  a  Dt'mophon,  «J  qoal 
viniendo  vn  día  a  ca!«a  dr  Micilo  >u  vpxino  a  Ir?  vítitar  1^  haliA 
triste  y  ailigido  por  la  muerte  de  *\i  gallo,  >  procuran :1o  dc- 
xarlc  consolado  se  vuelue  a  su  ca<«3. 

1)£MOPHOK.   MlrlLO. 

Dbmophon.  —  jO  Mícilo!  vezino  y  amigo 
mío,  ¿qué  es  la  causa  que  ansí  te  tiene  ator- 
mentado por  cuydado  y  miserable  aconteci- 
miento? veote  triste,  flaco,  amarillo  con  repre- 
sentación de  philosopho,  el  rostro  lanC'ado  en 
la  tierra,  pasearte  por  este  lugar  obscuro  dexado 
tu  contino  ofücio  de  capateria  en  que  tan  a  la 
contina  te  solías  ocupar  con  eterno  trabajo, 
¿consumes  agora  el  tiempo  en  sospiros?  Núes  - 
tra  igual  edad,  vezindad  y  amistad  te  obliga  a 
fíar  de  mi  tus  tan  miserables  cuydados;  porque 
ya  que  no  esperes  de  mí  que  cunpliese  tus  faltas 
ayudarte  he  con  consejo;  y  si  todo  esto  no  es- 
timares, bastarte  ha  saber  que  mitiga  mucho 
el  dolor  comunicar  la  pena,  principalmente  con- 
tándose a  quien  en  alguna  manera  por  propria 
la  sienta.  ¿Qué  es  de  tu  belleza  y  alegría,  des- 
emboltura  y  comunicación  con  que  a  todos  tus 
amigos  y  vezinos  te  solías  dar  de  noche  y  de 
día  en  cenas  y  combites  y  fuera  dellos?  ya  son 
pasados  muchos  días  que  te  veo  recogido  en 
soledad  en  tu  casa  que  ni  me  quieres  ver  ni  ha- 
blar, ni  visitar  como  solías. 

MiviLO. — ¡O  mí  Demophon!  mi  muy  caro 
hermano  y  amigo.  Solo  esto  quiero  que  como 
tal  amigo  de  mi  sepas,  que  no  sin  gran  razón 
en  mi  ay  tan  gran  muestra  de  mal.  Principal- 
mente quando  tienes  de  mí  bien  entendido  que 
no  qualquíera  cosa  haze  en  mi  tan  notable  nm- 
danca,  pues  has  visto  en  mi  auer  disimulado  en 
varios  tienpos  notables  toques  de  fortuna  y  in  • 
fortuníos  tan  graues  que  a  muy  esforcados  va- 
rones huuíeran  puesto  en  ruyna,  y  yo  con  igual 
rostro  los  he  sabido  passar.  Avnque  comun- 
mente se  suele  dezír  que  al  pobre  no  ay  infor- 
tunío,  que  aunque  esto  sea  ansi  verdad  no  de- 
xamos  de  sentir  en  nuestro  estado  humilde  lo 


246 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


qnc  al  anima  le  da  a  entender  su  nataral.  Ansí 
que  tengo  por  ^¡erto,  Demophon,  que  no  ay 
igual  dolor  de  perdida  ni  miseria  que  con  gran 
distancia  se  compare  con  el  mío. 

Dbuophok. — Mientras  más  me  le  has  enca- 
revido  más  me  has  augmentado  la  piedad  y  mi> 
seria  que  tengo  de  tu  mal;  de  donde  na^c  en 
mi  mayor  deseo  de  lo  saber.  Por  tanto  no  r(?- 
serues  en  tu  pecho  tesoro  tan  perjudicial,  que 
no  hay  peor  especie  de  auaric^ia  que  de  dolor. 
Por  9¡erto  en  poco  cargo  eres  a  naturaleza  pues 
pribandote  del  oro  y  riquezas,  de  pasiones  y 
miserias  fue  contigo  tan  liberal  que  en  abun- 
dancia te  las  comunicó.  Dime  porqué  ansi  te 
dueles,  que  no  podré  consentir  lo  passes  con 
silencio  y  disimulación. 

Mi  VILO.  —  Quiero  que  ante  todas  las  cosas 
sepas,  jo  Demophon!  que  no  es  la  que  me  fa- 
tiga falta  de  dineros  para  (jue  con  tus  tesoros 
me  ayas  de  remediar,  ni  de  salud  para  que  con 
médicos  me  la  ayas  de  restituir.  Ni  tanpoco  me 
añixo  por  mengua  que  me  hagan  las  tus  yasi- 
xas,  ni  aparatoB  y  arreos  de  tapetes  y  alhaja^ 
con  que  en  abundancia  te  sueles  seruir.  Pero 
fáltame  de  mi  casa  yn  amigo,  v.i  conpañero  de 
mis  miserias  y  trabajos  y  tan  igual  que  era  otro 
yo;  con  el  qual  poseya  yo  todos  los  tesoros  y  ri- 
quezas que  en  el  mundo  ay ;  fáltame,  en  conclu- 
sión, vua  cosa,  Demophon,  que  con  ningún 
poder  ni  fuercas  tuyas  la  puedes  suplir:  por  lo 
qual  me  escuso  de  te  la  dezir,  y  a  ti  de  la  sabor. 

Deüophon.  —No  en  vano  suelen  dezir,  que 
al  pobre  es  prí)prio  el  fih'aofar,  como  agora  tú ; 
yo  no  creo  que  has  aprendido  esa  retorica  en 
las  scuolas  de  Athenas,  con  que  agora  de  nueuo 
me  encareces  tu  dolor:  ni  sé  (|ué  maestro  has 
tenido  del  la  de  poco  acá. 

MiviLo. —  Ese  maestro  se  nio  murió,  cuya 
nniorte  es  causa  de  mi  dolor. 

Demopuon. — ¿Quien  fue?  (*). 

Mi<;iLO. — Sabrás,  amigo,  que  yo  tenia  vn 
gallo  que  por  mi  casa  andana  ostos  dias  en  con- 
pafiia  destas  mis  pocas  gallinas  qne  las  al- 
bergaua  y  recogía  y  defendia  como  verdadero 
marido  y  varón.  Sucedió  que  este  dia  de  car- 
nestolendas que  passó,  vnas  mugeres  desta 
nuestra  vezindad,  con  temeraria  libertad,  ba- 
ziendo  solamente  cuenta,  y  pareciendoles  que 
era  el  dia  priuillegiado  me  entraron  mi  casa  es- 
tando yo  ausente,  que  cautelosamente  aguar- 
daron que  fuesse  ansi,  y  tomaron  mi  gallo  y 
llenáronle  al  campo,  y  con  gran  grita  y  alarido 
lo  corrieron  arroxandosele  las  vnas  a  las  otras: 
y  como  quien  dize  ('-*),  daca  el  gallo,  toma  el 
gallo,  les  quedanan  las  plumas  en  la  mano.  En 
fin  fue  pelado  y  desnudo  de  su  adornado  y  hcr- 


(M  ü.,  es 

(')  G.j  Bnclcn  dezir. 


moso  vestido;  y  no  contentas  con  esto,  reu- 
diendosele  el  des uen turado  sin  poderles  huyr, 
confiándose  de  su  inocencia:  pensando  qne  no 
pasara  adelante  su  tiranía  y  (')  cmeldad,  sub- 
jetandoseles  con  humildad,  pensando  que  por 
esta  via  las  pudiera  conuencer  y  se  les  pudiera 
escapar,  sacaron  de  sus  estuches  cuchillos,  y  sin 
tener  respecto  alguno  a  su  inocencia  le  corta- 
ron su  dorada  y  hermosa  c^niiz,  y  de  común 
acuerdo  hicieron  cena  opulenta  del. 

Dbmophon. — Pues  ¿por  faltarte  vn  gallo  te 
afliges  tanto  que  estés  por  desesperar?  Calla 
que  yo  lo  quiero  remediar  con  embiarte  otro 
gallo  criado  en  mi  casa,  que  creo  que  hará  tanta 
ventaja  al  tuyo  quanta  haze  mi  despensa  a  la 
tuya  para  le  mantener. 

Mi<;iL0. — ¡O  Demophon.'  quánto  viaes  en- 
gañado en  pensar  que  mi  gallo  perdido  con* 
qualquiera  otro  gallo  se  podría  satisfazer. 

Demophon.  —¿Pues  qué  tenia  más? 

MiviLO. — Óyeme,  que  te  quiero  hazer  saber 
que  no  sin  causa  me  has  hallado  philosopho 
rectorico  oy. 

Dbmophon. — Dimelo. 

Mi^'iLO. — Sabrás  que  aquel  gallo  era  Pytha- 
goras  el  philosopho,  eloquentissimo  varón,  si 
le  has  oydo  dezir. 

Demophon. — Pythagoras,  muchas  vezes  le 
oy  dezir.  Pero  dime  ;cómo  quieres  que  entienda 
que  el  gallo  era  Pythagoras:  que  me  pones  en 
confusión? 

MiriLO. — Poriiue  si  oyste  dezir  de  aquel 
sapientissimo  philosopho,  también  oyrias  dezir 
de  su  opinión. 

Demophon. — ¿Quál  fue.* 

MiriLO.— Este  afinnó  que  las  animas  pas- 
sauan  de  vn  cuoi*po  a  otro.  De  manera  que 
dixo  que  niuriendo  vno  de  nosotros  luego  des- 
anparando  nuestra  alma  este  nuestro  cuerpo  en 
que  vibio  se  passa  a  otro  cuerpo  de  nueuo  a 
viuir:  y  no  sienpro  a  cuerpo  de  honbre.  Pero 
acontece  «¿ue  el  que  agora  fue  rey  passar  (*)  a 
cuerpo  de  vn  puerco,  vaca  ó  león,  como  sus 
hados  y  sureso  (•*)  lo  permiten,  sin  el  alma  lo 
poder  evitar;  y  ansi  el  alma  de  Pythagoras 
después  acá  que  nació  auía  viuido  en  diuersos 
cuerpos,  y  agora  viuia  en  el  cuerpo  de  aquel 
gallo  que  tenia  yo  aqui. 

Demophon. — Esa  manera  de  dezir  ya  la  oy 
que  la  afirmaua  él.  Pero  era  un  mentiroso, 
prestigioso  y  embaydor,  y  tanbien  como  el  era 
efficaz  en  el  persuadir  y  aquella  gente  de  su 
tienpo  era  sinple  y  ruda,  fácilmente  les  hazia 
creer  quaU[uiera  cosa  que  él  quisiisse  soñar. 

MiriLO. — (,'ierto  es  yo  ({Xia  aujsi  como  lo  de- 
zia  era  verdad. 

(M  G.,  tirana. 
{*)  (t.,  ])a88a. 
(')  G  ,  fsnsceí't^ 


EL  CROTALON 


'247 


Dbmophon.— ¿Como  ansi.' 

Mn;iLO. — Porque  en  aquel  gallo  me  liabló 
y  me  mostró  en  muchos  dias  ser  él. 

Demophon. — ¿Que  te  habló?  Cosa  me  cuen- 
tas digna.dc  admiración.  En  tanta  manera  mo 
marauillo  de  (')  lo  que  dices  por  cosa  naeua 
que  sino  huuiera  conocido  tu  bondad  j  sincera 
condívion  pensara  yo  agora  que  estañas  fuera 
de  seso  y  que  como  loco  denaneas.  O  que  te- 
niéndome en  poco  pensauas  con  semejantes 
sueños  Turlar  de  mí.  Pero  por  Dios  te  conjuro 
¡o  Miyilo!  y  por  nuestra  amistad,  la  qual  por 
ser  antigua  entre  nos  (^)  tiene  muestra  de 
deydad,  me  digas  muy  on  particular  todo  lo  que 
on  la  verdad  es. 

MiriLO.— ¡O  Demophon  I  que  sin  lagrimas 
no  te  lo  puedo  dezir,  porque  sé  yo  solo  lo  mu- 
cho que  perdi.  Auianra(í  tanto  fabore^ido  los 
hados  que  no  creo  que  en  el  mundo  haya  sido 
honbre  tan  -Feliz  como  yo.  Pero  páreseme  que 
este  fabor  fue  para  escarne^or  de  mi,  pues  me 
comunicaron  tan  gran  bien  con  tanta  breucdad, 
que  no  parece  sino  que  como  anguila  se  me 
delezno.  Solamente  me  pareye  que  entendí 
mientra  le  tune  en  le  apretar  en  el  puño  para 
le  poseer,  y  quando  pense  que  lo  tema  con  al- 
guna seguridad  se  me  fue.  Tanbien  sospecho 
que  los  hados  me  quisieron  tentar  si  cabia  on 
mí  tanto  biai,  y  por  mi  mala  suerte  no  fue  del 
morevedor;  y  porque  veas  si  tongo  razón  de  lo 
í'ucarever,  sabnis  que  en  él  tenía  yo  toda  la  con- 
solación y  bienauentnranca  qno  en  el  mundo  se 
l>odia  tener.  Con  él  pasaun  yo  mis  trabajos  de 
noche  y  fie  dia:  no  auia  cosa  que  yo  quisiesse 
sal>cr  o  auer  que  no  se  me  diesse  a  medida  de 
mi  voluntad.  El  me  mostró  la  vida  de  todos 
quantos  en  el  mundo  ay:  lo  bueno  y  malo  que 
tiene  la  vida  del  rey  y  del  ciudadano,  del  caua- 
llero,  del  mercader  y  del  labrador.  El  me  mos- 
tró quanto  en  <?/  cielo  y  el  infierno  ay,  porque 
me  mostró  a  Dios  y  todo  lo  que  gozan  los  bien- 
auenturados  allá.  En  conclusión  ¡o  Demophon! 
yo  perdi  vn  tesoro  que  ningún  poderoso  señor 
on  el  mundo  más  no  pudo  poseer. 

Demophon. — Por  cierto  tengo,  ¡o  Mi(;ilo! 
sentir  con  mucha  razón  el  gran  mal  que  te  han 
hecho  esas  mugeres  en  pribarte  de  tanto  bien, 
quando  queriendo  satisfazer  a  sus  vanos  apeti- 
tos, c^^lebrando  sus  lasciuas  y  adulteras  fiestas 
no  perdonan  cosa  dedicada  ni  roseruada  por  nin- 
gún varón,  con  tanto  que  exccuten  sii  volun- 
tad. No  miraron  que  tú  no  eras  honbre  con 
quien  tal  dia  se  suelen  festejar,  y  que  por  tu 
edad  no  entras  en  cuenta  de  los  que  celebran 
semejantes  fiestas.  Que  los  mocos  ricos  sub je- 
tos al  tirano  y  Lisriiio  {^)  anmr,  cnpleados  en 

(•)  G.,  me  admira. 
(')  G.,  nosritro.s. 
(^)  G.,  al  liuiano. 


las  contentar  no  les  pueden  negar  cosa  que 
haga  a  su  querer,  y  ansi  por  (')  los  entretener 
les  demandan  en  tales  dias  cosas  curiosas,  en 
el  cumplimiento  de  las  quales  conocen  ellas  su 
mayor  y  más  fiel  enamorado  y  seruidor;  y  ansí 
agora  dándoles  a  ent-ender  que  para  su  lacinia 
no  los  han  menester  en  el  tienpo  que  entra  (*) 
de  la  quaresma,  mostrando  gran  voluntad  de  s« 
contener  pelan  aquellos  gallos  en  lugar  de  la 
juuentud;  mostrando  menospreciar  su  gallardía 
por  ser  tienpo  santo  el  que  entra,  y  que  no  se 
quieren  dellos  en  este  tienpo  seruir;  y  ansi,  bur- 
lando dellos,  pelan  aquellos  gallos  en  su  lugar, 
dando  a  entender  que  los  tengan  en  poco,  pues 
pelados  de  toda  su  pluma  y  liazienda  en  el  tien- 
po pasado  que  les  fue  disimulado  el  luxuríar, 
ya,  recogiéndose  a  la  santidad,  los  dexan  (^) ; 
i  o  animal  tirano  y  ingrato  a  todo  bien!;  que 
en  todas  sus  obras  se  precian  mostrar  su  mala 
condición.  /  >'  no  rían  f¡ñe  tú  no  estauañ  en 
edad  para  vurlar  de  ti? 

Mi^iLO. — Y  avn  por  conocer  yo  bien  esa 
verdad  ni  me  casé,  ni  las  quise  ver;  y  am  no 
me  puedo  escapar  de  su  tiranía,  que  escripto 
me  dizen  que  está  que  no  ay  honbre  a  quien  no 
alcance  siquiem  la  sombra  de  su  veneno  y  mal- 
dición. Solamente  me  lastima  pensar  que  ya 
que  me  auian  de  herir  no  fue  de  llaga  que  se 
pudiesse  remediar.  Quitáronme  mi  consejero, 
mi  consuelo  y  mi  bien.  Avn  pluguiesse  a  Dios 
que  en  este  tienpo  tan  santo  se  recogicssen  de 
veras  y  sin  alguna  ficion  (•)  tratassen  de  veras 
la  virtud.  Ayunar,  no  beber,  ni  comer  con  tanta 
disolución,  no  se  afeytar,  ni  vestirse  tan  profa- 
namente, ni  vurlar,  ni  mofar  como  en  otro 
qualquiera  tienpo  común  (').  Pero  vemos  que 
sin  alguna  rienda  viben  el  dia  de  quaresma 
como  qualquiera  otro.  Son  sus  fiestas  las  que 
aborrece  Dio?,  porque  no  son  sino  para  le 
ofender. 

Demophon. — Por  vierto,  Aíicilo,  espantado 
estoy  de  ver  la  vurla  destas  vanas  mugeres; 
con  quantas  inuenciones  (•)  passan  su  tienpo. 
y  quantas  astucias  vsan  para  sacar  dineros  de 
sus  amantes.  Principalmente  vi\  estos  j)ueblo8 
grandes  de  villas  y  cindíides;  ponjue  estas  cosas 
ñolas  saben  los  aldeanos  C^),  ni  ha  llegado  del 
todo  la  malicia  humana  por  allá.  Por  cierto 
cosas  ay  de  gran  donayre  que  so  inuontan  en 

(*)  G.,  para. 

(>)  G-,  por  entrar  el  tienpo. 

(^)  G.,  gallardía  de  oy  más;  y  tanbicu  pelando 
aqnellofl  gallos  muestran  a  los  mancebos  tenerlos  én 
poco,  pues  pelados  de  todas  sas  plomas  y  haiicnda  en 
el  tienpo  passado,  agora  ñngiendo  recogimiento  y 
cantidad,  dizen  que  no  los  han  menester. 

C*)  G.,  fingir  nada. 

(>)  profanamente,  y  Tiair  con  tanta  dlsoln^-ion  como 
en  otro  qualquiera  tienpo  del  aflo. 

(«'.I  (i.,  maneras  de  inaencion. 

(')  G.,  por  los  pueblos  |)equeñ03. 


248 


orígenes  de  la  novela 


t'stos  pueblos  grandes  (');  con  las  quales  los 
tnuentores  deltas  entretienen  sus  cosas,  y  hazen 
bus  hechos  (^)  por  su  proprio  fin  de  cada  qual 
j  interés;  7)01*  i^ierto  que  me  tienen  de  cada  día 
<fw  más  admirarion.  Principalmente  en  este 
pueblo  donde  ay  tanta  concurrencia  de  gentes, 
o  por  causa  de  corte  Real  o  por  (•)  chant^elle- 
ria;  porque  la  diuersidad  de  estrangeros  haze 
dar  en  cosas,  y  inuentar  donayres  que  confun- 
den el  ingenio  auerlas  solamente  de  notar. 
Quantas  maneras  de  santidades  fingidas,  rome- 
rías, bend¡9Íones  y  peregrinaciones.  Tanto  hos- 
pital, colejios  de  santos  y  santas;  casas  de  ni- 
ños y  niñas  é  hospitales  de  viejos.  Tanta  cofra- 
dia  de  disciplinantes  de  la  ci-u:  y  de  la  pasión, 
y  progresiones.  Tanto  pedigüeño  de  Huiosnas, 
que  más  son  los  que  pidan  que  son  los  pobres 
que  lo  (*)  quieren  (**)  reí^ebir. 

Mi<;iL0. — Por  cierto,  Demophon,  tú  tienes 
nnicha  razón  y  vna  de  las  cosas  de  que  yo  es- 
toy más  confuso  es  de  ver  que  en  este  nuestro 
lugar,  siendo  tan  noble  y  el  más  principal  de 
nuestra  Castilla,  donde  (*)  ay  más  letrados  y 
honbres  más  agudos  en  la  conuersacion  y  cosas 
del  mundo  y  cortesanía,  y  en  estas  fla<|uezas  y 
engaños  que  so  ofre^n  (''),  son  todos  en  vn 
común  más  fácilmente  arrobados  y  derrcK-ados 
que  en  todos  quantos  en  otros  pueblos  ay;  y 
avn  engañados  para  lo  aprobar,  auctorizar  y 
seguir  (•).  Que  se  atreua  vn  honbre  a  entrar 
aqui  en  este  pueblo  donde  está  la  flor  de  cor- 
dura y  agudeca  y  discreción,  y  que  debajo  de 
vn  habito  religioso  engañe  a  todo  estado  ecle- 
siástico y  seglar,  diziendo  que  haní  lM)hier  los 
rios  utras,  y  hará  cuaxar  el  mar,  y  que  f oreará 
los  demonios  que  en  los  infiernos  están,  y  que 
hará  (•)  parir  qnantas  (^•)  mugeres  son,  quan- 
to  quiera  que  de  su  naturaleza  sean  esteriles  y 
í{uo  no  puedan  concebir  ('^),  y  que  en  esto  ven- 
gan a  caer  todos  los  más  principales  y  genero- 
si>s  principes  y  señores,  y  se  le  vengan  a  rendir 
quantas  dueñas  y  donzellas  viben  en  este  lu- 
gar ('*).  Que  se  sufra  vibir  en  este  pueblo  vn 
honbre  que  debajo  de  nonbre  de  .íuan  de  Dios, 
no  se  le  cierre  puerta  de  ningún  Señor  ni  le- 
trado, ni  se  le  niegue  cosa  alguna  (}ue  quiera 

(*)  G.,  qoe  Ae  innentan  de  cada  dia. 
i^)  G  ,8u  Lecho. 
(•;  G.,ode. 

O)  (i. Ja. 

(^)  (f.,  quieran. 

(*)  G.,  princil>al  que  ay  en  el  reyno,  pues  de  conti- 
no reside  en  éi  la  Curte,  y  a  esta  cansa  ay  en  él. 

(')  G.,  estas  cofias. 

(*)  G.,  arroxadofl  y  avn  engañador  qne  todos  qnan- 
toB  otros  pueblos  ay. 

(*)  G.,  profíeresse  de  hazer. 

(«*»)  G.,  las. 

(«•)  G.,  parir. 

(**)  G.,  y  mandan  a  sn^  mujeres  y  parientas  se  ra- 
yan para  el  zarlo  embaydor,  para  qne  Yul^a  dellas  lo 
qne  qnerra. 


demandar,  y  después  le  quemen  públicamente 
por  sometico  engañador.  Pnes,  ¿no  se  ha  disi- 
mulado tanbien  un  clérigo  <¡ue  avia  sido  pri~ 
mero  frayle  reynte  años,  al  qual  por  tener 
muestra  de  gran  santidad  le  fue  encargado 
aquel  colegio  de  niñas*  tal  sea  su  salud  qual 
deltas  cuenta  dio,  ¿En  que  está  esto,  amigo? 

Deuophok. — A  tu  gallo  quisiera  yo,  Micilo 
que  lo  huuidras  preguntado  antes  que  a  mi  por- 
que él  te  supiera  mejor  satisfazer.  Pero  para 
mi  bien  creo  que  en  alguna  manera  deuo  de 
acertar;  que  creo  que  de  los  grandes  pecados 
que  ay  en  esti?  lugar  (')  viene  esta  común  con- 
fusión, o  ceguedad.  Que  como  no  hay  en  este 
pueblo  más  principal  ni  más  coumn  que  peca« 
dos  y  ofensas  de  Dios:  pleytos,  hurtos,  vsuras, 
mohatras,  juegos,  blasfemias,  symonias,  trapa- 
zas y  engaños,  y  después  deste  una  putería  ge- 
neral, la  qual  ni  tiene  punto,  suelo,  ni  fin.  Que 
ni  se  resenia  dia,  ni  fiesta,  quaresma,  ni  arn 
Semana  Santa  ni  pasqua  en  que  se  9ese  (})  de 
exercitar  como  officio  conueniente  a  la  repúbli- 
ca, permitido  y  aprobado  por  ne9e8ar¡o  en  la 
ley,  en  pena  deste  mal  nos  (;iog(i  i^ios  nuestros 
entendimientos,  orejas  y  ojos,  para  qne  anisán- 
donos no  entendamos,  y  oyendo  no  oyamos,  y 
con  ojos  (')  seamos  como  ciegos  que  palpamos 
la  pared.  En  tanta  manera  somos  traydos  en 
^'cguedad  que  estamos  rendidos  al  engaño  muy 
antes  que  se  ofrezca  el  engañador.  Hanos  he- 
cho Dios  escarnio,  mofa  y  risa  a  los  muy  chi- 
cos (*)  niños  de  muy  tierna  edad.  ¿En  qué  lu- 
gar por  pequeño  que  sea  se  consentirá,  o  disi- 
mulará lo  mucho,  ni  lo  muy  poco  que  se  disi- 
mula y  sufre  aqui?  ;  Dónde  hay  tante  juez  sin 
justicia  como  aqui?  /Dónde  tanto  letrado  sin 
letras  como  aqui?  /Donde  tante  executor  sin 
que  se  castigue  (')  la  maldad?  /  Dónde  tanto  es- 
cribano, ni  más  común  el  borrón?  Que  no  ay 
honbre  de  gouierno  en  este  pueblo  que  trat^* 
más  íjue  su  proprio  interés,  y  como  más  se 
auentajará.  l*or  esto  permite  Dios  que  vengan 
vnos  zarlos,  o  falsos  prophetas  que  con  embay- 
n lientos,  aparencias  y  falsas  demostraciones 
nos  hagan  entender  qualquiera  cosa  que  nos 
quieran  fingir.  Y  lo  que  peor  es,  que  quiere 
Dios  que  después  sintamos  más  la  risa  qne  el 
interés  en  que  nos  engañó. 

MiriLo. — Pues  avn  no  pienses,  Demophon. 
que  la  vanidad  y  perdición  destas  liuianas  mu- 
geres  se  le  ha  de  passar  a  Dios  sin  castigo; 
qne  yo  te  oso  afirmar  por  cosa  muy  vierta  y  que 
no  faltará.  Que  por  ver  Dios  su  disolución, 
desemboltura,  desuerguenvay  poco  recogimien- 

(*)  G.,  puel>lo. 
(')  G.,  dexe. 
(•")  G.,  y  viendo. 
(')  G.,  pequeño. 
(*)  G.,  execnte. 


EL  CROTALON 


249 


to  quo  en  ellas  en  este  tieuipo  ay ;  visto  que  ansí 
virgines  como  casadas,  viudas  y  solteras,  todas 
por  vn  comiin  yiben  uiuy  sueltas  y  muy  diso- 
lutas en  su  mirar,  andar  y. meneo,  nmy  curio- 
sas, ^  ^«/>or  la  calle  van  con  vn  curioso  passo 
en  su  andar,  descubierta  su  (*)  cabeya  y  cabello 
con  grandes  y  deshonestas  crenchas;  muy  alto 
y  estirado  el  cuello,  guiñando  con  los  ojos  a 
todos  quantos  topan  (*)  haziendo  con  sus  cuer- 
pos lascivos  menees.  Por  esta  su  común  desho- 
nestidad sey  cierto  que  verna  tienpo  en  el  i[ual 
ha  de  hazer  Dios  yu  gran  castigo  en  ellas;  pe- 
larse han  de  todos  sus  cabellos,  haciéndolas  a 
todas  caluas  ('') ;  y  sera  tienpo  en  que  les  qui- 
tará Dios  todos  sus  joyeles,  sortixas,  manillas, 
zarzillos,  collares,  medallas,  axoivas  y  apreta- 
dores de  cabera.  Quitarles  ha  los  (^)  partidores 
de  crenchas,  tena?icas,  salsericas,  redomillas  y 
platericos  (')  de  colores,  y  todo  genero  de  afey- 
tes,  sahumerios,  guantes  adouados,  sebos  y  vn- 
turas  de  manos  y  otros  olores.  Alfileres,  agujas 
y  prendederos.  Quitarles  ha  las  camisas  muy 
delgadas-,  y  los  manteos,  vasquiñas,  briales,  sa- 
l>oyanas,  nazarenas  y  rebociños,  y  en  lugar  de 
aquellos  sus  cabellos  encrespados  y  enrrifados 
les  dará  pelambre  y  caluez,  y  en  lugar  de  aque- 
llos apretadores  y  xoyeles  que  les  cuelgan  de 
la  frente  les  dará  dolor  de  cabe(;a,  y  por  ^inta 
de  caderas  de  oro  muy  esmaltadas  y  labradas, 
les  dará  sogas  de  muy  áspero  esparto  con  que 
se  pifian  y  aprietan;  y  por  aquellos  sus  muy 
curiosos  y  sumptuosos  atauios  de  su  cuerpo  les 
dará  silicio;  y  desta  manera  hará  Dios  que  llo- 
ren su  las^iuia  y  desorden,  y  que  de  su  luxuria 
y  deshonestidad  hagan  grane  penitencia.  En- 
tonces no  aura  quien  las  quiera  por  su  hidion- 
dez  y  miseria;  en  tanto  que  siete  mugeres  se 
encomendarán  a  vn  varón  y  él  de  todas  huyrá 
menospreciándolas  y  aborreí/iendolas  como  de 
gran  mal. 

DEMOPHoy.  —  Gran  esperiencia  tengo  ser 
todo  lo  que  dizes  verdad ;  por  lo  qual  verna  este 
mal  por  justo  castigo  (^)  de  Dios;  y  tanbien 
tienen  los  varones  su  parte  de  culpa,  y  avn  no- 
table, por  darles  tanta  libertad  para  vsar  ellas 
mal  destas  cosas,  y  avn  de  si  mesmas  sin  les  yr 
a  la  mano;  por  lo  qual  permite  Dios  que  ellos 
viban  injuriados  y  infames  por  ellas.  Que  avn 
ellos  no  tienen  modo  ni  rienda  en  su  viuir,  te- 
niendo respeto  a  su  estado  y  fuercas  de  cada 
(lual  (7).  Que  todos  passan  y  se  quieren  adelan- 

(•)  G.,  la. 

!*)  G.,  encuentran  en  la  calle. 
*')  G.,  y  sera  qae  hará  (|iie  Re  pelen  de  todos  sas  ca- 
los y  que  se  hagan  toda»  calnan. 

{*]  G.,  SUR 

(')  G.,  platelicos. 
(•)  G.,  pago. 

C)  Vinir  en  su  estado  y  fuerzas  de  cada  (^aal  hien- 
do casados. 


tar  a  la  calidad  de  su  persona  (')  7  dependen- 
cia de  linaxe,  en  el  traxe,  comer  y  beber  y  ma- 
nera de  familia  y  seru¡c¡o  y  porque  nos  enten- 
damos quiero  decendir  a  particular.  Que  se  ha- 
llará vn  escriuano  vil  de  casta  y  jaez,  que  quiere 
justar,  correr  sortixa  y  jugar  cañas  y  otros  exer- 
Cicios  de  caualleros  en  conpañia  de  los  más  po- 
derosos y  generosos  de  toda  la  Corte  (*)  y 
acerca  de  su  officio  (al  (')  qual  indignamente 
subió)  no  sabe  más  tratar,  ni  dar  razón  que  el 
asno  que  está  roznando  en  el  prado.  Pareceme 
que  vna  de  las  cosas  que  nuestro  Rey,  principe 
y  señor  auia  de  proueer  en  esta  su  república 
sería  de  un  particular  varón  de  gran  seueridad, 
el  qual  f  uesse  censor  general  de  todas  las  vidas 
y  costunbres  de  los  honbres  de  la  re])ublica, 
como  lo  fue  aquel  Catón  famoso  reiisoren  la  re- 
pública romana,  y  a  la  contina  se  procurasse 
informar  de  la  vida  y  costimbres  de  cada  vno; 
y  quando  supiesse  de  alguno  por  algima  infor- 
mación, de  su  desorden  y  mal  viuir,  hasta  ser 
informado  de  su  casa,  trato  y  connersacion  de 
su  muger,  familia,  comer  y  beber,  entonces  le 
auia  de  enbiar  a  llamar  a  su  casa  y  con^girle 
de  palabras  ásperas  y  vergoncosas,  poniéndole 
tasa  y  orden  y  modo  de  viuir;  y  sino  se  qui- 
slesse  enmendar  le  enbiasse  (*)  desterrado 
de  la  república  como  hombre  que  la  infamaua 
y  daua  ocasión  que  por  su  mal  viuir  entre  los 
estrangeros  se  tuuiesse  de  nuestra  repúbli- 
ca deprabada  opinión;  y  ansí  por  el  semejante 
el  tal  juez  y  censor  fuesse  cada  dia  passan- 
do  las  calles  de  la  ci^idad  mirando  con  gran 
atención  el  traxe  del  vno,  el  ocio  del  otro,  la 
ocupación  y  habla  y  conuersacion  de  todon  en 
particular  y  general;  y  a  la  contina  entendicsse 
en  los  arrendar,  enmendar  y  corregir,  porque 
ciertamente  del  hierro  y  falta  del  particular 
viene  la  infamia  de  (*)  todo  el  común;  y  ansí 
por  el  consiguiente  viene  a  tenerse  en  el  vni- 
uersopor  infame  y  corrompida  vna  nación.  To- 
do está  ya  deprabadoy  corrompido,  M¡c¡lo;  y  ya 
no  lleua  este  mal  otro  remedio,  sino  que  enbio 
Dios  vna  general  destruicion  del  mundo  como 
hizo  por  el  diluvio  en  el  tienpo  de  Noe  y  reno- 
uando  el  honbre  dársele  ha  de  nuevo  la  manera 
y  costumbres  y  (•)  viuir;  porque  los  que  agoró 
están  nescesariamente  han  deyrde  mal  en  peor; 
y  solamente  te  ruego,  M¡cilo,  por  nuestra  buena 
y  antigua  amistad,  que  por  este  triste  suceso 
tuyo,  ni  por  otra  cosa  que  de  aduersa  fortuna 
te  venga  no  llores,  ni  te  aflixas  más,  porque  ar- 
guye y  muestra  poca  cordura  en  Q)  vn  tan  hon- 

(*)  G.,  sus  personas. 
(*)  G  ,  ciudad. 
D  O.,  en  el. 
(*)  Q.,  fuesse. 
(»)  (;.,  en. 
(•)  (J.,  de. 
(')  G.,  de. 


250 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


rrado  hombre  como  tú,  pues  en  morirte  tú  se 
aaentura  más,  j  la  falta  que  el  gallo  hizo  a  tu 
buena  compafiia  j  consolación  la  procuraré  yo 
suplir  con  mi  hazienda,  fuercas  y  cotidiana  con- 
iiersa^ion.  De  la  qual  espero  adquirir  yo  gran 
interés,  pues  tu  buen  vezino  y  amigo  con  nin- 
gún tesoro  del  mundo  se  puede  comparar. 

MigiLO. — Por  cierto  gran  consuelo  me  ha 
sido  al  presente  tu  venida  ¡o  Demophon!  de  la 
qual  si  pribado  fuera  por  mi  miserable  suerte 
y  fortuna  yo  pensara  en  brene  peret;er  (').  Pero 

{*)  (>.,  fenevcr. 


ya  lo  que  me  queda  de  la  vida  quiero  tomar  a 
ti  por  patrón:  al  qual  trabajaré  regraciar  en 
quanto  podre,  porque  espero  que  la  falta  del 
gallo  se  me  recompensará  con  tu  buena  conuer- 
sa^ion,  y  aun  confio  que  tus  buenas  obras  se 
auentajarán  en  tanta  manera  que  me  forjarán 
de  oy  más  a  le  oluidar. 

Demophon. — Mucho  te  agradezco  ;o  M¡- 
9ÍI0!  el  respeto  qué  tienes  a  mi  persona,  pues 
ansi  concedes  con  agradecimiento  mi  peti- 
ción. Y  pues  es  hora  ya  de  nos  recoger  queda 
en  paz. 

MiriLO. — Y  tú,  Dem«^phon,  ve  con  Dios. 


FIN   DEL   CR0TAI.05    DE    ClIBISTOPHORO   (iNOSOPHO 
Y    DE    LOS   IN<iEX10S0S   SUEÑOS   DEL   (JALLO    DE   LrciANO,    FAMOSO   ORADOR   ORIEüO 


LOS  SIETE  LIBROS  DE  LA  DIANA 


DE 


GEORGE   DE  MONTEMAYOR 


DIRIGIDA  AL  MUY  ILLUSTRE  SEÑOR  DON  JUAN  DE  CASTELLA  DE  VILLAXííüA, 

SEÑOR    DE    LAS    BARONÍAS    DE    BICORB    Y    QUESA 


EPÍSTOLA 

AL  MUY  ILLUBTRE  SEÑOR  DON  JUAN  DE  CASTE- 
LLA DB  BILLANOUA,  SEÑOR  DE  LAS  BARONÍA» 
DB  BICORB  Y  QUESA,  DB  OBORQE  DB  MONTE- 
MAYOR. 

Aunque  no  fuera  antigua  osta  costumbre, 
muy  illustrc  Señor,  de  dirigir  los  autores  sus 
obras  a  persona  de  cuyo  valor  ellas  lo  recibiessen, 
lo  mucbo  que  V.  M.  nieresce  assi  por  sii  antigua 
casa,  y  esclarecido  linaje,  como  por  la  gran 
suerte  y  valor  de  su  persona,  me  mouiera  á  mi 
y  con  muy  gran  cansa  a  hazer  esto.  Y  puesto 
caso  que  el  baxo  estilo  de  la  obra,  e  el  poco  mc- 
rescimicnto  del  autor  della,  no  se  auia  de  es- 
tender a  tanto,  como  es  dirigirlo  á  V.  M.,  tam- 
poco tnuiera  otro  remedio,  sino  tíste,  para  ser 
en  algo  tenida.  Porque  las  piedras  preciosas  no 
reciben  tanto  valor  del  nombre  que  tienen,  pu- 
diendo  ser  Falsas  y  contrabecbas ,  como  de  la 
persona  en  cuyas  manos  estén.  Supplico  á  vues- 
tra merced  dcbaxo  de  su  amparo  y  correction 
recoja  este  libro  assi  como  el  estrangero  autor 
tiella  recogido:  pues  que  sus  fuerzas  no  j)ue- 
den  con  otra  cosa  seniir  a  vuestra  merced.  Cuya 
uida  y  estado  nuestro  Señor  por  muchos  años 
aeresciente. 

AL    DICHO    SESOU 

Meccna  fue  de  a({uel  Marón  famoso 
particular  señor  y  amigo  caro, 
de  Homero,  (auníjue  finado)  el  belicoso 
Alexandro,  gozó  su  ingenio  raro: 
Y  asi  el  de  Villanoua  genf^roso 
del  lusitano  autor  ba  sido  amparo, 
haciendo  qu.*  un  ingenio  baxo  y  falto 
hasta  las  nubes  suba,  y  muy  más  alto. 


DE    DON    GASPAll    DE    ROMANI,    AL    AUTOR 

Soneto. 

Si  de  Madama  Laura  la  memoria 
Petrarca  para  siempre  ba  leuantado 
y  a  Homero  assi  de  lauro  ba  coronado 
escribir  de  los  griegos  la  uictoria: 

Si  los  Reyes  también  para  más  gloria 
vemos  que  de  contino  han  procurado 
(jue  aquello  que  en  la  uida  han  conquistavlo 
en  uuierte  se  renueve  con  su  historia. 

Con  mas  razón  serás,  ¡o,  excelente 
Diana,  por  hennosa  celebrada, 
([ue  quantas  en  el  uumdo  hermosas  fueron. 

Pues  nadie  meresció  ser  alabada, 
de  quien  así  el  laurel  tan  justamente 
merezca  más  que  quantos  escriuieron. 

HIERÓNVMO    SANT    TERE,    Á    GBORGR 
DE    MONTEMAYOR 

Stnieto. 

Parnaso  monte,  sacro  v  celebrado: 
nmseo  de  Poetas  deleytoso, 
venido  a  parangón  con  el  famoso 
paresceme  qup  estás  desconsolado. 

— Estoy  lo,  y  con  razón;  pues  se  han  passado 
las  Musas,  y  su  toro  glorioso, . 
á  este  que  es  mayor  monte  dichoso, 
en  quien  mi  fama,  y  gloria  se  han  mudado. 

Dichosa  fué  en  extremo  su  Diana, 
pues  para  ser  del  orbe  más  mirada 
mostró  en  el  monte  excelso  su  grandeza. 

Allí  vive  en  su  loa  soberana, 
por  todo  el  uniuerso  celebrada, 
gozando  celsitud,  que  es  más  que  alteza. 


252 


ORIOENES  DE  LA  NOVELA 


ARQVUENTO    DESTE    LIBRO 


En  los  campos  de  la  principal  y  antigua  ciii- 
daiL  de  León,  riberas  del  rio  Ezla,  huuo  una 
pastora  llamada  Diana,  cuya  hermosura  fué 
extremadissima  sobro  todas  las  de  su  tiempo. 
Esta  quiso  y  fue  querida  en  extremo  de  un 
pastor  llamado  Sireno:  en  cuyos  amores  hubo 
t<Kla  la  limpieza,  y  honestidad  possible.  Y  en  el 
mismo  tiempo,  la  quiso  más  que  sí,  otro  pastor 
llamado  Syluauo,  el  qual  fué  de  la  pastora  tan 
al>t)rrecido,  que  no  auia  cosa  en  la  uida  á  quien 
peor  quisiesse.  Sucedió  pues,  que  como  Sireno 
fuesse  forcadament^í  fuera  del  reyno,  a  cosas  que 
su  partida  no  podía  escnsarse,  y  la  pastora 
quedase  muy  triste  por  su  ausencia,  los  tiempos 
y  el  coraron  de  Diana  se  mudaron ;  y  ella  se 
caso  con  otro  pastor  llamado  Delio,  poniendo 
en  oluido  el  que  tanto  auia  querido.  El  qual, 
yiniendo  después  de  un  año  de  ausencia,  con 
jarran  desseo  de  ver  ú  su  pastora,  supo  antes  que 
Ue^assccomo  era  ya  casada.  Y  de  aquí  comienza 
el  })rimero  libro,  y  en  los  demás  hallanin  muy 
diuersas  historias,  de  casos  que  verdaderamente 
han  suí^cedido,  aunque  van  disfrazados  debaxo 
de  nombres  y  estilo  pastoril  (*). 


LIBRO  PRIMERO 

DE     FiA     DIANA    DE    GEORGE    DE    MONTEMAVOR 

I>axaua  do  las  montañas  de  León  el  oluidado 
Sireno,  á  quien  amor,  la  fortuna,  el  tiempo, 
tratauan  de  manera,  que  del  menor  mal  que  en 
tan  triste  uida  padescia,  no  se  esperaua  menos 
que  perdella.  Ya  no  lloraua  el  desuenturado 
pastor  el  mal  que  la  ausencia  le  prometía,  ni  los 
teinonís  de  oluido  le  importunauau,  porque  vía 
cumplidas  las  prophecías  de  su  recelo,  tan  en 
perjuyzio  suyo,  que  ya  no  tenia  más  infortunios 
con  que  amenazalle.  Pues  llegando  el  pastor  a 
los  verdes  y  deleitosc)s  prados,  que  el  caudaloso 
rio  Ezla  con  sus  aguas  va  regando,  le  vino  a 
la  memoria  el  gran  contentamiento  de  que  en 
algún  tiempo  allí  gozado  auia:  siendo  tan  se- 
ñor de  su  libertad,  como  entonces  subjecto  a 
quien  sin  causa  lo  tenia  sepultado  en  las  tinieblas 
de  su  oluido.  Consideraua  aquel  dichoso  tiempo 
que  por  aquellos  prados,  y  hermosa  ribera  apas- 
centaua  su  ganado,  poniendo  los  ojos  en  solo  el 
interesse  que  de  traellc  bien  apascentado  se  le 
seguía,  y  las  horas  que  le  sobrauan  gastaua  el 
past<jr  en  solo  gozar  del  suaue  olor  de  las  dora- 
das flores,  al  tiempo  que  la  primauera,  con  las 
alegres  nueuas  del  uerano,  se  esparze  por  el  uní- 

(1)  En  la  edición  de  Milán,  adebaxo  de  nombres 
paiftorales». 


uerso;  tomando  a  uezes  su  rabel,  que  muy  poli- 
do  en  un  curron  siempre  traía,  otras  neces  ana 
jampona,  al  son  de  la  qual  componía  los  dulces 
versos  con  que  de  las  pastoras  de  toda  aquella 
comarca  era  loado.  No  se  metía  el  pastor  en  la 
consideración  de  los  malos,  o  buenos  successos 
'de  la  fortuna,  ni  en  la  mudanza  y  uariacion  de 
los  tiempos;  no  le  passana  por  el  pensamiento 
la  diligencia,  y  codicias  del  ambicioso  cortesano, 
ni  la  confianza  y  presunción  de  la  Diana  cele- 
brada por  solo  el  noto  y  parescer  de  sus  apas- 
sionados:  tampoco  le  daua  pena  la  hincharon, 
y  descuydodel  orgidloso  priuado.  En  el  campo 
se  crió,  en  el  campo  apascentaua  su  ganado,  y 
ansí  no  salían  del  campo  sus  pensamientos, 
hasta  que  el  cnido  amor  tomó  aquella  posscs- 
sion  de  su  libertad,  que  él  suele  tomar  de  loe 
que  más  libres  se  imaginan.  Venia  pues  el 
triste  Sireno  los  ojos  hechos  fuentes,  el  rostro 
mudado,  y  el  coraron  tan  hecho  a  sufrir  des- 
uenturas,  que  si  la  fortuna  le  quisiera  dar  al- 
gún contento  fuera  menester  buscar  otro  cora- 
ron nueuo  para  recebíUe.  El  uestido  era  de  un 
sayal  tan  áspero  como  su  uentura,  un  cayado 
en  la  mano,  un  <íurron  del  brazo  yzquierdo  col- 
gando. Arrimóse  al  pie  de  un  haya,  comento  a 
tender  sus  ojos  por  la  hermosa  ribera,  hasta 
que  llegó  con  ellos  al  lugar  donde  primero  auia 
uisto  la  hermosura,  gracia,  honestidad  de  la 
pastora  Diana,  aquella  en  quien  naturaleza  su- 
mó todas  las  perfeciones,  que  por  muchas  par- 
tes auia  repartido.  Lo  que  su  coraron  sintió 
imagínelo  aquel  que  en  algún  tiempo  se  halló 
metido  entre  memorias  tristes.  No  pudo  el  des- 
uenturado pastor  poner  silencio  á  las  lagrimas, 
ni  escusar  los  sospiros  <jue  del  alma  le  salían. 

Y  l)oluiendo  los  ojos  al  cíelo,  comenyo  a  dezir 
desta  manera:  ;Ay,  memoria  mía!  enemiga  de 
mi  descanso,  no  os  ocuparades  mejor  en  íiazer 
me  oluidar  desgusto»  presentes,  que  en  ponerme 
delante?  los  ojos  contentos  passados?  ¿Qué  dezis, 
memorin?  Que  en  este  prado  vi  á  mi  señora 
1  )iana.  Que  en  el  ^comencé  a  sentir  lo  que  no 
acabaré  de  llorar.  Que  junto  a  aquella  clara 
fuente,  cercada  de  altos  y  verdes  sauces,  con 
muchas  lagrimas  algunas  vezes  me  juraua,  que 
no  auia  cosa  en  la  vida,  ni  noluntad  de  padres, 
ni  iH^rauasion  de  hermanos,  ni  importunidad  de 
parientes  que  de  su  pensamiento  le  (')  apartasse. 

Y  que  quando  esto  dezia,  salían  por  aquellos 
hermosos  ojos  vnas  lagrimas,  como  orientales 
perlas,  que  parescian  testigos  de  lo  que  en  el 
coraron  le  quedaua,  mandándome  só  pena  de 
ser  tenido  por  hombre  de  baxo  entendimiento, 
que  creyesse  lo  que  tantas  vezes  me  dezia.  Pues 
espera  vn  poco,  memoria,  ya  que  meaueis  puesto 


(*)  />  en  la  edición  de  Venecio,  15S5,  y  en  otras. 
L(i  en  la  rarísima  de  Milán. 


DIANA  J)E  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


258 


lantc  los  fundamentos  do  mi  desnentnra  (qne 
les  fueron  ellos,  pnes  el  bien  que  entonces 
.ssó,  fué  principio  del  mal  qno  ahora  padezco) 
t  se  os  oluiden,  para  templar  me  este  descon- 
nto,  de  poner  me  delante  los  ojos  vno  a  vno, 
3  trabajos,  los  desassossiegos,  los  temores,  los 
celos,  las  sospechas,  los  celos,  las  desconfian- 
s,  que  aun  en  el  mejor  estado  no  dexan  al  que 
rdaderamente  ama.  ;Ay,  memoria,  memoria, 
istnijdora  de  mi  descanso!  jquau  cierto  está 
sponder  me,  qu*el  mayor  trabajo  que  en  estas 
>n sideraciones  se  passaua,  era  muy  pequeño, 
i  comparación  del  contentamiento  que  a  t ruc- 
ie del  recebia;  Vos,  memoria,  tenéis  mucha  ra- 
m,  y  lo  peor  dello  es  tenella  tan  grande.  Y 
itando  en  esto,  sacó  del  seno  un  pai)el,  donde 
nia  embueltos  ynos  cordones  de  seda  yerde  y 
ibellos  (')  y  poniéndolos  sobre  la  verde  yerua, 
>n  muchas  lagrimas  sacó  su  rabel,  no  tan  lo- 
mo como  lo  trafa  al  tiempo  que  de  Diana  era 
uorescido,  y  comento  a  cantar  lo  siguiente: 

¡Cabellos,  quanta  mudanza 
he  yisto  después  que  os  vi 
y  quan  mal  paresce  ahí 
esta  color  de  esperan^! 
Bien  pensaua  yoícaBe  ¿lío?) 
(aunque  con  algún  temor) 
que  no  fuera  otro  pastor 
digno  de  verse  cabe  ellos. 

¡Ay,  cabellos,  quantos  días 
la  mi  Diana  miraua, 
si  os  traya,  ó  si  os  dexaua, 
y  otras  cien  mil  niñerias! 
Y  quantas  vezes  llorando 
¡ay!,  lagrimas  engañosas, 
pedia  celos,  de  cosas 
de  que  yo  estaña  burlando. 

Los  ojos  que  me  matauan, 
dezid,  dorados  cabellos^ 
¿que  culpa  tuue  en  creellos, 
pues  ellos  me  assegnrauan? 
¿No  Tistes  vos  que  algún  dia, 
mil  lagrimas  derramaua 
hasta  que  yo  le  juraua\ 
que  sus  palabras  creya? 

¿Quien  vio  tanta  hermosura 
en  tan  mudable  subjecto?  j 

y  en  amador  tan  perfecto, 
quien  vio  tanta  desuentura? 
Oh,  cabellos  ¿no  os  correys, 
por  venir  de  ado  venist^s, 
viendo  me  como  me  vistos 
en  uerme  como  me  voys? 

Sobre  el  arena  sentada 
de  aquel  rio  la  u  i  yo 

(*)  Ytjué  cabello4f  añade,  á  mcnlo  de  paríntesÍB,  la 
ic  Milán. 


do  con  el  dedo  escriuió: 
antes  muerta,  que  mudada. 
Mira  el  amor  lo  que  ordena, 
que  os  uiene  hazer  creer 
cosas  dichas  por  mujer, 
y  escritas  en  el  arena. 

No  acabara  tan  presto  Sireuo  el  triste  canto, 
si  las  lagrimas  no  le  fueran  a  la  mano,  tal  es- 
taña como  aquel  a  quien  fortuna  tenia  ataja- 
dos todos  los  caminos  de  su  remedio.  Dexó 
caer  su  rabel,  toma  los  dorados  cabellos,  buelue- 
los  a  su  lugar,  diziendo:  ¡Ay,  prendas  de  la 
más  hermosa,  y  desleal  pastora,  qne  humanos 
ojos  pudieron  ver!  Quan  a  vuestro  saluo  me 
aueis  engañado.  ¡Ay,  que  no  puedo  dexar  de 
veros,  estando  todo  mi  mal  en  aueros  visto!  Y 
quando  del  9urron  sacó  la  mano,  acaso  topó 
con  una  carta,  que  en  tiempo  de  su  prosperi- 
dad Diana  le  auia  embiado;  y  como  lo  vio,  con 
vn  ardiente  sospiro  que  del  alma  le  salia,  dixo: 
¡  Ay,  carta,  carta,  abrasada  te  vea,  por  mano  do 
quien  mejor  lo  pueda  hazer  (][ue  yo,  pues  jamas 
en  cosa  mía  pude  hazer  lo  que  quisiesse;  mal- 
haya quien  ahora  te  leyere.  Mas  ¿quien  podra 
hazerlo?  Y  desoogiendola  vio  que  dezia: 

CARTA    DE    DIANA    A    61REK0 

Sireno  mió,  quan  mal  suffriria  tus  palabras, 
quien  no  pensasse  que  amor  te  las  hazia  dezir! 
Dizes  me  qne  no  te  quiero  quanto  deuo,  no  se 
en  qne  lo  uees,  ni  entiendo  cómo  te  pue<la  que- 
rer mas.  Mira  que  ya  no  es  tiempo  de  no  creer- 
me, pues  vees  que  lo  que  te  quiero  me  fuer9a  a 
creer  lo  que  de  tu  pensamiento  me  dizosy  Mu- 
chas vezes  imagino  que  assi  como  piensas  que 
no  te  quiero,  queriéndote  mas  que  a  mi,  assi 
dones  pensar  que  me  quieres  teniendo  me  abor- 
rescida.  Mira,  Sireno,  qtie'l  tiempo  lo  ha  hecho 
mejor  contigo,  de  lo  que  al  principio  de  nues- 
tros amores  sospechaste,  y  quedando  mi  honra 
a  saluo,  la  qual  te  done  todo  lo  del  mundo,  no 
auria  cosa  en  él,  que  por  ti  no  hiziesso.  Supli- 
cóte quanto  puedo,  que  no  te  metas  entre  zolos 
y  sospechas,  que  ya  sabes  quan  pocos  escaj»au 
de  sus  manos  con  la  uida,  la  qual  to  dé  Dios 
con  el  contento  que  yo  te  desseo. 

¿Carta  es  esta,  dixo  Sireno  sospirando,  para 
pensar  que  pudiera  entrar  oluido  en  <>l  coraron 
donde  tales  palabras  salieron ?y  Y  palabras  son 
estas  para  passallas  por  la  memoria,  al  tiempo 
que  quien  las  dixo,  no  la  tiene  de  mí?  ¡  Ay,  tris- 
te, con  quanto  contentamiento  acal)é  de  leer  esta 
carta,  quando  mi  señora  me  la  embió,  y  quan- 
tas vezes  en  aquella  hora  misma  la  bol  ni  a  leer. 
Mas  pagóla  ahora  con  las  setenas:  y  no  se  suf- 
fria  menos,  sino  venir  de  vn  extremo  a  otro: 
que  mal  contado  le  seria  a  la  fortuna,  dexar  de 


2d4 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


liaztT  comigo,  lo  que  con  todos  baze.  A  este 
tiempo  por  vna  cuesta  abaxo,  quodel  aldea  ve- 
nía al  verde  prado,  vio  Sireno  venir  vn  pastor 
bu  passo  a  passo,  paraudose  a  cada  trecho,  vnas 
vezes  mirando  el  ciclo,  otras  el  verde  prado  y 
herniosa  ribera,  que  desde  lo  alto  desí*ubriu: 
cosa  que  mas  le  augnientaua  su  tristeza,  yiendo 
el  lugar  que  fue  principio  de  su  desuentura: 
aireño  le  conoscio,  y  dixo  buelto  el  rostro  hazia 
la  parte  de  donde  venia:  ;Ay,  desuen turado 
pastor,  aunque  no  tanto  como  yo,  ;en  qué  han 
parado  los  competencias  que  comigo  trayas 
por  los  amores  de  Diana?  y  los  disfauores  que 
aquella  cruel  te  hazia,  poniéndolos  a  mi  cuenta? 
Mas  si  tú  entendieras  que  tal  havia  de  ser  la 
summa,  quduto  mayor  merced  hallaras  que  la 
fortuna  t^  hazia,  en  sustentarte  en  un  iiifelice 
estado,  que  a  mi  en  derribarme  del,  a  tiempo 
que  menos  lo  temia?  A  est<?  tiempo  el  des- 
amado Syluano  tomó  vna  <^ampoña,  y  tañendo 
vn  rato,  cantaua  con  gran  tristezza  estos  versaos: 

Amador  soy,  mas  nunca  fuy  amado; 
quise  bien,  y  quem»,  nn  soy  querido; 
fatigas  passo,  y  nunca  las  he  dado; 
sospiros  di,  mas  nunca  fuy  oydo: 
quexarine  quise,  y  no  fuy  escuchado, 
huyr  quise  de  amor,  quedé  corrido; 
de  sulo  oluido,  no  podré  qnezarme, 
porque  aun  no  se  acordaron  de  oluidarm<\ 

Yo  hago  a  todo  n/al  sglo  vn  semblante, 
jamas  estuue  oy  triste,  ayer  contento, 
no  miro  atrás,  ni  temo  yr  adelante; 
vn  rostro  hago  al  mal,  o  al  lúen  que  sient<.>. 
Tan  fuera  voy  de  mi.  como  el  dan<^anti\ 
que  haze  a  qualquier  son  mouimiento, 
y  ansí  me  grit-au  todos  como  a  loco; 
pero  según  estoy  aun  esto  es  poco. 

La  noche  ajk'n  amador  le  es  enojosa, 
qiumdo  del^lja  alTendj bien  alguno: 
y  el  otro  de  la"  íióc  he"  espera  cosa 
qu'el  dia  le  haze  largo  vimportuno; 
con  lo  que  vn  hombre^nsaj  otro  reposa, 
tras  su  desseo  camina  cada  vno, 
mas  yo  siempre  llorando  el  dia  espero; 
y  en  viendo  el  dia,  por  la  noche  nmero. 

Quexarme  yo  de  amor,  es  escusado: 
pinta  en  el  agua,  o  da  bozes  al  viento: 
busca  remedio  en  quien  jamas  le  ha  dado 
que  al  fin  venga  a  dexalle  sin  descuento. 
Llegaos  a  él  a  ser  aconsejado, 
dirá  os  un  disparate  y  otros  ciento. 
Pues  quién  es  estt»  amor?  P^s  una  sciencia 
que  no  la  alcanza  estudio  ni  experiencia. 

Ama  <ji  mi  sefíora  a  su  Sireno; 
dexaua  a  mi,  quÍ9a  que  lo  acertaua: 
yo  triste  a  miVpesar,  tenia  por  bueno, 
lo  (|ne  enla  vida  y  alma  me  tocaua. 
A  estar  mi  cielo  algún  dia  sereno. 


quexara  yo  de  anior  si  le  auublaua, 

mas  ningún  bien  diré  que  me  ha  quitado, 

ved  cómo  quitará  lo  que  no  lia  dado. 

No  es  cot»  amor,  que  afjuel  que  no  lo  tiene 
hallará  feria  a  do  pueda  comprallo, 
ni  cosa  que  en  llamándola,  se  uiene, 
ni  que  le  hallareys,  yendo  á  buscallo: 
Que  sí  de  nos  no  nace,  no  conuiene 
pensar  que  ha  de  nascer  de  procurallo: 
y  pues  que  jamas  puede  amor  forjarse, 
no  tiene  el  desamado  que  quezarse. 

No  estaña  ocioso  Sireno,  al  tiempo  que  Syl- 
uano estos  versos  cantaua,  que  con  sospiros 
respondía  a  los  vltímos  accentos  de  sus  pala- 
bras, y  con  lagrimas  solennizana  1<»  que  dellas 
entondia.   El  desamado  pastor,  después  que 
vuo  acabado  de  cantar,  se  comento  a  tomar 
cuenta  de  la  poca  que  consigo  tenia:  y  como 
por  su  iB^fiora  Diana  auia  oluidado  todo   ol 
hato  y  t1^b¿6;  y  esto  era  lo  menos.  Consideraoa 
que  sus  seruicios  eran  sin  esperanza  de  galar- 
dón, cosa  que  a  quien  tuniera  menos  ñrmeza, 
pudiera    fácilmente  atajar  el  camino  de   sus 
amores.  Mas  era  tanta  su  constancia  que  puesto 
en  medio  de  todas  las  causas  que  tenia  de  oluv 
dar  a  quien  no  se  acordaua  del,  se  salia  tan  a  su 
saluo  dellas,  y  tan  sin  peijuyzio  del  amor  que  a 
su  pastora  tenia,  que  sinfíiied?|alguno  cometía 
qualquiera  imaginación  (■)  que  en  daño  de  su 
fe  le  sobreuiniesse.  Pujes  como  vio  Sireno  junto 
»r  la  fuente,  (|uedó  espantado  de  velle  tan  triste, 
no  porque  ignorasse  la  causa  de  su  tristeza,  mas 
pnn]ue  le  paresció,  que  si  él  huniera»  resc^bido 
el  mas  pequeño  fauor  que  Sireno  algún  tiempo 
rescibio  de  Diana,  aquel  contentamiento  bastara 
para  toda  la  uida  tenelle.  Llegué  se  a  él,  y  abra- 
9andose  los  dos,  con  muchas  lagrimas  se  bol- 
uieron  a  sentar  encima  de  la  menuda  yerba:  y 
Syluano  comenco  á  hablar  desta  manera:  ¡Ay. 
Sireno,  causa  de  toda  mi  desuentura,  o  del  ]kh*o 
remedio  della,  nunca  Dios  quiera  que  yo  de  la 
tuya  reciba  uen^an9a,  que  quando  muy  a  mi 
saíno  pudiesse  hacello  no  permitiría  el  amor 
que  a  mi  señora  Diana  tengo,  que  yo  no  fucsse 
contra  aquel  en  quien  ella  con  tanta  voluntad 
lo  puso.  Si  tus  trabajos  no  me  duelen,  nunca 
en  los  míos  haya  fin:  sí  luego  que  Diana  so 
quiso  desposar,  no  se  me  acordó  que  su  desp<v 
sorio  y  tu  muerte  auian  de  ser  a  vn  tiemjx), 
nunca  en  otro  mejor  me  vea  que  este  en  que 
aora  estoy.  Pensar  deues,  Sireno,  que  te  quería 
yo  mal,  ponqué  Diana  te  quería  bien  y  que  los 
fauores  que  ella  te  hazia  eran  parte  para  quo 
yo  te  desamasse:   Pues  no  era  de  tan  baxos 
quilates  mi  fe,  que  no  siguiesse  a  mi  señora, 
no  solo  en  quererla,  sino  en  querer  todo  lo  que 

(*)  Abí  en  la  edición  de  Milán.  Ignorancia  eii  la 
de  V  enecia. 


DIANA    hj;  ííKORGE  DE  MONTEMAVOR 


255 


ella  qnisk'sse.  Pesanuí'  de  tu  tatíi^a,  no  iienes 
porque  n^radescerruclo  ponjiic  ost^\v  tan  he- 
cho a  pesares  que  aun  de  bienes  mios  uie  pesa- 
ría, cuanto  más  de  males  ágenos. 

No  causó  (')  poca  admiración  a  Sireno  las 
palabras  del  pastor  Sjluano;  y  an.si  estuuo  un 
poco  suspenso,  espautado  de  tan  ^ran  suffri- 
miento  j  de  la  qualidaddcl  amor  ([ue  a  su  pasto- 
ra tenia.  Y  boluiendo  en  si,  le  respondió  (*).  Por 
ventura,  Syluano,  has  naacido  tú  para  ezemplo 
lie  los  que  no  sabemos  suffrír  las  aduersidades 
que  la  fortuna  delante  nos  pone/  O  acaso  te 
ha  dado  naturaleza  tanto  animo  en  ellas  que 
no  solo  baste  para  suffrir  las  turas,  mas  (^ue 
aun  ayudes  a  sobrellenar  las  agenas?  Veo.  que 
«ístás  tan  conforme  con  tu  Huerte,  que  no  te 
prometiendo  esperanca  de  remedio,  no  sabes 
pedille  mas  de  lo  que  te  da.  Yo  te  digo,  Syl- 
uano,  que  en  ti  muestra  bien  fl  tiempo,  que 
cada  dia  Ya  descubriendo  nom^dades  muy  agenas 
de  la  imaginación  de  los  hombres.  O  quánta 
más  embidia  ie  dene  tener  este  sin  ventura  pas- 
tor, en  verte  suffrir  tu-s  males,  que  tú  podrías 
tenelle  a  él  al  tiempo  que  le  veías  ^ozar  sus 
bienes.  ¿Viste  los  fauores  que  me  hazia?  Viste 
la  blandura  de  palabras,  con  que  me  manifes- 
taua  sus  amores?  Viste  como  llenar  el  ganado 
ul  río,  sacar  los  corderos  al  soto,  traer  las  oue- 
jas  por  la  siesta  a  la  sombra  destos  alisos, 
jamas  sin  mi  compañía  supo  hazello?  Pues 
nunca  yo  vea  el  remedio  de  mi  mal,  si  de  Diana 
espiaré,  ni  desseé,  cosa  que  contra  su  honrra 
fuesse,  y  si  por  la  ymaginocion  me  pasaua,  era 
tanta  su  hermosura,  su  valor,  su  honestidad,  y 
la  limpieza  del  amor  que  me  tenia,  que  me  qui- 
tauan  del  pensamiento  qualquiora  cosa  que  en 
daño  de  sn  bondad  imagí ñaua  {^).  Esto  creo  yo 
por  cierto,  dixo  Syluano  sospirando:  porque  lo 
mesmo  podré  afürmar  de  mi.  Y  oreo  que  no 
vniera  nadie  que  en  Diana  pusieni  los  ojos,  que 
osara  dessear  otra  cosa,  sino  verla  vconuersarla. 
Aunque  no  sé  si  hermosura  tan  grande,  en 
algún  pensamiento,  no  tan  subiccto  como  el 
nuestro,  hiziera  algún  excesso,  y  mas  si  como 
yo  un  dia  la  vi,  acertara  de  vella,  que  estaña 
sentada  contigo,  junto  a  aquel  arroyo,  peinan- 
do sus  cal.Híllos  de  oro:  y  tú  estañas  teniendo 
el  ospcjo,  en  que  de  quando  en  quando  se  mi- 
ran^. Mas  no  sabiadcs  los  do*^,  que  os  estaña 
yo' acechando  deste  aquellas  matas  altas,  que 
están  junto  a  las  dos  enzhias:  y  aun  se  me 
acuerda  de  los  uersos  que  tú  le  cantaste,  sobre 
auerle  tenido  el  espejo  en  quanto  se  peinaua. 
Como  los  Yiiiste  a  las  manos,  dixo  Sireno?  Syl- 
uano le  respondió:  El  otro  dia  siguiento  hallé 


(O  M.,  rautaron. 
i* i  M.,  desta  manera. 
(')  M.,  imaginaste. 


aquí  vn  papel,  en  que  estañan  escrítoe!,  y  los 
leí,  y  aun  los  encomendé  a  k  memoria.  \ 
luego  vino  Diana  por  aquí  llorando,  por  aue- 
Uos  perdido,  y  me  preguntó  por  ellos;  y  no  fue 
pequeño  contentamiento  para  mi,  ver  en  mi  se- 
ñora lagrimas  que  pndiesse  (*)  remediari  Acuer- 
dóme, que  aquella  fue  la  ])rímera  vez  que  de. 
su  boca  oí  palabra  sin  yra,  y  mú*a  qnan  neces- 
sitado  estaña  de  su  fabor  (*),  que  de  decirme 
ella  que  me  agradecía  darle  lo  que  buscaba, 
hize  tan  grandes  reliquias  (')  que  mas  de  un 
año  de  grandissimos  males  desconté  por  aqm^- 
11a  sola  palabra,  que  traya  alguna  apariencia  do 
bien.  Por  tu  uida,  dixo  Sireno,  que  digas  los 
uersos,  que  dizes  que  yoUe>cant<',  pues  los  tai- 
maste de  coro.  Sov  contento,  dixo  Svlnanc».  de 
esta  manera  dezían. 

De  men?ed  tan  extremada 
ninguna  deuda  me  queda, 
pues  en  la  misma  moneda, 
señora,  quedays  pagada. 
Que  si  gozé  estando  allí 
viendo  delante  de  mi 
rostro,  y  oyos  soberanos : 
vos  también  viendo  en  mis  manos 
lo  que  en  vuestros  ojos  vi. 

Y  esto  no  os  parezca  mal, 
que  de  \uestra  henno6Ui*a 
vistes  sola  la  figiu'a, 
y  yo  vi  lo  natural. 
Vn  pensamiento  extremado, 
jamas  de  amor  subjetado, 
mejor  uee,  que  no  el  captiuo. 
aunque  el  uno  uea  lo  biuo, 
y  el  otro  lo  debuxado. 

Qvando  esto  acabó  Sireno  de  oyr,  dixo  ci>]i- 
tra  Syluano:  plega  a  Dios,  pastor,  que  el  ami>r 
me  dé  esperanza  de  algún  bien  impossible,  si 
ay  cosa  en  la  vida  con  que  yo  mas  facilmenU^ 
la  passasse  «^ue  con  tu  conuersaciou,  y  si  agora 
en  estremo  no  me  pesa  que  1  )iana  te  aya  sido 
tan  cruel,  que  siquiera  no  mostrasse  agradeci- 
miento a  tan  leales  seruicios,  y  a  tan  verdadero 
amor  como  en  ellos  has  mostrado.  Svluam*  le 
respondió  sospirando.  Con  poco  me  c<»ntt?ntaríi 
yo,  si  mi  fortuna  quisiera:  y  bien  pudiera  Dian:i, 
sin  offender  á  lo  que  a  su  honra,  y  a  tu  fe  deniu 
darme  algún  contentamiento,  mas  no  tan  solo 
huyó  siempre  de  dármele,  mas  aun  de  hazrr 
cosa  por  donde  imaginasse  que  yo  algnn  tiempo 
podría  tenelle.  Dezia  yo  muchas  vezes  entre  mí: 
Aora  esta  fiera  endurescida  no  se  enojaría  al- 
gún día  con  Sireno,  de  manera  (jue  por  vengar- 

(•)  M.,  //?//•  yo  pndiesse. 
(>J  M.,  de  favores, 

(~>)  Todo  e8to  falta  en  la  eiUción  de  Venecia,  y  mc 
ha  tomado  de  la  de  Milán. 


256 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


fie  del,  fíngiessc  favorescernie  a  mi?  Que  vn 
Iiouibrc  tan  desconsolado,  y  falto  de  fauorcs, 
aun  fingidos  los  ternia  por  buenos.  Pues  quando 
desta  tierra  te  partiste,  pense  verdaderamente, 
<{uc  el  remedio  de  mi  mal  me  estaua  llamando 
a  la  puerta,  y  que  el  olnido  era  la^^os§^  más 
cierta,  que  después  de  la  ausencia  so  esperaua, 
y  m^s  en  coraron  de  muger.  Pero  quando  des- 
pués vi  las  lagrimas  de  Diana,  el  no  reposar  en 
la  aldea,  el  amar  la  soledad,  los  continuos  sos- 
j)¡ro8.  Dios  sabe  lo  que  senti.  Que  puesto  caso 
([ue  yo  sabia  ser  el  tiempo  vn  medico  muy 
aprouado  para  el  mal  que  la  ausencia  suele 
causar,  vua  sola  hora  de  tristeza  no-quisiera  yo 
(jue  por  mi  señora  passara,  aunque  della  se  me 
siguieran  a  mi  cien  mil  de  alegría.  Algunos 
dias,  después  que  te  fuyste,  la  vi  junto  a  la  de- 
besa  del  monte,  arrímada  a  vna  cnzina,  de  pe- 
chos sobre  su  cayado,  y  desta  manera  cstuuo 
gran  pie^  antes  que  me  vicsse.  Después  al^ó 
los  ojos,  y  las  lagrimas  le  estoruaron  verme. 
Deuia  ella  entonces  imaginar  en  su  trist.?  sole- 
dad, y  en  el  mal  que  tu  ausencia  le  hazia  sentir, 
])ero  do  ay  a  vn  poco  (no  sin  lagrimas,  acoui- 
l)anadas  de  tristes  sospiros)  sacó  vna  jampona, 
que  en  el  purron  traya,  y  la  comento  a  tocar  tan 
dulcemente,  que  el  valle,  el  monte,  el  rio,  las 
aues  enamoradas,  y  aun  las  sierras  de  aquel  es- 
pesso  bosque  quedaron  suspensas,  y  dexando 
la  ^ampofia  al  son  que  ella  auia  tañido,  comento 
esta  canción: 

Canción, 

Ojos  que  ya  no  veys  quien  os  miraua, 
(({uando  erades  espejo  en  que  se  via) 
qué  cosa  podreys  ver  que  os  dé  contento? 
Prado  ñorido  y  verde,  do  algún  dia 
por  el  mi  dulce  amigo  yo  esperaua, 
llorad  comigo  el  grane  mal  que  siento. 

A((ui  me  declaró  su  pensamiento, 
oyle  yo  cuytada, 
mas  que  serpiente  ayrada, 
llamándole  mil  vezes  atreuido. 
y  el  triste  alli  tendido  ('), 
parcsce  que  es  ahora,  y  que  lo  veo, 
y  aun  cssc  es  mi  desseo, 
!ay  8Í  lo  viesse  yo,  ay  tiempo  bueno! 
ribera  vmbrosa,  qué  es  del  mi  Sireno? 

At^uella  es  la  ribera,  este  es  el  prado, 
de  alli  parece  el  soto  y  valle  vmbroso, 
íjue  yo  con  mi  rebaño  repastaua./ 
Veys  el  arroyo  dulce  y  sonoroso, 
a  do  pascia  la  siesta  mí  ganadlo 
quando  el  mi  dulce  amigo  aquí  morana. 

Debaxo  aquella  haya  verde  estaua, 
y  veys  alli  el  ot«TO 
a  do  le  vi  primero, 

Cj  M.,  rendido. 


y  a  do  me  vio:  dichoso  fue  aquel  dia, 

si  la  (K'idiclia  inia, 

\n  ti'ju){)o  tan  dit^hoso  no  acabara. 

O  haya,  o  fuente  clara, 

todo  está  aquí,  mas  no  por  quien  yo  peno. 

Ribera  vmbrosa,  (ju'es  de  mi  Sireno? 

Aquí  tengo  un  retrato  que  me  engaña, 
pues  veo  a  mi  pastor  quando  lo  veo, 
aunque  en  mi  alma  está  mejor  sacado: 
Quíindo  de  verle  llega  el  "gran  desseo 
de  quiejí  el  tiempo,  luego  desengaña, 
a  a([uella  fuente  voy,  que  está  en  el  prado, 

Arrimólo  á  aquel  sauze  y  a  su  lado 
me  assieiito  (ay  amor  ciego) 
al  agua  mirol^figo, 
y  veo  a  mí^a  él,Xonío  la  via 
quando  él  aqnr-rfíiia. 
Esta  inuencion  vn  rato  me  sustenta, 
después  caygo  (* )  en  la  cuenta 
y  dizo  el  corar/on,  de  ansias  lleno: 
ribera  vuibrosa,  qu'es  d'el  mi  Sireno? 

Otras  vezes  le  hablo,  y  no  responde 
y  pienso  que  de  mí  se  esta  vengando, 
porque  algún  tiempo  no  le  respondía. 
Mas  digole  yo  triste  assi  llorando: 
hablad,  Sireno.  pues  estays  adonde 
jamas  ymaginó  mi  fantasía. 
Ko  veys,  dezi,  que  estays  n'el  alma  mia? 
Y  éJ  todavía  callado 
y  estarse  alli  a  mi  lado: 
en  mi  seso  le  ruego  que  me  hable: 
¡qué  engaño  tan  notable 
pedir  a  una  pintura  lengua  o  seso! 
¡ay  tiempo,  que  en  un  peso 
está  mi  alma  y  en  poder  ageno! 
ribera  umbrosa,  qn*es  del  mi  Sireno? 

Xo  puedo  jamas  yr  con  mi  ganado, 
quando  se  pone  el  sol,  a  nuestra  aldea, 
ni  desde  ella  nenir  a  la  majada. 
Sino  por  donde,  aunque  no  quiera,  uea 
la  choca  de  mi  bien  tan  desseado, 
ya  por  el  suelo  toda  derribada: 
Allí  me  assiento  un  poco  y  descuidada 
do  ouejas  y  corderos, 
hasta  que  los  uaqueros 
me  dan  bozes  diziendo:  ha  pastora, 
en  que  piensas  aora, 
y  el  ganado  pascíendo  por  los  trigos? 
mis  ojos  son  testigos 
por  íjuien  la  yerna  crece  al  ualle  ameno; 
ribera  umbrosa,  (ju'es  d'el  mi  Sireno? 

Razón  fuera,  Sireno,  que  hizieras 
a  tu  opinión  más  fuerza  en  la  partida 
pues  que  sin  ella  io  entregué  la  mía: 
t'jVIas  yo  de  quién  me  quexo  ¡ay,  perdida  I 
¿pudiera  alguno  hazer  que  no  partieras 
si  el  hado  o  la  fortuna  lo  quería? 

O  M.,  raj/o. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


257 


No  fac  la  colpa  tn ja  ni  podría 
creer  qao  tú  hiziesscs 
cosa  con  que  offendiceses 
a  este  amor  tan  llano  7  tan  sencillo, 
ni  quiero  presumillo, 
aunque  aya  muchas  muestras  j  señales; 
los  liados  desiguales 
me  an  anublado  yn  cielo  muy  sereno; 
ribera  ymbrosa,  qu*es  del  mi  Sireno? 

Canción  mira  que  vays  adonde  digo, 
mas  quédate  comigo, 
que  puede  ser  te  lleue  la  fortuna 
a  parte  do  te  llamen  importuna. 

Acabado  (})  Syluano  la  amorosa  canción  de 
Diana,  dizo  a  Sireno  (que  como  fuera  de  si  esta- 
ua  oyendo  los  uersos  que  después  de  su  partida 
la  pastora  auia  cantado):  quando  esta  canción 
cantaua  la  hermosa  Diana,  en  mis  lagrimas 
pudieran  ver  si  yo  sentia  las  que  ella  por  tu 
causa  derramaua:  pues  que  no  queriendo  yo 
della  entender  que  la  auia  entendido,  dissimu- 
lando lo  mejor  que  pude  (que  no  fue  poco  po- 
dello  hazer)  llegúeme  adonde  estaua.  Sireno 
entonces  le  atajó  diziendoc  Ten  punto,  Syluano; 
¿que  yn  coraron,  que  taics  cosas  sentia  pudo 
mudar  fe?  O  constancia,  o  firmeza,  y  quantas 
pocas  uezes  hazeis  assiento  sobre  coraron  de 
hembra,  que  quanto  mas  subiecta  está  á  quere- 
ros, tanto  mas  propuesta  (')  para  oluidaros.  Y 
bien  creya  yo  que  en  todas  las  mugeres  auia  esta 
falta,  mas  en  mi  señora  Diana,  jamas  pensé 
que  naturaleza  auia  dexado  cosa  buena  por  ha- 
zeri  Prosiguiendo  pues  Syluano  por  su  historia 
adelante,  le  dixo:  Como  yo  me  llegase  más 
adonde  Diana  estaua,  yi  que  ponia  los  ojos  en 
la  clara  fuente,  adonde  prosiguiendo  bu  acos- 
tumbrado offício,  comen<^ó  a  dezir.  Ay  ojos  y 
quanto  más  presto  se  os  acabaran  las  lagrimas 
que  la  ocasión  de  dcrramallas;  ay  mi  Sireno, 
plega  a  Dios  que  antes  que  el  desabrido  inuier- 
no  desnude  el  yerde  prado  de  frescas  y  oloro- 
sas flores,  y  el  uallc  ameno  de  la  menuda  yer- 
na, y  los  arboles  sombríos  de  su  ucrde  hoja, 
uean  estos  ojos  tu  presencia  tan  desáeada  de  mi 
anima,  como  de  la  tuya  dcuo  ser  aborrecida. 
A  este  punto  a1^  el  diuiuo  rostro,  y  me  uido: 
trabajó  por  disimular  ei  triste  llanto,  mas  no 
lo  pudo  hazer,  de  manera  que  las  lagrimas  no 
atajassen  el  passo  a  su  disimulación.  Leuantoac 
a  uii,d¡zicndo:  Siéntate  aqui,  Syluano,  que  asaz 
vengado  está8,  y  a  costa  mia.  Bien  paga  esta 
desdichada  lo  que  dizes  que  a  su  causa  sientes 
si  es  ucrdad  que  es  ella  la  causa.  Es  possible, 
Diana,  (le  respondí)  que  eso  me  qucdaua  por 
oyr?  En  fiu,  no  me  engaño  en  dezir,  que  nasci 
para  cada  dia  discubrir  nu  uos  géneros  de  tor- 

(*\  M.,  acabando. 

(')  M.,  prompta  ettá,  ^ 

ORlOENKS  DE  LA   NOVELA.— 17 


mentos,  y  tú  para  hazermc  más  sinrazones,  de 
las  que  en  tu  pensamiento  pueden  caber.  Acra 
dudas  ser  tú  la  causa  de  mi  mal?  Si  tú  no  eres 
la  causa  d'el,  quién  sospechas  que  merecieese 
tan  gran  amor?  O  qué  coraron  auria  en  c) 
mundo  si  no  fuesse  el  suyo,  a  quien  mis  lagri- 
mas no  yuiessen  ablandado?  E  a  esto  añadí 
otras  muchas  cosas,  de  que  ya  no  tengo  memo- 
ria. Mas  la  cruel  enemiga  de  mi  descanso,  atajó 
mis  razones,  diziendo:  Mira,  Syluano,  si  otra 
yez  tu  lengua  se  atreue  a  tratar  de  cosa  tuya 
y  a  dezar  de  hablarme  en  el  mi  Sireno,  a  tu 
plazer  te  dexaré  gozar  de  la  clara  fuente  donde 
estamos  sentado.  Y  tú  no  sabes  que  toda  cosa 
que  en  mi  pastor  no  tratare,  me  es  aborres- 
cible  y  enojosa?  y  que  a  la  persona  que  quie- 
re bien,  todo  el  tiempo  que  gasta  en  oyr  cosa 
fuera  de  sus  amores  le  parece  mal  empleado?  Yo 
entonces,  de  miedo  que  mis  palabras  no  fnes- 
sen  causa  de  perder  el  descanso  que  su  yista 
me  offrescia,  puse  silencio  en  ellas,  y  estnue  allí 
yn  gran  rato  gozando  de  yer  aquella  hermosura 
sobrehumana,  hasta  que  la  noche  se  dexó  yo- 
nir  (con  mayor  presteza  de  lo  que*  yo  quisiera) 
y  de  alli  nos  fuymos  los  dos  con  nuestros  ga- 
nados al  aldea.  Sireno  sospirando,  le  dixo: 
grandes  cosas  me  has  contado  (Syluano)  y  to- 
das en  daño  mió;  desdichado  de  mi,  quán  presto 
yine  a  esperimentar  la  poca  constancia  que  en 
las  mugeres  ay.  Por  lo  que  los  deuo  me  pesa. 
No  quisiera  yo,  pastor,  que  en  algún  tiempo  se 
oyere  dezir,  que  en  yn  yaso,  donde  tan  gran 
hermosura  y  discreción  junt(>  naturaleza,  hu- 
biera tan  mala  mixtura,  como  es  la  inconstan- 
cia que  comigu  ha  usado.  Y  lo  que  más  me  lle- 
ga al  alma,  es  que  el  tiempo  le  a  de  dar  a  en- 
tender lo  mal  que  comigo  lo  ha  hecho:  lo  qual 
no  puede  ser  sino  a  costa  de  su  descanso.  ¿Cómo 
le  ua  de  contentamiento  después  de  casada? 
Syluano  le  respondió:  dizenme  algunos  que  le 
ua  mal,  y  no  me  espanto,  porque  como  sabes, 
Delio  su  esposo,  aunque  es  rico  de  los  bienes 
de  fortuna,  no  lo  es  de  los  de  naturaleza,  que  en 
esto  de  la  disposición  ya  yes  quan  mal  le  va. 
Pues  de  otras  cosas  de  que  los  pastores  nos 
preciamos,  como  son  tañer,  cantar,  luchar,  ju- 
gar al  cayado,  baylar  con  las  mozas  el  Domin- 
go, paresce  que  Delio  no  ha  naseido  para  más 
que  mirallo.  Aora  pastor  (dixo  Sireno)  toma 
tu  rabel  y  yo  tomaré  mi  jampona,  que  no  ay 
mal  que  con  la  música  no  se  passe,  ni  trist(.>za 
que  con  ella  no  se  acrescientc.  Y  templando  los 
dos  pastores  sus  instrumentos  con  mucha  gra- 
cia y  snauidad  comentaron  a  cantar  lo  siguiente. 

SYLVANO 

Sireno,  en  qué  pensauas,  que  mirándote 
estaua  desde  el  soto,  y  condoliéndome 
de  uer  con  el  dolor  qu'cstás  quexaudotc? 


258 


orígenes  de  la  xovela 


Vo  dexo  mi  ganado  allí,  atendiéndome, 
(|ne  en  quanto  el  claro  sol  no  oa  encubriéndose 
bien  puedo  estar  contigo  entreteniéndome. 

Tu  mal  m?  di  (')  pastor,  que  elmaldiziendose 
8c  passa  a  menos  costa,  que  callándolo, 
j  la  tristeza  en  fin  ya  despidiéndose. 

Mi  mal  contaria  yo,  pero  contándolo, 
se  me  acrecienta,  j  más  en  acordárseme 
de  quan  en  vano,  ay  triste,  estoy  llorándolo. 

La  yida  a  mi  pesar  yeo  alargárseme, 
n)i  triste  coraron  no  ay  consolármele, 
y  vil  desusado  mal  veo  acercárseme. 

De  quien  medio  esperó,  vino  a  quitármele, 
mas  nunca  le  espera,  porque  esperándole, 
pudiera  con  razón  dexar  de  dármele. 

Andana  mi  passion  sollicitandole, 
con  medios  no  importunos*,  sino  licitos, 
y  andana  el  crudo  amor  ella  estoruandole. 

Mis  tristes  pensamientos  muy  solícitos 
d(;  vna  á  otra  parte  reboluiendose, 
huyendo  en  t¿lA  cosa  el  ser  illicitos, 

pedian<4  l^iana^  <iue  pudiéndose 
dar  medio  cñ  tanto  mal,  y  sin  causártele 
se  diesse:  y  fucsse  vn  triste  entreteniéndose. 

Pues  qué  hizieras,  di,  si  en  vez  de  dártele 
te  le  quitare?  ay  triste,  que  pensándolo, 
callar  querria  mi  mal,  y  no  contártele. 

Pero  después  (Sireno)  ymaginandolo 
vua  pastora  inuoco  lierniosissima, 
y  ansi  va  a  costa  mía  en  fín  passandolo. 

SIRENO 

Syluano  mió,  vna  afección  rarissima, 
vna  verdad  que  ciega  luego  en  viéndola, 
vn  seso,  y  discreción  excelentissima: 

con  una  dulce  habla,  que  en  oyéndola, 
las  duras  peñas  mueuc  cnterneoiendolas, 
qué  sentiría  un  amador  perdiéndola? 

Mis  ouejuelas  miro,  y  pienso  en  viéndolas 
quantas  uezcs  la  uía  repastándolas 
y  con  las  suias  propias  recogiéndolas. 

Y  quantas  uezes  la  topé  llenándolas, 
al  rio  por  la  siesta,  a  do  sentándose, 

con  gran  cuidado  estaña  allí  contándolas? 

Después  si  estaua  sola,  desti.>candoso, 
vieras  el  claro  sol  embidiosissimo 
de  sus  cabellos,  y  ella  alli  peinándose, 

Pues  (o  Syluano  amigo  mio'íarísslmíí) 
quantas  uezes  de  'súbito  encontrándome 
se  le  encendía  aquel  rostro  henuosissimo. 

Y  con  qué  gracia  estaua  preguntándome 
que  como  auia  'tardado,  y  aun  riñieudome 
y  kí  esso  m*enfadaua  halagándome. 

Pues  (}uantos  dias  la  hallé  atendiéndome 
on  esta  clnra  fuente,  y  yo  buscándola 
por  aquel  soto  cspesso,  y  deshazicndome, 

(*)  Así  en  M.  La  de  Venecia  y  otrafl  dicen  en  mirar 
mi pa$tor^  lo  cual  no  hace  sentido. 


Cómo  qualquier  trabajo  en  encontrandoU 
de  ouejas  y  corderos,  lo  oluidauamos 
hablando  ella  comigo,  y  yo  mirándola. 

Otras  uezes  (Syluano)  concertauamos 
la  9ampoña  y  rabel  con  que  tañíamos, 
y  mis  nersoB  entonce  alli  cantauamos. 

Después  la  flecha  y  arco  apercebiamos 
y  otras  uezes  la  red,  y  ella  siguiéndome 
jamas  sin  ca^a  a  nuestra  aldea  boluiamos. 

Assi  fortuna  andouo  entreteniéndome 
que  para  mayor  mal  yua  guardándome, 
el  qual  no  terna  fin,  sino  muñéndome. 

SYLCANO 

Sireno,  el  crudo  amor  que  lastimándome 
jamas  cansó,  no  impide  el  acordárseme 
de  tanto  mal,  y  muero  en  acordándome. 

Miré  a  Diana,  y  ni  luego  abreuiarseme 
el  plazer  y  contento,  en  solo  uiendola, 
y  a  mi  pesar  la  uída  ni  alargárseme, 

O  quantas  uezes  la  hallé  perdiéndola, 
y  quantas  uezes  la  perdí  hallándola, 
y  yo  callar,  suffrir,  morir  sirviéndola  (*)  ? 

La  uída  perdí  yo,  quando  topándola 
miraua  aquellos  ojos,  que  ayradíssimos 
boluia  contra  mí  luego  en  hablandola. 

Mas  quando  los  cabellos  hermosissimos 
descogía  y  peinaua,  no  sintiéndome 
se  me  boluian  los  males  sabrosissimos. 

Y  la  cruel  Diana  en  conosciendome 
boluia  como  fiera,  que  encrespándose 
arremete  al  león,  y  deshazicndome. 

Vn  tiempo  la  esperanza,  ansi  burlándome 
mantuno  el  coraron  entreteniéndole, 
mas  el  mismo  después  desengañándome, 
burló  del  esperar,  y  fue  perdiéndole. 

• 

No  mucho  después  que  los  pastores  dií'i\  \\ 
fin  al  triste  canto,  uieron  salir  dentro  el  arbo- 
leda que  jnnto  al  rio  estaña,  una  pastora  ta- 
ñendo con  una  jampona,  y  cantando  con  tanta 
gracia  y  suauídad  como  tristeza:  la  qual  enco. 
bria  gran  parte  de  su  hermosura  (que  no  era 
poca)  y  preguntó  Sireno,  como  quien  aui:i 
mucho  que  no  rcpastaua  por  aquel  valle,  quit'n 
fuesse(*).  Syluano  le  respondió:  esta  es  una  her- 
mosa pastora,  que  de  pocos  dias  acá  apascientu 
por  estos  prados,  muyqnexosa  de  amor,  y  según 
dize  con  mucha  razón,  aunque  otros  quieren 
dezir,  que  ha  mucho  tiempo  que  se  burla  con  el 
desengaño.  Por  uentura,  dixo  Sireno,  está  on 
su  mano  el  desengañarse  ?(5i)íespondió  Sylua- 
no, porque  no  puedo  yo  creer,  que  ay  muger 
en  la  uída,  que  tanto  quiera  que  la  fuerza  del 
amor  le  estorue  entender  si  es  querida,  o  no. 


(*)  M.,  así.  V,,  ñutiéndola  i 
(«)  U,,/uessí\ 


DIANA  J>E  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


259 


De  contraria  opíiiion  soy.  De  contraria  (dixo 
Sjluano)  pues  no  te  irás  alabando,  que  bien 
caro  te  cuesta  auerte  fíado  en  las  palabras  de 
I  >iana,  pero  no  te  doy  culpa,  que  ansi  como  no 
ay  a  quien  no  ucn9a  su  hermosura,  assi  no  aura 
a  quien  sus  palabras  no  engañen.  ¿Cómo  pue- 
des tú  saber  esso,  pues  ella  jamas  te  engañó  con 
palabras,  ni  con  obras?  Verdad  es  (dixo  Syl- 
nano)  que  siempre  fuy  della  desengañado,  mas 
yo  osMÍa  jurar  (por  lo  que  después  acá  ha  suce- 
dido) C^  jamas  me  desengañó  a  mi,  sino  por 
engañarle  a  ti.  Pero  dexemos  esto,  y  oyamos 
esta  pastora  que  es  gran  amiga  de  Diana,  y 
según  lo  que  de  su  gracia  y  discrcccion  me  di- 
zen,  bien  meresce  ser  oyda.  A  este  tiempo  lle- 
gaua  la  hermosa  pastora  junto  a  la  fuente,  can- 
tando este  soneto. 

Soneto. 

Ya  he  uisto  yo  a  mis  ojos  más  contento 
y  he  uisto  mas  alegre  el  alma  mia, 
triste  de  la  que  enfada  do  algún  dia 
con  su  uista  causó  contentamiento. 

Mas  como  esta  fortuna  en  un  momento 
os  corta  la  rayz  del  alegría, 
lo  mismo  que  ay  de  yn  es,  a  un  ser  solia, 
ay  de  un  gran  plazer  a  un  gran  tormento. 

Tomaos  allá  con  tiempos,  con  mudanzas, 
tomaos  con  mouimientos  desuariados, 
Ycreys  el  coraron  quan  libre  os  queda. 

Entonces  me  fiaré  yo  en  esperanzas, 
quando  los  casos  tenga  sojuzgados 
V  ecliado  un  clano  al  exe  de  la  rueda. 

•r 

Después  que  la  pastora  acabó  de  cantar  se 
uino  derecha  a  la  fuente  adonde  los  pastores 
estañan,  y  entretanto  que  nenia,  dixo  Syluano 
(medio  riendo)  no  hagas  sino  liazer  caso  de 
aquellas  palabras,  y  acceptar  por  testigo  el  ar- 
diente sospiro  con  que  dio  fin  a  su  cantar. 
Desso  no  dudes  (respondió  Sireno)  que  tan 
presto  yo  la  quisiera  bien  como  aunque  me  pese 
creyera  todo  lo  que  ello  me  quisiera  dezir.  Pues 
estando  ellos  en  esto  llegó  Seluagia,  y  quando 
conoscio  a  los  pastores,  muy  cortesemente  los 
saludó,  diziendo:  Qué  hazeys,  o  desamados 
])astorcs,  en  este  verde  y  deleytoso  prado?  No 
dizes  mal,  hermosa  Seluagia,  en  preguntar  qué 
Iiazemos  (dixo  Syluano)  hazemos  tan  poco  para 
lo  que  deuiamoB  liazer,  que  jamas  podremos 
concluyr  cosa  que  el  amor  nos  haga  dessear? 
No  te  espantes  desso,  dixo  Seluagia,  que  cosas 
ay  que  antes  que  se  acaben,  acaban  ellas  a  quien 
las  dcssea.  Syluano  respondió:  a  lo  menos  si 
hombre  pone  su  descanso  en  manos  de  muger, 
primero  se  acabará  la  uida,  que  con  ella  se  acabe 
cosa  con  que  se  espere  recebille.  Desdichadas 
destas  mugeres  (dixo  Seluagia)  que  tan  mal 


tratadas  son  de  nuestras  palabras.  Mas  destos 
hombres  (respondió  Syluano)  que  tanto  peor 
lo  son  de  nuestras  obras.  Puede  ser  cosa  más 
baxa,  ni  de  menor  ualor,  que  por  la  cosa  más 
liuiana  del  mundo,  olyidcys  nosotras  a  quien 
más  amor  ayais  tenido?  Pues  ausentaos  algim 
dia  de  quien  bien  quereys,  que  a  la  buelta  aureys 
menester  negociar  de  nueuo.  Dos  cosas  siento, 
dixo  Seluagia,  de  lo  que  dizes,  que  uerdadera- 
mente  me  espantan,  la  y  na,  es  que  ueo  en  tu 
lengua  al  renes  de  lo  que  de  tu  condición  tune 
entendido  siempre,  porque  imaginana  yo  quan- 
do oya  hablar  en  tus  amores,  que  eras  en  ellos 
yn  Fénix,  y  que  ninguno  de  quantos  hasta  oy 
an  querido  bien,  pudieron  llegar  al  estremo 
que  tú  as  tenido,  en  querer  a  una  pastora  que 
yo  conosco,  causas  harto  sufficicntes  para  no 
tratar  mal  de  mugeres,  si  la  malicia  no  fuera 
más  que  los  amores.  La  segunda  es  que  hablas 
en  cosa  que  no  entiendes,  porque  hablar  en  ol- 
uido,  quien  jamas  tuuo  osperiencia  del,  más  se 
deue  atribuir  a  locura  que  a  otra  cosa.  Si  Diana 
jamas  se  acordó  de  ti,  cómo  puedes  tú  quexarte 
de  su  oluido?  A  ambas  cosas,  dixo  Syluano, 
pienso  responderte,  si  no  te  cansas  en  oyrme. 
Plega  a  Dios  que  jamas  me  uea  con  más  con- 
tento del  que  aoraJ«ngo,  si  nadie,  por  más 
exemplo  que  me  ^rayg^^  puede  encarecer  el  po- 
der que  sobre  mi  alma  tiene  aquella  desagra- 
descida,  y  desleal  pastora  (que  tú  conoces,  y 
yo  no  quisiera  conocer)  pero  quanto  mayor  en 
el  amor  que  le  tengo,  tanto  más  me  pesa,  que 
en  ella  aya  cosa  que  pueda  ser  reprehendida; 
porque  ay  está  Sireno,  que  fue  más  fauorescido 
de  Diana  que  todos  los  del  mundo  lo  an  sido 
de  sus  señoras  y  lo  ha  oluidado  de  la  manera 
que  todos  sabemos.  A  lo  que  dizes,  que  no  puedo 
hablar  en  mal,  de  que  no  tengo  esperiencia, 
bueno  sería  que  el  medico  no  supiesse  tratar  de 
mal  que  él  no  uuiessc  tenido,  y  de  otra  cosa, 
Seluagia  te  quiero  satisfazer,  no  pienses  qm; 
quiero  mal  a  las  mugeres,  que  no  ay  cosa  en  la 
uida  a  quien  más  dessee  scruir:  mas  en  pago  de 
querer  bien,  soy  tratado  mal,  y  de  aqui  nasce 
dezillo  yo,  de  quien  es  su  gloria  causármele.  Si- 
reno  que  auia  rato  que  callaua,  dixo  contra  Sel- 
uagia. Pastora,  si  me  oyesses,  no  pornias  culpa 
a  mi  competidor  (o  hablando  mas  propriamente, 
a  mi  charo  amigo  Syluano)  dime,  por  qué  causa 
soys  tan  mouibles,  que  en  un  punto  derríbais 
a  un  pastor  de  lo  más  alto  de  su  uentura,  a  lo 
más  baxo  de  su  miseria?  Pero  sabeys  a  qué 
lo  atribuyo?  a  que  no  teneys  ucrdadero  conosci- 
miento  de  lo  que  tracys  entre  manos;  tratavs  de 
amor,  no  soys  capazes  de  entondelle,  ved  cómo 
sabreys  auenir<js  con  el.  Yo  te  dixo  Sireno  (di- 
xo Seluagia)  que  la  causa  porque  las  pastoras 
oluidamos,  no  es  otra,  sino  la  misma  porque 
de  nosotros  somos  oluidadas.  Son  cosas  que 


260 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


el  amor  haze  y  desliaze:  cosas  qae  loa  tiem- 
poB  7  los  lagares  las  mueueii  o  las  (})  ponen  si- 
lencio: mas  no  por  defecto  del  entendimiento 
de  las  mngeres,  de  las  qnales  ha  anido  en  el 
mundo  infinitas  que  pudieran  enseñar  a  ninir  a 
los  hombres,  y  aun  los  enseñaran  a  amar,  si 
fuera  el  amor  cosa  que  pudiera  enseñarse.  Mas 
con  todo  esto,  creyó  que  no  ay  mas  baxo  estado 
en  la  uida,  que  el  de  las  mugeres:  porque  si  os 
hablan  bien,pensays  que  están  muertas  de  amo- 
res; si  no  08  hablan,  creeys  que  de  alteradas  y 
fantásticas  lo  hazcn;  si  el  recogimiento  que 
tienen  no  haze  a  uuestro  proposito,  teneys  lo 
por  hypocresia:  no  tienen  deseraboltura  que 
no  08  parezca  demasiada:  si  callan,  dezis  que 
8on  necias,  si  hablan,  que  son  pesadas:  y  que 
no  ay  quien  las  suffra,  si  os  quieren  todo  lo 
del  mundo,  creeys  que  de  malas  lo  hazen,  si 
os  oluidan,  y  se  apartan  de  las  occasiones  de 
Ber  enfamadas,  dezis  que  de  inconstantes  y 
poco  firmes  en  un  proposito.  Assi  que  no  está 
en  más  pareceros  la  muger  buena,  o  mala,  que 
en  acertar  ella  a  no  salir  jamas  de  lo  que  pide 
nuestra  inclinación.  Hermosa  Seluagia  (dixo 
Sireno)  si  todas  tuuiessen  ese  entendimiento  y 
biueza  de  ingenio,  bien  creo  yo  que  jamas  da- 
rían occasion  a  que  nosotros  pudiesscmos  que- 
xarnos  de  sus  descuydos.  Mas  para  que  sepa- 
mos la  razón  que  tienes  de  agrauiarte  de  amor, 
ansi  Dios  te  de  el  consuelo  que  para  tan  grane 
mal  es  menester,  que  nos  cuentes  la  hystoria  de 
tus  amores,  y  todo  lo  que  en  ellos  hasta  aora 
te  ha  succedido  (que  de  los  nuestros  sabes  más 
de  lo  que  nosotros  te  sabremos  dezir)  por  uer 
si  las  cosas  que  en  él  as  passado  te  dan  licencia 
para  hablar  en  ellos  tan  sueltamente.  Que  cierto 
tus  palabras  dan  a  entender  ser  tú  la  más  espe- 
rimentada  en  ellos,  que  otra  jamas  aya  sido. 
Seluagia  le  respondió:  si  yo  no  fuere  (Sireno) 
la  más  esperimentada,  seré  la  más  mal  tratada 
que  nunca  nadie  pensó  ser,  y  la  que  con  más 
razón  se  puede  quexar  de  sus  dcsuariados  effec- 
tos,  cosa  harto  suffíciente  para  poder  hablar 
en  él.  Y  porque  entiendas  por  lo  que  passé,  lo 
que  siento  de  esta  endiablada  passion,  poned 
un  poco  nuestras  desuenturas  en  mano  del 
silencio,  y  contaros  he  las  maíorcs  que  jamas 
aiieys  oydo. 

En  el  ualeroso  y  inexpugnablií  reino  de  los 
Lusitanos,  ay  dos  caudalosos  ríos  que  cansa- 
dos de  regar  la  mayor  parte  de  nuestra  España, 
no  muy  lexos  el  vno  del  otro  entran  en  el  mar 
Océano,  en  medio  de  los  qnales  ay  muchas  y 
muy  antiguas  poblaciones,  a  causa  de  la  ferti- 
lidad de  la  tierra  ser  tan  grande,  que  en  el  uni- 
uerso  no  ay  otra  alguna  que  se  ygnale.  La  uida 
desta  prouincia  es  tan  remota  y  apartada  de 

(')  Lss  en  la  edición  de  Milán. 


cosas  que  puedan  inquietar  el  pensamiento,  que 
si  no  es  quando  Venus,  por  manos  del  ciego 
hijo,  se  quiere  mostrar  poderosa,  no  ay  quien 
entienda  en  más  que  en  sustentar  una  vida 
quieta,  con  suffíciente  mediania,  en  las  cosas 
que  para  passalla  son  menester.  Los  ingenios 
de  los  hombres  son  aparejados  para  passar  la 
uida  con  assaz  contento,  y  la  hermosura  de  las 

V  mugeres  para  quitalla  jj,^ue  mas  confiado  bi- 
uiere.  Ay  muchas ^sas  por*  entre  las  florestas 
sombrías,  y  deleytosos  ualTes:  el  termino  de  los 
quales  siendo  proueydo  de  roció  del  soberano 
cielo,  y  cultiuado  con  industría  de  los  liabita- 
dores  dellas,  el  gracioso  uerano  tiene  cuydado 
de  offrecerles  el  fruto  de  su  trabajo,  y  socor- 
rerles a  las  necessidades  de  la  uida  humana. 
Yo  uiuia  en  una  aldea  que  está  junto  al  cauda- 
loso Duero  (que  es  vno  de  los  dos  ríos  que  os 
tengo  dicho)  adonde  está  el  suntuosissimo  tem- 
plo de  la  diosa  Minerua,  que  en  ciertos  tiem- 
pos del  año  es  uisitado  de  todas  o  las  más  pas- 
toras y  pastores  que  en  aquella  prouincia  binen. 
Comentando  un  dia,  antes  de  la  celebre  fiesta 
a  solemnizalla  las  pastoras  y  nymphas,  con  can- 
tos y  hymnos  muy  suaues,  y  los  pastores  con 
desafios  de  coiTer,  saltar,  luchar,  y  tirar  la  bar- 
ra, poniendo  por  premio  para  el  que  uictorioso 
saliere,  quales  una  guirnalda  de  uerde  yedra, 
quales  una  dulce  gampoña,  o  flauta,  6  un  ca- 
yado de 'nudoso  fresno,  y  otras  cosas  de  que  los 
pastores  se  precian.  Llegando  pues  el  dia  en 
que  la  fiesta  se  celebraua,  yo  con  otras  pasto- 
ras amigas  mias:  dexando  los  seruiles,  y  baxos 
paños,  y  uistiendonos  de  los  mejores  que  te- 
níamos, nos  fuyuíos  el  dia  antes  de  la  fiesta  de- 
terminadas de  uerlas  aquella  noche  en  el  U'm- 
plo,  como  otros  años  lo  solíamos  hazer.  Estan- 
do pues  como  digo  en  compañía  de  estas  ami- 
gas mias,  u  irnos  entrar  por  la  puerta,  una  com- 
pañía de  hermosas  pastoras,  a  quien  algunos 
pastores  aconipañauan:  los  quales  dexandolas 
dentro,  y  auiendo  hecho  su  deuida  oración,  se 
salieron  al  hermoso  ualle,  por  que  la  orden  de 
aquella  prouincia  era  que  ningún  pastor  ])n- 
diessc  entrar  en  el  templo,  más  que  a  dar  la  ol>o- 
diencia,  y  se  boluiesse  lueyo  a  salir,  hasta  que 
el  dia  siguiente  pudiessen:]t^i^^ntrar  a  parti- 
cipar de  las  cerimonias  y  sacrificios  que  enton- 
ces hazían.  Y  la  causa  desto  era,  porque  las 
pastoras  y  Nimphas  (^uedassen  solas  y  sin  oca- 
sión de  entender  en  otra  cosa,  sino  celebrar  la 
fiesta  regozíjandose  vnas  con  otras,  cosas  qu^ 
otros  muchos  años  solían  hazer,  y  los  pastores 
fuera  del  templo  en  vn  uerde  prado  que  alli  es- 
taña, al  resplandor  de  la  nocturna  Diana.  Pues 

^a|uíendo  entrado  los  pastoread  que  digo  en  el 
suntuoso  templo,  después  deliechas  sus  oracio- 
nes y  de  haber  offrescído  sus  offrendas  delante 
del  altar,  junto  a  nosotros  se  asscntaron.  Y  quí- 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


261 


80  mi  uentura  que  jaato  a  mi  se  sentasse  una 
dellas  para  qae  yo  faesse  dgaugntnrada  todos 
los  diasque  su  memoria me^ara88e)(').  Las  pas- 
toras venian  disfrazadas,  To^'rostros  cubiertos 
con  unos  uelos  blancos  j  presos  en  sus  chápele- 
tes  de  menuda  paja  subtilissimamente  labrados 
con  muchas  guarniciones  de  lomismo  tan  bien 
hechas  j  entretexidas,  que  de(oroyio  les  llenara 
nentaja.  Pues  estando  yo  miranSo  la  que  junto 
a  rai  se  auia  sentado,  u¡  que  no  qnitaua  los 
ojos  délos  mios,  y  quando  yo  la  miraua,  abaxa- 
va  ella  los  suyos  fíngiendome  quererme  uer  sin 
que  yo  mirasse  en  ello.  Yo  desseaua  en  estremo 
saber  quién  era,  por  que  si  hablasse  comigo,  no 
cayesse  yo  en  algún  yerro  a  causa  de  no  cono- 
celia.  Y  todauia  todas  las  uezes  que  yo  me  des- 
cuydaua,  la  pastora  no  quitaua  los  ojos  de  mi, 
y  tanto  que  mil  uezcs  es  tune  por  habla]  la  (^), 
enamorada  de  unos  hermosos  ojos  que  ella  sola- 
mente tenia  descubiertos.  Pues  estando  yo  con 
toda  la  atención  possible,  sacó  la  más  hermosa 
y  la  más  delicada  mano,  que  yo  después  acá  he 
iiisto,  y  tomándome  la  mia,  me  la  estuuo  mi- 
rando un  poco.  Yo  que  estaña  más  enamorada 
dcUa  de  lo  que  se  podría  dezir,  le  dixe:  Her- 
mosa y  graciosa  pastora,  no  es  sola  essa  mano, 
la  que  aora  está  aparejada  para  semiros,  mas 
también  lo  está  el  coraron,  y  el  pensamiento  de 
cuya  ella  es.  Ysmenia(que  assi  se  Uamaua  aque- 
lla que  fue  causa  de  toda  la  inquietud  de  mis 
pensamientos)  teniendo  ya  imaginado  hazerme 
la  burla  que  adelante  oireys,  me  respondió  muy 
liaxo,  que  nadie  lo  oyease:  graciosa  pastora,  soy 
yo  tan  nuestra,  que  como  tal  me  atreui  a  hazer 
lo  que  hize,  suplicóos  que  no  os  escandalizeys, 
porque  en  uiendo  nuestro  hermoso  rostro,  no 
tune  más  poder  en  mi.  Yo  entonces  muy  con- 
tenta me  llegué  más  a  ella,  y  le  dixe  {medio 
riendo).  ¿Cómo  puede  ser,  pastora,  que  siendo 
uos  tan  hermosa  os  enamoreysdc  otra  que  tanto 
le  falta  para  serlo,  y  más  siendo  muger  como 
uos?  Ay  pastora,  respondió  ella,  que  el  amor 
que  menos  uezes  se  acaba  es  este,  y  el  que  más 
consienten  passar  los  hados,  sin  que  las  bueltas 
de  fortuna  ni  las  mudanzas  del  tiempo  les  vayan 
a  la  mano.  Yo  entonces  respondí:  si  la  natura- 
leza de  mi  estado  me  enseñara  a  responderá  tan 
discretas  palabras,  no  me  lo  estoruara  el  desseo 
quede  semiros  tengo:  mas  créeme,  hermosa  pas- 
tora, que  el  proposito  de  ser  nuestra,  la  muerte 
no  será  parte  para  quitármele.  Y  después  desto 
los  abramos  fueron  tantos,  los  amores  que  la 
Tua  k  la  otra  nos  deziamos,  y  de  mi  parte  tan 
uerdaderos,  que  ni  teniamos  cuenta  con  los 
cantares  de  las  pastoras,  ni  mirauamos  las  dan- 
tas de  las  Nymphas,  ni  otros  regozijos  que  en 

!')  M.,  turaae. 
*)  M.,  hablelU. 


el  templo  se  hazia  (}).  A  este  tiempo  importu- 
naua  yo  a  Ysmenia  que  me  dixesse  su  nombre, 
y  se  quitasse  el  reboco,  de  lo  qual  ella  con  gran 
dissimnlacion  se  escusaua  y  con  grandisSima  as- 
tucia mudaua  proposito.  Mas  siendo  ya  passada 
media  noche,  y  estando  yo  con  el  mayor  desseo 
del  mundo  de  verle  el  rostro,  y  saber  cómo  se 
llamaua,  y  de  adonde  era,  comencé  a  quexarmc 
d'ella,  y  a  dezir  que  no  era  possible  que  el 
amor  que  me  tenia  fnesse  tan  grande,  como 
con  sus  palabras  me  manifestaua:  pues  auien- 
dolé  yo  dicho  mi  nombre,  me  encubria  el  suyo, 
y  que  cómo  podia  yo  biuir,  queriéndola  como  la 
quería,  si  no  supiesse  a  quién  quería,  o  adonde 
auia  de  saber  nueuas  de  mis  amores?  E  otras 
cosas  dichas  tan  de  veras  que  las  lagrimas  me 
ayudaron  a  mouer  el  corazón  de  la  cautelosa 
Ysmenia,  de  manera  que  ella  se  leuantó:  y 
tomándome  por  la  mano  me  apartó  hazia  una 
parte,  donde  no  auia  quien  impedir  nos  pu- 
diesse  y  comenzó  a  dezirme  estas  palabras  (fin- 
giendo que  del  alma  le  salían).  Hermosa  pas- 
tora, nascida  para  inquietud  de  un  espíritu,  que 
hasta  aora  ha  bíuido  tan  esento  quanto  ha 
sido  possible,  quién  podra  dexar  de  dezirte  lo 
que  pides  auíendote  hecho  señora  de  su  liber- 
tad? Desdichado  de  mi,  que  la  mudanza  del  ha- 
bito te  tiene  engañada  aunque  el  engaño  ya 
resulta  en  daño  mío.  El  rebozo  que  quieres 
que  yo  quite,  ues  lo  aquí  donde  lo  quito,  de- 
zirte he  mi  nombre,  no  te  haze  mucho  al  caso, 
pues  aunque  yo  no  quiera  me  uerás  mas  uezes 
de  las  que  tú  podras  suffrir.  Y  diziendo  esto, 
y  quitándose  el  rebozo,  vieron  mis  ojos  un 
rostro  que  aunque  el  aspecto  fnesse  un  poco 
uaronil,  su  hermosura  era  tan  grande  que  me 
espantó.  E  prosiguiendo  Ysmenia  su  plática, 
dixo:  y  por  que,  pastora,  sepas  el  mal  que  tu 
hermosura  me  ha  hecho,  y  que  las  palabras  que 
entre  las  dos  como  de  burlas  han  pcssado  son 
de  ñeras:  sabe  que  yo  soy  hombre  y  no  muger, 
como  antes  pensauas.  Estas  pastoras  que  aqui 
uees'por  reyrte  comigo  (que  son  todas  mis 
párlentas)  me  han  uestido  desta  manera  que 
de  otra  no  pudiera  quedar  en  el  templo,  a  causa 
de  la  orden  que  en  esto  se  tiene.  Quando  yo 
hube  entendido  lo  que  Ysmenia  me  auia  dicho, 
y  le  ni  comodigo  en  el  rostro,  no  aquella  blandu- 
ra, ni  en  los  ojos  aquel  reposo  que  las  donzellas 
por  la  mayor  parte  solemos  tener,  crey  que  era 
uerdad  lo  que  me  dezia,  y  quedé  tan  (•)  fuera 
de  mi,  que  no  supe  qué  respondelle.  Todauia 
contemplaua  aquella  hermosura  tan  estremada, 
miraua  aquellas  palabras  que  me  dezia  con  tanta 
dissimnlacion  (que  jamas  supo  nadie  hazer  cier- 
to de  lo  fingido  como  aquella  cautelosa  y  cruel 


(')  M ,  hazian, 
(*)  V-»  d^tedara. 


262 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


pastora).  Vime  a<j\ic]la  hora  tan  presa  de  sus 
amores,  y  tan  contenta  de  entender  que  ella  lo 
estaña  de  mi,  qne  no  sabría  encarecello,  y  puesto 
caso  que  de  semejante  passion  hasta  aquel  pun- 
to no  tuuiesse  experiencia  (causa  harto  suffí- 
ciente  para  no  saber  dezilla)  todavía  esforzán- 
dome lo  mejor  que  pude  la  hablé  desta  manera: 
Hermosa  pastora,  que  para  hazerme  quedar  sin 
libertad,  o  para  lo  (^ue  la  fortuna  se  sabe,  to- 
maste el  habito  de  aquella  que  el  de  amor  a 
causa  tuya  ha  profcssado,  bastara  el  tuyo  mismo 
para  uencerme  sin  que  con  mis  armas  proprías 
me  vieras  rendido.  Mas  quién  j>odra  huir  de  lo 
que  la  Fortuna  le  tiene  solicitado?  Dichosa  me 
pudiera  llamar  si  unieras  hecho  de  industria  lo 
que  a  caso  hiziste:  porque  a  mudarte  el  liabito 
natural,  para  solo  verme  y  dezirme  lo  que  des- 
seauas,  atribuyeralo  yo  a  merecimiento  mió  y  a 
grande  afección  tuya,  mas  ver  que  la  intención 
fue  otra  aunque  el  efecto  aya  sido  el  que  tene- 
mos delante,  me  haze  estar  no  tan  contenta 
como  lo  estnuiera,  a  ser  de  la  manera  quo^g5) 
Y  no  t?  espantes,  ni  te  pese  deste  tan  gñín 
desseo:  por  que  no  ay  mayor  señal  de  una  per- 
sona, querer  todo  lo  que  puede,  que  dessear  ser 
querida  de  aquel  a  quien  ha  entregado  toda 
su  libertad.  De  lo  que  t(\  me  as  oydo  podras 
sacar,  qual  me  tiene  tu  uista.  Plegué  a  Dios 
que  vses  también  del  poder  que  sobre  mi  as  to- 
mado, que  pueda  yo  sustentar  el  tenerme  por 
muy  dichosa  hasta  la  fin  de  nuestros  amores, 
los  quales  de  mi  parte,  no  lo  teman  en  quanto 
la  uida  me  durare.  La  cautelosa  Vsmenia  me 
supo  también  responder  a  lo  que  dixe,  y  fingir 
las  palabras  que  para  nuestra  conuersacion 
eran  necessarías,  que  nadie  pudiera  hnyr  del 
engaño  en  que  yo  cay,  si  la  fortuna  de  tan 
diffícultoso  laberinto  con  el  hilo  de  pnidencia 
no  le  sacara.  Y  assi  estuuimos  hasta  que  ama- 
nescio,  hablando  en  lo  que  podría  imaginar, 
quien  por  estos  desnariados  casos  de  amor  ha 
paseado.  Dixome  que  su  nombre  era  Alanio,  su 
tierra  Gallia,  tres  millas  de  nuestra  aldea:  que- 
damos concertados  de  uemos  muchas  uezes. 
La  mañana  se  niño,  y  las  dos  nos  apartamos 
con  más  abramos,  y  lagrimas,  y  sospiros  de  lo 
que  aora  sabré  dezir.  Ella  se  partió  de  mi,  y 
boluicndo  atrás  la  cabera  por  uerla,  y  por  uer 
si  me  miraua,  ni  que  se  yua  medio  riendo,  mas 
crey  que  los  ojos  me  auian  engañado.  Fuese 
con  la  compañía  que  auia  traydo,  mas  yo  bolui 
con  mucha  más  porque  lleuaua  en  la  imagina- 
ción los  ojos  del  fingido  Alanio,  las  palabras 
con  que  su  vano  (')  amor  me  auia  manifestado, 
los  abramos  que  del  auia  recebido,  y  el  crudo  mal 
de  que  hasta  entonces  no  tenia  experiencia.  Aora 

(M  Falta  el  vano  en  la  edición  de  Yenecia  y  otraa. 
Esta  en  U  de  Milán 


aueys  de  saber,  pastores,  que  esta  falsa  y  cante- 
losa  Ysmenia  tenia  un  primo,  que  se  llamaua 
Alanio,  a  quien  ella  más  que  a  si  quería:  porque 
en  el  rostro,  y  ojos,  y  todo  lo  demás  se  le  pare- 
cía, tanto  que  si  no  fueran  los  dos  degenero  dif- 
ferente,  no  uniera  quien  no  juzgara  el  ano  por 
el  otro.  Y  era  tanto  el  amor  que  le  tenia  que 
quando  yo  a  ella  en  el  templo  le  pregunté  su 
mismo  nombre,  auiendome  de  dezir  nombre  de 
pastor,  el  primero  que  me  supo  nnmbrar  fue 
Alanio:  porque  no  ay  cosa  más  cierta,  que  en 
las  cosas  súbitas  encontrarse  la  lengua  con  lo 
que  está  en  el  cora9on.  El  pastor  la  quería  bien 
mas  no  tanto  como  ella  a  él.  Paes  quando  las 
pastoras  salieron  del  templo  para  boluerse  a  su 
aldea,  Ysmenia  se  halló  con  Alanio  su  primo, 
y  él  por  usar  de  la  cortesia  que  a  tan  grande 
amor  como  el  de  Ysmenia  era  deuida,  dexando 
la  compañía  de  los  mancebos  de  sn  aldea,  de- 
terminó de  acompañarla  (como  lo  hizo)  de  qne 
no  poco  contentamiento  recibió  Ysmenia,  y  por 
dársele  a  el  en  alguna  cosa,  sin  mirar  lo  qu¿ 
hazia,  le  contó  lo  que  comigo  auia  passado,  d¡- 
ziendoselo  muy  particularmente,  y  con  gran- 
dissima  rísa  de  los  dos,  que  también  le  dixo, 
como  yoquedaua,  pensando  que  ella  fuesse  hom- 
bre, muy  presa  de  sus  amores.  Alanio  quando 
aquello  oyó,  dissímuló  lo  mejor  qne  él  pudo,  di- 
ziendo  que  auia  sido  grandissimo  donayre.  Y 
sacándole  todo  lo  que  comigo  auia  passado  que 
no  faltó  cosa,  llegaron  a  su  aldea.  E  de  ay  a  ocho 
días  (que  para  mi  fueron  ocho  mil  años)  el  tmy- 
dor  de  Alanio  (que  assi  lo  puedo  llamar  con 
más  razón  que  él  ha  tenido  de  oluídarme),  se 
niño  a  mi  lugar,  y  se  puso  en  parte  donde  yo  pu- 
diesse  uerle,  al  tiempo  que  passaua  con  otras  2sa- 
galas  a  la  fuente  que  cerca  del  lugar  estaña.  E 
como  yo  lo  uíese,  fue  t^nto  el  contentamiento 
que  recibí,  que  no  se  puede  encarescer,  pensando 
qne  era  el  mismo  que  en  habito  de  pastora  auia 
hablado  en  el  templo.  E  luego  yo  le  hize  señas 
que  se  uiniesse  hazia  la  fuente  a  donde  yo  yua 
y  no  fue  menester  mucho  para  entendellas.  El 
se  uino,  y  allí  estuuimos,  hablando  todo  lo  que 
el  tiempo  nos  dio  lugar:  y  el  amor  quedó  (a  lo 
menos  de  mi  parte)  tan  confiado  que  aunque 
el  engaño  se  descubriera,  (como  de  ay  a  poco 
días  se  descubrió)  no  fuera  parte  para  apartar- 
me de  mi  pensamiento.  Alanio  también  creo 
que  me  quería  bien,  y  que  desde  aquella  hora, 
quedó  preso  de  mis  amores,  pero  no  lo  mostró 
por  la  obra  tanto  como  deuia.  Assi  que  algu- 
nos días  se  trataron  nuestros  amores  con  el 
mayor  secreto  que  pudimos,  pero  no  fue  tan 
grande,  que  la  cautelosa  Ysmenia  no  lo  snpies- 
se:  y  uiendo  qne  ella  tenia  la  culpa,  no  solo 
en  auerme  engañado,  mas  aun  en  aucr  dado 
causa  a  que  Alanio  descubriéndole  lo  que  pas- 
saua, me  amasse  a  mi,  y  pusíesse  a  ella  en  ol- 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


263 


uido,  cstaao  para  perder  el  seso,  mas  consolóse 
con  parezclle,  <£uc  eu  sabiendo  yo  la  uerdad,  al 
punto  oluidaria.  Y  engañauase  en  ello,  que 
después  le  quise  mucho  más,  y  con  muy  mayor 
obligación.  Pues  determinada  Ysmenia  de  des- 
bazcr  el  engaño,  que  por  su  mal  auiauíe  hecho, 
iD^^^riulo  esta  carta: 

CARTA  DE  YSMBNIA  PARA  8BLÜAQIA 

Seluagia,  si  a  los  que  nos  quieren  tenemos 
obligación  de  quererlos,  no  ay  cosa  en  la  uida 
a  quien  más  deua  que  a  ti,  pero  si  las  que  son 
causa  que  seamos  oluidadas  deuen  ser  ahorres- 
(ridas,  a  tu  discreción  lo  dcxo.  Querría  te  poner 
alguna  culpa,  de  aucr  puesto  los  ojos  en  el  mi 
Alanío,  mas  ¿qué  haré  desdichada,  que  toda  la 
<'ulpa  tengo  yo  de  mi  desuentura?  Por  mi  mal 
te  ui.  ¡O  Seluagia!  bien  pudiera  yo  escnsar  lo 
que  passé  contigo,  mas  en  fin  dcsembolturas  de- 
masiadas las  menos  uezes  succeden  bien.  Por 
reyr  una  hora  con  el  mi  Alanio,  contándole  lo 
que  auia  passado,  lloraré  toda  mi  uida,  si  tú  no 
to  dueles  d'ella.  Suplicóte  quanto  puedo,  que 
I'aste  este  desengaño,  para  que  Alanio  sea  de 
ti  oluidado,  y  esta  pastora  restituyda  en  lo  que 
pudieres,  que  no  podras  poco,  si  amor  te  da  la- 
gar a  bazcr  lo  que  suplico. 

Quando  yo  esta  carta  ui,  ya  Alanio  me  auia 
desengañado  de  la  burla  que  Ysmenia  me  auia 
hecho,  pero  no  me  auia  contado  los  amores 
que  entre  los  dos  auia,  de  lo  qual  yo  no  biza 
mucho  caso,  porque  estAua  tan  confiada  en  el 
amor  que  mostraua  tenerme,  que  no  creyera 
jamas,  que  pensamientos  passados,  ni  por  venir, 
podrían  ser  parte  para  que  él  me  dexasse.  Y 
p'irque  Ysmenia  no  me  tuuiesse  por  descome- 
dida, respondi  a  su  carta  desta  manera: 

CARTA  DE  SELUAGIA  PARA  YSMENIA 

No  sé,  hermosa  Ysmenia,  si  me  quexe  de  ti, 
(i  si  to  dé  gracias >  por  auerme  puosto  en  tal 
p.Misamiento,  ni  creo  sabría  determinar  quál 
(testas  cosas  bazer,  basta  que  el  snccesso  de 
mis  amores  me  lo  aconseje.  Por  vna  parte  me 
duele  tu  mal,  por  otra  veo  que  tú  saliste  al  ca- 
mino a  recebillo.  Libre  estaua  Seluagia  al  tiem- 
]>o  que  en  el  templo  la  engañaste,  y  aora  está 
subiecta  a  la  noluntad  de  aqnel  a  quien  tú  que- 
siste  entregalla.  Dizesmc  que  dexe  de  querer  a 
Alanio:  con  lo  que  tú  en  esse  caso  harías,  puedo 
responderte.  Vna  cosa  me  duele  en  cstremo,  y 
os  uer  que  tienes  mal  de  que  no  puedes  qae- 
xarte,  el  qual  da  muy  mayor  pena  a  quien  lo 
padesce.  Considero  aquellos  ojos  con  que  me 
uiste,  y  aquel  rostro  que  después  de  muy  im- 
portunada me  monstraste,  y  pésame  que  cosa 
tan  parescida  al  mí  Alanio,  padezca  tan  estraño 


descontento.  Mira  qué  remedio  este  para  poder 
auello  en  tu  mal.  Por  la  liberalidad  que  comigo 
has  usado  en  darme  la  más  preciosa  joya  que 
tenías,  te  beso  las  manos.  Dios  quiera  que  en 
algo  te  pueda  seruir.  Si  uieres  aÜá  el  mi  Ala- 
nio, dile  la  razón  que  tiene  de  quererme;  que 
ya  él  sabe  la  que  tiene  de  oluidarte.  Y  Dios  te 
dé  el  contentamiento  que  desseas,  con  que  no 
sea  a  costa  del  que  yo  recibo  en  uermc  tan  bien 
empleada. 

Ño  pudo  Ysmenia  acabar  de  leer  esta  carta, 
porque  al  medio  della,  fueron  tantos  los  sospi- 
ros  y  lagrimas  que  por  sus  ojos  derramana, 
que  pensó  perder  la  uida  llorando.  Trabajaua 
quanto  podia  porque  Alanio  dexasse  de  quoror, 
y  buscaua  para  esto  tantos  remedios,  como  él 
para  apartarse  donde  pudiessc  uerla.  No  porque 
la  quería  mal,  mas  por  parecelle  que  con  esto 
me  pagana  algo  de  lo  mucho  que  me  dcuia.  To- 
dos los  dias  que  en  este  proposito  biuio,  no 
vuo  alguno  que  yo  dexasse  de  ucrle:  porque  el 
camino  que  de  su  lugar  al  mió  auia  jamas  de- 
xaua  de  ser  por  él  passado.  Todos  trabajos  tenía 
en  poco,  si  con  ellos  le  parescia  que  yo  tomaua 
contento.  Ysmenia  los  dias  que  por  él  pregun- 
taua,  y  le  dezian  que  estaua  en  mi  aldea,  no  te- 
nia paciencia  para  suffrillo.  E  con  todo  esto  no 
auia  cosa  qne  más  contento  le  diesse,  que  ha- 
blalle  en  él.  Pues  como  la  neccssidad  s<>a  tan  in- 
geniosa que  uenga  a  sacar  remedios  donde  na- 
die pensó  hallarlos,  la  desamada  Ysmenia  se 
auenturó  a  tomar  uno,  qual  pluguiera  a  Dios, 
que  por  el  pensamiento  no  le  passaia,  y  fue 
fingir  que  quería  bien  a  otro  pastor  llamado 
Montano,  de  quien  mucho  tiempo  auia  sido  re- 
querida. Y  era  el  pastor  con  quien  Alanio  peor 
estaua:  y  como  lo  determinó,  assi  lo  puso  por 
obra  por  uer  si  con  esta  súbita  nmdan^a  podría 
atraer  a  Alanio  a  lo  que  desseaua,  porque  no 
ay  cosa  que  las  personas  tengan  por  segura, 
aunque  la  tengan  en  poco,  que  si  de  súbito  la 
pierden,  no  les  llegne  al  alma  el  perdella.  Pues 
como  uiesse  Montano  que  su  señora  Ysmenia 
tenia  por  bien  de  corresponder  al  amor  que  él 
tanto  tiempo  le  auia  tenido,  ya  oyreys  (^)  lo  que 
sintiria.  Fue  tanto  el  gozo  que  recibió,  tantos 
los  seruicios,  que  le  hizo,  tantos  los  trabajos  en 
qne  por  causa  suya  se  puso,  qne  fueron  pai'te 
juntamente  con  las  sin  razones  que  Alanio  lo 
auia  hecho,  para  que  saliesse  ucrdadero,  lo  qne 
fingiendo  la  pastora  auia  comentado;  y  puso 
Ysmenia  su  amor  en  el  pastor  Montano  con 
tanta  firmeza,  que  ya  no  auia  cosa  a  quien 
más  quisiesse  que  a  él,  ni  que  menos  deseasse 
uer  que  al  mi  Alanio.  Y  esto  le  dio  ella  a  en- 
tender lo  mas  presto  que  pudo,  paresciendole, 
que  en  ello  se  vengaua  de  su  oluido,  y  de  aner 

(•)  M.,  veii. 


264 


ORIGENES  DE  LA  NOVELA 


puesto  en  mi  el  pensamiento.  Alanio  aunqne 
sintió  en  estremo  el  rer  a  Ysmenia  perdida  por 
pastor  con  quien  él  tan  mal  estaua,  era  tanto 
el  amor  que  me  tenia,  que  no  daua  a  entenderlo 
quanto  ello  era.  Mas  andando  algunos  dias,  7 
considerando  que  él  era  causa  de  que  su  ene- 
migo fuesse  tan  fayorescido  de  Ysmenia,  7  que 
la  pastora  jva  huia  de  uelle  (muriendose  no 
mucho  antes  quando  no  le  ueia)  estuuo  para 
perder  el  seso  por  enojo,  y  determinó  de  estor- 
bar esta  buena  fortuna  de  Montano.  Para  lo 
qual  comento  nueuamente  de  mirar  a  Ysmenia, 
7  de  no  uenir  a  uerme  tan  publico  como  solia 
ni  faltar  tantas  uezes  en  su  aldea,  porque  Ys- 
menia  no  lo  supiesse.  Los  amores  entre  ella 
7  Montano  7uan  mu7  adelante,  7  los  mios  con 
el  mi  Alanio,  se  quedauan  atrás  todo  lo  que 
podian,  no  de  mi  parte,  pues  sola  la  muerte 
podría  apartarme  de  mi  proposito,  mas  de  la 
8U7a,  que  jamas  pense  uer  cosa  tan  mudable. 
Porque  como  estaua  tan  encendido  en  colera 
con  Montano,  la  qual  no  podia  ser  executada, 
sino  con  amor  en  la  su  Ysmenia,  7  para  esto 
las  ucnidas  a  mi  aldea  era  gran  impedimiento, 
7  como  el  estar  ausente  de  mi,  le  causasse  ol- 
uido,  7  la  presencia  de  la  su  Ysmenia  grandis- 
simo  amor,  el  boluio  a  su  pensamiento  prime- 
ro, 7  70  quedié  burlada  del  mió.  Mas  con  todos 
los  seruicios  que  a  Ysmenia  hazia,  los  recados 
((ue  le  embiaua,  las  quexas  que  formaua  della, 
jamas  la  pudo  mouer  de  su  proposito,  ni  uuo 
cosa  que  fuesse  parte  para  hazelle  perder  un 
punto  d*el  amor  qne  a  Montano  tenia.  Pues 
estando  70  perdida  por  Alanio,  Alanio  por  Ys- 
menia, Ysmenia  por  Montano,  succedio  que  a 
mi  padre  se  le  offresciessen  ciertos  negocios 
sobre  las  dehesas  del  Estremo,  con  Phileno, 
padre  del  pastor  Montano;  para  lo  qual  los 
dos  uinieron  muchas  uezes  a  mi  aldea,  7  en 
tiempo  que  Montano,  o  por  los  sobrados  fauo- 
res  que  Ysmenia  le  hazia  (que  en  algunos  hom- 
bres de  baxo  espíritu  causan  fastidio)  o  por- 
que también  tenia  celos  de  las  diligencias  de 
Alanio,  andana  7a  un  poco  frío  en  sus  amores. 
Finalmente  que  él  me  uio  traer  mis  ouejas  a  la 
majada,  7  en  uicndome  comento  a  quererme, 
de  manera  (según  lo  que  cada  día  7ua  mous- 
trando)  que  ni  70  a  Alanio,  ni  Alanio  a  Ys- 
menia, ni  Ysmenia  a  él,  no  era  possible  tener 
ma7or  afeotion.  Ved  qué  estraño  embuste  de 
amor.  Si  por  uentura  Ysmenia  7ua  al  campo, 
Alanio  tras  ella,  si  Montano  yua  al  ganado, 
Ysmenia  tras  él,  si  70  andaua  al  monte  con  mis 
ouejas,  Montano  tras  mi.  Si  70  sabia  que  Ala- 
nio ostnua  en  un  bosque  donde  solia  repastar, 
allá  me  7ua  tras  el.  Era  la  más  nueua  cosa  del 
mundo  07r  cómo  dezia  Alanio  sospirando,  ¡a7 
Vsmenia!,  7  cómo  Ysmenia  dezia  ¡aySeluagia!, 
7  cómo  Seluagia  dezia  ;a7  Montano!  7  cómo 


'  *     .' 

Montano  dezia  ia7  mi  Alanio!  Succedio  que  un 
dia  nos  juntamos  los  quatro  en  una  floresta, 
que  en  medio  de  los  dos  lugares  aula,  7  la 
causa  fue,  que  Ysmenia  auia  7do  a  oisitar 
unas  pastoras  amigas  su7as,  que  cerca  de  allí 
morauan;  7  quando  Alanio  lo  supo,  forjado  de 
su  mudable  pensamiento,  se  fue  en  busca  della, 
7  la  halló  junto  a  un  arro7o,  peinando  sus  do- 
rados cabellos.  Yo  siendo  anisada  por  un  pas- 
tor, mi  uecino,  que  Alanio  7ua  a  la  floresta  del 
ualle  (que  assi  se  llamaua)  tomando  delante 
de  mi  unas  cabras  que  en  un  corral  jnnto  a 
mi  casa  estañan  encerradas,  por  no  7r  sin  al- 
guna occasion,  me  fu7  donde  mi  desseo  me  en- 
caminaua,  7  le  hallé  a  él  llorando  su  dcsuentu- 
ra,  7  a  la  pastora  riéndose  de  sus  escusadas 
lagrimas,  7  burlando  de  sus  ardientes  sospiros. 
Quando  Ysmenia  me  uio,  no  poco  se  holgó  eo- 
migo,  aunque  70  no  con  ella;  mas  antes  le 
puse  delante  las  razones  que  tenia  para  agra- 
uiarme  del  engaño  passado;  de  las  quales  ella 
supo  escusarse  tan  discretamente,  qne  pen- 
sando 70  que  me  deuia  la  satis faction  de  tanto8 
trabajos,  me  dio  con  sus  bien  ordenadas  razo- 
nes a  entender,  que  70  era  la  que  le  estaua 
obligada,  porque  si  ella  me  auia  hecho  una  bur- 
la, 70  me  auia  satisfecho  tan  bien  que  no  tan 
solamente  le  auia  quitado  a  Alanio,  su  primo, 
a  quien  ella  auia  querido  mas  que  a  si,  mas  que 
aun  tan  aora  también  le  tra7a  al  su  Montano 
mu7  fuera  de  lo  que  solia  ser.  En  esto  llegó 
Montano,  que  de  una  pastora  amiga  mia,  lla- 
mada Solisa,  auia  sido  anisada  que  con  mis 
cabras  nenia  a  la  floresta  del  ualle.  E  quando 
alli  los  quatro  discordantes  amadores  nos  halla- 
mos ,  no  se  puede  dezir  lo  que  sentíamos,  por- 
que cada  uno  miraua  a  quien  no  quería  que  lo 
mirasse.  Y  preguntaua  al  mi  Alanio  la  causa 
de  su  oluido;  él  pedia  misericordia  a  la  cauUv- 
losa  Ysmenia,  Ysmenia  quexauase  de  la  ti- 
bieza de  Montano;  Montano  de  la  crueldad  de 
Seluagia.  Pues  estando  de  la  manera  que  07S, 
cada  uno  perdido  por  quien  no  le  quería,  Ala- 
nio al  son  de  su  rabel  comento  a  cantar  lo 
siguiente: 

No  más,  n7mpha  cruel:  7a  estas  rengada, 
no  prueues  tu  furor  en  un  rendido: 
la  culpa  a  costa  mia  está  pagada. 
Ablanda  7a  esse  pecho  endurescido, 
7  reáuscita  un  alma  sepultada 
en  la  tiniebla  escura  de  tu  oluido; 
que  no  cabe  en  tu  ser,  ualor  7  suerte, 
que  un  pastor  como  yo  pueda  oFfendcrtc. 

Si  la  ouejuela  siempre  ua  hu7endo 
de  su  pastor,  colérico  y  ayrado, 
y  con  temor  acá,  y  allá  corriendo, 
a  su  pesar  se  alexa  del  ganado; 
mas  ya  que  no  la  siguen,  conosciendo 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


265 


que  es  más  peligro  auerse  assi  alexado, 
balando  buelue  al  hato  temerosa, 
será  no  recebiUa  justa  cosa. 

Lenanta  ya  essos  ojos  que  algún  día, 
Ysmenia,  por  mirarme  leuantauas, 
la  libertad  me  buelue  que  era  mia, 
j  un  blando  coraron  que  me  entreganas. 
Bíira  (Nympha)  que  entonces  no  sentia 
aquel  senzillo  amor  que  me  mostrauas, 
ja  triste  lo  conozco  j  pienso  en  ello, 
aunque  ha  llegado  tarde  el  conoscello. 

¿Cómo  que  fue  possible,  di,  enemiga, 
que  siendo  tú  muy  más  que  yo  culpada, 
con  titulo  cruel,  con  nueua  liga, 
raudasses  fe  tan  pura  y  estremada? 
¿Qué  hado,  Ysmenia,  es  este  que  te  obliga 
a  amar  do  no  es  possiblc  ser  amada? 
Perdona,  mi  señora,  ya  esta  culpa, 
pacs  la  occasion  que  diste  me  desculpa. 

¿Qué  honra  ganas,  di,  de  auer  uengado 
yn  yerro  a  causa  4uya  couietido? 
¿<\\iá  excesso  hize  yo,  qne  no  he  pagado, 
qué  tengo  por  suffrir,  que  no  he  suffrido? 
I  Qué  animo  cruel,  qué  pecho  ayrado, 
qué  coraron  de  fiera  endurescido, 
tan  insuffrible  mal  no  ablandaría, 
sino  el  de  la  cruel  pastora  mia? 

Si  como  yo  he  sentido  las  razones, 
que  tienes,  o  has  tenido  de  oluidarme: 
las  penas,  los  trabajos,  las  passiones, 
el  no  querer  oyrme,  ni  aun  mirarme, 
llegasses  a  sentir  las  occasiones,  . 
que  sin  buscallas  yo,  quissiste  darme: 
ni  tú  temias  que  darme  más  tormento, 
ni  aun  yo  más  que  pagar  mi  atreuimiento. 

Ansi  acabó  mi  Alanio  el  suaue  canto  y  aun 
yo  quisiera  que  entonces  se  me  acabara  la  uida, 
y  con  mucha  razón,  porque  no  podría  llegar  a 
más  la  desuentura,  que  a  uer  yo  delante  mis 
ojos  aquel  que  más  que  a  mi  quería,  tan  perdido 
por  otra,  y  tan  oluídado  de  mí.  Mas  como  yo 
en  estas  desuenturas  no  fuese  sola,  dissimulé 
por  entonces,  y  también  porque  la  hermosa 
Ysmenia,  puestos  los  ojos  en  el  su  Montano, 
comen9aua  a  cantar  lo  siguiente: 

¡Qran  fuera  estoy  de  pensar 
en  lágrímas  escusadas, 
siendo  tan  aparejadas 
las  presentes,  para  dar 
muy  poco  por  las  passadas! 

Que  SI  algún  tiempo  trataua 
de  amores  de  alguna  suerte, 
no  pude  en  ello  of fenderte, 
porque  entonces  m'ensayaua, 
Montano,  para  quererte. 

Enseñauame  a  querer, 
snffria  no  ser  querida: 


sospechaua  quan  rendida. 
Montano,  te  auia  de  ser, 
y  quan  mal  agradescida. 

Ensáyeme  como  digo, 
a  suffrir  el  mal  de  amor: 
-desengaflese  el  pastor 
que  compitiere  contigo, 
porque  en  balde  es  su  dolor. 

Nadie  se  quexe  de  mi, 
si  me  quiso,  y  no  es  querído; 
que  yo  jamas  he  podido 
querer  otro  sino  a  ti, 
y  aun  fuera  tiempo  perdido. 

Y  si  algtm  tiempo  miré, 
miraua,  pero  no  uia; 
que  yo,  pastor,  no  podia 
dar  a  ninguno  mi  fe, 
pues  para  ti  la  tenia. 

Vayan  sospiros  a  cuentos, 
bueluanse  los  ojos  fuentes, 
resusciten  accidentes: 
que  passados  pensamientos 
no  dañarán  los  presentes. 

Vaya  el  mal  por  donde  ra, 
y  el  bien  por  donde  quisiere: 
que  yo  yre  por  donde  fuere, 
pues  ni  el  mal  m'espantará, 
ni  aun  la  muerte  si  uiniere. 

Vengado  me  auia  Ysmenia  del  cruel  y  des- 
leal Alanio,  si  en  el  amor  que  yo  k^  tenia  cu- 
piera alg^m  desséo  de  venganza,  mas  no  tardó 
mucho  Alanio  en  castigar  a  Ysmenia,  poniendo 
los  ojos  en  mí,  y  cantando  este  antiguo  cantar. 

Amor  loco  ¡ay  amor  loco  I 
yo  por  uos,  y  uos  por  otro. 

Ser  yo  loco,  es  manifiesto: 
•    por  uos  ¿quien  no  lo  será? 
que  mayor  locura  está 
en  no  ser  loco  por  estO; 
mas  con  todo  no  es  honesto 
que  ande  loco, 
por  quien  es  loca  por  otro. 

Ya  que  uiendoos,  no  me  ueys, 
y  moris  porque  no  muero, 
comed  aora  a  mi  que  os  quiero 
con  salsa  del  que  quereys 
y  con  esto  me  hareys 
ser  tan  loco, 
como  uos  loca  por  otro. 

Qyando  acabó  de  cantar  esta  postrera  copla, 
la  estraña  agonía  en  que  todos  estañamos  no 
pudo  estoruar  que  muy  de  gana  no  nos  ríesse- 
mos,  en  uer  que  Montano  quería  que  engafiassc 
yo  el  gusto  de  miralle,  con  salsa  de  su  compe- 
tidor Alanio,  como  si  en  mi  pensamiento  cu- 
piera dexarse  engañar  con  aparíencias  de  otra 


266 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


cosa.  A  cBsa  hora  comencé  yo  con  gran  con- 
ñ&iK^a  a  tocar  mi  jampona,  cantando  la  can- 
ción que  ojrejs;  porque  a  lo  menos  en  ella  pen- 
sana  mostrar  (como  lo  mostré)  quanto  mejor 
me  aaia  yo  auido  en  los  amores,  que  ninguno 
de  los  que  alli  estauan. 

Pves  no  puedo  descansar 
a  trueque  de  ser  culpada, 
guárdeme  Dios  de  oluidar, 
más  que  de  ser  olnidada. 

No  solo  donde  ay  olnido 
no  ay  amor  ni  puede  auello, 
mas  donde  ay  sospecha  dcUo 
no  ay  querer,  sino  ñngido. 

Muy  grande  mal  es  amar, 
do  e8peran9a  es  escusada; 
mas  guárdeos  Dios  de  oluidar, 
f}ue  es  ayre  ser  olnidada. 

Si  yo  quiero,  ¿por  que  quiero, 
para  dexar  de  querer? 
¿que  mas  honrra  puede  ser, 
(jue  morir  del  mal  que  muero? 

El  biuir  para  oluidar, 
es  uida  tan  afrentada, 
que  me  está  mejor  amar, 
hasta  morir  de  olnidada. 

Acabada  mi  canción,  las  lagrimas  de  los 
pastores  fueron  tantas,  especialmente  las  de  la 
hermosa  pastora  Ysmenia,  que  por  fuerya  me 
hizieron  participar  de  su  tristeza,  cosa  que  yo 
pudiera  bien  escusar,  pues  no  se  me  podia  atri- 
buir culpa  alguna  de  mi  gran  desuentura  (como 
todos  los  que  allí  estauan,  sabían  muy  bien), 
íjuego  a  la  ora  nos  fuymos  cada  uno  a  su  lu- 
gar, porque  no  era  cosa  que  a  nuestra  honesti- 
dad conuenia  estar  a  horas  tan  sospechosas 
fuera  del.  E  al  otro  dia  mi  padre  sin  dezirme 
la  causa,  me  sacó  de  nuestra  aldea,  y  me  ha 
traydo  a  la  nuestra,  en  casa  de  Albania  mi  tia, 
y  su  hermana,  que  nosotros  muy  bien  conoceys, 
donde  estoy  algunos  dias  ha,  sin  saber  qué  aya 
sido  la  cansa  de  mi  destierro.  Después  acá  en- 
tcndi,  que  Montano  se  auia  casado  con  Ysme- 
nia, y  que  Alanio  se  pensaua  casar  con  otra 
hermana  suya,  llamada  Syluia.  Plega  a  Dios 
(jue  ya  que  no  fue  mi  nentura  podelle  yo  gozar, 
qnc  con  la  nueua  esposa  se  goce,  como  yo  des- 
seo  (que  no  seria  poco)  porque  el  amor  que  yo 
le  tengo,  no  suffre  menos,  sino  dessealle  todo  el 
contento  del  mundo.  Acabado  de  dezir  esto  la 
hermosa  Selnagia  comento  a  derramar  muchas 
lagrimas:  y  los  pastores  le  ayudaron  a  ello  por 
ser  un  offício  de  que  tenían  gran  esperiencía. 
B  después  auer  gastado  algún  tiempo  en  esto, 
Sireno  le  dixo:  hermosa  Selnagia,  gpundissimo 
es  tu  mal,  pero  por  muy  mayor  tengo  tu  dis^ 
crecion.  Toma  exemplo  en  males  ágenos,  si 


quieres  sobrelleuar  los  tuyos;  y  porqoe  ya  se 
haze  tarde,  nos  uamos  a  la  aldea,  y  mañana  se 
passe  la  fiesta  junto  a  esta  clara  fuente  donde 
todos  nos  juntaremos.  Sea  assi  como  lo  dizes 
(dixo  Seluagía)  mas  porque  aya  de  aqui  al  lu- 
gar algún  entretenimiento,  cada  uno  cante  una 
canción,  según  el  estado  en  que  le  tienen  sns 
amores.  Los  pastores  respondieron  que  diera 
ella  principio  con  la  suya:  lo  qual  Selnagia  co- 
men9o  a  hazer,  yéndose  todos  su  passo  a  passo 
hazia  la  aldea. 

Zagal,  quien  podra  passar 
uida  tan  triste  y  amarga, 
<^ue  para  biuir  es  larga, 
y  corta  para  llorar? 

Gasto  sospiros  en  uano, 
perdida  la  confían^-a: 
siento  que  está  mi  esperanza 
con  la  candela  en  la  mano. 

¡  Que  tiempo  para  esperar 
que  esperanza  tan  amarga, 
donde  la  uida  es  tan  larga, 
quan  corta  para  llorar! 

Este  mal  en  que  me  ueo, 
yo  le  merezco  ¡ay  perdida! 
pues  ñengo  a  poner  la  uida 
cu  las  manos  del  desseo. 

Jamas  cessc  el  lamentar  ('); 
que  aunque  la  uida  se  alarga, 
no  es  para  biuir  tan  larga 
quan  corta  para  llorar. 

Con  un  ardiente  s<>spiro,  ([ue  del  alma  le  sa- 
lía, acabó  Selnagia  su  canción,  diziendo:  Des- 
ueiiturada  de  la  que  se  uec  sepultada  entre  ce- 
los y  desconfianzas,  qne  en  fin  le  pom&n  la 
uida  a  tal  recaudo,  como  dellos  se  espera.  Lutv 
go  el  oluidado  Sireno  comento  a  cantar  al  son 
de  su  rabel  esta  canción: 

Ojos  tristes,  no  lloreys, 
y  si  llorades  pensad, 
que  no  os  dixeron  verdad, 
y  quÍ9a  desean  sareys. 

Pues  que  la  imaginación 
haze  causa  en  todo  estado, 
pcnsá  que  aun  soys  bien  amado, 
y  teneys  menos  passion: 

Si  algún  descanso  qnereys, 
mis  ojos,  imaginad, 
que  no  os  dixeron  uerdad, 
y  qui^a  descansareys. 

Pensad  que  soys  tan  querido, 
como  algún  tiempo  lo  fuystes. 
Mas  no  es  remedio  de  tristes 
imaginar  lo  que  ha  sido. 

(*)  M.,  ^fa«  no  cttc  el  lamentar. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOU 


267 


Pues  ¿qaé  remedio  terncys, 
ojos?  alguno  pensad, 
si  no  lo  pensajs,  llorad: 
o  acaba,  y  descansareys. 

Después  que  con  muchas  lagrimas  el  triste 
pastor  Sireno  acabó  sn  canción,  el  desamado 
Sylnano  desta  manera  dio  principio  a  la  suya. 

Perderse  por  ti  la  uida, 
zagala,  ser/.  for9ado, 
mas  no  que  pierda  el  cuydado 
después  de  auerla  perdida. 

Mal  que  con  muerte  se  cura 
muy  cerca  tiene  el  remedio, 
mas  no  aquel  que  tiene  el  medio 
en  manos  de  la  uentura. 

E  si  este  mal  con  la  uida 
no  puede  ser  acabado 
qué  aprouecha  a  un  desdichado 
uerla  ganada,  o  perdida? 

Todo  es  uno  para  mi 
esperan9a,  o  no  tenella: 
que  si  oy  me  muero  por  uella 
mañana  porque  la  ui. 

Regalara  yo  la  uida, 
para  (lar  fin  al  cuydado, 
si  a  mi  me  fuera  otorgado, 
perdella  en  siendo  perdida. 

Desta  manera  se  fueron  los  dos  pastores  en 
compañía  de  Seluagia,  dcxando  concertado  de 
nerse  el  dia  siguiente  en  el  mismo  lugar;  y 
aqui  haze  fin  el  primer  libro  de  la  hermosa 
Diana. 

Fin  del  primer  libro  de  la  Diana, 


LIBRO  SEGUNDO 

DE  LA  DIANA  DB  OEORGB  DE  MONTEMAYOR 

Los  pastores  ya,  que  por  los  campos  del  cau- 
daloso Ezla  apascentauan  sus  ganados,  se  co- 
men9auan  a  mostrar  cada  uno  con  su  rebaño 
por  la  orilla  de  sus  cristallinas  aguas  tomando 
el  pastor,  antes  que  el  sol  saliesse,  y  aduirtiendo 
el  mejor  lugar,  para  después  passar  la  calurosa 
fiesta,  quando  la  hermosa  pastora  Seluagia  por 
la  cuestift  que  de  la  aldea  baxaua  al  espesso  bos- 
que, nenia  trayendo  delante  de  si  sus  mansas 
ouejuelas,  y  después  de  aucllas  metido  entre 
los  arboles  baxos  y  espessos,  de  que  alli  auia 
mucha  abundancia,  y  uerlas  ocupadas  en  alcan- 
zar las  más  baxuelas  ramas,  satisfazíendo  el 
hambre  que  trayan,  la  pastora  se  fue  derecha  a 
la  fuente  de  los  alisos,  donde  el  dia  antes,  con 
los  dos  pastores  auia  passado  la  siesta.  E  como 


uio  el  lugar  tan  aparejado  para  tristes  imagi- 
naciones, se  quiso  aprouechar  del  tiempo,  sen- 
tándose cabe  la  fuente,  cuya  agua  con  la  de 
sus  ojos  acrescentaua.  Y  después  de  auer  gran 
rato  imaginado,  comenzó  a  dezir:  ¿Por  uentu- 
ra, Alanio,  eres  tú  aquel,  cuyos  ojos  nunca  ante 
los  mios  uí  cnxutos  de  lagrimas?  ¿Eres  tú  el 
que  tantas  uezes  a  mis  pies  ui  tendido,  pidién- 
dome con  razones  amorosas,  la  clemencia  que 
yo  por  mi  mal  usé  contigo?  ¿Dime  pastor  (y 
el  mas  falso  que  se  puede  imaginar  en  la  uida) 
es  uerdad  que  me  querias,  para  cansarte  tan 
presto  de  quererme?  Deuias  imaginar,  que  no 
estaña  en  más  olnidarte  yo,  que  en  saber  que 
era  de  ti  oluidada:  (jue  officio  es  de  hombres, 
que  no  tratan  los  amores,  como  deuen  tratarse, 
pensar  que  lo  mismo  podran  acabar  sus  damas 
consigo,  que  ellos  an  acabado.  Aunque  otros 
uienen  a  tomallo  por  remedio,  para  que  en  ellas 
se  acrescicnte  el  amor.  Y  otros  porque  los  celos, 
que  las  mas  uezes  fingen,  uengan  a  subjectar  a 
sus  damas:  de  manera  que  no  sepan,  ni  puedan 
poner  los  ojos  en  otra  parte,  y  los  más  uienen 
poco  a  poco  a  manifestar  todo  lo  que  de  antes 
fingían,  por  donde  nmy  más  claramente  descu- 
bren su  doslealtad.  E  uienen  todos  estos  cstre- 
mos  a  resultar  en  daño  de  las  tristes,  que  sin 
mirar  los  fines  de  las  cosas,  nos  uenimos  a  affi- 
cionar,  para  jamas  dexar  de  quereros,  ni  nos- 
otros de  pagárnoslo  tan  mal,  como  tú  me  pagas 
lo  que  te  quise  y  quiero.  Assi  que  qual  destos 
ayas  sido,  ño  puedo  entendello.  E  no  te  espan- 
tes, que  en  los  casos  de  desamor  entienda  poco, 
quien  en  los  de  amor  está  tan  exercitada.  Siem- 
pre me  mostraste  gran  honestidad  en  tus  pala- 
bras, por  donde  nunca  menos  esperé  de  tus 
obras.  Pense  que  un  amor,  en  el  qual  me 
dañas  a  entender  que  tu  desseo  no  se  estendia 
a  querer  de  mi  más  que  quererme,  jamas  tu- 
uiera  fin;  porque  si  a  otra  parte  encaminaras 
tus  desseos  no  sospechara  firmeza  en  tus  amo- 
res. ¡Ay  triste  de  mí!  que  por  temprano  que 
uine  a  entenderte,  ha  sido  para  mí  tarde.  Ve- 
nid nos  acá,  mi  jampona,  y  passare  con  nos  el 
tiempo,  que  si  yo  con  sola  uos  lo  uuiera  pa- 
sado, fuera  de  mayor  contento  para  mí;  y  to- 
mando su  zampona,  comento  a  cantar  la  si- 
guiente canción: 

Aguas  que  de  lo  alto  desta  sierra, 
baxays  con  tal  ruydo  al  hondo  ualle 
porqué  no  imaginays  la  que  del  alma 
destilan  siempre  mis  cansados  ojos, 
y  que  es  la  causa,  el  in  felice  tiempo, 
en  que  fortuna  me  robo  mi  gloría? 

Amor  me  di¿  esperanza  de  tal  gloria, 
que  no  ay  pastora  alguna  en  esta  sierra, 
que  assi  pensasse  de  alabar  el  tiempo 
pero  después  me  puso  en  este  ualle 


268 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


de  lagrimas,  a  do  lloran  mis  ojos 

no  uer  lo  que  están  viendo  los  del  alma. 

¿En  tanta  soledad,  qué  haze  nn  alma 
que  en  fin  llegó  a  saber  que  cosa  es  gloría? 
¿o  a  donde  boluere  mis  tristes  ojos, 
si  el  prado,  el  bosque,  el  monte,  el  soto  y  sierra 
el  arboleda  j  fuentes  deste  ualle 
no  hazen  oluidar  tan  dulce  tiempo? 

¿Quien  nunca  imaginó  que  fuera  el  tiempo 
yerdngo  tan  cruel  para  mi  alma? 
¿o  qué  fortuna  me  apartó  de  un  ualle, 
que  toda  cosa  en  el  me  daua  gloria? 
hasta  el  hambriento  lobo,  que  a  la  sierra 
subia,  era  agradable  ante  mis  ojos. 

¿Mas  qué  podran,  fortuna,  uer  los  ojos, 
que  ueian  su  pastor  en  algún  tiempo 
baxar  con  sus  corderos,  de  una  sierra, 
cuja  memoria  siempre  está  en  mi  alma? 
i  o  fortuna  enemiga  de  mi  gloria! 
¡cómo  me  cansa  este  enfadoso  ualle! 

¿Mas  cuando  tan  ameno  y  fresco  valle, 
no  es  agradable  a  mis  cansados  ojos, 
ni  en  él  puedo  hallar  contento,  gloria, 
ni  espero  ya  tenelle  en  algún  tiempo? 
ued  cu  qué  estremo  deue  estar  mi  alma: 
¡o  quien  boluiese  á  aquella  dulce  sierra! 

i  O  alta  sierra,  ameno  y  fresco  ualle 
do  descansó  mi  alma,  y  estos  ojos! 
dczid:  uerme  he  algún  tiempo,  en  tanta  gloria. 

A  este  tiempo  Syluano  cstaua  con  su  ganado 
entre  unos  myrthos  que  cerca  de  la  fuente  auia, 
metido  en  sus  tristes  imaginaciones;  y  quando 
la  boz  de  Seluagia  oyó,  despierta  como  de  un 
sueño,  y  muy  atento  estuuo  a  los  uersos  que 
cantaua.  Pues  como  este  pastor  fuesse  tan  mal 
tratado  de  amor,  y  tan  desfauorecido  de  Diana, 
mil  uezcs  la  passion  le  hazia  salir  de  sedo,  de 
manera,  que  oy  se  daua  en  dezir  mal  de  amor, 
mañana  en  alaballe,  un  dia  en  estar  ledo,  y  otro 
en  estar  más  triste  que  t<»do8  los  tristes;  oy 
en  dezir  mal  do  mugeres,  mañana  en  encarece- 
lías  sobre  todas  las  cosas.  Y  ansi  biuia  el  triste 
una  nida,  que  seria  gran  trabajo  dalla  a  enten- 
der; y  más  a  personas  libres.  Pues  auíendo 
oydo  el  dulce  canto  de  Seluagia,  y  salido  de  sus 
tristes  imaginaciones,  tomó  su  rabel,  y  comen- 
90  a  cantar  lo  siguiente: 

Cansado  esta  de  oyrme  el  claro  rio, 
el  ualle  y  soto  tengo  importunados: 
y  están  de  oir  mis  quexas  jo  amor  mió! 
alisos,  hayas,  olmos  ya  cansados: 
iuuierno,  primauera,  otoño,  estio, 
con  lagrimas  regando  estos  collados, 
estoy  a  causa  tuya,  o  cruda  fiera, 
¿no  anria  en  esta  boca  vn  nó,  si  quiera? 

De  libre  me  heziste  ser  catino, 
de  hombre  de  razón,  quien  no  la  siente. 


quesiste  me  hazer  de  muerto,  biuo, 
y  alli  de  biuo  muerto  encontinente: 
De  afable  me  heziste  ser  esquino: 
de  conuersable,  aborrescer  la  gente: 
solia  tener  ojos,  y  estoy  ciego, 
hombre  de  carne  fuy,  ya  soy  de  fuego. 

¿Qué  es  esto  coraron,  no  estays  cansado? 
¿aun  ay  más  que  llorar?  ¿dezi,  ojos  mios? 
mi  alma,  ¿no  bastaua  el  mal  passado? 
lagrimas,  ¿aun  hazeys  crecer  los  ríos? 
entendimiento,  ¿vos  no  estays  turbado? 
sentido,  ¿no  os  turbaron  sus  desuios? 
¿pues  cómo  entiendo,  lloro,  veo  y  siento, 
si  todo  lo  ha  gastado  ya  el  tormento? 

¿Quién  hizo  a  mi  pastora  ¡ay,  perdido! 
aquel  cabello  de  oro,  y  no  dorado, 
el  rostro  de  cristal  tan  escogido, 
la  boca  de  un  rubi  muy  estremado, 
el  cuello  de  alabastro,  y  el  sentido 
muy  más  que  otra  ninguna  leuantado? 
¿por  qué  su  cora9on  no  hizo  ante 
de  cera,  que  de  marmol  y  diamante? 

Vn  dia  estoy  conforme  a  mi  fortuna, 
y  al  mal  que  me  ha  causado  mi  Diana, 
el  otro  el  mal  me  afflige  y  importuna, 
cruel  la  llamo  fiera,  y  inhumana, 
y  assi  no  hay  en  mi  mal  orden  alguna, 
lo  que  oy  af firmo,  niegolo  mañana: 
todo  es  assi,  y  passo  assi  una  uida, 
que  presto  uean  mis  ojos  consumida. 

Guando  la  hermosa  Seluagia  en  la  boz  co- 
noscio  al  pastor  Syluano,  se  fue  luego  a  el,  y 
rjcebiendose  los  dos  con  palabras  de  grande 
amistad,  se  assentaron  a  la  sombra  de  un  espes- 
a  o  myrtho,  que  en  medio  dexaba  vn  pequeño 
pradezuelo  (')  más  agradable  por  las  hermosas 
y  doradas  flores  de  que  él  estaña  matizado,  de 
lo  que  sus  tristes  pensamientos  pudieran  des- 
sear.  Y  Syluano  comen9Ó  a  hablar  desta  ma- 
nera: No  sin  grandissima  compassion  se  deue 
considerar,  hermosa  Seluagia,  la  diuersidad  de 
tantos  y  tan  desusados  infortunios,  como  suc- 
ceden  a  los  tristes  que  queremos  bien.  Mas  entre 
todos  ellos  ninguno  me  paresce  que  tanto  se 
deue  temer,  como  aquel  que  succede  después  de 
auerse  uisto  la  persona  en  un  (^)  buen  estado. 
Y  esto  como  tú  ayer  me  dezias,  nunca  llegué  a 
sabello  por  experiencia.  Mas  como  la  uida  que 
passo  es  tan  agena  de  descanso,  y  tan  entregada 
a  tristezas,  infinitas  uezes  estoy  buscando  in- 
uenciones  para  engañar  el  gusto.  Para  lo  qual 
me  uengo  a  imaginar  muy  querido  de  mi  seño- 
ra, y  &in  abrir  mano  desta  imaginación  me  es- 
toy todo  lo  que  puedo,  pero  después  que  llego  a 
la  uerdad  de  mi  estado,  quedo  tan  confuso  que 
no  sé  decillo;  porque  sin  yo  querello,  me  uiene  a 


8 


'^  M.,  pradeeillo. 

'^  Falta  el  un  en  la  edición  de  Milán. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


faltar  la  pabMc^.  ^  f  tSSTft  imagínacioii  no  es 
cosa  qne  se  pueda  soffrir,  ued  qné  baria  la  ner- 
dad?  Seluagia  le  respondió:  Quisiera  yo,  Syl- 
uano,  estar  libre  desta  passion,  para  saber  ha- 
blar en  ella,  como  en  tal  materia  sería  menester. 
Que  no  quieras  mayor  señal  de  ser  el  amoc  mu- 
cho, o  poco,  la  passion  pequeña  o  grande,  que 
oilla  dezir  al  que  la  siente.  Porque  nunca  pas- 
(  sion  bien  sentida,  pudo  ser  bien  manifestada 
\  con  la  lengua  del  que  la  padesce.  Ansi  que  es- 
tando yo  tan  subjecta  a  mi  desuentnra,  y  tan 
quexosa  de  la  sin  razón  que  Alanio  me  haze, 
no  podré  dezir  lo  mucho  que  dello  siento.  A  tu 
discreción  lo  dexo,  como  a  cosa  de  que  me  pue- 
do muy  bien  fiar.  Syluano  dixo  sospirando. 
Aora  yo,  Seluagia,  no  sé  qué  diga,  ni  qué  re- 
medio podria  auer  en  nuestro  mal.  ¿Tú  por 
dicha  sabes  alguno?  Seluagia  respondió,  ¿y 
como  aora  lo  sé?  Sabes  qué  remedio,  pastor? 
Dexar  de  querer.  ¿Y  esso  podrías  tú  acabar- 
lo (•)  contigo?  (dixo  Syluano).  Gomo  la  for- 
tuna, o  el  tiempo  lo  ordenasse  (respondió  Sel- 
uagia). Aora  te  digo  (dixo  Syluano  muy  ad- 
mirado) que  no  te  haría  agprauio  en  no  auer 
manzilla  de  tu  mal,  porque  amor  que  está  sub- 
jecto  al  tiempo,  y  a  la  fortuna,  no  puede  ser 
tanto  que  dé  trabajo  a  quien  lo  padece.  Sel- 
uagia le  respondió.  ¿Y  podrías  tú,  pastor,  ne- 
garme, que  seria  possible  auer  fin  en  tus  amo- 
res, o  por  muerte,  o  por  ausencia,  o  por  ser  fa- 
norescido  en  otra  parte,  y  tenido  en  más  tus 
seruicios?  No  me  quiero  (dixo  Syluano)  hazer 
tan  hypocrita  en  amor,  que  no  entienda  lo  que 
uie  dizes  ser  possible,  mas  no  en  mi.  Y  mal 
aya  el  amador  que  aunque  a  otros  uea  succcder- 
les,  y  la  manera  que  me  dizes,  tuuiere  tan  poca 
constancia  en  los  amores,  que  piense  poderle 
a  él  succeder  cosa  tan  contraria  a  su  fe.  Yo 
muger  soy  (dixo  Seluagia)  y  en  mi  uerás,  si 
quiero,  todo  lo  que  se  puede  querer.  Pero  no 
me  estoma  esto  imaginar,  que  en  todas  las  co- 
sas podría  auer  fin,  por  más  firmes  que  sean 
porque  offício  es  del  tiempo,  y  de  la  fortuna 
andar  en  estos  mouimientos  tan  ligeros,  como 
<;llos  lo  han  sido  siempre;  y  no  pienses,  pastor, 
que  me  haze  dezir  esto  el  pensamiento  de  ol- 
uidar  aquel  que  tan  sin  causa  me  tiene  olui- 
dada,  sino  lo  que  desta  passion  tengo  esperí- 
mentado.  A  este  tiempo  oyeron  un  pastor,  que 
por  el  prado  adelante  nenia  cantando,  y  luego 
fue  conocido  (')  ser  el  oluidado  Sireno,  el  qual 
uenia  al  son  de  su  rabel  cantando  estos  uersos: 

Andad  mis  pensamientos  do  algún  dia 
os  yuades  de  vos  uuiy  confiados, 
vereys  horas  y  tiempos  ya  mudados, 
yereys  que  nuestro  bien  passó:  solia. 

(<)  M^  acahallo, 

(')  Delhé  añade  la  edición  de  Milán. 


271 


^'IWfeyírqúe  en  el  AfpCj.  •  . 
y  en  el  lugar  do  fuystes  estimados, 
se  mira  por  mi  suerte  y  trístes  hados 
aquel  que  ni  aun  pensallo  merescia. 

Vereys  también  cómo  entregué  la  uida 
a  quien  sin  causa  alguna  la  desecha, 
y  aunque  es  ya  sin  remedio  el  graue  daño 

dezilde  (si  podéis)  á  la  partida 
que  allá  prophetizaua  mi  sospecha, 
lo  que  ha  cumplido  acá  su  desengaño. 

Después  que  Sireno  puso  fin  a  su  canto,  nido 
como  hazia  el  uenia  la  hermosa  Seluagia,  y  d 
pastor  Syluano,  de  que  no  recibió  pequeño  con- 
tentamiento, y  después  de  auerse  recebido,  de- 
terminaron yrse  a  la  fuente  de  los  alisos,  donde 
el  dia  antes  auian  estado.  Y  primero  qne  allá 
llegassen  (dixo  Syluano).  Escucha,  Seluagia, 
¿no  oyes  cantar?  Si  oigo  (dixo  Seluagia)  y  aun 
paresce  mas  de  una  boz.  ¿Adonde  será?  (dixo 
Sireno).  Paresceme  (respondió  Seluagia)  que 
es  en  el  prado  de  los  laureles  por  donde  passa 
el  arroyo  que  corre  desta  clara  fuente.  Bien 
será  que  nos  lleg^iemos  allá,  y  de  manera  que 
no  nos  sientan  los  que  cantan,  porque  no  inter- 
rumpamos la  música.  Vamos  (dixo  Seluagia) 
y  assi  su  passo  a  passo  se  fueron  hazia  aquella 
parte  donde  las  bozes  se  oyan:  y  escondiéndose 
entre  unos  arboles,  que  estañan  junto  al  arroyo: 
uieron  sobre  las  doradas  flores  assentadas  tres 
nimphas,  tan  hermosas,  que  parescia  auer  en 
ellas  dado  la  naturaleza  clara  muestra  de  lo 
que  puede.  Venian  uestidas  de  unas  ropas  blan- 
cas labradas  por  encima  de  follajes  de  oro:  sus 
cabellos,  que  los  rayos  del  sol  oscurescian,  re- 
bueltos  a  la  cabera,  y  tomados  con  sendos  hilos 
de  oríen tales  perlas,  con  qne  encima  de  la  crys- 
tallina  frente  se  hazia  una  lazada,  y  en  medio 
della  estaña  una  agpiila  de  oro,  que  entre  las 
Tñas  tenia  un  muy  hermoso  diamante.  Todas 
tres  de  concierto  tañian  sus  instrumentos  tan 
suau  emente,  que  junto  con  las  diuinas  bozes 
no  parescieron  sino  música  celestial,  y  la  prí- 
mera  cosa  que  cantaron,  fue  este  villancico: 

Contentamientos  de  amor 
que  tan  cansados  llegays, 
si  uenis.¿para  qne  os  uays? 

Aun  no  acab^ys  de  uenir 
después  de  umy  desseados, 
cuando  estays  determinados 
de  madrugar  y  partyr, 
si  tan  presto  os  aueys  d'yr, 
y  tan  tríste  me  dexays, 
placeres,  no  me  ucays. 

Los  contentos  huyo  del!  os, 
pues  no  me  uicncn  a  ucr 
más  que  por  darme  a  entender 
lo  que  se  pierde  en  perdellos, 


; 


«•*■. 


descontentos,  no  oh  partajs, 
pues  bolaéys  después  que  os  uays. 

Después  que  uuieron  cantado,  dixo  la  una, 
que  Dorida  se  Uamaua:  Cinthia  (*),  ¿es  esta  la 
ribera  adonde  un  pastor  llamado  Sireno  anduuo 
perdido  por  la  hennosa  pastora  Diana?  La  otra 
le  respondió:  esta  sin  duda  debe  ser:  porque 
junto  a  vna  fuente,  que  está  cerca  de  este  prado, 
me  dizen  que  fue  la  despedida  de  los  dos  digna 
de  ser  para  siempre  celebrada,  según  las  amo- 
rosas razones  que  entre  ellos  passaron.  Cuando 
Sireno  esto  oyó  quedó  fuera  si  en  uer  (^ue  las 
tres  nimphas  tuuiessen  noticia  de  sus  desuen- 
turas.  Y  prosiguiendo  Cinthia  dixo:  Y  en  esta 
misma  ribera  ay  otras  muy  hennosas  pastoras 
y  otros  pastores  enamorados,  adonde  el  amor  ha 
mostrado  grandissimos  effectos,  y  algunos  muy 
al  contrario  de  lo  que  se  esperaua.  La  temcaí, 
que  Polidora  se  llamaua,  le  respondió:  cosa  es 
essa  de  que  yo  no  me  espantaría,  porque  no  ay 
successo  en  amor  por  auieso  que  sea,  que  ponga 
espauto  a  los  que  por  estas  cosas  han  passado. 
Mas  dime,  Dorida,  ¿cómo  sabes  tú  de  essa  des- 
pedida? Selo  (dixo  Dorida)  porque  al  tiempo 
que  se  despidieron  junto  a  la  fuente  que  digo  lo 
oyó  Celio,  que  desde  encima  de  un  roble  les  es- 
taña acechando,  y  la  puso  toda  al  pie  de  la  letra 
en  uerso,  de  la  misma  manera  que  ella  passó; 
por  esso  si  me  escuchays,  al  son  de  mi  instru- 
mento pienso  can  talla.  Cinthia  le  respondió: 
hermosa  Dorida,  los  hados  te  sean  fauorables, 
como  nos  es  alegre  tu  gracia  y  hermosura,  y  no 
menos  sera  oyrte  cantar  cosa  tanto  para  saber. 
Y  tomando  Doria  su  harpa,  comento  a  cantar 
desta  manera: 

Canto  de  la  nimpha, 

Ivnto  a  una  uerde  ribera, 
de  arboleda  singular, 
donde  para  se  alegrar 
otro  que  mas  libre  fuera, 
hallara  tiempo  y  lugar: 
Sireno,  un  triste  pastor, 
recogia  su  ganado, 
tan  de  ueras  lastimado 
quanto  burlando  el  amor 
descansa  el  enamorado. 

Este  pastor  se  moria 
por  amores  de  Diana, 
una  pastora  lozana 
que  en  hermosura  excedia 
la  naturaleza  humana, 
la  qual  jamas  tuno  cosa 
que  en  si  no  fuese  estremada, 
pues  ni  pudo  ser  llamada 

(*)  M.,  Hermana  Cinthia, 


aiscrettt,  p«^«  ^j  ii^&4«.o»tt. 
ni  hermosa  por  no  auisada. 

No  era  desfauorecido, 
que  a  serlo  qui^  pudiera 
con  el  uso  que  tuuiera, 
suffrir  después  de  partido, 
lo  que  de  absencia  sintiera: 
Que  el  coraron  desusado, 
de  suffrir  pena,  o  tormento, 
si  no  sobra  entendimiento, 
qualquier  pequeño  cuydado 
le  cantina  el  suffrimiento. 

Ca))e  un  rio  caudaloso, 
Ezla  por  nombre  llamado, 
andana  el  pastor  cuytado 
de  absencia  nmy  temeroso, 
repastando  su  ganado: 

Y  a  su  pastora  aguardando 
está  con  grane  passion, 
que  estaña  aquella  sazón 
su  ganado  apacentando 

en  Io8  montes  de  León. 

Estaña  el  triste  pastor 
en  quanto  no  parescia, 
imaginando  aquel  dia 
en  que  el  falso  dios  de  Amor 
dio  principio  a  su  alegria: 

Y  dQze  viéndose  tal: 

el  bien  que  el  amor  me  ha  dado 
ymagino  yo  cuytado, 
porque  este  cercano  mal 
lo  sienta  después  doblado. 

El  sol  por  ser  sobre  tarde 
con  su  fuego  no  le  offendo, 
mas  el  que  de  amor  depende, 
y  en  el  su  coraron  anlo 
mayores  llamas  enciende. 
La  passion  lu  combidaua, 
la  arboleda  le  niouia, 
el  rio  parar  Imzia, 
el  ruyseüor  ayudaua 
a  estos  uersos  que  dezia. 

Canción  de  Sireno. 

Al  partir  llama  partida 
el  que  no  sabe  de  amor, 
mas  yo  le  llamo  un  doli)r 
que  se  acaba  con  la  uida. 

Y  quiera  Dios  que  yo  pueda 
esta  uida  sustentar, 
hasta  que  llej^^ne  al  lugar 
donde  el  coraron  me  queda; 
porque  el  pensar  en  partida 
me  pone  tan  gran  pauor 
que  a  la  fuerza  del  dolor 
no  podra  esperar  la  uida. 

Esto  Sireno  can  tana 
y  con  su  rabel  tañia. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


271 


tan  ageno  de  alegría, 
(^uel  llorar  non  le  dojana 
pronunciar  lo  que  dezia. 
Y  por  DO  caer  en  mengua 
8Í  le  estoma  su  passion, 
accento,  o  pronunciación, 
lo  que  empezaua  la  lengua 
acabaua  el  coraron. 

Ya  después  que  yuo  cantado, 
Diana  tío  que  Tenia 
tan  hermosa,  que  Yestia 
de  nueua  color  el  prado, 
donde  sus  ojos  ponia. 
Su  rostro  como  Tna  flor, 
j  tan  triste  que  es  locura 
pensar  que  humana  criatura 
juzgue  qual  era  major, 
la  trísteza  o  hermosura. 

Muchas  uezes  se  paraua 
bueltos  los  ojos  al  suelo, 
y  con  tan  gran  desconsuelo 
otras  uezes  los  alyaua 
que  los  incaua  en  el  cielo: 
Diziendo  con  más  dolor, 
que  cabe  en  entendimiento: 
pues  el  bien  trae  tal  descuento, 
de  oy  más  bien  puedes,  amor, 
guardar  tu  contentamiento. 

La  causa  de  sus  enojos 
muy  claro  alli  la  mostraua; 
si  lagrímas  derramaua 
pregúntenlo  a  aquellos  ojos 
con  que  a  Sireno  mataua. 
Si  su  amor  era  sin  par, 
su  ualor  no  lo  encubría, 
y  si  la  absencia  temia 
pregúntelo  a  este  cantar 
que  con  lagrímas  dezia: 

Canción  de  Diana 

No  me  diste,  o  crudo  amor 
el  bien  que  tuue  en  presencia, 
sino  porque  el  mal  de  absencia 
me  parezca  muy  mayor. 

Das  descanso,  das  reposo, 
no  por  dar  contentamiento, 
mas  porque  esté  el  suffrimiento 
algunos  tiempos  ocioso. 
Ved  qué  inuenciones  de  amor 
darme  contento  en  presencia, 
porque  no  tenga  en  absencia 
reparo  contra  el  dolor. 

Siendo  Diana  llegada 
donde  sus  amores  uio, 
hablar  quiso  y  no  habló  (^), 
y  el  triste  no  dixo  nada, 
aimque  el  hablar  cometió: 

(>)  M..  quito  hablar^  mas  no  habló. 


Quanto  auia  que  hablar, 
en  los  ojos  lo  mostrauau, 
mostrando  lo  que  calianan, 
con  aquel  blando  mirar 
con  que  otras  uezes  hablauan. 

Ambos  juntos  se  sentaron, 
debaxo  un  myrtho  florido, 
cada  uno  de  otro  uencido 
por  las  manos  se  tomaron, 
casi  fuera  de  sentido: 
Porque  el  plazcr  de  mirarse, 
y  el  pensar  presto  no  uerse, 
los  hazen  entemescerse 
de  manera  que  a  hablarse, 
ninguno  pudo  atreuersc. 

Otras  uezes  se  topauan 
en  esta  uerdc  ribera, 
pero  muy  de  otra  manera 
el  toparse  celebrauan, 
que  esta  que  fue  la  postrera: 
Estraño  effecto  de  amor 
Terse  dos  que  se  querían, 
todo  quanto  ellos  podian 
y  recebir  mas  dolor, 
que  al  tiempo  que  no  se  uian. 

Via  Sireno  llegar 
el  grane  dolor  de  absencia, 
ni  alli  le  basta  paciencia, 
ni  alcanza  para  hablar 
de  sus  lagrimas  licencia. 
A  su  pastora  miraua, 
su  pastora  mira  a  él, 
y  con  un  dolor  cruel 
la  hablo,  mas  no  hablaua 
que  el  dolor  habla  por  el. 

¿Ay,  Diana,  quien  dixera, 
que  quando  yo  más  penara 
que  ninguno  imaginara, 
en  la  hora  que  te  uiera 
mi  alma  no  descansara? 
¿En  qué  tiempo  y  qué  sazón, 
creyera  (señora  mia) 
que  alguna  cosa  podría 
causarme  mayor  passion 
que  tu  presencia  alegría? 

¿Quién  pensara  que  estos  ojos 
aIgun*tiempo  me  mirassen, 
que,  señora,  no  atajassen, 
todos  los  male»  y  enojos 
que  mis  males  me  causassen? 
Mira,  señora,  mi  suerte, 
si  ha  traydo  buen  rodeo; 
que  si  antes  mi  desseo 
me  hizo  morir  por  uerte, 
ya  muero  porque  te  tco. 

Y  no  es  por  falta  de  amarte, 
pues  nadie  estuuo  tan  fírme, 
mas  por  porque  suelo  uenirmc 
a  estos  prados  a  mirarte, 


272 


orígenes  de  la  novela 


y  Aora  ueiigo  a  despedirme: 
Oy  diera  por  no  te  uer. 
aunque  no  tengo  otra  nida, 
eata  alma  de  ti  uencida 
Bolo  por  entretener 
el  dolor  de  la  partida. 

Pastora,  dame  licencia 
que  diga  que  mi  cuydado 
sientes  en  el  mismo  grado, 
que  no  es  mucbo  en  tu  presencia 
mostrarme  tan  confiado. 
Pues  Diana,  si  es  así, 
¿cómo  puedo  yo  partirme? 
¿o  tú  cómo  dexas  yrmc? 
¿o  cómo  uengo  yo  acjui 
sin  empacho  a  despedirme? 

Ay  Dios,  ay  pastora  mia, 
¿cómo  no  ay  razón  que  das 
para  de  ti  me  quexar? 
,   ('y  cómo  tú  cada  dia 
la  temas  de  me  oluidar? 
No  me  hazes  tú  partir 
esto  también  lo  diré, 
menos  lo  haze  mi  fe: 
y  si  quisiesse  dczir 
quien  lo  haze:  no  lo  sé. 

Lleno  de  lagrimas  tristes, 
y  a  menudo  sospirando 
estaña  el  pastor  liablando 
estas  palabras  que  oystes, 
y  ella  las  oye  llorando: 
a  responder  se  offrescio, 
mil  uezes  lo  cometia, 
mas  de  triste  no  podia 
y  por  ella  respondió 
el  amor  que  le  tenia. 

A  tiempo  estoy,  o  Sircuo, 
qne  diré  mas  que  quisiera: 
que  aun  ({ue  mi  mal  s*entend¡era 
tuuiora,  pastor,  por  bueno, 
el  callarlo,  si  pudiera. 
Mas  ay  de  mi  desdichada, 
uengo  a  tiempo  a  descubrillo, 
(juc  ni  aprovecha  dezillo 
para  escusar  mi  jomada, 
ni  para  yo  despidillo. 

¿Porqué  te  uas,  di,  pastor, 
porqué  me  quieres  dexar 
donde  el  tiempo  y  el  lugar, 
y  el  gozo  de  nuestro  amor, 
no  se  me  podra  oluidar? 
¿Que  sentiré,  desdichada, 
llegando  a  este  uallc  ameno, 
cuando  diga:  jah  tiempo  bueno, 
aqui  estuue  yo  sentada, 
hablando  con  mi  Sireno? 

Mira  si  será  tristeza, 
no  uerte,  y  uer  este  prado, 
de  arboles  tan  adornado, 


y  mi  nombre  en  su  corteza, 
por  tus  manos  señalado: 
o  si  aura  igual  dolor, 
que  el  lugar  adó  me  niste, 
uerle  tan  solo,  y  tan  triste, 
donde  con  tan  gran  temor 
tu  pena  me  descubriste. 

Si  esso  duro  cora9on 
se  ablanda  para  Uorar 
¿no  se  podria  ablandar 
para  uer  la  sin  razón, 
que  hazes  en  me  dexar? 
Oh,  no  llores,  mi  pastor, 
que  son  lagrimas  en  uano; 
y  no  esta  el  seso  muy  sano 
de  aquel  que  llora  el  dolor, 
si  el  remedio  está  en  su  mano. 

Perdóname,  mi  Sireno, 
si  te  offendo  en  lo  que  digo, 
dexa  me  hablar  contigo 
en  aqueste  valle  ameno, 
do  no  me  dexas  comígo. 
Que  no  quiero  ni  aun  burlando 
uerme  apartada  de  ti: 
;No  te  nayas,  quieres,  di? 
duélate  ora  uer  llorando 
los  ojos  con  que  te  ui.2> 

Volvió  Sireno  a  hablar, 
dixo:  ya  deues  sentir 
si  yo  me  quisiera  yr, 
mas  tú  me  mandas  quedar, 
y  mi  ucntura  partir. 
Viendo  tu  gran  hermosura, 
estoy,  señora,  obligado, 
a  obedecer  te  de  grado; 
mas  triste,  que  a  mi  uentura 
he  de  obedecer  forjado. 

Es  la  partida  for9ada, 
])ero  no  por  causa  mia, 
que  qualquier  bien  dcxaria 
por  uerte  en  esta  majada, 
do  ni  el  fin  de  mi  alegria. 
Mi  amo  aquel  gran  pastor, 
es  quien  me  haze  partir, 
a  quien  presto  uea  uenir 
tan  lastimado  de  amor, 
como  yo  me  siento  yr. 

Oxala  estuuiera  aora, 
porque  tú  fueras  seniida, 
en  mi  mano  mi  partida 
como  en  la  tuya,  señora, 
está  mi  muerte  y  mi  uida. 
Mas  créeme  que  es  muy  en  uano, 
según  eontino  me  siento 
passarte  por  pensamiento 
que  pueda  est-ar  en  mi  mano, 
cosa  que  me  dé  contento. 

l>ien  podria  yo  dexar 
mi  rebaño  y  mi  pastor. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


273 


7  buscar  otro  señor: 
mas  sí  el  fin  yoj  a  mirar 
no  conuiene  a  nuestro  amor: 
Que  dexanio  este  rebaño, 
j  tomando  otro  qualquiera, 
dime  tú  de  que  manera 
podré  uenir  sin  tu  daño 
por  esta  uerde  ribera: 

Si  la  fuer9a  desta  llama 
me  detiene,  es  argumento 
que  pongo  en  ti  el  pensamiento: 
y  uengo  a  uender  tu  fama, 
señora,  por  mi  contento. 
Si  dizen  que  mi  querer 
en  ti  lo  puedo  emplear, 
a  ti  te  uiene  a  dañar 
¿que  yo  qué  puedo  perder? 
¿o  tú  qué  puedes  ganar? 

La  pastora  a  esta  sazón 
respondió  con  gran  dolor: 
Para  dexarme,  pastor, 
¿c<5mo  has  hallado  razón, 
pues  que  no  la  ay  en  amor? 
Mala  señal  es  hallarse, 
pues  vemos  por  esperiencia, 
que  aquel  que  sabe  en  presencia 
dar  desculpa  de  absentarse, 
sabrá  suf frir  el  absencia. 

Ay  triste,  que  pues  te  uas, 
no  sé  qué  será  de  ti, 
ni  sé  que  será  de  mi, 
ni  si  allá  te  acordaras, 
que  me  uiste  o  que  te  ui? 
Ni  sé  si  recibo  engaño, 
en  auerte  descubierto 
este  dolor  que  me  ha  muerto: 
mas  lo  que  fuere  en  mi  daño, 
esto  sera  lo  más  cierto. 

No  te  duelan  mis  enojos, 
vete,  pastor,  a  embarcar, 
passa  de  presto  la  mar, 
pues  que  por  la  de  mis  ojos 
tan  presto  puedes  passar. 
Guárdete  Dios  de  tormenta, 
Sireno  mi  dulce  amigo, 
y  tenga  siempre  contigo 
la  fortuna  mejor  cuenta, 
que  tú  la  tienes  comigo. 

Muero  en  uer  que  se  despiden 
mis  ojos  de  su  alegría, 
y  es  tan  grande  el  agonia 
que  estas  lagrimas  me  impiden 
dezirte  lo  que  quería. 
Estos  mis  ojos,  zagal, 
antes  que  cerrados  sean 
ruego  yo  a  Dios  que  te  uean ; 
que  aunque  tú  causas  su  mal 
ellos  no  te  lo  dessean. 

Respondió:  señora  mia, 

OBÍQBNBS   DE   LA   NOVELA. — IB 


nunca  viene  solo  vn  mal, 
y  vn  dolor  aunque  mortal 
siempre  tiene  compañía, 
con  otro  mas  principal. 

Y  assi  uermc  yo  partir 
de  tu  vista  y  de  mi  uida, 
no  es  pena  tan  desmedida, 
como  verte  a  ti  sentir 

tan  de  veras  mi  partida. 

Mas  si  yo  acaso  oluidare 
los  ojos  en  que  me  vi, 
oluidese  Dios  de  mi, 
o  si  en  cosa  imaginare, 
mi  señora,  si  no  en  ti. 

Y  si  agena  hermosura 
causare  en  mi  mouimiento, 
por  vna  hora  de  contento 
me  trayga  mi  desuentura 
cien  mil  años  de  tormento. 

£  si  mudare  mi  fe 
por  otro  nueuo  cuy  dado, 
cayga  del  mejor  estado 
que  la  fortuna  me  dé 
en  el  más  desesperado. 
No  me  encargues  la  venida, 
muy  dulce  señora  mia, 
porque  assaz  de  mal  seria 
tener  yo  en  algo  la  uida 
fuera  de  tu  compañía. 

Respondióle:  oh  mi  Sireno, 
si  algún  tiempo  te  oluidare, 
las  yemas  que  yo  pisare 
por  aqueste  ualle  ameno 
se  sequen  quando  passare. 

Y  si  el  pensamiento  mío 
en  otra  parte  pusiere, 
suplico  a  Dios  que  si  fuere 
con  mis  ouejas  al  rio 

se  seque  quando  me  uiere. 
Toma,  pastor,  vn  cordón 
que  hize  de  mis  cabellos, 
porque  se  te  acuerde  en  uellos 
que  tomaste  possession 
de  mi  coraron  y  dellos. 

Y  este  anillo  as  de  Ueuar 
do  están  dos  manos  asidas, 
que  aunque  se  acaben  las  uidas, 
no  se  pueden  apartar 

dos  almas  que  están  vnidas. 

Y  él  dixo:  que  te  dexar 
no  tengo,  si  este  cayado 
y  este  mi  rabel  preciado, 
con  que  tañer  y  cantar 
me  uias  por  este  prado: 
Al  son  del,  pastora  mia, 
te  cantaua  mis  canciones, 
contando  tus  perfecciones, 
y  lo  que  de  amor  sentia 
en  dulces  lamentaciones. 


274 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Ambos  a  dos  se  abra9aron, 
y  esta  fue  la  uez  primera, 
y  pienso  fue  la  postrera 
porque  los  tiempos  mudaron 
el  amor  de  otra  manera. 
E  aunque  a  Diana  le  dio 
pena  rauiosa  y  mortal 
la  ausencia  de  su  zagal, 
en  ella  misma  halló 
el  remedio  de  su  mal. 

Acabó  la  hermosa  Dorida  el  suaue  canto, 
dexando  admiradas  á  Ciuthia  y  Polidora  en  uer 
que  una  pastora  f  uesse  vaso  donde  amor  tan  en- 
cendido pudiesse  caber.  Pero  también  lo  que- 
daron de  imaginar  cómo  el  tiempo  auia  curado 
8u  mal,  pareseiendo  en  la  despedida  sin  reme- 
dio. Pues  el  sin  uentura  Sireno  en  quanto  la 
pastora  con  el  dulce  canto  manifestaua  sus  an- 
tiguas cuy  tas  y  sospiros,  no  dexaua  de  darlos 
tan  a  menudo,  que'Seluagia  y  Syluano  eran 
poca  parte  para  consolalle,  porque  no  menos 
lastimado  estaua  entonces,  que  al  tiempo  que 
por  él  avian  passado.  Y  espantóse  mucho  de 
uer  que  tan  particularmente  se  supiesse  lo  que 
con  Diana  passado  auia.  Pues  no  menos  admi- 
radas estaban  Seluagia,  y  Syluano,  de  la  gracia 
con  que  Dorida  cantaua  y  tañiaj  A  este  tiempo 
las  hermosas  nimphas,  tomando  cada  una  su 
instrumento,  se  yuan  por  el  uerde  prado  ade- 
lante, bien  fuera  de  sospecha  de  podelles  acae- 
cer lo  que  aora  oyreys.  E  fue,  que  auiendose 
alexado  muy  poco  de  adonde  los  pastores  es- 
tañan, salieron  de  entre  unas  retamas  altas,  a 
mano  derecha  del  bosque,  tres  saluages,  de  ex- 
traña grandeza  y  fealdad.  Venían  armados  de 
coseletes  y  celadas  de  cuero  de  tigre.  Eran  de 
tan  fea  catadura,  que  pouian  espanto,  los  cose- 
letes trayan  por  brapales  unas  bocas  de  serpien- 
tes, por  donde  sacauan  los  bra90S  que  gniessos 
y  uellosos  parescian,  y  las  celadas  nenian  a  ha- 
zer  encima  de  la  frente  unas  espantables  cabe- 
ras de  leones,  lo  demás  trayan  desnudo,  cubier- 
to de  espesso  y  largo  uello,  unos  bastones  her- 
rados de  muy  agudas  puntas  de  azero.  Al  cuello 
trayan  sus  arcos,  y  flechas,  los  escudos  eran  de 
unas  conchas  de  pescado  muy  fuerte.  E  con 
una  increyble  ligereza  arremeten  a  ellas  dizien- 
do:  a  tiempo  estays,  o  ingratas  y  desamoradas 
Nimphas,  que  os  obligaua  la  fuer9a  a  lo  que  el 
amor  no  os  ha  podido  obligar,  que  no  era  justo 
que  la  fortuna  hiziesse  tan  grande  agrauio  á 
nuestros  captiuos  cora9onis  como  era  dilatallos 
tanto  su  remedio.  En  fin  tenemos  en  la  mano 
el  galardón  de  los  sospiros,  con  que  a  causa 
nuestra,  importunauamos  las  aucs,  y  animales 
de  la  escura  y  encantada  selua  donde  habitamos, 
y  de  las  ardientes  lagrimas  con  que  haziamus 
crescer  el  impetuoso,  y  turbio  rio  que  sus  teme- 


rosos campos  ua  regando.  E  pues  para  que  qae> 
deys  con  las  uidas,  no  teneys  otro  remedio,  sino 
dalle,  a  nuestro  mal,  no  deys  lugar  a  que  nues- 
tras crueles  manos  tomen  uengan9a  de  la  que 
de  nuestros  affligidos  cora9ones  aueys  tomado. 
Las  nimphas  con  el  súbito  sobresalto,  queda- 
ron tan  fuera  de  si,  que  no  supieron  responder 
a  las  soberuias  palabras  que  oyan,  sino  con  la- 
grimas. Mas  la  hermosa  Dorida,  que  más  eu 
si  estaua  que  las  otras,  respondió:  Nunca  yo 
pense  que  el  amor  pudiera  traer  a  tal  estrenio 
a  un  amante,  que  Anniesse  a  las  manos  con  la 
persona  amada.  JCostumbre  es  de  couardes  to- 
mar armas  contra  las  mugeres:  y  en  un  campo 
donde  no  hay  quien  por  nosotras  puede  respon- 
der, sino  es  nuestra  razón.  Mas  de  una  cosa 
(ó  crueles)  podeys  estar  seguros,  y  es,  que  nues- 
tras amenazas  no  nos  harán  perder  un  punto 
de  lo  que  a  nuestra  honestidad  deuemos,  y  que 
más  fácilmente  os  dexaremos  la  uida  en  las  ma- 
nos, que  la  honra.  Dorida  (dixo  uno  dellos)  a 
quien  de  mal  tratamos  ha  tenid^  poca  razón  no 
es  menester  escuc halle  alguna.  \E  sacando  el 
cordel  al  arco  que  al  cuello  traya,  le  tomó  sus 
fTermosas  manos,  y  muy  descomedidamente  se 
las  ató,  y  lo  mismo  hizieron  sus  compaileros  a 
Cinthia  y  a  Polidora.  Los  dos  pastores  y  la 
pastora  Seluagia,  que  atónitos  estañan  de  lo 
que  los  saluages  hazian,  uiendo  la  cnieldad  con 
que  a  las  hermosas  nimphas  tratauan,  y  no  pu- 
diendosuffrillo,  determinaron  de  morir  o  defen- 
dellas.  E  sacando  todos  tres  sus  hondas  pro- 
ueydos  sus  zurrones  de  piedras  salieron  al  uerde 
prado,  y  comien9an  a  tirar  a  los  saluages,  con 
tanta  maña  y  esfuer90,  como  si  en  ello  les  fuera 
la  uida.  E  pensando  occupar  a  los  saluages,  de 
manera  que  en  quanto  ellos  se  defendian,  las 
nimphas  se  pusiessen  en  saino,  les  dauan  la  ma- 
yor priessa  que  podian,  mas  los  saluages  recelo- 
sos de  lo  que  los  pastores  imaginauan,  que- 
dando el  uno  en  guarda  de  las  prisioneras,  los 
dos  procurauan  herirlos  ganando  tierra.   Pero 
las  piedras  eran  tantas,  y  tan  espessas,  que  se 
lo  defendian.  De  manera  que  en  quanto  las 
piedras  los  duraron,  los  saluages  lo  passaban 
mal,  pero  como  después  los  pastores  se  oceu- 
paron  en  baxarse  por  ellas,  los  saluages  se  les 
allegauan  con  sus  pesados  alfanges  en  las  ma- 
nos, tanto  que  ya  ellos  estañan  sin  esperan9a 
de  remedio.  Mas  no  tardó  mucho  que  de  entre 
la  espessura  del  bosque,  junto  a  la  fuente  donde 
cantauan,  salió  una  pastora  de  tan  grande  her- 
mosura y  disposición»  que  los  que  la  uieron  que- 
daron admirados.  Su  arco  tenia  colgado  del 
bra90  yzquíerdo  y  vna  aljaua  de  saetas  al  hom- 
bro, eu  las  manos  un  bastón  de  syluestre  enzi- 
na,  en  el  cabo  del  qual  auia  una  muy  larga 
punta  de  azero.  Pues  como  assi  uiesse  las  tres 
Nimphas,  la  contienda  entre  los  dos  saluages. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


275 


j  los  pastores,  qne  ya  no  esperauan,  sino  la 
muerte,  poniendo  con  gran  presteza  vna  aguda 
saeta  en  sa  arco,  con  tan  grandissima  fuerza  y 
destreza  la  despidió,  que  al  uno  de  los  salua- 
ges  se  la  dexó  escondida  en  el  duro  pecho.  De 
manera  que  la  de  amor,  que  el  cora9on  le  tras- 
passaua,  perdió  su  fuerya,  y  el  saluage  la  uida 
a  bueltas  della.  Y  no  fue  perezosa  en  poner  otra 
saeta  en  su  arco,  ni  menos  diestra  en  tiralla, 
pues  fue  de  manera,  que  acabó  con  ella  las 
passiones  enamoradas  del  segundo  saluage, 
como  las  del  primero  auia  acabado.  Y  queriendo 
tirar  al  tercero,  que  en  guarda  de  las  tres  Nim- 
phas  estaua,  no  pudo  tan  presto  hazello,  que 
él  no  se  uiniesse  a  juntar  con  ella,  queriendo 
la  herir  con  su  pesado  alfange.  La  hermosa 
pastora  al9<5  el  bastón,  y  como  el  golpe  descar- 
gasse  sobre  las  barras  del  fino  azero  que  tenia, 
el  alfange  fue  hecho  dos  pedamos:  y  la  heirnosa 
pastora  le  dio  tan  gran  golpe  con  su  bastón, 
por  encima  de  la  cabera,  que  le  hizo  arrodillar 
y  yantándole  O  con  la  azerada  punta  a  los  ojos, 
con  tan  gran  fuerya  le  apretó,  que  por  medio 
de  los  86808  88  lo  passó  a  la  otra  parte:  y  el  fe- 
roz saluage  dando  vn  espantable  grito,  cayó 
muerto  en  el  suelo.  Las  nimphas  viéndose  li- 
bres de  tan  gran  fuerya,  y  los  pastores  y  pas- 
tora de  la  muerte  de  la  qual  muy  cerca  estañan : 
y  Tiendo  cómo  por  el  gran  esfuerzo  de  aquella 
pastora,  ansi  ynos  como  otros  auian  escapado, 
.  no  podian  juzgarla  por  cosa  humana.  A  esta 
hora,  llegándose  la  gran  pastora  a  ellas,  las  co- 
menyo  a  desatar  las  manos,  diziendoles:  Ko 
merescian  menos  pena  que  la  que  tienen,  o 
hermosas  nimphas,  quien  tan  lindas  manos 
osaua  atar,  que  mas  son  ellas  para  atar  corayo- 
nes,  que  para  ser  atadas.  Mal  ayan  hombres  tan 
sol^eruios,  y  de  tan  mal  couoscimicnto,  mas 
ellos,  señoras,  tienen  su  pago,  y  yo  también  le 
tengo  en  aúeros  hecho  este  pequeño  seruicio,  y 
en  auer  llegado  a  tiempo  que  a  tan  gran  sin 
razón  pudiesse  dar  remedio,  aunque  a  estos  ani- 
mosos pastores,  y  henuosa  pastora,  no  en  menos 
se  deue  tener  lo  que  an  hecho,  pero  ellos  y  yo 
estamos  muy  bien  pagados,  aunque  en  ello  per- 
diéramos la  vida,  pues  por  tal  causa  se  auentu- 
raua.|Las  nimphas  quedaron  tan  admiradas  de 
su  hermosura  y  discreción,  como  del  esfueryo 
que  en  su  defensa  auia  mostrado.  E  Dorida  con 
un  gracioso  semblante  le  respondió  :j  Por  cierto, 
hermosa  pastora,  si  vos  según  el  animo  y  valen- 
tía que  oy  mostrastes  no  soys  hija  del  fiero 
Marte,  según  la  hermosura  lo  deueys  ser  de  la 
deesa  Venus,  y  del  hernioso  Adonis,  y  si  de  nin- 
guno destos,  no  podeys  dexallo  de  ser  de  la  dis- 
creta Miuerua,  que  tan  gran  disrretioii  no  puede 
proceder  de  otra  parte,  aunque  lo  mas  cierto 

(*)  M.,  apuntándole. 


deue  ser  añeros  dado  naturaleza  lo  principal  de 
todos  ellos.  E  para  tan  nueua  y  tan  grande 
merced,  como  es  la  que  auemos  recebido,  nue- 
uos  y  grandes  auian  de  ser  los  seruicios  con 
que  deuia  ser  satisfecha.  Mas  podría  ser  que 
algún  tiempo  se  osfresciesse  ocasión,  en  que  se 
conosciesse  la  voluntad  que  de  seruir  tan  seña- 
lada merced  tenemos.  E  porque  paresce  que 
estays  cansada,  vamos  a  la  fuente  de  los  alisos, 
que  está  junto  al  bosque,  y  alli  descansareys. 
\  Vamos  señora  (dixo  la  pastora)  que  no  tanto 
por  descansar  del  trabajo  del  cuerpo,  lo  desseo, 
quanto  por  hablar  en  otro,  en  que  consiste  el 
descanso  de  mi  anima  y  todo  mi  contentamien- 
to. lEsse  se  os  procurará  aqui  con  toda  la  dili- 
gentia  possible  (dixo  Polidora)  porque  no  aya 
a  quien  con  mas  razón  procurar  se  deua.  Pues 
la  hermosa  Cinthia  se  boluio  a  los  pastores,  di- 
ziendo:  Hermosa  pastora,  y  animosos  pastores, 
la  deuda,  y  obligación  en  que  nos  aueys  puesto, 
ya  la  veys,  plega  a  dios  que  alg^n  tiempo  la 
podamos  satisfazer,  seg^n  que  es  nuestro  des- 
seo.  Seluagia  respondió:  A  estos  dos  pastores, 
se  deuen,  hermosas  nimphas,  essas  offertas,  que 
yo  no  hize  mas  de  dessear  la  libertad,  que  tanta 
razón  era  que  todo  el  mundo  desseasse.  Enton- 
ces (dixo  Polidora):  ¿Es  este  el  pastor  Sireno 
tan  querido  algún  tiempo,  como  aora  oluidado 
de  la  hermosa  Diana:  y  esse  otro  su  comp**ti- 
dor  Syluano?  Si  (dixo  Seluagia).  Mucho  me 
huelgo  (dixo  Polidora)  que  seays  personas  a 
quien  podamos  en  algo  satisfazer  lo  que  por 
nosotras  aueys  hecho.  Dorida  muy  espantada 
dixo:  ¿qué  cierto  es  éste  Sireno?  Muy  contenta 
estoy  en  hallarte,  y  en  auerme  tú  dado  ocasión 
a  que  yo  busque  a  tu  mal  algún  remedio,  que 
no  será  poco.  Ni  aun  para  tanto  mal  bastaria 
siendo  poco,  dixo  Sireno.  Aora  vamos  a  la 
fuente  (dixo  Polidora)  que  allá  hablaremos  mas 
largo.  Llegados  que  fueron  a  la  fuente  llenando 
las  nimphas  en  medio  a  la  pastora  se  assenta- 
ron  entorno  della;  y  los  pastores  a  petición  de 
las  nimphas  se  fueron  a  la  aldea  a  buscar  de 
comer,  porque  era  ya  tarde,  y  todos  lo  auian 
menester.  Pues  quedando  las  tres  nimphas 
solas  con  la  pastora,  la  hermosa  Dorida  comenyó 
a  hablar  desta  manera. 

Esforyada  y  hermosa  pastora,  es  cosa  para 
nosotras  tan  estrafia  ver  una  persona  de  tanto 
ualor  y  suerte,  en  estos  ualles  y  bosques  apar- 
tados del  concurso  de  las  gentes,  como  para  ti 
será  uer  tres  Nimphas  solas,  y  sin  compañía  que 
defendellas  pueda  de  semejantes  fueryas.  Pues 
para  que  podamos  saber  de  ti  lo  que  tanto 
desseamos,  foryado  será  meryello  primero  con 
dezir  quien  somos:  y  para  esto  sabrás,  esforyada 
pastora,  que  esta  Nimpha  se  llama  Dorida,  y 
aquella  Cinthia,  y  yo  Polidora:  vinimos  en  la 
selua  de  Diana,  adonde  habita  la  sabia  Felicia,  ' 


276 


orígenes  de  la  novela 


cuyo  offí9Ío  es  dar  remedio  a  passiones  enamo- 
radas: y  Teniendo  nosotros  de  visitar  auna  Nini- 
pha  su  parienta,  que  biue  desta  otra  parte  de  los 
puertos  Galicianos,  llegamos  á  este  valle  vu> 
broso  y  ameno.  E  pares^iendonos  el  lugar  con- 
ueniente  para  pnssar  la  calorosa  siesta,  a  la  som- 
bra de  estos  alisos  y  verdes  lauros,  embidiosas 
de  la  harmonia  que  este  impetuoso  arroyo  por 
medio  del  verde  prado  llena,  tomando  nuestros 
instrumentos,  quisimos  imitalla,  e  nuestra  ven- 
tura, o  por  mejor  dezir,  su  desuentura,  quiso 
que  estos  saluages,  que  según  ellos  dezian,  mu- 
chos dias  ha  que  de  nuestros  amores  estañan 
presos,  vinieron  a  caso  por  aqui.  Y  auiendo  mu- 
chas vezes  sido  importunadas  de  sus  bestiales 
razones,  que  nuestro  amor  les  otorgassemos,  y 
viendo  ellos  que  por  ninguna  uia  les  dañamos 
esperanza  de  remedio,  se  determinaron  poner 
el  negocio  a  las  manos,  y  hallando  nos  aqui 
solas,  hizieron  lo  que  vistes  al  tiempo  que  con 
vuestro  socorro  fuimos  libres.  La  pastora  que 
oyó  lo  que  la  hermosa  Dorida  auia  dicho,  las 
lagrimas  dieron  testimonio  de  lo  que  su  affli- 
gido  cora9on  sentia,  y  boluiendose  a  las  Nim- 
phas,  les  comento  a  hablar  desta  manera: 

No  es  amor  de  manera  (hermosas  Nimphas 
de  la  casta  diosa)  que  pueda  el  que  lo  tiene  te- 
ner respecto  a  la  razón,  ni  la  razón  es  parte 
para  que  un  enamorado  eora9on  dexe  el  camino 
por  do  sus  fieros  destinos  le  guiaren.  Y  que 
esto  sea  nerdad,  en  la  mano  tenemos  la  expe- 
riencia, que  puesto  caso  que  fuessedes  amadas 
destos  saluages  fieros,  y  el  derecho  del  buen 
amor  nodaua  lugar  a  que  fuessedes  dellos  offen- 
didas,  por  otra  parte,  vino  aquella  desorden 
con  que  sus  vario^  effectos  haze,  a  dar  tal  in- 
dustria, que  los  mismos  que  os  auian  de  sor- 
uir,  vos  offendiessen.  E  porque  sepays  que  no 
me  mué 70  solamente  por  lo  que  en  este  valle  os 
ha  succedido,  os  diré  lo  que  no  pense  dezir,  sino 
a  quien  entregué  mi  libertad,  si  el  tiempo,  o  la 
fortuna  dieren  lugar  a  que  mis  ojos  le  vean,  y 
entonces  vereys,  cómo  en  la  escuela  de  mis  des- 
ucnturas  deprendí  a  hablar  en  los  malos  su(;cc- 
ssos  de  amor,  y  en  lo  que  este  traydor  haze  en 
los  tristes  coracones  que  subjeetos  le  están. 
Sabreys  pues,  hermosas  Nimphas,  que  mi  natu- 
raleza es  la  gran  Vandalia,  provincia  no  muy 
remota  desta  adonde  estamos,  nascida  en  una 
ciudad  llamada  Soldina:  mí  madre  se  llamó 
Delia,  y  mi  padre  Andronio,  en  linaje  y  bienes 
de  fortuna  los  más  principales  de  toda  aquella 
prouincia.  Acaescio  pues  que  como  mi  madre 
auiendo  muchos  años  que  era  casada,  no  tuuie- 
sse  hijos  (y  a  causa  dest^)  biuiosso  tan  descon- 
tenta, que  no  tuuiesse  un  dia  de  descanso)  con 
lagrimas  y  sospiros  cada  hora  importunaua  el 
cielo,  y  haziendo  mil  ofrendas  y  sacrificios,  su- 
plicaua  a  Dios  le  diesse  lo  que  tanto  desseaua, 


el  qnal  fue  seruido,  vistos  sus  continuos  megos 
y  oraciones,  que  siendo  ya  passada  la  mayor 
parte  de  su  edad,  se  hiziesse  prefiada.  El  aie- 
gria  que  dello  recibió  juzgúelo  ^iiien  después 
de  muy  desecada  una  cosa,  la  uentnra  se  la  pone 
en  las  manos.  E  no  menos  participó  mi  padre 
Andronio  deste  contentamiento  porque  lo  toao 
tan  grande,  que  seria  impossible  podelle  enea- 
rescer.  Era  Delia  mi  señora  afficionada  a>  leer 
historias  antiguas,  en  tanto  estremo,  que  si 
enfermedades,  o  negocios  de  grande  importan- 
cia no  se  lo  estoruauan,  jamas  passaua  el  tiempo 
en  otra  cosa.  E  acaescio  que  estando,  como  digo, 
preñada,  y  hallándose  una  noche  mal  dispuesta, 
rogo  a  mi  padre  que  le  leyesse  alguna  cosa, 
para  que  occupando  ella  el  pensamiento,  no 
sintiesseel  mal  que  la  fatigaua.  Mi  padre  que  en 
otra  cosa  no  entendia,  sino  en  dalle  todo  el  con- 
tentamiento possible ,  le  comenco  a  leer  aque- 
lla hystoria  de  Paris,  quando  las  tres  Deas  (}) 
se  pusieron  a  juyzio  delante  d<^l,  sobre  la  man- 
Cana  de  la  discordia.  Pues  como  mi  madre  tu- 
uiesse que  Paris  auia  dado  aquella  sentencia 
apassionadamentc,  y  no  como  deuia,  dixo  que 
sin  duda  él  no  auia  mirado  bien  la  razón  de  la 
diosa  de  las  batallas,  porque  precediendo  las 
armas  a  todas  las  otras  qualidades,  era  justa 
cosa  que  se  le  diesse.  Mi  señor  respondió  que 
la  mancana  se  auia  de  -dar  a  la  más  hermosa,  y 
que  Venus  lo  era  más  que  otra  ninguna,  por  lo 
qual  Paris  auia  sentenciado  muy  bien,  si  des- 
pués no  le  succediera  mal.  A  esto  respondió  mi 
madre,  que  puesto  caso  que  en  la  mancana 
estuuiesse  escrito  so  diesse  a  la  más  hermosa, 
que  esta  hermosura  no  se  entendia  corporal,  si- 
no del  ánima:  y  que  pues  la  fortaleza  era  una  de 
las  cosas  que  más  hermosura  le  dañan,  y  el 
exercicio  de  las  armas  era  un  acto  exterior  desta 
virtud,  que  a  la  diosa  de  las  batallas  le  deuia 
de  dar  la  mancana,  si  Paris  juzgara  como  hom- 
bre pnidente  y  desapassionado.  Assi  que,  her- 
mosas Nimphas,  en  esta  porfia  estuuieron  gran 
rato  de  la  noche,  cada  uno  alegando  las  razones 
más  a  su  proposito  que  podia.  Estando  en  esto, 
niño  el  sueño  a  uencer  a  quien  las  razones  de 
su  marido  no  pudieron.  De  manera  que  estando 
muy  metida  en  su  disputa,  se  dexó  dormir.  Mi 
^  padre  entonces  se  fue  a  su  aposento,  y  a  mi 
señora  le  parescio,  estando  dormiendo,  que  la 
diosa  Venus  venia  a  ella,  con  un  rostro  tan 
ayrado,  como  hermoso,  y  le  dezia:  Delia,  no  sé 
quien  te  ha  mouido  ser  tan  contraria  de  qnien 
jamas  lo  ha  sido  tuya.  Si  uiemoria  tuniesses  del 
tiempo  que  del  amor  de  Andronio  tu  marido 
fuyste  presa,  no  me  pagarías  tan  nial  lo  mucho 
que  me  dones:  pero  no  quedarás  sin  galardón; 
yo  te  hago  saber  que  parirás  vn  hijo  y  vna  hija, 

(*)  M.  Deetai. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


277 


cuyo  parto  no  te  coFtará  menos  que  la  vida,  y 
a  ellos  costará  el  contentamiento  lo  que  en  mi 
daño  as  hablado:  porque  te  certifico  que  serán 
los  más  di'sdichados  en  amores,  que  hasta  su 
tiempo  se  ayan  uisto.  E  dicho  esto,  desaparos- 
vio,  y  lue<i^o  se  le  figuró  a  mi  señora  madre  que 
venia  a  ella  la  diosa  Pallas,  y  con  rostro  muy 
alegre  le  dezia:  Discreta  y  dichosa  Delia,  ¿con 
que'  te  podré  pagar  lo  que  en  mi  fauor  contra  la 
opinión  de  tu  marido  esta  noche  has  alegado, 
sino  con  azerte  8al)er,  que  pajúji^s  vn  hijo  y  yna 
hija  los  mas  venturosos  en  armas  que  hasta  su 
tiempo  aya  anido?  Dicho  esto  luego  desapares- 
ció,  despertando  mi  madre  con  el  mayor  sobre- 
salto del  mundo:  y  de  ay  a  un  mes,  poco  más 
o  menos  parió  a  mi,  y  a  otro  hermano  mió,  y 
ella  murió  de  parto,  y  mi  padre  del  grandissi- 
mo  pesar  que  vuo  murió  de  ay  a  pocos  dias. 
E  porque  sepays  (hermosas  Niraphas)  el  estre- 
mo  en  que  amor  me  ha  puesto,  sabed  que  siendo 
yo  muger  de  la  qualidad  que  aueys  oydo,  mi 
desuentura  me  ha  forjado  que  dezc  mi  habito 
natural,  y  mi  libertad,  y  el  debito  que  a  mi 
honrra  deuo,  por  quien  por  ventura  pensará 
que  la  pierdo,  en  ser  de  mi  bien  amado.  Ved 
qué  cosa  tan  escusada  para  vna  muger  ser  di- 
chosa en  las  armas,  como  si  para  ellas  se  vuie- 
asen  liecho.  Deuia  ser  porque  yo  (hermosas 
Nimphas)  les  pudiesse  hazer  este  pequeño 
serui^io,  contra  aquellos  peruersos;  que  no  lo 
tengo  en  menos  que  si  la  fortuna  me  comen- 
passe  a  satis fazer  algún  agrauio  de  los  muchos 
que  me  ha  hecho. 

Tan  espantadas  quedaron  las  Nimphas  de  lo 
que  oyan,  que  no  le  pudieron  responder,  ni 
repreguntar  cosas  de  las  que  la  hermosa  pas> 
tora  dezia.  Y  prosiguiendo  en  su  historia,  les 
dixof  Pues  como  mi  hermano  y  yo  nos  críasso- 
mos  en  un  monasterio  de  monjas,  donde  vna 
tía  mia  era  abadessa,  hasta  ser  de  edad  de 
doze  años,  y  auiendolos  cumplidos,  nos  sacassen 
de  alli:  A  él  llenaron  a  la  corte  del  magná- 
nimo y  innencible  Rey  de  los  Lusitanos  (cuya 
fama,  y  increyble  bondad  tan  esparzida  está 
por  el  vniuerso)  a  donde,  siendo  en  edad  de 
tomar  armas,  le  succedieron  por  ellas  cosas 
tan  aiicntajadas  y  de  tan  gran  esfuerzo,  como 
tristes  y  desuen turadas  por  los  amores.  E  con 
todo  esso  fue  mi  hermano  tan  amado  de  aquel 
inuictissimo  Rey,  que  nunca  jamás  le  consintió 
salir  de  su  corte.  La  desdichada  de  mi,  que  para 
mayores  desuenturas  me  guardauan  mis  hados, 
fue  (')  llenada  en  casa  de  vna  agüela  mía  (que 
no  deuiera,  pues  fue  causa  de  biuir  con  tan  gran 
tristeza,  qual  nunca  muger  padescio).  Y  por- 
que (hermosas  Nimphas)  no  ay  cosa  que  no  me 
sea  for9ado  dezirosla,  ansi  por  la  grand  uirtud, 

(•)  M.,  fui. 


de  que  vuestra  estremada  hermosura  da  testi- 
monio, como  porque  el  alma  me  da  que  aueys 
de  ser  gran  parte  de  mi  consuelo:  sabed  que 
como  yo  estuniosse  en  casa  de  mi  agüela,  y  fue- 
sse  ya  de  quasi  diezisiote  años,  se  enamoró  de 
mí  un  caualleroque  no  biuia  tan  lexos  de  nues- 
tra posada  que  desde  un  terrado  que  en  la  suya 
auia  no  se  viesse  un  jardin  adonde  yo  passaua 
lar  tardes  del  uerano.  Pues  como  de  alli  el  des- 
agradescido  Felis  uiesse  a  la  desdichada  Felis- 
mena  (que  este  es  el  nombre  de  la  triste  que  sus 
desuenturas  está  cr>ntando)  se  enamoró  de  mí, 
o  se  fingió  enamorado.  No  sé  quál  me  crea,  pero 
sé  que  quien  menos  en  este  estado  creyere  más 
acertará.  Muchos  dias  fueron  los  que  Felis  gastó 
en  darme  a  entender  su  pena :  y  muchos  más 
gasté  yo  en  no  darme  por  hallada  que  él  por  mi 
la  padesciesse:  y  no  sé  cómo  el  amor  tardó  tanto 
en  hazerme  fuer9a  que  le  quisiesse;  denio  tar- 
dar, para  después  uenir  con  mayor  Ímpetu.  Pues 
como  yo  por  señales,  y  por  passeos,  y  por  músi- 
cas, y  torneos,  que  delante  de  mi  puerta  muchas 
uezes  se  hazian,  no  mostrasse  entender  que  de 
mi  amor  estaña  preso,  aunque  desde  el  primero 
dia  lo  eniendi:  determinó  de  escriuirme.  Y 
hablando  con  una  criada  mia,  a  quien  muchas 
uezes  auia  hablado,  y  aun  con  muchas  dadinas 
ganado  la  noluntad,  le  dio  una  carta  para  mí. 
Pues  uer  las  sainas  que  Rosina  (que  assi  la 
llamauan)  me  hizo  primero  que  me  la  diesse, 
los  juramentos  que  me  juró,  las  cautelosas  pala- 
bras que  me  dixo,  poptjue  no  me  enojasse.  cierto 
fue  cosa  de  espanto.  E  con  todo  esso  se  la  bolui 
arrojar  a  los  ojos,  diziendo:  Si  no  mirasse  a 
quien  soy,  y  lo  que  se  podria  dezir,  esse  rostro 
que  tan  poca  uerguen^a  tiene,  yo  le  haría  seña- 
lar, de  manera  que  fuesse  entre  todos  conos- 
cido.  Mas  porque  es  la  primera  uez,  basta  lo 
hecho,y  anisaros  que  os  guardeysdela  segunda. 
Paresceme  que  estoy  aora  viendo  (dezia  la  her- 
mosa Felismena)   cómo  aquella  traydora  de 
Rosina  supo  callar,  dissimulando  lo  que  de  mi 
enojo  sentio:  porque  la  vierades  (o  hermosas 
Nimphas)  fingir  vna  risa  tan  dissimulada,  di- 
ziendo: lesus,  señora,  yo  para  que  ryessemos 
con  ella  la  di  a  nuestra  merced,  que  no  para  que 
se  enojasse  dessa  manera:  Que  plega  a  Dios, 
si  mi  inten(?ion  ha  sido  dalle  enojo,  que  Dios  me 
le  dé  el  mayor  que  hija  de  madre  aya  tenido.  Y 
a  esto  aña' lio  otras  muchas  palabras,  como  ella 
las  sabia  dezir,  para  amansar  el  enojo  que  yo  de 
las  suyas  auia  rebebido:  y  tomando  su  carta,  se 
me  quitó  delante.  Yo  después  de  passado  esso 
comen9e  de  imaginar  en  lo  que  alli  podría  uenir, 
y  tras  esto, paresce que  el  amorme  yua  poniendo 
desseo  de  ver  la  carta;  pero  también  la  vergüen- 
za estoniana  a  tornalla  a  pedir  a  mi  criada, 
auiendo  passado  con  ella  lo  que  os  he  contado. 
Y  assi  passé  aquel  dia  hasta  la  noche  en  muchas 


278 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


variedades  de  pensamientos.  Y  qaando  Rosina 
entró  a  desnudarme;  al  tiempo  que  me  quería 
acostar.  Dios  sabe,  si  yo  quisiera  que  me  bol- 
uiera  a  importunar,  sobre  que  re9Íbies6e  la  carta: 
mas  nunca  me  quiso  hablar,  ni  por  pensamiento 
en  el' a.  Yo  por  ver  si  saliendole  al  camino, apro- 
uecharia  algo,  le  dixe:  ¿ansi,  Rosina,  que  el  se- 
ñor Felis  sin  mirar  más,  se  atrcue  a  escreuirme? 
Ella  muy  secamente  me  respondió:  Señora,  son 
cosas  que  el  amor  trae  consigo:  suplico  a  vues- 
tra mer9ed  me  perdone,  que  si  yo  pensara  que 
en  ello  le  enojaua,  antes  me  sacara  los  ojos. 
Qual  yo  en  entonces  quedé,  Dios  lo  sabe:  pero 
con  todo  esso  dissimulé,  y  me  dexó  quedar  aque- 
lla noche  con  mi  deseo,  y  con  la  ocasión  de  no 
dormir/ Y  assi  f ue,  uerdaderamente  ella  fue  para 
mi  la  nias  trabajosa  y  larga,  que  hasta  entonces 
auia  passado.  Pues  uiniendo  el  dia:  y  más  tarde 
de  lo  que  yo  quisiera,  la  discreta  Rosina  entr¿ 
a  darme  de  uestir,  y  se  dexó  adrede  caer  la  carta 
en  el  suelo.  Y  como  la  vi  le  dixe:  ¿qué  es  esto 
que  cayó  ay?  Muéstralo  acá.  No  es  nada,  señora, 
dixo  ella.  Ora  muéstralo  acá,  dixe  yo,  no  me 
enojes  o  dime  lo  que  es.  lesus,  señbra,  dixo  ella, 
¿para  qué  lo  quiere  uer?  la  carta  de  ayer  es.  No 
es  por  9Íerto,  dixe  yo,  muéstrala  acá  por  ver  si 
mientes.  Aun  yo  no  lo  vae  dicho,  quando  ella 
me  la  puso  en  las  manos,  díziendo:  mal  me  haga 
Dios  si  es  otra  cosa.  Yo  aunque  la  conoci  muy 
bien,  dixe:  en  verdad  que  no  es  esta,  que  yo  la 
conozco,  y  de  algún  tu  enamorado  deue  ser:  yo 
quiero  leella,  por  ver  las  ñe9edades  que  te  escri- 
ue;  abriéndola  vi  que  dezia  desta  manera: 

Señora:  siempre  imaginé  que  vuestra  discre- 
ción me  quitara  el  miedo  de  escreuiros,  enten- 
diendo sin  carta  lo  que  os  quiero:  mas  ella  mis- 
ma ha  sabido  tan  bien  dissimular,  que  alli  estuuo 
el  daño,  donde  pense  que  el  remedio  estuuiessc. 
Si  como  quien  soys  juzgays  mi  atreuimiento, 
bien  sé  que  no  tengo  vna  hora  de  vida:  pero  si 
lo  tomays  según  lo  que  amor  suele  hazer,  no 
trocaré  por  ella  mi  esperanza.  Suplicóos,  señora, 
no  os  enoje  mi  carta,  ni  me  pongays  culpa  por 
el  escreuiros,  hasta  que  experimenteys  si  puedo 
dexar  de  hazerlo.  Y  que  me  tengáis  en  posse- 
Esion  de  vuestro,  pues  todo  lo  que  puede  ser 
de  mi,  está  en  vuestras  manos,  las  quales  beso 
mil  bezes. 

Pues  como  yo  viesse  la  carta  de  mi  don  Fe- 
lis,  o  porque  la  lei  en  tiempo  que  mostraua  en 
ella  quererme  más  que  a  si,  o  porque  de  parte 
de  esta  ánima  cansada  auia  disposición  para 
imprimirse  en  ella  el  amor  de  quien  me  escre- 
uia:  yo  comente  a  querelle  bien,  y  por  mi  mal 
yo  lo  comente,  pues  auia  de  ser  causa  de  tanta 
desuentura.  E  luego  pidiendo  perdón  a  Rosina 
de  lo  que  antes  auia  passado,  como  quien  me- 
nester la  auia  para  lo  de  adelante:  y  encomen- 
dándole el  secreto  de  mis  amores,  bolui  otra 


vez  a  leer  la  carta,  parando  a  cada  palabra  un 
poco,  y  bien  poco  deuio  de  ser,  pues  yo  tan  presto 
me  determiné,  aunque  ya  no  estaua  en  mi  mano, 
el  no  determinarme:  y  tomando  papel  y  tinta, 
le  respondi  desta  manera. 

No  tengas  en  tan  poco,  don  Felis,  mi  honra 
que  con  palabras  fingidas  pienses  perjadicalla. 
Bien  sé  quien  eres  y  vales,  y  aun  creo  que  desto 
te  aura  nascido  el  atreuerte,  y  no  de  la  fuerga 
que  dizes  que  el  amor  te  ha  hecho.  E  si  es  ansi 
como  me  afirma  mi  sospecha,  tan  en  vano  es  sn 
trabajo,  como  tu  valor  y  suerte,  si  piensas  ha- 
zerme  yr  contra  lo  que  a  la  mia  deuo.  Supli- 
cóte que  mires  quán  pocas  uezes  sacceden  bien 
las  cosas  que  debaxo  de  cautela  se  comienzan, 
y  que  no  es  de  cauallero  entendellas  de  una 
manera,  y  dezillas  de  otra.  Dizesme  que  te 
tengo  en  possession  de  cosa  mia.  Soy  tan  mal 
condicionada  que  aun  de  la  esperien^ia  de  las 
cosas  no  me  fio  quanto  más  de  tus  palabras. 
Mas  con  todo  esto  tengo  en  mucho  lo  que  en 
la  tuya  me  dizes,  que  bien  me  basta  ser  des- 
confiada, sin  ser  también  desagradescida. 

Esta  carta  le  embié  que  no  deuiera,  pues  fue 
occasion  de  todo  mi  mal,  porque  luego  comento 
a  cobrar  osadia  para  me  declarar  más  sus  pen- 
samientos, y  a  tener  ocasión  para  me  pedir  que 
le  hablasse:  en  fin  (hermosas  Nimphas)  que 
algunos  dias  se  gastaron  en  demandas,  y  en 
respuestas,  en  los  quales  el  falso  amor  bazia  en 
mi  sn  acostumbrado  offi^io:  pues  cada  hora 
toniaua  más  possession  desta  desdichada.  Los 
torneos  se  tomaron  Q)  a  renouar,  las  músicas 
de  noche  jamas  cessauan,  las  cartas,  los  amores 
nunca  dexauan  de  yr  de  una  parte  a  otra,  y 
ansi  passó  casi  un  año:  al  cabo  del  qual,  yo  me 
vi  tan  presa  de  sus  amores,  que  no  fui  parte 
para  dexar  de  manifestalle  mi  pensamiento, 
cosa  que  él  dessean  a  mas  que  a  su  propia  uida. 
Quího  pues  mi  desuentura,  que  al  tiempo  en 
que  nuestros  amores  más  encendidos  andauan, 
su  padre  lo  supiesse,  y  quien  se  lo  dixo  se  lo 
supo  encarescer  de  manera ,  que  temiendo  no 
se  casasse  conmigo,  lo  embió  a  la  corte  de  la 
gran  príncessa  Augusta  Cesarína,  diziendo 
que  no  era  justo  que  un  cauallero  moco  y  de 
linage  tan  principal,  gastasse  la  mocedad  en 
casa  de  su  padre,  donde  no  se  podian  aprender 
sino  los  vicios  de  que  la  ociosidad  es  maestra. 
El  se  partió  tan  triste,  que  su  mucha  tristeza 
le  estoruó  anisarme  de  su  partida,  yo  quedé  tal 
quando  lo  supe,  qual  puede  imaginar  quien 
algún  tiempo  se  vio  tan  presa  de  amor,  como 
yo  por  mi  desdicha  lo  estoy.  Dezir  yo  aora  la 
vida  que  passaua  en  su  ausencia,  la  tristeza, 
los  sospiros,  las  lagrimas,  que  por  estos  cansa- 
dos ojos  cada  dia  derramaua  no  sé  si  podré: 

(•)  M.,  volvieron. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


279 


que  pena  es  la  mia,  qne  aun  dezir  no  se  puede, 
ved  c<5mo  podra  suffrirse:  Pues  estando  yo  en 
medio  de  mi  desuentura,  y  de  las  ansias  que  la 
ausencia  de  don  Felis  me  hazia  sentir,  paros- 
ciendome  que  mi  mal  era  sin  remedio,  y  que 
después  que  en  la  corte  se  viesse,  a  causa  de 
otras  damas  de  más  hermosura,  y  qualidad, 
también  de  la  ausencia  que  es  capital  enemiga 
del  amor,  yo  auia  de  ser  oluidada:  determiné 
auenturarme  a  hazer  loque  nunca mu^er  pensó. 
Y.  fue  vestirme  en  habito  dejipmbre,  y  yrme  a 
la  corte,  por  ver  aquel  en  cuya  vista  e8tauirt5d&^  - 
mi  esperanza,  y  como  lo  pense,  ansi  lo  puse  por 
obra>  no  dándome  el  amor  lugar  a  que  mirasse 
lo  que  a  mi  propria  deuia.  Para  lo  qual  no  me 
falto  industria,  porque  con  ayuda  de  vna  gran- 
dissima  amiga  mia  y  thesorera  de  mis  secretos 
que  me  compró  los  vestidos  que  yo  le  mandé,  y 
un  cauallo  en  que  me  fuesse,  me  parti  de  mi 
tierra,  y  aun  de  mi  reputación  (pues  no  puedo 
creer  que  jamas  pueda  cobralla)  assi  me  fue 
derecha  a  la  corte,  passando  por  el  camino  cosas 
q\ie  si  el  tiempo  me  diera  lugar  para  contallas, 
no  fueran  poco  gustosas  de  oyr.  Veynte  dias 
tardé  en  llegar,  en  cabo  de  los  quales  llegando 
donde  desseaua,  me  f  ny  a  posar  vna  casa  la  más 
apartada  de  conuersa^ion  que  yo  pude.  Y  el 
grande  desseo  que  lleuaua  de  ver  aquel  destruy- 
dor  de  mi  alegría,  no  me  dexaua  imaginar  en 
otra  cosa,  sino  en  cómo,  o  de  dónde  podia  velle. 
Preguntar  por  él  a  mi  huésped  no  osaua,  por- 
que qui^aóiase  descubríesse  mi  venida.  Ni  tam- 
poco me  parescia  bien  yr  yo  a  buscalle:  porque 
no  me  succediesse  alguna  desdicha,  a  causa  de 
ser  conoscida.  En  esta  confusión  passé  todo 
aquel  día  hasta  la  noche,  la  qual  cada  hora  se 
me  hazia  un  año.  Y  siendo  poco  más  de  media 
noche,  el  huésped  llamó  a  la  puerta  de  mi  apo- 
sento, y  me  dixo  que  si  queria  gozar  de  una 
música  que  en  la  calle  se  daua,  qne  me  leuan- 
tasse  de  presto,  y  abríesse  una  ventana.  Lo  que 
yo  hize  luego,  y  parándome  en  ella,  oí  en  la 
calle  vn  page  de  don  Felis,  que  se  llamaua 
Fabio  (el  qual  luego  en  la  habla  conos^i)  cómo 
dezia  a  otros  que  con  el  y uan :  Ahora,  señores, 
es  tiempo,  que  la  dama  está  en  el  corredor  sobre 
la  huerta  tomando  el  frescor  de  la  noche.  E  no 
lo  vno  dicho,  quando  comen9aron  a  tocar  tres 
cometas  y  un  sacabuche,  con  tan  gran  concierto, 
que  parescia  una  música  celestial.  E  luego  co- 
menpo  una  hoz  cantando  a  mi  parescer  lo  mejor 
que  nadie  podría  pensar.  E  aunque  estuue  sus- 
pensa en  oyr  a  Fabio,  en  aquel  tiempo  ocurrie- 
ron muchas  imaginaciones,  todas  contrarías  a 
mi  descanso,  no  dexé  de  aduertir  a  lo  que  se 
cantaua,  porque  no  lo  hazian  de  manera  que 
cosa  alguna  impidiesse  el  gusto  que  de  oyllo  se 
re^bia,  y  lo  que  se  cantó  prímero,  fue  este 
romance: 


Oydme,  señora  mia, 
si  acaso  os  duele  mi  mal, 
y  aunque  no  os  duela  el  oylle, 
no  me  dexeys  de  escuchar; 
dadme  este  breue  descanso 
porque  me  fuerce  a  penar: 
¿no  os  doleys  de  mis  sospiros, 
ni  os  enternesce  el  llorar, 
ni  cosa  mia  os  da  pena 
ni  la  pensays  remedyar? 
¿Hasta  quándo  mi  señora, 
tanto  mal  ha  de  durar? 
no  está  el  remedio  en  la  muerte, 
sino  en  vuestra  voluntad, 
que  los  males  que  ella  cura, 
ligeros  son  de  passar: 
no  os  fatigan  mis  fatigas 
ni  os  esperan  fatigar: 
de  noluntad  tan  essenta 
¿qué  medio  se  ha  de  esperar 
y  esse  corapon  de  piedra 
cómo  lo  podré  ablandar? 
Bolued,  señora,  estos  ojos 
que  en  el  mundo  no  ay  su  par. 
Mas  no  los  boluays  ayrados 
si  no  me  quereys  matar, 
aunque  de  una  y  de  otra  suerte 
matays  con  solo  mirar. 

Después  que  con  el  prímero  concierto  de 
música  vuieron  cantado  este  romance,  oí  tañer 
vna  dul^yna,  y  vna  harpa,  y  la  hoz  del  mi  don 
Felis.  El  contento  que  me  dio  el  oylle,  no  ay 
quién  lo  pueda  imaginar:  porque  se  me  figuro 
que  lo  estaña  oyendo  en  aquel  dichoso  tiempo 
de  nuestros  amores.  Pero  después  que  se  des- 
engañó la  imaginación,  viendo  que  la  música 
se  daua  a  otra,  y  no  a  mi,  sabe  Dios  si  quisiera 
más  passar  por  la  muerte.  Y  con  un  ansia  que 
el  ánima  me  arrancaua,  pregunté  al  huésped,  si 
sabia  a  quién  aquella  música  se  daua.  El  me  res- 
pondió, que  no  podia  pensar  a  quien  se  diesse, 
aunque  en  aquel  barrío  biuian  muchas  damas  y 
muy  principales.  Y  quando  vi  que  no  me  daua 
razón  de  lo  que  preguntaua,  bolui  a  oyr  el  mi 
don  Felis,  el  qual  entonces  comentaba  al  son 
de  una  harpa  que  muy  dulcemente  tañia  a  can- 
tar este  soneto: 

Soneto. 

Gastando  fue  el  amor  mis  tristes  años 
en  vanas  esperanzas,  y  escusadas: 
fortuna  de  mis  lagrimas  cansadas, 
exemplos  puso  al  mundo  muy  estrafios. 

El  tiempo  como  autor  de  desengaños, 
tal  rastro  dexa  en  él  de  mis  pisadas 
que  no  aura  confianzas  engañadas, 
ni  quien  de  oy  más  se  quexe  de  sus  dafios. 

Aquella  a  quien  amé  quanto  deuia, 


280 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


enseña  a  conoscer  en  sus  amores, 
lo  qae  entender  no  pode  hasta  aora, 
Y  yo  digo  gritando  noche  y  dia: 
¿no  veys  qne  os  desengaña,  o  amadores, 
amor,  fortuna,  el  tiempo,  y  mi  señora? 

Acabado  de  cantar  este  soneto,  pararon  vn 
poco  tañiendo  quatro  vihuelas  de  arco,  y  un 
clauicordio  tan  concertadamente,  que  no  sé  si 
en  el  mundo  pudiera  auer  cosa  más  para  oyr, 
ni  que  mayor  contento  diera,  a  quien  la  tristeza 
no  tuuiera  tan  sojuzgada  como  a  mi:  y  luego 
comen9aron  quatro  bozes  muy  acordadas  a  can- 
tar esta  canción: 

Canción, 

No  me  quexo  yo  del  daño 
que  tu  uista  me  causó, 
qnexome  porque  llegó 
a  mal  tiempo  el  desengaño, 
lamas  ui  peor  estado, 
que  es  el  no  atreuer  ni  osar, 
y  entre  el  callar  y  hablar. 
Terse  un  hombre  sepultado: 
y  ansi  no  quexo  del  daño, 
por  ser  tú  quien  lo  causó, 
sino  por  ver  que  llegó 
a  mal  tiempo  el  desengaño. 
Siempre  me  temo  saber 
qualquiera  cosa  encubierta 
porque  sé  que  la  más  cierta, 
más  mi  contraría  ha  de  ser: 
y  en  sabclla  no  está  ol  daño, 
pero  sela  a  tiempo  yo 
que  nunca  jamas  simio 
de  remedio,  el  desengaño. 

Acabada  esta  can9Íon,  comentaron  a  sonar 
muchas  diuersidades  de  instrumentos,  y  bozes 
muy  excellentcs  concertadas  con  ello,  con  tanta 
suauidad,  que  no  dexaran  de  dar  grandissimo 
contentamiento  a  quien  no  estnuiera  tan  fuera 
del  como  yo.  La  música  se  acabó  nmy  cerca  del 
alúa,  trabajé  de  ver  a  mi  don  Felis,  mas  la  escu- 
ridad  de  la  noche  me  lo  estoruó.  Y  viendo  cómo 
eran  y  dos,  me  volvi  a  acostar,  llorando  mi  des- 
uentura,  que  no  era  poco  de  llorar,  viendo  que 
aquel  que  más  quería  me  tenia  tem  ol  nidada, 
como  sus  músicas  dauan  testimonio.  Y  siendo 
ya  hora  de  leuantanne,  sin  otra  consideración, 
me  sali  de  casa,  y  me  fuy  derecha  al  gran  pala- 
cio de  la  príncessa,  adonde  me  parespio  que  po- 
dria  uer  lo  que  tanto  desseaua,  determinando 
de  llamarme  Valerio  si  mi  nombre  me  pregun- 
tassen.  Pues  llegando  yo  a  una  placa,  que  de- 
lante del  palacio  auia,  comencé  a  mirar  las  ven- 
tanas y  corredores,  donde  ui  muchas  damas  tan 
hermosas,  que  ni  yo  sabria  aora  encarescello, 
ni  entonces  supe  más  que  espantarme  de  su 


gran  hermosura,  y  de  los  atauios  de  joyas,  y 
¡nuenciones  de  uestidos  y  tocados  que  trayan. 
Por  la  placa  se  passeauan  muchos  caualleros 
muy  ricamente  vestidos,  y  en  muy  hermosos 
cauallos,  mirando  cada  vno  a  aquella  parte  don- 
de tenia  el  pensamiento.  Dios  sal>c  si  quisiera 
yo  uer  por  alli  a  mi  don  Felis,  y  que  sus  amo- 
res fueran  en  aquel  celebrado  palacio,  porque  a 
lo  menos  estnuiera  yo  segura  de  que  él  jamas 
alcancara  otro  gualardon  de  sus  siTuicios  sino 
mirar  y  ser  mirado:  y  algunas  uezes  hablar  a 
la  dama  a  quien  siruiesse,  delante  de  cien  mil 
ojos,  que  no  dan  lugar  a  más  que  esto.  Mas 
quiso  mi  uentura,  que  sus  amores  fnessen  en 
parte  donde  no  se  pudiesse  tener  esta  seguri- 
dad. Pues  estando  yo  junto  a  la  puerta  del 
gran  palacio,  vi  vn  page  de  don  Felis,  llamado 
Fabio,  que  yo  muy  bien  conoscia:  el  qual  entró 
muy  de  priessa  en  el  gran  palacio,  y  hablando 
con  el  portel  o  que  a  la  segunda  puerta  estaua; 
se  boluio  por  el  mismo  camino.  Yo  sospeché 
que  avia  uenido  a  saber  si  era  hora  que  don 
Felis  uiniesse  á  algún  negocio  de  los  que  de  su 
padre  en  la  corte  tenía:  y  que  no  podria  dexar 
de  uenir  presto  por  alli.  Y  estando  yo  imi^- 
nando  la  gran  alegría  que  con  su  uista  se  me  apa- 
rejaua,  le  vi  venir  muy  acompañado  de  criados, 
todos  muy  ricamente  vestidos,  con  una  librea 
de  un  paño  de  color  de  ciclo,  y  faxas  de  tercio- 
pelo amarillo,  bordadaá  por  encima  de  cordon- 
zillo  de  plata,  las  plumas  azules  y  blancas  y 
amarillas.  El  mi  don  Felis  traya  calcas  de  ter- 
ciopelo blanco  recamadas,  y  aforradas  en  tela 
de  oro  azul:  el  jubón  era  de  raso  blanco,  reca- 
mado de  oro  cañutillo,  y  vna  cuera  de  tercio- 
pelo de  las  mismas  colores  y  recamo,  una  ropi- 
lla suelta  de  terciopelo  negro,  l>ordada  de  oro 
y  aforrada  en  raso  azul  raspado,  espada,  daga, 
y  talabarte  de  oro,  una  gorra  muy  bien  adere- 
Cada  de  vnas  estrellas  de  oro,  y  en  medio  de 
cada  vna  engastado  un  grano  de  aliofar  grue- 
sso,  las  plumas  eran  azules,  amarillas  y  blan- 
cas, en  todo  el  uestido  traya  sembrados  muchos 
botones  de  perlas:  venia  en  un  hermoso  caua- 
Ilo  rucio  rodado,  con  unas  guarniciones  azules 
y  de  oro,  y  mucho  aliofar.  Pues  qunndo  yo  assi 
le  vi,  quedé  tan  suspensa  en  velle,  y  tan  fuera 
de  mi  con  la  súbita  alegria,  que  no  sé  cómo  lo 
sepa  dezir.  Verdad  es,  que  no  pude  dexar  de 
dar  con  las  lagrimas  de  mis  ojos  alguna  mues- 
tra de  lo  que  su  vista  me  hazia  sentir:  pero  la 
verguenca  de  los  que  alli  estañan,  me  lo  estor- 
uó por  entonces.  Pues  como  don  Felis  llegan- 
do  a  palacio,  se  apeassc  y  subiesse  por  vna  es- 
calera, por  donde  yuan  al  aposento  de  la  gran 
princessa,  yo  llegué  a  donde  sus  criados  esta- 
ñan, y  viendo  entre  ellos  a  Fabio,  que  era  el 
que  de  antes  auia  visto,  le  aparté,  diziendole: 
Señor,  ¿quién  es  este  cauallero  que  aqui  se  apeó, 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


281 


porqae  me  paresce  macho  a  otro  que  yo  he  visto 
bien  lexos  de  aqni?  Fabio  entonces  me  respon- 
dió: Tan  nueuo  soys  en  la  corte,  que  no  conos- 
ceys  a  don  Felis?  Pues  no  creo  yo  que  ay  caua- 
llero  en  ella  tan  conoscído.  No  dudo  desso,  le 
respondí,  más  yo  diré  quán  nueuo  soy  en  la 
corte,  que  ayer  fue  el  primor  día  que  en  ella 
entré.  Luego  no  hay  que  culparos,  dixo  Fabio: 
sabed  que  este  cauallero  se  llama  Don  Felis, 
natural  de  Vandalia,  y  tiene  su  casa  en  la  antir 
gna  Soldina,  está  en  esta  corte  en  negopios  su- 
yos y  de  su  padre.  Yo  entonces  le  dixe:  supli- 
cóos me  digáis  porqué  trae  la  librea  destas 
colores.  Si  la  cansa  no  fuera  tan  publica  y  lo 
callara  (dixo  Fabio)  mas  porque  no  ay  persona 
que  no  lo  sepa,  ni  llegareys  a  nadie  que  no  os 
lo  pueda  dezir,  creo  que  no  dcxo  de  hazer  lo  que 
deuo  en  deziroslo.  Sabed  que  él  sime  aqui  a 
una  dama  que  se  llama  QgUa,  y  por  esto  trae 
librea  de  ^¿u),  que  es  color  de  ^ielo,  y  lo  blanco 
y  angarillo  que  son  colores  de  la  misma  dama. 
Quando  esto  le  oi,  ya  sabreys  quál  quedaría, 
mas  dissimnlando  mi  desuentura  le  respondí. 
Por  QÍerto  esta  dama  le  deue  mucho,  pues  no 
se  contenta  con  traer  sus  colores,  mas  aun  su 
nombre  proprío  quiere  traer  por  librea,  hermosa 
deue  de  ser.  Sí  es  por  ^ierto,  dixo  Fabio,  aun- 
que harto  más  lo  era  otra  a  quien  él  en  nuestra 
tierra  seniya,  y  aun  era  más  fauorescido  de  ella 
que  desta  lo  es.  Mas  esta  uellaca  de  ausenyia 
deshaze  las  cosas  que  hombre  piensa  que  están 
mas  firmes.  Quando  yo  esto  le  oy,  fueme  for- 
jado tener  cuenta  con  las  lagrimas:  que  a  no 
tenella,  no  pudiera  Fabio  dexar  de  sospechar 
alguna  cosa,  que  a  mi  no  cstuuierc  bien. 

Y  luego  el  page  me  preguntó,  cuyo  era,  y 
mi  nombre,  y  adonde  era  mi  tierra.  Al  qual  yo 
respondí,  que  mí  tierra  era  Vandalia,  mi  nom- 
bre Valerio,  y  que  hasta  enton9es  no  biuia  con 
nadie.  Pues  desta  manera  (dixo  él)  todos  somos 
de  una  tierra,  y  aun  podriamos  ser  de  una  casa, 
si  uos  quísiessedes:  porque  don  Felis  mi  señor, 
me  mandó  que  le  buscasse  un  page.  Por  esso  si 
uos  quereys  seruirle,  uedlo.  Que  comer,  y  be- 
uer,  uestir,  y  quatro  reales  para  jugar,  no  os 
faltarán:  pues  mo^as,  como  unas  reynas,  aylas 
en  nuestra  calle:  y  uos  que  soys  gentil  hombre, 
no  aura  ninguna  que  no  se  pierda  por  uos.  Y 
aun  sé  yo  que  una  criada  de  un  canónigo  uiejo 
harto  bonita,  que  para  que  fuessemos  los  dos 
bien  proveydos  de  pañizuelos  y  torreznos,  y 
niño  de  sant  Martin,  no  auriades  menester 
más,  que  de  seruirla.  Quando  yo  esto  le  oy,  no 
pude  dexar  de  reyrme  en  uer  quan  naturales 
palabras  de  page  eran  las  que  me  deaia.  Y  por- 
qae me  pares^io,  que  ninguna  cosa  me  conue- 
nía  más  para  mi  descanso  que  lo  que  Fabio  me 
aconsejaua,  le  respondi:  Yo  a  la  uerdad,  no  te- 
nia determinado  de  seruir  a  nadie:  mas  ya  que 


la  fortuna  me  ha  traydo  a  tiempo,  que  no  puedo 
hazer  otra  cosa  paresceme  que  lo  mejor  sera 
biuir  con  nuestro  Señor:  porque  deue  ser  caua- 
llero más  afable  y  amigo  de  sus  criados,  que 
otros.  Mal  lo  saboys,  me  respondió  Fabio.  Y  os 
prometo,  a  fe  de  hijo  dalgo  (porque  lo  soy:  que 
mi  padre  es  de  los  Cachopines  de  Laredo)  que 
tiene  don  Felis  mi  señor  de  las  mejores  condi- 
ciones que  aueys  uisto  en  nuestra  uida,  y  que 
nos  haze  el  mejor  tratamiento,  que  nadie  haze 
a  sus  pages,  si  no  fuessen  estos  negros  amores, 
que  nos  hazen  passear  mas  de  lo  que  querría- 
mos, y  dormir  menos  de  lo  que  hemos  menester, 
no  auria  tal  señor.  Finalmente  (hermosas  Ním- 
plias)  que  Fabio  habló  a  su  señor  don  Felis  en 
saliendo:  y  él  mandó  que  aquella  tarde  me  fues- 
se  a  su  posada:  yo  me  fuy,  y  él  me  recibió  por 
su  page,  haziendome  el  mejor  tratamiento  del 
mundo,  y  ansí  estuuc  algunos  días,  uiendo  lle- 
nar y  traer  recaudos  de  una  parte  a  otra:  cosa 
que  era  para  mi  sacarme  el  alma,  y  perder  cada 
hora  la  paciencia.  Passado  un  mes,-  uino  don 
Felis  a  estar  también  conmigo,  que  abierta- 
mente me  descubrió  sus  amores,  y  me  dixo  des- 
dad principio  dellos,  hasta  el  estado  en  que  en- 
tonces estañan,  encargándome  el  secreto  de  lo 
que  en  ellos  passaua,  diziendome  cómo  auía 
sido  bien  tratado  della  al  principio,  y  que  des- 
pués se  auía  cansado  de  fauorescelle.  Y  la  causa 
dello  auia  sido,  que  no  sabia  quienMe  auia  dicho 
de  unos  amores  que  el  auia  tenido  en  su  tierra, 
y  que  los  amores  que  con  ella  tenia,  no  era  sino 
por  entretenerse,  en  quanto  los  negocios  que  en 
corte  hazia  no  se  acabañan.  Y  no  ay  duda  (me 
dezia  el  mismo  don  Felis)  sino  que  yo  los  co- 
menpe,  como  ella  dize,  mas  agora  Dios  sabe  si 
ay  cosa  en  la  uida  a  quien  tanto  quiera.  Quando 
yo  esto  le  oy  dezir,  ya  sentireys,  hermosas  Nim- 
phas,  lo  que  podria  sentir.  Mas  con  toda  la 
dissímula^ion  possíMe  respondí:  Mejor  fuera, 
señor,  que  la  dama  se  quexara  con  causa,  y  que 
esso  fuera  ansí,  porque  si  essa  otra  a  quien 
antes  semiades,  no  os  meres^io  que  la  oluidas- 
sedes,  grandissimo  agrauio  le  hazeys.  Don  Fe- 
lis me  respondió:  no  me  da  el  amor  que  yo  a  mi 
Celia  tengo  lugar  para  entendello  ansí,  mas 
antes  me  pareye  que  me  le  hize  muy  mayor  en 
auer  puesto  el  amor  primero  en  otra  paite,  que 
en  ella.  Dessos  agrauíos  (le  respondi)  bien  sé 
quién  se  lleua  lo  peor.  Y  sacando  el  desleal  una 
carta  del  seno,  que  aquella  hora  auia  reyebido 
(le  su  señora,  me  la  leyó  (pensando  que  me 
hazia  mucha  fiesta)  la  qual  dezia  desta  manera: 

OARTA    DE    (^BLIA    A    DON    FBLIS 

«Nvnca  cosa  que  yo  sospechasse  de  nuestros 
amores, dio  tan  lexos  déla  uerdad  queme  diesse 
occasion  de  no  creer  más  yezes  a  mi  sospechas 


282 


OBtGEKES  DE  LA  DOVELA 


que  auestra  disculpa,  y  si  en  esto  os  hago  agrá- 
aio,  ponedlo  a  cuenta  de  uuestro  descujdo,  que 
bien  pudierades  negar  los  amores  passados,  y 
no  dar  occasion  a  que  por  nuestra  confession 
08  condenasse.  Dezis  que  fuj  causa  que  olui- 
dassedes  los  amores  primeros:  consolaos  con 
que  no  faltará  otra  que  lo  sea  de  los  segundos. 
Y  asseguraos,  señor  don  Pelis,  porque  os  certi- 
fico, que  no  ay  cosa  que  peor  esté  a  un  caua- 
llero,  que  hallar  en  qualquier  dama  occasion  de 
perderse  por  ella.  Y  no  diré  más,  porque  en 
males  sin  remedio,  el  no  procurárselo  es  la 
mejor». 

Después  que  uuo  acabado  de  leer  la  carta, 
me  dixo,'¿qué  te  parescen,  Valerio,  estas  pala- 
bras? Paresceme,  le  respondí,  que  se  muestran 
en  ellas  tus  obras.  Acaba,  dixo  don  Felis.  Señor, 
le  respondi  yo,  parescer  me  han  según  ellas  os 
parescieren,  porque  las  palabras  de  los  que 
quieren  bien,  nadie  las  sabe  tan  bien  juzgar 
como  ellos  mismos.  Mas  lo  que  yo  siento  de  la 
carta,  es  que  essa  dama  quisiera  ser  la  primera, 
a  la  qual  no  deue  la  fortuna  tratalla  de  manera 
que  nadie  pueda  auer  embidia  de  su  estado.  Pues 
¿qué  me  aconsejarías?  dixo  don  Felis.  Si  tu  mal 
suf fre  consejo  (le  respondí  yo)  parescer  me  hya 
que  pensamiento  no  se  diuidiesse  en  esta  segun- 
da passion,  pues  a  la  primera  se  deue  tanto.  Don 
Felis  me  respondió  (sospirando  y  dándome  yna 
palmada  en  el  ombro),  o  Valerio,  qué  discreto 
eres.  Quán  buen  consejo  me  das,  si  yo  pudicsse 
tomalle.  Entrémosnos  a  comer,  que  en  acaban- 
do, quiero  que  llenes  una  carta  mia  a  la  señora 
Qelia,  y  uerós  si  meres9e  que  a  trueque  de  pen- 
sar en  ella,  se  oluide  otro  qualquier  pensamien- 
to. Palabras  fueron  estas  que  a  Felismena  lle- 
garon al  alma:  mas  como  tenia  delante  sus  ojos 
aquel  a  quien  mas  que  a  si  quería,  solamente 
miralle  era  el  remedio  de  la  pena  que  qualquiera 
destas  cosas  me  hazia  sentir.  Después  que  uni- 
mos comido,  don  Felis  me  llamó,  y  haziendome 
grandissimo  cargo  de  lo  que  deuia,  por  auerme 
dado  parte  de  su  mal,  y  auer  puesto  el  remedio 
en  mis  manos,  me  rogó  le  lleuasse  una  carta, 
que  escrita  le  tenia,  la  qual  él  prímero  me  leyó, 
y  dezia  desta  manera: 

CARTA    DE    DON    FELIS    PARA    <;ELIA 

cDexase  tan  bien  entender  el  pensamiento 
que  busca  ocasiones  paraoluidar  a  quien  dessea, 
que  sin  trabajar  mucho  la  imagina9Íon,  se  uiene 
en  conoscimiento  dello.  No  me  tengas  en  tanto, 
señora,  que  busque  remedio  para  desculparte  de 
lo  que  conmigo  piensas  usar,  pues  nunca  yo 
llegué  a  ualer  tanto  contigo,  que  en  menores 
cosas  quesiessc  hazello.  Yo  confessé  que  auia 
qnerído  bien,  porque  el  amor  quando  es  uerda- 
aero,  no  sufre  cosa  encubierta,  y  tú  pones  por 


occasion  de  oluidarme.  lo  que  auia  de  ser  de 
quererme.  No  me  puedo  dar  a  entender  que  te 
tienes  en  tan  poco,  que  creas  de  mi  poderte  olui- 
dar,  por  ninguna  cosa  que  sea,  o  aya  sido:  mas 
antes  me  escriues  otra  cosa  de  lo  que  de  mi  sé 
tienes  experíment«do.  De  todas  las  cosas  que 
en  perjuizio  de  lo  que  te  quiero  imaginas,  me 
assegura  mi  pensamiento,  el  qual  bastará  ser 
mal  gualardonado,  sin  ser  también  mal  agra- 
descidoi>. 

Después  que  don  Felis  me  leyó  la  carta  que 
a  su  dama  tenia  escríta,  me  preguntó  si  la  res- 
puesta me  parescia  conforme  a  las  palabras  que 
la  señora  Qelia  le  auia  dicho  en  la  suya,  y  que 
si  auia  algo  en  ella  qué  emendar.  A  lo  qual  yo 
le  respondi:  No  creo,  señor,  que  es  menester 
hazer  la  emienda  a  essa  carta,  ni  a  la  dama  a 
quien  se  embia,  sino  a  la  que  en  ella  offendes. 
Digo  esto,  porque  soy  tan  affí^ionado  a  los 
amores  primeros  que  en  esta  uida  he  tenido,  que 
no  auria  en  ella  cosa  que  me  hiziesse  mudar  el 
pensamiento.  La  mayor  razón  tienes  del  mundo 
(dixo  don  Felis).  Si  yo  pudiesse  acabar  comi- 
go  otra  cosa  de  lo  que  hago:  mas  qué  quieres, 
si  la  absen9ia  enfrió  esse  amor,  y  encendió  este 
otro?  Desta  manera  (respondi  yo)  con  razón  se 
puede  llamar  engañada  aquella  a  quien  prímero 
quesiste,  porque  amor  sobre  que  ausencia  tiene 
poder,  ni  es  amor,  ni  nadie  me  podra  dar  a  en- 
tender que  lo  aya  sido.  Esto  dezia  yo  con  más 
dissimuIa9Íon  de  lo  que  podría:  porque  sentia 
tanto  verme  oluidada  de  quien  tanta  razón  tenia 
de  quererme,  y  yo  tanto  queria,  que  hazia  más 
de  lo  que  nadie  piensa,  en  no  darme  a  entender. 
E  tomando  la  carta,  y  informándome  de  lo  que 
auia  de  hazer  me  f  uy  en  casa  de  la  señora  ^lia, 
ymaginando  el  estado  triste  a  que  mis  amores 
me  auian  traydo,  pues  yo  mismo  me  hazia  la 
guerra,  siéndome  for9ado  ser  intercessora  de 
cosa  tan  contraria  a  mi  contentamiento. 

Pues  llegando  en  casa  de  Qelia,  y  hallando 
vn  page  suyo  a  la  puerta,  le  pregunté,  si  podia 
hablara  su  señora.  Y  el  page  informado  de  mi 
cuyo  era,  le  dixo  a  Qelia,  alabándole  mucho  mi 
hermosura  y  disposÍ9Íon,  y  diziendole  que  nue- 
uamente  don  Felis  me  auia  re9ebido.  La  señora 
Qelia  le  dixo:  Pues  a  hombre  re9ebido  de  nueuo 
descubre  luego  don  Felis  sus  pensamientos, 
alguna  grande  occasion  deue  auer  para  ello. 
Dile  que  entre  y  sepamos  lo  que  quiere.  Yo 
entré  luego  donde  la  enemiga  de  mi  bien  esta- 
ña: y  con  el  acatamiento  debido  le  besé  las 
manos  y  le  puse  en  ellas  la  carta  de  don  Felis. 
La  señora  Qelia  la  tomó  y  puso  los  ojos  en  mi, 
de  manera  que  yo  le  senti  la  altera9Íon  que  mi 
uista  le  auia  causado:  porque  ella  estuuo  tan 
fuera  de  sí,  que  palabra  no  me  dixo  por  enton- 
9es.  Pero  después  boluiendo  un  poco  sobre  si, 
me  dixo.  ¿Que  uentura  te  ha  traydo  a  esta  corte, 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


288 


para  que  don  Felis  la  tauiesse  tan  buena,  como 
es  tenerte  por  criado?  Señora  (le  respondí  yo) 
la  uentura  que  a  esta  corte  me  ha  trajdo,  no 
puede  dexar  de  ser  muy  mejor  de  lo  que  nunca 
pense,  pues  ha  sido  causa  que  yo  uiesse  tan  gran 
perfc9Íon  y  hermosura,  como  la  que  delante  mis 
ojos  tengo:  y  si  antes  me  dolían  las  ansias,  los 
sospiros  y  los  continuos  desassosiegos  de  don 
Felis  mi  señor,  agora  que  he  nisto  la  causa  de 
su  mal,  se  me  ha  conuertido  en  embidia  la 
manzilla  que  del  tenia.  Mas  si  es  uerdad,  her- 
mosa señora,  que  mi  uenida  te  es  agradable, 
suplicóte  por  lo  que  deues  al  grande  amor  que 
él  te  tiene,  que  tu  respuesta  también  lo  sea.  No 
ay  cosa  (me  respondió  Qelia)  que  yo  dexe  de 
hazer  por  ti,  aunque  estaua  determinada  de  no 
querer  bien  a  quien  ha  dexado  otra  por  mi.  Que 
grandissima  discreción  es  saber  la  persona  apro- 
uecharse  de  casos  ágenos,  para  poderse  ualer  en 
los  suyos.  Y  entonces  le  respondí:  No  creas, 
señora,  que  auria  cosa  en  la  nida  porque  don 
Felis  te  oluidasse.  E  si  ha  oluidado  a  otra  dama 
por  causa  tuya,  no  te  espantes,  que  tu  hermo- 
sura y  discreción  es  tanta,  y  la  de  la  otra  dama 
tan  poca,  que  no  ay  para  qué  imaginar,  que  por 
auerla  oluidado  a  causa  tuya  te  oluidara  a  ti  a 
causa  de  otra.  ¿Y  cómo  (dixo  Qelia)  conosciste 
tú  a  Felismena,  la  dama  a  quien  tu  señor  en  su 
tierra  seruia?  Si  conosci  (dixe  yo)  aunque  no 
tan  bien  como  fuera  necesario,  para  escusar 
tantas  desuenturas.  Verdad  es  que  era  uezina 
de  la  casa  de  mi  padre,  pero  uisto  tu  gran  her- 
mosura, acompañada  de  tanta  gracia  y  discre- 
ción, no  ay  porque  culpar  a  don  Felis,  de  auer 
oluidado  los  primeros  amores.  A  esto  me  res- 
pondió Qelia  ledamente  y  riendo.  \Presto  has 
aprendido  de  tu  amor  a  saber  lisongear.  A  saber 
te  bien  seruir  (le  respondí)  qu-rria  yo  aprender, 
que  adonde  tanta  causa  hay  para  lo  que  se  dize 
no  puede  caber  lisonja.  La  señora  Qelia  tomó 
muy  de  ueras  a  preguntarme,  le  dixesse,  qué 
cosa  era  Felismena^  A  lo  qual  yo  le  respondí. 
Quanto  a  su  hermosura,  algunos  ay  que  la  tie- 
nen por  muy  hermosa:  mas  a  mi  jamás  me  lo 
paresció.  Porque  la  principal  parte  que  para 
serlo  es  menester,  muchos  días  ha  que  le  falta. 
¿Que  parte  es  essa?  preguntó  Qelia.  Es  el  con- 
tentamiento (dixe  yo)  porque  nunca  adonde  él 
no  está  puede  auer  perfecta  hermosura.  La  ma- 
yor razón  del  mundo  tienes  (dixo  ella)  mas  yo 
he  uisto  algunas  damas,  que  les  está  también 
el  estar  tristes,  y  a  otras  el  estar  enojadas,  que 
es  cosa  estraña:  y  uerdaderamente  que  el  enojo, 
y  la  tristeza  las  haze  más  hermosas  de  lo  que 
son.  Y  entonces  le  respondí.  Desdichada  de 
hermosura,  que  hade  tener  por  maestro  el  enojo, 
o  la  tristeza;  a  mi  poco  se  me  entiende  de  estas 
cosas,  pero  la  dama  que  ha  menester  industrias, 
mouímientos,  o  passiones  para  parecer  bien,  ni 


la  tengo  por  hermosa,  ni  hay  para  qué  contarla 
entre  las  que  lo  son.  Muy  gran  razón  tienes 
(dixo  la  señora  Qelia)  y  no  aura  cosa,  en  que 
no  la  tengas,  según  eres  discreto.  Caro  me 
cuesta  (respondí  yo)  tenelle  en  tantas  cosas. 
Suplicóte,  señora,  respondas  la  carta,  porque 
también  la  tenga  don  Felis  mi  señoc  de  recebir 
este  contentamiento  por  mi  mano.  Soy  contenta 
(me  dixo  Qelia)  mas  primero  me  has  de  dezir, 
cómo  está  Felismena  en  esto  de  la  discreción, 
¿es  muy  anisada?  Yo  entonces  respondí.  Nun- 
ca muger  ha  sido  más  ayisada  que  ella,  porque 
ha  muchos  días  que  grandes  desuenturas  le 
anisan  ('),  mas  nunca  ella  se  anisa,  que  si  ansí 
como  ha  sido  anisada  ella  se  auisasse,  no  auria 
uenido  a  ser  tan  contraria  a  si  misma.  Hablas 
tan  discretamente  en  todas  las  cosas  (dixo  Qe- 
lía)  que  ninguna  baria  de  mejor  gana,  que  es- 
tarte oyendo  siempre.  Mas  antes  (le  respondí 
yo)  no  deuen  ser,  señora,  mis  razones,  maniar 
para  tan  subtil  entendimiento  como  el  tuyo:  y 
esto  solo  creo  que  es  lo  que  no  entiendo  mal. 
No  aura  cosa  (respondió  QelU)  que  dexes  de 
entender  más,  porque  no  gastes  tan  mal  el 
tiempo  en  alabarme,  como  tu  amo  en  seruirme, 
quiero  leer  la  carta,  y  dezirte  lo  que  as  de 
dezir:  y  descogiéndola,  comenco  a  leerla  entre 
si,  estando  yo  muy  atenta  en  quanto  la  leya,  a 
los  mouímientos  que  hazia  con  el  rostro  (que 
las  más  uezes  dan  a  entender  lo  que  el  coracon  J 
siente).  Y  auiendola  acauado  de  leer,  me  dixo:  y 
Di  a  tu  señor:  que  quien  también  sabe  dezir  lo 
que  siente,  que  no  deue  sentillo  tan  bien  como 
lo  dize.  E  llegándose  a  mi,  me  dixo  (la  boz  algo 
más  baxa):  y  esto  por  amor  de  ti,  Valprio,  que 
no  porque  yo  lo  deua  a  lo  que  quiero  a  don 
Felis,  porque  ueas  que  eres  tú  el  que  le  fauo- 
resces.  Y  aun  de  ahi  nascio  todo  mi  mal,  dixe 
yo  entre  mi.  Y  besándole  las  manos,  por  la 
merced  que  me  hazia,  me  fuy  a  don  Felis  con 
la  respuesta,  que  no  pequeña  alegría  recibió 
con  ella.  Cosa  que  a  mi  era  otra  muerte,  y  mu- 
chas yezes  dezia  yo  entre  mi  (quando  a  casa 
lleuaua,  o  traya  algún  recaudo),  ¡o  desdichada 
de  ti,  Felismena,  que  con  tus  proprias  armas  te 
vengas  a  sacar  el  alma!  ¡Y  que  ñengas  a  gran- 
gear  fauores,  para  quien  tan  poco  caso  hizo  de 
los  tuyos !  Y  assi  passaua  la  uida,  con  tan  grane 
tormento  que  si  con  la  uista  del  mi  don  Felis 
no  se  remediara,  no  pudiera  dexar  de  perdella. 
Más  de  dos  meses  me  encubrió  (Jelia  lo  que 
me  quería,  aunque  no  de  manera  que  no  vinies- 
se  a  entendello,  de  que  no  recebí  poco  aliuio 
para  el  mal  que  tan  importunamente  me  seguía, 
por  parescerme  que  seria  bastante  causa  para 
que  don  Felis  no  fuesse  querido,  y  que  podria 
ser  le  acaesciesse  como  a  muchos,  que  fuerca 

(')  M.,  la  art#an. 


S84 


ORÍOENES  DE  LA  NOVELA 


de  disfauorcs  los  derriba  de  su  pensamiento. 
Mas  no  le  acaeseio  assi,  a  don  Folis,  porque 
quanto  más  entendía  que  su  dama  le  oluidaua, 
tanto  mayores  ansias  le  sacauan  el  alma.  Y  assi 
biuia  la  más  triste  vida  que  nadie  podría  ima- 
ginar: de  la  qual  no  me  lleuaua  yo  la  menor 
parte.  Y  para  remedio  desto,  sacaua  la  triste 
de  Felismena,  a  fuerza  de  bracos,  los  fauores  de 
la  señora  Qelía  poniéndolos  ella  todas  las  uezes 
que  por  mí  se  los  embiaua,  a  mi  cuenta.  E  si 
caso  por  otro  criado  suyo  le  embiaua  algún  re- 
caudo, era  tan  mal  rebebido,  que  ya  estaua  sobre 
el  auiso  de  no  embiar  otro  allá,  sino  a  mí:  por 
tener  entendido  lo  mal  que  le  succedia,  siendo 
de  otra  manera:  y  a  mí  Dios  sabe  si  me  cos- 
taba lagrimas,  porque  fueron  tantas  las  que  yo 
delante  de  Qelia  derramé,  suplicándole  no  tra- 
tasse  mal  a  quien  taíito  le  quería,  que  bastara 
esto  para  que  don  Felis  me  tuuiera  la  maior 
obligación,  que  nunca  hombre  tuno  a  muger. 
A  Qelia  le  lle^^auan  al  alma  mis  lagrimas,  assi 
porque  yo  las  derramaua,  como  por  parescelle 
que  si  yo  la  quisiera  lo  que  a  su  amor  deuia,  no 
sollicitara  con  tanta  diligencia  fauores  para 
otro:  y  assi  lo  dezia  ella  muchas  ueces  con  una 
ansia,  que  parescia  que  el  alma  se  le  quería 
despedir.  Yo  biuia  en  la  mayor  confusión  del 
mando  porque  tenía  entendido  que  sino  mos- 
traua  quererla  como  a  mí  me  ponía  a  riesgo  que 
Qelia  boluiesse  a  los  amores  de  don  Felis;  y 
que  boluiendo  a  ellos,  los  míos  no  podrían  auer 
buen  fin:  y  si  también  fingía  estar  perdida  por 
ella,  sería  causa  que  ella  desfauoresciesse  al  mi 
don  Felis,  de  manera  que  a  fuerza  dtí  disfauo- 
res  perdiesse  el  contentamiento,  y  tras  él  la 
nida.  Y  por  estoniar  la  menor  cosa  dostas,  diera 
yo  cíen  mil  de  las  mías,  si  tantas  tuuiera.  Deste 
m(xlo  se  passaron  muchos  dias,  que  le  seruia  de 
tercera,  a  grand¡«8Íma  costa  de  mi  contí'nta- 
miento,  al  cabo  de  los  quales  los  amores  de  los 
dos  yuan  de  mal  en  peor,  porque  era  tanto  lo 
que  Qelia  me  quería,  que  la  gran  fuerza  de  amor 
la  hizo  que  perdiesse  algo  de  aquello  que  deuia 
a  sí  misma.  Y  un  día  después  de  auer  llenado 
y  traydo  muchos  recaudos,  y  de  auerle  yo  fin- 
gido algunos,  por  no  uer  triste  a  quien  tanto 
quería,  estando  supplicando  a  la  señora  Qelia 
con  todo  el  acatamiento  possible,  que  se  dolies- 
se  de  tan  triste  uida,  como  don  Felis  a  causa 
suya  passaua,  y  que  mirasse  que  en  fauores- 
celle,  yua  contra  lo  que  a  si  misma  deuia,  lo 
qual  yo  hazia  por  uerle  tal  que  no  se  esperaua 
otra  cosa  sino  la  muerte,  del  gran  mal  que  su 
pensamiento  le  hazia  sentir.  Ella  con  lagrimas 
en  los  ojos,  y  con  muchos  sospiros  me  respon- 
dió: Desdichada  de  mí,  o  Valerio,  que  en  fin 
acabo  de  entender  quan  engañada  bíuo  contigo. 
No  creya  yo  hasta  agora,  que  me  podías  fauo- 
res para  tu  señor,  sino  por  gozar  de  mi  uista 


el  tiempo  que  gastauas  en  pedírmelos.  Mas  ya 
conoz(*o,  que  los  pides  de  ueras,  y  que  pues  gas- 
tas de  que  yo  agora  le  trate  bien,  sin  dada  no 
deues  quererme.  O  quán  mal  me  pagas,  lo  que 
yo  te  qui«*ro,  y  lo  que  por  ti  dexo  de  qoerer. 
Plega  a  Dios,  que  el  tiempo  me  uengue  de  ti, 
pues  el  amor  no  ha  sido  parte  para  ello.  Qac 
no  puedo  yo  creer  que  la  fortuna  me  sea  tan 
contraría,  que  no  te  dé  el  pago  de  no  auella 
conocido.  E  di  a  tu  señor  don  Felis,  que  si  bina 
me  quiere  uer.  que  no  me  uea,  y  tú,  traydor 
enemigo  de  mí  descanso,  no  parezcas  más  de- 
lante (lestos  cansados  ojos:  pues  sos  lagrimas 
no  han  sido  parte  para  darte  a  entender  lo 
mucho  que  me  deues.  Y  con  esto  se  me  quitó 
delante  con  tantas  lagrimas,  que  las  mías  no 
fueron  parte  para  detenella:  porque  congrandis- 
sima  príessa  se  metió  en  un  aposento,  y  cer- 
rando tras  si  la  puerta,  ni  Imstó  llamar,  sapli- 
candole  con  mis  amorosas  palabras,  qae  me 
abriesse,  y  tomasse  de  mi  la  satis facion  que 
fuesse  seruida,  ni  dezille  otras  muchas  cosas, 
en  que  se  mostraua  la  poca  razón  que  aaia  te- 
nido de  enojarse,  para  que  quisiesse  abrirme. 
Mas  antes  desde  allá  dentro  me  dixo  (con  una 
furia  estraña):  ingrato  y  desagradecido  Valerio, 
el  más  que  mis  ojos  pensaron  uer,  no  me  neas, 
no  me  hables:  que  no  hay  satisfacion  para  tan 
grande  desamor,  ni  qaiero  otro  remedio  para  el 
mal  que  me  heziste,  sino  la  muerte,  la  qual  yo 
con  mis  proprias  manos  tomaré,  en  satisfa^ion 
de  la  que  tú  mereces.  Y  yo  uiendo  esto,  me  uine 
a  casa  del  mi  don  Felis,  con  más  tristeza  de  la 
que  pude  dissímular :  y  le  dixe ,  que  no  aaia 
podido  hablar  a  Qelia,  por  cierta  uisita  en  que 
estaua  occupada.  Mas  otro  día  de  mañana  supi- 
mos, y  aun  se  supo  en  toda  la  ciudad,  que 
aquella  noche  le  auia  tomado  un  desmayo  con 
que  auia  dado  el  alma,  que  no  poco  espanto 
puso  en  toda  la  corte.  Pues  lo  que  don  Felis 
sintió  su  muerte  y  quanto  llegó  al  alma,  no  se 
puede  dezir,  ni  ay  entendimiento  humano  que 
alean  vallo  pueda:  porque  las  cosas  que  dezia, 
las  lastimas,  las  lagrimas,  los  ardientes  sospi- 
ros Vran  sinumero.  Pues  de  mí  no  digo  nada, 
porque  de  una  parte  la  desastrada  muerte  de 
Qelia  me  llegaua  al  alma,  y  de  otra  las  lachri- 
mas  de  don  Felis  me  tras{)assauan  el  coracon. 
Aunque  esto  no  fue  nada,  según  lo  que  después 
sentí,  porque  como  don  Felis  supo  su  maerte, 
la  mismtf  noche  desparosció  de  casa,  sin  qae 
criado  suyo  ni  otra  persona  supíesse  del.  Ya 
ueys,  hermosas  Nimplias,  lo  que  yo  sentiría: 
pluguiera  a  Dios  que  yo  fuera  la  muerta,  y  no 
me  sucediera  tan  gran  desdicha,  que  cansada 
deuia  estar  la  fortuna  de  las  de  hasta  allí.  Pues 
como  no  bastasse  la  diligenvia  que  en  saber  del 
mi  don  Felis  se  puso  (que  no  fue  pequeña) ,  yo 
determiné  ponerme  en  este  habito  en  que  me 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


285 


ueys:  en  el  qual  ha  ma9  de  dos  años,  que  he  an- 
dado buscándole  por  muchas  partes,  y  mi  for- 
tuna me  ha  estoruado  hallarle,  aunque  no  le 
deuo  poco,  pues  me  ha  traydo  a  tiempo,  que 
este  pequeño  seruicio  pudiesse  hazeros.  Y  creed- 
me  (hermosas  Nimphas)  que  lo  tengo  (después 
de  la  yida  de  aquel  en  quien  puse  toda  mi  espe- 
ran9a)  por  el  mayor  contento  que  en  ella  pu- 
diera rebebí  r.         r 

Quando  las  Nimphas  acabaron  de  oyr  a  la 
hermosa  Felismena,  y  entendieron  que  era 
muger  tan  principal,  y  que  el  amor  le  auia 
hecho  dexar  su  habito  natural,  y  tomar  el  de 
pastora,  quedaron  tan  espantadas  de  su  firme- 
za, como  del  gran  poder  de  aquel  tirano,  que 
tan  absolutamente  se  haze  seruir  de  tantas  liber- 
tades. £  no  pequeña  lastima  tuuieron  de  uer  las 
lagrimas  y  los  ardientes  sospiros  con  que  la 
hermosa  donzella  soleuizaua  la  historia  de  sus 
amores.  Pues  Dorida,  a  quien  más  auia  llegado 
al  alma  el  mal  de  Felismeua,y  más  affíQionada  le 
estaua  que  apersona  a  quien  toda  su  uida  uuies- 
se  conuersado,  tomó  la  mano  de  respondelle, 
y  comen9Ó  a  hablar  desta  manera:  ¿Qué  hare- 
mos, hermosa  señora,  a  los  golpes  de  la  fortuna 
qué  casa  fuerte  aura  adonde  la  persona  pueda 
estar  segura  de  las  mudanzas  del  tiempo?  ¿Qué 
ames  ay  tan  fuerte,  y  de  tan  fino  a^ero,  que  pue- 
da a  nadie  defender  de  las  fuer9as  deste  tirano, 
que  tan  injustamente  llaman  amor?  ¿Y  quécora- 
9on  ay,  aunque  más  duro  sea  que  marmol,  que 
un  pensamiento  enamorado  no  le  ablande?  Ño  es 
por  9Íerto  essa  hermosura,  no  es  esse  ualor,  no 
es  essa  discre9¡on,  para  que  merezca  ser  oluida- 
da  de  quien  una  uez  pueda  uerla:  pero  estamos 
a  tiempo  (^),  que  mercscer  la  cosa  es  principal 
parte  para  no  alcauQalla.  Y  es  el  crudo  amor  de 
condición  tan  estraña,  que  reparte  sus  conten- 
tamientos sin  orden  ni  concierto  alguno:  y  alli 
da  mayores  cosas  donde  en  menos  son  estima- 
das: medecina  podria  ser  para  tantos  males, 
como  son  los  de  que  este  tirano  es  causa,  la 
discreyion  y  ualor  de  la  persona  que  los  padesce. 
Pero  ¿a  quién  la  dexa  tan  libre,  que  le  pueda 
aprouechar  para  reuicdio?  ¿o  quién  podra  tanto 
consigo  en  semejante  passion,  que  en  causas 
agenas  sepa  dar  consejo,  quanto  más  tomalle 
en  las  suyas  proprias?  Mas  con  todo  eso,  her- 
mosa señora,  te  suplico  pongas  delante  los  ojos 
quién  eres,  que  si  las  personas  de  tanta  suerte 
y  valor  como  tú  no  bastaren  a  suff  rir  sus  aduer- 
sidades,  ¿cómo  las  podrian  suffrir  las  que  no  lo 
son?  Y  demás  desto,  de  parte  destas  Nimphas, 
y  de  la  mia,  te  suplico  en  nuestra  compañía,  te 
uayas,  en  casa  de  la  gran  sabia  Felicia,  que  no 
es  tan  lexos  de  aquí,  que  mañana  a  estas  horas 
no  esteraos  alli  (^).  Adonde  tengo  por  auerigua- 


8 


*)  M.,  tn  tiempo. 
>)  M.,  allá. 


do,  que  hallarás  grandíssimo  remedio  para  estas 
angustias  como  lo  han  hallado  muchas  perso-  * 
ñas,  que  no  lo  merescian.  De  mas  su  sciencia, 
a  la  qual  persona  humana  en  nuestros  tiempos 
no  se  halla  que  pueda  ygualar  su  condición,  y 
su  bondad  no  menos  la  engrandesce,  y  haze  que 
todas  las  del  mundo,  desseen  su  compañía.  Fe- 
lismena  respondió:  No  sé  (hermosas  Nimphas) 
quién  a  tan  graue  mal  puede  dar  remedio,  si  no 
fuesse  el  proprio  que  lo  causa.  Mas  con  todo 
esso  no  dexare  de  hazer  nuestro  mandado,  que 
pues  nuestra  compañia  es  para  mi  pena  tan 
gran  aliuio,  injusta  cosa  sería  desechar  el  con- 
suelo en  tiempo  que  tanto  lo  he  menester.  No 
me  espanto  yo,  dixo  (¡^iiithia,  sino  cómo  don 
Felis,  en  el  tiempo  que  le  seruias,  no  te  cono- 
ció en  esse  hermoso  rostro,  y  en  la  gracia,  y 
el  mirar  de  tan  hermosos  ojos.  Felismena  enton- 
ces respondió:  tan  apartada  tenia  la  memoria 
de  lo  que  en  mi  auia  uisto,  y  tan  puesto  en  lo 
que  ueya  en  su  señora  Qelia,  que  no  auia  lugar 
para  esse  conoscimiento.  Y  estando  en  esto, 
oyeron  cantar  los  pastores  que  en  compañia  de 
la  discreta  Seluagia  yuan  por  una  cuesta  abaxo 
los  mas  antiguos  cantares  que  cada  uno  sabia, 
o  que  su  mal  le  inspiraua,  y  cada  qual  buscaua 
el  uillancico  que  más  hazia  a  su  proposito,  y  el 
primero  que  comeuQO  a  cantar  fue  Syluano,  el 
qual  cantó  lo  siguiente: 

Desdeñado  soy  de  amor, 
guárdeos  Dios  de  tal  dolor. 

Soy  del  amor  desdeñado 
de  fortuna  perseguido; 
ni  temo  uerme  perdido, 
ni  aun  espero  ser  ganado: 
un  cuydado  a  otro  cuydado 
me  añade  siempre  el  amor, 
guárdeos  Dios  de  tal  dolor. 

En  quexas  me  entreten ia, 
ued  qué  triste  passatiempo: 
ymaginaua  que  un  tiempo, 
tras  otros  tiempos  nenia: 
mas  la  desuentura  mia 
mudóle  en  otro  peor, 
guárdeos  Dios  de  tú  dolor. 

Seluagia  que  no  tenia  menos  amor,  o  menos 
presump(^ion  de  tenelle  al  su  Alanio,  que  Syl- 
uano a  la  hermosa  Diana,  tan  poco  se  tenia  por 
menos  agrauiada,  por  la  mudanza  que  en  sus 
amores  auia  hecho,  que  Syluano  en  auer  tanto 
perscucrado  en  su  daño;  mudando  el  primero 
verso,  a  este  villancico  pastoril,  antiguo,  lo 
comen9u  a  cantar  aplicándolo  a  su  proposito 
desta  manera: 

Di,  ¿quién  te  ha  hecho  pastora 
sin  gasajo  y  sin  plazer, 
I  que  tú  alegre  solías  ser? 


2d6 


ORfOKHBS  DE  LA  NOVELA 


Memoria  del  bien  passado 
en  medio  del  mal  presente, 
ay  del  alma  que  lo  siente, 
sí  está  mucho  en  tal  estado: 
después  que  el  tiempo  ha  mudado 
a  Yn  pastor  por  me  ofender, 
jamás  he  visto  el  plazer. 

A  Sireno  bastara  la  canción  de  Seluagia, 
para  dar  a  entender  su  mal,  si  ella  y  Sylnano, 
se  lo  consintieran:  mas  persuadiéndole  que  él 
también  eligiesse  alguno  de  los  cantares  que 
más  a  su  proposito  huuíese  oydo,  comen90  a 
cantar  lo  siguiente: 

Oluidastesme  señora, 
mucho  mas  os  quiero  agora. 

Sin  ventura  yo  oluidado 
me  veo,  no  sé  por  qué, 
ved  a  quien  distes  la  fe, 
y  de  quien  la  aúeys  quitado. 
El  no  os  ama,  siendo  amado, 
yo  desamado,  señora, 
mucho  más  os  quiero  agora. 

Paresceme  que  estoy  uiendo 
los  ojos  en  que  me  ui, 
y  uos  i>or  no  uerme  assi, 
el  rostro  estays  escondiendo, 
y  que  yo  os  estoy  diziendo: 
al^a  los  ojos,  señora, 
que  muy  mas  os  quiero  agora. 

Las  Nimphas  estuuieron  muy  atentas  a  las 
canciones  de  los  pastores,  y  con  gran  contenta- 
miento de  oyllos :  mas  a  la  hermosa  pastora  no 
le  dexaron  los  sospiros  estar  oyiosa  en  quanto 
los  pastores  cantauan.  Llegado  que  fueron  a  la 
fuente,  y  hecho  su  deuido  acatamiento,  pusie- 
ron sobre  la  yema  la  mesa,  y  lo  que  del  aldea 
auian  traydo,  y  se  iissentaron  luego  a  comer, 
aquellos  a  quien  sus  pensamientos  les  dauan 
lugar,  y  los  que  no,  importunados  de  los  que 
más  libres  se  sentian,  lo  unieron  de  hazer.  E 
después  de  auer  comido,  Polidora  dixo  ansi: 
Desamados  pastores  (si  es  licito  llamaros  el 
nombre  que  a  nuestro  pesar  la  fortuna  os  ha 
puesto  )  el  remedio  de  nuestro  mal  está  en 
manos  de  la  discreta  FelÍ9Ía,  a  la  qual  dio  na- 
turaleza lo  que  a  nosotras  ha  negado.  E  pues 
ueys  lo  que  os  importa  yr  a  uisitarla,  pidoos 
de  parte  tiestas  Nimphas,  a  quien  este  dia  tanto 
8eruÍ9Ío  aueys  hecho,  que  no  rehuseys  nuestra 
compañía,  pues  no  de  otra  manera  podéis  re^e- 
bir  el  premio  de  nuestro  trabajo:  que  lo  mismo 
hará  esta  pastora,  la  qual  no  menos  que  nos- 
otros lo  ha  menester.  E  tú,  Sireno,  que  de  un 
tiempo  tan  dichoso,  a  otro  tan  desdichado  te 
ha  traydo  la  fortuna,  no  te  desconsueles:  que 
si  tu  dama  tuuiese  tan  yerca  el  remedio  de  la 
mala  uida  que  tiene,  como  tú  de  lo  que  ella 


te  haze  passar,  no  sería  pequeño  aliuio  para 
loa  desgnstos  y  desabrimientos  que  yo  sé  que 
pa8sa&  cada  dia.  Sireno  respondió:  Hermosa 
jPolidcwft,  ninguna  cosa  da  la  hora  de  agora 
mayor  descontento,  que  auerse  Diana  uengado 
de  mi,  tan  a  coeta  suya ,  porque  amar  ella  a 
quien  no  le  tiene  en  lo  que  meresce,  y  estar  por 
f uer9a  en  su  compañía,  ii^ja  lo  que  le  deue  cos- 
tar; y  buscar  yo  remedio  a  mi  mal,  hazerlo  ia, 
si  el  tiempo,  o  la  fortuna,  me  lo  peimetiessen, 
mas  neo  que  todos  los  caminos  son  tomados  y 
no  sé  por  donde  tú  y  estas  Nimphas  pensays 
llenarme  a  buscarle  {}),  Pero  sea  como  fwe 
nosotros  os  seguiremos,  y  creo  que  Syluano  y 
Seluegia  harán  lo  mismo,  si  no  son  de  tan  mal 
conoscimiento,  que  no  entiendan  la  mer9ed  que 
a  ellos  y  a  mi  se  nos  haze.  Y  remitiéndose  los 
pastores  a  lo  que  Sireno  auia  respondido,  y 
encomendando  sus  ganados  a  otros,  que  no 
muy  lexos  estañan  de  allí,  hasta  la  buelta,  se 
fueron  todos  juntos  por  donde  las  tres  Nimphas 
los  guyauan. 

Fin  del  segundo  libro. 


LIBRO   TERCERO 

DE    LA    DIANA    DB    OEOROB    DE    MONTEMATOR 

Con  muy  gran  contentamiento  caminauau 
las  hermosas  Nimphas  con  su  compañía  por 
medio  de  un  espesso  bosque,  y  ya  que  el  sol  se 
quería  poner,  salieron  a  un  muy  hermoso  ualle, 
por  medio  del  qual  yua  un  impetuoso  arroyo, 
de  una  parte  y  otra  adornado  de  muy  espessos 
salces  y  aliso»,  entre  los  quales  auia  otros  mu- 
chos géneros  de  arboles  más  pequeños,  que  en- 
redándose a  los  mayores,  entretexendose  las 
doradas  flores  de  los  unos  por  entre  las  uerdes 
ramas  de  los  otros,  dauan  con  su  uista  gran 
contentamiento.  Las  Nimphas  y  pastores  toma- 
ron una  senda  que  por  entre  el  arroyo  y  la  her- 
mosa arboleda  se  hazia,  y  no  anduuíeron  mu- 
cho espayio,  quandu  llegaron  u  un  uerde  prado 
muy  espacioso,  a  donde  estaña  un  nmy  hermoso 
estanque  de  agua:  del  qual  promedia  el  arroyo 
que  por  el  ualle  con  gran  (*)  ímpetu  corría.  En 
medio  del  estanque  estaua  una  pequeña  isleta 
adonde  auia  algunos  arboles  por  entre  los  qua- 
les se  deuisaua  una  cho^a  de  pastores:  alrede- 
dor della  andana  un  rebaño  de  ouejas,pasciendo 
la  uerde  yema.  Pues  como  a  las  Nimphas  pa- 
rescíesse  aquel  lugar  aparejado  para  passar  la 
noche  que  ya  muy  cerca  venia,  por  unas  piedras 


n 


M.,  btincalle. 
*^  M.,  grande. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


287 


que  del  prado  a  la  isleta  estañan  por  medio  del 
estanque  puestas  en  orden,  passaron  todas,  j 
se  fueron  derechas  a  la  cho9a,  que  en  la  isleta 
parescia.  Y  como  Polidora,  entrando  primero 
dentro,  se  adelantasse  un  poco,  aun  no  huno 
entrado,  quando  con  gran  priessa  boluio  a  salir, 
y  boluicndo  el  rostro  a  su  compañía,  puso  un 
dedo  encima  de  su  hermosa  boca,  haziendoles 
señas  que  entrassen  sin  ruido.  Como  aquello 
uiessen  las  Nimphas  y  los  pastores,  con  el  me- 
¿nes. rumor  que  pudieron  entraron  en  la  cho9a: 
y  mirando  a  una  parte  y  a  otra,  uieron  a  un 
rincón  un  lecho,  no  de  otra  cosa  sino  de  los  ra- 
mos de  aquellos  salces,  que  en  torno  de  la  cho9a 
estañan,  y  de  la  \ierde  yema,  que  junto  al  estan- 
que se  criaua.  En9Íma  de  la  qual  uieron  una 
pastora  durmiendo,  cuya  hermosura  no  menos 
admira9Íon  les  puso,  que  si  la  hermosa  Diana 
uieran  delante  de  sus  ojos.  Tenia  una  saya  azul 
clara,  un  jubón  de  una  tela  tan  delicada,  que 
mostraua  la  perfeyion  y  compás  del  blanco  pe- 
cho, porque  el  sayuelo  que  del  mesmo  color  de 
la  saya  era,  le  tenia  suelto,  de  manera  que  aquel 
gra9Íoso  buelto  se  podía  bien  diuisar.  Tenia  los 
cabellos,  que  más  muios  que  el  sol  parescian 
sueltos  y  sin  orden  alguna.  Mas  nunca  orden 
tanto  adornó  hermosura,  como  la  desorden  que 
ellos  tenían,  y  con  el  descuydo  del  sueño,  el 
blanco  pie  descal90,  fuera  de  la  saya  se  le  pa- 
rescia, mas  no  tanto  que  a  los  ojos  de  los  que  lo 
mirauan  paresciesse  deshonesto.  Y  según  pares- 
cia por  muchas  lagrimas,  que  aun  durmiendo 
por  sus  hermosas  mexillas  derramaua,  no  le 
deuia  el  sueño  impedir  sus  tristes  imaginacio- 
nes. Las  Nimphas  y  pastores  estañan  tan  ad- 
mirados de  su  hermosura  y  de  la  tristeza  que 
en  ella  conoscian,  que  no  sabian  qué  se  dezir, 
si  no  derramar  lagrimas  de  piedad  de  las  que  á 
la  hermosa  pastora  ueyan  derramar.  La  qual 
estando  ellos  mirando,  se  boluio  hazia  un  lado, 
diziendo  con  un  sospiro  que  del  alma  la  salía: 
¡ay  desdichada  de  ti,  Belisa,  que  no  está  tu  mal 
en  otra  cosa,  sino  en  ualer  tan  poco  tu  uida, 
que  con  ella  no  puedes  pagar  las  que  por  causa 
tuya  son  perdidas!  Y  luego  con  tan  grande 
sobresalto  despertó,  que  paresció  tener  el  fin  de 
sus  días  presente,  mas  como  uiesse  las  tres 
Nimphas,  y  las  hermosas  dos  pastoras,  junta- 
mente con  los  dos  pastores,  quedó  tan  espan- 
tada, que  estuuo  un  rato  sin  bolver  en  si,  bol- 
uiendo  a  mírallos,  sin  dexar  de  derramar  mu- 
clias  lagrimas,  ni  poner  silencio  a  los  ardientes 
sospiros  que  del  lastimado  cora9on  embiaua, 
comento  a  hablar  desta  manera.  Muy  gran 
consuelo  seria  para  tan  desconsolado  cora9on 
como  este  mío,  estar  segura  de  que  nadie  con 
palabras,  ni  con  obras  pretendiesse  dármele, 
porque  la  gran  razón,  ;o  hermosas  Nimphas! 
que  tengo  de  biuir  tan  embuelta  en  tristezas, 


como  bino,  ha  puesto  enemistad  entre  mi  y  el 
consuelo  de  mi  mal.  De  manera  que  si  pensasse 
en  algún  tiempo  tenelle,  yo  misma  me  daría  la 
muerte.  Y  no  os  espanteys  preuenirme  yo  deste 
remedio,  pues  no  ay  otro  para  que  me  dexe  de 
agrauíar  del  sobresalto  que  re9ebi  en  ñeros  en 
esta  cho9a  (lugar  aparejado  no  para  otra  cosa, 
sino  para  llorar  males  sin  remedio),  y  esto  sea 
auiso,  para  que  qualquiera  que  a  su  tormento 
le  esperare,  se  salga  del:  porque  infortunios  de 
amor  le  tienen  cerrado,  de  manera  que  jamás 
dexan  entrar  aquí  alguna  e8peran9a  de  con- 
suelo. 

Mas  ¿qué  uentura  ha  guiado  tan  hermosa 
compañía  do  jamás  se  uio  cosa  que  diese  con- 
tento? ¿Quién  pensays  que  hazecres9er  la  uerde 
yerna  desta  isla,  y  acres9entar  las  aguas  que  la 
9ercan,  si  no  mis  lagrimas?  ¿Quién  pensays 
que  menea  los  arboles  deste  hermoso  ualle,  sino 
la  hoz  de  mis  sospiros  tristes,  que  inchando  el 
ayre,  hazen  aquello  que  él  por  si  no  haría? 
¿Porqné  pensays  que  cantan  los  dul9es  paxaros 
por  entre  las  matas,  quando  el  dorado  Phebo 
está  en  toda  su  fuer9a,  sino  para  ayudar  a  llo- 
rar mis  desuenturas?  ¿A  qué  pensays  que  las 
temerosas  fieras  salen  al  uerde  prado,  sino  a  oyr 
mis  continuas quexas?  ¡Ay herniosas  Nimphas! 
no  quiera  Dios  que  os  aya  traydo  a  este  lugar 
nuestra  fortuna  para  lo  que  yo  uine  a  él,  por- 
que 9¡erto  paresce  (según  lo  que  en  él  passó), 
no  auelle  hecho  naturaleza  para  otra  cosa,  sino 
para  que  en  él  passen  su  triste  uida  los  incu- 
rables de  amor.  Por  esso  sí  alguna  de  nosotras 
lo  es,  no  passe  más  adelante:  y  vayase  presto 
de  aquí:  que  no  seria  mucho  que  la  naturaleza 
del  lugar  le  híciesse  fuer9a.  Con  tantas  lagri- 
mas dezia  esto  la  hermosa  pastora,  que  no  auia 
ninguno  de  los  que  allí  estañan,  que  las  suyas 
detener  pudiesse.  Todos  estañan  espantados  de 
uer  el  spiritu  que  con  el  rostro  y  mouímientos 
daua  a  lo  que  dezia,  que  9Íerto  bien  pare9Ían 
sus  palabras  salidas  del  alma:  y  no  se  suffria 
menos  que  esto,  porque  el  triste  successo  de  sus 
amores,  quitaua  la  sospecha  de  ser  fingido  lo 
que  mostraua.  Y  la  herniosa  Dorida  le  habló 
desta  manera:  Hermosa  pastora,  ¿qué  causa  ha 
sido  la  que  tu  gran  hermosura  ha  puesto  en  tal 
estremo?  ¿Qué  mal  tan  estraño  te  pudo  hazer 
amor,  que  aya  sido  parte  para  tantas  lagrimas 
acompañadas  de  tan  triste  y  tan  sola  uida, 
como  en  este  lugar  deues  hazer?  Mas  ¿qué  pre- 
gunto yo?  Pues  en  nerte  quexosa  de  amor,  me 
dizes  más  de  lo  que  yo  preguntarte  puedo.  Que- 
siste  assegurar  quando  aquí  entramos,  de  que 
nadie  te  consolasse:  no  te  pongo  culpa,  officio 
es  de  personas  tristes,  no  solamente  aborrecer 
al  consuelo,  mas  aun  a  quien  piensa  que  por 
alguna  nia  pueda  dársele.  Dezir  que  yo  podría 
darle  a  tu  mal,  ¿que  aprouecha  si  él  mismo  no 


288 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


te  da  ]Í9en^ia  que  me  croas?  Dezir  que  te  apro- 
ueches  de  tu  juyzio  y  discrtí9¡on  bien  sé  que  no 
le  tienes  tan  libre,  que  puedas  hazello.  Pues 
¿qué  podria  yo  hazer  para  darte  algún  aliuio, 
si  tu  determinación  me  ha  de  salir  al  encuen- 
tro/ De  una  cosa  puedes  estar  certificada,  y  es 
que  no  auria  remedio  en  la  uida,  para  que  la 
tuya  no  fuesse  tan  tristi»,  que  yo  dexase  de 
dártele,  si  en  mi  mano  fuesse.  Y  si  esta  nolun- 
tad alguna  cosa  meresQe,  yo  te  pido  de  parte  de 
los  que  presentes  están,  y  de  la  mia,  la  causa 
de  tu  mal  nos  cuentes,  porque  algunos  de  los 
que  en  mi  compañia  uienen,  están  con  titn  gran 
ne^essidad  de  remedio,  y  os  tiene  amor  en  tanto 
estrecho,  que  si  la  fortuna  no  los  socorre,  no  sé 
que  sera  de  sus  uidas.  La  pastora  que  de  esta 
manera  uio  hablar  a  Dorida,  saliéndose  de  la 
cho^a,  y  tomándola  por  la  mano  la  llenó  cerca 
de  una  fuente  que  en  un  uerde  pradezillo  esta- 
ña, no  muy  apartado  de  alli,  y  las  Nimphas  y 
los  pastores  se  fueron  tras  ellas,  y  juntos  se 
assentaron  en  torno  a  la  fuente,  auiendo  el 
dorado  Phebo  dado  fin  a  su  xornada,  y  la  noc- 
turna Diana  principio  a  la  suya,  con  tanta  cla- 
ridad como  si  el  medio  dia  fuera.  Y  estando  de 
la  manera  que  aueys  oydo,  la  hermosa  pastora 
le  comen9<5  a  dezir  lo  que  oyreys. 

Al  tienpo  (o  hermosas  Ninphas  de  la  casta 
Diosa)  que  yo  estaua  libre  de  amor,  oy  dezir 
yna  cosa  que  después  me  desengañó  la  expe- 
riencia (hallándola  muy  al  renes  de  lo  que  me 
certifícauan).  Dezian  me  que  no  auia  mal  que 
dezillo  no  fuese  algún  aliuio  para  el  que  lo 
padczia,  y  hallo  que  no  ay  cosa  que  más  mi 
desuentura  acresciente,  que  pasalla  por  la  me- 
moria y  contalla  a  quien  libre  della  se  vee.  Por- 
que si  yo  otra  cosa  entendiese,  no  me  atreueria 
a  contaros  la  historia  de  mis  males.  Pero  pues 
que  es  verdad,  que  contárosla  no  será  causa 
alguna  de  consuelo  á  mi  desconsuelo  que  son 
las  dos  cosas,  que  de  mi  son  mas  aborres^idas, 
estad  atentas,  y  oyreys  el  mas  desastrado  caso 
que  jamas  en  amor  ha  suecedido.  No  muy  lexos 
deste  valle,  hazia  la  parte  donde  el  sol  se  pone, 
está  vna  aldea  en  medio  de  vna  ñoresta,  cercha 
de  dos  ríos  que  con  sus  aguas  riegan  los  arbo- 
les amenos  cuya  espressura  es  tanta  que  desde 
vna  casa  a  la  otra  no  se  parescc.  Cada  vna  deltas 
tiene  su  termino  redondo,  adonde  los  jardines 
en  verano  se  visten  de  olorosas  flores,  de  mas 
de  la  abundancia  de  la  ortaliza,  que  alli  la  natu- 
raleza produze,  ayudada  de  la  industria  de  los 
que  en  la  gran  España  llaman  Libres,  por  el 
antigüedad  de  sus  casas  y  linages.  En  este 
lugar  nasció  la  desdichada  Belisa  (que  este 
nonbre  saqué  de  la  pila,  adonde  pluguiera  a  Dios 
dexara  el  anima).  Aqui  pues  biuia  vn  past^^r  de 
ios  principales  en  hazienda  y  linage,  que  en 
toda  esta  prouincia  se  hallaua,  cuyo  nombre  era 


Ai-senio,  el  qual  fue  casado  con  una  zagala  la 
más  hermosa  de  su  tiempo:  mas  la  presurosa 
muerte  (o  porque  los  hados  lo  permitieron  o 
por  cuitar  otros  males  que  su  hermosura  pu- 
diera causar)  le  cortó  el  hilo  de  la  nida,  pocos 
años  después  de  casada.  Fue  tanto  lo  que  Arae- 
nio  sintió  la  muerte  de  su  amada  Florída  que 
estuuo  muy  cerca  de  perder  la  uida:  pero  con- 
splauase  con  un  hijo  que  le  quedara  llamado 
Arsileo,  cuya  hermosura  fue  tanta  que  conpetia 
con  la  de  Florida  su  madre.  Y  con  todo,  este 
Arsenio  biuia  la  más  sola  y  triste  uida  que  na- 
die podria  imaginar.  Pues  uiendo  su  hijo  ya  en 
edad  conuenible  para  ponelle  en  algún  exer^icío 
uirtuoso,  teniendo  entendido  que  la  ociosidad 
en  los  mo90S  es  maestra  de  uicios,  y  enemiga 
de  virtud  dctenninó  embialle  a  la  academia 
Salmantina  con  intención  que  se  exercitasae 
en  aprender  lo  que  a  los  hombres  sube  a  mayor 
grado  que  de  hombres,  y  asi  lo  puso  por  obra. 
Pues  siendo  yu  quinze  años  pasados  que  su 
muger  era  muerta,  saliendo  yo  un  dia  con  otras 
uezinas  a  un  morcado,  que  en  nuestro  lugar  se 
hazia,  el  desdichado  de  Arsenio  me  uio,  por  su 
mal,  y  aun  por  el  mió,  y  de  su  desdichado  hijo. 
Esta  uista  causó  en  él  tan  grande  amor,  como 
de  alli  adelante  se  paresció.  Y  esto  me  dio  él  a 
entender  muchas  ueze^,  porque  ahora  en  el 
campo  yendo  a  llenar  de  comer  a  los  pastores, 
aora  yendo  con  mis  paños  al  río,  aora  por  agua 
a  la  fuente,  se  hazia  encontradizo  conmigo.  Yo 
que  de  amores  aquel  tiempo  sabia  poco,  aunque 
por  oydas  alcan^asse  alguna  cosa  de  sus  desua- 
riados  effcctos,  unas  uezes  hazia  que  no  lo  en- 
tendia,  otras  uezes  lo  echaua  en  burlas,  otras 
me  enojaua  de  uello  tan  importuno.  Mas  ni 
mis  palabras  bastauan  a  defenderme  del,  ni  el 
grande  amor  que  él  tenía  le  daua  lugar  a  dexar 
de  seguirme.  Y  desta  manera  se  passaron  más 
de  quatro  años ,  que  ni  él  dexaua  su  porfía,  ni  yo 
podia  acabar  conmigo  de  dalle  el  mas  pequeño 
fauor  de  la  uida.  A  este  tiempo  uino  el  desdi- 
chado de  su  hijo  Arsileo  del  estudio,  el  qual 
entre  otras  ciencias  que  auia  estudiado,  auia 
florescido  de  tul  manera  en  la  poesia  y  en  la 
música,  que  a  todos  los  de  su  tiempo  hazia  uen- 
taja. 

Su  pudre  se  alegró  tanto  con  él  que  no  ay 
quien  lo  pueda  encarecer  (y  con  gran  razón) 
porque  Arsileo  era  tal,  que  no  solo  de  su  padre 
que  como  a  hijo  deuia  amalle,  mas  de  todos  los 
del  mundo  merescia  ser  amado.  Y  asai  en  nues- 
tro lugar  era  tan  querido  de  los  principales  del 
y  del  común,  que  no  se  trataua  entre  ellos  sino 
de  la  discreción,  gracia,  gentileza,  y  otras  bue- 
nas partos  de  que  su  mocedad  era  adornada. 
Arsenio  se  encubría  do  su  hijo,  de  manera  que 
por  ninguna  uia  pudiesse  entender  sus  amores, 
I  y  aunque  Arsileo  algún  dia  le  viese  tríste, 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTKMAYOR 


2aí 


nanea  echó  de  aer  la  cansa,  mas  antes  peusaua 
qne  eran  reliquias  que  de  la  muerte  de  su  ma- 
dre le  auian  quedado.  Pues  desseando  Arsenio 
(como  su  hijo  fuese  tan  excelente  Poeta)  de 
ayer  de  su  mano  yna  carta  para  embiarme,  y  por 
hazer  lo  de  manera  que  él  no  sintiese  para 
quien  era,  tomó  por  remedio  descubrirse  a  un 
grande  amigo  suyo  natural  de  nuestro  pueblo, 
llamado  Argasto,  rogándole  muy  encares^ida- 
mente  como  cosa  que  para  si  auia  menester,  pi- 
diese a  su  hijo  Arsileo  una  carta  hecha  de  su 
mano,  y  que  le  dixese  que  era  para  embiar  lexos 
de  alli  a  una  pastora  a  quien  seruia,  y  no  le 
queria  aceptar  por  suyo.  Y  asi  le  dixo  otras  co- 
sas que  en  la  carta  auia  de  dezir  de  las  que  más 
hazian  a  su  proposito.  Argasto  puso  tan  buena 
diligencia  en  lo  que  le  rogó,  que  huno  de  Arsileo 
la  carta,  importunado  de  sus  ruegos,  de  la 
misma  manera  que  el  otro  pastor  se  la  pidió. 
Pues  como  Arsenio  le  uiese  muy  al  proposito  de 
lo  que  él  deseaua,  tuuo  manera  cómo  uiniese  a 
mis  manos,  y  por  ciertos  medios  que  de  su 
parte  huno,  yo  la  recebi  (aunque  contra  mi 
noluntad)  y  vi  que  dezia  desta  manera. 

CARTA    DB    ARSENIO 

Pastora,  cuya  uentura 
Dios  quiera  que  sea  tal, 
qne  no  uenga  a  emplear  mal 
tanta  gracia  y  hermosura, 
y  cuyos  mansos  corderos, 
y  orejuelas  almagradas 
Teas  crecer  a  manadas 
por  cima  destos  oteros. 

Oye  a  un  pastor  desdichado, 
tan  enemigo  de  si, 
quanto  en  perderse  por  ti, 
se  halla  bien  empleado; 
buelue  tus  sordos  oydos, 
ablanda  tu  condición, 
y  pon  ya  esse  coraQon 
en  manos  de  los  sentidos. 

Buelue  esos  crueles  ojos 
a  este  pastor  desdichado, 
descuydate  del  ganado, 
piensa  un  poco  en  mis  enojos, 
haz  ora  algún  mouimiento, 
y  dexa  el  pensar  en  ál, 
no  de  remediar  mi  mal, 
mas  de  uer  como  lo  siento. 

¡Qnantas  uezes  has  venido, 
al  campo  con  tu  gauado, 
y  qnantas  uezes  al  prado, 
los  corderos  has  traydo! 
Que  no  te  diga  el  dolor, 
que  por  ti  me  buelue  loco, 
mas  ualeme  esto  tan  poco, 
qne  encubrillo  es  lo  mejor. 

ORÍQSMBS   OB   LA   NOVELA. -19 


¿Con  qué  palabras  díre, 
lo  que  por  tu  causa  siento, 
o  con  qué  conos^imiento 
se  conos^era  mi  fe? 
¿qué  sentido  bastará, 
aunque  yo  mejor  lo  diga, 
para  sentir  la  fatiga 
que  a  tu  causa  amor  me  da? 

¿Porqué  te  escondes  de  mi, 
pues  conosces  claramente, 
que  estoy  quando  estoy  presente, 
muy  más  absenté  de  ti? 
quanto  a  mi  por  suspenderme, 
estando  adonde  tú  estes, 
quanto  a  ti  porque  me  uees, 
y  estás  muy  lexos  de  uerme. 

Sabesme  tan  bien  mostrar 
quando  engañarme  pretendes, 
al  reucs  de  lo  que  entiendes, 
que  al  fíu  me  dexo  engañar: 
mira  sy  hay  que  querer  más, 
o  ay  de  amor  más  fundamento, 
que  biuir  mi  entendimiento 
con  lo  que  a  entender  le  das. 

Mira  este  estremo  en  que  estoy, 
uiendo  mi  bien  tan  dudoso, 
que  ñengo  a  ser  embidioso 
de  cosas  menos  que  yo: 
al  aue  que  lleua  el  uiento, 
al  pcsce  en  la  tempestad, 
por  sola  su  libertad 
daré  yo  mi  entendimiento. 

Veo  mil  tiempos  mudados, 
cada  dia  hay  nouedades, 
mndanse  las  voluntades, 
rebinen  los  oluidados, 
en  toda  cosa  hay  mudanza, 
y  en  ti  no  la  vi  jamás, 
y  en  esto  solo  nerás 
quan  en  balde  es  mi  esperanza. 

Passauas  el  otro  dia 
por  el  monte  repastando, 
sospiré  imaginando, 
que  en  ello  no  te  offendia: 
al  sospiro,  al9Ó  un  cordero 
la  cabera,  lastimado: 
y  arrojastele  el  cayado, 
ved  qué  coraron  de  azero. 

¿No  podrías,  te  pregunto, 
tras  mil  años  de  matarme, 
solo  un  dia  remediarme, 
o  si  es  mucho,  un  solo  punto? 
hazlo  por  uer  como  prueuo, 
o  por  uer  si  con  fauores 
trato  mejor  los  amores, 
después  mátame  de  nueao. 

Desseo  mudar  estado, 
no  de  amor  a  desamor, 
mas  de  dolor  a  dolor, 


290 


orígenes  de  la  novela 


7  todo  en  nn  mismo  grado: 
7  aunque  fuesse  de  una  saerte 
el  mal,  qnanto  a  la  8nbstan9Ía, 
que  en  sola  la  circunstancia 
íuesse  más,  o  menos  fuerte. 

Que  podría  ser  señora, 
que  vna  circunstancia  nueua 
te  dicsse  de  amor  más  prueoa, 
que  te  he  dado  hasta  agora, 
7  a  quien  no  le  due  e  rn  mal, 
ni  ablanda  un  firme  querer, 
podría  qui^a  doler 
otro  que  no  fuesse  tal. 

Vas  al  rio,  uas  al  prado, 
7  otras  uezes  a  la  fuente, 
70  pienso  mu7  diligente, 
si  es  7a  7da,  o  si  ha  tomado, 
si  se  enojará  si  707, 
si  se  burlará  si  quedo, 
como  me  lo  estorba  el  miedo, 
▼ed  el  estremo  en  que  esto7. 

A  Siluia  tu  gran  amiga 
vó  a  buscar  medio  mortal, 
por  si  a  dicha  de  mi  mal, 
le  has  dicho  algo,  me  lo  diga: 
mas  como  no  habla  en  ti, 
digo  que  esta  cruda  fiera, 
no  dize  a  su  compañera, 
ninguna  cosa  de  mi. 

Otras  uezes  acechando 
de  noche  te  ueo  estar, 
con  gracia  mu7  singular 
mil  cantáronlos  cantando: 
pero  buscas  los  peores, 
pues  los  070  uno  a  uno, 
7  jamás  te  070  ninguno 
que  trate  cosa  de  amores. 

Vite  estar  el  otro  día 
hablando  con  Madalena, 
contauate  ella  su  pena, 
ozala  fuera  la  mia: 
pense  que  de  su  dolor, 
consolaras  a  la  triste, 
7  riendo  le  respondiste: 
es  burla,  no  ha7  mal  de  amor. 

Tú  la  dexaste  llorando, 
70  llegúeme  luego  alli, 
qnexoseme  ella  de  ti: 
respondilc  sospirando: 
no  te  espantes  desta  fiera, 
porqne  no  está  su  plazer 
en  solo  ella  no  querer, 
sino  en  que  ninguna  quiera. 

Otras  uezes  te  ueo  70 
hablar  con  otras  zagalas, 
todo  es  en  fiestas  7  galas, 
en  quien  bien  o  mal  ba7l<l!, 
fulano  tiene  buen  ayre, 
fulano  es  yapateador, 


8i  te  tocan  en  amor 
echaslo  luego  en  donayre. 

Pues  guarte,  7  bine  contento, 
que  de  amor  7  de  uentura 
no  ha7  cosa  menos  segara, 
que  el  coracon  más  exempto: 
7  podría  Rer  ansí 
que  el  crudo  amor  te  entregasse, 
a  pastor  que  te  tratasse 
como  me  tratas  a  mi. 

Mas  no  quiera  Dios  que  sea, 
si  ha  de  ser  a  costa  tu7a, 
7  mi  uida  se  destru7a 
primero  que  en  tal  te  uea: 
que  un  coraron  que  en  mi  pecho 
está  ardiendo  en  fuego  estraño, 
más  temor  tiene  a  tu  daño, 
que  respecto  a  tu  prouecho. 

Oon  grandissimas  maestras  de  tristeza,  7  de 
coraron  mu7  de  aeras  lastimado,  relatana  la 
pastora  a  Belisa  la  carta  de  Arsenio,  6  por 
mejor  dezir,  de  Arsileo  su  hijo:  parando  en 
muchos  uersos  7  díziendo  algunos  dellos  dos 
nezes:  7  a  otros  boluiendo  los  ojos  al  cielo,  con 
una  ansia  que  parescia  que  el  coracon  se  le 
arrancaua.  Y  prosiguiendo  la  historia  triste  de 
sus  amores,  les  dez!a:  Esta  carta  (o  hermosas 
Nimpbas)  fue  principio  de  todo  el  mal  del  triste 
que  la  compuso,  7  fin  de  todo  el  descanso  de  la 
desdichada  a  quien  se  escríuió.  Porque  aaien- 
dola  70  le7do,  por  cierta  diligoncia  que  en  mi 
sospecha  me  hizo  poner,  entendi  que  la  carta 
aula  procedido  más  del  entendimiento  del  hijo, 
que  de  la  affícion  del  padre.  Y  porque  el  tiempo 
se  Uegana  en  que  el  amor  me  auia  de  tomar 
caenta  de  la  poca  que  hasta  entonces  de  sus 
ef  fectos  auia  hecho,  o  porque  en  fin  haaia  de 
ser,  70  me  senti  un  poco  más  blanda  qae  de 
antes:  7  no  tan  poco  que  no  diese  lugar  a  que 
amor  tomasse  possession  de  mi  libertad.  Y  fue 
la  ma7or  nouedad  que  jamás  nadie  aio  en  amo- 
res lo  que  este  t7rano  hizo  en  mí,  paes  no  tan 
solamente  me  hizo  amar  a  Arsileo,  mas  aun  a 
Arsenio  su  padre.  Verdad  es  que  al  padre  amaos 
70  por  pagarle  en  esto  el  amor  que  me  tenia,  7 
al  hijo  por  entregalle  mi  libertad,  como  desde 
aquella  hura  se  la  entregué.  De  manera  qae  al 
uno  araaua  por  no  ser  ingrata,  7  al  otro  por  no 
ser  más  en  mi  mano.  Pues  como  Arsenio  me 
sintiesse  algo  más  blanda  (cosa  que  él  tantos 
dias  auia  que  desseaua),  no  huno  cosa  en  la 
uida  que  no  la  hiziesse  por  darme  contento: 
porqne  los  presentes  eran  tantos,  las  jo7as  7 
otras  muchas  cosas,  que  a  mi  pesaua  uermc 
puesta  en  tanta  obligación.  Con  cada  cosa  que 
me  enibiaua,  nenia  un  recaudo  tan  enamorado, 
como  él  lo  estaña.  Yo  le  respondía  no  mostrán- 
dole señales  de  gran  amor,  ni  tan  poco  me  mos- 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


2D1 


trana  tan  esqtiiaa  como  solia.  Mas  el  amor  de 
Arsíleo  cada  dia  se  arraigaua  mas  en  mi  cora- 
ron, 7  de  manera  me  occnpaua  los  sentidos, 
que  no  dezaua  en  mi  anima  lugar  ocioso.  S ac- 
cedió, pues,  que  una  noche  dol  uerano,  estando 
en  conuer8a9Íon  Arsenio  j  Arsileo  con  algunos 
uezinos  sujos  debaxo  de  un  fresno  muy  gran- 
de, que  en  rna  pla9uela  estaua  de  frente  de  mi 
posada,  comento  Arsenio  a  loar  mucho  el  tañer 
y  cantar  de  su  hijo  Arsílec,  por  dar  occasion  a 
que  los  que  con  él  estañan  le  rogassen  que  em- 
biasse  por  una  harpa  a  casa,  y  que  alli  tañesse. 
porque  estaua  en  pajte  que  yo  por  fner9a  auia 
de  gozar  de  la  música.  Y  como  él  lo  pensó,  assi 
le  uino  a  suc^eder,  porque  siendo  de  los  presen- 
tes importunado,  embiaron  por  la  harpa  y  la 
música  se  ( omento.  Qaando  yo  oi  a  Arsileo  y 
senti  la  melodía  con  que  tañia,  h\  soberana 
gracia  con  que  cantaua,  luego  estuue  al  cabo  de 
lo  que  podia  ser:  entendiendo  que  su  padre  me 
quería  dar  música,  y  enamorarme  con  las  gra- 
cias del  hijo.  Y  dize  entre  mi:  lAy,  Arsenio, 
que  no  menos  te  engañas  en  mandar  a  tu  hijo 
que  cante,  para  que  yo  le  oyga,  que  embiarme 
carta  escríta  de  su  manol  A  lo  menos  si  lo  que 
dello  te  ha  de  succeder,  tú  supiesses,  bien  po- 
drías amonestar  de  oy  más  a  todos  los  enamora- 
dos, que  ninguno  fuesso  osado  de  enamorar  a 
su  dama  con  gra9¡as  agcnas:  porque  algunas 
uezes,  suele  acontes^er  enamorarse  más  la  dama 
del  que  tiene  la  gra9¡a,  que  del  que  se  aproue- 
cha  de  ella,  no  siendo  suya.  A  este  tiempo  el  mi 
Arsileo,  con  una  gra9ia  nunca  oyda,  comen9Ó  a 
cantar  estos  nersos: 

Soneto. 

En  este  claro  sol  que  resplande896 
en  esta  perfe9Íon  (')  sobre  natura, 
en  esa  alma  gentil,  esa  figura 
que  alegra  nuestra  edad,  y  la  enrriqneze 
h[ay  luz  que  ziegb,  rostro  que  enmude9e, 
pequeña  piedad,  gran  hermosura, 
palabras  blandas,  condÍ9Íon  muy  dura, 
mirar  que  alegra  y  TÍsta  que  entri8te9e. 

Por  eso  estoy,  señora,  retirado, 
por  eso  temo  yer  lo  que  deseo, 
por  eso  paso  el  tiempo  en  contemplarte. 

Estraño  caso,  efecto  no  pensado, 
que  vea  el  maior  bien  quando  te  reo, 
y  tema  el  mayor  mal  si  yo  a  mirarte. 

Después  que  huno  cantado  el  soneto  que  os 
he  dicho,  comenzó  a  cantar  esta  can9Íon,  con 
gra9ia  tan  estremada,  que  a  todos  los  q^e  lo 
oian,  tenia  suspensos,  y  a  la  triste  de  mi  más 
presa  de  sus  amores  que  nunca  nadie  lo  estuyo. 


Al9é  los  ojos  por  veros, 
baxelos  después  que  os  vi, 
porque  no  ay  pasnar  de  alli, 
ni  otro  bien  sino  quereros. 

¿Que  más  gloria  que  miraros, 
si  os  entiende  el  que  os  miró? 
Porque  nadie  os  entendió  - 
que  canse  de  contemplaros. 

Y  aunque  no  pueda  entenderos, 
como  yo  no  os  entendi, 

estará  fuera  de  sí, 

quando  no  muera  por  veros. 

Si  mi  pluma  otras  loaua 
ensayóse  en  lo  menor, 
pues  todas  son  borrador 
de  lo  que  en  vos  trasladaua. 

Y  si  antes  de  quereros, 
por  otra  alguna  escreui, 
creed  que  no  es  porque  la  u¡, 
mas  porque  esperaua  ñeros. 

Mostróse  en  vos  tan  subtil 
naturaleza  y  tan  diestra, 
que  una  sola  fayíon  vuestra 
harú  hermosas  9ien  mil. 

La  que  llega  a  pareceros 
en  lo  menos  que  en  vos  vi, 
ni  puede  pasar  de  alli 
ni  el  que  os  mira  sin  quereros. 

Quien  ve  qnal  os  hizo  Dios, 
y  uee  otra  mui  hermosa, 
parece  que  vee  una  cosa, 
que  en  algo  quiso  ser  vos. 

Mas  si  os  vee  como  ha  de  veros 
y  como  señora  os  vi, 
no  hay  comparagi  u  alli, 
ni  gloria,  sino  quereros. 

No  fue  solo  esto  lo  que  Arsileo  aquella  no- 
che al  son  de  su  harpa  cantó.  Asi  como  Orfeo 
al  tiempo  que  fue  en  demanda  de  su  ninfa  Euri- 
dice,  con  el  snabe  canto  enterne9Ía  las  furias  in- 
fernales, suspendiendo  por  gran  espacio  la  pena 
de  los  dañados  ('):  asi  el  mal  logrado  man9ebo 
Arsileo,  suspendía,  y  ablandaua,  no  solamente 
los  cora9ones  de  los  que  presentes  estañan,  mas 
aun  a  la  desdichada  BelÍ8a,que  desde  una  ayotea 
alta  de  mi  posada  le  estaua  con  grande  aten- 
ción (*)  oyendo.  Y  assi  agradaua  al  9ÍeIo,  estre- 
llas y  a  la  clara  luna,  que  cnton9es  en  su  uigor  y 
fuer9a  estaua,  que  en  qualquiera  parte  que  yo 
enton9es  ponía  los  ojos,  pare9e  que  me  aniones* 
taua  que  le  quisiesse  más  que  a  mi  uída.Mas  no 
era  menester  amonestármelo  nadie,  porque  si 
yo  enton9es  de  todo  el  mundo  fuera  señora  me 
páresela  muy  poco  para  ser  suya.  Y  desde  alli, 
propuse  de  tenelle  encubierta  esta  noluntad  lo 

(•)  V.,  dnñ09, 

(')  V.,  atr^uimiento. 


292 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


menos  que  yo  pudiesse.  Toda  aqaella  noche 
estuuc  pensando  el  modo  que  teruia  en  descu- 
brille  mi  mal,  de  suerte  que  la  uerguen^a  no 
regibiessc  daño,  aunque  quando  este  no  hallara, 
no  me  estoruara  el  de  la  muerto.  Y  como  quando 
ella  ha  de  uenir,  las  occasiones  tengan  tan  gran 
cuydado  de  quitar  los  medios  que  podrían  im- 
pedilla,  el  otro  dia  adelante,  con  otras  donze- 
lias  mis  uezinas  me  fue  forjado  yr  a  un  bosque 
etpesso.en  medio  del  qual  auiauna  clara  fuente, 
adonde  las  mas  de  las  siestas  Ucuauamos  las 
uacas,  assi  porque  alli  pasciesscn,  como  para 
que  uenida  la  sabrosa  y  fresca  tarde  cogiesse- 
mos  la  leche  de  aquel  dia  siguiente,  con  que  las 
mantecas,  natas  y  quesos  se  auian  de  hazer. 
Pues  estando  yo  y  mis  compañeras  assentadas 
en  torno  de  la  fuente,  y  nuestras  vacas,  echa- 
das a  la  sombra  de  los  vmbrosos  y  sihiestres 
arboles  de  aquel  soto,  lamiendo  los  pequeüuolos 
bezerrillos,  que  juntos  a  ellas  estañan  tendidos, 
una  de  aquellas  amigas  mias  (bien  descuydada 
del  amor  que  en  tonyes  a  mi  me  hazia  la  guerra) 
me  importunó,  so  pena  de  jamás  ser  hecha  cosa 
de  que  yo  gustasse,  que  tuuiese  por  bien  de  en- 
tretener el  tiempo  cantando  y  na  canción.  Poco 
me  valieron  escusas,  ni  dezilles  que  los  tiempos 
y  ocasiones  no  eran  todos  vnos,  para  que  de  xas- 
se  de  hazer  lo  que  con  tan  grande  instancia  me 
roganan,  y  al  son  de  vna  9ampoña,  que  la  vna 
dellas  comentó  a  tañer,  yo  triste  comen9e  a 
cantar  estos  versos: 

Passaua  amor  su  arco  desarmado 
los  ojos  baxos,  blando  y  muy  mtxlesto, 
dezauame  ya  atrás  nmy  descuydado. 

Quán  poco  espa9Ío  pude  gozar  esto; 
fortuna  de  embidiosa  dixo  luego: 
teneos  amor,  ¿porque  passays  tan  presto? 

Boluió  de  presto  a  mi  sh{íiq\  niño  yi^g^^ 
muy  enojado  en  verse  reprendido: 
que  no  ay  reprehensión,  do  está  su  fuego. 

Estaña  yiego  amor,  mas  bien  me  vido: 
tan  yiego  le  vea  yo,  que  a  nadie  vea, 
que  ansí  yegó  mi  alma  y  mi  sentido. 

Vengada  me  vea  yo  de  quien  dessea 
a  todos  tanto  mal  que  no  consiente 
vn  solo  coraron  que  libre  sea. 

El  arco  armó  el  traydor  muy  l)reueuiente, 
no  me  tiró  con  xara  enerbolada, 
que  luego  puso  en  él  su  flecha  ardiente. 

Tomóme  la  fortuna  desarmada, 
que  nunca  suele  amor  hazer  su  hei'ho, 
sino  en  la  más  esscnta  y  'descuydada. 

Rompió  con  su  saeta  un  duro  pecho, 
rompió  una  libertad  jamás  subiecta, 
quedé  tendida,  y  él  muy  satisfecho. 

¡Ay  uida  libre,  sola,  y  muy  quieta! 
¡Ay  prado  visto  con  tan  libres  ojos! 
¡Mal  aya  amor,  su  arco  y  su  saeta! 


Seguid  amor,  seguilde  sus  antojos, 
venid  de  gran  descuido  a  vn  gran  cuydado, 
passad  de  un  gran  descanso,  a  mil  enojos. 

Vereys  quál  queda  un  coraron  cuytado: 
que  no  ha  mucho  que  estuuo  sin  sospecha 
de  ser  de  un  tal  tyrano  sojuzgado. 

Ay  alma  mia  en  lagrimas  desecha, 
sabed  suffrir,  pues  que  mirar  supistes: 
mas  si  fortuna  quiso,  ¿qué  aprouecha? 

A  y  tristes  ojos,  si  el  llamaros  tristes 
no  offende  en  cosa  alguna  el  que  mirastes, 
¿do  está  mi  libertad,  do  la  pusistes? 

Ay  prados,  bosques,  seluas  que  enastes 
tan  libre  corayon  como  era  el  mío, 
¿porque  tan  grande  (*)  mal  no  le  estomastes? 

¡O  apresurado  arroyo,  y  claro  rio, 
adonde  beuer  suele  mi  ganado 
inuierno,  primauera,  otoño,  estio! 

¿Porqué  me  has  puesto,  di,  a  tan  mal  recado, 
pues  solo  en  ti  ponía  mis  amores, 
y  en  este  ualle  ameno  y  uerde  prado? 

Aquí  burlaua  yo  de  mil  pastores, 
que  burlarán  de  mi,  quando  supieren, 
que  a  esperimentar  comíenyo  sus  dolores. 

No  son  males  de  amor  los  que  me  hieren, 
que  a  ser  de  solo  amor,  passallos  hía, 
como  otros  mil  que  en  fin  de  amores  mueren. 

Fortuna  es  quien  me  aflige  y  me  desuia 
los  medios,  los  caminos  y  ocasiones, 
para  poder  mostrar  la  pena  mia. 

¿Cómo  podra,  quien  causa  mis  passiones, 
si  no  las  sabe  dar  remedio  a  ellas? 
Mas  no  ay  amor  do  faltan  sinrazones. 

A  quanto  mal  fortuna,  trae  aquellas 
que  haze  amar,  pues  no  ay  quien  no  le  enfade 
ni  mar,  ni  tierra,  luna,  sol,  ni  estrellas. 

Sino  a  quien  ama,  no  ay  cosa  que  agrade, 
todo  es  assi,  y  assi  fuy  yo  mezquina, 
a  quien  el  tiempo  estoma  y  persuade. 

Cessad  mis  uersos  ya,  que  amor  se  indigna 
en  uer  quán  presto  del  me  estoy  quexando, 
y  ])¡do  ya  en  mis  males  medicina. 

Quexad,  mas  ha  de  ser  de  quando  en  quando, 
aora  tallad  uos,  pues  ucys  que  callo, 
y  quando  veys  (^ue  amor  se  ua  enfadando, 
cesHad,  que  no  es  remedio  el  enfadallo. 

A  las  Nimphas  y  pastores  parescieron  muy 
bien  los  versos  de  la  pastora  Belisa,  la  qual 
con  muchas  lagrimas  dezia,  prosiguiendo  la 
historia  de  sus  males:  Mas  no  estaña  muy  lexos 
de  alli  Arsileo  quando  yo  estos  uersos  cantaua, 
qu(>  auiendo  aquel  dia  salido  a  caya,  y  estando 
en  lo  más  espeso  del  bosque  passando  la  siesta, 
paresye  que  nos  oyó,  y  como  hombre  affí^iona- 
do  a  la  música,  se  Fue  su  passo  a  passo  entre 
una  espesura  de  arboles,  que  junto  a  la  fuente 

(*)  M.,  grave. 


DIANA  DE  GEOROE  DE  MOKTEMAYOR 


298 


éstauan:  porque  de  allí  mejor  nos  pudiesse  ojr. 
Pues  auiendo  ^ssado  nuestra  música,  él  se  niño 
a  la  fuente,  cosa  de  que  no  poco  sobresalto  re- 
yebi.  Y  esto  no  es  de  marauillar,  porque  de  la 
misma  manera  se  sobresalta  vn  corayon  enamo- 
rado, con  un  súbito  contentamiento,  que  con 
una  tristeza  no  pensada.  El  se  llegó  donde  es- 
tañamos sentadas,  y  nos  saludó  con  todo  el 
comedimiento  possible,  y  con  toda  la  buena 
crianya  que  se  puede  imaginar:  que  ucrdadera- 
mente  (hermosas  Nimphas)  quando  me  paro  a 
pensar  la  discreción,  grayia  j  gentileza  del  sin 
uentura  Arsileo,  no  me  paresye  que  fueron  sus 
hados  y  mi  fortuna  causa  de  que  la  nmerte  me 
lo  qnitasse  tan  presto  delante  los  ojos,  mas  an- 
tes fue  no  meresyer  el  mundo  gozar  más  tiempo 
de  un  moyo  a  quien  la  naturaleza  auia  dotado 
de  tantas  y  tan  buenas  partes.  Después  que 
como  digo,  nos  uno  saludado,  y  tuno  liyenyia 
de  nosotras,  la  qual  muy  comedidamente  nos 
pidió,  para  passar  la  siesta  en  nuestra  compa- 
ñia,  puso  los  ojos  en  mi  (que  no  deuiera)  y  que- 
dó tan  preso  de  mis  amores  como  después  se 
paresyio  en  las  señales  con  que  manifestaua  su 
mal.  Desdichada  de  mi  que  no  une  menester  yo 
de  mirallc  para  querelle,  que  tan  presa  de  sus 
amores  estaña  antes  que  le  uiessc  como  é\  estu- 
uo  después  de  auerme  uisto.  Mas  con  todo  esso, 
alyé  los  ojos  para  mirallc,  al  tiempo  que  alyaua 
los  suyos  para  uerme,  cosa  que  cada  uno  qui- 
siera dexarde  auer  hechoryoporque  la  uerguen- 
ya  me  castigó,  y  él  porque  el  temor  no  le  dcxó 
sin  castigo.  Y  para  dissimular  su  nueyo  mal, 
comenyó  a  hablarme  en  cosas  bien  diferentes  de 
las  que  él  me  quisiera  dezir,  yo  le  respondi  a 
algunas  dellas,  pero  más  cuidado  tenia  yo  en- 
tony-es  de  mirar,  si  en  los  mouiraientos  del  ros- 
tro, o  en  la  blandura  de  las  palabras  mostraua 
señales  de  amor,  que  en  respondelle  á  lo  que  me 
preguntaua.  Ansi  desseana  yo  entonyes  uelle 
sospirar,  por  me  confirmar  en  mi  sospecha: 
?omo  si  no  le  quisiera  más  que  a  mi.  Y  al  fin 
no  desseaua  uer  en  el  alguna  señal  que  no  la 
uiesse.  Pues  lo  que  con  la  lengua  alli  no  me 
pudo  dezir,  con  los  ojos  me  lo  dio  bien  a  enten- 
der. Estando  en  esto  las  dos  pastoras  que  con- 
migo estañan,  se  leuantaron  a  ordeñar  sus  va- 
cas: yo  les  rogné  que  me  escusassen  el  trabajo 
con  las  mías:  porque  no  me  sentia  buena.  Y  no 
fue  menester  rogárselo  más ,  ni  a  Arsileo  mayor 
occasion  para  dezirme  su  mal:  y  no  sé  si  se 
engañó,  imaginando  la  occasion,  porque  yo 
quería  estar  sin  compañía,  pero  sé  que  determi- 
nó de  aprouecharse de  ella.  Las  pastoras  anda- 
uan  occupadas  con  sus  vacas,  atándoles  sus 
mansos  bezerrillos  a  los  pies,  y  dcxandose  ellas 
engañar  de  la  industria  humana,  como  Arsileo 
tanbien  nueuamente  preso  de  amor  se  dexaua 
ligar  de  manera  que  otro  que  la  pressurosa 


muerte,  no  pudiera  dalle  libertad.  Pues  uiendo 
yo  claramente,  que  quatro  o  cinco  uezes  auia 
cometido  el  hablar,  y  le  auia  salido  en  uano  su 
comedimiento:  porque  el  miedo  de  enojarme  s^ 
le  auia  puesto  delante,  quise  hablarle  en  ofro 
proposito,  aunque  no  tan  lexos  del  suyo,  4'ue 
no  pudiesse  sin  salir  del,  dezirme  lo  (^'\  des- 
seaua. Y  assi  le  dixe:  Arsileo,  ¿hallaste  t^ien  en 
esta  tierra?  que  según  en  la  que  hasta  agqra  has 
estado,  aura  sido  el  entretenimiento  y  C'jnuer- 
sayion  diff érente  del  nuestro:  estraño  te  deues 
hallar  en  ella.  El  entonyes  me  respQ?idió:  no 
tengo  tanto  poder  en  mi,  ni  tiene  tanta  libertad 
mi  entendimiento,  que  pueda  res*)onder  a  essa 
pregunta.  Y  mudándole  el  prop'í'sito,  por  mos- 
tralle  el  camino  con  las  occasijnes  le  bolui  a 
dezir:  an  me  dicho,  que  ay  por  allá  muy  her- 
mosas pastoras,  y  si  esto  es  ansi,  quán  mal  te 
deuemos  parescerlas  de  por  acá.  De  mal  conos- 
cimiento  seria  (respopdió  Arsileo)  si  tal  confes- 
sasse:  que  puesto  caso,  que  allá  las  ay  tan  her- 
mosas como  t;é  han  dicho,  acá  las  ay  tan  anen- 
tajada«i,  i^zno  yo  las  he  uisto.  Lisonja  es  essa  , 
en  todo  el  mundo  (dixe  yo  medio  riendo)  mas 
con  todo  esto,  no  me  pesa  que  las  naturales  estén 
tan  adelante  en  tu  opinión,  por  ser  yo  una  dellas. 
Arsileo  respondió:  y  aun  essa  seria  harto  bas- 
tante causa,  quando  otra  no  uuiesse,  para  dezir 
lo  que  digo.  Assi  que  de  palabra  en  palabra,  me 
uino  a  dezir  lo  que  desseaua  oylle,  aunque  por 
entonyes  no  quise  dárselo  a  entender,  mas  antes 
le  rogué,  que  atajasse  el  paso  a  su  pensamiento. 
Pero  reyelosaque  estas  palabras  no  fuesen  causa 
de  resfriarse  en  el  amor  (como  muchas  uezes 
acaesce  que  el  desfauorescer  en  los  principios 
de  los  amores ,  es  atajar  los  passos  a  los  que 
comienyan  a  querer  bien)  bolui  a  templar  el 
desabrimiento  de  mi  respuesta,  diziendole:  Y  si 
fuere  tanto  el  amor  (o  Arsileo)  que  no  te  dé 
lugar  a  dexar  de  quererme,  en  lo  secreto:  por- 
que de  los  hombres  de  semejante  discreyion  que 
la  tuya,  es  tenello  aun  en  las  cosas  que  poco 
importan.  Y  no  te  digo  esto,  porque  de  una,  ni 
de  otra  manera  te  ha  de  aprouechar  de  más  que 
de  quedarte  yo  en  obligayion,  si  mi  consejo  en 
este  caso  tomares.  Esto  dezia  la  lengua,  mas 
otra  cosa  dezian  los  ojos  con  que  yo  le  miraua, 
y  echando  algún  sospiro  que  sin  mi  liyenyia 
daua  testimonio  de  lo  que  yo  sentia,  lo  qual 
entendiera  muy  bien  Arsileo,  si  el  amor  le  diera 
lugar.  Desta  manera  nos  despedimos,  y  después 
me  habló  muchas  uezes,  y  me  escriuio  machas 
cartas,  y  vi  muchos  sonetos  de  su  mano,  y  aun 
las  más  de  las  noches  me  dezia  cantando,  ai  son 
de  su  harpa,  lo  que  yo  llorando  le  escuchaua. 
Finalmente  que  venimos  cada  vno  a  estar  bien 
yertifícados  del  amor  que  el  vno  al  otro  tenía. 
A  este  tiempo,  su  padre  Arsenio  me  importu- 
naua  de  manera  con  sus  recaudos  y  presentes, 


294 


orígenes  de  la  novela 


^  ^  qae  jo  no  sabia  el  medio  que  tauiesse  para  de- 
fenderme del.  Y  era  la  más  estraña  cosa  qae  se 
I  rió  jamás:  pues  ansi  como  se  yua  más  acreácen- 
4ando  el  amor  con  el  hijo,  assi  con  el  padre  se 
yaa  más  estendiendo  el  affí^ion,  aunqne  no  era 
to¿to.^de  vn  metal.  Y  esto  no  me  daña  lugar  a 
dcsfaé^rescelle,  ni  a  dexar  de  re^ebir  sas  recau- 
dos Pres  viniendo  yo  con  todo  el  contenta- 
miento del  mundo,  y  riéndome  tan  de  veras 
amada  de  Arsileo,  a  quien  yo  tanto  queria,  pa- 
re69e  qae  la  fortuna  determinó  de  dar  fin  a  mis 
amores,  ^on  el  más  desdichado  suc^esso,  que 
jamás  en  ellos  se  ha  visto,  y  fue  desta  manera: 
que  anienJ^yo  con9ertado  de  hablar  con  mi 
Arsileo  vna  náche,  que  bien  noche  fue  ella  para 
mi:  pues  nunca^snpe  después  acá,  qué  cosa  era 
dia,  concertamosiqne  él  entrase  en  una  huerta 
de  mi  padre,  y  yo  Sesde  vna  ventana  de  mi  apo- 
sento, que  cuya  enfrcrtt-e  de  vn  moral,  donde  él 
se  podia  subir  pnr  estar  ^nás  perca,  nos  habla- 
riamos:  ¡ay  desdi  jhada  de  iwí^ue  no  acabo  de 
entender  a  qué  proposito  le  pus*^  en  este  peli- 
gro, pues  tolos  los  días,  aora  en  el  c^po,  aora 
en  el  rio.  aora  en  el  soto,  llevando  a  él  mis  vacas, 
aora  al  tiempo  que  las  traya  a  la  majada,  me 
pudiera  él  muy  bien  hablar,  y  me  hablaua  los 
más  de  los  dias.  Mi  desuentura  fue  causa  que 
la  fortuna  se  pagasse  del  contento,  que  hasta 
entonces  me  auia  dado,  con  hazerme  que  toda 
la  uida  biuiesse  sin  él.  Pues  ueuida  la  hora  del 
concierto  y  d  '1  fin  de  sus  dias,  y  principio  de 
mi  desconsuelo,  vino  Arsileo  al  tiempo,  y  al 
lugar  concertado,  y  estando  los  dos  hablando, 
en  lo  que  puede  considerar  quien  algún  tiempo 
ha  querido  bien,  el  desuentnrado  de  Arsenio  ku 
padre,  las  más  de  las  noches  me  rondana  la 
calle  (que  aun  si  esto  se  me  acordara,  mas  qni- 
tomi'lo  mi  desdicha  de  la  memoria,  no  le  con- 
sintiera yo  ponerse  en  tal  peligro);  pnro  asi  se 
me  oluidó,  como  si  yo  no  lo  supiera.  Al  fin  que 
él  acertó  a  venir  aquella  hora  por  alli,  y  sin  que 
nosotros  pudicssemos  velle,  ni  oylle,  nos  vio  él, 
y  conospió  ser  yo  la  que  a  la  ventana  estaña, 
mas  no  entendió  que  era  su  hijo  el  que  estaña 
en  el  moral,  ni  aun  pudo  sospechar  quien  fuesse, 
que  esta  fue  la  causa  principal  de  su  mal  suc- 
cesso.  Y  fue  tan  grande  su  enojo,  que  sin  sen- 
tido alguno  se  fue  a  su  posada,  y  armando  una 
ballesta,  y  poniéndola  vna  saeta  muy  llena  de 
venenosa  yerna,  seuino  al  lugar  do  estañamos, 
y  supo  tan  bien  acertar  a  su  hijo,  como  sino  lo 
fuera.  Parque  la  saeta  le  dio  cu  el  coraron,  y 
luego  cayó  nmerto  del  árbol  abaxo,  diziendo: 
lAy  Belisa,  quán  poco  lugar  me  da  la  fortuna 
para  seruirte,  como  yo  desseaua!  Y  aun  esto  no 
pudo  acabar  de  dezir.  El  desdichado  padre  que 
con  estas  palabras  conosció  ser  homicida  de 
Arsileo  su  hijo,  dixo  con  una  boz  como  de 
hombre  desesperado:  ¡Desdichado  de  mi,  si 


eres  mi  hijo  Arsileo  que  en  la  boz  no  pareares 
otro!  Y  como  Uegasse  a  él,  y  con  la  lana  que 
en  el  rostro  le  daua  le  deuisasse  bien  y  le  ha- 
llase que  auia  espirado,  dixo:  O  cruel  Belisa, 
pues  que  el  sin  ventara  mi  hijo,  por  ta  causa,  de 
mis  manos  ha  sido  muerto,  no  es  justo  qne  el 
desuentnrado  padre  quede  con  la  vida.  Y  sa- 
cando su  misma  espada,  se  dio  por  el  coraron 
de  manera  que  en  un  punto  fue  muerto.  O  des- 
dichado caso,  o  cosa  jamás  oida  ni  vista.  ¡O 
escándalo  grande  para  los  oydos,  que  mi  desdi- 
chada historia  oyeren,  o  desuenturada  Belisa, 
que  tal  pudieron  uer  tus  ojos,  y  no  tomar  el 
camino  que  padre  y  hijo  por  tu  causa  tomaron! 
No  paresciera  mal  tu  sangre  mixturada  con  la 
de  aquellos  que  tanto  desseauan  seruirte.  Pues 
como  yo  mezquina  ui  el  desauentnrado  caso, 
sin  más  pensar,  como  muger  sin  sentido,  me  sali 
de  casa  de  mis  padres,  y  m^  uine  importunando 
con  quexas  al  alto  pielo,  y  inñamando  el  ayre 
con  sospiros,  a  este  triste  lugar  (quexandome 
de  mi  fortuna ,  maldiziendo  la  muerte  que  tan 
en  broue  me  auia  enseñado  a  sufrir  sns  tiros) 
adonde  ha  seys  meses  que  estoy  sin  aaer  uisto, 
ni  hablado  con  ¡tersona  alguna,  ni  procurado 
uerla.  Acabando  la  hermosa  Belisa  de  contar 
su  infelice  historia,  comenpo  a  llorar  tan  ama^ 
gañiente,  que  ninguno  de  los  que  alli  estauan, 
pudieron  dexar  de  ayudarle  con  sus  lagrimas. 
Y  ella  prosiguiendo  dezia:  Esta  ea  (hermosas 
Nimphas)  la  triste  historia  de  mis  amores,  y 
del  desdichado  sucpesso  dellos,  ved  si  este  mal 
es  de  los  que  el  tiempo  puede  curar?  ¡  Ay  Arsi- 
leo, quantas  vezes  tenii,  sin  pensar  lo  que  temia! 
mas  quien  a  su  temor  no  quiere  creer,  no  se 
espante,  quando  vea  lo  que  ha  temido,  que  bien 
sabia  yo  que  no  podiades  dexar  de  encontraros, 
y  que  mi  alegría  no  auia  de  durar  más  que  basta 
que  su  padre  Arsenio  sintiesse  nuestros  amo- 
res. Pluguiera  a  Dios  que  assi  fuera  que  el 
mayor  mal  que  por  esso  me  pudiera  hazer  faera 
desterrarte:  y  mal  que  con  el  tiempo  se  cura, con 
poca  diffícultad  puede  suffrirse.  ¡Ay  Arsenio, 
que  no  me  esterna  la  muerte  de  tu  hijo  dolerme 
de  la  tuya,  que  el  amor  que  continuo  me  mons- 
traste,  la  bondad  y  limpieza  con  que  me  qui- 
siste, las  malas  noches  que  a  causa  mia  passas- 
te,  no  sufíre  menos  si  no  dolerme  de  tu  desas- 
trado fin:  que  esta  es  la  hora  que  yo  fuera  casada 
contigo,  si  tu  hijo  a  esta  tierra  no  uiniera! 
Dezir  yo  que  entonces  no  te  quería  bien  seria 
engañar  el  mundo,  que  en  ñn  no  hay  muger  que 
entienda  que  es  uerdaderamente  amada,  qae  no 
quiera  poco  o  mucho,  aunque  de  otra  manera 
lo  dé  a  entender:  ay  lengua  mia,  callad  que  más 
aueys  dicho  de  lo  que  os  an  preguntado.  ¡  O  her- 
mosas Nimphas!  perdonad  si  os  he  sido  impor- 
tuna, que  tan  grande  desuentura  como  la  mia 
no  se  puede  contar  con  pocas  palabras.  En 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMATOR 


395 


bo  la  pastora  contana  lo  qne  ane3'8  oydo, 
o,  Sylaano,  Sehiaaia,  y  la  hermosa  Felis* 
,  j  aan  las  tres  Nimphas  fueron  poca 
para  oylla  sin  lagrimas:  annqne  las  Ním- 
como  las  qne  de  amor  no  auian  sido  toca- 
sintieron  como  mujeres  su  mal,  mas  no 
rcunstan^ias  del.  Pues  la  hermosa  Dorída 
oque  la  desconsolada  pastora  no  cesaua 
argo  llanto,  la  comen90  a  hablar  diziendo: 
m,  hermosa  Bel  isa,  tus  lagrimas,  pues 
el  poco  remedio  dellas:  mira  que  dos  ojos 
istan  a  llorar  tan  graue  mal.  Mas  qué 
puede  auer,  qne  no  se  acabe,  o  acabe  al 
o  que  lo  pades^e?  Y  no  me  tengas  por  tan 
][ue  piense  consolarte,  mas  a  lo  menos  po- 
mostrarte  el  camino  por  donde  pudiesse 
i  poco  aliuiar  tu  pena.  Y  para  esto  te 
),  que  uengas  en  nuestra  compafiia,  ansi 
te  no  es  cosa  justa  que  tan  mal  gastes  la 
porque  adonde  te  llenaremos  podras  esco- 
a  qne  quisieres,  y  no  aura  persona,  que 
lalía  pueda.  La  pastora  respondió:  lugar 
ire9Ía  este  harto  conTcniente  para  llorar 
al  y  acabar  en  él  la  uida:  la  qnal  si  el 
»o  no  me  haze  más  a^rauios  de  los  hechos, 
ue  ser  muy  larga.  Mas  ya  que  tu  uolun- 
i  essa,  no  determino  de  salir  della  en  solo 
mto:  y  de  oy  mas  podéis  (hermosas  Nim- 
>  usar  de  la  mía,  según  a  las  nuestras  les 
^iere.  Mucho  le  agrades9Íeron  todos  aue- 
on^edido  de  irse  en  su  compafiia.  Y  por- 
a  eran  más  de  tres  horas  de  la  noche  aun- 
i  Inna  era  tan  clara,  qne  no  echanan  me- 
i\  dia  penaron  de  lo  que  en  sus  turrones 
istores  trayan,  y  después  de  haber  penado, 
yno  escogió  el  lugar  de  qne  más  se  con- 
,  passar  lo  que  de  la  noche  les  quedana. 
lal  los  enamorados  passaron  con  más  la- 
is  que  sueño,  y  los  qne  no  eran  reposaron 
knBan9Ío  del  dia. 

Fin  del  tergero  libro. 


LIBRO    CUARTO 

LA  DIANA  DB  OEOROE  DE  UONTEMAYOR 

.  la  estrella  del  alna  comen^ana  a  dar  su 
imbrado  resplandor,  y  con  su  luz  los  dul- 
lysefiores  embiauan  a  las  nnues  el  suane 
,  quando  las  tres  Nimphas  con  su  enamo- 
^ompañia,  se  partieron  de  la  islcta,  donde 
%  su  triste  nlia  passaua.  La  qnal  aunque 
más  consolada  en  connersa^ion  de  las 
ras  y  pastores  enamorados,  todania  le 
liaba  el  mal  de  manera  que  no  hallaua  re- 
>,  para  dezar  de  sentillo.  Cada  pastor  le 


con  tana  sn  mal,  las  pastoras  le  dañan  cuenta 
de  sus  amores,  por  ner  si  seria  parte  para  ablan* 
dar  su  pena.  Mbs  todo  consuelo  es  escusado, 
quando  los  males  son  sin  remedio.  La  dama 
disimulada  yna  tan  contenta  de  la  hermosura  y 
buena  gra9Ía  de  Belisa,  qne  no  se  hartaua  de 
pregnntalle  cosas,  aunque  Belisa  se  hartaua  de 
responderle  a  ellas.  Y  era  tanta  la  connersa- 
9Íon  de  las  dos,  que  casi  ponia  embidia  a  loa 
pastores  y  pastoras.  Mas  no  nuieron  andado 
mucho,  quando  llegaron  a  nn  espesso  bosqne 
tan  lleno  de  sylueFtres  y  espessos  arboles,  qne  a 
no  ser  de  las  tres  Nimphas  guiadas,  no  pudie- 
ran dexar  de  perderse  en  él.  Ellas  ynan  delan- 
te por  una  muy  angosta  (')  senda,  por  donde  no 
podian  yr  dos  personas  juntas.  Y  auiendo  ydo 
qnanto  media  legua  por  la  espessura  del  bosqne, 
salieron  a  nn  muy  grande,  y  espa9Íoso  llano  en 
medio  de  dos  caudalosos  ríos,  ambns  9ercado8de 
muy  alta  y  nerde  arboleda.  En  medio  del  pares- 
9Ía  una  gran  casa  de  tan  altos  y  sobemios  edifí- 
9¡os,  qne  ponian  gran  contentamiento  a  los  que 
los  miranan,  porque  los  chapiteles  que  por  en9Í- 
ma  de  los  arboles  sobrepuja  uan,  dañan  de  si  tan 
gran  resplandor, qne  pare9Ían  hechosde  nnfinis- 
simo  cristal.  Antes  que  al  gran  pala9Ío  llegas- 
sen,  uieron  salir  del  mnchus  Nimphas  de  tan 
gran  hermosura,  qne  sería  impossible  podello 
dezir.  Todas  nenian  (^)  uestidas  de  telillas  blan- 
cas delicadas,  texidas  con  plata  y  oro  sotilissi- 
mamente,  sus  guirnaldas  de  flores  sobre  los  do- 
rados cabellos  qne  sueltos  trayan.  Detras  dellas 
nenia  una  dnefia,  que  según  la  grauedad  y  arte 
de  sn  persona,  páresela  muger  de  grandissimo 
respecto,  nestida  de  raso  negro,  arrimada  a  una 
Nimpha  muy  más  hermosa  qne  todas.  Quando 
nuestras  Nhimpas  llegaron,  fueron  de  las  otras 
re9ebidas,  con  muchos  abra90S,  y  con  gran  con- 
tentamiento. Como  la  duefia  llegasse,  las  tres 
Nimphas  le  besaron  con  grandissima  humildad 
las  manos,  y  ella  las  re9Íbio,  mostrando  muy 
gran  contento  de  sn  nenida.  Y  antes  qne  las 
Nimphas  le  díxessen  cosa  de  las  que  anian  pas- 
sado,  la  sabia  Felicia  (qne  asi  se  llamaua  la 
duefia)  dixo  contra  Felisniena:  hermosa  pasto- 
ra, lo  que  por  estas  tres  Nimphas  aneys  hecho 
no  se  puede  pagar  con  menos  que  con  tenerme 
obligada  siempre  a  ser  en  vuestro  fauor:  qne  no 
será  poco,  según  menester  lo  aneys,  y  pues  yo 
sin  estar  informada  de  nadie,  sé  quien  soys,  y 
adonde  os  llenan  nuestros  pensamientos,  con- 
todo lo  qne  hasta  agora  os  ha  suc9edido,  ya  en- 
tendereys  si  os  puedo  aprouechar  en  algo.  Pues 
tened  animo  firme,  qne  si  yo  bino  vos  nereys  lo 
que  desseays,  y  aunque  ayays  passado  algunos 
trabajos,  no  ay  cosa  qne  sin  ellos  alcan9ar  se 


8 


y.taiufvHa, 
'^  M.,  venir. 


2SÍ& 


orígenes  de  lá  novela 


Í>ueda.  La  hermosa  Felismena  se  maranilló  de 
as  palabras  de  Felicia,  j  queriendo  dalle  las 
gracias  que  a  tan  gran  promesa  se  deaian,  res- 
pondió: Djscreta  señora  mía  (pues  en  ñn  lo 
auejs  de  ser  de  mi  remedio)  quando  de  mi  par- 
te no  haya  mere<;im¡ento  donde  pueda  caber  la 
mer9ed  que  pensays  hazerme,  poned  los  ojos 
en  lo  que  a  vos  misma  deueys,  y  yo  quedaré 
sin  deuda,  y  nos  muy  bien  pagada.  Para  tan 
grande  merecimiento  como  el  vuestro  (dixo 
Felicia),  y  tan  extremada  hermosura,  como  na- 
turaleza os  ha  concedido,  todo  lo  que  por  nos 
se  puede  hazer  es  poco.  La  dama  se  abaxó  en- 
tonces por  besalle  las  manos,  y  Felicia  la  abra<;(S 
con  grandissimo  amor,  y  boluiendose  a  los  pas- 
tores y  pastoras,  les  dixo:  animosos  pastores  y 
discretas  pastoras,  no  tengays  miedo  a  la  per- 
seuerencia  de  nuestros  males,  pues  yo  tengo 
onenta  con  el  remedio  dellos.  Las  pastoras  y 
pastores  le  besaron  las  manos,  y  todos  juntos 
se  fueron  al  snmptuoso  palacio,  delante  del 
qual  estaua  una  gran  placa  cercada  de  altos 
acipreses  todos  puestos  muy  por  orden,  y  toda 
la  pla^a  era  enlosada  con  loi^s  de  alabastro  y 
marmol  negro,  a  manera  de  axedrez.  En  medio 
della  auia  una  fuente  de  marmol  jaspeado,  so- 
bre qnatro  muy  grandes  leones  de  bronce.  En 
medio  de  la  fuente  estaua  una  columna  de  jas- 
pe, sobre  la  qual  quatro  Nimphas  de  marmol 
blanco  tenian  sus  assientos.  Los  bracos  tenian 
aleados  en  alto,  y  en  las  manos  sendos  uasos 
hechos  a  la  romana.  De  los  quales   por  vnas 
bocas  de  leones  que  en  oUos  auia,  echauan  agua. 
La  portada  del  Palacio  era  de  marmol  serrado 
con  todas  las  basas,  y  chapiteles  de  las  colum- 
nas dorados.  Y  ansi  mismo  las  vestiduras  de 
las  imágenes  que  en  ellos  auia.  Toda  la  casa  pa- 
rescia  hecha  de  reluziente  jaspe  con  muchas  al- 
menas, y  en  ellas  esculpidas  algunas  figuras  de 
Emperadores,  y  matronas  Romanas,  y  otras 
antiguallas  semejantes.  Eran  todas  las  ventanas 
Cada  vna  de  dos  arcos,  las  c^^iraduras  y  clava- 
zón de  plata,  todas  las  puertas  de  cedro.  La 
casa  era  quadrada,  y  a  cada  canto  auia  una 
muy  alta,  y  artificiosa  torre.  En  llegando  la 
aportada,  se  pararon  a  mirar  su  estraña  he- 
chura, y  las  imágenes  que  en  ella  auia,  que  más 
parescia  obra  de  naturaleza  que  de  arte,  ni  aun 
industria  humana,  entre  las  quales  auia  dos 
Nimphas  de  plata,  que  encima  de  los  chapiteles 
de  las  columnas  estauan,  y  cada  una  de  su  par- 
te tenian  una  tabla  de  alambre,  con  unas  letras 
de  oro,  que  dezian  desta  manera: 

Qvien  entra,  mire  bien  como  ha  biuido 
: .  y  q1  don  de  castidad,  si  le  ha  guardado, 
y  la  que  quiere  bien,  o  le  ha  querido, 
mire  si  a  causa  de  otro  se  ha  mudado, 
y  6i  la  fe  primera  no  ha  perdido. 


y  aquel  primer  amor  ha  consemado, 
entrar  puede  en  el  templo  de  Diana, 
cuya  virtud  y  gracia  es  sobrehumana. 

Qvando  esto  vuo  oydo  la  hermosa  Felismena 
dixo  contra  las  pastoras    Beliza   y  Selvagia. 
Bien  seguras  me  paresce  que  podemos  entrar 
en  este  snmptuoso  palacio  de  yr  contra  las  le- 
yes que  aquel  letrero  nos  pone.  Sireno  se  atra- 
uesso,  diziendo:  esso  no  pudiera  hazer  la  hermo- 
sa Diana  según  ha  ydo  contra  ellas,  y  aan  con- 
tra todas  las  que  el  buen  amor  manda  guardar. 
Felicia  dixo:  no  te  congoxes,  pastor,  qne  antes 
de  nmchos  dias  te  espantarás  de  auerte  congo- 
xado  tanto  por  essa  causa.  Y  trauados  de  las 
manos,  se  entraron  en  el  aposento  de  la  sabia  Fe- 
licia que  muy  ricamente  estaua  aderezado  de  pa- 
ños de  oro  y  seda  de  grandissimo  ualor.  Y  luego 
que  fueron  entradas,  la  cena  se  aparejó,  las  me- 
sas fueron  puestas,  y  cada  uno  por  su  orden  se 
sentaron  junto  a  la  gran  sabia  pastora.  Felis- 
mena y  las  Nimphas  tomaron  entre  si  a  los 
pastores  y  pastoras:  cuya  conuersacion  les  era 
en  extremo  agradable.  AUi  las  ricas  mesas  eran 
de  fino  cedro,  y  los  assientos  de  marfil,  con  pa- 
ños de  brocado;  muchas  tacas  y  copas  hechas 
de  diuersas  formas  y  todas  de  grandissimo  pre- 
cio,, las  unas  de  uidrio  artificiosamente  labrado, 
otras  de  fino  cristal,  con  los  pies  y  asas  de  oro: 
otras  de  plata,  y  entre  ellas  engastadas  piedras 
preciosas  de  grandissimo  ualor.  Fueron  seruidos 
de  tanta  diuersidad  y  abundancia  de  manjares, 
que  es  impossible  podello  dezir.  Después  de  al- 
eadas las  mesas  entraron  tres  Nhimphas  por  la 
sala,  una  de  las  quales  tañia  un  laúd,  otra  una 
harpa,  y  la  otra  un  salterio.  Yenian  todas  tocan- 
do sus  instrumentos,  con  tan  grande  concierto  y 
molodia,que  los  presentes  estauan  como  fuera  de 
si.  Pusiéronse  a  una  parte  de  la  sala,  y  los  pas- 
tores y  pastoras,  importunados  de  las  tres  Nim- 
phas, y  rogados  de  la  sabia  Felicia,  se  pusieron 
a  la  otra  parte  con  sus  rabeles  y  una  campoña, 
que  Seluagia  muy  dulcemente  tañia,  y  las  Nim- 
phas comenzaron  a  cantar  esta  canción,  y  los 
pastores  a  respondelles  de  la  manera  que  oy- 
reys. 

Nimphas. 

Amor  y  fortuna, 
autores  de  trabajo  y  sin  razones, 
más  altas  que  la  luna, 
pornan  las  afficiones, 
y  en  esse  mismo  extremo  la  passiones. 

Pastores, 

• 

No  es  menos  desdichado 
aquel  que  jamas  tuno  mal  de  amores, 
que  el  n)ás  enamorado, 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


297 


faltándole  favores, 

paes  los  que  sufren  más,  son  los  mejores. 

Nimphas. 

Si  el  mal  de  amor  no  fuera, 
contrario  a  la  razón,  como  lo  uemos, 
quÍ4^  que  os  lo  creyera; 
mas  uiendo  sus  extremos 
dichosa  las  que  del  huyr  podemos. 

Pastorea. 

Lo  más  dificultoso 
cometen  las  personas  animosas, 
y  lo  que  está  dudoso, 
las  fuerzas  generosas, 
que  no  es  honra  acabar  pequeñas  cosas. 

Nimphas, 

Bien  nee  el  enamorado, 
que  el  crudo  amor  no  está  en  cometimientos, 
no  en  animo  e8for9ado; 
está  en  unos  tormentos, 
do  los  que  penan  más  son  más  contentos. 

Pastores. 

Si  algún  contentamiento 
del  graue  mal  de  amor  se  nos  recres9e, 
no  es  malo  el  pensamiento 
que  a  su  pas'sion  se  ofresce, 
mas  antes  es  mejor  quien  más  padesce. 

Nimphas. 

El  más  felÍ9e  estado, 
en  que  pone  el  amor  al  que  bien  ama,  ■ 
en  fin  trae  vn  cuydado, 
que  al  seruidor,  o  dama 
enciende  allá  en  secreto  uiua  llama. 

Y  el  más  fauore^ido, 
en  un  momento  no  es  el  que  solia; 
que  el  disfauor,  y  oluido, 
el  qual  ya  no  temia 
silen9Ío  ponen  luego  en  su  alegria. 

Pastores, 

Caer  de  un  buen  estado, 
es  una  graue  pena  y  importuna, 
mas  no  es  amor  culpado, 
la  culpa  es  de  fortuna, 
que  no  sabe  exceptar  persona  alguna. 

Si  amor  promote  uida, 
injusta  es  esta  muerte  en  que  nos  mete: 
si  muerte  conos^ida, 
ningún  yerro  comete, 
que  en  fin  nos  uieue  a  dar  lo  que  promete. 


Nimphas. 

Al  fiero  amor  disculpan 
los  que  se  hallan  del  más  sojuzgados, 
y  a  los  esentos  culpan, 
mas  destos  dos  estados 
qualquiera  escogerá  al  de  los  culpados. 

Pastores, 

El  libre  y  el  captiuo 
hablar  solo  un  lenguaje  es  escusado, 
uereys  que  el  muerto,  el  biuo, 
amado,  o  desamado, 
cada  uno  habla  (en  fin)  según  su  estado. 

La  sabia  Felicia,  y  la  pastora  Felismena, 
estuuieron  muy  atentas  a  la  música  de  las  Nim- 
phas y  pastores,  y  ansi  mismo  a  las  opiniones 
que  cada  uno  mostraua  tener,  y  riéndose  FelÍ9Ía 
contra  Felismena,  le  dixo  al  oydo.  ¿Quién  cree- 
rá, hermosa  pastora,  que  las  más  des  tas  palabras 
no  os  an  tocado  en  el  alma?  Y  ella  con  mucha 
le  respondió:  han  sido  las  palabras  tales,  que  al 
alma  a  quien  no  tocaren,  no  deue  estar  tan  to- 
cada de  amor,  como  la  mia.  Felicia  entonyes 
(aleando  un  poco  la  boz)  le  dixo:  En  estos  cas- 
sos  de  amor  tengo  yo  una  regla,  que  siempre 
la  he  hallado  muy  uerdaidera,  y  es,  que  el  animo 
generoso,  el  entendimiento  delicado,  en  esto  del  ' 
querer  bien  lleua  grandissima  uentaja,  al  que 
no  lo  es.  Porque  como  el  amor  sea  uirtud,  y  la 
uirtud  siempre  haga  assiento  en  el  mejor  lugar, 
está  claro,  que  las  personas  de  suerte  serán  muy 
mejor  enamoradas,  que  aquellas  a  quien  esta 
falte.  Los  pastores  y  pastoras,  se  sintieron  de 
lo  que  FelÍ9Ía  dixo,  y  a  Syluano  le  pares^io  no 
dexalla  sin  respuesta  y  assi  le  dixo:  ¿En  qué 
consiste,  señora,  ser  el  animo  generosa  y  el  en- 
tendimiento delicado?  FelÍ9Ía  (que  entendió  a 
donde  tirana  la  pregunta  del  pastor)  por  no 
descontentarle  respondió:  no  está  en  otra  cosa 
sino  en  la  propria  uirtud  del  hombre,  como  es 
en  tener  el  juyzio  vino,  el  pensamiento  incli- 
nado a  cosas  altas,  y  otras  uirtudes  que  nas9<;n 
(íon  ellos  mismos.  Satisfecho  estoy  (dixo  Syl- 
uano) y  también  lo  deuen  estar  estos  pastores, 
porque  imaginauamos  que  tomauas  (o  discre- 
ta Felicia)  el  ualor  y  uirtud  de  más  atrás  de  la 
persona  misma,  digolo  porque  asaz  dcsfauores- 
cido  de  los  bienes  de  naturaleza  está  el  que  los 
ya  a  buscar 'en  sus  passados.  Todas  las  pastoras 
y  pastores  mostraron  gran  contentamiento  dé 
lo  que  Syluano  auia  respondido:  y  las  Nym- 
phas  se  rieron  mucho,  de  cómo  los  pastores  se 
yuan  corriendo  de  la  proposÍ9Íon  de  la  sabia 
FelÍ9Ía,  la  qual  tomando  a  Felismena  por  la 
mano,  la  metió  en  y  na  cámara  sola,  adonde  era 
su  aposento.  Y  después  de  hauer  passado  con 


298 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ella  muchas  cosas,  le  dio  grandissima  esperanza 
de  conseguir  su  desseo,  y  el  virtuoso  fin  de  sus 
amores,  con  alcan9ar  por  marido  a  don  Felis. 
Aunque  también  le  dizo,  que  esto  no  podia  ser 
sin  primero  passar  por  algunos  tra  ajos,  los 
quales  la  dama  tenia  muj  en  poco,  viendo  el 
galardón  que  dellos  esperaua.  FelÍ9Ía  le  dixo 
que  los  vestidos  de  pastora  se  quitasse  por  en- 
ton9es,  hastaquefuesse  tiempo  deboluer  a  ellos; 
y  llamando  a  las  tres  Nimphas  que  en  su  coui- 
pañia  auian  venido,  hizo  que  la  vistiessen  en  su 
trage  natural.  No  fueron  las  Nimphas  perezo- 
sas en  hazello,  ni  Felismena  desobediente  a  lo 
que  FelÍ9Ía  le  mandó.  Y  tomándose  de  las  ma- 
nos, se  entraron  en  vna  recamara,  a  vna  parte 
de  la  qual  estaua  vna  puerta,  y  abriendo  la  her- 
mosa Dorida,  baxaron  por  vna  escalera  de  ala- 
bastro, a  vna  hermosa  sala,  que  en  medio  della 
auia  vn  estanque  de  vna  clarissima  agua,  adon- 
de todas  aquellas  Nimphas  se  bañauan.  Y  des- 
nudándose assi  ellas  como  Felismena  se  baña- 
ron; y  peinaron  después  sus  hermosos  cabellos, 
y  se  subieron  a  la  recamara  de  la  sabia  FeIÍ9Ía, 
adonde  después  de  auerse  vestido  las  Nimphas, 
vistieron  ellas  mismas  a  Felismena,  vna  ropa, 
y  basquina  de  fina  grana:  recamada  de  oro  de 
cañutillo  y  aljófar,  y  vna  cuera,  y  mangas  de 
tela  de  plata  eiuprensada:  en  la  basquina  y 
ropa,  auia  s'^mbrados  a  trechos  vnos  plumages 
de  oro,  en  las  puntas  de  los  quales  auia  muy 
gruessas  perlas.  Y  tomándole  los  cabellos  con 
vna  9Ínta  encarnada,  se  los  reboluiíron  a  la  ca- 
bera, poniéndole  un  escofion  de  redezilla  de  oro 
muy  subtil  y  en  cada  lazo  de  la  red  assentado 
con  gran  artifí9Ío  vn  fínissimo  rubí,  en  do^  gue- 
dellas  de  cabellos,  que  los  lados  de  la  cristalina 
frente  adornauan,  le  fueron  puestos  dos  joye- 
les, engastados  en  ellos  muy  hermosas  esmeral- 
das y  zafires  de  grandissimo  pre9Ío.  Y  de  cada 
vno  colguuan  tres  perlas  orientales,  hechas  a 
manera  de  vcllotas.  Las  arracadas  eran  dos  na- 
aezillas  de  esmeraldas,  con  todas  las  xar9Ías  de 
cristal.  Al  cuello  le  pusieron  un  collar  de  oro 
fino,  hecho  a  manera  de  culebra  enroscada,  que 
de  la  boca  tenia  colgada  una  águila,  que  entre 
las  vñas  tenia  un  rubi  grande  de  infinito  pre9Ío. 
Quando  las  tres  Nimphas  de  aquella  suerte  la 
uieron,  quedaron  admiradas  de  su  hermosura, 
luego  salieron  con  ella  a  la  sala,  donde  las  otras 
Nimphas  y  pastores  estañan,  y  como  hasta  en- 
ton9es  fuesse  tenida  por  pastora,  quedaron  tan 
admirados,  que  no  sat)ian  qué  dezir.  La  sabia 
FelÍ9Ía  mandú  luepro  a  sus  Nimphas,  que  llena- 
sen a  la  hermosa  Felismena  y  a  su  compañia, 
a  uer  la  casa  y  templo  adonde  estañan,  lo  qual 
fue  luego  puesto  por  obra,  y  la  sabia  FelÍ9Ía  se 
quedó  en  su  aposento.  Pues  tomando  Polidora 
y  Cinthia,  en  medio  a  Felismena,  y  las  otras 
Nimphas  a  los  pastores  y  pastoras,  que  por  su 


discre9¡on  eran  dellas  muy  estimados  se  salie- 
ron en  un  gran  patio:  cuyos  arcos  y  columnas 
eran  de  marmol  jaspeado,  y  las  basas  y  chapi- 
teles de  alabastro,  con  muchos  follages  a  la  ro- 
mana dorados  en  algunas  partes,  todas  las  pa- 
redes eran  labradas  de  obra  mosayca:  las  co- 
lumnas estaban  assentadas  sobre  Leones,  Or9as, 
Tigres  de  arambre,  y  tan  al  bino,  que  páresela, 
que  querían  arremeter  a  los  que  alli  entrauan: 
£n  medio  del  patio  auia  un  padrón  ochauado 
de  bronzo,  tan  alto  como  diez  codos,  en9¡ma 
del  qual  estaua  aimado  de  todas  armas  a  la 
manera  antigua,  el  fiero  Marte,  a  quien  los 
gentiles  Uamauan  el  dios  de  las  batallas.  En 
este  padrón  con  gran  artifi9Ío  estañan  figurados 
los  superbos  esquadrones  romanos  a  una  parte 
y  a  otra  los  Cartagineses,  delante  el  vno  esta- 
ua el  brauo  Hanibal,  y  del  otro  el  valeroso 
S9¡pion  Africano,  que  primero  que  la  edad  y 
los  años  le  acompañassen,  naturaleza  mostró  eo 
él  gran  exemplo  de  uirtud,  y  esfuer90.  A  la  otra 
parte,  estaua  el  gran  Marco  Furio  Gamillo 
conbatiendo  en  el  alto  Capitolio  por  poner  en 
libertad  a  la  patria,  de  donde  él  hauia  sido  des- 
t  rrado.  Alli  estaua  Hora9Ío,  Mu9¡o  Sceuola, 
el  venturoso  Cónsul  Marco  Varron,  César, 
Pompeyo,  con  el  magno  Alexandro,  y  todos 
aquellos  que  por  las  armas  acabaron  grandes 
hechos,  con  letreros  en  que  se  declaraoan  sas 
nombres,  y  las  cosas  en  que  cada  vno  más  se 
auia  señalado.  Un  poco  más  arriba  destos  es- 
taña vn  cauallero  armado  de  todas  armas,  con 
vna  espada  desnuda  en  la  mano,  machas  cabe- 
9as  de  moros  debaxo  de  sus  pies,  con  vn  letre- 
ro que  dezia: 

Soy  el  Cid  honra  de  Esp>afia, 
si  alguno  pudo  ser  más, 
en  mis  obras  lo  veras. 

Al  otra  parte,  estaua  otro  cauallero  Espa- 
ñol, armado  de  la  misma  manera,  al9ada  la  so- 
bre vista  y  con  este  letrero: 

El  conde  fuy  primero  de  Castilla, 
Fernán  González,  alto  y  señalado, 
soy  honra  y  prez  de  la  española  silla 

Sues  con  mis  hechos  tanto  la  he  en6al9ado. 
[i  gran  virtud  sabrá  muy  bien  dezilla 
la  fama  que  la  vio,  pues  ha  juzgado 
mis  altos  hechos,  dignos  de  memoría, 
como  os  dirá  la  Castellana  historia. 

Junto  á  este  estaua  otro  cauallero  de  gran 
d¡sposÍ9Íon  y  esfuer9os,  según  en  su  aspecto  lo 
mostraua,  armado  en  blanco,  y  por  las  armas 
sembrados  muchos  Leones  y  Castillos,  en  el 
rostro  mostraua  una  9Íerta  braueza,  que  casi 
ponia  pauor  en  los  que  lo  mirauan,  y  el  letrero 
dezla  ansi: 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


299 


Bernardo  del  Carpió  soj, 
espanto  de  los  paganos, 
honra  7  prez  de  los  chrístianos, 
pues  qae  de  mi  esfuer90  doy 
tal  ezemplo  con  mis  manos: 
fama,  no  es  bien  qae  las  calles 
mis  hazañas  singulares, 
7  si  acaso  las  callares, 
pregunten  a  Ron9esüalles, 
qué  fue  de  los  doze  pares. 

A  la  otra  parte  estará  vn  valeroso  capitán, 
annado  de  vnas  armas  doradas,  con  sejs  ran- 
das sangrientas  por  en  medio  del  escudo,  y  por 
otra  parte  muchas  randeras,  7  m  rey  preso  con 
ma  cadena,  cuyo  letrero  dezia  desta  manera: 

Mis  grandes  hechos  reran 
los  que  no  los  han  sabido 
en  que  solo  he  merespido 
nombre  de  gran  capitán, 
7  tuue  tan  gran  renombre 
en  nuestras  tierras  7  eztrafias, 
que  se  tienen  mis  hazañas 
por  ma7ore8  que  mi  nombre. 

lunto  a  este  raleroso  capitán,  estaña  m  ca- 
aallero  armado  en  blanco,  7  por  las  armas  sem- 
bradas muchas  estrellas,  7  de  la  otra  parte  rn 
Re7  con  tres  flordelises  en  su  escudo,  delante 
del  qual  él  rasgaua  ciertos  papeles  7  rn  letrero 
que  dezia: 

S07  Fonseca  cn7a  historia 
en  Europa  es  tan  sabida, 
que  aunque  se  acabó  la  uida, 
no  se  acaba  la  memoria. 
Fu7  seruidor  de  m7  Re7, 
a  mi  patria  tuue  amor, 
jamas  dexé  por  temor 
de  guardar  aquella  le7, 
que  el  sieruo  deue  al  señor. 

En  otro  quadro  del  padrón,  estaña  m  caua- 
llero  armado,  7  por  las  armas  sembrados  mucho 
escudos  pequeños  de  oro,  el  qual  en  el  ualor  de 
su  persona  daua  bien  a  entender  el  alta  sangre 
de  a  do  promedia:  los  ojos  puestos  en  otros 
muchos  caualleros  de  su  antiguo  linaje,  el  le- 
trero que  a  sus  pies  tenia  dezia  desta  manera: 

Don  Lu7s  de  Yilanoua  S07  llamado 
del  gran  marques  de  Trans  he  procedido, 
mi  antigüedad,  ralor  muy  señalado, 
en  Fran9ia,  Italia,  España  es  conospido, 
Bicorbe  antigua  casa  es  el  estado, 
que  la  fortuna  aora  ha  con9edido 
a  un  corazón  tan  alto,  y  sin  segundo, 
que  poco  es  para  él  mandar  el  mundo. 


Después  de  auer  particularmente  mirado  el 
padrón,  estos  y  otros  muchos  caualleros,  que 
en  él  estañan  esculpidos,  entraron  en  rna  rica 
sala,  lo  alto  de  la  qual  era  todo  de  marfil,  ipa- 
rauillosamente  labrado:  las  paredes  de  alabas- 
tro, y  en  ellas  esculpidas  muchas  historias  an- 
tiguas, tan  al  natural,  que  verdaderamente  pa- 
res^ia  que  Lucre9Ía  acabaña  alli  de  darse  la 
muerte,  y  que  la  cautelosa  Medea  deshazia  su 
tela  en  la  isla  de  Ithaca,  y  que  la  ilustre  Ro- 
mana se  entregaua  a  la  parca,  por  no  ofender 
su  honestidad,  con  la  rista  del  horrible  mons- 
truo, y  que  la  muger  de  Mauseolo  estaña  con 
grandissima  agonia,  entendiendo  en  que  el  se- 
pulchro  de  su  marido  fuesse  contado  por  rna 
de  las  siete  marauillas  del  mundo.  Y  otras  mu- 
chas historias  y  ezemplos  de  mugeres  cast'ssi- 
mas,  y  dignas  de  ser  su  fama  por  todo  el  mun- 
do esparzida,  porque  no  tan  solamente  a  algu- 
na dellas  pares9Ía  aner  con  su  uida  dado  muy 
claro  ezemplo  de  castidad,  mas  otras  que  con 
la  muerte  dieron  muy  grande  testimonio  de  su 
limpieza:  entre  las  quales  estáñala  grande  es- 
pañola Coronel,  que  quiso  mas  entregarse  al 
fuego,  que  dezarse  ren9er  de  un  deshonesto 
apetito.  Después  de  auer  risto  cada  rna  las  fi- 
guras, y  uarias  historias,  que  por  las  paredes 
de  la  sala  estañan,  entraron  en  otra  quadra  más 
adentro,  que  según  su  riqueza  les  parc69Ío  que 
todo  lo  que  auian  risto  era  ayre  en  su  compa- 
ra9Íon:  porque  todas  las  paredes  eran  cubiertas 
de  oro  fino,  y  el  panimiento  de  piedras  pre9¡o- 
sas,  entorno  de  la  rica  quadra  estañan  muchas 
figuras  de  damas  españolas,  y  de  otras  na9Ío- 
nes,  y  en  lo  muy  alto  la  diosa  Diana,  de  la 
misma  estatura  que  ella  era,  hecha,  de  metal 
Corinthio,  con  ropas  de  ca9adora,  engastadas 
por  ellas  muchas  piedras  y  perlas  de  grandissi- 
mo  ralor,  con  su  arco  en  la  mano,  e  su  aljaua 
al  cuello,  rodeada  de  Nimphas  más  hermosas 
que  el  sol.  En  tan  grande  admira9Íon  puso  a 
los  pastores  y  pastoras,  las  cosas  que  alli  reyan, 
que  no  sabian  qué  dezir:  porque  la  riqueza  de 
la  casa  era  tan  grande,  las  figuras  que  alli  es- 
tañan tan  naturales,  el  art!fí9Ío  de  la  quadra,  y 
la  orden  que  las  damas  que  alli  auia  retratadas 
tenian,  que  no  les  pares9Ía  poderse  imaginar 
en  el  mundo  cosa  más  perfecta.  A  una  parte  de 
la  quadra  estañan  quatro  laureles  de  oro  esmal- 
tados de  uerde,  tan  naturales  que  los  del  cam- 
po no  lo  eran  mas:  y  junto  a  ellos  una  pequeña 
fuente  toda  de  fina  plata:  en  medio  de  la  qual 
estaña  una  Nimpha  de  oro,  que  por  los  hermo- 
sos pechos,  rna  agua  muy  clara  echaua,  y  junto 
a  la  fuente  sentado  el  9elebrado  Orpheo,  encan- 
tado de  la  edad  que  era  al  tiempo  que  su  Euri^ 
di9e  fué  del  importuno  Aristeo  requerida:  tenia 
restida  rna  cuera  de  tela  de  plata  guarne69Ída 
de  perlas,  las  mangas  le  Uegauan  a  medio  bra- 


800 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


90  solamente,  7  de  allí  adelante  desnudos;  te- 
nia vnas  calcas  hechas  a  la  antigaa,  cortadas 
en  la  rodilla  de  tela  de  plata,  sembrarlas  en 
ellas  y  ñas  ^itharas  de  oro,  los  cal>ellos  eran  lar- 
gos j  muy  dorados  sobre  los  quales  tenia  una 
muy  hermosa  guirnalda  de  laurel.  En  llegando 
a  él  las  hermosas  Nimphas,  comenzó  a  tañer  en 
una  harpa  que  eu  las  manos  tenia,  muy  dulce- 
mente, de  manera  que  los  que  lo  oyan,  estañan 
tan  ágenos  de  sí,  que  a  nadie  se  le  acordaua  de 
cosa  que  por  el  uuiessc  passado.  Felismena  se 
sentó  en  un  estrado,  que  eu  la  hermosa  quadra 
estaña  todo  cubierto  de  paños  de  brocado,  y  las 
Nimphas  y  pastoras  entorno  della,  los  pastares 
se  arrimaron  a  la  clara  fuente.  De  la  misma 
manera  estauan  todos  oyendo  al  celebrado  Or- 
pheo,  que  al  tiempo  que  en  la  tierra  de  los  Ci- 
conios  cautaua,  quando  Cipariso  fue  eonuortido 
en  Ciprés  y  Atis  en  Pino.  Luego  comenco  el 
enamorado  Orpheo  al  son  de  su  harpa  a  cantar 
dulcemente,  que  no  hay  sabello  dezir.  Y  bol- 
uiendo  el  rostro  a  la  hermosa  Felismena,  dio 
principio  a  los  uersos  siguientes: 

CANTO    DE    ORPHEO 

Escucha,  o  Felismena,  el  diilc^  canto 
de  Orpheo,  cuyo  amor  tan  alto  ha  sido: 
suspende  tu  dolor,  Seluagia,  en  tanto 
que  canta  tu  amador  de  amor  vencido; 
oluida  ya,  Belisa,  el  triste  llanto, 
oyd  a  un  triste  (o  Nimphas)  que  ha  perdido 
sus  ojos  por  mirar,  y  vos  pastores 
dexad  un  poco  estar  el  mal  de  amores. 
No  quiero  yo  cantar,  ni  Dios  lo  quiera, 
aquel  processo  largo  de  mis  males, 
ni  quando  yo  cantaua  de  manera, 
que  a  mi  traya  las  plantas  y  animales: 
ni  quando  a  Pluton  ni,  que  no  deuiera, 
y  suspendi  las  penas  infernales, 
ni  como  bolui  el  rostro  á  mi  señora, 
cuyo  tormento  aun  bine  hasta  agora. 

Mas  cantaré  con  boz  suaue  y  pura, 
la  grande  perfecion,  la  gracia  estraña, 
el  ser,  valor,  beldad  sobre  natura, 
de  las  que  oy  dan  valor  illustre  a  España: 
mirad  pues,  Nimphas,  ya  la  hermosura 
de  nuestra  gran  Diana  y  su  compaña; 
que  alli  está  el  fin,  alli  vereys  la  suma 
de  lo  que  contar  puede  lengua  y  pluma. 

Los  ojos  louantad,  mirando  aquella 
que  en  la  suprema  silla  está  sentada, 
el  sceptro,  y  la  corona  junto  a  ella, 
y  de  otra  parte  la  fortuna  ayrada: 
esta  es  la  luz  de  España,  y  clara  estrella, 
con  cuya  absencia  está  tan  eclipsada: 
su  nombre  (o  Nimphas)  es  doña  Maria 
gran  Reyna,  de  Bohemia,  de  Austria  Vngria. 

La  otra  jauta  a  ella  es  doña  loana, 


de  Portugal  Princesa,  y  de  Castilla 
infanta,  a  quien  quitó  fortuna  insana, 
el  secptro,  la  corona,  y  alta  silla, 
y  a  quien  la  muerte  fue  tan  inhumana, 
que  aun  ella  assi  se  espanta  y  marauilla, 
de  ver  quan  presto  ensagrento  sus  manos 
en  quien  fue  espejo  y  luz  de  Lusitanos. 

Mirad,  Nimphas,  la  gran  doña  Maria, 
de  Portugal  infanta  soberana, 
cuya  hermosura  y  gracia  sube  oy  dia 
a  do  llegar  no  puede  vista  humana: 
mirad  que  aunque  fortuna  alli  porfía 
la  vence  el  gran  valor  que  della  mana, 
y  no  son  parte  el  hado,  tiempo,  y  muerte, 
para  vencer  su  grand  bondad  y  suerte. 

Aquellas  dos  que  tiene  alli  á  su  lado, 
y  el  resplandor  del  sol  han  suspendido, 
las  mangas  de  oro,  sayas  de  brocado, 
de  perlas  y  esmeraldas  guamescido: 
cabellos  de  oro  fino,  crespo  ondado, 
sobre  los  hombros  suelto  y  esparzido, 
son  hijas  del  infante  Lusitano, 
Duarte  valeroso  y  gran  Chrístiano. 

Aquellas  dos  Duquesas  señaladas 
por  luz  de  hermosura  en  nuestra  España, 
que  alli  veys  tan  al  bino  debuxadas 
con  vna  perfecion,  y  gracia  estraña, 
de  Najara  y  de  Sessa  son  llamadas, 
de  quien  la  gran  Diana  se  acompaña, 
por  su  bondad,  valor  y  hermosura, 
saber,  y  discreción  sobre  natura. 

¿Ueys  vn  valor,  no  vista  en  otra  alguna, 
ueys  vna  perfecion  jamas  oyda, 
ueys  una  discreción,  qual  fue  ninguna, 
de  hermosura  y  gracia  guamescida? 
¿ueys  la  que  está  domando  a  la  fortuna 
y  a  su  pesar  la  tiene  alli  rendida? 
la  g^an  doña  Leonor  Manuel  se  llama, 
de  Lusitania  luz  que  al  orbe  inflama. 

Doña  Luisa  Carrillo,  que  en  España 
la  sangre  de  Mendoca  ha  esclarecido: 
de  cuya  hermosura  y  gracia  extraña, 
el  mismo  amor,  de  amor  está  uencido, 
es  la  que  a  nuestra  Dea  ansi  acompaña 
que  de  la  uista  nunca  la  ha  perdido: 
de  honestas  y  hermosas  claro  exemplo, 
espejo  y  clara  luz  de  nuestro  templo. 

¿Ueys  una  perfecion  tan  acabada 
de  quien  la  misma  fama  está  embidiosa? 
¿ueys  una  hermosura  más  fundada 
en  gracia  y  discreción  que  en  otra  cosa, 
que  con  razón  obliga  a  ser  amada 
porque  es  lo  menos  de  ella  el  ser  hermosa? 
es  doña  Eufrasia  de  Guzman  su  nombre, 
digna  de  inmortal  fama  y  gran  renombre. 

Aquella  hermosura  peregrina 
no  uista  en  otra  alguna  sino  en  ella, 
que  a  qualquier  seso  apremia  y  desatina, 
y  no  hay  poder  de  amor  que  apremie  el  delln, 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


301 


de  carmesí  ueetida  j  muy  más  fina 

de  su  rostro  el  color  que  no  el  de  aquella, 

doña  María  de  Aragón  se  llama, 

en  quien  se  ocupará  de  oj  más  la*  fama. 

¿Sabeys  quién  es  aquella  que  señala 
Diana,  y  nos  la  muestra  con  la  mano, 
que  en  gracia  y  discreción  a  ella  yguala, 
y  sobrepuja  a  todo  ingenio  humano, 
y  aun  ygualarla  en  arte,  en  ser  y  en  gala, 
seria  (según  es)  trabajo  en  uano? 
doña  Ysabel  Manrique  y  de  Padilla, 
que  al  fiero  Marte  ucnzc  y  marauilla. 

Doña  María  Manuel  y  doña  loana 
Osorío,  son  las  dos  que  estay s  mirando 
cuya  hermosura  y  gracia  sobre  humana, 
al  mismo  Amor  de  amor  está  matando: 
y  esta  nuestra  gran  Dea  muy  vfana, 
de  ueer  a  tales  dos  de  nuestro  uando, 
loallas,  según  son  es  escusado: 
la  fama  y  la  razón  teman  cuydado. 

Aquellas  dos  hermanas  tan  nombradas 
cada  una  es  una  sola  y  sin  segundo, 
su  hermosura  y  gracias  extremadas, 
son  oy  en  dia  un  sol  que  alumbra  el  mundo, 
al  biuo  me  parescen  trasladadas, 
de  la  que  a  buscar  fuy  hasta  el  profundo : 
doña  Beatriz  Sarmiento  y  Castro  es  una 
con  la  hermosa  hermana  qual  ninguna. 

El  claro  sol  que  ueys  resplandeciendo 
y  acá,  y  allá  sus  rayos  va  mostrando, 
la  que  del  mal  de  amor  se  está  ríendo, 
del  arco,  aljaua  y  flechas  no  curando, 
cuyo  diuino  rostro  está  diziendo, 
muy  más  que  yo  sabré  dczir  loando, 
doña  loana  es  de  Q^aratc,  en  quien  vemos 
de  hermosura  y  gracia  los  extremos. 

Doña  Anna  Osorío  y  Castro  está  cal>e  ella 
de  gran  valor  y  gracia  acompañada, 
ni  dexa  entre  las  bellas  de  ser  bella, 
ni  en  toda  perFecion  muy  señalada, 
mas  su  infelize  hado  ys6  con  ella 
de  una  crueldad  no  vista  ni  pensada, 
porque  al  ualor,  linaje  y  hermosura 
no  fuesse  ygual  la  suerte,  y  la  uentura. 

Aquella  hermosura  guarnecida 
de  honestidad,  y  gracia  sobre  humana, 
que  con  razón  y  causa  fue  escogida 
por  honra  y  prez  del  templo  de  Diana, 
contino  uencedora,  y  no  uen^ida 
8U  nombre  (o  Nimphas)  es  doña  luliana, 
de  aquel  gran  Duque  nieta  y  Condestable, 
de  quien  yo  callaré,  la  fama  hable  (*). 

(*)  En  la  edición  de  Milán  se  intercalan  aquí  las 
caatro  octavas  signientes: 

A  Plania  Lampuñana  más  hermosa 
qne  V  hermosara  misma,  y  más  pcrfeta, 
mirad,  pastores,  y  yereis  la  cosa 
qne  más  animes  rinde  y  los  sabjeta. 
Mirad  por  nna  parte  qnán  gmviosa, 


Mirad  de  la  otra  plirte  la  hermosura 
de  las  illustres  damas  de  Valencia, 
a  quien  mi  pluma  ya  de  oy  mas  procura 
perpetuar  su  fama  y  su  excelencia: 
aqui,  fuente  Helicona,  el  agua  pura 
otorga,  y  tú,  Minerua,  enpresta  scitMicia, 
para  saber  dezir  quién  son  aquellas 
que  no  hay  cosa  que  ver  después  de  vellas. 

Las  cuatro  estrellas  víkI  resplandescientes 
de  quien  la  fama  tal  ualor  pregona 
de  tres  insignes  reynos  descendientes, 
y  de  la  antigua  casa  de  Cardona, 
de  la  vna  parte  Duques  excelentes, 
de  otra  el  trono,  el  sceptro,  y  In  corona, 
del  de  Segorbe  hijas,  cuya  fama 
del  Borea  al  Austro,  al  Euro  se  derrama. 

La  luz  del  orbe  con  la  flor  de  España, 
el  fin  de  la  beldad  y  hermosura, 
el  ooracon  real  que  le  acompaña, 
el  ser,  valor,  bondad  sobre  natura, 
aquel  mirar  que  en  verlo  desengaña, 
de  no  poder  llegar  alli  criatura: 
doña  Anna  de  Aragón  se  nombra  y  llama, 
a  do  por  el  amor,  cansó  la  fama. 

Doña  Boatrix  su  hermana  junto  della 
vereys,  si  tanta  luz  podeys  miralla: 
quien  no  podré  alabar,  es  sola  ella, 
pues  no  ay  podello  hazer,  sin  agrauialla: 
a  aquel  pintor  que  tanto  hizo  en  ella, 
le  queda  el  cargo  de  poder  loalla, 
que  a  do  no  llega  entendimiento  humano 
llegar  mi  flaco  ingenio,  es  muy  en  vano. 

Doña  Fran9¡sca  d* Aragón  quisiera 
mostraros,  pero  siempre  está  escondida: 
su  vista  soberana  es  de  manera, 
que  a  nadie  que  la  vee  dexa  con  vida: 
por  esso  no  parescc.  ¡Oh  quién  pudiera 

por  otra  ved  qnán  grave  y  qnán  discreta: 

y  yereis  de  las  partes  hecho  nn  todo, 

qne  a  todas  las  del  mnndo  exrede  el  modo. 

Aquella  clara  Inz  qne  rre8piande9e 
de  modo  qne  el  sol  hnye  y  se  le  esconde, 
doña  Artemisa  es  sola,  qn^engrande^-e 
Ift  insigne  y  alta  cosa  de  Vizconde. 
I^a  flor  de  Italia  es  ella  j  qnicn  merece 
estar  adonde  está:  qne  bien  rrefipondc 
linaje  a  hermosnra  y  gentileza 
y  a  (|uanto  pndo  dar  naturaleza 

Mirad  Barbara  Kstanga,  a  quien  R'inclinu 
no  solo  Amor,  sino  Minerva  y  Marte, 
donde  hay  tanta  l)eldad  qne  sHmagina 
qne  roIo  paró  alli  natura  y  arte: 
su  discreción,  su  platica  divina 
para  escrenilla  soi  mny  poca  narte: 
ni  bastan  las  yien  lenguas  de  la  fama 
para  saber  loar  tan  alta  dama. 

¿Quién  es  aquella  fcnis  do  ha  mostrado 
su  fuerza  y  su  |x>der  naturaleza? 
¿Quien  es  la  qne  hoy  al  mnndo  ha  despojado 
de  ^n  valor,  virtud,  bondad,  grandeza/ 
;Qnién  es  esta,  dezid,  do  se  han  sumido 
la  hermosnra,  g^ayia  y  gentileza? 
Doña  Luisa  de  Lugo  y  de  Mendoza 
a  quien  la  poca  edad  no  haze  moza« 


802 


ORÍGENES  DE  LA  KOVELA 


mostraros  esta  Inz,  qne  al  mando  olaida, 
porque  el  pintor  que  tanto  hizo  en  ella, 
los  passos  le  atajó  de  meres9ella. 

A  doña  Madaiena  estay s  mirando 
hermana  de  las  tres  que  os  he  mostrado, 
miralda  bien,  uerejs  que  está  robando 
a  quien  la  mira,  y  bine  descuydado: 
su  grande  hermosura  amenazando 
está,  y  el  fiero  amor  el  arco  armado, 
porque  no  pueda  nadie,  ni  aun  miralla, 
que  no  le  rinda  o  mate  sin  batalla. 

Aquellos  dos  luzeros  que  a  porfía 
acá,  y  allá  sus  rayos  uan  mostrando, 
y  a  la  expelente  casa  de  Gandia, 
por  tan  insigne  y  alta  señalando, 
su  hermosura  y  suerte  sube  oy  dia 
muy  más  que  nadie  sube  imaginando: 
¿quién  uee  tal  Margareta  y  Madaiena, 
que  tema  del  amor  la  horrible  pena? 

Quereys,  hermosas  Nimphas,  uer  la  cosa, 
que  el  seso  más  admira  y  desatina? 
mira  una  Nimpha  más  que  el  sol  hermosa, 
pues  quién  es  ella,  o  él  jamas  se  atina: 
el  nombre  desta  fénix  tan  Tamosa, 
es  en  Valen9Ía  doña  Gathalina 
Milán,  y  en  todo  el  mundo  es  oy  llamada 
la  más  discreta,  hermosa  y  señalada. 

Al^ad  los  ojos,  y  veréis  de  frente 
del  caudaloso  rio  y  su  ribera, 
peynando  sus  cabellos,  la  excelente 
doña  Maria  Pexon  y  ^^noguera 
cuya  hermosura  y  gracia  es  euidente, 
y  en  discreción  la  prima  y  la  primera: 
mirad  los  ojos,  rostro  crístallino, 
y  aqui  puede  hazer  fin  uuestro  camino.  * 

Las  dos  mirad  que  están  sobrepujando, 
a  toda  discreción  y  entendimiento, 
y  entre  las  más  hermosas  señalando 
se  uan,  por  solo  vn  par,  sin  par  ni  cuento, 
los  ojos  que  las  miran  sojuzgando: 
pues  nadie  las  miró  que  biua  essento: 
jued  qué  dirá  quien  alabar  promete 
las  dos  Beatrizes,  Vique  y  Fenolletel 

Al  tiempo  que  se  puso  allí  Diana, 
con  su  diuino  rostro  y  excelente 
salió  un  luzero,  luego  una  mañana 
de  Mayo  muy  serena  y  refulgente: 
sus  ojos  matan  y  su  uista  sana, 
despunta  alli  el  amor  su  flecha  ardiente, 
su  hermosura  hable,  y  testifique 
ser  sola  y  sin  ygual  doña  Anna  Vique. 

Bolued,  Nimphas,  uereys  doña  Teodora 
Carroz,  que  del  valor  y  hermosura 
la  haze  ei  tiempo  reyna  y  gran  señora 
de  toda  discreción  y  gracia  pura: 
qualquiera  cosa  suya  os  enamora, 
ninguna  cosa  uuestra  os  assegura, 
para  tomar  tan  grande  atreuimiento, 
como  es  poner  en  ella  el  pensamiento. 


Doña  Angela  de  Borja  contempUmdo 
uereys  qne  está  (paatores)  en  Diana, 
j  en  ella  la  gran  dea  está  mirando 
la  gracia  y  hermosura  soberana: 
Cupido  alli  a  sus  pies  está  llorando, 
y  la  hermosa  Nimpha  muy  afana, 
en  uer  delante  della  estar  rendido 
aquel  tyrano  fuerte  y  tan  temido. 

De  aquella  illustre  cepa  ^^nogaera, 
sallo  una  fior  tan  extremada  y  pura, 
que  siendo  de  su  edad  la  primauera, 
ninguna  se  le  yguala  en  hermosura: 
de  su  excelente  madre  es  heredera, 
en  todo  quanto  pudo  dar  natara, 
y  assi  doña  Hieronyma  ha  llegado 
en  gracia  y  discreción  al  sumo  grado. 

¿Quereys  quedar  (o  Nimphas)  admiradas, 
y  uer  lo  que  a  ningana  dio  uentnra: 
quereys  ai  puro  extremo  uer  llegadoi 
nalor,  saber,  bondad  y  hermosura? 
mirad  doña  Verónica  Marradas, 
pues  solo  uerla  os  dize  y  assegura 
'  que  todo  sobra,  y  nada  falta  en  ella, 
sino  es  quien  pueda  (o  piense)  merescella. 

Doña  Luysa  Penarroja  uemos 
en  hermosura  y  gracia  más  que  humana, 
en  toda  cosa  llega  los  estremos, 
y  a  toda  hermosura  uence  j  gana: 
no  quiere  el  crudo  amor  que  la  miremos 
y  quien  la  uió,  si  no  la  uee,  no  sana: 
aunque  después  de  uista  el  crudo  fuego 
en  su  vigor  y  fuerca  buelne  luego. 

Ya  ueo,  Nimphas,  que  mirays  aquella 
en  quien  estoy  continuo  contemplando, 
los  ojos  se  os  yran  por  fuerca  a  ella, 
que  aun  los  del  mismo  amor  está  robando: 
mirad  la  hermosura  que  ay  en  ella, 
mas  ued  que  no  cegueys  quicá  mirando 
a  doña  loana  de  Cardona,  estrella 
que  el  mismo  amor  está  rendido  a  ella. 

Aquella  hermosura  no  pensada 
qne  ueys,  si  uerla  cabe  en  nuestro  naso: 
aquella  cuya  suerte  fue  estremada 
pues  no  teme  fortuna,  tiempo  o  caso, 
aquella  discreción  tan  leuantada, 
aquella  que  es  mi  musa  y  mi  parnaso: 
loanna  Anna,  es  Catalana,  fin  y  cabo 
de  lo  que  en  todas  por  estremo  alabo. 

Cabe  ella  está  un  estremo  no  uicioso, 
mas  en  uirtud  muy  alto  y  estremado, 
disposición  gentil,  rostro  hermoso, 
cabellos  de  oro,  y  cuello  delicado, 
mirar  que  alegra,  mouimicnto  ayroso, 
juyzio  claro  y  nombre  señalado, 
doña  Angela  Fernando,  aquien  natara 
conforme  al  nombre  dio  la  hermosura. 

Vereys  cabe  ella  doña  Mariana, 
que  de  ygualalle  nadie  está  segura; 
miralda  junto  a  la  excelente  hermana, 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


803 


üereys  en  poca  edad  gran  hermosara, 
aercys  con  ella  nuestra  edad  ufana, 
aereys  en  pocos  años  gran  cordura, 
aerejs  que  son  las  dos  el  cabo  j  snmma 
de  quanto  dezir  puede  lengua  y  pluma. 

Las  dos  hermanas  Borjas  escogidas, 
Hippolita,  Ysabel,  que  estays  mirando, 
de  gracia  y  perfe9Íon  tan  guarnes9Ídas, 
que  al  sol  su  resplandor  esté  pegando, 
miraldas  y  uereys  de  quantas  uidas 
BU  hermosura  siempre  na  triumphando: 
mira  los  ojos,  rostro,  y  los  cabellos, 
que  el  oro  queda  atrás  y  passan  ellos. 

Mirad  doña  Maria  Qanogucra, 
la  qual  de  Catarroja  es  oy  señora, 
cuya  hermosura  y  gracia  es  de  manera, 
que  a  toda  cosa  uen^e  y  la  enamora: 
su  fama  resplandece  por  do  quiera 
y  su  uirtud  la  ensalpa  cada  hora, 
pues  no  ay  qué  dessear  después  de  uella, 
¿quién  la  podrá  loar  sin  offendella? 

Doña  Ysabel  de  Borja  está  defrente 
y  al  fin  y  perfepion  de  toda  cosa, 
mira  la  gracia,  el  ser,  y  la  expelente 
color  más  biua  que  purpurea  rosa, 
mirad  que  es  de  uirtud  y  grapia  fuente, 
y  nuestro  siglo  illustre  en  toda  cosa: 
al  cabo  está  de  todas  su  figura, 
por  cabo  y  fin  de  grapia  y  hermosura. 

La  que  esparzidos  tiene  sus  cabellos 
con  hilo  de  oro  fino  atrás  tomados, 
y  aquel  diuino  rostro,  que  él  y  ellos 
a  tantos  corapones  trae  domados, 
el  cuello  de  marfil,  los  ojos  bellos, 
honestos,  baxos,  uerdes,  y  rasgados, 
doña  loana  Milán  por  nombre  tiene, 
en  quien  la  uista  para  y  se  mantiene. 

Aquella  que  alli  ueys,  en  quien  natura 
mostró  su  spienpia  ser  marauillosa, 
pues  no  ay  pasar  de  alli  en  hermosura, 
no  ay  más  que  dessear  a  una  hermosa: 
cuyo  ualor,  saber,  y  gran  cordura 
leuantarán  su  fama  en  toda  cosa, 
doña  Menpia  se  nombra  Fenollete, 
a  quien  se  rinde  amor  y  se  somete. 

La  canyion  del  celebrado  Orpheo,  fue  tan 
agradable  a  los  oydos  de  Felismena,  y  de  todos 
los  que  la  oyan,  que  assi  los  tenia  suspensos, 
como  si  por  ninguno  de  ellos  uniera  passado 
más  de  lo  que  presente  tenian.  Pues  auiendo 
muy  particularmente  mirado  el  rico  aposento, 
con  todas  las-  cosas  que  en  él  auia  que  uer,  sa- 
lieron las  Nymphas  por  una  puerta  de  la  gran 
sala,  y  por  otra  de  la  sala  a  un  hermoso  jardin, 
cuya  uista  no  menos  admiración  les  causó  que 
lo  que  hasta  alli  auian  uisto,  entre  cuyos  arbo- 
les y  hermosas  flores  auia  muchos  sepulcbros 
de  nimphas  y  damas,  las  quales  auian  con  gran 


limpieza  conseruado  la  castidad  deuida  a  la 
castissima  diosa.  Estauan  todos  los  sepulehros 
coronados  de  enredosa  yedra,  otros  de  olorosos 
arrayhanes,  otros  de  uerde  laurel.  De  más  desto 
auia  en  el  hermoso  jardin  muchas  fuentes  de 
alabastro,  otras  de  marmol  jaspeado,  y  de  me- 
tal, debaxo  de  parrales,  que  por  encima  de  arti- 
ficiosos arcos  estendian  todas  sus  ramas,  los 
myrthos  hazian  cuatro  paredes  almenadas,  y 
por  encima  de  las  almenas,  parescian  muchas 
flores  de  jazmin,  madresclna,  y  otras  muy  apa- 
zibles  a  la  uista.  En  medio  del  jardin  estaua 
una  piedra  negra,  sobre  quatro  pilares  de  me- 
tal, y  en  medio  de  ella  un  sepulchro  de  jaspe, 
que  quatro  Nimphas  de  alaba^ro  en  las  manos 
sostenían,  entorno  del  estauan  muchos  blando- 
nes, y  candeleros  de  fina  plata,  muy  bien  labra- 
dos, y  en  ellos  hachas  blancas  ardiendo.  En 
torno  de  la  capilla  auia  algunos  bultos  de  caua- 
lleros,  otros  de  marmol  jaspeado,  y  de  otras 
diferentes  materias.  Mostrauan  estas  figuras 
tan  gran  tristeza  en  el  rostro,  que  la  pusieron 
en  el  coracon  de  la  hermosa  Felismena,  y  de 
todos  los  que  el  sepulchro  veyan.  Pues  miran- 
dolo  muy  particularmente,  vieron  que  a  los  pies 
del,  ^n  una  tabla  de  metal  que  una  muerte  te- 
nia en  las  manos,  estaua  este  letrero: 

Aqui  reposa  doña  Catalina 
de  Aragón  y  S.-irmiento  cuya  fama, 
al  alto  cielo  llega,  y  se  auezina, 
y  desde  el  Borea  al  Austro  se  derrama: 
mátela,  siendo  muerte,  tan  ayna, 
por  muchos  que  ella  ha  muerto,  siendo  dama, 
acá  está  el  cuerpo,  el  alma  allá  en  el  cielo, 
que  no  la  merescio  gozar  el  suelo. 

Después  de  leydo  el  Epigramma,  Yieron 
cómo  en  lo  alto  del  sepulchro  estaua  ma 
águila  de  marmol  negro,  con  vna  tabla  de  oro 
en  las  vñas,  y  en  ella  estos  uersos. 

Qual  quedaria  (o  muerte)  el  alto  cielo 
sin  el  dorado  Afollo  y  su  Diana 
sin  hombre,  ni  animal  el  baxo  suelo, 
sin  norte  el  marinero  en  mar  insana, 
sin  flor,  ni  y^rua  el  campo  y  sin  consuelo, 
sin  el  roció  d'aljoFar  la  mañana, 
assi  quedó  el  ualor,  la  hermosura, 
sin  la  que  yaze  en  esta  sepultura. 

Quando  estos  dos  letreros  vuieron  leydo,  y 
Belisa  entendido  por  ellos  quién  era  la  hermosa 
Nimpha  que  alli  estaña  sepultada,^  lo  mucho 
que  nuestra  España  auia  perdido  en  perdella, 
acordándosele  de  la  temprana  muerte  del  su 
Arsileo,  no  pudo  dexar  de  dezir  con  muchas 
lagrimas:  Ay  muerte,  quán  fuera  estoy  de  pen- 
sar, que  me  as  de  consolar  con  males  ágenos! 


304 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Duéleme  en  estremo  lo  poco  que  se  gozó  tan 
gran  ualor  y  hermosura  como  esta  Nimpha 
me  dizien  que  tenía,  porque  ni  estaua  presa  de 
amor,  ni  nadie  meres^io  que  ella  lo  estuuiesse. 
Que  si  otra  cossa  entendiera,  por  tan  dichosa 
la  tuuiera  yo  en  morirse,  como  a  mí  por  desdi- 
chada en  uer,  o  cnida  muerte,  quan  poco  caso 
hazos  de  mi:  pues  licuándome  todo  mi  bien, 
me  dexas,  no  para  más,  que  para  sentir  esta 
falta.  O  mi  Arsileo,  o  dis^re^ion  jamás  oyda,  o 
ol  más  claro  ingenio  que  naturaleza  pudo  dar. 
¿(jué  ojos  pudieron  uerte,  qué  animo  pudo  suf- 
frir  tu  desastrado  fin?  O  Arsenio,  Arsenio,  Ar- 
senio  (juan  poco  pudiste  suffrir  la  muerte  del 
desastrado  hijo,  teniendo  más  ocasión  de  suf- 
frirla  que  yo?  ¿Porqué  (cruel  Arsenio)  noque- 
siste  que  yo  parti^ipasse  de  dos  muertes,  que 
por  estoruar  la  que  monos  me  dolia,  diera  yo 
9Íen  mil  vidas,  si  tantas  tuuiera?  A  Dios,  l)ien- 
auenturada  Nimpha,  lustre  y  honrra  de  la  real 
casa  de  Aragón,  Dios  dé  gloria  a  tu  anima,  y 
saque  la  mia  de  entre  tantas  desuenturas.  Des 
pues  Belisa  vuo  dicho  estas  palabras,  y  después 
de  auor  uisto  otras  muchas  sepulturas,  muy  ri- 
quissimamente  labradas,  salieron  por  una  puer- 
ta falsa  que  en  el  jardín  estaua,  al  verde  prado: 
adonde  hallaron  a  la  sabia  Felicia,  que  sola  se 
andana  recreando:  la  qual  los  re9Íbio  con  muy 
buen  semblante.  Y  en  quanto  se  hazia  hora  de 
9enar,  se  fueron  a  vna  gran  alameda,  que  yerca 
de  allí  estaua,  lugar  donde  las  Nimphas  del 
Rumptuoso  templo,  algunos  dias  salían  a  re- 
crearse.  Y  sentados  en  un  pradezillo,  jorcado 
de  uerdes  salzes,  comentaron  a  hablar  vnos  con 
otros:  cada  yno  en  la  cosa  que  más  contento  le 
daua.  La  sabía  Felicia  llamó  junto  a  si  al  pas- 
tor Sireno,  y  a  F(»lismena.  La  Nimpha  Dorida, 
se  puso  con  Syluano  hazia  vna  parte  del  verde 
prado,  y  las  dos  pastoras,  Seluagia,  y  Bolisa, 
con  las  más  (*)  hermosas  Nimphas,  Cinthia  y 
Polydora,  se  apartaron  ha9¡a  otra  parte:  de  ma- 
nera que  aunque  no  estañan  vnos  muy  lexos  de 
los  otros,  podían  muy  bien  hablar,  sin  que  es- 
toruasse  vno  lo  que  el  otro  dezia.lPues  que- 
riendo Sireno,  que  la  platica,  y  conuersa(;ion  se 
conformasse  con  (il  tiempo  y  lugar,  y  también 
con  la  persona  a  quien  hablaua,  comento  a  ha- 
blar desta  manera:  No  me  paresye  fuera  de 
proposito,  señora  Felicia,  preguntar  yo  una 
cosa  que  jamás  pude  llegar  al  cabo  del  conos- 
Vimiento  della:  y  es  esta:  Affirman  todos  los 
que  algo  entienden,  que  el  uerdadero  amor 
nasye  de  la  razón:  y  si  esto  es  ansí,  quál  es  la 
causa  porque  no  hay  cosa  mas  desenfrenada  en 
el  mundo,  ni  que  menos  se  dexe  gouernar  por 
ella?.  FelÍ9Ía  le  respondió:  Assí  como  essa  pre- 
gunta es  más  que  de  pastor:  assí  era  ne9^'ssa- 

(')  Fnlta  lú  »iú*  en  la  edioión  de  Milán. 


rio  que  fuesse  más  que  muger  la  que  a  ella 
respondiesse,  mas  con  lo  poco  que  yo  alcanzo, 
no  me  pares9e  que  porque  el  amor  tenga  por 
madre  a  la  razón,  se  ha  de  pensar  que  él  se  li- 
mite, ni  gouierne  por  ella.  Antes  has  de  presu- 
poner, que  después  que  la  razón  del  conos9Í- 
miento  lo  ha  engendrado  las  menos  uezes  quiere 
que  lo  (1)  gouierne.  Y  es  de  tal  manera  desen- 
frenado, que  las  más  de  las  ueces  uiene  en  daño 
y  perjuyzío  del  amante,  pues  por  la  mayor 
parte,  los  que  bien  aman,  se  uienen  a  desamar 
a  si  mismos,  que  es  contra  razón,  y  derecho  de 
naturaleza.  Y  esta  es  la  causa,  porque  le  pin- 
tan 9Í(^go,  y  falto  de  toda  razón.  Y  como  su 
madre  Venus  tiene  los  ojos  hermosos,  ansí  él 
dessea  siempre  lo  más  hermoso.  Pintanlo  des- 
nudo, porque  el  buen  amor,  ni  puede  dissiuin- 
larse  con  la  razón,  ni  encubrirse  con  la  pruden- 
9Ía.  Pintanlc  con  alas,  porque  ueloyissimamente 
entra  en  el  anima  del  amante:  y  quanto  más 
perfecto  es,  con  tanto  mayor  uelo9Ídád  y  eu- 
agenamiento  de  si  mismo,  va  a  buscar  la  per- 
sona amada:  por  lo  qual  dezia  Eurípides,  que 
el  amante  híuia  en  el  cuerpo  del  amado.  Pin- 
tanlo ansí  mismo  fiechando  su  arco,  porque  tira 
derei'ho  al  cora9on,  como  a  proprio  blanco,  y 
también  porque  la  llaga  de  amor,  es  como  la 
(jue  haze  la  saeta,  o  Hecha  en  la  entrada,  y 
profunda  en  lo  intrínseco  del  que  ama.  Es  esta 
llaga  diffícil  de  uer,  mala  de  curar,  y  muy  tar- 
día en  el  sanar.  De  manera,  Sireno,  que  no 
done  admirarte,  aunque  el  perfecto  amor  sea 
hijo  de  razón,  que  no  se  gouierne  por  ella,  por- 
(pie  no  hay  cosa  que  después  de  nas9Ída  menos 
corresponda  al  origen  de  adonde  nas9Ío.  Algu- 
nos dizen,  que  no  es  otra  la  differengia  entre  el 
amor  UÍ9Í0S0,  y  el  que  no  lo  es,  sino  que  el  uno 
se  gouierna  por  razón,  y  el  otro  no  se  dexa  go- 
uernar por  ella,  y  engañanse:  porque  aquel  ex 
908S0,  y  ímpetu  no  es  más  propio  del  amor  des 
honesto,  que  del  honesto:  antes  es  vna  propríe- 
dad  do  qual([uier  genero  de  amor:  saluo  que  el 
uno  haze  la  uirtud  mayor  y  en  el  otro  acres- 
9Íenta  mas  el  UÍ9Í0.  Quien  puede  negar  que  en 
el  amor  que  uordaderamente  se  honesta,  no  se 
hallen  marauillosos  y  ex9es8Íuos  effectos?  Pre-  \ 
guntenlo  a  muchos  que  por  solo  el  amor  de  ] 
Dios  no  hizieron  cuenta  de  sus  personas,  ni  es  « 
timaron  por  él  perder  la  uída  (aunque  sabido  il 
premio  que  por  ello  se  esperaua,  no  dauan  mu- 
cho) pues  quántos  han  procurado  consumir  sos 
personas,  y  acabar  sus  uidas,  inflamados  del 
amor  de  la  uirtud,  de  alcan9ar  fama  gloriosa? 
Cosa  que  la  razón  ordinaria  no  permite,  antes 
guia  qualquiera  effecto,  de  manera  que  la  uida 
pueda  honestamente  conseruarse.  Pues  quántoa 
exemplos  te  podría  yo  traer  de  muchos  que  por 

(')  Zrr  en  la  eilición  de  Milán. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


805 


i 


80I0  el  amor  de  sus  amigos,  perdieron  la  aida, 
y  todo  10  más  que  con  ella  se  pierde:  Dexeraos 
este  amor,  boluamos  al  amor  del  hombre  con  la 
mnger.  Has  de  saber,  que  si  el  amor  que  el 
amador  tiene  a  su  dama  (aunque  inflamado  en 
desenfrenada  affí9Íon)  nas^e  de  la  razón,  7  del 
uerdadero  conos^imiento  y  juyzio:  que  por  so- 
las sus  uirtudes  la  juyzgne  djgna  de  ser  amada: 
que  este  tal  amor  (a  mi  pares(;er,  y  no  me  en- 
gaño) no  es  illi^ito.  ni  deshonesto,  porque  todo 
el  amor  desta  manera,  no  tira  a  otro  fín,  sino 
a  querer  la  persona  por  ella  misma,  sin  espe- 
rar otro  interesse  ni  galardón  de  sus  amores. 
Ansí  que  esto  es  lo  que  me  pares9e  que  se 
puede  responder  a  lo  que  en  este  caso  me  has 
preguntado!  Sireno  entonces  le  respondió:  Yo 
estoy,  discreta  señora,  satisfecho  de  lo  que  dcs- 
seaua  entender,  y  ansi  creo  que  lo  estare  (se- 
gún tu  claro  juyzio)  de  todo  lo  que  quisiera 
saber  do  ti:  aunque  otro  entendimiento  era 
menester  más  abundante  que  el  mió,  para  al- 
cancar  lo  mucho  que  tus  palabras  comprehen- 
den(  Syluano,  que  con  Polidora  estaua  hablan- 
do^ dezia:  Marauillosa  cosa  es  (hermosa  Nim- 
pha)  ver  lo  que  suFre  vn  triste  coraron,  que  a 
los  tran9es  de  amor  está  subjecto,  porque  el 
menor  mal  que  haze,  es  quitamos  el  juyzio, 
perder  la  memoria  de  toda  cosa,  y  henchir  la 
de  solo  él:  buelue  agen  o  de  si  todo  hombre,  y 
proprio  de  la  persona  amada.  Pues  qué  hará 
el  desuenturado,  que  se  yee  enemigo  de  plazer, 
amigo  de  soledad,  lleno  de  passiones,  cercado 
de  temores,  turbado  de  spiritu,  martyrizado  del 
seso,  sustentado  de  esperanza,  fatigado  de 
pensamientos,  afñigido  de  molestias,  traspassa- 
do  de  9elos,  Heno  perpetuamente  de  sospiros, 
enojos,  y  agrauios  que  jamás  le  faltan?  Y  lo 
que  más  me  marauillo  es  que  siendo  este  amor 
tan  intolerable  y  estremado  en  crueldad,  no 
quiera  el  spiritu  apartarse  del  ni  lo  procure:  mas 
antes  tenga  por  enemigo  a  quien  se  lo  acon- 
seja. Bien  está  todo  (dixo  Polidora)  pero  yo 
sé  muy  bien  que  por  la  mayor  parte  los  que 
aman,  tienen  más  de  palabras  que  de  passiones.  \ 
Señal  es  essa  (dixo  Syluano)  que  no  las  sabes 
sentir,  pues  no  las  puedes  creer,  y  bien  paresye 
que  no  has  sido  tocado  deste  mal,  ni  plega  a 
Dios  que  lo  seas:  el  qual  ninguno  lo  puede 
creer,  ni  la  calidad,  y  multitud  de  los  males  que 
del  pro9eden,  sino  el  que  participa  dellos. 
¿Cómo  que  piensas  tú  (hermosa  Nimpha)  que 
hallándose  continuamente  el  amante  confusa  la 
razón,  occupada  la  memoria,  cnagenada  la  fan- 
tasía y  el  sentido  del  ex9essiuo  amor  fatigado, 
quedará  la  lengua  tan  libre  que  pueda  fingir 
pasiones,  ni  mostrar  otra  cosa  de  lo  que  siente? 
Pues  no  te  engañes  en  esso,  que  yo  te  digo  que 
es  muy  al  renes  de  lo  que  tú  lo  imaginas.  Vesme 
aqui  donde  estoy  que  verdaderamente  ningima 

ORÍOBNBS   DE   LA   NOVELA. <— 20 


\ 


cosa  ay  en  mi,  que  se  pueda  gouernar  por  ra- 
zón, ni  aun  la  podrá  auer  en  quien  tan  ageno 
estuuiere  de  su  libertad  como  yo:  porque  todas 
las  subiectiones  corporales  dexan  libre  (a  lo 
menos)  la  volunted,  mas  la  snbjection  de  amor 
es  tal,  que  la  primera  cosa  que  haze,  es  toma- 
ros possesion  della,  y  quieres  tú,  pastera,  que 
forme  quexas,  y  finja  sospiros,  el  que  desta 
manera  se  vee  tratado?  Bien  paresQC  en  fin  que 
estás  libre  de  amor,  como  yo  poco  ha  te  dezia. 
\  Polidora  le  respondió:  yo  conozco,  Syluano,  que 
los  que  aman,  reciben  muchos  trabajos,  y  affli- 
9Íones,  todo  el  tiempo  que  no  alcan9an  lo  que 
dessean:  pero  después  de  conseguida  la  cosa 
desseada,  se  les  buelue  en  descanso  y  conten- 
tamiente.  De  manera  que  todos  los  males  que 
passan,  más  proceden  del  desseo,  que  de  amor 
que  tengan  a  lo  que  dessean.  Bien  paresye 
que  hablas  en  mal  que  no  tienes  experimen- 
todo  (dixo  Syluano)  porque  el  amor  de  aque- 
llos amantes  cuyas  penas  9essan  después  de 
auer  alcanzado  lo  que  dessean,  no  pro9ede 
su  amor  de  la  razón,  sino  de  un  apetite  baxo  y 
deshonesto.  Seluagla,  Bel  isa  y  la  hermosa  Cin- 
thia,  estañan  tratando,  quál  era  la  razón,  por- 
que en  absencia  las  más  de  las  uDzes  se  res- 
friaua  el  amor.  Belisa  no  podia  creer  que  por 
nadie  passasse  tan  gran  deslealtad,  diziendo: 
que  pues  siendo  muerte  el  su  Arsileo,  y  esf^ndo 
bien  segura  de  no  uerle  más,  le  tenia  el  mismo 
amor  que  quando  biuia,  que  ¿cómo  era  possible, 
ni  se  podia  suffrir,  que  nadie  oluidasse  en  ab- 
8en9ia  los  amores,  que  algún  tiempo  esperasse 
ver?  La  Nimpha  Ciuthia  le  respondió: [no  po- 
dré, Belisa,  responderte  con  tanta  sun9Íen9Ía 
como  por  uentura  la  materia  lo  requería,  por 
ser  cosa  que  no  se  puede  esperar  del  ingenio 
de  vna  Nimpha  como  yo.  Mas  lo  que  a  mi  me 
pares9e  es  que  quando  uno  se  parte  de  la  pre- 
sen9Ía  de  quien  quiero  bien  la  memoria  le  queda 
por  ojos:  pues  solamente  con  ella  uee  lo  que 
dessea.  Esta  memoria  tiene  cargo  de  represen- 
tar al  entendimiento  lo  que  contiene  en  sí,  y 
del  entenderse  la  persona  que  ama,  uiene  la  no- 
luntad, que  es  la  ter9era  potentia  del  ánima,  a 
engendrar  el  desseo  mediante  el  qual  tiene  el 
ausente  pena  por  uer  aquel  que  quiere  bien. 
De  manera  que  todos  estos  effectes  se  d(TÍaan 
de  la  memoria,  como  de  una  fuente,  donde 
nas9e  el  priuíipio  del  desseo.  Pues  aueys  de  sa- 
ber aora,  herniosas  pastoras,  que  como  la  memo- 
ria sea  una  cosa,  que  cuanto  más  va,  más  pierde 
su  fuer9a  y  uigor  oluidandose  de  lo  que  le  en- 
tregaron los  ojos:  ansi  tanbien  lo  pierden  las 
otras  poten9Ías,  cuyas  obras  en  ella  tenían  su 
priu9Ípio,  de  la  misma  manera  que  a  los  rios 
se  les  acabaría  su  corriente,  si  dexassen  de  ma- 
nar las  fuentes  adonde  nas9en.  Y  si  como  esto 
se  entiende  en  el  que  part^  se  entendiera  tam- 


806 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


bien  en  el  que  queda.  Y  pensar  tú,  hermosa 
pastora,  que  el  tiempo  no  curaría  tu  mal,  si 
dexasses  el  remedio  del  en  manos  de  la  sabia 
Felicia,  será  muy  gran  engaño:  porque  ninguno 
ay,  a  quien  ella  no  dé  remedio»  y  en  el  de  amo- 
res más  que  en  todos  los  otros. \La  sabia  Feli- 
cia, que  aunque  estaua  algo  apartada,  oyó  lo 
que  Ginthia  dixo,  le  respondió:  No  seria  peque> 
fia  crueldad  poner  yo  el  remedio,  de  quien  tanto 
lo  ha  menester,  en  manos  de  medio  tan  espa- 
cioso, como  es  el  tiempo.  Que  puesto  caso  que 
algunas  ues^s  no  lo  sea,  en  fin,  las  enfermeda- 
des grandes,  si  otro  remedio  no  tienen  sino  el 
suyo,  se  an  de  gastar  tan  despa9Ío  que  prímero 
que  se  acaben,  se  acabe  la  uidA  de  quien  las 
tiene.  Y  porque  mañana  pienso  entender  en  lo 
que  toca  al  remedio  de  la  hermosa  Felismena, 
y  de  toda  su  compañia,  y  los  rayos  del  dorado 
Apollo  paresce  que  iian  ya  dando  fin  a  su  jor- 
nada, será  bien  que  nosotros  lo  demos  a  nuestra 
platica,  y  nos  uamos  a  mi  aposento,  que  ya  la 
9ena  pienso  que  nos  está  aguardando.  Y  ansi 
te  fueron  en  casa  de  la  gran  sabia  FelÍ9¡a, 
donde  hallaron  ya  las  mesas  puestas,  debaxo  de 
unos  uerdes  parrales  que  estañan  en  un  jardín 
que  en  la  casa  auia.  (■)  Y  acabando  de  9enar, 
la  sabia  Felicia  rogo  a  Felismena  que  contasse 
alguna  cota,  ora  fuesse  hystoría,  o  algún  acres- 
9Ímiento,  que  en  la  prouinpia  de  Vandalia 
uuiesse  suc^edído.  Lo  qual  Felismena  hizo,  y 
con  muy  gentil  gracia  comen9o  a  contar  lo  pre- 
sente: 

En  tiempo  del  ualeroso  infante  dpn_  Fer- 
nando, que  después  fue  Rey  de  A.ragon,  uuo 
un  cauallero  en  España  llamado  Rodrigo  de 
Naruaez:  cuya  uirtud  y  esfuer90  fue  tan  gran- 
de, que  ansi  en  la  guerra,  como  en  la  paz  al- 
canzó nonbre  muy  prin9Ípal  entre  todos  los  de 
su  tienpo,  y  señaladamente  se  mostró  quando 
el  dicho  señor  infante  ganó  de  poder  de  los 
moros  la  yiudad  de  Antequera:  dando  a  enten- 
der en  muchas  empífesas  y  hechos  de  armas 
que  en  esta  guerra  suc9edieron,  un  animo  muy 
entero,  yn  cora9on  inuen9Íble,  y  una  liberalidad, 
mediante  la  qual  el  buen  capitán  no  solo  es 
estimado  de  su  gente:  mas  aun  la  agena  haze 
suya.  A  cuya  causa  meres9Ío  que  después  de 
ganada  aquella  tierra  en  recompensa  (aunque 
desygual  a  sus  ex9elentes  hechos)  se  le  dio  la 
alcaydia  y  defensa  della.  Y  junto  a  esto,  se  le 
dio  también  la  de  Alora,  donde  estuuo  lo  más 
del  tiempo,  con  9Ín4uenta  hidalgos  escogidos  a 


(*)  £q  la  edición  de  Milán  termina  aquí  el  libro  4.^ 
con  efltan  palabra^:  aY  acabando  de  ^>cnar,  y  tomando 
Hyen^ia  de  la  sabia  Feli9ia,  se  fac  cada  uno  al  apo- 
sento qae  aparejado  le  estabai> 

Falta,  por  consijkjfniente,  toda  la  historia  de  Abin- 
darráez,  qae  es  adición,  hecha  en  ediciones  posterío- 
reí  á  la  maerte  de  Jorge  de  Montemayor. 


sueldo  del  rey,  para  defensa  y  seguridad  de  la 
fuer9a.  Los  quales  con  el  buen  gouiemo  de  su 
capitán  emprendían  muy  ualerosas  empresas  en 
defen9Íon  de  la  fe  christiana,  saliendo  con  mucha 
honra  dellas,  y  perpetuando  su  fama  con  los 
señalados  hechos  que  en  ellos  hazian.  Pues 
como  sus  ánimos  fuessen  tan  enemigos  de  la 
09Íosidad,  y  el  exer9Í9Ío  de  las  armas  fuese 
tan  ac9epto  al  cora9on  del  ualeroso  Alcayde, 
Yna  noche  del  uerano,  cuya  claridad  y  frescura 
de  un  blando  viento  combidaua  a  no  dexar  de 
gozalla,  el  Alcayde  con  nueue  de  sus  caualle- 
ros,  porque  los  demás  quedassen  en  guarda  de 
la  fuer9a  armados  a  punto  de  guerra,  se  sahe- 
ron  de  Alora,  por  uer  si  los  moros  sus  fronte- 
ros se  descuydauan,  y  confiados  en  ser  de  noche, 
passauan  por  algún  camino,  de  los  que  9erca 
de  la  villa  estañan.  Pues  yendo  los  nueue  caua- 
lleros  y  su  capitán  ualeroso  con  todo  el  secreto 
possible,  y  con  muy  gran  cuydado  de  no  ser 
sentidos,  llegaron  a  donde  el  camino  por  do 
yua  se  repartia  en  dos,  y  después  de  tener  su 
consejo,  acordaron  de  repartirse  9Ínco  por  cada 
uno,  con  tal  orden  que  si  los  unos  se  uiessen  en 
algún  apríeto,  tocando  una  corneta,  serían  socor- 
ridos de  los  otros.  Y  desta  manera  el  Alcayde, 
y  los  quatro  dellos  echaron  a  la  vna  mano,  y 
ios  otros  9¡nco  a  la  otra,  los  quales  yendo  por 
el  camino,  hablando  en  diuersas  cosas  y  des- 
seando  cada  vno  dellos  hallar  en  qiié  emplear 
su  persona,  y  señalarse,  como  cada  dia  acos- 
tunbrauan  hazer,  oyeron  no  muy  lexos  de  si 
vna  boz  de  hombre  que  suauissimamente  can- 
tana,  y  de  quando  en  quando  daua  vn  suspiro, 
que  del  alma  le  salia,  en  el  qual  daua  muy  bien 
a  entender  que  alguna  passion  enamorada  le 
occupaua  el  pensamiento.  Los  caualleros  que 
esto  oyeron,  se  meten  entre  un  arboleda  que 
cerca  del  camino  auia,  y  como  la  luna  fuesse 
tan  olara  que  el  dia  no  lo  era  más,  uieron  uenir 
por  el  camino  donde  ellos  ynan  un  moro  tan 
gentil  hombre  y  bien  tallado,  que  su  persona 
daua  bien  a  entender  que  deuia  ser  de  gran 
linaje  y  e8fuer9o:  uenia  en  un  gran  cauallo  ruó- 
9Í0  rodado,  uestida  una  marlota  y  albornoz 
de  damasco  carmesí,  con  rapa9ejos  de  oro,  y 
las  labores  del  9ercadas  de  cordon9Íl]o8  de  plata. 
Traya  en  la  cinta  un  hermoso  alfanje  con  mu- 
chas borlas  de  seda  y  oro,  en  la  cabe9a  una 
toca  Tunezi  de  seda  y  algodón  listada  de  oro  y 
rapa9ejos  de  lo  mismo,  la  qual  dándole  muchas 
bueltas  por  la  cabe9a  le  seruia  de  ornamento  y 
defensa  de  su  persona.  Traya  una  adarga  en  el 
bra9o  yzquierdo  muy  grande,  y  en  la  derecha 
mano  vna  lan9a  de  dos  hierros.  Con  tan  gentil 
ayre,  y  continente  uenia  el  enamorado  moro, 
que  no  se  podia  más  dessear,  y  aduertiendo  a 
la  can9Íon  que  dezia,  oyeron  que  el  roman9« 
(aunque  en  arábigo  le  dixesse)  era  este: 


\ 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


807 


En  Cártama  me  he  criado, 
nas^i  en  Granada  primero, 
mas  íxxj  de  Alora  frontero, 
y  en  Coyn  enamorado. 

Aunque  en  Granada  nas9Í, 
7  en  Cártama  me  crié, 
en  Coyn  tengo  mi  fe, 
con  la  libertad  que  di, 
alli  bino  adonde  muero, 
y  estoy  do  está  mi  cuydado, 
y  de  Alora  soy  frontero, 
y  en  Coyn  enamorado. 

Los  cinco  caualleros  que  qui^a  de  las  pas- 
siones  enamoradas  tenian  poca  experienyia,  o 
ya  que  la  tuuiessen,  tenian  más  ojo  al  interesse 
que  tan  buena  presa  les  prometía,  que  a  la  ena- 
morada canción  del  moro,  saliendo  de  la  embos- 
cada, dieron  con  grAn  Ímpetu  sobre  él;  mas  el 
valiente  moro  que  en  semejantes  cosas  era  es- 
perimentado  (aunque  entonces  el  amor  fuesse 
sefior  de  sus  pensamientos)  no  dezó  de  boluer 
sobre  si  con  mucho  animo,  y  con  la  lauQa  en 
la  mano,  comien9a  a  escaramuzar  con  todos  los 
9Ínco  christianos,  a  los  quales  muy  en  breue 
di6  a  conos9er  que  no  era  menos  ualiente  que 
enamorado.  Algunos  dizen  que  uinieron  a  él 
uno  a  uno,  pero  los  que  han  llegado  al  cabo 
con  la  uerdad  desta  historia,  no  dizen  sino  que 
fueron  todos  juntos,  y  es  razonable  cosa  de 
creer  que  para  prendelle  yrían  todos,  y  que 
quando  uiessen  que  se  defendia,  se  apartarían 
los  quatro.  Como  quiera  que  sea,  él  los  puso  en 
tmtft  nepeiidid  que  derribando  los  tres,  los 
otros  dott  cometían  con  grandisaímo  animo,  y  no 
era  menester  poco  según  el  ualiente  adueraario 
que  tenian,  porque  puesto  caso  que  anduuiesse 
herido  en  un  muslo,  aunque  no  de  herida  peli- 
gro8a„no  era  su  esfuerzo  de  manera  que  aun  las 
heridas  mortales  le  pudiessen  espantar,  pues 
auiendo  perdido  su  lan^a,  puso  las  piernas  al 
caoallo,  haziendo  muestra  de  huyr:  los  dos  caua- 
Ueros  lo  seguian,  y  él  buelue  a  passar  entrellos 
como  un  rayo,  y  en  llegando  a  donde  estaña  uno 
de  los  tres  quél  auia  derribado,  se  dexó  colgar 
del  cauallo,  y  tomando  la  lanza  se  boluio  a  en- 
derezar con  grAií  ligereza  en  la  silla.  A  esta  hora, 
yno  de  los  dos  escuderos  tocó  el  cuerno,  y  él  se 
yino  a  ellos,  y  los  traya  de  manera  que  si  aquella 
hora  el  ufleroso  Alcayde  no  llegara,  llenaran 
el  camino  de  los  tres  compañeros  que  en  el 
campo  estañan  tendidos.  Pues  como  el  Alcayde 
llego,  y  vído  que  ualerosamente  el  moro  se 
combatia  tunólo  en  mucho,  y  desseó  en  extremo 
.  prouarse  con  él,  y  muy  cortesemente  le  dixo: 
I  Por  9¡erto,  cauallero,  no  es  vuestra  valentía  y 
esfuerzo  de  manera  que  no  se  gane  mucha 
honra  en  uenceros,  y  si  esta  la  fortuna  me  otor- 
gasse  no  temia  mas  que  pedille:  mas  aunque 


sé  el  peligro  a  que  me  pongo  con  quien  tan  bien 
se  sabe  defender,  no  dexaré  de  hazello,  pues 
que  ya  en  el  acometello  no  puede  dezar  de 
ganarse  mucho.  Y  diziendo  esto,  hizo  apartar 
los  suyos,  poniéndose  el  vencido  por  premio  del 
uencedor.  Apartados  que  fueron,  la  escaramuza 
entre  los  dos  ualientes  caualleros  se  comenzó. 
El  ualeroso  Naruaez  desseaua  la  victoria,  por- 
que la  valentia  del  Moro  le  acreszentaua  la  glo- 
ria que  con  ella  esperaua.  El  esforzado  Moro, 
no  menos  que  el  Alcayde  la  desseaua,  y  no  con 
otro  fin,  sino  de  conseguir  el  de  su  esperanza. 
Y  ansi  andauan  los  dos  tan  ligeros  en  el  he- 
rirse y  tan  osados  en  acometerse,  que  si  el  can- 
sancio passado  y  la  herida  que  el  Moro  tenia  no 
se  lo  estoruara,  con  dificultad  uniera  el  Al- 
cayde victoria  de  aquel  hecho.  Mas  esto,  y  el 
no  poder  menearse  su  cauallo,  muy  claramente 
se  la  prometían,  y  no  porque  en  el  Moro  se 
conosziesse  punto  de  couardia,  mas  como  uio 
que  sola  esta  batalla  le  yua  la  vida,  la  qual  él 
trocara  por  el  contentamiento  que  la  fortuna 
entonzes  le  negaua,  se  esforzó  quanto  pudo,  y 
poniéndose  sobre  los  estriuos,  dio  al  Alcayde 
vna  gran  lanzada  por  enzima  del  adarga.  El  qual 
rezebido  aquel  golpe,  le  respondió  con  otro  en 
el  brazo  derecho,  y  atreu ¡endose  en  sus  fuerzas 
si  a  brazos  uiniessen,  arremetió  con  él,  y  con 
tanta  fuerza  le  abrazó  que  sacándolo  de  la  silla, 
dio  con  él  en  tierra  diziendo  :|  Cauallero,  date 
por  miuenzido,  si  más  no  estimas  serlo,  que  la 
vida  en  mis  manos  tienes.lMatarme  (respondió 
el  Moro)  está  en  tu  mano  como  dizes,  pero  no 
me  hará  tanto  mal  la  fortuna  que  pueda  ser 
venzido,  sino  de  quien  mucho  ha  que  me  he  de- 
xado  venzer,  y  este  solo  contento  me  queda  de 
la  prisión  a  que  mi  desdicha  me  ha  traydo.  No 
miró  el  Alcayde,  tanto  en  las  palabras  del 
moro,  que  por  entonzes  le  preguntasse  a  qué 
fin  las  dezia,  mas  vsando  de  aquella  clemenzia 
que  el  uenzedor  ualeroso  suele  usar  con  el  des- 
amparado de  la  fortuna,  lo  ayudó  a  leuantar,  y 
el  mismo  le  apretó  las  llagas,  las  quales  no 
eran  tan  grandes  que  le  estoruassen  a  subir  en 
su  cauallo,  y  assi  todos  juntos  con  la  presa 
tomaron  el  camino  de  Alora.  El  Alcayde  lleuaua 
siempre  en  el  moro  puestos  los  ojos,  pareszien- 
dole  de  gentil  talle  y  disposizion,  acordauase 
de  lo  que  le  auia  uisto  hazer,  paresziale  dema- 
siada tristeza  la  que  lleuaua  para  un  animo  tan 
grande,  y  porque  también  se  iuntauan  a  esto 
algunos  sospiros,  que  dañan  a  entender  más 
pena  de  la  que  se  podia  pensar  que  cupiera  en 
honbre  tan  ualiente,  y  queriéndose  informar 
mejor  de  la  causa  desto  le  dixo:  j  Cauallero, 
mira  que  el  prisionero  que  en  la  prisión  pierde 
el  animo,  auentura  el  derecho  de  la  libertad,  y 
que  en  las  cosas  de  la  guerra,  se  an  de  rezebir 
las  aduersaa  con  tan  buen  rostro,  que  se  me- 


308 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


rezca  por  esta  grandeza  de  animo  gozar  de  las 
prosperas,  y  no  me  pares^c  que  estos  sospiros 
corresponden  al  ualor  y  esfuerzo  que  tu  persona 
ha  mostrado,  ni  las  heridas  son  tan  grandes, 
que  se  auentura  la  uida,  la  qual  no  has  mostrado 
tener  en  tanto,  que  por  la  honra  no  dexasses 
de  oluidalla.  Pues  si  otra  ocasión  te  da  tristeza, 
dimela,  que  ]x>r  la  fe  de  cauallero  te  juro,  que 
use  contigo  de  tanta  amistad  que  jamas  te 
puedas  quexar  de  anermelo  dixo.  El  moro  oyen- 
do las  palabras  del  Alcayde,  las  quales  arguyan 
un  animo  grande  y  magnánimo,  y  la  offerta  que 
■le  auia  hecho  de  ayudallo,  paresciole  discreción 
muy  grande  no  encubrille  la  causa  de  su  mal, 
pues  sus  palabras  le  dauan  tan  grande  espe- 
ran9a  de  remedio,  y  aleando  el  rostro  que  con 
el  peso  de  la  tristeza  lo  lleuaua  inclinado,  le 
dixo:  ¿Cómo  te  llamas  cauallero,  que  tanto  es- 
fuerzo me  pones  y  8entim¡<»nto  muestras  tener 
de  mi  mal?  Esto  no  te  negaré  yo,  dixo  el  Alcay- 
de, a  mi  me  llaman  Rodrigo  de  Naruaez,  soy 
Alcayde  de  Alora  y  Antequera:  tengo  aquellas 
dos  fuerzas  por  el  Rey  de  Castilla  mi  señor. 
Quando  el  moro  lo  oyó  esto,  con  un  semblante 
algo  más  alegre  que  hasta  alli,  le  dixo:  En  ex- 
tremo me  huelgo,  que  mi  mala  fortuna  traya 
un  descuento  tan  bueno,  como  es  auerme  puesto 
en  tus  manos,  de  cuyo  esfuerzo  y  uirtud  muchos 
dias  lia  que  soy  informado,  y  aunque  más  cara 
me  costasse  la  experiencia,  no  me  puedo  agra- 
iiiar,  pues  como  digo,  me  desagrauia  uerme  en 
poder  de  una  persona  tan  principal.  Y  porqué 
ser  uen9¡do  de  ti  me  obliga  a  tenerme  en  mu- 
cho, y  que  de  mí  no  se  entienda  flaqueza  sin 
tan  gran  occasion  que  no  sea  en  mi  mano  dexar 
de  tenella,  suplicóte  por  quien  eres  que  mandes 
apartar  tus  caualleros,  para  que  entiendas  que 
no  el  dolor  de  las  heridas,  ni  la  pena  de  uerme 
preso,  es  causa  de  mi  tristeza.  El  Alcayde  oyen- 
do estos  razones  al  moro  tuuolo  en  mucho,  y 
porque  en  extremo  d^seaua  informarse  de  su 
sospecha,  mandó  a  sus  caualleros  que  fucssen 
algo  delante,  y  quedando  solos  los  dos,  el  moro 
sacando  del  alma  un  profundo  sospiro,  dixo  des- 
ta  manera:  Valeroso  Alcayde,  si  la  experiencia 
de  tu  gran  uirtud  no  me  la  uniese  el  tienpa  pues- 
to delante  los  ojos,  muy  escusadas  serian  las  pa- 
labras que  tu  noluntad  me  fuerya  a  dezir,  ni  la 
cuenta  que  te  pienso  dar  de  mi  uida,  que  cada 
hora  es  cercada  de  mil  desassosiegos  y  sospe- 
chas; la  menor  de  las  quales  te  parescera  peor 
que  mil  muertos.  Mas  como  de  una  parte  me 
assegure  lo  que  digo,  y  de  la  otra  que  eres  ca- 
uallero y  que  o  auras  oydo,  ó  avrá  passado  por 
ti  semeiante  passion  que  la  mia,  quiero  que 
sepas  que  a  mi  me  llaman  Abindarraez  el  moco, 
A  differencia  de  un  tio  mío,  hermano  de  mi 
padre,  que  tiene  el  mesmo  apellido.  Soy  de  los 
abencerrajes  de  Granada,  en  cuya  desuentu- 


ra  aprendí  a  ser  desdichado,  y  porque  sepas 
quál  fue  la  suya,  y  de  ay  uengas  a  entender  lo 
que  se  puede  esperar  de  la  mia:  sabrás  que  uuo 
en  Granada  un  linaje  de  caualleros  llamados 
abencerrajes;  sus  hechos  y  sus  personas  ansi 
en  esfuerfo  para  la  guerra,  como  en  prudencia 
para  la  paz,  y  gouiemo  de  nuestra  república 
eran  el  espejo  de  aquel  reyno.  Los  uiejos  eran 
del  consejo  del  Rey,  los  mocos  exercitanan  sus 
personas  en  actos  de  caualleria  siruiendo  a  las 
damas  y  mostrando  en  si  la  gentileza  y  ualor 
de  sus  personas.  Eran  muy  amados  de  la  gente 
popular,  y  no  mal  quistes  entre  la  principal, 
aunque  en  todas  las  buenas  partes  que  un 
cauallero  deue  tener  se  auentajassen  a  todos 
los  otros.  Eran  muy  estimados  del  Rey,  nunca 
cometieron  cosa  en  la  guerra  ni  el  consejo,  que 
la  experiencia  no  correspondiesse  a  lo  que  dellos 
se  esperaua,  en  tanto  grado  era  loada  su  ualen- 
tia,  lil)ertad  y  gentileza,  que  se  trajo  por  exem- 
plo,  uo  auer  abencerraje  couarde,  cscasso,  ni  de 
mala  disposición.  Eran  maestros  de  los  trajes, 
de  las  inuenciones,  la  cortesía  y  seruicio  de  las 
damas  andana  en  ellos  en  su  uerdadero  punto, 
nunca  abencerraje  simio  dama  de  quien  no 
fuesse  fauorescido,  ni  dama  se  tuuo  por  dig^a 
deste  nombre  que  no  tuuiesse  abencerraje  por 
seruidor.  Pues  estando  ellos  en  esta  prosperidad 
y  honra  y  en  la  reputación  que  se  puede  dessear, 
uino  la  fortuna  embidiosa  del  descanso  y  con- 
tentamiento de  los  hombres,  a  d^riballos  de 
aquel  estado,  en  el  más  triste  y  desdichado  que 
se  puede  imaginar,  cuyo  principio  fue  auer  el 
Rey  hecho  cierto  agrauio  a  dos  abencerrajes,  por 
donde  les  leuantaron  que  ellos  con  otros  diez 
caualleros  de  su  linaje  se  auian  conjurado  de 
matar  al  Rey  y  diuidir  el  reyno  entre  si,  por 
uengarse  de  la  injuria  alli  recibida.  Esta  con- 
juración, ora  fuesse  uerdadera,  o  que  ya  fuesse 
falsa,  fue  descubierta  antes  que  se  pnsiesse  en 
execucion,  y  Fueron  presos  y  cortadas  las  cabe- 
Cas  a  tedos,  antes  que  uiniesse  a  noticia  del 
pueblo,  el  qual  sin  duda  se  aleara,  no  consin- 
tiendo en  esta  iusticia.  Llenándolos  pues  a  ius- 
ticiar,  era  cosa  estrafíissima  uer  los  llantos  de 
los  unos,  las  endt»chas  de  los  otros,  que  de  con- 
passion  de  estos  caualleros  por  toda  la  ciudad 
se  hazian.  Todos  corrian  al  Rey,  comprauanle 
la  misericordia  con  grandes  summas  de  oro  y 

Í)lata,  mas  la  seueridad  fue  tanta,  que  no  dio 
ugar  a  la  clemencia.  Y  como  esto  el  pueblo 
uio,  los  comenco  a  llorar  de  nueuo;  llorauan  los 
caualleros  con  quien  solian  acompañarse,  llo- 
rauan las  damas,  a  quien  seruian;  lloraua  toda 
la  ciudad  la  honra  y  aiitoridad  que  tales  ciuda- 
dadanos  le  dauan.  Las  bozes  y  alaridos  eran 
tantos  que  parescian  hundirse.  El  Rey  que  a 
todas  estas  lagrimas  y  sentimiento  c^rraua  los 
oydos,  mandó  que  se  executasse  la  sentencia,  y 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


809 


de  todo  aquel  linaje  no  quedo  hombre  que  no 
fuesse  degollado  aquel  dia,  saino  mi  padre  y 
un  tio  mió,  los  quales  se  halló  que  no  anian 
sido  en  esta  conjuración.  Resultó  más  deste  mi- 
serable caso,  derríballcs  las  casas,  aprcgonallos 
el  Rey  por  trajdores,  confíscallcs  sus  heredades 
y  tierras,  y  que  ningún  abencerraje  más  pudies- 
se  biuir  en  Granada,  saluo  mi  padre  y  mi  tio, 
con  condición  que  si  tuuiessen  hijos,  a  los  ua- 
rones  embiassen  luego  en  nasciendo  a  criar 
fuera  de  la  ciudad,  para  que  nunca  boluiessen 
a  ella;  y  que  si  fuessen  hcnbras,  que  siendo  de 
edad,  las  casassen  fuera  del  reyno.  Quando  el 
Alcayde  oyó  el  estrafio  cuento  de  Abindarraez 
y  las  palabras  con  que  se  quexaua  de  su  desdi- 
cha, no  pudo  tener  sus  lagrimas,  que  con  ellas 
no  mostrasse  el  sentimiento  que  de  tan  desas- 
trado caso  deuía  sentirse.  Y  boluiendose  al 
moro,  lo  dixo(Por  cierto,  Abindarraez,  tú  tienes 
grandissima  occasion  de  sentir  la  gran  cayda 
de  tu  linaje,  del  qual  yo  no  puedo  creer  que  se 
pusiesseen  hazer  tan  grande  traycion,  y  quando 
otra  prueua  no  tuuiesse,  sino  proceder  della  un 
honbre  tan  señalado  como  tú,  bastaria  para  yo 
creer  que  no  podría  caber  en  ellos  maldad. 
^Esta  opinión  que  tienes  de  mí,  respondió  el 
moro,  Alá  te  la  pague,  y  él  es  testigo  que  la  que 
generalmente  se  tiene  de  la  bondad  de  mis  pas- 
sados,  es  essa  misma.  Pues  como  yo  nasciesse 
al  mundo  con  la  misma  uentura  de  los  mios, 
me  embiaron  (por  no  quebrar  el  edicto  del  Rey) 
a  criar  a  una  fortaleza  que  fue  de  christianos, 
llamada  Cártama,  encomendándome  al  Alcayde 
della,  con  quien  mi  padre  tenia  antigua  amis- 
tad, hombre  de  gran  calidad  en  el  reyno,  y  de 
grandissima  uerdad  y  riqueza:  y  la  mayor  que 
tenia  era  una  hija,  la  qual  es  el  mayor  bien 
que  yo  en  esta  uida  tengo.  Y  Alá  me  la  quite 
si  yo  en  algún  tiempo  tuuiere  sin  ella  otra  cosa 
que  me  dé  contento.  Con  esta  me  cric  desde 
niño,  porque  también  ella  lo  era,  debaxo  de  un 
engaño,  el  qual  era  pensar  que  eramos  ambos 
hermanos,  porque  como  tales  nos  tratauamos 
y  por  tales  nos  teniamos,  y  su  padre  como  a  sus 
hijos  nos  criaua.  El  amor  que  yo  tenia  a  la 
hermosa  Xarifa  (que  assi  se  llama  esta  señora 
qiie  lo  es  de  tnTlibertad)  no  sería  muy  grande 
si  yo  supiesse  dezillo;  basta  auerme  traydo  a 
tienpo  que  mil  uidas  diera  por  gozar  de  su 
uista  solo  vn  momento.  Yua  cresciendo  la  edad, 
pero  mucho  más  crcs^ia  el  amor,  y  tanto  que 
ya  páresela  de  otro  metal  que  no  de  paren- 
tesco. Acuerdóme  que  un  dia  estando  Xarifa 
en  la  huerta  de  los  jazmines  con  poniendo  su 
hermosa  cabeca,  mirela  espantado  de  su  gran 
hermosura,  no  sé  cómo  me  peso  de  que  fuesse 
mi  hermana.  Y  no  aguardando  más,  fueme  a 
ella,  y  con  los  bracos  abiertos,  ansi  como  me 
uio,  me  salió  a  recebir,  y  sentándome  en  la 


fuente  iunto  a  ella,  me  dixo:  Hermano,  ¿cómo 
me  dexaste  tanto  tienpo  sola?  Yo  lo  respondía: 
Señora  mia,  gran  rato  ha  que  os  busco:  y  nunca 
hallé  quien  me  dixesse  do  estañados  hasta  que 
mi  coracon  me  lo  dixo:  mas  dezidme  agora, 
¿qué  cortedad  teneys  nos  de  que  somos  herma- 
nos? Yo  no  otra  (dixo  ella)  más  del  grande 
amor  que  os  tengo,  y  uer  que  hermanos  nos 
llaman  todos  y  que  mi  padre  nos  trata  a  los 
dos  como  a  hijos.  Y  si  no  fuéramos  hermanos 
(dixo  yo)  quisierades  me  tanto?  ¿No  ueys  (dixo 
ella)  que  a  no  lo  ser,  no  nos  dexarian  andar 
siempre  juntos  y  solos,  como  nos  dexan?  Pues 
si  este  bien  nos  auian  de  quitar  (dixe  yo)  más 
uale  el  que  me  tengo.  Entonces  encendiosele 
el  hermoso  rostro,  y  me  dixo:  ¿Qué  pierdes  tu 
en  que  seamos  hermanos?  Pierdo  a  mi  y  a  nos 
(dixe  yo).  No  te  entiendo  (dixo  ella),  mas  a  mí 
parescenie  que  ser  hermanos  nos  obliga  a  amar- 
nos naturalmente.  A  mí  (dixe  yo)  sola  nuestra 
hermosura  me  obliga  á  quereros,  que  esta  her- 
mandad antes  me  resfria  algunas  uezes;  y  con 
esto  abaxando  mis  ojos  de  empacho  de  lo  que 
dixo,  uila  en  las  aguas  de  la  fuente  tan  al  pro- 
prio  como  ella  era,  de  suerte  que  a  do  quiera  que 
boluia  la  cabeca,  hallaua  su  ymagen  y  trasunto, 
y  la  uia  uerdadora  transladada  en  mis  entrañas. 
Dezia  yo  entonces  entre  mí:  Si  me  ahogassen 
aora  en  esta  fuente  a  do  neo  a  mi  señora,  quánto 
más  dcsculpado  moriria  yo  que  Narciso;  y  si 
ella  me  amassc  como  yo  la  amo,  qué  dichoso 
sería  yo.  Y  si  la  fortuna  permitiesse  biuir  siem- 
pre juntos,  qué  sabrosa  uida  seria  la  mia!  Estas 
palabras  dezia  yo  a  mi  mesmo,  y  pesárame  que 
otro  me  las  oyera.  Y  diziendo  esto  lebanteme, 
y  boluiendo  las  manos  hazia  vnos  jazmines,  de 
que  aquella  fuente  estaña  rodeada,  mezclándo- 
los con  arrayanes  hizo  vna  hermosa  guirnalda, 
y  poniéndomela  sobre  mi  cabeca,  me  boluí 
coronado  y  vencido;  entonces  ella  puso  los  ojos 
en  mi  más  dulcemente  al  parecer,  y  quitándo- 
me la  guirnalda  la  puso  sobre  su  cabeca,  pare- 
ciendo en  aquel  punto  más  hermosa  que  Venus, 
y  boluiendo  el  rostro  hazia  mi,  me  dixo:  ¿Qué 
te  parece  de  mí,  Abindarraez?  Yo  la  dixe:  Pa- 
roceme  que  acabays  de  vencer  a  todo  el  mundo, 
y  que  os  coronan  por  rey  na  y  señora  del.  Le- 
uantandose  me  tomó  de  la  mano,diciendonie:  Si 
csso  fuera,  hermano,  no  perdierades  no»  nada. 
Yo  sin  la  responder  la  segui  hasta  que  salimos 
de  la  huerta.  De  ahi  algunos  dias,  ya  que  ál 
crudo  amor  le  pareció  que  tardaua  mucho  en 
acabar  de  darme  el  desengaño  de  lo  que  pen- 
sana  que  auia  de  ser  de  mí,  y  el  tiempo  que- 
riendo descubrir  la  calada,  venimos  a  saber  que 
el  parent(?sco  entre  nosotros  era  ninguno,  y  asi 
quedó  la  afición  en  su  verdadero  punto.  Todo 
mi  contentamiento  estaña  en  ella:  mi  alma  tan 
cortada  a  medida  de  la  suya,  que  todo  lo  que 


810 


orígenes  de  la  novela 


en  sa  rostro  no  ania,  me  parepia  feo,  físcusado 
7  sin  proaecho  en  el  mando.  Ya  a  este  tiempo, 
nuestros  pasatiempos  eran  muy  diferentes  de 
los  pasados:  ya  la  miraya  con  rebelo  de  ser  sen- 
tido: ya  tenia  zelo  del  sol  que  la  tocaba,  y  aun 
mirándome  con  el  mismo  contento  que  hasta 
alli  me  auia  mirado,  a  mi  no  me  lo  pare9Ía, 
porque  la  desconfianza  propia  es  la  cosa  más 
pierta  en  vn  coraron  enamorado.  Sucedió  que 
estando  ella  vn  dia  junto  a  la  clara  fuente  de 
los  jazmines,  yo  llegué,  y  comenzando  a  hablar 
con  ella  no  me  pare9Ío  que  su  habla  y  conte- 
nencia se  conformaua  con  lo  pasado.  Rogóme 
que  cantasse,  porque  era  yna  cosa  que  ella  mu- 
chas vezes  holgaua  de  oyr:  y  estaua  yo  aquella 
ora  tan  desconfiado  de  mi  que  no  crei  que  me 
mandaua  cantar  porque  holgase  de  oyrme,  sino 
por  entretenerme  en  aquello,  de  manera  que 
me  faltase  tiempo  para  de9¡lle  mi  mal.  Yo  que 
no  estudiaua  en  otra  cosa,  sino  en  hazer  lo  que 
mi  sefiora  Xarífa  mandaua,  comenze  en  lengua 
arábiga  a  cantar  esta  can9Íon,  en  la  qual  la  di 
a  entender  toda  la  crueldad  que  della  sospe- 
chaua: 

Si  hebras  de  oro  son  vuestros  cabellos, 
a  cuia  sombra  están  los  claros  ojos, 
dos  soles  cuyo  pielo  es  yuestra  frente; 
faltó  rubi  para  hazer  la  boca, 
faltó  el  chrístal  para  el  hermoso  cuello, 
faltó  diamante  para  el  blanco  pecho. 

Bien  es  el  coraron  qual  es  el  pecho, 
pues  flecha  de  metal  de  los  cabellos, 
iamas  os  haze  que  boluays  el  cuello, 
ni  que  deis  contento  con  los  ojos: 
pues  esperad  yn  si  de  aquella  boca 
de  quien  miró  jamas  con  leda  frente. 

¿Hay  más  hermosa  y  desabrida  frente 
para  tan  duro  y  tan  hermoso  pecho? 
¿Hay  tan  diuina  y  tan  airada  boca? 
¿tan  ricos  y  auaríentos  ay  cabdlos? 
¿quién  yio  crueles  tan  serenos  ojos 
y  tan  sin  mouimiento  el  dulce  cuello? 

El  crudo  amor  me  tiene  el  lazo  al  cuello, 
mudada  y  sin  color  la  triste  frente, 
muy  cerca  de  cerrarse  están  mis  ojos: 
el  coraron  se  mueue  acá  en  el  pecho, 
medroso  y  erizado  está  el  cabello, 
y  niiQca  oyó  palabra  desa  boca. 

O  más  hermosa  y  más  perfecta  boca 
que  yo  sabré  dezir:  o  liso  cuello, 
o  rayos  de  aquel  sol  que  no  cabellos, 
o  christalina  cara,  o  bella  frente, 
o  blanco  ygual  y  diamantino  pecho, 
¿quando  he  de  uer  clemencia  en  esos  ojos? 

Ya  siento  el  nó  en  el  boluer  los  ojos, 
oid  si  afirma  pues  la  dulce  boca, 
mirad  si  está  en  su  ser  el  duro  pecho, 
y  cómo  acá  y  allá  menea  el  cuello, 


sentid  el  cefio  en  la  hermosa  frente; 
pues  ¿qué  podre  esperar  de  los  cabellos? 

Si  saben  dezir  no  el  cuello  y  pecho, 
si  niega  ya  la  frente  y  los  cabellos, 
¿los  ojos  qué  harán  y  hermosa  boca? 

Pudieron  tanto  estas  palabras  que  siendo 
ayudadas  del  amor  de  aquella  a  quien  se  dezian, 
yo  ui  derramar  ynas  lagrimas  que  me  enterne- 
cieron el  alma,  de  manera  que  no  sabré  dezir 
si  fue  maior  el  contento  de  uer  tan  uerdadero 
testimonio  del  amor  de  mi  sefiora  o  la  pena 
que  re^ibi  de  la  ocasión  de  derramallas.  Y  lla- 
mándome me  hizo  sentar  junto  a  si,  y  me  co- 
menzó a  hablar  desta  manera:  Abindarraez, 
si  el  amor  a  que  estoy  obligada  (después  que 
me  satisfize  de  tu  pensamiento)  es  pequeño  o 
de  manera  que  no  pueda  acauarse  con  la  uida, 
yo  espero  que  antes  que  dejemos  solo  el  lugar 
donde  estamos,  mis  palabras  te  lo  den  a  enten- 
der. No  te  quiero  poner  culpa  de  lo  que  las 
desconfianzas  te  hazen  sentir,  porque  sé  que 
es  tan  9Íerta  cosa  tenellas  que  no  ay  en  amor 
cosa  que  más  lo  sea.  Mas  para  remedio  de  esto 
y  de  la  tristeza,  que  yo  tenia  en  uerme  en  alg^n 
tiempo  apartada  de  ti;  de  oy  más  te  puedes  te- 
ner por  tan  Seftor  de  mi  libertad,  como  lo  serás 
no  queriendo  rehusar  el  vinculo  de  matrimonio, 
lo  qual  ante  todas  cosas  impide  mi  honestidad 
y  el  grande  amor  que  tengo.  Yo  que  estas  pa- 
labras oi,  habiéndomelas  esperar  amor  muy  de 
otra  manera,  fue  tanta  mi  alegpria  que  sino  fue 
hincar  los  hinojos  en  tierra  besándole  sus  her- 
mosas manos,  no  supe  hazer  otra  cosa.  Debajo 
de  esta  palabra  yiyi  algunos  dias  con  maior 
contentamiento  del  que  yo  aora  sabré  dezir:  qui- 
so la  ventura  envidiosa  de  nuestra  alegre  vida 
quitamos  este  dulce  y  alegre  contentamiento,  y 
fue  desta  manera:  que  el  Rey  de  Granada  por 
mejorar  en  cargo  al  Alcaydede  Cártama,  embio- 
le  a  mandar  que  luego  dezasse  la  fortaleza,  y  se 
fuesse  en  Cpyn,  que  es  aquel  lugar  frontero  del 
nuestro,  y  me  dexasse  a  mi  en  Cartania  en 
poder  del  Alcayde  que  alli  viniesse.  Sabida  esta 
tan  desastrada  nueua  por  mi  señora  y  por  mi, 
juzgad  vos  si  en  algún  tiempo  fuesses  enamo- 
rado, lo  que  podríamos  sentir.  Juntamonos  en 
un  lugar  secreto  a  llorar  nuestra  perdida  y 
apartamiento.  Yo  la  llamaua  sefiora  mia,  mi 
bien  solo,  y  otros  diuersos  nombres  quel  amor 
me  mostraua.  Deziale  llorando:  apartándose 
nuestra  hermosura  de  mi,  ¿tendreys  alguna  uez 
memoria  deste  nuestro  captiuo?  Aqui  las  lagri- 
mas y  sospiros  atajauan  las  palabras,  y  yo 
esfor9andome  para  dezir  más,  dezia  algunas 
razones  turbadas,  de  que  no  me  acuerdo:  por- 
que mi  sefiora  llenó  mi  memoria  tras  si.  ¿Pues 
quién  podra  dezir  lo  que  mi  sefiora  sentia  deste 
apartamiento,  y  lo  que  a  mi  hazian  sentir  las 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


811 


lagrimas  que  por  esta  causa  derramaua?  Pala- 
bras me  dixo  ella  entonces  que  la  menor  dellas 
hastaua  para  dar  en  qué  entender  al  senti- 
miento toda  la  nida.  Y  no  te  las  quiero  dezir 
(ualeroso  Alcajde),  porque  si  tu  pecho  no  ha 
sido  tocado  de  amor,  te  paies^erian  impossiblcs; 
y  si  lo  ha  sido,  ueriades  que  quien  las  ojesse, 
no  podra  quedar  con  la  uida.  Baste  que  el  fin 
dellas  fue  dezirme  que  en  auiendo  occasion,  o 
por  enfermedad  de  su  padre,  o  ansenpia,  ella 
me  embiaria  a  llamar  para  que  vniesse  effecto 
lo  que  entre  nos  dos  fue  con9ertado.  Con  esta 
promessa  mi  coraron  se  assossego  algo,  y  besé 
las  manos  por  la  merced  que  me  prometía. 
Ellos  se  partieron  laego  otro  dia,  yo  me  quedé 
como  quien  camina  por  vnas  ásperas  y  fragosas 
montañas,  y  passandosele  el  sol,  queda  en  muy 
escuras  tinieblas:  comen^^  a  sentir  su  ausencia 
ásperamente,  buscando  todos  lo»  falsos  reme- 
dios contra  ella.  Miraua  las  nen tanas  donde  se 
solia  poner,  la  cámara  en  que  dormia,  el  jardín 
donde  reposaua  y  tenia  la  siesta,  las  aguas 
donde  se  bafiaua,  andana  todas  sus  estancias,  y 
en  todas  ellas  hallaua  vna  cierta  representación 
de  mis  fatigas.  Verdad  es  que  la  esperanza  que 
ma  dio  de  llamarme  me  sostenía,  y  con  ella 
engafiana  parte  de  mis  trabajos.  Y  aunque 
algunas  uezes  de  uer  tanto  dilatar  mi  desseo, 
me  causana  más  pena,  y  holgara  de  que  me  de- 
xaran  del  todo  desesperado,  porque  la  desespe- 
ración fatiga  hasta  que  se  tiene  por  cierta,  mas 
la  esperan^  hasta  que  se  cumple  el  desseo. 
Quiso  mi  buena  suerte  que  oy  por  la  mañana 
mi  señora  me  cumplió  su  palabra,  embiandome 
a  llamar,  con  vna  criada  suya,  de  quien  como 
de  si  fiana,  porque  su  padre  era  partido  para 
Granada,  llamado  del  Rey,  para  dar  bnelta 
luego.  Yo  resns^itado  con  esta  impronisa  y  di- 
chosa nnena,  aper^ibime  luego  para  caminar. 
Y  dexando  yenir  la  noche  por  salir  m¿s  secre- 
to y  encnbierto,  puseme  en  el  habito  que  me 
encontraste  el  m¿s  gallardo  que  pude,  por 
mejor  mostrar  a  mi  señora  la  yfania  y  alegría 
de  mi  cora^n.  Por  cierto  no  creyera  yo  que 
bastaran  dos  caualleros  juntos  a  tenerme  campo, 
porque  traya  a  mi  señora  comigo,  y  si  tú  me 
venciste  no  fue  por  esfuerzo,  que  no  fue  possi- 
ble,  sino  que  mí  suerte  tan  corta  o  la  determi- 
nación del  cielo,  quiso  atajarme  tan  supremo 
bien.  Pues  considera  agora  en  el  fin  de  mis 
palabras  el  bien  que  perdí  y  el  mal  que  posseo. 
Yo  yua  de  Cártama  a  Coyn  breue  jomada,  aun- 
que el  desseo  la  alargana'  mucho,  el  más  vfano 
abencerraje  que  nunca  se  uio,  yua  llamado  de 
mi  señora,  a  uer  a  mí  señora,  a  gozar  de  mi 
señora.  Veo  me  agora  herido,  captiuo  y  en 
poder  de  aquel  que  no  sé  lo  que  hará  de  mi:  y 
lo  que  más  siento  es  que  el  término  y  coyun- 
tura de  mi  bien  se  acabó  esta  noche.  Dezame 


pues,  christiano,  consolar  entre  mis  sospiros. 
Dexame  desahogar  mi  lastimado  pecho,  regan- 
do mis  ojos  con  lagrimas,  y  no  juzgues  esto  a 
flaqueza,  que  fuera  harto  mayor  tener  animo 
para  poder  suffrir  (sin  hazer  lo  que  hago)  en 
tan  desastrado  y  rigoroso  trance.  Al  alma  le 
llegaron  al  ualeroso  Naruaiez  las  palabras  del 
moro,  y  no  poco  espanto  recibió  del  estraño 
successo  de  sus  amores.  Y  paresciendole  que 
para  su  negocio,  ninguna  cosa  podía  dañar  más 
que  la  dilación,  le  díxo  a  Abindarraez:  quiero 
que  ueas  que  puede  más  mi  uirtud  que  tu  mala 
fortuna,  y  si  me  prometes  de  boluer  a  mi  pri- 
sión dentro  del  tercero  día,  yo  te  daré  libertad 
para  que  sigas  tu  comenyado  camino,  porque 
me  pesaría  atajarte  tan  buena  empresa.  El 
abencerraje  que  aquesto  oyó  quiso  echarse  a  sus 
pies,  y  díxole:  Alcayde  de  Alora,  si  ros  hazeys 
esso,  a  mí  dareys  la  vida,  y  nos  agreys  hecho 
la  mayor  gentileza  de  coracon  qne  nunca  nadie 
hizo:  de  mi  tomad  la  seguridad  que  quisieredes 
por  lo  que  me  pedís,  que  yo  cumpliré  con 
uos  lo  que  assentare.  {Entonces  Rodrigo  de 
Naruaeí  llamó  a  sus  compañeros,  y  dixoles: 
Señores,  fiad  de  mí  este  prisionero,  que  yo  sal- 
go por  fiador  de  su  rescate.  Ellos  díxeron  que 
ordenasse  a  su  noluntad  de  todo,  que  de  lo  que 
él  hiziesse  serian  muy  contentos.  Luego  el  Al- 
cayde tomando  la  mano  derecha  a  Abencerraje, 
le  dixo:  Vos  prometeys  como  cauallero  de  uenír 
a  mi  castillo  de  Alora,  a  ser  mí  prisionero 
dentro  del  tercero  dia?  El  le  dixo:  sí  prometo: 
pues  yd  con  la  buena  nentura;  y  sí  para  nues- 
tro camino  teneys  necessidad  de  mi  persona,  o 
de  otra  cosa  alguna,  también  se  hará.)  El  moro 
se  lo  agradescio  mucho,  y  tomó  yn  caúallo  qnel 
Alcayde  le  dio,  porque  el  suyo  quedó  de  la  re- 
friega passada  herido,  y  ya  yua  muy  cansado 
y  fatigado  de  la  mucha  sangre  que  con  el  tra- 
bajo del  camino  le  salía.  Y  huella  la  rienda  se  fue 
camino  de  Coyn  a  mucha  priessa.  Rodrigo  de 
Naruaez  y  sus  compañeros  se  boluíeron  a  Alora, 
hablando  en  la  yalentía  y  buenas  maneras  del 
abencerraje.  No  tardó  mucho  el  moro,  según 
la  priessa  que  lleuaua,  en  llegar  a  la  fortaleza 
de  Coyn,  donde  yéndose  derecho  como  le  era 
mandado,  la  rodeó  toda,  hasta  que  halló  una 
puerta  falsa  que  en  ella  auia:  y  con  toda  su 
priessa  y  gana  de  entrar  por  ella,  se  detuuo  un 
poco  allí  hasta  reconoscer  todo  el  campo  por 
uer  si  auia  de  qué  guardarse:  y  ya  que  uio  todo 
sossegado  tocó  con  el  cuento  de  la  lanca  a  la 
puerta,  porque  aquella  era  la  señal  que  le  auia 
dado  la  dueña  que  le  fue  a  llamar;  luego  ella 
misma  le  abrió,  y  le  dixo:  | Señor  mío,  nuestra 
tardanca  nos  ha  puesto  en  gran  sobresalto,  mi 
señora  ha  gran  rato  que  os  espera,  apeaos  y  su- 
bid a  donde  ella  está.jEl  se  apeó  de  su  ca- 
úallo, y  le  puso  en  un  lugar  secreto  que  alli 


«12 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


/ 


halló,  y  arrimando  la  lan^a  a  nna  pared  con  sn 
adarga  y  cimitarra,  licuándole  la  dueña  por  la 
mano,  lo  mas  passo  que  pudieron,  por  no  ser 
conos^idos  de  la  gente  del  castillo,  se  subieron 
por  una  escalera  hasta  el  aposento  de  la  her- 
mosa Xarifa.  Ella  que  auía  sentido  ya  su 
uenida,  con  la  mayor  alegría  del  mundo  lo  salió 
a  re^ebir,  y  ambos  con  mucho  regozijo  y  sobre- 
salto se  abracaron  sin  hablarse  palabra  del 
sobrado  contentamiento,  hasta  que  ya  tornaron 
en  si.  Y  ella  le  dixo:  ¿En  qué  os  aueys  dete- 
nido, señor  mió,  tante  que  nuestra  mucha  tar- 
dan<;^a  me  ha  puesto  en  grande  Fatiga  y  confu- 
sión? Señora  mia  (dixo  él)  uos  sabeys  bien 
que  por  mi  negligencia  no  aura  sido,  mas  no 
siempre  suc^eden  las  cosas  como  hombre  des- 
sea,  assi  que  si  me  he  tardado,  bien  podeys 
creer  que  no  ha  sido  más  en  mi  mano.  Ella 
atajándole  su  platica,  le  tomó  por  la  mano, 
y  metiéndole  en  un  rico  aposento  se  sentaron 
sobre  una  cama  que  en  él  auia,  y  le  dixo:  Ue 
querido,  Abindarraez,  que  ueays  en  qué  manera 
cumplen  ias  captiuas  de  amor  sus  palabras, 
porque  desde  el  dia  que  uos  la  di  por  prenda 
de  mi  coraron,  he  buscado  aparejos  para  quitá- 
rosla. Yo  os  mandé  uenir  a  este  castillo  para 
que  seays  mi  prisionero  como  yo  lo  soy  uues- 
tra.  He  os  traydo  aqui  para  hazeros  señor  de 
mi  y  de  la  hazienda  de  mi  padre,  debaxo  de 
nombre  de  esposo,  que  de  otra  manera  ni  mi 
estado,  ni  nuestra  lealtad  lo  consentiría.  Bien  sé 
yo  que  esto  será  contra  la  noluntad  de  mi  padre, 
que  como  no  tiene  conos9Ímiento  de  nuestro 
ualor  t«nto  como  yo,  quisiera  darme  marido 
más  rico,  más  yo  nuestra  persona  y  el  conos9Í- 
niiento  que  tendreys  con  ella  tengo  por  la  ma- 
yor riqueza  del  mundo.  Y  diziendo  esto  baxó 
la  oabeca,  mostrando  vn  ^ierto  y  nueuo  empa- 
cho (le  auerse  descubierto  y  declarado  tanto. 
El  moro  la  tomó  en  sus  bracos,  y  besándole 
muchas  uezes  las  manos,  por  la  merced  que  le 
hazia,  dixole:  Señora  de  mi  alma,  en  pago  de 
tanto  bien  como  me  offre^eys  no  tengo  qué 
daros  de  nueuo,  porque  todo  soy  nuestro,  solo 
08  doy  esta  prenda  en  señal,  que  os  recibo  por 
mi  señora  y  esposa:  y  con  esto  podeys  perder 
el  empacho  y  verguenca  que  cobrastes  quando 
uos  me  re^ebistes  a  mi.  Ella  hizo  lo  mismo,  y 
con  esto  se  acostaron  en  su  cama,  donde  con 
la  nueua  experiencia  encendieron  el  fuego  de 
sus  coracones.  En  aquella  empresa  passaron 
muy  amorosas  palabras  y  obras  que  son  más 
para  contemplación  que  no  para  escriptura.  Al 
moro  estando  en  tan  gran  alegría,  súbitamente 
vino  vn  muy  profundo  pensamiento,  y  dexando 
llenarse  del,  paróse  muy  triste,  tanto  que  la  her- 
mosa Xarifa  lo  sentio,  y  de  uer  tan  súbita  no- 
uedad,  quedó  muy  turbada.  Y  estando  attenta, 
BÍntiolc  dar  vn  muy  profundo  y  aquezado  sos- 


piro,  reboluiendo  el  cuerpo  a  todas  partes.  No 
pudiendo  la  dama  suffrir  tan  grande  offenaa 
de  su  hermosura  y  lealtad,  paresciendo  que  en 
aquello  se  offendia  grandemente,  leuantandose 
un  poco  sobre  la  cama,  con  voz  alegre  y  sosBe- 
gada,  aunque  algo  turbada,  le  dixo:  ¿Qué  es 
esto,  Abindarraez?  paresce  que  te  has  entriste- 
cido con  mi  alcgria,  y  yo  te  oy  sospirar,  y  dar 
sollocos  reboluiendo  el  coracon  y  cuerpo  a  mu- 
chas partes.  Pues  si  yo  soy  todo  tu  bien  y  con- 
tentamiento, cómo  no  me  has  dicho  por  quién 
sospiras,  y  si  no  lo  soy,  porqué  me  engañaste? 
si  as  hallado  en  mi  persona  alguna  falta  de 
menor  gusto  que  imaginanas,  pon  los  ojos 
en  mi  noluntad  que  basta  encubrir  muchas.  Si 
sirnes  otra  dama  dime  quien  es  para  que  yo  la 
sima,  y  si  tienes  otra  fatiga  de  que  yo  no  soy 
offendida,  dimela,  que  yo  moriré  o  te  sacaré 
della.  Y  trauando  del  con  un  Ímpetu  y  fueres 
de  amor  le  boluio.  El  entonces  confuso  y  auer- 
goncado  de  lo  que  auia  hecho,  paresciendole 
que  no  declararse  seria  darle  occasion  de  gran 
sospecha,  con  un  apassionado  sospiro  le  dixo: 
Esperanca  mia,  si  yo  no  os  quisiera  más  que  a 
mi,  no  uniera  Iiecho  semejante  sentimiento,  por- 
que el  pensar,  que  comigo  traya,  su f friera  con 
buen  animo,  quando  yua  por  mi  solo,  más  aora 
que  me  obliga  a  apartarme  de  uos,  no  tengo  fuer- 
Cas  para  sufrillo,  y  porque  no  esteys  más  sus- 
pensa sin  aucr  porqué,  quiero  deziros  lo  qus 
passa.  Y  luego  le  conto  todo  su  hecho,  sin  que 
la  faltasse  nada,  y  en  fín  de  sus  razones  le  dixo 
con  hartas  lagrímas:  De  suerte,  señora,  que 
uuestro  captiuo  lo  es  también  del  Alcayde  de 
Alora;  yo  no  siento  la  pena  de  la  prisión,  que 
uos  énseñastes  a  mi  coracon  a  suffrir,  mas 
biuir  sin  uos  tendria  por  la  misma  muerte.  Y 
ansi  uereys  que  mis  sospiros  se  causan  más  de 
sobra  de  lealtad,  que  de  falta  della.  Y  con  esto, 
se  tomó  a  poner  tan  pensatiuo  y  tríste,  como 
ante  que  comencasse  a  dezirlo.  Ella  entonces 
con  un  semblante  alegre  le  dixo:  No  os  con- 
goxeys,  Abindarraez,  que  yo  tomo  a  mi  cargo  el 
remedio  de  vues*tra  fatiga  porque  esto  a  mi  me 
toca,  qnanto  mas  que  pues  es  ucrdad  que  qual- 
quier  prisionero  que  aya  dado  la  palabra  de 
boluer  a  la  prisión  cumplirá  con  embiar  el  res- 
cate que  se  le  puede  pedir,  ponelde  uos  mis- 
mo el  nombre  que  quisieredes,  que  yo  tengo  las 
llaues  de  todos  los  cofres  y  riquezas  que  mi 
padre  tiene,  y  yo  las  pondré  todas  en  uuestro 
poder,  embiad  de  todo  ello  lo  que  es  paresciero. 
Rodrigo  de  Narnaez  es  buen  cauallero  y  os  dio 
vna  vez  libertad,  y  le  fiastes  el  presente  nego- 
cio, por  lo  qual  le  obliga  aora  a  usar  de  mayor 
uirtud.  Yo  creo  se  contentará  con  esto,  pues 
teniéndoos  en  su  poder  ha  de  hazer  por  fuerza 
lo  mismo  de  rescataros  por  lo  que  él  pidiere. 
El  abencerraje  le  respondió:  Bien  paresce,  se- 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


313 


ñora,  que  el  amor  que  me  tenejs  no  da  lugar 
que  me  aconsejeys  bien,  que  gierto  no  caeré  70 
en  tan  gran  yerro  como  éste,  porque  si  qnando 
me  uenia  a  uerme  solo  con  uos  estaña  obligado 
a  cumplir  mi  palabra,  agora  que  soy  nuestro  se 
entiende  más  obligación.  Yo  mismo  boluere  a 
Alora  y  me  pondré  en  las  manos  del  Alcayde 
del  la,  y  tras  hazer  yo  lo  que  deuo,  haga  la  for- 
tuna lo  que  quisiere.  Pues  nunca  Dios  quiera, 
dixo  Xarifa,  que  yendo  uos  a  sor  preso,  yo 
quede  libre,  pues  no  lo  soy:  yo  quiero  acompa- 
ñaros en  esta  jornada;  que  ni  el  amor  que  os 
tengo,  ni  el  miedo  que  he  cobrado  a  mi  padre 
de  auelle  offendido,  me  consentirán  hazer  otra 
cosa.  El  moro  llorando  de  contentamiento  la 
abraco  y  le  dixo:  Siempre  vays,  alma  mia,  acres- 
Rentándome  las  mercedes,  hágase  lo  que  uos 
quereys,  que  assi  lo  quiero  yo.  Con  este  acuerdo 
antes  que  fuessc  de  dia  se  leuantaron,  y  pro- 
ueydas  algunas  cosas  al  viaje  ne^essarías,  par- 
tieron muy  secretamente  para  Alora.  Ya  ame- 
nes^ia,  y  por  no  ser  conospida,  lleuaua  el  rostro 
cubierto.  Con  la  gran  priessa  que  lleuauan  lle- 
garon en  muy  breue  tiempo  a  Alora,  y  yéndose 
derechos  al  castillo,  como  a  la  puerta  tocaron, 
fue  luego  abierta  por  las  guardas,  que  ya  tcnian 
noticia  de  lo  passado.  El  ualeroso  Alcayde  los 
rcRibio  con  mucha  cortesia,  y  saliendo  a  la 
puerta  Abindarraez,  tomando  a  su  esposa  por 
la  mano,  se  fue  a  él  y  le  dixo:  Mira,  Rodrigo, 
de  Namaez,  si  te  cumplo  bien  mi  palabra,  pues 
te  prometí  de  boluer  un  preso,  y  te  traygo  dos, 
que  uno  bastaua  para  uenRcr  muchos.  Ves 
aqui  mi  señora:  juzga  si  he  pades^ido  con 
justa  cau69)  recíbenos  por  tuyos,  que  yo  fio  mi 
persona  y  su  honra  de  tus  manos.  El  Alcayde 
holgó  mucho,  y  dixo  a  la  dama:  Señora,  yo  no 
sé  de  nosotros  quál  ucurío  al  otro:  mas  yo  deuo 
mucho  a  entrambos.  Venid  y  reposareys  en 
nuestra  casa,  y  tenedla  de  aqui  adelante  por 
tal,  pues  lo  es  su  dueño.  Con  esto  se  fueron  a 
su  aposento,  y  de  ay  a  poco  comieron,  porque 
nenian  cansados.  El  Alcayde  preguntó  al  moro 
qué  tal  uenia  de  sus  llagas.  ParesRe  (dixo  el) 
que  con  el  camino  las  tengo  harto  enconadas  y 
con  dolor.  La  hermosa  Xarifa  muy  alterada 
desto,  dixo:  ¿Qué  es  esto,  señor,  llagas  teneys 
uos  que  yo  no  sepa?  Dixo  el:  Quien  escapado  las 
nuestras  en  poco  tendrá  todas  las  otras.  Verdad 
es  que  de  la  escaramuRa  de  la  noche  saqué  dos 
pequeñas  heridas,  y  el  trabajo  del  camino  y  el 
no  auerme  curado  me  ha  hecho  algún  daño,  pero 
todo  es  poco.  Bueno  sera  que  os  acosteys  (dixo 
el  Alcayde)  y  yendra  un  cyrujano  que  yo  tengo 
aqui  en  el  castillo  y  curaros  ha.  Luego  la  her- 
mosa Xarifa  le  hizo  desnudar,  todauia  altera- 
da, pero  con  harto  sossiego  y  reposo  en  su 
rostro,  por  no  le  dar  pena  mostrando  que  la 
tenia.  £1  cyrujano  uino,  y  mirándole  las  heri- 


das dixo:  Que  como  auian  sido  en  soslayo  no 
eran  peligrosas,  ni  tardarían  en  sanar  mucho, 
y  con  cierto  remedio  que  luego  le  hizo,  le  mi- 
tigó el  dolor,  y  de  ay  a  qnatro  dias  como  le 
curana  con  tanto  cuydado  cstuuo  sano.  Aca- 
bando un  dia  de  comer,  el  abencerraje  dixo  al 
Alcayde  estas  palabras:  Rodrigo  de  Naruaez 
(según  eres  discreto)  por  la  manera  de  nuestra 
uenida  auras  entendido  lo  demás,  yo  tengo 
esperanca  que  este  negocio  que  aora  tan  da- 
ñado está  se  ha  de  remediar  por  tus  manos. 
Esta  es  la  hermosa  Xarifa  de  quien  te  dixe  es 
mi  señora  y  esposa,  no  quiso  quedar  en  Coyn 
de  miedo  de  su  padre,  porque  aunque  él  no  sabe 
lo  que  ha  passado,  todauia  se  temió  que  este  caso 
auia  de  ser  descubierto.  Su  padre  está  aora  con 
el  Rey  de  Granada,  y  yo  sé  que  el  Rey  te  ama 
por  tu  esfuerzo  y  uirtnd  aunque  eres  chrístiano. 
Suplicóte  alcances  del  que  nos  perdone  auerse 
hecho  esto  sin  su  licencia  y  sin  que  él  lo  supies- 
se:  pues  ya  la  fortuna  lo  rodeó  y  traxo  por  este 
camino.  El  Alcayde  le  dixo:  Consolaos,  seño- 
res, que  yo  os  prometo  como  hijo  dalgo,  de  hazer 
qnanto  pudiere  sobre  este  negocio,  y  con  esto 
mandó  traer  papel  y  tinta,  y  determinó  de  es-^ 
creuir  una  carta  al  Rey  de  Granada,  que  en 
uerdaderas  y  pocas  palabras  le  dixesse  el  caso, 
la  qual  dezia  assi: 

íEluy  poderoso  Rey  de  Granada,  el  Alcayde 
de  Alora  Rodrigo  de  Naruaez  tu  servidor  beta 
tus  reales  manos,  y  digo  que  Abindarraez 
Abencerraje,  que  se  crió  en  Cártama  auiendo 
nascido  en  Granada,  estando  en  poder  del  Al- 
cayde de  la  dicha  fortaleza,  se  enamoró  de  la 
hermosa  Xarifa  su  hija.  Después  tú  por  hazer 
merced  al  Alcayde,  le  passaste  á  Coyn.  Los 
enamorados  porassegurarsc  sé  desposaron  entre 
si;  y  llamado  el  Abencerraje  por  el  ausencia 
del  padre  della  que  contigo  tienes,  fue  a  su  for- 
taleza, yo  le  encontré  en  el  camino,  y  en  cierta 
escaramuca  que  con  él  tune-  en  que  se  mostró 
muy  valiente,  esforcado  y  animoso,  le  gané  por 
mi  prisionero,  y  contándome  su  caso,  apiadado 
y  conmouido  de  sus  megos,  le  hize  libre  por 
dos  dias,  él  fue  y  se  vió  con  su  esposa,  de 
suerte  que  en  la  jornada  cobró  a  su  esposa  y 
perdió  la  libertad.  Pues  uiendo  ella  que  el  Aben- 
Cerraje  boluio  a  mi  prisión,  quiso  uenir  con  él, 
y  assi  están  aora  los  dos  en  mi  poder.  Suplico 
te  no  te  offenda  el  nombre  de  Abencerraje,  pues 
éste  y  su  padre  fueron  sin  culpa  de  la  coniu ra- 
ción contra  tu  Real  persona  hecha,  y  en  testi- 
monio dello  binen  ellos  agora.  A  tu  Alteza 
humildemente  suplico  el  remedio  destos  tristes 
amantes  se  reparta  entre  ti  y  mí,  yo  perdonare 
su  rescate  del,  y  libremente  le  soltaré,  y  manda 
tú  al  padre  della,  pues  es  tu  vassallo,  que  a  ella 
la  peMone,  y  a  él  reciba  por  hijo,  porque  en 
ello  allende  de  hazerme  a  mi  singular  merced, 


814 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


harás  aquello  que  de  tn  uirtud  y  grandeza  9e 
espera. 

Con  esta  carta  despachó  vno  de  sus  es- 
cuderos. El  cual  llegando  hasta  el  Rey,  se  la 
dio,  él  la  tomó,  y  sabiendo  cuya  era,  holgó  mu- 
cho, porque  a  este  solo  christiano  amaua  por 
su  ualor  y  persona,  y  en  leyéndola,  boluio  el 
rostro,  y  uio  al  Alcayde  de  Coyn,  y  tomándole 
a  parte,  le  dio  la  carta,  diziendole:  lee  esta 
carta,  y  él  la  leyó,  y  en  uer  lo  que  passaua,  re- 
cibió gran  alteración.  El  Rey  dixo:  No  te  con- 
goxes,  aunque  tengas  causa;  que  ninguna  cosa 
rae  pedirá  el  Alcayde  de  Alora,  que  pudiendo 
la  hazer,  no  la  haga,  y  ansi  te  mando  nayas 
sin  dilación  a  Alora,  y  perdones  a  tus  hijos,  y 
los  llenes  luego  á  tu  casa,  que  en  pago  deste 
serui^io  yo  te  haré  siempre  mercedes.  El  Moro 
lo  sintió  en  el  alma,  más  uiendo  que  no  podia 
passar  del  mandado  de  su  Roy,  boluiendo  de 
buen  continente,  y  sacando  fuerzas  de  flaqueza, 
como  mejor  pudo,  dixo  que  ansi  lo  haría.  Par- 
tióse lo  más  presto  que  pudo  el  Alcayde  de 
Coyn,  y  llegó  a  Alora,  a  donde  ya  por  el  escu- 
dero se  sabía  lo  que  passaua,  y  fue  muy  bien 
rebebido.  El  Abencerraje  y  su  hija  pares^ieron 
ante  él  con  harta  uerguen^a,  y  le  besaron  las 
manos,  e  los  recibió  muy  bien,  y  les  dixo:  No 
se  trate  de  cosas  passadas;  el  Rey  me  mandó 
hiziesse  esto,  yo  os  perdono  ol  aueros  casado, 
sin  que  lo  supiesse  yo;  que  en  lo  demás,  hija, 
UO0  escogpstes  mejor  mando  que  yo  os  lo  su- 
piera dar.  Rodrigo  de  Naruaez  holgó  mucho 
de  uer  lo  que  passaua,  y  les  hazia  muchas  fíes- 
tas  y  banquetes.  Vn  cQa  acabando  de  conder, 
les  dixo:  Yo  tengo  en  tanto  aner  sido  alguna 
parte  para  que  este  negocio  esté  en  tan  buen 
estado,  que  ninguna  cosa  me  pudiera  hazer  más 
alegre,  y  ansi  digo  que  sola  la  honra  de  aueros 
tenido  por  mis  prisioneros,  quiero  por  el' res- 
cate desta  prisión:  vos,  Abindarraez,  sois  libre, 
y  para  ello  teneys  licencia  de  yros  donde  os  plu- 
guiere, cada  y  cuando  que  qoisieredes.  El  se  lo 
agradescio  mucho,  y  ansi  se  aderecaron  para 
partir  otro  dia,  acompañándolos  Rodrigo  de 
Naruaez,  salieron  de  Alora,  y  llegaron  a  Coyn 
donde  se  hizieron  grandes  fiestas  y  regozijos  a 
los  desposados,  las  quales  fiestas  pasadas,  to- 
mando los  un  dia  a  parte  el  padre,  les  dixo 
estas  palabras:  Hijos,  agora  que  sois  señores 
de  mi  hazienda,  y  estáis  en  sosiego,  razón  es 
que  cumplays  con  lo  que  deueys  al  Alcayde  de 
Alora,  que  no  por  aucr  usado  con  uosotros  de 
tanta  nirtud  y  gentileza,  es  razón  pierda  el 
derecho  de  vuestro  rescate,  antes  se  le  deue  (si 
bien  se  mira)  muy  mayor,  yo  os  quiero  dar  qua- 
tro  mil  doblas  zaenes,  embiadselas,  y  tenedle 
desde  aqui  adelante,  pues  lo  meresce,  por  amigo, 
aunque  entre  él  y  uosotros  sean  las  leyes  dife- 
rentes. El  Abencerraje  se  lo  agradescio  mucho, 


y  tomándolas,  las  embió  a  Rodrigo  de  Namaes, 
metidas  dentro  de  un  mediano  y  rico  coffre,  y 
por  no  mostrarse  de  su  parte  corto  y  desagra- 
decido, juntamente  le  embió  seys  muy  hermo- 
sos y  enjaezados  cauallos,  con  seys  adftrgas  y 
laucas,  cuyos  hierros  y  recatones  eran  de  fino 
oro.  La  hermosa  Xarifa  le  escrinio  una  muy 
dulce  y  amorosa  carta,  agradesciendole  mucho 
lo  que  por  olla  auia  hecho.  Y  no  qneríendo 
mostrarse  menos  liberal  y  agradescida  que  los 
demás,  le  embió  una  caxa  de  acipres  mny  olo- 
rosa, y  dentro  en  ella  mucha  y  mny  preciosa 
ropa  blanca  para  su  persona.  El  Alcayde  uale- 
roso  tomó  el  presente,  y  agradesciendolo  ma- 
cho a  quien  se  lo  embiaua,  repartió  Inego  los 
cauallos  y  adargas  y  laucas  por  los  hidalgos 
que  le  acompañaron  la  noche  de  la  escaramuca, 
tomando  uno  para  si,  el  que  más  le  contentó,  y 
la  caxa  de  acipres,  con  lo  que  la  hermosa  Xa- 
rifa  le  auia  embiado,  y  boluiendo  las  qnatro 
mil  doblas  al  mensajero,  le  dixo:  Decid  a  la 
señora  Xarifa,  que  yo  recibo  las  doblas  en  res- 
cate de  su  marido,  y  a  ella  le  simo  con  ellas 
para  ayuda  de  los  gastos  de  su  boda,  porque 
por  sola  su  amistad  1a*ocaré  todos  los  intereses 
del  mundo,  y  que  tenga  esta  casa  por  tan  suya 
como  lo  es  de  su  marido.  El  mensajero  se  bol- 
uio a  Coyn,  donde  fue  bien  recibido,  y  muy 
loada  la  liberalidad  del  magnánimo  capitán,  cuyo 
linaje  dura  hasta  aora,  en  Antequera,  corres- 
pondiendo con  magníficos  hechos  al  origen 
donde  proceden.  Acabada  la  historia,  la  sabia 
Felicia  alabó  mucho  la  gracia,  y  buenas  pala- 
bras con  que  la  hermosa  Felismena  la  auia  con- 
tado, y  lo  mismo  hizieron  las  que  estaban  pre- 
sentes, las  cuales  tomando  licencia  de  la  sabia 
se  fueron  a  reposar. 

Fin  del  cuarto  libro. 


LIBRO  QUINTO 

DE  LA  DIANA  DE  OBOROB  DE  MONTBMAYOR 

Otro  dia  por  la  mañana,  la  sabia  Felicia 
lenantó,  y  se  fue  al  aposento  de  Felismena,  la 
cual  halló  acabándose  de  vestir,  no  con  pocas 
lagrimas,  párese  iendole  cada  hora  de  las  que 
alli  estaña  mil  años.  Y  tomándola  por  la  mano, 
se  salieron  a  vn  corredor  que  estaña  sobre  el  jar- 
din,  adonde  la  noche  anteis  hanian  cenado,  y  ha- 
uiendole  preguntado  la  causa  de  sus  lagprimas, 
y  consolándola  con  dalle  esperanca  que  sus 
trabajos  aurian  el  fin  que  ella  deseaua,  le  dixo: 
Ninguna  cosa  hay  oy  en  la  vida  más  aparejada 
para  quitalla  a  quien  quiere  bien,  que  quitalle 
con  esperancas  inciertas  el  remedio  de  su  mal: 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


815 


porque  no  ay  hora,  en  quanto  desta  manera 
bine,  qne  no  le  paresca  tan  espaciosa  quanto  las 
de  la  yida  son  apressuradas.  Y  porque  mi  des- 
seo  es,  que  el  nuestro  se  cumpla,  y  después  de 
algunos  trabajos,  consigays  el  descanso  que  la 
fortuna  os  tiene  prometido,  nos  partireys  desta 
nuestra  casa,  en  el  mismo  habito  en  que  venia- 
des,  quando  a  mis  Nimphas  defendistes  de  la 
fuerza  que  los  fieros  saluages  les  querían  hazer. 
Y  tened  entendido,  que  todas  laa  yezes  qne 
mi  aiuda  y  fauor  os  fuera  ne9e8sarío,  lo  hafia- 
reys  sin  que  ayays  menester  embiarmeío  a  pedir: 
assi  que  (hermosa  Felismena)  vuestra  partida 
sea  luegpo,  j  confiad  en  Dios  que  vuestro  desseo 
aura  buen  fin:  porque  si  yo  de  otra  suerte  lo 
entendiera,  bien  podeys  creer,  que  no  me  falta- 
rán otros  remedios  para  hazeros  mudar  el  pen- 
samiento, como  a  algunas  personas  lo  he  hecho. 
Muy  grande  alegría  recibió  Felismena,  de  las 
palabras,  que  la  sabia  FelÍ9Ía  le  dixo,  a  las 
quales  respondió:  No  puedo  alcan^r  (discreta 
sefiora)  con  qué  palabras  podría  encares^er,  ni 
con  qué  obras  podría  seruir  la  mer9ed  que  de 
vos  recibo.  Dios  me  llegue  a  tiempo  en  que  la 
ezperíeuQia  os  dé  a  entender  mi  desseo.  Lo  que 
mandajs  pondré  yo  luego  por  obra,  lo  cual  no 
puede  dezarde  supederme  muy  bien:  siguiendo 
el  consejo  de  quien  para  todas  las  cosas  sabe 
dallo  tan  bueno.  La  sabia  Felicia  la  abracó,  di- 
ziendo:  yo  espero  en  Dios,  hermosa  Felismena, 
de  veros  en  esta  casa  con  más  alegría  de  la  que 
llenáis.  Y  porque  los  dos  pastores  y  pastoras 
nos  están  esperando,  razón  será  que  vaya  a 
dalles  el  remedio  que  tanto  an  menester.  Y  sa- 
liéndose ambas  a  dos  a  vna  sala  hallaron  a 
Syluano,  y  a  Sireno,  y  a  Belisa,  y  a  Seluagia, 
que  esperándolos  estañan,  y  la  sabia  Felicia 
dixo  a  Felismena:  Entretened  (hermosa  sefio- 
ra) nuestra  compafiia  entre  tanto  que  yo  ñengo: 
y  entrándole  en  un  aposento,  no  tardó  mucho  en 
salir,  con  dos  nasos  en  las  manos  de  fino  crístal 
con  los  -pies  de  oro  esmaltados,  y  llegándose  a 
Sireno,  le  dixo:  Oluidado  pastor,  si  en  tus  ma- 
les uniera  otro  remedio,  si  no  este,  yo  te  lo  (^) 
buscara  con  toda  diligencia  possible,  pero  ya  que 
no  puedes  gozar  de  aquella  que  tanto  te  quiso, 
sin  muerte  agena,  y  está  este  en  mano  de  solo 
Dios,  es  menester  que  recibas  otro  remedio 
para  no  dessear  cosa  qne  es  imposible  alcan^a- 
Ua.  Y  tú,  hermosa  Seluagia,  y  desamado  Syl- 
uano, tomad  esse  naso,  en  el  qual  hallareys 
grandissimo  remedio  para  el  mal  passado,  y 
principio  para  grandissimo  contento:  del  qual 
nosotros  estay s  bien  descuydados.  "Y  tomando 
el  naso,  que  tenia  en  la  mano  yzquierda,  le 
puso  en  la  mano  a  Sireno,  y  mandó  que  lo 
beuiesse,  y  Sireno  lo  hizo  luego,  y  Seluagia  y 

C)  Ze  en  la  edición  de  Milán. 


Syluano  benieron  ambos  el  otro:  y  en  este 
punto  cayeron  todos  tres  en  el  suelo  adormi- 
dos, de  que  no  poco  se  espantó  Felismena,  y  la 
hermosa  Belisa,  que  alli  estaña,  a  la  qual  dixo 
la  sabia  Felicia:  no  te  desconsueles  (o  Belisa) 
que  aun  yo  espero  de  uerte  tan  consolada 
como  la  que  más  lo  estouiere.  Y  hasta  que  la 
uentura  se  canse  de  negarte  el  remedio  que 
para  tan  grane  mal  as  menester,  yo  quiero  que 
quedes  en  mi  conpañia.  La  pastora  le  quiso 
besar  las  manos  por  ello,  Felicia  no  lo  consin- 
tió: mas  antes  la  abracó,  mostrándole  mucho 
amor.  Felismena  estaña  espantada  del  sueño 
de  los  pastores,  y  dixo  a  Felicia:  paresce  me, 
señora,  que  si  el  descanso  destos  pastores  está 
en  dormir,  ellos  lo  hazen  de  manera,  que  biui- 
ran  los  más  descansados  del  mundo.  Felicia  le 
respondió:  No  os  espanteyR  desso:  porque  el 
agua  que  ellos  benieron,  tiene  tal  fuerca  ansí 
la  una,  como  la  otra,  que  todo  el  tiempo  que  yo 
quisiere,  dormirán,  sin  que  baste  ninguna  per- 
sona a  despertallos.  Y  para  que  ueays  si  esto 
es  ansí,  prona  a  llamarlo.  Felismena  llegó  en- 
tonces a  Syluano,  y  tirándole  por  vn  braco,  le 
comenco  a  dar  grandes  bozes,  las  quales  apro- 
necharon  tanto,  como  si  las  diera  a  un  muerto: 
y  lo  mismo  le  aniño  con  Sireno  y  Seluagia,  de 
lo  que  Felismena  qnedó  assaz  marauíllada.  Fe- 
licia le  dixo:  pues  más  os  marauillareys  des- 
pués que  se  despierten,  porque  uereys  una  cosa 
la  más  estrena  que  nunca  imaginastes;  y  por- 
que me  paresce  que  el  agua  deue  aner  obredo  lo 
que  es  menester,  yo  quiero  despertar,  y  estad 
atenta,  porque  oyreys  marauillas.  Y  sacando 
un  libro  de  la  manga,  se  llegó  a  Sireno:  y  en 
tocándole  con  él  sobre  la  cabeca,  el  pastor  se 
leuantó  luego  en  pie  con  todo  su  juyzio,  y  Feli- 
cia le  dixo:  Dime,  Sireno,  si  acaso  niesses  la 
hermosa  Diana  con  su  esposo,  y  estar  los  dos  con 
todo  el  contentamiento  del  mundo  ríendose  de 
los  amores  que  tú  con  ella  anias  tenido,  qué 
harías?  Sireno  respondió:  Por  cierto  señora, 
ninguna  pena  me  darían,  antes  les  ayudaría  a 
reyr  de  mis  locures  passadas.  Felicia  le  replicó: 
¿y  si  acaso  ella  fuere  ahora  soltera  y  se  qui- 
siera casar  con  Syluano  y  no  contigo,  qué  hi- 
ziere?  Sireno  le  respondió:  yo  mismo  fuere  el 
que  tretara  de  concertallo.  ¿Qué  os  parece  (dixo 
Felicia  contre  Felismena)  si  el  agua  sabe  des- 
atar los  nudos,  que  este  pemerso  de  amor  haze? 
Felismena  respondió:  jamas,  pudiere  creer  yo, 
qne  la  sciencia  de  una  persona  humana  pu- 
diere llegar  a  tanto  como  esto.  Y  bolniendo  á 
Sireno,  le  dixo:  ¿qué  es  esto,  Sireno?  Pues  las 
lagrimas  y  sospiros  con  que  manifestauas  tu 
mal,  tan  presto  se  an  acabado?  Sireno  le  res- 
pondió: pues  que  los  amores  se  acabaron,  no  es 
mucho  que  se  acabase  lo  que  ellos  me  hazian 
hazer.  Felismena  le  boluio  adezir:  ¿y  que  es  pos- 


316 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


si  ble,  Sireno,  que  ya  no  quieres  bien  luás  a 
Diana/  El  mismo  bien  le  quiero  (dixo  Sireno) 
que  os  quiero  a  uos,  j  a  otra  qualqniera  per- 
sona, que  no  me  aya  ol'fendido.  Y  viendo  Feli- 
cia quán  espantada  estaua  Felismena  de  la  súbi- 
ta mudanza  de  Sireno,  le  dixo:  Con  esta  medi- 
cina curara  yo,  liermosa  Felismena,  \iie6tromal, 
y  el  vuestro,  pastora  Belisa,  si  la  fortuna,  no 
os  tuuiera  guardadas  para  muy  mayor  conten- 
tamiento de  lo  que  fuera  ucros  en  nuestra  li- 
bertad. Y  para  que  ueays  quán  differentemente 
ha  obrado  en  Syluano  y  en  Seluagia  la  medÍ9Ína 
bien  será  despertarlos,  pues  basta  lo  que  han 
dormido.  Y  poniendo  el  libro  sobre  la  cabera  a 
Siluanoselcuautó,  diziendo:  ¡O  hermosa  Selua- 
gia, quán  gran  locura  ha  sido,  auer  empleado  en 
otra  parte  el  pensamiento  después  que  mis  ojos 
te  uieron!  ¿Qué  es  esso  Syluano,  dixo  Felicia, 
teniendo  tan  presto  el  pensamiento  en  tu  pas- 
tora Diana,  tan  súbitamente  le  pones  ahora  en 
Seluagia?  Syluano  le  respondió:  Discreta  seño- 
ra, como  el  nauio  anda  perdido  por  la  mar  sin 
poder  tomar  puerto  seguro,  ansi  anduuo  mi 
pensamiento  en  los  amores  de  Diana  todo  el 
tiempo  que  la  quise  bien,  mas  agora  be  llegado 
a  un  puerto,  donde  plegaa  Dios  que  sea  tan  bien 
recebido,  como  el  amor  que  yo  le  tengo  lo  me- 
res9e.  Felismena  quedó  tan  espantada  del  se- 
gundo genero  de  mudanya  que  uio  en  Syluano, 
como  del  primero  que  en  Sireno  auia  uisto,  y 
dixole  riendo:  pues  qué  hazes,  que  no  despier- 
tas a  Seluagia,  que  mal  podra  oyr  tu  pena  una 
])astora  que  duerme?  Siluano  entonces  tirándole 
del  brayo  le  comen9o  a  dezir  a  grandes  bozes: 
Despierta,  hermosa  Seluagia,  pues  despertaste 
mí  i>eusamiento  del  sueño  de  las  ignoran9Ías 
passadas.  Dichoso  yo,  pues  la  fortuna  me  ha 
puesto  en  el  mayor  estado  que  se  podia  dessear: 
í'qué  es  esto,  no  me  oyes,  o  no  quieres  respon- 
derme? Cata  que  no  suffre  el  amor  que  te 
tengo,  no  ser  oydo.  O  Seluagia,  no  duermas 
tanto,  ni  permitas  que  tu  sueño  sea  causa  que 
el  de  la  muerte  dé  fin  á  mis  dias.  Y  viendo 
que  no  aprouechaua  nada  llamarla,  comenyo  a 
derramar  lagrimas  en  tan  gran  abundancia, 
que  los  presentes  no  pudieron  dexar  de  ayu- 
da He,  mas  Felicia  dixo:  Syluano  amigo,  no  te 
ufflijas,  que  yo  haré  que  responda  Seluagia,  y 
que  la  respuesta  sea  tal,  como  tú  desseas;  y  to- 
mándole por  la  mano,  le  metió  en  un  aposento, 
y  le  dixo:  No  salgas  de  ay,  hasta  que  te  llame. 
Y  luego  boluio  a  do  Seluagia  estaua,  y  tocán- 
dola con  el  libro  despertó,  como  los  demás 
auian  hecho.  Feliyia  ledixo:  Pastora,  muy  des- 
cuydada  duennes.  Seluagia  respondió:  Señora, 
qué  es  del  mi  Syluano?  no  estaua  él  junto  con- 
migo? Ay  Dios,  quién  me  lo  lleuó  de  aqui?  Si 
i)oluiera?  Y  Feliyia  le  dixo.  Escucha,  Seluagia, 
que  pare89e  que  desatinas:  a«  de  saber  que  el 


tu  querido  Alanio  está  a  la  puerta,  j  dize  que 
ha  andado  por  muchas  partes  perdido,  en  boBca 
tuya .  y  trae  lÍ9en9Ía  de  su  padre  para  casarse 
contigo.  Essa  Ii9en9ia  (dixo  Seluagia)  le  apro- 
uechará  a  él  muy  poco,  pues  no  la  tiene  de  mi 
pensamiento.  Syluano  qué  os  del?  Adonde  está? 
Pues  como  el  pastor  Syluano  oyó  hablar  a  Se- 
luagia, no  pudo  suffrir  sin  salir  luego  á  la  sala 
donde  estaua,  y  mirándose  los  dos  con  mucho 
amor,  lo  confirmaron  tan  grande  entre  si,  que 
sola  la  muerte  bastó  para  acaballo,  de  que  no 
poco  contentamiento  reyibio  Sireno,  y  Felis- 
mena, y  aun  la  pastora  Belisa.  Fel¡9Ía  les  dixo: 
Razón  será,  [pastores  y  hermosa  pastora,  qae 
os  boluays  a  vuestros  ganados,  y  tened  enten- 
dido que  mi  fauor  jamas  os  podra  faltar,  y  el  fin 
de  vuestros  amores  será  quando  por  matrimo- 
nio cada  uno  se*|ayunte  con  quien  dessea.  Yo 
temé  cuydado  de  anisaros,  quando  sea  tiempo, 
y  vos  (hermosa  Felismena)  aparejaos  para  la 
partida,  porque  mañana  cumple  que  partays  de 
aqui.  En  esto  entraron  todas  las  Nimphas  por 
la  puerta  de  la  sala,  las  cuales  ya  sabian  el 
remedio  que  la  sabia  Feliyia  auia  puesto  en  el 
mal  de  los  pastores:  de  lo  cual  reyibieron  gran- 
dissimo  plazer,  mayormente  Dorida,  Cínthia,  y 
Polidom:  por  auer  sido  ellas  la  principal  oca- 
sión de  su  contentamiento.  Los  dos  nuenos 
enamorados  no  enteudian  en  otra  cosa,  sino  en 
mirarse  uno  a  otro,  con  tanta  afeepion  y  blan- 
dura como  si  uniera  mil  años  que  vuieran 
dado  prínyipio  a  sus  amores.  Y  aquel  dia  estn- 
uieron  alli  todos,  con  grandíssimo  contenta- 
miento, hasta  que  otro  dia  de  mañana,  despi- 
diéndose los  dos  pastores,  y  pastora,  de  la 
sabia  FelÍ9Ía,  y  de  Felismena,  y  de  Belisa,  y 
assi  mismo  de  todas  aquellas  Nimphas^  se  bol- 
uieron  con  grandissinia  alegría  a  su  aldea, 
donde  aquel  mismo  dia  llegaron.  Y^  la  hermosa 
Felismena  que  ya  aquel  dia  se  auia  uestido  en 
trage  de  pastora,  despidiéndose  de  la  sabia 
FelÍ9Ía,  y  siendo  muy  particularmente  anisada 
do  lo  que  auia  de  hazer,  con  muchas  lagrimas 
la  abrayó,  y  acompañada  de  todas  aquellas 
Nimphas,  se  salieron  al  gran  patio,  que  delante 
de  la  puerta  estaua,  y  abrayundo  a  cada  vna 
por  si,  se  partió  por  el  camino  donde  la  gnia- 
ron.  No  yua  sola  Felismena  este  camino,  ni  aun 
sus  imaginaciones  la  dañan  lugar  a  que  lo 
fuesse,  pensando  yua  en  lo  que  la  sabia  Feliyia 
le  auia  dicho,  y  por  otra  parte  considerando  la 
poca  ventura  que  hasta  alli  auia  tenido  en  sus 
amores,  le  hazia  dudar  de  su  descanso.  Con 
esta  contrariedad  de  pensamientos  yua  lidian- 
do, los  quales  aun  que  por  vna  parte  la  cansa- 
uan,  por  otra  la  entretonian,  de  manera  que  no 
sentia  la  soledad  del  camino.  No  vuo  andado 
mucho  por  en  medio  de  vn  hermoso  valle, 
quando  a  la  cayda  del  Sol,  vio  de  lexos  vna 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


317 


oho^a  de  pastores,  que  entre  ynas  euzinas  esta- 
ña a  la  entrada  do  yn  bosque,  y  persuadida  de 
la  hambre,  se  fue  hazia  ella,  j  también  porque  la 
fiesta  comengaua  de  manera  que  le  sería  forjado 
passalla  debazo  de  aquellos  arboles.  Llegado 
a  la  cho9a,  oyó  que  vn  pastor  dezia  a  vna  pas- 
tora que  cerca  del  estaua  assentada:  No  me 
mandes,  Amarílida,  que  cante,  pues  entiendes  la 
i3>yon  que  tengo  de  llorar  todos  los  dias  que  el 
alma  no  desampare  estos  cansados  miembros; 
que  puesto  caso  que  la  música  es  tanta  parte 
para  hacer  acres^cntar  la  tristeza  del  triste, 
como  la  aleg^ia  del  que  más  contento  biue,  no 
es  mi  mal  de  suerte,  que  pueda  ser  disminuydo, 
lii  accres9entado,  con  ninguna  industria  hu- 
mana. Aqui  tienes  tu  jampona,  tañe,  canta, 
pastora,  que  muy  bien  lo  puedes  hazer:  pues 
que  (')  tienes  el  cora9on  libre  y  la  voluntad  essen- 
ta  de  las  subiec^iones  de  amor.  La  pastora  le 
respondió:  no  seas,  Arsileo,  auariento  de  lo  que 
la  naturaleza  con  tan  larga  mano  te  ha  concedi- 
do: pues  quien  te  lo  pide  sabrá  complazerte  en 
lo  que  tú  quisieres  pedillc.  Canta  si  es  possiblc 
aquella  canción  que  a  petición  de  Argasto 
heziste,  en  nombre  de  tu  padre  Arscnio,  quando 
ambos  seruiades  a  la  hermosa  pastora  Belisa. 
El  pastor  le  respondió:  Estraña  condipion  es 
la  tuya  (o  Amarilida)  que  siempre  me  pides 
que  haga  lo  que  menos  contento  me  da.  ¿Qué 
haré  que  por  fuerza  he  de  complazerte,  y  no  por 
fuerza,  que  assaz  de  mal  aconsejado  seria  quien 
de  su  voluntad  no  te  síniiesse.  Mas  ya  sabes 
cómo  mi  fortuna  me  va  a  la  mano,  todas  las  ve- 
zes  que  algún  aliuio  quiero  tomar:  o  Amarilida, 
viendo  la  razón  que  tengo  de  estar  contino  llo- 
rando me  mandas  cantar?  Por  qué  quieres 
ofender  a  las  ocasiones  de  mi  tristeza?  Plega  a 
Dios  que  nunca  mi  mal  vengas  a  sentillo  en 
causa  tuya  propia,  porque  tan  a  tu  costa  no  te 
informe  la  fortuna  de  mi  pena.  Ya  sabes  que 
perdi  a  Belisa,  ya  sabes  que  bino  sin  esperanza 
de  cobralla:  por  qué  me  mandas  cantar?  Mas  no 
quiero  que  me  tengas  por  descomedido,  que  no 
es  de  mi  condición  serlo  con  las  pastoras  á 
quien  todos  estamos  obligados  a  coniplazor.  Y 
tomando  un  rabel^  que  cerca  de  sí  tenía,  le  co- 
menco  a  templar,  para  hazer  lo  que  la  pastora 
le  mandaua.  Felismena  que  acechando  estaua 
oyó  muy  bien  lo  que  el  pastor  y  pastora  pas- 
sanan:  quando  vio  que  hablanan  en  Arsenio  y 
Arsileo,  seruidores  de  la  pastora  Belisa,  a  los 
cuales  tenia  por  muertos,  según  lo  que  Belisa 
auia  contado  a  ella,  y  a  las  Nimphas  y  pasto- 
res, quando  en  la  cabana  de  la  isleta  la  halla- 
ron, uerdaderamentc  pensó  lo  que  veya  ser 
alguna  visión,  o  cosa  de  sueno.  Y  estando 
atienta,  uio  como  el  pastor  couienco  a  tocar  el 

(*)  Falta  ét  que  en  la  edición  de  Milán. 


rabel  tan  diuinamente,  que  pares^ia  cosa  del 
ciclo:  y  auiendo  tañido  vn  poco,  con  vna  boz 
más  angélica,  que  de  hombre  humano,  dio  prin- 
cipio a  esta  canción: 

iAy  vanas  esperancas,  quantos  dias 
anduue  hecho  sieruo  de  vn  engaño, 
y  quán  en  vano  mis  cansados  ojos 
con  lagrimas  regaron  este  valle! 
pagado  me  an  amor  y  la  fortuna, 
pagado  me  an,  no  sé  de  qué  me  quexo. 

Gran  mal  deuo  passar,  pues  yo  me  quexo, 
que  hechos  á  sufrir  están  mis  ojos 
los  trances  del  amor,  y  la  fortuna: 
¿sabeys  de  quien  me  agrauio?  de  un  engaño 
de  una  cruel  pastora  deste  valle, 
do  puse  por  mi  mal  mis  tristes  ojos. 

Con  todo  mucho  deuo  yo  a  mis  ojos, 
aunque  con  el  dolor  dellos  me  quexo. 
pues  ui  por  causa  suya  en  este  valle, 
la  cosa  más  hermosa  que  en  mis  dias, 
jamas  pense  mirar,  y  no  me  engaño: 
pregúntenlo  al  amor  y  la  fortuna. 

Aunque  por  otra  parte  la  fortuna, 
el  tiempo,  la  ocasión,  los  tristes  ojos, 
el  no  estar  receloso  del  engaño, 
causaron  todo  el  mal  de  que  me  quexo: 
y  ansi  pienso  acabar  mis  tristes  dias, 
contando  mis  passiones  a  este  valle. 

Si  el  rio,  el  soto,  el  monte,  el  prado,  el  valle, 
la  tierra,  el  cielo,  el  hado,  la  fortuna, 
las  horas,  los  momentos,  años,  dias, 
el  alma,  el  coracon,  también  los  ojos, 
agrauian  mi  dolor,  quando  me  quexo, 
¿por  qué  dizes  pastora  que  me  engaño? 

Bien  sé  que  me  engañé,  más  no  es  engaño, 
porque  de  auer  yo  uisto  en  este  ualle 
tu  estraña  perfección,  jamas  me  quexo, 
sino  de  ver  que  quiso  la  fortuna 
dar  a  entender  a  mis  cansados  ojos, 
que  allá  ucmia  el  remedio  tras  los  dias. 

Y  son  pasados  años,  meses,  dias, 
sobre  esta  confianca  y  claro  engaño: 
cansados  de  llorar  mis  tristes  ojos, 
cansado  de  escucharme  el  soto,  el  valle, 
y  al  cabo  me  responde  la  fortuna, 
burlándose  del  nial  de  que  me  quexo. 

¿Mas  o  triste  pastor,  de  qué  me  quexo, 
si  no  es  de  no  acabarse  ya  mis  dias? 
¿por  dicha  era  mi  esclana  la  fortuna? 
¿halo  ella  do  pagar,  si  yo  me  engaño? 
¿no  anduuo  libre,  essento  en  este  ualle? 
¿quién  me  mandaua  a  mi  alear  los  ojos? 

¿Mas  quién  podra  también  domar  sus  ojos 
o  cómo  biuire  si  no  me  quexo, 
del  mal  que  amor  me  hizo  en  este  ualle? 
mal  aya  un  mal  que  dura  tantos  dias, 
mas  no  podra  tardar,  si  no  me  engaño, 
que  muerte  no  dé  fin  a  mi  fortuna. 


818 


orígenes  de  la  novela 


Venir  saele  bonan9a8  tras  fortana, 
mas  ya  nanea  verán  jamas  mis  ojos: 
ui  aun  pienso  caer  en  este  engaño, 
bien  basta  ya  el  primero  de  quien  quexo, 
y  quexaré,  pastora,  quantos  dias 
durare  la  memoria  deste  ualle. 

Si  el  mismo  dia,  pastora,  que  en  el  ualle 
dio  causa  que  te  uiesse  mi  fortuna, 
llegara  el  fin  de  mis  cansados  dias, 
o  al  menos  uiera  esquiuos  essos  ojos: 
yessara  la  razón  con  que  me  quexo, 
y  no  pudiera  yo  llamarme  a  engaño. 

Mas  tú  determinando  hazerme  engaño 
quando  me  uiste  luego  en  este  ualle, 
mostrauaste  benigna,  yed  si  quexo 
contra  razón  de  amor,  y  de  fortuna; 
después  no  sé  por  qué  buelues  tus  ojos, 
cansarte  deuen  ya  mis  tristes  dias. 

Canción  de  amor,  y  de  fortuna  quexo: 
y  pues  duró  vn  engaño  tantos  dias, 
regad  ojos,  regad  el  soto,  el  ualle. 

Esto  cantó  el  pastor  con  muchas  lagrimas, 
y  la  pastora  lo  oyó  con  grande  contentamiento 
de  uer  la  grayia  con  que  tañia  y  cantaua:  mas 
el  pastor  después  que  dio  fin  a  su  can9Íon,  sol- 
tando el  rabel  de  las  manos,  dixo  contra  la 
pastora:  ¿Estás  contenta,  Amarilida,  que  por 
solo  tu  contentamiento,  me  hagas  hazer  cosa 
que  tan  fuera  del  mió  es?  Plega  a  Dios  (o  Al- 
feo)  la  fortuna  te  trayga  al  punto  a  que  yo  por 
tu  causa  he  uenido:  para  que  sientas  el  cargo 
en  que  te  soy  por  el  mal  que  me  hiziste.  O  Be- 
lisa,  quién  ay  en  el  mundo,  que  más  te  deua 
que  yo?  Dios  me  trayga  a  tiempo  que  mis  ojos 
gozen  de  ver  tu  hermosura,  y  los  tuyos  vean  si 
soy  en  conos9Ímiento  de  lo  que  les  deuo.  Esto 
dezia  el  pastor  con  tantas  lagrimas  que  no 
vuiera  cora9on  por  duro  que  fuera,  que  no  se 
ablandara.  Oyéndole  la  pastora,  le  dixo:  Pues 
que  ya  (Arsileo)  me  has  contado  el  prin9Ípio 
de  tus  amores,  y  cómo  Arsenio  tu  padre  fue  la 
prin9Ípa]  causa  de  que  tu  quisiesses  bien  á  Be- 
lisa,  porque  siruiendola  él,  se  aproucchaua  de 
tos  cartas  y  can9Íones,  y  aun  de  tu  música 
(cosa  que  él  pudiera  muy  bien  escusar)  te  ruego 
me  cuentes  cómo  la  perdiste.  Cosa  es  essa  (le 
respondió  el  pastor)  que  yo  querría  pocas  vezes 
contar,  mas  ya  que  es  tu  condÍ9Íon  mandar  me 
hazer  y  dezir  aquello  en  que  más  pena  recibo, 
escacha,  que  en  brcues  palabras  te  lo  diré.  Auia 
en  mi  lugar  vn  hombre  llamado  Alfeo,  que  en- 
tre nosotros  tuuo  siempre  fama  de  grandíssimo 
nigromante,  el  qual  queria  bien  a  Belisa  pri- 
mero que  mi  padre  la  comen9asse  a  seruir,  y 
ella  no  tan  solamente  no  podia  velle,  mas  aun 
si  le  hablauan  en  él,  no  auia  cosa  que  más  pena 
le  diesse.  Pues  como  éste  supiesse  un  con9Íerto 
que  entre  mí  y  Belisa  auia,  de  ylla  a  hablar 


desde  en9ima  de  vn  moral,  que  en  un*  huerta 
suya  estaua,  el  diabólico  Alfeo  hice  a  dos  es- 
piritus  que  tomasse  el  uno  la  forma  de  mi  pa- 
dre Arsenio,  y  el  otro  la  mia,  y  que  foesse  el 
que  tomó  mi  forma  al  con9¡erto,  y  el  que  tomó 
la  de  mi  padre  uiniesse  alli,  y  le  tirasse  con  ana 
ballesta,  fingiendo  que  era  otro,  y  que  oiniesse 
él  luego,  como  que  lo  auia  cono89Ído,  y  se  ma- 
tase de  pena  de  auer  muerto  a  su  hijo,  a  fin  de 
que  la  pastora  Belisa  se  diesse  la  muerte,  nien- 
do  muerto  a  mi  padre  y  a  mi,  o  a  lo  menos  hi- 
ziesse  lo  que  hizo.  Esto  hazia  el  traydor  de 
Alfeo,  por  lo  mucho  que  le  pesaua  de  saber  lo 
que  Belisa  me  quería,  y  lo  poco  que  se  le  daoi 
por  él.  Pues  como  esto  ansi  fue  hecho,  y  a  Be- 
lisa  le  pares9Íese  que  mi  padre  y  yo  fuessemos 
muertos,  de  la  forma  que  he  contado,  desespe- 
rada se  salió  de  casa,  y  se  fue  donde  hasta 
agora  no  se  ha  sabido  della.  Esto  me  contó  la 
pastora  Armida,  y  yo  uerdaderamente  lo  creo, 
por  lo  que  después  acá  ha  su9edido.  Felismena 
que  entendió  lo  que  el  pastor  auia  dicho,  quedó 
en  extremo  marauillada,  pares9Íendole  que  lo 
que  dezia  lleuaua  camino  de  ser  assi,  y  por  las 
señales  que  en  él  vio  vino  en  cono89¡miento  de 
ser  aquel  Arsileo,  seruidor  de  Belisa,  al  qual 
ella  tenia  por  muerto,  y  dixo  entre  sí:  No  seria 
razón  que  la  fortuna  diesse  contento  ninguno 
a  la  persona,  que  lo  negasse  a  vn  pastor  qae 
también  lo  merece,  y  lo  ha  menester.  A  lo  me- 
nos, no  partiré  yo  deste  lugar,  sin  dársele  tau 
grande,  como  lo  re9ebira  con  las  nueoas  de  su 
pastora.  Y  llegándose  a  !a  puerta  de  la  cho9a, 
dixo  contra  Amarílida:  Hermosa  ptttUxm,  a 
vna  sin  ventura  que  ha  peidido  el  camino,  y  aun 
la  esperanza  de  cobraUe,  no  le  dierades  licencia 
para  que  passasse  la  fiesta  en  este  vuestro 
aposento?  La  pastora  quando  la  vio,  quedó  tan 
espantada  de  ver  su  hermosura,  y  gentil  dis- 
pos¡9Íon,  que  no  supo  respondelle:  empero  Ar- 
sileo le  dixo:  por  9Íerto,  pastora,  no  falta  otra 
cosa  para  hazer  lo  que  por  vos  es  pedido,  sino 
la  posada  no  ser  tal  como  vos  la  meresceys, 
pero  si  desta  manera  soys  seruida,  entra  que 
no  aura  cosa  que  por  scruiros  no  se  haga.  Fe- 
lismena le  respondió:  Esas  palabras  (Arsileo) 
bien  pare89en  tuyas,  mas  el  contento  que  yo  eu 
pago  dellas  te  dexaré,  me  dé  Dios  a  mi  en  lo 
que  tanto  ha  que  desseo.  Y  diziendo  esto,  se 
entró  en  la  choya,  y  el  pastor  y  la  pastora  se 
leuantaron,  haziendole  mucha  cortesia,  y  bol- 
uiendose  a  sentar  todos,  Arsileo  le  dixo:  por 
ventura,  pastora,  ha  os  ha  dicho  alguno  mi  nom- 
bre, o  aueys  me  uisto  eu  alguna  parte  antes  de 
aora?  Felismena  le  respondió:  Arsileo,  más  sé 
de  ti  de  lo  que  piensas,  aunque  estés  en  trage 
de  pastor,  muy  fuera  de  como  yo  te  ui,  quando 
en  la  academia  Salamantiua  estudiauas.  Si  al- 
guna cosa  ay  que  comer,  mándamela  dar,  por- 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


819 


que  después  te  diré  vna  cosa  que  tú  machos 
días  ha  que  desseas  saber.  Esso  haré  70  de  muy 
bnena  gana  (dizo  Arsileo)  porque  ningún  ser- 
aÍ9¡o  se  os  puede  hazer,  que  no  quepa  en  vues- 
tro meres9Ímiento.  Y  descolgando  Amarilida  y 
Arsileo  sendos  9urrones,  dieron  de  comer  a  Fe- 
lismena,  de  aquello  que  para  si  tenían.  Y  des- 
pués que  Yuo  acabado,  deseando  Felismena  de 
alegrar  a  aquel  que  con  tanta  tristeza  biuia,  le 
empe90  a  hablar  desta  manera:  No  ay  en  la  yi- 
da  (o  Arsileo)  cosa  que  en  más  se  deua  tener, 
que  la  firmeza,  y  más  en  cora9on  de  muger 
adonde  las  menos  yezes  suele  hallarse,  mas 
también  hallo  otra  cosa,  que  las  más  yezes  son 
los  hombres  causa  de  la  poca  con8tan9Ía  que 
con  ellos  se  tiene.  Digo  esto,  por  lo  mucho  que 
tú  deues  a  yna  pastora  que  yo  conozco,  la  qual 
si  agora  supiesse  que  eres  bino,  no  creo  que 
auria  cosa  en  la  uida  que  mayor  contento  le 
diesse.  Y  enton9es,  le  comen9o  a  contar  por 
orden  todo  lo  que  auia  passado,  desde  que 
mató  los  tres  saluages,  hasta  que  uino  en  casa 
de  la  sabia  Felicia.  En  la  qual  cuenta,  Arsileo 
oyó  nueuas  de  la  cosa  que  más  quería,  con  todo 
lo  que  con  ella  auian  passado  las  Nimphas,  al 
tiempo  que  la  hallaron  durmiendo  en  la  isleta 
del  estanque,  como  atrás  aueys  oydo,  y  lo  que 
sintió  de  saber  que  la  fe  que  su  pastora  le  tenia 
jamas  su  cora9on  auia  desamparado,  y  el  lugar 
cierto  donde  la  auia  de  hallar,  fue  su  contenta- 
miento tan  fuera  de  medida,  que  estuuo  en 
poco  de  ponelle  a  peligro  la  vida.  Y  dixo  con- 
tra Felismena:  ¿qué  palabras  bastarían  (hermo- 
sa pastora)  para  encares9er  la  gran  mer9ed  que 
de  yos  he  re9ebido,  o  qué  obras  para  poderos 
la  seruir?  Plega  a  Dios  que  el  contentamiento, 
que  yos  me  aueys  dado,  os  dé  él  en  todas  las 
cosas  que  yuestro  cora9on  dessea.  O  mi  señora 
Belisa,  que  es  posible,  que  tan  presto  he  yo  de 
ver  aquellos  ojos,  que  tan  gran  poder  en  mi  tu- 
uieron?  Y  que  después  de  tantos  trabajos  me 
auia  de  suc9eder  tan  soberano  descanso?  Y  di- 
ziendo  esto  con  muchas  lagríraas  tomaua  las 
manos  de  Felismena,  y  se  las  besana.  Y  la  pas- 
tora Amarilida  hazia  lo  mesmo,  diziendo:  ver- 
daderamente (hermosa  pastora)  vos  aueys  ale- 
grado yn  cora9on  el  más  triste  que  yo  he  pen- 
sado ver,  y  el  que  menos  meres9Ía  estarlo. 
Seys  meses  ha,  que  Arsileo  bine  en  esta  cabana 
la  más  triste  vida  que  nadie  puede  pensar.  Y 
vnas  pastoras  que  por  estos  prados  repastan 
sus  ganados  (de  cuya  compañía  yo  soy)  algu- 
nas uezes  le  entrañamos  a  ver  y  a  consolar,  sí 
su  mal  sufriera  consuelo.  Felismena  le  respon- 
dió: no  es  el  mal  de  qne  está  doliente,  de  ma 
ñera  que  pueda  re9ebir  consuelo  de  otro,  sino 
es  de  la  causa  del  o  de  quien  le  dé  las  nueuas 
que  yo  aora  le  he  dado.  Tan  buenas  son  para  mi, 
hermosa  pastora  (le  dixo  Arsileo)  que  me  han 


renouado  un  cora9on  enuege9Ído  en  pesares.  A 
Felismena  se  le  entrenes9Ío  el  cora9on  tanto  de 
uer  las  palabras  que  el  pastor  dezia,  y  de  las 
lagrimas,  que  de  contento  Uoraua,  quanto  con 
las  suyas  dio  testimonio,  y  desta  manera  estu- 
uieron  allí  toda  la  tarde,  hasta  que  la  fiesta  fue 
toda  passada,  que  despidiéndose  Arsileo  de  las 
dos  pastoras,  se  partió  con  mucho  contento, 
para  el  templo  de  Diana,  por  donde  Felismena 
le  auia  guiado. 

Syluano  y  Seluagia  con  aquel  contento  que 
suelen  tener  los  qne  gozan  después  de  larga 
ausen9Ía  de  la  vista  de  sus  amores,  caminauan 
hazia  el  deleytoso  prado,  donde  sus  ganados 
andauan  pas9Íendo,  en  compañía  del  pastor  Si- 
reno;  el  qual  aunque  yna  ageno  del  contenta- 
miento que  en  ellos  ueya,  también  lo  yna  de  la 
pena  que  la  falta  del  suele  causar.  Porque  ni  él 
pensaua  en  querer  bien  ni  se  le  daua  nada  en 
no  ser  querído.  Syluano  le  dezia:  Todas  las  ue- 
zes que  te  miro  (amigo  Sireno)  me  pares9« 
que  ya  no  eres  el  que  solías:  mas  antes  creo 
que  te  has  mudado,  juntamente  con  los  pensa- 
mientos. Por  una  parte  casi  tengo  piedad  de  ti, 
y  por  otra,  no  me  posa  de  verte  tan  descuyda- 
do  de  las  desuenturas  de  amor.  ¿Por  qué  parte 
(dixo  Sireno)  tienes  de  mi  manzilla?  Syluano 
le  respondió.  Porque  me  pares9e,  que  estar  vn 
hombre  sin  querer,  ni  ser  querido,  es  el  más 
enfadoso  estado,  que  puede  ser  en  la  vida.  No 
ha  muchos  días  (dixo  Sireno)  que  tú  entendías 
esto  muy  al  renes,  plega  a  Dios  que  en  este 
mal  estado  me  sustente  a  mi  la  fortuna,  y  a  ti 
en  el  contento  que  re9Íbes  con  la  vista  de  Sel- 
uagia. Que  puesto  caso,  que  se  puede  auer  em- 
bidia  de  amar,  y  ser  amado  de  tan  hermosa 
pastora:  yo  te  aseguro  que  la  fortuna  no  se 
descuyde  de  templaros  el  contento  que  re9ebÍ8 
con  vuestros  amores.  Seluagia  dixo  entonces: 
no  será  tanto  el  mal  que  ella  con  sus  desuaria- 
dos  suc9eso8  nos  puede  hazer,  quanto  es  el  bien 
de  verme  tan  bien  empleada.  Sireno  le  respon- 
dió: Ah  Seluagia,  que  yo  me  he  visto  también 
querido  quanto  nadie  puede  verse,  y  tan  sin 
pensamiento  de  ver  fin  a  mis  amores,  como 
vosotros  lo  estay s  aora:  Mas  nadie  haga  cuen- 
ta sin  la  fortuna,  ni  fundamento  sin  considerar 
las  nmdan9as  de  los  tiempos.  Mucho  deuo  a  la 
sabía  FeIÍ9Ía,  Dios  se  lo  pague,  que  nunca  yo 
pense  poder  contar  mi  mal  en  tiempo  que  tan 
poco  lo  sintiesse.  En  mayor  deuda  le  soy  yo 
(dixo  Seluagia)  pues  fue  causa  que  quisiessa 
bien  a  quien  yo  jamas  dexe  de  uer  delante  mis 
ojos.  Syluano  dixo  boluiendo  los  suyos  hazia 
ella:  essa  deuda,  esperan9a  mía,  yo  soy  el  que 
con  más  razón  la  denía  pagar,  a  ser  cosa  que 
con  la  vida  pagar  se  pudiera.  Essa  os  dé  Dios, 
mí  bien  (dixo  Seluagia)  porque  sin  ella  la  mía 
sería  muy  escusada.  Sireno  viendo  las  amorosas 


320 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


palabras  qiKi  se  dezian,  medio  riendo  les  dixo: 
No  me  pares^e  mal  qne  cada  nno  se  sepa  pagar 
tan  bien  <jae  ni  quiera  quedar  en  deada,  ni  que 
le  deuan,  y  aun  lo  que  me  parcs^e,  es  que  seg^n 
las  palabras  que  unos  a  otros  dezis,  sin  70  ser 
el  tercero,  sabríades  tratar  nuestros  amores.  En 
estas  y  otras  razones  passauan  los  nuenos  ena- 
morados y  el  descuydado  Sireno  el  trabajo  de 
su  camino,  al  qnal  dieron  fin  al  tiempo  que  el 
sol  se  queria  poner,  y  antes  que  llegassen  a  la 
fuente  de  los  Alisos,  oyeron  vna  boz  de  una 
pastora,  que  dulcemente  cantaua:  la  qual  fue 
luego  conos^ida,  porque  Syluano  en  oyéndola, 
les  dixo:  Sin  duda  es  Diana,  la  que  junto  a  la 
fuente  de  los  Alisos  canta.  Seluagia  respondió: 
Verdaderamente  aquella  es,  metamonos  entre 
los  rayrthos,  junto  a  ella,  porque  mejor  poda- 
mos oylla.  Sireno  les  dixo:  Sea  oomo  nosotros 
ordenaredes,  aunque  tiempo  fue  que  me  diera 
mayor  contento  su  música,  y  aun  su  yista  ({ue 
no  agora.  Y  entrándose  todos  tres  por  entre 
los  espesos  myrthos,  ya  que  el  sol  se  quería  po- 
ner, vieron  junto  a  la  fuente  a  la  hermosa  Dia- 
na, con  tan  grande  hermosura,  que  como  si 
nunca  la  vuieran  yisto,  ansi  quedaron  admira- 
dos: tenia  sueltos  sus  hermosos  cabellos,  y  to- 
madas atrás  con  una  yinta  encarnada,  que  por 
medio  de  la  cal>e9a  los  repartía.  Los  ojos  pues- 
tos en  el  suelo  y  otras  vezes  en  la  clara  fuente, 
y  limpiando  algunas  lagrímas,  que  de  quando 
en  quando  le  corrían,  cantaua  este  romance. 

Quando  yo  triste  nas^i, 
luego  nas^i  desdichada: 
luego  los  liados  monstraron 
lui  suerte  desuenturada, 
el  sol  escondió  sus  rayos, 
la  luna  ((uedó  eclipsada, 
murió  mi  madre  en  pariendo, 
mo<;.a  hermosa,  y  mal  lograda: 
el  ama  ([ue  me  dio  leche, 
jamas  tuno  dicha  en  nada, 
n¡  menos  la  tune  yo, 
soltera  ni  desposada. 
Quise  bien,  y  fuy  querida: 
oluidé,  y  fuy  oluydada: 
esto  causo  vn  casamiento, 
que  a  mí  me  tiene  cansada. 
Casarca  yo  con  la  tierra, 
nn  me  viera  sepultada 
entre  tanta  desuentura 
que  lio  puede  ser  contada. 
Mo^a  me  casó  mi  padre, 
(le  su  obediencia*  forjada: 
puse  a  Sireno  en  oluido 
que  la  fe  me  tenia  dada, 
pai^o  tan  bien  mi  descuyJo 
qual  no  fu(»  cosa  pagada. 
Celos  me  hazen  la  guerra. 


sin  ser  en  ellos  culpada: 
con  9«lo8  uoy  al  gimado, 
con  celos  a  la  majada, 
y  con  celos  me  leuanto 
contino  a  la  madrugada: 
con  celos  como  a  su  mesa, 
y  en  su  cama  só  acostada, 
si  le  pido  de  qne  ha  celos, 
no  sabe  responder  nada; 
jamas  tiene  el  rostro  alegre, 
siempre  la  cara  inclinada, 
los  ojos  por  los  ríncones, 
la  habla  tríste  y  turbada, 
¡cómo  biuira  la  tríste 
que  se  uee  tan  mal  casada! 

A  tiempo  pudiera  tomar  a  Sireno  el  tríste 
canto  de  Diana,  con  las  lagrímas  qne  demma- 
ua  cantando  y  la  tristeza  de  que  su  rostro  daui 
testimonio,  que  al  pastor  pusieran  en  nesgo  de 
perder  la  uida,  sin  ser  nadie  parte  para  reme- 
dialle,  mas  como  ya  su  coracon  estaña  libre  de 
tan  peligrosa  prisión,  ningún  contento  recibió 
con  la  uista  de  Diana,  ni  pena  con  sos  tristes 
lamentaciones.  Pues  el  pastor  Syluano,  no  te- 
nia a  su  parescer  porque  pesalle  de  níngnn 
mal  que  a  Diana  succediesse;  visto  como  ella 
jamas  se  auia  dolido  de  lo  que  a  su  causa  aaia 
passado.  Sola  Seluagia  le  ayudó  con  lag^rímas, 
temerosa  de  su  fortuna.  Y  dixo  contra  Sireno. 
Ninguna  perfección,  ni  hermosura  puede  dar  la 
naturaleza,  que  con  Diana  largamente  no  la 
aya  repartido:  porque  su  hermosura  no  creo  yo 
que  tiene  par,  su  gracia,  su  discreción,  con  to- 
das las  otras  partes  que  una  pastora  deue  tener. 
Nadie  le  haze  uentaja,  sola  una  cosa  le  faltó, 
de  que  yo  siempre  le  yue  miedo,  y  esto  es  la 
ventura:  pues  no  quiso  dalle  compañía  con  qoe 
pudiesse  passar  la  uida,  con  el  descanso  que  ella 
meresce.  Sireno  res|>ondio:  quien  a  tantos  le  ha 
quitado,  justa  cosa  es  que  no  le  tenga.  Y  no 
digo  esto,  ]K)rque  no  me  pese  del  mal  desta 
pastora,  sino  por  la  grandissima  causa  que  ten- 
go do  dessearsole.  No  digas  esso  (dixo  Selua- 
gia) que  yo  no  puedo  creer  que  Diana  te  aya 
ofendido  en  cosa  alguna.  ¿Qué  offeusa  te  hizo 
ella  en  casarse,  siendo  cosa  que  estaua  en  la  no- 
luntad de  su  padn^  y  deudos,  más  quen  la  tuya? 
Y  después  de  casada,  qué  pudo  hazer  por  lo 
que  tocaua  a  su  honra,  sino  oluidartc?  cierto, 
Sireno,  para  quexarte  de  Diana  más  legitimas 
cansas  auia  de  auer  que  las  que  hasta  aora 
einos  uisto,  Siluano  dixo:  Por  cierto.  Sirena, 
Seluagia  tiene  tanta  razón  en  lo  que  dize  qne 
nadie  con  ella  se  lo  puede  contradizir.  Y  si  al- 
guno con  causa  se  puede  quexar  de  su  ingrati- 
tud, yo  soy:  que  la  quise  todo  lo  que  se  puede 
querer,  y  tuuo  tan  mal  conoscimiento,  como  fue 
el  tratamiento  que  vistes  que  siempre  me  bft- 


DIANA^  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


321 


zia.  Selnagia  respondió,  poniendo  en  el  unos 
amorosos  ojos,  y  dixo:  Pues  no  erades  uos  mi 
pastor  para  ser  mal  tratado,  (^ue  ninguna  pas- 
tora aj  en  el  mundo,  que  no  gane  mucho  en  que 
uos  la  querays.  A  este  tiempo  Diana  sintió  que 
9erca  della  hablauan,  porque  los  pastores  se 
anian  descujdado  algo  de  hablar,  de  manera 
qiie  ella  no  les  oyesse:  j  Icuantandose  en  pie 
miró  entre  los  mjrthos  j  conos9Ío  los  pastores 
7  pastora  que  entre  ellos  estaba  asentada.  Los 
iguales  uicndo  que  auian  sido  uistos,  se  unieron 
a  ella,  7  la  reB9Íbieron  con  mucha  cortesía,  7 
ella  a  ellos,  con  mu7  gran  comedimiento,  pre- 
guntándoles adonde  auian  estado.  A  lo  qual, 
olios  respondieron  con  otras  palabras,  7  otros 
mouimientos  de  rostro,  de  lo  que  respondían  a 
lo  que  ella  solía  preguntalles:  cosa  tan  nueua 
para  Diana,  que  puesto  caso  que  los  amores  de 
ninguno  dellos  le  diossen  pena,  en  fin  le  pesó 
de  uerlos  tan  otros  de  lo  que  solían;  7  más 
quando  entendió  en  los  ojos  de  S7luano  el 
contentamiento  que  los  de  Seluagia  le  dauan, 
7  porque  era  7a  hora  de  recogerse,  7  el  ganado 
tomaua  su  acostumbrado  camino  hazia  el  aldea, 
ellos  se  fueron  tras  él:  7  la  hermosa  Diana 
dixo  contra  Sireno:  muchos  días  ha  (pastor)  que 
por  este  valle  no  te  he  visto:  más  ha  (dixo  Sire- 
no) que  a  mi  me  7ua  la  vida  que  no  me  vlesse 
quien  tan  mala  me  la  ha  dado,  mas  en  fin  no  da 
poco  contento  hablar  en  la  fortuna  passada  el 
que  7a  se  halla  en  seguro  puerto.  En  seguro  te 
pares^e,  dixo  Diana,  el  estado  en  que  agora  bíues? 
No  deue  ser  mu7  peligroso  (dixo  Sireno),  pues 
70  oso  hablar  delante  de  ti  desta  manera.  Dia- 
na respondió:  nunca  70  me  acuerdo  verte  por 
mí  tan  perdido,  que  tu  lengua  no  tuuiesse  la  li- 
bertad que  aora  tiene.  Sireno  le  respondió:  tan 
discreta  eres  en  imaginar  esso,  como  en  todas 
las  otras  cosas.  Por  qud  causa?  (dixo  Diana) 
Porque  no  a7  otro  remedio,  dixo  Sireno,  para 
que  tú  no  sientas  lo  que  perdiste  en  mi,  sino 
pensar  que  no  te  quería  70  tanto  que  mi  lengua 
dexasse  de  tener  la  libertad  que  dizes.  Mas  con 
todo  esso  plega  a  Dios  (hermosa  Diana)  que 
siempre  te  dé  tanto  contento  quanto  en  algún 
tiempo  me  quesiste,  que  puesto  caso  que  7a 
nuestros  amores  sean  passados,  las  reliquias 
qne  en  el  alma  me  han  quedado  bastan  para 
dessearte  70  todo  el  contentamiento  posible. 
Cada  palabra  dessas  para  Diana  era  arrojalle 
vna  lan9a,  que  Dios  sabe  sí  quisiera  ella  más 
7r  07endo  quexas,  que  cre7cndo  libertades,  7 
aunque  ella  respondía  a  todas  las  cosas,  que  los 
pastores  le  dezian,  con  ^íerto  descu7do,  7  se 
apronechaua  de  toda  su  discreción  para  no  da- 
lles á  entender  que  le  pesaua  de  uer  los  tan  li- 
bres, toda  via  se  entendía  mu7  bien  el  descontento 
que  sos  palabras  le  dauan.  Y  hablando  en  estas 
7  otras  cosas,  llegaron  al  aldea,  a  tiempo  que  de 

OBÍQBNES  DE  LA  NOVELA.— 21 


todo  punto  el  sol  auia  escondido  sus  ra708,  y 
despidiéndose  anos  de  otros,  se  fueron  a  sus 
posadas. 

Pues  bolniendo  a  Arsíleo,  el  qual  con  gran* 
dissimo  contentamiento,  7  desseo  de  uer  a  (}) 
su  pastora,  caminaua  hazia  el  bosque  donde  el 
templo  de  la  diosa  Diana  estaua,  llegó  junto  a 
vn  arro7o,  que  ^erca  del  sumptuoso  templo  por 
entre  unos  uerdes  alisos  corría,  a  la  sonbra  de 
los  quales  se  asento,  esperando  que  uiniesse 
por  allí  alguna  persona,  con  quien  hiziesse  sa- 
ber a  Belísa  de  su  uenida,  porque  le  parearía 
peligroso  dalle  algún  sobresalto,  teniéndolo 
ella  por  muerto.  Por  otra  parte  el  ardiente  de- 
sseo que  tenia  de  uerla  no  le  daba  lugar  a  nin- 
gún reposo.  Estando  el  pastor  consultando 
consigo  mismo  el  consejo  que  tomaría,  uio  ue- 
nir  hazia  si  una  Nimpha  de  admirable  hermo- 
sura, con  un  arco  en  la  mano,  7  una  aljaua  al 
cuello:  mirando  a  una  7  a  otra  parte,  si  auia 
alguna  caca  en  qué  emplear  una  aguda  saeta, 
que  en  el  arco  tra7a  puesta.  Y  quando  uio  al 
pastor  se  fue  derecha  a  él,  7  él  se  leuantó,  7  le 
hizo  el  acatamiento  que  a  tan  hermosa  Nímpha 
deuia  hazerse.  Y  de  la  misma  manera  fue  della 
reyíbido,  porque  ésta  era  la  hermosa  Polidora, 
una  de  las  tres  que  Felísmena,  7  los  pastores 
libraron  del  poder  de  los  saluagcs,  7  mu7  affí- 
9Íonada  a  la  pastora  Belísa.  Pues  boluicndose 
ambos  assentar  sobre  la  uerde  7crua,  Polidora 
le  preguntó  de  qué  tierra  era,  7  la  causa  de  su 
uenida.  A  lo  qual  Arsíleo  respondió:  Hermosa 
Nimpha,  la  tierra  donde  70  nas9¡  me  ha  tratado 
de  manera,  que  pares^e  que  me  hago  agrauío 
en  llamarla  mía,  aunque  por  otra  parte  le  deuo 
más  de  lo  que  70  sabría  encares9er.  Y  para 
que  70  te  diga  la  causa  que  tnuo  la  fortuna  de 
traerme  a  este  lugar,  seria  menester  que  pri- 
mero me  dixesses,  si  eres  de  la  compañía  de  la 
sabia  FelÍ9Ía,  en  cu7a  casa  me  dizen  que  está  la 
hermosa  pastora  Belísa  (causa  de  mi  destierro) 
7  de  toda  la  tristeza  que  la  ausen9Ía  me  ha  he- 
cho suffrir.  Polidora  respondió:  de  la  compañía 
de  la  sabia  Felicia  S07  7  la  ma7or  amiga  dessa 
pastora  que  has  nombrado  que  ella  en  la  uida 
puede  tener,  7  para  que  también  me  tengas  en 
la  misma  posession,  sí  aprouechasse  algo,  acon- 
sejarte h7a,  que  siendo  posible  oluídalla,  que  lo 
hiziesscs.  Porque  tan  imposible  es  remedio  de 
tu  mal,  como  del  que  ella  padesce,  pues  la  dora 
tierra  come  7a  aquel  de  quien  con  tanta  razón 
lo  esperaua.  Arsíleo  le  respondió:  Será  por 
uentura  esse  que  dizes  que  la  tierra  come,  su 
seruidor  Arsilco?  Si  por  cierto,  dixo  Polidora, 
esse  mismo  es  el  que  ella  quiso  más  que  a  si,  el 
que  con  más  razón  podemos  llamar  desdichado, 
después  de  ti,  pues  tienes  puesto  el  pensamien* 

(*)  Falta  el  á  en  la  edición  de  Milán, 


322 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


to  en  lugar  donde  el  remedio  es  imposible.  Que 
pnesto  caso  que  jamas  fuy  enamorada,  yo  tengo 
por  aueriguado,  que  no  es  tan  grande  mal  la 
muerte,  como  el  que  denc  pades^er  la  persona 
que  ama  a  quien  tiene  la  noluntad  empleada  en 
otra  parte.  Arsileo  le  respondió:  Bien  creo,  her- 
mosa Nimpha,  que  según  la  constancia  y  bon- 
dad de  Belisa,  no  será  parte  la  muerte  para 
que  ella  ponga  el  pensamiento  en  otra  cosa,  y 
que  no  aura  nadie  en  el  nmndo  que  de  su  pen- 
samiento le  qnitasse.  Y  en  ser  esto  ansi,  con- 
siste toda  mi  bienauenturan^a.  ¿Cómo,  pastor  (le 
dixo  Polidora)  queriéndola  tú  de  la  manera  que 
dizes,  está  tu  felicidad  en  que  ella  tenga  en 
otra  parto  tan  firme  el  pensamiento?  Essa  es 
nueua  manera  de  amor,  que  yo  hasta  agora  no 
he  oydo.  Arsileo  le  respondió:  para  que  no  te 
marauilles,  hermosa  Nimpha,  de  mis  palabras, 
ni  de  la  suerte  del  «mor  que  a  mi  señora  Belisa 
t<»ngo,  está  un  poco  atenta,  y  contarte  he  lo 
que  tú  jamas  pensaste  oyr,  aunque  el  principio 
dello  te  deue  auer  contado  essa  tu  amiga  y  ee- 
fiora  de  mi  coraron.  Y  luego  le  contó  desdel 
principio  de  sus  amores,  hasta  el  engaño  de 
Alfeo  con  los  encantamientos  que  hizo,  y  todo 
lo  demás  que  destos  amores  hasta  entonces  auia 
succedido,  de  la  manera  que  atrás  lo  he  conta- 
do, lo  qual  contaua  el  pastor,  aora  con  lagrimas 
cansadas  de  traer  a  la  memoria  sus  desuenturas 
pasadas,  aora  con  sospiros  que  del  alma  le  sa- 
lían, imaginando  lo  que  en  aquellos  passos  su 
señora  Belisa  podia  sentir.  Y  con  las  palabras 
y  mouimientos  del  rostro,  daua  tan  grande  spi- 
rito  a  lo  que  dezia,  que  ala  Nimpha  Polidora 
puso  en  grande  admiración,  mas  quando  en- 
tendió que  aquel  era  ucrdaderamcnte  Arsileo, 
el  contento  que  desto  recibió,  no  se  atreuia  da- 
llo a  entender  con  palabras,  ni  aun  le  part  scia 
que  podría  hazer  más  que  sentillo.  Ved  qué  se 
podia  esperar  de  la  desconsolada  Belisa,  quan- 
do lo  supicsse!  Pues  poniendo  los  ojos  en  Ar- 
sileo, no  sin  lagrimas  de  grandissimo  contenta- 
miento le  dixo:  Quisiera  yo  (Arsileo)  tener  tu 
discreción  y  claridad  de  ingenio  para  darte  a  en- 
tender lo  que  siento  del  allegre  successo  que  a 
mi  Belisa  le  ha  solicitado  la  fortuna,  porque  de 
otra  manera  seria  escusado  pensar  yo  que  tan 
baxo  ingenio  como  el  mió,  podria  dallo  a  en- 
tender. Siempre  yo  tuue  creydo  que  en  algún 
tiempo  la  tristeza  de  mi  Belisa  se  auia  de  l)ol- 
ner  en  grandissima  alegria,  porque  su  hermo- 
sura y  discreción,  juntamente  con  la  grandissi- 
ma fe  que  siempre  te  ha  tenido,  no  merescia  me- 
nos. Mas  por  otra  parte  tuue  temor  que  la  for- 
tuna no  tuuiesse  cuenta  con  dalle  lo  que  yo 
tanto  lo  desscaua.  Porque  su  condición  es,  las 
más  de  las  uezes,  traer  los  successos  muy  al 
reues  del  desseo  de  los  que  quieren  bien.  Di- 
choso te  puedes  llamar,  Arsileo,  pues  mereciste 


ser  querido  en  la  vida,  de  manera  que  en  k 
muerte  no  pudiesses  ser  oluidado.  Y  porque  no 
se  sufre  dilatar  mucho  tan  gran  contentamiento 
a  yn  coracon  que  tan  necossitado  del  está,  dame 
licencia  para  que  yo  vaya  a  dar  tan  buenas 
nueuas  a  tu  pastora,  como  son  las  de  tu  vida  y 
su  desengaño.  Y  no  te  vayas  deste  lugar, 
hasta  que  yo  buelua  con  la  persona  que  tú  más 
deseas  ver,  y  con  más  razón  te  lo  meresce.  Ar- 
sileo le  respondió:  hermosa  Nimpha, de  tan  gran 
discreción  y  hermosura  como  la  tuya,  no  se 
puede  esperar  sino  todo  el  contento  del  mundo. 
Y  pues  tanto  desseas  dármele,  haz  en  ello  tn 
voluntad,  que  por  ella  me  pienso  regir,  ansi  en 
esto,  como  en  lo  de  más  que  succediere.  Y  des- 
pidiéndose vno  de  otro,  Polidora  se  partió  a  dar 
la  nueua  a  Belisa,  y  Arsileo  la  quedó  esperando 
a  la  sombra  de  aquellos  alisos;  el  qual  por  en- 
tretener el  tiempo  en  algo,  como  suelen  bazer 
las  personas  que  esperan  alguna  cosa  que  gran 
contento  les  dé,  sacó  su  rabel,  y  comeuco  a 
cantar  desta  manera. 

Ya  dan  buelta  el  amor  v  la  fortuna, 
y  vna  esperanca  muerta,  o  desmayada 
la  esfuerca  cada  vno,  (^)  y  la  assegura. 

Ya  dexan  infortunios  la  posada 
de  vn  coracon  en  fuego  consumido, 
y  una  alegria  viene  no  pensada. 

Ya  quita  el  alma  al  luto,  y  el  sentido 
la  posada  apareja  a  la  alegria, 
poniendo  en  el  pesar  eterno  oluido. 

Qualquiera  mal  de  aquellos  que  solia 
passar  quando  reyuaua  mi  tormento, 
y  en  fuego  del  ausencia  me  eucendia, 

A  todos  da  fortuna  tal  descuento, 
que  no  fue  tanto  mal  del  mal  paseado, 
quanto  es  el  bien,  del  bien  que  agora  siento. 

Bulued,  mi  coracon  sobresaltado 
do  mil  desassosiogos,  mil  enojos: 
sabed  gozar  si  quiera  un  buen  estado. 

Dexad  vuestro  llorar,  cansados  ojos, 
que  presto  gozareys  de  ucr  aquella, 
por  quien  gozó  el  amor  de  mis  despojos. 

Sentidos  que  buscays  mi  clara  estrella, 
embiando  acá  y  allá  los  pensamientos, 
a  uer  lo  que  sentís  delante  della? 

A  fuera  soledad  y  los  tormentos, 
sentidos  a  su  causa,  y  dexen  desto 
mis  fatigados  miembros  muy  ossentos. 

O  tiempo  no  te  pares,  passa  presto, 
fortuna,  no  le  estorues  su  uenida: 
ay  Dios?  que  aun  me  quedó  por  passar  esto? 

(*)  Cada  cual,  en  la  edición  de  Milán. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  JÍONTEMAYOR 


323 


Ven  mi  pastora  dol^e,  qne  la  uida 
que  tú  pensaste  qac  era  ya  acabada, 
está  para  semirte  aper^ebida. 

No  nienes,  mi  pastora  desseada? 
ay  Dios,  si  la  ha  topado,  o  se  ha  perdido 
en  esta  selua  de  arboles  poblada? 

O  si  esta  Nimpha  qae  de  aqai  se  ha  ydo 
qai^a  que  se  olaidó  de  yr  a  buscalla: 
más  no,  tal  voluntad  no  suffre  oluido. 

Tú  sola  eres  pastora  adonde  halla 
mi  alma  su  descanso  y  su  alegría, 
por  qué  no  vienes  presto  a  asseguralla? 

¿No  yees  como  se  ua  passando  el  dia, 
y  si  se  passa  acaso  sin  yo  verte, 
yo  boluere  al  tormento  que  solia, 
y  tú  de  veras  llorarás  mi  suerte? 

Quando  Polidora  se  partió  de  Arsileo,  no 
muy  lexos  de  alli  topó  a  la  pastora  Belisa,  que 
en  compañía  de  las  dos  Nimphas,  Cinthia  y 
Polidora,  se  andana  recreando  por  el  espesso 
bosque;  y  como  ellas  la  viesscn  venir  con  gran- 
de priesa,  no  dexaron  de  alborotarse  pares9Íen- 
doles  que  yua  huyendo  de  alguna  cosa  de  que 
ellas  también  les  cumplicsse  de  (*)  huyr.  Ya  que 
auo  llegado  vn  poco  más  cerca,  la  alegría  que 
en  su  hernioso  rostro  uieron  las  asseguró,  y 
llegando  a  ellas,  se  fue  derecha  a  la  pastora 
Beb'sa,  y  abra9andola,  con  grandissimo  gozo  y 
contentamiento  le  dixo:  Este  abraco  (hermosa 
pastora)  si  uos  supiessedes  de  qué  parte  uiene, 
con  mayor  contento  le  re9ibiriades  del  que  aora 
teneys.  Belisa  le  respondió:  de  ninguna  parte 
(hermosa  Nimpha)  él  puede  uenir,  que  yo  en 
tanto  le  tenga,  como  es  de  la  vuestra,  que  la 
parte  de  que  yo  lo  pudiera  tenor  en  más,  ya  no 
es  en  el  mundo,  ni  aun  yo  deuria  querer  biuir, 
faltándome  todo  el  contento  que  la  uida  me 
podía  dar.  Essa  uida  espero  yo  en  Dios,  dixo 
Polidora,  que  uos  de  aqui  adelante  tcmeys  con 
más  alegría  de  la  que  podeys  pensar.  Y  senté- 
monos a  la  sombra  destc  uerde  aliso,  que  gran- 
des cosas  traygo  que  deciros.  Belisa  y  las  Nim- 
phas se  assentaron,  tomando  en  medio  a  Poli- 
dora,  la  qual  dixo  a  Belisa:  Dime,  hermosa  pas- 
tora, tienes  tú  por  9Íerta  la  muerte  de  Arsenio 
y  Arsileo?  Belisa  le  respondió,  sin  poder  tener 
las  lagrímas:  Tengola  por  tan  9Íerta,  como 
quien  con  sus  mismos  ojos  la  uio,  uno  atraues- 
sado  con  una  saeta,  y  al  otro  matarse  con  su 
misma  espada.  Y  qué  dirías  (dixo  Polidora)  a 
quien  te  dixesse,  que  estos  dos  que  tú  uiste 
muertos,  son  biuos,  y  sanos,  como  tú  lo  eres? 
Respondiera  yo  a  quien  esso  me  dixesse  (dixo 
Belisa)  que  temía  desseo  de  renouar  mis  lagri- 

(1)  Falta  el  deenlA  edición  de  Milán. 


mas,  trayendomelos  a  la  memoria,  o  que  gus- 
taua  de  burlarse  de  mis  trabajos.  Bien  segara 
estoy  (dixo  Polidora)  que  tú  esso  pienses  de 
mi  pues  sabes  que  me  han  dolido  más  que  a 
ningnna  persona  que  tú  lo  ayas  contado.  Mas 
dime,  quién  es  un  pastor  de  tu  tierra,  que  se 
llama  Alfeo?  Belisa  respondió:  El  mayor  he- 
chizcro  y  encantador  que  ay  en  nuestra  Euro- 
pa: y  aun  algún  tiempo,  se  pre^iaua  él  de  ser- 
uirmc.  Es  hombre  (hermosa  Nimpha)  que  todo 
su  trato  y  conuersa9Íon  es  con  los  demonios 
a  los  quales  él  haze  tomar  la  forma  que  quiere. 
De  tal  manera  que  muchas  uezes  pensays  que 
con  vna  persona  a  quien  conosyeys,  estays  ha- 
blando, y  vos  hablays  con  el  demonio  a  que  él 
haze  tomar  aquella  figura.  Pues  has  de  saber, 
hermosa  pastora,  dixo  Polidora,  qne  esse  mis- 
mo Alfeo  con  sus  hechizerias,  ha  dado  causa  al 
engaño  en  que  hasta  agora  has  biuido,  y  a  las 
infinitas  lagrimas  que  por  esta  causa  has  llora- 
do porque  sabiendo  él  que  Arsileo  te  auia  de 
hablar  aquella  noche  qUc  entre  nosotros  estaña 
concertado,  hizo  que  dos  spiritus  tomassen  las 
figuras  de  Arsileo  y  de  su  padre,  y  queriendo 
te  Arsileo  hablar,  passassc  delante  de  ti  lo  que 
uiste.  Porque  pares9Íendote  que  eran  muertos, 
desespcrasses,  o  a  lo  menos,  hiziosses  lo  que 
heziste.  Quando  Belisa  oyó  lo  que  la  hermosa 
Polidora  h  auia  dicho,  quedó  tan  fuera  de  sí, 
que  por  vn  rato  no  supo  respondelle;  pero  bol- 
uiendo  en  si,  le  dixo,  Grandes  cosas,  hermosa 
Nimpha,  me  has  contado,  si  mi  tristeza  no  me 
estoruasse  creellas.  Por  lo  que  dizes  que  me 
quieres,  te  suplico  que  me  digas  de  quién  has 
sabido,  que  los  dos  que  yo  vi  delante  de  mis 
ojos  muertos,  no  eran  Arsenio  y  Arsileo?  De 
quién?  (dixo  Polidora)  del  mismo  Arsileo.  Como 
Arsileo?  Respondió  Belisa.  Que  es  posible  que 
el  mi  Arsileo  está  biuo?  y  en  parte  que  te  lo 
pudiesse  contar?  Yo  te  diré  quán  posible  es, 
dixo  Polidora,  que  si  uienes  comigo,  antes  que 
lleguemos  a  aquellas  tres  hayas,  que  delante  de 
los  ojos  tienes,  te  lo  mostraré.  Ay  Dios,  dixo 
Belisa,  qué  es  esto  que  oyó?  Qne  es  verdad,  que 
está  alli  todo  mi  bien?  Pues  qué  hazes  (hermo- 
sa Nimpha)  que  no  me  llenas  a  uerle?  No  cum- 
ples con  el  amor  que  dizes  siempre  me  as  teni- 
do. Esto  dezia  la  hermosa  pastora,  con  vna  mal 
segura  alegría,  con  vna  dudosa  esperanza  de 
lo  que  t  uito  deseaua,  mas  leuantandose  Poli- 
dora,  y  tomándola  por  la  mano,  juntamente  con 
las  Nimphas  Cinthia,  y  Dorida,  que  de  plazer 
no  cabían  en  ver  el  buen  su^-esso  de  Belisa,  se 
fueron  hazia  el  arrroyo,  donde  Arsileo  estaua. 
Y  antes  que  allá  llegassen,  vn  templado  ayre, 
que  de  la  parte  de  donde  estaña  Arsileo  venia, 
les  hirió  con  la  dulpe  boz  del  enamorado  pastor 
en  los  oydos,  el  qnal  aun  a  este  tiempo  no  auia 
dexado  la  música:  mas  antes  comencó  de  nue- 


324 


orígenes  de  la  novela 


uo  a  cantar  esta  mote  antiguo,  con  la  glosa  que 
d  mismo  alli  a  su  proposito  liizo. 

VENTURA,  VEN  V  DURA 

Glosa,  m 

Qué  tiempos,  que  mouimientos, 
((ué  caminos  tan  estraños, 
qué  engaños,  qué  desengaños, 
qué  grandes  contentamientos 
nas^ieron  de  tantos  daños: 
todo  lo  sufre  vna  fe 
y  un  buen  amor  lo  assegura, 
y  pues  que  mi  desuentura, 
ya  de  enfadada  se  fue, 
ven,  rentura,  uen  y  dura. 

Sueles,  ventura,  niouert« 
con  ligero  mouimiento, 
y  si  en  darme  este  contento 
no  ymaginas  tener  fuerte, 
más  me  uale  mi  tormento; 
que  si  te  vas  al  partir, 
falta  el  seso  y  la  cordura: 
mas  si  para  estar  segura 
te  determinas  venir, 
ven,  ventura,  uen  y  dura. 

iSi  es  en  nano  mi  uenida, 
si  acaso  biuo  engañado, 
que  todo  teme  vn  cuytado, 
no  fuera  perder  la  uida 
consejo  más  a9ertado? 
o  temor,  eres  estraño, 
siempre  el  mal  se  te  figura, 
mas  ya  que  en  tal  hermosura 
no  puede  caber  engaño, 
ven,  ventura,  uen  y  dura  (*). 

Qvando  Belisa  oyó  la  música  de  su  Arsileo, 
tan  gran  alegría  llegó  a  su  coraron,  que  sería 
imposible  sabello  dezir,  y  acabando  de  todo 
punto  de  dexar  la  tristeza  que  el  alma  le  tenía 
occupada,  de  adonde  procedía  su  hermoso 
rastro  no  mostrar  aquella  hermosura  de  que  la 
naturaleza  tanta  parte  le  auia  dado,  ni  aquel 
ayre  y  gracia,  causa  principal  de  los  soepiros 
del  su  Arsileo,  dixo  con  vna  tan  nueua  gracia 
y  hermosura  que  las  Nimphas  dexó  aduiiradas: 
Esta  sin  duda  es  la  boz  del  mi  Arsileo,  si  es 
verdad,  que  no  me  engaño  en  llamarle  mío. 
Quando  el  pastor  vio  delante  de  sus  ojos  la 
causa  de  todos  sus  males  passados,  íue  tan 
grande  el  contentamiento  que  recibió,  que  los 
sentidos,  no  siendo  parte  para  conprehendelle 
en  aquel  punto,  se  le  turbaron  de  manera  que 
por  entonces  no  pudo  hablar.  Las  Nimphas  sin- 
tiendo lo  que  en  Arsileo  auio  causado  la  vista 

(*)  Kii  la  eílición  de  Milán,  siempre  tura  en  vez  de 
dura. 


de  su  pastora,  se  llegaron  a  él  a  tiempo  que 
suspendiendo  el  pastor  por  vn  poco  lo  que  el 
contentamiento  presente  le  causana,  con  muchas 
lagrimas  dezia:  O  pastora  Belisa,  con  qué  pa- 
labras podré  yo  encares^er  la  satisfacción  que 
la  fortuna  me  ha  hecho  de  tantos  y  tan  desu- 
sados trabajos,  como  a  causa  tuya,  he  passado? 
O  quién  me  dará  un  coraron  nueuo,  y  no  tan 
hecho  a  pesares  como  el  mío,  para  recebir  vn 
gozo  tan  estremado,  como  el  que  tu  uista  me 
causa?  O  fortuna,  ni  yo  tengo  más  que  te  pe- 
dir, ni  tú  tienes  más  que  darme.  Sola  una  cosa 
te  pido.  Ya  que  tienes  por  costumbre,  no  dar 
a  nadie  ningún  contento  estremado,  sin  dalle 
algún  disgusto  en  cuenta  dél,  que  con  pequeña 
tristeza,  y  de  cosa  que  duela  poco,  me  sea  tem- 
plada la  gran  fuerza  de  la  alegría,  que  en  este 
dia  me  diste:  O  henuosas  Nimphas,  ¿en  cayo 
poder  auia  de  estar  tan  gran  thesoro,  sino  en 
el  vuestro,  adonde  pudiera  él  estar  mejor  em- 
pleado? Alégrense  vuestros  corazones  con  el 
gran  contentamiento,  que  el  mió  res9ibe:  que  si 
algún  tiempo  (juesistes  bien,  no  os  pares9ei^  de- 
masiado. O  hermosa  pastora,  por  qué  no  me 
hablas?  ha  te  pesado  por  ventura  de  ver  al  tn 
Arsileo?  ha  turbado  tu  lengua,  el  pesar  de  aue- 
11o  uisto,  o  el  contentamiento  de  velle?  Res- 
póndeme, porque  no  sufre  lo  que  te  quiero  yo 
estar  dudoso  de  cosa  tuya?  La  pastora  enton- 
ces le  respondió:  muy  poco  sería  el  contento  de 
verte  (o  Arsileo)  si  yo  con  palabras  pudiesse 
dezillo.  Conténtate  con  saber  el  extremo  en  que 
tu  fingida  muerte  me  puso,  y  por  él  verás  la 
gnn  alegría  en  que  tu  vida  me  pone.  Y  vi- 
niéndole a  la  pastora,  al  postrero  punto  destas 
palabras,  las  lagrimas  a  los  ojos,  calló  lo  mas 
que  dezir  quisiera:  a  las  quales  las  Nimphas 
entemes9Ídas  de  las  blandas  palabras  que  los 
dos  amantes  se  dezian,  les  ayudaion.  Y  porque 
la  noche  se  les  a^ercaua,  se  fueron  todos  juntos 
hazia  la  casa  de  Felicia,  contándose  vno  a  otro 
lo  que  hasta  alli  auian  passado.  Belisa  preguntó 
a  Arsileo  por  su  padre  Arsenio:  y  el  respondió 
que  en  sabiendo  que  ella  era  desapares^ida,  se 
auia  recogido  en  una  heredad  suya,  que  está 
en  el  camino,  a  do  biue  con  toda  la  quietud 
posible,  por  auer  puesto  todas  las  cosas  del 
mundo  en  oluido,  de  que  Belisa  en  extremo  se 
holgó,  y  assi  llegaron  en  casa  de  la  sabia  Fe- 
licia donde  fueron  muy  bien  recebidos.  Y  Be- 
lisa  le  besó  muchas  vezcs  las  manos,  diziendo 
que  ella  auia  sido  causa  de  su  buen  sucesso,  y 
lo  mismo  hizo  Arsileo,  a  quien  Felicia  mostró 
gran  voluntad  de  hazer  siempre  por  él  lo  que 
en  ella  fuesse. 

Fin   del   quinto    libro. 


DIANA  DE  GEOllGE  DE  MONTEMAYOR 


325 


LIBRO  SEXTO 

DB    LA    DIANA    DE    GBOROB    DB    IIONTBHAYOR 

Después  que  Arsileo  se  partió,  quedó  Felis- 
mena  con  Auiarilida  la  pastora  que  con  él  es- 
taña, pidiéndose  vna  a  otra  cuenta  de  sus  vidas, 
cosa  muy  natural  de  las  que  en  semejantes  par- 
tes se  hallan.  Y  estando  Felismena  contando 
a  la  pastora  la  causa  de  su  venida,  llegó  a  la 
cho9a  vn  pastor  de  muy  gentil  disposición  j 
arte:  aunque  la  tristeza  pares^ia  que  le  traja 
encubierta  g^an  parte  della.  Quando  Amarilida 
le  vio,  con  la  mayor  presteza  que  pudo  se  Ic- 
uantó  para  yrse,  mas  Felismena  la  trauó  de 
la  saya,  sospechando  lo  que  podia  ser,  y  le  dizo: 
"No  seria  justo  (hermosa  pastora)  que  essc 
agrauio  re^ebiesse  de  ti,  quien  tanto  desseo 
tiene  de  seruirte,  como  yo.  Mas  como  ella  por- 
fiasse  de  yrse  de  alli,  el  pastor  con  muchas  la- 
grimas dezia:  Amarilida,  no  quiero  que  tenien- 
do respecto  a  lo  que  me  haze  snffrir,  te  duelas 
deste  desuenturado  pastor,  sino  que  tengas 
cuenta  con  tu  gran  valor  y  hermosura,  y  con 
que  no  ay  cosa  en  la  uida  que  peor  esto  a  una 
pastora  de  tu  qualidad,  que  tratar  mal  a  quien 
tanto  la  (})  quiere.  Mira,  Amarilida  mia,  estos 
cansados  ojos,  que  tantas  lagrimas  han  derra- 
mado, y  uerás  la  razón  que  los  tuyos  tienen  de 
no  mostrarse  ayrados  contra  este  sin  uentura 
pastor.  iAy  que  me  huyes  por  no  uer  la  razón 
que  tienes  de  aguardarme!  Espera,  Amarilida, 
óyeme  lo  que  digo,  y  siquiera  no  me  respondas. 
¿Qué  te  cuesta  oyr  a  quien  tanto  le  ha  costado 
uert«?  Y  boluiendose  a  Felismena  con  muchas 
lagrimas  le  pedia  que  no  le  dexassc  yr:  la  qual 
importunaua  con  muy  blandas  palabras  a  la 
pastora,  que  no  tratasse  tan  mal  a  quien  mos- 
traua  quererla  más  que  a  sí:  y  que  le  escuchasse 
pues  en  ello  auenturaua  tan  poco.  Mas  Amari- 
lida respondió:  Hermosa  pastora,  no  me  man- 
dcys  oyr  a  quien  dé  más  crédito  a  sus  pensa- 
mientos que  a  mis  palabras.  Cata  que  este  que 
delante  de  ti  está,  es  uno  de  los  desconfiados 
pastores,  que  se  sabe,  y  de  los  que  mayor  tra- 
bajo dan  a  las  pastoras  que  quieren  bien.  File- 
mon  dixo  contra  Folismeim:  Yo  quiero  (her- 
mosa pastora)  que  seas  el  juez  entre  mi  y  Ama- 
rilida, y  si  yo  tengo  culpa  del  enojo  que  comigo 
tiene,  quiero  perder  la  vida.  E  si  ella  la  tuuiera, 
no  quiero  otra  cosa,  sino  que  en  paga  desto, 
conozca  lo  que  me  deue.  De  perder  tú  la  vida 
(dizo  Amarilida)  yo  estoy  bien  segura,  porque 
ni  a  ti  te  quieres  tanto  mal,  que  lo  hagas,  ni  a 
mi  tanto  bien,  que  por  mi  causa  te  pongas  en 
auentura  de  perder  la  vida.  Mas  yo  agora  quie- 
ro, que  esta  hermosa  pastora  juzgue,  vista  mi 

(*)  Ze  en  la  edición  de  Milán. 


razón  y  la  tuya,  qnál  es  más  digno  de  culpa 
entre  los  dos.  Sea  assi  (dixo  Felismena)  y  sen- 
témonos al  pie  desta  verde  haya,  junto  al  prado 
florido  que  delante  los  ojos  tenemos,  porque 
quiero  ver  la  razón,  que  cada  vno  tiene,  de 
quezarse  del  otro.  Después  que  todos  se  vnie- 
ron  assentado  sobre  la  nerde  yema,  Filemon 
comento  a  hablar  desta  manera:  Hermosa  pas- 
tora, confiado  estoy,  que  si  acaso  has  sido  tocada 
de  amores,  conocerás  la  poca  razón  que  Ama- 
rilida tiene  de  quexarse  de  mi  y  de  sentir  tan 
mal  de  la  fe  que  le  tengo,  que  venga  a  ymagi- 
nar  lo  que  nadie  de  su  pastor  imaginó.  Has  de 
saber,  hermosa  pastora,  que  quando  yo  nas^i,  y 
aun  ante  mucho  que  nasyiesse,  los  hados  me 
destinaron  para  que  amasse  esta  hennosa  pas- 
tora que  delante  mis  tristes  y  tus  hermosos 
ojos  está,  y  a  esta  causa  he  respondido  con  el 
ef fecto  de  tal  manera,  que  no  creo  que  ay  amor 
como  el  mió,  ni  ingratitud  como  la  suya.  Suc- 
^edio,  pues,  que  seruiendola  desde  mi  niñez,  lo 
mejor  que  yo  he  sabido,  aura  como  ^inco  o  seis 
meses,  que  mi  desuentura  aportó  por  aqui  a  vn 
pastor  llamado  Arsileo,  el  qual  buscaua  vna 
pastora,  que  se  llama  Belisa,  que  por  ^ierto 
mal  su^esso,  anda  por  estos  bosques  desterrada. 
Y  como  fuesse  tanta  su  tristeza,  sucficdio  que 
esta  cruel  pastora  que  aqui  veys,  o  por  manci- 
lla que  tuuo  del,  o  por  la  poca  que  tiene  de  mí, 
o  por  lo  que  ella  se  sabe,  jamas  la  he  podido 
apartar  de  su  compañia.  Y  si  acaso  le  hablaua 
en  ello  paresyia  que  me  queria  matar,  porque 
aquellos  ojos  que  alli  veys,  no  causan  menos 
espanto,  quando  miran,  estando  ayrados,  que 
alegria,  quando  están  serenos.  Pues  como  yo 
estuuiesse  tan  occupado,  el  coraron  de  grandis- 
simo  amor,  el  alma  de  vna  affe^ion  (')  jamas 
oyda,  el  entendimiento  de  los  mayores  ^elos,  que 
nunca  nadie  tuuo,  quexauame  a  Arsileo  con 
sospiros,  y  a  la  tierra  con  amargo  llanto:  mos- 
trando la  sin  razón  que  Amarilida  me  hazia.  Ha 
le  causado  tan  grande  aborres^i miento  auer  yo 
imaginado  cosa  contra  su  honestidad  que  por 
vengarse  de  mi,  ha  perseuerado  en  ello  hasta 
aora,  y  no  tan  solamente  haze  esto,  mas  en 
viéndome  delante  sus  ojos,  se  va  huyendo  como 
la  medrosa  pierna  de  los  hambrientos  lebreles. 
Ansi  que  por  lo  que  deues  a  ti  misma,  te  pido 
que  juzgues,  si  es  bastante  la  causa  que  tiene 
de  aborres^erme  y  si  mi  culpa  es  tan  grane, 
que  merezca  por  ella  ser  aborres^ido.  Acabado 
Filemon  de  dar  cuenta  de  su  mal,  y  de  la  sin 
razón  que  su  Amarilida  le  haziu,  la  pastora 
Amarilida  comento  a  hablar  desta  manera: 
Hermosa  pastora,  auerme  Filemon,  queahiestá, 
querido  bien  (a  lo  menos  auerlo  mostrado)  sus 
seruicios  an  sido  tales,  que  me  seria  mal  con- 

I       (*)  AJiciÓH  en  la  edición  de  Milán. 


^¿i', 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ia<lo  «i^'/ír  otra  cosa;  pero  si  yo  también  he  dos- 
ochado,  por  cauAa  saja,  el  aemi^io  de  otros  ruu< 
choK  pa8lon?M,  que  por  estotí  ralles  repastan 
HUH  ^hUAfhjH,  y  za;^ale»  a  quien  nataraleza  no 
luí  dotadlo  de  ni«fnos  gracia  qac  a  otros,  el  mis- 
ino ¡lUiíde  df*zillo.  Ponjuc  las  mu'-has  nczes 
t\Wi  yt*  lie  sido  n.*<|urHitada,  y  las  que  he  tenido 
la  íirnw'Za  qii<!  a  su  fe  dcuia,  no  creo  que  ha 
sido  muy  lexos  de  su  presenr/ia,  mas  no  aula  de 
Sfír  e^'.to  parte  para  que  él  me  tuuiesse  tan  en 
{Kx;o  que  ymaginasse  de  mí  cosa  contra  lo  que 
a  mí  misma  soy  obligada;  porrjue  si  es  ansí,  y 
di  lo  Hube,  que  a  muchos  que  por  mí  se  perdían, 
yo  he  desi'cíiafio  (jor  amor  del,  ¿cómoauia  yo  de 
desee liur  a  di  por  otro?  ¿O  pensaoa  en  el,  o  en 
mis  amores?  Cien  mil  uezes  me  ha  Filemon 
a^*<;lmrlo,  no  pi^rdiifudo  pisada,  de  las  que  el 
paHt<jr  ArsíJeo  y  yo  dauamos  por  este  hermoso 
ualle,  mas  el  mismo  diga  si  algún  dia  oyó  que 
Arsilco  me  <l¡xesse  cosa  que  supiesse  a  amores, 
o  si  yo  le  r(>sj>ond¡a  alguna  que  lo  pares^iesse 
¿Qué  dia  me  vio  hablar  Filemon  con  Arsileo, 
que  entendicKHc  de  mis  palabras  otra  cosa,  que 
conBohilh;  di?  tun  gruuc  mal  como  pades^ia? 
Pues  si  esto  aula  de  ser  causa  que  sospecha&sc 
mal  de  su  pastora,  i  quién  mejor  puede  juzgarlo 
que  él  mismo?  Mira,  liemiosa  Nimpha,  quan 
entregado  estaua  a  sospechas  falsas  y  dudosas 
ymaginayiones,  ({ue  jamas  mis  palabras  pudie- 
ron satisfaz! 'lie,  ni  acabar  con  él  que  dexassc  de 
ausentarse  des  te  ualle,  pensando  él  que  cou 
ausencia  duria  fín  a  mis  dias,  y  engañoso,  por- 
(}uc  antes  me  pares9<>  que  lo  dio  al  contenta- 
miento de  los  suyos.  Y  lo  bueno  es  que  aun  no 
80  conttMitaua  Filemon  de  tener  ^elos  de  mi, 
que  tan  libre  ostnua  como  tú,  hermosa  pastora, 
auras  entendido,  más  aun  lo  publicana  en  todas 
laa  fíestaiH,  i)ay]t>H,  ludias,  que  entre  los  pasto- 
res tiesta  siorní  se  liaziun.  Y  esto  ya  tú  conos- 
901?,  si  ueniu  en  mayor  dafto  de  mi  honra  ({ue 
(le  su  contentamiento.  En  fín,  él  se  ausentó  de 
mi  proseneia,  y  pues  tomó  |>or  mcdivina  de  su 
mal  cosa  que  más  se  lo  ha  acres^cntado,  no  me 
cul[M»  si  n)o  he  sabido  mejor  aprouechar  del 
romiHÜo  de  lo  quo  él  ha  sabido  tomalle.  Y  pues 
tú,  herniosa  pastora,  as  uisto  el  contento  que 
yo  revebi,  en  quo  dixesses  al  desconsolado  Ar- 
sileo nueuas  de  su  pastora,  y  (^ue  yo  misma  fuy 
la  que  le  importuné  que  luego  fuessc  a  busoal- 
la,  claro  está  qui'  no  podia  aucr  entre  los  dos 
cosa  vie  ((ue  pudiessemos  ser  t^in  mal  juzg^ados, 
couu>  i'ste  pastor  inconsideradamente  nos  ha 
juKgadt^  Ansi  que  esta  es  la  causa  de  yo  me 
auer  resfriado  ilel  amor  que  a  Filemon  tenia,  y 
do  no  mo  quoriT  más  poner  a  peligro  de  sus 
falsas  sospechas,  pues  me  ha  traydo  mi  buena 
dicha  a  tiempo,  que  sin  forcarme  a  mí  misma, 
pudiesse  muy  Imou  hazello.  Después  que  Ama- 
rilida  vuo  mostrado  la  poca  razou  que  el  ¡castor 


auia  t^'uido  de  dar  crédito  a  sus  yiuagina^iones 
y  la  l¡b4?rtad  en  que  el  tienpo  le  auia  puesto 
(cosa  muy  natural  de  corazones  esaentos),  d 
pastor  le  respondió  desta  manera:  No  niego 
yo  (Amarílida)  que  tu  bondad  y  discreción  no 
basta  para  desculparte  de  qualqoiera  sospecha; 
¿Mas  quieres  tú  por  uentura  hazer  nonedades 
en  amores,  y  ser  inuentora  de  otros  nuenoa 
effectos  de  los  que  hasta  agora  anemoa  uisto? 
¿Quándo  quiso  bien  m  amador,  que  qualquien 
occasion  de  ^elos,  por  peque&a  qne  fuesse,  no 
le  atormentasse  el  alma,  quanto  más  siendo  tan 
grande  como  la  qne  tú  con  larga  conaersa^ion 
y  amistad  de  Arsileo  me  ha  dado?  ¿Piensas  tú, 
Amarílida,  que  para  los  ^elos  son  menester  cer- 
tidumbres? Pues  engañaste,  que  las  sospechas 
son  las  principales  causas  de  tenellos.  Creer  yo 
que  querías  bien  a  Arsileo  por  ria  de  amores, 
no  era  mucho,  pues  el  publicallo  yo,  tan  poco 
era  de  manera  que  tu  honra  qnedasse  offendi- 
da:  quanto  más  que  la  fuerza  de  amor  era  tan 
grande,  que  me  hazia  publicar  el  mal  de  que 
me  temia.  Y  puesto  caso  que  tu  bondad  me 
assegurasse,  quando  a  hurto  de  mis  sospechas 
la  consideraua,  todayia  tenia  temor  de  lo  que 
me  podia  succeder,  si  la  connersa^ion  yua  de- 
lante. Quanto  a  lo  que  dizes  que  yo  me  ausen- 
té, no  lo  hize  por  darte  pena,  sino  por  oer  si 
en  la  mia  podría  auer  algún  remedio,  no  uiendo 
delante  mis  ojos  a  quien  tan  grande  me  la  dana, 
y  también  porque  mis  importunidades  no  te  la 
causassen.  Pues  si  en  buscar  remedio  para  tan 
grane  mal,  fuy  contra  lo  que  te  deuia:  ¿qué  más 
pena  que  la  que  tu  ausencia  me  hizo  sentir? 
¿O  qué  más  muestra  de  amor  que  no  ser  ella 
cansa  de  oluidartc?  ¿Y  qué  mayor  señal  del 
poco  que  comigo  tenias,  que  auelle  tú  perdido 
de  todo  punto  con  mi  ausencia?  Si  dizes  que 
jamas  quisiste  bien  a  Arsileo,  ann  esso  me  da 
a  mi  mayor  causa  de  qucxarme,  pues  por  cosa 
en  que  tan  poco  te  yua,  dexauas  a  quien  tanto 
te  desseaua  seruir.  Ansi  que  tanto  mayor  quexa 
tengo  de  ti,  quanto  menos  fue  el  amor  que  a  Ar- 
sileo has  tenido.  Estas  son  (Amarílida)  las  ra- 
zones, y  otras  muchas  que  no  digo,  que  en  mi 
fauor  puedo  traer:  las  quales  no  quiero  que  me 
ualgan,  pues  en  caso  de  amores  suelen  ualer  tan 
poco.  Solamente  te  pido  que  tu  clemencia  y  la 
fe  que  sienpre  te  he  tenido,  estén,  pastora,  de 
mi  parte,  porque  si  ésta  me  falta,  ni  en  mis  ma- 
les podra  auer  fín,  ni  medio  en  tu  condición.  Y  ^ 
con  esto  el  pastor  dio  fín  a  sus  palabras,  y  prin-  ' 
cipio  a  tantas  lagrimas,  que  bastaron  junta- 
mente con  los  ruegos,  y  sentencia  que  en  este 
caso  Felismena  dio,  para  que  el  duro  coracon 
de  Amarílida  se  ablandasse,  y  el  enamorado 
pastor  boluiesse  en  gracia  de  su  pastora:  de  lo 
qual  quedó  tan  contento,  como  nunca  jamas  lo 
estuuo.  y  aun  Amarílida  no  poco  gozosa  de 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


827 


auer  mostrado  quán  engañado  estaua  Filemon 
en  las  sospechas  que  della  tenia.  Y  después  de 
auer  passado  allí  aquel  dia  con  muy  gran  con- 
tentamiento de  los  dos  confederados  amadores, 
y  con  mayor  desassosiego  de  la  hermosa  Felis- 
mena,  ella  otro  dia  por  la  mañana  se  partió 
dellos,  después  de  muy  grandes  abra90S,  y  pro- 
metimientos de  procurar  siempre  la  una  de 
saber  del  buen  suc^esso  de  la  otra. 

Pues  Sireno  muy  libre  del  amor,  y  Seluagia 
y  Syluano  muy  más  enamorados  que  nunca,  la 
hermosa  Diana  muy  descontenta  del  triste 
suc^esso  de  su  camino,  passaua  la  uida  apas- 
Rentando  su  ganado  por  la  ribera  del  caudaloso 
Ezla:  adonde  muchas  uezcs,  topándose  unos  a 
otros,  hablauan  en  lo  que  mayor  contento  les 
daua.  Y  estando  un  dia  la  discreta  Seluagia  con 
el  su  Syluano  junto  a  la  fuente  de  los  alisos, 
llegó  acaso  la  pastora  Diana,  que  nenia  en 
busca  de  un  cordero  que  de  la  manada  se  le 
auia  Luydo,  el  qual  Syluano  tenia  atado  a  un 
myrtho,  porque  quando  allí  llegaron,  le  halló 
beuiendo  en  la  clara  fuente,  y  por  la  marca  co- 
nos9Ío  ser  de  la  hermosa  Diana.  Pues  siendo, 
como  digo,  llegada  y  res9ebida  de  los  dos  nue- 
uos  amantes,  con  gran  cortesia  se  assento  entre 
la  uerde  yema,  arrimada  a  uno  de  los  alisos 
que  la  fuente  rodeauan,  y  después  de  auer  ha- 
blado en  muchas  cosas,  le  dixo  Syluano:  ¿Cómo 
(hermosa  Diana)  no  nos  preguntas  por  Sireno? 
Diana  entonces  le  respondió:  Como  no  querría 
tratar  de  cosas  passadieis,  por  lo  mucho  que  me 
fatigan  las  presentes:  tienpo  fue  que  preguntar 
yo  por  él  le  diera  más  contento,  y  aun  a  mi  el 
hablalle,  de  lo  que  a  ninguno  de  los  dos  aora 
nos  dará,  mas  el  tienpo  cura  infinitas  cosas  que 
a  la  persona  le  pares9en  sin  remedio.  V  si  esto 
assi  no  entendiesse,  ya  no  auna  Diana  en  el 
mimdo,  según  los  desgustos  y  pesadumbres 
que  cada  dia  se  me  of frecen*  No  querrá  Dios 
tanto  mal  al  mundo  (respondió  Seluagia),  que 
le  quito  tan  grande  hermosura  como  la  tuya. 
Essa  no  le  faltará  en  quanto  tá  biuieres  (dixo 
Diana)  y  adonde  está  tu  gracia  y  gentileza  muy 
poco  se  perdería  en  mí.  Sino  miralo  por  el  tu 
Syluano,  que  jamas  pensé  yo  que  él  me  olui- 
dará  por  otra  pastora  alguna,  y  en  fin  me  ha 
dado  de  mano  por  amor  de  ti.  Esto  dezia  Diana, 
con  una  risa  muy  graciosa,  aunque  no  se  reya 
destas  cosas  tanto,  ni  tan  de  gana,  como  ellos 
pensauan.  Que  puesto  caso  que  ella  uuiesse 
querido  a  Sireno  más  que  a  su  uida,  y  a  Syl- 
nano  le  uuiesse  aborres^ido,  más  le  pesaua  del 
oluido  de  Syluano,  por  ser  causado  de  otra,  de 
cuya  rista  estaua  cada  dia  gozando  con  gran 
contentamiento  de  sus  amores,  que  del  oluido 
de  Sireno,  a  quien  no  mouia  ningún  pensa- 
miento nueuo.  Quando  Syluano  oyó  lo  que 
Diana  auia  dicho,  le  respondió:  Oluidarte  yo. 


Diana,  seria  escusado,  porque  no  es  tu  hermo- 
sura y  ualor  de  los  que  oluidarse  pueden.  Ver- 
dad es  que  yo  soy  de  la  mi  Seluagia:  porque 
de  más  de  auer  en  ella  muchas  partes,  que  ha- 
zello  me  obligan,  no  tuuo  en  menos  su  suerte, 
por  ser  amada  de  aquél  a  quien  tú  en  tan 
poco  t uniste.  Dexemos  esso  (dixo  Diana)  que 
tú  estás  muy  bien  empleado,  y  yo  no  lo  miré 
bien,  en  no  quererte  como  tu  amor  me  lo  me- 
res9Ía.  Si  algún  contento  en  algún  tienpo  des- 
seas te  darme,  ruegote  todo  quanto  puedo  que 
tú  y  la  hermosa  Seluagia  canteys  alguna  can- 
9Íon  por  entretener  la  fiesta:  que  me  pares^e 
que  comienza  de  manera  que  será  for9ado  pas- 
salla  debaxo  de  estos  alisos,  gustando  del  ruydo 
de  la  clara  fuente,  el  qual  no  ayudará  poco  a  la 
suavidad  de  vuestro  canto.  No  se  hizieron  de 
rogar  los  nueuos  amadores,  aunaue  la  hermosa 
Seluagia  no  gustó  mucho  de  la  platica  que 
Diana  con  Syluano  auia  tenido.  Mas  porque 
en  la  canción  pensó  satisfazer  al  son  de  la  jam- 
pona que  Diana  tañia,  comen9aron  los  dos  a 
cantar  desta  manera: 

Zagal  alegre  te  neo, 
y  tu  fe  firme  y  segura. 
—Cortóme  amor  la  uentura 
a  medida  del  desseo. 

¿Qué  desseasto  alcan9ar, 
que  tal  contento  te  diesse? 
— Querer  a  quien  me  quisiesse, 
que  no  hay  más  que  dessear. 

Essa  gloría  en  que  te  uco, 
tienes  la  por  muy  segura. 
—No  me  la  ha  dado  uentura 
para  burlar  al  desseo. 

¿En  quanto  estuuiese  firme  ('), 
morírias  sospirando? 
— De  oyllo  dezir  burlando 
estoy  ya  para  morirme. 

¿Mudarías  (aunque  feo) 
viendo  mayor  hermosura? 
— ^No  porque  sería  locura 
pedirme  más  el  desseo. 

¿Tienesme  tan  grande  amor, 
como  en  tus  palabras  siento? 
— Esso  a  tu  meresgimiento 
lo  preguntarás  mejor. 

Algunas  uezcs  lo  creo, 
y  otras  no  estoy  muy  segura. 
— Solo  en  eso  ía  uentura 
haze  offensa  a  mi  desseo. 

Finge  que  de  otra  zagala 
te  enamoras  más  hermosa. 
— No  me  mandes  hazer  cosa, 
que  aun  para  fingida  es  mala. 

(*)  M.,  Si  yo  no  estuviate  firme. 


SZÜ 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Moj  mb  finnea  te  neo, 
pulor.  que  »  mi  beniMwm. 

— Y  »  inl  maj  major  neniara 
qae  jamat  cnpo  es  deueo. 

A  ecte  tiempo  taxaiu  Sireno  dei  aldea,  á  U 
ItsxnU  de  los  ¿i«<j«,  con  gtandísnm'i  dew«a  de 
topar  a  Seloa^ia.  iib  Sflnano.  Porqie  ainToiia 
eoaa  por  entonce*  le  daña  mis  contento  qae  la 
ccinaef^ion  de  l'M  dos  nn«noi  enamoradoe.  Y 
¡MCfando  por  la  memoria  loi  amorea  de  Diana. 
iiO  dexaoa  d*  cansalle  soledad  el  tiempo  que  la 
■ni*  qqerído,  no  porque  entonce*  le  dicsH  pena 
•o  asi'ir,  mas  por^ne  en  todo  tíenpo  la  memo- 
ria de  nn  baen  rstado  canaa  toledad  al  qne  le 
ha  penlido.  Y  ant«s  que  U^acae  a  la  fnente, 
en  medio  d>l  netde  prado,  qne  de  mjrthos  j 
latiréis  rodeado  catana,  halló  Ui  onejas  de 
Diana,  qoe  solaa  por  entre  loa  ariioles  andanan 
pM^ieudo,  ao  el  amparo  de  loe  branca  maatiaea. 
Y  como  el  paitor  ae  paraaae  a  miralUa,  ima- 
ginando ':1  tieupo  en  qne  le  aulan  dado  más  en 
q'ie  entender  que  las  «njaa  proprias:  hrt  mas- 
tinea  i^ott  ^ran  faria  se  ninieron  a  él,  mas  como 
llt^»t^^n  r  dfrlloa  laesse  cono^^ido,  meneando 
las  colaa  j  Imxando  loa  peacne^os  que  de  acu- 
das piiDtaa  de  azero  eatanan  rodewlos,  se  le 
echaron  a  los  piea,  j  otroa  se  empinanan  con 
el  mafor  legiaijo  del  mando.  Fnea  las  onejos 
DO  menos  sentimiento  hizieron,  porqne  la  l»r- 
i*g»  ma/or,  con  sn  nistteo  fencerro,  se  niño  ni 
pastor,  7  todas  laa  otraa  guiadas  por  ella,  o  por 
el  conoai;¡ miento  de  Sireno,  le  («icaron  alrede- 
dor, cosa  qne  é\  no  pndo  uer  sin  lagrimas,  iL'or- 
dandoeele  qne  en  compañía  de  la  hermosa  paa- 
tom  Diana  ania  repastado  aquel  rebaño.  Y 
uíendo  qne  en  loa  animales  xobraua  el  cuno^^i- 
miento  que  en  su  sefiora  saia  faltado,  cusa  fue 
ésta,  que  si  la  fueras  del  agua  que  la  kMa  Fe- 
lif  ia  le  ania  dado,  no  le  nriiera  hecho  oluidar  los 
auiorex,  quifa  no  aniera  Cfsa  en  el  mundo  que 
le  estoriura  Uiluer  a  ellos.  Mas  niendosc  cer- 
cado de  las  onejas  de  Diana,  j  de  los  pensa- 
mientos que  la  memoria  della  ante  los  ojos  le 
ponía,  comenyo  a  cantar  esta  canción  al  son  di.> 
au  lozano  rabel. 

Passados  contentamientos 
¿qoé  qnerejs? 
dczsdme,  no  me  cansefs. 

Hemoría,  ¿quereys  nyrme? 
los  dias,  las  noches  bnenos, 
pagúelos  con  las  setenas, 
no  tencjs  más  que  pedirme, 
todo  se  ai-aUi  en  partirme, 

dczsdme,  no  me  cansejs. 

Campo  uerde,  nallc  Tmhroso, 
donde  algnn  tiempo  gozc. 


Tfd  lo  que  deapoes  p*^. 
T  dexadtoe  en  mi  repoao: 
si  estoT  cotí  t»ioa  tnedroeo. 
ra  lo  ney*, 
dexadme,  no  me  csafere. 

Vi  mojado  no  cora^oo, 
cansado  de  aaseguntme. 
[oe  foi^«lo  aprouecharme, 
del  tiempo,  r  de  la  occasion; 
memoria  do  no  ar  paisios, 
."qué  qnereys; 
dexadñie,  no  me  cansen. 

Corderoa  j  ouejai  mías, 
pues  algnn  tiempo  lo  fnistes, 
las  horas  lentas  o  tristes 
paísaron^e  con  loa  dias, 
o  hagajs  las  alegrías 


SoleTf 


rngijjarers. 


bien  polers, 
maiadme  r  acabareja. 

Despnes  qne  Sireno  rao  cantado,  en  la  liot 
fue  conos? ido  de  la  liermosa  pastora  Diana  J 
de  los  dos  enamorados.  Setaria  t  Sjlnaoo. 
Ellos  le  dieron  Ixiies,  diziendo  qne  si  pensana 
passar  la  tiesta  en  el  campo,  que  alli  estaña  la 
sabrosa  fuente  de  los  alijos,  t  U  liermoea  pas- 
tora IHana,  que  no  seria  mal  entretenimiento 
para  possalla.  Sirenu  le  respondió  que  pm 
fuerza  auía  de  esperar  todo  el  dia  en  el  campo, 
hasta  qne  fuesse  hora  de  boluer  con  el  ganado 
a  su  aldea,  j  rlnieiidose  adonde  el  pütor  j 
pastoras  estauan,  ec  sentaron  en  tomo  de  la  cia- 
ra fuente,  como  otras  uenea  soliau.  Diana,  c&tb 
uida  en  tan  triste  qual  puede  jmaginar  qnien 
uicsse  una  pastora  la  más  hermosa  j  discreta 
({uc  entonces  se  sabia,  tan  fuera  de  sn  gusto 
casada,  siempre  andaua  buscando  entreteni- 
mientos para  pas&ar  la  uida  hurtando  el  cuerpo 
a  sus  imagina^iotics.  Pues  estando  loe  dos  pas- 
tores hablando  en  aJi^unss  cosas  tocantes  si 
pasto  de  los  ganados  v  al  aproo  echamiento 
dellos,  Diana  les  rouipio  e!  hilo  de  su  platica, 
diziendo  contra  Syliiano:  Buena  cosa  es,  pastw, 
que  estando  delante  la  hermosa  Seluagia  trates 
de  otra  cosa,  sino  de  encares^er  su  hermosura 
y  el  gran  amor  que  te  tiene:  dexa  el  campo,  y 
los  corderos,  los  malos,  o  buenos  suc^essos  del 
tiempo  y  Fortuna,  y  goza,  pastor,  de  la  bnena 
que  has  tenido,  en  ser  auiado  de  tan  hermosa 
pastora,  qne  adonde  el  contentamiento  del  spi- 
rito  es  rAzon  ijue  sea  tnn  grande,  poco  al  caso 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 
bazen  los  bienes  de  fortuna.  Süuano  entonces 
le  respondió:  Lo  mncbo  qae  yo,  Diana,  te  dciio. 


S29 


nadie  lo  Babría  encaree^er, 
quien  hnaiese  entendido  la  razón  que  tengo  de 
L'oii09er  eata  deuda,  pues  uo  tan  solo  me  eiise- 
ñaíitt?  a  querer  bien,  luas  aun  «oro  me  gayas  y 
muestras  rsar  del  contentamiento  que  mis  amo- 
res me  dan.  Infinita  es  la  razón  que  tienes  de 
mandarme  que  no  trate  de  otra  cosa,  estando 
mi  señora  delante,  sino  de]  contento  que  bu 
vista  me  cansa,  y  assi  prometo  de  liacelio,  en 
qnanto  el  alma  no  se  despidiere  destos  cansa- 
dos miembros.  Mas  de  niia  cosa  estoy  espan- 
tado, y  es  de  ver  como  el  tu  Sireiio  buelue  a 
otra  parte  los  ojos,  quando  hablas;  parcele,  que 
no  le  agradan  tus  palabras,  ni  se  satisfafe  de  lo 
que  respondes.  No  le  pongas  culpa  (dixo  Dia- 
na) que  hombres  descuydados  y  enemigos  de 
lo  que  a  si  mismos  deuen,  esso  y  más  liarán. 
¿Enemigo  de  lo  que  a  mi  mismo  deuo?  (respon- 
dia  Sircno).  Si  yo  jamas  lo  fuy,  la  amorte  me 
dé  la  pena  de  mi  yerro.  Buena  manera  es  essa 
de  desculparte.  jDescnlparme  yo,  Sircno  (dizo 
Diana)  si  la  primera  culpa  contra  ti  no  l«ngo 
por  cometer,  jamas  merea  con  más  contento,  qne 
el  que  agora  tengo!  Baeno  es  que  me  pongas  tú 
culpa  por  auernie  cacado,  teniendo  padres.  Mas 
bueno  es  (dixo  Sireno)  que  casassca  teniendo 
amor.  ¿Y  qué  parte  (dixo  Diana)  era  el  amor, 
adonde  estaña  la  obediencia  que  a  los  pMulres  se 
dcuia?  ¿Mas  qué  parte  (respondió  Sireno)  eran 
los  podres,  la  obediencia,  los  tiempos,  ni  los  ma- 
los ó  fsuorables  suc^csbob  de  la  fortuna,  para 
sobrepujar  tu  amor  tan  verdadero,  como  antes 
de  tui  partida  me  mostraste?  Ali  Diana,  Diana, 
que  nunca  yo  pense  que  vuiera  cosa  en  la  nida 
que  Tna  fe  tan  grundc  pudiera  quebrar:  quanto 
más,  Diana,  que  bien  te  pudieras  casar,  y  no  ol- 
vidar a  quien  tanto  te  qucria.  Mas  mirándolo 
desapassionad amento,  muy  mejor  fue  para  mf 
ya  que  te  cosanas,  el  oluidarme.  ¿Por  qné  razón 
(dixo  Diana?)  Porque  no  ay  (respondió  Sireno) 
peor  estado  que  es  querer  vn  pastor  á  una  pas- 
tora easodn:  ni  cosa  quemas  haga  perder  el  seso, 
al  que  uerdadero  amor  le  tiene.  Y  la  razón  dcUo 
es,  que  como  todos  sabemos,  la  principal  pa- 
ssion,  que  a  un  amador  atormenta,  después  del 
desseo  de  su  dama  son  los  ^elos.  Pues  que  te  pa- 
res^e,  que  será  para  un  desdichado  que  quiere 
bien,  labcr  que  su  pastora  está  en  bracos  de  su 
aelado,  y  el  llorando  en  la  calle  su  desucutura: 
Y  no  para  aquí  cl  trabajo,  mas  en  ser  un  mal 
que  no  08  podeys  quezar  del,  porque  en  la  hora 
que  os  quexaredes,  os  tcrnan  por  loco,  o  desa- 
tinado. Cosa  la  más  contraria  al  descanso  que 
puede  ser:  que  ya  cuando  los  fclos  son  de  otro 
pastor  que  la  sirua,  en  quexar  de  los  fauores 
qne  le  bazo  y  en  oyr  desculpae,  paesays  la  vida, 
mas  este  otro  mal  es   de  manera  que  en  un 


punto  la  perdcreys,  sino  teneys  cuenta  con 
nuestro  desseo.  Diana  entonces  respondió: 
Dexa  essae  razones,  Sireno,  que  ninguna  nc^es- 
sidad  tienes  de  querer,  ni  ser  querido.  A  true- 
que de  no  tenella  do  querer  (dixo  Sircno)  me 
alegro  en  no  tenella  de  ser  querido,  Estrafia 
libertad  es  la  tuya  (dixo  Diana).  Mas  lo  fue 
tu  oluido  (respondió  Sireno),  si  miras  bien  en 
las  palabras  que  a  la  partida  me  dixiste,  mas 
como  dizes,  dexemos  de  hablar  en  cosas  possa- 
das,  y  agradezcamos  al  tiempo  y  a  la  sabia  Fe- 
licia las  presentes,  y  tú,  Syluano,  toma  tu  flauta 
y  templemos  mi  rabel  con  ella,  y  cantaremos 
algunos  versos:  aunque  coraron  tan  libre  como 
el  mío,  íqué  podra  cantar,  que  dé  contento  a 
quien  no  le  tiene?  Pora  esto  yo  te  dsre  buen 
reniedio,  dixo  Syluano.  Hagamos  cuenta  qne 
estamos  los  dos  de  la  manera  qne  esta  pastora 
nos  trAyoal  tiempo  que  por  este  prado  esparzi- 
mos  nuestras  quexas.  A  todos  paresfio  bien  lo 
que  Syluano  dezia,  aunque  Seluagia  no  estaña 
muy  bien  en  ello,  mas  por  no  dar  a  entender 
^elos  donde  tan  gran  amor  amor  couos^ia,  calló 
por  entonces  y  los  pastores  comentaron  o  can- 
tar desta  manera: 


SYLUANO   Y   SIRENO 

Si  lagrimas  no  pueden  ablandarte, 
(cruel  pastora)  ¿que  hará  mi  canto, 
pues  nunca  cosa  mia  vi  agradarte? 

¿Qué  coraron  aura  que  snffra  tanto, 
que  vengas  a  tomar  en  burla  y  risa, 
vn  mal  que  al  mundo  admira  y  causo  espanto? 

i  Ay  ^iego  entendimiento,  que  te  anisa 
amor,  el  tiempo  y  tantos.desengaflnB, 
y  siempre  el  pensamiento  de  una  guisa! 

Ah  pastora  cruel,  {en  tantos  daños, 
en  tantas  cuy  tas,  tantas  sin  razones 
me  quieres  ver  gastar  mis  tristes  años? 

Do  vn  cora^'on  que  es  tuyo,  ¿ansi  dispones? 
vn  alma  que  te  di,  ¿ansi  la  tratas, 
que  sea  el  menor  mal  Euffrir  passiones? 


Vn  fiudo  ataste  amor,  que  no  desatas, 
es  íiego,  y  (iego  tú,  y  yo  más  íiego, 
y  íiega  aquella  por  qnieu  tú  me  matas. 

Ni  yo  me  vi  perder  vida  y  aossicgo: 
ni  ella  vee  que  muero  a  causa  suya, 
ni  tú,  que  esto  abrasado  en  biuo  fuego. 

¿Qué  quieres  crudo  amor,  que  me  dcstraya 
Diana  con  ausencia?  pues  concluye 
con  que  la  vida  y  suerte  se  concluya. 

El  alegría  tarda,  cl  tiempo  huye, 
muere  esperanza,  biuc  el  pensamiento, 
amor  lo  abreuia,  alarga  y  lo  destruye. 


330 


orígenes  de  la  novela 


Vergüenza  me  es  hablar  en  un  tormento 
que  aunque  me  aflija,  canse  y  duela  tanto, 
ya  no  podría  sin  él  biuir  contento. 


SYLÜANO 


O  alma,  no  dexeys  el  triste  llanto, 
y  TOS  cansados  ojos, 
no  08  canse  derramar  lagrimas  tristes: 
llorad  pacs  uer  supístes 
la  causa  principal  de  mis  enojos. 


SI  RENO 


La  causa  principal  de  mis  enojos, 
cruel  pastora  mia, 

algún  tiempo  lo  fue  de  mi  contento: 
ay  triste  pensamiento, 
quan  poco  tiempo  dura  yna  alegría. 


SYLUAirO 


Quan  poco  tiempo  dura  yna  alegría 
y  aquella  dulce  risa, 
con  que  fortuna  acaso  os  ha  mirado: 
todo  es  bien  empleado 
en  quien  auisa  el  tiempo  y  no  se  auisa. 


SIBBNO 


En  quien  auisa  el  tiempo  y  no  se  auisa, 
haze  el  amor  su  hecho, 
mas  ¿quién  podra  en  sus  casos  anisarse, 
o  quién  desengañarse? 
ay  pastora  cniel,  ay  duro  pecho. 


SYLUANO 

Ay  pastora  cruel,  ay  duro  pecho, 
cuya  dureza  estrafia 
no  es  menos  que  la  gra9Ía  y  hermosura, 
y  que  mi  desuentura, 
¡quán  a  mí  costa  el  mal  me  desengaña! 

BYLVANO 

Pastora  mia,  más  blanca  y  colorada 
que  blancas  (})  rosas  por  abril  cogidas, 
y  más  resplandcs^iente, 
que  el  sol,  que  de  oriente 
por  la  mañana  assoma  a  tu  majada 
¿cómo  podré  biuir  si  tú  me  oluidas? 
no  seas  mi  pastora  rigurosa, 
que  no  está  bien  crueldad  a  ma  hermosa. 

(*)  Ambas,  por  errata  patente,  en  la  edidón  de  Mi- 
lán y  en  otras. 


SIRBÜO 


Diana  mia,  más  rcsplandes^icnte, 
que  esmeralda,  y  diamante  a  la  vislumbre, 
cuyos  hermosos  ojos 
son  fin  de  mis  enojos, 
si  a  dicha  los  rebuelues  mansamente, 
assi  con  tu  ganado  llegues  a  la  cumbre 
de  mi  majada  gordo  y  mejorado, 
que  no  trates  tan  mal  a  yn  desdichado. 

SYLÜANO 

Pastora  mia,  quando  tus  cabellos 
a  los  rayos  del  sol  estás  peynando, 
no  yees  que  lo  escures9es, 
y  a  mi  me  ensobemes9e8 
que  desde  acá  me  estoy  mirando  en  ellos, 
perdiendo  ora  esperanza,  ora  ganando? 
assi  gozes,  pastora,  esa  hermosura, 
que  des  yn  medio  en  tanta  desuentura. 

SIRSNO 

Diana  cuyo  nombre  en  esta  sierra 
los  fieros  animales  trae  domados, 
y  cuya  hermosura, 
sojuzga  a  la  yentnra, 
y  al  crudo  amor  no  teme  y  haze  guerra 
sin  temor  de  occasíones,  tiempo,  hados, 
assi  gozes  tú  tu  hato  y  tu  majada, 
que  de  mi  mal  no  binas  descuydada. 

SYLUANO 

La  fiesta,  mí  Síreno,  es  ya  passada, 
los  pastores  se  uan  a  su  manida, 
y  la  cigarra  calla  de  cansada. 

No  tardará  la  noche,  que  escondida 
está,  mientra  que  Phebo  en  nuestro  cielo 
su  lumbre  acá  y  allá  trae  esparzida. 

Pues  antes  que  tendida  por  el  suelo 
yeas  la  escura  sombra,  y  que  cantando 
de  en9Íma  deste  aliso  está  el  mochuelo. 

Nuestro  ganado  yamos  allegando, 
y  todo  junto  allí  lo  llenaremos, 
a  do  Diana  nos  está  esperando. 

SIBBNO 

Syluano  mío,  yn  poco  aquí  esperemos, 
pues  aun  del  todo  el  sol  no  es  acabado 
y  todo  el  día  por  nuestro  le  tenemos. 

Tiempo  ay  para  nosotros,  y  el  ganado 
tiempo  ay  para  llenalle  al  claro  río, 
pues  oy  ha  de  dormir  por  este  prado; 
y  aquí  cesse,  pastor,  el  cantar  mió. 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


331 


En  qaanto  los  pastores  cantauan,  estaaa  la 
pastora  Diana  con  el  rostro  sobre  la  mano, 
cuya  manga  cayéndose  nn  poco,  descubría  la 
blancura  de  un  bra^o,  que  a  la  de  la  nieue  escu- 
res^ia,  tenia  los  ojos  inclinados  hacia  el  suelo, 
derramando  por  ellos  vnas  espaciosas  lagrimas, 
las  quales  dauan  a  entender  de  su  pena  más  de 
lo  que  ella  quisiera  dezir:  y  en  acabando  los  pas- 
tores de  cantar  con  vn  sospiro,  en  compafiia 
del  qual  pares^ia  aucrsele  salido  el  alma  se  le- 
uantó,  y  sin  despedirse  dcUos,  se  fue  por  el 
valle  abazo,  entran^ando  sus  dorados  cabellos, 
cuyo  tocado  se  le  quedó  preso  en  yn  ramo  al 
tiempo  que  se  leuautó.  Y  si  con  la  poca  man- 
zilla  que  Diana  de  los  pastores  auia  tenido, 
ellos  no  templaran  la  mucha  que  della  tuuieron, 
no  bastara  el  coraron  de  ninguno  de  los  dos  a 
podello  suffrir.  Y  ansi,  unos  con  otros,  se  fue- 
ron a  recoger  sus  ouejas,  que  desmandadas  an- 
dauan,  saltando  por  el  veide  prado. 

Fin  del  sexto  libro. 


LIBRO  SÉPTIMO 

1>S    LA    DIANA   DS   QEORGE   DB   IIONTBMATOR 

Después  que  Felismena  tuo  puesto  fin  en 
las  differen9Ías  de  la  pastora  Amarilida  y  el 
pastor  Filemon,  y  lo  dexó  con  proposito  de 
jamas  hazer  el  tuo  cosa  de  que  otro  tuuiese 
occasion  de  quezarse,  despedida  dellos,  se  fue 
por  el  Talle  abazo  por  el  qual  anduuo  muchos 
dias,  sin  hallar  nueua  que  algún  contento  le 
diesse,  y  como  todauia  lleuaua  esperanza  en  las 
palabras  de  la  sabia  FelÍ9Ía,  no  dezaua  de  pas- 
salle  por  el  pensamiento,  que  después  de  tantos 
trabajos  se  auia  de  cansar  la  fortuna  de  perse- 
guilla.  Y  estas  ymagina^iones  la  sustentauan 
en  la  grauissima  pena  de  su  dcsseo.  Pues  yen- 
do yna  mañana  por  en  medio  de  yn  bosque,  al 
salir  de  yna  assomada  que  por  encima  de  vna 
alta  sierra  pares^ia,  yio  delante  si  yn  yerde  y 
amenissimo  campo,  de  tanta  grandeza,  que  con 
la  yista  no  se  le  podia  alcanzar  el  cabo,  el  qual 
doze  millas  adelante,  yua  a  fenes^er  en  la  falda 
de  ynas  montañas,  que  quasi  no  se  pares^ian: 
por  medio  del  delcytoso  campo  corría  yn  cau- 
daloso río,  el  qual  hazia  yna  muy  graciosa  ri- 
bera, en  muchas  partes  poblada  de  salzcs,  y 
yerdes  alisos,  y  otros  diuersos  arboles:  y  en 
otras  dezaua  descubiertas  las  cristalinas  aguas 
recogiéndose  a  yna  parte  vn  grande  y  espacio- 
so arenal  que  de  lexos  más  adomaua  la  her- 
mosa ribera.  Las  mieses  que  por  todo  el  campo 
pares^ian  sembradas,  muy  cerca  estañan  de  dar 
el  desseado  fruto,  y  a  esta  causa  con  la  fertili- 


dad de  la  tierra  estañan  muy  crescidos,  y  me-  ) 
neados  de  yn  templado  yiento  hazian  ynos  yer- 
des, claros,  y  obscuros,  cosa  que  a  los  ojos  daua  ^ 
muy  gran  contento.  De  ancho  tenia  bien  el 
deleytoso  y  apazible  prado  tres  millas  en  par- 
tes, y  en  otras  poco  más,  y  en  ninguna  auia 
menos  dcsto.  Pues  baxando  la  hermosa  pas- 
tora por  su  camino  abaxo,  yino  a  dar  en  yn 
bosque  muy  grande  de  verdes  alisos,  y  azebu- 
ches  assaz  poblado,  por  enmedio  muchas  casas 
tan  sumptuosamente  labradas,  que  en  gran  ad- 
miración le  pusieron.  Y  do  súbito  fue  a  dar 
con  los  ojos  en  vna  muy  hermosa  ciudad,  que 
desde  lo  alto  de  vna  sierra  que  de  frente  es- 
taña, con  sus  hermosos  edificios,  venia  hasta 
tocar  con  el  muí  o  en  el  caudaloso  río  que  por 
medio  del  campo  passaua.  Por  encima  del  qual 
estaña  la  más  sumptuosa  y  admirable  puente, 
que  en  el  vniuerso  se  podia  hallar.  Las  casas  y 
edificios  de  aquella  ciudad  insigne  eran  tan  altos, 
y  con  tan  gran  artificio  labrados,  qne  parescia 
auer  la  industría  humana  mostrado  su  poder. 
Entre  ellos  auia  muchas  torres  y  pirámides,  que 
de  altos  se  leuantauan  a  las  nuues.  Los  tenplos 
eran  muchos,  y  muy  sumptuosos,  las  casas  fuer- 
tes, los  superbos  muros,  los  brauos  baluartes, 
dauan  gran  lustre  a  la  grande  y  antigua  pobla- 
ción, la  qual  desde  alli  se  diuisaba  toda.  La  pas- 
tora quedó  admirada  de  ver  lo  que  delante  los 
ojos  tenia,  y  de  hallarse  tan  cerca  de  poblado, 
que  era  la  cosa  que  con  gran  cuydado  huya  ('). 
Y  con  todo  esso  se  assento  vn  poco  a  la  sombra 
do  vn  oliuo,  y  mirando  muy  particularmente, 
lo  que  aueys  oydo,  viendo  aquella  populosa 
ciudad,  le  vino  a  la  memoría  la  gran  Soldina 
su  patría  y  naturaleza,  de  adonde  los  amores 
de  don  Felis  la  trayan  desterrada:  lo  qual  fue 
ocasión  para  no  poder  passar  sin  lagrímas,  por- 
que la  memoría  del  bien  perdido,  pocas  vezes 
deza  de  dar  ocasión  a  ellas.  Dezado  pues  la 
hermosa  pastora  aquel  lugar,  y  la  cridad  a 
mano  derecha,  se  fue  su  passo  a  passo  por  vna 
senda  que  junto  al  río  yua,  hazia  la  parte, 
donde  sus  crístallinas  aguas  con  vn  manso  y 
agradable  mydo,  se  yban  a  meter  en  el  mar 
Océano.  Y  auiendo  caminado  seys  millas  por 
la  graciosa  ribera  adelante,  vio  dos  pastoras, 
que  al  pie  de  vn  roble  a  la  orilla  del  río  passa- 
uan  la  fiesta:  las  qiuilcs  aunque  en  la  hermo- 
sura tuuiessen  vna  razonable  medianía,  en  la 
gp^CÍA  y  donayre  auia.vn  estremo  grandissimo: 
el  color  del  rostro  moreno,  y  gracioso:  los  ca- 
bellos no  mny  ruuios,  los  ojos  negros:  gentil 
ayre  y  gracioso  en  el  mirar:  sobre  las  cabecas 
tenian  sendas  guirnaldas  de  verde  yedra,  por 
entre  las  hojas  entretezidas  muchas  rosas  y 
flores.  La  manera  del  vestido  le  páreselo  diffe- 

(*)  M.,  de  que  eon  mayor  cuidado  andaua  huyendo. 


332 


orígenes  de  la  novela 


rente  del  que  hasta  enton9G8  auia  visto.  Pues 
leuantandose  la  vna  con  grande  priessa  a  echar 
vna  manada  de  ouejas,  de  vn  linar  adonde  se 
auian  entrado,  y  la  otra  llegado  a  dar  a  beuer 
a  vn  rebaño  de  cabras  al  claro  rio  se  bolaieron 
a  la  sombra  del  vmbroso  fresno.  Felismena 
que  entre  vnos  juncales  muy  altos  se  auia  me- 
tido, tan  9erca  de  las  pastoras,  que  pudiesse 
oyr  lo  que  ontre  ellas  passaua,  sintió  que  la 
lengua  era  Portuguesa,  y  entendió  que  el  reyno 
en  que  estaua,  era  Lusitania,  porque  la  una  de 
las  pastoras  dezia  con  gracia  muy  cstremada 
en  su  misma  lengua  a  la  otra,  tomándose  de 
las  manos:  Ay  Duarda,  quan  poca  razón  tie- 
nes de  no  querer  a  quien  te  quiere  más  que  a 
si:  quánto  mejor  te  estaría,  no  traer  mal  a  vn 
pensamiento  tan  occupado  en  tus  cosas.  Pésa- 
me que  a  tan  hermosa  pastora  la  falte  piedad, 
para  quien  en  tanta  necesidad  está  della.  La 
otra,  que  algo  más  libre  pare89Ía,  con  cierto 
desden,  y  vn  dar  de  mano,  (cosa  muy  natural  de 
personas  libres),  respondía:  ¿quieres  que  te  diga, 
Armia?  si  yo  me  fiare  otra  uez  de  quien  ¿\n 
mal  me  pago  el  amor  que  le  tuue,  no  terna  él 
la  culpa  del  mal  que  a  mi  desseo  me  suc9ediere. 
No  me  pongas  delante  los  ojos  semidiós  que 
esse  pastor  algún  tiempo  me  aya  hecho,  ni  me 
digas  ninguna  razón  de  las  que  e'l  se  da  para 
mouerme,  porque  ya  passó  el  tiempo  en  que 
BUS  razones  le  nalian.  El  me  prometió  de  ca- 
sarse comigo,  y  se  caso  con  otra.  ¿Qu¿  quiere 
aora?  ¿o  qud  me  pide  esse  enemigo  de  mi  des- 
canso? ¿dize  que  pues  su  muger  es  finada,  que 
me  case  con  e'l?  No  querrá  Dios  que  yo  a  mí 
misma  me  haga  tan  gran  engaño:  dexalo  es- 
tar, Armia,  dexalo:  que  si  él  a  mi  rae  dessea 
tanto  como  dize,  esse  desseo  me  dará  uengau- 
ca  del.  La  otra  le  explicaua  con  palabras  muy 
blandas,  juntando  su  rostro  con  el  de  la  essen- 
ta  Duarda,  con  muy  estrechos  abrazos:  ay  pas- 
tora, y  como  te  está  bien  todo  quanto  dizes; 
nunca  desseé  ser  hombre,  sino  aora  para  que- 
rerte más  que  a  mí.  Mas  dime,  Duarda  aporqué 
has  tú  de  querer,  que  Danteo  biua  tan  triste 
vida?  El  dize  que  la  razón  con  que  del  te  que- 
zas,  essa  misma  tiene  para  su  disculpa.  Por- 
que antes  de  que  se  casasse,  estando  contigo 
vn  dia  junto  al  soto  de  Fremoselle  te  dixo: 
Duarda,  mi  padre  quiere  casarme,  ¿qué  te  pa- 
resye  que  haga?  y  que  tú  respondiste  muy  sa- 
cudidamente: ¿Cómo,  Danteo,  tan  vieja  soy  yo 
o  tan  grande  poder  tengo  en  ti,  que  me  pidas 
paresyer  y  li^en^ia  para  tus  casamientos?  Bien 
puedes  hazer  lo  que  tu  voluntad  y  la  de  tu  pa- 
dre te  obligare,  porque  lo  mismo  haré  yo:  y 
que  esto  fue  dicho  con  vna  manera  tan  estraña 
de  lo  que  solia  como  si  nunca  te  vuiera  pas- 
sado  por  el  pensamiento  quererle  bien.  Duarda 
le  respondió:  ¿Armia,  eso  le  llamas  tú  discul- 


pa? Si  no  te  tuuiera  tan  conos^ida,  en  este 
punto  perdía  tu  discreción  grandissimo  crédito 
comigo.  ¿Qué  auia  yo  de  responder  a  vn  pastor 
que  publicaua  que  no  auia  cosa  en  el  mundo, 
en  quien  sus  ojos  pussiese  sino  en  mí?,  qnanto 
más,  que  no  es  Danteo  tan  ignorante  que  no 
entcndiesse  en  el  rostro  y  arte  con  que  yo  esso 
lo  respondí,  que  no  era  aquello  lo  que  yo  que- 
siera  respondelle.  ¡  Qué  donayre  tan  grande  fue 
toparme  el  vn  dia  antes  que  esso  passasse  jun- 
to a  la  fuente,  y  dezirme  con  muchas  lagrimas: 
porqué,  Duarda,  eres  tan  ingrata  a  lo  que  te 
desseo,  que  no  te  quieres  casar  comigo,  a  hur- 
to de  tus  padres:  pues  sabes  que  el  tiempo  les 
ha  de  curar  el  enojo  que  desso  recibieren?  Yo 
entonces  le  respondí:  conténtate,  Danteo,  con 
que  yo  soy  tuya,  y  jamas  podré  ser  de  otro,  por 
cosa  que  me  suc^eda.  Y  pues  yo  me  contento 
con  la  palabra  que  de  ser  mi  esposo  me  as  dado, 
no  quieras  que  a  trueque  de  esperar  un  poco 
de  tiempo  más,  haga  vna  cosa  que  tan  mal  nos 
está;  y  des|)edirse  él  de  mi  con  estas  palabras, 
y  al  otro  dia  dezirme  que  sn  padre  le  quería 
casar,  y  que  le  diesse  licenyia:  y  no  contento 
con  esto,  casarse  dentro  de  tres  dias.  Pares^t? 
te  pues,  Armia,  que  es  ésta  algo  suffícientc 
causa,  para  yo  vsar  de  la  libertad,  que  con 
tanto  trabajo  de  mi  pensamiento  tengo  gana- 
da? Estas  cosas  (respondió  la  otra)  fácilmente 
se  dizen  y  se  passan  entre  personas  que  se 
quieren  bien,  mas  no  se  han  de  llenar  por  esto 
tan  a  cabo,  como  las  llenas.  Las  que  se  dizen 
(Armia)  tienes  razón,  mas  las  que  se  hazen, 
ya  tú  lo  vees«  sí  llegan  al  alma  de  las  qne 
queremos  bien.  En  fin,  Danteo  se  caso,  pésame 
mucho  que  se  le  lograsse  poco  tan  hermosaa 
pastora:  y  mucho  más  de  ver  que  no  ha  vn  mes 
que  la  enterró,  y  ya  conícncan  a  dar  bueltas 
sobre  él  pensamientos  nueuos.  Ai*mia  le  res- 
pondía: Matóla  Dios:  porque  en  fin  Danteo 
era  tuyo,  y  no  podría  ser  de  otra.  Pues  si  esso 
es  ansí  (respondió  Duarda)  que  quien  es  de 
vna  persona,  no  puede  ser  de  otra,  yo  la  hora 
de  aora  me  hallo  mía,  y  no  puedo  ser  de  Dan- 
teo. Y  dexcmos  cosa  tan  escusada  como  gas- 
tar el  tiempo  en  esto.  Mejor  será  que  se  gaste 
en  cantar  vna  canción,  y  luego  las  dos  en  su 
misma  lengua,  con  mucha  grayia,  comencaron 
a  cantar  lo  siguiente: 

Os  tempos  se  mudaráo 
a  vida  se  acabará: 
mas  a  fe  sempre  estara, 
onde  meus  olhos  estilo. 

Os  días,  y  os  momentos, 
as  horas,  con  suas  mudancas, 
inmigas  son  desperancas, 
y  amigas  de  pensamentos: 
os  pensamentos  estáo 


DIANA  DE  GEOROE  DE  MONTEMAYOR 


333 


a  esperanza  acabará, 
a  fe,  me  iiüo  deixará 
por  hoiirra  do  cora9on. 

He  causa  de  nmjtos  danos 
dnuidosa  confian9a 
qne  a  vida  sen  esperan^A 
ja  nao  teme  desengaños, 
os  tempos  se  yem  e  t&o, 
a  yida  se  acabará, 
mas  a  fe  níio  quererá, 
hazer  me  esta  semrazüo. 

Acabada  esta  canción,  Felismena  salió  del 
lugar  a  donde  estaua  escondida  y  se  llegó  adon- 
de las  pastoras  estañan,  las  quales  espantadas 
de  su  grapia  y  hermosura,  se  llegaron  a  ella, 
y  la  recibieron  con  muy  estrechos  abracos,  pre- 
guntándole de  que  tierra  era  y  de  adonde  ne- 
nia. A  lo  qual  la  hermosa  Felismena  no  sabia 
responder,  mas  antes  con  muchas  lagrimas  les 
preguntaua,  qué  tierra  era  aquella  en  que  mo- 
rauan.  Porque  de  la  suya  la  lengua  daua  tes- 
timonio ser  de  la  pronin^ia  de  Vandalia,  y 
que  por  9Íerta  desdicha  uenia  desterrada  de  su 
tierra.  Las  pastoras  portuguesas  con  muchas 
lagrimas  la  consolauan,  doliéndose  de  su  des- 
tierro, cosa  muy  natural  de  aquella  nación,  y 
mucho  más  de  los  habitadores  de  aquella  pro- 
uincia.  Y  preguntándoles  Felismena,  qué  ciu- 
dad era  aquella  que  auia  dexado  hazia  la  parte 
donde  el  rio,  con  sus  cristallinas  aguas  apressn- 
rando  su  camino,  con  gran  Ímpetu  uenia,  y  que 
también  desseaua  saber,  qué  castillo  era  aquel 
que  sobre  aquel  monte  mayor  que  todos  estaua 
edificado  y  otras  cosas  semejantes.  Y  una  de 
a(|uellas,  que  Dnarda  se  llamaua,  le  respondió, 
que  la  ciudad  se  llamaua  Coymbra,  yna  de  las 
más  insignes  y  principales  de  aquel  reyno,  y  aun 
de  toda  la  Europa,  ansi  por  la  tierra  comarcana  a 
ella,  la  qual  aquel  caudaloso  rio,  que  Mondego 
tenia  por  nombre,  cou  sus  cristalinas  aguas  re- 
gaña. Y  que  todos  aquellos  campos  que  con 
gran  ímpetu  yua  discurriendo,  se  llamauau 
el  campo  do  Mondego,  y  el  castillo  que  delan- 
te los  ojos  tenian,  era  la  luz  de  nuestra  Espa- 
ña. Y  que  este  nombre  le  conucnia  más  que  el 
suyo  proprío,  pues  en  medio  de  la  infidelidad 
del  Mahomético  Rey  Marsilio,  que  tantos  años 
le  auia  tenido  cercado,  se  auia  sustentado,  de 
manera  que  siempre  auia  salido  uencedor,  y 
jamas  uencido,  y  qne  el  nombre  que  tenia  en 
lengua  Portuguesa  era  Montemor  o  uclho, 
adonde  la  uirtud,  el  ingenio,  ualor,  y  esfueryo, 
auian  quedado  por  tropheo  do  las  hazañas, 
que  los  habitadores  del,  en  aquel  tiempo  auian 
hecho;  y  que  las  damas  que  en  el  auia,  y  los 
caualleros  que  lo  habitauan,  florescian  oy  en 
todas  las  uirtudes  que  ymaginar  se  podian.  Y 
assi  le  contó  la  pastora  otras  muchas  cosas  de 


la  fertilidad  de  la  tierra,  de  la  antigüedad  de 
los  edificios,  de  la  riqueza  de  los  moradores,  de 
la  hermosura  y  discreción  de  los  Nimphas  y  pas- 
tores, que  por  la  comarca  del  inexpunable  cas- 
tillo habitauan,  cosas  que  a  Felismena  pusie- 
ron en  gran  admiración,  y  rogándole  las  pas- 
toras qne  comiesse  (porque  no  deuia  uenir  con 
poca  necessidad  dello)  tuuo  por  bien  de  accep- 
tallo.  Y  en  quanto  Felismena  comia  de  lo  que 
las  pastoras  le  dieron,  la  yian  derramar  algu- 
nas lagrimas,  de  que  ellas  en  estrerao  se  do* 
lian.  Y  queriéndole  pedir  la  causa,  se  lo  estonio 
la  boz  de  un  pastor,  que  muy  dulcemente  al 
son  de  un  rabel  cantaua,  el  qual  fue  luego  co- 
noscide  de  las  dos  pastoras,  porque  aquel  era 
el  pastor  Danteo,  por  quien  Armia  terciana 
con  la  graciosa  Dnarda.  La  qual  con  muchas 
lagrimas,  dixo  a  Felismena:  Hermosa  pastora, 
aunque  el  manjar  es  de  pastoras,  la  comida  es 
de  Princesa:  qué  mal  pensaste  tú,  quando  aqui 
nenias,  que  auias  de  comer  con  musical  Felis- 
mena entonces  le  respondió:  No  auria  en  el 
mundo  (graciosa  pastora)  música  más  agra- 
dable para  mi,  que  yuestra  uista  y  conuersacion, 
y  esto  me  daria  a  mi  mayor  ocasión  para  te- 
nerme por  Princesa,  que  no  la  música  que 
dezis.  Duarda  respondió:  Más  auia  de  ualer 
que  yo  quien  esso  meresciesse,  y  más  subido  de 
quilate  auia  de  ser  su  entendimiento  para  en- 
tendello,  mas  lo  que  fuere  parte  del  desseo, 
hallarse  ha  en  mi  cumplidamente.  Armia  dixo 
contra  Duarda:  Ay  Duarda,  cómo  eres  discreta, 
y  quanto  más  lo  serias  si  no  fuesses  cruel.  ¿Hay 
cosa  en  el  mundo  como  esta  que  por  no  oyr  a 
aquel  pastor  que  está  cantando  sus  desuentu- 
ras,  está  metiendo  palabras  en  medio,  y  occn- 
pando  en  otra  cosa  el  entendimiento?  Felis- 
mena entendiendo  quién  podia  ser  el  pastor  en 
las  palabras  de  Armia,  las  hizo  estar  atentas, 
y  oylle,  el  qual  cantaua  al  son  de  su  instni- 
mento  esta  canción,  en  su  misma  lengua. 

Sospiros,  minha  lembranca 
nao  quer,  porque  nos  nSio  nades 
que  o  mal  que  fazem  saudades 
se  cure  com  esperanca. 

A  esperance  nílo  me  nal, 
polla  causa  en  que  se  tem, 
nem  promete  tanto  bem, 
quanto  a  saudade  faz  mal; 
mas  amor,  desconfianca, 
me  deron  tal  qnalidade, 
que  nem  me  mata  saudade, 
nem  me  da  uida  esperanca. 

Errarlo  se  se  queyxarem 
os  olhos  con  que  en  olhey, 
porque  eu  n¿lo  me  queyxarey, 
en  quanto  os  seus  me  lembraren. 


334 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


nem  poderá  aner  mudan^ii, 
jamas  en  minha  uontade, 
ora  me  mate  saadade, 
ora  me  deyxe  esperanza. 

A  la  pastora  Felismena  supieron  mejor  las 
palabras  del  pastor,  que  el  combite  de  las  pas- 
toras, por  que  más  le  paremia  que  la  canción 
se  auia  hecho  para  quexarse  de  su  mal,  que 
para  lamentar  el  agono.  Y  dixo,  quando  le 
acabó  de  oyr.  ¡  Ay,  pastor,  que  uerdaderamente 
pares9e  que  aprendiste  en  mis  males,  a  que- 
xarte  de  los  tuyos!  Desdichada  de  mi,  que  no 
ueo  ni  oyó  cosa,  que  no  ponga  delante  la  razón 
que  tengo,  de  no  dessear  la  nida,  mas  no  quie- 
ra Dios  que  yo  la  pierda,  hasta  que  mis  ojos 
vean  la  causa  de  sus  ardientes  lagrimas.  Ar- 
mia  dixo  a  Felismena:  Pares^eos  (hermosa 
pastora)  que  aquellas  palabras  meres^en  ser 
oydas,  y  que  el  coraron  de  adonde  ellas  salen 
se  deuo  tener  en  más  de  lo  que  esta  pastora  lo 
tiene?  No  trates,  Armia  (dixo  Duanla)  de  sus 
palabras,  trata  de  sus  obras,  que  por  ellas  se 
ha  do  juzgar  el  pensamiento  del  que  las  hazc. 
Si  tú  te  enamoras  de  can9Íones,  y  te  pare89en 
bien  sonetos  hechos  con  cuydado  de  dezir 
buenas  razones,  desengáñate  que  son  la  cosa 
de  que  yo  menos  gusto  recibo,  y  por  la  que 
menos  me  certifico,  del  amor  que  se  me  tiene. 
Felismena  dixo  entonces  fauores9Íendo  la  ra- 
zón de  Duarda:  Mira,  Armia,  muchos  males  se 
escusarian,  y  muy  grandes  desdichas  no  uer- 
nian  en  effecto,  si  nosotras  dexassemos  de  dar 
crédito  a  palabras  bien  ordenadas,  y  razones 
compuestas  de  cora9ones  libres,  porque  en  nin- 
guna cosa  ellos  muestran  tanto  serlo,  como  en 
saber  dezir  por  orden  un  mal,  que  quando  es 
uerdadcro,  no  ay  cosa  más  fuera  della.  Desdi- 
chada de  mi,  que  no  supe  yo  aprouechanne 
dcsto  consejo.  A  este  tiempo,  llego  el  pastor 
Portugués,  donde  las  pastoras  estañan,  y  dixo 
contra  Duarda,  en  su  misma  lengua:  A  pas- 
tora, se  as  lagrimas  destes  olhos,  y  as  mngoas 
destc  cora^ao,  sao  pouca  parte  para  abrandar 
a  dnrtza,  com  que  son  tratado,  nfto  quero  de 
ti  mays,  senílo  que  minha  conpanhia  }K)r  estos 
campos  te  nílo  o  seja  importuna,  ne  os  tristes 
uersos  que  meu  mal  junto  a  esta  hermosa  ribei- 
ra  me  faz  cantar,  te  den  occasiílo  denfada> 
mentó.  Passa,  hermosa  pastora,  a  sesta  a  som- 
bra destes  salguyeros,  que  ho  teu  pastor  te 
leñará  as  cabras  a  o  rio,  y  estará  a  o  terreyro  do 
sol-,  en  quanto  ellas  ñas  cristalinas  agoas  se 
banharen.  Pontea,  hermosa  pastora,  os  tous  ca- 
bellos douro  iunto  a  aquella  clara  fonte  donde 
uen  ho  riboyro  que  ^erca  este  fremoso  prado, 
que  eu  irey  en  tanto  em  tanto  a  repastar  teu 
gado,  y  ter  y  conta  com  que  as  ouelhas  nño  o 
entren  ñas  searas  que  ao  longo  desta  ribeyra 


estüo.  Desojo  que  nao  tomes  traballho  en 
cousa  nenhua,  nen  eu  descünso  em  quanto 
em  cousas  tuas  niko  trabalhar.  Si  isto  te  pares9« 
pouco  amor,  dize  tú  en  que  te  poderey  mostrar 
ho  bem  que  te  quero:  que  nao  ha  amor  final  da 
pessoa  dizer  uerdade,  en  qualquer  cousa  que 
diz,  que  offre^erse  ha  esperiencia  déla.  La  pas- 
tora Duarda  entonces  respondió:  Danteo,  se 
he  uerdade  que  ay  amor  no  mundo,  eu  ho  tiae 
contigo,  e  tan  grande  como  tú  sabes,  jamays 
nonhun  pastor  de  quantos  apascentáo  sens 
gados  pollos  campos  de  Mondego,  e  beben  as 
suas  claras  agoas,  alcan^ou  de  mí  nem  hua 
so  palabra  conque  tiuessos  occasiílo  de  qney- 
xarte  de  Duarda,  nem  do  amor  que  te  ella 
sempre  mostrou,  a  ninguen  tuas  lagrimas,  e 
ardentes  sospiros  mays  magoarño  que  a  mi,  ho 
dia  que  te  meus  olhos  nao  uiam,  jamays  se 
leuantauan  a  coYsa  que  Ihes  dessc  gosto.  As 
nacas  que  tú  guardauas  cr&o  mays  que  mi- 
nhas,  muytas  mays  uozes  (roc^íosa  que  as 
guarda^  deste  deloytoso  campo  Ihes  nam  im- 
podissem  ho  pasto)  me  punha  eu  desde  aque- 
llo outeyro,  por  uer  se  pare^iáo  do  que  minhas 
ouelhas  erao  por  mi  apas^entadas ,  nem  pos- 
tas em  parte  onde  sem  sobresalto  pascessen  as 
eruas  desta  fermosa  riboyra:  isto  me  danaua 
a  mí  tanto  en  mostrarme  sojey ta,  como  a  ti 
em  haberte  comfiado.  Bem  soy  que  de  minha 
sogeicilo  na^eu  tua  confían9a  y  de  tua  confian- 
za hazer  o  que  fizeste.  Tu  te  casaste  con  An- 
dresa,  cuja  alma  este  en  gloria,  ¿qué  cousa  he 
esta,  que  algum  tompo  nao  pidi  a  Déos,  antes 
Ihe  pidi  uingan^a  déla,  y  de  ti?  eu  passe  y  des- 
poys  de  uosso  casamento,  o  que  tú  e  outros 
muytos  saben,  quis  minha  fortuna  que  a  toa 
me  nao  desse  pena.  Doyxa  me  goxar  de  minha 
libordado,  y  nño  esperes  que  comigo  poderas 
ganhar  o  que  por  culpa  tua  perdcste.  Acaban- 
do la  pastora  la  terrible  respuesta  que  aueys 
oydo,  y  queriendo  Felismena  meterse  en  medio 
de  la  difforencia  de  los  dos,  oyeron  a  una  parte 
del  prado  nuiy  gran  ruydo,  y  golpes  como  de 
caualleros  que  se  conbatian:  y  todos  con  muy 
gran  príessa  se  fueron  a  la  parte  donde  se 
oyan,  por  uer  qué  cosa  fuesse.  Y  nieron  en 
ima  isleta  que  el  rio  con  una  buelta  hazia. 
tres  caualleros  que  con  uno  solo  se  combatían: 
y  aunque  se  defendia  ualientemente,  dando  a 
entender  su  esfuerzo  y  ualentia,  con  todo  esBO 
los  tres  le  dauan  tanto  qué  hazer,  que  la  po- 
nian  en  no^essidad  de  aprouecharse  de  toda  su 
fuerza.  La  batalla  se  hazia  a  pie,  y  los  cauaUos 
estañan  arrendados  a  unos  pequeños  arboles 
que  alli  auia.  Y  a  este  tiempo  ya  el  cauallero 
solo  tenia  uno  de  h)s  tres  tendido  en  el  suelo, 
do  un  golpe  de  espada,  con  el  qual  le  acabó  la 
uida:  pero  los  otros  dos,  que  muy  ualientes 
eran,  le  trayan  ya  tal,  que  no  se  esperaua  otra 


DIANA  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR 


335 


cosa  sino  la  muerte.  La  pastora  Felismcna, 
que  nio  aquel  cauallero  en  tan  gran  peligro,  y 
que  si  no  le  socorriesse,  no  podría  escapar  con 
la  nida,  quiso  poner  la  suya  a  riesgo  de  per- 
della,  por  hazer  lo  que  en  aquel  caso  era  obli- 
gada, y  poniendo  una  aguda  saeta  en  su  arco, 
dixo  contra  uno  dellos:  Teneos  afuera,  caualle- 
roB,  que  no  es  de  personas  que  deste  nom- 
bre se  pre9Ían,  aprouecharse  de  sus  enemigos 
con  uentaja  tan  conos^ida.  Y  apuntándole  a  la 
uista  de  la  pelada,  le  acertó  con  tanta  fuer9a, 
que  entrándole  por  los  ojos  passó  de  la  otra 
parte,  de  manera  que  aquel  uino  muerto  al 
suelo.  Quando  el  caualUero  solo  uio  muerto  a 
uno  de  sus  contrarios,  arremetió  al  tercero  con 
tanto  esfuer90,  como  si  enton9es  comentara  su 
batalla,  pero  Felismcna  le  quitó  de  trabajo, 
poniendo  otra  ñecha  en  su  arco,  con  la  qual, 
no  parando  en  las  armas,  le  entró  por  debaxo 
de  la  tetilla  yzquierda,  y  le  atrauesso  el  cora- 
9on  de  manera  que  el  cauallero  licuó  el  cami- 
no de  BUS  compañeros.  Quando  los  pastores 
vieron  lo  que  Felismena  auia  hecho,  y  el  caua- 
llero vio  de  dos  tiros  matar  dos  caualleros  tan 
valientes,  ansí  vnos  como  otros  quedaron  en 
extremo  admirados.  Pues  quitándose  el  ca- 
uallero el  yelmo,  y  llegándose  a  ella,  le  dixo: 
Hermosa  pastora,  con  que  podre  yo  pagaros 
tan  grande  mer9ed,  como  la  que  de  vos  he  re- 
cibido en  este  dia,  si  no  en  tener  conos^ida  esta 
deuda  para  nunca  jamas  pcrdella  del  pensa- 
miento? Quando  Felismena  vio  el  rostro  del 
cauallero,  y  lo  conos^io,  quedó  tan  fuera  de  si, 
que  de  turbada  casi  no  le  supo  hablar:  mas 
boluiendo  en  si,  le  respondió:  Ay  don  Felis, 
que  no  CB  ésta  la  primera  deuda  en  que  tú  me 
estás,  y  no  puedo  yo  creer,  que  ternas  della  el 
conos^imiento  que  dizes,  sino  el  que  de  otras 
muy  majores  has  tenido.  Mira  a  qué  tiem- 
po me  ha  traydo  mi  fortuna  y  tu  desamor,  que 
quien  Bolia  en  la  piudad  ser  seruida  de  ti  con 
torneos  y  instas,  y  otras  cosas  con  que  me 
cngaüauas  (o  con  que  yo  me  dexaua  engañar) 
anda  aora  desterrada  de  su  tierra  y  de  su  li- 
bertad, por  auer  tú  querido  vsar  de  la  tuya. 
Si  esto  no  te  trae  a  conos9Ímiento  de  lo  que 
me  deues,  acuérdate  que  vn  año  te  estuue  sir- 
uiendo  de  page,  en  la  corte  de  la  princesa  (Je- 
sarína:  y  aun  de  tercero  contra  mí  misma,  sin 
jamas  descubrirte  mi  pensamiento,  por  solo  dar 
remedio  al  mal  que  el  tuyo  te  hazia  sentir.  O 
quantas  vezes  te  alcance  los  fauores  de  Qelia 
tu  señora,  a  gran  costa  de  mis  lagrimas!  Y  no 
lo  tengas  en  mucho,  que  quando  estas  no  bas- 
taran, la  vida  diera  yo  a  trueque  de  remediar 
la  mala  que  tus  amores  te  dauan.  Si  no  estás 
saneado  de  lo  mucho  que  te  he  querido,  mira 
las  cosas  que  la  fuerza  del  amor  me  ha  hecho 
hazer.  Yo  me  sali  de  mi  tierra,  yo  te  vine  a 


seruir,  y  a  dolerme  del  mal  que  suffrias,  y  a 
suffrir  el  agrauio  que  yo  en  esto  rebebía:  y  a 
trueque  de  darte  contento,  no  tenia  en  nada 
biuir  la  más  triste  vida  que  nadie  vivió.  En 
trage  de  dama  te  he  querido,  como  nunca  na- 
die quiso,  en  habito  de  page  teserui,  en  la 
cosa  más  contraria  a  mi  descanso,  que  se  puede 
ymaginar:  y  aun  aora  en  trage  de  pastora  vine 
a  hazerte  este  pequeño  serui^io.  Ya  no  me 
queda  más  que  hazer,  sino  es  sacrificar  la  vida 
a  tu  desamor,  si  te  parece  que  deuo  hacello,  y 
que  tú  no  te  has  de  acordar  de  lo  mucho  que 
te  he  querido,  y  quiero:  la  espada  tienes  en  la 
mano,  no  quieras  que  otro  tome  en  mí  la  ven- 
ganza de  lo  que  te  merezco.  Quando  el  caualle- 
ro oyó  las  palabras  de  Felismena,  y  conoció 
todo  lo  que  dixo,  auer  sido  ansi:  el  coraron  se 
le  cubrió,  de  ver  las  sin  razones  que  con  ella 
auia  vsado:  de  manera,  que  esto  y  la  mucha 
sangre  que  de  las  heridas  se  le  yua,  fueron 
causa  de  vn  súbito  desmayo  cayendo  a  los  pies 
de  la  hermosa  Felismena,  como  muerto.  La 
qual  con  la  mayor  pena  que  ymaginarse  puede, 
tomándole  la  cabera  en  su  regado,  con  muchas 
lagrimas  que  sobre  el  rostro  de  su  cauallero 
destilaua,  comento  a  dezir:  ¿qué  es  esto,  for- 
tuna? ¿es  llegado  el  fin  de  mi  uida,  junto  con 
la  del  mi  don  Felis?  Ay  don  Felis,  causa  de 
todo  mi  mal,  si  no  bastan  las  muchas  lagrimas 
que  por  tu  causa  he  derramado,  y  las  que  sobre 
tu  rostro  derramo,  para  que  bueluas  en  ti:  qué 
remedio  tema  está  desdichada,  para  que  el 
gozo  de  uerte  no  se  le  buelua  en  ocasión  de 
desesperarse?  Ay  mi  don  Felis,  despierta  si 
es  sueño  el  que  tienes,  aunque  no  me  espanta- 
rla si  no  lo  hiziesses,  pues  jamas  cosas  mias  te 
le  hizieron  perder.  Y  en  estas  y  otras  lamenta- 
ciones estaua  la  hermosa  Felismena,  y  las  otras 
pastoras  Portuguesas  le  ayudauan  quando  por 
las  piedras  que  pasauan  a  la  isla,  vieron  uenir 
una  hermosa  Ninplia,  con  un  uaso  de  oro,  y 
otro  de  plata  en  las  manos,  la  qual  luego  de 
Felismena  fue  conoscida,  y  le  dixo:  Aj  Dori- 
da,  quién  auia  de  ser,  la  que  a  tal  tiempo  so- 
corriesse a  esta  desdichada,  sino  tú?  Llégate 
acá,  hermosa  Kimpha,  y  uerás  puesta  la  causa 
de  todos  mis  trabajos  en  el  mayor  que  es  possi- 
ble  tenerse.  Dorida  entonces  le  respondió:  Para 
estos  tiempos  es  el  animo,  y  no  te  fatigues, 
hermosa  Felismena,  que  el  fin  de  tus  trabajos 
es  llegado,  y  el  principio  de  tu  contentamiento; 
y  diziendo  esto,  le  echó  sobre  el  rostro  de  una 
odorifera  agua,  que  en  el  uaso  de  plata  traya, 
la  qual  le  hizo  boluer  en  todo  su  acuerdo,  y  le 
dixo:  Cauallero,  si  quereys  cobrar  la  vida,  y 
dalla  a  quien  tan  mala,  a  causa  vuestra,  la  ha 
passado,  beued  del  agua  deste  uaso.  Y  tomando 
don  Felis  el  uaso  de  oro  entre  las  manos,  be- 
uio  gran  parte  del  agua  que  en  él  venia.  Y 


336 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


como  Tuo  un  poco  reposado  con  ella,  se  sintió 
tan  sano  de  las  heridas  que  los  tres  caualleros 
le  auian  hecho,  7  de  la  que  amor,  a  causa  de  la 
señora  ^elia,  le  aula  dado,  que  no  sentía  más 
la  pena  que  cada  uno  dellas  le  podían  cau- 
sar que  si  nunca  las  uniera  tenido.  Y  de  tal 
manera  se  boluio  a  renouar  el  amor  de  Felis- 
mena,  que  en  ningún  tiempo  le  pares^io  auer 
estado  tan  bino  como  entonces:  7  sentándose 
encima  de  la  verde  yerna,  tomó  las  manos  a  su 
pastora,  j  besándoselas  muchas  uczes,  dczia: 
Ay,  Felismeña,  quán  poco  haría  yo  en  dar  la 
uida,  a  trueque  de  lo  que  te  dcuo:  que  pues 
por  ti  la  tengo,  muy  poco  hago  en  darte  lo 
que  es  tuyo.  Con  que  ojos  podra  mirar  tu 
hermosura,  el  que  faltándole  el  couos9Ímiento, 
de  lo  que  te  deuia,  osó  pouellos  en  otra  parte? 
Qué  palabras  bastarían  para  disculparme,  de 
lo  que  contra  ti  he  cometido?  Desdichado  de  mi, 
si  tu  condÍ9Íon  no  es  en  mi  fauor,  porque  ni  bas- 
tara satisfa^ion,  para  tan  gran  yerro,  ni  razón, 
para  disculparme  de  la  grande  que  tienes  de 
oluidarme?  Verdad  es,  que  yo  quise  bien  a  Qe- 
lia  y  te  oluidé:  mas  no  de  manera,  que  de  la 
memoria  se  me  passasse  tu  valor  y  hermosura. 
Y  lo  bueno  es,  que  no  sé  a  quién  ponga  á  parte 
de  la  culpa  que  se  me  puede  attribuyr,  porque 
si  quiero  ponella  a  la  poca  edad  que  entonces 
tenia,  pues  la  tuue  para  quererte,  no  me  auia 
de  faltar  para  estar  firme  en  la  fe  que  te  deuia. 
Si  a  la  hermosura  de  ^elia,  muy  clara  está  la 
ventaja  que  a  ella,  y  a  todas  las  del  mundo 
tienes.  Si  a  la  mudanza  de  los  tiempos,  esse 
auia  de  ser  el  toque  donde  mi  firmeza  auia  do 
mostrar  su  valor.  Si  a  la  traydora  de  ansen9Ía, 
tan  poco  pares9e  bastante  disculpa,  pues  el 
desseo  de  verte,  auia  estado  ausente  de  susten- 
tar tu  imagen  en  mi  memoria.  Mira,  Felísmena, 
(juán  confiado  estoy  en  tu  bondad  y  clemencia, 
que  sin  miedo  te  oso  poner  delante  las  causas 
que  tienes  de  no  perdonarme.  Mas  qué  haré 
para  que  me  perdones,  o  para  que  después  de 
perdonado,  crea  que  estás  satisfecha?  Vna  cosa 
me  duele  más  que  quantas  en  el  mundo  me 
pueden  dar  pena,  y  es,  ver  que  puesto  caso  que 
el  amor  que  me  has  tenido,  y  tienes,  te  haga 
perdonar  tantos  yerros ,  ninguna  vez  al9aré 
los  ojos  a  mirarte  que  no  me  lleguen  al  alma 
los  agrauios  que  de  mi  has  re9Íbido.  La  pastora 
Fclismena  que  uio  a  don  Felis  tan  arrepenti- 


do, y  tan  buelto  a  su  prímero  pensamiento, 
con  muchas  lagrímas  le  dezia,  que  ella  le  per- 
donaua,  pues  no  suffría  menos  el  amor  que 
siempre  le  auia  tenido:  y  que  ansi  pensara  no 
perdonalle,  no  se  vuiera  por  su  causa  puesto  a 
tantos  trabajos,  y  otras  cosas  muchas  con  que 
don  Felis  quedó  confirmado  en  el  prímer  amor. 
La  hermosa  Nimpha  Dorída,  se  llegó  al  ca- 
uallero,  y  después  de  auer  passado  entre  los 
dos  muchas  palabras  y  grandes  offres9Ímientos 
de  parte  de  la  sabia  FeIÍ9Ía,  le  suplicó,  que  él, 
y  la  hermosa  Felismeña  se  fuessen  con  ella  al 
tenplo  de  la  Diana,  donde  los  quedaua  espe- 
rando con  grandissimo  desseo  de  verlos.  Don 
Felis  lo  con9edio:  y  despedido  de  las  pastoras 
Portuguesas  (que  en  extremo  estañan  espan- 
tadas, de  lo  que  auian  visto)  y  del  affligido 
pastor  Danteo,  tomando  los  cauallos  de  los  ca- 
ualleros muertos,  las  quales  sobre  tomar  a 
Danteo  el  suyo,  le  auian  puesto  en  tanto  aprie- 
to, se  fueron  por  su  camino  adelante,  contan- 
do Felismeña  a  don  Felis  con  muy  gran  con- 
tento lo  que  auia  passado,  después  que  no  le 
auia  visto,  de  lo  qual  él  se  espantó  cstraña- 
mente,  y  cspe9Íalmente  de  la  muerte  de  los 
tres  saluages,  y  de  la  casa  de  la  sabia  Feli- 
9Ía  y  su9esso  de  los  pastores  y  pastoras, 
y  todo  lo  más  que  en  este  libro  se  ha  con- 
tado. Y  no  poco  espanto  lleuaua  don  Felis, 
en  ver  que  su  señora  Felísmena  le  vuiesse 
scruido  tantos  dias  de  page,  y  que  de  puro  di- 
ucrtido  en  el  entendimiento,  no  la  auia  cono3- 
9Ído,  y  por  otra  parte,  era  tanta  su  alegría,  de 
verse  de  su  señora  bien  amado,  que  no  podia  en- 
cubríllo.  Pues  caminando  por  sus  jomadas,  lle- 
garon al  templo  de  Diana,  donde  la  sabia  Fe- 
lÍ9Ía  los  esperaua,  y  ansi  mismo  los  pastores 
Arsileo,  y  lielisa,  y  Syluano,  y  Seluagia,  qae 
pocos  dias  auia  {\ue  eran  allí  venidos.  Fueron 
rebebidos  con  muy  gran  contento  de  todos,  es- 
pe9Íalmente  la  hermosa  Felísmena,  que  por  su 
bondad,  y  hermosura  de  todos  era  tenida  en 
gran  possession.  Allí  fueron  todos  desposados 
con  las  que  bien  querían,  con  gran  reg09Íjo,  y 
fiesta  de  todas  las  Nimphas,  y  de  la  sabia  Fe- 
lÍ9Ía,  a  la  qual  no  ayudó  poco  Sireno  en  su  ve- 
nida, aun(iuc  della  se  le  siguió  lo  que  en  la  se- 
gunda parte  des  te  libro  se  contará,  juntamente 
con  el  sucycsso  del  pastor,  y  pastora  Portugue- 
sa, Danteo  y  Duarda. 


FIN    DE    LOS   SIETE    LIBROS    DE    LA    DIANA    DE    GEORGB    DE   MONTEMAYOR 


LA  DIANA  ENAMORADA 


CINCO  LIBROS  QUE  PROSIGUEN  LOS  Vil  DE  JORGE  DE  MONTEMAYOR 


POR 


GASPAR  GIL  POLO 


A  LA  MUY  ILÜSTRB  SBSORA  DOÑA  HIEROHYMA 
DB  CASTRO  Y  BOLEA,  &,  GABPAR  GIL  TOLO. 

Tanto  le  importa  á  este  libro  tener  de  su 
parte  el  nombre  y  favor  de  V.  S.,  que  de  otra 
manera  no  me  atreviera  á  publicarle,  ni  aun  á 
escribirle.  Porque  según  es  poco  mi  caudal,  y 
mucha  la  malicia  de  los  detractores,  sin  el 
amparo  de  V.  S.  no  me  tuviera  por  seguro. 
Suplico  á  V.  S.  reciba  y  tenga  por  suya  esta 
obra,  que  aunque  es  servicio  de  poca  importan- 
cia, habido  respecto  al  buen  ánimo  con  que  se 
le  ofrescc  y  á  la  voluntad  con  que  libros  seme- 
jantes por  Keycs  y  grandes  señores  fueron  re- 
cébidos,  no  se  ha  de  tener  por  grande  mi  atre- 
vimiento en  hacer  presente  desta  miseria,  ma- 
yormente dándome  esfuerzo  para  ello  la  espe- 
ranza que  tengo  en  la  nobleza,  benignidad  y 
perfecciones  de  V.  S.  que  para  ser  contadas 
requieren  mayor  espíritu  y  más  oportuno  lu- 
gar. El  cual,  si  por  algún  tiempo  me  fuese  con- 
cedido, en  cosa  ninguna  tan  justamente  habría 
de  emplearse  como  en  la  alabanza  y  servicio  de 
V.  S.  Cuya  muy  ilustre  persona  y  casa  nuestro 
Señor  guarde  y  prospere  con  mucho  aumento. 
De  Valencia  á  nueve  de  Hebrero  M.  D.  LXIV. 


A  LA  ILÜSTRISSIHA  Y  BXCELENTISSIMA  SE- 
ÑORA mía  LUISA  DE  LORENA,  PRINCESA  DE 
CONTI. 

En  un  siglo  tal  como  el  que  agora  possee- 
mos,  en  el  cual  el  trato  es  tan  doblado,  y  tan 
lleno  de  todas  miserias,  ¿quién  se  podrá  esca- 
par de  las  mordaces  y  pcrnicioFas  lenguas,  que 
todo  su  ejercicio  es  buscar  tachas  en  lo  más 
apurado;  sirviéndose  de  las  colores  más  falsas 
y  engañosas,  sin  acordarse  de  los  ya  passados, 

ORÍGENES  DE  LA  NOVELA.-  22 


á  los  cuales  la  virtud  les  di¿  el  nombre  ie  do- 
rados, porque  se  admitía  en  ellos  cualquiera 
trabajo,  recibiendo  las  intenciones,  y  perdo- 
nando á  los  talentos,  como  dones  que  Dios  re- 
parte á  su  voluntad?  De  manera,  señora  mía, 
que  yo  como  persona  tan  necessitada  dellos,  y 
en  este  siglo,  buscando  amparo,  me  subí  en  el 
teatro  deste  mundo,  y  queriéndome  arrojar  en 
él,  me  determiné  entregarme  en  unas  manos 
que  me  defendiessen  de  las  injurias  del  tiempo. 
Y  assi  volviendo  los  ojos  por  una  y  otra  parte, 
por  ver  á  quien  me  encomendaría  para  que  me 
librasse  de  las  lenguas  murmuradoras  de  los 
mal  intencionados  espíritus,  y  no  viendo  alma 
ni  cuerpo  más  propio  que  el  de  Y.  E.  para  este 
efecto,  siendo  persona  que  á  todo  el  mundo 
enamora,  con  justa  y  debida  razón  se  le  debe 
la  más  enamorada  Diana  encomendar,  echán- 
dome en  el  abrigo  dessas  tan  ilustríssimas  par- 
tes, con  la  confianza  de  que  recibirá  la  volun- 
tad de  la  mano  del  curioso  que  ha  tomado  el 
trabajo  de  tomarme  á  poner  á  luz,  por  manda- 
miento de  personas  que  hallaron  la  traza  y  el 
estilo  muy  curioso,  y  que  se  iba  á  escurecer  del 
todo,  por  no  se  hallar  ya  este  tratado  en  el 
mundo.  Ea,  señora  mía,  abra  esos  brazos,  y 
enciérreme  en  esse  pecho,  como  tan  insigne  y 
inexpugnable  fortaleza,  en  la  qual  vivirá  mi 
alma  de  todos  los  ya  dichos  espíritus  malinos 
descuidada  y  defendida  con  solo  el  saber  que 
Y.  E.  es  su  protectora;  y  con  tal  confianza  vi- 
virá rogando  á  Dios  por  la  conservación  de  la 
persona  Ilustríssima  de  Y.  E.  que  viva  un 
millón  de  años,  amparando  á  las  que  se  le  en- 
comiendan, y  particulanncute  á  los  del  sexo 
que  tiene  aún  su  particular  consideración. 

La  muy  humilde  servidora  de  Y.  E.  que  le 
besa  los  pies, 

Diana  Enamorada, 


338 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


DB  DON  ALONSO  GIRÓN  Y  DB  REBOLLEDO 

Soneto, 

Lector.  Diana. 

liuen  libro,  Diana.  En  todo  extremo  es  bueno. 

iQué  sientes  dél7  Placer  de  andar  penada. 

¿Y  qué  es  la  pena?  Amar  cosa  olvidada. 

¿Y  el  gozo?  Ver  por  cuya  industria  peno. 
¿Es  Jorge  ó  Pérez?  No,  que  es  muy  terreno 

amarme  á  mí.  ¿Qué  cosa  hay  más  alzada? 

Hacerme  Gaspar  Gil  enamorada, 

que  lo  estoy  ya  más  del  que  de  Syreno. 
¿En  qué  tuvo  primor?  En  verso  y  prosa. 

¿Quién  juzga  eso?  Ingenios  delicados. 

¿Tanta  luz  da?  Alumbra  todo  el  suelo. 
¿Cuál  quedará  su  patria?  Muy  dichosa. 

¿Y  los  poetas  todos?  Afrentados. 

¿Y  él  como  se  dirá?  Polo  del  cielo. 


SONETO  DE  HIERONYMO  SAUPER 

De  fíoras  armas  la  inmortal  historia 
ccssa  por  celebrar  simples  pastores; 
canta  Gaspar  Gil  Polo  sus  amores, 
y  en  ello  no  consigue  menos  gloria. 

A  Marte  da  querellas  la  victoria, 
por  ver  que  calla  Polo  sus  loores, 
fama  y  honor  á  Palas  dan  clamores, 
viendo  que  da  á  Diana  tal  memoria. 

Dojad,  númenes  sacros,  tal  querella; 
que  Apolo  ha  prometido  á  su  Diana 
poeta  el  más  famoso  é  importante: 

Y  diulc  al  gran  Gil  Polo,  que  por  ella 
con  grave  estilo  y  gracia  sol)erana 
dulce  canción  en  las  veredas  cante. 


OB  UIGUEL  JUAN  TARREGA 

Soneto. 

m 

Con  la  tuba  Meonia  j  Mantuana 

su  canto  Gaspar  Gil  liabia  acordado 
con  tal  furor,  que  el  son  ya  era  llegado 
desde  el  Indico  Gange  hasta  la  Tana. 

Mandóle  en  esto  Apolo  que  á  Diana, 
dejando  el  canto  de  Mavorte  airado, 
cantaste  al  son  que  Pindaro  ha  cantado: 
tanto  le  es  dulce  el  nombre  de  su  hermana. 

Y  ansi  le  d¡6  la  lira,  en  que  el  taflía 
siendo  pastor  de  Admeto,  y  alegrando 

los  prados  y  aguas  del  dichoso  Amphr}'80. 

Y  el  sacro  nombre  Apolo  á  Polo  dando, 
con  usado  favor  dar  honra  quiso 

al  que  mayor  renombre  merescía. 


HERNANDO  DONAVIDA,  CIUDADANO 
YALEVCIAHO 

Al  lector. 

Ovidio  á  su  Corynna  celebraba 
con  los  sabrosos  versos  que  escribía, 
dos  mil  hermosos  cantos  componía 
Propercio  que  á  su  Cynthia  sublimaba. 

Con  las  dulces  canciones  que  cantaba, 
á  su  Laura  Petrarca  engrándesela, 
y  destos  cada  cual  con  lo  que  hacia 
al  famoso  laurel  al  fin  llegaba. 

A  lauro  el  Lusitano  ha  ya  llegado 
á  Diana  pintando  muy  ufana, 
mas  Polo  de  otra  suerte  os  la  ha  pintado: 

Aquí  veréis  una  obra  sobrehumana, 
y  cuan  bien  el  laurel  Polo  ha  ganado, 
pues  Proserpina  es  la  otra,  ésta  Diana. 


LIBRO    PRIMERO 

DE  DIANA    ENAMORADA 

Después  que  el  apassionado  Syreno  con  la 
virtud  del  poderoso  liquor  fué  de  las  manos  de 
Cupido  por  la  sabia  Felicia  libertado,  obrando 
Amor  sus  acostumbradas  hazañas,  hirió  de 
nuevo  el  corazón  de  la  descuidada  Diaha,  des- 
pertando en  ella  los  olvidados  amores,  para  que 
de  un  libre  estuviesse  captiva,  y  por  un  essento 
viviesse  atormentada.  Y  lo  que  mayor  pena  le 
dio  fué  pensar  que  el  descuido  que  tuvo  de 
Syreno  había  sido  ocasión  de  tal  olvido,  y  era 
causa  del  aborrescimiento.  Deste  dolory  de  otros 
muchos  estaba  tan  combatida,  que  ni  el  yugo 
del  matrimonio,  ni  el  freno  de  la  vergüenza 
fueron  bastantes  á  detener  la  furia  de  su  amor, 
ni  remediar  la  aspereza  de  su  tormento,  sino 
que  sus  lamentables  voces  esparciendo,  y  dolo- 
rosas  lágrimas  derramando,  las  duras  pefías  y 
fieras  alimañas  entemescía.  Pues  hallándose 
un  día  acaso  en  la  fuente  de  loe  alisos,  en  el 
tiempo  del  estío,  á  la  hora  que  el  sol  se  acer- 
caba al  medio  día,  y  acordándose  del  contento 
que  allí  en  compañía  del  amado  Syreno  mu- 
chas veces  había  recebido,  cotejando  los  delei- 
tes del  tiempo  passado  con  las  fatigas  del  pre- 
sente; y  conosciendo  la  culpa  que  ella  en  su  tor- 
mento tenía,  concibió  su  corazón  tan  angus- 
tiada tristeza,  y  vino  su  alma  en  tan  peligproso 
desmayo,  que  pensó  que  entonces  la  deseada 
muerte  diera  fin  á  sus  trabajos.  Pero  después 
que  el  ánimo  cobró  algún  tanto  su  vigor,  fué 
tan  grande  la  fuerza  de  su  passión,  y  el  fmpetn, 
con  que  amor  reinaba  en  sus  entrañas,  que  le 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


339 


for»$  pablicar  su  tormento  á  las  simples  aveci- 
llas,  que  de  los  floridos  ramos  la  escnchaban,  á 
los  verdes  árboles,  que  de  sa  congoja  paresce 
que  se  dolían,  y  á  la  clara  fuente,  que  el  mido 
de  sus  cristalinas  aguas  con  el  son  de  sus  can^ 
tares  acordaba.  Y  assi  con  una  suaye  zampona 
cantó  desta  manera: 

Mi  sufrimiento  cansado 

del  mal  importuno  y  fiero, 

á  tal  extremo  ha  llegado, 

que  publicar  mi  cuidado 

me  es  el  remedio  postrero. 
Siéntase  el  bravo  dolor, 

y  trabajosa  agonía 

de  la  que  muere  de  amor, 

y  olvidada  de  un  pastor 

que  de  olvidado  moría. 

¡Ay,  que  el  mal  que  ha  consumido 
la  alma  qae  apenas  sostengo, 
nasce  del  passado  olvido, 
y  la  culpa  que  he  tenido 
causó  la  pena  que  tengo! 

Y  de  gran  dolor  reviento, 
viendo  que  al  que  agora  quiero, 
le  di  entonces  tal  tormento, 
que  sintió  lo  que  yo  siento 

y  murió  como  yo  muero. 

Y  cuando  de  mi  crueza 
se  acuerda  mi  corazón, 
le  causa  mayor  tristeza 
el  pesar  de  mi  tibieza, 
que  el  dolor  de  mi  passión. 

Porque  si  mi  desamor 
no  tuviera  culpa  alguna 
en  el  presente  dolor, 
diera  quejas  del  Amor 
é  inculpara  la  Fortuna. 

Mas  mi  corazón  esquivo 

tiene  culpa  más  notable, 

pues  no  vio  de  muy  altivo, 

que  Amor  era  vengativo 

y  la  Fortuna  mudable. 
Poro  nunca  hizo  venganza 

Amor,  que  de  tantas  suertes 

deshiciese  una  esperanza, 

ni  Fortuna  hizo  mudanza 

de  una  vida  á  tantas  muertes. 

¡Ay,  Syreno,  cuan  vengado 
estás  en  mi  desventara, 
pues  después  que  me  has  dejado, 
no  hay  remedio  á  mi  cuidado, 
ni  consuelo  á  mi  tristura! 

Que  según  solías  verme 
desdeñosa  en  solo  verte, 


tanto  huelgas  de  ofenderme, 
que  ni  tú  podrás  quererme, 
ni  yo  dejar  de  quererte. 

Yéote  andar  tan  essento, 
que  no  te  ruego,  pastor, 
remedies  el  mal  que  siento, 
mas  que  engañes  mi  tormento 
con  un  fingido  favor. 

Y  aunque  mis  males  pensando, 
no  pretendas  remediallos, 
vuelve  tus  ojos,  mirando 
los  míos,  que  están  llorando, 
pues  tú  no  quieres  mirallos. 

Mira  mi  mucho  quebranto, 

y  mi  poca  confianza 

para  tener  entre  tanto 

no  compassión  de  mi  llanto, 

mas  placer  de  tu  venganza. 
Que  aunque  no  podré  ablandarte, 

ni  para  excusar  mi  muerte 

serón  mis  lágrimas  parte, 

quiero  morir  por  amarte 

y  no  vivir  sin  quererte. 

No  diera  fin  tan  presto  la  enamorada  Diana 
á  su  deleitosa  música,  si  de  una  pastora,  que 
tras  unos  jarales  la  había  escuchado,  no  fuera 
de  improviso  estorbada.  Porque  viendo  la  pas- 
tora, detuvo  la  suave  voz,  rompiendo  el  hilo  de 
su  canto,  y  haciendo  obra  en  ella  la  natural 
vergüenza,  le  pesó  muy  de  veras  que  su  can- 
cióh  fuesse  escuchada,  ni  su  pena  conoscida, 
mayormente  viendo  aquella  pastora  ser  extran- 
jera, y  por  aquellas  partes  nunca  vista.  Mas 
ella,  que  de  lejos  la  suavissima  voz  oyendo,  á 
escuchar  tan  delicada  melodía  secretamente  se 
había  llegado,  entendiendo  la  causa  del  dolo- 
roso canto,  hizo  de  su  extremadíssima  hermo- 
sura tan  improvisa  y  alegre  muestra,  como 
suele  hacer  la  nocturna  luna,  que  con  sus  Inm- 
brosos  rayos  vence  y  traspassa  la  espessura  de 
los  escuros  nublados.  Y  viendo  que  Diana  ha- 
bía quedado  algo  turbada  con  su  vista,  con 
gesto  muy  alegre  le  dijo  estas  palabras: — Her- 
mosa pastora,  grande  perjuicio  hice  al  con- 
tento que  tenia  con  oirte,  en  venir  tan  sin  pro- 
pósito á  estorbarte.  Pero  la  culpa  desto  la  tie- 
ne el  deseo  que  tengo  de  conoscerte,  y  volun- 
tad de  dar  algún  alivio  al  mal  de  que  tan  doloro- 
samente  te  lamentas;  al  cual,  aunque  dicen  que 
es  excusado  buscalle  consuelo,  con  voluntad  li- 
bre y  razón  desapassionada  se  le  puede  dar  sufi- 
cientemente remedio.  No  dissimules  conmigo 
tu  pena,  ni  te  pese  que  sepa  tu  nombre  y  tu 
tormento,  que  no  haré  por  esso  menos  cuenta 
de  tu  perfición,  ni  juzgaré  por  menor  tu  m3re8- 
cimiento. 


840 


orígenes  de  la  novela 


Oyendo  Diana  estas  palabras  estuvo  un 
rato  sin  responder,  teniendo  los  ojos  empleados 
en  la  hermosura  de  aquolla  pastora,  y  el  enten- 
dimiento dudoso  sobre  qué  respondería  á  sus 
grandes  ofrescimientos  y  amorosas  palabras;  y 
ftl  fin  respondió  de  esta  manera:  Pastora  de 
nneva  y  aventajada  gentileza,  si  el  gran  con- 
tento que  de  tu  vista  recibo,  y  el  descanso  que 
me  ofresccn  tus  palabras,  hallara  en  mi  cora- 
zón algún  aparejo  de  confianza,  creo  que  fueras 
bastante  á  dar  algún  remedio  á  mi  fatiga,  y  no 
dudara  yo  de  publicarte  mi  pena.  Mas  es  mi 
mal  de  tal  calidjftd,  que  en  comenzar  á  fatigar- 
me, tomo  las  llaves  de  mi  corazón  y  cierro  las 
puertas  al  remedio.  Sabe  que  yo  me  llamo 
Diana,   por  estos  campos    harto  conoscida; 
contc'ntate  con  saber  mi  nombre,  y  no  te  cures 
de  saber  mi  pena:  pues  no  aprovechará  para 
m&s  de  lastimarte,  viendo  mi  tierna  juventud 
en  tanta  fatiga  y  trabajo.  Este  es  el  engaño, 
dijo  la  pastora,  de  los  que  se  hacen  esclavos 
del  Amor,  que  en  comenzalle  á  servir*  son  tan 
suyos,  que  ni  quieren  ser  libres,  ni  les  parcsce 
posaible  tener  libertad.  Tu  mal  bien  sé  que  es 
amar,  según  de  tu  canción  entendí,  en  la  cual 
enfermedad  yo  tengo  grande  experiencia.   He 
flido  muchos  años  captiva,  y   agora  me  veo 
libre;  anduve  ciega,  y  agora  atino  al  camino  de 
la  verdad;  passé  en  el  mar  de  amor  peligrosas 
agonías  y  tormentos,  y  agora  estoy  gozando 
del  seguro  y  sosegado  puerto;  y  aunque  más 
grande  sea  tu  pena,  era  tan  grande  la  mía.  Y 
pues  para  ella  tuve  remedio,  no  despidas  de  tu 
casa  la  esperanza,  no  cierres  los  ojos  á  la  ver- 
dad ni  los  oídos  á  mis  palabras.  Palabras  serán, 
dijo   Diana,  las  que  gastarán  en  remediar  el 
Amor,  cuyas  obras  no  tienen  remedio  con  pala- 
bras. Mas  con  todo  querría  saber  tu  nombre,  y 
la  ocasión  que  hacia  nuestros  campos  te  ha  en- 
caminado, y  holgaré  tanto  en  sabello,  que  sus- 
penderé por  un  rato  mi  comenzado  llanto,  cosa 
que  importa  tanto  para  el  alivio  de  mi  pena. 
Mi  nombre  es  Álgida,  dijo  la  pastora,  pero  lo 
demás  que  me  preguntas  no  me  sufre  contallo 
la  compassión  que  tengo  de  tu  voluntaria  do- 
lencia, sin  que  primero  recibas  mis  proveclio- 
80S,  aunque  para  ti  desabridos  remedios.  Cual- 
quier consuelo,  dijo  Diana,  me  será  ograda- 
ble,  por  venir  de  tu  mano,  con  que  no  sea  qui- 
tar el  amor  de  mi  corazón:  porque  no  saldrá  de 
allí,  sin  llevar  consigo  á  pedazos  mis  entrarías. 
Y  aunque  pudiesse,  no  quedaría  sin  él,  por  no 
dejar  de  querer  al  que  siendo  olvidado,  tomó  de 
mi  crueldad  tan  presta  y  sobrada  A'cnganza. 
Dijo  entonces  xVlcida:   Mayor  confianza  me 
das  agora  de  tu  salud,  pues  dices  que  lo  que 
agora  quieres,  en  otro  tiempo  lo  has  aborres- 
cido,  porque  ya  sabrás  el  camino  del  olvido,  y 
ternas  la  voluntad  vezada  al  aborrescimiento. 


Cuánto  más  que  entre  los  dos  extremos  de 
amar  y  aborrescer  está  el  medio,  el  cual  tú 
debes  elegir.  Diana  á  esto  replicó:  Bien  me 
contenta  tu  consejo,  pastora,  pero  no  me  pa- 
resce  muy  seguro.  Porque  si  yo  de  aborrescer 
he  venido  á  amar,  más  fácilmente  lo  hiciera  si 
mi  voluntad  estuviera  en  medio  del  amor  y 
aborrescimiento,  pues  teniéndome  más  cerca, 
con  mayor  fuerza  me  venciera  el  poderoso  Cu- 
pido. A  esto  respondió  Álgida:  No  bagas  tan 
gran  honra  á  quien  tan  poco  la  meresce,  n<Hn- 
brando  poderoso  al  que  tan  fácilmente  queda 
vencido,  especialmente  de  los  que  eligen  el 
medio  que  tengo  dicho:  porque  en  él  consiste 
la  virtud,  y  donde  ella  está,  quedan  los  corazo- 
nes contra  el  Amor  fuertes  y  constantes.  Dijo 
entonces  Diana:  Crueles,  duios,  ásperos  y  re- 
beldes dirás  mejor,  pues  pretenden  contradecir 
á  su  naturaleza,  y  resistir  á  la  invencible  fuerza 
de  Cupido.  Mas  séanlo  cuanto  quisieren,  que 
á  la  fin  no  se  van  alabando  de  la  rebeldía,  ni 
les  aprovecha  defenderse  con  la  dureza.  Porque 
el  peder  del  amor  vence  la  más  segura  defensa, 
y  traspassa  el  más  fuerte  impedimento.  De 
cuyas  hazañas  y  maravillas  en  este  mesmo 
lugar  cantó  un  día  mi  querido  Syreno,  en  el 
tiempo  que  fué  para  mí  tan  dulce,  como  me  es 
agora  amarga  su  memoria.  Y  bien  me  acuerdo 
de  su  canción,  y  aun  de  cuantas  entonces  can- 
taba, porque  he  procurado  que  no  se  me  olví* 
dassen,  por  lo  que  me  importa  tener  en  la  me- 
moria las  cosas  de  Syreno.  Mas  esta  que  trata 
de  las  proezas  del  Amor,  dice: 

Soneto, 

Que  el  poderoso  Amor  sin  vista  acierte 
del  corazón  la  más  interna  parte; 
que  sieudo  niño  venza  al  fiero  Marte, 
haciendo  que  enredado  se  despierte. 

Que  sus  llamas  uic  hielen  de  tal  suerte, 
que  un  vil  temor  del  alma  no  se  aparta, 
que  vuele  hasta  la  aérea  y  summa  parte, 
y  por  la  tierra  y  mar  se  muestre  fuerte. 

Que  esté  el  que  el  bravo  Amor  hiere  ó  captiva 
vivo  en  el  mal,  y  en  la  prisión  contento, 
proezas  son  que  causan  grande  espanto. 

Y  el  alma,  que  en  mayores  penas  viva, 
si  piensa  estas  hazañas,  entretanto 
no  sentirá  el  rii^or  de  su  tormento. 

Bien  encarescidas  están,  dijo  Álgida,  los 
fuerzas  del  amor;  pero  más  creyera  yo  á  Svrr- 
no,  si  después  de  haber  publicado  por  tan  gran- 
des las  furias  de  las  flechas  de  Cupido,  él  no 
hubiesse  hallado  reparo  contra  ellas,  y  despae's 
de  haber  encarescido  la  estrechura  de  sus  cade- 
nas, él  no  hnbiesse  tenido  forma  para  tener  h- 
bcrtad.  Y  ansí  me  maravillo  que  creas  tan  do 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


841 


ligero  al  quo  con  las  obras  contradice  á  las  pa- 
labras. Porque  harto  claro  está  que  semejantes 
canciones  son  maneras  de  hablar,  y  sobrados 
encarescimientos,  con  que  los  enamorados  ven- 
den por  muy  peligrosos  sus  males,  pues  tan 
ligeramente  se  vuelven  de  captivos  libres  y  vie- 
nen de  un  amor  ardiente  á  un  olvido  descui- 
dado. Y  si  sienten  passiones  los  enamorados, 
provienen  de  su  mcsma  voluntad,  y  no  del 
amor:  el  cual  no  es  sino  una  cosa  imaginada 
por  los  hombres,  que  ni  está  en  cielo,  ni  en  tie- 
rra, sino  en  el  corazón  del  que  la  quiere.  Y  si 
algún  poder  tiene,  es  porque  los  hombres  mes- 
mos  dejan  vencerse  voluntariamente,  ofrescién- 
dole  sus  corazones,  y  poniendo  en  sus  manos 
la  propia  libertad.  Mas  porque  el  Soneto  de 
Syreno  no  quede  sin  respuesta,  oye  otro  que 
paresee  que  se  hizo  en  competencia  del,  y  oile 
yo  mucho  tiempo  ha  en  los  campos  de  Sebetho 
ú  un  pastor  nombrado  Aurelio;  y  si  bien  me 
acuerdo  decía  asi: 

Soneto. 

No  es  ciego  Amor,  mas  yo  lo  soy,  que  guío 
mi  voluntad  camino  del  tormento; 
no  es  niño  Amor,  mas  yo  que  en  un  mo- 
espero  y  tengo  miedo,  lloro  y  río.       [mentó 

Nombrar  llamas  de  Amor  es  desvarío, 
su  fuego  es  el  ardiente  y  vivo  intento, 
sus  alas  son  mi  altivo  pensamiento 
y  la  esperanza  vana  en  que  me  fío. 

No  tiene  Amor  cadenas,  ni  saetas, 
para  prender  y  herir  libres  y  sanos, 
que  en  él  no  hay  más  poder  del  que  le  damos. 

Porque  es  Amor  mentira  de  poetas, 
sueño  de  locos,  ídolo  de  vanos: 
mirad  qué  negro  Dios  el  que  adoramos. 

¿Parescete,  Diana,  que  debe  fiarse  un  enten- 
dimiento como  el  tuyo  en  cosas  de  aire,  y  que 
hay  razón  para  adorar  tan  de  veras  á  cosa  tan 
de  burlas  como  el  Dios  de  Amor?  El  cual  es 
fingido  por  vanos  entendimientos,  seguido  de 
deshonestas  voluntades,  y  conservado  en  las 
memorias  de  los  hombres  ociosos  y  desocupa- 
dos. Estos  son  los  que  le  dieron  al  Amor  el 
nombre  tan  celebrado  que  por  el  mundo  tiene. 
Porque  viendo  que  los  hombres  por  querer  bien 
padescian  tantos  males,  sobresaltos,  temores, 
cuidados,  recelos,  mudanzas  y  otras  infinitas 
passiones,  acordaron  de  buscar  alguna  causa 
principal  y  universal,  de  la  cual  como  de  una 
fuente  nasciessen  todos  estos  efectos.  Y  assí 
inventaron  el  nombre  de  Amor,  llamándolo 
Dios,  porque  era  de  las  gentes  tan  temido  y 
reverenciado.  Y  pintáronle  de  manera  que 
cuando  veen  su  figura  tienen  razón  de  ahorres - 
cor  sus  obras.  Pintáronle  muchacho,  porque  los 


hombres  en  él  no  se  fíen ;  ciego,  porque  no  le 
sigan;  armado,  porque  le  teman;  con  llamas, 
porque  no  se  le  lleguen,  y  con  alas,  para  que 
por  vano  le  conozcan.  No  has  de  entender,  pas- 
tora,  que  la  fuerza  que  al  Amor  los  hombres 
conceden,  y  el  poderío  que  le  atribuyen,  sea  n¡ 
pueda  ser  suyo:  antes  has  de  pensar  que  cnanto 
más  su  poder  y  valor  encarescen,  más  nuestras 
flaquezas  y  poquedades   manifiestan.  Porque 
decir  que  el  Amor  es  fuerte,  es  decir  que  nues- 
tra voluntad  es  floja,  pues  permite  ser  por  é! 
tan  fácilmente  vencida;  decir  que  el  Amor  tira 
con  poderosa  furia  venenosas  y  mortales  sae- 
tas, es  decir  que  nuestro  corazón  es  descui- 
dado, pues  se  ofresce  tan  voluntariamente  á  re- 
cebirlas;  decir  que  el  Amor  nuestras  almas  tan 
estrechamente  captiva,  es  decir  que  en  nosotras 
hay  falta  de  juicio,  pues  al  primer  combate  nos 
rendimos,  y  aun  á  veces  sin  ser  combatidos, 
damos  á  nuestro  enemigo  la  libertad.  Y  en  fin^ 
todas  las  hazañas  que  se  cuentan  del  Amor  no 
son  otra  cosa  sino  nuestras  miserias  y  flojeda- 
des. Y  puesto  caso  que  las  tales  proezas  fue- 
sen suyas,  ellas  son  de  tal  calidad  que  no  me- 
resccn  alabanza.  ¿Qué  grandeza  es  captivar  los 
que  no  se  defienden,  qué  braveza  acometer  los 
flacos,  qué  valentía  herir  los  descuidados,  qué 
fortaleza  matar  los  rendidos,  qué  honra  des- 
asossegar  los  alegres,  qué  hazaña  perseguir  los 
malaventurados?  Por  cierto,  hermosa  pastora, 
los  que  quieren  tanto  engrandescer  este  Cupi- 
do, y  los  que  tan  á  su  costa  le  sirven,  debieran 
por  su  honra  dalle  otras  alabanzas;  porque  con 
todas  estas  el  mejor  nombre  que  gana  es  de 
cobarde  en  los  acometimientos,  cruel  en  las 
obras,  vano  en  las  intenciones,  liberal  de  traba- 
jos y  escaso  de  gualardones.  Y  aunque  todos 
estos  nombres  son  infames,  peores  son  los  que 
le  dan  sus  mesmos  aficionados,  nombrándole 
fuego,  furor  y  muerte;  y  al  amar  llamando  ar- 
der, destniirse,  consumirse  y  enloquecerse;  j 
á  sí  mesmos  nombrándose  ciegos,  míseros,  cap- 
tivos, furiosos,  consumidos  y  inflamados.  De 
aquí  viene  que  todos  generalmente  dan  quejas 
del  Amor,  nombrándole  tirano,  traidor,  duro, 
fiero  y  despiadado.  Todos  los  versos  de  los 
amadores  están  llenos  de  dolor,  compuestos  con 
suspiros,  borrados  con  lágrimas  y  cantados  con 
agonía.  Allí  veréis  las  sospechas,  allí  los  temo- 
res, allí  las  desconfianzas,  allí  los  recelos,  allí 
los  cuidados  y  allí  mil  géneros  de  penas.  No 
se  habla  allí  sino  de  muertes,  cadenas,  flechas, 
venenos,  llamas,  y  otras  cosas  que  no  sirven 
sino  para  dar  tormento,  cuando  se  emplean,  y 
temor,  cuando  se  nombran.  Mal  estaba  con 
estos  nombres  Herbanio,  pastor  señalado  en  Is 
Andalucía,  cuando  en  la  corteza  de  un  álamo, 
sirviéndole  de  pluma  un  agudo  punzón,  delante 
de  mí  escribió  este 


342 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Soneto. 


Qaicn  libre  está,  no  yiva  descuidado, 
que  en  an  instante  puede  estar  captiro, 
j  el  corazón  helado  y  más  esquivo 
tema  de  estar  en  llamas  abrasisulo. 

Con  la  alma  del  soberbio  y  elevado 
tan  áspero  es  Amor  y  vengativo, 
que  quien  sin  él  presume  de  estar  vivo, 
por  él  con  muerte  queda  atormentado. 

Amor,  que  á  ser  captivo  me  condenas, 
Amor  que  enciendes  fuegos  tan  mortales, 
tú  que  mi  vida  afiigcs  y  maltratas: 

Maldiga  dende  agora  tus  cadenas, 
tus  llamas  y  tus  ñochas,  con  las  cuales 
me  prendes,  me  consumes  y  me  matas. 

Pues  venga  agora  al  soneto  de  tu  Syreno  á 
darme  á  entender  que  la  imaginación  de  las 
hasañas  del  Amor  basta  á  vencer  la  furia  del 
tormento:  porque  si  las  hazañas  son  matar, 
herir,  cegar,  abrasar,  consumir,  captivar  y  ator- 
mentar, no  me  hará  creer  que  imaginar  cosas 
de  pena  alivie  la  fatiga,  antes  ha  de  dar  mayo- 
res fuerzas  á  la  passión,  para  que  siendo  más 
imaginada,  dure  más  en  el  corazón,  y  con  ma- 
yor aspereza  le  atormente.  Y  si  es  verdad  lo 
que  cantó  Syreno,  mucho  me  maravillo  que  él, 
recibiendo,  según  dice,  en  este  pensamiento  tan 
aventajado  gusto,  tan  fácilmente  le  haya  tro- 
cado con  tan  cruel  olvido  como  agora  tiene,  no 
sólo  de  las  hazañas  de  Cupido,  pero  de  tu  her- 
mosura, que  no  debiera  por  cosa  del  mundo  ser 
olvidada. 

Apenas  había  dicho  Alcida  de  su  razón  las 
últimas  palabras,  que  Diana,  alzando  los  ojos, 
porque  estaba  con  algún  recelo,  vio  de  lejos  á 
BU  esposo  Delio,  que  bajaba  por  la  halda  de 
un  montecillo,  encaminándose  para  la  fuente  de 
los  alisos,  donde  ellas  estaban.  Y  ansi,  atajando 
las  razones  de  Alcida,  le  dijo:  No  más,  no  más, 
pastora,  que  tiempo  habrá  después  para  escu- 
char lo  restante  y  para  responder  á  tus  ñojos 
y  aparentes  argumentos.  Cata  allá  que  mi  es- 
poso Delio  desciende  por  aquel  collado,  y  se 
viene  para  nosotras;  menester  será  que,  por 
dissimular  lo  que  aquí  se  trataba,  al  son  de 
nuestros  instrumentos  comencemos  á  cantar, 
porque  cuando  llegue  se  contente  de  nuestro 
ejercicio.  Y  ansí,  tomando  Alcida  su  citara  y 
Diana  su  zampona,  cantaron  desta  manera: 

Rimaa  provenzaUs, 

ALCIDA 

Mientras  el  sol  sus  rayos  muy  ardientes 
con  tal  furia  y  rigor  al  mundo  envia, 
que  de  Nymphas  la  casta  compañía 
por  los  sombríos  mora  y  por  las  fuentes. 


Y  la  cigarra  el  cauto  replicando, 

se  está  quejando, 

pastora  canta, 

con  gracia  tanta, 

que  entemescido 

de  haberte  oído, 

el  poderoso  cielo  de  su  girado 

fresco  licor  envíe  al  seco  prado. 

DIANA 

Mientras  está  el  mayor  de  los  planetas 
en  medio  del  oriente  y  del  ocaso, 
y  al  labrador  en  descubierto  raso 
más  rigurosas  tira  sus  saetas. 
Al  dulce  murmurar  de  la  corriente 
de  aquesta  fuente, 
mueve  tal  canto, 

•  que  cause  espanto, 
y  de  contentos 
los  bravos  vientos, 
el  ímpetu  furioso  refrenando, 
vengan  con  manso  espíritu  soplando. 

ALCIDA 

Corrientes  aguas,  puras,  cristalinas, 
que  haciendo  todo  el  año  primavera, 
hermoseáis  la  próspera  ribera 
con  lirios  y  trepadas  clavellinas, 
el  bravo  ardor  de  Phebo  no  escaliente 
tan  fresca  fuente, 
ni  de  ganado 
sea  enturbiado 
licor  tan  claro, 
sabroso  y  raro, 

ni  del  amante  triste  el  lloro  infame 
sobre  tan  lindas  aguas  se  derrame. 

DIANA 

Verde  y  florido  prado,  en  do  natura 
mostró  la  variedad  de  sus  colores 
con  los  matices  de  árboles  y  flores, 
que  hacen  en  ti  hermosíssima  pintura. 
En  ti  los  verdes  ramos  sean  cssentos 
de  bravos  vientos; 
medres,  crezcas 
en  hierbas  frescas, 
nunca  abrasadas 
con  las  heladas, 

ni  dañe  á  tan  hermoso  y  fértil  suelo 
el  gp:tm  furor  del  iracundo  ciclo. 

ALCIDA 

Aquí  de  los  bullicios  y  tempesta 
de  las  soberbias  cortes  apartados, 
los  corazones  ^-iven  reposados, 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 

en  sosegada  paz  j  alegre  fiesta, 

á  veces  recostados  al  sombrío 

á  par  del  rio, 

do  dan  las  ayes 

cantos  suaves, 

las  tiernas  flores 

finos  olores, 

j  siempre  con  un  orden  soberano 

se  ríe  el  prado,  el  bosque,  el  monte,  el  llano. 


343 


DIANA 

Aquí  el  ruido  que  hace  el  manso  viento, 
en  los  floridos  ramos  sacudiendo, 
deleita  más  que  el  popular  estruendo 
de  un  numeroso  y  grande  ayuntamiento, 
adonde  las  superbas  majestades 
son  vanidades: 
las  grandes  fiestas, 
grandes  tempestas; 
los  pundonores, 
ciegos  errores, 

y  es  el  hablar  contrario  y  diferente 
de  lo  que  el  corazón  y  el  alma  siente. 

ALCIDA 

No  tiende  aqui  ambición  lazos  y  redes, 
ni  la  avaricia  va  tras  los  ducados, 
no  aspira  aqui  la  gente  á  los  estados, 
ni  hambrea  las  privanzas  y  mercedes: 
libres  están  de  trampas  y  passiones 
los  corazones; 
todo  es  llaneza, 
bondad,  simpleza, 
poca  malicia, 
cierta  justicia; 

y  hacer  vivir  la  gente  en  alegría 
concorde  paz  y  honesta  medianía. 

DIANA 

No  va  por  nuevo  mundo  y  nuevos  mares 
el  simple  pastorcillo  navegando, 
ni  en  apartadas  Indias  va  contando 
de  leguas  y  monedas  mil  millares. 
El  pobre  tan  contento  al  campo  viene 
con  lo  que  tiene, 
como  el  que  cuenta 
sobrada  renta, 
y  en  vida  escasa 
alegre  passa, 

como  el  que  en  montes  ha  gruesas  manadas, 
y  ara  de  fértil  campo  mil  yugadas. 

Sintió  de  lejos  Delio  la  voz  de  su  esposa 
Diana,  y  como  oyó  que  otra  voz  lo  respondía, 
tuvo  mucho  cuidado  de  llegar  presto,  por  ver 


quidn  estaba  en  compañía  de  Diana.  Y  ansí, 
corea  de  la  fuente,  puesto  detrás  un  grande 
arrayán,  escuchó  lo  que  cantaban,   buscando 
adrede  ocasiones  para  sus  acostumbrados  celos. 
Mas  cuando  entendió  que  las  canciones  eran 
diferentes  de  lo  que  él  con  su  sospecha  presu- 
mía, estuvo  muy  contento.   Pero  todavía  la 
ansia  que  tenía  de  conoscer  la  que  estaba  con 
su  esposa  le  hizo  que  llegasse  á  las  pastoras, 
de  las  cuales  fué  cortésmente  saludado,  y  de  su 
esposa  con  un  angélico  semblante  recebido.  Y 
sentado  cabe  ellas.  Álgida  le  dijo:  Delio,  en 
gran  cargo  soy  á  la  fortuna,  pues  no  sólo  me 
hizo  ver  la  bdleza  de  Diana,  mas  conoscer  al 
que  ella  tuvo  por  merescedor  de  tanto  bien,  y 
al  que  entrego  la  libertad:  que  según  es  ella 
sabia,  se  ha  de  tener  por  extremado  lo  que 
escoge.  Mas  espantóme  de  ver  que  tengas  tan 
poca  cuenta  con  la  mucha  que  contigo  tuvo 
Diana  en  elegirte  por  marido,  que  sufras  que 
vaya  tan  sólo  un  passo  sin  tu  compañía,   y 
dejes  que  un  solo  momento  se  aparte  de  tus  ojoe. 
Bien  sé  que  ella  mora  siempre  en  tu  corazón; 
mas  el  amor  que  tú  le  debes  á  Diana  no  ha  de 
ser  tan  poco  que  te  contentes  con  tener  en  el 
alma  su  figura,  pudiendo  también  tener  ante 
los  ojos  su  gentileza.  Entonces  Diana,  porque 
Delio  respondiendo  no  se  pusiesse  en  peligro 
de  publicar  el  poco  aviso  y  cordura  que  tenía, 
tomó  la  mano  por  él  y  dijo:  No  tiene  Delio 
razón  de  estar  tan  contento  de  tenerme  por 
esposa,  como  tú  muestras  estar  por  haberme 
conoscido,  ni  de  tenerme  tan  presente  que  se 
olvide  de  sus  granjas  y  ganados,  pues  impor- 
tan más  que  el  deleite  que  de  ver  la  belleza 
que  falsamente  me  atribuyes  se  pudiera  tomar. 
Dijo  entonces  Álgida:  No  perjudiques,  Diana, 
I  tan  adrede  á  tu  gentíleza,  ni  hagas  tan  grande 
agravio  al  parescer  que  el  mundo  tiene  de  ti, 
que  no  paresce  mal  en  una  hermosa  el  esti- 
marse, ni  le  da  el  nombre  de  altiva  moderada- 
mente conoscerse.  Y  tú,  Delio,  tente  por  el  más 
dichoso  del  mundo,  y  goza  bien  el  favor  que  la 
Fortuna  te  hizo,  pues  ni  dio  ni  tiene  que  dar 
cosa  que  iguale  con  ser  esposo  de  Diana.  Aten- 
tamente escuchó  Delio  las  palabras  de  Álgi- 
da, y  en  tanto  que  habló,  la  estuvo  siempre 
mirando,  tanto  que  á  la  fin  de  sos  dulces  y  avi- 
sadas razones  se  halló  tan  preso  de  sus  amores, 
que  de  atónito  y  pasmado  no  tuvo  palabras  con 
qué  respondelle,  sino  que  con  un  ¿diente  sus-' 
piro  dio  señal  de  la  nueva  herida  que  Cupido 
había  hecho  en  sus  entrañas.  A  este  tiempo 
sintieron  una  voz,  cuya  suavidad  los  deleitó 
maravillosamente.  Paiáronse  atentos  á  escu- 
challa,  y  volviendo  los  ojos  hacia  donde  reso- 
naba, vieron  un  pastor  que  muy  fatigado  venia 
hacia  la  fuente  á  guisa  de  congojado  caminante, 
cantando  desta  manera: 


(544 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Soneto. 


No  puede  darme  Amor  mayor  tormento, 
ni  la  Fortuna  hacer  mayor  mudanza; 
no  hay  alma  con  tan  poca  confianza, 
ni  corazón  en  penas  tan  contento. 

Uácelo  Amor,  que  esfuerza  el  flaco  aliento, 
porque  baste  á  sufrir  mi  malandanza, 
y  no  deja  morir  con  la  esperanza 
la  vida,  la  aflcción  ni  el  sufrimiento. 

;Ay,  vano  corazón!  ¡Ay,  ojos  tristes! 

¿por  qué  en  tan  largo  tiempo  y  tanta  pena 
nunca  se  acaba  el  llanto  ni  la  vida? 

¡Ay,  lástimas!  ¿no  os  basta  lo  que  hecistes? 
Amor  ¿por  qué  no  aflojas  mi  cadena, 
si  en  tanta  libertad  dejaste  Alcida? 

Apenas  acabó  Alcida  de  oír  la  canción  del 
pastor,  que  conosciendo  quién  era,  toda  tem- 
blando, con  grande  priessa  se  levantó,  antes 
que  él  llegasse,  rogándoles  á  Delio  y  Diana 
que  no  dijessen  que  ella  había  estado  allí,  por- 
que le  importaba  la  vida  no  ser  hallada  ni  co- 
noscida  por  aquel  pastor,  que  como  la  misma 
muerte  ahórresela.  Ellos  le  ofrescieron  hacello 
ansi,  pesándoles  en  extremo  de  su  presta  y  no 
pensada  partida.  Alcida,  á  más  andar,  metién- 
dose por  un  bosque  muy  espesso  que  junto  á  la 
fuente  estaba,  caminó  con  tanta  presteza  y  re- 
celo como  si  de  una  cruel  y  hambrienta  tigre 
fuera  perseguida.  Poco  después  llegó  el  pastor 
tan  cansado  y  afligido,  que  pareció  la  Fortuna, 
doliéndose  del,  faabelle  ofrescido  aquella  clara 
fuente  y  la  compafiia  de  Diana  para  algún  ali- 
vio de  su  pena.  Porque  como  en  tan  calorosa 
siesta,  tras  el  cansancio  del  fatigoso  camino, 
vido  la  amenidad  del  lugar,  el  sombrío  de  los 
árboles,  la  verdura  de  las  hierbas,  la  lindeza  do 
la  fuente  y  la  hermosura  de  Diana,  le  paresció 
reposar  uu  rato  aunque  la  importancia  de  lo 
que  buscaba  y  el  deseo  con  que  tras  ello  se 
perdía  no  daban  lugar  á  descanso  ni  entrete- 
nimiento. Diana  entonces  le  hizo  las  gracias  y 
cortesías  que  conforme  á  los  celos  de  Delio, 
(jue  presente  estaba,  se  podían  hacer,  y  tuvo 
grande  cuenta  con  el  extranjero  pastor,  assí 
porque  en  su  manera  le  paresció  tener  meresci- 
miento,  como  porque  le  vido  lastimado  del  mal 
que  ella  tenía.  El  pastor  hizo  grande  caso  de 
los  favores  de  Diana,  teniéndose  por  muy  di- 
choso de  haber  hallado  tan  buena  aventura. 
Estando  en  esto,  mirando  Diana  en  torno  de 
sí,  no  vio  á  su  esposo  Delio,  porque  enamorado, 
como  dijiínos,  de  Alcida,  en  tanto  que  Diana 
estaba  descuidada,  empleándose  en  acariciar  el 
nuevo  pastor,  se  fué  tras  la  fugitiva  pastora, 
metiéndose  por  el  mesmo  camino  con  intención 
determinada  de  seguilla,  aunque  fuesse  á  la 
otra  parte  del  mundo.  Atónita  quedó  Diana  de 


ver  que  faltasse  tan  improvisamente  su  e8po6i\ 
y  assí  dio  muchas  voces  repitiendo  el  nombre 
de  Delio.  Mas  no  aprovechó  para  que  él  desde 
el  bosque  respondiesse,  ni  dejasse  de  proseguir 
su  camino,  sino  que  con  grandíssima  priessa 
caminando,  entendía  en  alcanzar  la  amada  Al- 
cida. De  manera  que  Diana,  viendo  que  Delio 
no  parescía,  mostró  estar  muy  afligida  por  ello, 
haciendo  tales  sentimientos,  que  el  pastor  por 
consolarla  le  dijo:  No  te  vea  yo,  hermosa  pas- 
tora, tan  sin  razón  afligida,  ni  des  crédito  á  ta 
sospecha  en  tan  gran  perjuicio  de  tu  descanso. 
Porque  el  pastor  que  tú  buscas  no  ha  tanto 
que  falta  que  debas  tenerte  por  desamparada. 
Sosiégate  un  poco,  que  podrá  ser  que  estando 
tú  divertida,  convidado  del  sombrío  de  los  ame- 
nos alisos  y  de  la  frescura  del  viento,  que  los 
está  blandamente  meneando,  haya  querido  mu- 
dar asiento,  sin  que  nosotros  lo  viéssemos,  por- 
que temía  quizá  no  le  contradi jéssemos;  ó  por 
ventura  le  ha  tanto  pesado  de  mi  venida,  y  tu- 
viera por  tan  enojosa  mi  compañía,  que  ha 
escogido  otro  lugar  donde  sin  ella  pueda  pasar 
alegremente  la  siesta. 

A  esto  respondió  Diana:  Gracioso  pastor, 
para  conoscer  el  mal  que  maltrata  tu  vida, 
basta  oir  las  palabras  que  publica  tu  lengua. 
Bien  muestras  estar  del  Amor  atonnentado,  y 
vezado  á  engañar  las  amorosas  sospechas  con 
vanas  imaginaciones.  Porque  costumbre  es  de 
los  amadores  dar  á  entender  á  sus  pensamien- 
tos cosas  falsas  é  impossibles,  para  hacer  que 
no  den  crédito  á  las  ciertas  y  verdaderas.  Se- 
mejantes consuelos,  pastor,  aprovechan  más 
para  señalar  en  ti  el  pesar  de  mi  congoja  que 
para  remediar  mi  pena.  Porque  yo  sé  muy  bien 
que  mi  esposo  Delio  va  siguiendo  una  hermo- 
síssima  pastora,  que  de  aquí  se  partió,  y  según 
la  afición  con  que  estando  aquí  la  miraba  y  los 
suspiros  que  del  alma  le  salían,  yo  que  sé  cuan 
determinadamente  suele  emprender  cuanto  le 
passa  por  el  pensamiento,  tengo  por  cierto  que 
no  dejará  de  seguir  la  pastora,  aunque  piense 
en  toda  su  vida  no  volver  ante  mis  ojos.  Y  lo 
que  más  me  atormenta  es  conoscer  la  dura  y 
desamorada  condición  de  aquella  pastora,  por- 
que tiene  un  alma  tan  enemiga  del  amor,  qne 
desprecia  la  más  extremada  beldad  y  no  hace 
caso  del  valor  más  aventajado.  Al  triste  pastor 
en  este  punto  paresció  que  una  mortal  saeta  le 
travesó  el  corazón,  y  dijo:  jAy  de  mí,  desdi- 
chado amante!  ¿con  cuánta  más  razón  se  han 
de  doler  de  mí  las  almas  que  no  fueren  de  pie- 
dra, pues  por  el  mundo  busco  la  más  cruel, 
la  mus  áspera  y  despiadada  doncella  que  se 
puede  hallar?  Duélete  do  veras,  pastora,  de  tu 
esposo,  que  si  la  que  él  busca  tiene  tal  condi- 
ción como  ésta,  corre  gran  peligro  su  vida  de 
penlerse.  Oyendo  Diana  estas  palabras,  acabó 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


845 


de  conoscer  su  mal,  y  rió  clarameute  que  la 
pastora,  que  en  yer  este  pastor  tan  prestamente 
haj¿,  era  la  que  él  por  todas  las  partes  del 
mundo  había  buscado.  Y  era  ansí,  porque  ella 
huyendo  del,  por  no  ser  descubierta  ni  conos- 
cida,  había  tomado  hábito  de  pastora.  Mas  dis- 
simuló por  entonces  con  el  pastor,  j  no  quiso 
decille  nada  de  esto,  por  cumplir  con  la  pala- 
bra que  á  Alcida  había  dado  al  tiempo  de  par- 
tirse. Y  también  porque  vio  que  ella  gran  rato 
había  que  era  partida,  corriendo  con  tanta  pres- 
teza por  aquel  bosque  espessíssimo,  que  fuera 
impossible  alcanzalla.  Y  publicar  al  pastor  esto, 
no  sirviera  para  más  de  dalle  mayor  pena.  Por- 
que aquello  fatiga  más,  cuando  no  se  alcanza, 
que  dio  alguna  esperanza  de  ser  habido.  Pero 
como  Diana  deseasse  conoscellos  y  saber  la 
causa  de  los  amores  del  y  del  aborrescimiento 
della,  le  dijo:  Consuela,  pastor,  tu  llanto,  y 
cuéntame  la  causa  del ;  que  por  alivio  desta  con- 
goja holgaré  de  saber  quién  eres  y  oir  el  pro- 
cesso  de  tus  males;  porque  por  la  conmemora- 
ción dellos  te  ha  de  ser  agradable,  si  eres  ver- 
dadero amante,  como  creo.  El  entonces  no  se 
hizo  mucho  de  rogar,  antes,  sentándose  entram- 
bos junto  á  la  fuente,  habló  de  esta  manera: 

No  es  mi  mal  de  tal  calidad  que  á  toda 
suerte  de  gentes  se  pueda  contar;  mas  la  opi- 
nión que  tengo  de  tu  merescimicnto  y  el  valor 
que  tu  hermosura  me  publica  me  fuerzan  á  con- 
tarte abiertamente  mi  vida,  si  vida  se  puede 
llamar  la  que  de  grado  trocaría  con  la  muerte. 

Sabe,  pastora,  que  mi  nombre  es  Marcelio,  y 
mi  estado  muy  diferente  de  lo  que  mi  hábito 
señala.  Porque  fui  nascido  en  la  ciudad  Sol- 
dina,  principal  en  la  provincia  Vandalia,  de  pa- 
dres esclarecidos  en  linaje  y  abundantes  de  ri- 
quezas. En  mi  tierna  edad  fui  llevado  á  la  corte 
del  rey  de  lusitanos,  y  allí  criado  y  querido, 
no  sólo  de  los  señores  principales  della,  mas 
aun  del  mismo  rey,  tanto  que  nunca  consintió 
que  me  partiesse  de  su  corte,  hasta  que  me  en- 
cargó la  gente  de  guerra  que  tenía  en  la  costa 
de  África.  Allí  estuve  mucho  tiempo  capitán 
de  las  villas  y  fortalezas  que  él  tiene  en  aque- 
lla costa,  teniendo  mi  proprío  assiento  en  la 
villa  de  Ceuta,  donde  fué  el  principio  de  mi 
desventura.  Allí,  por  mi  mal,  había  un  noble 
y  señalado  caballero,  nombrado  Eugcrío,  que 
tenía  cargo  por  el  rey  del  gobierno  de  la  villa, 
al  cual  Dios,  allende  de  dalle  nobleza  y  bienes 
de  fortuna,  le  hizo  merced  de  un  hijo  nombrado 
Polydoro,  valeroso  en  todo  extremo,  y  dos 
hijas  llamadas  Alcida  y  Clenarda,  aventajadas 
en  hermosura.  Clenarda  en  tirar  arco  era  dies- 
tríssima,  pero  Alcida,  que  era  la  mayor,  en  be- 
lleza la  sobrepujaba.  Esta  de  tal  manera  en- 
amoró mi  corazón,  que  ha  podido  causarme 
la   desesperada   vida    que  passo    y  la  cruda 


muerte  que  cada  día  llamo  y  espero.  Su  padre 
tenía  tanta  cuenta  con  ella,  que  pocas  veces 
consentía  que  se  partiesse  delante  sus  ojos.  Y 
esto  impedía  que  yo  no  le  pudiesse  hacer  saber 
lo  mucho  que  la  quería.  Sino  que  las  veces  que 
tenía  ventura  de  vella,  con  un  mirar  apassio- 
nado  y  suspiros  que  salían  de  mi  pecho  sin 
licencia  de  mi  voluntad,  le  publicaba  mi  pena. 
Tuve  manera  de  escrebille  una  carta,  y  no  per- 
diendo la  ocasión  que  me  concedió  la  fortuna, 
le  hice  una  letra  que  decía  ansí: 

CARTA    DE    MARCELIO    PARA   ALCIDA 

La  honesta  majestad  y  el  grave  tiento, 
modestia  vergonzosa,  y  la  cordura, 
el  sossegado  y  gran  recogimiento, 

Y  otras  virtudes  mil,  que  la  hermosura, 

que  en  todo  el  mundo  os  da  nombre  famoso, 
encumbran  á  la  más  suprema  altura, 

En  passo  tan  estrecho  y  peligroso 

mi  corazón  han  puesto,  hermosa  Alcida, 
que  en  nada  puedo  hallar  cierto  reposo. 

Lo  mesmo  que  á  quereros  me  convida, 
el  alma  ansí  refrena,  que  quisiera 
callar,  aunque  es  á  costa  de  la  vida. 

¿Cuál  hombre  duro  vido  la  manera 

conque  mirando  echáis  rayos  ardientes, 
que  no  enmud^^zca  allí  y  callando  muera? 

¿Quién  las  bellezas  raras  y  excelentes 
vido  de  más  quilate  y  mayor  cuenta 
que  todas  las  passadas  y  presentes, 

Que  en  la  alma  un  nuevo  amor  luego  no  sienta, 
tal  que  la  causa  del  le  atierre  tanto 
que  solamente  hablar  no  le  consienta? 

Tanto  callando  sufro,  que  me  espanto 
que  no  esté  de  congoja  el  pecho  abierto 
y  el  corazón  deshecho  en  triste  llanto. 

Esme  impossible  el  gozo,  el  dolor  cierto, 
la  pena  firme,  vana  la  esperanza: 
vivo  sin  bien,  y  el  mal  rae  tiene  muerto. 

En  mí  mesmo  de  mí  tomo  venganza, 
y  lo  que  más  deseo,  menos  viene, 
y  aquello  que  más  huyo,  más  me  alcanza. 

Aguardo  lo  que  menos  me  conviene, 
y  no  admito  consuelo  á  mi  tristura, 
gozando  del  dolor  que  el  alma  tiene. 

Mi  vida  y  mi  deleite  tanto  dura 

cuanto  dura  el  pensar  la  gran  distancia 
que  hay  de  mí  á  tal  gracia  y  hermosura. 

Porque  concibo  en  la  alma  una  arrogancia 
de  ver  que  en  tal  lugar  supe  emplealla, 
que  el  corazón  esfuerzo  y  doy  constancia. 

Pero  contra  mí  mueve  tal  batalla 
vuestro  gentil  y  angélico  semblante, 
que  no  podrán  mil  vidas  esperalla. 

Mas  no  hay  tan  gran  peligro  que  me  espante, 
ni  tan  fragoso  y  áspero  camino, 
que  me  estorbe  de  andar  siempre  adelante. 


346 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Siguiendo  voy  mi  proprio  desatine, 
voj  tras  la  pena  y  busco  lo  que  daña, 
y  ofrezco  al  llanto  el  ánimo  mezquino. 

Perpetuo  gozo  alegra  y  acompaña 

mi  vida,  que  penando  está  en  sossiego, 
y  siente  en  los  dolores  gloria  extraña. 

La  pena  me  es  deleite,  el  llanto  juego, 
descanso  el  suspirar,  gloria  la  muerto, 
las  llagas  sanidad,  reposo  el  fuego. 

Cosa  no  veo  jamás  que  no  despierte 
y  avive  en  mí  la  furia  del  tormento, 
pero  recibo  en  él  dichosa  suerte. 

Estos  males,  señora,  por  vos  siento, 
destas  passiones  vivo  atormentado 
con  la  fatiga  igual  al  sufrimiento. 

Pues  muévaos  á  piedad  un  desdichado, 
que  ofresce  á  vuestro  amor  la  propia  vida, 
pues  no  pide  su  mal  ser  remediado, 
mas  sólo  ser  su  pena  conoscida. 

Esta  fue  la  carta  que  le  escribí,  y  si  ella  fue- 
ra tan  bien  h(?cha  como  fué  venturosa,  no  tro- 
cara mi  habilidad  por  la  de  Homero.  Llegó  á 
las  manos  de  Alcida,  y  aunque  de  mis  razones 
quedó  alterada,  y  de  mi  atrevimiento  ofendida; 
})ero  al  fin,  tener  noticia  de  mi  pena  hizo,  según 
después  entondí,  en  su  corazón  mayor  efecto  de 
lo  que  yo  de  mi  desdicha  confiaba.  Comencé  á 
señalarme  su  amante,  haciendo  justas,  torneos, 
libreas,  galas,  invenciones,  versos  y  motes  por 
su  servicio,  durando  en  esta  pena  por  espacio 
de  algunos  años.  Al  fin  de  los  cuales  Eugerio 
me  tuvo  por  niíTcscedor  de  ser  su  yerno,  y  por 
intercessión  de  algunos  principales  hombres  de 
la  tierra  me  ofresció  su  hija  Alcida  por  mujer. 
Tratamos  que  los  desposorios  se  hiciesen  en  la 
ciuda<l  de  Lisbona,  porque  el  rey  de  lusitanos 
en  ellos  estuviesse  presente;  y  assí,  despachan- 
do un  correo  con  toda  diligencia,  dimos  cuenta 
al  rey  de  este  casamiento,  y  le  suplicamos  que 
nos  diesse  licencia  para  que,  encomendando 
nucHtros  cargos  á  personas  de  confianza,  fuésse- 
mos  allá  á  solemnizarlo.  Luego  por  toda  la  ciu- 
dad y  lugares  apartados  y  vecinos  se  extendió 
la  fama  de  mi  casamiento,  y  causó  tan  gene- 
ral placer,  como  á  tan  hermosa  dama  como 
Alcida  y  a  tan  fiel  amante  como  yo  se  debía. 
Hasta  ac^uí  llegó  mi  bienaventuranza,  hasta 
aquí  me  encumbró  la  fortuna,  para  después  aba- 
tirnic  en  la  profundidad  de  miserias  en  que  me 
hallo.  ¡Oh,  transitorio  bien,  mudable  contento; 
oh,  deleite  variable;  oh,  inconstante  firmeza  de 
las  cosas  mundanas!  i  Qué  más  pude  recibir  de 
lo  que  recibí  y  qué  más  puedo  padescer  de  lo 
que  padezco?  No  me  mandes,  pastora,  que  im- 
portune tus  oídos  con  más  larga  historia,  ni  que 
lastime  tus  entrañas  con  mis  desastres.  Con- 
téntate agora  con  saber  mi  passado  contenta- 
miento, y  no  quieras  saber  mi  presente  dolor. 


porque  está  cierta  que  ha  de  enfadarte  mi  pro- . 
lijidad  y  de  alterarte  mi  desgracia.  A  lo  cul 
respondió  Diana:  Deja,  Marcelio,  semejante! 
excusas,  que  no  quise  yo  saber  los  sucessos  de 
tu  vida  para  gozar  sólo  de  tas  placeres,  sin  en- 
tristecerme de  tus  pesares,  antes  quiero  dcllos 
toda  la  parte  que  cabrá  en  mi  congojado  con- 
zón.  ;Ay,  hermosa  pastora,  dijo  Marciuo, 
cuan  contento  quedaría  si  la  voluntad  qae  te 
tengo  no  me  forzasse  á  complacerte  en  cosa  de 
tanto  dolor!  Y  lo  que  más  me  pesa  es  qne  mil 
desgracias  son  tales  que  han  de  lastimar  tn  co- 
razón cuando  las  sepas,  que  la  pena  que  he  de 
recebir  en  con  tallas  no  la  tengo  en  tanto  que 
no  la  sufriesse  de  grado  á  trueco  de  contentar- 
te. Pero  yo  te  veo  tan  descosa  de  sabellas,  qae 
me  será  forzado  causarte  tristeza,  por  no  agra- 
viar tu  voluntad.  Pues  has  de  saber,  pastora, 
que  después  que  fué  concertado  mi  desventoim- 
do  casamiento,  venida  ya  la  licencia  del  rey, 
el  padre  Eugerio,  que  viudo  era,  el  hijo  Poly- 
doro,  las  dos  hijas  Alcida  y  Clenarda  y  el  des- 
dichado Marcelio,  que  su  dolor  te  está  contan- 
do, encomendados  los  cargos  que  por  el  rey 
teníamos  á  personas  de  confianza,  nos  embar- 
camos en  el  puerto  de  Ceuta,  para  ir  por  mar  á 
la  noble  Lisl)ona  á  celebrar,  como  dije,  en  pre- 
sencia del  rey  el  matrimonio. 

El  contento  que  todos  llevábamos  nos  hizo 
tan  ciegos,  que  en  el  más  peligroso  tiempo  del 
año  no  tuvimos  miedo  á  las  tempestuosas  ondas 
que  entonces  suelen  hincharse,  ni  á  los  furiosos 
vientos,  que  en  tales  meses  acostumbran  em- 
bravecerse ;  sino  que,  encomendando  la  frágil 
nave  á  la  inconstante  fortuna,  nos  metimos  en 
el  peligroso  mar,  descuidados  de  sus  coutinoas 
nmdanzas  é  innumerables  infortunios.  Mas 
poco  tiempo  passó  que  la  fortuna  castigó  nues- 
tro atrevimiento,  porque  antes  qne  la  noche  Ue- 
gasse,  el  piloto  descubrió  manifiestas  señales  de 
la  venidera  tempestad.  Comenzaron  los  espes- 
sos  nublados  á  cubrir  el  cielo,  empezaron  á 
murmurar  las  airadas  ondas,  los  vientos  á  so- 
plar por  contrarias  y  diferentes  partes.  ¡Ay, 
tristes  y  peligrosas  señales!  dijo  el  turbado  y 
temeroso  piloto;  lay,  desdichada  nave,  quedes- 
gracia  se  te  apareja,  si  Dios  por  su  bondad  no 
te  socorre!  Diciendo  esto  vino  un  ímpetu  y  fu- 
ria tan  grande  de  viento,  que  en  las  extendidas 
velas  y  en  todo  el  cuerpo  de  la  nave  sacudiendo, 
la  puso  en  tan  gran  peligro,  que  no  fué  bastan- 
te el  golternalle  para  regirla,  sino  que,  siguiendo 
el  poderoso  furor,  iba  donde  la  fuerza  de  las 
ondas  y  vientos  la  impelía.  Acabó  poco  á  poco 
á  descararse  la  tempestad,  las  furiosas  ondas 
cubiertas  de  blanca  espuma  comienzan  á  enso- 
berlíecerse.  Estaba  el  cielo  abundante  lluvia  de- 
rramando, furibundos  rayos  arrojando  y  con 
espantosos  truenos  el  mundo  estremesciendo. 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


347 


Sentíase  uu  espantable  ruido  de  las  sacudidas 
maromas,  j  movían  gran  terror  las  lamentables 
Yoccs  de  loe  navegantes  j  marineros.  Los  Tien- 
tos por  todas  partes  la  nave  combatían,  las  on- 
das con  terribles  golpes  en  ella  sacudiendo,  las 
más  enteras  j  mejor  clavadas  tablas  hendían  j 
desbarataban.  A  veces  el  soberbio  mar  hasta  el 
cielo  nos  levantaba  j  luego  hasta  los  abismos 
nos  despeñaba,  y  á  veces  espantosamente  abrién- 
dose, las  más  profundas  arenas  nos  descubría. 
Los  hombres  j  mujeres  á  una  j  otra  parte  co- 
rriendo, su  desventurada  muerte  dilatando,  unos 
entrañables  suspiros  esparcían,  otros  piadosos 
votos  ofrescían  j  otros  dolorosas  lágrimas  de- 
rramaban. £1  piloto  con  tan  brava  fortuna  ate- 
morizado, vencido  su  saber  de  la  perseverancia 
y  braveza  de  la  tempestad,  no  sabía  ni  podía 
regir  el  gobernalle.  Ignoraba  la  naturaleza  y 
origen  de  los  vientos,  y  en  un  raesmo  punto  mil 
cosas  diferentes  ordenaba.  Los  marineros,  con  la 
agonía  de  la  cercana  muerte  turbados,  no  sabían 
ejecutar  lo  mandado,  ni  con  tantas  voces  y  rui- 
do podían  oir  el  mandamiento  y  orden  del  ronco 
y  congojado  piloto.  Unos  amainan  la  vela, 
otros  vuelven  la  antena,  otros  añudan  las  rom- 
pidas cuerdas,  otros  remiendan  las  despedaza- 
das tablas,  otros  el  mar  en  el  mar  vacian,  otros 
al  timón  socorren,  y  en  fin  todos  procuran  de- 
fender la  miserable  nave  del  inevitable  perdi- 
miento. Mas  no  valió  la  diligencia,  ni  aprove- 
charon los  votos  y  lágrimas  para  ablandar  el 
bravo  Neptuno.  Antes  cuanto  más  se  iba  acer- 
cando la  noche,  más  cargaron  los  vientos  y  más 
se  ensañaron  las  tempestades. 

Venida  ya  la  tenebrosa  noche,  y  no  amansán- 
dose la  fortuna,  el  padre  Euobrio,  desconfiado 
de  remedio,  con  el  rostro  temeroso  y  alterado, 
á  sus  liijos  y  yerno  mirando,  tenía  tanta  agonía 
de  la  muerte  que  habíamos  de  passar,  que  tanto 
nos  dolía  su  congoja  como  nuestra  desventura. 
Mas  el  lloroso  viejo,  rodeado  de  trabajos,  con 
lamentable  voz  y  tristes  lágrimas  decía  de  esta 
manera:  ¡Ay,  mudable  Fortima,  enemiga  del 
humano  contento,  tan  gran  desdicha  le  tenías 
guardada  á  mi  triste  vejez!  ¡Oh,  bienaventura- 
dos los  que  en  juveniles  años  mueren,  lidiando 
en  las  sangrientas  batallas,  pues  no  llegando  á 
la  cansada  edad  no  vienen  á  peligro  de  llorar  los 
desastres  y  muertes  de  sus  amados  hijos!  ¡Oh, 
fuerte  mal;  oh,  triste  sucesso!  ¿Quién  jamás  mu- 
rió tan  dolorosamente  como  yo,  que  esperando 
consolar  mi  muerte  con  dejar  en  el  mundo 
quien  conserve  mi  memoria  y  mi  linaje,  he  de 
morir  en  compañía  de  los  que  habían  de  solem- 
nizar mis  obsequias?  Oh,  queridos  hijos,  ¿quién 
me  dijera  á  mí,  que  mi  vida  y  la  vuestra  se  ha- 
bían de  acabar  á  un  mesrao  tiempo  y  habían  de 
tener  fin  con  una  misma  desventura?  Querría, 
hijos  míos,  consolaros;  mas  ¿qué  puede  deciros 


un  triste  padre,  en  cuyo  corazón  hay  tanta  abun- 
dancia de  dolor  y  tan  grande  falta  de  consuelo? 
Mas  consolaos,  hijos;  armad  vuestras  almas  de 
sufrimiento,  y  dejad  á  mi  cuenta  toda  la  triste- 
za, pues  allende  de  morir  una  vez  por  mí,  he  de 
sufrir  tantas  muertes  cuantas  vosotros  habéis 
de  passar.  Esto  decía  el  congojado  padre  con 
tantas  lágrimas  y  sollozos,  que  apenas  podía 
hablar,  abrazando  los  unos  y  los  otros  por  des- 
pedida, antes  que  llegasse  la  hora  del  perdi- 
miento. Pues  contarte  yo  agora  las  lágrimas  de 
Alcida,  y  el  dolor  que  por  ella  yo  tenía,  sería 
una  empresa  grande  y  de  mucha  dificultad. 
Sólo  una  cosa  quiero  decirte:  que  lo  que  má« 
me  atormentaba,  era  pensar  que  la  vida  que  yo 
tenía  ofrescida  á  su  servicio  hubiessc  de  per- 
derse juntamente  con  la  suya.  En  tanto  la  per- 
dida y  maltratada  nave  con  el  ímpetu  y  furia 
de  los  bravos  ponientes,  que  por  el  estrecho 
passo  que  de  Gibraltar  se  nombra  rabiosamen- 
te soplaban,  corriendo  con  más  ligereza  de  la 
que  á  nuestra  salud  convenía,  conbatida  por  la 
poderosa  Fortuna  por  espacio  de  toda  la  noche 
y  en  el  siguiente  día,  sin  poder  ser  regida  con 
la  destreza  de  los  marineros,  anduvo  muchas  le- 
guas por  el  espacioso  mar  Mediterráneo,  por 
donde  la  fuerza  de  los  vientos  la  encaminaba. 
El  otro  día  después  paresció  la  Fortuna  que- 
rer amansarse;  pero  volviendo  luego  á  la  acos- 
tumbrada braveza,  nos  puso  en  tanta  necessi- 
dad  que  no  esperábamos  una  liora  de  vida.  En 
fin,  nos  combatió  tan  brava  tempestad,  que  la 
nave,  compelida  de  un  fuerte  torbellino,  que  le 
dio  por  el  izquierdo  lado,  estuvo  en  tan  gran  pe- 
ligro de  trastornarse,  que  tuvo  ya  el  bordo  me- 
tido en  el  agua.  Yo  que  vi  el  peligro  manifiesto, 
desciñéndome  la  espada,  p;»rque  no  fuesse  em- 
barazo, y  abrazándome  con  Alcida,  salté  con 
ella  en  el  batel  de  la  nave.  ClenarcUfc,  que  era 
doncella  muy  suelta,  siguiéndonos,  hizo  lo  mes- 
mo,  no  dejando  en  la  nave  su  arco  y  aljaba,  que 
más  que  cualesquier  tesoros  estimaba.  Poly- 
doro  abrazándose  con  su  padre,  quiso  con  él 
saltar  en  el  batel  como  nosotros;  mas  el  piloto 
de  la  nave  y  un  otro  marinero  fueron  los  pri- 
meros á  saltar,  y  al  tiempo  que  PolyJoro  con 
el  viejo  Eugerio  quiso  salir  de  la  nave,  viniendo 
por  la  parte  diestra  una  borrasca,  apartó  tanto 
el  batel  de  la  nave,  que  los  tristes  hul>ieron  de 
quedar  en  ella,  y  de  allí  á  poco  rato  no  la  vi- 
mos, ni  sabemos  della,  sino  que  tengo  por  cier- 
to que  por  las  crueles  ondas  fué  tragada,  ó 
dando  al  través  en  la  costa  de  España,  misera- 
blemente fué  })erdida.  Quedando,  pues,  Alcida, 
Glenarda  y  yo  en  el  j)equeño  esquife,  guiados 
con  la  industria  del  piloto  y  de  otro  marinero, 
anduvimos  errando  por  espacio  de  un  día  y  de 
nna  noche,  aguardando  de  punto  en  punto  la 
muerte,  sin  esperanza  de  remedio  y  sin  saber  la 


1 


348 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


parte  donde  estábamos.  Pero  en  la  mañana  si- 
guiente nos  hallamos  muy  cerca  de  la  tierra,  y 
dimos  al  través  en  ella.  Los  dos  marineros,  que 
muy  diestros  eran  en  nadar,  no  sólo  salieron  á 
nado  á  la  deseada  tierra,  pero  nos  sacaron  á 
todos,  llerándonos  á  seguro  salvamiento.  Des- 
pués que  estuvimos  fuera  de  las  aguas,  amarra- 
ron los  marineros  el  batel  á  la  ribera,  y  reco- 
nosciendo  la  tierra  donde  habiamos  llegado, 
hallaron  que  era  la  isla  Formentera,  y  que- 
daron muy  espan toldos  de  las  muchas  millas 
que  en  tan  poco  tiempo  habiamos  corrido.  Mas 
ellos  tenían  tan  larga  y  cierta  experiencia  de 
las  maravillas  que  suelen  hacer  las  bravas  tem- 
pestades, que  no  se  espantaron  mucho  del  dis- 
curso de  nuestra  navegación.  Hallémonos  se- 
guros de  la  Fortuna,  pero  tan  tristes  de  la  pér- 
dida de  Eugerio  y  Polydoro,  tan  mal  tratados 
del  trabajo  y  tan  fatigados  de  hambre,  que  no 
teníamos  forma  de  alegrarnos  de  la  cobrada 
vida. 

Dejo  agora  de  contarte  los  llantos  y  extre- 
mos de  Alcida  y  Clenarda  por  haber  perdido 
el  padre  y  hermano,  por  passar  adelante  la  his- 
toria del  de.sdichado  sucesso  que  me  acontesció 
en  esta  solitaria  isla;  porque  después  que  en 
ella  fui  librado  de  la  crueldad  de  la  Fortuna,  me 
fué  el  Amor  tan  enemigo,  que  paresció  pesarle 
de  ver  mi  vida  libre  de  la  tempestad,  y  quiso 
que  al  tiempo  que  por  más  seguro  me  tuviesse, 
entonces  con  nueva  y  más  grave  pena  fuesse 
atormentado.  Hirió  el  maligno  Amor  el  corazón 
del  piloto,  que  Bartofano  se  decía,  y  le  hizo  tan 
enamorado  de   la  hennosura  de  Clenarda,  su 
hermana  de  Alcida,  que  por  salir  con  su  inten- 
to olvidó  la  ley  de  amicicia  y  fidelidad,  imagi- 
nando y  efectuando  una  extraña  traición.  Y  fué 
assi,  que  después  de  las  lágrimas  y  lamentos 
que  las  dos  hermanas  hicieron,  acontesció  que 
Alcida,  cansada  de  la  passada  fatiga,  se  recostó 
sobre  la  arena,  y  vencida,  del  importuno  sueño 
se  durmió.  Estando  en  esto  le  dije  yo  al  piloto: 
Bartofano  amigo,  si  no  buscamos  qué  comer,  ó 
por  nuestra  desdicha  no  lo  hallamos,  podemos 
hacer  cuenta  que  no  habemos  salvado  la  vida , 
sino  que  habemos  mudado  manera  de  muerte. 
Por  esso  querría ,  si  te  place ,  que  tú  y  tu  com- 
pañero fuéss^des  al  primer  lugar  que  en  la  isla 
se  os  ofresciere  para  buscar  qué  comer.  Res- 
pondió Bartofano:  Harto  hizo  la  Fortuna, 
señor  Marcelio,  en  llevarnos  á  tierra,  aunque 
sea  despoblada.  Desengáñate  de  hallar  qué  co- 
mer aquí,  porque  la  tierra  es  desierta  y  de  gen- 
tes no  habitada.  Mas  yo  diré  un  remedio  para 
que  no  perezcamos  de  hambre.  /Ves  aquella 
isleta  que  está  de  frente,  cerca  de  donde  esta- 
mos? Allí  hay  gran  abundancia  de  venados,  co- 
nejos, liebres  y  otra  caza,  tanto  que  van  por 
ella  grandes   rebaños  de   silvestres  animales. 


Allí  también  hay  una  ermita,  cuyo  ermitaño 
tiene  ordinariamente  harina  y  pan.  Mi  parescer 
es  que  Clenarda,  cuya  destreza  en  tirar  arco  te 
es  manifiesta,  passe  con  el  batel  á  la  isla  pan 
matar  alguna  caza,  pues  el  arco  y  flechas  no  le 
faltan,  que  mi  compañero  y  yo  la  llevaremos 
allá;  y  tú,  Marcelio,  queda  en  compañía  de 
Alcida,  que  será  posible  que  antes  qne  se  des- 
pierte volvamos  con  abundancia  de  fresca  7 
sabrosa  provisión. 

Muy  bien  nos  paresció  á  Clenarda  y  á  mi  el 
consejo  de  Bartofano,  no  cayendo  en  la  alevosía 
que  tenia  fabricada.  Mas  nunca  quiso  Cleniidi 
passar  á  la  isleta  sin  mi  compañía,  porque  no 
osaba  fiarse  en  los  marineros.  Y  aunque  yo  me 
excusé  de  ir  con  ella,  diciendo  que  no  era  Ika 
dejar  á  Alcida  sola  y  durmiendo  en  tan  sditt- 
ria  tierra,  me  respondió  que,  pues  el  espacio  de 
mar  era  muy  poco,  la  caza  de  la  isla  mucha  7 
el  mar  algún  tanto  tranquilo,  porque  en  estir 
nosotros  en  tierra  había  mostrado  amansane, 
podíamos  ir,  cazar  y  volver  antes  que  Alcida, 
que  muchas  noches  había  que  no  había  dormi- 
do, se  despertasse.  En  fin;  tantas  razones  me 
hizo  que,  olvidado  de  lo  qne  más  me  convenía, 
sin  más  pensar  en  ello,  determiné  acompañaila, 
de  lo  cual  le  pesó  harto  á  Bartofano,  porque  no 
quería  sino  á  Clenarda  sola,  para  mejor  efec- 
tuar su  engaño.  Mas  no  le  faltó  al  traidor  fo^ 
ma  para  poner  por  obra  la  alevosía:  porque  de- 
jada Alcida  durmiendo,  metidos  todos  en  d 
esquife,  nos  echamos  á  la  mar,  y  antes  de  llegar 
á  la  isleta,  estando  yo  descuidado  y  sin  anuas, 
porque  todas  las  había  dejado  en  la  nare, 
cuando  salté  de  ella  por  salvar  la  vida,  fui  de 
los  dos  marineros  assaltado,  y  sin  poderme  va- 
ler, preso  y  maniatado. 

Clenarda,  viendo  la  traición,  quiso  de  dolor 
echarse  en  el  mar;  mas  por  el  pUoto  fué  dete- 
nida antes;  apartándola  á  una  parto  del  esqnife, 
en  secreto  le  dijo:  No  tomes  pena  de  lo  hecho, 
hermosa  dama,  y  sossiega  tu  corazón,  qne  todo 
se  hace  por  tu  servicio.  Has  de  saber,  señora, 
que  éste  Marcelio,  cuando  llegamos  á  la  isla 
desierta,  me  habló  secretamente  y  me  rogó  qne 
te  aconsejase  que  passasses  para  cazar  á  la  isla, 
y  cuando  estuviéssemos  en  mar,  encaminasse 
la  proa  hacia  Levante,  señalándome  que  estaba 
enamorado  de  ti  y  quería  dejar  en  la  isla  á  tn 
hermana,  por  gozar  de  ti  á  su  placer  y  sin  im- 
pedimento. Y  aquel  no  querer  acompañarte  era 
por  dissimulacion  y  por  encubrir  su  maldad. 
Mas  yo,  que  veo  el  valor  de  tn  hermosura,  por 
no  perjudicar  á  tu  merescimiento,  en  el  ponto 
que  había  de  hacerte  la  traición,  he  determi- 
nado serte  leal  y  he  atado  á  Marcelio,  como 
has  visto,  con  determinación  de  dejarle  ana  i 
la  ribera  de  una  isla  que  cerca  de  aquí  está  7 
volver  después  contigo  adonde  dejamos  á  Al* 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


349 


Bsia  ra2<$n  te  doy  «de  lo  hecho;  mira  tú 

lo  que  determinas. 

mdo  esto  Glenarda,  creyó  may  de  veras 
itira  del  traidor,  y  tú?ome  una  ira  mor- 
f aé  contenta  que  yo  fuesse  llevado  donde 
fano  dijo.  Mirábame  con  nn  gesto  airado, 
abia  no  podía  hablarme  palabra,  sino  que 
íntimo  de  su  corazón  se  gozaba  de  la  ven- 

que  de  mi  se  había  de  tomar,  sin  nunca 
bir  el  engaño  que  se  le  hacía.  Conoscí  yo 
3narda  que  no  le  pesaba  de  mi  prisión,  y 
3  dije:  ¿Qué  es  esto,  hermana?  ¿tan  poca 
be  paresce  la  mía  y  la  tuya  que  tan  presto 
on  fin  tus  llantos?  ¿Quizá  tienes  confianza 
une  presto  libre  para  tomar  venganza  de 
traidores?  Ella  entonces,  brava  como  leona, 
jo  que  mi  prisión  era  porque  había  pre- 
lo  dejar  á  Alcida  y  llevarme  á  ella,  y  lo 

9  que  el  otro  le  había  falsamente  recitado, 
do  esto  sentí  más  dolor  que  nunca,  y  ya 
o  pude  poner  las  manos  en  aquellos  mal- 
,  los  trate  con  injuriosas  palabras;  y  á 
í3  di  tal  razón,  que  conosció  ser  aquella 
;rande  traición,  nascida  del  amor  de  Bar- 
o.    Hizo    Glenarda    tan    gran    lamento, 

10  cayó  en  la  cuenta  del  engaño,  que  las 
piedras  ablandara;  nías  no  entemcsció 

los  duros  corazones. 

nsidcra  tú  agora  que  el  pequeño  batel  por 
spaciosas  ondas  caminando  largo  trecho 
|!;ran  velocidad  habría  corrido,  cuando  la 
chada  Alcida  despertándose  sola  se  vido, 
amparada  volvió  los  ojos  al  mar  y  no  vido 
luife;  buscó  gran  parte  de  la  ribera,  y  no 
persona.  Puedes  pensar,  pastora,  lo  que 
sentir  en  este  punto.  Imagina  las  lágri- 
que  derramó,  piensa  agora  los  extremos 
lizo,  considera  las  veces  que  quiso  echarse 
mar  y  contempla  las  veces  que  repitió 
)mbre.  Mas  ya  estábamos  tan  lejos,  que  no 
js  sus  voces,  sino  que  vimos  que  con  una 
blanca,  dando  vueltas  en  el  aire  con  ella, 
ncitaba  para  la  vuelta.  Mas  no  lo  consin- 
%  traición  de  Bai-tofano.  Antes  con  gran 
eza  caminando,  llegamos  á  la  isla  de  Ibiza, 
e  desembarcamos,  y  á  mi  me  dejaron  en 
)era  amarrado  á  una  auchora  que  cu  tierra 
la.  Acudieron  allí  algunos  marineros  co- 
dos de  Bartofano,  y  tales  como  él,  y  por 
que  Glenarda  les  encomendó  su  honesti- 
no  aprovechó  para  que  mírassen  por  ella, 
que  dieron  al  traidor  suficiente  provisión, 
i  ella  se  volvió  á  embarcar  en  compañía  de 
arda,  que  á  su  pesar  hubo  de  seguille,  y 
ucs  acá  nunca  más  los  he  visto,  ni  sabido 


s. 


uedé  yo  allí  hambriento  y  atado  de  pies  y 
08.  Pero  lo  que  más  me  atormentaba,  era 
H^essidad  y  pena  de  Alcida,  que  en  la  For- 


mentera  sola  quedaba,  que  la  mía  luego  fué 
remediada.  Porque  á  mis  voces  vinieron  mu- 
chos marineros,  que  siendo  más  piadosos  y 
hombres  de  bien  que  los  otros,  me  dieron  qué 
comiesse.  E  importunados  por  mí,  armaron  un 
bergantín,  donde  puestas  algunas  viandas  y 
armas  se  embarcaron  en  mi  compañía,  y  no 
pasBÓ  mucho  tiempo  que  el  velocíssimo  navio 
llegó  á  la  Formentera,  donde  Alcida  había 
quedado.  Mas  por  mucho  que  en  ella  busqué  y 
di  voces,  no  la  pude  hallar  ni  descubrir.  Pensé 
que  se  había  echado  en  el  mar  desesperada  ó 
de  las  silvestres  fieras  había  sido  comida.  Mas 
buscando  y  escudriñando  los  llanos,  riberas, 
peñas,  cuevas  y  los  más  secretos  rincones  de 
la  isla,  en  un  pedazo  de  peña  hecho  á  manera 
de  padrón  hallé  unas  letras  escriptas  con  punta 
de  acerado  cuchillo,  que  decían : 

Soneto, 

Arenoso,  desierto  y  seco  prado, 

tú,  que  escuchaste  el  son  de  mi  lamento, 
hinchado  mar,  mudable  y  fiero  viento, 
con  mis  suspiros  tristes  alterado. 

Duro  peñasco,  en  do  escripto  y  pintado 
perpetuamente  queda  mi  tormento, 
dad  cierta  relación  de  lo  que  siento, 
pues  que  Marcelio  sola  me  ha  dejado. 

Llevó  mi  hermana,  á  mí  puso  en  olvido, 
y  pues  su  fe,  su  vela  y  mi  esperanza 
al  viento  encomendó,  sedme  testigos. 

Que  más  no  quiero  amar  hombre  nascido, 
por  no  entrar  en  un  mar  do  no  hay  bonanza, 
ni  pelear  con  tantos  enemigos. 

No  quiero  encarescerte,  pastora,  la  herida 
que  yo  sentí  en  el  alma  cuando  leí  las  letras, 
conosciendo  por  ellas  que  por  ajena  alevosía 
y  por  los  malos  sucessos  de  Fortuna  quedaba 
desamado,  porque  quiero  dejarla  á  tu  discreción. 
Pero  no  queriendo  vida  rodeada  de  tantos  tra- 
bajos, quise  con  una  espada  traspassar  el  mise- 
rable pecho,  y  assí  lo  hiciera  si  de  aquellos 
marineros  con  obras  y  palabras  no  fuera  estor- 
bado. Volviéronme  casi  muerto  en  el  bergan- 
tín, y  condescendiendo  con  mis  importunacio- 
nes, me  llevaron  por  sus  jornadas  camino  de 
Italia,  hasta  que  me  desembarcaron  en  el  puerto 
de  Gayeta,  del  reino  de  Ná])oles,  donde  pre- 
guntando á  cuantos  hallaba  por  Alcida,  y  dan- 
do las  señas  della,  vine  á  ser  informado  por 
unos  pastores  que  había  llegado  allí  con  una 
nave  española,  que  passando  por  la  Formen- 
tera, hallándola  sola,  la  recogió,  y  que  por  es- 
conderse de  mí  se  había  puesto  en  hábito  de 
pastora.  Entonces  yo,  por  mejor  buscarla,  me 
vestí  también  como  pastor,  rodeando  y  escudri- 
ñando todo  aquel  reino,  y  nunca  hallé  rastro 


350 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


delU  hasta  qae  me  dijeron  que  Imjendo  de 
mi,  y  sabiendo  que  tenia  deUa  información, 
con  una  naye  genovesa  habia  pasaado  en  Es- 

Íjaña.  Embarquéme  luego  en  su  seguimiento,  y 
legué  acá  á  España,  y  he  buscado  la  mayor 
parte  dclla,  sin  hallar  persona  que  me  diesse 
nuevas  desta  cruel,  que  con  tanta  congoja 
busco.  Esta  es,  hermosa  pastora,  la  tragedia 
de  mi  vida,  está  es  la  causa  de  mi  muerte,  este 
es  el  processo  de  mis  males.  Y  si  en  tan  pesa- 
do cuento  hay  alguna  prolijidad,  la  culpa  es 
tuya,  pues  para  contarle  por  ti  fui  importunado. 
Lo  que  te  ruego  agora  es  que  no  quierai  dar 
remedio  á  mi  mal,  ni  consuelo  á  mi  fatiga,  ni 
estorbar  las  lágrimas  que  con  tan  justa  razun 
á  mi  pena  son  debidas. 

Acabando  estas  razones  comenzó  M&rcelio  á 
hacer  tan  doloroso  llanto  y  suspirar  tan  amar- 
gamente, que  era  gran  lástima  de  vello.  Quiso 
Diana  darle  nuevas  de  su  Alcida,  porque  poco 
había  que  en  su  compañía  estaba,  pero  por 
cumplir  con  la  palabra  que  había  dado  de  no 
decillo,  y  también  porr^ue  vi¿  que  le  había  de 
atormentar  más,  dándole  noticia  de  la  que  en 
tal  extremo  le  aborrescia,  por  esso  no  curó  de 
decille  más  de  que  se  consolosse  y  tuviesse 
umcha  confianza,  porque  ella  esperaba  velle  an- 
tes de  mucho  muy  contento  con  la  vista  de  su 
dama.  Porque  si  era  verdad,  como  creía,  que 
iba  Alcida  entre  los  pastores  y  pastoras  de  Es- 
paña, no  se  le  podía  esconder,  y  que  ella  la  ha- 
ría buscar  por  las  más  extrañas  y  escondidas 
partes  della.  Mucho  le  agradesció  Marcelío  ¿ 
Diana  tales  ofrescimientos,  y  encargándole 
mucho  niirasse  por  su  vida,  haciendo  lo  que 
ofrescido  lo  había,  quiso  despedirse  della,  di- 
ciendo que  passados  algunos  días  pensaba  vol- 
ver allí,  para  informarse  de  lo  que  habría  sabi- 
do de  Alcida;  pero  Diana  lo  detuvo,  y  le  dijo: 
No  seré  yo  tan  enemiga  de  mi  contento  que 
consienta  que  te  apartes  de  mi  compañía.  An- 
tes, pues  de  mi  esposo  Delio  me  veo  desampa- 
rada, como  tú  de  tu  Alcida,  querría,  si  te  place, 
que  comicsses  algunos  bocados,  porque  mues- 
tras haberlo  menester,  y  después  desto,  pues 
las  sombras  de  los  árboles  se  van  haciendo  ma- 
yores, nos  fuéssemos  á  mi  aldea,  donde  con  el 
descanso  que  el  continuo  dolor  nos  permitirá, 
passareuios  la  noche,  y  luego  en  la  mañana 
iremos  al  templo  de  la  casta  Diana,  do  tiene 
su  assieuto  la  sabia  Felicia,  cuya  sabiduría  da- 
rá algún  remedio  á  nuestra  passión.  Y  porque 
mejor  puedas  gozar  de  los  rústicos  tratos  y 
simples  llanezas  de  los  pastores  y  pastoras  de 
nuestros  campos,  será  bien  que  no  mudes  el 
hábito  de  pastor  que  traes,  ni  des  á  nadie  á 
entender  quién  eres,  sino  que  te  nombres,  vistas 
y  trates  como  pastor. 

Marcelio,  contento  de  hacer  lo  que   Diana 


dijo,  comió  alguna  vianda  qne  ella  sacó  de 
zurrón,  y  mató  la  sed  con  el  agua  de  la  fna 
lo  que  le  era  muy  necessarío,  por  no  babei 
todo  el  día  comido  ni  reposado,  y  hiego  toi 
ron  el  camino  de  la  aldea.  Mas  poco  trecho 
bian  andado,  cuando  en  un  espesso  bosqueci 
que  algún  tanto  apartado  estaba  del  cami 
oyeron  resonar  voces  de  pastores,  que  al  aoi 
sus  zamponas  suavemente  cantaban;  yec 
Diana  era  muy  amiga  de  música,  rogó  á  3d 
Celio  que  se  llegassen  allá.  Estando  ya  jo 
al  bosquecillo,  conosció  Diana  que  los  pa8t( 
eran  Tauriso  y  Berardo,  que  por  ella  pena 
andaban,  y  tenían  costumbre  de  andar  sien 
de  compañía  y  cantar  en  competencia.  Y  i 
Diana  y  Marcelio,  no  entrando  donde  los  p 
tores  estaban,  sino  puestos  iras  unos  roble 
les,  en  parte  donde  podían  oir  la  suavidad 
la  música,  sin  ser  vistos  de  los  pastores,  es 
charon  sus  cantares.  Y  ellos,  annqae  no  sab 
que  estaba  tan  cerca  la  que  era  causa  de 
canto,  adevinando  cuasi  con  los  ánimos  que 
enemiga  les  estaba  oyendo,  requebrando 
pastoriles  voces,  y  haciendo  con  ellas  delica 
possoe  y  diferencias,  cantaban  desta  mane 

TAURISO 

Pues  ya  se  esconde  el  sol  tras  las  montafíaf 
dejad  el  pasto,  ovejas,  escuchando 
las  voces  roncas,  ásperas  y  extrañas 
que  estoy  sin  tiento  ni  orden  derramando 
Oid  cómo  las  míseras  entrañas 
se  están  en  vivas  llamas  abrasando 
con  el  ardor  que  enciende  en  la  alma  insí 
la  angélica  hermosura  de  Diana. 

BERARDO 

Antes  que  el  sol,  dejando  el  hemisphero, 
caer  permita  en  hierbas  el  rocío, 
tú,  simple  oveja,  y  tú,  manso  cordero, 
prestad  grata  atención  al  canto  mío. 
No  cantaré  el  ardor  terrible  y  fiero, 
mas  el  mortal  temor  helado  y  frío, 
con  que  enfrena  y  corrige  el  alma  insana 
la  angélica  hermosura  de  Diana. 

TAURISO 

Cuando  imagina  el  triste  pensamiento 
la  perfección  tan  rara  y  escogida, 
la  alma  se  enciende  assi,  que  claro  siento 
ir  siempre  deshaciéndose  la  vida. 
Amor  esfuerza  el  débil  sufrimiento, 
y  aviva  la  esperanza  consumida, 
para  que  dure  en  mí  el  ardiente  fuego, 
que  no  me  otorga  un  hora  de  sossíego. 


DIAKA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


S51 


BIRARDO 

Cuando  me  paro  á  yer  mi  bajo  estado 
y  el  alta  perfecci(!)n  de  mi  pastora, 
se  arríedra  el  corazón  amedrentado 
y  un  frió  hielo  en  la  alma  triste  mora. 
Amor  quiere  que  yira  confiado, 
y  estoilo  alguna  yez,  pero  á  deshora 
al  yil  temor  me  yaelyo  tan  sujeto, 
que  un  hora  de  salud  no  me  prometo. 

TAUBIBO 

Tan  mala  yez  la  luz  ardiente  yeo 
de  aquellas'dos  claríssimas  estrellas, 
la  gracia,  el  continente  y  el  asseo, 
con  que  Diana  es  reina  entre  las  bellas, 
que  en  un  solo  momento  mi  deseo 
se  enciende  en  estos  rayos  y  centellas, 
sin  esperar  remedio  al  luego  extraño 
que  me  consume  y  causa  extremo  daño. 

BBBABDO 

Tan  mala  yez  las  delicadas  manos 

de  aquel  marfil  para  mil  muertes  hechas, 
y  aquellos  ojos  claros  soberanos 
tiran  al  corazón  mortales  flechas, 
que  quedan  de  los  golpes  inhumanos 
mis  fuerzas  pocas,  flacas  y  deshechas, 
y  tan  pasmado,  flojo  y  débil  quedo, 
que  yence  á  mi  deseo  el  triste  miedo. 

TAÜBISO 

¿Viste  jamás  un  rayo  poderoso, 
cuyo  furor  el  roble  antiguo  hiende? 
Tan  fuerte,  tan  terrible  y  riguroso 
es  el  ardor  que  la  alma  triste  enciende. 
¿Viste  el  poder  de  un  río  pressuroso, 
que  de  un  peñasco  altissimo  desciende? 
Tan  braya,  tan  sobeibia  y  alterada 
Diana  me  paresce  estando  airada. 

Mas  no  aproyecha  nada 
para  que  el  yil  temor  me  áé  tristeza, 
pues  cuanto  más  peligros,  más  fiíineza. 

BEBABDO 

¿Viste  la  nieye  en  haldas  de  una  sierra 
con  los  solares  rayos  derretida? 
Ansí  deshecha  y  puesta  por  la  tierra 
al  rayo  de  mi  estrella  está  mi  y  ida. 
¿Viste  en  alg^ia  fiera  y  cruda  guerra 
algún  simple  pastor  puesto  en  huida? 
Con  no  menos  temor  yiyo  cuitado, 
de  mis  oye  jas  proprias  olyidado. 

Y  en  este  miedo  helado 
merezco  más,  y  yiyo  más  contento, 
que  en  el  ardiente  y  loco  atreyimiento. 


TAUBISO 


Berardo,  el  mal  que  siento  es  de  tal  arte, 
que  en  todo  tiempo  y  parte  me  consumo, 
el  alma  no  presume  ni  se  atreye; 
mas  como  puede  y  debe  comedida 
le  da  la  propria  yida  al  niño  ciego, 
y  en  encendido  fuego  alegre  yiye, 
y  como  alli  recibe  gran  consuelo, 
no  hay  cosa  de  que  pueda  haber  recelo. 

BEBABDO 

Tauriso,  el  alto  cielo  hizo  tan  bella 
esta  Diana  estrella,  que  en  la  tierra 
con  luz  clara  destierra  mis  tinieblas, 
las  más  escuras  nieblas  apartando; 
que  si  la  estoy  mirando  embelesado, 
yencido  y  espantado,  triste  y  ciego 
los  ojos  bajo  luego,  de  manera 
que  no  puedo,  aunque  quiera,  ayeuturarmc 
á  yer,  pedir,  dolerme  ni  quejarme. 

TAÜBlSO 

Jamás  quiso  escucharme 
esta  pastora  mía, 

mas  perseyera  siempre  en  la  dureza, 
y  en  siempre  maltratarme 
continua  su  porfía. 
;Ay,  cruda  pena;  ay,  fiera  gentileza! 
Mas  es  tal  la  firmeza 
que  esfuerza  mi  cuidado, 
que  yiyo  más  seguro 
que  está  un  peñasco  duro 
contra  el  rabioso  yiento  y  mar  airado, 
y  cuanto  más  yencido, 
doy  más  ardor  al  ánimo  encendido. 

BEBABDO 

No  tiene  el  ancho  suelo 
lobos  tan  poderosos 
cuya  brayeza  miedo  pueda  hacerme, 
y  de  un  simple  recelo, 
en  casos  amorosos, 
como  cobarde  yil  yengo  á  perderme. 
No  puedo  defenderme 
de  un  miedo  que  en  mi  pecho 
gobierna,  manda  y  rige; 
que  el  alma  mucho  aflige 
y  el  cuerpo  tiene  ya  medio  deshecho. 
¡Ay,  crudo  amor;  ay,  fiero! 
¿con  pena  tan  mortal  cómo  no  muero? 

TAÜBISO 

Junto  á  la  clara  fuente, 
sentada  con  su  esposo 
la  pérfida  Diana  estaba  un  día. 


852 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


y  yo  á  mi  mal  presente 

tras  un  jaral  umbroso, 

muriendo  de  dolor  de  lo  que  vía: 

él  nada  le  decia, 

mas  con  mano  grossera 

trabas  la  delicada 

á  tomo  fabricada, 

y  estuYO  un  rato  assi,  que  no  debiera; 

y  yo  tal  cosa  viendo, 

de  ira  mortal  y  fiera  envidia  ardiendo. 

BRBABDO 

Un  día  al  campo  vino 
ascrenando  al  cielo 
la  luz  de  pcrfectíssimas  mujeres, 
las  hebras  de  oro  fino 
cubiertas  con  un  velo, 
prendido  con  dorados  alfileres; 
mil  juegos  y  placeres 
passaba  con  su  esposo; 
yo  tras  un  mirto  estaba, 
y  vi  que  ¿1  alargaba 
¡a  mano  al  blanco  velo,  y  el  hermoso 
cabello  quedó  suelto, 
y  yo  de  vello  en  triste  miedo  envuelto. 

En  acabando  los  pastores  de  cantar,  comen- 
zaron á  recoger  su  ganado,  que  por  el  bosque 
derramado  andaba.  Y  viniendo  hacia  donde 
Marcelio  y  Diana  estaban,  fué  forzado  habellos 
de  ver,  porque  no  tuvieron  forma  de  esconderse 
aunque  mucho  lo  trabajaron.  Gran  contento  re- 
cibieron de  tan  alegre  y  no  pensada  vista.  Y 
aunque  Berardo  quedó  con  ella  atemorizado, 
el  ardiente  Tauriso  con  ver  la  causa  de  su  pena 
encendió  más  su  deseo.  Saludaron  cortésmente 
las  pastoras,  rogándoles  que,  pues  la  Fortuna 
ullí  los  habia  encaminado,  se  fuesscn  todos  de 
compañía  hacía  la  aldea.  Diana  no  quiso  ser 
descortés,  porque  no  lo  acostumbraba,  más  fué 
contenta  de  hacello  ansí.  De  modo  que  Tauriso 
y  Berardo  encargaron  á  otros  pastores  que  con 
ellos  estaban  que  los  recogidos  ganados  hacia 
la  aldea  poco  a  poco  Uevassen,  y  ellos,  en  com- 
pañía de  Marcelio  y  Diana,  adelantándose,  to- 
maron el  camino.  Rogóle  Tauriso  á  Diana  que 
á  la  canción  que  él  diría  respondiesse;  ella  dijo 
que  era  contenta,  y  ansí  cantaron  esta  canción: 

Tauriso.  Zagala,  ¿porqué  razón 

no  me  miras,  di,  enemiga? 

Diana.      Porque  los  ojos  fatiga 

lo  que  ofende  al  corazón. 

Tauriso.  ¿Qué  pastora  hay  en  la  vida 
que  se  ofenda  de  mirar? 

Diana.      La  que  pretende  passar 
sin  querer  ni  ser  querida. 


Tauriso. 

Diana. 

Tauriso. 

Diana. 

Tauriso. 

Diana. 

Tauriso. 

Diana. 

Tauriso. 

Diana. 

Tauriso. 

Diana. 

Tauriso. 

Diana. 


No  hay  tan  duro  corazón 
que  un  alma  tanto  persiga. 

Ni  hay  pastor  que  contradiga 
tan  adrede  á  la  razón. 

¿Cómo  es  esto  que  no  tuerza 
el  amor  tu  crueldad? 

Porque  amor  es  voluntad, 

y  en  la  voluntad  no  hay  fuerza. 

Mira  que  tienes  razón 
de  remediar  mi  fatiga. 

Esa  mesma  á  mi  me  obliga 
á  guardar  mi  corazón. 

( Por  qué  me  das  tal  tormento 
y  qué  guardas  tu  hermosura? 

Porque  tú  el  seso  y  cordura 
llamas  aborresciraiento. 

Será  porque  sin  razón 
tu  braveza  me  castiga. 

^Vntes  porque  de  fatiga 
defiendo  mi  corazón. 

Cata  que  no  soy  tan  feo 
como  te  cuidas,  pastora. 

Conténtate  por  agora 
con  que  digo  que  te  creo. 

('  Después  de  darme  passión 
nie  escarnesces,  di,  enemiga? 

Si  otro  quieres  que  te  diga, 
pides  más  de  la  razón. 


En  extremo  contentó  la  canción  de  Taur 
y  Diana,  y  aunque  Tauriso  por  ella  sintió 
crudas  respuestas  de  su  pastora,  y  con  el 
grande  pena,  quedó  tan  alegre  con  que  ella 
había  respondido,  que  olvidó  el  dolor  que  de 
crueldad  de  sus  palabras  pudiera  rescebir. 
este  tiempo  el  temeroso  Berabdo,  esforzan 
el  corazón,  hincando  sus  ojos  en  los  de  Dia 
á  guisa  de  congojado  cisne,  que  cercono  á 
postrimería,  junto  á  las  claras  fuentes  va  si 
vemente  cantando,  levantó  la  débil  y  medro 
voz,  que  con  gran  pena  del  sobresaltado  pee 
le  salía,  y  al  son  de  su  zampona  cantó  ansí: 

Tenga  fin  mi  triste  vida, 
pues,  por  mucho  que  lloré, 
no  es  mi  pena  agradescida 
ni  dan  crédito  á  mi  fe. 

Estoy  en  tan  triste  estado, 
que  tomara  por  partido 
de  ser  mal  galardonado 
solo  que  fuera  creído. 

Mas  aunque  pene  mi  vida, 
y  en  ni  i  nial  constante  estt», 
no  os  mi  pena  agradescida 
ni  dan  crédito  á  mi  fe. 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  TOLO 


S53 


Después  de  haber  dicho  Berardo  su  canción, 
pusieron  los  dos  pastores  los  ojos  en  Marcelio, 
y  como  era  hombre  no  conoscido,  no  osaban 
decille  que  cantasse.  Pero,  en  ñn,  el  atreyido 
Tauriso  le  rogó  les  dijesse  su  nombre^  y  si  era 
possible  dijesse  alguna  canción,  porque  lo  uno 
y  lo  otro  les  sería  muy  agradable.  Y  él,  sin  da- 
lles otra  respuesta,  Tolriéndose  á  Diana,  y  se- 
ñalándole que  su  zampona  tocasse,  quiso  con 
una  canción  contentallos  de  entrambas  las  co- 
sas. Y  después  de  dado  un  suspiro,  dijo  ansí: 

Tal  estoy  después  que  vi 
la  crueldad  de  mi  pastora, 
que  ni  sé  quién  soy  agora 
ni  lo  que  será  de  mi. 

Sé  nniy  bien  que,  si  hombre  fuera, 
el  dolor  me  hubiera  muerto, 
y  si  piedra,  está  muy  cierto 
que  el  llorar  me  deshiciera. 

Llámanme  Marcelio  á  mi, 
pero  soy  de  una  pastora, 
que  ni  sé  quién  soy  agora 
ni  lo  que  será  de  mi. 

Ya  la  luz  del  sol  comenzaba  á  dar  lugar  á 
las  tinieblas,  y  estaban  las  aldeas  con  los  do- 
mésticos fuegos  humeando,  cuando  los  pastores 
y  pastoras,  estando  muy  cerca  de  su  lugar,  die- 
ron fin  á  sus  cantares.  Llegaron  todos  á  sus 
casas  contentos  de  la  passada  conversación, 
pero  Diana  no  hallaba  sossiego,  mayormente 
cuando  supo  que  no  estaba  en  la  aldea  su  que- 
rido Syreno.  Dejó  á  Marcelio  aposentado  en 
casa  de  Melibeo,  primo  de  Dolió,  donde  fué  hos- 
pedado con  mucha  cortesía,  y  ella,  viniendo  á 
su  casa,  convocados  sus  parientes  y  los  de  su 
esposo,  les  dio  razón  de  cómo  Delio  la  había 
dejado  en  la  fuente  de  los  alisos,  yendo  tras 
una  extranjera  pastora.  Sobre  ello  mostró  hacer 
grandes  llantos  y  sentimientos,  y  al  cabo  de  to- 
dos ellos  les  dijo  que  su  determinación  era  ir 
luego  por  la  mañana  al  templo  de  Diana,  por 
saber  de  la  sabia  Felicia  nuevas  de  su  esposo. 
Todos  fueron  muy  contentos  de  su  voluntad,  y 
para  el  cumplimiento  della  le  ofrescieron  su 
favor;  y  ella,  pues  supo  que  en  el  templo  de 
Diana  hallaría  su  Syreno,  quedó  muy  alegre 
del  concierto,  y  con  la  esperanza  del  venidero 
placer  dio  aquella  noche  á  su  cuerpo  algún  re- 
poso, y  tuvo  en  el  corazón  un  no  acostumbrado 
sossiego. 

Fin  del  libro  prifnero. 


ORIGEN fiS   DE  LA  NOVELA.-— 23 


LIBRO  SEGUNDO 

DE  DIANA  ENAMORADA 

Es  el  injusto  Amor  tan  bravo  y  poderoso, 
que  de  cuanto  hay  en  el  mundo  se  aprovecha 
para  su  crueldad,  y  las  cosas  de  más  valor  le 
favorescen  en  sus  empresas.  Especialmente  la 
Fortuna  le  da  tanto  favor  con  sus  mudanzas, 
cuanto  él  ha  menester  para  dar  graves  tormen- 
tos. Claro  está  lo  que  digo  en  el  desastre  de 
Marcelio,  pues  la  Fortuna  ordenó  tal  acontes- 
cimiento,  que  de  su  esposa  Alcida  forzado  hubo 
de  dar  crédito  á  una  sospecha  tal  que,  aunque 
falsa,  tenía  muy  cierto  ó  á  lo  menos  aparente 
fundamento;  y  dello  se  siguió  aborrescer  á  fu 
esposo,  que  más  que  á  su  vida  la  quería,  y  en 
nada  le  había  ofendido.  De  aquí  se  puede  cole- 
gir cuan  cieita  ha  de  ser  una  presunción,  para 
que  un  hombre  sabio  le  deba  dar  entera  fe:  pues 
ésta,  que  tenía  muestras  de  certidumbre,  era 
tan  ajena  de  verdad.  Pero  ya  que  el  Amor  y 
Fortuna  trataron  tan  mal  á  Marcelio,  una 
cosa  tuvo  que  agradescelles,  y  fué  que  el  Amor 
hirió  el  corazón  de  Diana,  y  Fortuna  hizo  que 
Marcelio  en  la  fuente  la  hallasse,  para  que 
entrambos  fuessen  á  la  casa  de  Felicia  y  el 
triste  passasse  sus  penas  en  agradable  compa- 
ñía. Pues  llegado  el  tiempo  que  la  rubicunda 
Aurora  con  su  dorado  gesto  ahuyentaba  las 
noctunias  estrellas,  y  las  aves  con  suave  cant<j 
anunciaban  el  cercano  día,  la  enamorada  Diana, 
fatigada  ya  de  la  prolija  noche,  se  levantó  para 
emprender  el  camino  deseado.  Y  encargadas  ya 
sus  ovejas  á  la  pastora  Polyntia,  salió  de  su 
aldea  acompañada  de  su  rústica  zampona,  en- 
gañadora de  trabajos,  y  proveído  el  zurrón  de 
algunos  mantenimientos,  bajó  por  una  cuesta, 
que  de  la  aldea  á  tin  espesso  bosque  descendía, 
y  á  la  fin  della  se  paró  sentada  debajo  unos 
alisos,  esperando  que  Marcelio,  su  compañero, 
viniesse,  según  que  con  él  la  noche  antes  lo 
había  concertado.  Mas  en  tanto  que  no  venía, 
se  puso  á  tañer  su  zampona  y  cantar  esta 

Canción. 

Madniga  un  poco,  luz  del  claro  día, 
con  apacible  y  blanda  mansedumbre, 
para  engañar  un  alma  entristescida. 

Extiende,  hermoso  Apolo,  aquella  lumbre, 
que  á  los  desiertos  campos  da  alegría, 
y  á  las  muy  secas  plantas  fuerza  y  vida. 

En  ésta  ameua  silv»,  que  convida 
á  muy  dulce  reposo, 
verás  de  un  congojoso 
dolor  mi  corazón  atormentado, 
por  verse  ansí  olvidado 
de  quien  mil  quejas  daba  de  mi  >lvido: 


354 


orígenes  de  la  novela 


la  culpa  es  de  Cupido, 

que  aposta  quita  j  da  aborrescimiento, 

do  ve  que  ha  de  causar  njayor  tormento. 

¿Qué  fiera  uo  eutemesce  uu  triste  canto? 
¿j  qué  piedra  no  ablandan  los  gemidos 
que  suele  dar  un  fatigado  pecho? 

¿Qué  tigres  ó  leones  conducidos 
no  fueran  á  piedad  oyendo  el  llanto 
que  quasi  tiene  mi  ánimo  deshecho? 

S<51o  4  Sjreno  cuento  sin  provecho 
mi  triste  desventura, 
que  della   tanto  cura 
•  como  el  furioso  viento  en  mar  insano 
las  lágrimas  que  en  vano 
derrama  el  congojado  marinero, 
pues  cuanto  más  le  mega,  más  es  fiero. 

No  ha  sido  fino  amor,  Sjreno  mío, 
el  que  por  estos  campos  me  mostrabas, 
pues  un  descuido  mío  ansí  le  ofende. 

¿Acuerdaste,  traidor,  lo  que  jurabas 
sentado  en  este  bosque  y  junto  al  rio? 
¿pues  tu  dureza  agora  qué  pretende? 

¿No  bastará  que  el  simple  olvido  emiende 
con  un  amor  sobrado, 
y  tal,  que  si  al  passado 
olvido  no  aventaja  de  gran  parte 
(pues  más  no  puedo  amarte, 
ni  con  mayor  ardor  satisfacerte) 
por  remedio  tomar  quiero  la  muerte? 

Mas  viva  yo  en  tal  pena,  pues  la  siento 

por  ti,  que  haces  menor  toda  tristura, 

aunque  más  dañe  el  ánima  mezquina. 
Porque  tener  presente  tu  figura 

da  gusto  aventajado  al  pensamiento 

de  quien  por  ti  penando  en  ti  imagina. 
Mas  tú  á  mi  ruego  ardiente  un  poco  inclina 

el  corazón  altivo, 

pues  ves  que  en  penas  vivo 

con  un  solo  deseo  sostenida, 

de  oir  de  ti  en  mi  vida 

siquiera  un  no  en  aquello  que  más  quiero. 

¿Mas  qué  se  ha  de  esperar  de  hombre  tan 

[fiero? 
¿Cómo  agradesces,  di  me,  los  favores 

de  aquel  tiempo  passado  que  tenias 

mas  blando  el  corazón,  duro  Syreno, 

cuando,  traidor,  por  causa  mia  hacias 

morir  de  pura  envidia  mil  pastores. 

¡Ay,  tiempo  de  alegría!  ¡Ay,  tiempo  bueno! 

Será  testigo  el  valle  y  prado  ameno, 

á  do  de  blancas  rosas 

y  flores  olorosas 

guirnalda  á  tu  cabeza  componia, 

do  á  veces  afiadia 

por  sólo  contentarte  algún  cabello: 

que  muero  de  dolor  pensando  en  ello. 


Agora  andas  cssento  aborrescíendo 
la  que  por  ti  en  tal  pena  se  consmne: 
pues  guarte  de  las  mañas  de  Copida 

Que  el  corazón  soberbio,  que  presume 
del  bravo  amor  estarse  defendiendo, 
cuanto  más  armas  hace,  es  más  vencido. 

Yo  ruego  que  tan  preso  y  tan  herido 
estes  como  me  veo. 
Mas  siempre  á  mi  deseo 
no  desear  el  bien  le  es  buen  aviso, 
pues  cuantas  cosas  quiso, 
por  más  que  tierra  y  cielos  importuna, 
so  las  negó  el  Amor  y  la  Fortuna. 

Canción,  en  algún  pino  ó  dura  encina 
no  quise  señalarte, 
mas  antes  entregarte 
al  sordo  campo  y  a]  mudable  viento: 
porque  de  mi  tormento 
se  pierda  la  noticia  y  la  memoria, 
pues  ya  perdida  está  mi  vida  y  gloria. 

La  delicada  voz  y  gentil  gracia  de  la  her- 
mosa Diana  hacia  uniy  clara  ventaja  á  las  ha- 
bilidades de  su  tiempo:  pero  más  espanto  daba 
ver  las  agudezas  con  que  matiza  Luí  sns  canta- 
res, porque  eran  t«les,  que  parescian  salidas  de 
la  avisada  corte.  Mas  esto  no  ha  de  maravillar 
tanto  los  hombres  que  lo  tengan  por  impossi- 
ble:  pues  está  claro  que  es  bastante  el  Amor 
para  hacer  hablar  á  los  más  simples  pastores 
avisos  más  encumbrados,  mayormente  si  halla 
aparejo  de  entendimiento  vivo  é  ingenio  des- 
pierto, que  en  las  pastoriles  cabanas   nnnea 
faltan.  Pues  estando  ya  la  enamorada  pastora 
al  fin  de  su  canción,  al  tiempo  que  el  claro  sd 
ya  comenzáis  á  dorar  las  cumbres  de  los  mis 
altos  collados,  el  desamado  Marcelio,  de  la  pas- 
toril posada  despedido  para  venir  al  Ingar  qoe 
con  Diana  tenia  concertado,  descendió  la  cnesia 
á  cuyo  pie  ella  sentada  estaba.  Viole  elJa  de 
lejos,  y  calló  su  voz,  porque  no  entendiesse  la 
causa  de   su  mal.   Cuando   Marcslio  Ucgó 
donde   Diana  le  esperaba,  le  dijo:   Uennosa 
pastora,  el  claro  dia  de  hoy,  que  con  la  luz  de 
tu  gesto  amaneció  más  resplandeciente,  sea  tan 
alegre  para  ti  como  fuera  triste  para  mi  si  no  le 
hubiesse  de  passar  en  tu  compañía.   Corrido 
estoy  en  verdad  de  ver  que  mi  tardanza  haya 
sido  causa  que  recibiesses  pesadumbre  con  es- 
perarme ;  pero  no  será  este  el  primer  yerro  qw 
le  has  de  perdonar  á  mi  descuido,  en  tanto  que 
tratarás  conmigo.  Sobrado  sería  el  perdón,  dijo 
Diana,   donde  el  yerro  falta:  la  cnlpa  no  la 
tiene  tu  descuido,  sino  mi  cuidado,  pues  ne 
hizo  levantar  antes  de  hora  y  venir  acá,  donde 
hasta  agora  he  passado  el  tiempo,  á  veces  can- 
tando y  á  veces  imaginando,  y  en  fin  enten- 
diendo en  los  tratos  que  á  un  angustiado  espí- 
ritu pertenescen.  Mas  no  hace  tiempo  de  deter- 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


855 


DOS  aquí,  quo  aunque  el  camino  hasta  el  templo 
de  Dttna  es  poco,  el  deseo  que  tenemos  de 
llegar  allá  es  mucho.  Y  allende  de  esto  me 
paresce  que  conyiene,  en  tanto  que  el  sol  enria 
más  mitigados  los  rajos  y  no  son  tan  fuertes 
suii  ardores,  adelantar  el  camino,  para  después, 
á  la  hora  de  la  siesta,  en  algún  lugar  fresco  y 
sombrío  tener  buen  rato  de  sossiego.  Dicho 
esto,  tomaron  entrambos  el  camino,  travesando 
aquel  espesso  bosque,  y  por  alivio  del  camino 
cantaban  deste  modo: 

UABCBLIO 

Mudable  y  fiero  Amor,  que  mi  ventura 

pusiste  en  la  alta  cumbre, 

do  no  llega  mortal  merescimiento* 
Mostraste  bien  tu  natural  costumbre, 

quitando  mi  tristura, 

para  doblarla  y  dar  mayor  tormento. 
Dejaras  descontento 

el  corazón:  que  menos  daño  fuera 

vivir  en  pena  fiera 

que  recebir  un  gozo  no  pensado, 

con  tan  penosas  lástimas  borrado. 

DIANA 

No  te  debe  espantar  que  de  tal  suerte 

el  niño  poderoso 

tras  un  deleite  envié  dos  mil  penas. 
Que  á  nadie  prometió  firme  reposo, 

sino  terrible  muerte, 

llantos,  congojas,  lágrimas,  cadenas. 
En  Libya  las  arenas, 

ni  en  el  hermoso  Abril  las  tierras  flores 

no  igualan  los  dolores 

con  que  rompe  el  Amor  un  blando  pecho, 

y  aun  no  queda  con  ello  satisfecho. 

MARCBLIO 

Antes  del  amoroso  pensamiento 

ya  tuve  conoscidas 

las  mañas  con  que  Amor  captiva  y  mata. 
Mas  él  no  sólo  aflige  nuestras  vidas, 

mas  el  conoscimiento 

de  los  vivos  juicios  arrebata. 
Y  el  alma  ansi  maltrata, 

que  tarde  y  mal  y  por  incierta  vía 

allega  una  alegría, 

y  por  dos  mil  caminos  los  pesares 

sobre  el  perdido  cargan  á  millares. 

DIANA 

Si  son  tan  manifiestos  los  engaños 
con  que  el  Amor  nos  prende, 
¿por  qué  á  ser  presa  el  alma  se  presenta? 


Si  el  blando  corazón  no  ée  defiendo 

de  los  terribles  daños, 

¿por  qué  después  se  queja  y  se  lamenta? 
Razón  es  que  consienta 

y  sufra  los  dolores  de  Cupido 

aquel  que  ha  consentido 

al  corazón  la  flecha  y  la  cadena: 

que  el  mal  no  puede  darnos  sino  pena. 

Esta  canción  y  otras  cantaron,  al  cabo  de  las 
cuales  estuvieron  ya  fuera  del  bosque,  y  comen* 
zaron  á  caminar  por  un  florido  y  deleitoso  pra^ 
do.  Entonces  dijo  Diana  estas  palabras:  Co- 
sas son  maravillosas  las  que  la  industria  de  los 
hombres  en  las  pobladas  ciudades  ha  inventado, 
pero  más  espauto  dan  las  que  la  naturaleza  en 
los  solitarios  campos  ha  producido.  ¿A  quién 
no  admira  la  frescura  deste  sombroso  bosque? 
¿quién  no  se  espanta  de  la  lindeza  de  este  es- 
pacioso prado?  Pues  ver  los  matices  de  las  li- 
breadas flores,  y  oir  el  concierto  de  las  canta- 
doras aves,  es  cosa  de  tanto  contento  que  no 
iguala  con  ello  de  gran  parte  la  pompa  y  abun- 
dancia de  la  más  celebrada  corte.  Ciertamente, 
dijo  Marcklio,  en  esta  alegre  soledad  hay 
gran  aparejo  de  contentamiento,  mayornieiv- 
te  para  los  libres,  pues  les  es  lícito  gozar  á 
su  voluntad  de  tan  admirables  dulzuras  y  en- 
tretenimientos.  Y  tengo  por  muy  cierto  que 
si  el  Amor,  que  agora,  morando  en  estos  desier- 
tos, me  es  tan  enemigo,  me  diera  en  la  villa 
donde  yo  estaba  la  mitad  del  dolor  que  agora 
siento,  mi  vida  no  osara  esperalle,  pues  no  pu- 
diera con  semejantes  deleites  amansar  la  bra- 
veza del  tormento.  A  esto  no  respondió  Diana 
palabra,  sino  que,  puesta  la  blanca  mano  de- 
lante sus  ojos,  sosteniendo  con  ella  la  dorada 
cabeza,  estuvo  gran  rato  pensosa,  dando  de 
cuando  en  cuando  muy  angustiados  suspiros, 
y  á  cabo  de  gran  pieza  dijo  ansi:  ¡Ay  de  ni, 
pastora  desdichada!  ¿qué  remedio  será  bastante 
á  consolar  mi  mal,  si  los  que  quitan  á  los  otros 
gran  parte  del  tormento  acarrean  más  ardiente 
dolor?  No  tengo  ya  sufrimiento  para  encubrir 
mi  pena,  Marcelio;  mas  ya  que  la  fuerza  del 
dolor  me  constriñe  á  publicarla,  una  cosa  le 
agradezco,  que  me  fuerza  á  decirla  en  tiempo  y 
en  parte  en  que  tú  solo  estés  presente,  pues 
por  tus  generosas  costumbres  y  por  la  ex- 
periencia  que   tienes   de   semejante  mal^  no 
tendrás  por  sobrada  mi  locura,  principalmen- 
te sabiendo  la   causa  della.  Yo  estoy  mal- 
tratada del  mal  que  te  atormenta,  y  no  ol- 
vidada como  tú  de  un  pastor  llamado  Syre- 
no,  del   cual  que  en  otro  tiempo  fui  queri- 
da. Mas  la  Fortuna,  que  pervierto  los  huma- 
nos intentos,  quiso  que,  obedesciendo  máa  á 
mi  padre  que  á  mi  voluntad,  dejasse  de  casai- 
me  con  él,  y  á  mi  pesar  mo  hiciesse  esckTa  de 


3ó<; 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


lili  marido  (¿iio,  cuando  otro  mal  no  tuviera  con 
él  sino  el  que  causan  sus  continuos  4  importu- 
nados celos,  bastaba  paramatanne.  Mas  yo  me 
turiera  por  contenta  de  sufrir  las  sospechas  de 
I  )el¡o  con  que  viera  la  preferencia  de  Syreno, 
ol  cual  creo  que  por  no  verme,  tomando  de  mi 
forzado  cubamiento  ocasión  para  olvidarme,  se 
apartó  de  nuestra  aldea,  y  está,  según  he  sabi- 
do, en  el  templo  de  Diana,  donde  nosotros  imos. 
i  )e  aquí  puedes  imaginar  cuál  puedo  estar,  fa- 
tigada de  los  celos  del  marido  y  atormentada 
con  la  ausencia  del  amado.  Dijo  entonces  Mar- 
CKLio:  Graciosa  pastora,  lastimado  quedo  de 
saber  tu  dolor  y  corrido  de  no  haberle  hasta 
agora  sabido.  Nunca  yo  me  vea  con  el  deseado 
contento  sino  querría  verle  tanto  en  tu  alma 
como  on  la  mía.  Mas,  pues  sabes  cuan  genera- 
les son  las  Hechas  del  Amor,  y  cuan  poca 
cuenta  tienen  con  los  más  fuertes,  libres  y  más 
honestos  corazones,  no  tengas  afrenta  de  pu- 
blicar sus  llagas,  pues  no  quedará  por  ellas  tu 
nombre  denostado,  sino  en  mucho  más  tenido. 
Lo  que  á  mí  me  consuela  es  saber  que  el  tor- 
mento que  de  los  celos  del  marido  recibías, 
el  cual  suele  dar  á  veces  mayor  pena  que  la 
ausencia  de  la  cosa  amada,  te  dejará  algún  rato 
descansar,  en  tanto  que  Delio,  siguiendo  la  fu- 
gitiva pastora,  estará  apartado  de  tu  compa- 
ñía. Goza,  pues,  del  tiempo  y  acasión  que  te 
concede  la  fortuna,  y  alégrate,  que  no  será 
poco  alivio  para  ti  passar  la  ausencia  de  Syre- 
no libre  de  la  importunidad  del  celoso  marido. 
No  tengo  yo,  dijo  Diana,  por  tan  dañosos  los 
celos,  que  si  como  son  de  Delio  fueran  de  Syre- 
no, no  los  sufriera  con  sólo  imaginar  que  te- 
nían fundamento  en  amor.  Porque  cierto  está 
que  quien  ama  huelga  de  ser  amado,  y  ha  de 
tener  los  celos  de  la  cosa  amada  ppr  muy  bue- 
nos, puí's  son  claras  señales  de  amor,  nascen 
del  y  siempre  van  con  él  acompañados.  De  mí 
á  lo  menos  te  puedo  decir  que  nunca  me  tuve 
por  tan  enamorada  como  cuando  me  vi  celosa, 
y  nunca  me  vi  celosa  sino  estando  enamorada. 
A  lo  cual  replicó  Maugblio:  Nunca  penseque 
la  pastoril  llaneza  f uesse  bastante  á  formar  tan 
avisadas  razones  como  las  tuyas  en  cuestión 
tan  dificultosa  como  es  ésta.  Y  de  aquí  vengo 
á  condenar  por  yerro  muy  reprobado  decir,  como 
muchos  afirman,  que  en  solas  las  ciudades  y 
cortes  está  la  viveza  de  los  ingenios,  pues  la 
hallé  también  entre  las  espessuras  de  los  bos- 
ques, y  en  las  rústicas  é  inartificiosas  cabanas. 
Pero  con  todo,  quiero  contradecir  á  tu  parescer, 
con  el  cual  heciste  los  celos  tan  ciertos  mensa- 
jeros y  compañeros  del  amor,  como  si  no  pu- 
diesse  estíir  en  parte  donde  ellos  no  estén.  Por- 
que puesto  que  hay  pocos  enamorados  que  no 
sean  celosos,  no  por  eso  se  ha  de  decir  que  el 
enamorado  que  no  lo  fuere  no  sea  más  perfecto 


y  verdadero  amador.  Antes  muestra  en  eDo  el 
valor,  fuerza  y  quilate  de  su  deseo,  pues  está 
limpio  y  sin  la  escoria  de  frenéticas  sospechas. 
Tal  estaba  yo  en  el  tiempo  venturoso,  y  me 
preciaba  tanto  delio,  que  con  mis  versos  lo  iba 
publicando,  y  una  vez  entre  las  otras,  que  mos- 
tró Alcida  maravillarse  de  verme  enamorado  j 
libre  de  celos,  le  escribí  sobre  ello  este 

Soneto. 

Dicen  que  Amor  juró  que  no  estaría 
sin  los  mortales  celos  un  momento, 
y  la  Belleza  nunca  hacer  assiento, 
do  no  tenga  Soberbia  en  compañía. 

Dos  furias  son, 'que  el  bravo  infierno  envía, 
bastantes  á  enturbiar  todo  contento: 
la  una  el  bien  de  amor  vuelve  en  tormento, 
la  otra  de  piedad  la  alma  desvia. 

Perjuro  fué  el  x\mor  y  la  Hermosura 
en  mí  y  en  vos,  haciendo  venturosa 
y  singular  la  suerte  de  mi  estado. 

Porque  después  que  vi  vuestra  figura, 
ni  vos  fuistes  altiva,  siendo  hermosa, 
ni  vo  celoso,  siendo  enamorado. 

Fué  tal  el  contento  que  tuvo  mi  Alcida 
cuando  le  dije  este  soneto,  entendiendo  por  él 
la  fineza  de  mi  voluntad ,  que  mil  veces  se  le 
cantaba,  sabiendo  que  con  ello  le  era  muy  agra- 
dable. Y  verdaderamente,  pastora,  tengo  por 
muy  grande  engaño,  que  un  monstruo  tan  ho- 
rrendo como  los  celos  se  tenga  por  cosa  bue- 
na, con  decir  que  son  señales  de  amor  y  que 
no  están  sino  en  el  corazón  enamorado.  Porque 
á  essa  cuenta  podremos  decir  que  la  calentura 
es  buena,  pues  es  señal  de  vida  y  nunca  está 
sino  en  el  cuerpo  vivo.  Pero  lo  uno  y  lo  otro 
son  manifiestos  errores,  pues  no  dan  menor  pe- 
sadumbre los  celos  que  la  fiebre.  Porque  son 
pestilencia  de  las  almas,  frenesía  de  los  pensa- 
mientos, rabia  que  los  cuerpos  debilita,  ira  que 
el  espíritu  consume,  temor  que  los  ánimos 
acobarda  y  furia  que  las  voluntades  eníoqucsce. 
Mas  para  que  juzgues  ser  los  celos  cosa  abomi- 
nable, imagina  la  causa  dellos,  y  hallarás  que 
no  es  otra  sino  un  apocado  temor  de  lo  que  no 
es  ni  será,  un  vil  menosprecio  del  propio  me- 
rescimiento  y  una  sospecha  mortal,  que  pone  en 
duda  la  fe  y  la  bondad  de  la  cosa  querida.  No 
pueden,  pastora,  con  palabras  encarescerse  las 
penas  de  los  celos,  porque  son  tales,  que  sobre- 
pujan de  gran  parte  los  tormentos  que  acom- 
pañan el  amor.  Porque  en  fin,  todos,  sino  e'l, 
pueden  y  suelen  parar  en  admirables  dulzuras 
y  cont(»ntos,  que  ansí  como  la  fatigosa  sed  en 
el  t¡emj)o  caloroso  hace  })arescer  más  sabrosas 
las  frescas  aguas,  y  el  trabajo  y  sobresalto  de 
la  guerra  hace  que  tengamos  en  mucho  el  scs- 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


;557 


KÍogo  de  la  paz,  ansí  los  dolores  de  Cupido  sir- 
ven para  mayor  placer  en  la  hora  que  se  resci- 
be  un  pequeño  favor,  y  cuando  quiera  que  se 
goze  de  un  simple  contentamiento.  Mas  estos 
rabiosos  celos  esparcen  tal  veneno  en  los  cora- 
zones, que  corrompe  y  gasta  cuantos  deleites  se 
le  llegan.  A  est«  propósito,  me  acuerdo  que  yo 
oí  contar  un  día  á  un  excelente  músico  en  Lis- 
bona  delante  del  Key  de  Portugal  un  soneto 
que  decía  ansi: 

Quando  la  brava  ausencia  un  alma  hiere, 
se  ceba,  imaginando  el  pensamiento, 
que  el  bien,  que  está  más  lejos,  más  contento 
el  corazón  hará  cuando  viniere. 

Remedio  hay  al  dolor  de  quien  tuviere 
en  esperanza  puesto  el  fundamento; 
que  al  fin  tiene  algún  premio  del  tormento, 
o  al  menos  en  su  amor  contento  muere. 

Mil  penas  con  un  gozo  se  descuentan, 
y  mil  reproches  ásperos  se  vengan 
con  sólo  ver  la  angélica  hermosura.       ^ 

Mas  cuando  celos  la  ánima  atormentan, 
aunque  despue's  mil  bienes  sobrevengan, 
se  toman  rabia,  pena  y  amargura. 

¡  Oh,  cuan  verdadero  parescer !  i  Oh,  cuan  cier- 
ta opinión  es  ésta!  Porque  á  la  verdad,  esta  pes- 
tilencia de  los  celos  no  deja  en  el  alma  parte 
sana  donde  pueda  recogerse  una  alegría.  No 
hay  en  amor  contento,  cuando  no  hay  esperan- 
za, y  no  la  habrá,  en  tanto  que  los  celos  están 
de  por  medio.  No  hay  placer  que  dellos  esté  se- 
guro, no  hay  deleite  que  con  ellos  no  se  gaste 
y  no  hay  dolor  fiue  con  ellos  no  nos  fatigue.  Y 
llega  á  tanto  la  rabia  y  furor  de  los  venenosos 
celos,  que  el  corazón,  donde  ellos  están,  recibe 
pesadumbre  en  escuchar  alabanzas  de  la  cosa 
amada,  y  no  querría  que  las  perfecciones  que  él 
estima  fuessen  de  nadie  vistas  ni  conocidas, 
liaciendo  en  ello  gran  perjuicio  al  valor  de  la 
gentileza  que  le  tiene  captivo.  Y  no  sólo  el  ce- 
loso vive  en  este  dolor,  mas  á  la  que  bien  (juie- 
re  le  da  tan  continua  y  trabajosa  pena,  que  no 
le  diera  tanta,  si  fuera  su  capital  enemigo.  Por- 
que claro  está  que  un  marido  celoso  como  el 
tuyo,  antes  querría  que  su  mujer  fuesse  la  mas 
fea  y  abominable  del  mundo,  que  no  que  fuesse 
vista  ni  alabada  por  los  hombres,  aunque  sean 
honestos  y  moderados.  (Qué  fatiga  es  para  la 
mujer  ver  su  honestidad  agraviada  con  una 
vana  sospecha/  ¿qué  pena  le  es  estar  sin  razón 
en  los  más  secretos  rincones  encerrada?  ¿qué 
dolor  ser  ordinariamente  con  palabras  pesadas, 
y  aun  á  veces  con  obras  combatida?  Si  ella  está 
alegre,  el  marido  la  tiencr  por  deshonesta ;  si 
está  triste,  imagina  que  se  enoja  de  verle;  si 
está  pensando,  la  tiene  por  sospechosa;  si  le 
mira,  paresce  que  le  engaña;  si  no  le  mira. 


piensaque  le  aboiTosce;  si  le  hace  caricias,  pieii- 
sa  que  las  finge;  si  está  grave  y  honesta,  cree 
que  le  desecha;  si  ríe,  la  tiene  por  desenvuelta; 
si  suspira,  la  tiene  por  mala,  y  en  fin,  en  cuán- 
tas cosas  se  meten  estos  celos,  las  convierten 
en  dolor,  aunque  de  suyo  sean  agradables.  Por 
donde  está  muy  claro  que  no  tiene  el  nmndo 
pena  que  ¡guale  con  esta,  ni  salieron  del  infier- 
no Harpías  que  más  ensucien  y  corrompan  los 
sabrosos  manjares  del  alma  enamorada.  Pues 
no  tengas  en  poco,  Diana,  tener  ausente  el 
celoso  Delio,  que  no  importa  poco  para  passnr 
más  ligeramente  las  penas  del  Amor.  A  esto 
Diana  respondió:  Yo  vengo  á  conoscer  quo 
esta  passión,  que  has  tan  al  vivo  dibujado,  es 
disforme  y  espantosa,  y  que  no  meresce  estar 
en  los  amorosos  ánimos,  y  creo  que  esta  pena 
era  la  que  Delio  tenía.  Mas  quiero  que  sepas 
que  semejante  dolencia  no  pretendí  yo  defen- 
derla, ni  jamás  estuvo  en  mí:  pues  nunca  tuve 
pesar  del  valor  de  Syreno,  ni  fui  atormentada 
de  semejantes  passiones  y  locuras,  como  las  quo 
tú  me  has  contado,  mas  sólo  tuve  miedo  de  ser 
por  otra  desechada.  Y  no  me  engañó  de  mucho 
este  recelo,  pues  he  probado  tan  á  cost«  mía  el 
olvido  de  Syreno.  Esse  miedo,  dijo  MARCBt.io, 
no  tiene  nombre  d¿  celos,  antes  es  ordinario  en 
los  buenos  amadores.  Porque  averiguado  está 
que  lo  que  yo  amo,  lo  estimo  y  tongo  por  bueno 
y  merescedor  de  tal  amor,  y  siendo  ello  tal,  he 
de  tener  miedo  que  otro  no  conozca  su  bondad 
y  merescimiento,  y  no  lo  ame  como  yo.  Y  ansí 
el  amador  está  metido  en  medio  dol  temor  y  la 
esperanza.  Lo  que  el  uno  le  niega,  la  otra  se  lo 
promete;  cuando  el  uno  le  acobarda,  la  otra  le 
esfuerza;  y  en  fin  las  llagas  que  hace  ol  temor 
se  curan  con  la  esperanza,  durando  esta  reñida 
pelea  hasta  que  la  una  parte  de  las  dos  queda 
vencida,  y  si  acontesce  vencer  el  temor  á  la  es- 
peranza, queda  el  amador  celoso,  y  si  la  espe- 
ranza vence  al  temor,  queda  alegre  y  bien  afor- 
tunado. Mas  yo  en  el  tiempo  de  mi  ventura 
tuve  siempre  una  esperanza  tan  fuerte,  que  no 
sólo  el  temor  no  la  venció,  pero  nunca  osó  aco- 
metella,  y  ansi  recibía  con  ella  tan  grandes  gus- 
tos, que  á  trueque  dellos  no  rae  pesaba  rocebir 
los  continuos  dolores;  y  fui  tan  agradescida  á  la 
que  mi  esperanza  en  tanta  firmeza  sostenía,  que 
no  había  pena  que  viniesse  de  su  mano  que  no 
la  tuviessc  por  alegría.  Sus  reproches  tenía  por 
favores,  sus  desdenes  por  caricias  y  sus  airadas 
respuestas  por  corteses  prometimientos. 

Estasy  otras  razones  passaron  Diana  y  Mar- 
celio  prosiguiendo  su  camino.  Acabado  de  tra- 
vessar  aquel  prado  en  nniy  dulce  conversación,  y 
subiendo  una  pequeña  cuesta,  entraron  por  un 
ameno  bosquecilío,  donde  los  espessos  alisos 
hacían  muy  apacible  sombrío.  Allí  sintieron  una 
suave  voz  que  de  una  dulce  lira  acompañada  re- 


358 


orígenes  de  la  kovela 


sonaba  con  extraña  melodía,  7  parándose  á  es- 
cachar, conocieron  que  era  toz  de  una  pastora 
que  cantaba  ansí: 

Soneto, 

Guantas  estrellas  tieue  el  alto  cielo 
fueron  en  ordenar  mi  desventura, 
7  en  la  tierra  no  ha7  prado  ni  rerdura 
que  pueda  en  mi  dolor  darme  consuelo. 

Amor  subjecto  al  miedo,  en  puro  hielo 
convierte  el  alma  triste  ¡a7,  pena  dura! 
que  á  quien  fué  tan  contraria  la  ventura, 
vivir  no  puede  un  hora  sin  recelo. 

La  culpa  de  mi  pena  es  justo  darte 
á  ti,  Montano,  á  ti  mis  quejas  digo, 
alma  cruel,  do  no  ha7  piedad  alguna. 

Porque  si  tú  estuvieras  de  mi  parte, 
no  me  espantara  á  mi  serme  enemigo 
el  cielo,  tierra,  Amor  7  la  Fortuna. 

Después  de  haber  la  pastora  suavemente 
eantado,  soltando  la  rienda  al  amargo  7  dolo- 
roso llanto,  derramó  tanta  abundancia  de  lágri- 
mas 7  dio  tan  tristes  gemidos,  que  por  ellos  y 
por  las  palabras  que  dijo,  conoseieron  ser  la 
causa  de  su  dolor  un  engaño  cruel  de  su  sos- 
pechoso marido.  Pero  por  certificarse  mejor  de 
quién  era  7  de  la  causa  de  su  passión,  entraron 
donde  ella  estaba  7  la  hallaron  metida  en  un 
sombrío  que  la  espessura  de  los  ramos  había 
compuesto,  a:<6entada  sobre  la  menuda  hierba 
junto  á  una  alegre  fuentecilla,  que  de  entre 
unas  matas  graciosamente  saliendo  por  gran 
parte  del  bosquccillo,  por  diversos  caminos  il»a 
corriendo.  Saludáronla  con  mucha  cortesía,  7 
ella  aunque  tuvo  pesar  que  impidiessen  su 
llanto,  pero  juzgando  por  la  vista  ser  pastores 
de  merescimíento,  no  recibió  mucha  pona,  es- 
perando con  ellos  tener  agradable  compañía,  7 
ansí  les  dijo:  Después  que  de  mi  cniel  esposo 
fttí  sin  razón  desamparada,  no  me  acuerdo, 
pastores,  haber  recebido  contento  que  de  gran 
parte  iguale  con  el  que  tuve  de  veros.  Tanto 
que,  aunque  el  continuo  dolor  me  obliga  á  hacer 
perpetuo  llanto,  lo  dejaré  por  agora  un  rato, 
pura  gozar  de  vuestra  apacible  7  discreta  con- 
versación. A  esto  respondió  Marcelio:  Nunca 
yo  vea  consolado  mi  tormento,  p¡  no  me  pesa 
tanto  del  tu70,  como  se  puede  encarescer,  7  lo 
mesmo  puedes  creer  de  la  hermosa  Diana,  que 
ves  en  mi  compañía.  ()7cndo  entonces  la  pas- 
tora ol  nombre  de  Diana,  corriendo  con  grande 
alegría  la  abrazó,  haciéndole  mil  caricias  7  íios- 
tas,  porque  mucho  tiempo  había  que  deseaba 
conoscella,  por  la  relación  que  tenía  de  su 
hermosura  7  discreción.  Diana  estuvo  espan- 
tada de  verse  acariciada  de  una  pastora  no  co- 
noscida;  mas  todavía  le  respondía  con  iguales 
cortesías,  7  deseando  saber  quién  era,  le  dijo: 


Los  aventajados  favores  que  me  heciste,  jnn- 
tamente  con  la  lástima  que  tengo  de  tu  mal, 
hacen  que  desee  conoscerte;  por  esso  declára- 
nos» pastora,  tu  nombre,  7  cuéatanos  ta  pena, 
que  después  de  contada  verás  nnefltros  corazo- 
nes a7udarte  á  pasalla  7  nuestrofl  ojos  á  la- 
mentar por  ella.  La  pastora  entonces  se  esensó 
con  BUS  graciosas  palabras  de  emprender  el 
cuento  de  su  desdicha;  pero  en  fin,  importu- 
nada se  volvió  á  sentar  sobre  la  hierba,  7  co- 
menzó assí: 

Por  relación  de  la  pastora  Selvagia,  que  era 
natural  de  mi  aldea,  7  en  la  tn7a,  hermosa 
Diana,  está  casada  con  el  pastor  S7lv8no,  creo 
que  serás  informada  del  nombre  de  la  desdi- 
chada IsMBKiA,  que  su  desventara  te  está  con- 
tando. Yo  tengo  por  cierto  que  ella  en  tu  aldea 
contó  largamente  cómo  70  en  el  templo  de  Mi- 
nerva, en  el  re7no  de  Lusitanos,  arrebozada  la 
engañé,  7  cómo  con  mi  proprío  engaño  quedé 
burlada.  Habrá  contado  también  cómo  pok^  ven- 
garme del  tra7dor  Alanio,  que  enamorado  della 
á  mi  me  había  puesto  en  olvido,  fingí  querer 
bien  á  Montano,  su  mortal  enemigo,  7  cómo 
est^  fingido  amor,  con  el  conoscimiento  que 
tuve  de  su  perfección,  salió  tan  verdadero,  qac 
á  causa  del  est#7  en  las  fatigas  de  que  me  quejo. 
Pues  passando  adelante  en  la  historia  de  mi 
vida,  sabréis  que  como  el  padre  de  Montano, 
nombrado  Fileno,  viniesse  algunas  veces  á  casa 
de  mi  padre,  á  causa  de  ciertos  negocios  que 
tenía  con  él  sobre  una  compañía  de  ganados,  7 
me  viesse  allí,  aunque  era  algo  viejo,  se  ena- 
moró de  mí  de  tal  suerte,  que  andaba  hecho 
loco.  Mil  veces  me  importunaba,  cada  dia  sus 
dolores  me  decía;  mas  nada  le  aprovechó  para 
que  le  quisiesse  escuchar,  ni  tener  cuenta  con 
sus  palabras.  Porque  aunque  turiera  más  per- 
fección 7  menos  años  de  los  que  tenia,  no  olvi- 
dara 70  por  él  á  su  hijo  Montano,  CU70  amor 
me  teiiía  captiva.  No  sabia  el  viejo  el  amor  que 
Montano  me  tenía,  porque  le  era  hijo  tan  obe- 
diente 7  temeroso,  que  escusó  todo  lo  possible 
que  no  tuv¡(?sse  noticia  dellc,  temiendo  ser  por 
él  con  ásperas  palabras  castigado.  Ni  tampoco 
sabia  Montano  la  locura  de  su  padre,  porque  él 
por  mejor  castigar  7  reprender  los  errores  del 
hijo  se  guardaba  mucho  de  mostrar  que  tenia 
semejantes  7  aun  ma7ore8  faltas.  Pero  nunca 
dejaba  el  enamorado  viejo  de  fatigarme  con  sus 
iuiportuuaciones  que  le  quisiesse  tomar  por 
marido.  Decíame  dos  mil  requiebros,  haciame 
grandes  of rescimientos ,  prometíame  mochos 
vestidos  7  jo7as  7  enviábame  machas  caitas, 
pretendiendo  con  ello  vencer  mi  propósito  j 
ablandar  mi  condición.  Era  pastor  que  en  M 
tiempo  había  sido  señalado  en  todas  las  habiH- 
dades  pastoriles,  mu7  bien  hablado,  avisado  7 
entendido.   Y  porque  mejor  lo  creáis,  quiero 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


359 


deciros  ana  carta  qae  una  vez  me  escribió,  la 
cual,  aanque  no  mudó  mi  intención,  me  con- 
tentó en  estremo,  y  decía  ansí: 

CAETA  DE  FILENO  k  IBIIBNIA 

Pastora,  el  amor  fué  parte 
que  por  su  pena  decirte, 
tenga  culpa  en  escrebirte 
quien  no  la  tiene  en  amarte. 

Mas  si  á  ti  fuere  molesta 
mi  carta,  ten  por  muy  cierto 
que  á  mi  me  tiene  ya  muerto 
el  temor  de  la  respuesta. 

Mil  veces  cuenta  te  di 

del  tormento  que  me  das, 

y  no  me  pagas  con  más 

de  con  burlarte  de  mí. 
Te  ríes  á  boca  llena 

de  verme  amando  morir, 

yo  alegre  en  verte  reir, 

aunque  ríes  de  mi  pena. 

Y  ansí  el  mal,  en  que  me  hallo, 
pienso,  quando  miro  en  ello, 
que  porque  huelgas  de  vello, 
no  has  querido  remediallo. 

Pero  mal  remedio  veo, 
y  esperarle  será  en  vano, 
pues  mi  vida  está  en  tu  mano 
y  mi  muerte  en  tu  deseo. 

Vite  estar,  pastora,  un  día 

cabe  el  Duero  caudaloso, 

dando  con  el  gesto  hermoso 

4  todo  el  campo  alegría. 
Sobre  el  cayado  inclinada 

en  la  campaña  desierta, 

con  la  cerviz  descubierta 

y  hasta  el  codo  remangada. 

Pues  decir  que  un  corazón, 

puesto  que  de  mármol  fuera, 

no  te  amara,  si  te  viera, 

es  simpleza  y  sinrazón. 
Por  esso  en  ver  tn  valor, 

sin  tener  descanso  un  p<x'o, 

vine  á  ser  de  amores  loco 

y  á  ser  muerto  de  dolor. 

■ 

Si  dices  que  ando  perdido, 

siendo  enamorado  y  viejo, 

deja  de  darme  consejo, 

que  yo  remedio  te  pido. 
Porque  tanto  en  bien  quererte 

no  pretendo  liaber  errado, 

como  en  haberme  tardado 

tanto  tiempo  á  eonoscerte. 


Muy  bien  sé  que  viejo  esto, 
pero  á  más  mal  me  condena 
ver  que  no  tenga  mi  pena 
tantos  años  como  yo. 

Porque  quisiera  quererte 
dende  el  día  que  nascí, 
como  después  que  te  vi 
he  de  amarte  hasta  la  muerte. 

No  te  espante  verme  cano, 
que  á  nadie  es  justo  quitar 
el  mcrescido  lugar, 
por  ser  venido  temprano. 

Y  aunque  mi  valor  excedes, 
no  paresce  buen  consejo 
que  por  ser  soldado  viejo 
pierda  un  hombre  las  mercides. 

Los  edificios  humanos, 

cuantos  más  modernos  son, 
no  tienen  comparación 
con  los  antiguos  Romanos. 

Y  en  las  cosas  de  primor, 
gala,  asseo  y  valentía, 
suelen  decir  cada  día: 
lo  passado  es  lo  mejor. 

No  me  dio  amor  su  tristeza 
hasta  agora,  porque  vio 
(|ue  en  nn  viejo,  como  yo, 
suele  haber  mayor  firmeza. 

Firme  estoy,  desconrK'ida, 
para  siempre  te  querer, 
y  viejo  para  no  ser 
querido  en  toda  mi  vida. 

Los  mancebos  que  más  quieren, 
falsos  y  doblados  van, 
porque  más  vivos  están, 
cuando  más  dicen  que  mueren. 

Y  su  umdable  afición, 
es  segura  libertad, 

es  gala,  y  no  voluntad, 
es  costumbre,  y  no  passióii. 

No  hayas  miedo  que  yo  sea 
como  el  mancebo  amador, 
íliu'  en  r<»cebir  un  favor 
lo  sal>e  toda  la  aldea. 

Que  aunque  reciba  trescientos 
he  de  ser  en  los  amores 
tan  pit*dra  en  callar  favores 
como  en  padescer  tormentos. 

Mas  según  te  veo  estar 
puesta  en  hacerme  morir, 
mucho  habrá  para  sufrir 
y  poco  para  callar. 


r.íiO 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Que  el  mayor  favor  qac  aquí, 
pastora,  pretendo  hacer, 
es  Diorir  por  no  tener 
mayores  quejas  de  ti. 

Tiempo,  amigo  de  dolores, 

sólo  á  ti  quiero  inculparte, 

pues  quien  tiene  en  ti  más  parte 

menos  rale  en  los  amores. 
Tarde  amé  cosa  tan  bella, 

y  es  muy  justo  que  pues  yo 

no  nascí,  cuando  nasci<5, 

en  dolor  muera  por  ella. 

Si  yo  en  tu  tiempo  yiniera, 

pastora,  no  me  faltara 

conque  á  ti  te  contentara 

y  aun  favores  recibiera. 
Que  en  apacible  tañer, 

y  en  el  gracioso  bailar 

los  mejores  del  lugar 

tomaban  mi  parescor. 

Pues  en  cantar  no  me  espauto 
de  Amphion  el  escogido, 
pues  mejores  que  él  han  sido 
confundidos  con  mi  canto. 

vVro  muy  grande  comarca, 

y  en  montes  proprios  y  extraños 
paseen  muy  grandes  rebaños 
almagrados  de  mi  mai*ca. 

¿Mas  qué  vale,  ¡ay,  cruda  suerte.' 

lo  que  es,  ni  loque  ha  sido 

al  sepultado  en  olvido 

y  entregado  á  dura  muerto? 
Pero  valga  para  hacer 

más  blanda  tu  condición, 

viendo  que  tu  perfección 

al  fin  dejará  de  sor. 

Dura  estás  como  las  peñas, 

mas  quizá  en  la  vieja  edad 

no  tendrás  la  libertad 

conque  agora  me  desdeñas. 
Porque,  toma  tal  venganza 

de  vosotras  el  Amor, 

que  entonces  os  da  dolor 

cuando  os  falta  la  esperanza. 

Estas  y  otras  muchas  cartas  y  canciones  me 
envió,  las  cuales,  si  tanto  me  movieran  coin<> 
me  contentaban,  él  se  tuuiera  por  dichoso  y  yo 
({Uedara  mal  casada.  Mas  ninguna  cosa  ora 
bastante  á  borrar  de  mi  corazón  la  imagen  dol 
amado  Montano,  el  cual,  según  mostraba,  res- 
pondió á  mi  voluntad  con  iguales  obras  y  pala- 
bras. En  esta  alegre  vida  passamos  algunos 
años,  hasta  que  nos  paresció  dar  cnm])limiento 
á  nuestro  descanso  con  honesto  y  casto  matri- 


monio. Y  aunque  quiso  Montano  antes  de  casar 
conmigo  dar  razón  dello  á  su  padre,  por  lo  qnc 
como  buen  hijo  tenia  obligación  de  hacer:  pero 
como  yo  le  dije  que  su  padre  no  venia  bien  cu 
ello,  á  causa  de  la  locura  que  tenía  de  casarse 
conmigo,  por  esso,  teniendo  más  eaenta  con  d 
contento  de  su  vida  que  con  la  obediencia  de 
su  padre,  sin  dalle  razón,  cerró  mi  desdicliadu 
matrimonio.  Esto  se  hizo  con  voluntad  de  mi 
padre,  en  cuya  casa  se  hicieron  por  ello  gran< 
des  fiestas,  bailes,  juegos  y  tan  grandes  rego- 
cijos,  que   fueron   nombrados   por   todas  las 
aldeas  vecinas  y  apartadas.  Cuando  el  enaihu- 
rado  viejo  supo  que  su  propio  hijo  le  había  sal- 
teado sus  amores,  se  volvió  tan  frenético  cou- 
tra  él  y  contra  mi,  que  á  entrambos  aborresció 
como  la  misma  muerte,  y  nunca  más  nos  quiso 
ver.  Por  otra  parte,  una  pastora  de  aquella 
aldea,  nombrada  Felisarda,  (¿ue  moría  de  amo- 
res de  Montano,  la  cual  él,  por  quererme  bien 
á  mi,  y  por  ser  ella  no  muy  joven  ni  bien  acou- 
dicionada,  la  había  desechado,  cuando  vido  á 
Montano  casado  conmigo,  vino  á  perderse  de 
dolor.  De  manera  que  con  nuestro  casamiento 
nos  ganamos  dos  mortales  enemigos.  El  mal- 
dito viejo,  por  tener  ocasión  de  desheredar  el 
hijo,  determinó  casarse  con  mujer  hermosa  y 
joven  á  fin  do  haber  hijos  en  ella.  Mas  aunque 
era  muy  rico,  do  todas  las  pastoras  de  mi  lugar 
fué  desdeñado,  si  no  fué  de  Felisarda,  que  por 
tener  oportunidad  y  manera  de  gozar  deshones- 
tamente de  mi  Montano,  cuyos  amores  tenía 
frescos  en  la  memoria,  se  casó  con  el  viejo 
Fileno.  Casada  ya  con  él,  entendió  luego  por 
muchas  formas  en  requerir  mi  esposo  Montano 
por  mf'dio  de  una  criada  nombradla  Silveria, 
enviúndole  á  decir  que  si  condescendía  á  sn  vo- 
luntad le  alcanzaría  perdón  de  su  padre,  y  ha- 
ciéndole otros  muchos  y  muy  grandes  ofresíM- 
mientos.  Mas  nada  pudo  bastar  á  corromper  su 
ánimo  ni  á  pervertir  su  intención.  Pues  como 
Felisarda  se  viese  tan  menospreciada,  vino  á 
tenerle  á  Montano  una  ira  mortal,  y  trabajó 
luego  en  indignar  más  á  su  padre  contra  él,  j 
no  cont(mta  con  esto,  imaginó  una  traición  muy 
grande.  Con  promessas,  fiestas,  dádivas  y  gran- 
des caricias,  pervirtió  de  tal  manera  el  áninm 
de  Silveria,  que  í\iv  contenta  de  hacer  cuanto 
ella  le  mandasse,  aunque  fuesse  contra  Mon- 
tano, con  ((uien  olla  tenia  mucha  cuenta,  por  el 
tiempo  que  había  ser>'ido  en  casa  de  su  padre. 
Las  dos  s(;cretamonte  concertaron  lo  que  se 
había  de  hacer  y  el  punto  que  había  de  ejecu- 
tarse; y  luego  salió  un  día  Silveria  do  la  aldea, 
y  viniendo  á  una  Horestíi  orilla  de  Duero,  donde 
Montano  apasoentaba  sus  ovejas,  le  habló  mnj 
secretamente,  y  muy  turbada,  como  quien  trata 
un  caso  muy  importante,  le  dijo:  ¡  Ay,  Montano 
amigo!  cuan  sabio  fuist<»  en  despreciar  los  amo- 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


3í;i 


n>s  de  tu  maligna  madrastra,  qnc  aunque  yo  á 
(;IIos  te  movía,  era  por  pura  importunación. 
Mas  agora  que  se  lo  que  passa,  no  será  ella 
bastante  para  hacerme  mensajera  de  sus  des- 
lioncstidades.  Yo  he  sabido  della  algunas  cosas 
qnc  tocan  en  lo  vivo,  y  tales  que  si  tú  las  su- 
picsses,  aunque  tu  padre  es  contigo  tan  cniel, 
no  dejarías  de  poner  la  vida  por  ku  honra.  No 
to  digo  más  en  esto,  porque  sé  que  erf  s  tan  dis- 
í-reto  y  avisado,  que  no  son  menester  contigo 
muchas  palabras  ni- razones.  Montano  á  esto 
quedó  atónito  y  tuvo  sospecha  de  alguna  des- 
honestidad de  su  madrastra.  Pero  por  ser  cla- 
ramente informado,  rogó  á  Silvbria  le  con- 
tarse abiertamente  lo  que  sabía.  Ella  se  hizo 
de  rogar,  mostrando  no  querer  descubrir  cosa 
tan  secreta,  pero  al  fin,  declarando  lo  que  Mon- 
t^ino  le  preguntaba,  y  lo  que  ella  mesma  decirle 
quería,  le  explicó  una  fabricada  y  bien  com- 
puesta mentira,  diciendo  deste  modo:  Por  ser 
4'osa  que  tantf)  importa  á  tu  honra  y  á  la  de 
Fileno,  mi  amo,  saber  lo  que.  yo  só,  te  lo  diré' 
muy  claramente,  confiando  que  á  nadie  dirás 
que  yo  he  descubierto  este  secreto.  Has  de 
baber  que  Felisarda  tu  madrastra  hace  traición 
á  tu  padre  con  un  pastor,  cuyo  nombre  no  te 
din?,  pues  está  en  tu  mano  conoscerle.  Porque 
si  quisieres  venir  esta  noche,  y  entrar  por  donde 
yo  to  guiare,  hallarás  la  traidora  con  el  adúl- 
tero en  casa  del  mesmo  Fileno.  Ansí  lo  tienen 
concertado,  porque  Fileno  ha  de  ir  esta  tarde 
ú  dormir  en  su  majada  por  negocios  que  alH  se 
lo  ol'rescen,  y  no  ha  de  volver  hastíi  mañana  á 
medio  día.  Por  esco  apercíbete  muy  bien,  y  ven 
á  las  once  de  la  noche  conmigo,  que  yo  te  en- 
trare' en  parte  donde  podrás  fácilmente  hacer  lo 
que  conviene  á  la  honra  de  tu  padre,  y  aun 
j)<>r  medio  desto  alcanzar  que  te  perdone.  Esto 
dijo  Silveria  tan  eucarescidamente  y  con  tanta 
dissimulación,  que  Montano  determinó  de  po- 
nerse en  cualquier  peligro,  por  tomar  venganza 
tic  quien  tal  deshonra  hacía  á  Fileno,  su  padre. 
y  ansí  la  traidora  Silveria  contenta  del  engaño 
*]ue  de  consejo  de  Felisarda  había  urdido,  se 
volvió  á  su  casa,  donde  dio  razón  á  Felisarda, 
su  señora,  de  lo  que  dejaba  concertado.  Ya  la 
e.scura  noche  había  extendido  su  tenebroso 
velo,  cuando  venido  Montano  á  la  aldea  tomó 
un  puñal,  que  heredó  del  pastor  Palemón,  su 
tío,  y  al  punto  de  las  once  so  fué  á  casa  de 
Fileno,  su  padre,  donde  Silveria  ya  le  estaba 
esperando,  como  estaba  ordenado.  ¡Oh,  traición 
nunca  vista  I  ¡Oh,  maldad  nunca  pensada!  To- 
móle ella  por  la  mano,  y  subiendo  muy  queda 
una  escalera,  le  llevó  á  una  puerta  de  una  cá- 
mara, donde  Fileno,  su  padre,  y  su  madrastra 
Felisarda  estaban  acostados,  y  cuando  le  tuvo 
allí,  le  dijo:  Agora  estás.  Montano,  en  el  lugar 
donde  has  de  señalar  el  ánimo  y  esfuerzo  que 


semejante  caso  requiere;  entra  en  essa  cámara, 
que  en  ella  hallarás  tu  madrastra  acostada  con 
el  adúltero.  Dicho  esto,  se  fuó  de  allí  huyendo 
á  más  andar.  Montano  engañado  de  la  alevosía 
de  Silveria,  dando  crédito  á  sus  palabras,  es- 
forzando el  ánimo  y  sacando  el  puñal  de  la 
vaina,  con  un  empujón  abriendo  la  puerta  de 
la  cámara,  mostrando  una  furia  extraña,  entró 
en  ella  diciendo  á  grandes  voces:  ¡Aquí  has  de 
morir,  traidor,  á  mis  manos,  aquí  te  han  de 
hacer  mal  provecho  los  amores  de  Felisarda!  Y 
diciendo  esto  furioso  y  turbado,  sin  conoscer 
quién  era  el  hombre  que  estaba  en  la  cama, 
pensando  herir  al  adultero,  alzó  el  brazo  para 
dar  de  puñaladas  á  su  padre.  Mas  quiso  la 
ventura  que  el  viejo  con  la  lumbre  que  allí  te- 
nía, conosciendo  su  hijo,  y  pensando  que  por 
habelle  con  palabra  y  obras  tan  mal  tratado,  le 
quería  m^atar,  alzándose  presto  de  la  cama,  con 
las  manos  plegadas  le  dijo:  ¡Oh,  hijo  miol  ¿qué 
cnieldad  te  myieve  á  ser  verdugo  de  tu  padre? 
vuelve  en  tu  seso,  por  Dios,  y  no  derrames 
agora  mi  sangre,  ni  des  fin  á  mi  vida;  que  si 
yo  contigo  usé  de  algunas  asperezas,  aquí  de 
rodillas  te  pido  perdón  por  todas  ellas,  con  pro- 
pósito de  ser  para  contigo  de  hoy  adelante  el 
más  blando  y  benigno  padre  de  todo  el  mundo. 
Montano  entonces,  cuando  conosció  el  engaño 
que  se  le  había  hecho  y  el  peligro  en  que  había 
venido  de  dar  muerte  á  su  mcsmo  padre,  se 
quedó  allí  tan  pasmado,  que  el  ánimo  y  los  bra- 
zos se  le  cayeron  y  el  puñal  se  le  salió  de  las 
manos  sin  sentirlo.  De  atónito  no  pudo  ni  supo 
hablar  palabra,  sino  que  corrido  y  confuso  se 
salió  de  la  cámara;  íbase  también  de  la  casa 
aterrado  de  la  traición  que  Silveria  le  había 
hecho  y  de  la  que  él  hiciera,  si  no  fuera  tan  ven- 
turoso. Felisarda,  como  estaba  advertida  do 
lo  que  había  de  suceder,  en  ver  entrar  á  Mon- 
tano, saltó  de  la  cama  y  so  metió  en  otra  cá- 
mara que  estaba  más  adentro,  y  cerrando  tras 
sí  la  puerta,  se  asseguró  de  la  furia  de  su 
alnado.  Mas  cuando  se  vio  fuera  del  peligro, 
por  estar  Montano  fuera  de  la  casa,  volviendo 
donde  Fileno  temblando  aún  del  pasado  peli- 
gro estaba,  incitando  el  padre  contra  el  hijo,  y 
levantándome  á  mí  falso  testimonio,  á  grandes 
voces  decía  ansí:  Bien  conoscerás  agora,  Fi- 
leno, el  hijo  que  tienes,  y  sabrás  si  es  verdad  lu 
que  yo  de  sus  malas  inclinaciones  nuichas  ve- 
ces te  dije.  ¡Oh,  cruel,  oh  traidor  Montano  I 
;cómo  el  cielo  no  te  confunde?  ¿cómo  la  tierra 
no  te  traga?  i  cómo  las  fieras  no  te  despedazan  ? 
¿cómo  los  hombres  no  te  persiguen?  Maldito 
sea  tu  casamiento,  maldita  tu  desol>ediencia, 
malditos  tus  amores,  maldita  tu  Ismenia,  pues 
te  ha  traído  á  usar  de  tan  bestial  crueza  y  á 
cometer  tan  horrendo  pecado.  ¿No  castigaste, 
traidor,  al  pastor  Alanio,  que  con  tu  nuijer 


362 


ORÍGENES  DE  LA  KOVELA 


Ismciiia  á  podar  y  deshonra  tuya  deshonesta- 
mente trata,  y  á  quien  ella  qaiere  más  que  á  ti, 
y  lias  querido  dar  muerte  á  tu  padre,  que  con 
tu  vida  y  honra  ha  tenido  tanta  cuenta?  ¿Por 
haberte  aconsejado  le  han  querido  matar?  ¡Ay, 
triste  padre!  ¡ay,  desdichadas  canas!  ¡ay,  an- 
firustiada  senectud!  ¿qué  yerro  tan  grande  co- 
metiste, para  que  quisiesse  matarte  tu  proprio 
hijo?  ¿aquel  que  tú  engendraste,  aquel  que  tú 
regalaste,  aquel  por  quien  mil  trabajos  pades- 
ciste?  Esfuerza  agora  tu  corazón,  cesse  ag^rá 
el  amor  paternal,  dése  lugar  á  la  justicia,  há- 
gase el  debido  castigo;  que  si  quien  hizo  tan 
nefanda  crueldad  no  recibe  la  merescida  pena, 
los  desobedientes  hijos  no  quedarán  atemoriza* 
dos,  y  el  tuyo,  con  efecto,  Tendrá  después  de 
pocos  días  á  darte  de  su  mano  cumplida  muerte. 
El  congojado  Filbso,  con  el  pecho  sobresal- 
tado y  temeroso,  oyendo  las  voces  de  su  mujer 
y  considerando  la  traición  del  hijo,  rescilíió  tan 
grande  enojo,  que,  tomando  el  puñal  que  á 
Montano,  como  dije,  se  le  había  caídt),  luego  en 
la  mañana  saliendo  á  la  plaza,  convocó  la  justi- 
eia  y  los  principales  hombres  de  la  aldea,  y 
cuando  fueron  todos  juntos,  con  muchas  lágri- 
mas y  sollozos  les  dijo  desta  manera:  A  Dios 
pongo  por  testigo,  señalados  pastores,  que  me 
lastima  y  aflige  tanto  lo  que  quiero  deciros,  que 
tengo  miedo  que  el  alma  no  se  me  salga  tras 
habello  dicho.  No  me  tenga  nadie  por  cruel, 
porque  saco  á  la  plaza  las  maldades  de  mi  hijo; 
que  por  ser  ellas  tan  extrañas  y  no  tener  re- 
medio para  castigarlas,  os  quiero  dar  razón  da- 
llas, porque  veáis  lo  que  conviene  hacer  para 
darle  á  él  la  justa  pena  y  á  los  otros  hijos  pro- 
vechoso ejemplo.  Muy  bien  sabéis  con  qué  re- 
galos le  crié,  con  qué  amor  le  tratt»,  qué  habi- 
lidades le  enseñé,  qué  trabajos  por  él  padesci, 
qué  cous<íjos  le  di,  con  cuánta  blandura  le  cas- 
tigué. Casóse  á  mi  pesar  con  la  pastora  Isme- 
nia,  y  porque  dello  le  reprendí,  en  lugar  de 
vengarse  del  pastor  Alanio,  que  con  la  dicha 
Ismenia,  su  mujer,  como  toda  la  aldea  sabe, 
trata  deshonestamente,  volvió  su  furia  contra 
mí  y  me  ha  querido  dar  la  muerte.  La  noche 
})ftssada  tuvo  maneras  para  entrar  en  la  cámara, 
donde  yo  con  mi  Felisarda  dormía,  y  con  este 
puñal  desnudo  quiso  matarme,  y  lo  hiciera,  sino 
que  Dios  le  cortó  las  fuerzas  y  le  atajó  el  poder 
de  tal  marníra,  que  medio  tonto  y  pasmado  se 
fué  de  allí  sin  efectuar  su  dañado  int<*nto,  de- 
jando t'l  puñal  en  mi  cámara.  Esto  es  lo  que 
verdaderamente  passa,  como  mejor  de  mi  que- 
rida nmjer  podréis  ser  informados.  Mas  iK>rque 
tengo  por  muy  cierto  que  Montano,  mi  hijo,  no 
hubiera  cometido  tal  traición  contra  su  padre, 
si  de  su  mujer  Ismenia  no  fuera  aconsejado,  os 
ruego  (jue  nn'réis  lo  que  en  esto  se  debe  hacer, 
para  que  mi  hijo  de  su  atrevimiento  quede  cas- 


tigado, y  la  falsa  Ismenia,  ansí  por  el  consejo 
que  dio  á  su  marido,  como  por  la  deshonesti- 
dad y  amores  que  tiene  con  Alanio,  rescibi 
digna  pena.  Aúii  no  había  Fileno  acabado  sa 
razón,  cuando  se  movió  entre  ia  gente  tan  gran 
alboroto,  que  páreselo  hundirse  toda  la  lüdea. 
Alteráronse  los  ánimos  de  todos  los  pastores  y 
pastoras,  y  concibieron  ira  mortal  contra  Mon- 
tano. Unos  decían  que  fuesse  apedreado,  otros 
que  en  la  mayor  profundidad  de  Dnero  faesse 
echado,  otros  que  á  las  hambrientas  fieru 
fuesse  entregado,  y  en  fin,  no  hubo  allí  persona 
que  contra  él  no  se  embravesciesse.  Moviólos 
también  mucho  á  todos  lo  que  Fileno  de  mi 
vida  falsamente  les  había  dicho;  pero  tanta  in 
tenían  por  el  negocio  de  Montano,  que  no  pen- 
saron mucho  en  el  mío.  Cuando  Montano  snpo 
la  relación  que  su  padre  públicamente  había  he- 
cho y  el  alboroto  y  conjuración  que  contra  él 
había  movido,  cayó  en  grande  desesperación.  V 
allende  desto  sabiendo  lo  que  su  padre  delante 
de  todos  contra  mí  había  dicho,  rescibió  tanto 
dolor,  que  más  grave  no  se  puede  imaginar.  De 
aquí  nasció  todo  mi  mal,  esta  fué  la  causa  de 
mí  ¡K^rdición  y  aquí  tuvieron  principio  mis  do- 
lores. Porque  mi  querido  Montano,  como  sabía 
que  yo  en  otro  tienpo  había  amado  y  sido  que- 
rida de  Alanio,  sabiendo  que  mnchas  veces  re- 
viven y  se  renuevan  los  muertos  y  olvidados 
amores,  y  viendo  que  Alanio,  á  qnien  yo  por  él 
había  aborrescido,  andaba  siempre  enamorado 
de  mí,  liaciéndome  importunas  fiestas,  sospechó 
por  todo  esto  que  lo  que  su  padre  Fileno  había 
dicho  era  verdad,  y  cuanto  más  imaginó  en 
ello,  más  lo  tuvo  por  cierto.  Tanto  que  bravo? 
desesperado,  ansí  por  el  engaño  que  de  Silve- 
ria  había  recebido  como  por  el  que  sospechal« 
que  yo  le  había  hecho,  se  fué  de  la  aldea  r 
nunca  más  ha  parescido.  Yo  que  supe  de  su 
partida  y  la  causa  della  por  relación  de  algunos 
pastores  amigos  suyos,  á  quien  él  había  dado 
larga  cuenta  de  todo,  me  salí  del  aldea  por 
buscarle,  y  mientras  viva  no  pararé  hasta  ha- 
llar mi  dulce  esposo,  para  darle  mi  disculpa, 
aunque  sepa  después  morir  á  sus  manos.  Mu- 
cho lia  que  ando  peregrinando  en  esta  demanda, 
y  por  más  que  cu  todas  las  principales  aldeas 
y  cabanas  de  pastores  he  buscado,  jamás  la  for- 
tuna me  ha  dado  noticia  de  mi  Montano.  La 
mayor  ventura  que  en  este  viaje  he  tenido  fué, 
que  dos  días  después  que  partí  de  mi  aldea 
hallé  en  un  valle  la  traidora  Silveria,  que  sa- 
biendo el  v(»luntario  destierro  de  Montano,  iba 
siguiéndole,  por  descubrirle  la  traición  que  le 
había  hecho  y  pedirle  perdón  por  ella,  arrepen- 
tida de  haber  cometido  tan  horrenda  alevosía. 
Pero  hasta  entonces  no  le  había  hallado,  j 
como  á  mí  me  vido,  me  contó  abiertamente 
cómo  había  passado  el  negocio,  y  fué  para  mí 


DIAKA  DE   GASPAR  GIL  POLO 


363 


gi*an  descanso  saber  la  manera  con  que  se  nos 
había  hecho  la  traición.  Quise  dalle  la  muei'te 
con  mis  manos,  aunque  flaca  mujer,  pero  dejé 
de  hacerlo,  porque  sólo  ella  podía  remediar  mi 
mal  declarando  su  misma  maldad.  Roguéle  con 
jl^an  priessa  fnesse  á  buscar  á  mi  amado  Mon- 
tano para  dalle  noticia  de  todo  el  hecho,  y  des- 
pedíme  della  para  buscarle  yo  por  otro  camino. 
Llegué  hoy  á  este  bosque,  donde  convidada  de 
la  amenidad  y  frescura  del  lugar,  hice  assiento 
para  tener  la  siesta;  y  pues  la  fortuna  acá  por 
mi  consuelo  os  ha  guiado,  yo  le  agradezco  mu- 
cho este  favor,  y  á  vosotros  os  ruego,  que  pues 
es  ya  casi  medio  dia,  si  possible  es,  me  hagáis 
parte  de  vuestra  graciosa  compañía,  mientras 
durare  el  ardor  del  sol,  que  en  semejante  tiem- 
po se  muestra  riguroso.  Diana  y  Marcelio  hol- 
i^aron  en  extremo  de  escuchar  la  historia  de 
Ismenia  y  saber  la  causa  de  su  pena.  Agrades- 
ciéronle  mucho  la  cuenta  que  les  había  dado  de 
su  vida,  y  diéronle  algunas  razones  para  con- 
suelo de  su  nial,  prometiéndole  el  possible  favor 
para  su  remedio.  Rogáronle  también  que  fuesse 
con  clk^s  á  la  casa  de  la  sabia  Felicia,  porque  allí 
sería  possible  hallar  alguna  suerte  de  consola- 
ción. Fueron  assí  mesmo  de  parescer  de  repo- 
sar alh',  en  tanto  que  durarían  los  calores  de 
la  siesta,  como  Ismenia  había  dicho.  Pero  como 
Diana  era  muy  plática  en  aquella  tierra,  y  sabía 
los  bosques,  fuentes,  florestas,  lugares  amenos 
y  sombríos  della,  les  dijo  que  otro  lugar  había 
más  ameno  y  deleitoso  que  aquel,  que  no  estaba 
muy  lejos,  y  que  fuessen  allá,  pues  aún  no  era 
llegado  el  medio  día.  De  manera  que  levantán- 
dose todos,  caminaron  un  poco  espacio,  y  luego 
llegaron  á  una  floresta  donde  Diana  los  guió; 
y  era  la  más  deleitosa,  la  más  sombría  y  agra- 
dable que  en  los  más  celebrados  montes  y  cam- 
pañas de  la  pastoral  Arcadia  puede  haber.  Ha- 
lúa  en  ella  muy  hermosos  alisos,  sauces  y  otros 
árboles,  que  por  las  orillas  de  las  cristalinas 
fuentes,  y  por  todas  partes  con  el  fresco  y  suave 
íiirecillo  blandament<;  movidas,  deleitosamente 
murmuraban.  Allí  de  la  concertada  harmonía 
(le  las  aves,  que  por  los  verdes  ramos  bullicio- 
samente saltaban,  el  aire,  tan  dulcemente  reso- 
naba, que  los  ánimos,  con  un  suave  regalo, 
enterneseia.  Estaba  sembrada  tqda  de  una 
verde  y  menuda  hierba,  entre  la  cual  se  levan- 
taban hermosas  y  variadas  flores,  que  con  di- 
vtírsos  matices  el  campo  dibujando,  con  suave 
olor  el  más  congojado  espíritu  recreaban.  Allí 
molían  los  cazadores  hallar  manadas  enteras  de 
temerosos  ciervos,  de  cabras  montesinas  y  de 
otros  animales,  con  cuya  prisión  y  niuertt»  se 
toma  alegre  pasatiempo.  Entraron  en  esta  flo- 
resta siguiendo  todos  á  Diana,  que  iba  primera 
y  se  adelantó  un  poco  para  buscar  una  espes- 
sura  de  árboles,  que  ella  para  su  esposo  en 


aquel  lugar  tenía  señalada,  donde  muchas  ve- 
ces solía  recrearse.  'No  habían  andado  mucho; 
cuando  Diana  llegando  cerca  del  lugar  que  ella 
tenia  por  el  más  ameno  de  todos,  y  donde  que- 
ría que  tuviessen  la  siesta,  puesto  el  dedo  sobre 
los  labios,  señaló  á  Marcelio  y  á  Ismenia  que 
viniessen  á  espacio  y  sin  hacer  ruido.  La  causa 
era,  porque  había  oído  dentro  aquella  espessura 
cantos  de  pastores.  En  la  voz  le  parescieron 
Tauriso  y  Berardo,  que  por  ella  entrambos  pe- 
nados andaban,  como  está  dicho.  Pero  por  sa- 
bello  más  cierto,  llegándose  más  cerca  un  poco 
por  entre  unos  aceííos  y  lantiscos,  estuvo  ace- 
chando por  conoscellos,  y  vido  que  eran  ellos  y 
que  tenían  allí  en  su  compañía  una  muy  her- 
mosa dama,  y  un  preciado  cabalh  ro,  los  cuales, 
aunque  parescían  estar  algo  congojados  y  mal 
tratados  del  camino,  pero  todavía  en  el  gesto 
y  disposición  descubrían  su  valor.  Después  de 
haber  visto  los  que  allí  estaban,  se  apartó,  por 
no  ser  vista.  En  esto  llegaron  Marcelio  é  Isme- 
nia, y  todos  juntos  se  sentaron  tras  unos  jara- 
les, donde  no  podían  ser  vistos  y  podían  oir  dis- 
tincta  y  clarament-e  el  cantar  de  los  pastores, 
cuyas  voces,  por  toda  la  floresta  resonando, 
movían  concertada  melodía,  como  oiréis  en  el 
siguiente  libro. 

Fin  del  libro  segundo. 


LIBRO  TERCERO 

DE  DIAXA  ENAMORADA 

La  traición  y  maldad  de  una  ofendida  y  ma- 
liciosa mujer  suele  emprender  cosas  tan  crueles 
y  abominables,  que  no  hay  ánimo  del  más 
bravo  y  arriscado  varón  que  no  dudaese  de 
hacerlas  y  no  temblase  de  solo  pensarlas.  Y  lo 
peor  es  que  la  Fortuna  es  tan  amiga  de  mudar 
los  buenos  estados,  que  les  da  á  ellas  cumplido 
favor  en  sus  empresas;  pues  sabe  que  todas  se 
encaminan  á  mover  extrañas  novedades  y  re- 
vueltas, y  vienen  á  ser  causa  de  mil  tristezas  y 
tormentos.  Gran  crueldad  fué  la  de  Felisarda 
en  ser  causa  que  un  padre  con  tan  justa,  aun- 
que engañosa  causa,  aborresciesse  su  propio 
hijo,  y  que  un  marido  con  tan  vana  y  aparent<} 
sospecha  desechasse  su  querida  mujer,  pero 
mayor  fue  la  ventura  que  tuvo  en  salir  con  su 
fiero  y  malicioso  intento.  No  sirva  esto  para 
que  nadie  t4?nga  de  las  mujeres  mal  parescer, 
si  no  para  que  viva  cada  cual  recatado,  guar- 
dándose délas  semejantes  á  Felisarda,  que  serán 
muy  pocas;  pues  muchas  dellas  son  dechado 
del  mundo  y  luz  de  vida,  cuya  fe,  discreción  y 
honestidad  mcresce  ser  con  los  más  celebrados 


;iG4 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


nersus  alabada.  De  lo  cual  da  claríssíma  praeba 
Diana  7  Ismenía,  pastoras  de  señalada  hermo- 
sura y  discreción,  cuya  historia  publica  mani- 
liestamente  sus  alabanzas.  Pues  prosiguiendo 
c'n  el  discurso  dclla,  sabréis  que  cuando  Maree- 
lio  y  ellas  estuvieron  tras  los  jarales  assentiidas, 
oyeron  que  Tauriso  y  Berardo  cantaban  desta 
manera: 

Tert¡os  esdrucciohs, 

BERARDO 

Tauriso,  el  fresco  viento,  que  alegrándonos 
murmura  entre  los  árboles  altissimos, 
la  vista  y  los  oidos  deleitándonos; 

Las  chozas  y  sombríos  ameníssimos; 
las  cristalinas  fuentes,  que  abundancia 
derraman  de  licores  sabro&issimos; 

La  colorada  flor,  cu)  a  fragrancia 
á  despedir  bastara  la  triaticia, 
qu .'  hace  al  coraz<)n  más  fiera  instancia: 

No  vencen  la  braveza  y  la  malicia 
del  crudo  rey,  tan  áspero  y  mortífero, 
cuyo  castigo  es  pura  sin  justicia. 

Ningún  remedio  ha  sido  salutífero 

á  mi  dolor,  pues  siempre  enbraveciéndose 
está  el  veneno  y  tóxico  pestífero. 

TAURISO 

-\1  que  en  amores  anda  consumiéndose, 
nada  le  alegrará:  porque  fatígale 
tal  mal,  que  en  el  dolor  vivo  muñéndose. 

Amor  le  da  más  penas,  y  castígale, 
cuando  en  deleites  anda  recreándose, 
porque  él  á  suspirar  con  tino  oblígale. 

Las  veces  que  está  un  ánima  alegrándose, 
le  ofrescc  allí  un  dolor,  cuya  nieuioria 
hace  que  luego  vuelva  á  estar  quejándose. 

Amor  quiere  gozar  de  su  victoria, 

y  al  hombre  que  venció,  mátale  ó  préndele, 
pensando  en  ello  haber  famosa  gloria. 

El  preso  á  la  fortuna  entrega,  y  véndele 
al  gran  dolor,  que  siempre  está  matándole, 
y  al  que  arde  en  más  ardiente  llama  encién- 

[dele. 

BEEARDO 

El  sano  vuelve  enfermo,  maltratándole, 
y  el  corazón  alegre  hace  tristíssimo, 
matando  el  vivo,  el  libre  captivándole. 

Pues,  alma,  ya  que  sabes  cuan  bravíssimo 
es  este  niño  Amor,  sufre  y  conténtate 
con  verte  puesta  en  un  higar  altissimo. 

Reseibe  los  dolores,  y  prcséntatt» 

al  daño  que  estuviere  amenazándoU», 
goza  del  mal  y  en  el  dolor  susténtate. 

Porque  cuanto  más  fueres  procurándote 
medio  para  salir  de  tu  miseria, 
irás  más  en  los  lazos  enredándote. 


TAURISO 


En  mí  halla  Cupido  más  materia 

para  su  honor,  que  en  cuantos  lamentándost 
guardan  ganado  en  una  y  otra  Hesperia. 

Siempre  mis  males  andan  aumentándose, 
de  lágrimas  derramo  mayor  copia 
que  Biblis  cuando  en  fuente  iba  tomándose 

Extraño  me  es  el  bien,  la  pena  propia, 
Diana,  quiero  ver,  y  en  vella  muérome, 
junto  al  tesoro  esto,  y  muero  de  inopia. 

Si  estoy  delante  della,  peno  y  quiérome 
morir  do  sobresalto  y  de  cuidado, 
y  cuando  estoy  ausente,  desespéreme. 

BERARDO 

Murmura  el  bosque  y  ríe  el  verde  prado, 
y  cantan  los  parleros  niiseñores; 
mas  yo  en  dos  mil  tristezas  sepultado. 

TAURISO 

Espiran  suave  olor  las  tiernas  flores, 
la  hierba  reverdesee  al  campo  ameno; 
mas  yo  viviendo  en  ásperos  dolores. 

BERARDO 

El  grave  nial  de  mí  me  tiene  ajeno, 
tanto  que  no  soy  bueno 
para  tener  diez  versos  de  cabeza. 

TAURISO 

Mi  lengua  en  el  cantar  siempre  tropieza, 
por  esso,  amigo,  empieza, 
algún  cantar  de  aquellos  escogidos, 
los  cuales  estorbados  con  gemidos, 
con  lloro  entrerompidos, 
te  hicieron  de  pastores  alabado. 

IIERARDO 

En  el  cantar  contigo  acompañado, 
iré  muy  descansado; 
respóndeme.  Mas  no  sé  qué  me  cante. 

TAURISO 

Di  la  que  dice:  Estrella  radiante., 
ó  la  de:  O  triste  amante, 
ó  aquella:  Xo  se  como  se  decía, 
que  la  cantaste  un  día 
bailando  <'ou  Diana  en  el  aldea. 

BERARDO 

No  hay  ti^^^ro  ni  leona  que  no  f?ea 
á  compassión  movida 
de  mi  fatigji  extraña  y  peligrosa; 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


365 


luas  no  la  fiera  hermosa, 
fiera  devoridora  de  mi  vida. 

TAÜRI80 

Fiera  devoradora  de  rui  vida, 
«quién  si  no  tú  estuviera 
con  la  dureza  igual  á  la  hermoíurft? 
y  en  tanta  desventura 
;cómo  es  possible,  ay  triste,  que  no  muera? 

BERARDO 

;(/órao  es  possible,  ay  triste,  que  no  muera? 
dos  mil  veces  muriendo; 
;mas  cómo  be  de  morir  viendo  a  Diana? 
El  alma  tengo  insana: 
cuanto  más  trato  Amor,  menus  le  entiendo. 

TAÜRISO 

(.'llanto  más  trato  Amor,  menos  le  entiendo, 
que  al  que  le  sirve  mata, 
y  al  que  huyendo  va  de  su  cadena, 
con  redoblada  pena 
las  míseras  entrañas  le  maltrata. 

BERAUDO 

Pastora,  á  quien  el  alto  cíelo  ha  dado 
beldad  más  que  á  las  rosas  coloradas, 
más  linda  que  en  Abril  el  verde  prado, 
do  están  las  florecillas  matizadas, 
ansí  prospere  el  cielo  tu  ganado, 
y  tus  ovejas  crezcan  á  manadas, 
que  á  mí,  que  á  causa  tuya  gimo  y  muero, 
no  me  muestres  el  gesto  airado  y  fiero. 

TAURlSO 

Pastora  sobemna,  que  mirandc 
los  campos  y  Horestas  asserenas, 
la  nieve  en  la  blancura  aventajando 
Y  en  la  beldad  las  frescas  azucenas, 
ansí  tus  campos  vayan  mejorando, 
y  dellos  cojan  fruto  á  manos  llenas, 
que  mires  á  un  pastor,  que  en  solo  verte 
piensa  alcanzar  muy  venturosa  suerte. 

A  este  tiempo  el  caballero  y  la  dama,  que  los 
cantares  de  los  pastores  escuchaban,  con  gran 
cortesía  atajaron  su  canto,  y  les  hicieron  mu- 
chas gracias  por  el  deleite  y  recreación  que  con 
tan  suave  y  deleitoso  música  les  habían  dado. 
Y  después  desto  el  caballero  vuelto  á  la  dama 
le  dijo:  ¿Oiste  jamás,  hermana,  en  las  sober- 
bias ciudadcb  uiúsica  que  tanto  cfmtente  al  oído 
y  tanto  deleite  el  ánimo  como  la  destos  pasto- 
ros?  Verdaderamente,  dijo  ella,  más  me  satis- 
facen esos  rústicos  y  pastoriles  cantos  de  una 
simple  llaneza  acompañados,  qne  en  los  pala- 


cios de  reyes  y  señores  las  delicadas  voces  con 
arte  curiosa  compuestas  y  con  nuevas  inven- 
ciones y  variedades  requebradas.  Y  cuando  vo 
tengo  por  mejor  esta  melodia  que  aquélla,  se 
puede  creer  que  lo  es,  porque  tengo  el  oído  he- 
cho á  las  mejores  músicas  que  en  ciudad  del 
mundo  ni  corte  de  rey  pudiessen  hacerse.  Que 
en  aquel  buen  tiempo  que  Marcelio  servía  á 
nuestra  hermana  Alcida,  cantaba  algunas  no- 
ches en  la  calle  al  son  de  una  vihuela  tan  dul- 
cemente, que  si  Orpheo  hacía  tan  apacible  mú- 
sica, no  me  espanto  que  las  fieras  conmovíesse, 
y  que  la  cara  Eurydice  de  averno  escurissimo 
sacasse.  ¡Ay!  Marcelio,  ¿dónde  estás  agora? 
i  Ay !  ¿dónde  estás,  Alcida?  Ay  desdichada  de  mi, 
que  siempre  la  fortuna  me  trae  á  la  memoria  co- 
sas de  dolor,  en  el  tiempo  que  me  ve  gozar  de  un 
simple  passatiempoí  Oyó  Marcelio,  que  con  las 
dos  pastoras  tras  las  matas  estaba,  las  razones 
del  caballero  y  de  la  dama,  y  como  entendió  que 
le  nombraron  á  él  y  á  Alcida,  se  alteró.  No  se  fió 
de  sos  mesmos  oídos,  y  estuvo  imaginando  si 
era  quizá  otro  Marcelio  y  Alcida  los  que  nom- 
braban. Levantóse  presto  de  donde  assentado 
estaba,  y  por  salir  de  duda,  llegándose  más,  y 
acechando  por  entre  las  matas,  conosció  que  el 
caballero  y  la  dama  eran  Polydoro  y  Clenarda, 
hermanos   de   Alcida.  Corrió  súbitamente   á 
ellos,  y  con  los  brazos  abiertos  y  lágrimas  en 
los  ojos,  agora  á  Polydoro,  agora  á  Clenarda 
abrazando,  estuvo  gran  rato,  que  el  interno  do- 
lor no  le  dejaba  hablar  palabra.  Los  dos  her- 
manos, •  espantados  desta  novedad,  no  sabían 
qué  les  había  acontescido.  Y  como  Marcelio 
iba  en  hábito  de  pastor,  nunca  le  conoscieron, 
hasta  que,  dándole  lugar  los  sollozos,  y  habida 
licencia  de  las  lágrimas,  les  dijo:  ¡Oh,  herma- 
nos de  mi  corazón,  no  tengo  en  nada  mi  des- 
ventura, pues  he  sido  dichoso  en  veros!  ¿Cómt» 
Alcida  no  está  en  vuestra  compañía?  ¿Está  por 
ventura  escondida  en  alguna  espesura  deste 
bosque?  Sepa  yo  nuevas  della,  si  vosotros  las 
sabéis;  remediad  por  Dios  esta  nn  pena,  y  sa- 
tisfaced á  mi  deseo.  En  esto  U,>s   los  hermanos 
conoscieron  á  Marcelio,  y  abrazados  con  él,  llo- 
rando de  placer  y  dolor,  le  decían:  ¡Oh  ventu- 
roso día!  ¡oh  bien  nunca  pensado!  ¡oh  hermano 
de  nuestra  alma!  ¿qué  desastre  tan  bravo  ha 
sido  causa  que  tú  no  goces  de  la  compañía  de 
Alcida  ni  nosotros  de  su  vista?  ¿por  qué  con 
tan  nuevo  traje  te  dissimulas?  ¡Ay  áspera  for- 
tuna! en  fin  no  hay  en  ningún  bien  cumplido 
contentamiento.  Por  otra  partí»,  Diana  é  Is- 
menia,  visto  que  tan  arrebatadamente  Marcelio 
halúa  entrado  donde   cantaban   los   pastores, 
fueron  allá  tras  él,  y  halláronle  passando  con 
Polydoro  y  Clenarda  la  plática  que  habéis  oído. 
Cuando  Tauriso  y  Berardo  vieron  á  Diana,  no 
se  pueile  encarescer  el  gozo  que  recibieron  d(* 


366 


orígenes  de  la  novela 


tan  improviga  vista.  Y  ansí  T acribo,  sefiaUn- 
do  con  el  gesto  7  palabras  la  alegría  del  cora- 
zón, le  dijo:  Grande  íaror  ea  eate  de  la  For- 
tuna, herniosa  Diana,  que  la  qae  hnje  siempre 
de  nnefltra  coin(»añia,  por  casos  j  saceeso^ 
nanea  iniaginaílos  venga  tantas  reines  donde 
noHOtros  estarn^^s.  No  es  causa  dello  la  Fortu- 
na, señalados  pastores,  dijo  Diaxa,  sino  ser 
vosotros  en  el  cantar  7  tañer  tan  ejercitados, 
(jue  no  ha7  lagar  de  recreación  donde  no  os  ha- 
gáis sentir  vuestras  canciones.  Pero  paes  aquí 
llegad  sin  saber  de  vosotros,  7  el  sol  toca  7a  la 
ra7a  del  modio  día,  me  holgaré  de  tener  en 
este  deleitr^so  lugar  la  siesta  en  vuestra  compa- 
ñía, que  aunque  me  importa  llegar  con  tiempo 
á  la  casa  de  Felicia,  tendré  por  bien  de  df'te- 
nerme  oqui  con  vosotros,  por  gozar  de  la  fresca 
vereda  7  escachar  vuestra  deleitosa  música. 
Por  esso  aparejaos  á  cantar  7  tañer,  7  á  toda 
suerte  de  ri'j;ocijo,  que  no  sf»rá  bien  que  falte 
semejante  placer  en  tan  principal  ajuntamiento. 
V  vosotros,  generosos  caballeros  7  dama,  po- 
ncíl  fin  por  agora  á  vuestras  lágrimas,  que 
tiempo  ü;rnéirt  para  contaros  las  vidas  los  unos 
á  loH  otros  7  para  dolerí)8  ó  alegraros  de  los 
malos  ó  buenos  sncessos  de  fortuna.  A  todos 
paresció  mu7  bien  lo  dicho  por  Diana,  7  ansí 
en  torno  de  una  clara  fuente  sobre  la  menuda 
hierba  sí;  absentaron.  Era  el  lugar  el  más  apa- 
cible de  aquel  bos(|ue  7  aun  de  cuantos  en  el 
famoso  Parthenií),  celebrado  con  la  clara  zam- 
j)ofitt  del  Neapolitano  S7ncero  pueden  hallar- 
h(\  Había  en  él  un  espacio  casi  que  cuadrado, 
<|iie  tuviera  como  basta  cuarenta  passoa  por 
cada  parte,  rodeado  de  muchedumbre  de  espe- 
88ÍSKÍ1110S  árboles,  tanto  que,  á  la  manera  de 
un  cercado  castillo,  á  los  que  allá  iban  á  ru- 
«rrearse  no  se  les  eí>uce<lía  la  entrada  sino  por 
sola  una  parte.  Estaba  sembrado  este  lugar 
de  verdes  bierl>tts  7  olorosas  flores,  de  los  pies 
de  ganados  no  pisa<las  ni  con  sus  dientes  des- 
eom(Klidament(i  tocadas.  En  medio  estaba  una 
limpia  7  ciaríssima  fuente,  que  del  pie  de  un 
antiquíssimo  roble  saliendo,  en  un  lugar  hondo 
7  cuadrado,  no  con  maestra  mano  fabricado, 
mas  por  la  provida  naturaleza  allí  para  tal 
electo  puesto,  se  recogía:  haciendo  allí  la  abun- 
dancia de  las  aguas  un  gracioso  ajuntamiento, 
<iue  los  j)astores  le  nombraban  la  fuente  bella. 
Eran  las  orillas  desta  fuente  de  una  ¡liedra 
blanca  tan  igual,  que  no  cre7era  nadie  que  con 
artifíeiosa  mano  no  estuviesse  fabricada,  si  no 
desonganaraii  \n  vista  las  naturales  piedras  allí 
nascidas,  7  l4in  fijas  en  el  suelo  como  en  los 
ásperos  montes  de  fragosas  peñas  7  duríssimos 
pedernales.  El  agua  que  de  aquella  abundantí- 
ssima  fuente  sobresalía,  jK)r  clos  estrechas  ca- 
nales derramándose,  las  hierbas  vecinas  7  ár- 
boles cercanos  regaba,  dándoles  contiima  ferti- 


lidad y  vida  7  sosteniéndolas  en  mo7  apacible 
v  graciosissima  verdura.  Por  estas  lindezas  que 
tenia  esta  hermosa  fuente,  era  de  los  pastores 
V  pastoras  tan  visitada,  que  nunca  en  ella  fal- 
taban pastoriles  regocijos.  Pero  teníanla  lo<: 
pastore:^  en  tanta  veneración  7  cnenta,  que  vi- 
niendo á  ella  dejaban  faera  sus  ganadoe,  por 
no  consentir  qae  las  claras  7  sabrosas  aguas 
fuessen  enturbiadas,  ni  el  ameno  pradecillo  de 
las  mal  miradas  ovejas  hollado  ni  apascentado. 
En  tomo  desta  fuente,  como  dije,  todos  se 
asentaron,  7  sacando  de  los  turrones  la  necessa- 
ria  provissión,  comieron  con  más  sabor  que  los 
grandes  señores  la  muchedumbre  7  variedad  dp 
curiosos  manjares.  Al  ñn  de  la  cual  comida, 
como  Marcelio  por  una  parte  7  PolTdoro  por 
otra  deseaban  por  extremo  darse  7  tomarse 
cuenta  de  sus  vidas,  Marcblio  fae  primero  k 
hablar,  7  dijo:  Razón  será,  hermanos,  que  yo 
sepa  algo  de  lo  ([ue  os  ha  sucedido  después  qup 
no  me  vistes,  que  como  os  veo  del  padre  Eu- 
gerio  V  de  la  hermana  A  leída  desacompañados, 
tengo  el  corazón  alterado,  por  no  saber  la  can- 
sa del  lo.  A  lo  cual  respondió  Polvdoro: 

Porque  me  parece  que  este  lugar  queda  muy 
perjudicado  con  que  se  traten  en  él  cosas  de 
dolor,  7  no  es  razón  que  estos  pastores  con  oir 
nuestras  desdichas  queden  ofendidos,  te  con- 
tare con  las  menos  palabras  qae  será  possible 
las  muchas  7  mu7  malas  obras  qae  de  la  for- 
tuna habemos  recebido.  Después  que  por  sacar 
al  fatigado  Eugerio  de  la  peligrosa  nave,  espe- 
rando buena  ocasión  para  saltar  en  el  batel,  do 
los  marineros  fui  estorlmdo,  7  juntamente  con 
el  temeroso  padre  á  mi  pesar  hube  de  qoedar 
en  ella,  estaba  el  triste  viejo  con  t«nta  angus- 
tia, como  se  puede  esperar  de  un  amoroso  pa- 
ilre,  que  al  fin  de  su  vejez  ve  en  tal  peligro  su 
vida  7  la  de  sus  amados  hijos.  No  tenía  cnenta 
con  los  golpes  que  las  bravas  ondas  daban  en 
la  nave,  ni  con  la  furia  que  los  iracundos  vien- 
tos por  todas  partes  le  combatían,  sino  que. 
mirando  el  pequeño  batel  donde  tú,  Marcelio, 
con  Alcida  7  Clenarda  estabas,  qne  á  cada  mo- 
vimiento de  las  inconstantes  aguas  en  la  mayor 
profundidad  dolías  páresela  trastornarse,  cnan- 
to más  lo  vía  de  la  nave  alejándose,  le  desape- 
gaba el  corazón  de  las  entrañas.  Y  cuando  09 
perdió  de  vista,  estuvo  en  peligro  de  perder  la 
vida.  La  nave  siguiendo  la  braveza  de  la  For- 
tuna, fué  errando  por  el  mar  por  espacio  de  cin- 
co días,  después  que  nos  despartimos;  al  cabo 
de  ^os  cuales,  al  tiempo  que  el  sol  estaba  cem 
del  occaso,  nos  vimos  cerca  de  tierra.  Con  cuya 
vista  se  regocijaron  mucho  los  marineros,  tanto 
por  hal>er  cobrado  la  perdida  confianza,  coiv» 
por  conoscer  la  parte  donde  iba  la  nave  enca- 
minada. Porque  era  la  más  deleitosa  tierra,  y 
más  abundante  de  todas  maneras  de  placer,  de 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


367 


;oI  con  sus  rajos  escalienta,  tanto 
los  marineros  sacando  de  ana  arca 
n  que  solía  en  la  pesadumbre  de  los 
^lignosos  viajes  deleitarse,  ao  puso  á 
tar  ansi: 

Soneto, 

)s  que  aflige  el  mar  airado, 
íNTiNO,  oh,  venturoso  suelo 
nás  se  cuaja  el  duro  hielo 
JO  el  trabajo  acostumbrado. 
que  seguro  y  sin  recelo 

fíeras  ondas  anegado, 
la  belleza  de  tu  prado 
or  de  tu  benigno  cielo. 
liga  el  mar  surca  la  nave 
I  )rador  cansado  tus  barbechos : 
1,  antes  que  el  mar  se  ensoberbezca, 
)S  perdidos  j  deshechos, 

cuando  en  Tu  ría  jo  me  lave 
Iditas  aguas  aborrezca. 

cantar  del  marinero  entendimos  que 
le  íbamos  á  tomar  era  del  reino  de 
,  tierra  por  todas  las  partes  del 
brada.  Pero  en  tanto  que  este  canto 
lave,  impelida  de  un  poderoso  vicn- 
)  tanto  á  la  tierra  que  si  el  esquife 
ara  pudiéramos  saltar  en  ella.  Mas 
r  unos  pescadores  fuimos  devisados, 
viendo  nuestras  velas  perdidas,  el 
á  la  una  parte,  las  cueidas  destro- 
1  castillos  hechos  pedazos,  conoscie- 
a  noccfisidad.  Por  lo  cual  algunos 
iénd<jse  en  un  barco  de  los  que  para 
o  ejercicio  en  la  ribera  tenian  ama- 
riiiioron  para  nosotros,  j  con  grande 
poco  trabajo  nos  sacaron  de  la  nave 
que  en  ella  veníamos.  Fué  tanto  el 
nM'cbimos,  cuanto  se  puede  j  debe 
\  los  marineros  que  en  su  barco  tan 
'ute  j  sin  ser  rogados  nos  habían 
i^ugerio  j  JO  les  dimos  las  gracias,  j 
s  ofrescimientos  que  á  tan  singular 

0  debían.  Mas  ellos,  como  hombres 
ral  piadosos  j  de  entrañas  simples  j 
no  curaban  de  nuestros  agradésci- 
mtes  no  queriendo  recebirlos,  nos 
)  delJOH:  No  nos  agradezcáis,  scfio- 
bra  á  nosotros,  sino  á  la  obligación 
os  á  socorrer  necessidades  j  al  buen 
)hintad  (jue  nos  fuerza  á  tales  hechos, 
or  cierto  que  toda  hora  que  se  nos 
semejante  ocasión  como  ésta  haremos 
',  aunque  peligren  nuestras  vidas, 
la  mañana  nos  sucedió  un  caso,  que 
•  hecho  otro  tal  como  agora  hecimos, 

1  después  hast-a  la  muerte.  El  caso 


fué  qae  al  despuntar  del  día  salimos  de  nues- 
tras chosa»  con  nuestras  redes  j  ordinarios 
aparejos  para  entrar  á  pescar,  y  antes  que  lle- 
gas8emo8  á  la  ribera  vimos  el  cielo  escurescido; 
sentimos  el  mar  alterado  j  el  viento  embraves- 
cido,  j  dos  veces  noa  quisimos  volver  del  ca- 
mino desconfiados  de  podernos  encomendar  á 
las  peligrosas  ondas  en  tan  malicioso  tiempo. 
Pero  paresció  4  algunos  de  nosotros  que  era 
conveniente  llegar  á  la  ribera  para  ver  en  qué 
pararía  la  braveza  del  mar,  j  para  esperar  si 
tras  la  rigurosa  fortuna  sucedería,  como  suele, 
alguna  súbita  bonanza.  Al  tiempo  que  llega- 
mos allá  vimos  un  batel  lidiando  con  las  bravas 
ondas,  sin  vela,  árbol  ni  remos,  j  puesto  en  el 
peligro  en  que  vosotros  os  habéis  visto.  Movi- 
dos á  compassión,  metimos  en  el  mar  uno  de 
aquellos  barcos  muj  bien  apercebido,  j  saltando 
de  presto  en  él,  sin  temor  de  la  fortuna,  fuimos 
hacia  el  batel  que  en  tal  peligro  estaba,  j  á  cabo 
de  puco  rato  llegamos  á  él.  Guando  estuvimos 
tan  cerca  del  que  pudimos  conoscer  los  que  en 
él  estaban,  vimos  una  doncella,  cu  jo  nombre 
no  sabré  decirte,  que  con  lágrimas  en  los  ojos 
se  dolía,  con  los  brazos  abiertos  nos  esperaba 
j  con  palabras  dolorosas  nos  decía:  Aj  herma- 
nob,  ruégoos  que  me  libréis  del  pelign)  de  la 
Fortuna ;  pero  más  os  suplico  que  me  saquéis 
de  poder  deste  trajdor,  que  conmigo  viene,  que 
contra  toda  razón  me  tiene  captiva,  j  á  pura 
fuerza  quiere  maltratar  mi  honestidad.  Ojendo 
esto,  con  toda  la  possible  diligencia,  j  no  sin 
mucho  peligro,  los  sacamos  de  su  batel,  j  me- 
tidos en  nuestro  barco  los  llevamos  á  tierra. 
Contónos  ella  la  traición  que  á  ella  j  una  her- 
mana y  cuñado  sujo  se  les  había  hecho,  que 
sería  larga  de  contar.  Tenérnosla  en  compañía 
de  nuestras  mujeres,  libre  de  la  malicia  j  des- 
honestidad de  los  dos  maríneros  que  con  ella 
venían,  j  á  ellos  los  metimos  en  una  cárcel  de 
un  lugar  que  está  vecino,  donde  antes  de  mu- 
chos días  serán  debidamente  castigados.  Pues 
habiéndonos  acontescido  esto,  ¿quién  de  nos- 
otros dejará  de  aventurarse  á  semejantes  peli- 
gros por  recobrar  los  perdidos  j  hacer  bien  á 
los   maltratados?  Cuando  Eugerio  ojó  decir 
esto  al  marinero  le  dio  un  salto  el  corazón,  j 
pensó  si  ora  esta  doncella  alguna  de  sus  hijas. 
Lo  mesmo  me  passó  á  mí  por  el  pensamiento; 
pero  á  entrambos  nos  consolaba  pensar  que 
presto  habíamos  de  saber  si  era  verdadera  nues- 
tra  presunción .  En   tanto   el    pescador  nos 
contó  este  sucesso,  el  barco,  movido  con  la 
fuerza  de  los  remos,  caminó  de  manera  que 
llegamos  á  poder  desembarcar.  Saltaron  aque- 
llos pescadores  can  los  pies  descalzos  en  el 
agua,  j  sobre  sus  hombros  nos  sacaron  á  la 
deseada  tierra.  Cuando  estuvimos  en  tierra, 
conosciendo  que  teníamos  necessidad  de  reposo, 


:%H 


ORÍGENES  I)E  LA  XOVELA 


lino  df  IloK,  qii«  más  ancúirio  pmreiciA,  trmvando 
á  mí  padre  fK/r  la  mauo,  y  hacíeiido  seflal  á  mí 
y  ¿  l'iH  otros  que  le  sif^uiéesemos,  tomó  el  ca- 
tiiífio  d^;  f»u  choza,  que  uo  muy  lejos  estaba, 
para  darnos  eu  ella  el  refresco  y  sossiego  neees- 
sario.  Siendo  llegados  allá,  sentimos  dentro 
cantos  de  mujeres,  y  no  entráramos  allá  antes 
de  oir  y  entender  dende  afuera  sus  canciones  si 
el  trabajo  que  llevábamos  nos  consintiera  dete- 
m'Hios  para  escucharlas.  Peto  Eugerio  y  yo  no 
YitufA  la  hora  de  entrar  allá  por  yer  quién  era 
la  doncella  que  libre  de  la  tempestad  y  de  las 
manos  del  traidor  allí  tenían.  Entramos  en  la 
easa  de  improviso,  y  en  remos  luego  dejaron  sus 
eantares  las  turlm<las  mujeres;  y  eran  ellas  la 
ujiíjer  del  ¡lescador  y  dos  hermosas  hijas  que 
«rantando  suavemente  hacían  las  ñudosas  redes 
con  que  los  descuidados  peces  se  cautiyan,  y 
en  medio  dellas  estaba  la  doncella,  que  luego 
fué  conoKcida,  porque  era  mi  hermana  Clenarda, 
que  está  presente.  Lo  que  en  esta  ventura  sen- 
timos, y  lo  í)ue  ella  sintió,  querría  que  ella 
mesnia  lo  dijcHse,  parque  yo  no  me  atrevo  á 
tan  gran  empresa.  Allí  fu<>ron  las  lágrimas,  allí 
los  gemirlos,  allí  los  placeres  revueltos  con  las 
penas,  allí  loH  dulzores  mezclados  con  las  amar- 
guras y  allí  las  obras  y  palabras  que  puede  juz- 
gar una  persona  de  discreción.  Al  fin  de  lo  cual 
mi  padre,  vuelto  á  las  hijas  del  pescador  les 
(lijo:  IlermoHas  doncellas,  siendo  verdad  que 
yo  vine  a(|ui  pura  dem'ansar  de  mis  trabajos, 
no  es  razón  qu<;  mi  venida  estorbe  vuestros 
regocijos  y  canciones,  ])ueH  ellas  solos  serían 
bastan  tes  para  darme  consolación.  Kssa  no  te 
faltará,  dijo  el  ])es(*ador,  en  tunto  que  estuvie- 
rcH  en  mi  vaihh:  á  lo  menos  yo  procuraré  de 
dárt<>Ia  por  las  maneras  possibles.  Piensa  agora 
(MI  tomar  refn'Kco,  (jue  la  música  no  faltará  á 
NU  tiempo.  Su  mujer  en  esto  nos  sacó  para 
('(inier  algunas  viaiulus,  y  mientras  en  ello  está- 
bamos ocupmloK,  la  una  de  aquellas  doncellas, 
(|ue  s(f  nombraba  Nerra,  cantó  esta  canción: 

(Uinción  (le  Xereti. 

En  el  campo  venturoso, 

donde  con  cluní  corriente 

(luadalavíar  hermoso, 

dt* jando  el  suelo  abundoso, 

da  tributo  al  mar  potente, 
íialatra  d<>sdeAo8a, 

d<»l  di>lor  (jue  á  liycio  daña 

iba  alegre  y  ImlÜciosa 

por  la  ribera  arent>sa, 

(|Ui'  el  mar  con  sus  ondas  baña. 

Mutre  la  arena  cogiendo 
conchas  y  piedras  pintadas, 
nuu'hiw  cantares  diciendo, 


con  el  son  del  ronce»  estruendo 
de  las  ondas  alteradas. 
Junto  al  agua  se  ponía, 
y  las  ondas  aguardaba, 
y  en  verlas  llegar  huía, 
pero  á  veces  uo  podía 
y  el  blanco  pie  se  mojaba. 

Lycio,  al  cual  en  sufrím¡ent<» 
amador  ninguno  iguala, 
suspendió  allí  su  tormento 
mientras  miraba  el  con  ten  t^^» 
de  su  polida  zagala. 

Mas  cotejando  su  mal 
con  el  gozo  que  ella  había, 
el  fatigado  zagal 
con  voz  amarga  y  mortal 
desta  manera  decía: 

Nympha  hermosa,  no  te  vea 
jugar  con  el  mar  horrendo. 
y  aunque  más  placer  te  sen, 
huye  del  mar,  Galatea, 
como  estás  de  Lycio  huyendo. 

I>(*ja  agora  de  jugar, 

que  me  es  dolor  importuno; 
no  me  hagas  más  penar, 
que  en  verte  cerca  del  mar 
tengo  celos  de  Neptuno. 

Causa  mi  triste  cuidado, 
que  ú  mi  pensamiento  crea, 
porque  ya  está  averiguado 
que  si  no  es  tu  enamorado 
lo  será  cuando  te  vea. 

V  está  cierto,  porque  Amor 
sabe  desde  que  me  hirió 
que  para  pena  mayor 

me  falta  un  competidor 
más  poderoso  que  yo. 

Deja  la  seca  ribera 
do  está  el  agua  infructuosa, 
guarda  que  no  salga  afuera 
alguna  marina  ñera 
enroscada  y  escamosa. 

Ihiye  ya,  y  nura  que  siento 
por  ti  dolores  sobrados, 
porque  con  doble  tormento 
celos  me  da  tu  contento 
y  tu  peligro  cuidados. 

En  verte  regocijada 
celos  me  hacen  acordar 
de  Europa  Nympha  preciada, 
del  toro  blanco  engañada 
en  la  ribera  del  mar. 

Y  el  i>nlihRr¡o  cuidado 
baeo  <pio  pienso  contino 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


Htíí) 


de  aquel  desdeúoso  alnado 
orilla  el  luar  arrastrado, 
visto  aquel  monstnio  marino. 

Mas  no  veo  en  tí  temor 
de  congoja  y  pena  tanta; 
que  bien  sé  por  mi  dolor, 
que  á  quien  no  t«nie  el  Amor, 
ningún  peligro  le  espanta. 

Guarte,  pues,  de  un  gran  cuidado; 
que  el  vengativo  Cupido 
viéndose  menospreciado, 
lo  que  no  hace  de  grado 
suele  hacerlo  de  ofendido. 

Ven  conmigo  al  bosque  anjeno, 

y  al  apacible  sombrío 

de  olorosas  ñores  lleno, 

do  en  el  día  más  sereno 

no  es  enojoso  el  Estío. 
Si  el  agua  te  es  placentera, 

hay  allí  fuente  tan  bella, 

que  para  ser  la  primera 

entre  todas,  sólo  espera 

que  tú  te  laves  en  ella. 

En  aqueste  raso  suelo 

á  guardar  tu  hermosa  cara 
no  basta  sombrero,  6  velo; 
que  estando  al  abierto  cielo, 
el  sol  morena  te  para. 

No  encuentras  dulces  contentos, 
sino  el  espantoso  estruendo, 
con  que  los  bravosos  vientos 
con  soberbios  movimientos 
van  las  aguas  revolviendo. 

Y  tras  la  fortuna  fiera 

son  las  vistas  más  suaves 
ver  llegar  á  la  ribera 
la  destrozada  madera 
de  lus  anegadas  naves. 
Ven  á  la  dulce  floresta, 
do  natura  no  fué  escaso, 
donde  haciendo  alegre  fiesta, 
la  más  cahirosa  siesta 
con  más  deleite  se  passn. 

Huye  los  soberbios  mares, 
ven,  verás  como  cantamos 
tan  deleitosos  cantares, 
rjue  los  más  duros  pesares 
suspendemos  y  engañamos. 

Y  aunque  quien  passa  dolores, 
Amor  le  fuerza  á  cantarlos, 
yo  haré  que  los  pastores 
no  digan  cantos  de  amores, 
porque  huelgues  de  escucharlos. 

orígenes  de  la  novela.— 24 


Allí  por  bosques  y  prados 

podrás  leer  todas  horas 

en  mil  robles  señalados 

los  nombres  más  celebrados 

de  las  Nymphas  y  pastoras. 
Mas  seráte  cosa  triste 

ver  tu  nombre  allí  pintado, 

en  saber  que  escrita  fuiste 

por  el  que  siempre  tuviste 

de  tu  memoria  l>orrado. 

Y  aunque  mucho  estás  airada, 

no  creo  yo  que  te  assombre 

tanto  el  verte  allí  pintada, 

como  el  ver  que  eres  amada 

del  que  allí  escribió  tu  nombre. 
No  ser  querida  y  amar 

fuera  triste  desplacer, 

más  ¿qué  tormento  6  pesar 

te  puede,  Nympha,  causar 

ser  querida  y  no  querer? 

Mas  desprecia  cuanto  quieras 

á  tu  pastor,  Galatea, 

sólo  que  en  essas  riberas 

cerca  de  las  ondas  fieras 

con  mis  ojos  no  te  vea. 
¿Qué  passatiempo  mejor 

orilla  el  mar  puede  hallarse 

que  escuchar  el  ruiseñor, 

coger  la  olorosa  flor 

y  en  clara  fuente  lavarse? 

Pluguiera  á  Dios  que  gozaras 

de  nuestro  campo  y  ribera, 

y  porque  más  lo  preciaras, 

ojala  tú  lo  probaras, 

antes  que  yo  lo  dijera. 
Porque  cuanto  alabo  aquí, 

de  su  crédito  le  quito, 

pues  el  contentarme  á  mí, 

bastará  para  que  á  tí 

no  te  venga  en  apetito. 

Lycio  muiího  más  le  hablara, 

y  tenía  más  que  hablalle, 

si  olla  no  se  lo  estorbara, 

que  con  desdeñosa  cara 

al  triste  dice  qu(»  calle. 
Volvió  á  sus  juegos  la  fiera, 

y  á  sus  llantos  el  pastor, 

y  de  la  misma  manera 

ella  queda  en  la  ril)era 

y  él  en  su  mismo  dolor. 

El  canto  de  la  hermosa  doncella  y  nuestra 
cena  se  acabó  á  un  mesmo  tiempo;  la  cual  fe- 
nescida,  preguntamos  á  Clenarda  de  lo  que  le 


370 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


había  sucedido  después  que  nos  departimos,  y 
ella  nos  contó  la  maldad  de  Bartofano,  la  neces- 
sidad  de  Alcida,  su  prisión  y  su  cautividad,  y 
en  fin,  todo  lo  que  tú  muy  largamente  sabes. 
Lloramos  amargamente  nuestras  desventuras; 
oídas  las  cuales,   nos  dijo  el  pescador  muchas 
palabras  de  consuelo,  y  especialmente  nos  dijo 
cómo  en  este  parte  estaba  la  sabia  Felicia,  cuya 
sabiduría  bastaba  á  remediar  nuestra  desgracia, 
dándonos  noticia  de  Alcida  y  de  ti,  que  en  esto 
venía  á  parar  nuestro  deseo.  Y  ansí  passando 
allí  aquella  noche  lo  mejor  que  pudimos,  luego 
por  la  mañana,  dejados  allí  los  marineros  que 
en  la  nave  con  nosotros  habían  venido,  nos  par- 
timos solos  los  tres,  y  por  nuestras  jornadas 
llegamos  al  templo  de  Diana,  donde  la  sapien- 
tíssima  Felicia  tiene  su  morada.  Vimos  su  ma- 
ravilloso templo,  los  ameníssimos  jardines,  el 
sumptuoso  palacio,  conoscimos  la  sabiduría  de 
la  prudentísima  dueña  y  otras  cosas  (j[ue  nos  han 
dado  tal  admiración,  que  aun  agora  no  tenemos 
aliento  para  contallas.  Allí  vimus  las  hermosís- 
siuias  Nymphas,  (jue  son  líjeniplo  de  castidad; 
allí  muchos  caballeros  y  damas,  pastores  y  pas- 
toras, y  particularmente  un  pastor  nombrado 
Syreno,  al  cual  todos  tenían  en  mucha  cuenta. 
A  éste  y  á  los  demás  la  sabia  había  dado  diver- 
sos remedios  en  sus  amores  y  necessidades . 
Mas  á  nosotros  en  la  nuestra  hasta  agora  el  que 
nos  ha  dado  es  hacer  quedar  á  nuestro  padre 
Eugerio  en  su  compañía  y  á  nosotros  mandar- 
nos venir  hacia  estas  partes,  y  (jue  no  volviés- 
semos  hasta  hallarnos  más  contentos.  Y  según 
el  gozo  que  de  tu  rista  recebimos,   me  paresco 
que  ya  habrá  ocasión  para  la  vuelta,   mayor- 
mente dejando  allí  nuestro  padre  solo  y  descon- 
solado. Jíien  sé  que  buscarle  su  Alcida  impor- 
ta mucho  para  su  descanso:  pero  ya  (jue  la  for- 
tuna en  tantf^s  días   no  nos  ha  dado  noticia 
della,  será  bien  que  no  le  hagamos  á  nuestro 
padre  carescer  tanto  tiempo  de  nuestra  compa- 
ñía. Después  que  Polydoro  dio  fin  á  sus  razo- 
nes, quedaron  todos  admirados  de  tan  tristes 
desventuras,  y  Marcelio  después  de  haber  llo- 
rado por  Alcida,  brevíssimamenti?  contó  á  Po- 
lydoro y  Clenarda  lo  que  después  que  no  había 
visto,  le  había  acontescido.  Diana  élsmenia, 
cuando  acabaron  de  oir  á  Polydoro,  desearon  lle- 
gar máspresto  á  la  casa  de  Felicia:  la  una  porque 
supo  cierto  que  Syreno  estaba  allí,  y  la  otra  por- 
que, oyrndo  tales  alabanzas  de  la  sabia,  concibió 
esperanza  d<'  haber  de  su  mano  algún  remedio. 
i\m  esto  (b'seo  que  tenían,  aunque  fué  la  iiit^»n- 
ción  d«í  Diana  reorearee  en  aqut4  deleitoso  lugar 
algunas  horas,   mudó  de  [)arescer,  estimando 
más  la  vista  <Ie  Svreno  que  la  lindeza  y  frescura 
del  bosque.  V  por  esso,  levantada  en  pie,  dijo  á 
Tauriso  y  Berardo:  Gozad,  pastores,  de  la  sua- 
vidad y  deleite  desta  ameníssima  vereda,  porque 


el  cuidado  que  tenemos  de  ir  al  templo  de  Dia- 
na no  nos  consiente  detenernos  aquí  más.  Hir- 
to  nos  pesa  dejar  un  aposento  tan  agradable  t 
una  tan  buena  compañía;  pero  somos  forzadf;3 
á  seguir  nuestra  ventura.  ¿Tan  cruda  serás  pas- 
tora, dijo  Tauriso,  que  tan  presto  te  ausentes 
de  nuestros  ojos  y  tan  poco  nos  dejes  gozar  de 
tus  palabras?  Maucelio  entonces  dijo  á  Diana: 
Razón  los  acompaña  á  estos  pastores,  henucisa 
zagala:  razón  es  que  tan  justa  demanda  se  les 
conceda:  que  su  fe  constante  y  amor  verdadero 
merece  que  les  otorgues  un  rato  de  tu  conver- 
sación en  este  apacible  lugar,  mayormente  ha- 
biendo bastantíssimo  tiempo  para  llegar  al 
templo  antes  que  el  sol  esconda  su  lumbre.  To- 
dos fueron  deste  parescer,  y  por  esso  Diana  no 
quiso  más  contradecirles,  sino  que,  sentándose 
donde  antes  estaba,  mostró  querer  complacer 
en  todo  á  tan  principal  ajuntamiento.  Isubnia 
entonces  dijo  á  IJerardo  y  Tauriso:  Pastores, 
pues  la  hermosa  1  >iana  no  os  niega  su  vista,  no 
es  justo  que  vosotros  nos  neguéis  vuestras  cau- 
ciones. Cantad,  enamorados  zagales,  pues  en 
ello  mostráis  tan  señalada  destreza  y  tan  ver- 
dadero amor,  que  por  lo  uno  sois  en  todas  par- 
tes alabados  y  con  lo  otro  movéis  á  piedad  los 
corazones.  Todos  sino  el  de  Diana,  dijo  Bbrar- 
oo ;  y  comenzó  á  llorar,  y  Diana  4  sonreír.  Lo 
cual  visto  por  el  pastor,  al  son  de  su  zampona, 
con  lágrimas  en  sus  ojos,  cantó  glossando  una 
canción  que  dice: 

Las  tristes  I '¡grimas  mías 
en  piedras  hacen  señal 
y  en  vos  nunca ^  por  mi  mal, 

Glossa, 

Vuestra  rara  gentileza 

no  se  ofende  con  sen'iros, 

pues  mi  mal  no  os  da  tristeza 

ni  jamás  vuestra  dureza 

dio  lugar  á  mis  suspiros. 
No  fueron  con  mis  porfías 

vu(>stras  entrañas  mudadas, 

aunque  veis  noches  y  días 

con  gran  dolor  derramadas 

Ifis  trifttes  lágrimas  mías, 

FiKM'te  es  vuestra  condición , 

{\\\o  en  acabarme  porfía, 

y  más  fuerte  el  corazón, 

que  viviendo  en  tal  passión 

no  le  mata  la  agonía. 
Que  si  un  rato  aÜoja  un  mal, 

uun({ue  sea  de  los  mayores, 

no  (la  pena  tan  mortal; 

mas  los  continott  dolores 

en  piedras  hacen  señal. 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


371 


Amor  es  un  sentimiento 

blando,  dulce  y  regalado; 

vos  causáis  el  mal  que  siento, 

que  Amor  sólo  da  tormento 

al  que  vive  desamado. 
Y  e'sta  es  mi  pena  mortal, 

que  el  Amor,  después  que  os  vi, 

como  cosa  natural, 

por  mi  bien  siempre  está  en  mí, 

1/  en  vos  nunca^  por  mi  mal. 

Contentó  mucho  á  Diana  la  canción  de  Be- 
rardo;  pero  viendo  que  en  ella  hacia  más  duro 
su  corazón  que  las  piedras,  quiso  volver  por  su 
lionra,  y  dijo:  Donosa  cosa  es,  por  mi  vida, 
nombrar  dura  recogida  y  tratar  de  cruel  la  que 
guarda  su  honestidad.  Ojala,  pastor,  no  tuviera 
más  tristeza  mi  alma  que  dureza  mi  corazón. 
¡  Mas,  ay  dolor,  que  la  fortuna  me  cautivó  con 
tan  celoso  marido,  que  fui  forzada  muchas 
veces  en  los  montes  y  campos  ser  descortés  con 
los  pastores,  por  no  tener  en  mi  casa  amarga 
vida!  Y  con  todo  esto  el  ñudo  del  matrimonio 
y  la  razón  me  obligan  á  buscar  el  rústico  j  mal 
acondicionado  marido,  aunque  espere  innume- 
rables trabajos  de  su  enojosa  compañía.  A  este 
tiempo,  Tauriso,  con  la  ocasión  de  las  quejas 
que  Diana  daba  de  su  casamiento,  comenzó  á 
tocar  su  zampona  y  á  cantar  hablando  con  el 
Amor,  y  glossando  la  canción  que  dice: 

Canción, 

La  bella  mal  maridada^ 
de  las  más  lindas  que  rt\ 
si  has  de  tomar  amores, 
vida  no  dejes  á  mi, 

Glossa, 

Amor,  cata  que  es  locura 
padescer,  que  eu  las  mujeres 
de  aventajada  hermosura 
pueda  hacer  la  desventura 
más  que  tu  siendo  quien  eres. 

Porque  estando  á  tu  poder 
la  belleza  encomendada, 
te  deshonras,  á  mi  ver, 
cu  sufrir  que  venga  á  ser 
la  bella  mal  maridada. 

Haces  mal,  pues  se  mostró 
beldad  ser  tu  amiga  entera, 
porque  siempre  ai  que  la  vio, 
á  causa  tuya  le  dio 
el  dolor  que  no  le  diera. 

Y  ansí  mi  constancia  y  fe 
y  la  pena  que  está  en  mi, 
por  haber  visto  no  fué. 


mas  por  ser  la  que  miré 
de  las  más  lindas  que  vi. 

Amor,  das  á  tantos  muerte, 

que  pues  matar  es  tu  bien, 

algún  día  espero  verte, 

que  á  ti  mismo  has  de  ofenderte, 

porque  no  tendrás  á  quién, 
i  Oh  qué  bien  parescerás 

herido  de  tus  dolores  I 

cautivo  tuyo  serás, 

que  á  ti  mismo  tomarás, 

ffi  has  de  tomar  amores. 

Entonces  dolor  dobhvdo 

podrás  dar  á  las  personas, 

y  quedarás  excusado 

de  haberme  á  mí  maltratado, 

pues  á  ti  no  t«  perdonas. 
Y  si  quiero  reprehenderte, 

dirás,  volviendo  por  ti, 

razón  forzarte  y  moverte, 

que  á  ti  mismo  dando  muerti», 

vida  no  dejes  á  mi. 

£1  cantar  de  Tauriso  paresció  muy  bien  á 
todos,  y  en  pailicular  á  Ismenia.  Que  aunque 
la  canción,  por  hablar  de  mal  casadas,  era  de 
Diana,  la  glossa  della,  por  tener  quejas  del 
Amor,  era  común  á  cuantos  del  estaban  ator- 
mentados. Y  por  esso  Ismenia,  como  aquélla 
que  daba  alguna  culpa  á  Cupido  de  su  pena, 
no  sólo  le  contentaron  las  quejas  que  del  hizo 
Tauriso;  mas  ella,  al  mesmo  propósito,  al  son 
de  la  lira,  dijo  este  soneto,  que  le  solía  cantar 
Montano  en  el  tiempo  que  por  ella  penaba: 

A^oneio, 

Sin  que  ninguna  cosa  te  levante. 

Amor,  que  de  perderme  has  sido  parte, 
haré  que  tu  crueldad  en  toda  parto 
se  snene  de  Poniente  hasta  Levante. 

Aunque  más  sople  el  Ábrego  ó  Levante, 
mi  nave  de  aquel  golfo  no  se  parte, 
do  tu  poder  furioso  le  abre  y  part?, 
sin  que  en  ella  un  suspiro  se  levante. 

Si  vuelvo  el  rostro  estando  en  el  tormento, 
tu  furia  allí  cnflaquesce  mi  deseo, 
y  tu  fuerza  mis  fuerzas  cansa  y  corta; 

Jamás  al  puerto  iré,  ni  lo  deseo, 

y  ha  tanto  que  esta  pena  me  atormenta, 
que  un  mal  tan  largo  hará  mi  vida  corta. 

No  tardó  mucho  Marcelio  á  respondelle  con 
otro  soneto  hecho  al  mismo  propósito  y  de  la 
misma  suerte,  salvo  que  las  quejas  que  daba 
no  eran  sólo  del  Amor,  pero  de  la  Fortuna  y  de 
sí  mismo. 


372 


orígenes  de  la  novela 


Soneto. 


Voy  tras  la  uiiierte  sorda  passo  á  passo, 
siguiéndola  por  campo,  valle    j  sierra, 
y  al  bien  ansi  el  camino  se  me  cierra, 
que  no  hay  por  donde  guíe  un  sólo  passo. 

Pensando  el  mal  que  de  contino  passo, 
una  navaja  agtida,  y  cruda  sierra 
de  modo  el  corazón  me  parte  y  sierra, 
que  de  la  vida  dudo  en  este  passo. 

La  Diosa,  cuyo  ser  contino  nicda, 
y  Amor  que  ora  consuela,  ora  fatiga, 
son  contra  mi,  y  aun  yo  mismo  me  daño. 

Fortuna  en  no  mudar  su  varia  rueda, 
y  Amor  y  yo,  cresciendo  mi  fatiga, 
sin  danne  tiempo  á  lamentar  mi  duño. 

El  deseo  que  tenia  Diana  de  ir  á  la  casa  de 
Felicia  no  le  sufría  detenerse  alli  más,  ni  espe- 
rar otros  cantares,  sino  que  acabando  Marcelio 
su  canción  se  levantó.  Lo  mismo  hicieron 
Ismenia,  Clenarda  y  Marcelio,  conosciendo  ser 
aquella  la  voluntad  de  Diana,  aunque  sabian 
que  la  casa  de  Felicia  estaba  muy  cerca,  y  había 
sobrado  tiempo  para  llegar  á  ella  antes  de  la 
noche.  Despedidos  de  Tauriso  y  Berardo,  salie- 
ron de  la  fuente  bella  por  la  misma  parte  por 
donde  habían  entrado,  y  caminando  por  el  bos- 
que su  passo  á  passo,  gozando  de  las  gentilezas 
y  deleites  que  en  él  había,  á  cabo  de  rato  salie- 
ron del,  y  comenzaron  á  andar  por  un  ancho  y 
espacioso  llano,  alegre  para  la  vista.  Pensaron 
entonces  con  ()uc  darían  regocijo  á  sus  ánimos, 
en  tanto  que  duraba  aquel  camino,  y  cada  uno 
dijo  sobre  ello  su  parescer.  Pero  Marcelio, 
como  estaba  siempre  con  la  imagen  de  su  Alcida 
en  el  pensamiento,  de  ninguna  cosa  más  hol- 
gaba que  de  mirar  los  gestos  y  escuchar  las 
palabras  de  Polydoro  y  Clenarda.  Y  ansí  por 
gozar  á  su  placer  deste  contento,  dijo:  No  creo 
yo,  pastoras,  que  todos  vuestros  regocijos  igua- 
len con  el  que  podéis  haber  si  Clenarda  os 
cuenta  alguna  cosa  de  las  que  en  los  campos  y 
riberas  de  Guadalaviar  ha  visto.  Yo  passé  por 
alli  andando  en  mi  peregrinación,  pero  no  pude 
á  mi  voluntad  gozar  de  aquellos  deleites,  por 
no  tenerle  yo  en  mi  corazón.  Pero,  pues  para 
llegar  á  donde  irnos  tenemos  de  tiempo  largas 
dos  horas,  y  el  camino  es  de  media,  podremos 
ir  á  espacio,  y  ella  nos  dirá  algo  de  lo  mucho 
que  de  aíjuella  amenissiiiia  tierra  se  puede  con- 
tar. Diana  y  Ismenia  á  esto  mostraron  alegres 
gestos,  s(!ñalando  tener  contento  de  oirlo,  y 
aunque  Diana  moría  por  llegar  temprano  al 
templo,  ]  or  no  mostrar  en  ello  sobrada  passión 
hubo  de  acomodarse  á  la  voluntad  de  todos. 
Clenarda  entonces,  rogada  por  Marcelio,  pro- 
siguiendo su  camino,  desta  manera  comenzó  á 
hablar: 


Aunque  decir  yo  con  nial  orden  y  rústicas 
palabras  las  extrañezais  y  beldades  de  la  Yaleu- 
tina  tierra  será  agraviar  sus  merescimientos  j 
ofender   vuestros   oídos,   quiero  deciros   algo 
della,  por  no  perjudicar  á  vaestras  vr^luntades. 
No  contaré  particularmente  la  fertilidad  del 
abundoso  suelo,  la  amenidad  de  la  siempre  flo- 
rida campaña,  la  belleza  de  los  más  encumbra- 
dos montes,  los  sombríos  de  las  verdes  silvas, 
la  suavidad  de  las  claras  fuentes,  la  melodía  de 
las  cantadoras  aves,  la  frescura  de  los  suaves 
vientos,  la  riqueza  de  los  provechosos  ganados, 
la  hermosura  de  los  poblados  lugares,  la  blan- 
dura de  las  amigables  gentes,  la  extrañeza  de 
los  sumptuosos  templos,  ni  otras  muchas  cosas 
con  que  es  aquella  tierra  celebrada,  pues  para 
ello  es  menester  más  largo  tiempo  y  más  esfor- 
zado aliento.  Pero  porque  de  la  cosa  más  im- 
portante de  aquella  tierra  seáis  informados,  os 
contaré  lo  que  al  famoso  Turia,  río  príncipal 
en  aquellos  campos  le  oí  cantar.  Venimos  un 
día  Polydoro  y  yo  á  su  ribera  para  preguntar 
á  los  pastores  deUa  el  camino  del  templo  de 
Diana  y  casa  de  Felicia,  porque  ellos  son  los 
que  en  aquella  tierra  le  saben,  y  llegando  á  una 
cabana  de  vaqueros,  los  hallamos  que  deleito- 
samente cantaban.  Preguntárnosles  lo  que  de- 
seábamos saber,  y  ellos  con  mucho  amor  nos 
informaron  largamente  de  todo,  y  después  nos 
dijeron  que,  pues  á  tan  buena  sazón  habíamos 
llegado,  no  dejássemos  de  gozar  de  un  suavis- 
simo  canto  que  el  famoso  Turia  había  de  ha^'cr 
no  muy  lejos  de  allí  antes  de  media  hora.  C<»u- 
tentos  fuimos  de  ser  presentes  á  tan  deleitoso 
regocijo,  y  nos  aguardamos  para  ir  con  ellos. 
Passado  un  rato  en  su  compañía,  partimos 
caminando  ril>eras  del  río  arriba,  hasta  que  lle- 
gamos á  una  espaciosa  campaña,  donde  vimos 
un  grandq  a  juntamiento  de  Nymphas,  pastores 
y  pastoras,  que  todos  aguardaban  que  el  famoso 
Turia  comenzasse  su  canto.  No  mucho  después 
vimos  al  viejo  Turia  salir  de  una  profundíssi- 
ma  cueva,  en  su  mano  una  urna,  6  vaso  maj 
grande  y  bien  labrado,  su  cabeza  coronada  con 
hojas  de  roble  de  laurel,  los  brazos  vellosos,  la 
barba  limosa  y  encanescida.  Y  sentándose  en 
el  suelo,  reclinado  sobre  la  urna,  y  derramando 
della  abundancia  de  claríssimas  aguas,  levan- 
tando la  ronca  y  congojada  voz,  cantó  desta 
manera: 

Cunto  de  Turia, 

Regad  el  venturoso  y  fértil  suelo, 
corrientes  aguas,  puras  y  abundosas, 
dad  á  las  hierbas  y  árboles  consuelo, 
y  frescas  sostened  flores  y  rosas; 
y  ansí  con  el  favor  del  alto  cielo 
tendré  yo  mis  riberab  tan  hermosas, 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


373 


que  grande  envidia  habrán  de  mi  corona 
el  Pado,  el  Mincio,  el  Rhódano  y  Garona. 

Mientras  andáis  el  curso  apressurando, 
torciendo  acá  y  allá  vuestro  camino, 
el  Valentino  suelo  hermoseando 
con  el  licor  sabroso  y  cristalino, 
mi  flaco  aliento  y  débil  esforzando, 
quiero  con  el  espíritu  adevino 
cantar  la  alegre  y  próspera  ventura 
que  el  cielo  á  vuestros  campos  assegura. 

Oidme,  claras  Nimphas  y  pastores, 
que- sois  hasta  la  Arcadia  celebrados: 
no  cantaré  las  coloradas  flores, 
la  deleitosa  fuente  y  verdes  prados, 
bosques  sombríos,  dulces  ruiseñorci», 
valles  amenos,  montes  encumbrados, 
mas  los  varones  célebres  y  extraños 
que  aquí  serán  después  de  largos  años. 

De  aquí  los  dos  pastores  estoy  viendo 
Calixto  y  Alexandrb,  cuya  fama, 
la  de  los  grandes  Césares  venciendo, 
desde  el  Atlante  al  Mauro  se  derrama: 
á  cuya  vida  el  cielo  respondiendo, 
con  lina  suerte  altissima  los  llama, 
para  guardar  del  báratro  profundo 
cuanto  ganado  pasee  en  todo  el  mundo. 

De  cuya  ilustre  cepa  veo  nascido 
aquél  varón  de  pecho  adamantino, 
por  valerosas  armas  conoscido, 
Cesar  romano  y  Duque  valentino, 
valiente  corazón,  nunca  vencido, 
al  cual  le  aguarda  un  hado  tan  malino, 
que  aquél  raro  valor  y  ánimo  fuerte 
t^índrá  ñn  con  sangrienta  y  cruda  muorte. 

Lft  mosma  ha  de  acabar  en  un  niomonto 
al  Hugo,  resplandor  de  los  Monga  das, 
dejando  ya  con  fuerte  atrevimiento 
las  mauritanas  gentes  subjectadas: 
ha  de  morir  por  Carlos  muy  contento, 
después  de  haber  vencido  mil  jornadas, 
y  pelear  con  poderosa  mano 
con  el  francés  y  bárbaro  africano. 

Mas  no  miréis  la  gente  embravescida 
con  el  furor  del  iracundo  Marte: 
mirad  la  luz  que  aquí  veréis  nascida, 
luz  de  saber,  prudencia,  genio  y  arte; 
tanto  en  el  mundo  todo  esclarescida, 
que  ilustrará  la  más  oscura  parte: 
Vives,  qué  vivirá,  mientras  al  suelo 
lumbre  ha  de  dar  el  gran  señor  de  Délo. 

Cuyo  saber  altissimo  heredando 
el  Honorato  Juan,  subirá  tanto, 
que  á  un  alto  rey  las  letras  enseñando, 


dará  á  las  sacras  Musas  grande  espanto; 
parésceme  que  ya  le  está  adornando 
el  obispal  cayado  y  sacro  manto: 
ojalá  un  mayoral  tan  excelente 
sus  greyes  en  mis  campos  apasciente. 

Cuasi  en  el  mesmo  tiempo  ha  de  mostrarse 
NúÑEZ,  que  en  la  doctrina  en  tiernos  años 
al  gi-ande  Stagyrita  ha  de  igualarse, 
y  ha  de  ser  luz  de  patrios  y  de  extraño^: 
no  sentiréis  Demósthenes  loarse 
orando  él.  ¡Más,  ay,  ciegos  engaños! 
;ay,  patria  ingrata,  á  causa  tuya  siento 
que  orillas  de  Ebro  ha  de  mudar  su  assiento! 

¿Quién  os  dirá  la  excelsa  melodía, 
con  que  las  dulces  voces  levantando, 
resonarán  por  la  ribera  mía 
poetas  mil?  Ya  estoy  de  aquí  mirando 
que  Apolo  sus  favores  les  envía, 
porque  con  alto  espíritu  cantando, 
hagan  que  el  nombre  de  este  fértil  suelo 
del  uno  al  otro  polo  extienda  el  vuelo. 

Ya  veo  al  gran  varón  que  celebrado 
será  con  clara  fama  en  toda  parte, 
que  en  verso  al  rojo  Apolo  está  igualado 
y  en  armas  está  al  par  del  fícro  Marte: 
AusÍAS  Margu,  que  á  tí,  florido  Prado, 
Amor,  Virtud  y  Síuerte  ha  de  cantarte, 
llevando  por  honrosa  y  justa  empresa 
dar  fama  á  la  honestíssima  Teresa, 

Bien  mc^strará  ser  hijo  del  famoso 

y  grande  Pedro  March,  que  en  paz  y  en 

[guerra, 
docto  en  el  verso,  en  armas  poderoso, 
dilatará  la  fama  de  su  tierra; 
cuyo  linaje  ilustre  y  valeroso, 
donde  valor  claríssimo  se  encierra, 
dará  un  JAime  y  Arnau,  grandes  portas, 
á  quien  son  favorables  los  planetas. 

Jorge  del  Rey  con  verso  aventajado 
ha  de  dar  honra  á  toda  mi  ribera, 
y  siendo  por  mis  Niniphas  coronado 
resonará  su  nombre  por  do  quiera; 
el  revolver  del  cielo  apressurado 
propicio  le  será  de  tal  manera, 
que  Italia  de  su  verso  terna  espanto 
y  ha  de  morir  de  envidia  de  su  canto. 

Ya  veo,  Franci  Oliver,  que  el  cielo  hieres 
con  voz  que  hasta  las  nubes  te  levanU, 
y  á  ti  también,  claríssimo  Figuereb, 
en  cuyo  verso  habrá  lindeza  tanta; 
y  á  ti,  Martín  García,  que  no  mueres, 
por  más  que  tu  hilo  Lachesis  quebranta; 
Innocent  de  Curells,  también  te  veo 
que  en  versos  satisfaces  mi  deseo. 


:í74 


Aquí  t''fifJr*':íi  un  í^mi  rarón.  pa.«t^in^f, 

V  í'iiiii':i'l;irá  í-on  v^rj-y»*-  vu^i-tras  vida»: 
|«»i«"i,  NiíJipha-.  í:«f/ap;i'l  IíÍ'tI'ííí  y  fion-s 
al  ;^rantli:  «I  \imk  IÍojg  ai:ral«-5?itla.s, 
roronail  í-on  latir^'l,  v-rpíllo  v  apio 
#•]  í^raii  HÍ'TVO  d'í  A¡*«>lo  y  *!*•  Es^-ulapio. 

V  al  Kraii  Xabcih  Vínole»,  que  pr-goiia 
su  ^rtiii  valor  con  levantada  ríuja, 
tííjí"!  de  venle  lauro  una  corona, 
haciendo  al  uiundo  p^iblíca  du  estima; 
t^j"<l  otra  á  la  altíissinia  ¡«ersona, 
que  el  verHO  Buhirá  á  la  excelsa  cima, 
y  lia  de  igualar  al  amador  de  Laura, 
CiiKHi'i  cf'Iehradí.ssiuio  Valldaura. 

PareHcenie  que  veo  un  excelente 

CoNi;K,  que  el  claro  nombre  de  su  Oliva 
hará  que  entre  la  extraña  y  patria  v;*i\\U% 
niíentruH  que  mundo  ha'urá,  florezca  y  viva: 
HU  hermoso  vento  irá  respIandeKcii'nte 
ron  la  perfecta  lunibre,  r|ue  deriva 
fiel  encendido  ardor  de  sus  Cfntellaf, 
que  en  luz  couipetirán  con  las  estrellaK. 

Ximphas,  haced  del  resto,  cuando  el  cielo 
con  JuAK  FKiiKAxnKZ  os  hará  dichosas, 
lu^ar  no  ({uede  en  t'xlo  aqueste  suelo, 
dr)  no  sembréis  los  lirios  y  las  Vosas; 
y  tú,  libera  Fuma,  alarga  el  vueb», 
empl<*a  atjuí  tus  fuerzas  poderosas, 
y  dale  aquel  renoin)>re  soberano 
(|ue  diste  al  celebrado  Mantuano. 

Mirando  estoy  u({ncl  poeta  raro 

Jaimk  (f  azull,  que  (>n  rima  valentina 
muestra  el  valor  del  vivo  ingenio  y  claro 
que  á  las  más  altas  nubes  se  avecina; 
y  el  Fknollau  q\ie  á  Tityro  acomparo, 
uii  consagrttdo  espíritu  adevina, 
({ue  resonando  aquí  su  dulce  verso 
se  escuchará  par  todo  el  universo. 

(*on  abundosos  cantos  del  Pinkda 
resonarán  también  estas  riberas, 
eo.i  cuyos  versos  Pan  v(»ncido  ({ueda, 
y  amansan  su  ri^or  las  tigres  fieras: 
hará  que  su  famoso  nombre  pueda 
subir  á  las  altíssimas  espheras: 
por  éste  mayor  honra  haber  espero, 
(jíie  la  soberbia  Smyrna  por  Homero. 

La  suavidad,  la  gracia  y  el  assiento 
mirad  con  (pie  el  gravissiuio  Vicente 
FicnnANDiB  mostrará  el  supremo  aliento, 
siendo  en  sus  clart>s  tienij)os  excelent*^: 


0RI0EXE3  DE  LA  NOVELA 

pondrá  freno  á  sn  farÍA  el  !»rmTO  Tiento. 
T  def'ndrán  mis  asoAS  sn  corrie-ute 

m 

<Ter;lo  al  S'-n  anu'.'nico  t  *naTC 

df  su  trra-?!''*:»  verso,  e-xcelso  r  erare. 


El  cielo  y  ¡a  rmzón  uo  han  consentido, 
que  hable  con  mi  titilo  humilde  y  llano 
del  e^í.-uadrón  intacto  y  elegido 
para  tener  oñ::u  sol>rehumauo, 
Febxas,  Sans,  Valdillos  y  el  escogido 
Cordero,  y  Blasco  ingenio  soliera  no, 
Gacet.  lumbres  más  claras  que  la  Aurora, 
de  quien  mi  canto  calla  por  agora. 

Cuando  en  el  grande  Borja,  de  Montesa 
Maestre  tan  magnánimo  imagino, 
que  en  versos  y  en  cualquier  excelsa  empresa 
ha  de  mostrar  valor  alto  t  divino, 
parésceme  que  más  importa  y  pesa 
mi  buena  suerte  y  próspero  destino, 
que  cuanta  fama  el  Tiber  ha  tenido, 
por  ser  allí  el  gran  Rómulo  nascido. 

A  ti  del  mismo  padre  y  mismo  nombre 
y  misnu'  sangre  altíssima  engendrado, 
elaríssimo  Don  Juan,  cuyo  renombre 
será  en  Parnasso  y  Pindó  celebrado, 
pues  ánimo  no  habrá  que  no  se  assombre 
de  ver  tu  verso  al  cielo  levantado; 
las  blusas  de  su  mano  en  Ilelicona 
te  están  aparejando  la  corona. 

Con  sus  héroes  el  gran  pueblo  Romano 
no  estuvo  tan  soberbio  y  poderoso, 
cuanto  ha  de  estar  mi  fértil  suelo  ufano, 
cuando  el  mai^no  Aquilón  me  harádicbosn 
(|ue  i'n  guerra  y  paz  consejo  soberano, 
verso  subtil,  y  esfuerzo  valeroso, 
le  han  de  encumbrar  en  el  supremo  estado 
donde  Marón  ni  Fabio  no  han  llegado. 

Al  Seraphin  centellas  voy  mirando, 
<j\ie  el  cauto  altivo  y  militar  destreza 
á  la  revifión  etérea  subliuiaudo, 
al  verso  añadirá  la  fortaleza, 
y  en  un  extremo  tal  se  irá  mostrando 
su  habilidad,  su  esfuerzo  y  su  nobleza, 
ijue  ya  comienza  en  mí  el  dulce  contento 
de  su  valor  y  gran  merescimiento. 

A  Don  Luis  Millán  recelo  y  temo 
que  no  podré  alabar  como  deseo, 
(jue  en  música  estará  en  tan  alto  extremo, 
<|ue  el  nmudo  le  dirá  segundo  Orpheo; 
tendrá  estado  famoso,  y  tan  supremo, 
en  las  heroicas  rimas,  que  no  creo 
que  han  do  poder  nombrársele  delante 
Ciño  Pistova  v  Guido  Cavalcante. 


DÍANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


875 


A  tí,  que  alcanzarás  tan  larga  parte 
do\  agua  poderosa  de  Pegaso, 
á  (juion  de  poesia  el  estandarte 
darán  las  moradoras  de  Parnasso, 
noble  Falcón,  no  quiero  aquí  alabarte, 
porque  de  ti  la  fama  hará  tal  caso, 
(jue  ha  de  tener  particular  cuidado 
(jue  desde  el  Indo  al  Mauro  estés  nombrado. 

Semper  loando  el  ínclito  imperante 

Carlos,  gran  rey,  tan  grave  canto  mueve, 
({ue  aunque  la  fama  al  cielo  le  levante, 
será  poco  á  lo  mucho  que  le  debe; 
veréis  que  ha  de  passar  tan  adelante 
con  el  favor  de  las  hermanas  nueve, 
que  hará  con  famosissimo  renombre 
que  Hesiodo  en  sus  tiempos  no  se  nombre. 

W  que  romanas  leyes  declarando, 
y  delicados  versos  componiendo, 
irá  al  sabio  Licurgo  aventajando 
y  al  veronés  poeta  antecediendo, 
ya  desde  aquí  le  estoy  pronosticando 
gran  fama  en  todo  el  mundo,  porque  entiendo 
que  cuando  de  Olí  ver  se  hará  memoria 
ha  de  callar  antigua  y  nueva  historia. 

Nyniphas,  vuestra  ventura  conoscíendo, 
haced  de  interno  gozo  mil  señales, 
que  casi  ya  mi  espíritu  está  viendo 
que  aquí  están  dos  varones  principales: 
el  uno  militar,  y  el  otro  haciendo 
cobrar  salud  á  míseros  mortales, 
SiüRAXA  y  el  Ardévol,  que  levantan 
al  cielo  el  verso  altíssimo  que  cantan. 

;  Queréis  ver  un  juicio  agudo  y  cierto 
un  general  saber,  un  grave  tiento? 
('queréis  mirar  un  ánimo  despierto, 
un  sossegado  y  claro  entendimiento? 
;  queréis  ver  un  poético  concierto, 
que  en  fieras  uuieve  blando  sentimiento? 
Phelippb  Catalán  mirad,  que  tiene 
j>ose88Íón  de  la  fuente  de  Hipocrem». 

Veréis  aquí  un  ingenio  levantado, 
((lie  gran  fama  lia  de  dar  al  campo  nuestro, 
de  soberano  espíritu  dotado, 
y  en  toda  habilidad  experto  y  diestro, 
<'l  Pbllicer,  doctísimo  letrado, 
y  en  los  poemas  único  maestro, 
en  quien  han  de  tener  grado  excessivo 
grave  saber  y  entendimiento  vivo. 

Mirad  aquel,  en  quien  pondrá  su  assiento 
la  rara  y  general  sabiduría; 
con  Qsto.  Orpheo  muestra  estar  contento, 
y  Apolo  influjo  altíssimo  le  envía; 


dale  Minerva  grave  entendimiento. 
Marte  nobleza,  esfuerzo  y  gallardía: 
hablo  del  Román í,  que  ornado  viene 
de  todo  lo  mejor  que  el  m  ndo  tiene. 

Dos  soles  nascerán  en  mis  riberas 
mostrando  tanta  luz  como  el  del  cielo; 
habrá  en  un  año  muchas  primaveras, 
dando  atavío  hermoso  el  fértil  sueh», 
no  se  verán  mis  sotos  y  praderas 
cubiertos  de  intractable  v  duro  hielo, 
oyéndose  en  mi  selva  6  mi  vereda 
los  versos  de  Vadillo  y  de  Pineda. 

Los  metros  de  Artieda  y  de  Clemente 
tales  serán  en  años  juveniles, 
que  los  de  quien  presume  de  excelente, 
vendrán  á  parescer  bajos  y  viles: 
ambos  tendrán  entre  la  sabia  gente 
ingenios  sossegados  y  subtiles, 
y  prometemos  han  sus  tiernas  flores 
fructos  entre  los  buenos  los  mejores. 

Lá  fuente  que  á  Parnasso  hace  famoso 
será  á  Juan  Pérez  tanto  favorable, 
que  de  la  Tana  al  Gange  caudaloso 
por  siglos  mil  tendrá  nombre  admirable; 
ha  de  enfrenarse  el  viento  pressuroso, 
y  detenerse  ha  el  agua  deleznable, 
mostrando  allí  maravilloso  espanto 
la  vez  que  escucharán  su  grave  canto. 

Aquel,  á  quien  de  drecho  le  es  debido 
por  su  destreza  un  nombre  señalado, 
de  mis  sagradas  Nymphas  conoscido, 
de  todos  mis  pastores  alabado, 
hará  un  metro  sublime  y  escogido, 
entre  los  más  perfectos  estimado: 
este  será  Almudévar,  cuyo  vuelo 
ha  de  llegar  hasta  el  supremo  cielo. 

En  lengua  patria  hará  clara  la  historia 
de  Capoles  el  célebre  Espinosa, 
después  de  eternizada  la  memoria 
de  los  Centellas,  casa  generosa, 
con  tan  excelso  estilo,  que  la  gloria, 
que  le  dará  la  fama  poderosa, 
hará  que  este  poeta  sin  segundo 
so  ha  de  nombrar  allá  en  el  nuevo  mundo. 

Recibo  un  regalado  sentimiento 
en  la  alma  de  alegría  enternescida, 
tan  sólo  imaginando  el  gran  contento 
que  me  ha  de  dar  el  sabio  Bonavioa: 
tan  gran  saber,  tiin  grave  entendimiento 
tendrá  la  gente  atónita  y  vencida, 
y  el  verso  tan  sentido  y  elegante 
se  oirá  desde  Poniente  hasta  Levante. 


•s 


yr.K  t»híOEyi:¿  DE 

-Ti  í •>!.■,  *í  ^,-.  T*r».'.  >i  ^-.  :.  ■.ft.'r- 

jtr. f >■■<  fí, ",  tí. :*.;  \  ♦fc.í n  ;. ., .  .- A. . -A  -.. :   . 
p*r*r*i'*T*  H  r.p^.f»  zAf^r  r'.'.-auí 

'H  í|//j  A<'jri<Í.  c//r»  '^fiI-^Ti  í-xtrar,  >  «^i panto 
»j  m'iri^f  ha  f\^  o*Q4*r  riAtii raleza: 

Uri  r%f%  harñ!Wad.  fm^'iM.  uoWi^-za. 
U/nd^d.  á\hyÁ\i'\ffZi,  ubi-'! n ría. 
f",  'livíríi<;¡óri.  m^'^^tía  y  ral^í-ntúi. 

Kíit/"  *r«  Al&j|]Víi,  el  úriKO  Monarca, 
í^jue  jnnUí  orlisnA  rtrnm  j  nolda^ir/?, 
qii-í  frtí  cnantr^  el  ancho  mar  ciñe  j  af*arca, 
con  ((ran  ra//n  Ioa  hor/ibreü  Heñafadoa 
en  ífran  dn/la  f/<^fidrán,  »¡  él  ea  Pf-trarca 
^/  «i  f'etrarcha  #-h  él,  niaravílWW 
de  rer  orje  donde  reina  e|  fi#f ro  MarU», 
tenífa  el  fa/riindo  Apolo  tanta  parte. 

Tran  ente  no  haj  fy^TfKina  á  quien  víi  ptu-da 
con  win  rerum  ílar  honra  ef^irlarégcirla. 
fjue  f;ittando  junto  á  PheUi,  loe^c,  queda 
la  ináH  IfMifhr^ma  entrella  es^nrecída, 
y  allende  deHto  el  cort<>  tiempo  reda 
ú  uAtm  dar  la  gloria  men*8cida. 
AdiÓM,  ailiÓK,  que  í^kIo  lo  restante 
o»  lo  diré  la  otra  vez  qu^»  cRnt4'. 

KnUi  fué  el  ífunto  di-l  río  'J'i.'ria,  ul  cual  es- 
tiivií-ron  muy  atentoH  hm  paKtores  y  Nyniphas, 
anHÍ  por  hii  diilztiru  y  Huavidud,  como  por  los 
Hí'rmJttílíiH  lir>mbreH  que  <*n  él  á  la  tierra  de  Va- 
i.KNCiA  Kc  promi'tíun.  MuchaH  otras  cosas  os 
poílrÍH  contar,  <jne  en  aquelIoH  dichosos  campos 
íi"  visto;  pero  JH  pesiidiinibre  que  de  mi  proliji- 
diid  habéis  rceibido,  no  me  da  Inorar  ú  ello, 
(¿ui'diiron  Murcelio  y  Uh  pastoras  con  gran 
miinivilla  d(!  lo  qui*  ('lenanla  les  había  contado, 
pero  cuando  l|e^r(5  4  |,i  f¡|,  ^{^,  b,,  razón,  vieron 
qu«'  estabun  nniy  cerca  de!  templo  tic  Diana  y 
<'omen/jiron  á  descubrir  sus  altos  chapiteles, 
íiue  |M>r  euí'ima  de  los  árboles  sobrepujaban. 
MiiH  antes  que  al  gran  palacio  llegassen,  vieron 
)or  Hcpn'l  llano  cogiciubi  flores  una  hermosa 
íynipha,  c'uyo  nombre,  y  lo  (|ui>  (h?  su  vista  su- 
cedió. sabriMM  oii  el  libro  <|ue  se  sigue. 

Fin  fii'l  libro  tercvro. 


I 


La  X->VELa 

LIBRO   CTARTO 

''jrirji-s»  i-'Q  ':*«  ^■ir-:!.'»  ax-*  !•.-*  b-Oi eres  din 

tariia.?  lil  cal.  ^c<n¿  «:  k  carie<5f»  «roeiita o^n 
!•,*  íí'jcLrs  'ii'?  xnT:iíLA§  r^o^r^  HiCíS  tí^ekii  de  sní 
mi'iar^zaá.  £1  «i^i-e  r;»CADdo  eCk  ruiíi  estado 
kfiel;?»  qir  la  f •:  r^la  9«»  zni>i«*.  lv  ií«De  macha 
raz»^:!  de  i n-. raparía  j  a: paritaria  coa  el  nomlre 
de  DLodaM**  c-:aLdv  a!;iniii  íiMitrario  soi^-^s**  le 
a':oni«?¿i.->r.  Mas  pn^ s  ella  en  el  bien  t  c-n  el  mil 
tiene  portan  natnrml  la  inco&stanciA.  loque  túci 
al  hoa.br»  pndente  es  no  TÍrir  confiado  en  la 
pos 9 r<* ion  de  k-5  bienes  ni  desesperado  en  el 
Ba;nm:er.to  de  k^  males:  ante«  TÍrircon  Unta 
prudencia  qne  se  pasaen  los  deleites  como  cosa 
qne  no  ha  de  dnrar,  y  los  tormentos  comoco6a 
qne  puede  ser  fenescida.  De  semejantes  hom- 
bres tiene  I>ios  particolar  caidado,  como  del 
triste  y  congojado  Marcelío,  librándole  de  sa 
necessidad  por  medio  de  la  sapíentissima  Feli- 
cia, la  caaL,  como  con  ta  espirita  aderinasse 
que  Marcelio,  Diana  y  los  otros  venían  á  su  casa, 
hizo  de  manera  qne  aquella  hermosa  NyiDpha 
saliesse  en  aquel  llano  para  que  les  diesse  cier- 
tas nuevas  y  sucediessen  cosas  que  con  sn  ex- 
traña sabiduría  vio  que  mucho  convenían.  Paes 
como  Marcelio  y  los  demás  Uegassen  donde  la 
Xympha  estaba,  saludáronla  con  mucha  corte- 
sia,  y  ella  les  respondió  con  la  misma.  Pregan- 
tifies  para  dónde  caminaban,  y  dijéronle  que 
para  el  templo  de  Diana.  Entonces  Arethia, 
que  este  era  el  nombre  de  la  Nympha,  les  dijo: 
Según  en  vuestra  manera  mostráis  tener  mu- 
cho valor,  no  podrá  dejar  Felicia,  cuya  Nym- 
pha  soy,  de  holgar  con  vuestra  compañía.  Y 
pues  ya  el  sol  está  cercano  del  occaso,  volveré 
con  vosotros  allá,  donde  seréis  recebidos  con  la 
fít'Sta  possible.  Ellos  le  agradescieron  macho 
las  amorosas  ofertas,  y  juntamente  con  ella  ca- 
minaron hacia  el  templo.  Grande  esperanza 
recibieron  de  las  palabras  desta  Nympha,  y 
aunque  Polydoro  y  Clenarda  habian  estado  en 
la  casa  de  Felicia,  no  la  conoscian  ni  se  acor- 
daban halH*lla  visto.  Esto  era  por  la  muche- 
dumbre de  Xymphas  que  tenia  la  sabia,  las 
cuales  obedesciendo  su  mandado  entendían  en 
diversos  hechos  en  diferentes  partes.  Por  esso 
le  preguntaron  su  nombre,  y  ella  dijo  que  se 
llamaba  Arethba.  Diana  le  preguntó  qué  ha- 
bía de  nuevo  en  aquellas  partes,  y  ella  respon- 
dió: Lo  que  más  nuevo  hay  por  acá  es  que  ha- 
brá dos  horas  que  llegó  á  la  casa  de  Fehcia 
una  dama  en  hábito  de  pastora,  que  vista  por 
un  hombre  anciano  que  allí  hay  fue  conoscida 
por  su  hija,  y  como  había  mucho  tiempo  que 
andaba  perdida  por  el  mundo,  fué  tanto  el  gozo 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


377 


que  recibió,  que  ha  redundado  en  cuantos  están 
en  aquella  casa.  El  nombre  del  viejo,  si  bien 
ine  acuerdo,  es  Eogerio,  y  el  de  la  hija  Ál- 
gida. M  ARGEL  I  o  oyendo  esto  quedó  tal  como 
un  discreto  puede  presumir,  y  dijo:  ;0h  ven- 
turosos trabajos  los  que  alcanzan  fm  con  tan 
próspera  ventura!  ¡Ay,  ayl  y  queriendo  passar 
adelante  se  le  añudó  el  corazón  y  se  le  travo  la 
lengua,  cayendo  en  el  snelo  desmayado.  Diana, 
Ismenia  y  Clenarda,  sentándose  cabe  él,  le  es- 
forzaron y  le  dijeron  palabras  para  dalle  áni- 
mo. Y  ansí  tornando  luego  en  sí,  se  levantó. 
No  se  holgaron  poco  Polydoro  y  Cienarda  con 
semejante  nueva,  viendo  que  sus  desventuras 
con  la  venida  de  su  hermana  Alcida  habían  de 
acabarse;  y  Diana  y  Ismenia  también  recibie- 
ron grande  alegría,  assi  por  la  que  sus  compa- 
ñeros tenían,  como  por  la  que  ellas  esperaban  de 
mano  de  la  que  sabía  hacer  tales  maravillas. 
Diana,  por  saber  algo  de  Syreno,  á  la  Nym- 
pha  preguntó  assí:  Nympha  hermosa,  gran 
confianza  me  distes  de  contento  con  decirme 
el  que  hay  en  el  palacio  de  Felicia  por  la  ve- 
nida de  Alcida,  pero  más  cumplido  le  recibiré 
si  me  contáis  los  pastores  más  señalados  que  en 
ella  están.  Respondió  entonces  Arethba:  Mu- 
chos pastores  hallaréis  allí  de  singular  meres- 
cimiento;  pero  los  que  agora  se  me  acuerdan 
son  Sylvano  y  Selvagia,  Arsileo  y  Belisa,  y  un 
pastor,  el  más  principal  de  todos,  llamado  Sy- 
reno, de  cuyas  habilidades  hace  Felicia  mucho 
caso;  mas  tiene  un  ánimo  tan  enemigo  de  Amor, 
que  á  cuantos  están  allí  tiene  maravillados.  De 
la  mesma  condición  es  Alcida,  tanto  que  des- 
pués que  ella  ha  llegado,  los  dos  no  se  han  par- 
tido, tratando  del  olvido  y  platicando  cosas  de 
desamor.  Y  ansí  tengo  por  muy  cierto  que  Fe- 
licia los  hizo  venir  á  su  casa  para  casallos,  pues 
son  entrambos  de  un  mesmo  parescer,  y  están 
sus  ánimos  en  las  condiciones  tan  avenidos, 
que  aunque  él  es  pastor  y  ella  dama,  puede 
Felicia  añadirle  á  él  más  valor  del  que  tiene, 
dándole  muchíssima  riqueza  y  sabiduría,  que 
es  la  verdadera  nobleza.  Y  prosiguiendo  su 
razón  Arethea,  vuelta  á  Marcelio  dijo:  Por 
esso  tú,  pastor,  pues  ves  tu  bien  en  peligro  de 
venir  á  manos  ajenas,  no  te  detengas  un  punto, 
que  si  llegas  á  tiempo  podrás  hurtarle  la  ven- 
tura á  Syreno.  Diana,  después  de  haber  oído 
estas  palabras,  sintió  bravissima  pena,  y  la  se- 
ñalara con  voces  y  lágrimas  si  la  vergüenza  y 
la  honestidad  no  se  lo  impidieran.  El  mesmo 
dolor,  y  por  la  mesma  causa,  sintió  Marcelio, 
y  quedó  del  tan  atormentado  que  pensó  morir- 
se, haciendo  grandíssimos  extremos:  de  manera 
que  un  mesmo  cuchillo  travessó  los  corazones 
de  Marcelio  y  Diana,  y  un  mesmo  recelo  les 
fatigó  las  almas.  Marcelio  temía  el  casamiento 
de  Alcida  con  Syreno  y  Diana  el  de  Syreno 


con  Alcida.  La  hermosa  Nympha  bien  conocía 
á  Marcelio  y  Diana  y  todos  los  demás;  pero 
por  orden  sapientíssima,  que  Felicia  les  había 
dado,  había  dissimulado  con  ellos  y  había  dicho 
una  verdad,  para  darle  á  Marcelio  una  no  pen- 
sada alegría,  y  una  mentira  para  más  avivar  su 
deseo  y  el  de  Diana,  y  para  que  con  esta 
amargura  después  les  fuessen  más  dulces  los 
placeres  que  allí  habían  de  recebir.  Llegados 
ya  á  una  plaza  ancha  y  heimosíssima,  que  está 
delante  la  puerta  de  aquel  palacio,  vieron  salir 
por  ella  una  venerable  dueña  con  una  saya  de 
terciopelo  negro,  tocada  con  unos  largos  y  blan- 
cos velos,  acompañada  de  tres  hermosíssimas 
Nymphas,  representando  una  honestíssima 
Sibila.  Esta  era  la  sabia  Felicia,  y  las  Nym- 
phas eran  Dorida,  Cynthia  y  Polydora.  Lle- 
gando Aretqba  delante  su  señora,  avisada 
primero  su  compañía  cómo  aquélla  era  Felicia, 
se  le  arrodilló  á  sus  pies  y  le  besó  las  manos, 
y  lo  mesmo  hicieron  todos.  Mostró  Felicia 
tener  gran  contento  de  su  venida,  y  con  gestb 
muy  alegre  les  dijo:  Preciados  caballeros,  dama 
y  pastoras  señaladas,  aunque  es  muy  grande 
el  placer  que  tengo  de  vuestra  llegada,  no  será 
menor  el  que  recibiréis  de  mi  vista.  Mas  por- 
que venís  algo  fatigados  id  á  tomar  descanso 
y  olvidad  vuestro  tormento,  pues  lo  primero  no 
podrá  faltaros  en  mi  casa  y  lo  segundo  con  mi 
poderoso  saber  será  presto  remediado.  Mostra- 
ron todos  allí  muchas  señales  y  palabras  de 
agrádese  i  miento,  y  al  fin  dellas  se  despidieron 
de  Felicia.  Hizo  la  sabia  que  Polydoro  y  Cle- 
narda quedassen  allí  diciendo  tener  que  hablar 
con  ellos;  y  los  demás,  guiados  por  Arethea, 
se  fueron  á  un  aposento  del  rico  palacio,  donde 
fueron  aquella  noche  festejados  y  proveídos  de 
lo  que  convenía  para  su  descanso.  Era  esta  casa 
tan  sumptuosa  y  magnífica,  tenía  tanta  riqueza, 
era  poblada  de  tantos  jardines,  que  no  hay  cosa 
que  de  gran  parte  se  le  pueda  comparar.  Mas 
no  quiero  detenerme  en  contar  particularmente 
su  hermosura  y  riqueza,  pues  largamente  fue 
contada  en  la  primera  parte.  Sólo  quiero  decir 
que  Marcelio,  Diana  y  Ismenia  fueron  aposen- 
tados en  dos  piezas  del  palacio  entapizadas  con 
paños  de  oro  y  seda  ricamente  labrados,  cosa 
no  acostumbrada  para  las  simples  pastoras. 
Fueron  allí  proveídos  de  una  abundante  y  de- 
licada cena,  servidos  con  vasos  de  oro  y  de 
cristal,  y  al  tiempo  de  dormir  se  acostaron  en 
tales  camas,  que  aunque  los  cuerpos  de  sus 
penas  y  cansancios  venían  fatigados,  la  blan- 
dura y  limpiezas  dellas  y  la  esperanza  que  Fe- 
licia les  había  dado  les  convidó  á  dulce  y  repo- 
sado sueño.  Por  otra  parte,  Felicia  en  compa- 
ñía de  sus  tres  Nymphas,  y  de  Polydoro  y 
Clenarda;  y  avisándoles  que  no  dijessen  nada 
de  la  venida  de  Marcelio,  Diana  é  Ismenia,  fué 


1 


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nflKirXKS  !•£  LA  N^'VELA 


■  ■ 

j/*>M-ai-.  j',.  ¡y  .-,  F'-.  z  V  )-'.••:>:.&,  .Svr- ij  ■. 
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0<-  »:•:*  :.«-.',♦*-.  h^tfcr.»  a'';:j  A-';!  Ja  ".■:j  !•.■■;  !j.>- 
is  />  vi->!/j' ».  iji-  j,-4*.t',ru  '.'  ;j  'j-j'-  3i'^j-!  ¡iia  í.a- 

'  '.  «'fMi  '!<-  ví'fbír  j»J?i»'>.  V  ]ii  '¿fie  *■!  pfc'ir*-  t'iv-i 
'J«'  ví-r  4  *.í  y  4  <-]Ío-  '  '-ri  tarii^j  '  ';iil"rit'.',  *:1  l'OZ'» 
* '#íj  'iij*'  t"  a^razar'/ij.  ]a«  lá^fririia»  ^'j*-  v*-rti<í- 
iMi,  lai)?  ra/oij' i>  q'j'r  j/ifti>f»apyij  y  lan  j.r'';fiji:tji- 

'Jamr.  ^iriítA*rH  /¡«^sUk  hizo  Alí.i'la  á  loh  hí-r- 
ffuri'/i!,  p;ro  iijiif:ha*<  ruán  á  Polyd'-ro  '|U'.'  á 
(.'J«'fjaHii,  ¡ftfr  la  pr"»'iiriiji<;ióii  qii'r  t'riiía  qu*; 
í'Mi  Man:'*Iio  ü**  ha  I;  ja  ¡'lo,  d'fiáii'lola  <rri  la  d*-- 
hicrta  í»íJa,  coiiío  h:tl><^ih  oído,  i'írro  qu'-ri'.'iido 
Fkmcm  a'Iarar  fhi'}^  «-rron-H  v  dar  fin  á  tan- 
í«H  dí'hdií'haH,  ha]»M  ariKÍ:  H<-nijoKa  Ak'ida,  por 
ifián  r^ut;  la  fortiiiia  «on  dr'Hwrn turan  iniiy  ^ran- 
dcH  Hf  lia  líiOhtrado  tu  «'iiciní^a,  no  negarás 
íji|i'  ron  i'l  ront^'ntí»  ^|ii<r  a^ora  í'vuob,  d«^  t^'^las 
hüH  ínjiir¡a»i  no  cHt^'H  runiplidaintfntc  vi-n^ada. 
Y  ponjín;  el  cngufio,  qm*  h:iHta  agora  tu  visto, 
fihorp'M'iifndo  kíu  razón  ú  tu  Manvlio.  h¡  vlreR 
uiAh  «mi  1*1,  i'M  l;ahtanlo  pura  altffrar  tu  corazón 
y  darlf*  niiudio  d('Halir¡ini<'nto,  Rorá  nicnostfT 
íjiH!  di*  tu  í'rror  y  HoMpoclm  qu<'dt»H  (IrscngaTia- 
ila.  Lo  r|u<*  dt:  Man'(*l¡<>  pn'Kunu's  <'.s  al  n^vés 
d(>  lo  rpn*  piíMiHUK:  pr)rrjU(>  dt'jarto  allí  on  hi  isla 
no  fui'  culpa  Nuya,  hiño  d(>  un  traidor  y  df^  la 
fortuiui.  La  cual,  por  satisfaiMT  d  daño  que  te 
lii/.o,  \n  hii  i'nraniiiNido  ú  mí,  en  cuya  Imxu  no 
liallarás  cosa  ajena  di'  vcrditd.  TíhIo  |o  (juc 
urcrca  dcHto  paHsa.  tu  lirmniim  Clfuardu  lar- 
^HUii'nlc  l«i  clirá;  oy«'  ku  rn/.«»n  y  da  cnMÜtn  á 
MUS  paliiltniM,  que  por  mí  iv  juro  (^uc  cuantas 
ciwas  Holu't'  cili)  Ir  contará  serán  certíssinnis  y 
Verdaderas.  (Sunenzó  («ntonecK  (^lenarda  á  con- 
tar el  eaNo  como  hidiía  ]msHado,  <li>sculpando  á 
Marcelio  y  á  sí,  n'citando  largamente  la  grande 
Iraiciiin  y  nmldad  de  Hartofano  y  todo  lo  demás 
»|ue  vhUi  contado.  ()íd«»  lo  <«ual,  Alcida  ijuimIó 
muy  Hatisl'(M«ha,  y  junto  con  el  cngafn>  salió  de 
nu  cura/.ón  d  aliorrcscimiento.  V  tanto  j>or 
estar  fuera  di*I  error  pascado  <'omo  por  la  ohra 
que  hiN  pt>dcrosaH  palabras  d(*  Kclicia  hacían  en 
nu  alma,  comen/ó  á  despertarse  en  ella  el  ador- 
mido amor  y  avivarse  el  sepultadt>  l'uegt\  y 
i'omo  tal  le  iliju  á  Felieia:  Sabia  señi»ra,  bien 
cono.-.io  el  verro  mío  y  la  nierced  «pie  me  he- 
ciste  el»  librarme  del,  pero  si  yo  desenraizada 
amo  á  Marcelio,  estando  »'l  ausente  cv>mo  está, 
m»  ten*lre  el  euuq>limienio  de  aleuria  quede  tu 
nmno  espero, antes  reeibiré  tane\ir<Mnada  pena, 
\\\w  para  el  remedio  ilella  será  menester  que  me 
Ini^rtN  nuevos  l*rtVv»rcs.  Respondió  á  esto  Fkli- 


c:a:  il.-T-fc  -ÍJtl  *^-i*-  iiiL-r  i'erifTSLkdídík 

r'..v.-  i  bTz  V.  ti!-:d-  E!  ^''1  ja  ^-*  ny  *hi 
'i' ■'.•.;  I  .  T  .-•  /j- ra  ■;'-  rr-.   jrr?-^. :  "«ric  C''-h  ta 

•  -  -  V  •  1 

di.'j.  T  ]•.  ajrsOí':'  Li'.ifrr. Ij  ET2ffrhv  j  su*  hi-ii. 

y*::.  !o  á  1*  fcp"S^!it<.*   árl    J^lib-io  411*   FfrÜTa 

i».-*  X'.-nia  *-:'»] ai'.-,  q^lr  Lmi^Vi  a|«arudc4  d* 
j'^  d*-  Mip.--lio  y  sUS  conji^aLeras.  Qní^rcnna 
rat'.i  Don  FViix  y  Frlisoiena,  los  í-tr:**  pisiow 
T  ja-ítoras  f'Zi  tom-»  de  la  fneiit*:  ¡«^roh^o** 
f»i<?ro!i  á  '-enar  d»r jando  ooDveriado  de  TuiT*r 
allí  al  día  hii¿7ii*:nte.  ana  hora  antes  del  dii. 
para  ¡rozar  d^  la  frescara  de  la  mañana.  Pon 
como  la  esperanza  del  placer  les  hieles  se  passar 
la  no'.-h'*  con  cuidado,  u»do¿  niadnigaron  taiit'^ 
que  antf-s  de  la  hora  concertada  acudieroa  «n 
sus  instrumentos  á  la  fuente.  Eufirerio,  con  el 
hijo  y  hijas,  avilado  de  la  música,  madmgú,  y 
fué  también  allá.  Comenzaron  á  tañer,  cantir 
y  mover  ;:randes  juegos  y  bullicios  á  la  Inmlre 
de  la  Luna,  que  con  lleno  y  resplaudecientí 
gesto  Iris  alumbralia  como  si  fuera  día.  ^íarcelio, 
Diana  y  Ismonia  dormían  en  dos  apoBenti*>5,  el 
uno  al  lado  del  otro,  cuyas  ventanas  dal)an  en 
<d  jardín.  V  aunque  por  ellas  no  podían  ver  la 
fuente,  á  causa  de  unos  es)>essos  y  altos  álamos 
que  lo  estorbaban,  pero  podían  oir  lo  que  en 
torno  della  se  hablaba.  Pues  como  al  bullicio, 
regocijo  y  cantares  de  los  pastores  Ismenia  re- 
cí)rdasso,  despertó  á  Diana,  y  luego  Diana 
dando  golpes  en  la  pared  que  los  dos  aposen- 
tos (lividía,  despiTtó  á  Marcelio,  y  todos  se  aso- 
maron á  las  ventanas,  donde  estuvieron  sin  sor 
vÍ8t«»8  ni  conoscidos.  Marcelii»  se  paró  á  fscu- 
cliar  si  por  ventura  sentiría  la  voz  de  Alci'ii. 
Diana  estaba  muy  atenta  por  oir  la  de  Syreno. 
Sola  Ismenia  no  tenía  confianza  de  oir  á  Mon- 
tano, pues  no  sabía  que  allí  estuviesse.  IVw 
ella  tuvo  nnis  ventura,  porque  á  la  sazón  un 
pastor  al  son  do  su  zampona  cantaba  desti* 
modo: 

lia  ln»rmosa,  rubicunda  y  fresca  Aurora 
ha  tic  venir  tras  la  importuna  noche; 
sucede  á  la  tiniebla  el  claro  dia, 
las  Xymphas  salirán  al  verde  prado, 

V  el  aire  sonará  el  suave  canto, 

V  dulce  son  de  cantadoras  aves. 

m 

Vo  soy  menos  dichoso  que  las  aves 
tpte  saludando  están  la  alegre  Aiirora, 
mostrando  allí  n»giKMJado  cauto; 
iph'  al  alba  triste  estoy  couio  la  noche, 
ó  i'stc  desierto  ó  muy  íiorído  el  prado, 
ó  este  ñul'biso  ó  muv  sereno  el  dia. 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


879 


En  hora  desdichada  j  triste  día 

tan  umorto  fnf,  que  no  podrán  las  aves, 
qne  en  la  maflana  alegran  monte  y  prado, 
ni  el  rutilante  gesto  de  la  Aurora 
de  mi  alma  desterrar  la  escura  noche, 
ni  de  mi  pecho  el  lamentable  canto. 

Mi  voz  no  mudará  su  triste  canto, 
ni  para  mi  jamás  será  de  día; 
antes  me  perderé  en  perpetua  noche, 
annque  más  canten  las  parleras  aves 
y  más  madrugue  la  purpúrea  Aurora 
para  alumbrar  y  hacer  fecundo  el  prado. 

¡Ay,  enfadosa  huerta!  ¡Ay,  triste  prado! 
pues  la  que  oir  no  puede  este  mi  canto, 
y  con  rara  beldad  vence  la  Aurora, 
no  alumbra  con  su  gesto  vuestro  día; 
no  me  canséis  ¡ay!  importunas  aves, 
porque  sin  ella  vuestra  Aurora  es  noche. 

En  la  quieta  y  sossegada  noche. 

cuando  en  poblado,  monte,  valle  y  prado 
reposan  los  mortales  y  las  aves, 
esfuerzo  más  el  congojoso  canto, 
haciendo  lloro  igual  la  noche  y  día, 
en  la  tarde,  en  la  siesta  y  en  la  Aurora. 

Sola  una  Aurora  ha  de  vencer  mi  noche, 
y  si  algún  día  ilustrará  este  prado, 
darme  ha  contento  el  canto  de  las  aves. 

Luego  Ismenia,  que  por  la  ventana  estuvo 
escuchando,  conosció  que  el  que  cantaba  era  su 
esposo  Montano,  y  recibió  tanto  gozo  de  oirle, 
como  dolor  en  sentir  lo  que  cantaba.  Porque 
presumió  que  la  pena  de  que  en  su  canción  de- 
cía estar  atormentado  era  por  otra  y  no  por 
ella.  Pero  luego  quedó  desengañada,  porque 
oyó  que  en  acabando  de  cantar  Montano  dio 
un  suspiro,  y  dijo;  ¡Ay,  fatigado  corazón,  cuan 
mal  te  fué  en  dar  crédito  á  tu  sospecha  y  cuan 

Í'nstamente  padesces  los  males  que  tu  misma 
iviandad  te  ha  procurado!  ¡  Ay,  mi  querida  Is- 
menia,  cuánto  mejor  fuera  para  mí  que  tu  so- 
brado amor  no  te  forzara  á  buscarme  por  el 
mundo,  para  que  cuando  yo,  conoscido  mi  error, 
á  la  aldea  volviera,  en  ella  te  hallaral  ¡Ay,  en- 

f  añosa  Sylveria,  cuan  mala  obra  heciste  al  que 
e  su  niñez  te  las  hizo  tan  buenas!  Mas  yo  te 
agradesciera  el  desengaño  que  después  me  dis- 
te declarándome  la  verdad,  si  no  llegara  tan 
tarde,  que  no  aprovecha  sino  para  mayor  pena. 
IsMBNiA,  oído  esto,  se  tuvo  por  bienaventu- 
rada, y  recibió  tanto  gozo  que  no  se  puede  ima- 
ginar. Las  lágrimas  le  salieron  por  los  ojos  de 
placer,  y  como  aquélla  que  vio  cercana  la  fin  de 
sus  fatigas,  dijo:  Ciertamente  ha  llegado  el 
tiempo  de  mi  ventura,  verdaderamente  esta 


casa  es  hecha  para  remedio  de  penados.  Mar- 
celio  y  Diana  se  holgaron  en  extremo  de  la 
alegría  de  Ismenia,  y  tuvieron  esperanza  de 
la  suya.  Quería  Ismenia  en  todo  caso  salir  de 
su  aposento  y  bajar  al  jardín,  y  al  tiempo  que 
Marcelio  y  Diana  la  detenían,  paresciéndoles 
que  debía  esperar  la  voluntad  de  Felicia,  oye- 
ron nuevos  cantos  en  la  fuente,  y  conosció  Dia- 
na que  eran  de  Syreno;  Ismenia  y  todos  se  so- 
segaron, por  no  estorbar  á  Diana  el  oir  la  voz 
de  su  amado,  y  sintieron  que  decía  ansí: 

SYRENO 

Goce  el  amador  contento 
de  verse  favorescido; 
yo  con  libre  pensamiento 
de  ver  ya  puesto  en  olvido 
todo  el  passado  tormento. 

Que  tras  mucho  padescer, 
los  favores  do  mujer 
tan  tarde  solemos  vellos, 
que  el  mayor  de  todos  ellos 
es  no  haberlos  menester. 

A  Diana  regraciad, 
ojos,  todo  el  bien  que  os  vino: 
vida  08  dio  su  cnieldad, 
su  desdén  abrió  el  camino 
para  vuestra  libertad. 

Que  si  penando  por  ella 
fuera  tres  veces  más  bella, 
y  en  todo  extremo  me  amara, 
tan  contento  no  quedara 
como  estoy  de  no  querella. 

Vea  yo,  Diana,  en  ti 
un  dolor  sin  esperanza, 
hiérate  el  Amor  ansí, 
que  yo  en  ti  tenga  venganza 
de  la  que  tomaste  en  mí. 

Porque  sería  tan  fiero 
á  tu  dolor  lastimero, 
que  si  allí  á  mis  pies  tendida 
me  demandasses  la  vida, 
te  diría  que  no  quiero. 

Dios  ordene  que,  pastora, 
tú  me  busques,  yo  me  asconda 
tú  digas:  <rMírame  agorar», 
y  que  yo  entonces  responda: 
o: Zagala,  vete  en  buena  hora». 

Tú  digas:  «Yo  estoy  penando 
y  tú  me  vas  desechando, 
¿qué  novedad  es  aquesta?» 


880 


ORÍGí^NES  DE  LA  NOVELA 


1 


y  yo  te  dé  por  respuesta 
irme  y  dejarte  llorando. 

Si  lo  dudas,  yo  te  ofrezco 
que  í'sto  y  aún  peor  Imré 
(jue  por  ti  ya  no  padezco, 
porque  tanto  no  te  ame' 
cuanto  agora  te  aborrezco. 

Y  es  bien  que  te  eche  en  olvidu 
quien  por  tí  tan  loco  ha  sido, 
que  de  haberte  tanto  amado, 
estuvo  entonces  penado 
y  agora  queda  corrido. 

Porque  los  casos  de  amores 
tienen  tan  triste  ventura, 
que  es  mejor  á  los  pastores 
gozar  libertad  segura 
que  aguardar  vanos  favores. 

;  Oh  Diana,  si  me  oyesses 
para  que  claro  entendiesses 
lo  que  siente  el  alma  mia! 
que  mejor  te  lo  diría, 
cuando  presente  estuviesses. 

P(»ro  mejor  será  estarte 
en  lugar  de  mi  apartado, 
porque  perderé  gran  parte 
del  placer  de  estar  vengado 
con  el  pesar  de  mirarte. 

No  te  vea  vo  en  mis  dias, 
porque  á  las  entrañas  mías 
les  será  dolor  más  fiero 
verte  cuando  no  te  quiertí 
que  cuando  no  nw  querías. 

Acontecióle  ú  Diana  como  á  los  que  ace- 
chan su  mesmo  mal,  pues  de -oír  los  repro- 
ches y  determinaciones  de  Syreno  sintió  tanto 
dolor,  que  no  me  hallo  bastante  para  contarle, 
y  tengo  por  mejor  dejarle  al  juicio  de  los  dis- 
cretos. Hasta  saber  que  pensó  perder  la  vida 
y  fué  menester  que  Ismenia  y  Marcelio  la  con- 
Holassen  y  esforz<issen  con  las  razones  que  á  tan 
encarecida  pena  eran  suficienti*s;  y  una  dellas 
fué  decirle  que  no  era  tan  poca  la  sabiduría  de 
Felicia,  en  cuya  casa  estaban,  que  á  mayores 
males  no  hubiesen  dado  remedio,  según  en  Is- 
menia desdeñada  de  Montano  poco  antes  se 
había  mostrado.  Con  lo  cual  Diana  un  tanto 
so  consoló.  Estando  en  estas  pláticas,  comen- 
zando ya  la  dorada  Aurora  á  descubrirse,  en- 
tró por  aquella  cámara  la  Nympha  Arethea, 
y  con  gesto  muy  apacible  les  dijo:  Preciados 
caballeros  y  hermosas  pastoras,  tan  buenos  y 
venturosos  días  tengáis  como  á  vuestro  meres- 
ciniiento  son  debidos.  La  sabia  Felicia  me  en- 


vía acá  para  que  sepa  si  os  llallas teis  esta  no- 
che con  más  contento  del  acostumbrado  y  pan 
que  vengáis  comigo  al  ameno  jardín,  donde 
tiene  que  hablaros.  Mas  conviene  que  tú,  Mar- 
celio, dejes  el  hábito  de  pastor,  y  te  vistas  estai 
ropas  que  aíjuí  te  traigo,  á  tu  estado  pertene- 
cientes. No  esperó  Ismbnia  que  Marcelio  rw- 
pondiesse  de  placer  de  la  buena  nueva,  sino  que 
dijo:  Los  buenos  y  alegres  dias,  ventaro6a 
Nympha,  que  con  tu  vista  nos  diste.  Dios  por 
nosotros  te  lo  pague,  pues  nosotros  no  basta- 
mos á  satisfacer  por  tanta  deuda.  £1  contento 
que  de  nosotros  quieres  saber,  cou  sólo  estar 
en  esta  casa  sería  muy  grande,  cuanto  másqiK 
h abemos  sido  esta  mañana  en  ella  tan  dichosos, 
que  yo  he  cobrado  vida  y  Marcelio  y  Diana  es- 
peranza de  tenella.  Mas  porque  á  la  Toinntid 
de  tan  sabia  señora  como  Felicia  en  todo  se 
obedezca,  vamos  al  jardín  donde  dices,  y  orde- 
ne Felicia  de  nosotros  á  su  contento.  Tom¿  en- 
tonces Arethea  de  las  manos  de  otra  Nim{^ 
que  con  ella  venía  las  ropas  que  Marcelio  ha- 
bía de  ponerse,  y  de  su  mano  le  ayudó  á  ves- 
tirlas, y  eran  tan  ricas  y  tan  guarnecidas  de 
oro  y  piedras  preciosas,  que  tenían  infinito  va- 
lor. Salieron  de  aquella  cuadra,  y  siguiendo  to- 
dos á  Arethea,  por  una  puerta  del  palacio  en- 
traron al  jardín.  Estaba  este  vergel  por  la  nna 
parte  cerrado  con  la  corriente  de  un  caudaloso 
rio;  tenía  á  la  otra  parte  los  sumptuosos  edifi- 
cios de  la  casa  de  Felicia,  y  las  otras  dos  partos 
unas  pareiles  almenadas  cubiertiis  de  jazmín, 
madreselva  y  otras  hierbas  y  flores  agradables 
á  la  vista.  Pero  de  la  amenidad  deste  lugar  se 
trat<)  abundantemente  en  el  cuarto  libro  de  la 
primera  parte.  Pues  como  entrassen  en  él,  vie- 
ron que  Sylvano  y  Selvagia,  apartados  de  lo» 
otros  pastores,  estaban  en  un  pradecillo  qne 
junto  á  la  puerta  estaba.  Allí  Arethea  se  des- 
pidió de  ellos,  diciéndoles  que  aguardasseu  allí 
á  Felicia,  porque  ella  había  de  volver  al  palacio 
para  dalle  razón  de  lo  que  por  su  mandado  ha- 
bía hecho.  Sylvano  y  Selvagia,  que  allí  esta- 
ban, conoscieron  luego  á  Diana  y  se  maravilla- 
ron de  vella.  Couosció  también  Selvagia  i  Is- 
menia, que  era  de  su  mismo  lugar,  y  ansí  se 
hicieron  grandes  fiestas  y  se  dieron  muchos 
abrazos,  alegres  de  verse  en  tan  venturoso  In- 
gar,  después  de  tan  largo  tiempo.  Sblvagií 
entonces  con  faz  regocijada  lea  dijo:  Bien  ve- 
nida sea  la  bella  Oiana,  cuyo  desamor  dio  oca- 
sión para  que  Sylvano  fuesse  mío,  y  bien  lle- 
gada la  hermosa  Ismenia,  que  con  au  engaño 
me  causó  tanta  pena,  que  por  remedio  dells 
vine  aquí,  donde  la  troqué  con  un  felia  estado. 
;Qué  l)uena  ventura  aquí  os  ha  encaminado? 
La  que  recebimos,  dijo  Diana,  de  tu  vista,  y 
la  que  esperamos  de  la  mano  de  Felicia.  iOht 
(lidiosa  pastora,  cuan  alegre  estoy  del  contento 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


SSl 


que  gauasttíl  Hágate  Dios  de  tan  próspera  for- 
tuna, que  goces  de  él  por  muchissimos  años. 
Marcelio  en  estas  razones  no  se  travesó  porque 
á  Sylvano  y  Selvagia  no  conoscia.  Pero  en 
tanto  que  los  pastores  estaban  entendiendo  en 
sus  pláticas  y  cortesías,  estuvo  mirando  un  ca- 
ballero y  una  dama  que,  travados  de  las  manos, 
con  mucho  regocijo  por  un  corredor  del  jardín 
iban  passeando.  Contentóse  de  la  dama,  y  le 
dio  el  espíritu  que  otras  veces  la  había  visto. 
Pero  por  salir  de  duda,  llegándose  á  Sylvano 
le  dijo:  Aunque  sea  descomedimiento  estorbar 
vuestra  alegre  conversación,  querría,  pastor,  que 
Die  dijesses,  quién  son  el  caballero  y  dama  que 
por  allí  passean.  Aquellos  son,  dijo  Sylvano, 
Don  Félix  y  Felixmena,  marido  y  mujer.  A  la 
hora  Marcelio,  oído  el  nombre  de  Felixmena, 
se  alteró  y  dijo:  Dime,  ¿cuya  hija  es  Felixmena? 
ij  dónde  nasció?  si  acaso  lo  sabes,  porque  de 
Don  Félix  no  tengo  mucho  cuidado.  Muchas 
veces  le  oí  contar,  respondió  Sylvano,  que  su 
tierra  era  Soldina,  ciudad  de  la  provincia  Van- 
dalia, su  padre  Andronio  y  su  madre  Delia. 
Mas  haced  placer  de  decirme  quién  sois  y  por 
qué  causa  me  hacéis  semejante  pregunta.  Mi 
nombre,  respondió  Marcelio,  y  todo  lo  demás 
lo  sabrás  después.  Pero  por  me  hacer  merced, 
que,  pues  tienes  conoscencia  con  esse  Félix  y 
Felixmena,  les  digas  que  me  den  licencia  para 
hablarles,  porque  quiero  preguntarles  una  cosa 
de  que  pueda  resultar  mucho  bien  y  alegría 
para  todos.  Pláceme,  dijo  Sylvano,  y  luego  se 
fué  para  Don  Félix  y  Felixmena,  y  les  dijo  que 
aquél  caballero  que  allí  estaba  quería,  si  no  les 
era  enojoso,  tratar  con  ellos  ciertas  cosas.  No 
se  detuvieron  un  punto,  sino  que  vinieron  don- 
de Marcelio  estaba.  Después  de  hechas  las  de- 
bidas cortesías,  dijo  Marcelio,  hablando  con- 
tra Felixmena:  Hermosa  dama,  á  este  pastor 
pregunté  si  sabía  tu  tierra  y  tus  padres,  y  me 
dijo  lo  que  acerca  dello  por  tu  relación  sabe;  y 
porque  conozco  un  hombre  que  es  natural  de 
la  misma  ciudad,  que,  si  no  me  engaño,  es  hijo 
de  un  caballero  cuyo  nombre  se  paresce  al  de 
tu  padre,  te  suplico  me  digas  si  tienes  algún 
hermano  y  cómo  se  nombra,  pdrque  quizás  es 
éste  que  yo  conozco.  A  esto  Felixmena  dio  un 
suspiro  y  dijo:  ¡Ay,  preciado  caballero,  cómo 
me  tocó  en  el  alma  tu  pregunta!  Has  de  saber 
que  yo  tuve  un  heruiano,  que  él  y  yo  nascimos 
de  un  mesmo  parto.  Siendo  de  edad  de  doce 
años,  le  envió  mi  padre  Andronio  á  la  corte  del 
rey  de  lusitanos,  donde  estuvo  muchos  años. 
Esto  es  lo  que  yo  sé  del,  y  lo  que  una  vez  con- 
té á  Sylvano  y  Selvagia,  que  son  presentes  en 
la  fuente  de  los  alisos,  después  que  libré  unas 
Xymphas  y  maté  ciei-tos  salvajes  en  el  prado 
de  los  laureles.  Después  acá  no  he  sabido  otra 
I    cosa  del  sino  que  el  rey  le  envió  por  capitán  en 


la  costa  de  África,  y  como  yo  tanto  tiempo  ha 
que  ando  por  el  mundo,  siguiendo  mis  desven- 
turas, no  sé  si  es  muerto  ni  vivo.  Marcelio 
entonces  no  pudo  detenerse  más,  sino  que  dijo: 
Muerto  he  sido  hasta  agora,  hermana  Felixme- 
na, por  haber  carcscido  de  tu  vista,  y  vivo  de 
hoy  en  adelante,  pues  he  sido  venturoso  de 
verte.  Y  diciendo  esto,  estrecha  y  amorosamen- 
te la  abrazó.  Felixmena,  reconosciendo  el  gesto 
de  Marcelio,  vio  que  era  aquel  mesmo  que  ella 
desde  su  niñez  tenía  pintado  en  la  memoria,  y 
cayó  luego  en  la  cuenta  que  era  su  proprio  her- 
mano. Fué  grande  el  regocijo  que  passó  entre 
los  hermanos  y  cuñado,  y  grande  el  placer  que 
sintieron  Sylvano  y  las  pastoras  de  verlos  tan 
contentos.  Allí  se  dijeron  amorosas  palabras, 
allí  se  derramaron  tristes  lágrimas,  allí  se  hi- 
cieron muchas  preguntas,  allí  se  prometieron 
esperanzas,  allí  se  hicieron  determinaciones,  y 
se  hablaron  y  hicieron  cosas  de  mucho  descan- 
so. Gastaron  en  esto  larga  una  hora,  y  aun  era 
poco,  según  lo  mucho  que  después  de  tan  larga 
ausencia  tenían  que  tratar.  Mas  para  mejor  y 
con  más  sossiego  entender  en  ello,  se  aascn ta- 
ren en  aquel  pradecillo,  bajo  de  unos  sauces, 
cuyos  entretejidos  ramos  hacían  estanza  som- 
bría y  deleitosa,  defendiéndolos  del  radiante  sol, 
que  ya  con  algún  ardor  assomaba  por  el  he- 
mispherío. 

En  tanto  que  Marcelio,  Don  Félix,  Felixme- 
na, Sylvano  y  las  pastoras  entendían  en  lo  que 
tengo  dicho,  al  otro  cabo  del  jardín,  junto  á  la 
fuente  estaban,  como  tengo  dicho,  Eugerio,  Po- 
lydoro,  Alcida  y  Clenarda.  Alcida  aquél  día 
había  dejado  las  ropas  de  pastora  por  mandato 
do  Felicia,  vistiéndose  adrezándose  ricamente 
con  los  vestidos  y  joyeles  que  para  ello  le  man- 
dó dar.  Pues  como  allí  estuviessen  también  Sj- 
reno.  Montano,  Arsileo  y  Belisa  cantando  y 
regocijándose,  holgaban  mucho  Eugerío  y  sus 
hijos  de  escucharlos.  Y  lo  que  más  les  con- 
tentó fué  una  canción  que  Syreno  y  Arsileo 
cantaron  el  uno  contra  y  el  otro  en  favor  de 
Cupido.  Porque  cantaron  con  más  voluntad, 
con  esperanza  de  Una  copa  de  cristal  que  Eu- 
gerio al  que  mejor  paresciese  había  prometido. 
Y  ansí  Syreno  al  son  de  su  zampona,  y  Arsi- 
leo de  un  rabel,  comenzaron  deste  modo: 

SYRENO 

Ojos,  que  estáis  ya  libres  del  tormente», 
con  que  mi  estrella  pudo  enbelesaros, 
;oh,  alegre!  i  oh,  sossegado  pensamiento! 
;oh,  esquivo  corazón!,  quiero  avisaros, 
que  pues  le  dio  á  Diana  descontento 
veros,  pensar  en  vos  y  bien  amaros, 
vuestro  consejo  tengo  por  muy  sano 
de  no  mirar,  pencar  ni  amar  en  vano. 


882 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ARBILEO 


Ojos,  que  niajor  lumbre  habéis  ganado 
mirando  el  sol  que  alumbra  en  vuestro  día, 
pensamiento  en  mil  bienes  ocupado, 
corazón,  aposento  de  alegría: 
sino  quisiera  verme,  ni  pensado 
hubiera  en  me  querer,  Belisa  mío, 
tuviera  por  dichosa  y  alta  suerte 
mirar,  pensar  j  amar  hasta  la  muerte. 

Ya  quería  Sjreno  replicar  á  la  respuesta  de 
Arsileo,  cuando  Euqerio  le  ataj<5  j  dijo:  Pas- 
tores, pues  habéis  de  recebir  el  premio  de  mi 
mano,  razón  será  que  el  cantar  sea  de  la  suer- 
te que  á  mi  más  me  contenta.  Canta  tú  prime- 
ro, Sjreno,  todos  los  versos  que  tu  Musa  te 
dictare,  y  luego  tú,  Arsileo,  dirás  otros  tantos 
6  los  que  te  paresciere.  Plácenos,  dijeron,  y 
Syreno  comenzó  assi: 

SVRBNO 

Alégrenos  la  hermosa  primavera, 
vístase  el  campo  de  olorosas  ñores, 
y  reverdezca  el  valle,  el  bosque  y  el  prado. 

Las  reses  enriquezcan  los  pastores, 
el  lobo  hambriento  crudamente  muera, 
y  medre  j  multipliqúese  el  ganado. 

El  rio  apressurado 

lleve  abundancia  siempre  de  agua  dura; 

y  tú,  Fortuna  avara, 

vuelve  el  rostro  de  crudo  y  variable 

muy  firme  y  favorable; 

y  tú,  que  los  espíritus  engañas, 

maligno  Amor,  no  aquejes  mis  entrañas. 

Deja  vivir  la  pastoril  llaneza 
en  la  quietud  de  los  desiertos  prados, 
y  en  el  plKcer  de  la  silvestre  vida. 

Descansen  los  pastores  descuidados, 
y  no  pruebes  tu  furia  y  fortaleza 
en  la  alma  simple,  Üaca  y  desvalida. 

Tu  llama  esté  encendida 

en  las  soberbias  cortes,  y  entre  gentes 

bravosas  y  valientes; 

y  para  que  gozando  un  dulce  olvido, 

descanso  muy  cumplido 

me  den  los  valles,  montes  y  campañas, 

maligno  Amor,  no  aquejes  mis  entrañas. 

<*En  que  h?y  hallas  tú  que  esté  sujeto 

á  tu  cadena  un  libre  entcndimionto 

y  á  tu  crueldad  una  alma  descansada? 
¿En  quien  mus  huye  tu  áspero  tormento, 

haces,  inicuo  Amor,  más  crudo  electü? 

¡oh,  sinrazón  jamás  acostumbrada! 
¡Oh,  crueldad  sobrada! 

¿No  bastaría,  Amor,  ser  poderoso, 

sin  ser  tan  riguroso? 

¿no  basta  ser  señor,  sino  tirano? 


¡Oh,  niño  ciego  y  vano! 

¿por  qué  bravo  te  muestras  y  te  ensañan, 

con  quien  te  da  su  vida  y  sus  entrañas. 

Recibe  engaño  y  torpemente  yerra 
quien  Dios  te  nombra,  siendo  cruda  Uai 
ardiente,  embravescida  y  furiosa. 

V  tengo  por  más  simple  el  que  te  llama 
hijo  de  aquella  Venus,  que  en  la  tierra 
fue  blanda,  regalada  y  amorosa. 

Y  á  ser  probada  cosa 

que  ella  pariessc  un  hijo  tan  malino, 

yo  digo  y  determino 

que  en  la  ocasión  y  cansa  de  los  males 

entrambos  sois  iguales: 

ella,  pues  te  parió  con  tales  mañas, 

y  tú,  pues  tanto  aquejas  las  entrañas. 

Las  mansas  ovejuelas  van  huyendo 
los  carniceros  lobos,  que  pretenden 
sus  carnes  engordar  con  posto  ajeno. 

Las  benignas  palomas  se  defienden 
y  se  recogen  todas  en  oyendo 
el  bravo  son  del  espantoso  trueno. 

El  bosque  y  prado  ameno, 

si  el  cielo  el  agua  clara  no  le  envía, 

la  pide  á  gran  porfía, 

y  á  su  contrario  cada  cual  resiste; 

sólo  el  amante  triste 

sufre  su  furia  y  ásperas  hazañas, 

y  deja  que  deshagas  sus  entrañas. 

Una  passión  que  no  puede  encubrirse, 
ni  puede  con  palabras  declararse, 
y  un  alma  entre  temor  y  amor  metida. 

Un  siempre  lamentar  sin  consolarse, 
un  siempre  arder,  y  nunca  consumirse, 
y  estar  muriendo,  y  no  acabar  la  vida. 

Una  passión  cresoida, 
que  passa  el  (jue  bien  ama  estando  anser 
y  aquel  dolor  ardiente, 
que  dan  los  tristes  celos  y  temores, 
estos  son  los  favores, 
Amor,  con  que  las  vidas  acompañas, 
perdiendo  y  consumiendo  las  entrañas. 

Arsileo,  acabada  la  canción  de  Syreno, 
mf>nzó  á  tañer  su  rabel,  y  después  de  hal»er 
nido  un  rato,  respondiendo  particulannent 
cada  estanza  de  su  competidor,  cantó  de 
suerte: 

AhSILBO 

Mil  meses  dure  el  tiempo  qnc  colora, 
matiza  y  pinta  el  seco  y  triste  mundo, 
renazcan  hierbas,  hojas,  frutas,  flores. 

El  suelo  estéril  hágase  fecundo. 

Ecco,  que  en  las  espessas  sylvas  mora, 
resjwnda  á  mil  cantares  de  pastores. 

Revivan  los  amores, 
que  el  enojoso  hibierno  ha  sepultado; 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


383 


j  porque  en  tal  estado 

mi  alma  tenga  toda  cumplimiento 

de  gozo  y  de  contento, 

pues  las  fatigas  ásperas  engañas, 

benigno  Amor,  no  dejes  mis  entrañas. 

No  presumáis,  pastores,  de  gozaros 

con  cantos,  flores,  rios,  primavera», 

si  no  está  el  pecho  blando  j  amoroso. 
¿A  quién  cantáis  canciones  placenteras? 

t'á  qué  sirre  de  flores  coronaros? 

¿cómo  os  agrada  el  rio  caudaloso 

ni  el  tiempo  deleitoso? 
Yo  á  mi  pastora  canto  mis  amores, 

y  le  presento  flores, 

y  assentando  par  della  en  la  ribera 

gozo  la  primavera, 

y  pues  son  tus  dulzuras  tan  extrañan, 

benigno  Amor,  no  dejes  mis  entrañas. 

La  sabia  antigüedad  Dios  te  ha  nombrado, 
vieudo  que  con  supremo  poderío 
siempre  ejecutas  hechos  milagrosos. 

Por  ti  está  un  corazón  ardiente  y  frío, 
por  ti  se  muda  el  torpe  en  avisado, 
por  ti  los  flacos  tornan  animosos. 

Los  dioses  poderosos 

en  aves  y  alimañas  convertidos, 

y  reyes  sometidos 

á  la  fueza  de  un  gesto  y  de  unos  ojos, 

han  sido  los  despojos 

de  tus  proezas  é  ínclitas  hazañas, 

con  que  conquistas  todas  las  entrañas. 

Vivia  en  otro  tiempo  en  gran  torpeza 

con  simple  y  adormido  entendimiento, 

en  codiciosos  tratos  ocupado. 
1  )cl  dulce  amor  no  tuve  sentimiento 

ni  en  gracia,  habilidad  y  gentileza, 

era  de  las  pastoras  alabado. 
Agora  coronado 

estoy  de  mil  victorias  alcanzadas 

en  luchas  esforzadas, 

en  tiros  de  la  honda  nmy  certeros, 

y  en  cantos  placenteros, 

después  que  tú  ennoblesces  y  acompañas, 

Iwnigno  Amor,  mi  vida  y  mis  entrañas. 

t*  Qué  mayor  gozo  puede  recebirse, 
que  estar  la  voluntad  de  amor  cautiva 
y  á  él  los  corazones  sometidos? 

Que  aunque  algunos  ratos  se  reciba 
algún  simple  disgusto,  ha  de  sufrirse 
á  vueltas  de  mil  bienes  escogidos. 

Si  viven  afligidos 

los  tristes  sin  ventura  enamorados 

de  estar  atormentados, 

echen  la  culpa  al  Tiempo  y  la  Fortuna, 

y  no  den  queja  alguna 

contra  ti,  Amor,  que  con  benignas  mañas 

tiernas  y  blandas  haces  las  entrañas. 


Mirad  un  gesto  hermoso,  y  lindos  ojos, 
que  imitan  dos  claríssimas  estrellas: 
que  al  alma  envían  lumbre  esclarescida. 

El  contemplar  la  perfección  de  aquellas 
manos,  que  dan  destierro  á  los  enojos, 
de  quien  en  ellas  puso  gloria  y  vida. 

Y  la  alegría  crescida, 
que  siente  el  que  bien  ama  y  es  amado, 
y  aquel  gozo  sobrado 
de  tener  mi  pastora  muy  contenta, 
lo  tengo  en  tanta  cuenta, 
que  aunque  á  veces  te  arrecias  y  te  ensañas, 
Amor,  huelgo  que  estés  en  mis  entrañas. 

A  todos  generalmente  fueron  muy  agrada- 
bles las  canciones  de  los  pastores.  Pero  vinien- 
do Eugerío  á  dar  el  prez  al  que  mejor  había 
cantado,  no  supo  tan  presto  determinarse. 
Apartó  á  una  parte  á  Montano  para  tomar  su 
voto,  y  lo  que  á  Montano  le  paresció  fué,  que 
tan  bien  había  cantado  el  uno  como  el  otro. 
Vuelto  entonces  Euoerio  á  Syreno  y  Arsileo, 
les  dijo:  Habilissimos  pastores,  mi  parescer  es 
que  fuisteis  iguales  en  la  destreza  y  sin  igual 
en  todas  estas  partes,  y  aunque  el  antiguo  Pa- 
lemón resuscitasse,  no  hallaría  mejoría  entre 
vuestras  habilidades.  Tú,  Syreno,  eres  digno  de 
la  copa  de  cristal,  y  tú  también,  Arsileo,  la 
meresces.  De  manera  que  sería  haceros  agravio, 
.  señalar  á  nadie  vencedor  ni  vencido.  Pues  re- 
solviéndome con  el  parescer  de  Montano,  digo 
que  tú,  Syreno,  tomes  la  copa  cristalina,  y  á  ti, 
Arsileo,  te  doy  esta  otra  de  Calcedonia,  que  no 
vale  menos.  A  entrambos  os  doy  copas  de  un 
mesmo  valor,  entrambas  de  la  vajilla  de  Felicia, 
y  á  mí  por  su  liberalidad  presentadas.  Los  pas- 
tores quedaron  muy  satisfechos  del  prudente 
juicio  y  de  los  ricos  premios  del  liberal  Euge- 
rio,  y  por  ello  le  hicieron  muchas  gracias.  A 
esta  sazón  Álgida,  acordándose  del  tiempo 
passado,  dijo:  Si  el  error,  que  tanto  tiempo  me 
ha  engañado,  hasta  agora  durara,  no  consintie- 
ra yo  que  Arsileo  llevara  premio  igual  con  el 
de  Syreno.  Mas  agora  que  estoy  libre  del,  y 
captiva  del  amor  de  Marcelio  mi  esposo,  por  la 
pena  que  me  da  su  ausencia,  estoy  bien  con  lo 
que  cantó  Syreno,  y  por  el  deleite  que  espero 
alabo  la  canción  de  Arsileo.  ¡Mas  ay,  descui- 
dado Syreno!  guarda  no  sean  las  quejas  que 
tienes  de  Diana  semejantes  á  las  que  tuve  yo 
de  Marcelio,  porque  no  te  pese,  como  á  mí,  del 
aborrescimiento.  Sonrióse  á  esto  Syreno,  y  dijo: 
¿Qué  más  justas  quejas  so  pueden  tener  de  una 
pastora  que  después  de  haberme  dejado  tomar 
un  desastrado  por  marido?  Respondió  entonces 
Alcida:  Harto  desastrado  ha  sido  él,  después 
que  á  mí  me  vido,  y  porque  viene  á  propósito, 
quiero  contarte  lo  que  ayer,  estorbada  por  Fe- 
licia, no  pude  decirte,  cuando  hablábamos  eu  las 


384 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


cosas  de  Diana.  Y  esto  á  fin  que  deseches  el 
olrido,  sabiendo  la  desventura  que  uii  desamor 
le  causó  al  malaventurado  Delio.  Ya  te  dije 
cómo  estuve  hablando  y  cantando  con  Diana 
en  la  fuente  de  h)S  alisos,  y  cómo  llegó  allí  el 
celoso  Delio,  y  luego  tras  él,  cu  hábito  de  pas- 
tor, el  congojado  Marcelio,  de  cuya  vista  que- 
dé tan  alterada,  que  di  á  huii  por  una  selva. 
Lo  que  después  me  acont<»BCÍó  fué,  que  cuando 
llegué  á  la  í)tra  part<?  del  bosque,  sentí  do  nuiy 
lejos  una  voz  que  decia  muchas  vc*ccs:  Aktda, 
Alcidn^  eapera^  espera.  Pensé  yo  (jue  era  Mar- 
celio, que  me  seguía,  y  por  no  sít  alcanzada, 
con  más  ligera  corrida  iba  huyendo.  Pero  por 
lo  que  después  sucedió,  supe  que  era  Delio, 
marido  de  Diana,  que  tras  mi  corriendo  venía. 
Porque,  como  yo  de  haber  corrido  nuicho,  vi- 
niessc  á  cansarme,  hube  de  ir  tan  á  espacio, 
que  llegó  en  vista  do  mí.  Conoscíle  y  páreme, 
para  ver  lo  que  quería,  no  ptuisando  la  causa  de 
su  venida,  y  él,  cuando  me  estuvo  delante,  fati- 
gado del  camino  y  turbado  de  su  congoja,  no 
pudo  hablarme  palabra.  Al  fín,  con  torpes  y 
desbaratadas  razones  me  dijo  que  estaba  ena- 
morado de  mí,  y  que  le  quisiesse  bien,  y  no  sé 
(pié  otras  cosas  me  dijo,  que  mostraron  su  poco 
caudal.  Yo  reíme  del,  á  decir  la  verdad,  y  con 
las  razones  que  supe  decirle,  procuré  de  conso- 
larle, y  hacerle  olvidar  su  locura,  pero  nada 
aprovechó,  porque  cuanto  más  le  dije,  más  loco 
estaba.  Por  mi  fe  te  juro,  pastor,  que  no  vi 
hombre  tan  perdido  de  amores  en  toda  mi  vida. 
Pues  como  yo  probiguiesse  mi  camino,  y  él 
siempre  me  siguiesse,  llegamos  juntos  á  una 
aldea  que  una  legua  de  la  suya  estaba,  y  como 
allí  viesse  mi  aspereza,  y  le  desaniparasse  del 
todo  la  esperanza,  de  puro  enojo  adolesció.  Fué 
hospcnlado  allí  por  un  pastor  que  le  conoscía, 
el  cual  luego  en  la  mañana  dio  aviso  á  su  ma- 
dre de  su  enfermedad.  Vino  la  madre  de  Delio 
con  gran  congoja  y  mucha  presteza,  y  halló  su 
hijo  que  estaba  abrasándose  con  una  ardentís- 
sima  calentura.  Hizo  muchos  llantos,  y  le  im- 
portunó le  dijesse  la  causa  de  su  dolencia;  pero 
nunca  quiso  dar  otra  respuesta,  sino  llorar  y 
suspirar.  La  amorosa  madre  con  nmchas  lágri- 
mas le  decia:  ¡Oh,  hijo  míol  ¿qué  desdicha  es 
ésta?  no  me  enculims  tus  secretos,  mira  que 
soy  tu  madre,  y  aun  p<Klrá  ser  que  sepa  de  (»llos 
algo.  Tu  esposa  me  contó  anoi'he  que  en  la 
fuent<!  de  los  alisos  la  dejastí»,  yendo  tras  no  sé 
(jué  pastora:  diiue  si  nasce  de  acjuí  tu  mal,  no 
tiiugas  empacho  de  decirlo;  mira  que  no  pue<le 
bien  curarse  la  enfermMad,  si  no  se  sabe  la 
causa  della.  ¡O  triste  Diana!  tú  partiste  hoy 
para  el  templo  de  Felicia  por  sal>er  nuevas  de 
tu  marido  y  él  estaba  más  cerca  de  tu  lugar,  y 
aun  más  enfermo  de  lo  que  pensabas.  Cuando 
Delio  oyó  las  palabras  de  su  uiadre,  no  res- 


pondió palabra,  sino  que  dio  un  gran  suspiro. 
y  de  entonces  se  dobló  su  dolor;  porque  antes 
sólo  el  amor  le  aquejaba,  y  entonces  fué  de 
amor  y  celos  atormentado.  Porque  como  él  sa- 
picsse  que  tú,  Syn>no,  estabas  aquí  en  casa  de 
Felicia,  oyendo  que  Diana  era  venida  acá,  tN 
miendo  que  no  reviviessen  los  amores  passaduii, 
vino  en  tanta  phrenesía,  y  se  le  arreció  el  mú 
do  tal  manera,  que  combatido  ác  dos  bravissi- 
mos  tormentos,  con  un  desmayo  acabó  la  vida, 
con  mucho  dolor  de  su  triste  madre,  parientes 
y  amigos.  Y»»  cierto  me  dolí  del,  por  haber  sido 
causa  (le  su  nuierte,  pero  no  pude  hacer  más, 
por  li>  que  á  mi  contento  y  honra  conveníi. 
Sola  una  cosa  mucho  me  posa,  y  es  que,  yaque 
no  le  hice  buenas  obras,  no  le  di  á  lo  menos 
buenas  palabras,  porque  por  ventura  no  viniert 
en  tal  extremo.  En  fin  yo  me  vine  acá,  dejando 
nnierto  al  triste,  y  á  sus  parientes  llorando,  sin 
saber  la  causa  de  su  dolencia.  Esto  te  dije  á 
propósito  del  daño  que  hace  un  bravo  olvido,  y 
también  para  que  sepas  la  viudez  de  tu  Diani. 
y  pienses  si  te  conviene  mudar  intento,  pues 
ella  UHidó  el  estado.  Pero  espantóme  que,  se- 
gún la  madre  de  Delio  dixo,  Diana  partió  ayer 
para  acá,  y  no  veo  que  haya  llegado.  Atento 
estuvo  Syreno  á  las  palabras  de  AlciJa,  y  conjo 
supo  la  uHierte  de  Delio,  se  le  alteró  el  corazón. 
Allí  hizo  gran  obra  el  poder  de  la  sabia  Feli- 
cia, (}ue  aunque  allí  no  estaba,  con  poderosati 
hierbas  y  palabras,  y  por  muchos  otros  medios 
procuró  que  Syreno  comenzasse  á  tener  afición 
á  Diana.  Y  no  fué  gran  maravilla,  porque  los 
influjos  de  las  celestes  estrellas  tanto  á  ello  le 
inclinaban,  que  paresció  no  ser  nascido  Syreno 
sino  para  Diana  ni  Diana  sino  para  Syreno. 

Estaba  la  sapientíssima  Felicia  en  su  riquís- 
simo  palacio,  rodeada  de  sus  castas  Nymphas 
obrando  (*on  poderosos  versos  lo  que  á  la  salud 
y  remcílio  de  tt»dos  estos  amantes  conveníi. 
Y  comí»  vio  desde  allí  con  su  sabiduría  que  yt 
los  engañados  Montano  y  Alcida  habían  conos- 
cido  su  error,  y  el  esquivo  Syreno  se  habí* 
ablandado,  conosció  ser  ya  tiempo  <lo  rematar 
los  largos  errores  y  trabajos  de  sus  huéspedes 
con  alegres  y  no  pensados  regocijos.  Saliendo 
de  la  sum])tuosa  casa  en  compañía  de  Dorída, 
Cyntia,  Polydora  y  otras  muchas  Nymphas, 
vino  al  ameníssimo  jardín,  donde  los  caballeros, 
damas,  pastores  y  pastoras  estaban.  Los  pri- 
meros (jue  allí  vio  fueron  Maníelio,  Don  Félix, 
Felixmena,  Sylvano,  Selvagia,  Diana  é  Isnje- 
nia,  que  á  la  una  parte  del  vergel  en  el  prade- 
cillo,  como  dijo,  junto  a  la  puerta  principal 
estaban  assentados.  En  ver  llegar  á  la  venera- 
ble dueña  tínlos  se  levantaron  y  le  besaron  las 
manos,  donde  tenían  puesta  su  esperanza.  Hi- 
zoles  ella  benigno  recogimiento,  y  señalóles  que 
la  siguiesseH,  y  ellos  lo  hicieron  de  voluntad. 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


385 


Felicia,  aeguida  de  la  amorosa  compañía,  tra- 
vesado todo  el  jardlo,  que  grandJasimo  era, 
riiio  á  !a  otra  parte  del,  á  la  fuente  donde  Eu- 
gerio,  Polj'doro,  Alcida,  Cienarda,  Syreno, 
Arsileo,  Belisa  j  Montano  estaban.  Alzáronse 
todoB  en  pie  por  honra  de  la  sabia  matrona;  7 
cuando  Alcida  vio  á  Marcelio,  Sjreno  á  Diana 
y  Montano  á  Ismenía,  ne  qaedaron  ab^nitoa,  7 
leci  parescit!  anefio  ó  encantamiento,  no  dando 
crédito  &  sua  mesmos  ojos.  La  aabia,  mandando 
á  t«dos  qne  bc  aasenta^sen,  mostrando  qaerer 
hablar  c<»aa  importantea,  sentada  en  medio  de 
todoa  elloB  en  un  escaño  de  marfil  habló  desta 
manera:  Seflalodo  7  hermoso  ajantamiento, 
llegada  es  la  hora  que  determino  daros  á  todos 
de  mi  mano  el  deseado  cont«ntsn)ientú,  pnes  ¿ 
essc  fin  por  diferentes  medios  7  caminos  os 
hice  Teñir  i  mi  casa.  Todos  estáis  aquí  jantoa, 
donde  mejor  podré  tratar  lo  que  á  vuestra  vida 
satisface.  Por  easo,  yo  os  ruego  que  os  conten- 
téis de  mi  voluntad  7  obedezcáis  á  mis  pala- 
bras. Tú,  Alcida,  qaedaste  de  tu  aospecha  des- 
engañada por  relación  de  tu  hermana  Cienarda. 
Conoacido  tenia  que,  después  que  deaechaste 
aquel  cruel  aborresci miento,  sentías  mucho  es- 
tar ausente  de  MarceÜo.  O  frese  i  te  qne  esta 
ausencia  no  seria  larga,  7  ha  sido  tan  corta, 
que  al  tiempo  que  della  te  me  quejabas,  estaba 
ya  MarceÜo  en  mi  casa.  Agora  le  tienes  delante 
tan  firme  en  su  primera  voluntad,  que  si  á  ti 
placerá,  y  á  tu  padre  7  hermanos  les  estará 
bien,  se  tendrá  por  dichoso  de  efectuar  contigo 
el  prometido  casamiento;  el  cual,  allende  que 
por  aer  de  tan  principales  personaa  ha  de  dar 
grande  regocijo,  le  dará  más  cumplido  á  causa 
de  la  hermana  Felixmena,  qne  Marcelio  des- 
pués de  tantos  afioa  halló  en  mi  casa.  Tú, 
Montano,  de  la  meama  Sylveria,  qne  te  engafió, 
quedaste  avisado  de  tu  error.  Llorabas  por 
haber  perdido  tu  mujer  Ismenia;  agora  viene  á 
vivir  en  tu  coropallfa,  7  á  dar  consuelo  á  tu 
congoja,  después  que  por  toda  España  con 
grandes  peligros  y  trabajos  te  ha  buscado.  Falta 
agora  que  te  dé  remedio,  hermosa  Diana.  Mas 
para  ello  quiero  primero  avisarte  de  lo  que 
Syreno  7  algunos  destoe  pastores  por  relación 
do  Alcida  aaben,  aunque  sea  cuento  que  lia  de 
laatimar  tu  coraeón.  Tu  marido  Delio,  hermosa 
pastora,  como  plugo  á  las  inexorables  Parcas, 
acabó  sus  dias.  Bien  conozco  que  tienes  alguna 
razón  de  lamentar  por  el,  pero  en  fin  todos  los 
hombres  eatán  obli^'ados  á  pagar  ese  tributo,  7 
lo  que  es  tan  común  no  debe  á  nadie  nota- 
blemente fatigar.  No  llores,  hermosa  Diana, 
qne  me  rompes  las  entrañas  en  verte  derramar 
essas  dolorosas  lágrimas:  enjuga  agora  tus 
ojos,  y  conanela  agora  tu  dolor.  No  vistas  ro- 
pas de  luto  ni  hagas  sobrado  sentimiento,  por- 
que en  esta  casa  no  se  sufre  largo  ni  demasiado 

úufaSNKfl  DE  LA   KOVBLl.^5 


llanto,  y  también  porque  mejor  ventura  de  la 
que  tenías  te  tiene  el  cielo  guardada.  V  puea  á 
lo  hecho  no  se  puede  dar  remedio,  á  tu  pruden- 
cia toca  agora  olvidar  lo  passado  y  á  mi  poder 
conviene  dar  orden  en  lo  presente.  Aquí  está 
tu  amador  antiguo  Syreno,  cuyo  corazón  por 
arte  mia,  y  por  la  razón  que  á  ello  le  obliga, 
está  tan  blando  y  mudado  de  la  passada  rebel- 
día como  es  menester  para  que  sea  contento  de 
casarse  contigo.  Lo  qne  te  ruego  es  que  obe- 
dezcas á  mi  voluntad,  en  cosa  que  tanto  te 
conviene:  porque,  aunque  perezca  hacer  ^ravío 
al  marido  muerto  caaarse  tan  prestamente,  por 
ser  cosa  de  mi  decreto  y  autoridad,  no  será 
tenida  por  mala.  V  tú,  Syreno,  pues  comen- 
zaste á  dar  lugar  en  tu  corazón  al  loable  y  ho- 
nesto amor,  acaba  ya  de  entregarle  tua  entra- 
ñas,  7  efectúeae  eate  alegre  y  bien  afortunado 
casamiento,  al  cumplimiento  del  cual  son  todas 
lae  estrellas  favorables.  Todos  los  restantes  que 
en  este  deleitoso  jardin  tenéis  aparejo  de  con- 
tentamiento, alegrad  vneatros  ánimos,  moved 
regocijados  juegos,  tañed  los  concertados  ins- 
trumentos, entonad  apacibles  cantarea  y  en- 
tended en  agradablea  con veraac iones,  por  honra 
y  memoria  destos  alegres  desengaños  y  ventu- 
rosos casamientos.  Acabada  la  razón  de  la  sabía 
Felicia,  todos  fueron  muy  contentos  de  hacer 
su  mandado,  párese icndolea  bien  su  voluntad 
7  maravillándose  de  su  s:ibiduria.  Montano 
tomó  por  la  mano  á  su  mnjer  Ismenia,  juzgán- 
dose entrambos  dichosos  7  bieua venturados;  7 
entre  Marcelio  7  Alcida  7  Syreno  y  Diana  fué 
al  instante  solemnizado  el  honesto  7  casto  ma- 
trimonio, con  la  firmeza  y  ceremonia  debida. 

Los  demás,  alegres  de  los  felices  acontesci- 
mientos,  movieron  grandes  cantos.  Entre  los 
cuales  Arsileo,  por  la  volnntad  que  á  Syreno 
tenia,  7  por  la  amistad  que  había  entre  los  dos, 
al  son  de  su  rabel  cantó  en  memoria  del  nuevo 
casamiento  de  Syreno  lo  siguiente: 


l>, 


a  friinceseg. 


De  flores  matizados  se  vista  el  verde  prado, 

retumbe  el  hueco  bosque  de  voces  deleitosas, 

olor  tengan  m&a  fino  las  coloradas  rosas. 

floridos  ramos  muera  el  viento  sossegodo. 
El  río  apressurado 

sus  aguas  acresciente, 

y  pues  tan  libre  quedo  la  fatigada  gente 

del  congojoso  llanto, 

moved,  hermosas  Nymphas,  regocijado  canto. 

Destíerre  los  nublados  el  prefulgente  dfa, 
despida  el  alma  triste  los  ásperos  dolores, 
esfuercen  más  sus  voces  losanlcesniiselíores, 

Y  pues  por  nueva  vía 
con  firme  cesamiento. 


38fi  orígenes  de 

de  nn  deumor  mnj  itudi;  b«  bao  uu  gnu 
Tocotrai  entre  tanto  [contento, 

mored,henno8aR  Xyniphas,  regocijado  canto. 
¿Quién  puede  hacer  niudamoa  U  voluntad  cons- 
[tante, 
j  hacer  que  la  alma  trueque  su  firme  presu- 
[pueBtní 
¿quién  pui-de  Iiarer  que  aiiicniGe  aboirescido 
[gesto 
y  el  eoraz<5n  esquivo  hacer  diclioso  uinantcF 
¿QuJi<n  puede  á  su  talante 
mandar  nnestras  entrañas, 
sino  la  gran  Felicia,  qne  obrado  lia  más  ba- 
que la  Tliebana  Manto?  [safias, 
mored,  heraiosas  Njniphae,  regocijado  cauto. 
Casados  venturosos,  el  poderoso  cielí) 

derrame  envuestroscampos  influjo  favorable, 
7  con  dobladas  crías  en  número  admirable 
vuestros  ganados  crezcan  cnbriendn  ■m  ancho 
No  os  dafie  el  crudo  hielo  [suelo. 

loM  tiernos  chiva  ticos, 

j  tal  cantidad  de  uro  os  haga  entrambos  ricos, 
que  no  sepáis  el  cuánto: 
moved,hermosasXymphaB,rego£Íjado  canto. 
Tengáis  de  dulce  gozo  bastante  cumplimiento 
con  la  progenie  herraosaqnc  os  salga  [>arec  ida, 
más  qne  el  antiguo  Néstor  tengáis  larga  la 
[vida, 
y  en  ella    nunca  os  pueda  faltar  contenta- 
Moviendo  tal  concento  [miento; 
por  campos  encinales, 
qne  ablande  duras  peQas  y  á  fiercis  animales 
cause  crcscido  espanto: 
moved,  hermosas  Xymphas,  regocijado  canto. 

Remeden  vuestras  voces  las  aves  auiorosas, 
los  Tcntecicos  suaves  os  hagan  dulce  fiesta, 
alégrese  con  veros  el  campo  y  la  floresta, 
y  03  veng!in  á  las  manos  las  llores  olorosas. 

Los  lirios  y  las  rosss, 
ja:^min  y  flor  de  O  nido, 
la  madreselva  hermosa  y  el  arrayán  florido. 


moved, hermosos  Xyinphas,  regocijado  canto. 

('oiicordü  paz  os  tenga  contentrtn  muchos  a&os, 
sin  ser  de  la  rabiosa  sospeclia  nloruientados, 
y  en  el  estado  alegre  vivñis  tan  i-eposados, 
quenoos  cause  recelo  Fortuna  y  Huseng'nñoa. 

Eli  montea  más  extraños 
tengáis  nombre  lamoso; 
lúas  jiorque  el  ronco  pecho  tan  flaco  y  tiiiie- 
repiMf  agora  un  cnanto,  [roso 

dad  fin,   hcnuosfts  Nyiiiphaü.  «I  deleitoso 
[canto. 

Al  tiempo  que  .\r.tile<i  ai'alió  %»  canción  s<' 
movió  tan  general  regocijo,  que  los  más  anguu- 
tiadus  corazones  alegrara.  Cuuionüarou  las  de- 


LA  NOVELA 

ieitosas  canciones  i  reaonar  por  toda  U  hiHrts, 
los  concertados  iastrumentoa  levantaron  iniTt 
srmonla,  y  aun  páresela  que  los  floridoa  árboles, 
el  caudaloso  rio,  la  amena  fuente  y  los  canta- 
doras aves,  de  aquella  fiesta  se  alcf^ban.  Dm- 
pués  que  buen  rsto  se  hubieron  empleado  en 
esto,  paresciéndole  á  Felicia  ser  hon  de  comer, 
mandó  qne  allí  á  la  fuente,  donde  estaban.  íf 
trajease  la  comida.  Luego  laa  ninfas  obedo- 
ciéudole  proveyeron  lo  necesario,  j  puestas  lu 
mesas  y  aparadores  á  Is  sombra  de  aquellcs 
árboles,  sentados  todos  coofonne  al  orden  de 
Felicia,  comieron.  Berridos  de  sabrosas  y  deli- 
cadas viandas  en  vasos  de  innehlssimo  valor. 
Acallada  la  comida,  tornando  al  comensado  pli- 
ccr,  hicieron  las  fiestas  j  juegos  qn*  en  el  il- 
gniente  libro  se  dirán. 

/Vn  lUl  libro  Ciiiirlii. 


LIBRO  QUINTO 

DI   DIAVA    ] 


Tan  contentos  estaban  estos  amantes  en  f\ 
dichoBO  estado,  viéndose  cada  cual  con  la  dr- 
seadn  compañía,  qne  los  trabajos  del  tiemp 
passado  t«nian  olvidados.  Mas  los  que  de«d« 
aparte  miramos  las  penan  que  lea  eoatií  bu  con- 
tentamiento, los  peligros  en  qne  se  vieron  J 
los  desatinos  que  hicieron  j  dijeron  ant/'S  de 
llegar  á  él,  es  razón  que  vamos  advertidos  de 
no  meternos  en  seuiejantes  penas,  aunque  mái 
cierto  fuesse  tras  ellas  el  descsuBO,  cuanto  mil 
siendo  tan  incierto  y  dudoso,  que  por  uno  qae 
tuvo  tal  ventura  se  hallan  mil  cuyos  cargos  j 
fatigosos  tralwjos  con  desesperada  mnerte  fnr- 
rou  galardonados,  Pero  dejado  esto  aparte,  ven- 
gamos á  tratar  de  las  fiestas  qne  por  los  ckm- 
niientoB  y  dcsengafioü  en  el  jardín  de  Felicia  !« 
hicieron,  aunque  nn  será  poBsible  contsrli» 
todas  en  particular.  Felicia,  á  cuyo  uiatíds- 
miento  estallan  todos  oliedientes,  j  en  cuya  vo- 
luiilnd  estaba  el  orden  y  concierto  de  la  finta, 
quiso  que  el  primer  regocijo  fuesse  bailar  \nf 
pastores  y  pastoras  al  son  de  las  canciones  por 
ellos  mesmos  cantadas.  Y  ansi.  sentada  con 
Eup'iiio,  Poljdoro,  Cteuanla,  Mareelio,  Alei- 
ila,  l>.  Félix  y  l-'elixmena,  declaró  a  los  pasto- 
res su  voluntad.  Levantáronse  á  la  hora  todn.<. 
y  tomando  Syreno  a  Diana  por  Is  mano,  S;\- 
vano  á  Selvagia,  Montano  á  lamenia  y  Ar*L- 
leo  á  Itclisa.  concertaron  un  baile  más  gracioso 
que  cnantos  las  hermosas  Dryadas  ó  Napeas, 
sueltas  al  viento  las  nibiae  madejas  del  nru 
fítiiaimo  de  Arabia,  en  los  amenfsBÍmB«  flores- 
tas suelen  hacer.  No  so  detuvieron  mnchoen 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO  . 


387 


cortesías  sobre  qoíén  canUrto  primero,  porqné 
cumo  Sjreno,  qae  era  principal  en  aquella 
fiesta,  estuTÍesee  algo  corrido  del  descuido  que 
hasta  entonces  taro  de  Diana,  j  el  empacho 
dello  le  hubiesse  impedido  el  deBcalparee,  quiso 
cantando  decirle  &  Diana  lo  que  la  vergüenza 
le  habla  consentido  razonar.  Por  esso  sin  más 
aguardar,  respondiéndole  los  otros,  scgán  la 
coatnmbre,  cantó  angf: 

Canción, 
Morir  debiera  sin  vert*, 

hemioBiesima  pastora, 

pnes  que  oaé  tan  sola  un  hora 

estar  títo  y  no  quererte. 
De  un  dichoso  amor  gnsara, 

dejado  el  tormento  aparte, 

fli  en  acordarme  de  amarte 

de  mi  olvido  me  olvidara. 
Que  de  morirme  y  perderte" 

tengo  recelo,  pastora, 

pues  que  osé  tan  Bola  tin  liora 

estar  vÍto  j  no  quererte. 

En  diferente  parescer  estaba  Diana.  Porque 
como  aquel  antiguo  olvido  que  tuvo  de  Syreno 
con  un  ardentlssimo  amor  le  habia  cumplida- 
mente satisfecho,  y  de  sus  passada»  fatigas  se 
viii  sobradamente  pagada,  no  tenia  ya  por  qué 
de  sus  descaídos  se  lamentasse;  antea  haHorJo 
su  corazón  abastado  del  possible  contenta- 
miento y  libre  de  toda  pena,  mostrando  su  ale- 
gría é  increpando  el  cuidado  de  Syreno,  le  res- 
pondió con  esta  canción; 

La  alma  de  alegrfa  salte; 

que  en  tener  mi  bien  presente 

no  hay  descanso  que  me  falte, 

ni  dolor  que  me  atormente. 
No  pienso  en  viejos  cuidados; 

que  agravia  nuestros  amores 

tener  presentes  dolores 

por  los  olvidos  passados. 
AUna,  de  tu  dicha  valte; 

qne  con  bien  tan  excelente 

no  hay  descanso  que  te  falte, 

ni  dolor  qne  te  atormente. 

En  tanto  que  Diana  dijo  bu  canción,  llegó  á 
la  fuente  una  pastora  de  extremadiesima  her- 
mosura, que  en  aquella  hora  i  la  casa  de  Feli- 
cia habla  venido,  é  informada  que  la  Babia 
estaba  en  el  jardín,  por  verla  y  hablarla,  alli 
habia  venido.  Llegada  donde  Felicia  estaba, 
arrodillada  delante  della,  le  pidió  la  mano  para 
se  la  besar,  y  despnéa  le  dijo:  Perdonar  se  me 
detie,  8abia  señora,  el  atrevimiento  de  entrar 


aquí  sin  tu  licencia,  considerando  el  deseo  que 
tenia  de  verte  y  la  necesidad  qne  tengo  de  tu 
sabiduría.  Traigo  una  fatiga  en  el  corazón, 
cuyo  remedio  está  en  tu  mano;  mas  el  darte 
cuenta  della  lo  guardo  para  mejor  ocasión,  por- 
qné en  semejante  tiempo  y  lugar  es  descomedi- 
miento tratar  coaaa  de  tristeza.  Estaba  aún 
Melibx4,  que  este  ora  el  nombre  de  la  pas- 
tora, delante  Felicia  arrodillada,  cuando  vido 
por  un  corredor  de  la  huerta  venir  un  pastor 
hacia  la  fuente,  y  en  verle  dijo:  Esta  es  otra 
pesadumbre,  sefiora,  tan  molesta  y  cuojoaa,  que 
para  librarme  della  no  menos  he  menester 
vuestros  favores.  En  esto  el  pastor,  que  Xae- 
oitso  se  decía,  llegó  en  presencia  de  Felicia  y 
de  aquellos  caballeros  y  damas,  y  hecho  el  de- 
bido acatamiento,  comenzó  á  dar  quejas  á  Fe- 
licia de  la  pastora  Melisea,  que  presente  tenia, 
diciendo  cómo  por  ella  estaba  atormentado,  sin 
haber  de  su  boca  tan  solamente  una  benigna 
respuesta.  Tanto  que  de  muy  lejos  basta  alli 
habla  venido  en  su  seguimiento,  sin  poder 
ablandar  su  rebelde  y  desdeñoso  corazón.  Hizo 
Fkliciá  levantar  á  Melisea,  y  atajando  seme- 
jantes contenciones;  No  es  tiempo,  dijo,  de  es- 
cuchar largas  historias ;  por  agora,  tú,  Melisea, 
da  á  Narcisso  la  mano,  y  entrad  entrambos  cu 
aquella  danaa,  que  en  lo  demás  i  su  tiempo  se 
pondrá  remedio.  No  quiso  la  pastora  contrade- 
cir el  mandamiento  de  la  sabia,  sino  que  en 
compañía  de  Narcisso  se  puso  á  bailar  junta- 
mente con  las  otras  pastoras.  A  este  tiempo  la 
ventnroBa  Ibhbhia,  qne  para  cantar  estaba 
apcrcebída,  dando  con  el  gesto  sefial  del  ín- 
timo contentamiento  que  tenia  después  de  tan 
largos  cuidados,  cantó  desta  suerte:     • 

Canciún. 
Tan  alegres  sentimientos 
recibo,  qne  no  me  espanto, 
si  cuesta  dos  mil  tormenb» 
un  placer  que  vale  tanto. 


con  su  deleite  pagó 
mi  aguardar  y  en  tardanza. 
Vengan  las  penas  á  cuentos, 
no  hago  caso  del  llanto, 
si  me  dan  por  mil  tormentos 
un  placer  que  vale  tanto. 

Ismenia,  al  tiempo  qne  cantaba,  y  aun  antes 
y  después,  cuasi  nunca  partió  los  ojos  de  bu 
querido  Montano.  Pero  él  como  estaba  algo 
afrentado  del  engaño  en  que  tanto  tiempo,  con 
tal  agravio  de  sn  esposa  habla  vivido,  no  osaba 
mirarla  sino  á  hurto  al  dar  de  la  vuelta  en  la 
danza,  estando  ella  de  manera  que  no  podía 


388 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


mirarle,  j  esto  porque  algunas  yeces,  que  había 
probado  mirarla  en  el  gesto,  confundido  con  la 
Tergtienza  oue  le  tenia  j  yencido  de  la  luz  de 
aquellos  radiantes  ojos,  que  con  afición  de  conti- 
no le  miraban,  le  era  forzoso  bajar  los  sujos 
al  suelo.  Y  como  en  ello  yi6  que  tanto  perdía, 
dejando  de  yer  á  la  que  tenía  por  su  descanso, 
tonuindo  esto  por  ocasión,  encaminando  su 
cantar  á  la  querida  Ismenia,  desta  manera  dijo: 

Canción, 

Vuelve  agora  en  otra  parte, 
zagala,  tus  ojos  bellos; 
que  si  me  miras  con  ellos 
es  excusado  mirarte. 

Con  tus  dos  soles  me  tiras 
rajos  claros  de  tal  suerte, 
que,  aunque  vivo  en  solo  verte, 
me  matas  cuando  me  miras. 

Ojos,  que  son  de  tal  arte, 
guardados  has  de  tenellos: 
que  si  me  miras  con  ellos, 
es  excusado  mirarte. 

Gomo  nieve  al  sol  caliente, 

como  á  flechas  el  terrero, 

como  niebla  al  viento  fiero, 

como  cera  al  fuego  ardiente: 
Ansi  se  consume  j  parte 

la  alma  en  ver  tus  ojos  bellos: 

pues  si  me  miras  con  ellos, 

es  excusado  mirarte. 

;  Ved  qué  sabe  hacer  amor, 

j  la  Fortuna  qué  ordena! 

que  un  galardón  de  mi  pena 

acrcscicnte  mi  dolor. 
A  darme  vida  son  parte 

essos  ojos  sólo  en  vellos: 

mas  si  me  miras  con  ellos, 

es  excusado  mirarte. 

Mblisba,  que  harto  contra  su  voluntad  con 
el  desamado  Narciso  hasta  entonces  había  bai- 
lado, quiso  de  tal  pesadumbre  vengarse  con 
una  desamorada  canción,  j  á  propósito  de  las 
penas  j  muertes  en  que  el  pastor  decía  cada 
día  estar  á  causa  suja,  burlándose  de  todo  ello, 
cantó  ansí: 

Canción . 

/agal,  vuelve  sobre  t¡; 
que  por  excusar  dolor 
no  quiero  matar  de  amor, 
ni  que  Amor  me  mate  á  mí. 

Pues  JO  viviré  sin  verte, 
tú  por  amarme  no  mueras, 
que  ni  quiero  que  me  quieras 
ni  determino  quererte. 


Que  pues  tú  dices  que  ansi 
se  muere  el  triste  amador, 
ni  quiero  matar  de  amor 
ni  que  Amor  me  mate  á  mi. 

No  mediana  pena  recibió  Narcisao  con  e 
crudo  cantar  de  su  querida,  pero  esforzándos 
con  la  esperanza  que  Felicia  le  había  dado  d 
su  bien,  j  animándose  con  la  constancia  j  for 
taleza  del  enamorado  corazón,  le  respondió  aña 
diendo  dos  coplas  á  ima  canción  antigua  qm 
decía: 

Si  os  jHsa  de  ser  querida^ 
yo  no  puedo  no  os  querer^ 
pesar  habréis  de  tener, 
mientras  yo  tuviere  rida. 

Sufrid  que  pueda  quejarme, 

pues  que  sufro  un  tal  tormento, 

ó  cumplid  vuestro  contento 

con  acabar  de  matarme. 
Que  según  sois  descreída, 

j  08  ofende  mi  querer, 

pesar  habréis  de  tener, 

mientras  yo  tuviere  vida. 

Si  pudiendo  conosceros, 

pudiera  dejar  de  amaros, 

quisiera,  por  no  enojaros, 

poder  dejar  de  quereros. 
Mas  pues  vos  seréis  querida, 

mientras  jo  podré  querer, 

pesar  habréis  de  tenfr, 

mientras  yo  tuviere  vida. 

Tan  puesta  estaba  Mblisba  en  su  crueldad, 
que  apenas  había  Narcisso  dicho  las  postreras 
palabras  de  su  canción,  cuando  antes  que  otro 
cantasse,  desta  manera  replicó: 

Canción, 

Mal  consejo  me  parescs, 
enamorado  zagal, 
que  á  ti  mismo  quieres  mal, 
por  amar  quien  te  aborresce. 

Para  ti  debes  guardar 
csse  corazón  tan  triste, 
pues  aquella  á  quien  le  diste, 
jamás  le  quiso  tomar. 

A  quien  no  te  favoresce, 
no  la  sigas,  piensa  en  ál, 
j  á  ti  no  te  quieras  mal, 
por  querer  quien  te  aborresce. 

No  consintió  Narcisso  que  la  canción  de 
Melisea  quedasse  sin  respuesta,  j  ansi  con 
gentil  gracia  cantó,  haciendo  nuevas  coplas  á 
un  viejo  cantar  que  dice: 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


5589 


Después  que  mal  me  quesistes 
nunca  más  me  quise  bien^ 
por  no  querer  bien  á  quien 
voSf  señora,  aborrescistes. 

Si  cuando  os  miré  no  os  riera, 
6  cuando  os  vi  no  os  amara, 
ni  yo  muriendo  viviera, 
ni  viviendo  os  enojara. 

Mas  bien  es  que  angustias  tristes 
penosa  vida  me  den, 
que  cualquier  mal  le  está  bien 
al  que  vos  mal  le  quesistes. 

Sepultado  en  vuestro  olvido 

tengo  la  muerte  presente, 

de  mi  mesmo  aborrescido 

y  de  vos  y  de  la  gente. 
Siempre  contento  me  vistes 

con  vuestro  airado  desdén, 

aunque  nunca  tuve  bien 

después  que  mal  me  quesistes. 

Tanto  contento  di6  á  todos  la  porfía  de  Nar- 
cisso  y  Melisea,  que  aumentara  mucho  en  el 
regocijo  de  la  boda  si  no  quedara  templado  con 
el  pesar  que  tuvieron  de  la  crueldad  que  ella 
mostraba  y  con  la  lástima  que  les  causó  la  pena 
que  él  padescia.  Después  que  Narcisso  dio  fin  á 
su  cantar,  todos  volvieron  los  ojos  á  Melisea, 
esperando  si  replicaría.  Pero  call<5,  no  porque 
le  faltassen  canciones  crueles  y  ásperas  con  que 
lastimar  el  miserable  enamorado,  ni  porque  dc- 
jassc  de  tener  voluntad  para  decirlas;  más,  se- 
gún creo,  por  no  ser  enojosa  á  toda  aquella 
compañía.  Selvagia  y  Belisa  fueron  r'>gadas  que 
cantassen,  pero  excusáronse,  diciendo  que  no 
estaban  para  ello.  Bueno  sería,  dijo  Dianíi, 
que  saliéssedes  de  la  fiesta  sin  pagar  el  escote. 
Esso,  dijo  Felixmena,  no  se  debe  consentir, 
por  lo  que  nos  importa  escuchar  tan  delicadas 
voces.  Ño  queremos,  dijeron  ellas,  dejar  de  ser- 
viros en  esta  solemnidad  con  lo  que  supiére- 
mos hacer,  que  será  harto  poco;  pero  perdonad- 
nos el  cantar,  que  en  lo  demás  haremos  lo  pos- 
sible.  Por  mi  parte,  dijo  Álgida,  no  permitiré 
que  dejéis  de  cantar  6  que  otros  por  vosotras 
lo  hagan.  ¿Quién  mejor,  dijeron  ellas,  que  Syl- 
vano  y  Arsíleo,  nuestros  maridos?  Bien  dicen 
las  pastoras,  respondió  Marcelio,  y  aun  seria 
mejor  que  ambos  cantassen  una  sola  canción,  el 
uno  cantando  y  el  otro  respondiendo,  porque  á 
ellos  les  será  menos  trabajoso  y  á  nosotros  muy 
agpradable.  Mostraron  todos  que  holgarían  mu- 
cho de  semejante  manera  de  canción,  por  saber 
que  en  ella  se  mostraba  la  viveza  de  los  inge- 
nios en  preguntar  y  responder.  Y  ansí  Syl- 
VANO  y  Abíilbo,  haciendo  señal  de  ser  con- 
tentos, volviendo  á  proseguir  la  danza,  canta- 
ron desta  suerte: 


Canción. 


Sylvano. 
Arbileo. 
Sylvano. 
Arsíleo. 
Sylvano. 
Arsilbo. 
Sylvano. 
Arbileo. 
Sylvano. 
Arsíleo. 
Sylvano. 
Arbileo. 
Sylvano. 
Arsíleo. 
Sylvano. 
Arsilbo. 
Sylvano. 
Arsilbo. 


Pastor,  mal  te  está  el  callar: 
canta  y  dinos  tu  alegría. 
Mi  placer  poco  sería 
si  se  pudiesse  contar. 
Aunque  tu  ventura  es  tanta, 
dinos  de  ella  alguna  parte. 
En  empresas  de  tal  arte 
comenzar  es  lo  que  espanta. 
Acaba  ya  de  contar 
la  causa  de  tu  alegría. 
¿De  que  modo  acabaría 
quien  no  basta  á  comenzar? 
No  es  razón  que  se  consienta 
tu  deleite  estar  callado. 
La  alma,  que  sola  ha  penado, 
ella  sola  el  gozo  sienta. 
Si  no  se  viene  á  tratar 
no  se  goza  una  alegría. 
Sí  ella  es  tal  como  la  mía 
no  Be  dejará  contar. 
¿Cómo  en  esse  corazón 
cabe  un  gozo  tan  crescido? 
Téngole  donde  he  tenido 
mi  tan  sobrada  passión. 
Donde  hay  bien  no  puede  estar 
escondido  todavía. 
Guando  es  mayor  la  alegría 
menos  se  deja  contar. 
Ya  yo  he  visto  que  tu  canto 
tu  alegría  publicaba. 
Decía  que  alegre  estaba, 
pero  no  cómo  ni  cuánto. 
Ella  se  hace  publicar, 
cuando  es  mucha  una  alegría. 
Antes  muy  poca  sería 
si  se  pudiesse  contar. 


Otra  copla  querían  decir  los  pastores  en  esta 
canción,  cuando  una  compañía  de  Nymphas, 
por  orden  de  Felicia,  llegó  á  la  fuente,  y  cada 
cual  con  su  instrumento  tañendo  movían  un 
extraño  y  deleitoso  estruendo.  Una  tañía  su 
laúd,  otra  un  harpa,  otra  con  una  flauta  hacía 
maravilloso  contrapunto,  otra  con  la  delicada 
pluma  las  cuerdas  de  la  cítara  hacia  retiñir, 
otras  las  de  la  lira  con  las  resinosas  cerdas  ha- 
cía resonar,  otras  con  los  albogues  y  chapas 
hacían  en  el  aire  delicadas  mudanzas,  levan- 
tando allí  tan  alegre  música  que  dejó  los  que 
presentes  estaban  atónitos  y  maraviUados.  Iban 
estas  Nymphas  vestidas  á  maravilla,  cada  cual 
de  su  color,  las  madejas  de  los  dorados  cabe- 
llos encomendadas  al  viento,  sobre  sus  cabezas 
puestas  hermosas  coronas  de  rosas  y  flores  ata- 
das y  envueltas  con  hilo  de  oro  y  plata.  Los 
pastores,  en  ver  este  hermosíssimo  coro,  de- 
jando la  danza  comenzada,  se  sentaron,  aten- 


890 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


tos  á  la  admirable  melodía  y  concíprto  de  los 
varios  y  suaves  instninientos.  Los  cuales  algu- 
nas veces  de  dulces  y  delicadas  voces  acompa- 
ñados causaban  extraño  deleite.  Salieron  luego 
de  través  seis  Nymphas  vestidas  de  raso  car- 
mesí, guarnecido  de  follajes  de  oro  y  plata, 
puestos  sus  cabellos  en  torno  de  la  cabeza,  co- 
gidos con  unas  redes  anchas  de  hilo  de  oro  de 
Arabia,  llevando  ricos  prendedores  de  rubines 
y  esmeraldas,  de  los  cuales  sobre  sus  frentes 
caían  unos  diamantes  de  extremadíssimo  valor. 
Calzaban  colorados  borzeguines,  subtilmente 
sobreiloradoR,  con  sus  arcos  en  las  manos,  col- 
gando de  sus  hombros  las  aljabas.  Desta  ma- 
nera hicieron  una  danza  al  son  que  los  instru- 
mentos hacían,  con  tan  gentil  orden  que  era 
cosa  de  espantar.  Estando  ellas  en  esto,  salió 
un  hermosíssimo  ciervo  blanco,  variado  con 
unas  manchas  negras  puestas  á  cierto  espacio, 
haciendo  una  graciosa  pintara.  Los  cuernos  pa- 
rescían  de  oro,  muy  altos  y  partidos  en  nmchos 
ramos.  En  ñn,  era  tal  como  Felicia  le  supo  fin- 
gir para  darles  regocijo.  A  la  hora,  visto  el 
ci<»rvo,  las  Nymphas  le  tomaron  en  medio,  y 
danzando  continuamente,  sin  perder  el  son  de 
los  instruuientos,  con  gran  concierto  comenza- 
ron á  tirarle,  y  él  con  el  mesmo  orden,  después 
de  salidas  las  flechas  de  los  aróos,  á  una  v  otra 
parte  moviéndose,  con  muy  diestros  y  graciosos 
saltos  se  apartaba.  Pero  después  que  buen  rato 
passaron  en  este  juego,  el  ciervo  dio  á  huir  por 
aquellos  corredores.  Las  Nymphas  yendo  tras 
él,  y  siguiéndole  hasta  salir  con  él  de  la  huerta, 
movieron  un  regocijado  alarido,  al  cual  ayuda- 
ron las  otras  Nymphas  y  pastoras  con  sus  vu- 
(*es,  tomando  desta  danza  un  singular  conten- 
tamiento. Y  en  esto  las  Nymphas  dieron  tíu  á 
su  música.  La  sabia  Fklioia,  porque  en  a(iue- 
llos  placeres  no  faltasse  lición  provechosa  para 
el  onlen  de  la  vida,  probando  sí  habían  enten- 
dido lo  que  a({uella  danza  había  querido  signi- 
ficar, dijo  Diana:  Graciosa  pastora,  ¿sabrásme 
decir  lo  que  por  aquella  caza  del  hermoso  ciervo 
se  ha  de  entender?  No  soy  tan  sabia,  respondió 
ella,  que  sepa  atinar  tu  subtilidades  ni  declarar 
tus  enigmas.  Pues  yo  quiero,  dijo  Felicia, 
publicarte  lo  que  debajo  de  aquella  invención 
se  contiene.  El  ciervo  es  el  humano  corazón, 
hermoso  con  los  delicados  pensamientos  y  ric<^ 
con  el  sossegado  contentamiento.  Ofréscese  á 
las  humanas  inclinaciones,  que  le  tiran  morta- 
les saetas ;  pero  con  la  discreción,  apartándose 
á  diversas  partes  y  entendiendo  en  honestos 
ejercicios,  ha  de  procurar  de  defenderse  de  tan 
dañosos  tiros.  Y  cuando  dellos  es  muy  perse- 
guido ha  de  huir  á  más  andar  y  podrá  desta 
manera  salvarse:  aunque  las  humanas  inclina- 
ciones, que  tales  flechas  lo  tiraban,  irán  tras  él 
y  nunca  dejarán  de  acompañarle  hasta  salir  de 


la  huerta  desta  vida.  ¿Cómo  había  jo,  dijo 
Diana,  de  entender  tan  difícultoto  y  moni 
enigma  si  las  preguntas  en  que  las  pastoras  nos 
ejercitamos,  aunque  fuessen  muy  llanas  y  fáci- 
les, nunca  las  supe  adevinar?  No  te  amengui^ 
tanto,  dijo  Selvagia,  que  lo  contrarío  he  visto 
en  ti,  pues  ninguna  vi  qne  te  fuesse  dificultosa. 
A  tiempo  estamos,  dijo  Felicia,  que  lo  podre- 
mos probar,  y  no  será  de  menos  deleite  esta 
fiesta  que  las  otras.  Diga  cada  cual  de  vosotros 
una  pregunta,  que  yo  sé  que  Diana  las  sabrá 
todas  declarar.  A  todos  les  paresció  muy  bien, 
sino  á  Diana,  que  no  estaba  tan  confiada  de  sí 
que  se  atreviesse  á  cosa  de  tanta  dificultad; 
pero  por  obedescer  á  Felicia  y  complacer  á  Sy- 
reno,  que  mostró  haber  de  tomar  dello  placer, 
fué  contenta  de  emprender  el  cargo  que  se  le 
había  impuesto.  Sylvano,  que  en  decir  pre- 
guntas tenía  mucha  destreza,  fué  el  que  hizo 
la  primera,  diciendo:  Bien  sé,  pastiira,  que  las 
cosas  escondidas  tu  viveza  las  descubre,  y  las 
cosas  encumbradas  tu  habilidad  las  alcanza: 
pero  no  dejaré  de  preguntarte,  porque  ta  res- 
puesta ha  de  manifestar  tu  ingenio  delicado. 
Por  esBo  dime  qué  quiere  decir  esto: 

Pregunta. 

Junto  á  un  pastor  estaba  una  doncella, 
tan  flaca  como  un  palo  al  sol  secado, 
su  cuerpo  de  ojos  muchos  rodeado, 
con  lengua  que  jamás  pudo  movella. 

A  lo  alto  y  bajo  el  viento  vi  traella, 
mas  do  una  parte  nunca  se  ha  mudado, 
vino  á  besarla  el  triste  enamorado 
y  ella  movió  tristíssima  querella. 

Cuanto  más  le  atapó  el  pastor  la  boca, 
más  voces  da  porque  la  gente  acuda, 
y  abriendo  está  sus  ojos  y  cerrando. 

Ved  qué  costó  forzar  zagala  muda, 

que  al  punto  que  el  pastor  la  besa  ó  toca, 
él  ({ueda  enmudecido  y  olla  hablando. 

Esta  pregunta,  di  jo  Diana,  aunquees  buena, 
no  me  dará  mucho  trabajo,  porque  á  ti  meimo 
te  la  oí  decir  un  día  en  la  fuente  de  los  alisos, 
y  no  sabiendo  ninguna  de  las  pastoras  que  alli 
estábamos  adevinar  lo  que  ella  quería  decir,  nos 
la  declaraste  diciendo  que  la  doncella  era  la 
zampona  6  flauta  tañida  por  un  pastor.  Y  apli- 
caste todas  las  partes  de  la  pregunta  á  los  efec- 
tos que  en  tal  mi'isica  comúnmente  aconteicen. 
Riéronte  t(XÍos  de  la  poca  memoria  de  Sy Iva- 
no  y  de  la  mucha  de  Diana;  pero  Sylvako, 
por  desculparse  y  vengarse  del  corrimiento, 
sonriéndose  dijo:  No  os  maravilléis  de  mi  des- 
acuerdo, pues  este  olvido  no  paresce  tan  mal 
como  el  de  Diana  ni  es  tan  dafioso  como  el  de 
Syreno.  Vengado  estás,  dijo  Syrbno,  pero  más 


DIANA  DE  GASPAR  OIL  POLO 


391 


lo  estuvieras  si  nuestros  olvidos  no  Imbiesscn 
parado  en  tan  perfecto  amor  y  en  tan  ventu- 
roso estado.  No  haya  más,  dijo  Selvagia,  que 
todo  está  bien  hecho.  Y  tú,  Diana,  respóndeme 
á  lo  que  quiero  preguntar,  que  yo  quiero  probar 
á  ver  si  hablaré  más  escuro  lenguaje  que  Syl- 
rano.  La  pregunta  que  quiero  hacerte  dice: 

Pregunta. 

Vide  un  soto  levantado 

sobre  los  aires  un  día, 

el  cual,  con  sangre  regado, 

con  gran  ansia  cultivado 

muchas  hierbas  producía. 
De  allí  un  manojo  arrancando, 

y  iólo  con  él  tocando 

una  sabia  y  cuerda  gente, 

la  dejé  cabe  una  puente 

sin  dolores  lamentando. 

Vuelta  á  la  hora  Diana,  á  su  esposo  dijo: 
¿No  te  acuerdas,  Syreno,  haber  oído  esta  pre- 
gunta la  noche  que  estuvimos  en  casa  de  Ira- 
nio mi  tío?  ¿no  tienes  memoria  cómo  la  dijo  allí 
Maroncio,  hijo  de  Femaso?  Bien  me  acuerdo 
que  la  dijo,  respondió  Syrbvo,  pero  no  de  lo 
que  significaba.  Pues  yo,  dijo  Diana,  tengo 
dello  memoria:  decía  que  e!  soto  es  la  cola  del 
caballo,  de  donde  se  sacan  las  cerdas,  con  que 
las  cuerdas  del  rabel  tocadas  dan  voce«,  aunque 
ningunos  dolores  padescen.  Selvaqia  dijo  que 
era  ansí  y  que  el  mesmo  Maroncio,  autor  de  la 
pregunta,  se  la  había  dado  como  muy  señalada 
aunque  había  de  mejores.  Muchas  hay  más  de- 
licadas, dijo  Bblisa,  y  una  dellas  es  la  que  yo 
diré  agora.  Por  esso  apercíbete,  Diana,  que  des- 
ta  vez  no  escapas  de  vencida.  Ella  dice  deste 
modo: 

Pregunta. 

¿Cuál  es  el  ave  ligera 

que  está  siempre  en  un  lugar, 

y  anda  siempre  caminando, 

penetra  y  entra  do  quiera, 

de  un  vuelo  passa  la  mar, 

las  nubes  sobrepujando? 
Anni  vella  no  podemos, 

y  quien  la  está  descubriendo, 

sabio  queda  en  sola  un  hora; 

mas  tal  vez  la  conoscemos, 

las  paredes  solas  viendo 

de  la  casa  donde  mora. 

Más  desdichada,  dijo  Diana,  ha  sido  tu  pre- 
gunta que  las  passadas,  Belisa,  pues  no  decla- 
rara ninguna  dellas  si  no  las  hubiera  otras  ve- 
ces oído,  y  la  que  dijiste,  en  ser  por  mí  escu- 
chada luego  fué  entendida.  Hácelo,  creo  yo, 


ser  ella  tan  clara,  que  á  cualquier  ingenio  se 
manifestará.  Porque  harto  es  evidente  que  por 
el  ave,  que  tú  dices,  se  entiende  el  pensamiento, 
que  vuela  con  tanta  ligereza  y  no  es  visto  de 
nadie,  sino  conoscido  y  conjeturado  por  las  se- 
ñales del  gesto  y  cuerpo  donde  habita.  Yo  me 
doy  por  vencida,  dijo  Belisa,  y  no  tengo  más 
que  decir  sino  que  me  rindo  á  tu  discreción  y 
me  someto  á  tu  voluntad.  Yo  te  vengaré,  dijo 
Ismbnia,  que  sé  un  enigma  que  á  los  más 
avisados  pastores  ha  puesto  en  trabajo;  yo 
quiero  decirle,  y  verás  cómo  haré  que  no  sea 
Diana  tan  venturosa  con  él  como  con  los  otros; 
y  vuelta  á  Diana  dijo: 

Pregunta. 

J)ecí,  ¿cuál  es  el  maestro 

que  su  dueño  le  es  criado, 

está  como  loco  atado, 

sin  habilidades  diestro 

y  sin  doctrina  letrado? 
Cuando  cerca  le  tenía, 

sin  oille  le  entendía, 

y  tan  sabio  se  mostraba. 

que  palabra  no  me  hablaba 

y  mil  cosas  me  decía. 

Yo  me  tuviera  por  dichosa,  dijo  Diana,  de 
quedar  vencida  de  ti,  amada  Ismenia;  mas  pues 
lo  soy  en  la  hermosura  y  en  las  demás  perfecio- 
nes,  no  me  dará  agora  mucha  alabanza  vencer 
el  propósito  que  tuviste  de  enlazarme  con  tu 
pregunta.  Dos  años  habrá  que  un  médico  de  la 
ciudad  de  León  vino  á  curar  á  mi  padre  do 
cierta  enfermedad,  y  como  un  día  tuviesse  en  las 
manos  un  libro,  tómesele  yo  y  púseme  á  leerle. 

Y  viniéndome  á  la  memoria  los  provechos  que 
se  sacan  de  los  libros,  le  dije  que  me  parescían 
maestros  mudos,  que  sin  hablar  eran  entendidos. 

Y  él  á  este  propósito  me  dijo  esta  pregunta, 
donde  algunas  extrañezas  y  excelencias  de  los 
libros  están  particularmente  notadas.  Con  toda 
verdad,  dijo  Ismbnia,  no  hay  quien  pueda  ven- 
certe, á  lo  menos  las  pastoras  no  tendremos 
ánimo  para  passar  más  adelante  en  la  pelea;  no 
sé  yo  estas  damas  si  tendrán  armas  que  puedan 
derribarte.  Álgida,  que  hasta  entonces  había 
callado,  gozando  de  oir  y  ver  las  músicas,  dan- 
zas y  juegos,  y  de  mirar  y  hablar  á  su  querido 
Marcelio,  quiso  también  travessaren  aquel  jue- 
go, y  dijo:  Pues  las  pastoras  has  rendido, 
Diana,  no  es  razón  que  nosotras  quedemos  en 
salvo.  Bien  sé  que  no  menos  adivinarás  mi  pre- 
gunta que  las  otras,  pero  quiero  decirla  porque 
será  possible  que  contente.  Di  jómela  un  patrón 
de  una  nave,  cuando  yo  navegaba  de  Ñapóles  á 
España,  y  la  encomendé  á  la  memoria,  por  pa- 
rescerme  no  muy  mala,  y  dice  desta  suerte: 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Pregunta. 

iQméa  janúa  caballo  TÍdo 

que,  por  extraña  mauera, 

sin  jamás  haber  comido, 

con  el  viento  sostenido, 

ac  le  iguale  en  la  carrera? 
Obra  muy  grandes  hazañas, 

y  en  suk  corridas  extrañas 

TA  arrastrando  el  duro  pedio, 

sus  riendas,  por  más  proTeclio, 

metidas  en  sus  entrañas. 

Un  rato  estaro  Diana  pensando,  oida  ei^ta 
pregunta  j  hecho  el  discurso  qne  para  declararla 
era  menester,  j  conNideradas  las  partes  della, 
al  fin  resolricndoae,  dijo:  Razón  era,  hermosa 
dama,  que  de  tu  mano  quedasae  yo  vencida,  y 
que  quien  se  rínde  á  tu  gentileza  ae  rindiesse  á 
tn  discreción,  j  por  ella  se  tuviesse  por  dichosa. 
Si  por  el  caballo  de  tu  enigma  no  ae  entiende 
la  tMrí,  JO  confiesao  que  no  la  ac  declarar. 
Harto  más  vencida  quedo  yo,  dijo  Álgida,  de 
tn  respuesta  que  tú  de  mi  pregunta,  pnea  con- 
fesaando  no  saber  eutendella  subtilmente  la  dc- 
claraíte.  De  ventura  he  acertado,  dijo  Diana, 
y  no  de  saber,  que  á  bnen  tino  dije  aquello,  y 
no  por  pensar  que  en  ello  acertaba.  Cualquier 
acertamiento,  dijo  Alcida,  se  ha  de  esperar  de 
tan  buen  juicio;  pero  yo  quiero  que  aderines  i 
mi  hermana  Olenarda  un  enigma  que  sabe,  que 
no  me  paresce  malo:  no  sé  si  agora  se  le  acor- 
dará. V  luego  vuelta  á  Clenarda  le  dijo:  Hazle, 
hermana,  á  esta  avisada  pastora  aquella  deman- 
da qne  en  nuestra  ciudad  heciste  uu  dia,  si  te 
acnerdaa,  á  Berintio  y  Clomenio,  nuestros  pri- 
mos, estando  en  cosa  de  Eliaonia  en  conversa- 
ción. Soy  contenta,  dijo  Ci.ksabda,  qne  me- 
moria tengo  della,  y  tenía  intención  de  decilla, 
y  dice  deste  modo: 

Pregunta, 

Decidme,  señorea,  ¿cuál  ave  volando 
tres  codoa  en  alto  jamás  ae  levanta, 
i'on  piea  más  de  treinta  aul>iendo  y  bajando, 
con  alas  ain  plumas  el  aire  azotando, 
ni  come,  ni  bebe,  ni  grita,  ni  canta; 

l>ei  áspera  muerte  vecina  allegada, 
con  piedraa  que  arroja,  nos  hiere  y  maltrata, 
amiga  ea  de  gente  captiva  y  malvada, 
y  á  muertes  y  robos  contino  vezada, 
esconde  en  las  aguas  la  gente  que  mata.' 

DiASA  entonces  dijo:  Esta  pregunta  no  la 
adivinara  jo  si  no  hubiera  oído  la  declaración 
della  á  nn  pastor  de  mi  aldea  que  habla  nave- 
gado. No  sé  ai  tengo  dcllo  niemoria,  mas  psrés- 
ceme  qne  dijo  que  por  ella  se  entendía  Id  gate- 
ra, que  estftudo  en  medio  de  tas  peligrosas 


Por  los  pie*  me  dijo  que  se  entendían  los  rt- 
mo»,  por  las  alas  las  retas  y  por  las  pi'edrai 
qne  tira  las  pelotas  de  artillería.  En  fin,  dijo 
Clbhabda,  qne  todas  hablamos  de  decir  por 
UD  ignal,  porque  nadie  se  fuesse  alabando.  Con 
toda  verdad,  Diana,  que  ta  extremado  sabcriue 
tiene  extrañamente  maravillada,  y  no  veo  prv- 
mio  que  á  tan  gran  merescimíento  sea  bastante, 
sino  el  que  tienes  en  ser  mujer  de  Syreno.  Es- 
tas y  otras  pláticas  j  cortesiáa  passaron,  cdad- 
do  Felicia,  que  de  ver  el  aviso,  la  gala,  la  criaii- 
za  y  comedimiento  de  Diana  espantada  b*bi» 
quedado,  sacó  de  su  dedo  un  riqnlssimo  anillo 
con  una  piedra  de  gran  valor,  que  ordiniri*- 
mente  trata,  y  dándosele  eu  premio  de  an  dea- 
treza,  le  dijo:  Este  servirá  por  señal  de  lo  qne 
por  ti  entiendo  hacer:  guárdale  muy  bien,  qne 
á  su  tiempo  hará  notable  provecho.  Unchu 
gracias  hizo  Diana  á  Felicia  por  la  merced,  j 
por  ella  le  besó  las  manos,  y  lo  meanio  hiio 
SvBXKO.  El  cual  acabadas  las  cortesías  j  agra- 
deacimientos  dijo:  Una  coaa  he  notado  en  lu 
preguntaa  qne  aqui  se  han  propuesto,  qne  li 
mayor  parte  dellas  han  dicho  las  pastoras  ; 
damas,  y  loa  hombrea  se  han  tanto  enmndes- 
cido,  que  claramente  han  mostrada  qne  en  cosas 
delicadaa  no  tienen  tanto  voto  como  las  muje- 
res. D.  Félix  entonces  burlando  dijo:  No  te 
marovillea  que  en  agudeza  nos  lleven  ventaja, 
pues  en  las  demás  perfecciones  las  excedemus. 
No  pudo  sufrir  Bklisa  la  burla  de  Don  Félix, 
pensando  por  ventura  que  lo  decía  de  veras,  ; 
volviendo  por  las  mujeres  dijo:  Queremos  noe- 
otras,  Don  Félix,  ser  aventajadas,  y  en  ello 
mostramos  nueatro  valor,  snbjetándouoe  de 
grado  á  la  voluntad  y  saber  de  loe  bombrt^. 
Pero  no  faltan  nmjeres  qne  puedan  estar 
á  parangón  con  loa  máa  señalados  varones: 
que  aunque  el  oro  esté  escindido  ó  no  co- 
nosi'ido,  no  deja  de  tener  su  valor.  Pero  la  ver- 
dad tiene  tanta  fuerza,  qne  nuestras  alabaniií 
os  las  hace  pubÜcar  á  vosotros,  que  mnstrto 
ser  iiuestroa  enemigos.  No  cataba  en  tn  opiíiióu 
Florisia,  pastora  de  grande  sabiduría  y  h^l¡- 
dad,  que  un  dis  en  mi  aldea,  en  nnss  bodas, 
donde  habia  mnchednnibre  de  pastores  y  pas- 
toras, que  de  los  vecinos  ;  apartados  Ingare» 
para  la  fiesta  ae  hablan  allegado,  al  son  de  un 
rabel  y  unaa  chapaa,  que  dos  pastores  dieatra- 
mente  tañían,  cantó  una  caución  en  defenaióii 
y  alabanza  de  las  mujerea,  que  no  sólo  á  ellas, 
pero  á  los  hombrea,  de  los  cnalea  allí  decía 
harto  mal,  sobradamente  contentó.  V  si  mucho 
porfías  en  tn  parescer,  no  será  macho  decirtda, 
por  derribarte  de  tu  falsa  opinión.  Rieron  todos 
del  mojo  qne  Iteiiaa  habla  mostrado,  y  en  ello 
passaron  algunos  donaires.  Al  fin  el  viejo  Ec- 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


898 


OBRio  y  el  hijo  Polvdoro,  porque  no  se  per- 
diesse  la  ocasión  de  gozar  de  tan  buena  músi- 
ca, como  de  Belisa  se  esperaba,  le  dizeron: 
Pastora,  la  alabanza  y  defensa  á  las  mujeres 
les  es  justamente  debida,  y  á  nosotros  el  oilla 
con  tu  delicada  voz  suaremente  recitada.  Plá- 
ceme, dijo  Bblisa,  aunque  hay  cosas  ásperas 
contra  los  hombres,  pero  quiera  Dios  que  de 
todas  las  coplas  me  acuerde;  mas  comenzaré  á 
decir  que  yo  confio  que,  cantándolas,  el  mesmo 
Terso  me  las  reducirá  á  la  memoria.  Luego  Ar- 
siLBo,  viendo  su  Bblisa  apercibida  para  can- 
tar, comenzó  á  tañer  el  rabel,  á  cuyo  son  ella 
recitó  el  cantar  oido  á  Florisia,  que  decía  desta 


manera: 


Canto  de  Florisia. 


Salga  fuera  el  verso  airado 
con  una  furia  espantosa, 
muéstrese  el  pecho  esforzado, 
el  espíritu  indignado 
y  la  lengua  rigurosa. 

Porque  la  gente  bestial, 
que,  parlando  á  su  sabor, 
de  mujeres  dice  mal, 
á  escuchar  venga  otro  tal 
y,  si  es  possible,  peor. 

Tá,  que  el  vano  pressumir 
tienes  ya  de  tu  cosecha, 
hombre  vezado  á  mentir, 
¿qué  mal  puedes  tú  decir 
de  bien  que  tanto  aprovecha? 

Mas  de  mal  harto  crescido 
la  mujer  ocasión  fué, 
dando  al  mundo  el  descreído, 
que  tras  de  habelle  parido 
se  rebela  sin  por  qué. 

Que  si  á  luz  no  la  sacara, 
tuviera  menos  enojos, 
porque  ansí  no  la  infamara, ' 
y  en  fin  cuervo  no  criara 
que  le  sacasse  los  ojos^ 

¿Qué  varón  ha  padescido, 
aunque  sea  un  tierno  padre, 
las  passiones  que  ha  sentido 
la  mujer  por  el  marido 
y  por  el  hijo  la  madre? 

¡Ved  las  madres  con  qué  amores, 
qué  regalos,  qué  blanduras 
tratan  los  hijos  traidores, 
que  les  pagan  sus  dolores 
con  dobladas  amarguras! 

¡Qué  recelos,  qué  cuidados 
tienen  por  los  crudos  hijos ; 
qué  pena  en  verlos  penados, 
y  en  ver  sus  buenos  estados, 
qué  cumplidos  regocijos! 


¡Qué  gran  congoja  les  da 
si  el  marido  un  daño  tiene, 
y  si  en  irse  puesto  está, 
qué  dolor  cuando  se  va, 
qué  pesar  cuando  no  viene! 

Mas  los  hombres  engañosof} 
no  agradescen  nuestros  duelos: 
antes  son  tan  maliciosos, 
que  á  cuidados  amorosos 
les  ponen  nombre  de  celos. 

Y  es  que  como  los  malvados 
al  falso  amor  de  costumbre 
están  contino  vezados. 

ser  muy  de  veras  amados     • 
les  paresce  pesadumbre. 

Y  cierto,  pues  por  amarlos 
denostadas  nos  sentimos, 
mejor  nos  fuera  olvidarlos, 
ó  en  dejarlos  de  mirarlos, 
no  aconlarnos  si  los  vimos. 

Pero  donoso  es  de  ver 
que  el  de  más  mala  manera, 
en  no  estar  una  mujer 
toda  hecha  á  su  placer, 
le  dice  traidora  y  fiera. 

Luego  veréis  ser  nombradas 
desdeñosas  las  modestas 
y  las  castas  mal  criadas, 
soberbias  las  recatadas 
y  crueles  las  honestas. 

Ojalá  á  todas  cuadraran 
essos  deshonrados  nombres, 
que  si  ningunas  amaran, 
tantas  dellas  no  quedaran 
engañadas  de  los  hombres. 

Que  muestran  perder  la  vida, 
si  algo  no  pueden  haber, 
pero  luego  en  ser  habida 
la  cosa  vista  ó  querida, 
no  hay  memoria  de  querer. 

Fíngense  tristes  cansados 
de  estar  tanto  tiempo  vivos, 
encarescen  sus  cuidados, 
nómbransc  desventurados, 
ciegos,  heridos,  captivos. 

Hacen  de  sus  ojos  mares, 

nombran  llamas  sus  tormentos, 
cuentan  largos  sus  pesares, 
los  suspiros  á  millares 
y  las  lágrimas  á  cuentos. 

Ya  se  figuran  rendidos, 
ya  se  fingen  valerQsos, 
ya  señores,  ya  vencidos, 
alegres  estando  heridos 
y  en  la  cárcel  venturosos. 


994 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Maldicen  sas  buenas  aaertes, 
menosprecian  el  vivir; 
y  en  fin,  ellos  son  tan  fuertes, 
que  passan  doscientas  njuertes 
j  no  acaban  de  morir. 

Dan  y  cobran,  sanan,  hieren 
la  alma,  el  cuerpo,  el  corazón, 
gozan,  penan,  viven,  mueren, 
j  en  cuanto  dicen  j  quieren 
hay  extraña  confusión. 

Y  por  esso  cuando  amor 
me  mostraba  Melibeo, 
contábame  su  dolor, 
yo  respondía:  Pastor, 

ni  te  entiendo  ni  te  creo. 

Hombres,  ved  cuan  justamente 
el  quereros  se  difiere, 
pues  consejo  es  de  prudente 
no  dar  crédito  al  que  miente 
ni  querer  al  que  no  quiere. 

Pues  de  hoy  más  no  nos  digáis 
fieras,  crudas  y  homicidas; 
que  no  es  bien  que  alegres  vais, 
ni  que  ricos  os  hagáis 
con  nuestras  honras  y  vidas. 

Porque  si  acaso  os  miró 
la  más  honesta  doncella, 
ó  afablemente  os  habló, 
dice  el  hombre  que  la  vio: 
Desvergonzada  es  aquélla. 

Y  ansí  la  pastora  y  dama 

de  cualquier  modo  padesce, 
pues  vuestra  lengua  la  llama 
desvergonzada,  si  os  ama, 
y  cruel,  si  os  aborresce. 

Peor  es  que  nos  tenéis 
por  tan  malditas  y  fuertes, 
que  en  cuantos  males  habéis, 
culpa  á  nosotras  ponéis 
de  los  desastres  y  muertes. 

Vienen  por  vuestra  simpleza 
y  no  por  nuestra  hermosura, 
que  á  Troya  causó  tristeza, 
no  de  Helena  la  belleza, 
mas  de  París  la  locura. 

¿Pues  por  qué  de  deshonestas 
fieramente  nos  tratáis, 
si  vosotros  con  las  fiestas 
importunas  y  molestas 
reposar  no  nos  dejáis? 

Que  á  nuestras  honras  y  estados 
no  habéis  respetos  algunos, 
dissolutoB,  mal  mirados, 
cuando  más  desengañados, 
entonces  más  importunos. 


Y  venís  todos  á  ser 
pesados  de  tal  manera, 
que  queréis  que  la  mujer 
por  vos  se  venga  á  perder 

y  que  os  quiera  aunque  no  quiera. 
Ansí  conquistáis  las  vidas 
de  las  mujeres  que  fueron 
más  buenas  y  recogidas: 
de  modo  que  las  perdidas 
por  vosotros  se  perdieron. 

¿  Mas  con  qué  versos  diré 
las  extrañas  perfecciones? 
¿de  qué  modo  alabaré 
la  constancia,  amor  y  fe 
que  está  en  nuestros  corazones? 

Muestran  quilates  subidos 
las  que  amor  tan  fino  tratan, 
que  los  llantos  y  gemidos 
por  los  difuntos  maridos 
con  propria  muerte  rematan. 

Y  si  Hippólyto  en  bondad 
fué  persona  soberana, 
por  otra  parte  mirad 
muerta  por  la  castidad 
Lucrecia,  noble  romana. 

Es  valor  cual  fué  ninguno 
que  aquel  mancebo  gentil 
desprecie  el  ruego  importano, 
mas  Hippólyto  fué  uno 
y  Lucrecias  hay  dos  mil. 

Puesta  aparte  la  belleza 
en  las  cosas  de  doctrina, 
á  probar  nuestra  viveza 
basta  y  sobra  la  destreza 
de  aquella  Sapho  y  Gorina. 

Y  ansí  los  hombres  letrados 
con  engañosa  cautela, 
soberbios  en  sus  estados, 
por  no  ser  aventajados 

nos  destierran  de  la  escuela. 

Y  si  autores  han  contado 
de  mujeres  algún  mal, 

no  descresce  nuestro  estado, 
pues  los  mesmos  han  hablado 
(le  los  hombres  otro  tal. 

Y  esto  poca  alteración 

causa  en  nuestros  meresceres, 
que  forzado  es  de  razón 
que  en  lo  que  escribe  un  varón 
se  diga  mal  de  mujeres. 

Pero  allí  mesmo  hallaréis 
mujeres  muy  excelentes, 
y  si  mirar  lo  queréis, 
muchas  honestas  veréis 
fieles,  sabias  y  valientes. 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


895 


Ellas  el  mundo  hermosean 
con  discreción  j  belleza, 
ellas  los  ojos  recrean, 
ellas  el  gozo  acarrean 
y  destierran  la  tristeza. 

Por  ellas  honra  tenéis, 
hombres  de  malas  entrañas, 
por  ellas  Tersos  hacéis 
y  por  ellas  entendéis 
en  las  valientes  hazañas. 

Luego  los  que  os  empleáis 
en  buscar  vidas  ajenas, 
si  de  mujeres  tratáis, 
por  una  mala  que  halláis 
no  infaméis  á  tantas  buenas. 

Y  si  no  08  pueden  vencer 
tantas  que  hay  castas  y  bellas, 
mirad  una  que  ha  de  ser 

tal  que  sola  ha  de  tener 
cuanto  alcanzan  todas  ellas. 
Los  más  perfectos  varones 
sobrepujados  los  veo 
de  las  muchas  perfecciones 
que  della  en  pocas  razones 
cantaba  un  día  Proteo. 

Diciendo:  En  el  suelo  ibero, 
en  una  edad  fortunada 
ha  de  nascer  un  lucero, 
por  quien  Cynthia  ver  espero 
en  la  lumbre  aventajada. 

Y  será  una  dama  tal, 

que  volverá  el  mundo  ufano, 
su  casta  ilustre  y  real 
haciendo  más  principal 
que  la  suya  el  africano. 

Alégrese  el  mundo  ya, 
y  esté  advertido  todo  hombre 
que  de  aquesta  que  vendrá 
Castro  el  linaje  será. 
Doña  Hieronyma  el  nombre. 

Con  Bolea  ha  de  tener 
acabada  perfección, 
siendo  encumbrada  mujer 
del  gran  vicecanciller 
de  los  reinos  de  Aragón. 

Viendo  estos  dos,  no  presuma 
Roma  igualar  con  Iberia, 
mas  de  envidia  se  consuma 
de  ver  que  él  excede  á  Numa 
y  ella  vale  más  que  Egeria. 

Vencerá  á  Porcia  en  bondad, 
á  Cornelia  en  discreción, 
á  Livia  en  la  dignidad, 
á  Sulpicia  en  castidad 
y  en  belleza  á  cuantas  son. 


Esto  Proteo  decia 

y  Eco  á  su  voz  replicaba; 

la  tierra  y  mar  parecia 

recebir  nueva  alegría 

de  la  dicha  que  esperaba. 
Pues  de  hoy  más  la  gente  fiera 

deje  vanos  pareceres, 

pues  cuando  tantas  no  hubiera, 

ésta  sola  engrandesciera 

ol  valor  de  las  mujeres. 

Parescieron  muy  bien  las  alabanzas  y  de- 
fensas de  las  mujeres  y  la  gracia  con  que  por 
Belisa  fueron  cantadas,  de  lo  cual  Don  Félix 
quedó  convencido,  Belisa  contenta  y  Arsileo 
muy  ufano.  Todos  los  hombres  que  allí  estaban 
confessaron  que  era  verdad  cuanto  en  la  can- 
ción estaba  dicho  en  favor  de  las  mujeres,  no 
otorgando  lo  que  en  ella  liabía  contra  los  varo- 
nes, especialmente  lo  que  apuntaba  de  los  en- 
gaños, cautelas  y  fingidas  penas:  antes  dijeron 
ser  ordinariamente  más  firme  su  fe  y  más  en- 
carescido  su  dolor  de  lo  que  publicaban.  TiO 
que  más  á  Arsileo  contentó  fué  lo  de  la  res- 
puesta de  Florisia  á  Melibeo,  tanto  por  ser  ella 
muy  donosa  y  avisada,  como  porque  algunas 
veces  había  oído  á  Belisa  una  canción  hecha 
sobre  ella,  de  la  cual  mucho  se  agradaba.  Por 
lo  cual  le  rogó  que  en  tan  alegre  día,  para  con- 
tento de  tan  noble  gente,  la  cantasse,  y  ella, 
como  no  sabía  contradecir  á  su  querido  Arsileo, 
aunque  cansada  del  passado  cantar,  al  mesmo 
son  la  dijo,  y  era  esta: 

Canción» 

Contando  está  Melibeo 
á  Florisia  su  dolor, 
y  ella  responde:  Pastor, 
ni  te  entiendo  ni  te  creo» 

El  dice:  Pastora  mía, 

mira  con  qué  pena  muero, 

que  de  grado  sufro  y  quiero 

el  dolor  que  no  querría.- 
Arde  y  muérese  el  deseo, 

tengo  esperanza  y  temor. 

Ella  responde:  Pastor, 

ni  te  entiendo  ni  te  creo. 

El  dice:  El  triste  cuidado 

tan  agradable  me  ha  sido, 

que  cuanto  más  padescido, 

entonces  más  deseado. 
Premio  ninguno  deseo, 

y  estoy  sirviendo  al  Amor. 

Ella  responde:  Pastor, 

ni  te  entiendo  ni  te  creo» 

El  dice:  La  dura  muerte 
deseara  si  no  fuera 


1 


896 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


por  la  pena  que  me  diera 
dejar,  pastora,  de  verte. 
Pero  triste,  si  te  veo, 
padezco  maerte  mayor. 
Ella  responde:  Pastor, 
ni  te  entiendo  ni  te  creo, 

£1  dice:  Muero  en  nnrart<> 
y  en  no  verte  estoy  penando; 
cuando  más  te  voy  buscando 
más  temor  tengo  de  hallarte. 

Como  el  antiguo  Proteo 
nmdo  figura  y  color. 
Ella  responde:  Pastor, 
ni  te  entiendo  ni  te  creo. 

El  dice:  Haber  no  pretendo 
más  bien  del  que  la  alma  alcanza, 
porque  aun  con  la  esperanza 
me  parcsce  que  te  ofendo. 

Que  mil  deleites  posseo 
en  tenor  por  ti  un  dolor. 
Ella  responde:  Pastor, 
ni  te  entiendo  ni  te  creo. 

En  tanto  que  Belisa  cantó  sus  dos  cantares, 
Felicia  habla  mandado  á  una  Nympha  lo  que 
había  de  hacer  para  que  allí  se  moviesse  una 
alegre  fiesta,  y  ella  lo  supo  tan  bien  ejecutar, 
que  al  punto  que  acababa  la  pastora  de  cantar 
se  sintieron  en  el  río  grandes  voces  y  alaridos, 
mezclados  con  el  ruido  de  las  aguas.  Vueltos 
todos  hacia  allá,  y  llegándose  á  la  ribera,  vieron 
venir  río  abajo  doce  barcas  en  dos  escuadras, 
pintadas  de  muchos  colores  y  muy  ricamente 
aderezadas:  las  seis  traían  las  velas  de  tornasol 
blanco  carmesí,  y  en  las  popas  sus  estandartes 
de  lo  mesmo,  y  las  otras  seis  velas  y  banderas 
de  damasco  morado,  con  bandas  amarillas. 
Traían  los  remos  hermosamente  sobredorados 
y  venían  de  rosas  y  flores  cubiertas  y  ador- 
nadas. En  cada  una  dellas  había  seis  Nymphas 
vestidas  con  aljubas,  es  á  saber:  las  de  la  una 
escuadra  de  terciopelo  carmesí  con  franjas  de 
plata,  y  las  de^la  otra  de  terciopelo  morado, 
con  guarniciones  de  oro;  sus  brazos  arregaza- 
dos, mostrando  una  manga  justa  de  tela  de  oro 
y  plata,  sus  escudos  embrazados  á  manera  de 
valientes  Amazonas.  Los  remeros  eran  unos 
salvajes  coronados  de  rosas,  amarrados  á  los 
bancos  con  cadenas  de  plata.  Levantóse  en 
ellos  un  gran  estruendo  de  clarines,  chirimías, 
cornetas  y  otras  suertes  de  música,  á  cuyo  son 
entraron  dos  á  dos  río  abajo  con  un  concierto 
que  causaba  grande  admiración.  Después  desto 
se  partieron  en  dos  escuadrones,  y  salió  de 
cada  uno  dellos  un  barco,  quedando  los  otros  á 
una  parte.  En  cada  cual  de  estos  dos  barcos 
venía  un  salvaje  vestido  de  los  colores  de  su 
parte,  puestos  los  pies  sobre  la  proa,  llevando 


un  escudo  que  le  cubría  de  loe  pies  á  la  cabeza, 
y  en  la  mano  derecha  una  lanza  pintada  de 
colores.  Amainaron  entrambos  las  reías,  y  á 
fuerza  de  remos  arremetieron  el  uno  contn  el 
otro  con  furia  muy  grande*  Movióse  gruide 
alarido  de  las  Nymphas  y  salvajes,  y  de  Iw 
que  con  sus  voces  los  favorescian.  Los  remeroi 
emplearon  allí  todas  sus  fuerzas,  procurando 
los  unos  y  los  otros  llevar  major  ímpetu  y  k- 
cer  más  poderoso  encuentro.  Y  viniéndose  4 
encontrar  los  salvajes  con  las  lanzas  en  loi 
escudos,  era  cosa  de  gran  deleite  lo  que  les 
acaescía.  Porque  no  tenían  tantas  fuerzas  ni 
destreza,  que  con  la  furia  con  que  los  barcos 
corrían  y  con  los  golpes  de  las  lanzas  quedas- 
sen  en  pie,  sino  que  unas  veces  caian  dentro  de 
los  bajeles  y  otras  en  el  río.  Con  esto  allí  w 
movía  la  rísa,  el  regocijo  y  la  música,  qw 
nunca  cessaba.  Los  justadores  la  vez  que  caliB 
en  el  agua  iban  nadando,  y  siendo  de  las  Nym- 
phas de  su  parcialidad  recogidos,  volvían  otn 
vez  á  justar,  y  cayendo  de  nuevo,  mnltiplíct- 
ron  el  regocijo.  Al  fin  el  barco  de  carmesí  tído 
con  tanta  furía  y  su  justador  tavo  tanta  des- 
treza, que  quedó  en  pie,  derribando  en  el  río  á 
su  contrarío.  A  lo  cual  las  Nymphas  de  sn  es- 
cuadrón levantaron  tal  vocería  y  dispararon  tan 
extraña  música,  que  las  adversarías  quedaron 
algo  corridas,  y  señaladamente  un  salvaji 
robusto  y  soberbio,  que  afrentado  y  muy  fer<i 
dijo:  ¿Es  possible  que  en  nuestra  compafiz 
haya  hombre  de  tan  poca  habilidad  y  faem 
que  no  pueda  resistir  á  golpes  tan  ligat)i! 
Quitadme,  Nymphas,  esta  cadena,  y  sirva  en 
mi  lugar  por  remero  quien  ha  sido  tan  flojo 
justador,  veréis  cómo  os  dejaré  á  vosotras  ren- 
cedoras  y  á  las  contrarías  muy  corrídas.  Biclw 
esto,  librado  por  una  hermosa  Nympha  de  b 
cadena,  con  un  bravo  denuedo  tomó  la  lana } 
el  escudo,  y  púsose  en  pie  sobre  la  proa.  A  b 
hora  los  salvajes  con  valerosos  ánimos  comen- 
zaron á  remar,  y  las  Nymphas  á  mover  grande 
vocería.  El  contrario  barco  vino  con  el  mesmo 
ímpetu,  pero  su  salvaje  no  hubo  menester  an- 
plear  la  lanza  para  quedar  vencedor,  porqae  d 
justador,  que  tanto  había  braveado,  antes  qne 
se  encontrassen,  con  la  furia  que  su  barco  lle- 
vaba, no  pudo  ni  supo  tenerse  en  pie,  sino  qw 
con  su  lanza  y  escudo  cayó  en  el  agua,  daado 
claro  ejemplo  de  que  los  más  soberbios  y  pn- 
sumptuosos  caen  en  mayores  faltas.  Las  TSj^' 
pas  le  recogieron,  que  iba  nadando,  aunque  no 
lo  merescía.  Pero  los  cinco  barcos  de  mondo 
que  aparte  estaban,  viendo  sa  compañero  Tci- 
cido,  á  manera  de  afrentados  todos  arremetie- 
ron. Los  otros  cinco  de  carmesí  hicieron  b 
mesmo,  y  comenzaron  las  Nymphas  á  tinr 
muchedumbre  de  pelotas  de  cera  blanca  y  cok- 
rada,  huecas  y  llenas  de  ag^s  olorosas,  ln^^ 


DIANA  DE  GASPAR  GIL  POLO 


Undo  tal  grita  f  peleando  con  tal  orden  y  con- 
i;Íerto,  que  figararon  allí  ana  reñida  Mtalla, 
como  si  verdaderamente  lo  fuera.  Al  fin  de  la 
cual  loe  barcoe  de  la  devisa  morada  moatraron 
qaedar  rendidos,  j  las  contrarias  Xjmphaa 
saltaron  en  ellos  á  manera  de  vencedoraa,  ; 
luego  con  la  mesma  música  vinieron  á  la  ribera, 
j  desembarcaron  las  vencedoras  y  vencidas  con 
los  captivos  salvajes,  haciendo  de  su  beldad 
mu;  alegre  mnestra.  Fassado  esto,  Felicia  se 
rolvi¿  i  la  fnente  donde  antes  estaba,  j  Engc- 
río  J  la  otra  compañía,  signiéndola,  bicieron  lo 
mesmo.  Al  tiempo  que  vinieron  6  ella,  hallaron 
nn  paator  que  en  tanto  qne  habla  durado  la 
justa  habla  entrado  en  la  huerta  j  se  habla 
sentado  junto  al  agua.  Paresciáles  &  todos  mu; 
gracioso,  7  especialmente  á  Fblicia,  que  ya  le 
conoBcla,  j  ansí  )e  dijo:  A  mejor  tiempo  no 
pudieras  venir,  Turíano,  para  remedio  de  tu 
pena  ;  para  augmento  desta  alegría.  En  lo  que 
toca  á  tu  dolor,  después  se  tratará,  mas  para 
lo  dcm&s  conviene  que  publiques  cuanto  spro- 
▼eche  tu  cantar.  Ya  veo  que  tienes  el  rabel 
fuera  del  znrnín,  paresciendo  querer  complacer 
á  esta  hermosa  compaDJn;  canta  algo  de  tu  El- 
viuia,  que  dello  quedarás  bien  satisfecho.  Es- 
pantado qued<5  el  pastor  qnc  Felicia  le  nom~ 
brasse  á  él  j  á  su  tagala,  j  que  i  su  pena  alivio 
prometíesse;  pero  pensando  pagarle  más  tales 
ofresciniientos  con  hacer  su  mandado  que  con 
gratificarlos  de  palabras,  estando  todos  assen- 
tadoa  7  atentos,  se  puso  á  tañer  su  rabel  j  á 
cantar  lo  siguiente: 

Rima»  prorenzale». 
Cuando  con  mil  colores  devisado 

viene  el  verano  en  el  ameno  suelo, 

el  campo  hermoso  está,  sereno  el  cielo, 

rico  el  pastor  y  próspero  el  ganado. 
Philomena  por  árboles  floridos 

da  BUS  gemidos: 

hay  fuentes  bellas, 

y  en  tomo  dellas, 

cantos  suaves 

de  Kjmphas  y  aves. 

Mas  si  Elvinia  de  alli  sus  ojos  parte, 

habrá  contino  hibierno  en  toda  parte. 
Caando  el  helado  Cierzo  de  hermosura 

despoja  hierbas,  árboles  y  flores, 

el  canto  dejan  ya  los  niiseñores 

y  queda  el  yermo  campo  sin  verdur». 
Mil  horas  son  más  largas  que  los  dias 

las  noches  frías, 

espessa  niebla 

con  la  tiniebla 

escura  j  triste 

el  aire  viste. 

Mas  salga  Elvinia  al  campo,  y  por  doqníera 

renovará  la  alegre  primavera. 


Si  alguna  vez  envia  el  cielo  airado 
el  temeroso  rayo  6  bravo  trueno, 
está  el  pastor  de  todo  amparo  ajeno, 
triste,  medroso,  atiínito  y  turbado. 

Y  si  granizo  6  duri  piedra  arroja, 
la  fruta  y  hoja 

gasta  y  destruye,' 

el  pastor  huye 

á  passo  largo, 

triste  y  amargo. 

Mas  salga  Elvinia  al  campo,  y  su  belleza 

desterrará  el  recelo  y  la  tristeza. 

Y  si  acaso  tañendo  m\¿  6  cantando 

á  sombra  de  olmos  d  altos  valladares, 
y  están  con  dulce  acento  á  mis  cantares 
la  mirla  y  la  calandria  replicando; 
Cuando  siuive  expira  el  fresco  viento, 
cuando  el  contento 
más  soberano 
me  tiene  ufano, 
libre  de  miedo, 
lozano;  ledo: 

si  assoma  Elvinia  airada,  assi  me  espanto, 
que  el  rayo  ardiente  no  me  atierro  tanto. 

Si  Delia  en  perseguir  silvestres  fieras, 

con  muy  castos  cuidados  ocupada 

va  de  su  hermosa  escuadra  acompañada, 

buscando  sotos,  campos  y  riberas; 
Napeas  y  Uamadriadas  hermosss 

con  frescas  ro§As 

le  van  delante, 

está  triunfante 

con  lo  que  tiene; 

pero  si  viene 

al  bosque  donde  casa  Elvinia  mía, 

parecerá  menor  su  lozanía, 

Y  cuando  aquellos  miembros  delicados 
se  lavan  en  la  fuent«  esclarescida, 

ai  allí  Cyntia  estuviera,  de  corrida 
los  ojos  abajara  avergonzados. 
Porque  en  la  agua  de  aquella  transparente 
y  clara  fuente 
el  mármol  fino 
y  peregrino 
con  beldad  rara 
so  figurara, 

;  al  atrevido  Acteon,  si  la  riere, 
no  en  cieno,  pero  en  mármol  convertiera. 

Canción,  quiero  mil  veces  replicarte 
en  toda  parte, 
por  ver  si  el  canto 
amansa  un  tanto 
mi  clara  estrella, 
tan  cruda  ;  bella. 
Dichoso  ;o  si  tal  ventura  hubiesse 
que  Elvinia  se  ablandasse  6  yo  mnriesee. 


398 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


No  86  puede  encarescer  lo  que  les  agradó 
la  voz  y  gracia  del  zagal,  porque  él  cantó  de 
manera,  y  era  tan  hermoso,  que  paresció  ser 
Apolo,  que  otra  yez  había  venido  á  ser  pastor, 
porque  otro  ninguno  juzgaron  suficiente  á  tan- 
ta belleza  y  habilidad.  Montano,  maravillado 
dcsto,  le  dijo:  Grande  obligación  tiene,  zagal, 
la  pastora  Elvinia,  d(;  quien  tan  subtilmente 
has  cantado,  no  sólo  por  lo  que  gana  en  ser 
querida  de  tan  gracioso  pastor  como  tú  eres, 
pero  en  ser  sus  bellezas  y  habilidades  con  tan 
delicadas  comparaciones  en  tus  versos  encares- 
cidas.  Pero  siendo  ella  amada  de  ti,  se  ha  de 
imaginar  que  ha  de  tener  última  y  extremada 
perfección,  y  una  de  las  cosas  que  más  para 
ello  la  ayudarán,  será  la  destreza  y  ejercicio  do 
la  caza,  en  la  cual  con  Diana  la  igualaste,  por- 
que es  una  de  las  cosas  que  más  belleza  y  gra- 
cia añaden  á  las  Nymphas  y  pastoras.  Un  za- 
gal conosci  yo  en  mi  aldea,  y  aun  Ismenia  y 
Selvagio  también  le  conoscen,  que,  enamorado 
de  una  pastora  nombrada  Argia,  de  ninguna 
gentileza  suya  más  captivo  estaba  que  de  ima 
singular  destreza  que  tenia  en  tirar  un  arco, 
con  que  las  fieras  y  aves  con  agudas  y  ciertas 
flechas  enclavaba.  Por  lo  cual  el  pastor,  nom- 
brado Olympio,  cantaba  algunas  veces  un  sone- 
to sobre  la  destreza,  la  hennosura  y  crueldad  de 
aquella  zagala,  formando  entre  ella  y  la  Diosa 
Diana  y  Cupido  un  desafio  de  tirar  arco,  cosa 
harto  graciosa  y  delicada,  y  por  contentarme 
mucho  le  tomé  de  cabeza.  A  esto  salió  Cle- 
NARDA  diciendo:  Razón  será,  pues,  que  tenga- 
mos parte  de  esse  contento  con  oirle.  A  lo  me- 
nos á  mi  no  me  puede  ser  cosa  más  agradable 
que  oírtele  cantar,  siquiera  por  la  devoción  que 
¿Migo  al  ejercicio  de  tirar  arco.  Pláceme,  dijo 
Montano,  si  con  ello  no  he  de  ser  enojoso.  No 
puede,  dijo  Polvdoro,  causar  enojo  lo  que  con 
tan  gran  contento  será  escuchado.  Tocando  en- 
tonces Montano  un  rabel,  cantó  el  soneto  de 
Olympio,  que  decía: 

Soneto. 

Probaron  en  el  campo  su  destrozn 
Diana,  Amor  y  la  pastora  mía, 
flechas  tirando  á  un  árbol,  que  tenía 
pintado  un  corazón  en  la  corteza. 

Allí  apostó  Diana  su  belleza, 
su  arco  Amor,  su  libertad  Argín, 
la  cual  mostró  en  tirar  más  gallardía, 
mejor  tino,  denuedo  y  gentileza. 

Y  ansí  ganó  á  Diana  la  hermosura, 


las  armas  á  Cupido,  y  ha  quedado 
tan  bella  y  tan  cruel  desta  rictoría, 
Que  á  mis  cansados  ojos  su  figura, 
y  el  arco  fiero  al  corazón  cuitado 
quitó  la  libertad,  la  vida  y  gloria. 

Fué  muy  agradable  á  todos  eate  soneto,  t 
más  la  suavidad  con  que  por  Montano  fué  cui- 
tado. Después  de  consideradas  en  particnlir 
todas  sus  partes,  y  passadas  algunas  plática* 
sobre  la  materia  del,  Felicia,  viendo  qoe  la 
noche  se  acercaba,  paresciéndole  que  paia  aqnd 
dia  sus  huéspedes  quedaban  asaz  regocijados, 
haciendo  sefial  de  ouerer  hablar,  hizo  qu«  la 
gente,  dejado  el  bullicio  y  fiesta,  con  ánimo 
atento  se  sossegasse,  y  estando  todos  en  repo- 
sado silencio,  con  su  acostumbrada  gravedad 
habló  ansi: 

Por  muy  averiguado  tengo,  caballeros  y  di- 
mas,  pastores  y  pastoras  de  gran  merescimiento. 
que  después  que  á  mi  casa  venísteis,  no  podrñi 
de  mis  favores  ni  de  los  servicios  de  mis  Nrm- 
pbas  en  ninguna  manera  quejaros.  Pero  fué 
tanto  el  deseo  que  tuvo  de  complaceros  y  el 
contento  que  recibo  en  que  semejantes  personafl 
le  tengan  por  mi  causa,  que  me  paresce  qne, 
aunque  más  hiciera,  no  igualara  de  g^n  parta 
lo  mucho  que  merescéis.  Solos  quáan  entre 
vosotros  descontentos  Karcisso  con  la  asperea 
de  Melisea  y  Turiano  con  la  de  Elvinia.  A  loi 
cuales  por  agora  les  bastará  consolarse  con  It 
esperanza;  pues  mi  palabra,  que  no  suele  meD- 
tir,  por  la  forma  que  más  les  conviene,  prests 
y  cumplida  salud  ciertamente  lea  promete.  A 
Eugerio  veo  alegre  con  el  hijo,  hijas  y  yerno, 
y  tiene  razón  de  estallo,  después  que  á  cansa 
dellos  se  ha  visto  en  tantos  peligros  y  ha  safrí- 
do  tan  fatigosas  penas  y  cuidados. 

Acabadas  las  razones  de  Felicia,  el  viejo  Ea* 
gerio  quedó  espantado  de  tal  sabiduria,  y  loa 
demás  satisfechos  de  tan  saludable  repren- 
sión, sacando  della  provechoso  fruto  para  virir 
de  allí  adelante  muy  recatados.  Y  levantándose 
todos  de  entoino  la  fuente,  siguiendo  á  la  sa- 
bia, salieron  del  jardín,  yendo  al  palacio  á  reti- 
rarse en  sus  aposentos,  aparejando  los  ánioios 
á  las  fiestas  del  venidero  día.  Las  cuales  y  lo 
que  de  Narcisso,  Turiano,  Tauríso  y  Berardo 
acontosció,  juntamente  con  la  historia  de  Utn- 
teo  y  I  )uardo,  portugueses,  que  aqui  por  algn- 
nos  respetos  no  se  escribe,  y  otras  cosai  de 
gusto  y  de  provecho,  están  tratadas  en  la  otn 
parte  dcstc  libro,  que  antes  de  muchos  dias, 
placiendo  á  Dios,  será  impressa. 


FIN    I>E    LA    DfANA    ENAMOKADA    DE    GASPAK    GIL    POLO 


I  PASTOR  DE  FILIDA 


COMPUESTO  POR 


LUIS  GÁLVEZ  DE  MONTALVO 


OENTIL-HOMBRK   CORTESANO 


•$4$ 


TA  DEDICATORIA  DKL  AUTOR  AL  MÜT  ILÜ8- 
RE  SBfiOR  DON  BKRIQUE  DE  MENDOSA  Y 
RAGÓN 

'onsiderando  que  desde  el  tiempo  que  U.  S. 
riaba  en  casa  de  sus  ezcelentiss irnos  abue- 
aquel  gran  Duque  del  Infantado,  tan  digno 
e  nombre,  j  aquella  gran  señora,  digna  bija 
Infante  Fortuna,  siempre  U.  S.  fué  ama- 
de  la  rirtud;  y  siempre,  desde  aquella  edad 
la,  ha  ido  resplandeciendo  en.  su  pecho  la 
¡osa  llama  de  su  sangre,  hasta  ser  el  major 
imonio  della,  de  dó  nace  ser  U.  S.  entre  los 
)s  el  más  virtuoso  de  los  ricos  j  el  más  rico 
os  virtuosos,  con  aquel  don  del  cielo  que 
mayor  premio  el  mundo  puede  dar:  amado 
grandes  y  menores,  y  de  todos  conocidas  las 
ciencias  con  que  fué  criado,  sin  que  rabia 
iempo  ni  rigor  de  envidia  lo  puedan  negar 
eshacer.  Entre  los  venturosos  que  á  U.  S. 
)cen  y  tratan,  he  sido  yo  uno,  y  estimo  que 
08  más,  porque  deseando  servir  á  U.  S.  se 
plió  mi  deseo,  y  assi  dejé  mi  casa  y  otras 
'  señaladas,  dó  fui  rogado  que  viviesse,  y 
á  ésta,  donde  holgaré  de  morir,  y  donde  mi 
or  trabajo  es  estar  ocioso,  contento  y  hon- 
»,  como  criado  de  U.  S.  Y  assi,  á  ratos  éntre- 
lo en  mi  antiguo  ejercicio  de  la  divina  aliezA 
i  Poesía,  donde  son  tantos  los  llamados  y  tan 
)3  los  escogidos,  he  compuesto  El  Pastor 
^'iLiDA,  libro  humilde  y  pequeño, digníssimo 
u  nombre,  de  aquel  favor  con  que  U.  S. 
e  amparar  (".  los  necessitados  del,  en  lo  cual 
)  se  le  ofrezco,  rudo  y  mal  ataviado,  como 
e  de  las  Selvas,  para  que  U.  S.  le  dos- 
:e  y  componga  de  su  mano,  que  cuanto  es 


soberbio  en  pensamientos,  es  humilde  en  volun- 
tad; y  sabrá  conocer  la  merced  que  se  le  hiciere, 
sin  miedo  de  que  nadie  le  ose  enojar;  y  yo  que 
le  envió,  me  atreveré  á  trocar  su  zampona  en 
trompeta  heroica,  que  cante  el  bien  que  el 
mundo  de  U.  S.  tiene  y  espera:  cuya  muy  ilus- 
tre persona  y  estado  nuestro  Señor  guarde  y 
acreciente,  como  todo  el  mundo  desea.  De  Ma- 
drid, y  Febrero  20  de  1682. 

Las  muy  ilustres  manos  de  U.  S.  besa  su 
criado 

Oálvéz  de  Montalvo, 


EL   autor   al   libro 

Pastor  de  mis  pensamientos, 
guardador  de  mis  cuidados, 
si  quieres  trocar  los  prados 
por  soberbios  aposentos, 
seráte  fuerza  volar 
sin  alas  con  que  subir, 
y  habréme  de  lastimar, 
de  mí,  por  verte  partir; 
de  ti,  por  verte  quedar. 

Dejarás  la  gravedad; 
no  me  parezcas  en  esto; 
también  será  deshonesto 
que  pierdas  mi  autoridad. 
Si  te  vieres  en  aprieto, 
mostraréte  á  ser  bastante 
para  quedar  sin  defeto, 
sei  con  el  necio  arrogante 
y  humilde  con  el  discreto. 

Cuando  entre  damas  te  vieres, 
honestas,  sabias,  hermosas. 


400 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


encnbrirás  cuantas  cosas 
contra  sn  opinión  tnrieres; 
mas  si  te  catan  los  senos 
y  en  sns  orejas  dissnenas, 
diles,  con  ojos  serenos, 
que  si  todas  fueran  buenas 
las  buenas  valdrían  menos. 

No  llevas  capas,  ni  ornatos 
de  Parnassos,  ni  Helicones, 
que  por  mis  pobres  rincones 
apenas  tenias  zapatos. 
Y  si  los  Faunos  acaso 
por  los  montes  te  encontraren, 
passa  quedo,  habla  passo; 
que  donde  ellos  agradaren 
harán  de  ti  poco  caso. 

No  te  quiero  yo  obligar 
á  hablar  de  mi  por  tassa; 
que  lo  que  passa  6  no  passa, 
ya  sé  que  lo  has  de  contar; 
y  si  causares  porfia 
con  lo  que  te  enseño  yo, 
bajarás  la  fantasia, 
y  di  que  el  que  te  enseñó 
quizá  menos  lo  entendía. 

Si  te  aprobaren  los  más, 
no  te  mueva  hichazón, 
que  la  perfeta  eleci¿n 
en  los  menos  la  verás; 
pero  si  los  pocos  ves 
contar  tus  hechos  por  vanos, 
no  pretendas  tu  interés, 
ni  te  cures  de  las  manos, 
que  más  te  valdrán  los  pies. 
Para  derramar  tus  obras, 
no  tomes  larga  carrera: 
si  agradas,  vas  tras  do  quiera, 
si  enfadas,  do  quiera  sobras. 
Donde  tus  prendas  estáu 
no  temas  los  enemigos, 
y  si  te  ves  en  afán 
acógete  á  mis  amigos, 
que  éstos  no  te  faltarán. 

No  quiero  negarte  aquí, 
que  otro  gallo  me  cantara 
si  á  mi  se  me  aconsejara 
lo  que  te  aconsejo  á  ti ; 
lo  que  sé  te  significo, 
haz  lo  que  será  cordura, 
no  puedo  dejarte  rico; 
mas  si  tuvieres  ventura, 
podrás  valer  por  tu  pico. 

Bien  conviene  que  recuerden 
los  Hados  á  te  ayudar, 
si  te  tienes  de  ganar 
por  lo  que  tantos  se  pierden, 
podría  ser  que  muriesses 
como  han  hecho  más  de  dos; 
ó  tantos  siglos  viviesses. 


que  hoy  pidiesses  por  Dios, 
y  tú  mañana  lo  díessea. 

Si  se  rompiere  la  hebra 
de  mi  nombre  y  de  tu  vida, 
la  hechura  irá  perdida, 
como  vidrio  que  se  quiebra. 
Y  pues  de  vivir  honrado 
te  partes  tan  sospechoso, 
no  debes  juzgar  tu  estado 
por  larga  vida  dichoso,       * 
•   ni  por  corta  desdichado. 

Mas  íayl  que  me  llevas  cnanto 
me  tenía  enriquecido, 
que  como  lo  he  padecido 
por  fuerza  lo  estimo  en  tanto, 
y  otras  prendas  que  no  cuenta», 
que  parece  poco  seso 
mezclarlas  en  este  intento; 
mas  van  para  contrapeso, 
porque  no  te  Heve  el  viento. 

Ora  cantes,  ora  llores, 
ora  provoques  á  risa, 
siempre  será  tu  doñea: 

LA  CAUSA  DE  MIS  DOL0BB8. 

Este  es  el  blasón  que  quiero, 
y  del  quiero  que  presumas; 
y  en  lo  demás  te  requiero, 
que  te  faltarán  las  plumas 
si  te  picas  de  altanero. 

GBN8URA 


Por  comissión  de  los  Señores  del  Con» 

de  su  Majestad,  he  visto  este  libro,  cuyo  íí\a 

es  El.  Pastor  .db  Filida,  compuesto  por  Li 

(lálvez  de  Montalvo,  en  prosa  y  verso  casi 

llano ;  y  habiéndole  passado  con  atención,  me; 

rece  no  sólo  digno  de  salir  á  luz,  en  conf( 

midad  de  la  pretensión  de  su  autor,  más  ai 

que  me  parece,  por  su  pureza,  propiedad,  f 

cilidad  y  dulzura,  por  la  novedad  de  las  inve 

ciones,  por  la  orden  y  disposición  con  que  I 

trata,  ser  estimado  por  uno  de  los  más  acepi 

que  hasta  ahora  on  este  género  han  salido 

juicio  del  mundo;  y  aunque  la  materia,  sientf 

pastoril   y  amorosa,  parece  que  de  suyo  p 

quiere  humildad  y  llaneza,  no  le  ha  costado  ta 

poco  guardar  el  decoro  que  en  ella  se  pide,  qc 

no  haya  hecho  por  igual  el  estilo  y  acomodar 

al  propósito  que  se  sigue,  guardando  las  partí 

á  él  necessarias,  todo  lo  que,  con  mucho  estudit 

de  un  aventajado  ingenio  se  puede  esperar: 

assi,  libre  de  pasión,  me  parece  que  se  le  del 

conceder  la  licencia  que  pide.  En  Madrid  á  do 

de  Junio  de  1581. 

» 

Pedro  Laintz. 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


401 


PRIMERA    PARTE 

DKL   PA8T0R    DE   FILIDA 

Cuando  de  más  apae^stos  y  lucidos  pastores 
ñorecia  el  Tajo,  morada  antigua  de  las  sagra- 
das Musas,  vino  á  su  celebrada  ribera  el  cau- 
daloso Mendiuo,  nieto  del  gran  rabadán  Men- 
diano,  con  cuya  llegada  el  claro  rio  ensoberbeció 
sus  corrientes:  los  altos  montes  de  luz  y  glo- 
ria se  vistieron;  el  fértil  campo  renovó  su  casi 
perdida  hermosura,  pues  los  pastores  del,  inci- 
tados de  aquella  sobrenatural  virtud,  de  mane- 
ra siguieron  sus  pisadas  que,  envidioso  Ebro, 
confuso  Tormes,  Pisuerga  y  Guadalquivir  ad- 
mirados, inclinaron  sus  cabezas,  y  las  hinchadas 
urnas  manaron  con  un  silencio  admirable:  sólo 
el  felice  Tajo  resonaba,  y  lo  mejor  de  su  son  era 
Mendino,  cuya  ausencia  sintió  de  suerte  He- 
nares, su  nativo  rio,  que  con  sus  ojos  acrecentó 
tributo  á  las  arenas  de  oro.  Bien  le  fué  menes- 
ter al  gallardo  pastor,  para  no  sentir  la  ausen- 
cia de  su  carissimo  hermano,  hallar  en  esta  ri- 
bera al  gentil  Castalio,  sn  primo,  al  caudaloso 
(!)ardenio,  al  galán  Coridón,  con  otros  umchos 
valerosos  pastores  y  rabadanes,  deudos  y  ami- 
gos de  los  suyos,  con  quien  passaba  dulce  y 
agradable  vida  Mendino,  en  quien  todos  halla- 
ban tan  cumplida  satisfación,  que  como  olvida- 
dos de  sus  propias  cabanas,  sitios  y  albergues, 
los  de  Mendino  estaban  siempre  acompañados 
de  la  mayor  nobleza  de  la  pastoría:  de  allí  sa- 
lían á  los  continuos  juegos,  y  allí  volvían  por 
los  debidos  premios;  allí  se  componían  las  per- 
didas amistades  y  por  allí  pasaban  los  bienes 
y  males  de  Amor,  cuáles  pesada  y  cuáles  lige- 
ramente: sólo  Mendino  entre  todos  era  tan  se- 
ñor de  sí  en  sus  tratos,  que  si  todos  no  le  ama- 
ran, todos  le  fueran  envidiosos;  mas  ¿quién  go- 
zará perseverancia  en  tanto  bien  contra  las 
fuerzas  del  tiempo,  si  donde  unas  no  bastan 
otras  sobran?  Curiosamente  Mendino,  guiado 
de  los  pastores  de  la  nueva  ribera,  vido  las  más 
hermosas  pastoras  y  ninfas  de  ella:  la  gracia 
y  gallardía  de  Filena  y  Nise,  la  gran  hermosura 
de  Pradelia  y  Clori,  la  sin  igual  discreción  de 
Nerea,  acostumbrada  á  vencer  en  versos  á  los 
más  celebrados  poetas  del  Tajo;  el  dulcíssimo 
canto  de  Belisa,  acompañado  de  igual  valor,  y 
otras  muchas,  que  no  quedaban  atrás,  no  bas- 
taron á  que  la  libertad  de  Mendino  no  passase 
por  muchos  días  adelante,  hasta  llegar  el  plazo 
de  su  deuda,  que  fué  en  un  día  del  florido  Abril, 
entre  los  salces  del  río,  donde,  retirados  de  los 
silvestres  juegos  los  más  validos  pastores  y  las 
pastoras  de  más  beldad,  Elisa  entre  ellas  fué 
señalada  para  venganza  de  Amor,  á  quien  Men- 
dino rindió  las  fuerzas  y  la  voluntad  á  un  punto. 

OBÍQENES   DE   LA   NOVELA.-  26 


Era  Elisa  de  antigua  y  clara  generación,  de 
hermosura  y  gracia  sin  igual,  de  edad  tierna  y 
de  maduro  juicio,  amada  de  muchos,  mas  de 
ninguno  pagada,  y  aun  el  saber  esto  fué  causa 
en  Mendino  de  detenerse  en  descubrir  su  fuego, 
que,  como  las  plantas  con  los  años,  iba  con.  las 
horas  creciendo,  hasta  que  el  sufrimiento  rom- 
pió, y  las  secretas  llamas  resplandecieron  por 
mil  diversas  partes,  ora  en  placer,  ora  en 
tristeza;  cuándo  concertando  fiestas  públicas, 
donde  á  todos  los  pastores  se  aventajaba,  y 
cuándo  en  profundas  melancolías  retirándose, 
aunque  lo  más  ordinario  era,  olvidado  del  hato 
y  los  amigos,  buscar  los  lugares  donde  Elisa 
estaba,  no  inocente,  aunque  dissimulada,  de  la 
afición  de  Mendino,  el  cual,  entre  temor  y  es- 
peranza, determinó  decirle  su  mal,  y  faltándole 
aliento  en  la  presencia,  tomó  por  medio  escri- 
birle, no  en  versos  propios  ni  ajenos,  ni  con 
palabras  de  artificio  y  cuidado,  sino  con  pura 
llaneza  del  corazón,  en  razones  humildes  como 
éstas: 

MENDIirO 

«Elisa:  Si  el  conoceros  ha  sido  causa  para 
desconocerme,  podrálo  ser  también  de  mi  dis- 
culpa en  esta  osadía,  que  os  certifico  que  no  lo 
es  decir  mis  malee,  sino  un  dolor,  de  que  de- 
béis doleros  como  causa  del,  y  no  le  tuviera  por 
tal  si  le  mereciera;  pero  verme  indigno  del  daño 
me  quita  la  esperanza  del  remedio  y  me  aco- 
barda de  suerte  al  descubrirle,  que  holgaría  que 
este  papel  perdiesse  el  camino,  por  que  no  nos 
perdamos  los  dos:  que  esto  es  muy  cierto,  si 
vos,  como  sola  señora  mía,  no  volvéis  en  todo 
por  mí,  revolviendo  á  vuestro  valor  y  hermosu- 
ra, de  cuya  fuerza  fuera  impossible  resistirme, 
cuanto  más  librarme.  En  fin;  peno,  y  no  hay 
para  mí  lugar  de  alivio,  sino  vuestra  voluntad, 
que,  como  yo  la  sepa,  será  la  medida  de  mi  de- 
seo, del  cual,  pues  antes  que  á  vos  he  hecho  tes  • 
tigos  á  las  piedras  y  á  las  plantas,  no  es  razón 
que  también  antes  que  vos  se  duelan  de  quien 
ama  la  muerte  por  amaros. )> 

Este  papel  llegó  á  las  manos  de  Elisa  por 
las  de  un  zagal  de  Mendino,  que  en  la  cabana 
de  la  hermosa  pastora  tenía  entrada.  No  fué 
Sirio  (que  assí  el  zagal  se  llamaba)  mal  reci- 
bido, ant^s,  pas&ando  Elisa  muchas  veces  los 
ojos  por  la  carta,  passaron  por  su  pecho  mil 
consideraciones  tiernas,  que  con  cada  una  iba 
perdiendo  de  la  entereza  de  su  corazón,  que 
siempre  fué  desdeñoso  y  grave,  y  vuelta  á  Sirio, 
le  dixo:  DUe,  zagal ^  á  Mendino,  que  si  éstas 
son  verdades,  el  tiempo  lo  dirá  por  él.  Con  esto 
el  zagalejo  volvió  á  Mendiuo.  y  Mendino  tan 
en  sí,  como  de  muerte  á  vida.  Primero  alabó  su 
pensamiento  y  la  hora  de  su  determinación,  y 


402 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ofreció  de  nuevo  la  libertad  á  Elisa,  y  luego  es- 
tudió los  passos  de  su  jornada  con  más  cuidado 
y  menos  demostraciones,  que  es  muy  de  buen 
enamorado,  más  recatado  á  más  favor.  No  dejó 
la  compañía  délos  amigos  y  deudos,  ni  se  apai-tó 
de  los  ratos  de  exercicio  público,  aunque  todos 
eran  pesados  para  él,  pero  con  una  templada 
dissimnlación  buscaba  los  de  su  contento,  y 
acompañaba  al  viejo  Sileuo,  venerable  padre  de 
la  hermosa  pastora;  y  muchas  veces  en  su  com- 
pañía, y  en  la  de  Galafrón  y  Barcino,  Mireno  y 
Liardo,  los  tres  deudos  y  el  uno  apasionado  de 
Elisa,  passaban  los  días  por  la  espessura  del 
monte  ó  por  las  sombras  del  llano,  á  gran  pla- 
cer de  todos,  que  sin  más  industria  de  su  na- 
tural condición,  de  buenos  y  malos  era  amado, 
y  en  cualquier  lugar  se  le  daba  el  primero;  mas 
(MI  el  pecho  de  Elisa  no  había  segundo,  ni  el  pas- 
tor quería  otro  bien  sino  óste,  ni  ya  ella  podía 
detenerse  en  allanarse,  ni  Amor  en  favorecer  sus 
intentos,  y  assí  todo  era  verdad,  todo  amor  y 
todo  llaneza  sin  estorbo,  que  los  mismos  deu- 
dos y  aficionados  de  Elisa  entretenían  á  Men- 
diiio  y  le  llevaban  á  lascalmñas  de  Sileno;  y  el 
mismo  Sileno,  sin  esquivarse  de  que  acompa- 
ñasse  á  la  cara  hija  por  la  soledad  de  los  cam- 
pos y  las  fuentes;  y  todo  se  podía  fiar  de  la  bon- 
dad de  Mendíno  y  del  valor  de  Elisa,  aunque 
no  en  la  opinión  de  Filis,  hermosa  ninfa  del 
Tajo,  que,  amando  secretamente  á  Mend  i  no,  sin 
osar   descubrirle  su  intención,   combatida  de 
amor  v  celos,  muchas  veces  los  buscaba,  v  con 
fingida  amistad  acompañándolos,  escudriñaba 
sus  pedios,  sin  entender  el  pastor  que  Filis  le 
amaba  ni  Elisa  que  le  al)orrecía.  Pues  como  un 
dia,  entre  otros,  Elisa,  Filis  y  Ciori,  Meudino, 
Galafrón  y  Castalio,   se  hallasen  juntos  á  la 
sombra  y  frescura  de  un  manso  arroyo,  habien- 
do passado  gran  rato  en  dulces  pláticas  y  razo- 
nes, ya  que  el  sol  il)a  igualando  los  campos  y 
los  sotos,  Galafrón,  incitado  de  los  demás  pas- 
tores, sacó  la  lira  y  la  acompañó  cantando: 

GALAFRÓN 

Pastora,  tus  ojos  bellos, 
mi  cielo  puedo  llamallos, 
pues  en  llegando  á  mirallos 
se  me  passa  el  alma  á  ellos. 

Ojos  cuya  perfección 
desprecia  humanos  despojos, 
los  ojos  los  llamen  ojos, 
que  el  alma  sabe  quien  son. 

Pastora,  la  fuerza  del  los 
por  espejo  hace  estimallos, 
pues  viene  junto  el  mirallos 
y  el  passarse  el  alma  á  ellos. 

Muchas  cosas  dan  señal 
desta  verdad  sin  recelo, 


que  tus  ojos  son  del  cielo 
y  su  poder  celestial. 

Pastora,  pues  sólo  Vellos 
fuerza  el  corazón  á  amallos, 
y  la  gloria  de  mira'los 
á  passarse  el  alma  á  ellos. 

Elisa  fué  en  quien  menos  Galafrón  puso  Iw 
ojos  mientras  duró  su  canto,  y  aun  ella  la  que 
menos  estuvo  en  él:  pero  todos  conocieron  A 
recato  del  pastor  y  el  desdén  de  la  pastora,  y  no 
osando  alabarle  á  él  por  ella  ni  hablarle  á*el]i 
en  él,  todos  callaban,  hasta  que  Mendiuo,  al  son 
de  un  rabel,  con  esta  canción  rompió  el  sÚentio: 

UENDIXO 

Si  tanto  gana,  pastora, 
quien  mira  tus  ojos  liellos, 
;qué  hai-á  el  mirado  dellos? 

Entre  mirarse  y  mirar, 
la  ventaja  es  conocida, 
como  de  buscar  la  vida 
á  venir  ella  á  buscar. 
No  le  queda  qué  hallar 
á  aquel  que  merece  vellos, 
sino  ser  mirado  dellos. 

Aunque  en  su  luz  sin  igual 
no  puede  haber. competencia, 
por  oficio  hay  diferencia 
(le  más  y  menos  caudal; 
que  si  el  medio  principal 
(1(4  deseo  es  conocellos, 
el  fin  ser  mirado  dellos. 

Este  breve  cantar,  dilatado  con  dulce  son  y 
agradable  harmonía,  escuchó  Elisa  con  rostro 
alegro  y  grave,  y  los  demás  con  mucha  atenoióu 
y  gusto:  y  ya  que  el  gentil  Castalio,  las  manos 
en  el  rabel  y  los  ojos  en  la  bella  Clori,  acrecen- 
tarle quería,  vieron  venir  al  arroyo  los  dos 
apuestos  pastores  Bruno  y  Turino,  éste  nue- 
vamente cautivo  y  aquél  escapado  del  Amor, 
siendo  verdad  que  poco  antes  fué  Bruno  el 
amante  y  Turino  el  descuidado ;  pero  á  todo 
bastó  la  hermosura  y  aspereza  de  Filis,  esti 
misma  Filis  (¿ue  áM endino secretameu ti* amaba. 
Pues  como  agora  los  dos  pastores  llegaron,  y 
vieron  la  causa,  uno  de  su  presente  y  otro  de  su 
passado  daño,  ambos  destos  pastores  admitidos, 
y  ambus  dellos  mismos  rogados,  ambos  las  ma- 
nos en  las  liras,  desta  arte  Bruno  y  asaí  Turino 
cantaron : 

BRUNO 

Id,  mis  cuidados,  de  rigor  vestidos 
por  los  peñascos  de  dureza  llenos, 
que  allí  aun  seréis  por  ásperos  tenidos. 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


403 


TCRIKO 


Venios  á  mi,  llenad  entrambos  senos 
de  cuerpo  y  alma,  que  el  que  os  busca  y  llama, 
cuando  sois  más,  os  tiene  por  más  buenos. 


BUCXO 


lüeu  gana  gloria,  bien  consiü^nc  lama, 
quien  por  amar  á  solo  su  eaemitro 
de  sí  se  olrida  v  su  salud  desama. 


TUKIXO 


Al  cielo,  Filis,  quiero  por  testigo. 
Filis  hermosa,  que  me  importa  amarte 
cuando  procuro  no  estar  mal  conmigo. 


BRUNO 


Miedos  ú  una,  celos  á  otra  parte; 
vayan  y  vengan  fáciles  antojos, 
en  cuyo  gusto  el  alma  tenga  parte. 


TÜRIXO 


Si  para  mí  nacieron  los  enojos, 
í'cúmo  podré  no  sujetar  el  cuello 
al  yugo  amado  sobre  entrambos  ojos? 


liRÜNO 


Ya  que  te  ves  colgado  de  un  cabello 
y  tu  esperanza  encomendada  al  viento, 
¿qué  piensas  ver  en  recompensa  dello? 


TDRIXO 

Cuando  no  vea  más  de  mi  tonuento 
y  aquel  valt>r  que  es  ocasión  del  daño, 
es  paga  justa  de  mi  perdimiento. 

BRÜXO 

Mira  y  verás  tu  engaño, 
que  tu  garganta  con  placer  desnuda; 
y  el  presto  desengaño 
el  duro  lazo  al  tierno  cuello  añuda, 
la  leña  pone  luego, 
y  tu  fe  misma  está  soplando  el  fuego. 

TÜRISO 

Los  claros  ojos  miro 
de  quien  el  alma,  vida  6  muerte  quiere; 
que  allí  sólo  respiro, 
donde  el  dolor  con  más  rigor  me  hiere, 
y  aquella  hermosura 
es  el  Abril  de  mi  mavor  frescura. 


BRtXO 

i  Oh  desdén  de  perfeción, 
hágate  el  mundo  un  soberano  tomplo, 
y  el  fiel  corazón 

se  ponga  allí  en  mi  muerta  por  ejemplo; 
y  con  él  sean  colgadas 
estas  cadenas,  rotas  de  apretadas! 

TU  RING 

A  ti  va  mi  destino. 
Amor;  por  tuyas  todas  mis  prisiones, 
que  en  el  agro  camino, 
en  que  á  tu  gusto  mis  pisadas  pones, 
más  aliviado  ando 
cuando  las  llevo  por  tu  honor  rastrando. 

BRUNO 

Vive  penando  entre  cuidados  tristes. 

TÜRINO 

Cuenta  tus  chistes  entre  los  pastores. 

BRUNO 

Bebe  dolores,  sudarás  fatigas. 

TÜRIKO 

Come  tus  migas,  vivirás  contento. 

BRUNO 

Haz  en  el  viento  muros  v  castillos. 

TURlNO 

Haz  tú  á  los  grillos  jaulas  de  la  avena. 

BRUNO 

Siembra  en  la  arena,  perderás  cuidado. 

TURINO 

Y  sin  perderle  quedaré  pagad*». 

Si  la  hennosa  Filis  no  fuera  tan  graciosa  y 
tan  discreta,  no  pudiérase  cansar  destas  can- 
ciones, porque  igualmente  el  cautivo  y  el  exento 
la  enfadaban;  mas  viendo  que  los  demás  con 
tanto  deleite  los  oían,  la  pastora  hizo  lo  mismo 
hasta  el  fin,  que  como  los  pastores  se  metieron 
en  cuestión  de  firmezas  y  mudanzas,  ella  se 
volvió  á  Elisa,  y  á  poco  rato,  despedidas  de  los 
pastores,  se  entraron  por  la  espessura  de  los 
árboles  con  poco  gusto  de  todos,  y  menos  de 
Mendino,  que  las  quisiera  seguir,  pero  no  pudo, 


404 


orígenes  de  la  novela 


quo  Galafrón  por  diversa  parte  le  lleyó  hablan- 
do, y  cuando  le  vido  eu  soledad  fayorable  á  su 
intención,  primero  alabó  la  hermosura  y  discre- 
ción de  Filis,  el  caudal  y  suerte,  y  sobre  todo 
el  trato  tan  lleno  de  bondad  y  llaneza;  después 
le  aconsejó  que  pussiesse  en  ella  el  pensamiento, 
pues  en  otra  ninguna  estaría  tan  bien  ocupado. 
Ni  le  pareció  al  cortés  Mendino  despreciar  al- 
p^una  destas  cosas,  pero  menos  le  salió  al  em- 
pleo, y  como  no  era  esto  lo  que  Galafrón  bus- 
caba, declaróse  más,  y  dijo  que  él  sabia  que  le 
amaba  Filis.  Mendino  hizo  la  estimación  de- 
bida, y  tras  largas  razones,  á  más  ver  se  des- 
pidieron los  dos  y  guiaron  á  sus  ganados,  que 
en  el  amparo  de  nobles  mayorales  y  pastores 
los  tenían.  Graciosa  cosa  que  Filis  hizo  el  mis- 
mo oficio  con  Elisa,  pidiéndole  quQ  amasse  á 
Galafrón,  pues  su  valor  y  su  fe  lo  merecían;  de 
dó  se  deja  entender  que  Galafrón  y  Filis  esta- 
ban de  concierto,  y  aunque  Galafrón  á  Mendino 
y  Filis  á  Elisa  se  encargaron  el  secreto,  no  por 
osso  Mendino  y  Elisa  le  guardaron;  y  bueno 
fuera  que  los  dos  se  celaran  ningún  propio  acae- 
cimiento, ésta  fuera  la  falta,  que  si  en  essotro 
la  hubo  quedóse  en  quien  entendió  que  entre 
Mendino  y  Elisa  podía,  habiendo  sola  una  alma, 
haber  más  de  un  corazón.  Discreta  era  Elisa,  y 
viendo  que  Filis,  enamorada  y  celosa,  los  podría 
dañar,  aconsejó  á  Mendino  que  con  aparencías 
la  entretuviesse,  y  serviría  de  más  seguridad  y 
secreto  en  sus  veras.  Lo  mismo  quiso  Mendino 
que  Elisa  hicicsse  con  Galafrón,  y  el  ponei-se 
assí  por  obra  fué  cansa  en  ellos  de  mayor  de- 
leite, porque  las  horas  que  los  dos  verdaderos 
amantes  se  hurtaban  de  todos  para  solos  verse 
y  conversarse,  con  toda  aquella  bondad  que  dos 
alpins  desnudas  lo  pudieran  hacer,  no  era  la 
peor  parte  el  contarse  lo  que  á  él  con  Filis  y 
á  ella  con  Galafrón  les  sucedía.  Ved  si  Men- 
dino y  Elisa  vivirían  contentos:  puis  Galafrón 
y  Filis  también  lo  estaban,  hasta  que  no  faltó 
quien  lo  viniesse  á  turbar  en  tíxios.  Murió  Pa- 
delio,  noble  y  próspero  rabadán,  y  vino  al  Tajo 
á  heredar  sus  rebaños  Palideo,  ^u  hermano, 
mancebo  sabio  y  galán,  y  quitando  los  ojos  de 
la  herencia,  los  puso  en  la  belleza  de  Elisa,  con 
tanta  solicitud  y  ardimiento,  que  de  día  en  sus 
cabanas,  con  el  viejo   Sileno,  que  su  grande 
amigo  era,  y  de  noche  cercándolas  con  sus  pro- 
pios ])astores,  jamás  faltaba:  esto  á  gran  costa 
y  pesar  de  Mendino,  y  no  menos  de  Elisa,  por- 
que, estorbadas  las  horas  de  su  contento,  los  dos 
andaban  tan  sin  él,  que  fácilmente  se  les  echaba 
do  ver,  y  lo  peor  fué  que  Sileno,  con  sospecha 
ó  aviso,  se  receló  de  entrambos.  Creció  el  cui- 
dado en  Mendino,  y  perdiendo  el  respeto  á  su 
recato,  los  días  velaba  y  las  noches  no  dormía. 
Y  no  es  possiblo  menos  á  quien  ama  en  com- 
petencia, aunque  verdaderamente  se  vea  triun- 


fando de  su  enemigo.  Desta  diligencia,  Padileo, 
celoso,  acrc-centó  la  suya,  y  Galafrón  y  Filis 
vieron  su  perdición :  que  en  los  tiempos  adver- 
sos nadie  sabe  fingir.  Nublados  fueron  éstos 
que  en  Padileo  tronaron,  en  Mendino  y  Elisa 
turbaron  la  luz,  y  en  los  ojos  de  Galafrón  y 
Filis  llovieron,  y  no  por  esso  cesaron:  pues 
viéndose  Elisa  en  tanto  dolor  y  á  su  querido 
amante,  confusa  y  triste  y  imposibilitada  de 
poderle  consolar,  quiso  hacerlo  por  escrito,  y 
con  el  zagal  Sirio  le  envió  una  letra  que  decía: 

ELISA 

Es  el  papel  en  que  escribo 
el  corazón  que  os  he  dado; 
y  el  estilo  mal  limado, 
el  mismo  mal  en  que  vivo; 
el  agotado  licor 
de  mis  entrañas  la  tinta ; 
y  la  pluma  que  le  pinta, 
es  con  la  que  vuela  Amor. 

Kecebid  esta  embajada, 
á  vos  sola  dirigida, 
de  una  libertad  perdida 
y  una  voluntad  ganada, 
aunque  por  aqueste  modo 
pagados  vamos  los  dos, 
pues  que  hallo  en  solo  vos 
todo  lo  que  pierdo  en  todo. 

Viviendo  sola  y  ausente 
de  mi  propia  compañía, 
agravio  al  alma  sería 
preguntarle  lo  que  siente. 
Si  á  descubrirlo  me  ofrezco, 
en  vano  me  cansaré, 
pues  se  ha  de  entender  por  fe 
ó  por  mí  que  lo  padezco. 

Estas  montañas  á  una 
testigos  firmes  me  son 
que  lo  es  más  mi  corazón 
á  los  golpes  de  Fortuna. 

Y  este  noble  humilde  techo, 
que  de  albergaros  fué  diño, 
salHí  que  sólo  Mendino 
puede  caber  en  mi  pecho. 

Moradas  de  hombres  y  fieras 
conocen  esta  verdad, 
que  mi  mucha  voluntad 
no  se  extiende  á  menos  veras. 

Y  si  vos  de  aqueste  intento 
lo  cierto  queréis  sentir, 

sin  alma  podré  vivir 
con  vuestro  conocimiento. 
Si  no  escucháis  el  dolor, 
tenclde  de  verme  así, 
con  tal  que  me  deis  á  mí 
el  vuestro  todo,  pastor; 
mas  no  me  contenta,  no, 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


405 


haceros  tal  demasía, 
más  á  cuento  nos  Tendría 
pagar  por  entrambos  yo. 

Si  por  Tentara  estimáis 
más  mi  fe  que  Tuestro  gusto, 
á  tiempo  estamos,  que  es  justo 
que  mostréis  lo  que  me  amáis: 
pues  puedo  y  quiero  juraros, 
asi  me  Tala  el  quereros, 
que  cuanto  pierdo  de  Teros 
lo  Toy  cobrando  en  amaros. 

El  que  dañamos  pretende, 
aqueste  cargo  nos  echa, 
si  en  estorbar  se  aproTecha, 
que  en  aproTechar  se  ofende: 
y  no  me  juzguéis  culpada 
en  su  vana  pretensión, 
pues  sola  vuestra  opinión 
me  hace  á  mi  deseada. 

El  vela  noches  y  días, 
con  enojo  suyo  y  nuestro, 
mas  yo  os  ofrezco  por  vuestro 
el  fruto  de  sus  porfías: 
el  verá,  por  más  que  haga, 
el  poco  rastro  que  deja, 
y  siendo  suya  la  queja, 
veréis  vos  vuestra  la  paga. 

Imposible  me  es  quererle, 
y  aun  no  dexar  él  de  amarme, 
(^ue  cansarále  el  cansarme 
más  que  á  mi  el  aborrecerle. 
Su  bien  y  su  mal  igualo, 
y  por  ponerle  más  freno, 
ni  le  encenderé  con  bueno, 
ni  le  indignaré  con  malo. 

Si  estos  medios  no  son  tales, 
dadme  vos  otros  mejores, 
que  aunque  me  los  deis  p<ioros, 
me  serán  los  más  cabales. 
Esto  es  lo  que  Amor  me  enseña, 
y  lo  que  compro  barato, 
siendo  de  cera  en  el  trato 
y  en  la  firmeza  de  peña. 

Ausencias,  muertes,  debates, 
adversidades  y  antojos, 
son  el  toque  en  que  á  los  ojos 
muestra  la  fe  sus  quilates. 
Los  suyos  os  mostrará 
la  mía  con  tal  excesso, 
que  la  tomareis  sin  peso 
y  después  no  os  pesará. 

Y  pues  tan  claro  veréis 
que  es  mi  fe  tan  viva  y  cierta, 
porque  no  parezca  muerta, 
mandadla  obrar  y  veréis 
cómo  atropella  al  momento 
honra  y  vida  sin  temor, 
porque  no  hay  vida  ni  honor 
fuera  de  vuestro  contento. 


Andando  á  solas  un  poco 
ayer,  sin  vos  y  sin  mí, 
en  un  álamo  leí: 
nunca  mucho  costó  poco; 
mas  yo,  que  sé  cómo  lucho, 
con  deseo  y  con  trabajo 
bórrelo  y  puse  debajo: 
nunca  mucho  costó  mucho. 

En  el  mar  seguro  y  manso 
se  anega  el  desconfiado; 
y  al  que  espera  ser  premiado 
cualquier  trabajo  es  descanso; 
con  la  esperanza  de  gloria 
no  puede  haber  mucha  pena, 
que  el  que  vence  en  la  cadena, 
mayor  hace  la  victoria. 

Hay  un  muro  en  mi  vergel, 
á  la  parte  de  la  fuente, 
y  un  resquicio  suficiente, 
para  hablarnos  por  él, 
dó  podrás  venir  seguro, 
entre  el  norte  y  el  lucero, 
que  allí,  pastor,  os  espero, 
y  en  Dios,  de  veros  sin  nmro. 

Aunque  no  fuera  deseado,  fuera  de  mucho 
contento  en  Mendino  el  papel  de  Elisa,  pues 
viniendo  á  tan  buen  tiempo,  fácil  es  de  enten- 
der cómo  seria  recebido  y  cómo  celebrado.  Qui- 
siera el  pastor  poder  mostrar  su  alegría  sin  que 
fuera  tan  á  costa  suya;  pero  cerrándola  dentro 
ele  su  corazón,  se  dispuso  á  la  siguiente  noche 
que  apenas  vido  el  silencio  della,  cuando  mu- 
dado el  vestido,  con  un  grueso  bastón  de  en- 
cina con  que  acostumbrado  estaba  Mendino  á 
despartir  los  toros  en  la  pelea  y  á  derribar  los 
ossos  en  los  montes,  se  salió  de  su  cabana,  y 
rodeando  la  de  Elisa,  con  atento  oído  y  pies 
sordos  llegó  al  muro  señalado,  donde  ya  la  pas- 
tora le  esperaba  y  le  avisó  que  aun  no  era  tiem- 
po para  hablarle  de  espacio,  que  entretanto  se 
fuese  y  tornase  acompañado,  porque  Padileo  no 
pudiese  como  á  solo  ofenderle  ni  como  á  ocu- 
pado hallarle.  A  esto  Mendino  obedeció,  y  aun  - 
que  pudiera  buscar  á  su  buen  priuio  Castalio,  ó 
al  galán  Coridón,  su  leal  amigo,  que  con  mu- 
cho gusto  de  Elisa  era  consabidor  doste  caso, 
no  quiso  más  compañía  que  á  Siralvo,  uno  de 
sus  mayorales,  de  quien  fiaba  mucho  y  más  po- 
día. Juntos  se  fueron  á  aquel  secreto  lugar,  y 
quedando  Siralvo  á  la  entrada  dél,  de  donde  to- 
das las  del  campo  descubría,  Mendiano  por  cu- 
tre el  muro  y  las  peñas,  lugar  estrecho  y  som- 
brío, llegó  al  resquicio,  y  sentado  sobre  la  húmi- 
da hierba  esperó,  y  no  mucho,  que  presto  vino 
la  hermosa  Elisa,  que  con  su  luz  esclareció  la 
noche  y  con  su  habla  puso  el  día  en  e)  alma  de 
Mendino.  Allí  hubo  razones  tiernas  y  turbadas; 
allí  lágrimas  y  risas,  ruegos  y  promesas,  y  so- 


406 


orígenes  de  la  NOVELxV 


hvo  todo  Amor  quo  lo  sazonaba.  No  fué  sola 
esta  T(;z  la  que  Mendino  y  Elisa  por  aquella 
j)arte  so  hablaron;  pero  no  todas  Mendino  llevo 
ú  Siralvo  que  le  acompañasse,  porque  sabia  que 
el  buniilde  pastor  no  lo  era  en  pensamientos. 
Andaba  furiosamente  herido  de  los  amores  de 
FiLiDA,  F'iLiDA  que  por  lo  menos  en  hermo- 
sura era  llamada  sin  par  y  en  suerte  no  la  te- 
nia; y  como  b)S  días  con  la  ocupación  del  ga- 
nado y  el  recelo  de  Vandalio  y  sus  pastores 
(á  donde  Filida  estaba)  no  le  daban  lugar  á 
procurar  verla  ni  oiría,  iba  las  noches  y  di^sean- 
saba  á  vista  de  sus  cabanas,  y  algunas  veces 
veía  á  la  misma  Filida,  que  en  compañía  de 
sus  pastoras  salía  á  buscar  la  frescura  de  las 
fuentes,  y  entre  los  árboles  cantaba,  y  hacién- 
dose encontrado  con  ellas,  no  se  esquivaba  Fi- 
LiDA  de  oirle  ni  de  entender  que  le  amaba,  que 
bien  sabia  de  Florela,  pastora  suya,  con  quien 
Siralvo  comunicaba  su  mal,  y  de  cuantos  más 
al  pastor  conoíían,  que  cabía  en  su  virtud  su 
deseo.  Esto  entendía  Mendino,  y  lastimoso  d<» 
estorbarle,  muchas  noches  se  iba  solo  á  hablar 
á  la  herniosa  Elisa,  entre  las  cuales  una  el  sos- 
pechoso Padileo  le  acecho  y  le  vido,  y  fué  por 
mejor  qut»,  celoso  y  desconfiado,  sin  dí>cir  la 
causa  de  su  movimiento,  pidió  luego  por  mujer 
á  la  hermosa  y  discreta  Albanisa,  viuda  del 
próspero  Mendineo,  hija  del  generoso  rabadán 
Coriano,  que  en  la  ribera  del  Henares  vivía,  y 
allí  desde  las  antiguas  cabanas  de  su  padre  apa- 
centaba en  la  fértil  ribera  1.000  vacas,  lO.OOÓ 
ovejas  criaderas  y  otras  tantas  cabras  en  el 
monte  al  gobierno  de  su  mayoral  Montano,  pa- 
dre de  Siralvo,  pastor  de  Mendino.  Esta  famo- 
sa empresa  cons¡gui<í  Padileo,  y  en  conformi- 
dad de  los  deudos  de  una  y  otra  parte,  partió 
del  Tajo,  acompafiado  de  los  mejores  rabada- 
nes dé),  y  ol  mismo  Mendino,  que  muy  deudo 
y  amigo  era  de  la  gentil  Albanisa,  y  desposado 
y  contento,  con  el  mayor  gassajo  y  fiesta  que 
jamás  se  vido  entre  pastores,  volvió  del  Hena- 
res con  la  cara  esposa,  enriqueciendo  de  beldad 
y  valor  el  Tajo  y  su  ribera;  desta  suerte  quedó 
contento  Mendino  y  pagado  Padileo,  y  Elisa, 
pagada  y  contenta;  y  como  de  nuevo  comenzó 
Mendino  en  sus  amores,  y  forzosam(?nte  á  fin- 
gir con  Filis  y  Elisa  con  (íalafrón,  que  no  les 
importaba  mení)S  que  el  sossiego,  y   sin  más 
industria   dellos,  el   viejo   Sileno  asseguró  su 
pecho,  y  el  trato  como  primero  y  con  más  de- 
leite tornó  en  totlos  y  Ins  placeres  y  fiestas  lo 
mismo,  porque  para  cualquier  género  de  ejer- 
cicio había  en  la  ribera  bastantíssima  compa- 
ñía:  en   fuerza  y  maña,    Mendino.    Castalio, 
(•ardenio  y   Coridón;  en  la  divina  alteza  de  la 
poesía,  Arciolo,  Tirsi,   Oampiano  y   Siralvo; 
en  la  música  y  canto,  con   la  hermosa  Belisa, 
Salió,  Matunto,  Filanlo  y  Arsíano,  aunque  á 


la  sazón  Filardo,  enamorado  de  la  pastora  Fi- 
lena y  celos»  de  Pradelio,  andaba  retirado, 
con  mucho  disgusto  de  todos,  que  nadie  pro- 
baba su  amistad  que  no  le  amasse  por  su  no- 
bleza y  trato;  pero  de  muchas  bellas  pastoras 
favorecido*  amaba  á  sola  Filena  y  sola  ella 
le  aborrecía,  siendo  verdad  que  otro  tiempo  le 
estimaba;  pero  cansóse  el  Amor,  como  otras  ve- 
ces suele,  y  con  todo  esso  Filardo,  tan  cortes  y 
leal  que  se  escondía  á  aquejarse,  y  en  la  mayor 
soledad  encubría  sus  celos;  solos  estaban  Con- 
dón y  Mendino  junto  á  una  fuente,  que  al  pie 
de  una  vieja  noguera  manaba,  cubierta  por  la 
parte  del  Oriente  de  una  alta  roca,  que  alar- 
gando la  mañana  gozaban  de  más  frescura  y 
secreto,  cuando  por  un  estrecho  sendero  vienjii 
venir  á  Fi lardo,  buscando  la  soledad  para  sus 
quejas,  y  al  mismo  tiempo  fueron  del  sentidos; 
y  viendo  ocupado  el  lugar  que  él  buscaba,  qui- 
so volverse,  pero  los  dos  no  lo  consintieron,  an- 
tes Mendin(»  le  rogó  que  Uegasse,  y  llegado,  Co- 
ridón le  pidió  (pit^  tañesse,  y  tañendo  ambos  le 
incitaron  al  canto,  que,  comedido  y  afable,  no  se 
pudo  excusar,  ni  aquí  su  canción,  que  fué  ésta: 

FI  LARDO 

Vuestra  beldad,  vuestro  valor,  pastora, 
contraríos  son  al  que  su  fuerza  trata, 
que  si  la  hermosura  le  enamora, 
la  gravedad  de  la  ocasión  le  mata; 
los  contentos  del  alma  que  os  adora, 
el  temor  los  persigue  y  desbarata, 
lucha  mi  amor  y  mi  desconfianza, 
crece  el  deseo  y  mengua  la  esperanza. 

Los  venturosos  ojos  del  que  os  mira, 
os  juzgan  por  regalo  del  tormento, 
y  el  alma  triste  que  por  vos  suspira, 
por  rabia  y  perdición  del  pensamiento; 
essa  beld:ul  que  al  corazón  admira, 
esse  rigor  que  atierra  el  sufrimiento, 
poniéndonos  el  seso  cu  su  balanza, 
sube  el  deseo  y  baja  la  esperanza. 

xYunque  me  vi  llegado  al  fin  de  amaros, 
ningún  niedit»  hallé  de  enterneceros, 
que  como  fué  forzoso  el  desearos, 
lo  fué  el  desconfiar  de  mereceros; 
el  que  goza  la  gloria  de  miraros 
y  padece  el  dolor  de  conoceros, 
conocerá  cuan  poco  bien  se  alcanza, 
rey  el  deseo,  esclava  la  esperanza. 

Si  pro]>ia  obligación  de  hermosura 
es  mansedunibre  al  alma  que  la  estima, 
y  al  fuerte  do  razcui  más  assegura, 
tantos  peligros  voluntad  arrima, 
vaya  para  menguada  mi  ventura, 
pues  lo  más  sano  della  me  lastima; 
mas  si  holgáis  de  ver  mi  mala  andanza, 
viva  el  deseo  y  muera  la  esperanza. 


EL  PASTOR  DE  FÍLIDA 


407 


Bion  muestra  Amor  sa  mano  poderosa, 
pero  no  justiciera  en  mi  cuidado, 
atando  una  esperanza  tan  medrosa 
al  jugo  de  un  deseo  tan  osado, 
que  en  cuanto  aquél  pretende,  puede  y  oso, 
ella  desmedra,  teme  y  cae  al  lado, 
que  mal  podrán  hacer  buena  alianza 
fuerte  el  deseo  7  débil  la  esperanza. 

La  tierna  planta  que,  de  flores  llena, 
el  bravo  viento  coge  sin  abrigo, 
l»ate  sus  ramas  y  en  su  seno  suena, 
llévala  y  torna,  y  vuélvela  consigo, 
siembra  la  flor  6  al  hielo  la  condena, 
piérdese  el  fruto,  triunfa  el  enemigo; 
sin  más  reparo  y  con  mayor  pujanza 
persigue  mi  deseo  á  mi  esperanza. 

Cantó  Filardo,  y  Mendino  quedó  de  su  can- 
ción muy  lastimoso.  Coridón  no.  que  estaba  au- 
sente de  su  bien,  y  cuantos  males  no  eran  de 
ausencia  le  parecían  fáciles  de  sufrir.  Cada  uno 
siente  su  dolor,  y  el  de  Filardo  no  era  de  olvi- 
dar que  era  de  olvido,  y  ahora,  después  de  haber 
alabado  su  cantar  tan  igual  en  la  voz  y  el  arte, 
los  tres  pastores  se  metieron  en  largas  pláticas 
de  diversas  cosas,  y  la  última  fué  la  ciencia  de 
la  Astrologia,  que  grandes  maestros  della  había 
en  el  Tajo;  allí  estaba  el  grave  Erión,  de  quien 
después  trataremos;  el  antiguo  Salcino,  el  tem- 
plado Micanio,  con  otros  muchos  de  igual 
prueba;  mas  entre  todos,  Filardo  alabó  el  gran 
saber  de  Sincero,  y  la  llaneza  y  claridad  con 
que  oía  y  daba  sus  respuestas:  por  esto  le  dio 
gran  gana  á  Mendino  de  verse  con  Sincero,  que 
muchos  días  había  deseado  saber  á  dónde  llega- 
ba el  arte  destos  magos;  y  como  Filardo  dijo 
que  sabia  su  morada,  los  tres  se  concertaron  de 
buscarle  el  día  siguiente,  antes  que  el  Sol  es- 
torbasse  su  camino,*  con  lo  cual  tomaron  el  de 
s;is  cabanas,  donde  cada  uno  á  su  modo  passó 
el  día  y  la  noche,  y  ya  que  el  alba  y  el  cuidado 
del  concierto  desterraron  el  sueño,  Coridón  y 
Filarlo  buscaron  á  Mendino,  cuando  él  salía  de 
sus  cabanas  á  buscarlos,  y  escogiendo  la  vía  más 
breve  y  menos  agrá  passaron  el  monte,  y  á  dos 
millas  que  por  selvas  y  valles  anduvieron,  en  lo 
más  secreto  de  un  espesso  soto  hallaron  un  edi- 
ficio de  natura,  á  manera  de  roca,  en  una  peña 
vira,  cercado  de  dos  brazas  de  fosso  de  agua 
clara  hasta  la  mitad  de  la  hondura;  aquí  quiso 
Filardo  merecer  la  entrada,  y  sentado  sobre  la 
hierba  sacó  la  lira,  á  cuyo  son  con  este  soneto 
despertó  á  Sincero: 

FILARDO 

Si  me  hallassc  en  Indias  de  contento, 
y  descubriesse  su  mayor  tesoro 
en  el  lugar  donde  tristeza  ó  lloro 
jamás  hubiessen  destemplado  el  viento; 


Donde  la  voluntad  y  el  pensamiento 
guardassen  siempre  al  gusto  su  decoro, 
sin  ti  estaría,  sin  ti  que  sola  adoro, 
pobre,  encogido,  amargo  y  descontento. 

¿Pues  qué  haré  donde  contmo  suenan 
agüeros  tristes  de  presente  daño, 
propio  lugar  de  miserable  suerte; 

Y  adonde  mis  amigos  me  condenan, 
y  es  el  cuchillo  falsedad  y  engaño, 
y  tú  el  verdugo  que  me  das  la  muerte? 

Con  el  postrero  acento  de  Füardo  abrió  el 
nmgo  una  pequeña  puerta,  y  con  aspecto  gra- 
v(»  y  afal)les  razones  los  saludó  y  convidó  á  su 
cueva.  Pues  como  fuesse  aquello  á  lo  que  ve- 
nían, fácilmente  acetaron,  y  por  una  tabla  que 
el  mago  tenía  en  el  fosso,  que  sería  de  quince 
pies  en  largo,  hecha  á  la  propia  medida,  passa- 
ron allá  y  entraron  en  aquel  lugar  inculto,  don- 
de lo  que  hay  menos  que  ver  es  el  dueño.  Aquí 
en  estas  peñas  cavadas  solo  vivo  y  solo  valgo, 
y  aunque  no  á  todos  comunico  mi  pecho,  bien 
sé,  nobles  pastores,  que  sois  dignos  de  amor  y 
reverencia;  mas  vos,  Coridón  ausente,  y  vos,  Fi- 
lardo olvidado,  perdonaréis  por  ahora,  y  vos, 
Mendino,  oid  quién  sois  y  lo  que  de  vos  ha  sido 
y  será,  que  dichoso  es  el  hombre  que  sabe  sus 
daños  para  hacerles  reparo  y  sus  bienes  para 
alegrarse  en  ellos;  y  viendo  que  Mendino  le 
prestaba  atención,  en  estas  palabras  soltó  su 
voz  el  mago: 

SINCERO 

Cuando  natura  con  atenta  mano, 
viendo  el  Ser  soberano  di  do  viene, 
el  ser  que  el  hombre,  tiene  y  es  dechado, 
dó  está  representado,  y  junto  todo, 
quiso  con  nuevo  modo  hacer  prueba 
maravillosa  y  nueva,  no  del  pecho, 
cuyo  poder  y  hecho  á  todo  excede, 
pero  de  cuánto  puede  y  cuánto  es  buena 
capacidad  terrena  en  fortaleza, 
en  gracia,  en  gentileza,  en  cortesía, 
en  gala,  en  gallardía,  en  arte,  en  ciencia, 
en  ingenio,  en  prudencia  y  en  conecto, 
en  virtud  y  respeto,  y  finalmente, 
en  cuanto  propiamente  acá  en  el  suelo 
una  muestra  del  cielo  sea  possible, 
con  la  voz  apacible,  el  rostro  grave, 
como  aquella  que  sabe  cuanto  nmestra 
su  poderosa  diestra  y  sola  abarca, 
invocando  á  la  Parca  cuidadosa, 
«  Obra  tan  generosa  se  te  ofrece, 
le  dice,  que  parece  menosprecio 
hacer  caudal  y  precio  de  otra  alguna 
de  cuantas  con  la  luna  se  renuevan, 
ó  con  el  sol  se  ceban  y  fatigan, 
ó  á  la  sombra  mitigan  su  trabajo; 
tus  hombros  pon  debajo  de  mi  manto, 


408 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


obrador  sacrosanto  de  tn  ciencia, 

j  con  tal  diligencia  Inego  basca 

aquel  copo  qne  ofusca  lo  más  diño, 

que  después  del  Austrino  al  mundo  es  solo; 

de  los  rayos  de  Apolo  está  restido 

de  beldad,  guarnecido  de  limpieza, 

allí  acaba  y  empieza  lo  infinito, 

es  Ave  el  sobrescrito  sin  segundo, 

á  cuyo  nombre  el  mundo  se  alboroza, 

de  Mendoza,  y  Mendoza  sólo  suena 

donde  la  luz  serena  nos  alegra, 

y  á  do  la  sombra  negra  nos  espanta; 

agora  te  adelanta  en  el  estilo, 

y  del  copu  tal  hilo  saca  y  tuerce, 

que  por  más  que  se  esfuerce  en  obra  y  pueda, 

mi  mano  nunca  exceda  en  otra  á  ésta». 

Dijo  Natura,  y  presta  al  mandamiento, 

Lachesis,  con  contento  y  regocijo, 

sacó  del  escondrijo  de  Natura 

aquella  estambre  pura,  aquel  tesoro, 

ciñó  la  rueca  de  oro,  de  oro  el  huso, 

y  como  se  dispuso  al  exercicio, 

la  mano  en  el  oficio,  assi  á  la  hora 

la  voz  clara  sonora  á  los  loores: 

«Oíd  los  moradores  de  la  tierra 

cuánta  gloria  se  encierra  en  esta  vida, 

que  hilo  por  medida  más  que  humana; 

aquí  se  cobra  y  gana  el  bien  passado, 

que  del  siglo  dorado  fué  perdido 

este  bien,  escogido  por  amparo 

de  bondad  y  reparo  de  los  dañqs 

que  el  tiempo  en  sus  engaños  nos  ofrezca; 

porque  aquí  resplandezca  la  luz  muerta, 

la  verdad  halla  puerta  y  la  mentira 

cuchillo  que  la  admira  y  nos  consuela, 

y  la  virtud  espuela,  el  vicio  freno, 

en  quien  lo  menos  bueno  al  mundo  espaute: 

crece,  gentil  Infante,  Enrique  crece, 

que  Fortuna  te  ofrece  tanta  parte, 

no  que  pueda  pagarte  con  sus  dones, 

pero  con  ocasiones,  de  tal  suerte, 

que  el  que  quiera  ofenderte  ó  lo  intentare, 

si  á  tu  ojo  apuntare  el  suyo  saque 

y  su  cólera  aplaque  con  su  daño; 

del  propio  y  del  extraño  serás  visto, 

y  de  todos  bien  quisto,  Infante  mío; 

mas  ¡ay!  que  el  desvario  del  tirano 

mundo  cruel,  temprano  te  amenaza, 

tan  áspero  fin  traza  á  tus  contentos, 

que  tendrás  \oh  tormentos  por  consuelo; 

cuando  el  Amor  del  suelo  lo  más  raro 

te  diere  menos  caro,  hará  trato 

que  tendrás  por  barato  desta  fiesta 

lo  que  la  vida  cuesta;  mas  entiende 

que  sí  el  Hado  pretende  darte  asalto, 

y  que  te  halles  falto  de  la  gloria, 

do  estará  tu  memoria,  el  cielo  mismo 

te  infundirá  un  abismo  de  cordura, 

con  que  la  desventura  se  mitigue. 


que  aunque  muerte  te  obligue,  cuando  á  hecho 

rompa  el  ínclito  pecho  de  tu  padre, 

de  claro  agüelo  y  madre  á  sentimiento, 

y  el  duro  acaecimiento  que  te  espera 

de  que  á  tus  ojos  muera  la  luz  bella, 

de  aquella,  digo,  aquella  que  nacida 

será  tu  misma  vida  muertos  ellos, 

serás  la  Fénix  dellos;  crece  ahora, 

que  ya  la  tierra  llora  por  tenerte, 

por  tratarte  y  por  verte  y  será  presto. 

Dijo  Lachesis  esto,  y  yo  te  digo, 
que  tú  eres  buen  testigo  en  lo  que  ba  sido, 
y  si  en  lo  no  venido  no  reposas, 
esfuérzate  en  las  cosas  que  te  ofenden, 
que  en  el  tiempo  se  entienden  las  verdades 
y  el  franco  pecho  en  las  adversidades. 

Ganoso  anduvo  Mendino  de  oír  á  Sincero,  y 
valiérale  más  no  haberlo  hecho,  porque  ana  ves 
le  oyó  y  mil  se  arrepintió  de  haberle  oído.  Im- 
primióse una  imagen  de  muerte  en  su  corazón, 
que  si  juntamente  en  él  no  estuviera  la  de  Eli* 
sa,  cayera  sin  duda  en  el  postrer  desmayo. 
Cniel  fué  Sincero  con  Mendino  en  afirmarle  lo 
que  fuera  possible  ser  tan  falso  como  yerdade- 
ro,  mas  pocos  hay  que  encubran  su  saber,  aun- 
que el  mostrarlo  sea  á  costa  del  amigo.  Tal 
quedó  el  pastor,  que  no  fué  poco  poderse  des- 
pedir del  mago,  que  con  ofertas  y  abrazos  sa- 
lió con  ellos  hasta  passar  el  soto,  donde  se 
quedó,  y  ellos  volvieron  á  la  ribera,  que  al  pa- 
recer de  Mendino  ya  no  era  lugar  de  contento, 
sino  de  profundo  dolor,  con  quien  anduvo  lu- 
chando muchos  días  por  no  poderle  excusar  y 
por  hacerlo  de  que  Elisa  lo  sintiesse.  ¡Oh  cuán- 
tas veces  el  leal  amador  mostró  placer  en  el  ros- 
tro, que  en  el  alma  era  rabia  y  ponzoña,  y 
cuántas  veces  su  risa  fué  rayo,  que  penetraba 
su  peclio  y  aun  los  mismos  ratos  de  la  presen- 
cia de  Elisa,  que  en  muerte  y  afrenta  le  fueran 
consuelo,  le  eran  allí  desesperación,  y  así  no 
tenia  gusto  sin  acibar  ni  trabajo  con  alivio! 
«¿Es  possible,  decía,  que  la  celestial  belleza  de 
Elisa  ha  de  faltar  á  mis  ojos,  y  que  muerta  Eli- 
sa yo  podré  vivir,  y  mis  esperanzas  juntas  con 
Elisa  se  liarán  polvo  que  llevo  el  viento?  Pri- 
mero ruego  á  la  deidad  donde  todo  se  termi- 
na que  mude  en  mí  la  sentencia,  y  si  no,  yo  me 
la  doy,  Elisa,  que  ya  que  no  sea  poderoso  para 
que  no  mueras,  serélo  á  lo  monos  para  no  vi- 
vir.» Estas  V  tales  razones  decía  Mendino  i 
solas  con  la  boca,  v  acompañado  con  el  corazón, 
y  Elisa,  inocente  d(»stos  daños,  siempre  se  ocu- 
paba en  agradarle  y  engañar  á  Galafrón,  como 
Mondino  á  Filis.  Tres  veces  se  vistió  el  Tajo  de 
verdura,  y  otras  tantas  se  despojó  della,  en 
tanto  que  Elisa  sin  sobresalto,  y  Mendino 
siempre  con  él,  gozaron  de  la  mayor  fe  y  amor 
que  jamás  cupo  en  dos  corazones  Immanos,  y 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


409 


al  principio  del  tercero  invierno,  cuando  el  fres- 
no de  hoja  v  el  cainpo  de  hermosora,  janta- 
mente  se  despojó  de  rida  el  corazón  de  Mendi- 
no  no  olvidado,  no  celoso  ni  auaente  menos  qae 
del  alma,  porque  adoleció  Elisa  de  grave  enfer- 
medad é  inútiles  los  remedios  de  la  tierra,  aque- 
lla alma  pura,  buscando  los  celestiales,  desam- 
paró aquel  velo  de  tan  soberana  natural  belleza, 
dejando  un  dolor  universal  sobre  la  haz  del 
mundo  y  una  ventaja  de  todo  en  el  pecho  del 
sin  ventura  pastor,  que  aun  para  quejarse  no  le 
quedó  licencia,  solo  por  la  soledad  de  los  mon- 
tes buscaba  á  Elisa,  y  en  lágrimas  sacaba  su 
corazón  por  los  ojos;  allí,  con  aquellas  ptfias 
endurecidas,  eouiuuicaba  su  terneza,  y  en  ellas 
mismas  ponía  sentimiento.  Con  di  lloraron  Si- 
BALVo,  Castalio  y  Coridón.  Con  é\  lloraron  los 
montes  y  ios  ríos;  con  él  las  ninfas  y  pastoras, 
mas  nadie  sentía  que  él  lloraba.  Gran  pérdida 
fué  aquélla,  y  grande  el  dolor  de  ser  perdida,  y 
muchos  los  que  perdieron.  Esto  se  pudo  ver 
por  las  majadas  de  Sileno,  donde  no  quedó  pas- 
tor que  no  Uorasse  y  gimiese,  y  desamparando 
las  cubiertas  cabanas,  passaban  la  nieve  y  el 
granizo  por  los  montes  las  noches,  y  por  los  yer- 
mos los  días,  mayormente  en  el  lugar  do  fué  Eli- 
sa sepultada,  en  una  gran  piedra  coronada  de 
una  alta  pirámide,  á  la  sombra  de  algunos  árbo- 
les, y  á  la  frescura  de  algunas  fuentes,  todos 
los  rabadanes,  pastoras  y  ninfas  de  más  estima 
cubrieron  sus  frentes  con  dolor  y  bañaron  con 
lágrimas  sus  mejillas  en  compañía  del  anciano 
padre,  donde  Mendino,  que  más  sentía,  era 
quien  menos  lo  mostraba,  por  el  decoro  de  Eli- 
sa y  el  estorbo  de  Filis,  y  asi  apartado,  donde 
de  nadie  podía  ser  visto  ni  oído,  satisfacía  á  su 
voluntad  en  lágrimas  sin  medida  y  en  quexas 
sin  consuelo;  y  cuando  el  bravo  dolor  le  daba 
alguna  licencia,  cantaba  en  vez  de  llorar,  y  peor 
era  su  canto  que  si  llorara,  que  cuando  el  triste 
canta,  más  llora,  y  más  Mbndino,  que  desta 
suerte  cantaba: 

KEKDIKO 

Yéndote,  señora  mía, 
queda  en  tu  lugar  la  muerte, 
que  mal  vivirá  sin  verte 
el  que  por  verte  vivía ; 
pero  viendo 

que  renaciste  muriendo, 
muero  yo  con  alegría. 

En  la  temprana  partida 
vieja  Fénix  pareciste, 
pues  tu  vida  escarneciste 
por  escoger  nueva  vida: 
sentiste  la  mejoría, 
y  en  sintiéndola  volaste, 
mas  ay  de  aquel  que  dejaste 


triste,  perdido  y  sin  guía; 
y  entendiendo 
que  te  cobraste  muriendo, 
se  pierde  con  alegría. 

El  árbol  fértil  y  bueno 
no  da  su  fruto  con  brío 
hasta  que  es  de  su  natío 
mudado  en  mejor  terreno; 
por  esto,  señora  mía, 
en  el  jardín  soberano 
te  traspuso  aquella  mano 
que  acá  sembrado  te  había ; 
y  entendiendo 
que  allí  se  goza  viviendo, 
muero  aquí  con  alegría. 

Bien  sé,  Elisa,  que  convino, 
y  te  fué  forzoso  y  llano 
quitarte  el  vestido  humano 
para  ponerte  el  divino; 
mas  quien  contigo  vestía 
su  alma,  di,  ¿qué  hará, 
ó  qué  consuelo  tendrá 
quien  sólo  en  ti  le  tenía, 
si  no  es  viendo 
que  tú  te  vistes  muriendo 
de  celestial  alegría? 

En  esta  ausencia  mortal 
tiene  el  consuelo  desdén, 
no  porque  te  fuiste  al  bien, 
mas  porque  quedé  en  el  mal; 
y  es  tan  fiera  la  osadía 
de  mi  rabiosa  memoria, 
que  con  el  bien  de  tu  gloria 
el  mal  de  ausencia  porfía; 
pero  viendo 

que  el  mal  venciste  muriendo, 
ai  fin  vence  el  alegría. 

Es  la  gloria  de  tu  suerte 
la  fuerza  de  mi  cadena, 
porque  no  cesse  mi  pena 
con  la  presurosa  muerte, 
que  ésta  no  me  convenía; 
mas  entonces  lo  hiciera 
cuando  mil  vidas  tuviera 
que  derramar  cada  día; 
pues  sabiendo 
la  que  ganaste  muriendo, 
las  diera  con  alegría. 

Vi  tu  muerte  tan  perdido, 
que  no  sentí  pena  della, 
porque  de  sólo  temella 
quedé  fuera  de  sentido; 
ya  mi  mal,  pastora  mín, 
da  la  rienda  al  sentimiento; 
siempre  crece  tu  contento 
y  el  rigor  de  mi  agonía; 
pero  viendo 

que  estás  gozosa  viviendo, 
mi  tristeza  es  alegría. 


410 


orígenes  de  la  novela 


Asií  pasaba  Mendiao  bu  congojosa  vida, 
huyendo  do  los  lugares  donde  de  Elisa  se  tra- 
taba, honrándola  6  llorándola,  porque  para  ella 
y  para  él  era  este  recato  de  grande  importau- 
<íia,  y  así  se  entretenía  en  sus  cabanas  con  el 
vaquero  Coridon  ó  con  Castalio  su  primo  lo 
más  del  tiem{)0,  y  esto  porque  en  amor  no  falte 
su  costumbre,  que  es  hal>er  siempre  quien  de 
nuevo  llore;  Cardenio,  enamorado  de  Clori, 
{)erdió  el  respeto  á  Castalio,  que  más  que  á  si 
la  quería,  y  la  pidió  en  casamiento,  y  el  gene- 
roso padre  de  rila,  viendo  la  igualdad  de  los 
dos  ricos  pastores  en  edad  y  suerte,  y  que  am- 
l>os  le  pedían  y  ambos  eran  dignos,  y  á  Casta- 
lio herederi)  y  á  Cardenio  heredado,  dio  la  pala- 
bra á  Cardenio  y  dejó  á  Castalio,  de  manera 
que  estuvo  mil  vtHies  por  darse  la  muerte.  En 
estos  trances  tan  dobrosos  se  pasó  lo  restante 
del  invierní).  No  o-*  he  dicho  nada  de  Galafrón, 
siendo  mucho  lo  que  hay  que  decir;  mas  presto 
(H'lebraremos  el  sepulcro  di»  Elisa,  donde  serán 
sus  lá)L^rimas  las  mejores,  porque  allí  faltarán 
las  de  Mendino;  y  ahora  veréis  quí  llega  á  la 
ribera  un  galán  cortesano  en  hábito  de  pastor; 
Alfeo  se  llama,  y  con  dolor  vien»»:  tratemos  del, 
on  tanto  que  de  Mendino  y  Castalio  sus  re- 
cientes danos  no  nos  dan  lugar:  que  tal  ven  • 
drá.  que  los  hallemos  más  tratables,  pues 

El  mal  que  el  tiempo  hace, 
el  tiempo  le  suele  curar. 


SEGUNDA  PARTE 

DEL  PASTOR  OB  FILIDA 

Eu  tanto  que  el  generoso  Alfeo  siguió  las 
pomposas  Cortes  tan  satisfecho  de  su  habita- 
ción, que  le  parecía  tiempo  perdido  el  que  en 
otra  partv'  se  gastaba,  mayormente  el  de  aque- 
llos que  de  las  ciudades  y  villas,  retirados  á  las 
humildes  aldtias,  vivían  cutre  aquella  soledad 
acompañada  de  murmuración,  y  aquella  com- 
])añía  desierta  de  consejo,  no  es  de  maravillar 
(jue  asi  amasse  el  trato  cortes.ino:  porque  cria- 
do en  él  y  aficionado  á  las  artes,  hallaba  allí 
del  muii(lo  lo  mejor;  ayudábale  á  gozarlo  ser 
rico  y  liberal,  gentil,  cortés,  discreto  y  bien  na- 
cido, aniailo  de  todos,  y  sobre  todo,  seíior  de 
su  voluntad.  Pero  des])ués  que  vio  la  hermo- 
sura de  xVndria,  que  era  lBÍn  igual,  y  probó  su 
condición,  tan  fáL*il  al  mal  y  al  bien,  que  tni 
breves  días,  enamorado  y  creído,  sintió  el  favor 
de  su  parte,  medida  de  su  dtíseo,  y  en  más 
breves  la  ponzoña  secreta  de  su  dulzor,  juzgó 
í>Tu:migos  al  cielo  y  á  la  tierra,  llamó  la  muer- 
te, aborreció  la  vida,  estragó  su  pecho  hasta 


quedar  tan  trocado  de  sí,  que  á  sí  mismo  n 
conocía,  y  tan  eDemigo  díel  lug^r,  que  i  < 
cosa  que  iofierno  no  le  comparmb*.  Hayo 
corrido  de  sxa  smigos,  desesperado  de  su  < 
teuto  y  atÓQÍto  de  su  perdición ;  bascó 
aasencis,  con  deseo  de  que  en  ella  le  vinics 
muerte  sin  que  la  despiadada  Andría  sup 
de  su  muerte  ni  de  su  vida.  Asi  como  iba 
cada  su  fortuna,  así  lo  iba  su  traje:  camisa  i 
da  llevaba  y  sayo  pardo  raquero,  capeniz: 
faldas  y  calzón  de  lienzo,  polaina  tosca  y  zs] 
gruesso,  é  intencionado  de  encubrir  su  sner 
guardar  cabras  y  ovejas  eu  la  ribera  del  I 
donde  al  silencio  de  la  noche  enderezó  sos 
sos,  sin  más  compañía  que  su  dolor  y  cnid 
que  casi  con  alas  del  viento  apresurabaí 
jornada,  llegó  á  su  verde  ribera  al  punto 
el  sol  con  la  primera  lumbre  ahuyentaba 
postreras  sombras  de  la  noche.  £ra  el  tiei 
que  la  deleitosa  primavera,  desechando  las 
res  de  sus  plantas ,  casi  apenas  el  des4 
fruto  entre  las  tiernas  hojas  descubría.  Y  i 
aves  de  la  noche  por  las  cavernas  encerrái 
se,  las  del  día  (desamparados  los  nidos)  do 
simos  cantares  acordaban.  Ya  el  rústico  Ai 
do,  desde  un  alto  peñasco  que  sobre  el 
pendía,  tocaba  una  sonora  bocina,  á  qa< 
todas  partes  de  la  ribera  le  comenzaron  á 
ponder  con  Hautas,  chapas,  adufres  y  otros 
trumentos  pastorales,  donde  Alfeo  entendií 
día  entre  ellos  de  gran  solemnidad  y  fiest 
acrecentando  su  pena,  se  entró  por  la  espe: 
de  unos  tarayes,  y  recostado  en  la  tierra  ji 
á  un  pequeño  arroyo  que  del  Tajo  salía, 
ojos  en  él  y  el  pensamiento  en  Andria,  al 
del  agua  y  al  compás  de  sus  suspiros  como 
á  decir: 

ALFEO 

Apartado  de  la  vida 
pago,  viniendo  á  morir, 
con  líi  pena  del  partir 
la  culpa  de  la  partida; 
culp  4  que  (si  bien  se  apura) 
procede  en  tal  ocasión, 
no  por  falta  de  razón, 
mas  por  mengua  de  ventara. 

Huyóme  de  vos  agora, 
aunquL'  decirlo  es  afrenta, 
mas  si  vos  quedáis  contenta, 
iré  pagado,  señora; 
sin  derramar  más  querellas, 
que  en  su  mayor  fundamento 
las  ha  d«'  llevar  el  viento 
V  á  mí  la  vida  tras  ellas. 

Partí  me  d«»vos  sin  veros, 
porque  no  puedan  dtH:irmc 
que  fué  possible  partirme 
y  no  lo  fué  enterneceros; 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


411 


excusaré,  rnal  mi  grado, 
o  I  juzgar  en  la  partida 
á  vos  por  desconocida 
y  á  luí  por  desesperado. 

"No  haj  fortuna  que  asscí^urc 
aquel  que  de  vos  se  parte, 
ni  tiempo,  razón  ni  arte 
que  por  su  salud  procure; 
j  asi  á  tan  amarga  suerte 
no  buscaré  resistencia, 
pues  vos  disteis  la  sentencia, 
yo  ejecutaré  mi  muerte. 

Nü  crece  en  esta  jornada 
la  pena  como  el  quereros, 
que  no  es  mayor  mal  no  veres 
que  veros  con  ti  no  airada; 
y  purs  iguala  á  la  ausencia 
lo  que  padezco  presente, 
no  podrá  llamarme  ausente 
quien  no  me  lloró  en  presencia. 

Yo  me  huyo,  y  no  me  quejo, 
porquii  no  vengo  conmigo, 
perdonadme  que  os  lo  digo 
por  galardón  de  que  os  dejo; 
y  si  os  mostrárodes  servida 
en  partirme  desta  suerte, 
podré  decir  que  la  nmerte 
me  valió  más  que  la  vida. 

Coged  el  fruto  que  ofrece 
mi  partida  en  mis  enojos, 
pues  quita  de  vuestros  ojos 
lo  que  vuestra  alma  aborrece; 
quedad  satisfecha  asi, 
que  aunque  soy  el  agraviado, 
triunfaré  como  vengado 
si  sé  vengaros  de  mí. 

De  este  bien  desconfiando, 
mis  malos  agradeciendo, 
vuestro  desdén  conociendo, 
de  la  vida  no  curando, 
tal  me  voy  á  tierra  extraña 
á  volverme  en  tierra  poca 
con  vuestro  nombre  en  la  boca 
y  en  el  alma  vuestra  saña. 

Bien  pensó  Alfeo  que  se  quexuba  á  solas, 
norando  que  4  su  siniestro  lado,  á  la  caída 
;1  rio,  al  fin  de  la  es{)esura,  estaba  la  cabana 
)  la  pastora  Finea,  discreta  y  bella  serrana,  la 
tal,  recordando  á  la  bocina  de  Arsindo,  fué 
Tida  de  las  palabras  del  afligido  amante; 
ientras  las  cuales  duraron,  dejó  el  humilde 
L'ho,  calzó  abarcas  de  limpio  cuero  con  cordo- 
*s  de  fina  lana,  vistió  su  cuerpo  gentil  de  saya 
irda  oscura  con  saino  baxo  y  camisa  blanca 
lyada,  cogió  sus  cabellos,  y  cubriéndolos  con 
i  ancho  y  alto  tocado  á  fuer  de  la  serranía, 
lió  al  lugar  donde  Alfeo  estaba  con  más  se- 
ojauza  de  muerto  que  de  vivo.  V  aunque  la 


graciosa  Finea  había  bien  entendido  de  sus  pa- 
labras la  cansa  de  su  dolor,  díssimulando  le 
dijo:  ¿Duermes,  pastor?  No  duermo,  dixo  Alfeo. 
¿Pues  por  qué,  dixo  Finea,  dejas  passar  el  rio  tu 
manada,  que  cuando  della  no  cures,  del  daño 
que  puede  hacer  deberías  tener  cuidado?  "So 
tengo  cosa,  dixo  Alfeo,  que  á  nadie  pueda  da- 
ñar, sin  haberla  en  el  mundo  que  á  mí  no  me 
dañe.  Según  esso,  dixo  Finea,  tú  eres  el  más 
desdichado  de  los  hombres,  pues  ninguno  lo  es 
tanto  que  no  halle  quien  del  se  duela.  Y  sin 
duda  ya  yo  lo  hago  de  ti,  porque  me  pareces 
enamorado  y  forastero.  En  lo  uno  y  lo  otro, 
dixo  Alfeo,  has  acertado;  sólo  yerras  en  tener 
compassión  de  mi,  y  así  te  ruego  no  la  tengas 
si  no  eres  amiga  de  tiempo  muy  perdido.  ¿Qu(^ 
sabes,  dixo  Finea,  si  puedes  pagarme  en  mi 
moneda?  ¿Eres  acaso,  dixo  Alfeo,  enamorada  y 
forastera?  Esso,  dixo  Finea,  puedes  tú  ver,  sin 
preguntarlo,  en  mi  traje  por  una  parte  y  en  mi 
piedad  por  otra.  Pero  dime,  pastor,  asi  triunfes 
de  tus  enojos,  ¿quién  eres,  de  dónde  y  á  qué 
eres  venido,  que  tu  hábito  me  dice  uno  y  tu 
persona  me  descubre  otro?  No  creas  nada,  dixo 
Alfeo,  que  aquí  estoy  yo  que  te  desengañaré  de 
todo,  pues  no  puedo  ser  ingrato  al  cargo  que 
en  tan  breves  razones  me  has  echado:  suplicóte 
primero  me  digas  qué  es  la  causa  del  ruido  que 
esta  mañana  (al  parecer  del  sol)  sonó  en  la  ri- 
bera. La  causa,  dixo  Finea,  de  las  voces  é  ins- 
trumentos que  has  oído  es  una  junta  casi  gene- 
ral de  los  pastores  desta  ribera  que  hoy  se  hace 
en  lugar  señalado,  por  recordación  de  la  difunta 
Elisa,  hija  del  caudaloso  rabadán  Silcno,  cuyas 
cenizas  serán  cada  año  en  este  mismo  día  cele- 
bradas. Por  esto  subió  el  rústico  Arsindo  á 
avisar  con  su  ronca  bocina  desde  las  altas  pe- 
ñas, y  toda  la  pastoral  compañía  desde  sus  mo- 
radas le  respondieron,  á  cuyo  son  recordé  yo  y 
oí  tus  qncxas,  j  estimo  en  lo  que  es  razón  la 
voluntad  con  que  te  ofreces  á  darme  cuenta  de 
ti;  poro  el  detenimiento  en  este  lugar  podría 
sor  peligroso,  porque  el  sitio  de  Elisa  es  más  de 
una  milla  distante  de  donde  estamos,  y  la  obli- 
gación de  entrar  yo  á  tiempo,  forzosa,  y  sin 
duda  no  hay  pastor  ni  pastora  que  no  vaya  ca- 
minando, así  que  en  el  camino  podré  saber  lo 
que  tanto  deseo,  y  tú  mandar  lo  que  ya  quisie- 
res de  tu  gusto,  que  responderé  á  él  con  toda 
la  obligación  que  me  has  hecho.  Pastora,  dixo 
Alfeo.  yo  no  debo  hacer  essa  jomada  si  no  es 
porque  tú  lo  quieras,  y  así  te  acompañaré  hasta 
donde  fueres  contenta,  que  para  mi  no  tiene 
más  un  lugar  que  otro,  salvo  los  de  la  soledad 
á  que  mí  mala  fortuna  me  tiene  tan  obligado. 
Sígneme,  pastor,  dixo  Finea,  y  saliendo  de  en- 
tre los  tarayes  pe  entraron  por  una  senda  estre- 
cha y  deleitosa,  entre  olmos  y  salces,  y  á  poco 
espacio,  antes  que  nada  pudiessen  tratar,  sobre- 


412 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


vino  á  la  parte  del  río  una  banda  de  apuestos 
pastores  7  hermosas  pastoras,  j  entre  ellos  Li- 
cio, pastor  de  mucha  estima,  desfavorecido  y 
celoso  de  Silvia,  una  de  las  pastoras  que  allí 
¡han.  FuéJes  forzoso  k  los  dos,  Alfeo  7  Finea, 
seguir  su  compañía,  que  sin  esquivarse  del  nue- 
vo pastor,  iban  en  dulces  plátit.'as  entretenién- 
dose, 7  á  la  mitad  del  camino  Finea  pidió  á 
Ergasto  que  tañese  7  á  Licio  que  cantasse,  á 
CU70  mego  Ergasto  sacó  la  flauta,  7  á  su  son 
Licio  comenzó  k  cantar  de  aquesta  suerte: 

LICIO 

¿De  qué  sirve,  ojos  serenos, 
que  no  me  miréis  jamás? 
De  que  70  padezca  más, 
mas  no  de  que  os  quiera  menos. 

Si  el  que  con  gusto  moría, 
queréis  que  rabiando  muera, 
aunque  mudéis  la  manera, 
firme  está  la  fantasía: 
de  ira  7  gracia  llenos 
dais  por  un  mismo  compás 
el  mal  de  menos  á  más 
7  el  favor  de  más  á  menos. 

Si  imagináis  que  dexarrae 
tan  sin  le7  7  sin  razón 
en  mí  ha  de  ser  ocasión 
para  desaficionarme; 
pues  no  bastan  ser  ajenos, 
industrias  son  por  demás, 
antes  el  deseo  es  más 
cuando  la  esperanza  es  menos. 

Podéis  con  desabrimiento 
quitarme  el  verme  7  el  veros, 
mas  no  que  por  conoceros 
no  me  agrade  mi  tormento; 
ser  tan  hermosos  7  buenos 
que  lo  dcxáis  todo  atrás, 
esto  en  mi  siempre  fué  márt 
7  lo  demás  todo  menos. 

Si  por  matar  al  amigo 
no  podéis  ser  alabados, 
7  os  queréis  ver  disculpados 
con  todo  el  mundo  v  conmigo; 
cuando  hu7a  de  sus  senos 
el  alma  triste  además, 
miradme,  7  no  pido  más, 
mas  tampoco  pido  menos. 

Todos,  sino  Silvia,  oyeron  atentamente  la 
tierna  canción  del  angustiado  Licio;  pero  ella, 
que  de  costumbre  tenia  esquivarse  con  él  en 
todo,  mientras  duró  se  entretuvo  con  Dinarda 
en  plática  de  poca  importancia,  según  pareció 
por  lo  que  Dinarda  hizo,  que  pidiendo  á  Er- 
gasto que  no  cessase  7  á  Licio  que  le  respon- 
diesse,  Ergasto  empezó  á  tañer,  7  ella  á  cantar, 
y  Licio  á  responder  desta  manera: 


DINARDA    T    LICIO 

— ¿Si  Silvia  se  te  desvia, 
más  la  sigues? — Hago  bien. 
—Morirás  por  ello.— Amén; 
quizá  la  contentaría. 

— Pon  más  consideración 
en  tan  confusa  aspereza, 
que  te  Ueva  tu  firmeza 
carrera  de  perdición ; 
¿cuando  más  males  te  enría 
más  te  humillas? — Hago  bien. 
— Tú  te  destru7e8,— Amén; 
que  esso  es  lo  que  70  querría. 

— No  abras  con  tal  error 
tu  mal  soldada  herida, 
que  si  es  mala  la  caída, 
la  recaída  es  peor; 
mira  que  es  gran  niñería, 
no  escarmentar. — Hago  bien. 
— ¿Y  si  te  pierdes? — Amén; 
que  poco  se  perdería. 

— De  tantos  males  7  enojos 
¿qué  nuevas  esperas  bueuas, 
si  tu  afición  7  tus  penas 
son  culpas  ante  sus  ojos? 
;  A  la  que  te  desafía 
te  avassallas? — Hago  bien. 
— Veráse  vengada. — Amén ; 
que  entonces  yo  triunfaría. 

— Eres  juez  tan  cruel 
en  Bentenciar  tu  processo 
que,  ó  se  te  ha  enjugado  el  seso 
ó  no  naciste  con  él ; 
lo  que  en  tu  frente  se  cria, 
¿es  locura? — Hago  bien. 
— ¡Y  si  te  atassen? — Amén; 
que  por  cuerdo  quedaría. 

O  por  oir  Silvia  á  Dinarda,  ó  porque  ei 
tar  la  movió  á  más  atención  que  el  prí 
mientras  duró  estuvo  puestos  los  ojos  ( 
pastores  que  cantaban.  Mas  ya  que  vio  qi 
acabado,  con  rostro  grave  7  hermoso,  vn 
la  pastora  le  díxo:  Volvamos,  Dinarda,  á 
tro  cuento,  que  aunque  el  día  es  largo,  par 
faltará  lugar  y  para  essotro  no,  que  llega 
valle  todos  cantaremos.  Esso  creo  yo,  dixc 
nio  (pastor  de  pocas  palabras,  pero  de  i 
aviso),  mas  será  la  diferencia  que  cantar 
la  rauía  y  Licio  en  la  red.  Si  yo  la  hice 
Silvia,  en  ella  muera.  «Pues  quién  la  hizo 
Licio.  Tú,  pastor,  dixo  Silvia;  si  alguní 
aunque  tu  desassossiego  no  es  prisión,  sin 
sino  temor  de  venganza  de  las  más  con 
sinrazones  que  jamás  contra  mujer  se  hi 
cho.  ( Quién  las  hizo?  dixo  Licio.  Tú,  dii 
via,  que  en  medio  de  una  tiernissima  vol 
mía,  ílonde  eras  solo  señor,  moviste  en 
tus  pies  y  tu  lengua  contra  mi.  Si  tú  pr 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


4ia 


lixo  Licio,  me  quitaste  el  seso,  no  fué  mucho 
[ue  yo  hiciesse  locuras.  ¿Pues  tengo  yo  culpa, 
lixo  Silvia,  á  tus  desvariadas  sospechas?  Desso, 
lixo  Licio,  tú  eres  testigo,  pero  sey  juez,  que 

0  huelgo  de  ser  el  condenado.  Sola  una  cosa, 
lixo  Silvia,  quiero  preguntarte:  ¿Qué  te  movió 
k  destarrar  á  Celio  de  la  ribera?  Esso,  dixo  el 
lastor,  fué  concierto  de  nuestra  contienda  que 

1  que  quedasse  vencido  no  pudiesse,  por  tér- 
QÍno  de  un  año,  apacentar  en  la  ribera  del  Tajo: 
condición  fué  sacada  por  su  boca  y  desafio 
lecho  por  su  mano,  y  pena  por  que  yo  passara 
aunque  ¿  mi  pesar)  si  él  me  venciera.  Y  oxalá 
!iicio  fuera  el  vencido,  con  que  el  cielo  me  ayu- 
lara  con  la  más  minima  parte  del  sentimiento 
[ue  por  Celio  tienes.  Mira,  pastor,  dixo  Silvia 
on  rostro  más  altivo  y  tierno;  vuelve  á  Celio 
k  su  cabana,  y  de  mi  y  de  la  mía  no  te  acuer- 
les  jamás,  y  agradece  mucho  que  me  humillo 
i  enseñarte  cómo  podrás  tenerme  menos  agra- 
ciada. Si,  agradezco  á  ti  y  al  cielo,  dixo  Licio; 
'  llamando  á  Ergasto,  á  passo  largo  se  entra- 
on  por  una  senda  que  á  mano  derecha  estaba, 
[uedando  los  demás  pastores  muy  agradecidos 
íel  noble  respeto  del  pastor  y  del  buen  proce- 
ler  de  la  pastora.  Pero  viéndola  casi  forzada  á 
lorar,  no  quisieron  enternecerla;  antes,  vuelto 
Jranio  al  nuevo  pastor  Alfeo,  con  gran  corte- 
lia  le  preguntó  su  nombre  y  su  venida.  Mi 
lombre,  dixo  el  pastor,  es  Alfeo;  mi  venida,  de 
)asso,  y  serlo  ha  más  si  os  sov  inconveniente. 
Ssso  estuviera  á  mi  cargo,  dixo  la  serrana  Fi- 
lea.  Y  volviendo  á  los  demás  les  asseguró  que 
ilfeo  era  muy  digno  de  8U  compañia  y  trato, 
if  en  estos  agradables  razonamientos  llegaron 
i  una  hermosa  y  gran  floresta  que  á  la  entrada 
leí  valle  de  Elisa  estaba,  y  donde  habia  orden 
le  irse  aguardando  los  pastores  hasta  que  jun- 
os  entrassen  al  sagrado  valle.  Y  assi  agora 
tallaron  muchos,  divididos  por  los  arroyos  y 
aentes,  tejiendo  guirnaldas,  juntando  ramos 
le  diversas  flores  y  algunos  tañendo  y  cantando 
on  gran  harmonia  y  arte,  que  allí  estaban  Sa- 
io,  Fílardo  y  Arsiano,  y  la  pastora  Bclisa, 
lija  del  doctissimo  lusitanio  Coelio,  los  cuatro 
aás  aventajados  en  música  y  canto  que  en  las 
spafíolas  riberas  se  hallaban.  Ayudábales  el 
Qucho  estudio,  suaves  voces  y  discreción  v  do- 
laire,  aunque  en  suavidad  y  harmonia  Belisa 
3S  dejaba  atrás.  Cantando  estaba  Arsiano 
aando  nuestros  pastores  llegaron;  pero  á  poco 
ato,  Belisa,  ayudada  de  Sasio,  al  son  de  la  lira 
on  gran  dulzura  comenzó  á  cantar  aquestos 
ersos: 

BELISA 

Entre  hierbas  fresquissimas  floridas, 
n  cendal  por  los  ojos  rodeado, 
lutos  los  pies,  las  alas  escondidas. 


Suelta  la  aljava,  el  arco  floxo  al  lado, 
durmiendo  estaba  con  descuido  y  gana 
el  pequeñuelo  dios  de  Amor  echado. 

Llevaba  en  el  frescor  de  la  mañana 
FiLiDA  sus  ovejas,  que  las  flores 
iban  barriendo  con  la  blanca  lana. 

No  sonaban  zamponas  de  pastores, 
iba  cantando  (cuando  vio  dormido 
al  mismo  Amor)  qué  cosa  es  mal  de  amores. 

No  conoció  quién  era,  aunque  le  vido, 
porque  nunca  sintió  su  pena  grave, 
mas  llegó  á  conocerle  sin  ruido. 

Miróle  y  diio  con  su  voz  suave: 
¿Hombre  y  ciego  y  con  alas?  No  eres  hombre. 
¿Ave  con  solas  alas?  No  eres  ave. 

Si  te  pusiste  aquí  porque  me  assombrc 
con  tu  nueva  facción,  por  no  hacello 
quiero  saber  de  ti  cuál  es  tu  nombre. 

Una  trenza  texió  de  su  cabello 
y  atóle,  y  recordando  el  Amor  luego, 
se  vio  cautiva  della  y  preso  en  ello. 

FiLiDA  dixo:  Dime,  alado  ciego, 
cómo  te  llamas.  Respondió  riendo: 
Furor  cansado  de  tu  gran  sossiego. 

FiLiDA  íe  responde:  No  te  entiendo. 

Y  dice  Amor:  Mi  nombre  es  tu  belleza, 
con  cuya  luz  la  misma  nieve  enciendo. 

Yo  soy  Amor,  si  quieres  más  certeza, 
ves  allí  el  arco,  ves  allí  la  aljaba, 
tiéntalos  y  verás  su  fortaleza. 

FiLiDA  dice:  El  tiempo  que  me  amaba 
el  que  solo  obligada  me  tenía 
al  yugo  que  atajó  la  muerte  brava. 

Cuatro  coronas  el  Amor  traía, 
no  era  arquero,  no  era  amor  alado, 
ni  ciego  como  tú,  que  bien  veía. 

Tú  vienes  con  dos  jaras  adornado, 
una  ligera  y  otra  muy  pesada, 
y  el  efeto  por  dicha  más  pesado. 

Dícele  humilde  Amor:  Essa  dorada, 
de  sólo  bien  querer  está  sangrienta, 
y  essa  de  plomo,  en  desamor  bañada. 

Sin  quebrar  la  pesada  te  contenta 
puedes,  pues  para  el  hombre  que  te  viere 
es  imposible  que  su  fuerza  sienta; 

Mas  cuanto  tu  beldad  acá  viviere, 
por  fuerza  essotra  viyirá  segura, 
que  cuando  de  mi  aljaba  se  perdiere, 
la  hallaré  en  tu  gracia  y  hermosura. 

La  mucha  arte,  la  gran  harmonía  del  vario 
son  que  la  pastora  Belisa  á  sus  versos  iba  dan- 
do, fué  de  manera  que  no  quedó  pastor  ni  pas- 
tora que  por  una  y  otra  parte  no  la  rodeassen. 

Y  al  fin  de  su  cantar,  como  maravillados  de 
oiría  y  no  menos  satisfechos  de  mirarla,  no  se 
movían  de  aquel  lugar,  deseosos  que  tornasse  á 
su  agradable  canto.  Pero  á  esta  hora  ya  la  flo- 
resta estaba  llena  de  la  más  noble  y  lucida  gente 


414 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


que  jamás  se  ha  visto  entre  pastores.  Y  el  viejo 
Sileno,  con  largo  sayo  y  retorcido  bastón,  la 
barba  al  cinto,  cana  como  la  limpia  nieve,  y 
sobre  su  arrugada  frente  una  corona  de  funeral 
ciprés,  salió  del  valle  acompañado  de  los  cuatro 
escogidos  y  gallardos  pastores  Mireno  y  Liar- 
do,  Galafrón  y  Barcino,  en  discreción  y  genti- 
leza iguales,  y  en  caudal  y  estimación  lo  mismo. 
Traían  de  varios  pellicos  sus  vestiduras,  con 
dardos  g^iessos  de  fresno  de  puntas  de  luciente 
acero  en  sus  manos,  sus  cabellos  limpios  y  pei- 
nados, cubiertos  con  guirnaldas  de  verde  yedra, 
ú  cuya  entrada  todo  el  pastoral  concurso  prestó 
un  atento  silencio.  Y  después  que  Sileno  con 
sus  cuatro  pastores  hubo  pasado  y  visto  por 
todas  partes  la  floresta,  vuelto  al  encerrado  va- 
lle mandó  que  Arsindo  tocasse  en  él  su  bocina, 
cuyo  son  apenas  fue  oído  cuando  por  una  sola 
entrada  que  el  valle  tenia  se  trasladó  en  él  toda 
la  gente  que  en  la  floresta  estaba.  Dispuesto 
era  el  lugar  para  la  gran  fiesta  que  se  ordenaba. 
Tenia  de  anclio  media  milla  y  una  en  largo. 
Guardábale  de  ambos  lados  un  espesso  y  alto 
monte  de  gruessos  robles  y  viejas  encinas,  por 
entre  los  cuales  baxaban  muchos  arroyos  de  agua 
clara,  que  unos  hacían  estanques  en  el  fresco 
valle  y  otros  por  las  cavernas  sumiéndose,  acnv 
centaban  su  deleite  v  hermosura.  No  faltaban 
en  el  llano  fuentes  pnrissimas  que,  como  do 
cristal,  bañaban  los  troncos  á  las  diversas  v 
hermosas  plantas.  Estaba  entre  ellas  una  alta 
pirámide  de  rico  mármol,  casi  toda  cubierta  de 
nativa  yedra  y  de  compuestos  ramos;  aquí  con 
gran  reverencia  fueron  llegando  pastoms  y  pas- 
tores sin  quedar  ninguno  que  no  dejasse  en  el 
devoto  sepulcro  verde  ramo  ó  florida  guirnalda. 
Y  apartados  por  orden,  sentándose  sobre  la  me- 
nuda hierba,  All'esibeo,  caudaloso  rabadán,  de 
edad  madura  y  de  presencia  gentil,  subiendo  con 
el  viejo  Sileno,  Galafrón  y  Barcino,  Mireno  y 
Liardo  á  un  ramoso  y  alto  assiento  que  á  un 
lado  do  la  pira  estaba,  tomó  la  templada  lira,  y 
lio  imptídido  de  las  aves  del  cielo,  pero  ayudado 
de  los  suaves  vientos  y  oído  de  los  atentos  pas- 
tores, comenzó  á  cantar  esta  piadosa  elegía. 

ALFBSIBKO 

Tues  el  suave  sentido  v  dulce  canto 
perdió  la  causa,  en  testimonio  desto 
comenzad,  Musas,  vuestro  amargo  llant<í. 

Presentes  sean  al  dolor  funesto 
Beldad,  Fortuna,  Amor,  Gracia  y  Prudencia, 
en  veste  negra  y  dolorido  gesto. 

Llore  Beldad  la  sin  igual  violencia 
de  la  muerte  cruel,  acerba  y  dura 
de  quien  le  daba  vida  y  excelencia. 

Fortuna  ofrezca  suma  desventura, 
pues  quien  la  pudo  dar  ai  nnindo  buena 
guarda  su  luz  en  esta  pira  oscura. 


Amor  derrame  cu  abundante  vena 
su  sentimiento,  pues  Ja  cruda  muerte 
á  fin  eterno  su  poder  condena. 

La  Gracia,  viuda  de  mezquina  saertc, 
pues  la  fuente  perdió  de  do  manaba, 
la  de  sus  ojos  crezca  en  mal  tan  fuerte. 

I^rudencia  llore  su  deidad,  esclava 
de  la  Parca  cruel,  pues  juntamente 
con  las  demás  su  breve  corso  acaba. 

Y  todos  ellos  mi  cantar  doliente 
acompañen  con  lágrimas,  en  tanto 
que  diere  luz  al  mundo  el  rojo  Orient'?. 

Sin  igual  es  la  cansa  del  quebranto, 
débelo  ser  también  en  sentimiento; 
proseguid.  Musas,  vuestro  amargo  llanto. 

Yace  á  la  sombra  des  te  encerramieuto, 
oscuro  y  negro,  reverente  y  pío, 
la  misma  Idea  de  merecimiento. 

Mi  voz  cansada,  en  monte,  en  valle,  en ri 
Klisa,  Elisa  en  triste  son  resuena 
y  uci)ge  el  cielo  el  tierno  acento  mío. 

General  es  la  pérdida  y  la  pena, 
general  es  el  afligido  lloro, 
general  la  sentencia  que  condena. 

En  lo  más  alto  del  Castalio  coro, 
bis  nueve  Hermanas  con  estrecho  luto 
cubren  la  luz  de  sus  cabellos  de  oro. 

Allanan  se  á  pagar  este  tributo 
los  que  en  mil  lastimosas  ocasiones 
han  conservado  siempre  el  rostro  enjuto. 

Dolopes  fieros,  duros  Mirmkloues. 
los  soldados  de  Ulises  inclementes 
ablandaran  aquí  sus  corazones. 

No  es  maravilla  que  unas  y  otras  gentes 
tomen  el  triste  oficio  por  costumbre, 
haciendo  agora  de  sus  ojos  fuente««. 

Que  el  Sol,  subido  en  la  más  alta  ciimlirCt 
envuelto  en  nubes  de  mortal  tristeza, 
tiene  eclipsada  su  serena  lumbre. 

Y  el  fértil  suelo  lleno  de  aspereza, 
de  seco  invierno  con  estéril  manto, 
llora  tiimbién  la  celestial  belleza. 

Y  que  llore  ó  no  llore,  el  duro  canto 
que  sus  miembros  bellíssimos  encierra. 
bañadlt\  oh  Musas,  con  amargo  llanto. 

Fría  piedra,  estrecha  pira,  poca  tierra, 
que  encerráis  juntamente  cuanta  gloria 
(le  nuestras  almas  el  dolor  destiem. 

De  la  Muerte  cniel  fué  la  vitoría: 
vuestros  son  los  raríssimos  despojos, 
nuestro  será  el  dolor  y  la  memoria. 

La  clara  luz  de  los  serenos  ojos, 
el  semblante  gentil,  el  aiie  digno 
de  producir  y  refrenar  antojos. 

La  blanca  mano,  el  rostro  cristalino, 
la  boca  de  rubín,  ebúrneo  cuello, 
frente  de  nievo,  trenzas  de  oro  fino. 

Beldad  ({ue  puso  á  la  beldad  el  sello; 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


415 


3  está,  pira  oscura,  piedra  fría, 

a  tierra?  Danos  cuenta  dello. 

rra  dichosa  en  cuanto  el  cielo  cría, 

0  en  cuanto  tú,  Neptuno,  bañas, 
uanto  mira  el  portador  del  día. 
Atlante  en  las  altissimas  montañas, 
liondo  del  Gange  sólo  suenes 

MI  venas  de  oro  sus  entrañas. 
»  las  perlas  y  el  oro  no  son  bienes 
>ii  gran  parte  deban  igualarse 
lenor  que  eú  tu  custodia  tienes, 
ntes  y  mares  rengan  á  humillarse 
^ira;  á  ti,  Piedra:  á  ti,  Tirrheno, 
ien  tanta  beldad  quiso  encerrarse, 
arda,  sepulcro,  en  tu  dichoso  seno 
'  guarda  en  el  suyo  todo  cuanto 
loce  en  el  mundo  amable  y  bueno. 
;i  oprimidas  de  piedad  ó  espanto 
or  os  suspende,  al  mismo  panto 
I,  oh  Musas,  al  amargo  llanto. 
:lebe  ser  en  todos  tan  á  punto 
or,  la  tristeza,  el  descontento, 
lará  en  quien  lo  paga  todo  junto? 
Ire  Sileno,  el  alto  entendimiento 
a  en  tan  justíssima  querella 
)casi6n  de  tanto  sentimiento, 
npiad  los  ojos  y  veréis  aquélla 
le  nuestras  graves  ligaduras, 
pura,  gentil,  beata  y  bella, 
tre  las  almas  gloriosas  puras 
'scarneciendo  nuestros  desatinos, 
o.  esperanza  y  de  temor  seguras; 
si  gozaba  acá  con  los  más  dignos 
ores  humanos  tanta  estima, 
snio  hace  allá  con  los  divinos, 
die,  Pastor,  se  espantará  que  oprima 
ro  sentido  tan  pesada  carga 
?  dolor  que  en  general  lastima, 
ro  por  esso  os  dio,  con  mano  larga, 
•  el  ciíílo,  con  que  la  vitoria 
gocéis  de  la  contienda  amarga; 
cuando  os  diere  assalto  la  memoria 
ocasión  de  vuestro  bien  passado, 
día  luego  á  su  présenle  gloria. 
)  sé  que  su  provecho,  ponderado 
uestro  daño,  y  aunque  no  os  lo  qnite, 
ortable  hará  vuestro  cuidado, 
i  el  dolor  que  la  razón  permite, 
tomáis  por  vuestra  su  ganancia, 
da  fué  que  no  terna  desquite. 

1  público  lugar,  en  sola  estancia, 
mpo  aplicaréis  con  celo  santo 
isideración  tan  de  importancia, 
después  que  digáis  al  mundo  cuanto 
írdes  de  dolor  y  de  consuelo, 

n  las  Musas  el  amargo  llanto, 
iba  el  incienso  al  cristalino  cielo; 
ersos  píos,  las  ofrendas  santas 
lan  de  honor  y  de  socorro  el  suelo; 


Júntense  ahora  en  est-a  pira  cuantas 
nobles,  piadosas  y  diversas  gentes 
hoy  tienes  á  la  sombra  de  tus  plantas. 

Cercanos  deudos,  próximos  parientes, 
que  desto  fuiste  tan  enríqnecida 
como  de  otros  bienes  excelentes, 

V  junta  la  progenie  esclarecida, 
templos  se  hagan  á  tu  nombre  ilustre, 
que  pueda  Fama  eternizar  su  vida. 

De  siglo  en  siglo  irán,  de  lustre  en  lustre, 
contigo  allí  mil  ínclitos  varones, 
sin  que  fortuna  ó  tiempo  los  deslustre. 

Y  entre  sus  gloriossísimos  blasones, 
otro  se  les  añada  por  su  parte 

de  tus  virtudes  y  admirables  dones. 

Las  venas  cessarán  de  ingenio  y  arte, 
mas  no  podrá  jamás  faltar,  yo  fío, 
la  voluntad  perpetua  de  alabarte. 

Los  hombres  con  respeto  y  señorío, 
á  tu  nombre  pondrán  de  tiempo  en  tiempo 
mil  epitafios,  y  primero  el  mío: 

Aquí  se  hace  tierra;  aquí  contemplo 
la  más  perfecta  y  singular  criatura 
que  fué  en  su  muerte  de  bondad  ejemplo, 
siendo  en  su  vida  sol  de  hermosura. 

Fué  escuchado  Alfesibeo  de  toda  la  agrada- 
ble compañía  con  un  grave  silencio,  interrum- 
pido á  ratos  con  tcmíssimos  suspiros.  Voro  ya 
que  hubo  dado  fin  á  sus  versos,  el  venerable 
Sileno  le  tomó  la  lira  con  que  los  tañía,  y  col- 
gándola de  la  ancha  rama  que  de  una  gran  en- 
cina sobre  ellos  pendía,  mandó  que  Arsindo 
tocasse  nueva  señal,  á  cuya  bocina  los  pastores 
y  pastoras  se  fueron  dividiendo  por  el  ameno 
valle,  y  sobre  humildes  mesas,  cuál  del  cortado 
tronco  y  cuál  de  la  fresca  y  menuda  hierba,  gus- 
taron las  rústicas  viandas  que  traían.  Lo  mis- 
mo hicieron  el  viejo  Sileno  y  los  gallardos  cua- 
tro pastores  que  le  ai;ompañaban  con  el  raba- 
dán Alfesibeo,  y  todos  seis  al  cabo  de  su  breve 
comida,  que  fué  al  pie  de  una  fuente  que  salía 
de  una  viva  peña  poco  distante  de  la  alta  pira, 
enderezaron  á  la  parte  que  la  pastora  Bel  isa  de 
los  más  hábiles  y  nobles  pastores  de  nuestro 
Tajo  estaba  acompañada,  y  con  gran  cortesía 
les  pidieron  que  mudassen  lugar,  porque  la  fuen- 
te de  la  peña  estaba  más  fresca  y  el  sitio  más 
acomodado.  No   gastaron   mucho  tiempo   en 
megos,  que  al  punto  Sileno  fué  obedecido,  y 
tras  los  llamados  fueron  otros  muchos,  deseosos 
de  gozar  tan  buen  entretenimiento,  y  entre  ellos 
Alfeo  y  Finea,  que,  vistos  de  Sileno,  por  el  co- 
nocimiento de  la  gentil  serrana  y  la  pastora  del 
nuevo  pastor,  particularmente  les  hizo  lugar 
entre  si  y  la  pastora  Belisa.  A  esta  hora  Pra- 
delio,  pastor  mozo,  robusto,  de  más  bondad  que 
hacienda,  llegó  cansado  y  solo  por  la  parte  que 
Sileno  estaba,  y  disculpando  su  tardanza  fué 


416 


ORIGENES  DE  LA  NOVELA 


de  todos  bien  reccbido,  pero  más  de  la  pastora 
Filena,  cuya  hermosura  y  gracia  traía  robadas 
mil  secretas  intenciones,  sin  poderse  gaardar  en 
esto  la  cara  amigos  á  amigos.  Bien  conoció  Be- 
lisa  el  contento  de  Filena  en  la  llegada  del  pas- 
tor, porqae  sabia  que  con  gran  bondad  y  ter- 
nura le  amaba,  y  porque  la  vido  mezclar  áe  fina 
rosa  el  cristal  de  su  cara  con  una  alegría  cono- 
cida y  honesta,  y  volviéndose  á  ella,  por  ayudar- 
la á  dissi mular,  le  dijo:  Cantemos  juntas,  pas- 
tora. Canta  tú,  dijo  Filena,  que  es  lo  que  Sileno 
y  los  demás  aguardan.  Como  mis  cantares,  dixo 
Belisa;  no  nacen  de  propia  ocasión,  siempre  he 
menester  quien  me  los  acuerde.  Esso  haré  yo, 
dixo  Arsindo:  canta,  pastora,  aquel  que  ayer 
dijiste  en  la  ribera,  que  si  no  fuere  á  tu  propó- 
sito será  al  de  todos,  que  esso  tiene  lo  que  por 
si  es  tan  bueno.  Con  lo  cual  Belisa,  templando 
el  rabel  de  seis  cuerdas,  dixo  con  gran  dulzura 
aquesta  letra: 

BELISA 

Ojos  que  cuesta  el  reposo 
volver  á  mirar  con  ellos, 
más  valiera  no  tenellos. 

Ojos  que  saben  prenderme, 
pero  nunca  rescatarme, 
osados  á  aventuranne, 
cobardes  á  socorrerme; 
pues  no  estiman  el  perderme 
en  el  menor  gusto  dellos, 
más  valiera  no  tenellos. 

Ojos  de  tan  malas  mañas 
que,  estando  por  veladores , 
dan  passo  como  traidores 
á  las  banderas  extrañas, 
hasta  las  mismas  entrañas 
que  eu  llanto  salen  por  ellos, 
más  valiera  no  tenellos. 

Ojos  con  quien  miro  y  veo 
que  aquí  consiste  mi  daño, 
y  si  dicen  que  me  engaño 
muero,  y  digo  que  lo  creo; 
pues  llevan  tras  el  deseo 
la  razón  por  los  cabellos, 
fnás  valiera  no  tenellos. 

Ojos  que,  cuanto  se  piensa 
en  los  males  que  se  ofrecen, 
por  su  deleite  escarnecen, 
sin  dur  otra  recompensa; 
pues  recibe  el  alma  ofensa 
si  quiero  vengarme  dellos, 
más  valiera  no  tenellos, 

No  pudo  tanto  la  pastora  Finca,  mientras 
duró  el  suave  cantar  de  Belisa,  que  no  volvies- 
se  sus  muy  suaves  ojos  muchas  veces  á  los  de 
Pradelío,  que  atentamente  la  miraban.  Pero 
Filardo.  que  cada  vez  que  la  pastora  lo  hacía, 


como  de  agudo  hierro  sentía  traspassar  si 
razón  con  la  rabia  de  los  celos  y  l\  fnersi 
amor,  turbó  su  rostro  y  cubríiSse  de  sude 
frente,  y  sin  aguardar  á  que  le  rogassen,  ] 
á  Sasio  que  tocasse  la  lira,  j  acompañóle,  ( 
arte  lamentándose: 

FILARDO 

Los  que  consiguen  favores 
por  sus  servicios  fíeles, 
busquen  alegres  vergeles 
para  gozar  sus  dulzores; 
*  yo  por  los  sepulcros  feos 
buscaré  los  infernales, 
que  éstos  fueran  mis  iguaples. 
si  sintieran  mis  deseos. 

Quien,  mirando  mi  dolor, 
burlare  de  mi  cuidado, 
do  mí  será  perdonado 
sí  no  sabe  que  es  Amor; 
y  porque  mi  parecer 
no  tenga  de  hoy  más  por  juego, 
meta  la  mano  en  mi  fuego, 
mudará  de  parecer. 

Hay  mil  montes  de  passión 
delante  de  mi  consuelo, 
y  ha  cerrado  el  passo  el  cielo 
con  un  mar  de  confusión. 
En  navegación  tan  fuerte 
descanso  no  le  procuro, 
que  en  el  puerto  más  seguro 
está  escondida  la  muerte. 

A  veces,  por  me  acabar, 
vienen  á  mis  sentimientos 
tan  á  tropel  los  tormentos, 
que  se  estorban  al  entrar; 
y  en  batalla  tan  reñida 
por  mi  mano  les  es  dada, 
con  tal  condición  la  entrada 
que  no  pidan  la  salida. 

Lo  que  pudiera  ayudarme, 
esso  viene  á  combatirme, 
por  ver  si  me  halla  firme, 
para  más  y  más  dañarme: 
mi  cadena,  es  mi  vitoria; 
mi  fe,  mi  condenación; 
mi  cuchillo,  mi  razón; 
mi  verdugo,  mi  memoria. 

Más  cantara  Filardo  si  pudiera,  mas  la  p 
sión  que  le  forzó  á  hacerlo  le  forzó  á  dexai 
bañando  los  ojos  y  passando  á  priesa  la  nu 
por  su  rostro,  se  levantó  de  donde  estaba,  di 
do  con  su  ida  á  todos  ocasión  de  mucho  ; 
sar,  que  asaz  amigos  de  estima  tenía  Filar 
Pradelio  desto  no  hizo  sentimiento;  pero  la  p 
tora  Filena,  por  dissimular  el  suyo,  vuelta 
nuevo  pastor  Alfeo,  le  pidió  que  no  ga^^U 


.  ^ 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


417 


más  tiempo  en  escuchar,  antes  pagasse  lo  qne 
había  oído.  A  este  ruego  acudió  Belisa  y  ayudó 
Finea,  y  aunque  Alfeo,  poco  ganoso  de  obede- 
cer, no  quiso  parecer  menos  cortés  á  las  prime- 
ras vistas,  antes  pidió  á  Finea  que  tocasse  la 
zampona,  y  ella  á  Sasio  la  lira;  y  assí,  al  pas- 
U)TSl\  son  de  los  dos  acordes  instrumentos,  cantó, 
con  gran  dulzura  estas  querellas: 

ALFEO 

Si  el  dessabrido  y  rústico  aldeano, 
en  quien  Amor  no  luce  ni  parece, 
por  ajena  ocasión  hace  jornada 

Y  por  un  solo  acogimiento  humano 
suele  cobrar  amor  á  la  posada, 
y  al  despedirse  della  se  enternece; 

Con  razón  se  entristece 
el  alma  sola  amarga, 
que  con  mano  tan  larga 

Regalada  se  vio  en  su  pensamiento, 
al  inhumano,  y  triste  apartamiento, 
de  su  sombra,  y  abrigo: 
y  no  08  razón  qne  esté  ftin  ti  conmigo. 

Sale  de  Oriente  con  ligero  passo 
Febo,  vistiendo  el  cielo  de  alegría, 
coumnicando  al  mundo  su  grandeza; 

Mas  apenas  le  alberga  el  frió  Ocaso, 
cuando  se  ve  una  sombra,  una  tristeza 
de  negra  noche  temerosa  y  fría. 

Desta  arte  el  alma  mía 
del  Sol  de  hermosura j 
gozó  la  luz  más  pura 

Que  se  puede  mirar  con  vista  humana, 
y  desta  arte  es  ya  noche  su  mañana, 
y  desta  arte,  en  su  ausencia, 
es  de  tiniebla  y  muerte  la  sentencia. 

La  verde  hierba  que  el  arroyo  baña, 
la  tierra,  el  aire,  el  sol,  la  favorecen; 
rnai)  si  le  falta  el  agua,  assí  se  muda, 

Qne  el  viento  fresco  la  inficiona  y  daña, 
quémala  el  Sol,  la  tierra  no  le  ayuda, 
V  su  verdor  v  su  virtud  fenecen. 

Desta  suerte  perecen 
gracia,  salud  y  vida, 
estando  despedida 

De  tu  presencia  el  alma  que  te  adora; 
porque  sin  este  solo  bien,  señora, 
cualquiera  que  se  ofrezca 
es  mal  y  daño,  con  que  más  padezca. 

Levanta  el  diestro  artífice  seguro 
sobre  muro  y  colunas  su  artificio, 
que  quiere  competir  con  las  estrellas ; 

Mas  si  quebranta  el  tiempo  el  fuerte  muro 
ó  rompe  el  peso  las  colunas  bellas, 
también  ha  de  faltar  el  edificio. 

Yo,  qne  de  tu  servicio, 
y  de  mi  bien  y  gloria 
máquinas  de  Vitoria 

OBÍOBNBS  DB  LA  NOVELA.— 27 


Sobre  tu  voluntad  iba  subiendo, 
esta  ilustre  coluna  falleciendo, 
tu  sen'icio  v  mi  suerte 
cairán  por  tierra  en  manos  de  la  Muerte. 

En  tanto  que  el  favor,  y  la  privanza 
siente  el  siervo  leal  del  Rey  benino, 
8u  lozanía  y  su  contento  suena; 

Mas  si  después  en  esto  ve  mudanza, 
por  su  mal  hado  ó  por  industria  ajena, 
corrido  y  tríate  le  veréis  con  tino: 

Oh  menguado  destino, 
mira  cual  he  quedado, 
solo,  desamparado 

De  aquel  favor  y  tiempo  venturoso,    . 
que  entre  las  gentes  ando  vergonzoso, 
cabizbajo  y  con  miedo 
que  me  señalen  todos  con  el  dedo. 

Canción  de  mi  despecho, 
si  llanto  y  no  canción  quieres  llamarte, 
aqui  podrás  por  mi  amistad  quedarte, 
que  en  desventura  tanta 
bien  se  puede  llamar  loco  el  que  canta. 

Los  tiernos  afectos,  la  mucha  harmonía,  las 
amorosas  palabras  del  afligido  Alfeo  se  hicieron 
sentir  generalmente,  de  suerte  que,  acabado  ol 
dulce  canto,  por  gran  rato  unos  con  otros  en- 
carecieron, cuál  los  afectos,  cuál  la  harmonía 
y  cuál  las  palabras.  Pero  Belisa,  que  de  todo 
quedó  pagada,  4x)do  lo  encareció  mientras  du- 
raba, y  después  de  acabado,  primero  con  el 
semblante  y  después  con  mil  discretas  razones, 
que  ayudaron  á  confirmar  en  todos  la  buena 
opinión  de  Alfeo.  Pero  él,  agradecido  á  sus  fa- 
vores, no  podía  en  lo  interior  tomar  contenta- 
miento. A  esta  hora  Sileno  ordenó  queja 
música  cessase  y  se  diesse  lugar  á  otro  entrete- 
nimiento de  los  usados  entre  pastores,  porque 
no  solamente  las  almas  se  recreasen  en  aquel 
exercicio,  que  en  efecto  no  era  para  todos;  y 
assí,  señalando  premios  para  la  lucha,  ofreció 
al  más  fuerte  un  cayado  de  acebo  guarnecido 
de  estaño,  tallado  de  buril  de  despojos  de  caza, 
y  por  la  una  parte  un  gran  cuchillo  sc-creto, 
que  tocando  á  una  Uave  salía  y  tocando  á  otra 
se  tomaba  á  esconder,  obra  ingeniosa  del  va- 
liente Alcimedonte;  y  si  este  don  era  para  el 
más  fuerte,  para  el  más  mañoso  había  otro  tal, 
un  arco  era  de  palo  indio,  con  la  empuñadura 
de  luciente  p'ata  y  esmalte  fino,  cuerda  de  seda, 
aljaba  labrada  y  seis  ligeros  tiros  de  diversas 
puntas,  con  plumas  varíadas,  blancas,  encama- 
das y  verdes;  premios  qne  movieron,  por  ser 
tales,  los  ánimos  más  exentos  de  amor,  que  los 
enamorados  no  han  menester  quien  los  mueva. 
Hízose  á  la  hora  una  ancha  plaza  de  toda  la 
general  compañía,  con  gran  concierto  y  orden, 
y  á  poco  rato  que  esperaron,  en  medio  dellos 
se  puso  Colín,  pastor  de  cabras,  más  robusto 


41^ 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


que  bien  proporcionado,  en  el  cuello  y  brazos 
desnudo,  camisa  muy  justa  7  zarefuelíe  estre- 
clio  y  medias  de  lienzo  sin  zapatos.  No  le  dexó 
mucho  sossegar  Barcino,  rico  ovejero  y  compe- 
tidor suyo  en  amorrs,  que  con  el  mismo  liábito 
le  salió  delante,  y  sin  ag^rdar  más  señal,  se 
fueron  el  uno  para  el  otro,  cada  cual  intencio- 
nado de  hurtar  el  cuerpo  al  contrario,  y  assí 
sucedió  que  casi  desta  vez  no  se  tixraron.  Pero 
queriéndolo  ambos  enmendar  la  segunda,  con 
tul  maña  se  acometieron,  y  con  tal  fuerza  se 
hicieron  presa,  que  ambos  arrodillaron.  Era  el 
perder  ó  el  ganar  á  la  primera  calda,  y  el  cono- 
cimiento del  vencido  estar  en  tierra  y  su  con- 
trario ambas  rodillas  sin  tocar  al  suelo;  y  como 
agora  assí  se  vieron,  cada  cual  procurando  que 
el  otro  no  se  levantasse,  anduvieron  gran  rato 
volteando  por  la  hierba,  sin  conocerse  ventaja, 
hasta  que  Colín,  inadvertido,  se  cogpó  la  una 
piorna  debajo  de  la  otra,  y  al  revolver  el  cuerpo 
se  torció  la  rodilla  de  manera  que,  olvidado  del 
])rcmio  y  de  Dinarda  que  le  miraba,  quezándose 
se  dejó  tender  en  tierra,  y  Barcino  sobre  él  co- 
menzó á  pedir  vitoria.  La  grita  de  los  pastores, 
unos  con  gusto  y  otros  con  pesar,  hicieron  ma- 
yor la  honra  del  uno  y  el  corrimiento  del  otro. 

Luego  salió  Damón,  mozo  membrudo,  aun- 
que de  poca  edad,  gran  amigo  de  Colín,  pero 
presto  le  hizo  compañía  y  alguna  parte  de  con- 
suelo. 

Los  dos  vencidos  pastores  tenían  á  Barcino 
más  animoso  y  á  los  circunstantes  menos  de- 
tíTminados.  Y  assí  de  la  segunda  lucha  le  de- 
xaron  algún  tanto  de  lugar  para  que  descan- 
sarse; pero  Pradelio,  que,  ardido  en  amores,  los 
ojos  en  la  pastora  Filena,  con  gran  atención 
veía  mirar  á  los  otros  que  luchaban,  pareciéndole 
quo  le  hurtaba  á  su  corazón  cualquier  vuelta 
que  con  sus  ojos  daba  en  otra  parte,  á  la  hora, 
sin  más  prevención  de  quitarse  el  gal)án  y  el 
cinto,  se  presentó  con  gentil  cuerpo  y  donaire 
al  vitorioso  Barcino,  que  ya  lo  esperaba.  Asié- 
ronse por  los  brazos  igiuilmente,  y  aunque  la 
fuerza  de  Barcino  era  aventajada,  la  maña  de 
Pradelio  no  era  menos,  y  cuanto  el  uno  de  la 
fuerza  del  uno,  el  otro  de  la  maña  del  otro  se 
debían  recelar.  Y  assí,  andando  en  torno  gran 
espacio,  sin  dar  el  uno  lugar  al  otro  para  sus 
fuerzas  ni  el  otro  al  otro  para  sus  mañas,  ya 
sus  venas  estaban  tan  gruesas  que  parecían 
querer  reventar,  y  el  sudor  de  sus  frentes  les 
quitaba  la  vista;  pisaban  sobre  la  verde  hierba, 
inconveniente  grande  para  Barcino  por  no  po- 
der restribar  en  ella  como  quisiera,  pero  no  para 
pradelio,  que  tenía  en  esso  la  confianza.  Y 
assí,  viendo  á  Barcino  que  con  gran  furia  venía 
sobre  e'l,  hurtándole  el  cuerpo,  tuvo  muy  cerca 
la  Vitoria;  mas  el  fuerte  pastor,  proveyendo  al 
daño,  tan  fuertemente  tuvo  á  Pradelio  por  los 


brazos,  que  juntos  Ueg^aron  á  tierra  y  junios  m 
levantaron,  juntos  se  tomaron  á  apercibir  7 
juntos  gimieron  como  dos  bravos  toros  en  pe- 
lea. Ya  la  gente  estaba  admirada  de  la  terriUe 
y  peligrosa  lucha,  y  lastimosos  los  dos  pastom; 
pero  ellos,  más  animosos  que  al  principio,  ibtn 
buscando  sus  presas,  cuando  Sueno,  puesto  en 
medio,  les  atajó  su  porfía,  con  aprobación  de 
toda  la  compañía,  mayormente  de  las  pastons 
Dinarda  y  Filena.  Y  á  Barcino  le  fué  dado  el 
cayado  gentil,  y  á  Pradelio  el  galán  arco,  7  á 
Colín  y  á  Damón  licencia  para  tenerles  en- 
vidia. 

Quedó  Sileno  nuevamente  deseoso  de  ver  ¿ 
los  demás  ejercitarse  en  saltar  6  correr  ó  tinr 
á  la  barra.  Gran  turba  de  pastores  se  levantó 
para  estos  ejercicios,  pero  con  diferentes  inten- 
tos: porque  Uranio  y  Folco,  Frónirao  y  Tirseo. 
se  apercibieron  para  la  carrera;  Elpino,  Bmno 
y  Sil  veo  para  la  barra;  Delio,  Lxdonio  y  Flo- 
rino  para  el  salto.  Cupo  la  primera  suerte  d« 
ejercicio  á  los  cuatro  corredores,  quo  sin  nin- 
gún detenimiento  se  despojaron  de  sus  vesti- 
dos, salvo  de  las  camisas  y  zaraíuelles,  sin  me- 
dias ni  zapatos.  Puso  Sileno  al  cabo  de  la  car- 
rera, que  era  en  una  parte  del  valle,  sin  tro- 
piezo ni  hierba,  cuatro  premios.  £1  primero,  7 
menos  bueno,  un  ralwl  de  tres  cuerdas,  de  olo- 
roso ciprés  de  Candía;  el  segundo,  y  mejor,  nii 
zurrón  de  soda  y  lana,  labrado  con  gran  arto; 
el  tercero,  y  mejor  que  el  segundo,  un  espejo 
de  acero,  guarnecido    en  palo   de  serval;  el 
cuarto,  y  mejor  que  todos,  un  puñal  de  monte, 
por  la  una  parte  de  corte  vivo  j  por  la  otn 
sierra  muy  fuerte,  con  vaina  verde  y  empaña- 
dura do  cuerno  de  cier\'0,  trabado  con  correas 
blancas  de  venado.  En  esta  forma:  el  rabel  col- 
gaba de  un  olmo;  y  adelante  ocho  pasos,  el  zu- 
rrón, de  un  salce;  y  otros  ocho  adelante,  el  es- 
pejo, de  un  mirto;  y  doce  más  el  puñal,  de  uu 
enebro.  Y  hecha  calle  vistosíssima  de  todos  los 
pastores  y  pastoras,  ya  que  los  caatro  corredo- 
res estaban  los  pies  izquierdos  adelante  y  los 
derechos  casi  en  las  puntas,  haciendo  Arsindo 
señal,  el  son  de  su  bocina  fué  como  el  de  la 
cuerda  de  sacudido  arco,  y  los  pastores  no  otra 
c(»sa  parc<neron  que  ligeras  saetas  por  el  aiiv. 
Fáltame  por  decir  lo  más  gustoso:  como  Sil- 
deo,  pastor  de  claro  entendimiento,  aunque  de 
pies  perezosos,  vido  el  ordca  con  que  los  pre* 
mios  estaban,  barruntó  luego  lo  que  había  de 
suceder,  y  alzó  al  viento  las  luengas  haldas  dd 
sayo  y  púsose  con  los  cuatro,  que  en  ligereza 
excedían  al  viento,  y  juntamente  con  ellos  em- 
pezó á  medir  sus  passos  por  la  carrera,  y  toda 
la  gente  que  lo  miraba  á  reírse  de  so  ossdia: 
pero  como  los  cuatro  passaron  tan  adelante.  7 
los  ojos  de  todos  iban  tras  ellos,  Sildeo  pudo 
correr  ú  sus  anchuras  sin  ser  más  mirado  ni 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


419 


reído.  Qne  cosa  fué  ver  á  Folco  del  primer 
vuelo  tan  aventajado,  qne  á  la  mitad  de  la  car- 
rera todos  juzgaron  el  puñal  por  suyo;  pero 
Fronimo,  corrido,  criando  alas  de  su  afrenta, 
con  dos  cuerpos  se  le  puso  delante.  Uranio  ilm 
tras  Folco,  y  Tirsco  tras  Uranio,  cuando  Fro- 
nimo, vanaglorioso  de  su  ventaja  y  codicioso  de 
la  Vitoria,  ó  tropezó  en  la  tierra  6  en  sus  pier- 
nas, que  súbito  pareció  tendido  en  la  carrera,  y 
Folco  sobre  él,  que  no  pudo  apartase  sin  caer. 
Uranio  y  Tirseo  se  vieron  señores  del  campo, 
y  la  grita  y  ruido  de  la  gente,  que  les  debiera 
animar,  parece  que  los  desalentó,  de  modo  que 
los  dos  caídos,  levantándose,  y  ellos  dos  entor- 
peciéndose, todos  cuatro  llegaron  casi  juntos  á 
los  premios,  y  todos  cuatro,  despreciándose  del 
rabel,  passaron  al  zurrón,  y  desde  allí  al  es- 
pejo, y  adelante  al  puñal,  que  en  un  instante 
alargaron  los  brazos  á  tomarle.  Bien  se  conten- 
tara Sildeo  (que  tras  ellos  iba)  con  el  rabel, 
pero  viéndolos  que,  asidos  del  puñal,  reciamente 
porfiaban,  passó  hasta  el  espejo  y  tomóle,  y 
Iioxó  9¡k  znnón  y  púsosele  al  cuello  y  desde  allí 
al  rabel,  y  pudo  haoerio  porque  el  concierto  era 
que,  comenzando  de  premio  mayor»  podiessen 
de  allí  tomar  los  menores  que  hallaseii.  SHdeo, 
risueño  y  gritado  de  la  gente,  enderezó  los  pas- 
sos  á  Sileno,  y  los  cuatro  pastores  asidos  de  su 
puñal,  cuál  por  la  vaina,  cuál  por  el  puño  y 
cuáles  por  los  correas,  hicieron  lo  mismo.  No 
pudo  Uranio  (aunque  quisiera)  desnudar  el  cu- 
chillo, porque  tenía  un  secreto  que  le  cerraba; 
pero   Sileno,  presto  en  atajar  su  contienda, 
tomó  á  su  cargo  el  puñal  y  dióle  á  Sildeo  para 
que  él  le  diesse  á  quien  le  agradasse.  Discreto 
y  gracioso  era  Sildeo,  y  como  se  vio  hecho  juez 
de  todo,  les  dixo  desta  manera:  Estos  premios 
se  pusieron  para  el  corredor  que  primero  los 
viesse  en  su  poder;  yo  los  veo  en  el  mió  sin  que 
nadie  me  tocasse  á  los  tres  en  la  carrera,  y  sin 
que  ninguno  de  vosotros  haya  tenido  el  cuarto 
libremente  como  yo,  y  assí,  por  derecho  y  con- 
dición son  todos  los  cuatro  míos,  y  asi  lo  juzgo. 
No  solos  los  amigos  de  Sildeo  rieron  de  la  gra- 
ciosa sentencia,  pero  á  los  uiismos  pretensores 
hizo  mucho  donaire,  y  Sileno  la  cónfínnó  como 
bien  dada,  y  mandó  á  Yalleto,  zagal  suyo,  qne 
diesse  á  los  cuatro  pastores,  el  siguiente  día, 
cada  dos  gruesos  cameros  de  los  mejores  del 
rebaño,  con  que  quedaron  los  circunstantes  muy 
contentos  y  los  pastores  muy  pagados. 

Y  mientras  muchos  se  estaban  culpando  de 
no  haber  tenido  el  aviso  de  Sildeo,  Delio,  Li- 
donio  y  Florino  pidieron  lugar  para  los  saltos, 
y  Elpino,  Bruno  y  Silveo  para  la  barra,  y  aun- 
que quisiera  Sileno  dársele,  viendo  que  del  dia 
estaba  gastada  la  mayor  parte,  y  aquellos  ejer- 
cicios (aunque  de  mucha  estima)  no  eran  de 
tanta  recreación,  acordó  que  se  ingeniasen  en 


pruebas  de  fuerza  y  ligereza,  cada  cual  como 
supiesse  ó  bastasse,  prometiendo  á  todos  dig- 
nos premios  de  su  exeruicio.  Prueba  haré  yo, 
dixo  Bruno,  que  no  la  hará  otro  pastor  de  la 
ribera.  Hazla,  dixo  Elpino;  veamos  dónde  llega 
tu  soberbia.  Agora  lo  veréis,  dixo  Bruno,  y  ha- 
ciéndose atar  por  las  muñecas  con  dos  cuerdas 
de  torcido  cáñamo  dio  el  un  cabo  á  Elpino  y 
el  otro  á  Silveo,  y  tomando  en  cada  mano  una 
manzana,  tirad,  les  dixo,  cada  uno  por  su  parte, 
veréis  si  salgo  con  mi  intención.  Con  tanta 
fuerza  tiraban  los  dos'  pastores,  que  parecía 
quererle  abrir  por  los  peehos;  pero  Bruno,  re- 
cogiendo sus  fuerzas,  haciendo  piernas,  apre- 
tando los  dientes,  á  pesar  de  entrambos  puso 
las  manzanas  en  la  boca.  No  hubo  entre  todos 
quien  á  otro  tanto  se  atre viesse.  Pero  Lidonio, 
que  deseaba  mostrarse  en  algo  aquel  dia,  viendo 
presente  á  la  hermosa  Silvia  (digo  aquélla  que 
á  la  ida  del  valle  toparon  Alfeo  y  Finea  con  la 
pastora  Dinarda),  alegre  de  verla  sin  los  dos 
competidores  Licio  y  Celio,  le  pidió  licencia 
para  ejercitarse  en  su  nombre,  y  ella,  que  de 
nada  tenía  gusto,  le  dixo  que  hiciese  el  suyo; 
esto  tuvo  Lidonio  por  g^n  favor,  y  aivmado 
con  él,  mientras  que  Delio  y  Florino,  ha- 
ciendo vueltas  galanas  y  dificultosas  por  el 
suelo  y  por  el  aire,  entretenian  la  gente,  envió 
por  perchas  altas  y  delgadas  á  un  huerto  suyo, 
que  cerca  del  valle  estaba,  y  puesto  en  medio  de 
la  gente,  las  afirmo  en  tierra  derechas  sin  hin-  ' 
carias,  y  con  ambas  manos,  sin  otra  ayuda,  co- 
menzó á  subir  por  ellas  con  grande  facilidad, 
hasta  poner  los  brazos  sobre  lo  alto,  y  arrimán- 
dolas al  cuerpo  sin  otra  ligadura,  ni  afirmar  los 
pies  en  nada,  se  comenzó  á  pasear  por  entre  los 
que  le  miraban,  y  después  de  ser  bien  visto,  se 
dexó  deslizar  por  ellas  hasta  el  suelo.  Prueba 
fué  que  agradó  y  admiró  á  todos  en  general. 

Mas  viendo  que  el  luchador  Pradelio  tomaba 
el  puesto  para  hacer  nueva  prueba,  todos  vol- 
vieron á  él  atentamente,  y  el  mancebo  gentil, 
tendiéndose  en  tierra  de  espaldas,  los  brazos 
abiertos,  sobre  la  una  mano  se  puso  un  pastor 
de  pies  y  sobre  la  otra  otro,  asiéndose  los  dos 
de  las  manos  para  afirmarse.  Pradelio  levantó 
en  alto  los  brazos  con  ellos  y  estuvo  assí  un 
rato,  y  luego  se  sentó  en  tierra  con  la  misma 
carga,  tras  lo  cual  se  levantó  en  pie,  y  trayendo 
á  los  pastores  tres  ó  cuatro  vueltas  en  el  aire, 
se  fué  sentando  y  tendiendo  y  baxando  los  bra- 
zos hasta  dexarlos  donde  los  había  tomado. 
¡Oh,  cómo  fué  prueba  esta  del  esfuezo  y  maña 
de  Pradelio  y  cómo  contentó  á  todos  los  pasto  • 
res  y  pastoras  que  la  vieron!  El  gusto  de  Fi- 
lena para  después  se  quede,  y  aun  las  pruebas 
por  ahora,  porque  Sileno  bien  siente  que  no  es 
razón  do  exercitarse  tanto  con  tanta  fatiga,  y 
así,  premiando  á  todos  con  mucha  voluntad  y 


420 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


franqueza,  mandó  tornar  á  componer  las  rústi- 
cas mesas  con  regaladas  yiandas,  de  donde  bre- 
vemente todos  se  levantaron,  y  siguiendo  á  Si- 
leno,  Oalafrón  y  Barcino,  Mireno  y  Liardo  y  el 
rabadán'  Alfesibeo  enderezaron  á  la  devota 
pirámide;  y  allí  Galafrón,  tierno  y  verdadero 
amante  de  la  difunta  Elisa,  la  una  rodilla  en 
tierra,  al  son  de  la  flauta  de  Barcino,  que  de  la 
misma  arte  la  tocaba,  cantó  estos  versos  tristes 
y  amorosos: 

OALAFRÓN 

Elisa,  que  un  tiempo  fuiste 
descanso  de  los  enojos 
con  sólo  volver  los  ojos 
á  los  que  en  llanto  volviste, 
la  furia  perpetua  y  triste 
de  nuestras  continuas  quexas 
no  es  tanto  porque  nos  dexas 
como  por  ver  que  te  fuiste. 

Porque,  Elisa,  aunque  dexarnos 
sea  lo  mismo  que  irte, 
sintiendo  el  mal  de  partirte 
no  se  entiende  el  de  quedamos; 
y  sólo  en  representarnos 
la  memoria  que  te  has  ido, 
no  queda  libre  el  sentido 
para  de  otro  mal  quexarnos. 

Mas,  dime:  ¿en  prisión  tan  grave 
por  qué  nos  dexas  con  cefio, 
como  cautivos  sin  dueño, 
donde  esperanza  no  cabe? 
¿qué  nueva  vendrá  suave 
á  nuestra  prisión  y  pena, 
si,  cerrada  la  cadena, 
el  cielo  rompe  la  llave? 

Algún  alivio  tenemos 
en  ausencia  tan  amarga, 
y  es  que  no  puede  ser  larga, 
aunque  ya  larga  la  vemos; 
otra  rienda  hallaremos 
que  más  enfrene  al  tormento, 
y  es  que  vives  en  contento 
ya  que  nosotros  penemos. 

Tengo  aquí,  pastora  cara, 
una  canción  que  decias, 
con  cuyos  versos  cubrías 
de  mis  lágrimas  mi  cara, 
y  aunque  de  dulzura  avnra 
y  más  que  la  muerte  ñora, 
si  yo  agora  te  la  oyera 
bien  piadosa  la  juzgara. 

De  suerte  nos  igualaste, 
que  contra  el  competidor 
nuestra  venganza  mayor 
era  ver  que  le  miraste: 
bien  seguros  nos  dcxaslc 
de  memorias  de  contento. 


porque  aun  de  damos  tormento, 
señora,  no  te  preciaste. 

Por  nuestra  afición  abrojos 
nos  diste,  en  lugar  de  palma, 
y  nunca  sintió  tu  alma 
lo  que  hicieron  tus  ojos; 
nuestros  más  ricos  despojos 
llevaste  sin  pretendellos, 
y  este  es  el  mal,  que,  á  qucrellos, 
gloria  fueran  los  enojos. 

Baxe  ya  tu  luz  preciosa 
del  alto  cielo  á  la  tierra, 
y  venga  á  hacernos  guerra 
si  no  quisiere  piadosa, 
por  el  mármol  do  reposa 
tu  ceniza  sepultada, 
que  de  mi  diestra  cuitada 
fué  pruel»ocilla  amorosa. 

Vaya  lexos  la  alegría 
de  nuestro  monte  y  ribera, 
cuanto  se  teme  y  se  espera 
pare  en  la  ventura  mía; 
fálteme  el  postrero  día 
una  común  sepultura, 
que  si  yo  busqué  ventnni, 
por  tí  sola  la  quería. 

Huyame  el  contentamicMito, 
nada  me  pn^te  favor, 
conviértaseme  en  dolor 
cuah^uier  causa  de  contento, 
déme  el  cielo  sólo  aliento 
para  conocer  mi  mengua, 
no  quiera  llegar  la  lengua 
do  no  alcanza  el  sentimiento. 

Bien  puede,  Elisa,  subir 
atrás  el  corriente  río, 
y  el  más  importuno  frío 
nuevas  flores  producir; 
mas  no  podrán  permitir 
tiempo,  fortuna  ó  estrella 
(^ue  cesse  nuestra  querella 
hasta  que  cesse  el  vivir. 

En  tanto  que  Galafrón  cantaba  desta  suerte, 
muchas  de  las  pastoras  habían  traído  blancoc 
tabaques  de  hierbas  y  rosas  de  la  florestas  y  en 
un  punto,  sobre  sus  luengos  cabellos  ponieiidc 
artificiosas  guirnaldas,  alrededor  de  la  alta 
pira,  presas  por  las  manos  sus  anchas  mangas, 
de  blanco  lienzo  colgando,  mientras  cantáhuí, 
iban  en  sossegado  corro,  y  acabado  el  cantar, 
vueltas  las  unas  á  las  otras  con  gran  donaire 
bailaban.  Ya  en  esto,  el  gran  planeta  parecía, 
que,  agradecido  de  la  solenc  fiesta,  quería  dejtr 
libre  sombra  para  que  los  pastores  buscassen 
sus  moradas,  y  al  trasponer  del  monte,  su  ros- 
tro alegre  y  bello  (recogiendo  la  lumbre  de  sos 
rayos)  desde  el  Ocaso  arrojó  una  viva  y  tem- 
plada claridad,  que,  bordando  de  fina  plata  j 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


42^1 


luciente  oro  las  varías  nubes,  dejó  nuestro  cielo 
hermosfssirao.  Y  luego  las  pastoras,  trocando 
las  guirnaldas  de  sus  frentes  con  las  que  en  el 
sepulcro  estaban,  7  los  pastores  ramos  con 
ramos,  todos  juntos  comenzaron  á  seguir  al 
viejo  Sileno  hasta  la  salida  del  valle,  que  alli 
con  alegre  rostro  y  dulces  abrazos  se  despidió 
(uno  por  uno)  de  todos,  y  dejando  con  él  sos 
cuatro  pastores  y  el  rabadán  Alfesibeo,  se  co- 
menzaron por  las  sendas  y  caminos  á  dividir 
desde  la  verde  floresta. 


TERCERA   PARTE 

DEL    PASTOR    DE    FILIDA 

Alegremente  vinieron  nuestros  pastores  al 
fresco  valle  de  la  celebrada  Elisa,  y  no  menos 
se  dividieron  al  salir  dé!,  porque  no  quedó  sen- 
da, atajo  ni  camino  donde  no  sonassen  voces 
acordadas,  liras,  rabeles,  flautas  y  otros  alegres 
instrumentos;  solos  Finca  y  Alfeo,  como  solos 
entraron  por  la  vereda  de  los  salces,  camino 
poco  usado,  por  ser  áspero  y  estrecho,  al  prin- 
cipio del  dixo  Finea:  ¿Qué  te  ha  parecido,  Al- 
feo,  de  los  pastores  del  Tajo?  Tan  bien,  dixo 
Alfeo,  que  no  te  lo  sabré  decir:  su  gala  es  ma- 
cha; discreción  y  cortesía,  grande,  y  lo  que  es 
habilidad  y  mesara,  aventajado  á  cuanto  he 
visto.  Paréceme  que  de  España  lo  mejor  se  re- 
coge en  estas  selvas.  Esso  puedeó  creer,  dixo 
Finea,  que  aunque  lo  natural  dellas  es  bueno, 
todos  essos  ricos  pastores  que  hoy  has  visto  y 
essas  pastoras  de  tanta  gracia  y  hermosura, 
cuál  es  del  Ebro,  cuál  del  Tormes,  Pisuerga, 
Henares,  Guadiana,  y  algunos  de  donde,  mu- 
dando nuestro  Tajo  el  nombre,  se  llama  Tejo; 
|>ero  como  el  sitio  es  tan  acomodado  á  la  crian- 
za de  los  ganados,  á  la  labor  de  la  tierra  y  á 
la  i*ecreación  de  la  gente,  muchos  que  aquí  vie- 
nen por  poco,  se  quedan  por  mucho,  como  á  mi 
me  ha  sucedido  y  á  ti  creo  que  será  otro  tanto. 
No  hará,  pastora,  dixo  Alfeo,  que  aunque  en- 
tiendo que  no  me  estaba  mal,  véome  impossi- 
bilitado  para  ello.  ¿Qué  podría  yo  hacer  aquí,  ó 
en  qué  entretendría  el  tiempo  que  no  parecies- 
se  feo  á  todos?  Yo  te  lo  diré,  dixo  Finea:  lo  que 
yo  hago,  ó  lo  que  hace  Si  r alvo,  forastero  pas- 
tor que  aqai  habita.  Yo  compré  ovejas  y  cabras 
conforme  á  mi  poco  caudal,  y  con  pocos  zagales 
las  apaciento.  Siralvo,  aunque  pudo  hacer  otro 
tanto,  gustó  de  entrar  á  soldada  con  el  raba- 
dán Mendino,  por  poder  mudar  lugar  cuando 
gusto  ó  comodidad  le  viniesse,  sin  tener  cosa 
que  se  lo  estorbasse.  ¿Quién  es  esse  Siralvo? 
dixo  Alfeo.  Es  un  noble  pastor,  dixo  Finea,  de 
tu  misma  edad,  honesto  y  de  Uanissimo  trato: 


amado  generalmente  de  los  pastores  y  pasto- 
ras de  más  y  menos  suerte,  aunque  hasta  agora 
no  se  sabe  dé  las  suya  más  de  lo  que  muestran 
sus  respetos,  que  son  buenos,  y  sus  exercicios, 
de  mucha  virtud.  ¿Cómo  vería  yo  á  Siralvo? 
dixo  Alfeo.  Bien  fácilmente,  dixo  Finea;  por- 
que las  cabanas  de  Mendino  están  muy  cerca 
de  aquí,  y  Siralvo  por  maravilla  sale  dellas,  y 
más  agora  que  está  su  rádabán  ausente  y  él 
no  podrá  apartarse  del  ganado.  Assí  hayas 
ventura,  dixo  Alfeo,  que  vamos  allá.  Vamos, 
pastor,  dixo  Finea;  y  volviendo  el  camino  so- 
bre la  mano  derecha,  mientras  Alfeo,  agrade- 
ciendo á  la  serrana  su  voluntad  y  trabajo,  ella 
nuevamente  con  amor  se  le  ofrecía,  llegaron  á 
la  fuente  de  Mendino,  que  poca  distancia  de 
las  cabanas  estaba,  y  á  un  lado  della,  cerca  del 
arroyo,  oyeron  una  flauta,  que  al  son  del  agua 
y  de  los  inquietos  árboles  acordadamente  so- 
naba. Aquella  flauta,  dixo  Finea,  es  de  Siral- 
vo, y  si  él  canta,  á  buen  tiempo  hemos  venido, 
que  no  es  menos  músico  el  pastor  que  enamo- 
rado, aunque  él,  no  preciado  desto,  siempre 
busca  la  soledad  para  cantar  sus  versos.  Oyá- 
moslc,  dixo  Alfeo,  que  no  es  possible  que  el 
aparejo  tan  conforme  á  su  condición  no  le  in- 
cite. Y  con  esto,  sentándose  los  dos  junto  á  la 
fuente  casi  á  un  punto,  Siralvo,  dejando  la 
zampona,  comenzó  á  cantar  aquestas  rimas: 

SIRALVO 

Ojos  á  gloria  de  mis  ojos  hechos, 
beldad  inmensa  en  ojos  abreviada, 
rayos  que  heláis  los  más  ardientes  pechos, 
hielos  que  derretís  la  nieve  helada, 
mares  mansos  de  amor,  bravos  estrechos, 
amigos,  enemigos  en  celada, 
volveos  á  mí,  pues  sólo  con  mirarme 
podéis  verme  y  oirme  y  ayudarme. 

Si  me  miráis,  veréis  en  mí,  primero, 
cuanto  con  Yos  Amor  hace  y  deshace; 
si  me  escucháis,  oiréis  decir  que  muero, 
y  que  es  la  vida  que  me  satisface; 
si  me  ayudáis,  lo  que  pretendo  y  quiero, 
que  es  alabaros,  fácil  se  me  hace; 
en  tan  altas  empressas  alumbradme, 
mis  ojos,  vedme,  oidme  y  ayudadme. 

Siendo  verdad  que  el  alma  que  me  ampara 
es  sólo  un  rayo  dessa  luz  pendiente, 
cuando  no  me  miráis,  es  cosa  clara 
que  estoy  del  alma  con  que  vivo  ausente; 
mas  no  tan  presto  á  la  marchita  cara 
vuelve  la  vuestra,  soles  de  mi  oriente, 
cuando,  el  espírítu  mío  renovado, 
quedo  vivo,  contento  y  mejorado. 

La  causa  fuistes  de  mi  devaneo, 
y  podéis  serlo  de  mi  buena  andanza, 
que  si  á  vuestra  beldad  cansa  el  deseo, 


422 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Taestra  color  ofrece  la  esperanza, 
esmeraldaB  preciosas,  donde  yco 
más  porfeción  qnc  el  ser  linmanoalcr-nza, 
viva  mi  alma  entre  essas  dos  serenas 
lambres  divinas,  de  Vitorias  llenas. 

¡Cnanto  mejor  en  vnestra  compañía 
qae  con  la  lira  ó  con  el  tierno  canto, 
pudiera  Orfeo,  el  malliadado  día, 
robar  la  esposa  al  reino  de!  quebranto! 
pues  la  amorosa  ardiente  ánima  mía, 
al  resplandor  de  vuestro  viso  santo 
suspende  tantas  ponas  infernales. 
Ojos  verdes,  rasgados,  celestiales. 

¿Sois  celestiales,  soberanos  ojos? 
Si  que  lo  sois,  aunque  os  alberga  el  suelo, 
pues  solas  almas  son  vuestros  despojos, 
almas  que  os  buscan  como  á  propio  cíelo; 
fundó  el  Amor  sus  gustos,  sus  enojos, 
estableció  su  pena  y  su  consuelo, 
dejó  las  armas  frágiles  de  tierra, 
7  escogió  vuestra  luz  en  paz  y  en  guerra. 

Estrellas,  nortes,  soles,  que  á  la  diestra 
del  Sol  salís,  por  soles  verdaderos, 
si  en  cuanto  el  lugar  cielo  al  mundo  muestra, 
no  hay  cosa  que  merezca  paR^ceros. 
¿quién  verá  sola  una  pestaña  vuestra 
que  presuma,  aun  con  muerte,  mereceros? 
Bástale  á  aquel  que  os  ve,  si  os  conociere, 
morir,  y  ver  que  por  miraros  muere. 

Pues  los  que  os  miran  quedan  condenados 
á  arder  de  amores  si  miráis  piadosos 
y  á  rabia  eterna  sí  volvéis  airados, 
ved  si  los  que  abrasáis  son  venturosos; 
yo  que  con  pensamientos  inflamados. 
Ojos,  os  miro,  y  con  deseos  rabiosos, 
ó  rabie,  ó  arda,  ó  muera,  ó  viva,  al  menos 
no  dejéis  de  mirarme,  Ojos  serenos. 

Al  revolver  de  vuestra  luz  serena, 
se  alegran  monte  y  valle,  llano  y  cumbre; 
la  triste  noclic  de  tinieblas  llena, 
baila  su  día  en  vuestra  clara  lumbre, 
sois,  Ojos,  vida  y  muerte,  gloria  y  pena; 
el  bien  es  natural;  el  mal,  costumbre: 
no  más.  Ojos,  no  más,  que  es  agraviaros, 
sola  el  alma  os  alabe,  con  amaros. 

No  tocó  SiRALVo  al  fin  de  la  postrera  es- 
tancia la  flauta,  como  á  las  demás  babía  hecbo, 
pero  n*matóla  con  un  teniíssimo  suspiro,  y  Al- 
feo  y  Finea,  que  con  mucho  gusto  le  habían 
escuchado,  dexando  la  fuente  se  llegaron  á  él, 
saludándole  con  muy  corteses  palabras.  «Qué 
caáo,  dixo  Siralvo,  te  trae,  Finea,  |  or  esta  parte 
tan  á  deshora?  Buscarte,  Siralvo,  dixo  la  gra- 
ciosa serrana.  Aquí  me  hallarás  muy  á  tu  vo- 
luntad, dixo  Siralvo,  y  levantándose  del  suelo, 
echando  al  hombro  el  zurrón,  todos  tres  se  fue- 
ron llegando  á  la  fresca  fuente,  y  allí  sentados, 
preguntó  quién  era  el  pastor  que  con  ella  ve- 


nía. No  dio  lugar  Finea  ¿  que  Alfeo  raqpon- 
diesse:  mas  ella  lo  hizo  de  Arte  qae  Sikalvo, 
muy  contento  de  su  venida  y  deseoso  de  laber 
su  suerte,  se  le  ofreció  en  lazo  estrecho  ¿o 
amistad,  á  que  Alfeo  bastantemente  correspon- 
dió en  voluntad  y  razones.  No  se  contentó  Fi- 
nea con  esto,  pero  pidió  á  Siralvo  que  diesse 
orden  en  acomodar  á  Alfeo.  Aquí  cstali«n,  dixo 
Siralvo,  mil  ovejas  del  gran  rabadán  Pacir^o. 
que  las  guardaba  Liardo,  y  ahora  está  con  S¡- 
leno;  este  rebaño  tiene  cuatro  ságrales  diligen- 
tes, cabana  nueva,  instrumentos  muy  cumpli- 
dos, dehesa  propia  en  que  se  apacienta  y  abre- 
vaderos y  corrales  para  él  solo;  estaba  á  mi 
cargo  buscar  un  mayoral  que  le  gobierne,  t  si 
AlFeo  le  quiere  tomar  al  suyo,  cu  cuanto  yo  Ic 
pudiere  descuidar  lo  haré,  con  las  mismas  ve- 
ras que  lo  ofrezco.  Finea  y  Alfeo  acetaron  con 
grande  agradecimiento  la  voluntad  y  obra  de 
Siralvo;  y  contentíssima  desto,  le  pareció  á  It 
serrana  irse  á  su  cabana,  y  á  los  dos  pastor» 
hacerle  compañía,  y  sin  valer  excusas,  que  elk 
dio  para  desviarles  aquel  cuidado,  los  tres  co- 
menzaron á  caminar  por  la  espessnra,  y  la  pas- 
tora á  contar  á  Siralvo  lo  que  en  el  valle  de 
Elisa  había  passado,  cuando  Filardo,  competi- 
dor de  Pradelio,  hacia  ella  venia  cantando,  con 
una  voz  llena  de  melodia  y  tristeza,  y  por  no 
ser  causa  de  que  lo  dexasse,  apartándose  entre 
los  árboles  con  gran  silencio,  oyeron  esta  can- 
ción que  no  con  menos  espacio  iba  diciendo: 

FILARDO 

No  por  sospiros  que  deis, 
corazón,  descanso  espero; 
pero  dé  el  alma  el  postrero, 
y  ella  y  Vos  descansaréis. 

Estando  la  vida  tal 
de  su  tiempo  bueno  ausente, 
que  ser  vida  es  acídente, 
V  cansarme  es  natural, 
corazón,  no  alcanzaréis 
con  sospiros  lo  que  quiero; 
pero  dé  el  alma  el  postrero, 
y  ella  y  Vos  descansaréis. 

El  rato  que  sospiráis, 
desean sárades  siquiera, 
cuando  la  vida  no  fuera 
el  fuego  en  que  os  abrasáis ; 
dad  sospiros,  y  veréis 
que  el  mejor  es  más  ligero; 
pero  dé  el  alma  el  postrero, 
y  ella  y  Vos  descansaréis. 

Un  solo  ravo  os  abrasa, 
mas  sus  lugares  son  dos: 
las  llamas  tocan  en  vos, 
y  en  el  alma  está  la  brasa; 
con  sospiros  la  encendéis. 


EL  PASTOR  BE  FILIDA 


428 


7  el  sospiro  yerdadero 
es  dar  al  alma  el  postrero, 
7  ella  7  Vos  descansaréis. 
No  qaíero  70,  corazón, 
quitaros  el  sospirar, 
que  sospiro  podéis  dar 
que  08  valga  por  galardón; 
si  con  sospiros  movéis 
la  voluntad  por  quien  muero, 
sin  dar  el  alma  el  postrero, 
eUa  7  Vos  descansaréis. 

No  estaba  mu7  conñado  de  merecer  Filardo 
tanto  bien  (como  sus  versos  decían),  se  ablan- 
dasse  por  tiempo  la  causa  de  su  dolor,  7  assi 
t»l  presente  fué  tanto,  que,  sin  poder  animar- 
se, con  los  postreros  acentos  ca7Ó  en  tierra. 
Siralvo  con  gran  lástima  7  amor  se  le  presen- 
tó, diciendo:  ¿Qué  es  esto,  Filardo  mío,  qué 
congoxa  te  mueve  á  tanto  extremo?  ¿Qué  ha  de 
ser,  dixo  Filardo,  sino  lo  que  siempre  suele?  ¿ó 
qué  fatiga  me  puede  descomponer,  sino  la  que 
Filena  me  quisiere  dar?  ¿ó  qué  rato  podré  vivir 
sin  que  el  la  guste  de  atormentarme?  ¡Maldita  sea 
la  hora  en  que  nací  para  amalla,  7  maldito  sea 
el  hombre  que  nace  para  amar!  Puesto  osto7, 
Siralvo,  en  el  profundo  de  las  miserias  de  Amor, 
sin  haber  cosa  de  donde  espere  consuelo.  Le- 
vántate amigo,  dixo  Siralvo,  que  aunque  70 
creo  que  tendrás  razón,  de  tu  propio  humor 
eres  congojoso;  vente  con  nosotros,  7  dime  tu 
pena,  quizá  no  será  tanta  la  causa  como  te  pa- 
rece. Como  tú  quizá,  dijo  Filardo,  estás  favo- 
recido, parécete  poco  el  mal  ajeno.  En  cada 
jomada,  dixo  Siralvo,  ha7  su  legua  de  mal  ca- 
mino; pero  menester  es  resistencia,  si  ha  de  ha- 
ber perseverancia.  Si  Filena  se  descuidó  cu 
algo  contigo,  7a  pensarás  que  el  mundo  es 
acabado:  no  la  fatigues  con  quejas  continuas, 
aunque  la  razón  te  sobre;  no  la  pidas  celos, 
aunque  te  arranquen  el  corazón,  que  la  mujer 
apretada  siempre  desliza  por  donde  peor  nos 
está.  Haz  lo  mismo  que  Pradelio,  que  donde 
quiera  que  la  ve  llega  risueño  7  regocijado,  7 
pone  en  fiesta  á  cuantos  allí  están,  inventando 
juegos  7  danzas,  7  cualquier  cosa  que  la  pas- 
torcilla  haga  alaba  por  buena.  Créeme,  que  la 
primera  fuerza  que  con  mujeres  se  ha  de  pro- 
bar es  bien  parecer,  7  un  hombre  marchito  7 
trashojado  viene  á  ofendellas,  hasta  ser  demo- 
nio en  su  presencia.  Basta  pastor,  dijo  Filar- 
do,  hablas  como  sano  en  fin,  7  tus  medicinas 
no  son  para  el  doliente:  haga  Filena  conmigo 
lo  que  hace  con  Pradelio,  verás  cuál  ando  70 
7  cuál  anda  él.  Mas,  si  desde  que  entró  en  el 
valle  de  Elisa  hasta  la  salida,  jamás  del  partió 
los  ojos  ni  los  volvió  á  mirarme:  ¿qué  quieres 
que  sienta?  ¿ó  qué  sintieras  tú  si  como  70  la 
amaras?  Doliérame,  dixo  Siralvo,  mas  á  las 


veces  una  sinrazón  notable  suele  desapassio- 
nar  al  más  enamorado.  Y  aun  indignar,  dixo 
Filardo  mas  pássase  essa  ira  en  uñ  momento 
7  queda  el  triste  que  ama  hecho  un  centro  de 
dolores,  donde  creo  que  nunca  la  muerte  viene 
por  fuerza  de  los  males,  sino  por  contradición 
del  que  la  teme,  que  á  mí  que  la  deseo,  tan  ne- 
cessitado  de  su  favor,  niégamele;  7  niegúemele 
si  quiere,  que  si  nací  para  esto,  70  no  lo  puedo 
excusar.  ¿Qué  ves,  ingrata,  en  Pradelio  más 
que  en  mí,  sino  lo  que  tú  le  das?  ¿ó  qué  en  mí 
menos  que  en  él,  sino  lo  que  tú  me  quitas? 
A7er  pagada  de  mis  servicios,  7  ho7  de  mi 
muerte,  buen  galardón  lleva  el  que  desea  ser- 
vir; tómate  cuenta  de  lo  que  haces,  7  volverás 
por  tí  misma,  si  no  olvidas  del  todo,  á  lo  que  te 
obliga  tu  propio  valor.  Passó  Filardo,  7  dixo 
Finea:  Assí  veas  á  Filena  tan  de  tu  parte 
como  deseas,  que  no  te  aflijas;  mas  saca  la  lira 
7  canta  un  poco,  7  entretendrás  tu  dolor  7 
nuestro  camino.  Gracia  tienes,  serrana,  dixo  el 
pastor:  ¿cantar  me  mandas  de  gusto,  viéndome 
morir?  Pues  haz  como  el  cisne,  dixo  Finea,  7 
ló  que  has  de  lamentar  sea  cantando,  que  no 
enternecerán  menos  tus  querella*.  Por  casti- 
garte de  lo  que  pides,  dixo  Filardo,  quiero  can- 
tar, serrana;  7  sacando  la  lira,  con  tres  mil  sos- 
piros,  en  son  triste,  pero  artificioso  7  suave, 
comenzó  á  decir  Filardo: 

FILARDO 

Si  á  tanto  llega  el  dolor 
de  sospechas  7  recelos, 
no  le  llame  nadie  celos, 
sino  rabia  del  amor. 

Dolor,  que  siempre  está  verde, 
aunque  vos  más  os  sequéis, 
7  á  donde  quiera  que  estéis, 
veis  presente  á  quien  os  muerde; 
mal  que  para  su  rigor 
se  conjiíran  ho7  los  cielos, 
no  le  llame  nadie  celos, 
sino  rabia  del  amor. 

Pues  derriba  una  sospecha 
la  vida  más  poderosa, 
7  una  presunción  celosa 
deja  una  gloria  deshecha, 
7  á  fuerza  de  su  furor 
se  aborrecen  los  consuelos, 
no  la  llame  nadie  celos, 
sino  rabia  del  amor. 

No  valen  fuerzas  ni  mañas 
contra  mal  tan  inhumano, 
porque  el  hambriento  gusano 
que  se  ceba  en  las  entrañas, 
aUí  vierte  á  su  sabor 
sus  centellas  7  sus  hielos; 
no  le  llame  nadie  celos, 
sino  rabia  del  amor. 


42i 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


1 


Si  deste  diente  tocado 
debe  un  corazón  rabiar, 
nadie  lo  podrá  juzgar 
sino  aquél  que  lo  ha  probado; 
yo  que  en  medio  del  favor 
gusté  tan  enormes  duelos, 
no  puedo  llamarlos  celos, 
sino  rabia  del  amor. 

Quien  tal  pide  que  tal  pague,  dixo  Filardo 
al  fin  de  su  canción.  Veis  aqui,  pastora,  cuál 
estoy,  y  cuál  está  la  lira,  y  cuál  el  canto.  Assi 
ostuviera  tu  corazón,  dixo  Finca,  que,  como 
cantas  sin  gusto,  no  te  satisfaces  á  ti  como  á 
nosotros.  Pues  assi  te  ha  parecido  el  pastor, 
págamelo  en  otro  tanto,  y  di  alguna  canción 
de  las  que  suele  decir  Filena,  que,  aunque  poco 
ganoso  de  liacerlo  ni  excusarlo,  quiero  ver  si 
hay  en  el  mundo  orejas  que  se  muevan  á  mi 
ruego.  Las  mías,  dixo  Finea,  prestas  estarán 
á  oirte  y  á  obedecerte:  toca  la  lira,  que  á  tu 
son  quiero  cantar.  No  andaba  tras  esso,  dixo 
Filardo;  mas  hágase  lo  que  quieres.  Tocando  el 
instrumento,  la  serrana  le  acompañó  diciendo 
assi : 

FINBA 

Del  Amor  y  sus  favores, 
lo  mejor 
es  no  tratar  con  Amor. 

Esme  el  cielo  buen  testigo, 
del  cual  voy  tras  mi  deseo, 
(lo  con  mil  muertes  peleo, 
teniendo  un  solo  enemigo, 
no  durarán  lo  que  digo, 
y  aún  peor 
los  que  tratan  con  Amor. 

Verán  su  fé  y  su  razón 
escrita  en  letras  de  fuego, 
y  verán  que  su  sossiegu 
es  campo  de  altercación ; 
verán  que  su  galardón, 
el  mejor 
no  tiene  señal  de  Amor. 

Juntamente  llegó  Finea  al  fin  de  su  canción 
y  á  la  puerta  de  su  cabana,  donde  halló  á  Di- 
naitla  y  á  Silvia  que  la  esperaba,  y  allí  despi- 
diéndose los  pastores  con  gran  cortesía.  Filar- 
do,  á  ruego  de  Silvia,  se  quedó  con  ellas,  y 
Al  feo  y  Si  R  ALVO  tornaron  por  su  camino.  No 
(|uerría,  dixo  Sin  alvo,  cansarte  con  pregun- 
tas ni  congojarte  con  mi  deseo;  pero  no  dexaré 
de  decirte  que  holgara  en  extremo  de  saber 
quién  v  de  dónde  eres.  Las  alabanzas  que  de 
ti  me  dio  la  serrana,  tu  {)ersona  las  confirma 
todas,  y  lo  que  t^íngo  visto,  bii»n  basta  para 
])rocurar  tu  amistad;  pero  ya  sal>es  que  entre 
amigos   no   es  justo   haber  nada  encubierto: 


prendóte  mi  fe,  que  no  te  arrepientas  jamás  df 
lo  que  conmigo  comunicares,  fisso  creo  yo  moy 
bien,  dixo  Alfeo,  pero  sabe  que  es  macho  lo 
que  hay  que  saber  de  mi,  y  si  más  hulnwi, 
más  supieras,  que  tu  bondad,  Sibalvo,  á  esto 
y  más  me  obliga.  Tú  sabrás  qao  este  hábito  no 
es  mió:  pluguiera  al  cielo  que  desde  mi  naci- 
miento lo  fuera,  excusara  las  mayores  desven- 
turas que  jamás  han  passado  por  hombre  dr 
mi  suerte.  Caballero  soy,  natural  desta  yecina 
Mantua,  que  por  toda  ella  se  re  el  blasón  de 
mi  verdadero  apellido,  y  más  sabrás  que  pago 
en  breves  dia^  con  las  setenas  lo  que  muchos 
gocé  de  libertad  y  contento.  No  renuevas  mí 
mal  con  tu  pregunta,  que  siempre  se  está  pnt- 
S4>nte,  ni  me  aflige  tu  voluntad,  que  bien  ense- 
ñado estoy  á  no  seguir  la  mia;  mas  porqoe 
temo  cansarte  con  mi  cneúto  largo  y  pesado, 
te  suplico  cuando  lo  estés  me  avisos,  que  lle- 
vándolo en  dos  veces,  quizá  te  listará  la  fuer- 
za y  á  mi  el  ánimo.  Ser  tú  quien  dices,  dixo 
Siralvo,  bien  claro  lo  muestras,  y  conocer  yo 
la  merced  que  me  haces,  no  lo  dudes;  y  menoi 
que  es  imposible  cansarme  de  oir  tus  casos; 
mas  yo  sé,  Alfeo,  que  el  día  ha  sido  hoy  largo 
para  tí.  y  será  razón  «.lar  á  la  noche  su  parte 
hasta  el  alba,  y  entonces,  habiendo  tú  reposa- 
do, podrás  cumplir  la  promessa  y  oirme  un 
rato,  quizá  seré  ocasión  de  alivio  d  tu  .mal.  Ko 
espero  menos  de  ti,  dixo  Alfeo;  y  en  estas  j 
en  otras  agradables  pláticas  llegaron  á  las  ra- 
banas de  MendtnOy  donde  Alfeo  fué  albergado. 
y  SíralvOf  sin  que  él  ni  nadie  lo  sintiesse,  to- 
mó el  camino  de  las  huertas  del  rabadán  Van- 
dalio, donde  Filida  estaba,  y  á  esta  hora  Si- 
RALvo  con  seguridad  podía  buscarla  para  oir- 
ía ó  verla  desde  aparte.  Poco  tardó  en  llegar  el 
enamorado  pastor,  pero  rato  había  que  la  ber- 
mosissima  Filida  reposaba.  Triste  y  despe- 
chado se  halló  Siralvo  por  su  tardanza,  y  sen- 
tándose al  pie  de  un  olmo,  junto  al  ancho  j 
rico  albergo,  se  dejó  transportar  en  un  profun- 
do pensamiento,  de  manera  que,  sin  sentirlo  el, 
fué  sentido,  recordando  con  sus  sospiros  á  Flo- 
réis, hermosa  y  discreta  pastora  de  la  casa  de 
Vandalio,  y  tan  amada  de  Filida,  que  en  sa 
mismo  aposento  se  albergaba;  bien  conocía  lo» 
sospiros  de  Siralvo,  y  muchas  veces  deseó  qoe 
Filida  los  sintiesse  y  admitiesse  la  voluntad 
del  pastor,  allí  donde  infinitas  y  de  grande  es- 
tima eran  despreciadas.  Dexó  el  lecho  Flonji, 
y  mal  vestida  salió  donde  halló  á  Siralvo.  qaf 
vuelto  en  sí  se  levantaba  para  irse.  ¿Qué  ve- 
nida es  ésta?  dixo  Floréis.  La  mia  no  té,  dixo 
Siralvo;  pero  la  tuya  mi  remedio  será,  poiqnr 
te  certifico  que  estaba  á  punto  de  acabarme. 
Consuélame,  pues  siempre  lo  haces,  y  no  hsj 
quien  pueda  hacerlo  sino  tú.  Deja  el  pesar,  dixo 
Florela.  que  si  esta  noche  vinieras  á  la  hon 


EL  PASTOR  DE  FILIOA 


425 


qac  sueles,  pudieras  ver  y  oir  á  Filida  en  el 
lugar  que  estamos.  Buena  manera,  dixo  Siral- 
YO,  es  essa  de  consuelo.  ¡Maldita  sea  mi  tar- 
danza, que  soj  el  más  desazonado  de  los  hom- 
bres! Bien  le  bastaría  al  que  ama  una  pequeña 
sepultura  donde  passasse  el  tiempo  que  resta 
de  sus  contentos,  para  que  cuidados  ajenos  no 
le  estorbassen  los  suyos.  Vinieron  á  mi  cabana 
Filardo  y  Finea,  y  otro  pastor  forastero,  y 
cuando  dellos  me  pude  librar,  hallo  la  pérdida 
que  ves.  Descongójate,  dixo  la  pastora,  que 
por  lo  menos  sabrá  Filida  tu  sentimiento,  y 
vente  conmigo,  que  tengo  grandes  cosas  que 
contarte,  y  este  lugar  no  me  parece  muy  se- 
guro, que  poco  ha  andaban  por  aquí  pastores 
de  Vandalio  buscando  unos  mastines.  Vamos 
donde  quisieres,  dixo  Siralvo,  y  siguiendo  á 
Florela  entraron  por  un  camino  estrecho  que 
dividía  dos  huertos,  y  entre  las  ramas  que  de 
ellos  sallan,  que  casi  el  camino  cegaban,  los 
dos  se  sentaron,  y  la  pastora  comenzó  dicien- 
do: ¿Qué  tanto  amas  á  Filida,  Siralvo?  A 
csse  grado,  dixo  el  pastor,  no  llegó  mi  propio 
sentimiento.  ¿  De  manera,  dixo  la  pastora,  que 
te  parece  mucho  lo  que  la  amas?  Sí,  mientras 
no  la  veo,  dixo  Siralvo;  que  llegado  á  miralla 
no  me  parece  possible  amarla  lo  que  se  le  debe. 
¿Pues  quién  te  ataja  la  voluntad,  dixo  Florela, 
para  no  pagar  essa  obligación?  Un  corazón  de 
hombre,  dixo  Siralvo,  con  que  la  amo,  impossi- 
bilitado  á  pagar  deuda  tan  superior.  Mucho  me 
agrada  tu  fe,  dixo  Florela,  y  ten  cierto  que 
toda  la  debes  como  la  pagas,  que  aunque  te 
parezca  que  Filida  guaida  su  punto  más  que 
las  otras  mujeres,  pues  es  la  mejor  de  to- 
das, no  hay  exceso  en  esto,  y  al  fin  sólo  has 
bastado  en  lo  que  nadie  ha  sido  parte:  no  se 
desgusta  de  que  la  veas,  y  allánase  á  leer  tus 
versos  y  oir  tus  querellas  cuando  tú  se  las  das, 
á  yo  por  ti.  Ves  aquí  una  carta  de  Carpino 
que  le  envió  con  Silvia,  y  no  la  quiso  leer  ni 
recebir,  y  yo  por  mostrártela  se  la  tomé  á  Sil- 
via. No  me  encarezcas,  dixo  Siralvo,  mi  buena 
fortuna,  que  para  conocer  el  bien  que  tengo  no 
es  menester  que  le  pierda:  yo  lo  sé  en  más  co- 
sas de  las  que  tú  me  dices.  Pésame  que  hayas 
tomado  esse  papel,  que  no  pensará  Carpino 
que  le  quieres  para  tu  gusto,  sino  para  el  de 
Filida.  En  esta  respuesta  lo  verá,  dixo  Flo- 
rela, y  sacando  la  carta,  fácilmente  á  la  luna 
vio  Siralvo  que  decía: 

carta 

Vive  Amor,  dulce  señora, 
y  vivirá  en  mi  cuidado, 
al  natural  retratado, 
del  que  en  nuestros  ojos  mora, 
que  holgara  de  callar 


si  pudiera,  mas  no  puedo; 
con  Amor  sin  culpa  quedo, 
con  vos  lo  querría  quedar. 

Vuestra  hermosura  vi, 
y  luego  mi  muerte  en  ella, 
que  cualquiera  parte  della 
tocó  al  arma  contra  mi; 
ojos,  frente,  manos,  boca, 
que  al  ser  humano  excedéis, 
tate,  dije,  no  os  juntéis 
tantos  á  empresa  tan  poca. 

Prendiéronme  juntamente, 
sin  mostrar  desto  desdén: 
vuestra  voluntad  también 
se  quiso  hallar  presente; 
viendo  que  merecimiento 
faltaba  de  parte  mía, 
puse  yo  lo  que  tenia, 
que  fué  mi  consentimiento. 

A  la  sazón  que  el  Amor 
me  prendió  desta  manera, 
la  montaña  y  la  ribera 
sin  hoja  estaba  y  sin  flor, 
y  cuando  os  llegué  á  mirar, 
mostróme  Amor  de  su  mano 
el  más  felice  verano 
que  el  cielo  puede  mostrar. 

Mas  apenas  fué  llegada 
vuestra  ausení^ia  fiera  y  cruda, 
cuando  mi  verano  muda 
su  fuerza  en  sazón  helada ; 
y  assí  será  hasta  ver 
la  luz  dcssos  claros  ojos, 
que  entonces  estos  abrojos 
flores  tornarán  á  ser. 

Pues,  esmeraldas  divinas, 
lumbre  generosa  y  alma, 
desterrad  ya  de  mi  alma 
tan  rigurosas  espinas, 
que  aunque  ella  siempre  os  adora, 
y  veros  en  sí  merece, 
sabed  que  se  compadece 
deste  cuerpo  donde  mora. 

Llevó  mis  pasaos  ventura, 
pensándome  despeñar, 
y  heme  venido  á  hallar 
en  minas  de  hermosura; 
tan  soberana  riqueza, 
tesoros  tan  extremados, 
no  permitáis  que,  hallados, 
se  me  tornen  en  pobreza. 

Por  ventura  á  mis  razones, 
aunque  ciertas  desmandadas, 
vuestras  orejas,  usadas 
á  más  agradables  sones, 
tomarán  alteración, 
y  la  púrpura  y  la  nieve 
que  en  nuestras  mejillas  llueve, 
crecerán  por  mi  ocasión. 


1 


42G 


orígenes  de  la  novela 


Señora,  no  lo  hagáÍB, 
reid  y  burlad  de  mí; 
liaced  cuenta  que  nací 
para  que  vos  os  riáis; 
mas  no,  pastora,  no  sea 
tomada  on  baria  la  fe 
que  en  vuestra  beldad  juré 
y  en  mi  alma  se  recrea. 

No  hay  en  mí  cosa  valida 
que  os  ponga  en  obl¡;^ci6n 
de  estiuiar  esta  afíción 
que  estimo  en  más  qne  la  vídn : 
loaros  es  ofenderos; 
serviros,  ¿quién  llega  allí? 
y  si  os  quiero  más  qne  á  mí, 
ya  voy  pagado  en  qnereros. 

Ninguna  cosa  he  hallado 
que  merecer  pueda  dar 
de  desearos  mirar, 
sí  no  es  haberos  mirado: 
porque  aquel  conocimiento 
de  vuestro  sumo  valor, 
es  la  dignidad  mayor 
que  cal)e  en  merecimiento. 

Ya  veis  que  fuistes  nacida 
por  milagro  de  natura: 
sedlo  también  de  ventura, 
y  hacelde  en  mi  humilde  vidn, 
y  vénganse  luego  á  mí 
los  más  bien  afortunados; 
volverán  desconsolados, 
muertí>s  de  envidia  de  mí. 

¿Qué  nos  enseña  en  la  tierra 
el  cielo  por  sobrescrito 
de  aquel  poder  qne,  infinito, 
todo  lo  abarca  y  encierra? 
¿qué  pinta  imaginación? 
¿qué  descubre  ingenio  ó  arte 
que  llegue  á  la  menor  parte 
<le  vuestra  gran  perFeción? 

Juntáronse  tierra  y  cielo 
á  poneros  sus  señales; 
con  las  dotes  celestiales 
y  las  mejores  del  suelo 
liizoos  tan  perfeta  Dios, 
que  lo  que  es  menos  espanta, 
y  á  mí  de  ventura  tanta, 
que  venga  á  morir  por  vos. 

Yo  sé  (jue,  si  lo  que  os  quiero 
acertara  á  encarecer, 
os  pudiera  enternecer 
aun(|ue  fuérades  de  acero; 
mas  de  lo  poco  que  muestro 
podéis  ver  mi  mucho  amor, 
y  que  con  ira  6  favor 
me  firmaré:  Siempre  vuestro. 

Enamorado  está  Carpino  dixo  Siralvo  al  fin 
de  la  carta,  y,  para  decir  verdad,  no  me  hace 


mny  buen  gasto.  Siempre  Tosotroe,  dixo  POent, 
qaerríades  qae  la  qae  mofláis  no  pmreciesK  bies 
á  nadie.  Mal  recado  tendría  yo,  dixo  Siralvo, 
si  esso  quisiesae;  qae  á  la  belleza  de  Fiuda  Iob 
ciclos  se  enamoran,  los  hombres  se  admina 
y  pienso  qne  las  fieras  se  amansan.  ¡Ob,  FV»- 
rela,  qaé  excesivas  ventajas  puso  Dios  en  eUt 
sobre  cuantas  viven!  Poes  la  condición,  Sirahü, 
dixo  Florela,  yo  te  prometo  qae  no  es  menoi 
buena  que  sa  hermosara;  tiene  ana  falta,  qoe 
no  es  discreta,  á  lo  menos  como  las  otras  mu- 
jeres, porqne  su  entendimiento  es  de  vam 
muy  maduro  y  mny  probado,  aquella  profoB- 
didad  en  las  virtudes  y  en  las  artes,  sqaeik 
constancia  de  pecho  á  las  dos  caras  de  fortana. 
¿Y  la  gracia,  pastora?  dixo  Siralvo.  No  me  ha- 
bles en  esso,  dixo  Florela,  qae  con  ser  yo  mii- 
jer,  me  veo  con  ella  mil  veces  alcanzada  de 
amores;  sa  limpieza  y  aseo,  liberalidad  y  trato, 
¿dónde  se  hallará?  Amala,  Siralvo,  y  ámela  fl 
mundo,  que  no  hay  en  él  cosa  tan  puesta  n 
razón.  Mas  dime,  ¿qué  papel  era  el  que  le  em* 
viastes  anoche,  que  no  me  acordé  de  pedirsele? 
Florela,  dixo  Siralvo,  era  nn  retrato  en  vctw» 
que  yo  le  hice.  T)ímele,  pastor,  dixo  Florela,  que 
aun  podría  yo  pagártele  en  otro  de  pintara  sa- 
yo, que  hizo  el  lusitano  Coelio,  padre  de  Be- 
lisa:  mira  si  será  extremado.  También  lo  ser» 
la  paga,  dixo  Siralvo,  y  por  qne  no  la  excns», 
oye  el  que  yo  hice,  que  el  uno  y  el  otro  sé  yo 
qne  cuando  á  Filida  no  se  parezca,  menos 
habrá  quién  se  parezca  á  ellos,  pues  de  tan  ricA 
dechado  no  saldrá  labor  qne  en  otra  pueda 
hallarse. 

siralvo 

Ya  qne  me  faltan  para  dibnxaros 
pincel  divino  y  mano  soberana, 
y  no  la  presunción  de  retrataros, 
con  mal  cortada  péñola  liviana, 
de  mis  entrañas  quiero  trasladaros, 
donde  os  pintó  el  Amor,  coii  tanta  gana,, 
que,  por  no  ser  á  su  primor  ingrato, 
se  quedó  por  alcaide  del  retrato. 

Ricas  madexas  de  inmortal  tesoro, 
cadenas  vivas,  cayos  lazos  bellos 
no  se  preciaron  de  imitar  al  oro, 
porque  apenas  el  oro  es  sombra  dellos; 
luz  y  alegría  que  en  tinieblas  lloro, 
ébano  fino,  tales  sois,  cabellos, 
que  aun(|ue  mil  muertes  muera  qaicn  os  mira, 
dichosa  el  alma  que  por  vos  sospira. 

Campo  agradable,  cielo  milagroso, 
hermosa  fn»nte,  en  cuyo  señorío 
goza  la  vista  un  Mayo  deleitoso 
y  el  corazón  un  riguroso  Estío; 
nieve,  blanco  jazmín,  marfil  precioso, 
fuego,  espina  cmel,  espejo  mío. 


1 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


427 


pnes  la  beldad  en  vos  de  si  se  admira, 
dichosa  el  alma  que  por  vos  sospira. 

Ojos,  de  aquella  eterna  Inz  maestra 
de  donde  mana  estotra  laz  yisible, 
que  la  noche  y  el  dia,  el  cielo  muestra, 
de  aquélla  fuistes  hechos,  y  es  possible 
ser  verde  el  rayo  de  la  lumbre  ruestra: 
para  hacer  vuestro  poder  sufrible, 
ora  miréis  con  mansedumbre  6  ira, 
dichosa  el  alma  que  por  vos  sospira. 

Si  distinto  elemento  el  primor  fuera 
de  la  tierra,  del  agua,  el  aire,  el  fuego, 
bella  nariz,  ros  fuérades  su  esfera, 
pues  doquiera  que  estéis  se  halla  luego 
centro  de  la  belleza  verdadera, 
donde  la  perfeción  goza  sossiego 
y  en  quien  naturaleza  se  remira, 
dichosa  el  alma  que  por  ros  sospira. 

Sale  la  esposa  de  Titón  bordando 
de  leche  y  sangre  el  ancho  y  limpio  cielo ; 
van  por  monte  y  por  sierra  mfitizando 
oro  y  aljófar,  rosa  y  lirio  el  suelo, 
vuestra  labor,  mejÚlas,  imitando, 
que,  llenas  de  beldal  y  de  consuelo, 
dicen  las  Gracias  puestas  á  la  mira: 
dichosa  el  alma  que  j)or  vos  sospira. 

Puede  humana  invención,  en  breve  y  poca 
materia,  dibujar  parte  por  parte 
el  cielo  todo,  soberano  lK)ca; 
mas  no  de  vos  la  más  pequeña  parte, 
ámbar,  perlas,  rubí,  cristal  de  roca, 
queconfndido  habéis  ingenio  y  arte; 
espíritu  que  por  tal  gloria  respira, 
dichosa  el  alma  que  por  vos  sospira. 

Cuello  gentil,  coluna  limpia  y  pura 
por  quien  Amor  un  Hércules  tomado, 
por  fin  del  Mundo  y  de  la  hermosura 
sobre  essc  monte  ilustre  os  ha  plantado 
pues  en  vos  se  remata  la  ventura, 
y  en  vos  sólo  el  deseo  está  amarrado, 
aunque  esperanza  á  vuelo  se  retira, 
dichosa  el  alma  que  por  vos  sospira, 

Jardin  nevado,  cuyo  tierno  fruto 
dos  pomas  son  de  plata  no  tocada, 
do  las  almas  golosas  á  pie  enjuto 
para  nunca  salir  hallan  entrada, 
que  el  cnido  Amor,  como  hortelano  astuto, 
alli  se  acoge  y  prende  alli  en  celada; 
si  á  tal  prisión  de  vuestro  grado  aspira, 
dichosa  el  alma  que  por  vos  sospira. 

Hermosa  mano,  rigurosa  y  dina 
de  atar  las  del  Amor  en  lazo  estrecho, 
á  cuya  fuerza  la  mayor  se  inclina 
y  el  más  exento  y  libre  paga  pecho: 
pues  veros  es  bastante  medicina 
del  corazón,  por  vos  mil  partes  hecho, 
siendo  la  mano  con  que  Amor  nos  tira, 
dichosa  el  alma  que  por  vos  sospira. 

Donaire,  gala,  discreción,  sujeto. 


secretos  solo  al  alma  revelados, 
quién  fuera  tan  dichoso  y  tan  discreto 
que  os  viera  encarecidos  y  gozados; 
ya  que  tan  alto  don  no  me  prometo, 
ni  me  conceden  tanto  bien  los  Hados, 
pues  todo  el  ser  del  mundo  en  vos  espira, 
dichosa  el  alma  que  por  vos  sospira, 

¡Oh,  cómo  está  el  retrato  bonissimo,  dixo 
Florela;  y  sacando  de  la  manga  una  cajuela  de 
marfil,  aquí  está,  prosiguió,  el  que  hizo  el  lu- 
sitano: una  ventaja  hace  el  tuyo  á  éste,  que  se 
puede  oír  sin  verse;  más  otra  hace  éste  al  tuyo, 
que  se  puede  conocer  sin  oirse.  Tómale,  pastor; 
que  en  nadie  del  mundo  estará  más  seguro  que 
en  ti,  y  yo  sé  que  Filida  holgará  de  que  tú  le 
tengas.  A  la  fe,  Florela,  dixo  Siralvo,  como 
ella  sabe  que  tengo  el  original  en  el  alma,  no 
se  recelará  de  que  traya  el  traslado  en  el  seno. 
Essa  es  la  verdadera,  dixo  Florela;  mas  ya  ves, 
si  alguno  te  lo  viesse,  cómo  sería  caso  peligroso. 
Descuida,  pastora,  dixo  Siralvo,  y  abriendo  la 
caja,  vido  á  la  luna  su  sol.  Por  gran  rato  estu- 
vo elevado  en  él,  y  cuando  su  turbación  le  dio 
lugar,  assí  dixo,  puestos  en  él  los  ojos: 

SIRALVO 

Divino  rostro,  en  quien  está  sellado 
el  postrer  punto  del  primor  del  suelo, 
pues  de  aquel,  en  quien  tanto  puso  el  cielo, 
tanto  el  pincel  humano  ha  trasladado. 

Rostro  divino,  fuiste  retratado 
del  que  Natura  fabricó  de  hielo, 
ó  del  que  amor,  passando  el  mortal  velo, 
con  vivo  fuego  en  mí  dejó  estampado. 

Divino  rostro,  el  alma  que  encendiste, 
y  los  ojos  que  helaste  en  tu  figura, 
por  ti  responden  y  por  ellos  creo; 

Rostro  divino,  que  de  entrambos  fuiste 
sacado,  en  condición  y  en  hermosura, 
pues  tiemblo  y  ardo  el  punto  que  te  veo. 

Lo  que  hace  un  buen  sujeto,  dixo  Florela:  no 
me  ha  contentado  menos  el  Soupto  que  las  Es- 
tancias; escríbemele,  Siralvo,  en  estas  mcniorías 
que  son  de  Filida  y  quiero  que  le  vea.  Assí  lo 
hizo  el  pastor,  y  pareciéndoles  que  ya  la  noche 
tenía  muy  vecina  la  mañana,  con  gran  amor  se 
despidieron.  La  pastora  volvió  al  aposento  de 
Filida,  y  el  pascor  á  la  cabana  donde  quedó 
Al  feo,  y  hallándole  dormido,  se  puso  junto  á  él 
á  esperar  que  reeordasse,  donde  el  Sueño,  parece 
que  agraviado  de  lo  poco  que  del  curaba,  llegó 
con  gran  silencio  y  le  bañó  el  rostro  de  un  licor 
suavíssimo,  con  que  Siralvo  quedó  por  gran 
espacio  trasportado,  hasta  que  Alfeo  recordó, 
y  á  su  movimiento  Siralvo  dexó  el  sueño  y  el 
lr.gar,  y  saliendo  á  la  puerta  del  albergue  halló 


428 


orígenes  de  la  novela 


el  Sol  extendido  por  el  monte  y  sa  ganado  por 
la  dehesa,  j  antes  que  la  calor  se  lo  impidiesse, 
di¿  vuelta  á  las  demás  cabafiaR,  y  dexando  or- 
den en  todas,  para  to<lo,  toIyíó  á  la  suya,  don- 
de ya  Alfeo  levantado  le  esperaba;  allí  passa- 
roii  duLres  y  ai^^radables  pláticas,  y  después  de 
hab«*r  visitado  los  zurrones,  se  bajaron  á  la 
fuente,  acom<xia<io  y  fresco  lugar  para  su  pro- 
pósito, donde  sin  dar  lugar  Alfeo  á  que  Siral- 
vo  le  preguntasse,  desta  manera  comenzó  su 
Cuento: 

ALFEO 

Sal^e  el  cielo,  Andria,  que  cuantas  señales 
doy  de  vivo  son  para  mí  nueva  muerte,  después 
que  de  mi   vida  y  de  tu  fe  tan  mala  cuenta 
diste:  pues  mira  si  el  qnexarme  de  ti  será  mi 
gusto,  ó  cómo  lo  excusaré  contra  el  poder  de 
tu  crueldad.  Yo  «»oy  el  mismo  que  levantaste  y 
desvaneciste,  y  tú  eres  sola   quien  me  pudo 
hacer  bien  ó  mal.  sin  haber  en  la  tierra  otra 
parte  de  dó  venir  me  pudicsse;  ya  tu  bien  no 
le  quiero,  que  sé  cuan  poco  dura;  tu  mal  me 
basta  para  que  hartos  en  mí  tu  condición  te- 
rril)le.  Yo  fui,  Siralvo  mío,  el  primero  de  los 
dichosos,  y  soy  do  los  desdichados  el  postrero, 
porque  jamás  vendrá  desdicha  como  la  mía. 
Vime  hasta  la  inlad  de  veinte  años  tan  señor 
de  mí,  que  jamás  mis  cuidados  salían  de  mi 
contento,  no  porque  viviessc  tan  sencillamente 
que  no  procurasse  parecer  bien  y  ser  querido, 
pero  con  una  libertad  sobre  todo,  que  jamás 
Amor  ni  Fortuna  me  dieron  mala  comida.  Era 
mi  estancia  en  la  Corte,  y  mis  entretenimientos, 
amigos,  caballos  y  caza,  música  y  libros,  á  que 
principalmente  era  inclinado:  las  liviandades 
del  mundo  passaban  por   mí  sin  d(»jar  señal 
ninguna;  pero  cansado  Amor  de  mis  burlas  y 
Fortuna  de  mis  veras,  armáronme  un  poderoso 
lazo  en  la  hermosura  de  xVndria,  por  lo  menos, 
donde  tropecé  y  caí  de  manera  que  nunca  me 
lij*  levantado.  Es  Andria  de  clara  generación  y 
caudalosr)s  parientes,  de  hermosura  sin  igual, 
de  habilidad  raríssima,  moza  de  dieciocho  años 
Y  de  más  ligero  corazón  que  la  hoja  al  viento, 
i  Oh  qué  mal  viene,  Andria,  lo  uno  con  lo  otro! 
Ya  que  era  forzoso  tener  algo  para  mostrarnos 
que  eres  del  suelo,  no  fuera  tan  contra  nuestras 
almas  y  vidas;  quitara  el  cielo  del  fino  oro  de 
tu  cabeza,  del  cristal  puro  de  tu  frc»nte,  de  la 
inmensa  luz  de  tus  ojos,  del  vivo  rubín  de  tus 
labios;  hiciera  menos  buenas  las  perlas  de  tu 
boca;  descompusiera  la  rosa  y  el  jazmín  de  tus 
mexillas;  de  essa  gracia  y  habilidad  tan  altas 
cercenara  un  poco  y  un  mucho  pudiera,  y  que- 
dar  tú    bastante  á   prender  y  nimca  soltar; 
mas  no  quiso,  pastor,  sino  que  probasse  yo  lo 
que  pruebo.  No  se  mostró  esquiva  Andria  á 
mis  deseos,  ni  gasté  mucho  tiempo  en  procurar 


sus  favores,  ni  cuando  TÍnieron  los  sentí  como 
solía  otros  machos  de  qae  sin  trabajo  habii 
triunfado.  Vime  en  un  punto  cautivo,  de  mi- 
nera que  contento  ni  gusto,  si  de  Andria  no 
venía,  me  podía  recrear.  Retiróme  de  mis  ami- 
gos y  deudos,  dejé  la  caza  y  los  Hbros,  fundé 
todo  mi  deleite  en  los  papeles  de  Andria  y  en 
visitar  su  calle  y  en  rerla  las  horas  hartadu 
que  ella  me  concedía.  No   fué  menos  lo  que 
Andria  sentía  por  mi  ni  lo  que  menos  medaño; 
porque  retirada  de  cuanto  le  solía  dar  contenta, 
fué  notada  en  sn  casa  j  más  en  las  ajenas,  j 
muchos,  prendados  de  su  amor  (hombres  de 
suerte  y  caudal),  procuraron  saber  la  caun  de 
su  novedad,  y  á  pocos  lances  la  hallaron  en  mi. 
Luego  comenzaron  las  asse chanzas,  los  chismee 
y  las  mentiras,  cartas  falsas   contra  Andrit, 
amenazas  contra  mí.  Día  me  amaneció  en  qoe 
mil  veces  deseé  la  muerte,  porque  Andria,  apre- 
tada de  amigos  y  parientes,  se  enfriaba  conmi- 
go en  verme  y  escribirme,  y  jo  ¿  cada  cosa  más 
encendido  por  ella,  viendo   levan tarse  montes 
de  estorbos  contra  mi  contento,  no  hallaba  re- 
medio de  valerme;  ya  las  horas  de  verla  y  de 
oiría  estaban  impossibilitadas;  sus  Letras,  po- 
cas y  de  estilo  caído;  forzado  destc  dolor,  con 
su  licencia  me  ausenté  de  mi  casa,  j  caminan- 
do por  los  passos  de  la  maerte,  Andria  me  hiio 
buscar  y  me  volvió  á  la  passada  vida,  atrope- 
11a ndo  cuantos   estorbos  é   ineonyenientes  se 
ofrecían;  pero  todo  esto  para  más  mal,  porqoe 
en  medio  desta  felicidad  comenzaron  de  uno  t 
otro  lado  á  combatirme  celos  j  sospechas.  ¡Oh 
crueles  enemigos  del  alma  y  déla  vida!  ¿de  qoe' 
servían  aquí  mis  quejas?  De  indignarla  conmi- 
go y  de  sufrir  mil  agravios  para  volver  en  su 
gracia,  de  no  dormir  assechando,  de  no  hablar 
viendo  y  de  no  ver  llorando  mis  desventaran. 
¡  Oh,  cuántas  veces  me  despedí  del  cielo,  y  vael- 
to  á  los  abismos  invoqué  los  infernales!  y  en 
m.KÜo  destc  furor  llamaba  á  Andria  y  con  nn 
breve  papel  de  su  mano  quedaba  sossegado  mi 
corazón,  hasta  que  ocasión  nueva  tomaba  á  ver- 
ter en  mis  venas  la  cruel  ponzoña  de  los  celos. 
Día  hubo  que,  después  de  haberme  jurado  coa 
gran  ternura  y  amor  que  solo  en  la  tierra  me 
amaba  y  todo  lo  demás  que  hacía  era  fingido 
y  de  ningún  efeto,  estando  yo  alentándome  en 
mi  casa  y  contradiciendo  lo  que  yelan  mis  ojos 
y  oían  mis  oídos,  me  envió  á  pedir  cuantos  pa- 
peles tenía  suyos  y  otras  prendecillas  de  su 
mano  que  yo  estimaba  más  que  á  mi  corazón, 
y  partiéndoseme  en  mil  partes,  le  obedecí  ftiu 
réplica,  y  á  la  noche,  cuando  rae  disponía  al 
sueño  de  la  muerte,  me  tornó  xa's  caras  pren- 
das, culpándose  de  su  ímpetu.  Mil  veces  la  in- 
digné con  lo  que  le  solía  agradar,  y  otras  mil 
la  injurié  honrándola;  y  no  es,  Siralvo,  esto  lo 
peor  que  por  mí  ha  passado:  mis  trabajos  y  mis 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


429 


celos  con  verme  en  sn  memoria  se  aliviaban; 
pero  cansóse  de  todo  y  olvidóse  de  su  honra  y 
de  mi  fe,  y  jantó  en  mi  pecho  todas  las  penas 
del  infierno,  dolor,  espanto  y  desesperación; 
hálleme  sin  ella  y  sin  uii,  porque  lo  procurd  re- 
mediar y  no  pude:  busqué  medios  lícitos,  no 
me  bastaron;  hice  supersticiones,  no  me  valie- 
ron; llamé  la  muerto,  no  me  oyó;  dolime  del 
alma,  y  por  esso  no  me  privé  de  la  vida; 
determinémc  á  mudar  lugar;  mira,  Siral- 
vo,  qué  huésped  te  ha  venido,  para  tu  re- 
creación, tan  importante.  Ereslo  tanto,  dixo 
SiRALVo,  que  no  te  lo  sabré  encarecer.  Lasti- 
mado me  ha  mucho  tu  mal,  mas  no  es  possible 
que  la  sinrazón  de  Andria  no  pare  en  gran 
consuelo  tuyo.  Afrenta  es  amar  á  tan  varia 
mujer.  ¿De  qué  sirve  ahí  la  hermosura  y  discre- 
ción, alto  linaje  y  los  favores  colmados,  si  todo 
es  sin  proporción  de  bondad?  Yo  sé  de  mi  co- 
razón que  sabe  amar  á  veces  más  de  lo  que  le 
está  bien,  pero  en  tu  causa  mejor  supiera  va- 
lerse que  el  tuyo.  No  te  quiero  aconsejar  que  la 
olvides,  que  esto  no  sera  en  tu  mano;  ni  que  te 
alegres,  porque  nadie  es  tan  señor  de  sus  tris- 
tezas que,  cuando  vienen,  las  pueda  tomar  ó 
dexar:  sólo  encargo  que  no  se  aparten  de  tu  me- 
moria los  agravios  que  Andria  te  hubiere  he- 
cho y  la  fe  con  que  siempre  la  amaste,  y  cuan- 
do su  hermosura  te  salteare,  acuérdate  que  de- 
11a  procedió  el  mal  que  has  passado  y  pasas. 
Si  quieres  proseguir  con  tu  disfraz  y  tomar  el 
rebaño  del  gran  Paciólo,  no  te  será  contrarío  el 
ejercicio  para  tu  mal,  y  si  quieres  estarte  en  mi 
cabana,  della  y  de  mi  podrás  hacer  á  tu  gusto. 
Todo  cuanto  dices  me  le  da  muy  grande,  dixo 
Alfeo,  y  por  ahora  contigo  me  quiero  estar, 
que  entiendo  que  has  de  ser  el  solo  consuelo 
de  mis  daños;  mas  no  se  gaste  toda  nuestra 
plática  en  tristeza  y  desventura,  alégrala  con 
algo  de  tu  parte,  debajo  de  fé,  que  te  será 
guardada  con  la  mayor  del  mundo.  Gran  cosa 
me  pides,  dixo  Siralvo;  pero,  pues  en  essas  se 
han  de  ver  los  amigos,  óyeme,  Alfeo: 

61RALV0 

Tú  sabes  que  yo  no  soy  natural  desta  ribera; 
mis  bisabuelos  en  la  de  Ada  ja  apacentaron,  y 
alli  hallaron  y  dejaron  claras  y  antiquísimas 
insignias  de  su  nombre,  son  las  alas  de  un 
águila  de  plata  sobre  co'or  de  cielo,  que  de  in- 
memorial es  blasón  suyo.  Mis  abuelos  y  padres, 
trasladados  al  Henares,  me  criaron  en  su  ribe- 
ra, 7  de  alli  yo,  por  favorable  estrella,  bebo  las 
aguas  del  Tajo.  Bien  habrás  oído  nombrar  á 
FiLiDA,  aquella  en  cuya  hermosura  y  bondad, 
como  en  claríssimo  espejo,  resplandece  la  virtud 
de  sus  mayores,  y  sabrás  que  dexó  las  aguas 
de  su  pequeño  río,  anchas  y  felicíssiroas  por 


su  nacimiento,  y  engrandeció  con  su  presencia 
las  del  dorado  Tajo  en  los  ricos  albergues  de 
Vandalio,  donde  por  deudo  vive  la  sola  seño- 
ra de  mi  voluntad;  que  á  lugar  tan  alto  vola- 
ron mis  pensamientos,  y  en  él  permanecen  sin 
despeñarse.  ¿Quién  hay,  dixo  Alfeo,  que  la 
ignore?  ¿en  qué  Corte  ó  Ciudad,  en  qué  mon- 
taña ó  camino  no  se  celebra  la  sin  par  Filida? 
¿Pero  dirae,  pastor,  ella  sabe  que  la  amas?  Sí 
sabe,  dixo  Siralvo,  que  pues  he  comenzado 
á  descubrírme  contigo  (cosa  que  jamás  pensé), 
no  quiero  dejar  nada  para  otro  día.  ¿Y  dimc, 
dixo  Alfeo,  estima  tu  voluntad?  No  soy,  dixo 
Siralvo,  tan  desvanecido  que  quiera  tanto 
como  eso:  basta  que  no  se  ofenda  de  que  la 
ame,  para  morir  contento  por  su  amor.  Alguno 
ha  tenido  fuerza  en  lá  tierra  para  espantarla 
toda,  y  no  ventura  para  que  allí  se  admita  su 
voluntad;  pues  ¿quién  presumirá  ganar  aquella 
plaza?  Sola  podría  mi  fe,  por  su  grandeza;  yo 
la  amo  sobre  todas  las  riquezas  que  Dios  ha 
criado,  y  ella  sabe  dónde  llega  mi  amor,  y  no 
fuera  Filida  quien  es  si  despreciara  esta  obra 
fabricada  de  su  mismo  poder.  No  es  locura  mi 
intención,  aunque  en  mil  cosas  lo  parezca,  ni 
fuera  desvalor  suyo  Valeria,  pues  sola  se  pue- 
de ser  digna  de  esta  gloria,  y  como  la  mía  no 
la  puede  haber  en  lo  terreno,  digo  que  no  le 
pido  á  Filida  que  me  ame,  pero  que  vivo  con- 
tentíssimo  con  que  no  se  desguste  de  mi  amor. 
No  pienses,  Alfeo,  que  por  vivir  en  los  campos 
donde,  en  buena  razón,  la  malicia  debería  ser 
menos,  lo  debe  ser  el  recato.  Grandes  son  mis 
inconvenientes,  grandes  mis  peligros  y  gran- 
des mis  enemigos,  de  los  que,  en  competencia, 
miran  la  beldad  de  Filida;  no  me  peno  mu- 
cho, aunque  ellos  lo  son  en  caudal  y  en  suerte, 
sin  haber  en  el  mundo  otros  mejores;  pero  yo 
sé  cómo  vuelven  desta  empresa  los  pastores  de 
Vandalio;  éstos  son  grandes  contrarios  á  mis 
contentos,  pues  por  ellos  pierdo  el  verla  mu- 
chas veces,  siendo  su  dulcíssima  presencia  prín- 
cipio  y  fin  de  mis  deseos.  Ves  aquí  mi  suerte, 
y  ves  aquí  mi  vida,  y  ves  aquí  la  voluntad  que 
te  tengo,  pues  tan  abiertamente  te  he  manifes- 
tado lo  más  íntimo  de  mi  pecho.  Plega  al  ciclo, 
dixo  Alfeo,  de  conservar  tu  vida  sin  que  la  sin 
par  Filida  de  tu  bien  se  canse.  El  mismo, 
dixo  Siralvo,  alegre  la  tuya,  de  suerte  que 
de  la  ingrata  Andria  te  veas  con  entera  satis- 
facción; y  ahora,  por  mi  contento,  cantemos  un 
poco,  Alfeo,  que  por  el  tuyo  se  hará  luego  lo 
que  ordenaros.  Y  sacando  la  lira,  Siralvo  co- 
menzó á  cantar  y  Alfeo  á  responder: 


SIRALVO 


;  Oh,  más  hermosa  á  mis  ojos 
que  el  florido  mes  de  Abríl; 
más  agradable  y  gentil. 


430 


orígenes  de  la  novela 


quo  la  rosa  en  loa  abrojos; 
más  lozana 

que  parra  fértil  temprana; 
más  clara  y  resplandeciente 
que  al  parecer  del  Oriente 
la  mafiana! 

ALFBO 

¡  Oh,  más  contraria  á  mi  vida 
qne  el  pedrisco  á  las  espigas; 
más  qne  las  viejas  ortigas 
intratable  y  dessabrída; 
más  pujante 
que  herida  penetrante; 
más  soberbia  que  el  pavón; 
más  dura  de  corazón 
que  el  diamante! 

■IRALVO 

¡Más  dulce  y  apetitosa 
que  la  manzana  primera; 
más  graciosa  y  placentera 
que  la  fuente  bullicioaa; 
más  serena 

que  ia  hina  clara  y  llena; 
más  blanca  y  más  colorada 
que  clavelina  esmaltada 
de  azucena! 

ALFBO 

¡Más  fuerte  que  envejecida 
montaña,  al  mar  contrapuesta; 
más  fiera  que  en  la  floresta 
la  brava  ossa  herida; 
más  exenta 

que  fortuna;  más  violenta 
que  rayo  del  cielo  airado; 
más  sorda  que  el  mar  turbado 
con  tormenta! 

SI  R  ALVO 

¡Más  alegro  sobre  grave 
que  sol  tras  la  tempestad; 
y  de  mayor  suavidad 
que  el  viento  fresco  y  suave; 
más  que  goma 

tierna  y  blanda;  cuando  assoma, 
más  vigilante  y  artera 
que  la  grulla,  y  más  sincera 
que  paloma! 

ALFEO 

¡Más  fugaz  que  la  corriente 
entre  la  menuda  hierba, 
y  más  veloz  que  la  cierva 
que  los  cazadores  siente; 
más  helada 


que  la  nieve  soterrada 
en  los  senos  de  la  tierra; 
más  áspera  que  la  siena 
no  labrada! 

SIRALVO 

¡FiuoA,  ta  graabeldad« 
porque  agraviada  no  qoede, 
ser  comparada  no  puede 
sino  sola  á  tu  beldad; 
ser  tan  buena, 
por  ley  5^  razón  se  ordena, 
y  en  razón  ni  ley  no  siento 
quien  tenga  merecimiento 
de  tu  pena! 

ALFBO 

¡Andría,  contra  mi  se  esmalta 
cuanta  virtud  hay  en  ti^ 
donde  sólo  para  mi 
k^  qa»  sdba  e»  I»  ^»' &lla^ 
y  porfías; 

si  te  sigo,  te  desvias, 
persigucsme  si  me  guardo, 
y  cuando  yo  más  me  ardo 
más  te  enfrias! 

Prosiguiendo  en  su  canción ,  los  dos  pas 
res  quedaron  tendidos  sobre  la  menuda  hier 
suspensos,  oyendo  la  diversidad  de  aves  c 
cantaban  junto  á  sus  oidos,  el  manso  arre 
que  de  la  fuente  salía,  á  cuyo  son,,  las  manos 
las  mejillas,  se  adurmieron.  Duerman,  dejes» 
los,  que  en  siendo  hora,  no  les  faltarán  amig 
que  los  recuerden,  y  cuando  no  lo  hagan,  ci 
dados  tienen  ellos  que  lo  sabrán  hacer. 


CUARTA    PARTE 

DBL   PASTOR   DM    FILIDA 

Possible  será  que  una  sola  beldad  ríjt 
dispense  en  los  amores,  pero  dificultoso  me  p 
rece,  porque  no  sólo  sus  efetos  en  nosotros  se 
contrarios,  sino  también  en  si  mismo;  pod 
diviso  es  sin  duda,  y  sí  lo  es,  ¿cómo  pennaseo 
¿hay  por  ventura  quien  haya  determinado  es 
contienda?  Quiza  si;  pero  cada  nnó  aprobs 
conforme  á  su  voluntad,  de  do  se  deja  enteod 
que  en  cada  pecho  nace  y  gobierna  qoiea 
condena  ó  le  alisnelve,  y  este  señor  allí  ni^;i 
ó  crece,  como  le  viene  la  gana  ó  halla  nnesÉi 
sujeto.  Grande  es  Amor,  grande  sobre  el  podi 
humano;  mas  no  se  entienda  que  este  giaad 
Amor  es  aquel  crimen  del  mundo  injusto;  q> 
desde  que  la  malicia  tocó  en  su  materia  IÑj 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


á31 


y  vil  el  cendrado  oro  de  la  edad  dichosa,  junta- 
mente Amor  se  desterró  del  concurso  de  las 
gentes,  y  bnscó  la  soledad  de  las  selvas,  con- 
tento de  habitar  con  los  sencillos  pastores,  de- 
jando en  los  anclios  poblados  (desde  los  más 
humildes  techos  hasta  los  resplandecientes  de 
oro  y  plata)  una  ponzoña  incurable,  vengadora 
de  sus  injurias,  que  hasta  hoy  permanece;  lue- 
go ya  se  determina  que  en  las  selvas  vive 
Amor,  y  en  los  poblados  su  ira  y  saña.  Yo  sin 
ninguna  duda  lo  oreo,  que  puesto  caso  que  de 
las  incultas  plantas  apenas  la  esperanza  y  el 
miedo  se  desvían,  cualquier  efeto  suyo  puede 
fundarse  en  razón,  que  menos  ó  más  se  contra- 
dice su  fuerza  allí  donde  el  Amor  se  sigue  con 
vanagloria,  y  es  la  beldad  estimada  en  menos 
que  el  arreo,  y  la  voluntad  se  hace  precio,  los 
celos  son  invidias  y  pundonores,  la  perseveran- 
cia tema  y  los  servicios  engaños.  Imaginario 
es  el  Amor,  venganza  justa  del  cielo,  trihte  del 
que  con  él  mora  y  infinito  el  número  de  los 
tristes,  porque  los  más  moran  con  él.  AUá  se 
avengan  y  no  permita  el  cielo  que  llegue  su 
iufícióny  daño  á  las  silvestres  cabanas,  donde 
al  menos  nadie  finge,  el  celoso  no  es  traidor,  ni 
el  olvidado  enemigo,  el  querido  no  es  engañado, 
ni  el  cohecho  hace  bien  ni  mal.  No  dudo  yo  que 
en  la  mayor  Babilonia  permita  Amor  algún 
pecho  lleno  de  fe  y  lealtad,  y  entre  la  soledad  de 
los  campos  alguna  intención  dañada,  para  con- 
fusión de  aquéllos  y  ventaja  de  estotros;  mas 
pocos  son,  y  tan  pocos  que  por  milagro  se  pue- 
de topar  con  ellos.  Bien  probarán  los  pastores 
del  Tajo  con  su  intención  la  mía,  y  bien  me 
acuerdo  que  el  enamorado  Filardo,  la  noche 
antes  quedó  en  la  cabana  de  Fidea,  con  Silvia 
y  Dinarda;  pues  agora  sabed  que,  recogidas  las 
tres  pastoras  después  de  largas  y  dulces  pláti- 
cas, el  celoso  amante,  vencido  del  dolor  que  le 
atormentaba,  buscó  á  Pradelio  y  con  palabras 
graves  y  corteses  le  llevó  á  la  falda  de  an  co- 
llado, lugar  solo  y  propio  para  su  intención. 
No  se  receló  Pradelio  de  Filardo  porque  sabía 
que  era  noble  de  corazón  y  de  trato  llano  y  se- 
guro, ni  Filardo  jamás  pensó  ofenderle,  porque 
de  nada  le  tenía  culpa,  y  junto  con  esso  le  co- 
nocía por  bastante  para  su  defensa.  Golpeán- 
dole iba  á  Filardo  el  corazón,  y  mil  veces  en  el 
camino  escogiera  no  haberse  determinado,  pero 
ya  que  no  se  vino  en  tiempo  de  volver  atrás,  lo 
más  sereno  que  pudo  soltó  la  voz  y  díxole: 
¿Qué  has  entendido  siempre  de  mi  amistad, 
pastor?  Hasta  ahora,  dijo  Pradelio,  no  la  he 
probado,  pero  entiendo  que  á  mí  ni  á  nadie  la 
puedes  liacer  ma!a.  No  cierto,  dixo  Filardo, 
poro  si  esso  es  assí,  ¿por  qué  me  liaces  tanto 
daño?  ¿Daño?  dixo  Pradelio;  no  sé  cómo. Yo  te 
lo  diré,  dixo  Filardo.  ¿No  sabes.  Pastor,  que  yo 
amo  á  Filena  más  que  á  mi,  y  que  fui  la  causa 


de  que  tú  la  conociesses,  y  después  que  ella  te 
conoce  nunca  más  ha  vuelto  los  ojos  á  mirarme, 
y  yo  muero  sin  remedio,  porque  sin  ella  me  es 
imposible  vivir?  Pues  yo,  pastor,  dixo  Prade- 
lio, ¿qué  puedo  hacer  que  bien  te  08 té?  Mucho, 
dixo  Filardo;  con  no  verla,  quitarás  la  ocasión 
de  mi  tormento.  ¿Qué  es  la  causa,  dixo  Prade- 
lio, que  huelgas  de  verla  tú?  Amarla  como  la 
amo,  dixo  Filardo.  Pues  si  esso  te  obliga,  dixo 
Pradelio,  la  misma  obligación  tengo  yo;  y  si  te 
parece  que  tú  me  la  diste  á  conocer,  quiérote 
desengañar,  que  antes  que  tú  la  conociesses  la 
amaba  yo.  Basta  decirlo  tú,  dixo  Filardo,  para 
que  yo  lo  crea,  Y  aun  para  ser  verdad,  dixo 
Pradelio,  y  esto  nadie  mejor  que  Filena  lo  pue- 
de saber;  si  tienes  tanta  parte  con  ella,  que  te 
lo  diga.  Por  gran  amiga  la  tengo  de  aclarar 
dudas,  y  si  no  estás  tan  adelante,  no  te  penes, 
Filardo,  que  os  la  vida  breve  y  inhumanidad 
gastarla  en  pesadumbres.  Pastor,  dixo  Filar- 
do,  yo  no  vengo  por  consejos,  que  valen  bara- 
tos y  cómprause  muy  caros.  Tú  te  resumes  en 
no  hacerme  el  gusto  que  te  pido:  Filena  haga 
el  suyo,  que  quizá  pararás  en  lo  que  yo  pararé. 
Sin  duda,  dixo  Pradelio,  tú  fuiste  muy  favo- 
recido de  Filena.  Como  tú  lo  eres,  dixo  Filar- 
do.  (Pues  qué  se  puede  hacer?  dixo  Pradelio.  A 
las  mujeres,  y  máis  á  las  que  tanto  valen,  amar- 
las es  lo  más  justo,  y  el  tiempo  del  favor  esti- 
marle con  el  alma:  y  si  esto  faltare,  como  el 
buen  labrador  cultivar  de  nuevo,  que  tierras  son 
que  tras  los  cardos  suelen  dar  el  fruto.  Mien- 
tras tú  la  gozas,  dixo  Filardo,  poca  esperanza 
del  me  puede  á  mí  quedar.  Y  á  mí  poco  miedo, 
dixo  Pradelio,  mientras  que  tú  la  deseas.  Fi- 
lena, aunque  moza  y  poco  cursada  en  esto,  es 
de  tan  claro  entendimiento  y  de  bondad  tan 
natural,  que  lo  que  contigo  hizo  y  contigo 
hace,  sólo  le  sale  de  una  condición  afable  y 
llana,  con  que  generalmente  trata  sus  amigos, 
sino  que  los  hombres  biu'lados  de  aquella  llane- 
za, aficionados  á  su  hermosura,  al  punto  arma- 
mos torres  de  viento  y  arrojamos  la  presunción 
por  donde  jamás  ha  passado  su  pensamiento. 
Yo  assegiiro  que  si  te  entendió  que  no  era  tu 
trato  con  ella  tan  llano  como  el  suyo  contigo, 
essa  fué  la  causa  de  sus  desdenos,  y  lo  mismo 
haría  conmigo  si  rae  desviasse  del  camino  que 
ella  lleva.  Gracias  te  doy,  pastor,  dixo  Filardo, 
con  la  buena  conclusión  de  tus-  bienes  y  mis 
males.  Si  yo  no  hubiera  arado  con  Filena, 
maestro  quedaba  para  saberlo  hacer.  Yo  nací 
antes  que  tú,  Pradelio,  y  moriré  primero;  vive 
en  paz  con  tus  favores,  que  eres  digno  y  muy 
digno  de  gozarlos.  En  estas  pláticas  se  les 
pa8só  la  noche  á  los  pastores,  y  ya  que  el  alba 
rompía,  Finea  y  las  dos  pastoras,  desaipparan- 
do  el  lecho,  guiaron  á  la  cabana  de  Filena,  por 
complacer  á  Silvia  que  iba  intencionada  de  va- 


432 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


1er  con  ella  á  Filardo  en  todo  lo  que  padiesse. 
Paes  como  toparon  á  los  dos  pastores,  Diñar- 
da  les  pidió  compañía  y  todos  cinco  caminaron ; 
pero  no  le  pareció  á  Finca  que  fuesscn  ociosos, 
y  vuelta  á  Filardo  encarecidamente  le  pidió  que 
oantasse  y  á  Pradelio  que  tañesse.  El  lo  hará 
todo,  dixo  Pradelio.  Si  har¿,  dixo  Filardo,  que 
fjiu'en  consigo  dtscorda,  con  ninguno  se  poiirá 
templar, 

FILARDO 

Cuando  el  Amor,  con  poderosa  mano, 
prendió  mi  pensamiento, 
prometióme  salud,  paz  y  alegria; 
fieme  del  tirano, 
V  si  ve  mi  contento, 
por  diverso  camino  se  desvia; 
no  espere  más.  Amor,  quien  de  ti  fia. 

¡Oh,  mala  rabia  te  atraviesse  el  pecho, 
porque  sientas  un  poco 
de  lo  que  siente  el  que  por  tí  se  huía, 
tu  voluntad  despecho, 
tu  entendimiento  loco, 
y  tu  memoria  como  está  la  mia, 
y  vengárase.  Amor,  quien  de  ti  fia! 

¿Qué  ley  del  cielo  ó  tierra  puedes  darnos, 
que  obliguen  nuestras  penas 
á  más  de  padecer  en  su-  porfía? 
mas  quieres  obligarnos; 
nuevos  fueros  ordenas, 
que  llamemos  reposo  la  agonía. 
¡Oh,  desdichado.  Amor,  quien  de  ti  fia! 

¿Hemos  por  dicha  visto  de  tu  casa 
salir  algún  pagado, 
como  salen  quexosos  cada  día? 
¡Oh,  mano  al  bien  escassa! 
¡oh,  mal  aconsejado 
el  que  se  alegra  con  tu  compañía, 
y  más.  Amor,  aquel  que  de  ti  fía! 

Pone  en  sulcar  las  ondas  confianza, 
on  seca  arena  siembra, 
coger  el  viento  en  ancha  red  confía, 
quien  funda  su  esperanza, 
en  corazón  de  hembra, 
qué  es  tu  templo,  tu  cetro  y  monarquía. 
¿Qué  fruto  espera.  Amor,  quien  de  ti  fía? 

El  que  de  libre  se  te  hace  esclavo, 
cu  tus  leyes  professo, 
morir  mejor  partido  le  sería, 
pues  queda  al  cabo,  al  cabo, 
pobre,  enfermo,  sin  seso, 
y  arrepentidos  los  de  su  valia: 
en  esto  para,  Amor,  quien  de  ti  fía. 

Buena  ha  estado  la  lisonja,  dixo  Silvia;  si 
dessa  manera  sobornas  á  todos  los  que  has  me- 
nester, yo  los  doy  por  desapassionados  de  tu 
gusto.  Pastora,  dixo  Filardo,  quien  me  hiciessc 
á  mi  mudar  estas  canciones,  bien  poderosa  se- 


ría. Yo  sé  que  cualquiera  entieude  cuan  digí 
•  es  de  perdón  el  forzado.  Cante  Pradelio,  q 
como  le  hacen  otro  son,  podrá  llevar  otros  t 
noresv  Esso  no  se  excusa,  dixo  Dínarda,  y  t 
mando  á  Filardo  la  lira  la  dio  á  Pradelio, 
cual  ansí  obedeció  á  la  pastora,  sin  pon 
excusa: 

PRADBLIO 

El  tiempo  que  holgares. 
Filena,  en  ver  mis  ojos  de  agua  llenos, 
ó  los  tuyos  alzares 
en  mi  favor  serenos, 
el  ganado  y  la  vida  tendré  en  menos. 

Viendo  de  dónde  viene 
el  bien  ó  el  mal  que  tu  beldad  me  ha  hecho, 
obligado  me  tiene 
con  un  constante  pecho 
á  agradecer  el  daño  y  provecho. 

Tu  alta  gentileza, 
tu  valor,  tu  saber,  amé  primerc», 
subíuie  á  más  alteza 
de  un  querer  verdadero, 
ámote  mucho  y  mucho  más  te  quiero. 

El  quererte  y  amarte 
proceden  de  mirarte  y  conocerte, 
cada  cual  por  su  parte; 
el  amarte  es  por  suerte, 
pero  por  albedrío  el  bien  quererte. 

Mis  llamas,  mis  prisiones, 
son  los  jardines  donde  me  recreo; 
tus  gustos,  tus  razones, 
espejo  en  que  mo  veo, 
y  en  tu  contento  vive  mi  deseo. 

A  ser  sólo  dotada, 
como  otras,  de  caduca  hermosura, 
quizá  fueras  amada 
de  la  misma  hechura; 
mas  tu  beldad  de  todo  me  asegura. 

Ansí  ciega  y  assombra 
mi  gran  amor,  que  á  todos  escurece, 
v  el  mundo  es  una  sombra, 
y  cuanto  en  él  parece 
del  sol  que  en  mis  entrañas  resplandece. 

Págame  en  mi  moneda 
mi  amor  (si  tanto  amor  puede  pagarsc\ 
ó  á  lo  menos  no  pueda 
con  pesares  aguarse 
la  fe  más  pura  que  podrá  hallarse. 

No  son  estos  recelos 
por  no  entender  mi  hado  venturoso, 
y  tampoco  son  celos 
de  indicio  sospechoso: 
sólo  mi  valor  me  trac  medroso. 

Tú,  mi  dulce  señora, 
primera  causa  de  mi  buena  andanza, 
por  la  fe  que  en  mí  mora,  • 
si  en  la  tuya  hay  mudanza, 
haz  que  socorra  engaño  á  mi  esperanza. 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


433 


Entre  otros  cosas  que  los  hombres  tienen 
malas,  dixo  Diuarda,  esta  es  una:  que  desde  la 
hora  que  comienzan  á  amar,  desde  essa  misma 
comienzan  á  temer.  Yo  te  asseguro,  dizo  Filar- 
do,  que  si  es  agravio  temellas,  también  lo  es 
amallas,  porque  verdaderamente  el  que  no  teme 
no  ama^  que  bien  lo  dice  aquel  soneto  de  Siral- 
vo,  ¿hasle  oído,  Silvia?  No,  Filardo,  dixo  la  pas- 
tora. Pues  JO  te  lo  quiero  decir,  dixo  Filardo. 
Y  yo  oirle,  dixo  Silvia,  que  aunque  me  tienes 
enojada,  no  tanto  que  no  te  quiera  escuchar. 
Tu  sabes,  dixo  Filardo,  la  obligación  que  tienes 
á  mi  voluntad,  y  ahora  óyeme  el  soneto. 

FILARDO 

Poco  precia  el  caudal  de  sus  intentos 
el  que  no  piensa  en  el  contrario  estado; 
el  capitán  que  duerme  descuidado 
poco  estima  su  vida  y  sus  intentos. 

El  que  no  teme  á  los  contrarios  vientos, 
pocos  tesoros  ha  del  mar  fiado; 
pocos  rastros  y  bueyes  fatigado 
el  que  no  mira  al  cielo  por  momentos. 

Poco  ha  probado  á  la  fortuna  el  loco 
que  en  su  privanza  no  temiere  un  hora 
que  se  atraviesse  invidia  en  la  carrera; 

Finalmente  de  mi  y  por  mi,  señora, 
creed  que  el  amador  que  teme  poco, 
poco  ama,  poco  goza  y  poco  espera. 

En  cuanto  dixo  Silvia:  será  para  Filida  el 
soneto.  Sólo  esto  me  descontenta  de  Siralvo, 
ser  tan  demasiado  altanero:  en  el  Henares  á 
Albana,  en  el  Tajo  á  Filida;  á  otra  vez  que 
se  enamore  será  de  Juno  ó  Venus.  Amigo  es 
de  mejorarse,  dixo  Dinarda,  que  aunque  Albana 
no  es  de  menos  suerte  y  de  más  hacienda,  Fi- 
lida es  muy  aventajada  en  hermosura  y  dis- 
creción. Pues  yo  sé  quién  la  pide  en  casamiento, 
dixo  Finca;  y  si  se  ha  de  casar  no  tomará  otra 
cosa  que  mejor  le  esté.  Filida,  dixo  Dinarda, 
no  lo  hará  de  su  voluntad;  y  si  la  apremia,  de- 
jará los  deudos  y  se  consagrará  á  Diana,  y  si 
considera  lo  que  con  tanta  razón  puede,  que  es 
no  haber  hombre  que  la  merezca,  hará  muy 
discretamente.  Unas  coplas  sé  yo,  dixo  Prade- 
lio,  que  hizo  Siralvo  á  su  deseo,  aprobadas 
por  dos  clarissimos  ingenios:  uno  el  culto  Ttrsi^ 
que  de  Engaños  y  Desengaños  de  Amor  va 
alumbrando  nuestra  nación  española,  como 
singular  maestro  dcllos,  y  otro  el  celebrado 
Arciolo,  que  con  tan  heroica  vena  canta  del 
Árauco  los  famosos  hechos  y  Vitorias.  Esso 
tienen  las  coplas,  dixo  Silvia,  que  por  parecer 
de  uno  aplacen  á  muchos;  poro  si  a  mi  no  me 
agradan,  poco  me  mueve  que  grandes  poetas 
las  alaben,  que  por  la  mayor  parte  gustan  de 
cosas  que  no  son  buenas  para  nada.  ¿Qué  poe- 

ORÍQBNES   DE   LA   NOVELA.— 28 


sia  ó  ficción  puede  llegar  á  una  copla  de  la 
Propaladla,  de  Alscio  y  Fileno,  de  las  Áu- 
diencias  de  Amor^  que  todos  son  verdade- 
ramente ingenios  de  mucha  estima,  y  los  de- 
más, ni  ellos  se  entienden  ni  quien  se  la  da?  ¿Y 
los  dos  de  un  nombre,  dijo  Pradelio,  el  Cordo- 
bés y  el  Toledano,  y  el  claro  espejo  de  la  poe- 
sía que  cantó  Tiempo  turbado  y  perdido?  No 
falta,  dixo  Filardo,  quien  los  murmure,  y  aun 
al  que  por  mayoría  es  llamado  el  Poeta  Caste- 
llano, porque  hasta  ahí  llega  la  ciencia  de  los 
que  á  sola  su  opinión  lo  entienden.  Esta  es  la 
mía,  dixo  Silvia;  dínos  las  coplas,  Pradelio, 
que  para  mí  no  quiero  mejor  Tirsi  ni  Arciolo 
que  mi  gusto;  con  lo  cual,  sacándolas  el  pastor 
del  seno,  las  leyó,  y  decían: 

pradelio 

Si  no  te  he  dicho,  Deseo, 
en  la  estimación  que  estás, 
sabe  que  te  tengo  en  más 
que  á  los  ojos  con  que  veo; 
y  no  es  demasiada  fiesta, 
que  una  prenda  tan  valida, 
no  es  mucho  que  sea  tenida 
en  lo  menos  que  me  cuesta. 

Aunque  tú  quedaste  en  calma 
sin  viento  que  te  contraste, 
bien  sabes  que  me  anegaste 
la  luz  del  cuerpo  y  del  alma, 
y  visto  parte  por  parte, 
pues  solo  suples  la  falta, 
de  todo  lo  que  me  falta, 
por  todo  debo  estimarte. 

Yo  voy  ciego,  y  voy  sin  guía, 
por  la  mar  de  mis  enojos, 
y  tú  das  lumbre  á  mis  ojos 
más  que  el  sol  á  medio  día; 
no  puede  imaginación 
engastar  perla  de  Oriente 
que  esté  tan  resplandeciente 
como  tú  en  mi  corazón. 

Voy  á  remo  navegando, 
es  la  imán  mi  voluntad, 
y  sola  tu  claridad 
el  norte  que  va  mirando 
el  débil  barquillo  abierto, 
sin  merecimiento  en  el, 
y  en  el  naufragio  cruel 
eres  mi  seguro  puerto. 

No  espero  jamás  bonanza 
en  la  vida  ni  en  la  muerte, 
mas  bástame  á  mí  tenerte 
en  lugar  de  la  esperanza; 
bien  sé  que  en  ti  se  turbó 
el  sossiego  más  sereno, 
mas  no  hay  ninguno  tan  bueno 
por  quien  te  trocase  yo. 


434 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Vengan  penas  desiguales, 
y  por  caudillo  desdén, 
que  sola  serás  mi  bien, 
aunque  les  pese  &  mis  males. 
Tú,  en  la  esperanza  más  dura, 
tú  sola,  en  el  día  malo, 
tienes  de  ser  mi  regalo, 
mi  consuelo  y  mi  blandura. 

¿No  fuiste  engendrado,  dinie, 
de  aquellos  ojos  bcninos 
por  quien  quedarán  indinos 
los  que  el  mundo  en  más  estime? 
Y  en  mi  pecho  concebido, 
y  en  la  vida  alimentado, 
hijo  que  tanto  ha  costado, 
¿no  es  razón  que  sea  querido? 

(luzgnen  el  justo  caudal 
que  hago  de  ti  por  vicio; 
digan  que  en  este  edificio 
eres  arena  sin  cal; 
llamen  tu  hecho  arrogancia, 
sin  esperanza  á  do  fueres, 
que  yo  que  entiendo  quién  eres 
confessaré  tu  importancia. 

;  Oh,  cuánto  me  has  de  costar 
en  cuanto  no  me  acabares! 
mas  cuanto  más  me  costares, 
tanto  más  te  he  de  estimar; 
los  daños  de  aquesta  historia, 
bravos  son  considerados; 
vistos  no,  que  van  mezclados 
contigo,  que  eres  mi  gloria. 

El  rato  que  considero 
la  gracia,  la  gentileza, 
la  discreción,  la  belleza, 
por  quien  á  tus  manos  muero, 
no  sólo  el  dolor  terrible 
passo  sin  dificultad, 
pero  con  facilidad 
to  sufro  en  ser  impossible. 

Quizá  dirán  devaneas 
muchos  que  saben  de  Amor. 
('Qué  os  cosa  y  cosa,  amador, 
deseas  ó  no  deseas? 
Responderles  he  que  si 
y  que  el  mal  que  Amor  me  hace, 
de  mi  desventura  nace, 
y  el  bien  y  el  honor,  de  ti. 

Pues,  ilustre  Deseo  mío, 
; quién  te  torcera  el  camino, 
si  voniste  por  destino, 
y  vences  por  albedrio? 
Eres  una  dulce  pena, 
eres  un  contento  esquivo, 
eres  la  ley  en  que  vivo, 
y  en  la  que  Amor  me  condena. 

Las  coplas  me  han  contentado,  dixo  Silvia, 
porque  son  del  arte  que  yo  las  quiero;  tienen 


llaneza  j  juntamente  gravedad.  En  mil  obns 
de  poetas  he  leido  á  CaríbdÍB  y  Scila  y  Atiaote 
y  el  húmido  Neptono,  cosa  bien  poco  impor- 
tante en  amores,  y  qae  ae  dexa  entender  que 
no  le  sobran  conceptos  al  qne  se  acoge  á  km 
ajenos.  Mas  ahora,  ¿oué  hará  Siralvo?  ¿Es  n 
cabafia  aquélla?  Si,  dixo  Pradelio,  vamos  mr 
alii,  qne  él  holgará  de  hacemos  cotnpa&ia.  Qm 
fresca  es,  dixo  Finea,  esta  Fuente  de  Mendine; 
pues  allí  me  parece  que  dnermen  dos  pastora 
y,  sin  duda,  son  Alfeo  y  Siralvo.  Si  soo,  di» 
Finea;  y  llegando  más  cerca,  al  mido  los  doi 
pastores  recordaron,  y  salodándose  alegremente 
determinaron  de  seguir  á  Silvia,  y  ella,  que  en 
extremo  era  graciosa  y  discreta,  los  fué  entre- 
teniendo hasta  llegar  á  la  cabafia  de  Fileni, 
donde  la  hallaron  vestida  de  una  g^na  ini, 
con  pellico  azul  de  palmilla,  pespuntado  de 
pardo  y  lazadas  verdes;   camisa   labrada  de 
blanco  y  negro,  y  el  cabello,  en  cinta  leonada, 
trenzado  con  ella;  estaba  Florela  vestida  de 
verde  claro,  saya  y  pellico;  el  cabello  cogido  en 
una  redecilla  de  oro,  y  un  cayado  en  la  mano. 
Con  la  llegada  de  los  pastores  creció  su  ber 
mosura  y  gentileza,  y  tras  breves  pláticas  lo- 
pieron  que  la  sin  par  Filidá  iba  a]  templo  de 
Pan,  Dios  de  los  pastores,  y  enviaba  por  Fi- 
lena, y  tendría  mucho  gusto  de  qne  todos  foei- 
sen    allá,  porque   estaría  sola  con  Belisa,  ii 
vieja  Celia,  Campiano  y  Mandronio,  doctíssi- 
mos  maestros  del  ganado.  Con  esta  seguridad 
tomaron  el  camino  del  templo,  donde  en  brere 
espacio  passaron  grandes  cosas.  Siralvo  supo 
de  Florela  cómo  trataban  de  casar  á  Filioa,  j 
FiLiDA  estaba  tan  congojada  de  ver  á  sus  dea- 
dos  determinados,  que  se  pensaba  ir  con  Ditnt 
sin  ninguna  duda,  y  porque  la  tenían  la  Doche 
antes  no  se  lo  había  dicho,  mas  ya  estaba  de- 
claiado  por  la  una  parte  y  por  la  otra.  Este  fo^ 
agudo  puñal  para  el  corazón  de  Siralvo,  y  mo- 
cho más  holgara   de  verla   casada  que  eon 
Diana  en  los  montes,  donde  el  verla  y  oírla  le- 
ría  con  mayor  di6cultad;  pero  certificado  de 
que  era  su  gusto  hacerlo,  se  consolo  con  Flo- 
rela cuanto  pudo.  Por  otra  parte,  Silvia  y  Fi- 
lena trataron  de  la  causa  de  Filardo  y  Prule- 
lío,  y  sin  valerle  á  Silria  sus  megos  ni  razones, 
Filardo  quedó  excluido  y  Silvia  corrida  y  triste; 
llamó  al  pastor  y  á  Dinanla,  y  despidiéndole 
los  tres  se  volvieron,  á  gran  pesar  de  Filardo  7 
á  mayor  placer  de  Pradelio,  porque  tuTO  bgir 
de  irse  con  la  pastora  Filena  solo  á  su  Tolnn- 
tad  platicando.  Finea  y  Alfeo  no  se  hicieron 
mala  compañía;  porque  si  él  se  desterró  enamo- 
rado y  desfavorecido,  ella  hizo  otro  tanto;  no 
mismo  dolor  los  afligía,  y  una  misma  razón  Km 
del  ñera  consolar;  mas  agora,  de  todos  seis  »%> 
Pradflio  y  Finea,  contentos,  llegaron  al  templo 
dei  scniicubro  Pan,  donde  fueron  de  la  sin  ptr 


I 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


435 


J^iLiDA  j  los  qae  con  ella  estaban  faTorable- 
mente  recebidos,  y  sacando  la  anciana  Celia 
preciosas  conservas,  por  mego  de  Filida,  los 
pastores  comieron  del  desasado  manjar  y  bebie- 
ron del  agua  fresca  que  en  el  jardín  del  templo 
había;  laego  anduvieron  por  él  mirando  y,  en- 
tre otras  cosas,  bailaron,  de  sutil  mano  y  pin- 
cel, la  bella  Siringa  conyertida  en  caña,  y  el 
silyestre  amante  juntando  con  cera  los  nuevos 
cañutos.  Adelante,  en  una  gran  tabla,  estaban, 
por  letras  y  números,  las  leyes  pastorales,  el 
tiempo  de  ¿esquilar,  el  modo  de  untar  la  roña, 
el  talle  del  mastín,  la  forma  del  cayado,  el  arte 
de  hacer  el  queso,  manteca  y  otras  muchas  me- 
nudencias más  y  menos  importantes;  y  por  si 
alguno  se  acordasse  que  el  silvestre  Dios  fué 
de  Hércules,  por  amores  de  Deyanira,  despe- 
ñado, quiso  el  pintor  que  se  viesse  la  fuerza  de 
su  despeñador,  y  assi  puso  alrededor  del  tem- 
plo sus  espantosas  hazañas. 

Primero,  en  su  concepción,  Júpiter,  su  padre, 
trasformado  en  Amphitrion,  marido  de  su  ma- 
dre Alcumcna. 

Después,  en  su  nacimiento,  la  madrastra 
Juno  hecha  pobre  vejezuela  y  con  hechizos  es- 
torbando el  peligroso  parto;  pero  después,  con 
la  astucia  de  Agalante,  está  nacido  el  pode- 
roso Hércules  en  compañía  del  no  menos  vale- 
roso hermano,  hijo  de  su  padrasto  Amphitrion. 

Después  desto  se  veían  los  muchachos  solos» 
en  sendas  cunas;  el  de  Ampliitrión  llorando,  de 
dos  culebras  enviadas,  de  la  venenosa  Juno; 
pero  Hércules,  que  de  soberano  poder  era  ayu- 
dado, asiendo  con  sus  tiernas  manecillas  las 
fieras  culebras,  las  tenía  ahogadas. 

Tras  esto  estaba,  cuando  llevó  vivo  á  Euris- 
theo  el  fiero  puerco  de  Arcadia  del  monte  Eri- 
mantho,  donde  estaba  (por  maldición  de  Diana) 
destruyendo  los  campos  y  labores,  y  matando 
cuanta  gente  hallaba  ó  le  buscaba  por  la  fama 
de  su  fuerza. 

Luego  se  veía  la  Selva  Nemea,  y  el  gentil 
mancebo  por  ella,  siguiendo  al  fiero  León,  al 
cual,  alcanzado,  rompía  con  sus  manos  las 
fuertes  quijadas,  y  después  desollándole  se  cu- 
bría de  su  duríssima  piel. 

Assí  vestido,  estaba  más  adelante  en  la  La- 
guna Lcruea,  llena  por  sus  anchas  islas  de 
juncos  y  cañaverales,  peleando  con  la  fiera 
Sierpe  Hidra;  más  viendo  que  si  le  cortaba 
una  cabeza,  por  sola  aquella  le  nacían  siete, 
después  que  con  la  espada  la  tajaba  el  duro 
cuello,  sobre  la  misma  herida  ligeramente  le 
pegaba  un  hacha  de  vivo  fuego. 

Aunque  esto  se  veía  vivamente  retratado,  no 
parecía  menos  bien  la  lucha  suya  y  del  gran 
Anteo,  al  cual,  como  Hércules  vido  que  deján- 
dose caer  sobre  la  Tierra  (cuyo  hijo  era),  cobra- 
ba dobladas  fuerzas  en  sus  brazos,  con  los  su- 


yos le  apretaba  de  manera  que,  quitándole  el 
alma,  le  hacía  extender  el  cuerpo,  desasido  ó» 
su  bravo  y  fuerte  vencedor. 

Adelante  estaba,  en  el  Occcano  de  África, 
matando  el  fiero  Dragón  de  la  Huerta  de  At- 
lante. Y  después  victorioso  con  las  Manzana» 
de  oro.  Tras  esto,  en  el  monte  Aveatino,  vien- 
do que  el  ladrón  Caco,  hijo  de  Vulcano  y  Ve- 
nus, le  había  hurtado  sus  vacas,  le  estaba  po^ 
niendo  fuego  á  su  fuerte  cueva,  donde  con  lum* 
bre  y  humo  le  procuraba  dar  la  muerte:  y  al 
fin  salido  della,  echando  por  su  boca  j  oído* 
grandes  llamas,  procuraba  en  vano  defenderse; 
pero  el  valeroso  Alcides,  teniéndole  en  el  aaelo, 
sin  ninguna  piedad  le  ahogaba. 

Luego  sustentando  el  Cielo  con  sus  hombros. 

Después,  amarrando  al  Can  Cerbero  y  sa* 
candóle  á  él  y  á  Proserpína  robados,  dejaba 
herido  á  Pintón,  Dios  de  los  Infiernos.  No  con 
menos  agonía  peleaba  con  el  de  las  Aguas 
Acheloo,  al  cual  habiendo  vencido  en  su  propia 
figura  de  gigante,  y  después  de  Dragón,  cuan- 
do le  ve  hecho  Toro,  con  risa  le  abate,  y. 
quita  el  Cuerno  de  su  frente. . 

Tras  esta  lucha  estaba  la  Cierva  en  Menalo, 
con  sus  pies  de  metal  y  cuernos  de  oro,  á 
quien  con  gran  trabajo  Hércules  mataba  triun- 
fante con  los  ricos  despojos  de  su  empresa. 

Assimismo  desterraba  las  Harpías,  por  vo- 
luntad del  Rey  Fineo. 

Luego,  más  trabajosamente,  dividía  los  altos 
montes  de  Calpc  y  Ahila,  por  donde  el  fiero 
mar  estrechamente  passasse. 

Más  allí  se  mostraba  con  las  pesadas  colu- 
nas en  sus  hombros. 

Tras  esto,  en  la  ribera  del  mar,  libraba  á 
Hesiona,  hija  de  Laomedón,  matando  la  fiera 
que  para  su  couiida  la  buscaba. 

Después,  á  aquel  que,  por  voluntad  de  los 
Dioses,  en  el  monte  Cáucaso,  viendo  comer  sus 
hígados  de  una  cnicl  águila,  brevemente  criaba 
otros  donde  el  mismo  tormento  se  le  diesse. 

Más  adelante  estaba  cuando  la  gente  Pig- 
mea, al  pie  del  monte,  le  quiso  matar  viéndole 
dormido. 

Y  cuándo  llevó  los  pueblos  franceses  atados 
á  su  lengua. 

Y  cuándo  al  que  con  sangre  humana  engor- 
daba sus  caballos  dio  el  mismo  castigo,  hacién- 
dole manjar  dellos. 

Y  cuándo  en  las  l)odas  mató  los  Sagitarios: 
veíase  el  Centauro  Nesso  muerto  con  sus  sae- 
tas, al  tiempo  que  al  passar  el  río  Eveno  le  lle- 
vaba á  Deyanira. 

Llegado,  pues,  al  fin  dcsta  historia,  se  veía 
lastimosamente,  casi  en  venganza  de  la  que- 
brantada pierna  del  Dios  Pan,  cuándo  la  celosa 
mujer,  con  la  engañosa  camisa  que  el  Centau- 
ro le  (lió,  pensando  remediar  su  mal,  fué  causa 


4U 


ORIGEXES  DE  LA  SOTELA 


9áú^J^  Vm  tmáfwM  r  cntnSafl.  d 
HénmUít^  f tKr»  de  fa  temido,  T^rtia  m 
«i»  mctííms,  derrÍTjaba  I<«  limpios  j 


iMJKmát 


kfi  pr>>píot  hn^íMfM  j  i^errk/á  prjr  doade,  «o» 
4e  fprmn  h^jfip»!:»^  MÍia  un  esp«s«*>  hiiaio.  j  A, 
manado  á  k»  «Mos  con  manido  rostro,  ¿  nt» 
de  ta  eraddftd  pareú  qoe  •«  qoezai».  j  otr» 
fMdift  •O'MffTO  á  ttta  ínsaf ríUe  t  doloraa  aoMr- 
te,  á  rcees  que,  sin  sentido,  destmjetido  sai 
cmne^  se  teniis  en  tíem  j  enlLtba. 

Estabn  sobre  an  altar,  en  medio  del  teaplo, 
el  Tettfdo,  el  cejado  j  U  lírm  de  Apolo,  nqoel 
BÍsmo  apero  con  qoe  moró  en  las  selvas,  j  por 
las  altas  colanas  sembrados  infinitos  despojos 
de  pastores  y  fieras,  cajados  j  zamponas,  ca- 
bezas de  lea  lobos  y  ptea  de  ágnílas.  Tersos  j 
prosas  qae  no  poca  hermosora  acrecenUlMn  al 
grandioso  templo.  Pero  Siralro,  qoe  en  Fili> 
DA  reia  el  de  so  alma,  pocas  señas  pndiera  dar 
de  lo  qoe  aquél  tenia;  j  ella,  qne  no  dodaba  los 
efectos  de  so  ralor,  no  lo  hacía  en  Tolver  la  loz 
de  sos  hermosos  ojos  al  enamorado  pastor,  ro- 
bándole noeramenie,  á  cada  roeha,  el  alma,  j 
dejándole  cada  rez  noera  rida  con  qoe  TÍriesse. 
En  tanto  qoe  esto  passaba,  Sasio  j  Arsiano 
TÍnieron  allí  por  orden  de  Mandronío,  j  riendo 
jont^>  coanto  en  la  másica  podía  desearse, 
amén  de  Filardo  r  Matonto,  qoe  si  no  eran 
más  no  eran  menos,  acordaron  de  entrarse  en 
d  jardín  del  templo,  qae,  aonqoc  peqoefío,  era 
lleno  de  frescura  y  deleite.  Nanea  Vertono 
toro  los  sayos  compoestos  con  tanta  destreza 
como  éste  lo  estaba  sin  arte;  las  flores  y  hier- 
l>as,  las  aguas  y  las  ares  que  en  él  moraban, 
todo  era  extremadamente  boeno.  Paes  como 
dentro  s  ?  vieron,  Florcla,  qne  tiernamente  á  su 
ffcfiora  amal^i,  mirando  su  hermosura  y  la  ha- 
Ifilídad  de  los  pastores  con  la  comodidad  del 
tiempo  7  del  lugar,  pidió  encarecidamente  que, 
tomando  el  sujeto  de  la  beldad  de  Pili  da,  can- 
tassen;  deseo  fué  el  de  Florcla  qne  todos  le 
tenían,  y  tocando  el  principio  de  la  empresa  á 
la  gentil  Belisa,  dcsta  manera  comenzó  su  can- 
to^ y  dcsta  fueron  por  su  orden  prosiguiendo: 

DELI8A 

Las  ondas  quiero  snlcar, 
f'l  ligua  en  red  oprimir, 
«•1  fuego  quiero  medir 
y  el  vientij  quiere  pe8»ir 
el  que  pretende  loar, 
FiLii>A,  vuestra  figura, 
«¡elido  el  comenzar  locura 
é  iijipossible  el  acabar. 


f 


KmmeM  nnee  tiro  de&ns; 

hMíyde 

por  evra  gima 

el  sol  w>  táene 

sin  deal—UnKe  de  reHos. 


Fl 


El 
sobre  los  dos  daros  ojos, 
de  mu  mngrieBtos  de^wjos 
á  costa  ajena  teñido, 
es  doro  campo  eonído 
de  la  Moerte  j  del  Amor, 
donde  ^  es  el  Tencedor 
j  ella  el  preaúo  del  Tencído. 


Soles  sois  coQ  qoe  mlumbráis, 
rayos  con  qoe 
saetas  con  qoe 
licor  con  qoe  remediáis 
los  ojos  con  qoe  miráis, 
en  qoien  se  mira  el  Amor, 
ó  para  hablar  mejor, 
los  ojos  con  qoe  matáis. 


Voestras  mejillas,  sembradas 
de  las  insignias  del  día, 
florestas  son  de  alegría 
de  ia  eterna  trasladadas, 
donde  no  por  las  heladas 
ni  por  las  machas  calores 
faltan  de  contino  flores 
divinamente  mezcladas. 

SASIO 

El  alinde  qne  divide 
las  dos  florestas  reales, 
con  frescuras  celestiales 
los  rayos  del  sol  despide; 
á  la  misma  invidia  impide 
6U  proporción  aguileña, 
y  aunque  es  medida  pequeña, 
al  Amor  inmenso  mide.  . 

FILENA 

Vuestra  boca  no  es  coral 
ni  vuestros  dientes  aljófar, 
que  el  aljófar  es  azófar 
y  el  coral  bajo  metal; 
mas  es  puerta  principal 
fabricada  dal  primor, 
archivo  do  tiene  Amor 
todo  su  bien  ó  su  mal. 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


487 


PBADSLIO 


La  colana  generosa 
deste  edificio  tan  claro, 
más  que  del  mármol  de  Paro, 
más  qne  blanca  poderosa 
es  la  garganta  graciosa, 
fuente  rica  de  dulzor, 
donde  la  fuerza  de  Amor 
segura  7  libre  reposa. 

CELIA 

Vuestro  pecho  no  bay  braveza 
que  no  se  amanse  con  él, 
ni  hay  quien  pensando  en  él 
no  esforzasse  su  flaqueza, 
á  quien  dio  naturaleza, 
por  mezclar  gracia  y  rigor, 
de  la  leche  la  color 
y  del  hierro  la  dureza. 

CAMPIANO 

Lo  que  falta  por  contar, 
después  de  la  blanca  mano, 
á  quien  el  sentido  humano 
es  imposible  loar, 
no  quiero  en  ello  hablar; 
que  aunque  la  fe,  como  diestra, 
tan  altos  bienes  nos  muestra, 
son  más  para  contemplar. 

HANDRONIO 

Vuestra  discreción  loara, 
á  no  haber  considerado, 
que  como  quedo  agraviado 
el  cuerpo,  al  alma  agraviara; 
á  Vos  sola  es  cosa  clara 
que  concede  la  razón, 
qne  hiráis  al  corazón 
cuando  amaguéis  á  la  cara. 

BIRALVO 

Yo  no  me  hallo  bastante 
á  proseguir  este  intento 
bien,  hasta  que  el  pensamiento 
se  pierda  por  arrogante. 
Razón  diga  y  Amor  cante 
y  lleve  la  Fe  el  compás, 
donde  queda  más  atrás 
quien  passa  más  adelante. 

No  acabaran  tan  presto  los  pastores  si  la 
bella  FiLiDA,  que,  con  una  gravedad  suavissi- 
ma,  estuvo  escuchando  sus  loores,  y  acrecen- 
tando la  causa  dellos  en  su  soberano  semblan- 
te, no  los  atajara,  tomando  á  Belisa  la  lira,  y 
obligpada  de  su  liberal  condición,  vuelta  á  Si- 
a  ALVO  le  dixo:  Pastor,  yo  quiero  cantar  una 
glossa  tuya,  de  una  canción  ajena  á  que  soy 


muy  aficionada,  porque  me  la  dio  Florela  y 
porque  la  glosa  lo  merece.  Bien  basta  tu  afi- 
ción, dixo  SiRALVo,  para  su  merecimiento,  y  la 
merced  que  nos  haces  para  que  todo  el  mundo 
quede  invidioso  de  nuestra  ventura;  y  con  esto 
FiLiDA,  alegrando  tierra  y  cielo,  comenzó  á  ta- 
ñer y  cantar,  y  los  pastores  á  suspenderse 
oyéndola. 

FILIDA 

Canción. 

Mi  alma  tenéisla  vos, 
y  yo  á  vos  en  lugar  della, 
¿á  quién  da  más  gloría  Dios? 
á  ella  sin  mi  con  vos 
ó  á  ella  con  vos  y  sin  ella? 

Glossa, 

Aquel  venturoso  día 
que  Amor,  con  industria  y  arte, 
me  robó  cuanto  tenía, 
fué  tanta  su  cortesía, 
qne  os  dio  la  más  noble  parte, 
y  como  solo  mi  oficio 
es  contentar  á  los  dos, 
por  principal  ejercicio 
mi  cuerpo  está  en  su  servicio, 
mi'  alma  tenéisla  vos. 

Bien  galardonado  voy 
si  sirvo  como  cautivo, 
pues  cuando  en  la  cuenta  estoy, 
hallo  que  es  lo  que  recibo 
mucho  más  que  lo  que  doy; 
en  gran  deuda  me  dejáis, 
no  quedaréis  sin  querella, 
pues  por  favor  ordenáis 
que  vos  mi  alma  tengáis 
y  yo  á  vos  en  lugar  della. 

En  la  gloría  que  se  ven, 
han  movido  gran  cuestión 
cuerpo  y  alma  sobre  quién 
consigue  más  alto  bien, 
y  entrambos  tienen  razón. 
El  alma  dice  que  allá 
está  contino  con  vos; 
el  cuerpo  que  os  tiene  acá: 
¿quién,  señora,  juzgará 
á  quien  da  más  gloria  Dios^ 

Firmes  en  su  diferencia, 
cada  cual  lleva  victoria, 
sin  que  se  dé  la  sentencia, 
'   porque  es  tal  la  competencia, 
que  acrecienta  más  la  gloría, 
y  como  se  ven  en  calma 
en  este  pleito  los  dos, 
que  no  importa,  dice  el  alma, 
que  ya  se  le  dio  la  palma 
á  ella  sin  mi  con  vos. 


ORIGESES  DE  LA 


njL 


1 


cif:  lo  q-*  *ii  FiLiDA  Lar  LO  á*  baila  en  el 
£D';:-'do7::.v:.  l]  re:*rtlio.  Pa*s<^-.  i*í>Vjref,  Íi:- 
Filtra,  cíe  a;*  tír^rtUj  ir.ich-^  le  '.Irm*  I«:«r. 

e!  y^^jk  iLiertr»  majT  irizenio.  Un*  ní.t3T 
ijc^rra  §^  t<>.  dix'^  Sira'ro,  t  d'ré!*  c^-n  n  I:«?en- 
cía.  Para  efv^.  pastor,  dixo  Filida,  t.-i  la  tie- 
ne», T  ifji?  §1  e-  taja.  Primero,  dixo  Si r alvo. 
cae  te  di;ra  el  dneño.  'i  i  ¡ero  de<jiria  t  sai-^r  lo 
'¿ne  t/:  y^r^.^.. 

^iüalvo 

Efi  r/ii  penfiamieíito  crecen 


r/i¡-  ef finanzas  j  Tiren: 
en  el  aicna  se  coLcirxn 
T  en  ella  niisma  íene^.en. 


Porqoe  en  el  mal  qae  me  hiere 
jierp«.'tQa  f*ena  reciba, 
el  A  mor  ordena  j  qaiere 
qne  en  mi  pensamiento  rira 
lo  qrie  en  mi  ventara  maere; 
¡jne«  li  allana  vez  %*:  ofrecen, 
ó  de  lejV^s  aparecen 
cft[>eninzas  de  ni  i  bando, 
en  vaestra  jp'a^.'ia  mens^iiando, 
en  mi  pensamiento  crecen. 

¿Do  llegará  mi  tormento? 
Pues  por  caminos  tan  agros 
do  no  llegó  entendimiento, 
Kiií^n  á  hacer  milagros. 
Ventura  y  mi  pensamiento, 
en  ello  gloría  reciben, 
y  en  li^iertad  se  aperciben 
á  morir  desesperadas 


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t-: :  If^  asz^ae  ran 
tii-Ieorate 
V  rü  Zíck-^ank  cujodoidas: 
al  r«:¿««mief&to  obcdecim, 
y  e:¿  ¿a  i<isáó&  mplft&iiecn 
T  ^-ri  LAt'-iTa!  snaidaroii, 
•.::e  ei.  el  alica  comwiraron 


A'  t villas  contentó  la  fkssa  de  Siishtv  j  mái 
á  FiLi&A.  q:3e  rió  en  «i  la  cftttsoa  della.  j  panr 
c'.r:.d-  le  bont  de  que  Io«  pajtores  descansa^sn, 
man  !•.•  á  FI*  reía  pr<r  «efias  lo  que  haik^itL  de  ht- 
c>rr.  y  al  pDLtf-»  se  paso  en  medio  de  todoc^  mu 
!i:e<d  aii-  };a«  limpia  j  aV^QMlante  de  daloes  y  re- 
^ada»  viandas,  qae  del  albergue  de  Vandalio 
halÍAü  traidv,  y  sin  esquivarle  Filida  deo^ 
mer  c>>n  ]•>&  |<a>tores,  tcid*:*s  jantos  lo  hicieron, 
5alv>>  Finea  y  Alfeo,  qae  de  secreta  mano  5« 
habían  sentido  trabar  kM  corasones,  j  entre  d 
viejo  dt.'lor  y  el  noera,  estaban  con  ana  sospen- 
slún  en  los  espiritas,  qae  sin  poderse  eUos  en- 
tender, fácilmente  los  entendieron  todos.  ¡Oh 
grande  y  poderoso  Amor!  ¿seiá  possible  qae  Al- 
fe«:>.  mn  riendo  ayer  por  Andria,  belh'sima  corte- 
sana. h<~>v  se  enamore  de  la  serrana  Finea?  Ver- 
lo  he  menester  para  creerlo,  qae  Finea  de  Al- 
feo.  meno<  maravilla  me  hace,  poiqae,  aanqae 
rústica  y  criada  en  asperezi,  es  mnj  discreta  y 
hermosa,  j  AlfeoexcesuTam^ite  aventajado  ai 
pastar  de  qaien  ella  era  despreciada.  Si  noe- 
vaniente  estos  dos  se  aman,  cosa  es  qoe  no  se 
p^rá  encnbrir:  alcemoi;  las  mesas,  levántense 
los  pastores  y  qaeden  solas  Filida  t  Celia  en 
el  fresco  jardín:  qae  los  demás  en  ei  templo 
podrán  passar  la  siesta,  donde  hallarán  á  Fi- 
lardo,  qne,  á  excasa  de  Silvia,  se  volvió  tne 
ellos,  y  aanqae  había  gran  rato  qne  allí  estabt, 
no  quiso  entrar  al  jardín,  antes,  saliendo  á  li 
ribera,  por  nn  pequeño  resqnicio  del  moro  ei- 
tavo  mirando  y  oyendo  lo  qoe  passaba,  j  cuan- 
do sintió  qae  los  pastores  lü  templo  saUui, 
adelantóse  y  entró  primero.  Filena  7  PlraddiD 
holgaron  poco  de  verie,  pero  Cawqdano^  inino 
amigo  sayo,  con  gran  caricia  le  recibió  j  vá 


i 


EL  PASTOR  DE  PILIDA 


439 


luego  los  dos  se  apartaron,  j  por  otra  parte 
Floróla  y  Siralvo,  Pradelio  y  Filena,  Belisa  y 
Mandronio,  Sasio  y  Arsiano,  á  un  lado  del 
templo  se  pusieron  á  concertar  alguna  fiesta, 
para  entretener  aquella  tarde  á  la  hermosa  Fi* 
LiDA,  y  la  mejor  les  pareció  representarle  la 
EoLOGA  de  Delio  y  Liria  y  Fanio,  pastores  de 
aquesta  ribera,  que  con  sus  casos  habían  dado 
mil  veces  materia  á  los  poetas.  Belisa  tom¿  la 
persona  de  Liria;  Sasio,  la  de  Delio,  y  la  de  Fa- 
nio, Arsiano,  y  mientras  en  baja  toz  estaban 
ensayándose,  Alfeo  y  Fínea  en  algo  se  ocupa- 
ron: sentados  los  vio  Siraho  á  una  parte  del 
templo,  hablando  menos  palabras  que  solían, 
demudados  de  su  color  natural.  No  pudo  tanto 
consigo  que  no  se  llegasse  á  ellos,  y  antes  que 
nada  les  preguntasse,  Alfeo  le  dixo,  cuanto  los 
pudiera  preguntar:  Siralvo  mío,  por  tres  partes 
me  siento  combatir  y  por  todas  tres  vencer:  las 
sinrazones  de  Andría  contrastan  mi  afición, 
tus  consejos  me  mudan  la  voluntad,  la  beldad 
de  Finea  me  cautiva.  A  mi  me  enamora  todo, 
dixo  Siralvo:  ¿pero  á  ti,  serrana,  ¿qué  te  parece? 
¿Que'  estás  hablando  por  mí?  dixo  Finea.  ¿Pues 
qué  haremos,  dixo  Siralvo,  de  Andria  y  Orin- 
do?  Lo  que  ellos  hicieron  de  nosotros,  dixo  Al- 
feo, y  con  esto  se  dieron  las  manos  de  no  fal- 
tarse jamás,  tomando  al  Dios  de  los  pastores 
por  testigo;  y  llenos  de  contento  y  placer  se 
fueron  con  los  que  ensayando  se  estaban.  Cam- 
piano  y  Filardo  siempre  se  estuvieron  aparta- 
dos, y  bien  se  le  echó  de  ver  al  pastor  el  mal 
que  por  Filena  sufría,  pues  sin  bastar  su  dolor 
ni  el  menosprecio  con  que  le  dejaba,  se  iba  tras 
ella,  sin  pcíderse  refrenar  en  sus  deseos.  No 
tomó  la  sin  par  Filida  mucho  tiempo  de  repo- 
so, antes,  sintiendo  que  los  pastores  en  el  tem- 
plo esperaban  que  los  llamasse,  mandó  á  Celia 
que  lo  hiciesse,  y  assí  fueron  todos  al  jardín, 
salvo  Belisa,  Sasio  y  Arsiano,  que  se  quedaron 
para  entrar  representando,  y  después  que  todos 
se  sentaron,  por  orden  de  Filida,  los  tres  que 
habían  quedado,  entraron  por  la  suya,  como 
aquí  veremos. 

ÉGLOGA 

Panto. — Delio. —  Liria, 

LIRIA 

Floridos  campos,  llenos  de  belleza, 
en  cuya  hermosura,  sitio  y  traza, 
gran  estudio  mostró  Naturaleza. 

En  vosotros  se  halla  espessa  caza 
de  aves,  bestias  y  animales  fieras, 
y  tanta  flor  y  fruto,  que  embaraza. 

En  vosotros,  majadas  y  praderas, 
donde  se  ven  ganados  abundosos 
y  en  medio  los  inviernos,  primaveras. 


No  faltan  los  pastores  querellosos, 
que  forman  al  Amor  quexas  sin  cuento, 
y  otros,  regocijados,  venturosos. 

Unos,  al  ejercicio  dan  su  intento, 
cuál  corre,  salta,  tira,  lucha  ó  canta, 
cuál  en  los  huertos  pone  su  contento. 

Aquél  enxiere,  siembra,  poda  ó  planta, 
otros  con  su  ganado  se  recrean, 
viendo  desde  las  sombras  copia  tanta. 

Mira  los  cabrítillos  que  pelean, 
y  después  á  sus  madres  van  buscando, 
que  con  ubres  pesadas  los  desean. 

Allí  ve  BUS  zagales  ordeñando; 
allí  las  cabras  que  la  nueva  hoja 
no  con  poca  codicia  van  buscando. 

Una  al  agua  parece  que  se  arroja, 
otra  en  lo  mas  espesso  está  mordiendo, 
que  el  rigor  de  la  zarza  no  la  enoja. 

Luego  ve  la  ovejuela,  que  paciendo, 
apoca  simplemente  lo  que  halla, 
lo  más  dificultoso  no  queriendo. 

Y  si  Orion  se  mueve  á  dar  batalla, 
permite  que  el  pastor  pueda  avisarse 
y  con  flacos  ingenios  roitigalla. 

Veréis  á  los  carneros  alegrarse; 
veréis  las  hormiguillas  polvorosas, 
ciegas,  unas  con  otras  encontrarse. 

Las  ánades  bañarse  presurosas, 
y  lamerse  al  revés  el  buey  el  pelo, 
y  pacer  las  becerras  más  golosas. 

Cuervos,  grajas,  cornejas  para  el  cielo 
suben  y  bajan  luego  con  ruido, 
y  toman  para  arriba  con  su  vuelo. 

Oyese  en  las  lagunas  el  sonido 
de  las  cantoras  ranas  en  más  grado 
que  en  el  sereno  tiempo  le  han  tenido. 

Vese  de  blancas  aves  ayuntado 
más  número  que  suele  en  valle  ó  sierra, 
y  el  cabrío  dormir  más  apretado. 

Escarba  la  orejuela  por  la  tierra, 
y  la  golondrinilla  á  la  corriente, 
con  pobres  alas  hace  flaca  guerra. 

Al  fin  esto  se  passa  brevemente, 
y  en  tanto,  en  la  abrigada  cabañuela, 
arropado  el  pastor  poco  lo  siente. 

Después  que  nieva,  que  ventisca  y  hiela, 
el  nuevo  sol  su  claridad  extiende, 
con  que  el  mundo  afligido  se  consuela. 

Después,  cuando  á  bañarse  al  mar  deciende, 
hallándose  en  la  noche  escura  y  fiera, 
con  las  anclias  hogueras  se  defiende. 

Todo  se  acaba  en  dulce  primavera 
después  que,  fenecida  esta  contienda, 
llena  de  paz  el  cielo  la  ribera. 

Y  contra  el  sol,  en  monte,  en  valle,  en  senda, 
los  árboles,  ó  en  selva  ó  bosque  ameno, 

no  sufren  que  su  lumbre  al  suelo  ofenda. 

Con  el  frescor  de  su  confuso  seno, 
la  altiva  haya  y  el  ciprés  frisado, 


440 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ccm  caerpo  assaz  de  duro  fruto  lleno; 

El  laorel  siempre  Terde,  presenrado 
de  1a  in  del  cielo,  j  el  espino 
de  más  pontas  qae  hojas  adornado. 

Con  sn  rebelde  fruto  ajnda  el  pino, 
aguda  boja  y  enredado  saco, 
del  pacifico  olivo  de  contino. 

No  se  precia,  entre  todos,  de  más  flaco, 
ni  el  olmo  que  á  las  nubes  se  arecina, 
con  la  planta  gentil  del  libre  Baco. 

Allí  se  extiende  la  robusta  encina, 
con  sus  antiguos  brazos  y  el  precioso 
cidro,  que  á  todos  su  cabeza  inclina. 

V  el  pobo  y  el  castafio,  alto,  ñudoso, 
con  las  soberbias  frentes  acopadas, 
uno  en  corteza  feo,  otro  hermoso. 

Las  ricas  palmas  de  hojas  espinadas, 
triunfante  premio  de  gloriosa  estima, 
con  los  racimos  de  oro  coronadas. 

La  que  defiende  con  la  espessa  cima 
que  no  caliente  Febo  el  agua  clara, 
en  pago,  el  ag^  al  tronco  se  le  arrima. 

Ño  se  podrá  decir  que  le  es  arara, 
que  si  el  agua  no  pieide,  el  tronco  gana, 
ella  le  da  frescor  cuando  él  la  ampara. 

Siembra  el  manzano  la  postrer  manzana, 
siembra  el  racimo  la  noguera  fría, 
el  jazmín  nieve  j  el  madroño  grana. 

¿Hay  mas  beldad  que  ver  la  pradería 
estrellada  con  flores  de  las  plantas, 
que  van  mostrando  el  fruto  y  la  alegría? 

Donde,  con  profundíssimas  gargantas, 
las  tiernas  avecillas  estudiosas 
están  de  señalar  cuales  y  cuántas. 

Allí  veréis  pastoras  más  hermosas 
(no  con  maestra  mano  ataviadas), 
que  las  damas  en  Cortes  populosas. 

Allí  veréis  las  fuentes  no  tocadas 
distilando,  uo  agua  al  viso  humano, 
mas  el  cristal  de  piedras  variadas. 

Allí  veréis  el  prado  abierto  y  llano, 
donde  los  pastorcillos  su  centella 
descubren  al  Amor,  furioso,  insano. 

Este,  de  su  pastora  se  querella; 
aquél  de  sí,  por  que  miró  la  suya; 
el  otro,  más  grossero,  se  loa  della. 

No  hay  quien  por  defeto  se  lo  arguya, 
ni  quien  de  rico  ponga  sobrecejo, 
ni  quien  á  los  menores  dexe  y  huya. 

En  el  prado  se  oye  el  rabelejo, 
la  zampona  resuena  en  la  floresta, 
en  la  majada  juegan  chueca  6  rejo. 

Pues  qué  ¿venido  el  día  de  la  fiesta, 
hay  gusto  igual  que  ver  á  los  pastores 
haciendo  á  las  pastoras  su  requcsta? 

Uno  presenta  el  ramo  de  las  flores, 
y  cuando  llega,  el  rostro  demudado, 
otro  dice  suavíssimos  amores. 

Uno  llora,  y  se  muestra  desamado; 


otro  ríe,  y  se  muestra  bien  querido; 
otro  calla,  y  se  muestra  descoidado. 

El  uno  baila,  el  otro  está  tendido; 
el  uno  lucha,  el  otro  core  y  salta, 
el  otro  motejado  va  corrido. 

En  esta  dulce  vida,  ¿qué  noa  falta? 
y  más  á  mi  que  trato  los  pastores, 
y  cazo  el  bosque  hondo  y  la  aíerrm  alta, 

Con  arco,  perchas,  redes  y  ventores, 
ni  basta  al  ave  el  vuelo  presoroso, 
ni  se  me  van  los  ciervos  corredores. 

Este  sabuesso  era  un  perezoso, 
y  ya  es  mejor  que  todos:  halo  hecho 
que,  como  mal  usado,  era  medroao. 

Tiene  buen  espinazo  y  muy  buen  pecho 
y  mejor  boca:  ¡oh  pan  bien  empleado! 
toma,  Melampo,  y  éntrete  en  provecho. 

Quiérome  ya  sentar,  que  estoy  cansado; 
¡oh  seco  tronco,  que  otro  tiempo  fuiste 
fresno  umbroso,  de  Ninfas  visitado! 

Aquí  verás  el  galardón  que  hubiste, 
pues  te  faltó  la  tierra,  el  ag^a,  el  cielo, 
después  que  este  lugar  ennobleciste. 

Assí  passan  los  hombres  en  el  suelo; 
después  que  han  dado  al  mundo  hermosan, 
viene  la  muerte  con  escuro  velo. 

Ya  me  acuerdo  de  ver  una  fig^ura 
que  estaba  en  tu  cogollo  dibujada, 
de  la  que  un  tiempo  me  causó  tristura. 

Estaba  un  día  sola  aquí  sentada; 
¡cuan  descuidado  iba  yo  de  ella, 
cuando  la  vi,  no  menos  descuidada! 

Puse  los  ojos  y  la  vida  en  ella, 
y  queriendo  decirla  mis  dolores, 
huyó  de  mí,  como  yo  ahora  della. 

Por  cierto  grande  mal  son  los  amores, 
pues  al  que  en  ellos  es  más  venturoso, 
no  le  faltan  sospechas  y  temores. 

Igual  es  vivir  hombre  en  su  reposo. 
¿Quién  es  aquel  pastor  tan  fatigado? 
Debe  de  ser  Florelo  ó  Vulneroso. 

La  barba  y  el  cabello  rebuxado, 
la  frente  baxa,  la  color  torcida. 
¡Qué  claras  señas  trae  de  enamorado! 

¿Es  por  ventura  Fanio?  ¡Qué  perdida 
tengo  la  vista!  Fanio  me  parece. 
¡Oh  Fanio,  buena  sea  tu  venida! 

rANio 

Amado  Delio,  el  cielo  que  te  ofrece 
tanta  paz  y  sossiego,  no  se  canse, 
que  solo  es  bien  aquel  que  permanece. 

DSLIO 

Aquesse  mismo,  Famio  mió,  amanse 
el  cuidado  cruel  que  te  atormenta, 
de  suerte  que  tu  corazón  descanse. 

He  desseado  que  me  diesses  cuenta, 


i 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


441 


pues  que  la  debes  dar  de  tus  pesares 
á  quien  contigo,  como  tú,  lo  sienta. 

Y  quiero,  Fanio,  por  lo  que  tratares 
perder  la  fe  y  el  crédito  contigo, 
cuando  en  poder  ajeno  lo  hallares. 

Sabe  que  al  que  me  ofrezco  por  amigo, 
la  hacienda  pospuesta  y  aun  la  vida, 
hasta  el  altar  me  hallará  consigo. 

FANIO 

Dblio,  tu  voluntad  no  merecida 
no  es  menester  mostrarla  con  palabras^ 
pues  en  obras  está  tan  conocida. 

Pero  después  que  tus  orejas  abras, 
más  lastimosas  á  escuchar  mi  duelo 
en  un  lenguaje  de  pastor  de  cabras, 

Ni  á  ti  podrá  servirte  de  recelo, 
pues  ya  tienes  sobradas  prevenciones, 
ni  á  mi  de  altivo  en  tanto  desconsuelo. 

Y  no  son  de  manera  mis  passiones 
que  se  puedan  contar  tan  de  camino, 
que  aunque  sobra  razón,  faltan  razones. 

DELIO 

Conmigo  te  han  sobrado  de  con  tino, 
entendiendo  que  la  hay  para  encubrirme 
lo  que  por  más  que  calles  adivino. 

Y  aunque  me  ves  en  porfiar  tan  firme, 
sabe  que  poco  más  que  yo  barrunto 

de  tu  importancia  puedes  descubrirme. 

Y  pues  me  ves  en  todo  tan  á  punto 
para  mostrarme  amigo  verdadero, 

no  me  dilates  lo  que  te  pregunto. 

Cuéntame  tus  passiones,  compañero, 
cata  que  un  fuego  fácil  encubierto 
suele  romper  por  el  templado  acero. 

FANIO 

Oh,  caro  amigo  mío,  y  cuan  más  cierto 
será  hacer  mis  llagas  muy  mayores, 
queriéndote  contar  mi  desconcierto. 

Porque  siendo  mis  daños  por  amores, 
tú  pretendes  saber,  contra  derecho, 
más  que  la  que  ha  causado  mis  dolores. 

Salga  el  nombre  de  Liria  de  mi  pecho 
y  toque  á  tus  orejas  con  mi  daño, 
ya  que  no  puede  ser  por  mi  provecho. 

No  me  qnexo  de  engaño  ó  desengaño, 
de  ingratitud,  de  celos  ni  de  olvido, 
quéxome  de  otro  mal  nuevo  y  extraño. 

Quéxome  del  Amor,  que  me  ha  herido; 
abrióme  el  corazón,  cerró  la  boca, 
ató  la  lengua,  desató  el  sentido. 

Y  cuanto  más  la  rabia  al  alma  toca, 
la  paciencia  y  firmeza  van  creciendo 

y  la  virtud  de  espíritu  se  apoca. 

De  tal  manera,  que  me  veo  muriendo, 
sin  osarlo  decir  á  quien  podría 
sola  dar  el  remedio  que  pretendo. 


DBLIO 


Amigo  Fanio,  aquessa  tu  porfía 
tiene  de  desvarío  una  gran  parte, 
aunque  perdones  mi  descortesía. 

Díme,  ¿por  qué  razón  debes  guardarte 
de  descubrir  tu  llaga  á  quien  la  hace? 
¿ó  cómo  sin  saberla  ha  de  curarte? 

FANIO 

Porque  de  Liria  más  me  satisface 
que  me  mate  su  amor  que  su  ira  y  saña, 
y  en  esta  duda  el  buen  callar  me  aplace. 

dblio 

No  tengo  á  Liria  yo  por  tan  extraña, 
ni  entiendo  que  hay  mujer  que  el  ser  querida 
le  pudiesse  causar  ira  tamaña. 

Cierto  desdeño  ó  cierta  despedida, 
cuál  que  torcer  de  rostro  ó  cuál  que  enfado, 
y  cada  cosa  de  éstas  muy  fingida. 

Aquesto  yo  lo  creo,  Fanio  amado; 
empero  el  ser  amada,  no  hay  ninguna 
que  no  lo  tenga  por  dichoso  hado. 

Y  sí,  como  me  cuentas,  te  importuna 
aquesse  mal  y  tienes  aparejo, 

no  calles  más  pesar  de  tu  fortuna. 

Tú  no  te  acuerdas  del  proverbio  viejo: 
que  no  oye  Dios  al  que  se  hace  mudo, 
ni  da  ventura  al  que  no  ha  consejo, 

FANIO 

Pues  dame  tú  la  industria,  que  soy  rudo, 
grossero  y  corto,  y  en  un  mismo  graído 
mi  razonar  y  mi  remedio  dudo. 

Bien  que  llevando  Liria  su  ganado 
por  mi  dehesa,  junto  con  el  mío, 
me  preguntó  si  soy  enamorado. 

Y  el  otro  día  estando  junto  al  río 
llorando  solo,  en  medio  de  la  siesta. 
Liria  llevaba  al  monte  su  cabrío. 

Y  díxome:  Pastor,  ¿qué  cosa  es  ésta? 
y  yo  turbado,  sin  osar  m ¡ralla, 
volvile  en  un  suspiro  la  respuesta. 

Mas  ya  estoy  resumido  de  buscalla, 
y  decirle  por  cifra  lo  que  siento, 
al  menos  matárame  el  en  o  jalla. 

De  cualquier  suerte  acaba  mi  tormento, 
con  muerte,  si  la  enojo,  ó  con  la  vida, 
si  mi  amor  y  mi  fe  le  dan  contento. 

Veremos  esta  empresa  concluida, 
venceré  mí  temor  con  mi  deseo, 
la  vilorta,  ¿ganada  ó  bien  perdida. 

¿Oyes  cantar?  D.  Si  oyó.  F.  A  lo  que  creo. 
Liria  es  aquélla.  D.  Eslo,  F.  Al  valle  viene. 
¡  Ay,  que  te  busco  y  tiemblo  si  te  veo! 

Ascóndete  de  mí,  que  no  conviene, 
si  tengo  de  hablarle,  que  te  vea. 


442 


ORÍGENES  DE  LA  KOYELA 


DELIO 

Aflc¿nJein«,  pastor;  Amor  ordene 
qne  tq  mml  sienta  j  tas  cuidados  crea. 

LlEIA 

El  pecho  generoso, 
qne  tiene  por  incierto 
serle  pf^ssible,  al  más  enamorado 
ser  pagado,  j  qnejViso 
vírir  estando  mncrto, 
j  Terse  en  medio  de  la  llama  helado; 
coán  bíenarentnnido 
le  llamará  el  extmfio, 
j  en  cuánta  des  rento  ra 
jnzgará  al  que  procara 
hacerse  con  sas  manos  este  daño, 
y  por  su  dcraneo 
á  la  razón  esclara  del  Deseo. 

Memoria  clara  j  pura, 
voluntad  concertada, 
consiente  al  alma  el  coraz<jn  exento; 
no  Tiene  su  dulzura 
con  acibar  mezclada, 
ni  en  merlío  del  placer  ama  el  tormento 
sano  el  ent^Midimiento, 
que  deja  el  Amor  luego 
más  que  la  nievo  frío, 
pero  el  franco  albedrío 
y  el  acuerdo  enemigo,  á  sangre  y  fuego; 
y  en  tan  dañosa  guerra, 
sin  fe,  sin  ley,  sin  luz  de  cielo  ó  tierra. 

Promessas  mentirosas, 
mercedes  mal  libradas 
son  tu  tesoro,  Amor,  aunque  no  quieras; 
las  veras,  peligrosas; 
las  burlas,  muy  pesadas; 
huyan  de  mí  tus  burlas  y  tus  veras, 
que  sanes  6  que  hieras, 
que  des  gloria  ó  tormento, 
seas  cniel  6  humano, 
eres  al  fin  tirano, 

y  el  mal  es  mal  y  el  bien  sin  fundamento; 
no  sepa  á  mi  morada 
yugo  tan  duro,  carga  tan  pesada. 

Corran  vientos  suaves, 
suene  la  fuente  pura, 
píntese  el  campo  de  diversas  flores, 
canten  las  diestras  aves, 
nazca  nueva  verdura, 
que  estos  son  mis  dulcíssimos  amores; 
mis  cuidados  mayores 
el  ganadillo  manso, 
sin  varios  pensamientos 
6  vanos  cumplimientos 
que  me  turbí?n  las  horas  del  descanso, 
ni  me  place  ni  duele 
que  ajeno  corazón  se  abrase  ó  hiele. 


FAVIO 

Por  ean  colpa,  Fasio,  ¿que  menee 
LiEíA?  L.  Lo  que  padece;  poes»  penaado, 
quiere  monr  eaUando.  F,  Grmn  engmfio 
recibes  en  mi  daño.  ¿Tú  no  sientas 
que  las  flechas  ardientes  smorosis 
vienen  siempre  forzosas?  Si  de  grado 
tomara  yo  el  cuidado,  bien  hicieras 
si  me  reprendieras  y  cnlparas. 

LIBIA 

Déxame,  que  á  las  claras  te  condenas: 
pudo  Amor  darte  penas  j  matarte, 
y  no  debes  qoezarte,  pues  que  podo; 
de  ti,  que  has  sido  modo  j  vergonzoso, 
debes  estar  quexoso.  i  De  qué  suerte 
remediará  tu  suerte  y  pena  grave 
quien  no  la  ve  ni  sabe?  F.  ¡  Ay,  Liria  mia! 
que  yo  bien  lo  diría,  pero  temo 
que  el  fuego  en  que  me  qnemo  se  acreciente. 

liria 

Pues,  ¿tan  poquito  siente  de  piadosa 
quien  tu  pena  furíosa  ensoberbece? 

FAKIO 

Mas  antes  me  parece,  y  aun  lo  creo, 
que  tan  divino  arreo  no  es  posible 
en  condición  terrible  estar  fundado; 
pero  considerado  aunque  esto  sea, 
no  es  justo  que  yo  vea  mi  bajeza, 
y  aquella  gentileza  soberana, 
y  que  sufra  de  gana  mis  dolores 
sin  pretender  favores.  L.  Grande  parte 
ha  de  ser  humillarte,  á  lo  que  creo, 
para  qus  tu  deseo  se  mitigue, 
porque  Amor  más  persigue  al  más  hinchado, 
que  está  muy  confiado  que  merece, 
que  al  otro  que  padece,  y  de  contino 
se  cuenta  por  indino;  pero  cierto, 
tú  no  guardas  concierto  en  lo  que  haces: 
¿no  se  sabe  que  paces  las  dehessas, 
con  mil  ovejas  gruessas  abundosas 
y  mil  cabras  golosas  y  cien  vacas? 
¿No  se  sabe  que  aplacas  los  estíos 
y  refrenas  los  fríos  con  tu  apero, 
y  tienes  un  vaquero  y  diez  zagales? 
Todos  estos  parrales  muy  podados, 
que  tienes  olvidados,  ¿no  son  tuyos? 
Pues  estos  huertos,  ¿cuyos  te  parecen? 
Todo  el  fruto  te  ofrecen;  pues  si  digo 
del  cielo,  ¿cuan  amigo  se  te  muestra, 
tecuán to  la  maestra  alma  Natura 
y  dio  de  hermosura,  fuerza  y  maña? 
¿Hay  ave  ó  alimaña  que  no  matas? 
¿Hay  pastor  que  no  abatas  en  el  prado? 
¿Hate  alguno  dejado  en  la  carrera? 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


448 


Pues  en  la  lacha  fiero  <$  en  el  canto, 

¿hay  qaién  con  otro  tanto  se  te  iguale? 

Pues  esso  todo  vale  en  los  amores, 

porque  de  los  dolores  no  se  sabe 

8Í  es  su  acídente  graye  6  sí  es  liviano. 

Todo  lo  tienes  llano.  F,  ¿Qué  aprovecha 

tener  la  casa  hecha  j  abastada, 

si  en  la  ánima  cuitada  no  hay  reposo? 

LIRIA 

Vivir  tú  doloroso,  ¿qué  te  vale, 
6i  aquella  de  quien  sale  no  lo  entiende? 
Tu  cortedad  defiende  tu  remedio. 

FAKIO 

¿Parécete  buen  medio  que  lo  diga? 

LIRIA 

.Vntes  es  ya  fatiga  amonestarte. 

FANIO 

Pues,  ¿tienes  de  enojarte  si  lo  digo? 

LIRIA 

Fanio,  ¿hablas  conmigo  6  desvarías? 
¿Pensabas  que  tenías  y  mirabas 
presente  á  quien  amabas?  F,  Si  pensaba 
y  eii  nada  me  engañaba.  L,  No  te  entiendo, 
aunque  bien  comprehendo  que  el  amante 
tiene  siempre  delante  á  la  que  ama, 
y  allí  le  habla  y  llama  en  sus  passiones. 

FANIO 

No  glosses  mis  razones.  L.  Pues,  ¿qué  quieres? 

FANIO 

Hacer  lo  que  quisieres,  aunque  quiero 
preguntarte  primero:  ¿si  mis  males 
y  congojas  mortales  me  vinieran 
por  ti  y  de  ti  nacieran,  y  el  cuidado 
te  fuera  declarado,  ¿te  enojaras? 

LIRIA 

Si  no  lo  preguntaras,  te  prometo 
que  fueras  más  discreto.  Tú  bien  sientes 
los  rostros  diferentes  de  natura 
en  una  compostura  de  facciones; 
pues,  en  las  condiciones,  es  al  tanto, 
aunque  no  debe  tanto  ser  piadosa, 
á  mi  ver,  la  hermosa  que  la  fea, 
que  en  serlo  hermosea  su  fiereza. 

FANIO 

I  Ay,  cuánta  es  tu  belleza!  L,  Assi  que  digo, 
que  no  debes  conmigo  assegurarte, 
pues  sé  certificarte  que  en  tal  caso, 
aquello  que  yo  passo  por  contento 


puede  ser  descontento  á  tu  pastora, 
y  no  imagino  agora  por  qué  vía 
con  la  voluntad  mia  quiés  regirte. 


FANIO 


Porque  puedo  decirte  que,  en  belleza, 
en  gracia  y  gentileza,  eres  traasunto, 
sin  discrepar  un  punto,  á  quien  me  pena. 


LIRIA 


¿Es  por  dicha  Silbna  tu  parienta? 
Si  es  ella,  no  se  sienta  entre  la  gente, 
que  eres  tan  sü  pariente  como  mfo; 
pueda  más  tu  albedrío  que  tu  estrella. 


FANIO 

i  Ay,  Liria,  que  no  es  ella!  ¿Y  aún  te  excusas 
y  de  decir  rehusas  el  sujeto 
que  en  semejante  aprieto  mostrarías? 

LIRIA 

Horas  me  tomarías  si  lo  digo, 
que  como  fiel  amigo  te  tratasse; 
y  horas  que  me  enojasse,  que  aun  no  siento 
mi  propio  movimiento.  F»  Dessa  suerte 
más  me  vale  la  muerte  y  encubrillo, 
que  al  tiempo  de  dccillo  verla  airada. 

LIRIA 

Bien  puede  ser  quitada  tu  congoxa, 
si  aquella  que  te  enoja  me  mostrasses 
y  en  mis  manos  fiasses  tu  remedio. 

FANIO 

Dessas  espero  el  medio  que  conviene. 

LIRIA 

¿Es  mi  amiga  quien  tiene  tu  alegría? 

FANIO 

Si  tanto  fuera  mía,  en  tal  fortuna, 
poca  quexa  6  ninguna  se  tuviera. 

LIRIA 

Pues  di  dessa  manera  mal  tan  duro, 
que,  por  mi  fe,  te  juro  de  hablalla 
y  á  tu  amor  incitalla.  F.  Que  me  place; 
á  mi  me  satisface  tu  promessa, 
aunque  en  la  alma  me  ptsa  de  probarte; 
y  antes  quiero  mostrarte  aquesta  carta, 
que  con  angustia  Imrta  teugo  escrita, 
para  aquella  que  quita  mi  contento; 
jamás  mi  pensamiento  fué  adivino, 
que  fueras,  papel,  diño  de  hallarte 
donde  pudo  llegarte  mi  osadía: 
leedle,  Liria  mía,  parte  á  parte. 


444 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


CAETA 


Lm  libertad  ganada, 
porqae  en  tan  buena  empresa  ra  perdida; 
la  Tolantad  prendada, 
el  alma  enriquecida, 
riéndose  en  so  senricio  de  partida. 

Indignas  de  llamarte, 
sin  tu  licencia,  el  nombre  de  sefic^a, 
Tienen  á  suplicarte 
que  se  la  des  ahora, 
j  cada  cual  se  llamará  deudora. 

Recibe  por  cautiras 
las  que  este  nombre  en  su  sepulcro  escriben ; 
verás,  si  no  te  esquivas 
j  tal  merced  reciben, 
cómo  en  mi  solo  mueren,  en  ti  viven. 

Inclina  á  mis  cansadas 
razones  tus  orejas,  por  ventura; 
no  sean  despreciadas 
en  afición  tan  pora 
las  mismas  obras  de  tu  hermosura. 

Al  fin  mi  fe  y  mi  pena, 
pues  de  ti  nacen,  tujo  será  el  cargo, 
j  aquí  cesse  la  vena 
de  estilo  tan  amargo, 
corto  en  hablarte  j  en  pedirte  largo. 

LIRIA 

La  carta  está  tan  buena  que,  aunque  pruebe 
de  mil  maneras,  no  sabré  loalla, 
porque  es,  en  fin,  compendiosa  y  breve. 

FANIO 

i  Parécete  que  puedo  aventurolla? 

LIBIA 

Paréceme  que  pierdes  de  ventura 
lo  que  te  detuvieres  en  ccmlla. 

FANIO 

¿  Parécete  que  llegará  segura 
de  que  puedan  culparme  de  arrogante? 

LIBIA 

Paréceme  un  retrato  de  mesura. 

FANIO 

¿Al  fin  me  juzgas  verdadero  amante? 

LIBIA 

Y  que  mereces  ser  galardonado. 

FANIO 

Quiera  Dios  que  assi  digas  adelante. 

LIBIA 

Pero  ya  que  la  carta  me  has  mostrado, 


dime,  ¿quién  fué  la  cansa  de  hacella? 
Pues  sé  la  pena,  sepa  quién  la  ha  dada 

FAKIO 

En  cinco  partecillas  que  haj  en  ella, 
pedrás  saber  el  todo  que  pretendo, 
si  adivinares  el  secreto  della. 

LIBIA 

Tómamelo  á  decir,  que  no  lo  entiendo. 

FANIO 

De  cada  cinco  estancias  ve  tomando 
la  primer  letra  y  velas  componiendo: 

Porque  estas  cinco  letras  ayuntando, 
por  el  orden  que  digo,  fácilmente 
el  nombre  de  mi  alma  irás  formando. 

LIBIA 

No  te  he  entendido  verdaderamente, 
¿acaso  dice  Lbbia?  F,  Con  dos  ies 
no  puede  pronunciar  Lería  el  leyente. 

libia 

¿Dice  por  dicha  Libiat  F.  No  porfíes, 
¿con  erre  Libia]  Buen  descuido  es  esse. 

LIBIA 

Pues  menester  será  que  tú  me  guies. 

FANIO 

Habrélo  de  hacer,  aunque  me  pese, 
que  Libia  dice.  L,  Siria.  ¿ Pues  entiendes 
que  no  lo  sé  decir  si  lo  leyesse? 

FANIO 

Pues,  Siria^  digo  yo,  ¿por  qué  me  vendes 
descuidos,  cuando  el  alma  me  has  rol^o, 
y  con  falsa  ignorancia  te  defiendes? 

¿Dónde  te  vas,  pastora?  L,  A  mi  ganado. 

FANIO 

Mira,  pastora,  tente.  L.  ¿Qué  locura 
es  ésta  que  tan  presto  te  ha  tomado? 

¿Estás  loco,  pastor?  F.  Que  no  hay  corda 
en  quien  no  la  perdiesse,  contemplando 
mi  amor  y  tu  desdén  y  hermosura. 

LIBIA 

Déjame,  ¿qué  pretendes?  F.  Que  llorando 
me  veas  fenecer.  L,  Deja  mi  mano. 

FANIO 

Y  tú  mi  alma,  que  la  estás  matando. 

LIRIA 

¡Oh  solitario  valle!  ¡  oh  campo  llano! 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


445 


¿Habi*á  quien  lastimoso  me  defienda 
deste  pastor  perdido,  deste  insano? 


FANIO 


Escucha,  Libia,  ya  solt^  la  rienda 
4  lo  osadía  para  detenerte, 
no  bastará  aunque  Júpiter  descienda. 

LIBIA 

¿Qué  quieres?  F.  Quiero  en  todo  obedecerte, 
si  no  es  ahora  en  esta  fácil  cosa, 
que  estés  presente  al  passo  de  mi  muerte. 

LIRIA 

Otra  podrás  buscas  más  animosa. 

FANIO 

Pues  para  dar  la  muerte  eres  osada, 
para  verme  morir  no  seas  medrosa. 

LIBIA 

Suéltame,  Fanio.  F,  Ya  serías  soltada, 
por  no  enojarte,  si  tuviesse  cierto 
que  escucharías  un  rato  sossegada. 

LIRIA 

Suéltame,  que  no  aprietas  como  muerto. 

FANIO 

Asido  á  las  aldabas  de  la  vida, 

pensar  muerte  prenderme  es  desconcierto. 

LIRIA 

Suelta  ya.  F.  Sí  haré;  mas  sei  servida 
de  me  escuchar.  Z.  Como  no  fuesses  largo. 

FANIO 

Esso,  tu  voluntad  será  medida. 

Y  si  te  pareciere  que  me  alargo, 
mándame  tú  callar,  y  verás  luego 
cómo  procuro  en  todo  echarte  cargo. 

Ser  contigo  atrevido  no  lo  niego; 
mas  ¿qué  derecho  guardará  el  forzado 
6  cómo  no  caira  sin  luz  el  ciego? 

LIRIA 

Esso  me  agrada,  llámate  culpado, 
y  yo  te  escucharé  de  buena  gana. 

FANIO 

Y  aun  si  quieres  me  doy  por  condenado. 

Mira  esta  parra  fértil  tan  lozana, 
cómo  por  este  olmo  infrutuoso 
se  abraza,  y  lo  que  él  gana  y  ella  gana. 

El  con  ella  se  muestra  más  hermoso, 
y  ella  sin  él  cayera  por  el  suelo, 
do  no  fuera  su  fruto  provechoso. 

La  flor  desamparada  quema  el  hielo, 


no  hay  cosa  sola  en  la  Naturaleza, 
y  lo  que  no  aprovecha  no  es  del  cielo. 

Goza  con  tiempo  de  tu  gentileza, 
que  el  día  passado  no  puede  cobrarse, 
ni  como  rosa  torna  la  belleza. 

Guando  un  estado  tiene  de  tomarse, 
hallando  la  ocasión  que  es  conveniente, 
¿qué  sirve  ó  qué  aprovecha  dilatarse? 

No  te  niego  yo.  Liria,  que  al  presente 
podrías  escoger  otro  que  fuesse 
en  bondad  y  en  hacienda  preminente; 

Mas  si  tomasses  á  quien  más  valiesse 
que  yo,  yo  juraré  que  no  hallases 
otro  que  más  ni  tanto  te  quisiesse. 

Demás  desto,  pastora,  si  mirasses 
mi  edad  y  mi  hacienda  y  mis  respetos, 
podría  ser  que  no  me  despreciasses. 

Y  sobre  todo,  mira  los  efetos 

que  en  mí  hacen  tu  gracia  y  hermosura, 
que  bastan  á  suplir  muchos  defetos. 

liria 

Basta,  pastor;  que  Dios  te  dé  ventura; 
yo  te  agradezco  amor  tan  verdadero, 
y  escúchame  otro  poco,  por  mesara. 

¿Qué  sabes  tú  si  por  ventura  quiero 
y  amo  otro  pastor,  de  tal  manera 
que,  como  tú  por  mí,  por  él  me  muero; 

Y  le  tengo  una  fe  tan  verdadera, 
que  aunque  la  vida  su  afición  me  cueste, 
ha  de  ser  la  primera  y  la  postrera? 

¿Qué  es  esto,  Famio?  ¿qué  desmayo  es  éste? 
¿háceslo  adrede?  No,  que  estás  muy  frío. 
¿Hay  algún  Dios  que  su  favor  te  preste? 

Recuerda,  Fanio.  ¡  Oh  Ninfas  deste  río, 
venidme  á  socorrer  un  caro  amigo, 
porque  no  me  castigue  el  error  mío! 

Recuerda  ya,  los  Dioses  sean  contigo, 
mira  que  lo  que  dije  fué  burlando, 
y  ahora  es  verdadero  lo  que  digo. 

FANIO 

¿Yo  muero,  ó  vivo,  ó  veo,  ó  estoy  soñando? 
¿qué  ha  sido,  Liria?  L,  A  lo  que  entiendo, 
ibaste  con  el  sueño  transportando; 

Que  como  yo  te  estaba  persuadiendo 
que  te  dejasses  de  tan  vana  empresa, 
con  el  placer  quedást^te  durmiendo. 

FANIO 

Más  que  esso,  Liria,  á  lo  que  entiendo  pesa: 
paréceme  que  me  ponías  un  caso 
donde  el  extremo  de  miserias  cesa. 

liria 

De  esso,  pastor,  no  hagas  mucho  caso, 
si  le  haces  de  mi,  porque  son  cosas, 
que  en  efeto  las  digo  y  no  las  passo. 


44$ 


ORÍGENES  DE  LA  l^OYELA 


Mas  porque  son  raeones  peligrosas, 
estas  qae  aquí  passamos,  quiero  irme, 
qne  bien  bastan  dos  horas  para  ociosas. 


FAHIO 


Yo  de  ti  j  de  la  yida  despedirme, 
que  aqueste  laxo  acabará  mis  días 
si  como  tá  se  me  mostrare  firme. 

LIBIA 

Mira,  pastor,  no  hagas  nifierias, 
que  para  verme  y  aun  para  hablarme 
no  faltará  lugar  más  de  dos  dias. 

FANIO 

Esso,  pastora  mía,  ¿es  engafiarme? 


LIBIA 

Es  gran  llaneza.  F,  Y  aunque  no  lo 
bien  bastará  para  resucitarme. 


sea. 


LIBIA 


Fanio,  lo  qne  yp  digo  se  me  crea, 
y  forzada  me  Yoy  de  aquí  tan  presto, 
adiós.  F.  El  haga  que  otra  rez  te  vea. 

Publicar  tanto  bien,  ¿seráme  honesto, 
ó  á  poderlo  callar,  seré  bastante? 
¿A  quién  iré  que  me  aconseje  en  esto? 

DBLIO 

Tu  verdadero  amigo  está  delante. 

FAVIO 

;0h,  caro  Dblio  mío,  y  cómo  atas 
mi  voluntad  con  lazos  de  diamante! 

¿Fuistete  ó  hasme  oído?  D,  Mal  me  tratas. 
('Irme  tenía  viéndote  en  tal  punto? 


FANIO 

¿Pues  dónde  estabas?  />.  Entre  aquellas  matas. 

Con  tu  desmayo  me  quede  difunto, 
pero  decirte  mi  placer  no  puedo 
viendo  á  Liria  en  valerte  tan  á  punto. 

Bien  quisiera  salir,  mas  tuve  miedo 
de  darte  sobresalto  ó  descontento, 
y  entre  pena  y  placer  me  estuve  quedo. 

FANIO 

¿Pues  hizo  en  mi  desmayo  sentimiento? 

DELIO 

Tú  como  transportado  no  lo  viste; 

mas  cree  de  mí,  que  la  verdad  te  cuento. 

Que  se  mostró  tan  alterada  y  triste, 
que  comenzó  á  pedir  al  cielo  ayuda, 
y  mesuróse  cuando  en  ti  volviste. 

Sabe  disioiular,  como  es  sesuda, 
mas  de  quererte  como  tú  la  quieres, 
no  tengo  yo  (ni  tú  la  tengas)  duda. 


PAVIO 


Ya  yo  sé,  Delio,  qae  á  doqaii 
ó  tus  consejos  fueren  admitidos, 
no  faltarán  contentos  j  f^acerea» 


qoefnei 


DKLIO 

Essos  tengas  de  Libia  moy  cumplidos, 
aunque  en  lo  que  quedaste  aqni  hablando 
cuando  se  fué,  ofendiste  á  mis  oídos. 

No  sé  qué  te  decias»  no  bastando 
á  cerrar  en  tu  pecho  la  alegaría, 
ora  el  callar,  ora  el  hablar  dudando. 

Pues  mira  qué  consejo  te  daria, 
que,  en  lo  que  toca  á  Amor,  antes  rebientos 
que  confieses  agora  qne  es  de  día. 

Bien  pareces  sencillo,  paes  no  sientes 
cuánto  debe  excusar  el  hombre  saino 
la  envidia  y  la  malicia  de  las  gentes. 

Al  qne  te  arrima  dulcemente  el  labio 
no  le  fíes  el  dedo,  que  á  tu  costa 
podrá  ser  que  conozcas  su  resabio. 

Porque  la  fe  del  mundo  es  tan  angosta, 
tan  ancha  y  prolongada  la  malicia, 
que  la  virtud  escapa  por  la  posta. 

Aquel  que  te  hubiere  más  caricia, 
si  te  escudrífia  con  industria  el  pecho, 
cree  qne  tu  mal  y  no  tu  bien  codicia. 

Los  bienes  que  el  Amor  te  hubiere  hecho, 
Fanio,  tesoros  son  de  duen  de  casa, 
cállalos,  y  entráronte  en  buen  provecho. 

Y  aquel  refrán,  que  tan  valido  passa, 
que  pierde  el  bien  si  no  es  comunicado, 
no  atraviesse  las  puertas  de  tu  casa. 

Calla  con  el  amigo  más  fundado, 
que  en  prisión,  en  discordia  ó  en  ausencia, 
no  te  arrepentirás  de  haber  callado. 

Sabe  que  es  general  esta  dolencia, 
entre  la  gente  moza  respetarse 
amigo  á  amigo  sólo  en  la  presencia. 

Que  ya  hemos  visto  alguno,  por  fiarse 
de  un  gran  amigo,  hecha  su  jomada, 
pensar  que  es  todo  un  tiempo,  y  engañarse. 

Y  algano  vi  con  suerte  confiada, 
lleno  de  vanagloria  en  sus  favores, 
después  hallarse  un  nido  con  no  nada. 

Y  cuando  la  ocasión  destos  temores 
cessasse  (que  ¡mpossible  me  parece), 
por  ley  han  de  callar  los  amadores. 

Y  en  lo  que  ahora  de  tu  bien  se  ofrece, 
no  te  descuides,  menos  te  apressures, 
que  lo  extremado  apenas  permanece. 

¿Qué  me  respondes,  Fanio?  F.  Que  no  cures 
de  decir  más,  que  poco  daño  temo 
con  tal  que  tú  por  mi  salud  procures. 

Demás  que  siempre  huigo  yo  el  extremo, 
y  callo  bien,  como  si  fuesse  un  canto, 
y  de  mi  hermano  en  mi  afición  blasfemo. 


k 


BL  PASTOR  DE  FILIDA 


447 


DBLIO 


Üumple  que  assi  lo  hagas;  j  con  tanto 
Yoj,  qae  tengo  lejos  el  abrigo, 
ísdobla  la  noche  apríessa  el  manto. 
r  porqae  pienso  Incgo  dar  conmigo 
ú  monte  de  pino,  á  las  paranzas, 
date  en  paz.  F,  Y  yuya  Dios  contigo. 

DBLIO 

iWk  te  ayén  con  ranas  esperanzas,  .  • 

aunqae  se  maestra  tn  fortuna  mansa, 
Ká  te  arrastrarán  tos  confianzas. 

FAMIO 

>elio  me  espanta  cómo  no  descansa, 
opa  con  quien  ha  de  respetarle, 
i  habla  tanto,  que,  aunque  bueno,  cansa; 
yo  lo  estaba  casi  de  escucharle. 

Üon  tales  afectos  representaron  los  discretos 
itores,  que  á  los  oyentes  no  les  parecia  re- 
scntacion,  sino  propio  caso,  y  aunque  agrá- 
á  todos,  á  FiLiDA  Inucho  más,  porqae  sa'uia 
s  por  entero  aquella  historia.  Liria  era  su 
iga  y  Fanio  y  Delio  muy  conocidos  de  to- 
i,  y  assi,  estuvo  con  gran  atención  desde  el 
ncipio  hasta  el  cabo;  que  le  hizo  gran  donai- 
verlos  despedir  murmarándose,  y  agrade- 
udo  á  los  pastores  la  curiosidad  con  que  la 
reten ian,  pidió  á  Sasio  que  rematasse  la  fíes- 
el  cual,  las  manos  en  la  lira  y  el  pensamien- 
en  Silvera,  pastora  gentil,  á  quien  nueya- 
nte  amaba,  cantó  con  gran  dalzura  aques- 
versos  suaves: 

SASIO 

Esto  que  traigo  en  mi  pecho 
no  puede  ser  sino  amor, 
pues  me  siento  en  su  rigor 
agraviado  y  satisfecho; 
yo  oso  en  la  cobardía 
y  en  el  osar  me  acobardo; 
¿qué  me  guardo, 
si  la  nieve  que  me  enfria 
es  el  fuego  en  quo  me  ardo? 

Guardóme  de  tal  manera 
que  me  guardo  del  contento, 
pues  la  causa  del  tormento 
fué  mi  ventura  primera. 
Amparóme  con  mi  ofensa 
porqae  sé  que  aunque  más  pene, 
me  conviene 
no  hacer  jamás  defensa 
sino  al  bien  que  sin  vos  viene. 

En  la  empresa  comenzada 
no  puedo  faltarme  gloria, 
pues  la  primera  vitoria 
de  mí  la  tengo  alcanzada; 


que  aunque  la  pena  contina 
mi  juicio  desconcierte, 
es  de  suerte 

que  estimo  por  medicina 
lo  que  me  causa  la  muerte. 

En  tan  rabioso  combate 
bien  se  verá  á  lo  que  vengo, 
pues  por  vencimiento  tengo 
ser  vencido  y.  sin  rescate; 
porque,  pastora,  quedé 
en  lugar  donde  bonanza 
no  se  alcanza, 
que  en  los  brazos  de  la  fe 
se  desmaya  la  esperanza. 

El  que  más  se  guarda  y  mira, 
más  en  vano  se  defiende, 
pues  vuestra  terneza  prendo 
y  ejecuta  vuesta  ira, 
y  pasa  tan  adelante, 
que  entiendo  en  el  daño  fiero 
de  que  muero, 
aue  sois  hecha  de  diamante 
ó  pensáis  que  sois  de  acero. 

Trayo  comigo  guardado 
licor  para  mi  herida, 
un  sufrimiento  á  medida 
de  vuestro  rigor  cortado, 
que  aunque  en  el  alma  me  daña, 
prestaiMio  á  vuestra  aspereza 
fortaleza, 

crecer  paede  vuestra  saña, 
mas  no  menguar  mi  firmeza. 

El  suave  son  de  la  lira,  la  dulzura  de  la  voz, 
la  harmonía  de  los  versos  faé  tal,  que  echó  el 
sello  á  todo  lo  passado,  y  habiendo  Filida  he-* 
cho  traer  de  sus  cabanas  una  curiosa  caxa  de 
ébano  fino,  allí  en  presencia  de  todos  la  abrió, 
y  sacando  della  ricas  cacharas  de  marfil,  cuchi- 
llos de  Damasco,  peines  de  box  y  medallas  de 
limpio  cristal,  con  gran  amor  lo  repartió  de  su 
mano,  y  los  pastores,  con  gran  alegría  recibieron 
sus  dones,  salvo  Filardo  que  no  había  cosa  que 
le  pudiesse  alegrar,  y  assi  él  solo  triste  y  todos 
los  demás  contentos,  salieron  á  la  ribera  con 
la  hermosa  Filida,  y  por  la  orilla  del  cristali- 
no Tajo  se  anduvieron  recreando.  ¡Oh,  quién 
supiera  decir  lo  que  aquellos  árboles  oyeron ! 
porque  Siralvo  y  Florela  gran  rato  estuvieron 
solos;  Finca  y  Alfelio  lo  mismo;  Pradelio  y 
Filena,  por  el  consiguiente.  Pues  Sasio  y  Ar- 
siano,  Campiano  y  Mandronío,  bien  tuvieron 
que  hacer  en  consolar  á  Filardo,  y  la  sin  par 
Filida,  como  señora  de  todo,  todo  lo  miraba  y 
todo  lo  regía;  hasta  que  el  sol  traspuesto  forzó 
á  todos  á  hacer  otro  tanto.  A  Filida  acompa- 
ñaron los  dos  maestros  del  ganado  y  sus  pas- 
toras, Celia  y  Florela,  y  á  Filena  los  demás, 
porque  assi  Filida  lo  ordenó;  sólo  Filardo, 


44S 


0BIGE2^S  DE  LA  XOVELA 


r'jaAfj  cttá*  pon  aSi  gnajeala.  pv  diTeivate 

'i  d«tt<^  evento,  om  nao  detmoÍDO  dcs- 
r  ri  b> j  fl(n>  ^«e  iBWibira  lo  erté,  podñ 


QUISTA  PARTE 

BKl.     riBTOE     B(     riLIDA 

So  <s  powSrfe  que  á  todoa  agrade  d 
l«a  áfbolea  r  ím  hieritaa;  ■!■■  ja  Mhfn 
tac  srira*  fofrMi  digna*  de  raoaar  en  Ua  ore- 
jas de  kia  «ónaolea:  la  difereaeia  «s  aalír  d  «od 
de  la  sampofia  de  Trtíro  ¿  de  la  mis:  ana  esto 
tieae  n  d^acnrato,  que  de  nás  j  menoa  te  or- 
dena d  nmiMlo,  tan  aína  hallaremoa  qníen  oja 
el  tamboril  de  Baeo  eooio  la  lira  de  Apolo. 
Hare  una  coaa  difimltoAa  para  mí,  pero  Uc3 
país  tuloa,  que  aera  paaaar  en  lüencio  lo  qoe 
noa  qneda  del  florido  Abril  j  del  tico  j  defn- 
toso  Majo,  dod3e  nneatroa  pastores  entre  sos 
bíenea  j  itu  males  eon  Fortona  j  Amor,  per- 
diendo j  ganando,  passaron  coaaa  dignas  de 
mal  coenta  que  la  qne  jo  agora  hago.  Pociqne 
Pradelio  j  Filena  en  este  tiempo,  entre  macho 
dnizor,  hallaron  mucho  acíbar,  d  pastor  celoso 
j  perdido  j  Is  pastora  apremtsda  j  coníoaa. 
Fanio  j  Fines  fneron  creciendo  en  las  volan- 
tadea,  basta  hscerse  de  dos  almas  una.  Ergasto 
j  Licio  tm}eron  i  Celio,  y  hallaron  á  Silvia 
enamorada,  no  te  pnede  decir  de  quién,  qne 
cnando  se  sepa,  seii  nn  notable  hechizo  de 
Amor;  j  lo  qne  sin  ligrimas  no  podré  contar, 
aqoella  sin  par  nacida,  principio  j  fin  de  la  ba- 
mana  bermosnra  (qne  por  estos  nombres  bien 
pnede  enteoderae  el  sajo),  oprimids  de  sn  bon- 
dad nataral  j  del  conocimiento  de  en  valor, 
dex¿  los  bienes,  negó  loe  decdoa  j  despreció  la 
libertad,  consagróse  á  la  casta  Diana  j  lleróse 
tras  si  á  1m  montes  la  riqueza  j  bermoenra  de 
loi  campos:  pnes  si  cnitado  pastor  qne  mis 
qae  á  si  Is  amaba,  nada  naevo  la  podo  llei'ar; 
porqae  el  alma  dada  se  la  tenia,  pero  dexóle  en 
Ingar  de  SD  dnlciMima  presencia  nns  noche  de 
eterno  dolor  j  llsnto  en  qae  ocupado  passabs 
la  mezquina  vida.  No  bascaba  los  montes,  por- 
qae no  osaba;  no  segnia  la  ribera,  porqae  le 
afligía;  lo  mis  del  tiempo,  solo  en  sn  cabafia 
entre  memorias  crueles,  esperaba  la  muerte,  y 
si  slgnna  rcz  salís,  no  por  la  sombra  de  los  ár- 
boles ni  por  Ib  trescnra  de  Isb  fuentes,  pero  por 
riscos  j  collados,  donde  el  sol  de  Junio  sbra- 
saba  la  desierta  áreas,  sobre  ella  tendido  lla- 
maba en  vano  &  la  kermoss  Filida,  t  entre 
estas  lamentaciones,  im  día,  sentado  sobre  el 
tronco  seco  de  an  ncebo,  repentinamente  socó 


d  niíA  que  estaba  tas  olndado.  t  ki 
tierikos  j  faeiaJoc,  qne  ae  podio»  jncgarq 
reía,  desu  saaaen  aeonpMfió  s«s  la^riaai 


¿Cnáadod  jazmín!  iCoándod  color  de 
'  con  ioa  doa  elaraa  ojoa  ceUpaadoa? 
iCnándo  piensas  rvoiper  estos  nnbladoc 
T  mosbariMa  d  día, 
FiLiDA.  duke  mía? 

Si  en  algún  tiempo  a  loa  deacwiaolados 
aaancilla  hubiste,  tenia  de  mí  pena: 
eesse  tan  triste  aoseneia, 
qae  en  tu  presencia  la  fatiga  ea  boena. 

FiLiDi,  lá  te  fniste,  qne  de  otra  arte 
estar  ansentea  no  foeía  poaatUe, 
poiqae  aonca  de  tí  jo  me  apartaia. 
Qae  ni  acidentes  de  dolor  teniUe 
BJ  pdigros  de  moerte  fueran  parte 
para  partirme  de  tn  dulce  can. 
Vea,  no  te  muestres  á  mi  ttaat  avan: 
que  si  gnsto  te  diera, 
PiUDA,  si  bien  fnera, 
entre  tigres  de  Hircania  le  boacan; 
mi  mal  me  haee  qne  á  mi  bicsi  na  arieite 
j  estando  tú  escondida, 
buco  la  Tida  j  topo  toa  la  muerte. 

FiLiDA,  mira  con  qoíén  riro  ausente; 
mira  de  qnién  estoj  acompañado 
j  lo  qne  saco  de  sn  compañía. 
La  esperanza  ligera,  d  mal  pesado, 
el  bien  passado  con  d  mal  presente 
j  el  inter^  morir  en  mi  porfía: 
mas  si  JO  riesse  nn  Tentnroeo  dia 
en  que  tu  rostro  riesse, 
FtLiDA,  annque  mariesse 
;por  cuan  riro  j  dichoso  me  tendría! 
Has  aj  de  mi.  qne  temo  mis  qne  espen: 
temo  qne  si  haj  Urdanza, 
esta  esperanza  morirá  primero. 

FiLiDA,  coantas  lágrimas  enrió, 
no  son  jB  tanto  porqne  no  Xe  reo 
ensato  porque  jamás  espero  verte; 
no  sé  si  tiene  culpa  mi  desseo, 
bien  sé  qne  tiene  pena,  j  jo  lo  fio, 
que  si  que  espera  salud,  no  haj  dolor  funl 
i'qué  juzgarías  que  perdí  en  perderte.' 
Perdí  la  misma  vida, 
FiLiDA  mis  querida, 

que  en  tn  ausencia  no  es  rída,  sino  ninciti 
perdí  los  ojos,  qne  sin  ti  los  ni^o, 
y  negarlos  conviene, 
pues  quien  los  tiene  j  no  te  mira  es  cifgOi 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


449 


FiLiDA,  tal  quede  de  ti  apartado 
cual  sin  el  alma  el  cuerpo,  6  cual  la  nave 
sin  marinero,  6  cual  sin  sol  el  día; 
muriendo  aprendo,  ciencia  harto  grave, 
á  conocer  un  buen  y  un  mal  estado, 
y  cuánto  ya  de  un  es  á  un  ser  solía ; 
edificando  estoy  de  noche  y  día 
labores  sin  cimiento: 
FiLiDA  el  argumento; 
y  el  oficial  mi  vana  fantasía; 
mas  en  hiendo  la  torre  levantada 
trazada  á  mi  deseo, 
luego  la  veo  por  tierra  derribada. 

FiLiDA  mía,  consuelo  de  mi  alma, 
más  agradable  que  la  luz  serena 
y  muy  más  que  la  misma  vida  cara, 
¿dónde  suena  tu  canto  de  sirena? 
¿Quién  goza  tu  amistad  sincera  y  alma? 
¿Donde  se  mira  tu  hermosa  cara? 
;0h!  cuan  de  veras  me  ha  costado  cara 
la  lumbre  de  los  ojos, 
FiLiDA,  que  mis  ojos 
de  espaldas  ven  el  bien,  el  mal  de.  cara, 
la  triste  vida  que  posseo  me  culpa, 
y  ella  misma  me  pena: 
sufra  la  pena  quien  causó  la  culpa. 

FiLiDA,  en  tanto  que  el  sereno  Apolo 
ciñe  nuestro  horizonte,  y  entre  tanto 
que  le  da  cuna  el  húmido  Neptuno, 
mis  ojos,  no  en  reposo,  mas  en  llanto, 
su  oficio  es  llorar  solo,  y  como  solo 
á  solas  estas  rocas  importuno, 
exc asome  que  sepa  ya  ninguno 
vida  tan  trabajosa. 
FiLiDA  mía  hermosa, 
si  contasse  mis  males  de  uno  en  uno, 
corta  sería  la  vida,  el  tiempo,  el  modo, 
corto  el  entendimiento, 
que  mi  tormento  no  se  entiende  todo. 

FiLiDA,  viva  6  muera,  llore  6  ría 
ó  trabaje  ó  repose,  ó  duerma  6  vele, 
ora  tema,  ora  espere  y  dude  y  crea, 
ha  de  estar  firme  lo  que  siempre  suele, 
firme  el  querer  y  firme  la  porfía 
del  que  mirarte  y  no  otro  bien  desea. 
Escrito  est¿  en  mi  alma,  allí  se  lea, 
tu  nombre  y  mi  des?o. 
FiLiDA,  allí  te  veo, 
mas  haz  que  con  mis  ojos  hoy  te  vea; 
míralos  viudos,  tristes  y  enlutados, 
coronados  de  nieblas, 
con  las  tinieblas  por  Amor  casados. 

Ya  falta  aliento  al  espíritu  cansado 
que  vencen  las  passiones, 
FiLiDA,  y  las  razones 
con  mi  seca  ventura  se  han  helado; 

OIlí'JENES   DE    LA   NOVELA. — 29 


muero,  y  si  quieres  que  contento  muera, 
doquier  que  estes,  señora, 
acoge  agora  mi  razón  postrera. 

Apenas  Siralvo  puso  fin  á  su  afligida  canción, 
cuando,  llamado  de  un  súbito  ruido,  volvió  los 
*)jos  al  monte,  y  por  la  falda  del  vido  venir  un 
ligero  ciervo  herido  de  dos  saetas  en   el  lado 
izquierdo,  sangrientas  las  blancas  plumas,  y  tan 
veloz  en  su  carrera,  que  sólo  el  viento  se  le  po- 
día comparar,  y  á  poco  rato  que  entró  por  la 
espessura  del  bosque,  por  las  pisadas  que  el 
había  traído  llegaron  dos  gallardas  cazadoras, 
que  con  presuroso  vuelo  le  venían  siguiendo. 
Descalzos  traían  los  blancos  pies  y  desnudos 
los  hermosos  brazos;  sueltos  los  cabellos  que, 
como  fino  oro,  al  viento  se  esparcían;  blanco 
cendal  y  tela  de  fina  plata  cubrían  sus  gentiles 
cuerpos,  las  aljabas  abiertas  y  los  arcos  col- 
gando. Pues  ahora,  sabed  que  la  una  destas 
era  Florela,  que  juntamente  con  Filida  se- 
guía los  montes  de  Diana,  y  como  vido  á  Si- 
ralvo, casi  forzada  de  amor  y  compa&sión  le 
dixo:  Pastor,  ¿has  visto  por  aquí  un  ciervo  he- 
rido que  poco  ha  baxaba  de  la  altura  deste 
monte?  Sí  he  visto,  respondió  Siralvo  lleno  de 
turbación  de  ver  quién  se  lo  preguntaba.  Pues 
guíanos,  pastor,  dixo  la  cazadora,  que  las  sae- 
tas que  lleva  nuestras  son  y  tuya  será  parte  de 
los  despojos.  No  respondió  Siralvo,  pero  ató- 
nito y  contento  tomS  la  senda  del  bosque,  obli- 
gándolas   á   correr   más   que   solían,   y   des- 
pués que  gran  rato  anduvieron  por  la  espessu- 
ra, á  un  lado  oyeron  bramar  el  ciervo,  y  acer- 
cándose á  él  se  hallaron  cerca  de  una  fuente, 
que  al  pie  de  un  pino  salía,  asiendo  de   la 
hierba  sobre  el  agua.  Prestamente,  Siralvo  le 
asió  por  los  anchos  cuernos  y  con  el  puñal  le 
cortó  las  piernas,  con  que  quedó  tendido  al  pie 
del   árbol.  Las   cazadoras,   contentas   con   la 
presa,  pidieron  á  Siralvo  que  le  quitasse  los 
cuernos  y  los  pusiesse  en  lo  alto  del  pino  en 
tanto  que  ellas  se  alentaban  de  la  larga  ca- 
rrera. Poco  tardó  Siralvo  en  hacer  esto  y  menos 
Florela  en  hablarle  cuando  á  la  compañera  vio 
dormida.  Siralvo  mío,  le  dixo,  ¿qué  buena  suerte 
te  ha  traído  por  donde  yo  te  topasse?  Esa,  dixo 
Siralvo,  mía  sola  la  puedes  llamar,  si  siend(» 
tan  buena  puede  ser  de  quien  tan  mala  como 
yo  la  tiene.  Esso  me  enoja,  dixo  Florela;  viva 
Filida  y  contenta;  tú  en  su  gracia,  ¿cómo 
puedes  quexarte  de  tu  suerte?  Desde  ahora, 
dixo  Siralvo,  mal  contado  me  sería  que  sé  de  ti 
tales  nuevas;  pero  ausente  de  su  hermrsura  y 
ignorante  de  su  contento,  desesperado  del  mío, 
¿cómo  juzgas,   Florela,  que  yo  podría  estar? 
Como  tú  dices,  respondió  la  cazadora;  pero 
porque  á  ti  y  a  Filida  no  ofendas,  te  certifico 
dos  cosas:  la  una,  su  gusto,  y  la  otra,  tu  favor; 


I.V; 


í»I{!V;EyE>  T»E  LA  N'^VELA 


'.'I-  r.nri'-a  íia  h.i»  !'i'i  ii.U'iurza  -n  .a  «.aiis  i  dv- 
!!•  ii.  va  fi'Uí  í-!i  '•!  •stai"  la  iiav^.  ,'E*ro  t**  ra- 

íl"  vi-r  >'i  l*-!«l;.íl  «■''■:i:'«  *■  ¡:;i.'  Pn*  *  ««a:  .^  -"{n»* 
sinii'i'i''  1*^'^  '^•i'.?^  'I'.'l  á?i:iiia  iiiiri'-a  ■!••  Filida  *  • 

íiliirtar:.  '--t-  -   i,il«-    la    Vi-r"!!  V    l.n  la  v.-li  i  ;;*- 

t.iiit'-  <-rií  iii-i/r."  ^•■Il  f-ira  íiirnnr  in:s  •■•:.>i] •!•■<. 
;  V  «i  yi>  haL'o.  «lix'í  I''!"r'!ii.  'j'iv  ;a  v.a*?  Ha- 
ría-   foiiiiiiifí..  rlix^i  S:  ral  Vi  i.  ijj.is   •¡ij»-  ♦•!   «■¡.•■i.. 

jiii' "í  !■-»  '|»i«*  '•!  ijj'"  i»i"ira  fú  íii"  !•»  <lafa«.  I*»*  < 
a!t-L'rat'-.  pa-tor.  'Üxo  rj<»r'  !a,  y  v.-tv  ■•:.  I-:!"!» 
hor.i,  qii'r  ni"  iiii¡i  rra  q nielar  aquí:  mira  «jj;»' 
r|ii¡'  r"  -  qu'r  !'•  'li'/a  á  F'ilii»a.  mM"  •!•■  !a  irri^:jja 
art"  >■  I'i  «lin*.  J>ilí',  Fi'ip'ia.  lÜx*»  el  }»a>t"r, 
un-  a'jM«-lla  luisnia  vi-ia  f\w  »-ri  virtiil  d*-  >ns 
/ij'i^  Sí-  •*ii«'tí'!ita^a,  «-stá  alinra  ^!i  ^ii  aiisfii'ia. 
;<Jfii<*  ijjá:^  !'•  din*?  'lix'i  Flun-la.  I>il»*  más,  d¡x«> 
Si  ral  Vil,  íjiií*  Sí?  fiií'  y  mo  d«'XÓ;  y  l'a>ta,  qiii*  «.-lia 
¡•alx*  Illas  tU'  lo  quí'  tú  y  yo  N*  {M>di-niiis  <l«'i-ir. 
I^'»  qu"  v»'-  i'ii  mí  «'ara  li*  |ifi'lrás  rontar,  y  ♦■] 

l'ií'Il  qUi*  Illi:  linliií'P'  '!•*  liaí'»T  Si-a  á  tirnipn  qil'' 

apr'iv-'  íi'*,  porqii»*  im*  llama  la  mn»Tt<'  muy 
afirl--*;!.  y  aiiri«{i|í*  aímra  \tnr  ti  i'iitP't'Midré  la 
\  ida.  si  tapias  í-ii  ''•  infirmarla  im  >«•  <jMtf  «rá 
<!«•  mí.  P¡í*rd(*  r'iiidado,  pastnr,  dixn  Fl«»n'la, 
<jii<'  y II  1<*  t'Muln*  coiin»  v«Tás:  con  ht  oiial  Si- 
ralvo  -í*  partió  d^-lla,  y  por  ji'*iisar  mí'jnr  tMi  su 
siirí'sso,  filtró  por  \f>  más  ospi-sso  di-l  lios(|iii', 
í'iitn*  tí-mor  y  «spíTanza,  Ih'im  de  tnrbariüii,  y 
s<'iitáMdn«í<*  í'ii  aqiU'lla  solrdad  smnliría  oyó  un 
inspiro  faii  th'nio  qu'd**  juzí^ó  ])Mr  proprio  suy*». 
¡Olí,  Ho>pir(»s  míos,  dixo  Siraivo,  si  siTá  possi- 
M<í  qm-  al.LíiHi  día  11í*iíu»*ís  á  las  orejas  d«^  V¡- 
i.iri\,  v  vo'.ntpx,  fristí'S  ojos,  v»*á¡s  <*ii  los  su- 
vns  vuí'stra  lumlip»  VíT-ladiTal  licNuma  A  ri»*lo 
í'M  rst'*  solo  l'iíMi  (Miantns  pí'usap^  haoTiu*.*» 
Aquí  Siralvn  quí'íló  snspi'iiSM  rí»iisi;ro,  y  ú  ]ioco 
rato  iivó  otro  sí)sr)iro  iiiuv  más  tirnio,  v  yol- 
vií'iido  lo<  njos  á  la  part»*  donde  lial»ía  saliólo, 
j)or  cntP!  la  rspí'ssura  de  sus  ramas  y\n  un 
l»ul<o  íjue  no  dct^TinÍMÓ  si  d»»  pastor  «>  di'  pas- 
tora fui'ss'»,  y  levan  laudóse  en  pie,  In  más  (|u<'do 
(jur  pudo  se  t'uó  aei'p'ando  hastn  ll<';r,ir  dninje 
vido,  i'\  rutTpo  en  la  f  jiTra  y  en  la  mano  la  me- 
xilla,  una  pastora,  en  tanto  extrem<>  híTinosa, 
(|U<*  s¡  no  liul'icra  visto  la  lnTUiosura  de  Filipa, 
aquélla  «'stimara  por  la  pr¡m<'ra  di'l  mundo.  Su 
Ví'stiíhira  liutnildc  iTa  y  «'1  aj»í'p)  humild»\  ]n'ri> 
su  •^U'Ttí'tan  extranrdiruiria,  qu'»  Siralví»  qm-íló 
admirado.  Sus  e;»l»!'llí-j,  cnirjjos  <»n  »*llos  mis- 
mo*í,  d«"<pP'e¡jil»an  al  sol  y  al  oro;  el  color  de  su 
rostro,  v»'Stido  ib»  leche  y  sauicre,  con  una  ter- 
nura <|ue  rcpp'scntaha  el  all»a  cuando  nace:  su< 
ojos  eran  nci^'ros.  rnsLrados,  con  las  ¡icslnñas  v 
cejas  «lí'i  color  mismo;  lu  boca  v  dientes  «-xce- 
ilían  al  rul«i  y  á  las  finas  perlas  oriinl:il«s.  Tan 
nueva  eosa  le  pan-ejó  á  Siraivo,  que  sacó  el  re- 


trato d-;  \a  *;:i  p-ar  Filipa:  mas  en  viéudoli», 
arT»;Te:iii'i"  de  lialít-rl»?   oj'U-^to  á  (-eldad  ho- 
ma'ia.  ]*•  t'-neí  á  '-ubrir.  t  r- rre-^+^ntán Jo«e  á  1í 
fa*t'-ra  I.-  d.xo:  S  sup •♦*>.*•  5  al  t¡»-njpo  qoi?  me 
\\r'^>.'  á  ti,  V- ñas  i-i  qu*?  hsLS  podido  o^iimií"». 
!»••  tu  iítiui",  dixo  la  pastora.  pK*o  putídojo 
sal-r:  d-i   uü"  i»;*  sé  d»vir  qiio  os  el  peor  qw 
nun-a  luv-'.  Si  lu  Cí-mroja,  tlix»!  Siralví,  m  t«l 
qu»f  un  pa>t-  ri.on  sn$  :uerza.s  piiMa  remediarla, 
dimela,  ;;-;íI¡!  jastora.  qno  asjii  liall**  yo  qoi^-ii 
f or  mi  vu-!va  «omo  tú  hallarás  ú  ii:i.  ¿^Jw  i* 
mii>-v>'.  dix-t   la  pastira.  á  tanta   «.'••rt^-sia  ivn 
qui-ii    I. o  r. .no«-.-s.'  Parivfin'.*.  dixo  A  past»?r, 
qu»'  »••»  muriio  1 1.1  que  iner». •«;♦:•?.  Meji«r  K*  diré  ye. 
■íix»  la  pa>t"ra.  que  es  ser  tú  noble  de  corazón 
y  quizá  lial-ne  visto  en   nt>-es8Ídad  c<.»mo  me 
ví'o.  E^sa  d'^»'i*  "iiilier.  dixo  Siralvo.  Por  ahora, 
dixo  la  past'ira.  :io  es  pos-íiMo:  poro  yo  v.-y  ba- 
rruntando ijue  tú  y  los  tienuis  past«.»n-?  d*^tas 
>elvas  V  riÍM-ras  seréis  testiiros  des;ie  mal  v  do 
p' "Iréis  P-m^diarle.   Hien   ¡Mnini  srr.  dixo  Si- 
ralvo; pepi  vit  iranosoestov  do  STvirtí».  vsi  un.* 
]iru"i'a*i,  liailarnif  lias  niujá  punto.  Soy  c^^nten- 
ta,  dixf)  la  ]i:istora.  ;Conoc«'S  á  Alfi'««,  un  ^mstor 
nui'Xod"  esta  ribera.*  Sí  conozí.-o,  dix«>  Siralví». 
I*ui'S  bus- -al»',  dixo  Iapast4»ra.  y  d¡leqi]enot''Tii:'i 
aquí  más  armas  d«»  un  eayado  y  un  zurri'»n,y  qiif 
si  toibivía  me  tfm«»,se  ira  va  eonsipro  á  la  .Si-rraM 
Fin* -a  que  li-  quite  el  munlo.  A  la  íiora  enten- 
dió Siralvo  (|u¡én  era,  mas  no  qniso  haeer  d^ 
mosiracituí,  y  s!u  más  detenerse,  tomando  aqne- 
Ilo  á  su  earLTo.  dio  la  vuelta  ú  su  eal»aña,  doode 
ya  Alf'-o  b»  estaba  aiíuaitüindo,  triste  y  piMisa- 
tivo.  Heno  de  dolor.  Siralvo,  pues,  aunque  o'^n- 
fuso.  eontento  iba  v  animado  en  las  r)alabras 
de  Fl(>rela;  mas  ahora  sin  tratar  nada  de  si: 
pastor,  le  dixo,  ;qué  congoja  es  ésta  en  r^nde 
liallo.'    La  mayor,  dixo  Alfeo.  qu«"  nie  pudiVn 
venir.  Salu»  que  Andria,  en  hábito  de  }>astonL 
»•<  Venida  á  buscarme  y  está  en  el  bosíjuodfl 
pino.  ;(\muo   lo  s:\Ih?s,  dixo  Siralvo?  ;C'>mo' 
dixo  Alfeo.   C\nno  me   ha  enviado  á  llamar. 
TanibifMi  vo  lo  se,  dixo  Siralvo,  v  te  travo  nn 
recado  suyo,  porque  pasando  yo  por  el  iH'-íqne 
encontré  con  ella  y  preguntándole  quién  era  no 
me  lo  quiso  decir,  pero  rogóme  que  te  diits*? 
que  estaba  sola,  sin  más  armas  que  el  cayado  v 
el  zurrón,  y  que  si  assí  la  temías,  llevasseso-'j- 
{'v^n  á  Finca  que  te  quitasse  el  niiedo.  Lucí? 
lonoci  (|uién  era  y  te  vine  á  dar  aviso.  Hart) 
hemos  menester  ahora,  dixo   Alfeo,  para  i.-.' 
errarlo;  á  ti  te  bastea  tu  mal  sin  ponerte  á  1« 
ajenos;  yo  estoy  necessitado  de  consejo  y  de  fa- 
vor, y  no  sé  adonde  lo  halle.  Pastt)r,  d i x*"»  Si- 
ralvo, no  creas  (jue  mis  passiones  han  de  i*<t«;r- 
Imrun'  (d  buscar  remedio  á  las  tuyas;  yo  qtiiíP 
V(dver  á  Andria  y  saber  della  lo  qne'quifn\  J 
conforme  á  su  intención  podremos  apero»'l*¡r  la 
nuestra  para  lo  que  mejor  te  estuviere.  Mut 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


451 


bien  me  parece,  dixo  Alfeo,  y  quedándose  en  la 
cabana  tornó  Siralvo  al  bosque,  y  por  presto 
que  llegó,  halló  con  ella  á  Arsiaiio,  que  era  con 
el  que  ])riniero  había  topado  y  había  enviado  á 
llamar  á  Alfeo,  y  como  volvió  tan  turbado  de 
la  nueva,  volvió  luego  á  la  pastora  á  darle 
cuenta  de  lo  que  passaba;  por  parte  llegó  Si- 
ralvo  que  los  dos  no  le  vieron,  y  gran  rat<i  es- 
tuvo escondido  oyendo  sus  razones.  Ella  lo 
dixo  que  era  una  pastora  de  Jarauía,  que  se  lla- 
maba Amarantha,  y  por  cierta  adversidad  era 
allí  venida,  y  Alfeo  era  un  pastor  que  le  estaba 
muy  obligado,  y  se  admiraba  que  en  el  Tajo  se 
hubiera  hecho  tan  descortés  que  no  viniesse 
llamándole.  Arsiano  le  decía  que  Alfeo  no  se 
osaba  apartar  de  la  serrana  Finca,  y  que  ningu- 
na cosa  querría  ella  mandar  que  no  la  hiciesse  di 
tan  bien  y  mejor  que  Alfeo.  A  esto  la  pastora 
replicaba  que  ninguna  importancia  al  presente 
tenía,  sino  verse  con  Alfeo  en  parte  donde  na- 
die lo  pudiesse  juzgar;  que  se  le  truxesse  allí  si 
quería  dexarla  muy  obligada.  Arsiano  parece 
que,  pesaroso  de  apartarse  del  la,  tornó  con 
aquel  recado,  y  Siralvo  que  la  vio  sola  llegó  con 
el  suyo;  pero  el  mismo  despacho  tuvo  que  Ar- 
siano, y  assí  volvió  á  su  cabana,  donde  llamaron 
á  Finea  y  le  dieron  cuenta  de  lo  que  passaba. 
Su  parecer,  entre  mil  temores,  fué  que  Alfeo 
se  escondiesse  algunos  días  y  se  echasse  fama 
que  se  había  ido,  para  que  Andria  también  so 
fuesse  á  buscarle;  y  cuando  Arsiano  volvió 
certificáronle  que  Alfeo,  en  sabiendo  la  venida 
de  la  pastora  Amarantha,  se  había  despedido  de- 
llos  y  ídose  no  sabían  adonde.  Con  esto  vol- 
vió Arsiano  á  la  pastora,  y  ella,  que  amaba  y 
era  mala  de  engañar,  posponiendo  el  crédito  al 
enojo,  con  Arsiano  se  vino  á  la  ribera  donde, 
vista  su  gran  hennosura,  no  quedó  pastor  ni 
pastora  que  no  so  le  ofreciesse,  y  ella,  agrade- 
cida á  todos,  escogió  la  cabana  de  Üinarda,  por 
consejo  de  Arsiano,  que  estaba  herido  de  su 
beldad,  sin  bastar  su  cordura  para  dissimularlo, 
y  assí  la  noche  siguiente,  cubierto  de  la  capa 
del  silencio,  tomó  la  flauta,  y  puesto  donde 
Amarantha  le  pudiesse  oir,  con  estos  versos 
acompañó  su  instrumento: 

ARSIANO 

Si  sabéis  poco  de  amores, 
corazón , 
agoras  veréis  quién  son. 

Esta  empresa  á  que  os  pusistes, 
confiado  en  no  sé  qué, 
es  la  que  os  hará  á  la  fe 
saber  para  qué  nacistes; 
no  os  espanten  nuevas  tristes, 
corazón, 
pues  vos  les  dais  ocasión. 


Llevaréis  la  hennosura, 
que  os  ofende,  por  amparo, 
pues  este  solo  reparo 
os  promete  y  asegura 
que  no  os  faltará  ventura, 
corazón, 
aunque  os  falte  galardón. 

No  tan  presto  Arsiano  diera  fin  á  su  can- 
ción si  no  sintiera  venir  por  la  parte  del  río  un 
gran  tropel  de  pastores,  y  escondióse  entre  lo 
más  espesso  de  los  árboles;  esperó  lo  que  seria, 
y  vido  llegar  al  lugar  mismo  donde  él  antes 
estaba  á  Sasio  con  su  lira,  á  Ergasto  con  la 
flauta  y  á  Fronimo  con  el  rabel,  y  templando 
los  instrumentos,  después  de  haber  tíiñido  un 
rato,  al  mismo  son  Liardo  comenzó  á  cantar 
aquestos  versos,  tomando  principio  dcsta  can- 
ción ajena: 

LIAIIDO 

Donde  sobra  el  merecer, 
aunque  se  pierda  la  vida 
bien  perdida  no  es  perdida. 

Tal  ganancia  hay  que  desplace 
y  tal  perder  que  es  ganar, 
que  á  todo  suele  bastar 
la  forma  con  que  se  hace; 
de  tal  arte  satisface 
nuestro  valor  á  mi  vida, 
que  perdida  no  es  perdida. 

La  vanagloria  i!e  verme 
morir  en  vuestro  s(  rvicio 
será  el  mayor  beneficio 
que  el  vivir  puede  hacerme ; 
para  pagar  el  valerme 
quiero  yo  poner  la  vida, 
do  perdida  no  es  perdida. 

])e  lo  que  el  Amor  ha  hecho 
no  puedo  llamarme  á  engaño, 
que  si  fué  en  la  vida  el  daño, 
en  la  muerte  está  el  provecho; 
si  de  trance  tan  estrecho 
se  aparta  y  libra  la  vida, 
es  perdida  y  mas  perdida. 

Ser  la  vida  despreciada 
si  en  la  muerte  no  se  cobra, 
bien  se  conoce  que  es  obra 
sobrenatural  causada; 
á  vos  sola  es  otorgada 
tal  potestad  en  la  vida, 
8i  es  perdida  ó  no  es  perdida. 

Mal  se  les  hace  esta  noche  á  los  nuevos 
amantes  su  propósito,  que  si  Arsiano  fué  im- 
pedido, á  la  primera  canción  de  Liardo,  Liardo 
lo  fué  de  la  misma  suerte,  porque  apercibién- 
dose para  la  segunda,  de  la  parte  del  soto  co- 
menzó á  sonar  una  flauta  y  tamborino,  y  espo- 


452 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


rando  qaieii  fucsse  llegó  Dauíon,  que  ora  el  que 
tañía,  y  con  él  Barcino  y  Colin,  grandes  apas- 
sionados  de  Dinarda.  Poco  se  l«'s  dio  que  los 
demás  pastores  cstuviessen  junto  á  la  cabana, 
antes  llegándose  á  ellos,  Barcino  los  desafió  á 
bailar,  y  Fronimo  (que  no  era  menos  presumi- 
do) salió  al  desafío,  y  aunque  al  principio  co- 
menzaron á  nombrar  grandes  precios  en  su 
apuesta,  al  cabo  acordaron  que  se  Í)ailassc  la 
honra.  Pusieron  por  juez  á  Sasio,  y  aguardan- 
do que  passasse  una  nube  que  los  inipeilía  la 
luna,  apenas  mostró  su  cara  clara  y  redonda 
cuando  Fronimo  comenzó  un  admirable  zapa- 
teado, que  el  t^imborino  tenía  que  hacer  en  al- 
canzalle:  acabó  con  una  vuelta  muy  alta  y  za- 
pateta en  el  aire  que  fué  solenizada  de  todos; 
y  á  la  hora  Barcino,  qu»?  ya  tenía  las  ha  das  en 
cinta  y  las  mangas  á  los  codos,  entró  con  gen- 
til compás  bailando,  y  á  poco  rato  comenzó 
unas  zapatetas  salpicadas;  luego  fué  apresu- 
rando el  son  con  mudanzas  muchas  y  muy  nue- 
vas, y  cuando  quiso  acabar  tomó  un  boleo  en 
el  aire  con  mayor  fuerza  que  maña  de  arte,  que 
por  caer  de  pies  cayó  de  cabeza.  Su  dolor  y  el 
polvo  y  la  risa  de  los  pastores  fué  causa  de  co- 
rrerse Barcino,  de  manera  que  si  Sasio  no  le 
animara  se  alborotara  la  fiesta,  y  pidiéndole 
que  juzgasse  les  dixoque  sabían  que  el  premio 
era  la  honra,  y  el  uno  la  había  hallado  en  el 
aire  y  el  otro  en  el  j)olvo,  que  pues  assí  era  toda 
la  del  nnmdo,  ambos  quedaban  muy  honrados. 
A  este  tiempo  ya  Arsiano  se  hal»ia  mezclado 
con  ellos,  cansando  de  estar  escondido,  y  vién- 
dose juntos  Sasio  y  él,  unas  veces  ellos  can- 
tando y  otras  Danión  tañendo,  passaron  la  ma- 
yor parte  de  la  ntxrhe.  ;l)es«'ó  saber  si  Ama- 
rantba  y  Dinarda  los  oían?  Sí,  sin  duda,  por- 
que? Dinarda  acostumbrada  estaba  á  oírlos;  y 
Anianintha,  auníjue  triste,  no  por  esso  seria 
desconversable.  Jdos  los  pastores,  las  dos  vol- 
vier<)n  á  sus  consejas,  que  desde  el  principio  de 
la  noche  las  tenían  conienzailas:  su  resolución 
fué  que  Amarantha  se  viesse  con  Finca  y  á 
Arsiano  se  le  encomendassc  «jue  buscase  á  Al- 
feo  donde  quiera  que  estuviess«\  Con  esto  (sa- 
liendo de  la  cíibaña)  vieron  los  más  altos  mon- 
tes coronados  del  vecino  sn],  y  oyeron  las  aves 
del  día  saludando  la  nueva  mañana.  Todo  para 
Amarantha  era  tristeza  v  desconsuelo,  v  no  sé 
si  igual  la  gana  dt»  hallar  á  Al  feo  y  de  ver  á 
Finca.  En  fin,  los  dos,  ^¡n  más  compañía,  en- 
derezaron á  su  cabana,  donde  la  hallaron  no  tan 
alegre  como  otras  veces  pudieran;  pero  dissi- 
mulando lo  más  que  pudo,  las  recibió  con  gra- 
cioso semblante.  Era  dist-rct^i  Finea  y  no  me- 
nos heruK'sn,  y  assí  se  lo  ]íarcci(')  á  Ainaran- 
tlia,  y  !•'  dixo  en  viéndola:  ^luy  hermosa  eres, 
serrana.  Al  menos  muv  serrana,  dixo  Finea. 
La  cí.»r.J:ción,  dixo  Amarantha,  no  sé  vo  si  lo 


es,  mas  la  cara  de  sierra.  Lo  uno  j  lo  otro,  dixo 
Finea,  fué  criado  entre  las  peñas  do  apenas 
las  aves  hacen  nidos.  ¿  Y  quién  te  troxo  att.' 
dixo  Amarantha.  .Qnien  te  podría  llevar  illi. 
dixo   Finea.   De  esso  me  guardaré  yo,  diio 
Amantha;  pero  dime,  serrana,  ¿donde  eslá.Vl- 
feo?  Como  es  grande,  dixo  Finca,  para  xrwrfc 
en  la  manga,  no  te  lo  sabré  decir.  A  estar  ée 
gana,  dixo  Amarantha,  gustara  de  la  respnesti: 
pero  dime,  serrana,  ¿6al>es  cómo  es  Alfeo  fu- 
gitivo.* No,  dixo  Finea;  pero  sé  que  la  eausí  de 
serlo  le  podría  desculpar.  Essa,  dixo  Amaran- 
tha, yo  te  la  diré:  testigo  me  es  el  cielo  qne  m 
se  la  di;  porque  si  dexé  de  acudir  á  su  contento 
no  fué  por  falta  de  voluntad,  sino  por  luás?  no 
poder:  y  cuando  pude  ya  no  le  hallé,  y  igora 
cansada  de  esperarle,  olvidé  honra  y  vida.  y. 
como  ves,  le  vengo  á  buscar:  pues  no  será  ri- 
zón que  tú  me  usurpes  mi  contento.  Yo,  dixo 
Finea,  muy  poca  parte  soy  para  esso:  homb^» 
es  Alfeo  que  sahrá  dar  cuenta  de  si  y  tú  ma- 
jer  que  acertarás  á  tomársela;  quiérate  él  pa- 
gar las  deudas  que  publicas,  que  jo  os  senip 
de  balde  á  entrambos.  Por  mas  cierto  tengo. 
dixo  Amarantha,  serviros  yo  á  los  drs;  peroys 
que  no  te  hallas  parte  para  lo  que  he  üioho. 
seilo  siquiera  para  que  yo  le  hable.  Haz  tú  h 
que  yo  hago,  dixo  Finea,  cuando  quiero  ver- 
le, y  no  habrás  menester  rogar  á  nadie.  t"Quó 
haces?  dixo  Amarantha.  Buscóle,  dixo  Finea. 
hasta  que  lo  hallo.  Yo  estimo  en  mucho  el  o^n- 
sejo,  dixo  Amarantha,  y  assí  le  pienso  tomar: 
adiós,  serrana.  Adiós,  pastora,  dixo  Finea,  t 
quc»dándose  en  su  cabana,  ellas  guiaron  á  la  do 
Siralvo,  donde  entendieron  hallar  á  Alfeo:  pero 
como  allá  llegaron,  Siralvo  muy  cortésmenw 
las  recibió  y  les  dio  la  entrada  franca,  para  qoe 
se  assegurassen  de  que  no  estaba  allí.  Ya  íd 
esto  iba  el  veneno  creciendo  en  el  pecho  d»* 
^Vmarantha,  porque  estaba  muy  fiada  que  on 
viéndola  Alfeo  sería  lo  que  ella  quisiesse;  y 
como  veía  que  este  medio  le  iba  faltando,  la  pa- 
ciencia también  le  faltó,  y  vuelta  á  la  calaña 
con  Dinarda,  soltó  la  rienda  al  llanto  y  al  do- 
lor»  sin  ser  parte  Dinarda  para  su  consuela  ni 
la  continuación  de  nmchos  caudalosos  pastun-s 
que,  vencidos  de  su  beldad,  de  mil  maneraí  pro- 
curaban su  contento.  Assi   passaron  alijun;^ 
días  sin  que  Alfeo  saliesse  donde  ella  lep-- 
diesse  ver;  pero  pareciéndole  que  el  encerra- 
miento iba  nuiy  largo,  determinó  de  salir  o«» 
licencia  de  Finea,  que  aunque  temerosa  de  U 
hermosura  de  Amarantha,  pudo  más  la  cc-v 
fiunza  de  su  amador.  Muchas  veces  Amaran- 
tha V  Alfeo  se  toi>aron  v  estuvieron  á  razoaes 
solos  y  acomj)añados;  pero  siempre  Finea  Uto 
la  mejor  parte,  y  no  por  esso  Amarantha cefSi- 
ba  en  su  porfía.  ¡(Mi  cinintas  voces  se  arix-pií-- 
tió  de  su  mal  término  passado,  y  cuáuta?í  qai- 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


453 


siera  que  so  abriera  la  tierra  y  la  tragara!  Tal 
andaba  Amaraiitha,  que  muchas  veces  se  quiso 
dar  la  muerte,  y  tal  andaba  Arsiano  por  su 
amor,  que  á  sólo  ella  se  podía  comparar:  que 
aunque  otros  muchos  comenzaron,  ninguno  con 
las  veras  que  di  prosiguió.  Yo  le  vi  una  vez 
(entre  otras)  solo  con  ella  en  la  ribera,  tan  des- 
mayado y  perdido  que  quise  llegar  á  darle  ayu- 
da, pero  cuando  volvió  en  sí,  viendo  los  ojos  de 
la  hermosa  pastora  que  (en  nombre  de  Al  feo) 
vertían  abundantes  lágrimas,  sacó  la  nauta  y  al 
son  della  con  gran  ternura  les  dixo: 

ARSIANO 

Ojos  bellos,  no  lloréis, 
si  mi  muerte  no  buscáis, 
pues  de  mi  alma  sacáis 
las  lágrimas  que  vertéis. 

Esse  licor  que  brotando, 
de  vuestra  lumbre  serena, 
va  la  rosa  y  azucena 
d'.'l  claro  rostro  bañando, 
ojos  bellos,  no  penséis 
que  os  agua  que  derramáis, 
sino  sangre  que  sacáis 
do  esta  alma  que  allá  tenéis. 

Ya  que  el  ajeno  provecho 
me  hace  á  mi  daño  tanto, 
al  menos  templad  el  llanto, 
ya  que  vivís  en  mi  pecho; 
si  no  con  él  sacaréis 
las  entrañas  donde  estáis, 
pues  dolías  mismas  sacáis 
las  lágrimas  que  feriéis. 

Do  aquestas  gotas  que  veo, 
la  más  pequeña  que  sale, 
si  se  compara,  más  vale 
que  todo  vuestro  deseo. 
Ya  yo  veo  que  tenéis 
pena  de  lo  que  lloráis 
y  culpa,  pues  derramáis 
lágriuias  que  no  debéis. 

Ojos  llenos  de  akgria, 
entended  que  no  es  razón 
que  otro  lleve  el  galardón, 
de  la  fe,  que  es  sola  mía; 
agraviad,  si  vos  queréis, 
al  alma  que  enamoráis, 
mas  mirad  que  si  lloráis, 
alma  y  vida  acabaréis. 

Palabras  eran  éstas  con  que  Amarantha  se 
pudiera  enternecer  si  no  tuviera  toda  su  ternu- 
ra sujeta  á  tan  diferente  causa;  mas  ahora  no 
hicieron  en  ella  más  que  en  los  peñascos  duros. 
¡Oh,  gran  tirano  do  la  humana  libertad!  ¿Es 
possible  que,  siendo  Amor,  permitas  que  uno 
muera  deseando  lo  que  otro  desecha,  y  que  sea 
tan  ílaco  el  hombre  que  no  sólo  se  rinda,  pero 


te  dé  lazos  con  que  le  ates,  armas  con  que  le 
hieras  y  veneno  con  que  le  atosigues  las  heridas? 
Rómpase  el  cielo  y  caya  una  ley  que  borre  todas 
las  tuyas;  no  venga  escrita,  que  perecerá,  sino 
de  mano  oculta  so  injprima  en  tu  voluntad, 
para  que  con  solo  un  ñudo  ates  dos  corazones, 
y  cuando  se  rompiere,  ambos  se  suelten,  que 
quedar  uno  riendo  y  otro  llorando  no  es  reli- 
quia de  amistad,  sino  de  mortal  desafío;  mas, 
¿cuándo  podrá  cumplirse  este  deseo?  Assí  te 
hallamos  y  assí  te  dexaremos,  Amor.  Bien  poco 
ha  que  vimos  á  Al  Feo  morir  por  Andria,  á  Fi- 
nca por  Orindo,  Silvia  por  Celio,  Filardo  por 
Filena,  y  á  Filena  y  Pradelio  amándose  tan 
contentos.  Pues  mirad  del  arte  que  están  aho- 
ra: Alfeo  y  Finea  se  aman,  y  Andria  llora; 
Silvia  y  Filardo,  amigos;  Celio  olvidado;  Pra- 
delio y  Filena  combatidos  de  irreparable  tem- 
pestad, donde  la  fe  de  Filena  y  la  ventura  de 
Pradelio,  con  el  agua  á  la  boca,  miserablemente 
se  van  anegando.  Llevó  el  cniel  destino  á  la 
cabana  de  Filena  á  Mireno,  rico  y  galán  pastor, 
en  fuerte  punto  para  Pradelio,  porque  enamo- 
rado della  y  continuando  su  morada,  y  persua- 
dido de  L irania,  deudo  suyo,  y  de  la  persona  y 
hacienda  de  Mireno,  Pradelio  iba  á  mal  andar, 
y  cada  día  peor,  pero  con  un  corazón  valeroso 
dissimulaba  su  mal.  Pues  como  llegasse  el  día 
que  se  celebraba  la  fiesta  de  la  casta  Diana, 
donde  se  habían  de  juntar  los  pastores  de  la  ri- 
bera y  las  ninfas  de  los  montes,  ríos  y  selvas, 
Pradelio  la  noche  antes,  solo  al  pie  de  un  roble, 
estaba  enajenado  de  sí,  cuando  un  buho  puesto 
sobre  el  árbol,  con  su  canto  llenó  do  amargura 
el  pecho  del  pnstor,  y  queriéndose  alentar  can- 
tando, los  grillos  no  le  daban  lugar;  y  no  eran 
grillos,  que  en  el  temblor  de  la  voz  los  hubiera 
conocido,  y  si  alacranes  fueran,  en  el  silbo  breve 
lo  pudiera  entender,  y  si  al>ejarrones,  en  el  ruido 
prolongado:  donde  creyó  Pradelio  que  el  son 
estaba  en  sus  oídos,  y  retirado  á  su  cabana, 
llegaron  sus  mastines  mordidos  de  los  lobos,  y 
calentando  sus  zagales  aceites  para  curarlos,  la 
cabana  se  comenzó  á  quemar.  En  reparar  estos 
daños  se  passó  la  noche,  aunque  el  principal  no 
tenía  reparo.  Y  ya  que  aparecía  la  hermosa  ma- 
ñana, más  benigno  el  cielo,  oyó  Pradelio  el  son 
de  dos  suaves  instrumentos  acordados,  una  lira 
y  un  rabel,  y  atentamente  escuchando,  conoció 
ser  los  pastores  Bruno  y  Turino,  que  á  poco 
rato  que  tañeron,  sobro  estas  dos  letras  aje- 
nas comenzaron   assí  á  cantar  á  su  propósito: 

TCniNO 

Sembré  el  Amor  de  mi  mano, 
pensando  haber  galardón, 
y  cogí  de  cada  grano 
mil  manojos  de  passión. 


454 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Aré  con  el  pensamiento 
y  sembré  con  fe  sincera 
semillas  que  no  del)iera, 
llevar  la  lluvia  n¡  el  viento; 
reguélo  invierno  y  verano 
con  agua  del  corazón, 
y  cogí  (le  cada  grano 
mil  manojos  de  passtón. 

Era  la  tierra  moreno, 
que  el  buen  fruto  sutle  dar, 
y  cuando  quise  segar 
hállela  de  abrojos  llena: 
probéla  á  escardar  en  vano, 
y  bajé  la  presunción, 
y  cogí  de  cada  grano 
mil  manojos  de  passión. 

Torné  de  nuevo  á  rompella, 
por  ver  si  rae  aprovechaba, 
y  cuando  el  fruto  assomaba, 
vino  borrasca  sobre  ella, 
que  quiso  el  Tiempo  tirano 
que  no  llegasse  á  sazón, 
y  cogí  de  cada  grano 
mil  manojos  de  passión. 

Aunque  ella  vaya  faltando, 
no  ha  de  faltar  la  labor, 
que  como  buen  labrador, 
pienso  morir  trabajando; 
todo  se  me  hace  llano 
por  tan  valida  intención, 
aunque  me  de'  cada  grano 
mil  manojos  de  passión, 

BRUNO 

Con  Amor,  niño  rapaz, 
Wí  burlando  ni  de  veras 
os  pongáis  á  partir  peras 
8¡  queréis  la  pascua  en  paz. 

Por  verle  niño  pensáis 
que  está  la  vitoria  llana, 
burláis  del  entre  semana, 
mas  la  fí  sta  lo  pagáis. 
Convertíseos  ha  el  solaz 
en  fatigas  lastimeras. 
Sobre  el  partir  de  las  peras 
perderéis  sossiego  y  paz. 

Yo  me  vi  que  Amor  andaba 
tras  robármela  intención, 
y  mirando  la  ocasión 
del  y  della  me  burlal)a; 
fué  mi  confianza  el  haz 
dondíi  encendió  sus  hogueras, 
el  fuego  el  partir  las  jyeras 
y  la  ceniza  mi  paz. 

Prometióme  sus  contentos, 
y  al  fin  vencióme  el  cruel, 
y  fui  perdido  tras  él. 
Cuando  me  daba  tormentos. 


llamóme  y  fui  pertinaz 
á  las  demandas  primeras, 
una  vez  partimos  peras 
y  mil  me  quitó  la  paz. 

Ya  que  estoy  desengañado 
tan  á  propia  costa  mía, 
su  tristeza  ó  su  alegría 
no  se  arrime  á  m¡  cuidado; 
para  las  burlas  capaz, 
inútil  para  las  veras, 
otro  le  compre  sus  ptras^ 
que  yo  más  quiero  mi  paz. 

Tanta  fué  la  dulzura  con  que  los  pastor» 
xeron  sus  cantares,  que  Pradelio  suspt-ndi 
poco  su  tristeza,  y  con  pesar  de  que  tan  y 
acabassen,  salió  á  ellos  y  con  mucha  con 
sentándose  entre  los  dos,  les  pidió  que  toi 
sen  á  su  canto,  y  ellas,  con  no  menos  ami 
lo  otorgaron,  y  con  otras  dos  letras  viejas 
naron  á  su  intención,  como  primero. 

TCRINO 

t'En  qué  pueilo  ya  esperar, 
pues  á  mis  terribles  daños 
no  los  cura  el  passar  años 
ni  mudanza  de  lugar? 

Para  el  dolor,  que  camina 
con  mayor  furia  y  poder, 
tiempo  ó  lugar  suelen  ser 
la  más  cierta  medicina; 
todo  ha  venido  á  faltar, 
en  el  rigor  de  mis  daños, 
ponjue  crecen  con  los  años 
sin  respeto  de  lugar. 

Sieinlo  el  tiempo  mi  enemigo, 
¿cómo  querrá  defenderme? 
(Qué  lugar  ha  de  valerme, 
si  me  llevo  el  mal  conmigo? 
Bien  puedo  desesperar 
de  remedio  de  mis  daños, 
aunque  gastasse  mil  años 
en  mudanza  de  lugar. 

No  hay  tan  cierta  perdición 
como  la  que  es  natural, 
ni  enemigo  más  mortal 
que  el  que  está  en  el  corazón; 
pues,  ¿qué  tiempo  ha  de  bastar 
para  reparar  mis  daños, 
si  son  propios  de  mis  años 
y  es  el  alma  su  lugar? 

No  está  en  el  lugar  la  ]H»na 
ni  tiene  el  tiempo  la  culpa; 
mi  ventura  los  desculpa, 
y  ella  misma  me  condena: 
la  voluntad  ha  de  estar 
enterneciendo  mis  daños, 
pues  aunque  passen  más  años, 
serán  siempre  en  un  lugar. 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


455 


BRUNO 


No  me  alegran  los  placeres 
ni  me  entristece  el  pesar, 
porque  so  suelen  mudar. 

Los  gustos  en  sa  reñida 
tengo  por  cosa  passada, 
porque  es  siempre  su  llegada 
víspera  de  su  partida, 
y  en  la  gloria  más  cumplida 
menos  se  puede  fiar, 
porque  se  suele  mmlar. 

Puede  el  pesar  consolarme 
cuando  viene  más  terrible, 
porque  sé  que  es  impossible 
no  acabarse  ó  acabarme, 
y  aunque  más  piense  matarme 
no  pienso  desesperar, 
parque  se  suele  mudar. 

En  la  perseverancia  del  tiempo,  verdad  canto 
irino,  que  después  que  él  amai>a  á  Filis,  el 
cer  planeta  cuatro  veces  había  rodeado  el 
inte  cielo,  y  en  la  mudanza  del  lugar  lo  mis- 
),  porque  después,  si  os  acordáis,  que  estos 
3  pastores  otra  vez  cantaron  en  compañía  de 
isa.  Filis  y  Galafron,  Mendino  y  Castalio,  á 
orilla  de  un  arroyo,  Turino,  con  despecho  y 
lor  se  ausentó  de  la  ribera:  pero  viendo  que 
mal  no  cesaba  aún  y  el  remedio  se  hacia  más 
possible,  volvicsse  al  Tajo  y  allí  passaba  su 
la  amargamente,  siempre  en  compañía  de 
uno,  que  aunque  eran  tan  diversos  en  aque- 
opinión,  en  todas  las  demás  se  conformaban, 
)0T  la  mayor  parte  los  hallaban  por  la  sole- 
1  de  los  campos  6  los  montes,  huyendo  Tu- 
o  de  cansar  á  Filis  y  temiendo  Bruno  hallar 
a  que  la  pareciesse,  pues  agora,  como  la  ma- 
tia  se  declaró,  Pradelio,  forzado  de  ir  á  la 
>ta  de  Diana,  con  agradables  razones  se  des- 
lió destos  amigos,  y  confuso  y  lastimoso, 
isiderando  el  mal  que  tenía  entre  manos, 
uó  el  camino  por  una  fresca  arboleda  de  po- 
5  y  chispos  y  otras  plantas,  donde  las  maña- 
■;  muchos  paxarillos  solían,  dulcemente  can- 
ido,  alegrar  á  quien  passaba;  mas  entonces, 
señal  de  descontento,  sin  parecer  ave  que 
.nea  fuesse;  las  verdes  ramas,  que  de  unos 
i  otros  árboles  solían  apaciblemente  abra- 
•se,  estaban  apartadas  y  sin  hoja,  de  suerte 
e  el  sol  pudiera  hallar  entrada  y  con  sus  ra- 
f?  calentar  las  aguas  de  un  manso  arroyo, 
e  desde  el  Tajo  por  entre  ellos  corría,  todo 
señal  de  la  desventura  de  Pradelio,  el  cual, 
:í  caminando,  ovó  cantar  á  la  celosa  Ama- 
itha,  cuya  dulzura  enamoraba  el  cielo  y  pare- 
que  con  tal  deleite  se  iba  clarificando;  mas 
i  que  vio  al  pastor,  vergonzosa  y  turbada, 
ió  colgar  al  cuello  la  zampona  con  que  á  ra- 


tos tañía,  y  assí  á  un  tiempo  cessó  su  son  y 
su  canto;  pero  Pradelio,  necessitando  de  entre- 
tener su  mal  de  cualquier  suerte,  llegándose  á 
ella,  le  dixo:  Hermosa  Amarantha,  assí  el  cielo 
te  haga  tan  venturosa  como  gentil  y  discreta, 
que  no  cesse  tu  comenzado  cunto;  antes  tor- 
nando á  él  muestres  tu  grande  amor  y  la  mu- 
danza de  Alfeo,  porque  ya  todos  sabían  los  ca- 
sos destos  pastores,  y  ella,  vencida  del  dolor, 
sin  guardar  ia  ley  de  su  respeto,  como  un  pas- 
tor aficionado  usaba  de  libertad  en  sus  quere- 
llas, y  assí  Pradelio  se  atrevió  á  pedirle  que 
cantasse  á  propósito  desta  historia,  y  ella,  que 
no  era  menos  cortés  que  enamorada,  sin  más 
ruego  comenzó  á  tocar  su  zampona,  tras  cuyo 
son  suavemente  dixo  assí  sus  males: 

AMARANTHA 

Agua  corriente  serena, 
que  desde  el  Castalio  coro 
vienes  descubrieuilo  el  oro 
de  entre  la  menuda  arena, 
y  haces  con  la  requesta 
del  verde  y  florido  atajo, 
parecer  que  está  debajo 
una  agradable  floresta. 

Más  bella  y  regocijada 
en  otras  aguas  me  vi; 
ya  no  me  conozco  aquí 
según  me  hallo  trocada, 
y  assí  no  pienso  ponerme 
á  mirar  en  ti  mi  arreo, 
pues  cual  era  no  me  veo 
y  cual  soy  no  quiero  verme. 

De  mi  parte  estaba  Amor 
caando  me  dexó  mortal, 
no  vive  más  el  leal 
de  lo  que  quiere  el  traidor; 
vendióseme  por  amigo, 
fuéme  señalando  gloría 
y  hizo  de  mi  vitoria 
triunfo  para  mi  enemigo. 

No  quiero  bien  ni  esperanza 
de  quien  á  mi  costa  sé 
que  tuvo  en  menos  mi  fe 
que  el  gusto  de  su  mudanza; 
pero  en  tanto  mal  me  place 
que  se  goce  en  mi  tonuento, 
si  puede  tener  contento 
quien  lo  quí»  no  debe  hace. 

Contigo  hablo,  alevoso 
Amor,  que  si  tal  no  fueras, 
de  mis  ojos  te  escondieras 
de  ti  mismo  vergonzoso; 
mas  en  daño  tan  sin  par 
claro  se  deja  entender, 
que  el  que  lo  pudo  hacer 
lo  sabrá  dissimular. 


456    .  ORÍGENES  DE 

Qoerrás  qaizá  coudenariDe, 
qiie  merezca»  djí  [>a3giÓQ: 
pije«  sal^s  l'ien  la  razón. 
C'^*nfiiérjt€'üie  disculfiarnie: 
qni«'^  aniar  v  gf  r  amada. 
[Kfro  fortuna  ordenó 
qae  la  fe  qae  uic  sobró 
in?  ten^a  va  condenada. 

('Quien  iazgará  las  centellf^s, 
dinje.  Aifeo.  en  que  rivias, 
viendo  va  la£  brasas  mías 
y  á  ti  tan  Ijelanio  en  ellas? 
Tempestad  fné  ta  dolor, 
menos  qae  en  agaa  la  sal, 
pues  no  quedó  de  tu  mal 
cosa  que  parezca  Amor. 

Dime  qué  hice  contigo, 
6  lo  que  quieres  que  haga, 
pues  en  lugar  de  la  paga 
me  das  tan  duro  castigo. 
Tu  Tcluntad  se  me  cierra 
cuando  me  ves  que  me  allano*. 
;tu  corazón  es  serrano 
que  assí  se  inclina  á  la  sierra? 

No  t<.»ngo  celr>s  de  ti, 
ni  tu  desamor  se  crea 
que  es  por  amar  á  Finca, 
mas  por  dcfsamarme  á  mi; 
quejarme  della  no  quiero 
pf>rque  tú  me  vengarás, 
que  presto  la  dexarás 
si  no  te  dexa  primero. 

;Mas,  ay,  que  un  tigre  sospecho 
que  cu  mis  entrañas  se  cria, 
que  las  rasga  y  las  desvía 
y  las  arranca  del  pecho, 
y  un  gusano  perezoso 
carcome  mi  corazón, 

V  vo  canto  al  triste  son 
de  su  diente  ponzoñoso  I 

V  confieso  que  algún  día 
me  sobró  la  confianza, 
mas  si  no  hice  nmdanza 
perdonárseme  debía; 
muera  quien  quiera  morir, 

V  como  lloro  llorar, 
que  en  esto  suele  parar 
el  demasiado  reír. 

Sólo  aquel  proverbio  (pilero 
por  consuelo  en  mi  quebranto, 
pues  en  tan  contino  llanto 
le  hallo  tan  verdadero: 
las  abe  judas,  de  flor 
jamás  tuvieron  hartura, 
ni  el  ganado  de  verdura, 
ni  de  lágrimas  Amcjr. 

Los  tiernos  metros  de  la  pastora  Aniarantba 
no  sólo  á  Pradelio  dieron  contento,  pero  á  otros 


LA  yOVELA 

mach'^  que  le  escucharon,  y  por  no  miajilk 
apartados  del  manso  arroyo  p*3r  entre  las  plaih 
tiis  Sé  iltan  deteniendo:  al  fin  de  los  cuales  lle- 
garon á  la  falda  de  nn  fresco  montecüio,  donde 
ol  siti>  de  Diana  comenzáis.  Y  en  él  Tieronal 
pastor  Alfeo  que.  en  compañía  de  otros  caai- 
naf«  al  templo  de  la  diosa;  aqni  qaedó  la  Tat- 
cida  Amarantha  casi  niaerta.  v  sin  alzar  1» 
ojos  de  la  tierra  dixo:  Macho  qoisiera,  pastor, 
acompañarte  y  dar  á  Diana  loa  debidos  loons, 
pero  ya  ves  coán  mal  se  me  ha  ordenado:  poe^ 
yo  no  puedo  vivir  donde  Alfeo  estoriere,  ann- 
qne  él  sea  mi  propia  vida   v   contento;  mira 
si  mi  dolor  es  grave  y  mi  ventura  ligera,  potf 
temo  lo  que  deseo,  y  siendo  aquella  presendi 
la  cosa  que  yo  más  amo,  tantas  reces  la  excoso 
cnantas  puedo,  como  el  que  hoyesse  la  luz,  me- 
droso de  ser  abrasado  della;  porque,  mi  buen 
Pradelio.  cuando  el  amador  no  es  desamido 
debe  seguir  contino  lo  que  ama;  pero  después 
que  conoce  el  adverso  odio  y  enemiga,  debe 
siempre  excusar  de  dar  fastidie,  porque  es  lUm 
cosa  que  entonces  son  las  gracias  grosserias.li 
lK?ldad  fiereza  y  la  luz  tiniebla;  assí  qae  el  abo- 
rrecido por  donde  mas  gana  es  buen  callar  j 
retraimiento,  que  nunca  mejor  me  hallo  qw 
cuando  sola  llorando  de  mi  misma  me  qaerr^ 
lio:  por  eso  te  ruego  que,  dexándome,  te  vis,  y 
si  á  Alfeo  de  mi  mal  hablares,  antes  le  cuentes 
mancillas  que  proezas,  que  aquellas  creerá  j  á 
estotras  dará  la  poca  fe  que  siempre  ha  dsda 
Esto  decía  Amarantha  con   tantas  lágrimis, 
que  para  ayudarla  Pradelio,  sólo  bastara  cual- 
quier movimiento  de  su  lengua,  y  assí,  forzado 
desto,  sin  más  respuesta  que  mirarla  tierna- 
mente, se  partió  della  tan  enemiis^o  de  nnen 
compañía,  que  desando  el  camino  derecho  entió 
per  una  angosta  senda  que  más  de  una  milla  se 
alargaba,  y  j)or  ella  apresurándose  vino  á  rodear 
el  templo  que  estalxi  en  un  valle  escondido,  no 
edificado  de  cedros  ni  de  cipreses,  pero  de  súlo 
laun^lesy  fresca  murta  y  no  cortados:  pero  assí 
desde  sus  troncos,  los  ramos  entretejidos  y  las 
bojas  añudadas  que  por  ninguna  parte  podía  el 
sol  entrar,  salvo  por  la  que  con  artificio  se  ap»- 
taban.  En  medio  del  estaba  la  imagen  de  la  her- 
mosa Diana,  de  mármol  resplandeciente;  caían 
sus  caliellos  hasta  la  cinta,  y  en  las  blancas  na- 
nos su  arco  y  saetas  con  la  pendiente  al}al»a,todo 
de  fina   plata,  cristal  y  oro;  estaba  cercada  de 
bultos  de  castas  ninfas  con  las  mismas  anuas 
de   cazadoras:   unas  desnudas,  sólo  cubiertas 
con  sus  luengos  cal>ello8;  otras  entre  flores, 
tendidas,  como  fatigadas  del  presuroso  curso,  y 
otras  vestidas  de  ricos  paños,   hinchendo  de 
contentamiento  el  sacro  templo,  en  el  cual  por 
un  lado  y  otro  había  clavados  muchos  despojos, 
cal»ezas  de  jabalís,  cuernos  de  ciervos,  redes, 
arcos,  cepos  y  otros  instrumentos  de  la  gene- 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


457 


rosa  caza;  tenia  dos  altas  puertas  de  maraTÍlloso 
artificio  abiertas,  y  cerrábanse  con  dos  laureles 
que,  puestos  en  dos  vasos  grandes  de  tierra  co- 
cida, y  allí  bastantemente  cultivados,  se  podían 
quitar  y  poner  cuando  importaba.  No  era  este 
templo  aquel  que  en  la  provincia  de  Jonia  es- 
taba sobre  su  fiera  Laguna,  con  ciento  y  veinte 
y  siete  colunas  de  rico  mármol,  parte  dellas  con 
esculturas,  parte  lisas  como  el  bruñido  acero, 
sobre  las  cuales  todo  el  maderamiento  era  de 
labrado  cedro  y  las  puertas  de  oloroso  ciprés, 
de  anchura  de  doscientos  y  veinte  pies  y  de  Ion- 
gura  cuatrocientos  y  veinte  y  cinco  y  do  alto 
cada  coluna  ciento  y  veinte,  hecho  por  las  ma- 
nos de  Tesifón  y  Chersifon  en  doscientos  y 
veinte  años  de  tralmjo.  Pero  creo  que  si  el 
nuestro  vieran  las  fuertes  Amazonas  se  excu- 
saran de  hacer  aquél,  y  el  maldito  Herostrato 
no  se  moviera  á  quemarle  como  el  otro.  Dejé- 
mosle y  hablemos  del  presente,  el  cual,  en  el 
ancho  pedestal  de  la  bella  Diana  tenía,  de  me- 
nuda talla,  las  otras  seis  maravillas  de  la  tierra. 

Primero,  el  espantoso  edificio  de  Babel,  he- 
cho ó  verdaderamente  reparado  por  la  antigua 
Semíramis;  en  una  parte  del  cual  se  veía  el 
anchuroso  campo,  lleno  de  agradables  frescu- 
ras, y  de  la  otra  parti  herían  las  claras  ondas 
del  río  Eufrates,  acrecentando  belleza  á  las 
puentes,  alcázares,  huertos  y  jardines  que,  sobre 
arcos,  en  los  muros  estaban  edificados. 

Tras  esto  estaba  e'.  fiero  colosso  ó  estatua 
de  Rhodas,  que,  aunque  no  pudo  tallarse  de  se- 
tenta codos  en  alto  como  él  era,  á  lo  menos 
mostraban  las  facciones  deste  traslado  clara- 
mente la  grandeza  de  su  original;  y  para  ma- 
yor muestra  muchos  hombres  de  menor  figura, 
puestos  á  sus  lados,  proc^uraban  abrazar  solo 
uno  de  sus  dedos,  pero  menos  podían  que  los 
vivos,  en  tiempo  que  este  colosso  se  sostuvo 
en  alto. 

Después,  entre  la  ciudad  de  Menfis  y  la  isla 
del  Nilo,  Delta,  estaba  la  excelsa  pirámide  que, 
comenzando  en  cuadro,  subía  su  punta  en  in- 
creíble altura  de  mármoles  de  Arabia;  no  tenía 
cada  piedra  c(»mo  ella  treinta  pies,  pero  cercá- 
banla con  extraña  viveza  los  trescientos  v  se- 
tenta  mil  hombres  que  tardaron  veinte  años  en 
hacerla. 

Luego  el  ancho  y  alto  sepulcro  que  la  ho- 
nesta Arthemisa  hizo  para  su  caro  marido,  rey 
de  Caria,  que  aunque  no  pudo  dársele  en  cir- 
cuito los  cuatrocientos  y  seis  pies,  y  en  alto  los 
veinte  y  cinco  codos  que  él  tenía,  al  menos  dié- 
ronsele  sus  treinta  y  seis  colunas  de  extraño 
artificio  y  riqueza,  sembrando  por  todo  él  pie- 
zas de  mucho  valor  y  hermosura,  y  al)rién- 
dole  con  anchurosos  arcos  al  Norte  y  al  Medio- 
día, que  era  su  propio  asiento.  Pero  hacia  la 
parte  del  Oriente  estaba  su  artífice  Escopas,  de 


su  propia  labor  maravillado,  y  á  la  del  Septen- 
trión Brias  tendido  como  cansado  de  su  larga  y 
trabajosa  jornada,  y  á  la  de  Mediodía  Timotheo 
con  grande  alegría;  pero  á  la  de  Poniente  Leo- 
cares  como  esperando  la  paga  de  su  trabajo, 
junto  á  la  viuda  animosa  que,  más  ocupada  en 
su  largo  planto,  sin  respuesta  la  detiene,  acaso 
por  no  ser  la  obra  conforme  á  su  voluntad  aca- 
bada. 

Más  la  provincia  de  Acaya  en  el  Olimpo, 
entre  las  ciudades  Elis  y  Pisa,  y  allí  el  simu- 
lacro 6  figura  de  marfil  de  Júpiter,  del  artífice 
Fidias,  de  riqueza  y  arte  incomparable  y  no  con 
menos  retratado. 

Seguíanse  otra  vez  los  huertos  pensiles  de  la 
alta  Babilonia,  y  con  ellos,  frontera  á  las  bocas 
del  Nilo,  de  albissima  piedra  cercada  de  agua, 
la  alta  y  muy  costosa  Torre  de  Faros,  en  cuya 
altura  se  mostraban  muchas  y  grandes  lum- 
bres dando  guía  á  los  presurosos  navios  que 
por  la  ancha  mar  iban  á  tomar  puerto. 

No  faltaba  el  obelisco  de  Semíramis,  á  ma- 
nera de  pirámide,  salvo  que  era  todo  de  una 
pieza,  y  en  él  por  números  señalados  sus  cien- 
to y  cincuenta  pies  en  alto,  y  noventa  y  seis  en 
circuito,  como  de  los  montes  de  Armenia  fué 
sacado.  Todo  lo  cual  estaba  en  el  último  cua- 
dro por  la  variedad  de  los  que  dello  tmtan, 
pero  no  estaba  el  antiguo  templo  de  la  Diosa, 
por  no  ofender  al  presente  que  con  tanto  cum- 
plimiento suplía. 

Acababan  aquí  las  esculturas,  las  pinturas  no, 
que  sobre  la  una  puerta  estaba  la  ínsula  Del- 
fos,  donde  Latona,  retraída  de  la  fiera  serpien- 
te, se  veía  en  el  parto  de  la  amada  Diana,  al  fin 
del  cual  la  misma  hija  ayudaba  á  la  madre  en 
el  nacimiento  de  su  hermano  Apolo;  el  cual  na- 
cido se  mostraba  de  tan  perfetos  matices,  que 
verdaderamente  se  juzgara  que  él  daba  la  luz 
al  templo. 

No  era  menos  agradable  el  cuadro  de  la  se- 
gunda puerta,  donde  la  misma  Diana,  metida 
en  su  fresca  y  reservada  fuente,  había  tomado 
cierA'o  al  sin  ventura  Acteón,  al  cual  sus  pro- 
pios lebreles  rabiosamente  despedazaban;  y  lo 
que  más  era  de  mirar  del  sutil  artífice,  que  ha- 
biendo pintada  una  cabeza  de  perro  ferocíssima 
se  pintó  temeroso  junto  á  ella,  queriendo  ho- 
nestamente loar  la  viveza  de  su  pintura.  Aquí 
entró  Pradelio  lleno  de  pesar,  y  viendo  que  la 
gente  aun  no  era  entrada,  imaginó  que  estu- 
viesse  en  la  floresta,  y  assí  se  fué  allá,  que  muy 
cerca  estaba,  donde  con  estudiosa  y  abundante 
mano  parecía  que  la  maestra  Natura  hubiesse 
querido  señalarse.  Eran  las  flores  rojas,  blancas 
y  amarillas  casi  como  rubís  y  diamantes  entre 
el  oro,  y  pienso  que  la  esmeralda  no  llegasse  á 
la  fineza  de  la  hierba;  estaba  en  medio  de  la 
I  hermosa  estancia  una  pura  fuente  de  relevado 


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ORÍOEXES  lE  LA  yOVELA 


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•ióii,  va  i  i-f  •  di-  Valor  v  •.•-ti.iia.  TkIiÍA'*  v  ;*ii- 
-*::íI  '  *h'  iíi  ti  -!  i.vi  I-  F-iii*a  v  ¡ncital  ■  ■!•.•  Sa- 
*¡o.  i-huiruv/j  á  '.a: llar  ai  ^  .'ii  d»-  su  lira  •ala 
•'•«itiíia: 

Faltó  I&  luz  df  tu-»  iiorrnosos  oios. 
diik-'r  pinina,  á  los  do  uii  alma  triste, 
y  a«sí  qu '"Lirón  ^ni  í-t-irna  iio;hf% 
sin  l/Uü'rar  otro  alivio  d*r  su  pf;na, 
HÍno  la  inU'Tt<-  qii.-  lis  fu-ra  vida: 
;nias  ruáiilo  If'ñ  v-ndrá  tan  dulce  día* 

•Si  aqiK'sta  cui'Uta  p'nitita.ss'.?  an  día 
c<;rrando  ya  mis  afiii^ido^  o  ios 
para  prin^-ipiod^'  otra  nu'^va  vida, 
v  pudi"ssM  salir  *fl  alma  trísto 
d':sta  pr¡*i<í(t  mortal  d'*  inlV'rnal  p«fnn, 
(•1  >n\  sal- Iría  t.w  medio  d"  la  noche. 

Ka/ón  scríu  tras  tan  lari^A  n'^.'he, 
que  apíinr.¡»'ss(;  <;ii  <*1  Oriente  »í1  día, 
r|ur'  no  son  dinos  de  llevar  la  pena, 
pues  que  U')  fue  la  culpa  de  nn's  oj'is, 
el  yerro  fué  de  la  ventura  triste, 
qti"  siempre  yerra  á  costa  de  mi  vida. 

(Jomo  podrá  ¡lassar  mi  enferma  vida 
con  la  jx'sada  carica  d(í  la  noche, 
quí*  si  es  consuelo  del  doliente  triste 
la  esperanza  de  ver  el  nu(;vi)  día, 
n¡n;,'una  tienen  mis  eansailos  ojos 
que  les  pueda  aliviar  su  i^rave  ])enA. 

Dure  la  ausencia,  dól>lese  la  ])(Mia 
(|Ue  á  todo  h(>  de  pa;;ar  con  una  vida, 
no  xení  los  ilespechos  d  í  mis  ojos, 
ni  andaré  tropezando  ]">r  la  ikk'Ik». 
ni  tendré  envidia  de  quien  ^oza  el  día, 
ni  mancilla  de  mí,  p'ies  volví  triste. 

Por  cuan  nuis  ventun»so  tenido  al  triste, 
que  lo  acaha  la  furia  de  su  pena, 


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r'.r'j-.i  •¿■:.ir»r  srs-'nt*  ií::.:a¿.  r^íintc  del  ri-x 
Tviri:-  del  ai''r»ie  y  vri:iit?  de  las  sííras:  tisdas 
T-:.ian  v^itMas  le  sgs  propias  telas  de  or>T 
s^ia.  i'^r-'i  las  unas  trauíi  cainialdas  de  d-jr»^ 
^rii  ias  ip-r.t»^:  .a¿  otras  ;uensr.s  rami>s  levan- 
la-ios.  T  !•.?  oab-Ilv?  suelí»:»?:  ¡as  otras  ooffidv-s 
eii  rari*  5  t^\*j>  t  r.-d-í??,  t  las  ai  abas  á  1«»  hom- 
t'T  s,  los  l«ni2«>s  d.srialos  y  los  arcos  en  lis 
Uiun>  ■^:  tanta  fué  la  hermosura  de  las  Ninfas, 
•^ue  h'^  pastores  ailni ira-ios.  no  sabian  apartar 
li.'S  oíos  dellas:  no  viniera  alií  la  simpar  Fiu- 
DA  >i  n<  •  fuera  por  reparar  la  Tida  de  su  amanta, 
que  ya  ^aUa  de  FI órela  en  el  estado  que  Si- 
R.%L\o  estalla.  Entró.  pue$,  en  la  floresta  un 
a vtMi tajada  á  las  de:nás.  qno  no  sólo  á  ellü, 
mas  á  la  misma  Diana,  parecía  qae  despre- 
cias se,  15 rotó  el  suelo  nuevas  llores,  el  ci^-lú 
uiejitr  luz,  la  fuente  más  ai; na  y  los  suaves 
vientos,  arroirantes  entre  tanta  Ivldad,  d'^sde- 
üándose  de  herir  en  l«>s  verdes  ramos,  entri'  las 
vestiduras  de  las  ninfas,  v  los  oabellos  de  sus 
cah^^zas  mez«:lánd»^e,  hicieron  graciosos  y  agra- 
dables iue.i?t)ís.  Pu^s  SiRALVo.  que  atcutamenie 
miraba  los  ojos  de  Filid.i,  y  su  alma  cu  eHi^i, 
no  es  possible  encar»?cer  su  sentimiento,  ni  o# 
poi»a  pruebp  tle  la  hermosura  de  las  pastora^no 
haber  parecido  mal  entre  las  ninfas.  Xo  se  de- 
tuvieron mucho  en  la  floresta,  antes  Uauíando 
luego  á  los  pastores,  entraron  al  sagrado  tem- 
plo, donde  quince  en  quince  hicieron  cuatro  co- 
rros Y  los  tres  ílanzand  >  v  el  uno  tañendo,  fu*?- 
ri>n  dejando  sus  insignias  sobre  el  altar:  las  del 
río  sus  guirnaldas,  las  de  las  selvas  sus  ramo» 
y  las  ili?  los  montes,  arcos  y  saetas.  Cou  esto 
remitieron  la  oración  al  viejo  Sileno,  que  entre 
ellos  iba,  y  con  aquel  aspecto  grave  y  gentil, 
vuelto  al  de  la  t'iforme  Diana,  primeramente 
alabó  su  excessiva  belleza,  y  después  con  liQ" 
mildad  le  pidió  perdón  si  algunas  veces  violaron 
los  montes  con  la  misma  sangre  de  las  fieras 
á  ella  consai^radas,  ó  si  acaso  cansados  de  la 
propia  caza,  torpemente,  el  curso  della  maldi* 
xeron,  y  assimismo  do  otros  ermrcs  y  culpa?, 
en  que  el  frái^il  juici.^  suele  caer;  pero  despQ«* 
do  tollo  le  roü^ó  los  librasse  de  las  venenwas 
redes  de  los  solícitos  lisonjeros  y  falsos  hJa- 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


459 


güeños,  con  la  fuerza  de  los  carnales  apetitos, 
destruidores  de  devoción  y  salud;  antes  prvs- 
tándoles  de  su  cumplido  favor,  les  diesse  resis- 
tencia contra  todo  mal,  contra  todo  daño  y  con- 
tra toda  malicia.  Y  con  esto,  callando  él,  la 
música  tornó  á  sonar,  y  las  ninfas  á  la  orden  de 
sus  corros,  en  que  por  gran  espacio  se  ocuparon, 
hasta  que  parecióndoles  hora  del  reposo,  toman- 
do por  orden  sus  insignias,  tornaron  á  la  flo- 
resta, y  mezcladas  con  los  pastores,  se  fueron 
repartiendo  por  las  sombras,  donde  no  faltaron 
rústicas  y  delicadas  viandas,  y  algunos  que 
durmiessen,  y  alguno  que  velasse.  No  os  he 
contado  la  ventura  de  Siralvo :  pues  sabed 
que  al  salir  del  templo  estuvo  gran  rato  con 
Florela,  que  de  parte  de  Filida  le  certificó  que 
holgaba  de  su  vida,  y  de  la  suya  le  avisó  que 
se  templasse  en  miralla,  porque  nunca  apa- 
rencias  sirvieron  sino  de  dañar.  Con  esto  vol- 
vió Siralvo  tan  contento  que  en  sí  mismo  no 
cabla,  y  mientras  todos  reposaban,  él  á  la  som- 
bra de  un  fresno  en  voz  baxa  estuvo  recitando 
al  silencio  unos  versos  que  hizo  al  principio  de 
la  ausencia,  cuando  entre  temor  y  esperanza 
andaba  el  sufrimiento  de  partida;  quien  gusta- 
re de  oirlos,  podrá  llegarse  al  pastor,  en  tanto 
que  las  ninfas  duermen  y  quien  no,  passe  por 
ellos  y  hallarálas  despiertas. 

SIRALVO 

¡  Oh  tú,  descanso  del  cansado  curso 
desta  agrá  vida,  á  mi  pesar,  tan  larga, 
oye  un  momento  en  suma  su  discurso! 

Y  si  mi  boca  más  que  hiél  amarga 
note  acertare  á  pronunciar  dulzuras, 
esso  la  culpa  y  esso  la  descarga. 

Presentes  sean  mis  entrañas  puras, 
mi  limpio  corazón,  mi  sano  pecho, 
atlantes  firmes  de  mis  desventuras. 

Y  tú,  que  con  tus  manos  tienes  hecho 
el  grave  monte  que  su  fuerza  oprime, 
no  hagas  cierto  lo  que  yo  sospecho. 

Ya  que  tan  grave  mal  no  te  lastime, 
pues  eres  del  la  causa,  no  la  niegues, 
porque,  siquiera,  á  padecer  me  anime. 

Amor  te  obliga  que  á  razón  te  llegues, 
y  aun  ella  quiere  que  su  fuerza  entiendas: 
no  lo  será,  que  con  su  lumbre  ciegues. 

I  Oh,  es  necesario  que  el  rigor  suspendas 
de  los  duros  peñascos,  do  no  hallan 
las  aves  nidos  ni  las  bestias  sendas! 

Los  perversos  contrarios  que  batallan 
por  acabarme  en  desigual  pelea 
mientras  te  hablo,  mira  cómo  callan. 

Vieron  mis  ojos  celestial  idea 
de  gracia  y  discreción,  tu  soberana 
beldad,  que  sola  sin  igual  passea. 

Desde  la  parte  donde  la  lozana 


aurora  tierna  de  su  luz  hermosa, 
abre  á  las  gentes  la  primer  ventana, 
Hasta  el  ocaso  á  do  la  trabajosa 
muestra,  dada  del  sol,  en  premio  justo, 
en  los  brazos  de  Dórida  reposa; 

Y  desde  aquella  do  el  ardor  injusto 
la  habitación  de  su  morada  evita, 
enflaqueciendo  al  Etiope  adusto. 

Hasta  las  fuentes  donde  el  duro  Scita 
mata  la  sed  y  el  inclemente  Arturo 
cuajando  el  mar,  el  curso  al  agua  quita. 

Y  por  essa  beldad  misma  te  juro 
que,  con  ser  en  el  mundo  la  primera, 
es  la  menor  que  tiene  en  ti  seguro, 

La  deleitosa  y  fértil  primavera 
de  juventud,  el  sin  igual  tesoro 
de  esse  rostro,  do  Amor  teme  y  espera; 

La  mansedumbre  y  gravedad  que  adoro; 
los  cabellos  que  el  ébano  bruñido 
han  imitado,  despreciando  el  oro; 

El  cristal  de  la  frente,  el  encendido 
rosicler  puro  ó  púrpura  de  Oriente,  ' 
sobre  los  blancos  lirios  esparcido; 

Las  finas  perlas,  el  coral  ardiente, 
con  las  dos  celestiales  esuieraldas, 
beldad  que  loor  humano  no  consiente, 

Aunque  de  preciosissimas  guirnaldas 
ciñen  al  sol  y  á  Amor  las  francas  sienes, 
son  las  menores  rosas  de  tus  faldas. 

Essotras  plantas,  que  en  el  alma  tienes, 
que  tocando  en  el  cielo  con  sus  ramas, 
nos  dan  por  fruto  incomparables  bienes: 

Essos  ricos  tesoros  que  derramas 
del  pecho  ilustre  en  abundancia  tanta, 
que  á  los  deseos  más  remotos  llamas ; 

Esse  juicio,  que  á  la  tierra  espanta; 
esse  donaire,  que  enamora  el  cielo; 
esse  valor,  que  á  todos  adelanta ; 

Essas  y  otras  grandezas  con  que  el  suelo 
tienes  tan  rico  y  tan  enriquecida 
el  alma  que  te  adora  de  consuelo, 

Dejando  aparte  ahora  el  ser  nacida 
sobre  las  ilustrissimas  llamada 
y  entre  las  más  honestas  escogida; 

Y  con  ser  de  fortuna  acompañada, 
porque  Himeneo  al  gusto  te  ofendía, 
quisiste  ser  á  Delia  dedicada. 

Aque!<tos  bienes,  que  tu  alma  cría, 
impressos  en  mi  alma,  y  aun  aquellos 
de  carne  y  sangre,  en  carne  y  sangre  mía. 

Llevo  el  yugo  de  Amor  sobre  dos  cuellos, 
que  si  no  fuera  más  que  de  diamante, 
fuera  rompido  á  cada  pa  so  dellos. 

Cuando  el  cuello  del  cuerpo  va  delante 
queda  atrás  el  del  alma,  y  cuando  él  passa, 
cae  el  del  cuerpo,  y  no  hay  quien  le  levante. 

El  uno  quiere  retirarse  á  casa, 
llamado  de  la  sombra  y  del  reposo; 
el  otro  al  yermo,  donde  el  sol  abrasa; 


IGí) 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


El  caerpo  e*tá  s«lkTit«',  tral«Kjso: 
r  1  ülítiíL  harta  de  ><^:3^:e'^o  lleca, 
;'jijién  conipí>ndrá  coni1<ite  tan  furioso  ? 

De  sii^rt«  que,  derecha  la  melena, 
CQ«;rpo  y  alúa  caminen,  con  templanza, 
por  la  carrera  para  entrambos  huena. 

Y  si  hallaren  mnerta  la  esperanza, 
y  á  la  fe  siempre  viva  que  la  llora, 
jautos  alal^u  á  la  confianza. 

¿Mas,  quién  p^mdrá  tan  alta  paz,  señora, 
entre  dos  enemigos  tan  contrarios. 
'/M^  con  lo  que  uno  sana  otro  empeora.* 

Estos  combates  son  tan  ordinarios, 
que  los  dones  del  alma  escarnecidos 
me  son  también  mortales  adversarios. 

Los  deleites  del  cuerpo  no  cumplidos, 
los  del  alma  turbados  con  engaños 
y  los  inconvenientes  tan  unifbis. 

liien  sé  que  el  solo  medio  destos  daños 
fuera  apartarse  deste  cuerpo  esta  alma, 
poniendo  fin  á  mis  cansados  años. 

Aquella  fuera  generosa  y  alma 
vida  del  cu<Tpo  cuando  en  ti'-rra  vuelto, 
libre  dejara  al  spíritu  la  palma. 

Que  como  es  el  autor  d'*l  mal  revuelto, 
y  el  alma  está  bañada  en  sus  zozobras, 
la  vida  es  furia  de  enemigo  suelta. 

;0h  tú,  que  á  todas  las  potencias  solaras 
<le  bien  y  mal,  tu  pederosa  mano 
estampe  en  mi  la  fuerza  de  tna  obras! 

Que  deste  trance  y  cautiverio  insano, 
desta  tristeza,  deste  mal  terrible, 
podrás  dejanne  libre,  alegre  y  sano. 

A  ti  h^ola  ha  deja<lo  Amor  posible 
que  aquesta  pietlra  de  mi  gran  cuidado 
hagas,  sobre  esta  roca,  inconmovible. 

Y  estas  navajas,  con  que  el  tienin  lado 
abre  la  rueda  de  mis  fantasías, 

sean  rotas,  y  mi  cuerpo  desatado. 

Y  esta  águila  infernal,  que  tantos  dias, 
me  halla  en  este  monte  de  8osp(^chas, 

nc  sepa  más  á  las  entrañas  mias. 

Y  estas  plantas  y  frutas  tan  ahechas 
á  burlar  por  momentos  al  deseo, 
dejen  mi  sed  y  ham))rc  satisfechas. 

Mil  continos  estorbos  va  los  veo, 
y  otros  más  de  creer  dificultosos, 
por  mi  corta  ventura  más  los  creo. 

Ojos  abiertos,  pechos  enconosos, 
tu  gran  beldaíl,  mis  riiías  intenciones, 
cercadas  de  legiones  de  envidiosos. 

Bien  imagino  yo  que  si  te  pones 
á  querer  tropellar  dificultiidcs, 
irás  segura  en  carros  de  leones. 

Bien  tienes  entendidas  mis  verdades, 
y  que  en  mí  son  llanezas  conocidas 
las  que  en  mil  otros  son  curiosidades. 


Bien  saU^s  que  quisiera  tantas  vidas 
cuantos  momenbis  viro  por  contalla?, 
por  muy  zaua'las.  en  tu  Amor  perdidas. 

Y  bien  sé  yo  que  en  mi  rudeza  hallas 
iugenio  sol:>erano  para  amarte, 

y  sabes  que  te  escucho  auu  cuando  callts. 

Entiendes  que  me  huyo  por  buscart»?, 
y  alguna  vez  tan  sin  piedad  me  dexa<, 
que  pierdo  la  esperanza  de  hallarte. 

Conoces  claramente  que  mis  quexas 
llevan  puro  dolur  sin  artificio, 
y  con  descuido  mi  cuidado  aquexas. 

Mis  ojos  ven  que  el  principal  oficio 
que.  sustentando  el  cuerpo,  aJ  alma  honra, 
es,  no  faltar  los  dos  de  tu  servicio. 

Y  ven  los  tuy<")s,  vueltos  á  mi  honra, 
que  el  rato  que  sin  ellos  me  imagino, 
tengo  el  alma  y  la  rida  por  deshonra. 

Algima  vez  creciendo  el  desatino, 
á  fuerza  del  pestífero  veneno 
matarme  ó  despeñarme  determino. 

Acoge  ;oh  mar  I  en  tu  sagrado  seno  ■ 
esta  barjuilla,  que  á  tu  g)lfo  embiste, 
porque  se  alal^e  fie  algún  día  sereno. 

Essos  divinos  Nortes,  que  escogiste, 
de  la  primera  inacessible  lumbre, 
para  alegrar  al  navegante  triste. 

Muéstrense  en  essa  soberana  cumbre, 
hincha  la  vela  el  viento  favorable 
contra  la  calma  desta  pesadumbre. 

Deje  el  cuidado  el  remo  incomportable, 
y  estotras  jarcias  de  trabajos  llenas, 
tórnense  en  ejercicio  saludable. 

Cántenme  tus  dulcíssimas  sirenas, 
((ue  vencida  del  sueño  mi  barquilla, 
y  á  voluntad  la  s.ingre  de  mis  venas, 

Si  tu  Nejttuno  á  mi  favor  se  humilla 
aumentarás  tus  obras  v  mi  suerte, 
librando  en  tan  heroica  maravilla 
á  quien  te  ofrece  el  alma  de  la  muerte. 

Aunque  Si r alvo  en  sus  versos  il^  mei 
ciando  tristeza,  su  corazón  contento  estalw 
pero  como  pí>cas  \eces  hallaremos  un  alegí 
sin  un  triste,  Pradelio,  que  menos  dormía,  1 
fué  buscando  entre  todos  v  le  dio  cuenta  dol 
poca  que  ya  Filena  tenía  con  él,  antes  le  er 
tan  contraria,  que  á  sus  mismos  ojos  no  s 
hartaba  de  favorecer  á  Mireno,  v  hablándule  é 
no  le  había  rosp<jndido.  Esto  decía  con  t^int 
dolor  y  enojo,  que  casi  quería  reventar,  y  míen 
tras  SiKAi.vo  pnx'uraba  consolarse,  ya  losptó 
tores  y  Ninfas,  viendo  passada  la  hora  ardient 
de  la  siesta,  iban  buscando  la  clara  fuente  y  e 
manso  arroyo.  A  una  parte  del  agua  lle^rarw 
las  tres  más  hermosas  del  gremio  de  Diana 
era  la  una  Filida,  diosa  en  los  montes;  la^'tn 
Filis,  deesa  en  las  selvas;  la  otra  Clori,  Xinfi 
en  el  río;  con  ellas  estaban  Silvia  y  Filardoj 


i 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


461 


Filena  y  Mireno,  entreteniéndose  en  dulces 
pláticas  y  suaves  canciones;  también  llegaron 
Siralvo  y  Pradelio^  uno  de  placer  y  otro  de 
pesar  incitados,  y  no  faltaron  los  dos  caudalosos 
y  apuestos  rabadanes  Cardenio  y  Mendino. 
Gran  cosa  se  había  juntado  si  Pradelío  no  lle- 
gara: porque  de  once,  solo  él  dejaba  de  estar 
contento;  y  mirando  la  sin  par  Filida  la  agra- 
dable couipañia,  escogió  al  triste  para  que  can- 
tasse;  mas  viendo  Siralvo  que  no  estaba  para 
cantares,  le  disculpó  con  Filida,  y  rogó  á  Fi- 
lardo  que  lo  biciesse;  el  cual,  los  ojos  en  la  gra- 
ciosa Silvia,  tocó  la  lira,  y  comenzó  á  cantar 
assi  al  son  della: 

FILAKDO 

Tus  ojos,  tus  cabellos,  tu  belleza, 
soles  son,  lazos  de  oro,  gloria  mía, 
que  ofuscan,  atan,  visten  de  alegría, 
el  alma,  el  cuello,  la  mayor  trisU'za. 

Fuego,  no  siente  el  alma  tu  aspereza; 
yugo,  no  teme  el  cuello  tu  porfía; 
que  bastante  reparo  y  osadía 
concede  Amor  en  tanta  gentileza. 

liabia,  que  por  mis  venas  te  derramas; 
oro,  que  á  servidumbre  me  condenas; 
beldad,  por  quien  la  vida  se  assegura, 

Pues  soy  un  nuevo  Fénix  en  las  llamas, 
y  hallo  libertad  en  las  cadenas, 
amo  y  bendigo  tanta  hermosura. 

En  extremo  contentó  á  todos  el  soneto  de 
Filardo,  pero  más  á  Silvia  y  menos  á  Mireno, 
que  invidioso  de  verla  tan  loada,  sin  que  nadie 
le  rogasse,  sacó  el  rabel  y  vuelto  á  Filena,  pre- 
sumió de  igualarla  deste  modo: 

MI  RENO 

Sale  la  Aurora,  de  su  luz  vertiendo 
las  mismas  perlas  que  el  Oriente  cría; 
vase  llenando  el  cielo  de  alegría, 
vase  la  tierra  de  beldad  vistiendo. 

Las  claras  fuentes  y  los  ríos  corriendo, 
las  plantas  esmaltándose  á  porfía, 
las  avecillas  saludando  el  día, 
con  harmonía  la  nueva  luz  hiriendo. 

Y  esta  Aiu-ora  gentil,  y  esto  adornado 
mundo  de  los  tesoros  ricos,  caros, 
que  el  cielo  ofrece,  con  que  al  hombre  admira. 

Es  miseria  y  tristeza,  comparado 
á  la  belleza  de  tus  ojos  clan»s, 
cuando  los  alzas  á  mirar  sin  ira. 

Ya  le  pareció  á  Pradelio  que  perdía  de  su 
punto  si  á  vuelta  de  aquellos  sentimientos  dul- 
ces no  sonaba  el  amargo  suyo,  y  pidiendo  á  Si- 
ralvo que  tocasse  la  zampona,  los  ojos  y  el 
color  mudado,  la  acompañó  diciendo: 


PRADELIO 


Mientras  la  lumbre  de  tus  claros  ojos 
estuvo  en  el  Oriente  de  mi  gloria, 
entendimiento,  voluntad,  memoria 
ofrecieron  al  alma  mil  despojos. 

Mas  después  que,  siguiendo  tus  antojos, 
á  gente  extraña  fue  su  luz  notoria, 
es  mi  rico  tesoro  pobre  escoria, 
mis  blandos  gustos  ásperos  enojos. 

Vuelva  ya  el  rayo  á  su  lugar  usado; 
pero  no  vuelva,  que  una  vez  partido, 
no  puede  ser  que  no  haya  sido  ajeno. 

Mas  ¡ay!  sol  de  mi  alma  deseado, 
vuelve  á  mis  ojos,  que  una  vez  venido, 
mi  turbio  día  tomarás  sereno. 

A  este  soneto  hizo  Filena  tan  mal  semblan- 
te, que  Pradelio  se  arrepintió  de  haber  cantado 
y  aun  de  ser  nacido;  pero  las  Ninfas,  que  con 
gran  gusto  oían  sus  contiendas,  pidieron  que 
cantassen  las  pastoras.  Ellas  respondieron  que 
aun  faltaban  pastores  por  cantar,  y  en  hacién- 
dolo ellos,  ellas  lo  harían.  Agradó  á  Clori  la 
respuesta  y  tomando  á  Filena  la  lira,  la  dio  á 
MsNDiNo,  el  cual,  los  ojos  en  Filis,  dixo,  sin 
más  excusa: 

MENDINO 

Ponen,  Filis,  en  cuestión 
mi  corazón  y  mis  ojos, 
cuál  goza  de  más  despojos, 
los  ojos  ó  el  corazón. 

Los  ojos  dicen  que  os  vieron, 
y  de  vuestro  grado  os  ven, 
y  que  del  presente  bien 
la  prímera  causa  fueron, 
prueba  en  la  misma  razón 
el  corazón  á  los  ojos; 
¿que  gozarán  más  despojos 
lo8  ojos  ó  el  corazón.* 

Poco  importa  más  testigo, 
dicen  los  ojos  que  á  i\\ 
dice  el  corazón,  ni  á  mí, 
de  lo  que  tengo  conmigo; 
lio  les  niega  su  razón, 
el  corazón  á  los  ojos, 
no  le  nieguen  sus  despojos 
los  ojos  al  corazón. 

Su  contienda  es  por  demás, 
pues  todos  llevan  viti  ria, 
estando  llenos  de  gloria, 
sin  que  á  nadie  quepa  mus; 
mas  viva  la  presunción 
del  corazón  y  los  ojos, 
por  ser  de  quien  son  despojos 
los  ojos  y  el  corazón. 

Son  estos  competidores 
flacos,  aunque  liberales, 
que  en  efeto  son  mortales 


462 


orígenes  de  la  novela 


Y  Kar.!^»  «i-?  s^r  sa«  fmrorp*: 
fi  ix>ri«'  el  alma  el  i«astón 

ioif  0)0*  y  el  réjraZ'iti. 

r  .iít*»nu  qnp«ló  Filis  d<*  la  rifiW*í>i  de  Mcn- 
*iino.  d';  manera  qn»f  no  lu  pudo  dissiioiilar.  y 
yiV  T^asfar  á  Clori  **n  «a  monMa,  toinú  la  lira 
y  di'''8^-ia  a  Car»!»  ni^»,  A  cual,  aunque  nn."n«»s 
ni»¡!»i  -o  qM«í  enanjora/lo,  assí  enmendó  !•>  uno 
c<-in  lo  f'tro: 

CARDEN'IO 

Por  rnirar  vuestros  cabellos 
quitóle  la  renda  Amor, 
y  f-fitúv  ¡érale  mejor 
dar  ntro  ñudo  y  no  Tellog. 

Quitdsela  no  entendiendo 
lo  que  le  p'xiia  venir, 
valiérale  uiás  vivir 
desbando  que  muriendo, 
j»u"s  fué  de  líw  laz'>s  1k?11os 
atado  C'in  tal  rie^^ir. 
que  se  le  tornó  dolor 
t^xla  la  í,^loria  de  vellos. 

Entenderá  desta  suerte 
que  fué  irrande  devaneo 
dar  armas  á  su  deseo 
con  que  le  diess  •  la  mn«Tte. 
Voluntad  de  coníxrellos 
fu'Ta  su  pena  mayor, 
mi  raíl  si  seni  peor 
perder  la  vida  por  ellos. 

Hizo  sus  ojos  testii^os 
de  tan  alto  merecer. 
y  dio  su  mismo  po'ier 
Vitoria  ú  sus  eneniijíos: 
que  <i  con  estos  cabellos 
([uitú  mil  vidas  Amor, 
vengáranse  en  su  dolor 
los  que  padecen  por  vellos. 

Quiso  ver  con  (jué  prendía 
y  sus  rcíles  le  prendieron, 
y  á  herirle  se  volvieron 
¡as  flichas  con  (pie  hería. 
(¿Uííílar  cautivo  de  aquellos 
cabellos  fué  ^ran  honor, 
pero  fuérale  m<'if)r 
olviJallos  V  no  vellos. 

Cuando  Cardenio  acahó  su  canción,  ya  Si- 
RALVO  tí'uía  la  zampona  en  la  mano,  y  mien- 
tras las  Ninfas  ahil)aron  el  passado  vanto^  leyó 
él  en  los  ojos  de  Filida  el  presente: 

81 R  ALVO 

FiLiDA,  tus  ojos  l»ellos 
el  que  se  atreve  á  mirallos, 


muy  uiás  fácil  qoe  alahallos 
le  será  morir  por  ellos. 
Ante  ellos  c»lla  el  primor, 
ríndese  la  fortaleza, 
porque  mata  sa  belleza 
y  ci»*íra  so  resplandor. 

S'in  ojos  verdes,  rasírados, 
en  el  revolver  suaves, 
apacibles  sf»bre  firrave», 
mañosos  y  descaidados. 
Con  ira  ó  con  mansedumbre, 
de  suerte  alegran  el  suelo, 
que  fijados  en  el  cielo 
no  diera  el  sol  tanta  lambre. 

Amor,  que  suele  ocupar 
to-lo  cuanto  el  mundo  encierra, 
señoreando  la  tierra, 
tiranizando  la  mar, 
para  llevar  más  despojos, 
sin  tener  contradición, 
hizo  su  casa  y  prisión 
en  essos  hermosos  ojos. 

Allí  canta  y  dice:  Vo 
cieíTt^  fui,  que  no  lo  niego, 
pero  venturoso  ciego, 
que  tales  ojos  halló, 
que  aunque  es  vuestra  la  Vitoria 
en  dán>sla  fui  tan  diestro, 
que  siendo  cautivo  vuestro 
sois  mis  ojos  y  mi  gloria. 

El  tiempo  que  me  juzgaban 
por  ciego,  quiselo  ser, 
ponjue  no  era  razón  ver 
si  estos  ojos  me  faltaban; 
será  ahora  con  hallaros, 
esta  h*y  establecida: 
que  lo  pague  con  la  vida 
quien  se  atreviere  á  miraros. 

Y  con  esto,  placentero 
dice  á  su  madre  mil  chistes: 
el  arquillo  que  me  distes 
tomáosle,  que  no  le  quiero: 
pues  triunfo  siendo  rendido 
de  aquefítas  dos  cejas  bellas, 
haré  yo  dos  arcos  dellas 
que  al  vuestro  dejen  corrido. 

Estas  saetas  que  veis, 
la  de  plomo  y  la  dorada, 
como  lierencia  renunciada, 
buscad  á  (juien  se  las  deis, 
porque  yo  de  aquí  adelante 
podré  con  estas  pestañas, 
atravessar  las  entrañas 
á  mil  pechos  de  diamante. 

Hielo  que  dexa  temblando, 
fuego  que  la  nieve  enciende, 
gracia  que  cautiva  y  prende, 
ira  que  mata  rabiando; 
con  otros  mil  señoríos 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


463 


y  poderes  que  alcanzáis 
vosotros  inc  los  prestáis, 
dulcí ssimos  ojos  míos. 

Cuando  de  aquestos  blasones 
el  niño  Amor  presumía, 
cielo  y  tierra  parecía 
que  aprobaban  sus  razones, 
y  di  dos  mil  juegos  haciendo 
entre  las  luces  serenas, 
de  su  pocho,  á  manos  llenas, 
amores  iba  lloviendo. 

Yo  que  supe  aventurarme 
á  vellos  y  á  conocer 
no  todo  su  merecer 
mas  lo  que  basta  á  matarme, 
tengo  por  muy  llano  ahora 
lo  que  en  la  tierra  se  suena, 
que  no  hay  Amor  ni  hay  cadena, 
mas  hay  tus  ojos,  señora. 

No  cesara  con  esto  el  cantar  de  los  pastores, 
uque  Silva  y  Filena  también  cantaran,  si  las 
infas  no  oyeran  señal  en  el  templo  que  las 
rzaba  á  ir  allá  y  assí,  con  gran  amor  despedi- 
is  de  los  pastores,  por  no  serles  permitido  ir 
ta  vez  con  ellas,  por  el  mismo  orden  que  pri- 
ero,  volvieron  á  visitar  á  la  casta  Diana,  y  los 
stores  y  pastoras,  que  eran  muchos  y  en  dife- 
iitos  ejercicios  repartidos,  dejando  la  floresta, 
ios  con  placer  y  otros  c«m  pesar  tomaron  el 
uiino  de  sus  ganados.  Cardenio,  Mendino  y 

mayoral  Sin  alvo,  tales  iban  como  aquellos 
19  se  apartaban  de  su  propia  vida  y  contento, 
¡lardo,  Al  feo  y  Mireno,  éstos  sí  que  llevaban 
nsigo  todo  su  bien  y  descanso,  pero  el  más 
iitonto  de  todos  era  Sasio,  que  supo  allí  que 
Ivera  era  venida  al  Tajo;  y  el  más  triste  de 
3  tristes  Pradelio,  que  á  rienda  suelta  Filena 
►  solo  le  negaba  sus  favores,  pero,  olvidada 

la  estimación  que  le  debía,  le  iba  escarne- 
»ndo.  Tal  llegó  Pradelio  á  la  ribera,  que  sus 
emigos  se  pudieran  lastimar,  y  viendo  que  la 
usa  estaba  tan  lejos  de  hacerlo,  determinó 
rtirse  y  dejarse  el  ganado  perdido,  como  él 
iba,  y  aquella  misma  noche,  sin  dar  parte  á 
ligos  ni  parientes,  solo,  sin  guía,  dexó  los 
nipos  del  Tajo  con  intención  de  pasar  á  las 
as  de  Occidente,  donde  tarde  ó  nunca  se  pu- 
^sse  saber  de  sus  sucessos,  y  para  testigo  de 

apartamiento,  llegando  á  la  cabana  de  File- 
,  en  la  corteza  de  un  álamo  que  junto  á  olla 
taba,  dexó  escrita  esta  piadosa  despedida: 

rRADÍLIO 

Ya  que  de  tu  presencia, 
cruel  y  hermossísima  pastora, 
parto  por  tu  sentencia, 
la  desdichada  hora 


que  con  tanta  razón  el  alma  llora; 

Queriendo  ya  partirme 
de  cuanto  me  solía  dar  contento, 
habré  de  despedirme, 
dando,  en  tanto  tormento, 
mis  esperanzas  y  mi  lengua  al  viento. 

Adiós,  ribera  verde, 
do  muestra  el  cielo  eterna  primavera; 
que  el  que  se  va  y  ta  pierde, 
su  partida  tuviera 
por  muy  mejor  si  de  la  vida  fuera. 

Adiós,  serenas  fuentes, 
donde  me  vi  tan  rico  de  despojos, 
que  si  quedáis  ausentes, 
presentes  mis  enojos 
me  dan  otras  dos  fuentes  de  mis  fjos. 

Adiós,  hermosas  plantas, 
adonde  dejo  el  rostro  soberano, 
con  excelencias  tantas, 
que  todo  el  siglo  humano 
celebrará  las  obras  de  mi  mano. 

Adiós,  aguas  del  Tajo 
y  Ninfas  del,  que  en  el  albergue  usado 
sentiréis  mi  trabajo, 
pues  el  cantar  passado 
en  tristeza  y  en  llanto  se  ha  trocado. 

Adiós,  laurel  y  hiedra, 
que  fregando  uno  en  otro  os  encendía. 
Adiós,  acero  y  piedra, 
de  do  tami>ién  salía 
el  fuego  que  ya  va  en  el  alma  mía. 

Adiós,  ganado  mío, 
que  ya  fui  por  tu  nombre  conocido, 
mas  ya  por  desvarío 
del  hado  endurecido 
tu  nombre  pierdo,  pues  que  voy  perdido. 

Adiós,  bastón  de  acebo, 
que  conducir  solías  mis  ganados, 
pues  los  que  agora  llevo 
de  penas  y  cuidados, 
de  Fortuna  y  Amor  serán  guardados. 

Adiós,  mastines  fieros, 
bastantes  á  vencer  con  vuestras  mañas 
los  lobos  carniceros, 
antes  que  yo  las  sañas 
de  aquella  que  se  ceba  en  mis  entrañas. 

Adiós,  espejo  escaso, 
donde  sólo  se  ve  lo  pobre  y  viejo, 
pues  fuera  duro  caso 
mirarse  el  sobrecejo, 
faltando  al  alma  su  más  claro  espejo. 

Adiós,  cabana  triste, 
que  en  el  tiempo  passado  más  copiosa 
de  gozo  y  gloria  fuiste; 
ya,  sola  y  enfadosa, 
sierpes  te  habitarán,  que  no  otra  cosa. 

Adiós,  horas  passadas; 
testigo  es  aquel  tiempo  de  vitoria, 
que  si  debilitadas 


4HU 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


1 


perdistes  ya  mi  gloria, 

lio  os  perderá  por  osso  mi  memoria. 

Adiós,  aves  del  ciclo, 
que  no  puedo  imitar  vuestra  costumbre. 
Adiós,  el  Dios  de  Délo, 
que  tu  sagrada  lumbre 
fuera  de  aquí  no  quiero  que  me  alumbre. 

Adiós,  adiós,  pastores, 
adiós,  nobleza  de  la  pastoría, 
que  sin  otros  dolores 
turbará  mi  alegría 
dejar  vuestra  agradable  compañía. 

Adiós,  luz  de  mi  vida, 
Filena  ingrata;  en  tan  mortal  quebranto 
cesse  mi  despedida, 
porque  el  dolor  es  tanto 
que  se  impide  la  lengua  con  el  llanto. 


SEXTA  PARTE 

DEL      PASTOR      DS      FILIDA 

Possible  cosa  será  que  mientras  yo  canto 
las  amorosac  églogas  que  sobre  las  aguas  del 
Tajo  resonaron,  algún  curioso  me  pregunte: 
Entre  estos  amores  y  desdenes,  lágrimas  y  can- 
ciones, ¿cómo  por  montes  y  prados  tan  poco  ba- 
lan cabras,  ladran  perros,  aullan  lobos?  ¿dón- 
de pacen  las  ovejas?  ¿á  qué  hora  se  ordeñan? 
t quién  les  unta  la  roña?  ¿cómo  se  regalan  las 
paridas?  Y  fíiialmentc  todas  las  importancias 
del  ganado.  A  esso  digo  que  como  todos  se  in- 
cluyen en  el  nombre  pastoral,  los  rabadanes  te- 
nían mayorales,  los  mayorales  pastores  y  los 
pastores  zíigales,  que  bastantemente  los  dos- 
cuidaban.  El  segundo  objtíto  podrá  ser  el  len- 
guaje de  mis  versos.  También  darán  mis  pas- 
tores mi  disculpa  con  que  todos  ellos  saben 
que  el  ánimo  del  amado  mejor  se  mueve  con 
los  conceptos  del  amador  (^ue  con  el  viento  las 
hojas  de  los  árboles.  La  tercera  duda  podrá  ser 
si  es  lícito  donde  también  parecen  los  amores 
escritos  en  los  troncos  de  las  plantas,  qut»  tam- 
bién haya  cartas  y  papeles:  cosa  tan  desusada 
entre  los  silvestres  pastores.  Aquí  respondo 
que  el  viejo  Sileno  merece  el  premio  ó  la  pena, 
que  como  vido  el  trabajo  con  que  se  escribía  en 
las  cortt*zas,  invidioso  de  las  ciudades  hizo  mo- 
lino en  el  Tajo  donde  convirtió  el  lienzo  en  del- 
gado papel,  y  de  las  pieles  del  ganado  hizo  el 
raso  pergamino,  y  con  las  agallas  del  roble  y 
goma  del  ciruelo  y  la  carcoma  del  pino  hizo  la 
tinta,  y  c«>rtó  las  plumas  de  las  aves :  cosa  á 
que  los  más  pastores  lacilnieiite  se  inclinaron. 
Dcsta  arte  potlría  ser  que  respondiese  á  cuanto 


se  me  culpasse;  mas  ya  qae  70  no  lo  hago, 
no  faltará. en  la  necessidad  algún  discreto  t 
benigno  que  vuelva  por  el  ausente.  Confiído  es 
lo  cual  prosigo  que  la  ausencia  de  PradtÜo  » 
sintió  generalmente  en  el  Tajo,  porque  era  bue- 
no el  pastor  para  las  reras  y  las  burlas:  Us^ 
tante  para  amigo  y  enemigo,  hombre  de  ver- 
dad y  virtud  y  de  nunca  yista  confianza;  pero 
sobre  todos  lo  sintió  Siralto,  que  en  muchH 
cosas  le  tenía  probado.  Lloraron  sus  nobles  pt- 
dres  Vilorio  y  Pradelia;  cubrieron  sus  cabellos 
de  oro  las  dos  hermosas  hermanas  Abmia  j 
Via  NA,  y  la  misma  Filena,  causa  de  la  partida, 
bañó  sus  ojos  en  llanto  en  presencia  del  noeTO 
amor  Mircno.  Tal  fuerza  tiene  la  razón,  que  el 
que  la  niega  con  la  boca  con  el  alma  la  cou^ 
sa.  Guíe  el  cielo  á  Pradelío,  que  donde  qaien 
que  vaya  amigos  hallará  y  patria  quizás  más 
favorable  que  la  suya ;  7  vueltos  á  los  qae  que- 
dan, sabed  que  los  dos  caudalosos  rabadAues 
Mendino  y  Cardenio  j  el  pastor  iS'/ra/ro  qn^ 
da  ron  desta  siesta  de  Diana  tan  desaficioni- 
dos  de  los  campos,  tan  enemigos  de  sus  chozas 
y  tan  sin  gusto  de  sus  rebaños,  que  á  pocos 
días  ordenaron  desampararlo  todo  y  buscar  sólo 
su  contento;  y  entrando  en  acuerdo  sobre  el 
orden  que  tendrían,  á  Cardenio  le  pareció  que 
en  el  bosque  del  Pino  hacia  la  falda  del  monte 
se  ediíicasse  un  albergue  ancho  y  cubierto  de 
rama,  donde,  apartados  del  concurso  de  la  ribe- 
ra, pudiessen  expender  las  horas  á  su  gasto.  Xü 
le  pareció  á  Mendino  que  el  lugar  era  segoro 
para  esto,  antes  sería  fácilmente  barruntado  sa 
propósito,  por  ser  aquella  parte  visitada  machas 
veces  de  las  Ninfas;  á  lo  cual  dixo  Siralvo  des- 
ta suerte:  Yendo  por  el  cerrado  valle  de  los 
fresnos  hacia  las  fuentes  del  Obrego  como  dos 
millas  de  allí,  acabado  el  valle  entre  dos  anti- 
guos allozares,  mana  una  fuente  abundantissi- 
ma,  y  á  poco  trecho  se  deja  bajar  por  la  aspe- 
reza de  unos  riscos  de  caída  extraña,  donde  por 
tortuosas  sendas  fácilmente  puede  irse  tras  el 
agua,  la  cual  en  el  camino  va  cogiendo  otras 
cuarenta  fuentes  perenales  que  juntas  con  ex- 
traño ruido  van  por  entre  aquellas  peñas  que- 
brantándose, y  llegando  á  topar  el  otro  risco 
soberbias  le  pretenden  contrastar;  mas  viéndo- 
se detenidas,  llenas  de  blanca  espuma,  tnereen 
por  aquella  liondura  cavernosa  como  á  buscar 
el  centro  de  la  tierra:  á  pocos  pasos  en  lo  máí  . 
estrecho  está  una  puente  natural  por  donde  las 
aguas  passando,  casi  corridas  de  verse  assi  opri- 
mir, hacen  doblado  estraendo,  y  al  fin  de  la 
puente  hay  una  angosta  senda  que,  dando  ^ti^- 
ta  á  la  parte  del  risco,  en  aquella  soledad  do*- 
cubre  al  Mediodía  un  verde  pradecillo  de  mn- 
chas  fuentes  pero  de  pocas  plantas,  y  entre  ellas 
de  viva  piedra  cavada  está  la  cueva  del  Mago 
Erión ,  albergue  ancho  y  obrado  con  suma  en- 


1 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


465 


riosidad.  Este  es  el  solo  lagar  qae  os  conviene, 
porque  el  secreto,  áél  es  grande  j  el  aparta- 
miento no  es  macho.  ¿Qaé  podréis  allá  pedir 
que  no  halléis?  Todo  está  lleno  de  caza  y  de 
frescara,  y  aanqae  es  visitado  continuamente 
de  las  bellas  Ninfas,  no  es  lugar  común  á  todos 
como  el  bosque  del  Pino,  pues  la  compafiia  de 
Erión  seros  ha  muy  agradable.  Este  sabe  en 
los  cielos  desde  la  más  mínima  estrella  hasta 
el  mayor  planeta  su  movimiento  y  virtud;  en 
los  aires  sus  calidades  y  en  las  aves  del  y  ali- 
mañas de  la  tierra  lo  mismo;  en  la  mar  tiene 
fuerza  de  enfrenar  sus  olas  y  levantar  tempes- 
tades hasta  poner  sobre  las  aguas  las  arenas: 
la  división  de  las  almas  irracionales  y  la  virtud 
de  la  inniortal  con  profundissimo  saber.  Pues 
llegando  á  los  abismos  las  tres  Furias  á  su  can- 
to, Alecto  tiembla,  Tesifón  gime  y  Megera  se 
humilla;  Platón  le  obedece  y  los  dafiados  salen 
á  la  menor  de  sus  voces.  Pues  de  las  penas  de 
amor,  sin  hierba  ni  piedra,  con  sólo  su  canto 
hace  que  ame  el  amado  ó  aborrezca  el  aborre- 
cido; y  si  le  viene  la  gana  vuelto  en  lobo  se  va 
á  los  montes,  y  hecho  águila  á  los  aires,  torna- 
dp  pez  entra  por  las  aguas,  y  convertido  en  ár- 
bol se  aparece  en  los  desiertos;  no  tiene  Dios 
desde  las  aguas  del  cielo  á  las  ínfimas  del  olvi- 
do cosa  que  no  conozca  por  nombre  y  natura- 
leza; no  es  de  condición  áspera  ni  de  trato 
oculto;  allí  recibe  á  quien  le  busca  y  remedia  á 
quien  le  halla.  Aquí  podemos  irnos  que  en  pro- 
barlo se  pierde  poco,  y  yo  sé  que  el  ser  bien 
recebidos  está  cierto.  Cardenio,  como  de  la  ri- 
bera había  estado  tanto  tiempo  ausente,  quedó 
admirado  del  gran  saber  del  nuevo  Erión;  pero 
Mendino,  que  del  y  de  su  estancia  tenía  mucha 
noticia,  aunque  pudiera  desde  el  Mago  Sincero 
estar  escarmentado,  fácilmente  dando  crcklito 
á  sus  loores,  determinó  que  le  buscassen  el  si- 
guiente día  por  poner  aquél  en  cobro  lo  que  les 
importaba  dexar,  que  fué  fácilmente  hecho,  y  re- 
cogiéndose á  las  cal>añas  de  Mendino,  pusieron 
orden  en  la  cena,  que  fué  de  mucho  gusto,  y  al 
fin  dclla  no  faltó  quien  se  le  acrecentasse,  por- 
que vinieron  Batto  y  Silvano^  pastores  cono- 
cidissimos,  ambos  mozos  y  ambos  de  grande  ha- 
bilidad, á  buscar  juez  á  ciertas  dudas  que  Batto 
sentía  de  versos  de  Silvano;  y  el  juicio  de  Si- 
RALvo  fué  que  si  todos  los  poetas  fuessen  ca- 
lumniados^ pocos  escaparían  de  algún  objeto;  y 
colérico  Silvano,  en  un  momento  puso  mil  á 
Batto,  y  de  razón  en  razón  se  desafiaron  á  can- 
tar en  presencia  de  aquellos  pastores,  pero  pa- 
reciéndolcs  la  noche  blanda  y  el  aire  suave,  se 
salieron  juntos  á  tomarle  y  oirlos  á  la  fresca 
fuente:  donde  sentados  sacaron  la  lira  y  el  ra- 
bel, á  cuyo  son  assí  cantó  Silvano  y  assí  fué 
Batto  respondiendo: 

ORÍGENES  DE  LA  NOVELA.-  30 


SILVANO 


Dime  que  Dios  te  dé  para  un  pellico, 
¿por  qué  traes  tan  mal  vestido,  Batto, 
presumiendo  tu  padre  de  tan  rico? 

BATTO 

Porque  el  pastor  de  mi  nobleza  y  trato 
no  ha  menester  buscarlo  en  el  apero, 
que  una  cosa  es  el  hombre  y  otra  el  hato. 

Mas  dime,  esse  capote  dominguero 
¿quién  te  le  dio?  ¿Quizá  porque  cantasses 
en  tanto  que  comía  el  compañero? 

SILVANO 

Si  á  quien  yo  le  canté  tú  le  bailasses, 
yo  sé,  por  más  que  de  rico  te  alabes, 
si  te  diesse  otro  á  ti,  que  le  tomasses. 

Mas  ¿por  qué  culpas  tales  y  tan  graves 
de  Lisio  traes  sus  rimas  desmandadas, 
de  lengua  en  lengua  que  ninguna  sabes? 

BATTO 

Calla  y  sabrás:  ¿no  ves  cuan  aprobadas 
del  mundo  son  las  mías  y  la  alteza 
de  mis  líricas  odas  imitadas? 

Tú  tienes  por  tesoro  tu  pobreza, 
y  si  lo  es,  está  tan  escondido 
que  para  descubrirle  no  hay  destreza. 

silvano 

Pastor  liviano,  ¿qué  libro  has  leído 
que  de  ti  pueda  nadie  hacer  caso, 
si  no  estuviesse  fuera  de  sentido? 

El  franco  Apolo  fué  contigo  escaso , 
y  por  hacerte  de  sus  paniaguados, 
no  te  echarán  á  palos  del  Parnasso. 

BATTO 

Desso  darán  mis  versos  levantados 
el  testimonio  y  de  mi  poesía 
sin  ser  como  los  tuyos  acabados. 

En  diciendo  ^fineza  y  hidalguía, 
regalo,  gusto  y  entretenimiento, 
diosa,  bizarro  trato  y  gallardía. 

SILVANO 

;0h,  qué  donoso  desvanecimiento! 
Dessos  vocablos  uso,  Batto  mío, 
porque  son  tiernos  y  me  dan  contento, 

Pero  las  partes  por  do  yo  los  guío, 
son  tan  diversas  todas  y  tan  buenas, 
que  ellas  lo  dicen,  que  yo  no  porfío. 

BATTO 

(Sabes  lo  que  nos  dicen?  Que  van  llenas 
de  muy  bajas  razones  su  camino, 
y  si  algunas  se  escapan  son  ajenas, 

Y  no  hurtáis.  Silvano,  del  latino, 


466 


ORÍGElfES  DE  LA  NOVELA 


del  griego  6  del  francés  ó  del  romano, 
sino  de  mí  y  del  otro  su  vecino. 

8ILYAK0 

Si  tu  trompa  tomassen  en  la  mano, 
que  la  de  Lisio  apenas  lo  hiciste, 
¿qué  son  harías,  cabreriso  hermano? 

Para  vaciarla  el  sueño  no  perdiste, 
para  cambiarla  si,  que  no  hallaste 
otro  tanto  metal  como  fundiste. 

BATTO 

¡  Basta!  que  tú  en  la  tuya  granjeaste 
de  crédito  y  honor  ancho  tesoro; 
mas  dime  si  en  mis  Rimas  encontraste 

La  copla  ajena  entera  sin  decoro, 
ó  espuelas  barnizadas  de  gineta^ 
con  jaez  carmesí  y  estribos  de  oro, 

SILVANO 

Descubriréte  á  la  primera  treta 
tu  lengua  sin  artículos,  defeto 
digno  de  castigar  por  nueva  seta. 

Tu  nombre  es  Pibdra  toqüb  y  en  efeto, 
usando  descubrir  otros  metales, 
el  miserable  tuyo  te  es  secreto. 

BATTO 

;  Oh  tú,  que  con  irónicas  señales, 
cansas  los  sabios,  frunces  los  misérrimos, 
viviendo  por  pensión  de  los  mortales! 

SIRALVO 

Pastores,  dos  poetas  celebérrimos 
no  han  de  tratarse  assí,  que  es  caso  ilícito 
motejarse  en  lenguajes  tan  acérrímos. 

Ni  á  vosotros,  amigos,  os  es  licito, 
ni  á  mi  sufrirlo,  y  es  razón  legitima, 
que  ande  el  juez  en  esto  más  solicito. 

La  honra  al  bueno  es  cordial  epítima, 
y  los  nobles  conóccnsc  en  la  plática, 
dándose  el  uno  por  el  otro  en  vitima. 

Aquí,  donde  la  hierba  es  aromática, 
con  el  sonido  de  la  fuente  harmónica, 
al  claro  rayo  de  la  luz  scenática. 

Suene  Silvano,  nuestra  lira  jónica, 
Batto  rosponda  el  rabelejo  dóri?o 
y  duerma  el  Jovio  con  su  dota  Crónica. 

Cada  cual  es  poeta  y  es  histórico, 
y  cada  cual  es  cómico  y  es  trágico, 
y  aun  cada  cual  gramático  y  retórico. 

Pero  dexado,  en  un  cantar  selvático, 
si  aquí  resuena  Lúcida  y  Tirrcna, 
más  mueve  un  tierno  son  que  un  canto  mágico. 

SILVANO 

En  hora  buena,  pero  con  tal  pato 
si  pierde  Batto,  que  esté  llano  y  cierto, 
que  por  concierto  destc  desafío. 


ha  de  ser  mió  su  rabel  depino; 
y  si  benino  Apolo  ee  le  sl&nm, 
y  en  él  se  bamaiim  para  que  me  gane, 
que  yo  me  allane  y  sin  desdéo  6  irm 
le  dé  mi  lira  de  cipr^  j  aándaloe. 

batto 

No  hagas  más  escándalas,  ntírico, 
ni  presumas  de  Hríco  y  bnoólíco; 
con  algán  melancólico  hmático 
te  precias  tú  de  plátíco  en  poética; 
qne  esté  su  lira  ética  y  él  ético, 
que  mi  rabel  poético  odorífero 
no  entrará  en  tan  pestífero  catálogo 
ni  en  tal  falso  diálogo  ni  cántico. 

SIRALVO 

SI  estilo  nigromántico  bastasse 
á  poder  sossegar  vuestra  contienda, 
tened  por  cierto  qne  lo  procnrasse, 

O  callad  ambos  ó  tened  la  rienda, 
6  poned  premios  ó  cantad  sin  ellos, 
pero  ninguno  en  su  cantar  se  ofenda. 

SILVANO 

Dos  chivos  tengo,  y  huelgo  de  ponellos, 
para  abreviar  en  el  presente  caso, 
contento  de  ganallos  ó  perdellos. 

batto 

Pues  yo  tengo,  Siralvo»  nn  rico  vaso 
que  á  mi  opinión  es  de  ponerse  diño 
con  las  riquezas  del  soberbio  Crasso. 

El  pie  de  haya,  el  tapador  de  pino, 
de  cedro  el  cuerpo  y  de  manera  el  arte, 
que  excede  el  precio  del  metal  más  fino. 

Dédalo  le  labró  parte  por  parte, 
tallando  en  él  del  uno  al  otro  polo, 
cuanto  el  cielo  y  el  sol  mira  y  reparte. 

Y  cuando  en  tanta  hermosura  violo, 
fuese  por  Delfos,  y  passando  á  Anfriso, 
dióle  al  santo  pastor  el  mbio  Apolo. 

Y  cuando  al  carro  trasponerse  quiso 
el  retor  de  la  luz,  dejó  el  ganado 

y  aqueste  vaso  con  mayor  aviso, 
A  las  Ninfas  del  Tajo  encomendado; 

y  ellas  después  le  dieron  á  Silvana, 

de  quien  mi  padre  fué  pastor  preciado. 
Ella  á  él  y  él  á  mí;  mas  si  me  gana 

Silvano,  ahora  quiero  que  le  lleve. 

SIRALTO 

Y  yo  juzgaros  con  entera  gana. 

Batto  á  pagar  y  á  no  reñir  se  atrere, 
y  tú.  Silvano  mío,  bien  te  acuerdas 
que  has  prometido  lo  que  aquí  se  debe. 

Pues  fregad  la  resina  por  las  cerdas, 
muestren  las  claras  voces  su  dulzura 
al  dulce  son  de  las  templadas  cuerdts. 


^ 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


467 


Sentémonos  ahora  en  la  rerdura; 
cantad  ahora  qne  se  ra  cohnando 
de  flor  el  prado,  él  soto  de  frescura. 

Ahora  están  los  árboles  mostrando, 
como  de  nnero,  nn  año  fertílissimo, 
los  ganados  y  gentes  alegrando. 

Ahora  Tiene  el  ancho  rio  parfssíno, 
no  le  turban  las  nieves,  que  el  lozano 
salce  se  re  en  su  seno  profundíssimo. 

Descubrid  ruestro  ingenio  mano  á  mano, 
cada  cual  cante  con  estilo  nu«TO, 
comience  Batto,  seguirá  Silvako, 
diréis  á  Teces,  gozaráse  Febo. 

BATTO 

;  Oh,  rico  cielo,  cuya  eterna  orden 
es  claro  ejemplo  del  poder  dÍTÍno, 
haz  que  mis  Tersos  y  tu  honor  concorden! 

SILTANO 

Para  que  deste  premio  sea  yo  diño 
en  mis  enamorados  pensamientos, 
muéstrame.  Amor,  la  luz  de  tu  camino. 

BATTO 

LleTen  los  frescos  y  suaTes  Tientos 
mis  dulces  Tersos  á  la  cuarta  esfera, 
pues  ama  el  mismo  Apolo  mis  acentos. 

SILVANO 

Dichoso  yo  si  Lúcida  estuTiera 
tras  estos  Terdes  ramos  escuchando, 
y  oyéndose  nombrar  me  respondiera. 

BATTO 

Pues  no  me  canso  de  TÍTir  penando, 
la  que  me  está  matando, 
del»ia  templar  un  poco  de  mí  pena. 

Ablándate,  duleissiraa  Tirrena, 
que  siendo  en  todo  buena, 
no  es  justo  que  te  falte  el  ser  piadosa. 

SILVANO 

Pues  cuando  te  me  muestras  amorosa, 
Lúcida  mfa  hermosa, 
muy  humilde  te  soy,  seime  beuina. 

Regala,  diosa,  esta  ánima  u)e7X|nina, 
que  mi  fineza  es  dina 
de  que  tu  gallardía  me  entretenga. 

BATTO 

Si  quiere  Amor  que  mi  TÍTir  sostenga, 
de  Tirrena  me  venga 
el  remedio,  que  es  malo  de  otra  parte. 

Mira  que  de  mi  pecho  no  se  parte, 
Tirrena,  por  amarte, 
nn  Etna  fiero,  un  Mongibelo  ardiente. 


SILTAVO 


Si  yo  dijesse  la  que  mi  alma  siente, 
cuando  me  haUo  ausente, 
de  tu  grande  beldad.  Lúcida  mia, 

Etnas  y  Mongibelos  helaría, 
porque  su  llama  es  fría, 
con  la  que  abrasa  el  pecho  de  Silvano. 

BATTO 

Cuando  en  mi  corazón  metió  la  mano, 
sin  dejarme  entendello, 
robóme  Amor  la  libertad  con  eQa, 
dejando  en  lugar  dolía 
el  duro  yugo  que  me  oprime  el  cuello. 

silvano 

El  duro  yugo  que  me  oprime  el  cuello, 

Í)or  blando  le  he  tenido 
IcTado  del  dulzcur  de  mi  deseo, 
por  quien  de  Amor  me  Teo 
menos  pagado  y  más  agradecido. 

BATTO 

Menos  pagado  y  más  agradecido, 
Amor  quiere  que  muera, 
quiéralo  él,  que  yo  también  lo  quiero, 
y  Teráse,  si  muero, 
cuánto  mi  fe,  pastora,  es  Terdadera. 

silvano 

Cuánto  mi  fe,  pastora,  es  verdadera 
es  falsa  mi  esperanza, 
porque  mejor  entrambas  me  deshagan, 
y  aunque  ellas  no  la  hagan, 
nunca  mí  corazón  hará  mudanza. 

BATTO 

Tirrena  mia,  más  blanca  que  azucena, 
más  colorada  qne  purpúrea  rosa, 
más  dura  y  más  helada 
que  blanca  y  colorada; 
si  no  te  precias  de  aliviar  mi  pena, 
hazlo  al  menos  de  ser  tan  poderosa, 
que  queriendo  tns  ojos  acabarme, 
con  ellos  mismos  puedas  remediarme. 

silvano 

Lúcida  mía,  en  cuya  hermosura 
están  juntas  la  vida  con  la  muerte, 
el  miedo  y  la  esperanza, 
tempestad  y  bonanza, 
sin  duda  á  aquél  que  de  tu  Amor  no  cura 
darás  vida,  esperanza  y  buena  suerte, 
pues  por  amarte.  Lúcida,  me  han  dado 
la  muerte  el  miedo  y  el  adverso  hado. 

BATTO 

;  Di,  quién,  recién  nacido 
de  nn  animal  doméstico  preciado. 


468 

del  todo  está  crecido, 

de  padre  sensitiro  fué  engendrado, 

mas  nació  sin  sentido 

j  en  esto  sa  natura  ha  confirmado; 

después,  materna  cara, 

muda  su  ser,  su  nombre  j  su  figura? 

SILVAHO 

Di  tu,  ¿quién  en  dulzura 
nace,  j  en  siendo  della  dividida, 
la  llega  su  ventura 
á  otra  cosa,  que  teniendo  vida 
muere  ella  j  si  procura 
rivir,  queda  la  otra  apetecida, 
haciendo  su  concierto, 
del  muerto  vivo  j  del  vivo  muerto? 

BATTO 

El  canto  se  ha  passado  querellándonos, 
de  aquellas  inhumanas  que,  ofendiéndonos, 
quedan  sin  culpa  con  el  mal  pagándonos. 

SILVANO 

AI  principio  pensé  que,  defendiéndonos, 
tan  solos  nuestros  premios  procuráramos, 
menos  desseo  y  más  passión  venciéndonos. 

SIRALVO 

PasUires,  mucho  más  os  escucháramos, 
aunque  en  razones  no  sabré  mostrároslo, 
porque  de  oiros  nunca  nos  cansáramos. 

Ponerme  yo  en  mis  Rimas  á  loároslo, 
por  más  que  lo  procure  desvelándome, 
no  será  más  possible  que  premiároslo. 

BATTO 

Pues  yo,  Si RALVO,  pienso, que  premiándome, 
saldrás  de  aquessa  deuda  conociéndote, 
y  en  tu  saljer  y  mi  rozón  fia udonie. 

SILVANO 

Yo  no  pienso  cansarte  persuadiéndote 
á  lo  que  tú,  Siralvo  mío,  obligástete, 
y  la  justicia  clara  está  pidiéndote. 

SIRALVO 

Batto,  de  tal  manera  señalástete, 
de  suerte  tus  cantares  conipusístelos, 
que  de  tu  mano  con  tu  loor  premiástete. 

Y  tú,  Silvano,  tanto  enriquecistclos 
tus  conce))tos  de  amor,  que  deste  ])remio 
como  de  cosa  humilde  desviástclos. 

Por  esto  sin  gastar  largo  proemio, 
firmen  las  nueve  musas  mi  sentencia, 
pues  sois  entrambos  de  su  ilustre  gremio. 

Iguales  sois  en  música  y  en  ciencia, 
iguales  sois  en  artí*,  en  voz,  en  gracia, 
assí  yo  os  imitara  en  elocuencia, 
como  en  cantar  vosotros  al  de  Thracia. 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Bien  confiado  estaba  cada  cual  destos  pas- 
torea en  an  vitoría,  porque  á  la  verdad  les  capo 
mucho  al  repartir  de  Im  arrogancia,  pero  el  pan- 
to de  honrados,  que  lo  eran  en  extremo,  vendó 
en  ellos,  y  pasaron  afablemente  por  la  senten- 
cia de  Siralro^  la  cual  aprobaron  M endino  j 
CnrrJenio,  y  juntos  se  retiraron  á  las  cahafias, 
porque  el  aire  comenzó  á  correr  menos  fresco  7 
en  el  cielo  parecieron  unas  nnbecillas,  que  ca> 
brian  la  claridad  de  la  Luna,  entre  relámpagos, 
aunque  pequeños^  muy  espesos,  y  ja  con  des- 
apacibilidad estanm  en  descubierto;  no  pareció, 
después  de  recogidos,  que  Batto  y  Silvano  que- 
dasen cansados,  porque  nueva,  aunque  amiga- 
blemente, sacaron*  contiendas ,  muy  dignas  de 
su  habilidad,  recitando  versos  propios  y  ajenos: 
Batto  loando  el  italiano.  Silvano  el  español,  y 
cuando  Batto  decía  un  soneto  lleno  de  musas. 
Silvano  una  gloesa  llena  de  amores,  y  no  qui- 
tándole su  virtud  al  hendecasilabo,  todos  allí 
se  inclinaron  al  castellano,  porque  puesto  caso 
que  la  autoridad  de  un  soneto  es  grande  y  dig- 
no de  toda  la  estimación  que  le  puede  dar  el 
más  apassionado,  el  artificio  y  gracia  de  una 
copla,  hecha  de  igual  ingenio,  loa  mismos  Tos- 
canos  la  alaban  sumamente  y  no  se  entiende, 
que  les  falta  gravedad  á  nuestras  rimas,  si  U 
tiene  el  que  las  hace,  porque  siempre,  6  por  U 
mayor  parte,  las  coplas  se  parecen  á  su  dueño. 
Y  allí  dixo  Mendino  algunas  de  su  quinto  abue- 
lo, el  gran  pastor  de  Santillana^  que  pndierau 
frisar  con  las  de  Titiro  y  Sincero,  [  Y  quien 
duda,  dixo  Sí  r alvo,  que  lo  uno  6  lo  otro  puedi 
ser  malo  ó  bueno?  Yo  sé  decir,  que  igualmente 
me  tienen  inclinado;  pero  conozco  que  á  nuestn 
lengua  le  está  mejor  el  propio,  al  ¡ende  de  qne 
las  leyes  del  ajeno  las  veo  muy  mal  guardadas, 
cuando  suena  el  agudo  que  atormenta  como  ins- 
trumento destemplado;  cuando  se  reiteran  los 
consonantes,  que  es  como  dar  otavas  en  las  mú- 
sicas; la  ortografía,  el  remate  de  las  canciomt, 
pocos  son  los  que  lo  guardan,  pues  un  soneto 
que  entra  en  mil  epítetos  y  sale  sin  conceto 
ninguno,  y  tiénese  por  esencia  que  sea  eacaro 
y  toque  fábula,  y  andarse  ha  un  poeta  desvane 
cido  para  hurtar  un  amanecimiento  ó  traspues- 
ta del  Sol  del  latino  6  del  griego,  que  aunqae 
el  imitar  es  bueno,  el  hurtar  nadie  lo  apruebe, 
que  en  fin  cuesta  poco;  pues  qne  tras  un  voca- 
blo exquisito  ó  nuevo,  al  gusto  de  decirle,  le 
encajarán  donde  nunca  venga,  y  de  aquí  viene 
que  muchos  buenos  modos  de  decir,  por  tiempo 
se  dejan  de  los  discretos,  estragados  de  los  ne- 
cios hasta  desterrallos  con  enfado  de  su  prolija 
repetición.  Hora  yo  quiero  deciros  un  sondo 
mío  á  propósito  de  que  he  de  seguir  siempre  li 
llaneza,  que  aunque  alguna  vez  me  salgo  della. 
por  cumplir  con  todos,  no  me  descuido  mucbo 
fuera  de  mi  estilo. 


\ 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


469 


BIRALVO 


Si  para  ser  poeta  hace  al  caso 
hablar  de  musas  6  del  dulce  riso, 
por  mi  descargo  de  conciencia  aviso 
que  haga  de  mi  el  mando  poco  caso. 

Esto  qne  me  saccde  á  cada  passo, 
si  quien  quise  me  quiso  6  no  me  quiso, 
esto  tengo  en  mis  versos  por  más  liso 
que  andar  por  Helicón  6  por  Pamasso.  . 

Si  Domcnga  me  miente  6  me  desmiente, 
¿qué  me  harán  los  Faunos  y  Silvanos, 
6  el  curso  del  arroyo  cristalino? 

Todos  son  nombres  ñacos  y  livianos, 
que  á  juicio  de  sabia  y  cuerda  gente, 
lo  fino  es:  pan  por  pan,  vino  por  vino, 

A  todos  agrado  el  soneto  de  Siralvo,  pero 
Batto,  que  era  de  contraria  opinión,  dijo  otros 
suyos,  haciéndose  en  alguno.  Roca  contrapues^ 
ta  al  mar,  y  en  alguno,  Nave  combatida  de 
8U8  bravas  ondas,  y  aún  en  alguno,  Vencedor 
de  leones  y  pastor  de  inumerables  ganados;  en 
estas  impertinencias  se  passó  la  mayor  parte 
de  la  noche,  y  cargando  el  sueño,  Batto  y  Si- 
ralvo cortésmente  se  despidieron,  y  Mendino 
y  Cardbnio  quedaron  con  mucho  agradeci- 
miento, y  SiRALVO  pagadissimo  de  la  habilidad 
de  entrambos,  con  lo  cual  se  entregaron  al  re- 
poso, que  aunque  necesitado  del,  fué  breve, 
porque  apenas  cogió  Titán  los  postreros  abra- 
zos de  la  tierna  esposa,  y  la  estrella  del  Alba 
pidió  albricias  del  alegre  dia,  y  en  los  verdes 
ramos,  cargados  del  maduro  fruto,  las  avecillas 
comenzaron  á  moverse,  cuando  Mendino  de  sus 
gallardos  miembros  sacudió  el  sueño,  y  libres 
de  aquella  imagen  de  la  muerte,  salió  del  lecho 
y  sacó  á  Cardenio  y  Siralvo,  y  todos  tres  de- 
sando bastantes  pastores  y  zagales,  se  pusieron 
en  camino  para  buscar  al  sabio  Erión,  y  á  po- 
cos pasos  oyeron  el  son  de  una  melodiosa  zam- 
pona, el  cual  llevando  sus  ojos  á  la  parte  donde 
resonaba,  vieron  venir  por  entre  los  sombríos 
ramos  uno  que  en  hermosura  de  rostro  y  ga- 
llardía de  miembros  más  cortesano  mancebo 
que  rústico  pastor  representaba;  eran  sus  luen- 
gos cabellos  más  rubios  que  el  fino  ámbar,  su 
rostro  blanco  y  hermoso,  bien  medido,  cuyas 
facciones,  debajo  de  templada  severidad,  conte- 
nían en  sí  una  agradable  alegría.  Traía  un  sayo 
de  diferentes  colores  gironado,  mas  todo  era  de 
pieles  finíssimas  de  bestias  y  reses,  unas  de  me- 
nuda lana  y  otras  de  delicado  pelo,  por  cuyas 
mangas  abiertas  y  golpeadas  salían  los  brazos 
cubiertos  de  blanco  cendal,  con  zarafuelles  del 
mismo  lienzo,  que  hasta  la  rodilla  le  llegaban, 
donde  se  prendía  la  calza  de  sutil  estambre. 
Bien  descuidado  venía  de  ser  visto  y  assí  hacia 
extremos  extraños  aunque  no  feos,  entre  los 
cuales  fué  el  uno  quebrar  furiosamente  la  zam- 


pona con  que  las  cercanas  selvas  resonaban; 
pero  después,  como  arrepentido  ó  constreñido 
de  necesidad,  se  llegó  á  un  verde  sauce,  donde 
con  un  pequeño  cuchillo  comenzó  á  labrar  otra, 
sentado  sobre  la  fresca  hierba,  y  allí  las  manos 
en  su  oficio  y  los  ojos  en  el  cielo  Comenzó  á 
decir: 

«i  Oh  Cielo,  que  adornado  de  claro  Sol  y  de 
^agradable  Luna,  más  te  me  muestras  hermoso 
]»que  benigno,  si  después  de  tu  ira  sueles  oir 
)!>Ias  voces  de  los  que  con  dolor  te  llaman,  oye 
>>agora  las  querellas  deste  á  quien  todo  bien  y 
»contentamiento  es  ajeno!  Cierto  yo  creo  que 
:E>la  causa  de  tanta  pena  y  fatiga,  de  tanto  mal 
fiy  cuidado,  de  sólo  imaginarlo  no  se  acuerde; 
»la  cual  cosa,  si  cierto  es  verdad,  no  sé  cómo 
y>is  baste  dureza,  no  sé,  ¡oh  alto  Cielo!  cómo 
^te  baste  justicia  para  no  remediar  tan  fiero 
jidaño,  aplacando  aquélla  que  con  su  rostro  los 
^ojos  míos  alegrar  solía,  mi  alma  con  sus  pala- 
]»bras  confortaba,  mi  corazón  con  su  belleza 
atraía  domado,  no  como  agora  al  yugo  del  des- 
2>amor  y  olvido,  pero  á  la  sabrosa  cadena  de  su 
^templada  voluntad.  Cierto  yo  no  sé  quién  de 
J^aqui  adelante  me  sea  agradable,  ni  quién  re- 
i>medie  mis  daños,  ni  dé  alivio  á  la  carga  de 
]>mi  mal,  si  la  que  más  amo  y  es  la  causa  del, 
»tan  olvidado  le  tiene,  y  tú,  cielo  sordo,  tan 
)>d€Scuidado  estás  de  esta  memoria.  ¡Ay,  Ar- 
Dsia  mía,  causa  principal,  contigo  me  vi  alegre 
»en  dulces  pláticas,  contigo  en  deleite  cazando 
:Dpor  los  altos  montes,  contigo  dichoso  visitan- 
i>do  los  sacros  templos;  ya  sin  ti  por  pequeña 
«ocasión  me  veo  triste,  lleno  de  dolor  y  miseria; 
Dsin  ti  me  veo  mezquino,  siempre  llorando. 
Insolo  y  sin  voluntad  de  compañía;  ¡ay  cuántas 
aveces  contigo  coroné  los  toros,  reduje  y  estre- 
Dché  los  ganados  con  el  son  de  mi  zampona  y 
Hu.  lira,  al  cual  unos  de  pacer  olvidados  escu- 
Jachaban  y  otros  de  placer  conmovidos  rumiaban 
x>]a8  tiernas  y  matutinas  hierbas!  ¡y  cuántas 
:»veces  sin  ti,  olvidado  el  hato  por  los  riscos  y 
^solitarios  valles,  me  lamento,  donde  mis  ojos 
:»te  dan  ríos,  ríos  te  dan  mis  ojos;  y  mi  tríste 
D  zampona  te  canta,  entre  mis  justas  quere- 
»lla8,  alguna  paite  de  tus  más  justos  olores; 
"báe  manera  que  ya  los  árboles  á  tu  suave 
»nombre  con  sus  hojas  me  responden,  y  yo 
^enseñaré  á  las  bestias  que  con  sus  bramidos, 
»al  son  del ,  muestren  temor  y  humildad,  escri- 
)>biendo  por  estos  olmos,  por  estas  hayas,  por 
»estos  pinos,  tu  crueldad  y  mi  pena,  tu  beldad 
»y  mi  firmeza;  de  manera  que  en  largos  tiem- 
i»pos  dure  tu  memoria,  y  de  temor  sea  tu  nom- 
]»bre  reverenciado,  sin  que  jamás  la  fama  de  tn 
]» valor  y  mi  dolor  se  acabe!». 

Apenas  el  sin  ventura  había  llegado  á  los 
postreros  acentos  de  su  querellosa  plática,  cuan- 
do repentinamente,  sin  poder  los  pastores  avi- 


470 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Sftne,  le  yieron  caído  en  tíenrn,  7  qaeríendo  lie- 
gñr  á  tocorrelle^  les  faé  forzado  dexarle  por  no 
impedir  á  qna  Ninfa  qne  laatimoea  á  é\  yieron 
llegar,  cuya  hermosara  juzgaron  digna  de  las 
palabraa  del  desmajado  amante;  mas  ella  llo- 
rosa j  con  angnsiiado  rostro  rertió  sobre  el 
pastor  abundantes  lágrimas,  y  después  con  ar- 
dientes sospiros  le  decía: 

«¡Oh,  Livio,  Livio,  más  hermoso  que  el  sol, 
»más  gracioso  que  el  alba  y  más  suare  que  el 
»anra!  Tú  solo,  desde  tu  nacimiento,  fuiste  agra- 
i»dablc  á  mis  ojos,  t6  sólo  fuiste  dulce  á  mi 
>alma,  tá  solo  deleitoso  á  mis  sentidos,  mas 
»iú  solo  injusto  á  mis  orejas.  ¡Oh,  Lítío,  Li- 
jiyío,  amarga  fue  la  hora  que  tu  voluntad  vio- 
plaste;  contentáraste  con  lo  mucho  que  te  ama- 
cha; miraras  la  amistad  que  te  hacía,  pues  l«s- 
itara  á  entretener  cualquier  ardiente  deseo; 
»mas  ;ay!  que  ni  bastó  mi  honestidad  á  ref re- 
mar tu  apetito  ni  mi  respeto  á  mudar  tu  in- 
atención, y  assí  con  ambas  cosas  me  injuriaste 
>y  con  tu  Talor  me  tienes  en  tu  cadena:  con- 
itóntate  con  que  si  penas,  peno;  kí  amas,  amo, 
»y  si  me  sigues,  huyo  de  mi  mismo  contento  y 
^alegría,  y  no  quieras  más  mal  de  lo  |>as8ado, 
ly  agora,  pues  con  mi  yista  te  arrodillaste  y 
>con  mis  lágrimas  recuerdas,  quédate  á  Dios, 
Bque  no  es  justo  que  yeas  á  quien  con  el  cora- 
izón  amas  y  con  los  hechos  aborreces!». 

En  esto  la  hermosa  Ninfa,  temerosa  del  pas- 
tor que  en  su  acuerdo  yolvía,  cnnicnzó  á  apre- 
surar los  passos  por  la  espessura;  mas  el  pastor, 
que  con  sobresalto  en  sí  yolyió,  mirando  á  una 
y  á  otra  parte  se  levantó  del  suelo  y  la  comenzó 
á  seguir  repitiendo  su  nombre  muchas  veces: 
de  la  cual  cosa  nuestnw  pastores  extrañamente 
admirados,  quisieron  ver  el  fin  de  aquella  histo- 
ria, y  siguiéronlos  á  passo  largo  sin  detenerse 
más  de  una  milla,  que  no  los  perdieron  de  vista 
hasta  la  traspuesta  de  un  monte,  qne  como  tra- 
g^ados  de  la  tierra  se  desaparecieron ;  y  casi  co- 
rridos de  no  hal)erlo6  alcanzado,  baxaron  de  la 
cumbre  y  no  se  dexaron  andar  por  un  valle  es- 
pacioso donde  á  partes  yermo  y  á  partes  plan- 
tado estaba  lleno  de  frescura  y  deleite.  Llamá- 
base éste  el  valle  del  Venero,  porque  casi  en 
medio  de  él  estaba  una  fresquíssima  fuente  ro- 
deada de  olmos  y  salces.  Aquí  guiaron  nues- 
tros pastores  con  intención  de  reposar  un  rato 
en  ella  y  aliviar  del  peso  á  los  zurrones  co- 
nuendo  de  lo  que  dentro  traían ;  mas  esto  no 
podo  ser  como  pensaron,  que  á  poca  distancia 
antes  que  llegassen,  ya  que  á  sus  oídos  tocaba 
el  rumor  de  la  agradable  corriente,  toparon  á 
Carpino  qne  les  salió  al  encuentro,  rico  y  no- 
ble rabadán,  de  poca  edad  y  de  muchos  casos, 
amigo  de  Amor  pero  máa  de  su  libertad,  y  assí 
á  eada  cosa  acudía  con  un  mismo  cuidado;  éste 
Ifs  dijo  qne  se  detuTÍesatn  si  no  querían  turbar 


á  cinco  Ninfas  que  en  la  fuente  reposaban,  y  él 
había  esperado  si  alguna  desmandada  ▼iniette 
por  allí  con  intenciún  de  hablarle;  mas  «Ilif, 
después  de  largas  pláticas  se  habían  qnedido 
dormidas,  y  que  á  la  otra  parte  del  valle  á  li 
entrada  de  la  selva  tenían  sos  redes  armadas  j 
otra  Ninfa  que  las  estaba  guardando;  al  rato- 
nar de  Carpino,  ó  caso  que  ellas  lo  oyesaen,  ó 
que  el  cuidado  les  quitasse  el  sueño,  comenzaron 
á  hablar,  y  los  pastores,  por  oírlas,  se  entraroD 
con  gran  silencio  entre  las  matas,  donde  fácil- 
mente las  conocieron  y  se  vieron  llenos  de  con- 
tentamiento. Por  lo  menos  eran  la  sin  par  Fi- 
LiDA,  la  discreta  Filis,  la  gallarda  Clon,  1a 
hermosa  y  agradable  A  Iban  isa  y  la  graciosa  y 
bella  Pradelia,  entre  las  cuales  Filida,  sacan- 
do la  lira  por  su  ruego  casi  divinamente  ton- 
da, y  pienso  que  de  los  divinos  espíritus  stes- 
tamente  oída,  cantó  esta  Utra  antigua  con  eeti^ 
coplas  de  su  raro  ingenio: 

Letra, 

FILIDA 

Enjuga,  Filis,  tus  ojos, 
que  el  tiempo  podrá  curar 
lo  qne  no  tú  con  llorar. 

Coplas, 

Si  piensas  que  son  las  penas 
con  el  llorar  redimidas, 
más  lágrimas  hay  vertidas 
que  tiene  la  mar  arenas; 
y  pues  ellas  no  son  buenas, 
al  tiempo  debes  llamar, 
que  puede  más  t¿ue  llorar. 

Si  acaso  el  llorar  bastara 
á  aliviar  nuestros  quebraatos, 
yo  que  sufro  y  callo  tantos, 
hasta  secarme  llorara. 
Pero  pues  es  cosa  clara, 
que  no  tiene  de  bastar, 
/para  que  sirre  llorar? 

No  hay  peligro  tan  ligero 
que  con  llorar  se  asegure, 
ni  mal  qne  el  tiempo  no  cure^ 
por  desvariado  y  fiero; 
el  reparo  verdadero 
el  tiempo  te  le  ha  de  dar, 
que  no,  Filis,  el  llorar. 

Si  es  fuego  que  Amor  emprende, 
no  le  mata  el  agua,  no, 
que  como  en  la  mar  nació 
con  el  llorar  más  se  enciende; 
pues  mi  consejo  te  ofende^ 
toma  el  tiempo  en  su  lugar, 
raldráie  más  que  llorar. 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


471 


Esta  ccmciiki  fnd  solenizando  Filida  con  sa 
gracia,  las  Ninfas  con  sas  loores  y  los  pasto- 
res con  sn  silencio,  pero  Filis  con  sos  sospi- 
ros,  y  al  fin  della,  con  ellos  y  este  soneto  acom- 
paño la  lira: 

FILIS 

Pues  la  contraria  estrella  de  mi  vida 
no  Lace  cosa  que  no  sepa  á  nmerte, 
tenga  piedad  de  mi  dolor  la  maerto, 
poniendo  fin  á  tan  cansada  vida. 

Tal  ha  sido  el  discurso  de  la  vida, 
que  mil  vidas  daré  por  una  nmerte; 
qnizás  satisfaré  con  esta  muerte 
á  quien  siempre  ofendí  con  esta  vida. 

Siempre  fueron  contrarias  vida  y  muerte, 
que  va  la  muerte  á  quien  querría  la  vida, 
que  está  la  vida  en  quien  desea  la  muerte. 

Yo  que  soy  enemiga  de  la  vida, 
líbrame  della,  perezosa  muerte, 
antes  que  muera  á  manos  de  tal  vida. 

Acabó  Filis  su  cantar,  mas  no  cessaron  sus 
sospiros,  á  la  cual  Clori  piadosamente  dixo: 
Desde  ayer  te  veo  llorosa,  Filia,  y  no  te  he  pre- 
guntado la  cansa;  pero  pues  Filida  te  ha  pro- 
curado consolar,  dime  qué  nueva  passión  te 
aflige  para  que  yo  también  lo  haga.  A  esto 
respondió  Filis:  «No  es  nuevo  tener  yo  que 
^llorar,  ni  dolerte  tú  de  mis  pesares;  mas  ahora 
i^son  de  manera  que  los  extraños  lo  pueden  ha- 
i»ccr,  cuanto  más  Filida  y  tú  á  quien  yo  tan- 
»to  amo.  El  descuido  de  Mendino  me  tiene 
'llena  de  sospechas,  y  nunca  el  alma  me  dice 
:»ccsa  que  me  engañe».  Palabras  fueron  estas 
que  hicieron  temblar  el  corazón  de  alguna  que 
allí  estaba  y  por  muy  amada  de  Mendino  se 
tenia;  turbó  el  color  de  su  rostro  y  atravesó 
razones  que  descubrieron  más  su  sentimiento, 
lo  cual  mirando  Clori  con  gracioso  semblante 
dixo:  Todos  los  hombres  son  mudables,  y  á  la 
verdad  menos  nosotras  nos  dexamos  olvidar, 
pero  yo  muy  disculpada  estoy  en  haber  dexado 
Castalio  por  Cardenio,  puetj  hice  la  voluntad 
de  su  padre  y  el  mío,  y  aun  mi  negocio  y  el 
suyo:  pésame  que  Mendino  te  dé  ocasión  de 
quexarte  aunque  ya  tú  le  conoces;  bien  salies  á 
quién  amó  en  el  Henares,  y  en  apartándose  en 
lo  que  se  entretuvo,  y  que  apenas  murió  Elisa, 
cuando  se  ocupó  en  otras  partes,  que  antes  de 
llegar  á  ti  tuvo  muchas  leguas  de  mal  camino. 
A  esto  dixo  Filis:  ;0h,  Clori,  qué  engaño  tan 
grande  es  pensar  que  tenga  Mendino  olvidado 
su  primer  amor!  Más  vivo  está  en  su  alma 
que  nunca  estuvo;  con  esta  carga  le  tomé,  Nin- 
fa; y  de  otras  muertas  y  vivaí  antes  de  mí,  poco 
me  penó,  que  es  agtia  passaila:  cosas  nuevas 
son  las  que  escuecen  y  lo  harán  hasta  la  muer- 


te. Esso  me  admira,  dixo  Clori;  luego  cuando 
trata  Mshdiho,  ¿pasatiempo  y  burla  es?  Ten- 
lo  por  cierto,  dixo  la  bella  Albanisa;  que  yo  soy 
bastante  testigo  de  sus  veras  y  sé  que  con  na- 
die las  puede  tener,  porque  las  consagró  á  buen 
lugar.  Su  hado  lo  sea,  dixo  Pradelia,  que  el 
contento  general  sería.  A  esto  Filis  quiso  res- 
ponder, mas  fué  impedida  de  Florela,  que  esta- 
ba en  guarda  de  las  redes,  y  como  vido  llena  la 
selva  de  aves  que  se  venían  á  recoger  del  sol, 
presurosa  le  vino  á  avisar,  y  ellas  sin  detenerse 
dejaron  la  plática  y  la  fuente  y  siguieron  á  Flo- 
rela. Los  pastores,  que  ni  palabra  ni  afecto  ha- 
bían perdido,  cuál  confuso  y  cuál  contento  se 
fueron  con  el  mismo  secreto  siguiéndolas  por 
entre  las  plantas;  hasta  que,  sin  avisarse,  topa- 
ron con  una  de  las  redes,  teñida  en  verde  per- 
fetíssimo,  que  de  dos  altos  chopos  hasta  la  tie- 
rra pendía.  A  un  lado  estaba  una  alta  peña 
cubierta  con  las  copas  de  árboles,  donde  los 
cuatro  pastores  subiéndose  sin  ser  vistos,  des- 
cubrían la  selva:  vieron  las  hermosas  Ninfas, 
que,  puestas  en  ala,  con  laigos  ramos  en  las 
manos  comenzaron  á  sacudir  las  plantas,  tra- 
yendo cada  una  las  aves  hacia  sus  redes,  que, 
espantadas  del  raido,  de  rama  en  rama  venían 
hasta  dar  en  ellas.  Ño  á  cuarto  de  hora  que 
dcsta  suerte  fatigaron  la  selva,  sus  anchas  re- 
des se  sembraron  de  más  de  cien  maneras  de 
aves,  desde  el  simple  ruiseñor  hasta  la  astuta 
corneja.  Y  á  este  tiempo,  passando  Ergasto 
por  la  selva,  sentado  sobre  el  asnillo,  las  Nin- 
fas le  llamaron  para  que  las  ayudasse  á  des- 
prender las  redes:  ésta  tomaron  los  pastores 
por  propicia  ocasión,  y  decendiendo  á  las  Nin- 
fas, alegremente  fueron  dellas  recibidos.  Allí 
v:ó  Siralvo  todo  su  bien;  Cardenio  todo  su  gus- 
to, porque  era  general  con  Ninfas  y  pastoras; 
pero  Mendino,  que  había  oído  hablar  tan  pro- 
fundamente de  sí,  con  más  recato  gozo  de 
aquella  buena  suerte;  y  todos  juntos  llegándo- 
se á  las  redes,  baxó  Síralvo  las  de  Filida, 
Cardelio  las  de  Clon,  Mendino  las  de  Albani- 
sa, que  era  su  deudo  y  verdadero  amigo;  Car- 
pino  las  de  Filis  y  Ergasto  las  de  Pradelia,  y 
echándolas  sobre  el  asnillo,  á  Florela  se  le  en- 
comendó que  las  llevasse  al  monte,  y  en  tanto 
que  tomaba  acordaron  de  volverse  juntos  á  la 
fuente.  ;0h,  amadas  Ninfas;  oh,  pastores  mios! 
¿quién  podií  decir  lo  que  alÚ  passastes?  ¿Quién 
viera  á  Siralvo  ardiendo  en  su  castíssimo  amor, 
donde  jamás  sintió  brízna  de  humano  deseo;  á 
Cardenio  tan  enriquecido  de  despojos;  á  Car- 
pino  tan  inclinado  á  todas,  y  á  Mendino  de  to- 
das tan  juzgado,  que  sola  Albanisa  le  defen- 
día? No  se  descuidó  Cardenio  en  decir  cómo 
los  tres  iban  bascando  la  cueva  de  Eríón,  con 
intención  de  habitar  en  ella,  ni  las  Ninfas  con- 
tradijeron su  propóaito,  antes  le  aprobaron;  y 


1 


472 


ORÍGENES  T)E  LA  NOVELA 


al  fin  de  sos  razones  Filida  pidió  á  Sibalto 
qne  cantasse,  7  <^1,  qoe  qaizá  lo  tenia  niás  gana, 
gacó  la  lira,  á  cuyo  son  dixo  mirando  los  ojos 
de  la  hermosa  Ninfa: 

SIBALVO 

Ojos  llenos  de  consuelo, 
si  vuestra  luz  me  faltasse, 
fálteme  él,  si  no  esqoirasse 
los  míos  de  la  del  cielo; 
quien  de  vuestro  mirar  tierno 
gozó  la  gloria  algún  día, 
fuera  della,  ¿qué  vería 
que  no  le  f uesse  un  infierno  ? 

Van  el  daño  y  el  provecho 
tan  juntos  en'  esta  historia, 
que  vuestra  sola  memoria 
fabrica  un  cielo  en  mi  pecho; 
poro  si  el  helado  miedo 
de  perderos  llega  alli, 
/.quién  dará  señas  de  mi? 
Hable  Amor,  que  yo  no  puedo. 

No  será  poca  osadía 
tenerla  Amor  en  hablar, 
que  yo  le  he  visto  temblar 
á  vuestra  luz  más  de  un  día; 
él  me  ofende  y  yo  le  ofendo 
si  nuestras  causas  callamos, 
oíos,  hablemos  entramos, 
el  temblando  y  yo  muriendo. 

Vos  sabéis  que  no  hay  qnien  huya 
do  essos  rayos  vencedores, 
y  él  sabe  que  sois  señores 
de  mi  alma  y  de  la  suya; 
yo  sé  que  si  me  dexáis 
llevará  Muerte  la  palma, 
pues  tanto  tengo  en  el  alma, 
ojos,  cuando  me  miráis. 

Cuando  miráis  producís 
mayos  de  contentamiento, 
y  á  cualquier  apartamiento 
inviernos  los  convertís, 
y  en  la  sequedad  mayor, 
como  toméis  á  mirar, 
el  más  marchito  lugar 
vuelve  de  vuestro  color. 

Teniendo  tales  maestros, 
tal  espíritu  quisiera, 
que  quien  mis  loores  oyera 
conociera  que  eran  vuestros; 
mas  si  en  la  intención  se  gana, 
en  el  efecto  se  yerra: 
mal  podrá  pincel  de  tierra 
sacar  labor  soberana. 

A  la  gloria  de  miraros 
sólo  iguala  el  bien  de  veros, 
y  á  la  pena  de  perderos 
el  dolor  de  no  hallaros; 


el  pnnto  qae  os  paedo  ver 
es  el  que  tiene  el  deseo, 
y  sí  no  06  veo,  no  veo; 
ved  si  hay  más  qae  encarecer. 

Annque  mi  alma  sastenta 
vuestra  luz  en  mis  enojos, 
la  sed  de  veros,  mis  ojos, 
con  miraros  se  acrecienta; 
y  ¿qué  señal  más  segura, 
qué  razón  más  conocida 
de  estar  sin  alma  y  sin  vida, 
que  haber  en  veros  hartura? 

Sois  grandezas  peregrinas, 
sois  milagros  inmortales, 
sois  tesoros  celestiales, 
sois  invenciones  divinas, 
sois  señales  de  bonanza, 
sois  muertes  de  los  enojos, 
sois  ídolos  de  mis  ojos, 
£ois  ojos  de  mi  esperanza. 

Por  más  agradable'  tuviéramos  á  Florek,  i 
ser  esta  vez  menos  diligente,  porque  no  hizo 
más  de  llegar  al  monte  y  en  lugar  señalado  de- 
jar en  guarda  la  caza  y  volverse  con  el  asnilli» 
de  Ergasto  á  llamar  á  las  ninfas  qae  la  fosa- 
sen á  repartir.  Llegó  cuando  Sírairo  acsbsbs 
su  canción,  y  acabóseles  á  todos  el  contento, 
porque  á  la  hora,  dejando  sentimiento  en  el  lo- 
gta  cuanto  más  en  los  corazones,  qne  más  qoe 
á  sí  las  amaban,  las  ninfas  se  despidieran; 
también  el  galán  Carpino  se  fué  por  sa  parte, 
Ergasto  por  la  suya;  Cárdenlo,  Mendino  y  Si- 
ralvo  atravessaron  por  sendas  y  veredas  al  valle 
de  los  Fresnos,  v  á  la  misma  hora  de  medio 
día  bajaron  los  riscos  y  passaron  á  la  mortda 
de  Erión,  donde  le  hallaron  curando  con  hier- 
bas á  un  miserable  pastor  que,  sig^iiendo  á  ant 
ninfa  á  quien  amaba  y  se  huía,  con  rabia  y  do- 
lor se  había  despeñado,  y  sus  amigos  llevárou- 
le  al  mago  sin  sentido.  Luego  conocieron  los 
pastores  que  era  el  mismo  que  ellos  venían  si- 
guiendo, y  después  de  saludar  á  Erión  y  ser 
del  alegremente  recebidos,  ayudaron  alU  en  lo 
que  pudieron,  hasta  que  Livio,  que  si  os  acor- 
dáis assí  le  llamó  la  ninfa,  volvió  en  sí,  y  ha- 
ciéndole beber  de  un  precioso  licor,  quedó  to- 
talmente reparado  y  arrepentido,  que  tal  fuer- 
za puso  Dios  en  el  saber  humano.  Con  eito 
Mendino  apartó  al  mago  y  le  dixo  cómo  loi 
tres  venían  por  algunos  días  á  habitar  sn  mo- 
rada, de  que  Erión  recibió  mucho  contento,  7 
despidiendo  á  Livio  y  á  sus  compañeros,  entró 
con  los  tres  por  los  secretos  de  sn  cueva,  que, 
para  no  la  agraviar,  era  de  realissima  fábnct, 
pero  toda  debajo  de  tierra,  con  anchas  lambrr» 
que  en  vivas  peñas  se  abrían  á  una  parte  del 
risco,  donde  jamás  humano  pie  llegaba.  No  sé 
yo  si  esto  fuesse  por  fuerza  de  encantamiento 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


473 


ó  verdadero  edificio,  pero  sé  que  su  riqueza  era 
sin  par.  Primero  entraron  á  una  ancha  j  larga 
sala  de  blanco  estuco,  donde,  en  concayidades 
embebidas,  estaban  de  mármol  los  romanos  Cé- 
sares, unos  con  bastones  y  otros  con  espadas 
en  sus  manos,  y  en  los  pedestales  abreviados 
versos  griegos  y  latinos,  que  ni  negaban  á  Ju- 
lio César  sus  Vitorias  ni  callaban  á  Heliogába- 
lo  sus  vicios.  £1  techo  desta  sala  era  todo  de 
nnos  pendientes  racimos  de  oro  y  plata,  que  por 
si  pudieran  clarificar  el  alto  aposento,  en  me- 
dio del  cual  estaba  una  mesa  redonda  de  pre- 
cioso cedro  sobre  tres  pies  de  brasil,  diestra- 
mente estriados,  y  alrededor  los  assicntos  eran 
de  olorosa  sabina.  Aquí  pienso  que  el  mago 
adivinó  la  necessidad,  porque  los  hiso  sentar  y 
sacó  fresquissima  manteca  y  pan,  que  en  blan- 
cura le  excedía,  sin  faltar  precioso  vino,  que 
con  el  agua  saltaba  de  los  curiosos  vosos,  y  ha- 
biendo satisfecho  á  esta  necessidad,  entraron 
á  otros  aposentos  (aunque  no  tan  grandes),  de 
mucha  más  riqueza.  Admirados  quedaron  los 
pastores  de  que  en  las  entrañas  de  los  riscos 
pudiesse  haber  tan  maravillosa  labor,  pero  á 
poco  rato  perdieron  la  admiración  desto,  y  la 
hallaron  mayor  en  un  fresco  jardín  que  sólo  el 
cielo  y  ellos  le  veían,  donde  la  abundancia  de 
fuentes,  árboles  y  hierbas,  la  harmonía  de  las 
diversas  aves  y  la  fragancia  de  las  flores,  re- 
presentaban un  paraíso  celestial;  á  la  una  par- 
te del  cual  estaba  una  lonja  larga  de  cien  pas- 
sos  y  ancha  de  veinte,  cubierta  de  la  misma  la- 
bor de  la  primera  sala.  Era  el  suelo  de  ladrillo 
esmaltado,  que  por  ninguna  parte  se  le  veía 
juntura;  á  una  mano  era  pared  cerrada  y  á  otra 
abierta,  sobre  colunas  de  un  hermoso  jaspe  na- 
tural; por  todas  partes  se  veía  llena  de  varias 
figuras  que,  de  divino  pincel,  con  la  naturaleza 
competían,  y  en  la  cabecera  se  levantaba,  sobre 
diez  grodoi*  de  pórfido,  un  suntuoso  altar,  cu- 
bierto de  ricos  doseles  de  oro  y  plata,  y  en  él 
la  imagen  de  la  ligera  Fama,  cubierta  de  abier- 
tos ojos  y  bocas,  lenguas  y  plumas,  con  la  so- 
nora trompa  en  sus  labios;  tenia  á  sus  lados 
muchos  retratos  de  damas  de  tan  excesiva  gra- 
cia y  hermosura,  que  todo  lo  demás  juzgaron 
por  poco  y  de  poca  estima.  Aquí  Eríón  los 
hizo  sentar  en  ricas  sillas  de  marfil,  y  él  con 
ellos,  al  son  de  una  suave  baldosa,  assí  les  dixo, 
puestos  los  ojos  en  la  inmensa  beldad  de  las 
figuras: 

ERIÓN 

Desde  los  Etíopes  abrasados 
hasta  los  senos  del  helado  Scita, 
fueron  nueve  varones  consagrados 
á  la  diosa  gentil  que  al  alma  imita; 
¡08  nueve  de  la  Fama  son  llamados, 


y  lo  serán  en  cnanto  el  que  se  quita 
y  se^  pone  en  Oriente  para  el  suelo, 
no  se  cansare  de  habitar  el  cielo. 

Agora  cuanta  gloria  se  derrama 
por  todo  el  orbe,  nuestra  Iberia  encierra 
en  otras  lumbres  de  la  eterna  Fama, 
por  quien  sus  infinitas  nunca  cierra; 
recuperaron  con  su  nueva  llama 
aquella  antigua  que  admiró  la  tierra, 
para  que,  como  entonces  de  varones, 
muestre  de  hoy  más  de  hembras  sus  blasones. 

Estas  cuatro  primeras  son  aquellas 
que  á  nuestro  crístianíssimo  monarca 
han  prosperado  las  grandezas  dellas 
más  que  cuanto  su  fuerte  diestra  abarca; 
después  que  el  mundo  rió  su  fruto  en  ellas, 
segó  las  flores  la  violenta  Parca. 
Luso,  Gaita,  Alemania  con  Bretaña 
lloran,  y  Iberia  el  rostro  en  llanto  bafía. 

Tras  ellas  la  Princesa  valerosa, 
aquella  sola  de  mil  reinos  dina, 
á  quien  fue  poco  nombre  el  de  hermosa, 
no  siendo  demasiado  el  de  divina; 
á  cuya  sombra  la  virtud  reposa 
y  á  cuya  llama  la  del  sol  se  inclina, 
ínclita  y  poderosa  doña  Juana, 
por  todo  el  mundo  gloria  Lusitana, 

Las  dos  infantas  que  en  el  ancho  suelo 
con  sus  rayos  clarissimos  deslumhran 
como  dos  nortes  en  que  estriba  el  cielo, 
como  dos  soles  que  la  tierra  alumbran, 
son  las  que  á  fuerza  de  su  inmenso  vuelo 
el  soberano  nombre  de  Austria  encumbran, 
Uella  Isabel  y  Catarina  bella, 
ésta  sin  par  y  sin  igual  aquélla. 

De  clarissimos  dones  adornadas 
luego  veréis  las  damas  escogidas 
que,  al  soberano  gremio  consagradas, 
rinden  las  voluntades  v  las  vidas; 
ni  de  pincel  humano  retratud<is, 
ni  de  pluma  mortal  encarecidas, 
jamás  pudieron  ver  ojos  mortales 
otras  que  en  algo  parecicssen  tales. 

Aquel  rayo  puríssimo  que  assoma, 
como  el  sol  tras  el  alba  en  cielo  claro, 
es  doña  Ana  Manrique,  de  quien  toma 
la  bondad  suerte  y  el  valor  amparo; 
la  siguiente  es  doña  Alaria  Coloma, 
que  en  hermosura  y  en  ingenio  raro, 
en  gracia  y  discreción  y  fama  clara 
su  nombre  sube  y  nuestra  vida  para. 

Hoy  la  beldad  con  el  saber  concuerda  ('), 
hoy  el  valor  en  grado  milagroso, 
en  otras  dos  que  cada  cual  acuerda 
la  largueza  del  cielo  poderoso; 
ésta  de  Bobadilla  y  de  la  Cerda, 

(*)  En  la  primera  edición  se  \eit  acuerda,  repitiendo 
el  consonante  Mayans  enmendó  bien  eoneucraa. 


474 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


con  estotrm  de  Castro  j  de  Mo§co90, 
nna  Mencia  j  otra  Mariana'. 
ésta  el  Incero  y  éaU  la  mafíAna. 

Doña  María  de  Aragón  parece 
esclareciendo  al  mundo  sa  belleza; 
BU  valor  con  su  gracia  resplandece, 
su  saber  frisa  con  su  gentileza, 
y  la  que  nuestra  patria  ensoberbece, 
y  á  Lusitania  pone  en  tanta  alteza 
con  cuantos  bienes  comunica  el  cielo, 
es  la  bella  Guiomar,  gloria  de  Meló. 

La  más  gentil,  discreta  y  valerosa, 
la  de  más  natural  merecimiento, 
será  daña  Marta,  en  quien  reposa 
el  real  nombre  de  Manuel  contento; 
y  esta  Beatriz,  tan  bella  y  tan  graciosa, 
que  excede  á  todo  humano  entendimiento, 
luz  de  Bolea,  diga  el  que  la  viere: 
Quien  á  tus  manos  muere,  ¿qué  más  quiere? 

Doña  Lui9a  y  doña  Madalena 
de  Laaso  y  Borja,  el  triunfo  que  más  pessa, 
vida  de  la  beldad,  de  amor  cadena, 
de  la  virtud  la  más  heroica  empressa, 
que  cada  cual  con  su  valor  condena 
á  la  fama  inmortal  que  nunca  cessa, 
ni  cessará  en  su  nombre  eternamente: 
veislas  alli,  si  su  beldad  consiente. 

Aquel  cuerpo  gentil,  aquel  sereno 
rostro  que  veis,  aquel  pecho  bastante, 
es  de  doña  Francisca,  por  ser  bueno 
Manrique,  porque  va  tan  adelante; 
y  aquellas  dos,  que  no  hay  valor  ajeno 
que  se  pueda  llamar  más  importante, 
son  doña  Claudia  y  Jasincur,  adonde 
con  el  deseo  la  gloria  corresponde. 

De  Diatristán  el  nombre  esclarecido, 
en  Ana  y  en  Hipólita  se  arrima, 
y  en  ellas  vemos  el  deseo  cumplido 
de  cuantos  buscan  de  beldad  la  cima; 
su  nuieho  aviso,  su  valor  crecido, 
de  suerte  se  conoce,  assi  se  estima, 
que  vista  humana  no  se  halla  dina 
para  mirar  tal  dama  y  tal  Menina. 

Doña  Juana  Manrique  viene  luego, 
doña  Isabel  de  fííaro  en  compañía, 
y  doña  Juana  Enriquez,  por  quien  niego 
que  haya  otras  gracias  ni  otra  gallardía; 
por  estas  tres  espera  el  Amor  ciego 
quitar  la  venda  y  conocer  el  día, 
que  esta  estrella,  este  norte,  este  lucero, 
serán  prisión  de  más  de  un  prisionero. 

Aquesta  es  la  clarissima  compaña 
quo  el  invicto  Felipe  escoge  y  tiene 
con  los  soles  puríssimos  de  España, 
y  cnanto  el  cielo  con  su  luz  mantiene; 
de  lo  que  el  Tajo  riega,  el  Ebro  baña, 
mostraros  otras  lumbres  me  conviene, 
que  donde  aquestas  son  fueron  criadas, 
y  otras  no  menos  dinas  y  estimadas. 


La  que  con  gr^Mna  y  diacreciái  ajodA 
á  su  mucha  beldad,  coa  ser  tan  bellsi 
que  si  estuviera  su  beldad  desnoda» 
gracia  y  saber  haUáramos  en  ella, 
doña  Luisa  Enrtquez  es  sin  duda; 
duquesa  es  del  Infantado,  aquella 
en  quien  el  cielo  por  igual  derrama 
hermosura,  linaje  y  clan  fama. 

Desta  rama  esta  flor  maraTÍllosa, 
de  aqueste  cielo  aquesta  luz  fulgente, 
deste  todo  esta  parte  gloriosa, 
de  aquesta  mar  aquesta  viva  fuente; 
bella,  discreta,  sabia,  generosa, 
es  gloria  y  ser  de  inumerable  gente, 
dice  doña  Anaáñ  Mendoza  el  mando» 
y  el  Infantado  queda  sin  segundo. 

Aquellas  dos  duquesas  de  un  linaje, 
entrambas  de  Mendoza,  entrambas  Anas, 
á  quien  dan  dos  Medina*  homenaje, 
de  Sidonia  j  Huiseco,  más  hamanas 
rinden  las  alabanzas  vassallaje, 
á  sus  altas  virtudes  soberanas, 
Mendoza  y  Silva,  en  sangre  y  en  ejemplo 
de  valor  y  beldad  el  mismo  templo. 

Doña  Isabel,  gentil,  discreta  y  bella, 
de  Aragi'm  y  Mendoza,  alli  se  maestra 
marquesa  de  1¿  Guardia,  en  quien  se  sella 
todo  el  ser  y  valor  que  el  mundo  maestra; 
¿qué  bien  da  el  cielo  que  no  viva  en  ella? 
¿qué  virtud  hay  que  allí  no  tenga  maestra? 
Diga  el  nombre  quién  es,  que  lo  que  vale, 
no  hay  acá  nombre  que  á  tal  nombre  iguale. 

Mirad  las  dos  de  igual  valor,  duna  Ana 
y  doña  Elvira,  cada  cual  corona 
de  cuanto  bien  del  cielo  al  mundo  mana, 
como  la  fama  sin  cessar  entona, 
Enriquez  y  Mendoza,  por  quien  gana 
tal  nombre  Villafranca  y  tal  Cardona, 
que  de  su  suerte  y  triunfo  incomparables 
quedarán  en  el  mundo  inestimables. 

Humane  un  rayo  de  su  rostro  claro 
en  mi  pecho,  si  quiere  ser  loada, 
aquélla  que  en  virtud  é  ingenio  raro 
es  sobre  las  perfetas  acabada: 
ser  condesa  de  Andrada  j  ser  amparo 
de  Apolo,  08  alabanza  no  fundada; 
ser  doña  Catarina,  ésta  lo  sea 
de  ZuTiiga  y  del  cielo  viva  idea. 

Veis  las  dos  nueras  del  segundo  Marte, 
y  de  la  sin  igual  en  las  nacidas, 
á  quien  el  cielo  ha  dado  tanta  parte, 
que  son  por  gloria  suya  conocidas: 
la  una  dolías  en  la  Alltana  parte, 
y  la  otra  en  Nararra  obedecidas, 
son  María  y  Brianda  y  su  memoria, 
de  Toledo  y  Viamonte  honor  y  gloría. 

Aquella  viva  luz  en  quien  se  avisa 
para  alumbrar  el  claro  sol  de  Oriente, 
que  entre  sus  ojos  lleva  por  devisa 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


475 


acia  y  la  prudencia  jantamente, 
la  sin  ig^al  daña  Luisa 
ann'qne  y  de  Lcu-a  precediente, 
fsa  de  Maqueda,  y  más  segura 
y  señora  de  la  hermosura, 
(uella  que  los  ánimos  recuerda 
car  alabanza  más  que  humana, 
ide,  sr  es  possible  que  se  pierda, 
réis  la  beldad,  pues  della  mana, 
)ria  de  Mendoza  y  de  la  Cerda, 
sabia  y  honesta  dona  Juana^ 
uien  la  gracia  y  el  valor  se  humilla 
enriquece  el  nombre  de  Padilla. 
[uella  en  quien  natura  hiao  (')  prueba 

poder,  y  el  cielo  y  1a  fortuna, 
Isabel  riqueza  de  la  Cueva^ 
•8a  es  de  la  felice  Oésuna* 
;laro  sol  que  nuestros  ojos  lleya 
templar  sus  partes  de  una  en  una, 
/7a  Aíanana  EnrúpieZy  bella, 

del  mundo,  para  no  ofendella. 
,  que  con  sus  virtudes  reverbera 

misma  beldad,  luz.  sin  medida, 
ha  Ghiiomar  Pardo  de  Tavera, 
líen  valor  y  discreción  se  anida; 
jne  levantando  su  bandera 
AS  más  bastantes  preferida, 
/7a  Inés  de  Zúñiga^  en  quien  cabe 
o  la  fama  de  más  gloría  sabe. 
'is  aquella  condesa  generosa 
juilar,  á  quien  Amor  respeta, 

las  muy  hermosas  más  hermosa 
re  las  muy  discretas  más  discreta, 
e  virtud  y  gracia  milagrosa 
la  vemos  una  y  otra  meta, 
Luisa  de  Cárdenas  se  llama, 
i  del  mundo  y  vida  de  la  fama, 
d  el  portento  que  produjo  el  suelo 
;  natura  mayor  gloría  halle, 
llena  gentil,  que  el  cortes  cielo 
8  le  plugo  su  consorte  dalle, 
s  levanta  de  Quzmán  el  vuelo, 
xán  resuena  en  el  felice  Valle, 
le  el  descnbrídor  del  Nuevo  Mundo 
del  nuevo  triunfo  sin  segundo» 
uella  de  valor  tan  soberano 
s  agravio  loarla  en  hermosura, 
le  natura,  con  atenta  mano 
¡so  engrandecer  en  su  figura, 
ieii  linaje  y  fama  es  claro,  y  llano 

su  raya  en  la  suprema  altura, 
sa  de  Chinchan;  mas  es  el  eco, 
)  cabal  es  doña  Inés  Pacheco, 
ña  Juana  y  doña  Ana,  son  aquéllas 
Cueva  y  la  Lama,  madre  y  hija, 
^a  Celi  y  Cogolludo  en  ellas 

Isi  en  la  primera  edición.  Ed  la  de  Mayansí 


tienen  el  bien  que  al  mondo  regocija: 
hermosura  y  valor  que  están  en  ellas, 
sin  que  halle  la  invidia  que  corrija, 
fama  y  linaje  deste  bien  blasonan 
y  las  virtudes  dellas  se  coronan. 

Aquella  fortaleza  sin  reparo, 
aquella  hermosura  sobre  modo, 
aquella  discreción,  aquel  don  raro 
de  dones,  y  el  de  gracia  sobre  todo, 
del  tronco  de  Padilla,  lo  más  claro 
de  las  reliquias  del  linaje  godo, 
en  quien  del  mundo  lo  mejor  se  muestra» 
es  marquesa  de  Áuñón  y  gloría  nuestra. 

Aquélla  es  la  princesa  por  quien  suena 
la  temerosa  trompa  tan  segura, 
y  dice  doña  Porcia  Madalena, 
por  quien  Asculi  goza  tal  ventura; 
y  aquella  que  el  nublado  sol  serena 
y  el  claro  ofusca  con  su  hermosura, 
tal  que  en  Barajas  vencerá  la  fama, 
doña  Mencia  de  Cárdenas  se  llama. 

Otra  más  dulce  y  más  templada  cuerda, 
otra  voz  más  sonora  y  no  del  suelo, 
cante  á  doña  Mana  de  la  CerdOy 
que  en  la  Puebla  podrá  poblar  un  cielo; 
y  pues  el  son  con  el  nivel  concuerda, 
que  escucha  atento  el  gran  señor  de  Délo, 
y  la  voz  oye  y  la  harmonía  siente, 
doña  Isabel  de  Ijeiva  es  la  siguiente. 

Aquella  que  entre  todas  raya  hace 
en  valor,  en  saber  y  en  gentileza, 
que  de  Mendoza  y  de  la  Cerda  nace, 
y  de  Leiva  quien  goza  su  belleza; 
por  quien  la  Fama  tanto  satisface, 
que  con  lo  llano  sin  buscar  destreza, 
hace  que  el  suelo  Mariana  diga 
y  que  el  deseo  tras  otro  bien  no  siga. 

La  que  á  los  ojos  con  beldad  admira, 
y  á  los  juicios  coa  saber  recrea, 
Denia  la  ofrece,  espérala  Altamira, 
y  quien  la  goza  más,  más  la  desea; 
doña  Leonor  de  Rojas^  con  quien  tira 
Amor  sus  flechas  y  su  brazo  emplea. 
Fama  se  esfuerza,  pero  no  la  paga, 
porque  no  hay  cosa  en  que  su  prueba  haga. 

Veréis  las  dos  de  Castro,  á  quien  Fortuna 
impossible  es  que  al  merecer  iguale, 
son  Juana,  á  quien  jamás  llegó  ninguna; 
Francisca,  que  entre  todas  tanto  vale, 
que  el  claro  sol  y  la  hermosa  luna 
de  Mendoza  y  Pizarro  en  ellas  sale, 
Juana  y  Francisca  Puñonrostro  canta 
y  el  mundo  al  son  los  ánimos  levanta. 

Hermanas  son  y  bien  se  les  parece 
en  valor  y  beldad  y  cortesía 
las  dos,  do  más  el  nombre  resplandece 
de  Zapata,  que  el  sol  á  medio  día, 
son  Jeránima  y  Juana,  en  quien  ofrece 
el  cielo  cuanto  por  milagro  cría. 


476 


orígenes  de  la  novela 


Rubí  se  engasta  de  su  esmalte  puro, 
Puertocurrero  el  puerto  re  seguro. 

En  el  discurso  de  la  grave  lista 
id  con  nuevo  recato  apercebidos, 
que  la  belleza  ofuscará  la  vista 
y  el  valor  j  el  saber  á  los  sentidoe: 
la  condesa  mirad  de  Alba  de  Lista^ 
veréis  en  ella  los  deseos  cumplidos, 
que  cuanto  el  mundo  considera  y  sabe, 
doNa  María  de  Urrea  es  en  quien  cabe. 

Aquella  viva  lumbre,  decendiente 
de  Mendoza^  Velasco  se  apellida, 
Juana  Gentil,  en  quien  Ramírez  siente 
bondad  y  gracia  y  triunfo  sin  medida; 
es  dona  Juma  Cuello  la  siguiente, 
donde  tal  suerte  y  tal  valor  se  anida, 
tal  beldad,  tal  saber,  tal  gentileza, 
que  empereza  la  Fama  su  grandeza. 

Si  queréis  ver  de  discreción  la  suma, 
si  queréis  de  valor  ver  el  extremo, 
de  hermosura  el  fin,  donde  la  pluma 
se  ha  de  abrasar  y  al  pensamiento  temo, 
golfo  do  bienes  que,  aunque  más  presuma, 
no  correrá  el  deseo  á  vela  y  remo, 
volved,  veréis  las  cuatro  lumbres  bellas, 
y  lo  más  que  diré,  lo  menos  dellas. 

Brianda,  Andrea  serán,  Teresa  y  .4wíi, 
nortes  del  mundo  y  más  de  nuestra  Iberia, 
por  quien  gozan  vitoria  más  que  humana 
Béja^,  Gibraleóny  Arcos  y  Feria; 
Guzmán^  Sarmiento,  Zúuiga,  que  llana 
hacen  la  palma  nuestra  y  dan  materia 
á  la  Fama,  que  haga  formas  tales, 
que  durarán  por  siglos  inmortales. 

Gracia,  bondad,  valor,  beldad,  prudencia, 
linaje,  fama  y  otras  celestiales 
partes  se  ven  en  firme  competencia, 
para  quedar  en  un  lugar  iguales: 
es  Mariana  quien  les  da  excelencia, 
la  gloria  de  Bazán,  por  quien  son  tales 
y  á  quien  la  casa  de  Coruna  llama, 
para  más  nombre,  gloria,  triunfo  y  fama. 

Entre  estas  maravillas  singulares 
doña  Marta  Pimentel  se  mira, 
valerosa  condesa  de  Olivares, 
en  quien  el  valor  mismo  se  remira; 
y  aquella  preferida  en  mil  lugares, 
dona  Luisa  Faxardo  es  quien  admira 
á  la  natura,  y  MedelUn,  dichoso 
por  ella,  al  mundo  dexará  invidioso. 

Aquella  gracia  y  discreción  que  iguala 
á  la  beldad,  con  ser  en  tanto  grado, 
que  lo  menos  que  vemos  tiende  el  ala 
sobre  lo  más  perfecto  y  acabado, 
miradla  bien,  que  es  doña  Inés  de  Ayala, 
sin  poder  ser  de  otra  aquel  traslado, 
aquel  extremo  de  amistad  y  vida, 
de  antigua  y  clara  sangre  producida. 

Mirad,  veréis  á  la  gentil  doña  Ana 


Félix^  felicidad  de  nuestra  era; 
es  condesa  de  Riela,  es  quien  allana 
al  siglo  el  nombre  de  la  edad  primen; 
y  aquella  que  se  muestra  más  que  humana 
en  valor,  suerte  y  gracia  verdadera, 
doña  Guiomar  de  tSaa,  será  su  historia 
luz  de  VanegaSy  de  Espinosa  gloria. 

En  T avara  y  Cerralvo  contemplamos 
nueva  luz,  que  los  ánimos  assombrc, 
con  estas  dos  bellezas  que  juzgamos, 
engrandeciendo  de  Toledo  el  nombre: 
si  ofuscada  la  vista  retiramos, 
veremos  otro  sol  de  tal  renombre, 
que  el  de  Guzmán  adelantado  queda, 
por  quien  compite  con  el  cielo  üceda, 

Alli  se  muestre  en  rostro  grave  y  ledo 
aquella  admiración  de  los  vivientes, 
honor  de  Enrique z,  gloría  de  Acevedo, 
siendo  condesa  sin  igual  de  Fuentes; 
y  aquella  (si  en  tan  poco  tanto  puedo 
que,  dexadas  sus  partes  excelentes, 
diga  su  nombre)  es  doña  Catarina 
de  Carrillo  y  Pacheco  la  más  dina. 

Mirad  las  dos  de  extraña  maravilla 
en  valor,  en  saber  y  en  hermosura: 
la  una  de  Escobedo,  otra  de  Arcilla, 
gloria  y  honor,  y  más  de  la  natura, 
María  y  Catarina,  á  quien  se  humilla 
todo  lo  digno  de  alabanza  pura, 
ambas  por  albedrío  y  por  estrella, 
aquesta  de  Bazán,  de  Hoyo  aquélla. 

Llegue  doña  María  de  Peralta, 
en  quien  se  alegra  y  enriquece  el  suelo; 
doña  Angela  de  Tarsis,  do  se  esmalta 
más  viva  luz  que  la  que  muestra  el  cielo; 
doña  Isabel  Chacón  aquí  no  falta, 
que  faltara  la  gloria  y  el  consuelo ; 
tres  tales  son  que,  para  no  agraviallas, 
gastar  debía  tres  siglos  en  loallas. 

Vamos  á  aquella  de  la  antigua  cepa 
de  Córdova,  sin  par  doña  Marta, 
es  marquesa  de  Estepa,  y  con  Estepa, 
serlo  de  un  mundo  entero  merecía; 
y  á  ti  en  quien  no  es  possible  que  más  qiup 
suerte,  valor,  beldad  y  gallardía, 
del  tronco  de  Velasco,  Mariana, 
por  quien  el  de  Alvarado  tanto  gana. 

Las  tres  hermanas  que  en  mirar  se  goa 
con  atención  el  regidor  de  Oriente, 
veislas  aquí  cómo  las  muestra  Poza, 
y  cómo  Arando,  y  cómo  Avilafuente-, 
en  ellas  el  real  nombre  se  alboroza 
de  Enrique z,  y  un  misterio  nuevo  siente, 
que  aunque  no  es  nuevo  en  él  el  bien  cumplida 
eslo  en  el  mundo  el  que  ellas  han  tenido. 

De  Castro  y  de  Moscoso  llana  hacen 
dos  Teresas  la  luz,  y  al  sol  escaso, 
por  quien  Mendoza  y  Vargas  satisfacen 
sin  haber  cosa  que  más  haga  al  caso, 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


477 


con  doña  Mariana  más  aplacen, 
por  quien  Mendoza,  enriqueciendo  á  Lasso, 
86  alegra  el  Tajo,  y  su  feliz  corriente 
dirá  LasBO  y  Mendoza  eternamente. 

Las  dos  hermanas  en  quien  cupo  tanto, 
qne  en  lengua  humana  su  loor  no  cabe, 
son  Blanca  y  Catarina,  y  son  espanto 
de  quien  lo  menos  de  sus  partes  sabe, 
el  claro  nombre  de  la  Cerda,  en  tanto 
abre  su  lumbre  y  éstas  son  la  llave 
con  su  gracia  y  virtud  resplandecientes, 
una  de  Denia  y  otra  de  Cifuentes, 

Aquella  que,  aunque  el  sol  más  se  le  acerque, 
es  impossible  que  á  su  luz  parezca, 
y  por  más  vueltas  con  que  el  cielo  cerque, 
no  hallará  quien  tanto  loor  merezca, 
es  la  gentil  duquesa  de  Alburquertpie, 
por  quien  después  que  todo  el  bien  parezca, 
recobrarse  podiá  en  la  antigua  Cueva, 
que  ha  de  ser  siempre  milagrosa  y  nueva. 

De  singulares. dones  mejorada 
se  ve  doña  Maria  de  Padilla, 
del  mundo  por  valor  Adelantada, 
siéndolo  por  estado  de  Castilla; 
y  la  que  fué  de  tal  beldad  dotada, 
que  la  misma  belleza  se  le  humilla, 
doña  Juana  de  Acuña,  en  quien  se  halla 
tanto,  que  mus  la  alaba  el  que  más  calla. 

La  de  Velada  y  la  del  Carpió  vienen, 
aquesta  de  Toledo,  ésta  de  Jlaro, 
y  ambas  del  cielo  en  lo  qne  en  si  contienen 
de  beldad  y  valor  é  ingenio  raro; 
junto  con  ellas  á  su  lado  tienen 
á  la  que  no  fué  el  cielo  más  avaro, 
es  señora  de  Pinto,  y  es  aquella 
luz  de  Carrillo  y  de  Faxardo  estrella. 

1^0  nos  encubre  la  alta  Catarina 
de  Mendoza  su  aspecto  valeroso, 
marquesa  de  Mondejar,  sola  dina 
de  hacer  nuestro  siglo  venturoso; 
ni  aquella  de  bondad  tan  peregrina 
del  nombre  de  Velasco  generoso, 
que  desde  Peñafiel  hinche  la  tierra 
de  cuanto  bien  y  gloria  el  mundo  encierra. 

La  qne  al  sol  mira  en  medio  de  su  esfera, 
y  el  sol  se  ofusca  al  resplandor  jocundo, 
68  doña  Ana  del  Águila,  do  espera 
Ciudad  Rodrigo,  y  goza  el  bien  del  mundo; 
quise  cantar  aquesta  luz  primera, 
al  cabo  de  este  templo  sin  segundo, 
ya  que  en  el  orden  no  hay  otro  remedio 
para  igualar  principio  y  fin  y  medio. 

Dixo  el  mago  Erión;  y  vuelto  á  los  tres  pas- 
tores, que  con  sumo  contento  le  es:uchaban, 
recibió  dellos  las  debidas  gracias,  y  tomando 
del  fresco  jaixlin,  les  señaló  aposentos  en  que 
habitassen  y  familiares  suyos  que  los  sirvies- 
8en;  donde  gozaban   sin  medida   su  deleite. 


cuándo  con  las  dipsas  de  los  montes,  siguien- 
do las  fieras,  cuándo  con  las  deesas  de  las  sel- 
vas, cazando  las  aves,  y  cuándo  con  las  ninfas 
del  sagrado  rio,  apartando  el  oro  de  entre  la 
menuda  arena;  vida  dulce,  más  fácil  de  ser  in- 
vidiada  que  imitada,  donde  era  la  razón  seño- 
ra, el  deseo  cautivo,  el  gusto  honor,  el  honor 
regalo.  Amor  ardía  y  el  respeto  no  se  helaba; 
bien  se  puede  aquí  esperar  firmeza,  que  donde 
falta  virtud,  difícil  es  la  perseverancia.  Y  aho- 
ra volvamos  á  la  ribera,  donde,  con  su  bien  ó 
su  mal,  quedaron  nuestros  pastores  esperán- 
donos. 


SÉPTIMA  PARTE 

DEL    PASTOB    DE  FILIDA 

Si  en  la  llaneza  y  soledad  de  los  campos  se 
lloran  celos  y  se  padece  olvido,  ¿de  qué  más  se 
puede  Amor  culpar,  en  la  pompa  de  las  Curtes 
y  en  el  tráfago  de  las  ciudades,  de  la  mentira  y 
engaño  de  un  corazón  que,  dividido  en  mil 
partes,  sin  reparar  en  ninguna,  á  todas  se  ven- 
de por  entero?  ¿Y  de  la  miseria  del  amador, 
que  á  trueco  de  no  ser  olvidado,  le  es  fácil  pas- 
sar  callando  por  más  mal  que  sospechas  y  re- 
celos, donde  claro  se  ve  cuánto  mayor  sea  el 
dolor  del  olvido  que  la  passión  celosa?  Celosos 
he  visto  yo  sin  miedo  de  ser  olvidados,  y  ja- 
más vi  olvidado  que  no  viviesse  celoso;  ausen- 
cia calle  con  celos;  celo  y  ausencia  con  olvido; 
que  si  el  ausente  carece  de  su  contento,  puéde- 
le buscar,  y  el  celoso  8Í  le  halla,  es  en  poder 
ajeno;  y  el  olvidado  ausente  está,  y  con  más 
violencia,  y  celoso  y  con  menos  reparo;  pero 
todo  esto  no  puede  compararse,  Amor,  á  la  in- 
justicia de  un  engaño,  que  mientras  uno  con 
lealtad  y  fe  sirva  y  ame,  sea  pagado  con  fingi- 
da voluntad  y  agradecida  esta  paga.  Mas,  ('quién 
me  aparta  á  tan  insufrible  consideración?  Vuél- 
vame la  verdad  de  mis  pastores  á  la  agradable 
ribera,  donde  ya  que  como  humanos  hagan  mu- 
danza, no  como  dañados  harán  engaños.  Vi- 
mos venir  á  Sasio  del  templo  de  Diana,  tan 
contento  de  la  venida  de  Si  Ir  era,  como  si  tu- 
viera muchas  y  grandes  seguridades  de  su 
Amor;  mas  sucedióle  lo  que  suele  á  los  confia- 
dos, que  la  pastorcilla  gentil,  no  estimando  en 
nada  haberla  él  hospedado  en  la  ribera  de  Pi- 
suerga  y  agasajádola  con  su  música  y  canto 
tantas  veces,  y  alabádola  en  tiernas  y  numero- 
sas rimas,  y  menos  la  afición  que  de  presente 
le  mostraba,  puso  los  ojos  en  el  prendado  Ar- 
siano;  empleo  que  á  la  verdad  pudiera  tener 
Sasio  por  venganza,  si  su  mucho  amor  la  con- 


i78 


ORÍGEiraS  DE  LA  NOVELA 


•mtien,  porqae  más  qne  nanea  Antaño  amaba 
á  la  hermosa  Amarantlia:  t  de  aqai  riño  que 
Sasio  7  Arsiano  adolecieron  á  nn  tiempo,  «on 
el  coatino  caidado,  con  el  celoso  dolor,  oca  las 
noches  malas  y  los  peores  días,  j  en  muy  hreres 
Sasio  marió,  dexando  un  general  sentimiento 
por  cuantas  aguas  riegan  nuestra  España,  es- 
pecial en  los  pastores  y  hermosas  hijas  del  sa- 
g^rado  Tajo;  y  pienso  que  las  nucTe  masas  y  el 
mismo  Apolo  sintieron  esta  pérdida.  ¡Oh,  gran 
padre  de  la  Música,  sin  duda  callabas  cuando 
te  llamó  la  muerte!  Tá,  con  tu  yoz  dirina,  mil 
Teces  alegraste  los  tristes  y  alíriaste  los  dolores 
ajenos,  digno  fué  tu  acento  de  resonar  en  los 
cielos  y  de  mover  las  peñas  en  la  tierra.  ¿Cómo 
ahora  no  lo  haces  en  la  que  te  cubre?  Vengan, 
Sasio,  de  las  remotas  naciones  los  hombres  ra- 
ros á  llorar  tu  muerte,  y  de  la  propia,  llore  Fi- 
lardo,  lloren  Arsiano  y  Matunto,  y  tu  traslado 
Belisa,  en  quien  nos  queda  tu  mayor  herencia 
y  nuestro  mayor  consuelo.  Fué  puesto  Sasio 
poco  distante  de  su  cabana,  en  un  mármol  ca- 
vado, negro  como  el  ébano  de  Oriente,  cubierto 
de  otro,  blanco  como  la  nieve  de  la  sierra,  y  en 
muchas  plantas  que  alrededor  tenia  se  escri- 
bieron diversos  epitafios  en  sus  loores;  mas  en- 
tre todos  el  famoso  Tirsi,  cuyas  rimas  tantas 
veces  Sasio  solía  cantar,  en  el  tronco  de  un 
olmo,  qne  con  sus  ramas  cubría  el  ancho  sepul- 
cro, escribió  estos  versos  de  su  mano: 

DE  TIBSI  Á  s.vsio 

Yace  á  la  sombra  deste  duro  canto 
el  que  le  enterneciera,  si  cantara; 
dexando  al  mundo  su  silencio  en  llanto, 
dexó  el  velo  mortal  el  Alma  cara; 
mas  no  pudieran  Muerte  y  Amor  tanto, 
si  el  cielo  para  si  no  le  invidiara. 
Amor  y  Muerte  dan;  recibe  el  cielo, 
el  don  es,  Sasio,  y  quien  le  llora  el  suelo. 

Entre  las  lágrimas  justas  destos  amigos  pas- 
tores, nació  otra  justíssima  ambición  y  codicia 
para  heredar  la  lira  del  sep^uudo  Orfeo:  los 
opositores  fueron  Filardo  y  Matunto,  Belisa  y 
Arsiano,  que  aunque  enfermo  y  sin  gusto,  dexó 
el  lecho  y  se  animó  á  esta  empresa.  Pusieron 
por  jueces  al  venerable  Sileno,  al  celebrado  Ar- 
GiOLo,  al  famoso  Tirsi,  que  todos  tres  sabían 
la  dignidad  de  los  cuatro  pretendientes,  y  aun 
esto  fué  causa  de  no  determinarse,  antes  reuii- 
tieron  el  juicio  y  la  lira  á  las  ninfas  del  rio: 
ellas  la  tuvieron  un  día  en  su  poder  y  la  cubrie- 
ron de  una  rica  funda  de  oro  y  seda,  hei'ha  por 
las  hermosas  manos  de  Arethusa;  y  assi  ador- 
nada la  enviaron  á  las  deesas  de  las  selvas, 
donde  estuvieron  tres  días,  entre  olorosas  flo- 
res y  hierbas,  y  hecho  un  carro  triunfal,  cu- 


bierto de  hiedra  y  de  ÍFesema  nuBM,  tind 
los  do6  blaaeoa  beoerroc,  fué  Uermdft  caél 
diosas  de  loa  montes,  y  slli  seccwnagTÓál 
DA,  en  cuyo  poder,  de  ecmfonnidad  de  nia 
pastores,  quedó  aquel  don  caro  del  cido,  j 
mayor  fuerza  que  aates  maero  á  Jos  anis 
y  las  gentes  por  la  grandes»  de  ra  poeen 
Pero  la  lástima  anfverMii  de  Sasio  y  el  ga 
aplauso  de  su  muerte,  ¿por  ventora  mofrj 
el  pecho  de  Silveim?  Easo  no;  qne  moni 
Arsiano,  y  mientras  an  contento  hoye, 
puede  hal)er  otra  cosa  qae  lastime.  Janta 
taban  un  día  gran  número  de  pastores  y  p 
ras,  caído  el  sol,  gozando  de  la  freseaia  d 
verde  pradecillo  y  del  templado  Tiento  qo 
piaba,  donde  Alfeo  loe  ojos  en  Fines,  As 
los  suyos  en  Alfeo,  los  de  Arsiano  en  An 
y  los  de  Sil  vera  en  Arsiano,  Andria  rompí 
silencio  y  dixo  al  son  de  la  zampo&a  de  Sih 

A9DBIA 

Suele  en  el  bosque  espesso  el  snimoeo 
mozo  gallardo,  que  con  el  agndo 
venablo  fuerte  hía  penetrado  el  erado 
pecho  del  tigre,  del  león  ó  el  osso. 

Mirarle  en  tierra  muerto,  sangoinoso, 
y  recrearse  viendo  lo  que  podo; 
y  á  las  veces,  dexándole  desnudo, 
la  piel  á  cuestas  irse  victorioso. 

¿No  he  sido  digna  yo  de  tanta  caesta 
como  las  fieras,  que  la  muerte  suya 
baña  de  invidia  mis  cansados  ojos; 

Pues  tienes  el  matarme  por  afrenta, 
y  estimas  en  tan  poco  mis  despojos, 
que  te  ofende  mi  alma  porqae  es  tuya? 

Acostumbrado  estaba  Alfeo  á  oir  estasis 
cillas  y  Arsiano  á  sentirlas  por  los  dos,  perc 
por  esso  menguaba  punto  de  sa  Amor,  y  ec 
ahora  vído  que,  callando  Silvera,  Filardo  tal 
dixo  assi,  puestos  los  ojos  en  la  fingida  Ai 
rantha: 

ARSIANO 

Mientras  el  más  ocioso  pensamiento 
del  bravo  mozo,  con  soberbio  pecho, 
levanta  de  su  honra  ó  sa  provecho 
hasta  las  nubes  machinas  de  viento. 

Las  Vitorias  allí  de  ciento  en  ciento, 
la  plata,  el  oro  se  le  viene  al  lecho, 
y  alargando  la  mano  á  lo  qae  ha  hecho, 
se  ve  de  rico  pobre  en  un  momento. 

Dejando  yo  estas  torres  de  vitoria, 
de  triunfos,  de  riquezas,  de  despojos, 
Huelo  fingir,  pastora,  por  lo  menos. 

Que  me  miras  de  grado  con  tus  ojos, 
mas  despiértame  luego  la  memoria, 
y  quedo  con  los  míos  de  agua  llenos. 


EL  PASTOK  DE  FILIDA 


479 


lugar  Silvera  á  qne  Filardo  dexasse 
ña,  qae  al  pnnto  que  Arsiano  acabó 
,  vaelta  á  él,  comenzó  desta  numera  el 

8ILVERA 

la  deMiondo  del  abismo  el  faego, 

I  7  ansia  de  los  condenados; 

ontento  de  los  agraviados; 

tiranos  el  desasossiego. 

lo  en  el  alma  donde  el  Amor  ciego 

1  merecer  y  mis  cuidados, 

lie  sean  mis  males  confirmados 

mis  ojos  de  mirarte  luego. 

de  tu  voluntad  escarnecido, 

i  Amor  que  sólo  me  asegura 

»  afrenta  j  muerte  de  tu  mano, 

sólo  no  de  lo  que  siempre  ha  sido 

|uitar  un  punto,  un  tilde,  un  grano, 

ira  mi  fe  más  firme  y  pura. 

pastores  cantaban  y  otros  menos  afli- 
nque  todos  enamorados,  se  estaban 
lo  en  grandes  pruebas,  cuando  entre 
JÓ  un  pastor  robusto  con  un  cayado, 
ayo  tosco,  sin  pliegues,  hasta  los  pies. 
*azo  izquierdo  un  zurrón  de  lana,  cin- 
dc  piel  de  cabra  y  caperuza  t>aja  de 
írrario  era  el  traje  y  el  color  del  rostro 
)  la  postura  y  brío  tan  gentil,  que  sus- 
todos  su  llegada,  y  en  lugar  de  corte- 
ido  el  cayado  y  zurrón,  desafió  á  tirar, 
orrer  á  cuantos  allí  estaban.  Muchos 
k  estos  desafios,  mas  á  ninguno  le  es- 
,  assi  á  los  que  saltaron  y  corrieron, 
os  que  tiraron  la  barra,  y  entre  ellos 
el  menos  corrido  Al  feo,  sino  el  más 
le  saber  quién  fuesse.  Y  si  con  este 
nirara  ú  la  serrana  Finca,  conociera 
o.  S(T  el  pastor  Orindo,  por  cuyo  des- 
indaba  desterrada,  que  la  turbación  de 
bien  claro  se  lo  dixera:  pero  seguro 
isó  que  era  su  mudanza  porque  aquel 
í  había  vencido,  y  llegando-e  á  ella  le 
ica  mía,  en  esto  y  en  todo  es  fácil  que 
venzan,  mas  en  amarte  ninguno.  A 
•a  le  hizo  señas  que  callasse,  que  vido 
) rindo  á  donde  estaban,  el  cual,  tras 
Litación  ledixo:  Finca,  ¿hallaste  mejor 
10  que  en  la  sierra?  ¿Quién  eres  tú, 
L»a,  qne  quieres  saber  esso  do  mí?  Si  tú 
?s,  dixo  Orindo,  menos  lo  quiero  yo  sa- 
certi fícete  que  soy  Orindo.  Ya  te  co- 
xo  la  serrana,  v  sin  más  hablar  se  le- 
lexólos;  no  hizo  .señal  Orindo  de  se- 
Al  feo  de  sentimiento,  aunque  le  tuvo 
del  corazón,  y  ya  que  la  noche  cerra- 
á  buscarla  á  su  cabana,  donde  amar- 
la halló  llorando,  y  queriéndola  alegrar 
Muchos  días  passó  Finca  desta  suer- 


te, 7  muchos  Orindo  la  sególa,  y  otrot  machos 
Alfeo  confuso  no  sabia  si  perdía  ó  si  ganaba, 
basta  que  viniendo  un  día-  Siralro  á  la  ribera, 
que  muchos  acostumbraba  venir  á  visitar  las 
cabanas  de  Mendino  y  los  pastores  que  curaban 
su  ganado,  Alfeo  le  rogó  que  hablase  con  Fi- 
nca y  supíesse  della  la  cansa  de  sus  lágrimas, 
porque  si  era  pesar  de  ver  á  Orindo,  él  le  echa- 
ría fácilmente  de  la  ribera,  y  si  era  voluntad  de 
volverse  con  él,  no  era  razón  desviárselo.  Síral- 
ro  lo  tomó  á  su  cargo,  y  á  pocos  lances  sintió 
de  Finea  que  andaba  cruelmente  combatida  y 
su  salud  á  mucho  riesgo.  Orindo  era  de  su 
misma  suerte,  y  Alfeo  no,  de  manera  que,  es- 
táiidole  bien  casarse  con  Orindo,  á  Alfeo  no  le 
convenía  casarse  con  ella;  bu  destierro  había 
sido  por  desdén  de  Orindo,  7  ya  venía  humilde 
á  su  disculpa:  Orindo  era  su  amor  primero; 
Alfeo,  segundo;  por  otra  parte,  amaba  á  Alfeo 
y  se  veía  del  amada,  y  en  él  había  tantos  quila- 
tes de  valor  y  merecimiento,  que  antes  ella  se 
debía  dejar  morir  que  hacer  cosa  en  que  le 
ofendiesse;  acordábase  de  la  venida  de  Ama- 
rantha  y  que  su  mucha  hermosura  y  afición  no 
habían  sido  parte  para  torcer  su  voluntad.  Es- 
tas consideraciones  y  otras  muchas  en  la  dis- 
creta Finea  eran  ponzoña  que  penetraba  su 
pecho;  pero  Siralvo^  que  verdaderamente  á  los 
dos  amaba,  valiéndose  de  toda  su  industria 
echó  el  resto  de  su  diligencia  y  pudo  tanto,  qne 
en  dos  días  que  se  detuvo  en  la  ribera  trocó 
las  lágrimas  de  aquellos  pastores  en  súbito  pla- 
cer y  contento;  de  manera  que  Orindo  y  Finea 
tornaron  á  su  primera  amistad,  Alfeo  y  la  en- 
cubierta Andria  á  la  suya,  y  Arsiano,  vencido 
de  la  razón,  volvió  su»  pensamientos  á  Silvera, 
que  tan  tiernamente  le  amaba;  con  intención 
Finea  y  Orindo  de  volverse  á  la  sierra,  Alfeo 
y  Amarantha  á  la  olvidada  corte,  Arsiano  y 
Silvera  de  habitar  el  Tajo.  No  quedó  en  sus 
campos  pastor  que  de  tanto  bien  no  se  alegrase, 
y  junta  la  mayor  nobleza  de  la  pastoría,  con- 
certaron celebrar  estos  conciertos  hechos  por 
mano  de  Amor  con  alguna  fiesta  en  memoria 
dellos,  y  sabiendo  ya  que  Alfeo  era  cortesano, 
quisieron  que  la  fiesta  fuese  á  su  imitación. 
Propuso  Elpino  que  se  enramassen  carros  y  en 
ellos  saliessen  invenciones  y  disfraces  con  mú- 
sicas y  letras,  cada  uno  á  su  albedrío.  Ergasto 
dixo  que  se  cerrase  una  gran  plaza  de  estacada 
y  dentro  se  corriessen  bravos  toros  con  horcas 
y  lanzas;  pero  Sileno  dixo:  Yo  tengo  yeguas 
que  en  velocidad  passan  al  viento.  Menuino  y 
Cárdenlo  lo  nn'smo  y  holgarán  de  dallas  para 
el  caso;  hágase  una  fiesta  de  mucho  primor  que 
en  las  ciudades  suele  usarse  y  sea  correr  una 
sortija,  donde  se  puede  ver  la  destreza  y  áni- 
mo de  cada  uno.  Esta  proposicicn  de  Sileno 
agradó   á  todos,  y  de  conformidad   hicieron 


480 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


mantenedora  Liardo,  y  acompañado  á  Licio,  y 
juez  á  Sileno,  y  á  la  hora  se  escribió  un  cartel 
señalando  luj^ar  para  el  cuarto  día,  desde  la 
mitad  del  hasta  puesto  el  sol,  donde,  allende  de 
los  precios  que  ellos  quisiessen  correr,  al  más 
galáu  se  le  daría  un  espejo  en  que  viesse  su 
gala;  al  de  mejor  invención,  un  dardo  con  que 
la  defendiese;  á  la  mejor  lanza,  un  cayado  para 
otro  día;  á  la  mejor  letra,  las  plumas  de  un 
pavón,  y  al  más  certero,  una  guirnalda  de  ro- 
bre, por  vííucedor,  y  al  que  cayesse,  un  vaso 
grande  en  que  pudiesse  beber.  Venida  la  noche, 
por  toda  lu  ribera  se  encendieron  muchas  ho- 
gueras, y  el  buen  Sileno  con  toda  la  compañía, 
principalmente  Mireno,  Liardo,  Galafrón,  Bar- 
cino, Alfeo,  Orindo,  Ániano,  Colín,  Ergasto, 
Elpino,  Licio,  Celio,  Uranio,  Filanlo  y  Sir.vl- 
vo,  salieron  por  la  ribera  en  yeguas  de  dos  en 
dos  con  largas  teas  encendidas  en  las  manos, 
corriendo  por  todas  partes  con  mucho  contento 
de  cuantos  lo  miraban;  porque  unos  se  veían  ir 
por  la  cumbre  del  monte,  otros  por  los  campos 
rasos,  otros  por  entre  la  espessura  de  los  sotos, 
y  aun  algunos  arrojar  las  hierbas  en  el  Tajo  y 
pasarle  á  nado  reverberando  sus  lumbres  en  el 
agua;  después  al  son  de  la  )KX*ina  de  Arsindo 
se  juntaron  en  un  ancho  prado  que,  á  una  parte 
sin  hierba  y  llano  y  á  otra  lleno  de  altas  peñas, 
era  sitio  para  la  fiesta  principal  muy  acomoda^ 
do  y  allí  fijaron  su  cartel  en  el  tronco  de  una 
haya,  y  con  gran  orden  acompañando  al  viejo 
Sileno  se  volvió  cada  cual  á  su  cabana,  excep- 
to Sin  ALVO,  que  fué  á  despedirse  de  Arsiano, 
Orindo  y  Alfeo  y  de  las  hermosíssimas  An- 
dria,  Finea  y  Silvera,  prometiéndoles  hallarse 
allí  el  cuarto  día,  con  lo  cual  guió  ú  !a  morada 
de  Erión,  donde  Mendino  y  Cárdenlo  le  aguar- 
daban maravillados  de  su  tardanza;  allí  les 
contó  el  pastor  lo  que  pasaba  en  la  ribera,  y 
cómo  los  pastores  della  les  pedían  sus  yeguas 
y  Sileno  daba  las  suyas;  no  lo  excusaron  Men- 
dino y  Cardenio^  antes  por  su  orden  volvió 
SiRALvo  á  darlas  el  tercero  día,  y  ellos  también 
se  determinaron  de  ver  aquella  fiesta  tan  nueva 
entre  pastores;  pero  primero  quisieron  avisar  á 
las  amadas  ninfas,  y  pudiéronlo  fácilmente  ha- 
cer porque  hallaron  á  Florela  en  el  monte,  es- 
perando que  un  ruiseñor  se  recogiese  al  nido 
para  llevarle  á  Filida,  que  aquella  noche  se 
había  agradado  mucho  de  su  canto;  para  este 
cfeto  la  acompañaron  los  dos  gallardos  pasto- 
res, y  tomando  Mendino  el  ruiseñor  se  le  dio  á 
Florela  y  le  dijo  lo  que  en  la  ribera  pasaba,  y 
que  en  t(Klo  caso  Filida  y  Filis  y  Ciori  no 
perdiesen  de  ver  aquella  fiesta,  porque  con  la 
esperanza  de  verlos  él  y  Cardenio  y  Siralro 
estarían  allá;  con  esto  Florela  se  encumltró  al 
monte  y  los  pastores  se  bajaron  con  el  Mago, 
que  ya  la  mesa  puestA  los  esperaba.  Costumbre 


tenia  Eríón  de  tomar  el  ¡nstramento  sobre  co- 
mida para  recrear  juntamente  los  cnerpofl  y  los 
ánimos;  assi  e«ta  vez  en  siendo  acabada  VmÁ 
un  coro,  que  divinamente  le  tañía,  á  cuyo  iod 
los  pastores  se  transportaron,  y  al  fin  del,  ala- 
bando al  docto  Mago,  y  tomando  su  licencia  se 
salieron  con  los  arcos  por  el  monte,  deseosos  d« 
toparse  con  las  Ninfas,  mas  no  les  fué  posible, 
porque  como  ellas  tuvieron  aviso  de  la  fiesta, 
juntáronse  Filida  y  Filis,  Clori  y  Praddia, 
Nerea  y  Albanisa,  Arcthusa  y  Colonia,  y  fiw- 
ron  al  templo  de  la  casta  Diana  por  licenda 
para  ir  á  la  ribera;  assí  gastaron  el  día,  y  Mn- 
diño  y  Cardenio  buscándolas  en  yano,  y  yt  qae 
bajaútn  á  la  cueva,  mataron  dos  corzos  en  la 
falda  del  risco;  á  la  hora,  con  Siralvo,  qae  en 
venido  á  certificarles  la  fiesta,  los  enviaron  á 
Sileno,  porque  supieron  que  los  había  menester 
el  siguiente  día;  y  ellos  en  amaneciendo  dejara 
la  cueva  v  fueron  á  sus  cabanas,  donde  le  halla- 
ron  poniendo  orden  en  todo.  Era  muy  de  veri 
cada  parte  los  sitios  de  los  pastores  donde  te- 
nían sus  yeguas  y  ordenaban  sus  invenciontc, 
cada  uno  en  soledad  con  los  de  su  cabafia,  ííb 
que  de  otra  nadie  los  ocupase;  y  sabiendo  SOfr 
no  de  Florela.  que  vino  delante,  cómo  lasXinías 
venían,  mando  hacer  tres  enramadas,  una  pan 
él  y  los  precios^,  otra  para  las  Xinfas  j  otea 
para  las  pastoras.  En  estos  aperoebimieatoi, 
pastores  y  Ninfas  y  la  hora  de  la  fiesta  llega- 
ron juntas;  á  cada  cual  poso  Sileno  en  su  sitio, 
v  tomando  el  cartel  subió  al  siivo  con  Mendino 
y  Cardenio  y  los  festejados  Alfeo,  Arsiano  i 
brindo.  Sin  duda  eran  estos  los  más  apaestoi 
pastores  del  Tajo,  y  éstas  las  más  hermoaai 
pastoras  del  mundo.  A  las  Xinfas  no  alal^e  lea- 
gua  humana,  porque  ellas  no  lo  parecían:  ion» 
dioso  Febo  se  puso  tras  las  pardas  nubes,  j  ata 
passó  el  día  todo  sin  dar  fastidio  con  sns  ravoe; 
soberbia  la  tierra  se  alegró  de  arte  qne  coiupitíe 
con  el  cielo,  pues  los  pastores  que  tan  mejor  lo 
sentían,  celébrenlo  con  mirarlo  si  ojos  uiortaki 
basfan  á  tanto  bien;  y  ahora  digamos  cómoi]^ 
gó  el  mantenedor  Liardo  vestido  de  un  pafio 
azul  finíssimo,  sayo  largo  Taquero  y  capenua 
de  falda,  camisa  labrada  de  blanco  y  negro  coi 
mangas  anchas,  atadas  sobre  los  ctidns,  con  lis- 
tones morados,  zarafuelle  y  medias  de  lana  par- 
da y  verde,  zapato  de  vaca,  que  le  servia  Je  * 
tribo  y  espuela,  en  una  yegua  castaña  acúf' 
tumbrada  á  volver  los  toros  á  las  dehens:  A 
freno  era  un  cabestro  de  cerdas  con  una  lazadi 
revuelta  por  los  colmillos,  y  la  silla  una  piel  de 
tigre  de  varias  colores,  y  presentándose  á  Si- 
leno fué  su  letra: 

Si  no  gano  manteniendo 
más  que  en  mantener  la  fe, 
pocos  precios  ganaré. 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


481 


Licio,  Hn  acompañado,  salió  de  la  misma 
suerte,  excepto  que  el  yestido  era  leonado,  la 
yegua  baya  y  por  silla  su  gabán  doblado,  y  la 
letra: 

El  que  con  la  fe  ha  perdido 
la  esperanza, 
¿que  ganará  con  la  lanza? 

Celio  cogió  de  los  campos  gran  diversidad 
de  flores  y  hierbas,  j  con  el  jugo  dcllas  y  agua 
de  goma  pintó  la  yegua  y  la  lanza  y  su  vesti- 
dura, que  era  de  un  blanco  lienzo  todo  á  ban- 
das, de  más  de  diez  colores;  pero  la  que  caía 
sobre  el  corazón  era  negra,  y  la  letra: 

Las  alegres  son  ajenas, 
mas  las  tristes  propias  son, 
y  más  las  del  corazón. 

Puso  por  precio  una  bolsa  de  lana  parda  con 
cerraderos  verdes,  y  contra  ella  señaló  Sileno 
unas  castañetas  de  ébano  con  cordones  de  seda; 
luego  al  son  de  la  bocina  de  Arsindo  y  de  un 
atabal  de  dos  corchos,  que  Pirón  tañia,  toma- 
ron lanzas,  y  á  las  dos  que  corrieron  no  hubo 
ventaja,  pero  á  las  terceras  Liardo  llevó  la  sor- 
tija y  Celio  la  cuerda:  recibió  Liardo  sus  pre- 
cios y  diólos  á  la  hermosa  Andria,  que  á  quien 
él  quisiera  no  podía;  y  vuelto  al  lugar,  llegó 
LTranio,  vestida  la  piel  entera  de  un  osso  que 
el  había  muerto,  y  en  la  cabeza  de  la  yegua, 
hecha  de  cartones,  otra  de  sierpe,  que  la  cubria, 
y  en  la  anca  una  gran  cola  de  la  misma  inven- 
ción ;  la  lanza  cubierta  de  pellejos  de  culebras, 
de  arte  que  parecía  verdaderamente  un  osso; 
sobre  una  sierpe  con  una  gran  culebra  en  la 
mano,  decía  su  letra: 

Pero  la  que  sigo  es 
al  revés. 

Puso  por  precio  un  cuerno  de  hierba  balles- 
tera, y  Sileno  un  carcax  con  seis  saetas,  y  li- 
cencia para  hacer  un  arco  el  que  ganasse.  Co- 
rrieron sus  lanzas  Licio  y  Uranio,  y  las  cinco 
fueron  con  tanta  gallardía,  que  á  todos  dieron 
contento;  pero  á  la  sexta,  como  la  yegua  de 
Uranio  llevaba  la  cabeza  cubierta,  tropezó  y 
dio  con  el  osso  una  gran  caída:  perdió  el  pre- 
cio, pero  diósele  un  vaso  de  agua,  y  tornando 
á  subir  algo  corrido  se  puso  á  un  cabo. 

Luego  entró  Síralvo  en  una  yegua  overa, 
vestido  de  caza,  de  una  tela  blanca  y  verde, 
por  toda  ella  sembrada  de  FF  y  SS;  de  las 
FF  salían  unos  lazos  que  en  muchos  ñudos 
enredaban  á  las  SS,  y  la  letra: 

De  ti  nacieron  los  lazos, 
y  de  mí 
la  gana  de  verme  anssí. 

ORÍOENBS  DE  LA  N0VBLA.*31 


Puso  por  precio  doce  cintas  de  colores,  con 
cabos  blancos,  y  Sileno  dos  cenogiles  de  lo  mis* 
mo.  Corrieron  Liardo  y  Si r alvo,  sin  haber 
ventaja  entre  ellos;  pero  como  ya  dos  aventu- 
reros habían  perdido,  quiso  Sileno  animar  á  los 
demás,  y  juntamente  hacer  lisonja  á  Mendino 
y  dióle  el  precio  á  Siralvo:  el  cual,  mirando  á 
quién  pudiesse  darle,  vido  llegar  á  la  enrama- 
da de  las  ninfas  un  pastor  muy  flaco,  vestido 
de  un  largo  sayo  de  buriel,  en  un  rocín  que 
casi  se  le  veían  los  huessos,  y  á  las  ancas  traía 
otro  pastor  en  hábito  de  vieja,  ambos  con  más- 
caras feíssimas;  y  llegándose  á  ellos,  les  dio  los 
cenogiles  y  las  cintas. 

Los  cuales  á  la  hora  los  presentaron  á  Sileno 
y  pidieron  campo.  Sileno  se  lo  atorgó,  y  señaló 
contra  sus  precios  una  bola  de  acero  bruñida, 
que  servía  bastantemente  de  espejo,  y  llegados 
al  puesto,  el  pastor  disfrazado  quiso  suplir  la 
falta  que  había  de  padrinos  en  esta  fiesta,  y 
hasta  la  media  carrera  le  llevaba  la  vieja  la  lan- 
za: allí  la  tomaba  él  y  en  corriendo  se  la  tor- 
naba á  dar;  la  gracia  de  las  lanzas  era  muy 
conforme  al  talle,  y  la  risa  de  las  ninfas  y  pas- 
tores no  cessaba;  al  fin,  por  pagalles  el  conten- 
to, Licio  pidió  al  juez  que  les  diesse  los  pre- 
cios, y  preguntándoles  las  ninfas  si  traían  le- 
tra, sacó  la  vieja  un  papel  y  diósele.  Entre  los 
pastores  no  se  supo  lo  que  decía,  entre  ellas, 
basta  que  fué  bien  solenizado  con  risa  y  colo- 
res en  algunas. 

Aquí  llegó  Filardo  en  una  yegua  alazana  de 
hermoso  talle;  traía  vestido  sobre  jubón  y  za- 
rafuelles  blancos,  sayoy  calzones  de  grana  fina, 
caperuza  verde,  y  en  ella  un  manojo  de  espinas, 
y  con  un  ramo  de  oliva,  que  salía  de  entre 
ellas,  y  la  letra: 

Mi  guerra  produxo  espinas, 
mas  Amor 
mi  paz  les  puso  por  flor. 

Dio  por  premio  un  caramillo  de  siete  puntos, 
y  contra  él  Sileno  una  flauta  de  trece.  Corrió 
Liardo  la  primera  lanza,  en  que  llevó  la  sorti- 
ja. Siguióle  Filardo  de  la  misma  arte;  á  la  se- 
gunda, Liardo  tocó  en  ella  y  derribóla;  lo  mis- 
mo hizo  Filardo,  y  á  la  tercera  Liardo  no  llevó 
tal  lanza  como  las  passadas;  pero  Filardo  la 
aventajó  á  todas,  y  assí  Sileno  le  dio  el  precio, 
y  él  á  Silvia,  que  con  el  deseo  le  tenía  com- 
prado. 

A  la  hora  oyeron  gran  ruido  de  instrumen- 
tos y  voces,  y  vieron  llegar  una  ancha  cuba, 
sobre  secretas  rodajas,  tirada  con  cuerdas  ^e 
cuatro  máscaras,  con  rostros  de  gímios  y  pies 
de  sátiros;  venía  enramada  toda,  y  encima  un 
pastor  sentado,  con  carátula  ancha  y  risueña, 
los  brazos  desnudos,  los  pechos  descubiertos,  y 
en  su  cabeza  una  guirnalda  de  pámpanos  llenos 


482 


orígenes  de  la  novela 


de  uvas  j  hojas,  en  una  mauo  una  copa  y  en 
otra  nn  odre;  alrededor  del,  con  las  mismas 
eoronas  j  alegría,  venían  machos  hombres  y 
muchachos,  que  torciendo  llaves,  del  vientre  de 
la  ciii>a  sacaban  vino,  henchían  vasos  j  derra- 
maban los  unos  sobre  los  utros.  No  faltaba 
quien  también  tafiesse  chapas,  albogues,  ban- 
durrias y  chamml>elas  y  otros  instrumentos 
más  pla<;entero8  que  músicos;  todos  general- 
mente se  alei^raron  con  la  buena  venida  del  fin- 
gido Baco,  y  llegando  á  Sileno  le  dio  esta  Irtra: 

El  que  de  mí  se  desvia, 
á  sí  y  á  mi  madre  en  fía. 

Pliso  por  priM?¡o  un  vaso  grande  Je  vidrio 
sembrado  de  verde  pimpinela.  Sileno  señaló  un 
caracol  muy  hermoso  que  podía  servir  de  vaso 
y  de  bocina;  con  esto  Baco  y  Licio  fueron  al 
puesto.  La  lanza  do  Baco  era  hecha  de  luengos 
sarmientos  juntos  y  añudados  con  sus  mismas 
hojas.  No  quiso  Licio  correr  primero  por  el 
respeto  del  alegre  rey;  y  en  un  punto,  al  son  de 
los  envinados  instrumentos,  la  gran  cuba  fué 
ll(;vada  con  grandíssiuia  velocidad,  y  sin  hacer 
calada  ni  cosa  fea,  Baco  llevó  la  sortija,  y  lo 
mismo  hizo  la  segunda  y  la  tercera  lanza:  y 
aunque  Licio  corrió  bien,  quedóse  en  todas  muy 
atrás.  Tornaron  á  sonar  los  instrumentos,  y  la 
bocina  de  Arsindo  y  el  atabal  de  Pirón,  y  con 
gran  aplaus  y  contento  se  le  d*ó  á  Baco  el  ca- 
racol, con  lo  cual  hizo  lugar  á  Galafrón,  que 
entró  en  una  yegua  cebruna,  cubierto  de  hierba 
tan  compuesta  y  espessa,  que  por  ninguna  parte 
se  veía  otra  vestidura ;  la  cual  lanza  teñida  del 
mismo  color,  y  un  sol  de  ñores  en  la  caperuza 
con  esta  letra: 

Mi  sol  fué  la  ñor  de  abril, 
mi  contento  la  verdura 
y  el  invierno  mi  ventura. 

Puso  por  precio  un  cinto  de  becerro  bayo, 
tachonado  de  nuevo  latón,  con  su  escarcela 
plegada,  y  Sileno  unas  carlancas  de  cuero  de 
ante,  herradas  con  puntas  de  acero,  importan- 
tíssimo  reparo  del  mastín  contra  los  noturnos 
lobos  robadores  del  ganado.  Corrió  Liardo  la 
primera  lanzi  con  mucha  destreza,  y  Galafrón 
con  mucha  más;  á  la  segunda  se  aventajó 
Liardo,  y  á  la  tercera  anduvieron  tan  iguales, 
que  Si  HENO,  M endino  y  Cardenio  no  se  supie- 
ron determinar;  pero  queriendo  Sileno  igualar 
á  entrambos,  trocó  los  precios,  dando  á  Gala- 
frón las  carlancas  y  á  Liardo  el  cinto,  con  que 
quedaron  contenU)S,  y  más  Silvera,  á  quien 
ambas  joyas  se  presentaron. 

Gran  rato  después  desto  estuvieron  Liardo 
y  Licio  esperando  aventureros,  y  ya  casi  admi- 
rados de  la  tardanza,  vieron  venir  un  gran  cas- 


tillo almenado,  con  eztñño  mido  de  cobetes, 
que  por  todas  partes  salímn,  ínTención  que,  á 
ser  de  noche,  sin  duda  pareciera  Im  mejor,  poique 
era  todo  ensetado  de  mimbres  torcidos  v  cobier. 

m 

tos  de  lienzos  pintados  de  color  de  piedra  j 
dentro  los  pastores  de  Mireno,  por  secretos  !*• 
zos  le  llevaban:  y  llegando  á  los  jaeces,  abiiéo- 
dose  de  una  parte  una  ancha  pnerta,  por  elli 
salió  Mireno  en  una  yegua  melada,  písadon, 
vestido  de  un  sayo  corto,  gironado  á  colores, 
caperuza  y  calzón  de  lo  mismo,  zaraf uelle  y  et- 
misa  de  varias  sedas  y  lana,  con  una  ai7;rollji  al 
cuello  y  esta  letra: 

Por  hado  y  por  albedrío. 

Puso  por  precio  una  hermosa  caja  de  cacha- 
ras, labradas  con  gran  primor,  y  Sileno  otra  de 
ricos  cuchillos,  limados  no  con  menos.  Corriú 
Licio  mejor  que  nunca  su  primera  lanza;  nía? 
bien  le  hizo  menester,  que  la  de  Mireno  fué  con 
gran  gala  y  destreza;  la  aegnnda  no  menoe: 
pero  á  la  torcera ,  Licio  se  embarazó  y  perdióla. 
Minuio,  más  animado,  remató  conllevar  la  sor- 
tija y  ol  pnMiiio,  el  cual  fué  luego  á  nian<>s  de 
la  hermosa  Filida. 

Po«'o  después  entró  Ergasto,  en  nna  yegiís 
tordilla,  vestido  al  modo  de  serrano,  un  sajo 
pardo  de  pliegues,  largo  de  faldas,  escotado  de 
cuello,  mangas  abiertas  de  alto  á  baxo  cou  cin- 
tas blancas,  calzón  de  polaina,  y  sobre  nna  gran 
cabellera  postiza,  la  capeniza  vaquera  sembra- 
da de  cucharas  y  peines,  y  en  lo  alto  della  ana 
mata  de  retama  en  flor,  con  esta  letra: 

Tales  son.  Amor,  tus  dores 
que,  del  olor  engañado, 
el  gusto  queda  burlado. 

Quitó  un  peine  de  su  caperuza,  y  púsole  por 
precio,  y  Sileno  unas  tijeras  grandes  lucías  de 
desquilar.  Liardo  fué  en  las  dos  lanzas  prime* 
ras  desgraciado,  y  en  la  tercera  muy  gracioso; 
pero  como  Ergasto  en  todas  anduvo  bieu  j 
igual,  diósele  el  prei'io  de  que  hizo  presente  á 
la  serrana  Finea,  y  ella  le  recibió  con  rostro 
afable. 

Iba  ya  el  sol  tan  cerca  de  ponerse,  qneá 
poco  más  que  Barcino  tardara  no  fuera  de 
efecto  su  venida;  mas  él  llegó  á  tiempo  en  ana 
hermosa  yegua  nicia  rodada,  vestido  nn  galái 
pellico  y  calzón  de  armiño,  sombrero  en  su  ca- 
beza, alto  y  ancho,  de  la  misma  piel,  con  zara- 
fuelle  y  camisa  de  igual  blancura,  j  sa  letm: 

En  quererte, 
y  tan  en  blanco  mi  suerte. 

Puso  por  precio  un  ramillete  de  rosas  blau- 
cas,  y  Sileno  un  vidrio  do  se  pndiessen  conser- 
var en  agua.  Corrió  Licio  la  primera  lanza,  j 


EL  PASTOR  DE  FILIDA 


483 


llevó  la  sortija;  Barcino  tras  él  hizo  otro  tanto 
sin  haber  mejoría  en  la  destreza,  y  volviendo  á 
la  se^nda,  mientras  Lucio  corría,  y  todos  se 
ocupaban  en  mirarle,  Barcino,  sin  dejar  la  ye- 
gua, se  quitó  el  hábito  de  pastor  y  quedó  he- 
cho salvaje,  cubierto  de  largo  vello  de  pies  á 
cabeza,  do  suerte  que  no  fuera  conocido  á  no 
serlo  tanto  la  y^gua.  Estas  segundas  lanzas 
también  fueron  buenas;  y  de  la  misma  suerte, 
mientras  Licio  corrió  la  tercera  menos  bien  que 
las  otras.  Barcino  tornó  á  dejar  la  piel  de  sal- 
vaje, y  quedó  vestido  de  un  cuero  plateado  en 
forma  de  arnés  desde  el  escarpe  hasta  la  cela- 
da: iba  todo  él  y  la  lanza  bañado  en  agua  ar- 
diente, y  en  medio  de  la  carrera,  cuando  la 
gente  con  más  atención  le  miraba,  con  fuego 
secreto  se  hizo  arder  todo  el  cuerpo,  hasta  la 
armella  de  la  lanza,  de  manera  que  no  se  pudo 
tener  con  ella  cuenta,  mas  ella  la  dio  tan  buena 
de  si  que  se  llevó  la  sortija.  Mucho  placer  hu- 
bieron ninfas  y  pastores  de  la  invención  de  Bar- 
cino, y  dándole  Sileno  el  precio,  él  le  dio  á 
Dinarda. 

Con  esto,  viendo  ya  que  el  sol  era  traspues- 
to, Sileno  pidió  á  Mendino  que  diesse  los  pre- 
míos  del  cartel;  y  .llegando  todos  ¿  la  enrama- 
da, Mendino^  con  muchos  loores,  encareció  su 
fiesta,  y  á  Barcino  dio  el  dardo  que  era  el  pre- 
mio de  la  invención;  á  Mireno  el  espejo,  que 
era  el  de  gala;  á  Uranio  confirmó  el  vaso  de 
agua  que  se  le  dio  tan  á  mejor  tiempo;  á  Baco, 
que  se  supo  que  era  Elptno,  el  cayado  por  me- 
jor lanza:  y  á  Tjiardo  la  corona,  por  vencedor, 
y  las  plumas  del  pavón  que  eran  para  la  letra, 
remitió  á  las  ninfas  que  las  habían  leído  todas, 
y  ellas  con  mucho  gusto  las  dieron  á  la  vieja. 

Bien  quisieran  los  jueces  que  hubiera  pre- 
mios para  cun)plir  con  todos,  y  alabando  á 
Aquel  que  sólo  todo  lo  cumple,  dejaron  las  en- 
ramadas, y  ninfas  y  pastores  siguieron  al  buen 
Sileno,  que  en  su  cabana  estaba  aparejada  la 
cena,  donde  passaron  cosas  de  no  menos  gusto 
y  donde  se  vido  junta  toda  la  bondad  y  noble- 
za humana,  y  donde  quedaron  en  silencio  has- 
ta que  más  docta  zampona  los  cante  ó  menos 
ruda  mano  los  celebre. 

DEL    AUTOR    A    Sü    LIBRO 

Soneto. 

Por  más  que  el  viejo  segador  usado 
la  hoz  extienda  por  la  mies  amiga, 
no  puede  tanto  que  de  alguna  espiga 
no  se  quede  el  rastrojo  acompañado. 

Aunque  el  corvo  arador  con  más  cuidado 
los  bueyes  rija  y  el  arado  siga, 
no  le  hace  tan  diestro  su  fatiga 
que  no  vaya  algún  sulco  desviado. 

Y  tú.  Pastor,  que  con  tan  pobre  apero, 


de  los  humildes  campos  te  retiras, 
lleno  de  faltas,  sin  enmienda  alguna, 

Si  te  llamaren  rústico  y  grosero, 
tendrás  paciencia,  pues,  si  bien  lo  miras, 
aquesta  es  mi  disculpa  y  tu  fortuna. 

DE    PEDRO    DE   MENDOZA 

Sonrio. 

Este  Pastor  en  quien  el  cielo  quiso 
resumir  el  primor  de  los  pastores, 
que  aunque  son  de  los  campos  sus  primores, 
do  vive  Amor  no  ha  de  faltar  aviso. 

Por  tal  Pastor  se  vuelve  paraíso 
la  ribera,  caudal  de  amor  y  amores; 
por  tal  Pastor  merecen  más  loores 
los  pastores  del  Tajo  que  el  de  Anfriso. 

;0h  tú  sola,  sin  par  Filida  bella, 
y  tú.  Pastor,  gentil  que  su  renombn» 
tomaste  por  triunfo  verdadero, 

Ella  es  digna  por  ti,  más  tú  por  ella, 
ella  de  ser  del  Tajo  eterno  nombre 
y  tú  de  sus  pastores  el  primero! 

DE    DIEGO    MESSIA   DE    LASSARTE 

Soneto. 

Agradar  al  discreto,  al  más  mirado, 
al  necio,  al  maldiciente,  al  envidioso, 
medir  los  gustos  de  cortés  curioso, 
¿cómo  podrá  un  Pastor  con  su  cayado* 

En  su  querido  albergue  del  ganado 
trate  y  cuide,  si  el  pasto  le  es  dañoso, 
de  FiLiDA  su  bien,  sólo  cuidoso, 
y  de  otro  fin  ajeno  y  descuidado. 

Pastor,  este  es  oficio  de  pastores; 
pero  quien  os  leyere,  dirá  al  punto 
que  sois  un  nuevo  cortesano  Apolo. 

Con  fama  tal,  del  uno  al  otro  polo, 
viviréis  agradando  á  todos,  junto 
discretos,  envidiosos,  detractores. 

DE    DON    Lí»RENZO    SUArEZ    DE    MENDOZA 

Soneto. 

Pastor,  si  estáis  de  serlo  tan  ufano, 
¿cómo  en  las  cort3S  os  habéis  metido-.' 
y  si  sois  cortesano  conocido, 
¿para  qué  es  bueno  el  traje  de  villano? 

Si  tocáis  el  rabel  con  ruda  mano, 
¿cómo  sale  de  cíthara  el  sonido? 
y  si  sois  con  los  árboles  nacido, 
¿quién  os  mostró  el  lenguaje  ciudadano? 

Pastor,  quiero  deciros  lo  que  siento, 
después  de  descifrar  vuestros  primores 
y  do  llegar  con  vos  casi  á  las  manos. 

Que  Filida  os  ha  dado  sor  y  aliento 
para  ser  el  mejor  de  los  pastores 
y  el  más  discreto  de  los  cortesanos. 


484 


orígenes  de  la  novela 


DE   OREQORIO   I>B   QODOY 

Soneto. 

Pabtob,  que  por  ovejas  ha  escogido 
dulces  cuidados,  altos  pensamientos, 
aunque  la  leche  y  queso  sean  tormentos, 
sola  firmeza  su  cayado  ha  sido. 

No  es  mucho  que,  cansado  del  exido, 
se  venga  á  los  ilustres  aposentos, 
que  es  agradable  y  soulo  sus  intentos, 
y  es  bien  morir  á  donde  fué  naoido. 

Por  él  puede  decirse  sin  defecto 
que  80  el  sayal  hay  al,  pues  si  queremos 
apartarle  el  rebozo  con  cuidado, 

Un  Gálvbz  db  Montalvo  hallaremos, 
tan  hidalgo  y  galán  como  discreto 
y  tan  discreto  como  enamorado. 

DE    DON    FRANCISCO    LASSO    DB   MENDOZA, 
SEÑOR    DE    JUNQUERA 

Soneto. 

Si  al  claro  ilustre  son  que  con  victoria 
tan  célebre  robó  al  olvido  y  muerte 
los  hechos  grandes  de  aquel  griego  fuerte 
tuvo  Alejandro  envidia  tan  notoria, 

Tuviérala  mayor  á  la  alta  gloria 


de  los  pastores  que  do  el  Tajo  vierte 
habitan,  pues  les  da  el  cielo  por  suerte 
quien  alce  á  más  grandeza  sa  memoria. 

Y  á  ti.  Tajo  mayor,  qne  por  tu  arena 
dorada  al  Histro  y  Ganges  igualabas, 
mas  ya  tu  nombre  cielo  y  tierra  llena. 

Perlas,  oro  y  rubis  es  cuanto  lavas, 
pues  Montalvo,  con  rica  heroica  vena, 
te  enriquece  del  bien  que  no  alcanzabas. 

DBL    DOCTOR    OAMPUZANO 

Soneto. 

Hallar  del  Nilo  la  primera  fuente 
procuraba  Nerón  con  gran  trabajo. 
¡Oh!  quién  me  descubriesse  l.i  del  Tajo, 
avenidÜEi  de  amor,  rica  corriente. 

El  Pindó  debe  ser  en  Oriente, 
de  allí  desciende  por  su  falda  abáxo, 
dejemos  sus  rodeos,  quel  ataxo 
más  breve  es  esperarle  en  Occidente. 

¿Dónde  está  eato,  Pastor?  quiero  gustalle 
aquí  es  el  agua  dulce,  aquí  se  cria 
aquel  licor  del  monte  soberano. 

Este  solo  Pastor  basta  á  loalle, 
y  á  tal  Pastor  ninguno  bastaría, 
y  ansí  lo  dejo  por  trabajo  vano. 


FIN    DEL    PASTOR   DE   FILIDA 


..  Jl 


COLLOOUIOS  SATÍRICOS 


HECHOS  POR 


ANTONIO  DE  TORQUEMADA 

SECRETARIO  DEL  YLLU8TRISSIM0  SEÑOR  DON  ANTONIO  ALFONSO  PIMENTEL,  CONDE  DE  BENA VENTE 

DIRIGIDOS 

AL  MUY  YLLÜSTRE  Y  MUY  EXCELENTE  SEÍÍOR  DON  ALONSO  PIMENTEL 
PRIMOGÉNITO  Y  SUCESSOR  EN  Sü  CASA  Y  ESTADO 

^4  continuacwn  se  detallan  kis  materias  que  se  traetan  en  e^9tos  siete  colloquios. 


Colloquio  primero^  eu  que  se  tratan  los  da- 
ños corporales  del  juego  y  aun  espirituales, 
persuadiendo  á  los  que  lo  tienen  por  vicio  que 
se  aparten  del,  con  razones  muy  snffícientes  y 
provechosas  para  ello,  en  que  hallarán  todas 
quantas  cautelas  y  engaños  que  los  malos  ju- 
gadores usan  y  se  aprovechan  dellas  en  todo 
género  de  juegos. 

El  segundo  colloquio  trata  lo  que  los  médi- 
cos y  boticarios  están  obligados  á  hazer  para 
cumplir  con  sus  ofñcios  y  conciencias.  Assi 
mesmo  se  ponen  las  faltas  que  ay  en  ellos  para 
daño  de  los  enfermos,  declarando  las  faltas  y 
Inerros  que  hazen,  con  muchos  avisos  necesa- 
rios y  provechosos;  divídense  en  dos  partes:  en 
la  primera  se  trata  lo  que  toca  á  los  boticarios; 
en  la  segunda,  lo  de  los  médicos. 

Colloquio  tercero^  en  que  se  tratan  las  exce- 
lencias y  perfíción  de  la  vida  pastoril  para  los 
que  quieran  seguirla,  provándolo  con  muchas 
razones  naturales  y  auctoridades  y  exemplos 
de  la  Sagrada  Escriptura,  y  de  otros  autores. 
Es  muy  provechoso  para  que  las  gentes  no  vi- 
van descontentas  con  la  pobreza,  ni  pongan  la 
felicidad  y  bienaventuranza  en  tener  grandes 
riquezas  y  gozar  de  grandes  estados. 

Colloquio  cuarto^  que  trata  de  la  desorden 
que  eu  este  tiempo  se  tiene  en  el  mundo,  y 
principalmente  en  la  christiandad,  en  el  comer 
y  beber,  con  los  daños  que  dello  se  siguen  y 
quán  necessario  sería  poner  remedio  en  ello. 

Colloquio  quinto^  que  trata  de  la  desorden 


que  en  este  tiempo  se  tiene  en  los  vestidos,  y 
quán  necessario  seria  poner  remedio  en  ello. 

Colloquio  sexto,  que  trata  de  la  honrra  del 
mundo,  dividido  en  tres  partes:  En  la  primera 
se  contiene  qué  cosa  es  la  verdadera  honrra,  y 
como  la  que  el  mundo  comúnmente  tiene  por 
honrra  las  más  vezes  se  podría  tener  por  más 
verdadera  infamia. 

En  la  segunda  se  tratan  las  maneras  de  las 
salutaciones  antiguas  y  los  títulos  antiguos  en 
el  escrevir  loando  lo  uno  y  lo  otro  y  burlando 
de  lo  que  agora  se  usa. 

En  la  tercera  se  trata  una  quistión  antigua 
y  ya  tratada  por  otros,  sobre  quál  sea  más 
verdadera  honrra,  la  que  se  gana  por  el  valor 
y  merecimiento  de  las  personas  6  la  que  pro- 
cede de  los  hombres  por  la  decendencia  de  sus 
passados.  Es  colloquio  muy  provechoso  para 
descubrir  el  engaño  con  que  las  gentes  están 
ciegas  en  lo  que  toca  á  la  honrra. 

Colloquio  sétimo.  Pastoril  en  que  un  pastor 
llamado  Torcato  cuenta  á  otros  dos  pastores 
llamados  Filonio  y  Brisaldo  los  amores  que 
tubo  con  una  pastora  llamada  Belisia.  Ya  com- 
puesto en  estilo  apacible  y  gracioso;  y  contie- 
ne en  sí  avisos  provechosos  para  que  las  gen- 
tes huyan  de  dexarse  vencer  del  amor,  tomando 
enxemplo  en  el  fin  que  tuvieron  estos  amores, 
y  el  pago  que  dan  á  los  que  ciegamente  los  si- 
guen, como  se  podrá  ver  en  el  proceso  deste 
colloquio. 

Fin  de  la  tabla. 


1 


4>*í> 


orígenes  de  la  novela 


Vo  el  maestro  Alexio  Yenf^gñ^  he  lejdo 
todo  ííste  libro,  y  lo  que  del  niL*  partísce  es  que 
los  colli^qui^rs  satíricos  son  diurnos  de  ser  im- 
pressos  para  que  vengan  en  la^  manos  de  todos, 
|»orqu"  jjoii  ijiüj  aY¡sa<lauientL'  f'scritos  y  son 
muy  proveclio<i08,  con  que  no  .<'.'  dexen  ali^unas 
correscionc?,  que  aunque  S')ii  pocas,  algunas 
son  sustam.'iales. 

IV'l  cmIíxjiiío  pastoril  diiío  que  «'1  estilo  sabe 
no  S' llaman  te  de  pastores,  más  aun  de  muy 
leyi'»«  ciuiadanos,  en  el  que  aunque  ay  algu- 
nos htísos  contra  el  amor,  especialmente  en  la 
ti'p'fra  parte  ay  muchas  celadas,  que  enseñan  á 
amur  á  los  ignorantes,  por  donde  no  selesdebría 
dar  arte  para  osar  emprender  1«>  que  ignorancia 
no  iiiiprcndería,  mas  si  se  hubic^se  de  imprimir 
vni:i  <'on  las  enmiendas  que  en  él  se  hizieron. 

Ale. -¡o  Vf-negas. 

KL    PRÍNCIPK 

Por  quanto  per  parte  de  vos  Antonio  de 
Torqueniada,  criado  del  conde  de  B»^navente, 
nos  ha  sido  hecha  relación  que  vos  habéis  he- 
cho en  prosa  castellana  unos  colbx^uios  satíri- 
cos con  un  coiloquio  pastoril  al  cabo,  suplicán- 
donos y  pidiéíidímos  por  merced  que  teniendo 
consideración  al  trabajo  que  en  componer  la 
dicha  obra  h'ibevs  tenido  os  diéssemos  licencia  v 
mandás!«emos  que  vos  6  la  persona  6  personas 
que  vuestro  p«MÍ<;r  oviiíssen  y  no  otras  algunas 
puedan  imprimir  ni  vender  los  dichos  collo- 
qaios  en  estos  reynrw  y  señoríos  de  la  corona 
de  (!astilla  ni  traellos  á  vender  de  fuera  dellos 
ó  como  la  uui'Stra  mercwl  fuere,  y  porque  ha- 
biéndose vist^  los  dichos  colloíiuios  por  nues- 
tro mandadlo  paresció  que  de  imprimirlos  no  se 
BÍgnía  niri<^ún  incombiniente,  por  la  presente 
os  damos  licencia  y  facultad  y  mandamos  que 
TOS  ó  la  persona  ó  personas  que  vuestro  poder 
ubieren  y  no  otras  algunas  puedan  imprimir  ni 
vender  ni  impriman  ni  vendan  los  dichos  coUo- 
quios  en  los  dichos  reynos,  señoríos  de  Castilla 
ni  traellos  de  fuera  dellos  por  tiempo  de  diez 
años  primeros  siguientes,  que  se  cuenten  desdel 
día  de  la  fecha  desta  mi  cédula  en  adelante,  so 
pena  que  la  persona  6  personas  que  sin  tener 
vuestro  pcvler  para  ello  lo  imprimieren  6  hizie- 
ren  imprimir  y  lo  vendieren  ó  hizieren  vender 
)ii(*rdan  t^Kla  la  impresión  que  hizieren  ó  ven- 
dieren y  los  moldes  y  aparejos  con  que  lo  hi- 
-«ícren,  y  más  incurra  cada  uno  en  pena  de 
treynta  mil  maravedís  por  cada  vez  que  lo  con- 
trario hiziere,  la  qual  dicha  pena  se  reparta  en 
esta  manera:  la  tenna  parte  para  la  persona 
que  lo  acusare,  y  la  otra  tercia  parte  para  el 
juez  (¿ue  lo  sentenciare,  y  la  otra  tercia  parto 
para  nuestra  cámara  y  fisco,  y  mandamos  que 
cada  pliego  de  molde  de  la  dicha  obra  se  venda 


al  precio  que  por  los  del  Consejo  de  Su  Ma- 
jestad fuere  tasado,  y  mandamos  á  los  del 
dicho  Consejo  de  Su  Majestad,  presidentes  y 
oydores  de  sus  audiencias,  alcaldes,  al^raazí- 
les  de  la  casa  corte  y  chancíllerías  y  i  todos  k» 
corregidores,  assistentes,  gobernadores,  alcal- 
des, alguaziles,  prebostes,  merinos  y  otras  mn- 
chas  justicias  y  juezesqualesqnierdestos  nues- 
tros reynos  y  señorita  que  guarden  y  cumplan, 
y  hagan  guardar  y  cumplir  esta  nuestra  c«lala 
y  contra  lo  en  ella  contenido,  do  vayan,  ni  pis- 
sen,  ni  consientan  hir  ni  passar  en  tiempo 
alguno  ni  por  alguna  manera  so  pena  de  li 
nuestra  merced  y  de  diez  mil  maravedís  parí 
la  nuestra  cámara  á  cada  uno  que  lo  contruio 
hiziere.  Fecho  en  Segovia  á  diez  de  abril  de 
mil  y  quinientos  y  cinquenta  y  dos  años. 

Yo  el  Principe, 
Pttr  mandado  de  Su  Alteza,  luaK  Vósf  vi»;. 

AL  MCV  EXCELENTE  SEÑOE  DON  ALOKSO  PI- 
MENTEL.  PRIMOGÉNITO  SUGE8SOR  EN'  EL  ES- 
TADO DE  ItENAVENTE,  ETC.,  Ifl   SEÑOR. 

Doctrina  es  común  de  todos  los  filósofos, 
muy  excelente  señor,  que  aquello  que  se  trata 
en  la  niñez  y  tierna  edad  de  los  hombres  es  lo 
((ue  más  se  imprime  en  ell  alma  y  hace  aposen- 
to en  la  condición,  quedando  como  el  sello  en  la 
cera,  que  muestra  las  armas  señaladas  en  ella 
como  en  él  estaban  esculpidas,  y  assí  todos  los 
([ue  desean  (¿ue  sus  hijos  sean  bien  enseñados, 
habrían  de  procurar  que  la  primera  conversación 
f  uesse  tal  que  della  pudiessen  tomar  buenos  en- 
xemplos  y  aprender  buenas  costuml>res,  porque 
esta  era  ley  que  los  atenienses  guardaban  en  sa 
república  de  tal  manera,  que  muchas  veces  si  los 
padres  eran  viciosos,  les  quitaban  los  hijos  de 
su  poder  para  que  no  so  estragassen  y  corrom- 
piesen con  sus  vicios.  La  conversación,  vuestra 
excelencia  la  tiene  tal  en  sus  illustrissimos  pa- 
dres, que  todo  el  mundo  con  muy  justa  razón 
los  puede  tener  ante  sus  ojos  por  perfectíssimo 
dechado  de  virtudes.  Y  porque  el  tiempo  que 
vuestra  excelencia  se  hallase  en  ociosidad  deUa, 
en  ninguna  cosa  mejor  puede  emplearlo  que  en 
leer  los  libros  que  hay  escritos,  de  adonde  se  pue- 
den sacar  buenos  exemplos  y  doctrina,  los  cua- 
les, aprendidos  en  la  edad  de  siete  años  que 
vuestra  excelencia  tiene,  hacen  raíces  en  el  alma 
para  todo  el  tiempo  de  la  vida,  tomé  yo  atrevi- 
miento para  poner  en  sus  manos  estos  eolio- 
quios  en  que  se  reprehenden  algunos  vicios  j 
se  da  á  entender  el  daño  que  sigue  dellos,  pan 
que  si  alguna  vez  viniesen  disfrazados  puedan 
mejor  couoscerse,  y  sepa  vuestra  excelencia 
apartarlos  de  si  y  de  sus  repúblicas  cuando  nues- 
tro señor  fuese  servido  que  Ycng^  á  tener  el 
gobierno  dellas.  Y  á  los  que  les  paresciere  qoe 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


487 


yo  hago  yerro  en  sacar  á  luz  una  obrecilla  qne 
no  tiene  mayor  bien  qne  estar  debajo  del  ampa- 
ro y  favor  que  para  ello  ha  tomado,  responder- 
les he  con  lo  que  Sant  Pablo  dice:  que  todas 
las  cosas  que  están  escritas  se  escribieron  para 
nuestra  doctrina,  y  assí  podrán  inmitar  lo  bueno 
que  dixeso  y  huir  de  lo  que  vieren  qne  es  malo; 
pue?  mi  intención  ha  sido  buena  para  no  ser 
mal  juzgada  porque  todo  en  fin  es  acertar  á  ser- 
vir á  vuestra  excelencia  como  lo  hago  agora  en 
servicio  del  conde  mi  señor  y  de  la  condesa  mi 
señora,  á  quien  nuestro  Señor  dé  tan  larga  vida 
y  con  tan  gran  prosperidad  como  sus  humildes 
criados  deseamos,  para  que  con  ella  pueda  au- 
mentar su  señorío  y  estado  y  dexar  á  vuestra 
excelencia  por  sucessor  en  ellos,  como  lo  merece. 
Menor  y  más  obediente  criado  de  vuestra 
excelencia  que  sus  excelentí»s  manos  besa. 

AXTONIO  SÁNCHBZ  lOLI  EK  LOOR  DEL  AUTOR 

Mi  lengua  muy  torpe,  mi  muy  ruda  pluma, 
mi  poco  saber,  mi  grande  deseo 
agora  conviene  que  largo  resuma 
en  loor  de  persona,  que  con  mayor  suma 
de  lo  que  diré  merece  su  arreo. 

El  grande  tesoro  de  (*)  acerva  Siqueo 
no  se  compara  con  este  minero, 
el  oro  y  la  plata  parece  muy  feo 
delante  de  aqueste  á  quien  claro  veo 
Minerva  lo  tiene  por  su  tesorero. 

Las  minas  ó  venas  que  hobo  en  España 
de  oros  y  platas  y  de  otros  metales, 
al  grande  poder  por  fuerza  y  por  maña 
que  tenia  adquerido,  que  era  cosa  extraña, 
de  grandes  haciendas  y  ricos  cabdales. 

Si  el  rey  Hispan  fundó  cosas  reales 
y  hizo  otros  hechos  en  ella  famosos, 
ya  casi  que  vemos  por  tierra  los  tales; 
pero  aun  que  faltaron,  por  ser  terrenales, 
ya  han  adquirido  otros  más  frutuosos. 

El  oro  y  la  plata  al  fín,  fin,  fue  tierra, 
y  asina  se  halló  sin  trabajo  poner 
las  minas  que  ora  hay,  Tritona  las  cierra; 
no  se  abren  á  nadie  sino  á  pura  guerra 
que  el  que  las  quisiere  con  si  ha  de  traer. 

En  esto  está  firme  España  y  su  ser, 
toda  bordada  de  sublimes  ciencias 
que  están  en  personas  de  mucho  valer, 
y  de  los  qne  hay,  podremos  creer 
vos  sois  el  uno  de  más  preeminencias. 

V  no  08  doy  aquellas  que  os  debria  de  dar 
según  que  se  debe  á  su  merecimiento, 
que  seria  manera  de  nunca  acabar 
un  impríncipio  de  siempre  contar 
y  al  cabo  que  falte  la  suma  y  el  cuento. 

Porque  habéis  fundado  tan  hondo  secreto 

(*)  li^rece  que  ha  de  nf  que. 


de  dichos  subtiles,  avisos  y  cosas, 
que  cualquier  curioso  de  noble  talento 
si  los  nota  bien  verá  lo  que  siento 
ser  digno  de  fama  y  honrra  gloriosas. 

Todos  los  vicios  que  están  embaucados 
de  aquellos  que  piensan  apenas  se  engañan 
reciban  v  noten  los  vuestros  dechados, 
que  allí  entenderán  como  andan  burlados, 
verán  si  coligen  los  bienes  qne  apañan. 

E  los  que  otros  puntos  también  amarañaa 
mirando  muy  bien  lo  que  va  apuntando 
á  sí  mesnios  cierto  temen  que  se  dañan; 
de  donde  sucede  qup  muchos  se  ensañan 
á  Dios  maldiciendo  no  habiendo  pecado. 

Vale,  autor  charissíme, 

EL    IMPRESOR    Á    LOS    LECTORES    SOBRE    LA 
CORRECCIÓN  DE  LOS  LIBROS 

Es  costumbre  tan  usada  en  cualquiera  que  lee 
un  libro,  si  halla  algunos  defetos  ó  mentiras  ó 
letras  mal  puestas  ó  unas  por  otras,  que  luego 
echan  la  culpa  al  impresor  que  lo  imprimió, 
sin  saber  sí  aciertan  ó  si  no,  que  como  ya  tiene 
esta  fama  no  habrá  nadie  que  se  la  quite,  y  para 
desengañar  los  que  asi  echan  la  culpa  á  los  im- 
presores determiné  avisarles  declarándoles  la 
manera  que  se  tiene  en  las  correcciones;  y  ha- 
béis de  saber  que  en  cualquier  euiplenta  hay  un 
corretor  asalariado  para  que  corrija  todos  los 
libros  que  se  imprimen,  y  éste  ha  detcnercnida- 
do  de  (corregir  todas  las  faltas  que  hulla  en  el 
original  y  que  se  liacen  en  la  emplenta,  y  asi,  si 
algunos  defetos  se  hacen,  son  á  cargo  del  corre- 
tor y  no  del  impresor,  y  asi  ninguno  se  debe 
de  maravillar  por  las  faltas  que  halla,  porque 
por  sí  mesmo  puede  juzgar  á  los  corretores:  es- 
táis («cribiendo  una  carta  á  donde  tenéis  todo 
vuestro  juicio  y  memoria  y  entendimiento,  á 
donde  no  tenéis  más  con  quien  entender  sino 
con  el  papel  y  la  pluma  y  tinta,  y  después  de 
escrita,  tornándola  á  leer  halláis  en  ella  harto 
que  tornar  á  enmendar,  y  aun  tomarla  á  trasta- 
das, cuanto  más  donde  hay  tantas  menudencias 
de  letra  que  no  basta  juicio  humano  para  hacer 
que  en  lo  que  se  imprime  no  lleve  defetos;  por- 
que por  mí  lo  he  visto  passar  dos  y  tres  veces 
y  aun  cuatro  una  prueba,  y  si  me  tomasen  jura- 
mento juraría  que  no  hay  en  ella  qué  corregir, 
y  tornarla  á  leer  y  hallar  en  ella  algunas  men- 
tiras ó  letras  mal  puestas,  y  aun  algunos  qne  me 
han  dado  obras  á  imprimir,  y  ellos  mismos  son 
corretores  de  sus  obras,  y  decirme  qne  en  sus 
obras  no  han  de  llevar  sola  una  mentira,  y  al 
cabo  de  impresa  la  obra  tomarla  á  pasar  el 
antor  y  hallar  tantas  que  estaban  espantados; 
assí  que  se  pasan  los  ojos  y  no  basta  nadie  á 
hacer  que  no  lleve  defetos,  aunque  más  mirar 
y  diligencia  tengan. 


488 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


] 


COLLOQUIO 


En  qiM  M  tratan  lot  daftof  corporales  del  juego,  persuadiendo  á 
loi  qne  ló  tienen  por  T¡do  qoe  se  aparten  del,  con  ratones 
mny  suficientes  y  provecliosas  para  ello. 

INTBBLOCUTOBSS 

Ltu8, —  Ántanio, —  Bernardo. 

Luis.  —  Verdaderamente,  señor  Antonio, 
aunque  la  profesión  ú  orden  de  vida  que  los 
hombres  toman  para  sustentarse,  á  lo  más  sea 
muy  áspera  y  trabajosa,  cuando  los  bienes  de 
fortuna  no  bastan  para  poder  yivir  con  ellos  con- 
forme á  la  calidad  de  sus  personas,  todas  me 
parecen  tolerables  y  que  con  mayor  paciencia 
se  pueden  sufrir  los  trabajos  que  acarrean  pu- 
diéndose passar  sin  venir  á  perder  su  propia 
libertad,  compelidos  y  apremiados  á  venderla 
por  dineros,  haciéndose  esclavos  y  muchas 
veces  por  muy  pocos,  siendo  esta  libertad  tan 
sin  precio  que  dice  Ovidio  della  que  no  se  vende 
bien  por  todo  el  oro  del  mundo. 

Antonio. —  Antigua  querella  es  esta  de 
todos  los  qne  viven  con  sefiores,  y  los  más  de- 
líos  tienen  poca  razón  de  agraviarse,  porque  de- 
más de  llevarles  sus  dineros  y  sustentarse  con 
hacienda  ajena,  hay  otras  ganancias  que  obligan 
á  dissimularlas  con  sobras  de  la  falta  de  liber- 
tad, porque  se  ganan  los  favores  en  las  necesi- 
dades, el  socorro  en  los  trabajos,  el  valor  y  rae- 
recimiento  en  las  personas,  que  si  bien  lo  con- 
sideráis, á  muchos  tenéis  mucho  respeto  por  ser 
criados  de  los  señores  qne  decís,  que  no  lo 
siendo  haciades  poco  caso  dellos. 

Luis. — Es  muy  gran  verdad  lo  que  habéis 
dicho,  pero  todavía  parece  gran  bien  vivir  los 
hombres  libres  si  tienen  posibilidad  de  ha- 
cerlo. 

Antonio.  —  Pocos  hay  que  la  tengan  que  no 
la  hagan,  y  los  que  no  lo  hacen  es  porque  pre- 
tendan otras  cosas  que  no  tienen  en  menos  que 
la  riqueza. 

LciH. — ¿Qué  cosas  son  esas? 

Antonio. — De  lo  que  he  dicho  lo  pudiése- 
des  haber  inferido.  La  honra,  la  autoridad,  la 
preminencia,  el  acatamiento  que  se  les  hace,  el 
respeto  que  se  les  tiene  por  causa  de  los  seño- 
res cou  quien  viven,  y  no  quiero  daros  exemplos 
desto  porque  serían  perjudiciales,  pues  no  pue- 
do decir  que  se  les  da  todo  esto  por  causa  ajena 
sin  mostrar  que  por  la  suya  no  lo  merecían. 

Luis. — Bien  sería  todo  ello  si  no  viniese  tan 
cargado  de  inconvenientes  que  apenas  puede  el 
provecho  y  honra  eon  ellos,  porque  si  hacéis 
algún  delito  ó  cosa  por  donde  merezcáis  ser 
castigado  en  tierra  del  señor  con  quien  vivís, 
mayor  es  el  rigor  que  se  usa  con  vos  que  en 


otra  parte  ninguna;  porque  dicen  que  eos 
el  castigo  de  su  criado  dan  msjor  eziemploá 
sus  subditos,  y  assí  estáis  con  obligadón  de 
vivir  más  recatado  y  con  mayor  stíso.  Y  lo 
que  peor  es  que,  conociendo  esto  los  Ttaalloi, 
tienen  en  poco  á  los  criados  de  los  señora, 
desacatándose  con  ellos  y  tratándolos  con  poeo 
respeto,  y  éstos  porque  saben  que  los  han  de 
sufrir,  y  que  por  no  dar  ocasión  á  que  el  seto 
se  enoje  con  ellos  y  aun  por  Tentara  loe  des- 
pida, sufren  mu'^has  veces  más  de  lo  que  seris 
justo. 

Antonio. — Los  señores  que  e^so  permita 
no  pueden  excusarse  de  culpa  mientras  asi  lo 
hicieren,  pues  es  ley  universal  de  naturaka 
que  haya  unas  personas  preferidas  á  otru,  y 
los  que  quieren  tan  grande  igualdad  en  sos  tie- 
rras, yerro  es  manifiesto  que  hacen.  Pero  de- 
béis engañaros,  que  si  algunas  reces  los  sefio- 
res muestran  querer  esa  igualdad  no  es  pan 
más  de  quitar  la  ocasión  á  los  criados  qne  do 
se  ensoberbezcan  ni  traten  ásperamente  á  los 
vasallos,  pensando  que  con  servirles  tienen  li- 
bertad para  ello. 

Luis. — No  sé  lo  que  teng^  por  peor;  una  cost 
quiero  que  me  confeséis. 

Antonio. — ¿Qué  cosa? 

Lcis.-  Que  no  conoscen  los  señores  el  Imen 
servicio  que  tienen. 

Antonio. — ¿Cómo  es  eso.' 

Luis. — Yo  os  lo  diré.  Porque  nunca  supie- 
ron ser  mal  servidos:  tiene  uno  de  nosotros  un 
mozo  ó  dos  ó  tres,  que  á  cada  paso  que  les 
decimos  ó  mandamos  alguna  cosa  fuera  de  su 
voluntad  se  agravian  en  nuestra  presencia  j 
nos  dicen  palabras  sueltas  y  libres,  y  mnchas 
veces  se  desvergüenzan  á  re8)x>nder  que  no 
quieren  hacer  lo  que  se  les  manda,  y  aun  algu- 
nas con  palabras  iguales.  Y  todo  esto  sufrimos 
y  passamos  y  disimulamos,  que  no  es  menester 
poca  paciencia  para  ello. 

Antonio. — ¿Y  qué  es  la  causa  que  la  te- 
nemos? 

Luis. — Ser>' irnos  nosotros  de  gente  ruin, 
desvergonzada  y  desenfrenada,  y  que  se  les  di 
poco  vivir  hoy  con  uno  y  mañana  con  otro.  Y 
si  no  hallan  amos,  pedirlo  por  Dios  ó  tomar 
cordel  y  ser  ganapanes.  Y  si  nosotros  los  des- 
pedimos, no  hallamos  otros  mejores,  y  por  ven- 
tura serían  de  peor  condición ;  pero  los  señores 
que  se  sirven  de  hombres  que  tienen  y  temen 
la  honra,  no  pasan  por  este  trabajo,  qne  con  ser 
buenos  y  hijos  de  bUenos,  demás  de  no  hacer 
vileza,  procuran  tener  contento  siempre  al  se- 
ñor con  quien  viven,  sufriendo  sus  desabrimien- 
tos, sus  importunidades  y  sus  condiciones,  qu? 
son  muchas  veces  fuera  de  todos  términos  de 
razón,  porque  saben  que  han  de  salir  con  todo 
lo  que  quieren,  sin  que  sus  criados  se  lo  con- 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


489 


tradigan  ni  dexcn  de  camplir  lo  qae  les  manda, 
sea  bueno  ó  malo,  justo  6  injusto,  ¿y  qué  pen- 
sáis que  lo  hoce?  La  vergüenza  y  la  virtud  que 
tienen;  de  manera  que  la  mayor  ventaja  que 
nos  hacen  los  principes  y  señores  es  servirse  de 
buenos  y  hijos  de  buenos  y  que  procuran  hacer 
y  sufrir  como  buenos,  y  nosotros  somos  servi- 
dos de  gente  ruin  y  de  ruines  costumbres  y  in- 
clinaciones. Asi  que  si  aquellos  á  quien  ser- 
vimos mirasen  y  pusiessen  ante  sus  ojos,  una 
cosa  tan  áspera  y  terrible  como  es  que  nega- 
mos nuestra  propia  inclinación  y  voluntad  por 
seguir  la  ajena;  y  muchas  veces  tan  fuera  de 
razón  y  de  propósito  parecerles  ya  poca  recom- 
pensa el  salario  por  grande  que  fuesse,  y  holga- 
rían de  disimular  algunas  flaquezas,  si  en  nos- 
otros las  hubiese,  en  lo  que  toca  á  su  servicio, 
y  juntamente  con  esto  caerían  en  la  cuenta  de 
la  obligación  que  tienen  de  hacer  merced  á  los 
que  bien  y  con  trabajo  les  sirven. 

Antonio. — Ese  es  el  mayor  que  los  servi- 
dores padescen,  á  lo  menos  aquellos  que,  como 
habéis  dicho,  son  criados  de  grandes  señores  y 
principes,  porque  no  sirven  tanto  por  el  galar- 
dón y  premio  que  les  dan  de  su  salario  y  par- 
tido, como  por  la  esperanza  que  tienen  de  ser 
remunerados  en  beneficios  y  mercedes.  Y  mu- 
chas veces  les  pasa  la  vida  bebiendo  los  vien- 
tos como  camaleones  y  cebándose  en  esperan- 
zas vanas,  sin  sacar  más  fruto  ni  provecho  de 
hallarse  burlados. 

Luis. — No  tienen  de  esso  los  señores  toda 
la  culpa. 

Antonio. — ¿Cómo  no?  Pues  los  servidores 
¿hacen  por  su  parte  lo  que  son  obligados? 

JjUis. — Yo  os  lo  diré:  mucho  está  en  ser 
unos  venturosos  y  más  bien  afortunados  que 
otros,  digo  cuanto  á  la  opinión  de  algunos, 
que  la  verdad  católica  no  lo  consiente;  mas  pro- 
siguiendo en  alguna  manera  la  vulgar  opinión, 
para  que  mejor  lo  entendáis,  quiero  deciros  en 
breves  palabras  que  cuando  niño  me  acuerdo 
que  me  contaron.  Un  rey  que  hubo  en  los  tiem- 
pos antiguos,  cuyo  nombre  no  tengo  memoria, 
tuvo  un  criado  que  le  sirvió  muchos  años  con 
aquel  cuidado  y  fidelidad  que  tenia  obligación, 
y  viéndose  ya  en  la  vej'*z  y  que  otros  muchos 
que  habian  servido  tanto  tiempo  ni  tan  bien 
como  él  habian  rccebido  grandes  premios  y 
mercedes  por  sus  servicios,  y  que  él  sólo  nunca 
había  sido  galardonado  ni  el  rey  le  había  he- 
cho merced  ninguna,  acordó  de  irse  á  su  tierra  y 
passar  la  vida  que  le  quedaba  en  granjear  un 
poco  de  hacienda  que  tenia.  Para  esto  pidió  li- 
cencia y  se  partió,  y  el  rey  le  mandó  dar  una 
mola  en  que  fuesse,  considerando  que  nunca  ha- 
bía dado  nada  á  aquel  criado  suyo,  y  que  tenien- 
do razón  de  agraviarse  se  iba  sin  haberle  dicho 
ninguna  palabra.  Y  para  experimentar  más  su 


paciencia  invió  otro  criado  suyo  que,  haciéndose 
encontradizo  con  él,  fuese  en  su  compañía  dos 
ó  tres  jornadas  y  procurase  entender  si  se  tenia 
por  agraviado.  El  criado  lo  hizo  así,  y  por  mu- 
cho que  hizo  nunca  pudo  saber  lo  que  sentía, 
más  de  que  passando  por  un  arroyo  la  umla  se 
paró  á  orinar  en  él  y  dándole  con  las  espuelas 
dixo:  Arre  allá,  muía,  de  la  condición  de  su 
dueño,  que  da  donde  no  ha  de  dar.  Y  passando 
de  la  otra  parte  aquel  criado  del  rey  que  le  se- 
guía, sacó  una  cédula  suya  por  la  cual  man- 
daba que  se  volviesse  y  lo  hizo  luego;  y  puesto 
en  la  presencia  del  rey,  el  cual  estaba  infor- 
mado de  lo  que  había  dicho,  le  preguntó  la 
causa  que  le  había  movido  decir  aquello.  El 
criado  le  respondió  diciendo:  Yo,  señor,  os  he 
servido  mucho  tiempo  lo  mejor  y  más  leal- 
mente  que  he  podido;  nunca  me  habéis  hecho 
merced  ninguna,  y  á  otros  que  no  os  han  ser- 
vido les  habéis  hecho  muchas  y  muy  grandes 
mercedes,  siendo  más  ricos  y  que  tenían  menos 
necesidad  que  yo,  y  así  dixe  que  la  muía  era  de 
vuestra  condición,  que  daba  donde  no  había  de 
dar,  pues  daba  agua  al  agua,  que  no  la  había 
menester,  y  dexaba  de  darla  donde  habia  nece- 
sidad della,  que  era  en  la  tierra.  El  rey  le  res- 
pondió: ¿Piensas  que  tengo  yo  toda  la  culpa? 
La  mayor  parte  tiene  tu  ventura;  no  quiero  de- 
cir dicha  ó  desdicha,  porque,  de  verdad,  estos 
son  nombres  vanos,  mas  digo  ventura,  tu  ne- 
gligencia y  mal  acertamiento  fuera  de  razón  y 
oportunidad;  porque  lo  creas  quiero  que  hagas 
la  experiencia  dello.  Y  assí  lo  metió  en  una 
cámara  y  le  mostró  dos  arcas  iguales  y  igual- 
mente aderezadas,  diciéndole:  la  una  está  llena 
de  moneda  y  joyas  de  oro  y  plata,  y  la  otra  de 
arena:  escoge  una  de  ellas,  que  aquélla  llevarás. 
.  El  criado,  después  de  haberlas  mirado  muy 
bien,  escogió  la  de  la  arena,  y  entonces  el  rey  lo 
dixo:  Bien  has  visto  que  la  fortuna  te  hace  el 
agravio  también  como  yo;  pero  yo  quiero  poder 
esta  vez  más  que  la  fortuna,  y  assi  le  dio  la 
otra  arca  rica,  con  que  fue  bienaventurado. 

Antonio. — Entendido  he  lo  que  ahí  queréis 
inferir,  y  lo  que  yo  querría  es  que  de  la  misma 
manera  hiciesen  conmigo,  que  no  soy  más  di- 
choso que  esse. 

Luis. — Todavia  quiero  decir  que  los  criados 
tenemos  la  culpa  de  que  los  señores  se  descui- 
den de  hacernos  merced,  porque  nosotros  les 
damos  mucha  ocasión  para  ello. 

Antonio.— ¿Cómo  es  esso? 

Luis. — Yo  os  lo  diré.  ¿Pareceos  que  es  bien 
lo  que  los  criados  por  la  mayor  parte  hacen, 
que  es  agraviarse  siempre  de  aquellos  á  quienes 
sirven  diciendo  mal  y  blasfemar  dellos  públi- 
camente y  donde  quiera  que  se  hallan,  como  si 
fuessen  sus  mortales  enemigos,  porque  no  les 
dan  cuanto  tienen  y  porque  no  les  hacen  cada 


'1 


4  JO 


ORIÜEXES  DE  LA  NOVELA 


■Ha  mer-'.-do?  oiU'i  si  Jr  ¡u«-ro  se  las  «lebicsen 

A  VTOSio. — X'»  aiaiMj  _vm  á  I^ia  qu»^  osím)  hacen 
V  es  la  Uiüror  iu!tj  qii>'  piitUi.'  hai.»«=T  t'n  los  ser- 
vidor-?, ¿i  rct-iU'ii  la  justa  n.voa)p*.'nsa  d-.*  su  ser- 
^icio  »."i  A  partiii.)  t  en  otras  cosas;  p*ro  asi 
i.-oiiio  d'rj'}  e-t-i  de  l'»5  que  se  agravian  sin  ra- 
zón, q  li-'r  sairar  á  !••>  que  la  tinnen  con  aquel 
irxi'iíiíi!')  de  PniJii» '.  r»íV  d*  Ma:ed'>nia.  el 
cual  turo  un  orialu  llainadi»  Nicanor,  dv  quien 
fué  mar  l'i»^n  s»rrviil'.»,  v  como  n»»  n-vihia  el  ^a- 
lardón  cotí  forme  á  sus  senricios,  comenzó  á 
desenfrenar  la  leiii;aa  v  á  di-cir  mal  del  rtv, 
tan  lil're  r  sueltamenu*  donde  quiera  que  se 
liallaba,  que  un'»s  privados  de  PhiIi}H>  que  le 
ojtrron  s**  l«i  fueron  á  decir:  a^rraviando  el  ne- 
gocia y  pareciéiidoles  que  no  cumpiíau  con  me- 
nos, le  inducían  á  que  le  castigase  irravemente 
y  Itf  d»-5i»*rraí>e  de  su  reino.  El  rey  dixo  que  él 
liaría  en  él  lo  que  convenía,  y  de  ahí  á  tres  ó 
cuatpi  días  hizo  muy  grandes  y  creci«las  mer- 
eedes  á  Nicanor.  V  passado  muy  \mjo  tiempo 
turnó  a  pret^uutar  á  aquellos  criadi.'S  suyos  si 
poríiaha  Ni'^anor  en  d'ti-ir  todavía  tantos  males 
del  como  solía.  Ellos  le  respondieron  que  antes 
<lecía  y  pu tincaba  tantos  bienes  que  los  tt'uia 
maravillados  de  su  mudanza.  Y  el  rey  les  dixo 
enU^uiees:  A¡^3ra  veréis  qne  no  tenía  el  sólo  la 
culpa,  sino  yo,  pues  era  en  mi  mano  hacer  que 
dixese  bien  ó  mal  de  mi  v  no  lo  había  remediado 
hasta  agora. 

Antosio. —  Va  no  son  essos  tiempos,  ni  se 
usa  air«>ra  esa  manera  de  remedios,  aunque  no 
hay  menos  obii.L^aeión  que  entonces  para  que 
los  señores  tengan  más  cuenta  con  su  tamilia 
y  con  los  que  mayor  trabajo  pasan  en  su  ser- 
vicio, para  que  mejor  sean  remunerados.  Pero 
dexando  esta  materia,  «'no  veis  cuál  viene  Ber- 
nardo tan  pen-^ativo  y  triste  que  apenas  pu».Hle 
moverse,  la  color  mudada  y  levan tandi>  los  oji>s 
al  cielo  como  si  tuviesse  que  tratar  con  las 
nul>es? 

Luis. — No  trate  con  Dios  de  decir  aliruna 
blasfemia  entre  dientes,  que  á  lo  que  yo  entien- 
lo,  el  que  daba  poco  ha  jugado  y  debe  haber 
n  nlido  lo  que  tenía. 

Antonio  — ¡  Ah,  gentil  hombre,  por  acá  es 
"1  camino  si  no  vais  hu vendo  de  nosotros! 

Bernardo. — Antes  vengo  mejor  guiado  de 
lo  que  pensaba,  pues  he  venido  á  hallar  tan 
buena  conversación  para  pasar  el  día. 

Antonio. — Mejor  viva  yo  que  no  quisiérades 
vos  más  que  durara  lo  que  habéis  dexado  y  que 
vuestra  bolsa  os  prestara  más  aparejo.  Pero 
vos  hacéis  con  el  juego  lo  que  ella  hace  con  vos, 
que  le  dexáis  cuando  ella  dexa  de  daros  dine- 
ros, y  assí  creo  que  delu»  de  haberos  acaecido 
agora. 

Bernardo. — ¿En  qué  lo  veis? 

Antonio. — Vuestro  gesto  lo  dice  y  el  sem- 


I  I 


blante  que  traéis  maestra  qae  habéis  perdido  lo 
que  teuiades. 

Bbbkarik). — Fingaiera  á  Dios  que  no  foen 
más  de  esso.  y  de  lo  que  me  pesa  es  qoe  no 
sólo  perdí  lo  que  tenia,  pero  también  lo  de  mi» 
amiiros,  que  treinta  dncados  me  prestaron  j 
tampoco  me  dexaron  blanca  dellos. 

Luis. — ¿Pues  por  qné  dexaste  de  jugar.' 
Quizá  os  desquitárade^. 

Bernacdo. — Porque  no  liallé  quien  me  pres- 
taste mus  dineros. 

AsTONio. — Yo  lo  creo  bien,  qae  si  el  joego 
no  os  dexa  á  tos,  no  le  dexaréis  ros  á  á.  ¿Y 
quién  os  lo  ganó? 

Bernardo.  -  Raíz  y  G aerara  me  tntaroi 

m 

como  os  digo. 

Antonio. — lY  por  haber  perdido  habéis  de 
mostrar  essa  tristeza?  Péssanie  ra  qne  nadie  cf 
lo  sintiesse  pt^r  lo  que  toca  á  ruestra  bonn. 
Ya  yo  os  he  visto  perder  mayor  cantidad  y  no 
por  eso  dexasteis  de  quedar  muy  alegre  y  con- 
tento. 

Bernardo. — No  st^ráu  pocas  reces  las  qoe 
esso  me  ha  acaivido,  pero  entonces  queiiinme 
con  (|ué  prnler  tornar  á  jugar,  j  assi  no  sestil 
tanto  la  pérdida,  y  agora  ha  días  que  el  íaego 
me  tiene  fatigado,  y  no  solamente  lie  penÜdo 
cuanto  tengo,  pero  también  el  crétlito.  Porque 
ya  no  hallo  quien  me  pri-ste  un  ducado,  y  kv 
qne  agora  me  prestaron  fué  p'  irque  les  debii 
más  dineros,  y  quisieron  arenturallos  poqaen 
ganasse  se  los  pagasse  t«)dos.  Y  también  empe- 
ñé mi  palabra  que  lo  uno  y  lo  otro  b*s  pagana 
dentro  de  tea^ero  día,  lo  cual  puedo  tan  bies 
cumplir  como  volar  de  a(|uí  al  cielo. 

Luis. — Essa  es  la  mayor  pérdida.  Porque 
con  ello  perdéis  la  autoridad,  la  fe  que  babeii 
dado,  y  por  ventura  perderéis  los  amigos^  qne 
de  tales  se  os  volverán  enemiiras  no  cumplieiüdo 
con  ellos  lo  que  habéis  qaedado. 

Bernardo. — Ningtmo  se  obliga  á  la  impo- 
sible, y  si  no  lo  tengo,  como  suelen  decir,  el 
rey  me  hace  franco;  cuando  pudiere  les  pi^wí 
y  en  tanto  tengan  paciencia,  pues  yo  la  Itt- 
go,  no  me  quedando  qué  jugar,  y  lo  peor  es  qv 
gastar,  ni  con  qué  remediarme. 

Antonio. — Muy  mala  razón  es  essa,  Kfior 
Bernardo,  y  por  lo  mucho  que  os  quiero  vo 
querría  qne  la  dixérades  fuera  de  eutrc  nosotros 
pon|ue  seríades  mal  juzgado.  Y*^  pues  que  tur 
tas  veces  tenéis  expcríencia  de  los  males  y  di^ 
ños  y  desasosiegos  que  el  juego  trae  consigs^ 
dcbríades  moderaros  en  jugar,  y  aun  lo  mqoí 
sería  dexarlo  del  todo,  pues  habéis  risto  la  gt- 
nancia  que  sacáis  de  andaros  jugando  tods  h 
vida,  que  en  fin  no  la  podéis  sacar  mejor  qV 
todos  la  sacan,  la  caal  es  acabaros  de  perder 
del  todo  si  no  ponéis  remedio  en  lo  porreitiri 
pues  tenéis  tiempo  para  hacerlo. 


3 


\ 


L 


GOLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA  491 


Bernardo. — Por  Dios  que  me  parece,  señor 
Antonio,  que  queréis  contrahacer  al  raposo,  que 
se  vestía  en  hábito  de  fray  re  para  predicar  á  las 
gallinas;  nunca  vi  yo  rufián  que  después  de 
haber  dexado  el  oficio  por  faltarle  las  fuerzas  y 
aparejos  para  seguirle  trayendo  un  rosario  muy 
largo  de  agallones,  y  aun  á  las  veces  el  hábito 
de  hemiitaño,  mejor  supiese  hacer  del  hipócrita 
y  dar  á  entender  á  las  gentes  ser  un  sancto  sin 
'  pecado,  que  vos  lo  hacéis  agora  conmigo  como 
8Í  no  tuviese  noticias  de  vuestra  vida  ni  os  hu- 
biese conocido  hasta  agora.  Después  que  liabéis 
jugado  lo  vuestro  y  lo  de  vuestros  amigos,  y 
que  lo  habéis  tenido  por  oficio  toda  vuestra 
TÍda,  pensáis  de  hacerme  entender  que  es  muy 
mala  cosa  el  juego.  Muy  gran  traición  le  haréis 
;  siendo  vos  de  los  mayores  amigos  y  privados 
qne  él  ha  tenido  y  tiene,  tratarle  tan  mal  en  au- 
"  sencia;  pero  á  fe  que  ó  él  podrá  poco  ó  se  ven- 
"^  gara  de  vos  en  algún  tiempo. 

Antonio. — Ya  le  voy  yo  perdiendo  el  mie- 
do, aunque  no  puedo  negaros  no  ser  verdad  todo 
lo  que  habéis  dicho,  assi  dejásedes  vos  su  amis- 
tad como  yo  la  he  dexado.  Por  que  he  conocido 
^118  traiciones  y  falsedades,  sus  trapazas  y  sus 
engaños.  He  visto  esto,  hele  cobrado  odio  y 
enemistad  y  tan  ruin  voluntad,  que  de  muy 
grande  amigo  le  he  hecho  muy  grande  enemigo, 

Bernardo. — Ora  ya  que  poco  trabajo  sería 
Inencstv'r  para  que  retomasen  á  hacer  las  amis- 
tades. 

Antonio. — IJien  me  tenéis  entendido,  si  vos 
queréis  tener  paciencia  para  escucharme  un 
cnarto  de  hora  como  la  tenéis  para  jugar  ciu- 
eoenta  días  y  noches,  yo  os  mostraré  lo  que 
siento  del  juego  y  de  los  que  siguen  su  blande- 
la  para  que  entendáis  cuál  lexos  estoy  de  tor- 
nar á  caer  en  este  piélago,  y  por  ventura  podrá 
aprovecharos  á  vos  tanto  que,  aunque  no  sea 
mny  á  vuestro  salvo,  no  dexéis  de  saliros  á  buen 

-  tiempo  d^te  laberinto  en  que  andáis  tan  per- 
dido. 

Bernardo. — Mirad,  señor  Antonio;  si  me 

2 aeréis  predicar  los  males  y  daños  del  juego  y 
1  peligro  de  la  conciencia  de  los  que  juegan, 
'.  en  mi  posada  tengo  un  librillo  que  se  llama 
^  demedio  de  jugadores,  que  trata  esta  materia 
.  muy  copiosamente;  si  habéis  de  decirme  lo 
_  mismo  que  en  él  he  leído,  bien  podéis  dosde 
agora  excusaros  de  tomar  esse  trabajo. 

Antonio.— ¿Y  no  os  ha  aprovechado  nin- 

^  gana  cosa  lo  que  aquel  fray  re  os  aconseja? 

Bernardo. — No,  porque  con  ver  que   no 

hacia  al  propósito  de  mi  voluntad,  por  un  oído 

.me  entraba  y  pr.r  otro  me  salía;  porque  estoy 

determinado  de  no  ser  sancto  como  él  me  quiere 

Sliacer. 

Antonio. — Pues  si  no  os  aprovechó  lo  quél 

-  como   buen  frayre  y  muy  buen  teólogo  os  ha 


dicho,  por  ventura  os  aprovechará  lo  que  yo 
como  tahúr  y  como  hombre  qne  he  traído 
á  cuestas  los  atabales  os  dixesse,  porque  serán 
diferentes  cosas  y  conocidas  por  pura  expirien- 
cia,  por  haber  passado  las  más  dellas  por  mi 
y  haber  visto  las  otras  en  otras  gentes,  y  tam- 
bién os  quiero  decir  que  no  han  passado  menos 
por  vos.  Y  pues  esse  frayre  trata  lo  que  princi- 
palmente toca  al  ánima  y  á  la  conciencia,  yo 
trataré  agora  de  los  males  y  persecuciones  que 
el  cuerpo  recil>e  por  el  juego,  aunque  al  cabo 
también  diré  lo  uno  como  lo  otio.  Lo  primero 
que  tiene  el  juego  es  quitar  á  los  hombres  el 
buen  conocimiento,  para  que  no  entiendan  lo 
que  hacen,  que  si  lo  entendiesen  él  quedaría 
perdido  del  todo,  porque  no  habría  quien  le  si- 
guiesse,  ni  aun  quien  le  conociesse,  y  assí  usa 
deste  ardid  y  de  otros  muchos,  principalmente 
de  dar  algunos  alegrones  de  ganancias,  para 
después  se  le  restituya  todo  con  doblada  pérdi- 
da, de  las  cuales  la  mayor  de  todas  es  la  del 
tiempo  mal  empleado.  Porque  si  San  B<»rnardo 
dice  que  todas  las  horas  que  se  duermen  se 
han  de  quitar  y  descontar  de  la  vida,  ¿qué  ma- 
yor sueño  que  el  del  juego,  donde  todos  los 
sentidos  están  tan  atentos,  la  memoria  de  otras 
cosas  tan  olvidada  y  el  juicio  tan  fuera  de  si 
mesmo,  para  entender  cuál  es  bueno  ni  cuál  es 
malo,  que,  como  todos  sabemos,  muchas  veces 
estamos  como  beodos,  porque  conociendo  la 
ventura  contraria,  los  naipes  y  suertes  dellos, 
en  favor  de  los  que  juegan  con  nosotros,  de 
manera  que  casi  claramente  nos  dicen  qie  he- 
mos de  perder,  la  beodez  del  juego  nos  detiene 
y  nos  adormece,  de  manera  que  no  despertamos 
hasta  acabársenos  la  moneda,  y  entonces  cae- 
mos en  la  cuenta  de  nuestro  daño,  cuando  ya 
no  tiene  remedio?  Verdaderamente,  señor  Ber- 
nardo, podéis  creer  que  los  qiie  juegan  no  vi- 
ven, y  que,  teniéndolo  por  oficio,  su  vida  es  como 
sueño,  porque  cuando  comen  no  toman  gusto 
en  los  manjares,  pensando  en  lo  que  han  per- 
dido y  cómo  se  desquitarán,  y  si  han  ganado 
cómo  acabarán  de  ganar  cuantos  dineros  hay 
en  el  mundo,  y  tan  embelesados  están  en  esto, 
que  acaesce  nmchas  veces  acabando  de  comer 
preguntarles  lo  que  han  comido  y  no  saber  de- 
cirlo, ni  acordarse  dello;  y  con  el  bocado  en  la 
boca  van  á  buscar  con  quien  jueguen,  y  si  á  su 
posada  vienen  jugadores,  primero  están  los 
dados  ó  los  naipes  en  la  mesa  qne  se  alcen  los 
manteles;  y  muchas  veces  les  acaesce  comenzar 
á  jugar  y  pasarse  aquel  día  y  después  la  no- 
che y  ^er  otro  día  sin  haberse  levantado  de  un 
lugar.  Esta  bien  se  puede  decir  que  no  es  vida, 
pues  se  passa  el  tiempo  sin  vivirlo,  y  de  aquí 
nascen  muchos  inconvenientes  porque  dcxan 
los  hombres  de  entender  en  lo  que  toca  á  las 
haciendas  y  al  aprovechamiento  de  sus  casas: 


492 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


pierden  el  cuidado  de  las  mujeres  y  de  los  hijos 
y  de  lo  que  es  menester  proveer  para  ellos,  y 
tienen  en  poco  la  salud  de  los  cuerpos;  porque 
de  la  desorden  del  juego  suceden  muchas  en- 
fermedades, que  de  estar  tantas  horas  y  tanto 
tiempo  sentados  sin  hacer  ejercicio,  ni  movi- 
miento, no  se  gastan  los  manjares  que  se  co- 
men, y  vienen  á  corromperse  y  á  engendrar 
malos  humores.  Y  demás  desto,  el  que  pierde 
porque  no  se  levante  el  otro  con  la  ganancia,  y 
el  que  gana  porque  no  se  le  passe  la  dicha  6 
ventura  que  tiene,  aunque  tengan  necesidad  de 
cumplir  con  lo  que  es  forzoso  con  sus  cuerpos, 
se  detienen  y  fuerzan  á  estar  quedos,  y  desto 
viene  muchas  veces  la  cólica  pasión,  la  estran- 
gurria,  la  disuria,  mal  de  hijiuia  y  otras  pasio- 
nes diferentes  destas,  y  aun  muchas  veces  tras 
ellab  la  muerte.   Porque  si  estos  trabajos  del 
juego  ó  se  pasan  ó  pueden  mejor  tolerarse  en 
verano,  veréis  hombres  en  el  ivierno  que  con 
estar  fuego  y  brasas  en  las  piezas  donde  juegan, 
están  tan  descuidados  y  embebecidos  en  los 
juegos,  que  cuando  los  dcxan  y   se  levantan 
tienen  las  piernas  casi  entomidas  con  el  frío,  el 
cual  con  la  humidad  les  ha  penetrado  los  hue- 
sos, y  cuando  se  van  á  sus  camas  no  pueden 
calentar  en  toda  la  noche,  y  cuando  esto  se 
continúa  se  vienen  á  follecer  y  padecer  mili 
trabajos,  poniendo  la  culpa  dellos  á  otras  oca- 
siones muy  diferentes  y  no  al  juego,  por  no 
perder  la  amistad  que  con  él  tien<.Mi.  Pues  las 
cabezas  de  los  que  juegan  dosta  manera,  ¿no 
padescen  detrimento,  que  los  más  se  levantan 
con  muy  grande  dolor  dellas,  y  otros  tan  des- 
vanecidos, que  después  que  se  levantan  de  ju- 
gar no  se  pueden  tener  en  los  pies/  Tras  esto 
viene  que  los  que  han  ganado  mucho  muestren 
con  grandes  señales  de  regocijo  la  alegría  que 
llevan  consigo,  y  los  que  han  perdido,  una  in- 
comparable tristeza,  teniendo  la  color  mudada, 
los  ojos  baxos,  el  gesto  turbado,  dándonos  tris- 
tes y  muy  profundos  suspiros,  todo  en  men- 
gua y  afrenta  y  ignominia  suya,  no  sintiendo 
los  desventurados  lo  que  se  platica,  lo  que  se 
dice  y  murmura  dellos  y  de  su   poquedad  y 
desventura.  Porque  los  que  assí  sienten  la  pér- 
dida no  debian  aventurarla  por  la  ganancia, 
por  no  mostrar  tan  gran  Haqucza  en  lo  uno 
como  en  lo  otro.  Otros  cuando  juagan,  si  están 
perdiendo   se  congoxan  y  trasudan;  vereislos 
limpiar  el  sudor  cien  veces,  ya  dexan  las  capas, 
ya  las  gorras,  ya  se  atloxan  los  vestidos  hasta 
mostrar  las  camisas,  porque  la  congoxa  de  la 
pérdida  les  ahoga  y  quita  el  huelgo,  y  así  hacen 
diversos  meneos  y  vi'^ajcs  como  si  estuviesen 
locos.  De  manera  que  dan  qué  mirar  y  qué  reir 
y  burlar  á  los  que  están  presentes.  Cada  cosa 
que  viene  les  embaraza;  de  cada  uno  que  entra 
se  amotinan;  cada  palabra  que  oyen  juzgan 


• 

que  es  en  su  perjuicio,  y  en  fin,  no  hay  coa 
que  no  les  saque  de  paciencia,  y  pluguiese  i 
Dios  que  parassen  en  est^,  j  no  en  perderio 
del  todo,  offendiendo  á  Dios  con  las  lenguis  t 
blasfemar,  que  aunque  todos  no  lo  hacen  en  pó- 
blico,  pocos  hay  que  en  secreto  no  hablen  coo 
Dios  muy  enojados,  y  unas  veces  con  el  pen- 
samiento y  otras  veces  entre  dientes  le  dicen 
lo  que  se  les  antoja,  con  palabras  desacaiadM, 
tratando  entre  sí  muchas  y  diversas  berejiu, 
que  por  cada  una  dellas  merecian  ser  gnie- 
mente  castigados  en  el  alma  y  en  el  cuerpo. 

Luis. — Ya  esso  es  salir  de  lo  que  cotudo 
comenzasteis  esta  materia  prometisteis:  pues 
dexados  los  daños  del  cuerpo,  comenzáis  á  tra- 
tar los  del  alma. 

Antonio.— No  es  posible  menos  pan  qor 
vaya  bien  enhilado;  pues  tomando  á  lo  quede- 
cía,  despiiés  que  se  van  jngando  los  dineroíj 
las  haciendas,  los  que  los  llevan  se  aproveehin 
dellos  como  de  dineros  de  trasgos.  Hay  ligó- 
nos tan  avarientos  y  tjín  codiciosos  del  jocgo, 
que  no  gastarán  en  sus  casas  nn  real  aunque 
hayan  ganado  cien  ducados,  porque  no  les  fibe 
para  jtigar,  teniendo  aquello  por  suma  felicidid, 
y  con  esto  tornan  á  jugar  otro  día,  penüendo 
lo  que  ganaron  sin  quedarles  ninguna  coíi; 
otros  hay  co!)trarios  desta  opinión,  que  coiado 
han  ganado  les  parece  que  hallaron  aquella bi- 
cienda  en  la  calle,  y  assí  la  gastan  y  destray« 
comiendo  demasiada  y  curiosamente,  y  hacienda 
gastos  excesivos,  de  manera  que  se  les  cae  pflr 
entre  los  dedos,  y  después  cuando  tornan  i  j»- 
gar  y  pierden,  páganlo  de  sus  propias  haciei- 
das,  padeciendo  ellos  y  sus  mujeres  y  hijos  y 
familia. 

Luis. — Para  esso  yo  os  podré  decir  lo  qw 
pocos  días  ha  yo  mismo  vi,  que  un  amigo  vio 
ganó  en  tres  ó  cuatro  veces  hasta  ochenta  du- 
cados, y  de  hoy  á  tres  días,  jugando  sobre  n 
palabra,  le  ganaron  los  veinte  dellos;  y  faéptn 
mí  muy  congoxado,  rogándome  que  se  los  bol- 
ease sobre  unas  prendas,  porque  no  los  teníL 
Y  yo  le  pregunté  qué  había  hecho  de  los  q» 
ganara.  Y  queriendo  echar  cuenta  y  averio» 
en  qué  los  había  gastado,  jamás  pudo  llegiril 
término  dellos,  y  jurábame  que  más  daño  re- 
cebiría  en  pagar  aquellos  veinte  que  proTeck» 
C()n  los  ochenta  que  había  ganado. 

Antonio. — Todas  las  ganancias  de  los  ti- 
hures  son  desa  manera,  y  después,  cuando  w 
tienen  qué  jugar,  su  officio  es  andar  pidi«A> 
emprestado  de  los  unos  y  de  los  otros,  eoTE- 
goiizándose  con  muchos  que  no  les  dan  loe  di- 
neros. Y  si  bien  se  considerase  cuan  gnaA 
aff renta  es  ésta  para  un  hombre  que  se  til* 
en  algo,  bastaría  quitarle  del  juego  de  rnanff* 
que  lo  aborreciese  perpetuamente.  Veréis  de- 
más desto  andar  las  prendas  suyas  y  de  §tf 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA  493 


amigos  de  casa  en  casa  empeñadas  y  (lo  que 
es  peor)  los  vestidos  de  las  mujeres  empeñados 
y  vendidos,  que  muchas  veces  no  les  dexan  con 
qué  salir  de  casa,  y  cuando  no  hay  más  que  ju- 
gar (y  aunque  lo  haya),  si  han  perdido  en  al- 
guna cantiditd,  muchos  quieren  que  los  de  bu 
casa  padezcan  los  desatinos  que  ellos  han  he- 
cho, buscando  ocasiones  para  reñir,  y  el  des- 
contento y  desabrimiento  que  traen  consigo, 
hanlo  de  pagar  las  mujeres,  los  hijos  y  los  cria- 
dos, reñendo  con  ellos,  dándoles  y  maltratán- 
dolos sin  causa;  de  suerte  que  parece  que  el 
juego  los  dexó  locos  6  desatinados,  y  assi  an- 
dan dando  voces  por  casa  como  beodos  ó  gente 
sin  juicio,  y  después  están  en  sus  camas  pen- 
sando en  la  perdida,  no  duermen  sueño,  sino 
dan  vueltas  á  una  parte  y  á  otra,  sospirar  y 
gemir  y  andar  vacilando,  con  el  sentido  sin  re- 
poso alguno.  Y  si  el  cansancio  los  vence,  para 
que  duerman  algún  poco,  luego  despiertan  con 
el  sobresalto  de  la  pérdida;  de  manera  que  una 
noche   mala   de   las  que   assi  llevan    habían 
de  estimar  en  más  los  hombres  de  buen  cono- 
cimiento   que  toda  la  ganancia  que  el  juego 
puede  darles  en  la  vida,  y  despegarse  de  su  vi- 
cio tan  ponzoñoso.  Y  cuando  esto  no  bastasse, 
debria  bastar  lo  que  saben  que  han  de  sufrir 
los  que  tienen  por  oficio  andar  siempre  jugando. 
Pintadme  los  caballeros,  6  muy  valientes,  ó 
personas  que  estiman  en  mucho  la  honra  de 
cualquiera  suerte  que  sean ;  han  de  sufrir  inju- 
rias y  afrentas  por  muchas  vías  y  maneras,  por- 
que la  codicia  de  la  ganancia  les  hace  jugar  con 
gente  vil  y  de  baja  suerte,  y  el  juego  es  de  tal 
condición  que  los  hace  á  todos  iguales.  Y  assi 
los  inferiores  quieren  tratar  á  los  otros  igual- 
mente, porque  si  pierden  quieren  que  les  su- 
fran  y  si  ganan  súfrenlos  porque  no  se  le- 
vanten con  la  ganancia.  Y  cuando  un  hombre 
rain  ha  dicho  una  injuria  á  un  hombre  honrado 
y  le  reprende  porque  se  la  ha  sufrido,  responde 
éste  con  pasión,  y  á  los  que  pierden  todos  les 
han  de  sufrir,  y  mayor  mengua  es  tomarme  yo 
con  aquél.  De  manera  que  anda  la  honra  entre 
los  que  juegan  debajo  de  los  pies,  y  si  hay  al- 
gunos que  son  recatados  y  no  sufren  (como  di- 
cen) cosquillas,  son  muy  pocos,  y  aun  essos  no 
todas  veces  salen  desto  tan  bien  como  querrían. 

Bernardo. — No  habéis  dicho  cosa  que  no 
,  sea  muy  verdadera,  y  por  eso  he  sufrido  escu- 
charos. Proseguid  vuestra  plática,  que  hasta  el 
cabo  della  me  tendréis  muy  atento. 

Aktonio. — Huelgo  que  toméis  gusto  de  lo 
que  digo,  y  más  holgaría  de  que  os  aprovecha- 
sedes  dello.  Pues  escuchad,  que  no  he  acabado 
de  decir  todo  lo  que  siento. ¿Tenéis  por  pequeño 
trabajo  el  andar  buscando  por  las  calles  y  de 
casa  en  casa  quien  juegue,  rogando  al  uno,  fa- 
tigando al  otro,  haciendo  plegarias,  conjurán- 


dolos como  á  espirituados?  Y  como  en  los  jue- 
gos se  prestan  unos  á  otros  dineros,  y  la  prin- 
cipal causa  porque  otra  vez  se  los  presten  al 
que  los  da,  cuando  no  hay  aparejo  para  pagar- 
los, andan  los  hombres  corridos,  af frentados  de 
faltar  sus  palabras  y  promesas,  y  assi  se  escon- 
den muchas  veces  de  aquellos  á  quien  son  deu- 
dores, y  si  los  ven  venir  por  una  calle  ellos  hu- 
yen por  la  otra,  y  si  van  á  alguna  casa  á  donde 
están  no  entran  en  ella.  Y  aun  no  solamente 
hacen  esto  los  que  no  tienen  aparejo  para  pa- 
gar, que  nuichos  traen  consigo  los  dineros  y 
tienen  en  poco  esta  vergüenza,  y  disimulan 
porque  no  les  falte  para  jugar.  Ño  es  este  el 
mayor  mal,  que  otros  hay  muy  mayores.  Los 
hombres  casados  dan  muchas  veces  ocasión  á 
que  sus  mujeres,  viviendo  mal,  hagan  desatinos 
y  los  amengüen,  lo  que  no  harían  por  ventura 
no  teniendo  tan  buen  aparejo.  Porque  como 
saben  que  los  maridos  juegai^  noches  y  días  y 
que  no  han  de  entender  lo  que  ellas  hacen,  por- 
que todo  su  cuidado  es  en  el  juego,  toman  ma- 
yor licencia  con  la  libertad  y  con  el  tiempo  que 
les  sobra  para  sus  pasatiempos  deshonestos.  Y 
demás  desto  suceden  los  debates  y  rencillas  que 
hay  sobre  el  juego.  Que  aunque,  como  h?  dicho, 
se  suffran  muchas  injurias,  son  tantas  y  tantas 
veces,  que  algunas  dellas  vienen  á  parar  en  san- 
gre y  en  muertes,  como  por  experiencia  se  ha 
visto;  de  allí  suceden  pasiones,  desafíos  y  des- 
asosiegos, y  quedan  los   hombres  afrentados 
muchas  veces  sin  poder  tomar  satisfa(  ción  ni 
venganza  de  los  que  los  afrentaron.  Sin  esto 
veréis  una  pasión  y  flaqueza  muy  grande  en 
muchos  de  los  que  pierden  ó  qué  son  las  plega- 
rias, las  rogativas,  las  amenazas,  los  conjuros 
qué  hacen  á  los  que  se  levantan  del  juego  para 
que  tornen  á  jugar  con  ellos  para  que  dexen  de 
ser  jurados,  porque  este  nombre  les  ponen  ó 
que  se  han  metido  frailes.  Desta  suerte  passan 
la  vida  los  tahúres  noches  y  días  con  estos  in- 
convenientes y  otros  más  dañosos.  Porque  mu- 
chos dellos,  cuando  les  faltan  los  dineros,  pro- 
curan haberlos  por  todas  las  vías  i  Ilícitas  que 
pueden,  y  vienen  á  hurtar  y  robar  y  hacer  insul- 
tos los  hijos  á  los  padres,  los  criados  á  los  se- 
ñores, y  cuando  de  esta  manera  no  pueden,  lo 
roban  de  sobre  el  altar  si  lo  hallan ;  y  assi  algu- 
nos lo  vienen  á  pagar  en  las  horcas,  y  aun  si  no 
lo  pagan  también  las  ánimas,  no  son  tan  mal 
librados.  Y  si  el  juego  es  tan  malo  general- 
mente para  todos,  los  que  sirven  y  son  criados 
de  señores  tienen  mayor  obligación  de  huir  y 
apartarse  del,  porque  si  tienen  y  les  dan  car- 
gos en  que  trayan  hacienda  entre  manos,  ó  se 
han  de  aprovechar  della  para  el  juego  ó  ya  que 
no  lo  hagan,  siempre  han  de  tener  á  sus  amos 
sospechosos  y  recatados  de  que  se  aprovechan 
y  hurtan  para  jugar,  y  sobre  esto  les  dicen  mil 


41)4 


ORÍGENES  J.)E  LA  NOVELA 


uialicias  y  mil  lástimas,  que  por  ninguna  rosa 
habían  de  dar  ocasión  á  rilas:  t  si  no  tratan  ni 
traon  entn»  manos  cosa  tle  que  ¡)ue<la  aprove- 
charse ni  hacer  men^s,  sirven  «my  mal,  hacen 
mil  faltas,  cuando  son  menester  no  los  hallan, 
cuando  los  huscan  no  parecen,  cuando  han  de 
servir  están  embarazados,  si  topan  con  ellos 
riicíían  á  los  que  los  llaman  (¿ue  dii^an  que  no 
los  liallanm,  y  si  les  paresce  que  n<  pueden  ha- 
cer menos  de  ir,  van  murnnirando,  l>lasfeman- 
do,  perdiendo  la  paciencia  con  todos,  diciendo 
mil  injurias  en  ausem-ia  á  sus  amr^s,  y,  final- 
mente, nadie  puede  servir  bien  iu.:j:ando;  y  de 
mi  consejo,  quien  juij:are  no  sirva  ó  quien  sir- 
viera no  juegue. 

Iíernardo. — Dtvidme,  señor  Antonio,  ;por 
qué  no  tomáis  esse  consejo  para  vos  como  lo 
dais  á  los  otros/ 

Antonio. —  Bien  habéis  dicho  si  no  lo  hu- 
biese tomado,  y  jio  me  acuséis  ahora ,  pero  acu- 
sadme di»  aquí  adelante  si  me  viératíes  hacer 
menos  de  lo  (jue  digo,  que  aunque  haya  sido 
tard«',  todavía  (como  dice  el  proverbio)  vale 
más  que  nunca;  y  por({iie  no  se  me  olvide  lo 
que  tengo  que  decir,  tornando  al  propósito,  no 
veo  seguirse  provecho  ninguno  del  juego,  y  que 
se  siguen  los  daños  que  he  diclio,  y  tantos,  <[\ia 
8¡  tolos  se  hubiessen  de  decir,  sería  para  nunca 
acal>ar.  Pero  no  quiero  parar  acjuí.  aunque  os  ])a- 
rezca  que  soy  largo,  porcju*»  no  es  de  <>allar  el  tra- 
bajo que  tií'nen  los  que  se  han  de  andar  guar- 
dando de  los  chocarreros,  que  los  <jue  lo  son  ya 
tien^'U  perdida  la  vergüenza  á  Dios  y  al  nniudo. 
y  con)o  por  la  may  r  parte  hacen  mayor  mal 
los  la<lron<»s  secretas  que  los  públicos,  assí  éstos 
hacen  grandísimo  daño  en  las  repúblicas,  porque 
hurtan  y  roban  secretamente  las  haciendas  aje- 
nas, no  se  guardando  las  gentes  dellos:  y  para 
mí  por  tan  gran  hurto  lo  tengo,  que  á  los  <iue 
assí  llevan  los  dineros  mal  ganados,  con  nmy 
gran  justicia  les  podrían  poner  á  la  hora  una 
soga  á  la  garganta  y  colgarlos  sin  ¡)iedad  de 
la  horca.  Esta  es  una  manera  de  hurtar  so- 
til,  ingeniosa,  delica<la,  encubierta,  engañosa  y 
traidora,  digna  de  muy  gran  castigo;  y  no  veo 
que  jamás  se  castiga,  que  las  ferias  están  siem- 
pre llenas  de  ellos,  en  los  pueblos  se  hallarán  á 
cada  passo,  y,  en  fin,  las  justicias  se  han  muy 
remisamente  en  no  castigar  un  delito  tan  da- 
ñoso y  perjudicial  como  ést<í;  que  con  razón  po- 
drían acriminarlo  tanto  en  algunos,  que  de  allí 
tomasen  ejemplo  los  otros  para  apartarse  de 
tan  mal  trato  y  offício,  los  cuales,  por  no  verse 
en  este  peligro,  debríau  tomar  otra  manera  de 
vida,  y  los  t  ihures,  por  no  andar  siempre  reca- 
tados y  recelándose  (como  los  que  tienen  ene- 
migos y  se  guardan  de  traición),  sería  bien  que 
se  apartasen  de  este  vicio  del  juego,  porque  es 
uno  de  los  grandes  trabajos  que  se  pueden  t<3- 


ner:  pero  hacen  como  los  be4)d<.>8,  que,  sabieu>]o 
que  el  vino  les  hace  mal,  lo  bascan  y  pr^^onn. 
sin  recelarse  del  daño  qne  recilKjn  en  bebíriu. 

Luis.  "¿No  nos  diríades  qué  son  los  delitos 
que  cometen  y  cómo  loe  haei*ii,  pues  que  geiM^ 
raímente  tanto  mal  decís  dellos? 

Aktosií». — Deciros  lo  he,  pero  no  particv. 
lamiente,  porque  seria  imposible  acal^r  de  coa- 
tar  sus  maldades  y  traicioTies,  perft  todarii  con- 
taré algunas  dellas,  assí  para  qm*  sepáis  qik 
teng«>  razón  en  lo  qne  digo  como  pan  qpt 
tengáis  aviso  en  conocerlos.  Aunque  ellos  fio- 
gen  v  disimulan  v  tienen  talos  astucias  v  nu- 
ñus  que  dificultosamente  podréis  euti-ud«>r  « 
manera  de  vida.  Los  más  destos  andan  mor 
bien  aderezados,  con  muv  buenos  atavíos  t  en 
tal  liábito,  que  los  que  no  los  conozcan  los  juz- 
gan por  hombres  honrados  y  que  uo  presomi- 
rán  dellos  que  harán  vileza  ninguna.  CoíihIo 
van  nuevamente  á  estar,  6  pt>r  mejor  decir,  i 
jugar  en  alg^n  pueblo,  bascan  formas  y  mMiit- 
ras  para  entrar  donde  juegan,  entremeter»  fB 
conversación  i-on  los  jugadores,  y  después  qof 
son  admitidos  al  juego,  sí  se  conocen  dis  áftit 
oficio  lu(\go  se  juntan,  y  si  el  uno  juega,  el  otro 
está  mirando  á  los  contrarios.  Si  el  jueg»)  e«df 
primera  tienen  escritas  ciertas  señas  cjn  que 
dan  á  entender  al  compañero  que  el  contnrio 
(pie  envida  va  á  primera,  otras  para  cuando  n 
á  Ilux,  y  otras  y  otras'para  cuando  tiene  tinte 
ó  tantos  puntos,  de  manera  que  juega  {>tir  an- 
bos  juegos.  Y  estas  señas  son  tan  cncubíerttí, 
que  nadie  puede  entendérselas,  porque  ó  pon» 
la  mano  en  la  barba,  ó  se  rascan  en  la  calidit 
ó  alzan  los  ojos  al  cielo,  ó  hacen  que  lH>stezu 
y  otras  cosas  semejantes,  que  por  cada  nn 
dellas  entienden  h>  que  entre  idlos  está  concf^ 
tado.  Algunos  traen  un  espejo  consigo,  y  cma- 
do  están  detrás  lo  ponen  cuando  es  menestff 
de  manera  que  sólo  su  compañero  puedo  rorlii, 
y  ver  en  él  las  cartas  que  tienen  los  que  jnci?ia 
para  envidar  ó  sal)er  si  los  envites  que  les  lift- 
cen  son  falsos  ó  verdaderos.  Esto  mesmo  baca 
en  el  tres,  dos  y  as  y  en  los  otros  juegos  d«tt 
calidad.  Si  juegan  entrambos  en  un  jae^ecn 
otros,  ayúdanse  de  manera  que  se  entiendan  U 
carta  que  han  mcnest4?r,  y  el  uno  la  da  al  otro, 
porque  las  conocen  todas,  ó  á  lo  menos  de  qK 
manjar  es  cada  una  dellas. 

Luis. — Cosa  rwia  decís  creer  sí  los  naipe* 
vienen  nuevos  á  la  mesa  cuando  couiienaH 
juego,  que  no  sé  yo  como  los  pueden  conoeff 
tan  presto. 

Antonio. — Yo  os  lo  diré  para  que  lo  enfeu- 
dáis. Algunos  dellos  están  concertados  t» 
otros  tenderos  tan  buenos  como  ellos,  que  pv 
alguna  parte  de  la  ganancia  qne  les  dan  hio-  ' 
gan  de  ser  también  participantes  de  la  befli- 
queria,  y  en  casa  destos  ponen  tres  y  caativ 


í 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


495 


docenas  de  barajas  de  naipes  que  tienen  sus 
flores  encnbiertas,  y  cuando  quieren  jugar  dan 
orden  que  vayan  alli  á  comprarlas,  y  assí  jneg^n 
con  ellos  sin  sospecha,  siendo  tan  falsos  como 
podréis  entender. 

Bernardo.  —  Declaradnos  qué  cosas  son  es- 
tas flores,  que  yo  hasta  agora  no  las  entiendo. 

Antonio. — Estad  atento,  que  yo  os  desenga- 
ñaré. Toman  los  naipes  y  con- una  pluma  muy 
delicada  dan  su  punto  con  tinta  tan  subtil  y 
delicado  que  si  no  es  quien  lo  supiere  parece  im- 
posible caer  en  la  cuenta  del  engaño;  á  los  de 
un  manjar  danlo  en  una  parte,  y  de  los  otros  á 
cada  uno  en  la  suya  diferentemente  para  cono- 
cerlos. V  cuando  estas  señales  parece  que  no  se 
pueden  tan  bien  encubrir,  con  una  punta  de 
tijera  6  cuchillo  6  con  una  aguja  ó  alfiler  muy 
agudo  los  señalan  tan  delicada  y  encubierta- 
mente que  apenas  los  ojos  los  descubren.  Y  si 
los  naipes  no  son  destos,  á  la  primera  vuelta 
que  dan  con  ellos  están  t^os  señalados,  que 
con  las  uñas  suplen  la  faltn  de  los  cuchillos;  de 
manera  que  assí  roban  los  dineros  de  todos  los 
que  con  ellos  se  ponen  á  jugar  sin  que  lo  sien- 
¿Ein,  7  aun  algunas  veces  se  dan  tan  buena 
maña,  que  toman  para  si  los  mesmos  naipes 
que  están  descubiertos.  Otros,  cuando  se  des- 
cartan, echan  un. naipe  encima  de  los  otros,  y 
si  lo  han  menester  lo  toman  con  toda  la  genti- 
leza del  mundo  sin  ser  vistos  ni  sentidos. 

Bernardo. — No  puedo  yo  entender  lo  que 
les  puede  aprovechar  tener  los  naipes  señala- 
dos, pues  que  en  fin  han  de  tomar  los  que  en 
suerte  les  venicren. 

Antonio. — No  estáis  bien  en  la  cuenta;  lo 
primero  de  que  se  aprovechan  es  conocer  por 
las  señales  cuántas  cartas  tiene  el  contrario  de 
un  manjar,  y  lo  otro  que,  aunque  venga  en 
baxo,  á  segunda  ó  tercera  carta,  la  que  ellos  han 
menester,  la  sacan  del  medio  y  tienen  tan  gran 
sutileza  que,  habiéndola  de  dar  por  suerte  al 
otro,  la  toman  para  sí,  y  para  esto  siempre, 
cuando  tienen  los  naipes,  al  sacar  de  uno  dexan 
tres  6  cuatro  tendidos,  que  no  juntan  con  los 
otros,  porque  si  los  tienen  bien  juntos  no  pue- 
den tan  bien  conocer  las  señales.  Y  si  tienen 
necesidad  de  la  primera  carta,  dan  á  los  otros 
tres  y  cuatro  de  las  otras,  y  guardan  y  toman 
aquéllas  para  su  juego  ó  para  el  de  su  compa- 
ñero si  son  dos  los  que  juegan  de  conciei-to.  Y 
esto  llaman  salvar  las  cartas,  y  entre  ellos  se 
dice  ir  á  salvatierra;  mirad  si  es  esta  ventaja 
para  robar  el  mundo  que  se  jugase,  no  los  en- 
tendiendo. Deciros  he  lo  que  á  mi  me  sucedió 
estando  en  la  isla  de  Cerdeña  cinco  6  seis  com- 
pañeros que  alli  quedamos  aislados  por  espacio 
de  dos  meses.  Estalla  entre  nosotros  un  reve- 
rendo canónigo  de  más  de  sesenta  años,  que 
trataba  en  este  oficio  más  que  en  rezar  sus  ho- 


ras. Y  jugando  con  nosotros  con  estas  venta- 
jas, ganónos  el  dinero  que  llevábamos  para 
nuestro  camino,  y  á  mí,  que  presumía  de  gran 
jugador  de  ganapierde,  me  descubría  á  cada 
mano  las  primeras  seis  cartas  que  tomaba  ó  yo 
le  daba,  y  con  todo  esto  me  ganó  cuanto  tenía, 
porque  yo  vía  las  seis  y  él  me  conocía  las  mías 
todas  nueve.  De  manera  que  el  negocio  vino  á 
términos  que  nos  prestó  dineros  para  llegar  á 
Roma,  á  donde  íbamos,  sobre  lus  cédulas  do 
cambio  que  llevábamos.  Llegado  á  Roma,  acer- 
tamos á  posar  juntos  ambos  en  una  casa,  y  des- 
cuidándose un  día  este  reverendo  padre  de  ce  • 
rrar  bien  una  puerta  de  su  cámara,  yo  la  abrí 
y  entré  sin  que  él  me  sintiese,  y  estaba  tan  em- 
bebido haciendo  una  flor,  más  sutil  que  las  que 
he  contado,  que  por  un  buen  rato  no  me  sintió, 
y  cuando  me  hubo  visto,  bien  podréis  creer  que 
no  se  holgaría  connngo,  y  quísome  deshacer  el 
negocio  con  buenas  palabras  y  burlas.  Yo  dissi- 
mnlé  también  con  él,  porque  me  pareció  que  me 
convenía.  Y  en  saliéndose  de  casa  abrí  su  cá- 
mara y  cogíle  un  mazo  de  bulas  que  habían  cos- 
tado á  despachar  más  de  doscientos  ducados,  y 
puestas  en  cobro,  delante  de  todos  los  de  la  casa 
le  dixe,  cuando  las  halló  menos,  que  yo  las  tenía 
y  que  si  no  me  volvía  lo  que  me  había  mal  ga- 
nado que  no  se  las  daría.  El  me  amenazó  que 
se  quejaría  al  auditor  de  la  cámara,  y  yo  le 
respondí  que  yo  ¡ría  primero  á  informarle  de  lo 
que  pasaba.  El  bueno  del  canónigo,  por  no  ver- 
se más  afrontado,  se  concertó  conmigo,  enten- 
diendo algunos  amigos  entre  nosotros,  y  me 
dio  cuarenta  ducados  y  me  aseguró  con  una  cé- 
dula otros  treinta,  aunque  él  me  había  ganado 
más  de  ciento. 

Luis. — ¿Y  acabólos  de  pagar? 

Antonio. — No,  y  deciros  he  el  por  qué.  Yo 
jugaba  un  día  en  un  juego  de  primera  en  que 
hal)ía  harta  cantidad  de  dineros,  y  estando  me- 
tidos los  restos  de  tres,  un  arcediano  que  tenía 
los  naipes  en  Ins  manos  había  tenido  su  resto  á 
una  primera  de  dos  trcses  y  una  figura,  y  cnn 
ser  de  los  mayores  chocarreros  que  Iiabía  en 
Roma,  quiso  salvar  una  carta,  porque  con  la 
otra  que  venía  hacía  primera.  Este  canónigo 
viejo  estaba  tras  él,  y  entendiéndolo,  porque  un 
ladrón  mal  puede  hurtar  á  otro,  hízome  de  se- 
ñas que  lo  remediase.  Yo  caí  luego  en  la  cuen- 
ta, y  pásele  la  mano  en  los  naipes  haciéndole 
tomar.  El  canónigo,  vueltos  á  la  posada,  tanto 
se  apiadó  conmigo  por  la  buena  obra  que  me 
hizo,  que  le  hube  de  volver  su  cédula,  aunque 
después  cuando  jugaba  y  ganaba  me  iba  pagan- 
do parte  de  la  deuda,  con  qne  no  me  la  quedó 
á  deber  toda.  Sin  esto  que  he  dicho,  hay  otras 
mil  formas  y  maneras  de  malos  jugadores;  hay 
hombres  de  tan  sotiles  manos,  que  sin  sentirlo 
juntan  cinco  ó  seis  cartas  ó  más  de  un  manjar, 


406 


orígenes  de  la  novela 


á  lo  ccal  llaman  Iiacer  empanadilla  ó  albardillav 
V  poniéndolas  encima,  siempre  barajan  por  el 
medio,  porqae  no  se  deshagan.  Y  cuando  sale 
la  ana,  saben  que  vienen  las  otras  tras  ella,  7 
conforme  á  esto  os  envidan  6  tienen  los  envi- 
tes con  esperanza  de  la  carta  que  les  ha  de  ve- 
nir de  a4|uel  manjar.  Algunos  chocarreros  haj 
que  se  hacen  mancos  y  que  no  pueden  barajar, 
porque  asi  los  ponen  mejor  á  su  voluntad.  I  Que- 
réis más,  sino  que  hay  vellacos  tan  diestros  en 
^sto  que  ju^'ando  al  tres,  dos  y  as,  sí  os  descui- 
dáis un  p'x'O  os  darían  las  más  veces  tres  figu- 
ras y  tomarán  para  si  un  seis,  cinjo  y  tría,  6 
otro  risco  con  que  os  quiten  las  ganancias?  Y 
en  el  ju'ígo  que  agora  se  usa  de  la  ganapierde, 
si  se  juntan  dos  de  concierto  son  para  destruir 
á  todos  cuantos  jugaren  con  ellos,  porque  todas 
las  veces  que  el  uno  está  rey,  el  otro  se  carga, 
se  deja  dar  bolo  sin  que  se  pueda  entender,  ha- 
ciendo muy  del  enojado  con  los  otros  compañe- 
ros ponqué  no  la  metieron  6  porque  jugaron 
por  donde  se  cargase,  y  después  él  y  el  otro 
parten  las  ganancias.  Pues  los  que  esto  hacen 
¿(jué  no  harán  en  los  o*ro8  juegos? 

Bernardo. — Bien  entendido  todo  lo  que 
habéis  dicho;  pero  el  juego  de  la  dobladilla, 
que  es  el  que  más  agoran  usan,  casi  ha  deste- 
rrado á  la  primera  y  á  los  otros,  y  este  es  un 
juego  tan  á  la  balda,  que  no  hay  lugar  en  él  de 
hacer  tantas  maldades  y  bellaquerías. 

Antonio. — Engañaisos,  que  si  yo  tuviese 
agora  los  dineros  que  se  han  ganado  á  ella  mal 
ganados,  más  rico  sería  que  un  Cosme  de  Me- 
diéis; veréis  á  esta  gente  que  digo  hacer  y  ur- 
dir y  componer  en  este  juego  veinte  trascarto- 
nes  cuando  los  naipes  les  entran  en  las  manos, 
poniendo  juntos  todos  los  encuentros  que  pue- 
den, para  que  si  por  ventura  viniesen  no  pier- 
dan sino  una  6  dos  suertes,  y  si  acacsce  alzar  el 
contrario  por  una  carta  antes,  viene  luego  su 
suerte  y  comenzan  á  contar  subiendo  lo  que 
pueden,  de  manera  que  aventuran  á  perder  poco 
y  á  ganar  mucho.  Otros  hay  que  si  pueden 
haber  los  naipes  antes  que  jueguen,  ó  si  son  de 
los  que  he  dicho,  que  tienen  concertados  con 
los  que  los  venden  ó  con  el  dueño  de  las  casas 
donde  juegan,  ponen  entre  ellos  algunos  nai- 
pes mayores  6  más  anchos  que  los  otros  alguna 
cosa,  assi  como  cuatro  reyes,  cuatro  cincos  6 
(ruatro  sotas,  los  unos  son  mayores  por  los  la- 
dos y  los  otros  por  los  cantos,  y  cuando  no 
pueden  hacer  esto  doblan  algún  naipe  de  ma- 
nera que  no  assiente  bien  y  acierten  á  alzar  por 
el,  y  á  estos  naipes  llaman  el  guión  6  la  maes- 
tra. Y  cabe  los  que  son  mayores  ó  doblados 
ponen  siempre  y  procuran  juntar  los  otros 
como  ellos,  que  si  es  as  ponen  los  ases  y  si  es 
seis  ponen  los  seises,  para  que  cuando  alzasen 
por  ellos,  como  lo  hacen,  venga  cerca  su  suerte. 


Lci8. — Poco  les  paede  sprorechar  esm,  lí 
los  naipes  se  barajan  bien,  porqae  todas  essu 
cosas  se  deshacen. 

Antonio. — Vos  tenéis  razón,  qae  mnchi? 
veces  con  el  barajar  no  tiene  efecto  sa  malicii, 
pero  tan  á  menudo  procaran  esta  ventaja  que 
algunas  suertes  les  salen  como  ellos  prociuan, 
y  por  pocas  que  sean  bastan  para  destruir  á  sa 
contrario,   porqae   como   tienen    este  conoci- 
miento de  la  suerte  qae  riene,  cuando  sienten 
que  no  es  la  saya,  procuran  que  se  salga  y  ht- 
cen  veinte  partidos  hasta  asegararla.  Y  aun  lí- 
ganos hay  que  pasan  la  saerte  de  sus  contn- 
ríos,  á  lo  menos  cuando  los  tienen  picados,  qw 
están  ya  medio  ciegos  y  para  esto  tienen  mOl 
formas  y  maneras  exquisitas.  Y'  no  para  n 
esto  el  negocio,  qae  hay  algunos  chocarreroi 
de  los  que  se  conciertan  que  jendo  por  ambos 
la  moneda  que  juegan,  el  uno  arma  con  dine- 
ros al  contrari«)  de  la  cuarta  6  quinta  pirté, 
porque  perdiendo  allí  gana  acullá  la  mitad  dd 
dinero.  Son  tantas  estas  traiciones  y  bellaqa^ 
rías,  que  es  imposible  acabarlas  de  decir  ni  en- 
tender, porque  como  estudian  en  ellas  los  qne 
las  .usan,  cada  dia  inventan  cosas  naevas  en 
esta  arte,  como  los  otros  oficiales  que  bosctn 
nuevos  primores  en  sus  oficios,  y  si  dos  qae  se 
conciertan  toman  á  ano  en  medio,  no  ledejtn 
cera  en  el  oído,  siendo  dos  al  mohíno.  Yak» 
que  no  entienden  ni  saben  estas  cosas,  esta 
buena  gante  los  llama  guillotes  y  bisofios.  Y 
dexando  los  naipes,  vengamos  á  los  dados,  que 
no  hay  menos  que  decir  en  ellos.  Hay  muchos 
hombres  tan  diestros  en  jugarlos,  que  todas  lu 
veces  que  se  hallan  con  suerte  menor,  como  es 
siete,  ocho  6  nueve  pantos,  hincan  un  dado  de 
manera  que  le  hacen  que  caya  siempre  de  ai, 
para  que  los  otros  corran  sobre  él,  y  cuando  la 
suerte  es  doce  6  de  ahí  arriba  hincan  otro  dado 
de  seis,  de  manera  que  las  más  veces  asegortn 
su  suerte;  y  esto  quieren  defender  que  no  tt 
mal  jugar,  sino  saber  bien  jugar  y  tener  mejor 
habilidad  y  destreza  en  el  juego  que  los  otros. 
Algunos  hay  tan  hábiles,  que  hincan  dos  dados 
desta  manera,  y  de  otros  dicen  que  todos  tns: 
pero  yo  no  lo  creo  ni  lo  tengo  por  posible  slw 
los  estuviesen  componiendo  en  las  manos:/ 
si  esto  hiciesen  habían  de  estar  ciegos  los  qw 
juegan  con  ellos.  Y  todo  es  sufridero  pan  coo 
otras  tacañerías  que  se  usan,  y  la  mayor  (fe 
todas  es  cuando  meten  dados  cargados,  qif 
llaman  brochas,  los  cuales  hacen  de  esta  mi- 
nera: que  á  los  que  llaman  de  mayor,  porb 
parte  del  as  hacen  un  agujero  hueco  y  fÜ^ 
meten  un  poco  de  azogue,  que  es  muy  pesado, 
y  á  los  de  menor  donde  están  los  seis  pmitoi; 
y  después  tapan  el  agujero,  que  es  muy  sotilT 
encima  pintan  uno  6  dos  puntos  para  qae  no  v 
vean,  y  estos  dados  llevan  los  chocarreroa  f«- 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


49: 


condidos,  j  cuando  tienen  una  suerte  de  doce 
6  trece  6  catorce  puntos,  echan  los  dados  de 
manera  que  se  les  caja  alguno  en  el  suelo,  y 
haciendo  que  se  baxan  por  él,  sacan  otro  de  los 
de  mayor,  que  meten  en  su  lugar,  y  como  está 
cargado  en  el  as,  cae  siempre  para  abaxo  y  el 
sois  para  arriba;  y  de  la  mesma  manera  hacen 
cuando  tienen  por  suerte  siete  ú  ocho  puntos, 
que  meten  un  dado  cargado  en  el  seis  porque 
vaya  el  as  para  arriba,  yendo  el  seis  para 
abaxo,  y  si  es  menester  meten  dos  dados  de 
esta  suerte  cargados  de  mayor,  y  cuando  tie- 
nen suerte  de  doce  ó  de  trece,  alárganse  en  el 
parar  y  en  el  decir,  de  arte  que,  no  siendo  en- 
tendidos, todo  el  dinero  es  suyo.  Otros  dados 
hay  que  llaman  falsos,  que  son  mal  pintados 
porque  tienen  dos  ases  y  fáltales  el  seis,  6  tie- 
nen dos  seises,  faltándoles  el  as,  y  conforme  á 
la  suerte  que  echan  y  á  la  necesidad  que  tienen, 
se  aprovechan  dellos  metiéndolos  en  el  juego 
tan  bien  como  las  brochas.  Y  cuando  juegan 
á  las  tablas  no  penséis  que  se  descuidan  los 
hombres  desta  professión,  que  lo  mesmo  hacen 
con  los  dados,  y  verdaderamente  yo  tengo  por 
malo  y  dañoso  también  este  juego,  assi  por  ju- 
garse con  dados,  como  por  ser  trabajoso  y  mo- 
llino. A  todos  los  otros  juegos  podéis  levanta- 
ros y  os  toman  en  una  petrera;  habéis  de  espe- 
rar á  que  se  acabe  el  juego,  perdiendo  á  cada 
mano  y  cada  vez  que  echáis  los  dados  sabiendo 
que  se  echa  para  perder  y  no  para  ganar,  y  assi 
es  el  juego  más  aparejado  de  todos  para  perder 
la  paciencia,  porque  es  menester  esperar  á  que 
el  juego  ó  el  dinero  se  acaben .  Y  aunque  yo  no 
os  lie  dicho  de  diez  partes  la  una  de  los  males 
y  trabajos  y  fatigas  y  persecuciones  y  desaso- 
siegos y  afrentas,  menguas  y  deshonras  y  infa- 
mia que  se  siguen  del  juego,  de  lo  dicho  po- 
dréis collegir  cuan  perjudicial  es,  assi  para  la 
salud  como  para  la  hacienda  y  la  honra  de  las 
*  gentes  que  lo  siguen;  porque  pocos  hay  que 
jueguen,  por  ricos  y  caballeros  y  grandes  seño- 
res que  sean,  que  no  les  pese  de  perder,  y  mu- 
chos dcstos  se  acodician  á  jugar  mal  por  ganar, 
y  assi  veréis  muchas  personas  de  muy  gran  au- 
toridad, y  de  quien  apenas  se  podría  creer,  que 
hacen  malos  juegos,  por  la  buena  estima  y  re- 
putación en  que  están  tenidos  que,  apremiados 
de  la  conciencia,  restituyen  dineros  mal  gana- 
dos, de  los  cuales  yo  conozco  algunos  que  lo 
han  hecho. 

Bernardo.— ¿De  manera  que  querc'is  con- 
denar á  todos  los  juegos  del  mundo  y  no  dejar 
ninguno  para  recreación  de  la  vida  y  para  po- 
der pasar  la  ociosidad  del  tiempo? 

Antonio.— No  digo  yo  tal  cosa,  que  otros 
juegos  hay  licitos,  assi  como  birlos,  pelota  y 
axedrez  y  los  semejantes  á  éstos,  y  esto  se  en- 
tiende jugando  pocos  dineros  y  que  se  tome 

ORÍÜKNKS  DE  LA  NOVELA.^32 


más  por  recreación  que  no  por  vía  de  vicio  y 
exercicio  continuo,  de  manera  que  por  ellos  de- 
xen  de  entender  las  gentes  en  lo  que  les  con- 
viene, que  si  esto  se  hace  ya  dexan  de  ser  bue- 
nos y  honestos  y  se  convierten  en  la  natura- 
leza de  los  que  habemos  reprobado,  y  aun  de 
tal  manera  se  podrían  usar  los  juegos  de  nai- 
pes y  dados  que  no  pudiesen  tener  reprensión; 
pero  hay  pocos  que  no  comiencen  por  poco  que 
si  tienen  aparejo  no  vengan  á  picarse  y  á  per- 
der ó  ganar  en  mucha  cantidad,  y  por  esto 
tengo  por  mejor  dexarlos  del  todo.  Y  si  queréis 
que  concluya,  todo  lo  dicho  es  poco  y  casi  nada, 
porque  son  trabajos  y  premios  y  galardones 
del  mundo.  Lo  que  toca  á  la  ánima  y  á  la  con- 
ciencia es  lo  que  hace  al  caso,  y  lo  que  más  de- 
briamos  temer  y  ponérsenos  delante  de  los  ojos, 
para  no  solamente  dexar  de  jugar,  pero  para 
acordarnos  de  jamás  tener  memoria  dello;  y  si 
no  hobiera  prometido  de  no  pasar  más  adelante 
en  esta  materia,  todavía  dixera  algo  que  apro- 
vechara; pero  assi  quiero  dexarlo  para  cuando 
tengáis  más  voluntad  de  oir  lo  que  sobre  esto 
puedo  deciros. 

Bernardo. — Agora  que  habéis  comenzado, 
queremos  que  no  quede  nada  por  decir,  y  estáis 
obligado  á  hacerlo,  pues  de  tan  buena  gana  os 
escuchamos  y  estamos  atentos  al  discurso  de 
vuestra  plática. 

Antonio.  —Pues  que  assi  es,  yo  lo  diré  tan 
brevemente  cuanto  he  sido  largo  en  lo  pasado; 
porque  en  esto  no  podré  decir  cosa  nueva,  ni 
que  dexe  de  estar  escrita  por  muchos  doctores, 
canonistas  y  legistas  y  teólogos  que  desmenu- 
zan y  apuran  esta  materia  de  las  restituciones 
declarando  los  decretos  y  leyes  en  ella,  alter- 
cando cuestiones  y  detenninando  la  verdad  de- 
llas,  hasta  dexarlo  todo  en  limpio;  y  quien  qui- 
siese satisfacerse  y  verlo  todo  á  la  clara,  lea  á 
Santo  Tomás  y  á  Grabiel,  y  al  Antonio,  arzo- 
bispo de  Florencia,  al  Cayetano,  que  éstos  sin 
otros  muchos  le  dirán  lo  cierto,  y  porque  no  de- 
xéis  de  llevar  alguna  cosa  en  suma  de  que  po- 
dáis aprovecharos,  digo  que  todos  los  que  ga- 
nan en  los  juegos  con  naipes  ó  dados  falsos  ó 
con  otro  cualquier  género  de  las  chocarrei-ías  y 
traiciones  que  he  dicho,  están  obligados  á  res- 
tituirlo, so  pena  de  irse  al  infierno,  conforme  á 
lo  que  dice  San  Agustín:  Non  dimitUtur pecca- 
tum,  ni'si  restt'tnatur  ablatum.  Pues  lo  que  assi  se 
gana,  tomado  y  hurtado  es,  siendo  encubierto, 
como  si  fuese  robo  manifiesto.  Anssí  mesmo, 
todo  lo  que  se  gana  á  personas  que  lo  que  jue- 
gan no  es  suyo,  ni  pueden  disponer  dello  sin  li- 
cencia de  otra  persona,  así  como  los  criados  que 
juegan  los  dineros  ó  haciendas  de  sus  amos,  los 
esclavos  que  juegan  las  de  sus  señores,  los  hi- 
jos que  para  esto  toman  las  haciendas  á  sus 
padres,  los  que  tienen  curadores  y  por  falta  de 


498 


orígenes  de  la  novela 


edad  no  piiedon  disponer  de  sns  haciendas,  y 
también  los  que  ganan  dineros  á  otros  que  sa- 
ben que  los  han  ganado  mal  y  están  (antes  que 
los  juegen)  obligados  á  la  restitución  dellos.  Lo 
que  se  gana  á  personas  simples  y  á  enfermos 
necesitados,  lo  que  se  gana  atrayendo  á  uno  por 
fuerza  6  por  engaño  o  por  grandes  persuaciones 
á  que  juegue,  todo  esto  obliga  á  restitución;  y 
en  otros  muchos  casos  que  dexo  de  decir,  en 
que  hay  la  mesnia  obligación,  el  cómo  y  cuándo 
y  en  qué  manera  se  haya  de  restituir,  déxolo 
para  (jue  lo  veáis  en  los  doctores  que  os  he  di- 
cho, y  tauíbién  porque  los  confesores  os  avisa- 
rán de  ello,  aunque  lo  mejor  sería  no  tener  en 
este  casso  necesidad  de  sus  consejos.  Solamente 
quiero  agora  (jue  consideréis,  señores,  entre  vos- 
otros, pues  sois  talmres  y  habéis  conversado  y 
tratado  con  tahúres,  ¿cuántos  habéis  visto  tan 
limpios  y  tan  recatados  que  tengan  advertencia 
á  estas  cosas,  sino,  bien  ó  mal,  juegan  con  quien 
quiera,  trayan  dineros  suyos  ó  sean  cuyos  fuesen, 
sean  libres  ó  siervos,  padres  ó  hijos,  bobos  ó  sa- 
bios, los  dineros  que  traen  mal  habidos?  Por 
cierto  pocos  ó  ninguno  hay  (jue  dt-xim  do  liacer  á 
cualesquiera  dineros  drstos,  y  procurar  de  ga- 
narlos de  la  manora  que  pudieren,  ahogando  que 
no  están  oblit^ados  á  la  especulación  dest^is  co- 
sas, ni  á  saberlas:   sabiendo  qu(!  la  ignorancia 
no  excusa  el  pecado  y  que  San  Pablo  dice  (/Ir/. 
Cor, y  XI ii):  [giiorans  tgfinrahitur,  Y  si  queréis 
que  os  diga  lo  que  siento  verdaderamente  de 
los  que  esto  hacen,  se  puede  presumir  que  no 
son  verdaderos  cristianos,  ni  sienten  biiiu  de  la 
fe,  porque  más  adoran  á  los  naipes  (jue  á  Dios, 
más  qnioríMi  los  dados  qu»»  todos  los  santos,  (juc 
por  jurar  no  oyen  misa  ni  sennón  los  días  de 
tiestas,   por  el  juego  pierden  todos  los  otros  ofi- 
cios   divinos,  y  se  estarán    una    semana    sin 
entrar  en  la  igl(?sia;  si  hacen  alguna  oración  ó 
devoción  es  |)or  ganar:  las  cuentas  (juíí  tratMi 
y  lo  que  por  ellas  rezan  es  echar  cuentas  cómo 
ganarán  las  haciendas  á  sus  prójimos.  Si  pier- 
den es  abominable  cosa  su  decir  mal  á    l)i()s  y 
blasl'en)ar,  y  si  lo  dexan  de  decir  en  público,  es 
porque  temen  más  el  castigo  del  cuerpo  que  el 
del  alma  y  el  del  mundo  más  quel  del  infierno. 
Así  qu(»  siendo  cristianos  usan  tan  mal  de  la 
cristiandad,  que  roban  las  haciendas  ajenas  y 
se  aprovechan  dellas,  pierden  el  tiempo  y  mu- 
chas veces  pagan  de  sus  haciendas  lo  que  han 
ganado  de  las  otras,  de  los  que  viven  de  la  ma- 
nera que  ellos,  (juedando  todos  debaxo  de  la 
obligación  de  restituirlas.  (Qué  diremos  sin  esto 
de  los  que  buscan  supersticiones  y  hechicerías 
para  ganar  con  ellas  diciendo  que  tienen  virtud 
para  ello?  Y  assí  unos  traen  consigo  nóminas 
con  nombres  no  conoscidos,  ó  por  mejor  decir 
de  demonios,  otros  traen  sogas  de  ahorcados, 
otros  las  redecillas  ó  camisas  en  que  nacen  ves- 


tidos los  niños,  algunos  traen  mandrignlas  j 
otras  mil  suciedades  y  abominaciones.  Por  cier- 
to éstos  tienen  en  tan  poco  sus  ánimas,  que  his 
darán  á  trueque  de  ganar  caatro  reales  por  ellas. 
Pues  decidme,  señor  Bernardo,  ¿qué  os  parece 
cómo  es  bueno  el  juego  para  -el  cuerpo  y  p»n 
el  alma?  ¿y  qué  provechos  son  tan  grandes  los 
que  del  se  sacan?  ¿Xo  es  bien  dexar  su  amistad  j 
trato  y  conversación  á  cualquier  tiempo  que  sea, 
pues  que  debaxo  los  halagos  y  placeres  y  delei- 
tes que  del  se  siguen  hay  tantos  y  tan  grandes 
desabriun'entos,  tantas  afrentas  y  menguas,  tan 
terribles  desasosiegos,  tanta  turbación  y  peli- 
gros, principalmente  para  la  salvación  de  nues- 
tras almas?  Mirad  bien  en  ello  y  considerald*.» 
todo,  que  aunque  nosotros  como  mah»s  cristia- 
nos no  tuviésemos  atención  al  daño  y  perjuicio 
de  nuestras  conciencias,  la  liabriauíos  detener 
á  que  ningún  contentamiento  ni  descanso  de  el 
juego  hay  que  después  no  se  vuelva  en  doblado 
trabajo  y  tristeza;  y  nunca  dio  ganancia  que  no 
se  pagase  con  doblada  pérdida;  y  en  fin,  es  siem- 
pre UKiyor  el  dolor  que  se  causa  del  perder  qm? 
la  alegría  que  trae  consigo  el  ganar:  y  no  ale- 
guéis á  dos  ó  tres  ó  cuatro  personas  que  per 
ventura  sabéis  que  se  hayan  hecho  ricos  pf»r  fl 
juego,  que  éstos  son  como  una  gohmdrina  en  el 
invierno,  porque  por  ellos  veréis  mili  millorits 
de  gentes  perdidas  y  abatidas  por  haU*r  perdi- 
do cuanto  tenían.  Dicho  os  he  mi  parecer  y  dado 
os  he  consejo,  como  pienso  tomarlo  para  mi.  j 
el   que  estí)y  obligado  á  daros   como  vuestro 
amigo;  si  os  pareciere  bien,  seguilde,  y  si  no 
vuestro  será  el  daño,  (pie  á  mí  no  me  cabrá  dclln 
más  de  pesarme  d'3  ver  que  os  quedáis  tan  cie- 
gos como  hasta  aquí  habéis  estado. 

Bernardo. — No  penséis, señor  AntoniOjqnf 
no  he  caído  en  la  cuenta  de  todo  lo  (¿ue  habéis 
dicho;  píírque  vuestras  palabra.s  me  han  alam- 
brado el  juicio  y  destapado  los  ojos  del  enten- 
dimiento, que  tenía  ciegos,  y  con  firme  proposito 
y  determinación  quedo  desde  agora  de  no  jugar 
en  mi  vida,  y  si  jugare,  á  lo  luenos  de  manera 
que  me  puedan  llamar  tahúr  por  ello,  que  pnt^ 
decís  que  pasar  el  tiempo  entre  amigos  e?  a.'gn- 
nas  veces  lícito,  no  se  ganando  tantos  dinen"^ 
que  el  que  los  perdiese  rei'iba  daño  por  ello. 
cuando  alguna  vez  me  desmandase  será  á  esto 
y  no  á  más. 

Antonio. — Y  aun  eso  no  ha  de  ser  njay 
continuo,  p(>rque,  si  umchas  veces  se  hiciese,  d? 
pasatiemj)o  se  volvería  en  vi<rio,  y  si  pudiéscdeí 
acabar  con  vos  de  dexar  de  todo  punto  el  jacg<»t 
sería  lo  más  seguro;  pero  no  quiero  agora  apre- 
taros tanto  que  con  ello  quiebro  este  lance  qn? 
os  he  armado  y  prisión  en  que  de  vuestra  volun- 
tad os  vais  metido. 

Luis. — Pues  en  pago  de  vuestra  buena  inten 
ción,  señor  Bernardo,  y  porque  me  prometáis  di 


COLLOQÜIOS  SATÍRICOS 

seguir  lo  que  agora  tenéis  determinado,  os  quie- 
ro prestar  los  treinta  ducados  que  quedasteis 
debiendo,  para  que,  pagándolos,  cumpláis  con 
vuestra  fe  y  palabra. 

Bernardo.  Muy  gran  merced  es  la  que  me 
hacéis,  y  de  los  primeros  que  vinieren  á  mí  po- 
der seréis  muy  bien  pagado  dcllos. 

Antonio. — Con  esto  nos  podremos  ir,  que 
platicando  se  nos  ha  passado  el  dia  y  yo  tengo 
mucho  que  hacer. 

Luis. — Pues  comenzad  á  caminar,  que  nos- 
otros os  acompañaremos  hasta  dexaros  en  vues- 
tra posada. 

r  mis. 


COLLOQUIO 

En  que  se  trata  lo  que  los  nii'dicos  y  boticarios  están  obltgailo^ 
á  hacer  ¡Kira  cumplir  coa  sus  oficios,  y  así  mesmo  fe  ponen 
Las  faltas  que  hay  en  ellos  para  daño  de  los  enfermos,  con 
machos  avisos  necesarios  y  provechosos.  Divídese  en  dos  ¡Kir- 
tos:  en  la  primera  Si>  trata  lo  que  toca  á  los  boticarios,  y  en 
la  segunda  lo  de  Ion  médicos. 

INTERLOCUTORES 

Médico,   Licenciado   Lerma, 

Boticario,  Z)/oni«/o.— Enfermo, />.  Gaspar, 

Caballero,  Pimentel. 

Lerha. — Dios  dé  salud  á  vuestra  merced, 
mi  seüor  D.  Gaspar. 

D.  G  ASPAR. — Así  haga  á  vuestra  merced  para 
que  en  ti<?mpo  tan  necesario  no  mo  olvide  tanto 
como  hoy  lo  ha  hecho;  que  si  no  fuera  con  la 
buena  conversación  del  señor  Pimentel,  que  me 
ha  entretenido,  muy  largo  se  me  hubiera  hecho 
el  día,  y  aun  con  el  señor  Dionisio  no  he  hol- 
gado poco,  porque  tiene  gran  cuidado  de  visi- 
tarme, y  cuando  los  médicos  so  descuidan,  es 
bien  que  los  boticarios  (como  uno  de  sos  miem- 
bros) vengan  á  cumplir  sus  faltas  con  los  en- 
fermos. 

Lerma. —  Buena  manera  es  essa  de  reñir 
conmigo  una  falta  que  hago  por  no  poder  ha- 
cer menos;  y  no  la  hiciera  sino  con  dexar  á  vue- 
sa  merced  esta  mañana  en  tan  buena  disposi- 
ción, que  creo  que  debe  estar  ya  sin  calentura. 

D.  Gaspar. — Mejor  viva  yo  que  estoy  sin 
ella. 

Lerma. — Muéstreme  vuestra  merced  el  pul- 
so. En  verdad  que  no  es  tiinta  que  se  pueda  de- 
cir calentura,  y  de  aquí  á  mañana  yo  sé  cierto 
que  no  habrá  ninguna. 

D.  Gaspar. — Menos  cuenta  tengo  con  ella 
que  con  este  dolor  que  siento  en  el  hígado,  por- 
que yo  os  digo,  señor  licenciado,  que  me  ator- 
menta tanto,  que  le  temo,  y  esto  es  lo  princi- 


POR  A.  DE  TORQUEMADA  499 

pal  para  que  yo  querría  que  me  buscáscdes  re- 
medio. 

PiiiENTBL. — A  lo  que  yo  siento,  más  debe 
proceder  el  accidente  de  la  calentura  del  mal 
que  hay  en  el  hígado  que  no  el  mal  6  dolor  del 
hígado  de  la  calentura,  y  pocas  veces  el  señor 
Gaspar  estará  sin  ella  hasta  que  esté  remedia- 
da la  causa  principal  de  á  donde  se  sigue  el  daño. 

Lerma.— Vuestra  merced  dice  gran  verdad, 
})ero,  según  esto,  Dionisio  no  ha  hecho  el  em- 
plasto de  melliloto  que  yo  dexé  ordenado,  ni 
vuestra  merced  lo  debe  tener  puesto. 

Dionisio. — Así  es  verdad. 

Lerma. — ¿Pues  por  qué  no  se  hizo? 

Dionisio. — Porque  no  ha  tantas  horas  que 
vuestra  merced  lo  ordenó  que  no  se  pueda  ha- 
ber sufrido  sin  él,  como  se  han  pasado  tantos 
días  que  el  señor  don  Gaspar  lo  hubiera  de  ha- 
ber tenido  con  otros  beneficios  que  se  le  pudie- 
ran haber  hecho  antes  de  ahora. 

Lerma. — ¿Y  qué  descuidos  parece  á  vos  que 
se  ha  tenido  en  esso? 

Dionisio.—  Yo  no  he  visto  qiie  hayan  pre- 
cedido los  remedios  universales  á  los  particula- 
res que  agora  se  hacen;  pues  no  se  han  hecho 
las  evacuaciones  conforme  á  las  reglas  de  me- 
dicina, las  cuales  han  de  preceder  á  las  uncio- 
nes y  emplastos,  según  la  doctrina  de  Ipocras 
en  sus  aforismos. 

Lerma. — No  es  malo  que  queráis  vos  hace- 
ros dotor  en  Medicina  sin  saber  letra  della  y 
que  os  parezca  que  estoy  yo  obligado  á  sufrir 
vuestra  desvergüenza  de  enmendarme  la  cura 
que  yo  hago.  ¿Sabéis  vos  por  ventura  la  inten- 
ción principal  que  yo  he  llevado  en  ella,  y  si  ha 
habido  otros  accidentes  más  principales  y  que 
tienen  más  necesidad  de  remediarse? 

Dionisio. — Lo  que  yo  sé  es  que  no  está  toda 
la  fuerza  en  el  emplasto  para  sanar  el  hígado. 

Lerma. —  Si  no  tuviera  respeto  á  estos  se- 
ñores que  están  presentes,  yo  os  respondiera 
como  vos  moreciades;  pero  assí  no  quiero  deci- 
ros más  de  que  atendáis  á  hacer  bien  lo  que 
toca  á  vuestro  oficio,  y  no  haréis  poco. 

Dionisio. — Vuestra  merced  se  ha  apasio- 
nado sin  razón,  y  en  lo  que  toca  á  mi  oficio,  yo 
lo  hago  de  manera  que  no  hay  de  qué  repre- 
henderme. 

Lerma. — ¿Qué  podéis  vos  hacer  más  que 
los  otros  boticarios,  pues  en  fin  sois  boticario 
como  ellos? 

Dionisio.— ¿Y  qué  suelen  hacer  los  botica- 
rios que  no  sea  muy  bien  hecho? 

Lerma. — Por  vuestra  honra  quiero  callarlo, 
y  aun  por  la  de  los  médicos,  pues  lo  sabemos  y 
no  lo  remediamos. 

Dionisio. — Si  vuestra  merced  lo  dixese,  no 
faltará  para  ello  respuesta;  pues  no  es  justo  que 
'  en  esse  caso  paguen  justos  por  pecadores. 


500 


orígenes  de  la  novela 


PiMENTKL.— Loque  aquí  se  dixere  no  saldrá 
desta  puerta  afuera,  y  coa  esta  condición,  y  cou 
que  sea  sin  ningún  enojo,  el  señor  don  Gaspar 
y  yo  recebiremos  muy  gran  merced  en  que  se 
trate  algo  desta  materia  para  satisfacerme  de 
algunas  cosas  que  me  han  puesto  duda  y  sospe- 
cha de  que  algunos  boticarios  no  cumplen  con 
el  mundo  y  con  Dios  lo  que  son  obligados. 

Lerma.  —  Ningún  engaño  recibe  vuestra 
merced  en  esso,  y  plega  á  Dios  que  no  sean  to- 
dos los  que  esso  hacen,  y  pues  que  aquí  puede 
pasar,  menester  es  que  todas  sean  verdades  las 
(}ue  se  dixeren. 

Dionisio.—  Diga  vuestra  merced  lo  que  qui- 
siere, que  ninguna  pena  recebirá  dello  con  tal 
que  yo  sea  también  oído  antes  que  la  cuestión 
se  determine,  pues  estos  señores  han  de  ser  jue- 
ces del  la. 

D.  GAsrAB.  — Razón  tiene  Dionisio  en  lo 
que  pide. 

Lerma. — Yo  soy  contento  de  que,  cuando 
sea  tiempo,  pueda  replicar  y  alegar  de  su  dere- 
cho. Y  porque  vuestras  meníedes  entiendan  que 
no  me  muevo  sin  razón  á  lo  que  he  dicho,  se- 
pan que  las  condiciones  que  han  de  tener  los 
boticarios  escriben  muchos  autores,  y  quien 
particularmente  las  trata,  es  Saladino  en  la  pri- 
mera parte  de  su  obra;  y  porque  referir  todo 
lo  que  dice  seria  confusión  y  prolijidad,  diré  al- 
gunas cosas  dellas.  Y  lo  primero  es  que  el  bo- 
ticario ha  de  ser  de  muy  buen  ingenio,  hombre 
sin  vicios,  sabio  y  experimentado  en  su  oñcio; 
no  ha  de  ser  avariento,  ni  deseoso  de  adquirir 
hacienda;  sobre  todo  ha  de  ser  muy  fiel  para  que 
no  haga  cosa  contra  su  conciencia,  ni  por  su 
parecer,  sino  con  consejo  de  médico  docto,  y 
que  en  el  precio  de  las  medicinas  sea  conveni- 
ble. Estas  son  cosas  tan  necesarias,  que  obligan 
tanto  al  boticario  á  guardarlas  y  cumplirlas, 
que  no  lo  haciendo,  no  es  poco  ol  daño  ni  po- 
cos los  inconvenientes  que  dello  se  siguen  á  los 
enfermos;  pero  yo  he  hablado  sin  perjuicio  do 
los  buenos  loticarios  (que  son  tan  poces,  que 
apenas  se  hallará  uno  entre  ciento),  diré  lo  que 
cerca  desto  hacen.  Lo  primero  en  lo  que  toca  á 
ser  hombre  sabio  y  experimentado  en  su  oficio 
no  tienen  ellos  todía  la  culpa,  que  la  mayor  par- 
te se  puede  dar  á  los  protoniédicos  porque  exa- 
minan y  dan  por  hábiles  y  suficientes  á  muchos 
que  ni  saben  ni  entienden  qué  cosa  son  medi- 
cinas, ni  tienen  experiencia  dellas  ni  conoci- 
miento para  alcanzar  cuál  es  una  ni  cuál  es 
otra,  sino  que  si  van  á  la  feria  á  comprar  sus 
drogas,  no  solamente  se  engañan  en  distinguir 
y  apartar  lo  malo  de  lo  bueno,  pero  muolias  ve- 
ces toman  uno  por  otro  sin  conocerlo,  porque 
ignoran  la  condición  y  calidades  que  han  de  te- 
ner para  ser  aquella  medicina  que  piensan;  y 
por  no  se  mostrar  ignorantes,  quieren  más  de- 


xarse  engañar  de  los  que  los  venden  que  tonur 
consejo  con  quien  podría  desengañarlos  pan 
que  no  errasen. 

PiiiENTEL. — Pues,  ¿por  qué  los  protomédi- 
cos  hacen  una  cosa  tan  fuera  de  razón  como 
essa? 

Lbrua.^0  por  no  perder  el  interese  do  los 
derechos  que  los  pagan  ó  porqae  reciben  ser- 
vicios con  que  se  obligan  á  hacer  lo  que  no  de- 
ben, y  sin  esto  aprovechan  mucho  los  favor» 
de  personas  señaladas  ó  de  algunos  amigos  i 
quien  estiman  en  más  que  á  las  conciencian,  r 
asi  veréis  que  muchos  vienen  examinados  j 
con  su  carta  de  examen  muy  bien  escrita  y  ila- 
minada,  que  podrían  con  más  jasta  razón  trarr 
una  albarda  que  usar  el  oficio.  Y  con  poner  su> 
boticas  muy  compuestas  con  cajas  doradas? 
botes  pintados,  y  las  redomas  con  unos  rétalos 
muy  grandes,  á  muchas  gentes  hacen  entender 
que  es  oro  todo  lo  que  reluce,  y  que  vayan  á 
tomar  medicinas  á  sus  tiend:is,  que  aprovccbíD 
más  para  enfermar  con  ellas  los  sanos  qv 
para  dar  salud  á  los  enfermos. 

D.  Gaspar. — En  esto  también  me  parece 
que  tienen  la  culpa  los  médicos  como  los  boti- 
carios, pues  lo  saben  y  lo  permiten. 

Lerma.  — Yo  no  quiero  excusar  á  los  qne 
esso  hacen. 

Dionisio. — Ni  podría  vuesa  merced  hacerlo 
aunque  quisiese,  pero  yo  lo  guardo  todo  pin 
mi  respuesta,  porque  no  quiero  quebrar  el  hilo 
satírico  que  vuestra  merced  lleva  tan  bien  or- 
denado. 

Xerma.  — Bien  es  que  lo  hagáis  asi,  que 
tflnbién,  como  ya  he  dicho,  os  oiré  yo  lo  qiu 
en  favor  vuestro  y  de  los  boticarios  alegasen*». 
Y  tornando  al  propósito,  digo  que  es  cosa  rccii 
la  desorden  que  en  esto  se  tiene,  que  cu  au 
cosa  que  va  la  salud  y  vida  de  los  hombrí'»,  do 
se  ponga  mayor  diligencia  en  conocer  á  los  qne 
pueden  tratar  dello. 

PiUENTEL. — ¿Y  qué  se  podría  hacer  par» 
remediarlo? 

Lerma. — No  dar  el  oficio  de  los  protomédi- 
eos  á  hombres  que  hubiesen  de  llevar  derecixx 
ni  dineros  algunos  á  los  que  examinaren,  por- 
que asi  cesaría  la  codicia  y  no  los  cegaría  ú 
interés  que  se  les  sigue.  Y  demás  desto  haliio- 
los  de  buscar  personas  muy  santas,  tenjerosts 
de  Dios  y  de  sus  conciencias,  para  que  no  per- 
mitiesen que  ninguno  tratasse  en  esta  arte  qoc 
no  la  entendiese  y  supiese  muy  bien  lo  qM 
hacia. 

D.  Gaspar. — Harto  buena  gobernación  se- 
ría essa,  y  aun  bien  necesaria,  si  se  h¡cies$eÍo 
que  decís,  y  aun  las  justicias  y  regimientos  de 
los  pueblos  habían  de  entender  en  remediar 
esta  falta,  cuando  saben  qne  un  boticario  norf 
bastante,  por  el  daño  que  dello  se  signe  i  I* 


COLLOQÜIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


501 


república;  pero  pasad  adelante  en  tanto  que 
esto  se  remedia. 

Lerva. — Es  tanta  la  inorancia  dcsta  gente 
do  quien  hablamos,  que  en  lo  que  decían  saber 
más  es  en  lo  que  menos  saben,  porque  la  prin- 
cipal parte  que  han  de  tener  es  en  el  conoci- 
miento de  las  hierbas  y  plantas  y  raices  y  pie-* 
dms;  notorio  está  que  la  mayor  fuerza  de  la 
medicina  consiste  en  ellas,  y  tanto  que,  según 
dice  Rasis  en  ol  segundo  de  los  anforismos, 
trayéndolo  por  auctoridad  de  aquel  gran  filósofo 
Hermes,  si  se  conociesen  bien  las  propiedades 
y  virtudes  de  las  hierbas  y  plantas,  curarían  los 
médicos  con  solas  ellas,  de  manera  que  pare- 
ciese que  curaban  con  arte  mágica;  pues  si  esto 
es  assi,  al  médico  conviene  ordenar  y  á  los  bo- 
ticarios poner  en  efeto  lo  que  ellos  ordenassen, 
lo  cual  pueden  muy  mal  hac  ir  si  no  conocen 
destintamonte  las  plantas  y  las  hierbas  y  las 
raices  y  piedras,  y  aun  las  condiciones  y  pro- 
piedades dellas.  i  Oh  cuántos  y  cuántos  boti- 
carios de  los  buenos  se  engañan  en  tener  unas 
hierbas  por  otras,  y  en  no  conocer  y  entender 
muchas  dellas!  ¿Que  harán  los  que  no  lo  son? 
¡  V  esto  de  donde  pensáis  que  procede?  De  que 
no  saben  gramática  para  entender  los  libros  que 
tratan  dellas,  6  si  la  saben,  porque  les  falta  la 
experiencia,  que  ni  nunca  las  han  buscado  ni 
visto,  y  cuando  las  buscan,  hallan  algunas  que 
se  parecen  unas  á  otras  en  las  hojas,  en  el  ta- 
maño y  en  las  flores  y  en  el  olor,  y  por  ventura 
son  tan  distintas  y  diferentes  en  las  propieda- 
des, que  la  una  mata  y  la  otra  sana,  y  los  mez- 
quinos de  los  enfermos  han  de  estar  sujetos  á 
la  simpleza  de  un  boticario,  si  acierta  6  no 
acierta,  y  no  solamente  los  enfermos,  pero  los 
médicos,  que  desto  y  de  otras  muchas  cosas  nos 
ponen  la  culpa,  sin  tenerla. 

\),  Gaspar. — ¿Y  qué  pueden  hacer  para 
esso  los  protomédicos? 

Lbrma. — Yo  lo  diré.  Que  al  que  examina- 
sen, no  había  de  ser  ni  en  un  dia,  ni  en  ocho,  ni 
aun  en  quince,  y  también  le  habían  de  exami- 
nar de  la  teórica  como  de  la  prática,  y  de  la 
experiencia  como  de  la  ciencia;  mostrándole 
mucha  cantidad  de  hierbas  juntas,  á  lo  menos 
de  las  que  más  le  traen  en  uso,  para  que  apar- 
tasen las  unas  de  las  otras,  y  las  nombrassen 
por  sus  nombres  y  dixesen  los  efectos  que  tie- 
nen y  en  qué  pueden  servir  en  las  medicinas, 
pues  tienen  á  Dioscórides  y  á  Plinio  y  á  Leo- 
nardo Susio,  y  á  otros  muchos  que  tan  buena 
noticia  les  dan  de  todas  ellas,  si  ellos  las  hubie- 
sen buscado  y  tratado  para  conocerlas.  Pero  el 
mal  es  que  nunca  las  buscan  sino  cuando  tienen 
necesidad  dellas,  y  por  esto  caen  en  tantos  ye- 
rros, y  tan  perjudiciales  como  aquí  he  dicho. 
Lo  mismo  habían  de  hacer  en  las  piedras  .y 
raices  y  gomas  y  licores,  y  en  todas  las  otras 


medicinas;  y  dexando  los  pecados  que  hacen  eu 
esto  por  inorancia,  líbrenos  Dios  de  los  boti- 
carios que  no  tienen  respeto  sino  adquirir  y  ga- 
nar haciendas,  que  la  avaricia  y  codicia  les  ha- 
ce dejar  de  usar  fielmente  sus  oficios,  porque 
éstos  son  aquellos  de  quien  dice  Jacobo  Silvio 
en  el  proemio  de  su  obra  que  hizo  de  las  cosas 
que  tocan  á  este  arte,  que  se  pueden  llamar 
carniceros  y  verdugos  los  boticarios  que  no  sa- 
ben ni  usan  bien  su  obligación,  porque  de  lo 
que  aprovecha  es  de  matar  los  hombres  sin  nin- 
gún respeto  ni  piedad.  Verdaderamente,  si  no 
tienen  conciencia  y  fidelidad,  y  si  han  ya  per- 
dido el  temor  de  Dios  por  el  de  los  dineros, 
no  hay  cosa  más  cruel  que  sus  manos,  más  sin 
piedad  que  su  intención  ni  más  abominable 
que  sus  hechos,  porque  no  dan  medicina  que 
sea  buena,  ni  que  haga  buena  operación.  Lo 
que  los  médicos  hacen,  ellos  lo  dañan,  ellos 
destruyen  la  buena  cura.  Y  porque  más  clara- 
mente se  entienda  quiero  decir  algunas  parti- 
cularidades, pues  que  para  decirlas  todas  sería 
menester  muy  largo  tiempo.  Tienen  por  flor 
una  cosa  que  diré,  y  es  que  cuando  un  médico 
quiere  recentar  una  purga  ó  pildoras,  ó  otra 
cosa,  y  pide  las  medicinas  que  entran  en  ella 
para  verlas,  suele  decir:  ¿Tenéis  buen  reubarbo 
ó  buen  agárico?  Mostradlo  acá.  Y  entonces  el 
boticario  saca  tres  ó  cuatro  pedazos  que  no  va- 
len dos  maravedises,  y  entre  ellos  uno  que  es 
muy  bueno,  y  antes  que  el  médico  hable  le  dice: 
Señor,  todo  el  reubarbo  es  tal  que  no  hay  más 
que  pedir;  pero  este  boleto  del  es  el  mejor  del 
mundo,  y  por  tal  me  ha  costado  á  tanto  precio; 
del  se  podrá  gastar  en  esta  purga  lo  que  vuesa 
merced  mandare.  El  médico  le  dice:  Pues  echad 
del  una  dracma,  ó  media  dracma  como  ves  que 
es  menester;  y  en  volviendo  las  espaldas,  el  bo- 
ticario guarda  aquello  bueno  y  echa  de  lo  malo, 
de  manera  que  con  un  pedazo  bueno  vende 
cuanto  reubarbo  tiene  que  no  vale  nada,  por- 
que después  que  lo  muele  y  se  echa  en  la  purga, 
mal  se  puede  ver  si  era  de  lo  uno  ó  de  lo  otro. 

D.  Gaspar.  —  Si  no  se  pudiera  ver,  á  lo  me- 
nos podráse  sentir  en  la  disposición  y  salud  del 
enfermo,  pues  no  hará  tan  buena  operación  lo 
malo  como  lo  bueno. 

Lkrma. — Lo  mesmo  que  digo  hacen  en  la 
escamonea,  en  el  acibar  y  en  todas  las  otras 
medicinas  desta  suerte. 

PiHBNTBL. — ¿Y  en  la  cañafistola  hay  algún 
engaño  desos? 

Lerma. — Si  sueltan  la  rienda  al  deseo  de  la 
ganancia,  no  hay  medicina  en  sus  tiendas  con 
que  no  puedan  engañar  á  las  gentes,  y  en  la 
cañafistola  hay  lo  que  dice.  Si  se  recenta  dos 
onzas  della  y  es  la  cañafistola  de  la  buena,  sá- 
cale la  pulpa  necesaria,  y  si  es  de  la  mala  y 
seca,  todo  el  peso  tiene  la  caña,  y  la  pulpa  no  es 


502 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


casi  nada  ni  hace  operaciun  ninguna,  y  para 
engañar  á  los  médicos  6  á  los  que  la  compran, 
meten  la  cañafístola  en  las  cuevas  y  lu<^ares  muy 
húmedos  porque  parezca  mejor  y  pese  más,  y 
así  los  enfermos  con  la  cañafístola  que  les  ha 
de  aprovechar  como  medicina  benedita,  toman 
la  mitad  de  humedad  que  no  obra  de  otra  cosa 
sino  de  destmir  la  salud  y  el  cuerpo. 

PiMENTEL. — Y  en  las  otras  medicinas  sim- 
ples ¿qué  pueilen  o  suelen  hacer  los  boticarios? 

Lerma.--Lo  uno  no  conocerlas  cuando  las 
compran  ó  cogen  del  campo  o  de  los  huertos  en 
que  nacen;  y  lo  otro,  si  las  conocen,  no  enten- 
der cuáles  sean  las  mejores  ni  las  peores  para 
usar  dellas,  y  lo  que  peor  es,  que  hay  tantos 
boticarios  tan  ne(?ios  y  inorantes,  que  no  saben 
gramática  ni  entienden  los  nombres  de  las  me- 
dicinas en  latín,  y  cuando  les  dan  las  recentas, 
por  no  mostrar  su  inorancia,  dexan  de  echar 
aquella  medicina  simple  en  el  compuesto,  y  por 
ventura  es  la  que  en  todas  más  hace  al  caso;  y 
éstos  tienen  á  Mesue  y  á  la  decílaración  de  los 
fraires ,  y  Antonio  Musa  y  Jacobo  Silvio,  y 
otros  cien  liliros  muy  bien  encuadernados  que 
no  sirven  de  más  que  de  auctorizar  su  botica, 
estando  obligados  á  entenderlos  tan  bien  como 
los  médicos  mismos.  Y  para  que  vuestras  mer- 
cedes entiendan  lo  que  pasa,  yo  sé  boticario 
que,  recentando  un  médico  en  su  casa  cierta 
medicina  en  que  hubo  necesidad  de  poner  me- 
dia onza  de  simiente  de  psilio,  él  no  lo  ent<ín- 
diü  ni  supo  qué  cosa  era,  y  para  salir  de  la  duda 
que  tenía  fuesse  á  casa  de  otro  boticario  y  pre- 
giuitóle  si  tenía  psilio.  El  otro  le  respondió  que 
sí.  Pues  dadme  media  onza  del  y  ved  lo  que  me 
habéis  de  llevar  j»or  ella.  El  otro  botieario,  que 
era  astuto  y  avisado,  ent<indió  luego  el  negocio 
y  díxole:  No  os  la  puedo  dar  un  maravedí  me- 
nos de  un  du«*ado,  porque  por  dos  ducados 
compn''  la  onza,  y  no  os  hago  poca  cortesía  en 
dárosla  sin  ganancia.  Pues  que  assí  es,  dixo  el 
que  compraba,  veis  aquí  el  ducado  y  dádmela. 
El  otro  lo  tomó  y  le  dio  en  un  papel  la  media 
onza  de  psilio,  y  cuando  lo  hulio  descogido  y 
mirado,  vio  que  ei*a  zaragatona  y  dixo:  <'Qué  me 
dais  aquí,  que  esta  zaragatona  es?  Assí  es  ver- 
dad, dixo  el  otro  que  se  le  había  dado.  Pue?  por 
cosa  que  valcí  un  maravedí,  dixo  él,  ¿me  lleváis 
un  ducado?  Sí,  respondió  el  que  le  había  ven- 
dido, que  yo  no  os  vendí  la  zaragatona,  sino 
el  nombre,  que  no  lo  sabíades,  y  el  aviso  para 
un  boticario  como  vos  vale  más  que  diez  duca- 
dos. Y  aunque  sobre  esto  hubieron  barajas  y 
fueron  ante  la  justicia,  se  quwló  con  el  du(»ado 
y  reyéndose  todos  del  boticario  nescio  <pie  se  lo 
había  dado. 

D.  Gaspar. — Por  cierto  él  lo  menícía  bien 
por  lo  que  hizo. 

Lerha. — No  es  menos  de  oir  lo  que  agora 


diré,  y  pasa  así  de  verdad;  que  queriendo  htcvr 
un  boticario  el  collirio  blanco  de  Rasis  que  apro- 
vecha para  el  mal  de  los  ojos,  tío  que  al  cabo 
de  las  medicinas  que  habían  de  entrar  en  él  es- 
taba escrito  tere  stgilatim,  que  quiere  decir  qo? 
las  moliese  cada  una  por  sí,  y  él  entendió  qno 
le  mandaba  echar  una  medicina  que  se  llamaba 
tierra  sellada,  y  teniendo  todo  junto  para  re- 
volverlo, llegó  otro  boticario,  y  conociendo  la 
tierra  sellada,  díxole:  ¿Qué  es  esto  que  hacéis? 
En  el  collirio  de  Rasis  no  entra  esta  medicina. 
Y  el  que  lo  hacía  porfiaba  que  sí  y  que  asi  es- 
tal»a  en  la  recenta  del  collirio.  Sobre  porfía  h 
fueron  á  ver,  donde  el  boticario  que  había  lle- 
gado de  fuera,  conociendo  la  causa  de  su  yerro, 
le  desengañó,  mostrándole  lo  que  quería  decir 
tf're  sigHiitim^  y  asi  le  hizo  quitar  la  tierra  se- 
llada, y  lo  que  en  ello  iba  era  que  todas  las  me- 
dicinas de  aquel  collirio  son  frías,  y  ésta  era  ci- 
lida  y  de  tal  condición,  que  bastaba  para  que- 
brar los  ojos  en  lugar  de  sanarlos.  Otras  ma- 
chas cosas  pasan  cada  día  desta  niesma  manera, 
porque  boticarios  hay  que,  siendo  el  espodiode 
Galeno,  y  de  los  griegos  Tucia,  y  el  de  Avice- 
na  y  los  árabes  raices  de  cañas  quemadas,  v  ci 
que  nosotros  comúnmente  usamos  dientes  de 
elefantes,  que  es  verdadero  marfil,  ellos  hacen 
otro  nuevo  espodio  echando  los  huesos  y  cani- 
lla:^, y  aun  plega  á  Dios  que  no  sean  de  la 
primera  bestia  quo  hallasen  muerta,  y  con  esto 
les  parece  que  tienen  cumplido  con  lo  que  de- 
ben. Y  cuando  vienen  á  hacer  algún  compuesto 
en  que  entren  muchas  medicinas,  algunas  dellas 
les  faltan,  otras  están  dañadas,  otras  secas  j 
que  les  falta  la  virtud  y  no  dexan  de  echarlas 
sin  tener  respeto  á  que:  improhitas  nnius  #i«- 
plicis  totam  compositionem  riciat, 

1).  Gasear. — No  entendemos  muv  bien  la- 
tín;  vuestra  merced  lo  diga  en  romanee. 

Lerma. — Digo  que  la  maldad  de  una  medi- 
cina simple,  cuando  se  junta  con  otras,  dcstraje 
y  hace  que  no  valga  nada  toda  la  composición. 
Pues  si  esto  es  assí,  qué  hará  en  la  composi- 
ción de  los  xaralH>s,  y  purgas,  y  pildoras,  qne 
alteran  y  descomponen  los  cuerpos  humanos  y 
más  adonde  entran  medicinas  furiosas,  recias  j 
venenosas,  que  se  desvelan  los  médicos  por  no 
errar  en  la  cuantía  y  en  el  peso  y  medida,  y  loa 
boticarios,  yendo  envidada  la  vida  de  un  hom- 
bre en  acertar  ó  en  (Trar,  no  se  les  da  dos  ma- 
ravedís que  sea  más  ni  menos  ni  que  obren 
bien  (|ue  mal.  Su  atención  y  intención  es  de 
ganar,  y  sea  como  fuere,  que  la  culpa  ha  de  ser 
del  médico  y  no  del  boticario. 

D.  Gaspar. — Esso  es  en  las  purgas;  pero  en 
los  xarabes  /qué  hacen  que  no  sea  bien  hecbo? 

Lerha. — Antes  creo  que  no  hay  xarabe  qne 
se  haga  bien  en  las  boticas  de  los  hombres  dea- 
ta  suerte  (|ue  he  dicho,  porque  ó  no  tienen  los 


COLLOQÜIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMAÜA 


503 


zumos  tan  buenos  como  son  menester  y  tan 
perfectos  como  han  de  ser,  ni  los  echan  en  la 
cantidad  que  el  xarabe  ha  de  llevar;  y  en  el 
azúcar  tienen  nna  alquimia  que  siempre  com- 
pran y  traen  el  más  rellaco  y  más  sucio  que 
hallan^  porque  con  ser  para  xarabes,  parésceles 
que  es  pecado  gastar  azúcar  bueno  y  limpio. 
Y  entre  diez  xarabes  no  hallaréis  los  dos  que 
tengan  el  punto  necesario. 

PiMENTEL. — En  esso  parece  que  no  va  tan- 
to, aunque  lo  mejor  sería  que  todo  fuese  per- 
fecto. 

Lerma. — En  las  pildoras  hay  también  las 
mesmas  faltas  que  en  las  purgas,  y  aun  otras 
que  parecen  mayores,  porque  demás  de  lo  que 
he  dicho,  hay  una  massa  de  pildoras  que  se 
quieren  gastar  en  haciéndose,  y  otras  que  duran 
cuatro  meses,  y  otras  seis  y  ocho  y  un  año  y  más, 
pero  cuando  passan  de  su  tiempo  sécansc  y 
pierden  la  virtud  y  fuerza  las  medicinas  que 
allí  están  incorporadas,  y  assi  no  son  para 
aprovechar;  y  los  boticarios  avarientos,  por  no 
perder  el  int'A-eses  que  dellas  se  les  ha  de  seguir, 
ni  gastar  en  hacer  otras  de  nuevo,  ¿qué  pensáis 
que  hacen?  Visitan  las  cajas  donde  tienen  las 
pildoras  y  miran  un  rétulo  ó  cédula  que  tienen 
dentro  dellas  en  que  está  puesta  la  hecha  del 
año,  mes  y  día,  y  si  es  pasado  el  tiempo  quitan 
aquella  cédula  y  ponen  otra,  por  la  cual  parece 
que  no  ha  dos  meses  que  se  hicieron,  habiendo 
por  ventura  más  do  un  año  que  estaban  hechas, 
estando  ya  perdidas  y  corrompidas;  y  assí  en- 
gañan al  médico  que  las  pide  y  recenta,  y  al 
enfermo  que  con  ellas  se  cura;  y  donde  han  de 
hacer  evacuar  los  humores  si  estuviesen  en  su 
perfición,  no  tienen  fuerza  más  de  para  alterar- 
los y  mover' os  más  de  lo  que  están,  en  grandí- 
simo daño  y  perjuicio  de  los  enfermos  y  de  su 
salud  y  vida.  Pues  en  las  aguas  que  venden, 
¿no  hay  eujüjaños?  Muchas  veces  al  medio  año 
acaban  todas  cuantas  han  destilado  y  hinchen 
las  redomas  de  agua  de  la  fuente  6  del  rio,  y  lo 
que  les  costó  una  blanca  hacen  della  tres  6  cua- 
tro ducados,  y  jamás  pedirán  cosa  ninguna  en 
su  botica  que  digan  que  no  la  tienen  6  por  gran 
maravilla;  y  dan  unas  cosas  por  otras,  diciendo 
que  tienen  la  misma  propiedad  y  que  hacen  el 
mismo  efecto,  y  á  esto  llaman  ellos  dar  quid 
pro  (jiiOj  mudando  las  medicinas  sin  la  volun- 
tad y  consentimiento  de  los  médicos,  por  no  de- 
xar  de  vender  y  hacer  dineros.  Y  por  ventura  no 
halló  el  licenciado  Monardis  tantas  medicinasen 
un  diálogo  que  hizo  que  se  podiesen  poner  unas 
por  otras  cuantas  hallan  los  boticarios  porque 
los  que  traxeren  dineros  á  sus  tiendas  no  se 
vuelvan  con  ellos.  En  los  aceites,  si  se  les  van 
acabando,  con  poco  que  tenga  el  cántaro  ó  la 
redoma,  la  tornan  á  henchir  encima  del  que  se 
vende  en  la  plaza;  y  assí  me  dixeron  á  mí  de 


uno  que  vendió  un  gran  cántaro  de  aceite  rosa- 
do no  teniendo  sino  un  poco  en  el  hondón,  so- 
bre el  cual  tornólo  a  henchir,  y  revolviéndolo 
todo,  quedóle  un  poquito  de  olor  con  que  lo 
pudo  vender,  afirmando  que  era  el  mejor  del 
mundo.  Y  en  los  ingüentos  también  pecan,  ó 
por  inorancia  ó  por  malicia,  que  pocas  veces 
salen  en  su  perfición.  Lo  mesmo  hacen  en  los 
polvos,  y  finalmente,  no  hay  medicina  ninguna 
que  no  hagan  de  manera  que  justamente  se 
pudiese  condenar  por  falsa  si  se  pudiesen  ave- 
riguar los  simples  que  echan  en  la  composición, 
á  lo  menos  si  son  costosos  ó  dificultosos  de  ha- 
ber ó  de  conocerse.  Si  mandaren  á  estos  boti- 
carios hacer  una  buena  triaca,  muchos  de  ellos 
no  conocerían  la  mitad  de  las  medicinas  sim- 
ples que  entran  en  ella,  y  plega  á  Dios  que  co- 
nozcan las  de  la  confeción  de  Hamech,  que  son 
menos  y  más  usadas,  y  las  que  entran  en  otras 
confeciones  desta  suerte.  La  triaca  de  esmeral- 
das que  venden  no  creo  más  en  ella  que  en 
Mahonia,  si  no  la  viese  hacer  por  los  ojos,  y 
por  más  cierto  tendría  que  echan  esmeraldas 
contrahechas  de  alquimia  ó  de  vidrio  ó  de  unas 
;iue  vienen  de  las  Indias,  que  de  las  finas;  y 
por  mi  consejo  nadie  las  tomaría,  ni  daría  á 
quien  bien  quisiese,  si  no  la  hubiese  visto  cuan- 
do se  hacia  ó  si  no  fuesse  de  mano  de  boticario 
de  quien  estuviese  tan  saneado  que  no  se  tu- 
viere duda  de  su  conciencia  y  virtud. 

I).  Gaspar. — Harto  ha  dicho  vuesa  merced, 
señor  licenciado,  para  que  estemos  más  avisados 
y  advertidos  de  lo  que  los  boticarios  pueden 
hacer;  pero  no  es  posible  que  todos  pequen  tan 
á  rienda  suelta. 

Lerm A. — No  digo  yo  que  todos,  porque  ha- 
ría injuria  á  algunos  buenos  que  hay  entre 
ellos,  aunque  no  sean  muchos,  y  los  que  son 
malos  es,  ó  porque  son  simples  y  inorantes,  ó 
porque  son  malos  cristianos  y  tienen  poco  te- 
mor de  Dios,  ó  porque  son  pobres,  que  la  po- 
breza es  ocasión  de  grandes  males. 

PiMENTEL. — Pues,  ¿qué  r«*medio  se  pinina 
poner  en  este  desconcierto  que  bastase  pura  es- 
torbar tan  gran  daño  como  los  malos  boticarios 
hacen? 

Lrrm A.  —El  primero  ya  yo  le  he  dicho,  que 
no  habían  de  permitir  que  ninguno  usase  el 
oficio  que  no  fuese  nniy  docto  y  muy  experi- 
mentado; y  lo  principal  que  ha  de  tener  es  ser 
muy  buen  gramático,  para  entender  los  libros 
de  su  arte,  muy  estudioso  y  curioso  de  saber  y 
aprender  todos  Ips  primores  que  hay  en  ella,  y 
sin  esto,  se  requiere  que  hayan  estudiado  al- 
guna medicina  para  que  sepan  mejor  lo  que 
hacen.  Los  boticarios  que  son  buenos  nmchas 
veces  aprovechan  de  advertir  á  los  médicos  en 
algunos  descuidos  y  yerros  que  hacen,  y  no 
holgaría  yo  poco  de  que  todos  los  boticarios 


504 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


con  quien  tratase  fuesen  tan  safícieutes  que 
supiesen  hacer  esto. 

1).  Gaspar. — ¿Pues  por  qué  os  enojasteis 
de  que  Dionisio  dixo  poco  ha  que  la  cura  del 
hígado  no  iba  por  los  términos  que  convenía/ 

Lerxa. — Ño  me  enoje  yo  porque  me  lo  di- 
xese,  sino  porque  me  lo  dixo  en  público,  y  no  ha 
do  ser  por  vía  de  reprensión  sino  de  consejo,  y 
en  esto  no  me  negará  él  que  tengo  razón;  y, 
aunque  no  lo  quisiera  decir  en  su  presencia, 
sería  mal  que  vuesas  mercedes  pensasen  que 
ninguna  cosa  de  las  que  he  dicho  aquí  toca  en 
su  honor,  porque  yo  certifico  que  ninguna  falta 
tiene  para  que  no  sea  uno  de  los  mejores  boti- 
carios que  hay  en  el  reino  y  de  quien  mas  sin 
sospecha  puedan  confiarse  los  enfermos  y  los 
médicos  que  los  curaren. 

PiMENTEL. — Bien  me  parece  que  después  de 
descalabrado  le  untéis  la  cabeza;  yo  fiador  que, 
á  lo  que  creo,  no  os  vais,  señor  licenciado,  sin 
i*espuesta,  que  no  sin  causa  os  ha  escuchado  sin 
contradeciros  en  nada.  Pero  pasad  adelante  y 
decidnos  otros  remedios. 

Lerma.  — No  habían  de  ser  los  boticarios 
pobres,  sino  que  también  les  habían  de  pedir  si 
tenían  patrimonio  de  donde  ayudarse  á  susten- 
tar, como  hacen  á  los  clérigos  cuando  van  á  or- 
denarse; que  recia  cosa  sería  fiarse  de  un  hombre 
pobre  muchos  dineros  sin  contarlos,  y  sin  pen- 
sar que  se  aprovecharía  dellos  en  sus  necesida- 
des, podiendo  hacerlo,  y  lo  mesmo  de  un  boti- 
cario con  pobreza  las  medicinas,  sin  pensar  que 
procurase  remediarla  con  ellas;  y  por  esto  hay 
autores  que  dicen  que  en  un  tiempo  se  tuvo  en 
Roma  tanta  cuenta  con  este  oficio,  que  las  me- 
dicinas estaban  depositadas  en  ciertas  personas 
de  gran  confianza  y  que  llevaban  salario  por 
ello,  y  que  allí  iban  los  médicos  á  tomarlas  y 
los  boticarios  las  gastaban  así  como  las  llevaban, 
sin  que  en  ello,  ni  por  inorancia  ni  por  descuido, 
pudiese  haber  yerro  ninguno.  El  otro  remedio 
que  se  podría  tener  es  en  las  visitas  que  les  ha- 
cen, para  las  cuales,  habiendo  buena  goberna- 
ción, había  de  haber  visitadores  generales  que  no 
entendiesen  en  otra  cosa,  y  éstos  habían  de  estar 
proveídos  en  cada  provincia  y  pagados  del  dine- 
ro público,  de  manera  que  no  se  les  s¡gui(«e  in- 
terés particular  ni  les  cupiese  parte  de  la  pena  ni 
de  otra  cosa,  para  que  más  sin  afición  ni  pasión 
pudiesen  juzgar,  y  que  los  que  no  hallasen  sufi- 
cientes los  inhabilitasen  y  privasen  del  oficio  sin 
tener  advertencia  á  la  honra  ó  bien  particular 
de  uno  en  perjuicio  y  daño  de  toda  la  repúljlica. 

PiMBNTEL. — Bien  sería  esso,  si  se  hallasen 
personas  de  quien  se  pudiese  tener  tan  buena 
confianza,  y  el  rey,  con  otros  cuidados  que  tiene 
mayores,  no  puede  tener  tan  particular  cuenta 
con  este  neüfocio. 

Lerha.— Pues  habríala  de  tener  él  ó  los 


que  tienen  cargo  de  la  gobernación  de  sus  rei- 
nos, como  lo  tienen  con  examinar  á  uno  qae 
ha  de  ser  escribano  real,  que  qui  3ren  que  sepa 
hacer  bien  una  escritura  en  que  va  la  hacienda 
de  un  hombre;  y  sería  más  justo  que  procura-  * 
sen  de  que  también  fuesen  bien  hechas  las  me- 
dicinas en  que  va  la  salud  y  vida  de  los  hom- 
bres, Dorque  no  son  pocos  los  que  mueren  por 
culpa  dellos.  Y  conforme  á  este  parecer  es  lo 
que  dice  Jacobo  Silvio  hablando  desta  gente 
que  digo:  Dios  haga  y  provea  que  la  justicia 
real  alguna  vez  tenga  cuenta  con  los  que  pri- 
mero usan  esta  arte  que  la  hayan  entendió, 
siendo  á  los  cuerpos  de  los  hombres  tan  salo- 
dable  cuando  bien  se  hace  v  tan  dañosa  cuando 
inoran  temen  te  se  trata.  Y,  finalmente,  ha- 
brían de  tener  los  boticarios  fieles  que  les  mira- 
sen Ins  medicinas  y  se  las  tasasen  en  precios 
convenibles,  averiguando  la  costa  que  tienen  y 
dándoles  ganancia  con  que  se  pudiesen  susten- 
tar, aunque  fuese  más  de  la  que  agora  lleTan, 
pues  las  medicinas  serian  mejores  y  de  más  va- 
lor; porque  si  las  que  agora  vencfcn  son  bne- 
nas,  yo  digo  que  las  venden  muy  baratas,  t  si 
son  malas,  en  cualquiera  precio,  aunque  den  di- 
nero i)or  que  las  lleven,  son  tan  caras  que  nin- 
guna mercaduría  hay  que  tanto  lo  sea. 

PiMENTEL. — Pues,  dccidme,  señor  licencia- 
do: ¿de  que  aprovecha  el  visitar  las  boticas 
cuando  los  regimientos  de  los  pueblos  traen 
boticarios  de  fuera  para  hacerlo? 

Lerma.— Algún  fruto  hace,  aunque  poco, 
porque  si  los  médicos  se  hallan  presentes,  como 
siempre  lo  están,  es  para  ayudar  á  los  botica- 
rios, y  ellos  que  habían  de  acusar  sus  defetcs 
se  los  encubren,  porque  son  sus  amigos,  t 
cuando  les  preguntan  alguna  cosa  que  no  sa- 
ben, responden  por  ellos,  tomándoles  la  palabra 
de  la  boc*a,  y  también  defienden  algunas  cosas 
cuesta  arriba,  y  con  otras  disimulan  todos  ellos; 
y  aun  plega  Dios  que  no  haya  algunas  qnc  ni 
los  unos  ni  los  otros  no  las  entiendan.  Y  so- 
bre esto,  no  hay  botica  tan  biea  visitada  qae 
si  veniesse  otro  día  alguno  que  entendiese  bien 
el  oficio  no  hallase  cosas  nuevas  que  reprender  y 
enmendar.  Y  cuando  ya  se  viene  á  dar  la  sen- 
tencia, nunca  faltan  amigos  y  favores  que  con 
buena  maña  bastan  para  procurar  con  solicitud 
que  sea  muy  moderada;  y  de  ciento  que  podrían 
privar,  no  hallaréis  dos  inhabilitados,  y  ya  qne 
lo  sean  luego  hay  mil  remedios  para  que  la 
sentencia  no  se  execute  y  tornen  á  usar  sus  ofi- 
cios contra  justicia  y  conciencia  suya  y  de  los 
que  se  lo  peruiiten  y  consienten.  Dios  ponga 
remedio  en  esto,  que  harta  necesidad  hay  de  qw 
lo  provea  de  su  mano. 

Fin  de  la  primera  parte  fiel  coUaquio 
de  los  médicos  y  boticarios. 


COLLOQÜIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


505 


COMIENZA  LA  SEGUNDA  TARTB 
del  collo.{uio,  en  h  nial  «¡e  trata  lo  quo  toca  ¿  lo^  nK'dico'*. 

INTERLOCUTORES 

Los  mesmos  que  en  la  pnmera, 

Dionisio. — Hasta  agora,  señor  licenciado, 
no  Dic  ha  faltado  atención  para  oir  ni  paciencia 
para  escuchar  todo  lo  que  vuesa  merced  ha 
querido  decir  de  los  boticarios,  v,  verdadera- 
raente,  no  sería  justo  que  por  hacer  buenos  á 
los  que  son  buenos  yo  quiero  que  también  lo 
sean  los  malos,  pues  en  todas  las  artos  y  oficios 
que  se  usan  en  el  mundo  hay  de  los  unos  y 
do  los  otros,  y  que  los  haya  en  este  oíicio  y 
arte  de  boticario  no  es  maravilla,  aunque  yo 
confieso  que  tienen  toda  la  obligación  que  vues- 
tra merced  ha  dicho  y  que  es  muy  mayor  la  culpa 
({ue  se  les  puede  dar.  Porque  va  poco  en  que  un 
platero  yerre  una  vasija,  y  un  sastre  una  ropa, 
y  un  pintor  una  imagen,  y  va  mucho  en  que  un 
boticario  v  un  médico  verren  la  cura  de  un 
hombre  en  que  le  va  la  salud  y  la  vida;  el  uno 
por  falta  de  las  medicinas  y  el  otro  por  faltarlo 
la  ciencia  y  la  experiencia  de  manera  que  no  lo 
sepa  curar.  Que  hay  pocos  boticarios  en  España 
que  sepan  lo  que  han  de  saber  y  lo  que  se  re- 
quiere para  no  errar,  no  puedo  negarlo,  y  que 
hay  también  muchos  que,  sabiéndolo,  pecan  con 
malicia  y  que  la  codicia  se  antepone  en  ellos  á 
la  conciencia,  también  lo  creo,  y  aun  lo  sé,  por- 
que lo  he  visto  estando  y  tratando  en  las  casas 
y  tiendas  de  muchos  boticarios,  donde  pasan 
cosas  extrañas  y  tan  desordenadas  qu'?  me  han 
espantado,  y  sin  duda  los  malos  boticarios,  de 
cualquier  manera  que  sea,  son  cruel  pestilencia 
para  los  pueblos,  y  yo  confiesso  que  no  hay  cosa 
más  justa  que  remediarlo  si  fuesse  posible;  y 
porque  no  puedan  decir  los  culpados  que  en  mi 
80  cumple  el  proverbio  ¿quién  es  tu  enemigo? 
hombre  de  tu  oficio,  no  quiero  extenderme  á 
más,  que  por  ventura  pudiera  decir  otros  mu- 
chos y  mayores  secretos  de  las  maldades  que 
hacen  que  no  han  venido  á  noticia  del  señor  li- 
cenciado. Pero  con  todo  esto  no  quiero  que  se 
dé  toda  la  culpa  á  los  boticarios  en  machas 
cosas  que  tienen  la  mayor  parte  los  médicos, 
lun  á  las  veces  es  toda,  v  asi  las  autoridades 
que  vuesa  merced  ha  alegado  de  Jacobo  S'lvio 
contra  los  malos  boticarios,  si  tiene  memoria 
dello,  también  las  dice  contra  los  que  no  son 
buenos  tnédicos,  porque  en  aquel  proemio  con- 
tra los  unos  V  los  otros  va  hablando. 

Lbrma. — Creo  que  decís  la  verdad,  pero 
poco  es  lo  que  vos  ni  nadie  podra  decir  contra 
los  médicos  en  comparación  de  lo  que  yo  he 
dicho  y  se  podría  decir  contra  los  boticarios. 

Dionisio. — Si  vuesa  merced  quiere   tener 


sufrimiento  para  oirlo,  no  le  parecerá  sino  mu- 
cho; que  no  es  menor  el  daño  ni  perjuicio  que 
hacen  en  la  república,  ni  habría  menos  razón 
para  que  los  desconciertos  que  dellos  se  signen 
se  remediasen. 

Lerma. — Decid  lo  que  quisiéredes,  que  quie- 
ro que  estos  señores  no  digan  que  no  cumplo 
mi  palabra. 

PiMENTEL. — Ni  aun  sería  justo  que  se  dexase 
de  cumplir,  y  vos,  señor  Dionisio,  decid  lo  que 
os  pareciere,  pues  que  el  señor  licenciado  no 
tiene  tanta  priesa  que  no  pueda  detenerse  otro 
tanto  para  escucharos  como  se  ha  detenido  para 
hacer  verdadero  lo  que  al  principio  propuso 
contra  los  boticarios. 

Lbrha. — Forzado  me  seria  hacer  lo  que 
vuestras  mercedes  mandan,  aunque  en  verdad 
que  hago  alguna  falta  á  dos  ó  tres  enfermos  que 
tengo  de  visitar. 

]).  Gaspar  -  Tiempo  habrá  para  todo,  que  si 
la  plática  se  dexase  en  estos  términos,  era  que- 
dar pleito  pendiente,  y  lo  mejor  será  que  luego 
se  determine. 

Dionisio.— Aunque  yo  tenía  harto  en  que 
alargarme,  procuraré  ser  breve  diciendo  en  suma 
lo  que  cerca  desto  entiendo,  pues  no  será  nece- 
sario más  de  apuntarlo  para  que  vuestras  mer- 
cedes lo  entiendan  y  estén  al  cabo  de  todo.  Y 
digo  lo  primero  que  lo  que  Ipocras  dice  do  los 
que  no  son  buenos  médicos  en  el  libro  que  se 
llama  Introductorio  son  las  palabras  siguientes: 
Muy  semejantes  son  éstos  á  los  que  se  introdu- 
cen en  las  tragedias,  porque  tienen  la  figura  y 
vestidos  y  atavíos  y  aun  la  presencia  de  médi- 
cos de  la  misma  manera  que  los  hipócritas,  y 
asi  hay  muchos  médicos  de  non)bre  y  que  lo 
sean  en  las  obras  son  muy  pocos.  Pues  Ipocras 
evangelista  de  los  médicos  es  llamado,  y  pode- 
mos tener  por  cierto  que  en  ninguna  cosa  de  lo 
que  cerca  desto  dice  recibe  engaño,  y  pluguiese 
á  Dios  que  en  nuestros  tiempos  no  acertase  tan 
de  veras  como  acierta  en  esto  que  ha  dicho, 
porque  así  no  habría  los  daños  y  grandes  in- 
convenientes que  para  la  salud  de  los  enfermos 
se  siguen  por  falta  de  los  buenos  médicos. 

Lbrma. — Assí  es  como  vos  decís,  señor  Dio- 
nisio; pero  decime:  ¿quiénes  son  essos  malos 
médicos,  que  yo  á  todos  los  tengo  por  buenos? 

Dionisio. — Antes  son  tan  pocos  los  buenos 
médicos,  que  apenas  hay  ninguno  que  no  sea 
malo,  como  vuesa  merced  ha  dicho  de  los  boti- 
carios, y  por  no  gastar  palabras,  quiérome  ir  de- 
clarando más  particularmente,  para  que  nos  en- 
tendamos, de  las  condiciones  que  se  requieren 
para  que  un  médico  cumpla  con  Dios  y  con  el 
mundo.  La  primera,  que  sea  hombre  justo,  te- 
meroso de  Dios  y  de  su  conciencia,  conforme  á 
loque  Salomón  dice  (EccL,  i):  El  principio 
de  la  sabiduría  es  el  temor  que  á  Dios  se  tiene; 


1 


50(5 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


porque  el  que  no  llevare  su  fundamento  sobre 
esto,  no  podrá  hacer  las  curas  suficientes  ni  que 
aprovechen  á  los  enfermos,  y  asi  dice  Galeno: 
Aquel  cuyo  juicio  fuere  débil  y  cuya  ánima  fue- 
re mala,  no  aprenderá  aquello  que  se  enseña  en 
esta  ciencia,  y  esto  es  porque  su  fin  no  es  de 
aprovechar  á  su  prójimo  con  ella,  sino  á  sí  mis- 
mo. No  sé  yo  qué  temor  de  Dios  tienen  los 
médicos  que  curan  sin  tener  la  ciencia  y  expe- 
riencia y  las  otras  cosas  necessarias  y  convi- 
nientes  para  que  curen,  y  s¡  éstas  les  faltan,  y 
faltándoles  con  la  codicia  do  la  ganancia  se 
ponen  á  curar  no  sabiendo  lo  que  hacen,  no  so- 
lameiitc  pecan,  pero  dañan  su  ánima;  de  mane- 
ra que  no  podrán  aprender  lo  que  son  obligados 
á  saber,  como  Galeno  les  ha  dicho,  ni  tampoco 
puede  ser  piadoso  ni  misericordioso  el  médico 
que  cura  las  enfermedades  que  no  conoce,  ni 
sabe,  ni  enti(;nde:  antes  es  muy  gran  crueldad 
y  inhumanidad  la  que  usan,  pues  que,  o  por 
ganar  dineros  6  por  no  confesar  su  inorancia, 
ponen  los  enfermos  en  el  peligro  de  la  muerte 
y  no  guardan  lo  que  Rasis  dice,  trayéii  lolo  pur 
autoridad  de  un  gran  médico  judío,  que  los  mé- 
dicos han  de  ser  muy  piadosos  con  los  enfer- 
mos, para  que  con  mayor  cuidado  y  diligencia 
curen  dellos. 

Lerma.  i  Pues  cómo  sabéis  vos  que  los  mé- 
dicos no  tienen  suficiencia  y  habilidad  que  se 
requiere  para  curar,  de  manera  que  no  cumplan 
con  lo  que  deben  á  su  conciencia? 

Dionisio. — Ya  yo  he  dicho  que  no  son  to- 
dos los  médicos,  sino  que  hablo  con  la  mayor 
parte  dellos,  y  si  vuesa  merced  quiere  que  le  de- 
clare lo  que  sabe  muy  mejor  que  yo  lo  entiendo, 
quiero  aclararme  más  para  que  estos  señores  lo 
entiendan.  Cruel  cosa  y  fuera  de  tíxlo  término 
de  razones  la  ([U(»  se  consiente  y  permite  á  los 
médicos  que  después  qiu?  se  van  á  estudiar  á 
las  universidades,  con  tros  6  cuatro  años  que 
han  oido  de  medicina  presumen  luego  de  po- 
nerse á  curar,  ó  por  mejor  decir  á  matíir  los 
enfermos.  V  con  tres  maravedís  de  ci<Micia 
quieren  ganar  en  un  año  quinientos  ducados, 
porque  su  intención  es  á  sola  ganancia,  no  te- 
niendo atención  á  lo  que  Ipocras  dice  en  su  ju- 
ramento, que  siempre  su  principal  intención 
será  en  curar  á  los  enfermos,  sin  tener  respecto 
á  lo  que  por  ello  se  ha  de  ganar. 

Lerma. — Mal  podéis  vos  juzgar  las  inten- 
ciones de  los  médicos. 

Dionisio. — Antes  muy  bien  se  pueden  juz- 
gar de  las  obras'  que  hacen,  porque  si  el  médico 
es  necio  de  su  natural,  mal  acertará  en  el  re- 
medio de  la  vida  de  un  hombre,  donde  tan  gnu 
discreción  se  requiere,  y  si  es  sabio,  ha  de  saber 
que  con  tan  poca  ciencia  no  ha  de  presumir  de 
hacer  lo  que  otros  con  mucha  no  pueden  ni 
sal>en,  y  con  este  conocimiento  está  obligado  á 


no  curar  hasta  que  pueda  tener  mejor  com- 
tanza  de  sí,  y  si  no  lo  hacen,  claro  está  qne  li 
codicia  de  la  ganancia  les  hace  poner  en  aven- 
tura la  salud  y  vida  de  los  hombres  en  si  acier- 
tan ó  no  aciertan  en  la  cura  que  hacen. 

D.  Gaspar. — Pues  si  esso  es  asi,  ;eaándo 
han  de  comenzar  á  curar  los  médicos? 

Dionisio. — Guando  tuvieren  la  ciencia  sufi- 
ciente y  la  práctica  que  se  requiere  para  poaerli 
en  obra. 

D.  Gaspar. — No  os  cutiendo  lo  que  queréis 
decir. 

Dionisio. — Digo,  que  no  solamente  un  mé- 
dico ha  de  tener  muy  gran  ciencia  y  saber  mor 
bien  los  preceptos  y  reglas  de  medicina,  sioo 
([ue.  también  ha  de  tener  muy  larga  y  conocklt 
experiencia  de  las  enfermedades  y  de  la  manfr 
ra  y  orden  que  han  de  tener  en  curarse.  Porque 
el  principal  fundamento  está  en  conocerlas,  y 
esta  experiencia  requiere  muj  largo  tiempo, 
conforme  á  lo  que  Ipocras  dice:  La  vida  de  loi 
hombres  es  muy  breve  y  la  arte  es  muy  luenga: 
el  tiempo  es  agudo  y  la  experiencia  engañost. 
Si  est^  es  así  verdad,  ¿qué  experiencia  pueden 
tener  los  que  ayer  salieron  del  estudio,  ni  loi 
({ue  ha  un  año,  ni  dos,  ni  seis  que  curan,  ¿  lo 
menos  si  las  curas  que  hacen  son  con  sólo  m 
parecer  y  por  su  albedrio? 

PiMENTEL. — Muy  poca  ó  ninguna,  y  cuando 
viniera  á  tenerla,  habrían  ya  ninerto  más  hom- 
bres que  sanado  enfermos. 

D.  Gaspar.— ¿Pues  qué  han  de  hacer  kw 
médicos  para  no  errar? 

Dionisio. — Lo  que  dice  el  señor  licendido 
de  los  boticarios:  que  es,  tratar  mucho  tiempo 
su  oficio  antes  que  comiencen  á  usar  del  por  «o 
actoridad,  y  primero  que  se  atrevan  á  hacer  uis 
experiencia  la  han  de  haber  visto  muchas  f^ 
ees,  ó  á  lo  menos  otra  semejante;  y  esto  hade 
ser  curando  umcho  tiempo  los  médicos  mance- 
bos en  compañía  de  los  viejos  experimentados, 
lo  que  no  hace  ninguno,  porque  coa  la  leche» 
los  labios  de  lo  que  han  estudiado,  les  parece 
(jue  son  bastantes  á  curar  cualquiera  enfemw- 
(lad  por  sí  solos,  y  si  la  ganancia  no  estuviese 
de  por  medio,  todavía  se  humil  lañan  á  io  qoe 
son  obligados;  porque  no  basta  que  den  innj 
buena  razón  de  lo  que  les  preguntassen  si  no  lo 
saben  obrar,  conforme  á  lo  que  dice  Aviceoí: 
Que  no  basta  en  la  medicina  la  razón  sin  la  ex- 
periencia ni  la  experiencia  sin  la  razón,  pi^iqu 
ambas  son  menester  y  han  de  andar  juntas  U 
una  con  la  otra. 

PiMKNTKL. — ¿Pues  qué  han   de  hacer  lo» 
médicos  en  tanto  qne  no  pudiesen  ganar  de     \ 
comer?  Que  segím  esso  primero  llegarán  á  vie- 
jos que  justamente  puedan  llevar  alguna  ^ 
nancia. 

Dionisio. — Que  coman  de  sus  patrimonios, 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


507 


j  bí  no  lo  tienen,  que  lo  procuren  por  otra  vía, 
que  no  ha  de  ser  su  ganancia  tan  á  costa  y  per- 
juicio de  las  repúblicas  que  sean  los  médicos  peor 
pestilencia  y  más  crueles  verdugos  que  los  boti- 
carios, como  el  señor  li«:enciado  ba  dicbo,  pues 
que  están  obligados  á  cumplir  el  juramento  que 
su  evangelista  juro  en  nombre  de  todos  ellos. 

Lbrxa. — Bien  sería  si  los  médicos  de  agora 
que  fuesen  como  los  de  los  tiempos  pasados 
que  esso  escribieron,  que  hablaban  á  su  seguro 
y  sin  necesidad  de  ganar  de  comer  por  su  tra- 
bajo, que  Ipocras,  señor  fué  de  la  isla  de  Coo 
y  tan  rico  y  poderoso,  que  no  quiso  las  riquezas 
de  un  potentísimo  rey  que  se  las  ofrecía  por  que 
le  fuese  á  curar  de  una  enfermedad,  ni  después 
temió  sus  amenazas  porque  no  quiso  hacerlo. 
Avicena,  príncipe  fué  del  reino  de  Córdoba. 
Hamech,  hijo  fué  de  un  rey,  y  así  otros  muchos 
médicos  que  se  podrían  decir  semejantes  á  és- 
tos; pero  los  que  agora  aprendemos  esta  arte  es 
para  sustentamos  con  ella  y  no  para  mostrarnos 
sabios  y  ganar  honra  solamente,  como  ellos. 

Dionisio. — Yo  no  quito  que  del  trabajo  se 
saque  el  premio  para  sustentarse  los  médicos; 
pero  querría  que  con  mayor  cuidado  procurasen 
que  yo  no  tuviese  razón  en  lo  que  digo,  porque 
verdaderamente  por  lo  menos  habrían  de  haber 
visto  curar  y  tratar  las  enfermedades  cinco  ó 
seis  años  antes  que  tuviesen  licencia  de  curar 
por  si  solos;  porque  sabe  un  médico  dar  razón 
de  las  alteraciones  que  ha  de  haber  en  un  pulso 
para  que  un  enfermo  tenga  calentura,  y  cuando 
le  toma  el  pulso  no  lo  conoce  por  falta  de  expe- 
riencia, y  muchas  veces  desta  manera  vemos 
que  curando  dos  médicos  a  un  enfermo,  el  uno 
dice  que  tiene  calentura  y  el  otro  que  está  sin 
ella,  y  así  mesmo  yerran  diversas  veces,  tenien- 
do unas  enfermedades  por  otras;  y  cuando  Ga- 
leno, siendo  tan  excelentísimo  médico,  confiesa 
de  sí  mesmo  haberse  engañado  una  vez  que 
teniendo  mal  de  cólico  y  muy  gran  dolor  pensó 
que  le  procedía  de  tener  piedra  en  los  reñones, 
haciendo  diferentes  remedios  de  los  que  para 
aquella  enfermedad  oran  necesarios,  ¿qué  harán 
estos  médicos  de  quien  yo  digo,  y  más  no  te  • 
niendo  las  enfermedades  en  sus  mesmos  cuer- 
pos para  sentirlas,  sino  en  los  ajenos,  donde  por 
la  mayor  parte  juzgan  por  adivinanzas?  Y  el 
nó  conocer  bien  los  médicos  las  enfermedades 
que  son  tan  diversas  y  diferentes  es  causa  de 
venir  á  morir  muchos  de  los  que  las  tienen,  que 
siendo  curados  dellas  con  los  remedios  que  se 
les  suelen  hacer  no  perderían  las  vidas;  y  sin 
esto,  ¿qué  menos  obligación  tienen  los  médicos 
que  los  boticarios  á  conocer  si  las  medicinas  son 
buenas  ó  malas,  y  escoger  las  mejores  cuando 
mandan  hacer  una  purga  ó  unas  pildoras  ó  otra 
cosa  semejante,  para  que  los  boticarios  no  los 
engañen,  que  así  la  culpa  es  de  los  unos  y  de 


los  otros  ?  Por  cierto  cosa  es  para  reir  ver  al- 
gunos médicos  de  los  nuevos,  y  aun  de  los  vie- 
jos, ir  á  nuestras  boticas  y  pedir  que  les  mostre- 
mos las  medicinas  y  tomar  las  peores  por  las 
mejores,  y  algunas  veces  unas  por  otras,  y  el 
xarabe  que  está  bueno  dicen  que  está  malo,  y  el 
que  está  malo  alaban  por  bueno,  tanto  que  mu- 
chas veces  nos  burlamos  dellos,  mostrándoles 
una  cosa  por  otra  sin  que  lo  conozcan.  Y  no 
para  en  esto  la  fiesta,  sino  que  hay  médicos  que 
recetan  disparates,  y  cosas  que  bastarían  á  matar 
á  los  sanos,  cuanto  más  é  los  enfermos,  y  tienen 
necesidad  las  boticarios  de  remediarlo,  por  no 
ser  participantes  en  la  culpa,  que  si  las  medici- 
nas obran  bien,  quieren  ellos  llevar  las  gracias,  y 
si  mal,  que  nos  den  á  nosotros  por  culpados. 
También  hacen  otra  cosa  perjudicial  á  sus  con- 
ciencias y  honras,  y  es  que  se  aficionan  á  unos 
boticarios  más  que  á  otros  para  darles  prove- 
cho, no  teniendo  respecto  á  lo  que  saben  y  en- 
tienden, ni  al  aparejo  que  tienen,  sino  á  los 
scr\'icios  que  les  hacen,  porque  les  dan  parte 
de  las  ganancias;  y  aunque  no  sea  tan  descu- 
biertamente, en  fin,  aprovéchanse  dellos  en  las 
haciendas  y  en  las  personas,  y  el  boticario  que 
no  les  sirviere  y  anduviere  bailando  delante, 
poca  medra  tiene  con  ellos;  y  de  aquí  nace  que 
pocas  veces  los  médicos  son  amigos  de  los  bue- 
nos boticarios,  porque  confiando  en  su  sabor  y 
bondad  y  en  el  buen  aparejo  de  medicinas  que 
hay  en  sus  tiendas,  no  les  quieren  tener  aquel 
respecto  que  ellos  desean  y  procuran,  y  con  esto 
no  medran  mucho  con  la  ganancia  que  les  dan, 
porque  se  la  quitan  cuando  pueden. 

PiMBNTEL. — Si  todos  los  boticanos  les  dan 
el  trato  que  vos  agora  les  dais,  poca  razón  ten- 
drán de  serles  amigos;  pero  pasad  adelante,  por- 
que me  parece  que  os  queda  más  que  decir. 

Dionisio. — Ño  sería  poco  si  se  hubiese  de 
decir  todo;  pero  todavía  quiero  pasar  más  larga 
la  carrera,  que  yo  me  iré  abreviando  por  no  can- 
sar á  vuesas  mercedes.  Por  cierto,  cosa  es  de 
notar,  y  aun  de  burlar,  ver  á  los  médicos  po- 
nerse en  los  portales  de  sus  casas,  esperando 
por  las  mañanas  que  les  traigan  las  orinas  de 
los  lugares  comarcanos  donde  viven,  que  las 
unas  son  tomadas  cuatro  horas  ha  y  otras  seis, 
y  algunas  por  ventura  de  una  noche  ó  de  todo 
un  día  vienen  mazadas  y  botadas,  que  no  pare- 
cen sino  lodo,  y  así  las  están  mirando  como  si 
estuviesen  para  conocerse  las  enfermedades  por 
ellas,  habiendo  de  estar  la  orina  tomada  por  lo 
más  de  una  hora  y  reposada  en  el  orinal  para 
que  no  esté  revuelto  el  hipostasis,  y  con  esto 
cumplen  los  pobres  simples,  para  que  les  den 
dineros  por  ello,  y  si  á  un  médico  destos  le  lla- 
man para  cien  enfermos,  á  todos  irá  á  visitar  y 
á  curarlos  de  cualquiera  enfermedades  que  ten- 
gan, no  teniendo  tiempo  de  estudiar  para  los 


508 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


^ 


sois  dellos,  ni  para  acabar  de  entender  lo  que 
en  rail  y  los  remedios  necesarios,  j  así  andan 
ciegos  y  desatinados  en  lo  que  es  necesario  te- 
ner el  mayor  concierto  y  tino  del  mundo,  fuera 
de  la  salvación  del  ánima,  porque  no  han  de 
confiar  de  lo  que  han  estudiado  ni  de  lo  que 
tienen  en  sus  memorias,  sino  de  ver  de  nuevo 
cada  (lia  y  cada  hora  cómo  se  ha  de  curar  la 
enfermeilad  que  tienen  entre  manos  y  qué  re- 
medios se  le  han  de  aplicar  para  sanarla. 

PiMENTEii.  — No  me  parece  que  tene'is  tanta 
razón  en  lo  que  decís  que  no  podáis  engañaros, 
porque  los  médicos  viejos  que  han  visto  y  es- 
tudiado mucho,  con  lo  que  saben  pueden  curar 
sin  tornar  á  ver  los  libros  tantas  veces  como 
vos  decís. 

Dionisio. — A  los  que  eso  hicieren,  acaescer- 
les  ha  como  á  los  prídicadores,  que  siendo  gran- 
des teólogos,  presumen  de  hacer  algunos  ser- 
mones sin  estudiar  los  primeros,  y  por  una  vez 
que  aciertan  á  llevarlos  bien  ordenados,  diez 
veces  se  pierden,  de  manera  que  luego  se  les  co- 
noce que  lo  que  predican  es  sin  estudio,  y  cuan- 
do yerran,  es  ésta  la  disculpa  que  tienen;  así 
los  médicos  que  quieren  curar  las  enfermedades 
sin  estudiar  de  nuevo  para  cada  una  dellas,  por 
una  que  aciertan,  errarán  muchas,  para  acabar 
la  vida  de  aquellos  que  se  ponen  en  sus  manos 
por  alargarla. 

D.  Gaspar.  —  Todas  estas  faltas  se  suplen 
con  la  discreción  y  buen  natural  de  un  médico, 
y  muchas  veces  aprovecha  más  con  ello  que  con 
la  arte   ni  con  cuanta  medicina  han  estudiado. 

Dionisio. — No  digo  yo  menos  que  csso,  y 
vuestra  merced  me  ha  quitado  de  trabajo  en 
echarlo  en  el  corro,  para  que  aquí  se  declare; 
pero  (liga  vuestra  merced  ¿cuántos  médicos  hay 
hoy  con  las  propiedades  y  condiciones  que  cerca 
de  eso  se  requieren?  Pluguiese á  Dios  que  antes 
les  faltase  parte  de  la  ciencia  que  no  el  buen  na- 
tural y  el  juicio  claro,  reposado  y  assentado, 
porque  teniéndolo,  con  él  suplirían  muchas  fal- 
tas, juzgando  con  discreción  en  algunas  cosas, 
que  sólo  ella  bastaría;  porque  la  buena  esti- 
mativa, como  dice  Averroes,  sola  hace  bueno 
al  médico.  Lo  mismo  tiene  Halirodoan  y  Ga- 
leno en  el  primero  de  los  días  críticos,  y  con- 
forme á  esto  Damasceno:  el  ingenio  natural 
del  médico  con  pequeño  fundamento  ayuda  á 
la  naturaleza,  y  el  que  es  defetuoso  hace  el 
effeto  contrario.  Pues  siendo  esto  assí,  como 
estos  autores  dicen,  ¿qué  podrán  hacer  mu- 
chos médicos  alterados,  locos,  desasosegados, 
elevados  y,  lo  que  peor  es  de  todo,  muy  grandes 
necios?  Por  cierto,  en  los  tales  como  éstos  yo 
tengo  en  muy  poco  la  ciencia  que  tienen,  porque 
no  sabrán  usar  della  por  mucha  que  tengan,  ni 
aprovechar  á  los  que  tuvieren  necesidad  de  su 
ayuda.  Porque  los  unos  dellos  todo  lo  que  saben 


lo  tienen  en  el  pico  de  las  lenguas,  alegando 
textos  y  autoridades  á  montones  Bobre  cada  coa 
que  se  trata,  sabiendo  entenderla  para  tratirlt 
y  no  para  usar  della.  Otros  qae  les  parece  qoe 
todo  su  sal)er  consiste  en  sustentar  opiniones 
contrarias  de  los  otros  médicos;  y  en  fin  si  1« 
preguntasen  dónde  está  el  bazo  6  el  hígado, 
apenas  sabrían  mostrarlo,  porque,  como  he  di- 
cho, no  lo  han  tratado  ni  tienen  experiencia 
dello.  Y  estos  tales  son  como  unos  marioerof 
que  saben  aritmética,  cosmografía  y  astrologia, 
y  dan  buena  razón  de  todo  lo  que  les  preguntan 
cerca  de  la  arte  de  marear,  y  les  pusiessea  un 
timón  de  una  nave  en  las  manos,  presto  la  pon- 
drían en  trabajo  y  peligro  de  anegarse,  por  no 
saber  gobernarla  y  guiarla,  y  asi  como  se  hicie- 
se pedazos  en  las  ^  eñas  6  se  encallase  en  alga- 
nos  vaxios,  para  no  poder  salir  de  la  arena,  por- 
que no  conocen  la  tierra,  ni  saben  los  paertoi 
donde  acogerse,  ni  los  lugares  seguros  donde 
echar  áncoras  hasta  que  pase  la  tempestad  j 
tormenta.  Y  así  los  médicos  que  no  han  visto 
las  enfermedades  ni  las  han  curado  otras  veces, 
no  saben  guiarlas  á  puerto  seguro,  ni  sacarlas 
de  los  peligros  desta  mar  del  mundo  en  que  na- 
vegamos, y  dan  con  los  enfermos  al  través:  dí 
suerte  que  en  lugar  de  sacarlos  á  puerto  de  sal- 
vación, los  llevan  al  de  perdición  de  su  salodr 
vida;  y  de  estas  cosas  muchas  remedia  el  hm 
entendimiento,  y  el  buen  natural  y  claro  jnido 
y  la  buena  estimativa  á  donde  la  hay,  annqne 
esto  todo  juntamente  con  las  letras  necesants 
pocas  Ví»ces  y  en  pocos  médicos  se  llalla,  y  éstos 
pierden  la  bondad  que  tienen  por  el  fin  quepretfn- 
den  de  las  riquezas,  que  la  coilicia  les  hac«^  des- 
ordenarse de  manera  que  no  atienden  tanto  á 
hacer  con  su  habilidad  cuanto  á  sacar  el  prove- 
cho que  pueden  della,  y  así  hacen  mil  descaídos 
y  desatinos,  proveyendo  lo  que  conviene  á  las 
en  fenii edades  bin  haber  estudiado  sobre  ellas, 
no  mirando  lo  que  dice  Galeno:  Que  conviene 
al  médico  ser  muy  estudioso  para  que  no  diga 
ni  provea  alguna  cosa  en  la  enfermedad  qw 
curare  absolutamente  y  sin  haberla  primero  bien 
mirado.  Al  médico  que  esto  hiciese  no  le  acar 
cería  lo  que  á  mí  me  han  contado  de  uno  qoe  mi- 
rando cierta  enfermedad  de  un  hombre  dixoq» 
con  muy  gran  brevedad  la  curaría,  y  el  enfenn'X 
que  lo  deseaba,  oyendo  esto  dióle  mayor  priesa 
al  médico.  Por  abreviar,  mandóle  que,  asi  codo 
había  de  tomar  para  purgarse  cuatro  ó  cinco 
xarabes  que  digestiesen  el  humor,  que  se  tIaj^ 
sen  todos  juntos  y  que  los  tomase  de  ona  vei, 
pareciéndole  que  por  ser  la  mesmacantídid  lia- 
ría el  mesrao  efeto  que  si  se  tomaran  en  cinco 
días;  y  así  le  dio  luego  la  purga,  la  cual  dob^ 
le  salió  del  cuerpo,  porque  se  murió  con  eHafl* 
cual  por  ventura  no  pasara  si  el  tiempo  ajada* 
ra  á  los  xarabes  repartidos,  que  en  cinco  éin 


COLLOQÜIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


509 


tuvieron  el  humor  digesto  para  poder  hacer  la 
evacuación  que  por  falta  de  éste  no  se  hizo.  Y 
porque  ya  me  parece  que  me  voy  alargando, 
quiero  resumiruie  con  que  el  día  de  hoy  hay 
pocos  médicos  que  verdaderamente  lo  sean,  y 
muchos  que  tienen  los  nombres  de  médicos 
que  no  lo  son,  porque  tienen  el  nombre  sólo,  sin 
las  obras;  y  no  hay  menos  necesidad  de  que  en 
esto  se  pusiese  remedio  que  en  lo  de  los  boti- 
carios, no  dexando  curar  sino  á  las  personas  que 
fuesen  suficientes  para  ello  y  que  tuviesen  todas 
las  partes  y  condiciones  que  se  requieren  para 
no  matar  á  los  enfermos  en  lugar  de  sanarlos. 

PiMENTKL.— Conforme  á  eso,  ¿queriades  que 
los  médicos  fuesen  tan  perfetos  que  todas  sus 
obns  fuese.i  sin  reprehensión? 

Dionisio. —  Yo  querría  lo  que  Galeno  dice 
que  conviene  á  los  médicos  (así  como  antigua- 
mente esta  dicho)  ser  semejantes  á  los  ángeles, 
para  que  no  yerren  en  lo  que  hicieren. 

D.  Gaspar.  —Mucha  medicina  habéis  estu- 
diado, á  lo  que  parece,  señor  Dionisio,  pues  tan- 
tas autoridades  y  de  tantos  autores  traéis  para 
probar  vuestra  intención  contra  los  médicos. 

Lbuxa.  —  Aquellas  tiénenlas  estudiadas  y 
recopiladas  muchos,  días  ha,  para  satisfacerse  de 
los  médicos  que  dixcren  alguna  cosa  de  los  boti- 
carios, aunque  no  puedo  dexar  de  confesar  que 
Dionisio  tiene  tanta  habilidad  que  basta  para 
más  que  esto,  y  en  todo  lo  que  ha  dicho  dice 
muy  gran  verdad  y  tiene  razón,  porque  son  to- 
das cosas  convenientes  y  necesarias;  y  verdade- 
ramente es  mucho  el  daño  que  hacen  los  médi- 
cos que  no  son  suficientes  ni  tienen  la  habili- 
dad que  se  requiere  para  usar  bien  sus  oficios, 
de  las  cuales  es  la  mayor  la  arte  y  después  la 
experiencia,  y  con  ellas  se  ha  de  juntar  el  buen 
natural,  la  discreción  y  la  buena  estimativa  para 
conocer  y  juzgar  y  obrar  con  la  calidad  y  can- 
tidad, y  guardar  los  tiempos,  las  condiciones, 
diferenciando  con  el  buen  juicio  la  manera  que 
se  ha  de  tener  en  las  curas,  que  requieren  di- 
versas formas  y  maneras  para  ser  curadas;  y 
conforme  á  esto,  los  médicos,  para  ser  buenos 
médicos,  si  fuese  cosa  que  se  pudiese  hacer,  ha- 
brían de  ver  curar  cuando  mozos  y  curar  cuan- 
do viejos  y  experimentados. 

PiUBNTEL. — Lo  que  yo  infiero  de  lo  que  ha 
dicho  Dionisio  y  de  lo  que  vos,  señor  licenciado, 
•  decís,  hartos  más  son  los  que  enferman  y  mue- 
ren por  la  inorancia  ó  malicia  de  los  médicos  y 
boticarios  que  los  que  sanan  con  las  curas  que 
les  hacen  y  medicinas  que  reciben.  Y  así  lo  que 
dice  Salomón,  que  el  Señor  altísimo  crió  de  la 
tierra  la  medicina  y  el  varón  prudente  no  la 
aborrecerá,  cutiéndolo  yo  por  Ja  buena  me- 
dicina; pero  por  lo  que  se  ha  platicado,  pocas 
medicinas  tienen  buenas  los  boticarios,  y  tan 
pocas  son  las  que  oixlenan  bien  los  médicos;  y 


asi  lo  n^ejor  sería  que  las  gentes  se  curasen  to- 
das como  yo  he  visto  á  los  mismos  médicos 
cuando  están  enfermos,  y  á  sus  mujeres  y  hijos 
cuando  están  malos. 

Lbrka. — ¿Y  qué  diferencia  ha  visto  vuesa 
merced  hacer? 

PiiiBNTEL. — Yo  08  la  diré  luego.  Cuando 
un  médico  está  malo,  jamás  le  veréis  comer  ni 
tener  dieta,  á  lo  menos  tan  estrecha  como  la 
mandan  á  los  otros  enfermos;  no  comen  lente- 
jas, ni  acelgas  cocidas,  ni  manzanas  asadas,  sino 
muy  buenos  caldos  de  aves  y  ¡larte  de  lias  con 
otras  cosas  sustanciales.  Beben  siempre,  aun- 
que tengan  calentura,  un  poco  de  vino  aguado, 
y  no  del  peor  que  pueden  haber.  No  permiten 
sangrarse  ni  purgarse,  si  la  necesidad  no  es  tan 
grande  que  vean  al  ojo  la  muerte;  á  sus  muje- 
res y  hijos  cúranlos  tan  atentadamente,  que 
siempre  dicen  que  dexan  obrar  á  la  naturaleza, 
y  nunca  les  dan  purgas  ni  les  hacen  sangrías, 
sino  son  en  enfermedades  agudas  y  peligrosas 
Pero  si  uno  de  nosotros  está  un  poco  mal  dis- 
puesto ó  tiene  calentura,  por  poca  que  sea,  luego 
recentan  xarabes  y  purgas  y  mandan  sacar  cien 
onzas  de  sangre,  con  que  recibe  el  cuerpo  más 
daño  que  provecho  puede  recoger  en  toda  su 
vida  de  los  médicos. 

Lbrma. — La  culpa  desto  tiene  la  común  opi- 
nión del  vulgo,  porque  si  un  médico  va  á  visitai- 
tres  ó  cuatro  veces  á  un  enfermo  y  no  provee 
luego  en  hacer  remedios,  tiénenle  por  inorante 
y  murmuran  del,  diciendo  que  no  sabe  curar 
ni  hace  cosa  buena  en  medicina,  y  si  no  les 
mandan  comer  dietas  y  estrecharse,  parésceles 
que  aquello  es  para  nunca  sanarlos;  y  por  otra 
parte,  desmándanse  á  comer  mil  cosas  dañosas, 
y  muchas  veces  por  esta  causa  estrechamos  la 
licencia,  que  bien  sabemos  que  hay  pocos  en- 
fermos que  no  la  tomen  mayor  que  nosotros  se 
la  damos,  y  acaece  á  muchos  venirles  la  nmerto 
por  ello.  Y  á  la  verdad,  los  médicos  habrían 
siempre  de  mandar  lo  que  se  ha  de  hacer  pun- 
tualmente, y  los  enfermos  cumplirlo  sin  salir 
dello;  y  lo  que  nosotros  hacemos  con  nuestras 
mujeres  y  hijos  es  porque  osamos  aventurar- 
las, y  si  la  cura  fuere  más  á  la  larga,  nuestro 
ha  de  ser  el  trabajo. 

D.  Gaspar. —Si  los  médicos  teniendo  ma- 
yor afición  y  voluntad  para  procurar  la  salud  á 
sus  mujeres  é  hijos  hacen  eso  con  ellos,  lo  mis- 
mo querría  yo  que  hiciessen  conmigo. 

Ler3ia. — Vuesa  merced,  que  lo  entiende  y 
tiene  discreción  para  ello,  holgaría  de  que  se  tu- 
viese esa  orden  en  sus  enfermedades;  pero  las 
otras  gentes,  á  los  médicos  que  luego  receutan 
y  sangran  y  purgan  y  hacen  otras  cosas  seme- 
jantes y  experiencias  malas  ó  buenas,  tíénenlos 
por  grandes  médicos  y  con  ello  cobran  fama  y 
reputación  entre  las  gentes. 


510 


PiMENTBL. — Entre  las  gentes  necias  será 
esto;  pero  no  es  buena  razón,  señor  licenciado, 
que  miren  los  médicos  ninguna  cosa  desas  para 
dcxar  de  cumplir  con  lo  que  son  obligados  á 
Dios  y  a  sus  conciencias,  v  al  bien  general  y 
particular  de  sus  repúblicas;  y  habrían  siempre 
de  tener  cuenta  con  la  necesidad  de  los  enfer- 
moH,  y  no  con  el  juicio  de  las  gentes;  y  cuenta 
c(;n  curar  las  enfermedades  de  manera  que  de 
los  remedios  que  aplican  para  sanar  las  unas 
no  se  engendrasen  otras  mayores,  y  cuenta  con 
que  la  han  de  dar  á  Dios  si  usan  bien  6  mal 
sus  oficios,  y  desta  manera  nunca  errarán  en  lo 
que  lucieren  ni  tendrán  de  qué  ser  reprendidos 
ni  acusarlos.  Pero  ¿quién  hay  que  haga  esto? 

Lerma. — Algunos  habrá,  si  vuessa  merced 
muí  ida  no  llevarlos  á  todos  por  un  rasero. 

PiMKNTEL.  — Si  los  huy  yo  no  los  veo,  y  re- 
niego íh'l  nií'jor  de  vosotros,  como  dixo  el  que 
araba  con  hm  lobos. 

Lekma.  — Vamonos,  señor  Dionisio,  que  bas- 
ta lo  que  el  uno  al  otro  nos  hemos  dicho  sin  es- 
perar la  cólera  del  señor  Pimentel,  que  yo  le 
ve<jen  términos  de  p<jnernos  á  todos  muy  presto 
del  lodo. 

Pi mentes. — Eso  será  por  no  esperarse  á 
o¡r  las  verdades. 

Dionisio. — ¿No  bastan  las  que  nosotros  he- 
mos tratado  sin  que  vuessa  merced  quiera  traer 
cosas  nuevas?  Y  si  han  de  ser  para  echarnos 
de  aquí  por  fuerza,  mejor  será  (jue  nos  vamos 
antes  que  oyamos  con  que  nos  pese. 

Lbrma. — AuiHiue  yo  quisiese  detenerme,  no 
puedo  ha((Tlo.  Vuessa  merc'cd,  señor  Gaspar, 
está  mejor,  loado  Dios,  y  para  el  dolor  del  lii- 
gado  se  aplicarán  luego  los  remedios  necesa- 
rios. Yo  me  voy  por  la  botica  de  Dionisio,  donde 
dexaré  dada  la  orden  en  lo  que  se  hubiese  de  ha- 
cer. No  se  beba  otra  agua  sino  la  de  doradilla, 
y  con  taut^),  beso  las  manos  á  vuesas  mercedes. 

D.  CÍAsrAU. — No  sea  esta  visitación  para 
olvidarme  tanto  como  estos  días. 

Dionisio. — No  será,  porque  yo  tendré  cui- 
dado de  ponerlo  al  señor  licenciado  para  que 
venga  muchas  veces. 

J).  Gaspau.— A  vos,  señor  Dionisio,  os 
pido  yo  p(n*  merced  que  vengáis,  que  no  huelgo 
menos  con  vuessa  visitación  que  con  la  de 
cuantos  médicos  hay  en  el  umndo. 

Dionisio. — Yo  lo  haré  así,  y  agora  vuestras 
mércenles  me  perdonen,  que  el  licenciado  lleva 
priesa  y  quiero  seguirle  porque  no  se  agravie, 
y  aun  j)()drá  ser  que  sospeche  que  todavía  que- 
damos murmurando. 

Pimkntei.. — No  «:ería  pecado  mortal  si  la 
murmuración  fuesse  tan  verdadera  y  prove- 
chosa como  las  passadas. 

Finis. 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 

COLLOQUIÓ 


Enire  do<  caballeros  ÜAiDadoa  Leaodro  f  Floiiia  j  n  |uw 
AminUs,  ca  que  m  tratan  las  excelfiicia»  y  ^Hkñém  ^  b  «ib 
pastoril  para  lo»  que  quieren  seguirla,  probaadc^coaai- 
eha5  rasooes  aatorales  t  autoridades  y  ejcniplof  de  la  S^n- 
da  EM-ritura  y  de  otroA  antore?^.  Es  nray  proted— pm 
que  las  /Erentes  do  viTan  de«f  ontentu  con  sn  pobrea,  Mp» 
gao  la  felicidad  y  LienaTenturania  en  tener  grande»  ñfK- 
las  y  gozar  de  grandes  estados. 

INTERLOCDTORB8 

Leandro.  —  Flori'nn.  —  Aminta», 

Leandro. — Paréceme,  señor  Floríán,  que 
no  es  buen  camino  el  que  llevamos;  porque  agora 
que  pensábamos  salir  al  cabo  deste  monte, entn- 
mos  en  la  mayor  espesura,  y  sojlcúu  veo  no  se 
nos  apareja  buena  nrx.'he,  pues  será  excusado 
salir  tan  presto  de  este  laberinto  donde  andi- 
mos  dando  vueltas  á  una  parte  y  á  otra,  sis 
hallar  salida. 

Floriák. — Culpa  es  nuestra,  pues  quessi- 
mos  que  nos  anocheciese  en  tierra  tan  monU- 
ñosa,  y  cuanto  más  anduviéremos  será  major 
el  yerro  no  sabiendo  á  qué  parte  vamos.  Lo 
mejor  será  que  nos  metamos  eu  una  mata  dtf* 
tas  y  desenfrenando  los  caballos  para  que  pue- 
dan pacer,  passemos  lo  que  nos  queda  de  k 
noche  durmiendo,  que  venido  el  día  piresto  pod^^ 
mos  aportar  á  poblado. 

Leandro. — liien  decís;  pero  á  mí  me  parece 
que  oigo  ladrar  algunos  mastines,  y  sin  dudí 
debe  de  estar  cerca  alguna  majada  de  pastores. 

Floríán. — Decís  la  rerdad,  que  yo  también 
los  he  oído;  por  aquí  podremos  ir,  que  el  monte 
está  menos  espeso. 

Lbandro.  —  No  sería  malo  hallar  algún* 
cosa  que  comer,  porque  yo  os  doy  mi  fe  qne  no 
voy  menos  muerto  de  hambre  que  si  hubiesse 
tres  días  que  no  hubiesse  comido  bocado. 

Floríán.-  A  mí  la  sed  me  fatiga,  aunque 
no  lo  había  dicho;  pero  ima  noche  como  quien 
puede  pasarse. 

Leandro. — Mejor  sería  passarla  bien  qne 
mal,  si  pudiéssemos,  y  no  hemos  traído  mal  tino, 
que  veis  allí  está  fuego  hecho  y  un  pastor  no 
poco  enzamarrado;  pero  doy  al  diablo  estos 
perros  que  assí  nos  fatigan  como  si  veniésse- 
mos  á  hurtalles  el  ganado. 

Amintas. — Torna  aquí.  Manchado,  qne  mal* 
rabia  te  mate  y  lobos  te  despedacen ;  torna  aquí; 
dolos  yo  á  la  mala  ventura,  que  no  saben  ladrtr 
sino  cuando  no  es  menester. 

Leandro. — Buenas  noches,  hermano  mío- 

Amintas.— Salud  buena  os  dé  Dios.  ¿Qué 
venida  es  ésta  por  aquí  á  tal  hora? 

Floríán. — Mi  fe,  hermano,  no  venimos  por 
nuestra  voluntad,  sino  por  haber  perdido  el 


COLLOQÜIOS  SATÍRICOS 

camino,  que  tcxla  esta  noche  hemos  andado  per- 
didos por  este  monte,  hasta  agora  que  contigo 
hemos  topado,  que  no  ha  sido  pequeña  dicha. 

AuiNTAS. — Esa  yo  la  he  tenido  en  haber 
llegado  á  mi  majada  personas  tan  honradas,  y 
más  y  más  si  en  ella  quisiéredes  ser  mis  hués- 
pedes por  esta  noche,  pues  que  á  cualquiera 
parte  que  queráis  caminar,  el  pueblo  más  cer- 
cano está  de  aquí  dos  leguas;  y  con  la  grande 
escuridad  que  hace,  dificultosamente  podréis 
atinar  allá,  aunque  yo  quisiese  poneros  en  el 
camino. 

Leandro. — Uesa  manera  forzado  será  acep- 
tar tu  buena  voluntad  y  ofrecimiento;  pero 
dinos,  ¿por  ventura  tienes  alguna  cosa  que  coma- 
mos, que  lo  que  nos  dieres  te  será  todo  muy 
bien  pagado? 

Amintah. — Xo  hade  faltar,  si  queréis  con- 
tentaros con  la  miseria  de  que  vivimos  los  pobres 
pastores.  Desenfrenad  los  caballos  para  que 
puedan  pacer,  pues  hay  hierba  en  abundancia 
que  suplirá  la  falta  de  la  cebada,  que  para  vos- 
otros pan  hay  con  un  pedazo  de  cecina  y  osta 
liebre  que  mis  mastines  por  gran  aventura  mata- 
ron, para  la  cual  tenía  encendido  el  fuego  que 
veis,  y  assí  está  ya  aparejada,  y  en  lugar  del 
buen  vino  que  solemos  beber  en  vuestra  tierra, 
habréis  de  pasaros  con  agua  que  agora  poco  ha 
he  traido  de  una  clara  y.  sabrosa  fuente. 

Leavoro. — Dios  te  dé  buena  ventura,  que 
más  nos  hartaiá  tu  buena  voluntad  y  gracia 
que  todos  los  manjares  y  vinos  del  mundo,  y 
pues  que  asi  es,  comencemos  á  comer,  que  en 
verdad  yo  estaba  medio  desmayado  con  p'»nsar 
que  esta  noche  la  habíamos  de  pasar  como 
camaleones. 

Floui.ín. — Nunca  Dios  hizo  á  quien  des- 
amparase, y  yo  os  prometo  que  me  sabe  mejor 
lo  que  como  y  bebo  que  si  estuviéssemos  en  el 
mejor  banquete  qn^  se  hae**  en  la  corte. 

Amintas. — El  buen  gusto  hácelo  el  buen 
apetito  y  la  hambre,  que  es  la  cosa  que  mayor 
sabor  pone  á  los  manjares,  y  así  agora  no  podrá 
saberos  mal  el  pan  de  centeno  de  mi  convite 
que  tan  buenos  bocados  os  veo  dar  en  él  como 
si  fuesse  de  trigo  y  de  lo  muy  escogido,  blanco  y 
regalado. 

FloriAn. — Así  me  ayuda  Dios  que  hasta 
agora  yo  no  había  mirado  si  era  de  trigo  o  de 
centeno,  porque  me  sabe  tan  bien,  que  no  tengo 
cuidado  sino  de  hartarme. 

Amistas. — Si  queréis,  señores,  leche  miga- 
da, aí^uí  la  tengo  en  este  cacharro  nuevo;  bien 
podéis  comer  sin  asco,  que  yo  os  digo  está  bien 
limpio. 

Leandro. — Está  tan  sabrosa  y  tan  dulce 
qnc  ninguna  cosa  me  ha  sabido  mejor  en  mi 
vida.  Comed  della,  señor  Florián,  que  por  ven- 
tura nunca  mejor  la  comistes. 


POR  A.  DE  TORQ CEMADA  511 

Florián. — Assí  es  la  verdad,  pero  no  coma- 
mos tanta  que  nos  pueda  hacer  daño. 

Leandro. — Bien  habéis  dicho,  que  yo  ya 
estoy  satisfecho. 

Florián. — Y  yo  muy  bien  harto.  Dios  dé 
mucha  salud  á  quien  tan  bien  nos  ha  convi- 
dado. 

Amintas. — Assí  haga,  señores,  á  vosotros, 
aunque  no  tenéis  de  qué  darme  gracias,  si  no  es 
por  la  voluntad,  que,  conforme  á  ella,  de  otra 
manera  fuérades  convidados. 

Leandro. — Dime,  hermano  mío,  ¿cómo  es 
tu  nombre? 

Amintas. — Amintas,  señor,  me  llamo,  á 
vuestro  servicio.  Mas  decidme,  ¿para  qué  lo 
preguntáis? 

Leandro. — Lo  uno  para  saber  de  quién  he- 
mos recebido  tan  buena  obra,  y  que  cuando  se 
ofreciere  tiempo  podamos  galardonarte  della,  y 
lo  otro  para  poderte  mejor  decir  algunas  cosas 
que  después  que  aquí  estamos  me  lian  pasado 
por  el  pensamiento. 

Amintas. — Cuando  alguna  buena  obra  se 
hace,  ella  misma  trae  consigo  el  galanlón  en  ser 
bien  hecha,  assí  que  yo  me  doy  por  bien  pagado 
si  en  algo  he  podido  serviros.  En  lo  demás,  de- 
cid, señor,  lo  que  quisiéredes,  que  bien  apareja- 
do me  hallaréis  para  oiros. 

Leandro.  — Pues  tan  buen  aparejo  hallo  en 
ti,  hermano  Amintas,  para  escucharme,  quiérote 
decir  lo  que  estoy  considerando,  y  no  me  tengas 
á  mal  mis  razones,  porque  en  el  fin  dellas  co- 
nocerás que  todas  irán  enderezadas  en  provecho 
y  honra  tuya;  y  cuando  así  no  fuere,  bien  po- 
dré yo  engañarme,  pero  mi  intención  será  bue- 
na, pues  quiero  darte  en  todo  el  consejo  que  yo 
para  mí  mesmo  lomaría,  aunque  por  ello  me 
puedas  dar  la  viga  que  dicen  que  está  apareja- 
da para  quien  lo  da  á  quien  se  lo  pide. 

Amintas. — Aquellos  que  son  aconsejados 
mal  ó  bien,  tienen  una  gran  ventaja,  y  es  que  no 
son  forzados,  antf^s  quedan  en  su  libertad  para 
escoger  lo  quo  mejor  les  está  y  les  pareciere; 
que  de  otra  manera  no  sería  consejo,  sino  man- 
damiento forzoso;  así  que  los  que  aconsejan,  no 
solamente  bien,  pero  aunque  sea  mal,  han  de 
ser  con  atención  oídos,  porque  si  el  consejo  es 
bueno  pueden  y  deben  los  hombres  aprovechar- 
se del,  y  si  es  malo  toman  las  gentes  mayor 
aviso  para  huir  el  peligro  que  consigo  trae; 
aunque  para  esto  yo  confieso  que  hay  necesidad 
de  muy  gran  discreción,  porque  muchas  veces 
las  gentes  simples  son  engañadas  con  el  con- 
sejo de  los  maliciosos. 

Leandro. — Tianes  tanta  razón  en  lo  que 
dices  y  tan  buenas  razones  en  lo  que  hablas,  y 
con  tan  polido  y  gentil  estilo  te  muestras  en  tu 
plática  tan  prudente,  que  sólo  esto  me  mueve  á 
decirte  mi  parecer  cerca  de  lo  que  debrlas  hacer 


512 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


de  ti  y  de  tu  vida;  que  según  siento  traes  tan 
mal  empleada  en  la  soledad  de  estos  desiertos  y 
montes,  y  cu  la  braveza  destas  montañas,  á 
donde  aun  las  l>estias  fieras  parece  que  de  mala 
voluntad  habitarían.  Y  para  que  mejor,  herma- 
no mío  Amintas,  puedas  entenderme,  yo  he  con- 
sid'jrado  que,  siendo  tú  un  mancebo  al  parecer  de 
veintiuno  á  veintidós  años,  con  muy  buena  dis- 
posición en  el  cusrpo  y  tan  hermoso  de  rostro 
(}ue  andando  tratado  de  otra  manera  pocos  ó 
ninguno  habría  que  te  hiciesen  ventaja,  assí  en 
genti  eza  como  en  hermosura,  teniendo  otras 
gracias  que,  según  lo  que  de  ti  hemos  visto  y 
conocido  no  deben  faltarte,  y  sobre  todo  un 
buen  natural  y  juicio  claro,  dotado  de  gran  dis- 
creción, con  sutil  y  delicado  ent<;ndimiento,  que 
lo  empleas  tan  mal  todo  ello,  que  con  razón 
podrías  ser  reprendido  de  los  que  te  conocen  y 
sienten  que  podrías  tener  mayores  y  mejores 
pensamientos  que  no  los  que  muestras  andando 
tras  el  ganado,  en  hábito  tan  humilde  que 
nunca  serás  ni  podrás  ser  más  de  lo  que  agora 
paresces,  que  es  ser  pastor  como  los  otros  pas- 
tores. Y  contentándote  con  la  pobreza  y  des- 
ventura que  todos  tienen,  sin  pretender  de  pa- 
sar más  a<lelante  ni  venir  á  ser  más  estimado 
y  temido,  habiendo  en  ti  tanta  habilidad  y  su- 
ficiencia, á  lo  que  hemos  visto  y  conocido,  que 
más  pareces  hombre  disfrazado  que  no  criado 
en  el  hábito  que  traes.  Así  que,  amigo  Amintas, 
lo  que  todas  las  gentes  pretenden,  que  es  el  va- 
lor de  la  persona  y  las  riquezas,  por  donde  vie- 
nen á  ser  más  estimados  y  tenidos,  tú  tatnbic^n 
lo  habías  de  pretender  y  procurar,  no  teniendo 
tan  gran  descuido  para  lo  (^ue  te  cumple,  que 
si  tú  quieres  ponerte  en  umdar  el  hábito  y  ma- 
nera de  vivir  en  que  agora  andas,  yo  fiador  que 
ni  te  falten  aparejos  para  venir  poco  á  poco  á 
poner  tu  persona  en  otra  manera  de  vida  con 
que  puedas  vivir  más  honrado  y  contento  (jue 
agora  lo  estás,  aunque  á  ti  te  parezca  al  con- 
trario de  lo  que  digo. 

FloriAk.  -  Tocias  las  mudanzas  son  traba- 
josas, y  aunque  sean  de  mal  en  bien  ó  de  bien 
en  mejor  se  hacen  con  dificultad,  porque  la  cos- 
tumbre se  convierte  en  otra  naturaleza,  y  assi 
debe  de  sor  en  Amintas,  que  aunque  conozca 
que  vu  stro  consejo,  señor  Leandro,  es  bueno  y 
provechoso,  con  estar  tan  acostumbrado,  y  por 
ventura  toda  su  vida,  en  el  oficio  que  agora  ticí- 
ne,  dificultosamente  querrá  dexarlo,  que  si  e'l 
quisiesse  todos  le  ayudaríamos  para  disponer 
de  sí,  nmdando  el  hábit.)  y  procurando  reme- 
diarse por  otra  vía  más  aventajada  y  honrosa- 
mente. 

Amintas.  — Conocido  he,  señores,  la  inten- 
ción con  que  me  habéis  dicho  lo  que  de  mi  vida 
os  parece,  y  que  el  consejo  que  me  dais  es  como 
de  personas  que  deseáis  mi  bien  y  lo  procura- 


nades  cuando  en  vuestra  mano  estaviese,  t 
pues  no  os  lo  puedo  servir  con  las  otras  segúo 
mi  pobreza,  agradecéroslo  he  siempre  con  mi 
voluntad.  Pero  muy  engañados  estáis  en  lo  qoe 
de  mí  habéis  juzgado,  porque  yo  vojjor  otnj 
camino  muy  diferente  deTque  ú  vosotros'orj^- 
rece  que  siga,  y  no  debelé ~mai'aTÍllai<»  minn- 
do  lo  que  comúnmente  se  dice:  qne  cuinf» 
cabezas  hay,  tantos  son  los  pareceres  v  jnidos 
diferentes.  Vosotros  fundáis  vaestra  opibióaen 
aquello  que  tenéis  por  mejor  y  más  bien  aca- 
tado, porque  así  está  concebido  y  determiiudo 
en  vuestro  entendimiento,  y  á  mí  pónenseme 
delante  otras  razones  tau  fuertes  en  lo  contn- 
rio,  que  no  me  dexan  determinar  en  dexir  li 
vida  que  tengo,  ni  en  que  tenga  por  mejor  otn 
ninguna  de  las  que  las  gentes  tienen ;  y  si  no 
fuesse  por  no  cansaros  y  liaceros  perder  el  sik- 
ño,  que  os  será  más  provechoso,  yo  las  dirii* 
para  qne  viésedes  que  no  me  faltan  razones,  si 
por  ventura  con  ellas  me  engaño,  para  querer 
ser  pastor,  como  lo  soy,  y  no  tener  en  nada 
todo  lo  que  el  mundo  para  valer  más  me  pueda 
poner  delante. 

Leandro.— No  podrás,  Amintas,  damos 
mejor  noche  que  será  con  oirías,  que  el  sueño  no 
nos  hace  falta,  y  pues  que  descansamos  recos- 
tados en  esta  verde  frescura,  por  amor  de  mi 
te  ruego  que  prosigas  hasta  el  cabo  de  ta  plá- 
tica, que  de  muy  buena  gana  escucharemos, 
para  poder  entender  qué  causas  pueden  á  ti  mo- 
verte, fuera  de  la  simpleza  qne  los  otros  pasto- 
res tienen,  para  tener  y  estimar  en  mnchola 
vida  que  todos  tenemos  en  poco,  huyendo  della 
con  todo  nuestro  poder  y  fuerzas,  y  que  tú  por 
tu  voluntad  quieras  seguirla,  mostrando  tan 
gran  contentamiento  con  ella. 

Amintas. — Pues  que  assí  lo  tenéis  por  bien, 
escuchadme,  que  yo  las  diré  y  con  la  mayor  líe- 
vedad  que  pudiere,  para  que  si  os  parecieren 
torpes. y  mal  fundadas,  como  salidas  de  an en- 
tendimiento torpe  y  grosero,  no  recibáis  can- 
sancio en  escucharlas,  que  los  pastores  á  recfí 
pueden  leer  cosas  que  los  cüicfadanos.  Impedidos 
de  sus  tratos  y  conversaciones,  por  ventura  no 
leen,  por  donde  recogeré  en  mi  memoria  algu- 
nas cosas  de  las  que  en  este  yermo  á  mis  solas 
he  leído  acerca  destc  propósito  de  que  hablamos. 

FloriAn. — Antes  te  ruego  que  las  digas  sin 
dexar  ninguna  cosa  de  lo  que  te  pareciere  que 
hace  al  propósito,  para  que  mejor  las  enten- 
damos. 

Auintas. — Todas  las  cosas  como  las  liaor 
y  produce  la  naturaleza  desnudas  y  con  s<3oel 
ser  que  de  su  sustancia  tienen  son  de  maror 
perfíción  que  cuando  los  accidentes  son  adquiri- 
dos y  postizas,  porque  parece  que  la  caasade 
■tener  necesidad  dellos  arguye  aquella  cosa  ser 
imperfecta  y  querría  ser  ayudada  con  p<'ncri()i 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


513 


cu  si,  para  la  imperfección  que  en  si  sienten.  Y 
porque  mejor  me  podáis  entender,  decidme,  se- 
ñores, ¿qué  ventaja  hace  una  cosa  riva,  aunque 
sea  fea  y  tenga  muchos  defetos  para  parecer 
bien,  ¿  la  mesma  cosa  pintada,  aunque  el  pintor 
se  esmere  en  hacerla  j  procure  contrahacer  na- 
turalmente á  la  viva?  Y  así  mesmo  ¿qué  ventaja 
tan  grande  la  de  la  hermosura  igual  al  parecer 
en  dos  mujeres,  si  la  una  la  tiene  suya  sin  poner 
cosa  ninguna  j  la  otra  la  tiene  postiza  y  con 
afeites  y  otras  cosas  que  la  ayuden  á  estar  her- 
mosa? Pues  si  tomáis  las  hierbas  y  flores  que  na- 
cen en  los  campos  de  diversos  colores  y  matices, 
¿cuánta  mayor  pertición  muestran  en  si  que  las 
que  están  pintadas  y  contrahechas?  Y  dexando 
aparte  la  suavidad  de  los  olores,  y  la  virtud  con 
que  están  criadas,  en  el  parecer  les  hacen  ven- 
taja muy  conocida. 

Pareceros  ha,  señores,  que  estas  comparacio- 
nes van  sin  propósito  hasta  que  entendáis  el 
fíu  para  que  las  lie  dicho,  el  cual  es  mostraros 
que  cuanto  las  cosas  están  más  cerca  y  allega- 
das á  lo  que  manda  y  muestra  querer  la  natu- 
Cftlezaj  tanto  sé  podrían  decir  que  tienen  mayor 
bondad. y  que  son  más  pcrfetas,  y  con  la  per- 
fición  más  dignas  de  ser  queridas  y  seguidas  de 
las  gentes.  Todo  esto  he  dicho  para  mostraros 
que,  siendo  la  vida  pastoril,  por  muchas  causas 
y  razones  que  para  ello  hay,  más  allegada  á  la 
que  la  naturaleza  quiso  como  por  principal  in- 
tento y  voluntad  que  los  hombres  scguiéssemos, 
que  os  parezca  también  que  los  que  la  siguen 
y  se  contentan  con  ella  no  solamente  no  hacen 
yerro  ninguno,  pero  que  no  por  csso  es  razón 
que  sean  tenidos  en  menos  qne  los  otros  hom- 
bres que  siguen  y  andan  embebidos  en  las  ri- 
quezas y  en  los  deleites  y  en  las  pompas  y  ho- 
nores, que  todas  son  vanidades  del  mundo. 

Leandro. — No  me  parece  mal  fundamento 
el  que  has  tomado;  pero  yo  no  veo  razón  que 
baste  á  probar  cómo  quiso  la  naturaleza  más 
que  los  hombres  anduviesen  guardando  ganado 
que  no  que  entendiesen  en  los  otros  tratos  y 
negociaciones  qne  se  acostumbran  en  el  mundo. 

Amintas.— No  digo  yo  que  la  naturaleza  lo 
quiso  de  manera  que  no  dexase  lugar  para  que 
pudiésemos  entender  en  otras  cosas;  pero  que 
parece  que  esto  nos  puso  delante  como  cosa 
más  principal,  y  assi  lo  podréis  entender  por 
lo  que  agora  diré.  Cuando  nuestro  señor  Dios 
tuvo  por  bien  de  criar  el  mundo  y  en  él  á  nues- 
tros primeros  padres  á  su  imagen  y  semejanza, 
fué  con  aquella  llaneza  y  simplicidad  que  se 
requería  para  estar  en  su  ser\'icio,  hasta  que 
comieron  del  fruto  vedado,  por  el  cual  fue- 
ron echados  del  Paraiso;  y  como  por  el  pecado 
cometido  les  fuese  dado  mandamiento,  por 
maldición,  que  comiesen  del  sudor  de  sus  ma- 
nos, hallaron  para  sustentarse  las  hierbas  y  las 

ORÍGENES  DE  LA  NOVELA.^33 


raíces  en  los  campos,  las  frutas  en  los  árboles, 
las  aguas  en  las  fuentes  y  ríos  y  las  semientes 
puestas,  así  verdes  como  maduras,  en  las  mes- 
mas  hierbas;  todo  esto,  después  que  una  vez  lo 
hallaban,  no  huía  ni  se  apartaba  dellos;  pero 
los  ganados,  de  cuya  leche  y  lo  que  de  ella 
se  hace,  también  habían  de  comer,  aunque  no 
comían  la  carne  para  mantenerse,  en  descui- 
dándose se  iban  por  unas  partes  y  por  otras, 
de  manera  que  les  era  trabajoso  el  andarlos 
buscando,  y  assí  les  fué  forzado,  juntando  algu- 
nos rebaños  dellos,  hacerse  ellos  mesmos  guar- 
das y  pastores,  obedeciendo  á  la  naturaleza  que 
parecía  mandarles,  y  aun  forzarles,  á  que  lo 
hiciesen  para  que  mejor  pudiesen  sustentarse.  Y 
assi  en  teniendo  hijos  los  pusieron  en  el  mesmo 
cuidado;  pues  que  el  oficio  de  Abel  fué  guar- 
dar los  ganados,  y  el  de  Caín  ser  Ial>radór  de 
las  Ií!ért)a8  y  simientes  que  énliibncés  producía 
la  tierra;  y  conforme  á  esto  se  puede  creer  que 
en  aquella  edad  ¿riniera  y  dorada  los  mejores 
bienes  y  mayores  riquezas  que  los  hombres  te- 
nían eran  los  ganados,  de  que  se  sustentaban  á 
sí  y  á  sus  hijos  y  familias,  gozando  de  los  des- 
pojos de  la  lana,  leche  y  queso  y  manteca,  y 
aun  haciendo  vestidos  de  los  pelejos  dellos, 
porque  entonces  no  procuraba  la  malicia  hu- 
'  mana  las  nuevas  invenciones  de  los  vestidos  y 
atavíos  que  agora  se  usan,  ni  conocían  el  oro 
ni  la  plata,  sino  por  unos  metales  muy  buenos 
de  qne  se  aprovechaban  en  las  cosas  necesarias 
y  no  para  hacer  «umeda^.que  fué  la  mayor  per- 
dición, .que.  pudo  .venir  Ski  mundo,  nó'pofBrdi- 
Dero,  que,  por  ser  como  un  fiador  dé  las  cosas 
vendibles,  excusa  de  muchos  males  que  habría 
sin  él,  mas  por  la  cobdicia  que  vino  al  mundo 
juntó. con  eí  dinero.  Y  el  valor  que  tuvo  e!  di- 
nero cuando  sd  hizo  fué  porque  en  él  estaba 
esculpida  la  figura  de  oveja  ó  cabra  ó  de  otra 
res  de  ganado,  ó  porque  la  primera  moneda  que 
hubo  fué  hecha  y  esculpida  la  señal  en  el  cuero 
de  los  ganados,  y  por  la  una  causa  ó  por  la 
otra  en  latín  se  llamó  pecunia^  que  quiere  decir 
cosa  de  ganado,  de  manera  que  los  que  más  y 
menos  valían,  todos  debían  de  ser  guardas  y 
pastores  de  sus  ganados.  Y  aun  después  de 
aquel  universal  diluvio,  como  parece  por  aquel 
gran  patriarca  Abraham,  que,  siendo  un  hom- 
bre tan  poderoso,  su  principal  patrimonio  eran 
los  rebaños  de  los  ganados,  los  cuales  él  vía  y 
visitaba  de  contino,  y  aun  por  aventura  también 
guardaba,  como  parece  cuando  estaba  á  la  puer- 
ta de  su  casa  que  se  le  parecieron  tres  ángeles 
en  figura  de  hombres  mancebos  que  le  denun- 
ciaron que  Sara,  su  mujer,  en  su  senectud  pa- 
riría, y  queriendo  tenerlos  por  convidados,  él 
mesmo  fue  al  ganado  y  trajo  una  ternera,  con 
que  les  hizo  el  convite.  Y  asi  mesmo  cuando 
hizo  el  concierto  y  confederación  con  Abimelec 


5U 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


y  Micho],  para  confirmar  la  amistad  le  dio 
parte  de  los  ^^anados  qne  tenia.  También  sa 
hijo  Isaac,  cnando  los  de  Palestina,  parecién- 
doles  qao  se  hacia  más  rico  j  poderoso  qae 
ellos,  le  mandaron  salir  de  la  tierra,  las  mayo- 
res riquezas  qne  llevó  fueron  sus  ganados,  y 
haciendo  pozos  en  nmchas  partes  para  qne  las 
reses  no  pereciesen  con  la  sed,  tuvo  contienda 
sobre  el  agua  con  los  pastores  de  G erare.  Y 
cuando  aquel  gran  patriarca  Jacob  fué  ¿  la  tie- 
rra de  Oriente  y  allegó  á  la  casa  de  Labán,  su 
tío,  primero  halló  á  su  hija  Rachel  que,  siendo 
pastora,  apacentaba  los  ganados  de  su  padre, 
por  la  cual  y  por  el  engaño  que  le  fue  hecho 
con  su  hermana  Lia,  servio  catorce  años,  y 
cnando  se  despedia  de  Labán,  su  suegro,  para 
volverse  a  su  tierra,  siendo  por  él  molestado 
que  no  se  fuesse,  hizo  concierto  con  Jacob  que 
porque  tomase  á  ser  pastor  y  guarda  de  sus 
ganados  le  daría  todas  las  ovejas  y  cabras  que 
de  allí  adelante  naciesen  manchadas  y  de  di- 
versos colores.  Lo  mesmo  sal>emos  todos  de 
los  hijos  de  Ja<*ob,  que  también  fueron  past(.>- 
res  como  su  padre,  y  el  menor  dellos,  que  fué 
José,  les  llevaba  de  comer  al  campo  donde  an- 
daban con  el  ganado  que  Jacob  tenía.  Del  pa- 
cientísimo  tfob  es  bien  notorio  que,  siendo  el 
más  rico  hombre  de  toda  la  provincia  donde 
habitaba,  sus  principales  riquezas  eran  los  ga- 
nados de  todas  suertes,  asi  como  ovejas  y  ca- 
bras, bueyes,  asnos  y  camellos,  con  los  cua- 
les  andaban    sus  criados   y   sus  mesmos  hi- 
jos, no  se  desdeñando  de  ser  guardas  y  pas- 
tores dellos.  Moisés,  caudillo  del  pueblo  de  Is- 
rael, y  por  cuyo  consejo  fué  librado  del  poder  de 
Faraón,  pastor  era  y  a])acentando  andaba   el 
ganado  de  su  suegro  Jetro  cuando  1  )ios  se  le 
.apareció  en  la  zarza  que  ardía  y  no  se  que- 
maba.  Saúl,  cnando  fué  ungido  rey,  andaba 
buscando  unos  asnos  de  su  padre  que  se  le  ha- 
bían perdido,  lo  cual  era  señal  que  él  era  el  que 
tenía  cuidado  de  guardarlos.  Del  real  profeta  y 
grande  amigo  de  Dios,  el  rey  David,  notorio  y 
muy  claro  es  á  todos  que  siempre  andaba  en 
el  campo  apacentando  el  ganado  de  su  padre, 
y  que  de  allí  lo  escogió  Dios  para  que  gol>er- 
nase  y  regiese  el  pueblo  de  Israel.  Y  sin  estos 
que  he  dicho,  hubo  otros  muchos  patriarcas  y 
profetas  y  varones  muy  señalados,  no  sola- 
mente entre  los   judíos,  pero  también   entre 
otras  naciones  y  maneras  de  gentes  que  á  mí 
se  me  olvidan  y  de  quien  no  hacen  mención  las 
escrituras  y  corónicas  que  fueron  pastores,  no  lo 
teniendo  en  menos  que  cualquiera  otro  de  los 
oficios  y  manera  de  vivir  que  las  otras  gentes  se- 
guían, porque,  como  he  dicho,  entonces  no  ha- 
bía las  vanidades,  las  pompas,  las  presunciones, 
los  pensamientos  altivos  y  soberbios  que  hay 
agora,  ni  los  bollicios  y  sutilezas  de  los  inge- 


nios, todos  endrczados  á  sabir  y  valer  más 
como  quiera  que  sea.  lícita  6  ilícitamente,  de»- 
deñándose  las  gentes  de  todo  aquello  que  solían 
hacer  y  seguir  los  antiguos  y  personas  señala- 
das en  vida  y  en  dotrína,  de  quien  están  obli- 
gados tomar  enxemplo  siguiendo  sus  pisadas, 
haciendo  lo  que  ellos  hacían. 

Leandro. — No  tienes  razón,  Aniintas,  en 
parecerte  que  essas  razones  sean  tan  bastantes 
que  obliguen  á  todas  las  gentes  para  qne. 
dexando  todos  los  otros  oficios  y  maneras  de 
vivir,  se  vuelvan  á  ser  labradores  ó  pastores, 
como  tú  querrías  que  lo  fuessen. 

Amintas. — Menos  razón  tenéis  vos,  señor, 
en  pareceros  que  no  hace  bien  ningún  hombre 
que  tenga  buen  entendimiento,  con  otras  gra- 
cias, en  seguir  la  vida  pastoril,  pncs  con  tantu 
razones  á  mí  me  estábades  persuadiendo  pan 
que,  pareciéndome  tenerla  mal  empleada,  li 
desamparase. 

Floriás. — Por  cierto,  Amintas,  tú  has  di- 
cho y  alegado,  defendiendo  tu  opinión,  buenis 
razones  y  enxemplos ;  si  hubiese  agora  algunof 
de  los  pastores  de  los  que  había  en  aquellos 
tiempos  que  supiesen  y  encendiesen  tan  bien  lo 
que  les  con  venia  para  con  Dios,  para  con  lu 
gentes;  pero  pocos  se  hallarán  de  tu  manera, 
que  ya  no  hay  en  ellos  aquella  simplicidad 
santa,  ni  la  sabiduría  llena  de  bondad,  ni  las 
obras,  para  que  merezcan  t^ner  aquella  familia- 
ridad con  Dios,  por  la  cual  eran  del  visitados 
y  ayudados  de  su  gracia,  con  que  venían  á  ser 
estimados  y  tenidos  en  mucho,  como  tú  lo  has 
dicho. 

Amintas. — ¿Sabéis  qué  puedo  responderos 
á  csso?  Ijo  que  un  pastor  á  nn  obispo,  que  re- 
prendiéndole de  cierta  cosa  en  que  había  pe- 
cado, le  decía  que  los  pastores  de  lps_t¡empo3 
pasados  todos  eran  santos  y  buenos  y  amigos 
de  Dios,  y  que  por  esso  Dios  los  quería  bien  j 
hacía  tantos  milagros  por  ellos,  y  así  como  á 
santos  y  amigos  suyos  se  les  aparecieron  los 
ángeles  á  denunciarles  el  nacimiento  de^hrísto 
y  fueron  los  primeros  que  le  adoraron  y  oGí- 
cieron  dones;  y  que  los  pastores  deste  tiempo 
eran  muy  mal  inclinados  y  simples,  y  qne  toda 
su  simpleza  era  inclinada  á  nial  fin  y  á  hacer 
con  ella  malas  obras.  Y  el  pastor  le  respondió: 
También,  señor,  en  este  tiempo,  cuando  moría 
algún  obispo  ó  perlado  se  tañían  las  campanas 
de  suyo,  y  ahora,  cuando  las  qaieren  tañer,  no 
bastan  cien  brazos  y  manos  á  moverlas.  Major 
obligación  tenéis  los  obispos  y  los  coru  de 
ánimas,  los  cardenales  y  patriarcas  y  aan  el 
papa,  de  no  hacer  cosa  mala  ni  de  que  poder 
ser  reprendidos,  pues  sois  .más  xeidaderos  pas- 
tores que  nosotros  y  habéis  de  dar  cuenta  i 
Dios  de  mayores  y  mejores  reBaficMTSe'giitt- 
dos,  so  pena  de  pagar  con  yneatra  ánima  io 


COLLOQUIOS  satíricos  POR  A.  DE  TORQUEMxVDA 


515 


( 


que  por  vuestra  culpa  se  perdiere;  que  nosotros, 
si  algún  mal  ó  dafio  hacemos,  á  muy  pocos 
daña,  y  principalmente  es  para  nosotros,  que 
pagamos  de  nuestras  haciendas  6  soldadas  las 
reses  que  se  nos  perdieren;  pero  los  perlados 
inficionan  sus  ovejas  con  el  mal  enxemplo  de  su 
vida  y  excesos;  y  en  fin,  todos  somos  pastores 
y  todos  hacemos  mal  lo  que  somos  obligados,  y 
asi  tiene  agora  Dios  tan  poca  cuenta  y  familia- 
ridad con  los  obispos  y  con  los  otros  perlados 
y  curas  de  ánimas  como  con  los  pastores  que 
andan  con  el  ganado  en  el  campo.  Y  la  verda- 
dera reprensión  que  me  habéis  de  dar  es  con  el 
buen  enxemplo  y  dotrina  de  vuestra  vida,  para 
que  yo  me  avergüence  y  confunda  cuando  no 
hiciere  lo  mismo  que  vos  hiciéredes. 

Leandro. — Avisado  pastor  era  esse,  y  bien 
conozco  yo  que  no  solamente  los  obispos  y  los 
otros  perlados  y  pontífices  son  pastores  y  tie- 
nen la  obligación  que  has  dicho,  pero  que  desa 
manera  tambión  se  pueden  llamar  pastores  los 
emperadores^  rej-es  y  príncipes,  y  los  otros 
'  grandes  señores  y  £oJós  aquellos  que  tienen 
vasallos  y  subditos  con  cargo  de  gobernarlos. 

Amintas.  —  Pues  si  todos. estos  son  pastores 
como  yo  soy  pastor^  harto  mejor  vida  es  la  mía 
qué  no  la  suya;  porque  los  unos  han  de  tener 
cuidado  de  las  ánimas  y  los  otros  de  los  cuerpos 
de  muchas  gentes,  gobernándolos  con  muy  gran 
rectitud  y  justicia,  y  cuando  dexan  de  hacerlo 
por  voluntad  ó  negligencia  ó  descuido,  es  gran- 
dissima  la  pena  que  tienen,  que  no  pagan  con. 
menos  que  con  la  condenación  de  sus  ánimas; 
y  yo,  aunque  se  me  pierda  un  carnero,  ó  me 
lleve  el  lobo  una  oveja,  ó  me  coma  un  cabrito, 
con  pagarlo  á  mi  amo  le  satisfago  y  quedo  sin 
pena  ninguna;  asi  que  no  ten^o  por  buen  con- 
sejo dexar  de  ser  pastor  de  rebaños  de  bueyes 
y  vacas,  y  ovejas  y  cabras,  en  que  tan  poco  se 
aventura,  y  procurar  de  serlo  (como  vosotros 
me  aconsejáis)  de  hombres  y  mujeres,  poniendo 
en  mayor  condición  la  salvación  de  mi  ánima 
de  la  que  agora  tengo. 

Lb ANDRÓ. — Muy  bien  me  parece,  Amintas, 
lo  que  dices  si  bastasse  para  hacerme  entender 
del  todo  lo  que  al  principio  dixiste. 

Amintas. — ¿Y  qué  dixe? 
— liBANDRO.— Que  la  vida  pastoril  era  más 
conforme  á  la  manera  en  que  la  naturaleza  que- 
ría que  viviesen  las  gentes  que  no  ninguna  de 
las  otras. 

Amintas. — Ya  me  acuerdo,  y  lo  que  por  me- 
dio se  ha  tratado  me  embarazó  á  seguir  la  plá- 
tica comenzada;  pero  tomando  al  propósito, 
digo  que  la  naturaleza  hizo  y  crió  todas  aque- 
llas cosas  que  le  pareció  que  no  solamente  bas- 
taban para  socorrer  á  la  necesidad  de  todos  los 
animales,  pero  también  á  la  de  los  hombres;  y 
á  todas  las  puso  en  gran  perfíción,  que  si  quisi^ 


sernos  usar  y  aprovechamos  dellas,  sin  otro  nin- 
gún artificio,  por  ventura  las  hallaríamos  muy 
más  provechosas,  y  serían  causa  de  alargamos 
la  salud  y  la  vida  mucho  más  tiempo;  porque 
cnando  los  hombres  comían  por  pan  las  fratás 
de  los  árboles,  las  hierbas,  las  simientes  y  rai- 
ces y  los  otros  mantenimientos  sin  hacer  las 
mezclas  que  agoran  hacen,  no  se  les  acababa  la 
vida  tan  presto,  y  asi  veréis  que  los  ciudadanos 
y  ricos  que  no  viven  con  otro  cuidado  si  no  de 
procurar  de  poner  artificiosameuJ^  otro  diferen- 
te sabor  en  los  nlSlíjáres  del  que  consigo  tie- 
nen, que  no  siguen  la  orden  de  naturaleza  como 
la  seguimos  los  paistores,  los  cuales  nos  conten- 
talnos  con  comer  las  cosas  que  he  dicho,  y  el 
pan  de  centeno  tenemos  por  curíosidad  para 
nosotros;  cuando  hallamos  algunas  fratás  mon- 
tesinas ó  algunas  hierbas  comederas  y  también 
algunas  raíces  sabrosas,  deleitámonos  en  comer- 
las. Si  matamos  alguna  liebre  ó  conejo  con 
nuestros  cayados,  ó  si  tomamos  con  lazos  y 
redes  que  armamos  algunas  aves,  no  las  estima- 
mos en  tanto  que  se  nos  dé  mucho  por  comer- 
las, por  la  costumbre  que  tenemos  de  conten- 
tamos con  lo  que  ordinaríamente  comemos,  por- 
que nunca  nos  falta  esto  que  digo,  con  abun- 
dancia de  leche  y  queso  y  manteca  y  cuajada 
que  nos  dan  las  cabras  y  las  ovejas;  y  cuando 
la  sed  nos  acosa,  buscamos  las  fuentes  de  las 
jnontañas»  y  llegándonos  á  ellas,  miramos  cómo 
Hsalen  aquellos  chorros  de  agua  á  borbollones 
por  medio  de  las  venas  de  la  tierra,  y  á  donde 
vemos  que  la  arena  está  más  limpia  y  dorada, 
con  unas  pedrecillas  pequeñas  que  con  la  clari- 
dad transparente  de  la  agua  están  reluciendo, 
allí  nos  echamos  de  bruces  y  nos  hartamos.  Y 
si  esto  no  queremos  hacer,  con  nuestras  manos 
encorvadas  tomamos  el  agua  y  la  traemos  á  la 
boca,  no  tomando  menos  gusto  en  beber  por 
este  vaso  natural  y  de  que  nos  poseyó  natu- 
raleza, que  si  bebiésemos  por  los  más  ricos  de 
oro  y  plata  que  tuvieron  los  reyes  Creso  y 
Mida,  como  se  cuenta  en  las  historias.  Cierto, 
poco  cuidado  tenemos  de  los  buenos  vinos  y  si- 
dras y  cervezas  y  alojas,  ni  de  los  otros  breba- 
jes que  se  hacen,  porque  el  no  verlos  ni  tratar- 
los nos  quita  la  codicia  dellos  y  de  los  manja- 
res sabrosos  y  delicados;  y  el  gusto,  como  está 
hecho  á  comer  y  beber  lo  que  digo,  parécele  que 
no  hay  cosa  que  mejor  sabor  tenga.  Y,  verda- 
deramente, muchos  de  nosotros,  comiendo  al- 
gunas veces  de  las  cosas  que  no  acostumbra- 
mos, por  buenas  que  sean,  nos  revuelven  los 
estómagos  y  nos  hacen  mucho  daño;  assi  que 
no  sentimos  falta  dellas,  ni  las  procuramos,  an- 
tes nos  reimos  y  burlamos  de  ver  á  las  otras 
gentes  con  un  error  y  cuidado  tan  grande,  y 
con  una  solicitud  tan  extraña  en  tener  muchas 
cosas  bien  aderezadas  y  muchos  manjares  breí) 


610 


OKIOEXES  I>E  LA  XOVELA 


eaitdo  por  taitUf  uaiíO^  íau  c-DTCf-It^.^s  T  reruel- 
Uji,  ho  paeden  ir  cou  Jiquella  lioipiTZJiqae  lo  qne 
liCAOtro»  coui^Ui'tv.  «ULque á  toi'.^  os  pfirezcii  ai 
cobtnrio  de-sto.  Y  dtiando  lo  qi:**  toca  al  conjer 
V  Lif-U-r,  muT  trrari  rentaja  es  la  que  haga  la 
i'ida  paetoríl  á  la  de  t^jda»  Ias  otras  :^eut<rs,  eii 
i*  quietud  T  jnr|fUBO.  TÍTÍeiido  címa  loajur  sosie- 
í:*k  mki  apartados  de  cuidadlo»  j  de  todas  la» 
zozobra»  que  el  Uiundo  su*:Ie  dar  ¿  1<^  que  le 
«iifueii:  las  cuales  ^.>u  tan  ^raiides  j  tan  pesa- 
*1mb  carífatr,  que  si  las  (rentes  quisiesen  vivir  fM>r 
la  orden  natural,  liarían  de  ¡«rocurar  p«>r  todas 
las  vías  que  puii*.'s^n  de  huirlas  j  apartarse  de- 
lias:  ji^ro  no  viven  sino  cuiitra  todo  lo  que 
quiere  la  naturaleza,  h;iscan<lu  riquezas,  prui.-u- 
i-anii'.«  sefiorios,  adquiriendo  haciendas,  usur- 
pando renus,  y  t^'xio  esto  para  vivir  desasose- 
i^ados  V  cou  tral^jos,  con  revueltas  y  con  lurran- 
^es  jK'rsecucioneé  v  fatigas.  Los  quf  somos 
j^stores,  el  mayor  cuidado  quo  tenemos  es  de 
dormir  muy  descansadamente:  muy  pocas  esas 
nos  iiéicen  p(;rder  el  sueno  si  u*»  estamo»  en  al- 
;;uiia  parte  donde  tengamos  temor  á  los  lobos. 
A  donde  quiera  que  vamos  hallamos  muy  buena 
camu,  que  es  la  tierra,  en  la  cual  nos  acostauíos 
fcin  hallar  menos  los  colchones  y  cabezah-s  blan- 
dos, ni  las  sábanas  delgadas  y  mantas  de  lana 
íina.  Ponemos  una  piedra  «>  terrón  porcal»ecera, 
y  muchas  vecr^  se  nos  passa  asi  una  noche  en- 
tvra  sin  que  des¡>ertemo!f :  y  de  mí  os  digo,  que 
«.'liando  me  [longu  á  pensar  que  la  tii-rru  es  la 
verdad<'ra  cama  en  que  nuestros  cuerpos  han  de 
rejKJsar  después  que  la  ánima  los  desampare, 
tan  largo  tienjpo  como  será  hasta  que  seamos 
Ihimacios  para  el  universal  juicio,  que  me  mara- 
villo cómo  por  tan  p<^x:os  días  y  tan  breve  vida 
ningiiu'i  quien;  hacer  mudanza  ni  ten*'r  otra 
cama.  Y  si  dixértdes  que  se  hace  p^r  el  daño 
que  rf'cebíríu  la  salud  con  la  humedad  de  la  tie- 
rra, la  costumbre  es  la  que  quita  estos  incon- 
viínií'iiK's,  que  los  pa'-tores  por  la  mayor  parte 
viven  muy  «anos  y  con  pocas  enfermeda«les,  y 
•-i  las  t  nemos,  no  tan  recias  y  trabajosas  como 
los  ^[\\e  viven  con  regalos  y  delícadezji>.  Y  tam- 
bién os  sé  decir  que  los  vest¡do>  que  traemos, 
aunque  no  son  tan  costosos,  no  son  de  meno> 
provecho  que  lo>  de  los  ciudadanos,  porr^ue  des- 
pués de  andar  muy  bien  arropados,  traemos  en- 
cima las  zamarra>  y  pellicos  en  el  invierno,  con 
el  polo  adentro,  que  nos  pone  mucho  calor,  y 
en  verano  afuera,  porque  la  lana  uo>  dtífiende 
del  sol  y  el  pellejo  es  para  nosotros  templado; 
sentimos  muy  poco  los  grandes  fríos  y  los  gran- 
des calores,  ponjue  ya  el  cuerpo  está  curtido  y 
acostumbrado  á  sufrirlos  y  passarlos  sin  traba- 
jo, do  manera  quo  no  nos  espantan  las  nieves 
ni  liis  heladas,  porque  cuando  algo  nos  fatiga, 
eslabón  y  pedernal  traemos  en  los  zurrones,  y 


la  IítLm  siempre  está  cerca,  y  cuando  hace  aiaj 
grandes  «.^alore^  j  siestas,  nnuca  falta  una  coeri 
6  wjza  Kf  la  s^^mlim  de  algún  árbol  que  nos  de- 
fiende de  la  :G«:rza  del  rK>l:  j  en  el  camp>  pocas 
reces  falta  al^'in  viento  fresco  con  qae  mejor 
puede  (Asarse:  y  assí,  muy  contentos  y  rego- 
cijados, cuando  algunos   pastores  nos  joau- 
U"»  en  uno.  tañiendo  nuestras  gaita>  y  chi- 
rumbelas  y  rabeles  uc»  holgamos  y  passamos  «1 
tiempo  muy  regocijados, d^ndo  saltos  y  hacien- 
do l«iles  y  danzas  j  otros  muchos  juegos  de 
placer:  y  cuando  yo  quedo  solo  de  día,  ando  co& 
gran  atención  mirando  por  mi  ganado  y  procn- 
ráiidole  bueno^  pastos  para  la  noche,  en  la  coil 
Axk  ningún  sobresalto  me  echo  j  duermo,  como 
dic'?n.  á  surño  suelto:  y  <i  despierto  antes  del 
día.  limpiando  k»  ojos  los  levauto  al  cielo,  y 
mirando  aquellas  IaU>res  con  que  los  planetas  j 
e^trella^  lo  pintan,  estoy  contemplando  mucha'» 
cvrsas,  principalmente  en  Dios  que  loa  hizov 
dt.'>pués  en  la  gloria  que  en  ellos  se  espera.  Y 
con  e<»to  acuérda>en]e  de  los  filósofos  y  astrólo- 
g«j>  que  quieren  medir  los  cielos  y  la  grande» 
del  sol  y  el  tamaño  de  la  luna,  la  propiedad  de 
cada  una  de  las  estrellas,  j  rióme  dellos  v  del 
coutentamientü  queiieuea  con  ^sl  ciencia,  pan^ 
ciéndoles  tan  cierta  que  no  pueden  errar  en  nin- 
guna Cosa:  porque  á  mi  me  parece  que  auHqhé 
acierten  en  muchas  dellas,  es  tanto  lo  que  queda 
por  saber,  que  casi  es  nada  lo  qae  saben,  y  que 
mucho  de  lo  que  ellos  tienen  por  cierto  y  ave- 
riguado, lo  debrían  tener  por  dudoso  y  aun  per 
falso,  y  que  sólo  aquello  se  puede  tener  por  mnj 
verdadero  que  por  la  verdad  y  certidumbre  de 
nuestra,  santísima  fe  estamos  obligados  á  creer 
sin  duda  alguna.  Y  de  aquí  uiétomo  en  otns 
contemplaciones  que  me  levantan  los  pensi- 
mientos  á  mayores  cosas  que  las  del  mundo,  j 
que  ai^uellas  que  vosotros,  señores,  me  aconse- 
jáis y  querríades  que  las  empleasea£uandoyjeut^ 
la  mañana,  alegróme  con  la  luz;  estoy  mirando 
el  lucero  que  viene  como  guía  del  resplande- 
ciente sol,  miro  cómo  se  está  descubriendo  pOi\) 
á  poco,  cómo  tiende  sus  claros  rayos  sobre  la 
haz  de  la  tierra.  Levantóme  luego  en  pie  sin 
tener  trabajo  de  vestirme,  como  no  lo  tuve  do 
desnudarme,  y  bendigo  y  alabo  á  Dios  con  ver 
que  uuu'has  veces  el  campo,  que  á  la  noche  e»- 
talta  seco  y  limpio,  á  la  mañana  comienza  á  re- 
verdecer saliendo  los  gromecitos  pequeños  de  la 
hierba,  la  cual  (estándola  yo  mirando)  va  cre- 
ciendo, y  de  ahí  á  pocos  días  veo  salir  las  Hore» 
y  las  rosas  de  diversos  colores  y  matices,  con 
una  hermosura  y  olor  tan  suave,  que  parece 
cosa  celestial.  Oyó  los  cantos  de  las  aves  á  lft¿ 
mañanas  y  á  las  tardes,  que  también  con  $Q 
dulce  harmonía  parecen  música  del  cielo,  y,  en 
fin.  veo  pocas  cosas  que  me  den  enojo  y  pocas 
que  me  desasosieguen;  como  no   veo  lo  qne 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS. POR  A.  DE  TORQUEMADA 


517 


pasa  en  el  mando,  tampoco  lo  codicio,  ni  me 
parece  qne  me  falta  nada,  j  hartas  veces  con 
el  sobrado  placer  ando  alrededor  del  ganado  ta- 
ñendo con  mi  chirumbela,  dando  saltos,  qne 
quien  me  viese  pensaría  que  estoy  fuera  de  jui- 
cio, aunque  yo  cuando  esto  hago  pienso  que 
tengo  más  seso  y  estoy  más  cueido  que  nunca. 

—  Leandro. — Según  esso,  hermano  Amintas, 
más  amigo  eres  de  la  vida  contemplatixa-^que 
n o  ;$S..ta " acíívari'TKr'tS' puedo  nega r  que  no 
tienes  razdn  eií  ello,  pues  por  la  boca  de  Christo 
se  declaró  y  averiguó  tener  mayor  perfición; 
mas  para  hacer  lo  que  ^tú  dices,  si  yo  no  me 
engafio,  lo  mejor  seria  ser  flayre. 

-  Amiktas.— En  esso  cada  uno  hace  lo  que 
Dios  le  da  de  gracia,  que  yo  por  agora  no  quie- 
ro perder  la  libertad,  sino  hacer  con  ella  lo  que 
Buaiere,  para  que  Dios  sea  servido,  que  yo  con- 
fíessb  que,  no  teniendo  respecto  sino  al  servicio 
de  Dios,  es  más  perfecta  vida  la  de  los  flay- 
res;  pero  si  queremos  gozar  juntamente  dé  la 
liberúid  del  mundo,  buena  es  la  de  los  pastores, 
y  no  es  por  fuerza  que  se  han  de  salvar  todos 
los  flayres  ni  condenarse  los  que  no  lo  fuesen. 

Leandro.  — No  tienen  tan  buen  aparejo  para 
salvarse  los  pastores  como  ellos,  porque  cada 
día  dicen  6  ven  misa,  rezan  sus  horas  y  hacen 
otras  devociones  y  sacrificios  que  vosotros  no 
podéis  hacer. 

Amintas. — Yo  no  comparola  vida  de  flayres 
y  pastores  para  hacerlas  iguales,  que  bien  co- 
nozco la  ventaja  por  las  causas  que  he  dicho, 
pero  tengo  la  vida  de  los  pastores  por  mejor 
que  la  de  los  otros  hombres  que  siguen  los  ofi- 
cios y  tratos  del  mundo.  Y  lo  que  yo  pretendo 
que  entendáis  de  mis  razones  no  es  sino  la  poca 
razón  que  tenéis  en  persuadirme  que  dexe  esta 
manera  de  vivir  y  que  siga  cualquiera  de  las  otras 
que  á  vosotros  os  parece  mejores,  no  lo  siendo. 

Florián.— ¿Parécete  á  ti  que  es  bien  oír 
missa  tan  de  tarde  en  tarde,  confessaros  mal  y 
por  mal  cabo,  oir  tan  pocos  sermones,  saber 
tan  mal  las  cosas  que  tocan  á  la  fe  y  tener  tan 
poca  noticia  de  las  cosas  y  precetos  ordenados 
por  la  Iglesia? 

Amintas. — Harto  peor  es  saberlo  y  no  usar 
dello  como  conviene,  que  aunque  dicen  que  la 
inorancia  no  excusa  el  pecado,  como  no  se  pue- 
de negar,  á  lo  menos  quita  la  gravedad  del  pe- 
cado, porque  más  gravemente  peca  el  que  co- 
mete un  pecado  sabiendo  que  lo  es,  que  no  el 
que  iñoranteraente  peca  sin  saber  lo  que  hace, 
y  el  pastor  que  no  cumpliere  con  el  preceto 
divino  y  de  la  Iglesia  en  lo  de  la  confessión,  no 
le  meto  yo  en  la  cuenta  de  los  pastores  de  quien 
he  hablado,  ni  tampoco  el  que  dexase  de  oir 
missa  podiendo  hacerlo,  aunque  los  santos  pa- 
dres del  desierto  y  los  ermitafios  con  la  con- 
templación  suplían  las  faltas  que  hacían  en 


esto,  porque  Sanct  Antón  y  San  Pablo  y  otro 
muy  gran  número  dcllos  estuvieron  muchos 
afios  y  tiempos  donde  ni  vían  missa,  ni  oían 
sermón,  ni  estaban  al  rezar  de  las  horas;  pero 
no  por  esso  dexarón  de  salvarse  y  venir  á  ser 
santos  y  canonizados;  assí  que  no  por  la  falta 
que  en  lo  que  he  dicho  hecieren  los  pastores 
dexarán  de  tener  por  otras  muchas  vías  aparejo 
para  su  salvación. 

Leandro.  — Bien  me  parece  lo  que  dices, 
pero  no  me  podrás  negar  que  no  vivís  todos 
los  pastores  apocados  y  abatidos  y  sin  tener 
parte  en  el  mundo,  y  no  porque  la  tuviéredes 
dexaríades  de  ser  tan  buenos  y  aun  por  ventura 
mejores  de  lo  que  sois ;  contentándoos  con  la  yi;^. 
da  solitaria,  viviend<rmás  eomT5'^BestiaÍB  salva  jes 
que  nó  como  hombres  que  usan  de  la  razón, 
con  que  sobrepujaron  por  excelencia  á  todos  los 
otros  animales. 

Amintas.  —No  paséis,  señor,  más  adelante, 
que  estáis  muy  engañado  en  todo  lo  que  habéis 
dicho;  porque  dexando  aparte  que  á  mí  me  pa- 
resce  que  lo  que  nosotros  hacemos  es  ust^da  ^ 
la  razón,  y.  que  lo  que  las  gentes  hacen  ^n  los 
tráfagos  y  baratar»  en  la  presunción  de  la  hon- 
ra, en  procurar  preminencias  y  estados^  es  todo 
muy  gran  desatino  y  locura,  quiero  responderos 
á  lo  que  habéis  dichoque  el  mundo  nos  tiene  co- 
mo á  cosa  superfina  y  olvidada,  y  esto  seria  si 
no  se  hubiese  el  mundo  acordado  de  muchos  pas- 
tores y  aun  casi  reconosciendo  algunas  veces 
tener  necessidad  dellos;  porque  como  en  el  prin- 
cipio de  nuestra  plática  os  dixe,  Moisés,  caudi- 
llo y  capitán  fue  del  pueblo  de  Israel,  y  para 
serlo  salió  detrás  del  ganado  que  guardaba; 
lo  mesmo  sucedió  al  rey  David.  Pero  ya  quó 
queráis  decir  que  á  estos  Dios  los  eligió  por  su 
mano,  yo  os  diré  otros  muchos  que  de  pobres 
pastores  subieron  á  tener  muy  grandes  y  pode- 
rosos estados  y  reinos  algunos,  porque  por  su 
virtud  fueron  llamados  para  ellos,  y  otros  que 
de  sí  mesmos  los  procuraron,  dándose  tan  bue- 
na maña  que  hobieron  y  alcanzaron. 

Flouián.— Por  tu  vida  que  nos  los  digas, 
porque  yo  no  sé  ninguno  y  holgaré  mucho  de 
saberlo. 

Amintas. — A  mí  me  place,  que  también  lo 
he  leído  en  historias.  Los  primeros  que  yo  sé 
son  Rómulo  y  Remo,  que  siendo  criados  por 
aquel  pastor  Faustulo  que  los  halló  echados  á 
la  ribera  de  una  laguna,  y  por  su  mujer  llama- 
da Loba,  después  que  iban  creciendo  les  ayuda- 
ban á  guardar  sus  ganados,  y  de  allí  vinieron  á 
ser  fundadores  de  la  ciudad  de  Roma.  Paris, 
hijo  del  rey  Priamo,  pastor  fué  mucho  tiempo, 
y  así  lo  era  cuando  la  contienda  de  las  tres  dio- 
sas sobre  la  manzana  de  la  discordia,  y  después 
por  el  robo  de  Elena  fué  causa  de  la  destruc- 
ción de  Troya.  Apolo,  por  haber  sido  en  la 


518 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


inncrie  de  los  cicoplcs,  vino  á  ser  pastor  j  guar- 
dó loB  ganados  de  Admeto,  rey  de  Tesalia,  y 
despnes  vino  á  ser  contado  entre  los  dioses  ce- 
lestiales. GigoSf  rey  de  Persia,  pastor  fué  prime- 
ro, y  hallando  una  piedra  con  la  cual  se  hacia 
invisible  todas  las  veces  que  qneria,  vino  á  te- 
ner amores  con  la  reina,  y  matando  al  rey  se 
casó  con  ella,  y  se  dio  tan  buena  maña  que  se 
quedó  cou  el  reino.  Primislao,  rey  de  Bohemia, 
primero  anduvo  apacentando  vacas  y  yeguas 
que  tuviese  la  gobernación  del  reino.  Justino, 
emperador  que  tuyo  el  imperio  antes  de  Jubti- 
niano,  no  solamente  en  su  juventud  fué  pastor 
de  vacas  y  yeguas,  pero  también  dicen  del  que 
fué  mucho  tiempo  guarda  de  los  puercos  de  un 
lugar  donde  vivía,  ^^jüdiato^  qu^  fué  principe  y 
jgolwnió  mucho  tiempo  el  reino  de  los  portu- 
gaeses,  deffendiéndolo  muy  esforzadamente  del 
poder  de  los  romanos,  primero  fué  pastor  y 
después  cazador,  y  de  allí  vino  á  hacerse  tan  po- 
deroso. Talio  Ostilio,  rey  de  los  romanos, 
cuando  era  mozo  anduvo  mucho  tiempo  en  el 
campo  apacentando  las  ovejas.  Aquel  tan  po- 
deroso y  nombrado  rey  Ciro,  estando  en  poder 
de  Mitridates  y  de  su  mujer  llamada  Espaco 
(pastores  que  lo  criaron  cuando  por  mandado 
de  Astiages  fué  puesto  á  las  bestias  fieras  que 
lo  comiesen),  muchas  veces  les  ayudó  á  guariar 
los  ganados.  Lícasto  y  Parrasio  fueron  gol>er- 
nadores  y  reyes  de  Arcadia,  los  cuales  habiendo 
sido  echados  en  el  campo  cuando  nacieron  por 
su  madre  Filonomia  y  criados  por  un  pastor 
llamado  Teliso,  lo  ayudaron,  primero  que  la 
fortuna  les  ensalzase,  á  guardar  los  n^baños  de 
los  ganados  con  que  andaiían  por  los  montes. 
El  papa  Sixto,  prim(íro  deste  nombre,  hijo  fué 
de  un  pastor  y  criado  en  el  oficio  de  su  padre, 
y  no  por  esso  dexó  de  alcanzar  el  pontificado. 
El  gran  Taborláii,  rey  de  los  citas,  que  casi  fué 
en  nuestros  tiempos,  el  primor  oficio  que  tuvo 
fué  guardar  los  puercos,  y  después  ser  pastor 
de  ganados,  y  de  allí  vino  á  ser  entre  los  más 
poderosos  reyes  del  mundo,  y  en  ser  famoso  ca- 
pitán muchos  lo  quisieron  comparar  al  gran 
Alejandro,  rey  de  Macedonia.  También  se  dice 
que  el  primero  Sofi,  antes  que  viniese  a  ganar 
el  señorío  que  agora  tienen  sus  descendientes, 
guardaba  ovejas  y  cabras  en  una  montaña 
donde  fue  criado.  Y  porque  viene  al  propósito, 
quiero  contaros  lo  que  sucedió  á  dos  hermanas 
pastoras,  hijas  de  nn  hombre  que  hacia  carbón, 
lo  cual  me  dixeron  á  mí  por  cosa  muy  cierta  y 
verdadera,  y  assi  lo  tengo  también  por  verdad. 

Florián.  -  No  será  malo  tener  en  qué  pasar 
la  noche,  porque  como  estamos  desvelados  con 
la  plática  comenzada,  yo  fiador  que  aunque  la 
dexásemos  no  nos  venciese  el  sueño  tan  presto. 

AifiNTAs.  Pues  escuchadme,  que  yo  creo 
que  es  historia  que  holgaréisdc  oiría.  Un  rey  de 


Francia,  de  cuyo  üfimbce  uo  tengo  memoria* 
era  en  gnin  manera  amigo  de  andar  á  caza  y  de 
montear  venados  y  }al)a1i8  y  oínia  liesiiae  fieras; 
y  como  la  tuviese  por  ejercicio  j  an  día  estan- 
do puesto  en  una  parada  se  le  faese  su  venadp. 
della  sin  poderlo  herir,  f  ué  fánta  la  codicia  que  le 
tomó  de  matarle,  que  encima  de  an  muy  lier- 
moso  caballo  y  muy  ligero  que  t4^nia  comenzó  á 
seguirle  sin  tener  atención  á  otra  cosa.  La  tie- 
rra era  muy  montañosa  y  la  espesara  de  los 
montes  muy  grande,  y  cuando  el  rey  con  los  le- 
breles que  le  seguían  vino  á  matar  el  venado, 
babia  corrido  tan  larga  tierra,  qae  estaba  maj 
lejos  de  donde  había  dexado  sus  cazadores:  y  en 
fin,  cebando  los^erros^en  la  presa,  ^Jiai'iendn 
todas  las  otras  muestras  de  gniii  cazador,  so- 
brevino la  noche  muy  cerrada  y  escura,  y  como 
hubiese  venido  dando  vueltas  á  una  parte  y  á 
otra,  y  también  la  escundÍdTélIesáImase,^tltXUii- 
do  pensó  que  volvía  donde  sus  cazadores  teniín 
puestas  sus  armadas,  se  metió  mucho  más  aden- 
tro_en  la  montaña^^  esto  fué  cansa  de  qae  no 
pudiesse  oir  las  bocinas  que  sus  criados  buscán- 
dole por  unas  partes  y  por  otras  tañían,  y  que 
ellos  tampoco  pudiesen  oir  la  suya.  Viéndose  el 
rey  perdido  y  soplando  un  viento  cierzo  que  le 
hacia  haber  muy  grande  frío,  aquella  noche  de- 
seaba hallar  alguna  parte  donde  albergarse  pu- 
diese, y  acaso  oyendo  los  ladridos  de  unos  mas- 
tines y  yéndose  al  tino  del  los,  halló  dos  mozas 
_pas toras  que  guardaban  la  nna  un  rebaño  de 
cabras  y  la  otra  de  bueyes  y  vacas,  y  como  les 
preguntase  si  por  allí  cen^a  había  algún  pobla- 
do, ellas  le  respondieron  que  por  todas  partes 
estaba  tan  lejos  que  no  podría  allegar  ni  atinar 
allá  en  toda  la  noche.  El  rey  mostró  congojar- 
se con  esta  nueva,  y  sentiéndolo  las  pastoras,  le 
dixeron  que  si  él  quería  irse  con  ellas,  que  por 
aquella  noclie  se  podría  acoger  en  casa  de  sa 
padre,  el  cual  era  un  hombre  carbonero,  qn<» 
por  causa  de  su  oficio  y  para  mejor  poderlo  ha- 
cer se  había  venido  á  vivir  en  aquella  montafia. 
El  rey  les  respondió  que  no  solamente  quería,- 
pero  que  se  lo  rogaba ;  y  assí  Ue vando  de  sí  los 
liatos  del  ganado,  se  fueron  todos  tres  á  la  casa, 
que  muy  cerca  estaba,  y  entrando  dentro,  el 
carlwnero  y  su  mujer  (qiie^. muy  buena  gente 
eran)  acogieron  al  rey  c.qü  muy  buena  voluntad; 
el  que  le  dio  á  entender  con  buena  disimulación 
que  era  uno  de  los  cazadores  que  con  el  rey  ha- 
bía salido  á  caza,  y  que  por  venir  en  seguimien- 
to de  un  venado  se  había  perdido  de  los  otro| 
cazadores;  y  apeándose  del  caballo  y  queriéndo- 
lo meter  en  una  caballeriza  donde  estaban  ló< 
asnos  del  carbonero,  antes  tomándoselo  con 
muy  gentil  gracia  y  desenvoltura  lo  ataron  y 
echaron  mucho  feno  y  cebada  de  que  su  padre 
estaba  bien  proveído,  y  entre  tanto  la  mujer 
I  hizo  un  fuego  muy  grande  para  que  el  rey  se 


COLLOQüIOS  satíricos  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


519 


calentase,  j  sentándose  á  él  con  el  carbonero,  se 
estuvieron  hablando  en  algunas  cosas,  en  tanto 
que  las  hijas  aderezaron  la  cena  lo  mejor  que 
pudieron,  porque  en  casa  tenían  buen  aparejo 
de  aves,  de  caza  y  de  otras  cosas  de  que  siempre 
estaban  proveídos; y  puesta  la  mesa  con  mucha 
limpieza,  conforme  al  aposento  donde  se  halla- 
ban, la  una  pastora  cortaba  lo  que  se  ponía  en 
eUa  y  la  otra  proveía  en  todo  lo  que  más  era 
necesario.  El  rey  las  estaba  mirando  y  diciendo 
entre  sí  que,  puestas  en  otro  hábito,  parecerían 
á  maravilla  hermosas,  y  por  poder  disimular 
mejor  quién  era,  al  asentarse  porfío  mucho  con 
el  carbonero  que  tuviese  la  cabezera  de  mesa  y 
el  mejor  lugar  cabe  el  fuego;  pero  el  carbonero 
fue  tan  bien  comedido,  que  no  lo  quiso  hacer. 
Después,  estando  cenando,  cuando  las  hijas  po- 
nían el  primero  plato,  el  rey  se  hacía  de  rogar 
queriendo  que  el  carbonero  fuesse  primero  ser- 
vido, y  assí  porfiando  la  segunda  vez  sobre  ello, 
el  carbonero  le  dixo:  Mirad,  señor,  cuando  estu- 
viéredes  en  vuestra  casa,  mandad  y  obedeceros 
han,  y  agora  que  estáis  en  la  mía,  habéis  de  obe- 
descer  lo  que  os  mandan  y  hacerlo  sin  tanta 
porfía.  El  rey  se  rió  dpstoy  dixo:  En  verdad  que 
vos  tenéis  mucha  razón  y  yo  lo  liaré  assí  de  aquí 
adelante,  y  si  alguna  vez  vos  fuéredes  mi  hués- 
ped, acuérdeseos  que  quedáis  obligado  á  hacer 
lo  mesmo.  Con  esto  cenaron  con  mucho  regoci- 
jo y  contento  de  todos,  y  acabada  la  cena,  lue- 
go se  puso  en  orden  una  cama  bien  limpia  y  mo- 
llida,  en  que  el  rey  (aunque  vestido)  dormió  lo 
que  quedaba  de  la  noche  y  muy  sosegadamente 
con  el  cansancio  que  traía;  y  á  la  mañana  le- 
vantándose, halló  que  las  pastoras  le  habían  ya 
piensado  el  caballo  y  le  estaban  aparejando  una 
perdiz  que  almorzase,  la  cual  el  rey  comió,  por 
ver  la  buena  voluntad  con  que  se  le  daban,  y 
cuando  se  quiso  partir,  hallándose  sin  dineros, 
sacó  un  anillo  del  dedo  con  una  piedra  de  muy 
gran  valor  y  dándola  al  carbonero  le  dixo:  Hués- 
ped amigo,  pésame  de  no  tener  dineros  con  que 
satisfaceros  la  honra  que  en  vuestra  casa  me 
habéis  hecho;  pero  en  tanto  que  ya  puedo  mejor 
agradecéroslo,  tomad  este  anillo,  que  mucho 
mayor  valor  tiene  del  que  parece.  El  carbonero 
no  lo  quiso  tomar,  antes  mostrándose  agravia- 
do dello  le  dixo:  Señor,  yo  no  os  he  hecho  corte- 
sía para  ser  con  dineros  pagado  della,  antes  vos 
me  habéis  hecho  merced  en  querer  serviros  de 
mi  pobreza;  algún  día  podrá  ser  que  yo  Uegue 
con  necesidad  á  vuestra  casa,  y  por  ventura  me  | 
favoreceréis  vos  mejor  de  lo  que  agora  habéis  ' 
fiido  de  mí  socorrido,  que  los  hombres  se  topan 
con  los  hombres  y  no  los  montes  con  los  mon- 
tes. Pues  que  así  queréis,  dixo  el  rey,  ha  de  ser 
con  una  condición,  y  es  que  me  prometáis,  la 
primera  vez  que  fuéredes  á  la  ciudad,  de  verme 
y  visitarme  en  mi  posada.   Eso  haré,  dixo  el 


carbonero,  de  muy  buena  voluntad,  que  de  aquí 
á  seis  días  he  de  ir  á  vender  dos  carros  de  car- 
bón que  tengo  hechos;  mas  no  sabré  yo  á  dónde 
hallaros  si  agora  no  me  lo  decís,  para  que  sepa 
á  dónde  os  he  de  buscar.  En  palacio  me  habéis 
de  hallar,  dixo  el  rey,  que  allí  tengo  mi  aposento, 
y  para  que  no  podáis  errarme,  tened  cuenta  de 
que  vais  un  poco  antes  de  medio  día,  que  yo 
tendré  también  aviso  de  mirar  por  vos,  y  si  por 
ventura  no  me  viéredes  tan  presto,  esperadme  en 
los  corredores,  que  yo  saldré  allí  sin  falta.  Assí 
lo  haré,  dixo  el  carbonero;  y  con  esto  se  vol- 
vió el  rey  á  los  suyos,  que  toda  la  noche  habían 
andado  perdidos  en  su  busca.  El  carbonero  para 
el  día  que  había  quedado  tomó  sus  dos  carros 
de  carbón  y  se  fué  á  la  ciudad  con  ellos,  y  ven- 
diéndolos de  mañana,  tuvo  cuenta  con  lo  que 
el  cazador  le  había  mandado,  y  antes  de  medio 
día  se  fué  á  palacio,  y  no  mirando  si  burlaban 
dél  ó  no,  se  subió  á  los  corredores,  y  el  rey,  que 
tenía  avisados  á  los  de  su  guarda  para  que  le 
hiciesen  saber  cuando  viniese,  habiéndoles  dicho 
las  señas  para  que  le  conociesen,  luego  que  supo 
que  era  venido,  salió  de  su  cámara,  y  acompa- 
ñado de  muchos  señores  y  caballeros.  Y  como 
el  carbonero  viera  salir  tanta  gente,  quisiera  es- 
conderse; pero  el  rey  mandó  que  le  detuviesen, 
y  yéndose  hacia  él,  el  carbonero  miraba  si  co- 
nocería al  cazador  que  había  estado  en  su  casa, 
para  que  no  le  consintiese  hacer  mal,  porque  ya 
estaba  atemorizado  y  se  había  arrepentido  de 
haber  venido  alli,  y  mirando  á  unos  y  á  otros, 
puestos  los  ojos  en  él,  conoció  que  era  el  rey  el 
que  había  tenido  por  huésped,  y  entonces  él  no 
quisiera  haber  venido  por  ninguna  cosa  del  mun- 
do. El  rey  conociendo  su  turbación  fué  para  él  y 
le  abrazó.  El  carbonero  se  echó  á  sus  pies  y  se  los 
besaba  diciendo:  Señor,  perdonadme  que  no  os 
conocí  cuando  estuvisteis  en  mi  casa.  El  rey  le 
dixo:  Buen  hombre,  vos  me  hecistes  en  ella  tan- 
ta cortesía  como  si  me  conociérades,  y  assí  quie- 
ro yo  que  la  recibáis  vos  en  la  niía,  pues  que  lo 
habéis  tan  bien  merescido.  Y  con  esto,  alzándolo 
y  tomándolo  por  la  mano,  lo  llevó  consigo,  con- 
tando á  todos  lo  que  con  él  le  había  acaescido, 
y  assí  lo  llevó  á  la  capilla  donde  se  decía  la  mis- 
sa  y  le  hizo  sentar  cabe  si  para  oiría,  y  después 
de  dicha,  pediendo  que  le  diesen  de  comer,  hizo 
poner  al  carbonero  en  una  silla  á  la  cabecera  de 
su  mesa,  y  mandóle  que  se  assentase  en  ella.  El 
carbonero  lo  rehusaba;  pero  vista  la  determina- 
ción del  rey,  lo  hubo  de  hacer,  y  venido  el  maes- 
tresala, el  rey  le  mandó  que  le  diese  agua  á  ma- 
nos primero  que  á  él.  El  carbonero  comenzó  á 
excusarse  y  á  porfiar  por  no  mostrar  las  manos, 
que  debian  de  venir  de  la  mesma  color  del  car- 
bón que  había  vendido.  El  rey  estonces  hizo 
que  se  enojaba  y  dixole:  Mirad,  buen  hombre, 
no  queráis  vos  mandar  más  en  vuestra  casa  que 


520 


orígenes  de  la  novela 


yo  en  la  mía,  y  paes  que  allá  me  mandasteis  y 
yo  08  obedecí,  también  quiero  que  cumpláis  tos 
agora  lo  que  yo  mandare,  que  ya  yo  os  dize  que 
se  08  acordase  para  cuando  fuéredes  mi  huésped, 
como  yo  lo  fui  vuestro.  El  carbonero,  acordán- 
dose de  lo  que  había  pasado,  no  osó  contrade- 
cir á  la  voluntad  del  rey,  el  cual  en  toda  la  co- 
mida quiso  que  fuese  servido  primero,  y  des- 
pués que  se  alzó  la  mesa,  delante  de  todos  le 
dizo:  amigo  mió,  justo  será  que  yo  os  pag^e,  y 
del  galardón  del  buen  servicio  que  me  hicistcs  y 
porque  yo  no  sé  lo  que  más  os  agradará  y  con 
qué  estaréis  más  contento,  vos  me  pedid  mer- 
ced en  lo  que  quisiéredes,  que  yo  os  la  haré  con 
muy  buena  voluntad.  El  carbonero  estuvo  pen- 
sando un  poco,  y  no  siendo  tan  discreto  en  esto 
como  en  el  buen  acogimiento  que  había  hecho 
el  rey,  le  dixo:  Lo  que  yo,  señor,  querría,  y  en  lo 
que  vuestra  alteza  me  hará  muy  gran  merced,  es 
que  de  aquí  adelante  los  carboneros  en  este 
reino  no  paguen  derechos  ningunos  y  sean 
francos  del  carbón  que  vendieren,  que  yo  tendré 
mucho  que  por  mi  causa  reciban  esta  buena 
obra,  y  que  siempre  tengan  memoria  de  mí  por 
el  l>enefício  que  les  hago.  Todos  los  que  allí  es- 
taban se  royeron  de  lo  que  el  carbonero  había 
pedido,  teniendo  antes  por  cierto  que  pediera 
i  alguna  cosa  de  muy  gran  valor  y  para  sí  solo, 
1  porque  de  aquello  poco  era  el  aprovechamiento 
' —  que  le  venía.  Y  el  rey  reyéndose  también  le  dixo: 
Vos  me  habéis  demandado  la  merced  conforme á 
vuestro  estado  y  á  quien  sois,  pero  no  por  esso 
me  quitáis  la  obligación  para  dexarla  de  hacer 
como  quien  yo  soy.  La  merced  de  essa  franqui- 
cia yo  os  la  hago  á  vos  y  á  todos  los  carboneros 
de  aquí  adelante,  y  también  quiero  daros  con 
qué  viváis  honradamente.  Vuestras  hijas  ute 
hicieron  mucho  servicio  y  con  gran  voluntad,  y 
porque  creo  que  deben  tener  mayores  y  mejores 
pensamientos  que  vos,  quiero  que  conforme  á 
ellos  lleven  el  galardón,  y  assi  yo  inviaré  luego 
recaudo  para  que  vengan  á  mi  palacio;  haced 
que  á  la  hora  se  pongan  en  camino.  Y  con  esto 
mandó  aparejar  mucha  gente  y  muchos  aderezos 
con  que  las  hizo  traer  muy  honradamente,  co- 
mo si  fueran  hijas  de  uno  de  los  gandes  de  su 
corte.  La  reina,  por  respeto  del  rey  que  lo  quiso, 
les  hizo  tan  buen  tratamiento  que  ninguna  cosa 
las  diferenciaba  de  las  damas  de  su  casa,  porque 
en  ellas  hallaba  aparejo  para  todo  el  bien  que  se 
les  hacía,  y  assi  andando  el  tiempo,  con  estar  tan 
favorecidas  y  con  muy  gran  dote  que  les  dieron, 
las  casaron  con  dos  caballeros  de  los  más  prin- 
cipales del  reino,  porque  ellas  eran  muy  her- 
mosas y  muy  bien  entendidas,  que  no  fué  poca 
partfi  para  su  buena  dicha,  y  en  Francia  dicen 
que  el  día  de  hoy  hay  dos  linajes  que  descienden 
de  estas  dos  pastoras  y  son  de  los  principales 
del  reino,  sin  que  ninguno  de  sus  descendientes 


se  deshonren  ni  afrenten  de  haberlas  tenido  por 
antecesoras,  antes  lo  confiesan  j  se  precian  déllu 
por  el  merecimiento  que  por  su  virtud  estas  d» 
hermanas  tuvieron.  Y  no  penséis,  señoree,  que 
lo  que  os  he  dicho  no  sea  verdad,  que  yo « 
digo  que  lo  hallaréis  muy  cierto  cuando  mejor 
quisiéredes  informaros  dello. 

Leandro. — Yo  no  quiero  tenerlo  por  evan- 
gelio, pero  lleva  nzóii  para  creerse,  porque  jo 
he  oído  decir  por  cosa  muy  cierta  que  los  car- 
boneros no  pagan  derecho  ni  tributo  ningnno 
del  carbón  que  venden  en  el  reino  de  Francia, 
y  essa  que  tú  dices  debe  ser  la  causa  dello. 

Florián. — También  yo  he  oido  decir  lomes- 
mo  y  p^rte  de  lo  que  aquí  Amintas  ha  contado. 

Amintis.— Tomando  al  propósito  comen- 
zado, ya  veis  por  estos  ejemplos  cómo  de  les 
pastores  y  pastoras  se  acuerda  Dios  muchas 
veces  para  hacerles  merced;  porque  sin  estos 
que  he  dicho,  podiera  decir  otros  muchos  qoe, 
aunque  no  vinieron  á  ser  reyes  ni  emperadores, 
subieron  á  otros  estados  y  dignidades  en  qoe 
vivieron  muy  ricos  y  estimados  y  con  muy  gran 
aparato  y  honra;  pero  parcceme  que  bastan 
para  que,  señores,  sepáis  que  Dios  principal- 
mente, y  la  opportunidad  y  el  tiempo  como  des- 
penseros de  sus  bienes,  también  se  acuerdan 
de  los  pastores  como  de  las  otras  gentes.  Y  no 
digo  esto  para  que  yo  á  los  que  assi  han  tenido 
mandos  y  gobiernos  y  gandes  riquezas  les  tenga 
ninguna  envidia,  ni  malicia,  que  maldita  aqué- 
lla en  mí  reina;  pero  tampoco  digo  que  si  se  me 
ofreciese  otro  mayor  bien  que  ser  pastor  y  me 
venicse  (como  suelen  decir)  de  mano  besada  j 
sin  trabajo.  Jo  rehusaría  ni.  dexaria  deJiomarlo,^ 
mas  no  porque  dexe  de  estar  y  vivir  muy  con- 
tento con  la  vida  que  tengo,  llena  de  tanta  quie- 
tud y  reposo,  fuera  de  la  ocasión  de  los  vicios, 
quitada  de  todas  contiendas  y  baratas,  apartada 
de  muchos  cuidados  y  desasosiegos.  Maldito  el 
temor  tengo  de  que  me  ha  de  faltar  qué  coma, 
porque  cuando  hubiere  esterilidad  del  pan,  las 
hierbas  y  raíces  y  frutas  me  bastan,  que  pocas 
ó  muchas,  nunca  el  campo  dexa  de  darlas.  Tam- 
poco dexaré  de  dormir  con  pensar  que  me  han 
de  hacer  mal  los  ladrones,  que  cuando  más  daño 
me  hacen  es  tomarme  lo  que  trayo  en  el  zurrón 
y  algún  cabrito  ó  cordero  del  rebaño,  que  todo 
vale  poco  dinero.  De  los  lobos  me  guarde  Dios, 
que  éstos,  si  me  descuido,  hacen  muy  gran  des- 
trozo; pero  yo  traigo  muy  buenos  mastines  y 
procuro  siempre  de  poner  tan  buen  cobro,  que 
pocas  veces  hallan  en  mis  rebaños  aparejo  pan 
matar  la  hambre. 

Leandro. — Paréceme,  Amintas,  que  tú  po- 
drías decir  lo  que  un  filósofo,  que  todos  tus  bie- 
nes los  traes  contigo,  y  verdaderamente  en  todo 
lo  que  dices  te  has  mostrado  tan  filósofo,  que  yo 
no  sé  qué  responderte,  sino  que  si  mucho  tiemi'o 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


521 


conversase  contigo,  creo  que  bastarías  para 
hacerme  madar  de  propósito  y  que,  dexando  la 
vida  qae  tengo,  me  tomase  también  pastor 
como  tú  lo  eres. 

Florián. — A  mí  moy  bien  me  parece  lo  que 
dice  y  de  muy  buena  gana  lo  he  escuchado:  pero 
en  fin,  determinado  estoy  de  dormir  en  buena 
cama  en  cuanto  podiere,  y  comer  buenos  manja- 
res y  beber  buenos  vinos  y  andar  muy  bien  ves- 
tido y  procurar  buenas  conversaciones  para  pasar 
el  tiempo,  sin  cuidar  de  Jaa  ¿josofías  de  A.miii- 
tas  ni  de  sus  contemplaciones,  quélá  vida  de  los 
nombres  es  muy  breve  y  lo  mejor  y  más  bien 
acertado,  á  mi  parecer,  es  pasarla  con  las  menos 
zozobras  y  trabajos  que  los  hombres  podieren. 

Amintib. — Sabed,  señor,  que  la  buena  cama 
es  aquella  donde  los  hombres  duermen  á  su 
sabor  sin  tener  quien  les  estorve  el  sueño,  y  los 
buenos  manjares  aquellos  que  hartan  el  estó- 
mago y  dan  contentamiento  al  gusto,  y  los  bue- 
nos vinos  los  que  matan  la  sed  sin  hacer  daño 
á  la  salud.  Los  buenos  vestidos,  los  que  tapan 
el  cuerpo  y  son  amparo  de  la  calor  y  del  frío,  y 
la  buena  conversación  la  que  se  tiene  sin  per- 
juicio del  prójimo,  y  muy  mejor  la  que  se  tiene 
en  la  contemplación  con  los  ángeles  y  con  los 
santos,  teniendo  siempre  los  pensamientos  pues- 
tos en  el  cielo.  Y  esta  es  la  verdadera  filosofía 
y  ciencia  que  todos  debríamos  aprender  y  saber 
para  jamás  olvidamos  della.  Cuando  yo  duermo 
en  el  suelo  duro  no  despierto  en  toda  una  noche, 
despertando  ciento  los  que  duermen  en  los  col- 
chones blandos  y  sábanas  delgadas.  El  pan  de 
centeno  con  una  cebolla  ó  con  un  tassajo  de  ce- 
cina me  sabe  mejor  que  saben  las  perdices  y 
gallinas  y  capones  á  los  que  no  saben  comer 
otra  cosa.  La  agua  dulce  y  clara  de  las  fuentes 
y  arroyos  para  mí  tiene  mejor  sabor  que  los  me- 
jores vinos  del  mundo,  porque  el  gusto  está 
acostumbrado  á  bebería  sin  tener  memoria  del 
sabor  ni  de  la  diferencia  que  tiene  en  los  sabo- 
res del  vino.  Mi  jubón  y  mi  capisayo  y  mi  pellico 
que  trayo  encima  son  tan  calientes  y  me  quitan 
mejor  el  frío  que  á  los  señores  las  ropas  de  mar-  • 
tas  que  traen  de  Rosia.La  con  versación,  cuando 
la  quiero,  con  otros  pastores  nunca  falta,  queca- 
da  hora  podemos  juntarnos,  y  si  no  en  los  luga- 
res comarcanos  la  tenemos.  Y  en  fin,  esto  que 
hacemos  los  pastores  todo  es  con  harto  menos 
trabajo  y  peligro  que  lo  que  hacen  los  ciudada- 
nos, y  si  á  vosotros,  señores,  os  parece  otra  cosa 
y  que  la  vida  que  tenéis  es  mejor  que  la  nues- 
tra, seguilda,  que  así  haré  yo  la  mía,  y  desta  ma- 
nera podemos  decir  que  cada  loco  con  su  tema. 

Leandro. — No  te  veo  yó,  Amintas,  tan  loco 
que  no  seas  muy  cuerdo,  y  tan  cuerdo  que  plu- 
guiese á  Dios  que,  assí  como  me  satisfacen  tus 
razones,  podiesse  acabar  conmigo  de  seguirlas, 
y  más  si  fuese  con  las  condiciones  que  tú  aquí 


has  dicho;  pero  assí  es  el  mundo,  que  Dios  pro- 
vee para  todas  las  cosas  con  el  remedio  nece- 
sario y  quiere  que  las  gentes  tengan  pareceres 
diferentes  y  diversos,  y  que  po  ^  quieran  ^aeguk- 
todos  una  mane|:9jd¿  jSJ^  y  aun  no  es  este  el 
is  secretos  si  contemplamos  cómo 
para  todos  los  oficios  hay  hombres  que  los  quie- 
ran, viendo  que  uno  que  tiene  habilidad  para 
platero  quiere  ser  herrero,  y  otro  que  podría  ser 
pintor  huelga  de  ser  embarrador,  y  el  que  tiene 
suficiencia  para  ser  sastre  toma  el  oficio  de 
ganapán,  y  el  que  tiene  aparejo  para  ser  mer- 
cader quiere  usar  el  oficio  de  tejedor,  y  esto 
todo  procede  de  la  voluntad  y  providencia  del 
que  crió  todas  las  cosas,  dando  quien  las  quiera 
y  las  siga  y  tenga  afición  con  ellas.  Assí  que 
no  todos  podemosser  señores^  ni  caballeros,  ni 
ciudadanos,  ni  oficíalesTnl  flayresTni  pastóT^ír* 
sino  que  unos  han  de  seguir  una  manera  de 
vivir  y  otros  otra;  y  pues  que  assí  es,  tú,  Amin- 
tas, si  estás  contento  con  la  vida  pastoril,  como 
aquí  lo  has  mostrado,  yerro  sería  que  la  dexases, 
y  nosotros,  pues  lo  estamos  con  la  que  tenemos, 
también  la  seguiremos.  Plega  á  Dios  que  le  sir- 
vamos todos  con  ella.  Y  pues  que  ya  el  día  se 
viene  acercando  y  el  lucero  se  nos  muestra 
dando  manifiesta  señal  de  su  venida,  será  bien 
que  nos  vamos,  y  tú,  hermano  mío  Amintas, 
conócenos  desde  agora  para  tenernos  por  ver- 
daderos amigos,  que,  si  place  á  Dios,  algún  día 
te  podremos  pagar  la  honra  que  esta  noche  nos 
has  hecho.  Y  porque  con  la  espesura  de  los 
árboles  no  podremos  acertar  el  camino,  por  tu 
fe  que  nos  guíes  por  donde  hemos  de  ir  á  la 
ciudad,  que  también  el  trabajo  que  en  esto  to- 
mares te  será  galardonado. 

Amintas.  —  A  mí  me  place  de  muy  buena 
voluntad;  por  aquí  podremos  ir  mejor,  y  en 
bajando  aquel  valle  hallaréis  un  camino  abierto 
y  ancho;  por  él  os  iréis  sin  tomar  á  una  pai-te 
ni  á  otra,  que  no  lo  podréis  errar;  y  porque  dcxo 
el  ganado  solo  no  voy  hasta  allá;  por  tanto,  per- 
donadme y  Dios  vaya  con  vosotros  y  os  guíe. 

Florián. — Ese  quede  contigo  y  te  haga  bien- 
aventurado. 

FinÍB, 


COLLOQÜIO 

Que  trata  de  la  desorden  que  en  este  lirinpo  m  tiene  rn  el  mun- 
do, y  principalmente  en  la  cristiandad,  en  el  comer  y  beber*, 
ron  los  daAo«  que  dello  se  siguen,  y  cuan  necesario  feria  po- 
ner remedio  en  ello. 

INTERLOCUTORES 

Licenciado    Velázquez  .  —  Solazar . 
Quiñones, — Euiz. 

Rüiz.— ¿A  dónde  bueno,  señor  Quiñones? 
Quiñones.  — Hacia  el  monasterio  de   San 


\ 


522 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Jerónimo,  á  gozar  un  rato  del  fresco  de  la  tar- 
de y  de  la  buena  conversación  del  licenciado 
Yelázquez;  porque  él  y  Salazar  ha  poco  que 
iban  para  allá  cabalgando,  y  yo  mandé  luego 
aderezar  mi  caballo  para  salir  á  buscarlos. 

Ruiz.  -Si  vuesa  merced  me  lo  paga,  acom- 
pañarle he  yo,  porque  no  vaya  solo. 

Quiñones.— Antes  merezco  que  se  me  pa- 
gue á  mi  el  buen  aviso,  que  no  veo  adonde  me- 
jor se  pueda  pasar  el  día. 

Rüiz.  —  En  fin,  lo  habré  de  hacer  aunque 
pensaba  dar  una  vuelta  por  cierta  parte  que 
me  convenía. 

QoiSoMEs. -Tiempo  habrá  para  todo,  que 
agora  no  está  para  perderse  la  frescura  del 
campo.  Por  este  camino  creo  que  iremos  más 
ciertos  de  encontrar  con  ellos. 

Ruiz. — Antes  me  parece  que  son  aquéllos 
que  vienen  entre  las  viñas;  aquí  podremos  es- 
perarlos si  vuesa  merced  manda. 

Quiñones. — Bien  será,  porque  nos  vamos 
paseando  liacia  la  ribera  del  río. 

Licenciado. — Paréceme,  señor  Quiñones, 
que  por  cumplir  vuesa  merced  mejor  su  palabra, 
lia  traído  al  señor  Ruiz  en  su  compañía. 

Quiñones.  —  De  temor  lo  he  hecho;  como 
vuestras  mercedes  eran  dos,  pudieran  estar  de 
concierto  contra  mí,  y  he  querido  traer  quien  me 
ayude  si  quisiesen  acometerme. 

Salazah.— Sea  por  lo  que  fuere,  que  á  lo 
menos  tendremos  una  hora  ó  dos  de  buena  re- 
creación paseándonos  por  este  campo,  que  la 
tarde  hace  aparejada  para  ello. 

Quiñones. —Y  aun  es  bien  menester  para 
ir  á  cenar  de  buena  gana,  que  yo,  como  el  conde 
tuvo  huésp(Hles,  qm^léme  á  comer  en  palacio,  y 
fueron  tantos  los  platos  que  se  sirvieron  y  de 
tan  buenos  manjares,  que  traigo  el  estómago 
estragado  de  lo  mucho  que  he  comido. 

Licenciado. — El  mayor  yerro  que  pueden 
hacer  los  hombres  es  comer  más  de  aquello  que 
puede  gastar  la  virtud  y  calor  natural;  ponjue, 
según  doctrina  de  todos  los  médicos,  la  indi- 
gestión y  corrución  de  los  manjares  que  della 
se  sigue  es  origen  de  todas  las  enfermedades, 
y  assí  dice  el  Sal)io  en  el  capítulo  xxxvii  del 
EclesiYistico:  No  quieras  ser  deseoso  en  las  co- 
midas que  hicieres,  ni  comas  de  todos  los  man- 
jares, porque  en  la  muchedumbre  dellos  hay 
siempre  enfermedad. 

Salazah. — Pues  en  verdad  que  lo  que  en 
nuestros  tiempos  más  se  usa  es  no  tener  aten- 
ción á  ningún  daño  que  del  mucho  comer  pue- 
de seguir,  sino  al  gusto  que  dello  se  recibe. 

Licenciado. — [Y  pareceos,  señoi*  Silazar, 
quL'  es  pequeño  mal  esse?  Yo  os  digo  que  si  los 
hombres  que  aman  su  salud  y  desean  alargar 
la  vida  conociessen  y  entendiesen  los  inconve- 
nientes que  del  mucho  comer  tienen  por  con- 


trarios, que  por  ventara  ayunarían  mochas  ve- 
ces, aunque  no  fuese  para  servir  á  Dios,  sino 
para  su  solo  provecho. 

Salazar. — Yo  creo  que  hay  machas  peno- 
nas  que,  aunque  lo  entienden,  no  dexanporeso 
de  comer  á  su  volantad,  porque  el  aparejo  b 
da  ocasión  á  querer  cumplir  tanto  con  el  apetito 
como  con  la  salad,  y  si  no  dígame  vuesa  memd 
¿qué  había  de  hacer  el  señor  Quiñones  si  puesto 
(.  la  mesa  le  servían  tantos  y  tan  diversos  pis- 
tos? ¿No  fuera  necedad  dexar  de  comer  de  todos, 
siquiera  para  saber  si  eran  buenos  ó  malos  7 
hacer  lo  que  todos  los  otros  que  allí  estabss 
hacían? 

Licenciado.—- Antes  fuera  muy  gran  dis- 
creción tener  sufrimiento  para  que  el  apsiep 
de  la  gula  no  le  diera  causa  de  vencerse  deIJs. 

Salazar.  — Pues  si  eso  es  assí,  ¿para  qué  se 
hacen  y  aderezan  tantos  y  tan  diferentes  ins&- 
jares  en  las  casas  de  los  grandes  señores  j  sns 
en  las  que  no  lo  son,  sino  para  que  los  apt 
sientan  á  sus  mesas  los  coman  y  se  harten  coi 
ellos,  pues  que  para  este  propósito  se  i^sre 
jaron? 

Licenciado. — ^Así  ea  la  verdad;  pero  lo  lo^ 
jor  sería  que  no  los  aparejasen  ni  los  habieset. 

Ruiz. — Contraría  opinión  es  esta  de  la  co- 
mún, porque  todos  los  hombres  generalmeste 
querrían  comer  y  beber  lo  mejor  que  pudiesaL 

Licenciado.— Si  comiendo  bien,  digo  de 
buenas  cosas,  no  comiesen  más  de  aquello  qne 
les  basta  para  sustentarse,  no  es  muy  mala  0^ 
nión  la  que  decís;  pero  por  la  mayor  parte  os- 
een della  la  desorden  y  vienen  los  hombres  con 
el  aparejo  á  comer  más  de  lo  necesarío,  sin  sen- 
tirlo, y  assí  sin  sentirse  se  recrece  dello  el  ds&o, 
y  cuando  ya  se  siente,  muchas  veces  no  pasde 
remediarse,  y  aun  algunas  cuesta  tan  caro,  qw 
suele  perdersi»  por  ello  la  vida. 

Salazar. — Pues  lo  que  con  todas  essas  cofi- 
dic iones  el  día  de  hoy  más  se  usa  en  esta  tiens 
es  comer  y  beber  sin  temor,  y  después  veogs 
lo  que  viniere. 

Licenciado. — También  se  usa  morirse  Iss 
gentes  muy  más  presto  de  lo  que  solian  es 
otros  tiempos. 

Salazar.— ¿Y  es  por  ventura  el  comer  k 
causa? 

Licenciado. — Sí,  por  la  mayor  parte,  y  ¿ 
queréis  escuchar  la  razón,  yo  os  la  diitá  paraqoe 
lo  entendáis  notoriamente.  En  los  tiempos  ss- 
tiguos  que  los  hombres  vivían  con  mayor  sim- 
plicidad que  agora,  y  contentándose  coaloqw 
la  naturaleza  les  aparejaba  para  su  manteni- 
miento, sin  andar  buscando  otras  nuevas  for- 
mas de  composiciones  en  los  manjares  que  c<^ 
mían,  vivían  los  hombres  muy  largos  tifHopoB. 
como  á  todos  es  notorio  la  larg^  vida  de  AdáSt 
nuestro  primero  padre,  de  Matusalén  y  de  otroi 


^ 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


523 


muchos,  los  cuales  se  contentaban  con  comer 
solas  las  fratás  silrestras,  y  principalmente  de- 
bian  de  ser  bellotas  7  castañas,  7  otras  desta 
manera,  porque  después  del  dilurio  de  Noé  que 
ya  habían  pasado  mu7  largos  tiempos,  las  gen- 
tes comían  esto  mesmo  7  se  sustentaban  con 
ello,  principalmente  los  de  la  provincia  de  Ar- 
cadia. Los  atenienses  su  mantenimiento  eran 
higos  secos.  El  de  los  caramanos,  dátiles.  £1  de 
los  meotides,  mijo.  £1  de  los  persas,  mastuerzo. 
Los  de  Tirinto  comían  peras  silvestres,  7  assí 
otras  naciones  se  mantenían  de  otras  diferentes 
frutas  y  raíces,  de  las  cuales  dicen  que  era  la 
principal  la  de  una  hierba  que  llamamos  gra- 
ma, hasta  que  vino  aquella  mujer  llamada  Ce- 
res,  que  andando  buscando  las  simientes  de  las 
hierbas  que  eran  buenas  para  comer,  halló  la 
simiente  del  trigo  7  la  manera  que  había  de  te- 
ner para  hacerse  pan  delia,  7  por  esta  causa  fue 
adorada  por  diosa  entre  los  gentiles.  Y  cuando 
los  antiguos  comían  algunas  carnes  no  andaban 
bascando  que  fuesen  sabrosas  ni  delicadas,  ni 
bascaban  de  darles  otro  nuevo  sabor  con  las 
salsas  7  aparejos  que  agora  se  les  hacen.  Y  asi 
cuenta  Homero  que  Alcinoo,  rey  de  los  feaces, 
teniendo  por  huésped  á  Ulises  7  por  convidados 
á  todos  los  principales  de  su  reino,  para  el  ban- 
quete que  les  hizo  mandó  matar  doce  ovejas  y 
ocho  puercos  y  dos  bueyes,  que  estonces  debían 
ser  los  más  preciados  manjares  que  se  usaban; 
y  en  este  tiempo  también  tenían  los  hombres 
muy  Iftrga  la  vida,  y  como  comenzaron  á  inven- 
tar manjares  nuevos  y  compuestos,  asi  comen- 
xaron  á debilitar  y  enflaquecer  con  ellos  los  estó- 
magos, porque  la  diversidad  de  los  sabores  que 
hallaban  en  ellos  les  hacía  comer  más  de  lo  que 
podían  gastar  los  estómagos.  Y  así  dice  Galeno 
que  del  tiempo  de  Hipócrates  hasta  el  suyo,  la 
naturaleza  estaba  debilitada  en  los  hombres,  y 
el  tiempo  de  Galeno  acá  también  lo  deben  de  es- 
tar mucho  más,  pues  siempre  vemos  que  van  en 
disminución  de  los  años  de  la  vida,  y  que  viven 
agora  menos  que  solían;  pero  la  culpa  que  po- 
nemos á  la  naturaleza  no  es  suya,  sino  de  nues- 
tra desorden,  porque  si  tuviéssemos  mayor 
concierto  y  templanza  en  el  comer  y  beber, 
nuestra  vida  generalmente  sería  muy  más  lar- 
ga. Y  así  lo  dice  Hipócrates  en  el  libro  sexto  de 
Las  enfennedades  populares:  £1  concierto  de 
nuestra  salud  en  esto  consiste  que  comamos 
con  tanta  templanza  que  nunca  nos  liartemos 
de  los  manjares;  y  si  en  algáu  tiempo  hubo  des- 
orden y  desconcierto  es  en  el  de  agora,  que 
cuando  me  pongo  á  pensarlo  de  ver  las  inven- 
ciones que  las  gentes  han  procurado,  todo  en 
daño  de  sus  vidas,  como  si  las  tuviesen  por 
enemigas  y  su  intención  no  fuese  otra  sino 
db  acabarlas  nmy  presto. 

Quiñones. — No  es  mala  materia  ni  poco 


provechosa  lo  que  se  trata,  si  el  señor  licencia- 
do la  lleva  adelante  así  como  la  ha  comenzado. 
Licenciado. — Si  vuestras  mercedes  huel- 
gan de  oiría,  yo  mó  iré  declarando  más  parti- 
cularmente, aunque  no  aproveche  para  más  de 
que  entendamos  el  yerro  que  hacemos,  porque 
verdaderamente  es  muy  grande,  y  tan  grande, 
que  yo  no  he  visto  mayor  desatino  que  el  que 
agora  se  ha  introducido  en  el  mundo,  á  lo  menos 
en  la  chrístiandad,  que  en  las  otras  naciones  'de 
gentes  son  más  templadas  y  viven  más  mode- 
radamente. Solían  en  nuestra  España  comer 
las  personas  ricas  y  los  caballeros  un  poco  de 
carnero  assado  y  cocido,  y  cuando  comían  una 
gallina  ó  una  perdiz  era  por  muy  gran  fiesta. 
Los  señores  y  grandes'  comían  una  ave  cocida 
y  otra  assada,  y  si  querían  con  esto  comer  otras 
cosas,  eran  frutas  y  manjares  simples.  Agora 
ya  no  se  entiende  en  sus  casas  de  los  señores 
sino  en  hacer  provisión  de  cosas  exquisitas,  y  si 
con  esto  se  contentasen,  no  habría  tanto  de  qué 
maravillarnos;  pero  es  cosa  de  ver  los  platillos, 
los  potajes,  las  frutas  de  sartén,  las  tortadas  en 
que  van  mezcladas  cien  cosas  tan  diferentes  las 
unas  de  las  otras,  que  la  diversidad  y  contra- 
riedad dellas  las  hace  que  en  nuestro  estómago 
estén  peleando  para  la  digestión.  Y  es  tanto  lo 
que  en  esto  se  gasta,  que  á  mi  juicio  ha  enca- 
recido las  especias,  la  manteca,  la  miel  y  la  azú- 
car, porque  todo  va  cargado  dello,  y  como  co- 
men á  la  flamenca,  con  cada  servicio  que  llevan 
va  un  plato  destos  para  los  hombres  golosos,  y 
con  no  tocarse  algunas  veces  en  ellos,  tienen 
mayor  costa  que  toda  la  comida.  Y  comer  de 
todos  estos  manjares  diferentes  (aunque  cada 
uno  dellos  sea  simple)  sería  muy  dañoso,  cuan- 
to más  siendo  los  más  dellos  compuestos,  que 
muchos  hay  dellos  que  llevan  encorporadas  diez 
y  doce  y  veinte  cosas  juntas,  no  mirando  lo  que 
Plinio  dice  contra  ello  en  el  undécimo  capítulo 
de  la  Natural  Historia^  cuyas  palabras  son:  El 
manjar  simple  para  los  hombres  es  muy  prove- 
choso, y  el  ayuntamiento  de  manjares  es  pesti- 
lencia, y  más  dañoso  que  pestilencia  cuando  los 
manjares  son  adobados.  Y  lo  peor  de  todo 3  i 
que,  muchos,  cuando  se  sientan  á  la  mesa  y  aun 
casi  todos,  como  es  cosa  natural,  luego  procuran 
satisfacer  á  la  hambre  que  llevan  y  comen  hasta 
hartarse  de  lo  primero  que  les  ponen  delante,  y 
pudiéndose  levantar  y  sustentar  con  ello  con- 
servando su  salud  y  vida,  como  después  vienen 
otras  cosas  nuevas  y  que  despiertan  en  la  golo- 
sina el  apetito,  aunque  no  hagan  sino  probar 
de  cada  uno  un  bocado,  haceii  taif  gran  repli- 
ción  en  el  estómago,  que  no  pueden  gastarse,  7 
desasosiegan  7  dan  trabajo  al  que  las  ha  comi- 
do. Y  esto  es  lo  que  dice  Galeno  en  el  tercer 
libro  de  Régimen:  Que  la  diversidad  de  las  co- 
sas que  se  comen,  cuando  no  son  semejantes  en 


524 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


»u<  vírtadcs,  hacen  en  el  estómago  desaRosiego. 
Y  en  otra  parte:  Las  cosas  compuestas  de  ma- 
chas sustancias  son  de  muy  más  fácil  corrup- 
ción que  las  simples  y  compuestas  de  pocas; 
pero  todo  esto  no  basta  para  que  las  gentes  se 
concierten  en  el  comer,  porque  con  ver  los  hom- 
bres plebeyos  la  desorden  que  los  que  pueden 
y  tienen  mayores  haciendas  y  más  aparejo  ha- 
cen, toman  argumento  para  comer  y  gastar  más 
de  lo  que  tienen,  y  en  esto  está  tan  estragada 
la  razón  y  tan  perdida  la  buena  regla,  que  hay 
muchos  que,  no  teniendo  sino  dos  reales,  aque- 
llo dan  por  una  trucha  ó  por  una  gallina,  que 
comen  aquel  día  sin  mirar  á  lo  de  adelante,  y 
todo  cuanto  ganan  lo  echan  en  comer,  sin  guar- 
dar un  maravedí,  y,  después,  si  caen  enfermos 
ó  se  han  de  morir  de  hambre  ó  han  de  hacer 
que  pidan  por  Dios  para  ellos,  y  esto  tienen  en 
menos  que  dejar  de  probar  todas  cuantas  cosas 
buenas  y  preciosas  vienen  á  venderse,  cuesten 
lo  que  costaren. 

Uuiz. — No  se  puede  negar  todo  lo  que  vues- 
tra m(>rced  dice  ser  assi;  pero  muchas  cosas  hay 
que,  aunque  se  conozca  en  ellas  el  yerro,  no  hay 
orden  para  que  pueda  remediarse,  como  es  esto 
d"l  comer  desordenado  de  la  gentx?  común,  por- 
que no  se  les  puede  ir  á  la  mano  en  ello,  sino 
que  han  de  hacer  lo  que  quisieren,  como  coman 
de  sus  haciendas  y  no  de  las  ajenas. 

Licenciado.  —  Bien  se  parece  que  no  ha  leí- 
do vuestra  men^ed  algunos  autores  que  tratan 
de  una  ley  que  los  romanos  hicieron  y  se  guardó 
mucho  tiempo  en  Roma,  y  principalmente  lo 
cuenta  Macrobio  en  el  tercero  libro  de  las  Satur- 
nales. 

Rüiz. — <  Y  qué  ley  era  essa? 

Licenciado.— Una  ley  que  mandaba  por 
ella  que  todos  comiesen  públicamente  en  los 
portales  de  sus  casas  y  que  hubiesse  por  los  ba- 
rrios repetidos  veedores  que  andaban  de  casa 
en  casa  mirando  si  alguno  comía  más  curiosa- 
tiientc  ó  suntuosamente  de  lo  que  convenía  á 
su  estado,  y  luego  eran  castigados  por  esto,  y 
sí  por  acaso  lo  querían  comer  en  ascendido,  no 
podían,  porque  no  osaban  comprarlo,  temiendo 
ser  acusados  de  quien  lo  viese,  y  aun  por  ven- 
tura de  quien  lo  vendía;  y  como  estonces  se 
cumplía  esta  ley,  también  se  podía  hacer  agora, 
y  aun  en  algunas  partes  se  guarda  alguna  cosa 
della,  porque  dicen  que  en  Francia  los  villanos 
no  pueden  comer  gallina  ninguna,  ni  los  pemi- 
les de  los  tocinos,  si  no  fuesse  con  mucha  nece- 
sidad. 

QuiÑoxEB. — Bien  lejos  estamos  de  que  en 
España  se  hagan  essas  leyes  ni  se  guarden  tam- 
poco, y  hablar  en  ello  es  predicar  en  desierto. 

Licenciado. — Yo  no  lo  digo  porque  se  ha 
de  hacer,  sino  porque  sería  justo  que  se  hiciese; 
y  lo  que  más  principalmente  convendría  es  que 


los  caballeros  y  señores  y  jprandes  se  moden- 
sen  en  sus  gastos  excesivos,  y  que  ellos  mis- 
mos, juntándose,  hiciesen  entre  sí  mesmos  ou 
ley,  ó  que  nuestro  emperador  lo  hiciese,  de  qie 
en  ningún  banquete  ni  comida  suntuosa  se  sir- 
viesen sino  tantos  platos  tasados;  porque  <kf- 
pués  que  un  hombre  come  de  cuatro  manjiRi 
ó  cinco,  el  estómago  está  satisfecho  y  todo  lo 
lo  demás  es  superfino,  que  no  aprovecha  pin 
otra  cosa  sino  para  estragar  los  estómtgw  j 
disminuir  la  salud  y  las  haciendas,  y  tan  dismi- 
nuidas, que  de  aquí  viene  que  solían  hacer  nM 
los  señores  y  mantenerse  más  gentes  y  críadoi 
con  cuatro  cuentos  de  renta  que  agora  con  doce, 
y  entonces  ahorraban  dineros  para  sus  ueeen- 
dades,  y  estaban  ricos  y  prósperos,  j  iga 
siempre  andan  empeñados  y  alcanzados,  j  todo 
esto  se  gasta  en  comer  y  en  beber,  principal- 
mente  si  tienen  huéspedes,  si  andan  en  corte, 
que  han  de  hacer  plato,  porque  entonces  tieocí 
por  mayor  grandeza  lo  que  sobra  y  se  pierde  j 
se  gasta  bien  gastado.  Y  Terdaderamente  eiti 
es  la  principal  causa  de  sus  necesidades,  quede 
andar  los  señores  ó  un  caballero  en  la  corte  m 
año  ó  dos  haciendo  estos  gastos  Tienen  i  po- 
nerse en  necesidad,  que  con  estar  otros  caitn 
en  sut»  casas  ahorrando  y  estrechándose  nu  poe- 
den  salir  della  y  muchas  veces  en  su  vida.  Td 
mayor  daño  de  todos  es  que  lo  mesoio  qaieff 
hacer  un  señor  de  dos  cuentos  de  renta  qoe  de 
quince,  y  también  quiere  que  sirvan  á  sa  men 
veinte  y  treinta  platos  diferentes,  como  si  no 
gastasen  en  ello  dineros. 

Quiñones. — Poco  es  para  lo  que  agón  le 
usa,  que  ya  en  un  banquete  no  se  sufre  dir  de 
ochenta  ó  cien  platos  abajo,  y  aun  averigoAdo 
es  y  notorío  que  ha  poco  tiempo  que  en  un  btn* 
quete  que  hizo  un  señor  eclesiástico  s  .*  sirrieroB 
setecientos  platos,  y  sí  no  fuera  tan  público,  no 
osara  decirlo  por  parecer  cosa  fuera  de  ter- 
mino. 

Ruiz. — Mal  cumple  ese  y  todos  los  otros  se- 
ñores eclesiásticos  lo  que  son  obligados  confor- 
me aquel  decreto  que  dice  que  los  bienes  de  loi 
clérigos  son  bienes  de  los  pobres,  porqne  des- 
pués de  gastado  lo  necesario  para  sí  y  pin  si 
familia,  todo  lo  demás  tiene  obligación  de  gtt- 
tarlo  con  ellos,  so  pena  de  ir  al  infierno  cono 
quien  hurta  hacienda  ajena,  pues  hacen  esos 
banquetes  á  los  ricos,  y  sin  necesidad,  qoítia- 
dolo  á  la  gente  pobre  y  necesitada.  Pero  todoi 
me  parece  que  van  igualmente  desordenado^ 
sin  tener  atención  ninguna  sino  á  comer  y  beber 
á  su  voluntad. 

Licenciado. — Bien  conforma  esso  con  k 
que  Valerio  Máximo  dice  de  la  costumbre  qv 
se  solía  tener  en  el  comer  antiguamefite,  loew 
trata  por  estas  palabras  en  el  segando  libro  de 
Laé  instituciones  antiguas:  Hubo  en  los  tien- 


k 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


525 


pos  pasados,  en  los  arítig^os,  grandisima  sen- 
cilleza  7  templanza  en  el  comer,  lo  cual  es  de. 
mostración  muy  cierta  de  su  moderación  y  con. 
tinencia,  porque  no  comian  manjares  los  cuales 
por  su  demasía  hubiesen  vergüenza  de  que  to- 
dos los  viesen.  Estaban  en  tanta  manera  los 
hombres  de  mayor  autoridad  en  sus  pueblos 
continientes,  que  lo  que  más  ordinariamente 
comian  eran  poleadas  ó  puchas,  y  con  ellas  se 
contentaban.  Y  en  el  mismo  capitulo  y  libro 
torna  á  decir:  La  templanza  en  el  comer  y  be- 
ber era  como  verdadera  madre  de  su  salud,  y 
enemiga  de  los  manjares  superfinos  y  apartada 
de  toda  abundancia  de  vinos  y  de  todo  uso  de- 
uiasiado  de  destemplanza.  Agora  me  parece  que 
todo  es  ya  al  contrario  de  lo  que  Valerio  ha  di- 
cho,  como  si  toda  la  bienaventuranza  de  la  vida 
consistiese  en  el  comer  y  beber  destempladamen- 
te, y  muy  pocos  hay  que  no  pecan  en  este  vicio 
si  no  son  los  que  no  tienen  ni  pueden  más,  que 
destos  Dios  sabe  su  buena  voluntad.  Ydeste  co- 
mer mucho  y  beber  demasiado  se  siguen  gran- 
des  daños  é  inconvenientes  que  todos  ayudan  á 
destruir  y  desconcertar  la  vida,  como  lo  trata 
Hipócrates  en  el  libro  De  qfectionibug ,  Acaeció 
Antiocheno  en  el  tercero  libro  TetrahUbii^  y 
esto  procede  de  que  no  puede  el  estómago  con 
los  muchos  manjares,  ni  con  la  diversidad  ni 
abundancia  dellos  para  gastarlos  y  digirirlos. 
Y  asi  dice  el  filósofo  en  el  quinto  capítulo  del 
tercero  libro  De  partibus  animalium:  Es  verdad 
que  el  calor  natural  no  gasta  ni  digiere  lo  que 
se  come  demasiado,  no  porque  él  sea  pequeño, 
sino  porque  comemos  más  de  lo  que  es  necesa- 
rio para  sustentamos;  pero  nosotros  no  tene- 
mos atención  á  esto,  sino  á  ser  unos  epicuros, 
teniendo  este  vicio  por  suma  felicidad;  y  es  la 
desorden  tan  grande,  que  si  hoy  hubiese  quien 
tomase  á  sustentar  esta  opinión  epicúrea  de 
nuevo,  no  faltaran  gentes  que  con  muy  gran 
afición  y  voluntad  la  siguiessen.  Y  dejando  lo 
del  comer,  qué  destemplanza  tan  grande  es  la 
del  vino,  que  ya  que  en  muchos  no  se  muestra 
la  beodez  y  desatinos  que  del  demasiado  bel)er 
proceden,  á  lo  menos  veremos  la  curiosidad  en 
buscar  vinos  de  olor  y  sabor  exquisitos,  no  te- 
niendo en  nada  la  costa  que  se  hace  por  estar 
proveídos  dellos,  auiujiie  éste  no  le  tengo  por 
gran  vicio  cuando  la  templanza  anda  de  por 
medio,  de  manera  que  no  beban  demasiado  ni 
ri^ciban  daño  en  su  salud  por  lo  que  bebieren. 
Salaz AR. — Paréceme  que  el  señor  licenciado 
de  teólogo  se  ha  vuelto  médico;  pero  bien  es  que 
los  hombros  sean  estudiosos,  de  manera  que 
puedan  hablar  en  todas  las  materias  que  se  pro- 
pusiesen, que  quien  lo  viere  alegar  tantas  auto- 
ridades á  su  pojnSsito,  parecerle  ha  que  no  ha 
estudiado  más  teología  que  medicina,  y  con  todo 
esto  no  quiero  que  se  vaya  alabando  que  no 


halla  contradicción  en  todos  nosotros  para  lo 
que  ha  dicho,  porque  yo  quiero  agora  decir  que 
no  hará  poco  cuando  le  hubiera  dado  buena 
salida. 

Licenciado.- Haré  lo  que  pudiere,  pues 
que  hasta  agora  no  me  ha  obligado  á  más  que 
á  esto. 

S ALAZAR. — Ni  yo  quiero  más  tampoco,  y 
para  que  mejor  nos  entendamos,  lo  principal 
que  vuesa  merced  ha  dado  y  sobre  lo  que  más 
ha  fundado  su  intención  es  la  templanza  de  los 
antiguos  en  el  comer  y  beber,  y  hay  tantas  co- 
sas que  alegar  contra  esto,  que  creo  que  algunas 
se  ofrecerán  á  mi  memoria.  Y  la  primera  es  la 
destemplanza  del  gran  Alejandro  en  los  convi- 
tes, que  con  ella  vino  á  matar  á  Clito,  su  fa- 
miliar y  muy  privado,  y  después  en  Babilonia 
se  estaban  haciendo  banquetes  y  fiestas  cuando 
le  dieron  la  ponzoña  con  que  le  mataron.  Sin 
esto,  á  todos  es  notorio  cuan  destemplado  fué 
el  emperador  Nerón,  que  muchas  veces  durabau 
los  banquetes  desde  un  día  á  la  hora  que  él  y 
sus  convidados  se  sentaban  á  la  mesa  hasta  otro 
día  á  la  mesma  hora.  De  Heliogábalo  todos  sa- 
ben los  grandes  y  excesivos  gastos  que  hacia  en 
procurar  manjares  preciosos  y  delicados  y  cos- 
tosos, tanto  que  algunos  quieren  decir  que  ha- 
cia buscar  papagallos  que  de  los  sesos  dellos 
pudiesen  hacer  salsa  que  bastara  para  muchos 
convidados  que  con  él  comian.  No  es  menos  lo 
que  se  dice  del  emperador  Galba,  y  de  Jovinia- 
no  escribe  Bautista  Ignacio  que,  comió  tanto 
en  una  cena,  que  por  no  gastarlo  se  murió.  Otro 
tanto  dice  Eufesio  de  Domicio  Afro,  y  el  ban- 
quete  que  Marco  Antonio  hizo  á  Cleopatra  to- 
dos lo  saben,  y  el  que  ella  le  tomó  á  hacer,  que 
porque  fuese  más  costoso  deshizo  en  vinagre 
una  perla  de  tan  grande  estima  que  no  le  po- 
dían poner  precio,  y  con  él  se  hizo  una  salsa  de 
que  comió  Marco  Antonio.  También  es  autor 
Flavio  Vopisco,  que  uno  llamado  Phiago  comía 
cien  panes  y  una  ternera  y  un  puerco  á  un  co- 
mer, aunque  parece  esto  cosa  que  se  creerá  de 
mala  gana.  Eracides,  griego,  era  tan  gran  co- 
medor, que  convidaba  á  los  que  querían  comer 
con  él  á  cualquiera  hora  del  día  por  tornar  á 
comer  con  ellos  muchas  veces.  De  los  pueblos 
de  Asia  y  de  los  asiríos,  muchos  escriben  que 
no  entendían  sino  en  comer  y  beber,  y  que  en 
esto  ponían  su  bienaventuranza;  y  lo  que  más 
se  puede  notar  de  todo  es  lo  que  escríbe  Julio 
César  en  el  libro  llamado  AnticatoneUy  que 
Marco  Catón  uticense,  con  todas  las  virtudes 
que  del  se  cuentan,  era  tan  destemplado  en  el 
comer  y  beber,  que  muchas  veces  pasaba  toda 
una  noche  sin  dormir  por  estar  en  los  banque- 
tes. Quinto  Ortensio,  orador,  fué  el  primero 
que  hizo  en  Roma  que  los  pavos  se  comiessen,  y 
Sergio  Orata,  según  dice  Plinio,  inventó  están- 


1 


526 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


ques  en  el  lago  bavano  por  tener  en  él  las  ostraR 
para  vender  á  la  gnla  de  los  romanos,  j  Lóculo 
rasgó  una  montaña  sobre  Ñapóles  á  grandísima 
costa  para  hacer  un  estanque  para  tener  pesca- 
do con  que  satisfacer  su  gula.  Y  porque  me  pa- 
rece que  bastan  «los  ejemplos  que  he  traído,  oi- 
gan vuesas  mercedes  las  palabras  de  Macrobio 
en  el  libro  tercero  de  las  Saturnales,  las  cuales 
son  e'stas:  Quién  negará  hal)er  sido  grandissi- 
ma  y  indómita  gula  entre  los  antiguos,  los  cua- 
les de  mar  tan  largo  traían  instrumentos  á  su 
desorden,  como  son  las  lampreas  que  echalmn 
en  los  estanques,  y  sin  éstas,  hay  muchas  cosas 
y  autoridades  que  podrían  hacer  al  caso  para 
probar  que  los  antiguos  no  tuvieron  la  tem- 
planza que  el  señor  licenciado  ha  dicho;  pero  si 
él  me  satisface  á  esto,  yo  me  daré  por  satisfe- 
cho en  todo  lo  demás  qnc  pudiere  alegar. 

Licenciado. —En  trabajo  me  ha  puesto  el 
señor  Salazar,  porque  no  tienen  tan  poca  fuer- 
za sus  argumentos  y  razones  que  no  será  difi- 
cultosa la  respuest-a;  pero  yo  espero  en  Dios  de 
darle  tan  buena  salida  que  le  contente  y  confies- 
se  ser  verdad  lo  que  yo  he  dicho,  Y  digo  que 
es  assí,  que  también  entre  los  antiguos  hubo 
algunos  golosos  y  desordenados,  tanto  y  más 
que  agora  lo  son,  y  que  se  hacían  los  bancjuetes 
y  gastos  excesivos  en  muy  gran  cantidad;  pero 
esta  desorden  no  era  general  como  agora  lo  es, 
sino  particular,  y  de  manera  (lue  generalmente 
parecía  mal  á  todos,  porque  no  hay  ciudad  tan 
bien  ordenada  donde  no  haya  algunos  delitos, 
ni  campo  de  soldados  tan  bien  concertado  que 
no  haya  en  él  algunos  revoltosos,  ni  aun  mo- 
nasterio, si  es  de  muchos  frayles,  que  no  esté  en 
él  algún  desasosegado,  y  así  no  es  mucho  que 
entre  tan-gran  multitud  de  gentes  como  en  los 
tiempos  antiguos  había  en  el  mundo,  hubiese 
algunos  dados  á  la  desorden  de  la  gula,  así 
como  el  señor  S  ilazar  lo  ha  dicho,  que  de  creer 
es  que  aún  serán  muchos  más  de  los  que  dice; 
pero  éstos,  en  comparación  de  los  otros  que 
usaban  di.'  la  templanza,  es  como  una  estrella 
para  todas  las  que  hay  en  el  cielo,  y  una  golon. 
drina,  como  suelen  decir,  no  hace  verano,  ni 
diez  granos  de  neguilla  en  un  muelo  de  trigo 
no  son  causa  de  que  se  haga  mal  pan,  ni  es 
justo  ([ue  por  tan  pocos  golosos  condenemos  á 
muchos  templados;  y  la  mayor  señal  de  que  lo 
eran  es  que  luego  se  conocían  entre  ellos  los 
que  se  desmandaban  en  el  comer  y  beber  dema- 
siadamente. Y  los  poetas  y  oradores  tratando  de 
este  vicio  lo  traían  por  exemplo  para  que  los 
que  después  dellos  viniesen,  pensando  que  las 
gentes  habían  siempre  de  permanecer  en  la  tem- 
planza que  ellos  comúnmente  guardal>an;  pero 
agora  en  nuestros  tiempos  así  podríamos  notar 
un  hombre  templado  y  tenerlo  en  mucho,  como 
si  viésemos  alguna  cosa  muy  nueva,  y  los  que 


lo  son  es  porque  no  paeden  más,  que  la  gvky 
la  curiosidad  del  comer  está  tan  deaenfreBidi 
en  todofl,  que  es  cosa  para  espantar  á  los  ^ 
bien  lo  consideraren,  y  lo  que  peor  es  que  k| 
pobres  y  los  que  poco  pueden  machas  veces  sai 
más  golosos  y  destemplados  que  los  ricos,  y  it 
se  contentan  con  un  manjar  ni  con  dos  ni  ooi 
tres,  que  querrían  comer  cincuenta  si  podiena. 
Y  entre  los  antiguos  no  debian  ser  menos  di- 
co  que  agora  ciento,  porque  así  dice  Juvenil  ci 
la    primera    sátira    reprendiendo    este  TÍdo: 
¿Quién  hubo  entre  los  antiguos  qneenloscoo- 
vites  secretos  comiesse  siete  manjares?  Cono 
si  dizese:  Gran  desorden  es  la  que  agora  haya 
Uon)a,  pues  que  haj  banquetes  en  qae  se  bitcí 
siete  platos  diferentes,  lo  cual  nunca  se  Um 
entre  los  antiguos.  Y  pues  que  Juvenal  enn 
tiempo  reprendía  este  desconcierto,  ;qué  hieim 
en  el  nuestro  viendo  los  grandes  descondenoi 
que  ya  vienen  en  dar  en  locura?  En  que,  como 
he  dicho,  no  sería  poco  necesario  el  remedio, 
como  lo  pusieron  los  atenienses  con  los  criadot 
y  hijos  de  uno  que  se  llamaba  Nosipio,  qne por- 
que supieron  que  comía  y  bebía  demasiadainci- 
te,  mandaron  que  no  comiesen  con  él,  porqie 
no  quedasen  avezados  á  aquella  mala  costoB- 
bre.  Agora  hombres  hay  que  comen  mncbo; 
pero  si  lo  pido  su  estómago,  no  son  tanto  de  re- 
prenderle como  los  que  quieren  comer  de  mi- 
chos y  diferentes  manjares,  adobados  con  ma- 
cha diversidad  de  cosas,  entre  las  cuales  aui 
son  calientes,  otras  son  frías,  unas  templada 
y  otras  sin  ninguna  templanza;  unas  sondar» 
y  pessadas  y  otras  son  fáciles  de  gastar,  de  mi- 
nera que  la  virtud  del  estómago  se  embarui 
con  ellas  y  no  puede  recebir  tanto  provecho  qie 
no  será  mayor  el  daño  para  no  se  conserTir  k 
salud  ni  la  vida.  Y  torno  á  decir  que  teniendo 
atención  á  la  moderación  y  buena  regla  que  loi 
antiguos  tenían  en  sus  comidas,  qne  todos  a^ 
ra  se  habrían  de  moderar  en  ellas,  y  principal- 
mente los  grandes  señores,  á  lo  menos  en  no 
hacer  gastos  superñnos  y  sin   provecho,  qoe 
después  que  se  sirven  lo  que  se  pueden  comer, 
y  hasta  sin  hacer  falta,  no  han  de  querer  qoe 
se  sirva  lo  demás  para  sólo  el  humo  de  la  anto- 
ridad  y  de  la  g^ndeza,  pues  se  conoce  el  poco 
provecho  y  el  gran  dafio  que  so  recibe.  Y  aon 
el  mundo  y  la  gente  conocen  del  tiene  muy  gran 
razón  de  agraviarse,  porque  esto  es  cania  de 
que  los  mantenimientos  se  hayan  sabido  ea 
precios  tan  excesivos,  porque  saben  que  baf 
muchos  que  los  compren  y  ^sten  y  que  han  díe 
hallar  por  ellos  lo  que  pidieren  y  quisieren  h- 
var.  Y  en  verdad  que  no  seria  mal  hecho  qv 
en  esto  se  pusiese  algún  remedio  y  se  hideM 
alguna  ley  en  que  se  diese  orden  pan  reme- 
diarlo. Y  porque  me  he  diTertído  de  lo  qü 
queda  con  el  sefior  Salazar,  que  fué  satisi^cdí 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POH  A.  DE  TORQUEMADA 


527 


á  sns  objeciones,  quiero  saber  si  queda  satisfe- 
cho con  lo  que  he  respondido,  porque  á  no  lo 
estar,  jo  me  conformaré  con  su  buen  parecer  y 
juicio. 

.  Salazar. — No  faltará  qué  poder  replicar, 
pero  JO  sé  que  vnesa  merced  me  satisfará  tan 
bien  á  ello  como  á  lo  pasado,  j  assi  lo  quiero 
dexar,  aunque  no  fuera  malo  que  con  reprender 
la  desorden  j  destemplanza  de  las  comidas  se 
hubiera  dicho  algo  de  la  que  se  tiene  en  el 
tiempo  dellas,  porque  también  se  estima  por 
grandeza  no  tener  orden  ni  concierto  en  esto, 
haciendo  del  día  noche  j  de  la  noche  dia,  j 
caando  han  de  comer  á  las  diez  del  dia  comen 
á  las  dos  de  la  tarde,  j  si  han  de  cenar  á  las 
seis  de  la  tarde  cenan  á  las  once  j  á  las  doce  de 
la  noche,  assi  que  es  una  confusión  j  desatino 
la  que  ellos  tienen  por  orden  y  concierto. 

Rüiz. — Bien  entendida  está  ja  esta  materia, 
porque  el  señor  licenciado  la  ha  tratado  tan 
bien  en  tan  pocas  palabras,  que  queda  poco  por 
decir  de  lo  dicho,  j  paréceme  que  no  hi^orá 
menos  que  tratar  de  la  desorden  que  se  tiene 
en  los  yestidos  j  gastos  que  en  ellos  se  hacen, 
porque  no  tienen  monos  destruido  el  mundo  ni 
es  menos  el  jerro  que  las  gentes  cometen  en 
este  desatino. 

Licenciado. — Essa  es  materia  más  larga  j 
para  tratarse  más  despacio  que  el  que  agora  te- 
nemos, porque  la  noche  se  viene  acercando  j  el 
sereno,  con  el  frescor  del  río,  podría  hacernos 
daño  si  más  nos  detuyiésenios,  j  si  Tucstras 
mercedes  mandasen,  será  bien  que  nos  vamos. 

Quiñones. — También  el  señor  licenciado  se 
ha  querido  en  esto  mostrar  médico  como  en  lo 
pasado,  j  pues  es  su  consejo  tan  bueno,  justo 
será  que  lo  sigamos. 

Ruiz. — Por  entre  las  huertas  podremos  ir, 
por  no  volver  por  donde  venimos. 

Salazar. — Guíe  vuestra  merced  delante, 
que  todos  le  seguiremos. 

Fi'nis, 


COLLOQUIO 

Que  trata  de  la  desorden  que  en  este  tiempo  !(e  tiene  en  los 
Testidos  y  cnán  ncceftario  sería  poner  remedio  en  ello. 

INTERLOCUTORES 

Sarmiento, — Escobar. — Herrera . 

Herrera. — ¿No  veis,  señor  Sarmiento,  qué 
galán  j  costoso  viene  Escobar?  Por  Dios,  que 
me  espanto  de  verle  cada  día  salir  con  un  ves- 
tido de  su  manera,  que  si  tuviera  un  cuento  de 
renta  no  podría  hacer  más  de  lo  que  hace. 

Sarviento.  "  Passo  que,  según  es  delicado, 


si  nos  oje  pensará  que  estamos  murmurando 
del. 

Herrera. — Y  aunque  lo  hiciésemos  sería 
pagarle  de  lo  que  merece,  porque  jamás  sabe 
hacer  otra  cosa  de  todos  cuantos  haj  en  el 
mundo. 

Sarmiento.— No  le  arriendo  la  ganancia, 
pues  ha  de  pagar  su  ánima  lo  que  pecare  su 
lengua. 

Escobar.  —  ¿  Qué  ociosidad  es  esta  tan 
grande?  ¿Por  ventura  tenéis,  señores,  tomado  el 
paso  á  las  damas,  que  hoj  andan  en  visitacio- 
nes, para  gozar  de  verlas  j  juzgarlas?  Pues  á 
fe  que  no  tarden  en  venir  dos  dellas,  que  no 
son  de  las  más  feas  del  pueblo. 

Herrera. «-Antes  estamos  para  juzgar  los 
galanes,  y  vos  sois  el  primero,  porque  venís 
tan  galán  que  dais  á  entender  á  todos  en  mi^ 
raros. 

Escobar. — ¿Y  qué  gala  halláis  que  es  ésta? 

Herrera. — Si  essa  no  lo  es,  ¿cuál  queréis 
que  lo  sea?  En  verdad  que  me  parece  á  mi  que 
bastaría  para  un  gran  señor,  cuanto  más  para 
.  un  pobre  caballero  como  vos.  No  fuera  bien  que 
os  contentárades  con  tafetanes  en  esas  calzas, 
sino  que  por  fuerza  había  de  ser  telilla  de  oro, 
j  aun  no  de  la  de  Milán? 

Escobar. — Hícelo  porque  dice  mejor  con  el 
terciopelo  blanco. 

Herrera. — Pues,  la  guarnición  de  capa  j 
sajo,  ¿no  es  costosa?  Yo  fiador  que  con  lo 
que  ella  costó  se  pudieran  hacer  bien  dos  sajos 
j  dos  capas,  sin  que  la  capa  está  toda  aforrada 
en  felpa  para  el  fresco  que  hace,  y  la  hechura, 
según  lleva  la  obra,  no  debió  de  ser  muy  barata. 

Escobar. — No  fué  muy  cara;  en  ocho  duca- 
dos sayo  y  capa. 

Herrera. — Loado  Dios  que  ocho  ducados 
os  parecen  poco.  Agora  acabo  de  confirmar  lo 
que  muchas  veces  he  pensado,  que  una  de  las 
cosas,  y  aun  la  más  principal,  que  el  día  de  hoy 
trae  la  gente  pobre  y  perdida,  sin  alcanzar  con 
qué  poder  sustentarse,  es  la  costa  grande  de  los 
vestidos,  los  cuales  empobrecen  harto  más  dul- 
cemente que  no  los  edificios.  Y  esta  manera  de 
empobrecer  no  la  puedo  yo  llamar  por  otro 
nombre  sino  locura. 

Escobar. — De  essa  manera  todo  el  mundo  es 
loco,  pues  no  hay  ninguno  que  podiendo  no 
quisiese  andar  muy  bien  vestido. 

Herrera. — Confieso  que,  generalmente,  es 
assi;  pero  muchos  hay  que  no  entran  entre  los 
que  decís. 

Escobar. — Essos  hacerlo  han  de  desventu- 
rados y  mezquinos  y  que  tienen  en  poco  la 
honra,  porque  una  de  las  cosas  con  que  los  hom- 
bres andan  más  honrados  es  con  andar  muy 
bien  aderezados  y  vestidos. 

Herrera. — Bien  habéis  dicho,  si  en  ello  no 


} 


52H 


orígenes  de  la  novela 


hubíea-:  extremos,  los  caale«  son  maj  odiosos 
eu  caalqoíera  cosa,  j  mis  en  ésta  que  forzosa- 
meriUr.  tarde  6  temprano,  se  ha  de  dar  señal 
de  un  extremo  á  otro. 

Escobar. — Yo  os  declaro  que  hasta  agora 
no  oa  he  entendido. 

líeKBKRi. — Pue?*  JO  haré  que  me  entendáis 
inny  pn.'^to.  Digo,  que  los  hombres  habrían 
siempre  de  tener  n.*speto  á  su  posibilidad  j  mi- 
rar lo  de  adelante,  conformándoeie  j  contentán- 
dole con  lo  que  puedan  para  no  caer  de  aquello 
en  que  una  tcz  se  pusieren,  j  si  lo  sustentaren, 
que  sea  con  no  padecer  trabajo  por  otra  vía. 
Qit<?  muj  bien  puede  un  hombre  yesitirse  de 
ter«'iopelos,  rasos  j  gastar  ciento  6  doscientos 
dacad<>s  si  los  tiene,  j  acabados  aí^uellos  vesti- 
dos, como  no  tenga  con  qué  comprar  otros, 
▼¡ene  á  caer  de  un  extremo  en  otro,  que  es 
burto  peor  que  si  al  principio  se  contentara  con 
un  sajo  y  una  capa  de  paño,  sin  hacer  tanta 
costa,  de  manera  que  se  hallan  los  hombres  sin 
la  hacienda  que  gastaron  y  no  pueden  su<(ten- 
tiir  la  honra  que  por  ello  decís  que  se  les  sigue. 

Escobar. — Muy  gran  seso  sería  esse  si  los 
mancebos  hubiesen  de  contemplar  essas  cosas. 

Hbrubra.  -  No  pongo  yo  menos  culpa  á  los 
viejos  (}ue  á  los  mozos,  porque  también  en  esto 
andan  desordenados,  aunque  no  sea  tanto  como 
ellos. 

Escobar.— Por  vuestra  vida,  seílor  He- 
rrera, que  dexéis  estar  el  mundo  como  lo  ha- 
llasteis y  como  siempre  fue,  porque  excusado 
K(Tá  que  por  vuestro  parecer  haya  mudanza  ni 
las  gentes  dexen  de  vestirse  costosamente  como 
lo  liacen. 

Hbureua. — Engañado  estáis,  señor  Esco- 
l)ar,  ni  yo,  aunque  no  soy  muy  viejo,  hallé  en 
los  vestidos  el  mundo  como  agora  le  vemos,  ni 
fué  siempre  loque  agora  p.arece;  antes  hace  en 
esto  tantas  nmdanzas,  y  más  en  nuestros  tiem- 
pos, que  ya  es  confusión  pensar  en  ello. 

Escodar. — Yo  no  las  creo. 

Herrera.— Es  ponqué  tenéis  los  pensa- 
mientos embarazados,  y  será  bien  que  yo  os 
diga  algunas  para  que  os  desengañéis  y  para 
(|ue  veáis  si  se  puede  condenar  las  de  agora  por 
una  desatinada  locura. 

EscouAR.  -Pues  en  verdad  que  yo  huelgo 
(le  oiros  de  muy  buena  voluntad,  y  lo  mismo 
hucc,  por  amor  de  mí,  el  señor  Sarmiento,  que 
hurto  tiempo  y  espacio  tenemos  para  todo. 

Herrera. — No  ha  muchos  tiempos  que,  en 
España,  andaban  vestidas  las  gentes  tan  llana- 
mente que  no  traía  un  señor  de  diez  cuentos  de 
renta  lo  que  agora  trae  un  escudero  de  quinien- 
tos ducados  de  hacienda,  porque  estonces  no 
había  un  sayo  entero  de  terciopelo,  y  el  que  te- 
nía un  jubón,  no  hacía  poco,  que  éste  era  el  há- 
bito que  estonces  se  usaba,  trayendo  los  sayos 


sin  mangas  para  que  se  parectesse.  y  algunoe 
trmian  solas  las  mangas  con  un  colíar  postilo 
de  terciopelo  qne  sabia  encima  del  sayo  para  qnr 
se  pareciese.  Y  otros  no  ponían  en  las  mangí» 
más  de  las  puntas,  qne  eran  cuatro  ó  dneo 
dedos  de  ancho,  qne  por  macha  gala  sacibis 
fuera  de  las  mangas  del  sayo  para  qne  se  ptrs 
ciesse.  £1  hábito  de  encima  eran  capas  caste- 
llanas como  agora  se  osan,  6  capuces  cemdoi 
de  la  manera  qae  los  traen  machos  portugue- 
ses, y  por  guarnición  un  rebate  de  terciopelo 
tan  angosto  que  apenas  podía  cobrar  la  onlk. 
Los  sayos  eran  largos  y  con  girones;  el  que  se 
vestía  de  Londres  no  pensaba  qae  andaba  poco 
costoso;  traíanlos  escotados  como  camisas  de 
mujeres,  y  una  pnerta  muy  pequeña  delante  df 
los  pechos  puesta  con  cuatro  cintas  6  agujeta» 
y  los  musiquís  de  las  mangas  muy  anchos. 

Sarmiento. — Bien  extremado  está  esto  de 
lo  de  agora,  porque  lo  qae  estonces  echaban  en 
las  faldas  y  en  las  mangas  echan  agora  en  W 
collares,  que  hacen  qne  suban  encima  de  lo¿ 
cocotes  y  ande  el  pescaezo  metido  en  ellos  de 
manera  que  parecen  los  que  los  traen  mastines 
con  carrancas. 

Herrera. — No  quiero  yo  altercar  cuál  es 
mejor  uso  en  los  trajes,  el  de  entonces  ó  el  de 
agora;  pero  solamente  quiero  que  entendáis  qae 
el  de  estonces  era  muy  á  la  llana  y  el  de  este 
tiempo  muy  curioso,  y  cuanto  al  parecer  bien, 
aquello  que  se  usa  es  lo  que  bien  parece,  y  si  se 
usase  traer  los  zapatos  de  lana  y  las  gorras  de 
cuero,  á  nadie  le  parecería  mal;  pero  dvxando 
esto,  el  hábito  de  encima  era  un  capuz  cerrado 
y  el  que  lo  traía  de  contray  de  Valencia  no  pen- 
saba que  era  poco  costoso,  y  había  de  ser  muy 
rico  para  traerlo,  y  las  calzas  todas  eran  llanas, 
que  no  sabían  qué  cosa  era  otra  hechura  nuera; 
usábanse  estos  bonetes  que  agora  se  traen  cas- 
tellanos  y  unas  medias  gorras  con  la  radta 
alzada  6  caída  atrás,  y  gorras  de  grana  grandes 
con  unos  tafetanes  de  colores  por  debajo  de  la 
barba. 

Escodar.  —  Debían  de  ser  como  las  qoe 
agora  se  pintan  en  las  mantas  francesas. 

Herrera. — Decís  la  verdad,  v  aun  hov  rereis 
muchos  trajes  antiguos  destos  que  digo.  Los 
señores  por  fiesta  se  vestían  de  grana  colorada 
6  morada,  y  era  tan  grande  la  templanza  que 
se  solía  tener  en  los  vestidos,  que  andando  ru 
buscando  unas  escrituras  de  las  de  la  casa  de  no 
señor  deste  reino,  vi  entre  ellas  una  carta  qae 
el  rey  cscrebia  á  uno  de  sus  pasados,  por  la  cual 
le  rogaba  y  mandaba  que  se  llegase  á  la  corte, 
que  para  el  gasto  que  se  hiciese  le  ymbiaba  once 
mil  maravedís  de  ayuda  de  costa,  y  que  lo  qu^ 
le  encargaba  era  que  en  ninguna  dejase  de  Uerar 
él  su  jubón  de  puntas  y  collar  de  brocado. 

Sarmiento. — Gentil  antigualla  esessaptr» 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


529 


lo  que  agora  usamos;  cierto  pocas  acémilas 
debían  de  ser  menester  en  este  tiempo  para  lie- 
yar  las  recámaras  de  los  señores. 

Herrbra. — Lo  que  no  llevaban  de  recámara 
llevaban  en  la  mucha  y  muy  lucida  gente  de 
que  andaban  acompañados,  que  parecía  harto 
mejor  que  los  cofres  en  las  acémilas,  cargados 
de  plata  y  de  oro  y  de  vestidos  demasiados,  y 
no  por  esso  dejaban  de  ir  bien  proveídos  de  lo 
necesario  para  la  calidad  de  sus  personas.  Y 
con  esto  traían  también  los  señores  una  ropa 
de  martas  que  era  la  cosa  de  más  estima  que 
estonces  había,  y  agora  así  Dios  me  salve  que 
la  he  yo  visto  traer  á  mercaderes  y  personas 
que  no  valían  otro  tanto  su  hacienda  como  el 
valor  que  tiene  la  ropa.  Pero  esto  no  lo  tengo 
en  tanto  como  ver  que  hoy  ha  cuarenta  años  si 
vían  á  un  pobre  hombre  con  un  sayo  de  terciopelo 
por  rico  que  fuese,  le  miraban  como  á  cosa  nueva 
y  desordenada,  y  en  este  tiempo  hasta  los  mo- 
zos y  criados  de  los  caballos  y  aun  los  oficiales 
no  lo  tienen  en  más  que  á  un  sayo  pardo,  y  plu- 
guiese á  Dios  que  se  contentasen  con  andar 
vestidos  de  terciopelo  y  de  las  otras  maneras  de 
sedas  llanamente,  que  lo  que  mayor  daño  hace 
es  las  hechuras,  las  invenciones  nuevas  y  cos- 
tosas que  muchas  veces  cuesta  más  lo  acessorío 
que  lo  principal,  según  las  cosas  que  piden  los 
sastres  y  oficiales  de  seda  para  pespuntar,  para 
hacer  los  torcidos,  los  caireles,  los  grandu jados, 
dando  golpes  y  cuchilladas  en  lo  sano,  des- 
hilando y  desflorando,  echando  pasamanos,  cor- 
dones y  trenzas,  botones,  alamares;  y  lo  que 
peor  es,  que  cuando  un  hombre  piensa  que  está 
vestido  para  diez  años,   no   es  pasado   uno 
cuando  viene  otro  uso  nuevo  que  luego  le  pone 
en  cuidado,  v  lo  que  estaba  muy  bien  hecho  se 
toma  á  deshacer  y  remendar,  quitando  y  po- 
niendo; y  aun  muchas  veces  no  aprovecha  toda 
la  industria  que  se  pone,  sino  que  se  ha  de  tor- 
nar á  hacer  de  nuevo,  de  manera  que  los  usos 
é  invenciones  nuevas  de  cada  día  desasosiegan 
las  gentes  y  acaban  las  haciendas,  porque  somos 
tan  locos,  que  ninguno  hay  que  se  conforme 
con  lo  que  puede,  sino  que  el  que  tiene  veinte 
ducados  los  quiere  también  echar  en  un  sayo 
V  en  una  capa,  como  el  que  tiene  dos  mil,  y  no 
na  sido  esto  poca  parte  para  encarecer  los  paños 
y  sedas  hasta  venir  al  precio  que  agora  piden 
y  tienen,  que  si  no  hubiese  quien  los  comprase, 
gastándoloF  tan  mal  gastados,  ellos  vendrían  á 
valer  harto  más  barato  de  lo  que  valen. 

Sarmiento.  — Una  cosa  no  puedo  yo  acabar 
de  entender,  y  es  que  cuanto  más  encarecen  los 
paños  y  sedas  y  van  subiendo  en  precio,  tanto 
se  desordenan  más  las  gentes  y  procuran  andar 
mejor  vestidos  y  más  costosos. 

Herrera. —  Hacen  como  los  hombres  beo- 
dos, que  cuando  hay  mayor  carestía  de  vino  les 

ORÍOBNBS  DE  LA  NOVELA.— >S4 


crece  más  el  apetito  del  beber,  y  no  tienen  el 
real  cuando  lo  ofrecen  en  la  taberna,  aunque  no 
les  quede  otro  ninguno;  y  pluguiese  á  Dios  que 
lo  mismo  hiciésemos  nosotros  yendo  con  los 
dineros  en  casa  de  los  mercaderes,  pero  no 
hacemos  sino  sacar  fiado  tan  sin  medida  como 
si  nunca  se  hubiese  de  pagar,  y  por  esto  sube 
cada  vara  tres  ó  cuatro  reales  en  precio,  y  el  pagar 
es  muchas  veces  con  essecuciones,  de  manera 
que  por  la  mayor  parte  viene  á  ser  más  el  daño 
y  las  costas  que  se  pagan  que  lo  principal  que 
se  debe,  y  sin  tener  respecto  á  ninguna  cosa 
destas  no  dejan  de  andar  todos  desmedidos  y 
desconcertados.  Y  de  lo  que  á  mí  me  toma  gana 
de  reir  es  de  ver  que  los  oficiales  y  los  hombres 
comunes  andan  tan  aderezados  y  puestos  en 
orden  que  no  se  diferencian  en  el  hábito  de  los 
caballeros  y  poderosos,  y  topándolos  en  la  calle 
quien  no  los  conozca,  muchas  veces  juzgará  que 
cada  uno  dellos  tiene  un  cuento  de  renta. 

Sarmiento. — Sabéis, señor  Herrera,  que  veo 
que  esta  desorden  y  desconcierto  que  decís  de  los 
vestidos  solamente  la  hay  eotre  los  cristianos. 
Yaun  no  entre  todos,  porque  dezando  aparte  los 
que  viven  fuera  del  conocimiento  y  sujeción  de 
la  madre  Iglesia  romana,  aun  de  los  que  le  son 
subjetos  hay  muchos  que  no  tienen  esta  curiosi- 
dad, como  son  los  húngaros,  los  escoceses  y 
otras  gentes  que  andan  con  hábitos  humildes  y 
poco  costosos ;  y  lo  que  á  mí  me  parece  que  me 
da  mayor  causa  de  murmurar  es  ver  la  tem- 
planza de  los  infieles,  moros,  turcos  y  gentiles. 
Porque  á  los  moros  y  turcos,  que  son  los  que 
confinan  con  la  christiandad  y  de  quien  más 
noticia  tenemos,  vemos  que  andan  todos  con 
hábitos  y  aderezos  casi  comunes,  y  los  que 
son  más  ricos  y  poderosos,  cuando  más  se  quie- 
ren diferenciar  en  los  vestidos,  ponen  una  alma- 
lafa 6  capuz  cerrado  de  grana  colorada  ó  de 
otro  paño  de  color,  con  unos  borceguíes  de  buen 
cuero.  Todos  ellos  traen  zarahuelles  sin  gastar 
sus  haciendas  en  muslos  de  calzas,  ni  en  guar- 
niciones, ni  en  otras  cosas  semejantes,  que  son 
las  que  consumen  las  haciendas.  Y  esta  orden 
guardan  los  señores  y  los  servidores,  los  ricos 
y  los  pobres,  porque  los  buenos  y  que  algo  pue- 
den, quieren  que  tomen  enxemplo  dellos  los  in- 
feriores para  no  desconcertarse,  y  no  por  esso 
dezan  de  conoscer  los  que  más  valen,  porque  los 
otros  les  reconocen  la  superioridad  que  sobre 
ellos  tienen  mejor  que  nosotros  hacemos.  Por- 
que no  hay  en   el  mundo  tanta  soberbia  ni 
tanta  presunción  y  exención  como  en  los  chris- 
tianos,  y  en  esto  de  los  vestidos  mucho  más, 
porque  tan  bien  los  quieren  traer  el  oficial  como 
el  caballero  y  el  criado  como  el  señor,  de  ma- 
nera que  todo  va  desbaratado  y  sin  ninguna 
orden  ni  concierto,  el  que  no  falta  entre  las 
otras  generaciones  de  gentes  de  quien  tengamos 


630 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


uoikuk  de  visU  6  de  oidj»  ó  por  escrítan,  por- 
que lo  metiDO  leemos  de  todos  los  antíianios  qne 
se  moderaban  en  gran  manera  en  los  vestidos  j 
aderezos  de  sas  personas. 

Escobar. — Pues  no  se  r^  ha  acordado  de 
hablar  en  los  aderezos  del  camino,  qne  no  me 
parece  que  habría  poco  que  decir  sobre  ello. 

Hrrriri. — Tenéis  razón,  p^irquecasi  todos 
son  disparates,  y  si  lo  queréis  ver,  decidme, 
/piiHÍe  Hpr  major  dÍH{)arat<;  en  el  mundo  que 
andar  iin  hombre  coniúnuiente  vestido  do  paño 
procurando  que  un  sajo  y  una  capa  h*  dun*  diez 
afios,  j  cuando  va  de  camino  lleva  terciopelos 
y  rasos,  y  los  chapeos  cron  cordones  de  oro  y 
plata,  para  qne  lo  destruya  to<io  el  airí;  y  el 
polvo  y  la  agua  y  los  lodos,  y  muchas  veces  un 
vestido  destos  que  len  cu¿*8ta  cnanto  tienen, 
cuando  han  servido  en  un  camino  están  tales 
que  no  pueden  servir  en  otros?  Y  á  mi  parecer 
mejor  sería  mudar  bissies^o  y  que  los  buenos 
vestidos  serviesen  de  rúa,  y  los  que  no  lo  fue- 
sen de  camino. 

Escobar. — Cesse  un  poco  esta  plática  y 
mirad  cuáles  vienen  la  señora  doña  Petronila 
y  la  señora  doña  Juana  de  Arellano  que  pare- 
cen dos  serafines  en  hermosura,  pues  poco  vie- 
nen bien  aderezadas;  yo  fiador  que  pasa  de 
quinientos  ducados  de  valor  lo  que  trae  sobre 
si  doña  Petronila. 

Herrera.-  También  puedo  yo  fiar  qne  no 
vale  otro  tanto  la  hacienda  que  su  marido  tiene, 
y  asi  conoceréis  la  razón  que  yo  tengo  en  lo 
que  he  dicho,  porque  si  el  desconcierto  del  ves- 
tir de  los  hombres  es  muy  grande,  el  de  las 
mujeres  es  intí)lerable. 

Escobar.  —  Dexaldes  pasar,  que  podrían 
oiros. 

Herrera. — Poco  va  ni  viene  que  me  oyan, 
qne  no  soy  servidor  de  ninguna  dellas,  y  assi 
estaré  libre  para  decir  la  verdad,  que  quieren 
panTcr  fuera  de  sus  casas  unas  reinas  y  morir 
dentro  dellas  con  sus  mandos  y  liijos  de  ham- 
bre. No  sé  que  paciencia  es  la  que  basta  á  los 
houibnis  que  se  casan  en  cumplir  con  los  ata- 
vioK  de  las  mujeres  tan  costosos  y  fuera  de  tér- 
minos, que  en  otros  tiempos  la  que  tenia  una 
buena  saya  y  un  buen  manto  pensaba  que  no 
le  faltaba  ninguna  cosa;  y  assi  los  antiguos  ro- 
manos pusieron  por  ley  y  estatuto  qu("  ningu- 
na romana  pudiese  tiuicr  más  de  un  vestido  de 
su  persona,  y  por  cierta  ayuda  que  hicieron  á  la 
repúlilica  dundo  las  joyan  de  oro  para  una  gran 
necesidad,  entre  otros  Ixíiieficios  que  les  hicie- 
ron en  nMinineración  desto,  fué  el  mayor  dar- 
!«'«  licíMiciu  cjue  cada  una  pudicstí  tener  dos  ves- 
tidos. Agora  no  se  conUuitan  con  seis,  ni  con 
diez,  ni  con  veinte,  que  hasta  que  no  quede  ha- 
cienda ninguna,  toda  querrían  que  se  consu- 
miese en  vestidos.  Unas  piden  saboyanas,  otras 


galeras,  say&os,  saitanbAfcaa,  ifiantollinat,  u- 
vas  con  mangas  de  punta  qae  tienen  más  pa&o 
ó  seda  que  la  misma  saja^  y  otraa  cincnenti 
diferencias  de  ropas,  anas  cerradaa  y  ociae 
abiertas,  de  paño  y  de  seda  de  diferentes  colom, 
con  las  guarniciones  tan  anchas  y  tan  costotu, 
qne  tienen  más  costa  que  la  mesma  ropa  en  qoe 
están  puestas:  las  veidugadas  y  las  rasquiñii 
que  traen  á  cada  día  y  en  baxo  de  las  otras  ro- 
pas y  sayas  más  cuestan  agora  qne  en  otro 
tiempo  lo  que  se  solía  dar  á  una  mujer  cuando 
se  casaba,  {»or  rica  que  fuese.  Y  dexando  I'j« 
vestidíjs,  en  las  invenciones  de  los  tocados  (ha- 
bría poco  que  decii*  si  hombre  quisiese .'  Asi 
Dios  me  salve  que  en  pensarlo  aborrezco  sos 
trajes,  sus  redecillas,  sus  lados  huecos,  sus  ci- 
bellos  encrespados,  sus  pinjantes,  sus  pinas  de 
oro^  sus  piezas  de  martillos,  sus  escosiones,  ios 
beatillas  y  trapillos  por  desdén  echados  tras  lis 
orejas,  con  que  piensan  que  parecen  más  her- 
mosas; y  de  lo  que  me  toma  gana  de  reir  moj 
de  veras,  es  que  lo  mesmo  quiere  traer  la  nia- 
jer  de  un  hombre  común  que  la  de  nn  caballero 
que  sea  rico,  todas  quieren  ser  igoales  y  todas 
dan  mala  vida  y  trabajosa  á  sos  maridos  si  no 
las  igualan  con  las  otras  annqne  sean  muy  me- 
jores y  más  ricas  que  ellas. 

Sarmiento. — Por  eso  hicieron  bien  los  gi- 
noveses  p<x;o6  tiempos  ha,  qae  viendo  caán 
gran  polilla  y  destryción  para  sa  hacienda  enn 
los  gastos  excesivos  y  trajes  de  las  mujeres,  hi- 
cieron en  su  república  un  estatuto  y  ley  gene- 
ral (la  cual  no  sé  si  agora  se  guarda),  y  por  ella 
pusieron  el  remedio  necesario,  el  cual  fué  que 
ninguna  mujer  podiese  traer  ropa  de  seda  ni 
de  paño  fino,  sino  de  otros  paños  comunes,  j 
solamente  les  dezaron  lo  que  echan  por  cober- 
tura sobre  la  cabeza  cuando  hace  gran  sol  o 
cuando  llueve,  que  son  dos  varas  de  alguna 
manera  de  seda,  así  como  se  corta  de  la  pieza, 
sin  otra  hechura  ninguna. 

Escobar. — En  eso,  agravio  parece  que  re- 
cebian  las  principales,  pues  no  les  dexaban  en 
qué  diferenciarse  de  las  otras. 

Hbuubua. — Pluguiese  á  Dios  que  el  mesm«) 
agravio  lii(Mesen  á  las  principales  de  España, 
({ue  bien  se  sufriría  tan  poco  mal  por  que  se 
ordenase  tan  gran  bien,  cuanto  más  qae  en  todo 
se  poílría  poner  buen  remedio,  y  que  la  ley 
se  hiciese  de  manera  que  fuese  justa,  y  que  hu- 
biese algunas  particularidades  en  qne  se  dife- 
renciasen las  que  más  pueden  y  valen  de  las 
otras  mujeres  comuiics. 

Sahmiknto. — Esso  sería  jwner  confusión 
entn'  rilas,  ]H)rque  no  habría  mujer  que  con 
dos  maravedís  no  pensase  que  podía  traer  lo  qne 
una  condesa;  lo  mejor  sería  que  ellas  se  come- 
diesen  y  hiciessen  lo  que  las  romanas  agora  ha- 
cen, y  es  que  todas  andan  vestidas  de  pafto  oe- 


C0LL0QÜI08  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA  681 


gro,  sin  guarnición  ni  gala  ninguna,  en  qae 
muestran  su  gran  honestidad  y  bondad;  no 
traen  sobre  si  oro,  ni  perlas,  ni  otras  cosas  con 
que  parezca  acrecentar  en  su  hermosura  arti- 
.fícialmente;  los  mantos  son  unos  lienzos  blan- 
cos en  que  hay  poca  diferencia,  que  es  de  ser 
unos  más  delgados  que  otros.  Todo  su  fin  es 
andar  honestas  y  sin  traer  sobre  si  cosa  que 
pueda  dañar  á  su  honestidad,  y  si  algunas  tie- 
nen algún  vestido  rico,  diferenciado  deste,  no 
lo  visten  sino  cuando  hay  algunas  fiestas  gran- 
des, algunos  ayuntamientos  de  mnclias  roma- 
nas en  que  quieren  mostrarse.  Y  sin  esto  si 
fuese  decir  los  ritos  y  costumbres  de  otras  na- 
ciones en  el  vestir  de  las  mujeres,  todas  ende- 
rezadas á  buen  fin,  seria  nunca  acabar;  pero  en 
nuestra  España  la  curiosidad  de  las  mujeres  es 
tan  grande,  sus  importunidades  son  tantas,  sus 
desatinos  en  el  vestir  tan  fuera  de  tino,  que  no 
hay  quien  las  sufra,  y  en  fin,  todas  hacen  como 
las  monas,  que  todo  lo  que  ven  que  hacen  y 
traen  sus  vecinas,  quieren  que  passe  por  ellas, 
no  mirando  á  la  razón  ni  á  la  calidad  y  possi- 
bilidad  de  las  otras,  porque  su  fin  no  es  sino  de 
vestirse  tan  bien  y  mejor  y  más  costosamente 
que  todas,  vaya  por  donde  fuere  y  venga  por 
donde  viniere. 

Hkrrera. — jGuay  de  los  pobres  maridos 
que  lo  han  de  sufrir  y  cumplir! 

Escobar. — No  cabrían  en  sus  casas  si  qui- 
siesen hacer  otra  cosa. 

Sarmiento. — Assi  es,  y  particularmente 
mal  podría  remediarse  este  desconcierto;  pero  en 
general,  remedio  tendría  si  las  gentes  quisiesen. 

Herrera. — ¿Qué  remedio? 

Sarmiento.— Yo  os  lo  diré.  Que  se  hecie- 
sen  leyes  y  pramáticas  sobre  ello,  diferenciando 
los  estados  y  dando  á  cada  una  qué  ropas  y  de 
qué  manera  las  pediese  traer,  y  si  no  quesiesen 
tener  respeto  á  las  personas,  que  se  tuviesen  á 
laa  haciendas,  y  que  no  permitiesen  que  quisie- 
sen andar  tan  bien  vestidos  el  hombre  y  la  mu- 
jer que  tienen  doscientos  ducados  de  hacienda 
como  el  que  tiene  dos  mili,  como  el  que  tiene 
tres  cuentos,  porque  de  aquí  nace  la  perdición, 
de  que  dan  á  uno  quinientos  ducados  en  casa- 
miento y  muchas  veces  los  echa  todos  en  vesti- 
dos sobre  sí  y  su  mujer,  y  después  se  ven  en 
necesidad  y  trabajos  sin  poder  remediarse.  Y 
la  pena  que  se  pusiese  en  las  leyes  que  sobre 
esto  se  hiciesen,  habría  de  ser  la  mayor  parte 

{>ara  el  que  denunciase  de  los  vestidos,  porque 
08  pobres  con  la  codicia  no  dejarían  de  de- 
nunciar do  quienquiera  que  fuese,  y  assi  las 
penas  serían  mejor  esecutadas,  y  esta  sería  bue- 
na gobernación*  que  con  ella  se  remediaría  muy 
gran  parte  de  la  perdición  del  reino,  que  según 
veo  trocadas  y  mudadas  las  cosas  de  el  ser  que 
solían,  yo  me  maravillo  cómo  las  gentes  se  sus- 


tentan ni  pueden  vivir  con  .estos  desconciertos 
que  agora  se  usan. 

Herrera. — Nosotros  no  bastamos  para  con* 
certarlos,  y  lo  que  más  en  ello  se  hablase  es  ex-* 
cusado;  lo  mejor  será  dexarlos  y  andar  con  el 
tiempo,  que  aosadas,  que  él  haga  presto  mu- 
danza de  lo  que-  agora  se  usa. 

Escobar. — Plega  á  Dios  que  no  sea  de  mal 
en  peor. 

Sarmiento. — Quien  más  viviere  más  cosas 
verá,  y  en  fin,  otros  vendrán  que  digan  que  los 
usos  de  agora  eran  los  mejores  del  mundo;  y 
con  esto  nos  vamos,  que  yo  tengo  un  poco  qué 
hacer.  Dios  quede  con  vuestras  mercedes. 

Herrera. — Y  á  vuestra  merced  no  olvide. 

Finis. 


COLLOQUIO 

Qu«  trata  de  U  vanidad  de  la  honra  del  mando,  dividido  ea  tres 
partes:  En  la  primen  m  contiene  qué  coea  ea  la  verdedera 
honra  y  cómo  la  quel  mundo  comúnmente  tiene  por  honn  laa 
más  Teces  le  podria  tener  por  más  verdadera  Infamia.  En  la 
segunda  se  tratan  las  maneras  de  las  salutaciones  antiguas  y 
los  titulos  antiguos  en  el  escrebir,  loando  lo  uno  y  lo  otro  y 
burlando  de  lo  que  agora  se  usa.  En  la  tercera  se  trata  ana 
cuestión  antigua  y  ya  tratada  por  otros  sobre  cnál  sea  más 
verdadera  honra,  la  que  se  gana  por  el  valor  y  merecimiento 
de  las  personas  ó  la  que  procede  en  los  hombres  por  la  de- 
pendencia de  sus  pasados.  Es  coUoquio  muy  provechoso  para 
descubrir  el  engafio  con  qae  las  gentes  están  ciegas  en  lo 
qae  toca  á  la  honra. 

INTERLOCUTORES 

A  Ihanio. — An  tonto . — Jerónimo. 

Alranio. — Deleitable  cosa  es,  sin  duda,  Je- 
rónimo mío,  ver  la  frescura  deste  jardín  tan 
hermoso  y  la  verdura,  tan  apacible  á  los  ojos, 
mezclada  con  las  diversas  colores  de  las  flores  y 
roeaa  que  en  ella  produce  la  natura,  con  la  vo- 
luntad de  Aquél  que  todas  las  cosas  hace,  las 
cuales  no  solamente  sirven  al  contentamiento 
.que  la  vista  con  ellas  recibe,  sino  que  con  la 
suavidad  de  su  olor  nos  hacen  alzar  los  juicios' 
á  la  contemplación  de  mayores  cosas,  conside- 
rando qué  tal  será  lo  del  ciólo  cuando  en  la  tie- 
rra hallamos  lo  que  en  tan  gran  admiración  nos 
pone. 

Jerónimo.  — En  gran  manera  me  contenta 
todo  lo  que  veo,  y  principalmente  esta  calle 
plantada  de  chopos,  por  tan  gran  concierto, 
que  no  sale  el  uno  del  otro  con  ser  tan  larga, 
siendo  todos  ellos  tan  altos  y  veniéndose  á  jun- 
tar las  puntas  los  unos  con  los  otros,  como  si 
la  naturaleza  quisiera  usar  de  todo  su  poder 
hurtando  la  fuerza  del  sol  para  que  con  menos 
pena  y  trabajo  se  pueda  andar  por  ella,  teniendo 


532 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


major  oportunidad  .para  tender  los  ojos  por  tan 
grande  arboleda  como  por  una  parte  y  por  otra 
paresce,  habiendo  en  algunas  partes  tan  gran- 
des espesuras  que  no  lo  puedo  ver  sin  reñirme 
á  la  memoria  las  deleitosas  moradas  y  hermo> 
sas  estancias  de  las  que  los  poetas  llaman  nin- 
fas, y  las  florestas  de  los  faunos  y  sátiros  de  la 
ciega  y  antigua  gentilidad  estimados  por  dioses. 
Si  su  diosa  Diana  agora  estuviera  en  el  mundo, 
no  hallara  más  amenas  y  deleitosas  las  flores- 
tas y  bosques  á  donde  andaba  cazando. 

Albanio. — No  lo  digáis  de  burla,  que  de 
veras  podréis  creerlo,  porque  dentro  déste  cer- 
cado no  faltará  á  quien  poder  tirar  con  su  arco 
ni  en  qué  emplear  las  saetas  de  su  aljaba;  pero 
todo  lo  que  habéis  visto  es  poco  con  lo  que  ve- 
réis entrando  por  esta  puerta.  Y,  lo  primero, 
mirad  esta  hermosa  casa  y  morada,  no  menos 
suntuosa  que  bien  fabricada  para  el  propósito 
que  fué  hecha,  y  la  deleitosa  y  bien  ordenada 
compostura  deste  deleitoso  jardín,  que  es  como 
ánima  del  que  allá  fuera  habemos  visto;  qué 
orden  de  calles,  qué  plantas  y  hierbas  tan  olo- 
rosas, qué  sombras  con  sus  descansos  y  asien- 
tos á  donde  pueden  gozarse,  á  lo  cual  pone 
mayor  contentamiento  y  alegría  la  grandeza  y 
suntuosidad  del  estanque  lleno  de  tantos  géne- 
ros de  pescados  y  tan  crescidos  que  cuasi  lo 
podréis  juzgar  por  otro  mar  Caspio. 

Jbkónimo. — Así  lo  parece  con  las  barcas  y 
navios,  á  los  cuales  no  falta  sino  la  grandeza, 

Albanio. — Son  conformes  á  la  navegación 
que  tienen,  que  es  muy  corta  y  de  poco  peligro. 

Jerónimo.-— Lo  que  más  me  aplace  es  la 
dulce  harmonía  des  tos  ruiseñores,  que  con  la 
excelente  suavidad  de  su  música  me  tienen 
elevado  tanto,  que  sin  dubda  no  he  visto  más 
deleitoso  lugar  en  el  mundo.  Pero,  decidme: 
¿por  dónde  sale  el  agua  que  vimos  venir  al 
estanque  cerca  de  la  puerta  por  donde  en- 
tramos? 

Albanio.— Allí  donde  está  aquel  chapitel 
veréis  una  fuentecilla  artificial  por  donde  corre 
y  sale  de  la  otra  parte,  tomando  la  corriente 
por  un  valle  más  espeso  de  arboleda  que  nin- 
guna floresta,  en  el  cual  se  consume,  recibién- 
dola en  sí  la  tierra  para  depcdirla  por  otros  res- 
piraderos, sin  saber  á  dónde  va  á  dar,  aunque  á 
lo  que  se  cree  no  puede  ir  á  parar  sino  en  el 
caudaloso  río  que  de  la  otra  parte  tan  cerca  de 
las  paredes  del  jardín  tiene  su  corriente. 

Jbrónívo. —  ¿Quién  es  aquel  que  de  la  otra 
parte  del  estanque  anda  passeándose  tan  embe- 
lesado y  contemplativo  que,  á  lo  que  paresce, 
hasta  agora  ni  nos  ha  visto  ni  oído? 

Albanio. — Antonio,  nuestro  grande  amigo, 
es,  si  yo  no  me  engaño.  Mejor  conversación  se 
nos  apareja  de  la  que  pensamos. 

JsRÓNiMO.^En  algún  profundo  pensamien- 


to anda  metido,  y  entre  sí  se  está  riyendo  no 
con  poca  gana. 

Albanio. — ¿Qué  es  esto,  sefior  Antonio, 
que  tan  de  mañana  nos  habéis  hartado  el  goio 
deste  hermoso  jardín? 

Antonio. — La  ociosidad  hace  buscar  algu- 
nas cosas  en  que  pasar  el  tiempo,  y  yo,  no  te- 
niendo en  qué  emplearlo,  me  he  venido  aquí 
adonde  hay  tanto  para  todos,  que  la  mayor  falta 
que  veo  es  venir  tan  pocos  á  gozarlo.  Y  así,  con 
la  soledad  que  tenía,  distraído  en  otros  pensa- 
mientos, con  el  juicio  no  gozaba  tanto  de  lo  que 
presente  tenía. 

Albanio. — Así  me  pare?e  que  os  habia 
agora  acaecido,  porque  de  lo  que  pensárades  os 
estábades  reyendo  con  tanta  voluntad,  que  por 
poco  nos  provocárades  también  á  nosotros  i 
risa. 

Antonio. — Estaba  pensando  en  las  opinio- 
nes de  aquellos  dos  filósofos,  Heráclito  y  De- 
mócrito,  y  por  no  llorar,  como  hacía  Heráclito, 
acordé  reirme  con  Demócríto. 

Jerónimo. — ¿Y  qué  era  la  cansa  de  la  risa? 

Antonio. — Ver  la  vanidad  del  mundo  en 
una  cosa  que,  por  no  ser  tenido  por  loco,  no  me 
atrevería  á  decirlo. 

Albanio.  —  Tampoco  hubiéradea  de  deeir 
esso  para  no  ponemos  en  mayor  agonía  de  sa- 
berla, y  pues  qne  forzosamente  habréis  de  ve- 
nir á  declararos,  mejor  será  que  por  mestra  vo- 
luntad lo  digáis,  que  ninguna  excusa  podrá 
valeros  para  quedar  (como  suelen  decir)  prefia- 
do  con  vuestras  razones. 

Antonio. — Con  una  condición  os  lo  diré,  j 
es,  que  por  lo  que  dixere  no  me  tengáis  por  des- 
atinado, ó  á  lo  menos  no  me  condenéis  hasta 
oir  mi  justicia,  que  pues  tenemos  tiempo  y  el 
lugar  es  oportuno,  podréisme  decir  vuestro  pa- 
recer, oyendo  también  el  mío,  que  después  todos 
podremos  ser  los  jueces  para  determinar  la 
causa.  Estaba  pensando  en  la  vanidad  de  la 
honra  mundana  y  en  el  engaño  que  todos  resci- 
bimos  en  desearla  y  procurarla,  y  cuan  mal  en- 
tendemos qué  cosa  es  honra  para  usar  della 
conforme  á  lo  que  en  sí  es,  y,  en  fin,  con  cuánta 
mengua  y  deshonra  procuramos  honramos  to- 
dos los  mortales,  teniendo  tan  grande  oUiga- 
ción  para  huir  dello,  como  lo  podrá  ver  cual- 
quiera que  con  claro  juicio  procurare  entender 
el  engaño  desta  honra  fingida  y  engañosa. 

Albanio. — Por  cierto,  señor  Antonio,  blas- 
femia es  esta  que  (según  la  opinión  gen^  de 
las  gentes)  dificultosamente  puede  oirse  con  pa- 
ciencia. Porque  yo  no  veo  en  el  mundo  cosa  que 
en  más  se  deba  tener,  preciar  y  estimar  que  la 
honra,  de  la  cual  dice  el  filósofo  que  es  d  ma- 
yor bien  de  todos  los  bienes  exteriores,  y  assi 
todos  la  buscamos  y  anteponemos  á  los  otros 
bienes  mundanos,  y  la  tenemos  por  la  más  sn- 


COLLOQUIOS  satíricos  POR  A.  DE  TORQUEMÁDA 


533 


bida  y  más  próspera  felicidad  y  riqaeza  de  to- 
das las  que  eu  esta  vida  pueden  alcanzarse  para 
vivir  cu  ella.  Por(|ue  por  ella  estiman  las  gen- 
tes todos  los  otros  bienes  en  poco:  el  dulce  amor 
de  los  hijos,  la  afición  de  sus  mujeres,  el  sosiego 
de  sus  casas  y  patrias,  y,  finalmente,  tienen  en 
poco  las  vidas,  ofresciéndolas  á  cada  paso  por  la 
honra,  y  vos  sólo  en  dos  palabras  procuráis  des- 
truirla y  desterrarla  de  entre  los  hombres  como 
á  cosa  abominable  y  digna  de  ser  aborrecida. 
No  hay  hombre  tan  justo  que  la  desechase,  como 
podréis  ver  por  lo  que  dice  Esaias:  Mi  honra 
no  la  daré  á  otro.  Sant  Pablo,  en  el  capitulo 
nono  de  la  primera  epístola  á  los  de  Oorintho, 
dice:  Más  me  conviene  morir,  que  no  que  algu- 
no deshaga  mi  gloria;  y  los  hijos  del  Zebedeo, 
por  la  honra  principalmente  echaron  á  su  ma- 
dre que  pidiese  á  Ghristo  el  asiento  de  la  mano 
derecha  para  el  uno  y  el  de  la  siniestra  para  el 
otro.  Y  sin  estos,  otros  muchos  enxemplos  po- 
dría traeros  para  confundir  vuestra  opinión 
tan  contraria  de  la  común  en  la  estimación  y 
precio  de  la  honra,  y  autorizarlo  con  lo  que  dice 
el  Sabio  en  los  Proverbios:  No  des  tu  honra  á 
gentes  ajenas. 

Antonio. — No  cumplís,  señor  Albanio,  la 
condición  con  que  se  comenzó  esta  materia, 
pues  sin  oirme  me  dais  por  condenado.  Yo  con- 
fieso todo  lo  que  habéis  dicho  ser  assí,  y  lo  que 
os  ruego  es  que  me  oigáis,  porque  veréis  cómo 
debaxo  dello  está  el  engaño  manifiestamente 
encubierto,  y  para  que  mejor  lo  entendáis,  es- 
cuchadme con  atención,  no  dezando  de  replicar 
á  los  tiempos  necessarios,  que  á  todo  pienso  sa- 
tisfaceros. 

Jkuónimo. — Justo  es  que  assí  lo  hagamos  y 
que  escuchemos  cómo  funda  su  razón,  que  se- 
gún las  dificultades  que  en  ella  hallo,  tengo  de- 
seo de  ver  la  conclusión  que  tendrá. 

Antonio. — Pues  hemos  de  tratar  de  la  hon- 
ra, para  que  mejor  nos  entendamos,  es  menes- 
ter saber  primero  qué  cosa  es  honra. 

Albanio.  —  Según  el  filósofo,  no  es  otra 
cosa  sino  premio  de  la  virtud. 

Antonio. — Es  tan  contrario  lo  que  agora  se 
usa  de  lo  que  el  filósofo  dice  y  otros  muchos  au- 
tores que  tratan  desta  materia,  como  veréis  por 
lo  que  adelante  diré,  que  vosotros  vendréis  á 
confesar  sin  tormento  ser  verdad  todo  lo  que  he 
dicho,  porque  conforme  á  esa  definición  hemos 
de  considerar  de  una  ó  de  dos  maneras  la  hon- 
ra. La  una  es  como  christianos,  y  si  lo  somos 
tan  de  veras  como  es  razón  que  lo  seamos,  ma- 
yor obligación  tenemos  á  nuestra  fe  que  á  nues- 
tra honra. 

Jerónimo. — Ninguno  puede  negarlo. 
^    Antonio. — ¿Pues  qué  cosa  hay  hoy  en  el 
mundo  tan  contraria  á  la  verdadera  fe  de  chrís- 
tiano  como  es  la  honra  tomándola,  no  conforme 


á  la  difinición  del  filósofo,  sino  como  nosotros 
della  sentimos,  porque  así  la  más  verdadera  di  • 
finición  será  presunción  y  soberbia  y  vanagloria 
del  mundo,  y  della  dice  Ghristo  por  el  evange- 
lio de  San  Juan:  ¿(Jomo  podréis  creer  los  que 
andáis  buscando  la  honra  entre  vosotros  y  no 
buscáis  la  que  de  solo  Dios  procede?  Esta  nues- 
tra sanctissima  fe  es  fundada  en  verdadera  hu- 
mildad christiana,  y  la  honra,  como  he  dicho,  es 
una  vana  y  soberbia  presunción,  y  desta  manera 
mal  puede  compadecerse,  porque  todos  los  que 
quieren  y  procuran  y  buscan  honra,  van  fuera 
del  camino  que  deben  siguir  los  que  son  chris- 
tianos; y  así  me  parece  que  es  mis  sutil  red  y 
el  más  delicado  lazo  y  encubierto  que  el  demo-  [ 
nio  nos  arma  para  guiamos  por  el  camino  de  ' 
perdición.  ¿Y  qué  pensáis  que  es  la  causa?  £l 
deseo  que  tiene  que  nos  perdamos  por  la  mesma 
razón  que  él  fué  perdido.  Cosa  es  por  cierto 
para  que  todos  nos  espantemos  y  nos  ponga  en 
gran  admiración,  ver  la  fuerza  que  tiene  esta 
ambición  de  la  honra,  que  no  solamente  tenemos 
en  poco  y  menospreciamos  los  hijos  y  las  muje- 
res, los  parientes,  las  haciendas,  las  vidas,  pero 
que  no  haga  más  cuenta  de  las  ánimas,  tenién- 
dolas en  menos  que  si  no  las  tuviésemos,  ni 
esperanza  ninguna  de  salvarlas,  buscándola  y 
procurándola  por  diferentes  vías  que  lo  hacían 
los  hijos  del  Zebedeo  y  otras  personas  justas, 
las  cuales  buscaban  la  verdadera  honra  aunque 
erraban  los  verdaderos  medios  de  la  virtud, 
puesto  que  no  querían  ser  honrados  y  estima- 
dos por  las  riquezas  ni  hazañas  preñadas  de  la 
vanagloria  mundana. 

Jkrónimo. — Conforme  á  eso,  parésceme  que 
queréis  condenar  los  notables  hechos  y  dignos 
de  perpetua  memoria  que  los  romanos,  los  grie- 
gos, los  cartagineses  y  otras  naciones  hicieron, 
ofreciendo  las  vidas  de  su  propia  voluntad, 
como  hicieron  los  Decios,  Mucio  Scévola  y 
otros  que  por  la  prolixidad  dezo  de  decir. 

Antonio.— Si  essos  pensaran  que  por  ello 
podían  perder  sus  ánimas,  yo  los  condenara; 
pero  así  no  quiero  hacerlo  cuanto  á  este  artí- 
culo, porque  no  tenían  sino  á  la  honra  y  á  la 
fama  que  ganaban,  teniendo  por  cierto,  confor- 
me á  su  fe  que  ellos  tenían,  que  lo  que  hacían 
era  también  para  ganar  la  gloria  del  otro  mun- 
do, como  la  tenían  en  éste  por  cierto;  y  esta  es 
la  segunda  manera  de  honra,  la  cual  en  su  ma- 
nera está  fundada  y  tiene  cimiento  sobre  la  vir- 
tud, pues  que  conforme  á  su  ley,  las  cosas  que 
hacían  eran  lícitas  y  en  provecho  suyo  ó  de  sus 
repúblicas  ó  de  otras  personas  particulares. 
Pero  los  que  somos  christianos  todo  lo  hemos 
de  tener  y  creer  al  contrario,  porque  la  honra 
que  perdemos  en  este  mundo  estando  en  medio 
la  humildad  y  el  amor  de  Christo  y  temor  de 
ofenderle,  es  para  acrescentar  más  en  la  honra 


534 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


de  nuestras  ánimas,  aunque  hay  pocos  que  ha- 
gan esto  que  digo. 

Ai.BANio. — ¿Y  quien  son  esos  pocos.' 
Antonio. — A  la  verdad  el  día  de  hoy  mejor 
dixera  que  ninguno.  El  mundo  cuanto  á  esto 
está  perdido  y  estragado  sin  sabor  ni  gusto  de 
la  gloria  del  cielo;  todo  lo  tiene  en  la  pompa  y 
vanagloria  deste  mundo.  ¿Quereislo  ver?  Si 
hacen  á  un  hombre  una  injuria  y  le  ruegan  é 
importunan  que  perdone  al  que  se  la  hizo,  aun- 
que se  lo  pidan  por  Dios  y  le  pongan  por  tercero, 
luego  pone  por  inconveniente  para  no  hacerlo: 
¿cómo  podre  yo  cumplir  con  mi  honra?  No  mi- 
rando á  que  siendo  christianos  están  obligados 
á  seguir  la  voluntad  de  Christo,  el  cual  quiere 
que  cuando  nos  dieren  una  bofetada  pasemos  el 
otro  carrillo  estando  aparejado  para  rescibir 
otra,  sin  que  por  ello  nos  airemos  ni  tengamos 
odio  con  nuestro  prójimo.  Si  alguno  ha  levan- 
tadp  un  falso  testimonio  en  perjuicio  de  la  buena 
fama  ó  de  la  hacienda  y  por  ventura  de  la  vida 
de  alguna  persona,  por  lo  que  su  conciencia  le 
manda  que  se  desdiga  luego,  pone  por  contra- 
peso la  honra  y  hace  que  pese  más  que  la  con- 
ciencia y  que  el  alma,  y  asi  el  premio  que  había 
de  llevar  de  la  virtud  por  la  buena  obra  que  hacia 
en  perdonar  ó  en  restituir  la  fama,  en  lo  cual 
ganaba  honra,  quiere  perderle  con  parescerles 
que  con  ello  la  pierde  por  hacer  lo  que  debe, 
quedando  en  los  claros  juicios  con  mayor  vitu- 
perio por  haber  dezado  de  hacerlo  que  su  con- 
cienciay  la  virtud  le  obligaba.  Absolvió  Christo  á 
la  mujer  adúltera,  y  paresce  que  por  este  enzem- 

Í>lo  ninguno  puede  justamente  condenarla,  pero 
os  maridos  que  hallan  sus  mujeres  en  adulterio, 
y  muchas  veces  por  sola  sospecha,  no  les  per- 
donan la  vida. 

Jkrónimo.— Pues  ¿por  qué  por  las  leyes  hu- 
manas se  permite  que  la  mujer  que  fuere 
hallada  en  adulterio  muera  por  ello? 

Antonio. — Las  leyes  no  mandan  sino  que 
se  entregue  y  ponga  en  poder  del  marido,  para 
que  haga  della  á  su  voluntad.  El  cual  si  qui- 
siere matarla,  usando  oficio  de  verdugo,  puede 
hacerlo  sin  pena  alguna  cuanto  al  marido;  pero 
cuanto  á  Dios  no  lo  puede  hacer  con  buena 
conciencia  sin  pecar  mortalmente,  pues  lo  hace 
con  executar  su  safía  tomando  venganza  del 
daño  que  hicieron  en  su  honra;  y  si  se  permite 
este  poder  en  los  maridos,  es  por  embarazar  la 
ilaqueza  de  las  mujeres  para  que  no  sea  este 
delito  tan  ordinario  como  seria  de  otra  manera. 
Y  no  para  en  esto  esta  negra  deshonra,  que  por 
muy  menores  ofensas  se  procuran  las  vengan- 
zas por  casi  todos,  y  es  tan  ordinario  en  todas 
maneras  de  gentes,  que  ansí  los  sabios  como  los 
necios,  los  ricos  como  los  pobres,  los  señores 
como  los  subditos,  todos  quieren  y  procuran  y 
con  todas  fuerzas  andan  buscando  esta  honra 


como  la  más  dulce  cosa  á  su  gasto  de  todas  Its 
del  mundo,  do  tal  manera  qne  si  se  toca  alguno 
dellos  en  cosa  que  le  parezca  qne  q'jeda  ofen- 
dida su  honra,  apenas  hallaréis  en  él  otra  cosa 
de  christiano  sino  el  nombre,  y  si  no  puede  satis- 
facerse ó  vengarse,  el  deseo  de  la  venganza  moj 
tarde  ó  nunca  se  pierde.  Los  que  no  saben  qné 
cosa  es  honra,  ni  tienen  vaso  en  qne  qaepa« 
estiman  y  tienen  en  mucho  esta  honra  falsa  7 
fingida.  Si  no,  mirad  qué  honra  puede  tener  on 
ganapán  ó  una  mujer  que  públicamente  vende 
su  cuerpo  por  pocos  dineros,  que  á  estos  tales 
oiréis  hablar  en  su  honra  y  estimarla  en  tanto, 
que  cuando  pienso  en  ello  no  paedo  dezar  de 
reirme  como  de  vanidad  tan  grande;  y  no  tengo 
en  nada  esto  cuando  me  pongo  á  contemplar 
qne  no  perdona  esta  pestilencial  carcoma  de  las 
conciencias  á  ningún  género  de  gentes  de  cual- 
quier estado  y  condición  qne  sean,  hasta  venir 
á  dar  en  las  personas  que  en  el  mundo  tenemos 
por  dechado,  de  quien  todos  hemos  de  tomaren- 
zemplo,  porque  los  religiosos  que,  allende  aqne 
Ha  general  profesión  que  todos  los  christianoa 
en  el  sancto  bautismo  hecimos,  que  es  renunciar 
al  demonio  y  á  todas  sus  pompas  mundanas, 
tienen  otra  particular  obligación  de  humildad 
por  razón  del  estado  que  tienen,  con  la  cual  se 
obligan  á  resplandecer  entre  todos  los  otros 
estados,  pues  están  puestos  entre  nosotros  por 
luz  nuestra,  son  muchas  veces  tocados  del  ape- 
tito y  deseo  desta  honra,  y  ansí  la  procuran  con 
la  mejor  diligencia  que  ellos  pueden,  donde  no 
pocas  veces  dan  de  sí  qué  decir  al  mundo,  á 
quien  habían  de  dar  á  entender  que  todo  esso 
tenían  ya  aborrecido  y  echado  á  un  rincón  como 
cosa  dañosa  para  el  fin  que  su  sancto  estado 
pretende;  de  donde  algunas  veces  nacen  entre 
ellos,  ó  podrían  nascer,  rencillas,  discordias,  dis- 
cusiones y  desasosiegos  que  en  alguna  manen 
podrían  escurecer  aquella  claridad  y  resplandor 
de  la  doctrina  y  sanctidad  que  su  sancto  estado 
publica  y  profesa,  lo  cual  ya  veis  que  á  la  clara 
es  contra  la  humildad  que  debrían  tener,  con- 
forme á  lo  que  profesaron  y  á  la  orden  y  regla 
de  vivir  que  han  tomado. 

Jerónimo. — Conforme  á  esso  no  guardan 
entre  sí  aquel  precepto  divino  que  dice:  el  que 
mayor  fuese  entre  vosotros  se  haga  como  me- 
nor; porque  desta  manera  todos  huirian  de  ser 
mayores,  pues  que  dello  no  les  cabría  otra  cosa 
sino  el  trabajo. 

Antonio.  — Verdaderamente,  los  que  más 
perfectamente  viven,  según  la  religión  chrístía- 
na,  son  ellos,  y  por  esto  conoceréis  cuan  garande 
es  el  poder  de  la  vanidad  de  la  honra,  pues  no 
perdona  á  los  más  perfectos. 

Jkrónimo. — No  me  espanto  deso,  porque  en 
esta  vida  es  cosa  muy  dificultosa  hallar  hombre 
que  no  tenga  faltas,  y  como  los  flaires  sean 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA  535 


hombres,  no  es  maravilla  que  tengan  algunas, 
especialmente  este  ap(*tito  desta  honra  que  es 
tan  natural  al  hombre,  que  mo  parece  que  no 
haya  habido  ninguno  que  no  la  haya  procurado. 
Porque  aun  los  discípulos  de  Jesu  Chrísto  con- 
tendían entre  si  cuál  había  de  ser  el  mayor  en- 
tre ellos,  cuanto  más  los  ñaires  que,  sin  hacer- 
les ninguna  injuria,  podemos  decir  que  no  son 
tan  sanctos  como  los  discípulos  de  Jesu  Ghristo 
que  aquello  trataban.  Pero  quiero,  señor  Anto- 
nio, que  me  saquéis  de  una  duda  que  desta 
vuestra  sentencia  me  queda  y  es:  ¿por  qué  ha- 
béis puesto  enxemplo  más  en  los  flaires  que  en 
otro  género  de  gente? 

Antonio.  —Yo  os  lo  diré.  Porque  si  á  ellos, 
que  son  comúnmente  los  más  perfectos  y  más 
sanctos  y  amigos  del  servicio  de  Dios,  no  per- 
dona esta  pestilencial  enfermedad  de  la  honra 
mundana  y  no  verdadera,  de  aquí  podréis  con- 
siderar qué  hará  en  todos  los  otros,  en  los  cua- 
les podéis  comenzar  por  los  príncipes  y  sefio- 
res  y  considerar  la  soberbia  con  que  quieren 
que  sea  estimada  y  reverenciada  su  grandeza, 
con  títulos  y  cerimonias  exquisitas  y  nuevas 
que  inventan  cada  día  para  ser  tenidos  por  otro 
linaje  de  hombres,  hechos  de  diferente  materia 
que  sus  subditos  y  servidores  que  tienen.  Los 
caballeros  y  personas  ricas  quieren  hacer  lo 
mesmo,  y  así  discurriendo  por  todos  los  demás, 
veréis  á  cada  uno,  en  el  estado  en  que  vive,  te* 
ner  una  presunción  luci ferina  en  el  cuerpo, 
pueb  si  las  justicias  hubiesen  de  hacer  justicia 
de  si  mesmos,  no  se  hallarían  menos  culpados 
que  los  otros,  porque  debajo  del  mando  que  tie- 
nen y  el  poder  que  se  les  ha  dado,  la  principal 
paga  que  pretenden  es  que  todo  el  mundo  los 
estime  y  tenga  en  tanto  cuasi  como  al  mesmo 
principe  6  sefior  que  los  ha  puesto  y  dado  el 
cargo,  y  si  les  paresce  que  alguno  los  estima 
en  poco,  necesidad  tiene  de  guardarse  6  no  ve- 
nir á  sus  manos. 

Albanic— Justo  es  que  los  que  tienen  se- 
mejantes cargos  de  gobierno  sean  más  acata- 
dos que  los  otros. 

Antonio. — No  nieg^  yo  que  no  sea  justo 
que  así  se  haga;  pero  no  por  la  vía  que  los  más 
dellos  quieren,  vanagloriándose  dello  y  que- 
riéndolo por  su  propia  autoridad  y  por  lo  que 
toca  á  sus  personas,  y  no  por  la  autoridad  de 
su  oficio.  Y  dexando  éstos,  si  queremos  to- 
mar entre  manos  á  los  perlados  y  dignidades 
de  la  Iglesia  de  Ghristo,  á  lo  menos  por  la  ma- 
yor parte,  ninguna  otra  cosa  se  hallará  en  ellos 
sino  una  ambición  de  honra  haciendo  el  funda- 
mento en  la  soberbia,  de  lo  cual  es  suficiente  ar- 
gumento ver  que  ninguno  se  contenta  con  lo 
que  tiene,  aunque  baste  para  vivir  tan  honrada- 
mente y  aún  más  que  lo  requiere  la  calidad  de 
sus  personas,  y  assi,  todos  sus  pensamientos, 


sus  mañas  y  diligencias   son  para  procurar 
otros  mayores  estados. 

Albanio. — ¿Y  qué  queréis  que  se  siga  de 
esso? 

Antonio. — Que  pues  no  se  contentan  con 
lo  que  les  basta,  y  quieren  tener  más  numerosos 
servidores,  hacer  grandezas  en  banquetes  y 
fiestas  y  otras  cosas  fuera  de  su  hábito,  que 
todo  esto  es  para  ser  más  estimados  que  los 
otros  con  quien  de  antes  eran  iguales,  y  assi  se 
engríen  con  una  pompa  y  vanagloria  como  si  no 
fuesen  siervos  de  Ghristo  sino  de  Lucifer,  y 
este  es  el  fin  y  paradero  que  los  más  dellos  tie- 
nen. Puede  tanto  y  tiene  tan  grandes  fuerzas 
esta  red  del  demonio,  que  á  los  predicado- 
res que  están  en  los  pulpitos  dando  voces  con- 
tra los  vicios  no  perdona  este  vicio  de  la  honra 
y  vanagloria  cuando  ven  que  son  con  atención 
oídos  y  de  mucha  gente  seguidos  en  sus  sermo- 
nes y  alabados  do  lo  que  dicen,  y  así  se  están 
vanagloriando  entre  sí  mesmos  con  el  contento 
que  reciben  de  pensar  que  aciertan  en  el  saber 
predicar. 

Jerónimo.-  Juicio  temerario  es  este;  ¿cómo 
podéis  vos  saber  lo  que  ellos  de  si  mesmos 
sienten? 

Antonio.— Juzgólo  porque  no  creo  que  hay 
agora  más  perfectos  predicadores  en  vida  que 
lo  fué  San  Bernardo,  el  cual  estando  un  día 
predicando  le  tomó  la  tentación  y  vanagloria 
que  digo,  y  volviendo  á  conoscer  que  era  illusión 
del  demonio  estuvo  para  bajarse  del  pulpito, 
pero  al  fin  tomó  á  proseguir  el  sermón  diciendo 
al  demonio  que  lo  tentaba:  Ni  por  ti  comencé  á 
predicar  ni  por  ti  lo  dejaré.  En  fin,  os  quiero 
decir  qué  veo  pocos  hombres  en  \e\  mundo  tan 
justos  que  si  les  tocáis  en  la  honra,  y  no  digo 
de  veras,  sino  tan  livianamente,  que  sin  perjui- 
cio suyo  podrían  disimularlo,  que  no  se  alteren 
y  se  pongan  en  cólera  para  satisfacerse,  y  están 
todos  tan  recatados  para  esto,  que  la  mayor 
atención  que  tienen  los  mayores  es  á  mirar  el 
respeto  que  se  les  tiene  y  el  acatamiento  que  les 
guardan,  y  los  menores  el  tratamiento  que  les 
hacen,  y  los  iguales,  si  alguno  quiere  antepo- 
nerse á  otro  para  no  perder  punto  en  las  pala- 
bras ni  en  las  obras.  Y  medio  mal  sería  que 
esto  pasase  entre  los  iguales,  que  ya  en  nues- 
tros tiempos,  si  una  persona  que  tenga  valor  y 
méritos  para  poderlo  hacer  trata  á  otra  inferior 
llanamente  y  llamándole  vos,  ó  presume  de  res- 
ponderle como  dicen  por  los  mesmos  consonan- 
tes, ó  si  no  lo  hacen  van  murmurando  del  todo 
lo  posible.  Y  no  solamente  hay  esto  entre  los 
hombres  comunes  y  que  saben  poco,  que  entre 
los  señores  hay  también  esta  vanidad  y  tra- 
bajo, que  el  uno  se  agravia  porque  no  le  llaman 
señoría  y  el  otro  porque  no  le  llaman  merced; 
otros,  porque  en  el  escribir  no  le  trataron  ig^l- 


586 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


mente,  y  un  señor  de  dos  cuentos  de  renta 
quiere  que  uno  de  yeinte  no  gane  con  él  punto 
de  honra.  Pues  las  mujeres  ¿están  fuera  desta 
vanidad  y  locura?  Si  bien  lo  consideramos,  po- 
cas hallaréis  fuera  della,  con  muy  mayores  pun- 
tos, quexas  y  agravios  que  tienen  los  hombres. 
La  cosa  que,  el  día  de  hoy,  más  se  trata,  la 
mercadería  que  más  se  estima,  es  la  honra,  y 
no  por  cierto  la  verdadera  honra,  que  ha  de  ser 
ganada  con  obras  buenas  y  virtuosas,  sino  la 
que  se  compra  con  vicios  y  con  haciendas  y  di- 
neros, aunque  no  sean  bien  adquiridos.  ;0h 
cuántos  hay  en  el  mundo  que  estando  pobres  no 
eran  para  ser  estimados  más  que  el  más  vil  del 
mundo,  y  después  que  bien  6  mal  se  ven  ricos, 
tienen  su  archiduque  en  el  cuerpo,  no  solamente 
para  querer  ser  bien  tratados,  sino  para  querer 
tratar  y  estimar  en  poco  á  los  que  por  la  virtud 
tienen  mayor  merecimiento  que  ellos!  Si  vemos 
á  un  hombre  pobre,  tratámosle  con  palabras  po- 
bres y  desnudas  de  favor  y  auctoridad;  si  des- 
pués la  fortuna  le  ayuda  á  ser  rico,  luego  le 
acatamos  y  reverenciamos  como  á  superior;  no 
miramos  á  las  personas,  ni  á  la  virtud  que  tie- 
nen, sino  á  la  hacienda  que  poseen. 

Jerónimo. — Si  esa  hacienda  la  adquirieron 
con  obras  virtuosas,  ¿no  es  justo  que  por  ella 
sean  estimados? 

Antonio. — Sí,  por  cierto;  pero  el  mayor  res- 
peto que  se  ha  de  tener  es  á  la  virtud  y  bondad 
que  para  adquirirlas  tuvieron,  por  la  cual  yo  he 
visto  algunos  amenguados  y  afrontados,  que 
usando  desta  virtud  gastaron  sus  patrimonios 
y  haciendas  en  obras  dignas  de  loor,  y  como  to- 
dos tengamos  en  el  mundo  poco  conoscimiento 
de  la  honra,  á  éstos  que  la  merecen,  como  los 
veamos  pobres,  les  estimamos  en  poco;  así  que 
los  ricos  entre  nosotros  son  los  honrados,  y 
aunque  en  ausencia  murmuramos  dellos,  en  pre- 
sencia les  hacemos  muy  grande  acatamiento;  y 
la  causa  es  que,  como  todos  andemos  tras  las 
riquezas  procurándolas  y  buscándolas,  pensamos 
siempre  podemos  aprovechar  de  las  que  aque- 
llos tienen,  los  cuales  van  tan  huecos  y  hincha- 
dos por  las  calles,  que  quitándoles  las  gorras  ó 
bonetes  otros  que  por  la  virtud  son  muy  mejo- 
res que  ellos,  abasándolos  hasta  el  suelo  con 
muy  gran  reverencia,  ellos  apenas  ponen  las 
manos  en  las  suyas,  y  en  las  palabras  y  respues- 
tas también  muestran  la  vanidad  que  de  las  ri- 
quezas se  ha  engendrado  en  ellos.  ¡  Oh  vanidad 
y  ceguedad  del  mundo!  que  yo  sin  duda  creo  que 
esta  honra  es  por  quien  dixo  el  Sabio:  Vanidad 
de  vanidades  y  todas  las  cosas  son  vanidad. 
La  cual  tan  poco  perdona  los  muertos  como  á 
los  vivos,  que  á  las  obsequias  y  saciifícios  que 
hacemos  por  las  almas  llamamos  honras,  como 
si  los  defunctos  tuviesen  necesidad  de  ser  hon- 
rados con  esta  manera  de  pompa  mundana;  y 


lo  que  peor  es  que  muchos  de  los  que  mueren  han 
hecho  sus  honras  en  vida  llamándolas  por  este 
nombre,  tanto  para  honrarse  eu  ellas  como  pare 
el  provecho  que  han  de  recibir  sus  ánimas.  Es 
tanta  la  rabia  y  furor  de  los  mortales  por  adqui- 
rir y  ganar  honra  unos  con  otros,  que  jamás 
piensan  en  otra  cosa,  y  liarto  buen  pensamien- 
to sería  si  lo  hiciesen  para  que  se  ganase  U 
honra  verdadera.  Lo  que  tienen  por  muy  gruí 
discreción  y  saber  es  aventajarse  coa  otros  en 
palabras  afectadas  y  en  obras  de  viva  la  gala,  y 
cuanto  se  gana  en  lo  uno  6  en  lo  otro  entré 
hombres  que  presumen  de  la  honra,  ¿qué  desa- 
sosiego de  cuerpo  y  de  .ánima  nace  dello?  Por- 
que si  es  tierra  libre,  luego  veréis  los  carteles, 
los  desafíos,  los  gastos  excesivos,  pidiendo  cam- 
po á  los  reyes  ó  á  los  señores  que  pueden  dario; 
de  manera  que  para  venir  á  combatir  han  per- 
dido el  tiempo,  consumido  la  hacienda,  pades- 
cido  trabajo,  y  muchas  veces  los  que  qoierea 
satisfacerse  quedan  con  mayor  deshonra,  por 
quedar  vencidos.  Y  lo  que  peor  es  qne  el  que  lo 
queda,  por  no  haber  sido  muerto  en  la  contien- 
da, pieide  la  honra  en  la  opinión  de  loe  parien- 
tes, de  los  amigos  y  conoscidos,  que  todos  qui- 
sieran que  perdiera  antes  la  vida  y  aun  la  áni- 
ma qne  la  honra  como  cobarde  y  temeroso.  Y 
es  el  yerro  desto  tan  grande,  que  si  muere  (con 
ir  al  infierno)  los  que  le  hacen  se  precian  dello 
y  les  paresce  que  en  esto  no  han  perdido  su  hon- 
ra. Y  si  es  en  parte  donde  no  se  da  campo  á  los 
que  lo  piden,  ¡qué  desasosiego  es  tan  grande  el 
que  traen  en  tanto  que  dura  la  enemistad,  qné 
solicitud  y  trabajo  insoportable  por  la  satis- 
facción y  venganza!  Y  muchas  veces  se  pasan 
en  este  odio  un  año,  dos  años  y  diez  años,j 
otros  hasta  la  muerte,  y  algunos  se  van  con  b 
injuria  y  con  deseo  de  vengarla  á  la  sepultara. 

Jerónimo. — Bien  ciertos  van  éstos  de  la  sal- 
vación, quiero  decir  de  la  condenación  de  sn 
ánima;  poco  más  me  diera  qne  murieran  siendo 
turcos  y  gentiles,  y  aun  en  parte  menos,  porque 
no  dieran  cuenta  del  sancto  baptismo  qne  no 
hubieran  recibido. 

Albanio. —  Decidme^  señor  Antonio,  ¿haj 
alguna  cosa  que  pueda  ó  tenga  mayor  faena 
que  la  honra? 

Antonio. — El  interesse  es  algunas  veces  de 
mayor  poder,  aunque  no  en  los  hombres  de  pre- 
sunción y  que  se  estiman  en  algo,  y  si  por  ven- 
tura en  éstos  se  siente  esta  flaqueza,  pierden  el 
valor  que  tienen  para  con  Ips  qne  tienen  pre- 
sunción de  la  honra,  y  luego  son  dellos  menos- 
preciados. 

Albanio. — ¿Y  cual  tenéis  ros  por  peor,  el 
que  sigue  el  interés  ó  la  vanagloria? 

Antonio. — Si  el  interese  es  bien  adquirido, 
por  mejor  lo  tengo,  porque  con  él  pueden  venir 
á  hacer  buenas  obras  y  usar  de  yirtud,  lo  que 


CÓLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


687 


no  se  puede  hacer  con  la  honra  vana  sin  el  in-  I 
teresc. 

Aldanio.  —  Pnes  decidnos  en  conclnsión, 
¿qué  es  lo  que  queréis  inferir  de  todo  lo- que  ha- 
béis alegado  contra  la  honra,  que  según  habéis 
estado  satírico,  creo  que  ha  de  ser  más  áspero 
que  todo  lo  antecedente.  ¿De  manera  que  que- 
réis desterrar  la  honra  del  mundo  para  que  no 
se  tdnga  noticia  della? 

Antonio.— Si  tenéis  memoria  de  todo  loque 
he  dicho,  por  ello  entenderéis  que  yo  nunca  he 
dicho  muí  de  la  que  es  yerdadera  honra,  confor- 
me á  la  diffínicion  delU  7  al  yerdadero  enten- 
dimiento en  que  habernos  de  tomalla,  y  si  á  los 
virtuosos,  los  sabios,  los  que  tienen  dignidades 
ó  offícios  públicos  honrados,  los  esforzados,  los 
magníficos,  los  liberales,  los  que  hicieron  nota- 
bles hechos,  los  que  viven  justa  y  sanctamente 
también  merescen  esta  honra  y  acatamiento  que 
el  mundo  suele  hacer  como  ya  arriba  dixe  y  lo 
dice  Sancto  Tomás.  Y  es  razón  que  sean  honra- 
dos y  estimados  de  los  otros,  y  la  honra  que 
ellos  procuran  por  esta  vía,  justa  y  sancta 
es,  y  nosotros  estamos  obligados  á  dársela.  Pero 
si  la  quieren  y  piden  con  soberbia,  queriendo 
forzamos  á  que  se  la  demos,  ya  pierden  en  esto 
el  merecimiento  que  tenían  por  los  méritos  que 
en  ellos  había. 

Jbróniuo. — Desa  manera  ninguno  habrá 
que  pueda  forzar  á  otro  á  que  le  reverencie  y 
acate. 

Antonio. — No  es  regla  tan  general  ni  la  to- 
méis tan  por  el  cabo,  que  el  padre  puede  forzar 
á  los  hijos,  los  hermanos  mayores  á  los  meno- 
res, y  más  si  les  llevan  mucha  edad,  los  señores 
á  los  vasallos  y  á  los  criados,  los  perlados  á  los 
subditos;  pero  esto  ha  de  ser  con  celo  de  hacer- 
los ser  virtuosos  y  que  hagan  lo  que  deben,  y 
no  con  parescerles  que  les  puedan  hacer  esta' 
fuerza  por  solo  su  merecimiento,  porque  assí  ya 
va  mezclada  con  ella  la  soberbia  y  vanagloria,  y 
en  lugar  de  merescer  por  ello,  serán  condenados 
en  justicia. 

Jerónimo.— Al  fin  lo  que  entiendo  de  vues- 
tras razones  es  que  la  verdadera  honra  es  la  que 
damos  unos  á  otros,  sin  procurarla  los  que  la 
reciben ;  porque  las  obras  virtuosas  que  hicieron 
las  obraron  por  sola  virtud  y  sin  ambición  ni 
codicia  de  la  honra,  y  que  cualquiera  que  procu- 
rare tomarla  por  sí  mesmo,  aunque  la  merezca, 
esto  solo  basta  para  que  la  pierda. 

Antonio. — En  breves  palabras  habéis  resu- 
mido todos  mis  argumentos;  ahí  se  concluye 
todo  cuanto  he  dicho,  siendo  tan  contrario  de 
la  común  opinión  de  todos  los  que  hoy  viven 
en  el  mundo.  Y  lo  que  he  hablado  entre  vos- 
otros, como  verdaderos  amigos,  no  lo  osaría  de- 
cir en  público,  porque  algunos  no  querrían  escu- 
charme,  otros  me  tendrían  por  loco,  otros  dirían 


que  estas  cosas  eran  herejías  políticas  contra  la 
policía,  y  otros  necedades;  no  porque  diesen 
causa  ni  razón  para  ello,'  ni  para  confundir  las 
que  digo  aunque  no  son  gran  parte  la(<  que  se 
podrían  decir,  lo  que  harían  es  irse  burlando 
dellas  y  reyéndose  de  quien  las  dice,  aunque  á 
la  verdad  esto  es  decir  verdades,  y  verdadera- 
mente lo  que  se  ha  de  sentir  de  la  honra  que 
tan  fuera  nos  trae  del  camino  de  nuestra  salva- 
ción. Y  porque  ya  se  va  haciendo  tarde  y  por 
ventura  el  conde  habrá  preguntado  por  mi,  es 
bien  que  nos  vamos,  aunque  algunas  cosas  que- 
darán por  decir,  de  que  creo  que  no  recibiérades 
poco  gusto. 

Jerónimo. — Ya  que  no  las  digáis  agora,  yo 
pienso  persuadiros  que  las  digáis  hidlándoos 
desocupado,  porque  quiero  entender  todo  lo  que 
más  hay  que  tratar  desta  honra  verdadera  y  un- 
gida, porque  si  alguna  vez  platicare  esta  mate- 
ria con  mis  amigos,  vaya  avisado  de  manera 
que  sin  temor  pueda  meterme  á  hablar  en  ella, 
como  dicen,  á  rienda  suelta. 

Albanio.— No  quedo  yo  menos  codicioso 
que  Jerónimo,  y  assí  pienso  molestaros  hasta 
quedar  satisfecho. 

Antonio. — Pues  que  así  lo  queréis,  mañana 
á  la  hora  de  hoy  volveremos  á  este  mesmo  lu- 
gar, que  yo  holgaré  de  serviros  con  daros  á  sen- 
tir lo  que  siento.  Y  no  nos  detengamos  más, 
porque  yo  podría  hacer  falta  á  esta  hora. 

COMIENZA    LA    SEGUNDA    PARTE 

Del  coíloquio  de  la  honra,  que  trata  de  las  salutaciones  antiguas 
y  de  los  títulos  y  cortesías  que  se  usaban  en  el  escrebir, 
loando  lo  que  se  usaba  en  aquel  tiem'po,  como  bueno,  y  bor- 
lando  de  lo  que  agora  se  usa,  como  malo. 

' INTERLOCUTORES 

A  Ibanio, — A  ntonio, — Jerónimo, 

Albanio. — A  buena  hora  llegamos,  que 
aquél  es  Antonio,  que  agora  llega  á  la  puerta 
del  jardín.  No  ha  faltado  punto  de  su  palabra. 

Jerónimo. — Paréceme  que,  dexando  la  calle 
principal  de  los  chopos,  se  va  por  otro  camino 
rodeando. 

Albanio.— El  rodeo  es  tan  sabroso  que  no 
se  siente,  porque  toda  esta  arboleda  que  veis  es 
de  muy  hermosas  y  diferentes  frutas,  las  cuales 
no  tienen  otra  guarda  más  de  estar  aparejadas 
para  los  que  quisieren  aprovecharse  y  gustar 
dellas.  Toda  esta  espesura  que  miráis  produce 
fructo  en  muy  gran  abundancia,  y  los  más  de 
los  árboles  que  están  en  este  tan  hondo  valle 
son  provechosos.  Mirad  qué  dos  calles  estas  que 
parescen  dos  caminos  hechos  en  alguna  cerrada 
y  muy  espesa  floresta,  y  de  la  mesma  manera 
va  otra  calle  por  la  otra  parte.  Por  cierto  de- 


588 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


leitosa  y  muy  suave  cosa  es  gozar  en  las  fres- 
cas mañanas  deste  caloroso  tiempo  de  tan  gran- 
de y  agradable  frescura  como  aqui  se  muestra. 

Jerónimo. — ¿Qué  puerta  grande  es  ésta  que 
aqui  vemos? 

Albanio. — Una  puerta  trasera  por  donde  se 
entra  al  jardín,  y  es  la  mesma  que  vimos  cabe 
la  fnentcK^illa,  cerca  del  estanque. 

Jerónimo. —  Agora  entiendo  lo  que  decís; 
porque  lo  he  visto,  pero  no  veo  á  Antonio. 
i  Dónde  se  podrá  haber  escondido? 

Albanio. — Acá  en  la  huerta  de  los  olivos, 
que  poco  ha  era  otro  laberinto  fabricado  por 
otra  mano  de  Dédalo. 

Jerónimo. — ¿Por  qué  lo  deshicieron? 

Albanio. — Porque  no  hallaron  al  minotanro 
que  en  él  estuviese  encerrado. 

Jerónimo. — Bueno  estoy  jo  entre  un  filóso- 
fo y  un  poeta.  Cada  día  podré  aprender  cosas 
nuevas. 

Albanio  y  Jerónimo. — Buenos  días,  señor 
Antonio. 

Antonio.— Seáis,  señores,  bien  venidos,  que 
con  temor  estaba  de  vuestra  tardanza.  Parésce- 
me  que  no  solamente  llegamos  á  un  tiempo, 
pero  que  todos  venimos  con  una  intención :  vos- 
otros de  oir  el  fin  de  lo  que  ayer  aqui  tratamos, 
V  yo  de  decir  lo  que  dello  siento,  á  lo  cual  me 
habéis  dado  mayor  ocasión  con  la  salutación 
que  me  hecistes  y  con  la  que  yo  os  he  respon- 
dido, que  para  los  que  agora  quieren  ser  hon- 
rados fuera  una  manera  de  afrenta  saludarlos, 
á  su  parecer,  tan  bajamente.  Y  cuando  esto 
contemplo,  parésceme  que  no  puedo  dejar  de 
seguir  la  opinión  de  Demócrito  de  reirme  de 
BU  ceguedad  é  locura.  ¡  Oh  mundo  confuso,  ciego 
y  sin  entendimiento,  pues  amas  y  quieres  y  bus- 
cas y  procuras  todo  lo  que  es  en  perjuicio  de  ti 
mesmo!  Si  no  entendemos  lo  que  hacemos,  es 
muy  grande  la  ceguera  y  inorancia,  por  la  cual 
no  se  puede  excusar  el  peccado;  y  si  lo  entende- 
mos y  no  lo  remediamos,  viendo  el  yerro  que 
hacemos,  ninguna  excusa  nos  basta;  y  declarán- 
dome más,  digo  que  solían  en  otros  tiempos  sa- 
ludarse las  gentes  con  bendiciones  y  rogando 
á  Dios,  diciendo:  Dios  os  dé  buenos  días;  Dios 
os  dé  mucha  salud;  Dios  os  guarde;  Dios  os 
tenga  de  su  mano;  manténgaos  Dios;  y  agora, 
en  lugar  desto  y  de  holgamos  de  que  asi  nos 
taluden,  sentímonos  afrentados  de  semejantes 
salutaciones,  y  teniéndolas  por  baxeza  nos  des- 

{)reciamos  dellas.  ¿Puede  ser  mayor  vanidad  y 
ocura  que  no  querer  que  nadie  niegue  á  Dios 
que  nos  dé  buenos  días  ni  noches,  ni  que  nos  dé 
salud,  ni  que  guarde,  mantenga,  y  que  en  lugar 
dello  nos  deleitemos  con  un  besa  las  manos  á 
vuestra  merced?  Que  si  bien  consideramos  lo  que 
decimos,  es  muy  gran  necedad  decirlo,  mintien- 
do á  cada  paso,  pues  que  nunca  las  besamos,  ni 


besaríamos,  aunque  aquel  á  quien  saladamos  lo 
quisiese.  Por  cierto  cosa  justa  seria  que  agón 
nos  contentásemos  nosotros  con  lo  que  en  loi 
tiempos  pasados  se  satisfacían  los  emperadoret, 
los  reyes  y  príncipes,  que  con  estft  palabra  <á  ver» 
se  contentaban,  porque  quiere  decir  tanto  como 
Dios  08  salve;  y  como  paresce  por  las  corónicii 
antiguas  y  verdaderas,  á  los  reyes  de  CastÜlt 
aún  no  ha  mucho  tiempo  que  les  decían:  cmsn- 
téngaos  Dios»  por  la  mejor  salutación  del  mun- 
do. Agora,  dezadas  las  nuevas  formas  y  latne- 
ras  de  salutaciones  que  cada  dia  para  elloi  m 
inventan  y  buscan,  nosotros  no  nos  queremoi 
contentar  con  lo  que  ellos  dexaron,  y  es  tan  ordi- 
naria esta  necedad  de  decir  que  besamos  Usina- 
nos,  que  á  todos  comprenae  generalmente,  j 
dexando  las  manos  venimos  á  los  pies,  de  ma- 
nera que  no  paramos  en  ellos  ni  aun  pararemoi 
en  la  tierra  que  pisan,  y,  en  ñn,  no  hay  hombre 
que  se  los  descalce  para  que  se  los  besen,  y  todo 
se  va  en  palabras  vanas  y  mentirosas,  sin  con- 
cierto y  sin  razón. 

Albanio. — Gomo  caballo  desenfrenado  me 
paresce  que  os  vais  corriendo  sin  estropezar,  por 
hallar  la  carrera  muy  llana.  Decidme:  al  empe 
rador,  á  los  reyes,  á  los  señores,  á  los  obispoi, 
á  los  perlados,  ¿no  les  besan  también  las  manoi 
de  hecho  como  de  dicho?  Y  al  Summo  Pontí- 
fice, ¿no  le  besan  los  pies?  Luego  mejor  podrían 
decir  los  que  lo  hacen  que  no  hacerlo. 

Antonio. — Antes  á  esos,  como  vos  deds,  u 
besan  sin  que  se  digan,  y  oblíganos  la  rasón 
por  la  superioridad  que  sobre  nosotros  tienen, 
y  cuando  no  lo  podemos  hacer  por  la  obra,  pu- 
blicárnoslo en  las  palabras,  como  lo  haríamoi 
pudiendo.  Mas  acá  entre  nosotros,  cnando  ano 
dice  á  otro  que  le  besa  las  manos,  ¿besársebí 
ya  si  se  las  diese? 

Albanio.  No  por  cierto,  antes  le  tendrian 
por  nescio  y  descomedido  si  le  pediese  que  cum- 
pliese por  obra  las  palabras. 

Antonio.  —  Pues  ¿  para  qué  mentimos? 
¿Para  qué  publicamos  lo  que  no  hacemos?  ¿Y 
para  qué  queremos  oir  lisonjas  y  no  salutacio- 
nes provechosas?  ¿Qué  provecho  me  viene  á  mi 
de  que  otro  me  diga  que  me  besa  las  manos  7 
los  pies? 

«JERÓNIMO. — Yo  08  lo  diré,  que  en  decirlo 
parescerá  recognosceros  superioridad  y  estima- 
ros en  más  que  á  sí,  teniéndose  en  menos  por 
teneros  á  vos  en  más. 

Antonio. — Mejor  dixérades  por  ser  pagado 
en  lo  mesmo,  que  si  uno  dice  qu(>  os  besa  lis 
manos,  no  digo  siendo  más,  sino  siendo  menos, 
no  siendo  la  diferencia  del  uno  al  otro  en  mnj 
gran  cuantidad,  si  no  le  respondéis  de  la  mesmi 
manera,  luego  hace  del  agraviado  y  lo  muestrt 
en  las  palabras  y  obras  si  es  necesario,  buscan- 
do rodeos  y  formas  para  igualarse  y  para  no 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


580 


tener  más  respeto  ni  acatamiento  del  qne  se  les 
tuviere;  y,  en  fin,  todos  se  andan  á  responder, 
como  dicen,  por  los  consonantes,  y  el  oficial  en 
esto  quiere  ser  igual  con  el  hidalgo  diciendo  que 
no  le  debe  nada,  y  el  hidalgo  con  el  caballero,  y 
el  caballero  con  el  gran  señor,  y  todo  esto  por- 
que es  tan  grande  la  codicia  y  ambición  de  la 
honra,  que  nó  hay  ninguno  que  no  querría  me- 
recer la  mayor  parte,  y  no  la  meresciendo,  hur- 
tarla 6  robarla  por  fuerza,  como  á  cosa  muy  co- 
diciosa. Y  tomando  á  lo  pasado,  es  muy  mal  true- 
que y  cambio  el  que  habemos  hecho  del  saludar 
antiguo  al  que  agora  usamos.  Por  menosprecio 
decimos  á  uno:  en  hora  buena  vais.  Tengáis  en 
buena  hora,  guárdeos  Dios,  y  si  no  es  á  nues- 
tros criados  ó  á  personas  tan  baxas  y  humildes 
que  no  tienen  cuenta  con  ello,  no  osaríamos  de- 
cirlo, siendo  tanto  mejor  y  más  provechoso  que 
lo  que  decimos  á  otros,  cuanto  podrá  entender 
cualquiera  que  bien  quisiese  considerarlo.  Oran 
falta  es  la  que  hay  de  médicos  evangélicos  para 
curar  tan  general  pestilencia,  la  cual  está  ya  tan 
corrompida  y  inficcionada,-  que  sólo  Dios  basta 
para  el  remedio  della;  antes  va  el  mundo  tan  de 
mal  en  peor,  que  si  viviésemos  muchos  tiempos 
veríamos  otras  diferentes  novedades,  con  que 
tendríamos  por  bueno  lo  de  agora. 

Albanio. — Por  ventura  con  el  tiempo  ven- 
drá el  mundo  á  (fonoscer  lo  bueno  que  ha  dexa- 
do,-y  dcxará  lo  malo  que  agora  se  usa,  porque 
muchas  cosas  se  usan  que  se  pierJen,  y  des- 
pués el  tiempo  las  vuelve  al  primer  estado. 
Pero  ¿no  me  diréis  de  que  os  estáis  reyendo? 

Antonio. — De  otra  vanidad  tan  grande 
como  la  pasada;  y  también  me  río  de  mí  mes- 
mo,  que  no  dexaría  de  picar  en  ella  conosciendo 
que  es  locura,  como  lo  hacían  todos  los  otros 
del  mundo. 

Jerónimo.— Pues  luego  no  pongáis  culpa  á 
loB  otros,  que  el  que  quiere  en  alguna  cosa  re- 
prehender á  su  próximo  ha  de  estar  en  ella  dis- 
culpado. 

Antonio.  —Con  una  razón  podré  disculpar- 
me: que  á  lo  menos  conozco  y  siento  el  yerro 
que  hago. 

Albanio. — Esso  sólo  basta  para  teneros 
por  más  culpado;  porque  si  vos  conosciendo 
qae  erráis  no  os  apartáis  del  yerro,  menos  ra- 
¿ón  tendrán  los  que,  errando,  tienen  por  cierto 
que  aciertan,  y  así  el  primero  á  quien  habéis  de 
reprehender  es  á  vos  mesmo  y  conoscer  que  es- 
toy dignamente  debajo  de  la  bandera  desta  lo- 
cura. 

Antonio.— No  sé  cuál  tenga  por  mayor 
yerro,  seguir  común  opinión  y  parescer  de  to- 
dos d  quererme  yo  solo  extremarme  para  ser 
notado  de  todo  el  mundo,  y  assí  pienso  por 
agora  no  me  apartar  de  la  compañía  donde  en- 
tran buenos  y  malos,  sabios  y  necios;  y  por  no 


teneros  más  suspensos,  digo  que  es  cosa  para 
mirar  y  contemplar  los  títulos  y  cortesías  que 
se  usan  en  el  escrebir.  Solían  en  los  tiempos 
antiguos  llamar  á  un  emperador  ó  un  rey  es- 
cribiéndole, por  la  mayor  cortesía  que  podían 
decir,  «vuestra  merced]»,  y  cuando  lo  decían  era 
con  haberle  dicho  cient  veces  un  «vos»  muy 
seco  y  desnudo.  Después,  por  muy  gran  cosa 
le  vinieron  á  llamar  « señoría  i>,  y  agora  ya  no 
les  basta  «alteza»,  que  otros  títulos  nuevos  y 
exquisitos  se  procuran,  subiendo  tan  cerca  de 
la  divinidad  que  no  están  á  un  salto  del  cielo; 
y  en  los  emperadores  y  reyes  podríase  sufrír, 
por  la  digpiidad  que  tienen  y  principalmente 
por  la  que  representan,  pero  comenzando  abaxo 
por  los  inferiores  veréis  cosas  notables.  A  los 
mesmoB  reyes  que  he  dicho,  en  las  cartas  ó  pe- 
ticiones ó  escrituras  solían  poner  noble  ó  muy 
noble  rey,  muy  virtuoso  señor.  Agora  no  hay 
hombre  que,  si  se  estima  en  algo,  no  quiera 
ser  noble  ni  virtuoso. 

Jerónimo. — Eso  debe  de  ser  porque  hay 
poca  virtud  y  nobleza  en  el  mundo,  que  todo  se 
ha  subido  al  cielo.  Pero  decidme,  ¿qué  es  lo  que 
quieren  ser? 

Antonio. — Magníficos  ó  muy  magníficos, 
aunque  en  Valencia  y  Cataluña  se  tiene  por 
más  ser  noble  que  magnífico;  mas  andan  á  uso 
de  acá  los  que  no  siendo  nobles  se  precian  de 
título  de  magníficos,  y  muchos  de  los  que  lo 
quieren,  maldita  la  liberalidad  que  usaron,  ni 
grandeza  hicieron,  y  por  ventura  son  los  mayo- 
res míseros  y  desventurados  que  hay  en  el 
mundo. 

Albanio. — ¿Luego  quieren  que  mientan 
como  los  otros  que  dicen  que  besan  los  pies  ó 
las  manos? 

Antonio. — Eso  mesmo  es  lo  que  procuran, 
y  si  usasen  alguna  liberalidad  ó  magnificencia 
con  quien  se  lo  llama  y  escribe,  tendría  razón 
para  ello.  Y  dexando  á  éstos,  que  es  la  gente 
que  presume  y  tiene  algún  ser  para  ello  y  para 
poderse  estimar,  los  señores  y  grandes  á  quien 
solían  escrebir,  por  título,  muy  sublimado,  muy 
magnífico,  agora  ya  lo  tienen  por  tan  baxo  que 
se  afrentan  y  deshonran  dello. 

Jerónimo. — Tienen  razón,  porque  se  han 
dado  á  no  hacer  ya  merced  ninguna,  y  lo  que 
peor  es,  que  se  precian  dello,  y  así  quieren  dexar 
este  título  para  los  señores  pasados  que  usaron 
magnificencias,  y  ellos  tomar  otros  nuevos  y 
que  más  les  convengan. 

Antonio. — Llámanse  ilustres  y  muy  ilus- 
tres y  illustrísimos. 

Albanio. — No  puedo  entender  qué  quieren 
decir  esos  nombres. 

Antonio. — Lo  que  ellos  quieren  que  diga  es 
que  son  muy  claros,  muy  resplandecientes  en 
linaje  y  en  obras. 


540 


orígenes  de  la  novela 


1 


Albanio.--  Bien  es  que  lo  qnieran  los  que 
lo  son;  pero  los  que  no  lo  fueren,  poca  razón 
tienen  de  quererlo  y  usurpar  los  títulos  ajenos; 
y  lo  que  me  paresce  mal  es  que  los  perlados, 
que  vemos  ser  hijos  de  humildes  padres  y  la- 
bradores y  que  se  hicieron  con  ser  renturosos 
del  polvo  de  la  tierra,  se  agravien  si  no  les  lla- 
man illnstres  y  muy  illustres,  dezando  los  títu- 
los que  más  les  convienen. 

Antonio. — Yo  os  diré  la  causa  y  la  razón 
que  tienen  para  ello,  la  cual  es  que,  como  los 
solían  llamar  muy  reverendos  ó  reverendísimos, 
que  quiere  decir  tanto  como  dignos  de  ser  aca- 
tados y  reverenciados,  y  ellos  por  el  linaje  y 
obras  no  lo  sean,  no  quieren  que  mintamos 
tanto,  teniendo  por  menor  mentira  que  los  lla- 
memos illustres,  y  ya  que  sea  tan  grande,  quie- 
ren el  título  que  les  paresce  ser  más  honrado 
cuanto  á  la  vanidad  del  mundo,  y  en  fin,  esto 
durará  muy  pocos  días,  que  ya,  como  todos  los 
hijos  de  señores  y  de  otras  personas  señaladas 
quieren  y  procuran  el  illustre  y  muy  illustre, 
otros  nuevos  títulos  hemos  de  buscar  para  los 
otros.  ^ 

Jerónimo.— Ya  los  hay,  porque  ya  en  Es- 
paña se  comienza  á  usar  el  excelente,  muy  ex- 
cedente, sereníssimo,  y  en  lugar  de  señoría  se 
llama  «excelencia». 

Antonio.— Decís  verdad,  que  no  me  acor- 
daba, aunque  esos  títulos  no  están  bien  confir- 
mados; pero  yo  fiador  que  los  que  vivieren  mu- 
chos años  vean*que  de  la  excelencia  suben  á  la 
alteza. 

Jebóniuo. — ¿Y  qué  quedará  para  los  reyes? 

Antonio.— No  faltará  algo  de  nuevo,  y  por 
ventura  volverán  á  dar  vuelta  al  mundo  y  se 
tornar  á  llamar  virtuosos  y  nobles,  y  por  alteza 
nobleza;  y  esto  sería  acertamiento,  que  todo 
esto  otro  son  vanidades  y  necedades,  y  lo  que 
pior  es,  que 'todos  cuantos  las  escrebimos,  las 
damos  firmadas  de  nuestros  nombres.  Assí  lo 
hacen  también  los  señores  que,  escrebiendo  á  los 
inferiores  dellos,  á  unos  llaman  parientes,  á 
otros  parientes  señores,  y  á  otros  nombres  de 
parentesco,  sin  haber  entre  ellos  ninguno,  ante 
los  quieren  hacer  sus  parientes  porque  se  tenga 
en  ellos  por  grandeza  llamarlos  parientes,  por 
ser  más  cosa  magnífica  el  dar  que  el  recibir, 
siendo  tan  gran  mentira  y  tan  manifiesta,  y  no 
piensan  que  es  peccado  venial  mentir  á  cada  paso, 
y  no  tienen  cuenta  con  que  no  es  lícito  el  men- 
tir, ni  aun  por  salvar  la  vida  del  hombre. 

Jerónimo. — No  llaman  á  todos  parientes 
ni  primos,  que  algunos  llaman  singulares  ó  es- 
peciales amigos. 

Antonio. — También  mienten  en  esto,  por- 
que, según  dice  Tulio  en  el  De  amicicía:  La 
amistad  ha  de  ser  entre  los  iguales,  y  como  no 
lo  sean,  aquel  á  quien  escriben  no  puede  ser  su 


amigo  singular.  ¿Queréislo  ver?  Si  el  criado 
ó  el  vasallo  llamase  al  señor  amigo,  permitir- 
lo ia?  No  por  cierto,  y  assí  no  se  puede  lla- 
mar amistad  la  que  hay  entre  ellos;  y  si  no  eg 
amistad,  no  se  paeden  llamar  propiamente 
amigos. 

Albanio.— De  essa  manera  ¿nodexáu  títok 
ninguno  con  que  los  señores  puedan  escriUrá 
los  criados  y  vasalloe  y  otros  inferiores? 

Antonio. — No  faltan  tftolos  si  ellos  quie- 
ren escribirlos,  y  más  propios  que  los  escribou 
A  los  criados  escribirles:  á  mi  criado,  á  mi  fiel 
criado,  á  mi  humilde  criado,  á  mi  buen  eiiado 
Fulano.  A  los  qae  no  lo  son:  al  honrado,  il 
virtuoso,  al  muy  virtuoso,  y  otras  maneruqoe 
hay  de  escribir;  que  no  parezcan  desatinos,  y  de 
los  malos  usos  que  en  él  se  han  introducido 
que  tendrán  por  mayor  desatino  este  que  dlfp). 

Jerónimo.  -  No  tengáis  dabda  desso. 

Antonio. — Como  quiera  qae  sea  dig&  70  la 
yerdad  en  tiempo  y  lugar,  y  el  mundo  diga  7 
hag^  lo  que  quisiere,  y  porque  no  paremos  aquí, 
os  quiero  decir  otra  cosa  no  poco  digna  de  reirw 
como  desatino  y  ceguera,  que  á  mí  me  tiene  ad- 
mirado que  las  gentes  no  la  destíerren  dd, 
mundo  como  á  simpleza,  qae  los  brutos  ani- 
males (si  bastase  su  capacidad  á  entenderia), 
burlarían  de  nosotros  y  della. 

Jbrónimo. — ¿Y  qué  cosa  es  essa? 

Antonio.-* La  que  agora  se  usa  en  los  ei- 
tornudos,  que  como  sabéis  es  aquella  tan  es- 
pantable y  terrible  pestilencia  que  hubo  en  la 
ciudad  de  Roma  siendo  pontífice  San  Gregorio, 
cuando  las  gentes  estornudaban,  se  calan  hiego 
muertos,  y  assí  los  que  los  vian  estornudar  de- 
cian:  Dios  os  ayude,  como  á  personas  que  se 
les  acababa  la  vida,  y  de  aqui  quedó  en  oso, 
que  después  á  todos  los  que  vian  estomadar 
los  que  se  hallaban  presentes  les  ayudaban  con 
estas  buenas  palabras;  pero  agora,  en  lugar  des- 
to,  cuando  alguna  persona  á  quien  seamos  obli- 
gados á  tener  algún  respeto  estornuda,  y  annqae 
sea  igual  de  nosotros,  le  quitamos  las  gorras 
hasta  el  suelo,  y  si  tienen  alguna  más  csdidad, 
hacemos  juntamente  una  muy  gran  revoeacia, 
ó  por  mejor  decir  necedad,  pues  que  no  sirfede 
nada  para  el  propósito,  ni  haj  causa  ni  raióa 
para  que  se  haga. 

Jerónimo.— A  lo  menos  senrirá  pan  q« 
vos  burléis  della,  y  por  cierto  muy  justamente, 
porque  esta  es  una  de  las  mayores  simpleías  7 
necedades  del  mundo,  y  mayor  porque  caen  en 
ella  los  que  presumen  de  más  sabios,  qne  los 
simples  labradores  y  otras  gentes  de  más  poco 
valor  están  en  lo  más  cierto,  pues  que  dexando 
de  hacer  las  reverencias  se  dicen  unos  á  otros: 
Dios  08  ayude;  palabras  dignas  de  que  los  s^ 
ñores  y  príncipes  no  se  desdefiasen  de  oírlas, 
antes  están  obligados  á  mandar  á  los  criados  7 


COLLOQÜIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQüEMADA  641 


subditos  que  con  ellas  los  reyerencien  7  acaten 
cuando  estornudaren. 

Antonio. — Asi  habrá  de  pasar  esta  necedad 
como  otras  machas,  porque  el  uso  della  se  ha 
convertido  en  ley  que  se  guarda  generalmente 
en  todas  partes,  aunque  le  queda  sólo  el  reme- 
dio de  su  invención,  que  ya  sabéis  que  al  nom- 
bre de  Jesús  se  debe  toda  reverencia,  y  es  cierto 
que  cuando  estornuda  el  que  le  quería  ayudar 
pronunciaba  el  nombre  de  Jesús,  y  juntamente 
pronunciándole,  quitaba  la  gorra  y  hacia  la  re- 
verencia por  reverencia  de  tan  alto  nombre; 
quedóse  la  reverencia  y  dejóse  de  pronunciar 
el  nombre,  y  los  señores  reciben,  no  sin  gran 
culpa,  para  si  la  reverencia  debida  al  divinissi- 
mo  nombre  de  Jesús,  á  quien  toda  rodilla  en  el 
cielo  y  en  la  tierra  y  en  los  abismos  se  debe 
humillar.  Digo,  pues,  que  el  remedio  seria  que 
se  usase  pronunciar  el  nombre  de  Jesús,  que 
valiese  al  que  estornuda,  y  entonces  la  reveren- 
cia quedarla  para  el  nombre  y  no  la  usurparía 
el  que  no  quisiese  ser  ídolo  terrenal  y  hacerle 
un  emperador  entre  manos. 

Albanio. — Por  cierto,  señor  Antonio,  que 
me  parece  que  habéis  dado  en  el  blanco;  mas 
veo  que  no  os  habóis  acordado  en  este  artículo 
de  los  fiayres. 

Antonio. — No  pecan  tan  á  rienda  suelta  en 
esto,  pero  todavía  tienen  su  punta,  y  los  que  algo 
presumen  les  pesa  si  les  llaman  vuestra  reve- 
rencia, porque  les  paresce  que  en  esto  les  hacen 
iguales  á  todos. 

Jerónimo. — ¿Pues  cómo  quieren  que  les 
Uamen? 

Antonio.  —  Vuestra  paternidad  ó  vuessa 
merced,  como  á  los  seglares. 

Albanio. — No  entiendo  cómo  sea  esso,  que 
para  hacer  mercedes  teiñporales  todos  los  nai- 
res  son  pobres,  por  donde  les  está  mejor  decirles 
padre  fray  Jb'ulano  que  el  señor;  ¿por  qué  quieren 
ser  más  llamados  señores  que  padres  y  no 
resciben  con  buena  voluntad  el  nombre  de  pa- 
dres amando  la  paternidad? 

Antonio.  —  Asi  es,  porque  como  siendo 
flaires  no  dezen  de  ser  hombres,  aunque  no  sea 
en  todo  en  parte,  siguen  el  camino  de  los  otros 
hombres  en  este  articulo  de  la  cortesía;  pero,  al 
fin,  del  mal  en  ellos  hay  lo  menos  y  pluguiesse 
á  Dios  que  nosotros  fuésemos  como  ellos,  que 
poi  malos  que  los  extraordinarios  dellos  sean, 
en  la  bondad  nos  hacen  mucha  ventaja. 

Albanio.— 'Bien  me  paresce  que  después  de 
descalabrados  les  lavéis  la  cabeza. 

Antonio. — No  os  maravilléis,  que  he  comen- 
zado á  decir  verdades,  y  para  concluir  con  ellas 
en  esta  materia  que  tratamos,  digo  que  consi- 
derando bien  las  de  las  salutaciones  y  cortesías 
con  los  títulos  que  se  usan  en  el  hablar  y  en  el 
escribir,  es  todo  un  gran  desatino,  una  ceguedad, 


una  confnsión,  un  género  de  mentiras  sabrosas 
al  gusto  de  los  que  las  oyen,  y  así  no  solamente 
no  hay  quien  las  reprenda,  pero  todos  las  aman 
y  las  quieren  y  procuran  de  hallarlas  diciendo 
lisonjas  para  que  se  las  digan  á  ellos,  y  todo 
para  rescibir  mayor  honra  en  la  honra  que  no 
lo  es,  antes  verdaderamente  deshonra,  pues  en 
ello  no  hay  virtud,  ni  género  de  virtud,  ni  no- 
bleza; y  bien  mirado,  se  podrían  mejor  decir  las 
causas  torpes  y  feas  y  dignas  de  reprehensión 
para  que  los  que  las  hacen,  y  por  medio  dellas 
quieren  rescebir  honra,  se  puedan  tener  por 
afrentados  y  deshonrados. 

Albanio.— Parésceme  qué,  conforme  á  esso, 
no  queréis  dejar  honra  ninguna  en  el  mundo, 

Eorque  no  habiendo  quién  busque  y  procure  la 
onra  por  el  camino  que  vos  decís,  habráse  des- 
hecho la  honra  y  no  quedaría  sino  sólo  en 
nombre. 

Antonio. — ^Engañaios,  señor  Albanio,  que 
no  digo  yo  que  haya  algunos,  aunque  no  son 
muchos,  que  tengan  honra  y  la  hayan  ganado 
por  la  virtud  y  por  las  obras  virtuosas  que  han 
hecho  sin  mezcla  de  las  otras  cosas  que  la  des- 
truyen y  la  deshacen,  y  á  estos  tales  hemos  de 
tener  por  dignos  de  ser  honrados  y  ¿catados,  y 
aunque  ellos  no  quieran  la  honra,  se  la  hemos 
nosotros  de  dar.  Porque  cuanto  más  huyeren  y 
se  apartaren  de  querer  la  vanagloria  mundana, 
se  dan  á  si  mesmos  mayor  merecimiento  para 
que  nosotros  les  demos  la  verdadera  honra  que 
merescen. 

Albanio. — ¿Sabéis,  señor  Antonio,  que  me 
paresce  que  hiláis  tan  delgado  esta  tela  que  se 
romperá  fácilmente,  porque  todo  lo  que  decís  es 
una  verdad  desnuda,  y  oonosciéndola  vos  tan 
bien  y  dándonosla  á  conoscer  no  usáis  della 
como  la  platicáis?  Mirad  qué  harán  los  que  no 
lo  entienden  y  piensan  que  aciertan  en  lo  que 
hacen. 

Antonio. •  No  os  maravilléis  deso,  porque 
me  voy  al  hilo  de  la  gente,  que  si  tomase  nueva 
manera  de  hablar  ó  de  escribir,  tendríanme  por 
torpe  y  necio  y  mal  comedido,  y  por  ventura  de 
los  amigos  haría  enemigos,  los  cuales  no  juz- 
garían mi  intención  sino  mis  palabras,  y  como 
ayer  dixe,  esto  he  tratado  con  vosotros  como 
con  verdaderos  amigos  y  personas  que  lo  enten- 
déis, aunque  no  bastemos  á  poner  remedio  en 
estos  desatinos.  Pero  el  tiempo,  en  que  todas 
las  cosas  se  hacen  y  deshacen,  truecan  y  mudan 
y  se  acaban,  por  ventura  traerá  otro  tiempo  en 
que  á  todos  sea  común  lo  que  aquí  hemos  tra- 
tado particularmente.  Otras  cosas  se  pudieran 
tratar  que  agora  por  ser  tarde  quiero  dexarlas 
para  cuando  tengamos  más  espacio,  porque  yo 
tengo  necesidad  de  ir  á  despachar  cierto  ne- 
gocio. 

Albanio. — ¿Qué  es  lo  que  más  puede  quedar 


>Í 


} 


542 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


de  lo  dicho  para  que  la  honra  que  se  piensa  j 
tiene  por  tal  quede  más  puesta  del  lodo? 

Antonio. — Una  cuestión  antigua  y  tratada 
por  muchos;  sobre  cuál  tiene  mayor  y  mejor 
honra,  el  que  la  ha  ganado  por  el  ralor  y  mere- 
cimiento de  su  persona  6  el  que  la  tiene  y  le 
viene  por  la  dependencia  de  sus  pasados. 

Jerónimo.  —  Delicada  materia  es  esa,  y 
como  decís  que  requiere  más  tiempo  para  alter- 
caría, y  por  saber  si  tenéis  otras  nueyas  razones 
sin  las  que  sobre  ello  están  dichas,  tengo  deseo 
de  oir  hablar  en  ello,  y  asi  os  tomo  la  palabra 
para  que  mañana  á  una  hora  del  día  estemos  aquí 
todos  tres,  que  yo  quiero  que  no  sea  como  estos 
dos  días,  porque  tendré  proveído  el  almuerzo 
para  que  mejor  podamos  pasar  el  calor  cuando 
nos  volvamos  á  nuestras  posadas. 

Albanio. — Muy  bien  habéis  dicho  sí  así  lo 
hacéis,  porque  nos  hemos  venido  dos  veces  muy 
descuidados  madrugando  tan  de  mañana,  y  no 
será  mala  fruta  de  postre  acabar  de  entender  lo 
que  el  señor  Antonio  dirá  sobre  esta  cuestión, 
que  yo  aseguro  que  no  faltarán  cosas  nuevas. 

Antonio. — A  mí  me  place  que  vengamos 
por  ser  convidados  del  señor  Jerónimo,  que  en 
lo  demás  poco  podré  decir  que  no  esté  ya  dicho; 
bastará  referir  y  traer  lo  mejor  y  más  delicado 
dello  á  la  memoria»  poniendo  yo  de  mi  casa  lo 
que  me  paresciere.  Y  agora  comencemos  á  ir 
por  esta  calle  de  árboles  tan  sombría. 

Jbbónimo. — No  me  holgara  poco  que  assi 
fuéramos  siempre  encubiertos  de  arboleda  hasta 
palacio,  porque  el  sol  va  muy  alto  y  la  calor 
comienza  á  picar;  bien  será  damos  prisa. 

TKEOBRA   PARTB 

Del  coUoquio  de  la  honra,  que  trata  ana  cuestión  antigua:  de  cuál 
•f  más  verdadera  honra  y  se  ha  de  estimar  en  más,  la  que 
Tiene  y  procede  en  las  gentcf*  por  dependencia  de  sus  ante» 
pasados  ó  la  que  es  ganada  y  adquirida  por  el  valor  y  mere» 
cimiento  de  las  personas. 

INTERLOC0TORB8 

A  Ibanio, — Antonio, — Jerónimo, 

Albanio. — Pues  que  Jerónimo  tan  bien  ha 
cumplido  su  promesa  habiéndonos  convidado  y 
dado  el  almuerzo  de  tan  delicados  y  suaves 
manjares,  que  yo  no  he  comido  en  mi  vida  cosa 
que  más  me  satisfaciese,  vos,  señor  Antonio, 
cumplid  lo  que  nos  prometistes  en  proseguir  la 
materia  comenzada  de  la  honra,  que  no  noi 
dará  menos  gusti\  pues  no  falta  apetito  en  el 
enti*ndiini<>nt<)  para  ver  el  remate  de  la  plática 
en  que  quedamos  cuando  de  aquí  ayer  nos  apar- 
tamos. 

An'ton'io. — Por  mejor  tuviera  que  con  des- 
cuidaros no  me  obligárades  á  meter  en  tan 


hondo  piélago,  en  el  ciuJ  han  luidAdo  otroinii- 
chos  con  mayores  fuerzas  j  disoreción  un  hiber 
podido  hallar  vado^  quedando  confusa  hi  deter- 
minación para  lo  que  cada  ano  quisiere  juzgir, 
y  lo  que  yo  haré  en  ello  será  deciros  por  osa 
parte  y  por  otra  algunas  razones  qne  yo  no  ka 
he  oído.  Vosotros  podréis  seguir  las  que  mejw 
os  parecieren  y  más  cuadraren  á  vuestro  enten- 
dimiento, que  os  haré  determinar  lo  que  hasta 
agora  no  está  determinado,  habiendo  tantos  que 
defienden  la  una  y  la  otra  opinión. 

Jerókiuo. — Luego,  ¿materia  es  ésta  que  ae 
haya  tratado  otras  veces? 

Antonio. — Muchos  la  han  tocado,  aniiqiie 
los  que  han  dado  sentencia  en  ella  no  son  cñi- 
dos,  porque  cada  uno  con  pasión  defendía  lo 
que  le  tocaba.  Entre  los  cuales  son  los  prioci- 
pales  Salustio  y  Marco  Tulio,  que  despná  de  ae 
perseguir  con  las  obras,  con  las  palabm  qui- 
sieron escurecer  y  abatir  cada  uno  la  honra  del 
otro.  Salustio  alegaba  ser  Tnlio  nascido  de  baza 
y  escura  gente  y  de  padres  humildes  y  de  poco 
valor,  y  que  por  esto  habla  de  ser  menospre- 
ciado, Tulio  contradecía  diciendo  que  la  virtod 
de  sus  obras  le  habían  traído  al  estado  que  tenía, 
y  que  por  esto  era  diño  de  mayor  honra  que 
los  que  la  habían  heredado  de  sus  pasados;  y  so- 
bre esto  escribieron  el  uno  contra  el  otro,  como 
en  sus  libros  agora  parece. 

Albanio.~¿  Y  vos  á  cuál  dellos  estáis  más 
aficionado?  Porque  siempre  en  juegos  y  bata- 
llas y  en  otras  cosas  semejantes,  los  hombni 
se  afficionan  á  una  de  las  partes,  aunque  no  las 
conozcan,  y  esto  sin  saber  por  qué  más  de  que 
la  natural  inclinación  les  mueve  en  ello  la  to- 
luntad. 

Antonio.  — A  mí  siempre  me  parecieroQ 
bien  las  cosas  de  Tulio. 

Albanio. — Pues  yo  quiero  tomar  y  defender 
la  parte  de  Salustio,  poique  defendiendo  el  uno 
y  contradiciendo  el  otro,  más  fácilmente  podre- 
mos venir  en  el  conocimiento  de  la  yerdad. 

Antonio. — Mucho  huelgo  qne  me  aüvíái 
del  trabajo,  y  pues  que  assí  es,  decidme:  ¿qué 
os  parcsce  de  la  opinión  de  Salustio  con  loa 
que  siguiendo  su  bandera  la  defienden? 

Albanio. — Lo  que  me  parece  es  que  la  mis 
verdadera  honra  y  la  que  más  se  debe  estimar 
y  tener  en  mucho  es  la  qne  Tiene  por  antigüe- 
dad de  nobleza  y  la  que  redunda  en  nosotros  de 
los  antepasados,  nuestros  progenitores.  Porque, 
como  es  notorio,  todas  las  cosas  se  apuran  j 
perfícionan  con  el  tiempo,  en  el  cual  lo  qoe  es 
bneno  lo  hace  venir  á  mayor  perfición  de  bon- 
dad, como  se  podrá  ver  por  muchos  ejemplo 
que  se  pueden  traer  á  esto  propósito.  VeoKi 
que  el  plomo  ó  el  estaño,  se^pín  la  opinión  de 
algunos,  con  el  tiempo  se  apura  y  perficiona,  de 
I  manera  que  muchas  veces  se  melve  en  plau 


COLLOQÜIOS  SATÍRICOS 

fina,  7  el  oro,  con  el  tiempo,  sabe  á  tener  más 
quilates.  Las  frutas  que  de  su  natural  nascen 
amargas  j  desabridas,  si  están  en  buenos  árbo- 
les, el  tiempo  las  hace  yenir  á  ser  dulces  y  sa- 
brosas, tomando  con  él  otra  perfición  de  la*que 
turieron  al  principio  cuando  el  árbol,  desampa- 
rado de  la  flor,  comenzó  á  mostrar  lo  que  debaxo 
della  tenia  encubierto.  También  vemos  que  el 
agua  que  no  es  buena  ni  sale  de  fuentes  que  no 
sean  buenas,  por  el  contrario,  con  el  tiempo  se 
corrompe  más  presto,  y  los  vinos  que  no  son 
buenos,  porque  las  cepas  de  adonde  fueron  co- 
gidos no  eran  buenas  6  estaban  plantadas  en 
mala  tierra,  con  el  tiempo  se  destruyen  más  fá- 
cilmente que  los  otros,  tomando  diferentes  gus- 
tos malos  y  desabridos;  de  lo  cual  se  puede  infe- 
rir que  es  más  difícil  corromperse  lo  bueno  por 
antigüedad  que  lo  que  es  por  accidente,  y  que 
lo  que  no  es  bueno  por  naturaleza,  que  el 
tiempo  no  lo  haga  bueno,  antes  le  ayuda  á  se- 
guir su  natural  y  acrecienta  lo  malo  que  en  él 
hay  para  que  sea  y  aparezca  más  malo  cuanto 
más  el  tiempo  se  alargare  y  pasare  por  ello.  Y 
asi  los  hombres  que  tienen  la  nobleza  por  sus 
pasados  y  con  la  costumbre  y  antigüedad  se 
convierte  en  ellos  en  otra  naturaleza,  el  tiempo 
la  perfíciona,  de  manera  que  la  que  se.  tiene  y 
se  adquiere  de  nuevo  no  puede  llegar  á  tener 
aquella  perñción,  y  asi  no  se  deben  estimar  ni 
tener  en  tanto  á  los  hombros  que  por  sus  per- 
sonas han  adquerido  honra  como  á  los  que  por 
BUS  pasados  la  adquirieron  heredándola  por  su- 
cesión para  que  sea  más  perfecta.  Asi  mesmo 
estimamos  en  más  U  virtud  que  nasce  y  cresce 
con  un  hombre  que  de  su  nacimiento  ha  sido 
virtuoso,  que  no  la  que  tiene  un  hombre  que 
toda  la  vida  ha  sido  malo  y  entonces  comienza 
4  ser  bueno.  Porque  el  malo  estropezará  y 
caerá  más  presto  en  la  antigua  costumbre,  y  el 
bueno,  que  siempre  ha  sido  bueno,  dificultosa- 
mente puede  ser  malo,  y  aunque  lo  sea,  deten- 
dráse  poco  en  el  mal,  tomando  luego  á  usar  la 
bondad  que  siempre  ha  usado  y  con  que  ha 
sido  nacido.  De  aquí  podremos  inferir  cuánto 
más  puede  y  cuánto  mayor  fuerza  tiene  la  vir- 
tud y  nobleza  que  viene  por  antigüedad  y  de- 
pendencia de  los  antepasados,  engendrada  de 
las  obras  grandes  y  virtuosas  que  hicieron,  que 
no  la  que  de  nuevo  se  gana,  porque  ansí,  como 
con  facilidad  se  ha  ganado,  fácilmente  puede  per- 
derse, y  conforme  á  esto,  mayor  honra  se  debe  y 
en  más  deben  ser  estimados  los  que  heredaron 
la  virtud  y  la  honra  que  aquellos  que  por  sus 
personas  y  merecimientos  la  ganaron.  Y  cuando 
viéramos  que  sus  descendientes  siguen  las  mis- 
mas hazañas  y  procuran  el  mesmo  mereci- 
miento que  aquél  que  fué  principio  dellas, 
cuanto  más  á  la  larga  fuere  la  dependencia, 
tanto  es  razón  de  tener  en  más  y  dar  mayor 


POB  A.  DE  TORQÜEMADA  548 

honra  á  los  que  dellos  descendieron.  Demás 
destas  razones,  notorio  es  á  todos,  por  ser  co- 
mún opinión  de  todas  las  gentes,  que  se  ha  de 
tener  y  estimar  más  saber  conservar  lo  ganado 
que  no  ganarlo  y  adquirirlo  de  nuevo;  siendo 
esto  así,  mayor  virtud  y  excelencia  es,  descen- 
diendo de  un  antiguo  y  estimado  linaje,  con- 
servar la  honra  del  y  no  dar  ocasión  á  perderla 
que  no  hacer  y  principiar  linaje  de  nuevo.  En 
nn,  que  los  que  heredaron  la  virtud  y  nobleza 
por  la  antigüedad  parece  ser  natural,  y  en  los 
que  la  han  ganado  de  nuevo,  cosa  postiza  y  col- 
gada por  hilo  tan  delgado  que  fácilmente  po- 
drá quebrarse. 

Jerónimo. — Buenos  fundamentos  son,  Al- 
banio,  los  que  habéis  traído  para  defender  vues- 
tra intención;  oyamos  lo  que  dice  Antonio  con- 
tra ellos,  que  yo  quiero  ser  juez  desta  cuestión, 
aunque  será  para  mí  solo,  pues  vosotros  no  ha- 
béis puesto  en  mi  mano  la  determinación  dello. 

Antonio.— Por  cierto,  Albanio,  delicada- 
mente habéis  tratado  esta  materia  con  agudas 
y  delicadas  razones,  que  parece  no  tener  contra- 
dición; pero  lo  mejor  que  supiere  os  respon- 
deré á  ellas  y  diré  las  que  se  me  ofrecieren  para 
que  conozcáis  el  engaño  que  en  las  vuestras 
hay.  Verdaderamente,  el  tiempo  es  el  que  hace 
y  deshace  las  cosas,  da  principio  y  fin  á  los  que 
lo  pueden  tener  y  con  él  puede  ganarse  la 
honra,  y  con  el  mesmo  tiempo  podrá  tornar  á 
perderse.  No  es  cosa  tan  natural  del  tiempo 
ayudar  á  lo  bueno  que  sea  más  perfecto  en  bon- 
dad y  á  lo  malo  para  que  sea  más  malo,  que 
muchas  veces  no  veamos  effetos  contrarios  des- 
tos,  como  de  vuestras  mesmas  razones  podría  co- 
legirse, que  las  frutas  amargas  y  con  mal  sabor 
con  el  tiempo  se  toman  dulces  y  de  buen  g^sto, 
j  las  silvestres  y  campesinas,  trasplantadas  y 
bien  curadas,  se  perficionan  y. vienen  á  ser  tan 
buenas  y  mejores  que  las  otras  criadas  en  los 
apacibles  jardines.  Las  aguas  que  se  corrompen 
y  vienen  á  tener  muy  mal  olor  y  sabor  sin  que 
se  puedan  gustar,  vemos  que  muchas  dellas  tor- 
nan después  más  sabrosas  y  en  mayor  perficion 
que  antes  tenían.  La  experiencia  desto  se  ve 
en  la  agua  del  río  Tíber,  y  assí  ha  habido 
en  Roma  agua  cogida  de  cincuenta  y  sesenta 
años,  que  después  de  haberse  corrompido  y 
estado  estragada  y  hedionda  tornó  en  tan  gran 
perfíción,  que  no  la  tenían  en  menos  que  si  fuera 
otro  tanto  bálsamo.  Lo  mesmo  acaesció  en  mu- 
chas cisternas  donde  la  agua  llovediza  se  de- 
tiene muchos  tiempos.  Vemos  también  sin  esto 
que  muchas  cosas  de  su  natural  muy  perfectas 
y  buenas,  el  tiempo  no  solamente  las  corrompe, 
pero  con  él  se  destruyen  y  deshacen  del  todo. 
Perfectíssimo  metal  es  el  oro,  pero  tratándolo 
se  gasta  y  consume;  las  perlas  y  piedras  precio- 
sas se  gastan  y  pierden  la  perfíción  que  tenían. 


544 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


1 


y  assi  todo  se  corrompe  7  acaba.  ¿Qaé  cosa 
puede  ser  más  recia  que  el  acero  y  el  orín  io 
come  y  deshace?  Y  dcsta  manera,  la  honra  anti- 
gua y  de  tiempos  pasados,  si  no  se  conserra  y 
aumenta,  se  desminuye  y  riene  á  volverse  en 
nada,  y  algunas  veces  en  un  algo  que  es  peor 
que  nada,  porque  se  convierte  en  infamia  y  des- 
honra; pero  á  esto  diréis  vos  que  ya  habéis  ale- 
gado que  tan  grande  y  mayor  hazaña  es  con  - 
servar  lo  ganado  como  ganarlo  y  adquirirlo  de 
nuevo,  y  los  que  vienen  descendientes  de  anti- 
guo y  claro  linaje,  si  no  hacen  cosas  dinas  de 
infamia  y  viven  conservando  la  honra  que  sus 
pasados  tuvieron  sin  perderla,  que  á  estos  tales 
se  debe  dinamente  mayor  honra  que  á  los  que 
por  si  mesmos  y  por  sus  obras  la  merecen.  Yo 
confieso  que  esta  razón  parece  no  tener  contra- 
dición ninguna,  si  para  ello  hubiese  una  cosa 
que  se  nos  pasa  por  alto  y  desimulamos  porque 
no  hace  á  nuestro  propósito,  y  es  que  en  la  con- 
servación de  la  honra  ha  de  haber  trabajo  y 
contrariedad  y  no  menos  que  en  la  de  aquel 
que  por  su  persona  la  ha  adquirido.  Si  vos  me 
dais  que  dos  caballeros  que  sean  iguales  en 
renta  y  en  personas  y  desiguales  en  linajes,  y 
el  que  es  de  escuro  y  bajo  linaje  lo  ha  ganado 
por  hazañas  valerosas  y  el  otro  teniéndola  lo 
ha  conservado,  defendiéndolo  de  enemigos,  po- 
niendo la  vida  por  sustentarlos,  no  permitiendo 
que  por  otros  mayores,  de  mucho  poder,  le 
fuese  hecho  agravio,  en  esto  caso  yo  digo  que 
tendré  por  mis  honrado  al  qne  conservo  y  de- 
fendió la  hacienda  y  honra  de  su  linaje;  pero 
si  no  hay  contradición  ninguna  y  el  que  ha  he- 
redado el  mayorazgo  lo  está  gozando  sin  tra- 
bajo, holgando  á  su  sabor,  no  lo  quiero  hacer 
ni  tener  por  tan  honrado  como  al  que  por  el 
valor  de  su  persona  tuvo  tanto  merecimiento 
que  pudo  venir  á  ganarlo.  Y  assi,  los  antiguos 
romanos,  que  sabian  bien  dar  la  honra  á  quien 
la  merecia,  tenian  dos  templos,  el  uno  llamado 
templo  del  Trabajo  y  el  otro  templo  de  la  Hon- 
ra, y  con  grandes  estatutos  y  penas  estaba  pro- 
hibido que  ninguno  entrase  en  el  templo  de  la 
Honra  sin  que  primero  hubiese  entrado  en  el 
templo  del  Trabajo,  dando  por  esto  á  entender 
que  no  es  verdadera  la  honra  que  sin  trabajo  se 
gana;  y  asi  no  se  puede  decir  que  conservan  la 
honra  de  sus  progenitores  los  que  sin  trabajo 
se  hallan  en  ella  y  la  gozan  sin  contradición  al- 
guna, salvo  si  estos  tales  dan  nmestras  y  seña- 
les de  tan  gran  ánimo  y  valor,  juntamente  con 
la  virtud,  que  claramente  se  conozca  dellos  que 
tendrían  ánimo  para  las  adversidades  y  forta- 
leza para  resistirlas  y  discreción  para  conquis- 
tarlas, y,  fínabiicnte,  que  serian  bastantes  para 
la  conservación  de  la  honra  y  gloria  de  sus  pasa- 
dos. Y  para  esto,  yo  os  ruego  que  me  digáis:  si 
vos  tuviéredes  en  un  huerto  vuestro  un  espino 


qne  diese  muy  hermosas  flores,  y  después  dellu 
muy  sabrosas  manzanas,  y  nn  peral  que  diese 
muy  hermosas  peras,  ¿á  cuál  dclloe  estimiria- 
des  en  más  y  tendríades  por  árbol  más  pre- 
ciado? 

A  LBANio.— -Notorio  es  qae,  como  á  coa 
nueva  y  que  hacia  más  de  lo  que  en  si  era,  ten- 
dríamos el  espino,  porque  del  peral  es  cosa  na- 
tural dar  las  peras  y  del  espino  es  cosa  mons- 
truosa y  que  excede  á  la  naturaleza,  y  asi  todo 
el  mundo  querría  verlo  por  cosa  nneva  y  digna 
de  admiración,  y  no  habría  nadie  qne  no  holgué 
de  llevar  algún  ramo  ó  raíz  para  plantar  7  po- 
ner en  sus  heredades. 

Antonio. — Y  después  qae  de  esse  espinóse 
hubiesen  producido  tantos  espinos  qne  ya  no  se 
tuviese  por  nuevo  el  haberlos,  ¿tendríades  en 
tanto  á  uno  dellos  como  tuvistes  al  primero? 

Albanio. — Buena  está  de  dar  la  respuesta: 
que  no. 

Antonio. — Pues  lo  mesmo  es  en  los  hom- 
bres, qne  cuando  es  el  primero  el  qne  comienza 
á  dar  la  nueva  fruta  de  virtudes  y  hazañas,  te- 
némosle,  y  es  razón  que  le  estimemos  en  más 
que  á  los  sucesores,  y  asi  siempre  el  primero  y 
qne  da  principio  al  linaje  es  digno  de  mayor 
honra  que  los  que  del  proceden,  aunque  se 
igualen  en  la  virtud  y  fortaleza.  Demás  desto, 
quiero  traer  á  mi  propósito  ana  razón  muy  co- 
mún y  que,  siendo  muy  mirada,  concluye  á  loa 
que,  queriendo  conformarse  con  la  razón,  no  es- 
tán pertinaces  en  lo  contrarío  por  lo  qae  les 
toca,  y  es  que,  como  sabéis,  todos  somos  hijos 
de  un  padre  y  de  una  madre,  que  faeron  Adán 
y  Eva.  Destos  procedemos  por  diversas  rías: 
unos  se  engrandecieron  y  hicieron  reyes  y  seño- 
res por  virtud  y  fortaleza  y  con  hazañas  dignas 
de  memoria;  otros,  con  adqoerír  riquezas  con 
las  cuales  compraron  sus  sefiorios;  otros  vinie- 
ron á  subir  en  gpitndes  estados  con  crueldades 
y  tiranías,  y  asi  vimos  sd  grande  Alezandre,en 
su  vida  señor  casi  de  todo  el  mundo  y  en  sn 
muerte  repartirse  sn  señorio  en  diversos  reinos, 
de  los  cuales  fueron  reyes  unos  por  una  ría  y 
otros  por  otras  de  las  que  he  dicho.  Desta  mane- 
ra sucedió  el  señorío  y  monarchia  del  imperio 
romano;  lo  mesmo  en  el  de  los  partos  y  asino^  y 
en  otros  diversos,  en  los  cuales  hemos  visto  sa- 
bir unos  y  abaxar  otros,  abatirse  loe  unos  y  en- 
grandecerse los  otros.  Viniendo  á  particoUri- 
zar  más,  lo  mesmo  so  vio  también  en  los  parti- 
culares; asi  que  hemos  visto  fenecerse  j  aca- 
barse muchos  linajes  y  comenzarse  y  princi- 
piar otros,  y  de  los  que  se  acabaron  no  habrá 
ninguno  que  no  diga  que  el  qne  mayor  gloria 
alcanzó  y  el  que  mayor  honra  mereció  ívéé 
que  hizo  el  principio  del,  digo  el  que  dio  pnB- 
cipio  con  virtudes  y  hazañas,  qae  si  el  linaje  le 
principió  por  alguna  via  no  licita,  estonces  esta 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA  545 


gloria  se  lia  de  dar  al  primero  sucesor  que  lo 
mereció  por  su  virtud  y  fortaleza;  y  así  siempre 
merece  más  y  tiene  mayor  fuerza  el  tronco  que 
las  ramas. 

Jerónimo. — ¿De  manera  que,  según  lo  que 
decís,  el  testamento  que  hizo  Adán  fué  dexar 
á  todos  sus  descendientes  por  herederos,  para 
que  el  que  más  pudiese  tomar  y  usurpar  fuese 
suyo? 

Antonio.— Assí  fuera  si  no  dexara  junta- 
mente la  razón  y  la  justicia  con  que  nos  gober- 
násemos; pero  éstas  en  algunas  partes  tienen 
poca  fuerza,  á  lo  menos  para  con  los  poderosos, 
los  cuales  no  quieren  que  valga  razón  con  ellos 
más  de  lo  que  vale  su  voluntad. 

Albanio. — ¿Y  qué  es  lo  que  queréis  con- 
cluir de  lo  que  habéis  dicho? 

Antonio. — Lo  que  concluyo  es  que  todos 
somos  hijos  de  un  padre  y  de  una  madre,  todos 
sucesores  de  Adán,  todos  somos  igualmente  sus 
herederos  en  la  tierra,  pues  no  mejoró  á  ningu- 
no ni  hay  escritura  que  dello  dé  testimonio;  de 
lo  que  nos  hemos  de  preciar  es  de  la  virtud, 
para  que  por  ella  merezcamos  ser  más  estima- 
dos, y  no  poner  delante  de  la  virtud  la  antigüe- 
dad y  nobleza  del  linaje,  y  muy  menos  cuando 
nosotros  no  somos  tales  que  nos  podemos  igua- 
lar con  los  antepasados,  porque,  como  dice  Sant 
Agustín,  no  ha  de  seguir  la  virtud  á  la  honra 
y  á  la  gloría,  sino  ellas  han  de  seguir  á  la  vir- 
tud. Y  en  otra  parte:  No  se  ha  de  amar  y  pro- 
curar la  honra,  sino  la  virtud  y  hazañas  por 
donde  se  merece;  y,  en  fin,  una  cosa  han  de 
considerar  los  que  presumen  de  ensoberbecerse 
y  hacer  el  principal  fundamento  en  su  linaje 
para  su  valor  y  estimación,  y  es  lo  que  dice  Sé- 
neca: Que  no  hay  esclavo  ninguno,  que  si  se 
pudiese  saber  quiénes  fueron  aquellos  de  quien 
procede,  comenzando  de  muchos  tiempos  atrás, 
que  no  se  hallase  por  línea  recta  venir  de  san- 
gre de  reyes  ó  de  príncipes  poderosos,  y  que  así 
no  hay  rey  que  no  venga  y  sea  descendiente  de 
sangre  de  esclavos,  qne,  según  las  vueltas  del 
mundo,  la  confusión  que  en  él  ha  habido,  las 
veces  que  se  ha  revuelto,  las  mudanzas  que  ha 
hecho,  los  reinos  y  estados  que  se  han  tropado 
tantas  y  tan  diversas  veces,  podemos  creer  con 
justa  causa  ser  nmy  verdadero  el  dicho  de  Sé- 
neca. Y  pensando  en  él  debriamos  perder  la  so- 
berbia que  tenemos,  presumiendo  con  los  linajes, 
y  tener  en  mayor  estima  y  hacer  más  acatamien- 
to á  los  que  con  sus  obras  hacen  principio  á  su 
linaje;  que  no  hay  razón  para  que  queramos  ho 
redar  los  mayorazgos  y  no  las  virtudes  de  aque- 
llos que  los  ganaron  con  ellas,  y  gozar  de  lo  que 
ellos  gozaron  por  la  prosperidad  de  las  rique- 
zas y  no  porque  tengamos  el  mismo  valor  en 
las  personas.  No  dirá  uno:  «soy  virtuoso  ó  soy 
bueno»;  sino:  a  soy  de  los  godos,  ó  soy  de  tal  ó 

OBÍOENES   DE   LA   NOVELA.— 35 


de  tal  linaje,  descendiendo  de  tal  casta  ó  de  tal 
parentela));  y  no  miran  lo  que  dice  Ovidio  en  el 
libro  XIII  de  su  Metamorphoseos: 

Kt  genuSj  et  proavos^  et  qua  nonfecimus  ipsiy 
Vix  ea  riostra  voco. 

Jerónimo.— Yo  no  he  estudiado  gramática 
para  entender  eso. 

Antonio.  ~  Quiere  decir,  que  el  linaje  y  los 
agüelos  y  las  cosas  que  ellos  hicieron  mal  puede 
uno  decir  que  son  suyas,  ni  preciarse  dellas, 
pues  él  no  las  hizo.  Y  lo  mesmo  dice  otro  poeta, 
que  no  tengo  memoria  quién  es,  aunque  se  me 
acuerdan  sus  versos  que  son  éstos: 

Sanguine  db  etrusco  quid  refert  ducere  nomen 
Cumfriget  et  virtus  cumque  relicta  jacet. 

Que  quiere  decir:  ¿qué  hace  al  caso  traer  el  nom- 
bre y  descendencia  de  la  sangre  de  los  toscanos, 
como  la  virtud  se  haya  resfriado  y  habiéndola 
dexado  éste  desamparada?  Por  cierto  si  los 
hombres  tuviesen  buena  consideración  no  ha- 
brían de  decir:  <imis  pasados  fueron  virtuosos  y 
buenos  y  por  esto  me  precio  dellos»,  sino:  «yo 
soy  bueno  y  virtuoso  como  mis  passados  lo  fue- 
ron, y  primero  me  quiero  preciarde  mí  y  después 
de  mis  progenitores i»,  que  más  excelente  cosa 
es  dar  principio  á  un  linaje  que  no  irlo  prosi- 
guiendo, si  no  fuese  con  las  condiciones  que  he 
dicho.  Y  si  lo  queréis  ver,  por  ejemplo,  decid- 
me: en  las  órdenes  de  Santo  Domingo  y  San 
Francisco  y  otros  sane  tos  que  las  instituyeron, 
¿á  quien  estimaréis  en  más,  á  los  mesmos  sane- 
tos  que  las  ordenaron  y  dieron  principio  ó  á 
los  religiosos  que  las  guardan  y  cumplen  con 
toda  sinceridad  y  pureza?  Por  cierto  mucho  se 
debe  á  los  religiosos,  pero  no  habrá  nadie  que 
con  razón  pueda  decir  que  no  se  deba  mayor 
honra  á  los  mesmos  sanctos,  porque  fueron  cau- 
sa y  principio  del  bien  de  todos  los  otros.  Y  si 
queréis  decir  que  por  esto  se  entiende  que  he- 
mos de  tener  en  más  al  que  da  principio  á  un 
linaje  que  no  á  los  sucesores,  pero  que  no  por 
esto  ha  de  ser  más  honrado  que  los  que  proce- 
den de  otros -linajes  más  antiguos,  responderos 
he  yo  que  más  estimo  á  San  Francisco  que 
al  mejor  fraile  de  la  orden  de  Santo  Do- 
mingo, y  en  más  á  Sant  Benito  que  al  mejor 
fraile  de  la  orden  de  San  Bernardo,  y  así  en 
todas  las  otras  órdenes,  no  porque  cada  uno  de 
los  frailes  no  pudiessen  igualar  en  bondad  y  en 
santidad  con  los  santos  que  he  dicho,  sino  por- 
que no  fueron  principio  ni  dieron  principio  á  las 
órdenes,  como  lo  hacen  los  que  comienzan  y  dan 
principio  á  los  linajes;  asi  que  con  esto  alcan- 
zaréis lo  que  se  ha  de  sentir  desta  materia  que 
altercamos.  En  fin,  en  justa  razón  y  verdadera 
filosofía,  el  mundo  en  esto  está  tan  ciego  como 
I  en  lo  demás,  y  la  causa  es  que,  como  hay  pocoa 


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546 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


que  puedan  alcanzar  y  tener  el  valor  de  sus  per- 
sonas  por  la  virtud  y  bondad,  y  muchos  que  se 
pueden  preciar  de  sus  antepasados,  pueden  m&s 
en  esta  guerra  los  muchos  i\\ie  los  pocos,  y  no 
curando  de  razón  ni  justicia,  ni  queriendo  escu- 
char las  que  los  otros  tienen,  defienden  su  par- 
tido á  puñadas  y  forzosamente. 

Jerónimo. — Confórnianse  en  esso  con  el 
desafuero  de  Mahoma,  el  cual  mandó  que  su  ley 
86  defendiese  con  armas  y  no  con  razones,  y 
esto  es  claro  (|ue  lo  hizo  por  la  poca  razón  que 
hay  en  ella  para  defenderse. 

Albanio. — No  niego  yo,  señor  Antonio,  que 
vuestras  razones  no  vayan  muy  bien  fundadas; 
pero  tengo  por  recia  cosa  que  queréis  con  ellas 
abatir  y  deshacer  la  nobleza  de  la  sangre  con- 
firmada j>or  tantos  descendientes  como  vemos 
que  hay  en  los  linajes'  antiguos,  en  los  cuales, 
aunque  el  primero  haya  hecho  el  principio  y  se 
le  haya  dado  por  ello  la  gloria  y  honra  que  me- 
rece, no  por  eso  son  de  menos  merecimientos  los 
que  siguieron  sus  pisadas,  á  los  cuales,  si  por 
ventura  se  les  offreciera  cosa  en  que  poder  mos- 
trar su  valor,  no  lo  hicieran  menos,  y  pudiera  ser 
que  se  mostraran  más  valerosos.  Y  assi  lo  que 
vois  hacéis  es  juzgar  sin  oir  las  partes  y  sin  te- 
ner información  ni  averiguación  de  la  justicia 
que  tienen. 

Antonio. — Essa  información  y  experiencia 
no  estoy  yo  obligado  á  hacerla,  ni  ninguno,  para 
juzgar  lo  que exteriormente  parece;  los  (]ue  qui- 
sieren ser  remunerados  con  el  premio  de  la  hon- 
ra, la  han  de  hacer  de  si  mesmos  y  dar  testimo- 
nio dello  con  las  obras  que  hicieren,  porque  se- 
ria tomar  cuidado  de  cosas  aj(mas  sin  que  á  nos- 
otros nos  fuese  encargado.  Los  que  pretenden 
la  ganancia  pretendan  el  trabajo  y  hacemos 
ciertos  de  que  la  merecen,  que  si  esa  considera- 
ción hubiésemos  de  tener,  muchos  hombres  de 
bajos  y  humildes  estados  hay  que  si  se  les  ofre- 
ciesen casos  en  que  mostrar  el  valor  de  sus  áni- 
mos y  el  esfuerzo  de  sus  corazones,  no  deberían 
en  ellos  nada  á  los  que  más  presumen.  Assi 
que  yo  (luiero  tener  en  más  á  los  ({ue  hacen 
grandes  hazañas  que  á  los  (jue  las  poilrían  ha- 
cer no  las  haciendo;  que  también  podría  cada 
uno  de  nosotros  ser  un  rey  y  no  lo  somos,  y  no 
por  esso  nos  tienen  en  tanto  como  á  los  reyes. 

Alhanio. — Todo  lo  que  habéis  dicho  me  pa- 
rece bien  si  el  decreto  de  San  Gregorio  no  so- 
nase lo  contrario,  en  el  cual  declara  que  ha  de 
sor  más  estimado  y  honrado  el  hijo  del  bueno 
que  es  bueno  ([ué  no  el  (jue  por  su  persona  tie- 
ne este  merecimiento,  y  la  razón  para  que  esto 
sea  asi  es  de  tan  gran  fuerza,  que  yo  no  le  hallo 
contradicción  ninguna  ni  argumento  que  pueda 
desbaratarla,  la  cual  os  quiero  poner  en  término 
que  me  podáis  responder  á  ella  si  hallareis  qué 
poder  d(*cir  para  confundirla. 


Antonio. — Proponed,  qne  yo  iré  respm- 
diendo  como  supiere,  aunque,  según  la  habéis 
encarecido,  desde  agora  me  pnedo  dar  por  con- 
cluso; pero  todavía  tengo  creído  que  no  faltarí 
respuesta,  y  mejor  de  la  qne  vos  pensáis. 

Albanio.  —  Decidme:  si  un  religioso  rea 
sus  horas  canónicas  con  mucho  cuidado  y  devo- 
ción, y  un  seglar  hace  lo  mismo  y  en  hi  miBmi 
igualdad,  ¿cuál  de  ellos  merecerá  mayor  premio 
y  será  digno  de  más  gloria? 

xVntonio. — Paréceme  que  el  religioso,  por- 
que assi  como  tendría  mayor  pena  y  mayor  cas- 
tigo no  cumpliendo  con  la  obligación  que  tiene 
sobre  si,  assi  es  justo  que  se  le  dé  mayor  pre- 
mio por  hacerlo  que  es  obligado;  que  de  otn 
manera  seria  notorío  agravio  el  qne  recibiese,  j 
como  Dios  sea  juez  tan  justo,  quiere  que  seso 
iguales  en  la  gloría  y  en  la  pena,  para  que  el 
que  fuere  digno  de  más  crecida  pena  también 
lo  sea  para  llevar  más  crescida  la  gloria. 

Albanio. — Lo  cierto  habéis  respondido,  y 
de  vuestra  respuesta  sale  la  razón  que  he  dicho, 
y  asi  me  responded  á  lo  que  diré:  ¿cuál  es  digno 
de  mayor  infamia,  nno  qne  es  de  muy  buen  li- 
naje y  hace  alguna  vileza  ó  cosa  fea  de  que  pue- 
da ser  reprehendido,  ó  uno  que  ha  alcanzada  va- 
lor por  su  sola  persona  y  comete  la  misma  vile- 
za haciendo  lo  que  no  debe? 

Antonio.  — El  que  ha  ganado  el  merecimien- 
to y  valor  por  su  persona. 

Alkanio. — Pues  ¿cómo  puede  ser  esso,  que 
vos  uK^smo  os  contradecís,  porque  esta  razón 
tiene  la  mesnia  fuerza  que  la  pasada?  Claro  es 
y  notorio  á  todos  que  mayor  obligación  tiene 
un  bueno  á  obrar  cosas  buenas  y  virtuosas 
que  uno  que  no  lo  es  tanto,  digo  en  la  calidad 
y  linaje,  y  asi  por  esta  obligación  que  tiene  so- 
bre si  merece  mayor  premio  y  honra  en  ser  bue- 
no siguiendo  la  virtud  de  sus  pasados,  que  no 
el  que  es  de  bajo  y  oscuro  linaje;  porque  éste  no 
está  tan  obligado  á  usar  de  aquella  bondad,  j 
asi  como  al  bueno  se  le  ha  de  dar  mayor  premio 
por  esto,  es  digno  de  mayor  infamia  si  se  desvía 
del  camino  que  fundó  el  que  dio  principio  á  su 
linaje  y  siguieron  los  que  del  han  procedido,  r 
si  es  digno  de  mayor  infamia  faltando  á  su  obli- 
gación, justo  será  que  se  le  dé  mayor  honra  sin 
contradicción  ninguna. 

Antonio.— Hermosa  y  fuerte  razón  es  la 
que,  señor  Albanio,  habéis  traido,  y  argumen- 
to muy  aparente,  aunque  no  dexa  de  tener  res- 
puesta bastante,  porque,  como  suelen  decir,  de- 
l>axo  de  la  buena  razón  á  veces  está  el  engafin, 
y  asi  lo  está  debnxo  desto  que  vos  hal>éÍ8  dicho 
cuando  quisiéreiles  bien  entenderlo,  porque  jo 
no  niego  (|ue  al  que  es  de  buen  linaje  y  hijo  de 
buenos  padres  se  le  debe  mayor  honra,  siendo 
bueno,  (pie  al  que  es  de  humilde  linaje  aunque 
sea  bueno;  pero  esto  se  entiende  ouandoson 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA  547 


igualmente  buenos,  que  bien  podría  ser  bueno 
el  que  es  de  buen  linaje  y  tener  mayor  bondad  el 
((ue  es  de  más  bajo  estado;  y  en  este  caso  toda- 
vía me  afirmo  en  que  es  digno  de  mayor  honra 
el  que  mayor  bondad  tuviere;  esto  podréis  me- 
jor entender  por  lo  que  agora  diré.  Notorio  es 
([uc  muchos  romanos  de  escuros  y  bajos  linajes 
hicieron  hechos  tan  valerosos  que  por  ellos  me- 
recieron ser  rccebidos  en  Roma  con  muy  hon- 
rados y  sumptuosos  triunfos,  y  á algunos  dellos 
se  les  pusieron  públicas  estatuas  en  los  lugares 
públicos  y  fueron  tenidos  y  estimados  como  dio- 
ses que  dccian,  héroes  entre  los  hombres.  No 
faltaban  juntamente  en  Roma  algunos  hombres 
de  antiguos  y  claros  linajes,  muy  virtuosos  y 
sin  mancilla  que  les  pudiese  embarazar  la  hon- 
ra; pero  con  no  igualar  en  los  hechos,  ni  en  la 
fortaleza  y  virtud  del  ánimo  con  los  otros,  no 
se  igualaban  con  ellos  en  !a  honra  que  se  les 
hacia,  antes  eran  tenidos  y  estimados  en  menos. 
El  rey  David,  pastor  fué  que  guardaba  ganado, 
y  en  su  tiempo  muchos  varones  sanctos  y  vir- 
tuosos hubo  que  descendían  de  sangre  de  reyes, 
á  los  que  no  les  faltaba  virtud  ni  fortaleza;  pero 
con  no  igualarse  en  ellas  ni  en  las  hazañas  tan 
valerosas,  principalmente  cuando  mat(!)  á  Golias, 
no  fueron  tan  honrados  ni  tan  estimados  de  las 
gentes  como  lo  fué  el  rey  David.  Y  asi  podría 
traeros  otros  diversos  exemplos,  los  cuales  dexo 
por  la  prolixidad  y  porque  entre  nosotros  lo  ve- 
mos cada  día;  que  dos  hijos  de  un  padre  y  de 
una  madre  igualmente  buenos,  si  á  algunos  de- 
llos por  permisión  y  voluntad  do  Dios  ayuda  y 
le  favorece  la  industria  en  poder  acabar  y  salir 
con  hechos  más  hazañosos,  le  tenemos  y  esti- 
mamos por  más  honrado  que  al  otro. 

Jerónimo. — Desa  manera  al  acaecimiento 
se  ha  de  atribuir  la  honra  de  los  hombres  y  en 
él  está  darla  á  los  unos  y  quitarla  á  los  otros. 
Antonio. — Principalmente  se  ha  de  atribuir 
á  Dios,  pues  todas  las  cossas  se  gobiernan  por 
su  siimmo  poder  y  voluntad.  Pero  con  esto  per- 
mite que  algunos  sean  más  bien  empleados  que 
otros,  y  así  cuando  unos  se  ensalzan,  otros  se 
humillan  y  abaten,  que  no  pueden  estar  todos 
en  una  igualdad.  Y  así  resolviendo  me  digo, 
que  cuando  dos  hombres,  el  uno  de  buen  linaje 
y  el  otro  de  no  tan  bueno,  fueren  igualmente 
buenos,  que  ha  de  ser  preferido  y  antepuesto  en 
la  honra  el  de  l)ueu  linaje  al  otro,  y  si  no  son 
iguales,  siendo  mejor  en  virtud  y  fortaleza  el 
que  es  inferior  en  linaje  ha  do  ser  más  estimado 
y  preferido;  y  conforme  á  esto  se  ha  de  enten- 
der el  decn>to  sobredicho,  porque  la  razón  que 
habéis  dicho  de  que  merece  mayor  pena  el 
bueno,  haciendo  lo  que  no  debe,  que  el  que 
no  es  tal  como  él,  yo  os  jo  confieso  (jue  así  es 
digno  de  mayor  gloria.  Pero  (como  en  lo  que 
arriba  he  dicho  bien  á  la  clara  yo  he  probado) 


el  que  tiene  más  virtud  y  valor,  aunque  sea  des- 
igual en  linaje,  ya  so  ha  hecho  tan  bueno  con 
ello  como  el  otro,  y  aun  mejor.  Y  así  está  ya 
puesto  debajo  de  la  mesma  obligación  de  usar 
la  virtud  y  bondad,  y  obligado  á  la  mesma  pena. 
Lo  que  entenderéis  por  un  ejemplo  que  diré: 
Si  un  fraile  ha  que  ee  fraile  cuarenta  años,  y 
otro  no  ha  más  de  uno  que  hizo  proffesión,  ¿no 
estará  éste  obligado  á  los  preceptos  de  la  orden 
como  el  otro?  ¿y  no  pecará  igualmente? 

Alhanio. — Aunque  en  parte  le  relevaría  no 
estar  tan  habituado  á  las  observancias  de  la  or- 
den; pero  si  no  es  pecado  por  inorancia,  eso 
no  puede  negarse. 

Antonio. — Pues  lo  mesmo  es  en  lo  que  tra- 
tamos; que  cuando  uno  se  ensalza  y  engrandece 
con  virtudes  y  hazañas,  hace  profesión  en  la 
orden  de  la  honra,  de  manera  que  tan  obligado 
queda  á  guardar  los  preceptos  della  y  conser- 
varla como  aípiel  que  de  antiguo  tiempo  tiene 
esta  obhgacióu,  pues  que  á  todos  nos  obliga  la 
naturaleza  igualmente  á  ser  virtuosos,  no  quie- 
ro decir  en  un  mesmo  grado,  sino  que  nos  obli- 
ga á  todos  sin  excetar  alguno,  dexando  la  puerta 
abierta  para  que  sea  vicioso,  y  á  lo  mesmo  la 
verdadera  ley  christiana  que  tenemos  y  seguimos 
nos  obliga  juntamente  á  todos,  y  desta  manera, 
si  bien  lo  consideramos,  no  tenemos  por  qué  de- 
cir que  es  más  obligado  á  sustentar  la  honra  de 
sus  antepasados  uno  que  desciende  de  claro  y 
antiguo  linaje  que  uno  que  por  si  mesmo  la  ha 
ganado  de  nuevo. 

Albanio. — En  fin,  la  común  opinión  es  con- 
traria de  lo  que  decís,  porque  tienen  en  tanto  una 
antigua  y  clara  sangre,  que  el  que  della  partici- 
pa, siempre  es  juzgado  digno  de  mayor  honra. 
Antonio. — No  entendemos  qué  cosa  es  ser 
buena  y  clara  la  sangre,  pues  ya  conocemos  qué 
cosa  es  ser  antigua.  Por  cierto  á  muchos  juzga- 
mos de  buena  sangre  gue  la  tienen  inficionada 
y  corrompida  de  malos  humores,  y  dexando  de 
ser  sangre  se  vuelve  en  ponzoña  que,  bebiéndola, 
bastaría  á  matar  á  cualquier  hombre,  y  algunos 
labradores  hay  viles  y  que  no  sabiendo  apenas 
(juiénes  fuercíTi  sus  padres  tienen  una  sangre 
tan  buena  y  tan  pura  que  ninguna  mácula  hay 
en  ella.  Esta  manera  de  decir  de  buena  sangre 
es  desatino  y  un  impropio  hablar.  Pero  dexando 
esto,  yo  estoy  espantado  de  las  confusiones,  no- 
vedades, desatinos  que  cada  día  vemos  en  el 
mundo  acerca  desto  de  los  linajes;  pluguiesse 
á  Dios  (jue  tuviesse  yo  tantos  ducados  de  renta 
en  su  servicio  para  no  vivir  pobre,  como  hoy 
hay  hidalgos,  pecheros  y  villanos  que  no  pechan, 
(jue  en  esto  hay  algunos  que  se  saben  dar  tan 
buena  maña,  (jue  gozan  del  privilegio  (jue  no 
tienen,  y  otros  hay  tan  apocados  y  tan  pobres, 
que  no  son  bastanti^s  á  defender  su  h  idalguia 
cuando  los  empadronan,  y  assí  la  pierden  para 


548 


orígenes  de  la  novela 


8Í  y  para  sus  descendioiitos.  Y  assi  hornos  visto 
dos  hermauos  de  padre  y  madre  ser  el  uno  hi- 
dalgo y  pechar  el  otro,  y  ser  el  uno  caballero  y 
el  otro  lio  alcanzar  á  ser  hidalgo.  Algunos  de 
los  que  son  hidalgos  no  hallan  testigos  que  ju- 
ren de  padre  y  agüelo,  como  la  ley  lo  manda; 
otros  que  no  lo  son,  hallan  cien  testigos  falsos 
que  por  poco  interese  juran.  Y  assi  anda  todo  re- 
vuelto y  averiguada  mal  la  verdad  cu  este  caso. 

tÍERÓNiMO. — Así  es,  señor  Antonio,  como 
vos  lo  decís,  que  muchas  veces  lo  he  considera- 
do y  aun  visto  por  exi)er¡encia.  Pero  decidme, 
¿<jud  diferencia  hay  entre  hidalgo  y  caballero, 
que  yo  no  lo  alcanzo.* 

Antonio.  — Yo  os  la  diré.  En  los  tiempos 
antiguos,  los  reyes  hacían  hidalgos  algunos  por 
servicios  que  les  hacían  6  por  otros  méritos  que 
en  ellos  hallaban;  á  otros  armaban  caballeros, 
que  era  mayor  dignidad,  ponpie  gozaban  de  más 
y  mejores  essenciones;  pero  esto  se  entendía 
en  sus  vidas,  porque  después  sus  descendientes 
no  gozaban  de  más  de  ser  hidalgos.  Los  que 
eran  caballeros  se  obligaban  á  cumplir  ciertas 
cosas  cuando  recebian  la  orden  de  caballería, 
como  aun  agora  parece  por  algunas  historias 
antiguas,  y  en  los  libros  de  historias  fingidas, 
que  tomaron  exemplo  de  lo  verdadero,  se 
trata  más  copiosamente,  y  por  esta  causa  eran 
en  más  estimados.  Agora  no  se  usa  ac^uella 
orden  de  caballería,  y  así  hay  muy  pocos  ca- 
balleros á  los  cuales  nuestro  emperador  ha  dado 
este  previlegio  6  por  sus  virtudes  6  por  otros 
respetos,  y  con  ser  la  mayor  dignidad  de  todas 
en  la  milicia,  puede  tanto  la  malicia  de  las  gen- 
tes, que  si  antes  que  hubiessen  la  orden  de  caba- 
llería no  eran  de  buen  linaje,  los  llaman  por  des- 
preciados caballeros  pardos  ó  hidalgos  de  pri- 
vilegio, paresciéndoles  (|ue  por  ser  en  ellos  más 
antigua  la  hidalguía  tiene  mayor  valor,  y  dexan- 
do  de  guardar  en  esto  la  verdadera  orden  que 
se  ha  de  tener.  A  los  hidalgos  ricos  Ihinian  ca- 
balleros, y  á  lo  (jue  creo  es  pon¡ue  tienen  más 
posibilidad  para  andar  á  caballo,  que  yo  no  veo 
otra  causa  que  baste,  porc|ue  tan  hidalgo  es  un 
hidalgo  que  no  tiene  un  maravedí  de  hacienda 
como  un  señor  que  tiene  veinte  cuentos  de  ren- 
ta, si,  como  he  dicho,  no  es  armado  caballero;  y 
hay  tan  pocos  caballeros  en  Castilla,  que  aunque 
el  rey  ha  dicho  algunos,  no  sería  muy  dificul- 
toso el  numero  dellos,  y  con  todo  esto  no  veréis 
otra  cosa,  ni  oiréis  entre  los  que  presumen  sino 
á  le  de  caballero,  yo  os  prometo  como  caballe- 
rc,  sin  que  tengan  más  parte  con  ser  caballeros 
que  quien  nunca  lo  fué  ni  lo  soñó  ser,  ó  dire- 
mos que  toman  este  nombre  en  muy  ancho  sig- 
nificado porque  el  vulgo  tiene  por  caballero  que 
es  hombre  rico  que  anda  á  calillo.  Desta  ma- 
nera son  tildas  las  otras  cosas  (¿ue  tocan  á  esto 
de  la  honra,  que  ningún  concierto  ni  orden  hay 


en  ellas,  sino  que  cada  uno  juzga  y  defiende 
como  le  parece  y  como  más  hace  á  sn  apetito. 

Albanio, — (*  Sabéis,  Antonio,  qué  veo?  Qoe 
cuando  comenzamos  esta  materia  prometisteis 
de  no  sentenciar  en  ella,  y  á  lo  que  he  visto,  por 
más  que  sentenciar  tengo  vuestras  palabras, 
pues  ningún  lugar  habéis  dejado  cou  ellas  par» 
ser  más  estimados  los  herederos  de  la  honra  qoe 
los  que  por  sí  la  ganaron,  y  no  os  veo  tan  des- 
apasionado en  esto  que  queráis  volver  atrás  de 
lo  que  habéis  dicho  en  ninguna  cosa. 

Antonio. — Y'o  digo  lo  que  siento,  y  no  por 
esso  dejo  de  pensar  que  habrá  otros  que  lo  sien- 
tan differentemente  y  de  manera  que  tengan 
otras  muchas  razones  contrarías  para  contrade- 
cir lo  que  he  dicho,  y  así  me  pongo  debaxo  dp 
la  correción  de  los  que  más  sabios  fueren  y  me- 
jor lo  entendieren ;  pero  esto  ha  de  ser  no  les 
yendo  en  ello  su  propio  interese,  que  desta  ma- 
nera podrán  ser  buenos  jaeces,  como  vemos  que 
lo  fué  Salustio  que  cuando  competía  con  Marco 
Tu  lio,  porque  le  iba  so  propia  pasión,  fué  del 
parecer  vulgar,  mas  cuando  habló  desapasiona- 
do y  como  filósofo  moral  eu  la  batalla  que  es- 
crebió  del  rey  Ingurtadice  asi: 

Quanio  vita  majarum  ploeclarior  m/, 
tanto  posteroi'um  iocordtaflagitior  est, 

que  quiere  decir:  cnanto  la  vida  de  los  antepa- 
sados fué  más  illnstre,  tanto  la  pereza  délos  des- 
cendientes es  más  culpada. 

Y  pues  que  ya  hemos  dicho  brevemente 
todo  lo  que  alcanza  á  nuestros  claros  juicios,  j 
yo  he  cumplido  lo  que  quedé  mejor  qae  he  sa- 
bido, justo  será  que  nos  vamos,  que  ya  el  sol 
tiene  tanta  fuerza  que  no  basta  el  frescor  deU 
verdura  para  resistirla. 

Jerónimo. —  Es  ya  casi  medio  día  y  con  el 
gusto  de  la  cuestión  no  hemos  sentido  ir  el  tiem- 
po. Caminemos,  porque  no  hagamos  falta,  qa^ 
ya  el  conde  habrá  demandado  la  comida. 

Finís. 


COLLOQUIO  PASTORIL 

En  que  no  pislor  lUoudo  Tornuto  okdU  á  otro*  dos  pa»l<rH 
UanMdoa  FDonk>  j  Grisaldo  los  amores  qoe  tuvo  eoa  su  pa^ 
tora  Ilaouda  Bditia.  Va  oompoesto  en  estilo  aptdble  j  gn- 
ríoso  7  contiene  en  si  avisos  pro?echosos  para  q«s  las  geste» 
hayan  de  dexarse  vencer  del  Amor,  tomando  eBS«mploea«i 
fin  qae  tnvieron  estos  amores  j  el  pago  q«e  dan  é  lo»  qse 
ciegamente  los  siguen,  como  se  podrá  ver  en  el  proceso  (le»i« 
colloqoio. 

A  LOS  LBCTOKRS  DICB  LAS  OAÜ6A8  QUK  LK 
MOVIERON  Á  rONBR  ESTE  COLLOQUIO  CON* 
LOS  PASSADOS. 

Bien  cierto  e&toy  q\ie  no  faltarán  diferente 
juicios  para  juzgar  esta  obra»  como  los  hay  pan 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


549 


todas  las  otras  que  se  escriben,  y  que  aunque 
haya  algunos  á  quien  les  parezca  bien,  habrá 
otros  que  tendrán  otro  parecer  diferente  y  mur- 
murarán diciendo  que  no  fué  bien  acertado 
mezclar  con  los  colloquios  de  veras  uno  de  bur- 
las, como  es  el  que  se  sigue,  y  que  yo  debiera 
excusarlo  assi,  y  quiero  decir  los  motivos  que 
para  ello  tuve  y  me  parecieron  bastantes,  en 
los  cuales  pude  acertar  y  también  he  podido 
engañarme,  que  creo  que  habrá  assimesmo  en 
esto  diversos  pareceres  como  en  lo  pasado.  Lo 
primero  que  me  movió,  fué  que,  dirigiendo  este 
libro  al  Sr.  D.  Alonso  Pimentel,  y  estando 
su  señoría  en  edad  tan  tierna,  cuando  viniese  á 
leer  cosas  más  pesadas  que  apacibles,  como  son 
las  que  se  tratan  en  estos  colloquios,  que  por 
ventura  se  enfadaría  dellas,  y  con  venia  hallar  en 
qué  mudar  el  gusto  para  tomar  más  sabor  en  lo 
que  se  leyese,  y  asi  quise  poner  por  fruta  de 
postre  la  que  también  podrá  servir  en  el  medio 
cuando  entre  manjar  y  manjar  quisiere  gustar 
della;  y  demás  desto,  no  dexa  de  tener  en  si  este 
colloquio  muy  buenos  enxemplos  y  dotrina, 
pues  se  podrá  entender  por  él  el  fin  que  se  sigue 
de  los  amores  que  se  siguen  con  vanidad,  y 
cuan  poca  firmeza  se  suele  hallar  en  ellos.  Tam- 
bién en  la  segunda  y  tercera  parte  se  hallarán 
algunas  cosas  que,  considerándolas,  se  sacará 
dellas  muy  gran  provecho,  pues  tienen  más  sen- 
tido en  si  del  que  en  la  letra  parece;  y  sin  estas 
causas  que  he  dado,  parecióme  que  podría  yo 
hacer  lo  que  otros  autores  muy  graves  hicieron 
sin  ser  repreliendidos  por  ello,  y  que  tenia  es- 
cudo y  amparo  en  su  enxemplo  contra  las  len- 
guas de  los  que  de  mi  por  esta  causa  murmu- 
rar quisiessen. 

El  primero  es  el  poeta  Virgilio,  que  con  los 
libros  de  Im  Eneida,  siendo  obra  tan  calificada, 
no  le  pareció  mal  poner  las  Bucólicas^  que  tratan 
cosas  de  amores,  y  los  Parvos,  que  son  todos  de 
burlas  y  juegos.  El  poeta  Ovidio  también  mez- 
cló con  sus  obras  el  de  Arte  amandi  y  el  de  Re- 
medio  amoris.  Eneas  Silvio,  que  después  se 
llamó  el  papa  Pió,  escribió  cosas  muy  encare- 
cidas y  con  ellas  los  Amores  de  Eurialo  Franco 
y  Lucrecia  Senesa,  Luciano,  autor  griego,  con 
los  colloquios  de  veras  mezcló  algunos  de  bur- 
las y  donaires,  y  también  puso  con  ellos  los 
libros  en  que  escríbe  el  Mundo  nuevo  de  la  luna, 
fingiendo  que  hay  en  ella  ciudades  y  poblacio- 
nes de  gentes  y  otras  cosas  que  van  pareciendo 
disparates.  Petrarca  muchas  obras  escribió  en 
que  se  mostró  muy  gran  teólogo  y  letrado,  y  no 
por  esto  dexó  de  poner  entre  ellas  la  que  hizo 
sobre  los  amores  que  tuvo  con  madona  Laura, 
y  asi  yo  pude  escribir  el  colloquio  que  se  sigue 
con  los  pasados,  teniendo  por  mí  parte  tantos 
autores  con  quien  defenderme  de  lo. que  fuere 
acusado.  Y  si  estas  razones  y  excusas  no  bas- 


taren, bastará  una,  y  es  que  á  los  que  les  pare- 
ciere mal  no  lo  lean  y  hagan  cuenta  que  aquí 
se  acabaron  los  colloquios,  que  para  mi  basta 
solamente  que  á  quien  van  dirigidos  se  satisfaga 
de  mi  intención,  la  cual  ha  sido  de  acertar  á 
servir  en  esto  y  en  todo  lo  que  más  pudiere 
hacerlo,  como  soy  obligado. 

Torquemada, 


COLLOQUIO  PASTORIL 

En  qae  w  tratan  los  amores  de  un  pa^or  llamado  Tórralo  ron 
una  pastora  llamada  Belisia;  el  cual  da  cuenta  delloí*  á  otros 
doa  pa*«tores  llamados  Filonio  y  Gri^ildo,  quexéndoae  del 
agravio  que  recibió  de  su  amiga.  \'a  ¡Mirtido  en  tres  parte«. 
La  primera  o*  dt>l  proeeso  de  los  amores.  La  segunda  es  un 
sueño.  En  la  tercera  se  trata  la  causa  que  pudo  haber  para 
lo  que  Belij«ia  con  Tórralo  hixo. 

INTERLOCUTORES 

Grisaldo, — Torcato.  —  Filonio, 


FiLONio.--7¿Qué  te  parece,  Grísaldo,  de  las 
regocijadas  y  apacibles  fiestas  que  en  estos  des- 
posónos de  Silveida  en  nuestro  lugar  hemos 
tenido,  y  con  cuánto  contento  de  todos  se  ha  re- 
gocijado? Que  si  bien  miras  en  ello,  no  se  han 
visto  en  nuestros  tiempos  bodas  que  con  mayor 
solemnidad  se  festejasen,  ni  en  que  tantos  za- 
gales tan  bien  adrezados  ni  tantas  zagalas  tan 
hermosas  y  bien  ataviadas  y  compuestas  se' 
hayan  en  uno  juntado. 

Grisaldo.  -  Razón  tienes,  Filonio,  en  lo  que 
dices,  aunque  yo  no  venga  del  todo  contento, 
por  algunos  agravios  que  en  ellas  se  han  reci- 
bido, que  á  mi  ver  han  sido  en  perjuicio  de  al- 
gunos compañeros  nuestros,  que  con  justa  cau- 
sa podrán  quedar  sentidos  de  la  sinrazón  que 
recibieron.  Y  porque  no  eres  de  tan  torpe  en- 
tendimiento que  tu  juicio  no  baste  para  haber 
conocido  lo  que  digo,  dime,  asi  goces  muchos 
años  los  amores  de  Micenia  y  puedas  romper 
en  su  servicio  el  jubón  colorado  y  sayo  verde 
con  la  caperuza  azul  y  zaragüelles  que  para  los 
dias  de  fiesta  tienes  guardados,  ¿no  fué  mal  juz- 
gada la  lucha  entre  Palemón  y  Melibeo  dándo- 
se la  ventaja  á  quien  no  la  tenia  y  poniendo  la 
guirnalda  á  quien  no  la  habia  merecido;  que  si 
tuviste  atención  no  fué  pequeña  ventaja  la  que 
tuvo  el  que  dieron  por  vencido  al  que  por  ven- 
cedor señalaron? 

Filonio. — Verdaderamente,  hermano  Gri- 
saldo, bien  desengañado  estaba  yo  de  que  el 
juicio  fué  hecho  más  con  afición  que  no  con 
razón  ni  justicia;  porque  puesto  caso  que  Pale- 
món sobrepujase  en  fuerzas  á  Melil>eo,  no  por 
eso  se  le  debia  atribuir  la  victoria,  pues  nunca 
le  dio  caida  en  que  ambos  no  pareciesen  junta- 


f 


5fiO 


ORÍOENES  DE  LA  NOVELA 


nif^nte  en  el  Ráelo,  y  demás  desto,  b¡  bien  mi- 
THñio  la  dítfítreza  de  MeliU-o  en  «n-har  los  tras- 
p¡''8,  el  aviso  en  armar  las  zaii'-a/iillas,  la  buena 
mafia  en  dar  los  vaivenes,  jnzf^arás  qne  no 
había  zap;al  en  t^^xlas  estas  aldeas  qu>'  en  esto 
pndiese  sobrepujarlo;  y  ruando  Palcmijn  con  sus 
fuertes  brazos  en  alto  lo  b^vantaba,  así  como 
dicen  que  Hércules  hizo  al  poderoso  ^Vnteo,  al 
ca«¿r  estaba  Melil>eo  tan  mañoso  que,  alienas  con 
sus  espaldas  tocaba  la  tierra,  cuando  en  un 
punto  tenía  á  Palemón  debaxo  de  sí,  que  quien 
qui(Ta  qne  le  viera  más  dignamente  le  juzgara 
por  victíjrioso  que  por  vencido.  Pero  ¿qué quieres 
que  hiciese  el  buen  ])astor  Quiral,  puesto  por 
ju(*z,  que  por  complacer  á  su  atnada  Floria  le 
era  forzado  que,  cr)n  justicia  ó  sin  ella,  di(*se  la 
8ent<mcia  por  Palemón  su  hermano? 

ÍjIrisaldo. — Si  al  amor  pones  de  por  medio, 
pocas  cosas  justas  dexaián  de  tornar  injusta- 
mente hechas.  Y  dexando  la  lucha,  no  fué  menos 
de  ver  el  ju<ígo  de  la  chueca,  que  tan  refiido  fué 
por  todas  partes,  en  el  cual  se  mostró  bien  la 
desenvoltura  y  ligereza  de  los  zagales,  que  en 
t<Mlo  un  día  no  pudieron  acabar  de  ganarse  el 
precio  que  para  los  vencedores  estaba  puesto;  ni 
en  la  corrida  del  bollo  se  a(;abó  de  determinar 
cuál  de  los  tres  que  llegaron  á  la  par  lo  había 
tí»cado  más  presto  que  los  otros,  y  en  otras  dos 
veces  que  tornaron  á  correr,  parecía  que  siempre 
con  igualdad  habían  llegado. 

FiLOHic— Bien  parece  que  con  faltar  Tor- 
cato  en  estos  regocijos  y  fíestas,  todos  los  ])as- 
tores  y  mancebos  aldeanos  pueden  tener  pre- 
sunción que  cuando  él  presente  se  hallaba,  nin- 
guno había  que  con  gran  parte  en  fuerzas  y 
maña  le  igualase;  todas  las  joyas  y  preseas  eran 
suyas,  porque  mejor  que  todos  lo  merecía  y  en 
tirar  á  mano  ó  con  una  honda,  en  saltar  y 
bailar  á  todos  sobrepujaba,  en  tañer  y  cantar 
con  flauta,  rabel  y  cherumbela,  otro  segundo 
dios  i*an  parecía.  No  había  zagala  hermosa  en 
toda  la  comarca  que  por  él  no  se  perdiese;  to- 
das deseaban  que  las  amase,  y,  en  fin,  de  todas 
las  cosas  de  buen  pastor  á  todos  los  otros  pas- 
tores era  preferido;  mas  agora  yo  no  puedo  en- 
tender (pié  enfermedad  le  trae  tan  fatigado  y 
abatido,  tan  diferente  del  que  ser  solía,  que 
apenas  le  (conozco  cuando  le  veo  su  gesto,  que 
en  color  blanca  con  Ins  mejillas  coloradas  á  la 
blanca  leche  cubierta  de  algunas  hojas  de  olo- 
rosos claveles  semejaba,  agora  flaco,  amarillo, 
con  ojos  sumidos,  más  fígura  de  la  mesma 
nuicrte  que  de  hombre  que  tiene  vida  me  pa- 
rece; su  tañer  y  cantar  todo  se  ha  convertido 
en  lloros  y  tristezas;  sus  placeres  y  regocijos 
(MI  suspiros  y  g(»mi(b>s;  su  dulce  conversación 
en  una  soledad  tan  triste  que  siempre  anda  hu- 
yendo de  aípuíllos  que  lo  podrían  hacer  compa- 
ñía. En  verdad  U*  (ligo,  Grisaldo,  que  las  veces 


que  con  él  me  hallo,  en  rerle  ciiaI  le  veo,  con 
gran  lástima  que  le  tengo,  me  pesa  de  halarle 
encontrado,  viendo  el  [xx'o  remedio  que  á  sas 
males  puedo  darle. 

Gris  ALDO. — Mal  se  puede  remediar  el  mal 
que  no  se  conoce:  pero  bien  sería  procurar  de 
saberlo  d(*l,  si  como  amigo  quisic^se  manifes- 
tamos lo  qne  siente. 

Fi LOMO. —Muchas  veces  se  lo  he  pregun- 
tado, y  lo  que  entiendo  es  qne  él  no  entiende 
sa  mal,  ó  si  lo  conoce,  no  ha  qncrído  declarar» 
conmigo;  pero  lo  qne  yo  solo  no  he  podido,  po- 
dría ser  que  entrambos  como  amigos  pediése- 
mos acabarlo.  Y  si  su  dolencia  es  tal  qne  por 
alguna  manera  podiesc  ser  curada,  justo  será 
que  á  cualquiera  trabajo  nos  pongamos  pan 
(¿uc  un  zagal  de  tanta  estima  y  tan  amigo  j 
compañero  de  todos  no  acabe  tan  presto  sus 
días,  trayendo  la  vida  tan  aborrída. 

Grisaldo. — ¿Pues  sabes  tú  por  ventara 
dónde  hallarlo  podiésemos?  que  assí  goce  yo 
de  mi  amada  Lidia,  no  prcx;ure  con  menor  cui- 
dado su  salud  que  la  mía  propia. 

Filón*  10. — No  tiene  estancia  tan  cierta  que 
no  somos  dudosos  de  encontrarle,  porque  siem- 
pre se  aparta  por  los  xarales  más  espesos  y  al- 
gunas veces  en  los  valles  sombríos,  y  en  las 
cuevas  escuras  se  encierra,  donde  sus  gemidos, 
sus  lamentaciones  y  qnei*ellas  no  puedan  ser 
oídas;  pero  lo  más  cierto  será  hallarle  á  la 
fuente  del  olivo,  que  está  enmedio  de  la  espe- 
sura del  bosque  de  Diana,  porque  muchas  veces 
arrímado  á  aquel  árbol  lo  he  vistp  tañer  y  can- 
tar estando  puesto  debaxo  de  la  sombra  y 
oteando  de  allí  su  ganado,  el  coal  se  puede  de- 
cir que  anda  sin  dueño,  según  el  descuido  del 
que  lo  apacienta. 

Grisaldo. — Pues  sigue,  Filonio,  el  camino, 
que  cerca  estamos  del  lugar  donde  dices.  Y 
para  que  menos  cansancio  sintamos,  podremos 
ir  cantando  una  canción  que  pocos  días  ha  can- 
taba Lidia  á  la  vuelta  que  hacia  del  campo 
para  la  aldea  trayendo  á  sestear  sus  ovejas. 

FiLONio. — Comienza  tú  á  decirla,  que  yo  te 
ayudaré  lo  mejor  qufe  supiere. 

GRISALDO 

En  el  campo  nacen  flores 
y  en  el  alma  los  amores. 

El  alma  siente  el  dolor 
del  zagal  enamorado, 
y  en  el  alma  está  el  amor 
y  el  alma  siento  el  cuidado; 
assí  como  anda  el  ganado 
en  este  campo  de  flores, 
siente  el  alma  los  amores. 

FiLONio.— Calla,  Grisaldo,  no  cantemos:  qae 
á  Torcato  veo  adonde  te  dixe,   y  tendido  en 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA  651 


aquella  verde  yerba,  recostado  sobre  el  brazo 
derecho,  la  iu«iiio  puesta  cu  su  mexilla,  mos- 
t raudo  en  el  semblante  la  tristeza  de  que  con- 
tinuamente anda  a(*om panado,  y  4  lo  que  parece 
hablando  está  entre  sí.  Por  ventura  antes  que 
nos  vea  podremos  oír  alguna  cosa  por  donde 
podamos  entender  la  causa  de  su  mal. 

Grisaldo. — Muy  bien  dices;  pues  no  nos  ha 
sentido,  acerciuémonos  más,  porque  mejor  po- 
damos oirle. 

ToROATO. — jOh,  claro  sol,  que  con  los  res- 
plandecientes rayos  de  la  imagen  de  tu  memo- 
ria alumbras  los  ojos  de  mi  entendimiento,  pa- 
ra que  en  ausencia  te  tenga  presente,  contem- 
plando la  mucha  razón  que  tengo  para  lo  poco 
que  padezco!  ¿Porqué  permites  eclipsar  con  la 
crueldad  de  tu  olvido  la  luz  de  que  mi  ánima 
goza,  poniéndola  en  medio  de  la  escuridad  de 
las  tinieblas  infernales,  pues  no  tengo  por  me- 
nores ni  menos  crueles  mis  penas  que  las  que 
en  el  infierno  se  padecen?  ¡Oh,  ánima  de  tantos 
tormentos  rodeada!  ¿ccSmo  con  ser  inmortal  los 
recibes  en  ti  para  que  el  cuerpo  con  el  fuego  en 
que  tú  te  abrasas  se  acabe  de  convertir  en  ceni- 
za? Si  el  uso  de  alguna  libertad  en  ti  ha  que- 
dado, sea  para  dexar  recebir  tanta  parte  de  tus 
fatigas  al  miserable  cuerpo  que  con  ellas  pueda 
acabar  la  desventurada  vida  en  que  se  vee.  i  Oh, 
desventurado  Torcato,  que  tú  mesmo  no  sabes 
ni  entiendes  lo  que  quieres,  porque  si  con  la 
muerte  das  fin  á  los  trabajos  corporales  no  con- 
fiesas que  quedarán  en  tu  ánima  inmortal  per- 
petuamente! Y  si  han  de  quedar  en  ella,  ¿no  es 
mejor  que  viviendo  se  los  ayude  á  padecer  tu 
cuerpo  eu  pago  de  la  gloria  que  con  los  favores 
pasados  de  tu  Belisia  le  fue  en  algún  tiempo 
comunicada?  ¡Oh,  cruel  Belisia,  que  ninguna 
cosa  pido,  ni  desseo,  ni  quiero,  que  no  sea  des- 
atino, sino  es  solamente  quererte  con  aquel 
verdadero  amor  y  aficción  que  tan  mal  galar- 
donado me  ha  sido!  Ando  huyendo  de  la  vida 
por  contentarte  y  pienso  que  no  te  hago  servi- 
cio con  procurar  mi  muerte,  porque  mayor  con- 
tentamiento recibes  con  hacer  de  mi  sacrificio 
cada  día  y  cada  hora  que  el  que  nicebirias  en 
venne  de  una  vez  sacrificado  del  todo,  porque 
no  U^  quedaría  en  quién  poder  executar  tu  in- 
humana crueldad,  como  agora  en  el  tu  sin  ven- 
tura Torcato  lo  haces;  bien  sé  que  ninguna 
cosa  ha  de  bastar  á  moverte  tu  corazón  duro 
para  que  él  de  mí  se  compadezca;  poro  no 
por  esso  te  dexaré  de  manifestar  en  mis  versos 
parte  de  lo  que  este  siervo  tuyo,  Torcato,  en  el 
alma  y  en  el  cuerpo  padece.  Escuchadme,  cruel 
Belisia,  que  aunque  de  mí  estés  ausente,  si 
ante  tus  ojos  me  tienes  presente,  como  yo 
siempre  te  tengo,  no  podrás  dexar  de  oir  mis 
dolorosas  voces,  que  enderezadas  á  ti  hendirán 
con  mis  sospiros  el  aire,  para  que  puedan  venir 


á  herir  en  tus  oídos  sordos  mis  tristes  que- 
rellas. 

FiLONio. — Espantado  me  tienen  las  palabras 
de  Torcato,  y  no  puede  ser  pequeño  el  mal  que 
tan  sin  sentir  lo  tiene  que  no  nos  haya  sentido; 
pero  esperemos  á  ver  si  con  lo  que  dixere  po- 
dremos entender  más  particularmente  su  dolen- 
cia, pues  que  de  lo  que  ha  dicho  se  conoce  ser 
los  amores  de  alguna  zagala  llamada  Belisia. 

Qrisaldo. — Lo  que  yo  entiendo  es  que  no 
he  entendido  nada,  porque  van  sus  razones  tan 
llenas  de  philosofías  que  no  dexan  entenderse; 
no  sé  yo  cómo  Torcato  las  ha  podido  aprender 
andando  tras  el  ganado.  Mas  escuchemos,  por- 
que habiendo  templado  el  ral)el,  comienza  á  ta- 
ñer y  cantar  con  muy  dulce  armonía. 

TOEOATO 

¡  Oh,  triste  vida  de  tristezas  llena, 
vida  sin  esperanza  de  alegría, 
vida  que  no  tienes  hora  buena, 
vida  que  morirás  con  tu  porfía, 
vida  que  no  eres  vida,  sino  pena, 
tal  pena  que  sin  olla  morirla 
quien  sin  penar  algún  tiempo  se  viese, 
si  el  bien  que  está  en  la  pena  conociese! 

Más  acoda  que  el  acebo  al  gusto  triste, 
más  amarga  que  el  acíbar  desdeñosa, 
ningún  sabor  jamás  dulce  me  diste 
que  no  tornase  en  vida  trabajosa; 
aquel  bien  que  en  un  tiempo  me  quesiste 
se  ha  convertido  en  pena  tan  rabiosa, 
que  de  mi  mismo  huyo  y  de  mi  he  miedo 
y  de  mí  ando  huyendo,  aunque  no  puedo. 

Sabrosa  la  memoria  que  en  ausencia 
te  pone  ante  mis  ojos  tan  presente, 
que  cuando  en  mi  conozco  tu  presencia, 
mi  alma  está  en  la  gloria  estando  ausente, 
mas  luego  mis  sentidos  dan  sentencia 
contra  mi  dulce  agonía,  que  consiente 
tenerte  puesta  en  mi  entendimiento 
con  gloria,  pues  tu  gloria  es  dar  tormento. 

i  Oh,  quién  no  fuese  el  que  es,  porqv;u  no 
no  sentiría  lo  que  el  alma  siente;        [siendo 
mi  ánima  está  triste,  y  padeciendo; 
mi  voluntad,  ques  tuya,  lo  consiente; 
sí  alguna  vez  de  mi  me  estoy  doliendo 
con  gran  dolor,  es  tal  que  se  arrepiente; 
porque  el  dolor  que  causa  tu  memoria 
no  se  dexa  sentir  con  tanta  gloria. 

Mis  vooes  lleva  el  viento,  y  mis  gemidos 
rompen  con  mis  clamores  Taire  tierno, 
y  en  el  alto  cielo  son  más  presto  oídos, 
también  en  lo  profundo  del  infierno; 
que  tú  quieres  que  se  abran  tus  oídos 
á  oir  mi  doloroso  mal  y  eterno; 
si  llamo  no  respondes,  y  si  callo 
ningún  remedio  á  mis  fatigas  hallo. 


552 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


También  llamo  la  muerte  y  no  responde, 
que  sorda  está  á  mi  llanto  doloroso; 
si  la  quiero  buscar,  yo  no  sé  á  dónde, 
y  ansí  tengo  el  vivir  siempre  forzoso; 
si  llamo  á  la  alegría,  se  me  asconde; 
respóndeme  el  trabajo  sin  reposo, 
y  en  todo  cuanto  busco  algún  contento, 
dolor,  tristeza  y  llanto  es  lo  que  siento. 

TORNA    Á    HABLAR    TORCATO 

i  Oh,  desventurado  Torcato!  ¿k  quién  dices 
tus  fatigas?  ¿á  quién  cuentas  tus  tormentos?  ¿á 
quién  publicas  tus  lástimas  y  angustias?  Mira 
que  estás  solo;  ninguno  te  oye  en  esta  soledad; 
ninguno  dará  testimonio  de  tus  lágrimas,  si  no 
son  las  ninfas  desta  clara  y  cristalina  fuente  y 
las  hayas  y  robles  altos  y  las  encinas,  que  no 
sabrán  entender  lo  que  tú  entiendes.  Das  voces 
al  viento,  llamas  sin  que  haya  quien  te  responda, 
si  no  es  sola  Eco  que,  resonando  de  las  conca- 
vidades destos  montes,  de  ti  se  duele,  sin  po- 
der poner  remedio  á  tu  pasión.  jAy  de  mí,  que 
no  puedo  acabar  de  morir,  porque  con  la  muerte 
no  se  acaban  mis  tormentos;  tampoco  tengo 
fuerzas  para  sustentar  la  miserable  vida,  la  cual 
no  tiene  más  del  nombre  sólo,  porque  verdade- 
ramente está  tan  muerta  que  yo  no  sé  cómo  me 
viva!  ¡Ay  de  mí,  que  muero  y  no  veo  quien 
pueda  valerme! 

Grisaldo. — ¡Filonio,  Filonio;  mira  que  se 
ha  desmayado  Torcato!  Socorrámosle  presto, 
que,  perdiendo  la  color,  su  gesto  ha  quedado  con 
aquel  parecer  que  tienen  aquellos  que  llevan  á 
meter  en  la  sepoltura. 

Filonio. — jOli,  mal  afortunado  pastor,  y 
qué  desventura  tan  grande!  ¿Qué  mal  puede  ser 
el  tuyo  que  en  tal  extremo  te  haya  puesto? 
Trae,  Grisaldo,  en  tus  manos  del  agua  de  aque- 
lla fuente,  en  tanto  que  yo  sustento  su  cabeza 
en  mi  regazo;  ven  presto  y  dale  con  ella  con 
toda  furia  en  el  gesto,  para  que  con  la  fuerza 
de  la  frialdad  y  del  miedo  los  espíritus  vitales 
que  del  van  huyendo  tornen  á  revivir  y  á  cobrar 
las  fuerzas  que  perdidas  tenía;  tórnale  á  dar 
otra  vez  con  ella. 

Grisaldo. — ¡Ya  vuelve,  ya  vuelve  en  su 
acuerdo!  Acaba  de  abrir  los  ojos,  Torcato,  y 
vuelve  en  ti,  que  no  estás  tan  solo  como  piensas. 

Torcato.  — El  cuerpo  puede  tener  compa- 
ñía; pero  el  alma,  que  no  está  conmigo,  no  tiene 
otra  sino  la  de  aquella  fiera  y  desapiadada  Be- 
lisia,  que  contino  della  anda  huyendo. 

Filonio. — Déxate  deso,  Torcato,  agora  que 
ningún  provecho  traen  á  tu  salud  esos  pensa- 
mientos. 

Torcato.  —  ¿Y  qué  salud  puedo  yo  tener  sin 
ellos,  que  no  fuese  mayor  emfermedad  que  la 
que  agora  padezco?  Pero  decidme:  ansí  Dios 


I  os  dé  aquella  alegría  qne  á  mi  me  falta,  ;que 
ventura  os  ha  traído  por  aquí  á  tal  tiempo,  qne 
no  es  poco  alivio  para  mí  ver  que  en  tan  gran 
necesidad  me  hayáis  socorrido,  para  poder  me- 
jor pasar  el  trabajo  en  que  me  he  visto;  qne  bien 
sé  que  la  muerte,  con  todas  estas  amenazas,  no 
tiene  tan  gran  amistad  conmigo  que  quiera  tan 
presto  contarme  entre  los  que  ya  siguen  su 
bandera? 

Filonio. — La  causa  de  nuestra  venida  ha 
sido  la  lástima  qne  de  ti  y  de  tu  dolencia  tene- 
mos; y  el  cuidado  nos  puso  en  camino,  bos- 
cándote  donde  te  hemos  hallado,  para  procurar 
como  amigo  que  vuelvas  al  ser  primero  qne 
teníasi  porque  según  la  mudanza  que  en  tus 
condiciones  has  hecho,  ya  no  eres  aquel  Tor- 
cato que  solías ;  mudo  estás  de  todo  punto,  j 
créeme,  como  á  verdadero  amigo  que  soy  tajo, 
que  los  males  que  no  son  comunicados  no 
hallan  tan  presto  el  remedio  necesario,  porque 
el  que  los  padece,  con  la  pasión  está  ciego  pan 
ver  ni  hallar  el  camino  por  donde  pueda  salir 
dellos;  así  que,  amigo  Torcato,  páganos  la 
amistad  que  tenemos  con  decimos  la  causa  de 
tu  dolor  más  particularmente  de  lo  cual  hemos 
entendido,  pues  ya  no  puedes  encubrir  que  no 
proceda  de  amores  y  de  pastora  que  se  llame 
Belisia,  á  la  cual  no  conocemos,  por  no  haber 
tal  pastora  ni  zagala  en  nuestro  lugar,  ni  qne 
de  este  nombre  se  llame. 

Grisaldo.— No  dudes,  Torcato,  en  hacerlo 
que  Filonio  te  ruega,  pues  la  affíción  con  qne 
te  lo  pedimos  y  la  voluntad  con  qne,  siendo 
en  nuestra  mano,  lo  remediaremos,  merecen 
que  no  nos  niegues  ninguna  cosa  de  lo  qne  por 
ti  pasa;  que  si  conviene  tenerlo  secreto,  se^run) 
podrás  estar  qne  á  ti  mesmo  lo  dices,  porqne  los 
verdaderos  amigos  una  mesma  cosa  son  para 
sentir  y  estimar  las  cosas  de  sus  amigos,  hacie'n- 
dolas  propias  suyas,  así  para  saberlas  encubrir 
y  callar  como  para  remediarlas  si  pueden. 

Torcato. — Conocido  he  todo  lo  qne  me 
habéis  dicho,  y  aunque  yo  estaba  determinado 
de  no  descubrir  mi  rabioso  dolor  á  persona  del 
nmndo,  obligado  quedo  con  ruestras  buenas 
obras  y  razones  á  qne  como  amigos  entendáis 
la  causa  que  tengo  para  la  triste  vida  qne 
padezco.  Y  no  porque  piense  que  ha  de  apro- 
vecharme, si  no  fuere  para  el  descanso  qne  reci- 
biré cuando  viere  que  de  mis  tribulaciones  j 
fatigas  os  doléis,  las  cuales  moverán  á  cualqnier 
corazón  de  piedra  dura  á  que  de  mi  se  duela  y 
compadezca.  No  quiero  encomendaros  el  secre- 
to, pues  me  lo  habéis  offrecído,  que  nunca  por 
mí  vaya  poco  en  que  todo  el  mundo  lo  sepa.  £s 
tanto  el  amor  que  tengo  á  esta  pastora  Belisia, 
que  no  querría  que  ninguno  viniesse  á  saber  el 
desamor  y  ingratitud  que  conmigo  ha  usado, 
para  ponerme  en  el  extremo  qué  me  tiene. 


COLLOQÜIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


553 


FiLONio. — Bien  puedes 
lo  qnc  quisieres,  debaxo  del 
por  ambos  te  ha  dado. 

ToRCATo. — Ora,  pues, 
yo  quiero  comenzar  desde 
amores  y  gozar  del  alivio 
cuentan  sus  trabajos  á  las 
que  se  han  de  doler  dellos. 


decir,  Torcato,  todo 
seguro  que  Grisaldo 

estad  atentos,  que 
el  principio  de  mis 
que  reciben  los  que 
personas  que  saben 


COMIENZA  TOROATO   i  CONTAR  EL  PROCESO  DE 
SUS  AMORES  CON  LA  PASTORA  BBLISIA 

En  aquel  apacible  y  sereno  tiempo,  cuando 
los  campos  y  prados  en  medio  del  frescor  de  su 
verdura  están  adornados  con  la  hermosura  de 
las  ñores  y  rosas  de  diversas  colores,  que  la 
naturaleza  con  perfectos  y  lindos  matices  pro- 
duce, brotando  los  árboles  y  plantas  las  hojas 
y  sabrosas  frutas,  que  con  gran  alegría  regoci- 
jan los  corazones  de  los  que  gozarlas  después 
de  maduras  esperan,  estaba  yo  el  año  passado 
con  no  menor  regocijo  de  ver  el  fruto  que  mis 
ovejas  y  cabras  habían  brotado,  gozando  de  ver 
los  mansos  corderos  mamando  la  sabrosa  leche 
de  las  tetas  de  sus  madres  y  á  los  ligeros  cabri- 
tos dando  saltos  y  retozando  los  unos  con  los 
otros;  los  l)€cerros  y  temeros  apacentándose 
con  la  verde  y  abundante  yerba  que  en  todas 
partes  les  sobraba,  de  manera  que  todo  lo  que 
miraba  me  causaba  alegría,  con  todo  lo  que 
veía  me  regocijaba,  todo  lo  que  sentía  me 
dí\ba  contento,  cantando  y  tañendo  con  mi 
rabel  y  chirumbela  passaba  la  más  sabrosa  y 
alegre  vida  que  contar  ni  deciros  puedo. 

Muchas  veces,  cuando  tañer  me  sentían  los 
zagales  y  pastores  que  en  los  lugares  cercanos 
sus  ganados  apacentaban,  dexándolos  con  sola 
la  guarda  de  los  mastines,  se  venían  á  bailar 
y  danzar  con  grandes  desafíos  y  apuestas, 
poniéndome  á  mí  por  juez  de  todo  lo  que 
entre  ellos  passaba;  y  después  que  á  sus  maja- 
das se  volvían,  gozaba  yo  solo  de  quedar  ten- 
dido sobre  la  verde  yerba,  donde  vencido  del 
sabroso  sueño  sin  ningún  cuidado  dormía,  y 
cuando  despierto  me  hallaba,  contemplando  en 
la  luz  y  resplandor  que  la  luna  de  sí  daba,  en  la 
claridad  de  los  planetas  y  estrellas,  y  en  la  her- 
mosura de  los  cielos  y  en  otras  cosas  semejan- 
tes passaba  el  tiempo,  y  levantándome  daba 
vuelta  á  la  redonda  de  mi  ganado  y  más 
cuando  los  perros  ladraban,  con  temor  de  los 
lobos,  porque  ningún  daño  les  hiciessen. 

Y  después  de  esto,  pensando  entre  mí,  me 
reía  de  los  requiebros  y  de  las  palabras  amoro- 
sas que  los  pastores  enamorados  á  las  pastoras 
decían,  gozando  yo  de  aquella  libertad  con  que 
á  todos  los  escuchaba,  y  con  esta  sabrosa  y 
dulce  vida,  en  que  con  tan  g^n  contentamiento 
vivía,  pasé  hasta  que  la  fuerza  grande  del  sol 


y  la  sequedad  del  verano  fueron  causa  que  las 
yerbas  de  esta  tierra  llana  se  marchitassen  y 
pusiesen  al  ganado  eu  necesidad  de  subirse  á 
las  altas  sierras,  como  en  todos  los  años  acos- 
tumbraban hacerlo;  y  ansi,  juntos  los  pastores, 
llevando  un  mayoral  entre  nosotros,  que  en  la 
sierra  nos  gobernase,  nos  fuimos  á  ella.  Y  como 
de  muchas  partes  otros  pastores  y  pastoras 
también  allí  sus  ganados  apacentassen,  mi  ven- 
tura, ó  por  mejor  decir  desventura,  traxo  entre 
las  otras  á  esa  inhumana  y  cruel  pastora,  lla- 
mada Belisia,  cuyas  gracias  y  hermosura  así 
aplacieron  á  mis  ojos,  que  con  atención  la  mira- 
ban, que  teniéndolos  puestos  en  ella  tan  firmes 
y  tan  constantes  en  su  obstinado  mirar,  como  si 
cerrar,  ni  abrir,  ni  mudar  no  los  pudiera,  dieron 
lugar  con  su  descuidado  embovescimiento  que 
por  ellos  entrase  tan  delicada  y  sabrosamente 
la  dulce  ponzoña  de  Amor,  que  cuando  comencé 
á  sentirla  ya  mi  corazón  estaba  tan  lleno  della 
que,  buscando  mi  libertad,  la  vi  tan  lexos  de 
mí  ir  huyendo,  con  tan  presurosa  ligera  velo- 
cidad, que  por  mucha  diligencia  que  puse  en 
alcanzarla,  sintiendo  el  daño  que  esperaba  por 
mi  descuido,  jamás  pude  hacerlo,  antes  quedé 
del  todo  sin  esperanza  de  cobrarla,  porque  vol- 
viendo á  mirar  á  quien  tan  sin  sentido  robádo- 
mcla  había,  vi  que  sus  hermosos  ojos,  mirán- 
dome, contra  mí  se  mostraban  algo  airados,  y 
parecióme  casi  conocer  en  ellos,  por  las  señales 
que  mi  mismo  deseo  interpretaba,  decirme:  ¿De 
qué  te  dueles,  Torcato?  ¿Por  ventura  has 
empleado  tan  mal  tus  pensamientos  que  no 
estén  mejor  que  merecen?  Yo  con  grande  humil- 
dad, entre  mí  respondiendo,  le  dije:  Perdo- 
nadme, dulce  ánima  mía,  que  yo  conozco  ser 
verdad  lo  que  dices,  y  en  pago  de  ello  protesto 
servirte  todos  los  días  que  viviere  con  aquel 
verdadero  amor  y  affición  que  á  tan  gentil  y 
graciosa  zagala  se  debe. 

Y  ansí,  dándole  á  entender,  con  mirarla  todas 
las  veces  que  podía,  lo  que  era  vedado  á  mi 
lengua,  por  no  poder  manifestar  en  presencia 
de  los  que  entre  nosotros  estaban  el  fuego  que 
en  mis  entrañas  comenzaba  á  engendrarse,  para 
convertirlas  poco  á  poco  en  ceniza,  encontrán- 
donos con  la  vista  (porque  ella,  casi  conociendo 
lo  que  yo  sentía,  también  me  miraba),  le  daba 
á  conocer  que,  dexando  de  ser  mía,  más  verda- 
deramente estaba  cautivo  de  su  beldad  y  bien 
parecer.  Y  mudando  el  semblante,  que  siempre 
solía  estar  acompañado  de  alegría,  en  una  dulce 
tristeza,  también  comencé  á  trocar  mi  condi- 
ción, de  manera  que  todos  conocían  la  novedad 
que  en  mi  había. 

Y  todo  mi  deseo  y  cuidado  no  era  otro  sino 
poder  hablar  á  la  mi  Belisia,  y  que  mi  lengua 
le  pudiese  manifestar  lo  que  sentía  el  corazón, 
para  dar  con  esto  algún  alivio  á  mi  tormento; 


1 


554 


ORÍGENES  DE  LA  XOVELA 


y  p'irqn^  mejor  se  piid¡f'H<*  fncubrir  mi  penea- 
riií<'iito,  (i''ti'nii¡né  «m  lo  pnl»1¡co  mostrar  otros 
aiJioH'»,  con  lofi  cualfs  f eligidos  eiir-nl 'ríese  los 
verdaderos,  para  que  de  tiingiino  íiie.Ben  seiiti- 
áiJñ,  y  Hiií  ifie  mostré  afíciona^lo  y  con  volnntad 
de  s<'rrir  á  una  pastora  llamadla  Aurelia,  que 
mu^'has  vafees  andaba  en  compañía  de  la  mi  1^*- 
lisia,  y  conversaba  con  muclia  familiarídad  y 
grande  amistad  con  ella.  Y  andando  bascando 
tiempo  y  oportunidad  para  que  mi  deseo  se 
cumpliese,  hallaba  tantos  embarazos  de  por  me- 
dio, que  no  era  pecjueña  la  fatiga  que  mi  ánima 
con  ellos  sentía.  Y  habiéndose  juntado  un  día  de 
fiesta  algunos  pastores  y  pastoras  en  la  majada 
de  sus  padres  de  la  mi  Belisia,  después  de 
hal>er  algún  rato  bailado  al  son  que  yo  con  mi 
cliiruml>ela  les  hacia,  me  rogaron  que  cantase 
algunos  versos  de  los  que  solía  decir  otras  veces, 
y  sin  esjierar  á  que  más  me  lo  dixesen,  puestos 
los  ojos  con  la  mejor  disimulación  que  pude  á 
donde  la  afición  los  guiaba,  dando  primero  un 
peciuefio  sospiro,  al  cual  la  vergüenza  de  los  que 
pr(*sentcH  estalmn  detuvo  en  mi  pecho,  para  que 
del  tfxlo  salir  no  pudiese,  cfimencé  á  decir: 

Extremos  que  con  fuerza  así  extremada 
<lais  pena  á  mis  sentidos  tan  sin  tiento, 
tfíniendo  al  alma  triste,  fatigada, 

ÍJausáisme  de  continuo  un  tal  tormento 
que  mi  alma  lo  quiere  y  lo  asegura, 
porqiH3  viene  mezclado  con  contento. 

Si  acaso  ?ez  alguna  se  figura 
á  mi  pena  cruel  que  se  fenece, 
ella  misma  el  penar  siempre  procura. 

Cuando  el  cuidado  triste  en  mí  más  crece, 
mayor  contento  siento  y  mayor  gloria, 
porque  el  mismo  cuidado  la  merece. 

De  mal  y  bien  tan  llena  mi  memoría 
está,  que  la  razón  no  determina 
cuál  del  los  lleva  el  triunfo  de  vitoria. 

Con  este  extremo  tal  (jue  desatina, 
mi  esperanza  y  mí  vida  van  Imscando 
el  medio  (*)  (jue  tras  él  siempre  camina. 

Y  si  grandes  peligros  van  pasando, 
ninguno  les  empece  ni  fatiga; 
de  todos  ellos  salen  escapando. 

El  agua  no  les  dai\a,  porque  amiga 
á  mis  lágrimas  tristes  se  ha  mostrado, 
pues  (jue  ellas  dan  camino  en  ({ue  las  siga. 

Kl  fuego  no  las  quema,  qno  abrasado 
de  otro  fuego  mayor  siempre  me  siente, 
y  assí  passau  por  él  muy  sin  cuidado. 

También  mi  sospirar  imnca  consiente 
que  el  viento  les  fatigue  ni  dé  pena, 
kí  a<(uel  de  mis  suspiros  no  está  ausente. 

Amor  con  mi  ventura  así  lo  ordena, 


(*)  liemedUt  dice  la  edición  do  Mondoñedo,  aña« 
diendo  una  sílaba  al  verüo. 


|»ara  mostrar  en  mi  sa  gran  potencia. 
¡rorque  á  perpetua  pena  me  condena. 

I)ada  está  contra  mí  cmel  sentencia, 
que  no  pueda  morir,  ni  yo  matarme 
ni  sanar  pueda  desta  gran  dolencia. 

Sólo  .Vmor  put?de  cctn  fuerza  acabarme 
si  me  falta  el  consuelo  y  esperanza 
de  arguella  que  el  consuelo  pnedA  darme. 

Con  mucha  atención  estuvieron  escuchándo- 
me todos  los  que  allí  estaban,  y  principalmente 
aí^uella  hermosa  Belisia.  conociendo  que  salían 
mis  palabras  forzadas  de  la  pasión  que  mi  áni- 
ma por  ella  sentía,  y  tornando  al  regocijo  pri- 
mero de  los  liailes  y  danzas,  oímos  muy  gnn- 
d(?s  voces  de  pastores  y  ladridos  de  mastines  j 
perrris,  que  segtdan  un  lobo  que  de  entre  el  ga- 
nado un  cordero  llevaba,  al  cual  todos  los  de  la 
compañía,  deseosos  de  aquella  provechosa  caza, 
comenzaron  á  seguir  con  gran  grita  y  aland<?s, 
acossando  los  perro€  para  que  con  mayor  volan- 
tad  al  lobo  siguiesen,  y  como  todos  con  grande 
atención  lo  fuesen  mirando  y  siguiendo,  sólo 
yo  miraba  en  lo  que  más  me  convenia,  que  era 
en  la  mi  querida  Belisia,  la  cual,  no  sé  si  por  no 
poder  más  correr,  ó  con  la  lástima  que  de  mi 
tenia,  por  darme  lugar  á  que  con  manifestár- 
Sf^la  recibiese  algún  descanso,  se  quedó  harto 
zaguera;  y  yo,  deteniéndome  de  la  mesma  ma- 
nera, hasta  que  ambos  emparejamos  juntos,  con 
la  color  mudada  y  la  voz  temblando,  que  casi 
formar  las  palabras  no  ¡)odia,  asi  le  comencé  á 
decir: 

DESCUBRE    TORGATO    SUS    AKORBS     k    DKUSIA 

(t  Aquel  amor,  cuyas  fuerzas  poderosas  á  nin- 
guno perdonan,  Belisia  mía,  en  mi  las  ha  exe- 
cutado  con  tan  gran  fuerza,  que  forzosamente 
me  ha  rendido  y  hecho  poner  las  armas  de  mi 
libertad  en  tus  manos,  haciéndome  cautivo  de 
tu  angélica  belleza,  porque  como  del  resplande- 
ciente sol  la  luna  y  estrellas  resciben  la  claridad 
que  en  ellas  se  muestra,  no  teniendo  de  si  mes- 
mas  otra  ninguna  con  que  manifestársenos  pue- 
dan, asi  mis  sentidos,  que  la  Tida  tienen  pres- 
tada por  el  tiempo  que  tú  dársela  quisieres,  re- 
cibiéndola de  ti,  te  pagan  el  tributo  del  conoci- 
miento que  desto  te  doben,  poniéndose  en  tn 
presencia  con  aquella  humildad  que  más  pien- 
san aprovecharles,  para  que  de  mi  atríbnlatlo 
corazón  te  duelas.  ¡Ay  de  mi,  Belisia,  qae  si 
como  siento  el  trabajo  de  mi  rabioso  dolor  sen- 
tiese  no  ser  de  ti  conocido,  imposible  sería  sus- 
tentar la  vida  con  id  bravo  y  contino  tormento 
que  padece!  Bien  sé  que,  aunque  no  te  he  hasta 
agora  manifestado  la  crueldad  de  mi  pena,  ni  la 
causa  de  mi  tristeza,  ni  el  extremo  en  que  tu  her- 
mosura me  ha  puesto,  en  mis  ojos  lo  habrás  co- 
nocido, los  cuales,  habiendo  querido  mostrarse 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


555 


amigos  do  uii  lengua,  y  viéndola  hasta  agora  que 
estando  muda  ha  callado,  como  no  pueden  for- 
mar las  palabras  que  la  lengua  diría,  con  lágri- 
mas dan  señal  de  la  fatiga  que  el  corazón  siente; 
lo  que  te  suplico  es  que  de  mi  terrible  mal  hayas 
lástima,  ayudándome  con  algún  remedio  que 
pueda  aliviarlo,  pues  que,  faltándome  tu  favor, 
del  todo  seria  imposible  sustentar  la  vida,  y  si 
esto  hacer  no  quisieres,  á  lo  menos  que  muestres 
que  recibirás  contento  con  mi  muerte;  porque 
no  está  en  más  de  que  tú  lo  quieras  para  que  yo 
no  pueda  vivir  más  sola  una  hora  en  el  mundo». 

Acabando  de  decir  esto,  mis  ojos  regaban  la 
tierra  con  tanta  abundancia  de  lágrimas,  que  yo 
mesmo  me  maravillaba,  parccicndome  que  del 
todo  me  había  de  convertir  en  ellas,  y  mis  sos- 
piros  parecia  que  rompían  mis  entrañas  con  la 
fuerza  que  salían  para  alentar  el  corazón,  que 
en  el  golfo  de  mi  pasión  se  ahogaba,  y  tem- 
blando con  el  temor  que  de  la  respuesta  de  Be- 
lisia  esperaba,  la  vi  que,  mirando  con  el  gesto 
oigo  alegre  y  risueño,  me  decía: 

(iliien  pensó,  Torcato,  que  no  llegara  á  tan- 
to tu  atrevimiento  que  assí  tan  claramente  osa- 
ses manifestarme  lo  que  sientes,  pues  que  no 
has  conocido  de  mí  sor  amiga  de  oir  ni  enten- 
der cosa  que  á  mi  honra  y  fama  en  alguna  ma- 
nera dañar  pueda;  y  no  tengas  en  poco  ha- 
l^orte  escuchado  lo  que  muchos  días  ha  que  de 
ti  he  conoscido,  aunque  más  quisiera  no  cono- 
cerlo; porque  ni  tú  te  vieras  en  el  trabajo  que 
publicas,  ni  yo  lo  tuviera  en  pensar  que  por  mi 
causa  lo  padeces;  y  digo  que  lo  pienso,  porque 
no  sé  cómo  te  crea  habiendo  publicado  tus 
amores  oon  Aurelia,  de  la  cual  entiendo  que 
como  á  su  vida  te  quiere  y  ama;  si  lo  que  dices 
es  para  engañarme,  confiando  en  la  simplicidad 
de  pastora  que  en  mí  sientes,  engañado  vives, 
que  con  dificultad  podrás  hacerlo,  y  sí  no  el 
tiempo  descubrirá  tu  secreto  y  á  mí  me  dirá  lo 
que  hacer  debo;  por  agora  te  baste  que,  si  me 
amas  como  lo  muestras,  te  lo  agradezco,  y  fue- 
ra des  te  agradecimiento  en  la  voluntad,  no  me 
pidas  otra  cosa  que  no  pueda,  sin  perjuicio  mío 
y  de  mi  honestidad,  en  ningún  tiempo  hacerla». 

Tal  quedé  con  la  respuesta  de  la  mi  Belisia 
como  los  que  en  la  profundidad  de  la  mar  con 
gran  tormenta  navegan,  inciertos  del  fin  que 
han  de  haber  en  su  jornada  peligrosa,  port^ue 
lo  que  por  una  parte  en  sus  razones  me  conce- 
día, que  ora  licencia  para  quererla,  por  otra  me 
la  negaba  para  que  más  la  serviesso;  y  lo  que 
más  pena  me  dio  era  los  celos  que  de  Aurelia 
me  pedía,  siendo  yo  tan  verdadero  testigo  de 
su  engaño;  y  para  desengañarla  del  mal  pen- 
samiento que  tenía,  le  dixe:  k  Harto  bien  es 
para  mí,  señora  mía,  que  conozcas  que  la  afición 
que  te  muestro  y  el  verdadero  amor  que  tengo 
no  es  fiingido;  y  así  quiero  que  también  me 


creas  que  ningún  engaño  en  él  está  encubierto, 
sino  es  el  aue  recil)e  Aurelia  si  piensa  que  yo 
la  quiero,  habiendo  subjetado  mi  voluntad  á  la 
suya  de  manera  que  no  quede  por  esta  parte  libre 
del  todo  para  amartey  quererte  como  te  quiero». 

<fPues  ¿por  qué  tienes  tan  engañosas  mues- 
tras para  con  ella,  me  dixo  Belisia,  que  yo  la 
he  lástima  si  es  así?». 

a  Si  tú  me  dices  del  engaño  que  recibe,  ma- 
yor la  habrías  de  tener  de  mí,  le  respondí  yo, 
por  la  causa  que  tengo  para  engañarla,  que  no 
es  otra  sino  que  mi  ¡pensamiento  no  sea  enten- 
dido, por  no  poner  en  peligro  el  aparejo  que 
pienso  hallar  algunas  veces  para  hablarte  y  ser- 
virte conforme  á  mi  deseo;  que  bien  sabes,  mi 
Belisia,  la  sospechosa  condición  de  tu  madre,  y 
que  si  esto  no  tuviese  creído,  que  con  mayor 
cuidado  te  guardaría  de  mí  que  agora  lo  hace, 
de  manera  que  pocas  veces  ó  ninguna  pudieses 
oir  en  presencia  lo  que  en  ausencia  por  ti  mi 
ánima  siente». 

(tEl  tiempo  dirá  lo  que  en  todo  se  ha  de  ha- 
cer, me  dixo  Belisia;  bástete  por  agora  el  favor 
que  de  mí  lias  recebido  en  haberte  escuchado, 
lo  que  jamás  pensé  hacer  con  ninguno;  y  por- 
que la  gente  maliciosa  no  pueda  pensar  alguna 
cosa  de  lo  que  hablamos,  apártate  de  mí,  por- 
que ya  vuelven  cerca  los  que  solos  nos  dexaron, 
y  lo  mejor  será  que  no  te  vean». 

Yo,  viendo  la  razón  que  tenía,  con  un  sus- 
piro que  mis  entrañas  llevaba  envueltas  en  me- 
dio de  sí,  le  dixe:  a  Adiós,  ánima  mía  y  des- 
canso mío,  hasta  que  yo  pueda  volver  á  buscar- 
me á  donde  agora  yo  quedo  más  enteramente 
que  no  voy  conmigo».  «Dios  te  guíe,  respondió 
Belisia,  assí  como  yo  lo  deseo.» 

Diciendo  esto,  cada  uno  de  nosotros  se  fué 
por  su  parte,  viendo  venir  á  todos  los  pastores 
y  pastoras  que  al  lobo  habían  seguido,  con  tan 
grande  estruendo  y  alaridos  y  voces  que  todos 
los  valles  cercanos  resonaban  con  ellas;  era  la 
grita  y  vocería  de  regocijo  por  haber  muerto  el 
lobo,  el  cUal  traían  con  sus  manos  arrastran- 
do, y  era  tan  grande  que  pocos  mayores  se  ha- 
bían visto  en  aquella  montaña.  Y  como  yo  con 
el  mesmo  regocijo  me  llegase  á  verlo,  Aurelia, 
que  con  Belisia  me  había  visto  hablando,  to- 
mando alguna  sospecha  de  lo  que  podía  ser, 
casi  pcdiéndome  celos,  me  dixo:  «Alegro  te 
veo,  Torcato,  y  con  mayor  contento  que  estos 
días  passados  te  vía;  mucho  ha  podido  la  bue- 
na conversación  de  Belisia,  pues  tan  presto  te 
ha  mudado  de  lo  que  ser  solías». 

Yo  entendiendo  sus  palabras  y  el  fin  con  que 
las  decía,  lo  respondí:  «Engañada  estás,  Aure- 
lia, si  de  mí  ni  de  Belisia  piensas  ninguna  cosa 
que  en  tu  perjuicio  sea;  presto  te  nmcstras  des- 
confiada, sabiendo  que  por  ambas  partes  puedes 
estar  muy  segura,  pesarmería  si  pensase  que 


55fi 


orígenes  de  la  novela 


lo  sientes  asi  como  lo  dices».  Ella,  reyéndose, 
niedíxo:  «Estoy  Imrlando  contigo,  que  aunque 
de  ti  pudiese  pensar  mal,  no  lo  pensaría  de  Be- 
lisia,  porque  está  mejor  acreditada  conmigo». 

Y  con  esto,  tornando  al  regCH'ijo  que  con  el 
IoIh)  se  tenia,  llegamos  á  las  majadas,  y  en  un 
pra<lo  (pie  en  medio  dellas  se  liairia  se  comenzó 
la  fiesta  de  bailes  y  danzas,  que  no  con  poco 
placer  y  alegría  tuvo  hasta  la  noche,  la  cual  yo 
pasé  más  contento  que  las  pasadas,  por  haber 
podido  manifestar  á  la  mi  Belisia  la  presunción 
de  mis  pensamientos,  que  no  me  parecía  haber 
hedió  poco,  según  lo  mucho  que  \o  deseaba.  Y 
con  esto  se  pasaron  algunos  días,  que  el  tiempo 
no  dio  lugar  á  que  más  pudiese  á  solas  hablar- 
la; lo  que  procuraba  con  gran  diligencia  era 
que  por  señales  conociese  lo  que  mi  ánima  sen- 
tía, 7  aunque  éstas  eran  tan  disimuladas  que 
parecía  imposible  que  ninguna  persona  enten- 
derlas podiese,  había  quedado  Aurelia  con  tanta 
sospecha  de  lo  pasado,  que  jamás  de  nosotros 
los  ojos  quitaba,  y  entendiendo  algunas  veces 
lo  que  hacía  y  diciéndome  algunas  palabras 
maliciosas  sobre  ello,  yo  lo  mejor  que  podía  di- 
simulaba con  ello,  haciéndola  estar  dudosa, 
porque  lo  que  por  una  parte  sospechaba,  por 
otra  no  lo  creía;  mas  con  todo  esto  vivía  tan 
recatada  y  celosa,  que  una  sola  hora  jamás  de 
la  compañía  de  Helisia  se  apartaba,  y  así,  era  el 
mayor  estorbo  y  embarazo  que  yo  hallaba  para 
mi  deseo.  Muchas  veces  estando  ambas  solas  y 
yo  solo  con  ellas,  pasábamos  graciosas  burlas  y 
donaires  envueltos  en  algunas  malicias;  pero 
no  por  eso  dexaba  de  pasar  mi  disimulación 
adelante,  por  lo  mucho  que  á  mí  y  á  Belisia 
nos  importaba.  Desta  manera  andaba  es{)eran- 
do  tiempo  y  oportunidad  para  tornar  á  hablar- 
la, ponjue  la  afición  y  pasión  que  en  mí  sentia 
crecer  cada  hora,  tan  ásperamente  me  atormen- 
taban, que  en  ninguna  cosa  hallaba  descanso 
ni  sosiego. 

Y  andando  con  esta  cuidadosa  congoxa,  vino 
un  día  de  fiesta  para  todos  los  pastores  y  za- 
galas, no  poco  regocijado,  porque  queriendo 
cumplir  un  voto  ó  promesa  que  de  correr  toros 
tenían,  comenzaron  á  cercar  un  corro  con  mu- 
chas talanqueras  y  palenques  á  la  redonda,  con 
i{ue  de  la  braveza  y  ferocidad  de  los  toros  pudie- 
sen defenderse,  y  en  ellas  todas  las  mujeres  y 
hombres  para  ver  se  pusieron,  si  no  eran  aquellos 
que  su  ligereza  y  velocidad  en  el  correr  mostrar 
querían,  de  los  cuales  los  más  eran  zagales  y  pas- 
tores enamorados,  que  con  garrochas  y  inven- 
ciones puestas  en  ellas,  paseándose  por  el  corro 
con  muchos  ademanes  y  meneos  mostraban  su 
gentileza,  y  en  saliendo  los  toros  las  emplearon 
en  ellos  cada  uno  lo  mejor  que  supo  y  pudo  ha- 
cerlo. Y  aiiáí  se  comenzó  la  grita  y  estruendo 
de  los  síUk)8,  las  voces,  el  correr  para  una  parte. 


y  para  otra,  el  huir,  el  ascenderse,  el  salur  t 
trepar,  por  excusar  el  peligro  con  que  se  podiin 
ver  con  una  bestia  fiera. 

Tixios  los  que  miraban  estaban  muy  ateutoe 
y  embel)ec¡do8  «'on  esto;  sólo  yo  aquí  en  el  amo- 
roso fuego  abrasaba,  sin  tener  atención  á  nin- 
guna cosa  destas,  como  si  presente  no  me  ht- 
llara;  tenía  los  ojos  puestos  donde  mi  conzón 
los  guiaba,  de  manera  que  de  mirar  á  Belisia  no 
podía  apartarlos,  á  la  cnal  no  hallé  tan  des- 
cuidada que,  doliéndose  de  mi,  al^f^onas  veces  no 
me  mirase,  y  movida  con  alguna  piedad  y  lás- 
tima que  de  mí  tuvo,  hallando  cierta  ocasión 
para  poderlo  hacer  sin  sospecha,  se  Tino  á  don- 
de yo  estaba  y  se  puso  á  mí  lado,  sin  qne  nin- 
guna persona  estuviese  entre  nosotros,  y  con 
una  graciosa  risa  me  habló  diciendo: 

«Bien  fuera,  Torcato,  que  como  los  otros  za- 
gales salieras  al  corro  para  mostrar  con  ellos  el 
valor  de  tu  persona,  y  que  no  estuvieses  tú  mi- 
rando el  peligro  á  que  se  ponen  por  servir  en 
ello  á  sus  enamoradas  y  amigas  tan  á  tu  salro, 
que  á  lo  menos  estarás  bien  seguro  de  no  venir 
á  caer  en  los  cuernos  de  los  torosa. 

ocjAy,  dulce  ánima   mía,   le    respondí  yo, 
cuánto  mayor  es  el  peligro  en  que  cada  hora  me 
veo  de  no  caer  en  tu  desgracia,  que  para  mí  es 
harto  más  temerosa  que  no  la  braveza  y  feroci- 
dad de  los  toros;  y  quien  tan  peligrosa  contien- 
da tiene  consigo,  no  es  justo  meterse  en  otra, 
donde  tan  poco  provecho  puede  sacarse,  cnanto 
más  que  juzgando  el  dolor  de  las  heridas  de  las 
garrochas  por  las  que  yo  en  el  alma  siento,  tira- 
oas  con  la  hermosa  vista  de  tas  ojos  con  tan 
poderosa  fuerza  que  las  puntas  de  los  clavúe 
tienen  llagado  el  corazón  y  puesto  en  el  estre- 
cho de  la  muerte,  mal  podía  tirárselas  ni  hacer 
mal  ni  daño  á  quien  ninguno  me  liaee,  antes  tan 
gran  bien  cuanto  pueda  encarecerio,  pues  son 
causa  de  que  yo  dé  algún  alivio  y  descanso  á 
mi  tormento,  con  que  tu  entiendas  qne  un  panto 
jamás  sin  él  me  hallo.  Y  créeme,  mi  Belisia. 
que  ya  mis  fuerzas  no  bastan  para  sufrir  la  pena 
rabiosa  que  me  está  consumiendo  la  vida;  de 
manera  que  muy  presto  dará  señales  de  tn  cruel- 
dad y  de  mi  muerte,  si  no  es  socorrida  con  aque- 
lla paga  que  mi  verdadero  amor  te  merece». 

«No  tienes  razón,  Torcato,  me  respondió,  de 
aqucxarte  tanto  ni  de  agraviarte  de  mi,  pae> 
hago  más  de  lo  que  puedo  y  debo  para  darte 
contento,  el  cual  yo  te  deseo;  assi  los  bado« 
prósperamente  me  den  la  Tentara  que  yo  qo^ 
rría,  que  si  no  desease  complacerte  no  hobien 
venido  á  hablarte,  dexando  la  compañía  de  las 
zagalas  con  quien  estaba;  y  porque  no  poedaí 
agraviarse  de  lo  que  he  hecho,  á  Dios  te  qnedi. 
que  yo  me  vuelvo  para  ellas  ^. 

Con  esto  se  fué  la  luz  de  mis  ojos,  dexán- 
dome  tal  que  pocas  señas  podría  dar  de  los  toros 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


que  se  corrieron;  y  cuanto  mayor  contenta- 
miento me  quedó  con  oir  sus  amorosas  razones, 
tanto  crecía  en  mi  más  el  deseo  cada  hora  de 
tornarla  á  hablar  si  pudiese;  y  así  anduve  algu- 
nos días,  que  el  poco  aparejo  que  el  tiempo  me 
daba  y  el  estorbo  que  la  presencia  de  Aurelia 
me  liacía  me  quitaron  que  no  gozasse  de  per- 
suadir á  Belisia  que  de  mis  mortales  cuitas  se 
doliese,  habiendo  lástima  de  quien  las  padecía; 
lo  que  hacia  era  dar  quexas  al  viento,  echar  mis 
sospiros  en  el  aire,  derramar  lágrimas  sin  que 
ninguno  las  viese;  pintaba  con  mi  cañibete  en 
los  árboles  que  hallaba  el  nombre  de  la  mi  Be- 
lisia,  y  en  la  cabeza  de  un  cayado  que  tengo  tan 
buena  mafia  me  di,  que  contrahice  su  gesto,  casi 
tan  natural  como  yo  en  el  alma  lo  tengo  pinta- 
do. Con  esto  me  consolaba,  no  queriendo  que  á 
nadie  fnesse  descubierta  la  causa  de  mi  pena,  y 
algunas  veces  con  mi  rabel  tañía  y  cantaba,  com- 
poniendo versos,  entre  los  cuales  hice  un  día 
unos  que,  por  parecerme  al  propósito  de  lo  que 
08  he  contado,  los  quiero  decir,  para  que  los 
oyáis. 

FiLONK). —Antes,  Torcato,  si  te  place,  en 
pago  de  la  atención  con  que  te  escuchamos,  y 
de  la  lástima  que  de  ti  tenemos,  te  ruego  que 
cantados  nos  los  digas,  que  después  podrás  aca- 
bar de  contamos  lo  que  has  comenzado,  que  no 
es  tan  poco  el  gusto  que  con  ello  recibo,  que 
aunque  tú  quisieses  dexarlo  yo  lo  consintiria. 

ToROATo. — Pues  assí  lo  queréis,  soy  conten- 
to de  complaceros,  que  el  rabel  tengo  templado 
y  luego  quiero  comenzarlos: 

Los  árboles  y  plantas  con  sus  flores 
se  muestran  apacibles  y  olorosos; 
los  campos,  matizados  con  colores 
que  pintan  su  belleza,  están  hermosos ; 
los  anímales  brutos  con  amores 
andan  regocijados  y  gozosos; 
yo  solo  estoy  penando  y  pensativo 
con  ver  que  Amor  se  muestra  tan  csíjuivo. 

Los  montes  y  los  bosques,  que  el  invierno 
con  las  nieves  y  fríos  tiene  helados, 
producen  muchas  hojas  y  gobierno 
á  las  aves  y  bestias  y  ganados; 
por  todas  partes  sale  el  gromo  tierno, 
de  que  se  vieron  antes  despojados, 
y  en  mi  engendró  el  Amor  nuevo  cuidado 
con  ver  que  del  olvido  estaba  helado. 

Los  páxaros  con  cantos  y  armonía 
regocijan  el  tiempo  del  verano, 
publican  con  sus  voces  la  alegría 
que  tiene  cada  uno  muy  ufano; 
á  mí  me  tiene  tal  mi  fantasía, 
que  no  hallo  consejo  que  sea  sano, 
mi  canto  son  aullidos,  temerosos 
sospiros  y  gemidos  dolorosos. 

Cuando  (¿uicro  alegrarme,  sin  contento. 


557 

de  verme  con  sabores  y  esperanzas, 
combate  á  mi  alegría  un  gran  tormento, 
diciendo  que  no  tenga  confianza, 
que  todos  los  favores  lleva  el  viento 
cuando  el  bien  que  se  espera  no  se  alcanza, 
y  es  causa  de  mayor  mal  y  fatiga 
sentir  que  la  esperanza  es  mi  enenn'ga. 

La  esperanza  me  alegra  cuando  espero 
la  gloria  que  mi  pena  ha  merecido; 
mas  luego  me  fatigo  y  peno  y  muero 
en  ver  que  en  balde  espero,  y  afligido 
con  mi  dolor  rabioso  desespero, 
viendo  que  la  esperanza  se  ha  huido, 
volviendo  algnna  vez  para  engañarme, 
pues  no  tiene  otro  fin  sino  matarme. 

Gris  ALDO. — fincarescido  has  tu  pena,  Tor- 
cato, de  manera  que  gran  sinrazón  te  hiciera 
Belisia  en  no  tener  lástima  della;  y  porque  es- 
toy con  agonía  de  saber  el  fin  que  tus  amores 
tan  penados  tuvieron,  te  mego  que  prosigas  el 
cuento  dellos,  que  con  los  muchos  pastos  que  el 
ganado  tiene  adonde  agora  anda,  seguros  esta- 
remos de  que  no  se  irá  á  meter  en  los  panes  ni 
en  los  cotos,  para  que  pueda  ser  prendado  por 
nuestro  descuido. 

Toro  ATO.—  Pues  que  asi  lo  quieres,  escu- 
chadme, para  que  sepáis  en  qué  pararon  y  co- 
nozcáis la  razón  que  me  sobra  para  el  senti- 
miento que  tengo,  que  con  justa  causa  juzga- 
réis ser  menos  del  que  debería  tener  de  la  paga 
tan  cruel  con  que  el  Amor  y  mi  Belisia  me 
han  pagado.  Después  que  muchos  días  andu- 
ve con  la  fatiga  que  me  causaba  no  poder  tor- 
nar á  hablar  en  mi  trabajosa  cuita,  con  la  cau- 
sa della  suplicándole  por  el  remedio  para  poder 
mejor  pasarla,  vine  á  ponerme  con  el  pensa- 
miento y  cuidado  en  tal  estrecho  de  la  vida, 
que  ni  podía  comer  tanto  que  sustentarme  pu- 
diese ni  cerrar  mis  ojos  de  manera  que  se  pu- 
diese decir  que  dormía;  así  que  la  falta  del  man- 
tenimiento y  del  sueño  pusieron  á  mi  afligida 
vida  en  tal  estrecho,  que  contino  me  parecía 
ver  ante  nn's  ojos  la  muerte. 

Y  aunque  todos  vían  claramente  mi  mal, 
ninguno  lo  acababa  de  entender,  si  no  era  la 
mi  Belisia,  la  cual,  doliéndose  del,  á  lo  que  es- 
tonces pareció,  con  una  zagala  que  consigo  te- 
nía y  de  quien  se  fiaba,  me  envió  á  decir  lo 
mucho  que  de  mi  mal  le  pesaba,  y  que  si  yo  su 
contentamiento  deseaba  y  quería,  que  ella  me  ro- 
gaba que  no  me  afligiese  tanto  y  que  me  conten- 
tase con  saber  que  me  quería  y  tenia  tanto  amor, 
que  verme  á  mí  tan  penado  le  daba  á  ella  tan 
gran  pena,  que  si  yo  bien  lo  supiese  holgaría 
de  hacerle  placer  en  esto  que  me  rogaba.  Tan 
gran  fuerza  tuvieron  para  conmigo  estas  amo- 
rosas razones,  que  no  menos  que  de  muerte  á 
vida  me  resucitaron.  Y  después  de  haber  dado 


568 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


las  gracias  lo  mejor  que  supe  á  la  pastora  que 
la  cmbaxada  me  traia,  le  roguc  que  ])or  respues- 
ta della  me  llevase  una  carta  á  Helisia,  porque 
no  podría  tener  memoria  para  decirle  todo  lo 
que  yo  le  respondiese.  Y  respondiéndome  que 
por  amor  do  mi  lo  liaría,  la  escrilú  luego  y  se 
la  di  para  que  la  llevasse;  y  ansí  so  volvió  con 
ella,  dexándome  á  mí  más  contonto  de  lo  t^ue 
me  había  hallado;  y  porque  quiero  que  voáis  el 
traslado,  el  cual  tengo  en  este  mi  zurrón,  lo  sa- 
caré y  leeré,  que  dice  dcsta  manera: 

CARTA  DE  TORGATO  Á  BELIBIA 

uNo  quiero  negar,  Bclisia  mía,  que  no  es 
mayor  la  merced  y  favor  que  de  ti  recibo  que 
las  mis  rabiosas  cuitas  y  crueles  tormentos  me- 
recer agora  ni  en  ningún  tiempo  te  pueden;  no 
porque  de  tu  parte  ni  de  la  mía  haya  habido 
falta  ninguna,  sino  ponjne  no  pueden  igualar, 
por  mayores  y  más  crecidos  que  sean,  al  mu- 
cho merecimiento  tuyo;  y  todo  esto  no  basta 
para  que  en  lugar  de  menguarse  no  crezcan 
más  cada  hora,  porque  conoi?iendo,  por  la  glo- 
ria que  con  tu  consuelo  he  recibido,  la  diferen- 
cia que  hay  de  la  que  me  has  dado  á  la  que  dar- 
me podrías  si  como  á  siervo  tuvo  me  fuese  per- 
mitido que  del  todo  gozarla  pudiese,  no  siento 
el  gusto  de  la  una  contemplando  en  la  otra,  con 
que  tan  bienaventurado  y  dichoso  sobre  todo 
los  del  mundo  me  harías.   Conozco  ser  el  más 
bien  afortunado  pastor  que  entre  los  pastores 
ha  nacido,  por  tener  señales  tan  manifiestas  de 
estar  mi  verdadero  amor  y  deseo  admitidos  en 
tu  gracia;  pero  también  quiero  que  conozcas 
que  sov  el  más  penado  y  afligido  que  entre  to- 
dos elfos  podría  hallarse,   hasta  que  gozarla 
pueda  con  aquella  libertad  que  desea  esta  áni- 
ma mía,  más  tuya  que  mía.  Y  en  tanto  que  la 
compasión  y  lástima  que  de  mí  muestras  en  las 
palabras  no  me  la  certi6caras  con  las  obras,  en 
lugar  de  disminuir  mi  mal,  lo  acrecentaras  cada 
hora,  porque  los  consuelos  fingidos  al  corazón 
afligido  son  causa  de  doblar  el  sentimiento  de 
su  jxíua;  créeme,  dulce  ánima  mía,  (jue  es  tan 
hondo  el  piélago  de  persecuciones  en  que  mi 
cuidado  me  trae  navegando,  que  si  tú  no  me 
socorres  con  darme  la  mano  de  tus  verdaderos 
favores,  yo  corro  peligro  de  quedar  anegado 
para  siempre,  porque  ya  voy  perdiendo  las  fuer- 
zas, y  el  esfuerzo  me  falta,  el  aliento  se  me  aca- 
ba, y  estoy  puesto  en  el   último  extremo  de»  la 
vida,  la  cual  no  me  pesa  que  se  acabe,  sino  por 
no  podert<3  servir  con  ella,  teniendo  muchas  vi- 
das, para  aue  cada  día  pudieses  hacer  sacrificMO 
de  una  dolías,  hasta  acabarlas,  en  pago  de  la 
importunidad  (juo  con  manifestarte  mis  rabio- 
sas ansias  y  fatigas  tantas  veces  de  mí  recibes. 
Y  porque  agora  no  la  recibas  mayor  con  oír  mis 


lástimas,  acabo  con  suplicarte  qae  de  mí  quie- 
ras dolerte,  poniéndome  con  ta  favor  en  la  ma- 
yor gloria  que  entre  todas  las  del  mundo  darse 
puede.» 

Después  de  inviada  esta  carta,  Belisia  por 
señas  me  dio  á  entender  haberla  recibido.  De 
que  no  poco  contento  estuve  algunos  días,  parc- 
ciéndome  que  sienipre  se  ofrecían  cosas  que  me 
ponían  mayor  espt  ranza,  y  así  con  ella  audaU 
entreteniendo  y  disimulando  el  dolor  que  con- 
tinuamente mi  ánimo  atormentaba,  y  no  pas<í 
mucho  tiempo  que  Belisia  no  me  envió  una 
breve  respuesta  de  la  que  le  había  e^scríto,  qoe 
es  ésta  que  aquí  trayo  y  dice  desta  manera: 

CARTA  DB  nELISIA  Á  TORCATO 

ff  Ninguna  razón,  Torcato,  tienes  de  agra- 
viarte de  mí,  pues  que  hasta  agora  níngaiu 
causa  hay  con  que  justamente  puedas  hacerlo. 
Si  me  amas,  yo  te  amo;  y  si  me  quieres,  yo  te 
quiero;  si  me  deseas  hacerme  placer,  yo  deseo 
(larto  todo  el  contentamiento  que  pudiese:  7 
pues  que  en  esto  puedes  estar  satisfecho  de  mi 
voluntad,  debrías  contentarte  con  ella  y  no  pe- 
dirme las  obras  que  sin  perjuicio  de  mi  hones- 
tidad no  pueden  hacerse.  Lo  que  con  grande 
affíción  te  ruego  es  que  me  ames  con  el  Terds- 
dero  amor  que  yo  te  tengo,  j  no  con  amores 
ilícitos  y  dañosos,  porque  mi  voluntad  nanea 
se  ha  podido  inclinar  á  consentirlos;  y  si  con 
los  favores  que  yo  te  pudiere  dar  desta  manen 
te  contentare,  jamás  por  mí  te  serán  negados; 
y  los  que  fuera  dellos  me  pidieres,  no  pienso 
darlos  en  tanto  que  mi  propósito  no  se  moda- 
re,  el  cual,  poniendo  á  la  razón  de  por  medio, 
no  dexará  de  estar  firme  en  esto  que  te  digo. 
Aunque  no  puedo  negarte  que  nunca  supe  qaé 
cosa  era  verdadero  amor,  si  no  es  el  que  de  mi 
para  contigo  he  conocido;  y  así  querría  conocer 
el  tuyo,  dando  alivio  á  U  pena  que  en  ti  sientes, 
la  cual  me  da  á  mí  poca  fatiga,  ni  me  tiene 
puesta  en  poco  cuidado  de  verte  sin  ella,  cono- 
ciendo que  á  mi  causa  la  recibes.» 

Ningún  alivio  me  dieron  las  razones  desta 
carta,  más  del  que  recibí  con  el  favor  que  Be- 
lisia  me  daba  en  escribirme,  ni  tampoco  perdí 
del  todo  la  esperanza  por  lo  que  en  elhi  me  de- 
cía, conociendo  la  condición  de  las  mujeres  y 
que,  haciendo  guerra  contra  el  Amor,  se  ha  de 
combatir  procurando  ir  ganando  las  entradas  y 
salidas  de  su  fortaleza  poco  á  poco.  Y  como  no 
pudiese  hallar  lugar  para  hablar  con  ella,  si  no 
era  en   público  y  delante  de  umcha  gente,  le 
torné  á  escrebir  otras  cartas,  á  las  cuales  siem-      ' 
pre  me  respondió  con  unas  razones  tan  dudo-      ' 
sas,  que  ni  podía  tomar  de  ellas  verdadera  es-      ] 
poranza  ni  tampoco  perderla  del  todo.  Así  an-      ] 
daba  confuso,  cargado  de  pensamientos  y  coi- 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


569 


dados,  y  el  mayor  que  tenia  era  procurar  que 
mis  ojos  pudicssen  contemplar  en  presencia  de 
Belisia  la  causa  de  su  mal,  j  esto  buscaba  to- 
das las  ocasiones  y  achaques  que  podía;  el  ma- 
yor tral»aju,  6  uno  de  los  mayores,  era  la  disi- 
mulación fingida  que  traia  con  Aurelia,  en   la 
cual  conocía  siempre   algún  recelo  sospechoso 
de  lo  que  Tcrdaderamente  pasaba,  sin  poder 
averiguar  la  verdad,  porque  andaba  recatado 
para  que  ninguna  persona  del  mundo  enten- 
derme pudiese.  Desta  manera  se  pasaron  algu- 
nos días,  hasta  que  la  ventura  quiso  que  la  mi 
Belisia  de  una  muy  grave  enfermedad  se  halla- 
se fatigada;  que  como  &  mi  noticia  viniese,  nin- 
guna adversidad  en  el  mundo  pudiera  venirme 
que  en  tan  gran  confusión  y  fatiga  me  pusiera; 
y  así  mayor  esfuerzo  que  el  mío  era  necesario 
para  poder  passarla,  y  desmayando  el  corazón 
y  las  fuerzas,  quedé  con  esta  triste  nueva  he- 
cho un  hombre  de  piedra,  sin  sentido,  de  ma- 
nera que  ni  oía  lo  que  me  hablaban  ni  respon- 
día á  lo  que  me  decían;  tenia  el  juicio  alterado 
y  todo  lo  que  hacía  y  decía  desatinaba,  porque 
el  Amor  mostraba  estonces  contra  mi  todo  su 
poder,  y  como  los  que  andaban  eml)elesados  con 
algún  espanto  por  haber  visto  visiones  ó  fan- 
tasmas, así  anduve  yo  hasta  que,  siendo  Beli- 
sia  sabidora  dello,  con  alguna  lástima  buscó 
aparejo  para  que  yo  pudiese  entrar  á  verla  don- 
de estaba,  que  para  mí,  después  de  su  salud, 
ninguna  cosa  pudiera  darme  mayor  alivio  y 
consuelo;  y  assi  puesto  delante  su  lecho,  vien- 
do en  su  hermoso  gesto  las  señales  del  mal  que 
tenía,  que  eran   amarillez  y  ñaqueza,  le  dixe: 
<(No  sé  cómo  pudo  tener  fuerza  el  mal  donde 
tan  gran  bien  se  encierra:  y  ten  por  cierto,  dul- 
ce ánima  y  señora  mía,  que  más  verdaderamen- 
te lo  siento  yo  en  el  alma  que  tú  lo  puedes 
sentir  en  el  cuerpo;  y  en  tanto  que  lo  tuvieres 
enfermo,  poca  salud  puedo  yo  tener,  pues  toda 
la  que  en  mi  hay,  por  ti  y  por  tu  esperanza  la 
tengo,  i  Ay  de  mi,  Belisia  mía,  que  me  sobra  el 
sentimiento  y  me  faltan  las  palabras  para  po- 
derte encarecer  lo  que  siento!  Pluguiesse  á  Dios 
que  con  todo  el  mal  que  la  fortuna  puede  dar- 
me pudiese  merecer  tie  verte  á  ti  sin  el  que  pa- 
deces, que  todo  se  me  hacia  poco  por  el  menor 
bien  que  venirte  pudiese,  para  que  por  mi  cau- 
sa lo  gozases;  y  si  por  decir  lo  que  querría  y 
deseo  dixese  desatinos,  no  me  pongas,  señora 
mía,  culpa,  que  el  dolor  de  verte  á  ti  tal  me  ha- 
ce que  no  pueíla  atinar  en  ninguna  cosa  que 
diga  ni  haga:  y  así  te  suplico  tú  mesma  guies 
mi  lengua  como  eres  señora  de  la  voluntad, 
para  que  mejor  puedas  entenderme  lo  que  ella 
por  sí  sola  como  muda  delante  de  ti  manifestar 
no  te  puede». 

Diciendo  esto,  mis  lágrimas  daban  señal  muy 
manifiesta  de  que  era  más  lo  que  quedaba  en- 


cubierto en  mi  corazón  que  lo  que  la  torpeza  de 
mi  lengua  publicaba.  Y  Belisia,  viéndome  tal, 
me  dizo:  «[Satisfecha  estoy.  Torca to,  de  todo  lo 
que  me  dices,  y  cada  día  me  vas  obligando  más 
con  ver  la  verdadera  fe  que  conmigo  tienes,  de  la 
cual  no  eres  tan  mal  pagado  que  no  halles  en 
mí  mucha  parte  della  para  agradecerte  y  pa- 
garte la  affíción  con  que  conozco  que  de  ti  soy 
amada.  Mi  mal  me  ha  dado  hasta  agora  fatiga; 
mas  ya  se  me  va  aliviando,  de  manera  que  tengo 
esperanza  de  verme  presto  buena  del  todo;  y  si 
en  tanto  que  del  lecho  no  me  levantare  pudieres 
alguna  vez  visitarme,  no  dexes  de  hacerlo,  que 
aunque  no  se  puede  hacer  en  secreto,  como  hoy 
lo  has  hecho,  ocasiones  habrá  para  que  pública- 
mente puedas  verme  y  hablarme,  que  para  mi 
no  será  pequeño  alivio,  pues  no  puedo  negarte 
que  no  recibo  gran  consolación  con  tu  vista,  y 
mayor  que  de  ninguno  de  los  que  visitarme 
pu^en)>. 

Diciendo  esto,  tomando  mis  grosseras  manos 
con  las  suyas  delicadas  y  hermosas,  me  las 
apretó  con  ellas,  dándome  á  entender  que  no 
era  fingido  lo  que  me  decía,  sino  que  sus  pala- 
bras procedían  de  verdadero  amor  y  voluntad 
que  tenia. 

Yo,  con  este  favor  transportado  en  una  gloria 
comparada,  en  mi  entendimiento,  á  la  mayor 
que  en  la  tierra  se  puede  recebir,  después  de 
aquella  que  los  bienaventurados  reciben  en  el 
cielo,  cobré  un  poco  de  más  esfuerzo  y  osadía, 
mezclados  con  un  temor  que  me  embarazaba 
para  no  saber  en  qué  determinarme;  pero  al  fin, 
vencido  de  mi  mesmo  deseo,  junté  mi  boca  con 
la  de  mi  Belisia,  hallándome  con  tan  gran  bien 
subido  en  un  contentamiento  tan  glorioso,  que 
casi  estaba  para  desconocerme,  pensando  que 
era  impossible  que  tan  gran  gloria  se  pudiese 
hallar  en  el  mundo  para  quien  con  tantos  tra- 
bajos y  penas  infernales  contino  andaba  pade- 
ciendo; y  no  sabiendo  si  por  mi  atrevimiento  de 
mí  quedaba  enojada,  le  dixe: 

«Perdonadme,  señora  mía,  si  algún  agravio 
de  mi  has  recebido,  el  cual  no  era  yo  parte  para 
hacerlo  si  el  Amor  no  me  forzara  sin  poder  re- 
sistirle, y  aunque  yo  no  tengo  toda  la  culpa, 
aparejado  estoy  para  sufrir  toda  la  pena  que 
por  haberte  ofendido  te  merezco». 

Belisia,  sintiéndome  confuido  y  afligido,  me 
respondió:  «La  causa  de  tu  yerro,  Torcato,  trae 
consigo  el  perdón  que  me  pides;  bien  fuera  que 
esperaras  mi  licencia,  pero  pues  tú  la  has  toma- 
do, yo  habré  de  tenerlo  por  bueno,  que  no  veo 
otro  remedio  para  quedar  satisfecha  de  lo  que 
conmigo  has  hechoJí».  Yo,  que  tanto  miraba  lo 
que  me  daba  á  entender  en  su  hermoso  gesto 
como  lo  que  en  sus  palabras  me  decía,  la  vi 
quedar  alegre  y  sonriéndosc,  con  que  cobré 
I  mayor  ánimo  y  esfuerzo  para  tornar  á  gozar  de 


560 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


lo  que  me  había  consentido;  y  estando  desta 
manera,  con  un  gozo  y  contentamiento  ¡nconi- 
l)arable,  (jne  yo  jamás  quisiera  <jue  se  acabara, 
fueme  forzado,  para  no  ser  sentido,  que  me  sa- 
liese, Y  abrazando  y  besando  á  la  mi  Belisia,  le 
dixe:  íí  Aquel  consuelo  y  alegría  con  que,  seño- 
ra, me  envías  quede  contigo,  para  que  con  ella 
tengas  la  salud  que  yo  te  deseo,  la  cual  plegué 
á  Dios  que  te  dé  á  ti,  pasando  en  mí  la  dolen- 
cia que  te  aflige,  para  que  en  mí  se  junte  todo 
el  mal  ([ue  tú  tienes  y  en  ti  todo  el  bien  que  yo 
tengo  y  tener  puedo». 

«Dios  vaya  contigo,  respondió  Belisia,  que 
mi  mal  no  es  tanto  que  no  piense  levantarme 
muy  presto  del  lecho,  y  así  holgaría  dello  por 
el  contentamiento  tuyo  como  por  la  salud  que 
me  deseas)). 

Con  esto  me  salí  templando  la  gloria  de  lo 
que  por  raí  había  pasado  con  la  pena  de  verme 
tan  presto  sin  ella;  y  con  ver  á  Belisia  en  poco 
tiempo  fuera  de  su  enfermedad  se  me  alivió  la 
pasión  que  por  esta  causa  muy  congojoso  y  fa- 
tigado me  traía.  Con  estos  favores  que  susten- 
taban mi  esperanza  y  con  el  deseo  que  se  con- 
tentaba hasta  haberla  gozado,  pasaba  la  vida  en 
la  soledad  de  los  desiertos  campos  y  deshabi- 
tados montes,  con  una  alegre  tristeza,  y  tal  ((ue 
yo  no  la  entendía;  porque  cuando  se  ponía  ante 
mis  ojos  la  razón  que  para  estar  triste  se  me 
mostraba,  la  alegría,  muy  agraviada,  decía  que 
por  fuerza  y  por  sola  mi  voluntad  era  de  mí 
desecliada,  pues  sentía  ser  amado  con  el  verda- 
dero amor  que  yo  amaba  y  pagado  de  lo  que 
mis  mortales  ansias  v  cuitas  merecían. 

¡Oh,  cuántos  y  cuan  diversos  pensamientos 
eran  los  que  combatían  mi  entendimiento,  sin 
que  pudiese  quedar  de  ninguno  dellos  vencido, 
por  las  razones  contrarías  que  por  cada  parte 
hallaba!  Y,  en  fin,  siempre  me  parecía  inclinar 
á  la  tristeza,  que  con  mayores  y  más  suffícientí*s 
razones  y  pruel)a8  me  combatía,  assí  admirando 
el  fin  tan  áspero,  cruel  y  engañoso  con  (jue  de 
la  mi  Belisia  he  sido  tratado,  que  al  estado  y 
punto  de  la  muerte  en  que  me  hal)éis  visto  me 
ha  traído. 

Andando  desta  manera,  dando  sus  vueltas 
acostumbradas  el  movible  tiempo,  estando  ya 
Belisia  fuera  de  la  enfermedad  y  vuelta  á  lo  (jue 
de  antes  solía,  parecíame  ser  requestada  de  al- 
gunos zagales  polidos,  que  confiando  en  su 
apostura  y  vencidos  de  la  gracia  y  hermosura  de 
Belisia,  daban  señales  manifiestas  del  amor  que 
los  aquexaba,  serviéndola  en  lo  que  podían  y 
festejándola  con  bailes  y  danzas;  y  de  día  y  de 
noche,  tañendo  nautas  y  chírumbelas,  con  músi- 
cas de  ral)ele8  nmy  acordados,  procuraban  agra- 
darla con  allx)radas,  cantando  versos  muy  bien 
compuestos  y  canciones  bien  ordenadas.  Lo 
cual  todo  para  mí  era  muy  grande  añición  y 


tormento,  v  niavor  lo  fuera  rí  la  mi  Belisia  no 
me  confiara  diciéndome  que  todas  estas  cosas  le 
eran  enojosas  y  que  no  tenía  de  qué  recelanue 
ni  vivir  con  cuidado,  porque  ninguno  en  el 
mundo,  por  mayor  valor  que  tuviese,  llevaría 
della  jamás  los  favores  que  á  mí  me  había  dado; 
y  assí  me  traxo  vacilando  de  mi  ventura  algu- 
nas veces,  con  grandes  sinsabores  y  sobresaltos 
de  disfavor,  y  otras  con  alguna  manera  de  espe- 
ranza, aunque  siempre  dudosa,  porque  Belisia 
me  daba  á  entender  que  no  por  aftición  sino  por 
lástima  era  lo  que  conmigo  hacía,  y  que  yo  no 
tenía  más  que  esperar  de  lo  passado,  y  que  con 
ello  pensaba  haber  of fendido  á  lo  que  á  si  mes- 
ma  se  debía. 

Y  yo,  aquexado   con  la  tristeza  que  estas 
cosas  me  causaban,  andaba  siempre  buscando 
aparejo  para  persuadirla  á  que  de  mis  fatigas 
se  doliese,  y  así  un  día  que  mi  yentura  quiso 
que  en  el  campo  entre  unos  espesos  árboles  la 
hallase  sentada,  apartada  de  la  compañía  de  las 
otras  pastoras  y  mirando  cómo  su  ganado  puf 
los  verdes  y  Hondos  prados  se  apacentaba,  lle- 
gándome á  ella  con  la  voz  temerosa  y  temblin- 
dole,  comencé  á  decir:  «.Ya,  hermosa   Belisia 
mía,  mi  ánima  no  puede  con  mis  fatigas  ni  el 
cuerpo  con  el  trabajo  de  mis  cuidados,  ni  todo 
junto  con  el  tormento  que  padezco  en  verqoe 
de  mí  no  te  dueles  para  satisfacer  al  deseo  con 
la  gloria  de  gozar  tan  excelentes  gracias  j 
hermosura;  porque  los  farores  que  me  das  y  la 
merced  que  con  tus  palabras  me  haces,  y  el  amor 
y  voluntad  que  me  muestras,  todo  es  para  acre- 
centar en  mi  el  dolor,  poniéndome  en  mayor 
agonía,  como  á  los  que,  estando  con  gran  calen- 
tura y  rabiosa  sed  con  ella,  si  les  muestiaii 
alguna  vasija  de  agua  clara  y  dulce  sin  poder 
beber  della,  muy  más  sedientos  y  fatigados  los 
dexa,  y  pues  que  conoces  que  mis  palabras  no 
pUf^Klen  acabar  de  manifestarte  lo  que  mi  cora- 
zón siente,  en  mis  ojos  podrás  conocer  cnanto 
es  mayor  mi  fatiga  y  congoxa  y  cuánta  ventaja 
hace  el  dolor  y  pasión  encerrada  en  mi  («echo 
al  que  publica  mi  lengua,  que  para  poder  decirlo 
delante  de  ti  se  me  enmudece;  por  el  verdadero 
amor  que  te  tengo,  por  la  affíción  y  fidelidad 
con  que  te  amo,  te  conjuro  y  requiero  que  no 
uses  conmigo  de  crueldad,  dexándome  acahar 
la  vida,  pues  con  la  muerte  ningún  servicio  te 
hago,  que  si  con  ella  lo  recibieses,  en  poco  ten- 
dría que  se  sacrificasse  por  tu  voluntad,  sin 
dilatarlo  por  la  mía  solo  una  hora)». 

En  medio  de  estas  palabras  eran  tantos  mis 
sospiros  y  sollozos,  que  me  impidieron  lo  qaf 
más  pudiera  decirle.  \  Belisia,  mirándome  con 
los  ojos  húmedos  de  la  compasión  y  lástima 
que  de  mí  tuvo,  me  comenzó  á  decir:  i: Vencido 
han,  Torcato,  tus  lágrímas  á  mi  deterniinaciÓD 
y  propósito;  mudado  has  mi  voluntad  ptf* 


J 


1 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


561 


hacer  contigo  lo  que  jamás  pensd  hacer  con 
ningún  hombre  del  mando,  porque  el  verdadero 
amor  que  en  ti  conozco  me  fuerza  á  que  te 
pague  con  amarte  y  quererte,  procurando  darte 
el  descanso  y  alivio  que  fuere  en  mi  mano;  y 
no  digo  el  que  desseas,  porque,  aunque  yo  qui- 
siese, no  seria  verdadero  amor  el  que  tú  me 
tienes  si  me  quisieres  poner  en  el  peligro  que 
de  ello  podría  seguirse.  Y  si  de  ti  tengo  segu- 
ridad que  en  ninguna  cosa  procurarás  offen- 
dcrme,  yo  holgaré  de  qne  de  noche  me  veas  á 
donde  con   más  libertad  puedas  hablarme  y 
gozar  do  aquellos  favores  que  yo  sin  dañar  del 
todo  á  mi  honestidad  y  bondad  pudiere  darte^^. 
Tan  gran  contentamiento  me  dio  esta  nueva 
de  alegría,  que  para  mí  ninguna  pudiera  ser 
mayor  en  la  vida  para  resucitar  la  vida  que 
umcrta  andaba,  que  tomándole  sus  hermosas 
manos,  se  las  besé  muchas  veces,  bañándolas 
con  otras  lágrimas  alegres  que  mi  corazón  con 
el  nuevo  descanso  por  mis  ojos  destilaba.  Y 
después  lo  mejor  que  supe  di  las  gracias  de  tan 
gran  merced  y  beneficio  y  le  supliqué  que  no 
dilatase  tan  gran  bien  como  me  hacía;  y  ella 
me  señalo  tercero  día,  diciéndome  qne,  por  qui- 
tar la  ocasión  de  alguna  sospecha,  me  fuese,  lo 
cual  yo  hice  luego  tan  alegre,  que  á  mi  mcsmo 
por  el  bien  que  esperaba  no  me  conocía;  y  lle- 
gando con  muy  gran  regocijo  á  donde  los  otros 
zagales  y  pastores  estaban,  y  la  mi  Belisia  por 
otra  parte,  comenzamos  todos,  en  tanto  que  el 
ganado  pacía,  á  hacer  muchos  juegos  con  que 
nos  solazamos,  y  después,  rogándome  que  con 
mi  flauta  les  hiciese  algunos  sones,  bailaron 
hasta  que  de  cansados  tomaron  á  sentarse.  Y 
yo,  que  la  alegría  me  tenía  otro  del  que  solía 
ser,  comencé  á  cantar  estos  versos,  que  agora 
quiero  deciros: 

Alegre  tiempo,  sereno  y  claro  día 
en  que  el  sol  resplandeciente  se  ha  mostrado, 
no  dexes  parecer  algún  nublado 
que  pueda  oscurecer  nuestra  alegría; 
el  campo  con  sus  flores  se  cubría, 
las  yerbas  con  verdura  se  mostraban, 
las  rosas  de  sí  olor  suave  daban 
y  la  fruta  estando  en  flor  se  descubría, 
y  el  zagal  enamorado, 
aunque  más  ande  penado 
su  gran  dolor  y  tormento  despedía. 

Huyendo  se  va  el  pesar  de  este  rebaño, 
donde  el  placer  en  tal  día  se  ha  sentido; 
el  trabajo  y  el  dolor  se  han  escondido 
de  manera  que  no  pueden  hacer  daño; 
el  regocijo  y  contento  es  ya  tamaño 
en  pastores  y  pastoras  de  esta  sierra 
que  ningún  trabajo  pueda  darles  guerra, 
por  ser  el  día  mejor  de  todo  el  año; 
y  los  zagales  polidos 

011ÍGENL.S   DE   LA   IJOVELA. — 36 


que  de  amor  están  heridos 

hoy  no  pueden  recebir  algún  engaño. 

Las  cabras  con  sus  cabritos  retozaban; 
las  ovejas  y  corderos  van  saltando; 
las  terneras  van  corriendo  y  saltos  dando, 
y  este  día  con  placer  regocijaban; 
los  páxaros  con  dulzura  voces  daban, 
mostrando  en  su  dulce  canto  estar  contentos; 
los  animales  que  andan  muy  hambrientos 
en  los  pastos  abundosos  se  hartaban; 
los  zagales  con  amores 
hoy  no  sienten  sus  dolores 
contemplando  los  favores  que  llevaban. 

Acabando  de  cantar  nos  partimos  los  unos 
de  los  otros,  y  yo,  esperando  la  tercera  noche 
por  mi  tan  deseada,  unas  veces   reñía  con  el 
tiempo,  pareciéndome  que  contra  mi  ventura  se 
alegraba,  y  otras  le  rogaba  que,  apresurando  su 
curso,  diese  lugar  para  que  se  cumpliese  mi  de- 
seo; y  pasando  en  estas  consideraciones,  Beli- 
sia me  dio  aviso  de  la  manera  que  había  de  te- 
ner para  entrar  á  donde  ella  me  esperaría,  y  no 
siendo  yo  perezoso,  sin  faltar  un  punto  y  sin 
ser 'de  ninguno  sentido  me  vine  á  hablar  solo 
con  ella   sola,  pareciéndome  qué,  dexando  de 
estar  en  la  tierra,  gozaba  de  la  gloria  del  cielo; 
pero  Belisia,  antes  que  yo  palabra  ninguna  pu- 
diese hablarle,  más  de  besar  sus  hermosas  ma- 
nos, que  para  mi  boca   eran  el   más  precioso 
manjar  que  gustar  en  el  mundo  podía,  me  dixo: 
«Mira,  Torcato,  que,  confiando  yo  en  el  gran- 
de y  verdadero  amor  que  me  muestras  y  tengo 
por  cierto  que  me  tienes,  me  he  osado  poner  en 
tus  manos,  no  para  que  de  mí  pienses  aprove- 
charte de  manera  que  fueses  causa  de  ponerme 
en  fatiga,  procurando  quitarme  el  mayor  bien 
de  que  la  naturaleza  me  ha  dotado,  porque  en- 
tonces no  seria  amistad  la  tuya  para  conmigo, 
antes  te  juzgaría  por  el  mayor  enemigo  de  to- 
dos los  que  tener  puedo,  y  aunque  yo  inconsi- 
deradamente te  diese  lugar  para  cumplir  lo  que 
deseas,  obligado  estás  tanto  á  mi   honra  como 
á  tu  contentamiento.  Bien  Sé  que  no  tengo  fuer- 
zas para  poder   resistir  las  tuyas  si   quisieses; 
pero  tú  eres  el  que  has  de  forzarte  á  ti  mismo, 
contentándote  con  lo  que  fuera  desto  yo  pudie- 
re hacer  para  aliviarte  de  la  pena  con  que  estos 
días  te  he  visto  andar  tan  fatigado,  porque  si 
otra  cosa  hicieses  gozarías  breve  tiempo  de  tu 
voluntad,  poniéndome  á  mí  en  el  peligro  de  la 
vida  y  á  ti  de  perderme  para  siempre».  Con 
muy  gran  tristeza  estuve  escuchando  estas  ra- 
zones; pero  pensando  que  el  tiempo,  que  todas 
las  cosas  trueca  y  muda,  podría  hacer  en  esto 
lo  mesmo,  me  hizo  recibirlo  con  paciencia  res- 
pondiéndole:  «  Dulce  ánima  y  señora  mía,  yo 
no  tengo,  no  puedo  tener  otra  voluntad  sino  la 
tuya,  y  aunque  con  tan  duro  freno  quieras  go- 


«■» 


562 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


bemarnie,  yo  lo  pasaré  todo  en  paciencia,  go- 
zando de  la  merced  «{ue  me  haces,  y  con  la  con- 
dición que  tú  hacérmela  quisieres;  no  tengas 
recelo  de  mis  fuerzas  para  contigo,  que  la  ma- 
yor fuerza  de  todas  es  tu  mandamiento,  que 
por  mi  en  ninguna  manera  puede  dexar  de  ser 
obedecido  1».  Hablando  en  esto  y  en  otras  mu- 
chas cosas  pasamos  toda  aquella  noche,  estan- 
do yo  siempre  abrazado  con  la  mi  Belisia,  y  las 
más  veces  la  una  boca  con  la  otra,  gozando 
della  y  de  sus  hermosas  manos,  sin  que  otra 
cosa  yo  intentase  ni  ella  me  lo  prometiese,  y 
acercándose  la  mañana  harto  más  presto  de  lo 
que  yo  quisiera,  fueme  forzado  salirmo,  pasan- 
do entre  nosotros  al  despedirnos  nmchas  cosas 
con  que  cada  uno  procuraba  dar  á  entender  al 
otro  el  amor  que  le  tenia. 

Y  tornándome  yo  á  mi  ganado,  anduve;  mu- 
chos días  contento  y  ufano  con  una  sabrosa  y 
agradable  vida,  aunque  no  era  cumplida  mi  glo- 
ria del  t(Kb>,  porque  algunas  veces  que  con  im- 
portunidad y  casi  forzada  Belisia  me  hacia  la 
merced  pasada  de  verme  y  hablarme  á  solas  de 
noche  y  de  dia,  era  con  las  condiciones  que  la 
primera  vez  lo  habia  consentido;  pero  tanto  po- 
día el  Amor  para  conmigo,  que  tenía  en  más 
cualquier  enojo,  por  muy  pequeño,  que  JJeli- 
sia  á  mi  causa  recibiese  que  todo  el  tormento 
y  trabajo  que  jo  recibía  con  el  buen  comedi- 
miento, el  cual  tí'ngo  agora  por  cierto  que  fué 
la  en  usa  de  todo  ni  i  daño.  Dest^  manera  andu- 
vimos muchos  días,  passando  el  tieuipo  con  en- 
tretenimientos aplacibles,  buscando  siempre  lu- 
gares oportunos  para  que  unas  veces  descansa- 
sen los  ojos  y  otras  las  lenguas,  publicando  lo 
que  los  corazones  sentían  y  procurando  damos 
todo  el  contento  que  podíamos,  sin  passar  ja- 
más aquella  hy  que  me  estaba  puesta,  la  que 
para  mí  no  tenía  menos  fuerza  que  si  con  que- 
brarla hubiera  de  perder  la  vida. 

Y  como  las  cosas  no  pueden  estar  sienjpre 
en  su  ser,  passándose  este  tiempo  comenzó  á 
acercarse  aíjuel  en  que  nos  era  forzado  hacer 
mudaTiza,  porque  la  aspereza  del  viento  cierzo, 
acari-eando  las  heladas  y  nieves,  y  el  viento 
ábrego  hínchiendo  el  cielo  de  nubes,  que  con 
grandes  avenidas  de  aguas  nos  amenazaban, 
nos  pusieron  á  todos  en  cuidado  de  buxar  los 
ganados  á  la  tierra  llana.  Y  como  esta  nueva 
fatiga  tuviese  acongoxada  mi  ánima,  comen- 
zándose á  mostrar  en  mi  gesto  la  tristeza  gran- 
de de  que  comenzaba  á  andar  acompañado,  sin- 
tiéndolo Belisia  me  dixo: 

«(•Qué  nuevo  cuidado  es  éste,  Torcato?  .la- 
más  te  tengo  de  ver  tan  alegre  i{\iv  no  sea  más 
parte  la  tristeza  para  hacer  huir  de  ti  la  ale- 
gría. Flaco  andas  y  amarillo,  de  que  á  mi  muy 
de  veras  me  pesa,  porque  el  Amor  no  consien- 
te que  yo  pueda   ver  en  ti  tal  experiencia  sin 


que  te  haya  de  consentir  lo  mcsmo  que  tú  sien- 
tes; y  assí,  holgaría  de  que  no  te  fatigasses, 
pues  nos  es  forzado  passar  las  cosas  como  la 
ventura  las  ordena,  debrías  contentarte  coa  lia- 
ber  conocido  mi  voluntad  y  obras,  sin  querer 
con  el  fin  dellas  ponerme  en  aquella  tnrbacióa 
que  sólo  mi  muerte  tendría  por  remedio)). 

((No  es  eso,  le  respondí  yo,  mi  Belisia,  lo 
que  agora  me  atormenta  y  desatina  para  andar 
como  uie  ves,  que  con  la  vida  que  tengo  más 
verdaderamente  podría  ser  contado  entre  los 
umertos.  Mi  nuevo  cuidado  nace  de  ver  que  se 
allega  para  mí  el  día  más  temeroso  qne  podría 
halxír  después  de  aquel  universal  juicio;  porqae 
assí  como  los  que  estonces  fueren  condenadas 
carecerán  de  la  gloria  que  los  bienaventurad» 
gozan  en  el  ciclo,  assí  me  falta  á  mi  la  mayor 
de  que  gozo  ni  podría  gozar  sin  tu  vista  en  la 
tierra.  Si  alguna  cosa  me  puede  dar  alivio  será 
yt'i'te  á  ti,  ánima  mía,  con  alguna  parte  del  s<mi- 
timieiito  (pie  yo  tengo,  para  que  conozcas  que, 
ya  que  me  aparto  de  tu  presencia,  no  me  apar- 
taré de  tu  memoria  ni  de  tu  gracia,  que  son  doss 
cosas  que  pucnlen  sustentarme  la  vida  qne  an- 
da por  acabarse  muy  presto.  *> 

«Desso  puedes  estar  cierto,  respondió  Beli- 
sia, que  no  será  menos  lo  que  yo  sentiré  que  lo 
que  tú  sientas ;  pero  menester  es  que  tengamos 
j)aciencia  á  donde  no  vemos  otro  remidió 
Con  esto  nos  apartamos,  y  todas  las  veces  qne 
después  nos  pedimos  ver  fueron  para  tratar  es- 
ta materia,  preveniendo  el  trabajo  y  apercibién- 
donos contra  la  fatiga;  porque,  á  tcunarnos  di's- 
apercibidos,  ninguna  paciencia  bastara  según 
lo  que  de  mí  conocía  y  lo  que  Belisia  me  mos- 
traba, la  cual  con  sus  palabras  siempre  procu- 
raba coiisolanne  mostrándome  una  fe  tan  ver- 
dadera, que  yo  jamás  pensé  que  me  faltara;  j 
bien  fué  menester  estonces,  porque  verdadera- 
m(*nte  creo  que  sin  ella  en  aquella  partida  tam- 
bién se  partiera  el  ánima  de  mi  cuerpo. 

Y  venido  el  día  señalado,  que  á  entramUis 
nos  puso  casi  deffuntos  en  la  sepoltura,  no  fué 
poco  poder  en  él  sustentar  la  vida  que  no  se 
acabase  del  todo  ó  no  mostrar  tan  claramente 
que  todo  el  mundo  lo  conociera  cuan  difficul- 
tosamentv^  podía  sufrirse  una  prueba  tan  áspe- 
ra como  el  Amor  en  nosotros  ambos  hacia.  Y«» 
traía  mis  ojos  hinchados  por  arreventar  con  las 
lágrimas;  un  nudo  hecho  en  mi  garganta  que 
apenas  hablar  me  dexaba;  teníalas  fuerzas ta» 
perdidas,  que  con  diffícultad  moverme  i>odía.  y 
(>n  íin,  andaba  tal,  que  no  tenía  otn>  remedio 
sino  mostrarme  muy  enfermo,  para  que  nadie 
podiosse  conocer  mi  verdadera  dolencia. 

Ya  ciert;»  en  este  tiempo  lo  que  Belisia  ha- 
cia no  pan^cía  f<>ngido,  que  las  señales  y  mues- 
tras que  daba  eran  de  verdadero  amor  y  agra- 
decimiento. 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


5(;3 


Y  asi  aquella  noche  antes  que  nos  partiése- 
mos se  dio  tan  buena  nmña  j  la  ventura  nos 
favoresció  á  entrambos  de  manera,  que  nos  dio 
lugar  para  pasar  mucha  parte  della  juntos,  y 
puesto  yo  en  su  presencia  le  decía:  «Ño  sé,  se- 
ñora mía,  cómo  podrá  este  cuerpo  vivir  ausen- 
te de  ti,  que  eres  más  ánima  suya  que  la  que 
consigo  trae;  de  una  cosa  podrás  estar  cierta, 
que  la  que  yo  tengo  queda  contigo,  y  que  con- 
migo va  sólo  mi  cuerpo  oon  el  deseo  de  que 
siempre  andará  acompañado,  no  teniendo  otra 
vida  sino  la  esperanza  de  tornar  á  verte  y  ser- 
virte, pues  yo  no  puedo  emplearme  en  otra  co- 
sa ninguna  que  fuera  desto  pueda  darme  con- 
tentamiento». 

Diciendo  estas  palabras,  mis  lágriuias  eran 


tus  brazos  se  feneciera  la  vida  que  de  aquí  ade- 
lante se  pasará  con  tanta  tristeza  y  tan  des- 
venturada muerte;  mejor  fuera  que  me  dexaras 
morir  que  buscarme  remedio  que  tan  caro  me 
costará  todo  el  tiempo  que  viviere». 

«No  quiera  Dios,  mi  señora,  le  respondí  yo, 
que  tu  muerte  sea  primero  que  la  mía,  ni  á  mí 
me  venga  tan  gran  mal  que  yo  ver  ni  saberla 
pueda.  No  me  pesa  de  que  sientas  el  tormento 
de  nuestra  partida,  porque  por  el  tuyo  conozcas 
el  que  yo  siento,  y  acordándote  del  hayas  lásti- 
ma de  mí,  como  de  tu  verdadero  siervo,  aunque 
no  querría  que  tu  sentimiento  fucsse  tanto  que 
no  pudiesse  encubrirlo  y  pasarlo  sin  que  con 
señales  de  tanto  dolor  lo  manifiestes.  V  pues 
ningún  otro  remedio  nos  puede  valer  en  esta 


t^nt^is,  mis  sollozos  y  sospiros  eran  tan  gran-  I  adversidad  sino  la  paciencia,  suplícotis  ánima 

n  pasar  adcílante.  Y  Be-      mía,  y  por  el  verdadero  amor  que  me  tienes  y 


des,  que  no  me  dexaron  pasar 
lisia,  viéndome  casi  sin  aliento,  ayudándome 
con  la  mesma  cong«>xa  que  yo  t<Miía,  mezclaba 
sus  lágrimas  con  las  mías,  porque  los  ojos  do 
entrainl)os  estaban  hechos  manantiales  fuentes, 
y  dando  un  profundo  sospiro  me  respondió: 

«Nunca  pensé,  Torcato,  que  á  tal  extremo 
me  traxera  la  affición  y  verdadero  amor  que 
para  contigo  dexé  aposentar  en  mis  entrañas, 
el  cual  me  tiene  tal  que  no  sé  cuándo  podré 
tí*ner  una  hora  de  alegría  viéndome  ausente  de 
ti,  aunque  nunca  te  apartaré  de  mi  pensamiento 
porque  ya  no  soy  parte  para  hacerlo  si  quisiese, 
ni  tengo  la  lil)ertad  pasada  con  que  hacerlo  eu 
otro  tiempo  pudiera.  Y  asi  el  tiempo  que  no  te 
viere,  estaré  desamparada  y  sola,  como  viuda  y 
triste  y  desconsolada,  sin  esperanza  de  bien 
ninguno,  hasta  que  mis  ojos  puedan  tornar  á 
ver  la  luz  que  agora  pierden  en  perder  de  po- 
.  der  mirarte  para  su  descanso,  como  hasta  ago- 
ra hacían». 

Con  esto,  juntando  una  boca  con  otra,  llo- 
rando la  cercana  partida,  pudo  tanto  el  dolor 
en  el  tierno  corazón  de  Belisia,  que  no  pudien- 
do  socorrerle  con  sus  ñacas  fuerzas,  le  tomó  en 
mis  brazos  un  desmayo  que  sin  sentido  ningu- 
no la  dexó,  y  pareciéndome  que  la  muerte  le 
ponía  asechanzas,  rodeando  por  todas  partes 
para  hallar  manera  cómo  sin  vida  la  dexasse,  á 
mi  me  tenia  casi  sin  ella,  estando  con  una  pa- 
sión tan  crecida  y  un  dolor  tan  áspero  y  fiero, 
que  agora  en  pensarlo  me  espanto  cómo  pudo 
sufrir  una  experiencia  tan  fuerte  y  poderosa, 
la  cual  me  puso  en  tal  extremo,  que  por  más 
muerto  me  contaba  que  la  mi  Belisia;  y  no  ha- 
llando otro  renieílio  con  (jue  socorrerla  pudiesse, 
la  abundancia  de  mis  lágrimas  socorrieron  á  la 
falta  de  la  agua  para  inharle  en  su  hermoso 
gesto,  las  cuales,  despidiéndolas  mis  ojos  por 
mis  mejillas  y  cayendo  en  él,  fueron  causa  para 
que  más  presto  en  si  volviese  diciendo: 

«No  fuera  pequeño  descanso,  Torcato,  si  en 


y  por  el  verciaaero  amor  que 
yo  te  tengo  te  conjuro  que  tú  la  tengas  hasta 
que  yo  busque  y  procure  cómo  los  tiempos  se 
muden  y  truequen,  para  hallar  otro  descanso 
del  que  agora  tenemos,  que  yo  no  pienso  per- 
der la  esperanza  estando  tan  conformes  las  vo- 
luntades.» 

«Yo  lo  haré,  me  respondió,  como  lo  dices,  ó 
á  lo  menos  procuraré  hacerlo,  y  pues  la  noche 
se  nos  acaba  y  el  día  se  nos  nmestru  en  enemi- 
go para  apartarnos  forzosamente,  forzado  será 
que  tú  te  vayas.  Y  porque  no  tengo  prenda 
mía  que  pueda  darte  para  que  de  mí  te  acuer- 
des, con  este  cordón  de  mi  camisa  quiero  ligar 
tu  mano  derecha,  con  la  cual  me  diste  tu  fe, 
porque  no  puedas  nmdarte  ni  trazarla  sin  que 
te  venga  á  la  memoria  la  injuria  que  haces 
á  quien  tan  verdadera  la  tiene  y  tendrá  siem- 
pre contigo,  que  jamás  hallarás  en  ella  mu- 
danza.» 

«Ya  poca  necesidad  hay,  le  dixe  yo,  de  pren- 
darme con  ninguna  cosa  más  que  con  aquel 
amor  que  tan  gran  fuerza  tiene  que  ninguna 
prosperidad  ni  adversidad  bastará  para  quebrar 
su  finneza.  Y  pues  yo  voy  tan  prendado,  que- 
da, señora,  segura  que  yo  el  mayor  consuelo  que 
llevo  es  pensar  que  voy  seguro  de  que  nuestras 
voluntades  es  una  mesma  voluntad,  sin  haber 
entre,  ellas  differencia.» 

Con  estas  palabras  nos  abrazanios,  y  acom- 
pañados el  uno  y  el  otro  de  lágrimas  y  sospiros 
nos  apartamos,  yendo  yo  tan  cargado  de  cui- 
dados y  fatigas,  que  no  me  acordaba  de  otra 
cosa,  y  así  entre  dus  luces  me  torné  al  ganado, 
sin  que  de  ninguno  de  los  pastores  que  cerca 
estaban  fuesse  sentido.  Y  venido  el  día,  pues- 
tos todos  á  punto,  nos  partimos;  pero  antes  en 
lo  público  estando  UkIos  jnntí>s,  l^elisia  y  yo 
con  los  ojos  nos  díibauíos  á  entender  h>  que  los 
corazones  en  esta  partida  sentían,  y  no  fué 
poco  poderlo  encubrir  de  manera  que  los  que 
estaban  presentes  no  lo  conociessen.  Assi  nos 


1 


5G4 


orígenes  de  la  novela 


apartamos,  yendo  los  uuos  por  ana  parte  y  los 
otros  por  la  otra;  y  si  yo  quissiese  contar  ni 
encarecer  el  sentimiento  que  llevaba,  imposible 
sería  que  mi  lengua  podiese  decirlo,  porque  yo 
iba  tan  fuera  de  mi  juicio,  que  ni  entendía  lo 
que  me  hablaban  ni  oía  lo  que  me  decían,  por- 
que todos  mis  pensamientos  y  sentidos  llevaba 
ocupados  en  la  contemplación  de  mi  desventura 
teniendo  el  retrato  de  la  mi  Belisia  en  el  alma 
de  tal  manera  que  los  ojos  espirituales,  que  mi- 
rándola estaban  siempre,  también  ocupaban  á  los 
corporales  para  que  en  otra  cosa  ocupar  no  se 
pudiesen;  llegados  que  fuimos  á  nuestra  aldea, 
muchos  días  anduve  con  esta  triste  vida  bus- 
cando la  soledad  de  los  desiertos  y  montes  des- 
habitados, trayendo  mis  ganados  por  los  riscos 
y  peñascos,  huyendo  de  los  otros  pastores  y  de 
cualquiera  otra  compañía  que  apartarme  del 
pensamiento  de  la  mi  Belisia  pudiese,  porque 
sola  esta  era  mi  gloria  y  en  solo  esto  hallaba 
descanso  y  alivio;  machas  veces  a  voces  la  lla- 
maba, llevándolas  en  vano  el  viento  sin  ser 
oídas,  y  otras  estaba  hablando  con  ella  contán- 
dole mis  passiones  y  trabajos,  como  si  presente 
la  tuviera;  pero  después,  hallándome  burlado 
de  ver  cuan  lexos  de  mí  estaba  apartada,  tor- 
naba á  mis  pnncí()iada3  quexas  conmigo  solo, 
de  las  cuales  hacía  muchos  días  t<;stigo  á  esta 
clara  fuente  donde  agora  estamos,  porque  sola 
ella  las  oía.  Y  andando  con  este  cuidado,  de- 
terminé de  escrebirla  una  carta  dándole  cuenta 
de  mi  vida  y  rogándole  que  me  enviase  algún 
consuelo  con  que  sustentarla  pudiesse;  lo  cual 
ella  hizo  con  muy  amorosas  razones,  de  manera 
que  en  mi  Salud  y  contento  se  pareció  la  ale- 
gría que  con  ella  había  recebido.  Passado  algún 
tiempo,  la  ventura  me  descubrió  cierto  negocio 
y  ocasión  con  que  kcitaniente  pude  ir  á  la  aldea 
donde  sus  padres  habitaban:  y  llegado  sin  ha- 
ber sentido  cansancio  ninguno  en  el  camino, 
con  la  agonía  que  llevaba,  aunque  la  mi  Belisia 
me  recií)ió  con  alegre  semblante  y  palabras 
amorosas,  el  corazón,  que  pocas  veces  suele  en- 
gañarse, me  daba  á  entender  que  no  liallaba  en 
ella  aquella  fuerza  de  affíción  con  que  otras  ve- 
ces eran  dichas,  antes  me  las  representaba  con 
una  tibieza  que  por  una  parte  me  espantaba  y 
ponía  temor  y  por  otra  no  la  creía.  Pero  al  fin, 
dándome  audiencia  en  secreto,  con  alguna  im- 
portunidad que  me  puso  en  mayor  sospecha  y 
parecióme  hallarla  con  alguna  más  libertad  que 
solía,  aimque  no  de  manera  que  pudiese  tener 
razón  que  por  estonces  bastase  para  agraviar- 
me, y  habiéndome  detenido  tanto  espacio  cuan- 
to el  negocio  requería,  el  cual  yo  dilaté  todo  lo 
que  pude,  fueme  forzado  volverme,  dexando  el 
ánima  con  ella  y  llevando  conmigo  solo  el  cuer- 
pu  y  el  ruidado  que  me  nconipañalm,  porque  ya 
yo  iua  algún  tanto  buspeclioso,  adivinando  el 


mal  que  esperaba  de  las  señales  encubiertas,  que 
hacían  á  mi  atribulado  corazón  adivino,  y  assi 
entreteniéndome  algún  tiempo  la  esperanza  con- 
fiando en  la  fe  que  había  en  un  tiempo  conocido 
y  en  las  promesas  que  con  tan  gran  hervor  y  vo- 
luntad se  me  habían  hecho,  determiné  de  tomar 
á  descubrir  tierra,  y  para  ello  le  escribí  una  cai- 
ta, la  cual  le  envié  con  mensajero  cierto,  j 
si  queréis  oiría,  decírosla  he,  porque  la  tengo 
en  la  memoria  de  la  mesma  manera  que  fué 
escrita. 

Gri SALDO. — Antes  te  lo  rogamos  que  lo  ba- 
gas; pero  bien  será,  si  te  parece,  Torcato,  qne 
primero,  por  ser  passada  tanta  parte  del  dit, 
comamos  algún  bocado  si  eir  ta  hatero  traes 
aparejo  para  ello,  que  ya  la  hambre  me  acusa  j 
á  Fi Ionio  creo  que  le  debe  tener  fatigado. 

FiLONio.  —Antes  os  hago  ciertos  que  casi  de 
hambre  j  de  sed  estoy  desmayado;  porqoe 
ayuno  me  vine  esta  mañana,  y  como  no  lue  sus- 
tento en  amores,  de  la  manera  que  Torcato  lo 
hace,  hasme  dado,  Grisaldo,  la  vida  con  tu  buen 
aviso  de  acordarlo  á  tan  buen  tiempo. 

Torcato. — Yo  confiesso  que  no  ha  sido 
pequeño  mi  descuido  en  no  convidaros,  y  aun- 
que no  esté  tan  bien  aparejado  couio  vosotros 
lo  merecéis  y  como  lo  estuviera  si  fuera  avisado 
de  vuestra  venida,  todavía  no  faltará  qné 
comáis,  que  aquí  tengo  un  pedazo  de  cecina  de 
venado  que  mis  mastines  este  invierno,  por 
estar  herido  en  una  pierna,  mataron;  también 
hallaréis  parte  de  un  buen  queso  j  cebolletas  y 
ajos  verdes,  y  el  pan,  aunque  es  de  centeno, 
tan  bien  sazonado  que  no  habrá  ninguno  de 
trigo  que  mejor  sabor  tenga. 

FiLONio.— Yo  traigo  conmigo  la  salsa  de 
San  Bernardo  para  que  todo  me  haga  baen 
gusto;  pero  bien  será,  Torcato,  que  también 
tú  nos  ayudes,  porque  sin  comer  ni  beber 
mal  pueden  los  hombres  sustentarse,  y,  como 
suelen  decir,  todos  los  duelos  con  pan  sou 
buenos. 

ToROATo.  —  Quiero  hacer  lo  que  me  dices, 
qne  no  es  poca  mi  flaqueza  ni  la  necesidad  qne 
tengo  de  socorrerla. 

Grisaldo. — En  mi  vida  no  comí  cosa  qne 
mejor  me  supiese;  ¡oh  qué  sabroso  está  todoj 
qué  bueno!  que  aunque  nos  esperaras  no  esta- 
viera  más  á  punto,  ni  nos  pudieras  hacer  con- 
vite que  más  agradable  nos  fuera. 

FiLONio. — l)ame,  Torcato,  el  barril,  que  no 
es  menor  mi  sed  que  mi  hambre,  y  quiero  qne 
se  corra  todo  junto. 

Torcato.  -  Vedlo  aquí;  y  aunque  \ouolo 
he  probado,  por  nmy  buen  vino  me  lo  dieron. 

(irRisALDO. — Passo,  Filouio,  que  nolohis 
de  acabar  todo,  que  á  dos  vaivenes  como  c-se 
apenas  nos  dexarías  una  gota. 

FiLONio. — No   había    bebido    tres  tng» 


s 


COLLOQUIOS  satíricos  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


665 


cuando  ya  te  matabas;  ¡no  miras  que  tiene  el 
cuello  muy  angosto  y  que  sale  tan  destilado 
que  casi  no  le  he  tomado  el  gusto? 

ToRCáTo. — Bebe,  Grísaldo,  que  no  faltará 
vino,  porque  acabado  esse  barril  otro  está  en 
aquel  zurrón,  con  que  podréis  tomar  á  rehacer 
la  chanza. 

GmsALDO.— ¡Oh,  qué  singular  vino,  mal 
año  para  el  de  San  Martin  ni  Madrigal,  que 
ninguna  ventaja  le  hacen ! 

FiLONio. — For  tu  fe,  Grisaldo,  que  ordeñes 
aquella  cabra  negra  que  tan  llenas  trae  las  tetas 
de  leche  como  si  el  cabrito  no  hubiera  hoy 
mamado;  que  pues  hay  barreños  y  cuchares  en 
que  la  comamos,  no  vendrá  á  mal  tiempo  para 
tomarla  por  fruta  de  postre. 

Grisaldo. — Bien  has  dicho;  harta  tiene 
para  todos,  aunque,  según  tú  tienes  las  migas 
hechas,  no  parece  que  te  bastaría  toda  la  que 
traen  las  cabras  y  ovejas  del  rebaño. 

FiLONio. — No  las  hago  todas  para  mi,  que 
muy  bien  podrán  repartirse,  y  assi  haz  tu  de 
la  leche;  bien  está,  para  mi  no  eches  más. 

ToRCATo. — Pues  harta  tenemos  yo  y  Gri- 
saldo en  la  que  queda. 

Grisaldo. — Dios  te  dé  muchos  días  de  vida, 
Torcato,  que  así  nos  has  socorrido. 

FiLONio.  -  El  barril  vuelva  á  visitarnos,  que 
la  hambre  ya  la  maté  como  ella  me  mataba. 

Grisaldo.— Toma  y  bebe  á  tu  placer;  paré- 
ceme  que  no  hay  sacristán  que  mejor  ponga  las 
campanas  en  pino. 

FiLONio.— De  ti  lo  aprendí  cuando  fueste 
monacino,  que  solías  hacer  de  la  mesma  manera 
á  las  vinajeras  antes  que  se  desnudase  el  clé- 
rigo que  había  dicho  la  misa. 

Grisaldo. — Hora  sus,  pues  estamos  hartos. 
jDios  loado!  recoge,  Torcato,  lo  que  queda,  que 
no  dexará  de  aprovechar  para  otro  día. 

Torcato.  —  Bien  me  parece  que  seas  en  tus 
cosas  tan  bien  proveído;  y  pues  todo  está  ya 
guardado,  ved  qué  es  lo  que  más  os  agrada 
que  hagamos. 

FiLONio. — ¿Qué  es  lo  que  hemos  de  hacer 
sino  que  nos  digas  la  carta  que  á  Belisia  escri- 
biste, con  todo  lo  demás  que  sobre  tus  amores 
tan  penados  te  hubiere  sucedido? 

Torcato. — Por  dos  cosas  quisiera  dexarlo 
en  el  estado  que  habéis  oído:  la  una  era  por 
pensar  que  con  mi  largo  cuento  os  tenía  enfa- 
dados, y  la  otra  porque,  no  podré  decir  cosa 
que  no  os  dé  sinsabor  y  enojo,  entendiendo 
cuan  contrario  fue  de  aquí  adelante  el  fin  de 
mi  porfía  á  lo  que  de  razón  hubiera  de  serlo, 
según  los  buenos  prencipios  con  que  el  Amor 
'  me  había  favorescido;  y  para  que  entendáis 
cuan  pcxlerosamente  executó  contra  mí  sus 
inhumanas  fuerzas,  escuchadme  la  carta,  que 
después  os  diré  lo  demás: 


carta  de  torcato  i  BBLISIA 


cMi  mano  está  temblando,  ánima  mía; 
mi  lengua  se  enmudece  contemplando 
lo  mucho  que  el  dolor  decir  podría. 

Tantas  cosas  se  están  representando 
juntas  con  gran  porfía  de  escrebirso, 
que  yo  las  dexo  á  todas  porfiando. 

Porque  en  mi  alma  pueden  bien  sentirse; 
mas  mostrar  cómo  están  es  excusado, 
pues  nunca  acabarían  de  decirse. 

Su  confusión  me  tiene  fatigado, 
aunque  lo  que  me  da  mayor  fatiga 
es  verme  estar  de  ti  tan  apartado. 

Mi  poca  libertad  es  mi  enemiga, 
pues  quiere  que  te  escriba  mis  pasiones 
sin  estar  yo  presente  que  las  diga. 

No  me  falta  razón;  mas  las  razones 
con  que  entiendas  mi  mal  yo  no  las  hallo 
si  tu  en  mi  torpe  lengua  no  las  pones. 

Mis  cuitas  y  trabajos,  porque  callo, 
me  dan  mayor  fatiga  y  más  cuidado, 
y  el  remedio  so  alexa  en  procurallo. 

No  sé  qué  me  hacer,  desventurado, 
que  todo  me  aborresce  en  no  tenerte 
presente  ante  mis  ojos  y  á  mi  lado. 

En  todo  cuanto  veo  hallo  la  muerte, 
todo  placer  me  daña  y  da  tormento, 
todo  me  da  pesar  si  no  es  quererte. 

Los  campos  que  solían  dar  contento 
con  los  montes  y  bosques  á  mis  ojos, 
estrechos  son  agora  al  pensamiento. 

Las  ovejas  y  cabras,  que  despojos 
de  lana  y  queso  y  leche  dan  contino, 
en  lugar  de  esto  me  causan  mil  enojos. 

No  hay  monte,  valle  ó  prado,  ni  camino 
donde  halle  holganza  ni  reposo, 
que  en  todos  me  aborrezco  y  pierdo  el  tino. 

A  las  fuentes  me  llego  temeroso, 
por  no  hallar  en  ellas  mi  figura 
que  en  verme  cuál  estoy  mirar  no  me  oso. 

EU  alma  tiene  en  mí  la  hermosura 
con  tenerte  á  ti  en  si  representada, 
que  el  cuerpo  casi  está  en  la  sepoltura. 

La  vida  trayo  á  muerte  condenada 
si  tú  no  revocares  la  sentencia 
que  mi  pena  cruel  ya  tiene  dada. 

Porque  no  pasarla  en  tu  presencia 
no  es  pena,  mas  es  muerte  muy  rabiosa, 
ó  que  me  da  fatiga  con  tu  ausencia. 

En  esta  vida  triste  y  trabajosa 
paso  mis  tristes  días  padeciendo, 
teniendo  á  mi  esperanza  algo  dudosa. 


56G 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


Las  noclios,  si  las  paso,  es  no  durruiemlo; 
los  días  sin  (íomer,  giMnidos  dan<lo, 
y  on  Acmie  qup  estoy  vivo  no  intí  on tiendo. 

Sustentase  mi  vida  con  templando 
cnán  bien  está  empleado  mi  tormento, 
y  por  algún  favor  tuyo  (esperando 
con  que  pasarlo  pueda  más  contento. i»» 

Inviada  esta  carta,  Belisia  la  recibió,  se- 
gún supe,  mostrando  poca  voluntad,  y  pidién- 
dole la  respuesta  de  ella,  couio  ya  las  velas  de 
su  voluntad  y  affición  estuviessen  puestas  en 
calma,  ó  por  ventura  vueltas  á  otro  nuevo 
viento  con  que  navegaban,  no  la  quiso  dar  por 
escrito,  sino  que  con  gran  desabrimiento  de 
palabras  me  invió  á  decir  que  no  curase  más 
de  escrebirla  ni  importunarla,  porque  su  deter- 
minación era  de  despedir  de  su  memoria  todas 
las  cosas  passadas,  las  cuales  estaban  ya  fuera 
de  ella,  y  que  si  alguna  vez  se  acordaba  de  ellas 
era  para  pesarle,  y  que  estuviesse  cierto  de  que 
jamás  liaría  conmigo  otra  cosa  de  lo  que  me 
decía,  y  que  tendría  por  muy  enojosa  persecu- 
ción la  que  yo  le  diese  si  quissiese  proseguir 
en  mi  porfía  más  adelante,  do  la  cual  no  saca- 
ría ningún  fruto,  si  no  era  ponerla  en  mayor 
cuidado,  para  que  de  mí  y  de  mis  importunida- 
des con  gran  diligencia  se  guardasse. 

Venido  el  mensajero,  el  cual  yo  esperaba  con 
alegres  nuevas  para  mi  descanso,  y  recibiendo 
en  lugar  dellas  esta  desabrida  respuesta,  ya  po- 
déis sentir  lo  que  mi  ánima  sentiría,  que  mu- 
chas veces  estuve  por  desamparar  la  compañía 
de  mi  atonnentado  cuerpo  para  procurar  por  su 
parte  algún  alivio  de  sus  passiones;  pero  no 
habiendo  acabado  de  perder  del  todo  la  espe- 
ranza, y  pensando  que  estt»  nuevo  accidente  po- 
dría presto  hacer  otra  mudanza,  quiso  susten- 
tar la  vida  para  j)i>der  ver  con  ella  la  razón  que 
llelisia  me  daba,  mostrando  la  que  tenía  para 
tratarme  con  tanta  crueldad  y  aspereza. 

Y  comenzando  á  mostrar  en  mi  gesto  la  tris- 
teza que  me  acompañaba,  desechando  dv  mí 
toíla  alegría,  andal»a  cargado  de  cuidad<»R  y 
pensamient^)s,  no  8abien<lo  qué  decir  ni  qué  Iíu- 
cer  (jue  aprovecharme  imdiesse;  no  donnía  ni 
reposaba;  nn  comer  era  tan  po(*o  que»  dil'íii'ulto- 
samentí»  píwlía  sustentarme;  la  ihupieza  y  la 
falta  del  sueño,  (jue  me  traían  casi  fuera  de  mi 
juicio. 

Y  lo  que  mayor  pena  me  daba  ora  que  á 
ninguno  osaba  descubrirla,  ni  con  nadie  la  co- 
municaba para  recibir  algún  alivio.  Anduve 
ansí  nmchos  días,  más  muerto  que  vivo,  y  pen- 
sando (pie  Belisia  por  ventura  lo  había  hecho 
por  probarme  para  saber  de  nn'  si  estaba  firme 
con  la  fe  que  siempre  le  había  mostrado,  det<a*- 
miné  de  tomar  el  camino  para  su  aldea,  lo  <*nal 
puse  luego  por  obra:  y  llegando  allá    ninguna 


manera  ni  diligencia  bast<5  para  que  Belisia 
oírme  ni  escucharme  quisíesee.  á  lo  menos  en 
Síícreto  como  solía,  que  en  lo  público  no  pn^lía 
díHíirle  nada  que  á  nuestros  amf»res  tocasse,  y 
con  tal  disinndación  me  inviaba  como  si  jaiiiá.^ 
entre  mí  y  ella  ninguna  cosa  hubiera  pasado; 
estaba  tan  seca  de  razones  y  tan  estéril  de  pa- 
labras, que,  en  verlo,  mil  veces  estuve  por  des- 
esperarme. 

Y,  en  fin,  queriendo  tomar  á  probar  mi  ven- 
tura, me  determiné  de  escribirle  otra  carta,  en- 
caresciéndole  mi  pena  y  passión  todo  lo  que 
pude,  pensando  que  aprovecharía  para  que  de- 
11o  se  doliesse,  y  la  carta  era  ésta,  porque  aqaí 
tengo  el  traslado  del  la: 

OARTA  DE  TORGATO  A    BELISIA 

<rLo8  golpes  de  los  azadones,  Belisia  mía, 
que  cavan  en  mi  sepoltiira,  con  su  tenieri«o 
son  ensordecen  mis  oídos;  y  el  clamor  délas 
campanas,  con  su  estruendo  espantoso,  no  me 
dexan  oir  cosa  que  para  mi  salud  aprovecliase. 
La  tristeza  de  los  que  con  verme  tan  al  calo 
de  mi  vida  se  duelen  de  mí,  me  tiene  tan  tris- 
te, que  ni  ellos  Imstan  á  consolarme  ni  yo  es- 
toy ya  para  recebir  algún  consuelo.  En  tal  ex- 
tremo me  tienes  puesto,  que  lo  que  con  mayor 
verdad  puede  pronunciar  mi  lengua  es  que  me 
han  rodeado  los  dolores  de  la  muerte  y  los  pe- 
ligros del  infierno  me  han  hallado.  Desventa- 
rado  de  mi,  que  vivo  para  que  no  se  acaben  mis 
tormentos  muriendo,  y  muero  por  acalcar  do 
morir  si  pudiesse.  Mas  ha  querido  mi  desven- 
tura que  mi  pena  rabiosa  tenga  mayónos  f^e^ 
zas  que  la  muerte,  la  cual,  viéndome  tan  muer- 
to en  la  vida  no  procura  matarme,  antes,  espan- 
tada de  venue  cual  estoy,  va  huyendo  de  mí 
con  temor  de  que  no  sea  yo  otra  muerto  mis 
poderosa  que  pueda  matarla  á  ella,  y  cuando  la 
•crueldad  viene  en  su  compañía  con  intención 
(le  ayudarla,  para  acabarme,  movida  á  comi«- 
sión  de  mí  so  pone  á  llorar  conmigo  mis  fati- 
gas; y  tú,  más  cruel  que  la  misma  crueldad,  te 
del(Mtas  y  recibes  con t^Mit amiento  en  verme  me- 
tido en  este  piélago  de  persecuciones.  Bien  creo 
qu(»,  si  alguno  se  puede  llamar  infienio,  fuera 
de  aquel  en  que  los  condenados  perpetuamente 
padecen,  que  será  éste  en  que  agora  yo  mo  veo, 
que  según  son  semejantes  m\»  penas  á  las  sn^ 
yas,  la  mayor  diferencia  que  me  parece  que  hay 
es  que  ellos  sin  redención  penarán  para  píem- 
I)re  y  tú  podrías  restituirme  y  ponerme  en  la 
cund)re  de  la  gloria  de  tu  gracia,  viéndome  jn 
con  algún  favor  de  manera  que  pensasen  s»'r 
restituido  en  ella,  y  no  tan  desfavorecido  c<»nio 
con  respuestas  tan  desabridas  me  he  hallatlo. 
Pero  ('de  qué  me  agravio  que,  si  bien  lo  niin» 
tixlo,  jíoí^a  raz/>n  tengo  de  quexarme,  pues  que 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMABA 


567 


todo  el  amor  oatá  on  mí  para  contigo,  sin  dexar 
ninguno  ni  parto  (l(?l  para  que  tú  lo  puedas  te- 
nor conmigo?  Yo  tengo  la  fe  tan  ent(»ra,  la 
amistad  tan  cumj)lida,  la  ley  tan  verdadera,  que 
tíKlo  esto  se  queda  en  mí  y  tii  estás  tan  lil^ro  y 
exenta,  que  para  lo  que  aprovecharán  mis  agra- 
vios será  para  que  te  rías  dellos  con  aquella  li- 
bertad que  lias  mostrado,  teniéndome  á  mí  en 
una  prisión  y  cautiverio  perpetuo;  lo  que  sien- 
to que  rae  puede  quedar  de  lo  passaao  es  la 
contemplaci<)n  de  una  tristeza  dulce,  trayendo 
á  mi  memoria  aquellas  palabras  de  <í tiempo  bue- 
no, que  dicen,  fue  tiempo  y  horas  ufanas,  en 
({ue  mis  días  gozaron,  aunque  en  ellas  se  sem- 
braron las  simientes  de  mis  canas:  yo  me  vi  ser 
i»ien  amado,  mi  deseo  en  alta  cima  contemplar 
enlopassado;  la  memoria  me  lastima i>;  el  tiem- 
po, Belisia  mía,  me  da  bien  el  pago  de  no  haber 
sabido  gozarlo,  y  con  verme  cual  me  veo  lo  ten- 
go por  mejor  que  haber  passado  un  punto  de  lo 
que  por  tu  voluntad  mostrabas  y  querías;  cuan- 
do quiero  quexarme  <le  mí  mesmo,  la  razón  ri- 
ñe conmigo,  diciendo  que  no  me  quexe  del  buen 
comedimiento  que  tuve,  pues  que  consigo  tiene 
el  galardón  y  contigo  queda  la  culpa  de  la  in- 
gratitud y  desconocimiento  de  lo  mucho  que 
me  debes.  Si  (»1  tiempo  fuera  mas  largo  no  me 
maravillara  tanto  de  ver  esta  mudanza,  aunque 
ninguna  cosa  había  de  bastar  para  hacerla;  pe- 
ro siendo  tan  breve,  parécemo  que  aquel  amor 
que  me  mostraste,  aquel  sentimiento  que  vi  pa- 
ra verme  á  mi  siempre  sin  libertad  ninguna, 
aquella  fe  que  estonces  se  me  puso  delante  tan 
verdadera,  aquellas  lágrimas  con  que  parecía 
sellarse  la  affición  y  voluntad  que  se  mostraba, 
que  todo  estaba  colgado  de  un  hilo  tan  delgado 
que  sólo  el  viento  bastó  para  quebrarlo.  Cuan- 
do me  acuerdo  de  algunas  cosas  que  por  mí 
pasaron,  parécemo  imposible  lo  que  veo,  por 
que  no  eran  prendas  de  tan  poca  fuerza  que 
tan  presto  habían  tb»  olvidarse,  yassf  ando  coir 
el  juicio  desatinado,  buscando  cuál  podría  ser 
la  causa;  porque  en  mí  no  ha  habido  falta  sino 
de  los  servi<'ios,  y  ésta  no  croo  que  bastaría, 
pues  no  sufro  pensarse  que  tú  me  habrías  de 
tener  amor  ni  affición  por  solo  interese;  ¡)or 
otra  parte,  combato  una  sospecha  celosa,  á  la 
cual  no  quiero  dar  crédito,  porque  siempre  cuan- 
to á  esto  has  estado  bien  acreditada  para  con- 
nn'go.  Bien  sé  que  te  irás  enojada  con  carta  tan 
larga,  pues  se  letírá  ya  sin  gusto  habiéndolo 
perdido  de  todas  las  cosas  que  tocan  á  quien  la 
escribe,  y  si  soy  porfiado,  suj)lícote,  s(»riora  mía, 
me  perdones,  que  lo  hago  con  (let(»rniinación  de 
no  enojarte  más  con  otms,  porque  en  esto  quie- 
ro que  conozcas  el  deservicio  que  será,  tenien- 
do en  menos  mi  fatiga  y  tormento  (pie  no  dar- 
U*.  á  ti  pesadumbre  con  serte  más  importuno; 
viviré  los  pocos  días  y  tristes  que  tuviere   con 


aquella  fe  que  de  mí  se  ha  conocido  y  con  la 
voluntad  y  affición  que  siempre  he  mostrado,  y 
con  el  dolor  y  trabajo  que  por  galardón  de  todo 
esto  has  (pierido  danne,  con  el  cual  quedo,  y 
con  aquel  verdadero  deseo  de  sen*  irte,  que  no 
se  acabará  en  tanto  que  no  se  acabare  la  vida 
que  tú  has  querido  que  tan  miserablemente 
muera  en  el  tiempo  que  viviere.» 

Y  in viada  esta  carta,  supe  que  había  veni- 
do á  sus  manos  y  no  con  pequeña  diligencia, 
que  para  ello  se  puso,  porque  yo  con  gran  diffi- 
cultad  quería  oír  ni  ver  cosa  que  á  mí  me  to- 
cassc,  y  viendo  que  no  quería  responder,  aun- 
que por  otra  cosa  no  espere  algunos  días,  me 
vine  harto  desconsolado  y  afñigido,  pero  toda- 
vía con  alguna  esperanza,  que  del  todo  no  me 
había  desamparado,  porque  pensaba  que  por 
ventura  Belisia  lo  hacía  por  probarme,  ó  que 
le  habían  dicho  de  mí  alguna  cosa  que,  sabien- 
do después  no  ser  verdadera,  le  haría  arrepen- 
tirse de  la  aspereza  y  inhumanidad  con  que  me 
trataba.  Y  pasados  algunos  días,  no  sé  si  por 
estorbar  que  yo  no  le  diese  más  importunidad 
con  palabras  ni  cartas,  ó  si  por  ventura  holgó 
de  desesperarme  del  todo,  me  escribió  una  car- 
ta breve,  que  más  verdaderamente  se  pudiera 
decir  sentencia  de  mi  nmerte,  la  cual  decía  des- 
ta  manera: 

CARTA    DE    BELISIA    A    TORCATO 

«Tus  cartas,  Torcato,  y  tus  importunidades 
me  son  tan  enojosas  que  me  fuerzan  á  escrebirte 
para  que  de  mí  lo  entiendas  y  acal)e8  de  cono- 
cer mi  voluntad,  la  cual  está  tan  diferente  de  lo 
que  solía,  que  lo  que  estonces  me  agradaba  es 
la  cosa  que  más  agora  aborrezco,  y  de  lo  passa- 
do estoy  tan  arrepentida  que  no  puedo  {conso- 
larme en  tanto  que  te  viere  determinado  en  tu 
porfía  sin  provecho;  si  en  algún  tiempo  me  tu- 
viste verdadero  amor,  el  mío  no  ra  fl.i;^!»!*».  y 
con  él  te  pagué  lo  que  merecías,  y  <(nnn  las  cu 
sas  no  puoílen  permanecer  siemi>rc  «mi  mu  >cr, 
antes  so  truecan  y  mudan  cada  hora,  nn  f«  ma- 
ravillarás con  mucha  razón  de  v«r  i|(ic  fU  nií 
haya  habido  esta  nnidanza,  para  1<>  «umI  no  he 
tenido  otra  ocasión  sino  parecerme  (juc  «rn  cosa 
que  me  convenía  para  tornar  á  cobrar  el  sosiego 
que  por  tu  caitsa  he  tenido  mucho  tiempo  per- 
dido; lo  que  te  ruego  es  que  si,  como  siempre 
mostraste,  deseas  contentarme,  que  olvides  las 
cosas  passadas,  echándolas  fuera  de  tu  memoria 
como  si  jamás  no  hubieran  sido,  y  si  no  pudie- 
res hacerlo  será  necesario  que  te  hagas  fuerza 
y  que  procures  de  |>onerte  en  aquella  lil)ertad 
con  que  yo  quedo,  y  si  todavía  te  acordares  de 
algunas  dellas,  podrás  hacer  cuenta  que  pasaron 
en  sueños  sin  ser  verdaderas,  y  assí  como  á  cosa 
de  sueño  las  olvida,  que  por  lo  mucho  que  te 


568 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


quise  y  aun  agora  te  quiero,  te  doy  el  consejo 
que  para  rui  he  touiado,  el  cual  holgaria  que 
siguieses,  pues  todo  lo  demás  será  acrecentar  en 
la  pena  que  publicas,  sin  aprovecharte  más  de 
para  trabajar  en  vano  y  darme  á  mí  fatiga  para 
que  con  justa  razón  y  causa  pueda  tenerme  por 
agraviada,  ;ayl  porque  esta  será  la  postrera 
mía;  también  estarás  cierto  de  que  no  recibiré 
ninguna  tuya,  y  así  te  aviso  que  no  te  pongas 
en  desasosegarme  más  con  ella,  pues  será  per- 
der el  tiempo  y  el  trabajo  que  en  ello  se  pusiere. 
Y  fuera  desto,  yo  te  deseo  el  mesmo  bien  y  ale- 
gría que  tú  me  deseas,  con  el  cual  plega  á  Dios 
que,  habiéndome  olvidado,  tan  presto  te  veas 
cuanto  yo  verte,  sin  ninguna  memoria  de  mí, 
para  mayor  bien  mío  y  tuyo,  he  deseado.» 

Las  palabras  desta  carta  alteraron  tanto  mi 
juicio,  que  á  muchas  veces  me  hallé  sin  él  para 
desesperarme,  y  deseaba  que  la  tierra  dentro  de 
sí  vivo  me  sumiese  6  que  por  otro  algún  acae- 
cimiento 6  desastre  se  me  acabase  la  vida,  y 
cierto  yo  me  tomara  del  todo  loco,  si  la  razón 
que  conmigo  peleaba  no  me  venciera;  pero  con 
todo  esto  no  podía  acabar  de  hallarme  en  ningu- 
na compañía  que  pudiese  apartarme  de  mi  pen- 
samiento, el  cual  jamás  en  otra  cosa  se  ocupaba, 
y  andando  como  habéis  visto  por  los  montes 
é  desiertos  deshabitados  y  por  las  montañas  más 
ásperas,  nmchas  veces  era  causa  de  que  mi  ga- 
nado padeciese,  y  de  lástima  del  me  venia  adon- 
de mejores  pastos  hallaba;  y  adonde  yo  más  des- 
canso tenía  era  en  este  ñorído  bosque,  por  causa 
desta  hermosa  fuente,  en  el  cual  dando  voces  y 
gemidos,  sin  ser  de  ninguno  entendido  mi  mal, 
un  día  tendido  en  el  niesmo  lugar  donde  esta- 
mos, sobre  la  verde  yerba  deste  prado,  creciendo 
en  mí  la  pasión  por  estar  considerando  el  agra- 
vio que  el  Amor. y  la  mi  Belisia  me  hacían, 
dando  un  profundo  sospiro,  que  parescía  llevar 
consigo  mis  entrañas,  comencé  á  decir  desta 
manera: 

EXCLAHAGIÓN    DE    TORCATO 

¿A  quién  enderezaré  mis  clamores  y  gemidos, 
que  con  alguna  lástima  procure  socorrerme?  ¿A 
quién  rogaré  que  escuche  mi  doloroso  llanto, 
para  que,  oyéndolo,  de  mi  rabioso  mal  se  com- 
padezca? ¿A  quién  publicaré  mis  rabiosas  cuitas 
y  fatigas,  para  que,  con  entenderlas,  me  procure 
dar  algún  consuelo?  Hienda  mis  dolorosas  vo- 
ces el  aire,  rompiendo  las  embarazosas  nubes, 
y  pasando  aquella  región  del  fnego,  menor  que 
el  que  á  mí  me  abrasa,  preséntense  en  los  sobe- 
ranos cielos  pidiendo  la  ayuda  y  socorro  que  en 
la  tierra  me  ha  faltado,  en  la  cual  no  hay  cosa 
que  contra  mí  no  se  muestre  enemiga.  Todas 
me  son  contrarias.  Todas  me  amenazan  con  la 
muerte.  Todas  me  la  procuran,  sin  que  ninguna 


dellas  pueda  dármela,  por  no  me  dar  el  descanf^o 
í\\\o  con  ella  recibiría. 

¡Oh,  Fortuna  cruel,  mudable,  ciega,  menti- 
rosa, traidora,  engañosa,  sin  ninguna  fe,  incons- 
tante, perversa,  maliciosa  y  sobre  iodo  la  ma- 
yor enemiga  del  bien  que  los  mortales  tener 
pueden!  Porque  tú  raesma,  que  se  lo  das  for- 
zada y  por  no  poder  hacer  otra  cosa,  después 
con  todÁs  tus  fuerzas  procuras  quitárselo,  pa- 
reciéndote  que  cuanto  mayor  mal  hicieres  á  los 
que  con  algún  bien  tienes  en  parte  satisfechos, 
quitándoselo  muestras  ser  mayor  poder  el  tajo, 
el  cual  jamás  conocen  las  gentes  en  la  prospe- 
ridad hasta  que  con  mayor  adversidad  y  tribula- 
ciones no  están  amenazados,  para  que  no  pue- 
dan gozarla,  teniendo  siempre  temor  de  ta  in- 
constancia y  condición  sin  ninguna  firmeza. 
Dime,  tirana,  perversa,  perseguidora  de  aquelloe 
á  quien  sientes  tener  algún  contento,  arrepin- 
tiéndote  de  habérselo  dado,  ¿para  queme  pusiste 
en  la  cumbre  del  mi  deseo?  ¿para  qué  me  favor^ 
ciste?  ¿para  qué  me  quesiste  poner  ante  mis  ojos 
la  gloria  que  podías  darme  en  la  vida,  si  con 
quitármela  tan  presto  me  habías  de  dexar  en 
tantas  y  tan  escuras  tinieblas,  negándome  la 
ei^peranza  de  poderla  gozar  en  ningún  tiempo.* 

;0h,  baxa  tierra  fementida,  que  jamás  das 
cosa  que  prometes,  jamás  cumples  cosa  que  di- 
gas, siempre  son  al  revés  tus  obras  de  las  seña- 
les que  nmcstras!  ¿con  qué  palabras  podré  en- 
carecer el  agravio  que  de  ti  recibo,  pues  al 
tiempo  que  pensaba  llegar  á  ¡a  cumbre  de  tu 
rueda  con  tantas  angustias  y  trabajos  me  has 
derrocado  della,  poniéndome  en  el  centro  de  los 
abismos? 

¡  Oh,  cruel  enemiga  de  todo  mi  bien,  ocasión 
de  todo  mi  mal !  ¿qué  te  han  merecido  las  obras 
y  deseos  de  un  pobre  pastor  para  que  contra  el 
tan  poderosamente  quisieses  mostrart<^  airada, 
executando  tu  dañosa  condición,  llena  de  mor- 
tal ponzoña  contra  mi,  persiguiéndome  hasta 
ponerme  en  el  más  misero  estado  de  todos  los 
nacidos?  ¡  Oh,  verdugo  cruel  de  aquellos  á  quien, 
cumpliendo  sus  deseos,  has  hecho  dichosos,  por- 
que siempre  en  la  mayor  prosperidad  les  armas 
los  lazos  de  las  mayores  adversidades  I  No  quiero 
maravillarme  de  que  conmigo  hayas  hecho  lo 
mesmo,  pues  que,  con  ser  propio  officio  tuyo, 
heciste  lo  que  hacer  sueles  con  todos  los  mor- 
tales, y  assi,  dexándote  para  quien  eres,  será 
bien  dexarte  hacer  y  cumplir  tu  voluntad  bus- 
cando algunas  fuerzas  más  poderosas  que  las 
tuyas  para  que  de  tu  falso  poder  puedan  li- 
brarme. 

A  la  Muerte, 

¡Oh,  Muerte,  dichosa  para  mí  si,  oyendo 
mis  llantos,  mis  sospiros  y  gemidos  dolorosos, 
quisieses  socorrerme,  para  hacer  dichoso  con  tn 


COLLOQUIOS  SATÍIUCOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


nfií) 


acelerada  venida  al  más  desdicliado  y  sin  ven- 
tura pastor  de  todos  los  pastores!  Tú  que  sola 
eres  socorro  de  los  afflegidos  cuerpos,  tú  que 
sueles  consolar  á  los  que  más  han  menester  tu 
consuelo,  y  tú  que  das  alivio  á  los  que  con  ne- 
cesidad te  lo  piden,  ayúdame,  socórreme,  no  me 
niegues  tu  favor  en  tiempo  que  la  muerte  que 
me  darías  sería  más  verdadera  vida  que  la  que 
agora,  muñendo  con  ella,  sostiene  este  misera- 
ble cuerpo  cercado  de  tantas  angustias  y  tribu- 
laciones; usa  agora  conmigo  de  aquella  piedad 
que  sueles  tener  de  los  que  con  necesidad  te  lla- 
man: respóndeme,  pues  que  te  llamo;  recíbeme 
en  tu  compañía,  pues  que  te  busco;  no  me  nie- 
gues lo  que  te  pido,  ni  dexes  de  executer  en  mi 
tu  offício,  pues  yo  ten  de  veras  lo  quiero  y  lo 
desseo;  no  seas  contra  mi  ten  cruel  como  la  For- 
tuna lo  ha  sido,  porque  la  herída  de  la  flecha  de 
tu  arco  poderoso  no  me  dará  dolor,  ni  yo  huird 
mi  cuerpo  para  recibirla,  antes  con  muy  gran 
contentemiento  estaré  esperándola,  conosciendo 
el  bien  que  con  ella  rescibo.  Más  agradable  me 
será  la  sepoltura  que  me  dieres  que  los  verdes 
campos  y  prados  y  las  deleitosas  florestas  en 
que  la  Fortuna  ten  contra  mi  voluntad  me  trae; 
tú  sola  serás  mi  descanso  y  mi  reposo,  y  contigo 
fenecerán  todas  mis  penas,  mis  ansias  y  mis 
trabajos.  ¿Para  qué  terdas  tentó?  ¿cómo  no  vie- 
nes? ¿como  no  me  socorres?  ; También  me  que- 
xaré  de  ti!  ; También  publicaré  que  me  haces 
agravio!  Mira  que  es  crueldad  la  que  conmigo 
usas,  y  tentó  será  mayor  cuanto  más  te  detu- 
vieres en  hacer  lo  que  te  ruego,  que  ya  el  cuer- 
po querría  verse  sin  la  compañía  de  mi  alma  y 
el  alma  anda  huyendo  de  la  de  mi  cuerpo  y  no 
espera  sino  tu  voluntad  y  tu  mandamiente.  No 
dilates  más  tu  venida,  para  quien  con  tentó 
desseo  y  con  tan  gran  agonía  la  está  esperando 
para  alivio  de  sus  rabiosos  tormentos  y  pas- 
siones.  ^ 

Al  Tiempo. 

Y  tú.  Tiempo,  que  con  tu  ligero  movimiento 
se  hacen  y  deshacen  todas  las  cosas,  poniendo  las 
alas  que  en  ti  tienen  principio,  ¿por  qué  me 
haces  agravio  en  no  poner  fin  á  la  terrible  pa- 
sión y  á  las  rabiosas  cuitas  que  contigo  me  cer- 
caron? ¿por  qué  te  muestras  ten  largo  con  ellas? 
iVbrevia  tu  veloz  corrida,  haciendo  conmigo  la 
mudanza  que  «ueles,  pues  el  más  verdadero  offí- 
cio que  tienes  es  no  dexar  cosa  ninguna  ester 
mucho  tiempo  en  un  ser,  y  assi  como  para  mi 
mal  ten  presto  te  mudaste,  haciéndote  de  bueno 
malo,  de  alegre  triste,  de  dichoso  desaventurado, 
podrías  si  quisieses  convertir  al  contrario  tus 
obras,  para  que  yo  no  pudiese  con  tente  razón 
mostrar  el  agravio  que  de  ti  tengo  por  el  daño 
que  de  ti  rescibo,  siendo  el  mayor  de  todos 
cuantos  hacerme  pudieras.  ¡Oh,  Tiempo,  que  un 


tiempo  para  mí  fuiste  dulce,  alegre,  sereno  y 
claro,  el  más  aj^acible  y  lleno  de  deleites  de 
cuantos  tiempos  por  mí,  no  por  otro  ninguno, 
han  passado!  ¿por  qué  te  has  temado  ten  pres- 
te triste  y  amargo  y  ten  escuro  que  mis  ojos  no 
pueden  ver  ni  mirar  si  no  son  tinieblas  más  es- 
curas y  espantebles  que  las  de  la  mesma  muer- 
te? ;  Oh,  tiempo  bueno,  que  por  mi  como  sombra 
pasaste,  no  dexando  más  de  la  memoria  para 
mayor  tribulación  del  que  en  ti  piensa  conti- 
nuamente! ¿cómo  te  trocaste  en  malo  y  ten 
malo  que  ninguno  para  este  desventurado  pas- 
tor á  quien  has  dexado  ten  sin  esperanza  puede 
haber  en  el  mando  que  peor  sea? 

A  Belisia, 

Y  tú,  vida  de  la  vida  que  conmigo  contra  mi 
voluntad  vive,  ¿qué  razón  podrás  dar  de  ti  que 
pueda  excusarte  de  la  más  ingrate,  inhumana, 
cruel  y  despiadada  pastera  de  todas  las  naci- 
das? Mira  que  el  amor  verdadero  con  otro  amor 
se  paga,  y  tú  con  un  extraño  y  fiero  desamor 
quieres  que  yo  quede  pagado  de  lo  mucho  que  te 
quise  y  quiero,  y  de  lo  que  he  padecido  y  pa- 
dezco por  tu  causa.  ¿Es  este  el  galardón  de  mi 
rabiosa  pena,  la  lástima  que  mostrabas  de  mis 
angustias,  la  affíción  con  que  mostrabas  dolerte 
mis  lágrimas?  ¡  Oh,  Belisia,  Belisia !  escucha 
mis  versos  y  entiende  lo  que  por  ellos  te  digo, 
para  que  tú  mesma  te>  conozcas  y  sientas  la  ra- 
zón que  yo  tengo  para  sentir  mi  agravio  de  tu 
crueldad,  que  por  ello  quiero  publicar  lo  que 
contra  mí  haces,  para  que  otros  se  guarden  de 
no  caer  en  el  pozo  de  desventuras  en  que 
por  tu  causa  estey  metido.  Escucha,  Belisia, 
que  mi  voz,  triste  como  de  cisne  que  con  ella 
solemniza  su  muerte,  ayudada  con  las  cuerdas 
de  mi  rabel,  que  otras  veces  en  versos  que  loa- 
ban tu  beldad,  gracias  y  hermosura  se  emplea- 
ban, dirán  agora  lo  que  de  ti  y  tus  condiciones 
he  conocido,  las  cuales  has  descubierte  contra 
un  pobre  paster  que,  atedo  de  pies  y  de  manos, 
y,  lo  que  peor  es,  ciega  la  voluntad  y  liberted, 
flacas  fuerzas  halla  en  sí  para  poderlas  resistir. 

Las  Fuñas  infernales  temorosas, 
que  al  son  de  mis  querellas  han  venido, 
de  mi  mal  espanteble  muy  medrosas 
al  centro  del  abismo  se  han  huido; 
las  Parcas,  que  al  vivir  son  enojosas, 
de  acortarme  tel  vida  se  han  tenido; 
tú  sola  me  procuras  mal  eterno, 
más  que  rabiosa  Furia  del  infierno. 

Los  ángeles  que  fueron  condenados 
y  en  diablos  espantebles  convertidos, 
de  mi  rabioso  mal  muy  espantados, 
escuchan  un's  clamores  y  gemidos, 
paréceles  ser  poco  atemientedos 


570 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


mirando  mis  tormentos  tan  crecidos, 

y  tú,  criiol  mus  qiu^  leona  fiera, 

no  qniores  contentarte  sin  qne  muera. 

Ninguno  por  justicia  condenado 
que  ton^A  ya  la  soga  á  la  garganta, 
con  esperar  la  muerte  fatigado, 
jamás  se  viera  estar  con  jiena  tanta; 
tu  ingratitud  me  tiene  en  tal  estado, 
que  cosa  más  del  mundo  no  me  espanta, 
pues  te  precias  y  quieres  dar  la  muerte 
á  quien  no  quiere  vida  sin  quererte. 

Los  tigres  y  leones  muy  furiosos, 
los  osos  y  las  onzas  muy  ligeras, 
los  lobos  muy  crueles  y  rabiosos, 
las  bestias  que  se  cuentan  por  más  fieras, 
siendo  animales  bnitos  nmy  medrosos 
de  mí  se  van  huyendo  muy  de  veras; 
tú  sola,  que  mi  sangre  estás  bebiendo, 
de  mi  rabioso  mal  te  estás  reyendo. 

¿Qué  vibora  6  serpiente  ponzoñosa, 
qué  basilisco  fiero  6  (jué  dragón, 
qué  áspide  cruel  muy  enconosa, 
qué  bravo  cocodrilo  y  sin  razón 
podrán  tener  tu  condición  dañosa 
ni  tu  duro  y  sangriento  corazón? 
¡  Oh,  corazón  cruel,  áspero  y  fuerte, 
que  lo  que  más  te  aplace»  es  dar  la  muerte! 

¿Qué  corazón  do  acc<-o  ó  de  diamante 
puííde  ser  que  no  ablande  mi  fatiga? 
•Y  tú,  en  tu  crueldad  firme  y  constante, 
con  más  rabia  te  muestras  mi  enenn'ga. 
No  hay  nadie  que  lo  sepa  á  quien  no  espant<», 
que  no  conozca  y  sienta  y  que  no  diga 
que  tu  desamor  fiero  assl  te  agrada 
como  á  sangrienta  loba  encarnizada. 

Acabando  de  cantar  estos  versos,  con  la  ayu- 
da que  mis  lágrimas  hacían  para  solemnizarlos 
y  cím  la  fatiga  qne  mi  espíritu  padwía  pen- 
sando en  las  cosas  que  por  mí  pasaban,  de  can- 
sado venció  á  mis  ojos  un  pesado  sueño  que  sin 
po<ler  resistirlo  dexó  todos  mis  nn'embros  sepul- 
tados en  el  olvido  <pie  consigo  traer  suele;  sola 
mi  memoria  estaba  volando,  v  de  tal  manera 
me  representaba  dunniendo  las  cosas  pasadas 
como  si  presentes  las  tuviera;  j)ero  descuidándo- 
se un  poco,  venció  la  imaginación,  la  cual  en 
sueños  me  puso  delante  lo  que  agora  contaros 
quiero,  que  más  verdaderamente  me  parwió  ha- 
berlo vistíi  pasando  j^or  mí  dere<.*lio  que  no  ha 
brr¡«)  soñfldo  ni  que  fingidamente  se  me  repre- 
scntns'ií*. 

I 'ARTE  SEraiNDA 

CnKSrA'  TORCATO  EL  SÜKSO 

Pareríann-  que  lo  que  en  la  fant^isía  se  me 
representaba  nns  ojos  lo  vían  palpablemente,  y 
que  sin  saber  de  qué  manera  ni  por  quién  era 


llevado,  en  muy  breve  tiempo  caminaba  muy 
grande  espacio  y  cantidad  de  ti'»rra,  discurrien- 
do por  diversas  provincias  y  regiones  con  una 
velocidad  tan  arrebatada  que  mis  pies  apenas 
tocaban  la  pesada  tierra,  y  habiendo  hecho  fin 
á  mi  tan  larga  jornada  con  algún  cansancio  del 
trabajoso  camino,  me  hallé  en  un  muy  verde  y 
florido  prado,  con  tanta  diversidad  de  hermo- 
sas flores  y  rosas,  que  con  diversos  colores  al 
suelo  matizaban,  dando  de  sí  un  olor  muy  per- 
fecto y  suave,  del  cual  mi  fatigado  cuerpo  era 
recrecido  que  del  todo  me  sentí  vuelto  en  mis 
corporales  fuerzas,  y  echando  los  ojos  alrede- 
dor de  donde  estaba,  vi  cosas  aue  me  pnsiemn 
tan  grande  espanto  y  admiración,  que  aun  ag«> 
ra  en  volverlas  á  mi  memoria  para  contar- 
las me  espantan  y  tienen  confuso,  parec¡énd(w 
nu»  que  apenas  sabré  decirlas.  Era  este  hemK^so 
y  aplacibh»  prado  todo  alrededor  cercado  de 
unas  florestas  muy  espesas  y  deleitosas  en  los 
ojos  que  las  miraban,  porque  demás  de  ser  los 
árboles  njuy  altos,  verdes  y  floridos,  y  todo? 
puestos  con  muy  gran  orden  y  concierto,  esta- 
ban cargados  de  uuichas  y  diversas  frutas  ma- 
duras, y  en  tan  gran  perficióii,  que  sólo  en  ver- 
las ponía  gran  deleite  y  conteniauíiento  á  mis 
ojos  que  las  miraban,  viendo  que  las  hojas  con 
un  manso  y  amoroso  viento  se  andalian  me- 
neando á  una  parte  y  á  otra,  haciendo  un  sor- 
do ruido  agradable  á  mis  oídos,  y  sus  sombras, 
con  que  la  fuerza  de  la  calor  del  sol  hurtaUn, 
me  ponían  en  agonía  de  gozarlas  cuando  con 
mi  ganado  á  sestear  me  venía;  andaltan  p<>r 
ellas  muy  gran  cantidad  de  diversos  auinialps 
bravos  y  mansos,  envueltos  los  unos  con  Kw 
otros,  sin  hacerse  daño  ninguno. 

Y  en  las  cunas  de  los  árboles  estaban  sen- 
tados grande  abundancia  de  aves  y  páxaros  di' 
diversos  colores  y  raleas,  grandes  y  |>eqnefing, 
los  cuales  con  sus  arpadas  y^iff  eren  tes  len- 
guas (íant^ndo  hacían  una  música  y  armonía 
tan  acordada  que  yo  jamás  quisiera  dexar  d«' 
oiría  si  permitido  me  fuera;  y  después  revo- 
lando todos  por  el  aire,  t ruando  sus  lngart«. 
tornaban  como  de  principio  á  proseguir  en  la 
suavidad  de  su  cant^^. 

Estaban  estas  ílorestas  cercadas  de  una  muT 
alta  montaña,  que  por  tedas  partes  igualmente 
parecía  levantarse,  llevando  por  si  tendidos  en 
gran  cantidad  los  montes  y  florestas,  hasta  qui» 
en  el  remate  della  se  hacía  un  muro  tan  alto, 
que  parecían  comunicar  con  las  nul>es  las  al- 
menas (jue  con  nuiy  gran  orden  y  conciert^^  es- 
taban inlificadas.  Era  es.te  nniro  triangtdado,  y 
de  un  ángulo  á  otro  de  diferenttís  colores:  por- 
que la  una  parte  estaba  hecha  de  unas  piedras 
coloradas,  (|ue  en  la  fineza  parecía  ser  muy  ver- 
daderos rnbís;  en  medio  desta  pared  estal»aoil¡- 
ficado  un  castillo,  assimesmo  de  las  mesmas 


\ 


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COLLOQÜIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


571 


piedras,  entretoxidas  con  otras  verdes  y  azules, 
enlazadas  eon  unos  remates  de  oro  que  hacían 
una  tan  excelente  obra  qne  más  divina  qne  hu- 
mana pjirívia,  porque  <*í)n  los  rayos  del  sol  que 
en  di  daban,  resplandeciendo,  apenas  de  mis 
ojos  mirarse  consentía.  Estaba  tan  bien  to- 
rreado y  fortalecido  con  tantos  cubos  y  barba- 
canas, que  cualquiera  que  lo  viera,  demás  de  su 
gran  riqueza,  lo  juzgara  por  un  castillo  de  for- 
taleza inespugnable.  Tenía  encima  del  arco  de 
la  puerta  principal  una  letra  que  decía:  <r Mo- 
rada de  la  í^ortuna,  á  quien  por  permissión  di- 
vina muchas  de  las  cosas  corporales  son  sub- 
jetas». 

La  otra  pared  del  otro  ángulo  que  cabe  éste 
estaba  era  toda  hecha  de  una  piedra  tan  nei^ra 
y  escura,  que  ninguna  lo  podía  ser  más  en  el 
mundo;  y  de  la  mesma  manera  en  el  medio  de- 
11a  estaba  edefícado  un  castillo,  que  en  mirarlo 
ponía  gran  tristeza  y  temor.  Tenía  también 
unas  letras  blancas  que  claramente  so  dexaban 
leer,  las  cuales  decían:  «Reposo  de  la  Muerte, 
"de  adonde  executaba  sus  poderosas  fuerzas  con- 
tra todos  los  mortales». 

La  otra  pared  era  de  un  christalino  muro 
transparente,  en  que  como  en  un  espejo  muy 
claro  todas  las  cosas  que  había  en  el  mundo, 
asi  las  pasadas  como  las  presentios,  se  podían 
mirar  y  ver,  con  una  noticia  confusa  de  las  ve- 
nideras. T(»nía  en  el  medio  otro  castillo  de  tan 
claro  cristal  que,  con  reverberar  en  él  los  ra- 
yos resplandecientes  del  sol,  quitaban  la  luz  á 
mis  ojos,  que  contemplando  estaban  una  obra 
de  tan  gran  perfición;  pero  no  tanto  que  por 
ello  dexase  el  ver  unas  letras  que  de  un  muy 
fino  rosicler  estaban  en  la  mesma  puerta  escul- 
pidas, (jue  decían:  a: Aquí  habita  el  Tiempo,  que 
todas  las  cosas  que  se  hacen  en  sí  las  acaba  y 
consumeT». 

En  el  medio  deste  circuito  estaba  edificado 
otro  castillo,  que  era  en  el  hennoso  y  verde 
prado  corea  <le  adondíí  yo  me  hallaba,  el  cual 
me  puso  en  mayor  admiración  y  espanto  que 
todo  lo  que  había  visto,  porcpie  demás  de  la 
gran  fortaleza  de  su  ediíii'io  era  ccírcado  de  mía 
muy  ancha  y  t,'Ui  honda  cava,  que  casi  parecía 
licitar  á  los  abismos.  Las  paréeles  eran  hechas 
de  unas  picnlras  amarillas,  y  toflas  pintadas  de 
pincel,  y  otras  de  talla  con  figuras  que  gran 
lástima  ponían  en  mi  corazón,  que  contemplán- 
dolas estaba,  ponqué  allí  se  vían  nuichas  bes- 
tias fieras,  que  con  gran  crueldad  despedazaban 
los  cuerpos  humaní)s  de  muchos  hombres  y  mu- 
jeres; otras  que  después  de  despedazad(ís,  sa- 
tisfaciendo su  rabiosa  hambre,  á  IxM'ados  los  es- 
taban comiendo.  Había  también  nuichos  hom- 
bres que  por  casos  desastrados  mataban  á  otros, 
y  otros  que  sin  ocasión  ninguna,  por  sólo  su 
voluntíid,  eran  causa  de  muchas  muertes;  allí 


se  mostraban  muchos  padres  que  dieron  la 
muerte  á  sus  hijos  y  muchos  hijos  que  mata- 
ron á  sus  padres.  Había  también  muchas  ma- 
neras y  inAcnciones  de  tormentos  con  que  nui- 
chas personas  morían,  que  contarlos  particu- 
larmente sería  para  no  acabar  tan  presto  de 
decirlos.  Tenía  unas  letras  entretalladas  de  co- 
lor leonado  que  decían :  <».  Aposento  de  la  Cruel- 
dad, qne  toda  compasión,  amor  y  lástima  abo- 
rrece como  la  mayor  enemiga  suyai». 

Tan  maravillado  me  tenía  la  novedad  destas 
cosas  que  mirando  estaba,  que  juzgando  aquel 
circuito  por  otro  nuevo  mundo,  y  con  voluntad 
de  salirme  del  si  pudiesse,  tendí  la  vista  por 
todas  partes  para  ver  si  hallaría  alguna  salida 
adonde  mi  camino  enderezase,  que  sin  temer  el 
trabajo  á  la  hora  lo  comenzara,  porque  todas 
las  cosas  que  allí  había  para  dar  contentamien- 
to, con  la  soledad  me  causaban  tristeza,  desean- 
do verme  con  mi  ganado  en  libertad  de  poder- 
lo menear  de  unos  pastos  buenos  en  otros  me- 
jores y  volverme  con  él  á  la  aldea  cuando  á  la 
voluntad  me  viniera;  y  no  hallando  remedio 
para  que  mi  deseo  se  cumpliese,  tomando  á  la 
paciencia  y  sufrimiento  por  escudo  y  compafiía 
para  todo  lo  que  sucedernie  pudiese,  me  fui  á 
una  fuente  que  cerca  de  mí  había  visto,  la  cual 
estando  cubierta  de  un  cielo  azul,  relevado  to- 
do con  muy  hennosas  labores  de  oro,  que  cua- 
tro pilares  de  pórfido,  labrados  con  follajes  al 
romano,  sostenían,  despedía  de  sí  un  gran  cho- 
rro de  agua  que,  discurriendo  por  las  limpias  y 
blancas  piedras  y  menuda  arena,  pusieran  sed  á 
cualquiera  que  no  la  tuviera,  convidando  para 
que  della  bebiesen  con  hacer  compañía  á  las 
ninfas  que  de  aquella  hermosa  fuente  debían 
gozar  el  mayor  tiempo  del  año;  y  assí,  lavando 
mis  manos  y  gesto,  limpiándolo  del  polvo  y  su- 
dor que  en  el  camino  tan  largo  había  cogido, 
echado  de  bnices  y  otras  veces  juntando  mis 
manos  y  tomando  con  ellas  el  agua,  por  no  te- 
ner otra  vasija,  no  hacía  sino  beber;  pero  cuan- 
tas más  veces  bebía,  tanto  la  seil  en  mayor 
grado  me  fatigaba,  creciéndome  más  cada  hora 
con  (!uidad()  de  la  mi  Relisia,  que  el  agua  me 
parecía  convertirse  en  llamas  de  fuego  dentro 
(l(í  mi  abrasado  y  encendido  pocho,  y  maravi- 
llado desta  novedsd  me  acordaba  do  la  fuente 
del  olivo,  donde  agora  estíimos,  deseando  po- 
der beber  desta  dulce  agua  y  sabrosa  con  que  el 
ardor  matar  pudiese  que  tanta  fatiga  me  daba; 
y  estando  con  este  deseo  nmy  congoxado,  co- 
mencé á  oir  un  estruendo  y  ruido  tan  grande, 
que  atronando  mis  oídos  me  tenían  casi  fuera 
de  mi  juicio,  y  volviendo  los  ojos  para  v<m-  lo 
que  podía  causarlo,  vi  que  el  castillo  de  U  For- 
tuna se  había  abierto  por  medio,  dexando  un 
gran  trecho  descubierto,  do]  que  salía  uu  <  arro 
tan  grande,  que  mayor  que  el   niesmo  castillo 


572 


ORÍGENES  T)E  LA  NOVELA 


parocía;  do  los  pretiles  y  almenas  comenzaron 
á  disparar  grandes  truenos  de  artillería,  y  tras 
ellos  nna  música  tan  acordada  de  menestriles 
altos  con  otros  muchos  y  diversos  instrumen- 
tos, que  más  parecía  cosa  del  cielo  que  no  que 
en  la  tierra  pudiese  oirse;  y  aunque  no  me  fal- 
taba atención  para  escucharla,  mis  ojos  se  em- 
pleaban en  mirar  aquel  poderoso  carro,  con  las 
maravillas  que  en  él  vía  que  venían,  que  no  sé 
si  seré  bastante  para  poder  contar  algunas  de- 
ltas, pues  que  todo  seria  imposible  á  mi  peqne- 
ño  juicio  hacerlo.  El  carro  era  todo  de  muy  fino 
oro,  con  muchas  labores  extremadas  hechas 
de  piedras  preciosas,  en  las  cuales  había  grande 
abundancia  de  diamantes,  esmeraldas  y  rubís 
y  carbnnclos,  sin  otras  de  más  baxa  suerte.  Las 
ruedas  eran  doce,  t-odas  de  un  blanco  marfil, 
asimesmo  con  muchas  labores  de  oro  y  piedras 
preciosas,  labradas  con  una  arte  tan  sutil  y  de- 
licada que  no  hubiera  pintor  en  el  mundo  que 
así  supiera  hacerlo.  Venían  uncidos  veinte  y 
cuatro  unicornios  blancos  y  muy  grandes  y  po- 
derosos, que  lo  traían;  encima  del  carro  estaba 
hecho  un  trono  muy  alto  con  doce  gradas,  que 
por  cada  parte  lo  cercaban ,  todas  cubiertas  con 
un  muy  rico  brocado  bandeado  con  una  tela  de 
plata,  con  unas  lazadas  de  perlas,  que  lo  uno 
con  lo  otro  entretexía;  encima  del  trono  estaba 
nna  silla  toda  de  fino  diamante,  con  los  rema- 
tes de  unos  carLmnclos  que  daban  de  sí  tan  gran 
claridad  y  resplandor  que  no  hiciera  falta  la  luz 
con  que  el  día  les  ayudaba,  porque  en  medio  de 
la  noche  pudiera  todo  muy  claramente  verse. 
En  esta  silla  venía  sentada  una  mujer,  cuya 
majestad  sobrepuja  á  la  de  todas  las  cosas  vi- 
sibles; sus  vestidos  eran  de  inestimable  valor  y 
de  manera  que  sería  imposible  poder  contar  la 
manera  y  riqueza  dellos;  traía  en  sa  compañía 
cuatro  doncellas;  las  dos  que  de  una  excelente 
hermosura  eran  dotadas  venían  muy  pobremen- 
te aderezadas,  los  vestidos  todos  rotos,  que  por 
muchas  partes  sus  carnes  se  parecían;  estaban 
echadas  en  el  suelo.  Y  aquella  mujer,  á  quien 
ya  yo  por  las  señales  había  conocido  ser  la  For- 
tuna, tenía  sus  pies  encima  de  sus  cervices,  fati- 
gándolas, sin  que  pudiesen  hacer  otra  cosa  sino 
mostrar  con  muchas  lágrimas  y  sospiros  el 
agravio  que  padecían;  traían  consigo  sus  nom- 
bres escritos,  que  decían:  el  de  la  una,  «Ra- 
zón>,  y  el  de  la  otra,  <r  Justicia».  Las  otras  dos 
doncellas,  vestidas  de  la  mesma  librea  de  la 
Fortuna,  como  privadas  suyas,  tenían  los  ges- 
tos muy  feos  y  aborrecibles  para  quien  bien  los 
pnt,endiesse,  conociendo  el  daño  de  sus  obras; 
traían  en  las  manos  dos  estoques  desnudos,  con 
que  á  la  Razón  y  á  la  Justicia  amenazaban,  y 
en  medio  de  sus  pechos  dos  rótulos  que  decían : 
el  de  la  una,  «Antojo»,  y  el  de  la  otra,  h Libre 
voluntad^».  Con  grande  espanto  me  tenían  es- 


tas cosas;  pero  mayor  me  lo  ponía  el  gest^i  de  la 
Fortuna,  que  algunas  veces  muy  risueño  y  hala- 
güeño se  mostraba  y  otras  tan  espantable  y  me- 
droso que  apenas  mirarse  consentía.  Estaba  en 
esto  con  tan  poca  firmeza,  que  en  una  hora  mili 
veces  se  mudiaba;  pero  lo  que  en  mayor  admi- 
ración me  puso  fué  ver  nna  rueda  que  la  For- 
tuna traía,  volviendo  sin  cesar  con  sus  manos  el 
exe  della;  y  comenzando  los  anícomios  á  mo- 
ver el  carro  hacia  adonde  yo  estaba  tendido 
junto  á  la  fuente,  cuanto  más  á  mi  se  acercaba 
tanto  mayor  me  iba  pareciendo  la  meda,  en  U 
cual  se  mostraban  tan  grandes  y  admirables 
misterios,  que  ningún  juicio  humano  sin  ha- 
l>erlos  visto  es  bastante  á  comprenderlos  en 
su  entendimiento;  porque  en  ella  se  vían  subir 
y  baxar  tan  gran  número  de  gentes,  assí  hom- 
bres como  mujeres,  con  tantos  trajes  y  atavíos 
diferentes  los  unos  de  los  otros,  que  ningún  es- 
tado grande  ni  pequeño  desdé  el  principio  del 
mundo  en  él  ha  habido  que  allí  no  se  conocie- 
se, con  las  personas  que  del  próspera  ó  desdi- 
chadamente habían  gozado,  y  como  cuerpos 
fantásticos  y  incorpóreos  los  unos  baxaban  j 
los  otros  subían  sin  hacerse  im|)edimiento  nin- 
guno; muchos  dellos  estaban  en  la  enmbremás 
alta  ¿esta  meda,  y  por  más  veloc*  que  el  cor- 
so della  anduviese,  jamás  se  mudaban,  aunque 
éstos  oran  muy  pocos ;  otros  iban  subiendo  po- 
niendo todas  sus  fuerzas,  pero  hallaban  la  rue- 
da tan  deleznable  que  ninguna  cosa  le  apro- 
vechaba su  diligencia,  y  otros  venían  cabeza 
abaxo,  agraviándose  de  la  súpita  caída,  on 
que  vían  derrocarse;  pero  la  Fortuna,  dándose 
poco  por  ello,  no  dexaba  de  proseguir  en  su  co- 
menzado offício.  Yo  que  estaba  mirando  con 
grande  atención  lo  que  en  la  rueda  se  me  mos- 
traba, vime  á  mí  mesmo  que  debaxo  della  esta- 
ba tendido,  gemiendo  por  la  grande  caída  con 
que  Fortuna  me  había  derribado;  y  con  dolor 
de  verme  tan  mal  tratado,  comencé  á  mirar  la 
Fortuna  con  unos  ojos  piadosos  y  llenos  de  lá- 
grimas, queriéndole  mover  con  ellas  á  que  de 
mis  trabajos  se  compadeciese.  Y  á  este  tiempo, 
cesando  la  música  del  castillo  y  parando  lo?: 
unicornios  el  carro,  la  Fortuna,  mirándome 
con  el  gesto  algo  airado  y  con  una  voz  para  mi 
desabrida,  por  lo  que  sus  palabras  mostraron, 
con  una  gran  majestad  me  comenzó  á  decir 
desta  manera: 

La  Fortuna  contra  Torcato, 

«Mayor  razón  hubieras,  Torcato,  de  tener 
para  agraviarte  de  mí,  como  ha  poco  hacías, 
tratándome  tan  desenfrenadamente  con  tu  des- 
comedida lengua,  que  fuera  mejor  darte  yo  el 
pago  que  merecías  con  mis  obras  que  no  satis- 
facerte con  mis  palabras;  aunque  si  quisieres 


COLLOQÜIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA 


673 


quitar  de  ti  la  pasión  con  que  has  querido  juz- 
garme no  será  pequeño  el  castigo  tuyo  hacién- 
dote venir  en  conocimiento  de  que  tú  solo  tie- 
nes la  culpa  que  á  mi  has  querido  ponerme  sin 
tenerla,  pues  no  podrás  decir  ni  mostrar  causa 
ninguna  de  tus  agrarios  que  no  sea  testigo 
contra  ti  mesmo  para  condenarte  justamente; 
y  si  no  dime:  ¿De  qué  te  quejas,  de  qué  te 
agravias,  por  qué  das  voces,  por  qué  procuras 
infamarme  con  denuestos  y  injurias  tan  des- 
atinadas? ¿Por  ventura  has  recibido  de  mi  hasta 
agora,  en  el  estado  que  estás,  sino  muy  gran- 
des beneficios,  muy  grandes  favores  y  muy 
buenas  obras,  las  cuales  por  no  hacer  al  propó- 
sito de  la  causa  de  tus  quexas  quiero  excusar 
de  decirlas?  Veniendo  á  lo  principal,  que  es  la 
congoxa  y  tormento  que  agora  te  aflige  y  tiene 
tan  desatinado  que  estando  fuera  de  ti  quieres 
culparme  del  mal  que  nunca  te  hice,  antes 
todo  el  bien  que  pude  hacerte  conforme  á  tu 
dcsseo,  que  era  de  que  Belisia  te  quisiese  y 
amasse  como  tú  á  ella  hacías,  lo  cual  viste  por 
experiencia  manifiesta,  y  muchos  dias  estan- 
do firme  en  su  propósito,  de  manera  que  por 
ello  me  loabas  y  mili  bienes  de  mi  decias,  dán- 
dome gracias  por  el  e>tado  en  que  te  tenía,  que 
para  ti  era  el  más  dichoso  y  bienaventurado  que 
poseía  ninguno  de  tus  iguales,  es  verdad  que 
yo  volví  la  rueda,  abasando  tu  felicidad,  tro- 
cando tu  contentamiento  y  consentiendo  en  tu 
caida;  pero  no  fué  tanto  por  mi  voluntad  como 
por  tu  descuido,  pues  dexaste  de  tomar  pren- 
das con  que  tu  gozo  se  conservara  y  el  Amor 
venciera  de  la  libertad  que  en  la  tu  Belisia  has 
conoscido. 

Bien  sabes  tú  que  mi  propio  officio  es  no 
ser  constante  ni  firme  en  ninguna  cosa,  como 
poco  ha  lo  manifestabas.  Si  lo  sabías,  ¿por  qué 
no  te  annabas  contra  mí/  ¿por  que  no  tomabas 
defensa  contra  mi  condición?  Tenías  en  las 
manos  el  escudo  para  recibir  mis  golpes  y  per- 
distelo,  consentiéndolo  tú  mesmo  en  ello;  pues 
quéxate  de  ti  y  no  de  mi,  que  ninguna  culpa 
te  tengo,  y  quéxate  de  tu  ikb'sia,  que  por  su 
voluntad  y  no  forzada  se  metió  en  essa  forta- 
leza de  la  Crueldad,  de  la  cual  te  hacen  am- 
bas la  guerra  para  destniirte,  que  aunque  yo 
soy  parto  para  tu  remedio,  menester  es  su  con- 
sentimiento, el  cual  habrías  tu  de  procurar 
lo  mejor  que  pudiesses,  y  no  estarte  haciendo 
exclamaciones  sin  provecho  ninguno  para  el 
alivio  de  tu  pena.  No  te  desesperes,  pues  sabes 
que  todas  las  cosas  se  truecan  y  mudan,  y 
cuando  no  hallares  piedad  en  la  tu  Belisia,  por 
ventura  hallarás  mudanza  en  tus  desci^s,  pares- 
ciéndote  que,  aunque  los  hayas  tan  bien  emplea- 
do, te  estará  mejor  verte  y  hallarte  después  sin 
ellos.  Y  porque  lo  dicho  basta  para  satisfacerte 
del  eiigañü  que  en  agraviarte  de  mí  recebias, 


no  quiero  decirte  más  de  que  no  te  ensalces  con 
la  prosperidad  ni  con  la  adversidad  dexes  aba- 
tirte; siempre  osadía  y  esfuerzo,  que  son  las 
armas  con  que  yo  puedo  ser  vencida,  y  si  usare 
de  mis  acostumbradas  mafias  haciendo  mi  offi- 
cio, no  te  maravilles,  ni  me  culpes,  ni  me  mal- 
trates con  palabras  tan  ásperas  y  enojosas,  que 
al  fin  soy  mandada  y  tengo  superior  á  quien 
obedezco,  y  por  su  voluntad  me  rijo  y  gobierno. 
De  Belisia  te  agravia,  que  si  ella  quiere  bien 
puede  forzarme  para  que  no  te  falte  mi  favor, 
aunque  yo  no  quiera,  pues  tu  ventura  está  en 
su  voluntad,  la  cual  está  al  presente  más  libre 
que  ésta  que  vees  venir  en  mi  compañía. >> 

Acabando  de  decir  esto,  los  unicornios  con 
la  mesma  solemnidad  y  aparato  que  haluan 
traído  el  carro  comienzan  á  dar  la  vuelta  con 
tanta  presteza,  que  aunque  á  mí  no  me^altaban 
palabras  y  razones  para  poder  responder  á  lo 
que  la  Fortuna  me  había  dicho,  no  tuve  lugar 
para  hacerlo  como  quisiera,  porque  antes  que 
yo  pudiese  abrir  mi  boca  para  comenzarlas,  ya 
estaba  dentro  en  su  castillo,  siendo  recebida 
con  aquella  dulce  armonía  de  música  que  al 
salir  la  había  acompañado;  y  siendo  cerrado  el 
castillo  de  la  manera  que  antes  estaba,  el  sol 
comenzó  á  escurecerse,  y  el  día,  con  muchos 
nublados  escuros  que  sobreven ieron ,  perdía 
gran  parte  de  su  claridad.  Comenzaron  luego 
á  sonar  de  las  nubes  grandes  truenos,  y  á  mos- 
trarse muchos  y  muy  espesos  relámpagos  que 
en  medio  de  la  escuridad  con  el  resplandor  de 
su  luz  fatigaban  á  mis  temerosos  ojos,  de  manera 
que  en  cualquiera  corazón  es  forzado  miedo.  Y 
así,  estando  no  poco  medroso  con  lo  que  se  me 
representaba,  vi  que  el  castillo  que  en  el  muro 
negro  estaba  edificado  se  abría  de  la  mesma 
suerte  que  el  de  la  Fortuna  había  hecho,  que- 
dando en  el  medio  del  muy  grande  espacio 
descubierto,  en  el  cual  se  me  mostró  una  tan 
fiera  y  espantable  visión,  que  aun  agora  en 
pensarlo  los  cabellos  tengo  erizados  y  el  cuerpo 
respeluzado;  y  porque  sepáis  si  tengo  razón 
para  encarecerlo  de  esta  manera,  quiero  deciros 
particularmente  la  forma  de  su  venida.  Estaba 
un  carro  tan  grande  y  mayor  que  aquel  en  que 
había  venido  la  Fortuna,  aunque  en  el  parecer 
harto  diferentes  el  uno  del  otro;  porque  éste 
era  hecho  de  una  madera  muy  negra,  sin  otra 
pintura  ninguna,  con  doce  ruedas  grandes  de 
la  mesma  suerte,  á  las  cuales  estaban  uncidos 
veinte  y  cuatro  elefantes,  cuya  grandeza  jamás 
fué  vista  en  el  mundo,  estando  por  su  compás 
dos  de  ellos  entre  cada  rueda  de  un  lado  y  de 
otro,  que  todo  el  carro  rodeal>an,  y  en  el  medio 
del  estaba  un  trono  hecho,  cercado  de  gradas 
por  todas  partes,  y  encima  una  tumba  grande 
couiu  las  (|ue  se  ponen  en  las  sepolturas;  lu 
uno  y  lo  otro  cubierU)  todo  de  un  paño  negro 


fi 


574  ORÍGENES  DE 

dtí  luto.  En  la  delantera  de  este  carro  venían 
tres  mujeres  muy  desemejadas,  flacas  y  amari- 
llas, los  ojos  sumidos,  los  dientes  cubiertos  de 
tierra,  tanto  que  más  muertas  que  vivas  pare- 
cían; traían  en  sus  manos  sendas  trompas,  con 
que  venían  haciendo  un  son  tan  triste  y  doliv 
roso,  que  atronando  mis  oídos  parecía  oir  aquel 
de  las  trompetas  con  que  los  muertos  serán  lla- 
mados el  día  del  juicio;  y  estándolas  mirando 
no  con  pequeño  temor,  vi  que  traían  sus  nom- 
bres escritos,  que  decían:  «(Vejez»,  «Dolor», 
«Enfermedad».  Tras  éstas  venían  otras  tres, 
sentadas  junto  á  la  tumba,  de  las  cuales  la  una 
tenía  una  rueca  y  la  otra  con  un  huso  estaba 
hilando,  y  la  üTcera  con  unas  tijeras  muchas 
y  diversas  veces  ct>rtaba  el  hilo,  sin  cesar  jamás 
nin;]^una  ile  ellas  de  proseguir  en  su  ol'ficio,  por 
el  cual  y  por  lo  que  ya  yo  muchas  veces  había 
oído  conocí  ser  las  tres  Parcas:  Átropos,  (.Moto 
y  Lac^iiesis:  y  después  que  bien  las  hube  mi- 
rado, puse  los  ojos  en  una  fíi^ura  ([Ue  encima  de 
la  tumba  venía  sentada,  tan  terrible  y  espan- 
table de  mirar  que  muchas  veces  se  me  cerra- 
ban los  ojos  por  no  verla;  porqui?  con  muy  gran 
mi(>do  y  temor  de  ver  una  fantasma  tan  teme- 
rosa y  aborrescible,  comenzó  á  temblar  todo  mi 
cuerpo  y  los  sentidos  á  desfallecerme  y  dexarmc 
casi  sin  vida.  Tomóme  un  sudor  muy  frío  y 
congoxoso,  como  suelen  tomar  aquellos  qu«í 
están  muy  cerca  de  las  sepolturas  para  ser 
metidos  en  ellas;  pero  tomando  algún  esfuerzo 
para  que  el  desmayo  del  todo  no  me  venciese, 
alzando  algunas  veces  y  no  con  pequeña  fuerza 
la  vista,  vi  que  era  toda  compuesta  de  huesos 
sin  carne  ninguna;  por  cutre  todos  ellos  anda- 
ban bullendo  muy  gran  cantidad  de  gusanos; 
en  lugar  de  los  ojos  no  traía  sino  unos  hondos 
agujeros;  venía  con  un  arco  y  una  flecha  en  la 
una  mano  y  con  una  arma  que  llaman  guadaña 
en  la  otra.  Cuando  se  meneaba,  Unios  los  tuno- 
sos se  le  descomponían,  y  cuando  h)S  elefantes 
andando  con  el  carro  más  hacia  un'  se  acerca- 
ban, mayor  espanto  me  ponía;  ninguna  cosa 
viva  de  las  íjue  en.  el  campo  y  en  el  aire  poco 
antes  se  mostraban  dexó  de  desaparecer  en  el 
miedo  de  su  presencia,  y  cierto  si  yo  pudiera 
huir  fuera  de  aquel  circuito  de  buen  grado  lo 
hiciera;  pero  así  esperando  muy  espantado 
hasta  que  el  carro  estuvo  cerca  de  mí  y  los  ele- 
fantes se  hubieron  parado,  vi  qu<í  aquella  Acra 
y  temerosa  voz  nw  comenzó  á  decir  de  est4i 
manera: 

Aa  Muerte  t'ontni  ToraUo. 

«I  Si  no  me  conoces,  Torcato,  yo  soy  aí|ncl|ji 
Muerte  que  p<K'o  ha  «.'ii  tus  exclamaciones  con 
mti^  grande  atición  llamabas  y  pedías;  y  no  te- 
mas que  vengo  para  matarte,  sino  para  que  por 


LA  NOVELA 

mis  razones  conozcas  la  poca  razón  qne  tienes 
en  mostrarte  agraviado  con  la  vida,  pues  qae 
con  ella  estás  en  la  pena  que  tu  cobardía  y  des- 
cuido merecieron,  para  ponerte  en  la  desventu- 
ra y  miseria  con  que  agora  vives  tan  penado; 
y  por  la  culpa  que  en  esto  tuviste  en  la  vidí 
estás  condenado  á  que  viviendo  padezcas  la 
pena  que  tan  justamente  has  merecido,  lo  cual 
es  justo  que  sufras  con  mayor  paciencia  de  la 
que  muestras.  Y  si  te  parece  que  de  mí  recibes 
agravio  en  no  matarte,  ¿para  qué  te  quexas  de 
la  vida  que  tienes,  llamándola  verdadera  uiaer- 
te?  Ponpie  hallándote  muerto  (H)r  mi  mano 
habrías  de  decir  que  te  daba  más  verdadera 
vida,  y  no  puedo  yo  dexarte  de  eonfessar  qne 
tú  viviendo  estás  muerto,  y  que  es  mayor  y  luáü 
cruda  la  muertí»  qne  recibes  que  la  <¿ue  yu  coü 
toilo  mi  p<Kler  darte  p<xlría;  pero  la  vida  de^tu 
muerta;  y  la  muerUi  de  tu  vida  están  en  U& 
manos  de  tu  Belisia,  de  la  cual  te  (piexa  j 
agravia  más  que  de  mí,  pues  que  entrando  en 
este  circuito  de  nuestra  monula,  y  dexaudo  la 
compañía  de  los  que  estamos  en  ella,  se  ha  en- 
trado en  el  castillo  de  la  Crueldad  y  hecho  en 
él  su  aposento,  de  adonde  te  persigue  y  fati^ 
y  te  hace  tan  cruel  guerra  como  ya  la  Fortuna 
estando  contigo  te  dixo;  y  allí  se  lia  hecho  tan 
fuerttí  y  poderosa  que,  temiendo  mi  poder,  se 
ha  puesto  en  competencia  conmigo  para  conti- 
go, paresciéndole  que  es  en  su  mano  darte  la 
umerte  ó  la  vida,  y  que  en  esto  por  agora  jo 
tengo  obligación  forzosa  á  seguir  su  voluntad, 
aunque  yo  no  sigo  sino  la  mía,  dexándote  víao 
para  que  procures  el  remedio  con  vencerla  ó 
con  ponerte  en  la  libertad  sin  que  agora  vives, 
que  no  es  pequeño  género  de  muerte  par»  Lis 
que  sin  ella  passan  la  vida;  y  pues  que  la  razón 
está  por  mi  parte  y  tú  no  tienes  causa  bastante 
para  poder  estar  de  mí  quexoso,  no  te  aflixas 
ni  congoxes  pediéndome  ayuda  y  sooorro  hasta 
(jue  yo  por  mi  voluntad  quiera  dártelo,  el  cual 
jamás  te  será  tan  agradal)]e  como  te  ha  parob- 
cido,  porque  si  agora  con  sólo  visitarte  puse 
tan  gran  espanto  y  temor  como  en  tu  descolo- 
rido gesto  se  parece,  y  si  hallaras  aparejo  para 
huir  no  me  viei*as  ni  me  esperaras,  <*qué  hicie- 
ras si  en  mi  compañía  (piisiera  luego  lle^~arte? 
Créeme,  Ton-ato,  que  ninguno  me  llama  con 
tan  gran  voluntad,  aunque  mayores  adversida- 
dí's  y  trabajos  le  pí^rsigan,  que  no  se  espante  y 
le  pese  muy  de  veras  cuando  siente  mi  venida, 
y  que  no  qiiisiesse  huir  cien  mili  leguas  de  uu 
si  pudiesse.  Y  pues  que  con  lo  que  te  he  dichu 
queilo  contigo  desculpada,  no  quiero  deiúrte 
más  sino  que  sufras  pacientemente  el  vivir 
hustji  (jue  sea  cumplido  el  curso  de  la  vida  qne 
por  el  soberano  Hacedor  de  todas  las  cosas  te 
está  prometido.» 

Acabando  la  Muerte  de  decir  estas  cosas, 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS 

81*11  esperar  la  respuesta  dolías,  de  qae  á  mi  no 
me  pesó,  por  verla  fuera  de  mi  presencia,  se 
volvieron  los  elefantes  con  el  carro,  yendo 
aquellas  mujeres  proseguiendo  aquella  infernal 
j  temerosa  música  de  las  trompetas,  que  por  no 
oiría  puse  mis  manos  encima  de  mis  oídos,  j 
siendo  entrado  el  carro  en  el  castillo,  se  tornó 
á  cerrar  de  la  manera  que  de  antes  estaba,  de^ 
xándome  á  mi  tal  que  apenas  ninguno  de  mis 
sentidos  me  acompañaba;  y  huyendo  los  nu- 
blados y  cesando  la  tempestad,  el  día  tornó  tan 
claro  y  sereno  como  de  antes  había  estado;  las 
aves  y  animales  que  con  espanto  y  temor  estu- 
vieron ascondidos,  volviendo  á  regocijarse,  mos- 
traban muy  grande  alegría  por  hallarse  fuera 
(Uí  aquel  temeroso  peligro.  Y  yo,  tornando  poco 
á  poco  á  cobrar  las  fuerzas  y  aliento  que  per- 
dido tenía,  comencé  á  oir  una  música  de  voces 
tan  dulce  y  apacible  que  me  parescii)  ser  impo- 
sible que  fuesse  cosa  de  la  tierra,  sino  que  los 
ángeles  hubiessen  venido  de  los  altos  cielos  á 
mostrarme  en  ella  parte  de  la  gloría  que  los 
bienaventurados  poseían. 

Salían  estas  voces  del  castillo  del  Tiempo, 
el  cual  luego  se  abrió  como  los  passados,  y  del 
medio  del  salió  otro  carro  bien  diferente  de  los 
otros  que  había  visto,  porque  era  muy  menor 
que  el.os,  y  h(»cho  todo  de  una  piedra  trans- 
parente, que  como  un  espejo  christalino  por  to- 
das partes  relucía.  Estaban  uncidos  á  él  seis 
griffos  con  unas  alas  muy  grandes,  que  con  muy 
gran  velocidad  lo  levantaban  tan  alto,  que  en 
un  instantes  paresció  sobrepujar  á  las  altas  nu- 
bes; y  batiéndolas  con  tan  gran  ímpetu  y  fu- 
ror que  el  aire  que  con  ellas  hacían  se  sentía  á 
donde  yo  estaba,  anduvieron  revolando  por  el 
aire  totlo  af[uel  circuito  a  la  redonda,  y  hecho 
esto  se  baxaron,  poniendo  el  carro  tan  cerca  de 
mí  como  los  otros  habían  estado.  Los  griffos 
eran  en  las  plumas  de  varias  y  diferentes  colo- 
res, haciendo  por  sí  labores  tan  extrañas  como 
las  que  los  hermosos  pavos  en  sus  crecidas  co- 
las tener  suelen;  las  ataduras  de  sus  cuellos 
eran  torzales  muy  gruesos  de  oro  fino.  En  me- 
dio del  carro  vi  que  venía  un  hombre  tan  viejo 
y  arrugado  que  parecía  ser  compuesto  de  raíces 
de  árboles.  La  barba  y  cabellos  tenía  todos  tan 
blancos  como  la  blanca  nieve  y  tan  largos  que 
pasaban  de  la  cintura;  su  vestido  era  de  una 
tela  blanca  que  todo  le  cubría,  y  en  la  mano 
traía  un  báculo  con  que  sustent^iba  sus  cansados 
miembros.  Estaba  temblando,  de  la  manera  que 
un  solo  punto  jamás  le  vi  estar  firme,  y  con 
unas  pequeñas  alas  cpie  de  los  hombros  le  salían 
se  hacia  continuo  viento,  con  que  ayudaba  al 
movimiento  que  en  si  sin  cesar  tenía  en  ttxlo  su 
cuerpo;  traía  asida  con  la  otra  mano  una  don- 
cella vestida  con  muy  ricos  y  preciosos  atavíos, 
pero  venia  destocada  y  sobre  su  ges^  le  caían 


POR  A.  DE  TORQUEMADA  575 

un  manojo  de  muy  rubios  y  hermosos  cabellos, 
de  manera  que  casi  se  lo  cubrían,  y  de  la  media 
cabeza  atrás  tresquilada,  sin  cabello  ninguno. 
Mirábame  con  los  ojos  algo  airados,  como  si  de 
mi  algún  enojo  tnviesse;  traia  su  nombre  escrito 
en  los  pechos  que  decía:  «Occasión»,  y  en  baxo 
una  letra,  que  fué  por  mí  leída,  vi  que  decía 
desta  manera: 

<(E1  que  pudiere  alcanzarme 
y  asirme  destos  cabellos, 
procure  de  no  dexarme, 
porque  si  me  suelta  deÚos 
muy  tarde  podrá  hallarme^». 

Yo  que  casi  atónito  todas  estas  cosas  estalla 
mirando,  vi  qu(»  a(¿uel  tan  anciano  viejo  <'on 
una  voz  sonorosa  y  temblando  comenzó  á 
decir: 

J'JÍ  Tiempo  contra  Torcato, 

«(Ya  me  debes,  Torcato,  haber  conotúdo,  pues 
que  teniéndome  presentía;  c(m  la  tristeza  que 
muestras,  me  tuviste?  en  lo  passado  con  no  me- 
nor alegría  y  me  tendrás  en  lo  por\'enir  como 
la  divina  Majestad  por  quien  todos  somos  re- 
gidos y  gobernados  lo  ordenare  y  quisiere.  Poco 
ha  que  de  mí,  que  soy  el  Tiempo,  te  agravia- 
bas con  grandes  querellas,  poniéndome  la  culpa 
que  tú  tienes,  y  queriendo  que  contigo  tuviesso 
la  firmeza  ({ue  con  ninguno  de  los  mortales  he 
tenido.  Mi  propio  officio  es,  como  en  mí  puedes 
ver,  no  estar  jamás  un  instante  firme,  y  assi 
como  soy  mudable,  assi  en  mí  se  mudan  todas 
las  cosas,  unas  de  buenas  en  malas  y  otras  de 
malas  en  buenas,  y  que  lo  mesmo  passasse  por 
ti  no  debe  espantarte,  ni  por  ello  pienses 
que  tienes  razón  de  estar  mal  conmigo  ni  de- 
cinne  las  razones  agraviadas  que  con  tanto 
enojo  poco  ha  que  de  mi  decías.  De  ti  mesmo 
podrás  agraviarte  más  justamenti^,  pues  no  su- 
piste ayudarte  de  mí  (ruando  yo  puse  vn  tus 
manos  esta  doncella  <|ue  conmigo  trayo,  que  es 
la  oí-asión  (¿ue  ío  di  poniéndote  en  lugares  y 
tiempos  que  te  pudieras  a])rovechar  de  la  tu 
Belisia,  de  la  cual  no  quesiste  gozar,  antes 
con  tu  floxedad  temerosa  perdiste  los  cabellos 
que  en  tu  mano  á  mi  intercesión  tenías,  de- 
xándola  que  te  volviese  las  espaldas,  poniéndote 
en  trabaxo  de  seguirla  en  vano,  porque  con  es- 
tar tresquilada  por  detrás,  aun<(ue  agora  le 
eches  la  mano  no  prnlrás  asirla  ni  tenerla,  y 
será  menester  ([ue  tengas  paciencia  ó  trayas 
compañía  con  que  puteas  ayudarte  para  ven- 
cerla. Y  ést«  solamente  es  la  de  tu  Belisia,  la 
cual  está  en  la  fortaleza  de  la  Crueldad,  tan 
armada  y  tan  fuerte  contra  ti,  que  no  sé  qué 
diligencia  podrá  bastar  para  que  quiera  ayu- 
darte á  tornarla  á  poner  en  tu  favor  come  ya 
tú  la  tuvistes.  ¿No  has  oído  aquel  común  re- 


57G 


orígenes  de  la  novela 


fráa  de  la  gente  que  dice:  (¿tUen  tiempo  tiene  y 
tiempo  atiende,  etcJl  En  ti  lo  habrás  conocido 
ser  muy  verdadero,  y  assi  no  de  mí  sino  de  ti 
te  quexa  y  agravia,  que  pocas  veces  se  cobra  el 
bien  perdido  si  no  es  con  el  af fán  y  trabajo  que 
basta  á  comprarlo  muy  caro,  y  tanto  está  en  ti 
y  en  tu  buena  diligencia  que  yo  vuelva  á  pare- 
certe  el  que  solía,  como  en  mi,  que  sin  tener 
respeto  á  ninguna  cosa  no  hago  sino  passar  mi 
jornada  disponiendo  de  las  cosas  según  el  apa- 
rejo que  en  ellas  hallo,  y  pues  ya  has  conocido 
mi  condición  y  tienes  experiencia  de  lo  passado, 
aparéjate  para  lo  porvenir,  (jue  harta  parte  se- 
rás para  vencerme  y  mudarme  si  te  diores  t«n 
buena  maña  que  puedas  volver  á  la  tu  Belisia 
de  tu  bando,  sacándola  del  castillo  de  la  Cruel- 
dad, donde  muy  esforzada  con  su  fortaleza  está 
metida  agora.» 

Acabando  el  Tiempo  de  decir  esto,  los  gri- 
ffos  comenzaron  á  menear  con  gran  fuerza  y 
velocidad  sus  alas  levantado  el  carro  con  gran 
ligereza,  y  en  muy  breve  espacio  volvieron  á 
ponerlo  en  el  castillo,  el  cual  se  cerró  como  los 
otros,  cesando  la  música  de  voces  que  hasta 
allí  se  habían  oído,  y  en  lugar  dellas  comencé 
á  oir  otras  nmy  tristes  y  dolorosas,  unos  cla- 
mores y  gemidos  como  de  gente  apasionada  y 
que  algunos  tormentos  grandes  padescían ;  sus 
suspiros,  rompiendo  el  aire,  parecían  llegar  al 
cielo  y  oírse  en  él  con  quexas  de  tan  gran 
lástima,  que  en  cualquiera  corazón  la  pusieran. 
Todo  esto  sonaba  en  el  castillo  de  la  Crueldad, 
el  cual  se  abrió  luego  como  los  otros,  y  del  me- 
dio del  vi  que  salía  otro  carro  pequeño  de  color 
leonado,  sin  otra  pintura  ninguna ;  las  ruedas, 
que  seis  eran,  venían  historiadas  de  la  manera 
que  el  castillo  estaba;  traía  uncidos  este  carro 
doce  dragones  muy  espantables,  que  por  sus 
crueles  bocas  echaban  llamas  de  fuego;  las  alas, 
levantadas  y  temerosas,  eran  enroscadas  y 
vueltas  para  arriba;  su  vista  era  muy  ñera  y  te- 
merosa; entre  cada  rueda  de  una  parte  y  de 
otra  venían  dos  dellos,  guiando  desta  manera 
el  curro,  encima  del  cual  venía  asentada  en  una 
silla,  que  al  parcHjer  era  hecha  de  muy  ardientes 
brasas,  una  mujer  con  un  semblante  y  gesto 
tan  fiero  y  espantable,  que  me  puso  harto  ma- 
yor temor  que  los  dragones  me  lo  habían 
puesto;  sus  vestidos  estaban  todos  ensangren- 
tados, y  en  la  una  mano  tenia  una  espada  des- 
nuda y  con  la  otra  á  la  mi  Belisia,  la  cual  ve- 
nia con  todo  el  regocijo  y  contentamiento  del 
nnindo,  mostrándose  nmy  alegre  y  ufana  por 
estar  en  compañía  para  olla  tan  apacible.  Ve- 
nían en  la  delantera  del  carro  tres  mujoriís  ves- 
tidas de  la  niesma  manera  que  la  Crueldad, 
])orü  con  los  ojos  tr¡stt»s  y  dolorosos,  vertiendo 
lágrimas  en  abundancia,  bus  manos  puestas  en 
la  mexilla,  mostrando  en  su  tristeza  venir  for- 


zadas y  contra  su  voluntad;  sus  nombres,  qae 
escritos  traían, eran:  cTribaUción>,  «Angustia» 
y  «c Desesperación».  Delante  destas  estaba  un 
hombre  sentado,  amarillo  y  flaco  y  tan  pensa- 
tivo que  yo  le  juzgué  más  por  muerto  que  viro: 
su  nombro  era  «Cuidado».  Con  esta  compañía 
llegó  á  mí  la  mi  Belisia,  reyéndose  de  verme 
cuál  estaba,  y  saliendo  ella  y  la  Crueldad  del 
carro  saltando  con  el  placer  que  mostraban,  se 
acercaron  á  mí,  que  atónito  de  lo  que  vía,  nin- 
guna palabra  podía  formar  mi  lengua,  antes 
hecho  mudo  estaba  sin  poderlos  hablar  ni  me- 
nearme de  adonde  estaba,  y  llegándose  más 
cerca  la  Crueldad,  me  comenzó  á  decir: 

La  Ci-uelíUid  contra  Torcato. 

«Poco  te  aprovecha.  Torcato,  llamar  oii  ta 
defensa  á  la  Fortuna  y  á  la  Muerte  y  al  Tiem- 
po, pues  ninguno  dellos  te  ha  podido  socorror 
ni  valer  de  mis  poderosas  fuerzas  ayudándome 
de  las  de  tu  Belir.ia,  la  cual  tiene  por  bien  qae 
contra  ti  las  execute,  para  mostrarte  cuan  caru 
cuesta  el  amor  que  no  se  sabe  conservar  en 
prendas  tan  verd^.deras  que  basten  ]>ara  forzar 
la  libertad  y  voluntad,  dexándolas  su b jetas  de 
manera  que  no  hallen  camino  ninguno  que  pue- 
da guiarlas  para  meterse  en  mi  castillo,  como 
Belisia  agora  con  ellas  ha  hecho.  Y  pues  de  mi 
nombre  podrás  conocer  qué  tales  pueden  ser  mis 
obras,  no  te  espantarás  que  con  ellas  quiera 
complacer  á  Belisia,  á  quien  tan  obligada  estoj 
por  no  tener  piedad  ninguna  para  contigo,  qae 
es  la  mayor  enemiga  que  yo  en  este  mando 
tenga.)» 

Diciendo  esto,  Belisia  se  llegó  á  mí  y  con  sus 
manos  me  comenzó  á  rasgar  el  capisayo  y  jul^n 
y  camisa  que  sobre  mis  pechos  tenia,  dexándo- 
los  descubiertos;  y  aunque  yo  conocía  que  todo 
esto  era  para  daño  mío,  no  podía  dexar  de  hol- 
garme  en  gran  manera  que  Belisia  me  tocase 
con  sus  manos  en  mis  carnes,  recebiendo  con  ello 
algún  descanso;  pero  luego  la  Crueldad,  abrien- 
do con  su  espada  mi  lado  siniestro,  comenzó 
con  Belisia  á  beber  la  sangre  que  por  la  herida 
salía,  y  metiendo  por  ella  sus  manos,  sacaron  mi 
corazón,  dándome  tan  áspero  y  terrible  dolor, 
que  aun  agora  en  pensarlo  me  desmayo,  y  am- 
bas con  muy  gran  ferocidad  y  agonía  dalian  en 
él  con  sus  dientes  muy  grandes  bocados,  mnio 
si  de  rabiosa  hambre  estuvieran  atormentada::, 
y  después  que  desta  manera  lo  estuvieron  des- 
pedazando, Belisia,  holgándosse  y  reyéndost^de 
verme  cuál  estaba,  comenzó  á  decirme: 

Belii*ia  contra  Torcato, 

li  Porque  no  digas,  Torcato,  que  en  pago  del 
amor  que  me  has  tenido  y  tienes  no  te  dexo 
«onipañía  que  on  la  soledad  con  que  quedas  te 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQÜEMADA  577 


acompañen,  contigo  quedarán  estas  cuatro  per- 
sonas, que  jamás  se  apartarán  de  ti,  y  son  las 
que  en  este  carro  has  visto  que  con  nosotras 
vinieron.» 

Y  diciendo  esto,  me  vi  rodeado  de  la  Tribu- 
lación, Angustia,  I)esesperació^  y  Cuidado;  y 
Belisia  y  la  Crueldad,  tornando  á  subir  en  el 
oarro,  so  metieron  en  el  castillo  con  gran  con- 
tentamiento de  lo  que  contra  mí  habían  hecho. 
A  esta  hora,  con  los  cuatro  compañeros  que 
cercado  sin  desamparar  me  tenían,  sentí  alzar- 
me de  tierra,  y  de  la  mesma  manera  que  habla 
sido  traído  en  aquel  lugar  tan  extraño  fui  lle- 
vado en  el  aire,  passando  por  mucha  tierra  des- 
habitada y  por  grandes  ciudades  y  poblaciones 
de  extrañas  provincias  y  gentes,  por  muy  es- 
pcssos  montes  y  muy  filtas  montañas,  hasta 
venir  á  hallarme  donde  tendido  estaba  con  el 
pesado  sueño  que  todas  estas  cosas  en  sí  me 
Imbía  mostrado,  y  recordando  y  abriendo  mis 
ojos,  pareciéndome  que  verdaderamente  y  no  en 
sueños  por  mí  hubiese  pasado  todo  lo  que  he 
dicho,  écheles  alrededor,  mirando  por  la  com- 
pañía que  conmigo  había  traído,  á  la  cual  no 
pude  ver  pero  sentíla  que  había  aposentado  en 
mis  entrañas  y  en  mi  ánima,  á  donde  aun  agora 
la  siento  y  sentiré  en  tanto  que  la  vida  me  du- 
rare. 

Este  Fué,  Filonio  y  Grisaldo,  el  fin  de  mi 
sueño,  y  este  ha  sido  el  fin  que  han  tenido  los 
amores  de  la  mi  cruel  Belisia.  Est«  ha  sido  el 
pago  que  por  el  amor  que  le  he  tenido  y  tengo 
me  ha  dado.  Si  me  sobra  la  razón  para  estar 
triste  y  con  el  trabajo  que  me  liabéis  visto;  si 
con  justa  causa  me  ando  quexando  á  vosotros 
pongo  pjr  jueces,  pues  no  podéis  dexar  de  con- 
fessarme  que  mi  mal  es  sin  remedio,  faltándo- 
me la  esperanza,  y  que  hago  agravio  á  la  vida 
en  sustentarla  y  tenerla,  pues  que  con  acabarse 
acabaría  de  verme  cual  me  veo;  y  cierto  para  mí 
el  menor  mal  de  todos  sería  la  muerte,  que  en 
sueños  y  despierto  huye  de  mí  para  no  darme 
la  vida  que  con  ella  recibhia.  Como  á  veidade- 
ros  amigos  os  he  descubierto  el  secreto  de  mis 
entrañas  y  os  he  dicho  la  verdad  de  todo  lo  que 
por  mí  ha  pasado;  si  como  tales  me  podéis  dar 
algún  consejo  para  aliviar  mi  tormento,  pues 
quitarlo  del  todo  es  impossible,  yo  os  ruego,  y 
por  la  amistad  que  entre  nosotros  hay  os  con- 
juro que  lo  hagáis,  porque  teniendo  el  juicio 
más  libre  estará  con  mayor  claridad  que  no  el 
mío  para  mirar  y  ver  lo  que  más  me  conviene 
hacer  y  de  qué  manera,  para  alivio  de  mis  tra- 
bajos, pueda  ncibir  algún  descanso. 

Fin  de  la  segunda  parte. 


gríqinks  dk  la  novela.— 37 


COMIENZA  LA  TERCERA  PARTE 

En  que  se  cuentan  las  raiones  que  podría  haber  para  que  Belisia 
olvidase  los  amores  de  Torcato;  hay  en  ella  algunos  avisos 
provechosos. 

FiLONio. — Grandes  son  las  cosas,  Torcato, 
que  por  ti  en  estos  tus  amores  han  passado.  No 
puedo  dexar  de  haberte  muy  gran  lástima,  aun- 
que tú  mesmo  has  tenido  la  culpa  de  todo  tu 
daño,  según  de  tus  razones  se  puede  haber 
atendido;  pero  muy  bien  has  hecho  en  no  en- 
cubrir ninguna  cosa,  porque  los  enfermos  que  á 
los  médicos  no  dan  particular  cuenta  de  sus  en- 
fermedades, mal  pueden  ser  curados  dellas;  y 
assí,  para  que  yo  y  Orisaldo  con  nuestros  pobres 
juicios  podamos  decirte  lo  que  te  conviene  y 
darte  el  consejo  qne  mejor  nos  parezca  para 
que  tu  trabajo  y  passión  reciban  algún  alivio, 
convenía  que  tan  enteramente  nos  hubiesses  in- 
formado como  con  tu  larga  relación  lo  heciste. 
Y  lo  primero  que  quiero  decir  es  que  las  muje- 
res de  su  naturaleza  son  movibles  y  inscons- 
tantes  y  sin  ninguna  firmeza  en  sus  hechos, 
tanto  que  cuando  con  mayor  af  fición  y  voluntad 
las  vieres  puestas  en  alguna  cosa,  has  de  pensar 
y  tener  por  averiguado  que  se  mudarán  más 
presto  que  las  hojas  suelen  menearse  en  los  ár- 
boles, y  que  poco  viento  basta  para  llevarlas  á 
donde  quisiere;  y  assí  todos  los  auctores  que 
escriben  dellas  lo  dicen,  y  Salomón  las  compara 
al  mesmo  viento  en  sus  mudanzas.  Belisia  era 
mujer,  y  en  naturaleza  y  condición  no  diferente 
de  las  otras,  y  assí  no  me  maravillo  que  haya 
hecho  lo  que  las  otras  hacen,  que  hacen  mudan- 
za, pues  esta  es  la  más  principal  condición  que 
tiene  la  ausencia,  y  de  aquí  nace  aquel  común 
proverbio  que  dixe:  Cuan  lexos  de  ojos,  tan 
lexos  de  corazón.  Si  tú  estuvieras  presente,  el 
amor  se  conservara,  porque  la  continua  conver- 
sación es  causa  de  acrescentarlo,  y  la  ausencia 
de  disminuirlo,  como  por  experiencia  lo  has  co- 
nocido. 

Torcato. — Antes  en  mí  he  visto  al  contra- 
rio, porque  ninguna  cosa  por  estar  ausente  ha 
mudado  mi  voluntad,  que  si  juntamente  con  la 
de  Belisia  se  mudara  no  tuviera  de  qué  agra- 
viarme. 

FiLONio. — Yo  fiador,  si  no  se  ha  mudado, 
que  ella  se  mude,  si  no  tomas  tú  por  pnnto  de 
honra  estar  tan  firme  en  ella  que  procures  per- 
manecer en  tu  desatino. 

Torcato. — ¿Qué  llamas  desatino?  que  yo 
por  muy  atinado  me  tengo  en  lo  que  hago,  pues 
una  voluntad  tan  bien  empleada  no  debe  tar 
presto  mudarse. 

FiLONio. — Bien  digo  yo  que  tú  mesmo  no 
quieres  dar  lugar  á  tu  propia  salud.  ¿Por  ven- 
tura puedes  estar  más  desatinado  que  en  querer 


■1 


578 


ORÍGENES  DE  LA  NOVELA 


á  quien  no  te  quiere,  y  en  amar  á  quien  no  te 
ama,  y  en  llamar  á  quien  no  te  responde  y 
seguir  á  quien  anda  huyendo  de  ti,  y  en  tener 
tan  verdadera  fe  con  quien  ninguna  tiene  con- 
tigo? Esto  digo  que  son  desatinos  y  locuras, 
que  los  hombres  debrian  desechar  de  sus  pen- 
samientos y  fantasías,  sacudiéndose  dellos 
para  ponerse  en  libertad  y  conocer  con  ella 
lo  que  les  conviene;  porque  á  los  que  están  afi- 
cionados, el  Amor  los  tiene  ciegos  y  sin  juicio, 
ni  entienden,  ni  ven,  ni  conocen  lo  que  les  está 
bien  ni  mal,  como  agora  tú  haces  en  parecerte 
que  es  bien  perseverar  en  los  amores  de  Belisia, 
conociendo  della  que  ninguna  fe,  ni  ley,  ni  amor 
tiene  contigo,  y  que  si  alguna  te  mostró  en  al- 
gún tiempo  no  era  verdadera  sino  fengida  para 
engañarte,  y  si  lo  fué,  que  era  tan  poca  que 
cualquiera  causa  por  pequeña  que  fuese  bastó 
para  que  te  olvidase,  no  se  acordando  del  amor 
tan  verdadero  que  tenia  y  mostraba. 

ToROATo.  —Lo  que  mayor  pena  me  da  es  no 
saber  essa  causa,  para  juzgar  si  tuvo  razón  en 
lo  que  conmigo  ha  usado. 

Gribaldo. — Ninguna  habría  que  á  ti  te  pa- 
reciese bastante  porque  no  te  pudiese  condenar 
por  ella  á  ti  mesmo. 

TOBOATO. — No  estoy  tan  fuera  de  razón  que 
me  quitase  el  buen  juicio,  aunque  fuesse  contra 
mi,  pues  no  es  menos  el  amor  que  tengo  á  la 
mi  Belisia;  pero  no  veo  cosa  que  bastase  para 
el  desamor  que  muestra  tenerme,  que  por  mi 
parte  no  ha  habido  falta  ninguna  para  la  mu- 
danza que  ha  hecho. 

FiLONio. — Si  por  tu  parte  no  la  ha  habido, 
por  la  suya  había  tantas  que  basten  para  qui- 
tarla de  culpa  cuanto  á  ti  te  parecerá  tener  la 
mayor  por  ellas. 

ToRCATo. — Por  tu  fe,  Filonio,  que  tú  me  las 
digas,  pues  yo  no  las  alcanzo  ni  entiendo. 

Filonio. — Ya  yo  te  dixe  que  la  primera  do 
todas  es  ser  mujer,  á  quien  es  propio  y  natural 
no  permanecer  en  un  ser  mucho  tiempo,  y  si  al- 
guna cosa  las  detiene  más  de  lo  que  por  su  vo- 
luntad lo  harían,  es  el  interese  de  los  servicios, 
los  cuales  tú  no  heciste,  según  has  confessado, 
y  assi mesmo  tú  me  has  confessado  que  cono- 
ciste ser  servida  y  secuestrada  de  otros  pastores 
y  zagales,  que  con  grande  agonía  procuraban 
ganarle  su  voluntad,  y  estando  tú  presente  tu- 
vieras mucho  que  hacer  en  entretenerla  para  no 
ser  vencida,  mira  cómo  podrás  hacerlo  estando 
ausente  tanto  tiempo,  que  por  ventura  tendrá 
ya  perdida  de  ti  la  memoria  como  si  nunca  tt^ 
hubiera  conocido. 

ToRCATo. — Propiedad  es  de  las  nmjeres  la 
que  me  has  dicho;  pero  no  confesaré  yo  de  Be- 
lisia  esse  pecado,  que  porque  en  mí  conociese  el 
grande  y  verdadero  amor  que  le  tenía  y  por  él 
me  diese  los  favores  que  os  he  contado,  los  cua-  I 


les  casi  fueron  sin  perjuicio  de  su  honestidtd, 
no  por  esso  podré  pensar  que  me  dexassede 
querer  á  mí  por  poner  el  amor  en  otro  ninguno, 
pues  sería  difficultoso  hallar  otro  que  tanto  !i 
quisiese  para  forzarla  á  que  se  madasse  con  po< 
nerme  á  mí  en  olvido. 

Filonio. — Esso  todo  es  á  tu  parecer;  pero 
otros  hallarás  muy  diferentes,  porque  estando 
sin  pasión  conocen  mejor  que  tú  la  condición  j 
calidad  de  las  mujeres,  no  haciendo  á  ningnni 
dellas  tan  casta  como  tu  quieres  que  lo  sea  tu 
Belisia. 

ToRCATO. — Yo  por  casta  la  tengo  á  ella  y  á 
todas  las  mujeres,  si  las  lenguas  malas  y  testi- 
monieras de  los  hombres  dexasen  de  morderlas 
,con  testimonios  falsos  y  levantados,  como  si  las 
tuviésemos  por  mortales  enemigas. 

Filonio. — Bien  puede  ser  assi  como  tu  dices; 
perD  escúchame  lo  que  acaesció  en  el  reino  dt 
Egipto,  por  donde  conocerás  el  engaño  que  te 
tiene  ciego  para  tener  por  tan  cierto  lo  que  hi¿ 
dicho. 

ToRCATO. — Alguna  fábula  ó  hablilla  quenís 
contarme  de  las  que  suelen  contar  las  vieju 
tras  el  fuego. 

Filonio.  --  Antes  te  digo  que  es  eo6:i  omy 
cierta  y  verdadera,  porque  la  escriben  y  cuentan 
notables  varones  y  auctores  á  quien  se  da  ninj 
gran  crédito:  Diódoro,  Herodoto  (Libro  II). 
«Y  fué  que  uno  llamado  Ferón,  hijo  de  un  m 
de  Egipto  que  llamaron  Sofís,  tuvo  una  recii 
y  muy  grande  enfermedad,  de  la  cual  vino  i 
quedar  del  todo  ciego,  que  fué  para  él  la  niAjtf 
persecución  y  trabajo  que  le  podía  venir  en  d 
mundo,  tanto  que  no  la  tenía  en  menos  que  Ii 
muerte,  y  haciendo  por  su  parte  todas  las  dilh 
gencias  possibles  para  saber  si  podría  tomar  á 
cobrar  la  vista  que  tenía  perdida,  y  no  hallando 
en  los  médicos  consejo  que  le   aprovechasse, 
acordó  de  consultar  con  grandes  sacrificios  los 
oráculos  de  sus  dioses,  los  cuales  le  dieron  por 
respuesta  que  después  que  hnbiesse  sacrificado 
con  gran  devoción  á  un  dios  que  estonces  en 
reverenciado  y  servido  en  la  ciudad  de  Eliópoli, 
porque  decían  ellos  que  hacía  grandes  milagros 
en  aquel  tiempo,  que  pussiese  los  ojos  en  una 
mujer  tan  casta  que  no  hubiese  tenido  pendencia 
sino  con  solo  su  marido,  y  que  luego  sería  sano 
del  mal  que  en  ellos  tenía.  Ferón  cumplió  luego 
lo  que  los  dioses  le  dixeron  sin  faltar  nada,  y 
teniendo  confianza  en  su  propia  mujer,  trayén- 
dola  delante  de  sí  para  cobrar  por  ella  la  saloil 
que  le  faltaba,  quedó  como  de  ant<^8  sin  ver  nin- 
guna cosa,  y  luego  hizo  traer  todas  las  principa- 
les mujeres  del  reino  de  Egipto,  las  cuales  no  le 
aprovecharon  más  de  lo  que  su  mujer  había 
hecho,  y  viéndose  por  esto  af fiigído  y  fatigado, 
perdiendo  del  todo  la  esperanza  de  cobrar  li 
vista,  comenzó  á  probar  de  poner  los  ojostf 


COLLOQUIOS  satíricos  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


579 


todas  las  mujeres  comunes,  sin  que  le  aprove- 
chase, hasta  que  le  traxeron  una  mujer  de  un 
hortelano,  y  poniéndolos  en  ella,  tomó  luego  á 
ver  de  la  manera  que  antes,  como  si  no  hubiera 
tenido  mal  ninguno,  y  haciendo  quemar  por 
esto  á  su  mujer  con  otras  muchas  de  las  más 
principales,  se  casó  con  ésta,  aunque  no  falta- 
ron maliciosos  que  dixeron  que  en  aquel  mesmo 
día  que  la  habían  traído  se  había  casado  con  el 
hortelano,  y  que  si  esperaban  á  otro  día,  por 
ventura  Perón  no  viera  ni  tuviera  la  salud  tan 
deseada,  porque  no  turara  en  ella  la  castidad 
tanto  tiempo.  1» 

ToRCATo. — Si  en  Egipto  había  en  este  tiem- 
po falta  de  buenas  mujeres,  ¿por  ventura  no  la 
hubiera  en  otras  partes  donde  hay  tanta  abun- 
dancia dellas  que  para  cada  hombre  que  haya 
bueno  se  hallaHln  mil  que  le  hagan  ventaja? 

FiLONio. — Esas  que  tú  dices  yo  no  las  veo, 
porque  si  hablan  en  algunas  partes  de  mujeres 
que  tuvieron  en  mucho  su  castidad,  luego  ve- 
réis que  traen  por  exemplo  y  dechado  de  todas 
ellas  á  Lucrecia  y  Virginea,  romanas,  y  4  Pe- 
nélope,  griega,  y  á  otras  semejantes,  y  si  todas 
son  tales  como  éstas  fueron,  poco  tienen  que 
loarse  de  su  bondad  para  que  las  tengan  por 
castas. 

ToRCATO. — ¿Y  qué  defeto  hallas  tú  que  hu- 
bo en  la  bondad  desas? 

FiLONio. — De  Lucrecia  yo  te  lo  diré:  si 
cuando  Tarquino  la  quiso  forzar,  poniéndole  el 
puñal  á  los  pechos,  ella  consintiera  que  le  diera 
con  él  y  la  matara  antes  que  su  castidad  fuera 
violada,  yo  la  tuviera  verdaderamente  por  casta; 
pero  después  que  censen tió  en  que  compliesse 
con  ella  su  voluntad,  aunque  fuesse  forzada, 
para  cumplir  con  su  marido  Gollatino  y  aun 
para  cumplir  con  el  mundo  y  alcanzar  aquella 
fama  después  de  su  muerte  que  todos  los  gen- 
tiles procuraban,  se  mató  públicamente,  así  mes- 
mo preveniendo  á  la  muerte  que  por  ventura 
Gollatino  le  diera  cuando  tuviera  noticia  de  lo 
que  había  pasado,  cuanto  más  que  no  hay  nadie 
que  sepa  si  ella  consentió  en  el  adulterio  por  su 
voluntad,  y  arrepentida  de  haberlo  hecho,  ó  te- 
miéndolas causas  que  he  dicho,  quiso  remediarlo 
todo  con  la  muerte;  y  no  pienses  que  yo  por 
solo  mi  parecer  la  condeno,  que  muchos  hay  que 
dicen  lo  mesmo,  y  un  flaire  en  nuestra  aldea  me 
dixo  que  Sant  Agustín  trataba  della  como  de 
mujer  que  no  había  dado  de  sí  tan  buen  exem- 
plo que  se  hubiesse  de  tener  en  mucho  la  cas- 
tidad que  había  mostrado. 

Toro  ATO. — Paréceme  que,  según  la  enemis- 
tad que  muestras  con  la  bondad  de  las  mujeres, 
que  no  corres  menos  peligro  con  ellas  que  aquel 
su  grande  enemigo  Torrella;  pero,  ¿de  Penelope 
qué  tienes  que  decir;  que,  según  yo  he  oído,  to- 
dos los  libros  griegos  y  latinos  están  llenos  de 


sus  alabanzas,  loándola  de  casta  y  recogida,  assí 
en  el  tiempo  que  su  marido  Ulises  estuvo  en  la 
guerra  de  Troya  y  anduvo  peregrinando  por  el 
mundo  como  en  todo  lo  demás  de  su  vida? 

PiLONio. — Assí  es  como  tú  dices;  pero  entre 
estos  autores  que  escribieron  della  algunos  hubo 
que  dixeron  muy  al  revés,  porque  no  faltó  quien 
ha  escrito  que,  estando  Ulises  ausente.  Pené- 
lope  usaba  de  su  cuerpo  como  pública  ramera, 
y  otro  autor  que  dixo  que  Pan,  dios  de  los  pas- 
tores, fué  hijo  suyo  y  de  Mercurio,  y  que  por 
saber  esto  Ulises  hizo  divorcio  con  ella  y  se  fué 
á  vivir  á  la  insola  Cortina;  y  otros  muchos  que 
hablando  de  su  vida  trataron  della  como  de  mu- 
jer que  había  vivido  deshonestamente  y  que  no 
solamente  tuvo  por  hijo  al  dios  Pan,  sino  á 
otros  muchos  de  diferentes  padres,  hechos  en 
adulterio;  y  si  Virginea  fué  muerta  por  no  con- 
sentir en  la  desenfrenada  voluntad  de  aquel  va- 
rón de  los  diez  que  entonces  gobernaban  á  Ro- 
ma, que  por  tan  exquisitas  y  desvergonzadas 
formas  y  maneras  procuraba  gozar  el  amor 
ilícito  y  deshonesto  que  con  ella  tenía,  fué  por- 
que bU  padre  hizo  sacrificio  de  la  hija  por  no  re- 
cebir  la  afrenta  que  viviendo  le  estaba  aparejada, 
que  si  á  la  voluntad  de  Virginea  lo  dexaran, 
por  ventura  excusara  la  muerte  con  dexarse  co- 
rromper su  honestidad  antes  que  recebir  las  piv- 
ñaladas  que  le  fueron  dadas  por  su  padre;  así 
que  no  estés,  Torcato,  tan  confiado  de  la  tu  Be- 
lisia  que  no  puedas  presumir  que  por  haber 
puesto  sus  amores  y  voluntad  en  otra  persona 
haya  dexado  los  que  contigo  tenía,  porque  esto 
es  lo  que  yo  por  más  cierto  tengo. 

ToROATO. — Y  yo  por  más  incierto,  porque 
no  me  podrás  inducir  con  tus  enxemplos  que 
pueda  creerlo;  porque  ya  que  fuese  verdad  lo  que 
has  dicho,  ¿cuántas  mujeres  ha  habido  y  hay  en 
el  nmndo  tan  castas  que  ninguna  mancilla  se 
puede  poner  en  su  bondad?  Y  si  no  mira  lo  que 
hizo  la  reina  Dido  por  no  querer  consentir  en 
los  amores  del  rey  Yarvas,  ni  que  después  de  la 
muerte  de  su  marido  Sicheo  hubiese  quien  pu- 
diesse  triunfar  de  su  honestidad,  y  así  escogió 
por  mejor  dexar  hacer  ceniza  su  cuerpo  en  el 
ardiente  fuego  que  no  dar  lugar  á  qm  otro  nin- 
guno pudiese  gozar  de  lo  que  él  había  gozado; 
aunque  el  poeta  Virgilio,  no  sé  por  qué  causa 
ó  razón  inducido,  quiso  poner  en  su  bondad  y 
buena  fama  la  mancilla  que  puso,  diciendo  que 
había  tenido  amores  con  Eneas,  siendo  falsedad 
averiguada,  porque  Dido  fué  mucho  tiempo  an- 
tes que  Eneas,  saliendo  de  Troya,  anduviesse 
peregrinando  por  el  mundo;  y  sin  tratar  de  las 
mujeres  antiguas,  ¿cuántas  en  nuestros  tiempos 
se  sojuzgan  al  incomparable  trabajo  de  las  re- 
ligiones, haciendo  sacrificio  de  la  vida  hasta  la 
muerte,  y  otras  que  han  tenido  por  mejor  que 
sus  cuerpos  fueran  despedazados  que  no  con- 


1 


580 


orígenes  de  la  novela 


sentir  en  qne  por  sn  rolnníad  la  castídad  fuesse 
en  ellas  riolada?  Sola  Susana  bastaba  para  qai> 
tar  las  lengnas  de  los  maldicientes,  viendo  con 
cuánta  firmeza  procuró  guardarla  de  aquellos 
viejos  que  procuraban  aprovecharse  della,  te> 
niendo  por  mejor  ser  por  su  falso  testimonio 
condenada  á  la  muerte  que  consentir  en  sus  tor- 
pes desseos.  Y  sin  ésta,  te  podría  decir  otras 
muchas  que  bastan  en  nuestros  tiempos  á  de- 
fenderse de  la  importunidad  de  los  hombres,  sin 
dezarse  jamás  vencer  para  que  su  castidad  corra 
peligro,  ni  ellas  se  puedan  dexar  de  llamar  mu- 
jeres castas;  y  para  que  mejor  entiendas  la  ven- 
taja que  en  esto  hacen  las  mujeres  á  los  hom- 
bres, mira  lo  que  se  usa  en  muchas  partes  j  en- 
tre muchas  naciones  de  gentes  idólatras,  que  en 
muriendo  los  maridos  se  matan  y  se  entierran, 
ó  se  queman  con  ellos,  por  su  propia  voluntad, 
y  mostrando  muy  gran  contentamiento  en  huir 
de  los  peligros  en  que  quedaría  su  honestidad 
siendo  viudas,  y  no  verás  hombre  ninguno  que 
haga  lo  mesmo  aunque  se  le  mueran  cien  mu- 
jeres; y  ten  por  cierto  que  muchas  habría  en  la 
christiandad  que  seguirían  esta  mesma  orden 
si  el  temor  de  la  perdición  de  sus  ánimas  no  se 
lo  vedase. 

FiLONio. — En  cargo  te  son  las  mujeres,  que 
assí  quieres  defender  contra  la  común  opinión 
de  todo  el  mundo  ser  hechas  de  otra  differente 
condición  y  costumbres  de  las  que  tienen  y  en 
ellas  se  conocen;  continuamente  todos  cuantos 
han  escrito,  cuando  vienen  á  hablar  en  ellas,  no 
hallan  palabras  que  basten  á  contar  sus  vicios 
y  torpezas;  los  libros  están  llenos  dello,  y  no 
solamente  los  proffanos,  pero  también  los  de  la 
Sagrada  Escriptura,  y  si  no  pregúntalo  á  Sa- 
lomón y  verás  con  cuan  encarescidas  palabras 
las  pone  muchas  veces  del  lodo,  tratándolas 
como  ellas  lo  merecen.  Y  en  un  libro  que  yo  oí 
una  vez  leer  decía  que  la  mujer  nunca  era  buena 
sino  una  vez  en  la  vida,  y  que  esta  era  la  hora 
que  se  moría,  y  que  era  mejor  cuando  más  presto 
se  muriese;  y  con  estas  palabras  consolaba 
un  amigo  á  otro  porque  su  mujer  se  le  había 
muerto. 

ToBCATO.  —  Bastaría  que  alguna  mujer  te 
hnbiesse  á  ti  tratado  como  á  mi  me  ha  hecho 
Belisia  para  que  tanto  mal  me  dixeses  dclla  y 
de  todas  las  otras  mujeres;  pero  no  quiera  Dios 
que  yo  con  pasión  me  ciegue  para  decirlo,  ni 
para  consentir  que  tú  pienses  que  tienes  razón 
en  lo  que  dices.  Y  lo  primero  que  quiero  pre- 
guntarte es  quiénes  son  esos  que  escribieron  los 
libros  que  has  dicho. 

FiLONio. — ¿Quiénes  han  de  ser  sino  hombres 
muy  sabios  y  avisados  que  las  tienen  bien  co- 
nocidas? 

ToRCATO. — Bien  se  parece  que  son  hombres, 
que  si  fueran  mujeres  harto  más  tuvieran  que 


poder  decir  y  escribir  y  con  mayor  verdad  de 
los  hombres  que  no  los  hombres  dcllas,  porqae 
verdaderamente  muy  mayores  y  más  torpes  y 
más  comunes  son  los  vicios  en  los  hombres  que 
en  las  mujeres,  y  nosotros,  que  las  notamos  j 
acusamos  de  parleras  y  desenfrenadas  en  sos 
lenguas,  somos  los  que  las  infamamos  dicieudo 
tantos  males  dellas,  que  debríamos  de  tener  rer- 
güenza  de  que  nuestras  palabras  saliessen  por 
nuestras  bocas  tan  perjudiciales  contra  persouis 
de  quien  tantos  bienes  recebimos;  y  annqae 
haya  algunas  malas  entre  eUas,  yo  fiador  qoo 
no  sean  tantas  como  los  hombres,  y  nosotros 
mesmos  somos  la  principal  causa  de  sus  males, 
importunándolas  y  fati^ndolas  con  promesas, 
con  engaños,  con  lisonjas  y  con  persuasiones 
que  bastarían  á  mover  las  piedras,  cuanto  más 
á  mujeres,  para  que  algunas  veces  vengan  á  d&r 
en  algunos  yerros;  y  ellas  jamás  nos  imporiti- 
nan  ni  fatigan  requiriéndonos,  y  molestándome 
con  desvergüenza,  antes  tienen  por  mejor  ca- 
llando passar  sus  trabajos,  que  no  dar  á  enten- 
der lo  que  por  ventura  con  su  flaqueza  k-s  piden 
sus  apetitos.  Y  los  que  escribieron  contra  elk 
no  fué  contra  las  buenas,  sino  contra  las  maks, 
y  lo  que  dixeron  de  las  unas,  siendo  pocas,  no 
se  ha  de  entender  de  las  otras,  que  son  muchas: 
así  que  sería  mejor  que  todos  nosotros  nos  em- 
pleásemos en  decir  bien  de  quien  tantos  hmes 
habemos  recebido  y  recebimos  cada  día,  y  no 
mal  de  quien  ninguno  nos  merece;  y  si  algona 
nos  diere  causa,  con  algunos  desatinos,  á  qoe 
podamos  decir  mal  della,  sea  particularmente 
para  reñirla  y  castigarla  con  palabras  y  obm, 
siendo  necessario,  y  no  queramos  que  paguen 
las  justas  por  las  peccadoras  y  las  que  no  tienen 
culpa  por  las  que  merecen  el  castigo;  qne  ¡o  que 
fuera  desto  se  hiciere  ó  dixere,  será  mal  dicho 
y  mal  hecho,  y  los  vituperios  y  infamias  y  des- 
honras quedarán  en  aquellos  que  las  dixeren. 
queriendo  por  una  mujer  mala  hacer  á  todo  el 
género  de  las  mujeres  malas,  siendo  por  la  ma- 
yor parte  buenas  y  tan  buenas  que  plugiesse  á 
Dios  que  no  fuéssemos  nosotros  peores  que 
ellas;  y  concluyendo  digo  que  yo  no  tengo  la 
sospecha  que  dices  de  que  Belisia  por  haber  lla- 
mado amores  con  otro  haya  dexado  los  roios.  y 
primero  lo  habré  visto  por  los  ojos  que  lo  con- 
firme en  el  pensamiento. 

FiLONio.— Paréceme,  Torcato,  que  hablar 
alguna  cosa  en  perjuicio  de  Belisia  es  tocarte  á 
ti  en  el  alma,  y  pues  que  con  tanta  afición  v  tar. 
apassionadamente  defiendes  lo  que  le  toca,  vo 
no  te  veo  otro  remedio  para  salir  deste  piélago 
en  que  estás  metido  sino  esperar  á  que  el  tiem- 
po vaya  consumiendo  el  agua  poco  á  poco  hasta 
que  te  halles  en  seco,  y  entonces  juzgarás  las 
cosas  muy  diferentemente  de  lo  que  agora  lo 
haces. 


COLLOQUIOS  SATÍRICOS  POR  A.  DE  TORQUEMADA 


581 


Gris  ALDO. — Con  estas  pláticas  se  nos  ha  pa- 
sado el  dia,  7  pues  que  ya,  Torcato,  has  descan- 
sado con  decirnos  tu  fatiga  j  nosotros  queda- 
mos obligados  á  procurar  tu  remedio  y  consuelo 
en  todo  lo  que  pudiéremos  hacerlo,  aunque  sea. 
contra  tu  parecer  y  voluntad,  procura  de  dexar 
la  compañía  de  la  soledad  con  que  andas,  por- 
que con  la  conversación  no  tiene  tanto  lugar  la 
tristeza  que  sin  sentirlo  te  consumirá  la  vida,  y 
agora  todos  nos  vamos  al  lugar,  donde  los  re- 
gocijos de  las  bodas  de  Silveyda  no  serán  aún 
acabados,  y  podremos  llegar  á  tiempo  que  go- 
cemos algima  parte  dellos. 

ToROATO. — Haced  lo  que  os  pareciere,  que 
determinado  estoy  á  forzarme  y  seguir  vuestro 
consejo. 

FiLONio. — Pues  i  alto!  I  sus!  caminemos,  y 
para  que  menos  sintamos  el  camino,  vamos  can- 
tando alguna  cosa  con  que  tomemos  placer,  que, 
según  veo,  bien  será  menester  para  que  Torcato 
deseche  parte  de  la  tristeza  con  que  anda. 

Torcato. —  Yo  quiero  comenzar  unos  versos 
que  hice  en  este  desierto,  al  propósito  de  lo  que 
mi  corazón  siente;  vosotros  me  ayudad,  para 
que  mejor  pueda  cantarlos. 

Grisaldo. — Comienza  á  decirlos,  que  asi  lo 
haremos. 

TODOS    TBBS    PASTORES 

Montes,  sierras  y  collados,  que  entendido 
habéis  mi  pena  rabiosa  y  mis  dolores, 
escuchando  mis  fatigas  y  querellas 
que  al  alto  cielo  han  subido, 
rompiendo  con  mis  clamores 
las  estrellas, 

Doleos  de  mis  trabajos  y  fatiga; 
llorad  conmigo  mis  ansias  y  mis  males; 
moveos  á  compasión  de  mi  tormento, 
pues  la  dulce  mi  enemiga 


quiere  sean  mortales 
los  que  siento. 

Los  ríos  desta  montaña,  con  las  fuentes, 
testigos  de  mis  fatigas  y  cuidados, 
cansados  ya  de  me  ver  con  mis  enojos, 
detengan  hoy  sus  corrientes, 
dando  lágrimas  parados 
á  mis  ojos. 

Tú,  Eco,  que  estás  contino  resonando, 
de  mis  llantos*  grande  amiga  y  compañera, 
llevando  mis  tristes  voces  por  los  vientos, 
no  dexes  de  ir  publicando 
cómo  me  acusan,  que  muera 
mis  tormentos. 

Y  tú,  mi  ganado  triste  y  afligido, 
con  pastor  tan  sin  ventura  y  desdichado, 
que  alredor  deste  acebo  andas  paciendo, 
aquí  te  estarás  tendido 
tomando  en  ti  mi  cuidado, 
y  padesciendo. 

Soledad  muy  agradable,  y  compañía 
á  mis  tristes  pensamientos  y  memoria, 
con  la  cual  siempre  descansa  mi  tristeza, 
no  dexes  de  ser  mi  guia, 
porque  sienta  en  ti  su  gloria 
mi  firmeza. 

Belisia,  si  mis  clamores  han  herido 
tus  oídos,  yo  te  ruego  que  escucharlos 
quieras  con  lástima  alguna  y  compasión 
de  verme  tan  afligido, 
y  no  quieras  ataparlos 
sin  razón. 

Porque  si  no  remediares  mi  dolor, 
á  mí  me  basta  que  sepas  que  padezco, 
con  entera  libertad,  y  así  lo  quiero, 
con  muy  verdadero  amor, 
pues  á  la  muorte  me  ofrezco 
y  por  ti  muero. 

Fin, 


k  LOOR  Y  HONRA  DE  NUESTRO  SEÑOR  .lESUCHRISTO  Y  DE  SU  BENDITA  31ADRE  SANTA  3fAJlÍA. 
NUESTRO  AMPARO  Y  GUÍA,  FUERON  IMPRE6808  LOS  SIETE  COLLOQUIOS  EN  LA   CIUDAD  DE  MONDOÑEDO 

EN  GASA  DE  AGUSTÍN  DE  TAZ,    IMPRESSOR 

# 

ACABÓSE  k  XXV  DÍAS  DEL  MES  DE  OCTUBRE  DEL  AÑO  DE  MDLIII 


1 


t 


I 


índice  general 


píos. 

Introduooion I 

IX.  Oaentos  j  noyelas  cortas.-^Tradaociones  de  Boccaccio,  Bandello,  Giraldi  Cinthio, 
Straparola,  Doni,  Luis  Gaiociardini,  Belleforest,  etc. — Silva  de  varía  lección^  de 
Pero  Mexia,  considerada  bajo  el  aspecto  norelistico. — MtBCélánea,  de  D.  Luis 
Zapata. — Philo$ophia  Vulgar^  de  Jaan  de  Mal  Lara:  relaciones  entre  la  paremio- 
logia  7  la  norelistica. — Sobremesa  y  alivio  de  caminantes^  de  Juan  de  Timoneda. — 
El  Patrañuelo:  estadio  de  sos  fuentes. — Otras  colecciones  de  cnentos:  Alonso  de 
Villegas,  Sebastián  de  Horozco,  Luis  de  Pinedo,  Gáribay. — Oloeaa  del  eermán  de 
Aljubarrota,  atribuidas  á  D.  Diego  Hartado  de  Mendoza. — 'Floréela  Española, 
de  Melchor  de  Santa  Graz.— Libros  de  apotegmas:  Juan  Rnfo. — El  cuento  espa- 
ñol en  Francia. — Silva  Curíosa,  de  Julián  de  Meánno.^CUwellinas  de  recrea» 
ción,  de  Ambrosio  de  Salazar. — Rodomuntadas  españolas, — Cuentos  portugueses, 
de  Gonzalo  Fernández  Trancoso.— El  Fabularío,  de  Sebastián  Mey. — Diálogos 
de  apacible  entretenimiento^  de  Gaspar  Lucas  Hidalgo.  -  Noches  de  invierno ,  de 
Antonio  de  Eslava i 

CÁRCEL  DE  AMOR,  DE  DIEGO  DE  SAN  PEDRO 1 

TRACTADO  QVE  HIZO  NICOLÁS  NUÑEZ,  SOBRE  EL  QVE  DIEGO  DE  SAN  PE- 
DRO COMPUSO  DE  LERIANO  Y  LAUREOLA,  LLAMADO  «CÁRCEL  DE  AMOR». .       29 

SERMÓN  ORDENADO  POR  DIEGO  DE  SANT  PEDRO  PORQUE  DIXERON  VNAS 
SEÑORAS  QUE  LE  DESSEAUAN  OYR  PREDICAR 37 

-V  QUESTION  DE  AMOR  DE  DOS  ENAMORADOS 41 

\  DIALOGO  QUE  TRATA  DE  LAS  TRASFORMACIONES  DE  PITAGORAS,  EN  QUE 
SE  ENTRUDUCE  UN  ZAPATERO  LLAMADO  MICYLLO  E  UN  GALLO,  EN  QUYA 

í     FIGURA  ANDA  PITAGORAS,  POR  CRISTÓBAL  DE  VILLALON. 

• 

^  iPÍTULO  L — Gomo  el  gallo  despertó  á  su  amo  Micillo  e  los  consejos  que  le  da 99 

Uípítulo  IL — Gomo  el  Gallo  da  a  entender  a  su  amo  Micyllo  quel  es  Pitagoras  j  como 

¡  fue  trasformado  en  gallo  y  Mjcillo  dize  yna  fábula  de  quien  fue  el  gallo 100 

I        1^  PÍTULO  III. — Que  quenta  Mycjllo  lo  que  le  sucedió  en  el  conbite  del  rico  Eyerates. .  .     100 
C  PÍTULO  IV. — Que  pone  lo  qae  soñaba  Micillo,  y  lo  que  da  a  entender  del  sueño;  cosa 

de  gran  sentencia 102 

CiifíTULo  V.— Pone  a  quantos  peligros  se  ponen  las  personas  por  adquirir  riquezas  y  lo 

que  dello  les  sucede  y  si  es  licito  o  no 102 

Capítulo  VI.  —  Gomo  cuenta  que  fue  Euforbio  y  da  a  entender  a  su  amo  quél  habia  sido 

hormiga 108 


/ 


584  ÍNDICE   OBKBRAL 

Capítulo  Vil. — Qae  siendo  PftagoraB  lo  que  le  acaesció 108 

Capítulo  VIH. — Como  siendo  Pitágoras  fue  transformado  en  Dionisio  rey  de  Sicilia  j 

lo  que  por  mal  gobernar  se  sucede 104 

Capítulo  IX. — Que  pone  como  fue  trasformado  de  Dionisio  en  Epulón  el  rico  y  cuanto 

trabajo  tiene  uno  en  ser  rico  y  lo  que  le  sucedió 10(> 

Capítulo  X. — Que  pone  como  fue  casado  con  quatro  mugeres  y  lo  que  le  sucedió  con  It 

primera;  cosa  de  notar 1U7 

Capítulo  XI.— Como  fue  casado  la  segunda  vez  y  lo  que  pasó  con  la  segunda  mujer  .  .  107 

Capítulo  XII. — Como  se  casó  la  tercera  yez  y  lo  que  con  ella  le  sucedió lOH 

Capítulo  XIII. — Como  casó  la  quarta  vez  y  lo  que  con  esta  muger  le  sucedió lOH 

Capítulo  XIV. — Como  de  Epulón  fue  transformado  en  asno;  cosa  de  notar  y  gran  sen- 
tencia    109 

Capítulo  XV. — Como  su  amo  siendo  asno  lo  vendió  á  los  recueros  y  lo  que  le  sucedió.  .  110 
Capítulo  XVI. — Cuenta  como  los  arrieros  lo  vendieron  á  un  húngaro  y  lo  que  allí  le 

sucedió 111 

Capítulo  X VII. —  Como  el  húngaro  lo  vendió  á  los  soldados  y  lo  que  le  acaescio  con 

ellos. 112 

Capítulo  XVIII. — Como  los  soldados  lo  vendieron  á  unos  alemanes  que  iban  á  Roma 

y  lo  que  cuenta  por  el  camino;  cosa  de  notar 112 

Capítulo  XIX. — Que  cuenta  en  pronosticar  y  lo  de  los  agüeros;  cosa  de  notar 115 

Capítulo  XX. — Como  fue  convertido  en  rana  y  lo  que  le  sucedió  de  allí 117 

Capítulo  XXI. 'Como  fue  convertido  en  ramera  mujer  llamada  Clarichea 117 

Capítulo  XXII. — Como  fue  convertido  en  gafian  de  campo  y  como  servio  un  avariento 

y  después  fue  tornado  pavón  e  otras  muchas  cosas ^18 

EL  CROTALON,  DE  CHRISTOFORO  GNOSOPHO,  NATURAL  DE  LA  ÍNSULA 
EUTRAPELIA,  UNA  DE  LAS  ÍNSULAS  FORTUNADAS 

Prólogo  del  auotor 119 

Auqumbnto  dkl  pRiMBR  CANTO  DEL  GALLO. ^-Eu  el  primer  canto  que  se  sigue  el  am-tor  ' 

propone  lo  que  ha  de  tratar  en  la  presente  obra:  narrando  el  primer  navimiento  del  \ 

gallo  y  el  suceso  de  su  vida 121 

Arqumbmto  del  segundo  canto  del  GALLO. — En  el  segundo  canto  que  se  sigue  el 
auctor  imita  á  Plutarco  en  vn  dialogo  que  hizo  entre  Ulixes  y  vn  griego  llamado  Grilo; 
el  qual  auia  Cyrges  conuertido  en  puerco.  En  esto  el  auctor  quiere  dar  a  entender,  que 
quando  los  hombres  están  encenagados  en  los  viyios  y  principalmente  de  la  carne  son 
muy  peores  que  brutos,  y  avn  ay  muchas  fieras  que  sin  comparación  los  exceden  en  el 
vso  de  la  virtud 1 2(| 

Argumento  del  tercero  oanto  del  gallo. — En  el  tercero  canto  que  se  sigue  el  auctor  I 
imita  á  Luyiano  en  todos  sus  diálogos:  en  los  quales  siempre  reprehendo  ú  los  philo-  / 
sophos  y  Religiosos  de  su  tiempo 1 3f 

Argumento  del  quarto  canto  del  gallo. —  En  el  quarto  canto  que  se  sigue  el  auctor 
imita  á  Luyiano  en  el  libro  que  hizo  llamado  Pseudomantis.  En  el  qual  descriue  mara- 
uillosamente  mil  tacañerias  y  embaymientos  y  engaños  de  vn  falso  religioso  Humado 
Alexandro,  que  en  muchas  partes  del  mundo  fingió  ser  propheta,  dando  respuestas 
ambiguas  y  industriosas  para  adquerir  con  el  vulgo  crédito  y  moneda 

Argumento  del  quinto  canto  del  gallo. — En  el  quinto,  sexto  y  séptimo  cantos  que 
se  siguen  el  auctor  debajo  de  vna  graviosa  historia  imita  la  parábola  que  Cristo  dixo 
por  San  Lucas  en  el  capitulo  quince,  del  hijo  prodigo.  Verse  ha  en  agraciado  estilo  vn 


*>4 


ÍHDIOB  OBnRÁL  585 

TÍ9ÍO80  man^bo  en  poder  de  malas  mngeres,  bneltas  las  espaldas  a  su  honrra,  a  los 
honbres  y  a  Dios,  disipar  todos  los  doctes  del  alma,  que  son  los  thesoros  qae  de  sa 
padre  Díds  heredó;  y  Terase  también  los  hechizos,  engaños  y  encantamientos  de  qne 
las  malas  mngeres  vsan  por  gosar  de  sns  la^ivos  deleytes  por  satisfazer  a  sola  sn  sen- 
soalidad 145 

^ROUMBNTo  DBL  8BXT0  OÁVTO  DEL  GALLO. — En  el  ssxto  csnto  qne  se  signe  el  anctor 
descriue  por  indnstría  admirable  de  vna  pintnra  las  victorias  qne  el  nnestro  innic- 
tissimo  Emperador  Carlos  qninto  deste  nombre  obo  en  la  prisión  del  Rey  Fran- 
cisco de  Francia  en  Pania,  y  la  qne  obo  en  Tnnez  y  en  la  batalla  qne  dio  a  Lans- 
grane  y  a  Jnandnqne  de  Saxonia  y  liga  de  herejes  alemanes  jnnto  al  rio  Albis  en 
Alemania. 152 

ARGUMENTO  DBL  SBPTiMO  OANTO  DBL  GALLO. — En  cl  septimo  canto  qnc  se  signe  el  anctor 
concluyendo  la  parábola  del  hijo  prodij;o«finge  lo  qne  comnnmente  snele  aconte9er  en 
los  mancebos  qne  aborridos  de  vn  vi^io  dan  en  meterse  frayles;  y  en  el  fin  del  canto  se 
descrine  vna  famosa  cortesana  ramera 158 

^RGUMBNTo  DBL  OOTAUO  OANTO  DBL  GALLO.  —En  el  octano  canto  quc  se  sigue  el  anctor 
80  finge  haner  sido  monja,  por  notarles  algunos  intereses  qne  en  dafio  de  sns  con9Íen- 
^ias  tienen.  Concluye  con  una  batalla  de  ranas  en  imitación  de  Homero 166 

Vroumrnto  DBL  NONO  OANTO  DBL  GALLO. — En  ol  uouo  cauto  quc  sc  sÍ£^e  el  anctor  imi- 
tando a  Ln^iano  en  el  dialogo  llamado  Toxaris,  en  el  qnal  trata  de  la  amistad,  el  anctor 
trata  de  dos  amigos  fídelissimos  qne  en  casos  muy  arduos  aprobaron  bien  sn  intin^ion. 
Enseñase  quales  denen  ser  los  buenos  amigos 172 

\.ROUMBNTO  DBL  DBgiMO  OANTO  DBL  GALLO. — En  el  de9Ímo  cauto  que  se  sigue  el  anctor 
prosigue  lo  mucho  que  Arn<w  hizo  por  cobrar  a  Alberto  después  que  sn  muger  Fe 
murió.  En  lo  qual  mostró  bien  el  yalor  de  su  amistad,  y  quales  todos  los  amigos 
denen  ser 180 

\.RG0MENTO    DBL    HONZBNO    OANTO    DBL    GALLO. — Eu   el   houzeno  CSUto  que   86  sigUC  el 

auctor  imitando  a  Luciano  en  el  libro  que  intituló  de  Luctu  habla  de  la  superfluidad 
y  vanidad  que  entre  los  cristianos  se  vsa  en  la  muerte,  entierro  y  sepoltura.  Descrínese 
el  entierro  del  marques  del  Oasto,  Capitán  general  del  Emperador  en  la  Ytalia;  cosa 
muy^de  notar 185 

ARGUMENTO  DBL  DUODBgiMO  OANTO  DBL  GALLO. — Eu  cl  CautO  doZC  qUC  SC  sigUC  el  aUCtor 

imitando  a  Lu9Íano  en  el  dialogo  que  intituló  Icaro  Menipo,  finge  subir  al  cielo  y  des- 
criue lo  mucho  que  vio  allá 191 

ARGUMENTO  DBL  DBgiMOTBR<;io  OANTO  DEL  GALLO. —  En  el  de9Ímoter9Ío  canto  que  se 
sigue  el  auctor  prosiguiendo  la  subida  del  9Íelo  descríue  la  pena  que  se  da  a  los 
ingratos 196 

íroumento  DBL  DBgiMo  QUARTo  OANTO  DBL  GALLO. — Eu  el  de9Ímo  quarto  canto  que  se 
sigue  el  auctor  concluye  con  la  subida  del  9Íelo  y  propone  tratar  la  bajada  del  infierno, 
declarando  muchas  cosas  que  aqerca  del  tuweron  los  gentiles  historiadores  y  poetas 
antiguos 203 

ARGUMENTO  DBL  DBgmo  QUINTO  OANTO  DBL  GALLO. — En  el  dé9Ímo  quiuto  canto  qne 
se  sigue  el  auctor  imitando  a  Luciano  en  el  libro  que  intituló  Necroman^ia  finge 
de9endir  al  infierno.  Donde  descríue  las  estan9Ías  y  lugares  y  penas  de  los  conde- 
nados      209 

'BGUMENfO    DBL    DBgiMO    SEXTO    OANTO    DBL   GALLO. —En  el  de9ÍmO  SCXtO  CSUtO  qUC  SO 

si(;:ue  el  auctor  en  Rosicler  hija  del  Rey  de  Siría  descríue  la  fero9Ídad  con  que  vna 
muger  acomete  qualquiera  cosa  qne  le  venga  al  pensamiento  si  es  lisiada  de  vn  las9Íno 

ORÍCIENIS  DE   LA   NOVELA. — 38 


586  ÍNDIOfl   OBiriBAL  ^ 

interés,  j  conclaje  con  el  de^endimiento  del  infierno  imitando  a  Ln^iano  en  los  libros 
qae  de  rarios  diálogos  intituló 2U 

Arqümbnto  dbl  DsgiMO  sBPTiiio  CANTO  DBL  GALLO. — En  el  de9Ínio  séptimo  canto  que 
se  signe  el  auctor  imitando  a  Lu9Íano  en  el  dialogo  llamado  Contuuium  philoBoplíorum^ 
saefía  anerse  hallado  en  vna  misa  nneaa,  en  la  qual  descrine  grandes  aconte9Ímientos 
qae  entre  clérigos  en  ella  passaron 220 

Aroümbnto  dbl  DBgmo  ootaüo  canto  dbl  gallo. — En  el  de9Ímo  octano  canto  o  saeño 
qne  se  signe  el  auctor  maestra  los  grandes  daños  que  en  el  mundo  se  signen  por  faltar 
la  yerdad  de  entre  los  hombres 229 

Arqumbnto  dbl  DBgiMO  NONO  CANTO  DBL  GALLO. — En  el  de9Ímo  nono  canto  que  se 
sigue  el  auctor  trata  del  trabajo  j  meseria  que  ay  en  el  palacio  j  serui^io  de  los  prín- 
9Ípes  7  señores,  y  reprehende  a  todos  aquellos  que  teniendo  alguna  habilidad  para 
algún  offí9Ío  en  que  ocupar  su  vida,  se  priban  de  su  bienauenturada  libertad  que  natu- 
raleza les  dio,  y  por  viuir  en  TÍ9Í0S  y  profanidad  se  subjetan  al  serai^io  de  algún 
Señor 2.38 

Argumbnto  dbl  vioBssmo  t  vltimo  canto  dbl  GALLO.^En  este  yigessimo  canto  el 
auctor  representa  a  Demophon,  el  qual  viniendo  tu  dia  a  casa  de  MÍ9ÍI0  su  vezino  a  le 
TÍsitar  le  halló  triste  y  afligido  por  la  muerte  de  su  gallo,  y  procurando  dexarle  conso- 
lado se  Tuelue  a  su  casa 245 

LOS  SIETE  LIBROS  DE  LA  DIANA,  DE  GEORGE  DE  MONTEMAYOR,  DIRIGIDA 
AL  MUY  ILLUSTRE  SEÑOR  DON  JUAN  DE  CASTELLA  DE  VILLANOUA.  SEÑOR 
DE  LAS  baronías  DE  BICORB  Y  QUESA 251 

Libro  pbimbro 252 

Libro  sbgundo 267 

Libro  tbbqbbo 286 

Libro  cuarto 295 

Libro  quinto 314 

Libbo  sbxto 325 

Libro  sAptimo 331 

LA  DIANA  ENAMORADA,  CINCO  LIBROS  QUE  PROSIGUEN  LOS  Vil  DE  JORGE 
DE  MONTEMAYOR,  POR  GASPAR  GIL  POLO S37 

Libro  primbro 338 

Libbo  sbgundo 353 

Libro  tbrcbbo 363 

Libro  cuarto 376 

Libro  quinto 386 

EL   PASTOR   DE   FILIDA,   COMPUESTO   POR   LUIS  GALVEZ  DE  MONTALVO, 
GENTIL-HOMBRE  CORTESANO W 

Primbra  partb -lOl 

Segunda  pabtb 410 

Tbrcbra  partb 421 

Cuarta  partb 480 

Quinta  partb 448 

Sbxta  pabtb 464 

Séptima  partb.  .  , 477 


ilTBIOfl  GflVnUL  M7 

COLLOQUIOS  SATÍRICOS,  HECHOS  POR  ANTONIO  DE  TORQUEMADA,  SECRE- 
TARIO  DEL  YLLUSTRISSIMO  SEÑOR  DON  ANTONIO  ALFONSO  PIMENTEL, 
CONDE  DE  BEN AVENTE,  DIRIGIDOS  AL  MUY  YLLUSTRE  Y  MUY  EXCE- 
LENTE SEÑOR  DON  ALONSO  PIMENTEL,  PRIMOGÉNITO  Y  SUCESSOR  EN 
SU  CASA  Y  ESTADO 485 

CoLLOQUio  en  que  se  tratan  los  daños  corporales  del  juego,  persuadiendo  á  los  qae  lo 

tienen  por  vicio  que  se  aparten  del,  con  razones  muy  suficientes  y  provechosas  para  ello.  .     488 

CoLLOQUio  en  que  se  trata  lo  que  los  m^icos  y  boticarios  están  obligados  á  hacer  para 
cumplir  con  sus  oficios,  y  asi  mesmo  se  ponen  las  faltas  que  hay  en  ellos  para  daño  de 
los  enfermos,  con  muchos  avisos  necesarios  y  provechosos.  Divídese  en  dos  partes:  en 
la  primera  se  trata  lo  que  toca  á  los  boticarios,  y  en  la  segunda  lo  de  los  médicos. .  .  .     499 

CoLLOQuio  entre  dos  caballeros  llamados  Leandro  y  Florian  y  un  pastor  Amíntas,  en  que 
se  tratan  las  excelencias  y  perficiou  de  la  vida  pastoril  para  los  que  quieren  seguirla, 
probándolo  con  muchas  razones  naturales  y  autoridades  y  ejemplos  de  la  Sagrada 
Escritura  y  de  otros  autores.  Es  muy  provechosa  para  que  las  gentes  no  vivan  des- 
contentas con  BU  pobreza,  no  pongan  la  felicidad  y  bienaventuranza  en  tener  grandes 
riquezas  y  gozar  de  grandes  estados 510 

CoLLOQUio  que  trata  de  la  desorden  que  en  este  tiempo  se  tiene  en  el  mundo,  y  principal- 
mente en  la  cristiandad,  en  el  comer  y  beber;  con  los  daños  que  dello  se  siguen,  y  cuan 
necesario  seria  poner  remedio  en  ello 521 

CoLLOQüio  que  trata  de  la  desorden  que  en  este  tiempo  se  tiene  en  los  vestidos  y  cuan 

necesario  seria  poner  remedio  en  ello 527 

CoLLUQUio  que  trata  de  la  vanidad  de  la  honra  del  mundo,  dividido  en  tres  partes.  En  la 
primera  se  contiene  qué  cosa  es  la  verdadera  honra  y  cómo  la  quel  mundo  comunmente 
tiene  por  honra  las  más  veces  se  podria  tener  por  más  verdadera  infamia.  En  la  segunda 
se  tratan  las  maneras  de  las  salutaciones  antiguas  y  los  títulos  antiguos  en  el  escrebir, 
loando  lo  uno  y  lo  otro  y  burlando  de  lo  que  agora  se  usa.  En  la  tercera  se  trata  una 
cuestión  antigua  y  ya  tratada  por  otros  sobre  cuál  sea  más  verdadera  honra,  la  que  se 
gana  por  el  valor  y  merecimiento  de  las  personas  6  la  que  procede  en  los  hombres  por 
la  dependencia  de  sus  pasados.  Es  colloquio  muy  provechoso  para  descubrir  el  engaño 
con  que  las  gentes  están  ciegas  en  lo  que  toca  á  la  honra 531 

Colloquio  pastoril  en  que  un  pastor  llamado  Torcuato  cuenta  á  otros  dos  pastores 
llamados  Filonio  y  Grisaldo  los  amores  que  tuvo  con  una  pastora  llamada  Belisia.  Va 
compuesto  en  estilo  apacible  y  gracioso  y  contiene  en  si  avisos  provechosos  para  que 
las  gentes  huyan  de  dexarse  vencer  del  Amor,  tomando  enxemplo  en  el  fin  que  tuvieron 
estos  amores  y  el  pago  que  dan  á  los  que  ciegamente  los  siguen,  como  se  podrá  ver  en 
el  proceso  deste  colloquio 548 

Colloquio  pastoril  en  que  se  tratan  los  amores  de  un  pastor  llamado  Torcato  con  una 
pastora  llamada  Belisia;  el  cual  da  cuenta  dellos  á  otros  dos  pastores  llamados  Filonio 
y  Orísaldo,  quexándose  del  agravio  que  recibió  de  su  amiga.  Ya  partido  en  tres  partes. 
La  primera  es  del  proceso  de  los  amores.  La  segunda  es  un  sueño.  En  la  tercera  se 
trata  la  causa  que  pudo  haber  para  lo  que  Belisia  con  Torcato  hizo 549 


Tetuán  de  Chamartín. — Imp.  de  Bailly-Bailliére  é  hijos. 


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THE  UNIVERSITY  OF  MICHIGAN 


DATE  DUE 


SEP  2  7  1986 


StP  2  1 1995 


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